-Aborteros clandestinos: Para equilibrar la natalidad con los salarios, la cuantía de los impuestos, las nuevas tasas de la Injusticia y el nivel de ocupación (ojo: prohibido su uso si eres una “mujer de verdad” al estilo Gallardón).
-Inquisidores: Para aleccionar de una forma pacífica y respetuosa a las usuarias del anterior servicio. Imprescindible nociones de alimentación de hogueras.
-Curanderos: Una alternativa barata al desmantelamiento de la Sanidad pública.
-Traficantes de órganos: Especialmente útiles para los que no pueden costearse el traslado de la diálisis. También para quienes han de deshacerse de alguna parte de su cuerpo para pagar la hipoteca.
-Delator: Tal vez no consigas un incremento de patrimonio inmediato, pero siempre va bien para quitarte de encima posibles competidores, o sencillamente al vecino que tiene un móvil más chulo que el tuyo.
-Cazarrecompensas: El siguiente estadio de la evolución del estado policial hispanocatalán (me pregunto qué precio pondrán a mi cabeza).
-Constructores de cámaras de gas: Pronto se darán cuenta que hay alternativas más rápidas e indoloras que quitarles la tarjeta sanitaria a los inmigrantes.
-Sepultureros: Para inhumar a las víctimas del genocidio social de manera expeditiva, limpia y silenciosa.
-Policías, muchos policías: Los vais a necesitar.
-Constructores de cárceles: Os harán falta muchas si queréis meternos a tod@s l@s que vamos a salir a la calle. Pero cuidado no vayáis a acabar al final vosotr@s dentro!
Apoyada en la proa del barco yo contemplaba el crepúsculo derramándose sobre Chipre, cuya silueta ya se divisaba en lontananza. El bienestar que sentía, además que con la paz que experimentaba en comunión con el mar y el hecho de poder observar una costa mediterránea sin antiestéticos rascacielos ni insostenibles puertos de yates, tenía que ver con la alimentación regular y el descanso más o menos confortable (al menos en comparación con los días pasados) de los que venía disfrutando desde que me embarqué en aquella galera siria en la cual mi comitiva de rescate y yo habíamos encontrado un buen acomodo gracias las riquezas de la Orden. Aunque he de comentar que las perspectiva de hallarme en buenas relaciones con esa gente (contra los cuales tenía que añadir como motivo de aborrecimiento que se suponía que eran los precursores de los banqueros actuales, entidades que concentran la mayoría de los abusos del sistema en el siglo XXI) no me hacía sentir particularmente orgullosa de mí misma. Ni siquiera me tranquilizaba ni hacía que me viera menos como una traidora el saber que prácticamente no me había quedado otro remedio. Pero en aquel momento el tal Guillaume se instaló a mi lado, al parecer con ánimo dicharachero.
-¿Disfrutas del viaje? –me preguntó. Yo había logrado, afortunadamente, que me apeara el tratamiento de cortesía.
-Me gusta el mar –contesté, con la mirada fija en el espectáculo natural-. Tanto como me gusta el desierto. Lo primero tiene una lógica, pues nací muy cerca del Puerto de Barcelona. Lo segundo es más difícil de comprender: tal vez se debe a alguna de mis vidas pasadas.
-Pues lleváis un extraño nombre para ser aragonesa –objetó.
Le eché una mirada de soslayo: estaba segura de que su colega en la milicia le había explicado todos los detalles acerca de mi historia, por lo que no sabía a qué obedecía ese interés a asaetearme de preguntas. Pero pensé que lo mejor era seguirle la corriente.
-No podemos elegir dónde, cómo ni de quién hemos nacido. Pero tal vez sí deberíamos escoger a dónde queremos pertenecer. No me gusta la realidad, y me reservo el derecho de hacerme oriunda de un país de ficción. Que tal vez sea más real que lo que consideramos tangible.
-¿Y en ese país de ficción hay más mujeres como tú? Porque en las tierras que he pisado nunca he conocido a nadie que se te pareciera –siguió indagando. La verdad es que tenía al pobre hombre alucinado perdido.
-No soy una rara avis, Guillaume. Tal vez un poco incómoda para ciertas personas, pero eso no es ningún mérito. Me temo que cualquiera mujer que reivindique un poco de igualdad lo es.
Lanzó una breve carcajada.
-Desde luego que debes serlo. Escuché esa historia acerca del señor de la aldea donde naciste, que se ha tomado como una cuestión personal hacerte volver al redil como si supiera mejor que tú lo que te conviene…
-Para muchos somos eternas menores de edad y lo seremos siempre –concedí-. Pero no te equivoques: hay muchas mujeres como yo. Muchas, muchísimas, innumerables, todas. Tal vez solo se deba a la ceguera de los hombres el que parezcamos invisibles. Por eso mismo, te puedo asegurar, nunca pasaremos a los libros de historia.
-Pero ¿por qué dices eso? –me contestó, asombrado-. Se supone que en el futuro todo será mejor, para todos. Y para todas.
-Tengo buenas razones para afirmarlo –gruñí yo.
-¿Y también buscas el Graal?
Aquel brusco cambio de tema me hizo volverme hacia él. ¿De dónde había sacado eso? No era algo que acostumbrara a comentar, ni siquiera a mi viejo compañero de aventuras. Claro está que no me acuerdo de todas las conversaciones que he mantenido en noches de borrachera… Viendo mi extrañeza, se apresuró a matizar.
-Solo he atado cabos… Camelot, el Graal… Sé leer, y además disfruto con ello. Pero he dado en el clavo, ¿no es así?
-Tal vez mi idea sobre el Graal no sea la que tú crees –advertí yo.
-En cualquier caso, estaría encantado de escucharla…
-… y yo de explicártela –podía esperarse sentado-. Pero tendrá que ser en otra ocasión. Me gustaría dormir algo antes de llegar a tierra. Una vez allí, tendré que desplegar una actividad frenética de entrevistas y preparativos para la vuelta a Barcelona, y me gustaría encontrarme en buena disposición física.
-Tienes razón –accedió-. Descansa, te llamaré cuando arribemos a puerto.
Me despedí y me instalé en mi camarote, contenta de habérmelo quitado de encima y no porque fuera una persona desagradable, que no lo era en absoluto. Pero comprendía que era mejor que cada uno de nosotros se mantuviera en su sitio; estaba segura de que cualquier acto de compenetración con esa gente solo podía traerme problemas, y además de muy diversa índole. La verdad es que para amenizar el viaje me parecía mucho más entretenido charlar con la tripulación (cosa que podía hacer sin temor a suspicacias ya que mantenía mi condición de mujer bien oculta), que por cierto me habían informado de la manera en que los templarios habían exprimido a la población de Chipre con impuestos cuando fueron propietarios de la isla, hacía un siglo, como un Partido Popular cualquiera, o incluso ayudar a que la vida de los pobres condenados que hacían funcionar el barco fuera algo más fácil; al igual que pasará en el futuro, la mayoría estaban pagando con su esfuerzo la desgracia de haber nacido pobres. Y con esas reflexiones me desvestí y me metí en el camastro, para soñar con crepúsculos marinos y desiertos rojos, y también con las retorcidas callejuelas grises, las placitas y las fuentes de mi Barcelona natal. Después de unas horas de reparador sueño, me despertaron unos golpes en la puerta.
-¡Eowyn, hemos llegado! –me avisó Guillaume. Yo di un salto en la cama y me apresuré a pertrecharme para el desembarco. Me inquietaba lo que pudiera encontrar allí, y aunque estaba impaciente por interrogar a mi amigo, no dejaba de contagiárseme el ambiente de decaimiento que venía advirtiendo entre los templarios desde que viajaba en su compañía. No las jerarquías de la Orden, estaba segura, pero sí las bases en la mayoría amaban sinceramente Tierra Santa tanto como yo, y pensaban que su deber era salvarlas para la Cristiandad respetando a sus habitantes, sobre todo a los más desvalidos. Aunque fueran árabes; vamos, igualito que en el 2012. Y para ellos la pérdida casi total de aquellas posesiones les hacía sentir desanimados y decepcionados de la comunidad internacional, ocupada en otros proyectos que ellos creían menos espirituales y más crematísticos. Era patente el aroma a sueño roto, y no podía menos que pensar en otra ilusión quebrada en mil pedazos de la que hacía poco había llegado y a la que suponía no tardaría en volver: el otro mundo posible y necesario del siglo XXI, ahora ahogado entre injusticias, miseria y sangre. Pero sin detenerme más en pensamientos catastróficos, me reuní con mis compañeros de viaje y bajamos a tierra sin mucha dificultad.
Y entonces sucedió. No bien hubimos descargado nuestros enseres y recorrido el corto trecho del camino que nos sacaba del puerto en dirección al oeste, hacia el castillo de Kolosi, cuando algo así como un horrendo cataclismo de proporciones bíblicas se abatió sobre nosotros. Venidas prácticamente de la nada, decenas de sombras, mucho más del doble de nuestro número, cayeron sobre nuestros descuidado grupo armadas con dagas que, surgiendo de la aún semioscuridad, buscaron con lujuria asesina nuestras carnes. Entre aullidos de dolor, oí como Guillaume gritaba…
-¡En guardia, nos atacan!
… aunque era bastante evidente. Vi cómo protegía la espalda apoyándose en el muro de una de las precarias viviendas de los alrededores del puerto para enfrentarse a tres de los asaltantes, cubiertos con ropas tan oscuras como la noche, mientras echaba nerviosas miradas en mi dirección. A la luz de las antorchas, caídas en el suelo, vi que dos de aquellos hijos del demonio se acercaban a mí uno por cada lado apuntándome con las afiladas hojas. Yo me encontraba en una posición mucho más desprotegida que la de Guillaume, que estaba defendiéndose de sus atacantes con valor y efectividad empleando a la vez la daga y la espada; pero entonces se produjo un inexplicable segundo de vacilación en los dos asesinos que me proporcionó un lapso valioso para sacar mi arma, enrollar el brazo izquierdo en mi capa y escurrirme entre ellos: ser de pequeña estatura tiene estas ventajas militares. Yo jugaba con la oscuridad y la luz para esquivarles y sorprenderles, pero desgraciadamente aquellos hombres, grandes y fuertes, daban muestras de ser tan ágiles y flexibles como yo, lo cual no pintaba nada bien para mi futura permanencia en este mundo. ¿De dónde habrían salido?, me preguntaba, entre embate y embate. Su manera de luchar me era totalmente desconocida… si tan solo pudiera averiguar de dónde procedían y deducir su punto débil… En aquel momento, choqué desafortunadamente con otro de los contendientes en liza, que en aquel confuso montón se afanaba en finiquitar al segundo de a bordo de Guillaume y que, al echar el codo hacia atrás para tomar impulso para mejor atacar al desgraciado, me envió metros más allá hasta hacerme dar con mis huesos en tierra, cual si fuera un obstáculo molesto que le impidiera la culminación de la faena. Mi cabeza cubierta por el yelmo chocó pesadamente con las piedras de la calzada y mis agresores se precipitaron hacia mí, puñales en ristre, para acabar con mi malhadada existencia. Pero sucedió algo muy extraño: antes de que todo se nublara en mis ojos, escuché a Guillaume pronunciando mi nombre con desesperación y, de pronto, aquellos extraños sicarios se detuvieron en seco, se miraron y, súbitamente, emprendieron la huida.
Creo que en ningún momento llegué a perder el sentido. Recuerdo que, a partir de ese instante, todo pareció salir de madre: un horrísono sonido de metal combinado con gritos de guerra me hizo darme cuenta de que otros actores se sumaban a la representación, aunque ignoraba si estaban del lado nuestro o en contra. Se armó un revuelo de todos los diablos, pero un tiempo después se elevó un clamor triunfal en varios idiomas. ¿Había terminado? ¿Y a favor de quién? Acto seguido, noté cómo me levantaban y me transportaban en volandas, y un poco más tarde una sensación mullida bajo mi espalda. Las caras veladas de dos mujeres y un hombre anciano se sucedían ante mi turbia mirada. Luz. Un breve, o así me pareció, momento de oscuridad, y cuando abrí los ojos de nuevo pude observar una nueva sucesión de colores cálidos sucediéndose en una ventana que se abría ante mí, a la izquierda: me hallaba en una habitación extensa, decorada con un gusto espartano pero atractivo y bien caldeada por una chimenea que ardía frente a la ventana, al lado de la puerta de entrada; detalles de cuero, terciopelo, un par de bargueños de madera de calidad…. Yo reposaba en un cómodo y amplio lecho, preguntándome si debía mi salvación a una supuesta caballerosidad de los atacantes al saber que era una mujer, o si más bien mi género era lo que iba a provocar mi ruina. Entonces noté que había alguien sentado a mi lado, y ante mi vista empezaron a perfilarse las facciones de un rostro bien conocido.
Hay tercera parte de este engendro: si estáis lo suficientemente interesados en las frikadas de la que suscribe para leerlo, lo encontraréis aquí.
Yo también soy inmigrante. Como tú. Como ella o él. Vine con los íberos, con los celtas, con los romanos, griegos, árabes o andaluces… Si le extraéis el perfil de ADN a una gota de mi sangre, veréis cómo en el tubo de ensayo aparece un variopinto arco iris, que me conforma, que me hace diferente y especial, como a ti, como a él o ella… ¿Queréis utilizar los tonos de ese arco iris para establecer qué porción de ayudas sociales me toca? Porque, visto lo visto, parece ser que eso es lo próximo; me gustaría saber si Albiol aplicará la restricción de ayuda por padrón a la familia Reixach o a la familia Tutusaus, recién llegadas a la zona alta de Badalona desde Pedralbes… ¿Si tengo más marrón, negro, rojo y amarillo que otros se me reduce la (inexistente, por otra parte) prestación por desempleo? ¿Dicta una pretendida ‘limpieza de sangre’ lo que he contribuido al desarrollo de este país? ¿La exigencia de buen comportamiento y civismo depende de las nacionalidades? ¡Si solo afimarlo es tendencioso, y lo peor es que la manipulación funciona! Pues bien, si es así venir a buscarme. Todas mis gotas de sangre están a disposición de vuestro análisis… eso si podéis atraparme.
Yo también soy Anónima. Aquí, desde detrás de esta pantalla, emprendo mi particular lucha contra ese sistema a quien sus arteras maniobras de doble filo le ha hecho adquirir tanta fuerza que ya ni siquiera se molesta en disimular que es antiyo, antinosotr@s, antitrabajador@s, antidesfavorecid@s, antilibrepensantes, antivalientes. Aquí, desde detrás de esta pantalla, espero que, entre otros delitos que os inventéis, me acuséis de formar parte de una trama internacional yihadista-etarra, pues vuestra estrategia es burda y sabida, aunque ni vuestras acusaciones habéis sido capaces de justificar. Y también, desgraciadamente, efectiva. Pues bien, si es así venid a buscarme. Mis muñecas avanzan hasta vuestras esposas de falsedad… eso si podéis atraparme.
Yo también soy terrorista. Podía haber puesto un cóctel molótov en alquna parte, motivos no me faltan. No lo hice: no voy a dar al sistema excusas para arrastrar mi lucha y la de tod@s mis compañer@s por el barro. Pero ell@s tampoco lo hicieron, a pesar de que está claro que el sistema no necesita razones cuando aquello que durante tanto tiempo parecía que yacía eternamente vuelve a despertarse en alguna de sus formas, cuando l@s cobardes polític@s creen necesitar helicópteros (que, por cierto, no están contemplados en ninguna ley de recortes) y parapeto policial, cuando por fin vuelven a temernos, a pesar de sus argucias, a pesar de su omnipotencia. Pues bien, si es así venid a buscarme. Os acompañaré con gusto a la comisaría más próxima y esperaré a que acabéis de inventaros problemas para que mi abogad@ hable conmigo… eso si podéis atraparme.
Y naturalmente estoy indignada. Recortada, contemplando el vuelo de los metálicos pajarracos de mal agüero, viendo cómo Europa es saqueada y desmantelada mientras los países más desfavorecidos siguen siendo olvidados, excepto cuando hay que explotarlos. Y escuchando cómo algunos esperan que, en medio de este panorama, en mis protestas me limite a dar un par de gritos, colgar unas cuantas pancartas y ser una buena chica, viendo cómo los que detentan el poder han aprendido la lección, se han montado su excusa, y han conseguido la impunidad de sus manejos echando mano de infiltrados, con tal vez la colaboración involuntaria de algún exaltad@, alguien que rechazó confundir, quizás con demasiada vehemencia, ser pacífic@ con ser gilipollas. Sí, estoy indignada, no me limito a tocar la flauta y no pienso ocultarlo. Vamos, venid a buscarme.
La Alemania de la década de 1930 era un país castigado por las exigencias del Tratado de Versalles, los tributos económicos que debían pagar como perdedores de la Primera Guerra Mundial, y la crisis mundial de 1929. El Partido Nazionalista se aupó en ese malestar social y halagó la peor parte del pueblo alemán al proponerle una solución en forma de odio y venganza en lugar de acciones constructivas: les creó una cabeza de turco, el enenemigo universal. Esta lección, que condujo al Holocausto, la supieron aprender muy bien los gobernantes estadounidenses y, ahora, la ultraderecha española. Lo cual es lógico y natural: el juego del poder es así de repugnante. No lo es tanto, sin embargo, que la ciudadanía vuelva a caer en el mismo error. El ser humano, sobre todo el ser humano español, es el único que, sabiendo su inveterada tendencia a tropezar un millón de veces con la misma piedra, no hace nada por evitarla.
Seguir promoviendo el más que rebatido, e ilógico, tópico que las ayudas sociales se destinan por decreto a las recién llegados. Identificar la delincuencia con la inmigración, lo que es realmente humorístico en este país de santos. Ahora que han ganado, ¿qué será lo próximo? ¿Obligatoriedad de presentar nuestro árbol genealógico con un mínimo de diez generaciones para calibrar nuestra pureza de sangre? ¿Análisis de ADN para establecer qué porcentaje de extranjería tenemos cada un@ de nosotr@s? ¿Nos espera un holocausto inmigrante?
PD: Quería poner un vídeo de PXC, a quienes el PP de Badalona y de otros lugares ha usurpado el discurso, pero renuncio a dar siquiera un minuto de protagonismo a esa gente.
Cuando España está dormida y de pronto sale el sol, solo una de las dos Españas se despierta: en este país siempre tendremos la esperanza partida por la mitad y el futuro medio hipotecado. Por los siglos y los siglos, una parte de esta nación de claroscuros permanecerá en la inopia del oscurantismo, refocilándose en una incultura no hija de las circunstancias sino contenta de serlo, con sus habitantes paralizados por la cobardía y amargados por esta inacción sin que se tenga la suficiente nobleza para asumir la culpa, al menos habiendo otros (pobres, inmigrantes, diferentes) a los que adjudicársela.
Esta España tiene terror al análisis, abomina de cualquier acción que requiera empeño introspectivo e intelectual, y por tanto es terreno abonado a los tópicos y a la demagogia: es la España a la que le puedes explicar impunemente que Rajoy rechaza los recortes de Zapatero sin que te espeten que acciones de este calibre (antes hubiera dicho que aún más ultraliberales, pero ahora no estoy tan segura) han estado desde siempre en el programa del PP. Esta España mantiene una adoración servil al poderoso, propia de personalidades débiles y fracasadas, y vota al corrupto: por tanto, no le cuesta creerse que la solución es, a costa de recortes sociales, favorecer fiscalmente a estos personajes para que creen riqueza, negándose a admitir que nunca lo han hecho fuera de sus cuentas corrientes. A esta España le gustan los enemigos pequeños, porque no tiene gónadas de enfrentarse a los otros, y en consecuencia le encanta que la engañen afirmando que esos enemigos pequeños, esos insectos a quienes se puede aplastar de un pisotón, son los que han usurpado los beneficios de la administración haciendo oído sordos a todas las pruebas en contra: porque el moro sin siquiera un poco de pan para sus hijos que entra en la fábrica abandonada a robar unos cuantos cables de cobre es más culpable que el presidente de Gobierno, que abrió las fronteras para ayudar al gran empresariado a bajar los salarios, y que su sucesor, que siguió beneficiando a los lobbies económicos a costa de l@s trabajador@s de cualquier raza, credo y procedencia. Esta España ostenta la soberbia de los ineptos y se permite arrugar el entrecejo cuando sus hij@s juegan con niños de otros colores, como si el blanco fuera una garantía de pureza, como si ser español fuera algo que abanderar con orgullo, y para evitarlo se venden al sobresfuerzo económico y a los adoctrinamientos de los colegios privados, subvencionados por los gobernantes.
Tod@s tenemos miedo. Y a tod@s nos faltan conocimientos. Y el trabajo siempre es duro. Pero el miedo no se supera con odio ni la incultura es una cualidad digna de encomio y, a no ser que seas favorecido por la fortuna, el dinero fácil no se consigue sin algún tipo de derramiento de sangre. El 22M de 2011 ganó la peor de las Españas posibles en un mundo que está degenerando, cerrando las fronteras y abriendo la veda al odio y a la explotación cada vez más indiscriminados, hasta lo más rastrero.
Les hemos votado: ahora, atengámonos a las consecuencias.
Hubo una vez, hace mucho tiempo, un muro. Un muro que impedía la libre circulación y contra el cual se estrellaban, por uno de sus lados, las esperanzas de libertad de mucha gente (libertad, esa palabra tan dúctil y manipulable), gente que en la mayor parte de los casos interpretaba como libertad la libertad de ir a una tienda y comprarse unos tejanos de marca o la libertad de vivir en un blanca casita en un alegre suburbio; y por el otro lado, las ansias de negocio de las potencias occidentales. Aquel muro se derribó, y fue un día de fiesta grande, de luminosos augurios.
Después hubo otro muro. Éste, por el contrario, fue sancionado por las mismas potencias occidentales que abominaban del otro y promovieron su hundimiento y, más aún que el primero, fue construido con sangre. Ese muro aún sigue en pie, y no habrá fiesta grande ni luminosos augurios, al menos en el futuro a medio plazo y al menos si no hacemos algo al respecto, excepto para que los que lo alzaron y los que lo disfrutan.
Más tarde, han habido otros muros: algunos han sido físicos, otros virtuales. Algunos han limitado la libre circulación de personas, y otros han estado fundados en el miedo, en el odio, en la soberbia, en el fanatismo, en las bombas. Esos muros siguen construyéndose, de una manera imparable, y pronto Europa y Oriente se verán infectadas de ellos, colonizadas por ellos, y entonces nos quejaremos, lloraremos, extenderemos nuestras manos al cielo, y nos querremos reconocer que hemos sido nosotros los que hemos ayudado a construirlos, los que hemos puesto, sucesivamente, otro ladrilllo más, a veces con nuestros votos.
Y por cierto: creo que ya sabéis que la famosa libertad en nombre de la cual fue derribado el primero de los muros protagonistas de este post no trajo tejanos de marca ni casitas blancas, sino absolutamente lo contrario.
A veces los árboles no me dejan ver el bosque. Lo reconozco, aunque no deja de ser lamentable para una guerrera tan avezada (y tan poco eficaz) a perderse entre los procelosos caminos de la vida. Y es que para sobrevivir en este oficio hay que saber interpretar todas las capas de los símbolos, no sólo la más superficial, no sólo la más evidente, no sólo la que más rentable resulta a quien nos la quiera vender.
La semana pasada, en uno de mis paseos por este ámbito, vi un pañuelo colgado de un árbol. No era un pañuelo común y corriente, era una negra capa de las que condenan a las mujeres a la reclusión completa aunque estén rodeadas de gente, de los que aprisionan el cuerpo y también el alma. Sin pensarlo dos veces, arremetí contra él, para ir a parar de cabeza a una trampa preparada por mis enemigos (y los vuestros) de siempre, que con esa picardía cruel que les caracteriza pensaron utilizar el odioso símbolo no para rescatar a todas las mujeres presas en las garras de la religión, la educación y la costumbre, sino para recluirlas más, para desterrarlas más, y con ellas a todo lo que llevan aparejado: su mundo.
Me arrepiento de mi error y valgan estos enlaces como propósito de enmienda (1 y 2, aunque no digo que suscriba de forma total y absoluta todos los párrafos). Pero no quisiera despedirme sin dejar claro un punto: que no cuenten conmigo para defender el derecho de tod@s a la propia cultura y religión: cuando la cultura relega a una parte de la población y la religión no es más que instrumentalización de algún poder (o sea, siempre), el único derecho que le otorgo a estas entelequias es el de desaparecer a la mayor velocidad posible sin que su mayor o menor antigüedad, prestigio o primermundismo les dé privilegios para hacerlo más tarde que las demás.
El Bosque de Brocelandia es un espacio mítico entre la realidad y la ficción. En él, ésta que suscribe, la guerrera roja Eowyn de Camelot, continúa su eterna búsqueda del Graal mientras pelea con los negros representantes de la Globalización y la Explotación mundial.