Bosque de Brocelandia

Combates y aventuras en un mundo hostil

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Con Jaume II vivíamos mejor (Epílogo: La libertad que vendimos)

(Atención: este es el capítulo final de un serie, bastante larga, me temo, pero que tiene su aquél. Si queréis leerla desde el principio, clicad aquí)

(viene de) ¿Dónde quedó nuestra libertad?, me preguntaba yo mientras cabalgaba a galope, con el viento golpeándome el rostro y el cabello desordenado, cansada, magullada y feliz. ¿En qué parte del camino fue donde la perdimos? El castillo de las pesadillas, donde el deseo generalizado era guiarme, cuidar de mí, controlarme, proporcionarme el regalo envenenado de una vida  protegida quedaba atrás y yo, en pos de mi misterioso colaborador (que no era tan misterioso), volvía a recuperarme a mí misma. Pero ¿por qué no podía ser siempre tan fácil? ¿Por qué, concretamente, en el siglo XXI no lo era? ¿Por qué esa cruel involución histórica, o al menos, esa estabilidad en el mal, en la injusticia y el error? La respuesta a la pregunta, o al menos una respuesta de urgencia (porque ¿dónde está la verdad?) se desvelaría pronto.

De momento, seguimos cabalgando hasta llegar a las tierras del Comte d’Urgell, y paramos de mutuo acuerdo tácito en la primera población importante y bien surtida de lugares de avituallamiento  gastronómico y enológico. Le hice un signo a mi acompañante para que me siguiera: se me conoce por ser una guía ambulante del ocio y la restauración medieval que hace innecesarias todas las aplicaciones móviles al respecto en el caso de que hubieran existido. En un callejón algo menos maloliente que el resto encontramos la entrada a un local de aspecto bastante pulcro, que yo consideraba la mejor posada de la zona. Pedí vino y comida en abundancia y busqué una mesa apartada, no sin antes justificar la singularidad de nuestra asociación de templario y mercenaria jurando ante el tabernero que éramos hermanos de padre y madre (aunque no nos parecemos en nada, afortunadamente). Mi compañero se desembarazó del casco y alargó su mano hacia la mía. Dejé que la tomara y la acercara a sus labios: yo también (pues tenía mi corazoncito, aunque lo disimulara, no demasiado grande ni demasiado sentimental, pero por allí andaba en algún lugar) me alegraba de verlo.

-No te sorprendes –me dijo, tal vez algo decepcionado.

Yo apreté su mano.

-Te he reconocido, viejo cabronazo. Difícil no hacerlo, con ese hábito que te empeñas en seguir vistiendo y tu figura enorme. De hecho, te hubiera identificado incluso aquel día con tu penoso disfraz de anciano, si el cielo hubiera estado más claro y no hubiera estado recuperándome de un acceso de fiebre. Por cierto, ¿has agotado ya todas tus máscaras?

Meneó la cabeza en negación.

-Se acabaron los disfraces, Eowyn.

Chasqueé la lengua. Algo no casaba allí. Después de todos los enigmas y todas las ocultaciones, ahora resulta que todo iba a ser claro y diáfano como la luz del día.

-Nunca deberían haber existido –repliqué yo-. Estoy cansada de secretos y mentiras. Fuimos como hermanos, hermanos de verdad, y ahora te empeñas en comportarte como un extraño. Es esa orden tuya. Te tiene lavado el poco cerebro del que te ha dotado la naturaleza.

Se mostró inmune a mis insultos, igual que si yo estuviera diciendo chorradas dignas de Sáenz de Buruaga o de los  gobernantes peperos españoles de la legislatura de Rajoy.

-Supongo que Guillaume te lo habrá contado todo –había una extraña expresión en su rostro, de condescendencia mezclada con censura. Enarqué una ceja-. Habréis tenido tiempo de eso y de algunas cosas más, presumo.

-Solo me relató tu sentimiento de culpabilidad por haberme metido en este lío y tu consecuente afán por protegerme. En cuanto al resto, ¿qué pretendes insinuar? –me defendí, aunque no con mucho ímpetu. Él me contestó algo sorprendente.

-En algún momento llegué a pensar que sería buen compañero para ti. Ambos eráis para mí los amigos más fieles y teníais muchas cosas en común. Pero eso fue antes de su traición, evidentemente.

Yo bufé, hastiada.

-No me busques tan pronto marido nuevo. Recuerda que acabo de escapar de uno. Además, sabes perfectamente lo que pienso al respecto. Eso –señalé hacia las quebradas llanuras de la tierra de Urgell, con sus campos de cultivos aún libres de transgénicos, que se extendían más allá de la ventana, hasta el horizonte– es lo único a lo que quiero consagrar mi vida. Lo que haya podido suceder o no en ese castillo es algo completamente diferente de todo aquello que estás sugiriendo

-Hablaremos de eso después -concedió.

-No hay mucho más que te pueda decir –y es que yo no pensaba dejar escapar la ocasión tan fácilmente-. Tú, sin embargo, sí tienes muchas cosas que comentarme. Guillaume me dijo también que eres el único que puede responder mis preguntas.

Creo que, por un momento, conseguí hacerle dudar: el vino comenzaba a hacer sentir su efecto, y no dejábamos de ser dos viejos camaradas que se encontraban tras haber presenciado los horrores más innombrables y haber sobrevivido a ellos, con lo que de conmovedor tiene el hecho. Pero en el último momento algo le hizo cambiar de opinión.

-Refrena tu impaciencia: todo llegará –yo bullía de frustración, aunque mi orgullo no me permitió manifestarla en voz alta. Pero iba a averiguarlo, fuera como fuera-. Hay cuestiones más urgentes. Por ejemplo, establecer cuál va ser el próximo paso. Gardeny se ha revelado como un nido de intrigas y antes de que te reincorpores a la misión sería interesante saber hasta dónde llegan y en qué te afectan.

Por mucho que me molestara, y tal como yo había presentido la noche anterior, tenía razón: era fácil deducir que la llegada de Blanca probablemente no había tenido nada que ver con los espías del rey o con los suyos propios, al igual que seguro que no había sido iniciativa de Gustaf y Karl presentarse allí y reivindicar su falso estatus de prometidos de Ermengarda: alguien en aquel  lugar sabía mucho de mí, y no pensaba utilizarlo precisamente para favorecerme. Eso sin olvidarnos del desconocido arquero, o arquera. Manifesté mis temores en voz alta.

-Es a eso exactamente a lo que me refería. Isabel me parece totalmente de confianza, y Guifré, por lo que sé de él, es un hombre íntegro. En cuanto a los demás… no lo sé. Sabes que odio a Guillaume con toda mi alma, tanto como le amé en tiempos, pero ni él (a pesar de que sus devaneos con Blanca lo han puesto todo en peligro) ni sus caballeros amigos me parecen unos traidores… al menos mucho más de lo que ya lo han demostrado. Además, él no haría nunca nada contra ti, debo reconocerlo.

Sus palabras me resultaron sumamente reveladoras

-Has estado espiándonos todo el rato –le reproché, comprendiendo.

-Ya sabes la razón. Pero he intentado intervenir lo menos posible. Pensé que podías escapar sin ayuda, pero entonces vi como ese hijo de puta de las almenas disparaba contra ti; maldita sea, estaba demasiado lejos para que pudiera apreciar ningún rasgo que le diferenciara. Así es que saqué la ballesta y conseguí herirle. Después, viendo la irrupción de tus antiguos jefes, me hice con los caballos de una granja de pollos de las cercanías, y los solté para causar confusión.

Me gustó la idea: eso era lo que se necesitaba en las luchas actuales, unión y estrategia. Y era curioso en el siglo XXI también existiera una granja de pollos en los alrededores. Probablemente incluso en el mismo lugar.

-Pero antes –continuó- escribí un mensaje al comendador por si no funcionaba la treta: afortunadamente tenía a mano un sello que sabía que le iba a poner bastante nervioso –me guiñó un ojo: él debía de saber ya que yo estaba enterada de quién era  en realidad–. Entre esa carta, que justifica a Guillaume, y el incomprensible encanto personal de nuestro amigo  –realmente, pensaba yo, era un misterio cómo el enigmático bretón era capaz de sumar a su causa tantas simpatías- me imagino que las aguas volverán pronto a su cauce y la misión continuará sin novedad. Aunque quizá deberías mantenerte un poco alejada hasta que hayamos averiguado algo más sobre el traidor.

-Solo si prometes que dejarás de seguirme –contesté rápidamente.

Él se resignó. Esperaba que no me estuviera mintiendo.

-Está bien. Permaneceré un tiempo a tu lado, y luego volveré a Chipre. Tengo asuntos allí –no le pregunté aún: ya habría tiempo de averiguarlo. No se zafaría tan fácilmente de mi curiosidad. Pero esperaba que aquellos asuntos tuvieran que ver más con la paz que con la guerra: su gremio eclesiástico y la nobleza ya habían jodido bastante el mundo conocido tras casi dos siglos de torpes e insensatas cruzadas sin que eso les hubiera causado más perjuicio que a De Guindos las preferentes que vendió en Lehman Brothers. Esperaba que lo escaldados que habían salido de las mismas les hubiera curado de su inane y desmesurada ambición-. Y te juro que una vez que haya partido no dejaré a nadie que me sustituya en tu cuidado. Pero habrás de extremar las precauciones.

Con aquello bastaba. Por el momento. Alcé mi copa.

-Brindemos entonces por ello.

Comimos hasta reventar y bebimos hasta que el vino nos salió por las orejas, atronando el local con nuestras carcajadas al retratar irónicamente a los personajes del castillo y a sus visitantes. Después pagó la cuenta, con las escasas monedas propias de un Pobre Caballero de Cristo que llevaba en su bolsa, y tras haber pasado por la casa de baños local para quitarnos la herrumbre y el polvo del camino, nos retiramos a las habitaciones que nos habían asignado. Él me miró mientras subía las escaleras.

-Estás completamente recuperada. Apenas cojeas.

-No hay nada como una buena pelea para eso –asentí yo-. Lo que me pasaba es que estaba algo oxidada. Aparte de que aquellas fiebres renuentes que me molestaban desde el primer viaje a Tierra Santa también han desaparecido. En Miravet me dieron algo, y en la pequeña encomienda de Guifré acabaron el tratamiento. Ahora solo me falta recuperar un poco la musculatura perdida, y ya estaré dispuesta para nuevos lances.

-Me alegro de oír eso –respondió-. Nos esperan grandes desafíos.

-Lo sé –acordé yo.

-Y sin embargo… tu semblante es triste.

Dejé que mi mirada vagara en el infinito.

-Pienso en la libertad –dije.

-Explícate.

-Es una de las dos enseñanzas que he sacado de esta aventura – aclaré-. Quizá en parte gracias a Elvira, la dama de compañía de Blanca y, desde luego, gracias a Isabel. ¿Sabes? Estuve reflexionando acerca de mi pasado. Siempre quise ser libre, siempre odié las cadenas; pero todo a mi alrededor conspiraba para esclavizarme y mantenerme en la más absoluta inopia educativa, confiando que así me dominarían mejor. Mis progenitores, que nunca se plantearon que yo pudiera ser algo diferente de la esposa de un campesino, mi antiguo señor, que se tomó durante muchos años mi rebelión como algo personal… Y al mismo tiempo, siempre fue fácil huir, oponerme al sistema, al futuro que tenían planeado para mí. Y ¿por qué, te preguntarás? Pues porque esa servidumbre siempre fue externa, no venía de mi propio interior ni de mis propias circunstancias. He pagado mi libertad con cada una de mis cicatrices, pero no soy una heroína por ello.

Él me escuchaba atentamente. Yo tomé aliento para continuar.

-Sin embargo, en el siglo XXI, todo es distinto. El papel que ocupo allí es de una mujer joven y desesperada, sin armas, sin dignidad, casi sin orgullo, impotente ante la injusticia, cuyos patéticos intentos de pelear se ven frustrados por su situación. Y eso es porque ella no es libre. Prácticamente nadie es libre allí. Les han vendido humo hermosamente empaquetado, les han comprado la libertad a base de sueños y de promesas de una falsa estabilidad, seguridad, bienestar, a cambio de sus propias identidades. Les han convencido que para ser felices necesitaban formar una familia, hipotecarse hasta las cejas y conseguir un trabajo tiranizado, y que así vivirían contentos y ricos por siempre jamás. Y cuando descubrieron que habían sido víctimas de la más desalmada de las engañifas, se dieron cuenta de que ni siquiera podían salir a la calle a quejarse, que ni siquiera tenían tiempo para urdir la rebelión: estaban cargados de hijos, maridos o mujeres, hipotecas, con un trabajo en el que debían soportar todos los abusos e irregularidades por miedo a perderlo, o bien sumidos en la desidia por la falta de él: la esclavitud, allí, forma parte de la propia esencia de los seres humanos. Alguien o algo ha conseguido que así sea. No quiero regresar al siglo XXI, amigo mío, no quiero volver a ver las costas de mi Barcelona natal desfiguradas por leyes estúpidas y destructoras, y este es solo uno de los ejemplos. Preferiría haber muerto en Tierra Santa en mitad de aquella espantosa, inhumana y absurda carnicería: en el futuro ni siquiera puedo sacar mi espada para repartir mandobles. Y sin embargo, sé que tengo que hacerlo. Sé que he de volver.

Me observaba con gravedad.

-Debes decirles que huyan de eso. Tú puedes hacerlo. Que deshagan el camino andado, o al menos el que puedan deshacer. Que rompan con todo. Aunque sea una decisión radical, aunque les cueste dolor. Y debes seguir luchando también aquí. Quizá, si derrotamos la ambición y la ignorancia actuales, podremos evitar que los reinos hispánicos lleguen a ser ese país podrido de beatería y sacrosantos privilegios que describes.

Negué con la cabeza.

-No hace falta que les diga nada. Ellos ya lo saben. Pero no me escuchan. Ni siquiera yo me escucho a mí misma.

Se hizo el silencio entre nosotros. Yo respiré hondo.

-Seguiré luchando aquí. Pero volveré –dije al fin-. Aunque todavía no. Antes, quiero contarte cuál es la segunda cosa que he aprendido.

Él hizo un gesto inquisitivo. Yo continué.

-Que no pienso dejar escapar la más mínima oportunidad que me conceda la vida.

Abrí la puerta de la estancia. Él entendió.

(FIN… al menos de momento).

Con Jaume II vivíamos mejor (XIII, empieza el desenlace)

(viene de) Aquello era una declaración de guerra auténtica y absoluta, a un nivel semejante a  los imparables e insostenibles recortes sociales y laborales en países como Portugal y no digamos en Grecia, que acabarán ocasionando una revolución o es que ya he dejado de entender al género humano. Yo, sin embargo, en ese momento poco podía hacer más que ponerme a salvo, aunque, al volverme hacia el castillo, afortunadamente pude ver que había pasado el peligro por el momento, pues la forma imprecisa que me había estado asaeteando se escondía en aquel momento entre las almenas de la Torre del Homenaje. Pero los guardias estaban ya avisados, y comenzaron a llamar a sus compañeros a grandes voces; los soldados de Blanca, por su parte, dejaron lo que estaban haciendo y se apresuraron a salir al portón. Y, lo que fue muchísimo peor, por el camino apareció el carruaje a una velocidad endiablada para, tras estar a punto de atropellarme, detenerse en seco. Sin solución de continuidad, de él surgieron dos viejos conocidos míos: por un lado, el alto, fornido, rubio, y prácticamente bárbaro mercader Karl, y por el otro, el escuálido y granujiento Gustaf, que se dirigió a mí con expresión falsamente alborozada.

-¡Mi querida Ermengarda, mi muy amada prometida! Anda, ven a refugiarte en mis fuertes brazos –bueno, soñar es gratis-. Karl, querido –dijo, dirigiéndose a este, que se acercaba a mí armado con una lanza tan larga como él mismo, acorralándome hacia el castillo-, da aviso a esos buenos caballeros de que está aquí Gustave de La Camargue –evidentemente, el título se lo había sacado de la manga. Otro noble autoinventado. Pero a este, por desgracia mía, no le buscaban trabajo en Qatar–,  el prometido de Ermengarda, cansado de esperar e inflamado de ardor amoroso –los chillidos del bárbaro alemán no se hicieron esperar. Estoy segura de que no debía de estar demasiado alejado genéticamente de los antepasados de Merkel: era tan feo y tan neo liberal en cuanto a la economía (recuerdo el escaso salario y las horrendas condiciones) como esta-. Y tú, amada mía, deja ya tus veleidades aventureras y decídete ya a desposarte conmigo y llenar de hijos las salas de mi castillo. Aunque también podríamos comenzar a encargar el primero ahora mismo. Creo que nuestro Creador nos dispensará de tal pecadillo –e hizo ademán de rebuscar alguna cosa bajo los faldones de su túnica. Yo ahogué una náusea: me faltaba estómago para tamaña perspectiva.

-Soy tuya si consigues atraparme, mi amor –le contesté con ironía y velada amenaza, buscando a mi alrededor con la mirada cualquier posible objeto que me sirviera para darle lo que se merecía, que no eran precisamente retoños.

-¿Qué está sucediendo aquí? –el comendador había irrumpido en la escena, seguido por Guillaume y escoltado por su guardia personal. Detrás iban todos los caballeros de la encomienda. Se dirigió a Gustaf-. Si es cierto que sois el prometido de esta dama, podéis llevárosla bien lejos. No os imagináis los problemas en los que me he visto metido por su causa –yo, que estaba expectante a cualquier oportunidad de zafarme de aquel embrollo, no pude menos que alegrarme al ver la patente incomodidad del líder de la manada guerrero-religiosa de la Terra Ferma.

-¡Ni hablar! –Guillaume, en un alarde de insumisión, tomó al comendador por el hábito y lo obligó a volverse hacia él. Vi a lo lejos como Guifré e Isabel, que sin duda estaban ocupados en lo suyo en alguna alcoba deshabitada, aprovechando cualquier momento ya que el futuro no parecía demasiado propicio para su relación, en realidad para nada, corrían para unirse a la fiesta-. Este hombre es un impostor, alguien que desea a Ermengarda desde hace mucho tiempo y la ha creído lo suficiente sola y desprotegida para intentar obtenerla. Pero eso no será así mientras yo esté con vida.

Como si le necesitara, pensé. Aunque, para que íbamos a engañarnos, por mucho que me pesara  en momentos como aquel necesitaba toda la ayuda que pudiera recabar.

-¡Guillaume, no pienso toleraros esto! –el comendador hizo ademán de sacar su espada-. ¡No me importa quién seáis!

-¡Mostraos inflexible, comendador! –Blanca, acompañada de Elvira y flanqueada por sus hombres, también había aparecido. Bueno, era la única que faltaba-. Ese hombre, yo lo puedo certificar, es realmente quien dice ser. Guillaume, como os he advertido esta mañana, tiene lúbricos e incestuosos pensamientos con respecto a su prima, y por eso la mantiene aquí, alejada del hombre que tiene derecho sobre ella. ¡No dejéis que este vil y fementido traidor manche así la sagrada orden del Temple! –malo, malo. Cuando una persona de la dudosa categoría humana de Blanca llamaba a algo “santo” o “sagrado”, había que comenzar a desconfiar seriamente de ello.

-¿A alguien le interesa saber mi opinión? –interrumpí-. Después de todo, se supone que yo soy la persona más interesada…

-¡Esta mujer es mía! –gritó Gustaf-. Os lo demostraré.

Dio un paso hacia mí y yo retrocedí, todo lo que pude, al menos, pues mi retaguardia estaba cortada por los guardias del castillo (y la vanguardia y los flancos me los obstaculizaban el carruaje y todos los presentes). Guillaume intentó detener al comerciante, pero el comendador se interpuso y ambos se enfrascaron en un duelo a espadas, ante el asombro del resto de la mesnada.  La situación era totalmente límite, y realmente no recordaba haberme visto en otra igual en mucho tiempo. Lo único de lo que estaba segura era de que antes de que me viera obligada a contribuir al aumento de la demografía medieval en colaboración con el repugnante Gustaf allí iban a rodar muchas cabezas. Pero en mi afán por huir de este, no vi cómo su adalid Karl rodeaba al grupo para atraparme por detrás: el grito de Isabel llegó demasiado tarde. El bárbaro y gigantesco nórdico sostuvo mis brazos detrás de mi espalda mientras el baboso Gustaf sacaba una daga y, mientras mis amigos corrían hacia mí, desgarraba el vestido que tan caro debía haberle costado a Guillaume, dejando al descubierto la cota de malla y la corta túnica que llevaba sobre ella.

-Esto ha llegado demasiado lejos –aprovechando la sorpresa de ambos mercachifles al verme armada, me zafé de ellos recopilando todas mis fuerzas y tomé la espada que Guifré, que por fin había llegado a mi altura, me tendía-. ¡Venga, venid a por mí! ¿No tenías tantas ganas de probar mis habilidades amatorias? ¡Pues aquí las tenéis! –me deshice de los restos del vestido y tiré los harapos lejos, para que no me dificultaran el movimiento. Algo captó la atención del comendador.

-¡Deteneos! -paró la última estocada de Guillaume-. ¡Yo conozco esos colores!

Se refería a los que adornaban mi túnica. Os los podéis imaginar los que me conocéis un poco: una franja roja, otra amarilla y otra violeta, con la estrella roja en el centro de la de en medio. Unos colores que no representan a un país, sino a un estado de cosas, a un experimento que, con sus luces y sus sombras, tenía altos alcances y podía haber funcionado si el sistema no lo hubiera impedido. Un suelo de justicia e igualdad, de fraternidad y de cultura, futuro, pero también pasado y atemporal, el Camelot soñado del que llevaba el nombre y por el que siempre pensaba luchar. Hasta la muerte.

-Esta mujer no es Ermengarda de Nantes –le había costado un poco al ínclito comendador darse cuenta-. ¡Es Eowyn, la mercenaria! –y, volviéndose a Guillaume-: ¡He sido víctima de una cruel mistificación con oscuros y deshonestos propósitos!

-Os lo hubiera dicho esta mañana si hubiera estado segura de que me hubierais creído –se encogió de hombros, con ademán de resignación, Blanca, como aquella a la que la realidad da la razón-. Pero os vi con muchos prejuicios hacia mi persona.

La lucha se había interrumpido. Hasta Gustaf y Karl esperaban el final de aquel culebrón.

-No, no es mi prima. Es mucho más que eso –por todos los infiernos, ¿qué iba a decir ahora aquel descerebrado?-. Eowyn es mi hermana, la hija natural de mi padre. Juré que la protegería con mi vida. Por eso la traje aquí, para mantenerla a salvo de esa pareja de cobardes plebeyos que quiere aprovecharse de su inocencia –cada vez estaba más seguro de que Guillaume tenía que haberse dedicado a ser romancier.

-¡Me importa un comino de quién sea hija esta zorra! ¡Es mía! ¡Yo la compré y ella me traicionó, y sin siquiera cumplir las tareas que le había encomendado! –me miró y me preguntó en un áspero susurro-. ¿Quieres ver las cicatrices que me dejaron las torturas del sultán de Egipto? Más que nada para que te vayas acostumbrando, porque pronto estarán sobre tu cuerpo también –pero después de ver los extremos a los que llegaban los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI para conservar sus empleos, debido al chantaje de la patronal y del sistema, ya no me espantaba ninguna amenaza que pudiera proferirme. Le repliqué:

-Por lo que sé, sus métodos de persuasión son algo más sofisticados. No deja de ser una especie de descendientastro de Saladino.  Aunque –miré significativamente a Karl, y después de nuevo a Gustaf- tal vez para ti haya sido aún peor de esa manera.

Pero el comendador ya volvía a tomar el mando.

-Basta de palabras ¡A las armas, mis caballeros! ¡Atrapad a esta hija del demonio y a sus cómplices!

-Eso si no la cojo yo antes –intervino Gustaf, amenazándome de nuevo con la espada junto con su amigo.

A continuación, se declaró la madre de todas las batallas. Aparte de mi duelo contra mi pareja de ex jefes dignos de pertenecer a la CEOE, estaba el de Guillaume contra el comendador y gran parte de su guardia, el de Guifré contra los que quedaban, mientras los caballeros amigos de Guillaume intercambiaban mandobles con el resto de los templarios de la fortaleza, los soldados de Blanca se hallaban repartidos un poco por todas partes, y Elvira, con sus ojillos llenos de rencor y resentimiento, atacaba a Isabel con una rama que encontró por el suelo cual Thorin Escudo de Roble (desde luego, ambos eran bastante parejos en estatura); afortunadamente, mi amiga, que se había hecho con otra, la mantenía bien a raya. Pero, en cualquier caso, el combate era demasiado desigual para que los míos tuvieran alguna esperanza, y ya estaban comenzando a caer los primeros heridos, entre ellos Gonzalo, a quien no había visto hasta entonces y que se encontraba apoyado en un árbol fuera de combate, aunque también es cierto que por lo que veía su lesión no parecía grave. Menos mal que en la Edad Media aún no se había descubierto que la salud no era un derecho sino un negocio (al igual que el agua, por ejemplo): la enfermería templaria no era El Corte Inglés y yo estaba segura de que cuidarían bien de él; y además, gratis.

Y entonces, ocurrió algo providencial; últimamente el Destino estaba siendo benevolente conmigo, lo cual solo quería decir que me tenía reservado algo terrible. Una manada de caballos desbocados irrumpió en el campo de batalla, causando la confusión y obligando a todos los contendientes a interrumpir la lucha para buscar refugio donde bien pudieran. Detrás de ellos, avisté a un jinete vestido (era una pesadilla recurrente) asimismo con el hábito templario, portando casco y mostrando la lanza. Llevaba a mi caballo de las riendas.

-¡Rápido, Eowyn, sube! –me instó. Yo no esperé a que me lo dijera dos veces. Salté sobre Rayo Blanco de forma harto inelegante, debo reconocerlo, y ambos iniciamos la huida. Pero mi improvisado salvador tuvo tiempo de tirar un pergamino enrollado al comendador.

-¡Leedlo y acabad de una vez con esta locura! –le gritó.

El comendador palideció al ver el sello que adornaba el mensaje, e hizo un gesto a sus caballeros de interrumpir la batalla, y también, con autoridad, a las huestes de Blanca. Mis amigos se agruparon, cansados pero contentos, e Isabel me saludó con la mano en amistosa señal de despedida. Viendo que se hallaban a salvo, me decidí a emprender la huida y salí al galope tras aquel oportuno ayudante. Aún no sabía lo que había pasado allí, pero de momento no era demasiado importante (continúa).

Con Jaume II vivíamos mejor (XII, dos más y se acaba)

(viene de) La cosa se estaba poniendo muy fea. Muy, pero que muy, fea. Casi más fea que los caretos de Montoro, Báñez y de Cospedal juntos, aunque en ningún caso superaba en fealdad a sus negras y retorcidas almas y a las de sus congéneres de aquella España del siglo XXI, en que el robo y el asesinato es la justicia, y la defensa y la solidaridad, el terror y el nazismo. Yo me dirigía a la cocina pues, al parecer, la inoportuna llegada de Blanca había hecho adelantar el desayuno y despertado a toda la tropa y visitantes, con lo que la sala capitular estaba vacía. Y necesitaba llenar el estómago, a ser posible con premura y abundancia, antes de reflexionar sobre cuál sería el siguiente paso. Afortunadamente, aquello no era un problema; quiero decir, no era un problema siendo Ermengarda de Nantes. El cocinero y sus ayudantes se mostraron muy solícitos con mis más nimios deseos y me sirvieron una cantidad tal de viandas sabrosísimas, acompañados con vino de la Ribera del Ebre, que hasta a mí me pareció excesivo. Debieron extrañarse un poco al ver a una dama supuestamente tan fina engullir como si estuviera en la antesala de la Tercera Guerra Mundial, pero la verdad es que me preocupa más la supervivencia que la línea, y en cualquier caso las vicisitudes de mi existencia hacen más probable que muera de inanición que de empacho. Y ya se sabe: no soy más que un roja repugnante que prefiere hacer cosas pecaminosas como comer en lugar de pagar su hipoteca. Los que son como yo tenemos lo que nos merecemos: un gobierno que insulta la inteligencia, ultraja  y desprecia, en la mayor impunidad, a los ciudadanos a los que debería servir y proteger. Un gobierno que cada día nos está lanzando un guante que un día recogeremos: y de qué modo.

A medida de que la pitanza iba ocupando su lugar en mi estómago, de modo que sus nutrientes pasaron a mi sangre, la perplejidad en la que me habían sumido las palabras de Blanca iba a dando paso a la más explosiva y letal cólera: ¿cómo se atrevía aquella mujer a tratarme como a unos de los miles de mercenarios contratados por un Capriles preso de la rabia por haber perdido las elecciones venezolanas a pesar de toda la intoxicación a la que tenía sometido al pueblo (él y todo el sistema al que representa)? Y ¿para qué? Para asesinar y para destruir las conquistas del pueblo. ¿Acaso pensaba que yo, al igual de los adláteres de aquel fascista medio lelo, iba a rebajarme a matar a los míos, los pobres, para servir a los ricos, como un ser sin dignidad, y sobre todo, sin ética? Pero lo peor no el hecho en sí,  sino no lo que implicaba: yo había tomado mi determinación. Decidida,  agradecí a aquellos hombres sus atenciones antes de salir de la estancia y comenzar a pasear por la parte trasera del patio de armas. Nadie me haría cambiar de idea, a no ser que me presentara argumentos que yo no hubiera considerado; pero no lo creía posible. De todas formas, tenía que encontrar a Guillaume y explicárselo todo. Sentía que, por lo menos aquello, se lo debía.

Pero mi gozo en un pozo. Un hermano tan tímido que apenas se atrevió a mirarme a la cara durante toda la conversación me contó que Guillaume había sido llamado a capítulo por el rígido comendador, y que tampoco Gonzalo parecía hallarse por ninguna parte. No obstante, la perspectiva de saber que el orgulloso bretón estaba recibiendo el rapapolvo de su vida por parte del antipático líder de la encomienda me producía un gran sentimiento de hilaridad: al menos le serviría para aplacarle los ánimos e instarle a mantener la espada bien envainada hasta que las condiciones fueran propicias. Pero en ese ínterin yo ya había pasado al patio delantero, donde la impresionante compañía que escoltaba a Blanca había desplegado sus tiendas y estandartes y entretenían el tiempo en entrenar con la espada, el arco o la ballesta (aún alguien sufriría un accidente), y encontré a Isabel y a Guifré dando un romántico paseo, aunque sin el más mínimo contacto físico y con miradas muy disimuladas. Parecía ser que el caballero estaba instruyendo a mi amiga sobre armas y colores de los escudos, y ella, siempre tan ávida de todo tipo de conocimientos, se mostraba como la más atenta de las alumnas.

-Chicos –me dirigí a ellos de forma expeditiva-, siento molestaros pero necesito vuestra ayuda. Me voy. No puedo quedarme aquí más tiempo.

Sorprendidos y preocupados, me siguieron al rincón más solitario que pude encontrar en aquel patio de armas atestado de tiendas y de hombres. Les conté toda la historia: el coloquio con Blanca, la información de la que ella disponía y que podía dar al traste con la misión, su oferta de trabajo para matar a Guillaume…

-La creo capaz de cualquier cosa –finalicé-. Y mientras yo esté aquí, Guillaume será vulnerable. Por un lado, ella puede amenazarle con decir la verdad, con lo que nuestra estrategia se descubrirá y toda la misión se irá al garete, aquí y en el resto de los reinos de la Península. Y por otro, si yo desaparezco y conmigo desaparece la amenaza que ella imagina que yo represento, tal vez Guillaume sabrá halagarla de nuevo y enviarla de regreso a Barcelona hasta nueva orden. Es mujer está completamente loca: deben haberle repetido demasiadas veces que el destino de una mujer reside únicamente en el amor y el matrimonio, ya sean juntos o separados, y eso le ha secado los sesos. O quizá es otra cobarde fanática como Gallardón, que pisotea la libertad de las mujeres por mandato de la una Iglesia de la que teme su condena eterna en el otro munfo o la retirada de su apoyo en este…. Guifré, no hace falta que entiendas esto…   Tampoco ayuda mucho que Blanca crea que su alta alcurnia le concede derecho a todo… aunque me temo que esa pretensión es algo generalizado. Tengo que marcharme, no queda otro remedio o al menos yo no lo he visto. ¿Sois de la misma opinión que yo, amigos? No quisiera correr el más mínimo riego de equivocarme.

Era tan inusual que yo pidiera consejo a alguien o que me mostrara insegura, que Isabel, compadecida, me cogió de los hombros.

-Creo que tú decisión es justa, Eowyn.

-Y si lo que te preocupa es el peligro que pueda correr Guillaume –añadió Guifré-, no te preocupes. Estaremos atentos –el aburrido caballero de la pequeña encomiendo había visto el cielo abierto con aquella aventura. No solo le había dado la oportunidad de conocer a Isabel, un privilegio para cualquier ser humano, hombre o mujer, sino que le había metido de lleno (era imposible mantenerle más tiempo en la inopia) en el centro de la conjura. Y a ella también: de hecho, y ya que mi nueva posición hacía imposible que me mezclara con los sirvientes, la nueva estrategia que había planeado Guillaume era que fuera Isabel, bajo mi supervisión, la que se encargara. Ahora tendría que hacerlo sola. Me volvía hacia ella.

-Isabel, si piensas por algún momento que esto te supera, déjalo. Encontraremos a algún incauto o incauto que lo haga. Me preocupa que puedas correr peligro.

Ella sonrió.

-No hay riesgo alguno. Además, tendré a Guifré, Guillaume y Gonzalo a mi lado. No te apures, amiga. Esto supone para mí una oportunidad, algo tan diferente de mi vida cotidiana… De ninguna manera quisiera dedicarme a ello como tú -lanzó una carcajada-, me encanta trabajar como herrera, pero una distracción nunca viene mal. Además, sé que la causa es justa.

Ojalá estuviera yo tan segura. Le di una palmada en el hombro.

-Está bien. Subo ahora a prepararme. El plan es este –lo puse en su conocimiento-. Y ahora, me temo que ha llegado el momento de las despedidas. Decidle adiós a Guillaume de mi parte; espero que no se cabree mucho conmigo. Y vigiladle: dudo que pueda arreglárselas sin mí.

-Puedes estar tranquila a este respecto. Hasta pronto, amiga. Pensaremos en ti. Hasta el día en que volvamos a encontrarnos –dijo Guifré. Isabel no habló; no era necesario. Nos abrazamos los tres y yo fui a mi habitación.

Una vez allí, y con la puerta convenientemente cerrada, me quité el vestido y me puse la cota de malla, que afortunadamente había guardado en el baúl de Guillaume, sobre la ropa interior. Por encima, y también fruto del inagotable arcón, me coloque un vestido algo más ancho que los demás, que disimulaba la impedimenta que llevaba puesta. Lo cierto es que me estaba cambiando más de ropa en aquella aventura que una vedette de revista. Así pertrechada, e intentando caminar de la manera más natural posible para que no se notara la rigidez de mis andares, volví a salir al patio de armas. Según mis instrucciones, Isabel debía de haber cogido mi caballo y mis armas y dejarlos en el último árbol antes de llegar al camino que descendía de la montaña, mientras Guifré distraía a los guardias para evitar preguntas incómodas; en ese encargo me lo encontré, y paseé distraídamente hasta que vi a Isabel escabullirse por el portón y después ir al encuentro de su pareja como la que no quiere la cosa. Había llegado mi momento.

Salí con tranquilidad, sin ser molestada por los guardias: ¿quién se atrevería a interpelar a la poderosa Ermengarda, de la cual, además, aquella excentricidad de salir a pie y sin compañía no era la única que conocían de ella? Además, siempre podía demostrar que era tan imbécil y tan psicópata como cualquier noble medieval o alto cargo del PP del siglo XXI, y alegar que me iba a practicar un poco la movilidad exterior para dejar de ser una ni-ni. Con un poco de suerte los guardias no responderían a la agresión verbal que estaba perpetrando contra toda una generación decepcionada y perdida, y no me lincharan allí mismo, que sería lo único que me merecería en el caso de expresarme de aquella manera… Además, tampoco parecía que fuera a alejarme más allá de un simple paseo…. no obstante, la adrenalina bullía por todo mi organismo: si en aquel momento al comendador se le ocurría asomarse a alguna ventana… aunque tampoco debería extrañarse de mi paseo… entonces ¿qué era aquella comezón que me reconcomía por dentro?

Apenas faltaba unos 20 metros para llegar a donde Isabel había dejado mi caballo, escondido tras las primeros árboles del camino: el animal era lo suficientemente inteligente (más que muchas personas) para comprender que debía quedarse quieto y callado esperándome, pero no dejaba de ser un ser salvaje, y por tanto, imprevisible. El castillo iba quedando atrás con cada uno de mis pasos, y el camino se acercaba, pero a medida que este se hacía visible, la inquietud que sentía crecía exponencialmente, envuelta en un ruido sordo y lejano.

O no tan lejano.

Comprendí que lo que estaba oyendo era el inconfundible atronar de cascos de caballo al galope. Ua par de ellos, calculé, arrastrando lo que a todas luces era un carruaje, a juzgar por los chirridos, crujidos y retumbar de hierros y maderas contra el suelo tras los baches del camino que, poco a poco, se iban haciendo más evidentes. Pensé durante un segundo: si echaba a correr hacia mi caballo, concitaría sin duda la atención de los guardias, que tal vez decidieran que, después de todo, aquella nueva excentricidad de Ermengarda ya colmaba la medida, pero si no lo hacía, aquel carruaje llegaría antes de que yo hubiera cumplido todo el recorrido, y el jaleo que sin duda organizarían haría que el comendador saliera a recibirlos, y entonces mi huida sería, cuanto menos, difícil. Me decidí por la primera opción y eché a correr a toda la velocidad que me lo permitía el hierro que vestía y el vestido de amplias faldas. Pensé que podría conseguirlo. Ya apenas faltaban unos metros… Hasta que una flecha silbó un milímetro más arriba de mi hombro y otras, al parecer disparadas desde muy lejos y por tanto con no demasiada potencia, se clavaron en diversas partes mi cota de malla sin herirme (continuará).

Con Jaume II vivíamos mejor (XI, ánimo que ya acaba)

(viene de) Uno de los vestidos que había encontrado en el famoso baúl de Guillaume era un poco más discreto, y sobre todo, calentito, que el resto: se trataba de un brial de un color púrpura con remates en tonos verdes en las mangas, no tan amplias como los precedentes, y en el cinturón. Vestida con él, llamé a la puerta del aposento del comendador, situado en lo más alto de la Torre del Homenaje, y tras serme indicado que pasara, así lo hice. Había dos mujeres, una de ellas disponiendo diversos enseres por la estancia y recogiendo una bandeja con restos de un banquete, y la otra, ataviada más lujosamente, sentada tranquilamente en la cama. Me echó una ojeada sin mucho interés, como si yo fuera una sirvienta a la que hubiera requerido para que hacer las faenas. Bueno, eso era lo que era yo en realidad, para qué vamos a engañarnos. En mi profesión hay quienes se creen emprendedores y pequeñoburgueses por tener, de alguna manera, negocio propio, pero tal opinión no es más que una trampa fomentada por el poder. No somos más que plebe, y bien orgullosos deberíamos estar de ello. Ay, dónde quedó la conciencia de clase. Se fue, nos la arrebataron con sus mentiras y manipulaciones, y con ella marchó  toda nuestra fuerza. Vamos, que hasta cuando nos dicen que destruir empleo frena la destrucción de empleo nos lo creemos.

-Ah, estás aquí, qué pronto has llegado –me saludó con displicencia. Después, me observó atentamente y con bastante desvergüenza y, al final, clavó sus ojos en los míos, con hiriente desprecio-. Así que tú eres la famosa mercenaria que me ha robado el amor de mi amigo.

Realmente, aquella confesión no era nada noble ni discreta. Y odio que digan que soy famosa: para desgracia mía, solo soy conocida entre la minoría que menos me conviene que me conozca. Pero ella continuó.

-La verdad, resultas decepcionante.

No podía culparla de que pensar así. Si de verdad hubiéramos sido rivales amorosas, como parecía empeñarse en considerar, habría tenido pocas posibilidades contra ella: menos que los votantes de Maduro contra todo el sistema que se opone, con todo tipo de armas, a una Venezuela que construye la justicia social. Al menos, si considerábamos solo la belleza exterior (tampoco es que esté yo muy segura de poseer la otra). Blanca era un soberbio ejemplar de mujer de brillantes rizos negros, ojos nítidamente azules, y larguísimo cuerpo que parecía haber sido dibujado por un historietista vicioso, pues a pesar de su esbeltez no le faltaba volumen en las zonas que así lo requerían: mientras que yo solo era una aragonesa media de pelo y ojos castaños. Afortunadamente todo eso me importaba un puñetero rábano.

-Os equivocáis, señora –no creí que pudiera sacarla fácilmente de su error, pues todo apuntaba que era de talante más bien terco, categórico y obsesivo; pero consideré que era mi deber intentarlo-. Nada tengo que ver con Guillaume, si es a él a quien os referís.

-Ah, ¿pretendes engañarme alegando una falsa virtud? No te saldrá bien tu juego: se dice que eres tan hábil con la espada como ligera de costumbres y dada a ruidosas francachelas entre barriles de vino –contraatacó con rabia.

-Y no pienso negarlo –contesté tranquilamente-, pero da la casualidad que no he tenido deseos ni oportunidad de ejercer esa ligereza de costumbres con Guillaume. Me considero su amiga, sí, pero de la misma manera que lo es Gonzalo, por ejemplo. No olvidéis que ambos somos veteranos de Tierra Santa.

Su rostro se ensombreció. Durante un breve lapso de tiempo, pareció humana.

-Sé a lo que te refieres. La camaradería miliar. Realmente os envidio esa unión.

-Pues no lo hagáis –no me caía bien. En absoluto. Pero por justicia me vi obligada a sacarla de su error-. Nada hay de épico ni de trovadoresco en la guerra, más bien todo lo contrario. No le desearía una experiencia así ni a mi peor enemigo. Es cierto que el afecto que nace entre los que pelean juntos es el único botín valido que se puede sacar de una contienda, pero ni de esta forma se pueden justificar.

Aunque hay cosas peores que la guerra, o tal vez hay otras guerras peores que no se consideran propiamente guerras: el genocidio. El exterminio. Aunque sea a base de la incitación al suicidio. O saber que no valen lo mismo los muertos de Damasco, Kabul o Bagdad que los Nueva York o Boston.

De inmediato, sus ojos volvieron a ser crueles y despectivos.

-Pero estás aquí con él. Eso no puedes negármelo. Y empleando engaños.

-Es cierto. Y me imagino que no querréis hacerle caer en desgracia en su orden revelándolos. Por cierto, me gustaría saber cómo os habéis enterado, si no tenéis inconveniente…

-Dejemos eso ahora –interrumpió-. Vamos, justifícate si puedes.

Yo eché mano de la imaginación.

-Necesitaba un refugio –inventé-. Hay alguien que me persigue. Peleas de taberna, como vos decís. Guillaume me ofreció esconderme aquí haciéndome pasar por su prima: estoy convaleciente de una grave lesión y no es cuestión que vaya por estos caminos peleando y corriendo.

Mi explicación pareció ser de su agrado o, por lo menos, su rostro se relajó.

-Pareces convincente. Si es así, yo puedo ofrecerte un refugio mejor. Un empleo. ¿Te gustaría trabajar para mí?

-¿De qué salario estamos hablando? –contesté inmediatamente. Ella estalló en carcajadas: de nuevo volvió a parecer una persona. Quizá no estaba todo tan perdido con ella.

-¡No tienes pelos en la lengua, muchacha! –exclamó, tras recuperarse.

-Ni monedas en la bolsa. Lo primero suele ser consecuencia de lo segundo.

-Se me conoce por mi generosidad. ¿No quieres saber cuáles son las tares que tendrías que realizar?

-Estoy impaciente, si tenéis a bien decírmelo.

-Algo que podrás realizar rápida y fácilmente, si todo lo que has dicho es cierto. Matar a Guillaume.

Se hizo en silencio en la estancia. La miré atentamente, esperando que estallara en carcajadas de su mal chiste, pero ella, a su vez, aguardaba, grave pero indolente, mi respuesta. Que solo pudo ser una: la única que se merecía.

-Mi señora, siento deciros esto, pero estáis como una puta cabra.

El asombro no dejó actuar a Blanca. Pero su dama de compañía, que había parecido hasta el momento absorta en las tareas domésticas, se me echó encima armada de una jarra.

-¿Cómo te atreves a hablarle así a Doña Blanca? ¡Te voy a desfigurar la cara, desgraciada mercenaria! –sus ojos, empequeñecidos por muchos años de sentimientos negativos, entre los que pude columbrar la envidia y el desprecio por las que eran parecidas a mí (pues, aunque yo no era nadie, estaba segura de que representaba a sus ojos un símbolo de todo aquello que ella no se había atrevido a ser, esto es, libre), me miraban con un odio que aterraba por su magnitud y su escasa oportunidad. Yo detuve su mano y estrellé la jarra contra el suelo.

-¿Tú y cuántas más como tú, enana? –no suelo aludir a los defectos físicos de la gente en mis peleas, aparte de que no contaba yo con una estatura mucho más aventajada que la de ella, pero la verdad es que estaba muy, pero que muy, cabreada-. Imbécil, no te rompo ahora mismo la cara contra esa pared porque sería tan fácil que lo consideraría deshonroso –aplacado ya los ánimos de la subordinada, no sin buenas dosis de sus miradas rabiosas, miré a la señora.

-Déjala, Elvira –se volvió, un poco tarde, hacia la dama de compañía, y luego hacia mí-. Entiendo que esa es una respuesta negativa –me dijo sin inmutarse.

Pensé que había sido demasiado indulgente con ella llamándola “puta cabra”.

-Pero ¿tan mal me he expresado que no habéis captado una sola de mis palabras? ¿O es que tenéis el don de olvidar instantáneamente? Os he dicho que Guillaume es mi amigo, ¿y queréis que lo asesine? Veo que desconocéis todo tipo de escrúpulo, al menos cuando alguien os contraría. Y eso si fuera una asesina a sueldo, que no soy. Alquilo mi brazo armado solo a causas que considero justas, o al menos  moderadamente injustas. Esto es absurdo.

Blanca rodeó la columna de su cama y se sentó al otro lado. Entonces me habló, aunque con la vista en la pared.

-Está bien. Te hecho una oferta y la has rechazado. Has apostado, quizá ganes o quizá pierdas. Pero sea lo que sea, tendrás que asumir las consecuencias de tu decisión. Y ahora retírate.

Yo le hice una irónica reverencia y giré sobre mis talones (continúa).

Con Jaume II vivíamos mejor (X)

(viene de) A veces me sobrecoge pensar en los numerosos y surtidos miedos a los que nos enfrentamos los seres humanos, y en su ocasional absurdidad: en realidad, normalmente son tan ilógicas las cosas a las que tenemos miedo que aquellas que no tememos. Y tal vez, ambas, aliadas, nos convierten en esclavos. Y a veces, además, en seres rastreros.  Aunque a veces esa cobardía de, por ejemplo, odiar y sentirse amenazado por los diferentes, puede ser considerada por otros cobardes miserable como valor y coraje.

Y para muestra un botón: ante mí tenía un veterano de la última Cruzada que había presenciado los horrores más innombrables en el campo de batalla… y ahí lo tenía yo, aterrado ante una frágil mujer (bueno, no tan frágil: la dama en cuestión, si la distancia no me engañaba, me sacaba por lo menos treinta centímetros de altura; no me habría gustado encontrármela en un callejón oscuro un día en que tuviera ganas de pelea).

-Me siento impotente, Eowyn –me confesó Guillaume abiertamente. Realmente debía de estar bien desesperado para sincerarse así-. Ella no acepta un no por respuesta, y yo… no sé cómo más decírselo. ¿Qué puedo hacer?

Yo le observé con los brazos en jarras.

-Pues solo te queda una: actuar como lo has hecho en toda tu vida de soldado y enfrentarte a este problema con valor y la lanza enhiesta –me lanzó una mirada sorprendida y algo escandalizada, y yo comprendí-. No es ese tipo de metáfora el que estaba utilizando, malpensado.

Él echó una mirada a su alrededor, como tratando de inspirarse en la búsqueda de una idea genial, pero al final se encogió de hombros con resignación.

-Tienes razón. No hay otra salida. Lo haré en cuanto llegue el momento. Sabes, me pareció tan hermosa… Solo he visto una mujer más bella en mi vida –fijó sus ojos en mí con intención y yo resoplé, cansada de aquella pantomima- pero Blanca era, desde luego, mucho más accesible. Supongo que, como tú dices, el poder y riquezas de su familia, y la libertad de la que parecía gozar gracias a su padre, contribuyeron bastante. Pero comprendí que aquello no me servía. Detrás de su lindo aspecto, no había nada que pudiera entusiasmarme.

-Pues podías haberte enterado antes, y te habrías ahorrado este lío fenomenal con Jaume –regañé yo.

-No puedo  negarte eso. Pero, en cualquier caso, la temo más a ella que al rey…

-… afortunadamente. Pero espero que eso no sea porque seas monárquico. Nada bueno se saca de ellos

-… pero no lo bastante para impedirme seguir donde lo habíamos dejado.

Fruncí los labios y apoyé la mejilla izquierda en mi puño. Solo que no necesité pensar demasiado.

-Bueno, supongo que hasta que ella no te encuentre o tus compañeros se decidan a buscarte aquí tenemos tiempo. Sí, creo que lo más razonable es que sigamos. Anda, vamos al lío.

Sin embargo, no estaba escrito que aquella mañana se materializara nada de ningún tipo de índole parecida a lo que en aquellos momentos tenía en mente, por designios del destino cruel: sería porque aquella no debía de ser la idea de la sexualidad humana que tenía el obispo de Alcalá y Dios me estaba castigando, je je. De pronto, unos golpes atronadores en la puerta de la alcoba nos hicieron dar un respingo.

-Estás profundamente dormida y no puedes oír nada –me susurró Guillaume al oído. Pero el insoportable estruendo se redobló y por si fuera poco, a él se añadió una voz.

-Eowyn, Guillaume, sé que estáis ahí. Por favor, abrid la puerta, es importante.

Yo estaba empezando a echar más humo que el obrero sobreexplotado de una fábrica de tercera.

-Tiene cojones la cosa –me quejé-. Un día que decido hacer algo fuera del guión, y tiene que venir un gilipollas aguafiestas para arruinarlo –y, dirigiéndome al mameluco que había osado venir a perturbarme, exclamé a voz en grito-. ¡Pasa, maldito seas, la puerta está abierta!

En un santiamén Gonzalo se presentó en el umbral, completamente vestido y pertrechado, y dio unos pasos hacia el centro de la estancia sin dejar de mirarnos alternativamente a Guillaume y a mí. Parecía preocupado.

-Disculpad si he interrumpido algo, pero…

-Solo una amena conversación. ¿Qué demonios es eso tan importante? –interrumpió Guillaume, desmintiendo con el tono y el contenido de la segunda parte de su alocución la primera. Gonzalo contestó, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la ventana.

-Supongo que lo habréis visto…

-Hemos tenido eses dudoso placer. No veo la urgencia por ninguna parte. Si Blanca me reclama, decid que es demasiado pronto para visitas corteses, que me hallo en la cama en brazos de una formidable resaca, y que por tanto nos estoy en condiciones de presentarle mis respetos.  Hala, no sé a qué esperas.

-Me temo que no se trata de eso.

Guillaume enarcó una ceja.

-¿Y entonces? ¡Por la Virgen María, habla de una vez!

-Su primera intención fue verte, desde luego. Pero al parecer el comendador logró convencerla de que no era gentil ni honorable semejante pretensión, al menos hasta que haber roto el ayuno nocturno y esperado hasta una hora más prudencial. Cuando Blanca convino a ello, me instó a acompañarla a sus propios aposentos, y de camino ella me dijo que corriera a buscarte, Eowyn.

A Guillaume se le descompuso el gesto.

-Pero ¿se puede saber por qué quiere verla?

Yo intervine.

-Espera, Guillaume, yo me encargo –y dirigiéndome a Gonzalo-. Pero ¿se puede saber por qué quiere verme? –entonces caí en la cuenta-. Bueno, quiero decir por qué quiere ver a Ermengarda.

Gonzalo negó con la cabeza.

-Ella no habló de Ermengarda en ningún momento. Fue tu propio nombre el que pronunció.

Guillaume me miró con franca inquietud.

-No imaginé ni en la peor de mis pesadillas que los espías del Rey pudieran ser tan hábiles. Los tenía por bastante inútiles. O quizá ella tenga también los suyos propios. Eowyn, no sabes cuánto lamento haberte metido en este lío. Pero que me queme en el infierno sobre mil hogueras si no te quito de encima a esa arpía antes de que vuelva a caer la noche.

Acepté las disculpas del hermano. Después de todo, no tenía la culpa de tener el cerebro situado en un lugar de su anatomía que en absoluto era el cráneo. Dios, o más bien el demonio, así lo había creado, como a buena parte de los de su género.

-En cualquier caso, no tomemos decisiones precipitadas –reflexioné-. Cabe la posibilidad que solo desee una confidente para sus delirios románticos. Lo mejor será que me prepare convenientemente para tan excelsa visita; así que, caballeros, retiraos, que no quisiera trastornar vuestras castas mentes. Tú también, Guillaume (continúa).

Con Jaume II vivíamos mejor (IX)

(viene de) La sorpresa ante lo repentino de su movimiento me dejó, momentáneamente, fuera de combate: pero yo soy como Corea del Norte y siempre estoy preparada tanto para la paz como para la guerra, aunque sea a base de mostrar arsenales nucleares de los que la doble moral vigente me considerará, sin duda, la única poseedora, la instigadora suprema de todos los conflictos. Así que enseguida me repuse y pude, con un movimiento rápido, escabullirme por debajo de su brazo izquierdo, hacerle volverse de nuevo hacia mí estirándole del mismo, y propinarle después, aprovechando el impulso, un tremendo rodillazo en el estómago que le hizo retorcerse sobre sí mismo mientras profería sonoros ayes de dolor.

-Pero ¿se puede saber qué demonios te pasa, Guillaume? ¿Qué se supone que pretendes? –le grité, más estupefacta que preocupada. Él no me respondió, entre otras cosas porque estaba imposibilitado de hacerlo. De hecho, tardó un momento en recobrar el buen uso de sus facultades físicas, aunque cuando lo logró lo hizo con la celeridad de un guepardo: en dos zancadas ya había atravesado la habitación para arribar al lado de la ventana, el lugar al que yo me había retirado para mantenerme a una distancia prudencial hasta que no recobrara la cordura. Por mi parte, di otro salto y me refugié detrás de la columna de la gran cama con dosel, adonde también me siguió.

-¿Podríamos dejar de jugar al gato y al ratón un trato? –solicité con escasa amabilidad-. Esto está comenzando a aburrirme.

-No hasta que te quedes quieta y respondas a mi preguntas –él seguía persiguiéndome por la habitación y yo esquivándole, arrojando cojines, ropa de cama y todo los enseres que juzgué oportunos a mi paso. Podía haber finalizado aquella estupidez de alguna forma más expeditiva, pero no quería hacerle daño: al final, resultaba que no me había equivocado cuando le diagnostiqué estrés post traumático…

-Que yo sepa aún no me has formulado ninguna…

-¡No me has dejado! Lo primero que has hecho es atacarme.

-Ah, claro. Solo Israel y EE.UU. pueden tener arsenal nuclear. Pues bien, mira, me quedo quieta. Pero como se te ocurra ponerme la mano encima te juro que inhabilito como semental. Sabes que puedo hacerlo. Y que no dudaré.

Sin faltar a mi promesa, detuve mi loco errar y me planté, inmóvil, al lado de otra de las columnas. Él se acercó a pocos pasos, más tranquilo. Quise pensar que todo aquello no había sido más que una necesidad de quemar adrenalina por su parte.

-No son disculpas lo que quiero pedir, en realidad –sus pupilas, dilatadas, ardían tanto como el tono de sus susurros, y su respiración agitada no añadía una nota demasiado tranquilizadora al asunto-. Son más bien explicaciones –el volumen de su voz subía amenazadoramente-. Explicaciones de por qué tú y tu amigo os reísteis de mis sentimientos y me dejasteis sufriendo, llorando tu muerte.

Aquello me descolocó. Yo esperaba todo tipo de reivindicaciones derivadas de mi comportamiento en la Encomienda, más que aquella muestra de preocupación injustificada y, por lo propio, ostentosa.

-A mí no me líes –me encogí de hombros-. Hasta donde yo supe, el mensajero partió, aunque después no volviera. Pensé que no te había encontrado y por eso quería mantenerse alejado de nosotros, no fuera que aún se le reclamara la devolución de sus honorarios debido al fracaso –la expresión de su rostro demostraba que me creía menos que cualquier ciudadana o ciudadano mínimamente razonable las excusas del payaso de Feijóo sobre su compañero de juergas narcotraficante y financiador. Sin embargo, contestó:

-Entonces tú también pensaste que había muerto. Y nada hiciste al respecto.

Y ¿qué esperaba que hiciera? Llorar y tirarme de los pelos no iba revivirlo. Destilando decepción por todos sus poros, avanzó de nuevo, aunque esta vez no le rehuí: no lo encontraba peligroso; sin embargo, debo decir que la situación me resultaba todas luces muy incómoda. Dio un largo paso hacia mí y me cogió de los bordes de la camisa.

-He tenido la oportunidad de conocerte bien, condenada muchacha. Por desgracia, en trabajos como el nuestro, eso es peligroso si quieres mantenerte a salvo de perder más amigos, cuando ya has perdido demasiados. Se crean vínculos muy férreos, y no ayuda mucho si además te encuentras que tu compañero de armas es una mujer. Tú tienes este problema resuelto, porque no parece que nada ni nadie te importe demasiado.

Abrí la boca para defenderme de tamaña injusticia, y la cerré al momento: aquello no era tremendamente injusto, solo un poco. No era indultar a los asesinos y condenar a los inocentes, ni mucho menos, no era poner todos las medios para evitar la comparecencia de la imputada Infanta en el juicio de Nóos. Aparte de que aquella reputación de insensibilidad me convenía. Terriblemente: en cuanto más insensible me creyera, más se alejaría de mí. Y eso era muy bueno. Para ambos. No, no iba a permitirme que nada ni nadie me hiciera perder la concentración tan necesaria para mi trabajo y mi vida. Como ya sabéis, hacía tiempo que había elegido a la soledad como única compañera. O tal vez ella me había elegido a mí.

-Pero yo te he tomado cariño –continuó-. A él le pasó lo mismo. Su misión era reclutar personas adecuadas para nuestra causa. Se fijó en ti, no sé por qué razón, y los demás estuvieron de acuerdo: yo, ocupado en otros temas de parecida índole, no cuestioné su decisión. Pero las circunstancias hicieron que tuviera que permanecer más tiempo contigo de lo que estaba previsto, y cuando te dejó, después de aquella aventura en que ambos os cobrasteis en especies lo que os debía vuestro señor, dijo que había cambiado de opinión. Que no quería ponerte en peligro. Que habías llegado a ser para él como una hermana menor a la que sentía que debía proteger. Y no porque creyera que no te bastabas por ti misma perfectamente para cuidarte, sino por su sentimiento de culpa por haberte, de alguna manera, sentenciado a una misión llena de peligros. Pero la decisión ya estaba tomada.

Ahora sí que intenté meter algo de baza, pero él no me lo permitió.

-Entiendo que se sienta culpable, entiendo que te aprecie tanto como yo, entiendo que no entienda mi supuesta traición porque ni yo mismo comprendo cómo pudo vencerme la tentación de tal manera. Verás, yo no soy más que un segundón al cual no le sirve de nada la gloria y el linaje de su familia; quería dinero y poder propio, y pertenecer a la Orden fue la única alternativa viable que se me presentó en su momento. Pero, aunque he llegado a estar de acuerdo con sus altos fines, a veces me atenaza la frustración de que mi cargo dentro de ella, por muy importante que sea, no me permite llevar la vida que siempre he deseado vivir. Sin embargo,  no entiendo por qué ha sido tan cruel en su venganza, y más sabiendo de mi arrepentimiento y comprendiendo que, por diversas razones, es mejor que sea yo, y no él, quien custodie el objeto. Él conoce mi corazón: sabía que iba a llorarte, y aun así dejó que pensara que habías muerto.

Aquella sinceridad inesperada en Guillaume me conmovió. O al menos, me habría conmovido si yo lo hubiera permitido.

-Y entiendo que te sientas contrariada porque no conteste a tus preguntas. Pero quiero que sepas que esos secretos no me pertenecen. Por eso no puedo contestarte: esos secretos son, exclusivamente –y remarcó sus palabras- DE ÉL. Los míos los vas a conocer enseguida.

-Creo que puedo hacerme una ligera idea –pude intervenir por fin yo-. Al parecer el rey Jaume tiene una amante. Es algo muy común, aunque en el siglo XXI les haya cogido por sorpresa; parece mentira cómo un pueblo puede olvidar lo que es en esencia la monarquía tan solo después de unas cuantas décadas. Igual que quieren olvidemos a los muertos, so pena de ser procesados, a los muertos que yacen desperdigados en las cunetas y que ni tuvieron justicia ni tienen paz.  Pero, siguiendo con la historia, creo que esa amante es alguien muy importante. Y que está con nuestro amantísimo monarca por obligación e intereses, pero quien en realidad le gusta eres tú. Lo que demuestra que el criterio de la dama no está entre los más sabios, pero cada uno que lleve su cruz como bien sepa. Creo, también, que tú le has alabado el gusto, ya sea por su belleza, ya sea por su poder y sus riquezas, ya sea por ambas cosas. Y que el Rey sospecha algo y te ha hecho seguir. Tú mataste al espía que pudo introducirse en el pasadizo de la encomienda de Barcelona, y probablemente había otros dos que me siguieron a mí y fueron los causantes de mi herida… Sí, he conseguido sacárselo a Gonzalo durante la cena, sospechaba que me ocultaba algo y aún así no estoy tranquila del todo. Y no te preocupes, no voy a culparte de ello.

Guillaume parecía terriblemente contrito. Me dio la espalda y se sentó en la cama, con la cabeza apoyada en las manos, sin mirarme. Todo aquello era muy extraño: nunca podría haberme imaginado a Guillaume actuando de semejante manera, y eso que creía conocerle bien. Y tampoco entendía que yo hubiera podido inspirarle ningún sentimiento, por nimio o inocente que fuera. Se equivocaba conmigo, y no con respecto a mi insensibilidad.

Y, sin embargo, algo se me removía en el interior cuando le veía así: me temo que siempre he sido una persona excesivamente empática. Me acerqué a él.

-No hice nada de lo que tenga que culparme, Guillaume. Aunque me apena verte así: sí, a pesar de mi supuesto vacío emocional. Tienes razón, hemos perdido a demasiados amigos: yo decidí hace tiempo que tenía que dejar de pensar en ellos. Pero al menos, no perdamos la oportunidad que hoy se nos ofrece; tal vez nos ayude a sobrellevar mejor la muerte del otro, si esta es inevitable.

Levantó la cabeza hacia mí, con desconcierto y una luz de esperanza. Yo le tendí la mano; una sombra pasó por mi cerebro, la duda de si todo aquello no se trataría de alguna trampa perpetrada por Guillaume con no se sabe qué siniestros fines, pero a pesar de todo seguí adelante. Comenzaba a amanecer y ambos habíamos ignorado soberanamente la llamada a las oraciones nocturnas. Pero no pudimos ignorar lo que iba a acontecer en breve.

De repente, un ruido de mil demonios alcanzó cotas insostenibles desde el patio de armas. Cascos de caballos, de un verdadero batallón de caballos tal como me pareció, el chirrido de las ruedas de un carruaje pesado, el apresurado desatrancar del portón, entrechocar de armas… Y una voz femenina gritando como una auténtica participante de Gandía Shore que hubiera viajado en el tiempo. Guillame intentó impedirme que fuera a averiguar cuál era el motivo del jaleo, pero pronto se convenció que no podíamos mantenernos ajenos. Ocultos tras las ventanas, atisbamos el desembarco de una nutrida y pomposa comitiva, y la figura imponente de una mujer alta y vestida con lujo asiático, que impartía órdenes a diestro y siniestro y a la que el comendador, en camisa, manto y pelos de punta, parecía esforzarse en vano en explicar algo.

Guillaume retiró los ojos de la escena para posarlos en mí. Estaba pálido.

-Es ella –aseveró. (continúa)

Con Jaume II vivíamos mejor (VIII)

(viene de) Me diréis, tal vez con razón, que soy demasiado fantasiosa, o incluso conspiranoica. Que una simple mirada de temor, por muy inapropiado que sea el contexto o el receptor, no tienen por qué hacerme pensar en traiciones de todo tipo, lo mismo que el hecho de que medios de comunicación de (teóricamente) opuesto signo político se conjuren en defenestrar sus antes más protegidos iconos, la monarquía y el PP, no debe de significar que se esté cociendo algo de dimensiones bíblicas en las más pringosas y escondidas trastiendas del poder. Y probablemente tengáis razón. Pero dando un voto de confianza con patente de corso no se consigue nada, así que prefiero desconfiar por norma y pediros a vosotros, los que tenéis el poder de prevenir algo, que estéis atentos, por favor. Si es que hay alguien al otro lado, cosa que en realidad dudo mucho.

Además, y volviendo al tema que nos ocupa, mi opinión respecto a Guillaume era mudable como la brisa de primavera, como suelen decir que son siempre las ideas femeninas, je je. Pero mis apreciaciones no hacían más que seguir la deriva de su comportamiento, y este no podía ser más errático. No obstante, como no tenía sentido que siguiera haciendo cábalas al respecto hasta disponer de más información, le dejé que me acompañará hasta mi habitación (situada en una dependencia convenientemente alejada del edificio principal, para que la castidad de los monjes no se viera perturbado por la diabólica tentación de la carne), en donde me dejó sin pronunciar una palabra más. Mejor: ya le había escuchado bastante por aquel día. En la estancia, austera y confortable, me esperaba Isabel, entretenida en echar hierbas y esencias aromáticas en una gran tina de madera llena de agua humeante.

-¡Hasta te han preparado el baño y todo! –me recibió-. Es evidente que tu Guillaume tiene mucho crédito aquí.

Quise creer que al emplear aquel posesivo se refería a mi supuesta relación familiar con el freire, y pensé que era más convenientemente evitar realizar cualquier comentario al respecto.

-Pues disfrútalo tú –la ofrecí-. Yo ya me he bañado en el río y sabes que no me gusta compartir los baños.

-Tonterías que traes de esa época de la siempre hablas. Pero no te preocupes. Creo que Guifré tiene planes mejores para los dos –me guiñó un ojo.

Me fingí escandalizada.

-Te vas a meter en un buen lío, Isabel –la reconvine-. Además, no sé cómo puedes inspirarte en un lugar como este. A mí se me cortaría el rollo, con tanto beato y tanto rezo.

Ella negó con la cabeza, muy segura.

-No te preocupes. Sabemos lo que hacemos y cuándo debemos hacerlo. Está todo controlado –se dirigió hacia la puerta-. Te dejo sola, para que te bañes tranquila: detrás de la cama está el famoso baúl de tu “padre” con más vestidos antiguos de esos que parecen gustarle tanto a Guillaume. Ah, y Gonzalo me ha pedido que te comente que después te explicará la nueva estrategia. Por cierto, ¿cómo te ha ido con el comendador? ¿Qué quería?

Bufé.

-Solo puedo decirte que me alegro de no llevar la espada conmigo. Porque la decapitación de un alto mando templario no creo que estuviera muy bien vista por mis jefes. Aunque probablemente no llegara a hacerlo: la gente importante suele estar bien protegida incluso cuando atenta contra la dignidad de las mujeres, y normalmente puede seguir con su vida e incluso adquirir aún más poder, incluso cuando todo el mundo reconoce su culpabilidad; mientras que sus víctimas tienen que largarse por patas.

Aunque ella no comprendió del todo, captó lo suficiente.

-Menos mal que no tienes que casarte de verdad. Porque ese hombre tiene aspecto de ser capaz de ir a buscar a tu futuro marido a Perpignan y desposaros él mismo si hace falta. Bueno, nos vemos en la cena –Isabel se marchó, mientras yo pensaba que cada vez me parecía menos divertida la pantomima que me veía obliga a realizar, y en las ganas que tenía de comenzar a repartir hostias. Indiscriminadamente.

La cena me sorprendió. Agradablemente, para variar. Nada de lecturas en voz alta de temas devotos ni silencio impuesto: en deferencia a la noble Ermengarda y a su dama de compañía, sobre la cual la gran señora había advertido que tenía que ser tratada con tanto respeto como ella misma, el ágape se llevó a cabo entre conversaciones amenas, historias y hasta risas; los jodidos hermanos sabían ser buenos compañeros cuando querían, eso tenía que reconocérselo. Yo me inhibí de relatar alguna de las anécdotas más procaces que había aprendido por esos caminos y esa batallas de Dios o del diablo, pero no me molesté en fingir ruborizarme ante otras, no menos licenciosas, que salieron a colación, sino más bien me reí con ganas (aunque guardando la debida corrección en la mesa adecuada a mi elevado rango), mientras observaba alborozada los esfuerzos de Guillaume por explicar al comendador, que mantenía una severa y aburrida cara de palo, que mi aparente desenvoltura se debía a que yo tenía muchos hermanos mayores, a lo que el otro le respondió que recordaba haberle oído decir que Ermengarda solo tenía hermanas pequeñas, viéndose mi colega obligado a contestar que esa no era la prima Ermengarda, sino la prima Teovigilda (o algo así). Las miradas con que me obsequiaba el mandamás de la encomienda me hicieron comprender que empezaba a pensar que mis muchas tierras y posesiones no eran premio suficiente para el desgraciado al que se le ocurriera pedir mi mano. Está visto que no soy lo suficientemente femenina.

Eso sí, nadie me libró de asistir a la posterior misa de completas, que pude seguir sin demasiado bostezos, o al menos sin demasiados bostezos excesivamente notorios, y una vez libre me encaminé a los aposentos que se me habían asignado, con Isabel perdida en algún punto entre la capilla y el edificio principal. En cuanto llegué me libré del traje, más que medieval, prerrafaelista, que decía mucho acerca del gusto en cuanto a féminas de Guillaume, criterios donde me alegraba de no encajar, no sin antes sacar de las profundidades del mismo unas impresiones que me había traído de mi última visita al siglo XXI, y que enumeraban pruebas fehacientes de las muertes ocasionada por las políticas antisociales en la España de 2013; no era un tema placentero, pero sí necesario, y en la comodidad de aquel dormitorio quería esforzarme por sacudirme el egoísmo y no olvidar a quienes se veían obligados a dormir en la intemperie o esperar en atestados y alejados ambulatorios una atención médica que tal vez no llegaría a tiempo. Pero aquel propósito con pretensiones solidarias a la luz de la vela se vio turbado creo que no mucho tiempo después por unos golpes en la puerta. Pensando que algo había arruinado el plan de Isabel y Guifré, di mi permiso para que pasara mi amiga; pero no fue Isabel la que entró, a menos que hubiera ganado unos centímetros, cambiado de sexo y vestido el hábito del Temple desde la última vez que la vi.

-¡Maldita seas, Eowyn! ¿Es que quieres arruinar mi vida? ¿No es suficiente con todo lo que me has hecho ya? Hablé con Gonzalo antes de cenar, mi intención era pedirte disculpas pero ¿cómo lo hago, si siempre me das un nuevo motivo para enfadarme? ¡Tú y ese malnacido que escolta tus pasos!

Con esas amables palabras me saludó Guillaume. Pero lo peor no fue eso, sino que, acto seguido, me cogió en vilo, me sacó de la cama y me empujó contra la pared. Como todos los verdugos, se creía una víctima con derecho a defenderse, a quien encima teníamos que tratar todos con buen rollito a pesar de sus intenciones, realmente, no parecían demasiado inofensivas (continúa).

Con Jaume II vivíamos mejor (VII)

(viene de) La verdad, no me precio de ser demasiado sensitiva. El hecho de vivir a contracorriente, granjeándome la enemistad, incluso el odio descarnado, de aquellos a quienes se les ha enseñado que esa reacción es la única respuesta contra los que son diferentes (hasta el punto de que, dominados por el miedo, se convencen a sí mismos de que los otros no merecen vivir, una actitud que, como sabéis todos y todas las que me leéis, suele aparecer como cobarde defensa en momentos difíciles como el que estáis viviendo), me ha convertido en alguien demasiado apegado a la Tierra: a las variaciones de sus estaciones, que aún tengo la suerte de disfrutar en este siglo XIII en el que el capitalismo aún no ha acabado con ellas llevándose por delante a los pueblos que las respetan, a cualquier cambio en el viento o en los sonidos de la naturaleza que me descubra un posible peligro… y, por qué no, a los rudos placeres de una persona que ha elegido el negocio de las armas como forma de vida, tal vez porque no servía para nada más… Sirva esta introducción para explicar que, a pesar de que he decidido no trascender las lecturas que me aportan mis cinco sentidos, en cuanto entré en aquel recinto tuve la sensación de que allí se cocía algo, y que no era la sabrosísima escudella catalana que los cocineros estaban preparando con esmero como avisaba el delicioso aroma que venía de la cocina, y que pronto habría de degustar. Un escalofrío recorrió mi espinazo, y Guillaume debió de notarlo, o quizá es que estaba tan escamado como yo. Se acercó en el momento en que yo descabalgaba y le cedía mi montura a un atento cadete.

-¿Qué sucede? –susurró.

Parecía haber agotado su resentimiento hacia mí en los últimos momentos: tal vez mi patente incomodidad dentro del vaporoso vestido que me había prácticamente obligado a vestir le enternecía. O tal vez fuera que mi ataque frontal contra su masculinidad le había dejado más dócil que un corderito: esperaba que fuera lo segundo.

-Hay algo raro en este ambiente –contesté-. Todas mis cicatrices están comenzando a rabiar como si les hubieran echado pimienta picante por encima.

Me miró con gravedad: perpleja, me di cuenta de que me estaba dando más credibilidad de la que nunca pensé que le inspiraría. Siempre me sorprendo que cuando descubro que alguien me respeta, quizá porque yo no puedo inspirarme ese sentimiento a mí misma.

-Mantente ojo avizor –me soltó rápidamente. Después se volvió al comendador con una orgullosa aunque cordial sonrisa.

-Señor –le explicó-, creo que la dama Ermengarda y yo podemos aplazar las cuestiones prácticas para conversar con vos, si es necesario. Después podremos entregarnos al descanso, la comida, la devoción y el sueño con más libertad.

El rígido comendador le dirigió una mirada poco amistosa. Por lo que yo creía entender, aunque me hago un lío monumental con los mandos del temple, el rango de Guillaume era superior, bastante superior, al suyo, pero, amparándose en su mayor edad, le trataba como al jovenzuelo que ya había dejado de ser sin mostrar una pizca de deferencia, y mi controvertido colega en aquella surrealista misión, por alguna extraña razón, lo aceptaba con humidad.

-Está bien –respondió al final-. Si vosotros podéis retrasar el solaz, yo también. Seguidme a la sala capitular.

Sintiéndonos un poco, al menos yo, como niños cogidos en falta que se encaminan al despacho del director para una buena reprimenda, influenciados por su actitud, así lo hicimos. Yo miraba, mientras tanto, a mi alrededor, al despliegue de actividad que me rodeaba y a las numerosas construcciones que se levantaban en el recinto, hasta hacerlo asemejarse a una ciudad en miniatura: era la primera vez que visitaba Gardeny, al menos aquel Gardeny, aunque es cierto que ya conocía la ruina, hermosamente rehabilitada, eso sí, que sería en el siglo XXI. El problema de esto de vivir en dos épocas al mismo tiempo son las comparaciones, en las que el siglo XXI, todo y sus ventajas, que no voy a dejar de reconocerle (¿o sí?), siempre sale perdiendo: las imágenes de la decadencia futura, o pasada, pues mi particular situación me hace en ocasiones pensar en el futuro como si fuera pasado y en el pasado como si fuera futuro, en mi vida todo se mezcla en confuso montón, de aquel enclave se superponían a su vitalidad actual. Se me hizo un nudo en la garganta y respiré profundamente. Guillaume se volvió  levemente hacia mí, sin dejar de caminar, y murmuró, adivinando mis pensamientos:

-¿Tanto cambiará?

Yo asentí.

-Es ley de vida, Guillaume –añadí, encogiéndome de hombros-. Nosotros también cambiaremos. Dentro de no mucho tiempo, si es que sobrevivimos, ya no seremos capaces de aguantar nuestra espada, por no decir otras cosas. Claro que eso no significa que tenga que gustarnos. Aparte de que tampoco es muy agradable si además nos roban a mano armada el dinero que hemos cotizado durante toda nuestra dura vida laboral para vivir una digna vejez y dar de comer a nuestros hijos y nietos desahuciados y parados.

-Carpe diem, entonces –contestó él. El comendador se volvió y nos asaetó con los ojos: evidentemente, si hubiera nacido siete siglos más tarde hubiera trabajado de director de colegio. Preferiblemente privado y religioso. Probablemente hasta del Opus. Esperé un momento antes de responder a mi colega.

-Lo estamos haciendo. Al menos, de alguna manera. De la mejor manera, diría yo.

Pero ya llegábamos a nuestro destino. El comendador nos hizo pasar y nos instó a tomar asiento en los labrados bancos de oscura madera, frente a él. Sin más preámbulos, nos espetó, mejor dicho, a mí, que por ser mujer soy la culpable de todos los males del mundo:

-He accedido a hospedaros aquí, dama Ermengarda, gracias al afecto que siento por vuestro primo y a su probada fidelidad hacia la orden –y no estaba siendo irónico–. Pero personalmente desapruebo vuestra decisión, y mucho más el haber hecho cómplice de la misma a Guillaume. Una hija debe obediencia a su padre, y si él considera este matrimonio lo mejor para proteger y rentabilizar vuestras tierras y a vos misma –yo misma, ¿en cuanto a “proteger” o a “rentabilizar”?– debéis acatar sus órdenes. Además, sois aún joven. La mejor manera de honrar la memoria de vuestro difunto esposo, que dio su vida en San Juan de Acre por la Cristiandad, es cumplir con vuestro deber de mujer noble y traer hijos al mundo que preserven el legado de vuestra sangre.

Hasta aquí, todo normal: lo peor no es que una tenga que escuchar estas cosas en el siglo XIII; lo verdaderamente terrible es que continúes escuchándolas en el XXI. Y prácticamente con las mismas palabras. Yo incliné la cabeza en una demostración de sumisión que hasta me asombró a mí misma.

-No os preocupéis, señor. El único motivo que impulsó mi escapada fue la rapidez que mi padre exigía para el enlace. No me opongo a su decisión, solo necesito un poco más de tiempo para llorar a mi finado esposo, por el que sentía un gran cariño. Después de que hayan transcurrido un par de semanas me sentiré totalmente preparada para mi cumplir con mi destino de fémina, amar a mi futuro marido aunque sea con lágrimas en los ojos, y acoger a todos los hijos habido en nuestra unión, que espero sean por lo menos 15, como lo que son, un don de Dios.

Guillaume me pegó un disimulado codazo que a punto estuvo de taladrarme los riñones. Pero el desconocimiento del comendador de lo que se cobijaba detrás de mis palabras, amén de la expresión de absoluta y cándida inocencia impresa en mi rostro, le hizo darlas por sinceras, aunque he de decir que no se abstuvo de enviar una suspicaz repasada visual contra mí, contra Guillaume, y después otra vez contra mí. Sin embargo, no tuvo más remedio que contestar:

-Pues que así sea, entonces. Guillaume, tened la bondad de acompañar a vuestra prima a sus aposentos, donde sin duda la esperará ya su dama de compañía –¡pobre Isabel!–. Disfrutad entonces de vuestra estancia entre nosotros y aprovechad para encontrad consuelo de vuestro pesar en el Altísimo.

Yo incliné, dócil, la cabeza, y me dispuse a salir de allí.

-Pensaba que, a pesar de vuestra insoportable beatería, vosotros eráis más abiertos –le reproché a Guillaume una vez estuvimos a una prudencial distancia.

-Por poco consigues que nos descubran –me reconvino él, a su vez.

-Es que me lo puso a huevo –me defendí, encogiéndome de hombros-. Era imposible evitarlo. Bueno, la ventaja de todo esto es que aquí al menos se me tratará un poco bien, atendiendo a mi supuesta alta alcurnia. Estoy harta de comer sobras y tener que hacer todo el marujeo, además de arriesgar la vida por tu absurda misión.

Él parecía indignado.

-Sabes que no ha sido así. Siempre me preocupé de que tuvieras de todo. No te expresas con justicia. Además, no entiendo cómo a veces puedes ser tan frívola.

-Fácil es para ti decirlo, cuando nunca te ha faltado de nada. Yo no soy frívola: sencillamente, disfruto del momento. Es algo que una aprende cuando no sabe cuándo volverá a comer, dormir, o bañarse. Así de sencillo. Y de dramático.

Estábamos en mitad del corredor que conducía del edificio principal a la capilla. Sin darnos cuenta, nos habíamos detenido, en mitad de un nuevo acceso mutuo de creciente cólera. No sé qué lindezas hubiéramos intercambiado en ese momento, estando la relación de camaradería entre nosotros tan deteriorada, si en aquel momento no nos hubiéramos topado con Gonzalo, que al parecer se dirigía a buscarnos. Pero algo en nuestra actitud le hizo detenerse, después de que una sombra de inquietud se transparentara en su expresión, y sencillamente volver por donde había venido sin dirigirnos la palabra. La interrupción sirvió para calmar la agitación de Guillaume, y para darme a mí algo diferente qué pensar. O tal vez no.

Porque en los ojos de Gonzalo me había parecido ver temor cuando se encontraron con los de Guillaume. Un temor cerval. Y yo solo podía imaginarme algo a lo que un fiel hasta la médula monje guerrero harto de batallar en Tierra Santa, donde había presenciado allí los peores horrores bélicos, pudiera temer bajo los dominios de la más o menos pacificada (de momento) Corona de Aragón; además de al aburrimiento, claro. Que hubiera averiguado que la fe inconmovible en su admirado referente tenía en realidad buenos motivos para quebrarse.

¿Y si Guillaume no era quien creían sus hombres? (continúa)

Con Jaume II vivíamos mejor (VI)

(viene de) Aún faltaban más de de dos horas para la puesta del sol, y ya entreveíamos en lo alto del cerro la torre de Gardeny. Hicimos una breve parada para recobrar fuerzas y comer algunas viandas, y  yo devoré mi parte con fruición, pues me convenía recuperar las fuerzas que la consunción de la fiebre me había arrebatado y volver a estar cien por cien operativa, por lo que pudiera sobrevenir. Guillaume, que no se había dignado a mirarme ni a dirigirme la palabra en todo el trayecto, sorpresivamente retiró la mirada de la pequeña hoguera que habíamos prendido para no sucumbir a los rigores del invierno leridano, y la dirigió hacia mí, que me había sentado a la sombra de un árbol, algo apartada del grupo.

-He pensado, mi querida Ermengarda –se me hacía desagradable oírme llamar por un nombre de sonido tan poco armónico; creo que arrugué la nariz y todo- que somos numerosos caballeros para protegerte, a ti y a tu noble amiga, y que no es necesario que continúes llevando esas armas y esas ropas masculinas. ¿Qué tal si aprovechas este descanso para cambiarlas, y así puedes entrar en nuestro castillo en todo el esplendor de tu belleza? –yo le ojeé atentamente para descubrir en su rostro alguna mueca irónica. Pero el pobre incauto hablaba con la mayor seriedad-. Los templarios hemos hecho voto de castidad, pero nada nos impide recrear la vista con la sagrada obra de Dios cuando ella se muestra ante nosotros con los vivos colores de la Creación; y tenemos tan pocas oportunidades de hacerlo que apreciamos sobremanera cualquiera que se presente. ¿Qué me dices?

¿Voto de castidad? Por poco me tragué un hueso de pollo por la sorpresa.  Oír a Guillaume hablar de castidad es como escucharme a mí proclamar las virtudes de la abstinencia alcohólica.  O como sentir decir a un Papa con historial de connivencia con las peores dictaduras latinoamericanas y con sus crímenes, mientras lava pies, que busca colaboradores dotados de compromiso y agitación social. Cuanto más, inverosímil, cuanto menos, sospechosamente inquietante. No es que me parezca mal, desde luego (me refiero a la falta de castidad, claro), más bien todo lo contrario, pero mi sospechoso aliado no tenía necesidad de proclamarlo a voz en grito, nadie le había pedido su mentirosa opinión al respecto. ¿Qué pretendía ahora ese grandísimo cabrón? Aunque comenzaba a albergar una cierta sospecha.

-Es una buena idea, mi señor primo. Lamentablemente con el apresuramiento de la salida dejé mis ropas en la encomienda, y…

-Pero puedo prestarte las mías, Ermengarda –intervino Isabel, risueña. Yo le hice un disimulado gesto de decapitación-. Somos casi del mismo tamaño, tan solo habría que recoger un poco las faldas para que no arrastraran por el suelo. Ya sé que no son las prendas de una dama, pero…

Y bien: ¿aquello no era una conspiración colectiva?

-Ni siquiera eso será necesario, Isabel. Tu padre –volvió a dirigirse a mí- me mandó un baúl con una criado para que no te faltara nada que ponerte, conocedor de lo amante que eres de las telas de calidad –su boca se ladeó en un rictus sarcástico: el muy hijo de puta se estaba divirtiendo como un enano a mi costa-. Llevo una muda en una bolsa de terciopelo dentro de mis alforjas. Venga, cógela y ve a vestirte, que estoy deseoso de verte tan hermosa como en los dulces días de nuestra infancia.

Al parecer, me quedaba poca escapatoria. Así que incliné humilde y obedientemente la cabeza en señal de asentimiento, pensando con glotonería en cómo me desquitaría después, y me dirigí al caballo de mi supuesto primito.

-Pero antes me daré un buen baño en el río –advertí-. Sabes, querido Guillaume, que odio cambiarme de ropa sin estar perfectamente limpia. Intentaré que eso no nos retrase demasiado –bueno, si eso era lo que quería, le atizaría con su propias armas.

Guillaume se mostró contrariado por un segundo, pero su rostro adoptó de nuevo una expresión imperturbable: estábamos en tablas, y ya se preparaba para el siguiente asalto.

-No sé donde vamos a ir a parar –le oí quejarse ante su gente mientras nos alejábamos-: las mujeres cada vez se obsesionan más con esta absurda moda de lavarse a todas horas, cosa que, aunque realizada con moderación no sería tan perjudicial a pesar de ser una perversa costumbre sarracena, llevada hasta tales extremos no puede ser en absoluto buena para la salud –a Guillaume le gustaba envanecerse de su aversión a la higiene, cuando era casi tan seguidor de las “perversas costumbres sarracenas” como yo. Claro que ¿qué más daba eso?  Nadie necesita higiene si puede conseguir que le saquen de las listas de espera de las operaciones, y otras sanitarias prebendas a base de repartir sobres, como han hecho los nobles adinerados como él en todos los tiempos, mientras los enfermos de cáncer que deben acogerse a la Sanidad pública esperan su tratamiento. Los pobres tenemos que morir para que los ricos vivan, el capitalismo es canibalismo de ricos contra pobres, de Norte contra Sur, de ambiciosos contra mansos de corazón…

*     *     *

-¡Si te viera Sancho ahora! –dijo Isabel cuando acabó de ayudarme a disfrazarme.

Yo fruncí el ceño. Lo que menos me preocupaba ahora era pensar en la impresión que podría producir en el caballero leonés, cuyo recuerdo hacía mucho que había desaparecido de mi mente empujado por demasiadas vivencias posteriores. Estaba muy, pero que muy cabreada: el vestido en cuestión era lo menos adecuado del mundo a una travesía a caballo, y menos si durante la misma se producían esas complicaciones con las que siempre acabo por encontrarme. Se trataba de un brial blanco de seda (o eso supongo; no estoy muy versada en tipos de tejido), bonito, todo hay que decirlo, pero algo pasado de moda, bastante fino (con lo que agradecí que Guillaume hubiera tenido el detalle de adjuntar al paquete una camisa de lana bastante calentita), con bordados dorados que se enganchaban en todas partes, mangas acampanadas que dudaba que me dejaran sostener las riendas convenientemente, y fruncidos en la cintura que en ningún caso me dejarían echar mano de mi espada con la celeridad que se suele requerir en esos casos. Y por si fuera poco, para sujetarme el pelo no había más que una diadema; lo único que me consolaba es que, afortunadamente, el trayecto sería corto. Así que, de aquella guisa, abrigada en un manto de terciopelo rojo y forro blanco de armiño que debía de haberle costado un pastón a mi supuesto pariente (el muy hijo de su madre no había reparado en gastos para humillarme, hay que ver los liberales que son los poderosos cuando se trata de hundir a sus adversarios: solo esperaba que no pidiera, como un tal Rosell en el siglo XXI, cuentas a mi salario diciendo que era la única alternativa paral arreglar el desaguisado y sin mencionar cualquier eventual recorte en el suyo), y calzada con mis botas pues los preciosos zapatitos de tela que también se hallaba en la bolsa ya me habían parecido excesivos, salí del macizo de árboles que rodeaba el río seguida de Isabel, que no podía contener su hilaridad al observar mi malhumor.

Los caballeros casi se pusieron de pie al verme: desde luego, el cambio de imagen había sido radical. Y también extraño, incómodo y nada reconfortante.

-Vaya, E… Ermengarda, ¡estás increíble! Estaba seguro que  ganarías con este atuendo–exclamó Gonzalo: no me extrañaba aquella reacción. El templario sevillano era un amante de la moda femenina, y recordaba cómo en el barco me había preguntado un par de veces qué tenía en contra de vestir acorde a mi sexo. Como si no pudiera imaginarse la escasa compatibilidad que existe entre repartir mandobles y vestir de seda y oro. Bueno, era hombre, qué le vamos a hacer.

-Con todos mis respetos –opinó Guifré a su vez-, yo estaba acostumbrado a verla con sus armas, y este cambio se me hace un poco… no sé… raro…

-Tonterías –zanjó Guillaume-. Está perfecta. Mi querida Ermengarda, no sabes los buenos recuerdos que me trae ese vestido. De tiempos más felices, bellos y tranquilos.

Dominado por la supuesta nostalgia, se acercó a mí y me dio un virtuoso y fraternal beso en la mejilla. Yo aproveché la cercanía para atizarle un buen puñetazo en los huevos. Sus hombres interpretaron que sus labios apretados y la expresión de dolor en sus ojos entrecerrados era consecuencia de la emoción de las remembranzas, y a alguno se le escapó asimismo una lagrimilla ante la supuesta escena familiar conmovedora. Pero Guillaume se recuperó enseguida y, esbozando una sonrisa irónica, hizo un gesto de apremio a toda la comitiva.

Coronamos Gardeny cuando empezaba a caer la noche. Guillaume había enviado a uno de sus acólitos a prevenirles de nuestra llegada, y ya una nutrida delegación de sus habitantes nos estaban esperando en el patio exterior del castillo, al que accedimos por el portón abierto. Un hombre no muy alto pero sí robusto, de adusto semblante y en los últimos años de la cuarentena, se adelantó con aire de autoridad. Imaginé que era el comendador.

-Bienvenidos seáis, Guillaume, Ermengarda y acompañantes. En cuanto descabalguéis, seréis conducidos a vuestros aposentos donde podréis asearos y poneos cómodos antes de la cena y la ceremonia de completas –otra misa. Joder, no había manera de quitárselas de encima-. Después –nos lanzó una mirada de desaprobación general a mí y a Guillaume- espero que tengáis un momento para mantener una conversación conmigo.

Y, después de apuñalarnos con los ojos tal como si nos hubiera pillado haciendo un escrache ante la casa de Madrid de un político que cobra dietas porque en realidad no tiene casa en Madrid, o mediando en un desahucio al igual que si fuéramos etarras, nos dio la espalda y entró en el castillo. De pronto, comprendí que el afán de Guillaume de disfrazarme al menos esta vez no había sido un capricho ni una venganza. (continúa).

Con Jaume II vivíamos mejor (V)

(viene de) -Bueno –arguyó Isabel con sabia resignación-, lo importante es que está vivo: al menos de la locura se puede sanar.

En aquel momento, uno de los caballeros se quedó atrás a propósito para cabalgar en paralelo a mí. Le reconocí en seguida: era uno de los integrantes de la tropa original de Guillaume, aquellos fieles hermanos que conocí en Siria y con los que tuve oportunidad de hablar en la embarcación que nos condujo hasta Chipre, que le siguieron incluso en su traición y que, según me contó, habían sido reintegrados también a la Orden y ahora se hallaban desperdigados por diversas encomiendas.

-Me alegro de volver a verte, Eowyn –dijo con ligero acento del Sur de la península-. ¿Me recuerdas?

Yo miré su barba algo más recortada que antaño, y los mechones de cabellos que se escapaban de su yelmo, ligeramente más largos que lo que requería la Orden y que recordaba siempre un poco grasientos, aunque me constaba que se bañaba regularmente. Se trataba de un caballero procedente de Sevilla, de la misma edad que Guillaume y tal vez su mejor amigo después de aquel al que engañó y robó, por muy honorables que hubieran acabado siendo esas acciones, cosa que de la que yo aún dudaba. Pero la política hace extraños compañeros de cama, y el afán poder aún más, y un buen ejemplo lo tenéis en los que ha sucedido en los primeros años de la década de 2010 en los partidos comunistas de Andalucía y Cataluña. Ahora te has deslizado hasta la primera posición, pensé tristemente

-Claro que sí, Gonzalo –él me dirigió una sonrisa de dientes sanos, aunque grandes y demasiado prominentes-. Yo también me alegro.

Me miraba expectante con sus ojos algo saltones: estaba claro que deseaba decirme algo, y al final lo hizo.

-Tienes que seguirle la corriente en todo –me advirtió-. Te lo digo por tu bien.

-Pero ¿tan peligroso es? –le interrogué, espantada.

Me miró con humor.

-No, hombre, no. ¿Creías que había enloquecido Tal vez haya estado cerca de ello en algunos momentos, pero puedo asegurarte que está perfectamente cuerdo…

-¿… y entonces?

-Lo que sucede es que debido a las circunstancia ha tenido que cambiar la historia que te servía como excusa para entrar en Gardeny.

Vaya. Otro conjurado de la plana menor. A este paso lo difícil no iba a ser guardar el secreto, sino encontrar a alguien que no lo conociera.

-Curiosamente, yo tuve que hacer lo mismo. Pero ¿quieres decir que fue por culpa de…?

-¿Tu desaparición? –terminó él-. Sí, exactamente por eso.

¿Por qué se empeñaban en llamarla desaparición? ¿Es que no eran capaces de entender nada?

-Cuéntamelo todo –supliqué-. Yo te explicaré asimismo todo lo que precises saber.

-Bueno –comenzó él-. Todo empezó cuando Guillaume llegó a Gardeny esperando que le estuvieras aguardando allí. Había tenido un encuentro indeseable en Barcelona, estaba herido, aunque levemente, y eso le había retrasado. Cuál no fue su sorpresa, y su preocupación, cuando no te encontró. Nadie sabía nada de su supuesto criado, y los días iban pasando, hasta que decidió enviar mensajeros a las encomiendas del camino donde se suponía que habías tenido que pernoctar para ver si en alguna sabían darle noticias tuyas. La respuesta no fue de su agrado: el último lugar donde te vieron fue Miravet, y de ello hacía varias semanas.

El último párrafo había sido pronunciado casi sin respirar, atendiendo a mi interés y a mi desconcierto, así que tuvo que detenerse para recuperar resuello.

-Yo intenté tranquilizarle –continuó-. Le recordé que eras famosa por tu indisciplina y por tu individualismo. Pero él no atendía a razones. Así que convocó a unos cuantos caballeros, yo entre ellos, y salió en tu busca. Y como no era razonable que se preocupara tanto de un sirviente, tuvo que explicarle al comendador que en realidad el susodicho venía a traerle nuevas de su prima, que viajaba desde Perpignan para visitarle y pedirle consejo acerca de un matrimonio no deseado, y que la ausencia de ambos no presagiaba nada bueno.

Yo estaba admirada y hasta divertida. Qué despliegue imaginativo, por Dios. Ni Chrétien de Troyes con el Libro del Graal. Guillaume había equivocado su vocación, sin duda alguna.

-Así que se puso en marcha. Prácticamente esa pequeña encomienda de donde procede el hermano Guifré era el único lugar que nos faltaba por visitar, después de varios días de búsqueda. Y aquí fue donde la Providencia quiso que te halláramos. Los exabruptos de Guillaume se deben a la preocupación que había sufrido por tu ausencia. No se lo tengas en cuenta.

Bueno, al menos era una explicación. Ahora entendía por qué se había dirigido a mí en la lengua de Oil.

-Déjame adivinar. ¿Ermengarda es el nombre de su prima?

-Ermengarde, en realidad. Sí. Aunque también podía haberte rebautizado con un nombre más bonito. ¡Tiene muchas más primas donde escoger!

Yo reí de buena gana: la verdad es que Gonzalo, como buen andaluz, era, o en su caso al menos pretendía ser, divertido. Conocía la razón por la que Guillaume había elegido aquel nombre tan particularmente horrendo para mí: venganza. De todos modos, me alegraba saber que su coartada coincidía con la mía. Así Guifré, que no estaba en el secreto aunque comenzaba a barruntarse que le ocultábamos algo, sospecharía menos.

-Pero hay algo que no entiendo –intervine-. ¿Acaso no llegó un mensajero avisándole de dónde me hallaba, amén de que me estaba recuperando de una herida y de que tardaría en llegar?

Gonzalo me miró con preocupación y extrañeza.

-Nada sabíamos de eso. No te habríamos dejado sola de haberlo sabido. ¿Quién envió a ese mensajero? No fuiste tú, ¿verdad? Porque te habrías extrañado de no tener respuesta.

La indignación volvía a apoderarse de mí, pero esta vez el destinatario no era Guillaume, sino otro miembro de su orden. Yo no entendía nada. En mi vida, últimamente todos los enemigos (o casi todos) acababan convirtiéndose, por numerosas extrañas razones, en amigos, pero al mismo tiempo los partidarios parecían trocarse en adversarios. ¿Qué estaba pasando? ¿En quién podía confiar? ¿Por qué todos parecían manipularme, usarme como un peón para sus partidas de ajedrez particulares? Me sentía como si habitara en cierta conocida sede de la calle Génova de Madrid.

-Es una historia muy larga y complicada, y tendría que ponerte en antecedentes de cosas antiguas que quizá –aunque no lo tenía muy claro- desconozcas. Te informaré, te lo prometo. Pero creo que antes debería saberlo Guillaume.

-Estoy de acuerdo –respondió Gonzalo, con el rostro repentinamente grave. Volvió la mirada hacia mí y me hizo una especie de confesión-. Eowyn, antes de continuar hay que algo que deseo decirte: sé que no confías en mí y quizá te causa dudas pensar en por qué seguí a Guillaume aquel día. Pero quiero que sepas que, aunque haya muchas cosas en él que te resultan extrañas, puedes estar segura de que es un hombre íntegro. A pesar de sus ocasionales tentaciones hacia el poder y la riqueza. Yo creo en él, incluso cuando no puede contármelo todo. Por eso marché en pos de él entonces, a pesar de lo que arriesgaba, y por eso le seguiría ahora a cualquier misión suicida. Sin la menor vacilación.

Desde luego, no se podía negar que Guillaume era amado por los suyos. Y supuestamente eso debería de ser un punto a su favor. Mi pregunta era ¿la inquebrantable adhesión que había concitado era la de Chávez? (En mi último viaje al siglo XXI, el mandatario venezolano acababa de morir. Dos personas en quienes confío y que trabajarán estrechamente con él lo calificaron como un hombre bueno. Nada más que eso. Y nada menos. Su funeral fue un baño de las multitudes más humildes del país latinoamericano. Eso para mí es una garantía). ¿O tendría que conjeturarle como a un vil manipulador de las voluntades de su pueblo, como a Hitler, que por cierto también era idolatrado? Y, por último pero no menos importante, ¿no me estaba engañando yo misma al considerar los dos casos tan diferentes? En cualquier caso, yo sabía que eso era exactamente lo que necesitaba Guillaume: su debilidad era sentirse respetado, admirado, amado… Si esto fallaba, podía llegar a caer en la depresión más honda.

Pero yo me sentía apesadumbrada por más motivos. “Mi indisciplina y mi individualismo”, las había llamado Gonzalo. ¿Era así como me veían los demás? ¿Era así como era yo en realidad?  ¿Realmente la misión estaba arruinada por mi culpa? Me he demorado demasiado en la casa disfrutando de las atenciones de Isabel y de la amabilidad de esos monjes, y he tardado en ponerme en marcha, cosa que habría tenido que hacer mucho antes aunque fuera  arrastrándome por los suelos. Yo tenía un compromiso, y con mucha o poca fe a él me he entregado, y eso habría debido  ser sagrado. He vuelto a fallar, y no sin consecuencias. ¿Quién les mandaba a los Ocho confiar en mí? ¿Y a mí aceptar? Tendrían que haber sabido con quién se la estaban jugando. Y yo debería haberme conocido a mí misma mejor. Gonzalo vio el cambio en mi expresión y adivinó.

-Eowyn, puedes dejar de preocuparte. La misión no está arruinada, ni mucho menos. Habrá que hacer algunos cambios, eso es todo. Y en cualquier caso, no ha sido tu culpa. No hay más que ver cómo te mueves, en comparación a cómo lo hacías, para comprender que te hirieron gravemente. No puedes acusarte de nada.

Aquellas palabras me levantaron el ánimo. Le dirigí una mirada de agradecimiento.

-Gracias –le dije con voz cálida-. Y gracias también por molestarte en salir en mi búsqueda.

-No hay de qué darlas -respondió él, jocoso-. Después de todo, aquí ya no hay nada que hacer desde que reconquistamos estos territorios –hubo de pronto un eco amargo en su voz–.  Difícil es encontrar en estos días algo por lo que luchar. Y aunque lo hubiera,  ya sabes cómo va esto: en esta Orden nunca te envían adonde quieres ir.

Era extraño que dijera aquello: las desigualdades existían, demasiado, y un conjurado de la plana menor debía de saberlo. Me imaginé que lo sucedía era que estaba demasiado acostumbrado a repartir estocadas entre los sarracenos y la inactividad castrense le aburría: a veces yo siento lo mismo. Pero no indagué más al respecto porque otro de los caballeros le reclamó, y Gonzalo arrancó a trotar hacia él, no sin antes despedirse con un sonriente ademán dejándome sola con mis preguntas sin responder, mis dudas y mis conflictos internos, aparte de una terrible sensación de injusticia, tal como si tuviera mis ahorros encerrados en un banco de Chipre por culpa de un sistema que ya no necesita ni excusas ni justificaciones para robar al pobre para dárselo al rico.

Durante un segundo me invadió la terrible sospecha de si no me hallaba más tranquila cuando pensaba que Guillaume estaba muerto. (continúa)

Con Jaume II vivíamos mejor (IV)

(viene de) No podía creer lo que estaba viendo. Todos los indicios apuntaban a que aquello era imposible. Claro que bien cabía la posibilidad de que estuviera sufriendo algún acceso de fiebre remanente y lo que presenciaba en aquellos momentos no fuera más que una alucinación. Así que, decidida a despejarme, me quité el yelmo y me bajé el capuchón de la cota de malla para secarme el sudor de la frente (una pelea con espadas en mitad del invierno es un método mucho más saludable y ecológico que poner la calefacción: deberíais probarlo) y echarme el cabello para atrás. Más despabilada, y bajo la presión de la mirada de aquel resucitado fijada en mí, intensa y perpleja, constaté que sin duda alguna lo que tenían ante mis ojos era real, así como los hermanos de la mesnada de Guillaume constataron a su vez que el caballero bajito al que se habían lanzado a socorrer era en realidad una chica, lo que causó en el grupo no pocas exclamaciones de sorpresa. Yo miraba a Guillaume revivido, aún demasiado estupefacta como para proferir algún vocablo cuando la expresión de sus ojos (que hubiera podido parecerme, por un momento, ligeramente alborozada si no hubiese sido por lo que iba a suceder en breve) adoptó en unas décimas de segundo tintes realmente coléricos mientras las facciones de su rostro se descomponían en una mueca de cabreo absoluto. Pero lo más divertido fue que a continuación se deshizo en tales juramentos e imprecaciones en su lengua materna que me niego a reproducir en este blog no sea el caso de que algún fiscal general del estado las considere más ofensivas que opinar que todos los ciudadanos tienen derecho a expresar su opinión sobre el Estado al que quieren pertenecer y me haga renunciar a todos mis cargos, en el caso de que tuviera alguno. Vamos, que estuvo a punto de escandalizarme hasta a mí, y eso que no soy precisamente conocida por mi mesurado vocabulario. Pero, para no dejaros sin la información, aquí os apunto una versión convenientemente autocensurada.

-¡Maldita seas tú y maldita sea la hora en que te conocí! ¡Malditas por siempre las tierras de Siria que fueron testigo de nuestro primer encuentro! Ojalá nunca hubiera tenido la ocasión de dejarme deslumbrar por tus traidores encantos de princesa guerrera –aquello estuvo a punto de hacer que me descojonara. ¿Princesa yo? ¿Y con encantos?-. Has echado a perder toda la misión. ¡Lo has arruinado todo! ¿Se puede saber qué estabas haciendo mientras yo me veía obligado a realizar el trabajo de los dos en unas deplorables condiciones físicas?

No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Deplorables condiciones físicas? ¿Él, que estaba más sano que un roble? ¿Se atrevía a hablarme a mí de deplorables condiciones físicas, habiendo pasado lo que había pasado? Me recordaba a las quejas de Urdangarín por su embargo ante un país con seis millones de parados y a este paso otro tanto de desahuciados o de suicidados. ¿Por qué los nobles y los pudientes están siempre tan convencidos de que tienen más derecho a vivir, y no solo a vivir sino a hacerlo de puta madre, que los que no hemos nacido en tan altas cunas? Y al parecer Guillaume no era una excepción, a pesar de su autoproclamado compromiso social.

-Pero cabronazo de mierda –le espeté yo, tan escasamente diplomática como siempre- ¿qué coño esperabas que hiciera? ¿Que corriera a tu llamada a toque de pito con 42 grados de fiebre? ¡Que el diablo se te lleve y cuanto antes mejor, hijo de la grandísima!

Sin embargo, él no me oyó. Estaba demasiado ocupado insultándome a su vez. Así que yo grité más fuerte y permanecimos durante un largo minuto enfrascados en un diálogo de sordos en la variante de la lengua de oil que se usaba en sus tierras bretonas (y que yo tenía la suerte de hablar, dado mi contacto con mercenarios de esa procedencia o tal vez porque también soy medio celta, y que me resultaba mucho más sencilla que el italiano, mi bestia negra lingüística particular) ante el asombro de los allí reunidos, que nos miraban sin entender más de aquella conversación que el hecho de que existían sobrados motivos para dudar de nuestra salud mental. De esta manera hubiéramos seguido bastante tiempo si, como de costumbre, Isabel no hubiera tenido el tino de acercarse a nosotros y, aprovechando un lapso de tiempo en el que estábamos recobrando el resuello para volver con una nueva tanda de descalificaciones que haría incluso enrojecer a los tertulianos de cualquier programa de marujeo, decirnos:

-Ummm… ejemm… no pretendo inmiscuirme en vuestros asuntos, pero si tuvierais la gentileza de discutir en alguna lengua cristiana tal vez los demás podríamos mediar en vuestras diferencias. En cualquier caso, este no es el modo, el momento ni el lugar adecuado para dirimir cuestiones, así que os sugiero que sigamos camino a Gardeny y esperéis una ocasión más propicia.

La sensatez de Isabel me hizo enmudecer, y solo pude lanzarle una mirada  de agradecimiento. Guillaume, por su parte, adoptó un semblante grave y se dirigió a mi amiga en nuestro idioma:

-Tenéis razón, señora. Os presento mis disculpas. Mi comportamiento ha sido incalificable y te aseguro que no se volverá a repetir –a pesar de todo, me agradó que se dirigiera a mi amiga con la misma deferencia que hubiera empleado para tratar a una dama, aunque por sus ropas se veía a las claras que no era más que una simple artesana. Pero no pensaba dejarme ablandar por ello. Ella, por su parte, se declaró inmerecedora de tanta ceremonia, y entonces Guillaume pasó al tuteo-. Por cierto, adivino que eres Isabel, la amiga de Eowyn. Me ha hablado mucho de ti. Yo soy Guillaume, hermano de la Orden del Temple, para servirte.

Inclinó la cabeza e Isabel hizo lo propio, mientras yo miraba tamaña demostración cortesana con suspicacia. Guifré se adelantó entonces y saludó a Guillaume, presentándose a su vez.

-No hemos tenido oportunidad de darte las gracias por vuestra oportuna llegada –añadió.

-Sé de la villanía de los Entenza para con la gente de tu zona, y me alegro de haber podido ayudar a darles una lección –Guillaume quitó importancia. Sin mirarme siquiera, continuó conversando con Guifré-. ¿Os dirigíais a Gardeny, entonces, como me ha parecido entender en las palabras de esta gentil dama?

-Sí, y mi cometido es acompañarla, a ella y a Eowyn, y cerciorarme de que arriban sanas y salvas –yo alcé los ojos al cielo, en cómico ademán de desesperación, pero me pareció inútil protestar: ¡los hombres, siempre perdidos en sus falsas ensoñaciones heroicas! No tenían remedio.

-Pues entonces, no perdamos más tiempo. El sol ya empieza a brillar en el cielo –y sin más, Guillaume emprendió camino, seguido de Guifré y de Isabel, que tuvo que hacerme un impaciente signo al ver que yo me hacía la remolona. Entonces, Guillaume hizo algo mucho más extraño que todo lo anterior, que ya era decir: cuando se hallaba ya  a unos pasos de mí, se volvió hacia atrás y me soltó en un tono de voz tan alto que hubieran podido oírlo hasta en Barcelona-. ¡Y que quede claro que no toleraré más tonterías, Ermengarda!

Miré a mi alrededor, y al no divisar en las cercanías a nadie que hubiera podido responder a tal nombre, me convencí que era a mí misma a quien Guillaume había aludido de tan extraña manera: era evidente, llegué a la conclusión, que al enigmático hermano le estaba sucediendo algo muy grave.

-¿Ermengarda? –Isabel me miraba con desconcierto-. ¿Ese es el nombre que te pusieron al nacer? No me lo habías confesado nunca –parecía algo contrariada.

-¡El demonio me libre! –me asusté yo-. Difícil habría sido sostener el peso de tal cristianización sobre mis espaldas. No, en absoluto, no tengo ni idea de por qué me ha llamado así ni de por qué me exige una fidelidad tal a la causa, por encima incluso de mi salud y mis posibilidades físicas. Creo que me está confundiendo con otra. Evidentemente no está muerto, pero algo grave ha debido de sucederle y se ha vuelto completamente loco. Debe de ser un caso de estrés postraumático. Y eso que no le han maltratado los soldados españoles en Irak y ha tenido que esperar diez años a que la prensa española decidiera revelarlo. (continúa)

Con Jaume II vivíamos mejor (III)

(viene de) -Los Entenza están en guerra con los templarios de estas tierras desde hace décadas – me informó Isabel, más documentada que yo-. Temas de competencia en cuestión de negocios.

-Son unos villanos hijos de puta –corrigió categóricamente Guifré, que al parecer no les profesaba mucho afecto.

Aquello fue providencial para mis intenciones

-Pues adelante. ¿O piensas quedarte ahí mirando? –le espeté al hermano-. Pues vaya protector de damas indefensas que estás hecho. Anda, vayámonos para allá y liberemos a ese pobre anciano. ¡Si solo son tres! No seas gallina, hombre.

No hay nada como dudar del valor de un hombre para activarlo: los pobres se creen que el haber nacido con testículos les obliga indefectiblemente a tenerlo y demostrarlo, a riesgo de enorme maldición que caería sobre ellos y sus descendientes de no ser así. Aunque en realidad, y por distintos motivos, la treta también funciona conmigo. A veces yo misma me recuerdo al protagonista de la saga de Regreso al futuro, un adolescente al cual, para obligarlo a emprender cualquier tontería, sus enemigos solo tenían que pronunciar las tres palabras mágicas: “Eres un gallina”. Ya veis que cuando viajo al siglo XXI consumo cultura de calidad.

Pero volviendo a lo nuestro, los dos nos lanzamos por sorpresa hacia los carceleros del pobre campesino entre gritos de guerra y enarbolando las espadas. Guifré sacó una potente hacha de guerra que llevaba escondida en algún lugar de sus alforjas para cortar las cadenas que le aprisionaban, mientras yo distraía a los dos más adelantados, a la corta espera de que él acabara lo que tenía que hacer para ocuparse del otro, que ya se dirigía hacia nosotros. Todo parecía fastidiosamente sencillo, mucho menos de lo que requería mi espíritu después de tantos días de postración obligatoria. Pero ¿cuándo mi vida ha sido fácil y aburrida? Repentinamente, del bosquecillo circundante salieron cuatro caballeros más que no tardaron en acorralarnos, desequilibrando gravemente la ponderación de fuerzas y no precisamente a nuestro favor. Me recordaron a las hordas de maderos persiguiendo a grupos aislados de manifestantes durante el 23 de febrero de 2013.

-¡Ha sido una trampa! –rugió Guifré, entre mandoble y mandoble-. Esos cobardes hijos de Satán vieron que nos disponíamos a salir y nos han preparado una trampa. ¡Es su forma habitual de actuar!

-Las aclaraciones no sirven de mucho en estas circunstancias –filosofé yo, pues bien poco más podía hacer-. ¿Alguna otra idea genial? También podías haberme avisado antes, si ya los conocías.

-No pensé que atacarían habiendo personas ajenas al Temple –se disculpó-, pero por lo visto tienen muchas menos entrañas y más vileza de la que ya sospechábamos. Necesitamos un milagro.

Elevó los ojos al cielo justo cuando las espadas enemigas iban a ensartarnos como a banderillas sin acompañamiento de vermut a pesar de nuestros redoblados esfuerzos, y doy fe, y nunca mejor dicho, de que en aquel momento mi ateísmo estuvo a punto de quedar quebrado al menos para un par de días. Pues de pronto apareció una comitiva de caballeros de manto blanco cuyo número volvió a equilibrar las fuerzas, y no bastó más que eso para que los hombres de los Entenza huyeran despavoridos dejando abandonada la carreta ya vacía de su ocupante, pues este había escapado a toda la velocidad que le permitían sus caducas extremidades al verse libre. Yo sentí en la profundidad de mis entrañas el alivio que debía de experimentar aquel hombre en eso momentos, y la alegría que sentí estuvo a punto de dejarme sin respiración. Y es que últimamente tenía la sensación de estar viviendo un número demasiado repetido de derrotas sucesivas, y todavía pesaba en mi alma aquel aciago día en Acre cuando me vi obligada a presenciar escenas espantosas de degradación humana, que hasta entonces no había podido aceptar que existieran y que ahora era tan incapaz de olvidar como de escribir sobre ellas; aunque no creo que sea necesario. El sentimiento de derrota se había alojado en mi garganta desde aquel día, y a veces sentía como si un eterno sollozo luchara por brotar de ella, destruyéndolo todo a su paso. Tantas luchas había desarrollado, con esperanza, tanto aquí como en el siglo XXI, y de todas, prácticamente, había salido gravemente trasquilada, herida, desilusionada. Ni siquiera habíamos podido acabar con la guerra de Irak y ahora toda aquella destrucción era irrecuperable; aparte de aquello no había sido sino el inicio de una guerra general y multiforme que había pasado, adoptando diversas formas y presentando diversas graduaciones, por Túnez, Egipto, Libia, Europa, Siria, la Siria que yo tanto amo… Y que aún no se había detenido en África.

Pero, afortunadamente, algo me sacó, al menos momentáneamente, de tan amargos pensamientos. Uno de los freires que nos habían tan oportunamente socorrido, el más alto y el que parecía el líder de la expedición, se acercó a nosotros y se dirigió a Guifré, con un ligero acento que no llegué de momento a identificar:

-¿Estáis todos bien, hermano? ¿Ningún herido?

De repente, como si atisbara algo inusual por la comisura del ojo, se giró hacia mí y me taladró con la mirada. Una especie de asombrado sobresalto desfiguró las pocas facciones que podía distinguir por la abertura de yelmo; las mías debían de estar sufriendo un proceso parecido. Se adelantó un paso y exclamó con tono interrogativo:

-¡Eowyn…?

Fue entonces cuando reconocí, sin lugar a dudas, aquella voz. Por muy extraño que ello me pudiera parecer.

-¿Guilllaume! (continúa)

Con Jaume II vivíamos mejor (II)

(viene de) No tenía manera de saberlo. La única opción que me quedaba era seguir con el plan previsto: arribar a Gardeny y hacer las averiguaciones pertinentes, fingiendo que era una familiar suya que venía a visitarle (para lo cual tendría que esconder de nuevo la cota de malla y la espada que por seguridad llevaba para el viaje y vestir ropas más idóneas a la impostura). Aunque mucho me temía que aquel polémico personaje no iba a estar presente en el castillo. Las semanas que habían transcurrido sin noticias suyas, desde que el mensajero que al parecer mi antiguo compañero había enviado para alertarle había marchado, me hacía presagiar que Guillaume no había salido con vida de aquel túnel. Algo que me habría apenado verdaderamente, y a pesar de todo, de no haber comprendido hace tiempo que nuestro paso por esta tierra es fugaz y que cuando me despido de alguien, sobre todo si se dedica al mismo oficio que yo, en muchas ocasiones es para siempre. La vida humana es muy barata en la Edad Media, aunque vosotros, lectores occidentales del siglo XXI, no podáis ni imaginarlo. Ahora, si me leéis desde algunos lugares de Asia, África o América Latina o cualquier otro enclave adonde los oriundos de países ‘desarrollados’ hemos sabido bien exportar nuestros conflictos para nutrirnos de ellos sin sufrirnos en nuestras carnes, seguramente entenderéis mejor de los que estoy hablando.

En fin, por si esto sirve de consuelo, tampoco yo espero vivir eternamente. No me interesa. Sé que no llegaré a vieja. La perspectiva de acabar mis días en la paz y la tranquilidad de una pequeña pero fértil propiedad agrícola, rodeada de hijos y nietos, puede ser un sueño para muchas y muchos, pero no es el desenlace que yo he elegido. Solo espero que el final, cuando llegue, sea lo más decoroso y lo más útil posible. Bueno, Guillaume, pensé, no sin tristeza, nos volveremos a ver en el Infierno. Y espero que entonces de una puñetera vez contestes a mis preguntas.

En esas estaba cuando Isabel dio espuelas a su caballo para ponerse a mi altura, dejando a Guifré en la retaguardia. Mi sutil amiga siempre parecía adivinar cuando necesitaba compañía.  Me miró con intención y volvió la cabeza hacia atrás un momento, como instándome a que admirara las dotes de su nuevo amigo por si no había tenido oportunidad de hacerlo anteriormente.

-Es tan gentil y apuesto… ¿verdad? –expresó, satisfecha.

Yo la obsequié con una mueca burlona.

-No es mi tipo. Demasiado flacucho. Y por otra parte, no sé si es buena idea de que vuelvas a encapricharte de un hombre; sabes que siempre te han traído problemas. Y menos de uno como ese, que nunca podrá estar completamente a tu disposición. A no ser –colegí- que sea eso exactamente lo que quieres.

Isabel protestó.

-¡Solo ha sido un hombre el que me ha traído problemas!

-Más que suficiente para escarmentar –aduje yo-. No hay nada malo en los hombres en general, por lo menos eso supongo. En mis momentos más conciliadores, quiero pensar que ha sido la sociedad que ellos construyeron la que les ha cambiado, al igual que quiero pensar que fue la propiedad privada quien hizo al ser humano desmesuradamente ambicioso, ciego y egoísta, en lugar de que la Humanidad, precisamente por ser ambiciosa, ciega y egoísta, creó la propiedad privada.  Pero aún en el caso de que fuera así, hasta que esa sociedad no cambie, y no les cambie al mismo tiempo (y para eso aún falta mucho tiempo), mejor ser muy cauta con ellos; lo cual he de decir que es una lástima, porque algunos están muy buenos.

Isabel fruncía el ceño, pensativa, después de reprimir una sonrisa: le hacía gracia mi manera de expresarme.

-Me conoces, Eowyn, aunque a veces tu temor por mi seguridad hace que me subestimes. No quiero un marido que decida sobre mis ocupaciones, mis diversiones, o el número de hijos que he de traer al mundo. Sé que Guifré no hará nunca nada de eso, pues ama más su Orden de lo que le podría interesar cualquier mujer; es uno de sus mayores puntos a favor –soltó una carcajada- tal como tú has adivinado –de pronto, su mirada se ensombreció ligeramente-; dices que falta mucho tiempo para que este de estado de cosas cambie. ¿Tendremos que esperar, quizá, a ese tiempo futuro del que siempre hablas?

-Oh, allí es peor –contesté-. Aquí un marido puede decidir sobre el número de hijos que puede tener su esposa; en el siglo XXI un solo hombre puede decidir sobre el número de hijos que parirán todas las mujeres de su país. Hay uno que se llama Gallardón, por ejemplo.

-Entonces –mi amiga parecía asustada-, ¿no mejorarán las cosas?

Me tomé mi tiempo para responder.

-En parte sí. Se han conseguido muchos avances, a costa de muchas luchas. Pero tengo la sensación que los retrocesos han sido tan grandes como esos logros. Se trata de una situación complicada: las mujeres son allí libres según la ley, y sin embargo están sometidas a una serie de esclavitudes derivadas de la costumbre, la economía… esclavitudes que no se ven, pero se palpan, y que las hacen terriblemente vulnerables. Son las primeras víctimas de la pobreza, de los conflictos y de la represión, y muchas veces los hombres que las explotan continúan siendo unos héroes antes los ojos de la gente, y acumulan poder y cargos, mientras que ellas, víctimas, no pueden pretender ni siquiera tener la dignidad de denunciar el abuso al que han sido sometidos sin caer en la vergüenza pública, e incluso tener que marcharse de su casa. No, visto de una manera global, no han mejorado las cosas. Al menos esa es mi opinión.

Isabel enmudeció. Pero, cuando la miré, vi en sus ojos un propósito firme: era una luchadora. Y pondría todo lo que estuviera en su mano por cambiar lo que pudiera: no la arredraba ni la perspectiva de un negro futuro.  Me alegré de su valor y de su fuerza. Y pensé: Cambiar el futuro. Que lo que veo allí no se haga nunca realidad. Que solo haya sido un mal sueño. O que se pueda revertir… Volvía a tener la sensación de que el trabajo que estaba realizando en el siglo XIII contribuiría, de alguna manera oculta, como a través de un invisible cable subterráneo, a mejorar el siglo XXI y lo que vendría más allá de él. En eso confiaba. Por eso seguía peleando, a pesar de todas mis dudas.

De pronto, oímos ruidos de caballería delante de nosotros, tras un recodo del camino. Guifré, siempre pendiente de nuestra seguridad, se adelantó hasta ponerse ante nosotras. Yo me coloqué a su lado: allí a la única persona a la que había de proteger, dada su condición, por decirlo de alguna manera, de civil, era Isabel. Tras unos cautos pasos más, vimos como, en la carretera más amplia que atravesaba nuestro sendero, una extraña comitiva circulaba: tres guardias arrastraban en una carreta a un infeliz cubierto de cadenas cuyos harapos desgarrados aún mostraban que debían de haber pertenecido en el pasado a un atuendo típico de campesino.

-Reconozco esos colores –afirmó Guifré con ira-. Son hombres de los Entenza. Probablemente ese pobre desgraciado habrá cazado en los bosques del señor o roturado terreno que no le correspondía. O cualquier otra cosa: la justicia señorial está llena de malos usos en la Corona de Aragón.

Yo lo sabía bien. El ‘fet diferencial’ no siempre funciona a favor de los catalanes: en Castilla aquel hombre tal vez hubiera tenido la posibilidad de apelar al rey en última instancia. Aquí, y en este momento histórico concreto, no. En cualquier caso, no son los mandamases en la Corona de Aragó peores que los mandamases de otros lugares, por mucho que a algunos de ellos les interese considerarlos así y renuncien, por ejemplo, a ser defendidos por los Mossos d’Esquadra (cuando lo único que hacen los pobres es apalear manifestantes), y por mucho que los nuestros crean lo mismo de los demás. Todos los poderosos, por mucho que compitan entre ellos, por sus intereses particulares o de cara a la galería, forman parte de la misma patria: todo lo demás es manipulación.

-Se lo llevan al amo para que imparta justicia –continuó Guifré-. No podemos permitirlo.

Pobre, apaleado y enjuiciado sin remisión alguna. Y ni siquiera tenía pinta de elemento peligroso que va a manifestarse en las todas las siguientes e hipotéticas huelgas generales y mareas ciudadanas y al que hay que confinar en prisión preventiva sine die, por si acaso. Aunque a lo mejor era que no había pagado las tasa judiciales. Por lo menos, el pobre campesino  conservaba aún sus dos ojos. (continúa)

Con Jaume II vivíamos mejor (I)

Principios de 1293

Yo gruñí. Otro tío que se empeñaba a relegarnos al papel de sexo débil. Probablemente en el siglo XXI hubiera firmado todas las leyes antifemeninas del PP y hubiera abogado por arrebatarnos cualquier exiguo derecho que hubiéramos disfrutado con anterioridad.

-No podéis aventuraros solas por estos caminos –nos advirtió, por enésima vez, el anciano maestre de aquella pequeña encomienda-. Están llenos de salteadores y no son infrecuentes las incursiones de moros; pensad que la frontera está cerca. He decidido que uno de mis caballeros os acompañará hasta Gardeny.

Mientras tanto, Isabel sujetaba, solícita, a mi caballo por la brida con la voluntad de subvenir a mis menguadas condiciones físicas, después de las largas semanas de recuperación de mi herida y de las fiebres subsiguientes. Yo apoyé la bota derecha en el estribo y e hice pasar reprimiendo ayes dolor la pierna izquierda hacia el otro lado de la montura; pero afortunadamente la operación pudo ser llevada a cabo sin demasiado desdoro para mi dignidad.

-Escúchame, buen anciano. Mi compañera Isabel ha recorrido muchos kilómetros, desde Barcelona hasta aquí, solo acompañada del joven de la aldea cercana que ejerció de mensajero, y creo que ha demostrado que es bastante capaz de cuidarse solita. Y en cuanto a mí… Bueno, no esperarás que te enumere mis hazañas, ¿no? Porque no acabaríamos ni en tres días.

Obviamente, estaba alardeando. Pero el aludido intentó ser conciliador.

-Eowyn, sé que eres una dama hábil, valerosa y capaz de protegerte y proteger a la gente que te acompaña pero aún no te has recuperado plenamente y el hecho de que tu amiga no haya sido atacada hasta ahora no significa que no vayáis a serlo. No lo veas como una duda acerca de tu capacidad ni nada relacionado con tu condición de mujer, sino solo como preocupación por vuestra integridad física.

Eché un vistazo a Isabel, que cruzaba miraditas con el caballero elegido, Guifré, que en realidad era la única persona en la casa templaria, dedicada exclusivamente a la administración agrícola de una pequeña porción de tierra, que contaba con la edad y el entrenamiento suficiente para servirnos de escolta. Aquella chica no cambiaría nunca, me lamenté yo: le gustaban los hombres más que a mí una buena jarra de vino acompañada de jamón del bueno. Y aunque había aprendido lo suficiente de sus malas experiencias pasadas para no comprometerse nunca con sus compañeros de cama, jugar con fuego era siempre la antesala temporal de la quemadura. Pero me apiadé: que le diera gusto al cuerpo, ella que podía.

-Está bien –acepté a regañadientes-; pero conste que solo lo hago porque me resulta muy fatigoso discutir en mi estado.

Guifré se apresuró a cabalgar su montura, que un avisado joven sargento ya le tenía preparada, con tal expresión rijosa en el rostro que de inmediato comprendí  a que se referirán los historiadores de la Edad Contemporánea al hablar de que los templarios siempre estaban dispuestos a desenvainar la espada. Pero en aquel momento, y aprovechando que Isabel y Guifré estaban ocupados felicitándose mutuamente porque iban a poder continuar con sus jueguecitos amorosos al menos un par de días más, el viejo maestre se acercó a mi caballo y me hizo señal de que me inclinara hacia él, para susurrarme.

-Sé que no vas a Gardeny a visitar a ningún familiar enfermo –esa era mi nueva coartada, al no haber podido esconder mi condición femenina tras el barullo que se derivó de mi herida-. Tu antiguo compañero me habló de tu verdadera misión. No te preocupes, soy parte de los conjurados y él lo sabía, no debes tener ningún temor conmigo.

Vaya. Al parecer, aquello era ahora un secreto a voces, y yo tenía la extraña y poco cómoda sensación de ser la única en desconocer al menos la mayoría de los detalles más jugosos. No entendía porque se habían empeñado en hacerme partícipe de aquel fenomenal pandemonio solo para mantenerme en la inopia, como un siervo ignorante y fiel al que le desposeen de la posibilidad de ser una ciudadano curioso e informado desde la escuela, gracia a adoctrinamientos caducos y anuladores de la personalidad; con la consecuencia de que ni sabe ni puede quejarse cuando se percata de que todo aquello que creía suyo por derecho, como la justicia, la salud, el agua, la dignidad, es objeto de comercio y de lucro por seres más incultos que él, pero también más desalmados, que creen poden utilizar el mundo a su conveniencia solo porque tienen el suficiente dinero para comprarlo o porque alguien se lo regala por los servicios prestados, como si fuera algo susceptible de comprar o regalar. Bueno: yo misma había respondido mi propia pregunta.

-No claro, temor ninguno –expresé mis ideas en voz alta-. Solo he de ir recibiendo mamporros sin saber exactamente por qué ni para quién estoy luchando, como un soldado estúpido y fiel que no sabe en qué guerra se encuentra. Vamos, una vida fantástica la que ofrecéis.

El anciano hizo un signo a uno de los sirvientes, que le acercó de la cuadra en segundos un caballo ensillado. Yo hice una mueca de extrañeza.

-Os acompañaré un trecho. Será mejor que hablemos.

Nuestra pequeña comitiva emprendió la marcha. El anciano comendador y yo abríamos la marcha y Guifré e Isabel cabalgaban en paralelo a escasos pasos de nosotros, intentando disimular sus miradas de arrobo. Alcé la mirada al cielo: no tenía yo suficientes problemas como para compartir viaje con una parejita en plena efusión de su conocimiento mutuo. Me dirigí a mi acompañante.

-¿Qué es lo que quieres decirme? Aunque presumo que de ti tampoco voy a sacar mucha información, ¿me equivoco?

-Tienes demasiada prisa en que se respondan tus preguntas –confirmó él- y tal vez no sea lo más adecuado. Pero por favor, no me digas que no sabes por lo que luchas, porque lo conoces perfectamente. No puede ser baladí el tema que te ha apartado de un trabajo cómodo y bien pagado y de la posibilidad de hacer un buen matrimonio y vivir en la mayor tranquilidad toda tu vida.

Yo solté una carcajada. Matrimonio. Estaba claro que aquel hombre no sabía con quién estaba hablando. Pero una simple mirada de soslayo me hizo comprender que sí, que en absoluto estaba charlando de fruslerías. Una idea demencial cruzó por mi mente.

-¿Me estás diciendo que mi antiguo jefe pensaba pedirme en mi matrimonio? ¿A una plebeya dedicada al negocio de las armas a la que ha pasado al menos diez años de su vida persiguiendo, y no precisamente con propósitos románticos?

-Bueno, quizá con el correr del tiempo se dio cuenta que eras la mujer que le convenía –contestó algo picaronamente-. No me digas que nunca lo sospechaste.

-Si alguna vez se me pasó tal estupidez por la cabeza, la descarté de inmediato. Yo desconocía completamente esa circunstancia. Y tú también deberías desconocerla. No es agradable que todas las personas con las que me topo últimamente parezcan saber más cosas de mí que yo misma.

-No olvides que tu jefe forma parte de la plana mayor de los conjurados. Debió hacer partícipes a los demás sus intenciones para contigo, pero las circunstancias le hicieron renunciar a sus propósitos románticos, como tú les llamas. Eras mucho más útil a la causa como soldado que como esposa.

-Buen, me alegro de poder ser útil para algo –dije con sarcasmo. Me imaginaba quién le había informado de aquel hecho, el mismo que la había puesto en conocimiento de quién era yo y de cuál era mi papel en aquel embrollo, que cada vez se parecía más a las absurdas tramas de espionaje sacadas de una mala novela con que los políticos españoles y catalanes del siglo XXI pretenden hacer desviar la atención de los ciudadanos de los sangrantes dramas que les aquejan o que les acechan. ¿Era yo acaso integrante de algún Método 3 medieval?-. Y sí, he de reconocer que sé por qué lucho y que lo hago convencida. O al menos, porque ningún otro remedio me queda. Pero quiero saber más. Necesito saber más.

Sí. Las cuestiones torturaban mi cerebro hacía demasiados meses, concretamente desde que emprendí la vuelta a Barcelona desde Chipre, aunque tenía que no reconocer que no había invertido el suficiente tiempo y ganas en meditar en los muchos enigmas que se anudaban y desanudaban alrededor de Tierra Santa y la famosa reliquia, que parecía ser el origen de todo. Un difícil travesía en el barco que me regresó al puerto de mi ciudad, con continuas tempestades y amenazas piratescas; el duro trabajo, o la dura búsqueda del mismo; y tal vez cierta disposición depresiva de ánimo al sentirme, como tantas otras veces, traicionada, incomprendida, sola, en fin, algunas veces por ser incapaz de comunicar mis sentimientos a la gente que apreciaba, y otras, la mayoría, por este carácter difícil e insoportable con el que la naturaleza o las circunstancias me han obsequiado… Todo eso me hizo relegar a un segundo término todas aquellas preguntas sin respuesta que se iban acumulando en mi vida desde hacía casi dos años.

-Te entiendo. Pero debes tener paciencia. Lo sabrás cuando estés preparada.

Miré al comendador con sorna, mostrándole mi incredulidad acerca de aquella cansina cantinela. El viejo me miró como si pudiera leerme la mente, mucho más allá de aquel estado de ánimo. Me pregunté si sabría algo de todos los temas que me perturbaban. De aquel extraño ataque que sufrimos en Limassol y del que nadie supo, o quiso, darme una explicación coherente; del descabellado trasiego del misterioso objeto, robado por Guillaume por mandato del Sultán de Egipto, y después, misteriosamente, no entregada a su destinatario sino traída a Barcelona a mayor gloria de la Orden Templaria; de los supuestos poderes paranormales de la citada cosa, que al parece permitían al controvertido freire la precognición; de la identidad del famoso Número Ocho; de la delirante relación de amor y odio que parecían mantener Guillaume y nuestro común amigo, y el inquietante afán de este último a seguir mis pasos empleando ridículos disfraces (algo me hacía pensar que no andaba muy lejos, aunque no le viera e incluso presintiera que no volvería a verle en mucho tiempo), en lugar de, sencillamente, presentarse y al menos intentar acompañarme por las buenas, si era eso lo que le apetecía; y, por último, a pesar de que me imagino que me he dejado muchas cosas en el tintero, de las cuestiones al parecer completamente personales que enemistaban a Guillaume con Jaume II.

-Solo puedo decirte una cosa. Me comentaste cuando estabas aún convaleciente de tu herida que cogiste unas extrañas fiebres en el barco que te trajo desde Acre cuando las cosas se habían calmado un poco en la ciudad. Por cierto, es un gran mérito, o casi un milagro, que pudieras sobrevivir hasta entonces… pero no hablemos de eso ahora -¿acaso también estaba informado de mis saltos en el tiempo? ¿Es que ninguno de mis secretos iba a quedar a salvo? Me dijiste que desde entonces has tenido diversos episodios. ¿Cómo te sientes ahora?

En realidad, era curioso que tocara este tema.

-Pues… tengo que reconocer que, aparte del dolor de la herida, maravillosamente bien. Creo que no he estado mejor en años. Pensé que tendría que arrastrar esto toda mi vida, que mi salud no volvería a ser la que fue. Pero todo eso ha cambiado. Es… como si estuviera completamente curada.

-Lo estás.

Le miré estupefacta.

-No nos lo agradezcas. No te lo he dicho para comprar tu lealtad. Sería un acto vil que, disponiendo de los remedios, no los administráramos a los que los necesitan; los hermanos de Miravet habrían hecho lo mismo, de haberlos tenido a mano en aquel momento. Sabes, nuestros viajes a tierras lejanas nos han hecho acumular muchos conocimientos sobre la naturaleza y el ser humano. Todos estos conocimientos se perderían con nosotros si desapareciéramos. A alguien le interesará que se pierdan. Creo que ya tienes una idea más de la razón por la que luchas. Y ahora, sigue tu camino.

Volvió grupas y se encaminó de nuevo a la pequeña encomienda, cuyas puertas, tal como divisé en la lejanía, se abrían de nuevo para él. Yo ya no sabía qué pensar. ¿De verdad aquellos templarios eran los benefactores más benefactores de la Humanidad? Y si era así, ¿por qué tantas disensiones e espionajes internos, como un vulgar partido político del siglo XXI? ¿Dónde estaba el Bárcenas que guardaba las pruebas inculpadoras de malas prácticas reiteradas bajo notario, con la amenaza de tirar de la manta si no le proporcionaban jugosos estipendios mensuales, para poder viajar a Canadá siempre que le apeteciera, e inmunidad jurídica? ¿Era quizá todo una gran impostura, perpetrada por no sé qué motivos? O, mucho peor, ¿me había introducido en una secta de locos peligrosos? (continúa)

El 25S y otras citas espaciotemporales: Torpes espías y sanguinarios esbirros del poder (II)

(viene de) Aunque aún no estaba totalmente recuperada de mi segundo periplo en pocos días por el túnel de tiempo, me sentía de buen humor mientras cabalgaba por las riberas del Ebre, envuelta en el frescor delicioso del otoño incipiente que despertaba los aromas del bosquecillo de ribera que corría paralelo al río, entre chopos, olmos, fresnos, mimbre, cañas, juncos y lirios…. Pensaba ya en dónde y cuándo pasaría la noche cuando, al pasar un recodo habiendo ya casi caído el sol, divisé a lo lejos un viajero que a todas luces seguía el mismo camino que yo. Espoleé a mi caballo para alcanzarle, y así llegué a la altura de un anciano de luenga barba blanca con todas las pintas de ser un artesano procedente de alguna aldea cercana, aunque el manto corto con capucha que le caía sobre el rostro le otorgaba un aspecto de lo más sospechoso. Aunque fue eso lo que me hizo abandonar, de momento, la prevención: un espía verdadero hubiese llevado un disfraz menos evidente. Aunque también es verdad que al ver la serie de patéticas pantomimas que los policías infiltrados montaron durante el 25S una llega a la conclusión que el enemigo nunca es más inteligente que nosotros, ni por asomo: si nos vence solo es porque tiene menos escrúpulos. Muchos menos: los cardenales de mi espalda podían atestiguarlo. Y las visiones grabadas en mi retina de ancianos sangrantes y jóvenes aplastados por más de diez efectivos del desorden público para cada uno, aún más.
-Con Dios, buen anciano –le saludé-. ¿Podéis decirme a dónde os dirigís, si no es preguntar demasiado?
Por un momento pensé que mi interlocutor iba a ignorarme, pues tardó mucho más en contestarme de lo que hubiese sido razonable según las leyes de la urbanidad medieval. Pero al fin volvió la cara a medias hacia mí, sin permitir, eso sí, que viera su rostro, y me explicó en tono amable.
-Hacia Gardeny voy, mozalbete. Si queréis y os va bien podemos hacer juntos un trecho del camino. A mi ancianidad no le iría mal un brazo joven como el vuestro y en pago puedo regalaros con las ricas viandas que llevo en el zurrón.
Sería obvio aclarar que yo seguía ocultando mi condición femenina, algo básico si quería descubrir al traidor (o nido de traidores) como me habían encomendado. Pero no me gustó ni un pelo el retintín que pareció entonar su voz cuando pronunció la palabra “mozalbete”. Mis sospechas se confirmaban: un espía con excesiva confianza en sí mismo como para no ser desfachatado, algo bastante común para una habitual viajera al siglo XXI donde ya los opresores no tienen ninguna duda de haber ganado o, en cualquier, saben que no habrá ya límites para conseguir su victoria.
-No les haré ascos, sobre todo sin van bien regadas con un buen vino. Caminemos, pues pronto habremos de buscar acomodo para pasar la noche.
Estaba corriendo un riesgo, y era plenamente consciente de ello. Tenía que extremar la precaución, aguzar la inteligencia y echarme a los leones: habían demasiadas cosas en juego, el momento era demasiado decisivo, para bajar la guardia un solo momento, para perderme en disquisiciones que no llevarían a ninguna parte. No podía decir que no tuviera miedo: lo tenía, y mucho. Pero con miedo y todo iba a hacerlo. Y si esto lo hago yo, que no soy ninguna heroína y sí bastante desastrosa, ¿qué grandes cosas no podréis hacer vosotros, capaces y comprometidos lectores? (sigue)

La única salida: otra aventura medieval (V)

Este otoño será muy caliente

(viene de) Supongo que ahora estaréis diciendo: ¿qué hace esta loca ofreciéndose a colaborar con esa camarilla de chiflados, sin saber quiénes son, qué se proponen, si las acciones que deberá realizar para ellos serán pacíficas y violentas, los problemas que le traerán…? ¿Serán una versión medieval del Club Bilderberg, como apuntó un amable comentarista de la entrega anterior? ¿Algo peor? ¿Una trampa de la ultraderecha? Pero yo creía firmemente que era el momento de liberarnos todos un poco de manías y actuar. No ponemos estar permanentemente cuestionando movilizaciones por motivos extraideológicos, emparanoiándonos hasta de nuestra sombra; en tiempos anteriores, cuando el demencial descalabro actual solo era un presagio, había tiempo de pergeñar estrategias inteligentes. Pero llevamos ya siglos reflexionando y ni unos meses más, ni unos días, harán que seamos más efectivos. Nos están matando, literalmente, nos han declarado la guerra y la están ganando ante nuestras atónitas y paralizadas narices. ¡Joder, vayamos al lío de una puñetera vez ya y dejémonos de estupideces!

Pero fue Guillaume quien respondió a mi pregunta, tras ponerme la mano en el hombro con una mirada de amistad y confianza.

-Varias cosas. Pero, de momento, necesitamos saber si hay un traidor en la encomienda de Barcelona. Al igual que en muchas otras. Sabemos que muchos hermanos supuestamente leales están recopilando pruebas falsas contra nosotros. Tú te harás pasar por mi sirviente (por si no lo sabías, y a pesar de todo, soy un alto dignatario de la Orden debido a las razones que ya te comenté), y realizarás averiguaciones. Confío en tu inteligencia y en tu perseverancia. Y recuerda: no somos nosotros. Hay mucho en juego.

Y así, con este alarde de fe injustificada en mí por parte de Guillaume, comenzó todo. Pasé a vestirme de hombre y a mezclarme con los sirvientes de la encomienda, que no eran tan mala gente después de todo, y a intentar espiar sus movimientos y atar cabos. No es que se me diera mal ese trabajo, sé sumar uno más uno y algunas cifras más y la verdad es que he estudiado a conciencia todo lo que ha caído en mis manos. Pero siempre me he sentido más segura con una espada en la mano que intrigando; en un combate lo único que puedo perder en mi vida, y aunque le tengo bastante aprecio, sobre todo porque no tengo ni idea lo que será estar sin ella, en esos momentos siento una misteriosa seguridad que hace que las imágenes de la muerte se alejen. Y no es valor en absoluto; solo temeridad, inconsciencia, locura tal vez. O aburrimiento. O quizá que desde siempre había sospechado que mi vida sobre la Tierra no iba a ser muy larga. Pero haciendo de soplona no experimento en absoluto la misma sensación: vivo aterrizada por si me atrapan o, mucho peor, por si causo una desgracia total, cosa que suele ser mi costumbre. Por si fuera poco, Guillaume exigía que pasara las noches en su dormitorio (de una manera fraternal, se entiende, no habría accedido de otra forma) bajo el pretexto de cara al convento de que necesitaba vigilancia constante por culpa de una vieja herida mal curada (creo que nadie se lo tragó, pero más que historias de espías se imaginaron relatos de un cariz muy distinto) y de cara a mí de que debía estar permanentemente al tanto de mis descubrimientos. Pienso que no peco de ingenua si aseguro que al principio su comportamiento estaba regido por la caballerosa intención de que yo gozara de todas las comodidades posibles, y sin embargo, a medida que pasaban los días, la curiosidad y el afecto que había sentido por mí en un primer momento parecieron derivar hacia una especie de obsesión a mi juicio completamente absurda: me considero una chica bastante normalita y no creo que la intención del Altísimo cuando me creó, en el caso de que realmente lo hiciera, fuera convertirme en el tipo de mujer que enloquece a los hombres (bueno, sí que les enloquezco todo lo que puedo, je je, pero de otra manera muy distinta). Y además de absurda, peligrosa, peligrosa para él, desde luego, pues mi determinación en mantenerme alejada de cualquier contacto que fuera más allá de lo episódico me colocaba en una posición segura. Pero, continuando con la historia, tanto Guillaume, que jugaba con los grandes, como yo, en la purria, llegamos a convencernos de que allí no se cocía nada. Y todo habría acabado en ese punto si no hubiéramos descubierto a unos tíos con el inconfundible aspecto de soldados de Jaumet (para la historia, Jaume II) pululando por el barrio y mostrando excesivamente interés en nuestras idas y venidas; y cuando uno de ellos se atrevió a lanzar una indirecta sobre mi aspecto escasamente masculino, probablemente con el objetivo de provocarnos y hacer que nos descubriésemos, o bien de encontrar una excusa para neutralizarnos, comprendimos que quizá nos habíamos precipitado en descartar traidores en la encomienda. Y con esa gente, a los guardias me refiero, hay que tener cuidado, los que conozcáis a sus herederos del siglo XXI sabréis lo que quiero decir.

Y a todo a esto, yo continuaba siguiendo estrechamente los pasos de Guillaume por el pasadizo, aunque no tan de cerca como para que volviera a hacerme una demostración del lugar por donde se pasaba la castidad exigida y la historia aquella de no besar ni a la madre ni a las hermanas; aunque por lo que sabía de su congregación no era el único que cumplía de aquella curiosa manera con sus votos. Y de pronto, recordé otro de los acertijos que no me había querido revelar y que tenía que ver con la identidad del Número Ocho. Me explico: el conciliábulo que me había realizado la entrevista de trabajo más extraña de mi vida estaba compuesto de cinco personas, tres templarios (entre ellos el que yo llamaba Maestro) y dos seglares (mi jefe y la mujer que había visto). Junto con nosotros, servidora y mi curioso representante sindical, contábamos siete. Y, como todo el mundo sabe, el número emblemático de los templarios es el ocho. Está presente en su símbolo, en sus construcciones… Así que faltaba una persona. Alguien que se ocultaba, que debía de tener una buena razón para hacerlo… y que por consiguiente me tenía loca de curiosidad. A Guillaume le había sorprendido mi deducción pero no se molestó en negar su veracidad, aunque como es natural mantuvo un severo mutismo al respecto… Y sin embargo, ni las cábalas sobre la identidad del o la oculto/-a ni los temores de que acabara resultando ser o Karl o Gustaf, ahora que parecía que todos mis enemigos estaban locos por ser mis amigos, me hacían olvidar el incómodo lugar donde me hallaba. Rodeada de aquella opresión, solo podía pensar en la libertad, y cuando pensaba en la libertad no podía menos que recordar Tierra Santa, con sus inmensos desiertos y sus orillas lejanas, el lugar donde más libre me he sentido nunca y que paradójicamente siempre ha sido el premio gordo de la rifa entre potencias.

De pronto, mi compañero se detuvo tan bruscamente que estuve a punto de estamparme contra él. Me indicó silencio con un gesto, como si yo hubiera estado hablando por los codos, y se mantuvo inmóvil un momento, agudizando sus sentidos.

-¿Lo has oído? –inquirió en un murmullo.

Negué con un movimiento de la cabeza. Había estado demasiada ocupada en mis ensoñaciones.

-Ha sido detrás de nosotros. Lo he escuchado claramente. Un rumor de pasos -me aclaró.

Yo volví a escudriñar la oscuridad. Nada. Y me precio de tener buen oído.

-Vayamos deprisa –sugerí. Pero él negó con la cabeza.

-Es demasiado tarde. Quien sea sabe que estamos aquí. No entiendo cómo ha podido averiguarlo, pero lo sabe. Y no puedo permitir que lo revele.

Guillaume tenía la mirada fija en el lugar de donde, según él, había venido el sonido, con determinación asesina.

-Entonces, ¿te lo vas a cargar?

Dirigió su vista a mí.

-Intentaré no hacerlo. Solo pretendo enviarle a un lugar seguro, seguro tanto para él como para nosotros, y donde desde luego no pueda abrir la boca. Pero si me lo pone difícil, entonces… -se interrumpió-. Sabes que a partir de este momento estaremos obligados a hacer cosas que no nos acaben de gustar. Y desde luego cosas que no nos convengan en absoluto. La única salida, ¿te acuerdas? No todo está justificado en todos los casos, pero ahora debemos sobrevivir. Eowyn, tienes que salir sola y esperarme en la siguiente etapa.

La idea no me gustaba en absoluto. Pero mucho menos me gustaban las largas procesiones de parados, ancianos y inmigrantes sin prestaciones, techo, sanidad ni educación para ellos y para los suyos, sometidos a una escalada imparable de precios de los servicios básicos que no podrán ni soñar en pagar y que ni los imbéciles más redomados se creen que va a reactivar la economía. Tal vez, si actuaba en el pasado, podría cambiar el futuro. Tal vez, si actuaba en el pasado, al menos podría aprender para el futuro, para ese futuro que como el pasado era también mi presente.

-¿Y por qué no lo haces tú? Sabes mejor que yo el procedimiento a seguir. Y una servidora puede encargarse de ese tío tan bien como cualquiera de los tu orden, si no mejor.

Negó con decisión.

-Yo sé mejor que tú cómo lucha esta gente, y tú sabes mejor que yo cómo escabullirte con discreción. Créeme, es la mejor opción.

-Pero voy a estar perdida sin ti allá afuera… en el sentido laboral del término –me apresuré a concretar.

Su sonrisa fue pícara ahora.

-Tú siempre sabes encontrarte. Por cierto, agradecería un beso de despedida. Por si acaso.

-Ni lo sueñes –atajé yo-. Si tanto te interesa saber si tienes posibilidades conmigo, mantente vivo y pruébalo la próxima vez que nos veamos. Con un poco de suerte lo mismo hasta me pillas desesperada y todo.

Su expresión volvió a ser grave. Me apretó el brazo unos breves segundos, encendió otra antorcha que llevaba al cinto con la antorcha que portaba y me la tendió.

-Tengo que irme. Nos veremos pronto.

Desapareció en la oscuridad. Yo contemplé el camino que había tomado durante un momento y luego seguí el pasillo, intentarme no distraerme con las múltiples ramificaciones. Esperaba sinceramente que Guillaume pudiera salir de aquella: pese a mis muchas reticencias, el tiempo trabajando juntos había conseguido que no me cayera del todo mal. Y además, ahora no sabía cómo contactar con el resto del conciliábulo, pues de esa tarea se encargaba exclusivamente mi compañero. Al final vi la luz al final del túnel, en este caso de manera real porque al parecer, tal como estaban las cosas, de manera figurada no la iba a divisar nunca en lo que me quedaba de vida, y me apresuré a salir. Respiré una bocanada de aire puro. La luna empezaba a brillar en el cielo casi nocturno ya y no podía apreciar bien el terreno que me rodeaba, una zona que en la oscuridad me pareció plagada de vegetación de riera y marismas peligrosas. No tenía ni idea dónde se hallaban las cuadras en las que guardaba mi caballo, ni cómo iba a arribar hasta allí ni cuánto tiempo me llevaría. Pero de pronto una preocupación mayor que mi propia suerte o la de Guillaume pasó a ocupar la primera línea de mis pensamientos. Y es que una flecha se clavó en el árbol que tenía a mis espaldas, a apenas unos milímetros de mi cuero cabelludo.

-Pero ¿es que no piensan dejarme descansar jamás? –dije en voz alta, echando cuerpo a tierra. Esperaba que una lluvia de flechas cayera sobre a mí a continuación e instintivamente me tapé la cabeza con las manos. No obstante, y misteriosamente, solo el silencio me acribilló. Cuando hubo pasado el suficiente tiempo para creer que estaba segura, me levanté muy despacio y eché un vistazo a mi alrededor. Todo parecía tranquilo. Entonces miré hacia la saeta que se había clavado en el árbol y vi que llevaba clavado un trozo irregular de pergamino. Intrigada, me apresuré a sacarlo, operación que pude realizar no sin desgarrarlo mínimamente. En su superficie estaba dibujado un mapa que informaba de que me hallaba en la costa de Barcelona, un par de kilómetros de la ciudad en dirección sur, calculé, y qué camino debía seguir para llegar lo más rápido posible a mi destino. En el borde inferior, unas letras saltaron a mis ojos haciéndome casi gritar de sorpresa.

Nos encontraremos en la siguiente etapa. Y recuerda: es la única salida.

El Número Ocho

-Estoy rodeada de cabrones –me lamenté-. Espérate que te pille, Número Ocho, y te voy a meter las flechitas por salva sea la parte; incluso aunque seas mi aliado. En algo me voy a tener que entretener para pasar el tiempo entre acción y acción. Porque este otoño va a ser muy caliente.

La única salida: otra aventura medieval (II)

Ojalá existiera el infierno

(viene de) Un tumulto en la calle interrumpió mis pensamientos: volví la vista hacia el ventanuco de la torre, pues la había dejado vagar momentáneamente por la habitación en mis ensoñaciones, y vi a través de él cómo un grupo de personas se afanaba por arrastrar a un cautivo, al que llevaban casi en volandas, hacia el edificio de la Alhóndiga, probablemente para que se le administrara justicia. Por los gritos, de tal calibre sónico que arribaban hasta mi atalaya, averigüé que se trataba de un ladronzuelo sorprendido en el execrable delito de robar unas manzanas en el mercado. Evidentemente, no era la primera vez que presenciaba un caso así, se trataba de un hecho que ha llegado a formar parte de la galería medieval de tópicos. La historia detrás del acto, comprendí, sería la misma de siempre: el hombre, o mujer, que roba porque no puede alimentar a su familia a causa de los diezmos obligados a pagar a su señor feudal correspondiente, sea laico o eclesiástico, a causa de la destrucción de sus tierras por causa de un pleito entre caballeros… En resumen, a causa de las acciones de otros mucho más ladrones que él. Qué más daba. Lo había visto en mi Edad Media, y lo había visto mucho más en el maldito siglo XXI: solo que allí no roban una cosecha a una familia, sino todo lo que poseen a muchas familias, con alcance regional, nacional, global… El capitalismo significó el perfeccionamiento malsano del feudalismo, acumulación a base de basura y destrucción. Y ahora, ese capitalismo, ese sistema que no sé si llevara en sí el germen de su destrucción, pero desde luego y para nuestra desgracia no morirá solo, ya no tiene límites… Maldije que mis aventuras me hubieran llevado a ese espantoso lugar en el tiempo, mi sensibilidad ya no soporta tantas historias de soledad, tristeza y muerte. Estoy muy cansada de llorar a solas de impotencia ante la injusticia y de no tener a nadie que enjugue mis lágrimas. Al menos, a nadie que se merezca hacerlo, a nadie que se haya preocupado nunca por hacerlo, a nadie a quien mis lágrimas le hayan dolido como se supone que tienen que doler las lágrimas de los que son de tu misma sangre.

Y a la gente no de mi sangre que sí hubiera querido compartir mi dolor, los he rechazado.

Por eso no maté a Guillaume. Porque ya he visto demasiada muerte. O tal vez porque (fraternalmente hablando, claro, como se dice románticamente mi corazón está en otra parte, o estaría, en el caso cada vez más improbable de que tenga corazón) sentía cierta debilidad por él. Y lo peor de todo es que el muy hijo de puta lo sabía.

-Vamos, Eowyn, ya te has desahogado bastante -contestó él, imperturbable a mis amenazas-. Ahora, si no te importa, vamos a tratar de asuntos serios.

Yo envainé mi espada, maldiciendo entre dientes.

-Tienes suerte de que me pueda la empatía. Porque ni siquiera temo que el infierno se me lleve por acabar contigo. Entre otras cosas, porque no creo que exista. Lamentablemente. Opino que el infierno está en la tierra. Para los que son como yo. Para los que sufren y aman demasiado, aunque no lo manifiesten, para los que tienen principios. Y el paraíso es de los otros. De los psicópatas sin más límite que su propio beneficio. Como tú, quizá. A veces pienso que soy imbécil. No a veces, siempre. Y tal vez debería empezar a cambiar ahora acabando contigo por la única razón de que me molestas. Si es que matarte es en realidad una mala acción, cosa que dudo.

Él me miró fijamente.

-No estoy seguro de entenderte cuando comienzas a hablar de esta manera. Pero comprendo el trasfondo de tus palabras, y sé qué es lo que en realidad te duele de todo esto. Te debo una explicación: no he sobornado a nadie para que vuelvan a admitirme en la Orden, ni he asesinado para conseguirlo, ni he recurrido a la gente que le debe favores a mi poderosa familia, como me imagino que piensas. Robé y traicioné, sí, y no me arrepiento. A mis enemigos y a mis amigos; hasta al Sultán, claro, planeaba hacerlo desde el principio, nunca fueron por dinero mis acciones. Sencillamente, creo que estoy en situación de dar mejor uso a cierto objeto que la persona que lo detentaba antes que yo, y digo ‘detentaba’ porque tampoco estoy seguro de que lo consiguiera exclusivamente con buenas artes. La Orden sabe que soy ahora el dueño legítimo. Y les interesa estar en buenas relaciones conmigo.

Yo estaba asqueada.

-No me imaginé que la repugnante bajeza tuya y de todos los de tu calaña llegara a este extremo.

-Déjame terminar -atajó él-. La Orden y yo tenemos un objetivo común: que ciertas injusticias que se están produciendo ahora no continúen. O al menos que no avancen.

Hice un gesto de incrédulo desconcierto.

-Desconocía que tuvieras esas inquietudes. Y sé que, al menos oficialmente, la Orden no se mete en política.

-Oficialmente, tú lo has dicho. Y sí, tengo esas inquietudes. Y probablemente seas la persona de mi entorno que mejor puedas comprenderlas. Te conozco. Sé lo que haces. Lo que sientes -hizo una pausa que intentó arrojar tintes dramáticos a la escena-. Sé que lo último que viste en el siglo XXI, y que aborreciste, y que pensasteis que era el escalón más bajo de ignominia y estupidez al que puede llegar un gobierno, es la retirada del subsidio de 400 euros a los parados de larga duración, justamente en un momento en que encontrar trabajo es poco más que imposible, condenando a cientos de miles de familias a la miseria o a algo peor. Va a pasar algo parecido aquí, y sé que puedo contar con tu ayuda.

Se me hubieran caído las bragas al suelo de haber vestido una prenda interior medianamente parecida. Intenté atar cabos, sin conseguirlo: Guillaume no había tenido forma humana, al menos conforme a las leyes de la naturaleza visible, para enterarse de mi secreto, y además con tantos detalles. Estaban pasando demasiadas cosas raras últimamente, incluso superando el concepto de magia medieval. Si al final no sería tan raro que existiera el infierno… aunque sí demasiado hermoso para ser verdad. (sigue)

‘La rebelión de los soldaditos de plomo’ se presenta el 29 de junio en Barcelona

La rebelión de los soldaditos de plomoBueno, no es lo mismo que si anunciáramos la fantástica presentación internacional de un tomo inédito de la saga de Harry Potter que un empleado de limpieza municipal encontró un día debajo del banco de un parque, pero el título en cuestión es obra de esta que suscribe, y quieras que no le tengo un cierto cariño. Así que esto es lo que hay: el día 29 de junio se presentará en l’Associació de Veïns i Veïnes de Casc Antic de Barcelona (Rec, 27), a las 19.00, la esperada (esperada por mí, básicamente) primera novela de Eowyn de Camelot: ’La rebelión de los soldaditos de plomo’ (Ediciones Hades, nombre que espero no sea premonitorio). La novelilla en cuestión pretende ser el primer volumen de una trilogía llamada Casa Usher y cuyas dos entregas restantes, si los santos del panteón comunista lo quieren y las ventas del primero así lo permiten, saldrán en algún momento antes del fin del mundo.

Supongo que ahora es el momento del autobombo, el self-promote y el “yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Pero me temo que eso no me sale muy bien: lo único que puedo decir de  ’La rebelión de los soldaditos de plomo’ es que a mí me gusta. Y que lo he escrito esperando que les guste a tod@s, al menos a la gente de mi cuerda (porque por poco que me conozcáis ya os imaginaréis por dónde va ir el tema). Y ya que para escribirlo tuve que hacer descender la productividad de todas las empresas en las que trabajé en aquella época (si a alguna de las mujeres que me leéis os gusta escribir ya os imaginaréis por qué lo digo), pues bueno, consigamos que el sacrifico de esas compañías por la literatura no caiga en saco roto, ¿no os parece?

Bueno, y sin más chorradas, ahí abajo os copio la sinopsis. Nos vemos el 29 de junio. Estaré escondida entre el público mirando cómo una chica que me encontré en la cola del INEM, que dice que es periodista y que he contratado para la ocasión presenta el libro en mi nombre. Espero que no diga demasiadas tonterías, porque si no me acojo a la reforma laboral, declaro que me ha hecho perder beneficios y no la pago. Y por si sí las dice (cosa que lamentablemente témome mucho), recordad que no la conozco absolutamente de nada.

‘La rebelión de los soldaditos de plomo’

¿Cómo sobrevivir al acoso de los despiadados poderes económicos? El brazo es demasiado largo y puede llegar a estrangular a quien se aleje del redil. Una gran Sombra que oscurece cada rincón y donde el Miedo al Cambio la convierte en más poderosa.

Por suerte siempre hay personas que se interponen en el camino aunque este los intente amordazar. Como Anezka, Cristof y sus amigos, que se enfrentarán a la fuerza de choque de una gran multinacional y también a sus propios fantasmas. 

Eowyn de Camelot nos ofrece una trama perfectamente hilvanada en la que se dan cita idealistas algo descerebrados y no siempre pacíficos, sicarios llenos de traumas, policías tan violentos como obtusos y skinsheads en estado de embriaguez permanente.

En la lucha final (III)

(viene de) -Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.

-Esta vez hablo en serio –aseveró.

Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).

-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.

-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.

Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de  supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.

-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.

Me mostró las palmas.

-Hablar. Solamente eso.

No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?

-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.

La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.

-Tienes muy buen aspecto.  Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.

-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.

-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.

-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.

Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.

-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…

Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares

-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.

Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.

- Me trasladaré a mis posesiones de Barcelona y te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.

Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?

-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?

Se apresuró a responder.

-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.

-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.

-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.

Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, una masía fortificada a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias de la masía y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos.

En la lucha final (II)

(viene de) Tengo que reconocer que en los peores momentos de mi vida siempre había encontrado una mano tendida aunque a veces hubiera acabado sosteniendo el látigo que acabaría estrellándose contra mis espaldas, un inesperado golpe de suerte que en pocos meses se convertiría en una maldición. Cuando llegué a Barcelona, exhausta y derrotada, unas semanas antes, había tenido que hacer un esfuerzo para que la depresión no me arrojara contra una cuneta para dejarme morir allí. Pero a mí aún no me habían robado toda la esperanza ni todo el trabajo de toda mi vida, como habían hecho con los desposeídos en Grecia, y aunque solo fuera por orgullo no quería que nadie me obligara a ser la mano autoejecutora del genocidio social del sistema; o tal vez me producía demasiada pereza pensar en cómo dar fin a mi vida. Sea lo que sea, en lugar de suicidarme hice lo que una mercenaria de pro debe hacer en esas circunstancias: emplear las monedas de Guillaume que aún me restaban en darme un buen baño, buscarme un alojamiento y procurarme ropas presentables que me acreditaran como una candidata susceptible de tener en cuenta para posibles encargos. Y, claro, frecuentar los mercados y las tabernas, que para que me entendáis funcionan como una especie de mezcla de Infojobs, LinkedIn y Facebook. Era consciente de que me había metido en la boca del lobo; me hallaba en el exacto lugar donde Karl y Gustaf me habían encontrado hacía ya casi un año, y pretender que serían tan imbéciles como para no buscarme allí, por muy evidente que ello fuera, era quizá suponer demasiado, incluso si era referido a ellos. Pero, a pesar de la advertencia del templario traidor y de la poca simpatía que debían de profesarme después de que el Sultán se hubiera vengado en ellos de mi huida, como seguro habría hecho, no conseguía sentirme aterrorizada por la perspectiva de volver a  verles: les había perdido todo respeto, si es que alguna vez les había tenido alguno, y estaba segura de que si me los encontraba más que asustarme me iba a entrar un ataque de risa en sus barbas. Así que ya me veis de nuevo en la Ciudad Condal, intentando infructuosamente encontrar acomodo laboral mientras acarreaba un enorme agujero lleno de algo parecido a la antimateria que se abría justo en medio de mi estómago y que a veces me dolía tanto que hasta me hacía caminar encorvada; y no era hambre, os lo aseguro, aunque también comenzaba a sentirla. Pero, por suerte o por desgracia, estoy acostumbrada a las vicisitudes. Lo siento mucho por los positivistas y los amantes de libros de autoayuda: el Destino existe y que te esfuerces en mejorar tu vida, aunque muy recomendable, sirve de muy poco; tu sino se encargará de joderte bien jodido si eso es lo que tiene programado. Sobre todo si has nacido pobre y sin nobleza. Como en mi caso, por ejemplo. Y sobre todo si hemos vendido nuestro país a los neoliberales fascistas del PP, que a su vez aún lo venden más barato. Y por si fuera poco, en uno de mis deambuleos curriculares, al doblar una esquina, me tropecé de pronto de la manera más escandalosa con el mismísimo señor del lugar donde me había criado, mi archienemigo.

Naturalmente, me dispuse a poner pies en polvorosa: que yo supiera, el noble en cuestión no daba un paso fuera de su castillo sin ir protegido por una nutrida guardia que, estaba segura, debían de estar agazapados a mi alrededor, esperando tal vez una orden para caer sobre mí como auténticos antidisturbios cabreados. Y, de hecho, un grupo de cuatro secuaces taponaban la única salida: así que me decidí a esquivar a mi antiguo jefe y a arriesgarme por la calle que discurría a su espalda, con casi la seguridad de que encontraría a alguien emboscado en alguna parte: si l@s lector@s que conocen Barcelona alguna vez se han quejado de las tortuosas calles del Casc Antic, debo informarl@s que antes de derribar las murallas era aún peor (no obstante, tengo que reconocer que cuando estoy en el siglo XXI las echo de menos. Lo único que me consuela es que solo las han derribado, no las han sepultado por desmemoria o intereses, ni las han privatizado como en Grecia ni expoliado como en Siria o Irak)… Pero cuando me lancé hacia mi objetivo descubrí que también aquella salida había sido bloqueada. Así que di un paso atrás, alejándome de todos ellos lo máximo que podía, saqué la espada con seguridad y les regalé una sonrisa de suficiencia: estaba demasiado enfadada para tener miedo, y aquellos guardias, con sus negros ropajes protegiendo el lujo del noble (solo les faltaba la insignia de la División Azul), me recordaban demasiado a los efectivos policiales de Barcelona cargando indiscriminada e impunemente contra los manifestantes mientras acordonaban el Corte Inglés y la Bolsa. Yo misma podría estar en aquel momento herida, encarcelada o ambas cosas, si un camarada anónimo, al verme desorientada en la multitud y corriendo en dirección a las peores cargas, no me hubiera sacado allí casi en volandas; ni siquiera llegué a verle la cara. Pero ahora sí estaba permitido que me comportase como una salvaje medieval defendiendo mi vida sin que nadie me llamara terrorista por hacer lo mismo en 2012, así que moví mi espada para que destellara a la luz de las escasas antorchas, en señal de desafío, y me dispuse a la batalla. Pero los guardias estaba extrañamente inmóviles, y el único que se adelantó, con los brazos separados del cuerpo y mostrando que estaba desarmado, fue el señor.

-Guarda tu espada, Eowyn. Hemos venido en son de paz.

Vaya por dios. Con las ganas de juerga que yo tenía (sigue).

En la lucha final (I)

Finales de abril, 1292

La puerta de la taberna del puerto que solía frecuentar retumbó contra el muro produciendo un sonido horrísono, y abierta se quedó, balanceándose por el impulso hasta perder la fuerza. Fuera, la conocida humedad barcelonesa me reclamaba mis huesos como tributo, pero yo le hice una higa y avancé unos pasos para alejarme del pestilente local. La brisa primaveral venía tan helada como si nunca tuviera que llegar el cambio climático y como si el fuego que destruiría siglos más tardes los bosques de Galicia, abandonados al vandalismo y a la especulación, no fuera más que una absurda pesadilla, pero no logró apaciguar mis exaltados ánimos; así que busqué algo interesante que patear para desahogarme: un montón de desperdicios, algún ladronzuelo dispuesto a aligerarme de mis escasas pertenencias, un Mosso de Esquadra con ganas de atizar a discapacitados  sin que sus amos marquen límites a su violencia… pero no tuve suerte: los malos siempre se esconden como ratas cuando más necesitas de ellos, o bien huyen por la puerta de atrás tras haber prometido, entre otras falsedades, “dar siempre la cara”.. No me quedó otro remedio que descargarme de mi frustración bufando como una mula de la peor raza, aunque ni siquiera eso me fue permitido: sin que la agrietada y sucia madera hubiera tenido mucho tiempo de descansar sobre su dintel, una iluminación temblona en el acceso al local reveló que alguien venía a acompañar mis cuitas, o al menos a huir escapado de aquel antro de perdición; y en ella vi como se recortaba la figura delgada  e inquieta de Yannick el Terrible.

-¡Pero, bueno, compañera! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te has ofendido de ese modo? –como siempre, su voz surgió sin acento identificable, o tal vez con todos los acentos del mundo. Nadie sabía de dónde procedía Yannick; posiblemente ni él mismo.

-Pues pasa que estoy harta de todos vosotros. De todos –le di la espalda. Aunque la verdad era que no recordaba la causa por la que me había cabreado tanto con mis habituales colegas de taberna, los mismos con los que venía encontrándome casi cada noche desde que residía en Barcelona. Pero es que últimamente nada parecía funcionar como debía y daba la sensación que la gente se empeñaba en decir las palabras más inconvenientes. Lo que hace la falta de un sistema educativo en condiciones para los pobres; bueno, qué voy a explicaros a vosotr@s, lector@s, si pronto lo vais a averiguar, lamentablemente. Sin embargo, no podía enfadarme con Yannick-. Excepto de ti –me volví e intenté dirigirle una mirada cordial, aunque la rabia me pesaba sobre las comisuras de los labios, estirándolos hacia abajo-. Eres demasiado joven para que se te tengan en cuenta las tonterías que dices.

Él se acercó hacia mí y me palmeó por el hombro.

-Muchacha –el chaval observaba una total falta de respeto hacia mí a pesar de que tenía edad de ser su madre, por lo menos si hubiera concebido a la temprana edad a la que mi familia pretendía venderme al mejor postor. Y es que yo no era una mujer verdadera, según Gallardón-, últimamente estás imposible. No nos toleras nada. Ni a nosotros ni a nadie. Y no hacemos nada que justifique tu mal humor. ¿Qué es lo que te está sucediendo?

Su tono mesurado tuvo el poder de disipar las brumas de mi mente. Tal vez, incluso, tenía razón, tal vez mi malhumor fuera algo exageradillo y ninguno de los integrantes de aquel grupúsculo de ejemplares de la peor sociedad barcelonesa, que en el fondo eran buena gente aunque la diplomacia no fuera una de sus virtudes, en ningún momento hubiera pretendido ofenderme. Me senté en el tercer peldaño de una escalera que ascendía a una vivienda cercana.

-Tú no lo entiendes. No le pides nada a la vida, excepto ser libre y que no te impongan normas, navegar y conseguir el botín suficiente para comer y beber tranquilo una temporada –ya habréis comprendido que Yannick se dedicaba al noble arte de la piratería-. Ni siquiera te preocupan las mujeres, eres demasiado joven para eso. Yo, sin embargo…

-Creí que también valorabas tu libertad más que cualquier otra cosa –objetó.

-Y así es. Eso es incuestionable. Pero quiero más. Últimamente noto que me hace falta algo. ¿Sabes que a mi edad hay muchas mujeres que ya han muerto de parto? ¿O de cualquier otra cosa? –en la Edad Media ya nos hemos acostumbrado a eso, a que nuestra vida valga menos que el contenido de una bacinilla; qué se puede hacer, no hay manera de evitarlo. No es como si tuviéramos medios para cuidar de la salud de tod@s y no lo hiciéramos. No es como si cerráramos hospitales, enviáramos a los profesionales de la medicina al paro o permitiéramos que en tantos países no exista sistema universal de salud. No es como si nos obligaran a pagar indefinidamente lo que hemos pagado sin retribuirnos por nuestro trabajo. No es como si conociendo a la ciencia la canjeáramos por la religión-. Me estoy acercando peligrosamente al límite de  la esperanza de vida de este siglo, y no he hecho nada útil en  toda mi existencia.

-Pues yo diría que sí lo has hecho –me interrumpió Yannick.

-Sí. Sobrevivir. Arrastrarme en las misiones más cutres por un mendrugo de pan -aduje yo.

-Pues a mí me parece suficiente…

-No –le corté-. Están pasando muchas cosas. Y yo estoy aquí, sin hacer nada. O al menos, sin hacer lo suficiente –me hizo un signo de que continuara, y así lo hice-. Hay un lugar a donde también pertenezco y que hace demasiados días que ya no frecuento. Un lugar que odio y amo al mismo tiempo, y donde me necesitan… bueno, necesitan a cualquiera que quiera echar una mano, no específicamente a mí, claro. En ese lugar se está gestando algo que se podría llamar la lucha final, en la que solo quedará uno, si puedo expresarlo cinemato… de manera propia de los trovadores, quiero decir. Y parece ser que de momento quien quedará es el que menos tiene que quedar. Quien más daño ha sido y es capaz de hacer a la Humanidad…

-¿Y cómo se llama ese hijo de puta?  -me interrumpió el jovenzuelo-. Mira que llamo a mis amigos y me voy para allá…

-Antes se llamaba Capitalismo –expliqué yo-. Aunque ahora es algo mucho peor. No obstante será mejor que lo olvides, está demasiado lejos para ti. Y ahora parece que incluso para mí. Pero lo peor es que ya no sé por qué quiero hacerlo, por qué quiero ir allí y arriesgarlo todo, arriesgarme a no volver a este tiem… ejem… a este lugar que después de todo es mi casa, y cuyas leyes entiendo, y que por muy podrido que esté es mi mundo. No sé si lo hago porque me preocupa la gente de ese sitio o si solo soy incapaz de resignarme a no hacer algo heroico, algo que me reivindique de todos mis errores. Algo que dé sentido a mi vida… Hasta ahora no he hecho más que recorrerla egoístamente, sin aportar nada.

El piratilla negó efusivamente con la cabeza.

- Eowyn, se pueden decir muchas cosas de ti y no todas buenas. Tienes un carácter endiablado, no aceptas una crítica, a veces ignoras el riesgo y pones en peligro a los que tienes a tu lado y algunos rumores afirman que en ocasiones te dejas llevar demasiado por… los excesos… Pero no me digas que eres egoísta porque no me lo creo. ¿Sabes cuál creo que es tu problema? Que no confías en nadie. Tal vez si compartieras tus problemas verías que no son tan graves.

Mi filósofo amigo acababa de dar de lleno en una herida abierta.

-¿Confiar? ¿En quién? Yannick, tú y yo dentro de unos días tal vez no volvamos a vernos nunca. Además, la gente como yo no puede tener amigos en quién buscar consuelo. Estamos secos por dentro, nuestro corazón está tan helado como el filo de nuestra espada.  Así soy. ¿Me creías diferente?

-Sí, te creía diferente –el tono de mi interlocutor fue duro-. Mucho más valiente. Capaz de arriesgarte a sufrir. Pero veo que esto no está en tus planes.

Era muy fácil para alguien como Yannick hacer esas afirmaciones: él se tenía a sí mismo, siempre se había tenido, y por tanto no necesitaba a nadie. A mí hacía tiempo que me habían arrebatado las posibilidades de ser yo; por eso necesitaba de los demás. Demasiado. Pero no estaba dispuesta a dar nada de mí misma. Ni a permitir que volverán a traicionarme.

-Pues lamento decepcionarte. Esto es lo que hay.

Me levanté de mi asiento de dura piedra y me marché en dirección contraria a la taberna: ya había hablado bastante por aquella noche. Yannick me dejó marchar, sus deseos de arreglar el mundo en mi persona al menos temporalmente defraudados: él también quería ser un héroe. Y tal vez, como yo, nunca pasaría de sucio esbirro… Me dirigía al establo donde me esperaba mi caballo, concentrada en esos pensamientos y en otros. Erróneamente, dejé de prestar atención a mi alrededor: la lucha que entre la conservación y la autodestrucción se libraba en mi mente estaba decantándose peligrosamente por el segundo contendiente, y no me percaté de la sombra que acechaba en el estrecho portal ante el cual en ese momento estaba cruzando, hasta que fue demasiado tarde. (sigue).

Desventuras de una indignada: Mujer sin futuro y Olvidos impuestos

(viene de) Apoyada en la proa del barco yo contemplaba el crepúsculo derramándose sobre Chipre, cuya silueta ya se divisaba en lontananza. El bienestar que sentía, además que con la paz que experimentaba en comunión con el mar y el hecho de poder observar una costa mediterránea sin antiestéticos rascacielos ni insostenibles puertos de yates, tenía que ver con la alimentación regular y el descanso más o menos confortable (al menos en comparación con los días pasados) de los que venía disfrutando desde que me embarqué en aquella galera siria en la cual mi comitiva de rescate y yo habíamos encontrado un buen acomodo gracias las riquezas de la Orden. Aunque he de comentar que las perspectiva de hallarme en buenas relaciones con esa gente (contra los cuales tenía que añadir como motivo de aborrecimiento que se suponía que eran los precursores de los banqueros actuales, entidades que concentran la mayoría de los abusos del sistema en el siglo XXI) no me hacía sentir particularmente orgullosa de mí misma. Ni siquiera me tranquilizaba ni hacía que me viera menos como una traidora el saber que prácticamente no me había quedado otro remedio. Pero en aquel momento el tal Guillaume se instaló a mi lado, al parecer con ánimo dicharachero.

-¿Disfrutas del viaje? –me preguntó. Yo había logrado, afortunadamente, que me apeara el tratamiento de cortesía.

-Me gusta el mar –contesté, con la mirada fija en el espectáculo natural-. Tanto como me gusta el desierto. Lo primero tiene una lógica, pues nací muy cerca del Puerto de Barcelona. Lo segundo es más difícil de comprender: tal vez se debe a alguna de mis vidas pasadas.

-Pues lleváis un extraño nombre para ser aragonesa –objetó.

Le eché una mirada de soslayo: estaba segura de que su colega en la milicia le había explicado todos los detalles acerca de mi historia, por lo que no sabía a qué obedecía ese interés a asaetearme de preguntas. Pero pensé que lo mejor era seguirle la corriente.

-No podemos elegir dónde, cómo ni de quién hemos nacido. Pero tal vez sí deberíamos escoger a dónde queremos pertenecer. No me gusta la realidad, y me reservo el derecho de hacerme oriunda de un país de ficción. Que tal vez sea más real que lo que consideramos tangible.

-¿Y en ese país de ficción hay más mujeres como tú? Porque en las tierras que he pisado nunca he conocido a nadie que se te pareciera –siguió indagando. La verdad es que tenía al pobre hombre alucinado perdido.

-No soy una rara avis, Guillaume. Tal vez un poco incómoda para ciertas personas, pero eso no es ningún mérito. Me temo que cualquiera mujer que reivindique un poco de igualdad lo es.

Lanzó una breve carcajada.

-Desde luego que debes serlo. Escuché esa historia acerca del señor de la aldea donde naciste, que se ha tomado como una cuestión personal hacerte volver al redil como si supiera mejor que tú lo que te conviene…

-Para muchos somos eternas menores de edad y lo seremos siempre –concedí-. Pero no te equivoques: hay muchas mujeres como yo. Muchas, muchísimas, innumerables, todas. Tal vez solo se deba a la ceguera de los hombres el que parezcamos invisibles. Por eso mismo, te puedo asegurar, nunca pasaremos a los libros de historia.

-Pero ¿por qué dices eso? –me contestó, asombrado-. Se supone que en el futuro todo será mejor, para todos. Y para todas.

-Tengo buenas razones para afirmarlo –gruñí yo.

-¿Y también buscas el Graal?

Aquel brusco cambio de tema me hizo volverme hacia él. ¿De dónde había sacado eso? No era algo que acostumbrara a comentar, ni siquiera a mi viejo compañero de aventuras. Claro está que no me acuerdo de todas las conversaciones que he mantenido en noches de borrachera… Viendo mi extrañeza, se apresuró a matizar.

-Solo he atado cabos… Camelot, el Graal… Sé leer, y además disfruto con ello. Pero he dado en el clavo, ¿no es así?

-Tal vez mi idea sobre el Graal no sea la que tú crees –advertí yo.

-En cualquier caso, estaría encantado de escucharla…

-… y yo de explicártela –podía esperarse sentado-. Pero tendrá que ser en otra ocasión. Me gustaría dormir algo antes de llegar a tierra. Una vez allí, tendré que desplegar una actividad frenética de entrevistas y preparativos para la vuelta a Barcelona, y me gustaría encontrarme en buena disposición física.

-Tienes razón –accedió-. Descansa, te llamaré cuando arribemos a puerto.

Me despedí y me instalé en mi camarote, contenta de habérmelo quitado de encima y no porque fuera una persona desagradable, que no lo era en absoluto. Pero comprendía que era mejor que cada uno de nosotros se mantuviera en su sitio; estaba segura de que cualquier acto de compenetración con esa gente solo podía traerme problemas, y además de muy diversa índole. La verdad es que para amenizar el viaje me parecía mucho más entretenido charlar con la tripulación (cosa que podía hacer sin temor a suspicacias ya que mantenía mi condición de mujer bien oculta), que por cierto me habían informado de la manera en que los templarios habían exprimido a la población de Chipre con impuestos cuando fueron propietarios de la isla, hacía un siglo, como un Partido Popular cualquiera, o incluso ayudar a que la vida de los pobres condenados que hacían funcionar el barco fuera algo más fácil; al igual que pasará en el futuro, la mayoría estaban pagando con su esfuerzo la desgracia de haber nacido pobres. Y con esas reflexiones me desvestí y me metí en el camastro, para soñar con crepúsculos marinos y desiertos rojos, y también con las retorcidas callejuelas grises, las placitas y las fuentes de mi Barcelona natal. Después de unas horas de reparador sueño, me despertaron unos golpes en la puerta.

-¡Eowyn, hemos llegado! –me avisó Guillaume. Yo di un salto en la cama y me apresuré a pertrecharme para el desembarco. Me inquietaba lo que pudiera encontrar allí, y aunque estaba impaciente por interrogar a mi amigo, no dejaba de contagiárseme el ambiente de decaimiento que venía advirtiendo entre los templarios desde que viajaba en su compañía. No las jerarquías de la Orden, estaba segura, pero sí las bases en la mayoría amaban sinceramente Tierra Santa tanto como yo, y pensaban que su deber era salvarlas para la Cristiandad respetando a sus habitantes, sobre todo a los más desvalidos. Aunque fueran árabes; vamos, igualito que en el 2012. Y para ellos la pérdida casi total de aquellas posesiones les hacía sentir desanimados y decepcionados de la comunidad internacional, ocupada en otros proyectos que ellos creían menos espirituales y más crematísticos. Era patente el aroma a sueño roto, y no podía menos que pensar en otra ilusión quebrada en mil pedazos de la que hacía poco había llegado y a la que suponía no tardaría en volver: el otro mundo posible y necesario del siglo XXI, ahora ahogado entre injusticias, miseria y sangre. Pero sin detenerme más en pensamientos catastróficos, me reuní con mis compañeros de viaje y bajamos a tierra sin mucha dificultad.

Y entonces sucedió. No bien hubimos descargado nuestros enseres y recorrido el corto trecho del camino que nos sacaba del puerto en dirección al oeste, hacia el castillo de Kolosi, cuando algo así como un horrendo cataclismo de proporciones bíblicas se abatió sobre nosotros. Venidas prácticamente de la nada, decenas de sombras, mucho más del doble de nuestro número, cayeron sobre nuestros descuidado grupo armadas con dagas que, surgiendo de la aún semioscuridad, buscaron con lujuria asesina nuestras carnes. Entre aullidos de dolor, oí como Guillaume gritaba…

-¡En guardia, nos atacan!

… aunque era bastante evidente. Vi cómo protegía la espalda apoyándose en el muro de una de las precarias viviendas de los alrededores del puerto para enfrentarse a tres de los asaltantes, cubiertos con ropas tan oscuras como la noche, mientras echaba nerviosas miradas en mi dirección. A la luz de las antorchas, caídas en el suelo, vi que dos de aquellos hijos del demonio se acercaban a mí uno por cada lado apuntándome con las afiladas hojas. Yo me encontraba en una posición mucho más desprotegida que la de Guillaume, que estaba defendiéndose de sus atacantes con valor y efectividad empleando a la vez la daga y la espada; pero entonces se produjo un inexplicable segundo de vacilación en los dos asesinos que me proporcionó un lapso valioso para sacar mi arma, enrollar el brazo izquierdo en mi capa y escurrirme entre ellos: ser de pequeña estatura tiene estas ventajas militares. Yo jugaba con la oscuridad y la luz para esquivarles y sorprenderles, pero desgraciadamente aquellos hombres, grandes y fuertes, daban muestras de ser tan ágiles y flexibles como yo, lo cual no pintaba nada bien para mi futura permanencia en este mundo. ¿De dónde habrían salido?, me preguntaba, entre embate y embate. Su manera de luchar me era totalmente desconocida… si tan solo pudiera averiguar de dónde procedían y deducir su punto débil… En aquel momento, choqué desafortunadamente con otro de los contendientes en liza, que en aquel confuso montón se afanaba en finiquitar al segundo de a bordo de Guillaume y que, al echar el codo hacia atrás para tomar impulso para mejor atacar al desgraciado, me envió metros más allá hasta hacerme dar con mis huesos en tierra, cual si fuera un obstáculo molesto que le impidiera la culminación de la faena. Mi cabeza cubierta por el yelmo chocó pesadamente con las piedras de la calzada y mis agresores se precipitaron hacia mí, puñales en ristre, para acabar con mi malhadada existencia. Pero sucedió algo muy extraño: antes de que todo se nublara en mis ojos, escuché a Guillaume pronunciando mi nombre con desesperación y, de pronto, aquellos extraños sicarios se detuvieron en seco, se miraron y, súbitamente, emprendieron la huida.

Creo que en ningún momento llegué a perder el sentido. Recuerdo que, a partir de ese instante, todo pareció salir de madre: un horrísono sonido de metal combinado con gritos de guerra me hizo darme cuenta de que otros actores se sumaban a la representación, aunque ignoraba si estaban del lado nuestro o en contra. Se armó un revuelo de todos los diablos, pero un tiempo después se elevó un clamor triunfal en varios idiomas. ¿Había terminado? ¿Y a favor de quién? Acto seguido, noté cómo me levantaban y me transportaban en volandas, y un poco más tarde una sensación mullida bajo mi espalda. Las caras veladas de dos mujeres y un hombre anciano se sucedían ante mi turbia mirada. Luz. Un breve, o así me pareció, momento de oscuridad, y cuando abrí los ojos de nuevo pude observar una nueva sucesión de colores cálidos sucediéndose en una ventana que se abría ante mí, a la izquierda: me hallaba en una habitación extensa, decorada con un gusto espartano pero atractivo y bien caldeada por una chimenea que ardía frente a la ventana, al lado de la puerta de entrada; detalles de cuero, terciopelo, un par de bargueños de madera de calidad…. Yo reposaba en un cómodo y amplio lecho, preguntándome si debía mi salvación a una supuesta caballerosidad de los atacantes al saber que era una mujer, o si más bien mi género era lo que iba a provocar mi ruina. Entonces noté que había alguien sentado a mi lado, y ante mi vista empezaron a perfilarse las facciones de un rostro bien conocido.

Desventuras de una indignada: olvidos impuestos

-Eowyn, ¿te encuentras bien? ¿Puedes verme? –preguntó mi viejo amigo ansioso mientras pasaba una mano delante de mis ojos. Yo fije la vista en él con una mueca descontenta, y me incorporé en la cama con dificultad gracias a dolorido cráneo.

-Sí, desgraciadamente puedo ver perfectamente tu fea cara, por todos los demonios del Averno. Gracias a quien sea la muerte no me ha impedido volver a encontrarte para decirte un par de cosas y hacerte suplicar de rodillas el no haberme conocido nunca. ¿Qué es lo que ha pasado aquí? ¿En qué emboscada hemos caído? ¿Quiénes eran esos monstruos? ¿No se suponía que Chipre era un sitio seguro? Maldito seas por siempre, esto era lo único que me faltaba. ¿Sabes en los líos que me has metido mientras tú te beneficiabas a la concubina del Sultán y le robabas sus joyas, o lo que sea que te hayas apropiado y que ha hecho que se cabreara tanto?

El acusado intentó calmarme, haciendo un gesto de tranquilidad con ambas manos.

-Entiendo tu enfado, mi querida amiga. Guillaume me ha explicado todo lo que has tenido que pasar por mi culpa –me alegraba saber que el inquisitivo hermano había sobrevivido, a pesar de todo: realmente, no creí que lo conseguiría-. Pero créeme que en ningún momento pude imaginarme que mis aventuras pudieran afectarte en lo más mínimo. Te hacía tranquila y feliz deshaciendo entuertos por tierras castellanas y aragonesas, o tal vez de vuelta en tu complicado siglo XXI escribiendo en esa máquina endiablada de la que siempre hablas. Y por mi parte, en ningún momento quise apropiarme de nada que no me correspondiera, y menos de una mujer.

Acto seguido, me relató una extrañísima historia de la que, dado mi dolor de cabeza y malestar general, solo entendí lo de su encarcelamiento y posterior liberación por parte de la tal Samira, parte que ya conocía, y lo de que ella le había utilizado para conseguir un objeto en Sidón antes de morir entre sus brazos.

-Lamento lo de esa chica –le dije, sincera-. También, indirectamente, ella me salvó a mí –le expliqué lo de la compañera de Samira, la que me había librado de mis cadenas. No era tan mala como crees, estoy segura –le consolé.

-Eso carece de importancia ahora. Ya pasó. Solo importa que te recuperes cuanto antes. Duerme, más adelante tendremos tiempo de hablar largo y tendido de este asunto. Yo me quedaré contigo hasta que mejores. En realidad no tengo otro remedio, puesto que te he cedido mis aposentos –dijo, guiñándome un ojo.

-Y yo que te lo agradezco, pero ni lo sueñes que voy a dormir ahora –me disponía a levantarme de la cama, combatiendo sus protestas sobre que el médico me había recetado tres días de reposo absoluto y sus intentos de detenerme cuando, después de un par de golpes en la puerta, esta se abrió para dejar paso a Guillaume, que portaba una bandeja en la que se veía una botella de vino y dos copas. Me extrañó que él mismo se encargara de menesteres que solían normalmente dejarse bajo la responsabilidad de subalternos, pero la mirada alegre que nos dirigió y el afecto con que palmeó la espalda de su compañero de orden, me hicieron ver que se trataba de una deferencia personal.

-Un regalo para celebrar vuestro reencuentro: el mejor vino tomado prestado de las bodegas del comendador –dejó la bandeja en una mesita, que acercó empujándola con el pie-. Dejad, yo mismo os serviré. El médico cree que no te hará mal beber moderadamente, Eowyn.

-Y pobre de él que dijera lo contrario –aduje yo-. Ya es bastante fastidioso no poder moverse.

-Gracias, amigo –contestó mi compañero-. Dime, ¿los heridos se están recuperando bien?

-Todos están fuera de peligro –respondió. Y, dirigiéndose a mí-. Los nuestros llegaron a tiempo. Como siempre.

-Lo imaginaba –respondí-. Decid: ¿tenéis idea de quiénes eran esos hombres y qué querían?

Ambos templarios se encogieron de hombres.

-Nuestra ignorancia al respecto rivaliza con la tuya –admitió Guillaume-. Pero lo descubriremos en su momento. Y ahora os dejo solos: tendréis muchas cosas de las que hablar.

Fue inútil nuestra invitación a que compartiera el vino con nosotros. Cuando hubo salido, mi amigo sirvió una copa y me la acercó, y de inmediato llenó la suya. Yo le miraba con detenimiento.

-¿Son muy graves tus heridas? Aparte de un poco más pálido y más lento de movimientos, te veo casi como siempre. Pero no obstante hay algo… Dime: ¿de verdad estás bien?

Me sonrió con bondad.

-No temas. No me ha pasado nada irreparable. Y he mejorado mucho en los últimos días. Debería de haberme librado del médico y el comendador y encargarme yo mismo de tu rescate. Estoy seguro de que todo hubiera sido más rápido y mejor.

Yo solté una carcajada.

-Hubieras llegado tarde, como ellos. Los hombres sois unos inútiles totales cuando tenéis que planear algo que requiera una mínima estrategia… Pero bueno, cuéntame, ¿cómo es la vida en este lugar? ¿Seguro que te gusta habitar en esta reclusión? Me recuerda a un campo de concentración para parados húngaros, y me temo que vuestros jefazos están tan poco cuestionados internacionalmente como el Gobierno de ese país. Al menos mientras no amenacéis el sistema financiero internacional.

-No os cambiado nada, Eowyn –refunfuñó como contestación-. Sigues igual de protestona.

Él sí había cambiado: lo notaba a cada palabra que pronunciaba. Pero no podía averiguar en qué consistía ese cambio. Y eso me preocupaba. Le miré con simpatía.

-Te he echado de menos, cabronazo. Aún no he conocido a nadie que sepa aguantar tal cantidad de alcohol tan inmutablemente como tú –él me estrechó la mano sin responder, con aspecto de ir a soltar la lagrimita-. -Vale, vale, ya basta –le detuve, después de un breve lapso-. Que corra el aire, confianzas las justas, tampoco vamos a emocionarnos ahora.

Sus ojos brillaban con picardía.

-Tienes razón –me sostuvo la mirada unos momentos-. Escucha… me extraña que no sientas curiosidad.

-¿Sobre qué? –fingí ignorancia.

-Vamos, Eowyn…

-Sabes que no creo en estas cosas.

-¿Y tú eres la buscadora del Graal? –se burló amablemente.

-Sabes perfectamente lo que el Graal significa para mí –yo estaba comenzando a perder la paciencia.

-Tal vez cuando lo veas cambiarás de opinión.

Se levantó y comenzó a trastear por la habitación. Yo recliné la cabeza y cerré los ojos en las almohadas: tenía una jaqueca terrible, y cuando esto me sucedía las estupideces tenían el poder de acrecentarla. Sentí que él se acercaba de nuevo.

-Aquí está.

De mala gana, me incorporé de nuevo. Me presentó un cofre y me señaló su interior, una vez abierto. Yo lo observé encogiéndome de hombros.

-¿Y esto que se supone que hace? –pregunté sin inmutarme.

-Eowyn… -me regañó él.

-La sensatez –opuse yo-. Eso es a lo que me refería antes. Y la sensatez no tiene nada que ver con este objeto.

Su mirada dibujó un signo de interrogación. Yo hablé, inicialmente con desgana

-Te lo he contado varias veces. Es eso lo que estoy buscando. Ese peldaño más en nuestra evolución que nos permita dejar atrás nuestras absurdas pulsiones de destrucción y autodestrucción, de codicia absurdamente desatada, de miedo cerval que anula en nosotros cualquier tipo de límites. Que no nos deja preferir una muerte digna a una mala vida. Es algo tan sencillo como esto y se supone que hace mucho tiempo que deberíamos haber llegado a ese punto, pero no ha sucedido, y eso que en este año 1292 ya somos antiguos sobre la Tierra. Y lo peor, tampoco hay visos de que suceda en el siglo XXI; al contrario, cada vez nos hemos alejado más. Esto, tan sencillo y tan imposible, sencillamente la paz, la armonía, el valor y la cooperación, es lo que busco. Pero hace tiempo que sé que somos incapaces; y aún así… no puedo renunciar. Quizá haga falta un cataclismo, no lo sé, para que tomemos conciencia. Algunos pensaron que la crisis económica que comenzó en el 2007 iba a conseguirlo. Pero no. Fue desde el primer momento un invento de unos pocos para lograr todo lo contrario. El empujón final para acabar con lo poco racional que hasta entonces había construido el mundo. Lo siento, querido amigo, tal como están las cosas no puedo aceptar esas tonterías sobre objetos de poder ni oraciones a las potencias celestes ni valores de Semana Santa. En nuestro contexto, todo eso no es más que un hatajo de gilipolleces.

Sus pupilas se volvieron opacas, como si le hubiera hecho asomarse a la oscuridad del centro de la Tierra. No obstante, una luz que centelleaba en el fondo me hizo darme cuenta de que su fe continuaba inquebrantable.

-Te entiendo, Eowyn. Entiendo tu objetivo y tu angustia. Pero hace tiempo que averigüé que esto es real. Créeme, tengo motivos para saberlo. Desde hace mucho tiempo.

Una bombilla se encendió en mi cerebro.

-¿Qué es lo que me estás ocultando?

Él guardó silencio y yo continué, imparable.

-Desde que te vi entrar en aquella taberna de Acre vestido de nuevo con el hábito blanco, más aún cuando supe que tu posición en la Orden no era precisamente la de un mindundi, comprendí que había algo que se me escapaba. Escucha, camarada, hace poco he venido de un mundo donde se engaña y se oculta por miedo y por comodidad, donde no se asumen los errores del pasado, donde se pretende dictar al pueblo qué es lo que tiene que recordar, qué es lo que tiene qué olvidar y cuáles son los derechos que tienen que reivindicar. Me opongo a esa estrategia del miedo y la ocultación, la rechazo frontalmente y te juro que acabaré con ella aunque sea lo último que haga sobre este mundo. Y ahora llego aquí, a este tiempo que, a pesar de su también injusticia y violencia, a veces supone un bálsamo para mis manos cansadas de luchar por imposibles, y me encuentro de que tú, mi más antiguo compañero, la persona en la que depositado mi vida en múltiples ocasiones, practicas también estos métodos que aborrezco. ¿Qué se supone que he de hacer ahora? ¿Convertirte en mi enemigo? No puedo dejar de pensar que me has utilizado. Cuando me decías que había renegado de la Orden, que estabas agotado y que habías perdido la fe ¿fue alguna vez real algo de eso? Siempre te mantuviste en un discreto segundo plano, dejándome la iniciativa de todas nuestras aventuras, de las decisiones acerca de qué encargo escoger y cuál no. Pero ¿qué es lo que estabas tramando a mi espaldas?

Vi su expresión de desconcierto e impotencia, en mitad de un dolor que parecía golpearle en el estómago. Pero no consiguió que me apiadara de él un ápice; ahora yo sabía la verdad.

-Eowyn –alargó la mano hacia mí-, yo jamás he querido mentirte ni utilizarte.

Yo apreté los puños e hice un amago de golpearle. Fue entonces cuando comprendimos que algo estaba comenzando a ponerse realmente mal. Mi brazo se quedó a medio camino de su recorrido, paralizado y sin fuerzas, y volvió a derrumbarse sobre mi cuerpo. Él intentó ayudarme, pero sus manos parecieron tampoco responderle. Nos miramos aterrorizados: todos nuestros miembros, a pesar de los sobrehumanos esfuerzos que estábamos realizando, parecían negarse a seguir las órdenes de nuestros cerebros. Con los dientes apretados por la rabia, caímos sobre la cama, uno al lado del otro, incapaces ya de mantenernos erguidos.

La puerta se abrió y un Guillaume de expresión circunspecta entró en la habitación. El atisbo de esperanza que su entrada nos había ocasionado se heló al ver que iba acompañado de todos los miembros de la comitiva de rescate que no habían sido heridos en la reyerta con los desconocidos vestidos de gris, y que ninguno de ellos se esforzaba en socorrernos; más bien, nos miraban como si aquello fuera el desenlace esperado. Quise gritar, pero ni mi boca podía abrirse ni mi garganta emitir ningún sonido. Una sombra de tristeza cruzó por el rostro de Guillaume mientras se acercaba a nosotros, recogía el cofre y su contenido y lo guardaba bajo su hábito.

-Lo siento, Eowyn. Y lo siento también por ti, compañero. No os preocupéis por los efectos de la sustancia que vertí en vuestro vino, no tienen consecuencias graves y en breve volveréis a sentiros como siempre. Tenía que hacerlo… Eowyn, cuando supe que el Sultán te había encarcelado, intenté resolver las cosas por la vía diplomática y solicité una entrevista con él. Hablamos durante varias horas y me hizo una oferta que no pude rechazar. Una oferta que excede a todo lo que tu imaginación pueda presentarte. Así que pensé en traerte aquí con el propósito de que distrajeras a nuestro común amigo y lograra que sacara el objeto de su escondite, que no había revelado ni al mismísimo maestre y que yo sabía que no podríamos extraérselo ni mediante la tortura, en el caso de que yo hubiese deseado practicársela. El resto sería fácil… Nos disponíamos a sacarte de la prisión cuando vimos lo que habías hecho con el pobre, es un decir, Gustaf; por eso el Sultán no te persiguió, y yo fui el único que robó tus pertenencias de la posada, con vistas a conseguir un salvoconducto hacia tu confianza… He de decir que me sorprendiste gratamente. Si hubiera imaginado mínimamente cómo eras, tal vez nunca hubiera firmado ese pacto. Pero ya estaba hecho.

Las palabras se arrastraron desde mi garganta, envueltas en la rabia más destructiva. Otra vez había sido engañada. De nuevo había caído en la trampa de mi estúpida inocencia y mi imbécil confianza intrínseca en el género humano.

-Te mataré, hijo de puta. Prometo que un día te encontraré y te mataré.

-Y estarías en tu derecho –la tristeza no escapaba del tono de su voz ni de su mirada-. Pero antes me temo que tendrás otras cosas de las que preocuparte. Quiero advertirte de algo: guárdate de Karl y de Gustaf.

-Puedo resolver mis conflictos exlaborales sin tu ayuda, gracias –le escupí.

-No se trata de esto. Ni siquiera de los deseos de venganza que sienten después del lío en el que los metiste con el Sultán. Se trata de otra cosa. De algo mucho más grave. ¿Nunca te ha s preguntado por qué esos dos se cruzaron en tu camino? ¿Lo atribuyes todo a una simple casualidad? Me temo que eres demasiado inteligente como para no haberte hecho algunas preguntas al respecto… -yo callé; desgraciadamente, Guillaume tenía razón-. Lo sabía -manifestó su satisfacción-. Pero no voy a decirte nada. Tendrás que averiguarlo por ti misma. Eso te mantendrá ocupada.

Yo no sabía qué más decir. Ninguna palabra podía definir mi aborrecimiento hacia él. Se volvió hacia la puerta, seguido de su cohorte, pero antes de desaparecer volvió a dirigirse a mí.

-Me llevo un tesoro y os dejo con un tesoro mayor: vuestra amistad y vuestro compromiso con cambiar el mundo. Creo que en realidad os envidio. Cuidaos mutuamente, ambos os los merecéis. Sobre todo tú, Eowyn: por mucho que quieras negarlo, eres única. Ojalá te hubiera conocido en otras circunstancias.

Desapareció tras la puerta y yo me volvía hacia mi compañero: el odio que refulgía en sus ojos, siendo él tan paciente y mesurado, consiguió asustarme. Y encima el traidor de Guillaume había tenido la desfachatez de hacerme destinataria de su estúpido peloteo final: qué estragos puede hacer el sentimiento de culpabilidad, aún en los más viles. Poco a poco sentía que me recuperaba de la inoportuna parálisis provocada por el veneno, y en unos minutos ya volvía a ser dueña del control de mi cuerpo. Tapé a mi amigo con unas pieles de animal que adornaban el lecho, pues temblaba de frío y le estaba costando mucho más recuperarse que a mí, probablemente debido a su mayor edad y tamaño. Pero cuando lo hizo, aquello sucedió de golpe, no gradualmente, como había sido mi caso, y en un momento le vi levantarse y salir disparado hacia la ventana, probablemente a la misma velocidad en que lo hacía cuando tenía quince años. Una vez allí, golpeó el alféizar con ambos puños, infructuosamente.

-Ni siquiera se le divisa ya. ¡Maldito sea él y toda su progenie, si algún día encuentra a una hembra lo suficientemente incauta para que le permita engendrarla! Le mataré con mis propias manos, te lo juro, y no pienso hacerlo de manera rápida.

-Puedes matarle –intervine yo desde la cama. Normalmente solía ser él el encargado de calmarme, mi genio era mucho más vivo que el suyo: pero la verdad es que Guillaume no significaba para mí lo mismo que para él. Comprendía lo hondo de su sentimiento de traición-. Pero no antes de que yo le haga sufrir la más cruel y refinada de las torturas que se me ocurra. En estos momentos creo que no existe nadie vivo a quien odie más que a él, con la excepción de Mas, Rajoy, Rouco Varela, Sarkozy, Merkel, la CEOE, y todos los cómplices de los anteriores. Lo harás –repetí-, pero no te impacientes. Llegará tu momento. Llegará nuestro momento.

Al final su habitual sentido pragmático dominó en él. Se dirigió hacia mí cruzando la habitación a grandes zancadas y se arrodilló a mis pies.

-Eowyn… no puedo decirte más que esto, pero ahora la lucha en la que participábamos se ha transformado. Sus alcances se han hecho mucho más amplios, casi infinitos. Yo sé que no puedo hacerlo solo, y al mismo tiempo no puedo confiar en nadie. Excepto en ti. El tuyo es el único brazo que quiero ver pelando a mi lado, y espero que tu rostro sea el último que vea antes de morir…

Extendí la mano hacia él.

-Sabes que cuentas con todo mi apoyo. Que siempre contarás.

-… pero no puedo ni debo involucrarte en ello. Mi egoísmo lucha con mi conciencia: quisiera verte a mi lado, pero no puedo permitirme que lo hagas. Eowyn, hay muchas cosas que no sabes, muchos secretos de los que tal vez no te recuperarías si los conocieras. No: no voy a arrastrarte a esta locura. Quédate cerca de mí, pero fuera de todo ello.

Yo no podía dar crédito a mis oídos.

-Entonces, ¿cuál quieres que sea mi papel en este asunto? ¿El de simple observadora? ¿El de…? No, no me atrevo a repetir lo que me pasa por la cabeza. ¿Pretendes protegerme? ¿Y de qué, si puede saberse? Después del largo tiempo que hemos pasado juntos, ¿aún quieres tratarme como si fuera una incauta doncellita necesitada del poder y la fuerza de un hombretón?

-¡No intento protegerte porque seas mujer! ¡Lo hago porque te aprecio! -se indignó.

-No me convences -rebatí yo-. No me convences tú, tus fantasías, tus secretos ni tus causas. Sí, es cierto, la batalla en la que participábamos ha ampliado sus alcances hasta límites insospechados, y a eso voy, a seguir en ella. Pero ahora tu lucha no es la mía; yo peleo contra algo real, por muy difuso que parezca, y ya no entiendo, ni en el fondo quieres que entienda, por qué peleas tú.

Guardó silencio. Yo sabía que nada que dijera serviría para hacerle entrar en razón: otro de sus defectos es que era terco como una mula. Una vez me dijo que existían fehacientes pruebas al respecto de que su familia en realidad procedía de Zaragoza. Me lo creí.

-Nuestros caminos se separan aquí –le di la mano, que él estrechó entre las suyas con expresión abatida-. Vuelvo a Barcelona, y quizá al siglo XXI en breve. Sé que no intentarás impedírmelo.

-Volveré a verte –afirmó él, con seguridad.

-En el Infierno –maticé yo-. Búscame un buen lugar si llegas antes que yo, al lado de alguna taberna mefistofélica. Por mi parte haré lo mismo.

Me desasí y le di la espalda. Alguien, tal vez él mismo, había dejado ropa limpia sobre un banco y mis armas reposaban al lado. Me vestí, me equipé y salí por la puerta sin mirar atrás. Entre la hora de maitines y prima había poca actividad en la encomienda y ni siquiera parecía que la huida de Guillaume y los suyos hubiera sido notada. Yo busqué la cocina y tomé prestadas algunas provisiones ante la mirada estupefacta del hermano cocinero, que al parecer hacía mucho que no veía una mujer por sus dominios. Salí, no sin antes darle las gracias, y me dirigí al establo. Rayo Blanco hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza al verme, como si me hubiera estado esperando. Yo monté sobre él y me perdí en la neblina del incipiente amanecer, dejando atrás el bosquecillo que rodeaba la solitaria torre del homenaje, tras las murallas.

Desventuras de una indignada: violencias evitables e inevitables

Sí, lo sé, sé que mi los rumores que corren sobre mí no apuntan precisamente hacia esta afirmación, pero os prometo que soy una persona muy pacífica. Nunca empleo la violencia como argumento, excepto si me pagan por ello (y esto no cuenta, que una necesita comer y sobre todo beber regularmente, y el mantenimiento de mi equipo militar es muy costoso) o si no hacerlo supone sencillamente ser una estúpida sumisa, cosa que no va en absoluto con mi temperamento. Así que si llega a vuestros oídos una anécdota protagonizada por mí en una taberna de Damasco donde al parecer di muestras de un execrable comportamiento, haced oídos sordos, que la gente es muy mala. O en cualquier caso, antes de juzgar, oíd mi versión.

La velada en cuestión yo me encontraba rumbosa pues había conseguido arrancarles unas cuantas monedas a los tacaños de Gustaf y Karl; por si fuera poco me topé con unos compañeros de aventuras nuevos en la ciudad a los que hacía tiempo que no veía, y son tan pocas las ocasiones que tengo de hacer vida social que me pareció buena idea invitarlos. Así que insté a mi tabernero habitual a sustituir el habitual brebaje inmundo que acostumbraba a servirme, cuya nefasta calidad había creído yo motivada exclusivamente por su bajo precio, por un vino de más categoría. Pero al primer sorbo de la copa noté que aquel supuesto caldo exquisito por el que me habían cobrado el sueldo de un mes tenía el mismo sabor vomitivo que aquel del que el dueño del local solía proveerme en tiempos de carestía económica, y además mis colegas, carentes de un estómago acostumbrado a las mala vida como el mío, comenzaron a experimentar los síntomas propias de una indisposición importante. Inmediatamente exigí una explicación y/o una rápida devolución del importe de la consumición, acompañando el requerimiento con una buen puñetazo en la mesa, mientras las quejas de otros clientes que se habían visto estafados de la misma manera, todos ellos extranjeros y en situación precaria en el país (para que tuvieran menos posibilidades de quejarse, desde luego el cabronazo sabía elegir bien a sus víctimas) coreaban mis palabras… A todo esto, mis compañeros se encontraban cada vez peor y aquel malnacido continuaba ponderando la calidad de su bazofia líquida con la mayor desfachatez y sin rendirse a las evidencias… De acuerdo, reconozco que coger al individuo en cuestión por los pies y aguantarle la cabeza casi un minuto dentro del tonel de aquel veneno para que tomara de su propia medicina tal vez fue algo excesivo, pero creo que la situación lo merecía con creces. Aunque ¿os imagináis cuál fue la noticia que corrió por los mentideros de la villa después del suceso? ¿No? Pues en absoluto “Tabernero estafador que ponía en peligro la salud de los inmigrantes por fin desenmascarado” sino “Mercenaria cristiana sin corazón agrede salvajemente a un honrado comerciante de nuestra ciudad”, con lo que podemos concluir que la prensa, a pesar de su evolución en las formas, no ha cambiado ni un ápice en su fondo desde la Edad Media hasta el maldito siglo XXI. Medalla de Oro a la Imparcialidad Informativa. Vamos, como si hubieran llenado las redacciones de barones del PP o colocado al jefe de programas de Intereconomía al frente de la Agencia Nacional de Noticias de Siria. Y aún menos mal que a nadie se le ocurrió decir que la culpa era del PSOE.

Pero esos eran otros tiempos, tiempos mucho más felices que los actuales, o al menos más tranquilos. Y es que durante mis días trabajando en Damasco no pensé que fuera a tener más motivos de indignación que las disputas de con mis bienamados jefes por motivos de sueldo u horarios de trabajo, o las rencillas de taberna. Pero me equivocaba, y mucho. Bien, para seguir con la historia donde la dejé la última vez, después de escaparme de la prisión del Sultán me deslicé subrepticiamente hacia la posada donde me alojaba, con la lógica idea de hacerme con mis pertenencias y salir escapada antes de que mi fuga fuera detectada, pero una vez allí me encontré con la desagradable sorpresa de que los soldados del Sultán habían asaltado mis aposentos y habían arramblado con los escasos bienes que me acompañan en mis andanzas: vamos, que desde la espada y la cota de mallas, hasta la última de mis camisas, pasando por las escasas monedas que tintineaban en el fondo de mi bolsa, todo había desaparecido; ni siquiera mi caballo había escapado de la avidez de aquellos desalmados. Solo me quedó una solución, que fue salir con la misma discreción con la que había entrado para evitar que el posadero me reclamara un importe por sus servicios que de ninguna manera habría podido sufragar, y lanzarme a los caminos amparada en mi traje masculino y tapada hasta los ojos, para dejar al descubierto las menores características de mi feminidad posibles.

Así lo hice, y una vez finalizada la primera parte de la operación llegó el momento de las preguntas. ¿Qué podía hacer con mi vida llegada a este punto? ¿A dónde me dirigiría? Tenía que reconocer que a lo largo de mi existencia me había metido en situaciones de difícil escapatoria, y de todas había salido de una manera u otra. Pero aquello superaba toda la historia de mis lances: no solo no llevaba mi fiel espada conmigo, cosa que me hacía sentir peor que desnuda, ni a mi querido Rayo Blanco que esperaba que pudiera hallar la felicidad y la paz con un propietario menos dado a aventuras, sino que ni siquiera podía arriesgarme a mendigar un mendrugo de pan por temor a que llegara a los oídos del Sultán que todavía andaba por los alrededores: desde luego no hubiera podido hacer mucho contra sus esbirros sin armas con que defenderme ni caballo con el que largarme a toda velocidad. Y para mejorar la cosa, mi situación financiera no me permitía conseguir pasaje en ninguna embarcación que se dirigiera a donde fuera. Tampoco tenía demasiados amigos en la ciudad dado mi carácter independiente y poco dado a familiaridades, y a los pocos que merecían ese nombre no deseaba ponerles en ningún aprieto, así que solo me quedaba una única y poco ideal opción: llegar como pudiera a Sidón para rastrear los pasos de mi viejo compañero, si es que seguía vivo, y conseguir que me resarciera mínimamente de todo lo que había tenido que pasar por su culpa. Así que hasta allí decidí dirigirme, aunque nada convencida.

No voy a explayarme en las vicisitudes de mi errar por aquellas tierras de Dios, o mejor dicho, tal como estaban las cosas, de Alá. Tan solo os diré que pasé más frío que un estudiante valencian@ de Secundaria antes de ser calentad@ a golpes por la Policía Nacional; que sufrí más hambre y sed que tras la anunciada privatización total del agua y demás bienes de primera necesidad; que me aburrí tanto como si me hubieran quitado de golpe y a la vez el Megaupload, a Bob Esponja (aunque a mí me gusta más ‘Código Lyoko’) y los programas más presuntamente rojillos de RTVE; y que cuando días después arribé por fin a divisar la ciudad del Castillo del Mar, mi agotamiento era igual que el de cualquier hipotecado hasta las cejas y afectado por la Reforma Laboral, obligado a trabajar horas y horas sin extras a las órdenes de un directivo con contrato blindado para no ser despedido gratuitamente por un adinerado empresario que pretextara haber perdido tres céntimos en el último ejercicio. La rabia me consumía y me tentaba regodearme en ideas de venganza, pero decidí ser práctica: en ese momento Némesis no era la más indicada para sacarme de aquella situación. Pero ya llegaría mi momento; antes quizá de lo que muchos se esperaban.

Sidón se reponía lentamente de la cruel invasión sufrida unos meses antes, entre huertos, palmeras y frutales. Viendo su conocida silueta en la lejanía, con el Castillo del Mar ofrecido como un regalo de los mortales a Neptuno, sentí estrecharse de nuevo, con más fuerza, el lazo que me ataba a aquellas tierras llenas de historia y belleza, que todas las peripecias nunca podrían hacerme odiar. A todo esto estaba cayendo la noche y estimé oportuno descansar un poco antes de plantearme cuál sería la mejor manera de entrar en la ciudad y qué disfraz adoptar, y cómo conseguirlo, para pasar lo más desapercibida posible en el lugar y poder hacer mis averiguaciones. Así que me refugié en un bosquecillo cercano y allí, apoyándome en el grueso tronco de un viejo pino, me arrebujé en mis amplios ropajes, algo estropeados por el viaje y en una situación higiénica que dejaba bastante que desear, y decidí lanzarme en los brazos de Morfeo para recuperar mínimamente las fuerzas.

Estaba ya a punto de amanecer cuando algo me despertó. Aturdida, escuché unas voces masculinas en cuyos tonos parecía mezclarse el asombro y la inquietud.

-¡Es una mujer! –oí-. Alguien me destapaba el rostro y me quitaba el turbante, de modo que mi melena, que había crecido demasiado para mi comodidad, estaba revelando peligrosamente mi género. Inmediatamente, sentí unos brazos cubiertos de hierro que me sostenían y unas manos ásperas que me tocaban el rostro. Estas confianzas acabaron de despertarme por completo, y me erguí de un salto no sin antes arrear un par de puñetazos a diestro y siniestro para liberarme de aquellos villanos que osaban perturbar mi intimidad.

-¿Qué se supone qué estáis haciendo? Retroceded, si no queréis que os prive de la poca masculinidad que debe de quedaros si os atrevéis a agredir en grupo a una mujer indefensa. O supuestamente indefensa, porque si tuvierais la más mínima idea de quién soy yo os habríais marchado ya con vuestros cortos rabos entre las piernas.

En casos como este, los agresores suelen hacer caso omiso de tus fanfarronerías y te las ves y te las deseas para desprenderte de ellos. Yo ya estaba dispuesta a vender cara mi vida y mi virtud, o más bien lo poco que de ella quedara, cuando comprobé asombrada que los desconocidos, en lugar de atacarme, me apuntaban con sus antorchas para observarme mejor. A su luz, vi que todos estaban envueltos en capas negras, que mantenían pegadas a su cuerpo como si quisieran fundirse con las sombras. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó y, os lo creáis o no, me hizo una cortés reverencia.

-Mi señora Eowyn de Camelot, supongo. Por fin os encontramos.

A veces tengo la sensación que soy más conocida que la Moños. Justo cuando más me esfuerzo en pasar desapercibida.

-¿Qué os hace pensar que soy tal persona? –contesté yo con enfado, sin relajar mi postura. El hombre dio un paso más hacia mí y, sonriendo, dejó que su capa se abriera y se mostrara el conocido hábito blanco con la cruz roja que aparecía en mis peores pesadillas.-. ¡El Temple de nuevo, malditos seáis! –tuve que exclamar, montando en cólera-. Pero ¿es que no me vais a dejar descansar nunca?

Al recién llegado parecían hacerle mucha gracia mis poco halagüeños sentimientos respecto a su milicia.

-Contestando a vuestra pregunta, diré que respondéis perfectamente a la descripción que alguien que os conoce muy bien hizo de vos. Esa persona nos envió a buscaros hace ya algunas semanas: ni él ni nadie hubiera pensado que os encontrabais en Tierra Santa, hasta que llegó a nuestros oídos una curiosa historia sobre un tabernero y una mercenaria cristiana en la cual a nuestro común amigo vio rasgos que le recordaron enormemente a vos. Así que nos rogó encarecidamente que averiguáramos qué hacíais por estas tierras, temiéndose una trampa, cosa que desgraciadamente resultó cierta. Después vinieron algunos desencuentros provocados por la mala fortuna, vuestro encarcelamiento por parte del Sultán, la huida posterior y este hallazgo que ha obedecido más a la Providencia que a otra cosa. En realidad pensábamos que estaríais escondida en Damasco, esperando una oportunidad para deslizaros a escondidas en alguna embarcación; de hecho, nos disponíamos a regresar a Chipre a confesar el fracaso de nuestra misión, cuando nos pareció ver un árabe desmayado o muerto apoyado en un árbol y… el resto ya lo sabéis.

Yo le miré aún con desconfianza. El que su historia pareciera coherente no significaba de ningún modo que también fuera verídica; aunque realmente debía de tener yo tan mala cara como para que hubieran creído al verme que no me hallaba ya, o al menos no me hallaría por mucho tiempo, entre los vivos. Uno de los hermanos, de entre los más jóvenes, se me acercó para ofrecerme un poco de agua, lo que al parecer había sido su intención cuando me sacaron con tal brusquedad del mundo de los sueños; yo acepté, haciendo un gesto mínimamente cordial. ¿Acaso eran ellos los “extraños viajeros” de los que me había hablado Gustaf? La perspectiva no me parecía muy halagüeña: yo había luchado al lado de esa gente en las murallas de Acre, y sabía que en su mayoría eran valerosos y leales, pero también simbolizaban dos de las cosas hacia las que sentía un aborrecimiento creciente: el imperialismo y la religión, sea cual sea. Ambas son enemigas de los desfavorecidos y de las mujeres, y yo me encuadro dentro de las dos categorías.

-Así que me decís que ese grandísimo hijo de puta, que se mete en líos con sultanes sin importarle a quien puede arrastrar en su caída, está vivo –hablé yo, después de echar un buen trago del líquido elemento, dispuesta a encontrar una grieta en su argumentación

-Efectivamente -el líder del grupo asintió.

-Pues entonces, dado el interés que según vos ha mostrado en encontrarme, me resulta extraño que no haya venido él personalmente –conocía a mi viejo amigo: entre sus muchos defectos, destacaba que era incapaz de delegar, y eso no me producía ninguna confianza.

Mi interlocutor aguardó unos segundos antes de contestar, moviendo los labios como si estuviera meditando bien su respuesta.

-El médico le desaconsejó viajar y el comendador de Limasol se lo prohibió encarecidamente –dijo al fin.

-¿Ha enfermado? –me interesé yo.

Una nueva pausa.

-Digamos que tuvo un encuentro con… alguien… y resultó herido. No gravemente, pero sí de consideración –la manera en que pronunció la palabra “alguien” me resultó extraña. Ahora callé yo, pensando de qué manera formular la próxima pregunta para conseguir la máxima información, ya que el templario parecía algo reacio a suministrarla. Pero fue más rápido que yo-: No temáis. Os aseguro que está fuera de peligro.

Suspiré.

-Me dejáis mucho más tranquila. Y ahora que está todo arreglado y que os habéis enterado del motivo de mi visita a estas santas tierras, os pediría que me proporcionarais algo de dinero  y víveres, unas armas y un caballo y que consiguierais meterme en el primer barco que zarpe para Barcelona. No os lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada indirectamente por culpa de vuestra orden, y seguro que vuestro Dios os lo pagará con muchos hijos, o con el equivalente en casos como el vuestro. Y a nuestro común compañero podéis decirle de mi parte que le perdono, que se mejore rápidamente y que ya nos volveremos a encontrar en el Paraíso. Hala, arreando, que tengo prisa.

El monje guerrero lanzó una sonora carcajada. Al parecer, y por alguna desconocida razón, yo le divertía mucho.

-¿Tenéis suficiente con esto? –uno de los freires avanzó de entre la comitiva. Llevaba de las riendas a mi Rayo Blanco, con su correspondiente silla y todas las alforjas cargadas con mis escasas pertenecías, mi espada incluida. No pude evitar un grito de júbilo ni una mirada de agradecimiento y me precipité a abrazar el cuello de mi caballo, al que pensaba no volvería a ver nunca más. Oí la voz del líder del grupo detrás de mí.

-No fue difícil recuperar vuestras cosas cuando supimos que os las habían, por decirlo de una manera, confiscado. Lamentablemente no tuvimos tiempo de liberaos de vuestra prisión pues vos os adelantasteis. Así que es lo único que pudimos hacer para purgar nuestra “culpa indirecta” como vos la habéis llamado. Sé que no es suficiente, pero que sirva como un anticipo.

Le miré con algo que casi parecía afecto. Soy bastante parca en palabras y en gestos cuando se trata de expresar sentimientos, pero en ese momento le hubiese pegado un beso en los morros si no hubiera sido porque no me apetecía que se malinterpretaran mis motivos. De todas maneras, creo que él me entendió.

-Solo os pido una cosa: tenéis que acompañarme. Haréis muy infeliz a vuestro antiguo camarada si os negáis a venir. Él os guarda un sincero afecto y lamentaría profundamente no poder disculparse ente vos por los problemas que involuntariamente os ha ocasionado. Tal vez no tenga derecho, pero…

Yo deseaba dejar las cosas como estaban: Tierra Santa, a pesar de lo que yo la amaba y me identificaba con ella, se estaba convirtiendo en un lugar demasiado peligroso para mí, y no precisamente por las persecuciones del Sultán, mis problemas laborales ni mis reivindicaciones de consumidora; y lo peor es que no sabía exactamente en qué consistía el riesgo, o si lo sabía, pero no me apetecía en absoluto reconocerlo ante mí misma. Aparte de que me negaba a ser cómplice de ninguno de los dos bandos en lucha por aquella codiciada zona, condenada a no vivir en paz en ningún momento de su historia; aquello tenía que acabarse en algún momento, y aunque yo no sabía qué hacer para conseguirlo desde luego que no deseaba confraternizar con ninguna de las partes implicadas.

Y no obstante comprendí que, por honor, tenía que aceptar la petición del templario.

-Está bien –concedí-. Os acompaño. Pero solo hasta que salga el primer barco de vuestro puerto. Luego olvidaos de mí para siempre. He tenido suficiente de órdenes religioso-militares para el resto de mi vida.

Siempre sonriendo, él asintió con la cabeza.

-Acepto vuestras condiciones. A propósito, mi nombre es Guillaume de Nantes –no añadió ningún título que concretaras su jerarquía dentro de la Orden, y yo no le pregunté: su orgullo y seguridad le señalaban como alguien importante, y la verdad es que yo me perdía un poco con los mandos templarios.

-Pues encantada. Y no me tratéis con tanta ceremonia, que no soy noble. Y ahora, si me perdonáis y me suministráis un poco de agua, me gustaría cambiarme de ropa y proceder a mis abluciones matinales, que si no me aseo mínimamente al levantarme no soy persona –hurgué en mis alforjas buscando ropa limpia y mi añorada cota de malla. Después procedí a quitarme las prendas que llevaba, ante el escándalo generalizado de los pudorosos monjes, que cubrieron castamente sus ojos con unas manos entre cuyos dedos advertí, no obstante, bastantes grietas. Guillaume, que no dejaba de mirarme como si yo fuera la cosa más graciosa del mundo, hizo un gesto a sus hombres exhortándoles con un gesto a abandonar aquel claro:

-Os dejamos sola, dama Eowyn. No deseamos acumular más faltas en nuestras pecadoras almas. En cuanto a vuestra falta de nobleza, tal vez deberíais dejar que la juzguemos por vuestros actos–y tras estas misteriosas palabras desapareció en la espesura no sin antes acercarme un poco de agua. Yo me quedé riéndome a carcajadas para mis adentros: qué triste sería la vida si no pudiéramos escandalizar un poco a los fundamentalistas católicos. (sigue)

En la cárcel de la democracia: cantos de guerra

(Viene de) La noche había caído. Por el ventanuco de la amplia mazmorra de piedra, donde me hallaba en la más absoluta soledad, como si se hubiera reservado en mi honor, vi una luna llena que se derramaba por las calles de Damasco. Oí un sonido suave procedente de la puerta de entrada y comprendí aterrada que había llegado el momento; pero me equivocaba: en lugar del sultán, sus matarifes y sus instrumentos de tortura, quien había entrado era una joven morena, muy guapa, que se dirigió hacia mí sigilosamente. Cuando estuvo a mi lado me susurró:

-Sé que sois amiga del cruzado que estuvo aquí hace meses. Era un buen hombre. Deseo con todas mis fuerzas que se encuentre bien.

-¿Sabéis acaso dónde puede estar? –ella dudó-. No –la tranquilicé yo-, no pienso revelar su paradero, pero me gustaría poder encontrarlo si algún día, aunque nada parece indicarlo, salgo de aquí. La esperanza nunca se pierde… pero tenéis razón, no me lo digáis –no me fiaba de mí misma: era mejor que no supiera nada: así, pasara lo que pasara, hicieran lo que hicieran, no podría traicionarlo. Me mordí los labios: seguramente me estaba comportando como una verdadera pringada.

-No sé dónde puede estar –replicó ella-. Huyó con Samira, una de las chicas del harén.

Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Menudo mosquita muerta que estaba hecho el compañero.

-Ella tenía una misión –continuó la joven-. No era una de nosotras. Y quería que vuestro amigo la ayudara. Una misión importante, realmente importante. Algo por lo que estaba dispuesta a dar su vida… Creo que Samira ha muerto. Lo presiento. Y tal vez vuestro amigo ha muerto con ella.

Se me heló la sangre.

-No digáis eso. Tal vez hayan conseguido acabar con éxito la misión, sea la que fuera, y ahora están viviendo felices y comiendo perdices en cualquier sitio. Pero, en cualquier caso, ¿por qué me contáis esto?

Ella suspiró.

-Porque no quiero que muráis vos también.

-Bueno, en eso coincidimos -apunté yo.

-Alguien como vos no merece acabar así. Sois una guerrera, dueña de vuestra vida, no… -miro hacia el suelo, con tristeza- una cobarde esclava incapaz de rebelarse a su destino.

Sonreí con amargura.

-Pero criatura –le dije, pasando al tuteo-, no seas tan dura contigo misma. Nuestras circunstancias son diferentes y no podemos saber qué habría sido de nosotras si estas estuvieran intercambiadas. Yo le he tenido muy fácil en el fondo, siempre había alguna puerta por la que huir, aunque fuera hacia delante. Tú, sin embargo… Además, no tengo nada de lo que enorgullecerme. Peleo por dinero, y también me someto a mis empleadores por un par de monedas, dejando de hacer otras cosas que son más necesarias: no hay honor en eso.

Ella levantó la mirada: tenía los ojos húmedos. Acercó a mis labios una copa y yo, sedienta y confiada, bebí sin preguntar. Sentí una pesadez en los ojos, no sabía si por causa de la bebida o es que Morfeo me vencía después de aquel largo día llenos de vicisitudes. Casi entre sueños, escuché su voz alejándose.

-Si vuelves a verle, dale las gracias.

-No dejes que nadie te convenza de que no puedes ser la dueña de tu destino –le recordé yo, casi incapaz ya de articular las palabras.

No sé cuánto tiempo dormí. Mientras abría los ojos me sentí ligera, casi liberada: al principio pensé que la muchacha me había dado algún tipo de sedante que me permitiera aguantar mejor el dolor de la tortura; después comprobé que no era exactamente eso. Aunque mi sensación de alivio se vio gravemente menoscabada por la presencia de Gustaf, que estaba mirándome fijamente, a pocos centímetros de mi cara. Hice un gesto de repugnancia.

-¿Qué quieres, hediondo gusano? ¿No has tenido suficiente aún? Anda, acércate si te atreves que te voy a arrancar el ojo de un mordisco. Aunque luego me pase días vomitando.

Él no se dio por aludido.

-Eowyn, vas a hablar. El sultán vendrá pronto con sus hombres y te garantizo que no van a ser dulces ni amables contigo; es un gobernante liberal y amigo de su pueblo –sí, claro, como todos-, pero no es buena idea oponerse a sus deseos. Será mejor que hables. Por tu bien y por el nuestro.

No puede evitar soltar una risotada.

-Me siento conmovida por lo preocupado que estás por mi bienestar. Pero tonto del culo, ¿no te das cuenta de que le has vendido humo al sultán? ¿Qué pretendes que le explique, si nada sé? ¿Quieres acaso que me lo invente? ¿Acaso piensas que un hombre de estado bregado en batallas diplomáticas y que ha ganado guerras y conquistado castillos con la correlación de fuerzas no siempre a su favor se va a dejar engañar como un idiota por nosotros? Lo que deberías hacer es decirle que todo ha sido una volada tuya, pedir mi liberación y asumir las consecuencias de tu codicia y tu apresuramiento. Vamos, pórtate por una vez como un ser con una mínima categoría humana.

Pero él no parecía demasiado animado a seguir mi consejo.

-¡Sabes algo! –se empecinó, chillando como una mona histérica-. ¡Tengo pruebas!

-Los cojones tienes pruebas –rebatí yo-. Lo que te pasa es que estás cagándote de miedo. Os habéis metido en un lío, tú y tu amiguito, del que sabéis perfectamente que no vais a salir bien parados. Lo que me van a hacer a mí no va a poder compararse ni por asomo a lo que harán con vosotros –y, haciendo un teatral ademán de alzar mis encadenadas manos al cielo-. ¡Dios mío, quién lo iba a decir, existe la Justicia, al fin! No en las tierras de Castilla, Aragón y territorios limítrofes, por supuesto, pero sí en el resto del mundo! ¡Os van a dar para el pelo!

Aunque no entendió ni papa, obviamente, de mi exabrupto, lo esencial sí lo captó. Me echó las manos al cuello.

-¿Te atreves a negarme que esos extraños viajeros que preguntaron por ti ayer por la mañana, cuando estabas fuera de la ciudad, no venían de parte de tu amigo el templario? ¿Es que acaso no ibas a marcharte con ellos? Yo les dije dónde encontrarte.

Yo no salía de mi asombro ¿Unos extraños viajeros?

-¿Se puede saber qué estás diciendo? –incluso un inútil como él hubiera adivinado por mi expresión que todo aquello era nuevo para mí. Su expresión se trocó en una de aterrorizada decepción total.

-Entonces… ¡es cierto! ¡No sabes nada!

-Joder, hace tiempo que intento decírtelo –me resigné yo. Empezó a pasear por la celda como el proverbial león enjaulado. Al final se detuvo y me espetó.

- Tienes que decirles algo. Si no, nos matarán a los dos y no será precisamente rápido…

-… eso también hace tiempo que intento decírtelo –le interrumpí.

-¡Piensa! –continuó, sin hacerme caso-. Tú conoces a tu amigo. Sabes dónde podría estar. Dónde se escondería si tuviera que hacerlo.

-Cree el ladrón que todos son de su condición. Él no se escondería. Plantaría cara –respondí yo, orgullosa. Pero no podía quitarme de la cabeza a aquellos extraños viajeros que me buscaban con los que al final, no sabía por qué, no había llegado a coincidir. ¿Los había enviado él? Si era así, ¿por qué no había venido en persona? ¿Y dónde podía haberse metido? Era de suponer que no se había refugiado en Chipre, después de las últimas derrotas cruzadas, pues entonces el sultán ya le había localizado… Vamos a ver, pensé, él huyó de aquí a principios de verano. ¿No hubiera sido lógico que hubiera querido reunirse con sus compañeros en Sidón, si es que la misión de Samira no le llevaba a otro lugar? Miré a Gustaf: maldición, ellos sabían mucho más que yo. Y lo peor es que ni se daban cuenta.

-Me niego a atrapar una jaqueca por pensar para ti –negué con determinación-. Que él esté donde le haya llevado el viento. Nunca te ayudaría a descubrirlo, ni aunque fuera más fácil de lo que es. Aunque me maten de la peor manera, jamás seré tu cómplice.

Pensaba que Gustaf iba a tener un acceso de rabia, pero se limitó a mirarme con impotencia y luego paseó en círculos por la mazmorra, de nueva. Era evidente que deseaba decirme algo y al mismo tiempo dudaba si era la opción más inteligente. Pero al fin…

-En Sidón, tu amigo se hizo con un objeto de poder que el sultán desea. Algo que solo puede tener la persona más poderosa de este mundo, y todo apunta a que el sultán puede llegar a serlo. Si cayera en otras manos…

Tal vez vosotr@s consideréis que mi situación no era para tomármela a broma. Y seguramente tenéis razón. Pero tras escuchar afirmaciones como la que acababa de oír, solo me quedaba una alternativa, y efectivamente esa es la que adopté: sufrir un ataque de risa, una risa más amarga que alegre, aunque con potencia tal como para despertar no solo a los habitantes del castillo sino a todo el vecindario, si las paredes de aquella celda no hubieran sido tan gruesas. Gustaf se quedó mirándome con la boca abierta y, creo yo, con un hilillo de baba chorreándole por la barbilla.

-¿Y qué va a suceder si el pretendido objeto de poder cae en otras manos? ¿Es que acaso otorga el poder de hacer la Revolución y triunfar en el intento? Gustaf, ¿te estás oyendo a ti mismo? La verdad, me has decepcionado. Nunca te he pensado que fueras demasiado listo, pero al menos creía que tenías un cierto criterio. Y ahora me vienes con objetos de poder. ¿Quieres que te enseñe un verdadero objeto de poder? Pues aquí tienes: ¡mira, hago magia!

De un rápido movimiento de manos y pies, me liberé de mis grilletes: hacía un rato que me había dado cuenta de que estaban abiertos: la joven del harén, amiga de Samira, se había arriesgado a perder la vida por el recuerdo de la amabilidad de mi viejo compañero de armas y, tal vez, por mí. Pero a Gustaf no se le ocurrió una explicación tan racional.

-¡Eres una bruja sierva del Diablo! –me señaló con pavor-. ¡Vade retro, Satanás! ¡Socorro, a mí la guardia! –Gustaf siempre me había guardado bastante respeto: creía que yo sería capaz de vencerle con mis solas manos a pesar de mi evidente desventaja física. Y no se equivocaba.

-Puedes gritar todo lo que quieras, traidor. Esto es lo que en siglo XXI se llamará una estancia insonorizada. Ven, que te voy a dar objetos de poder. Mis puños, por ejemplo –le golpeé sin piedad, no era el odio el que me movía, tenía demasiados candidatos al aborrecimiento como para preocuparme de un pusilánime de aquel nivel. Pero me interesaba dejarlo fuera de combate cuando antes-. Eres un estúpido. ¿Ni siquiera puedes emplear la religión y las supersticiones para mantener austeros, sacrificados, serviles y contentos a los oprimidos de la Tierra, como hace toda la gente de tu calaña, esos gobernantes corruptos e insultantemente ricos a los que sirves? –no dejé de golpearle hasta que cayó al suelo-. ¿También tienes que creértelas? Has caído en tu propia trampa, tú y los que son como tú fomentan la falta de información, la falta de debate, la ausencia de ideas propias; sois los que queman libros, lo que cierran las escuelas de los pobres o las dejan sin recursos. Pero la filosofía que os habéis inventado os ha acabado dominando. ¡Entérate bien! No hay objetos de poder místicos, ni magia, ni un paraíso donde nos redimamos, ni un Dios bondadoso que hace permite estas salvajadas, como las Cruzadas y sus consecuencias, por nuestro bien! Ni siquiera hay bien en esta Tierra, no hay amor ni amistad, solo gente que se esfuerza por aprender y tiene el valor de asumir que estamos solos y abandonados aquí y que solo nos resta hacer lo que podamos e intentar colaborar, y por otro lado seres como tú, cobardes que pretenden conjurar el miedo a base de acumular riquezas y poder sin cuento. ¡Me dais asco! Aunque me alivia el pensar de que no os queda mucho tiempo de dominio. Solo unos pocos siglos. Y te prometo que me encargaré personalmente de que llegue vuestro fin –ya en el suelo, yo le pateé los riñones con algo más de fuerza de la que hubiera deseado: la tremenda injusticia del sistema al que él servía dócilmente me sublevaba. Pero al final pude respirar hondo e intentar contenerme.

No podía perder más tiempo. Aprovechando que lo había dejado sin posibilidades de defenderse, le quité la ropa, le vestí con mi sucia y rota camisa, le arrastré hacia la pared y cerré los grilletes en torno a sus tobillos y muñecas. Él soltar débiles lamentos mientras yo me vestía con sus ricos ropajes de estilo árabe (que, por suerte, estaban limpios y casi hasta perfumados; el siglo XXI me ha acostumbrado a la higiene y no hay mañana en que no me tire un buen caldero de agua por la cabeza, al menos si encuentro agua y leña para calentarla). Desde luego, él era mucho más repugnante que sus hábitos. Y así, con la cabeza baja y el turbante ocultando mi pelo, amparada en la oscuridad y confiando en que ninguno de los soldados de la guardia se diera cuenta de que la ropa me iba un par o tres tallas grande o advirtiera algún atributo femenino asomando por ahí, me dirigí a la puerta del castillo, saludé y salí tranquilamente, rogando a los dioses paganos en los que no creo por el bienestar de la joven que me había salvado y prometiéndome que volvería a buscarla; de momento, ella estaba a salvo: sabía que toda la culpabilidad de mi huida recaería en Gustaf.

De pronto, me hallé en las calles de Damasco, rodeadas por el desierto cercano cuyo aroma se me presenta como una llamada a la aventura. Sobre la sugerente y acogedora urbe medieval, bella y sensual como el juego de luz y brillos de los diamantes y fuerte como la voluntad de luchar sin descanso, no tan diferente a las del siglo XXI, se me superponen otras imágenes; las salvajes instantáneas de otras ciudades cercanas, Homs y Alepo, víctimas de bombardeos y atentados con armas modernas en una guerra tan absurda como todas donde aunque algunos creyeran luchar por la libertad, solo iban derecho a una tiranía mayor, y ni siquiera más solapada. Nada merece ese precio, nada, y menos que si se ha subvertido la rebeldía de un pueblo en aras a unos intereses foráneos muy distintos. Tenía que volver al maldito siglo XXI, volver e intentar evitar, con las escasa armas de las que disponía, que se perpetuara la lógica de la guerra intervencionista, en Siria, Irán o donde fuera, ahora que los imperialistas, tras manipularnos con su crisis, se creen fuertes para emprender acciones para las que no se habían sentido preparados antes, a pesar de sus enormes deseos.

Y, sin embargo, algo me empujaba a quedarme allí. Para advertir a mi loco amigo de que la baratija a la que había echado el guante era considerada algo capital para mucha gente; sí, a aquel descerebrado que no sabía meterse en líos sin arrastrarme a mí a ellos, por cuya culpa había estado a punto de sufrir “algo peor que la muerte”, y que por si fuera poco andaba por ahí holgando con las huríes del paraíso de Alá mientras yo tenía que renunciar a nobles y hermosos caballeros por ir a buscarle. Malditos intereses particulares, por estúpidos que sean siempre acaban oponiéndose al bien común.

Una temporada en el infierno (de la explotación laboral) (III de III)

80 Aniversario de la II República española

80 Aniversario de la II República española

(viene de) No dudé ni un momento: aunque tal individuo no era enemigo para mí, a una voz suya pidiendo auxilio para atrapar al ladrón aquello se iba a llenar de todos los caballeros participantes en el torneo que acampaban cerca de allí, y consideré inteligente evitar una tan desigual contienda.
-Ah… esto… bueno… ejem… -mientras tanto, mi colega intentaba tapar nuestro pequeño expolio con su capa al tiempo que silbaba una cancioncilla goliarda-… íbamos a dar un paseíllo para que no se oxiden los caballos… ya sabes que es bueno que hagan un poco de ejercicio de vez en cuando.
-De acuerdo, pero no os alejéis demasiado, que hay trabajo –nos disponíamos a montar para poner tierra de por medio, cuando volvió a llamarnos la atención:
-Eowyn, ¿has pensado en mi oferta?
-Eh… pues… hablamos a la vuelta. Ya verás cómo te daré una buena sorpresa.
-No lo dudo –yo tampoco-. Bueno, lo dicho, no os retraséis.
“Mejor siéntate a esperar, no sea que te canses”, pensé. Subimos a los caballos y nos apresuramos a desaparecer de su vista.
-Ya es mala suerte –gruñía yo sin dejar de cabalgar-. Un día que no entra en su habitual sopor etílico y es justo aquel en que nos tenemos que escapar.
-Creo que la impaciencia por saber tu decisión no le dejaba dormir –mi compañero guiñó un ojo, socarrón. Yo le advertí levantando el dedo índice.
-Una bromita más al respecto y te aseguro que probarás el filo de mi espada… Pero ¿qué es esa nube de polvo que parece perseguirnos? Viene de la ciudad.
Sin dejar de cabalgar a escape, miramos hacia atrás. Una comitiva de hombres armados se dirigía hacia nosotros, empuñando las lanzas y con intenciones que no se podrían definir como demasiado amistosas.
-El señor Adolfo no puede haber avisado a nadie tan rápido. Pero… ¿qué veo? Las negras y relucientes armas del que va en cabeza son inconfundibles… ¡Es mi archienemigo!¡Ha vuelto!
Ahora lo entendía todo; desde el primer momento, aquel empleo había sido una trampa. Ya era extraño que a una pobre guerrera errante como yo, sin fortuna y sin amigos, la vinieran a buscar de la forma en que el señor Adolfo me había reclamado; tal vez él mismo desconocía que estaba siendo utilizado, era demasiado inculto, borrachín y fracasadillo para ser además una persona excesivamente vil, o quizá se limitaba a mantener con el poderoso relaciones tan rastreras como las de España con Estados Unidos, en las que la potencia mundial asesinaba a los periodistas y encarcelaba a las madres del país mediterráneo mientras este se limitaba a mirar hacia otro lado al tiempo que hacía reverencias. Pero sin duda todo formaba parte de un plan del siniestro individuo del que llevaba huyendo toda la vida y del que, estaba segura, más la suerte que no mis capacidades me habían permitido escapar hasta entonces; supuse que necesitaba un lugar donde mantenerme ocupada y, a poder ser, mal alimentada, mientras él pudiera reorganizar sus huestes para encontrarme fácilmente después. El único consuelo que el hecho me proporcionaba era las numerosas precauciones que mi sempiterno enemigo solía tomar para atraparme, como si me creyera invencible o al menos muy bien apoyada, lo cual, aunque absurdo, resultaba ciertamente halagador.
-Corre –insté a mi compañero-. Quiero decir, corre más. No necesito decirte lo peligroso que es ese tío. Las personas que atrapa no vuelven a ver la luz del sol, y no necesita mazmorras para eso, aunque también las tiene, evidentemente. Consigue que la gente renuncie a lo que son y a la que podrían ser. No me preguntes cómo, tal vez conozca las diez reglas de la manipulación mediática de Chomsky. Vamos, dale caña.
Nuestros perseguidores acortaban progresivamente la distancia que les separaba de nosotros, gracias a sus caballos frescos y lustrosos, mientras nosotros sentíamos que se nos nublaba la vista y nuestras monturas, escuálidas y derrengadas, no parecían poder aguantar mucho más. Yo no podía dejar de pensar en todos los desafíos que me esperaban en el presente y en el futuro, en ese maldito año 2011 adonde no tardaría en trasladarme y donde tanto se necesitaba de cualquier contribución, por pequeña que fuera, como así era la mía, para que la poca justicia social que aún existía, tal vez ya solo en nuestros sueños, no fuera definitivamente erradicada de la faz de la Tierra, planeta que al parecer, y además, tenía ya fecha de caducidad; no, no podía aceptar que mi recorrido vital acabara en ese preciso momento. De pronto, se me ocurrió una idea.
-Eowyn, ¿te das cuenta de que en todas tus historias siempre terminamos escapando a la carrera? –me decía el ex templario entre jadeos-. La próxima podría ser algo más tranquila. Por ejemplo, conoces a un gentil y valeroso caballero que decide acompañarte en todas tus correrías, sois felices para siempre y me llamáis para que sea el padrino de bodas antes de invitarme a un suculento banquete. ¿No lo has pensado?
-No estaría mal vivir de vez en cuando una aventurilla de tipo sentimental, aunque tal vez no tan seria como la describes –concedí yo-, pero me temo que eso no pasará en breve. No se encuentran fácilmente especímenes válidos de mi sexo contrario en la actualidad, el género masculino está últimamente muy degradado. Con honrosas excepciones, claro –me apresuré a añadir-. Además, al paso que vamos pronto no podremos ni escribir historias en la red, como no hagamos algo para solucionarlo. Pero no te preocupes. Lo tengo todo controlado.
La desesperación, que no la destreza, me empujó a hacer una maniobra casi suicida. Confiando en la fidelidad de mi cabalgadura y con el movimiento más rápido que pude conseguir, me di la vuelta sobre el lomo del caballo, poniéndome de cara a mis perseguidores, y les envié la lanza que tan amablemente nos había obsequiado el señor Adolfo de sus tesoros personales; como había calculado, el arma rozó al Señor de los Mercados y le obligó a hacer un movimiento para esquivarla, cosa que provocó que se caballo se encabritara y que consecuentemente el grupo se desmembrara momentáneamente.
-Aprovechemos, pronto volverán a reorganizarse. Un esfuerzo más y los despistaremos. Conozco mucho mejor estos territorios que ellos, es el precio que los terratenientes tienen que pagar por vivir de espaldas a su posesiones.
-Reconozco tu sello en esta maniobra –me alabó el templario con admiración exagerada-. Arriesgada, de una habilidad pasmosa y sin derramamiento de sangre.
-Bah, es solo esa buena estrella que me acompaña hasta que deje de hacerlo…
Antes hablo… De un recodo del camino una avanzadilla de nuestros perseguidores, destinada sin duda a no dejar sin vigilancia ninguno de los caminos que pudiéramos seguir, se nos echaba encima a una velocidad ultrasónica. Enarbolé la lanza sin decir una palabra, dejando mi verborrea habitual para otra ocasión, y me abalancé sobre el primero, mientras mi compañero me seguía, tan rápido y mortal como la subida de las tarifas eléctricas. Lo derribé y lo dejé en el suelo, bastante maltrecho pero sin que su supervivencia peligrara en breve, y sin rematarlo, cosa nunca hago (soy una guerrera pacifista, esta es una de mis numerosas contradicciones), fui a por el siguiente; por su parte, mi amigo templario había dado ya buena cuenta de un par de enemigos y estaba comenzando a encargarse del siguiente. Yo acabé con el mío y fui a echarle una mano. El susodicho dio bastante más trabajo que los anteriores, que seguramente habían sido novatos contratados por el menor salario, creyendo así el propietario de la empresa que ahorraría gastos y conseguiría la misma productividad; el feudalismo (y el capitalismo) se labra él mismo su propia tumba, pero los que acabamos enterrados somos nosotros. Derribados los tres de nuestros caballos, sacamos las espadas y combatimos con ellas; vi una nada alentadora mancha de sangre sobre la cota de malla de mi compañero de aventuras y redoblé mis mandobles, tomando la iniciativa de la batalla. Esquivé un par de estocadas que pasaron peligrosamente cerca de mi cuello, pero por fin logré herirlo ligeramente en un brazo, lo que aproveché para arrastrar al viejo templario hasta los caballos.
-Venga, démonos prisa… ¿estás bien?
-Es solo un arañazo. No te preocupes.
Algo más tranquila, y viendo que nuestros contrincantes seguían en el suelo doliéndose de sus golpes y encomendándose al Altísimo a grandes voces, me entretuve en sacar algo de mis alforjas y clavarlo entre los derrotados.
-¿Qué es esa bandera de extraños colores? –preguntó extrañado mi colega mirando ondear la tricolor.
-La bandera de la República… una especie de homenaje al futuro. Te lo contaré cuando tengamos tiempo. Pero ahora dejemos atrás de una vez este nefasto lugar y busquemos un sitio donde descansar un poco.
Cuando nos sentimos totalmente a salvo, acampamos a la orilla de un río refugiados entre la fronda que se asomaba hacia él. Mi compañero encendió la hoguera y, concentrados en sus llamas, nos olvidamos por un momento de nuestras vicisitudes. Sin embargo, se imponía hacer planes para nuestro porvenir.
-Tengo que marcharme –dijo el viejo templario-. Existe un monasterio cercano donde se ocuparán de mis heridas y tal vez vuelvan a admitirme. Creo que ya he vivido suficientes aventuras en lo que me resta de vida, y mis cansados huesos dudo que soporten alguna más.
-Sabía que llegaría este momento –manifesté yo-. Amigo, espero que tus sueños se cumplan allá donde vayas, si es que aún te queda alguno.
-¿Y tú qué harás, Eowyn? ¿Volverás a ese futuro de tristes presagios que me describes a veces?
-No me queda otro remedio –le contesté-. Nos veremos en el infierno, camarada. Te llevas todo mi aprecio.
-El mío caminará a tu lado acompañado de esa fortuna que deseo que nunca te abandone –respondió-. Hasta siempre. No te olvidaré, muchacha.
La soledad ha sido siempre mi compañera y he aprendido a acogerla casi con júbilo cada vez que regresa después de sus cortas ausencias. Tal vez sea el impuesto que me requiere la vida por querer ser fiel a mis locas ideas, tal vez, sencillamente, el gran ordenador del destino me ha programado para esto o posiblemente me lo he ganado con creces. Pero no importaba. Ante mi vista se extendía la vasta naturaleza aún virgen de aquellos lares y época, y en la lejanía divisé a desheredados de la fortuna mendigando por los caminos un poco de caridad o un empleo que no existía, por mucha preparación y cursos del Inem que te estimulara el Gobierno a realizar como sucedía en el mundo adonde poco tardaría en regresar. Los presagios eran negros, desde luego; pero aún me quedaba mi espada.
Y, además, un escudo nuevecito que me había salido completamente gratis.

Una temporada en el infierno (de la explotación laboral) (II de III)

(viene de) Además de vernos asediados por los microorganismos menos amables, de cuando nos asaltaban personajes vestidos de comerciantes que agitaban largas listas ante nuestros ignorantes ojos: descubrimos que el señor Adolfo tenía tantas deudas que le habían embargado el campamento, las armas, los caballos, y hasta la ropa interior que llevaba puesta (lo cual requería muy pocos escrúpulos, y no hablo ahora de escrúpulos morales, según veremos después), según él debido a los numerosos enemigos que se aprovechaban de su bondad y a los envidiosos que le odiaban debido a su maestría con los instrumentos bélicos y a su apostura personal. Las armas con las que pretendía que hiciéramos un buen papel en los torneos estaban estropeadas, mohosas y casi deshechas, y las pocas un poco aparentes se debían a la generosidad de un compañero de torneos de mejor fortuna. El rancho que se nos servía un día no y al otro tampoco era tan reducido en cantidad como en enjundia, y me vi obligada que recurrir a mis exiguas reservas monetarias para que mis femeniles curvas no perdieran su (menguado) poder de convocatoria ante el otro sexo; problemas alimenticios que no parecían afectar a nuestro jefe, al cual cada día se le veía más obeso y coloradote, y cuyos encargos a las tabernas que jalonaban nuestro camino eran progresivamente más abundantes. Por si fuera poco, de los “sustanciosos honorarios” que se nos habían prometido no habíamos visto ni un maravedí, la legendaria habilidad torneística de nuestro capitán era más irreal que la pericia política de los presentes y pasados gobernantes españoles (hubieran sido patéticas de no haber resultado cómicas las constantes caídas en el barro de su oronda, y fofa, humanidad antes de que hubiera podido ni siquiera embestir a un contrincante), lo que convertía a los esfuerzos del resto del escuadrón de hacer un papel regularcillo en denodados y casi infructuosos; claro que estos fracasos se debían totalmente a nuestra inutilidad y holgazanería, como no tenía inconveniente en declarar ante los espectadores con más poder adquisitivo, tal vez futuros organizadores o patrocinadores, o sea, clientes, en un alarde de profesionalidad. Eso cuando no echaba la culpa a los guerreros de origen morisco o judío, responsables, según él, de que se hubieran perdido las formas caballarescas en los torneos y de la inseguridad en los caminos.
-Eso es habitual –me indignaba yo-. No es la primero que veo cómo la gente justifica su fracaso acusando al otro, al diferente. No hay nada mejor para atizar el ardor guerrero de los autóctonos que difundir todo tipo de rumores falsos sobre los recién llegados. Las personas deberían de convencerse de una vez que la única patria a la que debemos fidelidad es la explotada ciudadanía, y los únicos extranjeros de costumbres diferentes e incompatibles con los nuestras son la maldita raza de los explotadores. Compañero, no dejemos que nos arrastren a esta trampa –él asentía.
Y así transcurrían los días en ese nuevo trabajo mercenario, del que de momento no veía la opción de ser rescatada (aunque si lo que me esperaba era un rescate como los de la Unión Europea con algunos países, más prefería el secuestro), sobrellevando como podía las precarias condiciones laborales mientras intentaba, como llevo haciendo desde tiempo, no dejar que la agresividad me cegara en el campo del batalla y resultar eficaz sin ser sanguinaria; ya había demasiada violencia en el mundo, sobre todo, y vergonzosamente, hacia las mujeres, y aunque era tentador aprovechar las armas físicas y virtuales que tenía a mi alcance para autonombrarme ángel vengador de mi sexo, no pensaba caer tan bajo como algunos integrantes del opuesto ni pensaba que fuera aquella la solución.
Pero aún no había llegado lo peor.
Una noche en que mi colega había sido oportunamente enviado a hacer un recado, nuestro amado general en jefe me hizo llamar a su tienda. Obedecí a regañadientes, imaginando que me requería para una de sus sesiones de batallitas, en las que solía enseñarme ruinosos pergaminos que atestiguaban logros militares obtenidos en batallas remotas, que él insistía en presentar como muy recientes como si creyera que todo el mundo tenía tan poca memoria como él (a lo mejor sospecha que en la España del siglo XXI el recuerdo está castigado por la justicia mientras la corrupción se premia) y no pareciendo ver que aquellos patéticos testimonios escritos se caían de viejos; yo me preguntaba cuánto había pagado al falsificador que le había hecho el trabajo, porque ni en mis más optimistas pronósticos podía aceptar que aquel ser hubiera sido en alguna ocasión un guerrero respetado, hábil y honesto, a pesar de la degeneración cronológica a la que todos estamos expuestos. Me hizo pasar y me indicó que tomara asiento. Una vez acomodada, me espetó:
-¿Eres feliz aquí, Eowyn?
Yo me encogí de hombros dirigiéndole una irónica mirada; hacía tiempo que había decidido hablar claramente con él, para bajadas de pantalones ya tenía suficiente con las de algunas asambleas de EUiA con ICV en la campaña para las elecciones municipales de España 2011.
-Bueno, si obviamos lo poco apropiado de nuestros aposentos, la escasez y reducida calidad del alimento, el incómodo ambiente de trabajo y el hecho que desde que estoy aquí aún no he visto un triste céntimo de maravedí, aparte de otras cosas que no tengo ganas de relatar ahora, sí, se puede decir que soy razonablemente feliz. La religión cristiana nos enseña la paciencia y el sacrificio, y a fe mía que en este empleo dispongo de sobradas ocasiones de practicar estas virtudes.
Él meneó la cabeza con expresión de seguridad, quitando importancia a mis quejas.
-Todo eso cambiará en breve, te lo prometo. El escuadrón ha atravesado un bache, producido por la envidia y la maldad de mis contrincantes -bla bla bla, ahorro a l@s lector@s la ya cansina cantinela-, pero estoy en camino de solucionarlo todo –al ritmo que íbamos, yo calculaba que le faltaban unos dos siglos para poder solventar sus deudas, y otro más para estar en situación de pagarnos a nosotros, pero joder, la esperanza nunca ha de perderse-. Ya te dije que tengo mucha confianza en tus aptitudes, muchacha. Estoy rodeado de inútiles, pero sé que con una mujer como tú a mi lado podría hacer grandes cosas. Eres exactamente la compañera que necesito –mientras decía estas palabras, iba a aproximándose a mi asiento con expresión lúbrica, al tiempo que yo miraba en torno mío considerando con desesperación las posibles salidas-. Contigo a mi lado, el éxito en los torneos estaría asegurado y conseguiríamos fama y riquezas inimaginables –se acercaba más y más, dejándome constatar que la deficiente higiene de sus posesiones se extendía también, y no veas de qué manera, a su persona; yo estaba a punto de morir intoxicada; al menos los vapores de alcohol que exhalaba su aliento, aunque desagradables, tal vez supondrían un antídoto contra tan infecciosas miasmas-. Tú solo acepta y el mundo estará a nuestros pies… Tienes tanto talento y eres tan hermosa –al parecer, a sus numerosos defectos había que añadir el mal gusto-… aunque he de añadir que me gustabas más cuando te conocí; últimamente te estoy viendo un poco flacucha y tus encantos femeninos desmerecen.
-No me explico a qué puede ser debido –fingí irónicamente ignorancia mientras me apresuraba a levantarme… bueno, por lo menos el interfecto había aludido a mis merecimientos profesionales, y no solo a mi supuesto valor como trozo de carne. Pero no era consuelo-. Gracias por el ofrecimiento, si me lo permites voy a consultarlo con la almohada. Hala, a pasarlo bien –desaparecí a toda velocidad por la puerta y regresé a mi infecto cubil, donde afortunadamente ya me esperaba mi compañero. Sin dejarle ni siquiera darme la bienvenida, le solté.
-Nos largamos. Ahora. Sigamos el ejemplo de las revoluciones de los países árabes y de olvidadas como en Chile y enfrentémonos al explotador, aun a riesgo de una intervención imperialista como de Libia que acabe con nuestras legítimas ansias de libertad y comida y garantice el suministro de petróleo a los países occidentales. No necesitamos una consulta independentista de esas tan lícitas pero con las que los poderosos distraen al pueblo de sus verdaderos problemas, nos independizamos solos con dos pares de gónadas, aunque Aznar quiera declararnos la guerra al igual que a las autonomías españolas y al comunismo cubano. Mi resignación cristiana y mi sentido práctico tienen un límite. Puedo aguantar verle a todas horas repantigado en su jergón vestido con esa camisa cuya mugre tiene hasta círculos concéntricos que delatan el milenio en el que se depositó allí, mientras os obliga a realizar las tareas más serviles y a cortar leña con piedras porque ni de una triste hacha dispone; tener que hacer de chófer de las prostitutas que contrata sin cesar en los pueblos que atravesamos, y que han de estar bien desesperadas las pobres para aceptarlo como cliente; presenciar cómo sus maleducados hijos que en el futuro superarían con creces cualquier exageración sobre la generación Nini se pasean por el campamento destrozando en sus estúpidos juegos las pocas armas que tenemos para trabajar sin que ese imbécil se digne a reñirles lo más mínimo; incluso toleraría que nos veamos forzados a acoger un día más a ese asqueroso chucho en nuestra tienda para que, según el jefe, “no esté solito”, pero lo de hoy ya raya el surrealismo. ¿Pues no ha tratado el muy gilipollas de tirarme los tejos? Ahora entiendo por qué no me hacía trabajar tanto como a vosotros: me tenía reservada para otro tipo de tareas de índole aún menos digna.
Mi compañero se levantó de inmediato.
-Si tu virtud está en peligro, desde luego que nos vamos. Aunque sea con las manos vacías.
-Bueno, no es tanto mi virtud lo que me preocupa, para solventar problemas de este tipo ya me basto solita, sino mi salud física. Otro acercamiento como este y tendrán que hacerme un lavado de estómago. En cuanto a mi salud mental… hay espectáculos cuya visión hace perder la razón al más equilibrado, y el de ese amorfo personaje mirándome con los ojillos llenos de lujuria es un buen ejemplo. Pero no te preocupes sobre lo de irnos con las manos vacías; mientras trataba de escapar de sus asechanzas me ha parecido entrever algo en un rincón de la tienda. Espera a mañana, y cuando esté distraído supervisando los entrenamientos o haya salido a hacer su cotidiana estancia matutina en las letrinas, te lo enseñaré.
Dicho y hecho; a la mañana siguiente aprovechamos el momento en que el señor Adolfo desapareció para echar una siestecita bajo los árboles, otra de sus industriosas costumbres diarias, para entrar en su tienda. En un rincón, tras toneladas de desorden e inmundicia, se hallaba lo que me había parecido vislumbrar la noche anterior: un escudo nuevecito, una lanza reluciente y una silla de montar, amén de otros útiles para la vida aventurera de los caballeros y las damas guerreras errantes que nos serían muy convenientes. Me dirigí a mi compañero:
-Quédate con la silla, la tuya está en unas condiciones lamentables.
-Gracias. Creo que tú necesitabas un escudo.
-Sí. El mío no es compatible con los nuevos modelos de espadas. Estos herreros medievales… y eso que aún no conocen la obsolescencia programada. La lanza también nos la llevamos, que siempre va bien. Anda, arreando.
Guardábamos nuestro botín en las alforjas de nuestros caballos, cuando nuestro dueño y señor salió de la espesura del bosquecillo, preguntándonos con uan expresión que no acertamos a definir:
-¿Qué es lo que se supone que estáis haciendo? (sigue)

 

Una temporada en el infierno (de la explotación laboral) (I de III)

El caballero que encabezaba el escuadrón de torneos, en el cual mi compañero y yo íbamos a prestar servicio de ahí en adelante, recorrió con mirada apreciativa la totalidad de nuestras figuras bien pertrechadas para la lucha, la mía y la de mi colega el viejo templario, y por un breve instante un mal pensamiento holló mi por lo común bienintencionado cerebro, pues me pareció que en su inspección el señor Adolfo prestaba menos intención a mi impedimenta armamentística y a mis cualidades físicas para el combate que a virtudes aptas más bien para otro tipo muy diferente de placeres; incluso me pareció verle relamerse con fruición en algún momento de la ojeada, aunque de inmediato atribuí el espejismo a las penalidades del largo viaje y a los numerosos días que llevaba sin echarme al coleto una buena jarra de vinillo.
Eso sí, lo que era bastante evidente que el susodicho había dejado atrás hacía bastantes decenios su momento dorado: la musculatura que le habría permitido empuñar la lanza y la espada con eficacia se hallaba ahora derrumbada y enterrada tras cascotes inmensos de grasa, como si le hubiera atacado un terremoto de calorías, y los rasgos de su cara se veían distorsionados y abotagados igual que si se hubiera ahogado en un tsunami de alcohol de garrafón. “O sea que no es cierto que los desastres se produzcan siempre en territorios dejados de la mano de Dios, Brasil y Haití por ejemplo”, medité, “al menos si hemos de hacer caso a la riqueza de la que este hombre hace gala. Claro que cuando las catástrofes se producen en países desarrollados, es que se avecina un cataclismo nuclear, como en Japón. Al menos espero que mi colega y yo sepamos escapar de la debacle cuando se produzca con tanto orden y disciplina como los nipones”. De reojo, me llegó la expresión dubitativa del templario renegado, como si adivinara ya que mis pensamientos no se iban a corresponder con la realidad.
-Bien, bien, bien, mis queridos nuevos compañeros -se expresó por fin mi nuevo jefe con voz cazallosa, entonación barriobajera y una elección de vocabulario tan vulgar que prefiero reproducirla en traducción al buen castellano, no sea que mis lector@s me acusen de subvertir el léxico y la sintaxis de tan noble idioma-, estoy muy satisfecho de que sirváis a mis órdenes. He oído hablar muy bien de vosotros, sobre todo de ti, Eowyn de Camelot, a quien tu fama precede. Confío en que demostrarás esas capacidades bajo mis órdenes… aquí estaréis muy bien, dispongo del campamento más suntuoso y cómodo a este lado de la frontera, y los herreros más hábiles trabajan para mí y me confeccionan las mejores armas para que con mi destreza en la lucha, y la de los caballeros a mi servicio, les conduzca a la fama y el honor eternos y a la riqueza temporal. Que la austeridad de mi tienda no os lleve a dudas, soy un hombre que prefiere vivir morigeradamente. Además, tendréis sustanciosos honorarios que se verán incrementados si demostráis merecimiento en la batalla… Pero id ya y descansar de las inclemencias del viaje, que bien os lo merecéis.
Yo ya me frotaba las manos imaginando el confortable alojamiento donde iba a descansar esa noche, y que anteriormente el señor Adolfo me había descrito como un Edén de lujo asiático perfumado con los aromas del Mediterráneo. De inmediato, dos sirvientes nos condujeron a una pequeña extensión de terreno situada detrás de la tienda principal donde había tenido lugar aquella entrevista, y tuve que frotarme repetidamente los ojos al ver que aquel calvero polvoriento se apilaban, alrededor de las letrinas, la friolera de tres diminutas y ajadas tiendas, una de las cuales nos señalaron como la que sería nuestro hospedaje en los días venideros.
-Esto es lo que hay –manifestó unos de los criados, de flaco semblante, que nos había llevado hasta allí-, colegas. Tendréis que compartirla.
Sin dar aún crédito a mis oídos, entré. En el reducido espacio los jirones de tela se agitaban alegremente al ritmo del viento que entraba por los agujeros, acariciando en su alegre danza una mugre omnipresente, en mitad de los efluvios que arrojaba los retretes. En el suelo, unos trapos que debían haber corrido mil aventuras por las alcantarillas más pestilentes de la comarca se apilaban a modo de jergón.
-Y aquí se supone que hemos de dormir dos personas… en este amplio y cálido salón de baile. Supongo que la idea es que nuestra cercanía haga la función de sistema de aislamiento térmico, que por lo que veo es un poquillo deficiente.
-Así es –respondió sin inmutarse, el doméstico que había hablado.
-A ver –resumí yo la situación-, no pretendo iniciar mi primer día de trabajo con reivindicaciones laborales, pero tampoco me gustaría que mi prudencia fuera tan malinterpretada, aunque quizá con razón, como la de algunos sindicatos en el enero del 2011 español. Traducción: ¿qué coño es esto? ¿Se supone que es aquí donde tenemos que alojarnos? ¿Los dos? ¿Cuándo se perdieron en esta empresa la decencia y el decoro? Y sobre todo, ¿cuándo se perdieron los productos de limpieza?
-Pues lo siento –me contestó el otro lacayo, tan escuálido como el primero, encogiéndose de hombros-. No pienses que nosotros vivimos mejor. Nuestra tienda es la de la derecha, cuando la veas por dentro te considerarás afortunada.
-Es de suponer que los dos caballeros más antiguos habitan la tienda de la izquierda, la que parece algo más arregladita –aventuré yo.
-Te equivocas. Los otros dos caballeros más antiguos somos nosotros. Sí. También. La tienda de la derecha es la del perro.
-¿La del perro?
-La del perro.
-Me temo que en este mundo se está llevando el antiespecismo demasiado lejos… está bien, retiraos, necesitamos un poco de soledad para ver si nos hacemos a la idea de nuestro cruel sino -cuando se hubieron ido, le dije a mi compañero-. Antes de cualquier otra consideración, es urgente que desinfectemos esto, así que vayamos a la aldea más cercana a ver si nos prestan algo que pueda servir para el cometido. Y mantas. Muchas mantas. Y si mañana no se nos han congelado las ideas o alguna otra parte de nuestra anatomía, meditaremos qué hacer.
La generosidad de los aldeanos de las proximidades nos evitó morir aquella noche de frío, del virus del ébola o de ambas cosas simultáneamente, y pensé que menos mal que no me encontraba de regreso en la Cataluña del futuro, donde con la de microbios que pululaban por allí los recortes de Mas, sobre todo en Sanidad pública, nos conducirían a un muerte segura, como seguramente acabarían conduciendo a muchas personas humildes, a la muerte del cuerpo o a la muerte del alma, que no sé qué es peor. Al día siguiente, mi colega y yo celebramos un conciliábulo donde decidimos que visto lo visto y con los casi cinco millones de parados medievales que pululaban por los caminos pidiendo limosna, más nos valía seguir allí hasta que encontráramos otra manera de ganarnos el sustento, aunque para ello se necesitaba un valor superior al que pudiéramos esgrimir en la batalla (el mismo que tant@s trabajador@s, y sobre todo trabajadoras, están demostrando ahora). Pero no sabíamos que nuestras desdichas no habían hecho más que comenzar. (sigue)

La Tercera República en Barcelona (ojalá no fuera una inocentada)

(Intervención de esta bloguera en el programa de radio Sputnik del martes 28 de diciembre de 2010).

Buenas noches. Desde el barrio de Santa Caterina, en el corazón de Barcelona, se observa un panorama de la Vía Laietana que nos hace recordar épocas en las que la gente aún creía y estaba preparada para la lucha: una gigantesca ola de banderas republicanas se agita desde el puerto hasta la Plaza Catalunya. La tricolor domina sobre el gris de la Ciudad Condal como en un amanecer extraño y maravilloso. Hace un momento me han comentado que la multitud ha llegado a la Plaça Sant Jaume, sede del gobierno municipal de Barcelona y de la Generalitat de Catalunya, de forma pacífica, claro está, y ha arriado la bandera monárquica para que la republicana ondee definitivamente en los balcones de los dos edificios oficiales. Hace unos días hubiera parecido mentira que la indignación del pueblo español ante las medidas antisociales del gobierno de Zapatero fuera a culminar en una explosión de tales características, pero el apoyo del ya ex monarca a tales disparates en su mensaje navideño fue la gota que colmó el vaso. Desde el blog Bosque de Brocelandia confiamos en que este no será el único cambio que viva este país y que esta Tercera República que hoy comienza representará el cambio político de carácter verdaderamente social que España, y el mundo entero, están necesitando cada vez con más urgencia. Nada más desde Barcelona. Bona nit i visca la República!

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¿Al enemigo ni agua?

No fue mi ejército casi unipersonal. A veces los guerreros y las guerreras encontramos indeseables aliados en las fuerzas de la naturaleza y el destino. Lo que importa es que el enemigo estaba tendido en el campo de batalla, destrozado, y preguntó por mí: al parecer mi clemencia (habría que interrogarse sobre todoas las ramificaciones de esta palabra) es famosa en los escenarios de lucha. Yo fui donde se me requería, le miré, constaté lo fácil que es ser humano y empático cuando te ves despojado de tu poder, y aún así, cumplí con todas las indicaciones de la Convención de Ginebra (o su equivalente medieval) sin echarle en cara la larga e injusta prisión a la que me recluyó, aquella muerte en vida cuyas consecuencias aún arrastro.

No me vengué. La venganza nada soluciona, nada devuelve. No, no me vengué. Pero tampoco me sentí mejor.

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Eternos

Viajando por el intrincado bosque interior de mi memoria, me encuentro con una mujer amable y sonriente que tejía muñecas de lana tras la puerta de una casita de labradores; con un trovador desconocido que cantaba cerca de la mazmorra en la que estaba recluida canciones en las que aparecía mi nombre; con un compañero de viaje errante y risueño con el que alguna vez compartí un trecho de mi camino y un poco del calor de una hoguera mal pergeñada, antes de que el sendero se bifurcara.

Nunca más podré volver a aquella casita, desapareció quizá mucho antes de que mi imaginación la inventara; ya no hay canciones para mí, ni aunque quisiera escucharlas; la soledad es ahora la cómoda y práctica compañera elegida y no permitiré jamás que me abandone. Todo lo que algún día amé murió antes de comenzar, pero la verdadera muerte es otra: el espejismo, la corrupción personal. Existen el amor y la amistad eterna, claro que sí. Pero sólo si jamás se materializan.

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El Bosque de Brocelandia abre sus puertas

Como todos los años, en vísperas de San Juan se reúne la Corte del Ciudadano Arturo en Camelot. Corren malos tiempos en estos andurriales, y la dama guerrera Eowyn, que antes buscaba su lugar en el otro mundo posible, se ha declarado voluntaria para emprender una nueva odisea, esta vez en el Bosque de Brocelandia.

Tristemente, nuestra protagonista coge los bártulos típicos de estas aventuras y se monta en su caballo blanco Alizé. Está demasiado bregada en mil batallas para que le quede la más mínima esperanza de conseguir algo ínfimamente cercano a una victoria, pero su destino es éste. Así que pronto la vemos desaparecer en la inmensidad de la floresta. Que no tengas demasiado mal viaje, Eowyn.

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