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Posts Tagged ‘lucha obrera’

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Sé que mi aportación a este tema no va a resultar significativa, y quizá sea completamente prescindible: como siempre, me falta tiempo, para escribir, para leer, para meditar, y acabo siempre llegando tarde a la noticia. No importa: hay suficientes artículos sobre los sucesos acaecidos en las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo y sobre lo que sucedió después  -que he tratado de reflejar en mis últimos twits-, y quizá no sea necesario ir más allá. Pero la importancia del acontecimiento es tal que me siento en el deber de dar un pequeño apunte, aunque se pierda en el insondable mar del periodismo ciudadano y del mundo 2.0, tragado por olas mucho más altas que las mías.

Tras el 22M ha quedado lo suficiente claro para el o la que tenga oídos para oír y ojos para ver (algo no demasiado común, a despecho de las apariencias) que los movimientos sociales y políticos que persiguen la libertad, la igualdad y la fraternidad han triunfado; y lo han hecho porque han sabido erigirse por encima de sus diferencias, comprensibles e inevitables, y unirse en una reivindicación común (que ha tenido momentos verdaderamente emocionantes donde se ha palpado la solidaridad entre  personas cuyo ideario vital no pasa por la codicia sin freno y el empoderamiento egoísta y explotador). Hemos triunfado como solo la verdad puede triunfar: limitada y brevemente, entre barricadas que acabarán por dejar de protegernos.

Y de hecho, el primer intento por derribar estas barricadas ya se ha realizado. Vinieron nuestros amigos, nuestros viejos conocidos de tantas manifestaciones, con sus capuchas y sus atuendos anarquista comprados en El Corte Inglés, con esa expresión de odio en sus facciones que no he visto en ninguno de mis compañer@s (a pesar de su justa indignación por la sistemática destrucción por parte del poder de todo lo que es bueno, bello, verdadero y justo, que cada vez estalla con más intensidad). Vinieron a la hora de siempre, tan incómodos como esa menstruación que ya esperas el día de tu cita más importante, y desde luego mucho más repugnantes y letales. Algunos (no lo dudo) sencillamente cumplirían órdenes: lo harían sin placer, obligados por sus circunstancias personales, aunque quizá también sin valor para oponerse. Otros, reclutados especialmente por sus jefes entre un elenco de candidatos que dejaría a los peores especimenes de Mentes criminales convertidos en unos auténticos angelitos, disfrutarían al hacerlo, como auténticos energúmenos.

Pero, fuera como fuera, la verdad es que su representación de violencia extremista y su posterior represión de lo que ellos mismos habían provocado (no me peguéis, que soy compañero) proporcionó argumentos a todas los medios de desinformación del Sistema (o sea: a todos los medios de desinformación oficiales). Sus espadas crearon plumas, plumas fácilmente volteadas por el viento, pero que distraen, molestan, hacen dudar… Suficiente. Pero ya lo esperábamos. Lo sabíamos. Sabíamos que el camino no es largo, sino infinito. Que la lucha nómada, la lucha de guerrillas, es la única posible para nosotr@s, pues nuestra fuerza está en saber cambiar, evolucionar, adaptarnos a las numerosas trampas del poder, tan peligrosas porque están también en nuestros corazones y ellos lo saben. Que no habrá descanso si queremos triunfar porque, en cuanto nos detengamos, ellos nos atraparán, como ya hemos estado atrapados tantos años, como aún lo estamos, entre las redes del miedo y la represión, sí, pero también entre las más insidiosas de la molicie. Bien, ya descansaremos cuando estemos muertos. Nadie dijo que sería fácil. Pero os puedo asegurar que será muy divertido…

Información complementaria

- La indignidad en moto (detallada crónica de la represión policial del #22M)

“Vamos a por ellos, coño”, gritó un mando a los antidisturbios

- Policía mentirosa

- Lo de siempre

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A veces la luz al final del túnel no es más que una trampa...

A veces la luz al final del túnel no es más que una trampa…

(viene de) Como dentro de la mejor tradición de unos antidisturbios asaltando un CSO o una sede del Partido Comunista, pues en el fondo nunca hemos dejado de ser ilegales y ahora se sienten fuertes para demostrárnoslo): en el revuelo que se produjo al trasladar los pertrechos del falso don Rodrigo a su alcoba, situada en la torre principal, y desalojar al infeliz, el familiar más o menos cercano al de Entença, que la ocupaba en aquel momento,   me fijé en uno de los criados, un joven de aspecto agradable que parecía haber conservado un poco de inocencia en mitad de toda aquella sangrienta locura. Ignorada por la servidumbre como un componente más de los avíos de mi señor, cosa inherente a mi condición de mujer y plebeya y gobernada por Gallardón, disimulé hasta que le tuve a tiro y lo suficientemente separado de los demás, y le abordé, muy formal.

-Mozo, mi señor quiere que le realices un servicio confidencial. Quédate cuando los demás se hayan marchado.

Algo sorprendido, asintió con la cabeza y fingió estar ocupado en las profundidades de un baúl hasta que en la habitación solo quedamos él y yo. Cuando creyó que podía hablar sin peligro, me preguntó:

-¿Y bien? ¿De qué servicio se trata?

Yo me dejé caer sobre la cama, con desparpajo, y de inmediato me di la vuelta y me acodé sobre el colchón, boca abajo.

-En realidad soy yo la que necesito el servicio… No pongas esa cara, hombre, que no quiero atentar contra tu virtud en el caso de que aún la conserves. Es sólo que preveo que voy a tener que aguardar aquí muchas aburridas horas y pensé que si me dabas un poco de conversación tal vez el intervalo sería más soportable.

Él mostró una expresión ofendida.

-Mejor harías en esperar a tu señor quieta y callada, como es tu obligación, y no perturbar el trabajo de los que sí respetan a sus amos, desvergonzada –bonito esquirol de su clase: menos mal que no trabajaba en Coca Cola ni en Panrico-. ¿Quieres atraerme a la perdición? Ya conozco a las mujeres de tu calaña, ya –no creía que las conociera en absoluto, ni a las de mi verdadera calaña ni a las de la calaña a la que él creía que yo pertenecía, pero si aquello le hacía sentir mejor… De un salto, me senté en la cama.

-Eres un malpensado. Solo quiero hablar un poco y matar el tiempo, ¿tan extraño es eso? Don Rodrigo tardará en retirarse, y cuando lo haga estará tan borracho que no creo que note mi presencia. Anda, déjame acompañarte, te ayudaré en tus quehaceres si así lo deseas –el relajo en su rostro me informó de que estaba empezando a encontrar la lógica en mi argumentación, o al menos de que mi propuesta no le parecía tan peligrosa y sí práctica. Yo añadí-. Tómalo como una deferencia de Castilla hacia Aragón, si así lo prefieres.

No pudo evitar sonreír.

-Está bien. Supongo que no hay nada malo en lo que me pides. Pero si veo que intentas algo… -me amenazó con el puño con escasa convicción.

-¿Y qué voy a intentar, hombre de poca fe? Solo soy una débil mujer. Anda, vamos.

Le acompañé a encender el fuego de las chimeneas de las alcobas de los allegados al comandante de aquella expedición de castigo, y luego bajamos a la cocina, situada en los bajos del edificio situado a la izquierda del portón de entrada, al lado de la pocilga y el gallinero y frente a los establos y a otra dependencia que no supe nombrar. La vasta sala bullía de actividad, y los criados se afanaban a desplumar aves, pelar verduras, retirar desperdicios, llenar jarras de vino y remover pucheros. Con la conciencia tranquila, mi acompañante, cuyo nombre era Bernat, cogió sendos trozos de pan y de carne seca y me llevó condujo a la terraza superior, a la que se accedía por una escalera externa.

-Es un lugar tranquilo para echar un bocado. Aquí nadie sube –me dijo-.  Por el frío y porque está situada por debajo de las almenas, por lo cual no sirve como puesto de vigilancia. Anda, come, que pareces desfallecida, y cuéntame cómo llegaste aquí. ¿Ese don Rodrigo es buena persona? No parece tan hijo de puta como los de aquí.

Vi la ocasión de orientar la conversación hacia donde me interesaba. En realidad, necesito poca ayuda para inventarme qué decir en cada ocasión en que lo necesito, tengo que reconocerlo.

-Las apariencias engañan –le contesté-. Pero en realidad mi historia no es importante. Es mucho más interesante la vuestra. Me hace reflexionar mucho el hecho de que todos vosotros hayáis sido obligados a venir a una guerra que no os compete en absoluto, arrancándoos de las confortables casonas y castillos donde servíais. Debe de resultaros muy duro. Vuestra situación solo es un poco mejor que la de los prisioneros que se hacinan en esa construcción cerrada –señalé con el codo al frente.

Bernat me miró con creciente interés preñado de triste sorpresa. Después, concentró su mirada en las pétreas losas del suelo.

-Hace mucho que no los alimentan –yo me estremecí-. Al menos, a ninguno de los criados nos mandan hacerlo. Se están pudriendo en ese lugar y conozco a muchos de ellos, aunque por suerte ninguno es cercano… -levantó los ojos y dijo con una aparente frialdad más desgarradora que la desolación-: Todos los míos han tenido mejor fortuna: están muertos.

Tragué saliva. Y debo de reconocer que ahí sí que me quedé literalmente sin palabras. Afortunadamente, él no alargó mucho la pausa.

-Muchacha, has acertado en lo que has dicho: nuestra situación no es mucho mejor que la de ellos. Pero a pesar de todo, podemos dar gracias a Dios. Cuando el señor Berenguer escogió de entre los prisioneros a los que teníamos mejor salud y aspecto para que le sirviéramos cuando decidió resistir en este castillo, lo supimos.

Oímos gritos y carcajadas de los guardias, por encima y por debajo de nosotros. El vino ya estaba haciendo sus efectos. Yo comprendí.

-¿Entonces…?

-El señor Berenguer no se trajo a su servidumbre a la guerra, aparte de unos cuantos. Le gusta viajar ligero de equipaje, o eso dice siempre. Nosotros pertenecemos a las aldeas arrasadas… Aún me siento mal por haber abandonado a mis compañeros allí, pero…

Yo no podía censurarle: solo estaban intentando sobrevivir, luchando por un poco de calor y de agua en sus vidas, que es el mínimo derecho de una persona humana y que con tanta facilidad y falta de escrúpulos se puede arrebatar. Pero aquella confesión me abría una interesante posibilidad. Dejé a un lado el disimulo.

-¿Quieres liberar a tu gente? Puedo ayudarte si tú me ayudas.

-¿Qué estás diciendo? –él se escandalizó, tomándome por loca, o más bien, por estúpida-. Eso que dices es imposible. No hables de cosas que no conoces.

-Puedes creerme si te digo que sé cómo hacerlo –rebusqué entre mis ropas y saqué uno de los objetos útiles que me había llevado en previsión de su necesidad: en ese caso era mi daga. Él dio un respingo al verla-.  Hay una pequeña poterna en el muro más alejado. Da un terreno escarpado, pero suficientemente practicable. Comprobaremos que los guardias estén borrachos hasta la inconsciencia; no será difícil: el vino malo que don Rodrigo ha traído para la tropa venía con un pequeño ingrediente extra que ha añadido un médico amigo mío. Y luego haremos salir a los prisioneros y los llevaremos allí.

Me miraba con los ojos desorbitados.

-¿Quién eres tú en realidad? ¿Y quién es ese don Rodrigo al que acompañas?

-Te ha de bastar saber por el momento que no soy ni una aldeana robada ni una putilla errante, y que él tiene bien poco de caballero castellano. ¿Qué dices? ¿Quieres ayudarnos a rescatar a los tuyos?

-Sigue siendo una insensatez. ¿Qué crees que pasará si notan su ausencia? Tendremos que huir con ellos o nos caerán encima las represalias. Y a cada momento nos están llamando a alguno para que les sirvamos, nuestra ausencia no tardaría en notarse. Nos atraparán.

Era cierto. El plan tenía algunas lagunillas, debía reconocerlo. Por eso Frey Pere, Guillaume y el resto de los potentados templarios que lo habían pergeñado, aunque con mi colaboración, habían decidido que había que liberar a los prisioneros tras la entrada de los asaltantes, y no antes. Pero yo no estaba de acuerdo: eso significaría que muchos de ellos podrían verse involucrados en la batalla. Y había mujeres. Y niños.

-Tendremos que arriesgarnos. Además, ahora somos dos, lo que facilita las cosas: mientras tú haces salir a los cautivos, yo abriré el portalón para que entren los sitiadores. Tus señores estarán demasiado ocupados para reparar en vuestra huida, puedo asegurároslo. Los hermanos son unos beatos insoportables cuando se lían con sus avemarías, sus padrenuestros y sus misas interminables, pero a la hora de repartir, reparten en serio. Lo sé de buena tinta: he luchado a su lado.

El pobre Bernat me miraba de arriba abajo, cada vez más alucinado. Pero la comprensión iba, poco a poco, abriéndose paso en su mente y, con ella, la determinación.

-Entonces… quizá tú, guerrera desconocida, seas la respuesta a mis oraciones.

-No –zanjé yo-. No soy la respuesta a las oraciones de nadie. Ni siquiera a las mías, y eso que lo intento. Pero quizá sea la constatación de que tú puedes intervenir en tu destino, aunque sea mínimamente, y de que no puedes desperdiciar ninguna de las escasas ocasiones que se te presenten de hacerlo. La lucha es el mejor paliativo. Anda, vamos. Comprobemos si esos centinelas necesitan más vino.

Un rápido paseo por el camino de ronda y una pequeña excursión a las habitaciones del cuerpo de guardia bastó para constatar que el brebaje de Maese Salomón había hecho su efecto: si llego a conocer a alguno de sus descendientes en el siglo XXI, cosa relativamente fácil porque ahora les han concedido la nacionalidad española que se les niega a otros, se lo agradeceré. Llegados a este punto, Bernat y yo nos miramos.

-Bien –mi voz parecía firme, pero las amígdalas me temblaban en la garganta. ¿Qué iba a encontrarme en aquella destartalada y lóbrega dependencia?-. El plan es el siguiente: abrimos la puerta a los prisioneros, no sin antes advertirles que guarden silencio, y entonces tú les conduces a la poterna mientras yo abro el portalón para que entren mis compañeros: esta es la señal para que ataquen. ¿Ha quedado claro?

-Perfectamente, pero ¿y después?

-Les conducirás a nuestro campamento. Es obvio que requerirán atención médica. Espero que mi amigo el matasanos pueda salvar al mayor número de ellos. Y cuando os hayáis recuperado… deberéis tratar de reconstruir vuestras vidas como buenamente podáis, con la ayuda de los templarios y de la mía, desde luego. Lo que podamos hacer, lo haremos, aunque he de advertirte que no es que podamos mucho.

No respondió. Solo estrechó mis manos entre las suyas, visiblemente emocionado.

-Vamos, pues –intervine yo, acortando sus demostraciones de agradecimiento.

La edificación que guardaba a los prisioneros estaba oscura y en silencio. Demasiado oscura. Demasiado en silencio. Y había algo más…

-Esto no es normal –advirtió igualmente Bernat-. Nunca nos dejan acercarnos demasiado a este edificio. Creo que estoy empezando a entender por qué.

Sí, algo más: a medida que me acercaba, capté otro detalle sorprendente. El olor, o mejor dicho, la ausencia de él. Tantos cuerpos hacinados durante tiempo, lógicamente, deberían de apestar. Pero el aroma del aire era extrañamente neutro.

-Ni los vivos ni los muertos hieden tan poco. Aquí pasa algo raro. Y no creo que sea bueno. Vamos, Bernat, apresúrate.

Llegamos, por fin, a la puerta, sin que nada hubiese cambiado. Ya me había extrañado el hecho de que el prisionero convertido en criado había actuado como si la puerta no fuera a estar cerrada con llave y, evidentemente, no lo estaba. Bernat se limitó, a deslizar la pesada tranca de sus soportes de hierro, con la ayuda de una manos casi inútiles, las mías, debido al involuntario temblor que las sacudía y al frío helador, que venía de mi interior, no de la climatología, que las paralizaba. La operación, al final, estuvo acabada.  Con cuidado, Bernat tiró de una de las hojas de la puerta, yo de otra, y…

Me imaginación había dibujado los peores escenarios: cuerpos desmembrados, exangües, enterrados en cal viva… Pero lo que vi superó cualquiera de mis temores. Lo que había en el interior de aquella construcción, era, sencillamente… nada.

-Pero –el desconcierto de Bernat era palpable-… yo los dejé aquí hace… ¡No pueden haberse esfumado!

-No –convine yo-, eso sólo sucede con las pruebas que inculpan a los ricos…  -me sentía desconcertada e impotente, pero decidí que ello no me ayudaba-. Vamos a ver, centrémonos, hemos de reflexionar… deben de estar en otra dependencia del castillo. ¡Piénsalo!

-¡Las conozco todas! –respondió él, más alterado aún que yo, si cabe-. Y en la mazmorra no cabrían, apenas hay un par o tres de pequeñas celdas. Además, es ahí donde están tus compañeros…

-¿Y por qué no lo has dicho antes? Vamos, rápido, vamos –dejé que me condujera al edificio principal, y entonces me fijé en las escaleras que descendían desde el vestíbulo, al lado de la entrada que llevaba a la capilla y de las que ascendía a la sala capitular (donde se estaba celebrando el banquete) y a los dormitorios principales. Me debatía entre el sentimiento de pérdida y el de recuperación, la preocupación y la esperanza, y la culpabilidad sin atenuantes: habíamos llegado tarde, no había insistido lo suficiente en atacar o bien en deslizarnos en el castillo con alguna excusa y, donde quiera que estuvieran metidos los prisioneros, tampoco los había podido ayudar, y en aquel momento estarían muertos o esclavizados; y es que no se hallaban en ninguna otra parte. ¡Era imposible! En aquel momento, una criadita bajó cargada de jarras vacías desde el banquete, mirándonos temerosa, y de pronto lo entendí todo. Paré en seco a Bernat antes de bajar las escaleras, y lo conduje al hueco que dejaba la ascendente.

-Pero ¿qué te sucede ahora?

Todo encajaba: aquello no fue una deducción, se hubiera tratado más bien de una inspiración divina si en el mundo existiera algo así: tal vez me ayudó la adrenalina que recorría mi sangre en aquel momento, pero de pronto todas las piezas sueltas ocuparon su lugar en el puzzle deshecho que pululaba por mi mente de aquella gran farsa: sí, porque no se trataba de otra cosa. Como las revoluciones de colores y muchas revoluciones árabes, como la falsa contestación ciudadana en Venezuela: los Entença parecían estar asesorados por la CIA: Todos los detalles que me habían chocado últimamente, aunque sin concederles importancia, encontraban su respuesta en aquel momento. Necesitaba un segundo para ordenar mis ideas. Una pausa para hacerne el relato de los acontecimientos y decidir el siguiente paso.

-Conoces el castillo. Los prisioneros no pueden estar en ninguna parte –espeté bruscamente a Bernat en un murmullo-. Eso es lo que aseguras, ¿no?

-¡No, no hay una estancia suficiente grande para contenerlos! ¡Y he estado en todas! –respondió, contagiado por mi exaltación aunque con menos contención que aquella a la que yo me obligaba-. Pero…

-Entonces –continué sin hacerle caso-, si no están aquí, si no pueden estar de ninguna manera, es que, por improbable que sea, se han marchado. O, mejor dicho, los han sacado. Y eso sólo puede significar…

Bernat era rápido.

-… que hay ¡una salida!

-Eso mismo. Algunas fortalezas cuentan con un pasadizo secreto para emergencias, y esta deber de ser una de ellas. Lo que le quita totalmente el sentido al sitio de este castillo. Si han podido llevarse a los cautivos, significa que también pueden salir ellos. Y si pueden salir, ¿por qué cojones no lo han hecho?

Bernat se encogió de hombros, desconcertado.

-Porque esto es una trampa. Una fenomenal trampa –me autocontesté yo; en realidad, hablaba para mí misma-. Quieren exterminar a todos los templarios. Cogerles entre dos fuegos. Y algo más. ¿Por qué los refuerzos no han atacado aún? Ya sabemos que nada de lo que diga el rey puede detener al de Entença, sólo teme a las consecuencias de asesinar a una persona que en realidad está bajo el mando directo del Papa. Y sé que Blanca tiene hombres de sobra, y que hay muchos más soldados de los Entença que los sitiados. Me resultó difícil de entender que el verdadero don Rodrigo hubiese sido apresado tan fácilmente, obviamente debía de saber a lo que se exponía y cuál era la situación antes de venir aquí. Y también fue extraño que Berenguer no tuviera ninguna prisa a que Guillaume no le desvelara cuál de los prisioneros era el hombre que buscaba, si es que estaba entre ellos. El de Entença no odia la buena vida, por lo que sé de él, pero no es un petimetre de la Corte sino un guerrero valeroso, aunque ambicioso, vengativo y cruel. ¡Demonios! Guillaume ha hecho lo que se esperaba de él, de todos nosotros, hacerse pasar por don Rodrigo, infiltrarse e intentar abrir la puerta desde dentro. Probablemente Berenguer se imagina incluso quién soy, y está deseando entregarme a Blanca… -ojalá Alfonso de Castilla hubiera sido tan listo como el PP para restringir la aplicación de la justicia universal en su reino: no sé si eso le hubiera evitado problemas con sus vecinos, como en el caso al que me he referido, pero al menos me los habría evitado a mí, que estoy buscada desde Tierra Santa a Germania pasando por nuestro país vecino del centro de la península.

-Nos dijeron a los criados que te vigiláramos, que no te dejáramos sola ni un momento –me interrumpió Bernat-. Ahora lo comprendo todo. Ahora sé que solo puedes ser…

-Pero no es el momento de presentaciones. Los refuerzos deben de estar cerca, solo esperan que se abra la puerta y reciban una señal para atacar de esos soldados que sin duda solo están fingiendo que se han bebido el vino, y así merendarse a los templarios como si se comieran un sándwich, entre los del castillo y ellos. De esta manera, si un prisionero anónimo que luego resulta ser una mandamás del Temple la palma, serán cosas de la guerra. Y habrán matado dos pájaros de tiro… Bueno, más de dos. No podemos abrir esa puerta ni dejar que nadie lo haga. Y hay que avisar a…

Oí un quedo sonido de pisadas y me asomé a las escaleras con cuidado. En la semioscuridad de la noche, entre las antorchas, justo en aquel momento, una sombra vestida con una larga capa negra con esclavina echada sobre la cara se coló por la puerta, dirigiéndose al portón de entrada, furtivo y torpe al mismo tiempo como un estúpido ejecutivo de Goldman Sachs reprivatizando un banco rescatado con dinero público. Comprendí lo que estaba a punto de hacer: el plan no les había funcionado, ¡yo estaba tardando demasiado en hacer lo que se suponía que era mi cometido! Sin pensarlo un instante, me eché a correr detrás de él en silencio, dispuesta a noquearle antes de que pudiera dar el aviso a nadie. Pero la carrera no me permitió ser tan sigilosa como para que no me oyera, y cuando estaba a punto de alcanzarle se volvió y comenzó a dar gritos de alarma. Inmediatamente los guardias apostados en las almenas salieron de su aparente sueño provocado por el vino con narcóticos de maese Salomón y se pusieron a disparar hacia mí.

-¡Cuidado! –tuve tiempo a decirle a Bernat, que había salido en pos de mí, antes de rodar por el suelo y buscar refugio en los muros. Él retrocedió a su vez. Mientras tanto, la sombra ya había llegado al portón y se empeñaba a desatrancarlo. Yo corrí hacia ella sin dejar la protección de los muros y me abalancé encima.

-¡No permitiré que lo hagas! –pero ya estaba hecho. Aquel hombre había logrado retirar la tranca de la puerta (probablemente ya la habían dejado medio desatrancada para facilitarle el trabajo, a él o a mí, quien era la que se suponía que debía de hacerlo) y entreabrirla, y pude ver por el resquicio cómo una flecha encendida trazaba una estela en el aire, sin duda la señal para que los refuerzos cargaran. Aprovechando mi desconcierto, el individuo logró voltearse para invertir la posición y colocarse encima de mí. Una de sus manos sujetó las dos mías por encima de mi cabeza, mientras la otra parecía querer buscar algo bajo mis ropas, algo que no sólo era mi arma. Sentí unas impresionantes ganas de vomitar combinadas con el odio más absoluto, pero el lugar de dejarme llevar por ellas me detuve un momento, respiré profundamente, me encogí sobre misma, deslicé mis rodillas hacia arriba y le propulsé con ella y con las puntas de mis pies, hallando el apoyo en la fuerza con que aplastaba mis manos contra el suelo. Después volví a apoyar los pies en el suelo, me levanté de un salto y le pateé la cabeza. Sin pararme a averiguar si estaba fuera de combate, cogí una de las antorchas que iluminaban la entrada y salí, protegida por la barbacana. Distinguí las sigilosas sombras de los templarios deslizándose a casi un tiro de flecha.

-¡Retroceded! ¡Vamos, retroceded! ¡Es una trampa, os atacan desde detrás! –mi voz resonó clara y firme en silencio de aquella noche; desde luego no era un viernes por la noche en un barrio de clubs nocturnos de Barcelona. Los guardias empezaron a asaetear a los templarios sin esperar a que estuviesen a tiro, y por detrás de ellos se levantó un estruendoso griterío y más flechas encendidas iluminaron la noche.

-¡Volveos! ¡El enemigo está detrás! –era la voz de Frey Pere, el mariscal accidental de aquella tropa. Una pequeña columna, sin embargo, avanzó hacia el castillo, sorteando las flechas. Yo volví sobre mis pasos a toda prisa y vi que la sombra encapuchada había desaparecido. Pero era demasiado tarde para avisar a Guillaume: en el patio de armas, los Entença lo tenían cercado por todas partes, y el solo podía enarbolar su espada para vender cara de su vida. Pero todos ellos, aunque amenazantes, parecían extrañamente inmóviles. Y, por cierto, ¿dónde estaba Esquieu? Se suponía que era el escudero del falso Rodrigo y no podía abandonarle.

-Ah, aquí estás –Berenguer se destacó del grupo al verme-. Eres Eowyn, supongo. Tu disfraz es bastante convincente, pero cuando vi que el falso don Rodrigo traía a una mujer con él entendí que solo podía tratarse de ti. Me alegro de verte. Y mucho más se alegrará doña Blanca cuando lo sepa. Ahora dime, ¿quién es este hombre? Tú tienes que saberlo. ¿Es el de Nantes, tu hermano o es –su sonrisa fue cruel- su jefe y gran amigo tuyo? Dímelo, y así quizá le salvarás de la vida. ¿O prefieres que se lo pregunte a los prisioneros? Les he dejado unas semanas tranquilos, por deferencia a nuestro amado Jaume, pero después de esta lucha no creo que el rey se moleste en pedir que se investigue si hay cadáveres con signos de tortura.

Sobreponiéndome al nuevo giro de la situación, obligué a mi cerebro a trabajar deprisa. Si revelaba la identidad de Guillaume, este sin duda se salvaría: ningún aliado de Blanca se atrevería a tocarle un pelo. Pero entonces el de Entença mataría a todos los prisioneros. Sin embargo, si yo mentía, podría lograr tal vez un tiempo para mi amigo, pero eso sería el final de Guillaume.

-Estoy esperando.

Solo tenía que decir una palabra. Pronunciar un nombre. Una pequeña mentira. El Gobierno del PP las suelta a diario, reticentemente, y no les pasa nada. Y sus mentiras, combinadas con su brutalidad y su supina idiotez, no solo causan la pérdida de una vida humana. Y tampoco les pasa nada.

-Se me agota la paciencia.

Pero yo no podía hacerlo. Ni siquiera para salvar a mi querido amigo podía condenar a otro hombre a la muerte con mis palabras. No. Que el diablo me ayudara, pero no podía hacerlo. Me sentía tan impotente como un inmigrante africano arribando a nado a la costa española bajo las pelotas de goma de los esbirros del poder: mirara donde mirara, solo podía ver muerte.

-Está bien –dijo el de Entença tranquilamente-. Traedme a los prisioneros.

-Ella no te lo dirá, pero yo sí- la voz de Guillaume rompió la tensión de la escena-. El de Nantes es uno de los prisioneros. Por eso ella me acompañó a rescatarle a él y a los demás. Y por eso yo decidí realizar la misión: es mi amigo, mi más querido amigo, y haría cualquiera cosa por él. Yo soy el hombre que buscas, Entença. Ahora, haz lo que tengas que hacer.

El acento de Guillaume ahora se acercaba más al de verdad. Pero no recordaba tanto a Nantes, sino a un lugar algo más al este… No se le escapó el detalle.

-No –dije yo-. No lo hagas.

-Sí –contestó él-. No puedes salvarme, Eowyn.

-¡No seáis estúpidos! ¡Está mintiendo! –pero yo carecía de argumentos para defender aquella tesis.

-Vamos, pues –indicó el de Entença a sus hombres, ignorándome-. Matadlo.

-No tan deprisa.

Una voz bien conocida sonó desde lo alto de las almenas que, misteriosamente, estaban vacías de guardias. En su lugar, unos seres cadávéricos con pardos trapos andrajosos que habían perdido toda semejanza con el tradicional hábito blanco de la orden empuñaban los arcos de estos. Con júbilo, distinguí entre ellos a Guifré y a los acompañantes vivos de Guillaume, al lado de un de un hombre calvo de mediana edad que por lo que yo sabía sólo podía ser el comendador de Corbera.

-Me temo que ese hombre ha sufrido una lamentable confusión de identidad: él es el bretón y yo la persona a la que buscáis. Es evidente. Miradme un poco, pensad en lo que sabéis de mí, y comprobaréis que tengo razón.

-¡Maldita sea!

El de Entença se había dado cuenta de que la había cagado.

-Pero ahora es demasiado tarde para que podáis rectificar. Eowyn, ¡coge esto!

Me tiró una espada y yo la agarré al vuelo. Una lluvia de flechas cayó sobre el patio de armas, esquivándonos a mí y a Guillaume, que tuvo tiempo de sacar su espada. En aquel momento, la columna que se había separado del escuadrón templario penetró en tumulto entre gritos, con Gonzalo a la cabeza. Yo me defendí de los dos Entenças más cercanos que encontré mientras Guillaume hacía lo propio con los suyos, a mi lado.  Entre mandoble y mandoble, pude decirle:

-¿Dónde demonios se ha metido Esquieu? ¡Nos estaba haciendo falta! –yo esquivé un golpe dirigido a mis riñones, di una vuelta y le hice un corte profundo en la pantorrilla a mi atacante, que le hizo derrumbarse.

-Le sentó mal la comida. Debe de estar en las letrinas –Gullaume se abalanzó encima del suyo sin piedad, y con un par de espadazos seguidos le dejó fuera de combate.

-Qué oportuno –sólo me quedaba uno. Pero había visto a Berenguer detrás de él y decidí que debía de quitármelo de encima rápido-. Me pregunto si es el banquete lo que le ha provocado diarrea y no otra cosa –detuve la espada de mi contrincante con todas mis fuerzas, y mientras me tiraba del pelo para hacerme perder empuje, le clavé un rodillazo en todos los huevos, con el resultado que podéis esperar.

-Ya veo que no te cae muy bien –el bretón, aprovechándose de su aventajada estatura para atacar por encima al segundo de sus Entença, con un golpe que estuvo a punto de separarle el brazo del hombro.

-¿Se nota mucho?

Estábamos ahora los dos frente a Berenguer. Mi amigo y los demás, que habían bajado de las almenas al no poder seguir disparando so riesgo de daños colaterales, se unieron a nosotros, y él se colocó a mi lado y me miró de una forma extraña. Bernat, que estaba con ellos, me guiñó un ojo y yo le sonreí; nunca le agradecería lo bastante su decisión y su rapidez.

-Volvemos a estar los tres juntos –exclamó Guillaume, alegre-. Ahora solo queda decidir quién se encargará de ese cabrón.

-A mí no me dirijas la palabra, perro traidor, ladrón hijo de puta.

-Qué carácter. Está visto que no le sienta bien hacerse viejo –el de Nantes se dirigía a mí.

Berenguer, por su parte, esperaba pacientemente, tan satisfecho de sí mismo como Gallardón después de privatizar el Registro Civil.

-Es muy conmovedora esta reunión de viejos amigos, pero estoy esperando a ver quién lucha conmigo -yo me adelanté.

-Dejádmelo a mí…

-¡No! –dijeron los dos al unísono.

-Sí. Creo que les estoy cogiendo el gusto a luchar sin armadura. Voy mucho más ligera. Y total la mía es de tan mala calidad que no me protege de nada. Voy a ello. Vosotros –les advertí-, por favor, no intervengáis.

Naturalmente no iban a hacerme caso. Sabía que estaban preparados para auxiliarme, pero tenía la esperanza de que no fuera necesario. Ataqué al de Entença, moviéndome mucho, ofreciendo poco blanco y buscando sus puntos débiles, como solía. La cota de malla, que llevaba bajo su traje de cortesano, en aquellas circunstancias le dejaba en desventaja respecto a mí.

-Luchas como una salvaje almogávar –me escupió con asco.

-No deberíais hablar tan mal de esa gente. Quizá algún día los necesitéis. La vida da muchas vueltas, señor Berenguer.

Bernat, que había estado repartiendo mandobles con una habilidad escasa suplida con creces por su buena voluntad, se interpuso entre nosotros en silencio. La mirada de odio en sus ojos consiguió espantarme: no hubiera creído que albergara tales sentimientos, pero me imaginé que tenía buenas razones para ellos

-Eowyn, él es mío –fue tan contundente que casi no puede oponerme. Sólo argumenté.

-Bernat, no eres rival para él, y lo sabes –la diferencia entre los dos era la mismo que la que podría existir entre un policía español entrenado en Israel y un activista común y corriente.

-No importa –Bernat atacó a Berenguer con ímpetu y sin descanso. Durante unos segundos, la fuerza de su aborrecimiento hizo retroceder a un desconcertado Entença, que apenas podía parar sus golpes, pero el criado estaba tan ciego que no vio cómo la espada del noble, que parecía vencida, se impulsaba hacia arriba para clavarse bajo su axila: ninguno de los tres pudimos hacer nada por evitarlo.

-¡Bernat!

Corrí hacia él mientras mis dos compañeros acorralaban al asesino. El criado, ya en tierra, no podía pronunciar una palabra, pero su sonrisa lo dijo todo: había reconquistado su dignidad. Pero ¿era necesario que muriera para conseguirlo? Yo había comprado mi vida y la de mis compañeros con la suya. No, no, no, no quería pagar, no de aquella manera. La justicia debería de ser gratuita, sobre todo para los que realmente necesitamos justicia, los desfavorecidos, la purria de la sociedad: si no, no nos quedaba nada. Y yo no estaba preparada para soportar aquello. En aquel momento, su cabeza se venció a un lado. Yo solo pude cerrarle los ojos.

De pronto, la tropa templaria entró en confuso montón de polvo y vítores en el patio de armas, haciendo que se interrumpieran las luchas. Frey Pere, que arrastraba el estandarte de los enemigos con la mano izquierda, se dirigió a los Entença del castillo, exultante. Guillaume se unió a él.

-¡Rendíos! Los vuestros han huido como conejos. No estaban preparados para luchar como buenos soldados. Les pintasteis el asunto demasiado fácil. ¡Berenguer, vuestra soberbia os ha vencido!

El aludido dio un paso al frente, desafiante y despreciativo.

 -Esto no es el final y vos lo sabéis.

-Es el final de momento, y con eso nos basta –proclamó Guillaume.

Extrañamente, o no tanto, yo no podía sentir alegría.

-Vamos -me dijo mi amigo, cogiéndome por el hombro-. Ya no puedes hacer nada por Bernat, lamentablemente. Dedícate a los vivos. Te necesitamos.

Levanté los ojos hacia él. De pronto comprendí que, a pesar de toda la absurdidad, la injusticia y la tristeza, todo había terminado y mis amigos estaban vivos y a salvo. Mi más querido amigo estaba vivo y a salvo. Habíamos vencido: sí, solo era una batalla, pero nadie podría arrebatarnos aquel triunfo, aunque perdiéramos la guerra. Acepté la mano que él me tendía y me levanté en silencio.

Pero aquello aún no había terminado. (sigue)

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Dedicado a los compañeros y compañeras de Burgos. #GamonalResiste!

Enero  de 1294, Terres de l’Ebre
Levanté una esquina de la puerta de la tienda de campaña que me habían asignado para otear en derredor, y vi, con exasperación, que la lluvia que había estado convirtiendo los últimos días el campamento militar en un sucio barrizal no llevaba visos de amainar. Derrotada, furiosa, deprimida y, por si fuera poco, helada hasta los huesos, no podía de ninguna manera esperar que el 1294 pudiera empezar con mejor pie, tras unas Navidades, más que tristísimas, prácticamente trágicas (aunque al menos no me veía obligada a escuchar el mensaje televiso de ningún monarca o presidente donde, con torpes circunloquios escritos por sus serviles asesores, intentara justificar lo injustificable y soslayar lo insoslayable). Casi rendidos sin siquiera comenzar la lucha, embarcados en el sitio de una plaza demasiado difícil de rendir, ni por el hambre ni por la espada, mis compañeros se habían paralizado aguardando a que llegara la  justicia de la corona en forma de ayuda militar, sin plantearse que en los reinos hispánicos hace tiempo ya que la justicia ha perdido toda semejanza con las cosas que se supone que son justas, y sin ningún tipo de escrúpulo y toda la desfachatez se subasta al mejor postor. Nuestras pequeñas escaramuzas, nuestros prisioneros, no eran más que las manifestaciones ignoradas por el régimen y silenciadas por sus medios afines (todos), pero cruelmente reprimidas y en siempre creativa búsqueda de diferentes formas para mejor hacerlo, de la segunda década del siglo XXI; e, igualmente que sucederá entonces, nos resistíamos a emprender acciones más contundentes y continuábamos esperando a Godot.

Tres meses antes, y a pesar de que lo tenía todo en contra cuando escapé al galope de Blanca, Elvira y sus huestes, pensaba que tal vez las cosas podrían resolverse de otra forma. No recuerdo cuántos días viajé, aunque no fueron muchos: había azuzado a Rayo Blanco a cabalgar a toda la velocidad de la que era capaz, solo dejándole descansar lo justo para que no se derrumbara muerto de cansancio, aunque también era cierto que me había visto obligada a esquivar los caminos más concurridos y las poblaciones, por temor a encontrarme con mis perseguidores, y eso me había retrasado: era, sin duda, demasiado tarde, lo que debía de suceder ya debía de haberse producido, y ni mi información ni mis advertencias servirían ya de nada, seguramente. Y sin embargo, yo me sumía en un insondable sentimiento de culpa tras cada pequeño descanso que me tomaba, obligada por mi condición humana y dolorida por la herida de flecha que me había atravesado el brazo izquierdo y que aún seguía clavada en él (la extracción, en el caso de que hubiera tenido valor para hacerlo sola, podría haberme provocarme una hemorragia, aunque por lo menos había podido cortar la madera de la saeta para que no me molestara tanto). Y es que si quedaba alguna pequeña posibilidad de salvarles, tenía que luchar hasta el final.

Y no solo me perseguían mis enemigos: mi propia angustia me acechaba también en cada recodo del camino. Siempre he comprendido que vivo en tiempos difíciles, aunque no mucho mejores que aquellos a los que viajo, y cuando me despido de alguien siempre existe una gran posibilidad de no volver a verle: soy consciente. Pero ahora esa posibilidad se había convertido casi en una certeza, y no solo con una persona, sino con varias; con prácticamente todas las que en los últimos tiempos habían sido más cercanas para mí. Comprendía que había fracasado en los propósitos que me habían acompañado desde que había sido lo suficiente madura para formulármelos: Blanca me acuso de ser una persona solitaria, por la que nadie movería un dedo, y yo le dije que ese era justamente mi propósito, que era un precio gustosamente pagado por mi libertad. No era un farol. Sabía que nadie me quería, porque yo lo había buscado conscientemente. Es fácil aparentar insensibilidad y despreocupación, no responder a la amabilidad ajena; y en el siglo XXI, aún lo tenéis mejor: con no contestar a los guasaps ya tenéis la mitad del trabajo hecho. Lo que no es tan fácil es que estas personas a la que teóricamente ignoras no acaben metiéndose en tus huesos, convirtiéndose en imprescindibles: Yannick, con su desenvoltura, su independencia y su sentido práctico; Joanna, tan fuerte, valiente y voluntariosa: Isabel, llena de humor, lealtad y dulzura; incluso Gonzalo y Guifré, aunque no los conocía aún demasiado bien, ya estaban consiguiendo ocupar un rincón en el espacio que, mal que me pase, tenía que dedicar en mi cerebro a las emociones: qué decir de Guillaume, con sus oscilaciones entre la ambición y la ética, sus votos y la siguiente chica guapa, pero dispuesto a dar la vida por un compañero si era necesario. Y en cuanto a mi viejo amigo… creo que no hace falta que abunde en esta cuestión. A veces me pregunto si no sería mejor ser tan psicópata como el capitalismo y los que lo enarbolan, autodestructiva, sí, pero solo a la larga, hedonista, controlada solo por mis propias apetencias, poderosa pues carecería de puntos débiles. Dispuesta a condenar a la muerte, al hambre, al frío, a la desesperación a los más débiles, débiles, y pobres, sobre todo, porque han tenido escrúpulos e ideales y se han obsesionado por valores diferentes a los del dinero fácil. A veces me pregunto también si el destino del mundo es vivir controlado por esos psicópatas, si tan imposible es instaurar mecanismos de control: quizá eso es lo que nos paraliza a los medievales, y lo que paralizará a la gente del 2000.

Pero, hablando de hambre y de frío, eso tampoco ayudaba mucho. Apenas llevaba un simple manto sobre la misma camisa que me había colocado tras mi funesto baño en el río pirenaico dado que me era imposible vestirme sola, me veía obligada a dormir (lo poco que me lo permitía) prácticamente en la intemperie o en precarios y húmedos refugios. Y, aunque en la imposibilidad de disparar con arco y flecha por culpa de mi herida (no es que sea Robin Hood, pero el ruido de mis tripas resulta un excelente afinador de la puntería) me había agenciado un palo afilado y estaba dispuesta a lanzarlo sobre todo lo que se moviera, ni la época del año ni la climatología eran propicias, y la caza escaseaba. Así que llegué a las Tierras del Ebro en un lamentable estado, si saber exactamente dónde tenía que dirigirme ni qué debía encontrar, y aún menos mal que el agujero del brazo no mostraba, al menos todavía, signos de infección: es la ventaja de que tus enemigos esperen a que estés bien limpia antes de asaetearte.

Pero enseguida la realidad me mostró el camino. Al instante de adentrarme en aquellas tierras sureñas, un espectáculo de desolación me salió al paso: bosques talados, casas incendiadas, derrumbados corrales vacíos y mujeres y hombres llorosos parecían surgir por doquier. Aquello me pareció un dejà-vu: era como la España de principios del siglo XXI después de años sometida a la mafia postfranquista, desde la Gürtel a Sacyr, desde la ITV catalana a Canal 9,y mucho más allá y más acá. Abordé a uno de los lugareños, un anciano que se mesaba los cabellos en la esquina de una casa destruida.

-Perdona que te importune, buen hombre, pero ¿qué ha sucedido aquí?

Levantó los ojos anegados en lágrimas para mirarme, y supongo que dado mi desastrado aspecto me creyó también una víctima. Dejó por un momento las manifestaciones de su pesar para comunicarme:

-¡Los Entença! Han sido los Entença. Esos engendros de Satanás han arrasado los dominios de los Caballeros, desde Ascó a Benifallet. No han dejado nada para nosotros, y se han llevado a nuestros mejores hombres y mujeres. ¿Qué vamos a hacer ahora?

De nuevo las vidas y las haciendas de los pobres vendidas al mejor postor. ¿Qué íbamos a hacer ahora? Eso mismo me preguntaba yo.

-No te dejes llevar por la desesperación. Los Caballeros os auxiliarán, sin duda alguna –no estaba tan segura yo de ello, a pesar del convencimiento que mostraban mis palabras. Dudaba de que existieran medios para hacerlo, y aún más de que existiera voluntad real; siempre es fácil olvidarse de los más desfavorecidos; incluso si no se es del PP, y hasta si se supone que se es de izquierdas. Pero si de mí dependía, pensaba arrancar al Comendador de Cataluña un compromiso firme de socorrer a aquellos pobres aldeanos, que ninguna culpa tenían de las disputas entre la poderosa orden y la orgullosa y cruel familia; y no pararía hasta verlos a todos metidos en una cárcel. O mejor, en un CIE. El campesino me miró con incredulidad, y yo me apresuré a asentir repetidas veces, subrayando mi inexistente seguridad-. Mi hermano es uno de sus miembros más destacados y yo necesito reunirme con él. Puedes estar seguro de que hablaré en vuestro favor. ¿Sabes dónde está el campo de batalla?

Dudó un momento, mientras me miraba, y luego hizo un gesto impreciso con la mano.

-Dicen que se lucha alrededor del castillo de Corbera d’Ebre –todavía estaban allí, entonces. ¿Y si aún no era demasiado tarde? El hombre añadió-. Yo ya no espero nada, muchacha.

¿Qué podía contestarle a eso? ¿Acaso esperaba yo algo de la vida, del género humano? ¿Acaso mis escasas luchas no eran siempre descreídas de sí mismas, luchas sin esperanza? Sin embargo, era la única manera de mantenerse con vida. Luchando. Y aquel viejo ya había perdido aquel hálito: probablemente no le quedaba nada por lo que pelear

-Aguarda –le dije solamente-, confía y aguarda. Volveré.

Tomé el camino que creía de Corbera, agitada por emociones contradictorias. No me hallaba lejos, y al subir una colina coronada por un bosquecillo bajo, en un recodo del camino, me sobresaltaron dos figuras que estaban al acecho de algo. Una de ellos era un hombre joven que llevaba la capa negra y el hábito negros con la cruz roja en el hombro y el pecho respectivamente de los sargentos templarios; flaco y de no muy aventajada estatura, estaba acompañada de un muchacho casi adolescente, más alto y corpulento que su compañero, cuyos labios se fruncían en una mueva de hastío. Sostenía con desgana un arco y una flecha con los que parecía apuntar al infinito.

-Atento, Gerard –decía el mayor, sin aún haber notado mi presencia-. El conejo está ahí, lo sé. No te muevas un centímetro y verás cómo acaba asomando la cabeza.

El más joven bufó: al parecer, no entendía las técnicas de caza de su acompañante, así como tampoco yo veía nada claro que el pequeño y sabroso mamífero fuera a sentirse tan atraído por aquel claro en concreto como para huir de la seguridad del bosquecillo, por muy inmóviles que se mantuvieran los supuestos cazadores (al menos su inexperiencia proclamaba que no eran asiduos del coto de la Cospedal). Así que no tuve demasiados  inconvenientes en interrumpirles.

-Con Dios, amigos. Veo por vuestro uniforme que servís con los caballeros de Cristo y desearía que me condujerais a su puesto de mando. Tengo información que les podría ser útil y me están esperando –dudaba que lo último fuera verdad: a pesar de sus dificultades, mis amigos habían demostrado escasa preocupación por mi suerte. Pero ya estaba acostumbrada.

El mayor me recorrió de arriba abajo con la mirada, estupefacto.

-¡Por la Santísima Virgen! ¡Esos malditos Entença! Por lo que veo, debéis de haber sufrido mucho en sus manos. No me imaginé que se atrevieran con una dama noble. ¿Qué es lo que os han hecho? –el exagerado dramatismo de su palabras y el brillo lúbrico de sus ojos me hizo desconfiar de inmediato.

-No soy una dama noble, joder –contesté, iracunda-. Y los Entença no me han hecho nada. No ha nacido el hombre que se atreva a ponerme una mano encima, al menos sin mi consentimiento, y si alguno lo logra no vivirá lo suficiente para disfrutar de ello. Así que no esperéis escuchar procaces historias de violaciones de mis labios y haced el favor de contestar a mi pregunta. Mi intención es hacer un servicio a vuestra orden, voto al cielo.

Mi interlocutor se mostró de inmediato contrito y pensé que tal vez le había juzgado demasiado duramente; la verdad, pierdo los estribos cuando alguien me supone miembra de esa casta llena de inmerecidos aunque cuantiosos privilegios.

-No era mi intención incomodarte, muchacha. Solo auxiliarte, porque está claro que necesitas ayuda. Ven con nosotros, te conduciremos al campamento. Supongo que estás informada de lo que ha pasado: desde el mes pasado, los Entença han emprendido una campaña contra nuestras tierras, y están pasándolo todo a sangre y fuego y llevándose a los lugareños para pedir rescate o bien para venderlos como esclavos. Tomaron el castillo de Corbera, pero hemos podido reunir una fuerza al mando de frey Pere para sitiarlos…

-… frey Pere, comendador de la pequeña encomienda cercana a Miravet? Le conozco –interrumpí yo, recordando al anciano jefe de Guifré-. Me extraña, sin embargo, que el comandante no sea el responsable de alguna de las encomiendas más importantes.

Su mueca fue de sorpresa.

-¿Le conoces? Entonces sabrás sus 40 años de servicio en Tierra Santa. Es un gran guerrero y un mejor estratega, pese a su edad–confirmó con orgullo, después de una pequeña pausa-. Pero la misión es difícil. Nuestros hombres no son lo suficientemente numerosos como para rendir el sitio por las armas, y los del castillo están suficientemente bien pertrechados para aguantar meses. Aparte de que no descartamos que otros miembros de la familia nos ataquen por la retaguardia. El comendador de Ascó y el de Cataluña están en conversaciones con nuestro amado monarca Jaume, así Dios le conserve por muchos años, pero…

Lo entendí perfectamente.

-… pero no está dispuesto a comprometerse con vosotros más allá que con palabras, lo imagino. ¡El Rey tiene tantos problemas! Pobrecito. Yo diría que está atravesando un auténtico martirio.

La ironía de mis palabras era voluntariamente patente. Él, con prudencia, ni afirmó ni negó: por el contrario, decidió presentarse.

-Me llamo Esquieu de Floryan, de Tolosa, y este es el hermano Gerard, aspirante a templario. Le estaba enseñando a cazar, aunque sin mucho éxito; me temo que no soy el mejor cazador del mundo. Pero el hambre aprieta y es difícil abastecer a un ejército aunque sea tan poco nutrido como el nuestro, sobre todo dada la destrucción de los pueblos de alrededor. ¿Y tú, mujer misteriosa, que vistes como una guerrera y pareces saber tanto de nosotros? ¿Cuál es tu nombre? Supongo que no tendrás que ver con…

-… Eowyn de Camelot es el nombre por el que me conocen –aclaré yo, y vi cómo en el rostro del sargento nacía una expresión artera.

-¿La hermana del Visitador General? -mi fingido parentesco me perseguía-. Es curioso…

Sus palabras me parecieron absurdas, pero había preguntas más urgentes.

-Si lo conoces… -mi voz temblaba- entonces dime cómo está. Él y los amigos que le acompañan. Y también… -el miedo me atenazaba la garganta- otra persona…

Me miró con algo que me pareció desconfianza. ¿O era desconcierto? Esperó unos instantes eternos antes de hablar.

-Creo que será mejor que esperes a estar ante frey Pere…

-Por favor, Esquieu –le espeté yo, a punto de estallar-. He cabalgado durante no sé cuántos días con una flecha clavada en el brazo, helada de frío y sin comer ni una baya silvestre, y no sé si amigos muy queridos que sin duda se hallan en ese campamento están vivos, muertos o maltrechos. Así que dímelo enseguida o te prometo que el trofeo de esta partida de caza serás tú.

En el calor de mi indignación no me percaté de que Gerard se había colocado a mi espalda, tan cobardemente como un Wert cualquiera, destrozando el futuro del país mientras se rodea de esbirros, hasta que no sentí sus manos rodeando mi cuello; tal vez hubiera podido zafarme de no haberse sumado Esquieu, sujetando mis brazos y piernas entre los suyos. Noté que me faltaba el aire, pero antes de perder el conocimiento pude escuchar al sargento decir al aspirante:

-Tal vez no soy el mejor cazador del mundo, pero hoy nadie negaría que me he cobrado una buena pieza. (Sigue).

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(viene de) Aquello era una declaración de guerra auténtica y absoluta, a un nivel semejante a  los imparables e insostenibles recortes sociales y laborales en países como Portugal y no digamos en Grecia, que acabarán ocasionando una revolución o es que ya he dejado de entender al género humano. Yo, sin embargo, en ese momento poco podía hacer más que ponerme a salvo, aunque, al volverme hacia el castillo, afortunadamente pude ver que había pasado el peligro por el momento, pues la forma imprecisa que me había estado asaeteando se escondía en aquel momento entre las almenas de la Torre del Homenaje. Pero los guardias estaban ya avisados, y comenzaron a llamar a sus compañeros a grandes voces; los soldados de Blanca, por su parte, dejaron lo que estaban haciendo y se apresuraron a salir al portón. Y, lo que fue muchísimo peor, por el camino apareció el carruaje a una velocidad endiablada para, tras estar a punto de atropellarme, detenerse en seco. Sin solución de continuidad, de él surgieron dos viejos conocidos míos: por un lado, el alto, fornido, rubio, y prácticamente bárbaro mercader Karl, y por el otro, el escuálido y granujiento Gustaf, que se dirigió a mí con expresión falsamente alborozada.

-¡Mi querida Ermengarda, mi muy amada prometida! Anda, ven a refugiarte en mis fuertes brazos –bueno, soñar es gratis-. Karl, querido –dijo, dirigiéndose a este, que se acercaba a mí armado con una lanza tan larga como él mismo, acorralándome hacia el castillo-, da aviso a esos buenos caballeros de que está aquí Gustave de La Camargue –evidentemente, el título se lo había sacado de la manga. Otro noble autoinventado. Pero a este, por desgracia mía, no le buscaban trabajo en Qatar–,  el prometido de Ermengarda, cansado de esperar e inflamado de ardor amoroso –los chillidos del bárbaro alemán no se hicieron esperar. Estoy segura de que no debía de estar demasiado alejado genéticamente de los antepasados de Merkel: era tan feo y tan neo liberal en cuanto a la economía (recuerdo el escaso salario y las horrendas condiciones) como esta-. Y tú, amada mía, deja ya tus veleidades aventureras y decídete ya a desposarte conmigo y llenar de hijos las salas de mi castillo. Aunque también podríamos comenzar a encargar el primero ahora mismo. Creo que nuestro Creador nos dispensará de tal pecadillo –e hizo ademán de rebuscar alguna cosa bajo los faldones de su túnica. Yo ahogué una náusea: me faltaba estómago para tamaña perspectiva.

-Soy tuya si consigues atraparme, mi amor –le contesté con ironía y velada amenaza, buscando a mi alrededor con la mirada cualquier posible objeto que me sirviera para darle lo que se merecía, que no eran precisamente retoños.

-¿Qué está sucediendo aquí? –el comendador había irrumpido en la escena, seguido por Guillaume y escoltado por su guardia personal. Detrás iban todos los caballeros de la encomienda. Se dirigió a Gustaf-. Si es cierto que sois el prometido de esta dama, podéis llevárosla bien lejos. No os imagináis los problemas en los que me he visto metido por su causa –yo, que estaba expectante a cualquier oportunidad de zafarme de aquel embrollo, no pude menos que alegrarme al ver la patente incomodidad del líder de la manada guerrero-religiosa de la Terra Ferma.

-¡Ni hablar! –Guillaume, en un alarde de insumisión, tomó al comendador por el hábito y lo obligó a volverse hacia él. Vi a lo lejos como Guifré e Isabel, que sin duda estaban ocupados en lo suyo en alguna alcoba deshabitada, aprovechando cualquier momento ya que el futuro no parecía demasiado propicio para su relación, en realidad para nada, corrían para unirse a la fiesta-. Este hombre es un impostor, alguien que desea a Ermengarda desde hace mucho tiempo y la ha creído lo suficiente sola y desprotegida para intentar obtenerla. Pero eso no será así mientras yo esté con vida.

Como si le necesitara, pensé. Aunque, para que íbamos a engañarnos, por mucho que me pesara  en momentos como aquel necesitaba toda la ayuda que pudiera recabar.

-¡Guillaume, no pienso toleraros esto! –el comendador hizo ademán de sacar su espada-. ¡No me importa quién seáis!

-¡Mostraos inflexible, comendador! –Blanca, acompañada de Elvira y flanqueada por sus hombres, también había aparecido. Bueno, era la única que faltaba-. Ese hombre, yo lo puedo certificar, es realmente quien dice ser. Guillaume, como os he advertido esta mañana, tiene lúbricos e incestuosos pensamientos con respecto a su prima, y por eso la mantiene aquí, alejada del hombre que tiene derecho sobre ella. ¡No dejéis que este vil y fementido traidor manche así la sagrada orden del Temple! –malo, malo. Cuando una persona de la dudosa categoría humana de Blanca llamaba a algo “santo” o “sagrado”, había que comenzar a desconfiar seriamente de ello.

-¿A alguien le interesa saber mi opinión? –interrumpí-. Después de todo, se supone que yo soy la persona más interesada…

-¡Esta mujer es mía! –gritó Gustaf-. Os lo demostraré.

Dio un paso hacia mí y yo retrocedí, todo lo que pude, al menos, pues mi retaguardia estaba cortada por los guardias del castillo (y la vanguardia y los flancos me los obstaculizaban el carruaje y todos los presentes). Guillaume intentó detener al comerciante, pero el comendador se interpuso y ambos se enfrascaron en un duelo a espadas, ante el asombro del resto de la mesnada.  La situación era totalmente límite, y realmente no recordaba haberme visto en otra igual en mucho tiempo. Lo único de lo que estaba segura era de que antes de que me viera obligada a contribuir al aumento de la demografía medieval en colaboración con el repugnante Gustaf allí iban a rodar muchas cabezas. Pero en mi afán por huir de este, no vi cómo su adalid Karl rodeaba al grupo para atraparme por detrás: el grito de Isabel llegó demasiado tarde. El bárbaro y gigantesco nórdico sostuvo mis brazos detrás de mi espalda mientras el baboso Gustaf sacaba una daga y, mientras mis amigos corrían hacia mí, desgarraba el vestido que tan caro debía haberle costado a Guillaume, dejando al descubierto la cota de malla y la corta túnica que llevaba sobre ella.

-Esto ha llegado demasiado lejos –aprovechando la sorpresa de ambos mercachifles al verme armada, me zafé de ellos recopilando todas mis fuerzas y tomé la espada que Guifré, que por fin había llegado a mi altura, me tendía-. ¡Venga, venid a por mí! ¿No tenías tantas ganas de probar mis habilidades amatorias? ¡Pues aquí las tenéis! –me deshice de los restos del vestido y tiré los harapos lejos, para que no me dificultaran el movimiento. Algo captó la atención del comendador.

-¡Deteneos! -paró la última estocada de Guillaume-. ¡Yo conozco esos colores!

Se refería a los que adornaban mi túnica. Os los podéis imaginar los que me conocéis un poco: una franja roja, otra amarilla y otra violeta, con la estrella roja en el centro de la de en medio. Unos colores que no representan a un país, sino a un estado de cosas, a un experimento que, con sus luces y sus sombras, tenía altos alcances y podía haber funcionado si el sistema no lo hubiera impedido. Un suelo de justicia e igualdad, de fraternidad y de cultura, futuro, pero también pasado y atemporal, el Camelot soñado del que llevaba el nombre y por el que siempre pensaba luchar. Hasta la muerte.

-Esta mujer no es Ermengarda de Nantes –le había costado un poco al ínclito comendador darse cuenta-. ¡Es Eowyn, la mercenaria! –y, volviéndose a Guillaume-: ¡He sido víctima de una cruel mistificación con oscuros y deshonestos propósitos!

-Os lo hubiera dicho esta mañana si hubiera estado segura de que me hubierais creído –se encogió de hombros, con ademán de resignación, Blanca, como aquella a la que la realidad da la razón-. Pero os vi con muchos prejuicios hacia mi persona.

La lucha se había interrumpido. Hasta Gustaf y Karl esperaban el final de aquel culebrón.

-No, no es mi prima. Es mucho más que eso –por todos los infiernos, ¿qué iba a decir ahora aquel descerebrado?-. Eowyn es mi hermana, la hija natural de mi padre. Juré que la protegería con mi vida. Por eso la traje aquí, para mantenerla a salvo de esa pareja de cobardes plebeyos que quiere aprovecharse de su inocencia –cada vez estaba más seguro de que Guillaume tenía que haberse dedicado a ser romancier.

-¡Me importa un comino de quién sea hija esta zorra! ¡Es mía! ¡Yo la compré y ella me traicionó, y sin siquiera cumplir las tareas que le había encomendado! –me miró y me preguntó en un áspero susurro-. ¿Quieres ver las cicatrices que me dejaron las torturas del sultán de Egipto? Más que nada para que te vayas acostumbrando, porque pronto estarán sobre tu cuerpo también –pero después de ver los extremos a los que llegaban los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI para conservar sus empleos, debido al chantaje de la patronal y del sistema, ya no me espantaba ninguna amenaza que pudiera proferirme. Le repliqué:

-Por lo que sé, sus métodos de persuasión son algo más sofisticados. No deja de ser una especie de descendientastro de Saladino.  Aunque –miré significativamente a Karl, y después de nuevo a Gustaf- tal vez para ti haya sido aún peor de esa manera.

Pero el comendador ya volvía a tomar el mando.

-Basta de palabras ¡A las armas, mis caballeros! ¡Atrapad a esta hija del demonio y a sus cómplices!

-Eso si no la cojo yo antes –intervino Gustaf, amenazándome de nuevo con la espada junto con su amigo.

A continuación, se declaró la madre de todas las batallas. Aparte de mi duelo contra mi pareja de ex jefes dignos de pertenecer a la CEOE, estaba el de Guillaume contra el comendador y gran parte de su guardia, el de Guifré contra los que quedaban, mientras los caballeros amigos de Guillaume intercambiaban mandobles con el resto de los templarios de la fortaleza, los soldados de Blanca se hallaban repartidos un poco por todas partes, y Elvira, con sus ojillos llenos de rencor y resentimiento, atacaba a Isabel con una rama que encontró por el suelo cual Thorin Escudo de Roble (desde luego, ambos eran bastante parejos en estatura); afortunadamente, mi amiga, que se había hecho con otra, la mantenía bien a raya. Pero, en cualquier caso, el combate era demasiado desigual para que los míos tuvieran alguna esperanza, y ya estaban comenzando a caer los primeros heridos, entre ellos Gonzalo, a quien no había visto hasta entonces y que se encontraba apoyado en un árbol fuera de combate, aunque también es cierto que por lo que veía su lesión no parecía grave. Menos mal que en la Edad Media aún no se había descubierto que la salud no era un derecho sino un negocio (al igual que el agua, por ejemplo): la enfermería templaria no era El Corte Inglés y yo estaba segura de que cuidarían bien de él; y además, gratis.

Y entonces, ocurrió algo providencial; últimamente el Destino estaba siendo benevolente conmigo, lo cual solo quería decir que me tenía reservado algo terrible. Una manada de caballos desbocados irrumpió en el campo de batalla, causando la confusión y obligando a todos los contendientes a interrumpir la lucha para buscar refugio donde bien pudieran. Detrás de ellos, avisté a un jinete vestido (era una pesadilla recurrente) asimismo con el hábito templario, portando casco y mostrando la lanza. Llevaba a mi caballo de las riendas.

-¡Rápido, Eowyn, sube! –me instó. Yo no esperé a que me lo dijera dos veces. Salté sobre Rayo Blanco de forma harto inelegante, debo reconocerlo, y ambos iniciamos la huida. Pero mi improvisado salvador tuvo tiempo de tirar un pergamino enrollado al comendador.

-¡Leedlo y acabad de una vez con esta locura! –le gritó.

El comendador palideció al ver el sello que adornaba el mensaje, e hizo un gesto a sus caballeros de interrumpir la batalla, y también, con autoridad, a las huestes de Blanca. Mis amigos se agruparon, cansados pero contentos, e Isabel me saludó con la mano en amistosa señal de despedida. Viendo que se hallaban a salvo, me decidí a emprender la huida y salí al galope tras aquel oportuno ayudante. Aún no sabía lo que había pasado allí, pero de momento no era demasiado importante (continúa).

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Pagarán por sus crímenes. Bonita frase esta, tan bella como todo lo irreal. Yo sé, todos sabemos que prácticamente los únicos crímenes que se cobran son los crímenes producidos por una autodefensa contra la injusticia, mientras que los atentados del poder, los asesinatos y estafas de Estado quedan milagrosamente impunes, en  un ambiente generalizado de desprotección y dejación de la ciudadanía por parte de un sistema solo interesado en defender las prebendas del multimillonario, e incrementarlas a costa nuestra.  Pero en ocasiones, cuando las acometidas de esta guerra que el gran capital ha desencadenado contra el pueblo llegan a niveles de crueldad tan  inimaginables vulnerando todos los tratados internacionales, pues sus ataques se centran, además, en hospitales, escuelas y población civil, suelo repetirlo como un mantra, que me calma y me prepara para la rebelión. Pagarán por sus crímenes, pagarán por sus crímenes. Les obligaremos a que nos devuelvan la educación, la atención a nuestras discapacidades y dificultades, a nuestra salud. Que nos las devuelvan, pues son nuestras, porque nosotros las pagamos, no son ningún regalo que haya de ser retirado por ninguna situación de carestía aunque no la hubieran inventado ellos. Les obligaremos a que reviertan la especulación de los bienes básicos, la alimentación, la vivienda, esa que han venido construyendo desde décadas los mismo que ahora fingen espeluznarse de las trágicas dimensiones que han tomado las consecuencias de sus políticas. Nos desahuciaron del resultado de nuestras luchas titánicas por nuestros derechos, del edificio de bienestar (relativo) que habíamos construido a base de mucho sudor y mucha sangre. Nos desahuciaron, pero no somos nosotros los que nos debemos suicidar, a pesar de que el desesperanzador panorama nos obligue a ver este acto como la única solución posible, a pesar de que (hablo por mí) no tengo puñeteras ganas de seguir viviendo en un mundo que nunca antes había sido tan poco mío. El 14N hemos de parar el país, pararles los pies, pero no hemos de pararnos ahí: arrebatémosles lo que más atesoran: su auto-otorgado derecho de decidir por nosotros y de jugar con nuestra vida y nuestra felicidad como si fuéramos viejos títeres. Hagamos realidad lo utópico, realicemos lo irrealizable. Suicidémonos, pero solo de la vida que nos imponen para así poder vivir la nuestra, la que nos merecemos, por la que hemos luchado, la que hemos elegido. Recuperemos lo que nos han robado, ahora y antes. Hagamos que paguen por sus crímenes.

Pero sobre todo no podéis dejar de leer
http://luisangelaguilar.blogspot.com.es/2012/11/seleccion-de-enlaces-frases-fotos.html

http://puntsdevista.wordpress.com/2012/11/11/de-encuestas-mesianismos-chorizos-y-sanidad-publica

http://puntsdevista.wordpress.com/2012/11/10/nos-roban-el-presente-y-el-futuro-hastacuando-14n/

 

 

 

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(viene de) Así que continuamos nuestro camino en intrascendente conversación. Aunque a mí me era difícil concentrarme en la misma: estaba demasiado rabiosa de que el Destino y los continuos juegos que realizaba con mi persona, no permitiéndome permanecer en el mismo lugar (o en la misma época) más de lo que a él se le antojara, me impidiera elegir qué guerra quería hacer, cuándo y cómo. Solo  me consolaba que tal vez pudiera ser al menos un poco útil en cualquier espacio, en cualquier tiempo, cosa de la que tenía el convencimiento desde que me percaté de que la Historia no transcurre en balde. Pero solo imaginar que el viejo que compartía conmigo el camino podía ser un enviado de aquellos que pretenden destrozarlo todo, por los siglos y los siglos, me enervaba tanto que estuve en varios momentos tentada de comenzar a arrearle bien fuerte y después, ya, preguntar, en la mejor tradición de la policía española, seleccionada cuidadosamente por los gobernantes más servil y cobardemente fascistas entre todos los elementos fascistas, serviles y cobardes que se presentaron a las pruebas.

Pero noche cerrada era ya cuando, en la imposibilidad de encontrar un techo que nos cobijara, optamos por acampar al abrigo del bosque. Mi anciano compañero (que iba mostrándose más locuaz a medida que la oscuridad se abría camino, probablemente porque esta aumentaba la eficacia de su disfraz), cumpliendo su promesa, sacó unos tasajos de carne que no podían tener mejor pinta, un rico pan blanco y un pellejo de vino mientras yo me ocupaba de encender un buen fuego, cosa en la que mi errar habitual me había convertido en maestra. Cuando los preparativos de la cena y estuvieron acabados, nos sentamos a dar cuenta de las provisiones, hacia las que no puse ningún reparo a pesar de lo controvertido de la situación. Aquí donde me veis, soy una persona práctica, y mi lema, dictado por la experiencia, es: “Come mientras haya comida, bebe mientras haya bebida y duerme mientras sea posible, porque nunca se sabe cuándo podrás volver a hacerlo”. Además, si tenía que defenderme en mitad de la noche de ser degollada, bueno sería que al menos tuviera el estómago lleno. Y mientras tragaba, para no perder el tiempo, intenté sonsacar al anciano con toda la habilidad que poseía y que me temo que es más bien escasa, sobre cualquier detalle de su vida con el objetivo de que dijera algo que le hiciera traicionarse. Pero él se me adelantó:

-¿De dónde vienes entonces, joven, y cómo es que viajas por estos mundos del Dios?

Más bien del diablo, pensé yo, pero respondí con mi historia ensayada. Señalé el hábito pardo que vestía.

-Soy sirviente del Temple de Barcelona, y vengo de hacer un encargo en Miravet.  Y ahora me dirijo a Gardeny.

-Un sirviente algo extraño -adujo con cordial sonrisa-. Por tu forma de hablar pareces persona instruida.

-El párroco de mi aldea se encariñó conmigo y compartió algunos de sus conocimientos -contesté, después de echarme al coleto un bocado. La mejor mentira, se dice, es la que está entreverada de verdad.

-Eso lo explica -afirmó mi inquisitivo interlocutor-. Entonces, ¿vienes de la encomienda de Barcelona? Dime entonces, ¿no estará aún por allí un visitador de la Orden, un tal Guillaume de Nantes?

Por poco me atraganté con la comida. Vaya con el espía: ¿no estaba enseñando sus cartas algo prematuramente? ¿Tan seguro se sentía? Pero me rehíce y volví a darle la versión oficial.

-Allá lo dejé al pobre, doliéndose de una vieja herida que le dejó hecho unos zorros. Debió de ser un gran guerrero en el pasado, pero hoy en día tiene la misma fortaleza que un viejo veinte años mayor que tú, y eso que no creo que tenga muchos más de treinta –meneé la cabeza con expresión de triste resignación-. Y, por cierto, ¿de qué le conoces?

-Oh, unos parientes franceses tienen una relación de vasallaje con su familia –contestó, quitando importancia a sus palabras mediante el tono de su voz-. No es mal señor, según me cuentan, aunque sus relaciones con el rey Felipe de Francia no son demasiado buenas. Sería una lástima que no sobreviviera.

Yo no tenía ya la mosca detrás de la oreja. Ahora me acosaba todo un enjambre. ¿Qué diablos hacía por aquellos andurriales un viejo artesano tan versado en política internacional?

-Pues yo no tendría muchas esperanzas. Le vi bastante mal cuando me despedí de él, te lo aseguro. Pero bueno, cuéntame, ¿qué tiene en contra del rey francés? Entiendo muy poco de estos asuntos políticos, pero siempre pensé que su familia formaba parte del círculo de cortesanos más cercano al rey…

Yo disimulaba, pero tampoco tenía sentido que me fingiera mucho más inocente: estaba completamente convencida de que el viejo sabía demasiado acerca de mí y de toda aquella historia. Solo me quedaba la esperanza de que hablara lo suficiente para que yo pudiera extraer alguna conclusión, aunque desde luego que dormiría con un ojo abierto y la daga preparada.

-Y así fue en un primer momento. Pero la ambición de Felipe cara de lechuza no parece tener límites. Su obsesión por controlar todos sus territorios, y los adyacentes, además de llevar a su pueblo a guerras absurdas, está esquilmando el país. Hasta algunos gentileshombres de la Corte algo más misericordiosos que lo normal en su condición se están enemistando con él.

Recuerdo que un infiltrado en la manifestación de la última Huelga General se había acercado a mí en términos parecidos, aunque en lugar del rey Felipe de Francia cuarto de su nombre, había nombrado a Rajoy, Mas y Juanca, vamos, el exacto equivalente del feo monarca medieval francés en la España del siglo XXI. Que los espías sepan fingir tan bien ideologías de libertad, igualdad y justicia me hace pensar que son aún más tontos de lo que parecen.

-Es interesante lo que me cuentas –repuse-. Siempre es bueno saber por dónde van las intenciones de nuestros gobernantes. ¿Y el rey Jaume, qué tiene que decir a todo esto, ya que pareces estar tan enterado?

Esbozó una extraña sonrisa.

-Sobre ese tema habría mucho que comentar. Pero baste de momento con decir que no son tan enemigos como parecen. No te creas la historia de Sicilia

Es que no me la creía. Siguiendo con la comparación anterior, debían parecerse mucho a Rajoy y Mas. Ambos con sus propios intereses, ambos unidos por un objetivo común: seguir utilizando los legítimos deseos de identidad y libertad de sus respectivos pueblos para crear odio que sirviera a sus intereses o los de sus patronos, barajando datos falsos, y a la vez distraer la atención de los verdaderos problemas. Como tantos otros, españolistas, sionistas, salafistas, lo han hecho antes y lo están haciendo. Pero parecía que el viejo no pensaba hablar más, así que decidí abordarle por otro flanco.

-Son un poco cansinas todas estas historias de palacio. ¿Qué hay de ti, anciano? ¿Cómo es que cambias el solaz del que tu edad te hace merecedor por estas correrías?

Noté que se volvía lentamente hacia mí en la oscuridad.

-Llevo tanto tiempo viajando que apenas sé de dónde vengo, y menos hacia dónde me dirijo –me soltó como vaga respuesta.

-Veo que no eres hablador. Bueno, yo tampoco soy curioso –a veces el silencio es el mejor interrogador: eso me lo enseñó Hercules Poirot. Y la precipitación no es nunca buena consejera-. Tal vez sería mejor que fuéramos pensando en dormir. Nos espera un largo viaje mañana.

El viejo asintió. Yo abrí mis alforjas para sacar un par de mantas; afortunadamente estoy ya tan acostumbrada a dormir en lugares poco adecuados para el sueño de las gentes de bien, que hasta me siento incómoda en una cama. Pero cuando estaba a punto de disponerlas sobre una mullida alfombra de hierba fresca que relucía en la oscuridad bajo un sauce, algo me detuvo.

-¿No oyes algo? –pregunté en un susurro.

El viejo ya estaba en guardia desde hacía un segundo.

-Salteadores de caminos. O de eso irán disfrazados, seguramente. Debe hacer un rato que nos siguen…

-No será por nuestras muestras externas de riqueza… ¿qué has querido decir con eso del disfraz?

-… debí de haberlo calculado. Pero no me imaginé que llegarían tan pronto.

Sombras oscuras comenzaron a rodear el claro del bosque. Yo me dirigí hacia mi caballo a toda prisa.

-Será mejor que saques la espada –le miré, extrañada: había adivinado mi intención aunque no podía saber que la llevaba, no era un útil que un sirviente llevara encima habitualmente. Él extrajo rápidamente la suya, escondida bajo las alforjas de su caballo en un atado de cuero muy parecido al mío. Y, obviamente, tampoco los artesanos gastaban armas de filo cortante-. Si son esbirros del rey Jaume, como me temo, necesitarás toda tu fuerza y toda tu habilidad. Están reclutados entre la purria más infecta de la sociedad con el solo objetivo de atajar cualquier rebelión sin medir los métodos. Pero si luchamos juntos, podremos vencerlos.

-¿Quién eres, por todos los demonios? –me vi obligada a preguntar.

En lugar de hablar, refunfuñó:

-Aunque creo que el ataque de hoy se debe más a tu amigo el de Nantes. Son sus disputas personales con el rey Jaume, más que el miedo que este último pueda tener a una rebelión en su reino, lo que nos ha llevado a los dos a esto.

No tuve tiempo de valorar sus sorprendentes palabras, porque en ese momento el primero de los atacantes salía de la espesura para acometernos. Yo ya tenía la espada en la mano, y le recibí con alegría: demasiado tiempo sin hacer ejercicio.  Mientras esquivaba sus golpes e intentaba darle para el pelo, pensé en qué complicados manejos políticos se traía Guillaume y me pregunté si no había vuelto a ser yo un peón en su juego. ¿Era un héroe o un traidor? No siempre es fácil saberlo; ni de uno mismo. Somos temerosos, incluso cobardes los más valientes de nosotros, víctimas de autoengaños continuos. Se me pasó por la mente una figura histórica de la España del siglo XX, que la última vez que anduve por aquellos momentos temporales acababa de fallecer: Santiago Carrillo. Sin hacer caso de todos los Paracuellos que surgían en los distintos periódicos del Movimiento al paso de su cortejo fúnebre (el bando republicano tuvo un Paracuellos, sí; en el bando de los golpistas los Paracuellos fueron la norma. Por eso no paran de nombrarlo), para los suyos fue un hombre obligado por las circunstancias y por el momento que le tocó vivir, o una persona con sentido práctico, o un traidor que marcó la decadencia de la izquierda española o directamente un estúpido… ¿Sabremos algún día la verdad? ¿Hay alguna verdad?

Pero a mi lado, el vejestorio se defendía más que bien. No se movía como una anciano, sino como un individuo de no mucho más de cuarenta años. “Vivo en un mundo de imposturas. Y yo ilusa de mí que me creía que era solo la televisión la que manipulaba”, me quejé mentalmente, mientras abollaba el yelmo del asaltante, haciéndole perder el oremus momentáneamente. Aproveché el momento para, tras acabar de atontarle con una patada en el estómago que le propulsó hacia el árbol más cercano, ir hacia mi aliado y echarle una mano, ya que él se la veía contra dos, y conseguí golpear a su segundo atacante de nuevo en la cabeza, dejándole fuera de combate (intento siempre no matar a nadie a no ser que sea totalmente necesario). Pero casi no tuvo tiempo de dirigirme un gesto de agradecimiento cuando tres de aquellos bandidos, o lo que fueran, que al parecer habían estado esperando su momento, se lanzaron hacia nosotros, dos para mí, uno para él. Yo intenté barrerles con un movimiento horizontal de mi espada y mi atrevimiento, hijo de la desesperación, pareció cogerles por sorpresa, tal vez porque imaginaron que la superioridad numérica sería suficiente para hacer que un ‘mozalbete’ como yo se rindiera. En el ínterin, me alejé de ellos, dispuesta a sacar como pudiera al misterioso anciano de allí para desaparecer a toda velocidad entre los árboles, aunque eso supusiera dejar atrás los víveres, los caballos y las pocas monedas de las que disponía.  Perseguida por los dos villanos, me encontré con que mi acompañante había dado buena cuenta de los malos que le habían tocado en el reparto, y entonces, en un acuerdo tácito, ambos nos volvimos hacia mis perseguidores, atacando cada uno al que teníamos más cerca. El mío resultó ser un tipo tan pequeño y ágil como yo pero bastante más fuerte, ante el cual mi ventaja en la lucha se diluía, y me resultaba muy difícil esquivar sus golpes, cosa que él parecía hacer con los míos sin dificultad. Pero lo peor era que no podía quitarme algo de la cabeza: y era la estrecha comunicación que había tenido con el viejo. Como si nos conociéramos demasiado bien. Como si hubiéramos luchado, en demasiadas ocasiones, juntos. Y fue justamente está pérdida de concentración lo que hizo que el asaltante pudiera hacer blanco con el filo de su espada en mi muslo izquierdo, con lo que acabé cayendo al suelo en mitad de una aparatosa efusión de sangre. De pronto lo vi ante mí, dispuesto a rematarme clavándome la espada en el estómago. (sigue)

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(viene de) Aunque aún no estaba totalmente recuperada de mi segundo periplo en pocos días por el túnel de tiempo, me sentía de buen humor mientras cabalgaba por las riberas del Ebre, envuelta en el frescor delicioso del otoño incipiente que despertaba los aromas del bosquecillo de ribera que corría paralelo al río, entre chopos, olmos, fresnos, mimbre, cañas, juncos y lirios…. Pensaba ya en dónde y cuándo pasaría la noche cuando, al pasar un recodo habiendo ya casi caído el sol, divisé a lo lejos un viajero que a todas luces seguía el mismo camino que yo. Espoleé a mi caballo para alcanzarle, y así llegué a la altura de un anciano de luenga barba blanca con todas las pintas de ser un artesano procedente de alguna aldea cercana, aunque el manto corto con capucha que le caía sobre el rostro le otorgaba un aspecto de lo más sospechoso. Aunque fue eso lo que me hizo abandonar, de momento, la prevención: un espía verdadero hubiese llevado un disfraz menos evidente. Aunque también es verdad que al ver la serie de patéticas pantomimas que los policías infiltrados montaron durante el 25S una llega a la conclusión que el enemigo nunca es más inteligente que nosotros, ni por asomo: si nos vence solo es porque tiene menos escrúpulos. Muchos menos: los cardenales de mi espalda podían atestiguarlo. Y las visiones grabadas en mi retina de ancianos sangrantes y jóvenes aplastados por más de diez efectivos del desorden público para cada uno, aún más.
-Con Dios, buen anciano –le saludé-. ¿Podéis decirme a dónde os dirigís, si no es preguntar demasiado?
Por un momento pensé que mi interlocutor iba a ignorarme, pues tardó mucho más en contestarme de lo que hubiese sido razonable según las leyes de la urbanidad medieval. Pero al fin volvió la cara a medias hacia mí, sin permitir, eso sí, que viera su rostro, y me explicó en tono amable.
-Hacia Gardeny voy, mozalbete. Si queréis y os va bien podemos hacer juntos un trecho del camino. A mi ancianidad no le iría mal un brazo joven como el vuestro y en pago puedo regalaros con las ricas viandas que llevo en el zurrón.
Sería obvio aclarar que yo seguía ocultando mi condición femenina, algo básico si quería descubrir al traidor (o nido de traidores) como me habían encomendado. Pero no me gustó ni un pelo el retintín que pareció entonar su voz cuando pronunció la palabra “mozalbete”. Mis sospechas se confirmaban: un espía con excesiva confianza en sí mismo como para no ser desfachatado, algo bastante común para una habitual viajera al siglo XXI donde ya los opresores no tienen ninguna duda de haber ganado o, en cualquier, saben que no habrá ya límites para conseguir su victoria.
-No les haré ascos, sobre todo sin van bien regadas con un buen vino. Caminemos, pues pronto habremos de buscar acomodo para pasar la noche.
Estaba corriendo un riesgo, y era plenamente consciente de ello. Tenía que extremar la precaución, aguzar la inteligencia y echarme a los leones: habían demasiadas cosas en juego, el momento era demasiado decisivo, para bajar la guardia un solo momento, para perderme en disquisiciones que no llevarían a ninguna parte. No podía decir que no tuviera miedo: lo tenía, y mucho. Pero con miedo y todo iba a hacerlo. Y si esto lo hago yo, que no soy ninguna heroína y sí bastante desastrosa, ¿qué grandes cosas no podréis hacer vosotros, capaces y comprometidos lectores? (sigue)

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