Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘franquismo’

(viene de) Cada vez creo menos en las casualidades. Por lo menos, en ciertas casualidades. Y es que no es fácil hacerlo cuando te enteras de que, por ejemplo, después de legislar a favor de la posibilidad de recalificar un terreno quemado, casualmente se intensifican los incendios forestales en la zona; de que, tras nombrar consejero de Sanidad a un accionista de una aseguradora privada, casualmente se privatizan centros hospitalarios y se los adjudica justamente a esa misma empresa; de que en el momento en que los mercenarios sin honor a sueldo de las potencias del sistema en Siria parecen estar siendo derrotados, casualmente el Gobierno ataca con armas químicas proporcionando la excusa perfecta para que estas intervengan militarmente… lo siento, tengo que dejar de hablar de este asunto a riesgo que ponerme a hacer limpieza general en las cúpulas del poder. Y no me refiero a la que se realiza con el trapo y la escoba.

Mejor volvamos al tema que nos ocupa: por lo que acabo de decir, encontrar a mi antiguo conocido tan lejos de su casa y del lugar como prestaba sus servicios como caballero de nuestro amado monarca me hizo desconfiar un poco. Aunque, en realidad, ¿qué debería de temer de él? Era improbable que hubiera decido acosarme después de tantos meses sin vernos, y nada podía tener en mi contra. Así que mi actitud, aunque cauta, fue amable y distendida.

-¡Vaya sorpresa! ¿Qué te trae por estas tierras? Te hacía en Quermançó, manteniendo a raya a los francos.

Él bufó, hastiado.

-Le dije a mi señor el rey don Jaume que era una mala idea. El asalto de hace dos años no fue más que una demostración de fuerza y no hacía falta dejar una guarnición en ese castillo dejado de la mano del Altísimo. Pero ni me escuchó. Me ha costado todo este tiempo conseguir que me sacara de allí y me diera una misión algo más entretenida.

-Algo de lo que me congratulo –manifesté. No añadí de momento nada más, esperando que fuera él el que llenara el incómodo silencio, y así fue; dos segundos más tarde ya me estaba comentando que estaba sirviendo de escolta a un alto dignatario de la corte presente en el concilio templario que se celebraría en breve en la ciudad-. Ya sabes que hay pequeñas fricciones entre la Orden y el Reino, como el tema de Tortosa, por ejemplo, que van a tratarse allí. Pero ¿a ti qué voy a contarte? Debes de ser la persona mejor informada del tema.

Yo enarqué las cejas y ladeé la cabeza, componiendo mi mejor expresión de estupefacción.

-¿Informada de qué? No entiendo.

-Proteges a un alto dignatario del Temple que viaja de incógnito, ¿no es cierto? –yo tragué saliva. ¿Cómo podía haberse enterado alguien? Maldije mi escasa previsión: tenía que haber guardado más celosamente mi identidad; el cielo sabía que tenía demasiados enemigos, y además al parecer se iban incrementando en progresión geométrica, para que cuidara tan poco mi seguridad. Pero mi recién encontrado conocido se compadeció de mí al ver mi gesto.

-Tranquila. Lo que te estoy diciendo no es de dominio público. Pero oí decir a mi protegido que al parecer el alto dignatario al que me refiero prefería viajar solo, con escaso equipaje y escoltado por una mercenaria, que con su comitiva, y además compartiendo su pan con los desfavorecidos.

Me froté la tripa.

-Quizá un poco más de la cuenta –lamenté.

-Lo cual es bastante raro –continuó él-, ahora que lo pienso: esta gente suele derrochar el dinero de los pobres en vino y mujeres, y si les sobra algo se lo guardan para organizar grandes torneos. Bueno, até cabos y me imaginé que se trataba de ti, habiendo cuenta de la amistad que te unía con el personaje, según me contó Joana. Guardaré el secreto, no te preocupes. No pienso contribuir a que esa pareja de degenerados mercaderes que te llevaron a Tierra Santa por cuatro monedas y vuelva a localizarte.

Una sombra cruzó por mi semblante, demasiado ostensiblemente como para que él no se percatara.

-¿Te sucede algo?

Le miré, pensativa. ¿Podía confiarme a él? Decidí que, naturalmente, no: demasiadas personas conocían mi, por decirlo de alguna manera, problema, y aunque Sancho no era en absoluto imbécil dictaminé que tampoco es que estuviera intelectualmente preparado para asumir las consecuencias de lo que podría contarle. Mejor que fuera todo lo feliz que pudiera: yo no tenía derecho a quitarle aquello.

-El recuerdo de Tierra Santa me duele aún. Allí las cosas no fueron fáciles –contesté, inclinando la cabeza.

No estaba mintiendo demasiado. Desde luego, no tanto como lo hacía la corrupta ala derecha de aquella alternancia bipartidista heredera del franquismo que gobernaba los reinos hispánicos en el siglo XXI, con nuestra aquiescencia. Lo cierto es que, durante el viaje a Montpellier, había tenido una de mis ausencias, y lo que había visto en el siglo XXI, el escenario bélico que se preparaba en Siria, más el conflicto de Egipto (ambos formando parte del mismo juego), me había horrorizado. Todos sabéis lo que amo Tierra santa, sus paisajes y sus gentes, en el pasado, en el presente y en el futuro. Y no podía soportar que volvieran a pasar por la misma barbarie. Y la impotencia me enloquecía: últimamente, además, estaba teniendo pesadillas…

Sancho depositó una mirada compresiva en mi rostro y puso una mano sobre mi hombro. Sus labios estaban apretados.

-Lo sé. Lo entiendo. Yo también he estado en la guerra. Pero estoy orgulloso de ti, de cómo te comportaste.

Evidentemente, no había sido para tanto: me limité a vender cara mi vida, como siempre. ¿Qué otra posesión tengo para defender? Pero aquel comentario demostraba que mi antiguo amigo estaba muy bien informado sobre mí. No me preocupó en exceso: la gente siempre suele saber más de mi persona de lo que creo y deseo que lo hagan, aunque ya estoy acostumbrada. Pero no tenía puñeteras ganas de empezar a contar mis desgracias.

-Dejemos esto –zanjé-. He venido aquí a comer y a beber, y supongo que tú has tenido la misma idea. Así que pongámonos al tema, que en un par de días tendremos que trabajar de nuevo y prefiero hacerlo con el estómago lleno y el cerebro animado. Por cierto, creo recordar que me debías una invitación.

-La Eowyn de siempre –consideró él con una sonrisa levemente paternalista. Acto seguido, me recorrió con la mirada-. Solo que un poco más flaca.

-La crisis, hijo mío –respondí.

-¿Crisis? De nuevo con tus expresiones raras –no sabía lo que era la crisis. Se notaba que era de sangre noble-. No te preocupes, si te refieres a que no te ha ido bien en los últimos tiempos, únete a nosotros. No eres la única, y en estas circunstancias todos hemos de colaborar.

Me echó un brazo sobre los hombros y me condujo a la mesa donde sus compañeros se estaban regalando a base de bien con un banquete de cordero a la miel regado con vino de la zona. Fui acogida con alegría y sin más preámbulos me uní a ellos: al principio sentí que se me cerraba el estómago al ver tanta cantidad de víveres, pero las penurias de los últimos días se impusieron y devoré mi parte de aquel manjar y un poco más; por su parte, por mi gaznate pasaron los caldos de las mejores añadas Languedoc. Sin duda estaba viviendo por encima de mis posibilidades, cosa a la que no tenía derecho por ser pobre. Qué pena. Sancho llenaba mi jarra con gentileza, una y otra vez, y en los más interesante de la conversación general se aproximó a mí y me dijo en voz baja:

-¿Compartes la habitación o estás sola?

-Lo segundo, afortunadamente –contesté, satisfecha-. El hermano se ha rascado la bolsa por una vez -y, con fingido aire inocente-: ¿Por qué lo preguntas?

Se echó al coleto un buen trago de su jarra y me dirigió una mirada llena de la intención que estáis pensando, lectores: exactamente de esa.

-Había pensado en hacerte una visita después, si no tienes inconveniente…

-Depende. Tal vez te deje pasar o quizá te estrella la jofaina en la cabeza, según cómo me encuentre de humor. Pero dicen que la fortuna sonríe a los audaces.

De pronto su rostro adoptó una expresión taciturna, reconcentrada y dubitativa, como si tuviera que enfrentarse a una decisión de importancia capital en la Historia de la Humanidad en lugar de mostrarse contento ante la perspectiva de una noche de placer desenfrenado. Hombres, pensé yo: nunca saben lo que quieren. Pero las nubes de su rostro se disiparon en breve y de inmediato siguió departiendo con el resto del grupo, mientras yo hacía lo propio. No obstante, un pensamiento me asaltaba sin cesar, insistente. Creía saber qué es lo que le había pasado a Sancho por la cabeza. Solo había una respuesta posible: nuestro buen caballero se nos había enamorado. Y, aunque la perspectiva de divertirse aquella velada sin duda halagaba su vanidad y satisfacía sus instintos, seguramente le atormentaban los remordimientos por estar traicionando a su dama. Bueno, para mí no se trataba de ninguna tragedia, allá él con su moral que yo ya estaba acostumbrada a dormir sola. Le comenté mis sospechas.

-No tienes ninguna obligación conmigo -concluí-: haz lo que te dicte tu conciencia o tus deseos, sin temer mi repulsa.

Por segunda vez, la turbación pareció hacer mella en el rostro del caballero leonés: yo hubiese dudado seriamente de la pervivencia de mi poder de seducción si hubiera creído que realmente este existía en un grado que se pudiera considerar. Pero, fuera por la razón que fuera, yo le había agradado en el pasado y los menos de dos años transcurridos no habían afectado tanto a mi físico (aparte de algunas cicatrices suplementarias, claro, pero bueno: algunos hasta decían que me sentaban bien. Y la reciente mengua de mis curvas femeninas, claro) para que esa preferencia hubiera cambiado tan radicalmente. Pero de pronto, él volvió a sonreír, negando con la cabeza:

-No, no se trata de eso, Eowyn… Vamos, sigue bebiendo, diviértete. Enseguida estaremos juntos arriba.

Le obedecí con presteza. A la taula i al llit, al primer crit, como decimos en Cataluña. Y. sin embargo, aquella cuestión se resistía a dejar de rodar por mi cabeza: recordé la melancólica y solitaria imagen del castillo de Quermançó: el único lugar de diversión en los alrededores era la taberna de Joana. Y, aparte de Isabel, que nunca fue su tipo, las mujeres que la frecuentaban eran sencillas aldeanas que en absoluto eran del gusto de un caballero refinado, aunque pobre, como era Sancho. Por tanto, el único posible receptor de su sentimiento amoroso en aquellos casi dos años solo podía ser… uno de sus compañeros de guarnición… Cosa que era posible en teoría, sí, pero cualquiera que conociera un poco a Sancho sabría que tenía tantas tendencias homosexuales como yo misma. Entonces ¿quién era su amante misteriosa? ¿Dónde podía haberla conocido? Y, sin embargo, él me había dicho que no se trataba de aquello. ¿Y si no me mentía? ¿Y si no había ninguna mujer?  ¿Y entonces?

La respuesta llegó a mi cerebro con una claridad diáfana, abriéndose paso entre efluvios etílicos. Y comprendí que tenía que pensar rápido en una solución (continuará).

Read Full Post »

Hace tiempo que todo en este país me huele a chamusquina. Las buenas noticias y las malas. La felicitaciones y las alabanzas a los garantes del sistema, y también sus caídas en falta y pilladas in fraganti. Hace tiempo que no me creo, nada, absolutamente nada, porque estoy completamente segura como de pocas cosas en mi vida que el más ínfimo afán de justicia, la más escasa exigencia de verdad, han quedado definitivamente erradicadas de todo lo que está mínimamente relacionado con la gobernanza política y económica de este país y, quizá, también del resto. Al igual, quizá, que la inteligencia. Que, por cierto, no ha sido nunca privilegio de este país de inútiles chapuceros pagados de sí mismos.

Y sin embargo, el descomunal descuido, la colosal estupidez que se han advertido en los últimos casos de corrupción que afectan a las más altas esferas de España, incluso con el escaso crédito que me suscita el nivel intelectual de mi propio país, un lugar donde cualquier atisbo de raciocinio y de cultura han sido considerados históricamente cosa demoníaca, desviada, peligrosa, débil y afeminada, me son inconcebibles. Que el Duque Em-Palma-do (autodenominación que me convence, por si antes me quedaba alguna duda, de su impotencia) no goce precisamente de los favores de Atenea es algo evidente para cualquiera que haya tenido el dudoso placer de contemplar durante años hasta en la sopa su débil mandíbula de lelo; pero alguien como él debía de estar rodeado de asesores de todo tipo entre los cuales, al menos, brillaría en algún momento una chispa de inteligencia que le impediría dejar tan palmarias pruebas de su sustanciosos aunque patéticos delitos. Y esos libros contables de Bárcenas donde se detallan con tanta pulcritud años y años de corrupción pepera con pelos, señales nombres y fechas me producen una inquietud parecida.

Los criminales suelen perder la cautela cuando se sienten a salvo. Y desde luego la vieja guardia de este país y sus herederos, tras la lenta pero imparable destrucción que han efectuado de los valores y de la conciencia de clase de la sociedad española desde la falsa transición, y que está ya prácticamente consumada, tiene motivos para creer que está a salvo y hacer ostentación de los beneficios que han obtenido vendiendo España (su esperanza, su juventud, su paz y su salud) al mejor postor. Pero ¿era necesario también ponerlo por escrito? ¿Anotan los asesinos de Agatha Christie sus confesiones de su puño y letra para facilitar las cosas a Poirot? ¿Ha oído Urdangarín el corazón delator latiendo bajo los tablones del suelo? ¿O tal vez chilló espeluznantemente el gato tuerto de Bárcenas que había sido emparedado junto al cadáver?

Resumiendo: ¿por qué era tan ficticia la seguridad de la que, valga la redundancia, tan seguros estaban?

Aunque puedo errar, no puedo engañarme. Aunque pequemos de desconfiados, mejor no nos engañemos: si estalló en su momento el caso Urdangarín y ahora lo está haciendo el caso Bárcenas no ha sido por el anhelo de justicia de un juez que a pesar de su buen hacer no deja de formar parte del controvertido sistema judicial español; ni por las ansias de veracidad informativa de dos diarios, aunque contando con grandes profesionales, que siempre han tenido la manipulación como pilar de su agenda.  Creo que hay Algo más.

Y si realmente existe Algo más poderoso que quienes han detentado el poder en España desde tiempos ya inmemoriales, haciendo y deshaciendo a su voluntad sin el menor atisbo de escrúpulo… que Dios nos pille confesados, porque ni el rincón más oscuro y horripilante de Mordor podría acumular tanto mal en su seno como Ello.

Read Full Post »

Hoy (ya ayer) hace 75 años que bombardearon la plaza de Sant Felip Neri. Murieron, entre otras personas, muchos niños. Más tarde, siguiendo con este escaso respeto por la infancia y la maternidad, los herederos de los que perpetraron ese crimen pasaron 30 (o quizá 40, o 50 o…) años robando bebés a sus madres, por rojas o inmorales, y continuaron después  bombardeándonos (menores incluidos) con desahucios, enfermedades, explotación, humillación y hambre mientras malgastaban en lujos asiáticos nuestros necesarios y escasos ingresos. Aunque por fin deben de haberse arrepentido, porque cada vez más defienden a los niños hasta tal punto que quieren obligarnos a tenerlos cuando, cómo y en la cantidad que ellos deseen, con quienes a ellos se les antoje y dentro del modelo de familia que a ellos les salga de la polla. Todo bioética y científicamente, por supuesto. Porque si no seremos rojas, inmorales, y además, y ellos bien pueden emplear ese término porque conocen su significado a la perfección, asesinas.

75 años y no ha cambiado nada. Nada. Siempre han sido los mismos, casi desde el principio de esta broma ridícula y cruel llamada España, en ocasiones más cautos, inventándose transiciones modélicas como solución de continuidad de su poder casi eterno, en ocasiones, como ahora, más envalentonados por las circunstancias. Pero es igual, esta repugnante piel de toro llena de ineptitud cobardía, represión, envidia, egoísmo, corrupción, hipocresía y sadismo no cambiará si nosotros no la cambiamos, si no invertimos el estado de las cosas, si no envíamos a tanto católico de alma negra a ese infierno del que todos provienen y de donde no deberían haber salido nunca. Después de todo, Sor María ya ha marchado hacia allá, por su propio pie caduco y chocho o cordialmente empujada, sacrificándose, como toda una santa heroína de la patria, por un sistema podrido que llena de cáncer purulento las instancias más altas de esta sociedad pervertida, empeñándose en subsistir a pesar de la repugnancia que causa.

Mientras nosotros, los únicos cirujanos que podríamos atajar el mal, todavía temblamos al coger el bisturí. Tal vez sea porque nos han obligado a hacer  turnos demasiado largos, de acuerdo, pero ¿acaso vamos a ser menos bioéticos que ellos?

Read Full Post »

No es la primera vez que se afirma lo que voy a expresar aquí hoy; solo me hago eco del sentir de la calle, de las personas honestas e inteligentes  a quienes les preocupa más el bienestar de toda la ciudadanía que sus míseras ambiciones personales de seres cobardes y débiles cifradas en un coche un poco más grande, un televisor un poco más potente y un puesto un poco más alto en la empresa (donde puedas demostrar a gritos a unos pocos más de tus compañeros que tú eres el jefe). Gente que no tiene pereza mental ni miedo a reflexionar, aunque eso le haga enfrentarse con sus fantasmas, y que descarta las explicaciones rápidas, irreflexivas e inhumanas, además de falsas, de la lamentable situación actual, como la estupidez de que son los inmigrantes los culpables de la crisis, por ejemplo. Esas personas son las que claman bien alto que cuando un gobierno, aunque elegido democráticamente (si es que se puede llamar elección democrática la regida por un ley electoral fabricada a la mayor gloria del inmovilismo y comprada mediante pancartas, anuncios y noticias manipuladas), traiciona a sus electores haciendo matemáticamente lo contrario a lo que había prometido en su programa, cuando además derrocha en lujos asiáticos de sus integrantes y amistades, en cargos de confianza y en inversiones sin sentido (que no favorecerán a la población sino a la elite económica que los subvenciona y mantiene) mientras ataca sistemáticamente los derechos y las vidas de los más desfavorecidos, y por si fuera poco reprime con dureza criminal y descalifica el legítimo afán de protesta mientras desvía la atención creando problemas de la nada, como los nacionalismos periféricos, este gobierno ha perdido la poco legitimidad que pudiera haber tenido. Y hay que derrocarlo. YA. Sin esperar un minuto más. Sin ponernos una excusa más.

Read Full Post »

(viene de) Así que continuamos nuestro camino en intrascendente conversación. Aunque a mí me era difícil concentrarme en la misma: estaba demasiado rabiosa de que el Destino y los continuos juegos que realizaba con mi persona, no permitiéndome permanecer en el mismo lugar (o en la misma época) más de lo que a él se le antojara, me impidiera elegir qué guerra quería hacer, cuándo y cómo. Solo  me consolaba que tal vez pudiera ser al menos un poco útil en cualquier espacio, en cualquier tiempo, cosa de la que tenía el convencimiento desde que me percaté de que la Historia no transcurre en balde. Pero solo imaginar que el viejo que compartía conmigo el camino podía ser un enviado de aquellos que pretenden destrozarlo todo, por los siglos y los siglos, me enervaba tanto que estuve en varios momentos tentada de comenzar a arrearle bien fuerte y después, ya, preguntar, en la mejor tradición de la policía española, seleccionada cuidadosamente por los gobernantes más servil y cobardemente fascistas entre todos los elementos fascistas, serviles y cobardes que se presentaron a las pruebas.

Pero noche cerrada era ya cuando, en la imposibilidad de encontrar un techo que nos cobijara, optamos por acampar al abrigo del bosque. Mi anciano compañero (que iba mostrándose más locuaz a medida que la oscuridad se abría camino, probablemente porque esta aumentaba la eficacia de su disfraz), cumpliendo su promesa, sacó unos tasajos de carne que no podían tener mejor pinta, un rico pan blanco y un pellejo de vino mientras yo me ocupaba de encender un buen fuego, cosa en la que mi errar habitual me había convertido en maestra. Cuando los preparativos de la cena y estuvieron acabados, nos sentamos a dar cuenta de las provisiones, hacia las que no puse ningún reparo a pesar de lo controvertido de la situación. Aquí donde me veis, soy una persona práctica, y mi lema, dictado por la experiencia, es: “Come mientras haya comida, bebe mientras haya bebida y duerme mientras sea posible, porque nunca se sabe cuándo podrás volver a hacerlo”. Además, si tenía que defenderme en mitad de la noche de ser degollada, bueno sería que al menos tuviera el estómago lleno. Y mientras tragaba, para no perder el tiempo, intenté sonsacar al anciano con toda la habilidad que poseía y que me temo que es más bien escasa, sobre cualquier detalle de su vida con el objetivo de que dijera algo que le hiciera traicionarse. Pero él se me adelantó:

-¿De dónde vienes entonces, joven, y cómo es que viajas por estos mundos del Dios?

Más bien del diablo, pensé yo, pero respondí con mi historia ensayada. Señalé el hábito pardo que vestía.

-Soy sirviente del Temple de Barcelona, y vengo de hacer un encargo en Miravet.  Y ahora me dirijo a Gardeny.

-Un sirviente algo extraño -adujo con cordial sonrisa-. Por tu forma de hablar pareces persona instruida.

-El párroco de mi aldea se encariñó conmigo y compartió algunos de sus conocimientos -contesté, después de echarme al coleto un bocado. La mejor mentira, se dice, es la que está entreverada de verdad.

-Eso lo explica -afirmó mi inquisitivo interlocutor-. Entonces, ¿vienes de la encomienda de Barcelona? Dime entonces, ¿no estará aún por allí un visitador de la Orden, un tal Guillaume de Nantes?

Por poco me atraganté con la comida. Vaya con el espía: ¿no estaba enseñando sus cartas algo prematuramente? ¿Tan seguro se sentía? Pero me rehíce y volví a darle la versión oficial.

-Allá lo dejé al pobre, doliéndose de una vieja herida que le dejó hecho unos zorros. Debió de ser un gran guerrero en el pasado, pero hoy en día tiene la misma fortaleza que un viejo veinte años mayor que tú, y eso que no creo que tenga muchos más de treinta –meneé la cabeza con expresión de triste resignación-. Y, por cierto, ¿de qué le conoces?

-Oh, unos parientes franceses tienen una relación de vasallaje con su familia –contestó, quitando importancia a sus palabras mediante el tono de su voz-. No es mal señor, según me cuentan, aunque sus relaciones con el rey Felipe de Francia no son demasiado buenas. Sería una lástima que no sobreviviera.

Yo no tenía ya la mosca detrás de la oreja. Ahora me acosaba todo un enjambre. ¿Qué diablos hacía por aquellos andurriales un viejo artesano tan versado en política internacional?

-Pues yo no tendría muchas esperanzas. Le vi bastante mal cuando me despedí de él, te lo aseguro. Pero bueno, cuéntame, ¿qué tiene en contra del rey francés? Entiendo muy poco de estos asuntos políticos, pero siempre pensé que su familia formaba parte del círculo de cortesanos más cercano al rey…

Yo disimulaba, pero tampoco tenía sentido que me fingiera mucho más inocente: estaba completamente convencida de que el viejo sabía demasiado acerca de mí y de toda aquella historia. Solo me quedaba la esperanza de que hablara lo suficiente para que yo pudiera extraer alguna conclusión, aunque desde luego que dormiría con un ojo abierto y la daga preparada.

-Y así fue en un primer momento. Pero la ambición de Felipe cara de lechuza no parece tener límites. Su obsesión por controlar todos sus territorios, y los adyacentes, además de llevar a su pueblo a guerras absurdas, está esquilmando el país. Hasta algunos gentileshombres de la Corte algo más misericordiosos que lo normal en su condición se están enemistando con él.

Recuerdo que un infiltrado en la manifestación de la última Huelga General se había acercado a mí en términos parecidos, aunque en lugar del rey Felipe de Francia cuarto de su nombre, había nombrado a Rajoy, Mas y Juanca, vamos, el exacto equivalente del feo monarca medieval francés en la España del siglo XXI. Que los espías sepan fingir tan bien ideologías de libertad, igualdad y justicia me hace pensar que son aún más tontos de lo que parecen.

-Es interesante lo que me cuentas –repuse-. Siempre es bueno saber por dónde van las intenciones de nuestros gobernantes. ¿Y el rey Jaume, qué tiene que decir a todo esto, ya que pareces estar tan enterado?

Esbozó una extraña sonrisa.

-Sobre ese tema habría mucho que comentar. Pero baste de momento con decir que no son tan enemigos como parecen. No te creas la historia de Sicilia

Es que no me la creía. Siguiendo con la comparación anterior, debían parecerse mucho a Rajoy y Mas. Ambos con sus propios intereses, ambos unidos por un objetivo común: seguir utilizando los legítimos deseos de identidad y libertad de sus respectivos pueblos para crear odio que sirviera a sus intereses o los de sus patronos, barajando datos falsos, y a la vez distraer la atención de los verdaderos problemas. Como tantos otros, españolistas, sionistas, salafistas, lo han hecho antes y lo están haciendo. Pero parecía que el viejo no pensaba hablar más, así que decidí abordarle por otro flanco.

-Son un poco cansinas todas estas historias de palacio. ¿Qué hay de ti, anciano? ¿Cómo es que cambias el solaz del que tu edad te hace merecedor por estas correrías?

Noté que se volvía lentamente hacia mí en la oscuridad.

-Llevo tanto tiempo viajando que apenas sé de dónde vengo, y menos hacia dónde me dirijo –me soltó como vaga respuesta.

-Veo que no eres hablador. Bueno, yo tampoco soy curioso –a veces el silencio es el mejor interrogador: eso me lo enseñó Hercules Poirot. Y la precipitación no es nunca buena consejera-. Tal vez sería mejor que fuéramos pensando en dormir. Nos espera un largo viaje mañana.

El viejo asintió. Yo abrí mis alforjas para sacar un par de mantas; afortunadamente estoy ya tan acostumbrada a dormir en lugares poco adecuados para el sueño de las gentes de bien, que hasta me siento incómoda en una cama. Pero cuando estaba a punto de disponerlas sobre una mullida alfombra de hierba fresca que relucía en la oscuridad bajo un sauce, algo me detuvo.

-¿No oyes algo? –pregunté en un susurro.

El viejo ya estaba en guardia desde hacía un segundo.

-Salteadores de caminos. O de eso irán disfrazados, seguramente. Debe hacer un rato que nos siguen…

-No será por nuestras muestras externas de riqueza… ¿qué has querido decir con eso del disfraz?

-… debí de haberlo calculado. Pero no me imaginé que llegarían tan pronto.

Sombras oscuras comenzaron a rodear el claro del bosque. Yo me dirigí hacia mi caballo a toda prisa.

-Será mejor que saques la espada –le miré, extrañada: había adivinado mi intención aunque no podía saber que la llevaba, no era un útil que un sirviente llevara encima habitualmente. Él extrajo rápidamente la suya, escondida bajo las alforjas de su caballo en un atado de cuero muy parecido al mío. Y, obviamente, tampoco los artesanos gastaban armas de filo cortante-. Si son esbirros del rey Jaume, como me temo, necesitarás toda tu fuerza y toda tu habilidad. Están reclutados entre la purria más infecta de la sociedad con el solo objetivo de atajar cualquier rebelión sin medir los métodos. Pero si luchamos juntos, podremos vencerlos.

-¿Quién eres, por todos los demonios? –me vi obligada a preguntar.

En lugar de hablar, refunfuñó:

-Aunque creo que el ataque de hoy se debe más a tu amigo el de Nantes. Son sus disputas personales con el rey Jaume, más que el miedo que este último pueda tener a una rebelión en su reino, lo que nos ha llevado a los dos a esto.

No tuve tiempo de valorar sus sorprendentes palabras, porque en ese momento el primero de los atacantes salía de la espesura para acometernos. Yo ya tenía la espada en la mano, y le recibí con alegría: demasiado tiempo sin hacer ejercicio.  Mientras esquivaba sus golpes e intentaba darle para el pelo, pensé en qué complicados manejos políticos se traía Guillaume y me pregunté si no había vuelto a ser yo un peón en su juego. ¿Era un héroe o un traidor? No siempre es fácil saberlo; ni de uno mismo. Somos temerosos, incluso cobardes los más valientes de nosotros, víctimas de autoengaños continuos. Se me pasó por la mente una figura histórica de la España del siglo XX, que la última vez que anduve por aquellos momentos temporales acababa de fallecer: Santiago Carrillo. Sin hacer caso de todos los Paracuellos que surgían en los distintos periódicos del Movimiento al paso de su cortejo fúnebre (el bando republicano tuvo un Paracuellos, sí; en el bando de los golpistas los Paracuellos fueron la norma. Por eso no paran de nombrarlo), para los suyos fue un hombre obligado por las circunstancias y por el momento que le tocó vivir, o una persona con sentido práctico, o un traidor que marcó la decadencia de la izquierda española o directamente un estúpido… ¿Sabremos algún día la verdad? ¿Hay alguna verdad?

Pero a mi lado, el vejestorio se defendía más que bien. No se movía como una anciano, sino como un individuo de no mucho más de cuarenta años. “Vivo en un mundo de imposturas. Y yo ilusa de mí que me creía que era solo la televisión la que manipulaba”, me quejé mentalmente, mientras abollaba el yelmo del asaltante, haciéndole perder el oremus momentáneamente. Aproveché el momento para, tras acabar de atontarle con una patada en el estómago que le propulsó hacia el árbol más cercano, ir hacia mi aliado y echarle una mano, ya que él se la veía contra dos, y conseguí golpear a su segundo atacante de nuevo en la cabeza, dejándole fuera de combate (intento siempre no matar a nadie a no ser que sea totalmente necesario). Pero casi no tuvo tiempo de dirigirme un gesto de agradecimiento cuando tres de aquellos bandidos, o lo que fueran, que al parecer habían estado esperando su momento, se lanzaron hacia nosotros, dos para mí, uno para él. Yo intenté barrerles con un movimiento horizontal de mi espada y mi atrevimiento, hijo de la desesperación, pareció cogerles por sorpresa, tal vez porque imaginaron que la superioridad numérica sería suficiente para hacer que un ‘mozalbete’ como yo se rindiera. En el ínterin, me alejé de ellos, dispuesta a sacar como pudiera al misterioso anciano de allí para desaparecer a toda velocidad entre los árboles, aunque eso supusiera dejar atrás los víveres, los caballos y las pocas monedas de las que disponía.  Perseguida por los dos villanos, me encontré con que mi acompañante había dado buena cuenta de los malos que le habían tocado en el reparto, y entonces, en un acuerdo tácito, ambos nos volvimos hacia mis perseguidores, atacando cada uno al que teníamos más cerca. El mío resultó ser un tipo tan pequeño y ágil como yo pero bastante más fuerte, ante el cual mi ventaja en la lucha se diluía, y me resultaba muy difícil esquivar sus golpes, cosa que él parecía hacer con los míos sin dificultad. Pero lo peor era que no podía quitarme algo de la cabeza: y era la estrecha comunicación que había tenido con el viejo. Como si nos conociéramos demasiado bien. Como si hubiéramos luchado, en demasiadas ocasiones, juntos. Y fue justamente está pérdida de concentración lo que hizo que el asaltante pudiera hacer blanco con el filo de su espada en mi muslo izquierdo, con lo que acabé cayendo al suelo en mitad de una aparatosa efusión de sangre. De pronto lo vi ante mí, dispuesto a rematarme clavándome la espada en el estómago. (sigue)

Read Full Post »

Creímos que otro mundo era posible. Remarcamos que además necesario. Peleamos contra una globalización que no era más que otra vuelta de tuerca al capitalismo más salvaje, nos empeñamos en no olvidar a las víctimas más flagrantes del sistema, esos países que sostenían nuestro modo de vida occidental con su producción agrícola, con su trabajo sin horarios, con sus vidas, con sus muertes. Nos apoyamos en los logros del pasado, en la sangre derramada que había fructificado en nuestros derechos.

Pero también fuimos cómplices. Nos creímos la mentira del euro y jugamos a hacer burbujas inmobiliarias de jabón, tan tóxicas que destrozaban el paisaje, la convivencia y la poca legalidad que aún existía allí donde se posaban, extendiendo un cáncer de corrupción. Nos creímos burgueses, nos reímos de las luchas antiguas pensando que ya había arribado la utopía, acallamos a carcajadas las voces lúcidas y discordantes, o por lo menos escondimos los oídos en la tierra. Y vivimos así, encerrados entre las horas extras, la hipoteca y Gran Hermano, cada vez más solitarios, egocéntricos y amargados, sin compañeros ni objetivos comunes, creyéndonos felices y propagando la infelicidad en nuestro entorno porque éramos demasiado pusilánimes para aceptar que todo era una farsa. Pusilánimes, sin embargo, con techo, cuidados médicos y alguna posibilidad educativa que, cuando sonaron las alarmas, en lugar de levantarnos, nos arrimamos a la opción más caduca, estrecha de miras, estúpida, egoísta, corrupta y mentirosa (aunque los otros no les van mucho a la zaga) olvidando sus crímenes pasados y el hecho de que fueron quienes sentaron las bases de la debacle actual.

Ahora, en un paisaje agostado, devorado por el fuego y la ambición, sembrado de ceniza, cemento y basura, transitan almas en pena. Han perdido el techo, la asistencia médica es cada vez más o un lujo o una limosna que hay que pedir bien arrodillado, y la educación, cuando alcanza unos mínimos, es pura doctrina. Han perdido incluso el poco derecho que tenían a gobernar sus cuerpos, les han arrebatado la memoria, les han deshauciado hasta de los sueños. Y, aunque muchas de ellas hayan despertado, viendo que la ceguera persiste a su alrededor, se rinden sin presentar resistencia.

Pero no somos víctimas; al menos, en nuestra gran mayoría. La mayor parte de nosotros hemos contribuido a esta cada vez más vergonzosa España con nuestra cobardía, nuestra incultura reivindicada, nuestra pereza y, en los casos peores, nuestro aprovechamiento de las circunstancias. No me dirijo a estos últimos: en una España posible y necesaria, tricolor, justa e igualitaria, ellos mismos verían que no tienen lugar y no tardarían en marcharse. Hablo para todos los demás, los que ya dan la batalla, los que quieren darla, los que no saben cómo hacerlo, los que aún no se atreven y los que aún no creen en ella. Y declaro que sí, existe esperanza.

Read Full Post »

Érase que se era en una galaxia muy lejana una joven que respondía al castizo nombre de España. La muchacha en cuestión, de familia de rancia raigambre franquista disfrazada de la más democrática de las ideologías, era guapa y voluptuosa, aficionada a los toros y a tocar la pandereta, pertinaz espectadora de culebrones y reality shows de la peor calaña, asidua de los botellones y de aquellas que perdían el culo para conseguir una entrada de Justin Bieber o de otros engendros menos que pseudomusicales de la misma ralea cuando a estos les daba por aparecerse por el país, sin dudar en vender su virginidad por esta buena causa vulnerando incluso sus fanáticas convicciones católicas. Nuestra protagonista a duras penas había conseguido el título de la ESO, a pesar o tal vez gracias a los colegios privados en los que su familia le había matriculado, y se jactaba de su ignorancia como otros se enorgullecen de su cultura, por lo que constituía una rara avis entre sus compañeras Francia, Inglaterra, Grecia, India o Argentina, entre las cuales desempeñaba el papel de la bufón oficial de la clase. Pero hay que decir en el descargo de nuestra amiga que sabía ser solidaria cuando tocaba y que era sensible a las injusticias, al menos cuando estas eran muy flagrantes y no le interrumpían ningún programa de Telecinco. Y cuidaba muy bien de sus hermanitas pequeñas, sobre todo de Catalunya, a la que nunca dejaba que tomara una iniciativa propia (por miedo, evidentemente, a que se lesionara), eso sí, cuando no se ocupaba de chincharlas y esquilmarles la paga semanal. Había tenido una infancia envidiable. Creciendo entre algodones, en la convicción de que el paraíso se hallaba en la Tierra, más concretamente en su casa, sus padres le habían concedido todos sus caprichos o bien la habían hecho desear todo lo que ellos querían concederles; estaba segura de ser una privilegiada, con su casita de muñecas sobrevalorada, su coche de juguetes y sus vacaciones en Marina d’Or Ciudad de Ídem.

Pero un día todo acabó. De pronto, su familia empezó a recordarle todo lo que habían hecho por ella. Alegando una situación económica desastrosa, que no parecía reflejarse más que en sus testimonios, empezó a recortarle sus hasta entonces inamovibles privilegios, lenta pero progresiva e inexorablemente. Las horas de trabajo en la empresa familiar empezaron a hacerse cada vez más copiosas y menos remuneradas, y cuando quería denunciar su situación se la acusaba de haber exigido caprichos por encima de las posibilidades de su familia, sumiéndola en un estado de culpabilidad que, paradójicamente, incrementaba el síndrome de Estocolmo hacia sus secuestradores. Poco a poco, le quitaron sus vacaciones, su coche de juguetes, su casita de muñecas, su dignidad. Le arrebataron los pocos libros con que se entretenía a veces, le prohibieron asistir a clase a no ser que trabajara muchas más horas en contrapartida, y dejaron de alimentarla y de llevarla al médico mientras ellos se hartaban de mariscadas en yates de lujo. Eso sí: en ningún momento le suprimieron el televisor.

Y sin embargo, no tardó en llegar la esperanza: su poderosa vecina Europa, al parecer indignada por cómo se estaba llevando la educación de la joven y de sus igualmente explotadas hermanitas, hizo a sus progenitores una oferta que no podrían rechazar. Ella se haría cargo de las niñas, y en compensación aportaría una sustanciosa cantidad de efectivo que permitiría sanear las deudas familiares. Sin dudarlo un momento y haciendo el negocio del siglo, esto es, vender lo que es tuyo en el más puro estilo de la privatización ibérica sin importar las consecuencias, la familia aceptó, y para celebrarlo se fueron al fútbol. Pero no acabaron allí las desdichas de nuestras heroínas: cuando, vendidas como si de una mercancía se tratase y convenientemente grabado en el hombro a fuego el emblema de su nueva dueña, entraron en su nueva vivienda, comprobaron que se trataba de un prostíbulo frecuentado por los clientes más babosos donde a partir de entonces tendrían que prestar sus servicios hasta que se jubilaran a los setenta años, y con las prestaciones en sanidad, educación y vivienda aún, si cabe, más restringidas. Y todavía podían estar contentas: las prostitutas inmigradas lo tenían mucho peor.

Del final de esta historia existen dos versiones contradictorias: una relata que las jóvenes comenzaron a leer textos de economía alternativa y política social y un día cogieron los kalashnikov e hicieron una limpieza general, eso sí, muy pacífica, y a partir de entonces todas las familias de la tierra se rigieron por los criterios de libertad, igualdad y fraternidad, repartiendo la riqueza, respetando las aspiraciones y las creencias, cuidando del entorno y desterrando a Justin Bieber a una de las lunas de Júpiter. La otra cuenta que nuestras protagonistas se resignaron cobardemente a su cruel destino y que la única Re-Vuelta que protagonizaron fue la de Gran Hermano 12+1.

Podéis elegir qué conclusión preferís. Y realmente espero por el bien de tod@s que lo hagáis bien.

Read Full Post »

Older Posts »

franciscojaviertostado.com

Historia, medicina y otras artes...

A la puerta del sueño

O cómo ser periodista en el siglo XXI y no morir en el intento

Unitat Maresme

Unitat contra el feixisme i el racisme

gazeitunas

Desde la Franja de Gaza

Grupo Portal Historia

Página dedicada a las Asociaciones y Grupos de recreación Histórica

slowingcatalunya

la primera guia de turisme slow del país

EL CÁRTEL ESPAÑOL

Historia no oficial de la reconquista económica de México y América Latina (1898-2008)

Gritando al viento

Activismo y solidaridad

Luches en Trubia

Siglos después,cada vez ye más necesaria la "lucha de clases"

Marx desde Cero

Blog dedicado al estudio de Carlos Marx y el marxismo

Reflexions d'un arqueòleg glamurós

La ploma més àcida de la xarxa

Federación Republicanos

Por una República Democrática de Trabajadores de toda clase y Federal

Bitácora de José Carlos García Fajardo

Nos sentamos bajo el Árbol de la Palabra, como los viejos, al atardecer, en las aldeas de África. Evocan sucesos, fábulas, leyendas. Acogen a viajeros con noticias. Algunos amigos me piden que recupere algunas “escapadas” en clase. "¿Dónde estábamos?" Silencio y sonrisas. Vamos a rescatar la memoria del olvido, sin orden ni concierto. A ritmo de corazón. Pasar la palabra a los del corazón a la escucha. Ellos saben quienes son, Otros todavía no lo saben.

Nynaeve

Mi Cajón Desastre

Sin palabras

Vídeos e imágenes

Plataforma contra la impunitat del franquisme

Investigar crims contra la humanitat no és delicte

MI FOBIA SOCIAL

Una experiencia personal

S.O.S. Delta del Llobregat

Plataforma en defensa del Delta del Llobregat

Aigua és Vida

Aigua és Vida és una plataforma formada per associacions socials, veïnals, sindicals, ecologistes i de cooperació per una gestió no mercantil de l'aigua a Catalunya

Dempeus per la salut pública

en defensa del Sistema Nacional de Salut amb tot el seu caràcter assolit: públic, universal, de qualitat, integral, solidari i d' equitat garantida.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.996 seguidores

%d personas les gusta esto: