Una de las pocas ventajas que tiene vivir en un mundo defectuoso y contradictorio es que en ocasiones el peor de nuestros temores puede transformarse en un gran consuelo. AsÃ, cuando me enfrento al más manido tema en toda la literatura y el arte de la Historia, esto es, la terrorÃfica brevedad de nuestra existencia y la estremecedora velocidad del tiempo, de pronto me doy cuenta que esto significa que a los grandes psicópatas que nos gobiernan, estos que han estafado a l@s ciudadan@s manipulando sus inquietudes más profundas para luego traicionarlos con la mayor vileza, cebándose cobardemente en l@s que se encuentran en situaciones de mayor indefensión, también han de ver su fin. Rodeados de riquezas y en su cama, como han muerto todos los criminales de este mundo donde no hay ya lucha entre el bien y el mal porque el mal ganó hace tiempo, pero muertos, podridos y malolientes, y con un poco de suerte rabiando por la esterilidad de esa vida que ya se les acaba sin remedio. No obstante, la gente como yo no desea la muerte de los asesinos, sino solo la justicia, esa justicia que ellos y los de su ralea no conocen y que tan mal saben interpretar cuando es demandada.
El mismo sentimiento es el que me inspiran las fiestas navideñas: lo único que me hace un poco más llevadera su existencia es saber que indefectiblemente han de terminar. Y también quizá la leve esperanza de que el próximo año mis ridÃculos ahorros me permitirán escaparme a algún lugar situado en las AntÃpodas de Barcelona, donde si pueden ser profesen la religión musulmana, budista, hinduista, animista o pertenezcan a la secta de los Niños del Arco Iris. No hay diciembre que no maldiga la memoria de los Reyes Católicos y su empeño por lograr la Reconquista española, con lo bien que estábamos con los moros celebrando el Ramadán; y es que la monarquÃa no trae más que problemas, aunque no se tenga a UrdangarÃn como yerno y por mucho que en RTVE traten de defender lo indefendible como en la mejor época del poco llorado Urdaci.
pero lo mejor de la Navidad es que no te sientes sola en tu soledad, por muy solitaria que seas: en cuanto más familias conoces y más celebraciones frecuentas, más caes en la cuenta de los cúmulos de soledades compartidas que son en realidad la mayorÃa de las agrupaciones familiares, de cuánto rencor, envidia y desprecio se concentran alrededor de las fuentes repletas de turrones, tras el hipócrita maquillaje de las sonrisitas de compromiso. Nunca he creÃdo demasiado en la familia: es evidente, por mucho que se nos quiera cerrar los ojos al respecto, que una parentela equivale a la suma o resta de sus miembros, y si los integrantes aportan poco que sumar y mucho que restar, no podemos pretender que la familia deba ser algo positivo por el mero hecho de ser eso, una familia; pero obviamente se nos maneja mejor en grandes o pequeños núcleos adocenados que en solitario y con el cerebro despierto. Pues bien, no me arrepiento de haber renunciado a esas engañifas vitales, y menos después de la última de mis aventuras, que viene muy a cuento de estos pensamientos.
Pues hallábame yo de vuelta en el siglo XIII, feliz de haber escapado de los anteriormente citados festejos, cuando en un pueblo cercano a Girona se me presentó la oportunidad de realizar uno de esos trabajos que me hacen sentir orgullosa de mi profesión y por los que ofrezco un precio muy especial (vamos, que los hago gratis, no es cuestión ahora de presumir de caché). Una joven dama, Joana, me habÃa contratado para que la ayudara a escaparse de un marido maltratador, aunque más que a base de las ocasionales palizas de las que ella bien sabÃa defenderse, en realidad la estaba matando sobre todo de aburrimiento. AsÃ, tras deshacer todos los obstáculos fÃsicos y esquivar la vigilancia de los parientes del soso cónyuge, Joana y yo nos encontrábamos cabalgando en dirección a la Ciudad Condal, en cuyas cercanÃas se encontraba una viuda que se dedicaba a la profesión de herrera y con la que mi nueva amiga habÃa hecho tratos para ser su aprendiza. Y justo era la conversación de Joana la que me habÃa llevado a perderme en las reflexiones con las que empezaba este relato.
-No sé cómo pude tardar tanto en decidirme –meneaba la cabeza, expresando un asombro ya antiguo-. Es increÃble que en algún momento viera las cosas de manera diferente a como las veo ahora. ¿Cómo podÃa sentirme culpable de lo que no tenÃa nada que ver conmigo? LamentarÃa los años perdidos, sino me encontrara ahora mismo celebrando los que me quedan por vivir, ahora sÃ, en total libertad… o al menos en toda la libertad posible que puede disfrutarse siendo mujer.
Yo asentÃ.
-No lo tendrás fácil -tuve que admitir-. Ninguna de nosotras lo tiene. Desde que el poder descubrió que podÃa conseguir la colaboración de la mitad de los súbditos para someter a la otra mitad, desde que averiguó que son nuestras mejores cualidades las que pueden funcionar como nuestros puntos débiles, lo tuvimos bastante crudo. Es la empatÃa de los cojones la que nos hace manipulables, igual que es la honestidad de muchas personas la que les hará ser pasto de los buitres del capitalismo en el siglo XXI. No te sientas culpable de sentirte culpable. Te lo inculcaron desde la leche del primer biberón, hasta que te olvidaste de que eras una persona y no un apéndice. Y asà hubieran seguido. Y esto no cambiará fácilmente.
-¿Ni siquiera en ese futuro del que tanto hablas, como si lo hubieras vivido? –inquirió, curiosa.
-Me temo que entonces tendrán aún más obstáculos con que enfrentarse a nosotras. Y más armas para manipularnos. Y más cabrones a su servicio para traicionarnos–Joana sonrió al escucharme.
-Tus exageraciones me divierten, Eowyn –a mà no me divertÃan en absoluto. Resulta bastante aburrido comprobar que mis más pesimistas idas de olla acababan indefectiblemente convirtiéndose en realidad-. Pero me parece que estamos llegando. ¿Te hospedarás con nosotras? Inés estará encantada. ¡Es lo menos que puedo hacer por ti!
Sin nada más urgente e importante qué hacer, accedÃ. La casa de Inés resultó ser sencilla y acogedora y la dueña, con solidaridad femenina, estuvo encantada de alojar a la persona que habÃa contribuido a proporcionarla una ayudante. Y de esta manera, entre amenas conversaciones y las pequeñas tareas que me buscaba para hacerles menos gravosa mi estancia, trascurrieron unos cuantos dÃas. Y en cuanto más tiempo prolongaba mi estadÃa, más presente se me hacÃa la certeza de que en breve habrÃa de marchar a estrechar de nuevo la mano de mi soledad nómada. La vida no me ha podido enseñar a entregar mi aprecio a los seres humanos, al menos individualmente: cuando estoy a punto de conseguirlo, algo me hace recordar que estimación suele equivaler a pérdida. Y entonces me voy. Desaparezco. En la taberna de Isabel (cuyos problemas fiscales estaban temporalmente solucionados, afortunadamente), situada a escasos kilómetros de la localidad en la que me hallaba y que solÃa frecuentar por las noches, acompañaba a veces de Joana y a veces sola, solÃa ensimismarme en esos pensamientos cuando no estaba conversando con mi compañera o entrechocando jarras con Sancho, un caballero leonés afincado por aquellos lares al cual parecÃa que mis encantos femeninos no le parecÃan tan escasos como yo suponÃa que lo eran. Y tengo que admitir que el sentimiento era bastante mutuo.
-¿Y no has pensado nunca en echar raÃces? –me decÃa Joana guiñando el ojo, al ver las miradas que Sancho me dirigÃa desde la mesa contigua.
-Vaya. Justamente tú eres la menos indicada para preguntarme esto –gruñÃ.
-Que yo haya tenido una mala experiencia no significa que todas vayan a ser iguales –contraatacó-. ¿No estás cansada de errar de aquà para allá sin más posesiones que un caballo, una espada y lo que contienen tus alforjas, arriesgándote a perder la vida por luchar por lo que tú crees que es justo? Además, este caballero tiene fama de ser muy valeroso y cortés. Y a la vista está que es muy apuesto. Tiene aspecto de saber qué es lo que quiere una mujer en la cama.
A tanto no habÃa llegado yo, pero un breve encuentro a la salida de la taberna me habÃa demostrado que el chaval en cuestión conocÃa otras cosas que hacer con las manos aparte de manejar la espada y la lanza. Y dado lo escasas que son esas cualidades en los hombres de hoy, y de todos los tiempos, lo que Joana habÃa señalado no dejaba de ser un detalle importante a tener en cuenta. Eché una ojeada evaluativa al caballero, y después recordé ciertos amaneceres y atardeceres que habÃa tenido la inmensa suerte de presenciar, el viento en mi cara cuando espoleaba mi caballo al galope, las ocasionales charlas con los compañeros de armas ante el fuego del campamento, el hecho de que ninguna hipoteca fÃsica o emocional me ligaba a nada ni a nadie…
-No, Joana –resolvÃ-. Tal vez alguna vez desee o deba echar raÃces. Pero no ha llegado ese momento ni lo diviso en mi futuro más inmediato. Soy demasiado rica para arriesgar mi pobreza. Y no te preocupes: aunque algunos me tilden de temeraria, me comporto con prudencia y le tengo demasiado cariño a este cuerpecillo lleno de cicatrices para salir a luchar donde no puedo ganar. Aunque si esta noche no te importa volver sola a casa, quizá serÃa interesante averiguar si tus impresiones respecto a las habilidades amatorias de Sancho son…
Desgraciadamente, tan emocionantes aunque poca castas intenciones se vieron inmediatamente truncadas. Antes de que tuviera tiempo de terminar la frase, la puerta de la taberna se abrió y un par de seres bamboleantes aparecieron en el umbral. Me costó bastante reconocer a mis antiguos jefes, Gustaff y Karl. Los dos nórdicos habÃan sufrido un severo retroceso de grasa en sus ya anteriormente magras carnes, y tenÃan el aspecto desastrado y exhausto de las personas que llevan varias jornadas de apresurado viaje. Sin solución de continuidad, gritaron a la afluencia de parroquianos:
-¿Alguien aquà conoce a Eowyn de Camelot?
Yo, escondida detrás de Joana, me acerqué sigilosamente a Isabel y le susurré:
-Supongo que en este tugurio habrá alguna salida de emergencia…
Ella se encogió de hombros.
-Si te refieres a que necesitas escaparte de esos dos, puedes salir por el ventanuco de la cocina. El aterrizaje, como tú dirÃas, será blando. Es por allà por donde tiro la basura.
En realidad, no me apetecÃa demasiado estar oliendo a porquerÃa varias semanas, asà es que decidà afrontar valientemente mi destino y di un paso al frente.
-Aquà estoy. ¿Quién me busca? Ah, vaya, sois vosotros. Casi me alegro de volver a veros. Pensaba que seguirÃais pasando hambre y penalidades en esa isla donde dicen que os abandonó Roger de Flor después de pulirse todas vuestras monedas.
Gustaf hizo como que ignoraba mi tono de chanza.
-Afortunadamente logramos escapar de allà en una galera templaria. Pero después… -el mercader se enjugó unas lagrimillas con aire trágico. -… fue mucho peor. Nos capturó el califa de Damasco. Menos mal que dada nuestra elevada posición y la estima que nos profesa Su Majestad –otra vez los reyes de las narices jodiendo las cosas, me lamenté yo para mis adentros- nos liberaron casi de inmediato. ¡Pero los dÃas pasados en ese calabozo fueron terribles! –ahora fue Karl el que tuvo que sonarse la nariz ruidosamente.
-Nada de esto hubiera pasado si hubieras seguido con nosotros –me acusó Gustaf.
Me encogà de hombros. No veÃa qué hubiera podido hacer yo solita contra una cohorte de sarracenos motivados.
-Pues asà es la vida, chicos. Yo estaba bastante liada en esos momentos para ocuparme de vuestra seguridad, por si no lo sabÃais.
-Lo sabemos perfectamente –refunfuñó Karl.
-Tu valor en las murallas de Acre ha sido muy alabado –continuó Gustaf, evidentemente haciéndome la pelota: no habÃa sido para tanto, cojones-. Eowyn, después de todo esto estamos muy asustados. Necesitamos que vuelvas con nosotros –naturalmente, era ahà donde querÃan llegar-. No podemos ofrecerte más salario del que te estábamos pagando, nos hallamos en crisis desde la estafa de ese vil y fementido traidor; de hecho, tendremos que pagarte bastante menos.
Maldita sea. Hay cosas que en todas las épocas son iguales.
-Ni aunque me ofrecierais todo el oro del mundo –reafirmé. Asà soy yo de chula: en un momento de la historia en que la gente va loca por pillar un curro, yo me permito rechazarlo. Ni que estuviera nadando en rubÃes…
Karl me miró con expresión taimada.
-Tal vez haya algo que aprecies más que el oro…
Yo le miré intrigada, esperando que continuara.
-Será mejor que salgamos fuera –invitó, saliendo al exterior seguido por su compañero. Miré a Joana, que no se habÃa perdido una sÃlaba de la conversación, y me dispuse a seguirles, llena de curiosidad por ver el desenlace de aquella mascarada. En el exterior de la taberna, el rubio le cedió el testigo a Gustaf, quien empezó:
-Eowyn, nos ha costado mucho trabajo encontrarte. Pero por fin unos colaboradores nuestros –al parecer esa gente tenÃa espÃas hasta en el infierno- nos avisó de que tye hallabas en esta aldea. Querida amiga –nadie les habÃa convidado a tomarse estas confianzas-, creemos en ti y te necesitamos para que nos protejas. Tenemos que viajar a Damasco, y cuando te comuniquemos lo que sabemos de esa ciudad tal vez tú también quieras venir.
No sé qué obsesión tenÃan aquellos dos conmigo, cuando en cualquier parte podrÃan encontrar guardias mucho más capaces y hasta más baratos. Tal vez era que nadie más tenÃa la paciencia de soportarlos. Pero les hice un gesto, animándoles a que continuaran.
-En Acre te vimos a veces hablar con un templario, un tal… ahora no recuerdo su nombre.
Yo me estremecÃ, pero guardé silencio.
-Tal vez era alguien muy querido para ti… -aventuró, el muy entrometido.
Respiré hondo.
-Eso no importa ahora. Está muerto.
Karl negó con la cabeza.
-Te equivocas. Sabemos de buena tinta que sobrevivió al hundimiento del torreón. Ahora mismo se halla en las mazmorras del Califa, sufriendo indecibles torturas. Según parece, necesitan una información que solo él posee.
Yo me habÃa olvidado de mi viejo compañero de armas; mejor dicho, me habÃa esforzado por olvidar. No podÃa permitirme el lujo de seguir recordando a los amigos muertos, sobre todo cuando tenÃa tan pocos. DolÃa demasiado. Pero aquella noticia me hirió aún más.
-¿Y bien? –concluyó Gustaf-. ¿No vas a decir nada al respecto? ¿Permitirás que él sufra y te quedarás tan tranquila?
-Contamos con una buena embarcación -Karl le apoyó-. Llegaremos a la ciudad califal lo más rápido posible.
Llevé la mano a la empuñadura de la espada y la apreté con rabia. Se habÃan acabado los dÃas de holganza y libertinaje. Les di la espalda y me encaminé de nuevo hacia la taberna.
-Marcharemos en cuando me despida –decidà yo con contundencia: en realidad nunca habÃa dudado ni un ápice. Mi cerebro, mientras tanto, se consolaba imaginando cómo separarÃa la cabeza del Califa de su cuello, tras hacerle probar con creces cada una de sus torturas. Y es que estaba visto que todos los monarcas, fueran de Occidente o de Oriente, no servÃan más que para dar problemas. Si hasta ni los Reyes Magos me habÃan traÃdo ni un puñetero regalo.





Encantador post. Me fascina, porque siempre me sorprendes. Cuando parece que te vas a centrar en un tema de repente te lanzas a un relatillo de aventuras. Genial!
¿Qué me cuentas acerca de la continuación? ¿Será capaz Eowyn La Temeraria de arrojarse contra todo el ejército del califa ella sola? Arrestos no le faltan, seguro.
No me canso de repetirlo. En el fondo de cada historia que cuentas hay una auténtica moraleja, una lección de vida y de valor del que muchos carecen y muchos más han olvidado que existe en su interior.
A ver cómo sigue la historia. Ardo en deseos de conocer cómo se las apaña la entrañable aventurera para cumplir su palabra vengativa…
pd: ¿Puedo sugerir un ajusticiamiento a los tales Karl y Gustaff? Son bastante despreciables.
pd 2: Me ha sorprendido en ligero tinte picarón que adquiere el relato en algún momento. ¿Son necesarios hidalgos apolÃneos? ¿A qué es debida dicha “aportación”?
Jajajajaj Sigue, que tus fans esperan ansiosamente…
Como siempre, me alabas en exceso. En cuanto a lo que me comentas acerca de la continuación… bueno, serás mejor que estés atento a la historia… y a la Historia!
Ahora contesto a tus PD:
-PD1: Supongo que G. y K. no son precisamente queridos, pero de ahà a ajusticiarlos… De todas maneras, es algo que se me pasó por la cabeza muchas veces mientras trabajaba para ellos… quién sabe.
-PD2: Los hidalgo apolÃneos no son absolutamente necesarios, pero tienen su aquél. Qué le vamos a hacer!