Combates y aventuras en un mundo hostil
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25 mayo 2012 a las 19:57 · Archivado en Divagaciones and tagged: 29 de Junio, Bosque de Brocelandia, Ediciones Hades, La rebelión de los soldaditos de plomo, paro, reforma laboral
Bueno, no es lo mismo que si anunciáramos la fantástica presentación internacional de un tomo inédito de la saga de Harry Potter que un empleado de limpieza municipal encontró un día debajo del banco de un parque, pero el título en cuestión es obra de esta que suscribe, y quieras que no le tengo un cierto cariño. Así que esto es lo que hay: el día 29 de junio se presentará, en un lugar aún por determinar de Barcelona, la esperada (esperada por mí, básicamente) primera novela de Eowyn de Camelot: ’La rebelión de los soldaditos de plomo’ (Ediciones Hades, nombre que espero no sea premonitorio). La novelilla en cuestión pretende ser el primer volumen de una trilogía llamada Casa Usher y cuyas dos entregas restantes, si los santos del panteón comunista lo quieren y las ventas del primero así lo permiten, saldrán en algún momento antes del fin del mundo.
Supongo que ahora es el momento del autobombo, el self-promote y el “yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Pero me temo que eso no me sale muy bien: lo único que puedo decir de ’La rebelión de los soldaditos de plomo’ es que a mí me gusta. Y que lo he escrito esperando que les guste a tod@s, al menos a la gente de mi cuerda (porque por poco que me conozcáis ya os imaginaréis por dónde va ir el tema). Y ya que para escribirlo tuve que hacer descender la productividad de todas las empresas en las que trabajé en aquella época (si a alguna de las mujeres que me leéis os gusta escribir ya os imaginaréis por qué lo digo), pues bueno, consigamos que el sacrifico de esas compañías por la literatura no caiga en saco roto, ¿no os parece?
Bueno, y sin más chorradas, ahí abajo os copio la sinopsis. Nos vemos el 29 de junio. Estaré escondida entre el público mirando cómo una chica que me encontré en la cola del INEM, que dice que es periodista y que he contratado para la ocasión presenta el libro en mi nombre. Espero que no diga demasiadas tonterías, porque si no me acojo a la reforma laboral, declaro que me ha hecho perder beneficios y no la pago. Y por si sí las dice (cosa que lamentablemente témome mucho), recordad que no la conozco absolutamente de nada.
‘La rebelión de los soldaditos de plomo’
¿Cómo sobrevivir al acoso de los despiadados poderes económicos? El brazo es demasiado largo y puede llegar a estrangular a quien se aleje del redil. Una gran Sombra que oscurece cada rincón y donde el Miedo al Cambio la convierte en más poderosa.
Por suerte siempre hay personas que se interponen en el camino aunque este los intente amordazar. Como Anezka, Cristof y sus amigos, que se enfrentarán a la fuerza de choque de una gran multinacional y también a sus propios fantasmas.
Eowyn de Camelot nos ofrece una trama perfectamente hilvanada en la que se dan cita idealistas algo descerebrados y no siempre pacíficos, sicarios llenos de traumas, policías tan violentos como obtusos y skinsheads en estado de embriaguez permanente.
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13 abril 2012 a las 7:37 · Archivado en Divagaciones and tagged: 29M en Barcelona, Afganistán, Bosque de Brocelandia, capitalismo, corrupción, crisis económica, cruzadas, despido libre, Edad Media, explotación laboral, fascismo, género, Govern Mas, Huelga General, Irak, Irán, Libia, Palestina, PP, recortes sociales, reforma laboral, represión policial, Siria, Spanish Revolution
(viene de)
-Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.
-Esta vez hablo en serio –aseveró.
Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).
-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.
-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.
Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.
-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.
Me mostró las palmas.
-Hablar. Solamente eso.
No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?
-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.
La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.
-Tienes muy buen aspecto. Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.
-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.
-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.
-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.
Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.
-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…
Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares…
-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.
Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.
- Me trasladaré a mis posesiones de Barcelona y te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.
Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?
-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?
Se apresuró a responder.
-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.
-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.
-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.
Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, una masía fortificada a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias de la masía y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos.
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12 abril 2012 a las 7:05 · Archivado en Divagaciones and tagged: 29M en Barcelona, Bosque de Brocelandia, capitalismo, crisis económica, Edad Media, explotación laboral, expolio en Siria, fascismo, franquismo, Grecia, impunidad, injusticia social, Irak, lucha obrera, memoria histórica, privatización arqueología en Grecia, recortes sociales, reforma laboral, represión policial, Sirira, Spanish Revolution, suicidios en Grecia
(viene de)
Tengo que reconocer que en los peores momentos de mi vida siempre había encontrado una mano tendida aunque a veces hubiera acabado sosteniendo el látigo que acabaría estrellándose contra mis espaldas, un inesperado golpe de suerte que en pocos meses se convertiría en una maldición. Cuando llegué a Barcelona, exhausta y derrotada, unas semanas antes, había tenido que hacer un esfuerzo para que la depresión no me arrojara contra una cuneta para dejarme morir allí. Pero a mí aún no me habían robado toda la esperanza ni todo el trabajo de toda mi vida, como habían hecho con los desposeídos en Grecia, y aunque solo fuera por orgullo no quería que nadie me obligara a ser la mano autoejecutora del genocidio social del sistema; o tal vez me producía demasiada pereza pensar en cómo dar fin a mi vida. Sea lo que sea, en lugar de suicidarme hice lo que una mercenaria de pro debe hacer en esas circunstancias: emplear las monedas de Guillaume que aún me restaban en darme un buen baño, buscarme un alojamiento y procurarme ropas presentables que me acreditaran como una candidata susceptible de tener en cuenta para posibles encargos. Y, claro, frecuentar los mercados y las tabernas, que para que me entendáis funcionan como una especie de mezcla de Infojobs, LinkedIn y Facebook. Era consciente de que me había metido en la boca del lobo; me hallaba en el exacto lugar donde Karl y Gustaf me habían encontrado hacía ya casi un año, y pretender que serían tan imbéciles como para no buscarme allí, por muy evidente que ello fuera, era quizá suponer demasiado, incluso si era referido a ellos. Pero, a pesar de la advertencia del templario traidor y de la poca simpatía que debían de profesarme después de que el Sultán se hubiera vengado en ellos de mi huida, como seguro habría hecho, no conseguía sentirme aterrorizada por la perspectiva de volver a verles: les había perdido todo respeto, si es que alguna vez les había tenido alguno, y estaba segura de que si me los encontraba más que asustarme me iba a entrar un ataque de risa en sus barbas. Así que ya me veis de nuevo en la Ciudad Condal, intentando infructuosamente encontrar acomodo laboral mientras acarreaba un enorme agujero lleno de algo parecido a la antimateria que se abría justo en medio de mi estómago y que a veces me dolía tanto que hasta me hacía caminar encorvada; y no era hambre, os lo aseguro, aunque también comenzaba a sentirla. Pero, por suerte o por desgracia, estoy acostumbrada a las vicisitudes. Lo siento mucho por los positivistas y los amantes de libros de autoayuda: el Destino existe y que te esfuerces en mejorar tu vida, aunque muy recomendable, sirve de muy poco; tu sino se encargará de joderte bien jodido si eso es lo que tiene programado. Sobre todo si has nacido pobre y sin nobleza. Como en mi caso, por ejemplo. Y sobre todo si hemos vendido nuestro país a los neoliberales fascistas del PP, que a su vez aún lo venden más barato. Y por si fuera poco, en uno de mis deambuleos curriculares, al doblar una esquina, me tropecé de pronto de la manera más escandalosa con el mismísimo señor del lugar donde me había criado, mi archienemigo.
Naturalmente, me dispuse a poner pies en polvorosa: que yo supiera, el noble en cuestión no daba un paso fuera de su castillo sin ir protegido por una nutrida guardia que, estaba segura, debían de estar agazapados a mi alrededor, esperando tal vez una orden para caer sobre mí como auténticos antidisturbios cabreados. Y, de hecho, un grupo de cuatro secuaces taponaban la única salida: así que me decidí a esquivar a mi antiguo jefe y a arriesgarme por la calle que discurría a su espalda, con casi la seguridad de que encontraría a alguien emboscado en alguna parte: si l@s lector@s que conocen Barcelona alguna vez se han quejado de las tortuosas calles del Casc Antic, debo informarl@s que antes de derribar las murallas era aún peor (no obstante, tengo que reconocer que cuando estoy en el siglo XXI las echo de menos. Lo único que me consuela es que solo las han derribado, no las han sepultado por desmemoria o intereses, ni las han privatizado como en Grecia ni expoliado como en Siria o Irak)… Pero cuando me lancé hacia mi objetivo descubrí que también aquella salida había sido bloqueada. Así que di un paso atrás, alejándome de todos ellos lo máximo que podía, saqué la espada con seguridad y les regalé una sonrisa de suficiencia: estaba demasiado enfadada para tener miedo, y aquellos guardias, con sus negros ropajes protegiendo el lujo del noble (solo les faltaba la insignia de la División Azul), me recordaban demasiado a los efectivos policiales de Barcelona cargando indiscriminada e impunemente contra los manifestantes mientras acordonaban el Corte Inglés y la Bolsa. Yo misma podría estar en aquel momento herida, encarcelada o ambas cosas, si un camarada anónimo, al verme desorientada en la multitud y corriendo en dirección a las peores cargas, no me hubiera sacado allí casi en volandas; ni siquiera llegué a verle la cara. Pero ahora sí estaba permitido que me comportase como una salvaje medieval defendiendo mi vida sin que nadie me llamara terrorista por hacer lo mismo en 2012, así que moví mi espada para que destellara a la luz de las escasas antorchas, en señal de desafío, y me dispuse a la batalla. Pero los guardias estaba extrañamente inmóviles, y el único que se adelantó, con los brazos separados del cuerpo y mostrando que estaba desarmado, fue el señor.
-Guarda tu espada, Eowyn. Hemos venido en son de paz.
Vaya por dios. Con las ganas de juerga que yo tenía (continuará).
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11 abril 2012 a las 16:25 · Archivado en Divagaciones and tagged: 29M en Barcelona, Bosque de Brocelandia, capitalismo, crisis económica, explotación laboral, género, Huelga General, lucha obrera, Mossos d'Esquadra, recortes sociales, reforma laboral, represión policial, Spanish Revolution
Finales de abril, 1293
La puerta de la taberna del puerto que solía frecuentar retumbó contra el muro produciendo un sonido horrísono, y abierta se quedó, balanceándose por el impulso hasta perder la fuerza. Fuera, la conocida humedad barcelonesa me reclamaba mis huesos como tributo, pero yo le hice una higa y avancé unos pasos para alejarme del pestilente local. La brisa primaveral venía tan helada como si nunca tuviera que llegar el cambio climático y como si el fuego que destruiría siglos más tardes los bosques de Galicia, abandonados al vandalismo y a la especulación, no fuera más que una absurda pesadilla, pero no logró apaciguar mis exaltados ánimos; así que busqué algo interesante que patear para desahogarme: un montón de desperdicios, algún ladronzuelo dispuesto a aligerarme de mis escasas pertenencias, un Mosso de Esquadra con ganas de atizar a discapacitados sin que sus amos marquen límites a su violencia… pero no tuve suerte: los malos siempre se esconden como ratas cuando más necesitas de ellos, o bien huyen por la puerta de atrás tras haber prometido, entre otras falsedades, “dar siempre la cara”.. No me quedó otro remedio que descargarme de mi frustración bufando como una mula de la peor raza, aunque ni siquiera eso me fue permitido: sin que la agrietada y sucia madera hubiera tenido mucho tiempo de descansar sobre su dintel, una iluminación temblona en el acceso al local reveló que alguien venía a acompañar mis cuitas, o al menos a huir escapado de aquel antro de perdición; y en ella vi como se recortaba la figura delgada e inquieta de Yannick el Terrible.
-¡Pero, bueno, compañera! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te has ofendido de ese modo? –como siempre, su voz surgió sin acento identificable, o tal vez con todos los acentos del mundo. Nadie sabía de dónde procedía Yannick; posiblemente ni él mismo.
-Pues pasa que estoy harta de todos vosotros. De todos –le di la espalda. Aunque la verdad era que no recordaba la causa por la que me había cabreado tanto con mis habituales colegas de taberna, los mismos con los que venía encontrándome casi cada noche desde que residía en Barcelona. Pero es que últimamente nada parecía funcionar como debía y daba la sensación que la gente se empeñaba en decir las palabras más inconvenientes. Lo que hace la falta de un sistema educativo en condiciones para los pobres; bueno, qué voy a explicaros a vosotr@s, lector@s, si pronto lo vais a averiguar, lamentablemente. Sin embargo, no podía enfadarme con Yannick-. Excepto de ti –me volví e intenté dirigirle una mirada cordial, aunque la rabia me pesaba sobre las comisuras de los labios, estirándolos hacia abajo-. Eres demasiado joven para que se te tengan en cuenta las tonterías que dices.
Él se acercó hacia mí y me palmeó por el hombro.
-Muchacha –el chaval observaba una total falta de respeto hacia mí a pesar de que tenía edad de ser su madre, por lo menos si hubiera concebido a la temprana edad a la que mi familia pretendía venderme al mejor postor. Y es que yo no era una mujer verdadera, según Gallardón-, últimamente estás imposible. No nos toleras nada. Ni a nosotros ni a nadie. Y no hacemos nada que justifique tu mal humor. ¿Qué es lo que te está sucediendo?
Su tono mesurado tuvo el poder de disipar las brumas de mi mente. Tal vez, incluso, tenía razón, tal vez mi malhumor fuera algo exageradillo y ninguno de los integrantes de aquel grupúsculo de ejemplares de la peor sociedad barcelonesa, que en el fondo eran buena gente aunque la diplomacia no fuera una de sus virtudes, en ningún momento hubiera pretendido ofenderme. Me senté en el tercer peldaño de una escalera que ascendía a una vivienda cercana.
-Tú no lo entiendes. No le pides nada a la vida, excepto ser libre y que no te impongan normas, navegar y conseguir el botín suficiente para comer y beber tranquilo una temporada –ya habréis comprendido que Yannick se dedicaba al noble arte de la piratería-. Ni siquiera te preocupan las mujeres, eres demasiado joven para eso. Yo, sin embargo…
-Creí que también valorabas tu libertad más que cualquier otra cosa –objetó.
-Y así es. Eso es incuestionable. Pero quiero más. Últimamente noto que me hace falta algo. ¿Sabes que a mi edad hay muchas mujeres que ya han muerto de parto? ¿O de cualquier otra cosa? –en la Edad Media ya nos hemos acostumbrado a eso, a que nuestra vida valga menos que el contenido de una bacinilla; qué se puede hacer, no hay manera de evitarlo. No es como si tuviéramos medios para cuidar de la salud de tod@s y no lo hiciéramos. No es como si cerráramos hospitales, enviáramos a los profesionales de la medicina al paro o permitiéramos que en tantos países no exista sistema universal de salud. No es como si nos obligaran a pagar indefinidamente lo que hemos pagado sin retribuirnos por nuestro trabajo. No es como si conociendo a la ciencia la canjeáramos por la religión-. Me estoy acercando peligrosamente al límite de la esperanza de vida de este siglo, y no he hecho nada útil en toda mi existencia.
-Pues yo diría que sí lo has hecho –me interrumpió Yannick.
-Sí. Sobrevivir. Arrastrarme en las misiones más cutres por un mendrugo de pan -aduje yo.
-Pues a mí me parece suficiente…
-No –le corté-. Están pasando muchas cosas. Y yo estoy aquí, sin hacer nada. O al menos, sin hacer lo suficiente –me hizo un signo de que continuara, y así lo hice-. Hay un lugar a donde también pertenezco y que hace demasiados días que ya no frecuento. Un lugar que odio y amo al mismo tiempo, y donde me necesitan… bueno, necesitan a cualquiera que quiera echar una mano, no específicamente a mí, claro. En ese lugar se está gestando algo que se podría llamar la lucha final, en la que solo quedará uno, si puedo expresarlo cinemato… de manera propia de los trovadores, quiero decir. Y parece ser que de momento quien quedará es el que menos tiene que quedar. Quien más daño ha sido y es capaz de hacer a la Humanidad…
-¿Y cómo se llama ese hijo de puta? -me interrumpió el jovenzuelo-. Mira que llamo a mis amigos y me voy para allá…
-Antes se llamaba Capitalismo –expliqué yo-. Aunque ahora es algo mucho peor. No obstante será mejor que lo olvides, está demasiado lejos para ti. Y ahora parece que incluso para mí. Pero lo peor es que ya no sé por qué quiero hacerlo, por qué quiero ir allí y arriesgarlo todo, arriesgarme a no volver a este tiem… ejem… a este lugar que después de todo es mi casa, y cuyas leyes entiendo, y que por muy podrido que esté es mi mundo. No sé si lo hago porque me preocupa la gente de ese sitio o si solo soy incapaz de resignarme a no hacer algo heroico, algo que me reivindique de todos mis errores. Algo que dé sentido a mi vida… Hasta ahora no he hecho más que recorrerla egoístamente, sin aportar nada.
El piratilla negó efusivamente con la cabeza.
- Eowyn, se pueden decir muchas cosas de ti y no todas buenas. Tienes un carácter endiablado, no aceptas una crítica, a veces ignoras el riesgo y pones en peligro a los que tienes a tu lado y algunos rumores afirman que en ocasiones te dejas llevar demasiado por… los excesos… Pero no me digas que eres egoísta porque no me lo creo. ¿Sabes cuál creo que es tu problema? Que no confías en nadie. Tal vez si compartieras tus problemas verías que no son tan graves.
Mi filósofo amigo acababa de dar de lleno en una herida abierta.
-¿Confiar? ¿En quién? Yannick, tú y yo dentro de unos días tal vez no volvamos a vernos nunca. Además, la gente como yo no puede tener amigos en quién buscar consuelo. Estamos secos por dentro, nuestro corazón está tan helado como el filo de nuestra espada. Así soy. ¿Me creías diferente?
-Sí, te creía diferente –el tono de mi interlocutor fue duro-. Mucho más valiente. Capaz de arriesgarte a sufrir. Pero veo que esto no está en tus planes.
Era muy fácil para alguien como Yannick hacer esas afirmaciones: él se tenía a sí mismo, siempre se había tenido, y por tanto no necesitaba a nadie. A mí hacía tiempo que me habían arrebatado las posibilidades de ser yo; por eso necesitaba de los demás. Demasiado. Pero no estaba dispuesta a dar nada de mí misma. Ni a permitir que volverán a traicionarme.
-Pues lamento decepcionarte. Esto es lo que hay.
Me levanté de mi asiento de dura piedra y me marché en dirección contraria a la taberna: ya había hablado bastante por aquella noche. Yannick me dejó marchar, sus deseos de arreglar el mundo en mi persona al menos temporalmente defraudados: él también quería ser un héroe. Y tal vez, como yo, nunca pasaría de sucio esbirro… Me dirigía al establo donde me esperaba mi caballo, concentrada en esos pensamientos y en otros. Erróneamente, dejé de prestar atención a mi alrededor: la lucha que entre la conservación y la autodestrucción se libraba en mi mente estaba decantándose peligrosamente por el segundo contendiente, y no me percaté de la sombra que acechaba en el estrecho portal ante el cual en ese momento estaba cruzando, hasta que fue demasiado tarde (continuará).
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9 marzo 2012 a las 13:40 · Archivado en Divagaciones and tagged: accidente del metro de Valencia, Bosque de Brocelandia, capitalismo, corrupción, crisis económica, cruzadas, Edad Media, explotación laboral, fascismo, franquismo, género, Govern Mas, impunidad, inmigración, lucha feminista, memoria histórica, niños robados, recortes sociales, reforma laboral, religión, República, violencia contra las mujeres
(viene de)
Apoyada en la proa del barco yo contemplaba el crepúsculo derramándose sobre Chipre, cuya silueta ya se divisaba en lontananza. El bienestar que sentía, además que con la paz que experimentaba en comunión con el mar y el hecho de poder observar una costa mediterránea sin antiestéticos rascacielos ni insostenibles puertos de yates, tenía que ver con la alimentación regular y el descanso más o menos confortable (al menos en comparación con los días pasados) de los que venía disfrutando desde que me embarqué en aquella galera siria en la cual mi comitiva de rescate y yo habíamos encontrado un buen acomodo gracias las riquezas de la Orden. Aunque he de comentar que las perspectiva de hallarme en buenas relaciones con esa gente (contra los cuales tenía que añadir como motivo de aborrecimiento que se suponía que eran los precursores de los banqueros actuales, entidades que concentran la mayoría de los abusos del sistema en el siglo XXI) no me hacía sentir particularmente orgullosa de mí misma. Ni siquiera me tranquilizaba ni hacía que me viera menos como una traidora el saber que prácticamente no me había quedado otro remedio. Pero en aquel momento el tal Guillaume se instaló a mi lado, al parecer con ánimo dicharachero.
-¿Disfrutas del viaje? –me preguntó. Yo había logrado, afortunadamente, que me apeara el tratamiento de cortesía.
-Me gusta el mar –contesté, con la mirada fija en el espectáculo natural-. Tanto como me gusta el desierto. Lo primero tiene una lógica, pues nací muy cerca del Puerto de Barcelona. Lo segundo es más difícil de comprender: tal vez se debe a alguna de mis vidas pasadas.
-Pues lleváis un extraño nombre para ser aragonesa –objetó.
Le eché una mirada de soslayo: estaba segura de que su colega en la milicia le había explicado todos los detalles acerca de mi historia, por lo que no sabía a qué obedecía ese interés a asaetearme de preguntas. Pero pensé que lo mejor era seguirle la corriente.
-No podemos elegir dónde, cómo ni de quién hemos nacido. Pero tal vez sí deberíamos escoger a dónde queremos pertenecer. No me gusta la realidad, y me reservo el derecho de hacerme oriunda de un país de ficción. Que tal vez sea más real que lo que consideramos tangible.
-¿Y en ese país de ficción hay más mujeres como tú? Porque en las tierras que he pisado nunca he conocido a nadie que se te pareciera –siguió indagando. La verdad es que tenía al pobre hombre alucinado perdido.
-No soy una rara avis, Guillaume. Tal vez un poco incómoda para ciertas personas, pero eso no es ningún mérito. Me temo que cualquiera mujer que reivindique un poco de igualdad lo es.
Lanzó una breve carcajada.
-Desde luego que debes serlo. Escuché esa historia acerca del señor de la aldea donde naciste, que se ha tomado como una cuestión personal hacerte volver al redil como si supiera mejor que tú lo que te conviene…
-Para muchos somos eternas menores de edad y lo seremos siempre –concedí-. Pero no te equivoques: hay muchas mujeres como yo. Muchas, muchísimas, innumerables, todas. Tal vez solo se deba a la ceguera de los hombres el que parezcamos invisibles. Por eso mismo, te puedo asegurar, nunca pasaremos a los libros de historia.
-Pero ¿por qué dices eso? –me contestó, asombrado-. Se supone que en el futuro todo será mejor, para todos. Y para todas.
-Tengo buenas razones para afirmarlo –gruñí yo.
-¿Y también buscas el Graal?
Aquel brusco cambio de tema me hizo volverme hacia él. ¿De dónde había sacado eso? No era algo que acostumbrara a comentar, ni siquiera a mi viejo compañero de aventuras. Claro está que no me acuerdo de todas las conversaciones que he mantenido en noches de borrachera… Viendo mi extrañeza, se apresuró a matizar.
-Solo he atado cabos… Camelot, el Graal… Sé leer, y además disfruto con ello. Pero he dado en el clavo, ¿no es así?
-Tal vez mi idea sobre el Graal no sea la que tú crees –advertí yo.
-En cualquier caso, estaría encantado de escucharla…
-… y yo de explicártela –podía esperarse sentado-. Pero tendrá que ser en otra ocasión. Me gustaría dormir algo antes de llegar a tierra. Una vez allí, tendré que desplegar una actividad frenética de entrevistas y preparativos para la vuelta a Barcelona, y me gustaría encontrarme en buena disposición física.
-Tienes razón –accedió-. Descansa, te llamaré cuando arribemos a puerto.
Me despedí y me instalé en mi camarote, contenta de habérmelo quitado de encima y no porque fuera una persona desagradable, que no lo era en absoluto. Pero comprendía que era mejor que cada uno de nosotros se mantuviera en su sitio; estaba segura de que cualquier acto de compenetración con esa gente solo podía traerme problemas, y además de muy diversa índole. La verdad es que para amenizar el viaje me parecía mucho más entretenido charlar con la tripulación (cosa que podía hacer sin temor a suspicacias ya que mantenía mi condición de mujer bien oculta), que por cierto me habían informado de la manera en que los templarios habían exprimido a la población de Chipre con impuestos cuando fueron propietarios de la isla, hacía un siglo, como un Partido Popular cualquiera, o incluso ayudar a que la vida de los pobres condenados que hacían funcionar el barco fuera algo más fácil; al igual que pasará en el futuro, la mayoría estaban pagando con su esfuerzo la desgracia de haber nacido pobres. Y con esas reflexiones me desvestí y me metí en el camastro, para soñar con crepúsculos marinos y desiertos rojos, y también con las retorcidas callejuelas grises, las placitas y las fuentes de mi Barcelona natal. Después de unas horas de reparador sueño, me despertaron unos golpes en la puerta.
-¡Eowyn, hemos llegado! –me avisó Guillaume. Yo di un salto en la cama y me apresuré a pertrecharme para el desembarco. Me inquietaba lo que pudiera encontrar allí, y aunque estaba impaciente por interrogar a mi amigo, no dejaba de contagiárseme el ambiente de decaimiento que venía advirtiendo entre los templarios desde que viajaba en su compañía. No las jerarquías de la Orden, estaba segura, pero sí las bases en la mayoría amaban sinceramente Tierra Santa tanto como yo, y pensaban que su deber era salvarlas para la Cristiandad respetando a sus habitantes, sobre todo a los más desvalidos. Aunque fueran árabes; vamos, igualito que en el 2012. Y para ellos la pérdida casi total de aquellas posesiones les hacía sentir desanimados y decepcionados de la comunidad internacional, ocupada en otros proyectos que ellos creían menos espirituales y más crematísticos. Era patente el aroma a sueño roto, y no podía menos que pensar en otra ilusión quebrada en mil pedazos de la que hacía poco había llegado y a la que suponía no tardaría en volver: el otro mundo posible y necesario del siglo XXI, ahora ahogado entre injusticias, miseria y sangre. Pero sin detenerme más en pensamientos catastróficos, me reuní con mis compañeros de viaje y bajamos a tierra sin mucha dificultad.
Y entonces sucedió. No bien hubimos descargado nuestros enseres y recorrido el corto trecho del camino que nos sacaba del puerto en dirección al oeste, hacia el castillo de Kolosi, cuando algo así como un horrendo cataclismo de proporciones bíblicas se abatió sobre nosotros. Venidas prácticamente de la nada, decenas de sombras, mucho más del doble de nuestro número, cayeron sobre nuestros descuidado grupo armadas con dagas que, surgiendo de la aún semioscuridad, buscaron con lujuria asesina nuestras carnes. Entre aullidos de dolor, oí como Guillaume gritaba…
-¡En guardia, nos atacan!
… aunque era bastante evidente. Vi cómo protegía la espalda apoyándose en el muro de una de las precarias viviendas de los alrededores del puerto para enfrentarse a tres de los asaltantes, cubiertos con ropas tan oscuras como la noche, mientras echaba nerviosas miradas en mi dirección. A la luz de las antorchas, caídas en el suelo, vi que dos de aquellos hijos del demonio se acercaban a mí uno por cada lado apuntándome con las afiladas hojas. Yo me encontraba en una posición mucho más desprotegida que la de Guillaume, que estaba defendiéndose de sus atacantes con valor y efectividad empleando a la vez la daga y la espada; pero entonces se produjo un inexplicable segundo de vacilación en los dos asesinos que me proporcionó un lapso valioso para sacar mi arma, enrollar el brazo izquierdo en mi capa y escurrirme entre ellos: ser de pequeña estatura tiene estas ventajas militares. Yo jugaba con la oscuridad y la luz para esquivarles y sorprenderles, pero desgraciadamente aquellos hombres, grandes y fuertes, daban muestras de ser tan ágiles y flexibles como yo, lo cual no pintaba nada bien para mi futura permanencia en este mundo. ¿De dónde habrían salido?, me preguntaba, entre embate y embate. Su manera de luchar me era totalmente desconocida… si tan solo pudiera averiguar de dónde procedían y deducir su punto débil… En aquel momento, choqué desafortunadamente con otro de los contendientes en liza, que en aquel confuso montón se afanaba en finiquitar al segundo de a bordo de Guillaume y que, al echar el codo hacia atrás para tomar impulso para mejor atacar al desgraciado, me envió metros más allá hasta hacerme dar con mis huesos en tierra, cual si fuera un obstáculo molesto que le impidiera la culminación de la faena. Mi cabeza cubierta por el yelmo chocó pesadamente con las piedras de la calzada y mis agresores se precipitaron hacia mí, puñales en ristre, para acabar con mi malhadada existencia. Pero sucedió algo muy extraño: antes de que todo se nublara en mis ojos, escuché a Guillaume pronunciando mi nombre con desesperación y, de pronto, aquellos extraños sicarios se detuvieron en seco, se miraron y, súbitamente, emprendieron la huida.
Creo que en ningún momento llegué a perder el sentido. Recuerdo que, a partir de ese instante, todo pareció salir de madre: un horrísono sonido de metal combinado con gritos de guerra me hizo darme cuenta de que otros actores se sumaban a la representación, aunque ignoraba si estaban del lado nuestro o en contra. Se armó un revuelo de todos los diablos, pero un tiempo después se elevó un clamor triunfal en varios idiomas. ¿Había terminado? ¿Y a favor de quién? Acto seguido, noté cómo me levantaban y me transportaban en volandas, y un poco más tarde una sensación mullida bajo mi espalda. Las caras veladas de dos mujeres y un hombre anciano se sucedían ante mi turbia mirada. Luz. Un breve, o así me pareció, momento de oscuridad, y cuando abrí los ojos de nuevo pude observar una nueva sucesión de colores cálidos sucediéndose en una ventana que se abría ante mí, a la izquierda: me hallaba en una habitación extensa, decorada con un gusto espartano pero atractivo y bien caldeada por una chimenea que ardía frente a la ventana, al lado de la puerta de entrada; detalles de cuero, terciopelo, un par de bargueños de madera de calidad…. Yo reposaba en un cómodo y amplio lecho, preguntándome si debía mi salvación a una supuesta caballerosidad de los atacantes al saber que era una mujer, o si más bien mi género era lo que iba a provocar mi ruina. Entonces noté que había alguien sentado a mi lado, y ante mi vista empezaron a perfilarse las facciones de un rostro bien conocido.
Hay tercera parte de este engendro: si estáis lo suficientemente interesados en las frikadas de la que suscribe para leerlo, lo encontraréis aquí.
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7 marzo 2012 a las 12:59 · Archivado en Divagaciones and tagged: Bosque de Brocelandia, capitalismo, corrupción, crisis económica, cruzadas, despido libre, Edad Media, explotación laboral, género, guerra en Siria, lucha feminista, lucha obrera, paro, PP, primavera valenciana, recortes sociales, religión, Spanish Revolution, violencia contra las mujeres, violencia policial
Sí, lo sé, sé que mi los rumores que corren sobre mí no apuntan precisamente hacia esta afirmación, pero os prometo que soy una persona muy pacífica. Nunca empleo la violencia como argumento, excepto si me pagan por ello (y esto no cuenta, que una necesita comer y sobre todo beber regularmente, y el mantenimiento de mi equipo militar es muy costoso) o si no hacerlo supone sencillamente ser una estúpida sumisa, cosa que no va en absoluto con mi temperamento. Así que si llega a vuestros oídos una anécdota protagonizada por mí en una taberna de Damasco donde al parecer di muestras de un execrable comportamiento, haced oídos sordos, que la gente es muy mala. O en cualquier caso, antes de juzgar, oíd mi versión.
La velada en cuestión yo me encontraba rumbosa pues había conseguido arrancarles unas cuantas monedas a los tacaños de Gustaf y Karl; por si fuera poco me topé con unos compañeros de aventuras nuevos en la ciudad a los que hacía tiempo que no veía, y son tan pocas las ocasiones que tengo de hacer vida social que me pareció buena idea invitarlos. Así que insté a mi tabernero habitual a sustituir el habitual brebaje inmundo que acostumbraba a servirme, cuya nefasta calidad había creído yo motivada exclusivamente por su bajo precio, por un vino de más categoría. Pero al primer sorbo de la copa noté que aquel supuesto caldo exquisito por el que me habían cobrado el sueldo de un mes tenía el mismo sabor vomitivo que aquel del que el dueño del local solía proveerme en tiempos de carestía económica, y además mis colegas, carentes de un estómago acostumbrado a las mala vida como el mío, comenzaron a experimentar los síntomas propias de una indisposición importante. Inmediatamente exigí una explicación y/o una rápida devolución del importe de la consumición, acompañando el requerimiento con una buen puñetazo en la mesa, mientras las quejas de otros clientes que se habían visto estafados de la misma manera, todos ellos extranjeros y en situación precaria en el país (para que tuvieran menos posibilidades de quejarse, desde luego el cabronazo sabía elegir bien a sus víctimas) coreaban mis palabras… A todo esto, mis compañeros se encontraban cada vez peor y aquel malnacido continuaba ponderando la calidad de su bazofia líquida con la mayor desfachatez y sin rendirse a las evidencias… De acuerdo, reconozco que coger al individuo en cuestión por los pies y aguantarle la cabeza casi un minuto dentro del tonel de aquel veneno para que tomara de su propia medicina tal vez fue algo excesivo, pero creo que la situación lo merecía con creces. Aunque ¿os imagináis cuál fue la noticia que corrió por los mentideros de la villa después del suceso? ¿No? Pues en absoluto “Tabernero estafador que ponía en peligro la salud de los inmigrantes por fin desenmascarado” sino “Mercenaria cristiana sin corazón agrede salvajemente a un honrado comerciante de nuestra ciudad”, con lo que podemos concluir que la prensa, a pesar de su evolución en las formas, no ha cambiado ni un ápice en su fondo desde la Edad Media hasta el maldito siglo XXI. Medalla de Oro a la Imparcialidad Informativa. Vamos, como si hubieran llenado las redacciones de barones del PP o colocado al jefe de programas de Intereconomía al frente de la Agencia Nacional de Noticias de Siria. Y aún menos mal que a nadie se le ocurrió decir que la culpa era del PSOE.
Pero esos eran otros tiempos, tiempos mucho más felices que los actuales, o al menos más tranquilos. Y es que durante mis días trabajando en Damasco no pensé que fuera a tener más motivos de indignación que las disputas de con mis bienamados jefes por motivos de sueldo u horarios de trabajo, o las rencillas de taberna. Pero me equivocaba, y mucho. Bien, para seguir con la historia donde la dejé la última vez, después de escaparme de la prisión del Sultán me deslicé subrepticiamente hacia la posada donde me alojaba, con la lógica idea de hacerme con mis pertenencias y salir escapada antes de que mi fuga fuera detectada, pero una vez allí me encontré con la desagradable sorpresa de que los soldados del Sultán habían asaltado mis aposentos y habían arramblado con los escasos bienes que me acompañan en mis andanzas: vamos, que desde la espada y la cota de mallas, hasta la última de mis camisas, pasando por las escasas monedas que tintineaban en el fondo de mi bolsa, todo había desaparecido; ni siquiera mi caballo había escapado de la avidez de aquellos desalmados. Solo me quedó una solución, que fue salir con la misma discreción con la que había entrado para evitar que el posadero me reclamara un importe por sus servicios que de ninguna manera habría podido sufragar, y lanzarme a los caminos amparada en mi traje masculino y tapada hasta los ojos, para dejar al descubierto las menores características de mi feminidad posibles.
Así lo hice, y una vez finalizada la primera parte de la operación llegó el momento de las preguntas. ¿Qué podía hacer con mi vida llegada a este punto? ¿A dónde me dirigiría? Tenía que reconocer que a lo largo de mi existencia me había metido en situaciones de difícil escapatoria, y de todas había salido de una manera u otra. Pero aquello superaba toda la historia de mis lances: no solo no llevaba mi fiel espada conmigo, cosa que me hacía sentir peor que desnuda, ni a mi querido Rayo Blanco que esperaba que pudiera hallar la felicidad y la paz con un propietario menos dado a aventuras, sino que ni siquiera podía arriesgarme a mendigar un mendrugo de pan por temor a que llegara a los oídos del Sultán que todavía andaba por los alrededores: desde luego no hubiera podido hacer mucho contra sus esbirros sin armas con que defenderme ni caballo con el que largarme a toda velocidad. Y para mejorar la cosa, mi situación financiera no me permitía conseguir pasaje en ninguna embarcación que se dirigiera a donde fuera. Tampoco tenía demasiados amigos en la ciudad dado mi carácter independiente y poco dado a familiaridades, y a los pocos que merecían ese nombre no deseaba ponerles en ningún aprieto, así que solo me quedaba una única y poco ideal opción: llegar como pudiera a Sidón para rastrear los pasos de mi viejo compañero, si es que seguía vivo, y conseguir que me resarciera mínimamente de todo lo que había tenido que pasar por su culpa. Así que hasta allí decidí dirigirme, aunque nada convencida.
No voy a explayarme en las vicisitudes de mi errar por aquellas tierras de Dios, o mejor dicho, tal como estaban las cosas, de Alá. Tan solo os diré que pasé más frío que un estudiante valencian@ de Secundaria antes de ser calentad@ a golpes por la Policía Nacional; que sufrí más hambre y sed que tras la anunciada privatización total del agua y demás bienes de primera necesidad; que me aburrí tanto como si me hubieran quitado de golpe y a la vez el Megaupload, a Bob Esponja (aunque a mí me gusta más ‘Código Lyoko’) y los programas más presuntamente rojillos de RTVE; y que cuando días después arribé por fin a divisar la ciudad del Castillo del Mar, mi agotamiento era igual que el de cualquier hipotecado hasta las cejas y afectado por la Reforma Laboral, obligado a trabajar horas y horas sin extras a las órdenes de un directivo con contrato blindado para no ser despedido gratuitamente por un adinerado empresario que pretextara haber perdido tres céntimos en el último ejercicio. La rabia me consumía y me tentaba regodearme en ideas de venganza, pero decidí ser práctica: en ese momento Némesis no era la más indicada para sacarme de aquella situación. Pero ya llegaría mi momento; antes quizá de lo que muchos se esperaban.
Sidón se reponía lentamente de la cruel invasión sufrida unos meses antes, entre huertos, palmeras y frutales. Viendo su conocida silueta en la lejanía, con el Castillo del Mar ofrecido como un regalo de los mortales a Neptuno, sentí estrecharse de nuevo, con más fuerza, el lazo que me ataba a aquellas tierras llenas de historia y belleza, que todas las peripecias nunca podrían hacerme odiar. A todo esto estaba cayendo la noche y estimé oportuno descansar un poco antes de plantearme cuál sería la mejor manera de entrar en la ciudad y qué disfraz adoptar, y cómo conseguirlo, para pasar lo más desapercibida posible en el lugar y poder hacer mis averiguaciones. Así que me refugié en un bosquecillo cercano y allí, apoyándome en el grueso tronco de un viejo pino, me arrebujé en mis amplios ropajes, algo estropeados por el viaje y en una situación higiénica que dejaba bastante que desear, y decidí lanzarme en los brazos de Morfeo para recuperar mínimamente las fuerzas.
Estaba ya a punto de amanecer cuando algo me despertó. Aturdida, escuché unas voces masculinas en cuyos tonos parecía mezclarse el asombro y la inquietud.
-¡Es una mujer! –oí-. Alguien me destapaba el rostro y me quitaba el turbante, de modo que mi melena, que había crecido demasiado para mi comodidad, estaba revelando peligrosamente mi género. Inmediatamente, sentí unos brazos cubiertos de hierro que me sostenían y unas manos ásperas que me tocaban el rostro. Estas confianzas acabaron de despertarme por completo, y me erguí de un salto no sin antes arrear un par de puñetazos a diestro y siniestro para liberarme de aquellos villanos que osaban perturbar mi intimidad.
-¿Qué se supone qué estáis haciendo? Retroceded, si no queréis que os prive de la poca masculinidad que debe de quedaros si os atrevéis a agredir en grupo a una mujer indefensa. O supuestamente indefensa, porque si tuvierais la más mínima idea de quién soy yo os habríais marchado ya con vuestros cortos rabos entre las piernas.
En casos como este, los agresores suelen hacer caso omiso de tus fanfarronerías y te las ves y te las deseas para desprenderte de ellos. Yo ya estaba dispuesta a vender cara mi vida y mi virtud, o más bien lo poco que de ella quedara, cuando comprobé asombrada que los desconocidos, en lugar de atacarme, me apuntaban con sus antorchas para observarme mejor. A su luz, vi que todos estaban envueltos en capas negras, que mantenían pegadas a su cuerpo como si quisieran fundirse con las sombras. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó y, os lo creáis o no, me hizo una cortés reverencia.
-Mi señora Eowyn de Camelot, supongo. Por fin os encontramos.
A veces tengo la sensación que soy más conocida que la Moños. Justo cuando más me esfuerzo en pasar desapercibida.
-¿Qué os hace pensar que soy tal persona? –contesté yo con enfado, sin relajar mi postura. El hombre dio un paso más hacia mí y, sonriendo, dejó que su capa se abriera y se mostrara el conocido hábito blanco con la cruz roja que aparecía en mis peores pesadillas.-. ¡El Temple de nuevo, malditos seáis! –tuve que exclamar, montando en cólera-. Pero ¿es que no me vais a dejar descansar nunca?
Al recién llegado parecían hacerle mucha gracia mis poco halagüeños sentimientos respecto a su milicia.
-Contestando a vuestra pregunta, diré que respondéis perfectamente a la descripción que alguien que os conoce muy bien hizo de vos. Esa persona nos envió a buscaros hace ya algunas semanas: ni él ni nadie hubiera pensado que os encontrabais en Tierra Santa, hasta que llegó a nuestros oídos una curiosa historia sobre un tabernero y una mercenaria cristiana en la cual a nuestro común amigo vio rasgos que le recordaron enormemente a vos. Así que nos rogó encarecidamente que averiguáramos qué hacíais por estas tierras, temiéndose una trampa, cosa que desgraciadamente resultó cierta. Después vinieron algunos desencuentros provocados por la mala fortuna, vuestro encarcelamiento por parte del Sultán, la huida posterior y este hallazgo que ha obedecido más a la Providencia que a otra cosa. En realidad pensábamos que estaríais escondida en Damasco, esperando una oportunidad para deslizaros a escondidas en alguna embarcación; de hecho, nos disponíamos a regresar a Chipre a confesar el fracaso de nuestra misión, cuando nos pareció ver un árabe desmayado o muerto apoyado en un árbol y… el resto ya lo sabéis.
Yo le miré aún con desconfianza. El que su historia pareciera coherente no significaba de ningún modo que también fuera verídica; aunque realmente debía de tener yo tan mala cara como para que hubieran creído al verme que no me hallaba ya, o al menos no me hallaría por mucho tiempo, entre los vivos. Uno de los hermanos, de entre los más jóvenes, se me acercó para ofrecerme un poco de agua, lo que al parecer había sido su intención cuando me sacaron con tal brusquedad del mundo de los sueños; yo acepté, haciendo un gesto mínimamente cordial. ¿Acaso eran ellos los “extraños viajeros” de los que me había hablado Gustaf? La perspectiva no me parecía muy halagüeña: yo había luchado al lado de esa gente en las murallas de Acre, y sabía que en su mayoría eran valerosos y leales, pero también simbolizaban dos de las cosas hacia las que sentía un aborrecimiento creciente: el imperialismo y la religión, sea cual sea. Ambas son enemigas de los desfavorecidos y de las mujeres, y yo me encuadro dentro de las dos categorías.
-Así que me decís que ese grandísimo hijo de puta, que se mete en líos con sultanes sin importarle a quien puede arrastrar en su caída, está vivo –hablé yo, después de echar un buen trago del líquido elemento, dispuesta a encontrar una grieta en su argumentación
-Efectivamente -el líder del grupo asintió.
-Pues entonces, dado el interés que según vos ha mostrado en encontrarme, me resulta extraño que no haya venido él personalmente –conocía a mi viejo amigo: entre sus muchos defectos, destacaba que era incapaz de delegar, y eso no me producía ninguna confianza.
Mi interlocutor aguardó unos segundos antes de contestar, moviendo los labios como si estuviera meditando bien su respuesta.
-El médico le desaconsejó viajar y el comendador de Limasol se lo prohibió encarecidamente –dijo al fin.
-¿Ha enfermado? –me interesé yo.
Una nueva pausa.
-Digamos que tuvo un encuentro con… alguien… y resultó herido. No gravemente, pero sí de consideración –la manera en que pronunció la palabra “alguien” me resultó extraña. Ahora callé yo, pensando de qué manera formular la próxima pregunta para conseguir la máxima información, ya que el templario parecía algo reacio a suministrarla. Pero fue más rápido que yo-: No temáis. Os aseguro que está fuera de peligro.
Suspiré.
-Me dejáis mucho más tranquila. Y ahora que está todo arreglado y que os habéis enterado del motivo de mi visita a estas santas tierras, os pediría que me proporcionarais algo de dinero y víveres, unas armas y un caballo y que consiguierais meterme en el primer barco que zarpe para Barcelona. No os lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada indirectamente por culpa de vuestra orden, y seguro que vuestro Dios os lo pagará con muchos hijos, o con el equivalente en casos como el vuestro. Y a nuestro común compañero podéis decirle de mi parte que le perdono, que se mejore rápidamente y que ya nos volveremos a encontrar en el Paraíso. Hala, arreando, que tengo prisa.
El monje guerrero lanzó una sonora carcajada. Al parecer, y por alguna desconocida razón, yo le divertía mucho.
-¿Tenéis suficiente con esto? –uno de los freires avanzó de entre la comitiva. Llevaba de las riendas a mi Rayo Blanco, con su correspondiente silla y todas las alforjas cargadas con mis escasas pertenecías, mi espada incluida. No pude evitar un grito de júbilo ni una mirada de agradecimiento y me precipité a abrazar el cuello de mi caballo, al que pensaba no volvería a ver nunca más. Oí la voz del líder del grupo detrás de mí.
-No fue difícil recuperar vuestras cosas cuando supimos que os las habían, por decirlo de una manera, confiscado. Lamentablemente no tuvimos tiempo de liberaos de vuestra prisión pues vos os adelantasteis. Así que es lo único que pudimos hacer para purgar nuestra “culpa indirecta” como vos la habéis llamado. Sé que no es suficiente, pero que sirva como un anticipo.
Le miré con algo que casi parecía afecto. Soy bastante parca en palabras y en gestos cuando se trata de expresar sentimientos, pero en ese momento le hubiese pegado un beso en los morros si no hubiera sido porque no me apetecía que se malinterpretaran mis motivos. De todas maneras, creo que él me entendió.
-Solo os pido una cosa: tenéis que acompañarme. Haréis muy infeliz a vuestro antiguo camarada si os negáis a venir. Él os guarda un sincero afecto y lamentaría profundamente no poder disculparse ente vos por los problemas que involuntariamente os ha ocasionado. Tal vez no tenga derecho, pero…
Yo deseaba dejar las cosas como estaban: Tierra Santa, a pesar de lo que yo la amaba y me identificaba con ella, se estaba convirtiendo en un lugar demasiado peligroso para mí, y no precisamente por las persecuciones del Sultán, mis problemas laborales ni mis reivindicaciones de consumidora; y lo peor es que no sabía exactamente en qué consistía el riesgo, o si lo sabía, pero no me apetecía en absoluto reconocerlo ante mí misma. Aparte de que me negaba a ser cómplice de ninguno de los dos bandos en lucha por aquella codiciada zona, condenada a no vivir en paz en ningún momento de su historia; aquello tenía que acabarse en algún momento, y aunque yo no sabía qué hacer para conseguirlo desde luego que no deseaba confraternizar con ninguna de las partes implicadas.
Y no obstante comprendí que, por honor, tenía que aceptar la petición del templario.
-Está bien –concedí-. Os acompaño. Pero solo hasta que salga el primer barco de vuestro puerto. Luego olvidaos de mí para siempre. He tenido suficiente de órdenes religioso-militares para el resto de mi vida.
Siempre sonriendo, él asintió con la cabeza.
-Acepto vuestras condiciones. A propósito, mi nombre es Guillaume de Nantes –no añadió ningún título que concretaras su jerarquía dentro de la Orden, y yo no le pregunté: su orgullo y seguridad le señalaban como alguien importante, y la verdad es que yo me perdía un poco con los mandos templarios.
-Pues encantada. Y no me tratéis con tanta ceremonia, que no soy noble. Y ahora, si me perdonáis y me suministráis un poco de agua, me gustaría cambiarme de ropa y proceder a mis abluciones matinales, que si no me aseo mínimamente al levantarme no soy persona –hurgué en mis alforjas buscando ropa limpia y mi añorada cota de malla. Después procedí a quitarme las prendas que llevaba, ante el escándalo generalizado de los pudorosos monjes, que cubrieron castamente sus ojos con unas manos entre cuyos dedos advertí, no obstante, bastantes grietas. Guillaume, que no dejaba de mirarme como si yo fuera la cosa más graciosa del mundo, hizo un gesto a sus hombres exhortándoles con un gesto a abandonar aquel claro:
-Os dejamos sola, dama Eowyn. No deseamos acumular más faltas en nuestras pecadoras almas. En cuanto a vuestra falta de nobleza, tal vez deberíais dejar que la juzguemos por vuestros actos–y tras estas misteriosas palabras desapareció en la espesura no sin antes acercarme un poco de agua. Yo me quedé riéndome a carcajadas para mis adentros: qué triste sería la vida si no pudiéramos escandalizar un poco a los fundamentalistas católicos.
(continúa en)
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11 febrero 2012 a las 13:31 · Archivado en Divagaciones and tagged: Afganistán, Bosque de Brocelandia, capitalismo, Comunidad Valenciana, corrupción, cruzadas, Edad Media, EEUU, guerra en Irán, guerra en Siria, imperialismo, Israel, Libia, lucha feminista, lucha obrera, marea Verde, marea violeta
(Viene de) La noche había caído. Por el ventanuco de la amplia mazmorra de piedra, donde me hallaba en la más absoluta soledad, como si se hubiera reservado en mi honor, vi una luna llena que se derramaba por las calles de Damasco. Oí un sonido suave procedente de la puerta de entrada y comprendí aterrada que había llegado el momento; pero me equivocaba: en lugar del sultán, sus matarifes y sus instrumentos de tortura, quien había entrado era una joven morena, muy guapa, que se dirigió hacia mí sigilosamente. Cuando estuvo a mi lado me susurró:
-Sé que sois amiga del cruzado que estuvo aquí hace meses. Era un buen hombre. Deseo con todas mis fuerzas que se encuentre bien.
-¿Sabéis acaso dónde puede estar? –ella dudó-. No –la tranquilicé yo-, no pienso revelar su paradero, pero me gustaría poder encontrarlo si algún día, aunque nada parece indicarlo, salgo de aquí. La esperanza nunca se pierde… pero tenéis razón, no me lo digáis –no me fiaba de mí misma: era mejor que no supiera nada: así, pasara lo que pasara, hicieran lo que hicieran, no podría traicionarlo. Me mordí los labios: seguramente me estaba comportando como una verdadera pringada.
-No sé dónde puede estar –replicó ella-. Huyó con Samira, una de las chicas del harén.
Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Menudo mosquita muerta que estaba hecho el compañero.
-Ella tenía una misión –continuó la joven-. No era una de nosotras. Y quería que vuestro amigo la ayudara. Una misión importante, realmente importante. Algo por lo que estaba dispuesta a dar su vida… Creo que Samira ha muerto. Lo presiento. Y tal vez vuestro amigo ha muerto con ella.
Se me heló la sangre.
-No digáis eso. Tal vez hayan conseguido acabar con éxito la misión, sea la que fuera, y ahora están viviendo felices y comiendo perdices en cualquier sitio. Pero, en cualquier caso, ¿por qué me contáis esto?
Ella suspiró.
-Porque no quiero que muráis vos también.
-Bueno, en eso coincidimos -apunté yo.
-Alguien como vos no merece acabar así. Sois una guerrera, dueña de vuestra vida, no… -miro hacia el suelo, con tristeza- una cobarde esclava incapaz de rebelarse a su destino.
Sonreí con amargura.
-Pero criatura –le dije, pasando al tuteo-, no seas tan dura contigo misma. Nuestras circunstancias son diferentes y no podemos saber qué habría sido de nosotras si estas estuvieran intercambiadas. Yo le he tenido muy fácil en el fondo, siempre había alguna puerta por la que huir, aunque fuera hacia delante. Tú, sin embargo… Además, no tengo nada de lo que enorgullecerme. Peleo por dinero, y también me someto a mis empleadores por un par de monedas, dejando de hacer otras cosas que son más necesarias: no hay honor en eso.
Ella levantó la mirada: tenía los ojos húmedos. Acercó a mis labios una copa y yo, sedienta y confiada, bebí sin preguntar. Sentí una pesadez en los ojos, no sabía si por causa de la bebida o es que Morfeo me vencía después de aquel largo día llenos de vicisitudes. Casi entre sueños, escuché su voz alejándose.
-Si vuelves a verle, dale las gracias.
-No dejes que nadie te convenza de que no puedes ser la dueña de tu destino –le recordé yo, casi incapaz ya de articular las palabras.
No sé cuánto tiempo dormí. Mientras abría los ojos me sentí ligera, casi liberada: al principio pensé que la muchacha me había dado algún tipo de sedante que me permitiera aguantar mejor el dolor de la tortura; después comprobé que no era exactamente eso. Aunque mi sensación de alivio se vio gravemente menoscabada por la presencia de Gustaf, que estaba mirándome fijamente, a pocos centímetros de mi cara. Hice un gesto de repugnancia.
-¿Qué quieres, hediondo gusano? ¿No has tenido suficiente aún? Anda, acércate si te atreves que te voy a arrancar el ojo de un mordisco. Aunque luego me pase días vomitando.
Él no se dio por aludido.
-Eowyn, vas a hablar. El sultán vendrá pronto con sus hombres y te garantizo que no van a ser dulces ni amables contigo; es un gobernante liberal y amigo de su pueblo –sí, claro, como todos-, pero no es buena idea oponerse a sus deseos. Será mejor que hables. Por tu bien y por el nuestro.
No puede evitar soltar una risotada.
-Me siento conmovida por lo preocupado que estás por mi bienestar. Pero tonto del culo, ¿no te das cuenta de que le has vendido humo al sultán? ¿Qué pretendes que le explique, si nada sé? ¿Quieres acaso que me lo invente? ¿Acaso piensas que un hombre de estado bregado en batallas diplomáticas y que ha ganado guerras y conquistado castillos con la correlación de fuerzas no siempre a su favor se va a dejar engañar como un idiota por nosotros? Lo que deberías hacer es decirle que todo ha sido una volada tuya, pedir mi liberación y asumir las consecuencias de tu codicia y tu apresuramiento. Vamos, pórtate por una vez como un ser con una mínima categoría humana.
Pero él no parecía demasiado animado a seguir mi consejo.
-¡Sabes algo! –se empecinó, chillando como una mona histérica-. ¡Tengo pruebas!
-Los cojones tienes pruebas –rebatí yo-. Lo que te pasa es que estás cagándote de miedo. Os habéis metido en un lío, tú y tu amiguito, del que sabéis perfectamente que no vais a salir bien parados. Lo que me van a hacer a mí no va a poder compararse ni por asomo a lo que harán con vosotros –y, haciendo un teatral ademán de alzar mis encadenadas manos al cielo-. ¡Dios mío, quién lo iba a decir, existe la Justicia, al fin! No en las tierras de Castilla, Aragón y territorios limítrofes, por supuesto, pero sí en el resto del mundo! ¡Os van a dar para el pelo!
Aunque no entendió ni papa, obviamente, de mi exabrupto, lo esencial sí lo captó. Me echó las manos al cuello.
-¿Te atreves a negarme que esos extraños viajeros que preguntaron por ti ayer por la mañana, cuando estabas fuera de la ciudad, no venían de parte de tu amigo el templario? ¿Es que acaso no ibas a marcharte con ellos? Yo les dije dónde encontrarte.
Yo no salía de mi asombro ¿Unos extraños viajeros?
-¿Se puede saber qué estás diciendo? –incluso un inútil como él hubiera adivinado por mi expresión que todo aquello era nuevo para mí. Su expresión se trocó en una de aterrorizada decepción total.
-Entonces… ¡es cierto! ¡No sabes nada!
-Joder, hace tiempo que intento decírtelo –me resigné yo. Empezó a pasear por la celda como el proverbial león enjaulado. Al final se detuvo y me espetó.
- Tienes que decirles algo. Si no, nos matarán a los dos y no será precisamente rápido…
-… eso también hace tiempo que intento decírtelo –le interrumpí.
-¡Piensa! –continuó, sin hacerme caso-. Tú conoces a tu amigo. Sabes dónde podría estar. Dónde se escondería si tuviera que hacerlo.
-Cree el ladrón que todos son de su condición. Él no se escondería. Plantaría cara –respondí yo, orgullosa. Pero no podía quitarme de la cabeza a aquellos extraños viajeros que me buscaban con los que al final, no sabía por qué, no había llegado a coincidir. ¿Los había enviado él? Si era así, ¿por qué no había venido en persona? ¿Y dónde podía haberse metido? Era de suponer que no se había refugiado en Chipre, después de las últimas derrotas cruzadas, pues entonces el sultán ya le había localizado… Vamos a ver, pensé, él huyó de aquí a principios de verano. ¿No hubiera sido lógico que hubiera querido reunirse con sus compañeros en Sidón, si es que la misión de Samira no le llevaba a otro lugar? Miré a Gustaf: maldición, ellos sabían mucho más que yo. Y lo peor es que ni se daban cuenta.
-Me niego a atrapar una jaqueca por pensar para ti –negué con determinación-. Que él esté donde le haya llevado el viento. Nunca te ayudaría a descubrirlo, ni aunque fuera más fácil de lo que es. Aunque me maten de la peor manera, jamás seré tu cómplice.
Pensaba que Gustaf iba a tener un acceso de rabia, pero se limitó a mirarme con impotencia y luego paseó en círculos por la mazmorra, de nueva. Era evidente que deseaba decirme algo y al mismo tiempo dudaba si era la opción más inteligente. Pero al fin…
-En Sidón, tu amigo se hizo con un objeto de poder que el sultán desea. Algo que solo puede tener la persona más poderosa de este mundo, y todo apunta a que el sultán puede llegar a serlo. Si cayera en otras manos…
Tal vez vosotr@s consideréis que mi situación no era para tomármela a broma. Y seguramente tenéis razón. Pero tras escuchar afirmaciones como la que acababa de oír, solo me quedaba una alternativa, y efectivamente esa es la que adopté: sufrir un ataque de risa, una risa más amarga que alegre, aunque con potencia tal como para despertar no solo a los habitantes del castillo sino a todo el vecindario, si las paredes de aquella celda no hubieran sido tan gruesas. Gustaf se quedó mirándome con la boca abierta y, creo yo, con un hilillo de baba chorreándole por la barbilla.
-¿Y qué va a suceder si el pretendido objeto de poder cae en otras manos? ¿Es que acaso otorga el poder de hacer la Revolución y triunfar en el intento? Gustaf, ¿te estás oyendo a ti mismo? La verdad, me has decepcionado. Nunca te he pensado que fueras demasiado listo, pero al menos creía que tenías un cierto criterio. Y ahora me vienes con objetos de poder. ¿Quieres que te enseñe un verdadero objeto de poder? Pues aquí tienes: ¡mira, hago magia!
De un rápido movimiento de manos y pies, me liberé de mis grilletes: hacía un rato que me había dado cuenta de que estaban abiertos: la joven del harén, amiga de Samira, se había arriesgado a perder la vida por el recuerdo de la amabilidad de mi viejo compañero de armas y, tal vez, por mí. Pero a Gustaf no se le ocurrió una explicación tan racional.
-¡Eres una bruja sierva del Diablo! –me señaló con pavor-. ¡Vade retro, Satanás! ¡Socorro, a mí la guardia! –Gustaf siempre me había guardado bastante respeto: creía que yo sería capaz de vencerle con mis solas manos a pesar de mi evidente desventaja física. Y no se equivocaba.
-Puedes gritar todo lo que quieras, traidor. Esto es lo que en siglo XXI se llamará una estancia insonorizada. Ven, que te voy a dar objetos de poder. Mis puños, por ejemplo –le golpeé sin piedad, no era el odio el que me movía, tenía demasiados candidatos al aborrecimiento como para preocuparme de un pusilánime de aquel nivel. Pero me interesaba dejarlo fuera de combate cuando antes-. Eres un estúpido. ¿Ni siquiera puedes emplear la religión y las supersticiones para mantener austeros, sacrificados, serviles y contentos a los oprimidos de la Tierra, como hace toda la gente de tu calaña, esos gobernantes corruptos e insultantemente ricos a los que sirves? –no dejé de golpearle hasta que cayó al suelo-. ¿También tienes que creértelas? Has caído en tu propia trampa, tú y los que son como tú fomentan la falta de información, la falta de debate, la ausencia de ideas propias; sois los que queman libros, lo que cierran las escuelas de los pobres o las dejan sin recursos. Pero la filosofía que os habéis inventado os ha acabado dominando. ¡Entérate bien! No hay objetos de poder místicos, ni magia, ni un paraíso donde nos redimamos, ni un Dios bondadoso que hace permite estas salvajadas, como las Cruzadas y sus consecuencias, por nuestro bien! Ni siquiera hay bien en esta Tierra, no hay amor ni amistad, solo gente que se esfuerza por aprender y tiene el valor de asumir que estamos solos y abandonados aquí y que solo nos resta hacer lo que podamos e intentar colaborar, y por otro lado seres como tú, cobardes que pretenden conjurar el miedo a base de acumular riquezas y poder sin cuento. ¡Me dais asco! Aunque me alivia el pensar de que no os queda mucho tiempo de dominio. Solo unos pocos siglos. Y te prometo que me encargaré personalmente de que llegue vuestro fin –ya en el suelo, yo le pateé los riñones con algo más de fuerza de la que hubiera deseado: la tremenda injusticia del sistema al que él servía dócilmente me sublevaba. Pero al final pude respirar hondo e intentar contenerme.
No podía perder más tiempo. Aprovechando que lo había dejado sin posibilidades de defenderse, le quité la ropa, le vestí con mi sucia y rota camisa, le arrastré hacia la pared y cerré los grilletes en torno a sus tobillos y muñecas. Él soltar débiles lamentos mientras yo me vestía con sus ricos ropajes de estilo árabe (que, por suerte, estaban limpios y casi hasta perfumados; el siglo XXI me ha acostumbrado a la higiene y no hay mañana en que no me tire un buen caldero de agua por la cabeza, al menos si encuentro agua y leña para calentarla). Desde luego, él era mucho más repugnante que sus hábitos. Y así, con la cabeza baja y el turbante ocultando mi pelo, amparada en la oscuridad y confiando en que ninguno de los soldados de la guardia se diera cuenta de que la ropa me iba un par o tres tallas grande o advirtiera algún atributo femenino asomando por ahí, me dirigí a la puerta del castillo, saludé y salí tranquilamente, rogando a los dioses paganos en los que no creo por el bienestar de la joven que me había salvado y prometiéndome que volvería a buscarla; de momento, ella estaba a salvo: sabía que toda la culpabilidad de mi huida recaería en Gustaf.
De pronto, me hallé en las calles de Damasco, rodeadas por el desierto cercano cuyo aroma se me presenta como una llamada a la aventura. Sobre la sugerente y acogedora urbe medieval, bella y sensual como el juego de luz y brillos de los diamantes y fuerte como la voluntad de luchar sin descanso, no tan diferente a las del siglo XXI, se me superponen otras imágenes; las salvajes instantáneas de otras ciudades cercanas, Homs y Alepo, víctimas de bombardeos y atentados con armas modernas en una guerra tan absurda como todas donde aunque algunos creyeran luchar por la libertad, solo iban derecho a una tiranía mayor, y ni siquiera más solapada. Nada merece ese precio, nada, y menos que si se ha subvertido la rebeldía de un pueblo en aras a unos intereses foráneos muy distintos. Tenía que volver al maldito siglo XXI, volver e intentar evitar, con las escasa armas de las que disponía, que se perpetuara la lógica de la guerra intervencionista, en Siria, Irán o donde fuera, ahora que los imperialistas, tras manipularnos con su crisis, se creen fuertes para emprender acciones para las que no se habían sentido preparados antes, a pesar de sus enormes deseos.
Y, sin embargo, algo me empujaba a quedarme allí. Para advertir a mi loco amigo de que la baratija a la que había echado el guante era considerada algo capital para mucha gente; sí, a aquel descerebrado que no sabía meterse en líos sin arrastrarme a mí a ellos, por cuya culpa había estado a punto de sufrir “algo peor que la muerte”, y que por si fuera poco andaba por ahí holgando con las huríes del paraíso de Alá mientras yo tenía que renunciar a nobles y hermosos caballeros por ir a buscarle. Malditos intereses particulares, por estúpidos que sean siempre acaban oponiéndose al bien común.
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14 abril 2011 a las 11:49 · Archivado en Divagaciones and tagged: 14 de Abril, Bosque de Brocelandia, Edad Media, Estados Unidos y España, explotación laboral, José Couso, Ley Sinde, lucha feminista, lucha obrera, madre española encarcelada en EEUU, Tercera República

80 Aniversario de la II República española
No dudé ni un momento: aunque tal individuo no era enemigo para mí, a una voz suya pidiendo auxilio para atrapar al ladrón aquello se iba a llenar de todos los caballeros participantes en el torneo que acampaban cerca de allí, y consideré inteligente evitar una tan desigual contienda.
-Ah… esto… bueno… ejem… -mientras tanto, mi colega intentaba tapar nuestro pequeño expolio con su capa al tiempo que silbaba una cancioncilla goliarda-… íbamos a dar un paseíllo para que no se oxiden los caballos… ya sabes que es bueno que hagan un poco de ejercicio de vez en cuando.
-De acuerdo, pero no os alejéis demasiado, que hay trabajo –nos disponíamos a montar para poner tierra de por medio, cuando volvió a llamarnos la atención:
-Eowyn, ¿has pensado en mi oferta?
-Eh… pues… hablamos a la vuelta. Ya verás cómo te daré una buena sorpresa.
-No lo dudo –yo tampoco-. Bueno, lo dicho, no os retraséis.
“Mejor siéntate a esperar, no sea que te canses”, pensé. Subimos a los caballos y nos apresuramos a desaparecer de su vista.
-Ya es mala suerte –gruñía yo sin dejar de cabalgar-. Un día que no entra en su habitual sopor etílico y es justo aquel en que nos tenemos que escapar.
-Creo que la impaciencia por saber tu decisión no le dejaba dormir –mi compañero guiñó un ojo, socarrón. Yo le advertí levantando el dedo índice.
-Una bromita más al respecto y te aseguro que probarás el filo de mi espada… Pero ¿qué es esa nube de polvo que parece perseguirnos? Viene de la ciudad.
Sin dejar de cabalgar a escape, miramos hacia atrás. Una comitiva de hombres armados se dirigía hacia nosotros, empuñando las lanzas y con intenciones que no se podrían definir como demasiado amistosas.
-El señor Adolfo no puede haber avisado a nadie tan rápido. Pero… ¿qué veo? Las negras y relucientes armas del que va en cabeza son inconfundibles… ¡Es mi archienemigo!¡Ha vuelto!
Ahora lo entendía todo; desde el primer momento, aquel empleo había sido una trampa. Ya era extraño que a una pobre guerrera errante como yo, sin fortuna y sin amigos, la vinieran a buscar de la forma en que el señor Adolfo me había reclamado; tal vez él mismo desconocía que estaba siendo utilizado, era demasiado inculto, borrachín y fracasadillo para ser además una persona excesivamente vil, o quizá se limitaba a mantener con el poderoso relaciones tan rastreras como las de España con Estados Unidos, en las que la potencia mundial asesinaba a los periodistas y encarcelaba a las madres del país mediterráneo mientras este se limitaba a mirar hacia otro lado al tiempo que hacía reverencias. Pero sin duda todo formaba parte de un plan del siniestro individuo del que llevaba huyendo toda la vida y del que, estaba segura, más la suerte que no mis capacidades me habían permitido escapar hasta entonces; supuse que necesitaba un lugar donde mantenerme ocupada y, a poder ser, mal alimentada, mientras él pudiera reorganizar sus huestes para encontrarme fácilmente después. El único consuelo que el hecho me proporcionaba era las numerosas precauciones que mi sempiterno enemigo solía tomar para atraparme, como si me creyera invencible o al menos muy bien apoyada, lo cual, aunque absurdo, resultaba ciertamente halagador.
-Corre –insté a mi compañero-. Quiero decir, corre más. No necesito decirte lo peligroso que es ese tío. Las personas que atrapa no vuelven a ver la luz del sol, y no necesita mazmorras para eso, aunque también las tiene, evidentemente. Consigue que la gente renuncie a lo que son y a la que podrían ser. No me preguntes cómo, tal vez conozca las diez reglas de la manipulación mediática de Chomsky. Vamos, dale caña.
Nuestros perseguidores acortaban progresivamente la distancia que les separaba de nosotros, gracias a sus caballos frescos y lustrosos, mientras nosotros sentíamos que se nos nublaba la vista y nuestras monturas, escuálidas y derrengadas, no parecían poder aguantar mucho más. Yo no podía dejar de pensar en todos los desafíos que me esperaban en el presente y en el futuro, en ese maldito año 2011 adonde no tardaría en trasladarme y donde tanto se necesitaba de cualquier contribución, por pequeña que fuera, como así era la mía, para que la poca justicia social que aún existía, tal vez ya solo en nuestros sueños, no fuera definitivamente erradicada de la faz de la Tierra, planeta que al parecer, y además, tenía ya fecha de caducidad; no, no podía aceptar que mi recorrido vital acabara en ese preciso momento. De pronto, se me ocurrió una idea.
-Eowyn, ¿te das cuenta de que en todas tus historias siempre terminamos escapando a la carrera? –me decía el ex templario entre jadeos-. La próxima podría ser algo más tranquila. Por ejemplo, conoces a un gentil y valeroso caballero que decide acompañarte en todas tus correrías, sois felices para siempre y me llamáis para que sea el padrino de bodas antes de invitarme a un suculento banquete. ¿No lo has pensado?
-No estaría mal vivir de vez en cuando una aventurilla de tipo sentimental, aunque tal vez no tan seria como la describes –concedí yo-, pero me temo que eso no pasará en breve. No se encuentran fácilmente especímenes válidos de mi sexo contrario en la actualidad, el género masculino está últimamente muy degradado. Con honrosas excepciones, claro –me apresuré a añadir-. Además,
al paso que vamos pronto no podremos ni escribir historias en la red, como no hagamos algo para solucionarlo. Pero no te preocupes. Lo tengo todo controlado.
La desesperación, que no la destreza, me empujó a hacer una maniobra casi suicida. Confiando en la fidelidad de mi cabalgadura y con el movimiento más rápido que pude conseguir, me di la vuelta sobre el lomo del caballo, poniéndome de cara a mis perseguidores, y les envié la lanza que tan amablemente nos había obsequiado el señor Adolfo de sus tesoros personales; como había calculado, el arma rozó al Señor de los Mercados y le obligó a hacer un movimiento para esquivarla, cosa que provocó que se caballo se encabritara y que consecuentemente el grupo se desmembrara momentáneamente.
-Aprovechemos, pronto volverán a reorganizarse. Un esfuerzo más y los despistaremos. Conozco mucho mejor estos territorios que ellos, es el precio que los terratenientes tienen que pagar por vivir de espaldas a su posesiones.
-Reconozco tu sello en esta maniobra –me alabó el templario con admiración exagerada-. Arriesgada, de una habilidad pasmosa y sin derramamiento de sangre.
-Bah, es solo esa buena estrella que me acompaña hasta que deje de hacerlo…
Antes hablo… De un recodo del camino una avanzadilla de nuestros perseguidores, destinada sin duda a no dejar sin vigilancia ninguno de los caminos que pudiéramos seguir, se nos echaba encima a una velocidad ultrasónica. Enarbolé la lanza sin decir una palabra, dejando mi verborrea habitual para otra ocasión, y me abalancé sobre el primero, mientras mi compañero me seguía, tan rápido y mortal como la subida de las tarifas eléctricas. Lo derribé y lo dejé en el suelo, bastante maltrecho pero sin que su supervivencia peligrara en breve, y sin rematarlo, cosa nunca hago (soy una guerrera pacifista, esta es una de mis numerosas contradicciones), fui a por el siguiente; por su parte, mi amigo templario había dado ya buena cuenta de un par de enemigos y estaba comenzando a encargarse del siguiente. Yo acabé con el mío y fui a echarle una mano. El susodicho dio bastante más trabajo que los anteriores, que seguramente habían sido novatos contratados por el menor salario, creyendo así el propietario de la empresa que ahorraría gastos y conseguiría la misma productividad; el feudalismo (y el capitalismo) se labra él mismo su propia tumba, pero los que acabamos enterrados somos nosotros. Derribados los tres de nuestros caballos, sacamos las espadas y combatimos con ellas; vi una nada alentadora mancha de sangre sobre la cota de malla de mi compañero de aventuras y redoblé mis mandobles, tomando la iniciativa de la batalla. Esquivé un par de estocadas que pasaron peligrosamente cerca de mi cuello, pero por fin logré herirlo ligeramente en un brazo, lo que aproveché para arrastrar al viejo templario hasta los caballos.
-Venga, démonos prisa… ¿estás bien?
-Es solo un arañazo. No te preocupes.
Algo más tranquila, y viendo que nuestros contrincantes seguían en el suelo doliéndose de sus golpes y encomendándose al Altísimo a grandes voces, me entretuve en sacar algo de mis alforjas y clavarlo entre los derrotados.
-¿Qué es esa bandera de extraños colores? –preguntó extrañado mi colega mirando ondear la tricolor.
-La bandera de la República… una especie de homenaje al futuro. Te lo contaré cuando tengamos tiempo. Pero ahora dejemos atrás de una vez este nefasto lugar y busquemos un sitio donde descansar un poco.
Cuando nos sentimos totalmente a salvo, acampamos a la orilla de un río refugiados entre la fronda que se asomaba hacia él. Mi compañero encendió la hoguera y, concentrados en sus llamas, nos olvidamos por un momento de nuestras vicisitudes. Sin embargo, se imponía hacer planes para nuestro porvenir.
-Tengo que marcharme –dijo el viejo templario-. Existe un monasterio cercano donde se ocuparán de mis heridas y tal vez vuelvan a admitirme. Creo que ya he vivido suficientes aventuras en lo que me resta de vida, y mis cansados huesos dudo que soporten alguna más.
-Sabía que llegaría este momento –manifesté yo-. Amigo, espero que tus sueños se cumplan allá donde vayas, si es que aún te queda alguno.
-¿Y tú qué harás, Eowyn? ¿Volverás a ese futuro de tristes presagios que me describes a veces?
-No me queda otro remedio –le contesté-. Nos veremos en el infierno, camarada. Te llevas todo mi aprecio.
-El mío caminará a tu lado acompañado de esa fortuna que deseo que nunca te abandone –respondió-. Hasta siempre. No te olvidaré, muchacha.
La soledad ha sido siempre mi compañera y he aprendido a acogerla casi con júbilo cada vez que regresa después de sus cortas ausencias. Tal vez sea el impuesto que me requiere la vida por querer ser fiel a mis locas ideas, tal vez, sencillamente, el gran ordenador del destino me ha programado para esto o posiblemente me lo he ganado con creces. Pero no importaba. Ante mi vista se extendía la vasta naturaleza aún virgen de aquellos lares y época, y en la lejanía divisé a desheredados de la fortuna mendigando por los caminos un poco de caridad o un empleo que no existía, por mucha preparación y cursos del Inem que te estimulara el Gobierno a realizar como sucedía en el mundo adonde poco tardaría en regresar. Los presagios eran negros, desde luego; pero aún me quedaba mi espada.
Y, además, un escudo nuevecito que me había salido completamente gratis.
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13 abril 2011 a las 7:32 · Archivado en Divagaciones and tagged: Aznar, Bosque de Brocelandia, consulta soberanista de Barcelona, Edad Media, EUiA, explotación laboral, Garzón, ICV, Libia, lucha femenista, lucha obrera, memoria histórica, rebelión en Chile, revoluciones árabes, violencia contra las mujeres
Además de vernos asediados por los microorganismos menos amables, de cuando nos asaltaban personajes vestidos de comerciantes que agitaban largas listas ante nuestros ignorantes ojos: descubrimos que el señor Adolfo tenía tantas deudas que le habían embargado el campamento, las armas, los caballos, y hasta la ropa interior que llevaba puesta (lo cual requería muy pocos escrúpulos, y no hablo ahora de escrúpulos morales, según veremos después), según él debido a los numerosos enemigos que se aprovechaban de su bondad y a los envidiosos que le odiaban debido a su maestría con los instrumentos bélicos y a su apostura personal. Las armas con las que pretendía que hiciéramos un buen papel en los torneos estaban estropeadas, mohosas y casi deshechas, y las pocas un poco aparentes se debían a la generosidad de un compañero de torneos de mejor fortuna. El rancho que se nos servía un día no y al otro tampoco era tan reducido en cantidad como en enjundia, y me vi obligada que recurrir a mis exiguas reservas monetarias para que mis femeniles curvas no perdieran su (menguado) poder de convocatoria ante el otro sexo; problemas alimenticios que no parecían afectar a nuestro jefe, al cual cada día se le veía más obeso y coloradote, y cuyos encargos a las tabernas que jalonaban nuestro camino eran progresivamente más abundantes. Por si fuera poco, de los “sustanciosos honorarios” que se nos habían prometido no habíamos visto ni un maravedí, la legendaria habilidad torneística de nuestro capitán era más irreal que la pericia política de los presentes y pasados gobernantes españoles (hubieran sido patéticas de no haber resultado cómicas las constantes caídas en el barro de su oronda, y fofa, humanidad antes de que hubiera podido ni siquiera embestir a un contrincante), lo que convertía a los esfuerzos del resto del escuadrón de hacer un papel regularcillo en denodados y casi infructuosos; claro que estos fracasos se debían totalmente a nuestra inutilidad y holgazanería, como no tenía inconveniente en declarar ante los espectadores con más poder adquisitivo, tal vez futuros organizadores o patrocinadores, o sea, clientes, en un alarde de profesionalidad. Eso cuando no echaba la culpa a los guerreros de origen morisco o judío, responsables, según él, de que se hubieran perdido las formas caballarescas en los torneos y de la inseguridad en los caminos.
-Eso es habitual –me indignaba yo-. No es la primero que veo cómo la gente justifica su fracaso acusando al otro, al diferente. No hay nada mejor para atizar el ardor guerrero de los autóctonos que difundir todo tipo de rumores falsos sobre los recién llegados. Las personas deberían de convencerse de una vez que la única patria a la que debemos fidelidad es la explotada ciudadanía, y los únicos extranjeros de costumbres diferentes e incompatibles con los nuestras son la maldita raza de los explotadores. Compañero, no dejemos que nos arrastren a esta trampa –él asentía.
Y así transcurrían los días en ese nuevo trabajo mercenario, del que de momento no veía la opción de ser rescatada (aunque si lo que me esperaba era un rescate como los de la Unión Europea con algunos países, más prefería el secuestro), sobrellevando como podía las precarias condiciones laborales mientras intentaba, como llevo haciendo desde tiempo, no dejar que la agresividad me cegara en el campo del batalla y resultar eficaz sin ser sanguinaria; ya había demasiada violencia en el mundo, sobre todo, y vergonzosamente, hacia las mujeres, y aunque era tentador aprovechar las armas físicas y virtuales que tenía a mi alcance para autonombrarme ángel vengador de mi sexo, no pensaba caer tan bajo como algunos integrantes del opuesto ni pensaba que fuera aquella la solución.
Pero aún no había llegado lo peor.
Una noche en que mi colega había sido oportunamente enviado a hacer un recado, nuestro amado general en jefe me hizo llamar a su tienda. Obedecí a regañadientes, imaginando que me requería para una de sus sesiones de batallitas, en las que solía enseñarme ruinosos pergaminos que atestiguaban logros militares obtenidos en batallas remotas, que él insistía en presentar como muy recientes como si creyera que todo el mundo tenía tan poca memoria como él (a lo mejor sospecha que en la España del siglo XXI el recuerdo está castigado por la justicia mientras la corrupción se premia) y no pareciendo ver que aquellos patéticos testimonios escritos se caían de viejos; yo me preguntaba cuánto había pagado al falsificador que le había hecho el trabajo, porque ni en mis más optimistas pronósticos podía aceptar que aquel ser hubiera sido en alguna ocasión un guerrero respetado, hábil y honesto, a pesar de la degeneración cronológica a la que todos estamos expuestos. Me hizo pasar y me indicó que tomara asiento. Una vez acomodada, me espetó:
-¿Eres feliz aquí, Eowyn?
Yo me encogí de hombros dirigiéndole una irónica mirada; hacía tiempo que había decidido hablar claramente con él, para bajadas de pantalones ya tenía suficiente con las de algunas asambleas de EUiA con ICV en la campaña para las elecciones municipales de España 2011.
-Bueno, si obviamos lo poco apropiado de nuestros aposentos, la escasez y reducida calidad del alimento, el incómodo ambiente de trabajo y el hecho que desde que estoy aquí aún no he visto un triste céntimo de maravedí, aparte de otras cosas que no tengo ganas de relatar ahora, sí, se puede decir que soy razonablemente feliz. La religión cristiana nos enseña la paciencia y el sacrificio, y a fe mía que en este empleo dispongo de sobradas ocasiones de practicar estas virtudes.
Él meneó la cabeza con expresión de seguridad, quitando importancia a mis quejas.
-Todo eso cambiará en breve, te lo prometo. El escuadrón ha atravesado un bache, producido por la envidia y la maldad de mis contrincantes -bla bla bla, ahorro a l@s lector@s la ya cansina cantinela-, pero estoy en camino de solucionarlo todo –al ritmo que íbamos, yo calculaba que le faltaban unos dos siglos para poder solventar sus deudas, y otro más para estar en situación de pagarnos a nosotros, pero joder, la esperanza nunca ha de perderse-. Ya te dije que tengo mucha confianza en tus aptitudes, muchacha. Estoy rodeado de inútiles, pero sé que con una mujer como tú a mi lado podría hacer grandes cosas. Eres exactamente la compañera que necesito –mientras decía estas palabras, iba a aproximándose a mi asiento con expresión lúbrica, al tiempo que yo miraba en torno mío considerando con desesperación las posibles salidas-. Contigo a mi lado, el éxito en los torneos estaría asegurado y conseguiríamos fama y riquezas inimaginables –se acercaba más y más, dejándome constatar que la deficiente higiene de sus posesiones se extendía también, y no veas de qué manera, a su persona; yo estaba a punto de morir intoxicada; al menos los vapores de alcohol que exhalaba su aliento, aunque desagradables, tal vez supondrían un antídoto contra tan infecciosas miasmas-. Tú solo acepta y el mundo estará a nuestros pies… Tienes tanto talento y eres tan hermosa –al parecer, a sus numerosos defectos había que añadir el mal gusto-… aunque he de añadir que me gustabas más cuando te conocí; últimamente te estoy viendo un poco flacucha y tus encantos femeninos desmerecen.
-No me explico a qué puede ser debido –fingí irónicamente ignorancia mientras me apresuraba a levantarme… bueno, por lo menos el interfecto había aludido a mis merecimientos profesionales, y no solo a mi supuesto valor como trozo de carne. Pero no era consuelo-. Gracias por el ofrecimiento, si me lo permites voy a consultarlo con la almohada. Hala, a pasarlo bien –desaparecí a toda velocidad por la puerta y regresé a mi infecto cubil, donde afortunadamente ya me esperaba mi compañero. Sin dejarle ni siquiera darme la bienvenida, le solté.
-Nos largamos. Ahora. Sigamos el ejemplo de las revoluciones de los países árabes y de olvidadas como en Chile y enfrentémonos al explotador, aun a riesgo de una intervención imperialista como de Libia que acabe con nuestras legítimas ansias de libertad y comida y garantice el suministro de petróleo a los países occidentales. No necesitamos una consulta independentista de esas tan lícitas pero con las que los poderosos distraen al pueblo de sus verdaderos problemas, nos independizamos solos con dos pares de gónadas, aunque Aznar quiera declararnos la guerra al igual que a las autonomías españolas y al comunismo cubano. Mi resignación cristiana y mi sentido práctico tienen un límite. Puedo aguantar verle a todas horas repantigado en su jergón vestido con esa camisa cuya mugre tiene hasta círculos concéntricos que delatan el milenio en el que se depositó allí, mientras os obliga a realizar las tareas más serviles y a cortar leña con piedras porque ni de una triste hacha dispone; tener que hacer de chófer de las prostitutas que contrata sin cesar en los pueblos que atravesamos, y que han de estar bien desesperadas las pobres para aceptarlo como cliente; presenciar cómo sus maleducados hijos que en el futuro superarían con creces cualquier exageración sobre la generación Nini se pasean por el campamento destrozando en sus estúpidos juegos las pocas armas que tenemos para trabajar sin que ese imbécil se digne a reñirles lo más mínimo; incluso toleraría que nos veamos forzados a acoger un día más a ese asqueroso chucho en nuestra tienda para que, según el jefe, “no esté solito”, pero lo de hoy ya raya el surrealismo. ¿Pues no ha tratado el muy gilipollas de tirarme los tejos? Ahora entiendo por qué no me hacía trabajar tanto como a vosotros: me tenía reservada para otro tipo de tareas de índole aún menos digna.
Mi compañero se levantó de inmediato.
-Si tu virtud está en peligro, desde luego que nos vamos. Aunque sea con las manos vacías.
-Bueno, no es tanto mi virtud lo que me preocupa, para solventar problemas de este tipo ya me basto solita, sino mi salud física. Otro acercamiento como este y tendrán que hacerme un lavado de estómago. En cuanto a mi salud mental… hay espectáculos cuya visión hace perder la razón al más equilibrado, y el de ese amorfo personaje mirándome con los ojillos llenos de lujuria es un buen ejemplo. Pero no te preocupes sobre lo de irnos con las manos vacías; mientras trataba de escapar de sus asechanzas me ha parecido entrever algo en un rincón de la tienda. Espera a mañana, y cuando esté distraído supervisando los entrenamientos o haya salido a hacer su cotidiana estancia matutina en las letrinas, te lo enseñaré.
Dicho y hecho; a la mañana siguiente aprovechamos el momento en que el señor Adolfo desapareció para echar una siestecita bajo los árboles, otra de sus industriosas costumbres diarias, para entrar en su tienda. En un rincón, tras toneladas de desorden e inmundicia, se hallaba lo que me había parecido vislumbrar la noche anterior: un escudo nuevecito, una lanza reluciente y una silla de montar, amén de otros útiles para la vida aventurera de los caballeros y las damas guerreras errantes que nos serían muy convenientes. Me dirigí a mi compañero:
-Quédate con la silla, la tuya está en unas condiciones lamentables.
-Gracias. Creo que tú necesitabas un escudo.
-Sí. El mío no es compatible con los nuevos modelos de espadas. Estos herreros medievales… y eso que aún no conocen la obsolescencia programada. La lanza también nos la llevamos, que siempre va bien. Anda, arreando.
Guardábamos nuestro botín en las alforjas de nuestros caballos, cuando nuestro dueño y señor salió de la espesura del bosquecillo, preguntándonos con uan expresión que no acertamos a definir:
-¿Qué es lo que se supone que estáis haciendo?
(Continuará…)
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12 abril 2011 a las 9:53 · Archivado en Divagaciones and tagged: Bosque de Brocelandia, Edad Media, explotación laboral, Govern Mas, lucha feminista, lucha obrera, recortes sociales
El caballero que encabezaba el escuadrón de torneos, en el cual mi compañero y yo íbamos a prestar servicio de ahí en adelante, recorrió con mirada apreciativa la totalidad de nuestras figuras bien pertrechadas para la lucha, la mía y la de mi colega el viejo templario, y por un breve instante un mal pensamiento holló mi por lo común bienintencionado cerebro, pues me pareció que en su inspección el señor Adolfo prestaba menos intención a mi impedimenta armamentística y a mis cualidades físicas para el combate que a virtudes aptas más bien para otro tipo muy diferente de placeres; incluso me pareció verle relamerse con fruición en algún momento de la ojeada, aunque de inmediato atribuí el espejismo a las penalidades del largo viaje y a los numerosos días que llevaba sin echarme al coleto una buena jarra de vinillo.
Eso sí, lo que era bastante evidente que el susodicho había dejado atrás hacía bastantes decenios su momento dorado: la musculatura que le habría permitido empuñar la lanza y la espada con eficacia se hallaba ahora derrumbada y enterrada tras cascotes inmensos de grasa, como si le hubiera atacado un terremoto de calorías, y los rasgos de su cara se veían distorsionados y abotagados igual que si se hubiera ahogado en un tsunami de alcohol de garrafón. “O sea que no es cierto que los desastres se produzcan siempre en territorios dejados de la mano de Dios, Brasil y Haití por ejemplo”, medité, “al menos si hemos de hacer caso a la riqueza de la que este hombre hace gala. Claro que cuando las catástrofes se producen en países desarrollados, es que se avecina un cataclismo nuclear, como en Japón. Al menos espero que mi colega y yo sepamos escapar de la debacle cuando se produzca con tanto orden y disciplina como los nipones”. De reojo, me llegó la expresión dubitativa del templario renegado, como si adivinara ya que mis pensamientos no se iban a corresponder con la realidad.
-Bien, bien, bien, mis queridos nuevos compañeros -se expresó por fin mi nuevo jefe con voz cazallosa, entonación barriobajera y una elección de vocabulario tan vulgar que prefiero reproducirla en traducción al buen castellano, no sea que mis lector@s me acusen de subvertir el léxico y la sintaxis de tan noble idioma-, estoy muy satisfecho de que sirváis a mis órdenes. He oído hablar muy bien de vosotros, sobre todo de ti, Eowyn de Camelot, a quien tu fama precede. Confío en que demostrarás esas capacidades bajo mis órdenes… aquí estaréis muy bien, dispongo del campamento más suntuoso y cómodo a este lado de la frontera, y los herreros más hábiles trabajan para mí y me confeccionan las mejores armas para que con mi destreza en la lucha, y la de los caballeros a mi servicio, les conduzca a la fama y el honor eternos y a la riqueza temporal. Que la austeridad de mi tienda no os lleve a dudas, soy un hombre que prefiere vivir morigeradamente. Además, tendréis sustanciosos honorarios que se verán incrementados si demostráis merecimiento en la batalla… Pero id ya y descansar de las inclemencias del viaje, que bien os lo merecéis.
Yo ya me frotaba las manos imaginando el confortable alojamiento donde iba a descansar esa noche, y que anteriormente el señor Adolfo me había descrito como un Edén de lujo asiático perfumado con los aromas del Mediterráneo. De inmediato, dos sirvientes nos condujeron a una pequeña extensión de terreno situada detrás de la tienda principal donde había tenido lugar aquella entrevista, y tuve que frotarme repetidamente los ojos al ver que aquel calvero polvoriento se apilaban, alrededor de las letrinas, la friolera de tres diminutas y ajadas tiendas, una de las cuales nos señalaron como la que sería nuestro hospedaje en los días venideros.
-Esto es lo que hay –manifestó unos de los criados, de flaco semblante, que nos había llevado hasta allí-, colegas. Tendréis que compartirla.
Sin dar aún crédito a mis oídos, entré. En el reducido espacio los jirones de tela se agitaban alegremente al ritmo del viento que entraba por los agujeros, acariciando en su alegre danza una mugre omnipresente, en mitad de los efluvios que arrojaba los retretes. En el suelo, unos trapos que debían haber corrido mil aventuras por las alcantarillas más pestilentes de la comarca se apilaban a modo de jergón.
-Y aquí se supone que hemos de dormir dos personas… en este amplio y cálido salón de baile. Supongo que la idea es que nuestra cercanía haga la función de sistema de aislamiento térmico, que por lo que veo es un poquillo deficiente.
-Así es –respondió sin inmutarse, el doméstico que había hablado.
-A ver –resumí yo la situación-, no pretendo iniciar mi primer día de trabajo con reivindicaciones laborales, pero tampoco me gustaría que mi prudencia fuera tan malinterpretada, aunque quizá con razón, como la de algunos sindicatos en el enero del 2011 español. Traducción: ¿qué coño es esto? ¿Se supone que es aquí donde tenemos que alojarnos? ¿Los dos? ¿Cuándo se perdieron en esta empresa la decencia y el decoro? Y sobre todo, ¿cuándo se perdieron los productos de limpieza?
-Pues lo siento –me contestó el otro lacayo, tan escuálido como el primero, encogiéndose de hombros-. No pienses que nosotros vivimos mejor. Nuestra tienda es la de la derecha, cuando la veas por dentro te considerarás afortunada.
-Es de suponer que los dos caballeros más antiguos habitan la tienda de la izquierda, la que parece algo más arregladita –aventuré yo.
-Te equivocas. Los otros dos caballeros más antiguos somos nosotros. Sí. También. La tienda de la derecha es la del perro.
-¿La del perro?
-La del perro.
-Me temo que en este mundo se está llevando el antiespecismo demasiado lejos… está bien, retiraos, necesitamos un poco de soledad para ver si nos hacemos a la idea de nuestro cruel sino -cuando se hubieron ido, le dije a mi compañero-. Antes de cualquier otra consideración, es urgente que desinfectemos esto, así que vayamos a la aldea más cercana a ver si nos prestan algo que pueda servir para el cometido. Y mantas. Muchas mantas. Y si mañana no se nos han congelado las ideas o alguna otra parte de nuestra anatomía, meditaremos qué hacer.
La generosidad de los aldeanos de las proximidades nos evitó morir aquella noche de frío, del virus del ébola o de ambas cosas simultáneamente, y pensé que menos mal que no me encontraba de regreso en la Cataluña del futuro, donde con la de microbios que pululaban por allí los recortes de Mas, sobre todo en Sanidad pública, nos conducirían a un muerte segura, como seguramente acabarían conduciendo a muchas personas humildes, a la muerte del cuerpo o a la muerte del alma, que no sé qué es peor. Al día siguiente, mi colega y yo celebramos un conciliábulo donde decidimos que visto lo visto y con los casi cinco millones de parados medievales que pululaban por los caminos pidiendo limosna, más nos valía seguir allí hasta que encontráramos otra manera de ganarnos el sustento, aunque para ello se necesitaba un valor superior al que pudiéramos esgrimir en la batalla (el mismo que tant@s trabajador@s, y sobre todo trabajadoras, están demostrando ahora). Pero no sabíamos que nuestras desdichas no habían hecho más que comenzar.
(Continuará…).
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28 diciembre 2010 a las 22:54 · Archivado en Divagaciones and tagged: Bosque de Brocelandia, injusticia social, lucha obrera, recortes sociales, República
(Intervención de esta bloguera en el programa de radio Sputnik del martes 28 de diciembre de 2010).
Buenas noches. Desde el barrio de Santa Caterina, en el corazón de Barcelona, se observa un panorama de la Vía Laietana que nos hace recordar épocas en las que la gente aún creía y estaba preparada para la lucha: una gigantesca ola de banderas republicanas se agita desde el puerto hasta la Plaza Catalunya. La tricolor domina sobre el gris de la Ciudad Condal como en un amanecer extraño y maravilloso. Hace un momento me han comentado que la multitud ha llegado a la Plaça Sant Jaume, sede del gobierno municipal de Barcelona y de la Generalitat de Catalunya, de forma pacífica, claro está, y ha arriado la bandera monárquica para que la republicana ondee definitivamente en los balcones de los dos edificios oficiales. Hace unos días hubiera parecido mentira que la indignación del pueblo español ante las medidas antisociales del gobierno de Zapatero fuera a culminar en una explosión de tales características, pero el apoyo del ya ex monarca a tales disparates en su mensaje navideño fue la gota que colmó el vaso. Desde el blog Bosque de Brocelandia confiamos en que este no será el único cambio que viva este país y que esta Tercera República que hoy comienza representará el cambio político de carácter verdaderamente social que España, y el mundo entero, están necesitando cada vez con más urgencia. Nada más desde Barcelona. Bona nit i visca la República!

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10 agosto 2010 a las 18:16 · Archivado en Trovadorescas and tagged: Bosque de Brocelandia
No fue mi ejército casi unipersonal. A veces los guerreros y las guerreras encontramos indeseables aliados en las fuerzas de la naturaleza y el destino. Lo que importa es que el enemigo estaba tendido en el campo de batalla, destrozado, y preguntó por mí: al parecer mi clemencia (habría que interrogarse sobre todoas las ramificaciones de esta palabra) es famosa en los escenarios de lucha. Yo fui donde se me requería, le miré, constaté lo fácil que es ser humano y empático cuando te ves despojado de tu poder, y aún así, cumplí con todas las indicaciones de la Convención de Ginebra (o su equivalente medieval) sin echarle en cara la larga e injusta prisión a la que me recluyó, aquella muerte en vida cuyas consecuencias aún arrastro.
No me vengué. La venganza nada soluciona, nada devuelve. No, no me vengué. Pero tampoco me sentí mejor.

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21 julio 2010 a las 19:23 · Archivado en Trovadorescas and tagged: Bosque de Brocelandia
Viajando por el intrincado bosque interior de mi memoria, me encuentro con una mujer amable y sonriente que tejía muñecas de lana tras la puerta de una casita de labradores; con un trovador desconocido que cantaba cerca de la mazmorra en la que estaba recluida canciones en las que aparecía mi nombre; con un compañero de viaje errante y risueño con el que alguna vez compartí un trecho de mi camino y un poco del calor de una hoguera mal pergeñada, antes de que el sendero se bifurcara.
Nunca más podré volver a aquella casita, desapareció quizá mucho antes de que mi imaginación la inventara; ya no hay canciones para mí, ni aunque quisiera escucharlas; la soledad es ahora la cómoda y práctica compañera elegida y no permitiré jamás que me abandone. Todo lo que algún día amé murió antes de comenzar, pero la verdadera muerte es otra: el espejismo, la corrupción personal. Existen el amor y la amistad eterna, claro que sí. Pero sólo si jamás se materializan.

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23 junio 2010 a las 18:01 · Archivado en Estocadas and tagged: Bosque de Brocelandia
Como todos los años, en vísperas de San Juan se reúne la Corte del Ciudadano Arturo en Camelot. Corren malos tiempos en estos andurriales, y la dama guerrera Eowyn, que antes buscaba su lugar en el otro mundo posible, se ha declarado voluntaria para emprender una nueva odisea, esta vez en el Bosque de Brocelandia.
Tristemente, nuestra protagonista coge los bártulos típicos de estas aventuras y se monta en su caballo blanco Alizé. Está demasiado bregada en mil batallas para que le quede la más mínima esperanza de conseguir algo ínfimamente cercano a una victoria, pero su destino es éste. Así que pronto la vemos desaparecer en la inmensidad de la floresta. Que no tengas demasiado mal viaje, Eowyn.

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