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Posts Tagged ‘explotación laboral’

Detalle del castillo de Corbera visto desde el patio de armas (así podría haber sido).

Detalle del castillo de Corbera visto desde el patio de armas (así podría haber sido).

(viene de) Era el momento ideal para la autocompasión y la culpabilidad (algunos tenemos la mala costumbre de contar con escrúpulos de conciencia; a veces me gustaría ser como los dirigentes de grandes empresas capaces de repartirse pingües beneficios mientras condenan a la miseria a decenas de miles de trabajadores). O para preguntar al mundo con una ingenuidad rayando en la estulticia: “¿He sido yo?”, en el mejor estilo de Steve Urkel. Pero ya habría (lamentablemente)  tiempo para aquel y para muchos otros sentimientos negativos más adelante: y en aquel instante se imponía organizarse y ser práctica, que no pragmática.

-Tienes que irte. Ya. Ahora –dije a mi amigo, que asimismo se esforzaba en recuperarse de la sorpresa.

-Por la ventana –añadió Guillaume-. Y no pierdas ni un segundo.

Pero al interpelado, en lugar de obedecer nuestras razonables demandas, no se le ocurrió otra cosa que dar un paso atrás y desenvainar la espada, tan inútilmente como si fuera uno de los escasos jueces honestos que intentan condenar a políticos corruptos o abrir fosas en el postfranquismo español.

-¿Queréis que huya como una rata? ¿Que escape por la ventana como un ladrón? No voy a dejar que nadie dude de mi honor ni del de Eowyn. El que se atreva a insinuar algo, probará el filo de mi acero.

Suspirando con resignación, yo intervine.

-A ver: todo eso me parece muy bonito, muy heroico, y esas cosas, pero dada la situación en que nos encontramos me parece que existen muy pocos argumentos que podamos esgrimir para defender tu inocencia; y en cuanto a mi honor, siento mucho comunicarte que me queda menos de ello que credibilidad a la economía del ladrillo y de la obra pública de la España postfranquista. Claro que siempre puedo decir aquello de No es lo que parece, pero me temo que no va a colar.

Guillaume, que parecía haber aparcado temporalmente su cólera, alzó levemente las manos y asintió en mi dirección. Su compañero de orden nos miró alternativamente y dijo a regañadientes.

-Aborrezco reconocerlo, pero tenéis razón.

-No perdamos más tiempo, entonces –continuó el Visitador-. Desde el camino de ronda puedes descolgarte fácilmente hacia la pequeña terraza y, una vez allí, lanzarte en dirección a las caballerizas. Gonzalo y los demás te esperan allí con tu caballo preparado y para cubrir tu huida, y me imagino que el patio de armas estará despejado por algunos momentos pues todos los demás han de estar viniendo hacia aquí.

Nada más se podía objetar. Mi amigo se volvió hacia mí.

-Adiós entonces, Eowyn. Lo dicho.

Desapareció tras lanzarme una  elocuente mirada. Guillaume soltó una carcajada sardónica.

-Realmente conmovedor. Anda, vístete. Pronto tendremos visita. Y a ver cómo escapamos de esta.

Ni siquiera de aquello tuve tiempo. Una multitud, compuesta de caballeros y comendadores en diferentes fases de su arreglo matutino, entró en tromba por la puerta de la habitación sin molestarse en llamar, cual tropa de guardias civiles persiguiendo a inmigrantes en la valla de Melilla con el loable objetivo de matarles a pelotazos en lugar de por exclusión de la Sanidad. Obviamente, Esquieu encabezaba la marcha: vi como su rostro se demudó al recorrer la habitación con la mirada y constatar que, si exceptuábamos a Guillaume, yo me encontraba completamente sola.

-¿Dónde está? –aulló-. ¡Dímelo ahora mismo, mala pécora! Desde la primera vez que te vi con esa traje de mujerzuela supe que traerías problemas.

Al final conseguirían que me lo creyera. Qué manera de bajarle la autoestima a una, por Dios; claro que la verdadera bondad estriba en rescatar los bancos por enésima vez con el dinero de todos y sin pedir nada a cambio, y eso debe de significar que soy merecedora de los peores tormentos infernales. Pero no me inmuté.

-¿Alguien tendría la amabilidad de explicarme qué está sucediendo? Primero irrumpe Guillaume en mi habitación, y luego le seguís vosotros. Me decís cosas ininteligibles y encima me acribilláis a insultos. Decidme, ¿qué os he hecho yo? ¿Y qué andáis buscando? ¿Es que no tenéis hoy ninguna oración a la que asistir y habéis decidido divertiros a mi costa?

Guillaume enarcó una ceja, asombrado de la rapidez de mi respuesta. Ningún mérito representaba aquello: solo era la costumbre. En demasiados líos me había metido a lo largo de mi vida como para no haber aprendido a salir de ellos de la mejor manera posible.

-¡Le buscamos a él! –el alarido agudo desafinado de Esquieu me recordó al Aznar de los mejores  tiempos-. ¿Dónde le has escondido? –comenzó a mirar en los arcones, dentro de la chimenea, tras los asientos y bajo la cama. Cuando se disponía a levantar las ropas que me cubrían, le detuve:

-¡Alto ahí! Joder, no pierdes ninguna oportunidad, tú. Si estás buscando al poseedor original de esta alcoba, te diré que se marchó ayer por la noche. No me preguntes dónde porque no tengo la más mínima idea ni me importa. Es por eso por lo que estoy aquí, porque me cedió la habitación.

-¡Eso es mentira! –bramó el sargento-. ¡Su caballo aún está en el establo!

-¿Y a mí que me explicas? –me encogí de hombros-. Habrá cogido otro. Todos son de la Orden, ¿no es cierto? Y, de hecho por su alto cargo, creo que le toca una buena reata. O tal vez estará rezando en la capilla. O quizá solo quiso ser amable conmigo para que descansara mejor y ha ido a pasar la noche con alguno de sus hombres. Y ahora, ¿podría seguir durmiendo, por favor?

Aparentaba yo tanta tranquilidad que Esquieu pareció completamente desarmado. Hasta el sector antiEowyn, los caballeros de Guillaume, empezaban a mirarme con mejores ojos. Pero. Justamente cuando comenzaba a esbozar su hipócrita sonrisa, más falsa que el Fondo Social de Viviendas del PP,  un gritó desde fuera alertó al sargento. Se acercó a la ventana, pero esta daba al exterior y no tenía vista sobre el patio de armas. De todas maneras, se mostró triunfante.

-Creo que Gerard le ha encontrado. ¡Vamos! –todos le siguieron,  menos Frey Pere y el comendador de Corbera. El primero nos miró alternativamente a Guillaume y a mí.

-¿Podéis decirme que significa todo esto?

De pronto, el cielo se abrió en mi cerebro.

-Pues ni más menos que sé perfectamente quién es el traidor que buscábamos –corrí las cortinas de la cama para ponerme alguna ropa rápidamente. Solo tardé un segundo y acto seguido me precipité fuera de la habitación, seguida por los tres-, y que, probablemente sea el mismo al que persigue Guillaume, el famoso espía de Felipe de Francia que pretendía desestabilizar la orden para que nuestros vecinos al Norte pudieran apoderarse de ella –sí, amigos y amigas del siglo XXI: los casos como los de Cuba, Venezuela, y Ucrania, donde las potencias recurren a la violencia y al fascismo para imponerse en un territorio, no las habéis inventado vosotros-. He sido una estúpida por no haberlo adivinado antes, cualquier otra opción era imposible. Ninguno de los Entença se había movido del salón de banquetes, pues todos estaban bastante enteros cuando los vi en el patio de armas, y el personaje que salió a abrir la puerta para que entraran los refuerzos que debían de habernos encerrarnos entre dos fuegos hubiera tenido que estar algo maltrecho, pues le aticé con ganas. Es cierto que pudo haber sido alguno de los prisioneros que no era tan prisionero, pero ninguno de ellos conservaría esa agilidad después de meses de inmovilidad, pues el infiltrado tendría que hacer en lo que pudiera la misma vida que sus compañeros para evitar las sospechas. Entonces, sólo podía tratarse de dos personas: o bien Guillaume, al que ya habían supuestamente atrapado y golpeado los Entença, por lo que parecía algo lastimado cuando le vi –noté la mirada indignada que me dirigió el bretón-… o bien, es evidente… Esquieu, que si es así lleva tiempo buscando la oportunidad de desacreditar al Grupo de los Ocho y a sus partidarios, y justamente hoy la ha encontrado.

Bajábamos a toda prisa la escalera de la torre. Yo estaba perdiendo el resuello, pero me vi obligada a seguir hablando, dadas las impacientes (aunque casi agónicas por culpa de la desenfrenada carrera: no en vano los dos comendadores tenían ya sus añitos) exclamaciones de mis acompañantes.

-Los demás son en general hombres altos y fuertes, o por lo menos de mediana estatura y buena constitución. Esquieu, sin embargo, es pequeño y delgado, como el hombre al que impedí que abriera la puerta. Había olvidado ese detalle, tenía demasiadas cosas en qué pensar, pero ahora recuerdo perfectamente cómo, a pesar de la oscuridad y las ropas amplias que lo envolvían y no me dejaban apreciar su figura, se escabullía de mis ataques e intentaba emplear mi escasa fuerza contra mí misma, la misma táctica de lucha que yo utilizo; era además, el único que estuvo ausente cuando se produjo la batalla, gracias a su sospechosa e inoportuna diarrea. Claro, a nadie se le ocurrió pensar mal de él, con su actitud servicial y valiente, o al menos esa imagen ofrecía, y aparte de la repulsión que producía su forma de mirar a las mujeres no suscitaba otros motivos para la sospecha… Guillaume, me dijiste que todas tus investigaciones te llevaban a Gardeny, ¿no es cierto? Todos los datos han tomado forma en mi mente en el momento en que Esquieu mencionó “el traje de mujerzuela” que  supuestamente yo llevaba la primera vez que me vio. Pero la última ocasión en que llevé un traje que se podría calificar así, porque era femenino, fue justamente en el castillo de Lleida: es cierto que no le vi, pero pudo estar allí, confundido entre los otros sargentos, antes de trasladarse a su actual encomienda: seguro que los hermanos de Gardeny que fueron enviado a auxiliarnos lo confirmarán. Probablemente fue él también quien me disparó desde las almenas, con toda seguridad por mandato de Blanca, y tal vez se trataba asimismo del hombre pequeño enmascarado que, con ayuda de su compañero, me hirió cerca de vuestros dominios, Frey Pere… Guillaume, siempre pensé que aquel ataque no tenía que ver con la política sino con tu… con la… ejem… vida personal, pero ahora creo que probablemente Esquieu, o tal vez Gerard, lograron espiar alguna de las reuniones del Grupo de los Ocho, tal como tú temías. Caballeros, me temo que a nuestro amigo no le va a ser fácil escapar, este plan no está en absoluto improvisado. Rápido, tenemos que llegar a tiempo.

Salíamos ya al patio de armas, mientras yo recordaba las palabras de Blanca en contra de los templarios, por culpa de lo que le habían hecho a su padre. Cierto era que habían sido capaces de granjearse numerosos enemigos en su trayectoria, pero parecía que no estuviera permitido llorar a nadie más que a los damnificados por sus acciones poco afortunadas, casi siempre nobles (al igual que a las peperas explotadoras asesinadas por gente de su partido, a riesgo de ser considerado incitador o terrorista), mientras que ningún poderoso derramaba una sola lágrima por los muertos por hambre, desatención sanitaria, desahucios, por los que eligen dar de comer a su familia en lugar de comprar medicamentos, o por las infancias, ilusiones, y esperanzas segadas de raíz, que a veces son más preciosas que la vida (sé que estoy mezclando épocas, pero vosotros entendéis lo que quiero decir). Las puertas de acceso al recinto estaban abiertas, y en medio de ellos dos hombres se batían en mitad de un entrechocar de armas terrorífico, bajo la mirada atónita y desorientada del cuerpo de guardia, de algunos sirvientes y de varios hermanos, que no sabían qué partido tomar: Esquieu y Guifré alternaban ataques y defensas, llaves y patadas, con un furia que no había visto ni en las peleas de ambos contra los Entença. Isabel, por su parte, se debatía aprisionada por los brazos de Gonzalo, y Richard, Arthur y Manfredo peleaban en confuso montón con cinco o seis caballeros de Corbera, que debían de estar esperando que algún fondo buitre les premiara con viviendas baratas al hostigar así a los suyos: ni que estuvieran haciendo de maderos en un desahucio. Guillaume se adelantó en un sprint final, seguido por mí, y los increpó.

-¡Alto! ¿Queréis decirme a qué se debe eso? –sacó su espada para intervenir entre los contendientes, pero Gonzalo le gritó.

-¡Déjalos, Guillaume! –una de sus manos hurgaba en su cinturón, y en un segundo vi cómo su daga amenaza el cuello de Isabel. Yo no pude reprimir un grito e iba ya a lanzarme hacia él en plan ariete (no llevaba espada, naturalmente: entre mis propósitos de la noche pasada, cuando salí de mi habitación, no se contaba liarme a repartir tajos con nadie), pero el visitador me lo impidió con un gesto de la mano y una mirada de prevención, dirigiéndose hasta el que hasta aquel preciso momento había actuado como su amigo.

-Gonzalo, ¿se puede saber qué te sucede? –le espetó Guillaume.

-Si no dejas a Isabel te prometo que lo pagarás caro, anormal –coreé yo tan asustada por mi amiga como colérica.

Pero Gonzalo parecía imperturbable, ni siquiera desafiante, como un hatajo de peperos mintiendo sobre la recuperación económica y el descenso del desempleo en la España de 2014.

-Es Guifré quien lo pagará caro si no se detiene –dijo, por el contrario.

Inmediatamente, el aludido dejó de atacar a Esquieu (que esbozó una sonrisa de satisfacción tan rastrera como la de una babosa) y, templando de miedo por su amante, se mantuvo en guardia.

-Bien, ya está –remarcó -. Ahora suéltala de una vez.

-Haz lo que te dice –insistió el visitador por su parte-. Gonzalo, no entiendo tu actitud.

Un leve gesto de pesar por parte del sevillano.

-Lo siento, Guillaume. Y a ti también te lo digo, Guifré. No voy a estar a las órdenes de ningún hermano traidor, perverso y lujurioso, por muy importante que sea su figura para la Orden… –era curioso como todo el mundo se permite juzgar a los mejores por pequeñas faltas, mientras que los corruptos son defendidos hasta la extenuación, por sus cómplices, claro; a Manel Prat, director de los Mossos d’Esquadra, ni siquiera se le apuntaría en su currículum de complicidad en asesinatos de Estadouna falta como la que acababa de cometer mi amigo -. Esquieu y yo vamos a ir en su búsqueda y lo encontraremos: nuestros caballos son más rápidos que el suyo. Lo llevaremos al maestre de la provincia y esperaremos a que convoque un Capítulo General que decida su suerte. Es lo que tengo que hacer y lo haré, aunque intentéis impedírmelo. Así que bajad las espadas o ella lo pagará.

Frey Pere y el comendador de Corbera, perdiendo la respiración, llegaban en ese momento a nuestra altura.

-Es razonable lo que dices, Gonzalo –la voz del viejo comandante surgió de su garganta con dignidad, a pesar de la fatiga-. Deja libre a esa muchacha: creemos firmemente en la inocencia de nuestro hermano, pero no hemos de ser nosotros sino el Capítulo quien deberá decidir.

Yo miré a Frey Pere y quise decir algo, pero logré interrumpirme a tiempo. Miraba a mi alrededor con desesperación en busca de alguna posibilidad, por diminuta que fuera, de salvar la situación. Guillaume inclinó la cabeza e hizo descender la espada. Después de volver los ojos hacia él, Guifré hizo lo mismo.

-Gracias, buenos señores –Gonzalo iba a soltar a Isabel, pero Esquieu la cogió del brazo. Guifré y Guillaume se pusieron de nuevo en guardia: yo no había dejado de estarlo.

-Estáis haciendo lo correcto –le apoyó el despreciable Esquieu-. Pero nos llevaremos a la mujer con nosotros. Vuestra lealtad con el traidor es tan grande que temo que nos persigáis –Gerard salió entonces de las caballerizas, con tres caballos de las riendas-. Sin embargo, estoy seguro de que pronto la verdad se impondrá.

Sentí que había llegado mi oportunidad. Esquieu podría ser un esbirro despiadado, fanático o ambicioso, pero no era tan inteligente como se creía.

-O sea que piensas que él es el traidor –me adelanté un paso, aparentando tranquilidad.

-¡Muchacha, sólo me baso en lo que le dijiste a Isabel! –respondió. Maldito espía-. Hasta Gonzalo ha entendido que si tú desconfiaste de él, era porque deberías de tener fundadas razones. Aunque al final veo –me miró de arriba abajo, casi babeando- que te has unido a su juego. Por cierto, me gusta la manera en que habéis sellado el pacto.

Yo continué, impertérrita.

-Todo eso estaría muy bien y podría ser hasta lógico. Si no fuera porque esta mañana uno de los sirvientes del castillo nos contó que la noche de la batalla, en lugar de estar en las letrina, el lugar donde declaraste hallarte y el que más le correspondería a un ser vil y repugnante como tú, te vio en un rincón doliéndote de la paliza que te había propinado yo cuando intentaste abrir la puerta.

Todo sucedió muy rápido, entonces: Esquieu, tragándose mi farol y afectada su seguridad en sí mismo, vaciló un segundo, el suficiente para que Gonzalo, en un rápido recobramiento de la cordura, atrajera hacia sí a la ya dispuesta Isabel, interponiéndose entre ella y Esquieu, Guifré, de nuevo espada en ristre, le atacara, secundado por Guillaume, el sector antiEowyn renovara su lucha con los corberenses (que al parecer aún no habían creído mi aseveración sobre la verdadera personalidad de Esquieu) con la ayuda de Frey Pere y su jefe, y yo me lanzara de cabeza, como si fuera la bola de una bolera, directamente al estómago de Gerard. Le derribé, repté sobre él, le solté un directo a la mandíbula y le arrebaté la espada, antes de alejarme sin olvidar una buena patada en los riñones como despedida (¡asqueroso soplón! ¡Y yo que había pensado que se sentía cercano a Isabel ya su tristeza…! Solo se aprovechó de ella. Era como tantos otros traidores que venden a su pueblo para halagar a la iglesia y pagarle favores prestados, e iba a sentir mi ira por todos ellos, claro que sí). Pero lo que vi cuando me volví hacia el resto de los combatientes me heló la sangre.

Isabel estaba ahora a salvo, alejada de la lucha, y Gonzalo, tras dejarla, avanzaba para unirse a Guifré y Guillaume, que no se bastaban para detener al hábil y escurridizo Esquieu. Pero con tal mal fortuna que, al sacar su espada para amenazarle, Guifré se interpuso en su camino. Vi como el amante de Isabel caía, atravesado por el arma de su compañero como un trágico daño colateral, al mismo tiempo que sonaba el grito desgarrador de mi amiga.

La reyerta se interrumpió como si hubiera caído un meteorito en su centro. Gonzalo, horrorizado por la magnitud de las consecuencias del accidente, dio un paso atrás y dejó caer la espada, llevándose las manos al rostro. Guillaume, que después de este era quien estaba más cerca, corrió hacia el caído y le cogió en sus brazos, en medio de un charco de sangre, para acto seguido pasear una mirada por los presentes, moviendo negativamente la cabeza. Se levantó a tiempo de evitar que Isabel se abalanzara sobre el cadáver.

-Ya no puedes hacer nada, Isabel –dijo, abrazándola.

Yo me había derrumbado en el suelo, de rodillas. El peso de la culpa era como una avalancha de nieve, pesada, fría, que me ahogaba. No podía evitar que pensar que todo lo que había sucedido era fruto de una decisión que yo había tomado y que, aunque cada uno es el amo de su conciencia, había ocasionado una serie de actos censurables que habían puesto en peligro todo aquello por lo que yo había contribuido a luchar, y que creía justo a pesar de todo, y encima se había llevado por delante la vida de un amigo querido y hundido la vida de otra. Pero una exclamación de Frey Pere interrumpió mis pensamientos.

-¡Huyen!

En efecto. Esquieu, olvidado por todos, había conseguido, al parecer, ayudar al descalabrado Gerard y marcharse a toda velocidad: vi los dos caballos perderse en la lejanía. El viejo comendador miró a Guillaume con intención.

-Richard, Arthur, ¡adelante! No dejéis que se escapen –los dos ingleses marcharon a por sus caballos. Yo, por fin, me levanté e increpé a los corberenses.

-¡Malditos seáis para siempre! ¿Por qué creíste a este traidor? ¿Por qué decidisteis luchar contra vuestros propios hermanos para hacer su voluntad? ¡Toda la culpa es vuestra! –me escuchaba cabizbajos y contritos; seres como ellos sí que merecían el calificativo de inútiles y ni-nis, como prácticamente todos los nobles, y no los trabajadores insultados por Mónica Oriol, abocados a ser en cualquier momento uno de los cuatro millones de parados sin prestación de 2014. Después me volví hasta el destrozado sevillano y le azucé sin piedad— y tú, Gonzalo, ¿te sientes orgulloso? Tu amigo está muerto gracias a tu estupidez, ¡imbécil de mierda!

Naturalmente, yo no creía en realidad en mis palabras. Pero el dolor y la rabia me hacían desear buscar responsables, como si aquello pudiera devolvernos a Guifré; y la principal responsable que había encontrado, aunque no lo dijera, era yo misma. Pero Isabel, sostenida por Guillaume, que intentaba evitarle el espectáculo del estómago abierto de Guifré, era de mí misma y oculta opinión y me lanzó con una rabia sorda:

-No, Eowyn. La culpable eres tú. Tú has ocasionado este baile de sangre. No me importa quién es el traidor o quién no: después de todo, eso algo que solamente os debería de importar a vosotros. Pero tus embrollos con unos y con los otros hicieron que yo y Guifré tuviéramos que tomar tu lugar. Y hoy has acabado de destruirlo todo, seduciendo un hombre que había tomado los votos y matando a Guifré como si tú misma hubieras empuñado la espada.

Guillaume la interrumpió.

-Isabel, todos entendemos tu dolor pero no estás siendo justa. Además, Eowyn es inocente. Todo ha sido una argucia de Esquieu –ella soltó una carcajada amarga.

-¿Inocente? No lo creo. ¡La conozco! Es capaz de todo –olvidaba que aquello de lo que me acusaba lo había perpetrado ella en innumerables ocasiones; y nunca pensó que estuviera forzando la voluntad de nadie. Y también, que fueron mis ‘embrollos’ los que la permitieron conocer a Guifré. Pero, la verdad, yo también había olvidado aquello. No tenía fuerzas para defenderme.

-Isabel… -ahora era Frey Pere quien hablaba.

-Dejadme en paz. Me marcho. No tratéis de impedirlo. Enviaré a alguien a por mis cosas, y os aseguro que volveréis a saber de mí.

Se giró, con revuelo de faldas, y subió ágilmente al último de los caballos que había preparado Gerard. Yo la vi alejarse y me derrumbé de nuevo en el polvo: había pagado un precio demasiado alto por ser fiel a mí misma, por luchar en el bando que quería correcto y por las personas que valían la pena. Aparte de que, como siempre, lo había hecho todo al revés. Y ahora no podía soportarlo.

-Vamos –mandó Frey Pere-. Llevad a este infortunado adentro y preparadlo para un entierro lleno de honores. Y los que habéis sido meros espectadores de este drama cuando podíais haberlo evitado, tendréis que dar explicaciones a vuestro comendador acerca de vuestra pasividad y vuestra indecisión –como los votantes en blanco o los que se abstienen en las Elecciones, gracias a ellos había ganado el sistema. El comendador de Corbera asintió-. Y vosotros –miró a los que habían elegido el bando equivocado- lo haréis también, por vuestra falta de criterio –estos eran los que votan al PP alegando falta de alternativas y la falsa imposibilidad del gobierno de turno de reaccionar frente a las imposiciones supranacionales.

Los alicaídos sirvientes, escuderos y caballeros se apresuraron a hacer lo que se les mandaba. Manfredo y Guillaume se acercaban a mí y a Gonzalo. A un gesto del segundo, el primero rodeó con sus brazos los hombros del destrozado sevillano, y lo condujo adentro.

-Venga, Eowyn. Entremos. Aquí ya no puedes hacer nada –me susurró Guillaume.

-No –contesté yo-. No voy a moverme de aquí. No lo haré hasta que me muera.

-No seas infantil –me dijo con dulzura-. Lamento todo lo que te dije antes: estaba demasiado nervioso y contrariado para ser objetivo.

Le miré de reojo.

-¿Ya no soy la culpable universal, entonces, el prototipo de la maldad femenina? ¿Ya no me odias? ¿O solo me estás indultando como si fuera un torturador franquista?

-Nunca te he odiado –respondió-. No has hecho nada malo, diga lo que diga cualquiera, incluso yo mismo. Te has limitado a vivir.

Meneé la cabeza.

-No voy a superar esto nunca, Guillaume. Ha sido un golpe demasiado duro. Me siento tan muerta por dentro como el pobre Guifré. He perdido demasiadas cosas hoy. Tiro la toalla. No puedo con la culpa. No puedo con esta soledad abrumadora que yo misma me he forjado.

-Pero vas a tener que hacerlo –su voz seguía fluyendo meliflua-. Tenemos trabajo.

Levanté el rostro hacia él.

-Me temo que esto solamente acaba de empezar –me advirtió.

Fin (de momento)

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Así sería la estancia donde tuvo lugar esta escena en la actualidad.

Así sería la estancia donde tuvo lugar esta escena en la actualidad.

(viene de) Comienza la penúltima parte de esta aventura con perspectivas nada halagüeñas. Y es que por una vez voy a hacer honor a la verdad, aunque sea llevada por las circunstancias: pues los finales felices suelen mentir, ya que las historias nunca finalizan y si lo hacen es con la muerte; los finales trágicos, por el contrario, tan solo anticipan lo que forzosamente ha de venir… Ojalá pudiera soslayar el tema que me propongo tratar, pero me he propuesto ser veraz con vosotros aunque el relato arroje tierra sobre mi propio tejado: es lo mínimo que puedo hacer para cambiar las cosas, relatar las consecuencias de la codicia, la soberbia y la cobardía, contradecir un mundo en que la mentira es patrón supremo de medida en la política, la economía y la comunicación. Además, me he impuesto este deber, entre otras cosas porque, dadas las circunstancias quizá esta sea la última vez en un período largo de tiempo que no sepáis de mí. Así que, sin más dilación, allá va.

Después de la cena, yo recorría los pasillos armada con una vela: mi destino era la torre principal, la más alejada del aposento que volvía a compartir con Isabel, a la previamente que había dado instrucciones acerca de lo que tenía que hacer aquella noche.

-Tú y Guifré os quedáis en la alcoba de Guillaume, con una buena provisión de vino, y me lo distraéis. Si por casualidad se le ocurriera preguntar por mí, le dices que estoy muy cansada y que duermo profundamente. Y sobre todo, no le perdáis de vista hasta que caiga rendido. Que tenga menos independencia que un juez honrado tras la aprobación del proyecto de la Ley de Desordenamiento del No-Poder Judicial de Gallardón: no quiero democracias, sino vigilancia militar, con nuestro amigo visitador esta noche.

-Está bien –había respondido ella-, pero no acierto a ver el propósito de todo esto.

-Creo que quiere evitar que Guillaume aparezca en sus aposentos –había aventurado Guifré con una caída de ojos llena de picardía y un tono de voz afín– con intenciones poco castas.

-Pero… yo pensaba que te gustaba.

-Tal vez se le ha presentado algo mejor –apuntó él, con la misma entonación e idéntica mirada.

-Ya está bien –había concluido yo-. Haced lo que os digo, si me tenéis en estima, y dejad de chismorread como un par de viejas comadres.

Ellos se habían marchado, entre risas, y yo llegué por fin a mi destino. Golpeé en la sólida puerta y escuché cómo, en el interior, una voz me instaba a que pasara: no me lo pensé dos veces. Mi amigo estaba en su cama, revisando unos pergaminos. Levantó la vista hacia la puerta y me vio. Sus ojos brillaron un instante mientras su expresión oscilaba entre la sorpresa, el arrepentimiento y la pesadumbre.

-¡Eowyn! Pero…

-No te alegres tanto de verme, que me lograrás emocionarme –le eché una ojeada-. Y deberías ponerte algo de ropa: no creo que vuestras normas apoyen el hecho de que durmáis tal como Dios os trajo al mundo. Pero bueno, mi propósito al venir aquí no es darte consejos sobre homewear –corté en seco las avergonzadas justificaciones que se disponía a desgranar, a juzgar por su mirada contrita, y fui al grano, tal como es mi costumbre-. Lo sé todo. ¿Cuándo te vas?

Dio un leve respingo.

-Al amanecer –confesó-. Pero ¿cómo lo has averiguado…?

-Por tus greñas. Al ver que no te las había cortado, comprendí que deseabas viajar de incógnito, como sueles hacer. Vuelves a Chipre, ¿no? A tus Cruzadas.

Asintió ligeramente con la cabeza.

-Tengo que hacerlo. Lo sabes –adujo a modo de disculpa. Yo resoplé.

-Sí, ya. Es tu deber, ¿no? Un punto importante en la nueva estrategia de la Orden de la que habló Guillaume en la cena. No sois muy diferentes al PP, después de todo, ni a los yanquis: los primeros finiquitan la justicia universal para no perjudicar a los otros, sus aliados psicópatas que no tienen escrúpulos en aplicar su propia justica particular, a sangre y fuego, caiga quien caiga, lo mismo que vosotros. Pero me temo que esa parte en concreto, la parte que implica matanza, no será refrendada por toda la Orden cuando se haga pública. ¿Qué crees que opinará Frey Pere al respecto, por ejemplo?

Mi descontento suscitó su rebeldía: su expresión su endureció.

-Tendrá que hacerse a la idea –contestó con dureza-, al igual que los otros. Eowyn, tú te precias de ser práctica. Una guerra no se gana solo con buenos propósitos: es menester dinero. Ninguno de nuestros proyectos puede llevarse a cabo si no contamos con efectivo. Ni ayudar a los que lo necesitan, ni lograr más justicia en el mundo. Necesitamos donaciones, y las donaciones solo las conseguiremos adquiriendo prestigio, y el prestigio solo llegará si ganamos batallas. Esto funciona así.

-Cualquier medio para justificar vuestro fin, ¿no? Sí, realmente sois iguales que el Sistema: criminalizaréis con las más sucias y viles y estrategias a los únicos y las únicas valientes que se atreven a luchar por la dignidad, como los gobernantes fascistas y sus esbirros policiales.  Perfecto. ¿Y cuántos inocentes tendrán que morir para que alcances tu meta?

-No es solo mi meta, sino la de todos. Y esta vez lo haremos de manera diferente. Ya no se puede confiar en los reinos cristianos, y ojalá no lo hubiéramos hecho nunca. He visto más crueldad entre nuestros correligionarios que entre los sarracenos u otros salvajes; o al menos la misma. Hay demasiada corrupción en la Cristiandad. Eowyn, espera y verás: tantas cruzadas nos han enseñado muchas lecciones. Cometeremos errores, lo admito. Pero serán menos que al principio: tenemos memoria.

Respiré profundamente. No tanta memoria debían de tener, si les había costado tantas campañas obtenerla: habían olvidado sus salvajadas, como Billy el Niño, y tal vez como él acabarían muriendo, sí, pero libres, millonarios por los servicios prestados, y en la cama. Al igual que el PP, cuando volvían la vista atrás no recordaban los asesinatos de sus correligionarios en la Guerra Civil, el franquismo o el postfranquismo (es que padecen una extraña enfermedad cerebral que se llama paracuellitis: o sea, que solo se acuerdan de Paracuellos). Vamos, que no tienen memoria histórica, sino memoria histérica.

-Y todo esto ¿cuándo pensabas decírmelo? Ibas a marcharte si despedirte –le acusé.

-Iba a hacer algo mejor que despedirme –contestó con énfasis-. Iba a proponerte que vinieras conmigo. Siempre te lo he dicho: te necesitamos.

-¿Y entonces?

Sus ojos se achicaron por el disgusto.

-Guillaume jugó sucio, como es propio de él. En nuestras conversaciones nunca dijo que volvería a contar contigo; pero cuando lo manifestó públicamente, supe lo que elegirías.

-¿Me lo preguntaste, acaso?

-No era necesario.

-Sí, sí lo era. Como todos los hombres, crees que conoces lo que decidiremos y lo que nos conviene mejor que nosotras mismas. Pues te informo, querido compañero, que al menos en esta ocasión has metido la pata.

Clavó en mí su oscura mirada, en silencio. Yo continué: la pasión que coloreaba mis palabras, como inspirada por una divinidad en la que no creía, me sorprendió incluso a mí misma.

-Te ofrezco una alternativa mejor. Quédate conmigo. Volvamos a nuestros orígenes y dejemos atrás esta locura. Huye del Temple, huyamos de órdenes y organizaciones y listas abiertas y o cerradas para elecciones antidemocráticas. Seamos libres. Ocasiones tendremos de luchar por nuestras ideas y de hacer algo útil por la gente que lo necesita. Lucharemos, comeremos y beberemos, y cuando seamos tan viejos que no podamos sostener la espada (cosa de la que tú andas más cerca que yo, me temo) pasaremos los últimos años de nuestras vidas en Tierra Santa aprendiendo con los mejores maestros entre paseo y paseo por la taberna, que ya estoy harta de los reinos hispánicos, por las razones que todos sabemos. Y si no sobrevivimos… pues mejor: nos reencontraremos en el infierno. Nos iba bien así antes, amigo. ¿Por qué tuvimos que cambiar?

Pero él inclinó la cabeza, sin decir palabra, y yo comprendí que había perdido la partida.

-Está bien –acepté-. La verdad, tampoco esperaba convencerte.

Rodeé la cama y me senté en el extremo opuesto. Comencé a quitarme las botas.

-¿Qué supone que estás haciendo? –me preguntó él, más sorprendido que escandalizado. Bufé de nuevo.

-Supongo que lo que quieres preguntar en realidad es mi propósito al hacer lo que estoy haciendo, porque el hecho en sí es evidente. Aunque, pensándolo bien, lo que me propongo también es obvio. Así que mejor no preguntes –me saqué los pantalones-. Y ni una sola mención a tus votos –le interrumpí-. Si quieres convencerme de que no lo haga tendrás que inventarte un argumento más original.

Mi sobrevesta cayó al suelo. Me levanté para soplar las llamas que iluminaban la estancia: no por timidez propia, sino para facilitarle las cosas a él, que tenía menos experiencia que yo en esas lides o de ello presumía, y, tras haberme despojada de las últimas prendas, me arrodillé sobre la cama mientras escuchaba su voz en la oscuridad.

-No pensaba aludir a mis votos. Me enfrentaría al infierno solo por el privilegio de pasar una noche contigo…

El calor de su tono me produjo un profundo escalofrío. Menos mal que no creía en las palabras hermosas: es tan fácil pronunciarlas… Él continuó:

-… pero creía que tú y Guillaume…

-No veo la incompatibilidad por ninguna parte. En el caso de que lo que afirmas hubiese sucedido.

-Para mí es importante.

-Tonterías.

-Pero hay algo más.

Noté que arrojaba la ropa de la cama lejos, con rabia. Se levantó y se alejó un par de metros. La temperatura de la habitación había bajado, de golpe, varios grados.

-Esto es ridículo –me lamenté-. Vengo de un mundo donde todo lo que es bueno, auténtico, sencillo y solidario está siendo sistemáticamente arruinado o descalificado por un poder que nos quiere simples máquinas, en nuestros deberes y en nuestras diversiones, o que nos condena a la muertes más crueles, directa o indirectamente, sumiéndonos en la pobreza y la exclusión. Y tú desprecias tu única oportunidad tal vez en mucho tiempo de ser feliz…. Mira, he estado a punto de perderos a todos y siento que esta vez no pasarán solo unos meses o un año hasta que vuelva a encontrarte, tengo un mal presentimiento, ojalá me equivoque. Necesito que al menos me des algo que pueda recordar. Y no me obligues a decir más ni a prometer ninguna cosa. Sabes que nunca lo haré.

No acababa de entender lo que le sucedía. Era como si dos fuerzas opuestas tiraran de él: las sentía competir por su voluntad…  Al fin escuché sus palabras

-Eowyn, si me quedo contigo esta noche no podré marcharme. Lo sabes.

Se hizo el silencio durante unos instantes.

-Te marcharás –refuté yo, al fin-. Tu sentido del deber es demasiado poderoso.

Supe, no obstante, que necesitaba un estímulo suplementario… Ah, hombres…  A veces es más fácil enfrentarse a un escuadrón de mamelucos o a Berenguer de Entença cabreado que a sus chorradas, joder.

-Tú también deberías saber una cosa. Espero que esto sea suficiente para ti. No eres uno más. Siempre has sido especial… -me mordí los labios. El resto, si existía, él no tenía por qué saberlo.

 Se produjo otra pausa inquietante. Transcurridos un par de segundos, sentí que la cama se hundía bajo su peso.

-Es suficiente –contestó- Por ahora.

-Pues entonces cierra la boca. Hablas demasiado.

En aquel momento, desapareció el presente, el futuro inmediato, todos los futuros posibles, el destino de la Humanidad y las características que han hecho y que harían que ese destino no fuera a ser jamás halagüeño. Hay noches que contienen todas las noches, todos los tiempos y todas las dimensiones. Son escasas, se debaten, como yo misma, entre la ficción y la realidad, entre la invención absurda y el deseo creador. Yo he tenido la suerte, la inmensa suerte, de ser la protagonista de una de esas noches. Ojalá aquel hubiera sido el final; pero lo mejor, en sentido tristemente irónico, estaba a punto de comenzar.

Desgreñada, sonrosadas las mejillas, los ojos brillantes y una sonrisa triste en los labios, yo miraba desde debajo de las sábanas cómo él se vestía con ropas que recordaban a las de un caballero seglar de no demasiada alta alcurnia, bajo las primeras luces del alba.

-Volveré antes de lo que crees. Y esta vez estoy seguro de que podré convencerte.

Yo me mantuve en silencio.

-Pero ¿qué te sucede, Eowyn? ¿Dónde está tu imparable verborrea? –examinó un momento la expresión de mi rostro y de inmediato se acercó y apretó una de mis manos entre las suyas, antes de llevársela a los labios.

Naturalmente, tuvo que ser aquel preciso momento cuando comenzó a desarrollarse el desenlace de la aventura. Aún gracias que el destino permitió que pudiera suceder sin interrupciones el interludio que acabo de relatar. Pero, en realidad, justamente ese interludio fue el hecho clave en los sucesos que estaban a punto de ocurrir, y es por esa razón también que, rompiendo con mi hábito, he referido un acontecimiento que debería pertenecer tan solo a mi estricta intimidad. Unos pasos apresurados se oyeron tras la puerta y, sin solución de continuidad, esta se abrió con estrépito, su hoja rebotando contra la pared, y un iracundo Guillaume apareció en el umbral. Nos miró con una censura infinita en los ojos, aunque mostrando escaso estupor.

-Pero ¿es que no tenéis vergüenza? –nos increpó-. Todos nosotros estamos intentando contener a Esquieu para que no cometa una locura de consecuencias imprevisibles, ¡y vosotros aquí, entregándoos a la lujuria y al desenfreno con la mayor desfachatez del mundo! –se dirigió a él-. ¿Así pagas a tus hermanos el honor del que te han hecho objeto? –me tocó a mí-. Y tú, hembra diabólica, ¿deberé acaso suscribir las tesis de Gonzalo? ¿Acaso no has pensado en los terribles efectos de tus tentadoras argucias?

Y es que yo era la culpable universal, naturalmente: de haber hecho caer entre mis brazos a un hombre consagrado a Dios, del fracaso de las Cruzadas, del desastre de Annual y de la no tan hipotética III Guerra Mundial. No sé por qué aún me sorprendo: soy mujer, y si me porto mal se me tiene que dar mi merecido: y aún gracias que no se metieron con mi aspecto físico.

-Guillaume, deja de acusar a los demás de pecados que tú cometes mucho más alegremente y dinos ya que está sucediendo ahí afuera –rechazó mi amigo. Los dos freires se miraron de hito. Guillaume, al final, soltó un contenido rugido de rabia y habló.

-Esquieu os ha descubierto. Está convocando a todos los habitantes del castillo para que vengan a dar fe de tu terrible infracción de nuestra Regla. Todos los esfuerzos que hemos hecho para mantenerte con vida y en tu puesto se van a ver ahora inútiles por culpa de tu perversidad. Acabarás perdiendo el hábito, expulsado de la casa y encadenado de por vida en Chateau Pélérin… o en un lugar peor, ahora que ya no es nuestro. Y todos nosotros, vasallos de Felipe de Francia. ¿No os dais cuenta? Es el fin (sigue).

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(Atención: este es el capítulo final de un serie, bastante larga, me temo, pero que tiene su aquél. Si queréis leerla desde el principio, clicad aquí)

(viene de) ¿Dónde quedó nuestra libertad?, me preguntaba yo mientras cabalgaba a galope, con el viento golpeándome el rostro y el cabello desordenado, cansada, magullada y feliz. ¿En qué parte del camino fue donde la perdimos? El castillo de las pesadillas, donde el deseo generalizado era guiarme, cuidar de mí, controlarme, proporcionarme el regalo envenenado de una vida  protegida quedaba atrás y yo, en pos de mi misterioso colaborador (que no era tan misterioso), volvía a recuperarme a mí misma. Pero ¿por qué no podía ser siempre tan fácil? ¿Por qué, concretamente, en el siglo XXI no lo era? ¿Por qué esa cruel involución histórica, o al menos, esa estabilidad en el mal, en la injusticia y el error? La respuesta a la pregunta, o al menos una respuesta de urgencia (porque ¿dónde está la verdad?) se desvelaría pronto.

De momento, seguimos cabalgando hasta llegar a las tierras del Comte d’Urgell, y paramos de mutuo acuerdo tácito en la primera población importante y bien surtida de lugares de avituallamiento  gastronómico y enológico. Le hice un signo a mi acompañante para que me siguiera: se me conoce por ser una guía ambulante del ocio y la restauración medieval que hace innecesarias todas las aplicaciones móviles al respecto en el caso de que hubieran existido. En un callejón algo menos maloliente que el resto encontramos la entrada a un local de aspecto bastante pulcro, que yo consideraba la mejor posada de la zona. Pedí vino y comida en abundancia y busqué una mesa apartada, no sin antes justificar la singularidad de nuestra asociación de templario y mercenaria jurando ante el tabernero que éramos hermanos de padre y madre (aunque no nos parecemos en nada, afortunadamente). Mi compañero se desembarazó del casco y alargó su mano hacia la mía. Dejé que la tomara y la acercara a sus labios: yo también (pues tenía mi corazoncito, aunque lo disimulara, no demasiado grande ni demasiado sentimental, pero por allí andaba en algún lugar) me alegraba de verlo.

-No te sorprendes –me dijo, tal vez algo decepcionado.

Yo apreté su mano.

-Te he reconocido, viejo cabronazo. Difícil no hacerlo, con ese hábito que te empeñas en seguir vistiendo y tu figura enorme. De hecho, te hubiera identificado incluso aquel día con tu penoso disfraz de anciano, si el cielo hubiera estado más claro y no hubiera estado recuperándome de un acceso de fiebre. Por cierto, ¿has agotado ya todas tus máscaras?

Meneó la cabeza en negación.

-Se acabaron los disfraces, Eowyn.

Chasqueé la lengua. Algo no casaba allí. Después de todos los enigmas y todas las ocultaciones, ahora resulta que todo iba a ser claro y diáfano como la luz del día.

-Nunca deberían haber existido –repliqué yo-. Estoy cansada de secretos y mentiras. Fuimos como hermanos, hermanos de verdad, y ahora te empeñas en comportarte como un extraño. Es esa orden tuya. Te tiene lavado el poco cerebro del que te ha dotado la naturaleza.

Se mostró inmune a mis insultos, igual que si yo estuviera diciendo chorradas dignas de Sáenz de Buruaga o de los  gobernantes peperos españoles de la legislatura de Rajoy.

-Supongo que Guillaume te lo habrá contado todo –había una extraña expresión en su rostro, de condescendencia mezclada con censura. Enarqué una ceja-. Habréis tenido tiempo de eso y de algunas cosas más, presumo.

-Solo me relató tu sentimiento de culpabilidad por haberme metido en este lío y tu consecuente afán por protegerme. En cuanto al resto, ¿qué pretendes insinuar? –me defendí, aunque no con mucho ímpetu. Él me contestó algo sorprendente.

-En algún momento llegué a pensar que sería buen compañero para ti. Ambos eráis para mí los amigos más fieles y teníais muchas cosas en común. Pero eso fue antes de su traición, evidentemente.

Yo bufé, hastiada.

-No me busques tan pronto marido nuevo. Recuerda que acabo de escapar de uno. Además, sabes perfectamente lo que pienso al respecto. Eso –señalé hacia las quebradas llanuras de la tierra de Urgell, con sus campos de cultivos aún libres de transgénicos, que se extendían más allá de la ventana, hasta el horizonte– es lo único a lo que quiero consagrar mi vida. Lo que haya podido suceder o no en ese castillo es algo completamente diferente de todo aquello que estás sugiriendo

-Hablaremos de eso después -concedió.

-No hay mucho más que te pueda decir –y es que yo no pensaba dejar escapar la ocasión tan fácilmente-. Tú, sin embargo, sí tienes muchas cosas que comentarme. Guillaume me dijo también que eres el único que puede responder mis preguntas.

Creo que, por un momento, conseguí hacerle dudar: el vino comenzaba a hacer sentir su efecto, y no dejábamos de ser dos viejos camaradas que se encontraban tras haber presenciado los horrores más innombrables y haber sobrevivido a ellos, con lo que de conmovedor tiene el hecho. Pero en el último momento algo le hizo cambiar de opinión.

-Refrena tu impaciencia: todo llegará –yo bullía de frustración, aunque mi orgullo no me permitió manifestarla en voz alta. Pero iba a averiguarlo, fuera como fuera-. Hay cuestiones más urgentes. Por ejemplo, establecer cuál va ser el próximo paso. Gardeny se ha revelado como un nido de intrigas y antes de que te reincorpores a la misión sería interesante saber hasta dónde llegan y en qué te afectan.

Por mucho que me molestara, y tal como yo había presentido la noche anterior, tenía razón: era fácil deducir que la llegada de Blanca probablemente no había tenido nada que ver con los espías del rey o con los suyos propios, al igual que seguro que no había sido iniciativa de Gustaf y Karl presentarse allí y reivindicar su falso estatus de prometidos de Ermengarda: alguien en aquel  lugar sabía mucho de mí, y no pensaba utilizarlo precisamente para favorecerme. Eso sin olvidarnos del desconocido arquero, o arquera. Manifesté mis temores en voz alta.

-Es a eso exactamente a lo que me refería. Isabel me parece totalmente de confianza, y Guifré, por lo que sé de él, es un hombre íntegro. En cuanto a los demás… no lo sé. Sabes que odio a Guillaume con toda mi alma, tanto como le amé en tiempos, pero ni él (a pesar de que sus devaneos con Blanca lo han puesto todo en peligro) ni sus caballeros amigos me parecen unos traidores… al menos mucho más de lo que ya lo han demostrado. Además, él no haría nunca nada contra ti, debo reconocerlo.

Sus palabras me resultaron sumamente reveladoras

-Has estado espiándonos todo el rato –le reproché, comprendiendo.

-Ya sabes la razón. Pero he intentado intervenir lo menos posible. Pensé que podías escapar sin ayuda, pero entonces vi como ese hijo de puta de las almenas disparaba contra ti; maldita sea, estaba demasiado lejos para que pudiera apreciar ningún rasgo que le diferenciara. Así es que saqué la ballesta y conseguí herirle. Después, viendo la irrupción de tus antiguos jefes, me hice con los caballos de una granja de pollos de las cercanías, y los solté para causar confusión.

Me gustó la idea: eso era lo que se necesitaba en las luchas actuales, unión y estrategia. Y era curioso en el siglo XXI también existiera una granja de pollos en los alrededores. Probablemente incluso en el mismo lugar.

-Pero antes –continuó- escribí un mensaje al comendador por si no funcionaba la treta: afortunadamente tenía a mano un sello que sabía que le iba a poner bastante nervioso –me guiñó un ojo: él debía de saber ya que yo estaba enterada de quién era  en realidad–. Entre esa carta, que justifica a Guillaume, y el incomprensible encanto personal de nuestro amigo  –realmente, pensaba yo, era un misterio cómo el enigmático bretón era capaz de sumar a su causa tantas simpatías- me imagino que las aguas volverán pronto a su cauce y la misión continuará sin novedad. Aunque quizá deberías mantenerte un poco alejada hasta que hayamos averiguado algo más sobre el traidor.

-Solo si prometes que dejarás de seguirme –contesté rápidamente.

Él se resignó. Esperaba que no me estuviera mintiendo.

-Está bien. Permaneceré un tiempo a tu lado, y luego volveré a Chipre. Tengo asuntos allí –no le pregunté aún: ya habría tiempo de averiguarlo. No se zafaría tan fácilmente de mi curiosidad. Pero esperaba que aquellos asuntos tuvieran que ver más con la paz que con la guerra: su gremio eclesiástico y la nobleza ya habían jodido bastante el mundo conocido tras casi dos siglos de torpes e insensatas cruzadas sin que eso les hubiera causado más perjuicio que a De Guindos las preferentes que vendió en Lehman Brothers. Esperaba que lo escaldados que habían salido de las mismas les hubiera curado de su inane y desmesurada ambición-. Y te juro que una vez que haya partido no dejaré a nadie que me sustituya en tu cuidado. Pero habrás de extremar las precauciones.

Con aquello bastaba. Por el momento. Alcé mi copa.

-Brindemos entonces por ello.

Comimos hasta reventar y bebimos hasta que el vino nos salió por las orejas, atronando el local con nuestras carcajadas al retratar irónicamente a los personajes del castillo y a sus visitantes. Después pagó la cuenta, con las escasas monedas propias de un Pobre Caballero de Cristo que llevaba en su bolsa, y tras haber pasado por la casa de baños local para quitarnos la herrumbre y el polvo del camino, nos retiramos a las habitaciones que nos habían asignado. Él me miró mientras subía las escaleras.

-Estás completamente recuperada. Apenas cojeas.

-No hay nada como una buena pelea para eso –asentí yo-. Lo que me pasaba es que estaba algo oxidada. Aparte de que aquellas fiebres renuentes que me molestaban desde el primer viaje a Tierra Santa también han desaparecido. En Miravet me dieron algo, y en la pequeña encomienda de Guifré acabaron el tratamiento. Ahora solo me falta recuperar un poco la musculatura perdida, y ya estaré dispuesta para nuevos lances.

-Me alegro de oír eso –respondió-. Nos esperan grandes desafíos.

-Lo sé –acordé yo.

-Y sin embargo… tu semblante es triste.

Dejé que mi mirada vagara en el infinito.

-Pienso en la libertad –dije.

-Explícate.

-Es una de las dos enseñanzas que he sacado de esta aventura – aclaré-. Quizá en parte gracias a Elvira, la dama de compañía de Blanca y, desde luego, gracias a Isabel. ¿Sabes? Estuve reflexionando acerca de mi pasado. Siempre quise ser libre, siempre odié las cadenas; pero todo a mi alrededor conspiraba para esclavizarme y mantenerme en la más absoluta inopia educativa, confiando que así me dominarían mejor. Mis progenitores, que nunca se plantearon que yo pudiera ser algo diferente de la esposa de un campesino, mi antiguo señor, que se tomó durante muchos años mi rebelión como algo personal… Y al mismo tiempo, siempre fue fácil huir, oponerme al sistema, al futuro que tenían planeado para mí. Y ¿por qué, te preguntarás? Pues porque esa servidumbre siempre fue externa, no venía de mi propio interior ni de mis propias circunstancias. He pagado mi libertad con cada una de mis cicatrices, pero no soy una heroína por ello.

Él me escuchaba atentamente. Yo tomé aliento para continuar.

-Sin embargo, en el siglo XXI, todo es distinto. El papel que ocupo allí es de una mujer joven y desesperada, sin armas, sin dignidad, casi sin orgullo, impotente ante la injusticia, cuyos patéticos intentos de pelear se ven frustrados por su situación. Y eso es porque ella no es libre. Prácticamente nadie es libre allí. Les han vendido humo hermosamente empaquetado, les han comprado la libertad a base de sueños y de promesas de una falsa estabilidad, seguridad, bienestar, a cambio de sus propias identidades. Les han convencido que para ser felices necesitaban formar una familia, hipotecarse hasta las cejas y conseguir un trabajo tiranizado, y que así vivirían contentos y ricos por siempre jamás. Y cuando descubrieron que habían sido víctimas de la más desalmada de las engañifas, se dieron cuenta de que ni siquiera podían salir a la calle a quejarse, que ni siquiera tenían tiempo para urdir la rebelión: estaban cargados de hijos, maridos o mujeres, hipotecas, con un trabajo en el que debían soportar todos los abusos e irregularidades por miedo a perderlo, o bien sumidos en la desidia por la falta de él: la esclavitud, allí, forma parte de la propia esencia de los seres humanos. Alguien o algo ha conseguido que así sea. No quiero regresar al siglo XXI, amigo mío, no quiero volver a ver las costas de mi Barcelona natal desfiguradas por leyes estúpidas y destructoras, y este es solo uno de los ejemplos. Preferiría haber muerto en Tierra Santa en mitad de aquella espantosa, inhumana y absurda carnicería: en el futuro ni siquiera puedo sacar mi espada para repartir mandobles. Y sin embargo, sé que tengo que hacerlo. Sé que he de volver.

Me observaba con gravedad.

-Debes decirles que huyan de eso. Tú puedes hacerlo. Que deshagan el camino andado, o al menos el que puedan deshacer. Que rompan con todo. Aunque sea una decisión radical, aunque les cueste dolor. Y debes seguir luchando también aquí. Quizá, si derrotamos la ambición y la ignorancia actuales, podremos evitar que los reinos hispánicos lleguen a ser ese país podrido de beatería y sacrosantos privilegios que describes.

Negué con la cabeza.

-No hace falta que les diga nada. Ellos ya lo saben. Pero no me escuchan. Ni siquiera yo me escucho a mí misma.

Se hizo el silencio entre nosotros. Yo respiré hondo.

-Seguiré luchando aquí. Pero volveré –dije al fin-. Aunque todavía no. Antes, quiero contarte cuál es la segunda cosa que he aprendido.

Él hizo un gesto inquisitivo. Yo continué.

-Que no pienso dejar escapar la más mínima oportunidad que me conceda la vida.

Abrí la puerta de la estancia. Él entendió.

(FIN… al menos de momento).

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(viene de) Aquello era una declaración de guerra auténtica y absoluta, a un nivel semejante a  los imparables e insostenibles recortes sociales y laborales en países como Portugal y no digamos en Grecia, que acabarán ocasionando una revolución o es que ya he dejado de entender al género humano. Yo, sin embargo, en ese momento poco podía hacer más que ponerme a salvo, aunque, al volverme hacia el castillo, afortunadamente pude ver que había pasado el peligro por el momento, pues la forma imprecisa que me había estado asaeteando se escondía en aquel momento entre las almenas de la Torre del Homenaje. Pero los guardias estaban ya avisados, y comenzaron a llamar a sus compañeros a grandes voces; los soldados de Blanca, por su parte, dejaron lo que estaban haciendo y se apresuraron a salir al portón. Y, lo que fue muchísimo peor, por el camino apareció el carruaje a una velocidad endiablada para, tras estar a punto de atropellarme, detenerse en seco. Sin solución de continuidad, de él surgieron dos viejos conocidos míos: por un lado, el alto, fornido, rubio, y prácticamente bárbaro mercader Karl, y por el otro, el escuálido y granujiento Gustaf, que se dirigió a mí con expresión falsamente alborozada.

-¡Mi querida Ermengarda, mi muy amada prometida! Anda, ven a refugiarte en mis fuertes brazos –bueno, soñar es gratis-. Karl, querido –dijo, dirigiéndose a este, que se acercaba a mí armado con una lanza tan larga como él mismo, acorralándome hacia el castillo-, da aviso a esos buenos caballeros de que está aquí Gustave de La Camargue –evidentemente, el título se lo había sacado de la manga. Otro noble autoinventado. Pero a este, por desgracia mía, no le buscaban trabajo en Qatar–,  el prometido de Ermengarda, cansado de esperar e inflamado de ardor amoroso –los chillidos del bárbaro alemán no se hicieron esperar. Estoy segura de que no debía de estar demasiado alejado genéticamente de los antepasados de Merkel: era tan feo y tan neo liberal en cuanto a la economía (recuerdo el escaso salario y las horrendas condiciones) como esta-. Y tú, amada mía, deja ya tus veleidades aventureras y decídete ya a desposarte conmigo y llenar de hijos las salas de mi castillo. Aunque también podríamos comenzar a encargar el primero ahora mismo. Creo que nuestro Creador nos dispensará de tal pecadillo –e hizo ademán de rebuscar alguna cosa bajo los faldones de su túnica. Yo ahogué una náusea: me faltaba estómago para tamaña perspectiva.

-Soy tuya si consigues atraparme, mi amor –le contesté con ironía y velada amenaza, buscando a mi alrededor con la mirada cualquier posible objeto que me sirviera para darle lo que se merecía, que no eran precisamente retoños.

-¿Qué está sucediendo aquí? –el comendador había irrumpido en la escena, seguido por Guillaume y escoltado por su guardia personal. Detrás iban todos los caballeros de la encomienda. Se dirigió a Gustaf-. Si es cierto que sois el prometido de esta dama, podéis llevárosla bien lejos. No os imagináis los problemas en los que me he visto metido por su causa –yo, que estaba expectante a cualquier oportunidad de zafarme de aquel embrollo, no pude menos que alegrarme al ver la patente incomodidad del líder de la manada guerrero-religiosa de la Terra Ferma.

-¡Ni hablar! –Guillaume, en un alarde de insumisión, tomó al comendador por el hábito y lo obligó a volverse hacia él. Vi a lo lejos como Guifré e Isabel, que sin duda estaban ocupados en lo suyo en alguna alcoba deshabitada, aprovechando cualquier momento ya que el futuro no parecía demasiado propicio para su relación, en realidad para nada, corrían para unirse a la fiesta-. Este hombre es un impostor, alguien que desea a Ermengarda desde hace mucho tiempo y la ha creído lo suficiente sola y desprotegida para intentar obtenerla. Pero eso no será así mientras yo esté con vida.

Como si le necesitara, pensé. Aunque, para que íbamos a engañarnos, por mucho que me pesara  en momentos como aquel necesitaba toda la ayuda que pudiera recabar.

-¡Guillaume, no pienso toleraros esto! –el comendador hizo ademán de sacar su espada-. ¡No me importa quién seáis!

-¡Mostraos inflexible, comendador! –Blanca, acompañada de Elvira y flanqueada por sus hombres, también había aparecido. Bueno, era la única que faltaba-. Ese hombre, yo lo puedo certificar, es realmente quien dice ser. Guillaume, como os he advertido esta mañana, tiene lúbricos e incestuosos pensamientos con respecto a su prima, y por eso la mantiene aquí, alejada del hombre que tiene derecho sobre ella. ¡No dejéis que este vil y fementido traidor manche así la sagrada orden del Temple! –malo, malo. Cuando una persona de la dudosa categoría humana de Blanca llamaba a algo “santo” o “sagrado”, había que comenzar a desconfiar seriamente de ello.

-¿A alguien le interesa saber mi opinión? –interrumpí-. Después de todo, se supone que yo soy la persona más interesada…

-¡Esta mujer es mía! –gritó Gustaf-. Os lo demostraré.

Dio un paso hacia mí y yo retrocedí, todo lo que pude, al menos, pues mi retaguardia estaba cortada por los guardias del castillo (y la vanguardia y los flancos me los obstaculizaban el carruaje y todos los presentes). Guillaume intentó detener al comerciante, pero el comendador se interpuso y ambos se enfrascaron en un duelo a espadas, ante el asombro del resto de la mesnada.  La situación era totalmente límite, y realmente no recordaba haberme visto en otra igual en mucho tiempo. Lo único de lo que estaba segura era de que antes de que me viera obligada a contribuir al aumento de la demografía medieval en colaboración con el repugnante Gustaf allí iban a rodar muchas cabezas. Pero en mi afán por huir de este, no vi cómo su adalid Karl rodeaba al grupo para atraparme por detrás: el grito de Isabel llegó demasiado tarde. El bárbaro y gigantesco nórdico sostuvo mis brazos detrás de mi espalda mientras el baboso Gustaf sacaba una daga y, mientras mis amigos corrían hacia mí, desgarraba el vestido que tan caro debía haberle costado a Guillaume, dejando al descubierto la cota de malla y la corta túnica que llevaba sobre ella.

-Esto ha llegado demasiado lejos –aprovechando la sorpresa de ambos mercachifles al verme armada, me zafé de ellos recopilando todas mis fuerzas y tomé la espada que Guifré, que por fin había llegado a mi altura, me tendía-. ¡Venga, venid a por mí! ¿No tenías tantas ganas de probar mis habilidades amatorias? ¡Pues aquí las tenéis! –me deshice de los restos del vestido y tiré los harapos lejos, para que no me dificultaran el movimiento. Algo captó la atención del comendador.

-¡Deteneos! -paró la última estocada de Guillaume-. ¡Yo conozco esos colores!

Se refería a los que adornaban mi túnica. Os los podéis imaginar los que me conocéis un poco: una franja roja, otra amarilla y otra violeta, con la estrella roja en el centro de la de en medio. Unos colores que no representan a un país, sino a un estado de cosas, a un experimento que, con sus luces y sus sombras, tenía altos alcances y podía haber funcionado si el sistema no lo hubiera impedido. Un suelo de justicia e igualdad, de fraternidad y de cultura, futuro, pero también pasado y atemporal, el Camelot soñado del que llevaba el nombre y por el que siempre pensaba luchar. Hasta la muerte.

-Esta mujer no es Ermengarda de Nantes –le había costado un poco al ínclito comendador darse cuenta-. ¡Es Eowyn, la mercenaria! –y, volviéndose a Guillaume-: ¡He sido víctima de una cruel mistificación con oscuros y deshonestos propósitos!

-Os lo hubiera dicho esta mañana si hubiera estado segura de que me hubierais creído –se encogió de hombros, con ademán de resignación, Blanca, como aquella a la que la realidad da la razón-. Pero os vi con muchos prejuicios hacia mi persona.

La lucha se había interrumpido. Hasta Gustaf y Karl esperaban el final de aquel culebrón.

-No, no es mi prima. Es mucho más que eso –por todos los infiernos, ¿qué iba a decir ahora aquel descerebrado?-. Eowyn es mi hermana, la hija natural de mi padre. Juré que la protegería con mi vida. Por eso la traje aquí, para mantenerla a salvo de esa pareja de cobardes plebeyos que quiere aprovecharse de su inocencia –cada vez estaba más seguro de que Guillaume tenía que haberse dedicado a ser romancier.

-¡Me importa un comino de quién sea hija esta zorra! ¡Es mía! ¡Yo la compré y ella me traicionó, y sin siquiera cumplir las tareas que le había encomendado! –me miró y me preguntó en un áspero susurro-. ¿Quieres ver las cicatrices que me dejaron las torturas del sultán de Egipto? Más que nada para que te vayas acostumbrando, porque pronto estarán sobre tu cuerpo también –pero después de ver los extremos a los que llegaban los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI para conservar sus empleos, debido al chantaje de la patronal y del sistema, ya no me espantaba ninguna amenaza que pudiera proferirme. Le repliqué:

-Por lo que sé, sus métodos de persuasión son algo más sofisticados. No deja de ser una especie de descendientastro de Saladino.  Aunque –miré significativamente a Karl, y después de nuevo a Gustaf- tal vez para ti haya sido aún peor de esa manera.

Pero el comendador ya volvía a tomar el mando.

-Basta de palabras ¡A las armas, mis caballeros! ¡Atrapad a esta hija del demonio y a sus cómplices!

-Eso si no la cojo yo antes –intervino Gustaf, amenazándome de nuevo con la espada junto con su amigo.

A continuación, se declaró la madre de todas las batallas. Aparte de mi duelo contra mi pareja de ex jefes dignos de pertenecer a la CEOE, estaba el de Guillaume contra el comendador y gran parte de su guardia, el de Guifré contra los que quedaban, mientras los caballeros amigos de Guillaume intercambiaban mandobles con el resto de los templarios de la fortaleza, los soldados de Blanca se hallaban repartidos un poco por todas partes, y Elvira, con sus ojillos llenos de rencor y resentimiento, atacaba a Isabel con una rama que encontró por el suelo cual Thorin Escudo de Roble (desde luego, ambos eran bastante parejos en estatura); afortunadamente, mi amiga, que se había hecho con otra, la mantenía bien a raya. Pero, en cualquier caso, el combate era demasiado desigual para que los míos tuvieran alguna esperanza, y ya estaban comenzando a caer los primeros heridos, entre ellos Gonzalo, a quien no había visto hasta entonces y que se encontraba apoyado en un árbol fuera de combate, aunque también es cierto que por lo que veía su lesión no parecía grave. Menos mal que en la Edad Media aún no se había descubierto que la salud no era un derecho sino un negocio (al igual que el agua, por ejemplo): la enfermería templaria no era El Corte Inglés y yo estaba segura de que cuidarían bien de él; y además, gratis.

Y entonces, ocurrió algo providencial; últimamente el Destino estaba siendo benevolente conmigo, lo cual solo quería decir que me tenía reservado algo terrible. Una manada de caballos desbocados irrumpió en el campo de batalla, causando la confusión y obligando a todos los contendientes a interrumpir la lucha para buscar refugio donde bien pudieran. Detrás de ellos, avisté a un jinete vestido (era una pesadilla recurrente) asimismo con el hábito templario, portando casco y mostrando la lanza. Llevaba a mi caballo de las riendas.

-¡Rápido, Eowyn, sube! –me instó. Yo no esperé a que me lo dijera dos veces. Salté sobre Rayo Blanco de forma harto inelegante, debo reconocerlo, y ambos iniciamos la huida. Pero mi improvisado salvador tuvo tiempo de tirar un pergamino enrollado al comendador.

-¡Leedlo y acabad de una vez con esta locura! –le gritó.

El comendador palideció al ver el sello que adornaba el mensaje, e hizo un gesto a sus caballeros de interrumpir la batalla, y también, con autoridad, a las huestes de Blanca. Mis amigos se agruparon, cansados pero contentos, e Isabel me saludó con la mano en amistosa señal de despedida. Viendo que se hallaban a salvo, me decidí a emprender la huida y salí al galope tras aquel oportuno ayudante. Aún no sabía lo que había pasado allí, pero de momento no era demasiado importante (continúa).

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Hoy (ya ayer) hace 75 años que bombardearon la plaza de Sant Felip Neri. Murieron, entre otras personas, muchos niños. Más tarde, siguiendo con este escaso respeto por la infancia y la maternidad, los herederos de los que perpetraron ese crimen pasaron 30 (o quizá 40, o 50 o…) años robando bebés a sus madres, por rojas o inmorales, y continuaron después  bombardeándonos (menores incluidos) con desahucios, enfermedades, explotación, humillación y hambre mientras malgastaban en lujos asiáticos nuestros necesarios y escasos ingresos. Aunque por fin deben de haberse arrepentido, porque cada vez más defienden a los niños hasta tal punto que quieren obligarnos a tenerlos cuando, cómo y en la cantidad que ellos deseen, con quienes a ellos se les antoje y dentro del modelo de familia que a ellos les salga de la polla. Todo bioética y científicamente, por supuesto. Porque si no seremos rojas, inmorales, y además, y ellos bien pueden emplear ese término porque conocen su significado a la perfección, asesinas.

75 años y no ha cambiado nada. Nada. Siempre han sido los mismos, casi desde el principio de esta broma ridícula y cruel llamada España, en ocasiones más cautos, inventándose transiciones modélicas como solución de continuidad de su poder casi eterno, en ocasiones, como ahora, más envalentonados por las circunstancias. Pero es igual, esta repugnante piel de toro llena de ineptitud cobardía, represión, envidia, egoísmo, corrupción, hipocresía y sadismo no cambiará si nosotros no la cambiamos, si no invertimos el estado de las cosas, si no envíamos a tanto católico de alma negra a ese infierno del que todos provienen y de donde no deberían haber salido nunca. Después de todo, Sor María ya ha marchado hacia allá, por su propio pie caduco y chocho o cordialmente empujada, sacrificándose, como toda una santa heroína de la patria, por un sistema podrido que llena de cáncer purulento las instancias más altas de esta sociedad pervertida, empeñándose en subsistir a pesar de la repugnancia que causa.

Mientras nosotros, los únicos cirujanos que podríamos atajar el mal, todavía temblamos al coger el bisturí. Tal vez sea porque nos han obligado a hacer  turnos demasiado largos, de acuerdo, pero ¿acaso vamos a ser menos bioéticos que ellos?

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Pagarán por sus crímenes. Bonita frase esta, tan bella como todo lo irreal. Yo sé, todos sabemos que prácticamente los únicos crímenes que se cobran son los crímenes producidos por una autodefensa contra la injusticia, mientras que los atentados del poder, los asesinatos y estafas de Estado quedan milagrosamente impunes, en  un ambiente generalizado de desprotección y dejación de la ciudadanía por parte de un sistema solo interesado en defender las prebendas del multimillonario, e incrementarlas a costa nuestra.  Pero en ocasiones, cuando las acometidas de esta guerra que el gran capital ha desencadenado contra el pueblo llegan a niveles de crueldad tan  inimaginables vulnerando todos los tratados internacionales, pues sus ataques se centran, además, en hospitales, escuelas y población civil, suelo repetirlo como un mantra, que me calma y me prepara para la rebelión. Pagarán por sus crímenes, pagarán por sus crímenes. Les obligaremos a que nos devuelvan la educación, la atención a nuestras discapacidades y dificultades, a nuestra salud. Que nos las devuelvan, pues son nuestras, porque nosotros las pagamos, no son ningún regalo que haya de ser retirado por ninguna situación de carestía aunque no la hubieran inventado ellos. Les obligaremos a que reviertan la especulación de los bienes básicos, la alimentación, la vivienda, esa que han venido construyendo desde décadas los mismo que ahora fingen espeluznarse de las trágicas dimensiones que han tomado las consecuencias de sus políticas. Nos desahuciaron del resultado de nuestras luchas titánicas por nuestros derechos, del edificio de bienestar (relativo) que habíamos construido a base de mucho sudor y mucha sangre. Nos desahuciaron, pero no somos nosotros los que nos debemos suicidar, a pesar de que el desesperanzador panorama nos obligue a ver este acto como la única solución posible, a pesar de que (hablo por mí) no tengo puñeteras ganas de seguir viviendo en un mundo que nunca antes había sido tan poco mío. El 14N hemos de parar el país, pararles los pies, pero no hemos de pararnos ahí: arrebatémosles lo que más atesoran: su auto-otorgado derecho de decidir por nosotros y de jugar con nuestra vida y nuestra felicidad como si fuéramos viejos títeres. Hagamos realidad lo utópico, realicemos lo irrealizable. Suicidémonos, pero solo de la vida que nos imponen para así poder vivir la nuestra, la que nos merecemos, por la que hemos luchado, la que hemos elegido. Recuperemos lo que nos han robado, ahora y antes. Hagamos que paguen por sus crímenes.

Pero sobre todo no podéis dejar de leer
http://luisangelaguilar.blogspot.com.es/2012/11/seleccion-de-enlaces-frases-fotos.html

http://puntsdevista.wordpress.com/2012/11/11/de-encuestas-mesianismos-chorizos-y-sanidad-publica

http://puntsdevista.wordpress.com/2012/11/10/nos-roban-el-presente-y-el-futuro-hastacuando-14n/

 

 

 

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Otoño de 1292

Los viajes al siglo XXI estaban empezando a perjudicar mi salud, y no solo porque la Sanidad pública en la Europa del futuro, y particularmente en las dos lamentables partes de Europa en las que me había tocado vivir y que lo seguirían siendo igual tanto unidas como separadas (es decir, Cataluña y España), prácticamente brillaba por su ausencia.  Por ejemplo, al principio, podía recuperarme en menos de una hora del trance espaciotemporal, y fácilmente me adaptada al nuevo orden de cosas; pero ahora, a apenas a un par de años, o a lo sumo tres, del inicio de esta historia, nunca estoy menos de tres días postrada, sumida en el más grave agotamiento, sin fuerzas ni para ingerir alimentos y atormentada por las pesadillas. Los pobres hermanos del castillo de Miravet (el que no les tenga simpatía no excusa el mal rato que les había hecho pasar), escenario de mi último, por decirlo así ‘regreso del futuro’, no sabían ya qué hacer conmigo y juraría que apenas pudieron esperar a que desapareciera por el horizonte para comenzar a dar saltos de alegría, se lo permitiera o no su regla.
Y yo conocía la razón: y era que el siglo XXI estaba comenzando a superarme. Había llegado un momento en que no sabía si había más falta de inteligencia o tonta ambición desmesurada y sinsentido en la clase política. Pero en el fondo era lo mismo: estas armas son las que usaban los verdaderos dueños del mundo para utilizarles y utilizarnos, los mismo dueños que han llegado a donde están por medio de la crueldad (no nos engañemos: no se llega a rico, o al menos a multimillonario insultante, si no es caminando sobre cadáveres, sobre propias y ajenas víctimas) y de la destrucción perpetrada sobre la destrucción misma casi desde el inicio de la historia. Porque, por muy malvados que nos parezcan Rajoy, Mas, Putin, los sionistas y los salafistas, por citar solo a algunos, no son más que diferentes dibujos en la misma cara de la moneda: unos asalariados que creen que un poco, o mucho, de poder y un poco, o mucho, de dinero van a mejorar sus vidas, o tal vez unos cobardes estúpidos fáciles de chantajear, o bien ambas cosas.  Los políticos del sistema no son más que los mercenarios del poder; y sí, tal vez sean fáciles de desactivar: pero en la sombra cuentan con numerosos recambios.

No, no podía soportar más esa pesadilla recurrente. Me preguntaba, no dejaba de preguntarme desde que los templarios me habían conminado a ayudarles para cambiar un destino que estaba ya prácticamente escrito: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Hubiera habido un punto, lo habrá aún, en la historia, donde sea posible revertir todo esto? ¿Que consiga que las bases de este capitalismo destructor que nos robó nuestro valores y nos los cambió por basura no lleguen a formarse nunca? ¿En algún momento hubiéramos podido dejar a los psicópatas fuera de la sociedad, en lugar de encumbrarlos hasta las más altas cotas?

Si es así, tengo que encontrarlo. Y aunque no lo sea. Tal vez la batalla está perdida de antemano, pero tengo que seguir luchando en ella. Quizá algo que yo pueda, quizá no hacer, pero tal vez contribuir a hacer, pueda marcar una pequeña diferencia, pueda hacer que la próxima vez que me despierte en el siglo XXI, entre una luz por las ventanas, aunque solo sea un pequeño rayo verde. Eso es lo que me hace colaborar con este grupo  que acumula en su seno tantas sospechas de corrupción: no ignoro que entre ellos habrá afines al poder secular y espiritual, y más de uno estará tan comprado como los medios de comunicación ‘oficiales’ del siglo XXI, pero creo, o quiero creer, que entre ellos hay gente honesta y verdaderamente comprometida con los pobres y los justos, con la causa de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Y por eso colaboro con ellos. Igual en el siglo XXI colaboro con sindicalistas a pesar de la tibieza, o directamente, de la deserción comprada de algunos de sus dirigentes; igual que apoyo en sus aciertos a ICV a pesar de su triste papel, o directamente, de su complicidad, con los desaciertos y las traiciones del Tripartito catalán; igual que  asistí a la fiesta del PCE a pesar de que ya no soy militante y de que la decepción que me produjeron las actuaciones hace un año de una minoría del PSUC-viu se me está extendiendo al resto del partido en el ámbito nacional nacional.

Por eso pienso estar rodeando el Congreso, el 25S, y en la primera Assemblea del Front Cívic en Catalunya, el 29S. Por eso no voy a desdeñar, ni a acusar de pequeñoburgués ni de descerebrado, a nadie cuya intención sea tender la mano al mundo, a pesar de las formas que utilice. No voy a prejuzgar, sino a extender también mi mano para tomar las que me ofrezcan, sin creerme más pura, leal y auténtica, la más perfecta. Incluso aunque tenga ganas de atizar a unos cuantos, y no solo del otro bando.

Total… no tengo una puta mierda que perder. (sigue)

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