Bosque de Brocelandia

Combates y aventuras en un mundo hostil

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Con Jaume II vivíamos mejor (XI, ánimo que ya acaba)

(viene de) Uno de los vestidos que había encontrado en el famoso baúl de Guillaume era un poco más discreto, y sobre todo, calentito, que el resto: se trataba de un brial de un color púrpura con remates en tonos verdes en las mangas, no tan amplias como los precedentes, y en el cinturón. Vestida con él, llamé a la puerta del aposento del comendador, situado en lo más alto de la Torre del Homenaje, y tras serme indicado que pasara, así lo hice. Había dos mujeres, una de ellas disponiendo diversos enseres por la estancia y recogiendo una bandeja con restos de un banquete, y la otra, ataviada más lujosamente, sentada tranquilamente en la cama. Me echó una ojeada sin mucho interés, como si yo fuera una sirvienta a la que hubiera requerido para que hacer las faenas. Bueno, eso era lo que era yo en realidad, para qué vamos a engañarnos. En mi profesión hay quienes se creen emprendedores y pequeñoburgueses por tener, de alguna manera, negocio propio, pero tal opinión no es más que una trampa fomentada por el poder. No somos más que plebe, y bien orgullosos deberíamos estar de ello. Ay, dónde quedó la conciencia de clase. Se fue, nos la arrebataron con sus mentiras y manipulaciones, y con ella marchó  toda nuestra fuerza. Vamos, que hasta cuando nos dicen que destruir empleo frena la destrucción de empleo nos lo creemos.

-Ah, estás aquí, qué pronto has llegado –me saludó con displicencia. Después, me observó atentamente y con bastante desvergüenza y, al final, clavó sus ojos en los míos, con hiriente desprecio-. Así que tú eres la famosa mercenaria que me ha robado el amor de mi amigo.

Realmente, aquella confesión no era nada noble ni discreta. Y odio que digan que soy famosa: para desgracia mía, solo soy conocida entre la minoría que menos me conviene que me conozca. Pero ella continuó.

-La verdad, resultas decepcionante.

No podía culparla de que pensar así. Si de verdad hubiéramos sido rivales amorosas, como parecía empeñarse en considerar, habría tenido pocas posibilidades contra ella: menos que los votantes de Maduro contra todo el sistema que se opone, con todo tipo de armas, a una Venezuela que construye la justicia social. Al menos, si considerábamos solo la belleza exterior (tampoco es que esté yo muy segura de poseer la otra). Blanca era un soberbio ejemplar de mujer de brillantes rizos negros, ojos nítidamente azules, y larguísimo cuerpo que parecía haber sido dibujado por un historietista vicioso, pues a pesar de su esbeltez no le faltaba volumen en las zonas que así lo requerían: mientras que yo solo era una aragonesa media de pelo y ojos castaños. Afortunadamente todo eso me importaba un puñetero rábano.

-Os equivocáis, señora –no creí que pudiera sacarla fácilmente de su error, pues todo apuntaba que era de talante más bien terco, categórico y obsesivo; pero consideré que era mi deber intentarlo-. Nada tengo que ver con Guillaume, si es a él a quien os referís.

-Ah, ¿pretendes engañarme alegando una falsa virtud? No te saldrá bien tu juego: se dice que eres tan hábil con la espada como ligera de costumbres y dada a ruidosas francachelas entre barriles de vino –contraatacó con rabia.

-Y no pienso negarlo –contesté tranquilamente-, pero da la casualidad que no he tenido deseos ni oportunidad de ejercer esa ligereza de costumbres con Guillaume. Me considero su amiga, sí, pero de la misma manera que lo es Gonzalo, por ejemplo. No olvidéis que ambos somos veteranos de Tierra Santa.

Su rostro se ensombreció. Durante un breve lapso de tiempo, pareció humana.

-Sé a lo que te refieres. La camaradería miliar. Realmente os envidio esa unión.

-Pues no lo hagáis –no me caía bien. En absoluto. Pero por justicia me vi obligada a sacarla de su error-. Nada hay de épico ni de trovadoresco en la guerra, más bien todo lo contrario. No le desearía una experiencia así ni a mi peor enemigo. Es cierto que el afecto que nace entre los que pelean juntos es el único botín valido que se puede sacar de una contienda, pero ni de esta forma se pueden justificar.

Aunque hay cosas peores que la guerra, o tal vez hay otras guerras peores que no se consideran propiamente guerras: el genocidio. El exterminio. Aunque sea a base de la incitación al suicidio. O saber que no valen lo mismo los muertos de Damasco, Kabul o Bagdad que los Nueva York o Boston.

De inmediato, sus ojos volvieron a ser crueles y despectivos.

-Pero estás aquí con él. Eso no puedes negármelo. Y empleando engaños.

-Es cierto. Y me imagino que no querréis hacerle caer en desgracia en su orden revelándolos. Por cierto, me gustaría saber cómo os habéis enterado, si no tenéis inconveniente…

-Dejemos eso ahora –interrumpió-. Vamos, justifícate si puedes.

Yo eché mano de la imaginación.

-Necesitaba un refugio –inventé-. Hay alguien que me persigue. Peleas de taberna, como vos decís. Guillaume me ofreció esconderme aquí haciéndome pasar por su prima: estoy convaleciente de una grave lesión y no es cuestión que vaya por estos caminos peleando y corriendo.

Mi explicación pareció ser de su agrado o, por lo menos, su rostro se relajó.

-Pareces convincente. Si es así, yo puedo ofrecerte un refugio mejor. Un empleo. ¿Te gustaría trabajar para mí?

-¿De qué salario estamos hablando? –contesté inmediatamente. Ella estalló en carcajadas: de nuevo volvió a parecer una persona. Quizá no estaba todo tan perdido con ella.

-¡No tienes pelos en la lengua, muchacha! –exclamó, tras recuperarse.

-Ni monedas en la bolsa. Lo primero suele ser consecuencia de lo segundo.

-Se me conoce por mi generosidad. ¿No quieres saber cuáles son las tares que tendrías que realizar?

-Estoy impaciente, si tenéis a bien decírmelo.

-Algo que podrás realizar rápida y fácilmente, si todo lo que has dicho es cierto. Matar a Guillaume.

Se hizo en silencio en la estancia. La miré atentamente, esperando que estallara en carcajadas de su mal chiste, pero ella, a su vez, aguardaba, grave pero indolente, mi respuesta. Que solo pudo ser una: la única que se merecía.

-Mi señora, siento deciros esto, pero estáis como una puta cabra.

El asombro no dejó actuar a Blanca. Pero su dama de compañía, que había parecido hasta el momento absorta en las tareas domésticas, se me echó encima armada de una jarra.

-¿Cómo te atreves a hablarle así a Doña Blanca? ¡Te voy a desfigurar la cara, desgraciada mercenaria! –sus ojos, empequeñecidos por muchos años de sentimientos negativos, entre los que pude columbrar la envidia y el desprecio por las que eran parecidas a mí (pues, aunque yo no era nadie, estaba segura de que representaba a sus ojos un símbolo de todo aquello que ella no se había atrevido a ser, esto es, libre), me miraban con un odio que aterraba por su magnitud y su escasa oportunidad. Yo detuve su mano y estrellé la jarra contra el suelo.

-¿Tú y cuántas más como tú, enana? –no suelo aludir a los defectos físicos de la gente en mis peleas, aparte de que no contaba yo con una estatura mucho más aventajada que la de ella, pero la verdad es que estaba muy, pero que muy, cabreada-. Imbécil, no te rompo ahora mismo la cara contra esa pared porque sería tan fácil que lo consideraría deshonroso –aplacado ya los ánimos de la subordinada, no sin buenas dosis de sus miradas rabiosas, miré a la señora.

-Déjala, Elvira –se volvió, un poco tarde, hacia la dama de compañía, y luego hacia mí-. Entiendo que esa es una respuesta negativa –me dijo sin inmutarse.

Pensé que había sido demasiado indulgente con ella llamándola “puta cabra”.

-Pero ¿tan mal me he expresado que no habéis captado una sola de mis palabras? ¿O es que tenéis el don de olvidar instantáneamente? Os he dicho que Guillaume es mi amigo, ¿y queréis que lo asesine? Veo que desconocéis todo tipo de escrúpulo, al menos cuando alguien os contraría. Y eso si fuera una asesina a sueldo, que no soy. Alquilo mi brazo armado solo a causas que considero justas, o al menos  moderadamente injustas. Esto es absurdo.

Blanca rodeó la columna de su cama y se sentó al otro lado. Entonces me habló, aunque con la vista en la pared.

-Está bien. Te hecho una oferta y la has rechazado. Has apostado, quizá ganes o quizá pierdas. Pero sea lo que sea, tendrás que asumir las consecuencias de tu decisión. Y ahora retírate.

Yo le hice una irónica reverencia y giré sobre mis talones (continúa).

La única salida: otra aventura medieval (V)

Este otoño será muy caliente

(viene de) Supongo que ahora estaréis diciendo: ¿qué hace esta loca ofreciéndose a colaborar con esa camarilla de chiflados, sin saber quiénes son, qué se proponen, si las acciones que deberá realizar para ellos serán pacíficas y violentas, los problemas que le traerán…? ¿Serán una versión medieval del Club Bilderberg, como apuntó un amable comentarista de la entrega anterior? ¿Algo peor? ¿Una trampa de la ultraderecha? Pero yo creía firmemente que era el momento de liberarnos todos un poco de manías y actuar. No ponemos estar permanentemente cuestionando movilizaciones por motivos extraideológicos, emparanoiándonos hasta de nuestra sombra; en tiempos anteriores, cuando el demencial descalabro actual solo era un presagio, había tiempo de pergeñar estrategias inteligentes. Pero llevamos ya siglos reflexionando y ni unos meses más, ni unos días, harán que seamos más efectivos. Nos están matando, literalmente, nos han declarado la guerra y la están ganando ante nuestras atónitas y paralizadas narices. ¡Joder, vayamos al lío de una puñetera vez ya y dejémonos de estupideces!

Pero fue Guillaume quien respondió a mi pregunta, tras ponerme la mano en el hombro con una mirada de amistad y confianza.

-Varias cosas. Pero, de momento, necesitamos saber si hay un traidor en la encomienda de Barcelona. Al igual que en muchas otras. Sabemos que muchos hermanos supuestamente leales están recopilando pruebas falsas contra nosotros. Tú te harás pasar por mi sirviente (por si no lo sabías, y a pesar de todo, soy un alto dignatario de la Orden debido a las razones que ya te comenté), y realizarás averiguaciones. Confío en tu inteligencia y en tu perseverancia. Y recuerda: no somos nosotros. Hay mucho en juego.

Y así, con este alarde de fe injustificada en mí por parte de Guillaume, comenzó todo. Pasé a vestirme de hombre y a mezclarme con los sirvientes de la encomienda, que no eran tan mala gente después de todo, y a intentar espiar sus movimientos y atar cabos. No es que se me diera mal ese trabajo, sé sumar uno más uno y algunas cifras más y la verdad es que he estudiado a conciencia todo lo que ha caído en mis manos. Pero siempre me he sentido más segura con una espada en la mano que intrigando; en un combate lo único que puedo perder en mi vida, y aunque le tengo bastante aprecio, sobre todo porque no tengo ni idea lo que será estar sin ella, en esos momentos siento una misteriosa seguridad que hace que las imágenes de la muerte se alejen. Y no es valor en absoluto; solo temeridad, inconsciencia, locura tal vez. O aburrimiento. O quizá que desde siempre había sospechado que mi vida sobre la Tierra no iba a ser muy larga. Pero haciendo de soplona no experimento en absoluto la misma sensación: vivo aterrizada por si me atrapan o, mucho peor, por si causo una desgracia total, cosa que suele ser mi costumbre. Por si fuera poco, Guillaume exigía que pasara las noches en su dormitorio (de una manera fraternal, se entiende, no habría accedido de otra forma) bajo el pretexto de cara al convento de que necesitaba vigilancia constante por culpa de una vieja herida mal curada (creo que nadie se lo tragó, pero más que historias de espías se imaginaron relatos de un cariz muy distinto) y de cara a mí de que debía estar permanentemente al tanto de mis descubrimientos. Pienso que no peco de ingenua si aseguro que al principio su comportamiento estaba regido por la caballerosa intención de que yo gozara de todas las comodidades posibles, y sin embargo, a medida que pasaban los días, la curiosidad y el afecto que había sentido por mí en un primer momento parecieron derivar hacia una especie de obsesión a mi juicio completamente absurda: me considero una chica bastante normalita y no creo que la intención del Altísimo cuando me creó, en el caso de que realmente lo hiciera, fuera convertirme en el tipo de mujer que enloquece a los hombres (bueno, sí que les enloquezco todo lo que puedo, je je, pero de otra manera muy distinta). Y además de absurda, peligrosa, peligrosa para él, desde luego, pues mi determinación en mantenerme alejada de cualquier contacto que fuera más allá de lo episódico me colocaba en una posición segura. Pero, continuando con la historia, tanto Guillaume, que jugaba con los grandes, como yo, en la purria, llegamos a convencernos de que allí no se cocía nada. Y todo habría acabado en ese punto si no hubiéramos descubierto a unos tíos con el inconfundible aspecto de soldados de Jaumet (para la historia, Jaume II) pululando por el barrio y mostrando excesivamente interés en nuestras idas y venidas; y cuando uno de ellos se atrevió a lanzar una indirecta sobre mi aspecto escasamente masculino, probablemente con el objetivo de provocarnos y hacer que nos descubriésemos, o bien de encontrar una excusa para neutralizarnos, comprendimos que quizá nos habíamos precipitado en descartar traidores en la encomienda. Y con esa gente, a los guardias me refiero, hay que tener cuidado, los que conozcáis a sus herederos del siglo XXI sabréis lo que quiero decir.

Y a todo a esto, yo continuaba siguiendo estrechamente los pasos de Guillaume por el pasadizo, aunque no tan de cerca como para que volviera a hacerme una demostración del lugar por donde se pasaba la castidad exigida y la historia aquella de no besar ni a la madre ni a las hermanas; aunque por lo que sabía de su congregación no era el único que cumplía de aquella curiosa manera con sus votos. Y de pronto, recordé otro de los acertijos que no me había querido revelar y que tenía que ver con la identidad del Número Ocho. Me explico: el conciliábulo que me había realizado la entrevista de trabajo más extraña de mi vida estaba compuesto de cinco personas, tres templarios (entre ellos el que yo llamaba Maestro) y dos seglares (mi jefe y la mujer que había visto). Junto con nosotros, servidora y mi curioso representante sindical, contábamos siete. Y, como todo el mundo sabe, el número emblemático de los templarios es el ocho. Está presente en su símbolo, en sus construcciones… Así que faltaba una persona. Alguien que se ocultaba, que debía de tener una buena razón para hacerlo… y que por consiguiente me tenía loca de curiosidad. A Guillaume le había sorprendido mi deducción pero no se molestó en negar su veracidad, aunque como es natural mantuvo un severo mutismo al respecto… Y sin embargo, ni las cábalas sobre la identidad del o la oculto/-a ni los temores de que acabara resultando ser o Karl o Gustaf, ahora que parecía que todos mis enemigos estaban locos por ser mis amigos, me hacían olvidar el incómodo lugar donde me hallaba. Rodeada de aquella opresión, solo podía pensar en la libertad, y cuando pensaba en la libertad no podía menos que recordar Tierra Santa, con sus inmensos desiertos y sus orillas lejanas, el lugar donde más libre me he sentido nunca y que paradójicamente siempre ha sido el premio gordo de la rifa entre potencias.

De pronto, mi compañero se detuvo tan bruscamente que estuve a punto de estamparme contra él. Me indicó silencio con un gesto, como si yo hubiera estado hablando por los codos, y se mantuvo inmóvil un momento, agudizando sus sentidos.

-¿Lo has oído? –inquirió en un murmullo.

Negué con un movimiento de la cabeza. Había estado demasiada ocupada en mis ensoñaciones.

-Ha sido detrás de nosotros. Lo he escuchado claramente. Un rumor de pasos -me aclaró.

Yo volví a escudriñar la oscuridad. Nada. Y me precio de tener buen oído.

-Vayamos deprisa –sugerí. Pero él negó con la cabeza.

-Es demasiado tarde. Quien sea sabe que estamos aquí. No entiendo cómo ha podido averiguarlo, pero lo sabe. Y no puedo permitir que lo revele.

Guillaume tenía la mirada fija en el lugar de donde, según él, había venido el sonido, con determinación asesina.

-Entonces, ¿te lo vas a cargar?

Dirigió su vista a mí.

-Intentaré no hacerlo. Solo pretendo enviarle a un lugar seguro, seguro tanto para él como para nosotros, y donde desde luego no pueda abrir la boca. Pero si me lo pone difícil, entonces… -se interrumpió-. Sabes que a partir de este momento estaremos obligados a hacer cosas que no nos acaben de gustar. Y desde luego cosas que no nos convengan en absoluto. La única salida, ¿te acuerdas? No todo está justificado en todos los casos, pero ahora debemos sobrevivir. Eowyn, tienes que salir sola y esperarme en la siguiente etapa.

La idea no me gustaba en absoluto. Pero mucho menos me gustaban las largas procesiones de parados, ancianos y inmigrantes sin prestaciones, techo, sanidad ni educación para ellos y para los suyos, sometidos a una escalada imparable de precios de los servicios básicos que no podrán ni soñar en pagar y que ni los imbéciles más redomados se creen que va a reactivar la economía. Tal vez, si actuaba en el pasado, podría cambiar el futuro. Tal vez, si actuaba en el pasado, al menos podría aprender para el futuro, para ese futuro que como el pasado era también mi presente.

-¿Y por qué no lo haces tú? Sabes mejor que yo el procedimiento a seguir. Y una servidora puede encargarse de ese tío tan bien como cualquiera de los tu orden, si no mejor.

Negó con decisión.

-Yo sé mejor que tú cómo lucha esta gente, y tú sabes mejor que yo cómo escabullirte con discreción. Créeme, es la mejor opción.

-Pero voy a estar perdida sin ti allá afuera… en el sentido laboral del término –me apresuré a concretar.

Su sonrisa fue pícara ahora.

-Tú siempre sabes encontrarte. Por cierto, agradecería un beso de despedida. Por si acaso.

-Ni lo sueñes –atajé yo-. Si tanto te interesa saber si tienes posibilidades conmigo, mantente vivo y pruébalo la próxima vez que nos veamos. Con un poco de suerte lo mismo hasta me pillas desesperada y todo.

Su expresión volvió a ser grave. Me apretó el brazo unos breves segundos, encendió otra antorcha que llevaba al cinto con la antorcha que portaba y me la tendió.

-Tengo que irme. Nos veremos pronto.

Desapareció en la oscuridad. Yo contemplé el camino que había tomado durante un momento y luego seguí el pasillo, intentarme no distraerme con las múltiples ramificaciones. Esperaba sinceramente que Guillaume pudiera salir de aquella: pese a mis muchas reticencias, el tiempo trabajando juntos había conseguido que no me cayera del todo mal. Y además, ahora no sabía cómo contactar con el resto del conciliábulo, pues de esa tarea se encargaba exclusivamente mi compañero. Al final vi la luz al final del túnel, en este caso de manera real porque al parecer, tal como estaban las cosas, de manera figurada no la iba a divisar nunca en lo que me quedaba de vida, y me apresuré a salir. Respiré una bocanada de aire puro. La luna empezaba a brillar en el cielo casi nocturno ya y no podía apreciar bien el terreno que me rodeaba, una zona que en la oscuridad me pareció plagada de vegetación de riera y marismas peligrosas. No tenía ni idea dónde se hallaban las cuadras en las que guardaba mi caballo, ni cómo iba a arribar hasta allí ni cuánto tiempo me llevaría. Pero de pronto una preocupación mayor que mi propia suerte o la de Guillaume pasó a ocupar la primera línea de mis pensamientos. Y es que una flecha se clavó en el árbol que tenía a mis espaldas, a apenas unos milímetros de mi cuero cabelludo.

-Pero ¿es que no piensan dejarme descansar jamás? –dije en voz alta, echando cuerpo a tierra. Esperaba que una lluvia de flechas cayera sobre a mí a continuación e instintivamente me tapé la cabeza con las manos. No obstante, y misteriosamente, solo el silencio me acribilló. Cuando hubo pasado el suficiente tiempo para creer que estaba segura, me levanté muy despacio y eché un vistazo a mi alrededor. Todo parecía tranquilo. Entonces miré hacia la saeta que se había clavado en el árbol y vi que llevaba clavado un trozo irregular de pergamino. Intrigada, me apresuré a sacarlo, operación que pude realizar no sin desgarrarlo mínimamente. En su superficie estaba dibujado un mapa que informaba de que me hallaba en la costa de Barcelona, un par de kilómetros de la ciudad en dirección sur, calculé, y qué camino debía seguir para llegar lo más rápido posible a mi destino. En el borde inferior, unas letras saltaron a mis ojos haciéndome casi gritar de sorpresa.

Nos encontraremos en la siguiente etapa. Y recuerda: es la única salida.

El Número Ocho

-Estoy rodeada de cabrones –me lamenté-. Espérate que te pille, Número Ocho, y te voy a meter las flechitas por salva sea la parte; incluso aunque seas mi aliado. En algo me voy a tener que entretener para pasar el tiempo entre acción y acción. Porque este otoño va a ser muy caliente.

En la lucha final (III)

(viene de) -Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.

-Esta vez hablo en serio –aseveró.

Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).

-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.

-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.

Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de  supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.

-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.

Me mostró las palmas.

-Hablar. Solamente eso.

No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?

-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.

La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.

-Tienes muy buen aspecto.  Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.

-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.

-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.

-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.

Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.

-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…

Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares

-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.

Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.

- Me trasladaré a mis posesiones de Barcelona y te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.

Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?

-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?

Se apresuró a responder.

-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.

-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.

-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.

Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, una masía fortificada a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias de la masía y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos.

En la cárcel de la democracia: cantos de guerra

(Viene de) La noche había caído. Por el ventanuco de la amplia mazmorra de piedra, donde me hallaba en la más absoluta soledad, como si se hubiera reservado en mi honor, vi una luna llena que se derramaba por las calles de Damasco. Oí un sonido suave procedente de la puerta de entrada y comprendí aterrada que había llegado el momento; pero me equivocaba: en lugar del sultán, sus matarifes y sus instrumentos de tortura, quien había entrado era una joven morena, muy guapa, que se dirigió hacia mí sigilosamente. Cuando estuvo a mi lado me susurró:

-Sé que sois amiga del cruzado que estuvo aquí hace meses. Era un buen hombre. Deseo con todas mis fuerzas que se encuentre bien.

-¿Sabéis acaso dónde puede estar? –ella dudó-. No –la tranquilicé yo-, no pienso revelar su paradero, pero me gustaría poder encontrarlo si algún día, aunque nada parece indicarlo, salgo de aquí. La esperanza nunca se pierde… pero tenéis razón, no me lo digáis –no me fiaba de mí misma: era mejor que no supiera nada: así, pasara lo que pasara, hicieran lo que hicieran, no podría traicionarlo. Me mordí los labios: seguramente me estaba comportando como una verdadera pringada.

-No sé dónde puede estar –replicó ella-. Huyó con Samira, una de las chicas del harén.

Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Menudo mosquita muerta que estaba hecho el compañero.

-Ella tenía una misión –continuó la joven-. No era una de nosotras. Y quería que vuestro amigo la ayudara. Una misión importante, realmente importante. Algo por lo que estaba dispuesta a dar su vida… Creo que Samira ha muerto. Lo presiento. Y tal vez vuestro amigo ha muerto con ella.

Se me heló la sangre.

-No digáis eso. Tal vez hayan conseguido acabar con éxito la misión, sea la que fuera, y ahora están viviendo felices y comiendo perdices en cualquier sitio. Pero, en cualquier caso, ¿por qué me contáis esto?

Ella suspiró.

-Porque no quiero que muráis vos también.

-Bueno, en eso coincidimos -apunté yo.

-Alguien como vos no merece acabar así. Sois una guerrera, dueña de vuestra vida, no… -miro hacia el suelo, con tristeza- una cobarde esclava incapaz de rebelarse a su destino.

Sonreí con amargura.

-Pero criatura –le dije, pasando al tuteo-, no seas tan dura contigo misma. Nuestras circunstancias son diferentes y no podemos saber qué habría sido de nosotras si estas estuvieran intercambiadas. Yo le he tenido muy fácil en el fondo, siempre había alguna puerta por la que huir, aunque fuera hacia delante. Tú, sin embargo… Además, no tengo nada de lo que enorgullecerme. Peleo por dinero, y también me someto a mis empleadores por un par de monedas, dejando de hacer otras cosas que son más necesarias: no hay honor en eso.

Ella levantó la mirada: tenía los ojos húmedos. Acercó a mis labios una copa y yo, sedienta y confiada, bebí sin preguntar. Sentí una pesadez en los ojos, no sabía si por causa de la bebida o es que Morfeo me vencía después de aquel largo día llenos de vicisitudes. Casi entre sueños, escuché su voz alejándose.

-Si vuelves a verle, dale las gracias.

-No dejes que nadie te convenza de que no puedes ser la dueña de tu destino –le recordé yo, casi incapaz ya de articular las palabras.

No sé cuánto tiempo dormí. Mientras abría los ojos me sentí ligera, casi liberada: al principio pensé que la muchacha me había dado algún tipo de sedante que me permitiera aguantar mejor el dolor de la tortura; después comprobé que no era exactamente eso. Aunque mi sensación de alivio se vio gravemente menoscabada por la presencia de Gustaf, que estaba mirándome fijamente, a pocos centímetros de mi cara. Hice un gesto de repugnancia.

-¿Qué quieres, hediondo gusano? ¿No has tenido suficiente aún? Anda, acércate si te atreves que te voy a arrancar el ojo de un mordisco. Aunque luego me pase días vomitando.

Él no se dio por aludido.

-Eowyn, vas a hablar. El sultán vendrá pronto con sus hombres y te garantizo que no van a ser dulces ni amables contigo; es un gobernante liberal y amigo de su pueblo –sí, claro, como todos-, pero no es buena idea oponerse a sus deseos. Será mejor que hables. Por tu bien y por el nuestro.

No puede evitar soltar una risotada.

-Me siento conmovida por lo preocupado que estás por mi bienestar. Pero tonto del culo, ¿no te das cuenta de que le has vendido humo al sultán? ¿Qué pretendes que le explique, si nada sé? ¿Quieres acaso que me lo invente? ¿Acaso piensas que un hombre de estado bregado en batallas diplomáticas y que ha ganado guerras y conquistado castillos con la correlación de fuerzas no siempre a su favor se va a dejar engañar como un idiota por nosotros? Lo que deberías hacer es decirle que todo ha sido una volada tuya, pedir mi liberación y asumir las consecuencias de tu codicia y tu apresuramiento. Vamos, pórtate por una vez como un ser con una mínima categoría humana.

Pero él no parecía demasiado animado a seguir mi consejo.

-¡Sabes algo! –se empecinó, chillando como una mona histérica-. ¡Tengo pruebas!

-Los cojones tienes pruebas –rebatí yo-. Lo que te pasa es que estás cagándote de miedo. Os habéis metido en un lío, tú y tu amiguito, del que sabéis perfectamente que no vais a salir bien parados. Lo que me van a hacer a mí no va a poder compararse ni por asomo a lo que harán con vosotros –y, haciendo un teatral ademán de alzar mis encadenadas manos al cielo-. ¡Dios mío, quién lo iba a decir, existe la Justicia, al fin! No en las tierras de Castilla, Aragón y territorios limítrofes, por supuesto, pero sí en el resto del mundo! ¡Os van a dar para el pelo!

Aunque no entendió ni papa, obviamente, de mi exabrupto, lo esencial sí lo captó. Me echó las manos al cuello.

-¿Te atreves a negarme que esos extraños viajeros que preguntaron por ti ayer por la mañana, cuando estabas fuera de la ciudad, no venían de parte de tu amigo el templario? ¿Es que acaso no ibas a marcharte con ellos? Yo les dije dónde encontrarte.

Yo no salía de mi asombro ¿Unos extraños viajeros?

-¿Se puede saber qué estás diciendo? –incluso un inútil como él hubiera adivinado por mi expresión que todo aquello era nuevo para mí. Su expresión se trocó en una de aterrorizada decepción total.

-Entonces… ¡es cierto! ¡No sabes nada!

-Joder, hace tiempo que intento decírtelo –me resigné yo. Empezó a pasear por la celda como el proverbial león enjaulado. Al final se detuvo y me espetó.

- Tienes que decirles algo. Si no, nos matarán a los dos y no será precisamente rápido…

-… eso también hace tiempo que intento decírtelo –le interrumpí.

-¡Piensa! –continuó, sin hacerme caso-. Tú conoces a tu amigo. Sabes dónde podría estar. Dónde se escondería si tuviera que hacerlo.

-Cree el ladrón que todos son de su condición. Él no se escondería. Plantaría cara –respondí yo, orgullosa. Pero no podía quitarme de la cabeza a aquellos extraños viajeros que me buscaban con los que al final, no sabía por qué, no había llegado a coincidir. ¿Los había enviado él? Si era así, ¿por qué no había venido en persona? ¿Y dónde podía haberse metido? Era de suponer que no se había refugiado en Chipre, después de las últimas derrotas cruzadas, pues entonces el sultán ya le había localizado… Vamos a ver, pensé, él huyó de aquí a principios de verano. ¿No hubiera sido lógico que hubiera querido reunirse con sus compañeros en Sidón, si es que la misión de Samira no le llevaba a otro lugar? Miré a Gustaf: maldición, ellos sabían mucho más que yo. Y lo peor es que ni se daban cuenta.

-Me niego a atrapar una jaqueca por pensar para ti –negué con determinación-. Que él esté donde le haya llevado el viento. Nunca te ayudaría a descubrirlo, ni aunque fuera más fácil de lo que es. Aunque me maten de la peor manera, jamás seré tu cómplice.

Pensaba que Gustaf iba a tener un acceso de rabia, pero se limitó a mirarme con impotencia y luego paseó en círculos por la mazmorra, de nueva. Era evidente que deseaba decirme algo y al mismo tiempo dudaba si era la opción más inteligente. Pero al fin…

-En Sidón, tu amigo se hizo con un objeto de poder que el sultán desea. Algo que solo puede tener la persona más poderosa de este mundo, y todo apunta a que el sultán puede llegar a serlo. Si cayera en otras manos…

Tal vez vosotr@s consideréis que mi situación no era para tomármela a broma. Y seguramente tenéis razón. Pero tras escuchar afirmaciones como la que acababa de oír, solo me quedaba una alternativa, y efectivamente esa es la que adopté: sufrir un ataque de risa, una risa más amarga que alegre, aunque con potencia tal como para despertar no solo a los habitantes del castillo sino a todo el vecindario, si las paredes de aquella celda no hubieran sido tan gruesas. Gustaf se quedó mirándome con la boca abierta y, creo yo, con un hilillo de baba chorreándole por la barbilla.

-¿Y qué va a suceder si el pretendido objeto de poder cae en otras manos? ¿Es que acaso otorga el poder de hacer la Revolución y triunfar en el intento? Gustaf, ¿te estás oyendo a ti mismo? La verdad, me has decepcionado. Nunca te he pensado que fueras demasiado listo, pero al menos creía que tenías un cierto criterio. Y ahora me vienes con objetos de poder. ¿Quieres que te enseñe un verdadero objeto de poder? Pues aquí tienes: ¡mira, hago magia!

De un rápido movimiento de manos y pies, me liberé de mis grilletes: hacía un rato que me había dado cuenta de que estaban abiertos: la joven del harén, amiga de Samira, se había arriesgado a perder la vida por el recuerdo de la amabilidad de mi viejo compañero de armas y, tal vez, por mí. Pero a Gustaf no se le ocurrió una explicación tan racional.

-¡Eres una bruja sierva del Diablo! –me señaló con pavor-. ¡Vade retro, Satanás! ¡Socorro, a mí la guardia! –Gustaf siempre me había guardado bastante respeto: creía que yo sería capaz de vencerle con mis solas manos a pesar de mi evidente desventaja física. Y no se equivocaba.

-Puedes gritar todo lo que quieras, traidor. Esto es lo que en siglo XXI se llamará una estancia insonorizada. Ven, que te voy a dar objetos de poder. Mis puños, por ejemplo –le golpeé sin piedad, no era el odio el que me movía, tenía demasiados candidatos al aborrecimiento como para preocuparme de un pusilánime de aquel nivel. Pero me interesaba dejarlo fuera de combate cuando antes-. Eres un estúpido. ¿Ni siquiera puedes emplear la religión y las supersticiones para mantener austeros, sacrificados, serviles y contentos a los oprimidos de la Tierra, como hace toda la gente de tu calaña, esos gobernantes corruptos e insultantemente ricos a los que sirves? –no dejé de golpearle hasta que cayó al suelo-. ¿También tienes que creértelas? Has caído en tu propia trampa, tú y los que son como tú fomentan la falta de información, la falta de debate, la ausencia de ideas propias; sois los que queman libros, lo que cierran las escuelas de los pobres o las dejan sin recursos. Pero la filosofía que os habéis inventado os ha acabado dominando. ¡Entérate bien! No hay objetos de poder místicos, ni magia, ni un paraíso donde nos redimamos, ni un Dios bondadoso que hace permite estas salvajadas, como las Cruzadas y sus consecuencias, por nuestro bien! Ni siquiera hay bien en esta Tierra, no hay amor ni amistad, solo gente que se esfuerza por aprender y tiene el valor de asumir que estamos solos y abandonados aquí y que solo nos resta hacer lo que podamos e intentar colaborar, y por otro lado seres como tú, cobardes que pretenden conjurar el miedo a base de acumular riquezas y poder sin cuento. ¡Me dais asco! Aunque me alivia el pensar de que no os queda mucho tiempo de dominio. Solo unos pocos siglos. Y te prometo que me encargaré personalmente de que llegue vuestro fin –ya en el suelo, yo le pateé los riñones con algo más de fuerza de la que hubiera deseado: la tremenda injusticia del sistema al que él servía dócilmente me sublevaba. Pero al final pude respirar hondo e intentar contenerme.

No podía perder más tiempo. Aprovechando que lo había dejado sin posibilidades de defenderse, le quité la ropa, le vestí con mi sucia y rota camisa, le arrastré hacia la pared y cerré los grilletes en torno a sus tobillos y muñecas. Él soltar débiles lamentos mientras yo me vestía con sus ricos ropajes de estilo árabe (que, por suerte, estaban limpios y casi hasta perfumados; el siglo XXI me ha acostumbrado a la higiene y no hay mañana en que no me tire un buen caldero de agua por la cabeza, al menos si encuentro agua y leña para calentarla). Desde luego, él era mucho más repugnante que sus hábitos. Y así, con la cabeza baja y el turbante ocultando mi pelo, amparada en la oscuridad y confiando en que ninguno de los soldados de la guardia se diera cuenta de que la ropa me iba un par o tres tallas grande o advirtiera algún atributo femenino asomando por ahí, me dirigí a la puerta del castillo, saludé y salí tranquilamente, rogando a los dioses paganos en los que no creo por el bienestar de la joven que me había salvado y prometiéndome que volvería a buscarla; de momento, ella estaba a salvo: sabía que toda la culpabilidad de mi huida recaería en Gustaf.

De pronto, me hallé en las calles de Damasco, rodeadas por el desierto cercano cuyo aroma se me presenta como una llamada a la aventura. Sobre la sugerente y acogedora urbe medieval, bella y sensual como el juego de luz y brillos de los diamantes y fuerte como la voluntad de luchar sin descanso, no tan diferente a las del siglo XXI, se me superponen otras imágenes; las salvajes instantáneas de otras ciudades cercanas, Homs y Alepo, víctimas de bombardeos y atentados con armas modernas en una guerra tan absurda como todas donde aunque algunos creyeran luchar por la libertad, solo iban derecho a una tiranía mayor, y ni siquiera más solapada. Nada merece ese precio, nada, y menos que si se ha subvertido la rebeldía de un pueblo en aras a unos intereses foráneos muy distintos. Tenía que volver al maldito siglo XXI, volver e intentar evitar, con las escasa armas de las que disponía, que se perpetuara la lógica de la guerra intervencionista, en Siria, Irán o donde fuera, ahora que los imperialistas, tras manipularnos con su crisis, se creen fuertes para emprender acciones para las que no se habían sentido preparados antes, a pesar de sus enormes deseos.

Y, sin embargo, algo me empujaba a quedarme allí. Para advertir a mi loco amigo de que la baratija a la que había echado el guante era considerada algo capital para mucha gente; sí, a aquel descerebrado que no sabía meterse en líos sin arrastrarme a mí a ellos, por cuya culpa había estado a punto de sufrir “algo peor que la muerte”, y que por si fuera poco andaba por ahí holgando con las huríes del paraíso de Alá mientras yo tenía que renunciar a nobles y hermosos caballeros por ir a buscarle. Malditos intereses particulares, por estúpidos que sean siempre acaban oponiéndose al bien común.

Dioses, patria y un invierno que no pasa

A pesar de lo que se oye por ahí, no deberíamos preocuparnos porque la pretendida primavera árabe en algunos países haya derivado en invierno confesional, para más señas, islámico. Y es que el islam tiene múltiples aplicaciones, tanto con respecto a la gobernanza de un país como a la relación con los extranjeros, y si investigáis un poco enseguida las hallaréis.

Por ejemplo: si tú eres un gobernante dictatorial y te interesa dominar a la mitad de la población de tu país, puedes echar mano del Corán; o mejor, de tu interpretación personal, sesgada y manipuladora de este libro sagrado, que como la mayor parte de los de su índole y salvando los siglos transcurridos desde su escritura y la evolución de las costumbres consiguiente, solo habla de paz, amor y esas cosas. Pero como en muchas cosas las palabras se dejan decir de ellas lo que se quiera, leerás entonces que el Profeta manda a las mujeres taparse como si estuvieran viviendo en la Antártida, vivir recluidas en sus viviendas como si se esperara que explotara alguna central nuclear, trabajar menos fuera de casa como si el índice de paro de su país fuera como el español, y recibir tantas palizas como un banco de la piel de toro por parte de la UE, y de un modo tan impune como si esta violencia de género fuese juzgado por jueces también españoles y sufrida por mujeres de la misma nacionalidad: la comunidad internacional y sus más principales potencias te permitirán seguir haciéndolo. Al menos hasta que empieces a involucrarte en sus negocidios en tu país, claro.

Pero no hace falta que profeses el islam para servirte de él, ni siquiera para hacer evangelismo de esta religión: es una de sus numerosas ventajas.  Vamos a poner por caso que tú eres una potencia amenazada por otra, peligrosamente laica. Pues bien, solo tienes que predicar las tesis de Mahoma entre su población para que acabe destruyéndose a sí  misma y se convierta en un fiel aliado del sistema, como Arabia Saudita y las monarquías del Golfo. Para este proselitismo siempre ayudará mantener a los países musulmanes permanentemente despreciados y amenazados, por ejemplo contribuyendo a las dominaciones de los centinelas de Occidente que hagan que el Islam, en sus aspectos más radicales, sea visto como la salvación.  Un Islam como el de Arabia Saudita, lo cual otorga al conjunto una interesante injusticia poética, lo convierte en un ventajoso círculo vicioso. Y si tienes prisa o no puedes invertir tantos recursos, y al mismo tiempo necesitas dar salida al excedente de armas de tu industria y/o halagar a los empresarios del sector, posibles futuros contribuyentes de tu campaña electoral, pues lo invades, con o sin la aquiescencia de la ONU. Después de todo, el islam es una religión tan mala… (tú también sabes interpretar, manipular y sesgar el Corán, que los occidentales somos muy listos). Siempre que se estén involucrando en tus negocidios en su país, claro.

Sí, los países islámicos son el más fiel aliado (vamos, como los nacionalcatólicos, sin ir más lejos) y el más útil enemigo, cuya existencia puede justificar desde invasiones militares extranjeras hasta recortes de las libertades locales. Lástima que entre sus beneficios no exista ninguno orientado a la población civil más humilde. No nos engañemos:  ni rezando a Dios, ni a Mahoma ni  a Zaratrustra se nos va a solucionar la vida, y mucho menos cumpliendo a rajatabla los preceptos de estas religiones, muchos de los cuales impiden además disfrutar de lo poco bueno que es gratis en esta vida. Y tampoco otra de las diosas que nos venden, la Patria, nos va a sacar las castañas del fuego este Halloween. Por mucho que ante declaraciones sobre bombardeos a Barcelona (hay bromas muy poco afortunadas y reacciones a las mismas aún más estúpidas) hasta una internacionalista radical como yo que considera cualquier sentimiento nacionalista como un preocupante signo de problemas mentales se vuelva un poco independentista. Y quizá está allí la trampa: mientras deleguemos nuestras luchas en los dioses, cualesquiera que sean, jamás seremos mujeres y hombres.  A mayor gloria del único Dios que realmente existe, y que desde luego no es un dios de paz ni de amor: el Negocidio. Y el invierno durará por siempre.

No estamos condenados, no tenemos que resignarnos, podemos elegir

Quiero seguir siendo prehistórica, nostálgica, romántica, trasnochada incluso. Quiero creer que aquellas luchas que ganamos con tantos sacrificios de tant@s compañer@s valieron la pena, aunque ahora nos hayan arrebatado su justo premio con la mayor inicuidad posible. Quiero que mis manos que ellos intentan dejar vacías, mi cabeza a la cual intentan extirpar los sueños, sean su azote, su infierno. Quiero seguir negando la realidad que me marcan, porque no es la realidad, es la imposición de una pesadilla, no quiero aceptar que lo normal y lo auténtico es la más cruel injusticia y la más absoluta represión, quiero seguir indignándome, quiero que nadie me impida seguir teniendo memoria, quiero que nadie me meta ese miedo que les sirve para vender armas. Quiero seguir gritando en desafío de estos crímenes políticos y económicos contra la Humanidad aunque no sirva de nada, aunque esté actuando contra mis egoístas intereses personales, aunque mi voz sea la única que resuene, aunque tod@s a mi alrededor me tachen (y a ti, y a vosotr@s) de loca. No estamos condenados, no tenemos que resignarnos, podemos elegir. No dejemos que nos transformen en sumisos espectadores de la basura en la que están convirtiendo nustras vidas. Las manos son nuestras.

No estamos condenados a elegir entre los mismo y lo mismo. Tenemos las manos vacías, pero las manos son nuestras

El 15 de Mayo toma la calle. Nosotr@s somos más

El Premio Nobel de la Paz ejecuta extrajudicialmente, su mascota Zapatero lo justifica con argumentos demenciales y Llamazares habla con justicia y sentido común

Bin Laden y los terrorismos reales

Fuiste nuestro amigo. Te quisimos: ¿cómo podríamos no haberte querido? Nadie mejor que tú para netralizar a nuestros enemigos inyectándoles el veneno de la religión, que les volvería zombies a nuestro servicio, declarado o tácito. Fuiste nuestro amigo hasta que dejaste de serlo, o tal vez siempre lo fuiste, o tal vez como enemigo nos brindaste incluso mayores servicios. Pero, formando parte o no del plan en el que tú eras (voluntaria o involuntariamente) nuestro cómplice, o quizá debido a tu rebeldía, o quizá debido a ambas cosas, te matamos como a un perro. Porque nosotros PODEMOS hacer JUSTICIA; a los demás no les está permitido, y si lo hicieran solo sería cruel VENGANZA.

Y es que eras un terrorista. Dirigías una central del terror mundial llamada Al Qaeda, que nadie se sabe dónde está ni qué es y que me parece que nos la hemos inventado nosotros, como, en el fondo, a ti, como, en el fondo, a nosotros mismos. Un terrorista, como los etarras españoles y tod@s los que comparten sus ideas políticas aun estando en contra de la violencia. Nosotros, sin embargo, no lo somos. Cuando bombardeamos los países que nuestros intereses nos señalan lo hacemos para implantar la justicia; cuando somos cómplices de los poderes económicos, de ambición tan desmesurada como un agujero negro y que están llevando a una parte creciente de la Humanidad a la ruina y al exterminio, lo hacemos obligados por la crisis y para vencerla.

Bin Laden murió ayer, día 2 de mayo (aquí podríamos hacer un chiste fácil, pero me abstengo), en una ejecución completamente legal (el tiro en la cabeza lo recibió solo porque no quiso colaborar en su detención) rematada por un procedimiento más que sospechoso, como fue el hecho de tirar su cadáver al mar desde un helicóptero. El enemigo público número uno vivía desde hacía tiempo en una bonita residencia de una pequeña ciudad cercana a Islamabad, en Pakistán, donde inexplicablemente nadie le había detectado hasta ahora. Ese mismo día se supo que el Tribunal Supremo de Justicia se pasó la ídem por el forro y declaró que Bildu no podría presentarse a las elecciones, aunque haya hecho una condena expresa de la violencia. Tres días antes el paro en España se cifró en cinco millones a pesar de (yo más bien diría: gracias a) los mortales ajustes y recortes laborales y sociales de los gobiernos central y autonómicos de este país, y a todo esto, la UE y EEUU siguen bombardeando Libia, gobernada por otro anterior amigo que rinde más como actual enemigo.

Todos estos sucesos, además de reafirmar el post del viernes pasado, casualmente casi profético, de esta bloguera, donde se aludía a como el terrorismo puede ser beneficioso, e incluso estar auspiciado, por los poderosos, hacen preguntarse dónde está el terrorismo real. ETA mata, y los fanáticos religiosos también, pero si alguien tiene el valor de decirme que lo que están haciendo las elites económicas mundiales con la connivencia de los gobernantes de las grandes potencias y de las que no son más grandes no son terrorismo, y que todas estas intervenciones armadas en Libia, Afganistán, Irak, Palestina y demás tampoco… por favor, que se haga mirar su nivel cerebral de manipulación, porque roza el límite del estado zombi.

El Maresme con Libia

Querid@s lector@s, aquí os paso la resolución que ha elaborado, con un poco de colaboración de la que suscribe, la gente de Comunicación del PSUC-viu del Maresme (bonita comarca de Barcelona entre el mar y la montaña adonde esta bloguera se ha desplazado hace poco). Esperamos que esto suponga el punto final a mi época de vacas flacas bloguiles y que el tiempo y el mal remunerado trabajo me permita actualizar esta cosa más a menudo de aquí en adelante.

Por cierto, hoy se celebra (es un decir) el octavo aniversario de la muerte de José Couso, un símbolo de la inutilidad, intereses creados y afán manipulativo de todas las guerras, sobre todo imperialistas.

Resolución del PSUC-viu del Maresme sobre la intervención militar en Libia
El PSUC-viu del Maresme quiere manifestar su rechazo frontal a la intervención militar de Libia en la que el gobierno del PSOE, apoyado incondicionalmente por el PP y con la oposición en solitario de Izquierda Unida y el Bloque Nacionalista Galego, ha enredado al Estado español. Creemos que esta agresión imperialista, aunque emprendida con la excusa de legalidad de la Coalición de París, es tan inmoral e ilegítima como la guerra de Irak auspiciada por la infausta Coalición de las Azores.

A pesar de que condenamos enérgicamente el régimen de Muamar el Gadafi y de que damos nuestro pleno apoyo a las legítimas aspiraciones de libertad e igualdad de la ciudadanía libia, así como al resto de movimientos populares que están consiguiendo importantes cambios en diferentes países del mundo árabe, estamos firmemente convencidos de que cualquier acto de agresión contra Libia o contra cualquiera otro Estado soberano, provocará más sufrimiento, enfrentamientos y refugiados dentro y fuera del país, exacerbando el conflicto y dificultando la solución, aparte de desestabilizar aún más la región del Magreb y Oriente Medio. Sin ir más lejos, el desastre de las guerras en Irak y Afganistán, teóricamente emprendidas en nombre de la salvaguarda de los derechos humanos y la democracia, han producido centenares de miles de muertos y millones de desplazados.

Esta agresión militar imperialista no contribuirá a la alentadora ola de revueltas contra la tiranía en el mundo árabe, que ya ha derrocado a dos dictadores marionetas de occidente, sino que sembrará la duda sobre qué intereses defienden realmente los aliados, si los de los pueblos oprimidos por las dictaduras o las de las potencias occidentales, aunque nosotros y nosotras no tenemos dudas al respecto: es incuestionable que los aliados no han atacado Libia porque están preocupados por la represión que sufre el pueblo de este país, puesto que sus problemas no les preocupaban hasta hace unos días y conflictos similares siguen sin preocuparles en el resto del mundo; por el contrario, son los intereses geoestratégicos, económicos, energéticos y políticos los que han motivado la resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU, destinada a servir de tapadera a los propósitos de los aliados. En estos momentos existen en el mundo 32 conflictos similares al de Libia, y ninguna coalición de países emprende una cruzada para la salvación de estos pueblos sojuzgados, porque eso no les reportaría ningún beneficio político o económico.

El PSUC-viu del Maresme también quiere incidir sobre la campaña de desinformación generalizada que se está llevando a cabo para apoyar la intrusión bélica de la OTAN y de sus acólitos, manifestando que no hay alternativas al ataque si se quiere ayudar a la población libia, incluso con la sesgada comparación con la indefensa España de la Guerra Civil, y al mismo tiempo guardando silencio sobre las graves violaciones de los derechos humanos promovidas por Israel o sobre el aplastamiento por parte de Bahrein y Arabia Saudí del levantamiento de sus ciudadanos. Otro aspecto de estas manipulaciones son las implícitas o explícitas acusaciones al movimiento pacifista y de solidaridad internacional, del que el PSUC-viu se siente partícipe, de mirar para otro lado o incluso de apoyar a Gadafi, algo especialmente repugnante porque esos mismo que nos critican son los que continúan vendiendo armas a países más que vulneran los derechos humanos; en el caso concreto de Libia, los mismos que hasta ayer le bailaban el agua a su tirano y que se oponen a cualquier sanción política y diplomática a Israel, Arabia Saudita o Marruecos hasta que respeten los derechos humanos. Unos cuantos ejemplos: las llaves de la ciudad de Madrid fueron entregadas en acto solemne a Gadafi en 2007 por el alcalde Alberto Ruiz Gallardón, con la connivencia del PSOE y la única oposición de Izquierda Unida; en el mismo año Zapatero y Bono visitaron Libia, y desde ese momento las ventas de armas al dictador libio aumentaron exponencialmente, hasta cifras insultantes.

No nos dejemos engañar por consignas interesadas: sí hay alternativas. Aunque los pasos que Venezuela y otras organizaciones como la Unión Africana han dado en busca de una solución pacífica del conflicto no han sido adecuadamente difundidas por la prensa del sistema, la historia reciente nos habla de casos como el de Sudáfrica, en el que, sin la utilización de bombardeos, la comunidad internacional contribuyó a que el Apartheid pasara a los libros y fuera sustituido por una democracia en la actualidad consolidada. Los medios civiles como bloquear las cuentas de los dictadores, renunciar a venderles armas para dejarlos sin herramientas de represión contra sus ciudadanos o aislarlos políticamente han demostrado ser mucho más efectivos que la violencia y por si fuera poco no requieren una contraprestación en vidas humanas.

En resumen, las bombas de ninguna manera pueden traer la protección y la justicia social a la ciudadanía, y la expresión “guerra humanitaria” no es más que un evidente contrasentido. La intervención militar no es el camino, y los hombres y mujeres del PSUC-viu del Maresme no pensamos apoyarla, ni en este caso ni en ningún otro.

Wikileaks: el asesino era el mayordomo

Era una mala novela policiaca, de esas en que el autor no es suficiente hábil para enmascarar al verdadero asesino hasta el final. Todas las pruebas, las ocasiones y los motivos apuntaban al mismo culpable, que además era el típico y tópico en estos caso, el mayordomo. Y ahora ha acabado el cuento.

El mayordomo. El mayordomo español, no solo al servicio de BM y el FMI, como ya sabíamos, sino también al de las oscuras corrientes internas del gobierno de EEUU, que provocan guerras, incluso atentando contra sus propios ciudadanos, promueven, financian o por lo menos dejan hacer a los golpistas o, como en este caso, manipulan la información, desfigurando la realidad, y presionan la justicia, esa (In)Justicia española de trágico chiste. Y no se trata de un elegante mayordomo inglés seguro de sí mismo y que se permite en opcasiones dar lecciones de urbanidad a su jefe, sino de un patético y servil esbirro que es capaz de venderse y vender a su país al mejor postor, de bajarse los pantalones y ponerse mirando a Cuenca para que nos den a todos. Es igual: en esta novela barata que es nuestro país, cada vez más carente de dignidad, de seguridad laboral y económica, cada vez más pobre y rastrero, no triunfará la ley y el orden, sino la sempiterna impunidad de los poderosos.

Los hombres que no amaban a las mujeres

Son malos tiempos para la lírica en general y en particular, para la lírica en todas sus implicaciones y para todos los seres que representan la lírica en el mundo, que suelen ser siempre los más puros y, por consecuencia, los más golpeados. Constato hoy, con la afición a reiterar que me caracteriza, esta opinión sobre la imposibilidad de los finales felices para una gran parte de la Humanidad, que tal vez sea personal, o tal vez no, y me dispongo a dar algunos argumentos.

No insistiré sobre el manido tema de que el mundo sería mejor, más justo, amable, lógico, e incluso inteligente, si se invirtieran las relaciones de poder vigentes y fuera el llamado anteriormente, y aún considerado, sexo débil, el que gobernase: tod@s conocemos ejemplos que contradicen esta tesis. Pero, a pesar de todo, me resulta difícil imaginar hordas de féminas enloquecidas violando y descuartizando a indefensos hombres en mitad de una guerra, por atroz y cruenta que ésta sea. Y creo que eso significa algo.

Podíamos citar el caso de Aisha, la joven afgana de 18 años mutilada por los talibanes por abandonar a su marido (con el que se la había obligado a casarse a los 12, y después de largos años de maltrato por una familia política); esos mismo talibanes acaban de ejecutar por adulterio a Sanubar, una mujer embarazada después de obligarla a abortar. Y para que nadie piense que considero la talibanidad una cuestión de raza ni de religión, ni que pretendo justificar con esta cita la estancia de los estadounidenses como fuerzas de ocupación en el país, citaré una de tantas y tan conocidas barbaridades cometidas por los supuestos superhéroes salvadores de los países del Eje del Mal, y del poder económico y geoestratégico occidental, más bien: la violación múltiple, seguida por asesinato con ensañamiento, de la niña iraquí de 14 años Abeer Qasim Hamza, después haber matado a sus padres y a su hermana pequeña, por parte de soldados estadounidenses. Está bien, tod@s sabemos que en las últimas décadas actos de ese calibre constituyen moneda común en todas las guerras: últimamente me ha estremecido el horrible caso de Almira Bektovic, que Hernan Zin comenta en su blog. Pero, por cruento que sea el conflicto, ¿hay alguna justificación para ese atentado contra todo lo que representa lo femenino?

Además, ¿son estas crueldades sin nombre propias del subdesarrollo o del estado de conflicto? Supongo que a pocos lectores les resultará sorpresivo lo que voy a decir a continuación, pero no considero en absoluto fruto de la imaginación del autor de la trilogía Millenium, más bien de su experiencia como periodistas, el clima de abuso físico y maltrato psicológico contra las mujeres, amén de puramente desprecio, que describe como algo generalizado en el trasfondo de la sociedad sueca, uno de los modelos de desarrollo social para los españolitos de pro durante años. No voy a hacer una crítica literaria del bestseller del momento bajo cuyo influjo he acabado por caer tras años de resistirme (aunque he de decir que con un limitado entusiasmo por mi parte), con un limitado entusiasmo por mi parte, pero la impresión que produce es espantosa. Sobre todo porque puede ser completamente real.

Porque no se trata de algo episódico: Larsson no escribe sobre los hombres que no aman a las mujeres igual que podría escribir sobre un asesino en serie que deja en todos sus cadáveres un ramito de violetas y un ejemplar de las obras completas de Garcilaso de la Vega. No se trata de que haya unos pocos hombres que no aman a las mujeres y se aprovechan de esta su mayor empatía que constituye a la vez su fuerza y su debilidad y que las hace tan poco atractivas para los finales felices, sino de que el número de éstos resulta alarmantemente grande, y eso, sobre todo si tienes la desgracia de ser una heterosexual de libro, aparece como algo terriblemente inquietante. Sobre todo porque puede ser real.

Pero no os preocupéis, chicas: siempre nos queda la opción de renunciar a todo lo que nos convierte en nosotras mismas y convertirnos en damas de hierro como Thatcher o Merkel, o bien casarnos con un Obama, tener obamitas, y contemplar, mientras gastamos el dinero de los contibuyentes, cómo se vulneran los derechos de los habitantes de la Costa del Sol para agasajarnos, en este país en que todos y todas (ja, ja, ja) somos iguales ante la ley.

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