Bosque de Brocelandia

Combates y aventuras en un mundo hostil

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Con Jaume II vivíamos mejor (Epílogo: La libertad que vendimos)

(Atención: este es el capítulo final de un serie, bastante larga, me temo, pero que tiene su aquél. Si queréis leerla desde el principio, clicad aquí)

(viene de) ¿Dónde quedó nuestra libertad?, me preguntaba yo mientras cabalgaba a galope, con el viento golpeándome el rostro y el cabello desordenado, cansada, magullada y feliz. ¿En qué parte del camino fue donde la perdimos? El castillo de las pesadillas, donde el deseo generalizado era guiarme, cuidar de mí, controlarme, proporcionarme el regalo envenenado de una vida  protegida quedaba atrás y yo, en pos de mi misterioso colaborador (que no era tan misterioso), volvía a recuperarme a mí misma. Pero ¿por qué no podía ser siempre tan fácil? ¿Por qué, concretamente, en el siglo XXI no lo era? ¿Por qué esa cruel involución histórica, o al menos, esa estabilidad en el mal, en la injusticia y el error? La respuesta a la pregunta, o al menos una respuesta de urgencia (porque ¿dónde está la verdad?) se desvelaría pronto.

De momento, seguimos cabalgando hasta llegar a las tierras del Comte d’Urgell, y paramos de mutuo acuerdo tácito en la primera población importante y bien surtida de lugares de avituallamiento  gastronómico y enológico. Le hice un signo a mi acompañante para que me siguiera: se me conoce por ser una guía ambulante del ocio y la restauración medieval que hace innecesarias todas las aplicaciones móviles al respecto en el caso de que hubieran existido. En un callejón algo menos maloliente que el resto encontramos la entrada a un local de aspecto bastante pulcro, que yo consideraba la mejor posada de la zona. Pedí vino y comida en abundancia y busqué una mesa apartada, no sin antes justificar la singularidad de nuestra asociación de templario y mercenaria jurando ante el tabernero que éramos hermanos de padre y madre (aunque no nos parecemos en nada, afortunadamente). Mi compañero se desembarazó del casco y alargó su mano hacia la mía. Dejé que la tomara y la acercara a sus labios: yo también (pues tenía mi corazoncito, aunque lo disimulara, no demasiado grande ni demasiado sentimental, pero por allí andaba en algún lugar) me alegraba de verlo.

-No te sorprendes –me dijo, tal vez algo decepcionado.

Yo apreté su mano.

-Te he reconocido, viejo cabronazo. Difícil no hacerlo, con ese hábito que te empeñas en seguir vistiendo y tu figura enorme. De hecho, te hubiera identificado incluso aquel día con tu penoso disfraz de anciano, si el cielo hubiera estado más claro y no hubiera estado recuperándome de un acceso de fiebre. Por cierto, ¿has agotado ya todas tus máscaras?

Meneó la cabeza en negación.

-Se acabaron los disfraces, Eowyn.

Chasqueé la lengua. Algo no casaba allí. Después de todos los enigmas y todas las ocultaciones, ahora resulta que todo iba a ser claro y diáfano como la luz del día.

-Nunca deberían haber existido –repliqué yo-. Estoy cansada de secretos y mentiras. Fuimos como hermanos, hermanos de verdad, y ahora te empeñas en comportarte como un extraño. Es esa orden tuya. Te tiene lavado el poco cerebro del que te ha dotado la naturaleza.

Se mostró inmune a mis insultos, igual que si yo estuviera diciendo chorradas dignas de Sáenz de Buruaga o de los  gobernantes peperos españoles de la legislatura de Rajoy.

-Supongo que Guillaume te lo habrá contado todo –había una extraña expresión en su rostro, de condescendencia mezclada con censura. Enarqué una ceja-. Habréis tenido tiempo de eso y de algunas cosas más, presumo.

-Solo me relató tu sentimiento de culpabilidad por haberme metido en este lío y tu consecuente afán por protegerme. En cuanto al resto, ¿qué pretendes insinuar? –me defendí, aunque no con mucho ímpetu. Él me contestó algo sorprendente.

-En algún momento llegué a pensar que sería buen compañero para ti. Ambos eráis para mí los amigos más fieles y teníais muchas cosas en común. Pero eso fue antes de su traición, evidentemente.

Yo bufé, hastiada.

-No me busques tan pronto marido nuevo. Recuerda que acabo de escapar de uno. Además, sabes perfectamente lo que pienso al respecto. Eso –señalé hacia las quebradas llanuras de la tierra de Urgell, con sus campos de cultivos aún libres de transgénicos, que se extendían más allá de la ventana, hasta el horizonte– es lo único a lo que quiero consagrar mi vida. Lo que haya podido suceder o no en ese castillo es algo completamente diferente de todo aquello que estás sugiriendo

-Hablaremos de eso después -concedió.

-No hay mucho más que te pueda decir –y es que yo no pensaba dejar escapar la ocasión tan fácilmente-. Tú, sin embargo, sí tienes muchas cosas que comentarme. Guillaume me dijo también que eres el único que puede responder mis preguntas.

Creo que, por un momento, conseguí hacerle dudar: el vino comenzaba a hacer sentir su efecto, y no dejábamos de ser dos viejos camaradas que se encontraban tras haber presenciado los horrores más innombrables y haber sobrevivido a ellos, con lo que de conmovedor tiene el hecho. Pero en el último momento algo le hizo cambiar de opinión.

-Refrena tu impaciencia: todo llegará –yo bullía de frustración, aunque mi orgullo no me permitió manifestarla en voz alta. Pero iba a averiguarlo, fuera como fuera-. Hay cuestiones más urgentes. Por ejemplo, establecer cuál va ser el próximo paso. Gardeny se ha revelado como un nido de intrigas y antes de que te reincorpores a la misión sería interesante saber hasta dónde llegan y en qué te afectan.

Por mucho que me molestara, y tal como yo había presentido la noche anterior, tenía razón: era fácil deducir que la llegada de Blanca probablemente no había tenido nada que ver con los espías del rey o con los suyos propios, al igual que seguro que no había sido iniciativa de Gustaf y Karl presentarse allí y reivindicar su falso estatus de prometidos de Ermengarda: alguien en aquel  lugar sabía mucho de mí, y no pensaba utilizarlo precisamente para favorecerme. Eso sin olvidarnos del desconocido arquero, o arquera. Manifesté mis temores en voz alta.

-Es a eso exactamente a lo que me refería. Isabel me parece totalmente de confianza, y Guifré, por lo que sé de él, es un hombre íntegro. En cuanto a los demás… no lo sé. Sabes que odio a Guillaume con toda mi alma, tanto como le amé en tiempos, pero ni él (a pesar de que sus devaneos con Blanca lo han puesto todo en peligro) ni sus caballeros amigos me parecen unos traidores… al menos mucho más de lo que ya lo han demostrado. Además, él no haría nunca nada contra ti, debo reconocerlo.

Sus palabras me resultaron sumamente reveladoras

-Has estado espiándonos todo el rato –le reproché, comprendiendo.

-Ya sabes la razón. Pero he intentado intervenir lo menos posible. Pensé que podías escapar sin ayuda, pero entonces vi como ese hijo de puta de las almenas disparaba contra ti; maldita sea, estaba demasiado lejos para que pudiera apreciar ningún rasgo que le diferenciara. Así es que saqué la ballesta y conseguí herirle. Después, viendo la irrupción de tus antiguos jefes, me hice con los caballos de una granja de pollos de las cercanías, y los solté para causar confusión.

Me gustó la idea: eso era lo que se necesitaba en las luchas actuales, unión y estrategia. Y era curioso en el siglo XXI también existiera una granja de pollos en los alrededores. Probablemente incluso en el mismo lugar.

-Pero antes –continuó- escribí un mensaje al comendador por si no funcionaba la treta: afortunadamente tenía a mano un sello que sabía que le iba a poner bastante nervioso –me guiñó un ojo: él debía de saber ya que yo estaba enterada de quién era  en realidad–. Entre esa carta, que justifica a Guillaume, y el incomprensible encanto personal de nuestro amigo  –realmente, pensaba yo, era un misterio cómo el enigmático bretón era capaz de sumar a su causa tantas simpatías- me imagino que las aguas volverán pronto a su cauce y la misión continuará sin novedad. Aunque quizá deberías mantenerte un poco alejada hasta que hayamos averiguado algo más sobre el traidor.

-Solo si prometes que dejarás de seguirme –contesté rápidamente.

Él se resignó. Esperaba que no me estuviera mintiendo.

-Está bien. Permaneceré un tiempo a tu lado, y luego volveré a Chipre. Tengo asuntos allí –no le pregunté aún: ya habría tiempo de averiguarlo. No se zafaría tan fácilmente de mi curiosidad. Pero esperaba que aquellos asuntos tuvieran que ver más con la paz que con la guerra: su gremio eclesiástico y la nobleza ya habían jodido bastante el mundo conocido tras casi dos siglos de torpes e insensatas cruzadas sin que eso les hubiera causado más perjuicio que a De Guindos las preferentes que vendió en Lehman Brothers. Esperaba que lo escaldados que habían salido de las mismas les hubiera curado de su inane y desmesurada ambición-. Y te juro que una vez que haya partido no dejaré a nadie que me sustituya en tu cuidado. Pero habrás de extremar las precauciones.

Con aquello bastaba. Por el momento. Alcé mi copa.

-Brindemos entonces por ello.

Comimos hasta reventar y bebimos hasta que el vino nos salió por las orejas, atronando el local con nuestras carcajadas al retratar irónicamente a los personajes del castillo y a sus visitantes. Después pagó la cuenta, con las escasas monedas propias de un Pobre Caballero de Cristo que llevaba en su bolsa, y tras haber pasado por la casa de baños local para quitarnos la herrumbre y el polvo del camino, nos retiramos a las habitaciones que nos habían asignado. Él me miró mientras subía las escaleras.

-Estás completamente recuperada. Apenas cojeas.

-No hay nada como una buena pelea para eso –asentí yo-. Lo que me pasaba es que estaba algo oxidada. Aparte de que aquellas fiebres renuentes que me molestaban desde el primer viaje a Tierra Santa también han desaparecido. En Miravet me dieron algo, y en la pequeña encomienda de Guifré acabaron el tratamiento. Ahora solo me falta recuperar un poco la musculatura perdida, y ya estaré dispuesta para nuevos lances.

-Me alegro de oír eso –respondió-. Nos esperan grandes desafíos.

-Lo sé –acordé yo.

-Y sin embargo… tu semblante es triste.

Dejé que mi mirada vagara en el infinito.

-Pienso en la libertad –dije.

-Explícate.

-Es una de las dos enseñanzas que he sacado de esta aventura – aclaré-. Quizá en parte gracias a Elvira, la dama de compañía de Blanca y, desde luego, gracias a Isabel. ¿Sabes? Estuve reflexionando acerca de mi pasado. Siempre quise ser libre, siempre odié las cadenas; pero todo a mi alrededor conspiraba para esclavizarme y mantenerme en la más absoluta inopia educativa, confiando que así me dominarían mejor. Mis progenitores, que nunca se plantearon que yo pudiera ser algo diferente de la esposa de un campesino, mi antiguo señor, que se tomó durante muchos años mi rebelión como algo personal… Y al mismo tiempo, siempre fue fácil huir, oponerme al sistema, al futuro que tenían planeado para mí. Y ¿por qué, te preguntarás? Pues porque esa servidumbre siempre fue externa, no venía de mi propio interior ni de mis propias circunstancias. He pagado mi libertad con cada una de mis cicatrices, pero no soy una heroína por ello.

Él me escuchaba atentamente. Yo tomé aliento para continuar.

-Sin embargo, en el siglo XXI, todo es distinto. El papel que ocupo allí es de una mujer joven y desesperada, sin armas, sin dignidad, casi sin orgullo, impotente ante la injusticia, cuyos patéticos intentos de pelear se ven frustrados por su situación. Y eso es porque ella no es libre. Prácticamente nadie es libre allí. Les han vendido humo hermosamente empaquetado, les han comprado la libertad a base de sueños y de promesas de una falsa estabilidad, seguridad, bienestar, a cambio de sus propias identidades. Les han convencido que para ser felices necesitaban formar una familia, hipotecarse hasta las cejas y conseguir un trabajo tiranizado, y que así vivirían contentos y ricos por siempre jamás. Y cuando descubrieron que habían sido víctimas de la más desalmada de las engañifas, se dieron cuenta de que ni siquiera podían salir a la calle a quejarse, que ni siquiera tenían tiempo para urdir la rebelión: estaban cargados de hijos, maridos o mujeres, hipotecas, con un trabajo en el que debían soportar todos los abusos e irregularidades por miedo a perderlo, o bien sumidos en la desidia por la falta de él: la esclavitud, allí, forma parte de la propia esencia de los seres humanos. Alguien o algo ha conseguido que así sea. No quiero regresar al siglo XXI, amigo mío, no quiero volver a ver las costas de mi Barcelona natal desfiguradas por leyes estúpidas y destructoras, y este es solo uno de los ejemplos. Preferiría haber muerto en Tierra Santa en mitad de aquella espantosa, inhumana y absurda carnicería: en el futuro ni siquiera puedo sacar mi espada para repartir mandobles. Y sin embargo, sé que tengo que hacerlo. Sé que he de volver.

Me observaba con gravedad.

-Debes decirles que huyan de eso. Tú puedes hacerlo. Que deshagan el camino andado, o al menos el que puedan deshacer. Que rompan con todo. Aunque sea una decisión radical, aunque les cueste dolor. Y debes seguir luchando también aquí. Quizá, si derrotamos la ambición y la ignorancia actuales, podremos evitar que los reinos hispánicos lleguen a ser ese país podrido de beatería y sacrosantos privilegios que describes.

Negué con la cabeza.

-No hace falta que les diga nada. Ellos ya lo saben. Pero no me escuchan. Ni siquiera yo me escucho a mí misma.

Se hizo el silencio entre nosotros. Yo respiré hondo.

-Seguiré luchando aquí. Pero volveré –dije al fin-. Aunque todavía no. Antes, quiero contarte cuál es la segunda cosa que he aprendido.

Él hizo un gesto inquisitivo. Yo continué.

-Que no pienso dejar escapar la más mínima oportunidad que me conceda la vida.

Abrí la puerta de la estancia. Él entendió.

(FIN… al menos de momento).

Con Jaume II vivíamos mejor (XIII, empieza el desenlace)

(viene de) Aquello era una declaración de guerra auténtica y absoluta, a un nivel semejante a  los imparables e insostenibles recortes sociales y laborales en países como Portugal y no digamos en Grecia, que acabarán ocasionando una revolución o es que ya he dejado de entender al género humano. Yo, sin embargo, en ese momento poco podía hacer más que ponerme a salvo, aunque, al volverme hacia el castillo, afortunadamente pude ver que había pasado el peligro por el momento, pues la forma imprecisa que me había estado asaeteando se escondía en aquel momento entre las almenas de la Torre del Homenaje. Pero los guardias estaban ya avisados, y comenzaron a llamar a sus compañeros a grandes voces; los soldados de Blanca, por su parte, dejaron lo que estaban haciendo y se apresuraron a salir al portón. Y, lo que fue muchísimo peor, por el camino apareció el carruaje a una velocidad endiablada para, tras estar a punto de atropellarme, detenerse en seco. Sin solución de continuidad, de él surgieron dos viejos conocidos míos: por un lado, el alto, fornido, rubio, y prácticamente bárbaro mercader Karl, y por el otro, el escuálido y granujiento Gustaf, que se dirigió a mí con expresión falsamente alborozada.

-¡Mi querida Ermengarda, mi muy amada prometida! Anda, ven a refugiarte en mis fuertes brazos –bueno, soñar es gratis-. Karl, querido –dijo, dirigiéndose a este, que se acercaba a mí armado con una lanza tan larga como él mismo, acorralándome hacia el castillo-, da aviso a esos buenos caballeros de que está aquí Gustave de La Camargue –evidentemente, el título se lo había sacado de la manga. Otro noble autoinventado. Pero a este, por desgracia mía, no le buscaban trabajo en Qatar–,  el prometido de Ermengarda, cansado de esperar e inflamado de ardor amoroso –los chillidos del bárbaro alemán no se hicieron esperar. Estoy segura de que no debía de estar demasiado alejado genéticamente de los antepasados de Merkel: era tan feo y tan neo liberal en cuanto a la economía (recuerdo el escaso salario y las horrendas condiciones) como esta-. Y tú, amada mía, deja ya tus veleidades aventureras y decídete ya a desposarte conmigo y llenar de hijos las salas de mi castillo. Aunque también podríamos comenzar a encargar el primero ahora mismo. Creo que nuestro Creador nos dispensará de tal pecadillo –e hizo ademán de rebuscar alguna cosa bajo los faldones de su túnica. Yo ahogué una náusea: me faltaba estómago para tamaña perspectiva.

-Soy tuya si consigues atraparme, mi amor –le contesté con ironía y velada amenaza, buscando a mi alrededor con la mirada cualquier posible objeto que me sirviera para darle lo que se merecía, que no eran precisamente retoños.

-¿Qué está sucediendo aquí? –el comendador había irrumpido en la escena, seguido por Guillaume y escoltado por su guardia personal. Detrás iban todos los caballeros de la encomienda. Se dirigió a Gustaf-. Si es cierto que sois el prometido de esta dama, podéis llevárosla bien lejos. No os imagináis los problemas en los que me he visto metido por su causa –yo, que estaba expectante a cualquier oportunidad de zafarme de aquel embrollo, no pude menos que alegrarme al ver la patente incomodidad del líder de la manada guerrero-religiosa de la Terra Ferma.

-¡Ni hablar! –Guillaume, en un alarde de insumisión, tomó al comendador por el hábito y lo obligó a volverse hacia él. Vi a lo lejos como Guifré e Isabel, que sin duda estaban ocupados en lo suyo en alguna alcoba deshabitada, aprovechando cualquier momento ya que el futuro no parecía demasiado propicio para su relación, en realidad para nada, corrían para unirse a la fiesta-. Este hombre es un impostor, alguien que desea a Ermengarda desde hace mucho tiempo y la ha creído lo suficiente sola y desprotegida para intentar obtenerla. Pero eso no será así mientras yo esté con vida.

Como si le necesitara, pensé. Aunque, para que íbamos a engañarnos, por mucho que me pesara  en momentos como aquel necesitaba toda la ayuda que pudiera recabar.

-¡Guillaume, no pienso toleraros esto! –el comendador hizo ademán de sacar su espada-. ¡No me importa quién seáis!

-¡Mostraos inflexible, comendador! –Blanca, acompañada de Elvira y flanqueada por sus hombres, también había aparecido. Bueno, era la única que faltaba-. Ese hombre, yo lo puedo certificar, es realmente quien dice ser. Guillaume, como os he advertido esta mañana, tiene lúbricos e incestuosos pensamientos con respecto a su prima, y por eso la mantiene aquí, alejada del hombre que tiene derecho sobre ella. ¡No dejéis que este vil y fementido traidor manche así la sagrada orden del Temple! –malo, malo. Cuando una persona de la dudosa categoría humana de Blanca llamaba a algo “santo” o “sagrado”, había que comenzar a desconfiar seriamente de ello.

-¿A alguien le interesa saber mi opinión? –interrumpí-. Después de todo, se supone que yo soy la persona más interesada…

-¡Esta mujer es mía! –gritó Gustaf-. Os lo demostraré.

Dio un paso hacia mí y yo retrocedí, todo lo que pude, al menos, pues mi retaguardia estaba cortada por los guardias del castillo (y la vanguardia y los flancos me los obstaculizaban el carruaje y todos los presentes). Guillaume intentó detener al comerciante, pero el comendador se interpuso y ambos se enfrascaron en un duelo a espadas, ante el asombro del resto de la mesnada.  La situación era totalmente límite, y realmente no recordaba haberme visto en otra igual en mucho tiempo. Lo único de lo que estaba segura era de que antes de que me viera obligada a contribuir al aumento de la demografía medieval en colaboración con el repugnante Gustaf allí iban a rodar muchas cabezas. Pero en mi afán por huir de este, no vi cómo su adalid Karl rodeaba al grupo para atraparme por detrás: el grito de Isabel llegó demasiado tarde. El bárbaro y gigantesco nórdico sostuvo mis brazos detrás de mi espalda mientras el baboso Gustaf sacaba una daga y, mientras mis amigos corrían hacia mí, desgarraba el vestido que tan caro debía haberle costado a Guillaume, dejando al descubierto la cota de malla y la corta túnica que llevaba sobre ella.

-Esto ha llegado demasiado lejos –aprovechando la sorpresa de ambos mercachifles al verme armada, me zafé de ellos recopilando todas mis fuerzas y tomé la espada que Guifré, que por fin había llegado a mi altura, me tendía-. ¡Venga, venid a por mí! ¿No tenías tantas ganas de probar mis habilidades amatorias? ¡Pues aquí las tenéis! –me deshice de los restos del vestido y tiré los harapos lejos, para que no me dificultaran el movimiento. Algo captó la atención del comendador.

-¡Deteneos! -paró la última estocada de Guillaume-. ¡Yo conozco esos colores!

Se refería a los que adornaban mi túnica. Os los podéis imaginar los que me conocéis un poco: una franja roja, otra amarilla y otra violeta, con la estrella roja en el centro de la de en medio. Unos colores que no representan a un país, sino a un estado de cosas, a un experimento que, con sus luces y sus sombras, tenía altos alcances y podía haber funcionado si el sistema no lo hubiera impedido. Un suelo de justicia e igualdad, de fraternidad y de cultura, futuro, pero también pasado y atemporal, el Camelot soñado del que llevaba el nombre y por el que siempre pensaba luchar. Hasta la muerte.

-Esta mujer no es Ermengarda de Nantes –le había costado un poco al ínclito comendador darse cuenta-. ¡Es Eowyn, la mercenaria! –y, volviéndose a Guillaume-: ¡He sido víctima de una cruel mistificación con oscuros y deshonestos propósitos!

-Os lo hubiera dicho esta mañana si hubiera estado segura de que me hubierais creído –se encogió de hombros, con ademán de resignación, Blanca, como aquella a la que la realidad da la razón-. Pero os vi con muchos prejuicios hacia mi persona.

La lucha se había interrumpido. Hasta Gustaf y Karl esperaban el final de aquel culebrón.

-No, no es mi prima. Es mucho más que eso –por todos los infiernos, ¿qué iba a decir ahora aquel descerebrado?-. Eowyn es mi hermana, la hija natural de mi padre. Juré que la protegería con mi vida. Por eso la traje aquí, para mantenerla a salvo de esa pareja de cobardes plebeyos que quiere aprovecharse de su inocencia –cada vez estaba más seguro de que Guillaume tenía que haberse dedicado a ser romancier.

-¡Me importa un comino de quién sea hija esta zorra! ¡Es mía! ¡Yo la compré y ella me traicionó, y sin siquiera cumplir las tareas que le había encomendado! –me miró y me preguntó en un áspero susurro-. ¿Quieres ver las cicatrices que me dejaron las torturas del sultán de Egipto? Más que nada para que te vayas acostumbrando, porque pronto estarán sobre tu cuerpo también –pero después de ver los extremos a los que llegaban los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI para conservar sus empleos, debido al chantaje de la patronal y del sistema, ya no me espantaba ninguna amenaza que pudiera proferirme. Le repliqué:

-Por lo que sé, sus métodos de persuasión son algo más sofisticados. No deja de ser una especie de descendientastro de Saladino.  Aunque –miré significativamente a Karl, y después de nuevo a Gustaf- tal vez para ti haya sido aún peor de esa manera.

Pero el comendador ya volvía a tomar el mando.

-Basta de palabras ¡A las armas, mis caballeros! ¡Atrapad a esta hija del demonio y a sus cómplices!

-Eso si no la cojo yo antes –intervino Gustaf, amenazándome de nuevo con la espada junto con su amigo.

A continuación, se declaró la madre de todas las batallas. Aparte de mi duelo contra mi pareja de ex jefes dignos de pertenecer a la CEOE, estaba el de Guillaume contra el comendador y gran parte de su guardia, el de Guifré contra los que quedaban, mientras los caballeros amigos de Guillaume intercambiaban mandobles con el resto de los templarios de la fortaleza, los soldados de Blanca se hallaban repartidos un poco por todas partes, y Elvira, con sus ojillos llenos de rencor y resentimiento, atacaba a Isabel con una rama que encontró por el suelo cual Thorin Escudo de Roble (desde luego, ambos eran bastante parejos en estatura); afortunadamente, mi amiga, que se había hecho con otra, la mantenía bien a raya. Pero, en cualquier caso, el combate era demasiado desigual para que los míos tuvieran alguna esperanza, y ya estaban comenzando a caer los primeros heridos, entre ellos Gonzalo, a quien no había visto hasta entonces y que se encontraba apoyado en un árbol fuera de combate, aunque también es cierto que por lo que veía su lesión no parecía grave. Menos mal que en la Edad Media aún no se había descubierto que la salud no era un derecho sino un negocio (al igual que el agua, por ejemplo): la enfermería templaria no era El Corte Inglés y yo estaba segura de que cuidarían bien de él; y además, gratis.

Y entonces, ocurrió algo providencial; últimamente el Destino estaba siendo benevolente conmigo, lo cual solo quería decir que me tenía reservado algo terrible. Una manada de caballos desbocados irrumpió en el campo de batalla, causando la confusión y obligando a todos los contendientes a interrumpir la lucha para buscar refugio donde bien pudieran. Detrás de ellos, avisté a un jinete vestido (era una pesadilla recurrente) asimismo con el hábito templario, portando casco y mostrando la lanza. Llevaba a mi caballo de las riendas.

-¡Rápido, Eowyn, sube! –me instó. Yo no esperé a que me lo dijera dos veces. Salté sobre Rayo Blanco de forma harto inelegante, debo reconocerlo, y ambos iniciamos la huida. Pero mi improvisado salvador tuvo tiempo de tirar un pergamino enrollado al comendador.

-¡Leedlo y acabad de una vez con esta locura! –le gritó.

El comendador palideció al ver el sello que adornaba el mensaje, e hizo un gesto a sus caballeros de interrumpir la batalla, y también, con autoridad, a las huestes de Blanca. Mis amigos se agruparon, cansados pero contentos, e Isabel me saludó con la mano en amistosa señal de despedida. Viendo que se hallaban a salvo, me decidí a emprender la huida y salí al galope tras aquel oportuno ayudante. Aún no sabía lo que había pasado allí, pero de momento no era demasiado importante (continúa).

Con Jaume II vivíamos mejor (VII)

(viene de) La verdad, no me precio de ser demasiado sensitiva. El hecho de vivir a contracorriente, granjeándome la enemistad, incluso el odio descarnado, de aquellos a quienes se les ha enseñado que esa reacción es la única respuesta contra los que son diferentes (hasta el punto de que, dominados por el miedo, se convencen a sí mismos de que los otros no merecen vivir, una actitud que, como sabéis todos y todas las que me leéis, suele aparecer como cobarde defensa en momentos difíciles como el que estáis viviendo), me ha convertido en alguien demasiado apegado a la Tierra: a las variaciones de sus estaciones, que aún tengo la suerte de disfrutar en este siglo XIII en el que el capitalismo aún no ha acabado con ellas llevándose por delante a los pueblos que las respetan, a cualquier cambio en el viento o en los sonidos de la naturaleza que me descubra un posible peligro… y, por qué no, a los rudos placeres de una persona que ha elegido el negocio de las armas como forma de vida, tal vez porque no servía para nada más… Sirva esta introducción para explicar que, a pesar de que he decidido no trascender las lecturas que me aportan mis cinco sentidos, en cuanto entré en aquel recinto tuve la sensación de que allí se cocía algo, y que no era la sabrosísima escudella catalana que los cocineros estaban preparando con esmero como avisaba el delicioso aroma que venía de la cocina, y que pronto habría de degustar. Un escalofrío recorrió mi espinazo, y Guillaume debió de notarlo, o quizá es que estaba tan escamado como yo. Se acercó en el momento en que yo descabalgaba y le cedía mi montura a un atento cadete.

-¿Qué sucede? –susurró.

Parecía haber agotado su resentimiento hacia mí en los últimos momentos: tal vez mi patente incomodidad dentro del vaporoso vestido que me había prácticamente obligado a vestir le enternecía. O tal vez fuera que mi ataque frontal contra su masculinidad le había dejado más dócil que un corderito: esperaba que fuera lo segundo.

-Hay algo raro en este ambiente –contesté-. Todas mis cicatrices están comenzando a rabiar como si les hubieran echado pimienta picante por encima.

Me miró con gravedad: perpleja, me di cuenta de que me estaba dando más credibilidad de la que nunca pensé que le inspiraría. Siempre me sorprendo que cuando descubro que alguien me respeta, quizá porque yo no puedo inspirarme ese sentimiento a mí misma.

-Mantente ojo avizor –me soltó rápidamente. Después se volvió al comendador con una orgullosa aunque cordial sonrisa.

-Señor –le explicó-, creo que la dama Ermengarda y yo podemos aplazar las cuestiones prácticas para conversar con vos, si es necesario. Después podremos entregarnos al descanso, la comida, la devoción y el sueño con más libertad.

El rígido comendador le dirigió una mirada poco amistosa. Por lo que yo creía entender, aunque me hago un lío monumental con los mandos del temple, el rango de Guillaume era superior, bastante superior, al suyo, pero, amparándose en su mayor edad, le trataba como al jovenzuelo que ya había dejado de ser sin mostrar una pizca de deferencia, y mi controvertido colega en aquella surrealista misión, por alguna extraña razón, lo aceptaba con humidad.

-Está bien –respondió al final-. Si vosotros podéis retrasar el solaz, yo también. Seguidme a la sala capitular.

Sintiéndonos un poco, al menos yo, como niños cogidos en falta que se encaminan al despacho del director para una buena reprimenda, influenciados por su actitud, así lo hicimos. Yo miraba, mientras tanto, a mi alrededor, al despliegue de actividad que me rodeaba y a las numerosas construcciones que se levantaban en el recinto, hasta hacerlo asemejarse a una ciudad en miniatura: era la primera vez que visitaba Gardeny, al menos aquel Gardeny, aunque es cierto que ya conocía la ruina, hermosamente rehabilitada, eso sí, que sería en el siglo XXI. El problema de esto de vivir en dos épocas al mismo tiempo son las comparaciones, en las que el siglo XXI, todo y sus ventajas, que no voy a dejar de reconocerle (¿o sí?), siempre sale perdiendo: las imágenes de la decadencia futura, o pasada, pues mi particular situación me hace en ocasiones pensar en el futuro como si fuera pasado y en el pasado como si fuera futuro, en mi vida todo se mezcla en confuso montón, de aquel enclave se superponían a su vitalidad actual. Se me hizo un nudo en la garganta y respiré profundamente. Guillaume se volvió  levemente hacia mí, sin dejar de caminar, y murmuró, adivinando mis pensamientos:

-¿Tanto cambiará?

Yo asentí.

-Es ley de vida, Guillaume –añadí, encogiéndome de hombros-. Nosotros también cambiaremos. Dentro de no mucho tiempo, si es que sobrevivimos, ya no seremos capaces de aguantar nuestra espada, por no decir otras cosas. Claro que eso no significa que tenga que gustarnos. Aparte de que tampoco es muy agradable si además nos roban a mano armada el dinero que hemos cotizado durante toda nuestra dura vida laboral para vivir una digna vejez y dar de comer a nuestros hijos y nietos desahuciados y parados.

-Carpe diem, entonces –contestó él. El comendador se volvió y nos asaetó con los ojos: evidentemente, si hubiera nacido siete siglos más tarde hubiera trabajado de director de colegio. Preferiblemente privado y religioso. Probablemente hasta del Opus. Esperé un momento antes de responder a mi colega.

-Lo estamos haciendo. Al menos, de alguna manera. De la mejor manera, diría yo.

Pero ya llegábamos a nuestro destino. El comendador nos hizo pasar y nos instó a tomar asiento en los labrados bancos de oscura madera, frente a él. Sin más preámbulos, nos espetó, mejor dicho, a mí, que por ser mujer soy la culpable de todos los males del mundo:

-He accedido a hospedaros aquí, dama Ermengarda, gracias al afecto que siento por vuestro primo y a su probada fidelidad hacia la orden –y no estaba siendo irónico–. Pero personalmente desapruebo vuestra decisión, y mucho más el haber hecho cómplice de la misma a Guillaume. Una hija debe obediencia a su padre, y si él considera este matrimonio lo mejor para proteger y rentabilizar vuestras tierras y a vos misma –yo misma, ¿en cuanto a “proteger” o a “rentabilizar”?– debéis acatar sus órdenes. Además, sois aún joven. La mejor manera de honrar la memoria de vuestro difunto esposo, que dio su vida en San Juan de Acre por la Cristiandad, es cumplir con vuestro deber de mujer noble y traer hijos al mundo que preserven el legado de vuestra sangre.

Hasta aquí, todo normal: lo peor no es que una tenga que escuchar estas cosas en el siglo XIII; lo verdaderamente terrible es que continúes escuchándolas en el XXI. Y prácticamente con las mismas palabras. Yo incliné la cabeza en una demostración de sumisión que hasta me asombró a mí misma.

-No os preocupéis, señor. El único motivo que impulsó mi escapada fue la rapidez que mi padre exigía para el enlace. No me opongo a su decisión, solo necesito un poco más de tiempo para llorar a mi finado esposo, por el que sentía un gran cariño. Después de que hayan transcurrido un par de semanas me sentiré totalmente preparada para mi cumplir con mi destino de fémina, amar a mi futuro marido aunque sea con lágrimas en los ojos, y acoger a todos los hijos habido en nuestra unión, que espero sean por lo menos 15, como lo que son, un don de Dios.

Guillaume me pegó un disimulado codazo que a punto estuvo de taladrarme los riñones. Pero el desconocimiento del comendador de lo que se cobijaba detrás de mis palabras, amén de la expresión de absoluta y cándida inocencia impresa en mi rostro, le hizo darlas por sinceras, aunque he de decir que no se abstuvo de enviar una suspicaz repasada visual contra mí, contra Guillaume, y después otra vez contra mí. Sin embargo, no tuvo más remedio que contestar:

-Pues que así sea, entonces. Guillaume, tened la bondad de acompañar a vuestra prima a sus aposentos, donde sin duda la esperará ya su dama de compañía –¡pobre Isabel!–. Disfrutad entonces de vuestra estancia entre nosotros y aprovechad para encontrad consuelo de vuestro pesar en el Altísimo.

Yo incliné, dócil, la cabeza, y me dispuse a salir de allí.

-Pensaba que, a pesar de vuestra insoportable beatería, vosotros eráis más abiertos –le reproché a Guillaume una vez estuvimos a una prudencial distancia.

-Por poco consigues que nos descubran –me reconvino él, a su vez.

-Es que me lo puso a huevo –me defendí, encogiéndome de hombros-. Era imposible evitarlo. Bueno, la ventaja de todo esto es que aquí al menos se me tratará un poco bien, atendiendo a mi supuesta alta alcurnia. Estoy harta de comer sobras y tener que hacer todo el marujeo, además de arriesgar la vida por tu absurda misión.

Él parecía indignado.

-Sabes que no ha sido así. Siempre me preocupé de que tuvieras de todo. No te expresas con justicia. Además, no entiendo cómo a veces puedes ser tan frívola.

-Fácil es para ti decirlo, cuando nunca te ha faltado de nada. Yo no soy frívola: sencillamente, disfruto del momento. Es algo que una aprende cuando no sabe cuándo volverá a comer, dormir, o bañarse. Así de sencillo. Y de dramático.

Estábamos en mitad del corredor que conducía del edificio principal a la capilla. Sin darnos cuenta, nos habíamos detenido, en mitad de un nuevo acceso mutuo de creciente cólera. No sé qué lindezas hubiéramos intercambiado en ese momento, estando la relación de camaradería entre nosotros tan deteriorada, si en aquel momento no nos hubiéramos topado con Gonzalo, que al parecer se dirigía a buscarnos. Pero algo en nuestra actitud le hizo detenerse, después de que una sombra de inquietud se transparentara en su expresión, y sencillamente volver por donde había venido sin dirigirnos la palabra. La interrupción sirvió para calmar la agitación de Guillaume, y para darme a mí algo diferente qué pensar. O tal vez no.

Porque en los ojos de Gonzalo me había parecido ver temor cuando se encontraron con los de Guillaume. Un temor cerval. Y yo solo podía imaginarme algo a lo que un fiel hasta la médula monje guerrero harto de batallar en Tierra Santa, donde había presenciado allí los peores horrores bélicos, pudiera temer bajo los dominios de la más o menos pacificada (de momento) Corona de Aragón; además de al aburrimiento, claro. Que hubiera averiguado que la fe inconmovible en su admirado referente tenía en realidad buenos motivos para quebrarse.

¿Y si Guillaume no era quien creían sus hombres? (continúa)

Con Jaume II vivíamos mejor (V)

(viene de) -Bueno –arguyó Isabel con sabia resignación-, lo importante es que está vivo: al menos de la locura se puede sanar.

En aquel momento, uno de los caballeros se quedó atrás a propósito para cabalgar en paralelo a mí. Le reconocí en seguida: era uno de los integrantes de la tropa original de Guillaume, aquellos fieles hermanos que conocí en Siria y con los que tuve oportunidad de hablar en la embarcación que nos condujo hasta Chipre, que le siguieron incluso en su traición y que, según me contó, habían sido reintegrados también a la Orden y ahora se hallaban desperdigados por diversas encomiendas.

-Me alegro de volver a verte, Eowyn –dijo con ligero acento del Sur de la península-. ¿Me recuerdas?

Yo miré su barba algo más recortada que antaño, y los mechones de cabellos que se escapaban de su yelmo, ligeramente más largos que lo que requería la Orden y que recordaba siempre un poco grasientos, aunque me constaba que se bañaba regularmente. Se trataba de un caballero procedente de Sevilla, de la misma edad que Guillaume y tal vez su mejor amigo después de aquel al que engañó y robó, por muy honorables que hubieran acabado siendo esas acciones, cosa que de la que yo aún dudaba. Pero la política hace extraños compañeros de cama, y el afán poder aún más, y un buen ejemplo lo tenéis en los que ha sucedido en los primeros años de la década de 2010 en los partidos comunistas de Andalucía y Cataluña. Ahora te has deslizado hasta la primera posición, pensé tristemente

-Claro que sí, Gonzalo –él me dirigió una sonrisa de dientes sanos, aunque grandes y demasiado prominentes-. Yo también me alegro.

Me miraba expectante con sus ojos algo saltones: estaba claro que deseaba decirme algo, y al final lo hizo.

-Tienes que seguirle la corriente en todo –me advirtió-. Te lo digo por tu bien.

-Pero ¿tan peligroso es? –le interrogué, espantada.

Me miró con humor.

-No, hombre, no. ¿Creías que había enloquecido Tal vez haya estado cerca de ello en algunos momentos, pero puedo asegurarte que está perfectamente cuerdo…

-¿… y entonces?

-Lo que sucede es que debido a las circunstancia ha tenido que cambiar la historia que te servía como excusa para entrar en Gardeny.

Vaya. Otro conjurado de la plana menor. A este paso lo difícil no iba a ser guardar el secreto, sino encontrar a alguien que no lo conociera.

-Curiosamente, yo tuve que hacer lo mismo. Pero ¿quieres decir que fue por culpa de…?

-¿Tu desaparición? –terminó él-. Sí, exactamente por eso.

¿Por qué se empeñaban en llamarla desaparición? ¿Es que no eran capaces de entender nada?

-Cuéntamelo todo –supliqué-. Yo te explicaré asimismo todo lo que precises saber.

-Bueno –comenzó él-. Todo empezó cuando Guillaume llegó a Gardeny esperando que le estuvieras aguardando allí. Había tenido un encuentro indeseable en Barcelona, estaba herido, aunque levemente, y eso le había retrasado. Cuál no fue su sorpresa, y su preocupación, cuando no te encontró. Nadie sabía nada de su supuesto criado, y los días iban pasando, hasta que decidió enviar mensajeros a las encomiendas del camino donde se suponía que habías tenido que pernoctar para ver si en alguna sabían darle noticias tuyas. La respuesta no fue de su agrado: el último lugar donde te vieron fue Miravet, y de ello hacía varias semanas.

El último párrafo había sido pronunciado casi sin respirar, atendiendo a mi interés y a mi desconcierto, así que tuvo que detenerse para recuperar resuello.

-Yo intenté tranquilizarle –continuó-. Le recordé que eras famosa por tu indisciplina y por tu individualismo. Pero él no atendía a razones. Así que convocó a unos cuantos caballeros, yo entre ellos, y salió en tu busca. Y como no era razonable que se preocupara tanto de un sirviente, tuvo que explicarle al comendador que en realidad el susodicho venía a traerle nuevas de su prima, que viajaba desde Perpignan para visitarle y pedirle consejo acerca de un matrimonio no deseado, y que la ausencia de ambos no presagiaba nada bueno.

Yo estaba admirada y hasta divertida. Qué despliegue imaginativo, por Dios. Ni Chrétien de Troyes con el Libro del Graal. Guillaume había equivocado su vocación, sin duda alguna.

-Así que se puso en marcha. Prácticamente esa pequeña encomienda de donde procede el hermano Guifré era el único lugar que nos faltaba por visitar, después de varios días de búsqueda. Y aquí fue donde la Providencia quiso que te halláramos. Los exabruptos de Guillaume se deben a la preocupación que había sufrido por tu ausencia. No se lo tengas en cuenta.

Bueno, al menos era una explicación. Ahora entendía por qué se había dirigido a mí en la lengua de Oil.

-Déjame adivinar. ¿Ermengarda es el nombre de su prima?

-Ermengarde, en realidad. Sí. Aunque también podía haberte rebautizado con un nombre más bonito. ¡Tiene muchas más primas donde escoger!

Yo reí de buena gana: la verdad es que Gonzalo, como buen andaluz, era, o en su caso al menos pretendía ser, divertido. Conocía la razón por la que Guillaume había elegido aquel nombre tan particularmente horrendo para mí: venganza. De todos modos, me alegraba saber que su coartada coincidía con la mía. Así Guifré, que no estaba en el secreto aunque comenzaba a barruntarse que le ocultábamos algo, sospecharía menos.

-Pero hay algo que no entiendo –intervine-. ¿Acaso no llegó un mensajero avisándole de dónde me hallaba, amén de que me estaba recuperando de una herida y de que tardaría en llegar?

Gonzalo me miró con preocupación y extrañeza.

-Nada sabíamos de eso. No te habríamos dejado sola de haberlo sabido. ¿Quién envió a ese mensajero? No fuiste tú, ¿verdad? Porque te habrías extrañado de no tener respuesta.

La indignación volvía a apoderarse de mí, pero esta vez el destinatario no era Guillaume, sino otro miembro de su orden. Yo no entendía nada. En mi vida, últimamente todos los enemigos (o casi todos) acababan convirtiéndose, por numerosas extrañas razones, en amigos, pero al mismo tiempo los partidarios parecían trocarse en adversarios. ¿Qué estaba pasando? ¿En quién podía confiar? ¿Por qué todos parecían manipularme, usarme como un peón para sus partidas de ajedrez particulares? Me sentía como si habitara en cierta conocida sede de la calle Génova de Madrid.

-Es una historia muy larga y complicada, y tendría que ponerte en antecedentes de cosas antiguas que quizá –aunque no lo tenía muy claro- desconozcas. Te informaré, te lo prometo. Pero creo que antes debería saberlo Guillaume.

-Estoy de acuerdo –respondió Gonzalo, con el rostro repentinamente grave. Volvió la mirada hacia mí y me hizo una especie de confesión-. Eowyn, antes de continuar hay que algo que deseo decirte: sé que no confías en mí y quizá te causa dudas pensar en por qué seguí a Guillaume aquel día. Pero quiero que sepas que, aunque haya muchas cosas en él que te resultan extrañas, puedes estar segura de que es un hombre íntegro. A pesar de sus ocasionales tentaciones hacia el poder y la riqueza. Yo creo en él, incluso cuando no puede contármelo todo. Por eso marché en pos de él entonces, a pesar de lo que arriesgaba, y por eso le seguiría ahora a cualquier misión suicida. Sin la menor vacilación.

Desde luego, no se podía negar que Guillaume era amado por los suyos. Y supuestamente eso debería de ser un punto a su favor. Mi pregunta era ¿la inquebrantable adhesión que había concitado era la de Chávez? (En mi último viaje al siglo XXI, el mandatario venezolano acababa de morir. Dos personas en quienes confío y que trabajarán estrechamente con él lo calificaron como un hombre bueno. Nada más que eso. Y nada menos. Su funeral fue un baño de las multitudes más humildes del país latinoamericano. Eso para mí es una garantía). ¿O tendría que conjeturarle como a un vil manipulador de las voluntades de su pueblo, como a Hitler, que por cierto también era idolatrado? Y, por último pero no menos importante, ¿no me estaba engañando yo misma al considerar los dos casos tan diferentes? En cualquier caso, yo sabía que eso era exactamente lo que necesitaba Guillaume: su debilidad era sentirse respetado, admirado, amado… Si esto fallaba, podía llegar a caer en la depresión más honda.

Pero yo me sentía apesadumbrada por más motivos. “Mi indisciplina y mi individualismo”, las había llamado Gonzalo. ¿Era así como me veían los demás? ¿Era así como era yo en realidad?  ¿Realmente la misión estaba arruinada por mi culpa? Me he demorado demasiado en la casa disfrutando de las atenciones de Isabel y de la amabilidad de esos monjes, y he tardado en ponerme en marcha, cosa que habría tenido que hacer mucho antes aunque fuera  arrastrándome por los suelos. Yo tenía un compromiso, y con mucha o poca fe a él me he entregado, y eso habría debido  ser sagrado. He vuelto a fallar, y no sin consecuencias. ¿Quién les mandaba a los Ocho confiar en mí? ¿Y a mí aceptar? Tendrían que haber sabido con quién se la estaban jugando. Y yo debería haberme conocido a mí misma mejor. Gonzalo vio el cambio en mi expresión y adivinó.

-Eowyn, puedes dejar de preocuparte. La misión no está arruinada, ni mucho menos. Habrá que hacer algunos cambios, eso es todo. Y en cualquier caso, no ha sido tu culpa. No hay más que ver cómo te mueves, en comparación a cómo lo hacías, para comprender que te hirieron gravemente. No puedes acusarte de nada.

Aquellas palabras me levantaron el ánimo. Le dirigí una mirada de agradecimiento.

-Gracias –le dije con voz cálida-. Y gracias también por molestarte en salir en mi búsqueda.

-No hay de qué darlas -respondió él, jocoso-. Después de todo, aquí ya no hay nada que hacer desde que reconquistamos estos territorios –hubo de pronto un eco amargo en su voz–.  Difícil es encontrar en estos días algo por lo que luchar. Y aunque lo hubiera,  ya sabes cómo va esto: en esta Orden nunca te envían adonde quieres ir.

Era extraño que dijera aquello: las desigualdades existían, demasiado, y un conjurado de la plana menor debía de saberlo. Me imaginé que lo sucedía era que estaba demasiado acostumbrado a repartir estocadas entre los sarracenos y la inactividad castrense le aburría: a veces yo siento lo mismo. Pero no indagué más al respecto porque otro de los caballeros le reclamó, y Gonzalo arrancó a trotar hacia él, no sin antes despedirse con un sonriente ademán dejándome sola con mis preguntas sin responder, mis dudas y mis conflictos internos, aparte de una terrible sensación de injusticia, tal como si tuviera mis ahorros encerrados en un banco de Chipre por culpa de un sistema que ya no necesita ni excusas ni justificaciones para robar al pobre para dárselo al rico.

Durante un segundo me invadió la terrible sospecha de si no me hallaba más tranquila cuando pensaba que Guillaume estaba muerto. (continúa)

Mañana, tal como hoy (01/01/13-31/12/12)

Dicen (en un spot televisivo, pero no me preguntéis la marca que se anuncia porque no tengo ni idea, ni me interesa) que la ilusión es una fuente de energía que algunos dicen que se halla en franca caída libre. Me cuento entre ellos.  Nunca, desde que tengo uso de razón, me había sentido vivir en unos tiempos tan duros, tan apocalípticos: el sistema siempre ha sido el sistema, el capitalismo siempre ha producido desigualdades, y algunos ya pronosticaban hace varios años lo que se estaba preparando tal vez desde hace muchas décadas, pero ahora mi impresión (y no solo la mía) es que definitivamente ha vencido el mal y la codicia por la riqueza y el poder de las elites psicopáticas que nos gobiernan a escala global (y que han conseguido este dominio precisamente por ser eso, elites, y sobre todo psicopáticas, es decir, sin escrúpulos morales), ya no encuentra límites a su desafuero; ni por parte de una población tan narcotizada durante tantos años por las mentiras del sistema, por el adoctrinamiento educativo y por la cultura basura que le está costando mucho despertar, ni por parte de esos despertares parciales (aunque loables), que ya nada parecen lograr contra una tiranía que lleva demasiado tiempo cimentándose y parapetándose.

En estas circunstancias, y lamento si a alguien le duele mi sinceridad, me cuesta decir una palabras de felicitación en este día, último de ese calendario gregoriano que en la civilización occidental hemos instaurado como oficial. No puedo desearos que las cosas vayan mejor, porque sencillamente, no creo que pueda ser así. Ni siquiera puedo instaros (e instarme, que más falta que a mí seguro que no os hace) a un despertar total, absoluto y contundente, valiente,  esforzado y verdaderamente revolucionario, porque no confío en que se produzca, al menos de momento y, en el caso que se produjera, debería ser verdaderamente sacrificado y escandaloso para que causara algún efecto. Para mí, mañana será igual que hoy, un día más.

Pero después de este día vendrá otro. Y otro. Y otro. Y otro más. El mundo (y nosotros) será más viejo, y quiero creer que más sabio. Las contradicciones llegarán a ser tan flagrantes que no podremos obviarlas. Las mentiras caerán por su propio peso, anuladas por una realidad progresivamente más evidente,  o serán descartadas por sus emisores, demasiado seguros de su poder.  Llegaremos a un punto en el que será imposible recular más y entonces nos veremos obligados a dar un paso adelante. Y otro. Y otro. Hacia un cambio de sistema, un cambio de valores, un cambio de prioridades.

Esa es mi única, y quizá pobre, esperanza para el nuevo año gregoriano. Y hasta entonces, os deseo toda la felicidad, ilusión, fuerza y bienestar que podáis arañar a la vida, y un poco más.

Pagarán por sus crímenes (14N)

Pagarán por sus crímenes. Bonita frase esta, tan bella como todo lo irreal. Yo sé, todos sabemos que prácticamente los únicos crímenes que se cobran son los crímenes producidos por una autodefensa contra la injusticia, mientras que los atentados del poder, los asesinatos y estafas de Estado quedan milagrosamente impunes, en  un ambiente generalizado de desprotección y dejación de la ciudadanía por parte de un sistema solo interesado en defender las prebendas del multimillonario, e incrementarlas a costa nuestra.  Pero en ocasiones, cuando las acometidas de esta guerra que el gran capital ha desencadenado contra el pueblo llegan a niveles de crueldad tan  inimaginables vulnerando todos los tratados internacionales, pues sus ataques se centran, además, en hospitales, escuelas y población civil, suelo repetirlo como un mantra, que me calma y me prepara para la rebelión. Pagarán por sus crímenes, pagarán por sus crímenes. Les obligaremos a que nos devuelvan la educación, la atención a nuestras discapacidades y dificultades, a nuestra salud. Que nos las devuelvan, pues son nuestras, porque nosotros las pagamos, no son ningún regalo que haya de ser retirado por ninguna situación de carestía aunque no la hubieran inventado ellos. Les obligaremos a que reviertan la especulación de los bienes básicos, la alimentación, la vivienda, esa que han venido construyendo desde décadas los mismo que ahora fingen espeluznarse de las trágicas dimensiones que han tomado las consecuencias de sus políticas. Nos desahuciaron del resultado de nuestras luchas titánicas por nuestros derechos, del edificio de bienestar (relativo) que habíamos construido a base de mucho sudor y mucha sangre. Nos desahuciaron, pero no somos nosotros los que nos debemos suicidar, a pesar de que el desesperanzador panorama nos obligue a ver este acto como la única solución posible, a pesar de que (hablo por mí) no tengo puñeteras ganas de seguir viviendo en un mundo que nunca antes había sido tan poco mío. El 14N hemos de parar el país, pararles los pies, pero no hemos de pararnos ahí: arrebatémosles lo que más atesoran: su auto-otorgado derecho de decidir por nosotros y de jugar con nuestra vida y nuestra felicidad como si fuéramos viejos títeres. Hagamos realidad lo utópico, realicemos lo irrealizable. Suicidémonos, pero solo de la vida que nos imponen para así poder vivir la nuestra, la que nos merecemos, por la que hemos luchado, la que hemos elegido. Recuperemos lo que nos han robado, ahora y antes. Hagamos que paguen por sus crímenes.

Pero sobre todo no podéis dejar de leer
http://luisangelaguilar.blogspot.com.es/2012/11/seleccion-de-enlaces-frases-fotos.html

http://puntsdevista.wordpress.com/2012/11/11/de-encuestas-mesianismos-chorizos-y-sanidad-publica

http://puntsdevista.wordpress.com/2012/11/10/nos-roban-el-presente-y-el-futuro-hastacuando-14n/

 

 

 

Ya nunca llegaré a Madrid

Hoy no he podido estar en Madrid. Lazos laborales arrastran mi cuerpo hasta Colonia, y yo tiendo los brazos resignada hasta la fría Alemania, símbolo de todos los males del capitalismo y sus movimientos antecesores, cuna antigua, tal vez, de su remedio. Hoy no he podido estar en Madrid, y no lo estaré los días siguientes. En Madrid, mi Madrid, el del Marx Madera y el de No pasarán, el de las fiestas del PCE y los congresos con mis compañeros. Para mí, Madrid siempre ha sido metáfora de lucha. Y de solidaridad. Pero hace tiempo que no veo ese Madrid y ahora me pregunto si algún día existió. Si quizá lo inventé. Madrid, ¡te echo tanto de menos! Lo mismo que se siente nostalgia de un futuro tan inaccesible como el pasado, o añoranza de un pasado feliz que nunca existió. Y me lo pregunto aunque sé la respuesta, aunque sé que mis recuerdos son ficticios o sobrealimentados. La verdad es que nunca amé y nunca me amaron, nadie; para amar y ser amada se necesitan virtudes que yo jamás poseeré. La verdad es  que nunca luché porque nunca tuve al lado con quién hacerlo. La verdad es que la soledad duele mucho más que la porra de un policía, y es mucho más aterradora. La verdad es que no hay vuelta atrás, es el final del camino, jamás podré recuperar lo que nunca tuve. Por mucho que lo ansíe y lo suplique con los labios cerrados: nunca vi como los otros vieron, y tal vez tampoco sentí como ellos. La verdad es que, aunque sepa los caminos, ya nunca llegaré a Madrid.

Ni un minuto más, ni una excusa ya: acabemos con este gobierno YA

No es la primera vez que se afirma lo que voy a expresar aquí hoy; solo me hago eco del sentir de la calle, de las personas honestas e inteligentes  a quienes les preocupa más el bienestar de toda la ciudadanía que sus míseras ambiciones personales de seres cobardes y débiles cifradas en un coche un poco más grande, un televisor un poco más potente y un puesto un poco más alto en la empresa (donde puedas demostrar a gritos a unos pocos más de tus compañeros que tú eres el jefe). Gente que no tiene pereza mental ni miedo a reflexionar, aunque eso le haga enfrentarse con sus fantasmas, y que descarta las explicaciones rápidas, irreflexivas e inhumanas, además de falsas, de la lamentable situación actual, como la estupidez de que son los inmigrantes los culpables de la crisis, por ejemplo. Esas personas son las que claman bien alto que cuando un gobierno, aunque elegido democráticamente (si es que se puede llamar elección democrática la regida por un ley electoral fabricada a la mayor gloria del inmovilismo y comprada mediante pancartas, anuncios y noticias manipuladas), traiciona a sus electores haciendo matemáticamente lo contrario a lo que había prometido en su programa, cuando además derrocha en lujos asiáticos de sus integrantes y amistades, en cargos de confianza y en inversiones sin sentido (que no favorecerán a la población sino a la elite económica que los subvenciona y mantiene) mientras ataca sistemáticamente los derechos y las vidas de los más desfavorecidos, y por si fuera poco reprime con dureza criminal y descalifica el legítimo afán de protesta mientras desvía la atención creando problemas de la nada, como los nacionalismos periféricos, este gobierno ha perdido la poco legitimidad que pudiera haber tenido. Y hay que derrocarlo. YA. Sin esperar un minuto más. Sin ponernos una excusa más.

El 25S y otras citas espacio temporales: El capitalismo explicado a un medieval (IV)

(viene de) Pero evidentemente, no lo hizo, entre otras cosas porque aquí estoy para contarlo. No sé por cuánto tiempo, pero aquí me hallo todavía.  Fue la espada del extraño anciano la que, de un solo tajo, cortó el cuello al atacante, y en lugar de caerme encima la punta de su espada lo que me sobrevino fue su cabeza sangrante, cosa no mucho más agradable aunque he de reconocer que sí menos lesiva para mi integridad. Pero en esos intermedios yo había perdido tanta sangre que me desmayé como una damisela, aunque debí de despertarme a ratos, pues tengo recuerdos confusos del momento en que el viejo me prestó los primeros auxilios y me subió a su propio caballo, cogiendo el mío por las riendas. Todo eso, sin embargo, entre sueños inconexos y bastante surrealistas. Me veía en la estancia circular de un torreón, con grandes ventanales para la época. La temperatura era agradable, más que primaveral, y a mi alrededor el mobiliario me pareció bello aunque no ostentoso, tapices y cojines de motivos orientales sobre las paredes y las sillas, cama amplia vestida con telas satinadas. Tras la ventana donde yo me hallaba asomada se veían los añorados paisajes de Tierra Santa

“Es mi paraíso”, pensé.

Yo estaba teniendo una conversación con mi antiguo compañero de fatigas, el templario sin nombre. Una conversación que, realmente, habíamos tenido un par de años atrás. Le decía:

-¿Te imaginas un sistema económico y social basado en la destrucción? De los valores, de las almas, de los cuerpos, de los objetos, de la naturaleza.  No hablo de un estado de guerra y de conquista más o menos puntual, sino de algo extendido, generalizado, instaurado, aceptado. Un sistema donde el bien último, la moneda de cambio final, somos las personas, algo así como una esclavitud organizada a nivel mundial donde, para que seamos más productivos, se nos hace creer que somos libres, libres y dueños de nuestro destino, afortunados, hasta ricos. Y mientras tanto, trabajamos para otros y empleamos el dinero con que nos paga para comprar las mismas cosas que fabricamos y que les enriquecen, y que están programadas para destruirse en breve y esquilmar el mundo tanto en su proceso de producción como de corrupción, en una carrera absurda e imparable. ¿Te imaginas que la ética no establezca límites, porque ya no existe, porque también nos la han quitado? ¿Te imaginas que la religión forme parte de este sistema y se alíe con el poder, de una forma incluso más desvergonzada y flagrante de lo que lo hace ahora, sin ni siquiera imponer períodos de carencia bélica? Ni siquiera obligarán a los ricos caballeros y damas a dar limosnas. Sí, nos quitaron los valores adoctrinándonos con el consumo desaforado, más allá de nuestras necesidades, mucho más allá, y eso se considerará normal durante mucho tiempo, pues será fácil aprovecharse de que todos los mentideres, que serán llamados medios de comunicación, les pertenecerán. Nos quitaron el afán de lucha, la unión, nos hicieron olvidar nuestros antiguos placeres sencillos. Nos los cambiaron por cosas, cosas que destruían, nos destruían, y se autodestruían. Y pensamos que habíamos ganado con el cambio.  Emplearon como armas la misma mala educación que habían hecho universal, universal para los pobres, los susceptibles de rebelarse, emplearon como armas la misma desestructuración y exclusión que habían fomentado, y nos dijeron que con esas cosas que nos vendían hallaríamos la emancipación. Ese sistema tiene los días contados, por culpa de sus contradicciones internas, pero utiliza sus momentos de esplendor para atajar preventivamente las insurrecciones que podrían surgir en sus períodos de decadencia, y en cualquier caso no se destruirá sin haberse llevado a todos, y a todo, por delante. Habrá un momento en que la destrucción necesaria quedará oculta en la distancia, pues se exportará a los países de Oriente para mantener el engaño de la sociedad perfecta; pero después ni eso será suficiente, y empezarán a verse por las calles estampas propias de las naciones o las épocas que antes creímos incivilizadas en nuestras propias ciudades: la gente muriendo por la calle sin derecho a una prestación social, ni siquiera a una caridad, pronto será también algo normalizado. Es triste: deberíamos haber reaccionado mucho antes. Y ni siquiera ahora nuestra reacción es la que debiera. Y que conste que no le tengo miedo a las espadas, de metal ni de palabras, ni a las desvergonzadas felicitaciones a los que se someten, a los que renuncian o venden sus derechos, a los que se resignan o se rinden; temo más a nuestra pereza tan sabia y secularmente construida. Pero no quiero rendirme, no puedo rendirme: y volveré, una y otra vez, a todas las convocatorias, y forjaré las mías propias.

En mi sueño, me volví hacia él desde la ventana. Dio dos pasos hacia mí y me habló.

-Pero todo eso ya acabó. Este es el lugar que siempre soñaste. Sé que tú no querrías un paraíso donde todo estuviera hecho, así que deberemos construirlo. Aquí las luchas sirven para algo y se consiguen mejoras. Es el momento de la victoria y de la alegría, en el paisaje que siempre amaste. Todo ha terminado, Eowyn.

Pero le miré con tristeza.

-Ahora lo sé. Esto significa que estás muerto, ¿verdad?

Fuertes accesos de dolor, o tal vez mis propios gemidos, me despertaron. A mi alrededor se dibujaba una estancia pobre, limpia y acogedora, con escasos muebles, y en la aún oscuridad apenas rota por algunas velas pude ver el resplandor de la luna en la ventana iluminando la cuenca del Ebro. Sentí unos pasos apresurados en la oscuridad y la figura descomunal de mi antiguo compañero se dibujó ante mí. Se acercó a mí y pasó un brazo por mi espalda para hacer que me incorporara, mientras con la otra mano acercaba una copa a mis labios.

-Todo ha terminado, Eowyn. El calmante hará que te sientas mejor.

Bebí. Me supo a vino con especias, y a algo más, cierto sabor a hierbas que no aceré a identificar. Él retiró la copa cuando había bebido alrededor de la mitad de su contenido, y pasó un paño por mis labios. Yo sonreí débilmente. Me sentía como si hubiera atravesado el desierto del Sahara a nado.

-Así que se trataba de ti, viejo tunante. Aunque es cierto que tu disfraz era bueno, debí haberme dado cuenta de inmediato. Pero últimamente no soy yo misma. Las cosas me afectan demasiado. Creo que pienso en exceso.

Dejó la copa sobre una mesilla de madera sin desbastar.

-Te acostumbrarás –aseguró-. Siempre lo has hecho.

-Echaba de menos esa confianza inquebrantable en mi persona –ironicé-. Y dime, ¿cuánto tiempo me queda, entonces? ¿Tengo que comenzar a dictarte mi testamento?

Me guiñó un ojo.

-Estás perfectamente, como sin duda sabes. La herida es dolorosa, pero no grave. Estarás más que recuperada en unos días. El médico estaba asombrado de que casi no hubiera signos de infección.

-Así soy yo –dije, encogiéndome de hombros-. Fuerte como un roble. Y ¿qué hay de ti? ¿Estás entero?

Sonrió con suficiencia, sin contestarme. Tranquila a ese respecto, continué.

-Debo suponer que estoy hablando con el misterioso Número Ocho. Me imagino que llevas siguiéndome desde Barcelona, como si te hubiera necesitado alguna vez para que me cuidas. Más bien ha sido al contrario en muchos casos, como bien recordarás. Y esto debe de ser alguna pequeña propiedad de las vuestras, ¿no? Pero hay demasiadas cosas que no entiendo. Por ejemplo, dijiste que a Jaume le preocupa más Guillaume que los rumores que le han llegado de que preparamos una especie de rebelión a nivel europeo. Necesito que me aclares esto.

Fue más contundente de lo que yo le conocía cuando concluyó:

-Después. Ahora necesitas descansar –se levantó y pretendía marcharse, pero yo le atrapé por una manga de su túnica.

-Estás soñando si pretendes dejarme así con esta intriga y después de tanto tiempo –creo que mi mirada dura le obligó a volverse a sentar a mi lado. O, al menos, le convenció-. Hay muchos temas que deberías explicarme. Y otros muchos, sencillamente, que al menos deberías contarme. No sé cuántos meses hace desde la última vez que te vi, ni cómo ha sido tu vida antes de volver a las tierras de la Corona de Aragón; no tengo la más mínima idea.

Él me miró con su habitual mirada dulce, algo paternal.

-Es una historia demasiada larga. Larga, triste e increíble.

-Por eso mismo necesito saberla –aduje-. ¿Cómo podría entenderte, ayudarte, si no? Maldita sea. La culpa la tienes tú, tú y tú solito. Nos iba muy bien, formábamos un buen equipo, como esta noche mismo hemos demostrado. Y me dejaste por esos aburridos fanáticos y por tu absurda persecución de reliquias, o de lo que sea. Símbolos, más símbolos de los que atan las voluntades de las personas. Como cuando en la España del siglo XXI matan toros por la sacrosanta unidad del país. Nunca lo entenderé. ¿Por qué? Habías renunciado a tus votos. ¿O tal vez nunca lo hiciste? ¿O fuiste siempre un espía, siempre un traidor, buscando aprovecharte de mí de una manera que aún no alcanzo a descifrar, a la mayor gloria, poder y riqueza de tu orden. No me lo explicaste la última vez que te vi. Y necesito saberlo.

Él no me respondió. Sentí que el sueño me vencía.

El mañana sobrevino entre brumas cuando me desperté, sola, en la habitación. Pude incorporarme sin dolor pero con una sensación de vacío que me ahogaba, y a la luz de la luz otoñal que entraba por la ventana, pintada de dorado, vi que la puerta se abría, e Isabel, mi amiga la herrera, entró por ella.

-Recibí el aviso de un mensajero de esta casa en que me avisaba de que te hallabas herida y me apresuré a venir –me dijo, después de darme un abrazo- y he venido lo más rápido que he podido, sin pararme ni a descansar. Me alegro de verte bien, estaba muy asustada. Por cierto, Joana te manda recuerdos, no ha podido dejar su taberna. Y también traigo una carta para ti que me dio el mismo misterioso mensajero.

En el lacre destacaba un sello con un enorme número ocho.

El 25S y otras citas espaciotemporales: Es hora de repartir leña (III)

(viene de) Así que continuamos nuestro camino en intrascendente conversación. Aunque a mí me era difícil concentrarme en la misma: estaba demasiado rabiosa de que el Destino y los continuos juegos que realizaba con mi persona, no permitiéndome permanecer en el mismo lugar (o en la misma época) más de lo que a él se le antojara, me impidiera elegir qué guerra quería hacer, cuándo y cómo. Solo  me consolaba que tal vez pudiera ser al menos un poco útil en cualquier espacio, en cualquier tiempo, cosa de la que tenía el convencimiento desde que me percaté de que la Historia no transcurre en balde. Pero solo imaginar que el viejo que compartía conmigo el camino podía ser un enviado de aquellos que pretenden destrozarlo todo, por los siglos y los siglos, me enervaba tanto que estuve en varios momentos tentada de comenzar a arrearle bien fuerte y después, ya, preguntar, en la mejor tradición de la policía española, seleccionada cuidadosamente por los gobernantes más servil y cobardemente fascistas entre todos los elementos fascistas, serviles y cobardes que se presentaron a las pruebas.

Pero noche cerrada era ya cuando, en la imposibilidad de encontrar un techo que nos cobijara, optamos por acampar al abrigo del bosque. Mi anciano compañero (que iba mostrándose más locuaz a medida que la oscuridad se abría camino, probablemente porque esta aumentaba la eficacia de su disfraz), cumpliendo su promesa, sacó unos tasajos de carne que no podían tener mejor pinta, un rico pan blanco y un pellejo de vino mientras yo me ocupaba de encender un buen fuego, cosa en la que mi errar habitual me había convertido en maestra. Cuando los preparativos de la cena y estuvieron acabados, nos sentamos a dar cuenta de las provisiones, hacia las que no puse ningún reparo a pesar de lo controvertido de la situación. Aquí donde me veis, soy una persona práctica, y mi lema, dictado por la experiencia, es: “Come mientras haya comida, bebe mientras haya bebida y duerme mientras sea posible, porque nunca se sabe cuándo podrás volver a hacerlo”. Además, si tenía que defenderme en mitad de la noche de ser degollada, bueno sería que al menos tuviera el estómago lleno. Y mientras tragaba, para no perder el tiempo, intenté sonsacar al anciano con toda la habilidad que poseía y que me temo que es más bien escasa, sobre cualquier detalle de su vida con el objetivo de que dijera algo que le hiciera traicionarse. Pero él se me adelantó:

-¿De dónde vienes entonces, joven, y cómo es que viajas por estos mundos del Dios?

Más bien del diablo, pensé yo, pero respondí con mi historia ensayada. Señalé el hábito pardo que vestía.

-Soy sirviente del Temple de Barcelona, y vengo de hacer un encargo en Miravet.  Y ahora me dirijo a Gardeny.

-Un sirviente algo extraño -adujo con cordial sonrisa-. Por tu forma de hablar pareces persona instruida.

-El párroco de mi aldea se encariñó conmigo y compartió algunos de sus conocimientos -contesté, después de echarme al coleto un bocado. La mejor mentira, se dice, es la que está entreverada de verdad.

-Eso lo explica -afirmó mi inquisitivo interlocutor-. Entonces, ¿vienes de la encomienda de Barcelona? Dime entonces, ¿no estará aún por allí un visitador de la Orden, un tal Guillaume de Nantes?

Por poco me atraganté con la comida. Vaya con el espía: ¿no estaba enseñando sus cartas algo prematuramente? ¿Tan seguro se sentía? Pero me rehíce y volví a darle la versión oficial.

-Allá lo dejé al pobre, doliéndose de una vieja herida que le dejó hecho unos zorros. Debió de ser un gran guerrero en el pasado, pero hoy en día tiene la misma fortaleza que un viejo veinte años mayor que tú, y eso que no creo que tenga muchos más de treinta –meneé la cabeza con expresión de triste resignación-. Y, por cierto, ¿de qué le conoces?

-Oh, unos parientes franceses tienen una relación de vasallaje con su familia –contestó, quitando importancia a sus palabras mediante el tono de su voz-. No es mal señor, según me cuentan, aunque sus relaciones con el rey Felipe de Francia no son demasiado buenas. Sería una lástima que no sobreviviera.

Yo no tenía ya la mosca detrás de la oreja. Ahora me acosaba todo un enjambre. ¿Qué diablos hacía por aquellos andurriales un viejo artesano tan versado en política internacional?

-Pues yo no tendría muchas esperanzas. Le vi bastante mal cuando me despedí de él, te lo aseguro. Pero bueno, cuéntame, ¿qué tiene en contra del rey francés? Entiendo muy poco de estos asuntos políticos, pero siempre pensé que su familia formaba parte del círculo de cortesanos más cercano al rey…

Yo disimulaba, pero tampoco tenía sentido que me fingiera mucho más inocente: estaba completamente convencida de que el viejo sabía demasiado acerca de mí y de toda aquella historia. Solo me quedaba la esperanza de que hablara lo suficiente para que yo pudiera extraer alguna conclusión, aunque desde luego que dormiría con un ojo abierto y la daga preparada.

-Y así fue en un primer momento. Pero la ambición de Felipe cara de lechuza no parece tener límites. Su obsesión por controlar todos sus territorios, y los adyacentes, además de llevar a su pueblo a guerras absurdas, está esquilmando el país. Hasta algunos gentileshombres de la Corte algo más misericordiosos que lo normal en su condición se están enemistando con él.

Recuerdo que un infiltrado en la manifestación de la última Huelga General se había acercado a mí en términos parecidos, aunque en lugar del rey Felipe de Francia cuarto de su nombre, había nombrado a Rajoy, Mas y Juanca, vamos, el exacto equivalente del feo monarca medieval francés en la España del siglo XXI. Que los espías sepan fingir tan bien ideologías de libertad, igualdad y justicia me hace pensar que son aún más tontos de lo que parecen.

-Es interesante lo que me cuentas –repuse-. Siempre es bueno saber por dónde van las intenciones de nuestros gobernantes. ¿Y el rey Jaume, qué tiene que decir a todo esto, ya que pareces estar tan enterado?

Esbozó una extraña sonrisa.

-Sobre ese tema habría mucho que comentar. Pero baste de momento con decir que no son tan enemigos como parecen. No te creas la historia de Sicilia

Es que no me la creía. Siguiendo con la comparación anterior, debían parecerse mucho a Rajoy y Mas. Ambos con sus propios intereses, ambos unidos por un objetivo común: seguir utilizando los legítimos deseos de identidad y libertad de sus respectivos pueblos para crear odio que sirviera a sus intereses o los de sus patronos, barajando datos falsos, y a la vez distraer la atención de los verdaderos problemas. Como tantos otros, españolistas, sionistas, salafistas, lo han hecho antes y lo están haciendo. Pero parecía que el viejo no pensaba hablar más, así que decidí abordarle por otro flanco.

-Son un poco cansinas todas estas historias de palacio. ¿Qué hay de ti, anciano? ¿Cómo es que cambias el solaz del que tu edad te hace merecedor por estas correrías?

Noté que se volvía lentamente hacia mí en la oscuridad.

-Llevo tanto tiempo viajando que apenas sé de dónde vengo, y menos hacia dónde me dirijo –me soltó como vaga respuesta.

-Veo que no eres hablador. Bueno, yo tampoco soy curioso –a veces el silencio es el mejor interrogador: eso me lo enseñó Hercules Poirot. Y la precipitación no es nunca buena consejera-. Tal vez sería mejor que fuéramos pensando en dormir. Nos espera un largo viaje mañana.

El viejo asintió. Yo abrí mis alforjas para sacar un par de mantas; afortunadamente estoy ya tan acostumbrada a dormir en lugares poco adecuados para el sueño de las gentes de bien, que hasta me siento incómoda en una cama. Pero cuando estaba a punto de disponerlas sobre una mullida alfombra de hierba fresca que relucía en la oscuridad bajo un sauce, algo me detuvo.

-¿No oyes algo? –pregunté en un susurro.

El viejo ya estaba en guardia desde hacía un segundo.

-Salteadores de caminos. O de eso irán disfrazados, seguramente. Debe hacer un rato que nos siguen…

-No será por nuestras muestras externas de riqueza… ¿qué has querido decir con eso del disfraz?

-… debí de haberlo calculado. Pero no me imaginé que llegarían tan pronto.

Sombras oscuras comenzaron a rodear el claro del bosque. Yo me dirigí hacia mi caballo a toda prisa.

-Será mejor que saques la espada –le miré, extrañada: había adivinado mi intención aunque no podía saber que la llevaba, no era un útil que un sirviente llevara encima habitualmente. Él extrajo rápidamente la suya, escondida bajo las alforjas de su caballo en un atado de cuero muy parecido al mío. Y, obviamente, tampoco los artesanos gastaban armas de filo cortante-. Si son esbirros del rey Jaume, como me temo, necesitarás toda tu fuerza y toda tu habilidad. Están reclutados entre la purria más infecta de la sociedad con el solo objetivo de atajar cualquier rebelión sin medir los métodos. Pero si luchamos juntos, podremos vencerlos.

-¿Quién eres, por todos los demonios? –me vi obligada a preguntar.

En lugar de hablar, refunfuñó:

-Aunque creo que el ataque de hoy se debe más a tu amigo el de Nantes. Son sus disputas personales con el rey Jaume, más que el miedo que este último pueda tener a una rebelión en su reino, lo que nos ha llevado a los dos a esto.

No tuve tiempo de valorar sus sorprendentes palabras, porque en ese momento el primero de los atacantes salía de la espesura para acometernos. Yo ya tenía la espada en la mano, y le recibí con alegría: demasiado tiempo sin hacer ejercicio.  Mientras esquivaba sus golpes e intentaba darle para el pelo, pensé en qué complicados manejos políticos se traía Guillaume y me pregunté si no había vuelto a ser yo un peón en su juego. ¿Era un héroe o un traidor? No siempre es fácil saberlo; ni de uno mismo. Somos temerosos, incluso cobardes los más valientes de nosotros, víctimas de autoengaños continuos. Se me pasó por la mente una figura histórica de la España del siglo XX, que la última vez que anduve por aquellos momentos temporales acababa de fallecer: Santiago Carrillo. Sin hacer caso de todos los Paracuellos que surgían en los distintos periódicos del Movimiento al paso de su cortejo fúnebre (el bando republicano tuvo un Paracuellos, sí; en el bando de los golpistas los Paracuellos fueron la norma. Por eso no paran de nombrarlo), para los suyos fue un hombre obligado por las circunstancias y por el momento que le tocó vivir, o una persona con sentido práctico, o un traidor que marcó la decadencia de la izquierda española o directamente un estúpido… ¿Sabremos algún día la verdad? ¿Hay alguna verdad?

Pero a mi lado, el vejestorio se defendía más que bien. No se movía como una anciano, sino como un individuo de no mucho más de cuarenta años. “Vivo en un mundo de imposturas. Y yo ilusa de mí que me creía que era solo la televisión la que manipulaba”, me quejé mentalmente, mientras abollaba el yelmo del asaltante, haciéndole perder el oremus momentáneamente. Aproveché el momento para, tras acabar de atontarle con una patada en el estómago que le propulsó hacia el árbol más cercano, ir hacia mi aliado y echarle una mano, ya que él se la veía contra dos, y conseguí golpear a su segundo atacante de nuevo en la cabeza, dejándole fuera de combate (intento siempre no matar a nadie a no ser que sea totalmente necesario). Pero casi no tuvo tiempo de dirigirme un gesto de agradecimiento cuando tres de aquellos bandidos, o lo que fueran, que al parecer habían estado esperando su momento, se lanzaron hacia nosotros, dos para mí, uno para él. Yo intenté barrerles con un movimiento horizontal de mi espada y mi atrevimiento, hijo de la desesperación, pareció cogerles por sorpresa, tal vez porque imaginaron que la superioridad numérica sería suficiente para hacer que un ‘mozalbete’ como yo se rindiera. En el ínterin, me alejé de ellos, dispuesta a sacar como pudiera al misterioso anciano de allí para desaparecer a toda velocidad entre los árboles, aunque eso supusiera dejar atrás los víveres, los caballos y las pocas monedas de las que disponía.  Perseguida por los dos villanos, me encontré con que mi acompañante había dado buena cuenta de los malos que le habían tocado en el reparto, y entonces, en un acuerdo tácito, ambos nos volvimos hacia mis perseguidores, atacando cada uno al que teníamos más cerca. El mío resultó ser un tipo tan pequeño y ágil como yo pero bastante más fuerte, ante el cual mi ventaja en la lucha se diluía, y me resultaba muy difícil esquivar sus golpes, cosa que él parecía hacer con los míos sin dificultad. Pero lo peor era que no podía quitarme algo de la cabeza: y era la estrecha comunicación que había tenido con el viejo. Como si nos conociéramos demasiado bien. Como si hubiéramos luchado, en demasiadas ocasiones, juntos. Y fue justamente está pérdida de concentración lo que hizo que el asaltante pudiera hacer blanco con el filo de su espada en mi muslo izquierdo, con lo que acabé cayendo al suelo en mitad de una aparatosa efusión de sangre. De pronto lo vi ante mí, dispuesto a rematarme clavándome la espada en el estómago. (sigue)

El 25S y otras citas espaciotemporales: Torpes espías y sanguinarios esbirros del poder (II)

(viene de) Aunque aún no estaba totalmente recuperada de mi segundo periplo en pocos días por el túnel de tiempo, me sentía de buen humor mientras cabalgaba por las riberas del Ebre, envuelta en el frescor delicioso del otoño incipiente que despertaba los aromas del bosquecillo de ribera que corría paralelo al río, entre chopos, olmos, fresnos, mimbre, cañas, juncos y lirios…. Pensaba ya en dónde y cuándo pasaría la noche cuando, al pasar un recodo habiendo ya casi caído el sol, divisé a lo lejos un viajero que a todas luces seguía el mismo camino que yo. Espoleé a mi caballo para alcanzarle, y así llegué a la altura de un anciano de luenga barba blanca con todas las pintas de ser un artesano procedente de alguna aldea cercana, aunque el manto corto con capucha que le caía sobre el rostro le otorgaba un aspecto de lo más sospechoso. Aunque fue eso lo que me hizo abandonar, de momento, la prevención: un espía verdadero hubiese llevado un disfraz menos evidente. Aunque también es verdad que al ver la serie de patéticas pantomimas que los policías infiltrados montaron durante el 25S una llega a la conclusión que el enemigo nunca es más inteligente que nosotros, ni por asomo: si nos vence solo es porque tiene menos escrúpulos. Muchos menos: los cardenales de mi espalda podían atestiguarlo. Y las visiones grabadas en mi retina de ancianos sangrantes y jóvenes aplastados por más de diez efectivos del desorden público para cada uno, aún más.
-Con Dios, buen anciano –le saludé-. ¿Podéis decirme a dónde os dirigís, si no es preguntar demasiado?
Por un momento pensé que mi interlocutor iba a ignorarme, pues tardó mucho más en contestarme de lo que hubiese sido razonable según las leyes de la urbanidad medieval. Pero al fin volvió la cara a medias hacia mí, sin permitir, eso sí, que viera su rostro, y me explicó en tono amable.
-Hacia Gardeny voy, mozalbete. Si queréis y os va bien podemos hacer juntos un trecho del camino. A mi ancianidad no le iría mal un brazo joven como el vuestro y en pago puedo regalaros con las ricas viandas que llevo en el zurrón.
Sería obvio aclarar que yo seguía ocultando mi condición femenina, algo básico si quería descubrir al traidor (o nido de traidores) como me habían encomendado. Pero no me gustó ni un pelo el retintín que pareció entonar su voz cuando pronunció la palabra “mozalbete”. Mis sospechas se confirmaban: un espía con excesiva confianza en sí mismo como para no ser desfachatado, algo bastante común para una habitual viajera al siglo XXI donde ya los opresores no tienen ninguna duda de haber ganado o, en cualquier, saben que no habrá ya límites para conseguir su victoria.
-No les haré ascos, sobre todo sin van bien regadas con un buen vino. Caminemos, pues pronto habremos de buscar acomodo para pasar la noche.
Estaba corriendo un riesgo, y era plenamente consciente de ello. Tenía que extremar la precaución, aguzar la inteligencia y echarme a los leones: habían demasiadas cosas en juego, el momento era demasiado decisivo, para bajar la guardia un solo momento, para perderme en disquisiciones que no llevarían a ninguna parte. No podía decir que no tuviera miedo: lo tenía, y mucho. Pero con miedo y todo iba a hacerlo. Y si esto lo hago yo, que no soy ninguna heroína y sí bastante desastrosa, ¿qué grandes cosas no podréis hacer vosotros, capaces y comprometidos lectores? (sigue)

El 25S y otras citas espaciotemporales: Extraños compañeros de cama… o no tanto (I)

Otoño de 1292

Los viajes al siglo XXI estaban empezando a perjudicar mi salud, y no solo porque la Sanidad pública en la Europa del futuro, y particularmente en las dos lamentables partes de Europa en las que me había tocado vivir y que lo seguirían siendo igual tanto unidas como separadas (es decir, Cataluña y España), prácticamente brillaba por su ausencia.  Por ejemplo, al principio, podía recuperarme en menos de una hora del trance espaciotemporal, y fácilmente me adaptada al nuevo orden de cosas; pero ahora, a apenas a un par de años, o a lo sumo tres, del inicio de esta historia, nunca estoy menos de tres días postrada, sumida en el más grave agotamiento, sin fuerzas ni para ingerir alimentos y atormentada por las pesadillas. Los pobres hermanos del castillo de Miravet (el que no les tenga simpatía no excusa el mal rato que les había hecho pasar), escenario de mi último, por decirlo así ‘regreso del futuro’, no sabían ya qué hacer conmigo y juraría que apenas pudieron esperar a que desapareciera por el horizonte para comenzar a dar saltos de alegría, se lo permitiera o no su regla.
Y yo conocía la razón: y era que el siglo XXI estaba comenzando a superarme. Había llegado un momento en que no sabía si había más falta de inteligencia o tonta ambición desmesurada y sinsentido en la clase política. Pero en el fondo era lo mismo: estas armas son las que usaban los verdaderos dueños del mundo para utilizarles y utilizarnos, los mismo dueños que han llegado a donde están por medio de la crueldad (no nos engañemos: no se llega a rico, o al menos a multimillonario insultante, si no es caminando sobre cadáveres, sobre propias y ajenas víctimas) y de la destrucción perpetrada sobre la destrucción misma casi desde el inicio de la historia. Porque, por muy malvados que nos parezcan Rajoy, Mas, Putin, los sionistas y los salafistas, por citar solo a algunos, no son más que diferentes dibujos en la misma cara de la moneda: unos asalariados que creen que un poco, o mucho, de poder y un poco, o mucho, de dinero van a mejorar sus vidas, o tal vez unos cobardes estúpidos fáciles de chantajear, o bien ambas cosas.  Los políticos del sistema no son más que los mercenarios del poder; y sí, tal vez sean fáciles de desactivar: pero en la sombra cuentan con numerosos recambios.

No, no podía soportar más esa pesadilla recurrente. Me preguntaba, no dejaba de preguntarme desde que los templarios me habían conminado a ayudarles para cambiar un destino que estaba ya prácticamente escrito: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Hubiera habido un punto, lo habrá aún, en la historia, donde sea posible revertir todo esto? ¿Que consiga que las bases de este capitalismo destructor que nos robó nuestro valores y nos los cambió por basura no lleguen a formarse nunca? ¿En algún momento hubiéramos podido dejar a los psicópatas fuera de la sociedad, en lugar de encumbrarlos hasta las más altas cotas?

Si es así, tengo que encontrarlo. Y aunque no lo sea. Tal vez la batalla está perdida de antemano, pero tengo que seguir luchando en ella. Quizá algo que yo pueda, quizá no hacer, pero tal vez contribuir a hacer, pueda marcar una pequeña diferencia, pueda hacer que la próxima vez que me despierte en el siglo XXI, entre una luz por las ventanas, aunque solo sea un pequeño rayo verde. Eso es lo que me hace colaborar con este grupo  que acumula en su seno tantas sospechas de corrupción: no ignoro que entre ellos habrá afines al poder secular y espiritual, y más de uno estará tan comprado como los medios de comunicación ‘oficiales’ del siglo XXI, pero creo, o quiero creer, que entre ellos hay gente honesta y verdaderamente comprometida con los pobres y los justos, con la causa de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Y por eso colaboro con ellos. Igual en el siglo XXI colaboro con sindicalistas a pesar de la tibieza, o directamente, de la deserción comprada de algunos de sus dirigentes; igual que apoyo en sus aciertos a ICV a pesar de su triste papel, o directamente, de su complicidad, con los desaciertos y las traiciones del Tripartito catalán; igual que  asistí a la fiesta del PCE a pesar de que ya no soy militante y de que la decepción que me produjeron las actuaciones hace un año de una minoría del PSUC-viu se me está extendiendo al resto del partido en el ámbito nacional nacional.

Por eso pienso estar rodeando el Congreso, el 25S, y en la primera Assemblea del Front Cívic en Catalunya, el 29S. Por eso no voy a desdeñar, ni a acusar de pequeñoburgués ni de descerebrado, a nadie cuya intención sea tender la mano al mundo, a pesar de las formas que utilice. No voy a prejuzgar, sino a extender también mi mano para tomar las que me ofrezcan, sin creerme más pura, leal y auténtica, la más perfecta. Incluso aunque tenga ganas de atizar a unos cuantos, y no solo del otro bando.

Total… no tengo una puta mierda que perder. (sigue)

Mi 15S

XSUC 15S
Amanecía en Madrid en el día que todo podía empezar a cambiar. Llegábamos desde Barcelona en un autocar compartido, CCOO-CGT-XSUC, y la ciudad me sorprendió, como cada vez que la visito: no puedo evitar enamorarme de ella incluso a pesar de mis gustos personales, de su excesiva majestuosidad que no debería de llenarme, pero lo hace, de su historia tan presente que no debería ser suficiente para mi arrobamiento. O es quizá su alma oculta lo que me hace querer siempre volver a visitarla,  la que me hace tan difícil, cada vez, dejarla. A esas tempranas horas de la mañana, los ejércitos enemigos del sistema comenzaban a tomar ya la ciudad, y lo hacían sinuosamente, calladamente, de momento en paz, pintándola de los colores de sus estandartes y su banderas, colores tan positivos como los conceptos que representaban: educación, sanidad, socialismo, república… El humor y la indignación se mezclaban en las marchas que, poco a poco, iban convergiendo hasta la Plaza de Colón, que parecía la esfera de un sol revolucionario cuyos rayos surgían en todas direcciones. Nos aparecíamos por todas partes, estábamos tras cualquier esquina, como una pesadilla recurrente para quienes consiguieron el poder con mentiras y lo detentan ahora con la más desvergonzada iniquidad y la estupidez más supina, centrando su estrategia en robar los mejores puestos y en halagar a los mejores situados. Cuando llegamos, tras nuestra pancarta voladora, me apabulla la enormidad de la bandera monárquica de la plaza: es verdaderamente lamentable que no lleve conmigo un buen bidón de gasolina. Las diferentes mareas acaban por fin de converger: los bomberos están quemados, a los educadores no les apetece comportarse con educación, a los que curan les dan ganas de hacer daño, a ellos, a los que están ahí arriba, porque quienes deberían tener trabajo no trabajan, a quienes deberían de estar cuidados los abandonan,  a quienes deberían respetar les insultan. Suenan las palabras de los dirigentes por los micrófonos, y no puedo evitar pensar que la movilización popular ha superado a las cúpulas, que los que estamos abajo en las organizaciones sociales, o al menos en muchas de ellas, vamos muchos más allá de lo  que quizá pueden o desearían nuestros mandamases. Es igual. No les necesitamos.  Les agradecemos su trabajo, aunque sea insuficiente, y les invitamos a seguirnos. Sí. Ellos a nosotros. Estoy orgullosa de mi gente. Al fin estamos despertando.

Madrid, ayer, estuvo tomado hasta bastante avanzada la tarde. No fuimos 10.000, ni 50.ooo, ni 85.000. Estuvimos todos. Desde todas partes. En presencia, y algunos hasta en ausencia. Deberían escucharnos. Ahora, de momento, aún vamos por las buenas.

La única salida: otra aventura medieval (V)

Este otoño será muy caliente

(viene de) Supongo que ahora estaréis diciendo: ¿qué hace esta loca ofreciéndose a colaborar con esa camarilla de chiflados, sin saber quiénes son, qué se proponen, si las acciones que deberá realizar para ellos serán pacíficas y violentas, los problemas que le traerán…? ¿Serán una versión medieval del Club Bilderberg, como apuntó un amable comentarista de la entrega anterior? ¿Algo peor? ¿Una trampa de la ultraderecha? Pero yo creía firmemente que era el momento de liberarnos todos un poco de manías y actuar. No ponemos estar permanentemente cuestionando movilizaciones por motivos extraideológicos, emparanoiándonos hasta de nuestra sombra; en tiempos anteriores, cuando el demencial descalabro actual solo era un presagio, había tiempo de pergeñar estrategias inteligentes. Pero llevamos ya siglos reflexionando y ni unos meses más, ni unos días, harán que seamos más efectivos. Nos están matando, literalmente, nos han declarado la guerra y la están ganando ante nuestras atónitas y paralizadas narices. ¡Joder, vayamos al lío de una puñetera vez ya y dejémonos de estupideces!

Pero fue Guillaume quien respondió a mi pregunta, tras ponerme la mano en el hombro con una mirada de amistad y confianza.

-Varias cosas. Pero, de momento, necesitamos saber si hay un traidor en la encomienda de Barcelona. Al igual que en muchas otras. Sabemos que muchos hermanos supuestamente leales están recopilando pruebas falsas contra nosotros. Tú te harás pasar por mi sirviente (por si no lo sabías, y a pesar de todo, soy un alto dignatario de la Orden debido a las razones que ya te comenté), y realizarás averiguaciones. Confío en tu inteligencia y en tu perseverancia. Y recuerda: no somos nosotros. Hay mucho en juego.

Y así, con este alarde de fe injustificada en mí por parte de Guillaume, comenzó todo. Pasé a vestirme de hombre y a mezclarme con los sirvientes de la encomienda, que no eran tan mala gente después de todo, y a intentar espiar sus movimientos y atar cabos. No es que se me diera mal ese trabajo, sé sumar uno más uno y algunas cifras más y la verdad es que he estudiado a conciencia todo lo que ha caído en mis manos. Pero siempre me he sentido más segura con una espada en la mano que intrigando; en un combate lo único que puedo perder en mi vida, y aunque le tengo bastante aprecio, sobre todo porque no tengo ni idea lo que será estar sin ella, en esos momentos siento una misteriosa seguridad que hace que las imágenes de la muerte se alejen. Y no es valor en absoluto; solo temeridad, inconsciencia, locura tal vez. O aburrimiento. O quizá que desde siempre había sospechado que mi vida sobre la Tierra no iba a ser muy larga. Pero haciendo de soplona no experimento en absoluto la misma sensación: vivo aterrizada por si me atrapan o, mucho peor, por si causo una desgracia total, cosa que suele ser mi costumbre. Por si fuera poco, Guillaume exigía que pasara las noches en su dormitorio (de una manera fraternal, se entiende, no habría accedido de otra forma) bajo el pretexto de cara al convento de que necesitaba vigilancia constante por culpa de una vieja herida mal curada (creo que nadie se lo tragó, pero más que historias de espías se imaginaron relatos de un cariz muy distinto) y de cara a mí de que debía estar permanentemente al tanto de mis descubrimientos. Pienso que no peco de ingenua si aseguro que al principio su comportamiento estaba regido por la caballerosa intención de que yo gozara de todas las comodidades posibles, y sin embargo, a medida que pasaban los días, la curiosidad y el afecto que había sentido por mí en un primer momento parecieron derivar hacia una especie de obsesión a mi juicio completamente absurda: me considero una chica bastante normalita y no creo que la intención del Altísimo cuando me creó, en el caso de que realmente lo hiciera, fuera convertirme en el tipo de mujer que enloquece a los hombres (bueno, sí que les enloquezco todo lo que puedo, je je, pero de otra manera muy distinta). Y además de absurda, peligrosa, peligrosa para él, desde luego, pues mi determinación en mantenerme alejada de cualquier contacto que fuera más allá de lo episódico me colocaba en una posición segura. Pero, continuando con la historia, tanto Guillaume, que jugaba con los grandes, como yo, en la purria, llegamos a convencernos de que allí no se cocía nada. Y todo habría acabado en ese punto si no hubiéramos descubierto a unos tíos con el inconfundible aspecto de soldados de Jaumet (para la historia, Jaume II) pululando por el barrio y mostrando excesivamente interés en nuestras idas y venidas; y cuando uno de ellos se atrevió a lanzar una indirecta sobre mi aspecto escasamente masculino, probablemente con el objetivo de provocarnos y hacer que nos descubriésemos, o bien de encontrar una excusa para neutralizarnos, comprendimos que quizá nos habíamos precipitado en descartar traidores en la encomienda. Y con esa gente, a los guardias me refiero, hay que tener cuidado, los que conozcáis a sus herederos del siglo XXI sabréis lo que quiero decir.

Y a todo a esto, yo continuaba siguiendo estrechamente los pasos de Guillaume por el pasadizo, aunque no tan de cerca como para que volviera a hacerme una demostración del lugar por donde se pasaba la castidad exigida y la historia aquella de no besar ni a la madre ni a las hermanas; aunque por lo que sabía de su congregación no era el único que cumplía de aquella curiosa manera con sus votos. Y de pronto, recordé otro de los acertijos que no me había querido revelar y que tenía que ver con la identidad del Número Ocho. Me explico: el conciliábulo que me había realizado la entrevista de trabajo más extraña de mi vida estaba compuesto de cinco personas, tres templarios (entre ellos el que yo llamaba Maestro) y dos seglares (mi jefe y la mujer que había visto). Junto con nosotros, servidora y mi curioso representante sindical, contábamos siete. Y, como todo el mundo sabe, el número emblemático de los templarios es el ocho. Está presente en su símbolo, en sus construcciones… Así que faltaba una persona. Alguien que se ocultaba, que debía de tener una buena razón para hacerlo… y que por consiguiente me tenía loca de curiosidad. A Guillaume le había sorprendido mi deducción pero no se molestó en negar su veracidad, aunque como es natural mantuvo un severo mutismo al respecto… Y sin embargo, ni las cábalas sobre la identidad del o la oculto/-a ni los temores de que acabara resultando ser o Karl o Gustaf, ahora que parecía que todos mis enemigos estaban locos por ser mis amigos, me hacían olvidar el incómodo lugar donde me hallaba. Rodeada de aquella opresión, solo podía pensar en la libertad, y cuando pensaba en la libertad no podía menos que recordar Tierra Santa, con sus inmensos desiertos y sus orillas lejanas, el lugar donde más libre me he sentido nunca y que paradójicamente siempre ha sido el premio gordo de la rifa entre potencias.

De pronto, mi compañero se detuvo tan bruscamente que estuve a punto de estamparme contra él. Me indicó silencio con un gesto, como si yo hubiera estado hablando por los codos, y se mantuvo inmóvil un momento, agudizando sus sentidos.

-¿Lo has oído? –inquirió en un murmullo.

Negué con un movimiento de la cabeza. Había estado demasiada ocupada en mis ensoñaciones.

-Ha sido detrás de nosotros. Lo he escuchado claramente. Un rumor de pasos -me aclaró.

Yo volví a escudriñar la oscuridad. Nada. Y me precio de tener buen oído.

-Vayamos deprisa –sugerí. Pero él negó con la cabeza.

-Es demasiado tarde. Quien sea sabe que estamos aquí. No entiendo cómo ha podido averiguarlo, pero lo sabe. Y no puedo permitir que lo revele.

Guillaume tenía la mirada fija en el lugar de donde, según él, había venido el sonido, con determinación asesina.

-Entonces, ¿te lo vas a cargar?

Dirigió su vista a mí.

-Intentaré no hacerlo. Solo pretendo enviarle a un lugar seguro, seguro tanto para él como para nosotros, y donde desde luego no pueda abrir la boca. Pero si me lo pone difícil, entonces… -se interrumpió-. Sabes que a partir de este momento estaremos obligados a hacer cosas que no nos acaben de gustar. Y desde luego cosas que no nos convengan en absoluto. La única salida, ¿te acuerdas? No todo está justificado en todos los casos, pero ahora debemos sobrevivir. Eowyn, tienes que salir sola y esperarme en la siguiente etapa.

La idea no me gustaba en absoluto. Pero mucho menos me gustaban las largas procesiones de parados, ancianos y inmigrantes sin prestaciones, techo, sanidad ni educación para ellos y para los suyos, sometidos a una escalada imparable de precios de los servicios básicos que no podrán ni soñar en pagar y que ni los imbéciles más redomados se creen que va a reactivar la economía. Tal vez, si actuaba en el pasado, podría cambiar el futuro. Tal vez, si actuaba en el pasado, al menos podría aprender para el futuro, para ese futuro que como el pasado era también mi presente.

-¿Y por qué no lo haces tú? Sabes mejor que yo el procedimiento a seguir. Y una servidora puede encargarse de ese tío tan bien como cualquiera de los tu orden, si no mejor.

Negó con decisión.

-Yo sé mejor que tú cómo lucha esta gente, y tú sabes mejor que yo cómo escabullirte con discreción. Créeme, es la mejor opción.

-Pero voy a estar perdida sin ti allá afuera… en el sentido laboral del término –me apresuré a concretar.

Su sonrisa fue pícara ahora.

-Tú siempre sabes encontrarte. Por cierto, agradecería un beso de despedida. Por si acaso.

-Ni lo sueñes –atajé yo-. Si tanto te interesa saber si tienes posibilidades conmigo, mantente vivo y pruébalo la próxima vez que nos veamos. Con un poco de suerte lo mismo hasta me pillas desesperada y todo.

Su expresión volvió a ser grave. Me apretó el brazo unos breves segundos, encendió otra antorcha que llevaba al cinto con la antorcha que portaba y me la tendió.

-Tengo que irme. Nos veremos pronto.

Desapareció en la oscuridad. Yo contemplé el camino que había tomado durante un momento y luego seguí el pasillo, intentarme no distraerme con las múltiples ramificaciones. Esperaba sinceramente que Guillaume pudiera salir de aquella: pese a mis muchas reticencias, el tiempo trabajando juntos había conseguido que no me cayera del todo mal. Y además, ahora no sabía cómo contactar con el resto del conciliábulo, pues de esa tarea se encargaba exclusivamente mi compañero. Al final vi la luz al final del túnel, en este caso de manera real porque al parecer, tal como estaban las cosas, de manera figurada no la iba a divisar nunca en lo que me quedaba de vida, y me apresuré a salir. Respiré una bocanada de aire puro. La luna empezaba a brillar en el cielo casi nocturno ya y no podía apreciar bien el terreno que me rodeaba, una zona que en la oscuridad me pareció plagada de vegetación de riera y marismas peligrosas. No tenía ni idea dónde se hallaban las cuadras en las que guardaba mi caballo, ni cómo iba a arribar hasta allí ni cuánto tiempo me llevaría. Pero de pronto una preocupación mayor que mi propia suerte o la de Guillaume pasó a ocupar la primera línea de mis pensamientos. Y es que una flecha se clavó en el árbol que tenía a mis espaldas, a apenas unos milímetros de mi cuero cabelludo.

-Pero ¿es que no piensan dejarme descansar jamás? –dije en voz alta, echando cuerpo a tierra. Esperaba que una lluvia de flechas cayera sobre a mí a continuación e instintivamente me tapé la cabeza con las manos. No obstante, y misteriosamente, solo el silencio me acribilló. Cuando hubo pasado el suficiente tiempo para creer que estaba segura, me levanté muy despacio y eché un vistazo a mi alrededor. Todo parecía tranquilo. Entonces miré hacia la saeta que se había clavado en el árbol y vi que llevaba clavado un trozo irregular de pergamino. Intrigada, me apresuré a sacarlo, operación que pude realizar no sin desgarrarlo mínimamente. En su superficie estaba dibujado un mapa que informaba de que me hallaba en la costa de Barcelona, un par de kilómetros de la ciudad en dirección sur, calculé, y qué camino debía seguir para llegar lo más rápido posible a mi destino. En el borde inferior, unas letras saltaron a mis ojos haciéndome casi gritar de sorpresa.

Nos encontraremos en la siguiente etapa. Y recuerda: es la única salida.

El Número Ocho

-Estoy rodeada de cabrones –me lamenté-. Espérate que te pille, Número Ocho, y te voy a meter las flechitas por salva sea la parte; incluso aunque seas mi aliado. En algo me voy a tener que entretener para pasar el tiempo entre acción y acción. Porque este otoño va a ser muy caliente.

La única salida: otra aventura medieval (IV)

El peor de los escenarios

(viene de) Cuando calculé que Guillaume debía de estar abajo, me encomendé a todos los santos del panteón comunista y me dispuse a imitarlo. Aquella travesía deslizante, que no casaba demasiado bien ni con mi vértigo ni con mi claustrofobia, me pareció durar años. En cualquier caso, tuve tiempo de recordar la última parte de la conversación que habían mantenido con Guillaume el día en que me asaltó volviendo de la taberna, cuando intentaba meter baza entre la retahíla de juramentos que solté al enterarme de que él, el traidor, el enemigo, estaba al tanto de mi secreto; solo que esos insultos y maldiciones no iban dirigidos a él, sino al hombre al que creía responsable de la delación, la única persona que podía haberse chivado y a quien imaginé  desgranando mis miserias antes sus amigotes de la soldadesca después de varias jarras de vino; desde luego, nuestro común amigo era la viva imagen de la expresión “beber como un templario”, yo bien lo sabía y no le iba demasiado a la zaga en ese aspecto. Y los años y las vicisitudes habrían hecho el resto, pues he de reconocer que en la época en que andábamos juntos ni 12 toneles de vino lograban hacer que escorara lo más mínimo.

-No hagas acusaciones que luego podrías lamentar, Eowyn –me sugirió Guillaume tranquilamente cuando mis imprecaciones perdieron fuelle-. Tengo que ser honesto y advertírtelo, a pesar de que tal vez me convendría que lo hicieras. Al contrario, deberías abrir tu espíritu y comprender que hay más cosas en el cielo y en la tierra y que tus problemas con el mundo mágico no son los únicos. No he estado donde tú has estado pero he visto lo que tú has visto. Gracias a aquello que tú llamas “la reliquia”.

Y vuelta a empezar. Qué fácil es echar la culpa de todo a las reliquias, a los homosexuales, a los parados o a los inmigrantes cuando se ha metido la pata estrepitosamente o se requiere una explicación a la inexplicable. Y lo peor es que nos lo creemos. Bueno, yo no: no me había tragado una palabra de su historia y además la famosa reliquia imaginaria ya estaba comenzando a tocarme mucho lo que no suena, pero decidí dejar mis injurias para cuando tuviera ante las narices al destinatario de las mismas, en este mundo o en el infierno.

Pero ya estaba llegando a tierra y, como me temía, Guillaume esperaba para levantarme en volandas antes de que tocara el suelo y luego depositarme en el mismo con lentitud, excesiva, a mi juicio. A regañadientes decidí ignorarle, pensando que mostrar cualquier atisbo de pasión aunque fuera de una índole tan negativa como atizarle un puntapié en los huevos, solo conseguiría reafirmarle más en sus locas esperanzas de catar mis supuestos encantos.

-Vamos, déjate de chorradas y oriéntate en este laberinto de una vez, antes de que me dé un ataque de histeria claustrofóbica. Ya sabes que aborrezco los espacios cerrados. Espabila.

Él mostró una sonrisa de suficiencia.

-Por aquí –señaló con seguridad.

Tomó la antorcha que previamente había encendido de su soporte en la pared y me guió por un pasillo no mucho más ancho que mis hombros, que no son precisamente los de un atlante. Yo hice de tripas corazón y me apresuré tras él para no perderle de vista, ya que hasta la compañía de un tigre de Bengala que llevara tres meses a dieta vegetariana me hubiera resultado más alentadora en aquella estrechez que la soledad. Mantuve a raya las ganas de gritar y pedir entre angustiados sollozos que me sacaran de allí volviendo a rememorar las revelaciones que habían logrado que aceptara participar aquel juego, aunque con el casi convencimiento absoluto de que no íbamos a triunfar. Los personajes que se habían reunido en la penumbra de la reducida estancia cuya puerta estaba disimulada tras un tapiz en la sala capitular de la encomienda barcelonesa me acogieron con simpatía, con esperanza. ¿El ser una mujer en un negocio tradicionalmente de hombres, tal vez, era lo que pensaban que podría ayudarles? No soy la única ni mucho menos la mejor en mi trabajo (creo que el hecho de que aún siga viva se debe únicamente a la suerte y a mi empecinamiento), eso desde luego. En cualquier caso nadie me aclaró nada al respecto, ni siquiera mi actual jefe y anterior archienemigo, que se encontraba también, para mi sorpresa, en el concilio, y que me envió una sonrisa de complicidad desde su asiento tras la mesa semicircular ante la cual nos presentamos Guillaume y yo. Tras unas palabras de preámbulo, el que parecía el líder, tal vez por su avanzada edad (ofrecía el mismo aspecto que el viejo templario que guardaba el Grial en Petra según la tercera película de Indiana Jones; sí, cuando estoy en el siglo XXI también pierdo el tiempo con el cine de evasión), o sencillamente porque estaba colocado en el lugar central, me lanzó este discurso:

-Eowyn, te hemos elegido porque creemos que puedes sernos útil. Algunos de nosotros, como seguro has podido adivinar, llevamos años siguiéndote, evaluando tus capacidades. Tal vez no seas la más hábil con la espada, ni la más sensata y táctica luchadora, pero hay algo que te hace especial, y es ni más y menos que tu empatía con el que sufre.

Naturalmente, lo expresó en términos mucho más medievales, he intentado traducirlo al lenguaje sigloveintiunero todo lo que me ha sido posible. Yo me encogí de hombros. El momento era demasiado solemne para contestarles que lo que ellos señalaban como una virtud era mi característica más odiosa (y mira que tenía ya unas cuantas del mismo calibre), la que no me había dejado progresar mínimamente en la vida y la que trataba por todos los medios de quitarme de encima; en realidad, esperaba llegar a conseguirlo alguna vez. Pero el Maestro, ignorándome, continuó.

-Corren malos tiempos. Se avecinan los momentos más duros en mucho tiempo, para toda la Cristiandad y más allá. Los pueblos de Dios llevan años malgastando su capital económico y humano en Tierra Santa, o mejor dicho, invirtiendo para conseguir pingües beneficios y equivocándose completamente de estrategia económica, o tal vez no, en las Cruzadas. Y por si fuera poco, Felipe IV de Francia sigue necesitando dinero para mantener su absurda y vanidosa política exterior y para pagar las deudas contraídas por culpa de esta. Naturalmente, estas deudas acabarán cobrándose en los más inocentes y los que sufrirán el peso de la justicia serán los que traten de poner fin a las situaciones injustas. Se rumorea que piensa expulsar a los judíos, confiscando todo su patrimonio. Y también que acabará haciendo lo mismo con los templarios.

Vaya, pensé, ¿por qué me sonaba tanto aquella historia? Pero, a pesar de la tristeza que subyacía en sus palabras, no pude evitar soltar una carcajada: lo último me parecía francamente ridículo.

-A ver, mi señor, permitidme el acceso de hilaridad, pero me estáis diciendo que un reyezuelo, aunque lo sea de una gran potencia, va a poder cargarse él solito a una orden militar y eclesiástica que funciona a nivel global y que solo se responde ante el Papa. Por muchos problemas que tenga con los curas, perdón, quiero decir con la Santa Madre Iglesia, nunca conseguirá presionar a ningún papa para que acceda a un deseo tan peregrino. Aparte de que hay otros monarcas que nunca le apoyarían en esto. Definitivamente, y disculpadme por ser tan clara con tan sabio y venerable grupo, se os está yendo un poco la olla.

Ni la más mínima sombra de ira, ni tampoco la más mínima sonrisa, cruzó por el rostro del Maestro y de sus acólitos, entre los cuales creí descubrir a otra mujer, debajo de los hábitos blancos que todos vestían. La única respuesta, por parte del Maestro, fue la siguiente.

-Sé que viajas en el tiempo, y que allá se conservan los testimonios de esta época. Nos preguntamos si sabes algo de lo que ha de venir.

Así que era por eso por lo que me habían reclutado. Por mi especial e involuntaria habilidad viajera. Pues se iban a llevar una tremenda decepción.

-Cuando estoy allí, naturalmente leo los libros de historia, para saber qué es lo que ha pasado en el mundo durante mi ‘ausencia’, por decirlo de alguna manera. Pero cuando regreso aquí, no puedo recuperar esas lecturas. Ni siquiera recuerdo demasiado bien esta época cuando me hallo en el futuro. Tengo que esforzarme para rememorar los detalles, como si todo estuviera envuelto en una nebulosa, como si mi vida aquí fuera la leve sombra de una vida anterior o las notas de una obra de ficción. Y viceversa.

El Maestro no pareció desilusionado.

-No importa. No te hemos buscado por esto. Sería deshonroso que nos aprovecháramos de tu información privilegiada para vencerles. No deseamos ganar de esa manera: nos asemejaríamos a ellos, y eso sería la más cruel derrota dentro de la victoria.

Pues estaban listos si esperaban triunfar con tanto escrúpulo.

-Hay algo más. No voy a ayudaros. Y no voy a ayudaros porque no me agradáis. Ninguno de vosotros. No me gusta la religión, la castidad, la obediencia ni el fanatismo. Podría decir también que no me gusta la pobreza, pero vosotros sois tan pobres como yo experta en física nuclear. No confío ni en vosotros ni en el hombre que me trajo aquí, del cual la hazaña más importante que conozco es que traicionó a su mejor amigo. Y si no os importa, ahora me largo. Tranquilos, que no revelaré el secreto de este conciliábulo, no tengo ganas de que me tomen por loca más de lo que ya lo hacen. Ah, jefe, supongo que esto significa que estoy despedida. Si te va bien paso mañana a recoger la liquidación. Hala, que vaya bien.

Me volví y me dirigí a la salida, sin que Guillaume hiciera nada por detenerme. Pero la voz del Maestro sonó a mis espaldas.

-No mientas, Eowyn. Sobre todo, no te mientas a ti misma. No piensas ayudarnos porque sabes que fracasaremos.

Aquel condenado anciano leía los pensamientos. La afirmación me dejó un instante paralizada. Luego me giré lentamente hacia él y decidí, por una vez, ser sincera. No me quedaba otro puñetero remedio.

-No sé si son retazos de recuerdos, poderes paranormales o simple intuición, pero huelo el olor del fuego y la muerte cuando pienso en vosotros y en vuestra misión; ahora veo que vosotros también estáis convencidos y ni siquiera os importa. También siento que nos sois tan malos como parecéis, al menos no todos vosotros. Pero me resisto a creerlo. Porque el hecho de que me caéis fatal sí es una verdad como la copa de un pino.

El Maestro guardó silencio unos instantes.

-En ocasiones, Eowyn –soltó después de una larga inspiración- solo hay una salida. En ocasiones saber retirarse a tiempo de una empresa es un virtud, pero en ocasiones tienes que persistir en ella, incluso viéndola perdida. Creo que ha llegado el momento de esto último.

Lo peor de todo es que yo también lo comprendía.

-Debemos hacer lo posible –continuó el anciano-. Sin tener ningún poder paranormal, como tú lo llamas, sabemos que los tiempos que se avecinan traerán oscuridad. Una oscuridad mayor de la que muchos pueden imaginar. Nos gusta pensar que somos una especie de guardianes contra esa oscuridad, contra ese frío que se avecina. Y nos asusta no estar allí cuando el momento llegue.

Yo sentía, en alguna parte escondida de mis entrañas, hogueras, carne putrefacta, miseria, enfermedad, tristeza, desolación… Ahora nadie llama iluminados a los que advirtieron del desastre que se avecinaba. Pero tal vez es demasiado tarde. ¿O no?

-¿Qué es lo que necesitáis que haga? –pregunté. (sigue)

Existe esperanza

Creímos que otro mundo era posible. Remarcamos que además necesario. Peleamos contra una globalización que no era más que otra vuelta de tuerca al capitalismo más salvaje, nos empeñamos en no olvidar a las víctimas más flagrantes del sistema, esos países que sostenían nuestro modo de vida occidental con su producción agrícola, con su trabajo sin horarios, con sus vidas, con sus muertes. Nos apoyamos en los logros del pasado, en la sangre derramada que había fructificado en nuestros derechos.

Pero también fuimos cómplices. Nos creímos la mentira del euro y jugamos a hacer burbujas inmobiliarias de jabón, tan tóxicas que destrozaban el paisaje, la convivencia y la poca legalidad que aún existía allí donde se posaban, extendiendo un cáncer de corrupción. Nos creímos burgueses, nos reímos de las luchas antiguas pensando que ya había arribado la utopía, acallamos a carcajadas las voces lúcidas y discordantes, o por lo menos escondimos los oídos en la tierra. Y vivimos así, encerrados entre las horas extras, la hipoteca y Gran Hermano, cada vez más solitarios, egocéntricos y amargados, sin compañeros ni objetivos comunes, creyéndonos felices y propagando la infelicidad en nuestro entorno porque éramos demasiado pusilánimes para aceptar que todo era una farsa. Pusilánimes, sin embargo, con techo, cuidados médicos y alguna posibilidad educativa que, cuando sonaron las alarmas, en lugar de levantarnos, nos arrimamos a la opción más caduca, estrecha de miras, estúpida, egoísta, corrupta y mentirosa (aunque los otros no les van mucho a la zaga) olvidando sus crímenes pasados y el hecho de que fueron quienes sentaron las bases de la debacle actual.

Ahora, en un paisaje agostado, devorado por el fuego y la ambición, sembrado de ceniza, cemento y basura, transitan almas en pena. Han perdido el techo, la asistencia médica es cada vez más o un lujo o una limosna que hay que pedir bien arrodillado, y la educación, cuando alcanza unos mínimos, es pura doctrina. Han perdido incluso el poco derecho que tenían a gobernar sus cuerpos, les han arrebatado la memoria, les han deshauciado hasta de los sueños. Y, aunque muchas de ellas hayan despertado, viendo que la ceguera persiste a su alrededor, se rinden sin presentar resistencia.

Pero no somos víctimas; al menos, en nuestra gran mayoría. La mayor parte de nosotros hemos contribuido a esta cada vez más vergonzosa España con nuestra cobardía, nuestra incultura reivindicada, nuestra pereza y, en los casos peores, nuestro aprovechamiento de las circunstancias. No me dirijo a estos últimos: en una España posible y necesaria, tricolor, justa e igualitaria, ellos mismos verían que no tienen lugar y no tardarían en marcharse. Hablo para todos los demás, los que ya dan la batalla, los que quieren darla, los que no saben cómo hacerlo, los que aún no se atreven y los que aún no creen en ella. Y declaro que sí, existe esperanza.

La única salida: otra aventura medieval (I)

Cosas que nunca cambian (o eso parece)

Barcelona, verano de 1292

Desde aquella torre se divisaba un panorama tan desalentador como lo era la libertad para quien estaba preso aunque fuera de sí mismo, como era la alegría para el que prevé universos de tristeza. Yo no dudaba que los viandantes que en aquel momento, sobre la hora sexta,  recorrían aquel bario de Barcelona, rumbo al mercado o a sus quehaceres varios, estuvieran tan sometidos como lo están sus conciudan@s y compatriotas (si se puede emplear este término: como todos sabéis en esta época no existe aún el concepto de España, eso en el caso de que en el futuro sea asimismo un concepto real. Por cierto, ya podríamos quedarnos así eternamente, por muy UNA [mierda] que sea); pero por lo menos ahora tienen espacio para escapar, libertad que les da esa inseguridad de la que hoy gozamos y que nos aparta de la seguridad fingida del siglo XXI, cobardemente aceptada por tod@s y siempre amenazada, ahora ya tal vez finalmente quebrada incluso en la muy civilizada Europa, como ya lo ha estado en tantos otros lugares…

Y, desde luego, no ayudaba mucho el bochorno reinante. Aunque no dejaba de ser un consuelo (o no) darme cuenta de que hay cosas que nunca cambian: no creo que la temperatura del Barri Gòtic de la Barcelona del cambio climático haya subido más de un par de grados desde su homónima del Medievo lo que, con los termómetros en este punto, no es muy relevante. Y lo peor no es el nivel alcanzado por el mercurio, sino la calidad concreta de la temperatura que marca: no creo que haya un lugar en el mundo donde el sol se derrame sobre la humanidad como un fluido tan húmedo y pegajoso como en Barcelona: el agobio que se experimenta llega hasta el punto de hacerte desear una próxima glaciación. O al menos que hayan inventado ya algo con lo que poder pasear por las empedradas rúas góticas algo más fresca que con la medieval camisa que vestía… Y que fuera lo suficiente decoroso para no azuzar al escándalo público, que no estaban las cosas para llamar mucho la atención. Porque vivir en un convento de hombres célibes (o al menos eso es lo que dicen ellos; cualquiera se cree lo que cuenta la gente de la iglesia, a riesgo de acabar pagando 700 euros por comida caducada encontrada en contenedores) fingiendo ser uno de ellos, no me aporta tampoco ninguna ventaja frigorífica. En cualquier momento, alguien puede extrañarse de mi prolongada ausencia, echar la puerta abajo a pesar de la barricada que he montado con los escasos muebles de esta alcoba, y darse cuenta de que, a pesar de la cara tiznada, el gorro de dormir ocultando mi pelo recogido en un moño y la apretada venda sobre mi pecho bajo la tela de la camisa, con este ligero atuendo parezco bastante más una mujer que con el insoportable hábito blanco que vengo vistiendo últimamente: en realidad, estos tipos son algo menos tontos de lo que parecen, no mucho, por eso, aunque tal vez lo suficiente. Pero ni por esas pienso ponerme nada más encima o acabaré tan cocida como una hogaza de pan de la cocina. Ay, cómo añoro el maravilloso clima seco de Tierra Santa…

Pero os preguntaréis qué hago aquí. Y cómo he vuelto a caer en una trampa. Os tranquilizaré diciendo que la situación no es tan dramática como parece. Estoy aquí por propia voluntad y realizando una misión, o algo parecido. El problema es que los largos períodos de inactividad que esta parece exigir no es algo que vaya conmigo, y me temo que me estoy perdiendo las numerosas movilizaciones que están teniendo lugar en el verano de 2012 entre incendioincendio provocado por los pirómanos del Gobierno. Movilizaciones, claro está, contra los recortes que el PPCiU, como chambelanes orgullosos de serlo del Nuevo Sacro Imperio Romano Germánico, están perpetrando contra la población, mientras la Iglesia española reza por los parados a razón de 700.000 euros por versículo, los capitostes políticos premian a sus fieles directivos de las empresas públicas y privadas por ayudarles a escenificar esta crisis inventada (con el dinero obtenido del saqueo de los servicios públicos) y siguen las guerras de nervios, de bombas y de manipulaciones informativas, con esas nuevas plantillas televisivas que, como pronostiqué en otro de mis viajes en el tiempo, pronto nos harán añorar los tiempos del poco llorado Urdaci. Me siento impotente, frustrada, y estoy empezando a cabrearme mucho. Quiero tirar euros de cartón piedra sobre los Mossos d’Esquadra, quiero decorar las fachadas de todas las sedes estatales y autonómicas de PPCiU con espray rojo de la sangre de los enfermos sin atención, de los deshauciados sin remisión, de los agraviados sin justicia, de los alumnos con mala (o nula) educación que acabarán sembrando las cunetas del futuro de una u otra forma si alguien no hace nada por evitarlo. Quiero… pero no me dejan, me cago en la hostia.

Iré al grano. Creo recordar que me dejasteis en el momento en que una mano desconocida me arrastró a las profundidades de un portal con intenciones supuestamente lesivas para mi persona. Pero bueno, mal que me pese, estoy acostumbrada a este tipo de cosas, y antes de que pudiera sufrir algún perjuicio grave, mi mano izquierda se preparó para tantear el peligro, fuera el que fuera, ya que la derecha, la de la espada, estaba inhabilitada, de momento, por la presión de un duro guantelete. Noté que caía sobre algo que me pareció un cuerpo humano bastante sólido y no precisamente porque los músculos del susodicho estuvieran curtidos en mil gimnasios, sino por la manía que tenemos todos los que nos dedicamos en mayor o menos medida al oficio de las armas en esta puñetera Edad Media de vestirnos de hierro. Así que, suponiendo sin mucho alarde deductivo que mi agresor pertenecía al género masculino, me dispuse a asestarle el golpe fatal con mi zurda bien pertechada hacia el lugar donde se suponía que debían hallarse sus partes pudendas. Mi acción fue recompensada por un aullido de dolor y un segundo de desconcierto, que yo aproveché para zafarme de él, dar un paso atrás y echar la diestra a la empuñadura de mi espada. Pero el juramento que mi víctima lanzó después de su alarido inhumano y que fue pronunciado por una inconfundible voz de marcado acento franco, me hizo detenerme.

-¿Guillaume? ¡Por todos los infiernos! ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Mi mano no se movió del pomo de mi espada, pero la curiosidad había vencido a la prudencia. O tal vez, a pesar de nuestras poco memorables vicisitudes juntos, algo me hacía pensar que mi viejo conocido de Tierra Santa en realidad no buscaba mi destrucción física. Esperé pacientemente un buen rato hasta que finalizó de soltar ayes de dolor, y al fin mi aguante fue premiado.

-Eowyn –dijo algo molesto-, ¿tú crees que esto es justo? Te salvo de las asechanzas de uno de los piratas más sangrientos del Mediterráneo, que te seguía sin duda con ánimo de aligerar tu bolsa y llevarse de propina tu virtud, ¡y me lo pagas de esta manera! ¿Acaso no piensas derramar nunca el bálsamo de tu perdón sobre mi torturada alma?

Reprimí una carcajada. Está visto que mi enemigo sobreestimaba su carisma personal, su inteligencia o ambas cosas.

-Déjate de historias –zanjé-. El temible pirata del que hablas es mi compañero de juergas Yannick y te puedo asegurar que el único motivo que le guía a seguirme es el caballeroso afán de protegerme de individuos como tú, lo cual ya habrá visto que es completamente innecesario y por tanto se habrá retirado a dormir. Y en cuanto a lo justo o lo injusto de esta acción, he de decirte que no te reconocí hasta que fue demasiado tarde. Si no, evidentemente, habría actuado de una manera muy distinta. Te habría ensartado con mi espada antes de que hubieras tenido tiempo de abrir la boca. No sé cómo te has atrevido a venir a Barcelona, a no ser que realmente desconocieras que aún me hallaba aquí. Como comprenderás, no tengo demasiadas razones para abrigar un gran cariño hacia tu persona.

Eso dije, y algo de verdad había en mis palabras. Concretamente, la parte que en ellas correspondía a la lealtad que aún sentía hacia mi viejo compañero de batallas, a pesar de que sus turbios asuntos con reliquias y otros temas me habían alejado de él más que la propia distancia física. Pero, mal que me pesara, tenía que reconocer que no estaba realmente enfadada con Guillaume, tuviera o no la obligación moral de estarlo. Y tal vez él lo sabía. O no. Lo cierto es que su voz sonó llena de resonancias oscuras cuando me respondió.

-Eowyn, sabía perfectamente que estabas en la ciudad. Solo y exclusivamente por eso he venido. Y si te abordado de esta manera ha sido, además de por intentar protegerte (aunque debería saber ya que para eso te bastas muy bien tú sola), porque era necesario que hablara contigo enseguida y no puedo dejar que nos vean juntos en público.

En la oscuridad del portal vacío, él no pudo ver mi mueca de incredulidad.

-Que yo sepa, ya no eres templario –argumenté-, así que no puede suponer ninguna mancha en tu historial el que te vean hablar con una mujer, sobre todo si tiene tan mala reputación como yo. Aunque tal vez te has casado con una propietaria viuda celosa que amenaza con dejarte fuera de la herencia si la traicionas.

Su carcajada atronadora rompió el muro de oscuridad que nos separaba. Y es que tenía guasa, la cosa. En lugar de pegarle un par de viajes y quedarme más bien que todas las cosas, le hacía reír. Está visto que con este carácter no voy a llegar nunca a nada.

-No entiendo cómo he podido sobrevivir tantos meses sin tus chanzas, mi querida amiga.

-No pretendía bromear. Me limitaba a explorar una posibilidad.

-En estos momentos, la idea del matrimonio está tan alejada de mis intenciones como la del infierno. Y con eso no quiero decir que pretenda equipararlos. Y en cuanto a mis relaciones con mis hermanos… sobre ese tema habría mucho que hablar y no podemos hacerlo aquí. Me conviene que te vean lo menos posible, y aún menos si es conmigo, por si accedes a algo que te quiero proponer. Oh, ya sé –atajó mi previsible respuesta-, soy un enemigo y no vas a hacer nada de lo que te demande, pero al menos escúchame. Tal vez acabes por ayudarme por motivos egoístas, o por motivos altruistas. Te pido que me acompañes. Muy cerca. Hasta la Casa de la Orden. Tenemos que darnos prisa o ya no podremos traspasar la muralla

Era evidente que le había entendido mal. Guillaume no podía estar pidiéndome aquello. Y no solo porque, no estando mi vida en peligro, él debía de saber que nada se me había perdido en aquella guarida de fanáticos. Sino sencillamente porque de ninguna manera le admitirían allí. A no ser que…

-No irás a decirme que aún no saben nada.

Él negó con la cabeza.

-Las noticias circulan muy rápidamente entre los hermanos.

-Entonces… ¿quieres decir que lo saben y, aún así… no les importa?

Guillaume asintió y acto seguido se encogió de hombros, como soslayando su completa inocencia al respecto, y a mí, en un instante, me cayó de golpe no la inmensa corrupción global y eterna, pues sería una ingenua si eso me sorprendiera, sino la desfachatez con la que siempre se ha ido produciendo. Guillaume, que traicionó y robó a su mejor amigo y su hermano de congregación y de armas, era ahora acogido con los brazos abiertos por la misma orden que les había formado a los dos, probablemente debido a su alta cuna, sus buenas relaciones con el poder o a su habilidad para el soborno o el chantaje emocional tal vez del mismo cruel calibre que la del gobierno de Mas, que no duda en negociar empleando como fichas a los más débiles. Una cosa es que yo pudiera perdonarle, tal vez porque era consciente del afecto que por alguna extraña razón parecía sentir hacia mí; otra que lo hicieran ellos. El sentimiento de descarada injusticia estuvo a punto de ahogarme. Pensé en los causantes de la crisis del siglo XXI que acabaron gobernando los países que habían arruinado, en una estrategia perfectamente calculada que la gente no quiere creer o entender o sencillamente no les importa; a los gestores de economía que implementan medidas tan imbéciles que a largo plazo no podrán beneficiarles ni a ellos, porque desde luego que no llegaron a tan alto puesto por su inteligencia; a los numerosos políticos de los que se sabe perfectamente su escandaloso tren de vida y su provocadora acumulación de sueldos y prebendas mientras hacen declaraciones sobre la necesidad de que los discapacitados, los desempleados, los enfermos, los ancianos, los niños en edad escolar y las mujeres embarazadas hagan ejercicio de austeridad; a los falsos que vendieron estabilidad y derechos a cambio de votos y luego pidieron a sus gobernados que se encomendaran a la Virgen (literalmente), porque hasta lo que había sido propiedad de estos últimos, lo que habían pagado hasta el último céntimo, había pasado ya a sus manos. No, hay cosas que no cambian. Justamente las que más tendrían que cambiar. Y no obstante, una vocecilla interior me seguía repitiendo: allí aún es peor, allí aún es peor…

Le volví la espalda y me alejé un par de pasos. La rabia hizo que me saltaran algunas lágrimas. Era tan fácil, y tan difícil, estar allí, en primera línea de fuego… era tan fácil, y tan difícil, poner tu vida sobre el tapete de juego y esperar ganar, aunque luego esa costosa victoria te sea arrebatada por los devenires de la historia, por el Mal, siempre al acecho, nunca acabado de vencer… era tan fácil, y tan difícil, luchar contra el mal sin convertirte en el Mal, eran tan fácil y tan difícil juzgarlo… Era tan fácil, y tan difícil… Era solamente la única salida.

Sentí a mi espalda los pasos de Guillaume aproximándose. Yo giré rápidamente hacia él. La punta de mi espada, ya fuera de su vaina, relampagueaba bajo las luz de las antorchas del exterior a apenas unos milímetros de su corazón.

-Te voy a matar, Guillaume. Te mataré aunque solo sea a modo de símbolo, te mataría aunque fueras inocente. Te mataré porque ya llegará el momento de tejer la necesaria estrategia, tal vez no para vencer, pero al menos para recuperar las posiciones en las que estábamos aunque nos las vuelvan a arrebatar, pero ahora seguir esperando disuelve la prudencia en simple cobardía. Te mataré para que tu sangre riegue su miedo, para que sepan que no pueden seguir traficando con reliquias, vendiendo falsas esperanzas. Para que sepan que hemos despertado. Y que esto solo es el principio. (sigue)

España en llamas

Arde mi país. Y ardo de indignación. Yo, y tod@s l@s compatriotas que saben otorgar a los triunfos deportivos la importancia que realmente tienen. Arde España en deshaucios y represión, en servicios básicos de coste inasumible, en medicamentos que algunos nunca podrán volver a adquirir exponiéndose al dolor y al deterioro físico, en naturaleza explotada y luego abandonada. Arde España, una España sin Norte, donde los PPoderosos y sus cómplices entraron hace tiempo en una espiral de ambición tan psicopática como autodestructiva sin que el pueblo pareciera reaccionar, una España también sin Sur. Y me pregunto, quizá tontamente: ¿qué nos ha pasado? ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué, por ejemplo, l@s valencian@s dejan que la gente que ha destrozado su comunidad económica, social, moral y mediambientalmente vuelvan y vuelvan a ganar las elecciones una y otra vez? ¿Y por qué el resto de España, sabiendo a lo que se exponían, siguió su ejemplo? ¿Por qué somos tan incultos, tan manipulables? ¿Por qué caemos tan fácilmente en el cómodo, fácil y cobarde autoengaño? Por qué somos tan débiles que preferimos despreciar a los más desfavorecidos en lugar de enfrentarnos a nuestros propios fracasos? Arde España, pero tod@s parecemos ignífugos. Los únicos que se queman, y mueren por ello, son los bomberos, esos que apagan los fuegos que el PP lleva décadas encendiendo. Ante el silencio de una multitud que solo prende bengalas para festejar Eurocopas.

Tal vez los malos ya ganaron hace tiempo…

Tal vez el eterno tópico entre el bien y el mal no ha sido más que una cruel mentira: todo apunta a que los malos ya ganaron la batalla definitiva hace tiempo, quizá en el principio, y lo que creímos victorias, metas volantes de la historia bajo las que pasamos los primeros, solo fueron manipulaciones, traiciones, espejismos que, a pesar de toda la sangre que nos costaron, acabaríamos pagando caras o, al menos, perdiendo.

O tal vez, sencillamente, todo fue una estrategia para llegar a este punto: al inicio de un nuevo orden mundial digno de los seriales más apocalípticos, en que una mayoría sin recursos, sin educación, sirve esclavizada a una gran mayoría insultantemente opulenta e intocable.

Parece a veces que la inteligencia es patrimonio de los malos, una inteligencia errada y cortoplacista (pues la suprema inteligencia y el supremo egoísmo es la bondad), pero efectiva al no estar enturbiada por la empatía. Una inteligencia general que debe pactar con la estupidez particular de tantos aliados poderosos y necesarios (y eso lo sabemos muy bien los que sufrimos la política española), acrecentando su poder destructivo. Y lo peor es que la bondad también está comenzando a considerarse únicamente privilegio de los malos.

Porque lo más peligroso no es tener el poder, sino la voluntad de ejercerlo. Lo más peligroso no es ser fuerte, sino desear esa fuerza como arma de destrucción. Lo más peligroso no es la ambición, sino la falta de empatía hacia sus consecuencias. Lo más peligroso no es su miedo ni su fanatismo, sino el que nos inculcan.

Un panorama como para dejarse llevar por la desesperación. O por el inmovilismo. O no necesariamente. Porque tal vez este nuevo escenario exija nuevas estrategias: más sibilinas, más correosas. ¿Debemos entonces ser malos? Hay pocas escuelas que enseñen esta cualidad, dejando a un lado la escuela de la vida con sus métodos educativos incisivos pero erráticos, que no funcionan siempre o no funcionan adecuadamente. Aunque quizá no sea necesario; bastaría con copiar sus métodos. Con ser fríos a pesar de nuestro calor humano; con ser estratégicos a pesar de nuestra indignación impulsiva; con ser activos a pesar de nuestra desmovilización alimentada durante tantos años; con ser valientes a pesar de nuestro temor heredado pues, además, dentro de poco ya sí que no nos quedará nada por perder.

De esta manera, tal vez un día podamos subvertir un sistema ideado para que en él prosperen los malvados y estúpidos y perezcan los bondadosos e inteligentes, los que solo desean tener las necesidades básicas cubiertas, amar, reír y vivir en armonía con el entorno. Aunque ya sabéis que no va a ser fácil.

Lo llamaron rescate, y era el secuestro

Érase que se era en una galaxia muy lejana una joven que respondía al castizo nombre de España. La muchacha en cuestión, de familia de rancia raigambre franquista disfrazada de la más democrática de las ideologías, era guapa y voluptuosa, aficionada a los toros y a tocar la pandereta, pertinaz espectadora de culebrones y reality shows de la peor calaña, asidua de los botellones y de aquellas que perdían el culo para conseguir una entrada de Justin Bieber o de otros engendros menos que pseudomusicales de la misma ralea cuando a estos les daba por aparecerse por el país, sin dudar en vender su virginidad por esta buena causa vulnerando incluso sus fanáticas convicciones católicas. Nuestra protagonista a duras penas había conseguido el título de la ESO, a pesar o tal vez gracias a los colegios privados en los que su familia le había matriculado, y se jactaba de su ignorancia como otros se enorgullecen de su cultura, por lo que constituía una rara avis entre sus compañeras Francia, Inglaterra, Grecia, India o Argentina, entre las cuales desempeñaba el papel de la bufón oficial de la clase. Pero hay que decir en el descargo de nuestra amiga que sabía ser solidaria cuando tocaba y que era sensible a las injusticias, al menos cuando estas eran muy flagrantes y no le interrumpían ningún programa de Telecinco. Y cuidaba muy bien de sus hermanitas pequeñas, sobre todo de Catalunya, a la que nunca dejaba que tomara una iniciativa propia (por miedo, evidentemente, a que se lesionara), eso sí, cuando no se ocupaba de chincharlas y esquilmarles la paga semanal. Había tenido una infancia envidiable. Creciendo entre algodones, en la convicción de que el paraíso se hallaba en la Tierra, más concretamente en su casa, sus padres le habían concedido todos sus caprichos o bien la habían hecho desear todo lo que ellos querían concederles; estaba segura de ser una privilegiada, con su casita de muñecas sobrevalorada, su coche de juguetes y sus vacaciones en Marina d’Or Ciudad de Ídem.

Pero un día todo acabó. De pronto, su familia empezó a recordarle todo lo que habían hecho por ella. Alegando una situación económica desastrosa, que no parecía reflejarse más que en sus testimonios, empezó a recortarle sus hasta entonces inamovibles privilegios, lenta pero progresiva e inexorablemente. Las horas de trabajo en la empresa familiar empezaron a hacerse cada vez más copiosas y menos remuneradas, y cuando quería denunciar su situación se la acusaba de haber exigido caprichos por encima de las posibilidades de su familia, sumiéndola en un estado de culpabilidad que, paradójicamente, incrementaba el síndrome de Estocolmo hacia sus secuestradores. Poco a poco, le quitaron sus vacaciones, su coche de juguetes, su casita de muñecas, su dignidad. Le arrebataron los pocos libros con que se entretenía a veces, le prohibieron asistir a clase a no ser que trabajara muchas más horas en contrapartida, y dejaron de alimentarla y de llevarla al médico mientras ellos se hartaban de mariscadas en yates de lujo. Eso sí: en ningún momento le suprimieron el televisor.

Y sin embargo, no tardó en llegar la esperanza: su poderosa vecina Europa, al parecer indignada por cómo se estaba llevando la educación de la joven y de sus igualmente explotadas hermanitas, hizo a sus progenitores una oferta que no podrían rechazar. Ella se haría cargo de las niñas, y en compensación aportaría una sustanciosa cantidad de efectivo que permitiría sanear las deudas familiares. Sin dudarlo un momento y haciendo el negocio del siglo, esto es, vender lo que es tuyo en el más puro estilo de la privatización ibérica sin importar las consecuencias, la familia aceptó, y para celebrarlo se fueron al fútbol. Pero no acabaron allí las desdichas de nuestras heroínas: cuando, vendidas como si de una mercancía se tratase y convenientemente grabado en el hombro a fuego el emblema de su nueva dueña, entraron en su nueva vivienda, comprobaron que se trataba de un prostíbulo frecuentado por los clientes más babosos donde a partir de entonces tendrían que prestar sus servicios hasta que se jubilaran a los setenta años, y con las prestaciones en sanidad, educación y vivienda aún, si cabe, más restringidas. Y todavía podían estar contentas: las prostitutas inmigradas lo tenían mucho peor.

Del final de esta historia existen dos versiones contradictorias: una relata que las jóvenes comenzaron a leer textos de economía alternativa y política social y un día cogieron los kalashnikov e hicieron una limpieza general, eso sí, muy pacífica, y a partir de entonces todas las familias de la tierra se rigieron por los criterios de libertad, igualdad y fraternidad, repartiendo la riqueza, respetando las aspiraciones y las creencias, cuidando del entorno y desterrando a Justin Bieber a una de las lunas de Júpiter. La otra cuenta que nuestras protagonistas se resignaron cobardemente a su cruel destino y que la única Re-Vuelta que protagonizaron fue la de Gran Hermano 12+1.

Podéis elegir qué conclusión preferís. Y realmente espero por el bien de tod@s que lo hagáis bien.

Profesiones emergentes de la crisis (gracias al PP y a CiU)

-Medievalistas: Para analizar los nuevos tiempos.

-Aborteros clandestinos: Para equilibrar la natalidad con los salarios, la cuantía de los impuestos, las nuevas tasas de la Injusticia y el nivel de ocupación (ojo: prohibido su uso si eres una “mujer de verdad” al estilo Gallardón).

-Inquisidores: Para aleccionar de una forma pacífica y respetuosa a las usuarias del anterior servicio. Imprescindible nociones de alimentación de hogueras.

-Curanderos: Una alternativa barata al desmantelamiento de la Sanidad pública.

-Traficantes de órganos: Especialmente útiles para los que no pueden costearse el traslado de la diálisis. También para quienes han de deshacerse de alguna parte de su cuerpo para pagar la hipoteca.

-Delator:  Tal vez no consigas un incremento de patrimonio inmediato, pero siempre va bien para quitarte de encima posibles competidores, o sencillamente al vecino que tiene un móvil más chulo que el tuyo.

-Cazarrecompensas: El siguiente estadio de la evolución del estado policial hispanocatalán (me pregunto qué precio pondrán a mi cabeza).

-Constructores de cámaras de gas: Pronto se darán cuenta que hay alternativas más rápidas e indoloras que quitarles la tarjeta sanitaria a los inmigrantes.

-Sepultureros: Para inhumar a las víctimas del genocidio social de manera expeditiva, limpia y silenciosa.

-Policías, muchos policías: Los vais a necesitar.

-Constructores de cárceles: Os harán falta muchas si queréis meternos a tod@s l@s que vamos a salir a la calle. Pero cuidado no vayáis a acabar al final vosotr@s dentro!

Desobediencia, insumisión, rebelión, acción directa … las únicas respuestas

1 Mayo Rebélate

1 Mayo Rebélate

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Manifiesto de IZQUIERDA UNIDA ante el 1 de mayo

Por un 1º de Mayo de movilización y lucha por el empleo, los derechos laborales y los servicios públicos

En este Primero de Mayo de 2012 nos enfrentamos al ataque más brutal y antidemocrático que hayan sufrido los derechos de trabajadores y trabajadoras en mucho tiempo. Se presentan como medidas contra la crisis lo que solamente es un redoblado intento de rapiña sobre los salarios, las conquistas de la clase obrera y los derechos sociales de la inmensa mayoría de la población. No importan las personas y su derecho al trabajo digno y estable, sino el beneficio de los bancos y las multinacionales.

Llevamos casi cinco años de agudización de la crisis y también de recortes de todo lo público, pero ni uno sólo de los países que ha aplicado esas medidas ha mejorado su situación económica y social. Ni uno sólo. Al contrario, sigue aumentando el paro, crece la deuda exterior, y estamos en una segunda ola de recesión económica.

Lo que se nos intenta vender como la única salida de la crisis es una mera estafa que ahonda más la injusticia y el sufrimiento, incrementa el paro y la pobreza, desprotege a los más débiles y pretende convertir en mercancía y negocio la educación y la salud.

Pero la salida real de la crisis viene de la mano de la lucha y la movilización. Quieren que nos encerremos en nuestras casas con el miedo al desempleo y la precariedad y con la pesadilla de un futuro peor que el pasado, pero no lo conseguirán.  La salida social de la crisis, favorable a la inmensa mayoría, está en nosotros y nosotras.

La reciente Huelga General ha mostrado el camino. La derecha decía que no serviría para nada y el Gobierno que no estaba dispuesto a mover una coma de su reforma laboral. Hoy ya preparan enmiendas a sus propios textos, pero esta reforma laboral no es reformable y debe ser retirada.  Además de esta consecuencia, la Huelga General ha fortalecido la conciencia y la organización del mundo del trabajo y ha mellado los ataques contra el sindicalismo de clase.

La ofensiva contra la educación y la sanidad públicas está encontrando cumplida respuesta en una creciente movilización ciudadana. El intento para hacer retroceder los derechos y libertades democráticas que el Gobierno quiere impulsar desde su mayoría absoluta encuentra una importante oposición.

Es el modelo económico, político y social asentado desde la transición el que está desmoronándose y son las políticas neoliberales (última expresión del sistema capitalista) las que aparecen, cada vez de forma más clara, como irreconciliables no solamente con los derechos del mundo del trabajo, sino también con el progreso económico, la sostenibilidad medioambiental y el bienestar de la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Hace ahora 122 años que se celebró en España por primera vez el 1 de Mayo, “Día Internacional del Trabajo”, y es necesario subrayar en esta ocasión el carácter internacionalista de esta fiesta y su contenido solidario que nos lleva, especialmente, a expresar nuestra solidaridad con el pueblo argentino, que tiene todo el derecho a decidir soberanamente sobre sus recursos naturales, como en su día lo harán los pueblos de España, y nuestra coincidencia en la lucha con todos los pueblos de la Unión Europea que se movilizan contra las políticas de recortes. Deseamos el éxito de los candidatos de la izquierda alternativa en las próximas elecciones de Francia y Grecia que pueden comenzar a abrir un horizonte nuevo en las políticas de la Unión Europea. Nos solidarizamos, como siempre, con la lucha del pueblo palestino que se agudiza en Gaza y con las reivindicaciones del pueblo saharaui.

La crisis tiene salida, el Gobierno no

Las políticas neoliberales de recortes, debilitamiento de lo público y retroceso de los derechos laborales, que inició el PSOE y ha profundizado el PP han fracasado.

No obstante, el Gobierno presenta unos Presupuestos Generales del Estado que son una auténtica declaración de guerra contra la mayoría del pueblo. Unos presupuestos que van a generar más paro, estancar la economía, y deteriorar la educación, la salud y otros servicios sociales y que estimulan el fraude fiscal mediante una amnistía para los defraudadores.

Izquierda Unida subraya que hay salida para la crisis y ha aportado propuestas positivas para hacerlo en beneficio de la mayoría.

  • Con una mayor justicia fiscal que lleve hasta una contribución fiscal equivalente a la media de la Unión Europea hay recursos suficientes para crear empleo, impulsar la economía real y, con ello, reducir el déficit.
  • Con una lucha firme contra el fraude fiscal y la economía sumergida, mediante los cambios legales necesarios y el reforzamiento de la Agencia Tributaria, habría ingresos para mejorar la educación y la sanidad públicas y atender la Ley de Dependencia. Hacer aflorar de trabajos sin contrato y exigir la igualdad de salarios entre hombres y mujeres, además de ser de justicia, permitiría sanear la Seguridad Social y mejorar las pensiones.
  • Con una política decidida de apoyar la creación de empleo desde lo público es posible crear cientos de miles de empleos verdes (reforestación y mantenimiento de zonas verdes, rehabilitación sostenible de viviendas, agricultura ecológica, energías renovables), sociales (aplicación de la Ley de Dependencia, escolarización de 0 a 6 años) y de interés estratégico (infraestructuras de proximidad, desarrollo de un sector público en la economía).
  • Con la creación de una Banca Pública, a partir de la nacionalización de las Cajas de Ahorro que han sido entregadas al capital financiero, sería posible que el crédito fluyera hacia las pequeñas empresas y las familias.
  • Con  la implantación de un nuevo modelo productivo, que incluya más democracia en la sociedad y en la empresa, un sector público poderoso y el apoyo a la economía social, una apuesta por el desarrollo sostenible y el pleno empleo de calidad, la mejora de la educación, el esfuerzo a favor de la I+D+i civil, y un cambio progresista en las relaciones laborales.

Nuestra lucha es la lucha por el empleo

El objetivo central de cualquier política de izquierdas para salir de la crisis es la creación de empleo. Izquierda Unida defiende un empleo estable, digno y de calidad y, en consecuencia se opone a cualquier medida de abaratamiento del despido y de reducción de los costes salariales. No han sido esas, ni mucho menos, las causas de la crisis y no está ahí la solución. Por ese camino sólo se trata de asegurar de nuevo los beneficios de quienes ha generado esta situación, a costa de los trabajadores.

Crear empleo no puede ser considerado como un gasto porque sólo el trabajo humano genera la riqueza socialmente útil.

Izquierda Unida reivindica el reparto del trabajo para que puedan trabajar más personas, reduciendo la jornada a 35 horas semanales, sin pérdida de retribución, y bajando progresivamente la edad de jubilación

Por un 1 de Mayo de movilización

Izquierda Unida llama a todos los trabajadores y trabajadoras, a toda la ciudadanía a participar en los actos, concentraciones y movilizaciones convocadas por CCOO y UGT.

Izquierda Unida considera que este 1 de Mayo debe dejar claro que no estamos dispuestos a aceptar una salida de la crisis que no vaya a favor de la mayoría social de este país. Es precisa una auténtica rebelión ciudadana por nuestros derechos.

Izquierda Unida llama a extender y profundizar la movilización hoy y en los meses próximos por una salida social de la crisis, por el empleo, la defensa de lo público (comenzando por una educación y una sanidad públicas y de calidad), el derecho a la vivienda, la igualdad y la no discriminación.

Viva el 1 de Mayo de lucha y solidaridad

Madrid, 1 de mayo de 2012

Y después del 1 de Mayo…

12M15M-CONVOCATORIA

12M15M-CONVOCATORIA

Y para acabar, nos os perdáis estos vídeos

http://solidaritat29m.noblogs.org/

http://youtu.be/MCvskEEORiM

¿Por qué voy hoy a colgar una bandera republicana en un lugar público?

Pues por esto.

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Más info sobre el evento de los castillos en Facebook, aquí.

Más sobre este 14 de Abril

http://luisangelaguilar.blogspot.com.es/2012/04/tres-magnificas-maneras-de-celebrar-la.html

http://ventanasdelfalcon.blogspot.com.es/2012/04/luchar-por-la-republica-es-luchar-por.html

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http://aquesada.com/?p=259

http://rafa-almazan.blogspot.com.es/2012/04/republica-81-anos-esperandote.html

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http://relatandodesdeelbajollobregat.blogspot.com.es/2012/04/viva-la-iii-republica-por-un-frente.html

http://ceronegativo.net/2012/04/15/somos-un-pais-y-vamos-a-por-la-tercera/

En la lucha final (III)

(viene de) -Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.

-Esta vez hablo en serio –aseveró.

Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).

-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.

-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.

Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de  supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.

-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.

Me mostró las palmas.

-Hablar. Solamente eso.

No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?

-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.

La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.

-Tienes muy buen aspecto.  Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.

-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.

-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.

-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.

Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.

-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…

Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares

-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.

Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.

- Me trasladaré a mis posesiones de Barcelona y te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.

Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?

-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?

Se apresuró a responder.

-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.

-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.

-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.

Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, una masía fortificada a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias de la masía y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos.

En la lucha final (II)

(viene de) Tengo que reconocer que en los peores momentos de mi vida siempre había encontrado una mano tendida aunque a veces hubiera acabado sosteniendo el látigo que acabaría estrellándose contra mis espaldas, un inesperado golpe de suerte que en pocos meses se convertiría en una maldición. Cuando llegué a Barcelona, exhausta y derrotada, unas semanas antes, había tenido que hacer un esfuerzo para que la depresión no me arrojara contra una cuneta para dejarme morir allí. Pero a mí aún no me habían robado toda la esperanza ni todo el trabajo de toda mi vida, como habían hecho con los desposeídos en Grecia, y aunque solo fuera por orgullo no quería que nadie me obligara a ser la mano autoejecutora del genocidio social del sistema; o tal vez me producía demasiada pereza pensar en cómo dar fin a mi vida. Sea lo que sea, en lugar de suicidarme hice lo que una mercenaria de pro debe hacer en esas circunstancias: emplear las monedas de Guillaume que aún me restaban en darme un buen baño, buscarme un alojamiento y procurarme ropas presentables que me acreditaran como una candidata susceptible de tener en cuenta para posibles encargos. Y, claro, frecuentar los mercados y las tabernas, que para que me entendáis funcionan como una especie de mezcla de Infojobs, LinkedIn y Facebook. Era consciente de que me había metido en la boca del lobo; me hallaba en el exacto lugar donde Karl y Gustaf me habían encontrado hacía ya casi un año, y pretender que serían tan imbéciles como para no buscarme allí, por muy evidente que ello fuera, era quizá suponer demasiado, incluso si era referido a ellos. Pero, a pesar de la advertencia del templario traidor y de la poca simpatía que debían de profesarme después de que el Sultán se hubiera vengado en ellos de mi huida, como seguro habría hecho, no conseguía sentirme aterrorizada por la perspectiva de volver a  verles: les había perdido todo respeto, si es que alguna vez les había tenido alguno, y estaba segura de que si me los encontraba más que asustarme me iba a entrar un ataque de risa en sus barbas. Así que ya me veis de nuevo en la Ciudad Condal, intentando infructuosamente encontrar acomodo laboral mientras acarreaba un enorme agujero lleno de algo parecido a la antimateria que se abría justo en medio de mi estómago y que a veces me dolía tanto que hasta me hacía caminar encorvada; y no era hambre, os lo aseguro, aunque también comenzaba a sentirla. Pero, por suerte o por desgracia, estoy acostumbrada a las vicisitudes. Lo siento mucho por los positivistas y los amantes de libros de autoayuda: el Destino existe y que te esfuerces en mejorar tu vida, aunque muy recomendable, sirve de muy poco; tu sino se encargará de joderte bien jodido si eso es lo que tiene programado. Sobre todo si has nacido pobre y sin nobleza. Como en mi caso, por ejemplo. Y sobre todo si hemos vendido nuestro país a los neoliberales fascistas del PP, que a su vez aún lo venden más barato. Y por si fuera poco, en uno de mis deambuleos curriculares, al doblar una esquina, me tropecé de pronto de la manera más escandalosa con el mismísimo señor del lugar donde me había criado, mi archienemigo.

Naturalmente, me dispuse a poner pies en polvorosa: que yo supiera, el noble en cuestión no daba un paso fuera de su castillo sin ir protegido por una nutrida guardia que, estaba segura, debían de estar agazapados a mi alrededor, esperando tal vez una orden para caer sobre mí como auténticos antidisturbios cabreados. Y, de hecho, un grupo de cuatro secuaces taponaban la única salida: así que me decidí a esquivar a mi antiguo jefe y a arriesgarme por la calle que discurría a su espalda, con casi la seguridad de que encontraría a alguien emboscado en alguna parte: si l@s lector@s que conocen Barcelona alguna vez se han quejado de las tortuosas calles del Casc Antic, debo informarl@s que antes de derribar las murallas era aún peor (no obstante, tengo que reconocer que cuando estoy en el siglo XXI las echo de menos. Lo único que me consuela es que solo las han derribado, no las han sepultado por desmemoria o intereses, ni las han privatizado como en Grecia ni expoliado como en Siria o Irak)… Pero cuando me lancé hacia mi objetivo descubrí que también aquella salida había sido bloqueada. Así que di un paso atrás, alejándome de todos ellos lo máximo que podía, saqué la espada con seguridad y les regalé una sonrisa de suficiencia: estaba demasiado enfadada para tener miedo, y aquellos guardias, con sus negros ropajes protegiendo el lujo del noble (solo les faltaba la insignia de la División Azul), me recordaban demasiado a los efectivos policiales de Barcelona cargando indiscriminada e impunemente contra los manifestantes mientras acordonaban el Corte Inglés y la Bolsa. Yo misma podría estar en aquel momento herida, encarcelada o ambas cosas, si un camarada anónimo, al verme desorientada en la multitud y corriendo en dirección a las peores cargas, no me hubiera sacado allí casi en volandas; ni siquiera llegué a verle la cara. Pero ahora sí estaba permitido que me comportase como una salvaje medieval defendiendo mi vida sin que nadie me llamara terrorista por hacer lo mismo en 2012, así que moví mi espada para que destellara a la luz de las escasas antorchas, en señal de desafío, y me dispuse a la batalla. Pero los guardias estaba extrañamente inmóviles, y el único que se adelantó, con los brazos separados del cuerpo y mostrando que estaba desarmado, fue el señor.

-Guarda tu espada, Eowyn. Hemos venido en son de paz.

Vaya por dios. Con las ganas de juerga que yo tenía (sigue).

En la lucha final (I)

Finales de abril, 1292

La puerta de la taberna del puerto que solía frecuentar retumbó contra el muro produciendo un sonido horrísono, y abierta se quedó, balanceándose por el impulso hasta perder la fuerza. Fuera, la conocida humedad barcelonesa me reclamaba mis huesos como tributo, pero yo le hice una higa y avancé unos pasos para alejarme del pestilente local. La brisa primaveral venía tan helada como si nunca tuviera que llegar el cambio climático y como si el fuego que destruiría siglos más tardes los bosques de Galicia, abandonados al vandalismo y a la especulación, no fuera más que una absurda pesadilla, pero no logró apaciguar mis exaltados ánimos; así que busqué algo interesante que patear para desahogarme: un montón de desperdicios, algún ladronzuelo dispuesto a aligerarme de mis escasas pertenencias, un Mosso de Esquadra con ganas de atizar a discapacitados  sin que sus amos marquen límites a su violencia… pero no tuve suerte: los malos siempre se esconden como ratas cuando más necesitas de ellos, o bien huyen por la puerta de atrás tras haber prometido, entre otras falsedades, “dar siempre la cara”.. No me quedó otro remedio que descargarme de mi frustración bufando como una mula de la peor raza, aunque ni siquiera eso me fue permitido: sin que la agrietada y sucia madera hubiera tenido mucho tiempo de descansar sobre su dintel, una iluminación temblona en el acceso al local reveló que alguien venía a acompañar mis cuitas, o al menos a huir escapado de aquel antro de perdición; y en ella vi como se recortaba la figura delgada  e inquieta de Yannick el Terrible.

-¡Pero, bueno, compañera! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te has ofendido de ese modo? –como siempre, su voz surgió sin acento identificable, o tal vez con todos los acentos del mundo. Nadie sabía de dónde procedía Yannick; posiblemente ni él mismo.

-Pues pasa que estoy harta de todos vosotros. De todos –le di la espalda. Aunque la verdad era que no recordaba la causa por la que me había cabreado tanto con mis habituales colegas de taberna, los mismos con los que venía encontrándome casi cada noche desde que residía en Barcelona. Pero es que últimamente nada parecía funcionar como debía y daba la sensación que la gente se empeñaba en decir las palabras más inconvenientes. Lo que hace la falta de un sistema educativo en condiciones para los pobres; bueno, qué voy a explicaros a vosotr@s, lector@s, si pronto lo vais a averiguar, lamentablemente. Sin embargo, no podía enfadarme con Yannick-. Excepto de ti –me volví e intenté dirigirle una mirada cordial, aunque la rabia me pesaba sobre las comisuras de los labios, estirándolos hacia abajo-. Eres demasiado joven para que se te tengan en cuenta las tonterías que dices.

Él se acercó hacia mí y me palmeó por el hombro.

-Muchacha –el chaval observaba una total falta de respeto hacia mí a pesar de que tenía edad de ser su madre, por lo menos si hubiera concebido a la temprana edad a la que mi familia pretendía venderme al mejor postor. Y es que yo no era una mujer verdadera, según Gallardón-, últimamente estás imposible. No nos toleras nada. Ni a nosotros ni a nadie. Y no hacemos nada que justifique tu mal humor. ¿Qué es lo que te está sucediendo?

Su tono mesurado tuvo el poder de disipar las brumas de mi mente. Tal vez, incluso, tenía razón, tal vez mi malhumor fuera algo exageradillo y ninguno de los integrantes de aquel grupúsculo de ejemplares de la peor sociedad barcelonesa, que en el fondo eran buena gente aunque la diplomacia no fuera una de sus virtudes, en ningún momento hubiera pretendido ofenderme. Me senté en el tercer peldaño de una escalera que ascendía a una vivienda cercana.

-Tú no lo entiendes. No le pides nada a la vida, excepto ser libre y que no te impongan normas, navegar y conseguir el botín suficiente para comer y beber tranquilo una temporada –ya habréis comprendido que Yannick se dedicaba al noble arte de la piratería-. Ni siquiera te preocupan las mujeres, eres demasiado joven para eso. Yo, sin embargo…

-Creí que también valorabas tu libertad más que cualquier otra cosa –objetó.

-Y así es. Eso es incuestionable. Pero quiero más. Últimamente noto que me hace falta algo. ¿Sabes que a mi edad hay muchas mujeres que ya han muerto de parto? ¿O de cualquier otra cosa? –en la Edad Media ya nos hemos acostumbrado a eso, a que nuestra vida valga menos que el contenido de una bacinilla; qué se puede hacer, no hay manera de evitarlo. No es como si tuviéramos medios para cuidar de la salud de tod@s y no lo hiciéramos. No es como si cerráramos hospitales, enviáramos a los profesionales de la medicina al paro o permitiéramos que en tantos países no exista sistema universal de salud. No es como si nos obligaran a pagar indefinidamente lo que hemos pagado sin retribuirnos por nuestro trabajo. No es como si conociendo a la ciencia la canjeáramos por la religión-. Me estoy acercando peligrosamente al límite de  la esperanza de vida de este siglo, y no he hecho nada útil en  toda mi existencia.

-Pues yo diría que sí lo has hecho –me interrumpió Yannick.

-Sí. Sobrevivir. Arrastrarme en las misiones más cutres por un mendrugo de pan -aduje yo.

-Pues a mí me parece suficiente…

-No –le corté-. Están pasando muchas cosas. Y yo estoy aquí, sin hacer nada. O al menos, sin hacer lo suficiente –me hizo un signo de que continuara, y así lo hice-. Hay un lugar a donde también pertenezco y que hace demasiados días que ya no frecuento. Un lugar que odio y amo al mismo tiempo, y donde me necesitan… bueno, necesitan a cualquiera que quiera echar una mano, no específicamente a mí, claro. En ese lugar se está gestando algo que se podría llamar la lucha final, en la que solo quedará uno, si puedo expresarlo cinemato… de manera propia de los trovadores, quiero decir. Y parece ser que de momento quien quedará es el que menos tiene que quedar. Quien más daño ha sido y es capaz de hacer a la Humanidad…

-¿Y cómo se llama ese hijo de puta?  -me interrumpió el jovenzuelo-. Mira que llamo a mis amigos y me voy para allá…

-Antes se llamaba Capitalismo –expliqué yo-. Aunque ahora es algo mucho peor. No obstante será mejor que lo olvides, está demasiado lejos para ti. Y ahora parece que incluso para mí. Pero lo peor es que ya no sé por qué quiero hacerlo, por qué quiero ir allí y arriesgarlo todo, arriesgarme a no volver a este tiem… ejem… a este lugar que después de todo es mi casa, y cuyas leyes entiendo, y que por muy podrido que esté es mi mundo. No sé si lo hago porque me preocupa la gente de ese sitio o si solo soy incapaz de resignarme a no hacer algo heroico, algo que me reivindique de todos mis errores. Algo que dé sentido a mi vida… Hasta ahora no he hecho más que recorrerla egoístamente, sin aportar nada.

El piratilla negó efusivamente con la cabeza.

- Eowyn, se pueden decir muchas cosas de ti y no todas buenas. Tienes un carácter endiablado, no aceptas una crítica, a veces ignoras el riesgo y pones en peligro a los que tienes a tu lado y algunos rumores afirman que en ocasiones te dejas llevar demasiado por… los excesos… Pero no me digas que eres egoísta porque no me lo creo. ¿Sabes cuál creo que es tu problema? Que no confías en nadie. Tal vez si compartieras tus problemas verías que no son tan graves.

Mi filósofo amigo acababa de dar de lleno en una herida abierta.

-¿Confiar? ¿En quién? Yannick, tú y yo dentro de unos días tal vez no volvamos a vernos nunca. Además, la gente como yo no puede tener amigos en quién buscar consuelo. Estamos secos por dentro, nuestro corazón está tan helado como el filo de nuestra espada.  Así soy. ¿Me creías diferente?

-Sí, te creía diferente –el tono de mi interlocutor fue duro-. Mucho más valiente. Capaz de arriesgarte a sufrir. Pero veo que esto no está en tus planes.

Era muy fácil para alguien como Yannick hacer esas afirmaciones: él se tenía a sí mismo, siempre se había tenido, y por tanto no necesitaba a nadie. A mí hacía tiempo que me habían arrebatado las posibilidades de ser yo; por eso necesitaba de los demás. Demasiado. Pero no estaba dispuesta a dar nada de mí misma. Ni a permitir que volverán a traicionarme.

-Pues lamento decepcionarte. Esto es lo que hay.

Me levanté de mi asiento de dura piedra y me marché en dirección contraria a la taberna: ya había hablado bastante por aquella noche. Yannick me dejó marchar, sus deseos de arreglar el mundo en mi persona al menos temporalmente defraudados: él también quería ser un héroe. Y tal vez, como yo, nunca pasaría de sucio esbirro… Me dirigía al establo donde me esperaba mi caballo, concentrada en esos pensamientos y en otros. Erróneamente, dejé de prestar atención a mi alrededor: la lucha que entre la conservación y la autodestrucción se libraba en mi mente estaba decantándose peligrosamente por el segundo contendiente, y no me percaté de la sombra que acechaba en el estrecho portal ante el cual en ese momento estaba cruzando, hasta que fue demasiado tarde. (sigue).

Chicago (España), años 10

Y lo peor de todo es que hay gente que sigue pensando que facilitando el despido aumentarán las plantillas; que congelando los sueldos se incrementa el consumo; que suprimiendo ayudas a la cultura y la enseñanza, y al empleo, seremos un país más competitivo; que las grandes corporaciones internacionales crean puestos de trabajo de calidad y han de tener más facilidades que las pequeñas y medianas empresas del territorio; que convirtiendo España en un gigantesco casino, paraíso maloliente de mafiosos premiados con amnistías y leyes a su conveniencia, va a mejorar nuestra calidad de vida; que los cuatro fraudes en la prestación de desempleo son los que nos han llevado a esta situación, y no la evasión de impuestos; que somos los vasallos de Alemania y de lo que representa y le debemos pleitesía; que los dependientes que no puedan pagarse los cuidados han de ir a pudrirse a las cunetas; que la salud es para el que pueda pagarla (dos veces); que nuestros impuestos no han de revertir en protección y servicios, sino en sueldos de políticos fascistas y genocidas y en sus corrupciones varias; que ahorrar en protección de incendios en Galicia no va a a tener ninguna consecuencia; que con más ladrillo y más destrucción de espacios naturales se va construir la economía más saneada y sostenible; que la memoria de l@s que lucharon por un mundo mejor se puede sepultar quitando placas y nombres de teatros y borrando murales; que los que protestan contra este estado de cosas, a menudo jugándose la paz y la integridad física, son el verdadero problema y contra ellos valen todos los medios, sean policías infiltrados cometiendo atentados, violencia indiscriminada aunque sea contra menores o discapacitados, represión de denuncias de agresión policial o equiparación penal con terroristas (¡y ellos se atreven a hablar de terrorismo!).

Pero lo que ninguno de ellos sabe, ni los votantes ni los votados, ni los que continúan intentando mentir al pueblo en un ejercicio de hipocresía (porque ya no les importa si nos creemos o no sus mentiras), ni los que continúan justificando la utilidad de su sufragio estúpido e insolidario (aunque ya sospechan que se volverá contra ellos) es que pronto nos convertirán en lo que más temen. Por mucho que nos encierren preventivamente.

Especial Huelga General

Chapa_huelga 29M IU No negociem els nostres drets!

Primero se llevaron nuestra identidad, luego nos quitaron nuestra memoria, más tarde volvieron a asesinar a tod@s l@s que murieron por nuestros derechos, a continuación incendiaron el futuro, después desarbolaron la esperanza. A veces es tan triste haber tenido razón… Y esto solo será el principio. Nos equivocamos, sí. Dejamos que nos confundieran los que sabían cómo sacar a la luz nuestros peores, y más estúpidos, instintos. Pero el pasado traicionado, el pasado olvidado y obligado al olvidar; el futuro vendido y ni siquiera al mejor postor; aquellos años en los que, sumidos en una euforia que en el fondo sabíamos falsa, inoculada en invisibles 365 líneas de coca, cambiamos la actividad por la pasividad, la solidaridad por la codicia, el cálido sentimiento de grupo por la individualidad más helada y vacía; las estentóreas carcajadas con las que humillábamos a los que siempre fueron fieles a ell@s mism@s, l@s que fuerons siempre fieles a nosotr@s, los epítetos que dirigíamos a aquell@s cuya lucha sin descanso es la que ha preservado lo que queda. Todas esas cosas nos están llamando a proclamar que el 29 de marzo de 2012 puede ser un gran día si todas y todos lo queremos así, si nos quedamos al lado de nuestr@s compañer@s, si aprendemos que podemos estar tan unid@s como nuestro insulso y monocorde enemigo, quizá por eso tan fuerte. Si sabemos que esto solo será el principio.

Instrucciones para la huelga

  • Manifiestos varios (se admiten sugerencias)
  • Carteles alternativos (si os gustan, los podéis pillar)
  • Después de leer esto nos quedarán excusas
  • Elogio de los piquetes (por cierto, una servidora también estará)
  • Algunos llamamientos (ATTAC-Acordem y XSUC)
  • Esta huelga es también una huelga de consumo, no lo olvides
  • Kit huelguista
  • Si se os ocurre que más puedo poner, ya sabéis, comentario o correo.
  • El 29M nos vemos en la calle!

     

    Desventuras de una indignada: Mujer sin futuro y Olvidos impuestos

    (viene de) Apoyada en la proa del barco yo contemplaba el crepúsculo derramándose sobre Chipre, cuya silueta ya se divisaba en lontananza. El bienestar que sentía, además que con la paz que experimentaba en comunión con el mar y el hecho de poder observar una costa mediterránea sin antiestéticos rascacielos ni insostenibles puertos de yates, tenía que ver con la alimentación regular y el descanso más o menos confortable (al menos en comparación con los días pasados) de los que venía disfrutando desde que me embarqué en aquella galera siria en la cual mi comitiva de rescate y yo habíamos encontrado un buen acomodo gracias las riquezas de la Orden. Aunque he de comentar que las perspectiva de hallarme en buenas relaciones con esa gente (contra los cuales tenía que añadir como motivo de aborrecimiento que se suponía que eran los precursores de los banqueros actuales, entidades que concentran la mayoría de los abusos del sistema en el siglo XXI) no me hacía sentir particularmente orgullosa de mí misma. Ni siquiera me tranquilizaba ni hacía que me viera menos como una traidora el saber que prácticamente no me había quedado otro remedio. Pero en aquel momento el tal Guillaume se instaló a mi lado, al parecer con ánimo dicharachero.

    -¿Disfrutas del viaje? –me preguntó. Yo había logrado, afortunadamente, que me apeara el tratamiento de cortesía.

    -Me gusta el mar –contesté, con la mirada fija en el espectáculo natural-. Tanto como me gusta el desierto. Lo primero tiene una lógica, pues nací muy cerca del Puerto de Barcelona. Lo segundo es más difícil de comprender: tal vez se debe a alguna de mis vidas pasadas.

    -Pues lleváis un extraño nombre para ser aragonesa –objetó.

    Le eché una mirada de soslayo: estaba segura de que su colega en la milicia le había explicado todos los detalles acerca de mi historia, por lo que no sabía a qué obedecía ese interés a asaetearme de preguntas. Pero pensé que lo mejor era seguirle la corriente.

    -No podemos elegir dónde, cómo ni de quién hemos nacido. Pero tal vez sí deberíamos escoger a dónde queremos pertenecer. No me gusta la realidad, y me reservo el derecho de hacerme oriunda de un país de ficción. Que tal vez sea más real que lo que consideramos tangible.

    -¿Y en ese país de ficción hay más mujeres como tú? Porque en las tierras que he pisado nunca he conocido a nadie que se te pareciera –siguió indagando. La verdad es que tenía al pobre hombre alucinado perdido.

    -No soy una rara avis, Guillaume. Tal vez un poco incómoda para ciertas personas, pero eso no es ningún mérito. Me temo que cualquiera mujer que reivindique un poco de igualdad lo es.

    Lanzó una breve carcajada.

    -Desde luego que debes serlo. Escuché esa historia acerca del señor de la aldea donde naciste, que se ha tomado como una cuestión personal hacerte volver al redil como si supiera mejor que tú lo que te conviene…

    -Para muchos somos eternas menores de edad y lo seremos siempre –concedí-. Pero no te equivoques: hay muchas mujeres como yo. Muchas, muchísimas, innumerables, todas. Tal vez solo se deba a la ceguera de los hombres el que parezcamos invisibles. Por eso mismo, te puedo asegurar, nunca pasaremos a los libros de historia.

    -Pero ¿por qué dices eso? –me contestó, asombrado-. Se supone que en el futuro todo será mejor, para todos. Y para todas.

    -Tengo buenas razones para afirmarlo –gruñí yo.

    -¿Y también buscas el Graal?

    Aquel brusco cambio de tema me hizo volverme hacia él. ¿De dónde había sacado eso? No era algo que acostumbrara a comentar, ni siquiera a mi viejo compañero de aventuras. Claro está que no me acuerdo de todas las conversaciones que he mantenido en noches de borrachera… Viendo mi extrañeza, se apresuró a matizar.

    -Solo he atado cabos… Camelot, el Graal… Sé leer, y además disfruto con ello. Pero he dado en el clavo, ¿no es así?

    -Tal vez mi idea sobre el Graal no sea la que tú crees –advertí yo.

    -En cualquier caso, estaría encantado de escucharla…

    -… y yo de explicártela –podía esperarse sentado-. Pero tendrá que ser en otra ocasión. Me gustaría dormir algo antes de llegar a tierra. Una vez allí, tendré que desplegar una actividad frenética de entrevistas y preparativos para la vuelta a Barcelona, y me gustaría encontrarme en buena disposición física.

    -Tienes razón –accedió-. Descansa, te llamaré cuando arribemos a puerto.

    Me despedí y me instalé en mi camarote, contenta de habérmelo quitado de encima y no porque fuera una persona desagradable, que no lo era en absoluto. Pero comprendía que era mejor que cada uno de nosotros se mantuviera en su sitio; estaba segura de que cualquier acto de compenetración con esa gente solo podía traerme problemas, y además de muy diversa índole. La verdad es que para amenizar el viaje me parecía mucho más entretenido charlar con la tripulación (cosa que podía hacer sin temor a suspicacias ya que mantenía mi condición de mujer bien oculta), que por cierto me habían informado de la manera en que los templarios habían exprimido a la población de Chipre con impuestos cuando fueron propietarios de la isla, hacía un siglo, como un Partido Popular cualquiera, o incluso ayudar a que la vida de los pobres condenados que hacían funcionar el barco fuera algo más fácil; al igual que pasará en el futuro, la mayoría estaban pagando con su esfuerzo la desgracia de haber nacido pobres. Y con esas reflexiones me desvestí y me metí en el camastro, para soñar con crepúsculos marinos y desiertos rojos, y también con las retorcidas callejuelas grises, las placitas y las fuentes de mi Barcelona natal. Después de unas horas de reparador sueño, me despertaron unos golpes en la puerta.

    -¡Eowyn, hemos llegado! –me avisó Guillaume. Yo di un salto en la cama y me apresuré a pertrecharme para el desembarco. Me inquietaba lo que pudiera encontrar allí, y aunque estaba impaciente por interrogar a mi amigo, no dejaba de contagiárseme el ambiente de decaimiento que venía advirtiendo entre los templarios desde que viajaba en su compañía. No las jerarquías de la Orden, estaba segura, pero sí las bases en la mayoría amaban sinceramente Tierra Santa tanto como yo, y pensaban que su deber era salvarlas para la Cristiandad respetando a sus habitantes, sobre todo a los más desvalidos. Aunque fueran árabes; vamos, igualito que en el 2012. Y para ellos la pérdida casi total de aquellas posesiones les hacía sentir desanimados y decepcionados de la comunidad internacional, ocupada en otros proyectos que ellos creían menos espirituales y más crematísticos. Era patente el aroma a sueño roto, y no podía menos que pensar en otra ilusión quebrada en mil pedazos de la que hacía poco había llegado y a la que suponía no tardaría en volver: el otro mundo posible y necesario del siglo XXI, ahora ahogado entre injusticias, miseria y sangre. Pero sin detenerme más en pensamientos catastróficos, me reuní con mis compañeros de viaje y bajamos a tierra sin mucha dificultad.

    Y entonces sucedió. No bien hubimos descargado nuestros enseres y recorrido el corto trecho del camino que nos sacaba del puerto en dirección al oeste, hacia el castillo de Kolosi, cuando algo así como un horrendo cataclismo de proporciones bíblicas se abatió sobre nosotros. Venidas prácticamente de la nada, decenas de sombras, mucho más del doble de nuestro número, cayeron sobre nuestros descuidado grupo armadas con dagas que, surgiendo de la aún semioscuridad, buscaron con lujuria asesina nuestras carnes. Entre aullidos de dolor, oí como Guillaume gritaba…

    -¡En guardia, nos atacan!

    … aunque era bastante evidente. Vi cómo protegía la espalda apoyándose en el muro de una de las precarias viviendas de los alrededores del puerto para enfrentarse a tres de los asaltantes, cubiertos con ropas tan oscuras como la noche, mientras echaba nerviosas miradas en mi dirección. A la luz de las antorchas, caídas en el suelo, vi que dos de aquellos hijos del demonio se acercaban a mí uno por cada lado apuntándome con las afiladas hojas. Yo me encontraba en una posición mucho más desprotegida que la de Guillaume, que estaba defendiéndose de sus atacantes con valor y efectividad empleando a la vez la daga y la espada; pero entonces se produjo un inexplicable segundo de vacilación en los dos asesinos que me proporcionó un lapso valioso para sacar mi arma, enrollar el brazo izquierdo en mi capa y escurrirme entre ellos: ser de pequeña estatura tiene estas ventajas militares. Yo jugaba con la oscuridad y la luz para esquivarles y sorprenderles, pero desgraciadamente aquellos hombres, grandes y fuertes, daban muestras de ser tan ágiles y flexibles como yo, lo cual no pintaba nada bien para mi futura permanencia en este mundo. ¿De dónde habrían salido?, me preguntaba, entre embate y embate. Su manera de luchar me era totalmente desconocida… si tan solo pudiera averiguar de dónde procedían y deducir su punto débil… En aquel momento, choqué desafortunadamente con otro de los contendientes en liza, que en aquel confuso montón se afanaba en finiquitar al segundo de a bordo de Guillaume y que, al echar el codo hacia atrás para tomar impulso para mejor atacar al desgraciado, me envió metros más allá hasta hacerme dar con mis huesos en tierra, cual si fuera un obstáculo molesto que le impidiera la culminación de la faena. Mi cabeza cubierta por el yelmo chocó pesadamente con las piedras de la calzada y mis agresores se precipitaron hacia mí, puñales en ristre, para acabar con mi malhadada existencia. Pero sucedió algo muy extraño: antes de que todo se nublara en mis ojos, escuché a Guillaume pronunciando mi nombre con desesperación y, de pronto, aquellos extraños sicarios se detuvieron en seco, se miraron y, súbitamente, emprendieron la huida.

    Creo que en ningún momento llegué a perder el sentido. Recuerdo que, a partir de ese instante, todo pareció salir de madre: un horrísono sonido de metal combinado con gritos de guerra me hizo darme cuenta de que otros actores se sumaban a la representación, aunque ignoraba si estaban del lado nuestro o en contra. Se armó un revuelo de todos los diablos, pero un tiempo después se elevó un clamor triunfal en varios idiomas. ¿Había terminado? ¿Y a favor de quién? Acto seguido, noté cómo me levantaban y me transportaban en volandas, y un poco más tarde una sensación mullida bajo mi espalda. Las caras veladas de dos mujeres y un hombre anciano se sucedían ante mi turbia mirada. Luz. Un breve, o así me pareció, momento de oscuridad, y cuando abrí los ojos de nuevo pude observar una nueva sucesión de colores cálidos sucediéndose en una ventana que se abría ante mí, a la izquierda: me hallaba en una habitación extensa, decorada con un gusto espartano pero atractivo y bien caldeada por una chimenea que ardía frente a la ventana, al lado de la puerta de entrada; detalles de cuero, terciopelo, un par de bargueños de madera de calidad…. Yo reposaba en un cómodo y amplio lecho, preguntándome si debía mi salvación a una supuesta caballerosidad de los atacantes al saber que era una mujer, o si más bien mi género era lo que iba a provocar mi ruina. Entonces noté que había alguien sentado a mi lado, y ante mi vista empezaron a perfilarse las facciones de un rostro bien conocido.

    Desventuras de una indignada: olvidos impuestos

    -Eowyn, ¿te encuentras bien? ¿Puedes verme? –preguntó mi viejo amigo ansioso mientras pasaba una mano delante de mis ojos. Yo fije la vista en él con una mueca descontenta, y me incorporé en la cama con dificultad gracias a dolorido cráneo.

    -Sí, desgraciadamente puedo ver perfectamente tu fea cara, por todos los demonios del Averno. Gracias a quien sea la muerte no me ha impedido volver a encontrarte para decirte un par de cosas y hacerte suplicar de rodillas el no haberme conocido nunca. ¿Qué es lo que ha pasado aquí? ¿En qué emboscada hemos caído? ¿Quiénes eran esos monstruos? ¿No se suponía que Chipre era un sitio seguro? Maldito seas por siempre, esto era lo único que me faltaba. ¿Sabes en los líos que me has metido mientras tú te beneficiabas a la concubina del Sultán y le robabas sus joyas, o lo que sea que te hayas apropiado y que ha hecho que se cabreara tanto?

    El acusado intentó calmarme, haciendo un gesto de tranquilidad con ambas manos.

    -Entiendo tu enfado, mi querida amiga. Guillaume me ha explicado todo lo que has tenido que pasar por mi culpa –me alegraba saber que el inquisitivo hermano había sobrevivido, a pesar de todo: realmente, no creí que lo conseguiría-. Pero créeme que en ningún momento pude imaginarme que mis aventuras pudieran afectarte en lo más mínimo. Te hacía tranquila y feliz deshaciendo entuertos por tierras castellanas y aragonesas, o tal vez de vuelta en tu complicado siglo XXI escribiendo en esa máquina endiablada de la que siempre hablas. Y por mi parte, en ningún momento quise apropiarme de nada que no me correspondiera, y menos de una mujer.

    Acto seguido, me relató una extrañísima historia de la que, dado mi dolor de cabeza y malestar general, solo entendí lo de su encarcelamiento y posterior liberación por parte de la tal Samira, parte que ya conocía, y lo de que ella le había utilizado para conseguir un objeto en Sidón antes de morir entre sus brazos.

    -Lamento lo de esa chica –le dije, sincera-. También, indirectamente, ella me salvó a mí –le expliqué lo de la compañera de Samira, la que me había librado de mis cadenas. No era tan mala como crees, estoy segura –le consolé.

    -Eso carece de importancia ahora. Ya pasó. Solo importa que te recuperes cuanto antes. Duerme, más adelante tendremos tiempo de hablar largo y tendido de este asunto. Yo me quedaré contigo hasta que mejores. En realidad no tengo otro remedio, puesto que te he cedido mis aposentos –dijo, guiñándome un ojo.

    -Y yo que te lo agradezco, pero ni lo sueñes que voy a dormir ahora –me disponía a levantarme de la cama, combatiendo sus protestas sobre que el médico me había recetado tres días de reposo absoluto y sus intentos de detenerme cuando, después de un par de golpes en la puerta, esta se abrió para dejar paso a Guillaume, que portaba una bandeja en la que se veía una botella de vino y dos copas. Me extrañó que él mismo se encargara de menesteres que solían normalmente dejarse bajo la responsabilidad de subalternos, pero la mirada alegre que nos dirigió y el afecto con que palmeó la espalda de su compañero de orden, me hicieron ver que se trataba de una deferencia personal.

    -Un regalo para celebrar vuestro reencuentro: el mejor vino tomado prestado de las bodegas del comendador –dejó la bandeja en una mesita, que acercó empujándola con el pie-. Dejad, yo mismo os serviré. El médico cree que no te hará mal beber moderadamente, Eowyn.

    -Y pobre de él que dijera lo contrario –aduje yo-. Ya es bastante fastidioso no poder moverse.

    -Gracias, amigo –contestó mi compañero-. Dime, ¿los heridos se están recuperando bien?

    -Todos están fuera de peligro –respondió. Y, dirigiéndose a mí-. Los nuestros llegaron a tiempo. Como siempre.

    -Lo imaginaba –respondí-. Decid: ¿tenéis idea de quiénes eran esos hombres y qué querían?

    Ambos templarios se encogieron de hombres.

    -Nuestra ignorancia al respecto rivaliza con la tuya –admitió Guillaume-. Pero lo descubriremos en su momento. Y ahora os dejo solos: tendréis muchas cosas de las que hablar.

    Fue inútil nuestra invitación a que compartiera el vino con nosotros. Cuando hubo salido, mi amigo sirvió una copa y me la acercó, y de inmediato llenó la suya. Yo le miraba con detenimiento.

    -¿Son muy graves tus heridas? Aparte de un poco más pálido y más lento de movimientos, te veo casi como siempre. Pero no obstante hay algo… Dime: ¿de verdad estás bien?

    Me sonrió con bondad.

    -No temas. No me ha pasado nada irreparable. Y he mejorado mucho en los últimos días. Debería de haberme librado del médico y el comendador y encargarme yo mismo de tu rescate. Estoy seguro de que todo hubiera sido más rápido y mejor.

    Yo solté una carcajada.

    -Hubieras llegado tarde, como ellos. Los hombres sois unos inútiles totales cuando tenéis que planear algo que requiera una mínima estrategia… Pero bueno, cuéntame, ¿cómo es la vida en este lugar? ¿Seguro que te gusta habitar en esta reclusión? Me recuerda a un campo de concentración para parados húngaros, y me temo que vuestros jefazos están tan poco cuestionados internacionalmente como el Gobierno de ese país. Al menos mientras no amenacéis el sistema financiero internacional.

    -No os cambiado nada, Eowyn –refunfuñó como contestación-. Sigues igual de protestona.

    Él sí había cambiado: lo notaba a cada palabra que pronunciaba. Pero no podía averiguar en qué consistía ese cambio. Y eso me preocupaba. Le miré con simpatía.

    -Te he echado de menos, cabronazo. Aún no he conocido a nadie que sepa aguantar tal cantidad de alcohol tan inmutablemente como tú –él me estrechó la mano sin responder, con aspecto de ir a soltar la lagrimita-. -Vale, vale, ya basta –le detuve, después de un breve lapso-. Que corra el aire, confianzas las justas, tampoco vamos a emocionarnos ahora.

    Sus ojos brillaban con picardía.

    -Tienes razón –me sostuvo la mirada unos momentos-. Escucha… me extraña que no sientas curiosidad.

    -¿Sobre qué? –fingí ignorancia.

    -Vamos, Eowyn…

    -Sabes que no creo en estas cosas.

    -¿Y tú eres la buscadora del Graal? –se burló amablemente.

    -Sabes perfectamente lo que el Graal significa para mí –yo estaba comenzando a perder la paciencia.

    -Tal vez cuando lo veas cambiarás de opinión.

    Se levantó y comenzó a trastear por la habitación. Yo recliné la cabeza y cerré los ojos en las almohadas: tenía una jaqueca terrible, y cuando esto me sucedía las estupideces tenían el poder de acrecentarla. Sentí que él se acercaba de nuevo.

    -Aquí está.

    De mala gana, me incorporé de nuevo. Me presentó un cofre y me señaló su interior, una vez abierto. Yo lo observé encogiéndome de hombros.

    -¿Y esto que se supone que hace? –pregunté sin inmutarme.

    -Eowyn… -me regañó él.

    -La sensatez –opuse yo-. Eso es a lo que me refería antes. Y la sensatez no tiene nada que ver con este objeto.

    Su mirada dibujó un signo de interrogación. Yo hablé, inicialmente con desgana

    -Te lo he contado varias veces. Es eso lo que estoy buscando. Ese peldaño más en nuestra evolución que nos permita dejar atrás nuestras absurdas pulsiones de destrucción y autodestrucción, de codicia absurdamente desatada, de miedo cerval que anula en nosotros cualquier tipo de límites. Que no nos deja preferir una muerte digna a una mala vida. Es algo tan sencillo como esto y se supone que hace mucho tiempo que deberíamos haber llegado a ese punto, pero no ha sucedido, y eso que en este año 1292 ya somos antiguos sobre la Tierra. Y lo peor, tampoco hay visos de que suceda en el siglo XXI; al contrario, cada vez nos hemos alejado más. Esto, tan sencillo y tan imposible, sencillamente la paz, la armonía, el valor y la cooperación, es lo que busco. Pero hace tiempo que sé que somos incapaces; y aún así… no puedo renunciar. Quizá haga falta un cataclismo, no lo sé, para que tomemos conciencia. Algunos pensaron que la crisis económica que comenzó en el 2007 iba a conseguirlo. Pero no. Fue desde el primer momento un invento de unos pocos para lograr todo lo contrario. El empujón final para acabar con lo poco racional que hasta entonces había construido el mundo. Lo siento, querido amigo, tal como están las cosas no puedo aceptar esas tonterías sobre objetos de poder ni oraciones a las potencias celestes ni valores de Semana Santa. En nuestro contexto, todo eso no es más que un hatajo de gilipolleces.

    Sus pupilas se volvieron opacas, como si le hubiera hecho asomarse a la oscuridad del centro de la Tierra. No obstante, una luz que centelleaba en el fondo me hizo darme cuenta de que su fe continuaba inquebrantable.

    -Te entiendo, Eowyn. Entiendo tu objetivo y tu angustia. Pero hace tiempo que averigüé que esto es real. Créeme, tengo motivos para saberlo. Desde hace mucho tiempo.

    Una bombilla se encendió en mi cerebro.

    -¿Qué es lo que me estás ocultando?

    Él guardó silencio y yo continué, imparable.

    -Desde que te vi entrar en aquella taberna de Acre vestido de nuevo con el hábito blanco, más aún cuando supe que tu posición en la Orden no era precisamente la de un mindundi, comprendí que había algo que se me escapaba. Escucha, camarada, hace poco he venido de un mundo donde se engaña y se oculta por miedo y por comodidad, donde no se asumen los errores del pasado, donde se pretende dictar al pueblo qué es lo que tiene que recordar, qué es lo que tiene qué olvidar y cuáles son los derechos que tienen que reivindicar. Me opongo a esa estrategia del miedo y la ocultación, la rechazo frontalmente y te juro que acabaré con ella aunque sea lo último que haga sobre este mundo. Y ahora llego aquí, a este tiempo que, a pesar de su también injusticia y violencia, a veces supone un bálsamo para mis manos cansadas de luchar por imposibles, y me encuentro de que tú, mi más antiguo compañero, la persona en la que depositado mi vida en múltiples ocasiones, practicas también estos métodos que aborrezco. ¿Qué se supone que he de hacer ahora? ¿Convertirte en mi enemigo? No puedo dejar de pensar que me has utilizado. Cuando me decías que había renegado de la Orden, que estabas agotado y que habías perdido la fe ¿fue alguna vez real algo de eso? Siempre te mantuviste en un discreto segundo plano, dejándome la iniciativa de todas nuestras aventuras, de las decisiones acerca de qué encargo escoger y cuál no. Pero ¿qué es lo que estabas tramando a mi espaldas?

    Vi su expresión de desconcierto e impotencia, en mitad de un dolor que parecía golpearle en el estómago. Pero no consiguió que me apiadara de él un ápice; ahora yo sabía la verdad.

    -Eowyn –alargó la mano hacia mí-, yo jamás he querido mentirte ni utilizarte.

    Yo apreté los puños e hice un amago de golpearle. Fue entonces cuando comprendimos que algo estaba comenzando a ponerse realmente mal. Mi brazo se quedó a medio camino de su recorrido, paralizado y sin fuerzas, y volvió a derrumbarse sobre mi cuerpo. Él intentó ayudarme, pero sus manos parecieron tampoco responderle. Nos miramos aterrorizados: todos nuestros miembros, a pesar de los sobrehumanos esfuerzos que estábamos realizando, parecían negarse a seguir las órdenes de nuestros cerebros. Con los dientes apretados por la rabia, caímos sobre la cama, uno al lado del otro, incapaces ya de mantenernos erguidos.

    La puerta se abrió y un Guillaume de expresión circunspecta entró en la habitación. El atisbo de esperanza que su entrada nos había ocasionado se heló al ver que iba acompañado de todos los miembros de la comitiva de rescate que no habían sido heridos en la reyerta con los desconocidos vestidos de gris, y que ninguno de ellos se esforzaba en socorrernos; más bien, nos miraban como si aquello fuera el desenlace esperado. Quise gritar, pero ni mi boca podía abrirse ni mi garganta emitir ningún sonido. Una sombra de tristeza cruzó por el rostro de Guillaume mientras se acercaba a nosotros, recogía el cofre y su contenido y lo guardaba bajo su hábito.

    -Lo siento, Eowyn. Y lo siento también por ti, compañero. No os preocupéis por los efectos de la sustancia que vertí en vuestro vino, no tienen consecuencias graves y en breve volveréis a sentiros como siempre. Tenía que hacerlo… Eowyn, cuando supe que el Sultán te había encarcelado, intenté resolver las cosas por la vía diplomática y solicité una entrevista con él. Hablamos durante varias horas y me hizo una oferta que no pude rechazar. Una oferta que excede a todo lo que tu imaginación pueda presentarte. Así que pensé en traerte aquí con el propósito de que distrajeras a nuestro común amigo y lograra que sacara el objeto de su escondite, que no había revelado ni al mismísimo maestre y que yo sabía que no podríamos extraérselo ni mediante la tortura, en el caso de que yo hubiese deseado practicársela. El resto sería fácil… Nos disponíamos a sacarte de la prisión cuando vimos lo que habías hecho con el pobre, es un decir, Gustaf; por eso el Sultán no te persiguió, y yo fui el único que robó tus pertenencias de la posada, con vistas a conseguir un salvoconducto hacia tu confianza… He de decir que me sorprendiste gratamente. Si hubiera imaginado mínimamente cómo eras, tal vez nunca hubiera firmado ese pacto. Pero ya estaba hecho.

    Las palabras se arrastraron desde mi garganta, envueltas en la rabia más destructiva. Otra vez había sido engañada. De nuevo había caído en la trampa de mi estúpida inocencia y mi imbécil confianza intrínseca en el género humano.

    -Te mataré, hijo de puta. Prometo que un día te encontraré y te mataré.

    -Y estarías en tu derecho –la tristeza no escapaba del tono de su voz ni de su mirada-. Pero antes me temo que tendrás otras cosas de las que preocuparte. Quiero advertirte de algo: guárdate de Karl y de Gustaf.

    -Puedo resolver mis conflictos exlaborales sin tu ayuda, gracias –le escupí.

    -No se trata de esto. Ni siquiera de los deseos de venganza que sienten después del lío en el que los metiste con el Sultán. Se trata de otra cosa. De algo mucho más grave. ¿Nunca te ha s preguntado por qué esos dos se cruzaron en tu camino? ¿Lo atribuyes todo a una simple casualidad? Me temo que eres demasiado inteligente como para no haberte hecho algunas preguntas al respecto… -yo callé; desgraciadamente, Guillaume tenía razón-. Lo sabía -manifestó su satisfacción-. Pero no voy a decirte nada. Tendrás que averiguarlo por ti misma. Eso te mantendrá ocupada.

    Yo no sabía qué más decir. Ninguna palabra podía definir mi aborrecimiento hacia él. Se volvió hacia la puerta, seguido de su cohorte, pero antes de desaparecer volvió a dirigirse a mí.

    -Me llevo un tesoro y os dejo con un tesoro mayor: vuestra amistad y vuestro compromiso con cambiar el mundo. Creo que en realidad os envidio. Cuidaos mutuamente, ambos os los merecéis. Sobre todo tú, Eowyn: por mucho que quieras negarlo, eres única. Ojalá te hubiera conocido en otras circunstancias.

    Desapareció tras la puerta y yo me volvía hacia mi compañero: el odio que refulgía en sus ojos, siendo él tan paciente y mesurado, consiguió asustarme. Y encima el traidor de Guillaume había tenido la desfachatez de hacerme destinataria de su estúpido peloteo final: qué estragos puede hacer el sentimiento de culpabilidad, aún en los más viles. Poco a poco sentía que me recuperaba de la inoportuna parálisis provocada por el veneno, y en unos minutos ya volvía a ser dueña del control de mi cuerpo. Tapé a mi amigo con unas pieles de animal que adornaban el lecho, pues temblaba de frío y le estaba costando mucho más recuperarse que a mí, probablemente debido a su mayor edad y tamaño. Pero cuando lo hizo, aquello sucedió de golpe, no gradualmente, como había sido mi caso, y en un momento le vi levantarse y salir disparado hacia la ventana, probablemente a la misma velocidad en que lo hacía cuando tenía quince años. Una vez allí, golpeó el alféizar con ambos puños, infructuosamente.

    -Ni siquiera se le divisa ya. ¡Maldito sea él y toda su progenie, si algún día encuentra a una hembra lo suficientemente incauta para que le permita engendrarla! Le mataré con mis propias manos, te lo juro, y no pienso hacerlo de manera rápida.

    -Puedes matarle –intervine yo desde la cama. Normalmente solía ser él el encargado de calmarme, mi genio era mucho más vivo que el suyo: pero la verdad es que Guillaume no significaba para mí lo mismo que para él. Comprendía lo hondo de su sentimiento de traición-. Pero no antes de que yo le haga sufrir la más cruel y refinada de las torturas que se me ocurra. En estos momentos creo que no existe nadie vivo a quien odie más que a él, con la excepción de Mas, Rajoy, Rouco Varela, Sarkozy, Merkel, la CEOE, y todos los cómplices de los anteriores. Lo harás –repetí-, pero no te impacientes. Llegará tu momento. Llegará nuestro momento.

    Al final su habitual sentido pragmático dominó en él. Se dirigió hacia mí cruzando la habitación a grandes zancadas y se arrodilló a mis pies.

    -Eowyn… no puedo decirte más que esto, pero ahora la lucha en la que participábamos se ha transformado. Sus alcances se han hecho mucho más amplios, casi infinitos. Yo sé que no puedo hacerlo solo, y al mismo tiempo no puedo confiar en nadie. Excepto en ti. El tuyo es el único brazo que quiero ver pelando a mi lado, y espero que tu rostro sea el último que vea antes de morir…

    Extendí la mano hacia él.

    -Sabes que cuentas con todo mi apoyo. Que siempre contarás.

    -… pero no puedo ni debo involucrarte en ello. Mi egoísmo lucha con mi conciencia: quisiera verte a mi lado, pero no puedo permitirme que lo hagas. Eowyn, hay muchas cosas que no sabes, muchos secretos de los que tal vez no te recuperarías si los conocieras. No: no voy a arrastrarte a esta locura. Quédate cerca de mí, pero fuera de todo ello.

    Yo no podía dar crédito a mis oídos.

    -Entonces, ¿cuál quieres que sea mi papel en este asunto? ¿El de simple observadora? ¿El de…? No, no me atrevo a repetir lo que me pasa por la cabeza. ¿Pretendes protegerme? ¿Y de qué, si puede saberse? Después del largo tiempo que hemos pasado juntos, ¿aún quieres tratarme como si fuera una incauta doncellita necesitada del poder y la fuerza de un hombretón?

    -¡No intento protegerte porque seas mujer! ¡Lo hago porque te aprecio! -se indignó.

    -No me convences -rebatí yo-. No me convences tú, tus fantasías, tus secretos ni tus causas. Sí, es cierto, la batalla en la que participábamos ha ampliado sus alcances hasta límites insospechados, y a eso voy, a seguir en ella. Pero ahora tu lucha no es la mía; yo peleo contra algo real, por muy difuso que parezca, y ya no entiendo, ni en el fondo quieres que entienda, por qué peleas tú.

    Guardó silencio. Yo sabía que nada que dijera serviría para hacerle entrar en razón: otro de sus defectos es que era terco como una mula. Una vez me dijo que existían fehacientes pruebas al respecto de que su familia en realidad procedía de Zaragoza. Me lo creí.

    -Nuestros caminos se separan aquí –le di la mano, que él estrechó entre las suyas con expresión abatida-. Vuelvo a Barcelona, y quizá al siglo XXI en breve. Sé que no intentarás impedírmelo.

    -Volveré a verte –afirmó él, con seguridad.

    -En el Infierno –maticé yo-. Búscame un buen lugar si llegas antes que yo, al lado de alguna taberna mefistofélica. Por mi parte haré lo mismo.

    Me desasí y le di la espalda. Alguien, tal vez él mismo, había dejado ropa limpia sobre un banco y mis armas reposaban al lado. Me vestí, me equipé y salí por la puerta sin mirar atrás. Entre la hora de maitines y prima había poca actividad en la encomienda y ni siquiera parecía que la huida de Guillaume y los suyos hubiera sido notada. Yo busqué la cocina y tomé prestadas algunas provisiones ante la mirada estupefacta del hermano cocinero, que al parecer hacía mucho que no veía una mujer por sus dominios. Salí, no sin antes darle las gracias, y me dirigí al establo. Rayo Blanco hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza al verme, como si me hubiera estado esperando. Yo monté sobre él y me perdí en la neblina del incipiente amanecer, dejando atrás el bosquecillo que rodeaba la solitaria torre del homenaje, tras las murallas.

    Desventuras de una indignada: violencias evitables e inevitables

    Sí, lo sé, sé que mi los rumores que corren sobre mí no apuntan precisamente hacia esta afirmación, pero os prometo que soy una persona muy pacífica. Nunca empleo la violencia como argumento, excepto si me pagan por ello (y esto no cuenta, que una necesita comer y sobre todo beber regularmente, y el mantenimiento de mi equipo militar es muy costoso) o si no hacerlo supone sencillamente ser una estúpida sumisa, cosa que no va en absoluto con mi temperamento. Así que si llega a vuestros oídos una anécdota protagonizada por mí en una taberna de Damasco donde al parecer di muestras de un execrable comportamiento, haced oídos sordos, que la gente es muy mala. O en cualquier caso, antes de juzgar, oíd mi versión.

    La velada en cuestión yo me encontraba rumbosa pues había conseguido arrancarles unas cuantas monedas a los tacaños de Gustaf y Karl; por si fuera poco me topé con unos compañeros de aventuras nuevos en la ciudad a los que hacía tiempo que no veía, y son tan pocas las ocasiones que tengo de hacer vida social que me pareció buena idea invitarlos. Así que insté a mi tabernero habitual a sustituir el habitual brebaje inmundo que acostumbraba a servirme, cuya nefasta calidad había creído yo motivada exclusivamente por su bajo precio, por un vino de más categoría. Pero al primer sorbo de la copa noté que aquel supuesto caldo exquisito por el que me habían cobrado el sueldo de un mes tenía el mismo sabor vomitivo que aquel del que el dueño del local solía proveerme en tiempos de carestía económica, y además mis colegas, carentes de un estómago acostumbrado a las mala vida como el mío, comenzaron a experimentar los síntomas propias de una indisposición importante. Inmediatamente exigí una explicación y/o una rápida devolución del importe de la consumición, acompañando el requerimiento con una buen puñetazo en la mesa, mientras las quejas de otros clientes que se habían visto estafados de la misma manera, todos ellos extranjeros y en situación precaria en el país (para que tuvieran menos posibilidades de quejarse, desde luego el cabronazo sabía elegir bien a sus víctimas) coreaban mis palabras… A todo esto, mis compañeros se encontraban cada vez peor y aquel malnacido continuaba ponderando la calidad de su bazofia líquida con la mayor desfachatez y sin rendirse a las evidencias… De acuerdo, reconozco que coger al individuo en cuestión por los pies y aguantarle la cabeza casi un minuto dentro del tonel de aquel veneno para que tomara de su propia medicina tal vez fue algo excesivo, pero creo que la situación lo merecía con creces. Aunque ¿os imagináis cuál fue la noticia que corrió por los mentideros de la villa después del suceso? ¿No? Pues en absoluto “Tabernero estafador que ponía en peligro la salud de los inmigrantes por fin desenmascarado” sino “Mercenaria cristiana sin corazón agrede salvajemente a un honrado comerciante de nuestra ciudad”, con lo que podemos concluir que la prensa, a pesar de su evolución en las formas, no ha cambiado ni un ápice en su fondo desde la Edad Media hasta el maldito siglo XXI. Medalla de Oro a la Imparcialidad Informativa. Vamos, como si hubieran llenado las redacciones de barones del PP o colocado al jefe de programas de Intereconomía al frente de la Agencia Nacional de Noticias de Siria. Y aún menos mal que a nadie se le ocurrió decir que la culpa era del PSOE.

    Pero esos eran otros tiempos, tiempos mucho más felices que los actuales, o al menos más tranquilos. Y es que durante mis días trabajando en Damasco no pensé que fuera a tener más motivos de indignación que las disputas de con mis bienamados jefes por motivos de sueldo u horarios de trabajo, o las rencillas de taberna. Pero me equivocaba, y mucho. Bien, para seguir con la historia donde la dejé la última vez, después de escaparme de la prisión del Sultán me deslicé subrepticiamente hacia la posada donde me alojaba, con la lógica idea de hacerme con mis pertenencias y salir escapada antes de que mi fuga fuera detectada, pero una vez allí me encontré con la desagradable sorpresa de que los soldados del Sultán habían asaltado mis aposentos y habían arramblado con los escasos bienes que me acompañan en mis andanzas: vamos, que desde la espada y la cota de mallas, hasta la última de mis camisas, pasando por las escasas monedas que tintineaban en el fondo de mi bolsa, todo había desaparecido; ni siquiera mi caballo había escapado de la avidez de aquellos desalmados. Solo me quedó una solución, que fue salir con la misma discreción con la que había entrado para evitar que el posadero me reclamara un importe por sus servicios que de ninguna manera habría podido sufragar, y lanzarme a los caminos amparada en mi traje masculino y tapada hasta los ojos, para dejar al descubierto las menores características de mi feminidad posibles.

    Así lo hice, y una vez finalizada la primera parte de la operación llegó el momento de las preguntas. ¿Qué podía hacer con mi vida llegada a este punto? ¿A dónde me dirigiría? Tenía que reconocer que a lo largo de mi existencia me había metido en situaciones de difícil escapatoria, y de todas había salido de una manera u otra. Pero aquello superaba toda la historia de mis lances: no solo no llevaba mi fiel espada conmigo, cosa que me hacía sentir peor que desnuda, ni a mi querido Rayo Blanco que esperaba que pudiera hallar la felicidad y la paz con un propietario menos dado a aventuras, sino que ni siquiera podía arriesgarme a mendigar un mendrugo de pan por temor a que llegara a los oídos del Sultán que todavía andaba por los alrededores: desde luego no hubiera podido hacer mucho contra sus esbirros sin armas con que defenderme ni caballo con el que largarme a toda velocidad. Y para mejorar la cosa, mi situación financiera no me permitía conseguir pasaje en ninguna embarcación que se dirigiera a donde fuera. Tampoco tenía demasiados amigos en la ciudad dado mi carácter independiente y poco dado a familiaridades, y a los pocos que merecían ese nombre no deseaba ponerles en ningún aprieto, así que solo me quedaba una única y poco ideal opción: llegar como pudiera a Sidón para rastrear los pasos de mi viejo compañero, si es que seguía vivo, y conseguir que me resarciera mínimamente de todo lo que había tenido que pasar por su culpa. Así que hasta allí decidí dirigirme, aunque nada convencida.

    No voy a explayarme en las vicisitudes de mi errar por aquellas tierras de Dios, o mejor dicho, tal como estaban las cosas, de Alá. Tan solo os diré que pasé más frío que un estudiante valencian@ de Secundaria antes de ser calentad@ a golpes por la Policía Nacional; que sufrí más hambre y sed que tras la anunciada privatización total del agua y demás bienes de primera necesidad; que me aburrí tanto como si me hubieran quitado de golpe y a la vez el Megaupload, a Bob Esponja (aunque a mí me gusta más ‘Código Lyoko’) y los programas más presuntamente rojillos de RTVE; y que cuando días después arribé por fin a divisar la ciudad del Castillo del Mar, mi agotamiento era igual que el de cualquier hipotecado hasta las cejas y afectado por la Reforma Laboral, obligado a trabajar horas y horas sin extras a las órdenes de un directivo con contrato blindado para no ser despedido gratuitamente por un adinerado empresario que pretextara haber perdido tres céntimos en el último ejercicio. La rabia me consumía y me tentaba regodearme en ideas de venganza, pero decidí ser práctica: en ese momento Némesis no era la más indicada para sacarme de aquella situación. Pero ya llegaría mi momento; antes quizá de lo que muchos se esperaban.

    Sidón se reponía lentamente de la cruel invasión sufrida unos meses antes, entre huertos, palmeras y frutales. Viendo su conocida silueta en la lejanía, con el Castillo del Mar ofrecido como un regalo de los mortales a Neptuno, sentí estrecharse de nuevo, con más fuerza, el lazo que me ataba a aquellas tierras llenas de historia y belleza, que todas las peripecias nunca podrían hacerme odiar. A todo esto estaba cayendo la noche y estimé oportuno descansar un poco antes de plantearme cuál sería la mejor manera de entrar en la ciudad y qué disfraz adoptar, y cómo conseguirlo, para pasar lo más desapercibida posible en el lugar y poder hacer mis averiguaciones. Así que me refugié en un bosquecillo cercano y allí, apoyándome en el grueso tronco de un viejo pino, me arrebujé en mis amplios ropajes, algo estropeados por el viaje y en una situación higiénica que dejaba bastante que desear, y decidí lanzarme en los brazos de Morfeo para recuperar mínimamente las fuerzas.

    Estaba ya a punto de amanecer cuando algo me despertó. Aturdida, escuché unas voces masculinas en cuyos tonos parecía mezclarse el asombro y la inquietud.

    -¡Es una mujer! –oí-. Alguien me destapaba el rostro y me quitaba el turbante, de modo que mi melena, que había crecido demasiado para mi comodidad, estaba revelando peligrosamente mi género. Inmediatamente, sentí unos brazos cubiertos de hierro que me sostenían y unas manos ásperas que me tocaban el rostro. Estas confianzas acabaron de despertarme por completo, y me erguí de un salto no sin antes arrear un par de puñetazos a diestro y siniestro para liberarme de aquellos villanos que osaban perturbar mi intimidad.

    -¿Qué se supone qué estáis haciendo? Retroceded, si no queréis que os prive de la poca masculinidad que debe de quedaros si os atrevéis a agredir en grupo a una mujer indefensa. O supuestamente indefensa, porque si tuvierais la más mínima idea de quién soy yo os habríais marchado ya con vuestros cortos rabos entre las piernas.

    En casos como este, los agresores suelen hacer caso omiso de tus fanfarronerías y te las ves y te las deseas para desprenderte de ellos. Yo ya estaba dispuesta a vender cara mi vida y mi virtud, o más bien lo poco que de ella quedara, cuando comprobé asombrada que los desconocidos, en lugar de atacarme, me apuntaban con sus antorchas para observarme mejor. A su luz, vi que todos estaban envueltos en capas negras, que mantenían pegadas a su cuerpo como si quisieran fundirse con las sombras. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó y, os lo creáis o no, me hizo una cortés reverencia.

    -Mi señora Eowyn de Camelot, supongo. Por fin os encontramos.

    A veces tengo la sensación que soy más conocida que la Moños. Justo cuando más me esfuerzo en pasar desapercibida.

    -¿Qué os hace pensar que soy tal persona? –contesté yo con enfado, sin relajar mi postura. El hombre dio un paso más hacia mí y, sonriendo, dejó que su capa se abriera y se mostrara el conocido hábito blanco con la cruz roja que aparecía en mis peores pesadillas.-. ¡El Temple de nuevo, malditos seáis! –tuve que exclamar, montando en cólera-. Pero ¿es que no me vais a dejar descansar nunca?

    Al recién llegado parecían hacerle mucha gracia mis poco halagüeños sentimientos respecto a su milicia.

    -Contestando a vuestra pregunta, diré que respondéis perfectamente a la descripción que alguien que os conoce muy bien hizo de vos. Esa persona nos envió a buscaros hace ya algunas semanas: ni él ni nadie hubiera pensado que os encontrabais en Tierra Santa, hasta que llegó a nuestros oídos una curiosa historia sobre un tabernero y una mercenaria cristiana en la cual a nuestro común amigo vio rasgos que le recordaron enormemente a vos. Así que nos rogó encarecidamente que averiguáramos qué hacíais por estas tierras, temiéndose una trampa, cosa que desgraciadamente resultó cierta. Después vinieron algunos desencuentros provocados por la mala fortuna, vuestro encarcelamiento por parte del Sultán, la huida posterior y este hallazgo que ha obedecido más a la Providencia que a otra cosa. En realidad pensábamos que estaríais escondida en Damasco, esperando una oportunidad para deslizaros a escondidas en alguna embarcación; de hecho, nos disponíamos a regresar a Chipre a confesar el fracaso de nuestra misión, cuando nos pareció ver un árabe desmayado o muerto apoyado en un árbol y… el resto ya lo sabéis.

    Yo le miré aún con desconfianza. El que su historia pareciera coherente no significaba de ningún modo que también fuera verídica; aunque realmente debía de tener yo tan mala cara como para que hubieran creído al verme que no me hallaba ya, o al menos no me hallaría por mucho tiempo, entre los vivos. Uno de los hermanos, de entre los más jóvenes, se me acercó para ofrecerme un poco de agua, lo que al parecer había sido su intención cuando me sacaron con tal brusquedad del mundo de los sueños; yo acepté, haciendo un gesto mínimamente cordial. ¿Acaso eran ellos los “extraños viajeros” de los que me había hablado Gustaf? La perspectiva no me parecía muy halagüeña: yo había luchado al lado de esa gente en las murallas de Acre, y sabía que en su mayoría eran valerosos y leales, pero también simbolizaban dos de las cosas hacia las que sentía un aborrecimiento creciente: el imperialismo y la religión, sea cual sea. Ambas son enemigas de los desfavorecidos y de las mujeres, y yo me encuadro dentro de las dos categorías.

    -Así que me decís que ese grandísimo hijo de puta, que se mete en líos con sultanes sin importarle a quien puede arrastrar en su caída, está vivo –hablé yo, después de echar un buen trago del líquido elemento, dispuesta a encontrar una grieta en su argumentación

    -Efectivamente -el líder del grupo asintió.

    -Pues entonces, dado el interés que según vos ha mostrado en encontrarme, me resulta extraño que no haya venido él personalmente –conocía a mi viejo amigo: entre sus muchos defectos, destacaba que era incapaz de delegar, y eso no me producía ninguna confianza.

    Mi interlocutor aguardó unos segundos antes de contestar, moviendo los labios como si estuviera meditando bien su respuesta.

    -El médico le desaconsejó viajar y el comendador de Limasol se lo prohibió encarecidamente –dijo al fin.

    -¿Ha enfermado? –me interesé yo.

    Una nueva pausa.

    -Digamos que tuvo un encuentro con… alguien… y resultó herido. No gravemente, pero sí de consideración –la manera en que pronunció la palabra “alguien” me resultó extraña. Ahora callé yo, pensando de qué manera formular la próxima pregunta para conseguir la máxima información, ya que el templario parecía algo reacio a suministrarla. Pero fue más rápido que yo-: No temáis. Os aseguro que está fuera de peligro.

    Suspiré.

    -Me dejáis mucho más tranquila. Y ahora que está todo arreglado y que os habéis enterado del motivo de mi visita a estas santas tierras, os pediría que me proporcionarais algo de dinero  y víveres, unas armas y un caballo y que consiguierais meterme en el primer barco que zarpe para Barcelona. No os lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada indirectamente por culpa de vuestra orden, y seguro que vuestro Dios os lo pagará con muchos hijos, o con el equivalente en casos como el vuestro. Y a nuestro común compañero podéis decirle de mi parte que le perdono, que se mejore rápidamente y que ya nos volveremos a encontrar en el Paraíso. Hala, arreando, que tengo prisa.

    El monje guerrero lanzó una sonora carcajada. Al parecer, y por alguna desconocida razón, yo le divertía mucho.

    -¿Tenéis suficiente con esto? –uno de los freires avanzó de entre la comitiva. Llevaba de las riendas a mi Rayo Blanco, con su correspondiente silla y todas las alforjas cargadas con mis escasas pertenecías, mi espada incluida. No pude evitar un grito de júbilo ni una mirada de agradecimiento y me precipité a abrazar el cuello de mi caballo, al que pensaba no volvería a ver nunca más. Oí la voz del líder del grupo detrás de mí.

    -No fue difícil recuperar vuestras cosas cuando supimos que os las habían, por decirlo de una manera, confiscado. Lamentablemente no tuvimos tiempo de liberaos de vuestra prisión pues vos os adelantasteis. Así que es lo único que pudimos hacer para purgar nuestra “culpa indirecta” como vos la habéis llamado. Sé que no es suficiente, pero que sirva como un anticipo.

    Le miré con algo que casi parecía afecto. Soy bastante parca en palabras y en gestos cuando se trata de expresar sentimientos, pero en ese momento le hubiese pegado un beso en los morros si no hubiera sido porque no me apetecía que se malinterpretaran mis motivos. De todas maneras, creo que él me entendió.

    -Solo os pido una cosa: tenéis que acompañarme. Haréis muy infeliz a vuestro antiguo camarada si os negáis a venir. Él os guarda un sincero afecto y lamentaría profundamente no poder disculparse ente vos por los problemas que involuntariamente os ha ocasionado. Tal vez no tenga derecho, pero…

    Yo deseaba dejar las cosas como estaban: Tierra Santa, a pesar de lo que yo la amaba y me identificaba con ella, se estaba convirtiendo en un lugar demasiado peligroso para mí, y no precisamente por las persecuciones del Sultán, mis problemas laborales ni mis reivindicaciones de consumidora; y lo peor es que no sabía exactamente en qué consistía el riesgo, o si lo sabía, pero no me apetecía en absoluto reconocerlo ante mí misma. Aparte de que me negaba a ser cómplice de ninguno de los dos bandos en lucha por aquella codiciada zona, condenada a no vivir en paz en ningún momento de su historia; aquello tenía que acabarse en algún momento, y aunque yo no sabía qué hacer para conseguirlo desde luego que no deseaba confraternizar con ninguna de las partes implicadas.

    Y no obstante comprendí que, por honor, tenía que aceptar la petición del templario.

    -Está bien –concedí-. Os acompaño. Pero solo hasta que salga el primer barco de vuestro puerto. Luego olvidaos de mí para siempre. He tenido suficiente de órdenes religioso-militares para el resto de mi vida.

    Siempre sonriendo, él asintió con la cabeza.

    -Acepto vuestras condiciones. A propósito, mi nombre es Guillaume de Nantes –no añadió ningún título que concretaras su jerarquía dentro de la Orden, y yo no le pregunté: su orgullo y seguridad le señalaban como alguien importante, y la verdad es que yo me perdía un poco con los mandos templarios.

    -Pues encantada. Y no me tratéis con tanta ceremonia, que no soy noble. Y ahora, si me perdonáis y me suministráis un poco de agua, me gustaría cambiarme de ropa y proceder a mis abluciones matinales, que si no me aseo mínimamente al levantarme no soy persona –hurgué en mis alforjas buscando ropa limpia y mi añorada cota de malla. Después procedí a quitarme las prendas que llevaba, ante el escándalo generalizado de los pudorosos monjes, que cubrieron castamente sus ojos con unas manos entre cuyos dedos advertí, no obstante, bastantes grietas. Guillaume, que no dejaba de mirarme como si yo fuera la cosa más graciosa del mundo, hizo un gesto a sus hombres exhortándoles con un gesto a abandonar aquel claro:

    -Os dejamos sola, dama Eowyn. No deseamos acumular más faltas en nuestras pecadoras almas. En cuanto a vuestra falta de nobleza, tal vez deberíais dejar que la juzguemos por vuestros actos–y tras estas misteriosas palabras desapareció en la espesura no sin antes acercarme un poco de agua. Yo me quedé riéndome a carcajadas para mis adentros: qué triste sería la vida si no pudiéramos escandalizar un poco a los fundamentalistas católicos. (sigue)

    Se acabó

    ¿Qué se puede decir que no se haya repetido ya hasta la saciedad? Sobre la destrucción sistemática de las conquistas sociales y el Estado del Bienestar que tanta sangre costaron a nuestr@s abuel@s, sobre la guerra sin cuartel que los psicópatas mercados han desatado contra la ciudadanía global, sobre las acciones concretas de sus cómplices en el Estado español, Rajoy, Mas y satélites, y su ofensiva sin precedente contra la Sanidad, la Educación, la Memoria, la libertad de prensa, religiosa y de opinión, la mujer, los servicios básicos, la seguridad laboral… la paz de la población, en suma. Lo hemos repetido en innumerables ocasiones, y sin embargo parece que no se ha dicho lo suficiente, porque cuando hablamos parece que solo nos responden oídos sordos y, la mejor de las veces, brazos sin fuerza.

    Pero tal vez es que se acabó la hora de las palabras.

    Mientras tanto, aquí os dejo un traducción de una más de las mentiras que el PP quiere insertar a fuego en nuestro cerebro gracias a sus canales de manipulación. Por si alguien aún no lo sabía. Por si sirve de algo.

    http://youtu.be/gW0qhjUR86g

    Difunden este vídeo los blogs: Ciberculturalia, Relatando desde el Bajo Llobregat, Ventanas del FalcónKabila y Quien Mucho Abarca

    En la cárcel de la democracia: cantos de guerra

    (Viene de) La noche había caído. Por el ventanuco de la amplia mazmorra de piedra, donde me hallaba en la más absoluta soledad, como si se hubiera reservado en mi honor, vi una luna llena que se derramaba por las calles de Damasco. Oí un sonido suave procedente de la puerta de entrada y comprendí aterrada que había llegado el momento; pero me equivocaba: en lugar del sultán, sus matarifes y sus instrumentos de tortura, quien había entrado era una joven morena, muy guapa, que se dirigió hacia mí sigilosamente. Cuando estuvo a mi lado me susurró:

    -Sé que sois amiga del cruzado que estuvo aquí hace meses. Era un buen hombre. Deseo con todas mis fuerzas que se encuentre bien.

    -¿Sabéis acaso dónde puede estar? –ella dudó-. No –la tranquilicé yo-, no pienso revelar su paradero, pero me gustaría poder encontrarlo si algún día, aunque nada parece indicarlo, salgo de aquí. La esperanza nunca se pierde… pero tenéis razón, no me lo digáis –no me fiaba de mí misma: era mejor que no supiera nada: así, pasara lo que pasara, hicieran lo que hicieran, no podría traicionarlo. Me mordí los labios: seguramente me estaba comportando como una verdadera pringada.

    -No sé dónde puede estar –replicó ella-. Huyó con Samira, una de las chicas del harén.

    Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Menudo mosquita muerta que estaba hecho el compañero.

    -Ella tenía una misión –continuó la joven-. No era una de nosotras. Y quería que vuestro amigo la ayudara. Una misión importante, realmente importante. Algo por lo que estaba dispuesta a dar su vida… Creo que Samira ha muerto. Lo presiento. Y tal vez vuestro amigo ha muerto con ella.

    Se me heló la sangre.

    -No digáis eso. Tal vez hayan conseguido acabar con éxito la misión, sea la que fuera, y ahora están viviendo felices y comiendo perdices en cualquier sitio. Pero, en cualquier caso, ¿por qué me contáis esto?

    Ella suspiró.

    -Porque no quiero que muráis vos también.

    -Bueno, en eso coincidimos -apunté yo.

    -Alguien como vos no merece acabar así. Sois una guerrera, dueña de vuestra vida, no… -miro hacia el suelo, con tristeza- una cobarde esclava incapaz de rebelarse a su destino.

    Sonreí con amargura.

    -Pero criatura –le dije, pasando al tuteo-, no seas tan dura contigo misma. Nuestras circunstancias son diferentes y no podemos saber qué habría sido de nosotras si estas estuvieran intercambiadas. Yo le he tenido muy fácil en el fondo, siempre había alguna puerta por la que huir, aunque fuera hacia delante. Tú, sin embargo… Además, no tengo nada de lo que enorgullecerme. Peleo por dinero, y también me someto a mis empleadores por un par de monedas, dejando de hacer otras cosas que son más necesarias: no hay honor en eso.

    Ella levantó la mirada: tenía los ojos húmedos. Acercó a mis labios una copa y yo, sedienta y confiada, bebí sin preguntar. Sentí una pesadez en los ojos, no sabía si por causa de la bebida o es que Morfeo me vencía después de aquel largo día llenos de vicisitudes. Casi entre sueños, escuché su voz alejándose.

    -Si vuelves a verle, dale las gracias.

    -No dejes que nadie te convenza de que no puedes ser la dueña de tu destino –le recordé yo, casi incapaz ya de articular las palabras.

    No sé cuánto tiempo dormí. Mientras abría los ojos me sentí ligera, casi liberada: al principio pensé que la muchacha me había dado algún tipo de sedante que me permitiera aguantar mejor el dolor de la tortura; después comprobé que no era exactamente eso. Aunque mi sensación de alivio se vio gravemente menoscabada por la presencia de Gustaf, que estaba mirándome fijamente, a pocos centímetros de mi cara. Hice un gesto de repugnancia.

    -¿Qué quieres, hediondo gusano? ¿No has tenido suficiente aún? Anda, acércate si te atreves que te voy a arrancar el ojo de un mordisco. Aunque luego me pase días vomitando.

    Él no se dio por aludido.

    -Eowyn, vas a hablar. El sultán vendrá pronto con sus hombres y te garantizo que no van a ser dulces ni amables contigo; es un gobernante liberal y amigo de su pueblo –sí, claro, como todos-, pero no es buena idea oponerse a sus deseos. Será mejor que hables. Por tu bien y por el nuestro.

    No puede evitar soltar una risotada.

    -Me siento conmovida por lo preocupado que estás por mi bienestar. Pero tonto del culo, ¿no te das cuenta de que le has vendido humo al sultán? ¿Qué pretendes que le explique, si nada sé? ¿Quieres acaso que me lo invente? ¿Acaso piensas que un hombre de estado bregado en batallas diplomáticas y que ha ganado guerras y conquistado castillos con la correlación de fuerzas no siempre a su favor se va a dejar engañar como un idiota por nosotros? Lo que deberías hacer es decirle que todo ha sido una volada tuya, pedir mi liberación y asumir las consecuencias de tu codicia y tu apresuramiento. Vamos, pórtate por una vez como un ser con una mínima categoría humana.

    Pero él no parecía demasiado animado a seguir mi consejo.

    -¡Sabes algo! –se empecinó, chillando como una mona histérica-. ¡Tengo pruebas!

    -Los cojones tienes pruebas –rebatí yo-. Lo que te pasa es que estás cagándote de miedo. Os habéis metido en un lío, tú y tu amiguito, del que sabéis perfectamente que no vais a salir bien parados. Lo que me van a hacer a mí no va a poder compararse ni por asomo a lo que harán con vosotros –y, haciendo un teatral ademán de alzar mis encadenadas manos al cielo-. ¡Dios mío, quién lo iba a decir, existe la Justicia, al fin! No en las tierras de Castilla, Aragón y territorios limítrofes, por supuesto, pero sí en el resto del mundo! ¡Os van a dar para el pelo!

    Aunque no entendió ni papa, obviamente, de mi exabrupto, lo esencial sí lo captó. Me echó las manos al cuello.

    -¿Te atreves a negarme que esos extraños viajeros que preguntaron por ti ayer por la mañana, cuando estabas fuera de la ciudad, no venían de parte de tu amigo el templario? ¿Es que acaso no ibas a marcharte con ellos? Yo les dije dónde encontrarte.

    Yo no salía de mi asombro ¿Unos extraños viajeros?

    -¿Se puede saber qué estás diciendo? –incluso un inútil como él hubiera adivinado por mi expresión que todo aquello era nuevo para mí. Su expresión se trocó en una de aterrorizada decepción total.

    -Entonces… ¡es cierto! ¡No sabes nada!

    -Joder, hace tiempo que intento decírtelo –me resigné yo. Empezó a pasear por la celda como el proverbial león enjaulado. Al final se detuvo y me espetó.

    - Tienes que decirles algo. Si no, nos matarán a los dos y no será precisamente rápido…

    -… eso también hace tiempo que intento decírtelo –le interrumpí.

    -¡Piensa! –continuó, sin hacerme caso-. Tú conoces a tu amigo. Sabes dónde podría estar. Dónde se escondería si tuviera que hacerlo.

    -Cree el ladrón que todos son de su condición. Él no se escondería. Plantaría cara –respondí yo, orgullosa. Pero no podía quitarme de la cabeza a aquellos extraños viajeros que me buscaban con los que al final, no sabía por qué, no había llegado a coincidir. ¿Los había enviado él? Si era así, ¿por qué no había venido en persona? ¿Y dónde podía haberse metido? Era de suponer que no se había refugiado en Chipre, después de las últimas derrotas cruzadas, pues entonces el sultán ya le había localizado… Vamos a ver, pensé, él huyó de aquí a principios de verano. ¿No hubiera sido lógico que hubiera querido reunirse con sus compañeros en Sidón, si es que la misión de Samira no le llevaba a otro lugar? Miré a Gustaf: maldición, ellos sabían mucho más que yo. Y lo peor es que ni se daban cuenta.

    -Me niego a atrapar una jaqueca por pensar para ti –negué con determinación-. Que él esté donde le haya llevado el viento. Nunca te ayudaría a descubrirlo, ni aunque fuera más fácil de lo que es. Aunque me maten de la peor manera, jamás seré tu cómplice.

    Pensaba que Gustaf iba a tener un acceso de rabia, pero se limitó a mirarme con impotencia y luego paseó en círculos por la mazmorra, de nueva. Era evidente que deseaba decirme algo y al mismo tiempo dudaba si era la opción más inteligente. Pero al fin…

    -En Sidón, tu amigo se hizo con un objeto de poder que el sultán desea. Algo que solo puede tener la persona más poderosa de este mundo, y todo apunta a que el sultán puede llegar a serlo. Si cayera en otras manos…

    Tal vez vosotr@s consideréis que mi situación no era para tomármela a broma. Y seguramente tenéis razón. Pero tras escuchar afirmaciones como la que acababa de oír, solo me quedaba una alternativa, y efectivamente esa es la que adopté: sufrir un ataque de risa, una risa más amarga que alegre, aunque con potencia tal como para despertar no solo a los habitantes del castillo sino a todo el vecindario, si las paredes de aquella celda no hubieran sido tan gruesas. Gustaf se quedó mirándome con la boca abierta y, creo yo, con un hilillo de baba chorreándole por la barbilla.

    -¿Y qué va a suceder si el pretendido objeto de poder cae en otras manos? ¿Es que acaso otorga el poder de hacer la Revolución y triunfar en el intento? Gustaf, ¿te estás oyendo a ti mismo? La verdad, me has decepcionado. Nunca te he pensado que fueras demasiado listo, pero al menos creía que tenías un cierto criterio. Y ahora me vienes con objetos de poder. ¿Quieres que te enseñe un verdadero objeto de poder? Pues aquí tienes: ¡mira, hago magia!

    De un rápido movimiento de manos y pies, me liberé de mis grilletes: hacía un rato que me había dado cuenta de que estaban abiertos: la joven del harén, amiga de Samira, se había arriesgado a perder la vida por el recuerdo de la amabilidad de mi viejo compañero de armas y, tal vez, por mí. Pero a Gustaf no se le ocurrió una explicación tan racional.

    -¡Eres una bruja sierva del Diablo! –me señaló con pavor-. ¡Vade retro, Satanás! ¡Socorro, a mí la guardia! –Gustaf siempre me había guardado bastante respeto: creía que yo sería capaz de vencerle con mis solas manos a pesar de mi evidente desventaja física. Y no se equivocaba.

    -Puedes gritar todo lo que quieras, traidor. Esto es lo que en siglo XXI se llamará una estancia insonorizada. Ven, que te voy a dar objetos de poder. Mis puños, por ejemplo –le golpeé sin piedad, no era el odio el que me movía, tenía demasiados candidatos al aborrecimiento como para preocuparme de un pusilánime de aquel nivel. Pero me interesaba dejarlo fuera de combate cuando antes-. Eres un estúpido. ¿Ni siquiera puedes emplear la religión y las supersticiones para mantener austeros, sacrificados, serviles y contentos a los oprimidos de la Tierra, como hace toda la gente de tu calaña, esos gobernantes corruptos e insultantemente ricos a los que sirves? –no dejé de golpearle hasta que cayó al suelo-. ¿También tienes que creértelas? Has caído en tu propia trampa, tú y los que son como tú fomentan la falta de información, la falta de debate, la ausencia de ideas propias; sois los que queman libros, lo que cierran las escuelas de los pobres o las dejan sin recursos. Pero la filosofía que os habéis inventado os ha acabado dominando. ¡Entérate bien! No hay objetos de poder místicos, ni magia, ni un paraíso donde nos redimamos, ni un Dios bondadoso que hace permite estas salvajadas, como las Cruzadas y sus consecuencias, por nuestro bien! Ni siquiera hay bien en esta Tierra, no hay amor ni amistad, solo gente que se esfuerza por aprender y tiene el valor de asumir que estamos solos y abandonados aquí y que solo nos resta hacer lo que podamos e intentar colaborar, y por otro lado seres como tú, cobardes que pretenden conjurar el miedo a base de acumular riquezas y poder sin cuento. ¡Me dais asco! Aunque me alivia el pensar de que no os queda mucho tiempo de dominio. Solo unos pocos siglos. Y te prometo que me encargaré personalmente de que llegue vuestro fin –ya en el suelo, yo le pateé los riñones con algo más de fuerza de la que hubiera deseado: la tremenda injusticia del sistema al que él servía dócilmente me sublevaba. Pero al final pude respirar hondo e intentar contenerme.

    No podía perder más tiempo. Aprovechando que lo había dejado sin posibilidades de defenderse, le quité la ropa, le vestí con mi sucia y rota camisa, le arrastré hacia la pared y cerré los grilletes en torno a sus tobillos y muñecas. Él soltar débiles lamentos mientras yo me vestía con sus ricos ropajes de estilo árabe (que, por suerte, estaban limpios y casi hasta perfumados; el siglo XXI me ha acostumbrado a la higiene y no hay mañana en que no me tire un buen caldero de agua por la cabeza, al menos si encuentro agua y leña para calentarla). Desde luego, él era mucho más repugnante que sus hábitos. Y así, con la cabeza baja y el turbante ocultando mi pelo, amparada en la oscuridad y confiando en que ninguno de los soldados de la guardia se diera cuenta de que la ropa me iba un par o tres tallas grande o advirtiera algún atributo femenino asomando por ahí, me dirigí a la puerta del castillo, saludé y salí tranquilamente, rogando a los dioses paganos en los que no creo por el bienestar de la joven que me había salvado y prometiéndome que volvería a buscarla; de momento, ella estaba a salvo: sabía que toda la culpabilidad de mi huida recaería en Gustaf.

    De pronto, me hallé en las calles de Damasco, rodeadas por el desierto cercano cuyo aroma se me presenta como una llamada a la aventura. Sobre la sugerente y acogedora urbe medieval, bella y sensual como el juego de luz y brillos de los diamantes y fuerte como la voluntad de luchar sin descanso, no tan diferente a las del siglo XXI, se me superponen otras imágenes; las salvajes instantáneas de otras ciudades cercanas, Homs y Alepo, víctimas de bombardeos y atentados con armas modernas en una guerra tan absurda como todas donde aunque algunos creyeran luchar por la libertad, solo iban derecho a una tiranía mayor, y ni siquiera más solapada. Nada merece ese precio, nada, y menos que si se ha subvertido la rebeldía de un pueblo en aras a unos intereses foráneos muy distintos. Tenía que volver al maldito siglo XXI, volver e intentar evitar, con las escasa armas de las que disponía, que se perpetuara la lógica de la guerra intervencionista, en Siria, Irán o donde fuera, ahora que los imperialistas, tras manipularnos con su crisis, se creen fuertes para emprender acciones para las que no se habían sentido preparados antes, a pesar de sus enormes deseos.

    Y, sin embargo, algo me empujaba a quedarme allí. Para advertir a mi loco amigo de que la baratija a la que había echado el guante era considerada algo capital para mucha gente; sí, a aquel descerebrado que no sabía meterse en líos sin arrastrarme a mí a ellos, por cuya culpa había estado a punto de sufrir “algo peor que la muerte”, y que por si fuera poco andaba por ahí holgando con las huríes del paraíso de Alá mientras yo tenía que renunciar a nobles y hermosos caballeros por ir a buscarle. Malditos intereses particulares, por estúpidos que sean siempre acaban oponiéndose al bien común.

    En la cárcel de la democracia: abusos laborales

    Aquello era injusto. Muy injusto. Lo más injusto imaginable. Era tan injusto que ni incluso la gran pantomima de la justicia española, aceptada cobarde y/o acríticamente por l@s ciudadan@s del país, no se podía comparar con lo que me estaba sucediendo ni lejanamente. Porque ¿qué importancia tiene que los asesinos o sus herederos, los corruptos y sus cómplices, denunciaran al juez que trataba de juzgarlos y encima consiguieran que este fuera condenado mientras ellos seguían libres, al igual que todos los demás estafadores del pueblo, cuando yo me encuentro aquí, en febrero de 1292, encadenada en un frío sótano de las mazmorras de la ciudadela de Damasco? Y sin haber cometido absolutamente ningún delito… que no sea hablar demasiado.

    Pero es que mi lengua me pierde. En todos los sentidos. ¿Por qué cojones habría aceptado acompañar a Gustaf y a Karl a Damasco? Supongo que sus falsos elogios confundirían mi vanidad; y la perspectiva de quedar como una heroína salvando a mi antiguo compañero de las garras del sultán de Egipto (o “Califa de Damasco” como le llamaban, los muy incultos, con tal convencimiento que hasta yo me creí que el Califato había vuelto a Siria) tampoco ayudó mucho. O, joder, tal vez estaba sinceramente angustiada por la suerte de un hombre que me había salvado la vida por lo menos tantas veces como yo se la había salvado a él. Vale, de eso se trata entre compañeros de armas, pero bueno, había un cariño… Así que ya me veis, soportando una travesía marítima que en esta ocasión fue más corta, gracias a la ligereza y rapidez del barco y a las condiciones meteorológicas favorables y, una vez en Damasco, haciendo sutiles averiguaciones en las tabernas sobre las posibilidades de entrar en el Palacio para rescatar al jodido templario. Pero al parecer las averiguaciones no fueron tan sutiles, porque una noche, cuando me hallaba soñando con un paraíso de independencia económica, sabrosos manjares, cálidas estancia y atractivos hombretones, me vinieron a sacar de la cama los soldados del sultán en la mejor tradición franquista. Què volen aquesta gent que truquem de matinada? Pues qué iba a ser, mi cabeza de lengua excesivamente suelta. ¿Qué diría el sindicato de mercenarios si lo supiera? Nada, probablemente. Son tan poco combativos y tan traidores como CCOO y UGT. Y ni siquiera podemos aducir en su descargo lo que afirmamos acerca de los sindicatos supuestamente de izquierdas del siglo XXI: que en sus bases nadie presiona a las cúpulas y que es muy difícil afiliar y movilizar a los trabajadores, por apoltronamiento y manipulación, lo que facilita a la patronal inducir a los dirigentes a firmar pactos de supuestos males menores que solo conseguirán desprestigiarlos más, con lo que el poder económico y político matarán dos pájaros de un tiro. Una ventaja tiene todo esto, de todas maneras: a partir de ahora no voy a tener que recurrir a la magia para efectuar viajes al pasado. La reforma laboral del PP lo está consiguiendo de manera natural. Que el diablo se los lleve. Y sobre todo que tengas mucho cuidado de aquí en adelante; no apuesto demasiado por la integridad física de los responsables después de este nuevo atentado de terrorismo de Estado antisocial.

    Pero mis reflexiones tuvieron que interrumpirse en aquel punto. Precisamente, el mismísimo sultán de Egipto, Al-Ashraf Khalil, envuelto en ricas telas, entraba en ese mismo momento acompañado de un nutrido séquito por la puerta de mi celda, entre estruendos de llaves y bisagras chirriantes. Se detuve delante de mí y echó una mirada socarrona a mi lamentable figura encadenada y envuelta solamente con una camisa desgarrada. Pero antes de que pudiera dirigirme la palabra, me encaré con él.

    -¿Vais a explicarme de una vez qué es lo que hago yo aquí? ¿De qué crimen se me acusa? No creo que haber encarcelado a una de las más apreciadas súbditas del rey de Aragón -mentira podrida: Jaume Dos Palitos y yo no nos podíamos ver ni en pintura- ayude a mejorar vuestras relaciones con la Corona, que ya están un poco estropeadas después de vuestras pretensiones imperialistas. ¡Luego querréis firmar con él tratados de ayuda militar, y os sorprenderá que los rompa!

    Me vi obligada a interrumpirme. Un soldado de la comitiva real avanzaba hacia mí con la mano extendida, mientras atronaba:

    -¡No te atrevas a dirigirte en esta forma a mi señor? –yo cerré los ojos, esperando una soberana hostia; pero el aludido parecía estarse divirtiendo.

    -Déjala –detuvo a su empleado-, me gusta su manera de hablar. Es un saludable cambio después de tantas concubinas sumisas –y dirigiéndose a mí-. Lamento comunicarte, dama Eowyn, que sé más de ti de lo que tú crees. Y la información de la que dispongo apunta a que al rey de Aragón no le causaría gran pena tu encarcelamiento ni tu eventual ejecución. Es más: creo que incluso me lo agradecería.

    Yo me encogí de hombros, al menos todo lo que permitía las cadenas que sujetaban férreamente mis pies y manos.

    -Bueno, yo no tentaría a la suerte, si fuera vos. Y ahora, ¿vais a decirme de una vez lo que queréis de mí?

    Su sonrisa se hizo más amplia.

    -No me detendré en circunloquios. Sé que has estado hablando con mis hombres, interesándote por la suerte de un cruzado que estuvo, digamos, hospedado en mi palacio…

    Yo opté por ser sincera. Raras veces es la mejor estrategia, pero en ese momento estaba segura de que lo sería.

    -Es un viejo amigo y estaba preocupada por él. Me enteré de que protagonizó una fuga espectacular de estas mazmorras, ayudado por una de vuestras concubinas que al parecer no era tan sumisa como decís que lo son las demás. Pero desgraciadamente no he averiguado más. Desde que salió de aquí, su rastro se pierde.

    Una serpiente rastrera y repugnante se deslizó desde detrás del sultán, surgiendo de la semioscuridad de las antorchas, y ocupó el primer plano. Casi no pude creerme lo que estaba viendo: era Gustaf.

    -¡No la creáis, señor! Ella sabe algo. Estoy seguro de que se han encontrado, o van a hacerlo. Probablemente incluso sepa dónde está el objeto.

    ¡Maldito traidor vil y fementido! Lo entendí de inmediato: todo había sido una trampa. Los avida dollars de Karl y Gustaf habían oído decir que el sultán buscaba a mi amigo y habían recordado que justamente ellos sabían quién era la compañera de armas más cercana del mismo. Fueron a buscarme para venderme, y si no lo habían hecho antes era porque esperaban que yo consiguiera la información. Pero ¿qué les hacía pensar que ya la había encontrado? ¿Y qué se referían con eso del “objeto”? Escupí en la cara de mi ex patrono (supongo que en esas circunstancias una puede dar una relación laboral por terminada).

    -Gilipollas hijo de puta, eres aún más imbécil de lo que creía. ¿No entiendes que perderás tu cabeza llena de grasientos pelos cuando el sultán se entere de que le has vendido aire? Pero ¿tan obsesionado estás por acumular monedas que te has arriesgado a colgar tu culo de un hilo tan frágil?

    Una sombra pasó por el granujiento rostro de Gustaf: estaba empezando a darse cuenta de que probablemente se había precipitado. Pero yo sabía perfectamente que no era tan idiota para denunciarme al sultán sin tener pruebas más o menos fiables de que la transacción que le ofrecía era justa. Me rompía las neuronas pensando si acaso yo había averiguado algo importante que no había sabido procesar adecuadamente. Pero el sultán nos ignoró a ambos, e hizo una señal a alguien situado detrás de él. Inmediatamente, siete tíos de aspecto imponente, una representación de todas las variaciones étnicas conocidas en la época, salieron a la luz. Iban medio desnudos y armados con enormes alfanjes. El sultán hizo un gesto de suficiencia.

    -No solo tengo eunucos a mi servicio. Estos esclavos, convenientemente escogidos, me están ayudando a que el número de mi servidumbre se mantenga, sin tener que gastar grandes sumas en el mercado de esclavos –debían ser el equivalente medieval de los medios de comunicación y la telebasura del siglo XXI, que también crean esclavos, e incluso esclavos zombis… Pero no, no iban por ahí los tiros-. Su potencia sexual está acreditada –continuó el sultán, algo socarrón-: dicen que pueden soportar más de diez embates amorosos seguidos.

    Resoplé.

    -Pues me alegro por ellos y por sus mujeres. ¿Y?

    -Sabes que odio la sangre. Como buen mahometano, mis costumbres son infinitamente más refinadas que las de los bárbaros cristianos. Y siguiendo mi costumbre he pensado que tras unas cuantas sesiones con mis hombres seguramente perderás todo tu orgullo y tus reservas a explicarnos tus averiguaciones.

    Pues vaya. Así que iban en serio. Pero buena era yo: no estaban tratando con una doncellita asustadiza, sino con una guerrera experta, o al menos más o menos experta. Y no pensaba dejar que nadie me utilizara. Además, en la Edad Media, las mujeres debemos mantenernos casta y puras, obedecer a nuestros padres y esposos y no abortar a no ser que ellos estén de acuerdo. Bueno, en la Edad Media y en la España 2012 de Gallardón y Mato, que está haciendo honor a su apellido, claro: seguimos con los viajes al pasado. Eché la cabeza para atrás y solté una gran carcajada; esperaba que no se me notara que tenía los ovarios en la garganta.

    -Me imagino que este fue el método que empleasteis con el anterior inquilino de estas celdas. Y me imagino también que fracasó estrepitosamente –el silencio del sultán me indicó que había dado en el clavo. Volví a reír-. Los musulmanes me encantáis. Sois de costumbres tan templadas y estáis dispuestos a hacer tales sacrificios por vuestro Dios que os imagináis que nosotros somos iguales. Pues no, mi querido sultán, pues no. A nosotros nos gusta el cerdo, el vino y la compañía de personas del otro sexo; en algunos casos incluso del mismo. Me temo que en el ánimo de nuestro mutuo amigo el templario sin duda pesó más su condición masculina que sus escrúpulos respecto a su Orden –el jodido cabrón… ¡yo preocupada imaginándole víctima de torturas espantosas y él pasándoselo en grande! Me alegraba por él, pero esta me la pagaba, seguro: si le encontraba vivo, iba a ser yo quien me encargara de matarlo-. En cuanto a mí, bien, me parece que mi fama me precede; sabéis que se me conoce por ser algo ligerita de costumbres, para emplear un giro eufemístico –esa es la reputación que me empeño en fomentar; pero la verdad es que no me como un puñetero rosco. Soy casi patológicamente tímida, aunque no lo parezca, y cuando veo a un tío bueno mi primera reacción no es echarme en sus brazos, sino correr a esconderme. Qué le vamos a hacer, no puedo evitarlo… Pero, lector@s, que quede claro que esto es un secreto entro vosotr@s y yo; no se os ocurra ir por ahí divulgándolo-. Así que si pretendéis hacedme confesar lo que no sé de esa manera… bueno, siempre se puede intentar, ¿no? No os garantizo el éxito, pero lo mismo pasamos un buen rato.

    Le miré desafiante, y él a mí, dubitativo, desconfiadamente cabreado y algo desconcertado. Comprendí que había ganado un poco de tiempo; tal vez no más que unas pocas horas. Pero menos era nada. Él me amenazó con el dedo.

    -Te garantizo que no te sentirás tan bromista dentro de un rato. Te lo garantizo –haciendo una seña a su cohorte para que le siguieran, dio la vuelta y salió de la estancia. El último en abandonar mi prisión fue Gustaf, que me echó una mirada medio inquieta medio amenazadora que no me gustó nada. Enseguida oí el estrépito de la cerradura de hierro y me encontré de nuevo perdida en mis pensamientos. Tenía tanto miedo que no me podía permitir el lujo de temblar: aunque me costara, era el momento de tener la cabeza fría, de encontrar una salida, por angosta que fuera. La verdad, no me fiaba de mí misma. Dejando de lado los palos que he recibido en las manis por parte de los Mossos d’Esquadra barceloneses y su colegas de Madrid, siervos de la dictadura española disfrazada de estado de derecho, nunca me había torturado nadie con algo más fuerte que unos cuantos latigazos y unas bofetadas intrascendentes, o con la visión de algún manjar que mi bolsa no se pudiera permitir, y no tenía ganas de empezar en aquel momento. Y de si algo estaba segura era de mi escasa tolerancia al dolor: no dudaba que a las primeras de cambio iba a contar mi vida con un detallismo propio de Proust. Pero, por otra parte, ¿qué podía explicar, si no sabía nada? ¿Y cuál era la información que Gustaf creí que yo sabía, y por qué? En mis averiguaciones, aunque tenía que beber para así emborrachar a mis interlocutores, siempre me contenía para no caer ni de lejos en la embriaguez. Mas ¿y si alguna vez me había descuidado y había olvidado algún dato crucial, que incompleto había llegado a los oídos de Karl y Gustaf? Si era así, esperaba que no se hiciera la luz en mi cerebro por el bien de mi extraviado compañero… Y, por otra parte, ¿cómo podía convencerlos de que no tenía información que aportarles? Solo me quedaba la ínfima posibilidad de ser más diestra con la pluma que con la espada el momento en que me capturaron. Así que me dispuse a afilar mis argumentos: no sabía el tiempo del que dispondría (sigue).

    Más y mejor info sobre la Reforma Laboral del PP

    -Kabila

    -Punts de Vista

    -Ciberculturalia

    -Viramundeando

    -Más se perdió en Praga

    -Fuente Palmera Times

    -Soto en Cameros

    -Moscas en la sopa

    -El blog de Carlitos Buenaventura

    -El blog de JanGas

    -Ventanas del Falcón

    Se fue uno de los buenos

    Siempre en segundo plano, siempre en primera línea. Fernando Medialdea, Nando, compañero de Maruja (la histórica militante del PSUC-viu y de los movimientos sociales que dejó con dos palmos de narices al mismísimo Trias, alcalde de Barcelona, cuando este iba a entregarle la Medalla de Honor de la Ciudad), murió anteayer. Y ahora el compromiso, la solidaridad, la honestidad, los valores de izquierdas, en suma, están un poco más huérfanos. Justo cuando son más necesarios.

    No me veo capacitada de escribir nada al respecto, así que desfachatademente copio el post del camarada Jordi del blog Del caño al coro. En él cita, entre otras cosas, la última batalla perdida de Nando, contra aquellos que renunciaron a la lucha y además quisieron imponerse con malas artes (ninguna de las dos cosas él la hubiera hecho nunca), y el hecho de que hayan sido los recortes de Mas los que probablemente hayan contribuido a acelerar su fallecimiento, cosa que me llena de una rabia inexpresable, y no solo por él, sino por tantas víctimas anónimas de este miembro de honor de esta Asociación de Psicópatas que gobierna al mundo con sus numerosos adláteres. Rabia inexpresable con palabras, claro, porque conozco otras maneras de expresarla. Y será mejor que no me obliguen.

    Pero os dejo con Jordi. Hasta siempre, Nando.

    Hasta siempre, Nando

    Ayer nos dejó el histórico militante del PSUC y de Comisiones Obreras Fernando Medialdea, marido y compañero fiel de tantas luchas de la respetada dirigente vecinal Maruja Ruiz Martos, más conocida como “Maruja la de Nou Barris”. Todos y todas los que hemos tenido el privilegio de conocerlo y trabajar alguna vez codo a codo con él, tenemos hoy que llorar su ausencia y reivindicar su memoria.
    En cierto modo, también Nando ha sido víctima de la política criminal de recortes en la Sanidad que están impulsando nuestros gobernantes, azuzados por la Banca internacional y los cínicos euroburócratas, pues, padeciendo una grave enfermedad, se le pospusieron y retrasaron intervenciones y tratamientos que deberían, en cualquier caso, haber sido considerados como urgentes.
    En los últimos años de su vida, yo sé que Nando estuvo dolido conmigo, y no sin razón. Él nunca quiso comprender ni disculpar a quienes, en un momento dado, se dejan llevar por el desánimo y abandonan la lucha, ni que sea temporalmente, ni que sea para recuperar fuerzas y recopilar nuevas armas. Como tampoco quiso nunca comprender ni disculpar -y ahí, sí, estuvimos siempre de acuerdo- a quienes, a cambio de una concejalía de distrito o cualquier otro cálido pesebrillo, están dispuestos a abandonar sus principios y traicionar todo aquello por lo que habían luchado.
    La última vez que vi a Nando fue en una asamblea preparatoria del último congreso del Partido; congreso en el que, a la postre, acabaron ganando los que defendían -y defienden- la cálida comodidad del pesebrillo. Es triste que esa última batalla política de Nando fuera una batalla perdida; pero a Nando nunca le asustó ni librar las batallas, ni perderlas. Él siempre fue como esos héroes de la Revolución Francesa que, tras caer abatidos por el fuego enemigo, se levantaban como podían para que siguiese ondeando siempre su bandera. Desde aquí hago propósito de aprender de él, y no desfallecer nunca en el combate, por muy de cara que venga el viento o por adversas que parezcan las circunstancias.
    En personas como Nando y su compañera Maruja era en las que pensaba el poeta
    Bertold Brecht cuando dijo que “hay personas que luchan durante toda su vida, y éstas son las imprescindibles”.
    Hasta siempre, Nando. Tu ejemplo nos acompaña.

    Fraga Iribarne, que estás en los cielos

    Existe el infierno. Está aquí, en la tierra. Y ni siquiera son los otros. Es un infierno para pobres y honrados, para conciliadores y solidarios, para empáticos. Es un infierno donde la peor de las torturas a menudo conduce a una tortura mayor. Es el infierno de las mujeres maltratadas que perdonan a sus verdugos, de los indígenas que solo quieren vivir a su manera, de las víctimas de los terremotos que se prostituyen por un poco de agua, de las madres en la miseria que abandonan a su hijos o han de ver cómo mueren. Al parecer Jesucristo cuando habló del tema se hizo un buen lío. Porque son los malos los que van al cielo, o mejor dicho los que están en la gloria. Dejando tras de sí comunidades al borde de la ruina, barcos hundidos tripulados por incompetentes para que el armador se ahorre una pasta, manifestantes pacíficos muertos a tiros, una crisis mundial de consecuencias catastróficas.

    Pero eso no importa. Creemos que la verdad está de nuestro lado. Solidarios y conciliadores, emprendemos iniciativas muy justas y respetables pero con las que le hacemos el juego al capital, autogestionándonos ante los recortes sociales, pagando y repagando eternamente los servicios que bien nos cobran o que nos recortan, como la sanidad, la educación y la ciencia. Editamos libros de texto gratuitos, retribuimos de nuestro bolsillo a los investigadores que despiden… tal vez creamos así ganarnos el cielo o al menos evitamos luchar demasiado, oponernos demasiado, ser demasiado los malos de esa película que tan bien nos venden. Pero no conducimos Ferraris, ni nos han construido estatuas, ni podemos jugar al golf ni nos han nombrado padres de la Constitución. Estamos haciendo el primo: vivimos sin saberlo en la antesala del infierno y la entrada cada vez parece volverse más grande.

    Fraga  ha muerto hoy, entre reivindicaciones de no pagar el metro y ocupar la Zarzuela, como si de pronto hubiéramos recuperado la sensatez. Pero también entre hostias policiales, que él hubiera aprobado. Fraga ha muerto feliz y en paz, y con su muerte ha muerto un poco más esa justicia posible que en verdad es imposible; los juzgados y condenados siempre son otros. Al menos hasta que dejemos de poner la otra mejilla indefinidamente, creernos los cuentos y hacer el ridículo.

    Ratzinger, las mujeres del PP y el género humano

    El Papa dice que el matrimonio homosexual es una amenaza para la Humanidad; según parece, que te sientas atraíd@ por personas de tu mismo sexo y las elijas para tener relaciones sexuales y/o formar una familia (con todos los estadios intermedios incluidos), algo que se circunscribe únicamente al ámbito personal, es un mal global y además equiparable a catástrofes como el cambio climático, la especulación alimentaria, la trata de personas, la explotación de los más desfavorecidos, las epidemias, los genocidios y la dictadura de los mercados. O mejor dicho, mucho peor, ya que nuestro amado Ratzinger apenas menciona las adversidades anteriormente citadas más que de una manera muy episódica y siempre mirando hacia la cámara.

    Claro que tal vez lo que a Benedicto le asusta es que considera a estas personas una aberración respecto a su género. Si es así, habría que decirle que l@s homosexuales no atacan ni intentan perjudicar a los integrantes del sexo al que pertenecen, o al menos no más que l@s heterosexuales: eso es privilegio exclusivo de las mujeres del PP. Altamente representativos son  los especímenes conocidos como Mato, Cospedal y Aguirre, cuyos ataques contra sus compañeras de género han adquirido unas características de hipocresía, incultura, prejuicio y maldad casi insuperables.

    Pero se puede ir más allá incluso de esta traición: se puede traicionar a la gente que te ha dado su apoyo y su fe, pensando equivocadamente que tú ibas a salvarlos; se puede traicionar a los propi@s conciudadan@s; se puede traicionar a todo el género humano. Estas traiciones, obviamente, forman parte de la idiosincrasia esencialmente tan cobarde como autodestructiva, completamente irracional, del hombre y la mujer: pero nunca se ha combinado un estado tal de resignación e inmovilismo por parte de l@s oprimid@s con una estrategia tan compleja y agresiva por parte de los opresores. Y todo esto me lleva a pensar que si otro mundo mejor es posible, otra Humanidad mejor nunca lo será; que las tendencias de comportamiento que se hallan en el estrato más básico de nuestro cerebro podrán ser domesticadas, orientadas hacia el bien común (yo le llamo socialismo) y hacia la razón, pero nunca erradicadas. Podemos sacudirnos nuestra desmovilización y nuestra pereza intelectual, podemos defendernos, forzar el cambio de las formas, de nuestras costumbres, de nuestros gobiernos, pero nunca les cambiaremos a ellos ni cambiaremos nosotr@s. Igual que ninguna religión imaginable, por mucho que se esfuerce el Papa y los de su calaña, cambiará nuestra forma de relacionarnos.

    Mis problemas con la monarquía (y con toda su ralea)

    Una de las pocas ventajas que tiene vivir en un mundo defectuoso y contradictorio es que en ocasiones el peor de nuestros temores puede transformarse en un gran consuelo. Así, cuando me enfrento al más manido tema en toda la literatura y el arte de la Historia, esto es, la terrorífica brevedad de nuestra existencia y la estremecedora velocidad del tiempo, de pronto me doy cuenta que esto significa que a los grandes psicópatas que nos gobiernan, estos que han estafado a l@s ciudadan@s manipulando sus inquietudes más profundas para luego traicionarlos con la mayor vileza, cebándose cobardemente en l@s que se encuentran en situaciones de mayor indefensión, también han de ver su fin. Rodeados de riquezas y en su cama, como han muerto todos los criminales de este mundo donde no hay ya lucha entre el bien y el mal porque el mal ganó hace tiempo, pero muertos, podridos y malolientes, y con un poco de suerte rabiando por la esterilidad de esa vida que ya se les acaba sin remedio. No obstante, la gente como yo no desea la muerte de los asesinos, sino solo la justicia, esa justicia que ellos y los de su ralea no conocen y que tan mal saben interpretar cuando es demandada.

    El mismo sentimiento es el que me inspiran las fiestas navideñas: lo único que me hace un poco más llevadera su existencia es saber que indefectiblemente han de terminar. Y también quizá la leve esperanza de que el próximo año mis ridículos ahorros me permitirán escaparme a algún lugar situado en las Antípodas de Barcelona, donde si pueden ser profesen la religión musulmana, budista, hinduista, animista o pertenezcan a la secta de los Niños del Arco Iris. No hay diciembre que no maldiga la memoria de los Reyes Católicos y su empeño por lograr la Reconquista española, con lo bien que estábamos con los moros celebrando el Ramadán; y es que la monarquía no trae más que problemas, aunque no se tenga a Urdangarín como yerno y por mucho que en RTVE traten de defender lo indefendible como en la mejor época del poco llorado Urdaci.

    Pero lo mejor de la Navidad es que no te sientes sola en tu soledad, por muy solitaria que seas: en cuanto más familias conoces y más celebraciones frecuentas, más caes en la cuenta de los cúmulos de soledades compartidas que son en realidad la mayoría de las agrupaciones familiares, de cuánto rencor, envidia y desprecio se concentran alrededor de las fuentes repletas de turrones, tras el hipócrita maquillaje de las sonrisitas de compromiso. Nunca he creído demasiado en la familia: es evidente, por mucho que se nos quiera cerrar los ojos al respecto, que una parentela equivale a la suma o resta de sus miembros, y si los integrantes aportan poco que sumar y mucho que restar, no podemos pretender que la familia deba ser algo positivo por el mero hecho de ser eso, una familia; pero obviamente se nos maneja mejor en grandes o pequeños núcleos adocenados que en solitario y con el cerebro despierto. Pues bien, no me arrepiento de haber renunciado a esas engañifas vitales, y menos después de la última de mis aventuras, que viene muy a cuento de estos pensamientos.

    Pues hallábame yo de vuelta en el siglo XIII, feliz de haber escapado de los anteriormente citados festejos, cuando en un pueblo cercano a Girona se me presentó la oportunidad de realizar uno de esos trabajos que me hacen sentir orgullosa de mi profesión y por los que ofrezco un precio muy especial (vamos, que los hago gratis, no es cuestión ahora de presumir de caché). Una joven dama, Isabel, me había contratado para que la ayudara a escaparse de un marido maltratador, aunque más que a base de las ocasionales palizas de las que ella bien sabía defenderse, en realidad la estaba matando sobre todo de aburrimiento. Así, tras deshacer todos los obstáculos físicos y esquivar la vigilancia de los parientes del soso cónyuge, Isabel y yo nos encontrábamos cabalgando en dirección a la Ciudad Condal, en cuyas cercanías se encontraba una viuda que se dedicaba a la profesión de herrera y con la que mi nueva amiga había hecho tratos para ser su aprendiza. Y justo era la conversación de Isabel la que me había llevado a perderme en las reflexiones con las que empezaba este relato.

    -No sé cómo pude tardar tanto en decidirme –meneaba la cabeza, expresando un asombro ya antiguo-. Es increíble que en algún momento viera las cosas de manera diferente a como las veo ahora. ¿Cómo podía sentirme culpable de lo que no tenía nada que ver conmigo? Lamentaría los años perdidos, sino me encontrara ahora mismo celebrando los que me quedan por vivir, ahora sí, en total libertad… o al menos en toda la libertad posible que puede disfrutarse siendo mujer.

    Yo asentí.

    -No lo tendrás fácil -tuve que admitir-. Ninguna de nosotras lo tiene. Desde que el poder descubrió que podía conseguir la colaboración de la mitad de los súbditos para someter a la otra mitad, desde que averiguó que son nuestras mejores cualidades las que pueden funcionar como nuestros puntos débiles, lo tuvimos bastante crudo. Es la empatía de los cojones la que nos hace manipulables, igual que es la honestidad de muchas personas la que les hará ser pasto de los buitres del capitalismo en el siglo XXI. No te sientas culpable de sentirte culpable. Te lo inculcaron desde la leche del primer biberón, hasta que te olvidaste de que eras una persona y no un apéndice. Y así hubieran seguido. Y esto no cambiará fácilmente.

    -¿Ni siquiera en ese futuro del que tanto hablas, como si lo hubieras vivido? –inquirió, curiosa.

    -Me temo que entonces tendrán aún más obstáculos con que enfrentarse a nosotras. Y más armas para manipularnos. Y más cabrones a su servicio para traicionarnos–Joana sonrió al escucharme.

    -Tus exageraciones me divierten, Eowyn –a mí no me divertían en absoluto. Resulta bastante aburrido comprobar que mis más pesimistas idas de olla acababan indefectiblemente convirtiéndose en realidad-. Pero me parece que estamos llegando. ¿Te hospedarás con nosotras? Inés estará encantada. ¡Es lo menos que puedo hacer por ti!

    Sin nada más urgente e importante qué hacer, accedí. La casa de Inés resultó ser sencilla y acogedora y la dueña, con solidaridad femenina, estuvo encantada de alojar a la persona que había contribuido a proporcionarla una ayudante. Y de esta manera, entre amenas conversaciones y las pequeñas tareas que me buscaba para hacerles menos gravosa mi estancia, trascurrieron unos cuantos días. Y en cuanto más tiempo prolongaba mi estadía, más presente se me hacía la certeza de que en breve habría de marchar a estrechar de nuevo la mano de mi soledad nómada. La vida no me ha podido enseñar a entregar mi aprecio a los seres humanos, al menos individualmente: cuando estoy a punto de conseguirlo, algo me hace recordar que estimación suele equivaler a pérdida. Y entonces me voy. Desaparezco. En la taberna de Joana (cuyos problemas fiscales estaban temporalmente solucionados, afortunadamente), situada a escasos kilómetros de la localidad en la que me hallaba y que solía frecuentar por las noches, acompañada a veces de Isabel y a veces sola, solía ensimismarme en esos pensamientos cuando no estaba conversando con mi compañera o entrechocando jarras con Sancho, un caballero leonés afincado por aquellos lares al cual parecía que mis encantos femeninos no le parecían tan escasos como yo suponía que lo eran. Y tengo que admitir que el sentimiento era bastante mutuo.

    -¿Y no has pensado nunca en echar raíces? –me decía Isabel guiñando el ojo, al ver las miradas que Sancho me dirigía desde la mesa contigua.

    -Vaya. Justamente tú eres la menos indicada para preguntarme esto –gruñí.

    -Que yo haya tenido una mala experiencia no significa que todas vayan a ser iguales –contraatacó-. ¿No estás cansada de errar de aquí para allá sin más posesiones que un caballo, una espada y lo que contienen tus alforjas, arriesgándote a perder la vida por luchar por lo que tú crees que es justo? Además, este caballero tiene fama de ser muy valeroso y cortés. Y a la vista está que es muy apuesto. Tiene aspecto de saber qué es lo que quiere una mujer en la cama.

    A tanto no había llegado yo, pero un breve encuentro a la salida de la taberna me había demostrado que el chaval en cuestión conocía otras cosas que hacer con las manos aparte de manejar la espada y la lanza. Y dado lo escasas que son esas cualidades en los hombres de hoy, y de todos los tiempos, lo que Isabel había señalado no dejaba de ser un detalle importante a tener en cuenta. Eché una ojeada evaluativa al caballero, y después recordé ciertos amaneceres y atardeceres que había tenido la inmensa suerte de presenciar, el viento en mi cara cuando espoleaba mi caballo al galope, las ocasionales charlas con los compañeros de armas ante el fuego del campamento, el hecho de que ninguna hipoteca física o emocional me ligaba a nada ni a nadie…

    -No, Isabel –resolví-. Tal vez alguna vez desee o deba echar raíces. Pero no ha llegado ese momento ni lo diviso en mi futuro más inmediato. Soy demasiado rica para arriesgar mi pobreza. Y no te preocupes: aunque algunos me tilden de temeraria, me comporto con prudencia y le tengo demasiado cariño a este cuerpecillo lleno de cicatrices para salir a luchar donde no puedo ganar. Aunque si esta noche no te importa volver sola a casa, quizá sería interesante averiguar si tus impresiones respecto a las habilidades amatorias de Sancho son…

    Desgraciadamente, tan emocionantes aunque poca castas intenciones se vieron inmediatamente truncadas. Antes de que tuviera tiempo de terminar la frase, la puerta de la taberna se abrió y un par de seres bamboleantes aparecieron en el umbral. Me costó bastante reconocer a mis antiguos jefes, Gustaff y Karl. Los dos nórdicos habían sufrido un severo retroceso de grasa en sus ya anteriormente magras carnes, y tenían el aspecto desastrado y exhausto de las personas que llevan varias jornadas de apresurado viaje. Sin solución de continuidad, gritaron a la afluencia de parroquianos:

    -¿Alguien aquí conoce a Eowyn de Camelot?

    Yo, escondida detrás de Isabel, me acerqué sigilosamente a Joana y le susurré:

    -Supongo que en este tugurio habrá alguna salida de emergencia…

    Ella se encogió de hombros.

    -Si te refieres a que necesitas escaparte de esos dos, puedes salir por el ventanuco de la cocina. El aterrizaje, como tú dirías, será blando. Es por allí por donde tiro la basura.

    En realidad, no me apetecía demasiado estar oliendo a porquería varias semanas, así es que decidí afrontar valientemente mi destino y di un paso al frente.

    -Aquí estoy. ¿Quién me busca? Ah, vaya, sois vosotros. Casi me alegro de volver a veros. Pensaba que seguiríais pasando hambre y penalidades en esa isla donde dicen que os abandonó Roger de Flor después de pulirse todas vuestras monedas.

    Gustaf hizo como que ignoraba mi tono de chanza.

    -Afortunadamente logramos escapar de allí en una galera templaria. Pero después… -el mercader se enjugó unas lagrimillas con aire trágico. -… fue mucho peor. Nos capturó el califa de Damasco. Menos mal que dada nuestra elevada posición y la estima que nos profesa Su Majestad –otra vez los reyes de las narices jodiendo las cosas, me lamenté yo para mis adentros- nos liberaron casi de inmediato. ¡Pero los días pasados en ese calabozo fueron terribles! –ahora fue Karl el que tuvo que sonarse la nariz ruidosamente.

    -Nada de esto hubiera pasado si hubieras seguido con nosotros –me acusó Gustaf.

    Me encogí de hombros. No veía qué hubiera podido hacer yo solita contra una cohorte de sarracenos motivados.

    -Pues así es la vida, chicos. Yo estaba bastante liada en esos momentos para ocuparme de vuestra seguridad, por si no lo sabíais.

    -Lo sabemos perfectamente –refunfuñó Karl.

    -Tu valor en las murallas de Acre ha sido muy alabado –continuó Gustaf, evidentemente haciéndome la pelota: no había sido para tanto, cojones-. Eowyn, después de todo esto estamos muy asustados. Necesitamos que vuelvas con nosotros –naturalmente, era ahí donde querían llegar-. No podemos ofrecerte más salario del que te estábamos pagando, nos hallamos en crisis desde la estafa de ese vil y fementido traidor; de hecho, tendremos que pagarte bastante menos.

    Maldita sea. Hay cosas que en todas las épocas son iguales.

    -Ni aunque me ofrecierais todo el oro del mundo –reafirmé. Así soy yo de chula: en un momento de la historia en que la gente va loca por pillar un curro, yo me permito rechazarlo. Ni que estuviera nadando en rubíes…

    Karl me miró con expresión taimada.

    -Tal vez haya algo que aprecies más que el oro…

    Yo le miré intrigada, esperando que continuara.

    -Será mejor que salgamos fuera –invitó, saliendo al exterior seguido por su compañero. Miré a Isabel, que no se había perdido una sílaba de la conversación, y me dispuse a seguirles, llena de curiosidad por ver el desenlace de aquella mascarada. En el exterior de la taberna, el rubio le cedió el testigo a Gustaf, quien empezó:

    -Eowyn, nos ha costado mucho trabajo encontrarte. Pero por fin unos colaboradores nuestros –al parecer esa gente tenía espías hasta en el infierno- nos avisó de que te hallabas en esta aldea. Querida amiga –nadie les había convidado a tomarse estas confianzas-, creemos en ti y te necesitamos para que nos protejas. Tenemos que viajar a Damasco, y cuando te comuniquemos lo que sabemos de esa ciudad tal vez tú también quieras venir.

    No sé qué obsesión tenían aquellos dos conmigo, cuando en cualquier parte podrían encontrar guardias mucho más capaces y hasta más baratos. Tal vez era que nadie más tenía la paciencia de soportarlos. Pero les hice un gesto, animándoles a que continuaran.

    -En Acre te vimos a veces hablar con un templario, un tal… ahora no recuerdo su nombre.

    Yo me estremecí, pero guardé silencio.

    -Tal vez era alguien muy querido para ti… -aventuró, el muy entrometido.

    Respiré hondo.

    -Eso no importa ahora. Está muerto.

    Karl negó con la cabeza.

    -Te equivocas. Sabemos de buena tinta que sobrevivió al hundimiento del torreón. Ahora mismo se halla en las mazmorras del Califa, sufriendo indecibles torturas. Según parece, necesitan una información que solo él posee.

    Yo me había olvidado de mi viejo compañero de armas; mejor dicho, me había esforzado por olvidar. No podía permitirme el lujo de seguir recordando a los amigos muertos, sobre todo cuando tenía tan pocos. Dolía demasiado. Pero aquella noticia me hirió aún más.

    -¿Y bien? –concluyó Gustaf-. ¿No vas a decir nada al respecto? ¿Permitirás que él sufra y te quedarás tan tranquila?

    -Contamos con una buena embarcación -Karl le apoyó-. Llegaremos a la ciudad califal lo más rápido posible.

    Llevé la mano a la empuñadura de la espada y la apreté con rabia. Se habían acabado los días de holganza y libertinaje. Les di la espalda y me encaminé de nuevo hacia la taberna.

    -Marcharemos en cuando me despida –decidí yo con contundencia: en realidad nunca había dudado ni un ápice. Mi cerebro, mientras tanto, se consolaba imaginando cómo separaría la cabeza del Califa de su cuello, tras hacerle probar con creces cada una de sus torturas. Y es que estaba visto que todos los monarcas, fueran de Occidente o de Oriente, no servían más que para dar problemas. Si hasta ni los Reyes Magos me habían traído ni un puñetero regalo.

    Feliz…

    Si fuera una persona como debe ser, y no la excéntrica rara vis (valga la redundancia por el énfasis) a la que ahora leéis, me plantearía el día de hoy una retahíla de buenos propósitos. Pero no puedo, por ejemplo, comprometerme a no fumar porque nunca he tenido esa costumbre (aparte de que a lo mejor voy a tener que hacerlo al revés para integrarme en el nuevo mundo mariano), a hacer dieta porque mi simbólico salario de mercenaria no me da ni para engordar un gramo, ni a ir al gimnasio porque ya estoy bastante agotada de echar carreras delante de los Mossos d’Esquadra (no, si aún tendré que agradecerles mi buena forma física). Por cierto, tampoco a aprender inglés porque se supone que ya sé; creo que anda colgado en algún  lugar de mi habitación un título de la Universidad de Cambridge que acredita que mi dominio de la lengua de Shakespeare es más que notable; lo que pasa es que en ocasiones tengo la impresión de que eso no es más que una creación de mis sentidos, y lamentablemente los anglófonos que hablan conmigo están de acuerdo. Vamos, que a Aznar a mi lado casi se le entiende.

    Y si, además de ser una persona como debe ser, fuera una persona como Dios manda, os hablaría en este post de las cosas importantes a las que me dedicaría este año. Os recomendaría que, como yo, siguierais la Fórmula 1, jugarais al pádel y al golf, rezarais mucho, cumplierais el papel asignado en la familia patriarcal, honrarais a los muertos ilustres y comprarais cantidad de productos de marca, preferiblemente si los responsables de la misma se lucran reduciendo al mínimo más inconcible la seguridad laboral de sus trabajador@s y fomentando el trabajo infantil. Porque es digno de respeto saber enriquecerse, y eso te da la medida de tu validez como ser humano. Y así, comprendería que las medidas de austeridad son necesarias y convencería a mis pobretones subordinados que es por el bien del país que se les bajan los sueldos, se les sube vertiginosamente el transporte, se les retiran las ayudas y las protecciones en sus situaciones de peor indefensión, y se renuncia a todo lo que significa ecología, cultura, investigación, ciencia, educación; mientras que las personas que detentan el poder político y económico en el país no deben sufrir ni el más leve pellizco en sus inconmensurables e ilegítimas rentas porque ell@s son los que están en situación de salvar el país; cosa para que la que, desde luego, han demostrado sobrada voluntad, capacidad y resultados. Y también me ocuparía de que nadie pudiera acceder a la escolarización ni a la sanidad si no puede pagársela, que ni está el país para mantener vag@s ni vamos a permitir que l@s parias aprendan a pensar por sí mismos.

    Y si yo creyera en algo, siquiera en la actual medición del tiempo, os desearía feliz año nuevo. Pero aunque hubiera nacido con capacidad de tener fe, esta se hallaría tan menguada por las circunstancias generales, y tal vez por alguna particular, que incluso el axioma “pienso luego existo” me parece dudoso. Así que solo os desearé que, de aquí en adelante y hasta que se acaben los días, los meses y los años, tengan estos el nombre que tengan, nunca os falte el criterio para entender todas las posibilidades, la razón para discernir cuál es la que más os conviene, el equilibrio para poder pararos a meditar, el valor para tomar decisiones y la fuerza para llevarlas a cabo.  Os deseo también que abunden en vuestra vida las personas que os quieran y a las que querer, esas personas por las que vale la pena vivir y luchar. Y que esta noche bebáis (con moderación, je je), bailéis y os divirtáis como si fuera la última despedida de año de vuestra vida. Que quién sabe… Esta que suscribe os acompañará en espíritu desde el reducto de los raros y los excéntricos donde no existen muchas de esas suertes.

    A la mierda la Navidad (un cuento de solsticio de invierno)

    Todo comenzó cuando, después de casi más de tres meses de inactividad prácticamente total, salí del hospital una mañana de invierno soleada, en las vísperas del solsticio. La estancia en Acre, el pesar por la pérdida de tantos compañeros y la incertidumbre por la suerte que habían corrido otros, combinado con la mala vida que una mercenaria como yo se ve obligada a llegar, habían dejado mi salud bastante tocada. Y los ecos de la actualidad, tanto medieval como futura, que me habían llegado con cuentagotas a través de diversos conductos, no habían contribuido a que recuperara los ánimos. Pero no soy persona que se deje vencer por las adversidades, al menos mientras los viñedos se sigan cultivando, y decidida a probar las nuevas cosechas me dirigí tan rauda y veloz como me lo permitía mi convalecencia a la taberna que regentaba mi amiga Joana, una de las pocas personas con las que podía hablar libremente de mis especiales circunstancias espaciotemporales sin que pensara que estaba para que me encerraran en una torre.

    -En mi vida he pasado tanta hambre -levanté mi jarra de vino e hice un signo a la tabernera-. Eso sin contar la sed, claro. Como tú bien sabrás, eso es algo que el agua no quita, y agua era lo único que me daban en ese sitio. No sé dónde vamos a ir a parar. ¿Cómo podrán venir generaciones futuras sanas y fuertes con esos lamentables tratamientos médicos abstemios? No me extraña que en el futuro las cosas vayan como van.

    -¿Tan terrible será ese futuro del que siempre hablas? -Joana me guiñó un ojo. Obviamente, no creía en mis historias de traslados en el tiempo. Pero las consideraba inofensivas, y le divertían.

    -En el siglo XXI el mundo se desmoronará -contesté, tras otra abundante libación-. Las profecías apunta a que no llegaremos al 2013, y a este paso aún se quedarán cortas. Se está haciendo todo lo contrario a lo que se debería hacer para que activar la economía y preservar los recursos. Y eso es porque no gobierna el más válido/-a o inteligente, sino el inútil más servil o el que ha cometido mayores atrocidades. Como ahora, pero peor. ¿Sabes? Muchos siervos de la gleba viven asfixiados por el feudalismo. Pero el feudalismo no es en realidad un sistema cohesionado, sino tan solo un orden de cosas marcado por las condiciones específicas de este período de la Historia y que le ha venido bien a algunos poderosos. Y ni siquiera tiene alcance global. Pero imagina que todos los señores feudales del planeta Tierra estuvieran conectados por un sistema de información casi instantáneo, y que decidieran unirse y comprar a los estamentos y gobernantes de cada país para quitarnos los pocos privilegios que tenemos. Querida amiga, eso será el futuro. ¡Y pensar que en el siglo XXI le llaman a este tiempo la Edad Oscura! Aunque a algunos aristócratas imbéciles les gustaría volver.

    Joana, dotada de una curiosidad innata que le había hecho adquirir una más que notable cultura para los tiempos, y cuyos razonamientos se podían tener muy en consideración, meneó la cabeza con una sonrisa.

    -Eso que dices es imposible. Supero incluso tus fantasías habituales. No sé cómo no pruebas suerte en la Corte. Seguro que allí les encantarían tus historias.

    Esta es la maldición que ha planeado sobre mi cabeza desde que empecé mi andadura por el mundo: todo el mundo confunde con cuentos de hadas mis historias absolutamente verídicas (aunque, todo hay que decirlo, algo pasadas por el tamiz de la literatura); ¿qué culpa tengo yo de que me pasen cosas que no le suceden a nadie?

    -¿Y por qué crees que es imposible, vamos a ver? -la contesté, no sin antes echarme al coleto otro trago.

    -Pues porque no tendría sentido -respondió ella rápidamente-. ¿Qué más podrían quitarnos? ¿Qué más les podríamos aportar? Tienen todo lo que desean, más de lo que podrían desear. ¿Acaso someternos un poco más, empobrecernos un poco más, conseguir que seamos aún más infelices y que esto redunde en la calidad de nuestro trabajo, les va a proporcionar algún tipo de satisfacción?

    Yo hice una pausa para meditar.

    -Es la pregunta que siempre me he hecho. Pero me temo que la respuesta es sí. Y la razón es que los poderosos, o los mercados, como se les llamará entonces, han entrado en una espiral psicopática. No lo hacen porque tenga ninguna necesidad; lo hacen porque pueden hacerlo. Y porque son incapaces de sentir empatía.

    En aquel momento, como suponiendo una respuesta a mis pensamientos, se oyó un ensordecedor sonido de cascos de caballo afuera. Una numerosa comitiva se aproximaba, y no sé por qué algo me hacía presentir que con no muy buenas intenciones.

    -¡Son los recaudadores del Señor! -exclamó Joana tras otear por la ventana-. Me temo que debemos algunos impuestos.

    Me acerqué a ella y eché un vistazo.

    -Bah, mis cálculos eran exagerados. No son más que siete caballeros, y están bastante flacuchos. Los señores feudales ya no cuidan su capital humano tanto como antes… bueno, peor para ellos. Entre tú y yo podremos vencerlos sobradamente, y seguro que estarán un par de meses sin volver a molestar. Aquí no paga nadie. Coge una banqueta en cada mano, y vamos al lío.

    Joana me obedeció, mientras aseveraba.

    -Un momento como este es ideal para que vuelvas a viajar al futuro. Además, ¿no hablas siempre de lo opíparamente que se celebran allí las Navidades?

    En efecto, yo sentía la llamada del siglo XXI; aún me sentía débil, y un encuentro violento, por muy fácil que fuera, me podría dejar bastante maltrecha e incluso hacerme dar con mis huesos de nuevo en el hospital. En el siglo XXI, por el contrario, me esperaban sabrosas viandas, bebidas exquisitas, el mensaje del Rey y la cacerolada simultánea (aunque según como sería interesante ver cómo se las arreglaba el hombre para salir airoso entre tanto escándalo de su familia)… y esa familia postiza (como todas en el fondo) de votantes del PP de los convencidos que me había tocado en el siglo XXI, las aberraciones del gobierno y los mercados en los telenoticias, los desahucios, saber que la comida que comería y las marcas de ropa y perfumes que habrían comprado todos los asistentes a la cena (menos yo, evidentemente) se han pagado con la sangre de los habitantes de países empobrecidos, los anuncios de rosarios electrónicos en el Teletienda, el peligro de que mi femeninas curvas aumenten hasta límites insospechados por la ciencia… Hice un esfuerzo de voluntad.

    -A la mierda la Navidad -contesté, enarbolando la espada-. Me quedo en la Edad Oscura.

    Feliz Solsticio a todos y todas, a pesar de lo anterior.

    Una nueva esperanza para la izquierda catalana

    Se gestó en la sala trasera de un conocido restaurante del Barri Gòtic de Barcelona, cuando aún se escuchaban las últimas consignas la manifestación del 15 de Octubre, y se inauguró oficialmente el día 3 de diciembre del malhadado 2011 en el Centre Cívic Pati Llimona, a pocos metros del primer local. El nacimiento de la XSUC (Xarxa Socialista Unificada de Catalunya) viene acompañado de ecos de la tradición comunista catalana, recuerdos de la clandestinidad y vocación de actualidad, y creo que tod@s l@s asistentes a ambas reuniones sentimos que estábamos viviendo un momento histórico.

    A nadie se le escapa que el desafío al que se enfrenta la ciudadanía mundial es más decisivo que nunca; los llamados ‘mercados’, que siempre detentaron el poder en la trastienda, no tuvieron suficiente con ello y dieron un golpe de Estado a escala planetaria para detentarlo asimismo a cara descubierta y poder influir con mayor facilidad en las decisiones políticas y así llenar aún más sus infinitas arcas, que nunca corrieron ni el más mínimo peligro de vaciarse. A consecuencia de esto, la democracia, donde la había, ha pasado de ser un engaño a convertirse en una burla cruel, y nuestro Estado del Bienestar, que entre tod@s construimos y entre tod@s mantenemos con nuestro esfuerzo y nuestros impuestos (que eso no se nos olvide nunca) se ha convertido en algo falsamente inviable que ha de ser repagado y repagado para poderse conservar, por si fuera poco con cada vez peor calidad y concedido con una injusta caridad paternalista con tintes franquistas, preñada de reproches por nuestra supuesta ‘mala cabeza’ y por haber ‘fracasado en la vida’. Mientras, se aumenta donde se debe reducir, se reduce donde se debe aumentar y se recorta donde se debe invertir, convirtiendo la economía en un círculo vicioso de pobreza y desigualdades que solo beneficia la acumulación de capitales por parte de los de siempre.

    En este contexto, la izquierda no ha estado a la altura. Y no hablo solamente de esa autodenomenada izquierda que ni ella misma se cree ni se ha creído nunca que lo sea ni aspira siquiera a que nosotr@s lo creamos. Hablo de una minoría más o menos amplia de la izquierda que se supone real, que entre dogmatismos, utilitarismos, tentaciones y miedo de perder el sillón lo que ha perdido es el norte, y ahora emplea métodos antes criticados en sus peores enemigos. Por eso, un grupo de comunistas profundamente crític@s con este estado de cosas, y decididos a empezar un debate que no se concretará en propuestas vacías sino que será sinónimo de acción, hemos decidido fundar esta red, que se enriquecerá con las aportaciones de tod@s l@s camaradas que compartan estas ideas, organizad@s o no, mirando hacia las novedades en cuestiones de organización que nos ha aportado el movimiento 15-M y hacia sus reivindicaciones, que son también mayoritariamente las nuestras.

    Si eres uno de nosotr@s, o si solo sientes curiosidad, puedes encontrar más y mejor info aquí. O puedes dirigirte a la que suscribe si así lo prefieres.

    ¿Y ahora qué, votantes de Mas?

    Funcionarios con los sueldos rebajados. Sí, otra vez. Despidos. Privatizaciones. Copago. Subidas de tasas universitarias, transportes, agua y carburantes. Y esto es solo el principio. Unas medidas que está claro a quienes perjudican y desde luego no es al sector de las población más acomodado, que en muchas ocasiones ha llegado a este punto o por rancia raigambre económica o a base de desacomodar a todos los mindundis que se encontraba en su camino. Ni una sola mención a subir impuestos a las rentas más altas, a reducir los gastos en vuelos business, coches oficiales ni partidas económicas absurdas. Ni un solo ataque a lo más podrido de este sistema, cuyos miembros ya está bien que voten a Mas y lo legitimen: es su representante en la Tierra, su Mesías, el que no morirá, pero si matará, nos matará, por ellos y ellas. Pero es obvio que son los únicos.

    ¿Y ahora qué, votantes de Mas con hipoteca, con peligro real o seguro de desempleo, sin mutua privada ni coche oficial, que tenéis que coger indefectiblemente el coche público para ir al trabajo aunque ya ni os salgan ni las cuentas, universitarios que pronto tal vez dejaréis de serlo dejando la cultura en manos de quienes, en el fondo, la detentaron siempre? ¿Y ahora qué, insisto? Cuando sostengáis a vuestros ancianos padres o a vuestros bebés enfermos antes la puerta de hospitales cerrados o sin médicos (perdonadme la demagogia, pero esto ha pasado, YO LO HE VISTO), ¿nos pediréis que nos manifestemos a la puerta de estos centros sanitarios? Cuando no podáis pagar la receta que necesitáis a causa de vuestra situación económica desastrosa, ¿nos acusaréis porque no asaltamos la farmacia? ¿Esperaréis que ocupemos las Universidades cuando no podáis acceder a ellas? ¿Echaréis la culpa a la desunión de la izquierda cuando os desalojen a golpes de vuestra casa, sin detenerse ante el niño ni ante el abuelo, conminándonos a la acción?

    Pues probablemente sí. Y lo peor es que nosotros y nosotras seremos tan imbéciles que hasta os haremos caso.

    La España del 20N: amargos presagios

    El pueblo ha elegido. No han sido unas elecciones libres ni democráticas (algo imposible con un sistema que permite que el partido poseedor de únicamente el 32% de los votos gobierne, y que una coalición votada solo en una de las autonomías sea la tercera fuerza a nivel nacional). Pero el pueblo ha elegido. Ha elegido los recortes en la sanidad y sus víctimas mortales que la prensa oculta. La perpetuación del sistema de casta en una educació progresivamente más orientada a quien puede pagarla. Los palos de los Mossos d’Esquadra. La criminalización del parado y del inmigrante.

    Porque este país puede tener muchas disculpas, pero ningún perdón. Podemos hablar de que el PSOE ha sido víctima de una crisis económica mundial que ha gestionado mal, aunque el hecho de que haya sido tan virulenta en este Estado se deba al estallido de la burbuja inmobiliaria que creó Aznar. No estaría de más comentar, desde luego, que (la expresión no es mía) el intrusismo ideológico en la derecha que el PSOE viene practicando desde mayo de 2010, vendiendo a su propio país a potencias e instituciones europeas y a mercados, sin la más mínima protesta ni intento de negociación y de la manera más incompetente posible, ha influido considerablemente. Pero el problema español viene de muy lejos.

    Hay pueblos que encuentran su camino en la seriedad, el esfuerzo y la capacidad. España lo encontró hace ya tiempo en la cobardía, el nepotismo y la mísera adulación. Cobardía porque nadie tuvo las gónadas de hacer la transición que necesitaba este país, limpiando a los viejos poderes, y porque no nos atrevemos ni a levantar la voz cuando un país extranjero asesina o detiene a nuestros ciudadanos o trata de reducirlos a la miseria; nepotismo porque estos mismo viejos poderes se van perpetuando por los siglos y los siglos, afines sustituyéndose por afines, sin que alguien tenga valor para meter la mano en esta podredumbre; mísera adulación porque si tú deseas entrar a formar parte de esta élite solo tendrás que prometerles fidelidad eterna y halagarles el orgullo. Y esta es la razón por la que, tanto en derechas como en (supuestas) izquierdas, tengamos siempre a los mismo políticos inexpertos, ineptos, cobardes y débiles, cuando no directamente corruptos.

    Y, sin embargo, el pueblo español no es muy diferente de sus líderes. No encontraréis una empresa en el territorio ibérica con jefes que tengan ideas (ni siquiera hablo de ideas geniales, solo de ideas claras) de cómo proceder para crecer en el mercado: como no sea ahorrar en productos básicos o en empleados básicos, claro, o explotar a estos últimos hasta la extenuación. Porque los valores que rigen en estos sectores son los mismo que lo hacen en España entera. Y en cuanto a los ciudadanos y ciudadanas de a pie, de acuerdo, desde luego que llevamos siglos de mala educación y de desinformación; y por si fuera poco la era Aznar entronizó la telebasura alienante al igual que sentó las bases para la destrucción de la economía de este país. Pero hay algo que no hubieran podido destrozar: la curiosidad. El criterio. Las ganas de saber más. Las ganas, en resumen, de vivir, en lugar de vegetar en nuestros sillones. Y sin embargo nos compraron con una hipoteca a 30 años y un televisor de plasma, y les dejamos a cambio nuestros sueños, nuestra afectividad, nuestras risas; encima les dimos como regalo nuestro cerebro. Nos perdió el orgullo de conseguir tener el coche más grande que nuestro vecino. Y sobre todo nos perdió el mísero miedo a aceptar que estábamos viviendo una gran mentira.

    Desde la transición hemos sufrido gobiernos inútiles, corruptos, vendidos… Pero nunca otro gobierno fue tan nefasto para España como el de Aznar: con él empezo todo: las privatizaciones en masa, la liberalición del suelo que dio inicio a la burbja inmobliaria y su apariencia de prosperidad y que nos ha estallado en la cara (como no iba a suceder durante su mandato… ¡pues que se jodieran los que vendrían después!). Las fronteras se abrieron para dar paso a inmigrantes desesperados dispuestos a aceptar cualquier condición de trabajo, acarreando reducción de derechos sociales para foráneos y autóctonos; eso por citar solo algunas de sus políticas. Y ahora han vuelto. Con el camino allanado, con las voces disidentes convenientemente acalladas, han vuelto. Les hemos hecho regresar. Y ¿qué es lo que nos espera?

    Dice la leyenda que Till Eulenspiegel se dirigió un día al hospital de Halberstadt y se envaneció ante el director de que era muy buen médico y de que podría curar a todos los pacientes y hacer que abandonaran el centro sanitario… por un módico precio, por supuesto.  El director, muy contento, lo contrató. Entonces Till fue cama por cama diciendo a los residentes que su método de curación consistía en quemar al más enfermo para dar sus cenizas a los demás y con ello conseguir que sanaran. Naturalmente, aquello provocó una desbandadada general de pacientes, que corrían hacia sus casas afirmando sentirse maravillosamente bien. Los mismos pacientes volvieron días después al hospital en estado realmente lamentable (como me temo que acabarán muchos de los votantes al PP de anteayer), pero Till ya se había marchado de la ciudad con la bolsa bien llena. Esto ha sucedido en España y probablemente volverá a pasar. La pregunta es cuándo tendremos los redaños necesarios para realizar la limpieza general que se vienen imponenedo desde hace mucho tiempo. La pregunta es que si dejaremos que la debacle llegue a un punto definitivo de no retorno.

    Si es que no ha llegado ya.

    http://youtu.be/XIwHw45RPVo

    Presiento que tras la noche

    Presiento que tras la larga noche de los mercados, precedida y ensayada en el crepúsculo de la transición, del neoliberalismo de los ochenta y de Maastricht, vendrá la noche más larga. La pregunta es ¿podremos encender alguna luz?

    Los poderes económicos se han quitado la máscara convencidos de su total impunidad; el espejismo de la democracia y del bienestar que nos mantenía en la inopia se ha roto. De eso tod@s somos conscientes. Y ahora, en vísperas de que surja un gobierno en España aún más esclavo del sistema que el anterior y con el camino allanado convenientemente por este, habrás más cosas que tengan que caer: nuestros miedos, nuestros prejuicios. Porque poco a poco se desvela la gran mentira que supuso la transición, que permitió que todo cambiara para que todo fuera lo mismo, que entronizó a los mismos tradicionales dueños de España como gobernantes democráticos, en la luz o en la sombra, los ambiciosos, serviles, o en el mejor de los caso inútiles, que han destrozado el país y luego han vendido los restos.

    Poco tenemos que perder ya. Tal vez el inexistente amanecer marcará, o deberá marcar, la hora de l@s valientes.

     

    Dioses, patria y un invierno que no pasa

    A pesar de lo que se oye por ahí, no deberíamos preocuparnos porque la pretendida primavera árabe en algunos países haya derivado en invierno confesional, para más señas, islámico. Y es que el islam tiene múltiples aplicaciones, tanto con respecto a la gobernanza de un país como a la relación con los extranjeros, y si investigáis un poco enseguida las hallaréis.

    Por ejemplo: si tú eres un gobernante dictatorial y te interesa dominar a la mitad de la población de tu país, puedes echar mano del Corán; o mejor, de tu interpretación personal, sesgada y manipuladora de este libro sagrado, que como la mayor parte de los de su índole y salvando los siglos transcurridos desde su escritura y la evolución de las costumbres consiguiente, solo habla de paz, amor y esas cosas. Pero como en muchas cosas las palabras se dejan decir de ellas lo que se quiera, leerás entonces que el Profeta manda a las mujeres taparse como si estuvieran viviendo en la Antártida, vivir recluidas en sus viviendas como si se esperara que explotara alguna central nuclear, trabajar menos fuera de casa como si el índice de paro de su país fuera como el español, y recibir tantas palizas como un banco de la piel de toro por parte de la UE, y de un modo tan impune como si esta violencia de género fuese juzgado por jueces también españoles y sufrida por mujeres de la misma nacionalidad: la comunidad internacional y sus más principales potencias te permitirán seguir haciéndolo. Al menos hasta que empieces a involucrarte en sus negocidios en tu país, claro.

    Pero no hace falta que profeses el islam para servirte de él, ni siquiera para hacer evangelismo de esta religión: es una de sus numerosas ventajas.  Vamos a poner por caso que tú eres una potencia amenazada por otra, peligrosamente laica. Pues bien, solo tienes que predicar las tesis de Mahoma entre su población para que acabe destruyéndose a sí  misma y se convierta en un fiel aliado del sistema, como Arabia Saudita y las monarquías del Golfo. Para este proselitismo siempre ayudará mantener a los países musulmanes permanentemente despreciados y amenazados, por ejemplo contribuyendo a las dominaciones de los centinelas de Occidente que hagan que el Islam, en sus aspectos más radicales, sea visto como la salvación.  Un Islam como el de Arabia Saudita, lo cual otorga al conjunto una interesante injusticia poética, lo convierte en un ventajoso círculo vicioso. Y si tienes prisa o no puedes invertir tantos recursos, y al mismo tiempo necesitas dar salida al excedente de armas de tu industria y/o halagar a los empresarios del sector, posibles futuros contribuyentes de tu campaña electoral, pues lo invades, con o sin la aquiescencia de la ONU. Después de todo, el islam es una religión tan mala… (tú también sabes interpretar, manipular y sesgar el Corán, que los occidentales somos muy listos). Siempre que se estén involucrando en tus negocidios en su país, claro.

    Sí, los países islámicos son el más fiel aliado (vamos, como los nacionalcatólicos, sin ir más lejos) y el más útil enemigo, cuya existencia puede justificar desde invasiones militares extranjeras hasta recortes de las libertades locales. Lástima que entre sus beneficios no exista ninguno orientado a la población civil más humilde. No nos engañemos:  ni rezando a Dios, ni a Mahoma ni  a Zaratrustra se nos va a solucionar la vida, y mucho menos cumpliendo a rajatabla los preceptos de estas religiones, muchos de los cuales impiden además disfrutar de lo poco bueno que es gratis en esta vida. Y tampoco otra de las diosas que nos venden, la Patria, nos va a sacar las castañas del fuego este Halloween. Por mucho que ante declaraciones sobre bombardeos a Barcelona (hay bromas muy poco afortunadas y reacciones a las mismas aún más estúpidas) hasta una internacionalista radical como yo que considera cualquier sentimiento nacionalista como un preocupante signo de problemas mentales se vuelva un poco independentista. Y quizá está allí la trampa: mientras deleguemos nuestras luchas en los dioses, cualesquiera que sean, jamás seremos mujeres y hombres.  A mayor gloria del único Dios que realmente existe, y que desde luego no es un dios de paz ni de amor: el Negocidio. Y el invierno durará por siempre.

    La última cruzada (II)

    San Juan de Acre, 18 de mayo de 1291

    El panorama desde las murallas era tan desalentador y generador de impotencia como las luchas ciudadanas de la década de 2010: un mar de tiendas árabes, abigarradas y mortales, se extendía ante mis ojos. Aún no había amanecido y, de momento, los atacantes nos estaban dando un respiro, lo que me parecía el detalle más intranquilizador de todo, y tuve tiempo de reflexionar sobre lo divino y lo humano mientras tomaba un poco el aire fresco, cerca de la torre defendida por los templarios, mientras observaba con inquietud la defendida brecha al lado de la puerta de San Antonio. Si tan solo pudiera recordar qué es lo más inteligente que podemos hacer ahora, cuál es el mejor paso que podemos dar…, pensaba. Pero la Historia había de seguir su curso, y la realidad rechazaba sin duda los recuerdos de una mercenaria con capacidad de viajar en el tiempo, haciéndolos perderse en el éter espaciotemporal antes de crear alguna paradoja.

    -¿Meditando, Eowyn? –oí una voz a mi espaldas y no me volví. Mi viejo compañero de batallas, ahora templario de pleno derecho y además (nunca entenderé por qué) con cargos importantes en la Orden, se acercaba; a la sazón yo ya le había perdonado su traidor regreso al cuerpo, pues había comprendido que, a aquellas alturas de su vida, poco más podía haber hecho él: como yo, también tenía que sobrevivir. Se acodó en la muralla, a mi lado.

    -Lamentándome, más bien. Y al parecer negándome a aceptar la
    realidad. Todas esas tiendas de ahí abajo me hablan de muerte, o peor, de algo
    peor que la muerte, que es ver morir a personas que te importan. Pero sin
    embargo es como si algo a la vez me dijera que tengo aún mucha vida por
    delante…

    -Tal vez es que tu destino no dicta que vayas a morir aquí, querida amiga –incidió él-. Dios lo quiera.

    -… una vida que no sé hasta qué punto vale la pena vivir –me encontré diciendo a continuación; sin embargo, me retracté al instante: era mejor que guardara los pensamientos derrotistas para mí misma: no contribuían a aumentar la moral de la tropa. Así que cambié de conversación: -Eh, sabes que los libros de historia hablarán de ti? Nunca te había visto en acción en este tipo de batallas. Y eres jodidamente bueno, hijo de puta –junto con sus compañeros de la Orden y los hospitalarios, aquel viejo zorro había hecho dos incursiones en el acuartelamiento de los atacantes, la primera en solitario y la segunda con mi asistencia: a pesar de sus protestas, y de mi escasa valentía, no estaba dispuesta a quedarme sin la única persona en este mundo capaz de aguantar mi endiablado carácter, al menos sin supervisarle de cerca para evitar que cometiera alguna estupidez. Sentí sin verle cómo sonreía con picardía y (me imaginaba) mirada de estarse guardando algún as en la manga.

    -Pues tú tampoco te quedas atrás, muchacha.

    Mi compañero siempre se había destacado por su parcialidad.

    -No digas tonterías. Está claro que esto no es lo mío.

    Guardó silencio  durante unos segundos.

    -En cierto sentido tienes razón. Esta no es tu guerra.

    Yo disentí de inmediato.

    -No me refería a eso. Esta sí es mi guerra, o al menos lo es mucho más que la mayor parte de las batallas en las que he participado. Al menos, aquí está en juego mi vida y la vida de personas a las que he cogido cariño, aunque yo no signifique nada para ellas,  no por el hecho de que sea un imperio u otro el que acabe conquistando Tierra Santa. Lo que quería decir es que no dejo de ser un guerrera de tres al cuarto, solo buena para los torneos cortesanos y la escolta personal cuando los enemigos que amenazan no son muy numerosos. Las contiendas encarnizadas me superan. En el fondo soy una chica muy pacífica y las únicas batallas que me gustan son las que tienen lugar en la cama; o al menos eso creo, ya que la última vez que tuve una experiencia así aún gobernaba el Imperio Romano.

    Le miré de reojo; meneaba la cabeza, nada convencido.

    -Creo que eres una persona capaz de lograr lo que te propongas; pero lo que está claro es que no deberías pasar por esto. Nadie debería.

    -Ni siquiera tú.

    -Ni siquiera yo. Pero si solo fuéramos una minoría los guerreros, entonces la vida tendría algún sentido. Si el pueblo no acabara sufriendo el afán de dominio de unos cuantos malvados y estúpidos, no me importaría formar parte de esta hedionda hez de los soldados.

    -Te entiendo –contesté-. A mí tampoco.

    Se hizo el silencio de nuevo; yo me agitaba, inquieta: la tranquilidad reinante me estaba afectando los nervios.

    -Aunque también es cierto –continué yo –que últimamente  no me
    siento capaz de llevar a cabo ninguna lucha remunerada. No me concentro, y no dudo de que eso puede ser peligroso, tanto para mí como para mis clientes. Lo único que deseo es dedicarme en cuerpo y alma a las peleas que realmente son mías, a mis propias guerras. Estoy cansada de alquilar mi espada al mejor
    postor. Pero sucede que, aunque sea de costumbres morigeradas, pueda dormir en cualquier rincón y no necesite más que algún río de aguas moderadamente limpias para bañarme, esté capacitada para pasar días con un pedazo de pan duro y siempre encuentre quien me invite a una jarra de vino, estar flaca no me sienta nada bien. Me favorecen más las curvas. Si no, no ligo nada.

    Él no respondió y yo seguí.

    -Y en el siglo XXI las luchas son diferentes; pero no por eso menos urgentes. Allí también, de alguna manera, estamos sitiados. Durante un tiempo, pareció que guerras, explotaciones y abusos se habían trasladado sola y exclusivamente a lugares lejanos, y esa distancia los mantenía apartados de las personas que vivían en los países del Occidente, esos mismos países que ahora conquistan Tierra Santa en nombre de la Cristiandad, la cual en 2011 y alrededores se llamará Democracia aunque siempre será en el fondo lo mismo: el dinero, el poder, el capital, los sacrosantos mercados. La gente se sintió a salvo; pensó que vivía en un mundo feliz, con su casita, su coche e incluso su casita de segunda residencia, pagadas a base de desangrarse cada mes en las oficinas de los bancos, gracias a venderse a las empresas como esclavos, a renunciar a su vida personal, de ocio, de familia, a su formación… Ahora, incluso esa mentira se ha acabado. Creías acaso que los ávidos mercados tenían suficiente? Pues no. Son insaciables, como un pozo sin
    fondo, y vieron la manera de empoderarse aún más. No les bastó con comprar a toda la clase política, con convertir la gobernanza de cualquier país en una
    farsa; se inventaron una crisis mundial para someternos aún más, para quitarnos todos los derechos políticos y sociales, para instaurar los ajustes que
    hicieron de esos países empobrecidos el nido de horrores e impunidad que son en el siglo XXI, aunque de ellos solo se hablan cuando son occidentales los que los visitan y sufren los daños colaterales, aunque hayan pasado a ser sencillamente un cuento de terror al lado del fuego después de la cena. Esos ajustes han causado y causan víctimas mortales, y lo que es peor, causan muertos en vida. El 15 de Octubre de 2011 hay una jornada de lucha global contra este estado de cosas. Y quiero estar ahí a tiempo. A pesar de que nuestra lucha será tal vez tan inútil como la que estamos llevando a cabo aquí. Por tanto, sería conveniente que saliera viva de esto; aunque tal vez sea solo que no me gusta la Muerte: creo que puedo aplazar a perpetuidad el dudoso placer de confraternizar con esa fea dama.

    Escuché su voz detrás de mí.

    -Hace tiempo que te digo que debes marcharte.

    -Pero no voy a dejarte solo. Ni a los demás. Aunque mejor que no me tientes, porque estoy muerta de miedo.

    Suspiró.

    -No hay nada que hacer, Eowyn. Tú lo sabes. Nuestras incursiones en el campamento enemigo fueron infructuosas, solo sirvieron para que se perdieran demasiados defensores de la ciudad. Los mamelucos son demasiado superiores en número. Ni siquiera han servido de nada los refuerzos del rey Enrique. En cuando a la embajada de paz, ya sabes el gran fracaso que resultó. Pudimos reprimir el ataque de hace tres días, pero cuando vuelvan a intentarlo caeremos. Solo es cuestión de horas; sé que hay voluntad política, como tú dirías, por parte del Papado y los monarcas cristianos de defender la ciudad aunque solo sea por sus intereses. Pero no hay dinero y no quedan tantos nobles suicidas. No llegará otra expedición. Estamos perdidos. Sálvate, tú que puedes.

    Me lo estaba poniendo demasiado fácil.

    -No –me reafirmé, conteniendo la tentación-. En el peor de los casos, no me iré sin ti.

    Me volví hacia él. Sonreía.

    -La gente dice que eres una guerrera sin corazón y que eres incapaz de sentir nada por tus compañeros. Yo siempre he sabido que se equivocan. Es todo lo contrario: te implicas demasiado. Solo que, tal vez por eso mismo, eres incapaz de demostrarlo.

    Yo me encogí de hombros.

    -He salido algo sensible, qué le vamos a hacer. Aunque es una auténtica putada.

    -Eres la compañera más fiel que se pueda desear.

    Yo no tuve tiempo de protestar al respecto. Allí abajo, una multitud con ánimo ofensivo se acercaba a las murallas, dirigiéndose hacia la zona comprendida entre la baqueteada puerta de San Antonio y la Torre del Patriarca. El sultán había desplegado a todos sus hombres y a todas sus máquinas de guerra: era el ataque final. Los desalentados, agotados y casi dormidos defensores de guardia empezaban a dar el aviso.

    -Ponte a salvo –quiso ordenar él-. Ahora.

    -No es el momento de que te pongas protector –contesté yo, más cabreada que asustada, aunque lo segundo lo estaba  bastante-. Luchemos como siempre
    hemos hecho, uno al lado de otro, y que Dios o el diablo decidan. No te
    abandonaré.

    La infantería y la caballería se precipitaron sobre las defensas de la ciudad, imparables. Mi compañero y yo, en la Puerta de san Antonio, entre los escasos soldados que quedaban vivos en la ciudad, luchábamos todo lo incansablemente que nuestras fuerzas nos permitían y nuestro miedo nos azuzaba. Pero por cada enemigo que neutralizábamos, otros dos más fuertes llegaban; aquello era una pesadilla, y tal vez una de las peores partes era la culpabilidad que sentía al estar segando vidas humanas de aquella manera tan pasmosa. ¿Por qué tuve que venir a Tierra Santa?, pensaba. ¿Por qué nunca puedo evitar meterme en líos? Soy cómplice de esta locura. Pero en mi más recóndito interior sabía que a veces es necesario defenderse. Y quizá de una manera mucho más radical que solo con manifestaciones, pensé, recordando el siglo XXI.

    -¡Ha caído la Torre Maldita! –los caballeros que defendían esta vinieron a unirse a nosotros. Yo ya no pensaba: solo daba mandobles a cualquier cosa más o menos humana que viniera a subir por los muros. Me había convertido en una máquina de matar, y solo hubo un hueco mínimo en mi mente para reflexionar acerca de lo que la injusticia, generadora de violencia, es capaz de embrutecernos. No recuerdo las horas que pasé así: los minutos se contaban por muertes y las horas por heridas, y no podíamos pensar en cumplir las funciones sencillas de la vida, esas que consiguen que el tiempo transcurra armonioso. Aparte de que teníamos un aspecto lamentable y un olor verdaderamente tóxico. La siguiente noticia trágica fue la
    caída de la Torre de San Nicolás, y antes de que pudiera enterarme me encontré combatiendo por las calles de la ciudad e intentando evitar todos los desmanes que podía. Pero no quiero recordar eso y no querríais que os lo describiera. De todas maneras, es lo mismo en todas partes. Y lo único que hay que saber al respecto es que tenemos que evitarlo. A toda costa… Basta decir que nos saquearon como Mas y Espe han saqueado la Sanidad y la Educación en Madrid y Cataluña o como si fueran directivos de la SGAE, que pisotearon nuestros derechos al igual que Zapatero pisoteó nuestra Constitución, que, en fin, nos invadieron con o sin excusas pero en cualquier caso con muchos intereses como nosotros hemos invadido Libia y que nos ocuparon como en la Edad Contemporánea, la tortilla dio la vuelta, Marruecos ocupa el Sáhara y Occidente Palestina.

    -Debemos ir al muelle –apremié a mi compañero-, tenemos que conseguir evacuar a todos los que podamos, dando prioridad a los más débiles. Dicen que el hijo de puta del rey se ha largado a Chipre, y que ese traidor de Grandson se ha embarcado con sus caballeros en naves que podían haber recogido a mujeres, niños y ancianos.

    -Y ese gran cabronazo renegado de Roger de Flor, compatriota tuyo y que le hace un flaco honor a la tierra de Aragón, está vendiendo los pasajes en su galera como si de un vil mercader se tratara. No podemos permitirlo –rabió él.

    -Nos aseguraremos de que el reparto de pasajeros sea lo más justo que podamos, y después nos refugiaremos con el resto en vuestro castillo –dije yo-. Allí esperamos que vuelvan los caballeros que van a conducir a los refugiados a Chipre. Quizá podamos aguantar unos días más… -me callé, súbitamente. La conocida sensación se estaba apoderando de mí-. Tengo que irme –comprendí-. El siglo XXI me llama. Creo que he tenido demasiado miedo. Creo que lo estaba deseando demasiado.

    -Lo sé –dijo él con un tono de voz que implicaba algo más. Yo le miré, interrogativa.

    -Creo que tu hechizo se contagia –explicó-. La última vez, cuando te fuiste, empecé a notar que en momentos comprometidos, cuando quería escapar de alguna situación, algo empezaba a tirar de mí. Después aquello también comenzó a suceder sin que hubiera nada que lo provocara. Desde entonces, he viajado dos o tres veces al famoso siglo XXI. Ya lo conozco, aunque no tan bien como tú, aunque probablemente me guste aún menos, e incluso creo que nos hemos encontrado allí en alguna ocasión. Lo que pasa es que después no soy capaz de recordarlo. Pasan cosas con la memoria cuando viajas a través del tiempo… Vete tranquila, yo me quedaré aquí e intentaré ayudar en lo que pueda. Y cuando no sea posible hacer nada más, te prometo que te seguiré. Ve a ese 15 de Octubre, aunque al final no conduzca a nada. Tal vez podamos encontrarnos allí. Y además estarás a salvo.

    Yo me iba, irremediablemente.

    -No subestimes a los Mossos d’Esquadra de Barcelona -le avisé-. Pueden llegar a ser unos auténticos mamelucos. Pero en cuanto a ti, prométeme que no vas a esperar demasiado. A nadie le vas a servir muerto.

    -Bueno, ya veremos –dijo él-. Hasta siempre, compañera.

    -Y si no vuelvo a verte… ten cuidado con las hogueras.

    -Tienes obsesión con ese detalle –observó él-. Siempre lo mencionas.

    -Algo me hace recordar hogueras cuando pienso en ti –confesé yo-, aunque tal vez se deba a la natural fogosidad de mi carácter mediterráneo –pero ya todo se disolvía ante mis ojos. Lo último que pude ver al abandonar el siglo XIII fue a Karl y a Gustaf subiendo a la galera de Roger de Flor.

    La última cruzada (I)

    San Juan de Acre, 1 de abril de 1291

    Se podría pensar que el tema de dar saltos entre el pasado y el futuro me puede dotar, cuando estoy en el primero de esos estadios temporales, de conocimientos acerca del porvenir que me pueden ser muy útiles. Nada más lejos de realidad: puedo
    recordar las vicisitudes del siglo XXI, tal vez porque esa locura de época ha
    pasado también a formar parte de mí, pero si ahora me preguntáis qué va a
    suceder el mes que viene, tendré que deciros que no tengo la
    menor idea. Y sin embargo, no se necesita ningún poder especial, ni tampoco mucha
    inteligencia, para comprender que esto se va a ir a la mierda en breve.

    A mi alrededor, Tierra Santa se despliega, armada de desiertos infinitos. Hace días que me encuentro aquí, en busca de algún mercader con problemas de seguridad al que pueda ayudar a sentirse más protegido, aunque solo sea aligerando su bolsa para
    que corra más rápido. Los negocios (que no el placer, no os vayáis a
    pensar) me obligan a frecuentar las diferentes tabernas de San Juan de Acre,
    pues nada mejor que una jarra de vino para cerrar un trato. Y en eso estaba
    hace unos segundos, cuando un inesperado fantasma de anteriores días se me
    presentó de sopetón. La taberna fue ocupada por una patrulla templaria, de esas
    que vigilan la ciudad en previsión de los más que seguros ataques sarracenos;
    el hecho no era sorprendente en sí mismo, porque ¿en qué lugar del mundo es más
    sencillo que te encuentres con un templario? Acertó usted, señor. Esos
    cabrones, cuando no están en el campo de batalla cortando todo tipo de miembros,
    o en sus encomiendas sentando las bases del capitalismo, no hacen más que beber
    como auténticas esponjas. Y qué aguante tienen los jodidos… pero vayamos al
    grano: lo que más extrañó en la llegada de esa comitiva fue que la integraba un
    viejo conocido mío, del que pensaba que había dejado la orden hacía mucho
    tiempo.

    Me froté los ojos. Comprobé el nivel de mi jarra de vino, todavía no lo suficientemente vacía, ante los intrigados ojos de mi futura víctima de negocios. En ese momento aún guardaba algo de inocente fe en las promesas de mis congéneres humanos, y di en pensar que me estaba equivocando; en realidad, eso no hubiera sido de extrañar: venía de pasar no sé cuántas semanas en una galera aragonesa, soportando las condiciones higiénicas propias de los barcos medievales y que mi acostumbramiento a las maneras del siglo XXI había hecho que dejaran de resultarme corrientes. Probablemente había cogido el escorbuto, la peste, el cólera o alguna otra enfermedad terrible, y ahora estaba delirando por la fiebre. Aunque, si me paraba a pensar, en mi travesía marítima hubieron detalles peores que todos esos pequeños problemas sanitarias. Y para comentároslo tengo que retrotraerme a unos meses antes.

    Pues sí: a finales del invierno de 1291 andaba yo por el puerto de Barcelona contemplando las velas de las naos agitarse por el viento y, menos románticamente, buscando curro, cuando me tropecé como una pareja bastante singular: eran dos mercaderes extranjeros, uno con claro aspecto escandinavo y más feo que un pecado mortal con excomunión incluida, y el otro, no mucho más atractivo y encima aquejado de un grave ataque de acné, cuyos indiscutibles rasgos centroamericanos hicieron que mi mente entrara en un vacío espacio-temporal. Que yo sepa, faltan aún dos siglos para que se llegue a América, pensé.Aunque tal vez aquella
    historia de que los vikingos fueron los primeros en visitar el continente cuya
    parte norte Colón cometió el error de descubrir no iba tan errada. La pareja en
    cuestión se detuvo ante mí.

    -Eowyn de Camelot?

    -La misma.

    -Qué suerte. Te estábamos buscando. Hemos oído hablar mucho de ti. Tienes el perfil
    profesional perfecto que andamos buscando.

    Bueno, no se expresaron de esta manera, obviamente, pero más o menos eso es lo que vinieron a decir. Aquello no me inspiraba ninguna confianza: ya sabrán mis contados lectores que cuando alguien me alaba laboralmente es que suelo hallarme en la antesala de algún trabajo en condiciones de semiesclavitud. Pero un
    curro es un curro, y llevando días como los llevaba obviando la saludable
    costumbre de comer y beber con asiduidad, no iba a hacer ascos a nada que
    propusieran, ya fuera fusilar a Zapatero en la Plaza de las Ventas, prostituirme con Russell Crowe o ceder mi twitter al PP (bueno, esto último, la verdad, no). Así que acompañé a los disímiles comerciantes a la taberna más próxima donde, después de invitarme a un plato de alta cocina medieval (o sea, una sardina en mitad de un plato
    grande adornada con unas bolitas de pan sometidas a un proceso de mohización) y
    a un  menguado zurito de vino, me explicaron con detalle el proyecto para el cual requerían mis servicios.

    -Hemos de viajar a San Juan de Acre por negocios. Y, tal como está el panorama, necesitamos protección. La mercancía que transportamos ha de llegar a nuestros clientes en perfecto estado, y nosotros también, chiaro –en
    los días sucesivos tendría la oportunidad de ver cómo su discurso de cerrado
    acento germánico venía siempre plagado de expresiones en italiano; supongo que
    pensaban que eso les hacían parecer más in-. Durante la travesía realizaremos también negocios con otros comerciantes, y para esos menesteres siempre va bien la presencia de una mujer hermosa que dé lustre a los tratos, y si es tan hábil con las armas como cuentan de ti, será la combinación ideal. Bueno, la verdad es que no se te ve muy favorecida con esa cota de malla, pero un buen vestido y unos pocos afeites pueden hacer milagros.

    La mención de San Juan de Acre tuvo la virtud de hacerme olvidar el poco amable comentario de Karl, el rubio, y la amenaza de que iban a vestirme como a una princesita y a utilizarme como a un objeto sexual. Yo ansiaba ir a Tierra Santa de nuevo; la había visitado ya en dos ocasiones, y aquellos extensos desiertos dorados, que podía recorrer días y días con mi caballo sin cansarme nunca, me habían robado el alma; necesitaba verlos de nuevo. Así es que me embarqué en la galera, pensando que tal vez había encontrado el trabajo definitivo al lado de aquellos comerciantes viajeros.

    Pero nada más lejos de la verdad; como siempre.

    En principio, el sueldo que me habían prometido quedó convenientemente adelgazado al descontársele la manutención, los traslados, la paja de mi caballo, el alojamiento de animal y dueña, los productos necesarios para el mantenimiento de mis armas, el desgaste del suelo del barco por mis espuelas y el grave hecho de que mi italiano, según ellos, era deficiente, y eso, en una época de donde los negocios y la
    cultura hablaban la lengua de Dante, era claro merecimiento de una bajada de
    categoría profesional. Para seguir, me vi relegada en un minicamarote compartido
    por todos los sirvientes tan mal pagados como yo de la pareja, en las peores
    condiciones de hacinamiento y compartiendo hasta la bacinilla de hacer las
    necesidades, lo cual me llevó a irme con mi manta a un rincón de la cubierta
    donde pudiera tener un poco de intimidad, aunque eso implicara dormir a la
    intemperie y sufrir los embates de los posibles temporales. Por si fuera poco,
    las maravillosas tareas de protección que parecían haberme encomendado se transformaron en ir a hacer de correveidile entre los diferentes hombres de negocio
    medievales que viajaban en el barco, para convocarles a reuniones que siempre
    se terminaban aplazando o cancelando, por cuya razón luego encima era yo la que
    tenía que disculparse: y es que los jefes estaban demasiado ocupados en
    dictarme, cual si yo fuera su secretaria, planes de organización del tiempo, para
    que les sobraran horas en las que realizar las tareas que esos planes
    contemplaban (después, además, de interminables reuniones intentando hacer un
    orden de prioridades en el trabajo), mientras los posibles futuros compradores o colaboradores les esperaban dando furiosos paseos entre el castillo de proa y de popa. Vamos, como las empresas españolas contemporáneas, sin ir más lejos. Karl, zafio y vulgar como el más primitivo tópico vikingo, no dejaba de darme consejos sobre moda y supervisaba al dedillo cada detalle de mi atuendo de princesita en las cenas de negocios (lo cual en un tío cuya idea de elegancia consistía en coserse un par de piedras preciosas a ropa comprada en los mercadillos que se improvisaban a
    la entrada de los hospitales con ropa de los muertos era poco menos que
    surrealista), y Gustaf, un obsesivo-compulsivo de aspecto escuálido y enfermizo
    y del que sospechaba que no había cogido una espada en la vida, entre otras
    cosas porque dudaba de que hubiera podido sostenerla, me sometía a exhaustivos,
    tediosos e infinitos exámenes con la excusa de “repasar mis conocimientos
    de armas” de cara a un posible ataque, cosa que me hacía sentir como si hubiera
    vuelto al colegio. Pero cuando, afortunadamente ya entrando en el puerto de
    destino, me requirieron para que tirara sus lavazas, consideré que ya había
    llegado el punto de no retorno.

    -A la mierda -me reboté-. Una ya lleva muchos de experiencia sobre sus espaldas y varios másters en Armamento, Lucha y Seguridad del Mercader Medieval para esto. Quedaros ahí con vuestras manías y ponerle vuestros vestiditos de princesa a vuestra madre, si es que no os abandonó en alguna cuneta cuando vio vuestra cara de memos por primera vez. Yo me largo. Hala, que os den, o si lo preferís, vaffanculo –y sin ánimo de perder un minuto, salté a una de las barcazas que se dirigían hacia la costa dejándoles en cubierta con dos palmos de narices.En todo eso pensaba cuando vi entrar por la puerta de la taberna a mi viejo compañero de armas, de nuevo con el hábito de la cruz y bajo las órdenes de aquel papa bajo cuya bandera había prometido no servir jamás, y cuyos descendientes contemporáneos visitan Madrid entre una horda de peregrinos agresivos bajo las loas del TDT Party. Mi mundo conocido se está desmoronando, pensé. Los cruzados se emborrachan en las calles de San Juan de Acre sembrando el caos y asesinando musulmanes, como unos Anglada cualquiera, pidiendo a gritos que los sarracenos nos invadan y protegidos además por la autoridades; los gobiernos nos han vendido como esclavos a los mercados para pagar el rescate de su ambición y cobardía, y ya ni se molestan en disimularlo; IU firma acuerdos con ICV asumiendo que van a utilizar sus votos y luego les van a enviar a pastar, con la aquiescencia de la militancia, y encima el XIV Congrès del PSUC-viu les avala; y por si fuera poco este gilipollas está buscando que le quemen en la hoguera volviendo a trabajar para el poder establecido.Pues lo siento: después, cuando esté jodido de verdad, que no se acuerde de mí. De hecho, cuando todos los aterrados, inmovilistas y votoutilitaristas estén jodidos de verdad, que no se acuerden de los que les previnieron que eso iba a pasar (sigue).

    Cierres

    Uno de los personajes de Rostros lejanos (novela escrita por la que susbscribe y que verá la luz en algún momento de los próximos 50 años si mis numerosos encargos mercenarios simbólicamente pagados lo permiten, y las editoriales en crisis [en algunas sobre todo literaria] lo consienten), afirma que lo que marca el envejecimiento no es el número de años que acumulas sobre tus hombros, sino el número de bares emblemáticos que se han cerrado desde tu primera juventud. Si es así, yo debo ser anciana: recuerdo ciertos locales que oscilaban entre la magia y la perversión, tascas de la calle Avinyò como La Musiqueta y el Noche y Día; y también el Sonajero, perdido entre las callejuelas más recónditas y desestructuradas de Sants, adonde yo acudía con mi querido amigo Antonio, dibujante de cómics (ahora empleado en la prestigiosa revista Penthouse, con esto os podéis hacer una idea de mis compañías de adolescente), y otros seres de la misma ralea. O el Marquee, la discoteca de L’Hospitalet donde pinchaban la mejor música gótica de aquellos lares, o Babel, en Terrasa, donde actuaban grupos del ramo con nombres tan pintorescos como Ataúd Vacante.

    Desaparecieron, como tantas otras cosas. La noche se degeneró, como se ha degenerado la calidad de vida. Se cerraron, como nuestras casas a la calle. Se quedaron vacíos, como nuestras fuerzas. A medida que caían las persianas de los bares de una generación, se derrumbaban también las conquistas sociales, con leyes lenta pero progresivamente más insolidarias, dictatoriales; neoliberales, en suma.

    El 1 de octubre el Marx Madera (http://salvemos.marxmadera.org/) dejará de existir, víctima de la especulación y de los gobernantes ultraderechistas que quieren convertir Madrid en el escaparate de las transnacionales. Con este local se van las ilusiones de una transición truncada que ha acabado por mostrar la su verdadera cara; la verdadera transición, la que se iba preparando en la oscuridad, la que dio su paso definitivo con la bula del tratado de Maastricht, que tod@s nos tragamos. Y que ahora, por fin, ha culminado en su objetivo: entregarles el poder a quienes siempre lo tuvieron.

    Descansa en paz, Marx Madera, el lugar donde desafiamos al poder más establecido en medio de risas y entonamos las tonadas más revolucionarias; fuiste el alma roja del Madrid de mis sueños y serás un recuerdo que no se podrá borrar.

    Nos vemos en nuestra próxima reencarnación ( y en la fiesta de despedida de hoy, sábado 24 de septiembre).

    Blogs contra la reforma constitucional neoliberal #yoquierovotar

    No a la reforma de la Cosntitución

    No a la reforma de la Cosntitución

    Poco tengo que añadir a todas las puntualizaciones vertidas sobre el tema. Mis palabras no resaltarían más la absoluta evidencia de que estamos viviendo en un estado que no solo es policial y servil, sino que además, visto lo visto, en absoluto es un estado de derecho. El veneno del neoliberalismo se ha ido inoculando en nuestros organismos debilitado por la enfermedad de la crisis, cuyos virus el mismo sistema creó, aprovechando nuestros momentos más vulnerables. Y lo están consiguiendo. El saqueo se está perpetrando y pronto habrá acabado, porque ya no quedará nada que robar. Y nuestros cadáveres serán expuestos sobre las almenas de la destruida fortaleza de nuestro extinto estado del bienestar, que entre tod@s, nosostr@s solit@s, ayudamos a construir. Si esto no supone el inicio de la rebelión, yo ya no sé qué más decir.

    Más (y mucho mejor) info sobre el tema
    http://miscosasylastuyas.blogspot.com/2011/08/deficit-deuda-o-limite-de-gasto.html
    http://www.hoipoi.net/webs/nuet/?p=820
    http://bloc.maxi.cat/2011/08/opa-hostil-la-democracia.html
    http://luisangelaguilar.blogspot.com/2011/08/iremos-vuestras-casas-recordaros-que.html
    http://mayoyoaguava.blogspot.com/2011/08/tres-eran-tres.html
    http://francescms.blogspot.com/2011/08/esa-reforma-no.html
    http://bitdrain.wordpress.com/2011/08/26/espana-fue-intervenida-en-2010-pero-aun-habra-mas-recortes-sociales/
    http://arv1952.blogspot.com/2011/08/el-psoe-apuntala-la-politica-neoliberal.html
    http://relatandodesdeelbajollobregat.blogspot.com
    http://ceronegativo.net/2011/08/25/no-al-deficit-0-y-menos-en-la-constitucion/
    http://mizubel.lacoctelera.net/post/2011/08/25/otra-agresion-la-democracia
    http://corrientepropia.blogspot.com/2011/08/reforma-de-la-constitucion.html
    http://buscandolafraseperfecta.blogspot.com/2011/08/el-ppsoe-y-el-deficit-publico.html
    http://www.agarzon.net/?p=1070
    http://saturada.blogspot.com/2011/08/desconcierto-constitucional.html
    http://parlamentuan.blogspot.com/2011/08/reforma-constitucional.html
    http://www.comiendotierra.es/?p=381
    http://escritosdesdesuburbia.blogspot.com/2011/08/golpe-de-estado-nuestra-soberania.html
    http://www.moscasenlasopa.net/blog/?p=4910
    http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica/2011/08/24/defina-golpe-de-estado/
    http://bloclaratera.blogspot.com/2011/08/reflexion-genuflexion-o-inflexion.html
    http://bloclaratera.blogspot.com/2011/08/sobre-la-farsa-constitucional-el-20n-y.html
    http://eltovarich.blogspot.com/2011/08/alerta-constitucion-mutante-la-vista.html
    http://mayoyoaguava.blogspot.com/2011/08/se-jodan-cono.html
    http://elobservadorsarcastico.blogspot.com/2011/08/deficit-que-haran-cuando-seamos-un.html
    http://viramundeando.blogspot.com/2011/08/yoquierovotar-no-esta-reforma.html,
    http://puntsdevista.wordpress.com/2011/08/24/yoquierovotar-jovullvotar-argumentos-convocatorias-y-denuncias/
    http://puntsdevista.wordpress.com/2011/08/23/el-tratado-de-lisboa-la-reforma-golpista-y-el-referendum-necesario/
    http://puntsdevista.wordpress.com/2011/08/26/sobre-la-farsa-constitucional-el-20n-y-la-necesaria-confluencia/
    http://ventanasdelfalcon.blogspot.com/2011/08/frente-unico-contra-la-reforma.html
    http://rafa-almazan.blogspot.com/2011/08/la-reforma-de-la-constitucion-por-la.html
    http://rafa-almazan.blogspot.com/2011/08/sampedro-escribe-zapatero.html
    http://altersocialismo.wordpress.com/2011/08/25/por-un-referendum-necesario/
    http://altersocialismo.wordpress.com/2011/08/27/sobre-la-farsa-constitucional-el-20n-y-la-necesaria-confluencia/
    http://dempeusperlasalut.wordpress.com/2011/08/24/pide-un-referendum-para-ratificar-la-reforma-de-la-constitucion/
    http://dempeusperlasalut.wordpress.com/2011/08/27/comunicado-de-amnistia-internacional-las-autenticas-reformas-basicas-que-necesita-la-constitucion-espanola/
    http://ciberculturalia.blogspot.com/2011/08/golpe-bajo-al-estado-de-bienestar.html
    http://ciberculturalia.blogspot.com/2011/08/exige-referendum-para-reformar-la.html
    http://fuentepalmeratimes.blogspot.com/2011/08/el-problema-con-los-referendums.html

    Recortes: los criminales que operan de acuerdo con la ley

    Una serie mítica (no precisamente por su nivel artístico, aclaro) de mi infancia comenzaba cada episodio con una voz en off que rezaba, refiriéndose al protagonista “… está embarcado en una cruzada para salvar la causa de los inocentes, los indefensos, los débiles, dentro de un mundo de criminales que operan al margen de la ley.” En mi ingenuidad infantil veía en esa última frase una redundancia innecesaria, no justificada ni tan solo por un afán enfático. ¿Criminales que operan al margen de la ley? Pero ¿no es evidente? Sin embargo, obviamente el autor de aquel guión tenía mucha más edad y experiencia que la que suscribe en aquellos tiempos. Él sabía que existían criminales que operan de acuerdo de la ley, y que la puntualización era necesaria. Y yo lo sé ahora.

    Los criminales que operan de acuerdo con la ley son los que cierran ambulatorios, los que hacen aumentar las listas de espera, los que reducen los servicios de ambulancias para que cuando estas llegan donde les aguardan l@s enferm@s o herid@s, sus servicios ya no sean necesarios. Son criminales sutiles, tan inteligentes como el peor de los archivillanos de cualquier cómic de superhéroes, y nunca toman una medida por la que no puedan conseguir al menos dos objetivos: ya son conocidos los de sibilina limpieza social (cancelación de elementos con rentas bajas) y desacreditación de lo público, que obligará a tod@s l@s precoupad@s por la salud de sus allegad@s que mínimamente se lo puedan permitir a desangrarse contratando pólizas privadas (y no creo que eso vaya a significar una oferta mayor de puestos de trabajo en las empresas aseguradoras y las clínicas particulares, no funciona así). Además, se logra condenar a otra gran parte de la población al desempleo, aumentando así el volumen de personas susceptibles a esa limpieza social, y haciendo que el señor Mas y sus cómplices en esa efectiva célula operativa del crimen organizado internacional llamada Generalitat de Catalunya pueden soñar con un futuro de catalanit@s de buena calidad, san@s y limpi@s, favorecid@s por la fortuna, desaparecid@s ya l@s enferm@s, los supervivientes de infancias difíciles o de maltrato machista, las víctimas del sistema educativo catalán, los hij@s de los barri@s desestructurad@s, los inmigrantes, todas esas personas que los poderes actuales han ayudado a forjar, y que ahora para más amarga ironía, si cabe, están culpabilizando y eliminando.

    Porque criminales que operan de acuerdo con le ley son también los que, en un ejercicio de maldad y cinismo sin justificación posible, acusan a las víctimas, a sus propias víctimas, de ser la causa de sus problemas. Los que destinan a la policía a servir al capital en lugar de al ciudadano, a efectuar, por ejemplo, desalojos violentos, nocturnos y alevosos, en una sola palabra, cobardes, mientras los grandes estafadores burlan a la justicia, las mafias de trato de personas tienen patente de corso y los violadores circulan tranquilamente por la calle. ¿Por qué destinar recursos y efectivos a cuidar de la seguridad del ciudadan@ de a pie, si inseguro y golpeado es más dócil? Y, la última, los que han recortado o tal vez incluso hecho desaparecer, la Renda Mínima de Inserció, único sustento de millares de familia en situaciones de total desamparo, sin anuncios, sin discusiones, en la oscuridad de un triste verano, mientras se atrincheran bien resguardados de manifestaciones de indignad@s, pero cagados hasta las cejas, en sus mansiones vacacionales.

    Ahora los inocentes, los indefensos, los débiles no necesitamos a ningún paladín. Nos necesitamos a nosotr@s mism@s y a nuestr@s compañer@s, en acciones contundentes, reflexionadas y organizadas. Hace tiempo que vengo diciendo que nos han declarado la guerra, y la ofensiva es cada vez más cruenta. Violencia no es impedir la entrada de l@s diputad@s en el Parlamento, con o sin zarandeos o botes de pintura: violencia es dejarnos en la indefensión más absoluta, violencia es que los cuerpos de seguridad que habían de protegernos se encarguen de reprimirnos, violencia es que se permita a empresas con beneficios pagar sueldos de miseria mientras se dificultan las verdaderas iniciativas que podrían crear empleo, violencia es que la seguridad, la sanidad, las prestaciones sociales que, no nos olvidemos, no son un regalo, ¡las estamos pagando con nuestros impuestos!, funcionen a mayor gloria de unos poderes políticos y económicos que no necesitan nuestra aportación para estar acumulando unas fortunas insultantes.

    Embarquémonos en esta cruzada. Aunque sea a pie.

    Más info:

    http://www.naciodigital.cat/noticia/33775

    http://es-es.facebook.com/pages/No-al-tancament-durg%C3%A8ncies-als-CAP-de-les-poblacions-de-Catalunya/243542859007508?sk=wall

    http://rafa-almazan.blogspot.com/2011/07/la-crisis-es-culpa-de-funcionarios-y.html

    Summertime, and the revolution will be (not) easy

    Vísperas de solsticio de verano. Las terrazas de verano y los chiringuitos al borde del mar están abiertos y hasta l@s parad@s se pueden pagar una caña. ¿Cómo, en momentos así, pueden acechar los mosntruos? Es domingo, 19 de mayo, 15.30 hora zulú: bostezo, prisionera en un restaurante enclavado en un barrio obrero de Barcelona, rodeada de los integrantes de un grupúsculo familiar embarcado en una celebración pseudoafectiva-gastronómica: me pregunto qué hago aquí, por qué me faltó el valor de alegar una cita urgente al otro lado del planeta, pienso que a esas personas, que se cuelan subrepticiamente en mi cubículo para denigrar e imposiblitar, utilizando las excusas más elaboradas, cualquier tarea mínimamente literaria o activista, escudándose en el concepto burgués de utilidad, en el fondo no les importa un comino mi presencia aquí, más que como representante de mi subsector familiar, más por estar de cara a la galería. Y sé también que mi caso no es único. Entre retazos de conversaciones anodinas, aunque también inofensivas, escucho algo que me hace aguzar la oreja: alguien menciona las crisis existentes en la actualidad y pergeña un motivo: “Son todos esos inmigrantes. África y América son muy grande para caber en la pequeña Cataluña. Los de casa primero”. El elemento en cuestión, conocido por su militancia extrema individual a favor de la independencia de la comunidad de las cuatro barras, se explaya citando algunos de los más conocidos tópicos sobre los recién llegados, dejando bien clara con esas opiniones su discutible calidad humana.

    Me levanto de la mesa; tranquilamente, sin aspavientos. Sé perfectamente que no es el momento ni el lugar, que atraeré sobre mí las miradas, pero no puedo permanecer en silencio. Sé también que se trata del homenajeado de la reunión, que las reglas de la corrección me obligan a mantener la boca cerrada: sin embargo, algo se agita en mi interior, me oprime los pulmones. No es generosidad humana, ni siquiera sentimiento de solidaridad, es la cólera que siento por la estulticia, la cobardía y la lógica incomprensión que experimento hacia todo tipo de razonamiento absurdo. ‘No voy a discutir sobre ese tema’, manifiesto, ‘porque no creo que sea el instante adecuado para que tú y yo lleguemos a las manos, pero permíteme decirte que tus ideas me parece terriblemente equivocadas, y además, aborrecibles. Y es lo único que diré sobre ese tema’. Me dirijo a la puerta del local. La Asamblea 15-M del barrio se dirige en alegre y reivindicativa marcha hacia el centro de Barcelona para unirse a la manifestación general. Divididos por las manipulaciones del sistema, llenos de todos los errores humanos comunes a tod@s nosotr@s, ell@s han meditado, han buscado razones, no se han detenido en la comodidad y en la cobardía de las respuestas fáciles suministradas por los medios de comunicación del régimen y por sus instigadores, han pasado a la acción, al menos a alguna de las acciones posibles. Veo esperanza y honradez en sus rostros, fuerza en su mirada. Me infunden un sentimiento de paz, aunque en sus corazones haya deseos (no violentos) de guerra. Levanto el puño a modo de saludo: mi espíritu está con ellos, aunque a veces el resto de mí ande secuestrado, muchas veces con mi amargada aquiescencia, en otra parte.

    De vuelta al interior, me preguntan que dónde estaba: “Miraba a l@s indignad@s’, respondo. Encogimiento general de hombros: la rarita de la nena con sus cosas… Los triunfos del Barça, las vacaciones en complejos hoteleros cómplices de la explotación de tercermundistas paraísos naturales y de sus habitantes, el accidente de Ortega Cano… Solo hay que cerrar los ojos. Taparse la cabeza con la sábana y cerrar los ojos. Así no nos atraparán los monstruos. Es fácil. No nos afectará el desmantelamiento de la In-Sanidad pública, el deterioro de la Mal-Educación dejará a nuestr@s hij@s más imbéciles aún de lo que ya somos nosotr@s y no nos importará, y que suban las tasas universitarias será nimio, ya que nadie estará preparad@ para acceder a un nivel educativo donde en cualquier caso perpetuarán aún más nuestras carencias culturales y nos convertirán en todavía más esbirr@s del sistema, de los que piensan que las recetas del FMI de empobrecer más a los pobres y liberalizar a los ricos, son la única e indiscutible alternativa.

    Pero ¿qué pasa cuándo nada de eso es suficiente? ¿Qué pasa cuando el monstruo, el psicópata de turno, el genocida sediento de sangre, levanta la sábana de nuestra cama y nos descubre? ¿Seguiremos sin luchar? ¿Echaremos la culpa a l@s inmigrantes? ¿A l@s parad@s? ¿A Zapatero? ¿A ETA? ¿A IU, que se ha negado a pactar con el partido que ha convertido a España en el actual erial de derechos y prestaciones sociales, y a quien han acusado de ‘entregar comunidades autónomas a la derecha’?

    Pero yo también tengo mis contradicciones, y me quedo sentada, esperando el final de la fiesta sin añadir nada más. Después, hay un chiringuito en mi playa con música reggae donde me gusta esconderme, entre rocas, arena y pinos por entre los que se divisa el nítido azul del mar; allí me tomaré una caña con mi fracasado sueldo mientras pienso en las revoluciones necesarias. Generales. Y personales. Summertime, and the revolution will be not easy. But it will come.

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