A veces la solución se convierte en parte del problema. A veces, la solución agrava el problema. A veces, la solución tiene el poder de excusar a los interesados en que exista el problema, al mismo tiempo que acentúa este. Todas estas cosas las saben muy bien los políticos desde la década de 1980, cuando se generalizó un nuevo tipo de represión a la rebeldía contra el sistema que consistía, simplemente, a no reprimirla, sino manipularla, invisibilizarla y ridiculizarla.
Por eso, cuando hay represión de cualquier tipo, física u verbal, una tiende a sospechar que: o bien consideran que estamos lo suficientemente anestesiados como para que algunos se permitan dar rienda suelta a sus instintos destructivos, poco prácticos pero muy reconfortantes para ellos, o es que esta represión es de doble fondo.
Nos hemos enterado, y ya nos imaginábamos, que Guantánamo, pensado supuestamente para proteger a la Humanidad, y sobre todo a la Humanidad norteamericana (todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros), de la amenaza terrorista islámica es en realidad un vivero de la Yihad. Pero ¿acaso la Yihad no favorece a los intereses de Estados Unidos, acaso, yendo un poco más lejos, la Yihad no es en gran parte un invento de Estados Unidos? En España, por completa casualidad, claro está, en las vísperas de las Elecciones Municipales, el PP atiza el fuego de la constitucionalidad y el antiterrorismo, incitando a posturas más combativas. Pero ¿acaso ETA no favorece a los intereses del PP? ¿Acaso, yendo un poco más lejos, ETA no es en gran parte un invento del PP y de sus antecesores en el poder?
Eres joven, estás rodead@ de gente que te quiere, la vida te sonríe. Afortunad@ de tener un trabajo, pasas el fin de semana desplazándote en bicicleta entre fiesta y fiesta: con tu amig@, os sentís flotar sobre esas dos ruedas por las evocadoras calles del casco antiguo de la histórica ciudad, el viento en vuestra cara… Un pequeño susto: sin saber cómo, la bicicleta choca y os encontráis en el suelo. Golpes, magulladuras, sangre, el médico de una ambulancia que piensa que lo más aconsejable es trasladaros al Hospital. No es un buen colofón para una noche de alegría, pero vuestras heridas son leves y os tenéis el uno al otro. Podría ser peor.
Podría ser peor. Y lo fue. En la antesala de un hospital tercermundista (parece que la Sanitat catalana no podría empeorar más, pero sí, es posible) te encuentras con unos magullados jóvenes procedentes de una reyerta entre policía y okupas. Algunos tienen realmente muy mal aspecto. Uno de los guardias urbanos que están escoltándolos te llama, te obliga con malos modos a vaciar tus bolsillos, se permite comentarios ofensivos sobre tu imagen y tu persona. De pronto, eres empujad@ contra la pared, esposad@, acusad@ de matar a un policía en un lugar en el que no estuviste… Reivindicas tu inocencia, gritas que habéis sufrido un accidente… Y a partir de aquí comienza un calvario de golpes, vejaciones físicas y psíquicas y juicios amañados que se prolonga durante cinco años. De pronto, te encuentras en prisión con tres o cinco años ante ti, un número de años de pena de cárcel que no cumplen en este país ni los corruptos, ni los pederastas ni los violadores. Pero siempre hay una manera de ser libre. La última manera. Y la eliges.
Patricia Heras fue detenida en 2006 después de que tras un desalojo supuestamente okupa un agente de la Guardia Urbana quedara en estado vegetativo. Ella siempre defendió que ni siquiera se hallaba en el lugar, sino que se había encontrado con la policía en el hospital donde ella y su amigo Alfredo estaban siendo atendidos tras un accidente de bicicleta. Condenada a tres años de prisión tras un juicio que ella, sus amig@s y familiares consideraron lleno de irregularidades y completamente político, aunque estaba en régimen abierto, se suicidó el pasado día 26 en su casa, incapaz de volver a la cárcel. Otros cuatro detenidos de aquella batalla campal donde solo se juzgaron las acciones de uno de los bandos siguen encarcelados.
Esto no ha pasado en Libia. Ni en Cuba. Ni en ningún país supuestamente donde Occidente esté capacitado para implantar su sistema mediante la fuerza militar o mediante el chantaje económico. Ni siquiera en México, ese país que tanto respeta los derechos humanos mientras nos interese negociar con él, a pesar de que estos hecho me recuerdan a los de Atenco, donde una española sufrió graves abusos policiales sin que la (In)Justicia española la haya apoyado en lo más mínimo. Esto ha pasado en España. En la Barcelona de Hereu que no será peor que mejor que la Barcelona de Trias si esta llega a materializarse. En la Barcelona, en la España, del sistema, donde no hay crímenes políticos y donde todas las pinzas habidas y por haber entierran las corrupciones. Democráticamente.
La primavera se culminó de una manera espantosa en Chernóbil, el día 27 de abril de 1986; el calor que esperaban que entibiara el riguroso clima ucraniano no vino envuelto de aromas de flores ni de promesas de descansos vacacionales, sino de presagios de un final que hubiera podido ser total. Apocalíptico. Las estimaciones menos optimistas de la catátrofe elevan a 400.000 el número de muertos y a cinco millones de afectados (no citaremos a la OMS a este respecto; este organismo ha demostrado con creces en los últimos tiempos que no es nada independiente). Y para conmemorar de manera irónica esta trágica efeméride, en una semana en que afortunadamente han surgido varias más alegres, Fukushima ha celebrado hace poco un doloroso recodatorio.
Estamos hablando de una tragedia de dimensiones terroríficas. Pero, sin quitarle un ápice de importancia, lo peor de Chérnobil no fueron sus consecuencias, sino su significado, aparte del que nos ilustra sobre la estupidez humana. Este significado que sistemáticamente hemos ido alejando de nuestros mentes para continuar día a día con nuestro trabajo (o tal vez sería mejor decir en estos momentos “con nuestro paro”) y con nuestras vidas. Y que es el siguiente: vivimos sobre un polvorín. Sobre, bajo, dentro y en medio de un polvorín. Las centrales nucleares, digan lo que digan acerca de su energía limpia y necesaria que mantiene nuestro nivel de vida, son absurdas: no podemos continuar interminablemente acumulando por todas partes residuos peligrosos que tardarán siglos y milenios en descomponerse, no podemos jugar con ese poder que, por muchas seguridades que tomemos (como ha demostrado Fukushima) tiene mucho más potencia que nuestra fuerza e inteligencia (al menos que las actuales), potencia que además hemos ayudado a materializar. Y solo es una más de las numerosos amenazas de este mundo que, paradójicamente, crecen cada vez que el poder se inventa una nueva manera de convertirlo en un lugar más seguro y cómodo.
No quisiera que este post resultara deprimente: comprendo que el proceso de exorcizar fantasmas es doloroso y no siempre es necesario: la vida está ahí, y está llena, a pesar de todo, de oportunidades para disfrutar y distraerse. No es ni útil ni desde luego necesario que no nos obsesionemos. Pero no dejemos que nadie más nos engañe y nos manipule y hagamos un hueco en nuestras distracciones a la lucha que evitará que cosas así vuelvan a suceder.
P.D.: Hablando de obsesiones, hace tiempo que pienso mucho en los liquidadores. Algunos fueron solo víctimas, pero la mayoría se comportaron como auténticos héroes que dieron su vida por los demás. El hecho de que existe gente como ellos es un motivo más para seguir luchando.
Fue la culminación de un proceso que se había iniciado (en territorio hostil) cuando era niña, gracias a lecturas que primero cayeron casualmente en mis manos y luego busqué con ansia y deleite, y que tuvo su momento decisivo a mis 14 años, cuando me coloqué a mí misma la etiqueta de comunista y comencé a presumir de ello (inciso: para mí ser comunista siempre ha sido un motivo de orgullo, tal vez de los pocos que puedo alegar, y toda mi vida he pensado que muchas de las personas que no compartían este punto de vista era, sencillamente, porque desconocían lo que significaba el comunismo). Recuerdo una cabina telefónica en la Via Laietana del Barcelona que me condujo a un local situado cerca del barrio de Can Serra, en L’Hospitalet; era el invierno de 1995, y una amable compañera llamada Beni me presentó los documentos que certificaron como militante de Iniciativa per Catalunya… el referente por aquella época de Izquierda Unida en esta mi comunidad autónoma.
Y desde entonces, en L’Hospitalet, Barcelona, Mollet… recuerdos de largos periplos de enganchada de carteles, batallitas de la clandestinidad que yo siempre estaba dispuesta a escuchar, compañeros y compañeras inolvidables más válid@s aún como seres humanos que como militantes, noches electorales llenas de tensión, tristeza o júbilo, manifestaciones con carreras incluidas, ajetreados cierres de revistas, enriquecedores intercambios ideológicos, en suma, compañerismo, sentimiento de permanecer, y contribuir en la medida de mis posiblidades, a un serio y ilusionado proyecto del otro futuro posible.
Y, cómo no, también recuerdo otras cosas: históricas banderas cogiendo polvo en los almacenes, derivas a la derecha (de algunas de ellas pudimos salir), sistemáticos intentos de transformar el movimiento en una izquierda políticamente correcta y descafeinada con censura hacia los que se mantenían fieles al proyecto original, alianzas que no parecían tan desafortunadas en un principio pero resultaron serlo, y que ahora extrañamente nos negamos a abandonar, falta de voluntad, o falta de habilidad, de conseguir la unidad de las izquierdas de este país.
Y después de tantos años juntas, tras nuestro novelesco comienzo digno de un serial radiofónico franquista en que para estar contigo tuve que desafiar a mi nada izquierdista familia, ¿que puedo decirte, compañera IU, a punto de cumplir tus 25 años de vida? Que sin embargo te quiero, con un amor más derivado del roce que no de la pasión, más amistoso que no romántico, a pesar de tus defectos porque en este contexto no puedo decir que incluso gracias a ellos, y asumiendo mi parte de culpa, y la de tod@s, en la evolución negativa de esta relación.
Y soñando tal vez en ese punto, en el marco tal vez de un viaje iniciático, en que tú y yo podamos recuperar los proyectos y las ilusiones del principio, aprendamos a cuidar nuestra unión y nos comprometamos a intentar fallarnos mutuamente lo menos posible. Yo voy a estar ahí… si tú estás por la labor.
Fiesta 25 Aniversario de Izquierda Unida
Más y mejor info sobre el tema en los blogs listados en este post y aquí.
Siete de la mañana. Llego a mi lugar del trabajo. Ante mí, un inmenso párking plagado de furgonetas que ya ni pasan la ITV; sé que me asignarán una de ellas, así como una caja de herramientas desprovista de la mitad de su contenido y un móvil con un bajo límite de crédito en el que tendré que economizar las llamadas de trabajo porque si no acabaré pagando yo. Un día, lo sé, va a pasar una desgracia. Espero pacientemente a que me faciliten el material y me asignen el recorrido de hoy, pero los coordinadores reciben instrucciones contradictorias del alto mando y no saben a qué atenerse: colijo que no fue por los merecimientos académicos ni la capacidad personal por lo que esos mandamases consiguieron sus puestos, y entretengo la espera en imaginar cuántos sobornos habrán pagado y cuántos subalternos habrán pisoteado para llegar hasta ese punto.
Son ya las ocho cuando salimos de la central, yo y mi compañero. Tenemos que ir 200 km más allá para recoger un componente con el que arreglar una antena telefónica situada a otro centenar de kilómetros más. Kilómetros, gasolina. El gepeese del vehículo apenas funciona y para encontrar la dirección de Vilanova i la Geltrú adonde tenemos que dirigirnos hemos de preguntar a l@s lugareñ@s, que no parecen haber oído el nombre de esa calle en su vida. Llamamos a la central y, desconcertados, nos hacen volver. Kilómetros, gasolina. Tiempo. En la sede, el coordinador descubre, después de mucho interrogar a los altos mandos, que la localidad en cuestión es en realidad Vilanova del Camí, pero al final acabamos encontrando la calle en Vilanova del Vallés. Sobornos, pisotones. Kilómetros, gasolina. Tiempo. El componente que teníamos que instalar no es el que se necesita. El técnico, al que llamamos con nuestro móviles porque los de la empresa no tienen cobertura, no tiene ni idea de qué puede ser la la causa del estropicio: el alto mando no le ha permitido ir a investigar y solo puede imaginarlo. Sobornos, pisotones. Y nosotros no tenemos ninguna noción, ni nos han hecho ninguna formación, sobre ese tipo de averías, se limitaron a contratarnos porque cobramos menos que un operario más especializado. Empezamos a tocar conexiones y por casualidad acertamos y el problema se resuelve. Abandono la caseta de la antena telefónica dejando suciedad, grifos que gotean y cables sueltos; me ofrezco a adecentarlo todo en un momento, ya que estamos allí, pero mi compañero dice que la empresa no nos permite reparar nada más que las urgencias. En breve tendremos que volver de nuevo. Kilómetros, gasolina. Tiempo.
De vuelta a la central, porque no hay tiempo de nada más, tengo que hacer los partes de averías y enviarlos a Madrid. Esta labor he de realizarla fuera de las horas de trabajo, empleando mi propio portátil y mi propia conexión a Internet, porque la empresa no me los proporciona. Sentado en las escaleras, naturalmente, porque tampoco tienen para ninguno de nosotros una triste mesa de trabajo. De pronto, me dicen que hay reunión improvisada. En ella nos cuentan que sobra personal. Va a haber recortes. Cierran una de las sucursales y nosotros tendremos que encargarnos también de ella. Kilómetros. Gasolina. Tiempo. Y esa decisión han tenido que tomarla porque los operarios, debería darnos vergüenza, gastamos, perjudicando a la empresa que tanto se preocupa por nosotros, cantidades ingentes de kilómetros, gasolina, tiempo… Y además, y por si fuera poco, se nos ve un poco desmotivadilllos.
Vuelvo a mi casa. Tomo un periódico gratuito que está sobre un asiento del metro, leo que mi empresa, por cierto subcontratada por una famosa compañía de telecomunicaciones (pero todas son iguales), está obteniendo unos beneficios increíbles, subiendo como la espuma y expandiéndose por toda Hispanoamérica. Y comprendo que es a costa de las mentiras que la empresa que les subcontrata cuenta a sus clientes, a costa de los trabajadores, a costa de la cutrez generalizada en esos servicios por los que no podemos protestar porque no tenemos quien nos escuche. A costa de un gobierno que no impone estándares de calidad en los productos ni mínimos de seguridad ni justicia laboral, al menos en la práctica, y permite que la manera de enroquecerse sea siempre mediante sobornos a los más poderosos y pisotones a l@s más débiles.
Hubo una vez, hace mucho tiempo, un muro. Un muro que impedía la libre circulación y contra el cual se estrellaban, por uno de sus lados, las esperanzas de libertad de mucha gente (libertad, esa palabra tan dúctil y manipulable), gente que en la mayor parte de los casos interpretaba como libertad la libertad de ir a una tienda y comprarse unos tejanos de marca o la libertad de vivir en un blanca casita en un alegre suburbio; y por el otro lado, las ansias de negocio de las potencias occidentales. Aquel muro se derribó, y fue un día de fiesta grande, de luminosos augurios.
Después hubo otro muro. Éste, por el contrario, fue sancionado por las mismas potencias occidentales que abominaban del otro y promovieron su hundimiento y, más aún que el primero, fue construido con sangre. Ese muro aún sigue en pie, y no habrá fiesta grande ni luminosos augurios, al menos en el futuro a medio plazo y al menos si no hacemos algo al respecto, excepto para que los que lo alzaron y los que lo disfrutan.
Más tarde, han habido otros muros: algunos han sido físicos, otros virtuales. Algunos han limitado la libre circulación de personas, y otros han estado fundados en el miedo, en el odio, en la soberbia, en el fanatismo, en las bombas. Esos muros siguen construyéndose, de una manera imparable, y pronto Europa y Oriente se verán infectadas de ellos, colonizadas por ellos, y entonces nos quejaremos, lloraremos, extenderemos nuestras manos al cielo, y nos querremos reconocer que hemos sido nosotros los que hemos ayudado a construirlos, los que hemos puesto, sucesivamente, otro ladrilllo más, a veces con nuestros votos.
Y por cierto: creo que ya sabéis que la famosa libertad en nombre de la cual fue derribado el primero de los muros protagonistas de este post no trajo tejanos de marca ni casitas blancas, sino absolutamente lo contrario.
Me siento ofendida. Vilipendiada. Humillada en mis convicciones más íntimas, con todo lo que es importante para mí pisoteado por seres sin ningún tipo de moral ni escrúpulos ni límites.
Y lo hacen porque me odian. Lo sé. Me aborrecen a mí, y a los que piensan como yo, y su único objetivo en la vida es desafiarme, desafiarnos, perseguirme, perseguirnos, hasta la extinción final.
Porque, a pesar de sus protestas, sus motivos no son reivindicar sus creencias. Es otra la razón de sus crueles exhibiciones: ni más ni menos, incitar a la violencia. Hacer apología del terrorismo. Agitar a las masas hasta el genocidio, pasar por la sangre y el fuego a los que opinan diferente de ellos.
Es Semana Santa, y se ha abierto la veda de ateos y agnósticos como yo, con la connivencia del laico Gobierno de nuestro no confesional país. Pero ¿verdad que os resultan absurdas las aseveraciones de los tres párrafos anteriores? Entonces, ¿por qué, por todos los santos mártires que cayeron luchando por la libertad y por la mejora de las condiciones de vida de sus conciudadan@s, se les dan crédito cuando las formulan personas de signo ideológico contrario?
(viene de) No dudé ni un momento: aunque tal individuo no era enemigo para mí, a una voz suya pidiendo auxilio para atrapar al ladrón aquello se iba a llenar de todos los caballeros participantes en el torneo que acampaban cerca de allí, y consideré inteligente evitar una tan desigual contienda.
-Ah… esto… bueno… ejem… -mientras tanto, mi colega intentaba tapar nuestro pequeño expolio con su capa al tiempo que silbaba una cancioncilla goliarda-… íbamos a dar un paseíllo para que no se oxiden los caballos… ya sabes que es bueno que hagan un poco de ejercicio de vez en cuando.
-De acuerdo, pero no os alejéis demasiado, que hay trabajo –nos disponíamos a montar para poner tierra de por medio, cuando volvió a llamarnos la atención:
-Eowyn, ¿has pensado en mi oferta?
-Eh… pues… hablamos a la vuelta. Ya verás cómo te daré una buena sorpresa.
-No lo dudo –yo tampoco-. Bueno, lo dicho, no os retraséis.
“Mejor siéntate a esperar, no sea que te canses”, pensé. Subimos a los caballos y nos apresuramos a desaparecer de su vista.
-Ya es mala suerte –gruñía yo sin dejar de cabalgar-. Un día que no entra en su habitual sopor etílico y es justo aquel en que nos tenemos que escapar.
-Creo que la impaciencia por saber tu decisión no le dejaba dormir –mi compañero guiñó un ojo, socarrón. Yo le advertí levantando el dedo índice.
-Una bromita más al respecto y te aseguro que probarás el filo de mi espada… Pero ¿qué es esa nube de polvo que parece perseguirnos? Viene de la ciudad.
Sin dejar de cabalgar a escape, miramos hacia atrás. Una comitiva de hombres armados se dirigía hacia nosotros, empuñando las lanzas y con intenciones que no se podrían definir como demasiado amistosas.
-El señor Adolfo no puede haber avisado a nadie tan rápido. Pero… ¿qué veo? Las negras y relucientes armas del que va en cabeza son inconfundibles… ¡Es mi archienemigo!¡Ha vuelto!
Ahora lo entendía todo; desde el primer momento, aquel empleo había sido una trampa. Ya era extraño que a una pobre guerrera errante como yo, sin fortuna y sin amigos, la vinieran a buscar de la forma en que el señor Adolfo me había reclamado; tal vez él mismo desconocía que estaba siendo utilizado, era demasiado inculto, borrachín y fracasadillo para ser además una persona excesivamente vil, o quizá se limitaba a mantener con el poderoso relaciones tan rastreras como las de España con Estados Unidos, en las que la potencia mundial asesinaba a los periodistas y encarcelaba a las madres del país mediterráneo mientras este se limitaba a mirar hacia otro lado al tiempo que hacía reverencias. Pero sin duda todo formaba parte de un plan del siniestro individuo del que llevaba huyendo toda la vida y del que, estaba segura, más la suerte que no mis capacidades me habían permitido escapar hasta entonces; supuse que necesitaba un lugar donde mantenerme ocupada y, a poder ser, mal alimentada, mientras él pudiera reorganizar sus huestes para encontrarme fácilmente después. El único consuelo que el hecho me proporcionaba era las numerosas precauciones que mi sempiterno enemigo solía tomar para atraparme, como si me creyera invencible o al menos muy bien apoyada, lo cual, aunque absurdo, resultaba ciertamente halagador.
-Corre –insté a mi compañero-. Quiero decir, corre más. No necesito decirte lo peligroso que es ese tío. Las personas que atrapa no vuelven a ver la luz del sol, y no necesita mazmorras para eso, aunque también las tiene, evidentemente. Consigue que la gente renuncie a lo que son y a la que podrían ser. No me preguntes cómo, tal vez conozca las diez reglas de la manipulación mediática de Chomsky. Vamos, dale caña.
Nuestros perseguidores acortaban progresivamente la distancia que les separaba de nosotros, gracias a sus caballos frescos y lustrosos, mientras nosotros sentíamos que se nos nublaba la vista y nuestras monturas, escuálidas y derrengadas, no parecían poder aguantar mucho más. Yo no podía dejar de pensar en todos los desafíos que me esperaban en el presente y en el futuro, en ese maldito año 2011 adonde no tardaría en trasladarme y donde tanto se necesitaba de cualquier contribución, por pequeña que fuera, como así era la mía, para que la poca justicia social que aún existía, tal vez ya solo en nuestros sueños, no fuera definitivamente erradicada de la faz de la Tierra, planeta que al parecer, y además, tenía ya fecha de caducidad; no, no podía aceptar que mi recorrido vital acabara en ese preciso momento. De pronto, se me ocurrió una idea.
-Eowyn, ¿te das cuenta de que en todas tus historias siempre terminamos escapando a la carrera? –me decía el ex templario entre jadeos-. La próxima podría ser algo más tranquila. Por ejemplo, conoces a un gentil y valeroso caballero que decide acompañarte en todas tus correrías, sois felices para siempre y me llamáis para que sea el padrino de bodas antes de invitarme a un suculento banquete. ¿No lo has pensado?
-No estaría mal vivir de vez en cuando una aventurilla de tipo sentimental, aunque tal vez no tan seria como la describes –concedí yo-, pero me temo que eso no pasará en breve. No se encuentran fácilmente especímenes válidos de mi sexo contrario en la actualidad, el género masculino está últimamente muy degradado. Con honrosas excepciones, claro –me apresuré a añadir-. Además, al paso que vamos pronto no podremos ni escribir historias en la red, como no hagamos algo para solucionarlo. Pero no te preocupes. Lo tengo todo controlado.
La desesperación, que no la destreza, me empujó a hacer una maniobra casi suicida. Confiando en la fidelidad de mi cabalgadura y con el movimiento más rápido que pude conseguir, me di la vuelta sobre el lomo del caballo, poniéndome de cara a mis perseguidores, y les envié la lanza que tan amablemente nos había obsequiado el señor Adolfo de sus tesoros personales; como había calculado, el arma rozó al Señor de los Mercados y le obligó a hacer un movimiento para esquivarla, cosa que provocó que se caballo se encabritara y que consecuentemente el grupo se desmembrara momentáneamente.
-Aprovechemos, pronto volverán a reorganizarse. Un esfuerzo más y los despistaremos. Conozco mucho mejor estos territorios que ellos, es el precio que los terratenientes tienen que pagar por vivir de espaldas a su posesiones.
-Reconozco tu sello en esta maniobra –me alabó el templario con admiración exagerada-. Arriesgada, de una habilidad pasmosa y sin derramamiento de sangre.
-Bah, es solo esa buena estrella que me acompaña hasta que deje de hacerlo…
Antes hablo… De un recodo del camino una avanzadilla de nuestros perseguidores, destinada sin duda a no dejar sin vigilancia ninguno de los caminos que pudiéramos seguir, se nos echaba encima a una velocidad ultrasónica. Enarbolé la lanza sin decir una palabra, dejando mi verborrea habitual para otra ocasión, y me abalancé sobre el primero, mientras mi compañero me seguía, tan rápido y mortal como la subida de las tarifas eléctricas. Lo derribé y lo dejé en el suelo, bastante maltrecho pero sin que su supervivencia peligrara en breve, y sin rematarlo, cosa nunca hago (soy una guerrera pacifista, esta es una de mis numerosas contradicciones), fui a por el siguiente; por su parte, mi amigo templario había dado ya buena cuenta de un par de enemigos y estaba comenzando a encargarse del siguiente. Yo acabé con el mío y fui a echarle una mano. El susodicho dio bastante más trabajo que los anteriores, que seguramente habían sido novatos contratados por el menor salario, creyendo así el propietario de la empresa que ahorraría gastos y conseguiría la misma productividad; el feudalismo (y el capitalismo) se labra él mismo su propia tumba, pero los que acabamos enterrados somos nosotros. Derribados los tres de nuestros caballos, sacamos las espadas y combatimos con ellas; vi una nada alentadora mancha de sangre sobre la cota de malla de mi compañero de aventuras y redoblé mis mandobles, tomando la iniciativa de la batalla. Esquivé un par de estocadas que pasaron peligrosamente cerca de mi cuello, pero por fin logré herirlo ligeramente en un brazo, lo que aproveché para arrastrar al viejo templario hasta los caballos.
-Venga, démonos prisa… ¿estás bien?
-Es solo un arañazo. No te preocupes.
Algo más tranquila, y viendo que nuestros contrincantes seguían en el suelo doliéndose de sus golpes y encomendándose al Altísimo a grandes voces, me entretuve en sacar algo de mis alforjas y clavarlo entre los derrotados.
-¿Qué es esa bandera de extraños colores? –preguntó extrañado mi colega mirando ondear la tricolor.
-La bandera de la República… una especie de homenaje al futuro. Te lo contaré cuando tengamos tiempo. Pero ahora dejemos atrás de una vez este nefasto lugar y busquemos un sitio donde descansar un poco.
Cuando nos sentimos totalmente a salvo, acampamos a la orilla de un río refugiados entre la fronda que se asomaba hacia él. Mi compañero encendió la hoguera y, concentrados en sus llamas, nos olvidamos por un momento de nuestras vicisitudes. Sin embargo, se imponía hacer planes para nuestro porvenir.
-Tengo que marcharme –dijo el viejo templario-. Existe un monasterio cercano donde se ocuparán de mis heridas y tal vez vuelvan a admitirme. Creo que ya he vivido suficientes aventuras en lo que me resta de vida, y mis cansados huesos dudo que soporten alguna más.
-Sabía que llegaría este momento –manifesté yo-. Amigo, espero que tus sueños se cumplan allá donde vayas, si es que aún te queda alguno.
-¿Y tú qué harás, Eowyn? ¿Volverás a ese futuro de tristes presagios que me describes a veces?
-No me queda otro remedio –le contesté-. Nos veremos en el infierno, camarada. Te llevas todo mi aprecio.
-El mío caminará a tu lado acompañado de esa fortuna que deseo que nunca te abandone –respondió-. Hasta siempre. No te olvidaré, muchacha.
La soledad ha sido siempre mi compañera y he aprendido a acogerla casi con júbilo cada vez que regresa después de sus cortas ausencias. Tal vez sea el impuesto que me requiere la vida por querer ser fiel a mis locas ideas, tal vez, sencillamente, el gran ordenador del destino me ha programado para esto o posiblemente me lo he ganado con creces. Pero no importaba. Ante mi vista se extendía la vasta naturaleza aún virgen de aquellos lares y época, y en la lejanía divisé a desheredados de la fortuna mendigando por los caminos un poco de caridad o un empleo que no existía, por mucha preparación y cursos del Inem que te estimulara el Gobierno a realizar como sucedía en el mundo adonde poco tardaría en regresar. Los presagios eran negros, desde luego; pero aún me quedaba mi espada.
Y, además, un escudo nuevecito que me había salido completamente gratis.
(viene de) Además de vernos asediados por los microorganismos menos amables, de cuando nos asaltaban personajes vestidos de comerciantes que agitaban largas listas ante nuestros ignorantes ojos: descubrimos que el señor Adolfo tenía tantas deudas que le habían embargado el campamento, las armas, los caballos, y hasta la ropa interior que llevaba puesta (lo cual requería muy pocos escrúpulos, y no hablo ahora de escrúpulos morales, según veremos después), según él debido a los numerosos enemigos que se aprovechaban de su bondad y a los envidiosos que le odiaban debido a su maestría con los instrumentos bélicos y a su apostura personal. Las armas con las que pretendía que hiciéramos un buen papel en los torneos estaban estropeadas, mohosas y casi deshechas, y las pocas un poco aparentes se debían a la generosidad de un compañero de torneos de mejor fortuna. El rancho que se nos servía un día no y al otro tampoco era tan reducido en cantidad como en enjundia, y me vi obligada que recurrir a mis exiguas reservas monetarias para que mis femeniles curvas no perdieran su (menguado) poder de convocatoria ante el otro sexo; problemas alimenticios que no parecían afectar a nuestro jefe, al cual cada día se le veía más obeso y coloradote, y cuyos encargos a las tabernas que jalonaban nuestro camino eran progresivamente más abundantes. Por si fuera poco, de los “sustanciosos honorarios” que se nos habían prometido no habíamos visto ni un maravedí, la legendaria habilidad torneística de nuestro capitán era más irreal que la pericia política de los presentes y pasados gobernantes españoles (hubieran sido patéticas de no haber resultado cómicas las constantes caídas en el barro de su oronda, y fofa, humanidad antes de que hubiera podido ni siquiera embestir a un contrincante), lo que convertía a los esfuerzos del resto del escuadrón de hacer un papel regularcillo en denodados y casi infructuosos; claro que estos fracasos se debían totalmente a nuestra inutilidad y holgazanería, como no tenía inconveniente en declarar ante los espectadores con más poder adquisitivo, tal vez futuros organizadores o patrocinadores, o sea, clientes, en un alarde de profesionalidad. Eso cuando no echaba la culpa a los guerreros de origen morisco o judío, responsables, según él, de que se hubieran perdido las formas caballarescas en los torneos y de la inseguridad en los caminos.
-Eso es habitual –me indignaba yo-. No es la primero que veo cómo la gente justifica su fracaso acusando al otro, al diferente. No hay nada mejor para atizar el ardor guerrero de los autóctonos que difundir todo tipo de rumores falsos sobre los recién llegados. Las personas deberían de convencerse de una vez que la única patria a la que debemos fidelidad es la explotada ciudadanía, y los únicos extranjeros de costumbres diferentes e incompatibles con los nuestras son la maldita raza de los explotadores. Compañero, no dejemos que nos arrastren a esta trampa –él asentía.
Y así transcurrían los días en ese nuevo trabajo mercenario, del que de momento no veía la opción de ser rescatada (aunque si lo que me esperaba era un rescate como los de la Unión Europea con algunos países, más prefería el secuestro), sobrellevando como podía las precarias condiciones laborales mientras intentaba, como llevo haciendo desde tiempo, no dejar que la agresividad me cegara en el campo del batalla y resultar eficaz sin ser sanguinaria; ya había demasiada violencia en el mundo, sobre todo, y vergonzosamente, hacia las mujeres, y aunque era tentador aprovechar las armas físicas y virtuales que tenía a mi alcance para autonombrarme ángel vengador de mi sexo, no pensaba caer tan bajo como algunos integrantes del opuesto ni pensaba que fuera aquella la solución.
Pero aún no había llegado lo peor.
Una noche en que mi colega había sido oportunamente enviado a hacer un recado, nuestro amado general en jefe me hizo llamar a su tienda. Obedecí a regañadientes, imaginando que me requería para una de sus sesiones de batallitas, en las que solía enseñarme ruinosos pergaminos que atestiguaban logros militares obtenidos en batallas remotas, que él insistía en presentar como muy recientes como si creyera que todo el mundo tenía tan poca memoria como él (a lo mejor sospecha que en la España del siglo XXI el recuerdo está castigado por la justicia mientras la corrupción se premia) y no pareciendo ver que aquellos patéticos testimonios escritos se caían de viejos; yo me preguntaba cuánto había pagado al falsificador que le había hecho el trabajo, porque ni en mis más optimistas pronósticos podía aceptar que aquel ser hubiera sido en alguna ocasión un guerrero respetado, hábil y honesto, a pesar de la degeneración cronológica a la que todos estamos expuestos. Me hizo pasar y me indicó que tomara asiento. Una vez acomodada, me espetó:
-¿Eres feliz aquí, Eowyn?
Yo me encogí de hombros dirigiéndole una irónica mirada; hacía tiempo que había decidido hablar claramente con él, para bajadas de pantalones ya tenía suficiente con las de algunas asambleas de EUiA con ICV en la campaña para las elecciones municipales de España 2011.
-Bueno, si obviamos lo poco apropiado de nuestros aposentos, la escasez y reducida calidad del alimento, el incómodo ambiente de trabajo y el hecho que desde que estoy aquí aún no he visto un triste céntimo de maravedí, aparte de otras cosas que no tengo ganas de relatar ahora, sí, se puede decir que soy razonablemente feliz. La religión cristiana nos enseña la paciencia y el sacrificio, y a fe mía que en este empleo dispongo de sobradas ocasiones de practicar estas virtudes.
Él meneó la cabeza con expresión de seguridad, quitando importancia a mis quejas.
-Todo eso cambiará en breve, te lo prometo. El escuadrón ha atravesado un bache, producido por la envidia y la maldad de mis contrincantes -bla bla bla, ahorro a l@s lector@s la ya cansina cantinela-, pero estoy en camino de solucionarlo todo –al ritmo que íbamos, yo calculaba que le faltaban unos dos siglos para poder solventar sus deudas, y otro más para estar en situación de pagarnos a nosotros, pero joder, la esperanza nunca ha de perderse-. Ya te dije que tengo mucha confianza en tus aptitudes, muchacha. Estoy rodeado de inútiles, pero sé que con una mujer como tú a mi lado podría hacer grandes cosas. Eres exactamente la compañera que necesito –mientras decía estas palabras, iba a aproximándose a mi asiento con expresión lúbrica, al tiempo que yo miraba en torno mío considerando con desesperación las posibles salidas-. Contigo a mi lado, el éxito en los torneos estaría asegurado y conseguiríamos fama y riquezas inimaginables –se acercaba más y más, dejándome constatar que la deficiente higiene de sus posesiones se extendía también, y no veas de qué manera, a su persona; yo estaba a punto de morir intoxicada; al menos los vapores de alcohol que exhalaba su aliento, aunque desagradables, tal vez supondrían un antídoto contra tan infecciosas miasmas-. Tú solo acepta y el mundo estará a nuestros pies… Tienes tanto talento y eres tan hermosa –al parecer, a sus numerosos defectos había que añadir el mal gusto-… aunque he de añadir que me gustabas más cuando te conocí; últimamente te estoy viendo un poco flacucha y tus encantos femeninos desmerecen.
-No me explico a qué puede ser debido –fingí irónicamente ignorancia mientras me apresuraba a levantarme… bueno, por lo menos el interfecto había aludido a mis merecimientos profesionales, y no solo a mi supuesto valor como trozo de carne. Pero no era consuelo-. Gracias por el ofrecimiento, si me lo permites voy a consultarlo con la almohada. Hala, a pasarlo bien –desaparecí a toda velocidad por la puerta y regresé a mi infecto cubil, donde afortunadamente ya me esperaba mi compañero. Sin dejarle ni siquiera darme la bienvenida, le solté.
-Nos largamos. Ahora. Sigamos el ejemplo de las revoluciones de los países árabes y de olvidadas como en Chile y enfrentémonos al explotador, aun a riesgo de una intervención imperialista como de Libia que acabe con nuestras legítimas ansias de libertad y comida y garantice el suministro de petróleo a los países occidentales. No necesitamos una consulta independentista de esas tan lícitas pero con las que los poderosos distraen al pueblo de sus verdaderos problemas, nos independizamos solos con dos pares de gónadas, aunque Aznar quiera declararnos la guerra al igual que a las autonomías españolas y al comunismo cubano. Mi resignación cristiana y mi sentido práctico tienen un límite. Puedo aguantar verle a todas horas repantigado en su jergón vestido con esa camisa cuya mugre tiene hasta círculos concéntricos que delatan el milenio en el que se depositó allí, mientras os obliga a realizar las tareas más serviles y a cortar leña con piedras porque ni de una triste hacha dispone; tener que hacer de chófer de las prostitutas que contrata sin cesar en los pueblos que atravesamos, y que han de estar bien desesperadas las pobres para aceptarlo como cliente; presenciar cómo sus maleducados hijos que en el futuro superarían con creces cualquier exageración sobre la generación Nini se pasean por el campamento destrozando en sus estúpidos juegos las pocas armas que tenemos para trabajar sin que ese imbécil se digne a reñirles lo más mínimo; incluso toleraría que nos veamos forzados a acoger un día más a ese asqueroso chucho en nuestra tienda para que, según el jefe, “no esté solito”, pero lo de hoy ya raya el surrealismo. ¿Pues no ha tratado el muy gilipollas de tirarme los tejos? Ahora entiendo por qué no me hacía trabajar tanto como a vosotros: me tenía reservada para otro tipo de tareas de índole aún menos digna.
Mi compañero se levantó de inmediato.
-Si tu virtud está en peligro, desde luego que nos vamos. Aunque sea con las manos vacías.
-Bueno, no es tanto mi virtud lo que me preocupa, para solventar problemas de este tipo ya me basto solita, sino mi salud física. Otro acercamiento como este y tendrán que hacerme un lavado de estómago. En cuanto a mi salud mental… hay espectáculos cuya visión hace perder la razón al más equilibrado, y el de ese amorfo personaje mirándome con los ojillos llenos de lujuria es un buen ejemplo. Pero no te preocupes sobre lo de irnos con las manos vacías; mientras trataba de escapar de sus asechanzas me ha parecido entrever algo en un rincón de la tienda. Espera a mañana, y cuando esté distraído supervisando los entrenamientos o haya salido a hacer su cotidiana estancia matutina en las letrinas, te lo enseñaré.
Dicho y hecho; a la mañana siguiente aprovechamos el momento en que el señor Adolfo desapareció para echar una siestecita bajo los árboles, otra de sus industriosas costumbres diarias, para entrar en su tienda. En un rincón, tras toneladas de desorden e inmundicia, se hallaba lo que me había parecido vislumbrar la noche anterior: un escudo nuevecito, una lanza reluciente y una silla de montar, amén de otros útiles para la vida aventurera de los caballeros y las damas guerreras errantes que nos serían muy convenientes. Me dirigí a mi compañero:
-Quédate con la silla, la tuya está en unas condiciones lamentables.
-Gracias. Creo que tú necesitabas un escudo.
-Sí. El mío no es compatible con los nuevos modelos de espadas. Estos herreros medievales… y eso que aún no conocen la obsolescencia programada. La lanza también nos la llevamos, que siempre va bien. Anda, arreando.
Guardábamos nuestro botín en las alforjas de nuestros caballos, cuando nuestro dueño y señor salió de la espesura del bosquecillo, preguntándonos con uan expresión que no acertamos a definir:
-¿Qué es lo que se supone que estáis haciendo? (sigue)
El caballero que encabezaba el escuadrón de torneos, en el cual mi compañero y yo íbamos a prestar servicio de ahí en adelante, recorrió con mirada apreciativa la totalidad de nuestras figuras bien pertrechadas para la lucha, la mía y la de mi colega el viejo templario, y por un breve instante un mal pensamiento holló mi por lo común bienintencionado cerebro, pues me pareció que en su inspección el señor Adolfo prestaba menos intención a mi impedimenta armamentística y a mis cualidades físicas para el combate que a virtudes aptas más bien para otro tipo muy diferente de placeres; incluso me pareció verle relamerse con fruición en algún momento de la ojeada, aunque de inmediato atribuí el espejismo a las penalidades del largo viaje y a los numerosos días que llevaba sin echarme al coleto una buena jarra de vinillo.
Eso sí, lo que era bastante evidente que el susodicho había dejado atrás hacía bastantes decenios su momento dorado: la musculatura que le habría permitido empuñar la lanza y la espada con eficacia se hallaba ahora derrumbada y enterrada tras cascotes inmensos de grasa, como si le hubiera atacado un terremoto de calorías, y los rasgos de su cara se veían distorsionados y abotagados igual que si se hubiera ahogado en un tsunami de alcohol de garrafón. “O sea que no es cierto que los desastres se produzcan siempre en territorios dejados de la mano de Dios, Brasil y Haití por ejemplo”, medité, “al menos si hemos de hacer caso a la riqueza de la que este hombre hace gala. Claro que cuando las catástrofes se producen en países desarrollados, es que se avecina un cataclismo nuclear, como en Japón. Al menos espero que mi colega y yo sepamos escapar de la debacle cuando se produzca con tanto orden y disciplina como los nipones”. De reojo, me llegó la expresión dubitativa del templario renegado, como si adivinara ya que mis pensamientos no se iban a corresponder con la realidad.
-Bien, bien, bien, mis queridos nuevos compañeros -se expresó por fin mi nuevo jefe con voz cazallosa, entonación barriobajera y una elección de vocabulario tan vulgar que prefiero reproducirla en traducción al buen castellano, no sea que mis lector@s me acusen de subvertir el léxico y la sintaxis de tan noble idioma-, estoy muy satisfecho de que sirváis a mis órdenes. He oído hablar muy bien de vosotros, sobre todo de ti, Eowyn de Camelot, a quien tu fama precede. Confío en que demostrarás esas capacidades bajo mis órdenes… aquí estaréis muy bien, dispongo del campamento más suntuoso y cómodo a este lado de la frontera, y los herreros más hábiles trabajan para mí y me confeccionan las mejores armas para que con mi destreza en la lucha, y la de los caballeros a mi servicio, les conduzca a la fama y el honor eternos y a la riqueza temporal. Que la austeridad de mi tienda no os lleve a dudas, soy un hombre que prefiere vivir morigeradamente. Además, tendréis sustanciosos honorarios que se verán incrementados si demostráis merecimiento en la batalla… Pero id ya y descansar de las inclemencias del viaje, que bien os lo merecéis.
Yo ya me frotaba las manos imaginando el confortable alojamiento donde iba a descansar esa noche, y que anteriormente el señor Adolfo me había descrito como un Edén de lujo asiático perfumado con los aromas del Mediterráneo. De inmediato, dos sirvientes nos condujeron a una pequeña extensión de terreno situada detrás de la tienda principal donde había tenido lugar aquella entrevista, y tuve que frotarme repetidamente los ojos al ver que aquel calvero polvoriento se apilaban, alrededor de las letrinas, la friolera de tres diminutas y ajadas tiendas, una de las cuales nos señalaron como la que sería nuestro hospedaje en los días venideros.
-Esto es lo que hay –manifestó unos de los criados, de flaco semblante, que nos había llevado hasta allí-, colegas. Tendréis que compartirla.
Sin dar aún crédito a mis oídos, entré. En el reducido espacio los jirones de tela se agitaban alegremente al ritmo del viento que entraba por los agujeros, acariciando en su alegre danza una mugre omnipresente, en mitad de los efluvios que arrojaba los retretes. En el suelo, unos trapos que debían haber corrido mil aventuras por las alcantarillas más pestilentes de la comarca se apilaban a modo de jergón.
-Y aquí se supone que hemos de dormir dos personas… en este amplio y cálido salón de baile. Supongo que la idea es que nuestra cercanía haga la función de sistema de aislamiento térmico, que por lo que veo es un poquillo deficiente.
-Así es –respondió sin inmutarse, el doméstico que había hablado.
-A ver –resumí yo la situación-, no pretendo iniciar mi primer día de trabajo con reivindicaciones laborales, pero tampoco me gustaría que mi prudencia fuera tan malinterpretada, aunque quizá con razón, como la de algunos sindicatos en el enero del 2011 español. Traducción: ¿qué coño es esto? ¿Se supone que es aquí donde tenemos que alojarnos? ¿Los dos? ¿Cuándo se perdieron en esta empresa la decencia y el decoro? Y sobre todo, ¿cuándo se perdieron los productos de limpieza?
-Pues lo siento –me contestó el otro lacayo, tan escuálido como el primero, encogiéndose de hombros-. No pienses que nosotros vivimos mejor. Nuestra tienda es la de la derecha, cuando la veas por dentro te considerarás afortunada.
-Es de suponer que los dos caballeros más antiguos habitan la tienda de la izquierda, la que parece algo más arregladita –aventuré yo.
-Te equivocas. Los otros dos caballeros más antiguos somos nosotros. Sí. También. La tienda de la derecha es la del perro.
-¿La del perro?
-La del perro.
-Me temo que en este mundo se está llevando el antiespecismo demasiado lejos… está bien, retiraos, necesitamos un poco de soledad para ver si nos hacemos a la idea de nuestro cruel sino -cuando se hubieron ido, le dije a mi compañero-. Antes de cualquier otra consideración, es urgente que desinfectemos esto, así que vayamos a la aldea más cercana a ver si nos prestan algo que pueda servir para el cometido. Y mantas. Muchas mantas. Y si mañana no se nos han congelado las ideas o alguna otra parte de nuestra anatomía, meditaremos qué hacer.
La generosidad de los aldeanos de las proximidades nos evitó morir aquella noche de frío, del virus del ébola o de ambas cosas simultáneamente, y pensé que menos mal que no me encontraba de regreso en la Cataluña del futuro, donde con la de microbios que pululaban por allí los recortes de Mas, sobre todo en Sanidad pública, nos conducirían a un muerte segura, como seguramente acabarían conduciendo a muchas personas humildes, a la muerte del cuerpo o a la muerte del alma, que no sé qué es peor. Al día siguiente, mi colega y yo celebramos un conciliábulo donde decidimos que visto lo visto y con los casi cinco millones de parados medievales que pululaban por los caminos pidiendo limosna, más nos valía seguir allí hasta que encontráramos otra manera de ganarnos el sustento, aunque para ello se necesitaba un valor superior al que pudiéramos esgrimir en la batalla (el mismo que tant@s trabajador@s, y sobre todo trabajadoras, están demostrando ahora). Pero no sabíamos que nuestras desdichas no habían hecho más que comenzar. (sigue)
Un ejemplo de los recortes en Sanidad del Govern Mas en Cataluña. O sea, en un tiempo de crisis, terreno abonado para la proliferación de enfermedades, y no solo mentales, y cuando el paro asfixia casi al 20% de la población, esta es la solución que propugna este psicópata peligroso, pues ha de subvencionar su bajada de pantalones ante las grandes fortunas a las que obsequia con una fiscalidad crecientemente beneficiosa. Una curiosa fórmula algebraica cuyos desajustes acabamos arreglando los de siempre.
Hospital Mare de Déu de la Cinta
- Cierre de 35 camas
- Cierre de dos de los cinco quirófanos
- 60 trabajadores eventuales menos
Hospital de Bellvitge
- Cierre de 48 camas
- 400 trabajadores eventuales menos
Hospital Clínic
- Cierre de entre 50 y 100 camas
- Cierre de Urgencias de la calle Valencia
Hospital del Mar y de la Esperanza
- Cierre de Urgencias del Hospital de la Esperanza
Hospital de Mataró
- Cierre de 42 camas
- Cierre de tres camas de la UCI
Hospital Joan XXIII
- Cierre de 48 camas
- 240 trabajadores eventuales menos
Hospital Arnau de Vilanova -
- 50% quirófanos cerrados por Semana Santa y verano
- Consultas externas cerradas en Semana Santa y 50% en verano
Hospital Josep Trueta
– 11% menos de actividad hasta octubre
– 1 / 3 trabajadores eventuales menos*
Hospital de Calella
– Reducción del 12% de los trabajadores
– Cierre de quirófanos por la tarde
Compañer@s, este un atentado directo al derecho más fundamental de todos; es, en una sola palabra, una agresión. Lo que están haciendo los organismos internacionales sometidos al dictado de los poderes económicos desde la ingeniosa invención de la crisis es directamente un genocidio lento: porque los cierres de empresas y las privatizaciones (y las leyes que obligan a los gobiernos, que tampoco es que se hagan de rogar mucho, a propugnar para facilitarlas) y los recortes sociales dirigidos exclusivamente a las clase más humildes en el fondo sólo persiguen una cosa: acabar con nosotr@s. No será mañana, ni tal vez pasado, pero iremos sucumbiendo, con cada vez más dificultades para conseguir un techo sobre nuestras cabezas, algo que llevarnos a la boca o un lugar donde nos curen cuando estamos enfermos. Y aunque sobrevivamos, la vida que nos espera será injustamente gris y dura, mientras el abismo entre clases sociales y estratos económicos se hace progresivamente más aterrador, más lejano de ser algún día salvado. Y si esto pasa en el Primer Mundo, ya no quiero ni hablar de lo que sucederá en el Tercero y el Cuarto.
Hay una concentración de usuarios y trabajador@s sanitari@s contra este despropósito y esta salvajada convocada en Barcelona en la señalada fecha del día 14 de abril (a las 18.00 en la plaza Sant Jaume), 80 años después del inicio de la forma de Gobierno más avanzada que haya tenido jamás este país, del que también nos permitieron disfrutar muy poco; y también una macromanifestación el 14 de mayo convocada por entides sociales y sindicatos de clase. Pero no es suficiente con que asistamos; hace tiempo que insisto en que nos han declarado la guerra y nuestros métodos para luchar han de ser, aunque siempre pacíficos, lo suficientemente contundentes. Pensemos, no nos dejemos llevar por la indignación (y tampoco, desde luego, apartemos cómoda y cobardemente esta sombra de nuestra mente como si no fuera con nosotr@s, pues si va con nosotr@s), seamos inteligentes, prácticos, analicemos cualquier circunstancia, no dejemos un cabo suelto que consiga que nuestras acciones tengan efectos indeseados. Pero actuemos.
Querid@s lector@s, aquí os paso la resolución que ha elaborado, con un poco de colaboración de la que suscribe, la gente de Comunicación del PSUC-viu del Maresme (bonita comarca de Barcelona entre el mar y la montaña adonde esta bloguera se ha desplazado hace poco). Esperamos que esto suponga el punto final a mi época de vacas flacas bloguiles y que el tiempo y el mal remunerado trabajo me permita actualizar esta cosa más a menudo de aquí en adelante.
Por cierto, hoy se celebra (es un decir) el octavo aniversario de la muerte de José Couso, un símbolo de la inutilidad, intereses creados y afán manipulativo de todas las guerras, sobre todo imperialistas.
Resolución del PSUC-viu del Maresme sobre la intervención militar en Libia
El PSUC-viu del Maresme quiere manifestar su rechazo frontal a la intervención militar de Libia en la que el gobierno del PSOE, apoyado incondicionalmente por el PP y con la oposición en solitario de Izquierda Unida y el Bloque Nacionalista Galego, ha enredado al Estado español. Creemos que esta agresión imperialista, aunque emprendida con la excusa de legalidad de la Coalición de París, es tan inmoral e ilegítima como la guerra de Irak auspiciada por la infausta Coalición de las Azores.
A pesar de que condenamos enérgicamente el régimen de Muamar el Gadafi y de que damos nuestro pleno apoyo a las legítimas aspiraciones de libertad e igualdad de la ciudadanía libia, así como al resto de movimientos populares que están consiguiendo importantes cambios en diferentes países del mundo árabe, estamos firmemente convencidos de que cualquier acto de agresión contra Libia o contra cualquiera otro Estado soberano, provocará más sufrimiento, enfrentamientos y refugiados dentro y fuera del país, exacerbando el conflicto y dificultando la solución, aparte de desestabilizar aún más la región del Magreb y Oriente Medio. Sin ir más lejos, el desastre de las guerras en Irak y Afganistán, teóricamente emprendidas en nombre de la salvaguarda de los derechos humanos y la democracia, han producido centenares de miles de muertos y millones de desplazados.
Esta agresión militar imperialista no contribuirá a la alentadora ola de revueltas contra la tiranía en el mundo árabe, que ya ha derrocado a dos dictadores marionetas de occidente, sino que sembrará la duda sobre qué intereses defienden realmente los aliados, si los de los pueblos oprimidos por las dictaduras o las de las potencias occidentales, aunque nosotros y nosotras no tenemos dudas al respecto: es incuestionable que los aliados no han atacado Libia porque están preocupados por la represión que sufre el pueblo de este país, puesto que sus problemas no les preocupaban hasta hace unos días y conflictos similares siguen sin preocuparles en el resto del mundo; por el contrario, son los intereses geoestratégicos, económicos, energéticos y políticos los que han motivado la resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU, destinada a servir de tapadera a los propósitos de los aliados. En estos momentos existen en el mundo 32 conflictos similares al de Libia, y ninguna coalición de países emprende una cruzada para la salvación de estos pueblos sojuzgados, porque eso no les reportaría ningún beneficio político o económico.
El PSUC-viu del Maresme también quiere incidir sobre la campaña de desinformación generalizada que se está llevando a cabo para apoyar la intrusión bélica de la OTAN y de sus acólitos, manifestando que no hay alternativas al ataque si se quiere ayudar a la población libia, incluso con la sesgada comparación con la indefensa España de la Guerra Civil, y al mismo tiempo guardando silencio sobre las graves violaciones de los derechos humanos promovidas por Israel o sobre el aplastamiento por parte de Bahrein y Arabia Saudí del levantamiento de sus ciudadanos. Otro aspecto de estas manipulaciones son las implícitas o explícitas acusaciones al movimiento pacifista y de solidaridad internacional, del que el PSUC-viu se siente partícipe, de mirar para otro lado o incluso de apoyar a Gadafi, algo especialmente repugnante porque esos mismo que nos critican son los que continúan vendiendo armas a países más que vulneran los derechos humanos; en el caso concreto de Libia, los mismos que hasta ayer le bailaban el agua a su tirano y que se oponen a cualquier sanción política y diplomática a Israel, Arabia Saudita o Marruecos hasta que respeten los derechos humanos. Unos cuantos ejemplos: las llaves de la ciudad de Madrid fueron entregadas en acto solemne a Gadafi en 2007 por el alcalde Alberto Ruiz Gallardón, con la connivencia del PSOE y la única oposición de Izquierda Unida; en el mismo año Zapatero y Bono visitaron Libia, y desde ese momento las ventas de armas al dictador libio aumentaron exponencialmente, hasta cifras insultantes.
No nos dejemos engañar por consignas interesadas: sí hay alternativas. Aunque los pasos que Venezuela y otras organizaciones como la Unión Africana han dado en busca de una solución pacífica del conflicto no han sido adecuadamente difundidas por la prensa del sistema, la historia reciente nos habla de casos como el de Sudáfrica, en el que, sin la utilización de bombardeos, la comunidad internacional contribuyó a que el Apartheid pasara a los libros y fuera sustituido por una democracia en la actualidad consolidada. Los medios civiles como bloquear las cuentas de los dictadores, renunciar a venderles armas para dejarlos sin herramientas de represión contra sus ciudadanos o aislarlos políticamente han demostrado ser mucho más efectivos que la violencia y por si fuera poco no requieren una contraprestación en vidas humanas.
En resumen, las bombas de ninguna manera pueden traer la protección y la justicia social a la ciudadanía, y la expresión “guerra humanitaria” no es más que un evidente contrasentido. La intervención militar no es el camino, y los hombres y mujeres del PSUC-viu del Maresme no pensamos apoyarla, ni en este caso ni en ningún otro.
El Bosque de Brocelandia es un espacio mítico entre la realidad y la ficción. En él, ésta que suscribe, la guerrera roja Eowyn de Camelot, continúa su eterna búsqueda del Graal mientras pelea con los negros representantes de la Globalización y la Explotación mundial.