Ayer Barcelona era un campo de batalla, y no solo en el sentido en que la caverna mediática lo quiere resaltar, y también fue un campo de sueños. Era el escenario donde mis camaradas y yo nos desplegamos para pedir a la ciudanía condal que abriera los ojos a la realidad desoladora en la que nos había instalado el sistema, que no intentara justificar más lo injustificable y que dejara de ampararse en el miedo, que no relegara en l@s demás la cómoda tarea de luchar por sus derechos, que tomara el gobierno de su ciudad, de su país y de su vida, que se comprometiera con una lucha que era de tod@s y, sobre todo, que apostara por la esperanza, o bien peleara sin ella. Fueron momentos de unión con propios y extraños, de debate, de extrañas coincidencias y de no menos curiosas hermandades, y de triste constatación de que la ira y la frustración siempre acaban cebándose en el que parece más débil, o al menos en el que más se expone. Ayer Barcelona fue escenario de una manifestación continua, ayer la calle era nuestra y nuestro era un poder que, compartido por tod@s, no podía ser lesivo para nadie. ‘Disfrútalo’, le dije a un camarada. ‘El Tiempo de las Cerezas siempre acaba pasando’.
Ayer hubo hermandad, hubo debate, hubo lucha, y hubo rabia. La rabia de quien no tienen nada que perder. Rabia que no justifico, entre otras cosas porque no me parece razonable ni operativa, pero que no podemos negar que es una de tantas consecuencias de la situación. Pero me quedo con una imagen: después de que conseguimos echar a los Mossos de Esquadra de los templos del capitalismo en Barcelona, la Bolsa y el Corte Inglés, este último, cerrado ya, fue asaltado por unos encapuchados. Con perfecta coordinación machacaron los cristales del establecimiento y tiraron un cóctel molotov antes de desaparecer entre la multitud; antes de que el fuego hubiera tenido casi tiempo de prender, los coches de policía cercaron la plaza y comenzó la batalla campal de la que han hablado los medios. Y yo no dejo de pensar que los ojos de esas personas, la única parte de su cara que no ocultaban, mostraban una airada y feroz determinación, muy intranquilizadora, que yo no había visto en ninguno de los piquetes, más o menos radicales, con los que me había topado en todo el día. A partir de ahí, cualquier lectura es posible: yo ya tengo la mía.




A mi hay cosas que me suenan muy mal. El día 28 hicimos un acto de apoyo a la huelga y en él nos comunicaron que no sé qué periódico creo que extranjero, ya tenía la portada de la huelga en España, con lanzamientos de cócteles molotov. Y luego ¡uy! se lanzan cócteles molotov.
Pues qué quieres, me huele a podrido. Y no porque no crea que haya grupos que se están radicalizando y que cada vez estén más convencido que la violencia, con violencia se responde. Que si la gente responde al miedo, miedo es lo que van a tener, pero todos.
Sólo una cosa:
Rabia que no justifico, entre otras cosas porque no me parece razonable ni operativa, pero que no podemos negar que es una de tantas consecuencias de la situación.
Mujer, puedes no justificarla, puedes tacharla de irracional, pero razonable, sí que creo que es. Vamos, las hostias nos las están dando todas por todos lados y en el mismo sitio. Dejarnos con una vida de mierda.
Es que no me he explicado bien. Decía que no era ‘razonable’ en el sentido de que no me parecía una acción inteligente ni meditada, y que habría que haber visto si con ella no se iba a hacer más daño que beneficio a nuestra causa. Pero una consecuencia lógica de todo lo que está pasando, y tanto que lo es, no puede serlo más: de hecho, yo soy la primera que me estoy radicalizando y las respuestas más, por decirlo de una manera, “contundentes” a la violencia estructural que estamos sufriendo me parecen cada vez más seductoras. Y no digo más, pero creo que se me entiende perfectamente.
No me extraña lo que me comentas del medio extranjero. Lo que sucedió en El Corte Inglés, que constituyó el pistoletazo de salida a todo el alboroto posterior, fue muy, pero muy, sospechoso. He aprendido a detectar un rasgo común en la mirada de los policías infiltrados, algo que se podría definir como fanatismo, odio e ira generalizados… Los antisistema, por muy cabreados que estén, no tienen nunca esa mirada. Y los que tiraron el cóctel molotov la tenían. Aparte de que estaban muy coordinados y entrenados. No tengo pruebas fehacientes, pero como tú dices este asunto tiene muy mala pinta.
¿Has visto la noticia en Tercera Información? por lo visto pillaron a algunos mossos “vestidos cómo ellos creen que van los antisistema”…