(viene de) Uno de los vestidos que había encontrado en el famoso baúl de Guillaume era un poco más discreto, y sobre todo, calentito, que el resto: se trataba de un brial de un color púrpura con remates en tonos verdes en las mangas, no tan amplias como los precedentes, y en el cinturón. Vestida con él, llamé a la puerta del aposento del comendador, situado en lo más alto de la Torre del Homenaje, y tras serme indicado que pasara, así lo hice. Había dos mujeres, una de ellas disponiendo diversos enseres por la estancia y recogiendo una bandeja con restos de un banquete, y la otra, ataviada más lujosamente, sentada tranquilamente en la cama. Me echó una ojeada sin mucho interés, como si yo fuera una sirvienta a la que hubiera requerido para que hacer las faenas. Bueno, eso era lo que era yo en realidad, para qué vamos a engañarnos. En mi profesión hay quienes se creen emprendedores y pequeñoburgueses por tener, de alguna manera, negocio propio, pero tal opinión no es más que una trampa fomentada por el poder. No somos más que plebe, y bien orgullosos deberíamos estar de ello. Ay, dónde quedó la conciencia de clase. Se fue, nos la arrebataron con sus mentiras y manipulaciones, y con ella marchó toda nuestra fuerza. Vamos, que hasta cuando nos dicen que destruir empleo frena la destrucción de empleo nos lo creemos.
-Ah, estás aquí, qué pronto has llegado –me saludó con displicencia. Después, me observó atentamente y con bastante desvergüenza y, al final, clavó sus ojos en los míos, con hiriente desprecio-. Así que tú eres la famosa mercenaria que me ha robado el amor de mi amigo.
Realmente, aquella confesión no era nada noble ni discreta. Y odio que digan que soy famosa: para desgracia mía, solo soy conocida entre la minoría que menos me conviene que me conozca. Pero ella continuó.
-La verdad, resultas decepcionante.
No podía culparla de que pensar así. Si de verdad hubiéramos sido rivales amorosas, como parecía empeñarse en considerar, habría tenido pocas posibilidades contra ella: menos que los votantes de Maduro contra todo el sistema que se opone, con todo tipo de armas, a una Venezuela que construye la justicia social. Al menos, si considerábamos solo la belleza exterior (tampoco es que esté yo muy segura de poseer la otra). Blanca era un soberbio ejemplar de mujer de brillantes rizos negros, ojos nítidamente azules, y larguísimo cuerpo que parecía haber sido dibujado por un historietista vicioso, pues a pesar de su esbeltez no le faltaba volumen en las zonas que así lo requerían: mientras que yo solo era una aragonesa media de pelo y ojos castaños. Afortunadamente todo eso me importaba un puñetero rábano.
-Os equivocáis, señora –no creí que pudiera sacarla fácilmente de su error, pues todo apuntaba que era de talante más bien terco, categórico y obsesivo; pero consideré que era mi deber intentarlo-. Nada tengo que ver con Guillaume, si es a él a quien os referís.
-Ah, ¿pretendes engañarme alegando una falsa virtud? No te saldrá bien tu juego: se dice que eres tan hábil con la espada como ligera de costumbres y dada a ruidosas francachelas entre barriles de vino –contraatacó con rabia.
-Y no pienso negarlo –contesté tranquilamente-, pero da la casualidad que no he tenido deseos ni oportunidad de ejercer esa ligereza de costumbres con Guillaume. Me considero su amiga, sí, pero de la misma manera que lo es Gonzalo, por ejemplo. No olvidéis que ambos somos veteranos de Tierra Santa.
Su rostro se ensombreció. Durante un breve lapso de tiempo, pareció humana.
-Sé a lo que te refieres. La camaradería miliar. Realmente os envidio esa unión.
-Pues no lo hagáis –no me caía bien. En absoluto. Pero por justicia me vi obligada a sacarla de su error-. Nada hay de épico ni de trovadoresco en la guerra, más bien todo lo contrario. No le desearía una experiencia así ni a mi peor enemigo. Es cierto que el afecto que nace entre los que pelean juntos es el único botín valido que se puede sacar de una contienda, pero ni de esta forma se pueden justificar.
Aunque hay cosas peores que la guerra, o tal vez hay otras guerras peores que no se consideran propiamente guerras: el genocidio. El exterminio. Aunque sea a base de la incitación al suicidio. O saber que no valen lo mismo los muertos de Damasco, Kabul o Bagdad que los Nueva York o Boston.
De inmediato, sus ojos volvieron a ser crueles y despectivos.
-Pero estás aquí con él. Eso no puedes negármelo. Y empleando engaños.
-Es cierto. Y me imagino que no querréis hacerle caer en desgracia en su orden revelándolos. Por cierto, me gustaría saber cómo os habéis enterado, si no tenéis inconveniente…
-Dejemos eso ahora –interrumpió-. Vamos, justifícate si puedes.
Yo eché mano de la imaginación.
-Necesitaba un refugio –inventé-. Hay alguien que me persigue. Peleas de taberna, como vos decís. Guillaume me ofreció esconderme aquí haciéndome pasar por su prima: estoy convaleciente de una grave lesión y no es cuestión que vaya por estos caminos peleando y corriendo.
Mi explicación pareció ser de su agrado o, por lo menos, su rostro se relajó.
-Pareces convincente. Si es así, yo puedo ofrecerte un refugio mejor. Un empleo. ¿Te gustaría trabajar para mí?
-¿De qué salario estamos hablando? –contesté inmediatamente. Ella estalló en carcajadas: de nuevo volvió a parecer una persona. Quizá no estaba todo tan perdido con ella.
-¡No tienes pelos en la lengua, muchacha! –exclamó, tras recuperarse.
-Ni monedas en la bolsa. Lo primero suele ser consecuencia de lo segundo.
-Se me conoce por mi generosidad. ¿No quieres saber cuáles son las tares que tendrías que realizar?
-Estoy impaciente, si tenéis a bien decírmelo.
-Algo que podrás realizar rápida y fácilmente, si todo lo que has dicho es cierto. Matar a Guillaume.
Se hizo en silencio en la estancia. La miré atentamente, esperando que estallara en carcajadas de su mal chiste, pero ella, a su vez, aguardaba, grave pero indolente, mi respuesta. Que solo pudo ser una: la única que se merecía.
-Mi señora, siento deciros esto, pero estáis como una puta cabra.
El asombro no dejó actuar a Blanca. Pero su dama de compañía, que había parecido hasta el momento absorta en las tareas domésticas, se me echó encima armada de una jarra.
-¿Cómo te atreves a hablarle así a Doña Blanca? ¡Te voy a desfigurar la cara, desgraciada mercenaria! –sus ojos, empequeñecidos por muchos años de sentimientos negativos, entre los que pude columbrar la envidia y el desprecio por las que eran parecidas a mí (pues, aunque yo no era nadie, estaba segura de que representaba a sus ojos un símbolo de todo aquello que ella no se había atrevido a ser, esto es, libre), me miraban con un odio que aterraba por su magnitud y su escasa oportunidad. Yo detuve su mano y estrellé la jarra contra el suelo.
-¿Tú y cuántas más como tú, enana? –no suelo aludir a los defectos físicos de la gente en mis peleas, aparte de que no contaba yo con una estatura mucho más aventajada que la de ella, pero la verdad es que estaba muy, pero que muy, cabreada-. Imbécil, no te rompo ahora mismo la cara contra esa pared porque sería tan fácil que lo consideraría deshonroso –aplacado ya los ánimos de la subordinada, no sin buenas dosis de sus miradas rabiosas, miré a la señora.
-Déjala, Elvira –se volvió, un poco tarde, hacia la dama de compañía, y luego hacia mí-. Entiendo que esa es una respuesta negativa –me dijo sin inmutarse.
Pensé que había sido demasiado indulgente con ella llamándola “puta cabra”.
-Pero ¿tan mal me he expresado que no habéis captado una sola de mis palabras? ¿O es que tenéis el don de olvidar instantáneamente? Os he dicho que Guillaume es mi amigo, ¿y queréis que lo asesine? Veo que desconocéis todo tipo de escrúpulo, al menos cuando alguien os contraría. Y eso si fuera una asesina a sueldo, que no soy. Alquilo mi brazo armado solo a causas que considero justas, o al menos moderadamente injustas. Esto es absurdo.
Blanca rodeó la columna de su cama y se sentó al otro lado. Entonces me habló, aunque con la vista en la pared.
-Está bien. Te hecho una oferta y la has rechazado. Has apostado, quizá ganes o quizá pierdas. Pero sea lo que sea, tendrás que asumir las consecuencias de tu decisión. Y ahora retírate.
Yo le hice una irónica reverencia y giré sobre mis talones (continúa).
(viene de) -Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.
-Esta vez hablo en serio –aseveró.
Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).
-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.
-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.
Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.
-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.
Me mostró las palmas.
-Hablar. Solamente eso.
No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?
-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.
La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.
-Tienes muy buen aspecto. Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.
-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.
-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.
-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.
Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.
-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…
Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares…
-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.
Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.
- Me trasladaré a mis posesiones de Barcelona y te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.
Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?
-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?
Se apresuró a responder.
-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.
-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.
-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.
Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, una masía fortificada a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias de la masía y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos.
(viene de) Tengo que reconocer que en los peores momentos de mi vida siempre había encontrado una mano tendida aunque a veces hubiera acabado sosteniendo el látigo que acabaría estrellándose contra mis espaldas, un inesperado golpe de suerte que en pocos meses se convertiría en una maldición. Cuando llegué a Barcelona, exhausta y derrotada, unas semanas antes, había tenido que hacer un esfuerzo para que la depresión no me arrojara contra una cuneta para dejarme morir allí. Pero a mí aún no me habían robado toda la esperanza ni todo el trabajo de toda mi vida, como habían hecho con los desposeídos en Grecia, y aunque solo fuera por orgullo no quería que nadie me obligara a ser la mano autoejecutora del genocidio social del sistema; o tal vez me producía demasiada pereza pensar en cómo dar fin a mi vida. Sea lo que sea, en lugar de suicidarme hice lo que una mercenaria de pro debe hacer en esas circunstancias: emplear las monedas de Guillaume que aún me restaban en darme un buen baño, buscarme un alojamiento y procurarme ropas presentables que me acreditaran como una candidata susceptible de tener en cuenta para posibles encargos. Y, claro, frecuentar los mercados y las tabernas, que para que me entendáis funcionan como una especie de mezcla de Infojobs, LinkedIn y Facebook. Era consciente de que me había metido en la boca del lobo; me hallaba en el exacto lugar donde Karl y Gustaf me habían encontrado hacía ya casi un año, y pretender que serían tan imbéciles como para no buscarme allí, por muy evidente que ello fuera, era quizá suponer demasiado, incluso si era referido a ellos. Pero, a pesar de la advertencia del templario traidor y de la poca simpatía que debían de profesarme después de que el Sultán se hubiera vengado en ellos de mi huida, como seguro habría hecho, no conseguía sentirme aterrorizada por la perspectiva de volver a verles: les había perdido todo respeto, si es que alguna vez les había tenido alguno, y estaba segura de que si me los encontraba más que asustarme me iba a entrar un ataque de risa en sus barbas. Así que ya me veis de nuevo en la Ciudad Condal, intentando infructuosamente encontrar acomodo laboral mientras acarreaba un enorme agujero lleno de algo parecido a la antimateria que se abría justo en medio de mi estómago y que a veces me dolía tanto que hasta me hacía caminar encorvada; y no era hambre, os lo aseguro, aunque también comenzaba a sentirla. Pero, por suerte o por desgracia, estoy acostumbrada a las vicisitudes. Lo siento mucho por los positivistas y los amantes de libros de autoayuda: el Destino existe y que te esfuerces en mejorar tu vida, aunque muy recomendable, sirve de muy poco; tu sino se encargará de joderte bien jodido si eso es lo que tiene programado. Sobre todo si has nacido pobre y sin nobleza. Como en mi caso, por ejemplo. Y sobre todo si hemos vendido nuestro país a los neoliberales fascistas del PP, que a su vez aún lo venden más barato. Y por si fuera poco, en uno de mis deambuleos curriculares, al doblar una esquina, me tropecé de pronto de la manera más escandalosa con el mismísimo señor del lugar donde me había criado, mi archienemigo.
Naturalmente, me dispuse a poner pies en polvorosa: que yo supiera, el noble en cuestión no daba un paso fuera de su castillo sin ir protegido por una nutrida guardia que, estaba segura, debían de estar agazapados a mi alrededor, esperando tal vez una orden para caer sobre mí como auténticos antidisturbios cabreados. Y, de hecho, un grupo de cuatro secuaces taponaban la única salida: así que me decidí a esquivar a mi antiguo jefe y a arriesgarme por la calle que discurría a su espalda, con casi la seguridad de que encontraría a alguien emboscado en alguna parte: si l@s lector@s que conocen Barcelona alguna vez se han quejado de las tortuosas calles del Casc Antic, debo informarl@s que antes de derribar las murallas era aún peor (no obstante, tengo que reconocer que cuando estoy en el siglo XXI las echo de menos. Lo único que me consuela es que solo las han derribado, no las han sepultado por desmemoria o intereses, ni las han privatizado como en Grecia ni expoliado como en Siria o Irak)… Pero cuando me lancé hacia mi objetivo descubrí que también aquella salida había sido bloqueada. Así que di un paso atrás, alejándome de todos ellos lo máximo que podía, saqué la espada con seguridad y les regalé una sonrisa de suficiencia: estaba demasiado enfadada para tener miedo, y aquellos guardias, con sus negros ropajes protegiendo el lujo del noble (solo les faltaba la insignia de la División Azul), me recordaban demasiado a los efectivos policiales de Barcelona cargando indiscriminada e impunemente contra los manifestantes mientras acordonaban el Corte Inglés y la Bolsa. Yo misma podría estar en aquel momento herida, encarcelada o ambas cosas, si un camarada anónimo, al verme desorientada en la multitud y corriendo en dirección a las peores cargas, no me hubiera sacado allí casi en volandas; ni siquiera llegué a verle la cara. Pero ahora sí estaba permitido que me comportase como una salvaje medieval defendiendo mi vida sin que nadie me llamara terrorista por hacer lo mismo en 2012, así que moví mi espada para que destellara a la luz de las escasas antorchas, en señal de desafío, y me dispuse a la batalla. Pero los guardias estaba extrañamente inmóviles, y el único que se adelantó, con los brazos separados del cuerpo y mostrando que estaba desarmado, fue el señor.
-Guarda tu espada, Eowyn. Hemos venido en son de paz.
Vaya por dios. Con las ganas de juerga que yo tenía (sigue).
Quiero seguir siendo prehistórica, nostálgica, romántica, trasnochada incluso. Quiero creer que aquellas luchas que ganamos con tantos sacrificios de tant@s compañer@s valieron la pena, aunque ahora nos hayan arrebatado su justo premio con la mayor inicuidad posible. Quiero que mis manos que ellos intentan dejar vacías, mi cabeza a la cual intentan extirpar los sueños, sean su azote, su infierno. Quiero seguir negando la realidad que me marcan, porque no es la realidad, es la imposición de una pesadilla, no quiero aceptar que lo normal y lo auténtico es la más cruel injusticia y la más absoluta represión, quiero seguir indignándome, quiero que nadie me impida seguir teniendo memoria, quiero que nadie me meta ese miedo que les sirve para vender armas. Quiero seguir gritando en desafío de estos crímenes políticos y económicos contra la Humanidad aunque no sirva de nada, aunque esté actuando contra mis egoístas intereses personales, aunque mi voz sea la única que resuene, aunque tod@s a mi alrededor me tachen (y a ti, y a vosotr@s) de loca. No estamos condenados, no tenemos que resignarnos, podemos elegir. No dejemos que nos transformen en sumisos espectadores de la basura en la que están convirtiendo nustras vidas. Las manos son nuestras.
No estamos condenados a elegir entre los mismo y lo mismo. Tenemos las manos vacías, pero las manos son nuestras
El 15 de Mayo toma la calle. Nosotr@s somos más
El Premio Nobel de la Paz ejecuta extrajudicialmente, su mascota Zapatero lo justifica con argumentos demenciales y Llamazares habla con justicia y sentido común
Fuiste nuestro amigo. Te quisimos: ¿cómo podríamos no haberte querido? Nadie mejor que tú para netralizar a nuestros enemigos inyectándoles el veneno de la religión, que les volvería zombies a nuestro servicio, declarado o tácito. Fuiste nuestro amigo hasta que dejaste de serlo, o tal vez siempre lo fuiste, o tal vez como enemigo nos brindaste incluso mayores servicios. Pero, formando parte o no del plan en el que tú eras (voluntaria o involuntariamente) nuestro cómplice, o quizá debido a tu rebeldía, o quizá debido a ambas cosas, te matamos como a un perro. Porque nosotros PODEMOS hacer JUSTICIA; a los demás no les está permitido, y si lo hicieran solo sería cruel VENGANZA.
Y es que eras un terrorista. Dirigías una central del terror mundial llamada Al Qaeda, que nadie se sabe dónde está ni qué es y que me parece que nos la hemos inventado nosotros, como, en el fondo, a ti, como, en el fondo, a nosotros mismos. Un terrorista, como los etarras españoles y tod@s los que comparten sus ideas políticas aun estando en contra de la violencia. Nosotros, sin embargo, no lo somos. Cuando bombardeamos los países que nuestros intereses nos señalan lo hacemos para implantar la justicia; cuando somos cómplices de los poderes económicos, de ambición tan desmesurada como un agujero negro y que están llevando a una parte creciente de la Humanidad a la ruina y al exterminio, lo hacemos obligados por la crisis y para vencerla.
Bin Laden murió ayer, día 2 de mayo (aquí podríamos hacer un chiste fácil, pero me abstengo), en una ejecución completamente legal (el tiro en la cabeza lo recibió solo porque no quiso colaborar en su detención) rematada por un procedimiento más que sospechoso, como fue el hecho de tirar su cadáver al mar desde un helicóptero. El enemigo público número uno vivía desde hacía tiempo en una bonita residencia de una pequeña ciudad cercana a Islamabad, en Pakistán, donde inexplicablemente nadie le había detectado hasta ahora. Ese mismo día se supo que el Tribunal Supremo de Justicia se pasó la ídem por el forro y declaró que Bildu no podría presentarse a las elecciones, aunque haya hecho una condena expresa de la violencia. Tres días antes el paro en España se cifró en cinco millones a pesar de (yo más bien diría: gracias a) los mortales ajustes y recortes laborales y sociales de los gobiernos central y autonómicos de este país, y a todo esto, la UE y EEUU siguen bombardeando Libia, gobernada por otro anterior amigo que rinde más como actual enemigo.
Todos estos sucesos, además de reafirmar el post del viernes pasado, casualmente casi profético, de esta bloguera, donde se aludía a como el terrorismo puede ser beneficioso, e incluso estar auspiciado, por los poderosos, hacen preguntarse dónde está el terrorismo real. ETA mata, y los fanáticos religiosos también, pero si alguien tiene el valor de decirme que lo que están haciendo las elites económicas mundiales con la connivencia de los gobernantes de las grandes potencias y de las que no son más grandes no son terrorismo, y que todas estas intervenciones armadas en Libia, Afganistán, Irak, Palestina y demás tampoco… por favor, que se haga mirar su nivel cerebral de manipulación, porque roza el límite del estado zombi.
Querid@s lector@s, aquí os paso la resolución que ha elaborado, con un poco de colaboración de la que suscribe, la gente de Comunicación del PSUC-viu del Maresme (bonita comarca de Barcelona entre el mar y la montaña adonde esta bloguera se ha desplazado hace poco). Esperamos que esto suponga el punto final a mi época de vacas flacas bloguiles y que el tiempo y el mal remunerado trabajo me permita actualizar esta cosa más a menudo de aquí en adelante.
Por cierto, hoy se celebra (es un decir) el octavo aniversario de la muerte de José Couso, un símbolo de la inutilidad, intereses creados y afán manipulativo de todas las guerras, sobre todo imperialistas.
Resolución del PSUC-viu del Maresme sobre la intervención militar en Libia
El PSUC-viu del Maresme quiere manifestar su rechazo frontal a la intervención militar de Libia en la que el gobierno del PSOE, apoyado incondicionalmente por el PP y con la oposición en solitario de Izquierda Unida y el Bloque Nacionalista Galego, ha enredado al Estado español. Creemos que esta agresión imperialista, aunque emprendida con la excusa de legalidad de la Coalición de París, es tan inmoral e ilegítima como la guerra de Irak auspiciada por la infausta Coalición de las Azores.
A pesar de que condenamos enérgicamente el régimen de Muamar el Gadafi y de que damos nuestro pleno apoyo a las legítimas aspiraciones de libertad e igualdad de la ciudadanía libia, así como al resto de movimientos populares que están consiguiendo importantes cambios en diferentes países del mundo árabe, estamos firmemente convencidos de que cualquier acto de agresión contra Libia o contra cualquiera otro Estado soberano, provocará más sufrimiento, enfrentamientos y refugiados dentro y fuera del país, exacerbando el conflicto y dificultando la solución, aparte de desestabilizar aún más la región del Magreb y Oriente Medio. Sin ir más lejos, el desastre de las guerras en Irak y Afganistán, teóricamente emprendidas en nombre de la salvaguarda de los derechos humanos y la democracia, han producido centenares de miles de muertos y millones de desplazados.
Esta agresión militar imperialista no contribuirá a la alentadora ola de revueltas contra la tiranía en el mundo árabe, que ya ha derrocado a dos dictadores marionetas de occidente, sino que sembrará la duda sobre qué intereses defienden realmente los aliados, si los de los pueblos oprimidos por las dictaduras o las de las potencias occidentales, aunque nosotros y nosotras no tenemos dudas al respecto: es incuestionable que los aliados no han atacado Libia porque están preocupados por la represión que sufre el pueblo de este país, puesto que sus problemas no les preocupaban hasta hace unos días y conflictos similares siguen sin preocuparles en el resto del mundo; por el contrario, son los intereses geoestratégicos, económicos, energéticos y políticos los que han motivado la resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU, destinada a servir de tapadera a los propósitos de los aliados. En estos momentos existen en el mundo 32 conflictos similares al de Libia, y ninguna coalición de países emprende una cruzada para la salvación de estos pueblos sojuzgados, porque eso no les reportaría ningún beneficio político o económico.
El PSUC-viu del Maresme también quiere incidir sobre la campaña de desinformación generalizada que se está llevando a cabo para apoyar la intrusión bélica de la OTAN y de sus acólitos, manifestando que no hay alternativas al ataque si se quiere ayudar a la población libia, incluso con la sesgada comparación con la indefensa España de la Guerra Civil, y al mismo tiempo guardando silencio sobre las graves violaciones de los derechos humanos promovidas por Israel o sobre el aplastamiento por parte de Bahrein y Arabia Saudí del levantamiento de sus ciudadanos. Otro aspecto de estas manipulaciones son las implícitas o explícitas acusaciones al movimiento pacifista y de solidaridad internacional, del que el PSUC-viu se siente partícipe, de mirar para otro lado o incluso de apoyar a Gadafi, algo especialmente repugnante porque esos mismo que nos critican son los que continúan vendiendo armas a países más que vulneran los derechos humanos; en el caso concreto de Libia, los mismos que hasta ayer le bailaban el agua a su tirano y que se oponen a cualquier sanción política y diplomática a Israel, Arabia Saudita o Marruecos hasta que respeten los derechos humanos. Unos cuantos ejemplos: las llaves de la ciudad de Madrid fueron entregadas en acto solemne a Gadafi en 2007 por el alcalde Alberto Ruiz Gallardón, con la connivencia del PSOE y la única oposición de Izquierda Unida; en el mismo año Zapatero y Bono visitaron Libia, y desde ese momento las ventas de armas al dictador libio aumentaron exponencialmente, hasta cifras insultantes.
No nos dejemos engañar por consignas interesadas: sí hay alternativas. Aunque los pasos que Venezuela y otras organizaciones como la Unión Africana han dado en busca de una solución pacífica del conflicto no han sido adecuadamente difundidas por la prensa del sistema, la historia reciente nos habla de casos como el de Sudáfrica, en el que, sin la utilización de bombardeos, la comunidad internacional contribuyó a que el Apartheid pasara a los libros y fuera sustituido por una democracia en la actualidad consolidada. Los medios civiles como bloquear las cuentas de los dictadores, renunciar a venderles armas para dejarlos sin herramientas de represión contra sus ciudadanos o aislarlos políticamente han demostrado ser mucho más efectivos que la violencia y por si fuera poco no requieren una contraprestación en vidas humanas.
En resumen, las bombas de ninguna manera pueden traer la protección y la justicia social a la ciudadanía, y la expresión “guerra humanitaria” no es más que un evidente contrasentido. La intervención militar no es el camino, y los hombres y mujeres del PSUC-viu del Maresme no pensamos apoyarla, ni en este caso ni en ningún otro.
Son malos tiempos para la lírica en general y en particular, para la lírica en todas sus implicaciones y para todos los seres que representan la lírica en el mundo, que suelen ser siempre los más puros y, por consecuencia, los más golpeados. Constato hoy, con la afición a reiterar que me caracteriza, esta opinión sobre la imposibilidad de los finales felices para una gran parte de la Humanidad, que tal vez sea personal, o tal vez no, y me dispongo a dar algunos argumentos.
No insistiré sobre el manido tema de que el mundo sería mejor, más justo, amable, lógico, e incluso inteligente, si se invirtieran las relaciones de poder vigentes y fuera el llamado anteriormente, y aún considerado, sexo débil, el que gobernase: tod@s conocemos ejemplos que contradicen esta tesis. Pero, a pesar de todo, me resulta difícil imaginar hordas de féminas enloquecidas violando y descuartizando a indefensos hombres en mitad de una guerra, por atroz y cruenta que ésta sea. Y creo que eso significa algo.
Podíamos citar el caso de Aisha, la joven afgana de 18 años mutilada por los talibanes por abandonar a su marido (con el que se la había obligado a casarse a los 12, y después de largos años de maltrato por una familia política); esos mismo talibanes acaban de ejecutar por adulterio a Sanubar, una mujer embarazada después de obligarla a abortar. Y para que nadie piense que considero la talibanidad una cuestión de raza ni de religión, ni que pretendo justificar con esta cita la estancia de los estadounidenses como fuerzas de ocupación en el país, citaré una de tantas y tan conocidas barbaridades cometidas por los supuestos superhéroes salvadores de los países del Eje del Mal, y del poder económico y geoestratégico occidental, más bien: la violación múltiple, seguida por asesinato con ensañamiento, de la niña iraquí de 14 años Abeer Qasim Hamza, después haber matado a sus padres y a su hermana pequeña, por parte de soldados estadounidenses. Está bien, tod@s sabemos que en las últimas décadas actos de ese calibre constituyen moneda común en todas las guerras: últimamente me ha estremecido el horrible caso de Almira Bektovic, que Hernan Zin comenta en su blog. Pero, por cruento que sea el conflicto, ¿hay alguna justificación para ese atentado contra todo lo que representa lo femenino?
Además, ¿son estas crueldades sin nombre propias del subdesarrollo o del estado de conflicto? Supongo que a pocos lectores les resultará sorpresivo lo que voy a decir a continuación, pero no considero en absoluto fruto de la imaginación del autor de la trilogía Millenium, más bien de su experiencia como periodistas, el clima de abuso físico y maltrato psicológico contra las mujeres, amén de puramente desprecio, que describe como algo generalizado en el trasfondo de la sociedad sueca, uno de los modelos de desarrollo social para los españolitos de pro durante años. No voy a hacer una crítica literaria del bestseller del momento bajo cuyo influjo he acabado por caer tras años de resistirme (aunque he de decir que con un limitado entusiasmo por mi parte), con un limitado entusiasmo por mi parte, pero la impresión que produce es espantosa. Sobre todo porque puede ser completamente real.
Porque no se trata de algo episódico: Larsson no escribe sobre los hombres que no aman a las mujeres igual que podría escribir sobre un asesino en serie que deja en todos sus cadáveres un ramito de violetas y un ejemplar de las obras completas de Garcilaso de la Vega. No se trata de que haya unos pocos hombres que no aman a las mujeres y se aprovechan de esta su mayor empatía que constituye a la vez su fuerza y su debilidad y que las hace tan poco atractivas para los finales felices, sino de que el número de éstos resulta alarmantemente grande, y eso, sobre todo si tienes la desgracia de ser una heterosexual de libro, aparece como algo terriblemente inquietante. Sobre todo porque puede ser real.
Pero no os preocupéis, chicas: siempre nos queda la opción de renunciar a todo lo que nos convierte en nosotras mismas y convertirnos en damas de hierro como Thatcher o Merkel, o bien casarnos con un Obama, tener obamitas, y contemplar, mientras gastamos el dinero de los contibuyentes, cómo se vulneran los derechos de los habitantes de la Costa del Sol para agasajarnos, en este país en que todos y todas (ja, ja, ja) somos iguales ante la ley.
El Bosque de Brocelandia es un espacio mítico entre la realidad y la ficción. En él, ésta que suscribe, la guerrera roja Eowyn de Camelot, continúa su eterna búsqueda del Graal mientras pelea con los negros representantes de la Globalización y la Explotación mundial.
La rebelión de los soldaditos de plomo
Las autoridades españolas anunciaron su decisión de mejorar la portada de la Basílica de la Santa Cruz del Valle... fb.me/17agTk1I48 hours ago
RT @LHextraradi: Aprovació lomce, penalització de l'avort, homenatge División Azul, repressió mov.socials i detencions... Quiero un bazoka!… 3 days ago
Me declaro objetora de la asignatura de religión. Objetora de la religión, de todas las religiones. Objetora de... fb.me/J4RtCzVv3 days ago
Exigim la INMEDIATA DIMISSIÓ de la Delegada del Govern a Catalunya MARIA DE LOS LLANOS DE LUNA fb.me/2rDAjVDYu3 days ago