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Posts etiquetados ‘lucha obrera’

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Sé que mi aportación a este tema no va a resultar significativa, y quizá sea completamente prescindible: como siempre, me falta tiempo, para escribir, para leer, para meditar, y acabo siempre llegando tarde a la noticia. No importa: hay suficientes artículos sobre los sucesos acaecidos en las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo y sobre lo que sucedió después  -que he tratado de reflejar en mis últimos twits-, y quizá no sea necesario ir más allá. Pero la importancia del acontecimiento es tal que me siento en el deber de dar un pequeño apunte, aunque se pierda en el insondable mar del periodismo ciudadano y del mundo 2.0, tragado por olas mucho más altas que las mías.

Tras el 22M ha quedado lo suficiente claro para el o la que tenga oídos para oír y ojos para ver (algo no demasiado común, a despecho de las apariencias) que los movimientos sociales y políticos que persiguen la libertad, la igualdad y la fraternidad han triunfado; y lo han hecho porque han sabido erigirse por encima de sus diferencias, comprensibles e inevitables, y unirse en una reivindicación común (que ha tenido momentos verdaderamente emocionantes donde se ha palpado la solidaridad entre  personas cuyo ideario vital no pasa por la codicia sin freno y el empoderamiento egoísta y explotador). Hemos triunfado como solo la verdad puede triunfar: limitada y brevemente, entre barricadas que acabarán por dejar de protegernos.

Y de hecho, el primer intento por derribar estas barricadas ya se ha realizado. Vinieron nuestros amigos, nuestros viejos conocidos de tantas manifestaciones, con sus capuchas y sus atuendos anarquista comprados en El Corte Inglés, con esa expresión de odio en sus facciones que no he visto en ninguno de mis compañer@s (a pesar de su justa indignación por la sistemática destrucción por parte del poder de todo lo que es bueno, bello, verdadero y justo, que cada vez estalla con más intensidad). Vinieron a la hora de siempre, tan incómodos como esa menstruación que ya esperas el día de tu cita más importante, y desde luego mucho más repugnantes y letales. Algunos (no lo dudo) sencillamente cumplirían órdenes: lo harían sin placer, obligados por sus circunstancias personales, aunque quizá también sin valor para oponerse. Otros, reclutados especialmente por sus jefes entre un elenco de candidatos que dejaría a los peores especimenes de Mentes criminales convertidos en unos auténticos angelitos, disfrutarían al hacerlo, como auténticos energúmenos.

Pero, fuera como fuera, la verdad es que su representación de violencia extremista y su posterior represión de lo que ellos mismos habían provocado (no me peguéis, que soy compañero) proporcionó argumentos a todas los medios de desinformación del Sistema (o sea: a todos los medios de desinformación oficiales). Sus espadas crearon plumas, plumas fácilmente volteadas por el viento, pero que distraen, molestan, hacen dudar… Suficiente. Pero ya lo esperábamos. Lo sabíamos. Sabíamos que el camino no es largo, sino infinito. Que la lucha nómada, la lucha de guerrillas, es la única posible para nosotr@s, pues nuestra fuerza está en saber cambiar, evolucionar, adaptarnos a las numerosas trampas del poder, tan peligrosas porque están también en nuestros corazones y ellos lo saben. Que no habrá descanso si queremos triunfar porque, en cuanto nos detengamos, ellos nos atraparán, como ya hemos estado atrapados tantos años, como aún lo estamos, entre las redes del miedo y la represión, sí, pero también entre las más insidiosas de la molicie. Bien, ya descansaremos cuando estemos muertos. Nadie dijo que sería fácil. Pero os puedo asegurar que será muy divertido…

Información complementaria

- La indignidad en moto (detallada crónica de la represión policial del #22M)

“Vamos a por ellos, coño”, gritó un mando a los antidisturbios

- Policía mentirosa

- Lo de siempre

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(viene de) Como dentro de la mejor tradición de unos antidisturbios asaltando un CSO o una sede del Partido Comunista, pues en el fondo nunca hemos dejado de ser ilegales y ahora se sienten fuertes para demostrárnoslo): en el revuelo que se produjo al trasladar los pertrechos del falso don Rodrigo a su alcoba, situada en la torre principal, y desalojar al infeliz, el familiar más o menos cercano al de Entença, que la ocupaba en aquel momento,   me fijé en uno de los criados, un joven de aspecto agradable que parecía haber conservado un poco de inocencia en mitad de toda aquella sangrienta locura. Ignorada por la servidumbre como un componente más de los avíos de mi señor, cosa inherente a mi condición de mujer y plebeya y gobernada por Gallardón, disimulé hasta que le tuve a tiro y lo suficientemente separado de los demás, y le abordé, muy formal.

-Mozo, mi señor quiere que le realices un servicio confidencial. Quédate cuando los demás se hayan marchado.

Algo sorprendido, asintió con la cabeza y fingió estar ocupado en las profundidades de un baúl hasta que en la habitación solo quedamos él y yo. Cuando creyó que podía hablar sin peligro, me preguntó:

-¿Y bien? ¿De qué servicio se trata?

Yo me dejé caer sobre la cama, con desparpajo, y de inmediato me di la vuelta y me acodé sobre el colchón, boca abajo.

-En realidad soy yo la que necesito el servicio… No pongas esa cara, hombre, que no quiero atentar contra tu virtud en el caso de que aún la conserves. Es sólo que preveo que voy a tener que aguardar aquí muchas aburridas horas y pensé que si me dabas un poco de conversación tal vez el intervalo sería más soportable.

Él mostró una expresión ofendida.

-Mejor harías en esperar a tu señor quieta y callada, como es tu obligación, y no perturbar el trabajo de los que sí respetan a sus amos, desvergonzada –bonito esquirol de su clase: menos mal que no trabajaba en Coca Cola ni en Panrico-. ¿Quieres atraerme a la perdición? Ya conozco a las mujeres de tu calaña, ya –no creía que las conociera en absoluto, ni a las de mi verdadera calaña ni a las de la calaña a la que él creía que yo pertenecía, pero si aquello le hacía sentir mejor… De un salto, me senté en la cama.

-Eres un malpensado. Solo quiero hablar un poco y matar el tiempo, ¿tan extraño es eso? Don Rodrigo tardará en retirarse, y cuando lo haga estará tan borracho que no creo que note mi presencia. Anda, déjame acompañarte, te ayudaré en tus quehaceres si así lo deseas –el relajo en su rostro me informó de que estaba empezando a encontrar la lógica en mi argumentación, o al menos de que mi propuesta no le parecía tan peligrosa y sí práctica. Yo añadí-. Tómalo como una deferencia de Castilla hacia Aragón, si así lo prefieres.

No pudo evitar sonreír.

-Está bien. Supongo que no hay nada malo en lo que me pides. Pero si veo que intentas algo… -me amenazó con el puño con escasa convicción.

-¿Y qué voy a intentar, hombre de poca fe? Solo soy una débil mujer. Anda, vamos.

Le acompañé a encender el fuego de las chimeneas de las alcobas de los allegados al comandante de aquella expedición de castigo, y luego bajamos a la cocina, situada en los bajos del edificio situado a la izquierda del portón de entrada, al lado de la pocilga y el gallinero y frente a los establos y a otra dependencia que no supe nombrar. La vasta sala bullía de actividad, y los criados se afanaban a desplumar aves, pelar verduras, retirar desperdicios, llenar jarras de vino y remover pucheros. Con la conciencia tranquila, mi acompañante, cuyo nombre era Bernat, cogió sendos trozos de pan y de carne seca y me llevó condujo a la terraza superior, a la que se accedía por una escalera externa.

-Es un lugar tranquilo para echar un bocado. Aquí nadie sube –me dijo-.  Por el frío y porque está situada por debajo de las almenas, por lo cual no sirve como puesto de vigilancia. Anda, come, que pareces desfallecida, y cuéntame cómo llegaste aquí. ¿Ese don Rodrigo es buena persona? No parece tan hijo de puta como los de aquí.

Vi la ocasión de orientar la conversación hacia donde me interesaba. En realidad, necesito poca ayuda para inventarme qué decir en cada ocasión en que lo necesito, tengo que reconocerlo.

-Las apariencias engañan –le contesté-. Pero en realidad mi historia no es importante. Es mucho más interesante la vuestra. Me hace reflexionar mucho el hecho de que todos vosotros hayáis sido obligados a venir a una guerra que no os compete en absoluto, arrancándoos de las confortables casonas y castillos donde servíais. Debe de resultaros muy duro. Vuestra situación solo es un poco mejor que la de los prisioneros que se hacinan en esa construcción cerrada –señalé con el codo al frente.

Bernat me miró con creciente interés preñado de triste sorpresa. Después, concentró su mirada en las pétreas losas del suelo.

-Hace mucho que no los alimentan –yo me estremecí-. Al menos, a ninguno de los criados nos mandan hacerlo. Se están pudriendo en ese lugar y conozco a muchos de ellos, aunque por suerte ninguno es cercano… -levantó los ojos y dijo con una aparente frialdad más desgarradora que la desolación-: Todos los míos han tenido mejor fortuna: están muertos.

Tragué saliva. Y debo de reconocer que ahí sí que me quedé literalmente sin palabras. Afortunadamente, él no alargó mucho la pausa.

-Muchacha, has acertado en lo que has dicho: nuestra situación no es mucho mejor que la de ellos. Pero a pesar de todo, podemos dar gracias a Dios. Cuando el señor Berenguer escogió de entre los prisioneros a los que teníamos mejor salud y aspecto para que le sirviéramos cuando decidió resistir en este castillo, lo supimos.

Oímos gritos y carcajadas de los guardias, por encima y por debajo de nosotros. El vino ya estaba haciendo sus efectos. Yo comprendí.

-¿Entonces…?

-El señor Berenguer no se trajo a su servidumbre a la guerra, aparte de unos cuantos. Le gusta viajar ligero de equipaje, o eso dice siempre. Nosotros pertenecemos a las aldeas arrasadas… Aún me siento mal por haber abandonado a mis compañeros allí, pero…

Yo no podía censurarle: solo estaban intentando sobrevivir, luchando por un poco de calor y de agua en sus vidas, que es el mínimo derecho de una persona humana y que con tanta facilidad y falta de escrúpulos se puede arrebatar. Pero aquella confesión me abría una interesante posibilidad. Dejé a un lado el disimulo.

-¿Quieres liberar a tu gente? Puedo ayudarte si tú me ayudas.

-¿Qué estás diciendo? –él se escandalizó, tomándome por loca, o más bien, por estúpida-. Eso que dices es imposible. No hables de cosas que no conoces.

-Puedes creerme si te digo que sé cómo hacerlo –rebusqué entre mis ropas y saqué uno de los objetos útiles que me había llevado en previsión de su necesidad: en ese caso era mi daga. Él dio un respingo al verla-.  Hay una pequeña poterna en el muro más alejado. Da un terreno escarpado, pero suficientemente practicable. Comprobaremos que los guardias estén borrachos hasta la inconsciencia; no será difícil: el vino malo que don Rodrigo ha traído para la tropa venía con un pequeño ingrediente extra que ha añadido un médico amigo mío. Y luego haremos salir a los prisioneros y los llevaremos allí.

Me miraba con los ojos desorbitados.

-¿Quién eres tú en realidad? ¿Y quién es ese don Rodrigo al que acompañas?

-Te ha de bastar saber por el momento que no soy ni una aldeana robada ni una putilla errante, y que él tiene bien poco de caballero castellano. ¿Qué dices? ¿Quieres ayudarnos a rescatar a los tuyos?

-Sigue siendo una insensatez. ¿Qué crees que pasará si notan su ausencia? Tendremos que huir con ellos o nos caerán encima las represalias. Y a cada momento nos están llamando a alguno para que les sirvamos, nuestra ausencia no tardaría en notarse. Nos atraparán.

Era cierto. El plan tenía algunas lagunillas, debía reconocerlo. Por eso Frey Pere, Guillaume y el resto de los potentados templarios que lo habían pergeñado, aunque con mi colaboración, habían decidido que había que liberar a los prisioneros tras la entrada de los asaltantes, y no antes. Pero yo no estaba de acuerdo: eso significaría que muchos de ellos podrían verse involucrados en la batalla. Y había mujeres. Y niños.

-Tendremos que arriesgarnos. Además, ahora somos dos, lo que facilita las cosas: mientras tú haces salir a los cautivos, yo abriré el portalón para que entren los sitiadores. Tus señores estarán demasiado ocupados para reparar en vuestra huida, puedo asegurároslo. Los hermanos son unos beatos insoportables cuando se lían con sus avemarías, sus padrenuestros y sus misas interminables, pero a la hora de repartir, reparten en serio. Lo sé de buena tinta: he luchado a su lado.

El pobre Bernat me miraba de arriba abajo, cada vez más alucinado. Pero la comprensión iba, poco a poco, abriéndose paso en su mente y, con ella, la determinación.

-Entonces… quizá tú, guerrera desconocida, seas la respuesta a mis oraciones.

-No –zanjé yo-. No soy la respuesta a las oraciones de nadie. Ni siquiera a las mías, y eso que lo intento. Pero quizá sea la constatación de que tú puedes intervenir en tu destino, aunque sea mínimamente, y de que no puedes desperdiciar ninguna de las escasas ocasiones que se te presenten de hacerlo. La lucha es el mejor paliativo. Anda, vamos. Comprobemos si esos centinelas necesitan más vino.

Un rápido paseo por el camino de ronda y una pequeña excursión a las habitaciones del cuerpo de guardia bastó para constatar que el brebaje de Maese Salomón había hecho su efecto: si llego a conocer a alguno de sus descendientes en el siglo XXI, cosa relativamente fácil porque ahora les han concedido la nacionalidad española que se les niega a otros, se lo agradeceré. Llegados a este punto, Bernat y yo nos miramos.

-Bien –mi voz parecía firme, pero las amígdalas me temblaban en la garganta. ¿Qué iba a encontrarme en aquella destartalada y lóbrega dependencia?-. El plan es el siguiente: abrimos la puerta a los prisioneros, no sin antes advertirles que guarden silencio, y entonces tú les conduces a la poterna mientras yo abro el portalón para que entren mis compañeros: esta es la señal para que ataquen. ¿Ha quedado claro?

-Perfectamente, pero ¿y después?

-Les conducirás a nuestro campamento. Es obvio que requerirán atención médica. Espero que mi amigo el matasanos pueda salvar al mayor número de ellos. Y cuando os hayáis recuperado… deberéis tratar de reconstruir vuestras vidas como buenamente podáis, con la ayuda de los templarios y de la mía, desde luego. Lo que podamos hacer, lo haremos, aunque he de advertirte que no es que podamos mucho.

No respondió. Solo estrechó mis manos entre las suyas, visiblemente emocionado.

-Vamos, pues –intervine yo, acortando sus demostraciones de agradecimiento.

La edificación que guardaba a los prisioneros estaba oscura y en silencio. Demasiado oscura. Demasiado en silencio. Y había algo más…

-Esto no es normal –advirtió igualmente Bernat-. Nunca nos dejan acercarnos demasiado a este edificio. Creo que estoy empezando a entender por qué.

Sí, algo más: a medida que me acercaba, capté otro detalle sorprendente. El olor, o mejor dicho, la ausencia de él. Tantos cuerpos hacinados durante tiempo, lógicamente, deberían de apestar. Pero el aroma del aire era extrañamente neutro.

-Ni los vivos ni los muertos hieden tan poco. Aquí pasa algo raro. Y no creo que sea bueno. Vamos, Bernat, apresúrate.

Llegamos, por fin, a la puerta, sin que nada hubiese cambiado. Ya me había extrañado el hecho de que el prisionero convertido en criado había actuado como si la puerta no fuera a estar cerrada con llave y, evidentemente, no lo estaba. Bernat se limitó, a deslizar la pesada tranca de sus soportes de hierro, con la ayuda de una manos casi inútiles, las mías, debido al involuntario temblor que las sacudía y al frío helador, que venía de mi interior, no de la climatología, que las paralizaba. La operación, al final, estuvo acabada.  Con cuidado, Bernat tiró de una de las hojas de la puerta, yo de otra, y…

Me imaginación había dibujado los peores escenarios: cuerpos desmembrados, exangües, enterrados en cal viva… Pero lo que vi superó cualquiera de mis temores. Lo que había en el interior de aquella construcción, era, sencillamente… nada.

-Pero –el desconcierto de Bernat era palpable-… yo los dejé aquí hace… ¡No pueden haberse esfumado!

-No –convine yo-, eso sólo sucede con las pruebas que inculpan a los ricos…  -me sentía desconcertada e impotente, pero decidí que ello no me ayudaba-. Vamos a ver, centrémonos, hemos de reflexionar… deben de estar en otra dependencia del castillo. ¡Piénsalo!

-¡Las conozco todas! –respondió él, más alterado aún que yo, si cabe-. Y en la mazmorra no cabrían, apenas hay un par o tres de pequeñas celdas. Además, es ahí donde están tus compañeros…

-¿Y por qué no lo has dicho antes? Vamos, rápido, vamos –dejé que me condujera al edificio principal, y entonces me fijé en las escaleras que descendían desde el vestíbulo, al lado de la entrada que llevaba a la capilla y de las que ascendía a la sala capitular (donde se estaba celebrando el banquete) y a los dormitorios principales. Me debatía entre el sentimiento de pérdida y el de recuperación, la preocupación y la esperanza, y la culpabilidad sin atenuantes: habíamos llegado tarde, no había insistido lo suficiente en atacar o bien en deslizarnos en el castillo con alguna excusa y, donde quiera que estuvieran metidos los prisioneros, tampoco los había podido ayudar, y en aquel momento estarían muertos o esclavizados; y es que no se hallaban en ninguna otra parte. ¡Era imposible! En aquel momento, una criadita bajó cargada de jarras vacías desde el banquete, mirándonos temerosa, y de pronto lo entendí todo. Paré en seco a Bernat antes de bajar las escaleras, y lo conduje al hueco que dejaba la ascendente.

-Pero ¿qué te sucede ahora?

Todo encajaba: aquello no fue una deducción, se hubiera tratado más bien de una inspiración divina si en el mundo existiera algo así: tal vez me ayudó la adrenalina que recorría mi sangre en aquel momento, pero de pronto todas las piezas sueltas ocuparon su lugar en el puzzle deshecho que pululaba por mi mente de aquella gran farsa: sí, porque no se trataba de otra cosa. Como las revoluciones de colores y muchas revoluciones árabes, como la falsa contestación ciudadana en Venezuela: los Entença parecían estar asesorados por la CIA: Todos los detalles que me habían chocado últimamente, aunque sin concederles importancia, encontraban su respuesta en aquel momento. Necesitaba un segundo para ordenar mis ideas. Una pausa para hacerne el relato de los acontecimientos y decidir el siguiente paso.

-Conoces el castillo. Los prisioneros no pueden estar en ninguna parte –espeté bruscamente a Bernat en un murmullo-. Eso es lo que aseguras, ¿no?

-¡No, no hay una estancia suficiente grande para contenerlos! ¡Y he estado en todas! –respondió, contagiado por mi exaltación aunque con menos contención que aquella a la que yo me obligaba-. Pero…

-Entonces –continué sin hacerle caso-, si no están aquí, si no pueden estar de ninguna manera, es que, por improbable que sea, se han marchado. O, mejor dicho, los han sacado. Y eso sólo puede significar…

Bernat era rápido.

-… que hay ¡una salida!

-Eso mismo. Algunas fortalezas cuentan con un pasadizo secreto para emergencias, y esta deber de ser una de ellas. Lo que le quita totalmente el sentido al sitio de este castillo. Si han podido llevarse a los cautivos, significa que también pueden salir ellos. Y si pueden salir, ¿por qué cojones no lo han hecho?

Bernat se encogió de hombros, desconcertado.

-Porque esto es una trampa. Una fenomenal trampa –me autocontesté yo; en realidad, hablaba para mí misma-. Quieren exterminar a todos los templarios. Cogerles entre dos fuegos. Y algo más. ¿Por qué los refuerzos no han atacado aún? Ya sabemos que nada de lo que diga el rey puede detener al de Entença, sólo teme a las consecuencias de asesinar a una persona que en realidad está bajo el mando directo del Papa. Y sé que Blanca tiene hombres de sobra, y que hay muchos más soldados de los Entença que los sitiados. Me resultó difícil de entender que el verdadero don Rodrigo hubiese sido apresado tan fácilmente, obviamente debía de saber a lo que se exponía y cuál era la situación antes de venir aquí. Y también fue extraño que Berenguer no tuviera ninguna prisa a que Guillaume no le desvelara cuál de los prisioneros era el hombre que buscaba, si es que estaba entre ellos. El de Entença no odia la buena vida, por lo que sé de él, pero no es un petimetre de la Corte sino un guerrero valeroso, aunque ambicioso, vengativo y cruel. ¡Demonios! Guillaume ha hecho lo que se esperaba de él, de todos nosotros, hacerse pasar por don Rodrigo, infiltrarse e intentar abrir la puerta desde dentro. Probablemente Berenguer se imagina incluso quién soy, y está deseando entregarme a Blanca… -ojalá Alfonso de Castilla hubiera sido tan listo como el PP para restringir la aplicación de la justicia universal en su reino: no sé si eso le hubiera evitado problemas con sus vecinos, como en el caso al que me he referido, pero al menos me los habría evitado a mí, que estoy buscada desde Tierra Santa a Germania pasando por nuestro país vecino del centro de la península.

-Nos dijeron a los criados que te vigiláramos, que no te dejáramos sola ni un momento –me interrumpió Bernat-. Ahora lo comprendo todo. Ahora sé que solo puedes ser…

-Pero no es el momento de presentaciones. Los refuerzos deben de estar cerca, solo esperan que se abra la puerta y reciban una señal para atacar de esos soldados que sin duda solo están fingiendo que se han bebido el vino, y así merendarse a los templarios como si se comieran un sándwich, entre los del castillo y ellos. De esta manera, si un prisionero anónimo que luego resulta ser una mandamás del Temple la palma, serán cosas de la guerra. Y habrán matado dos pájaros de tiro… Bueno, más de dos. No podemos abrir esa puerta ni dejar que nadie lo haga. Y hay que avisar a…

Oí un quedo sonido de pisadas y me asomé a las escaleras con cuidado. En la semioscuridad de la noche, entre las antorchas, justo en aquel momento, una sombra vestida con una larga capa negra con esclavina echada sobre la cara se coló por la puerta, dirigiéndose al portón de entrada, furtivo y torpe al mismo tiempo como un estúpido ejecutivo de Goldman Sachs reprivatizando un banco rescatado con dinero público. Comprendí lo que estaba a punto de hacer: el plan no les había funcionado, ¡yo estaba tardando demasiado en hacer lo que se suponía que era mi cometido! Sin pensarlo un instante, me eché a correr detrás de él en silencio, dispuesta a noquearle antes de que pudiera dar el aviso a nadie. Pero la carrera no me permitió ser tan sigilosa como para que no me oyera, y cuando estaba a punto de alcanzarle se volvió y comenzó a dar gritos de alarma. Inmediatamente los guardias apostados en las almenas salieron de su aparente sueño provocado por el vino con narcóticos de maese Salomón y se pusieron a disparar hacia mí.

-¡Cuidado! –tuve tiempo a decirle a Bernat, que había salido en pos de mí, antes de rodar por el suelo y buscar refugio en los muros. Él retrocedió a su vez. Mientras tanto, la sombra ya había llegado al portón y se empeñaba a desatrancarlo. Yo corrí hacia ella sin dejar la protección de los muros y me abalancé encima.

-¡No permitiré que lo hagas! –pero ya estaba hecho. Aquel hombre había logrado retirar la tranca de la puerta (probablemente ya la habían dejado medio desatrancada para facilitarle el trabajo, a él o a mí, quien era la que se suponía que debía de hacerlo) y entreabrirla, y pude ver por el resquicio cómo una flecha encendida trazaba una estela en el aire, sin duda la señal para que los refuerzos cargaran. Aprovechando mi desconcierto, el individuo logró voltearse para invertir la posición y colocarse encima de mí. Una de sus manos sujetó las dos mías por encima de mi cabeza, mientras la otra parecía querer buscar algo bajo mis ropas, algo que no sólo era mi arma. Sentí unas impresionantes ganas de vomitar combinadas con el odio más absoluto, pero el lugar de dejarme llevar por ellas me detuve un momento, respiré profundamente, me encogí sobre misma, deslicé mis rodillas hacia arriba y le propulsé con ella y con las puntas de mis pies, hallando el apoyo en la fuerza con que aplastaba mis manos contra el suelo. Después volví a apoyar los pies en el suelo, me levanté de un salto y le pateé la cabeza. Sin pararme a averiguar si estaba fuera de combate, cogí una de las antorchas que iluminaban la entrada y salí, protegida por la barbacana. Distinguí las sigilosas sombras de los templarios deslizándose a casi un tiro de flecha.

-¡Retroceded! ¡Vamos, retroceded! ¡Es una trampa, os atacan desde detrás! –mi voz resonó clara y firme en silencio de aquella noche; desde luego no era un viernes por la noche en un barrio de clubs nocturnos de Barcelona. Los guardias empezaron a asaetear a los templarios sin esperar a que estuviesen a tiro, y por detrás de ellos se levantó un estruendoso griterío y más flechas encendidas iluminaron la noche.

-¡Volveos! ¡El enemigo está detrás! –era la voz de Frey Pere, el mariscal accidental de aquella tropa. Una pequeña columna, sin embargo, avanzó hacia el castillo, sorteando las flechas. Yo volví sobre mis pasos a toda prisa y vi que la sombra encapuchada había desaparecido. Pero era demasiado tarde para avisar a Guillaume: en el patio de armas, los Entença lo tenían cercado por todas partes, y el solo podía enarbolar su espada para vender cara de su vida. Pero todos ellos, aunque amenazantes, parecían extrañamente inmóviles. Y, por cierto, ¿dónde estaba Esquieu? Se suponía que era el escudero del falso Rodrigo y no podía abandonarle.

-Ah, aquí estás –Berenguer se destacó del grupo al verme-. Eres Eowyn, supongo. Tu disfraz es bastante convincente, pero cuando vi que el falso don Rodrigo traía a una mujer con él entendí que solo podía tratarse de ti. Me alegro de verte. Y mucho más se alegrará doña Blanca cuando lo sepa. Ahora dime, ¿quién es este hombre? Tú tienes que saberlo. ¿Es el de Nantes, tu hermano o es –su sonrisa fue cruel- su jefe y gran amigo tuyo? Dímelo, y así quizá le salvarás de la vida. ¿O prefieres que se lo pregunte a los prisioneros? Les he dejado unas semanas tranquilos, por deferencia a nuestro amado Jaume, pero después de esta lucha no creo que el rey se moleste en pedir que se investigue si hay cadáveres con signos de tortura.

Sobreponiéndome al nuevo giro de la situación, obligué a mi cerebro a trabajar deprisa. Si revelaba la identidad de Guillaume, este sin duda se salvaría: ningún aliado de Blanca se atrevería a tocarle un pelo. Pero entonces el de Entença mataría a todos los prisioneros. Sin embargo, si yo mentía, podría lograr tal vez un tiempo para mi amigo, pero eso sería el final de Guillaume.

-Estoy esperando.

Solo tenía que decir una palabra. Pronunciar un nombre. Una pequeña mentira. El Gobierno del PP las suelta a diario, reticentemente, y no les pasa nada. Y sus mentiras, combinadas con su brutalidad y su supina idiotez, no solo causan la pérdida de una vida humana. Y tampoco les pasa nada.

-Se me agota la paciencia.

Pero yo no podía hacerlo. Ni siquiera para salvar a mi querido amigo podía condenar a otro hombre a la muerte con mis palabras. No. Que el diablo me ayudara, pero no podía hacerlo. Me sentía tan impotente como un inmigrante africano arribando a nado a la costa española bajo las pelotas de goma de los esbirros del poder: mirara donde mirara, solo podía ver muerte.

-Está bien –dijo el de Entença tranquilamente-. Traedme a los prisioneros.

-Ella no te lo dirá, pero yo sí- la voz de Guillaume rompió la tensión de la escena-. El de Nantes es uno de los prisioneros. Por eso ella me acompañó a rescatarle a él y a los demás. Y por eso yo decidí realizar la misión: es mi amigo, mi más querido amigo, y haría cualquiera cosa por él. Yo soy el hombre que buscas, Entença. Ahora, haz lo que tengas que hacer.

El acento de Guillaume ahora se acercaba más al de verdad. Pero no recordaba tanto a Nantes, sino a un lugar algo más al este… No se le escapó el detalle.

-No –dije yo-. No lo hagas.

-Sí –contestó él-. No puedes salvarme, Eowyn.

-¡No seáis estúpidos! ¡Está mintiendo! –pero yo carecía de argumentos para defender aquella tesis.

-Vamos, pues –indicó el de Entença a sus hombres, ignorándome-. Matadlo.

-No tan deprisa.

Una voz bien conocida sonó desde lo alto de las almenas que, misteriosamente, estaban vacías de guardias. En su lugar, unos seres cadávéricos con pardos trapos andrajosos que habían perdido toda semejanza con el tradicional hábito blanco de la orden empuñaban los arcos de estos. Con júbilo, distinguí entre ellos a Guifré y a los acompañantes vivos de Guillaume, al lado de un de un hombre calvo de mediana edad que por lo que yo sabía sólo podía ser el comendador de Corbera.

-Me temo que ese hombre ha sufrido una lamentable confusión de identidad: él es el bretón y yo la persona a la que buscáis. Es evidente. Miradme un poco, pensad en lo que sabéis de mí, y comprobaréis que tengo razón.

-¡Maldita sea!

El de Entença se había dado cuenta de que la había cagado.

-Pero ahora es demasiado tarde para que podáis rectificar. Eowyn, ¡coge esto!

Me tiró una espada y yo la agarré al vuelo. Una lluvia de flechas cayó sobre el patio de armas, esquivándonos a mí y a Guillaume, que tuvo tiempo de sacar su espada. En aquel momento, la columna que se había separado del escuadrón templario penetró en tumulto entre gritos, con Gonzalo a la cabeza. Yo me defendí de los dos Entenças más cercanos que encontré mientras Guillaume hacía lo propio con los suyos, a mi lado.  Entre mandoble y mandoble, pude decirle:

-¿Dónde demonios se ha metido Esquieu? ¡Nos estaba haciendo falta! –yo esquivé un golpe dirigido a mis riñones, di una vuelta y le hice un corte profundo en la pantorrilla a mi atacante, que le hizo derrumbarse.

-Le sentó mal la comida. Debe de estar en las letrinas –Gullaume se abalanzó encima del suyo sin piedad, y con un par de espadazos seguidos le dejó fuera de combate.

-Qué oportuno –sólo me quedaba uno. Pero había visto a Berenguer detrás de él y decidí que debía de quitármelo de encima rápido-. Me pregunto si es el banquete lo que le ha provocado diarrea y no otra cosa –detuve la espada de mi contrincante con todas mis fuerzas, y mientras me tiraba del pelo para hacerme perder empuje, le clavé un rodillazo en todos los huevos, con el resultado que podéis esperar.

-Ya veo que no te cae muy bien –el bretón, aprovechándose de su aventajada estatura para atacar por encima al segundo de sus Entença, con un golpe que estuvo a punto de separarle el brazo del hombro.

-¿Se nota mucho?

Estábamos ahora los dos frente a Berenguer. Mi amigo y los demás, que habían bajado de las almenas al no poder seguir disparando so riesgo de daños colaterales, se unieron a nosotros, y él se colocó a mi lado y me miró de una forma extraña. Bernat, que estaba con ellos, me guiñó un ojo y yo le sonreí; nunca le agradecería lo bastante su decisión y su rapidez.

-Volvemos a estar los tres juntos –exclamó Guillaume, alegre-. Ahora solo queda decidir quién se encargará de ese cabrón.

-A mí no me dirijas la palabra, perro traidor, ladrón hijo de puta.

-Qué carácter. Está visto que no le sienta bien hacerse viejo –el de Nantes se dirigía a mí.

Berenguer, por su parte, esperaba pacientemente, tan satisfecho de sí mismo como Gallardón después de privatizar el Registro Civil.

-Es muy conmovedora esta reunión de viejos amigos, pero estoy esperando a ver quién lucha conmigo -yo me adelanté.

-Dejádmelo a mí…

-¡No! –dijeron los dos al unísono.

-Sí. Creo que les estoy cogiendo el gusto a luchar sin armadura. Voy mucho más ligera. Y total la mía es de tan mala calidad que no me protege de nada. Voy a ello. Vosotros –les advertí-, por favor, no intervengáis.

Naturalmente no iban a hacerme caso. Sabía que estaban preparados para auxiliarme, pero tenía la esperanza de que no fuera necesario. Ataqué al de Entença, moviéndome mucho, ofreciendo poco blanco y buscando sus puntos débiles, como solía. La cota de malla, que llevaba bajo su traje de cortesano, en aquellas circunstancias le dejaba en desventaja respecto a mí.

-Luchas como una salvaje almogávar –me escupió con asco.

-No deberíais hablar tan mal de esa gente. Quizá algún día los necesitéis. La vida da muchas vueltas, señor Berenguer.

Bernat, que había estado repartiendo mandobles con una habilidad escasa suplida con creces por su buena voluntad, se interpuso entre nosotros en silencio. La mirada de odio en sus ojos consiguió espantarme: no hubiera creído que albergara tales sentimientos, pero me imaginé que tenía buenas razones para ellos

-Eowyn, él es mío –fue tan contundente que casi no puede oponerme. Sólo argumenté.

-Bernat, no eres rival para él, y lo sabes –la diferencia entre los dos era la mismo que la que podría existir entre un policía español entrenado en Israel y un activista común y corriente.

-No importa –Bernat atacó a Berenguer con ímpetu y sin descanso. Durante unos segundos, la fuerza de su aborrecimiento hizo retroceder a un desconcertado Entença, que apenas podía parar sus golpes, pero el criado estaba tan ciego que no vio cómo la espada del noble, que parecía vencida, se impulsaba hacia arriba para clavarse bajo su axila: ninguno de los tres pudimos hacer nada por evitarlo.

-¡Bernat!

Corrí hacia él mientras mis dos compañeros acorralaban al asesino. El criado, ya en tierra, no podía pronunciar una palabra, pero su sonrisa lo dijo todo: había reconquistado su dignidad. Pero ¿era necesario que muriera para conseguirlo? Yo había comprado mi vida y la de mis compañeros con la suya. No, no, no, no quería pagar, no de aquella manera. La justicia debería de ser gratuita, sobre todo para los que realmente necesitamos justicia, los desfavorecidos, la purria de la sociedad: si no, no nos quedaba nada. Y yo no estaba preparada para soportar aquello. En aquel momento, su cabeza se venció a un lado. Yo solo pude cerrarle los ojos.

De pronto, la tropa templaria entró en confuso montón de polvo y vítores en el patio de armas, haciendo que se interrumpieran las luchas. Frey Pere, que arrastraba el estandarte de los enemigos con la mano izquierda, se dirigió a los Entença del castillo, exultante. Guillaume se unió a él.

-¡Rendíos! Los vuestros han huido como conejos. No estaban preparados para luchar como buenos soldados. Les pintasteis el asunto demasiado fácil. ¡Berenguer, vuestra soberbia os ha vencido!

El aludido dio un paso al frente, desafiante y despreciativo.

 -Esto no es el final y vos lo sabéis.

-Es el final de momento, y con eso nos basta –proclamó Guillaume.

Extrañamente, o no tanto, yo no podía sentir alegría.

-Vamos -me dijo mi amigo, cogiéndome por el hombro-. Ya no puedes hacer nada por Bernat, lamentablemente. Dedícate a los vivos. Te necesitamos.

Levanté los ojos hacia él. De pronto comprendí que, a pesar de toda la absurdidad, la injusticia y la tristeza, todo había terminado y mis amigos estaban vivos y a salvo. Mi más querido amigo estaba vivo y a salvo. Habíamos vencido: sí, solo era una batalla, pero nadie podría arrebatarnos aquel triunfo, aunque perdiéramos la guerra. Acepté la mano que él me tendía y me levanté en silencio.

Pero aquello aún no había terminado. (sigue)

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Dedicado a los compañeros y compañeras de Burgos. #GamonalResiste!

Enero  de 1294, Terres de l’Ebre
Levanté una esquina de la puerta de la tienda de campaña que me habían asignado para otear en derredor, y vi, con exasperación, que la lluvia que había estado convirtiendo los últimos días el campamento militar en un sucio barrizal no llevaba visos de amainar. Derrotada, furiosa, deprimida y, por si fuera poco, helada hasta los huesos, no podía de ninguna manera esperar que el 1294 pudiera empezar con mejor pie, tras unas Navidades, más que tristísimas, prácticamente trágicas (aunque al menos no me veía obligada a escuchar el mensaje televiso de ningún monarca o presidente donde, con torpes circunloquios escritos por sus serviles asesores, intentara justificar lo injustificable y soslayar lo insoslayable). Casi rendidos sin siquiera comenzar la lucha, embarcados en el sitio de una plaza demasiado difícil de rendir, ni por el hambre ni por la espada, mis compañeros se habían paralizado aguardando a que llegara la  justicia de la corona en forma de ayuda militar, sin plantearse que en los reinos hispánicos hace tiempo ya que la justicia ha perdido toda semejanza con las cosas que se supone que son justas, y sin ningún tipo de escrúpulo y toda la desfachatez se subasta al mejor postor. Nuestras pequeñas escaramuzas, nuestros prisioneros, no eran más que las manifestaciones ignoradas por el régimen y silenciadas por sus medios afines (todos), pero cruelmente reprimidas y en siempre creativa búsqueda de diferentes formas para mejor hacerlo, de la segunda década del siglo XXI; e, igualmente que sucederá entonces, nos resistíamos a emprender acciones más contundentes y continuábamos esperando a Godot.

Tres meses antes, y a pesar de que lo tenía todo en contra cuando escapé al galope de Blanca, Elvira y sus huestes, pensaba que tal vez las cosas podrían resolverse de otra forma. No recuerdo cuántos días viajé, aunque no fueron muchos: había azuzado a Rayo Blanco a cabalgar a toda la velocidad de la que era capaz, solo dejándole descansar lo justo para que no se derrumbara muerto de cansancio, aunque también era cierto que me había visto obligada a esquivar los caminos más concurridos y las poblaciones, por temor a encontrarme con mis perseguidores, y eso me había retrasado: era, sin duda, demasiado tarde, lo que debía de suceder ya debía de haberse producido, y ni mi información ni mis advertencias servirían ya de nada, seguramente. Y sin embargo, yo me sumía en un insondable sentimiento de culpa tras cada pequeño descanso que me tomaba, obligada por mi condición humana y dolorida por la herida de flecha que me había atravesado el brazo izquierdo y que aún seguía clavada en él (la extracción, en el caso de que hubiera tenido valor para hacerlo sola, podría haberme provocarme una hemorragia, aunque por lo menos había podido cortar la madera de la saeta para que no me molestara tanto). Y es que si quedaba alguna pequeña posibilidad de salvarles, tenía que luchar hasta el final.

Y no solo me perseguían mis enemigos: mi propia angustia me acechaba también en cada recodo del camino. Siempre he comprendido que vivo en tiempos difíciles, aunque no mucho mejores que aquellos a los que viajo, y cuando me despido de alguien siempre existe una gran posibilidad de no volver a verle: soy consciente. Pero ahora esa posibilidad se había convertido casi en una certeza, y no solo con una persona, sino con varias; con prácticamente todas las que en los últimos tiempos habían sido más cercanas para mí. Comprendía que había fracasado en los propósitos que me habían acompañado desde que había sido lo suficiente madura para formulármelos: Blanca me acuso de ser una persona solitaria, por la que nadie movería un dedo, y yo le dije que ese era justamente mi propósito, que era un precio gustosamente pagado por mi libertad. No era un farol. Sabía que nadie me quería, porque yo lo había buscado conscientemente. Es fácil aparentar insensibilidad y despreocupación, no responder a la amabilidad ajena; y en el siglo XXI, aún lo tenéis mejor: con no contestar a los guasaps ya tenéis la mitad del trabajo hecho. Lo que no es tan fácil es que estas personas a la que teóricamente ignoras no acaben metiéndose en tus huesos, convirtiéndose en imprescindibles: Yannick, con su desenvoltura, su independencia y su sentido práctico; Joanna, tan fuerte, valiente y voluntariosa: Isabel, llena de humor, lealtad y dulzura; incluso Gonzalo y Guifré, aunque no los conocía aún demasiado bien, ya estaban consiguiendo ocupar un rincón en el espacio que, mal que me pase, tenía que dedicar en mi cerebro a las emociones: qué decir de Guillaume, con sus oscilaciones entre la ambición y la ética, sus votos y la siguiente chica guapa, pero dispuesto a dar la vida por un compañero si era necesario. Y en cuanto a mi viejo amigo… creo que no hace falta que abunde en esta cuestión. A veces me pregunto si no sería mejor ser tan psicópata como el capitalismo y los que lo enarbolan, autodestructiva, sí, pero solo a la larga, hedonista, controlada solo por mis propias apetencias, poderosa pues carecería de puntos débiles. Dispuesta a condenar a la muerte, al hambre, al frío, a la desesperación a los más débiles, débiles, y pobres, sobre todo, porque han tenido escrúpulos e ideales y se han obsesionado por valores diferentes a los del dinero fácil. A veces me pregunto también si el destino del mundo es vivir controlado por esos psicópatas, si tan imposible es instaurar mecanismos de control: quizá eso es lo que nos paraliza a los medievales, y lo que paralizará a la gente del 2000.

Pero, hablando de hambre y de frío, eso tampoco ayudaba mucho. Apenas llevaba un simple manto sobre la misma camisa que me había colocado tras mi funesto baño en el río pirenaico dado que me era imposible vestirme sola, me veía obligada a dormir (lo poco que me lo permitía) prácticamente en la intemperie o en precarios y húmedos refugios. Y, aunque en la imposibilidad de disparar con arco y flecha por culpa de mi herida (no es que sea Robin Hood, pero el ruido de mis tripas resulta un excelente afinador de la puntería) me había agenciado un palo afilado y estaba dispuesta a lanzarlo sobre todo lo que se moviera, ni la época del año ni la climatología eran propicias, y la caza escaseaba. Así que llegué a las Tierras del Ebro en un lamentable estado, si saber exactamente dónde tenía que dirigirme ni qué debía encontrar, y aún menos mal que el agujero del brazo no mostraba, al menos todavía, signos de infección: es la ventaja de que tus enemigos esperen a que estés bien limpia antes de asaetearte.

Pero enseguida la realidad me mostró el camino. Al instante de adentrarme en aquellas tierras sureñas, un espectáculo de desolación me salió al paso: bosques talados, casas incendiadas, derrumbados corrales vacíos y mujeres y hombres llorosos parecían surgir por doquier. Aquello me pareció un dejà-vu: era como la España de principios del siglo XXI después de años sometida a la mafia postfranquista, desde la Gürtel a Sacyr, desde la ITV catalana a Canal 9,y mucho más allá y más acá. Abordé a uno de los lugareños, un anciano que se mesaba los cabellos en la esquina de una casa destruida.

-Perdona que te importune, buen hombre, pero ¿qué ha sucedido aquí?

Levantó los ojos anegados en lágrimas para mirarme, y supongo que dado mi desastrado aspecto me creyó también una víctima. Dejó por un momento las manifestaciones de su pesar para comunicarme:

-¡Los Entença! Han sido los Entença. Esos engendros de Satanás han arrasado los dominios de los Caballeros, desde Ascó a Benifallet. No han dejado nada para nosotros, y se han llevado a nuestros mejores hombres y mujeres. ¿Qué vamos a hacer ahora?

De nuevo las vidas y las haciendas de los pobres vendidas al mejor postor. ¿Qué íbamos a hacer ahora? Eso mismo me preguntaba yo.

-No te dejes llevar por la desesperación. Los Caballeros os auxiliarán, sin duda alguna –no estaba tan segura yo de ello, a pesar del convencimiento que mostraban mis palabras. Dudaba de que existieran medios para hacerlo, y aún más de que existiera voluntad real; siempre es fácil olvidarse de los más desfavorecidos; incluso si no se es del PP, y hasta si se supone que se es de izquierdas. Pero si de mí dependía, pensaba arrancar al Comendador de Cataluña un compromiso firme de socorrer a aquellos pobres aldeanos, que ninguna culpa tenían de las disputas entre la poderosa orden y la orgullosa y cruel familia; y no pararía hasta verlos a todos metidos en una cárcel. O mejor, en un CIE. El campesino me miró con incredulidad, y yo me apresuré a asentir repetidas veces, subrayando mi inexistente seguridad-. Mi hermano es uno de sus miembros más destacados y yo necesito reunirme con él. Puedes estar seguro de que hablaré en vuestro favor. ¿Sabes dónde está el campo de batalla?

Dudó un momento, mientras me miraba, y luego hizo un gesto impreciso con la mano.

-Dicen que se lucha alrededor del castillo de Corbera d’Ebre –todavía estaban allí, entonces. ¿Y si aún no era demasiado tarde? El hombre añadió-. Yo ya no espero nada, muchacha.

¿Qué podía contestarle a eso? ¿Acaso esperaba yo algo de la vida, del género humano? ¿Acaso mis escasas luchas no eran siempre descreídas de sí mismas, luchas sin esperanza? Sin embargo, era la única manera de mantenerse con vida. Luchando. Y aquel viejo ya había perdido aquel hálito: probablemente no le quedaba nada por lo que pelear

-Aguarda –le dije solamente-, confía y aguarda. Volveré.

Tomé el camino que creía de Corbera, agitada por emociones contradictorias. No me hallaba lejos, y al subir una colina coronada por un bosquecillo bajo, en un recodo del camino, me sobresaltaron dos figuras que estaban al acecho de algo. Una de ellos era un hombre joven que llevaba la capa negra y el hábito negros con la cruz roja en el hombro y el pecho respectivamente de los sargentos templarios; flaco y de no muy aventajada estatura, estaba acompañada de un muchacho casi adolescente, más alto y corpulento que su compañero, cuyos labios se fruncían en una mueva de hastío. Sostenía con desgana un arco y una flecha con los que parecía apuntar al infinito.

-Atento, Gerard –decía el mayor, sin aún haber notado mi presencia-. El conejo está ahí, lo sé. No te muevas un centímetro y verás cómo acaba asomando la cabeza.

El más joven bufó: al parecer, no entendía las técnicas de caza de su acompañante, así como tampoco yo veía nada claro que el pequeño y sabroso mamífero fuera a sentirse tan atraído por aquel claro en concreto como para huir de la seguridad del bosquecillo, por muy inmóviles que se mantuvieran los supuestos cazadores (al menos su inexperiencia proclamaba que no eran asiduos del coto de la Cospedal). Así que no tuve demasiados  inconvenientes en interrumpirles.

-Con Dios, amigos. Veo por vuestro uniforme que servís con los caballeros de Cristo y desearía que me condujerais a su puesto de mando. Tengo información que les podría ser útil y me están esperando –dudaba que lo último fuera verdad: a pesar de sus dificultades, mis amigos habían demostrado escasa preocupación por mi suerte. Pero ya estaba acostumbrada.

El mayor me recorrió de arriba abajo con la mirada, estupefacto.

-¡Por la Santísima Virgen! ¡Esos malditos Entença! Por lo que veo, debéis de haber sufrido mucho en sus manos. No me imaginé que se atrevieran con una dama noble. ¿Qué es lo que os han hecho? –el exagerado dramatismo de su palabras y el brillo lúbrico de sus ojos me hizo desconfiar de inmediato.

-No soy una dama noble, joder –contesté, iracunda-. Y los Entença no me han hecho nada. No ha nacido el hombre que se atreva a ponerme una mano encima, al menos sin mi consentimiento, y si alguno lo logra no vivirá lo suficiente para disfrutar de ello. Así que no esperéis escuchar procaces historias de violaciones de mis labios y haced el favor de contestar a mi pregunta. Mi intención es hacer un servicio a vuestra orden, voto al cielo.

Mi interlocutor se mostró de inmediato contrito y pensé que tal vez le había juzgado demasiado duramente; la verdad, pierdo los estribos cuando alguien me supone miembra de esa casta llena de inmerecidos aunque cuantiosos privilegios.

-No era mi intención incomodarte, muchacha. Solo auxiliarte, porque está claro que necesitas ayuda. Ven con nosotros, te conduciremos al campamento. Supongo que estás informada de lo que ha pasado: desde el mes pasado, los Entença han emprendido una campaña contra nuestras tierras, y están pasándolo todo a sangre y fuego y llevándose a los lugareños para pedir rescate o bien para venderlos como esclavos. Tomaron el castillo de Corbera, pero hemos podido reunir una fuerza al mando de frey Pere para sitiarlos…

-… frey Pere, comendador de la pequeña encomienda cercana a Miravet? Le conozco –interrumpí yo, recordando al anciano jefe de Guifré-. Me extraña, sin embargo, que el comandante no sea el responsable de alguna de las encomiendas más importantes.

Su mueca fue de sorpresa.

-¿Le conoces? Entonces sabrás sus 40 años de servicio en Tierra Santa. Es un gran guerrero y un mejor estratega, pese a su edad–confirmó con orgullo, después de una pequeña pausa-. Pero la misión es difícil. Nuestros hombres no son lo suficientemente numerosos como para rendir el sitio por las armas, y los del castillo están suficientemente bien pertrechados para aguantar meses. Aparte de que no descartamos que otros miembros de la familia nos ataquen por la retaguardia. El comendador de Ascó y el de Cataluña están en conversaciones con nuestro amado monarca Jaume, así Dios le conserve por muchos años, pero…

Lo entendí perfectamente.

-… pero no está dispuesto a comprometerse con vosotros más allá que con palabras, lo imagino. ¡El Rey tiene tantos problemas! Pobrecito. Yo diría que está atravesando un auténtico martirio.

La ironía de mis palabras era voluntariamente patente. Él, con prudencia, ni afirmó ni negó: por el contrario, decidió presentarse.

-Me llamo Esquieu de Floryan, de Tolosa, y este es el hermano Gerard, aspirante a templario. Le estaba enseñando a cazar, aunque sin mucho éxito; me temo que no soy el mejor cazador del mundo. Pero el hambre aprieta y es difícil abastecer a un ejército aunque sea tan poco nutrido como el nuestro, sobre todo dada la destrucción de los pueblos de alrededor. ¿Y tú, mujer misteriosa, que vistes como una guerrera y pareces saber tanto de nosotros? ¿Cuál es tu nombre? Supongo que no tendrás que ver con…

-… Eowyn de Camelot es el nombre por el que me conocen –aclaré yo, y vi cómo en el rostro del sargento nacía una expresión artera.

-¿La hermana del Visitador General? -mi fingido parentesco me perseguía-. Es curioso…

Sus palabras me parecieron absurdas, pero había preguntas más urgentes.

-Si lo conoces… -mi voz temblaba- entonces dime cómo está. Él y los amigos que le acompañan. Y también… -el miedo me atenazaba la garganta- otra persona…

Me miró con algo que me pareció desconfianza. ¿O era desconcierto? Esperó unos instantes eternos antes de hablar.

-Creo que será mejor que esperes a estar ante frey Pere…

-Por favor, Esquieu –le espeté yo, a punto de estallar-. He cabalgado durante no sé cuántos días con una flecha clavada en el brazo, helada de frío y sin comer ni una baya silvestre, y no sé si amigos muy queridos que sin duda se hallan en ese campamento están vivos, muertos o maltrechos. Así que dímelo enseguida o te prometo que el trofeo de esta partida de caza serás tú.

En el calor de mi indignación no me percaté de que Gerard se había colocado a mi espalda, tan cobardemente como un Wert cualquiera, destrozando el futuro del país mientras se rodea de esbirros, hasta que no sentí sus manos rodeando mi cuello; tal vez hubiera podido zafarme de no haberse sumado Esquieu, sujetando mis brazos y piernas entre los suyos. Noté que me faltaba el aire, pero antes de perder el conocimiento pude escuchar al sargento decir al aspirante:

-Tal vez no soy el mejor cazador del mundo, pero hoy nadie negaría que me he cobrado una buena pieza. (Sigue).

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(viene de) Aquello era una declaración de guerra auténtica y absoluta, a un nivel semejante a  los imparables e insostenibles recortes sociales y laborales en países como Portugal y no digamos en Grecia, que acabarán ocasionando una revolución o es que ya he dejado de entender al género humano. Yo, sin embargo, en ese momento poco podía hacer más que ponerme a salvo, aunque, al volverme hacia el castillo, afortunadamente pude ver que había pasado el peligro por el momento, pues la forma imprecisa que me había estado asaeteando se escondía en aquel momento entre las almenas de la Torre del Homenaje. Pero los guardias estaban ya avisados, y comenzaron a llamar a sus compañeros a grandes voces; los soldados de Blanca, por su parte, dejaron lo que estaban haciendo y se apresuraron a salir al portón. Y, lo que fue muchísimo peor, por el camino apareció el carruaje a una velocidad endiablada para, tras estar a punto de atropellarme, detenerse en seco. Sin solución de continuidad, de él surgieron dos viejos conocidos míos: por un lado, el alto, fornido, rubio, y prácticamente bárbaro mercader Karl, y por el otro, el escuálido y granujiento Gustaf, que se dirigió a mí con expresión falsamente alborozada.

-¡Mi querida Ermengarda, mi muy amada prometida! Anda, ven a refugiarte en mis fuertes brazos –bueno, soñar es gratis-. Karl, querido –dijo, dirigiéndose a este, que se acercaba a mí armado con una lanza tan larga como él mismo, acorralándome hacia el castillo-, da aviso a esos buenos caballeros de que está aquí Gustave de La Camargue –evidentemente, el título se lo había sacado de la manga. Otro noble autoinventado. Pero a este, por desgracia mía, no le buscaban trabajo en Qatar–,  el prometido de Ermengarda, cansado de esperar e inflamado de ardor amoroso –los chillidos del bárbaro alemán no se hicieron esperar. Estoy segura de que no debía de estar demasiado alejado genéticamente de los antepasados de Merkel: era tan feo y tan neo liberal en cuanto a la economía (recuerdo el escaso salario y las horrendas condiciones) como esta-. Y tú, amada mía, deja ya tus veleidades aventureras y decídete ya a desposarte conmigo y llenar de hijos las salas de mi castillo. Aunque también podríamos comenzar a encargar el primero ahora mismo. Creo que nuestro Creador nos dispensará de tal pecadillo –e hizo ademán de rebuscar alguna cosa bajo los faldones de su túnica. Yo ahogué una náusea: me faltaba estómago para tamaña perspectiva.

-Soy tuya si consigues atraparme, mi amor –le contesté con ironía y velada amenaza, buscando a mi alrededor con la mirada cualquier posible objeto que me sirviera para darle lo que se merecía, que no eran precisamente retoños.

-¿Qué está sucediendo aquí? –el comendador había irrumpido en la escena, seguido por Guillaume y escoltado por su guardia personal. Detrás iban todos los caballeros de la encomienda. Se dirigió a Gustaf-. Si es cierto que sois el prometido de esta dama, podéis llevárosla bien lejos. No os imagináis los problemas en los que me he visto metido por su causa –yo, que estaba expectante a cualquier oportunidad de zafarme de aquel embrollo, no pude menos que alegrarme al ver la patente incomodidad del líder de la manada guerrero-religiosa de la Terra Ferma.

-¡Ni hablar! –Guillaume, en un alarde de insumisión, tomó al comendador por el hábito y lo obligó a volverse hacia él. Vi a lo lejos como Guifré e Isabel, que sin duda estaban ocupados en lo suyo en alguna alcoba deshabitada, aprovechando cualquier momento ya que el futuro no parecía demasiado propicio para su relación, en realidad para nada, corrían para unirse a la fiesta-. Este hombre es un impostor, alguien que desea a Ermengarda desde hace mucho tiempo y la ha creído lo suficiente sola y desprotegida para intentar obtenerla. Pero eso no será así mientras yo esté con vida.

Como si le necesitara, pensé. Aunque, para que íbamos a engañarnos, por mucho que me pesara  en momentos como aquel necesitaba toda la ayuda que pudiera recabar.

-¡Guillaume, no pienso toleraros esto! –el comendador hizo ademán de sacar su espada-. ¡No me importa quién seáis!

-¡Mostraos inflexible, comendador! –Blanca, acompañada de Elvira y flanqueada por sus hombres, también había aparecido. Bueno, era la única que faltaba-. Ese hombre, yo lo puedo certificar, es realmente quien dice ser. Guillaume, como os he advertido esta mañana, tiene lúbricos e incestuosos pensamientos con respecto a su prima, y por eso la mantiene aquí, alejada del hombre que tiene derecho sobre ella. ¡No dejéis que este vil y fementido traidor manche así la sagrada orden del Temple! –malo, malo. Cuando una persona de la dudosa categoría humana de Blanca llamaba a algo “santo” o “sagrado”, había que comenzar a desconfiar seriamente de ello.

-¿A alguien le interesa saber mi opinión? –interrumpí-. Después de todo, se supone que yo soy la persona más interesada…

-¡Esta mujer es mía! –gritó Gustaf-. Os lo demostraré.

Dio un paso hacia mí y yo retrocedí, todo lo que pude, al menos, pues mi retaguardia estaba cortada por los guardias del castillo (y la vanguardia y los flancos me los obstaculizaban el carruaje y todos los presentes). Guillaume intentó detener al comerciante, pero el comendador se interpuso y ambos se enfrascaron en un duelo a espadas, ante el asombro del resto de la mesnada.  La situación era totalmente límite, y realmente no recordaba haberme visto en otra igual en mucho tiempo. Lo único de lo que estaba segura era de que antes de que me viera obligada a contribuir al aumento de la demografía medieval en colaboración con el repugnante Gustaf allí iban a rodar muchas cabezas. Pero en mi afán por huir de este, no vi cómo su adalid Karl rodeaba al grupo para atraparme por detrás: el grito de Isabel llegó demasiado tarde. El bárbaro y gigantesco nórdico sostuvo mis brazos detrás de mi espalda mientras el baboso Gustaf sacaba una daga y, mientras mis amigos corrían hacia mí, desgarraba el vestido que tan caro debía haberle costado a Guillaume, dejando al descubierto la cota de malla y la corta túnica que llevaba sobre ella.

-Esto ha llegado demasiado lejos –aprovechando la sorpresa de ambos mercachifles al verme armada, me zafé de ellos recopilando todas mis fuerzas y tomé la espada que Guifré, que por fin había llegado a mi altura, me tendía-. ¡Venga, venid a por mí! ¿No tenías tantas ganas de probar mis habilidades amatorias? ¡Pues aquí las tenéis! –me deshice de los restos del vestido y tiré los harapos lejos, para que no me dificultaran el movimiento. Algo captó la atención del comendador.

-¡Deteneos! -paró la última estocada de Guillaume-. ¡Yo conozco esos colores!

Se refería a los que adornaban mi túnica. Os los podéis imaginar los que me conocéis un poco: una franja roja, otra amarilla y otra violeta, con la estrella roja en el centro de la de en medio. Unos colores que no representan a un país, sino a un estado de cosas, a un experimento que, con sus luces y sus sombras, tenía altos alcances y podía haber funcionado si el sistema no lo hubiera impedido. Un suelo de justicia e igualdad, de fraternidad y de cultura, futuro, pero también pasado y atemporal, el Camelot soñado del que llevaba el nombre y por el que siempre pensaba luchar. Hasta la muerte.

-Esta mujer no es Ermengarda de Nantes –le había costado un poco al ínclito comendador darse cuenta-. ¡Es Eowyn, la mercenaria! –y, volviéndose a Guillaume-: ¡He sido víctima de una cruel mistificación con oscuros y deshonestos propósitos!

-Os lo hubiera dicho esta mañana si hubiera estado segura de que me hubierais creído –se encogió de hombros, con ademán de resignación, Blanca, como aquella a la que la realidad da la razón-. Pero os vi con muchos prejuicios hacia mi persona.

La lucha se había interrumpido. Hasta Gustaf y Karl esperaban el final de aquel culebrón.

-No, no es mi prima. Es mucho más que eso –por todos los infiernos, ¿qué iba a decir ahora aquel descerebrado?-. Eowyn es mi hermana, la hija natural de mi padre. Juré que la protegería con mi vida. Por eso la traje aquí, para mantenerla a salvo de esa pareja de cobardes plebeyos que quiere aprovecharse de su inocencia –cada vez estaba más seguro de que Guillaume tenía que haberse dedicado a ser romancier.

-¡Me importa un comino de quién sea hija esta zorra! ¡Es mía! ¡Yo la compré y ella me traicionó, y sin siquiera cumplir las tareas que le había encomendado! –me miró y me preguntó en un áspero susurro-. ¿Quieres ver las cicatrices que me dejaron las torturas del sultán de Egipto? Más que nada para que te vayas acostumbrando, porque pronto estarán sobre tu cuerpo también –pero después de ver los extremos a los que llegaban los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI para conservar sus empleos, debido al chantaje de la patronal y del sistema, ya no me espantaba ninguna amenaza que pudiera proferirme. Le repliqué:

-Por lo que sé, sus métodos de persuasión son algo más sofisticados. No deja de ser una especie de descendientastro de Saladino.  Aunque –miré significativamente a Karl, y después de nuevo a Gustaf- tal vez para ti haya sido aún peor de esa manera.

Pero el comendador ya volvía a tomar el mando.

-Basta de palabras ¡A las armas, mis caballeros! ¡Atrapad a esta hija del demonio y a sus cómplices!

-Eso si no la cojo yo antes –intervino Gustaf, amenazándome de nuevo con la espada junto con su amigo.

A continuación, se declaró la madre de todas las batallas. Aparte de mi duelo contra mi pareja de ex jefes dignos de pertenecer a la CEOE, estaba el de Guillaume contra el comendador y gran parte de su guardia, el de Guifré contra los que quedaban, mientras los caballeros amigos de Guillaume intercambiaban mandobles con el resto de los templarios de la fortaleza, los soldados de Blanca se hallaban repartidos un poco por todas partes, y Elvira, con sus ojillos llenos de rencor y resentimiento, atacaba a Isabel con una rama que encontró por el suelo cual Thorin Escudo de Roble (desde luego, ambos eran bastante parejos en estatura); afortunadamente, mi amiga, que se había hecho con otra, la mantenía bien a raya. Pero, en cualquier caso, el combate era demasiado desigual para que los míos tuvieran alguna esperanza, y ya estaban comenzando a caer los primeros heridos, entre ellos Gonzalo, a quien no había visto hasta entonces y que se encontraba apoyado en un árbol fuera de combate, aunque también es cierto que por lo que veía su lesión no parecía grave. Menos mal que en la Edad Media aún no se había descubierto que la salud no era un derecho sino un negocio (al igual que el agua, por ejemplo): la enfermería templaria no era El Corte Inglés y yo estaba segura de que cuidarían bien de él; y además, gratis.

Y entonces, ocurrió algo providencial; últimamente el Destino estaba siendo benevolente conmigo, lo cual solo quería decir que me tenía reservado algo terrible. Una manada de caballos desbocados irrumpió en el campo de batalla, causando la confusión y obligando a todos los contendientes a interrumpir la lucha para buscar refugio donde bien pudieran. Detrás de ellos, avisté a un jinete vestido (era una pesadilla recurrente) asimismo con el hábito templario, portando casco y mostrando la lanza. Llevaba a mi caballo de las riendas.

-¡Rápido, Eowyn, sube! –me instó. Yo no esperé a que me lo dijera dos veces. Salté sobre Rayo Blanco de forma harto inelegante, debo reconocerlo, y ambos iniciamos la huida. Pero mi improvisado salvador tuvo tiempo de tirar un pergamino enrollado al comendador.

-¡Leedlo y acabad de una vez con esta locura! –le gritó.

El comendador palideció al ver el sello que adornaba el mensaje, e hizo un gesto a sus caballeros de interrumpir la batalla, y también, con autoridad, a las huestes de Blanca. Mis amigos se agruparon, cansados pero contentos, e Isabel me saludó con la mano en amistosa señal de despedida. Viendo que se hallaban a salvo, me decidí a emprender la huida y salí al galope tras aquel oportuno ayudante. Aún no sabía lo que había pasado allí, pero de momento no era demasiado importante (continúa).

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Pagarán por sus crímenes. Bonita frase esta, tan bella como todo lo irreal. Yo sé, todos sabemos que prácticamente los únicos crímenes que se cobran son los crímenes producidos por una autodefensa contra la injusticia, mientras que los atentados del poder, los asesinatos y estafas de Estado quedan milagrosamente impunes, en  un ambiente generalizado de desprotección y dejación de la ciudadanía por parte de un sistema solo interesado en defender las prebendas del multimillonario, e incrementarlas a costa nuestra.  Pero en ocasiones, cuando las acometidas de esta guerra que el gran capital ha desencadenado contra el pueblo llegan a niveles de crueldad tan  inimaginables vulnerando todos los tratados internacionales, pues sus ataques se centran, además, en hospitales, escuelas y población civil, suelo repetirlo como un mantra, que me calma y me prepara para la rebelión. Pagarán por sus crímenes, pagarán por sus crímenes. Les obligaremos a que nos devuelvan la educación, la atención a nuestras discapacidades y dificultades, a nuestra salud. Que nos las devuelvan, pues son nuestras, porque nosotros las pagamos, no son ningún regalo que haya de ser retirado por ninguna situación de carestía aunque no la hubieran inventado ellos. Les obligaremos a que reviertan la especulación de los bienes básicos, la alimentación, la vivienda, esa que han venido construyendo desde décadas los mismo que ahora fingen espeluznarse de las trágicas dimensiones que han tomado las consecuencias de sus políticas. Nos desahuciaron del resultado de nuestras luchas titánicas por nuestros derechos, del edificio de bienestar (relativo) que habíamos construido a base de mucho sudor y mucha sangre. Nos desahuciaron, pero no somos nosotros los que nos debemos suicidar, a pesar de que el desesperanzador panorama nos obligue a ver este acto como la única solución posible, a pesar de que (hablo por mí) no tengo puñeteras ganas de seguir viviendo en un mundo que nunca antes había sido tan poco mío. El 14N hemos de parar el país, pararles los pies, pero no hemos de pararnos ahí: arrebatémosles lo que más atesoran: su auto-otorgado derecho de decidir por nosotros y de jugar con nuestra vida y nuestra felicidad como si fuéramos viejos títeres. Hagamos realidad lo utópico, realicemos lo irrealizable. Suicidémonos, pero solo de la vida que nos imponen para así poder vivir la nuestra, la que nos merecemos, por la que hemos luchado, la que hemos elegido. Recuperemos lo que nos han robado, ahora y antes. Hagamos que paguen por sus crímenes.

Pero sobre todo no podéis dejar de leer
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(viene de) Así que continuamos nuestro camino en intrascendente conversación. Aunque a mí me era difícil concentrarme en la misma: estaba demasiado rabiosa de que el Destino y los continuos juegos que realizaba con mi persona, no permitiéndome permanecer en el mismo lugar (o en la misma época) más de lo que a él se le antojara, me impidiera elegir qué guerra quería hacer, cuándo y cómo. Solo  me consolaba que tal vez pudiera ser al menos un poco útil en cualquier espacio, en cualquier tiempo, cosa de la que tenía el convencimiento desde que me percaté de que la Historia no transcurre en balde. Pero solo imaginar que el viejo que compartía conmigo el camino podía ser un enviado de aquellos que pretenden destrozarlo todo, por los siglos y los siglos, me enervaba tanto que estuve en varios momentos tentada de comenzar a arrearle bien fuerte y después, ya, preguntar, en la mejor tradición de la policía española, seleccionada cuidadosamente por los gobernantes más servil y cobardemente fascistas entre todos los elementos fascistas, serviles y cobardes que se presentaron a las pruebas.

Pero noche cerrada era ya cuando, en la imposibilidad de encontrar un techo que nos cobijara, optamos por acampar al abrigo del bosque. Mi anciano compañero (que iba mostrándose más locuaz a medida que la oscuridad se abría camino, probablemente porque esta aumentaba la eficacia de su disfraz), cumpliendo su promesa, sacó unos tasajos de carne que no podían tener mejor pinta, un rico pan blanco y un pellejo de vino mientras yo me ocupaba de encender un buen fuego, cosa en la que mi errar habitual me había convertido en maestra. Cuando los preparativos de la cena y estuvieron acabados, nos sentamos a dar cuenta de las provisiones, hacia las que no puse ningún reparo a pesar de lo controvertido de la situación. Aquí donde me veis, soy una persona práctica, y mi lema, dictado por la experiencia, es: “Come mientras haya comida, bebe mientras haya bebida y duerme mientras sea posible, porque nunca se sabe cuándo podrás volver a hacerlo”. Además, si tenía que defenderme en mitad de la noche de ser degollada, bueno sería que al menos tuviera el estómago lleno. Y mientras tragaba, para no perder el tiempo, intenté sonsacar al anciano con toda la habilidad que poseía y que me temo que es más bien escasa, sobre cualquier detalle de su vida con el objetivo de que dijera algo que le hiciera traicionarse. Pero él se me adelantó:

-¿De dónde vienes entonces, joven, y cómo es que viajas por estos mundos del Dios?

Más bien del diablo, pensé yo, pero respondí con mi historia ensayada. Señalé el hábito pardo que vestía.

-Soy sirviente del Temple de Barcelona, y vengo de hacer un encargo en Miravet.  Y ahora me dirijo a Gardeny.

-Un sirviente algo extraño -adujo con cordial sonrisa-. Por tu forma de hablar pareces persona instruida.

-El párroco de mi aldea se encariñó conmigo y compartió algunos de sus conocimientos -contesté, después de echarme al coleto un bocado. La mejor mentira, se dice, es la que está entreverada de verdad.

-Eso lo explica -afirmó mi inquisitivo interlocutor-. Entonces, ¿vienes de la encomienda de Barcelona? Dime entonces, ¿no estará aún por allí un visitador de la Orden, un tal Guillaume de Nantes?

Por poco me atraganté con la comida. Vaya con el espía: ¿no estaba enseñando sus cartas algo prematuramente? ¿Tan seguro se sentía? Pero me rehíce y volví a darle la versión oficial.

-Allá lo dejé al pobre, doliéndose de una vieja herida que le dejó hecho unos zorros. Debió de ser un gran guerrero en el pasado, pero hoy en día tiene la misma fortaleza que un viejo veinte años mayor que tú, y eso que no creo que tenga muchos más de treinta –meneé la cabeza con expresión de triste resignación-. Y, por cierto, ¿de qué le conoces?

-Oh, unos parientes franceses tienen una relación de vasallaje con su familia –contestó, quitando importancia a sus palabras mediante el tono de su voz-. No es mal señor, según me cuentan, aunque sus relaciones con el rey Felipe de Francia no son demasiado buenas. Sería una lástima que no sobreviviera.

Yo no tenía ya la mosca detrás de la oreja. Ahora me acosaba todo un enjambre. ¿Qué diablos hacía por aquellos andurriales un viejo artesano tan versado en política internacional?

-Pues yo no tendría muchas esperanzas. Le vi bastante mal cuando me despedí de él, te lo aseguro. Pero bueno, cuéntame, ¿qué tiene en contra del rey francés? Entiendo muy poco de estos asuntos políticos, pero siempre pensé que su familia formaba parte del círculo de cortesanos más cercano al rey…

Yo disimulaba, pero tampoco tenía sentido que me fingiera mucho más inocente: estaba completamente convencida de que el viejo sabía demasiado acerca de mí y de toda aquella historia. Solo me quedaba la esperanza de que hablara lo suficiente para que yo pudiera extraer alguna conclusión, aunque desde luego que dormiría con un ojo abierto y la daga preparada.

-Y así fue en un primer momento. Pero la ambición de Felipe cara de lechuza no parece tener límites. Su obsesión por controlar todos sus territorios, y los adyacentes, además de llevar a su pueblo a guerras absurdas, está esquilmando el país. Hasta algunos gentileshombres de la Corte algo más misericordiosos que lo normal en su condición se están enemistando con él.

Recuerdo que un infiltrado en la manifestación de la última Huelga General se había acercado a mí en términos parecidos, aunque en lugar del rey Felipe de Francia cuarto de su nombre, había nombrado a Rajoy, Mas y Juanca, vamos, el exacto equivalente del feo monarca medieval francés en la España del siglo XXI. Que los espías sepan fingir tan bien ideologías de libertad, igualdad y justicia me hace pensar que son aún más tontos de lo que parecen.

-Es interesante lo que me cuentas –repuse-. Siempre es bueno saber por dónde van las intenciones de nuestros gobernantes. ¿Y el rey Jaume, qué tiene que decir a todo esto, ya que pareces estar tan enterado?

Esbozó una extraña sonrisa.

-Sobre ese tema habría mucho que comentar. Pero baste de momento con decir que no son tan enemigos como parecen. No te creas la historia de Sicilia

Es que no me la creía. Siguiendo con la comparación anterior, debían parecerse mucho a Rajoy y Mas. Ambos con sus propios intereses, ambos unidos por un objetivo común: seguir utilizando los legítimos deseos de identidad y libertad de sus respectivos pueblos para crear odio que sirviera a sus intereses o los de sus patronos, barajando datos falsos, y a la vez distraer la atención de los verdaderos problemas. Como tantos otros, españolistas, sionistas, salafistas, lo han hecho antes y lo están haciendo. Pero parecía que el viejo no pensaba hablar más, así que decidí abordarle por otro flanco.

-Son un poco cansinas todas estas historias de palacio. ¿Qué hay de ti, anciano? ¿Cómo es que cambias el solaz del que tu edad te hace merecedor por estas correrías?

Noté que se volvía lentamente hacia mí en la oscuridad.

-Llevo tanto tiempo viajando que apenas sé de dónde vengo, y menos hacia dónde me dirijo –me soltó como vaga respuesta.

-Veo que no eres hablador. Bueno, yo tampoco soy curioso –a veces el silencio es el mejor interrogador: eso me lo enseñó Hercules Poirot. Y la precipitación no es nunca buena consejera-. Tal vez sería mejor que fuéramos pensando en dormir. Nos espera un largo viaje mañana.

El viejo asintió. Yo abrí mis alforjas para sacar un par de mantas; afortunadamente estoy ya tan acostumbrada a dormir en lugares poco adecuados para el sueño de las gentes de bien, que hasta me siento incómoda en una cama. Pero cuando estaba a punto de disponerlas sobre una mullida alfombra de hierba fresca que relucía en la oscuridad bajo un sauce, algo me detuvo.

-¿No oyes algo? –pregunté en un susurro.

El viejo ya estaba en guardia desde hacía un segundo.

-Salteadores de caminos. O de eso irán disfrazados, seguramente. Debe hacer un rato que nos siguen…

-No será por nuestras muestras externas de riqueza… ¿qué has querido decir con eso del disfraz?

-… debí de haberlo calculado. Pero no me imaginé que llegarían tan pronto.

Sombras oscuras comenzaron a rodear el claro del bosque. Yo me dirigí hacia mi caballo a toda prisa.

-Será mejor que saques la espada –le miré, extrañada: había adivinado mi intención aunque no podía saber que la llevaba, no era un útil que un sirviente llevara encima habitualmente. Él extrajo rápidamente la suya, escondida bajo las alforjas de su caballo en un atado de cuero muy parecido al mío. Y, obviamente, tampoco los artesanos gastaban armas de filo cortante-. Si son esbirros del rey Jaume, como me temo, necesitarás toda tu fuerza y toda tu habilidad. Están reclutados entre la purria más infecta de la sociedad con el solo objetivo de atajar cualquier rebelión sin medir los métodos. Pero si luchamos juntos, podremos vencerlos.

-¿Quién eres, por todos los demonios? –me vi obligada a preguntar.

En lugar de hablar, refunfuñó:

-Aunque creo que el ataque de hoy se debe más a tu amigo el de Nantes. Son sus disputas personales con el rey Jaume, más que el miedo que este último pueda tener a una rebelión en su reino, lo que nos ha llevado a los dos a esto.

No tuve tiempo de valorar sus sorprendentes palabras, porque en ese momento el primero de los atacantes salía de la espesura para acometernos. Yo ya tenía la espada en la mano, y le recibí con alegría: demasiado tiempo sin hacer ejercicio.  Mientras esquivaba sus golpes e intentaba darle para el pelo, pensé en qué complicados manejos políticos se traía Guillaume y me pregunté si no había vuelto a ser yo un peón en su juego. ¿Era un héroe o un traidor? No siempre es fácil saberlo; ni de uno mismo. Somos temerosos, incluso cobardes los más valientes de nosotros, víctimas de autoengaños continuos. Se me pasó por la mente una figura histórica de la España del siglo XX, que la última vez que anduve por aquellos momentos temporales acababa de fallecer: Santiago Carrillo. Sin hacer caso de todos los Paracuellos que surgían en los distintos periódicos del Movimiento al paso de su cortejo fúnebre (el bando republicano tuvo un Paracuellos, sí; en el bando de los golpistas los Paracuellos fueron la norma. Por eso no paran de nombrarlo), para los suyos fue un hombre obligado por las circunstancias y por el momento que le tocó vivir, o una persona con sentido práctico, o un traidor que marcó la decadencia de la izquierda española o directamente un estúpido… ¿Sabremos algún día la verdad? ¿Hay alguna verdad?

Pero a mi lado, el vejestorio se defendía más que bien. No se movía como una anciano, sino como un individuo de no mucho más de cuarenta años. “Vivo en un mundo de imposturas. Y yo ilusa de mí que me creía que era solo la televisión la que manipulaba”, me quejé mentalmente, mientras abollaba el yelmo del asaltante, haciéndole perder el oremus momentáneamente. Aproveché el momento para, tras acabar de atontarle con una patada en el estómago que le propulsó hacia el árbol más cercano, ir hacia mi aliado y echarle una mano, ya que él se la veía contra dos, y conseguí golpear a su segundo atacante de nuevo en la cabeza, dejándole fuera de combate (intento siempre no matar a nadie a no ser que sea totalmente necesario). Pero casi no tuvo tiempo de dirigirme un gesto de agradecimiento cuando tres de aquellos bandidos, o lo que fueran, que al parecer habían estado esperando su momento, se lanzaron hacia nosotros, dos para mí, uno para él. Yo intenté barrerles con un movimiento horizontal de mi espada y mi atrevimiento, hijo de la desesperación, pareció cogerles por sorpresa, tal vez porque imaginaron que la superioridad numérica sería suficiente para hacer que un ‘mozalbete’ como yo se rindiera. En el ínterin, me alejé de ellos, dispuesta a sacar como pudiera al misterioso anciano de allí para desaparecer a toda velocidad entre los árboles, aunque eso supusiera dejar atrás los víveres, los caballos y las pocas monedas de las que disponía.  Perseguida por los dos villanos, me encontré con que mi acompañante había dado buena cuenta de los malos que le habían tocado en el reparto, y entonces, en un acuerdo tácito, ambos nos volvimos hacia mis perseguidores, atacando cada uno al que teníamos más cerca. El mío resultó ser un tipo tan pequeño y ágil como yo pero bastante más fuerte, ante el cual mi ventaja en la lucha se diluía, y me resultaba muy difícil esquivar sus golpes, cosa que él parecía hacer con los míos sin dificultad. Pero lo peor era que no podía quitarme algo de la cabeza: y era la estrecha comunicación que había tenido con el viejo. Como si nos conociéramos demasiado bien. Como si hubiéramos luchado, en demasiadas ocasiones, juntos. Y fue justamente está pérdida de concentración lo que hizo que el asaltante pudiera hacer blanco con el filo de su espada en mi muslo izquierdo, con lo que acabé cayendo al suelo en mitad de una aparatosa efusión de sangre. De pronto lo vi ante mí, dispuesto a rematarme clavándome la espada en el estómago. (sigue)

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(viene de) Aunque aún no estaba totalmente recuperada de mi segundo periplo en pocos días por el túnel de tiempo, me sentía de buen humor mientras cabalgaba por las riberas del Ebre, envuelta en el frescor delicioso del otoño incipiente que despertaba los aromas del bosquecillo de ribera que corría paralelo al río, entre chopos, olmos, fresnos, mimbre, cañas, juncos y lirios…. Pensaba ya en dónde y cuándo pasaría la noche cuando, al pasar un recodo habiendo ya casi caído el sol, divisé a lo lejos un viajero que a todas luces seguía el mismo camino que yo. Espoleé a mi caballo para alcanzarle, y así llegué a la altura de un anciano de luenga barba blanca con todas las pintas de ser un artesano procedente de alguna aldea cercana, aunque el manto corto con capucha que le caía sobre el rostro le otorgaba un aspecto de lo más sospechoso. Aunque fue eso lo que me hizo abandonar, de momento, la prevención: un espía verdadero hubiese llevado un disfraz menos evidente. Aunque también es verdad que al ver la serie de patéticas pantomimas que los policías infiltrados montaron durante el 25S una llega a la conclusión que el enemigo nunca es más inteligente que nosotros, ni por asomo: si nos vence solo es porque tiene menos escrúpulos. Muchos menos: los cardenales de mi espalda podían atestiguarlo. Y las visiones grabadas en mi retina de ancianos sangrantes y jóvenes aplastados por más de diez efectivos del desorden público para cada uno, aún más.
-Con Dios, buen anciano –le saludé-. ¿Podéis decirme a dónde os dirigís, si no es preguntar demasiado?
Por un momento pensé que mi interlocutor iba a ignorarme, pues tardó mucho más en contestarme de lo que hubiese sido razonable según las leyes de la urbanidad medieval. Pero al fin volvió la cara a medias hacia mí, sin permitir, eso sí, que viera su rostro, y me explicó en tono amable.
-Hacia Gardeny voy, mozalbete. Si queréis y os va bien podemos hacer juntos un trecho del camino. A mi ancianidad no le iría mal un brazo joven como el vuestro y en pago puedo regalaros con las ricas viandas que llevo en el zurrón.
Sería obvio aclarar que yo seguía ocultando mi condición femenina, algo básico si quería descubrir al traidor (o nido de traidores) como me habían encomendado. Pero no me gustó ni un pelo el retintín que pareció entonar su voz cuando pronunció la palabra “mozalbete”. Mis sospechas se confirmaban: un espía con excesiva confianza en sí mismo como para no ser desfachatado, algo bastante común para una habitual viajera al siglo XXI donde ya los opresores no tienen ninguna duda de haber ganado o, en cualquier, saben que no habrá ya límites para conseguir su victoria.
-No les haré ascos, sobre todo sin van bien regadas con un buen vino. Caminemos, pues pronto habremos de buscar acomodo para pasar la noche.
Estaba corriendo un riesgo, y era plenamente consciente de ello. Tenía que extremar la precaución, aguzar la inteligencia y echarme a los leones: habían demasiadas cosas en juego, el momento era demasiado decisivo, para bajar la guardia un solo momento, para perderme en disquisiciones que no llevarían a ninguna parte. No podía decir que no tuviera miedo: lo tenía, y mucho. Pero con miedo y todo iba a hacerlo. Y si esto lo hago yo, que no soy ninguna heroína y sí bastante desastrosa, ¿qué grandes cosas no podréis hacer vosotros, capaces y comprometidos lectores? (sigue)

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Otoño de 1292

Los viajes al siglo XXI estaban empezando a perjudicar mi salud, y no solo porque la Sanidad pública en la Europa del futuro, y particularmente en las dos lamentables partes de Europa en las que me había tocado vivir y que lo seguirían siendo igual tanto unidas como separadas (es decir, Cataluña y España), prácticamente brillaba por su ausencia.  Por ejemplo, al principio, podía recuperarme en menos de una hora del trance espaciotemporal, y fácilmente me adaptada al nuevo orden de cosas; pero ahora, a apenas a un par de años, o a lo sumo tres, del inicio de esta historia, nunca estoy menos de tres días postrada, sumida en el más grave agotamiento, sin fuerzas ni para ingerir alimentos y atormentada por las pesadillas. Los pobres hermanos del castillo de Miravet (el que no les tenga simpatía no excusa el mal rato que les había hecho pasar), escenario de mi último, por decirlo así ‘regreso del futuro’, no sabían ya qué hacer conmigo y juraría que apenas pudieron esperar a que desapareciera por el horizonte para comenzar a dar saltos de alegría, se lo permitiera o no su regla.
Y yo conocía la razón: y era que el siglo XXI estaba comenzando a superarme. Había llegado un momento en que no sabía si había más falta de inteligencia o tonta ambición desmesurada y sinsentido en la clase política. Pero en el fondo era lo mismo: estas armas son las que usaban los verdaderos dueños del mundo para utilizarles y utilizarnos, los mismo dueños que han llegado a donde están por medio de la crueldad (no nos engañemos: no se llega a rico, o al menos a multimillonario insultante, si no es caminando sobre cadáveres, sobre propias y ajenas víctimas) y de la destrucción perpetrada sobre la destrucción misma casi desde el inicio de la historia. Porque, por muy malvados que nos parezcan Rajoy, Mas, Putin, los sionistas y los salafistas, por citar solo a algunos, no son más que diferentes dibujos en la misma cara de la moneda: unos asalariados que creen que un poco, o mucho, de poder y un poco, o mucho, de dinero van a mejorar sus vidas, o tal vez unos cobardes estúpidos fáciles de chantajear, o bien ambas cosas.  Los políticos del sistema no son más que los mercenarios del poder; y sí, tal vez sean fáciles de desactivar: pero en la sombra cuentan con numerosos recambios.

No, no podía soportar más esa pesadilla recurrente. Me preguntaba, no dejaba de preguntarme desde que los templarios me habían conminado a ayudarles para cambiar un destino que estaba ya prácticamente escrito: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Hubiera habido un punto, lo habrá aún, en la historia, donde sea posible revertir todo esto? ¿Que consiga que las bases de este capitalismo destructor que nos robó nuestro valores y nos los cambió por basura no lleguen a formarse nunca? ¿En algún momento hubiéramos podido dejar a los psicópatas fuera de la sociedad, en lugar de encumbrarlos hasta las más altas cotas?

Si es así, tengo que encontrarlo. Y aunque no lo sea. Tal vez la batalla está perdida de antemano, pero tengo que seguir luchando en ella. Quizá algo que yo pueda, quizá no hacer, pero tal vez contribuir a hacer, pueda marcar una pequeña diferencia, pueda hacer que la próxima vez que me despierte en el siglo XXI, entre una luz por las ventanas, aunque solo sea un pequeño rayo verde. Eso es lo que me hace colaborar con este grupo  que acumula en su seno tantas sospechas de corrupción: no ignoro que entre ellos habrá afines al poder secular y espiritual, y más de uno estará tan comprado como los medios de comunicación ‘oficiales’ del siglo XXI, pero creo, o quiero creer, que entre ellos hay gente honesta y verdaderamente comprometida con los pobres y los justos, con la causa de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Y por eso colaboro con ellos. Igual en el siglo XXI colaboro con sindicalistas a pesar de la tibieza, o directamente, de la deserción comprada de algunos de sus dirigentes; igual que apoyo en sus aciertos a ICV a pesar de su triste papel, o directamente, de su complicidad, con los desaciertos y las traiciones del Tripartito catalán; igual que  asistí a la fiesta del PCE a pesar de que ya no soy militante y de que la decepción que me produjeron las actuaciones hace un año de una minoría del PSUC-viu se me está extendiendo al resto del partido en el ámbito nacional nacional.

Por eso pienso estar rodeando el Congreso, el 25S, y en la primera Assemblea del Front Cívic en Catalunya, el 29S. Por eso no voy a desdeñar, ni a acusar de pequeñoburgués ni de descerebrado, a nadie cuya intención sea tender la mano al mundo, a pesar de las formas que utilice. No voy a prejuzgar, sino a extender también mi mano para tomar las que me ofrezcan, sin creerme más pura, leal y auténtica, la más perfecta. Incluso aunque tenga ganas de atizar a unos cuantos, y no solo del otro bando.

Total… no tengo una puta mierda que perder. (sigue)

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Cosas que nunca cambian (o eso parece)

Barcelona, verano de 1292

Desde aquella torre se divisaba un panorama tan desalentador como lo era la libertad para quien estaba preso aunque fuera de sí mismo, como era la alegría para el que prevé universos de tristeza. Yo no dudaba que los viandantes que en aquel momento, sobre la hora sexta,  recorrían aquel bario de Barcelona, rumbo al mercado o a sus quehaceres varios, estuvieran tan sometidos como lo están sus conciudan@s y compatriotas (si se puede emplear este término: como todos sabéis en esta época no existe aún el concepto de España, eso en el caso de que en el futuro sea asimismo un concepto real. Por cierto, ya podríamos quedarnos así eternamente, por muy UNA [mierda] que sea); pero por lo menos ahora tienen espacio para escapar, libertad que les da esa inseguridad de la que hoy gozamos y que nos aparta de la seguridad fingida del siglo XXI, cobardemente aceptada por tod@s y siempre amenazada, ahora ya tal vez finalmente quebrada incluso en la muy civilizada Europa, como ya lo ha estado en tantos otros lugares…

Y, desde luego, no ayudaba mucho el bochorno reinante. Aunque no dejaba de ser un consuelo (o no) darme cuenta de que hay cosas que nunca cambian: no creo que la temperatura del Barri Gòtic de la Barcelona del cambio climático haya subido más de un par de grados desde su homónima del Medievo lo que, con los termómetros en este punto, no es muy relevante. Y lo peor no es el nivel alcanzado por el mercurio, sino la calidad concreta de la temperatura que marca: no creo que haya un lugar en el mundo donde el sol se derrame sobre la humanidad como un fluido tan húmedo y pegajoso como en Barcelona: el agobio que se experimenta llega hasta el punto de hacerte desear una próxima glaciación. O al menos que hayan inventado ya algo con lo que poder pasear por las empedradas rúas góticas algo más fresca que con la medieval camisa que vestía… Y que fuera lo suficiente decoroso para no azuzar al escándalo público, que no estaban las cosas para llamar mucho la atención. Porque vivir en un convento de hombres célibes (o al menos eso es lo que dicen ellos; cualquiera se cree lo que cuenta la gente de la iglesia, a riesgo de acabar pagando 700 euros por comida caducada encontrada en contenedores) fingiendo ser uno de ellos, no me aporta tampoco ninguna ventaja frigorífica. En cualquier momento, alguien puede extrañarse de mi prolongada ausencia, echar la puerta abajo a pesar de la barricada que he montado con los escasos muebles de esta alcoba, y darse cuenta de que, a pesar de la cara tiznada, el gorro de dormir ocultando mi pelo recogido en un moño y la apretada venda sobre mi pecho bajo la tela de la camisa, con este ligero atuendo parezco bastante más una mujer que con el insoportable hábito blanco que vengo vistiendo últimamente: en realidad, estos tipos son algo menos tontos de lo que parecen, no mucho, por eso, aunque tal vez lo suficiente. Pero ni por esas pienso ponerme nada más encima o acabaré tan cocida como una hogaza de pan de la cocina. Ay, cómo añoro el maravilloso clima seco de Tierra Santa…

Pero os preguntaréis qué hago aquí. Y cómo he vuelto a caer en una trampa. Os tranquilizaré diciendo que la situación no es tan dramática como parece. Estoy aquí por propia voluntad y realizando una misión, o algo parecido. El problema es que los largos períodos de inactividad que esta parece exigir no es algo que vaya conmigo, y me temo que me estoy perdiendo las numerosas movilizaciones que están teniendo lugar en el verano de 2012 entre incendioincendio provocado por los pirómanos del Gobierno. Movilizaciones, claro está, contra los recortes que el PPCiU, como chambelanes orgullosos de serlo del Nuevo Sacro Imperio Romano Germánico, están perpetrando contra la población, mientras la Iglesia española reza por los parados a razón de 700.000 euros por versículo, los capitostes políticos premian a sus fieles directivos de las empresas públicas y privadas por ayudarles a escenificar esta crisis inventada (con el dinero obtenido del saqueo de los servicios públicos) y siguen las guerras de nervios, de bombas y de manipulaciones informativas, con esas nuevas plantillas televisivas que, como pronostiqué en otro de mis viajes en el tiempo, pronto nos harán añorar los tiempos del poco llorado Urdaci. Me siento impotente, frustrada, y estoy empezando a cabrearme mucho. Quiero tirar euros de cartón piedra sobre los Mossos d’Esquadra, quiero decorar las fachadas de todas las sedes estatales y autonómicas de PPCiU con espray rojo de la sangre de los enfermos sin atención, de los deshauciados sin remisión, de los agraviados sin justicia, de los alumnos con mala (o nula) educación que acabarán sembrando las cunetas del futuro de una u otra forma si alguien no hace nada por evitarlo. Quiero… pero no me dejan, me cago en la hostia.

Iré al grano. Creo recordar que me dejasteis en el momento en que una mano desconocida me arrastró a las profundidades de un portal con intenciones supuestamente lesivas para mi persona. Pero bueno, mal que me pese, estoy acostumbrada a este tipo de cosas, y antes de que pudiera sufrir algún perjuicio grave, mi mano izquierda se preparó para tantear el peligro, fuera el que fuera, ya que la derecha, la de la espada, estaba inhabilitada, de momento, por la presión de un duro guantelete. Noté que caía sobre algo que me pareció un cuerpo humano bastante sólido y no precisamente porque los músculos del susodicho estuvieran curtidos en mil gimnasios, sino por la manía que tenemos todos los que nos dedicamos en mayor o menos medida al oficio de las armas en esta puñetera Edad Media de vestirnos de hierro. Así que, suponiendo sin mucho alarde deductivo que mi agresor pertenecía al género masculino, me dispuse a asestarle el golpe fatal con mi zurda bien pertechada hacia el lugar donde se suponía que debían hallarse sus partes pudendas. Mi acción fue recompensada por un aullido de dolor y un segundo de desconcierto, que yo aproveché para zafarme de él, dar un paso atrás y echar la diestra a la empuñadura de mi espada. Pero el juramento que mi víctima lanzó después de su alarido inhumano y que fue pronunciado por una inconfundible voz de marcado acento franco, me hizo detenerme.

-¿Guillaume? ¡Por todos los infiernos! ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Mi mano no se movió del pomo de mi espada, pero la curiosidad había vencido a la prudencia. O tal vez, a pesar de nuestras poco memorables vicisitudes juntos, algo me hacía pensar que mi viejo conocido de Tierra Santa en realidad no buscaba mi destrucción física. Esperé pacientemente un buen rato hasta que finalizó de soltar ayes de dolor, y al fin mi aguante fue premiado.

-Eowyn –dijo algo molesto-, ¿tú crees que esto es justo? Te salvo de las asechanzas de uno de los piratas más sangrientos del Mediterráneo, que te seguía sin duda con ánimo de aligerar tu bolsa y llevarse de propina tu virtud, ¡y me lo pagas de esta manera! ¿Acaso no piensas derramar nunca el bálsamo de tu perdón sobre mi torturada alma?

Reprimí una carcajada. Está visto que mi enemigo sobreestimaba su carisma personal, su inteligencia o ambas cosas.

-Déjate de historias –zanjé-. El temible pirata del que hablas es mi compañero de juergas Yannick y te puedo asegurar que el único motivo que le guía a seguirme es el caballeroso afán de protegerme de individuos como tú, lo cual ya habrá visto que es completamente innecesario y por tanto se habrá retirado a dormir. Y en cuanto a lo justo o lo injusto de esta acción, he de decirte que no te reconocí hasta que fue demasiado tarde. Si no, evidentemente, habría actuado de una manera muy distinta. Te habría ensartado con mi espada antes de que hubieras tenido tiempo de abrir la boca. No sé cómo te has atrevido a venir a Barcelona, a no ser que realmente desconocieras que aún me hallaba aquí. Como comprenderás, no tengo demasiadas razones para abrigar un gran cariño hacia tu persona.

Eso dije, y algo de verdad había en mis palabras. Concretamente, la parte que en ellas correspondía a la lealtad que aún sentía hacia mi viejo compañero de batallas, a pesar de que sus turbios asuntos con reliquias y otros temas me habían alejado de él más que la propia distancia física. Pero, mal que me pesara, tenía que reconocer que no estaba realmente enfadada con Guillaume, tuviera o no la obligación moral de estarlo. Y tal vez él lo sabía. O no. Lo cierto es que su voz sonó llena de resonancias oscuras cuando me respondió.

-Eowyn, sabía perfectamente que estabas en la ciudad. Solo y exclusivamente por eso he venido. Y si te abordado de esta manera ha sido, además de por intentar protegerte (aunque debería saber ya que para eso te bastas muy bien tú sola), porque era necesario que hablara contigo enseguida y no puedo dejar que nos vean juntos en público.

En la oscuridad del portal vacío, él no pudo ver mi mueca de incredulidad.

-Que yo sepa, ya no eres templario –argumenté-, así que no puede suponer ninguna mancha en tu historial el que te vean hablar con una mujer, sobre todo si tiene tan mala reputación como yo. Aunque tal vez te has casado con una propietaria viuda celosa que amenaza con dejarte fuera de la herencia si la traicionas.

Su carcajada atronadora rompió el muro de oscuridad que nos separaba. Y es que tenía guasa, la cosa. En lugar de pegarle un par de viajes y quedarme más bien que todas las cosas, le hacía reír. Está visto que con este carácter no voy a llegar nunca a nada.

-No entiendo cómo he podido sobrevivir tantos meses sin tus chanzas, mi querida amiga.

-No pretendía bromear. Me limitaba a explorar una posibilidad.

-En estos momentos, la idea del matrimonio está tan alejada de mis intenciones como la del infierno. Y con eso no quiero decir que pretenda equipararlos. Y en cuanto a mis relaciones con mis hermanos… sobre ese tema habría mucho que hablar y no podemos hacerlo aquí. Me conviene que te vean lo menos posible, y aún menos si es conmigo, por si accedes a algo que te quiero proponer. Oh, ya sé –atajó mi previsible respuesta-, soy un enemigo y no vas a hacer nada de lo que te demande, pero al menos escúchame. Tal vez acabes por ayudarme por motivos egoístas, o por motivos altruistas. Te pido que me acompañes. Muy cerca. Hasta la Casa de la Orden. Tenemos que darnos prisa o ya no podremos traspasar la muralla

Era evidente que le había entendido mal. Guillaume no podía estar pidiéndome aquello. Y no solo porque, no estando mi vida en peligro, él debía de saber que nada se me había perdido en aquella guarida de fanáticos. Sino sencillamente porque de ninguna manera le admitirían allí. A no ser que…

-No irás a decirme que aún no saben nada.

Él negó con la cabeza.

-Las noticias circulan muy rápidamente entre los hermanos.

-Entonces… ¿quieres decir que lo saben y, aún así… no les importa?

Guillaume asintió y acto seguido se encogió de hombros, como soslayando su completa inocencia al respecto, y a mí, en un instante, me cayó de golpe no la inmensa corrupción global y eterna, pues sería una ingenua si eso me sorprendiera, sino la desfachatez con la que siempre se ha ido produciendo. Guillaume, que traicionó y robó a su mejor amigo y su hermano de congregación y de armas, era ahora acogido con los brazos abiertos por la misma orden que les había formado a los dos, probablemente debido a su alta cuna, sus buenas relaciones con el poder o a su habilidad para el soborno o el chantaje emocional tal vez del mismo cruel calibre que la del gobierno de Mas, que no duda en negociar empleando como fichas a los más débiles. Una cosa es que yo pudiera perdonarle, tal vez porque era consciente del afecto que por alguna extraña razón parecía sentir hacia mí; otra que lo hicieran ellos. El sentimiento de descarada injusticia estuvo a punto de ahogarme. Pensé en los causantes de la crisis del siglo XXI que acabaron gobernando los países que habían arruinado, en una estrategia perfectamente calculada que la gente no quiere creer o entender o sencillamente no les importa; a los gestores de economía que implementan medidas tan imbéciles que a largo plazo no podrán beneficiarles ni a ellos, porque desde luego que no llegaron a tan alto puesto por su inteligencia; a los numerosos políticos de los que se sabe perfectamente su escandaloso tren de vida y su provocadora acumulación de sueldos y prebendas mientras hacen declaraciones sobre la necesidad de que los discapacitados, los desempleados, los enfermos, los ancianos, los niños en edad escolar y las mujeres embarazadas hagan ejercicio de austeridad; a los falsos que vendieron estabilidad y derechos a cambio de votos y luego pidieron a sus gobernados que se encomendaran a la Virgen (literalmente), porque hasta lo que había sido propiedad de estos últimos, lo que habían pagado hasta el último céntimo, había pasado ya a sus manos. No, hay cosas que no cambian. Justamente las que más tendrían que cambiar. Y no obstante, una vocecilla interior me seguía repitiendo: allí aún es peor, allí aún es peor…

Le volví la espalda y me alejé un par de pasos. La rabia hizo que me saltaran algunas lágrimas. Era tan fácil, y tan difícil, estar allí, en primera línea de fuego… era tan fácil, y tan difícil, poner tu vida sobre el tapete de juego y esperar ganar, aunque luego esa costosa victoria te sea arrebatada por los devenires de la historia, por el Mal, siempre al acecho, nunca acabado de vencer… era tan fácil, y tan difícil, luchar contra el mal sin convertirte en el Mal, eran tan fácil y tan difícil juzgarlo… Era tan fácil, y tan difícil… Era solamente la única salida.

Sentí a mi espalda los pasos de Guillaume aproximándose. Yo giré rápidamente hacia él. La punta de mi espada, ya fuera de su vaina, relampagueaba bajo las luz de las antorchas del exterior a apenas unos milímetros de su corazón.

-Te voy a matar, Guillaume. Te mataré aunque solo sea a modo de símbolo, te mataría aunque fueras inocente. Te mataré porque ya llegará el momento de tejer la necesaria estrategia, tal vez no para vencer, pero al menos para recuperar las posiciones en las que estábamos aunque nos las vuelvan a arrebatar, pero ahora seguir esperando disuelve la prudencia en simple cobardía. Te mataré para que tu sangre riegue su miedo, para que sepan que no pueden seguir traficando con reliquias, vendiendo falsas esperanzas. Para que sepan que hemos despertado. Y que esto solo es el principio. (sigue)

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Tal vez el eterno tópico entre el bien y el mal no ha sido más que una cruel mentira: todo apunta a que los malos ya ganaron la batalla definitiva hace tiempo, quizá en el principio, y lo que creímos victorias, metas volantes de la historia bajo las que pasamos los primeros, solo fueron manipulaciones, traiciones, espejismos que, a pesar de toda la sangre que nos costaron, acabaríamos pagando caras o, al menos, perdiendo.

O tal vez, sencillamente, todo fue una estrategia para llegar a este punto: al inicio de un nuevo orden mundial digno de los seriales más apocalípticos, en que una mayoría sin recursos, sin educación, sirve esclavizada a una gran mayoría insultantemente opulenta e intocable.

Parece a veces que la inteligencia es patrimonio de los malos, una inteligencia errada y cortoplacista (pues la suprema inteligencia y el supremo egoísmo es la bondad), pero efectiva al no estar enturbiada por la empatía. Una inteligencia general que debe pactar con la estupidez particular de tantos aliados poderosos y necesarios (y eso lo sabemos muy bien los que sufrimos la política española), acrecentando su poder destructivo. Y lo peor es que la bondad también está comenzando a considerarse únicamente privilegio de los malos.

Porque lo más peligroso no es tener el poder, sino la voluntad de ejercerlo. Lo más peligroso no es ser fuerte, sino desear esa fuerza como arma de destrucción. Lo más peligroso no es la ambición, sino la falta de empatía hacia sus consecuencias. Lo más peligroso no es su miedo ni su fanatismo, sino el que nos inculcan.

Un panorama como para dejarse llevar por la desesperación. O por el inmovilismo. O no necesariamente. Porque tal vez este nuevo escenario exija nuevas estrategias: más sibilinas, más correosas. ¿Debemos entonces ser malos? Hay pocas escuelas que enseñen esta cualidad, dejando a un lado la escuela de la vida con sus métodos educativos incisivos pero erráticos, que no funcionan siempre o no funcionan adecuadamente. Aunque quizá no sea necesario; bastaría con copiar sus métodos. Con ser fríos a pesar de nuestro calor humano; con ser estratégicos a pesar de nuestra indignación impulsiva; con ser activos a pesar de nuestra desmovilización alimentada durante tantos años; con ser valientes a pesar de nuestro temor heredado pues, además, dentro de poco ya sí que no nos quedará nada por perder.

De esta manera, tal vez un día podamos subvertir un sistema ideado para que en él prosperen los malvados y estúpidos y perezcan los bondadosos e inteligentes, los que solo desean tener las necesidades básicas cubiertas, amar, reír y vivir en armonía con el entorno. Aunque ya sabéis que no va a ser fácil.

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1 Mayo Rebélate

1 Mayo Rebélate

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Manifiesto de IZQUIERDA UNIDA ante el 1 de mayo

Por un 1º de Mayo de movilización y lucha por el empleo, los derechos laborales y los servicios públicos

En este Primero de Mayo de 2012 nos enfrentamos al ataque más brutal y antidemocrático que hayan sufrido los derechos de trabajadores y trabajadoras en mucho tiempo. Se presentan como medidas contra la crisis lo que solamente es un redoblado intento de rapiña sobre los salarios, las conquistas de la clase obrera y los derechos sociales de la inmensa mayoría de la población. No importan las personas y su derecho al trabajo digno y estable, sino el beneficio de los bancos y las multinacionales.

Llevamos casi cinco años de agudización de la crisis y también de recortes de todo lo público, pero ni uno sólo de los países que ha aplicado esas medidas ha mejorado su situación económica y social. Ni uno sólo. Al contrario, sigue aumentando el paro, crece la deuda exterior, y estamos en una segunda ola de recesión económica.

Lo que se nos intenta vender como la única salida de la crisis es una mera estafa que ahonda más la injusticia y el sufrimiento, incrementa el paro y la pobreza, desprotege a los más débiles y pretende convertir en mercancía y negocio la educación y la salud.

Pero la salida real de la crisis viene de la mano de la lucha y la movilización. Quieren que nos encerremos en nuestras casas con el miedo al desempleo y la precariedad y con la pesadilla de un futuro peor que el pasado, pero no lo conseguirán.  La salida social de la crisis, favorable a la inmensa mayoría, está en nosotros y nosotras.

La reciente Huelga General ha mostrado el camino. La derecha decía que no serviría para nada y el Gobierno que no estaba dispuesto a mover una coma de su reforma laboral. Hoy ya preparan enmiendas a sus propios textos, pero esta reforma laboral no es reformable y debe ser retirada.  Además de esta consecuencia, la Huelga General ha fortalecido la conciencia y la organización del mundo del trabajo y ha mellado los ataques contra el sindicalismo de clase.

La ofensiva contra la educación y la sanidad públicas está encontrando cumplida respuesta en una creciente movilización ciudadana. El intento para hacer retroceder los derechos y libertades democráticas que el Gobierno quiere impulsar desde su mayoría absoluta encuentra una importante oposición.

Es el modelo económico, político y social asentado desde la transición el que está desmoronándose y son las políticas neoliberales (última expresión del sistema capitalista) las que aparecen, cada vez de forma más clara, como irreconciliables no solamente con los derechos del mundo del trabajo, sino también con el progreso económico, la sostenibilidad medioambiental y el bienestar de la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Hace ahora 122 años que se celebró en España por primera vez el 1 de Mayo, “Día Internacional del Trabajo”, y es necesario subrayar en esta ocasión el carácter internacionalista de esta fiesta y su contenido solidario que nos lleva, especialmente, a expresar nuestra solidaridad con el pueblo argentino, que tiene todo el derecho a decidir soberanamente sobre sus recursos naturales, como en su día lo harán los pueblos de España, y nuestra coincidencia en la lucha con todos los pueblos de la Unión Europea que se movilizan contra las políticas de recortes. Deseamos el éxito de los candidatos de la izquierda alternativa en las próximas elecciones de Francia y Grecia que pueden comenzar a abrir un horizonte nuevo en las políticas de la Unión Europea. Nos solidarizamos, como siempre, con la lucha del pueblo palestino que se agudiza en Gaza y con las reivindicaciones del pueblo saharaui.

La crisis tiene salida, el Gobierno no

Las políticas neoliberales de recortes, debilitamiento de lo público y retroceso de los derechos laborales, que inició el PSOE y ha profundizado el PP han fracasado.

No obstante, el Gobierno presenta unos Presupuestos Generales del Estado que son una auténtica declaración de guerra contra la mayoría del pueblo. Unos presupuestos que van a generar más paro, estancar la economía, y deteriorar la educación, la salud y otros servicios sociales y que estimulan el fraude fiscal mediante una amnistía para los defraudadores.

Izquierda Unida subraya que hay salida para la crisis y ha aportado propuestas positivas para hacerlo en beneficio de la mayoría.

  • Con una mayor justicia fiscal que lleve hasta una contribución fiscal equivalente a la media de la Unión Europea hay recursos suficientes para crear empleo, impulsar la economía real y, con ello, reducir el déficit.
  • Con una lucha firme contra el fraude fiscal y la economía sumergida, mediante los cambios legales necesarios y el reforzamiento de la Agencia Tributaria, habría ingresos para mejorar la educación y la sanidad públicas y atender la Ley de Dependencia. Hacer aflorar de trabajos sin contrato y exigir la igualdad de salarios entre hombres y mujeres, además de ser de justicia, permitiría sanear la Seguridad Social y mejorar las pensiones.
  • Con una política decidida de apoyar la creación de empleo desde lo público es posible crear cientos de miles de empleos verdes (reforestación y mantenimiento de zonas verdes, rehabilitación sostenible de viviendas, agricultura ecológica, energías renovables), sociales (aplicación de la Ley de Dependencia, escolarización de 0 a 6 años) y de interés estratégico (infraestructuras de proximidad, desarrollo de un sector público en la economía).
  • Con la creación de una Banca Pública, a partir de la nacionalización de las Cajas de Ahorro que han sido entregadas al capital financiero, sería posible que el crédito fluyera hacia las pequeñas empresas y las familias.
  • Con  la implantación de un nuevo modelo productivo, que incluya más democracia en la sociedad y en la empresa, un sector público poderoso y el apoyo a la economía social, una apuesta por el desarrollo sostenible y el pleno empleo de calidad, la mejora de la educación, el esfuerzo a favor de la I+D+i civil, y un cambio progresista en las relaciones laborales.

Nuestra lucha es la lucha por el empleo

El objetivo central de cualquier política de izquierdas para salir de la crisis es la creación de empleo. Izquierda Unida defiende un empleo estable, digno y de calidad y, en consecuencia se opone a cualquier medida de abaratamiento del despido y de reducción de los costes salariales. No han sido esas, ni mucho menos, las causas de la crisis y no está ahí la solución. Por ese camino sólo se trata de asegurar de nuevo los beneficios de quienes ha generado esta situación, a costa de los trabajadores.

Crear empleo no puede ser considerado como un gasto porque sólo el trabajo humano genera la riqueza socialmente útil.

Izquierda Unida reivindica el reparto del trabajo para que puedan trabajar más personas, reduciendo la jornada a 35 horas semanales, sin pérdida de retribución, y bajando progresivamente la edad de jubilación

Por un 1 de Mayo de movilización

Izquierda Unida llama a todos los trabajadores y trabajadoras, a toda la ciudadanía a participar en los actos, concentraciones y movilizaciones convocadas por CCOO y UGT.

Izquierda Unida considera que este 1 de Mayo debe dejar claro que no estamos dispuestos a aceptar una salida de la crisis que no vaya a favor de la mayoría social de este país. Es precisa una auténtica rebelión ciudadana por nuestros derechos.

Izquierda Unida llama a extender y profundizar la movilización hoy y en los meses próximos por una salida social de la crisis, por el empleo, la defensa de lo público (comenzando por una educación y una sanidad públicas y de calidad), el derecho a la vivienda, la igualdad y la no discriminación.

Viva el 1 de Mayo de lucha y solidaridad

Madrid, 1 de mayo de 2012

Y después del 1 de Mayo…

12M15M-CONVOCATORIA

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Y para acabar, nos os perdáis estos vídeos

http://solidaritat29m.noblogs.org/

http://youtu.be/MCvskEEORiM

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Pues por esto.

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Más info sobre el evento de los castillos en Facebook, aquí.

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http://ceronegativo.net/2012/04/15/somos-un-pais-y-vamos-a-por-la-tercera/

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(viene de) Tengo que reconocer que en los peores momentos de mi vida siempre había encontrado una mano tendida aunque a veces hubiera acabado sosteniendo el látigo que acabaría estrellándose contra mis espaldas, un inesperado golpe de suerte que en pocos meses se convertiría en una maldición. Cuando llegué a Barcelona, exhausta y derrotada, unas semanas antes, había tenido que hacer un esfuerzo para que la depresión no me arrojara contra una cuneta para dejarme morir allí. Pero a mí aún no me habían robado toda la esperanza ni todo el trabajo de toda mi vida, como habían hecho con los desposeídos en Grecia, y aunque solo fuera por orgullo no quería que nadie me obligara a ser la mano autoejecutora del genocidio social del sistema; o tal vez me producía demasiada pereza pensar en cómo dar fin a mi vida. Sea lo que sea, en lugar de suicidarme hice lo que una mercenaria de pro debe hacer en esas circunstancias: emplear las monedas de Guillaume que aún me restaban en darme un buen baño, buscarme un alojamiento y procurarme ropas presentables que me acreditaran como una candidata susceptible de tener en cuenta para posibles encargos. Y, claro, frecuentar los mercados y las tabernas, que para que me entendáis funcionan como una especie de mezcla de Infojobs, LinkedIn y Facebook. Era consciente de que me había metido en la boca del lobo; me hallaba en el exacto lugar donde Karl y Gustaf me habían encontrado hacía ya casi un año, y pretender que serían tan imbéciles como para no buscarme allí, por muy evidente que ello fuera, era quizá suponer demasiado, incluso si era referido a ellos. Pero, a pesar de la advertencia del templario traidor y de la poca simpatía que debían de profesarme después de que el Sultán se hubiera vengado en ellos de mi huida, como seguro habría hecho, no conseguía sentirme aterrorizada por la perspectiva de volver a  verles: les había perdido todo respeto, si es que alguna vez les había tenido alguno, y estaba segura de que si me los encontraba más que asustarme me iba a entrar un ataque de risa en sus barbas. Así que ya me veis de nuevo en la Ciudad Condal, intentando infructuosamente encontrar acomodo laboral mientras acarreaba un enorme agujero lleno de algo parecido a la antimateria que se abría justo en medio de mi estómago y que a veces me dolía tanto que hasta me hacía caminar encorvada; y no era hambre, os lo aseguro, aunque también comenzaba a sentirla. Pero, por suerte o por desgracia, estoy acostumbrada a las vicisitudes. Lo siento mucho por los positivistas y los amantes de libros de autoayuda: el Destino existe y que te esfuerces en mejorar tu vida, aunque muy recomendable, sirve de muy poco; tu sino se encargará de joderte bien jodido si eso es lo que tiene programado. Sobre todo si has nacido pobre y sin nobleza. Como en mi caso, por ejemplo. Y sobre todo si hemos vendido nuestro país a los neoliberales fascistas del PP, que a su vez aún lo venden más barato. Y por si fuera poco, en uno de mis deambuleos curriculares, al doblar una esquina, me tropecé de pronto de la manera más escandalosa con el mismísimo señor del lugar donde me había criado, mi archienemigo.

Naturalmente, me dispuse a poner pies en polvorosa: que yo supiera, el noble en cuestión no daba un paso fuera de su castillo sin ir protegido por una nutrida guardia que, estaba segura, debían de estar agazapados a mi alrededor, esperando tal vez una orden para caer sobre mí como auténticos antidisturbios cabreados. Y, de hecho, un grupo de cuatro secuaces taponaban la única salida: así que me decidí a esquivar a mi antiguo jefe y a arriesgarme por la calle que discurría a su espalda, con casi la seguridad de que encontraría a alguien emboscado en alguna parte: si l@s lector@s que conocen Barcelona alguna vez se han quejado de las tortuosas calles del Casc Antic, debo informarl@s que antes de derribar las murallas era aún peor (no obstante, tengo que reconocer que cuando estoy en el siglo XXI las echo de menos. Lo único que me consuela es que solo las han derribado, no las han sepultado por desmemoria o intereses, ni las han privatizado como en Grecia ni expoliado como en Siria o Irak)… Pero cuando me lancé hacia mi objetivo descubrí que también aquella salida había sido bloqueada. Así que di un paso atrás, alejándome de todos ellos lo máximo que podía, saqué la espada con seguridad y les regalé una sonrisa de suficiencia: estaba demasiado enfadada para tener miedo, y aquellos guardias, con sus negros ropajes protegiendo el lujo del noble (solo les faltaba la insignia de la División Azul), me recordaban demasiado a los efectivos policiales de Barcelona cargando indiscriminada e impunemente contra los manifestantes mientras acordonaban el Corte Inglés y la Bolsa. Yo misma podría estar en aquel momento herida, encarcelada o ambas cosas, si un camarada anónimo, al verme desorientada en la multitud y corriendo en dirección a las peores cargas, no me hubiera sacado allí casi en volandas; ni siquiera llegué a verle la cara. Pero ahora sí estaba permitido que me comportase como una salvaje medieval defendiendo mi vida sin que nadie me llamara terrorista por hacer lo mismo en 2012, así que moví mi espada para que destellara a la luz de las escasas antorchas, en señal de desafío, y me dispuse a la batalla. Pero los guardias estaba extrañamente inmóviles, y el único que se adelantó, con los brazos separados del cuerpo y mostrando que estaba desarmado, fue el señor.

-Guarda tu espada, Eowyn. Hemos venido en son de paz.

Vaya por dios. Con las ganas de juerga que yo tenía (sigue).

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Finales de abril, 1292

La puerta de la taberna del puerto que solía frecuentar retumbó contra el muro produciendo un sonido horrísono, y abierta se quedó, balanceándose por el impulso hasta perder la fuerza. Fuera, la conocida humedad barcelonesa me reclamaba mis huesos como tributo, pero yo le hice una higa y avancé unos pasos para alejarme del pestilente local. La brisa primaveral venía tan helada como si nunca tuviera que llegar el cambio climático y como si el fuego que destruiría siglos más tardes los bosques de Galicia, abandonados al vandalismo y a la especulación, no fuera más que una absurda pesadilla, pero no logró apaciguar mis exaltados ánimos; así que busqué algo interesante que patear para desahogarme: un montón de desperdicios, algún ladronzuelo dispuesto a aligerarme de mis escasas pertenencias, un Mosso de Esquadra con ganas de atizar a discapacitados  sin que sus amos marquen límites a su violencia… pero no tuve suerte: los malos siempre se esconden como ratas cuando más necesitas de ellos, o bien huyen por la puerta de atrás tras haber prometido, entre otras falsedades, “dar siempre la cara”.. No me quedó otro remedio que descargarme de mi frustración bufando como una mula de la peor raza, aunque ni siquiera eso me fue permitido: sin que la agrietada y sucia madera hubiera tenido mucho tiempo de descansar sobre su dintel, una iluminación temblona en el acceso al local reveló que alguien venía a acompañar mis cuitas, o al menos a huir escapado de aquel antro de perdición; y en ella vi como se recortaba la figura delgada  e inquieta de Yannick el Terrible.

-¡Pero, bueno, compañera! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te has ofendido de ese modo? –como siempre, su voz surgió sin acento identificable, o tal vez con todos los acentos del mundo. Nadie sabía de dónde procedía Yannick; posiblemente ni él mismo.

-Pues pasa que estoy harta de todos vosotros. De todos –le di la espalda. Aunque la verdad era que no recordaba la causa por la que me había cabreado tanto con mis habituales colegas de taberna, los mismos con los que venía encontrándome casi cada noche desde que residía en Barcelona. Pero es que últimamente nada parecía funcionar como debía y daba la sensación que la gente se empeñaba en decir las palabras más inconvenientes. Lo que hace la falta de un sistema educativo en condiciones para los pobres; bueno, qué voy a explicaros a vosotr@s, lector@s, si pronto lo vais a averiguar, lamentablemente. Sin embargo, no podía enfadarme con Yannick-. Excepto de ti –me volví e intenté dirigirle una mirada cordial, aunque la rabia me pesaba sobre las comisuras de los labios, estirándolos hacia abajo-. Eres demasiado joven para que se te tengan en cuenta las tonterías que dices.

Él se acercó hacia mí y me palmeó por el hombro.

-Muchacha –el chaval observaba una total falta de respeto hacia mí a pesar de que tenía edad de ser su madre, por lo menos si hubiera concebido a la temprana edad a la que mi familia pretendía venderme al mejor postor. Y es que yo no era una mujer verdadera, según Gallardón-, últimamente estás imposible. No nos toleras nada. Ni a nosotros ni a nadie. Y no hacemos nada que justifique tu mal humor. ¿Qué es lo que te está sucediendo?

Su tono mesurado tuvo el poder de disipar las brumas de mi mente. Tal vez, incluso, tenía razón, tal vez mi malhumor fuera algo exageradillo y ninguno de los integrantes de aquel grupúsculo de ejemplares de la peor sociedad barcelonesa, que en el fondo eran buena gente aunque la diplomacia no fuera una de sus virtudes, en ningún momento hubiera pretendido ofenderme. Me senté en el tercer peldaño de una escalera que ascendía a una vivienda cercana.

-Tú no lo entiendes. No le pides nada a la vida, excepto ser libre y que no te impongan normas, navegar y conseguir el botín suficiente para comer y beber tranquilo una temporada –ya habréis comprendido que Yannick se dedicaba al noble arte de la piratería-. Ni siquiera te preocupan las mujeres, eres demasiado joven para eso. Yo, sin embargo…

-Creí que también valorabas tu libertad más que cualquier otra cosa –objetó.

-Y así es. Eso es incuestionable. Pero quiero más. Últimamente noto que me hace falta algo. ¿Sabes que a mi edad hay muchas mujeres que ya han muerto de parto? ¿O de cualquier otra cosa? –en la Edad Media ya nos hemos acostumbrado a eso, a que nuestra vida valga menos que el contenido de una bacinilla; qué se puede hacer, no hay manera de evitarlo. No es como si tuviéramos medios para cuidar de la salud de tod@s y no lo hiciéramos. No es como si cerráramos hospitales, enviáramos a los profesionales de la medicina al paro o permitiéramos que en tantos países no exista sistema universal de salud. No es como si nos obligaran a pagar indefinidamente lo que hemos pagado sin retribuirnos por nuestro trabajo. No es como si conociendo a la ciencia la canjeáramos por la religión-. Me estoy acercando peligrosamente al límite de  la esperanza de vida de este siglo, y no he hecho nada útil en  toda mi existencia.

-Pues yo diría que sí lo has hecho –me interrumpió Yannick.

-Sí. Sobrevivir. Arrastrarme en las misiones más cutres por un mendrugo de pan -aduje yo.

-Pues a mí me parece suficiente…

-No –le corté-. Están pasando muchas cosas. Y yo estoy aquí, sin hacer nada. O al menos, sin hacer lo suficiente –me hizo un signo de que continuara, y así lo hice-. Hay un lugar a donde también pertenezco y que hace demasiados días que ya no frecuento. Un lugar que odio y amo al mismo tiempo, y donde me necesitan… bueno, necesitan a cualquiera que quiera echar una mano, no específicamente a mí, claro. En ese lugar se está gestando algo que se podría llamar la lucha final, en la que solo quedará uno, si puedo expresarlo cinemato… de manera propia de los trovadores, quiero decir. Y parece ser que de momento quien quedará es el que menos tiene que quedar. Quien más daño ha sido y es capaz de hacer a la Humanidad…

-¿Y cómo se llama ese hijo de puta?  -me interrumpió el jovenzuelo-. Mira que llamo a mis amigos y me voy para allá…

-Antes se llamaba Capitalismo –expliqué yo-. Aunque ahora es algo mucho peor. No obstante será mejor que lo olvides, está demasiado lejos para ti. Y ahora parece que incluso para mí. Pero lo peor es que ya no sé por qué quiero hacerlo, por qué quiero ir allí y arriesgarlo todo, arriesgarme a no volver a este tiem… ejem… a este lugar que después de todo es mi casa, y cuyas leyes entiendo, y que por muy podrido que esté es mi mundo. No sé si lo hago porque me preocupa la gente de ese sitio o si solo soy incapaz de resignarme a no hacer algo heroico, algo que me reivindique de todos mis errores. Algo que dé sentido a mi vida… Hasta ahora no he hecho más que recorrerla egoístamente, sin aportar nada.

El piratilla negó efusivamente con la cabeza.

- Eowyn, se pueden decir muchas cosas de ti y no todas buenas. Tienes un carácter endiablado, no aceptas una crítica, a veces ignoras el riesgo y pones en peligro a los que tienes a tu lado y algunos rumores afirman que en ocasiones te dejas llevar demasiado por… los excesos… Pero no me digas que eres egoísta porque no me lo creo. ¿Sabes cuál creo que es tu problema? Que no confías en nadie. Tal vez si compartieras tus problemas verías que no son tan graves.

Mi filósofo amigo acababa de dar de lleno en una herida abierta.

-¿Confiar? ¿En quién? Yannick, tú y yo dentro de unos días tal vez no volvamos a vernos nunca. Además, la gente como yo no puede tener amigos en quién buscar consuelo. Estamos secos por dentro, nuestro corazón está tan helado como el filo de nuestra espada.  Así soy. ¿Me creías diferente?

-Sí, te creía diferente –el tono de mi interlocutor fue duro-. Mucho más valiente. Capaz de arriesgarte a sufrir. Pero veo que esto no está en tus planes.

Era muy fácil para alguien como Yannick hacer esas afirmaciones: él se tenía a sí mismo, siempre se había tenido, y por tanto no necesitaba a nadie. A mí hacía tiempo que me habían arrebatado las posibilidades de ser yo; por eso necesitaba de los demás. Demasiado. Pero no estaba dispuesta a dar nada de mí misma. Ni a permitir que volverán a traicionarme.

-Pues lamento decepcionarte. Esto es lo que hay.

Me levanté de mi asiento de dura piedra y me marché en dirección contraria a la taberna: ya había hablado bastante por aquella noche. Yannick me dejó marchar, sus deseos de arreglar el mundo en mi persona al menos temporalmente defraudados: él también quería ser un héroe. Y tal vez, como yo, nunca pasaría de sucio esbirro… Me dirigía al establo donde me esperaba mi caballo, concentrada en esos pensamientos y en otros. Erróneamente, dejé de prestar atención a mi alrededor: la lucha que entre la conservación y la autodestrucción se libraba en mi mente estaba decantándose peligrosamente por el segundo contendiente, y no me percaté de la sombra que acechaba en el estrecho portal ante el cual en ese momento estaba cruzando, hasta que fue demasiado tarde. (sigue).

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Y lo peor de todo es que hay gente que sigue pensando que facilitando el despido aumentarán las plantillas; que congelando los sueldos se incrementa el consumo; que suprimiendo ayudas a la cultura y la enseñanza, y al empleo, seremos un país más competitivo; que las grandes corporaciones internacionales crean puestos de trabajo de calidad y han de tener más facilidades que las pequeñas y medianas empresas del territorio; que convirtiendo España en un gigantesco casino, paraíso maloliente de mafiosos premiados con amnistías y leyes a su conveniencia, va a mejorar nuestra calidad de vida; que los cuatro fraudes en la prestación de desempleo son los que nos han llevado a esta situación, y no la evasión de impuestos; que somos los vasallos de Alemania y de lo que representa y le debemos pleitesía; que los dependientes que no puedan pagarse los cuidados han de ir a pudrirse a las cunetas; que la salud es para el que pueda pagarla (dos veces); que nuestros impuestos no han de revertir en protección y servicios, sino en sueldos de políticos fascistas y genocidas y en sus corrupciones varias; que ahorrar en protección de incendios en Galicia no va a a tener ninguna consecuencia; que con más ladrillo y más destrucción de espacios naturales se va construir la economía más saneada y sostenible; que la memoria de l@s que lucharon por un mundo mejor se puede sepultar quitando placas y nombres de teatros y borrando murales; que los que protestan contra este estado de cosas, a menudo jugándose la paz y la integridad física, son el verdadero problema y contra ellos valen todos los medios, sean policías infiltrados cometiendo atentados, violencia indiscriminada aunque sea contra menores o discapacitados, represión de denuncias de agresión policial o equiparación penal con terroristas (¡y ellos se atreven a hablar de terrorismo!).

Pero lo que ninguno de ellos sabe, ni los votantes ni los votados, ni los que continúan intentando mentir al pueblo en un ejercicio de hipocresía (porque ya no les importa si nos creemos o no sus mentiras), ni los que continúan justificando la utilidad de su sufragio estúpido e insolidario (aunque ya sospechan que se volverá contra ellos) es que pronto nos convertirán en lo que más temen. Por mucho que nos encierren preventivamente.

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Ayer Barcelona era un campo de batalla, y no solo en el sentido en que la caverna mediática lo quiere resaltar, y también fue un campo de sueños. Era el escenario donde mis camaradas y yo nos desplegamos para pedir a la ciudanía condal que abriera los ojos a la realidad desoladora en la que nos había instalado el sistema, que no intentara justificar más lo injustificable y que dejara de ampararse en el miedo, que no relegara en l@s demás la cómoda tarea de luchar por sus derechos, que tomara el gobierno de su ciudad, de su país y de su vida, que se comprometiera con una lucha que era de tod@s y, sobre todo, que apostara por la esperanza, o bien peleara sin ella. Fueron momentos de unión con propios y extraños, de debate, de extrañas coincidencias y de no menos curiosas hermandades, y de triste constatación de que la ira y la frustración siempre acaban cebándose en el que parece más débil, o al menos en el que más se expone. Ayer Barcelona fue escenario de una manifestación continua, ayer la calle era nuestra y nuestro era un poder que, compartido por tod@s, no podía ser lesivo para nadie. ‘Disfrútalo’, le dije a un camarada. ‘El Tiempo de las Cerezas siempre acaba pasando’.

Ayer hubo hermandad, hubo debate, hubo lucha, y hubo rabia. La rabia de quien no tienen nada que perder. Rabia que no justifico, entre otras cosas porque no me parece razonable ni operativa, pero que no podemos negar que es una de tantas consecuencias de la situación. Pero me quedo con una imagen: después de que conseguimos echar a los Mossos de Esquadra de los templos del capitalismo en Barcelona, la Bolsa y el Corte Inglés, este último, cerrado ya, fue asaltado por unos encapuchados. Con perfecta coordinación machacaron los cristales del establecimiento y tiraron un cóctel molotov antes de desaparecer entre la multitud; antes de que el fuego hubiera tenido casi tiempo de prender, los coches de policía cercaron la plaza y comenzó la batalla campal de la que han hablado los medios. Y yo no dejo de pensar que los ojos de esas personas, la única parte de su cara que no ocultaban, mostraban una airada y feroz determinación, muy intranquilizadora, que yo no había visto en ninguno de los piquetes, más o menos radicales, con los que me había topado en todo el día. A partir de ahí, cualquier lectura es posible: yo ya tengo la mía.

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Chapa_huelga 29M IU No negociem els nostres drets!

Primero se llevaron nuestra identidad, luego nos quitaron nuestra memoria, más tarde volvieron a asesinar a tod@s l@s que murieron por nuestros derechos, a continuación incendiaron el futuro, después desarbolaron la esperanza. A veces es tan triste haber tenido razón… Y esto solo será el principio. Nos equivocamos, sí. Dejamos que nos confundieran los que sabían cómo sacar a la luz nuestros peores, y más estúpidos, instintos. Pero el pasado traicionado, el pasado olvidado y obligado al olvidar; el futuro vendido y ni siquiera al mejor postor; aquellos años en los que, sumidos en una euforia que en el fondo sabíamos falsa, inoculada en invisibles 365 líneas de coca, cambiamos la actividad por la pasividad, la solidaridad por la codicia, el cálido sentimiento de grupo por la individualidad más helada y vacía; las estentóreas carcajadas con las que humillábamos a los que siempre fueron fieles a ell@s mism@s, l@s que fuerons siempre fieles a nosotr@s, los epítetos que dirigíamos a aquell@s cuya lucha sin descanso es la que ha preservado lo que queda. Todas esas cosas nos están llamando a proclamar que el 29 de marzo de 2012 puede ser un gran día si todas y todos lo queremos así, si nos quedamos al lado de nuestr@s compañer@s, si aprendemos que podemos estar tan unid@s como nuestro insulso y monocorde enemigo, quizá por eso tan fuerte. Si sabemos que esto solo será el principio.

Instrucciones para la huelga

  • Manifiestos varios (se admiten sugerencias)
  • Carteles alternativos (si os gustan, los podéis pillar)
  • Después de leer esto nos quedarán excusas
  • Elogio de los piquetes (por cierto, una servidora también estará)
  • Algunos llamamientos (ATTAC-Acordem y XSUC)
  • Esta huelga es también una huelga de consumo, no lo olvides
  • Kit huelguista
  • Si se os ocurre que más puedo poner, ya sabéis, comentario o correo.
  • El 29M nos vemos en la calle!

     

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    Sí, lo sé, sé que mi los rumores que corren sobre mí no apuntan precisamente hacia esta afirmación, pero os prometo que soy una persona muy pacífica. Nunca empleo la violencia como argumento, excepto si me pagan por ello (y esto no cuenta, que una necesita comer y sobre todo beber regularmente, y el mantenimiento de mi equipo militar es muy costoso) o si no hacerlo supone sencillamente ser una estúpida sumisa, cosa que no va en absoluto con mi temperamento. Así que si llega a vuestros oídos una anécdota protagonizada por mí en una taberna de Damasco donde al parecer di muestras de un execrable comportamiento, haced oídos sordos, que la gente es muy mala. O en cualquier caso, antes de juzgar, oíd mi versión.

    La velada en cuestión yo me encontraba rumbosa pues había conseguido arrancarles unas cuantas monedas a los tacaños de Gustaf y Karl; por si fuera poco me topé con unos compañeros de aventuras nuevos en la ciudad a los que hacía tiempo que no veía, y son tan pocas las ocasiones que tengo de hacer vida social que me pareció buena idea invitarlos. Así que insté a mi tabernero habitual a sustituir el habitual brebaje inmundo que acostumbraba a servirme, cuya nefasta calidad había creído yo motivada exclusivamente por su bajo precio, por un vino de más categoría. Pero al primer sorbo de la copa noté que aquel supuesto caldo exquisito por el que me habían cobrado el sueldo de un mes tenía el mismo sabor vomitivo que aquel del que el dueño del local solía proveerme en tiempos de carestía económica, y además mis colegas, carentes de un estómago acostumbrado a las mala vida como el mío, comenzaron a experimentar los síntomas propias de una indisposición importante. Inmediatamente exigí una explicación y/o una rápida devolución del importe de la consumición, acompañando el requerimiento con una buen puñetazo en la mesa, mientras las quejas de otros clientes que se habían visto estafados de la misma manera, todos ellos extranjeros y en situación precaria en el país (para que tuvieran menos posibilidades de quejarse, desde luego el cabronazo sabía elegir bien a sus víctimas) coreaban mis palabras… A todo esto, mis compañeros se encontraban cada vez peor y aquel malnacido continuaba ponderando la calidad de su bazofia líquida con la mayor desfachatez y sin rendirse a las evidencias… De acuerdo, reconozco que coger al individuo en cuestión por los pies y aguantarle la cabeza casi un minuto dentro del tonel de aquel veneno para que tomara de su propia medicina tal vez fue algo excesivo, pero creo que la situación lo merecía con creces. Aunque ¿os imagináis cuál fue la noticia que corrió por los mentideros de la villa después del suceso? ¿No? Pues en absoluto “Tabernero estafador que ponía en peligro la salud de los inmigrantes por fin desenmascarado” sino “Mercenaria cristiana sin corazón agrede salvajemente a un honrado comerciante de nuestra ciudad”, con lo que podemos concluir que la prensa, a pesar de su evolución en las formas, no ha cambiado ni un ápice en su fondo desde la Edad Media hasta el maldito siglo XXI. Medalla de Oro a la Imparcialidad Informativa. Vamos, como si hubieran llenado las redacciones de barones del PP o colocado al jefe de programas de Intereconomía al frente de la Agencia Nacional de Noticias de Siria. Y aún menos mal que a nadie se le ocurrió decir que la culpa era del PSOE.

    Pero esos eran otros tiempos, tiempos mucho más felices que los actuales, o al menos más tranquilos. Y es que durante mis días trabajando en Damasco no pensé que fuera a tener más motivos de indignación que las disputas de con mis bienamados jefes por motivos de sueldo u horarios de trabajo, o las rencillas de taberna. Pero me equivocaba, y mucho. Bien, para seguir con la historia donde la dejé la última vez, después de escaparme de la prisión del Sultán me deslicé subrepticiamente hacia la posada donde me alojaba, con la lógica idea de hacerme con mis pertenencias y salir escapada antes de que mi fuga fuera detectada, pero una vez allí me encontré con la desagradable sorpresa de que los soldados del Sultán habían asaltado mis aposentos y habían arramblado con los escasos bienes que me acompañan en mis andanzas: vamos, que desde la espada y la cota de mallas, hasta la última de mis camisas, pasando por las escasas monedas que tintineaban en el fondo de mi bolsa, todo había desaparecido; ni siquiera mi caballo había escapado de la avidez de aquellos desalmados. Solo me quedó una solución, que fue salir con la misma discreción con la que había entrado para evitar que el posadero me reclamara un importe por sus servicios que de ninguna manera habría podido sufragar, y lanzarme a los caminos amparada en mi traje masculino y tapada hasta los ojos, para dejar al descubierto las menores características de mi feminidad posibles.

    Así lo hice, y una vez finalizada la primera parte de la operación llegó el momento de las preguntas. ¿Qué podía hacer con mi vida llegada a este punto? ¿A dónde me dirigiría? Tenía que reconocer que a lo largo de mi existencia me había metido en situaciones de difícil escapatoria, y de todas había salido de una manera u otra. Pero aquello superaba toda la historia de mis lances: no solo no llevaba mi fiel espada conmigo, cosa que me hacía sentir peor que desnuda, ni a mi querido Rayo Blanco que esperaba que pudiera hallar la felicidad y la paz con un propietario menos dado a aventuras, sino que ni siquiera podía arriesgarme a mendigar un mendrugo de pan por temor a que llegara a los oídos del Sultán que todavía andaba por los alrededores: desde luego no hubiera podido hacer mucho contra sus esbirros sin armas con que defenderme ni caballo con el que largarme a toda velocidad. Y para mejorar la cosa, mi situación financiera no me permitía conseguir pasaje en ninguna embarcación que se dirigiera a donde fuera. Tampoco tenía demasiados amigos en la ciudad dado mi carácter independiente y poco dado a familiaridades, y a los pocos que merecían ese nombre no deseaba ponerles en ningún aprieto, así que solo me quedaba una única y poco ideal opción: llegar como pudiera a Sidón para rastrear los pasos de mi viejo compañero, si es que seguía vivo, y conseguir que me resarciera mínimamente de todo lo que había tenido que pasar por su culpa. Así que hasta allí decidí dirigirme, aunque nada convencida.

    No voy a explayarme en las vicisitudes de mi errar por aquellas tierras de Dios, o mejor dicho, tal como estaban las cosas, de Alá. Tan solo os diré que pasé más frío que un estudiante valencian@ de Secundaria antes de ser calentad@ a golpes por la Policía Nacional; que sufrí más hambre y sed que tras la anunciada privatización total del agua y demás bienes de primera necesidad; que me aburrí tanto como si me hubieran quitado de golpe y a la vez el Megaupload, a Bob Esponja (aunque a mí me gusta más ‘Código Lyoko’) y los programas más presuntamente rojillos de RTVE; y que cuando días después arribé por fin a divisar la ciudad del Castillo del Mar, mi agotamiento era igual que el de cualquier hipotecado hasta las cejas y afectado por la Reforma Laboral, obligado a trabajar horas y horas sin extras a las órdenes de un directivo con contrato blindado para no ser despedido gratuitamente por un adinerado empresario que pretextara haber perdido tres céntimos en el último ejercicio. La rabia me consumía y me tentaba regodearme en ideas de venganza, pero decidí ser práctica: en ese momento Némesis no era la más indicada para sacarme de aquella situación. Pero ya llegaría mi momento; antes quizá de lo que muchos se esperaban.

    Sidón se reponía lentamente de la cruel invasión sufrida unos meses antes, entre huertos, palmeras y frutales. Viendo su conocida silueta en la lejanía, con el Castillo del Mar ofrecido como un regalo de los mortales a Neptuno, sentí estrecharse de nuevo, con más fuerza, el lazo que me ataba a aquellas tierras llenas de historia y belleza, que todas las peripecias nunca podrían hacerme odiar. A todo esto estaba cayendo la noche y estimé oportuno descansar un poco antes de plantearme cuál sería la mejor manera de entrar en la ciudad y qué disfraz adoptar, y cómo conseguirlo, para pasar lo más desapercibida posible en el lugar y poder hacer mis averiguaciones. Así que me refugié en un bosquecillo cercano y allí, apoyándome en el grueso tronco de un viejo pino, me arrebujé en mis amplios ropajes, algo estropeados por el viaje y en una situación higiénica que dejaba bastante que desear, y decidí lanzarme en los brazos de Morfeo para recuperar mínimamente las fuerzas.

    Estaba ya a punto de amanecer cuando algo me despertó. Aturdida, escuché unas voces masculinas en cuyos tonos parecía mezclarse el asombro y la inquietud.

    -¡Es una mujer! –oí-. Alguien me destapaba el rostro y me quitaba el turbante, de modo que mi melena, que había crecido demasiado para mi comodidad, estaba revelando peligrosamente mi género. Inmediatamente, sentí unos brazos cubiertos de hierro que me sostenían y unas manos ásperas que me tocaban el rostro. Estas confianzas acabaron de despertarme por completo, y me erguí de un salto no sin antes arrear un par de puñetazos a diestro y siniestro para liberarme de aquellos villanos que osaban perturbar mi intimidad.

    -¿Qué se supone qué estáis haciendo? Retroceded, si no queréis que os prive de la poca masculinidad que debe de quedaros si os atrevéis a agredir en grupo a una mujer indefensa. O supuestamente indefensa, porque si tuvierais la más mínima idea de quién soy yo os habríais marchado ya con vuestros cortos rabos entre las piernas.

    En casos como este, los agresores suelen hacer caso omiso de tus fanfarronerías y te las ves y te las deseas para desprenderte de ellos. Yo ya estaba dispuesta a vender cara mi vida y mi virtud, o más bien lo poco que de ella quedara, cuando comprobé asombrada que los desconocidos, en lugar de atacarme, me apuntaban con sus antorchas para observarme mejor. A su luz, vi que todos estaban envueltos en capas negras, que mantenían pegadas a su cuerpo como si quisieran fundirse con las sombras. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó y, os lo creáis o no, me hizo una cortés reverencia.

    -Mi señora Eowyn de Camelot, supongo. Por fin os encontramos.

    A veces tengo la sensación que soy más conocida que la Moños. Justo cuando más me esfuerzo en pasar desapercibida.

    -¿Qué os hace pensar que soy tal persona? –contesté yo con enfado, sin relajar mi postura. El hombre dio un paso más hacia mí y, sonriendo, dejó que su capa se abriera y se mostrara el conocido hábito blanco con la cruz roja que aparecía en mis peores pesadillas.-. ¡El Temple de nuevo, malditos seáis! –tuve que exclamar, montando en cólera-. Pero ¿es que no me vais a dejar descansar nunca?

    Al recién llegado parecían hacerle mucha gracia mis poco halagüeños sentimientos respecto a su milicia.

    -Contestando a vuestra pregunta, diré que respondéis perfectamente a la descripción que alguien que os conoce muy bien hizo de vos. Esa persona nos envió a buscaros hace ya algunas semanas: ni él ni nadie hubiera pensado que os encontrabais en Tierra Santa, hasta que llegó a nuestros oídos una curiosa historia sobre un tabernero y una mercenaria cristiana en la cual a nuestro común amigo vio rasgos que le recordaron enormemente a vos. Así que nos rogó encarecidamente que averiguáramos qué hacíais por estas tierras, temiéndose una trampa, cosa que desgraciadamente resultó cierta. Después vinieron algunos desencuentros provocados por la mala fortuna, vuestro encarcelamiento por parte del Sultán, la huida posterior y este hallazgo que ha obedecido más a la Providencia que a otra cosa. En realidad pensábamos que estaríais escondida en Damasco, esperando una oportunidad para deslizaros a escondidas en alguna embarcación; de hecho, nos disponíamos a regresar a Chipre a confesar el fracaso de nuestra misión, cuando nos pareció ver un árabe desmayado o muerto apoyado en un árbol y… el resto ya lo sabéis.

    Yo le miré aún con desconfianza. El que su historia pareciera coherente no significaba de ningún modo que también fuera verídica; aunque realmente debía de tener yo tan mala cara como para que hubieran creído al verme que no me hallaba ya, o al menos no me hallaría por mucho tiempo, entre los vivos. Uno de los hermanos, de entre los más jóvenes, se me acercó para ofrecerme un poco de agua, lo que al parecer había sido su intención cuando me sacaron con tal brusquedad del mundo de los sueños; yo acepté, haciendo un gesto mínimamente cordial. ¿Acaso eran ellos los “extraños viajeros” de los que me había hablado Gustaf? La perspectiva no me parecía muy halagüeña: yo había luchado al lado de esa gente en las murallas de Acre, y sabía que en su mayoría eran valerosos y leales, pero también simbolizaban dos de las cosas hacia las que sentía un aborrecimiento creciente: el imperialismo y la religión, sea cual sea. Ambas son enemigas de los desfavorecidos y de las mujeres, y yo me encuadro dentro de las dos categorías.

    -Así que me decís que ese grandísimo hijo de puta, que se mete en líos con sultanes sin importarle a quien puede arrastrar en su caída, está vivo –hablé yo, después de echar un buen trago del líquido elemento, dispuesta a encontrar una grieta en su argumentación

    -Efectivamente -el líder del grupo asintió.

    -Pues entonces, dado el interés que según vos ha mostrado en encontrarme, me resulta extraño que no haya venido él personalmente –conocía a mi viejo amigo: entre sus muchos defectos, destacaba que era incapaz de delegar, y eso no me producía ninguna confianza.

    Mi interlocutor aguardó unos segundos antes de contestar, moviendo los labios como si estuviera meditando bien su respuesta.

    -El médico le desaconsejó viajar y el comendador de Limasol se lo prohibió encarecidamente –dijo al fin.

    -¿Ha enfermado? –me interesé yo.

    Una nueva pausa.

    -Digamos que tuvo un encuentro con… alguien… y resultó herido. No gravemente, pero sí de consideración –la manera en que pronunció la palabra “alguien” me resultó extraña. Ahora callé yo, pensando de qué manera formular la próxima pregunta para conseguir la máxima información, ya que el templario parecía algo reacio a suministrarla. Pero fue más rápido que yo-: No temáis. Os aseguro que está fuera de peligro.

    Suspiré.

    -Me dejáis mucho más tranquila. Y ahora que está todo arreglado y que os habéis enterado del motivo de mi visita a estas santas tierras, os pediría que me proporcionarais algo de dinero  y víveres, unas armas y un caballo y que consiguierais meterme en el primer barco que zarpe para Barcelona. No os lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada indirectamente por culpa de vuestra orden, y seguro que vuestro Dios os lo pagará con muchos hijos, o con el equivalente en casos como el vuestro. Y a nuestro común compañero podéis decirle de mi parte que le perdono, que se mejore rápidamente y que ya nos volveremos a encontrar en el Paraíso. Hala, arreando, que tengo prisa.

    El monje guerrero lanzó una sonora carcajada. Al parecer, y por alguna desconocida razón, yo le divertía mucho.

    -¿Tenéis suficiente con esto? –uno de los freires avanzó de entre la comitiva. Llevaba de las riendas a mi Rayo Blanco, con su correspondiente silla y todas las alforjas cargadas con mis escasas pertenecías, mi espada incluida. No pude evitar un grito de júbilo ni una mirada de agradecimiento y me precipité a abrazar el cuello de mi caballo, al que pensaba no volvería a ver nunca más. Oí la voz del líder del grupo detrás de mí.

    -No fue difícil recuperar vuestras cosas cuando supimos que os las habían, por decirlo de una manera, confiscado. Lamentablemente no tuvimos tiempo de liberaos de vuestra prisión pues vos os adelantasteis. Así que es lo único que pudimos hacer para purgar nuestra “culpa indirecta” como vos la habéis llamado. Sé que no es suficiente, pero que sirva como un anticipo.

    Le miré con algo que casi parecía afecto. Soy bastante parca en palabras y en gestos cuando se trata de expresar sentimientos, pero en ese momento le hubiese pegado un beso en los morros si no hubiera sido porque no me apetecía que se malinterpretaran mis motivos. De todas maneras, creo que él me entendió.

    -Solo os pido una cosa: tenéis que acompañarme. Haréis muy infeliz a vuestro antiguo camarada si os negáis a venir. Él os guarda un sincero afecto y lamentaría profundamente no poder disculparse ente vos por los problemas que involuntariamente os ha ocasionado. Tal vez no tenga derecho, pero…

    Yo deseaba dejar las cosas como estaban: Tierra Santa, a pesar de lo que yo la amaba y me identificaba con ella, se estaba convirtiendo en un lugar demasiado peligroso para mí, y no precisamente por las persecuciones del Sultán, mis problemas laborales ni mis reivindicaciones de consumidora; y lo peor es que no sabía exactamente en qué consistía el riesgo, o si lo sabía, pero no me apetecía en absoluto reconocerlo ante mí misma. Aparte de que me negaba a ser cómplice de ninguno de los dos bandos en lucha por aquella codiciada zona, condenada a no vivir en paz en ningún momento de su historia; aquello tenía que acabarse en algún momento, y aunque yo no sabía qué hacer para conseguirlo desde luego que no deseaba confraternizar con ninguna de las partes implicadas.

    Y no obstante comprendí que, por honor, tenía que aceptar la petición del templario.

    -Está bien –concedí-. Os acompaño. Pero solo hasta que salga el primer barco de vuestro puerto. Luego olvidaos de mí para siempre. He tenido suficiente de órdenes religioso-militares para el resto de mi vida.

    Siempre sonriendo, él asintió con la cabeza.

    -Acepto vuestras condiciones. A propósito, mi nombre es Guillaume de Nantes –no añadió ningún título que concretaras su jerarquía dentro de la Orden, y yo no le pregunté: su orgullo y seguridad le señalaban como alguien importante, y la verdad es que yo me perdía un poco con los mandos templarios.

    -Pues encantada. Y no me tratéis con tanta ceremonia, que no soy noble. Y ahora, si me perdonáis y me suministráis un poco de agua, me gustaría cambiarme de ropa y proceder a mis abluciones matinales, que si no me aseo mínimamente al levantarme no soy persona –hurgué en mis alforjas buscando ropa limpia y mi añorada cota de malla. Después procedí a quitarme las prendas que llevaba, ante el escándalo generalizado de los pudorosos monjes, que cubrieron castamente sus ojos con unas manos entre cuyos dedos advertí, no obstante, bastantes grietas. Guillaume, que no dejaba de mirarme como si yo fuera la cosa más graciosa del mundo, hizo un gesto a sus hombres exhortándoles con un gesto a abandonar aquel claro:

    -Os dejamos sola, dama Eowyn. No deseamos acumular más faltas en nuestras pecadoras almas. En cuanto a vuestra falta de nobleza, tal vez deberíais dejar que la juzguemos por vuestros actos–y tras estas misteriosas palabras desapareció en la espesura no sin antes acercarme un poco de agua. Yo me quedé riéndome a carcajadas para mis adentros: qué triste sería la vida si no pudiéramos escandalizar un poco a los fundamentalistas católicos. (sigue)

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    ¿Qué se puede decir que no se haya repetido ya hasta la saciedad? Sobre la destrucción sistemática de las conquistas sociales y el Estado del Bienestar que tanta sangre costaron a nuestr@s abuel@s, sobre la guerra sin cuartel que los psicópatas mercados han desatado contra la ciudadanía global, sobre las acciones concretas de sus cómplices en el Estado español, Rajoy, Mas y satélites, y su ofensiva sin precedente contra la Sanidad, la Educación, la Memoria, la libertad de prensa, religiosa y de opinión, la mujer, los servicios básicos, la seguridad laboral… la paz de la población, en suma. Lo hemos repetido en innumerables ocasiones, y sin embargo parece que no se ha dicho lo suficiente, porque cuando hablamos parece que solo nos responden oídos sordos y, la mejor de las veces, brazos sin fuerza.

    Pero tal vez es que se acabó la hora de las palabras.

    Mientras tanto, aquí os dejo un traducción de una más de las mentiras que el PP quiere insertar a fuego en nuestro cerebro gracias a sus canales de manipulación. Por si alguien aún no lo sabía. Por si sirve de algo.

    http://youtu.be/gW0qhjUR86g

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    (Viene de) La noche había caído. Por el ventanuco de la amplia mazmorra de piedra, donde me hallaba en la más absoluta soledad, como si se hubiera reservado en mi honor, vi una luna llena que se derramaba por las calles de Damasco. Oí un sonido suave procedente de la puerta de entrada y comprendí aterrada que había llegado el momento; pero me equivocaba: en lugar del sultán, sus matarifes y sus instrumentos de tortura, quien había entrado era una joven morena, muy guapa, que se dirigió hacia mí sigilosamente. Cuando estuvo a mi lado me susurró:

    -Sé que sois amiga del cruzado que estuvo aquí hace meses. Era un buen hombre. Deseo con todas mis fuerzas que se encuentre bien.

    -¿Sabéis acaso dónde puede estar? –ella dudó-. No –la tranquilicé yo-, no pienso revelar su paradero, pero me gustaría poder encontrarlo si algún día, aunque nada parece indicarlo, salgo de aquí. La esperanza nunca se pierde… pero tenéis razón, no me lo digáis –no me fiaba de mí misma: era mejor que no supiera nada: así, pasara lo que pasara, hicieran lo que hicieran, no podría traicionarlo. Me mordí los labios: seguramente me estaba comportando como una verdadera pringada.

    -No sé dónde puede estar –replicó ella-. Huyó con Samira, una de las chicas del harén.

    Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Menudo mosquita muerta que estaba hecho el compañero.

    -Ella tenía una misión –continuó la joven-. No era una de nosotras. Y quería que vuestro amigo la ayudara. Una misión importante, realmente importante. Algo por lo que estaba dispuesta a dar su vida… Creo que Samira ha muerto. Lo presiento. Y tal vez vuestro amigo ha muerto con ella.

    Se me heló la sangre.

    -No digáis eso. Tal vez hayan conseguido acabar con éxito la misión, sea la que fuera, y ahora están viviendo felices y comiendo perdices en cualquier sitio. Pero, en cualquier caso, ¿por qué me contáis esto?

    Ella suspiró.

    -Porque no quiero que muráis vos también.

    -Bueno, en eso coincidimos -apunté yo.

    -Alguien como vos no merece acabar así. Sois una guerrera, dueña de vuestra vida, no… -miro hacia el suelo, con tristeza- una cobarde esclava incapaz de rebelarse a su destino.

    Sonreí con amargura.

    -Pero criatura –le dije, pasando al tuteo-, no seas tan dura contigo misma. Nuestras circunstancias son diferentes y no podemos saber qué habría sido de nosotras si estas estuvieran intercambiadas. Yo le he tenido muy fácil en el fondo, siempre había alguna puerta por la que huir, aunque fuera hacia delante. Tú, sin embargo… Además, no tengo nada de lo que enorgullecerme. Peleo por dinero, y también me someto a mis empleadores por un par de monedas, dejando de hacer otras cosas que son más necesarias: no hay honor en eso.

    Ella levantó la mirada: tenía los ojos húmedos. Acercó a mis labios una copa y yo, sedienta y confiada, bebí sin preguntar. Sentí una pesadez en los ojos, no sabía si por causa de la bebida o es que Morfeo me vencía después de aquel largo día llenos de vicisitudes. Casi entre sueños, escuché su voz alejándose.

    -Si vuelves a verle, dale las gracias.

    -No dejes que nadie te convenza de que no puedes ser la dueña de tu destino –le recordé yo, casi incapaz ya de articular las palabras.

    No sé cuánto tiempo dormí. Mientras abría los ojos me sentí ligera, casi liberada: al principio pensé que la muchacha me había dado algún tipo de sedante que me permitiera aguantar mejor el dolor de la tortura; después comprobé que no era exactamente eso. Aunque mi sensación de alivio se vio gravemente menoscabada por la presencia de Gustaf, que estaba mirándome fijamente, a pocos centímetros de mi cara. Hice un gesto de repugnancia.

    -¿Qué quieres, hediondo gusano? ¿No has tenido suficiente aún? Anda, acércate si te atreves que te voy a arrancar el ojo de un mordisco. Aunque luego me pase días vomitando.

    Él no se dio por aludido.

    -Eowyn, vas a hablar. El sultán vendrá pronto con sus hombres y te garantizo que no van a ser dulces ni amables contigo; es un gobernante liberal y amigo de su pueblo –sí, claro, como todos-, pero no es buena idea oponerse a sus deseos. Será mejor que hables. Por tu bien y por el nuestro.

    No puede evitar soltar una risotada.

    -Me siento conmovida por lo preocupado que estás por mi bienestar. Pero tonto del culo, ¿no te das cuenta de que le has vendido humo al sultán? ¿Qué pretendes que le explique, si nada sé? ¿Quieres acaso que me lo invente? ¿Acaso piensas que un hombre de estado bregado en batallas diplomáticas y que ha ganado guerras y conquistado castillos con la correlación de fuerzas no siempre a su favor se va a dejar engañar como un idiota por nosotros? Lo que deberías hacer es decirle que todo ha sido una volada tuya, pedir mi liberación y asumir las consecuencias de tu codicia y tu apresuramiento. Vamos, pórtate por una vez como un ser con una mínima categoría humana.

    Pero él no parecía demasiado animado a seguir mi consejo.

    -¡Sabes algo! –se empecinó, chillando como una mona histérica-. ¡Tengo pruebas!

    -Los cojones tienes pruebas –rebatí yo-. Lo que te pasa es que estás cagándote de miedo. Os habéis metido en un lío, tú y tu amiguito, del que sabéis perfectamente que no vais a salir bien parados. Lo que me van a hacer a mí no va a poder compararse ni por asomo a lo que harán con vosotros –y, haciendo un teatral ademán de alzar mis encadenadas manos al cielo-. ¡Dios mío, quién lo iba a decir, existe la Justicia, al fin! No en las tierras de Castilla, Aragón y territorios limítrofes, por supuesto, pero sí en el resto del mundo! ¡Os van a dar para el pelo!

    Aunque no entendió ni papa, obviamente, de mi exabrupto, lo esencial sí lo captó. Me echó las manos al cuello.

    -¿Te atreves a negarme que esos extraños viajeros que preguntaron por ti ayer por la mañana, cuando estabas fuera de la ciudad, no venían de parte de tu amigo el templario? ¿Es que acaso no ibas a marcharte con ellos? Yo les dije dónde encontrarte.

    Yo no salía de mi asombro ¿Unos extraños viajeros?

    -¿Se puede saber qué estás diciendo? –incluso un inútil como él hubiera adivinado por mi expresión que todo aquello era nuevo para mí. Su expresión se trocó en una de aterrorizada decepción total.

    -Entonces… ¡es cierto! ¡No sabes nada!

    -Joder, hace tiempo que intento decírtelo –me resigné yo. Empezó a pasear por la celda como el proverbial león enjaulado. Al final se detuvo y me espetó.

    - Tienes que decirles algo. Si no, nos matarán a los dos y no será precisamente rápido…

    -… eso también hace tiempo que intento decírtelo –le interrumpí.

    -¡Piensa! –continuó, sin hacerme caso-. Tú conoces a tu amigo. Sabes dónde podría estar. Dónde se escondería si tuviera que hacerlo.

    -Cree el ladrón que todos son de su condición. Él no se escondería. Plantaría cara –respondí yo, orgullosa. Pero no podía quitarme de la cabeza a aquellos extraños viajeros que me buscaban con los que al final, no sabía por qué, no había llegado a coincidir. ¿Los había enviado él? Si era así, ¿por qué no había venido en persona? ¿Y dónde podía haberse metido? Era de suponer que no se había refugiado en Chipre, después de las últimas derrotas cruzadas, pues entonces el sultán ya le había localizado… Vamos a ver, pensé, él huyó de aquí a principios de verano. ¿No hubiera sido lógico que hubiera querido reunirse con sus compañeros en Sidón, si es que la misión de Samira no le llevaba a otro lugar? Miré a Gustaf: maldición, ellos sabían mucho más que yo. Y lo peor es que ni se daban cuenta.

    -Me niego a atrapar una jaqueca por pensar para ti –negué con determinación-. Que él esté donde le haya llevado el viento. Nunca te ayudaría a descubrirlo, ni aunque fuera más fácil de lo que es. Aunque me maten de la peor manera, jamás seré tu cómplice.

    Pensaba que Gustaf iba a tener un acceso de rabia, pero se limitó a mirarme con impotencia y luego paseó en círculos por la mazmorra, de nueva. Era evidente que deseaba decirme algo y al mismo tiempo dudaba si era la opción más inteligente. Pero al fin…

    -En Sidón, tu amigo se hizo con un objeto de poder que el sultán desea. Algo que solo puede tener la persona más poderosa de este mundo, y todo apunta a que el sultán puede llegar a serlo. Si cayera en otras manos…

    Tal vez vosotr@s consideréis que mi situación no era para tomármela a broma. Y seguramente tenéis razón. Pero tras escuchar afirmaciones como la que acababa de oír, solo me quedaba una alternativa, y efectivamente esa es la que adopté: sufrir un ataque de risa, una risa más amarga que alegre, aunque con potencia tal como para despertar no solo a los habitantes del castillo sino a todo el vecindario, si las paredes de aquella celda no hubieran sido tan gruesas. Gustaf se quedó mirándome con la boca abierta y, creo yo, con un hilillo de baba chorreándole por la barbilla.

    -¿Y qué va a suceder si el pretendido objeto de poder cae en otras manos? ¿Es que acaso otorga el poder de hacer la Revolución y triunfar en el intento? Gustaf, ¿te estás oyendo a ti mismo? La verdad, me has decepcionado. Nunca te he pensado que fueras demasiado listo, pero al menos creía que tenías un cierto criterio. Y ahora me vienes con objetos de poder. ¿Quieres que te enseñe un verdadero objeto de poder? Pues aquí tienes: ¡mira, hago magia!

    De un rápido movimiento de manos y pies, me liberé de mis grilletes: hacía un rato que me había dado cuenta de que estaban abiertos: la joven del harén, amiga de Samira, se había arriesgado a perder la vida por el recuerdo de la amabilidad de mi viejo compañero de armas y, tal vez, por mí. Pero a Gustaf no se le ocurrió una explicación tan racional.

    -¡Eres una bruja sierva del Diablo! –me señaló con pavor-. ¡Vade retro, Satanás! ¡Socorro, a mí la guardia! –Gustaf siempre me había guardado bastante respeto: creía que yo sería capaz de vencerle con mis solas manos a pesar de mi evidente desventaja física. Y no se equivocaba.

    -Puedes gritar todo lo que quieras, traidor. Esto es lo que en siglo XXI se llamará una estancia insonorizada. Ven, que te voy a dar objetos de poder. Mis puños, por ejemplo –le golpeé sin piedad, no era el odio el que me movía, tenía demasiados candidatos al aborrecimiento como para preocuparme de un pusilánime de aquel nivel. Pero me interesaba dejarlo fuera de combate cuando antes-. Eres un estúpido. ¿Ni siquiera puedes emplear la religión y las supersticiones para mantener austeros, sacrificados, serviles y contentos a los oprimidos de la Tierra, como hace toda la gente de tu calaña, esos gobernantes corruptos e insultantemente ricos a los que sirves? –no dejé de golpearle hasta que cayó al suelo-. ¿También tienes que creértelas? Has caído en tu propia trampa, tú y los que son como tú fomentan la falta de información, la falta de debate, la ausencia de ideas propias; sois los que queman libros, lo que cierran las escuelas de los pobres o las dejan sin recursos. Pero la filosofía que os habéis inventado os ha acabado dominando. ¡Entérate bien! No hay objetos de poder místicos, ni magia, ni un paraíso donde nos redimamos, ni un Dios bondadoso que hace permite estas salvajadas, como las Cruzadas y sus consecuencias, por nuestro bien! Ni siquiera hay bien en esta Tierra, no hay amor ni amistad, solo gente que se esfuerza por aprender y tiene el valor de asumir que estamos solos y abandonados aquí y que solo nos resta hacer lo que podamos e intentar colaborar, y por otro lado seres como tú, cobardes que pretenden conjurar el miedo a base de acumular riquezas y poder sin cuento. ¡Me dais asco! Aunque me alivia el pensar de que no os queda mucho tiempo de dominio. Solo unos pocos siglos. Y te prometo que me encargaré personalmente de que llegue vuestro fin –ya en el suelo, yo le pateé los riñones con algo más de fuerza de la que hubiera deseado: la tremenda injusticia del sistema al que él servía dócilmente me sublevaba. Pero al final pude respirar hondo e intentar contenerme.

    No podía perder más tiempo. Aprovechando que lo había dejado sin posibilidades de defenderse, le quité la ropa, le vestí con mi sucia y rota camisa, le arrastré hacia la pared y cerré los grilletes en torno a sus tobillos y muñecas. Él soltar débiles lamentos mientras yo me vestía con sus ricos ropajes de estilo árabe (que, por suerte, estaban limpios y casi hasta perfumados; el siglo XXI me ha acostumbrado a la higiene y no hay mañana en que no me tire un buen caldero de agua por la cabeza, al menos si encuentro agua y leña para calentarla). Desde luego, él era mucho más repugnante que sus hábitos. Y así, con la cabeza baja y el turbante ocultando mi pelo, amparada en la oscuridad y confiando en que ninguno de los soldados de la guardia se diera cuenta de que la ropa me iba un par o tres tallas grande o advirtiera algún atributo femenino asomando por ahí, me dirigí a la puerta del castillo, saludé y salí tranquilamente, rogando a los dioses paganos en los que no creo por el bienestar de la joven que me había salvado y prometiéndome que volvería a buscarla; de momento, ella estaba a salvo: sabía que toda la culpabilidad de mi huida recaería en Gustaf.

    De pronto, me hallé en las calles de Damasco, rodeadas por el desierto cercano cuyo aroma se me presenta como una llamada a la aventura. Sobre la sugerente y acogedora urbe medieval, bella y sensual como el juego de luz y brillos de los diamantes y fuerte como la voluntad de luchar sin descanso, no tan diferente a las del siglo XXI, se me superponen otras imágenes; las salvajes instantáneas de otras ciudades cercanas, Homs y Alepo, víctimas de bombardeos y atentados con armas modernas en una guerra tan absurda como todas donde aunque algunos creyeran luchar por la libertad, solo iban derecho a una tiranía mayor, y ni siquiera más solapada. Nada merece ese precio, nada, y menos que si se ha subvertido la rebeldía de un pueblo en aras a unos intereses foráneos muy distintos. Tenía que volver al maldito siglo XXI, volver e intentar evitar, con las escasa armas de las que disponía, que se perpetuara la lógica de la guerra intervencionista, en Siria, Irán o donde fuera, ahora que los imperialistas, tras manipularnos con su crisis, se creen fuertes para emprender acciones para las que no se habían sentido preparados antes, a pesar de sus enormes deseos.

    Y, sin embargo, algo me empujaba a quedarme allí. Para advertir a mi loco amigo de que la baratija a la que había echado el guante era considerada algo capital para mucha gente; sí, a aquel descerebrado que no sabía meterse en líos sin arrastrarme a mí a ellos, por cuya culpa había estado a punto de sufrir “algo peor que la muerte”, y que por si fuera poco andaba por ahí holgando con las huríes del paraíso de Alá mientras yo tenía que renunciar a nobles y hermosos caballeros por ir a buscarle. Malditos intereses particulares, por estúpidos que sean siempre acaban oponiéndose al bien común.

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    Aquello era injusto. Muy injusto. Lo más injusto imaginable. Era tan injusto que ni incluso la gran pantomima de la justicia española, aceptada cobarde y/o acríticamente por l@s ciudadan@s del país, no se podía comparar con lo que me estaba sucediendo ni lejanamente. Porque ¿qué importancia tiene que los asesinos o sus herederos, los corruptos y sus cómplices, denunciaran al juez que trataba de juzgarlos y encima consiguieran que este fuera condenado mientras ellos seguían libres, al igual que todos los demás estafadores del pueblo, cuando yo me encuentro aquí, en febrero de 1292, encadenada en un frío sótano de las mazmorras de la ciudadela de Damasco? Y sin haber cometido absolutamente ningún delito… que no sea hablar demasiado.

    Pero es que mi lengua me pierde. En todos los sentidos. ¿Por qué cojones habría aceptado acompañar a Gustaf y a Karl a Damasco? Supongo que sus falsos elogios confundirían mi vanidad; y la perspectiva de quedar como una heroína salvando a mi antiguo compañero de las garras del sultán de Egipto (o “Califa de Damasco” como le llamaban, los muy incultos, con tal convencimiento que hasta yo me creí que el Califato había vuelto a Siria) tampoco ayudó mucho. O, joder, tal vez estaba sinceramente angustiada por la suerte de un hombre que me había salvado la vida por lo menos tantas veces como yo se la había salvado a él. Vale, de eso se trata entre compañeros de armas, pero bueno, había un cariño… Así que ya me veis, soportando una travesía marítima que en esta ocasión fue más corta, gracias a la ligereza y rapidez del barco y a las condiciones meteorológicas favorables y, una vez en Damasco, haciendo sutiles averiguaciones en las tabernas sobre las posibilidades de entrar en el Palacio para rescatar al jodido templario. Pero al parecer las averiguaciones no fueron tan sutiles, porque una noche, cuando me hallaba soñando con un paraíso de independencia económica, sabrosos manjares, cálidas estancia y atractivos hombretones, me vinieron a sacar de la cama los soldados del sultán en la mejor tradición franquista. Què volen aquesta gent que truquem de matinada? Pues qué iba a ser, mi cabeza de lengua excesivamente suelta. ¿Qué diría el sindicato de mercenarios si lo supiera? Nada, probablemente. Son tan poco combativos y tan traidores como CCOO y UGT. Y ni siquiera podemos aducir en su descargo lo que afirmamos acerca de los sindicatos supuestamente de izquierdas del siglo XXI: que en sus bases nadie presiona a las cúpulas y que es muy difícil afiliar y movilizar a los trabajadores, por apoltronamiento y manipulación, lo que facilita a la patronal inducir a los dirigentes a firmar pactos de supuestos males menores que solo conseguirán desprestigiarlos más, con lo que el poder económico y político matarán dos pájaros de un tiro. Una ventaja tiene todo esto, de todas maneras: a partir de ahora no voy a tener que recurrir a la magia para efectuar viajes al pasado. La reforma laboral del PP lo está consiguiendo de manera natural. Que el diablo se los lleve. Y sobre todo que tengas mucho cuidado de aquí en adelante; no apuesto demasiado por la integridad física de los responsables después de este nuevo atentado de terrorismo de Estado antisocial.

    Pero mis reflexiones tuvieron que interrumpirse en aquel punto. Precisamente, el mismísimo sultán de Egipto, Al-Ashraf Khalil, envuelto en ricas telas, entraba en ese mismo momento acompañado de un nutrido séquito por la puerta de mi celda, entre estruendos de llaves y bisagras chirriantes. Se detuve delante de mí y echó una mirada socarrona a mi lamentable figura encadenada y envuelta solamente con una camisa desgarrada. Pero antes de que pudiera dirigirme la palabra, me encaré con él.

    -¿Vais a explicarme de una vez qué es lo que hago yo aquí? ¿De qué crimen se me acusa? No creo que haber encarcelado a una de las más apreciadas súbditas del rey de Aragón -mentira podrida: Jaume Dos Palitos y yo no nos podíamos ver ni en pintura- ayude a mejorar vuestras relaciones con la Corona, que ya están un poco estropeadas después de vuestras pretensiones imperialistas. ¡Luego querréis firmar con él tratados de ayuda militar, y os sorprenderá que los rompa!

    Me vi obligada a interrumpirme. Un soldado de la comitiva real avanzaba hacia mí con la mano extendida, mientras atronaba:

    -¡No te atrevas a dirigirte en esta forma a mi señor? –yo cerré los ojos, esperando una soberana hostia; pero el aludido parecía estarse divirtiendo.

    -Déjala –detuvo a su empleado-, me gusta su manera de hablar. Es un saludable cambio después de tantas concubinas sumisas –y dirigiéndose a mí-. Lamento comunicarte, dama Eowyn, que sé más de ti de lo que tú crees. Y la información de la que dispongo apunta a que al rey de Aragón no le causaría gran pena tu encarcelamiento ni tu eventual ejecución. Es más: creo que incluso me lo agradecería.

    Yo me encogí de hombros, al menos todo lo que permitía las cadenas que sujetaban férreamente mis pies y manos.

    -Bueno, yo no tentaría a la suerte, si fuera vos. Y ahora, ¿vais a decirme de una vez lo que queréis de mí?

    Su sonrisa se hizo más amplia.

    -No me detendré en circunloquios. Sé que has estado hablando con mis hombres, interesándote por la suerte de un cruzado que estuvo, digamos, hospedado en mi palacio…

    Yo opté por ser sincera. Raras veces es la mejor estrategia, pero en ese momento estaba segura de que lo sería.

    -Es un viejo amigo y estaba preocupada por él. Me enteré de que protagonizó una fuga espectacular de estas mazmorras, ayudado por una de vuestras concubinas que al parecer no era tan sumisa como decís que lo son las demás. Pero desgraciadamente no he averiguado más. Desde que salió de aquí, su rastro se pierde.

    Una serpiente rastrera y repugnante se deslizó desde detrás del sultán, surgiendo de la semioscuridad de las antorchas, y ocupó el primer plano. Casi no pude creerme lo que estaba viendo: era Gustaf.

    -¡No la creáis, señor! Ella sabe algo. Estoy seguro de que se han encontrado, o van a hacerlo. Probablemente incluso sepa dónde está el objeto.

    ¡Maldito traidor vil y fementido! Lo entendí de inmediato: todo había sido una trampa. Los avida dollars de Karl y Gustaf habían oído decir que el sultán buscaba a mi amigo y habían recordado que justamente ellos sabían quién era la compañera de armas más cercana del mismo. Fueron a buscarme para venderme, y si no lo habían hecho antes era porque esperaban que yo consiguiera la información. Pero ¿qué les hacía pensar que ya la había encontrado? ¿Y qué se referían con eso del “objeto”? Escupí en la cara de mi ex patrono (supongo que en esas circunstancias una puede dar una relación laboral por terminada).

    -Gilipollas hijo de puta, eres aún más imbécil de lo que creía. ¿No entiendes que perderás tu cabeza llena de grasientos pelos cuando el sultán se entere de que le has vendido aire? Pero ¿tan obsesionado estás por acumular monedas que te has arriesgado a colgar tu culo de un hilo tan frágil?

    Una sombra pasó por el granujiento rostro de Gustaf: estaba empezando a darse cuenta de que probablemente se había precipitado. Pero yo sabía perfectamente que no era tan idiota para denunciarme al sultán sin tener pruebas más o menos fiables de que la transacción que le ofrecía era justa. Me rompía las neuronas pensando si acaso yo había averiguado algo importante que no había sabido procesar adecuadamente. Pero el sultán nos ignoró a ambos, e hizo una señal a alguien situado detrás de él. Inmediatamente, siete tíos de aspecto imponente, una representación de todas las variaciones étnicas conocidas en la época, salieron a la luz. Iban medio desnudos y armados con enormes alfanjes. El sultán hizo un gesto de suficiencia.

    -No solo tengo eunucos a mi servicio. Estos esclavos, convenientemente escogidos, me están ayudando a que el número de mi servidumbre se mantenga, sin tener que gastar grandes sumas en el mercado de esclavos –debían ser el equivalente medieval de los medios de comunicación y la telebasura del siglo XXI, que también crean esclavos, e incluso esclavos zombis… Pero no, no iban por ahí los tiros-. Su potencia sexual está acreditada –continuó el sultán, algo socarrón-: dicen que pueden soportar más de diez embates amorosos seguidos.

    Resoplé.

    -Pues me alegro por ellos y por sus mujeres. ¿Y?

    -Sabes que odio la sangre. Como buen mahometano, mis costumbres son infinitamente más refinadas que las de los bárbaros cristianos. Y siguiendo mi costumbre he pensado que tras unas cuantas sesiones con mis hombres seguramente perderás todo tu orgullo y tus reservas a explicarnos tus averiguaciones.

    Pues vaya. Así que iban en serio. Pero buena era yo: no estaban tratando con una doncellita asustadiza, sino con una guerrera experta, o al menos más o menos experta. Y no pensaba dejar que nadie me utilizara. Además, en la Edad Media, las mujeres debemos mantenernos casta y puras, obedecer a nuestros padres y esposos y no abortar a no ser que ellos estén de acuerdo. Bueno, en la Edad Media y en la España 2012 de Gallardón y Mato, que está haciendo honor a su apellido, claro: seguimos con los viajes al pasado. Eché la cabeza para atrás y solté una gran carcajada; esperaba que no se me notara que tenía los ovarios en la garganta.

    -Me imagino que este fue el método que empleasteis con el anterior inquilino de estas celdas. Y me imagino también que fracasó estrepitosamente –el silencio del sultán me indicó que había dado en el clavo. Volví a reír-. Los musulmanes me encantáis. Sois de costumbres tan templadas y estáis dispuestos a hacer tales sacrificios por vuestro Dios que os imagináis que nosotros somos iguales. Pues no, mi querido sultán, pues no. A nosotros nos gusta el cerdo, el vino y la compañía de personas del otro sexo; en algunos casos incluso del mismo. Me temo que en el ánimo de nuestro mutuo amigo el templario sin duda pesó más su condición masculina que sus escrúpulos respecto a su Orden –el jodido cabrón… ¡yo preocupada imaginándole víctima de torturas espantosas y él pasándoselo en grande! Me alegraba por él, pero esta me la pagaba, seguro: si le encontraba vivo, iba a ser yo quien me encargara de matarlo-. En cuanto a mí, bien, me parece que mi fama me precede; sabéis que se me conoce por ser algo ligerita de costumbres, para emplear un giro eufemístico –esa es la reputación que me empeño en fomentar; pero la verdad es que no me como un puñetero rosco. Soy casi patológicamente tímida, aunque no lo parezca, y cuando veo a un tío bueno mi primera reacción no es echarme en sus brazos, sino correr a esconderme. Qué le vamos a hacer, no puedo evitarlo… Pero, lector@s, que quede claro que esto es un secreto entro vosotr@s y yo; no se os ocurra ir por ahí divulgándolo-. Así que si pretendéis hacedme confesar lo que no sé de esa manera… bueno, siempre se puede intentar, ¿no? No os garantizo el éxito, pero lo mismo pasamos un buen rato.

    Le miré desafiante, y él a mí, dubitativo, desconfiadamente cabreado y algo desconcertado. Comprendí que había ganado un poco de tiempo; tal vez no más que unas pocas horas. Pero menos era nada. Él me amenazó con el dedo.

    -Te garantizo que no te sentirás tan bromista dentro de un rato. Te lo garantizo –haciendo una seña a su cohorte para que le siguieran, dio la vuelta y salió de la estancia. El último en abandonar mi prisión fue Gustaf, que me echó una mirada medio inquieta medio amenazadora que no me gustó nada. Enseguida oí el estrépito de la cerradura de hierro y me encontré de nuevo perdida en mis pensamientos. Tenía tanto miedo que no me podía permitir el lujo de temblar: aunque me costara, era el momento de tener la cabeza fría, de encontrar una salida, por angosta que fuera. La verdad, no me fiaba de mí misma. Dejando de lado los palos que he recibido en las manis por parte de los Mossos d’Esquadra barceloneses y su colegas de Madrid, siervos de la dictadura española disfrazada de estado de derecho, nunca me había torturado nadie con algo más fuerte que unos cuantos latigazos y unas bofetadas intrascendentes, o con la visión de algún manjar que mi bolsa no se pudiera permitir, y no tenía ganas de empezar en aquel momento. Y de si algo estaba segura era de mi escasa tolerancia al dolor: no dudaba que a las primeras de cambio iba a contar mi vida con un detallismo propio de Proust. Pero, por otra parte, ¿qué podía explicar, si no sabía nada? ¿Y cuál era la información que Gustaf creí que yo sabía, y por qué? En mis averiguaciones, aunque tenía que beber para así emborrachar a mis interlocutores, siempre me contenía para no caer ni de lejos en la embriaguez. Mas ¿y si alguna vez me había descuidado y había olvidado algún dato crucial, que incompleto había llegado a los oídos de Karl y Gustaf? Si era así, esperaba que no se hiciera la luz en mi cerebro por el bien de mi extraviado compañero… Y, por otra parte, ¿cómo podía convencerlos de que no tenía información que aportarles? Solo me quedaba la ínfima posibilidad de ser más diestra con la pluma que con la espada el momento en que me capturaron. Así que me dispuse a afilar mis argumentos: no sabía el tiempo del que dispondría (sigue).

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    Siempre en segundo plano, siempre en primera línea. Fernando Medialdea, Nando, compañero de Maruja (la histórica militante del PSUC-viu y de los movimientos sociales que dejó con dos palmos de narices al mismísimo Trias, alcalde de Barcelona, cuando este iba a entregarle la Medalla de Honor de la Ciudad), murió anteayer. Y ahora el compromiso, la solidaridad, la honestidad, los valores de izquierdas, en suma, están un poco más huérfanos. Justo cuando son más necesarios.

    No me veo capacitada de escribir nada al respecto, así que desfachatademente copio el post del camarada Jordi del blog Del caño al coro. En él cita, entre otras cosas, la última batalla perdida de Nando, contra aquellos que renunciaron a la lucha y además quisieron imponerse con malas artes (ninguna de las dos cosas él la hubiera hecho nunca), y el hecho de que hayan sido los recortes de Mas los que probablemente hayan contribuido a acelerar su fallecimiento, cosa que me llena de una rabia inexpresable, y no solo por él, sino por tantas víctimas anónimas de este miembro de honor de esta Asociación de Psicópatas que gobierna al mundo con sus numerosos adláteres. Rabia inexpresable con palabras, claro, porque conozco otras maneras de expresarla. Y será mejor que no me obliguen.

    Pero os dejo con Jordi. Hasta siempre, Nando.

    Hasta siempre, Nando

    Ayer nos dejó el histórico militante del PSUC y de Comisiones Obreras Fernando Medialdea, marido y compañero fiel de tantas luchas de la respetada dirigente vecinal Maruja Ruiz Martos, más conocida como “Maruja la de Nou Barris”. Todos y todas los que hemos tenido el privilegio de conocerlo y trabajar alguna vez codo a codo con él, tenemos hoy que llorar su ausencia y reivindicar su memoria.
    En cierto modo, también Nando ha sido víctima de la política criminal de recortes en la Sanidad que están impulsando nuestros gobernantes, azuzados por la Banca internacional y los cínicos euroburócratas, pues, padeciendo una grave enfermedad, se le pospusieron y retrasaron intervenciones y tratamientos que deberían, en cualquier caso, haber sido considerados como urgentes.
    En los últimos años de su vida, yo sé que Nando estuvo dolido conmigo, y no sin razón. Él nunca quiso comprender ni disculpar a quienes, en un momento dado, se dejan llevar por el desánimo y abandonan la lucha, ni que sea temporalmente, ni que sea para recuperar fuerzas y recopilar nuevas armas. Como tampoco quiso nunca comprender ni disculpar -y ahí, sí, estuvimos siempre de acuerdo- a quienes, a cambio de una concejalía de distrito o cualquier otro cálido pesebrillo, están dispuestos a abandonar sus principios y traicionar todo aquello por lo que habían luchado.
    La última vez que vi a Nando fue en una asamblea preparatoria del último congreso del Partido; congreso en el que, a la postre, acabaron ganando los que defendían -y defienden- la cálida comodidad del pesebrillo. Es triste que esa última batalla política de Nando fuera una batalla perdida; pero a Nando nunca le asustó ni librar las batallas, ni perderlas. Él siempre fue como esos héroes de la Revolución Francesa que, tras caer abatidos por el fuego enemigo, se levantaban como podían para que siguiese ondeando siempre su bandera. Desde aquí hago propósito de aprender de él, y no desfallecer nunca en el combate, por muy de cara que venga el viento o por adversas que parezcan las circunstancias.
    En personas como Nando y su compañera Maruja era en las que pensaba el poeta
    Bertold Brecht cuando dijo que “hay personas que luchan durante toda su vida, y éstas son las imprescindibles”.
    Hasta siempre, Nando. Tu ejemplo nos acompaña.

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    Una de las pocas ventajas que tiene vivir en un mundo defectuoso y contradictorio es que en ocasiones el peor de nuestros temores puede transformarse en un gran consuelo. Así, cuando me enfrento al más manido tema en toda la literatura y el arte de la Historia, esto es, la terrorífica brevedad de nuestra existencia y la estremecedora velocidad del tiempo, de pronto me doy cuenta que esto significa que a los grandes psicópatas que nos gobiernan, estos que han estafado a l@s ciudadan@s manipulando sus inquietudes más profundas para luego traicionarlos con la mayor vileza, cebándose cobardemente en l@s que se encuentran en situaciones de mayor indefensión, también han de ver su fin. Rodeados de riquezas y en su cama, como han muerto todos los criminales de este mundo donde no hay ya lucha entre el bien y el mal porque el mal ganó hace tiempo, pero muertos, podridos y malolientes, y con un poco de suerte rabiando por la esterilidad de esa vida que ya se les acaba sin remedio. No obstante, la gente como yo no desea la muerte de los asesinos, sino solo la justicia, esa justicia que ellos y los de su ralea no conocen y que tan mal saben interpretar cuando es demandada.

    El mismo sentimiento es el que me inspiran las fiestas navideñas: lo único que me hace un poco más llevadera su existencia es saber que indefectiblemente han de terminar. Y también quizá la leve esperanza de que el próximo año mis ridículos ahorros me permitirán escaparme a algún lugar situado en las Antípodas de Barcelona, donde si pueden ser profesen la religión musulmana, budista, hinduista, animista o pertenezcan a la secta de los Niños del Arco Iris. No hay diciembre que no maldiga la memoria de los Reyes Católicos y su empeño por lograr la Reconquista española, con lo bien que estábamos con los moros celebrando el Ramadán; y es que la monarquía no trae más que problemas, aunque no se tenga a Urdangarín como yerno y por mucho que en RTVE traten de defender lo indefendible como en la mejor época del poco llorado Urdaci.

    Pero lo mejor de la Navidad es que no te sientes sola en tu soledad, por muy solitaria que seas: en cuanto más familias conoces y más celebraciones frecuentas, más caes en la cuenta de los cúmulos de soledades compartidas que son en realidad la mayoría de las agrupaciones familiares, de cuánto rencor, envidia y desprecio se concentran alrededor de las fuentes repletas de turrones, tras el hipócrita maquillaje de las sonrisitas de compromiso. Nunca he creído demasiado en la familia: es evidente, por mucho que se nos quiera cerrar los ojos al respecto, que una parentela equivale a la suma o resta de sus miembros, y si los integrantes aportan poco que sumar y mucho que restar, no podemos pretender que la familia deba ser algo positivo por el mero hecho de ser eso, una familia; pero obviamente se nos maneja mejor en grandes o pequeños núcleos adocenados que en solitario y con el cerebro despierto. Pues bien, no me arrepiento de haber renunciado a esas engañifas vitales, y menos después de la última de mis aventuras, que viene muy a cuento de estos pensamientos.

    Pues hallábame yo de vuelta en el siglo XIII, feliz de haber escapado de los anteriormente citados festejos, cuando en un pueblo cercano a Girona se me presentó la oportunidad de realizar uno de esos trabajos que me hacen sentir orgullosa de mi profesión y por los que ofrezco un precio muy especial (vamos, que los hago gratis, no es cuestión ahora de presumir de caché). Una joven dama, Isabel, me había contratado para que la ayudara a escaparse de un marido maltratador, aunque más que a base de las ocasionales palizas de las que ella bien sabía defenderse, en realidad la estaba matando sobre todo de aburrimiento. Así, tras deshacer todos los obstáculos físicos y esquivar la vigilancia de los parientes del soso cónyuge, Isabel y yo nos encontrábamos cabalgando en dirección a la Ciudad Condal, en cuyas cercanías se encontraba una viuda que se dedicaba a la profesión de herrera y con la que mi nueva amiga había hecho tratos para ser su aprendiza. Y justo era la conversación de Isabel la que me había llevado a perderme en las reflexiones con las que empezaba este relato.

    -No sé cómo pude tardar tanto en decidirme –meneaba la cabeza, expresando un asombro ya antiguo-. Es increíble que en algún momento viera las cosas de manera diferente a como las veo ahora. ¿Cómo podía sentirme culpable de lo que no tenía nada que ver conmigo? Lamentaría los años perdidos, sino me encontrara ahora mismo celebrando los que me quedan por vivir, ahora sí, en total libertad… o al menos en toda la libertad posible que puede disfrutarse siendo mujer.

    Yo asentí.

    -No lo tendrás fácil -tuve que admitir-. Ninguna de nosotras lo tiene. Desde que el poder descubrió que podía conseguir la colaboración de la mitad de los súbditos para someter a la otra mitad, desde que averiguó que son nuestras mejores cualidades las que pueden funcionar como nuestros puntos débiles, lo tuvimos bastante crudo. Es la empatía de los cojones la que nos hace manipulables, igual que es la honestidad de muchas personas la que les hará ser pasto de los buitres del capitalismo en el siglo XXI. No te sientas culpable de sentirte culpable. Te lo inculcaron desde la leche del primer biberón, hasta que te olvidaste de que eras una persona y no un apéndice. Y así hubieran seguido. Y esto no cambiará fácilmente.

    -¿Ni siquiera en ese futuro del que tanto hablas, como si lo hubieras vivido? –inquirió, curiosa.

    -Me temo que entonces tendrán aún más obstáculos con que enfrentarse a nosotras. Y más armas para manipularnos. Y más cabrones a su servicio para traicionarnos–Joana sonrió al escucharme.

    -Tus exageraciones me divierten, Eowyn –a mí no me divertían en absoluto. Resulta bastante aburrido comprobar que mis más pesimistas idas de olla acababan indefectiblemente convirtiéndose en realidad-. Pero me parece que estamos llegando. ¿Te hospedarás con nosotras? Inés estará encantada. ¡Es lo menos que puedo hacer por ti!

    Sin nada más urgente e importante qué hacer, accedí. La casa de Inés resultó ser sencilla y acogedora y la dueña, con solidaridad femenina, estuvo encantada de alojar a la persona que había contribuido a proporcionarla una ayudante. Y de esta manera, entre amenas conversaciones y las pequeñas tareas que me buscaba para hacerles menos gravosa mi estancia, trascurrieron unos cuantos días. Y en cuanto más tiempo prolongaba mi estadía, más presente se me hacía la certeza de que en breve habría de marchar a estrechar de nuevo la mano de mi soledad nómada. La vida no me ha podido enseñar a entregar mi aprecio a los seres humanos, al menos individualmente: cuando estoy a punto de conseguirlo, algo me hace recordar que estimación suele equivaler a pérdida. Y entonces me voy. Desaparezco. En la taberna de Joana (cuyos problemas fiscales estaban temporalmente solucionados, afortunadamente), situada a escasos kilómetros de la localidad en la que me hallaba y que solía frecuentar por las noches, acompañada a veces de Isabel y a veces sola, solía ensimismarme en esos pensamientos cuando no estaba conversando con mi compañera o entrechocando jarras con Sancho, un caballero leonés afincado por aquellos lares al cual parecía que mis encantos femeninos no le parecían tan escasos como yo suponía que lo eran. Y tengo que admitir que el sentimiento era bastante mutuo.

    -¿Y no has pensado nunca en echar raíces? –me decía Isabel guiñando el ojo, al ver las miradas que Sancho me dirigía desde la mesa contigua.

    -Vaya. Justamente tú eres la menos indicada para preguntarme esto –gruñí.

    -Que yo haya tenido una mala experiencia no significa que todas vayan a ser iguales –contraatacó-. ¿No estás cansada de errar de aquí para allá sin más posesiones que un caballo, una espada y lo que contienen tus alforjas, arriesgándote a perder la vida por luchar por lo que tú crees que es justo? Además, este caballero tiene fama de ser muy valeroso y cortés. Y a la vista está que es muy apuesto. Tiene aspecto de saber qué es lo que quiere una mujer en la cama.

    A tanto no había llegado yo, pero un breve encuentro a la salida de la taberna me había demostrado que el chaval en cuestión conocía otras cosas que hacer con las manos aparte de manejar la espada y la lanza. Y dado lo escasas que son esas cualidades en los hombres de hoy, y de todos los tiempos, lo que Isabel había señalado no dejaba de ser un detalle importante a tener en cuenta. Eché una ojeada evaluativa al caballero, y después recordé ciertos amaneceres y atardeceres que había tenido la inmensa suerte de presenciar, el viento en mi cara cuando espoleaba mi caballo al galope, las ocasionales charlas con los compañeros de armas ante el fuego del campamento, el hecho de que ninguna hipoteca física o emocional me ligaba a nada ni a nadie…

    -No, Isabel –resolví-. Tal vez alguna vez desee o deba echar raíces. Pero no ha llegado ese momento ni lo diviso en mi futuro más inmediato. Soy demasiado rica para arriesgar mi pobreza. Y no te preocupes: aunque algunos me tilden de temeraria, me comporto con prudencia y le tengo demasiado cariño a este cuerpecillo lleno de cicatrices para salir a luchar donde no puedo ganar. Aunque si esta noche no te importa volver sola a casa, quizá sería interesante averiguar si tus impresiones respecto a las habilidades amatorias de Sancho son…

    Desgraciadamente, tan emocionantes aunque poca castas intenciones se vieron inmediatamente truncadas. Antes de que tuviera tiempo de terminar la frase, la puerta de la taberna se abrió y un par de seres bamboleantes aparecieron en el umbral. Me costó bastante reconocer a mis antiguos jefes, Gustaff y Karl. Los dos nórdicos habían sufrido un severo retroceso de grasa en sus ya anteriormente magras carnes, y tenían el aspecto desastrado y exhausto de las personas que llevan varias jornadas de apresurado viaje. Sin solución de continuidad, gritaron a la afluencia de parroquianos:

    -¿Alguien aquí conoce a Eowyn de Camelot?

    Yo, escondida detrás de Isabel, me acerqué sigilosamente a Joana y le susurré:

    -Supongo que en este tugurio habrá alguna salida de emergencia…

    Ella se encogió de hombros.

    -Si te refieres a que necesitas escaparte de esos dos, puedes salir por el ventanuco de la cocina. El aterrizaje, como tú dirías, será blando. Es por allí por donde tiro la basura.

    En realidad, no me apetecía demasiado estar oliendo a porquería varias semanas, así es que decidí afrontar valientemente mi destino y di un paso al frente.

    -Aquí estoy. ¿Quién me busca? Ah, vaya, sois vosotros. Casi me alegro de volver a veros. Pensaba que seguiríais pasando hambre y penalidades en esa isla donde dicen que os abandonó Roger de Flor después de pulirse todas vuestras monedas.

    Gustaf hizo como que ignoraba mi tono de chanza.

    -Afortunadamente logramos escapar de allí en una galera templaria. Pero después… -el mercader se enjugó unas lagrimillas con aire trágico. -… fue mucho peor. Nos capturó el califa de Damasco. Menos mal que dada nuestra elevada posición y la estima que nos profesa Su Majestad –otra vez los reyes de las narices jodiendo las cosas, me lamenté yo para mis adentros- nos liberaron casi de inmediato. ¡Pero los días pasados en ese calabozo fueron terribles! –ahora fue Karl el que tuvo que sonarse la nariz ruidosamente.

    -Nada de esto hubiera pasado si hubieras seguido con nosotros –me acusó Gustaf.

    Me encogí de hombros. No veía qué hubiera podido hacer yo solita contra una cohorte de sarracenos motivados.

    -Pues así es la vida, chicos. Yo estaba bastante liada en esos momentos para ocuparme de vuestra seguridad, por si no lo sabíais.

    -Lo sabemos perfectamente –refunfuñó Karl.

    -Tu valor en las murallas de Acre ha sido muy alabado –continuó Gustaf, evidentemente haciéndome la pelota: no había sido para tanto, cojones-. Eowyn, después de todo esto estamos muy asustados. Necesitamos que vuelvas con nosotros –naturalmente, era ahí donde querían llegar-. No podemos ofrecerte más salario del que te estábamos pagando, nos hallamos en crisis desde la estafa de ese vil y fementido traidor; de hecho, tendremos que pagarte bastante menos.

    Maldita sea. Hay cosas que en todas las épocas son iguales.

    -Ni aunque me ofrecierais todo el oro del mundo –reafirmé. Así soy yo de chula: en un momento de la historia en que la gente va loca por pillar un curro, yo me permito rechazarlo. Ni que estuviera nadando en rubíes…

    Karl me miró con expresión taimada.

    -Tal vez haya algo que aprecies más que el oro…

    Yo le miré intrigada, esperando que continuara.

    -Será mejor que salgamos fuera –invitó, saliendo al exterior seguido por su compañero. Miré a Isabel, que no se había perdido una sílaba de la conversación, y me dispuse a seguirles, llena de curiosidad por ver el desenlace de aquella mascarada. En el exterior de la taberna, el rubio le cedió el testigo a Gustaf, quien empezó:

    -Eowyn, nos ha costado mucho trabajo encontrarte. Pero por fin unos colaboradores nuestros –al parecer esa gente tenía espías hasta en el infierno- nos avisó de que te hallabas en esta aldea. Querida amiga –nadie les había convidado a tomarse estas confianzas-, creemos en ti y te necesitamos para que nos protejas. Tenemos que viajar a Damasco, y cuando te comuniquemos lo que sabemos de esa ciudad tal vez tú también quieras venir.

    No sé qué obsesión tenían aquellos dos conmigo, cuando en cualquier parte podrían encontrar guardias mucho más capaces y hasta más baratos. Tal vez era que nadie más tenía la paciencia de soportarlos. Pero les hice un gesto, animándoles a que continuaran.

    -En Acre te vimos a veces hablar con un templario, un tal… ahora no recuerdo su nombre.

    Yo me estremecí, pero guardé silencio.

    -Tal vez era alguien muy querido para ti… -aventuró, el muy entrometido.

    Respiré hondo.

    -Eso no importa ahora. Está muerto.

    Karl negó con la cabeza.

    -Te equivocas. Sabemos de buena tinta que sobrevivió al hundimiento del torreón. Ahora mismo se halla en las mazmorras del Califa, sufriendo indecibles torturas. Según parece, necesitan una información que solo él posee.

    Yo me había olvidado de mi viejo compañero de armas; mejor dicho, me había esforzado por olvidar. No podía permitirme el lujo de seguir recordando a los amigos muertos, sobre todo cuando tenía tan pocos. Dolía demasiado. Pero aquella noticia me hirió aún más.

    -¿Y bien? –concluyó Gustaf-. ¿No vas a decir nada al respecto? ¿Permitirás que él sufra y te quedarás tan tranquila?

    -Contamos con una buena embarcación -Karl le apoyó-. Llegaremos a la ciudad califal lo más rápido posible.

    Llevé la mano a la empuñadura de la espada y la apreté con rabia. Se habían acabado los días de holganza y libertinaje. Les di la espalda y me encaminé de nuevo hacia la taberna.

    -Marcharemos en cuando me despida –decidí yo con contundencia: en realidad nunca había dudado ni un ápice. Mi cerebro, mientras tanto, se consolaba imaginando cómo separaría la cabeza del Califa de su cuello, tras hacerle probar con creces cada una de sus torturas. Y es que estaba visto que todos los monarcas, fueran de Occidente o de Oriente, no servían más que para dar problemas. Si hasta ni los Reyes Magos me habían traído ni un puñetero regalo.

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    Si fuera una persona como debe ser, y no la excéntrica rara vis (valga la redundancia por el énfasis) a la que ahora leéis, me plantearía el día de hoy una retahíla de buenos propósitos. Pero no puedo, por ejemplo, comprometerme a no fumar porque nunca he tenido esa costumbre (aparte de que a lo mejor voy a tener que hacerlo al revés para integrarme en el nuevo mundo mariano), a hacer dieta porque mi simbólico salario de mercenaria no me da ni para engordar un gramo, ni a ir al gimnasio porque ya estoy bastante agotada de echar carreras delante de los Mossos d’Esquadra (no, si aún tendré que agradecerles mi buena forma física). Por cierto, tampoco a aprender inglés porque se supone que ya sé; creo que anda colgado en algún  lugar de mi habitación un título de la Universidad de Cambridge que acredita que mi dominio de la lengua de Shakespeare es más que notable; lo que pasa es que en ocasiones tengo la impresión de que eso no es más que una creación de mis sentidos, y lamentablemente los anglófonos que hablan conmigo están de acuerdo. Vamos, que a Aznar a mi lado casi se le entiende.

    Y si, además de ser una persona como debe ser, fuera una persona como Dios manda, os hablaría en este post de las cosas importantes a las que me dedicaría este año. Os recomendaría que, como yo, siguierais la Fórmula 1, jugarais al pádel y al golf, rezarais mucho, cumplierais el papel asignado en la familia patriarcal, honrarais a los muertos ilustres y comprarais cantidad de productos de marca, preferiblemente si los responsables de la misma se lucran reduciendo al mínimo más inconcible la seguridad laboral de sus trabajador@s y fomentando el trabajo infantil. Porque es digno de respeto saber enriquecerse, y eso te da la medida de tu validez como ser humano. Y así, comprendería que las medidas de austeridad son necesarias y convencería a mis pobretones subordinados que es por el bien del país que se les bajan los sueldos, se les sube vertiginosamente el transporte, se les retiran las ayudas y las protecciones en sus situaciones de peor indefensión, y se renuncia a todo lo que significa ecología, cultura, investigación, ciencia, educación; mientras que las personas que detentan el poder político y económico en el país no deben sufrir ni el más leve pellizco en sus inconmensurables e ilegítimas rentas porque ell@s son los que están en situación de salvar el país; cosa para que la que, desde luego, han demostrado sobrada voluntad, capacidad y resultados. Y también me ocuparía de que nadie pudiera acceder a la escolarización ni a la sanidad si no puede pagársela, que ni está el país para mantener vag@s ni vamos a permitir que l@s parias aprendan a pensar por sí mismos.

    Y si yo creyera en algo, siquiera en la actual medición del tiempo, os desearía feliz año nuevo. Pero aunque hubiera nacido con capacidad de tener fe, esta se hallaría tan menguada por las circunstancias generales, y tal vez por alguna particular, que incluso el axioma “pienso luego existo” me parece dudoso. Así que solo os desearé que, de aquí en adelante y hasta que se acaben los días, los meses y los años, tengan estos el nombre que tengan, nunca os falte el criterio para entender todas las posibilidades, la razón para discernir cuál es la que más os conviene, el equilibrio para poder pararos a meditar, el valor para tomar decisiones y la fuerza para llevarlas a cabo.  Os deseo también que abunden en vuestra vida las personas que os quieran y a las que querer, esas personas por las que vale la pena vivir y luchar. Y que esta noche bebáis (con moderación, je je), bailéis y os divirtáis como si fuera la última despedida de año de vuestra vida. Que quién sabe… Esta que suscribe os acompañará en espíritu desde el reducto de los raros y los excéntricos donde no existen muchas de esas suertes.

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    Todo comenzó cuando, después de casi más de tres meses de inactividad prácticamente total, salí del hospital una mañana de invierno soleada, en las vísperas del solsticio. La estancia en Acre, el pesar por la pérdida de tantos compañeros y la incertidumbre por la suerte que habían corrido otros, combinado con la mala vida que una mercenaria como yo se ve obligada a llegar, habían dejado mi salud bastante tocada. Y los ecos de la actualidad, tanto medieval como futura, que me habían llegado con cuentagotas a través de diversos conductos, no habían contribuido a que recuperara los ánimos. Pero no soy persona que se deje vencer por las adversidades, al menos mientras los viñedos se sigan cultivando, y decidida a probar las nuevas cosechas me dirigí tan rauda y veloz como me lo permitía mi convalecencia a la taberna que regentaba mi amiga Joana, una de las pocas personas con las que podía hablar libremente de mis especiales circunstancias espaciotemporales sin que pensara que estaba para que me encerraran en una torre.

    -En mi vida he pasado tanta hambre -levanté mi jarra de vino e hice un signo a la tabernera-. Eso sin contar la sed, claro. Como tú bien sabrás, eso es algo que el agua no quita, y agua era lo único que me daban en ese sitio. No sé dónde vamos a ir a parar. ¿Cómo podrán venir generaciones futuras sanas y fuertes con esos lamentables tratamientos médicos abstemios? No me extraña que en el futuro las cosas vayan como van.

    -¿Tan terrible será ese futuro del que siempre hablas? -Joana me guiñó un ojo. Obviamente, no creía en mis historias de traslados en el tiempo. Pero las consideraba inofensivas, y le divertían.

    -En el siglo XXI el mundo se desmoronará -contesté, tras otra abundante libación-. Las profecías apunta a que no llegaremos al 2013, y a este paso aún se quedarán cortas. Se está haciendo todo lo contrario a lo que se debería hacer para que activar la economía y preservar los recursos. Y eso es porque no gobierna el más válido/-a o inteligente, sino el inútil más servil o el que ha cometido mayores atrocidades. Como ahora, pero peor. ¿Sabes? Muchos siervos de la gleba viven asfixiados por el feudalismo. Pero el feudalismo no es en realidad un sistema cohesionado, sino tan solo un orden de cosas marcado por las condiciones específicas de este período de la Historia y que le ha venido bien a algunos poderosos. Y ni siquiera tiene alcance global. Pero imagina que todos los señores feudales del planeta Tierra estuvieran conectados por un sistema de información casi instantáneo, y que decidieran unirse y comprar a los estamentos y gobernantes de cada país para quitarnos los pocos privilegios que tenemos. Querida amiga, eso será el futuro. ¡Y pensar que en el siglo XXI le llaman a este tiempo la Edad Oscura! Aunque a algunos aristócratas imbéciles les gustaría volver.

    Joana, dotada de una curiosidad innata que le había hecho adquirir una más que notable cultura para los tiempos, y cuyos razonamientos se podían tener muy en consideración, meneó la cabeza con una sonrisa.

    -Eso que dices es imposible. Supero incluso tus fantasías habituales. No sé cómo no pruebas suerte en la Corte. Seguro que allí les encantarían tus historias.

    Esta es la maldición que ha planeado sobre mi cabeza desde que empecé mi andadura por el mundo: todo el mundo confunde con cuentos de hadas mis historias absolutamente verídicas (aunque, todo hay que decirlo, algo pasadas por el tamiz de la literatura); ¿qué culpa tengo yo de que me pasen cosas que no le suceden a nadie?

    -¿Y por qué crees que es imposible, vamos a ver? -la contesté, no sin antes echarme al coleto otro trago.

    -Pues porque no tendría sentido -respondió ella rápidamente-. ¿Qué más podrían quitarnos? ¿Qué más les podríamos aportar? Tienen todo lo que desean, más de lo que podrían desear. ¿Acaso someternos un poco más, empobrecernos un poco más, conseguir que seamos aún más infelices y que esto redunde en la calidad de nuestro trabajo, les va a proporcionar algún tipo de satisfacción?

    Yo hice una pausa para meditar.

    -Es la pregunta que siempre me he hecho. Pero me temo que la respuesta es sí. Y la razón es que los poderosos, o los mercados, como se les llamará entonces, han entrado en una espiral psicopática. No lo hacen porque tenga ninguna necesidad; lo hacen porque pueden hacerlo. Y porque son incapaces de sentir empatía.

    En aquel momento, como suponiendo una respuesta a mis pensamientos, se oyó un ensordecedor sonido de cascos de caballo afuera. Una numerosa comitiva se aproximaba, y no sé por qué algo me hacía presentir que con no muy buenas intenciones.

    -¡Son los recaudadores del Señor! -exclamó Joana tras otear por la ventana-. Me temo que debemos algunos impuestos.

    Me acerqué a ella y eché un vistazo.

    -Bah, mis cálculos eran exagerados. No son más que siete caballeros, y están bastante flacuchos. Los señores feudales ya no cuidan su capital humano tanto como antes… bueno, peor para ellos. Entre tú y yo podremos vencerlos sobradamente, y seguro que estarán un par de meses sin volver a molestar. Aquí no paga nadie. Coge una banqueta en cada mano, y vamos al lío.

    Joana me obedeció, mientras aseveraba.

    -Un momento como este es ideal para que vuelvas a viajar al futuro. Además, ¿no hablas siempre de lo opíparamente que se celebran allí las Navidades?

    En efecto, yo sentía la llamada del siglo XXI; aún me sentía débil, y un encuentro violento, por muy fácil que fuera, me podría dejar bastante maltrecha e incluso hacerme dar con mis huesos de nuevo en el hospital. En el siglo XXI, por el contrario, me esperaban sabrosas viandas, bebidas exquisitas, el mensaje del Rey y la cacerolada simultánea (aunque según como sería interesante ver cómo se las arreglaba el hombre para salir airoso entre tanto escándalo de su familia)… y esa familia postiza (como todas en el fondo) de votantes del PP de los convencidos que me había tocado en el siglo XXI, las aberraciones del gobierno y los mercados en los telenoticias, los desahucios, saber que la comida que comería y las marcas de ropa y perfumes que habrían comprado todos los asistentes a la cena (menos yo, evidentemente) se han pagado con la sangre de los habitantes de países empobrecidos, los anuncios de rosarios electrónicos en el Teletienda, el peligro de que mi femeninas curvas aumenten hasta límites insospechados por la ciencia… Hice un esfuerzo de voluntad.

    -A la mierda la Navidad -contesté, enarbolando la espada-. Me quedo en la Edad Oscura.

    Feliz Solsticio a todos y todas, a pesar de lo anterior.

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    Se gestó en la sala trasera de un conocido restaurante del Barri Gòtic de Barcelona, cuando aún se escuchaban las últimas consignas la manifestación del 15 de Octubre, y se inauguró oficialmente el día 3 de diciembre del malhadado 2011 en el Centre Cívic Pati Llimona, a pocos metros del primer local. El nacimiento de la XSUC (Xarxa Socialista Unificada de Catalunya) viene acompañado de ecos de la tradición comunista catalana, recuerdos de la clandestinidad y vocación de actualidad, y creo que tod@s l@s asistentes a ambas reuniones sentimos que estábamos viviendo un momento histórico.

    A nadie se le escapa que el desafío al que se enfrenta la ciudadanía mundial es más decisivo que nunca; los llamados ‘mercados’, que siempre detentaron el poder en la trastienda, no tuvieron suficiente con ello y dieron un golpe de Estado a escala planetaria para detentarlo asimismo a cara descubierta y poder influir con mayor facilidad en las decisiones políticas y así llenar aún más sus infinitas arcas, que nunca corrieron ni el más mínimo peligro de vaciarse. A consecuencia de esto, la democracia, donde la había, ha pasado de ser un engaño a convertirse en una burla cruel, y nuestro Estado del Bienestar, que entre tod@s construimos y entre tod@s mantenemos con nuestro esfuerzo y nuestros impuestos (que eso no se nos olvide nunca) se ha convertido en algo falsamente inviable que ha de ser repagado y repagado para poderse conservar, por si fuera poco con cada vez peor calidad y concedido con una injusta caridad paternalista con tintes franquistas, preñada de reproches por nuestra supuesta ‘mala cabeza’ y por haber ‘fracasado en la vida’. Mientras, se aumenta donde se debe reducir, se reduce donde se debe aumentar y se recorta donde se debe invertir, convirtiendo la economía en un círculo vicioso de pobreza y desigualdades que solo beneficia la acumulación de capitales por parte de los de siempre.

    En este contexto, la izquierda no ha estado a la altura. Y no hablo solamente de esa autodenomenada izquierda que ni ella misma se cree ni se ha creído nunca que lo sea ni aspira siquiera a que nosotr@s lo creamos. Hablo de una minoría más o menos amplia de la izquierda que se supone real, que entre dogmatismos, utilitarismos, tentaciones y miedo de perder el sillón lo que ha perdido es el norte, y ahora emplea métodos antes criticados en sus peores enemigos. Por eso, un grupo de comunistas profundamente crític@s con este estado de cosas, y decididos a empezar un debate que no se concretará en propuestas vacías sino que será sinónimo de acción, hemos decidido fundar esta red, que se enriquecerá con las aportaciones de tod@s l@s camaradas que compartan estas ideas, organizad@s o no, mirando hacia las novedades en cuestiones de organización que nos ha aportado el movimiento 15-M y hacia sus reivindicaciones, que son también mayoritariamente las nuestras.

    Si eres uno de nosotr@s, o si solo sientes curiosidad, puedes encontrar más y mejor info aquí. O puedes dirigirte a la que suscribe si así lo prefieres.

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    Funcionarios con los sueldos rebajados. Sí, otra vez. Despidos. Privatizaciones. Copago. Subidas de tasas universitarias, transportes, agua y carburantes. Y esto es solo el principio. Unas medidas que está claro a quienes perjudican y desde luego no es al sector de las población más acomodado, que en muchas ocasiones ha llegado a este punto o por rancia raigambre económica o a base de desacomodar a todos los mindundis que se encontraba en su camino. Ni una sola mención a subir impuestos a las rentas más altas, a reducir los gastos en vuelos business, coches oficiales ni partidas económicas absurdas. Ni un solo ataque a lo más podrido de este sistema, cuyos miembros ya está bien que voten a Mas y lo legitimen: es su representante en la Tierra, su Mesías, el que no morirá, pero si matará, nos matará, por ellos y ellas. Pero es obvio que son los únicos.

    ¿Y ahora qué, votantes de Mas con hipoteca, con peligro real o seguro de desempleo, sin mutua privada ni coche oficial, que tenéis que coger indefectiblemente el coche público para ir al trabajo aunque ya ni os salgan ni las cuentas, universitarios que pronto tal vez dejaréis de serlo dejando la cultura en manos de quienes, en el fondo, la detentaron siempre? ¿Y ahora qué, insisto? Cuando sostengáis a vuestros ancianos padres o a vuestros bebés enfermos antes la puerta de hospitales cerrados o sin médicos (perdonadme la demagogia, pero esto ha pasado, YO LO HE VISTO), ¿nos pediréis que nos manifestemos a la puerta de estos centros sanitarios? Cuando no podáis pagar la receta que necesitáis a causa de vuestra situación económica desastrosa, ¿nos acusaréis porque no asaltamos la farmacia? ¿Esperaréis que ocupemos las Universidades cuando no podáis acceder a ellas? ¿Echaréis la culpa a la desunión de la izquierda cuando os desalojen a golpes de vuestra casa, sin detenerse ante el niño ni ante el abuelo, conminándonos a la acción?

    Pues probablemente sí. Y lo peor es que nosotros y nosotras seremos tan imbéciles que hasta os haremos caso.

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    Presiento que tras la larga noche de los mercados, precedida y ensayada en el crepúsculo de la transición, del neoliberalismo de los ochenta y de Maastricht, vendrá la noche más larga. La pregunta es ¿podremos encender alguna luz?

    Los poderes económicos se han quitado la máscara convencidos de su total impunidad; el espejismo de la democracia y del bienestar que nos mantenía en la inopia se ha roto. De eso tod@s somos conscientes. Y ahora, en vísperas de que surja un gobierno en España aún más esclavo del sistema que el anterior y con el camino allanado convenientemente por este, habrás más cosas que tengan que caer: nuestros miedos, nuestros prejuicios. Porque poco a poco se desvela la gran mentira que supuso la transición, que permitió que todo cambiara para que todo fuera lo mismo, que entronizó a los mismos tradicionales dueños de España como gobernantes democráticos, en la luz o en la sombra, los ambiciosos, serviles, o en el mejor de los caso inútiles, que han destrozado el país y luego han vendido los restos.

    Poco tenemos que perder ya. Tal vez el inexistente amanecer marcará, o deberá marcar, la hora de l@s valientes.

     

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    San Juan de Acre, 18 de mayo de 1291

    El panorama desde las murallas era tan desalentador y generador de impotencia como las luchas ciudadanas de la década de 2010: un mar de tiendas árabes, abigarradas y mortales, se extendía ante mis ojos. Aún no había amanecido y, de momento, los atacantes nos estaban dando un respiro, lo que me parecía el detalle más intranquilizador de todo, y tuve tiempo de reflexionar sobre lo divino y lo humano mientras tomaba un poco el aire fresco, cerca de la torre defendida por los templarios, mientras observaba con inquietud la defendida brecha al lado de la puerta de San Antonio. Si tan solo pudiera recordar qué es lo más inteligente que podemos hacer ahora, cuál es el mejor paso que podemos dar…, pensaba. Pero la Historia había de seguir su curso, y la realidad rechazaba sin duda los recuerdos de una mercenaria con capacidad de viajar en el tiempo, haciéndolos perderse en el éter espaciotemporal antes de crear alguna paradoja.

    -¿Meditando, Eowyn? –oí una voz a mi espaldas y no me volví. Mi viejo compañero de batallas, ahora templario de pleno derecho y además (nunca entenderé por qué) con cargos importantes en la Orden, se acercaba; a la sazón yo ya le había perdonado su traidor regreso al cuerpo, pues había comprendido que, a aquellas alturas de su vida, poco más podía haber hecho él: como yo, también tenía que sobrevivir. Se acodó en la muralla, a mi lado.

    -Lamentándome, más bien. Y al parecer negándome a aceptar la
    realidad. Todas esas tiendas de ahí abajo me hablan de muerte, o peor, de algo
    peor que la muerte, que es ver morir a personas que te importan. Pero sin
    embargo es como si algo a la vez me dijera que tengo aún mucha vida por
    delante…

    -Tal vez es que tu destino no dicta que vayas a morir aquí, querida amiga –incidió él-. Dios lo quiera.

    -… una vida que no sé hasta qué punto vale la pena vivir –me encontré diciendo a continuación; sin embargo, me retracté al instante: era mejor que guardara los pensamientos derrotistas para mí misma: no contribuían a aumentar la moral de la tropa. Así que cambié de conversación: -Eh, sabes que los libros de historia hablarán de ti? Nunca te había visto en acción en este tipo de batallas. Y eres jodidamente bueno, hijo de puta –junto con sus compañeros de la Orden y los hospitalarios, aquel viejo zorro había hecho dos incursiones en el acuartelamiento de los atacantes, la primera en solitario y la segunda con mi asistencia: a pesar de sus protestas, y de mi escasa valentía, no estaba dispuesta a quedarme sin la única persona en este mundo capaz de aguantar mi endiablado carácter, al menos sin supervisarle de cerca para evitar que cometiera alguna estupidez. Sentí sin verle cómo sonreía con picardía y (me imaginaba) mirada de estarse guardando algún as en la manga.

    -Pues tú tampoco te quedas atrás, muchacha.

    Mi compañero siempre se había destacado por su parcialidad.

    -No digas tonterías. Está claro que esto no es lo mío.

    Guardó silencio  durante unos segundos.

    -En cierto sentido tienes razón. Esta no es tu guerra.

    Yo disentí de inmediato.

    -No me refería a eso. Esta sí es mi guerra, o al menos lo es mucho más que la mayor parte de las batallas en las que he participado. Al menos, aquí está en juego mi vida y la vida de personas a las que he cogido cariño, aunque yo no signifique nada para ellas,  no por el hecho de que sea un imperio u otro el que acabe conquistando Tierra Santa. Lo que quería decir es que no dejo de ser un guerrera de tres al cuarto, solo buena para los torneos cortesanos y la escolta personal cuando los enemigos que amenazan no son muy numerosos. Las contiendas encarnizadas me superan. En el fondo soy una chica muy pacífica y las únicas batallas que me gustan son las que tienen lugar en la cama; o al menos eso creo, ya que la última vez que tuve una experiencia así aún gobernaba el Imperio Romano.

    Le miré de reojo; meneaba la cabeza, nada convencido.

    -Creo que eres una persona capaz de lograr lo que te propongas; pero lo que está claro es que no deberías pasar por esto. Nadie debería.

    -Ni siquiera tú.

    -Ni siquiera yo. Pero si solo fuéramos una minoría los guerreros, entonces la vida tendría algún sentido. Si el pueblo no acabara sufriendo el afán de dominio de unos cuantos malvados y estúpidos, no me importaría formar parte de esta hedionda hez de los soldados.

    -Te entiendo –contesté-. A mí tampoco.

    Se hizo el silencio de nuevo; yo me agitaba, inquieta: la tranquilidad reinante me estaba afectando los nervios.

    -Aunque también es cierto –continué yo –que últimamente  no me
    siento capaz de llevar a cabo ninguna lucha remunerada. No me concentro, y no dudo de que eso puede ser peligroso, tanto para mí como para mis clientes. Lo único que deseo es dedicarme en cuerpo y alma a las peleas que realmente son mías, a mis propias guerras. Estoy cansada de alquilar mi espada al mejor
    postor. Pero sucede que, aunque sea de costumbres morigeradas, pueda dormir en cualquier rincón y no necesite más que algún río de aguas moderadamente limpias para bañarme, esté capacitada para pasar días con un pedazo de pan duro y siempre encuentre quien me invite a una jarra de vino, estar flaca no me sienta nada bien. Me favorecen más las curvas. Si no, no ligo nada.

    Él no respondió y yo seguí.

    -Y en el siglo XXI las luchas son diferentes; pero no por eso menos urgentes. Allí también, de alguna manera, estamos sitiados. Durante un tiempo, pareció que guerras, explotaciones y abusos se habían trasladado sola y exclusivamente a lugares lejanos, y esa distancia los mantenía apartados de las personas que vivían en los países del Occidente, esos mismos países que ahora conquistan Tierra Santa en nombre de la Cristiandad, la cual en 2011 y alrededores se llamará Democracia aunque siempre será en el fondo lo mismo: el dinero, el poder, el capital, los sacrosantos mercados. La gente se sintió a salvo; pensó que vivía en un mundo feliz, con su casita, su coche e incluso su casita de segunda residencia, pagadas a base de desangrarse cada mes en las oficinas de los bancos, gracias a venderse a las empresas como esclavos, a renunciar a su vida personal, de ocio, de familia, a su formación… Ahora, incluso esa mentira se ha acabado. Creías acaso que los ávidos mercados tenían suficiente? Pues no. Son insaciables, como un pozo sin
    fondo, y vieron la manera de empoderarse aún más. No les bastó con comprar a toda la clase política, con convertir la gobernanza de cualquier país en una
    farsa; se inventaron una crisis mundial para someternos aún más, para quitarnos todos los derechos políticos y sociales, para instaurar los ajustes que
    hicieron de esos países empobrecidos el nido de horrores e impunidad que son en el siglo XXI, aunque de ellos solo se hablan cuando son occidentales los que los visitan y sufren los daños colaterales, aunque hayan pasado a ser sencillamente un cuento de terror al lado del fuego después de la cena. Esos ajustes han causado y causan víctimas mortales, y lo que es peor, causan muertos en vida. El 15 de Octubre de 2011 hay una jornada de lucha global contra este estado de cosas. Y quiero estar ahí a tiempo. A pesar de que nuestra lucha será tal vez tan inútil como la que estamos llevando a cabo aquí. Por tanto, sería conveniente que saliera viva de esto; aunque tal vez sea solo que no me gusta la Muerte: creo que puedo aplazar a perpetuidad el dudoso placer de confraternizar con esa fea dama.

    Escuché su voz detrás de mí.

    -Hace tiempo que te digo que debes marcharte.

    -Pero no voy a dejarte solo. Ni a los demás. Aunque mejor que no me tientes, porque estoy muerta de miedo.

    Suspiró.

    -No hay nada que hacer, Eowyn. Tú lo sabes. Nuestras incursiones en el campamento enemigo fueron infructuosas, solo sirvieron para que se perdieran demasiados defensores de la ciudad. Los mamelucos son demasiado superiores en número. Ni siquiera han servido de nada los refuerzos del rey Enrique. En cuando a la embajada de paz, ya sabes el gran fracaso que resultó. Pudimos reprimir el ataque de hace tres días, pero cuando vuelvan a intentarlo caeremos. Solo es cuestión de horas; sé que hay voluntad política, como tú dirías, por parte del Papado y los monarcas cristianos de defender la ciudad aunque solo sea por sus intereses. Pero no hay dinero y no quedan tantos nobles suicidas. No llegará otra expedición. Estamos perdidos. Sálvate, tú que puedes.

    Me lo estaba poniendo demasiado fácil.

    -No –me reafirmé, conteniendo la tentación-. En el peor de los casos, no me iré sin ti.

    Me volví hacia él. Sonreía.

    -La gente dice que eres una guerrera sin corazón y que eres incapaz de sentir nada por tus compañeros. Yo siempre he sabido que se equivocan. Es todo lo contrario: te implicas demasiado. Solo que, tal vez por eso mismo, eres incapaz de demostrarlo.

    Yo me encogí de hombros.

    -He salido algo sensible, qué le vamos a hacer. Aunque es una auténtica putada.

    -Eres la compañera más fiel que se pueda desear.

    Yo no tuve tiempo de protestar al respecto. Allí abajo, una multitud con ánimo ofensivo se acercaba a las murallas, dirigiéndose hacia la zona comprendida entre la baqueteada puerta de San Antonio y la Torre del Patriarca. El sultán había desplegado a todos sus hombres y a todas sus máquinas de guerra: era el ataque final. Los desalentados, agotados y casi dormidos defensores de guardia empezaban a dar el aviso.

    -Ponte a salvo –quiso ordenar él-. Ahora.

    -No es el momento de que te pongas protector –contesté yo, más cabreada que asustada, aunque lo segundo lo estaba  bastante-. Luchemos como siempre
    hemos hecho, uno al lado de otro, y que Dios o el diablo decidan. No te
    abandonaré.

    La infantería y la caballería se precipitaron sobre las defensas de la ciudad, imparables. Mi compañero y yo, en la Puerta de san Antonio, entre los escasos soldados que quedaban vivos en la ciudad, luchábamos todo lo incansablemente que nuestras fuerzas nos permitían y nuestro miedo nos azuzaba. Pero por cada enemigo que neutralizábamos, otros dos más fuertes llegaban; aquello era una pesadilla, y tal vez una de las peores partes era la culpabilidad que sentía al estar segando vidas humanas de aquella manera tan pasmosa. ¿Por qué tuve que venir a Tierra Santa?, pensaba. ¿Por qué nunca puedo evitar meterme en líos? Soy cómplice de esta locura. Pero en mi más recóndito interior sabía que a veces es necesario defenderse. Y quizá de una manera mucho más radical que solo con manifestaciones, pensé, recordando el siglo XXI.

    -¡Ha caído la Torre Maldita! –los caballeros que defendían esta vinieron a unirse a nosotros. Yo ya no pensaba: solo daba mandobles a cualquier cosa más o menos humana que viniera a subir por los muros. Me había convertido en una máquina de matar, y solo hubo un hueco mínimo en mi mente para reflexionar acerca de lo que la injusticia, generadora de violencia, es capaz de embrutecernos. No recuerdo las horas que pasé así: los minutos se contaban por muertes y las horas por heridas, y no podíamos pensar en cumplir las funciones sencillas de la vida, esas que consiguen que el tiempo transcurra armonioso. Aparte de que teníamos un aspecto lamentable y un olor verdaderamente tóxico. La siguiente noticia trágica fue la
    caída de la Torre de San Nicolás, y antes de que pudiera enterarme me encontré combatiendo por las calles de la ciudad e intentando evitar todos los desmanes que podía. Pero no quiero recordar eso y no querríais que os lo describiera. De todas maneras, es lo mismo en todas partes. Y lo único que hay que saber al respecto es que tenemos que evitarlo. A toda costa… Basta decir que nos saquearon como Mas y Espe han saqueado la Sanidad y la Educación en Madrid y Cataluña o como si fueran directivos de la SGAE, que pisotearon nuestros derechos al igual que Zapatero pisoteó nuestra Constitución, que, en fin, nos invadieron con o sin excusas pero en cualquier caso con muchos intereses como nosotros hemos invadido Libia y que nos ocuparon como en la Edad Contemporánea, la tortilla dio la vuelta, Marruecos ocupa el Sáhara y Occidente Palestina.

    -Debemos ir al muelle –apremié a mi compañero-, tenemos que conseguir evacuar a todos los que podamos, dando prioridad a los más débiles. Dicen que el hijo de puta del rey se ha largado a Chipre, y que ese traidor de Grandson se ha embarcado con sus caballeros en naves que podían haber recogido a mujeres, niños y ancianos.

    -Y ese gran cabronazo renegado de Roger de Flor, compatriota tuyo y que le hace un flaco honor a la tierra de Aragón, está vendiendo los pasajes en su galera como si de un vil mercader se tratara. No podemos permitirlo –rabió él.

    -Nos aseguraremos de que el reparto de pasajeros sea lo más justo que podamos, y después nos refugiaremos con el resto en vuestro castillo –dije yo-. Allí esperamos que vuelvan los caballeros que van a conducir a los refugiados a Chipre. Quizá podamos aguantar unos días más… -me callé, súbitamente. La conocida sensación se estaba apoderando de mí-. Tengo que irme –comprendí-. El siglo XXI me llama. Creo que he tenido demasiado miedo. Creo que lo estaba deseando demasiado.

    -Lo sé –dijo él con un tono de voz que implicaba algo más. Yo le miré, interrogativa.

    -Creo que tu hechizo se contagia –explicó-. La última vez, cuando te fuiste, empecé a notar que en momentos comprometidos, cuando quería escapar de alguna situación, algo empezaba a tirar de mí. Después aquello también comenzó a suceder sin que hubiera nada que lo provocara. Desde entonces, he viajado dos o tres veces al famoso siglo XXI. Ya lo conozco, aunque no tan bien como tú, aunque probablemente me guste aún menos, e incluso creo que nos hemos encontrado allí en alguna ocasión. Lo que pasa es que después no soy capaz de recordarlo. Pasan cosas con la memoria cuando viajas a través del tiempo… Vete tranquila, yo me quedaré aquí e intentaré ayudar en lo que pueda. Y cuando no sea posible hacer nada más, te prometo que te seguiré. Ve a ese 15 de Octubre, aunque al final no conduzca a nada. Tal vez podamos encontrarnos allí. Y además estarás a salvo.

    Yo me iba, irremediablemente.

    -No subestimes a los Mossos d’Esquadra de Barcelona -le avisé-. Pueden llegar a ser unos auténticos mamelucos. Pero en cuanto a ti, prométeme que no vas a esperar demasiado. A nadie le vas a servir muerto.

    -Bueno, ya veremos –dijo él-. Hasta siempre, compañera.

    -Y si no vuelvo a verte… ten cuidado con las hogueras.

    -Tienes obsesión con ese detalle –observó él-. Siempre lo mencionas.

    -Algo me hace recordar hogueras cuando pienso en ti –confesé yo-, aunque tal vez se deba a la natural fogosidad de mi carácter mediterráneo –pero ya todo se disolvía ante mis ojos. Lo último que pude ver al abandonar el siglo XIII fue a Karl y a Gustaf subiendo a la galera de Roger de Flor.

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    Uno de los personajes de Rostros lejanos (novela escrita por la que susbscribe y que verá la luz en algún momento de los próximos 50 años si mis numerosos encargos mercenarios simbólicamente pagados lo permiten, y las editoriales en crisis [en algunas sobre todo literaria] lo consienten), afirma que lo que marca el envejecimiento no es el número de años que acumulas sobre tus hombros, sino el número de bares emblemáticos que se han cerrado desde tu primera juventud. Si es así, yo debo ser anciana: recuerdo ciertos locales que oscilaban entre la magia y la perversión, tascas de la calle Avinyò como La Musiqueta y el Noche y Día; y también el Sonajero, perdido entre las callejuelas más recónditas y desestructuradas de Sants, adonde yo acudía con mi querido amigo Antonio, dibujante de cómics (ahora empleado en la prestigiosa revista Penthouse, con esto os podéis hacer una idea de mis compañías de adolescente), y otros seres de la misma ralea. O el Marquee, la discoteca de L’Hospitalet donde pinchaban la mejor música gótica de aquellos lares, o Babel, en Terrasa, donde actuaban grupos del ramo con nombres tan pintorescos como Ataúd Vacante.

    Desaparecieron, como tantas otras cosas. La noche se degeneró, como se ha degenerado la calidad de vida. Se cerraron, como nuestras casas a la calle. Se quedaron vacíos, como nuestras fuerzas. A medida que caían las persianas de los bares de una generación, se derrumbaban también las conquistas sociales, con leyes lenta pero progresivamente más insolidarias, dictatoriales; neoliberales, en suma.

    El 1 de octubre el Marx Madera (http://salvemos.marxmadera.org/) dejará de existir, víctima de la especulación y de los gobernantes ultraderechistas que quieren convertir Madrid en el escaparate de las transnacionales. Con este local se van las ilusiones de una transición truncada que ha acabado por mostrar la su verdadera cara; la verdadera transición, la que se iba preparando en la oscuridad, la que dio su paso definitivo con la bula del tratado de Maastricht, que tod@s nos tragamos. Y que ahora, por fin, ha culminado en su objetivo: entregarles el poder a quienes siempre lo tuvieron.

    Descansa en paz, Marx Madera, el lugar donde desafiamos al poder más establecido en medio de risas y entonamos las tonadas más revolucionarias; fuiste el alma roja del Madrid de mis sueños y serás un recuerdo que no se podrá borrar.

    Nos vemos en nuestra próxima reencarnación ( y en la fiesta de despedida de hoy, sábado 24 de septiembre).

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    No a la reforma de la Cosntitución

    No a la reforma de la Cosntitución

    Poco tengo que añadir a todas las puntualizaciones vertidas sobre el tema. Mis palabras no resaltarían más la absoluta evidencia de que estamos viviendo en un estado que no solo es policial y servil, sino que además, visto lo visto, en absoluto es un estado de derecho. El veneno del neoliberalismo se ha ido inoculando en nuestros organismos debilitado por la enfermedad de la crisis, cuyos virus el mismo sistema creó, aprovechando nuestros momentos más vulnerables. Y lo están consiguiendo. El saqueo se está perpetrando y pronto habrá acabado, porque ya no quedará nada que robar. Y nuestros cadáveres serán expuestos sobre las almenas de la destruida fortaleza de nuestro extinto estado del bienestar, que entre tod@s, nosostr@s solit@s, ayudamos a construir. Si esto no supone el inicio de la rebelión, yo ya no sé qué más decir.

    Más (y mucho mejor) info sobre el tema
    http://miscosasylastuyas.blogspot.com/2011/08/deficit-deuda-o-limite-de-gasto.html
    http://www.hoipoi.net/webs/nuet/?p=820
    http://bloc.maxi.cat/2011/08/opa-hostil-la-democracia.html
    http://luisangelaguilar.blogspot.com/2011/08/iremos-vuestras-casas-recordaros-que.html
    http://mayoyoaguava.blogspot.com/2011/08/tres-eran-tres.html
    http://francescms.blogspot.com/2011/08/esa-reforma-no.html
    http://bitdrain.wordpress.com/2011/08/26/espana-fue-intervenida-en-2010-pero-aun-habra-mas-recortes-sociales/
    http://arv1952.blogspot.com/2011/08/el-psoe-apuntala-la-politica-neoliberal.html
    http://relatandodesdeelbajollobregat.blogspot.com
    http://ceronegativo.net/2011/08/25/no-al-deficit-0-y-menos-en-la-constitucion/
    http://mizubel.lacoctelera.net/post/2011/08/25/otra-agresion-la-democracia
    http://corrientepropia.blogspot.com/2011/08/reforma-de-la-constitucion.html
    http://buscandolafraseperfecta.blogspot.com/2011/08/el-ppsoe-y-el-deficit-publico.html
    http://www.agarzon.net/?p=1070
    http://saturada.blogspot.com/2011/08/desconcierto-constitucional.html
    http://parlamentuan.blogspot.com/2011/08/reforma-constitucional.html
    http://www.comiendotierra.es/?p=381
    http://escritosdesdesuburbia.blogspot.com/2011/08/golpe-de-estado-nuestra-soberania.html
    http://www.moscasenlasopa.net/blog/?p=4910
    http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica/2011/08/24/defina-golpe-de-estado/
    http://bloclaratera.blogspot.com/2011/08/reflexion-genuflexion-o-inflexion.html
    http://bloclaratera.blogspot.com/2011/08/sobre-la-farsa-constitucional-el-20n-y.html
    http://eltovarich.blogspot.com/2011/08/alerta-constitucion-mutante-la-vista.html
    http://mayoyoaguava.blogspot.com/2011/08/se-jodan-cono.html
    http://elobservadorsarcastico.blogspot.com/2011/08/deficit-que-haran-cuando-seamos-un.html
    http://viramundeando.blogspot.com/2011/08/yoquierovotar-no-esta-reforma.html,
    http://puntsdevista.wordpress.com/2011/08/24/yoquierovotar-jovullvotar-argumentos-convocatorias-y-denuncias/
    http://puntsdevista.wordpress.com/2011/08/23/el-tratado-de-lisboa-la-reforma-golpista-y-el-referendum-necesario/
    http://puntsdevista.wordpress.com/2011/08/26/sobre-la-farsa-constitucional-el-20n-y-la-necesaria-confluencia/
    http://ventanasdelfalcon.blogspot.com/2011/08/frente-unico-contra-la-reforma.html
    http://rafa-almazan.blogspot.com/2011/08/la-reforma-de-la-constitucion-por-la.html
    http://rafa-almazan.blogspot.com/2011/08/sampedro-escribe-zapatero.html
    http://altersocialismo.wordpress.com/2011/08/25/por-un-referendum-necesario/
    http://altersocialismo.wordpress.com/2011/08/27/sobre-la-farsa-constitucional-el-20n-y-la-necesaria-confluencia/
    http://dempeusperlasalut.wordpress.com/2011/08/24/pide-un-referendum-para-ratificar-la-reforma-de-la-constitucion/
    http://dempeusperlasalut.wordpress.com/2011/08/27/comunicado-de-amnistia-internacional-las-autenticas-reformas-basicas-que-necesita-la-constitucion-espanola/
    http://ciberculturalia.blogspot.com/2011/08/golpe-bajo-al-estado-de-bienestar.html
    http://ciberculturalia.blogspot.com/2011/08/exige-referendum-para-reformar-la.html
    http://fuentepalmeratimes.blogspot.com/2011/08/el-problema-con-los-referendums.html

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    Una serie mítica (no precisamente por su nivel artístico, aclaro) de mi infancia comenzaba cada episodio con una voz en off que rezaba, refiriéndose al protagonista “… está embarcado en una cruzada para salvar la causa de los inocentes, los indefensos, los débiles, dentro de un mundo de criminales que operan al margen de la ley.” En mi ingenuidad infantil veía en esa última frase una redundancia innecesaria, no justificada ni tan solo por un afán enfático. ¿Criminales que operan al margen de la ley? Pero ¿no es evidente? Sin embargo, obviamente el autor de aquel guión tenía mucha más edad y experiencia que la que suscribe en aquellos tiempos. Él sabía que existían criminales que operan de acuerdo de la ley, y que la puntualización era necesaria. Y yo lo sé ahora.

    Los criminales que operan de acuerdo con la ley son los que cierran ambulatorios, los que hacen aumentar las listas de espera, los que reducen los servicios de ambulancias para que cuando estas llegan donde les aguardan l@s enferm@s o herid@s, sus servicios ya no sean necesarios. Son criminales sutiles, tan inteligentes como el peor de los archivillanos de cualquier cómic de superhéroes, y nunca toman una medida por la que no puedan conseguir al menos dos objetivos: ya son conocidos los de sibilina limpieza social (cancelación de elementos con rentas bajas) y desacreditación de lo público, que obligará a tod@s l@s precoupad@s por la salud de sus allegad@s que mínimamente se lo puedan permitir a desangrarse contratando pólizas privadas (y no creo que eso vaya a significar una oferta mayor de puestos de trabajo en las empresas aseguradoras y las clínicas particulares, no funciona así). Además, se logra condenar a otra gran parte de la población al desempleo, aumentando así el volumen de personas susceptibles a esa limpieza social, y haciendo que el señor Mas y sus cómplices en esa efectiva célula operativa del crimen organizado internacional llamada Generalitat de Catalunya pueden soñar con un futuro de catalanit@s de buena calidad, san@s y limpi@s, favorecid@s por la fortuna, desaparecid@s ya l@s enferm@s, los supervivientes de infancias difíciles o de maltrato machista, las víctimas del sistema educativo catalán, los hij@s de los barri@s desestructurad@s, los inmigrantes, todas esas personas que los poderes actuales han ayudado a forjar, y que ahora para más amarga ironía, si cabe, están culpabilizando y eliminando.

    Porque criminales que operan de acuerdo con le ley son también los que, en un ejercicio de maldad y cinismo sin justificación posible, acusan a las víctimas, a sus propias víctimas, de ser la causa de sus problemas. Los que destinan a la policía a servir al capital en lugar de al ciudadano, a efectuar, por ejemplo, desalojos violentos, nocturnos y alevosos, en una sola palabra, cobardes, mientras los grandes estafadores burlan a la justicia, las mafias de trato de personas tienen patente de corso y los violadores circulan tranquilamente por la calle. ¿Por qué destinar recursos y efectivos a cuidar de la seguridad del ciudadan@ de a pie, si inseguro y golpeado es más dócil? Y, la última, los que han recortado o tal vez incluso hecho desaparecer, la Renda Mínima de Inserció, único sustento de millares de familia en situaciones de total desamparo, sin anuncios, sin discusiones, en la oscuridad de un triste verano, mientras se atrincheran bien resguardados de manifestaciones de indignad@s, pero cagados hasta las cejas, en sus mansiones vacacionales.

    Ahora los inocentes, los indefensos, los débiles no necesitamos a ningún paladín. Nos necesitamos a nosotr@s mism@s y a nuestr@s compañer@s, en acciones contundentes, reflexionadas y organizadas. Hace tiempo que vengo diciendo que nos han declarado la guerra, y la ofensiva es cada vez más cruenta. Violencia no es impedir la entrada de l@s diputad@s en el Parlamento, con o sin zarandeos o botes de pintura: violencia es dejarnos en la indefensión más absoluta, violencia es que los cuerpos de seguridad que habían de protegernos se encarguen de reprimirnos, violencia es que se permita a empresas con beneficios pagar sueldos de miseria mientras se dificultan las verdaderas iniciativas que podrían crear empleo, violencia es que la seguridad, la sanidad, las prestaciones sociales que, no nos olvidemos, no son un regalo, ¡las estamos pagando con nuestros impuestos!, funcionen a mayor gloria de unos poderes políticos y económicos que no necesitan nuestra aportación para estar acumulando unas fortunas insultantes.

    Embarquémonos en esta cruzada. Aunque sea a pie.

    Más info:

    http://www.naciodigital.cat/noticia/33775

    http://es-es.facebook.com/pages/No-al-tancament-durg%C3%A8ncies-als-CAP-de-les-poblacions-de-Catalunya/243542859007508?sk=wall

    http://rafa-almazan.blogspot.com/2011/07/la-crisis-es-culpa-de-funcionarios-y.html

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    No pasarán. La UE y el FMI, símbolos del sistema, tienen ejércitos más numerosos, e insidiosos, que los persas; nada puede hacer un pequeño grupo de ciudadan@s grieg@s que piden ‘cultura, alimentación y libertad’, esos lujos asiáticos en tiempos de televisión adocenante, comida basura fruto de la especulación alimentaria y sumisión a los designios del Mercado, y también de sustanciosas cuentas en Suiza solo para unos pocos. ¿Nada?

    No pasarán. El todopoderoso gobierno y ejército israelí esgrime indistintamente plumas y espadas contra los escasos integrantes de la Flotilla de la Libertad. Nada podrán hacer est@s activistas, dispuest@s a dejar su vida en el intento de conseguir un poco más de justicia para Palestina, ante tal amenaza mediática y militar. ¿Nada?

    No pasarán. Un ciudadano marroquí residente en Barcelona se enfrenta en solitario a una audiencia secuestrada por la manipulación monárquica. Nada podrá hacer ese hombre contra años de mentiras a una población sumida en el dócil oscurantismo por sus gobernantes. ¿Nada?

    Recordemos: las Termópilas, sí, se saldaron con la extinción prácticamente completa de las fuerzas aliadas griegas. Pero, al final, el Imperio Persa no pasó.

    Más info:

    http://www.publico.es/dinero/384429/la-industria-y-el-sector-publico-griego-secundan-la-huelga-contra-el-ajuste

    http://www.publico.es/internacional/384414/comandos-israelies-ensayan-un-asalto-limpio-contra-la-flotilla

    http://epreader.elperiodico.com/APPS_GetPlayerZSEO.aspx?pro_id=00000000-0000-0000-0000-000000000001&fecha=20110629&idioma=0&doc_id=5b229b23-b5d2-489a-b6ac-1f80688ddd46

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    L@s cobardes matan; l@s valientes mueren. A l@s que se escapan del rebaño les acaban echando los perros. L@s idealistas que son coherentes con sus principios (y que si no gustan no tienen otros) acaban incomprendidos y denigrad@s. Los seres sin escrúpulos son afortunados verdugos; los que los tienen, patéticas víctimas. Las almas puras e inocentes son fácilmente engañadas y confundidas por la religión, la costumbre, las consignas interesadas de los corruptos y ambiciosos. Así ha sido siempre; pero nunca los cobardes ambiciosos sin escrúpulos acumularon tanto poder como ahora, nunca el mundo fue tan desigual.

    Párate un momento y medita. No digo que lo hagas tú, el criminal impune que acabará muriendo en la cama de su suntuoso palacio: nunca has sido feliz a pesar de tu poder y tus ventajas, pero sabemos que no dejarás que eso te detenga. Te hablo en ti, situad@ en las antípodas del sistema que a él le encumbra, y solo te pido: Párate un momento y medita.

    Sé valiente, pero nunca irreflexiv@. Escápate del rebaño, pero asegúrate de hacerlo cerca de un río que puedas cruzar. Sé coherente con tus principios pero que no te ofusquen tanto que no tengas en cuenta ni los medios ni las consecuencias de tus acciones. Y nunca, nunca, te conviertas en un mártir en nombre de entidades abstractas o impuestas: lucha por causas concretas, luchas por tus causas.

    Y sobre todo, sé reflexivo e inteligente. Solo el método nos ayudará a ser justos con nosotr@s y con l@s demás, a arañar la escasa felicidad que se le puede robar a la vida, a conseguir objetivos sin hipotecar nada por el camino (que no sea la vivienda, claro está). Nadie podrá recortar nuestro cerebro, y nada temen ellos tanto como nuestra lucidez. Organízate y lucha: aunque no lo parezca, hay esperanza.

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    Quiero seguir siendo prehistórica, nostálgica, romántica, trasnochada incluso. Quiero creer que aquellas luchas que ganamos con tantos sacrificios de tant@s compañer@s valieron la pena, aunque ahora nos hayan arrebatado su justo premio con la mayor inicuidad posible. Quiero que mis manos que ellos intentan dejar vacías, mi cabeza a la cual intentan extirpar los sueños, sean su azote, su infierno. Quiero seguir negando la realidad que me marcan, porque no es la realidad, es la imposición de una pesadilla, no quiero aceptar que lo normal y lo auténtico es la más cruel injusticia y la más absoluta represión, quiero seguir indignándome, quiero que nadie me impida seguir teniendo memoria, quiero que nadie me meta ese miedo que les sirve para vender armas. Quiero seguir gritando en desafío de estos crímenes políticos y económicos contra la Humanidad aunque no sirva de nada, aunque esté actuando contra mis egoístas intereses personales, aunque mi voz sea la única que resuene, aunque tod@s a mi alrededor me tachen (y a ti, y a vosotr@s) de loca. No estamos condenados, no tenemos que resignarnos, podemos elegir. No dejemos que nos transformen en sumisos espectadores de la basura en la que están convirtiendo nustras vidas. Las manos son nuestras.

    No estamos condenados a elegir entre los mismo y lo mismo. Tenemos las manos vacías, pero las manos son nuestras

    El 15 de Mayo toma la calle. Nosotr@s somos más

    El Premio Nobel de la Paz ejecuta extrajudicialmente, su mascota Zapatero lo justifica con argumentos demenciales y Llamazares habla con justicia y sentido común

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    80 Aniversario de la II República española

    80 Aniversario de la II República española

    (viene de) No dudé ni un momento: aunque tal individuo no era enemigo para mí, a una voz suya pidiendo auxilio para atrapar al ladrón aquello se iba a llenar de todos los caballeros participantes en el torneo que acampaban cerca de allí, y consideré inteligente evitar una tan desigual contienda.
    -Ah… esto… bueno… ejem… -mientras tanto, mi colega intentaba tapar nuestro pequeño expolio con su capa al tiempo que silbaba una cancioncilla goliarda-… íbamos a dar un paseíllo para que no se oxiden los caballos… ya sabes que es bueno que hagan un poco de ejercicio de vez en cuando.
    -De acuerdo, pero no os alejéis demasiado, que hay trabajo –nos disponíamos a montar para poner tierra de por medio, cuando volvió a llamarnos la atención:
    -Eowyn, ¿has pensado en mi oferta?
    -Eh… pues… hablamos a la vuelta. Ya verás cómo te daré una buena sorpresa.
    -No lo dudo –yo tampoco-. Bueno, lo dicho, no os retraséis.
    “Mejor siéntate a esperar, no sea que te canses”, pensé. Subimos a los caballos y nos apresuramos a desaparecer de su vista.
    -Ya es mala suerte –gruñía yo sin dejar de cabalgar-. Un día que no entra en su habitual sopor etílico y es justo aquel en que nos tenemos que escapar.
    -Creo que la impaciencia por saber tu decisión no le dejaba dormir –mi compañero guiñó un ojo, socarrón. Yo le advertí levantando el dedo índice.
    -Una bromita más al respecto y te aseguro que probarás el filo de mi espada… Pero ¿qué es esa nube de polvo que parece perseguirnos? Viene de la ciudad.
    Sin dejar de cabalgar a escape, miramos hacia atrás. Una comitiva de hombres armados se dirigía hacia nosotros, empuñando las lanzas y con intenciones que no se podrían definir como demasiado amistosas.
    -El señor Adolfo no puede haber avisado a nadie tan rápido. Pero… ¿qué veo? Las negras y relucientes armas del que va en cabeza son inconfundibles… ¡Es mi archienemigo!¡Ha vuelto!
    Ahora lo entendía todo; desde el primer momento, aquel empleo había sido una trampa. Ya era extraño que a una pobre guerrera errante como yo, sin fortuna y sin amigos, la vinieran a buscar de la forma en que el señor Adolfo me había reclamado; tal vez él mismo desconocía que estaba siendo utilizado, era demasiado inculto, borrachín y fracasadillo para ser además una persona excesivamente vil, o quizá se limitaba a mantener con el poderoso relaciones tan rastreras como las de España con Estados Unidos, en las que la potencia mundial asesinaba a los periodistas y encarcelaba a las madres del país mediterráneo mientras este se limitaba a mirar hacia otro lado al tiempo que hacía reverencias. Pero sin duda todo formaba parte de un plan del siniestro individuo del que llevaba huyendo toda la vida y del que, estaba segura, más la suerte que no mis capacidades me habían permitido escapar hasta entonces; supuse que necesitaba un lugar donde mantenerme ocupada y, a poder ser, mal alimentada, mientras él pudiera reorganizar sus huestes para encontrarme fácilmente después. El único consuelo que el hecho me proporcionaba era las numerosas precauciones que mi sempiterno enemigo solía tomar para atraparme, como si me creyera invencible o al menos muy bien apoyada, lo cual, aunque absurdo, resultaba ciertamente halagador.
    -Corre –insté a mi compañero-. Quiero decir, corre más. No necesito decirte lo peligroso que es ese tío. Las personas que atrapa no vuelven a ver la luz del sol, y no necesita mazmorras para eso, aunque también las tiene, evidentemente. Consigue que la gente renuncie a lo que son y a la que podrían ser. No me preguntes cómo, tal vez conozca las diez reglas de la manipulación mediática de Chomsky. Vamos, dale caña.
    Nuestros perseguidores acortaban progresivamente la distancia que les separaba de nosotros, gracias a sus caballos frescos y lustrosos, mientras nosotros sentíamos que se nos nublaba la vista y nuestras monturas, escuálidas y derrengadas, no parecían poder aguantar mucho más. Yo no podía dejar de pensar en todos los desafíos que me esperaban en el presente y en el futuro, en ese maldito año 2011 adonde no tardaría en trasladarme y donde tanto se necesitaba de cualquier contribución, por pequeña que fuera, como así era la mía, para que la poca justicia social que aún existía, tal vez ya solo en nuestros sueños, no fuera definitivamente erradicada de la faz de la Tierra, planeta que al parecer, y además, tenía ya fecha de caducidad; no, no podía aceptar que mi recorrido vital acabara en ese preciso momento. De pronto, se me ocurrió una idea.
    -Eowyn, ¿te das cuenta de que en todas tus historias siempre terminamos escapando a la carrera? –me decía el ex templario entre jadeos-. La próxima podría ser algo más tranquila. Por ejemplo, conoces a un gentil y valeroso caballero que decide acompañarte en todas tus correrías, sois felices para siempre y me llamáis para que sea el padrino de bodas antes de invitarme a un suculento banquete. ¿No lo has pensado?
    -No estaría mal vivir de vez en cuando una aventurilla de tipo sentimental, aunque tal vez no tan seria como la describes –concedí yo-, pero me temo que eso no pasará en breve. No se encuentran fácilmente especímenes válidos de mi sexo contrario en la actualidad, el género masculino está últimamente muy degradado. Con honrosas excepciones, claro –me apresuré a añadir-. Además, al paso que vamos pronto no podremos ni escribir historias en la red, como no hagamos algo para solucionarlo. Pero no te preocupes. Lo tengo todo controlado.
    La desesperación, que no la destreza, me empujó a hacer una maniobra casi suicida. Confiando en la fidelidad de mi cabalgadura y con el movimiento más rápido que pude conseguir, me di la vuelta sobre el lomo del caballo, poniéndome de cara a mis perseguidores, y les envié la lanza que tan amablemente nos había obsequiado el señor Adolfo de sus tesoros personales; como había calculado, el arma rozó al Señor de los Mercados y le obligó a hacer un movimiento para esquivarla, cosa que provocó que se caballo se encabritara y que consecuentemente el grupo se desmembrara momentáneamente.
    -Aprovechemos, pronto volverán a reorganizarse. Un esfuerzo más y los despistaremos. Conozco mucho mejor estos territorios que ellos, es el precio que los terratenientes tienen que pagar por vivir de espaldas a su posesiones.
    -Reconozco tu sello en esta maniobra –me alabó el templario con admiración exagerada-. Arriesgada, de una habilidad pasmosa y sin derramamiento de sangre.
    -Bah, es solo esa buena estrella que me acompaña hasta que deje de hacerlo…
    Antes hablo… De un recodo del camino una avanzadilla de nuestros perseguidores, destinada sin duda a no dejar sin vigilancia ninguno de los caminos que pudiéramos seguir, se nos echaba encima a una velocidad ultrasónica. Enarbolé la lanza sin decir una palabra, dejando mi verborrea habitual para otra ocasión, y me abalancé sobre el primero, mientras mi compañero me seguía, tan rápido y mortal como la subida de las tarifas eléctricas. Lo derribé y lo dejé en el suelo, bastante maltrecho pero sin que su supervivencia peligrara en breve, y sin rematarlo, cosa nunca hago (soy una guerrera pacifista, esta es una de mis numerosas contradicciones), fui a por el siguiente; por su parte, mi amigo templario había dado ya buena cuenta de un par de enemigos y estaba comenzando a encargarse del siguiente. Yo acabé con el mío y fui a echarle una mano. El susodicho dio bastante más trabajo que los anteriores, que seguramente habían sido novatos contratados por el menor salario, creyendo así el propietario de la empresa que ahorraría gastos y conseguiría la misma productividad; el feudalismo (y el capitalismo) se labra él mismo su propia tumba, pero los que acabamos enterrados somos nosotros. Derribados los tres de nuestros caballos, sacamos las espadas y combatimos con ellas; vi una nada alentadora mancha de sangre sobre la cota de malla de mi compañero de aventuras y redoblé mis mandobles, tomando la iniciativa de la batalla. Esquivé un par de estocadas que pasaron peligrosamente cerca de mi cuello, pero por fin logré herirlo ligeramente en un brazo, lo que aproveché para arrastrar al viejo templario hasta los caballos.
    -Venga, démonos prisa… ¿estás bien?
    -Es solo un arañazo. No te preocupes.
    Algo más tranquila, y viendo que nuestros contrincantes seguían en el suelo doliéndose de sus golpes y encomendándose al Altísimo a grandes voces, me entretuve en sacar algo de mis alforjas y clavarlo entre los derrotados.
    -¿Qué es esa bandera de extraños colores? –preguntó extrañado mi colega mirando ondear la tricolor.
    -La bandera de la República… una especie de homenaje al futuro. Te lo contaré cuando tengamos tiempo. Pero ahora dejemos atrás de una vez este nefasto lugar y busquemos un sitio donde descansar un poco.
    Cuando nos sentimos totalmente a salvo, acampamos a la orilla de un río refugiados entre la fronda que se asomaba hacia él. Mi compañero encendió la hoguera y, concentrados en sus llamas, nos olvidamos por un momento de nuestras vicisitudes. Sin embargo, se imponía hacer planes para nuestro porvenir.
    -Tengo que marcharme –dijo el viejo templario-. Existe un monasterio cercano donde se ocuparán de mis heridas y tal vez vuelvan a admitirme. Creo que ya he vivido suficientes aventuras en lo que me resta de vida, y mis cansados huesos dudo que soporten alguna más.
    -Sabía que llegaría este momento –manifesté yo-. Amigo, espero que tus sueños se cumplan allá donde vayas, si es que aún te queda alguno.
    -¿Y tú qué harás, Eowyn? ¿Volverás a ese futuro de tristes presagios que me describes a veces?
    -No me queda otro remedio –le contesté-. Nos veremos en el infierno, camarada. Te llevas todo mi aprecio.
    -El mío caminará a tu lado acompañado de esa fortuna que deseo que nunca te abandone –respondió-. Hasta siempre. No te olvidaré, muchacha.
    La soledad ha sido siempre mi compañera y he aprendido a acogerla casi con júbilo cada vez que regresa después de sus cortas ausencias. Tal vez sea el impuesto que me requiere la vida por querer ser fiel a mis locas ideas, tal vez, sencillamente, el gran ordenador del destino me ha programado para esto o posiblemente me lo he ganado con creces. Pero no importaba. Ante mi vista se extendía la vasta naturaleza aún virgen de aquellos lares y época, y en la lejanía divisé a desheredados de la fortuna mendigando por los caminos un poco de caridad o un empleo que no existía, por mucha preparación y cursos del Inem que te estimulara el Gobierno a realizar como sucedía en el mundo adonde poco tardaría en regresar. Los presagios eran negros, desde luego; pero aún me quedaba mi espada.
    Y, además, un escudo nuevecito que me había salido completamente gratis.

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    (viene de) Además de vernos asediados por los microorganismos menos amables, de cuando nos asaltaban personajes vestidos de comerciantes que agitaban largas listas ante nuestros ignorantes ojos: descubrimos que el señor Adolfo tenía tantas deudas que le habían embargado el campamento, las armas, los caballos, y hasta la ropa interior que llevaba puesta (lo cual requería muy pocos escrúpulos, y no hablo ahora de escrúpulos morales, según veremos después), según él debido a los numerosos enemigos que se aprovechaban de su bondad y a los envidiosos que le odiaban debido a su maestría con los instrumentos bélicos y a su apostura personal. Las armas con las que pretendía que hiciéramos un buen papel en los torneos estaban estropeadas, mohosas y casi deshechas, y las pocas un poco aparentes se debían a la generosidad de un compañero de torneos de mejor fortuna. El rancho que se nos servía un día no y al otro tampoco era tan reducido en cantidad como en enjundia, y me vi obligada que recurrir a mis exiguas reservas monetarias para que mis femeniles curvas no perdieran su (menguado) poder de convocatoria ante el otro sexo; problemas alimenticios que no parecían afectar a nuestro jefe, al cual cada día se le veía más obeso y coloradote, y cuyos encargos a las tabernas que jalonaban nuestro camino eran progresivamente más abundantes. Por si fuera poco, de los “sustanciosos honorarios” que se nos habían prometido no habíamos visto ni un maravedí, la legendaria habilidad torneística de nuestro capitán era más irreal que la pericia política de los presentes y pasados gobernantes españoles (hubieran sido patéticas de no haber resultado cómicas las constantes caídas en el barro de su oronda, y fofa, humanidad antes de que hubiera podido ni siquiera embestir a un contrincante), lo que convertía a los esfuerzos del resto del escuadrón de hacer un papel regularcillo en denodados y casi infructuosos; claro que estos fracasos se debían totalmente a nuestra inutilidad y holgazanería, como no tenía inconveniente en declarar ante los espectadores con más poder adquisitivo, tal vez futuros organizadores o patrocinadores, o sea, clientes, en un alarde de profesionalidad. Eso cuando no echaba la culpa a los guerreros de origen morisco o judío, responsables, según él, de que se hubieran perdido las formas caballarescas en los torneos y de la inseguridad en los caminos.
    -Eso es habitual –me indignaba yo-. No es la primero que veo cómo la gente justifica su fracaso acusando al otro, al diferente. No hay nada mejor para atizar el ardor guerrero de los autóctonos que difundir todo tipo de rumores falsos sobre los recién llegados. Las personas deberían de convencerse de una vez que la única patria a la que debemos fidelidad es la explotada ciudadanía, y los únicos extranjeros de costumbres diferentes e incompatibles con los nuestras son la maldita raza de los explotadores. Compañero, no dejemos que nos arrastren a esta trampa –él asentía.
    Y así transcurrían los días en ese nuevo trabajo mercenario, del que de momento no veía la opción de ser rescatada (aunque si lo que me esperaba era un rescate como los de la Unión Europea con algunos países, más prefería el secuestro), sobrellevando como podía las precarias condiciones laborales mientras intentaba, como llevo haciendo desde tiempo, no dejar que la agresividad me cegara en el campo del batalla y resultar eficaz sin ser sanguinaria; ya había demasiada violencia en el mundo, sobre todo, y vergonzosamente, hacia las mujeres, y aunque era tentador aprovechar las armas físicas y virtuales que tenía a mi alcance para autonombrarme ángel vengador de mi sexo, no pensaba caer tan bajo como algunos integrantes del opuesto ni pensaba que fuera aquella la solución.
    Pero aún no había llegado lo peor.
    Una noche en que mi colega había sido oportunamente enviado a hacer un recado, nuestro amado general en jefe me hizo llamar a su tienda. Obedecí a regañadientes, imaginando que me requería para una de sus sesiones de batallitas, en las que solía enseñarme ruinosos pergaminos que atestiguaban logros militares obtenidos en batallas remotas, que él insistía en presentar como muy recientes como si creyera que todo el mundo tenía tan poca memoria como él (a lo mejor sospecha que en la España del siglo XXI el recuerdo está castigado por la justicia mientras la corrupción se premia) y no pareciendo ver que aquellos patéticos testimonios escritos se caían de viejos; yo me preguntaba cuánto había pagado al falsificador que le había hecho el trabajo, porque ni en mis más optimistas pronósticos podía aceptar que aquel ser hubiera sido en alguna ocasión un guerrero respetado, hábil y honesto, a pesar de la degeneración cronológica a la que todos estamos expuestos. Me hizo pasar y me indicó que tomara asiento. Una vez acomodada, me espetó:
    -¿Eres feliz aquí, Eowyn?
    Yo me encogí de hombros dirigiéndole una irónica mirada; hacía tiempo que había decidido hablar claramente con él, para bajadas de pantalones ya tenía suficiente con las de algunas asambleas de EUiA con ICV en la campaña para las elecciones municipales de España 2011.
    -Bueno, si obviamos lo poco apropiado de nuestros aposentos, la escasez y reducida calidad del alimento, el incómodo ambiente de trabajo y el hecho que desde que estoy aquí aún no he visto un triste céntimo de maravedí, aparte de otras cosas que no tengo ganas de relatar ahora, sí, se puede decir que soy razonablemente feliz. La religión cristiana nos enseña la paciencia y el sacrificio, y a fe mía que en este empleo dispongo de sobradas ocasiones de practicar estas virtudes.
    Él meneó la cabeza con expresión de seguridad, quitando importancia a mis quejas.
    -Todo eso cambiará en breve, te lo prometo. El escuadrón ha atravesado un bache, producido por la envidia y la maldad de mis contrincantes -bla bla bla, ahorro a l@s lector@s la ya cansina cantinela-, pero estoy en camino de solucionarlo todo –al ritmo que íbamos, yo calculaba que le faltaban unos dos siglos para poder solventar sus deudas, y otro más para estar en situación de pagarnos a nosotros, pero joder, la esperanza nunca ha de perderse-. Ya te dije que tengo mucha confianza en tus aptitudes, muchacha. Estoy rodeado de inútiles, pero sé que con una mujer como tú a mi lado podría hacer grandes cosas. Eres exactamente la compañera que necesito –mientras decía estas palabras, iba a aproximándose a mi asiento con expresión lúbrica, al tiempo que yo miraba en torno mío considerando con desesperación las posibles salidas-. Contigo a mi lado, el éxito en los torneos estaría asegurado y conseguiríamos fama y riquezas inimaginables –se acercaba más y más, dejándome constatar que la deficiente higiene de sus posesiones se extendía también, y no veas de qué manera, a su persona; yo estaba a punto de morir intoxicada; al menos los vapores de alcohol que exhalaba su aliento, aunque desagradables, tal vez supondrían un antídoto contra tan infecciosas miasmas-. Tú solo acepta y el mundo estará a nuestros pies… Tienes tanto talento y eres tan hermosa –al parecer, a sus numerosos defectos había que añadir el mal gusto-… aunque he de añadir que me gustabas más cuando te conocí; últimamente te estoy viendo un poco flacucha y tus encantos femeninos desmerecen.
    -No me explico a qué puede ser debido –fingí irónicamente ignorancia mientras me apresuraba a levantarme… bueno, por lo menos el interfecto había aludido a mis merecimientos profesionales, y no solo a mi supuesto valor como trozo de carne. Pero no era consuelo-. Gracias por el ofrecimiento, si me lo permites voy a consultarlo con la almohada. Hala, a pasarlo bien –desaparecí a toda velocidad por la puerta y regresé a mi infecto cubil, donde afortunadamente ya me esperaba mi compañero. Sin dejarle ni siquiera darme la bienvenida, le solté.
    -Nos largamos. Ahora. Sigamos el ejemplo de las revoluciones de los países árabes y de olvidadas como en Chile y enfrentémonos al explotador, aun a riesgo de una intervención imperialista como de Libia que acabe con nuestras legítimas ansias de libertad y comida y garantice el suministro de petróleo a los países occidentales. No necesitamos una consulta independentista de esas tan lícitas pero con las que los poderosos distraen al pueblo de sus verdaderos problemas, nos independizamos solos con dos pares de gónadas, aunque Aznar quiera declararnos la guerra al igual que a las autonomías españolas y al comunismo cubano. Mi resignación cristiana y mi sentido práctico tienen un límite. Puedo aguantar verle a todas horas repantigado en su jergón vestido con esa camisa cuya mugre tiene hasta círculos concéntricos que delatan el milenio en el que se depositó allí, mientras os obliga a realizar las tareas más serviles y a cortar leña con piedras porque ni de una triste hacha dispone; tener que hacer de chófer de las prostitutas que contrata sin cesar en los pueblos que atravesamos, y que han de estar bien desesperadas las pobres para aceptarlo como cliente; presenciar cómo sus maleducados hijos que en el futuro superarían con creces cualquier exageración sobre la generación Nini se pasean por el campamento destrozando en sus estúpidos juegos las pocas armas que tenemos para trabajar sin que ese imbécil se digne a reñirles lo más mínimo; incluso toleraría que nos veamos forzados a acoger un día más a ese asqueroso chucho en nuestra tienda para que, según el jefe, “no esté solito”, pero lo de hoy ya raya el surrealismo. ¿Pues no ha tratado el muy gilipollas de tirarme los tejos? Ahora entiendo por qué no me hacía trabajar tanto como a vosotros: me tenía reservada para otro tipo de tareas de índole aún menos digna.
    Mi compañero se levantó de inmediato.
    -Si tu virtud está en peligro, desde luego que nos vamos. Aunque sea con las manos vacías.
    -Bueno, no es tanto mi virtud lo que me preocupa, para solventar problemas de este tipo ya me basto solita, sino mi salud física. Otro acercamiento como este y tendrán que hacerme un lavado de estómago. En cuanto a mi salud mental… hay espectáculos cuya visión hace perder la razón al más equilibrado, y el de ese amorfo personaje mirándome con los ojillos llenos de lujuria es un buen ejemplo. Pero no te preocupes sobre lo de irnos con las manos vacías; mientras trataba de escapar de sus asechanzas me ha parecido entrever algo en un rincón de la tienda. Espera a mañana, y cuando esté distraído supervisando los entrenamientos o haya salido a hacer su cotidiana estancia matutina en las letrinas, te lo enseñaré.
    Dicho y hecho; a la mañana siguiente aprovechamos el momento en que el señor Adolfo desapareció para echar una siestecita bajo los árboles, otra de sus industriosas costumbres diarias, para entrar en su tienda. En un rincón, tras toneladas de desorden e inmundicia, se hallaba lo que me había parecido vislumbrar la noche anterior: un escudo nuevecito, una lanza reluciente y una silla de montar, amén de otros útiles para la vida aventurera de los caballeros y las damas guerreras errantes que nos serían muy convenientes. Me dirigí a mi compañero:
    -Quédate con la silla, la tuya está en unas condiciones lamentables.
    -Gracias. Creo que tú necesitabas un escudo.
    -Sí. El mío no es compatible con los nuevos modelos de espadas. Estos herreros medievales… y eso que aún no conocen la obsolescencia programada. La lanza también nos la llevamos, que siempre va bien. Anda, arreando.
    Guardábamos nuestro botín en las alforjas de nuestros caballos, cuando nuestro dueño y señor salió de la espesura del bosquecillo, preguntándonos con uan expresión que no acertamos a definir:
    -¿Qué es lo que se supone que estáis haciendo? (sigue)

     

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    El caballero que encabezaba el escuadrón de torneos, en el cual mi compañero y yo íbamos a prestar servicio de ahí en adelante, recorrió con mirada apreciativa la totalidad de nuestras figuras bien pertrechadas para la lucha, la mía y la de mi colega el viejo templario, y por un breve instante un mal pensamiento holló mi por lo común bienintencionado cerebro, pues me pareció que en su inspección el señor Adolfo prestaba menos intención a mi impedimenta armamentística y a mis cualidades físicas para el combate que a virtudes aptas más bien para otro tipo muy diferente de placeres; incluso me pareció verle relamerse con fruición en algún momento de la ojeada, aunque de inmediato atribuí el espejismo a las penalidades del largo viaje y a los numerosos días que llevaba sin echarme al coleto una buena jarra de vinillo.
    Eso sí, lo que era bastante evidente que el susodicho había dejado atrás hacía bastantes decenios su momento dorado: la musculatura que le habría permitido empuñar la lanza y la espada con eficacia se hallaba ahora derrumbada y enterrada tras cascotes inmensos de grasa, como si le hubiera atacado un terremoto de calorías, y los rasgos de su cara se veían distorsionados y abotagados igual que si se hubiera ahogado en un tsunami de alcohol de garrafón. “O sea que no es cierto que los desastres se produzcan siempre en territorios dejados de la mano de Dios, Brasil y Haití por ejemplo”, medité, “al menos si hemos de hacer caso a la riqueza de la que este hombre hace gala. Claro que cuando las catástrofes se producen en países desarrollados, es que se avecina un cataclismo nuclear, como en Japón. Al menos espero que mi colega y yo sepamos escapar de la debacle cuando se produzca con tanto orden y disciplina como los nipones”. De reojo, me llegó la expresión dubitativa del templario renegado, como si adivinara ya que mis pensamientos no se iban a corresponder con la realidad.
    -Bien, bien, bien, mis queridos nuevos compañeros -se expresó por fin mi nuevo jefe con voz cazallosa, entonación barriobajera y una elección de vocabulario tan vulgar que prefiero reproducirla en traducción al buen castellano, no sea que mis lector@s me acusen de subvertir el léxico y la sintaxis de tan noble idioma-, estoy muy satisfecho de que sirváis a mis órdenes. He oído hablar muy bien de vosotros, sobre todo de ti, Eowyn de Camelot, a quien tu fama precede. Confío en que demostrarás esas capacidades bajo mis órdenes… aquí estaréis muy bien, dispongo del campamento más suntuoso y cómodo a este lado de la frontera, y los herreros más hábiles trabajan para mí y me confeccionan las mejores armas para que con mi destreza en la lucha, y la de los caballeros a mi servicio, les conduzca a la fama y el honor eternos y a la riqueza temporal. Que la austeridad de mi tienda no os lleve a dudas, soy un hombre que prefiere vivir morigeradamente. Además, tendréis sustanciosos honorarios que se verán incrementados si demostráis merecimiento en la batalla… Pero id ya y descansar de las inclemencias del viaje, que bien os lo merecéis.
    Yo ya me frotaba las manos imaginando el confortable alojamiento donde iba a descansar esa noche, y que anteriormente el señor Adolfo me había descrito como un Edén de lujo asiático perfumado con los aromas del Mediterráneo. De inmediato, dos sirvientes nos condujeron a una pequeña extensión de terreno situada detrás de la tienda principal donde había tenido lugar aquella entrevista, y tuve que frotarme repetidamente los ojos al ver que aquel calvero polvoriento se apilaban, alrededor de las letrinas, la friolera de tres diminutas y ajadas tiendas, una de las cuales nos señalaron como la que sería nuestro hospedaje en los días venideros.
    -Esto es lo que hay –manifestó unos de los criados, de flaco semblante, que nos había llevado hasta allí-, colegas. Tendréis que compartirla.
    Sin dar aún crédito a mis oídos, entré. En el reducido espacio los jirones de tela se agitaban alegremente al ritmo del viento que entraba por los agujeros, acariciando en su alegre danza una mugre omnipresente, en mitad de los efluvios que arrojaba los retretes. En el suelo, unos trapos que debían haber corrido mil aventuras por las alcantarillas más pestilentes de la comarca se apilaban a modo de jergón.
    -Y aquí se supone que hemos de dormir dos personas… en este amplio y cálido salón de baile. Supongo que la idea es que nuestra cercanía haga la función de sistema de aislamiento térmico, que por lo que veo es un poquillo deficiente.
    -Así es –respondió sin inmutarse, el doméstico que había hablado.
    -A ver –resumí yo la situación-, no pretendo iniciar mi primer día de trabajo con reivindicaciones laborales, pero tampoco me gustaría que mi prudencia fuera tan malinterpretada, aunque quizá con razón, como la de algunos sindicatos en el enero del 2011 español. Traducción: ¿qué coño es esto? ¿Se supone que es aquí donde tenemos que alojarnos? ¿Los dos? ¿Cuándo se perdieron en esta empresa la decencia y el decoro? Y sobre todo, ¿cuándo se perdieron los productos de limpieza?
    -Pues lo siento –me contestó el otro lacayo, tan escuálido como el primero, encogiéndose de hombros-. No pienses que nosotros vivimos mejor. Nuestra tienda es la de la derecha, cuando la veas por dentro te considerarás afortunada.
    -Es de suponer que los dos caballeros más antiguos habitan la tienda de la izquierda, la que parece algo más arregladita –aventuré yo.
    -Te equivocas. Los otros dos caballeros más antiguos somos nosotros. Sí. También. La tienda de la derecha es la del perro.
    -¿La del perro?
    -La del perro.
    -Me temo que en este mundo se está llevando el antiespecismo demasiado lejos… está bien, retiraos, necesitamos un poco de soledad para ver si nos hacemos a la idea de nuestro cruel sino -cuando se hubieron ido, le dije a mi compañero-. Antes de cualquier otra consideración, es urgente que desinfectemos esto, así que vayamos a la aldea más cercana a ver si nos prestan algo que pueda servir para el cometido. Y mantas. Muchas mantas. Y si mañana no se nos han congelado las ideas o alguna otra parte de nuestra anatomía, meditaremos qué hacer.
    La generosidad de los aldeanos de las proximidades nos evitó morir aquella noche de frío, del virus del ébola o de ambas cosas simultáneamente, y pensé que menos mal que no me encontraba de regreso en la Cataluña del futuro, donde con la de microbios que pululaban por allí los recortes de Mas, sobre todo en Sanidad pública, nos conducirían a un muerte segura, como seguramente acabarían conduciendo a muchas personas humildes, a la muerte del cuerpo o a la muerte del alma, que no sé qué es peor. Al día siguiente, mi colega y yo celebramos un conciliábulo donde decidimos que visto lo visto y con los casi cinco millones de parados medievales que pululaban por los caminos pidiendo limosna, más nos valía seguir allí hasta que encontráramos otra manera de ganarnos el sustento, aunque para ello se necesitaba un valor superior al que pudiéramos esgrimir en la batalla (el mismo que tant@s trabajador@s, y sobre todo trabajadoras, están demostrando ahora). Pero no sabíamos que nuestras desdichas no habían hecho más que comenzar. (sigue)

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    Sin tiempo para escribir y sin poder dejar de sumarme a esta iniciativa, copio el fantástico texto de Mª Àngels de Punts de Vista convocando a la manifestación en Madrid del domingo 20 de mayo. Por las mismas ciscunztancias que me hacen tener este blog en coma actualamente, yo no estaré allí, al menos físicamente, pero el espíritu de este blog pululará por esas calles y dará su apoyo a los que no abandonan la lucha. Ahí va:

    “Pues mucho me temo que se han pasado tres pueblos y que no lo lograrán: los mercados, estos señores con nombre y apellido que se esconden tras una institución descerebrada, como denunciaba hace poco el filósofo Jesús Mosterín, están ahogando a la mayoría de la población mientras ellos van aumentando sus beneficios: son auténticos doctores Mengeles, criminales en tiempos de guerra y de falsa paz, que utilizan todos los recursos que obran en su poder (y que son muchísimos) para someter a toda la población a tratamientos de shock, pretendiendo despojarnos no sólo de los servicios sociales duramente conquistados, sino también de nuestra razón, pensamiento, estabilidad, cordura.

    No lo lograrán. En las calles de Lisboa los jóvenes denunciaban “que mundo tan estúpido: para ser esclavo es preciso estudiar”. Pero ocuparon las calles a millares, rebelándose. El próximo domingo día 20 de marzo es Izquierda Unida quien convoca en la Puerta de Toledo, en Madrid. Contra los Recortes, por el Empleo, las Pensiones y los Derechos Sociales.

    Es decir, Izquierda Unida convoca a luchar por una vida digna. Y a pararle los pies y las agallas al neoliberalismo: algo fundamental que tenemos que conseguir para empezar a hacer realidad otro mundo posible, donde otro sistema de redistribución de los trabajos, de la renta y la riqueza, responda a otras relaciones sociales de producción.

    Y en Catalunya, ¿a qué esperamos? Sólo el prepotente anuncio de Josep Antoni Duran Lleida, de que la Generalitat suprimirá el impuesto de sucesiones antes de las elecciones municipales del 22 de mayo (saltándose por encima las decisiones del Govern de la Generalitat) ya merece una respuesta contundente…. Y no digamos del anuncio de Rodríguez Zapatero sobre “adecuar los salarios a la productividad”, como Merkel, en nombre de los capitales alemanes, ordena. Esta medida ha conseguido, naturalmente, el apoyo de Duran y Lleida, que sigue moviendo los hilos de sillas no precisamente vacías y que sólo ha recordado de fingir algo de caridad cristiano-demócrata al añadir que “también se debe tener en cuenta el nivel de vida” del país… Pero ya empiezo a temer que el señor Durán confunde el nivel de vida del país con el suyo propio y el de sus privilegiados amigos que reciben substanciales herencias… En cambio, el nivel de vida de la mayoría de personas de este país no está para regalar ni un euro a los poderosos, y mucho menos el 5% por ciento millonario en euros que ha quedado de las rebajas del Impuesto de Sucesiones. ¿Que es promesa electoral, como intenta justificar el señor Mas? Pues díganme en qué momento de la campaña prometieron ustedes entregar con toda desvergüenza la sanidad pública a manos privadas… ¡y vaya si lo están haciendo!

    De momento, el día 20 toca gran manifestación en Madrid, y se han sumado a la campaña los blogs amigos:
    -Quien mucho abarca http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica
    -Desde la cantera http://www.desdelacantera.blogspot.com
    -Kabila http://rafa-almazan.blogspot.com
    -Punts de Vista http://angelsmcastells.nireblog.com/
    -El blog de JanGas http://jangas.wordpress.com
    -La Rueda del Tiempo http://laruedadeltiempo.net
    -ceronegativo <http://www.ceronegativo.net
    -Ciberculturalia <http://ciberculturalia.blogspot.com
    -Relatando desde el Bajo Llobregat http://nicolasdurancornella.blogspot.com
    -La terca IUtopia http://luisangelaguilar.blogspot.com

    Y para acabar, echad un vistazo a este vídeo:”


    Manifestación 20M, Madrid. Contra los Recortes, Por las Pensiones, el Empleo y los Derechos Sociales

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    Por segunda vez, y entre otras blogueras como Àngels y Ciberculturalia, tengo el honor de adelantar el Top 20 del Ránquing de Género de Wikio del mes de febrero, cinco días antes de la celebración de un 8 de Marzo que vendrá marcado por una de las tantas agresiones a las clases populares escudadas en la crisis, esto es, la que tiene como objetivo y víctima a las mujeres trabajadoras. Pocos cambios hay en estos veinte blogs con respecto al mes pasado, excepto la entrada de Mujeres, Ideas y Acciones y El Bloc de Lucía Solís, compañeras a las que se saluda y se felicita, como un síntoma de los nuevos avances de esta lucha parece que infinita de abrir espacios para las voces femeninas, a pesar de los obstáculos que nos crea la sociedad y los más importantes, los que nosotras, influidas por ella, nos autocreamos. Aquí lo tenéis: disfrutad de los escritos de estas compañeras con esperanza y con ganas de seguir alzando la voz.

    1 punts de vista
    2 Ciberculturalia
    3 Viramundeando
    4 El Blog de Inés Sabanés
    5 Amanece en Cádiz
    6 Elena Valenciano
    7 La Ciudad de las Diosas
    8 La Rueda del Tiempo
    9 Sin Género de Dudas
    10 Bosque de Brocelandia
    11 lkstro.com
    12 Hagamos un Trato
    13 Maripuchi y su Mundo
    14 la broma
    15 Jéssica Fillol
    16 Gemma Lienas Massot
    17 Lady Read Morgan
    18 Mujeres Ideas Acciones
    19 Lourdes Muñoz Santamaría
    20 El bloc de Lucía Solís

    Ranking de marzo realizado por Wikio

    http://www.wikio.es

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    Pues sí, amiguitos y amiguitas: la mayor serie de ataques al estado del bienestar y a la clase trabajadora desde el golpe de Estado del 36 ha dado un nuevo paso: la jubilación se retrasa y las pensiones se reducen, en un país con más del 20% de población activa en paro y con prestaciones progresivamente menguantes: es obvio que la medida es inteligente y útil para crear empleo, no está basada en mentiras sobre el futuro de las pensiones públicas, no trata de favorecer a los planes de pensiones privados de los pobrecitos bancos, verdaderas víctimas de esta crisis con los cuales todos nos tenemos que solidarizar dejando de pagar la hipoteca para que se queden con nuestras casas (sin que se reduzca nuestra deuda con ellos, claro), ni, sobre todo eso, hace recaer la culpa y las consecuencias de la crisis en quienes no la han provocado, mientras las grandes fortunas del país no han perdido un solo euro que no les haya restituido con creces de alguna otra manera.

    Y naturalmente, tampoco se debe a que en este país la autodenominada izquierda (PSOE) nos haya traicionado y vendido, nuestro arte y cultura, nuestra economía y nuestra justicia (el caso Couso no es el único) a las grandes productoras, a los organismos económicos internacionales y al amigo americano, ante el cual Zapatero no hace reverencias en público, como Piqué, pero sí en privado. La culpa la tienen exclusivamente los sindicatos: si la derecha y la izquierda están de acuerdo en esto, quién soy yo para contradecirlas?

    Hace poco afirmé que hay muchas formas de lucha, y que la negociación puede ser una de ellas. Pero a la negociación hay que entrar con fuerza y valor, en la mejor tradición de los gladiares rebeldes al Imperio. Y la fuerza hace tiempo que nos la han ido extrayendo, a base de vendernos el paraíso en cómodos plazos que luego no resultan tan cómodos, a base de hipotecar nuestros sueños y nuestras aspiraciones, a base de engancharnos al sistema con cola de impacto, convenciéndonos de que necesitamos cosas a las que después no estamos pudiendo renunciar de ninguna manera. Se alude a los sindicatos mayoritarios como “sindicatos del sistema”, sin darse cuenta que todos somos partícipes del sistema, y que estos sindicatos en quienes hemos depositado nuestra esperanza y que nos han traicionado, que han conseguido pequeños avances a costa de dar su consentimiento a condiciones inaceptables, los hacemos nosotr@s, son lo que son gracias a nosotr@s, y sólo nosotr@s podemos cambiarlos y lograr que sean realmente el baluarte de la clase trabajadora. Sacando fuerzas de flaqueza aunque nos las hayan robado, y haciendo que ellos también las saquen. La pregunta es: nos han traicionado los sindicatos o nos hemos traicionado nosotr@s mism@s? Ellos han ayudado a que hayamos en lo que somos, olvidando su deber de concienciarnos políticamente e informarmos, o nosostr@s hemos controbuido a que se conviertan en lo que se han convertido?

    Y en cuanto al valor… ya es hora de que la izquierda de este país se deje de pamplinas. Ya es hora de que se envíe a la puta mierda las condiciones objetivas, el pragmatismo y el mal menor. Ya es hora de que la negociación no se convierte en sumisión, en decir que sí a todo a cualquier precio y a darse por satisfechos con las migajas. La izquierda renunció en los Pactos de Transición, y aunque nunca es tarde para arrepentirse, como ya se ha hecho, este error lo estamos pagando y lo pagaremos muy caro. La izquierda, invocando su sacrosanta unidad (que yo siempre he defendido), se unió con formaciones que no eran izquierda, con las consecuencias que hace tiempo se están viendo y que pronto serán de dominio público. Un parte de la izquierda ha desestimado luchar con dignidad ante esta nueva etapa del mayor atentado a los derechos de los trabajadores y trabajadores del Estado español; y ahora nuestro porvenir ya no es oscuro, es un insondable agujero negro, y me río yo de las series televisivas apocalípticas de mundos plagados de zombis. Enhorabuena a tod@s, y me incluyo. Esta vez sí que la hemos acabado de joder del todo.

    P.D.: La posición de IU y Cayo Lara, afortunadamente, no difiere mucho de la de esta bloguera. Y también han escrito sobre el tema: http://www.sotoencameros.net/, http://nicolasdurancornella.blogspot.com, http://rafa-almazan.blogspot.com, http://abloguearabloguear.blogspot.com/, http://www.desdelacantera.blogspot.com/, http://angelsmcastells.nireblog.com/, http://dominbenito.wordpress.com/2010/12/28/ojala-fuera-una-inocentad&#8230;, http://ciberculturalia.blogspot.com, http://www.fuentepalmeratimes.blogspot.com/, http://luisangelaguilar.blogspot.com/, http://mayoyoaguava.blogspot.com/, http://viramundeando.blogspot.com/, http://www.maldicequenoespoco.blogspot.com, http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica, http://saramulet.blogspot.com/, http://ceronegativo.net, http://grandolapeque.wordpress.com/, http://ventanasdelfalcon.blogspot.com, http://bloclaratera.blogspot.com/

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    (Intervención de esta bloguera en el programa de radio Sputnik del martes 28 de diciembre de 2010).

    Buenas noches. Desde el barrio de Santa Caterina, en el corazón de Barcelona, se observa un panorama de la Vía Laietana que nos hace recordar épocas en las que la gente aún creía y estaba preparada para la lucha: una gigantesca ola de banderas republicanas se agita desde el puerto hasta la Plaza Catalunya. La tricolor domina sobre el gris de la Ciudad Condal como en un amanecer extraño y maravilloso. Hace un momento me han comentado que la multitud ha llegado a la Plaça Sant Jaume, sede del gobierno municipal de Barcelona y de la Generalitat de Catalunya, de forma pacífica, claro está, y ha arriado la bandera monárquica para que la republicana ondee definitivamente en los balcones de los dos edificios oficiales. Hace unos días hubiera parecido mentira que la indignación del pueblo español ante las medidas antisociales del gobierno de Zapatero fuera a culminar en una explosión de tales características, pero el apoyo del ya ex monarca a tales disparates en su mensaje navideño fue la gota que colmó el vaso. Desde el blog Bosque de Brocelandia confiamos en que este no será el único cambio que viva este país y que esta Tercera República que hoy comienza representará el cambio político de carácter verdaderamente social que España, y el mundo entero, están necesitando cada vez con más urgencia. Nada más desde Barcelona. Bona nit i visca la República!

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    A l@s responsables de Inmigración de cualquier país medianamente civilizado:

    Apreciad@s señor@s:

    Vivo en un país donde se juega y se ha jugado con el derecho a una vivienda digna, vendiéndolo al mejor postor; donde además de asegurarse mediante una póliza (abonada por ti, obviamente) que acabarás pagando el techo sobre tu cabeza pase lo que pase, te lo cobran y te lo vuelven a cobrar una y otra vez y si no puedes sufragarlo te lo quitan dejándote con la deuda casi intacta. Donde el precio de ser pobre puede ser perder tu familia e incluso tu vida. Todo eso permitido por el Gobierno; por cierto, es socialista.

    Vivo en un país donde el mismo Jefe de estado gobierna desde hace más de treinta años sin elecciones y con connivencia con las elites internacionales más turbias, cuyos negocios y malos manejos favorece a costa de la economía del país, que al final ya se imaginarán quiénes acabaremos, como siempre, pagando; donde la Justicia tiene un precio y un dueño, con lo cual pierde el nombre de Justicia, porque son los delincuentes quienes vences mientras que las víctimas van de cornudas y apaleadas; donde el gran empresario tiene las manos libres para cometer todo tipo de abusos y chantajes contra sus trabajadores. Un país donde dejamos que nos manipulen informativamente, más aún, donde pedimos a gritos que se nos manipule informativamente, en que se crimininaliza a unos trabajadores por ejercer su derecho a la huelga, que por muy salvaje que ésta sea y por muy privilegiado que pueda considerarse este colectivo es legítimo, mientras nadie ha levantado la voz por la supresión de los 420 euros a los parados sin prestaciones ni por la próxima ley de pensiones. Leí que la huelga de los controladores afectó a 1,2% de la población mientras que la reforma de las pensiones fastidiará a conciencia al 80%… suma y sigue… Apreciad@s seño@s, vivo en un país donde los militares salen a la calle!

    Sólo ellos salen. No nosotros. Las calles están vacías. Tras las traiciones de quienes juraron salvarnos de la derecha y nos han metido en una derecha peor, tras las mentiras y la escandalosa bajada de pantalones en el caso Couso y en de los vuelos de la CIA, por citar sólo los más sonados, tras los sobornos convenientemente pagados a los bancos y las transnacionales. Las calles siguen vacías. Apreciad@s señor@s, mi gobierno me ha declarado la guerra y las calles siguen vacías, vacías de lucha, y nuestros corazones están vacíos de dignidad, de honor, de valentía, de solidaridad!

    Apreciad@s señor@s, no me engaño: no espero de ustedes más que de los que hasta ahora me han gobernado, si acaso un poco más de inteligencia, algo más profesionalidad en el mando, porque si al menos el que te jode no es inútil esbirro sin voluntad bueno para nada, parece que el acto duele menos. Sé perfectamente que ustedes son tan cabrones como los que ya conozco, tan corruptos, tan criminales, y tal vez incluso tan estúpidos.

    Pero las calles de sus países no están vacías. Hay gente que arriesga la libertad, la seguridad económica, y quién sabe si la vida, por sus semejantes, por la igualdad, por la justicia. Y, tras haber expuesto mis sobrados motivos y por esa esperanza, les pido que me concedan asilo político en su país para este Año Nuevo en el cual cualquier deseo de felicidad suena como una amarga burla.

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    Ayer, en Catalunya, ganó el desconcierto provocado por los que proclaman estar al lado de los trabajadores y sin embargo hacen políticas en su contra. El cansancio hacia un discurso soberanista que no parecía más que destinado a enardecer al elector y a hacerlo olvidarse de los problemas reales, y que cuando realmente la voluntad de l@s ciudadan@s de Catalunya se vio atacada se mostró impotente. La inoperancia e incapacidad de resolver los problemas, al ser designados los cargos decisivos en función a su cercanía con el aparato del partido y no por su valía profesional, a pesar de los difíciles tiempos. La debilidad en una función pública que superaba las capacidades y que alguno (y su formación) tuvo la escasa visión política de aceptar, con las consecuencias que se derivaron y que arrastraron a la parte secundaria de la coalición, a quien nunca le dieron la oportunidad de aplicar su ideario. La incultura endémica ibérica que se deja manipular por proclamas de un liberalismo salvaje que incluso rozan el fascismo, si es que no se sumergen en él directamente, cuando la única solución hubiera sido que los que decían defender a las clases populares, pequeña y mediana empresa, en verdad hubieran hecho honor a su palabra. Ha ganado la Catalunya que no amo, que no me representa y que, aunque siempre la defenderé, no me hace sentir orgullosa de haber nacido en su territorio.

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    Marcelino Camacho

    Marcelino Camacho

    Nunca pudieron vencerlo. Se mantuvo firme, fiel a la causa de los trabajadores y las trabajadoras, de la libertad, la justicia, la igualdad, frente a todas las amenazas y las manipulaciones del sistema. Ya van quedando menos como él y, aunque nadie podrá matar su lucha y su ejemplo, la gran pregunta es que si nosotr@s, l@s que llegamos después, estaremos a su altura. Tendremos que estarlo, se lo debemos a él y a a tod@s l@s demás. Hasta siempre, camarada Marcelino.

    Comunicado del PCE ante el fallecimiento de nuestro camarada Marcelino Camacho

    “Ni nos doblaron, ni nos doblegaron, ni nos van a domesticar”.

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    Uno es súbito y agresivo; la otra, insidiosa y, a la larga, igualmente dañina. Uno suele ser de corta duración (aunque sus efectos duren y duren, y si no díganselo a los españolitos y españolitas que aún son víctimas del 36), y la otra se prolonga en el tiempo, pasando por encima de cualquier modificación en el sistema. Uno cierra o censura los medios de comunicación; la otra los compra y los manipula. Uno lanza a los sectores más reaccionarios de la policía y el ejército (que a veces son todos, para qué vamos a engañarnos) contra la población civil que lucha por su libertad y por su dignidad; en la otra, la policía y el ejército son defensores del pueblo, y bla bla bla, y la población civil que lucha por su libertad y su dignidad unos delincuentes a quienes se puede provocar, apalear y detener arbitrariamente, faltaría más. A pesar de su violencia, a veces extrema, y de sus terribles secuelas (recordad España, Argentina, Chile, tantos otros… imposible olvidar), el golpe de Estado es evidente, real, contra él se puede luchar, y vencer, como ha sucedido en Ecuador (mis felicitaciones, compañer@s). Contra las mentiras de esta democracia, supuesta o no, porque yo ya no sé lo que significa la palabra ‘democracia,’ que subvierte todos los términos con nuestra cobarde aquiescencia, conviertiendo a las víctimas en verdugos y a los verdugos en víctimas, no, pues no se puede combatir a un fantasma. Muera el Estado de derecho; viva el putsch.

    Represión policial
    Muchos blogs amigos han hablado del caso de Pascual Campos, represaliado y falsamente acusado por su participación en la Huelga General del 29-S, y de otros que están en su mismo caso, con la connivencia de grandes empresas que han actuado como centro de detención ilegal y nido de policías, parapolicías y esbirros del sistema (me refiero concretamente a El Corte Inglés). Aquí tenéis la lista de post:
    -Córdoba: primer juicio contra los piquetes.
    -Se pongan como se ponga, la Huelga General ha sido un éxito
    -Pascual
    -¿Por qué no compro en El Corte Inglés?
    -El Corte Inglés, transformado en centro de detención ilegal
    -Desde la Transición no hay tanto comunista procesado como el 29S
    -Porras contra banderas

    Y observad estos curiosos ejemplos de cómo la policía colabora con los ciudadadanos y ciudadanas, tanto que les ayuda incluso a manifestarse:
    -¿Cómo actúa un piquete violento?
    -Policías camorristas y rateros, en acción el 29S

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    Día de Huelga General. En Barcelona, desde el mar hasta el centro, se respiraba una calma tensa, llena de expectación. El rodar del tráfico, tranquilo, espaciado, se confundía con el rumor las olas y llegaba a ser casi relajante. Establecimientos cerrados, grupos de sindicalistas por doquier, pequeñas manifestaciones espontáneas… Llego a Santa Caterina, el barrio inmigrante que me acogió a mi llegada a Barcelona y que sique siendo mi refugio: @eowyndecamelot, mi personalidad twittera, me está esperando: he decidido utilizarla hoy como único canal para recibir y emitir las noticias.

    Éstas no tardan en llegar: si exceptuamos la reacción criminalizadora y la pobreza de los argumentos de los medios del sistema, y las actuaciones desaforadas de algunos elementos policiales, son sorprendentes. Poco antes, yo había prevenido a la gente contra el fracaso, la decepción y la inacción consiguiente. Pero la temida derrota no llega; las informaciones, al contrario, hablan de un seguimiento masivo: 70%, más en algunos lugares, un descenso del consumo eléctrico por momentos incluso a niveles más bajos que un domingo. Casi no me atrevo a pensarlo… pero… sí… parece que… ¡esto funciona!

    Las cinco de la tarde. Escalo la pendiente sobre la que está construida mi ciudad para ir al encuentro de la manifestación. En mi camino, observo a las fuerzas del orden estratégicamente colocadas con propósitos no muy claros. Un diablillo malicioso me susurra al oído que le pida a uno de los chicos de azul que me señale el camino hasta la protesta, o mejor, que le pida que me lleve hasta allí con su coche policial, pero afortunadamente el ángel que vela por mi integridad física logra contener mi deseo de ecaharme unas risas a su costa. En Passeig de Gràcia, rodeada de tiendas de lujo con las persianas cerradas, veo los primeros signos de la fiesta ciudadana: grupos portando banderas de vaga o no tan vaga inspiración roja, los primeros petardos, las primeras consignas, hojas volando en el viento como una súplica atea de libertad e igualdad… Y de pronto, estoy en el centro: el gentío me rodea, me envuelve, anula mi visión. Escalo a la barandilla del metro y ni desde allí puedo ver el final, ni en principio. Sin medios para comunicarme con l@s compañer@s, me uno al desfile como la sombra que soy, la peregrina entre mundos y tiempos, entre ficción y realidad, a la que nunca nadie sabe si se ha visto o sólo se ha imaginado: no importa, acepto mi destino.

    Y entonces empieza la fiesta: las banderas de agitan, tal vez demasiado verde y escaso rojo: pero sé que el color está ahí, aunque se esconda. Se mezclan las consignas en fraternal montón, con todo lo que esto implica de cordialidad y disensión al un tiempo. Mañana, quizá, nos tiraremos los trastos a la cabeza mientras nos acusamos mutuamente de pactistas, traidores, vendidos, radicales, descerebrados; supongo que va con el paquete. Hoy no. Música, coreografías, canciones de moda, populares o infantiles adaptadas para la ocasión… Veo volar una pancarta sostenida por globos, no distingo su leyenda. Deseo que el concepto que esta acción simboliza también planee en el aire, se trasmita a todos los lugares del mundo. Deseo que ellos sepan bien que aún no nos han adocenado, que aún no nos han vencido.

    El Corte Inglés de plaza Catalunya, paraíso del consumismo. Algunos grupúsculos se amontonan en su puerta, a gritos de ‘esquiroles, esquiroles’. La rabia va creciendo. Patadas a la puerta, lanzamientos de objetos contundentes… Pienso: ¿es sólo violencia gratuita, manera de canalizar frustraciones personales? Tal vez. Pero adivino algo más en las caras de esos jóvenes, y no tan jóvenes: una decepción, una falta de futuro, que empieza con el fracaso del sistema educativo, la imposición del consumismo y la negación de los medios con el que podríamos llevar a cabo esta forma de vida, en el caso de que fuera positiva. Sus vidas están vacías desde casi el principio, les ha faltado visitar más el supermercado de las cosas que importan… pero siempre que lo intentaban había salido ya el tranvía (y no había más transporte público). Los cristales se rompen y un encargado aprovecha para introducir por el agujero una manguera con la que obsequia con un buen chorro de agua fecal a los atacantes; me salvo por milagro.

    Comienzan a llegar furgonetas policiales; cuento más o menos una por cada manifestante. Carreras y más carreras: la ira aumenta, el lanzamiento de objetos también, hay papeleras en llamas. De pronto, los secretas se quitan sus caretas. Hay unos siete u ocho infiltrados, con el pelo sospechosamente rapado tapado por las capuchas de sus sudaderas, entremezclados con la gente justo en la zona de donde partió el último ataque: no es un hecho definitivo, pero sí sospechoso. Tres o cuatro personas están tendidas en el suelo, con las manos en la nuca. Renquean doloridos al levantarse, les han atizado bien. Muy cerca se produce otra carga, aunque sin resultados. Siento que estoy viviendo la historia en mi primera persona, y me gusta pensar que tal vez, en una mínima parte, estoy contribuyendo a ella.

    Vuelvo a Santa Caterina. La estrecha calle donde tengo mi cueva esta llena de barricadas, tras una Catedral y una Via Laietana donde aún arden los últimos contenedores. Ante mis asombrados ojos se repiten las escenas de la banlieue parisiense de hace unos años: desde las ventanas y en las aceras, grupos formados por jóvenes inmigrantes de varias nacionalidades y autóctonos obsequian a los antidisturbios con todo tipo de objetos, algunos bastante peligrosos. En mi afán de retratar el instante con una máquina demasiado nueva para que haya aprendido a entenderla totalmente, con el subsiguiente desastre fotográfico, me veo en mitad del fuego cruzado y una de las pelotas de goma que los policías disparan sin encomendarse a Dios ni al diablo está a punto de estamparse en mis narices. Increpo al intrépido lanzador, recordándole mi derecho a dirigirme a mi domicilio sin ser agredida por las fuerzas del desorden, sea cual sea la situación: poco me ha faltado para ser una víctima colateral. Y vuelvo a preguntarme de dónde viene tanta rabia, a qué obedece tanta violencia. Porque aquel odio en las miradas de esos chicos y chicas no puede ser un puro juego, una rebelión sin causa.

    Y el mar otra vez, el regreso a mi pequeño exilio campestre. Mañana, más criminalizaciones, más deseos de identificarnos a tod@s con la minoría más irracional (a quien, aunque no apruebe, tampoco me atrevo a juzgar), más mentiras y manipulaciones, más intentos de cerrarnos la boca a base de telebasura. Pero hoy les hemos demostrado que aún no hemos olvidado cómo se lucha, nos hemos dado razones para estar orgullosos y, contra la desesperación de l@s violent@s, hemos demostrado que aún existe, al menos de momento, una pequeña esperanza.

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    29-S. Yo voy!

    29-S. Yo voy!


    Éste va a ser el último post en El Bosque (a no ser que me llegue repentinamente la inspiración a media tarde, que todo puede ser) antes de la Huelga General de mañana, día 29 de septiembre de 2010, en que este blog se solidarizará con los trabajadores y cerrará sus puertas. En él me gustaría hacer un recopilatorio de todo lo escrito esta semana por los compañeros y compañeras de I Love IU y la Rojosfera en general en relación con el 29-S. Es de lectura recomendada para todos, y casi obligado para los aún indecisos, los temorosos de perder un día de salario (no hay duda de lo necesario que es en estos tiempos, pero hay que comprender que mañana l@s trabajador@s nos jugamos mucho) y los cabreados universales. Ahí os dejo con ello, y mañana nos vemos en la calle, camaradas.

    -http://radiorexurdimento.blogspot.com/2010/09/folga-xeral.html
    -http://bloclaratera.blogspot.com/2010/09/objetivos-del-milenio-una-decada.html
    -http://johncornford.blogspot.com/2010/09/derechos-de-los-trabajadores-en-una.html
    -http://saramulet.blogspot.com/2010/09/potser-no-et-motivi-massa-axo-dobrir-te.html
    -http://www.ines-sabanes.net/?p=4011
    -http://www.iescudero.cat/2010/09/29set-si-pot-servir-memoria.html
    -http://francescms.blogspot.com/2010/09/tv3-faran-la-vaga.html
    -http://arv1952.blogspot.com/2010/09/la-inutilidad-de-la-huelga.html
    -http://desdelacantera.blogspot.com/2010/09/fiesta-del-pce-video-acto-razones-para.html
    -http://fuentepalmeratimes.blogspot.com/2010/09/un-piquete-en-la-ser.html
    -http://fuentepalmeratimes.blogspot.com/2010/09/acto-en-cordoba-huelga-general-y-medios.html
    -http://david.bligoo.es/content/view/1008991/Razones-para-ir-a-la-Huelga-el-29-S.html#content-top
    -http://leeryescuchar.blogspot.com/2010/09/cadema-humana-por-la-huelga-imagenes-2.html
    -http://leeryescuchar.blogspot.com/2010/09/argumentario-de-apoyo-la-huelga-general.html
    -http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica/2010/09/24/el-primer-piquete-esta-siendo-un-exito/
    -http://altersocialismo.wordpress.com/2010/09/24/un-col-lectiu-cutada-denuncia-a-la-fiscalia-als-responsables-de-lespeculacio-contra-el-deute-public/
    -http://marina-eupv.blogspot.com/2010/09/blog-post_24.html
    -http://www.laruedadeltiempo.net/2010/09/24/original-piquete/
    -http://dominbenito.wordpress.com/2010/09/23/la-huelga-debe-ser-un-exito/
    -http://dominbenito.wordpress.com/2010/09/23/iu-ccoo-y-ugt-invitan-a-los-mirobrigenses-a-participar-en-la-huelga-general-del-29-de-septiembre/
    -http://dominbenito.wordpress.com/2010/09/24/la-crisis-explicada-a-quienes-la-sufren/
    -http://dominbenito.wordpress.com/2010/09/24/sobran-los-motivos-ii/
    -http://blogdemariasun.wordpress.com/2010/09/24/manifiesto-ciudadano-de-apoyo-a-la-huelga-general/
    -http://www.gorkaesparza.com/2010/09/24/manifiesto-ciudadano-de-apoyo-a-la-huelga-general-unete/
    -http://blogs.tercerainformacion.es/pedromellado/2010/09/24/a-la-huelga-general-iv-la-huelga-del-26-s/
    -http://www.haciaelsudoeste.com/2010/09/paramos-y-nos-manifestamos.html
    -http://rafa-almazan.blogspot.com/2010/09/de-la-coaccion-y-la-huelga.html
    -http://dempeus.nireblog.com/post/2010/09/23/arguments-socials-per-la-vaga-general
    -http://angelsmcastells.nireblog.com/post/2010/09/23/la-crisis-explicada-a-quienes-la-sufren
    -http://angelsmcastells.nireblog.com/post/2010/09/24/els-especuladors-denunciats-a-la-fiscalia
    -http://ventanasdelfalcon.blogspot.com/2010/09/zapatero-rectifica-la-clase-trabajadora.html
    -http://cerosalaizquierda.blogspot.com/2010/09/el-29-de-septiembre-me-descogelo-por-la.html
    -http://grosske.balearweb.net/post/91743
    -http://saramulet.blogspot.com/2010/09/esquerra-unida-eaiv-celebro-ayer-en.html
    -http://luisangelaguilar.blogspot.com/2010/09/buenas-practicas-para-salir-de-la.html
    -http://arv1952.blogspot.com/2010/09/una-razon-mas-para-ir-la-huelga.html
    -http://radiorexurdimento.blogspot.com/2010/09/declaracion-de-apoio-folga-xeral-do-29.html
    -http://javiermadrazo.wordpress.com/2010/09/24/una-huelga-util/
    -http://angelsmcastells.nireblog.com/post/2010/09/25/el-barri-de-gracia-i-la-vaga-general
    -http://rafa-almazan.blogspot.com/2010/09/calentando-motores.html
    -http://grandolapeque.wordpress.com/2010/09/25/razones-para-la-huelga-capitalismo-manchesteriano/
    -http://opovoequemordena.blogspot.com/2010/09/0.html
    -http://angelsmcastells.nireblog.com/post/2010/09/25/el-barri-de-gracia-i-la-vaga-general
    -http://dempeus.nireblog.com/post/2010/09/25/la-huelga-del-29-s-desde-el-ambito-de-la-salud
    -http://www.ines-sabanes.net/?p=4043
    -http://www.moscasenlasopa.net/blog/?p=4431
    -http://silviaf1.blogspot.com/2010/09/universidad-en-huelga.html
    -http://fuentepalmeratimes.blogspot.com/2010/09/manual-del-piquetero-por-jose-manuel.html
    -http://www.sotoencameros.net/2010/09/mas-razones-para-ir-la-huelga-general.html
    -http://apuigsole.blogspot.com/2010/09/que-no-sens-humilii-en-el-treball-es.html
    -http://grandolapeque.wordpress.com/2010/09/26/comunistas-por-la-huelga/
    -http://marina-eupv.blogspot.com/2010/09/convencio-programatica-i-acte-de.html
    -http://otrovisoposible.blogspot.com/2010/09/por-que-voy-la-huelga-general-de-29-de.html
    -http://johncornford.blogspot.com/2010/09/los-sindicatos-llevan-razon.html
    -http://javiermadrazo.wordpress.com/2010/09/26/desmontando-excusas-para-ser-un-esquirol-el-29-s/
    -http://buscandolafraseperfecta.blogspot.com/2010/09/httpdeshuesadero.html
    -http://josegonzalezdiaz.blogspot.com/2010/09/zapatero-nos-recuerda-las-razones-para.html
    -http://www.asueldodemoscu.net/?p=5584
    -http://www.asueldodemoscu.net/?p=5574
    -http://www.asueldodemoscu.net/?p=5556
    -http://muyloco.wordpress.com/2010/09/26/sobran-razones-para-hacer-huelga-general-el-29s/
    -http://viramundeando.blogspot.com/2010/09/un-poco-de-humor-ante-la-huelga.html
    -http://arraiosoundsystem.blogspot.com/2010/09/reflexiones-sobre-el-29s.html
    -http://basseta2007.blogspot.com/2010/09/recomendaciones-para-la-huelga-del-29-s.html
    -http://www.sotoencameros.net/2010/09/no-hay-mas-rastrero-que-ser-un-esquirol.html
    -http://desdelacantera.blogspot.com/2010/09/los-verdaderos-piquetes-violentos-de-la.html
    -http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica/2010/09/27/el-miedo-la-memoria-la-huelga/
    -http://javiermadrazo.wordpress.com/2010/09/27/motivos-para-la-huelga-del-29-s/
    -http://ventanasdelfalcon.blogspot.com/2010/09/video-critica-los-puntos-claves-de-la.html
    -http://blog.sindominio.net/blog/enchufe/general/2010/09/27/las_bicletas_son_para_la_huelga
    -http://nicolasdurancornella.blogspot.com/2010/09/desmontando-excusas-para-ser-un.html
    -http://nicolasdurancornella.blogspot.com/2010/09/zapatero-usa-como-piquete-anti-huelga.html
    -http://www.hoipoi.net/webs/nuet/?p=497
    -http://bosquedebrocelandia.wordpress.com/2010/09/27/sin-miedo-a-la-huelga/
    -http://angelsmcastells.nireblog.com/post/2010/09/27/gioconda-belli-huelga
    -http://ceronegativo.net/2010/09/27/especial-informativo-huelga-general-desde-la-fiesta-del-pce/
    -http://carlosnavarroselma.blogia.com/2010/092701-a-los-militantes-del-psoe-de-mi-pueblo..php
    -http://elblogdeantero.blogspot.com/2010/09/el-miercoles-la-huelga-sobran-motivos.html
    -http://radiorexurdimento.blogspot.com/2010/09/carta-abierta-los-que-el-29-s-no-iran.html
    -http://www.iescudero.cat/2010/09/29-de-setembre-una-vaga-justificada.html
    -http://arv1952.blogspot.com/2010/09/dialogo-trampa.html
    -http://www.sotoencameros.net/2010/09/nos-tratan-como-imbeciles-no-les-demos.html
    -http://blogs.tercerainformacion.es/victorcasco/2010/09/27/yo-estoy-en-la-huelga/
    -http://marina-eupv.blogspot.com/2010/09/els-diputats-deupv-ens-sumem-la-vaga.html
    -http://mizubel.lacoctelera.net/post/2010/09/27/no-estan-cosas-como-no-hacer-huelga

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    29-S: Yo voy, os espero

    29-S: Yo voy, os espero

    Una huelga para luchar contra el miedo y contra los que nos aterrorizan; para no traicionar ni el pasado (a aquellos y aquellas que dieron la vida por los derechos que hoy nos estamos dejando arrebatar) ni al futuro del que somos responsables; para erradicar las debilidades que día a día nos mantienen atados al sillón y a la sumisión. Una huelga para demostrar que sólo perderemos cuando bajemos la bandera, que nada pueden hacernos (al menos, no fácilmente) que no dejemos que nos hagan, y que no somos tan estúpidos para creernos las mentiras y las manipulaciones con las que nos intoxican el aire que respiramos. Una huelga de todos, no sólo de aquel sindicato con el que somos críticos o de aquel colectivo en el que no acabamos de confiar, una huelga que nos hemos ganado y que se han ganado los que nos pisotean. Una huelga para revertir las injusticias, para vencer a los que nos las infligieron. Una huelga indispensable, insoslayable, definitiva.

    No me falles, compañer@. Quiero verte ese día a mi lado, luchando, soñando, desafiando, libre de temores y de esclavitudes, con la mirada puesta en el ayer y en el mañana, con la luz de ese amanecer que construiremos reflejándose en tus ojos. Vente. Te espero.

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    En un supuesto estado del bienestar que se va desmorando, donde aquellos derechos por los que un día trabajadores y trabajadoras dieron la vida están siendo sistemática y sutilmente eliminados sin que se nos caiga la cara de vergüenza por permitirlo, el conflicto laboral del metro de Madrid representa una de las vueltas más agresivas de tuerca en esta ofensiva del poder económico y político contra los derechos sociales y laborales de l@s ciudadan@s, en la que la que la crisis económica que éste ha provocado ha ejercido la función de debilitadora del enemigo: nosotr@s.

    Sirva la entrada colectiva que leeréis a continuación como un intento de much@s bloguer@s comprometid@s con la justicia social de dejar bien claro nuestro rechazo a que se utilice el derecho de huelga legítimo ejercido por un@s trabajador@s para atacar y producir desgaste en esta estrategia de protesta y conseguir erradicar los principios básicos de la lucha obrera (como la negociación colectiva), para hacernos así más vulnerables al poder.

    Aunque parezca mentira, hay gente que piensa que en el Metro hay camareros ofreciendo canapés a los usuarios, y que éstos se desplazan pisando una cómoda y mullida alfombra roja. Estas personas son los políticos que sólo bajan al metro a inaugurar las estaciones y a comerse los canapés que contratan con el dinero que luego quieren escamotear a quienes cada día hacen que el Metro funcione. También piensan tal cosa los magnates del periodismo patrio, que habitualmente viajan en taxi, y no saben que cuando ellos salen del suburbano, los torniquetes empiezan a funcionar, se cobra por entrar, y los camareros que un rato antes ofrecían canapés se transforman en viajeros agobiados por llegar a sus puestos de trabajo o a sus obligaciones cotidianas…

    Los trabajadores y las trabajadoras del metro, en lucha por defender sus salarios, pero en lucha también, y quizás sobre todo por defender principios básicos de la democracia como la negociación colectiva, el derecho a la huelga y el propio principio de legalidad y seguridad jurídica, están siendo objeto estos días de una campaña tan poderosa como miserable en su contra, capitaneada por la Comunidad de Madrid que es patrón, juez y parte en esta batalla, y que cuenta con el apoyo del PP y del Gobierno de la Nación.

    A este frente político-institucional se suma el conjunto de periódicos, radios y televisiones, tanto públicas como privadas, que ejecutan con gusto –como es habitual- una campaña de linchamiento social que tiene un claro tufo antisindical, e incluso antiobrero.

    Pero los trabajadores y las trabajadoras del metro no están solos. Quienes nunca montan en metro tratan de ganarles el pulso, pero los usuarios y las usuarias del metro sabemos que aquello por lo que están luchando nuestros compañeros y compañeras es lo mismo por lo que quizás mañana tengamos que luchar nosotros y nosotras.

    Quienes habitualmente viajamos en metro estamos con ellos, y queremos hacer uso de nuestros medios para hacérselo saber a nuestros compañeros y compañeras del metro, y para tratar de que el resto de usuarios de este medio de transporte comprenda que los responsables de las perjuicios que la huelga pueda causar no son los trabajadores, sino sino sus patronos, los políticos que atacan sus condiciones de trabajo y sus herramientas para defenderlas.

    Quieren que la huelga descarrile en la hostilidad de los usuarios. No lo permitamos.

    A continuación una selección de lo que la bolgosfera ha publicado en apoyo a la huelga del Metro:

    Carta a Esperanza Aguirre
    Digo “Metro” y digo “Dignidad”
    Con los compañeros de Metro
    Huelga en el metro
    Salvajadas y huelgas políticas
    La última cruzada de Esperanza la ultraLibegal: los trabajadores de Metro Madrid, terroristas
    Privilegiados
    ¿Los servicios mínimos del Metro de Madrid no pueden incumplirse pero un convenio colectivo sí?
    No le digas a mi madre que soy sindicalista
    ESTO VA DE LUJO
    Metro, falsas unanimidades
    ZAPATERO RECORTA; AGUIRRE, AFEITA
    Carta de un trabajador de metro en lucha
    Un centimito por aquí, otro por allá
    Lo más salvaje no es la huelga
    Todo Puesto de trabajo como el Metro de Madrid
    Sé solidario con la Huelga de Metro. ¡¡Adhiérete y vota!!
    Huelga del Metro en Madrid
    La huelga como acto de fuerza
    De fútbol y huelgas salvajes
    La llaman huelga salvaje: todos contra los trabajadores
    Huelga de Metro de Madrid: Argumentario
    AGUIRRE EN EL METRO SE METE LAS QUE VAN FUERA
    La Huelga no es regulable, que conste
    Sindicatos
    ¿Dónde están los servicios mínimos de la conciencia?
    Huelgas, para qué os quiero
    No hagamos una ley de huelga en caliente
    El metro de Madrid en huelga
    Las huelgas no son juegos florales [2]
    Conciencia social
    Caretas fuera
    A los tertulianos
    Si Haces Huelga, Te Mando Los Tanques…
    El caos se adueña de madrid
    Solidaridad con la huelga del Metro de Madrid
    Los compañeros del metro de Madrid: Un ejemplo de lucha y dignidad
    La huelga del Metro de Madrid es la huelga de todos y de todas
    LOS RECORTES SEGÚN CANTINFLAS, O ESPERANZA NO VA EN METRO
    Como los trabajadores del Metro de Madrid, luchemos: CONTRA LA REFORMA LABORAL Y LOS RECORTES SOCIALES. Todos a la Plaza del Reina Sofía a las 19.00
    Salvaje inseguridad jurídica
    Ciudadanos en apoyo a la huelga del Metro
    ¿De quién son rehenes los viajeros del Metro?
    En La Rioja no tenemos Metro pero las luchas son compartidas
    Hay que pararles los pies
    La buena huelga salvaje
    AL LADO DE LOS BRAVOS TRABAJADORES DEL METRO DE MADRID
    Salvaje (Huelga del Metro de Madrid II)
    IU con los trabajadores y trabajadoras de Metro
    Salvajes
    El metro de Madrid no vuela
    Reflexiones sobre una jornada de huelga de Metro en Madrid
    Si te ha pillado la huelga, jódete
    Un ejemplo para todos los trabajadores
    Huelga salvaje, huelga domesticada

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