Bosque de Brocelandia

Combates y aventuras en un mundo hostil

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Con Jaume II vivíamos mejor (Epílogo: La libertad que vendimos)

(Atención: este es el capítulo final de un serie, bastante larga, me temo, pero que tiene su aquél. Si queréis leerla desde el principio, clicad aquí)

(viene de) ¿Dónde quedó nuestra libertad?, me preguntaba yo mientras cabalgaba a galope, con el viento golpeándome el rostro y el cabello desordenado, cansada, magullada y feliz. ¿En qué parte del camino fue donde la perdimos? El castillo de las pesadillas, donde el deseo generalizado era guiarme, cuidar de mí, controlarme, proporcionarme el regalo envenenado de una vida  protegida quedaba atrás y yo, en pos de mi misterioso colaborador (que no era tan misterioso), volvía a recuperarme a mí misma. Pero ¿por qué no podía ser siempre tan fácil? ¿Por qué, concretamente, en el siglo XXI no lo era? ¿Por qué esa cruel involución histórica, o al menos, esa estabilidad en el mal, en la injusticia y el error? La respuesta a la pregunta, o al menos una respuesta de urgencia (porque ¿dónde está la verdad?) se desvelaría pronto.

De momento, seguimos cabalgando hasta llegar a las tierras del Comte d’Urgell, y paramos de mutuo acuerdo tácito en la primera población importante y bien surtida de lugares de avituallamiento  gastronómico y enológico. Le hice un signo a mi acompañante para que me siguiera: se me conoce por ser una guía ambulante del ocio y la restauración medieval que hace innecesarias todas las aplicaciones móviles al respecto en el caso de que hubieran existido. En un callejón algo menos maloliente que el resto encontramos la entrada a un local de aspecto bastante pulcro, que yo consideraba la mejor posada de la zona. Pedí vino y comida en abundancia y busqué una mesa apartada, no sin antes justificar la singularidad de nuestra asociación de templario y mercenaria jurando ante el tabernero que éramos hermanos de padre y madre (aunque no nos parecemos en nada, afortunadamente). Mi compañero se desembarazó del casco y alargó su mano hacia la mía. Dejé que la tomara y la acercara a sus labios: yo también (pues tenía mi corazoncito, aunque lo disimulara, no demasiado grande ni demasiado sentimental, pero por allí andaba en algún lugar) me alegraba de verlo.

-No te sorprendes –me dijo, tal vez algo decepcionado.

Yo apreté su mano.

-Te he reconocido, viejo cabronazo. Difícil no hacerlo, con ese hábito que te empeñas en seguir vistiendo y tu figura enorme. De hecho, te hubiera identificado incluso aquel día con tu penoso disfraz de anciano, si el cielo hubiera estado más claro y no hubiera estado recuperándome de un acceso de fiebre. Por cierto, ¿has agotado ya todas tus máscaras?

Meneó la cabeza en negación.

-Se acabaron los disfraces, Eowyn.

Chasqueé la lengua. Algo no casaba allí. Después de todos los enigmas y todas las ocultaciones, ahora resulta que todo iba a ser claro y diáfano como la luz del día.

-Nunca deberían haber existido –repliqué yo-. Estoy cansada de secretos y mentiras. Fuimos como hermanos, hermanos de verdad, y ahora te empeñas en comportarte como un extraño. Es esa orden tuya. Te tiene lavado el poco cerebro del que te ha dotado la naturaleza.

Se mostró inmune a mis insultos, igual que si yo estuviera diciendo chorradas dignas de Sáenz de Buruaga o de los  gobernantes peperos españoles de la legislatura de Rajoy.

-Supongo que Guillaume te lo habrá contado todo –había una extraña expresión en su rostro, de condescendencia mezclada con censura. Enarqué una ceja-. Habréis tenido tiempo de eso y de algunas cosas más, presumo.

-Solo me relató tu sentimiento de culpabilidad por haberme metido en este lío y tu consecuente afán por protegerme. En cuanto al resto, ¿qué pretendes insinuar? –me defendí, aunque no con mucho ímpetu. Él me contestó algo sorprendente.

-En algún momento llegué a pensar que sería buen compañero para ti. Ambos eráis para mí los amigos más fieles y teníais muchas cosas en común. Pero eso fue antes de su traición, evidentemente.

Yo bufé, hastiada.

-No me busques tan pronto marido nuevo. Recuerda que acabo de escapar de uno. Además, sabes perfectamente lo que pienso al respecto. Eso –señalé hacia las quebradas llanuras de la tierra de Urgell, con sus campos de cultivos aún libres de transgénicos, que se extendían más allá de la ventana, hasta el horizonte– es lo único a lo que quiero consagrar mi vida. Lo que haya podido suceder o no en ese castillo es algo completamente diferente de todo aquello que estás sugiriendo

-Hablaremos de eso después -concedió.

-No hay mucho más que te pueda decir –y es que yo no pensaba dejar escapar la ocasión tan fácilmente-. Tú, sin embargo, sí tienes muchas cosas que comentarme. Guillaume me dijo también que eres el único que puede responder mis preguntas.

Creo que, por un momento, conseguí hacerle dudar: el vino comenzaba a hacer sentir su efecto, y no dejábamos de ser dos viejos camaradas que se encontraban tras haber presenciado los horrores más innombrables y haber sobrevivido a ellos, con lo que de conmovedor tiene el hecho. Pero en el último momento algo le hizo cambiar de opinión.

-Refrena tu impaciencia: todo llegará –yo bullía de frustración, aunque mi orgullo no me permitió manifestarla en voz alta. Pero iba a averiguarlo, fuera como fuera-. Hay cuestiones más urgentes. Por ejemplo, establecer cuál va ser el próximo paso. Gardeny se ha revelado como un nido de intrigas y antes de que te reincorpores a la misión sería interesante saber hasta dónde llegan y en qué te afectan.

Por mucho que me molestara, y tal como yo había presentido la noche anterior, tenía razón: era fácil deducir que la llegada de Blanca probablemente no había tenido nada que ver con los espías del rey o con los suyos propios, al igual que seguro que no había sido iniciativa de Gustaf y Karl presentarse allí y reivindicar su falso estatus de prometidos de Ermengarda: alguien en aquel  lugar sabía mucho de mí, y no pensaba utilizarlo precisamente para favorecerme. Eso sin olvidarnos del desconocido arquero, o arquera. Manifesté mis temores en voz alta.

-Es a eso exactamente a lo que me refería. Isabel me parece totalmente de confianza, y Guifré, por lo que sé de él, es un hombre íntegro. En cuanto a los demás… no lo sé. Sabes que odio a Guillaume con toda mi alma, tanto como le amé en tiempos, pero ni él (a pesar de que sus devaneos con Blanca lo han puesto todo en peligro) ni sus caballeros amigos me parecen unos traidores… al menos mucho más de lo que ya lo han demostrado. Además, él no haría nunca nada contra ti, debo reconocerlo.

Sus palabras me resultaron sumamente reveladoras

-Has estado espiándonos todo el rato –le reproché, comprendiendo.

-Ya sabes la razón. Pero he intentado intervenir lo menos posible. Pensé que podías escapar sin ayuda, pero entonces vi como ese hijo de puta de las almenas disparaba contra ti; maldita sea, estaba demasiado lejos para que pudiera apreciar ningún rasgo que le diferenciara. Así es que saqué la ballesta y conseguí herirle. Después, viendo la irrupción de tus antiguos jefes, me hice con los caballos de una granja de pollos de las cercanías, y los solté para causar confusión.

Me gustó la idea: eso era lo que se necesitaba en las luchas actuales, unión y estrategia. Y era curioso en el siglo XXI también existiera una granja de pollos en los alrededores. Probablemente incluso en el mismo lugar.

-Pero antes –continuó- escribí un mensaje al comendador por si no funcionaba la treta: afortunadamente tenía a mano un sello que sabía que le iba a poner bastante nervioso –me guiñó un ojo: él debía de saber ya que yo estaba enterada de quién era  en realidad–. Entre esa carta, que justifica a Guillaume, y el incomprensible encanto personal de nuestro amigo  –realmente, pensaba yo, era un misterio cómo el enigmático bretón era capaz de sumar a su causa tantas simpatías- me imagino que las aguas volverán pronto a su cauce y la misión continuará sin novedad. Aunque quizá deberías mantenerte un poco alejada hasta que hayamos averiguado algo más sobre el traidor.

-Solo si prometes que dejarás de seguirme –contesté rápidamente.

Él se resignó. Esperaba que no me estuviera mintiendo.

-Está bien. Permaneceré un tiempo a tu lado, y luego volveré a Chipre. Tengo asuntos allí –no le pregunté aún: ya habría tiempo de averiguarlo. No se zafaría tan fácilmente de mi curiosidad. Pero esperaba que aquellos asuntos tuvieran que ver más con la paz que con la guerra: su gremio eclesiástico y la nobleza ya habían jodido bastante el mundo conocido tras casi dos siglos de torpes e insensatas cruzadas sin que eso les hubiera causado más perjuicio que a De Guindos las preferentes que vendió en Lehman Brothers. Esperaba que lo escaldados que habían salido de las mismas les hubiera curado de su inane y desmesurada ambición-. Y te juro que una vez que haya partido no dejaré a nadie que me sustituya en tu cuidado. Pero habrás de extremar las precauciones.

Con aquello bastaba. Por el momento. Alcé mi copa.

-Brindemos entonces por ello.

Comimos hasta reventar y bebimos hasta que el vino nos salió por las orejas, atronando el local con nuestras carcajadas al retratar irónicamente a los personajes del castillo y a sus visitantes. Después pagó la cuenta, con las escasas monedas propias de un Pobre Caballero de Cristo que llevaba en su bolsa, y tras haber pasado por la casa de baños local para quitarnos la herrumbre y el polvo del camino, nos retiramos a las habitaciones que nos habían asignado. Él me miró mientras subía las escaleras.

-Estás completamente recuperada. Apenas cojeas.

-No hay nada como una buena pelea para eso –asentí yo-. Lo que me pasaba es que estaba algo oxidada. Aparte de que aquellas fiebres renuentes que me molestaban desde el primer viaje a Tierra Santa también han desaparecido. En Miravet me dieron algo, y en la pequeña encomienda de Guifré acabaron el tratamiento. Ahora solo me falta recuperar un poco la musculatura perdida, y ya estaré dispuesta para nuevos lances.

-Me alegro de oír eso –respondió-. Nos esperan grandes desafíos.

-Lo sé –acordé yo.

-Y sin embargo… tu semblante es triste.

Dejé que mi mirada vagara en el infinito.

-Pienso en la libertad –dije.

-Explícate.

-Es una de las dos enseñanzas que he sacado de esta aventura – aclaré-. Quizá en parte gracias a Elvira, la dama de compañía de Blanca y, desde luego, gracias a Isabel. ¿Sabes? Estuve reflexionando acerca de mi pasado. Siempre quise ser libre, siempre odié las cadenas; pero todo a mi alrededor conspiraba para esclavizarme y mantenerme en la más absoluta inopia educativa, confiando que así me dominarían mejor. Mis progenitores, que nunca se plantearon que yo pudiera ser algo diferente de la esposa de un campesino, mi antiguo señor, que se tomó durante muchos años mi rebelión como algo personal… Y al mismo tiempo, siempre fue fácil huir, oponerme al sistema, al futuro que tenían planeado para mí. Y ¿por qué, te preguntarás? Pues porque esa servidumbre siempre fue externa, no venía de mi propio interior ni de mis propias circunstancias. He pagado mi libertad con cada una de mis cicatrices, pero no soy una heroína por ello.

Él me escuchaba atentamente. Yo tomé aliento para continuar.

-Sin embargo, en el siglo XXI, todo es distinto. El papel que ocupo allí es de una mujer joven y desesperada, sin armas, sin dignidad, casi sin orgullo, impotente ante la injusticia, cuyos patéticos intentos de pelear se ven frustrados por su situación. Y eso es porque ella no es libre. Prácticamente nadie es libre allí. Les han vendido humo hermosamente empaquetado, les han comprado la libertad a base de sueños y de promesas de una falsa estabilidad, seguridad, bienestar, a cambio de sus propias identidades. Les han convencido que para ser felices necesitaban formar una familia, hipotecarse hasta las cejas y conseguir un trabajo tiranizado, y que así vivirían contentos y ricos por siempre jamás. Y cuando descubrieron que habían sido víctimas de la más desalmada de las engañifas, se dieron cuenta de que ni siquiera podían salir a la calle a quejarse, que ni siquiera tenían tiempo para urdir la rebelión: estaban cargados de hijos, maridos o mujeres, hipotecas, con un trabajo en el que debían soportar todos los abusos e irregularidades por miedo a perderlo, o bien sumidos en la desidia por la falta de él: la esclavitud, allí, forma parte de la propia esencia de los seres humanos. Alguien o algo ha conseguido que así sea. No quiero regresar al siglo XXI, amigo mío, no quiero volver a ver las costas de mi Barcelona natal desfiguradas por leyes estúpidas y destructoras, y este es solo uno de los ejemplos. Preferiría haber muerto en Tierra Santa en mitad de aquella espantosa, inhumana y absurda carnicería: en el futuro ni siquiera puedo sacar mi espada para repartir mandobles. Y sin embargo, sé que tengo que hacerlo. Sé que he de volver.

Me observaba con gravedad.

-Debes decirles que huyan de eso. Tú puedes hacerlo. Que deshagan el camino andado, o al menos el que puedan deshacer. Que rompan con todo. Aunque sea una decisión radical, aunque les cueste dolor. Y debes seguir luchando también aquí. Quizá, si derrotamos la ambición y la ignorancia actuales, podremos evitar que los reinos hispánicos lleguen a ser ese país podrido de beatería y sacrosantos privilegios que describes.

Negué con la cabeza.

-No hace falta que les diga nada. Ellos ya lo saben. Pero no me escuchan. Ni siquiera yo me escucho a mí misma.

Se hizo el silencio entre nosotros. Yo respiré hondo.

-Seguiré luchando aquí. Pero volveré –dije al fin-. Aunque todavía no. Antes, quiero contarte cuál es la segunda cosa que he aprendido.

Él hizo un gesto inquisitivo. Yo continué.

-Que no pienso dejar escapar la más mínima oportunidad que me conceda la vida.

Abrí la puerta de la estancia. Él entendió.

(FIN… al menos de momento).

75 años bombardeando bioéticamente

Hoy (ya ayer) hace 75 años que bombardearon la plaza de Sant Felip Neri. Murieron, entre otras personas, muchos niños. Más tarde, siguiendo con este escaso respeto por la infancia y la maternidad, los herederos de los que perpetraron ese crimen pasaron 30 (o quizá 40, o 50 o…) años robando bebés a sus madres, por rojas o inmorales, y continuaron después  bombardeándonos (menores incluidos) con desahucios, enfermedades, explotación, humillación y hambre mientras malgastaban en lujos asiáticos nuestros necesarios y escasos ingresos. Aunque por fin deben de haberse arrepentido, porque cada vez más defienden a los niños hasta tal punto que quieren obligarnos a tenerlos cuando, cómo y en la cantidad que ellos deseen, con quienes a ellos se les antoje y dentro del modelo de familia que a ellos les salga de la polla. Todo bioética y científicamente, por supuesto. Porque si no seremos rojas, inmorales, y además, y ellos bien pueden emplear ese término porque conocen su significado a la perfección, asesinas.

75 años y no ha cambiado nada. Nada. Siempre han sido los mismos, casi desde el principio de esta broma ridícula y cruel llamada España, en ocasiones más cautos, inventándose transiciones modélicas como solución de continuidad de su poder casi eterno, en ocasiones, como ahora, más envalentonados por las circunstancias. Pero es igual, esta repugnante piel de toro llena de ineptitud cobardía, represión, envidia, egoísmo, corrupción, hipocresía y sadismo no cambiará si nosotros no la cambiamos, si no invertimos el estado de las cosas, si no envíamos a tanto católico de alma negra a ese infierno del que todos provienen y de donde no deberían haber salido nunca. Después de todo, Sor María ya ha marchado hacia allá, por su propio pie caduco y chocho o cordialmente empujada, sacrificándose, como toda una santa heroína de la patria, por un sistema podrido que llena de cáncer purulento las instancias más altas de esta sociedad pervertida, empeñándose en subsistir a pesar de la repugnancia que causa.

Mientras nosotros, los únicos cirujanos que podríamos atajar el mal, todavía temblamos al coger el bisturí. Tal vez sea porque nos han obligado a hacer  turnos demasiado largos, de acuerdo, pero ¿acaso vamos a ser menos bioéticos que ellos?

Feijóo no ha ganado

Es ya 22 de octubre de 2012. En Galicia, las papeletas vuelan arrastradas por el viento del otoño ante los colegios electorales ya cerrados. Mis ateas oraciones de este fin de semana no han sido escuchadas:  el Estelle no ha llegado a las costas de Israel, que por si fuera poco ha vuelto a atentar en el Líbano, mi querida Siria sigue siendo el desfigurado y sangriento escenario de las intrigas occidentales, destruidos ya la mayoría de los lugares que amé y la gente que conocí, y además dicen que Feijóo ha revalidado con creces su mayoría absoluta en Galicia a pesar de perder gran cantidad de votos.

Sin embargo, yo no me lo creo. Algunos y algunas piensan que este es el final. De las movilizaciones populares, de la esperanza en un cambio auspiciado desde abajo. Otros y otras han perdido las fuerzas para luchar y vagan desconcertadas ante las pantallas, sin saber cómo interpretar las noticias, refugiándose en el odio, acusando a los gallegos de cómplices o de insensatos. El resto, como siempre, conecta Telecinco.

Pero yo no. Son las dos de la mañana y las palabras se me agolpan en las sienes, sin dejarme dormir. Tal vez no pienso con claridad, y desde luego no es el momento para recabar apoyos a esta tesis, y sin embargo pienso además que no estoy sola en esta idea. Feijóo no ha ganado. Ha ganado la manipulación sobre el terreno abonado de nuestra incultura alimentada durante años, han ganado las amenazas veladas sobre nuestra impotencia y nuestra inseguridad, estómagos vacíos, vidas obligatoriamente ociosas, viviendas en peligro; ha ganado la conveniente (y sospechosa) desapareción en combate de la oposición, y la ley electoral hecha a la medida de esta dictadura bipartidista durante la descomunal estafa de la transición ha colaborado lo suyo. Fuimos tan ingenuos que nos creímos que no era más que ficción de consumo friki, pero los supervillanos vencieron en su plan de dominar al mundo y los superhéroes están mutilados, muertos, o se pasaron al lado oscuro. Pero Feijóo no ha ganado. Las ilusiones que viajaban con el Estelle no llegaron a puerto, Siria ya ha dejado de ser Siria y tal vez no lo sea nunca más, pero Feijóo no ha ganado. Ha perdido Galicia, España ha perdido, me veo obligada a decir con la esperanza tocada aunque no hundida, con las fuerzas para luchar agotadas aunque no acabadas: pero hoy Feijóo no ha ganado, hoy ellos no han ganado. Solo ha triunfado la mentira. Solo ha triunfado su mentira.

NOTA: Metáforas aparte, DESDE LUEGO QUE FEIJÓO NO HA GANADO! El 72,5 de los gallegos y gallegas NO LE HAN VOTADO. Ha perdido unos 200.000 votos. Así, después de esto, unido a todo lo anterior, que nadie se crea, por mucho que lo diga la prensa, que esto es un cheque en blanco a los recortes de Rajoy. Joder, no somos masoquistas, solo incultos, temerosos y egoístas (aunque no sé qué es peor).

Ni un minuto más, ni una excusa ya: acabemos con este gobierno YA

No es la primera vez que se afirma lo que voy a expresar aquí hoy; solo me hago eco del sentir de la calle, de las personas honestas e inteligentes  a quienes les preocupa más el bienestar de toda la ciudadanía que sus míseras ambiciones personales de seres cobardes y débiles cifradas en un coche un poco más grande, un televisor un poco más potente y un puesto un poco más alto en la empresa (donde puedas demostrar a gritos a unos pocos más de tus compañeros que tú eres el jefe). Gente que no tiene pereza mental ni miedo a reflexionar, aunque eso le haga enfrentarse con sus fantasmas, y que descarta las explicaciones rápidas, irreflexivas e inhumanas, además de falsas, de la lamentable situación actual, como la estupidez de que son los inmigrantes los culpables de la crisis, por ejemplo. Esas personas son las que claman bien alto que cuando un gobierno, aunque elegido democráticamente (si es que se puede llamar elección democrática la regida por un ley electoral fabricada a la mayor gloria del inmovilismo y comprada mediante pancartas, anuncios y noticias manipuladas), traiciona a sus electores haciendo matemáticamente lo contrario a lo que había prometido en su programa, cuando además derrocha en lujos asiáticos de sus integrantes y amistades, en cargos de confianza y en inversiones sin sentido (que no favorecerán a la población sino a la elite económica que los subvenciona y mantiene) mientras ataca sistemáticamente los derechos y las vidas de los más desfavorecidos, y por si fuera poco reprime con dureza criminal y descalifica el legítimo afán de protesta mientras desvía la atención creando problemas de la nada, como los nacionalismos periféricos, este gobierno ha perdido la poco legitimidad que pudiera haber tenido. Y hay que derrocarlo. YA. Sin esperar un minuto más. Sin ponernos una excusa más.

La única salida: otra aventura medieval (IV)

El peor de los escenarios

(viene de) Cuando calculé que Guillaume debía de estar abajo, me encomendé a todos los santos del panteón comunista y me dispuse a imitarlo. Aquella travesía deslizante, que no casaba demasiado bien ni con mi vértigo ni con mi claustrofobia, me pareció durar años. En cualquier caso, tuve tiempo de recordar la última parte de la conversación que habían mantenido con Guillaume el día en que me asaltó volviendo de la taberna, cuando intentaba meter baza entre la retahíla de juramentos que solté al enterarme de que él, el traidor, el enemigo, estaba al tanto de mi secreto; solo que esos insultos y maldiciones no iban dirigidos a él, sino al hombre al que creía responsable de la delación, la única persona que podía haberse chivado y a quien imaginé  desgranando mis miserias antes sus amigotes de la soldadesca después de varias jarras de vino; desde luego, nuestro común amigo era la viva imagen de la expresión “beber como un templario”, yo bien lo sabía y no le iba demasiado a la zaga en ese aspecto. Y los años y las vicisitudes habrían hecho el resto, pues he de reconocer que en la época en que andábamos juntos ni 12 toneles de vino lograban hacer que escorara lo más mínimo.

-No hagas acusaciones que luego podrías lamentar, Eowyn –me sugirió Guillaume tranquilamente cuando mis imprecaciones perdieron fuelle-. Tengo que ser honesto y advertírtelo, a pesar de que tal vez me convendría que lo hicieras. Al contrario, deberías abrir tu espíritu y comprender que hay más cosas en el cielo y en la tierra y que tus problemas con el mundo mágico no son los únicos. No he estado donde tú has estado pero he visto lo que tú has visto. Gracias a aquello que tú llamas “la reliquia”.

Y vuelta a empezar. Qué fácil es echar la culpa de todo a las reliquias, a los homosexuales, a los parados o a los inmigrantes cuando se ha metido la pata estrepitosamente o se requiere una explicación a la inexplicable. Y lo peor es que nos lo creemos. Bueno, yo no: no me había tragado una palabra de su historia y además la famosa reliquia imaginaria ya estaba comenzando a tocarme mucho lo que no suena, pero decidí dejar mis injurias para cuando tuviera ante las narices al destinatario de las mismas, en este mundo o en el infierno.

Pero ya estaba llegando a tierra y, como me temía, Guillaume esperaba para levantarme en volandas antes de que tocara el suelo y luego depositarme en el mismo con lentitud, excesiva, a mi juicio. A regañadientes decidí ignorarle, pensando que mostrar cualquier atisbo de pasión aunque fuera de una índole tan negativa como atizarle un puntapié en los huevos, solo conseguiría reafirmarle más en sus locas esperanzas de catar mis supuestos encantos.

-Vamos, déjate de chorradas y oriéntate en este laberinto de una vez, antes de que me dé un ataque de histeria claustrofóbica. Ya sabes que aborrezco los espacios cerrados. Espabila.

Él mostró una sonrisa de suficiencia.

-Por aquí –señaló con seguridad.

Tomó la antorcha que previamente había encendido de su soporte en la pared y me guió por un pasillo no mucho más ancho que mis hombros, que no son precisamente los de un atlante. Yo hice de tripas corazón y me apresuré tras él para no perderle de vista, ya que hasta la compañía de un tigre de Bengala que llevara tres meses a dieta vegetariana me hubiera resultado más alentadora en aquella estrechez que la soledad. Mantuve a raya las ganas de gritar y pedir entre angustiados sollozos que me sacaran de allí volviendo a rememorar las revelaciones que habían logrado que aceptara participar aquel juego, aunque con el casi convencimiento absoluto de que no íbamos a triunfar. Los personajes que se habían reunido en la penumbra de la reducida estancia cuya puerta estaba disimulada tras un tapiz en la sala capitular de la encomienda barcelonesa me acogieron con simpatía, con esperanza. ¿El ser una mujer en un negocio tradicionalmente de hombres, tal vez, era lo que pensaban que podría ayudarles? No soy la única ni mucho menos la mejor en mi trabajo (creo que el hecho de que aún siga viva se debe únicamente a la suerte y a mi empecinamiento), eso desde luego. En cualquier caso nadie me aclaró nada al respecto, ni siquiera mi actual jefe y anterior archienemigo, que se encontraba también, para mi sorpresa, en el concilio, y que me envió una sonrisa de complicidad desde su asiento tras la mesa semicircular ante la cual nos presentamos Guillaume y yo. Tras unas palabras de preámbulo, el que parecía el líder, tal vez por su avanzada edad (ofrecía el mismo aspecto que el viejo templario que guardaba el Grial en Petra según la tercera película de Indiana Jones; sí, cuando estoy en el siglo XXI también pierdo el tiempo con el cine de evasión), o sencillamente porque estaba colocado en el lugar central, me lanzó este discurso:

-Eowyn, te hemos elegido porque creemos que puedes sernos útil. Algunos de nosotros, como seguro has podido adivinar, llevamos años siguiéndote, evaluando tus capacidades. Tal vez no seas la más hábil con la espada, ni la más sensata y táctica luchadora, pero hay algo que te hace especial, y es ni más y menos que tu empatía con el que sufre.

Naturalmente, lo expresó en términos mucho más medievales, he intentado traducirlo al lenguaje sigloveintiunero todo lo que me ha sido posible. Yo me encogí de hombros. El momento era demasiado solemne para contestarles que lo que ellos señalaban como una virtud era mi característica más odiosa (y mira que tenía ya unas cuantas del mismo calibre), la que no me había dejado progresar mínimamente en la vida y la que trataba por todos los medios de quitarme de encima; en realidad, esperaba llegar a conseguirlo alguna vez. Pero el Maestro, ignorándome, continuó.

-Corren malos tiempos. Se avecinan los momentos más duros en mucho tiempo, para toda la Cristiandad y más allá. Los pueblos de Dios llevan años malgastando su capital económico y humano en Tierra Santa, o mejor dicho, invirtiendo para conseguir pingües beneficios y equivocándose completamente de estrategia económica, o tal vez no, en las Cruzadas. Y por si fuera poco, Felipe IV de Francia sigue necesitando dinero para mantener su absurda y vanidosa política exterior y para pagar las deudas contraídas por culpa de esta. Naturalmente, estas deudas acabarán cobrándose en los más inocentes y los que sufrirán el peso de la justicia serán los que traten de poner fin a las situaciones injustas. Se rumorea que piensa expulsar a los judíos, confiscando todo su patrimonio. Y también que acabará haciendo lo mismo con los templarios.

Vaya, pensé, ¿por qué me sonaba tanto aquella historia? Pero, a pesar de la tristeza que subyacía en sus palabras, no pude evitar soltar una carcajada: lo último me parecía francamente ridículo.

-A ver, mi señor, permitidme el acceso de hilaridad, pero me estáis diciendo que un reyezuelo, aunque lo sea de una gran potencia, va a poder cargarse él solito a una orden militar y eclesiástica que funciona a nivel global y que solo se responde ante el Papa. Por muchos problemas que tenga con los curas, perdón, quiero decir con la Santa Madre Iglesia, nunca conseguirá presionar a ningún papa para que acceda a un deseo tan peregrino. Aparte de que hay otros monarcas que nunca le apoyarían en esto. Definitivamente, y disculpadme por ser tan clara con tan sabio y venerable grupo, se os está yendo un poco la olla.

Ni la más mínima sombra de ira, ni tampoco la más mínima sonrisa, cruzó por el rostro del Maestro y de sus acólitos, entre los cuales creí descubrir a otra mujer, debajo de los hábitos blancos que todos vestían. La única respuesta, por parte del Maestro, fue la siguiente.

-Sé que viajas en el tiempo, y que allá se conservan los testimonios de esta época. Nos preguntamos si sabes algo de lo que ha de venir.

Así que era por eso por lo que me habían reclutado. Por mi especial e involuntaria habilidad viajera. Pues se iban a llevar una tremenda decepción.

-Cuando estoy allí, naturalmente leo los libros de historia, para saber qué es lo que ha pasado en el mundo durante mi ‘ausencia’, por decirlo de alguna manera. Pero cuando regreso aquí, no puedo recuperar esas lecturas. Ni siquiera recuerdo demasiado bien esta época cuando me hallo en el futuro. Tengo que esforzarme para rememorar los detalles, como si todo estuviera envuelto en una nebulosa, como si mi vida aquí fuera la leve sombra de una vida anterior o las notas de una obra de ficción. Y viceversa.

El Maestro no pareció desilusionado.

-No importa. No te hemos buscado por esto. Sería deshonroso que nos aprovecháramos de tu información privilegiada para vencerles. No deseamos ganar de esa manera: nos asemejaríamos a ellos, y eso sería la más cruel derrota dentro de la victoria.

Pues estaban listos si esperaban triunfar con tanto escrúpulo.

-Hay algo más. No voy a ayudaros. Y no voy a ayudaros porque no me agradáis. Ninguno de vosotros. No me gusta la religión, la castidad, la obediencia ni el fanatismo. Podría decir también que no me gusta la pobreza, pero vosotros sois tan pobres como yo experta en física nuclear. No confío ni en vosotros ni en el hombre que me trajo aquí, del cual la hazaña más importante que conozco es que traicionó a su mejor amigo. Y si no os importa, ahora me largo. Tranquilos, que no revelaré el secreto de este conciliábulo, no tengo ganas de que me tomen por loca más de lo que ya lo hacen. Ah, jefe, supongo que esto significa que estoy despedida. Si te va bien paso mañana a recoger la liquidación. Hala, que vaya bien.

Me volví y me dirigí a la salida, sin que Guillaume hiciera nada por detenerme. Pero la voz del Maestro sonó a mis espaldas.

-No mientas, Eowyn. Sobre todo, no te mientas a ti misma. No piensas ayudarnos porque sabes que fracasaremos.

Aquel condenado anciano leía los pensamientos. La afirmación me dejó un instante paralizada. Luego me giré lentamente hacia él y decidí, por una vez, ser sincera. No me quedaba otro puñetero remedio.

-No sé si son retazos de recuerdos, poderes paranormales o simple intuición, pero huelo el olor del fuego y la muerte cuando pienso en vosotros y en vuestra misión; ahora veo que vosotros también estáis convencidos y ni siquiera os importa. También siento que nos sois tan malos como parecéis, al menos no todos vosotros. Pero me resisto a creerlo. Porque el hecho de que me caéis fatal sí es una verdad como la copa de un pino.

El Maestro guardó silencio unos instantes.

-En ocasiones, Eowyn –soltó después de una larga inspiración- solo hay una salida. En ocasiones saber retirarse a tiempo de una empresa es un virtud, pero en ocasiones tienes que persistir en ella, incluso viéndola perdida. Creo que ha llegado el momento de esto último.

Lo peor de todo es que yo también lo comprendía.

-Debemos hacer lo posible –continuó el anciano-. Sin tener ningún poder paranormal, como tú lo llamas, sabemos que los tiempos que se avecinan traerán oscuridad. Una oscuridad mayor de la que muchos pueden imaginar. Nos gusta pensar que somos una especie de guardianes contra esa oscuridad, contra ese frío que se avecina. Y nos asusta no estar allí cuando el momento llegue.

Yo sentía, en alguna parte escondida de mis entrañas, hogueras, carne putrefacta, miseria, enfermedad, tristeza, desolación… Ahora nadie llama iluminados a los que advirtieron del desastre que se avecinaba. Pero tal vez es demasiado tarde. ¿O no?

-¿Qué es lo que necesitáis que haga? –pregunté. (sigue)

La única salida: otra aventura medieval (I)

Cosas que nunca cambian (o eso parece)

Barcelona, verano de 1292

Desde aquella torre se divisaba un panorama tan desalentador como lo era la libertad para quien estaba preso aunque fuera de sí mismo, como era la alegría para el que prevé universos de tristeza. Yo no dudaba que los viandantes que en aquel momento, sobre la hora sexta,  recorrían aquel bario de Barcelona, rumbo al mercado o a sus quehaceres varios, estuvieran tan sometidos como lo están sus conciudan@s y compatriotas (si se puede emplear este término: como todos sabéis en esta época no existe aún el concepto de España, eso en el caso de que en el futuro sea asimismo un concepto real. Por cierto, ya podríamos quedarnos así eternamente, por muy UNA [mierda] que sea); pero por lo menos ahora tienen espacio para escapar, libertad que les da esa inseguridad de la que hoy gozamos y que nos aparta de la seguridad fingida del siglo XXI, cobardemente aceptada por tod@s y siempre amenazada, ahora ya tal vez finalmente quebrada incluso en la muy civilizada Europa, como ya lo ha estado en tantos otros lugares…

Y, desde luego, no ayudaba mucho el bochorno reinante. Aunque no dejaba de ser un consuelo (o no) darme cuenta de que hay cosas que nunca cambian: no creo que la temperatura del Barri Gòtic de la Barcelona del cambio climático haya subido más de un par de grados desde su homónima del Medievo lo que, con los termómetros en este punto, no es muy relevante. Y lo peor no es el nivel alcanzado por el mercurio, sino la calidad concreta de la temperatura que marca: no creo que haya un lugar en el mundo donde el sol se derrame sobre la humanidad como un fluido tan húmedo y pegajoso como en Barcelona: el agobio que se experimenta llega hasta el punto de hacerte desear una próxima glaciación. O al menos que hayan inventado ya algo con lo que poder pasear por las empedradas rúas góticas algo más fresca que con la medieval camisa que vestía… Y que fuera lo suficiente decoroso para no azuzar al escándalo público, que no estaban las cosas para llamar mucho la atención. Porque vivir en un convento de hombres célibes (o al menos eso es lo que dicen ellos; cualquiera se cree lo que cuenta la gente de la iglesia, a riesgo de acabar pagando 700 euros por comida caducada encontrada en contenedores) fingiendo ser uno de ellos, no me aporta tampoco ninguna ventaja frigorífica. En cualquier momento, alguien puede extrañarse de mi prolongada ausencia, echar la puerta abajo a pesar de la barricada que he montado con los escasos muebles de esta alcoba, y darse cuenta de que, a pesar de la cara tiznada, el gorro de dormir ocultando mi pelo recogido en un moño y la apretada venda sobre mi pecho bajo la tela de la camisa, con este ligero atuendo parezco bastante más una mujer que con el insoportable hábito blanco que vengo vistiendo últimamente: en realidad, estos tipos son algo menos tontos de lo que parecen, no mucho, por eso, aunque tal vez lo suficiente. Pero ni por esas pienso ponerme nada más encima o acabaré tan cocida como una hogaza de pan de la cocina. Ay, cómo añoro el maravilloso clima seco de Tierra Santa…

Pero os preguntaréis qué hago aquí. Y cómo he vuelto a caer en una trampa. Os tranquilizaré diciendo que la situación no es tan dramática como parece. Estoy aquí por propia voluntad y realizando una misión, o algo parecido. El problema es que los largos períodos de inactividad que esta parece exigir no es algo que vaya conmigo, y me temo que me estoy perdiendo las numerosas movilizaciones que están teniendo lugar en el verano de 2012 entre incendioincendio provocado por los pirómanos del Gobierno. Movilizaciones, claro está, contra los recortes que el PPCiU, como chambelanes orgullosos de serlo del Nuevo Sacro Imperio Romano Germánico, están perpetrando contra la población, mientras la Iglesia española reza por los parados a razón de 700.000 euros por versículo, los capitostes políticos premian a sus fieles directivos de las empresas públicas y privadas por ayudarles a escenificar esta crisis inventada (con el dinero obtenido del saqueo de los servicios públicos) y siguen las guerras de nervios, de bombas y de manipulaciones informativas, con esas nuevas plantillas televisivas que, como pronostiqué en otro de mis viajes en el tiempo, pronto nos harán añorar los tiempos del poco llorado Urdaci. Me siento impotente, frustrada, y estoy empezando a cabrearme mucho. Quiero tirar euros de cartón piedra sobre los Mossos d’Esquadra, quiero decorar las fachadas de todas las sedes estatales y autonómicas de PPCiU con espray rojo de la sangre de los enfermos sin atención, de los deshauciados sin remisión, de los agraviados sin justicia, de los alumnos con mala (o nula) educación que acabarán sembrando las cunetas del futuro de una u otra forma si alguien no hace nada por evitarlo. Quiero… pero no me dejan, me cago en la hostia.

Iré al grano. Creo recordar que me dejasteis en el momento en que una mano desconocida me arrastró a las profundidades de un portal con intenciones supuestamente lesivas para mi persona. Pero bueno, mal que me pese, estoy acostumbrada a este tipo de cosas, y antes de que pudiera sufrir algún perjuicio grave, mi mano izquierda se preparó para tantear el peligro, fuera el que fuera, ya que la derecha, la de la espada, estaba inhabilitada, de momento, por la presión de un duro guantelete. Noté que caía sobre algo que me pareció un cuerpo humano bastante sólido y no precisamente porque los músculos del susodicho estuvieran curtidos en mil gimnasios, sino por la manía que tenemos todos los que nos dedicamos en mayor o menos medida al oficio de las armas en esta puñetera Edad Media de vestirnos de hierro. Así que, suponiendo sin mucho alarde deductivo que mi agresor pertenecía al género masculino, me dispuse a asestarle el golpe fatal con mi zurda bien pertechada hacia el lugar donde se suponía que debían hallarse sus partes pudendas. Mi acción fue recompensada por un aullido de dolor y un segundo de desconcierto, que yo aproveché para zafarme de él, dar un paso atrás y echar la diestra a la empuñadura de mi espada. Pero el juramento que mi víctima lanzó después de su alarido inhumano y que fue pronunciado por una inconfundible voz de marcado acento franco, me hizo detenerme.

-¿Guillaume? ¡Por todos los infiernos! ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Mi mano no se movió del pomo de mi espada, pero la curiosidad había vencido a la prudencia. O tal vez, a pesar de nuestras poco memorables vicisitudes juntos, algo me hacía pensar que mi viejo conocido de Tierra Santa en realidad no buscaba mi destrucción física. Esperé pacientemente un buen rato hasta que finalizó de soltar ayes de dolor, y al fin mi aguante fue premiado.

-Eowyn –dijo algo molesto-, ¿tú crees que esto es justo? Te salvo de las asechanzas de uno de los piratas más sangrientos del Mediterráneo, que te seguía sin duda con ánimo de aligerar tu bolsa y llevarse de propina tu virtud, ¡y me lo pagas de esta manera! ¿Acaso no piensas derramar nunca el bálsamo de tu perdón sobre mi torturada alma?

Reprimí una carcajada. Está visto que mi enemigo sobreestimaba su carisma personal, su inteligencia o ambas cosas.

-Déjate de historias –zanjé-. El temible pirata del que hablas es mi compañero de juergas Yannick y te puedo asegurar que el único motivo que le guía a seguirme es el caballeroso afán de protegerme de individuos como tú, lo cual ya habrá visto que es completamente innecesario y por tanto se habrá retirado a dormir. Y en cuanto a lo justo o lo injusto de esta acción, he de decirte que no te reconocí hasta que fue demasiado tarde. Si no, evidentemente, habría actuado de una manera muy distinta. Te habría ensartado con mi espada antes de que hubieras tenido tiempo de abrir la boca. No sé cómo te has atrevido a venir a Barcelona, a no ser que realmente desconocieras que aún me hallaba aquí. Como comprenderás, no tengo demasiadas razones para abrigar un gran cariño hacia tu persona.

Eso dije, y algo de verdad había en mis palabras. Concretamente, la parte que en ellas correspondía a la lealtad que aún sentía hacia mi viejo compañero de batallas, a pesar de que sus turbios asuntos con reliquias y otros temas me habían alejado de él más que la propia distancia física. Pero, mal que me pesara, tenía que reconocer que no estaba realmente enfadada con Guillaume, tuviera o no la obligación moral de estarlo. Y tal vez él lo sabía. O no. Lo cierto es que su voz sonó llena de resonancias oscuras cuando me respondió.

-Eowyn, sabía perfectamente que estabas en la ciudad. Solo y exclusivamente por eso he venido. Y si te abordado de esta manera ha sido, además de por intentar protegerte (aunque debería saber ya que para eso te bastas muy bien tú sola), porque era necesario que hablara contigo enseguida y no puedo dejar que nos vean juntos en público.

En la oscuridad del portal vacío, él no pudo ver mi mueca de incredulidad.

-Que yo sepa, ya no eres templario –argumenté-, así que no puede suponer ninguna mancha en tu historial el que te vean hablar con una mujer, sobre todo si tiene tan mala reputación como yo. Aunque tal vez te has casado con una propietaria viuda celosa que amenaza con dejarte fuera de la herencia si la traicionas.

Su carcajada atronadora rompió el muro de oscuridad que nos separaba. Y es que tenía guasa, la cosa. En lugar de pegarle un par de viajes y quedarme más bien que todas las cosas, le hacía reír. Está visto que con este carácter no voy a llegar nunca a nada.

-No entiendo cómo he podido sobrevivir tantos meses sin tus chanzas, mi querida amiga.

-No pretendía bromear. Me limitaba a explorar una posibilidad.

-En estos momentos, la idea del matrimonio está tan alejada de mis intenciones como la del infierno. Y con eso no quiero decir que pretenda equipararlos. Y en cuanto a mis relaciones con mis hermanos… sobre ese tema habría mucho que hablar y no podemos hacerlo aquí. Me conviene que te vean lo menos posible, y aún menos si es conmigo, por si accedes a algo que te quiero proponer. Oh, ya sé –atajó mi previsible respuesta-, soy un enemigo y no vas a hacer nada de lo que te demande, pero al menos escúchame. Tal vez acabes por ayudarme por motivos egoístas, o por motivos altruistas. Te pido que me acompañes. Muy cerca. Hasta la Casa de la Orden. Tenemos que darnos prisa o ya no podremos traspasar la muralla

Era evidente que le había entendido mal. Guillaume no podía estar pidiéndome aquello. Y no solo porque, no estando mi vida en peligro, él debía de saber que nada se me había perdido en aquella guarida de fanáticos. Sino sencillamente porque de ninguna manera le admitirían allí. A no ser que…

-No irás a decirme que aún no saben nada.

Él negó con la cabeza.

-Las noticias circulan muy rápidamente entre los hermanos.

-Entonces… ¿quieres decir que lo saben y, aún así… no les importa?

Guillaume asintió y acto seguido se encogió de hombros, como soslayando su completa inocencia al respecto, y a mí, en un instante, me cayó de golpe no la inmensa corrupción global y eterna, pues sería una ingenua si eso me sorprendiera, sino la desfachatez con la que siempre se ha ido produciendo. Guillaume, que traicionó y robó a su mejor amigo y su hermano de congregación y de armas, era ahora acogido con los brazos abiertos por la misma orden que les había formado a los dos, probablemente debido a su alta cuna, sus buenas relaciones con el poder o a su habilidad para el soborno o el chantaje emocional tal vez del mismo cruel calibre que la del gobierno de Mas, que no duda en negociar empleando como fichas a los más débiles. Una cosa es que yo pudiera perdonarle, tal vez porque era consciente del afecto que por alguna extraña razón parecía sentir hacia mí; otra que lo hicieran ellos. El sentimiento de descarada injusticia estuvo a punto de ahogarme. Pensé en los causantes de la crisis del siglo XXI que acabaron gobernando los países que habían arruinado, en una estrategia perfectamente calculada que la gente no quiere creer o entender o sencillamente no les importa; a los gestores de economía que implementan medidas tan imbéciles que a largo plazo no podrán beneficiarles ni a ellos, porque desde luego que no llegaron a tan alto puesto por su inteligencia; a los numerosos políticos de los que se sabe perfectamente su escandaloso tren de vida y su provocadora acumulación de sueldos y prebendas mientras hacen declaraciones sobre la necesidad de que los discapacitados, los desempleados, los enfermos, los ancianos, los niños en edad escolar y las mujeres embarazadas hagan ejercicio de austeridad; a los falsos que vendieron estabilidad y derechos a cambio de votos y luego pidieron a sus gobernados que se encomendaran a la Virgen (literalmente), porque hasta lo que había sido propiedad de estos últimos, lo que habían pagado hasta el último céntimo, había pasado ya a sus manos. No, hay cosas que no cambian. Justamente las que más tendrían que cambiar. Y no obstante, una vocecilla interior me seguía repitiendo: allí aún es peor, allí aún es peor…

Le volví la espalda y me alejé un par de pasos. La rabia hizo que me saltaran algunas lágrimas. Era tan fácil, y tan difícil, estar allí, en primera línea de fuego… era tan fácil, y tan difícil, poner tu vida sobre el tapete de juego y esperar ganar, aunque luego esa costosa victoria te sea arrebatada por los devenires de la historia, por el Mal, siempre al acecho, nunca acabado de vencer… era tan fácil, y tan difícil, luchar contra el mal sin convertirte en el Mal, eran tan fácil y tan difícil juzgarlo… Era tan fácil, y tan difícil… Era solamente la única salida.

Sentí a mi espalda los pasos de Guillaume aproximándose. Yo giré rápidamente hacia él. La punta de mi espada, ya fuera de su vaina, relampagueaba bajo las luz de las antorchas del exterior a apenas unos milímetros de su corazón.

-Te voy a matar, Guillaume. Te mataré aunque solo sea a modo de símbolo, te mataría aunque fueras inocente. Te mataré porque ya llegará el momento de tejer la necesaria estrategia, tal vez no para vencer, pero al menos para recuperar las posiciones en las que estábamos aunque nos las vuelvan a arrebatar, pero ahora seguir esperando disuelve la prudencia en simple cobardía. Te mataré para que tu sangre riegue su miedo, para que sepan que no pueden seguir traficando con reliquias, vendiendo falsas esperanzas. Para que sepan que hemos despertado. Y que esto solo es el principio. (sigue)

‘La rebelión de los soldaditos de plomo’ se presenta el 29 de junio en Barcelona

La rebelión de los soldaditos de plomoBueno, no es lo mismo que si anunciáramos la fantástica presentación internacional de un tomo inédito de la saga de Harry Potter que un empleado de limpieza municipal encontró un día debajo del banco de un parque, pero el título en cuestión es obra de esta que suscribe, y quieras que no le tengo un cierto cariño. Así que esto es lo que hay: el día 29 de junio se presentará en l’Associació de Veïns i Veïnes de Casc Antic de Barcelona (Rec, 27), a las 19.00, la esperada (esperada por mí, básicamente) primera novela de Eowyn de Camelot: ’La rebelión de los soldaditos de plomo’ (Ediciones Hades, nombre que espero no sea premonitorio). La novelilla en cuestión pretende ser el primer volumen de una trilogía llamada Casa Usher y cuyas dos entregas restantes, si los santos del panteón comunista lo quieren y las ventas del primero así lo permiten, saldrán en algún momento antes del fin del mundo.

Supongo que ahora es el momento del autobombo, el self-promote y el “yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Pero me temo que eso no me sale muy bien: lo único que puedo decir de  ’La rebelión de los soldaditos de plomo’ es que a mí me gusta. Y que lo he escrito esperando que les guste a tod@s, al menos a la gente de mi cuerda (porque por poco que me conozcáis ya os imaginaréis por dónde va ir el tema). Y ya que para escribirlo tuve que hacer descender la productividad de todas las empresas en las que trabajé en aquella época (si a alguna de las mujeres que me leéis os gusta escribir ya os imaginaréis por qué lo digo), pues bueno, consigamos que el sacrifico de esas compañías por la literatura no caiga en saco roto, ¿no os parece?

Bueno, y sin más chorradas, ahí abajo os copio la sinopsis. Nos vemos el 29 de junio. Estaré escondida entre el público mirando cómo una chica que me encontré en la cola del INEM, que dice que es periodista y que he contratado para la ocasión presenta el libro en mi nombre. Espero que no diga demasiadas tonterías, porque si no me acojo a la reforma laboral, declaro que me ha hecho perder beneficios y no la pago. Y por si sí las dice (cosa que lamentablemente témome mucho), recordad que no la conozco absolutamente de nada.

‘La rebelión de los soldaditos de plomo’

¿Cómo sobrevivir al acoso de los despiadados poderes económicos? El brazo es demasiado largo y puede llegar a estrangular a quien se aleje del redil. Una gran Sombra que oscurece cada rincón y donde el Miedo al Cambio la convierte en más poderosa.

Por suerte siempre hay personas que se interponen en el camino aunque este los intente amordazar. Como Anezka, Cristof y sus amigos, que se enfrentarán a la fuerza de choque de una gran multinacional y también a sus propios fantasmas. 

Eowyn de Camelot nos ofrece una trama perfectamente hilvanada en la que se dan cita idealistas algo descerebrados y no siempre pacíficos, sicarios llenos de traumas, policías tan violentos como obtusos y skinsheads en estado de embriaguez permanente.

Profesiones emergentes de la crisis (gracias al PP y a CiU)

-Medievalistas: Para analizar los nuevos tiempos.

-Aborteros clandestinos: Para equilibrar la natalidad con los salarios, la cuantía de los impuestos, las nuevas tasas de la Injusticia y el nivel de ocupación (ojo: prohibido su uso si eres una “mujer de verdad” al estilo Gallardón).

-Inquisidores: Para aleccionar de una forma pacífica y respetuosa a las usuarias del anterior servicio. Imprescindible nociones de alimentación de hogueras.

-Curanderos: Una alternativa barata al desmantelamiento de la Sanidad pública.

-Traficantes de órganos: Especialmente útiles para los que no pueden costearse el traslado de la diálisis. También para quienes han de deshacerse de alguna parte de su cuerpo para pagar la hipoteca.

-Delator:  Tal vez no consigas un incremento de patrimonio inmediato, pero siempre va bien para quitarte de encima posibles competidores, o sencillamente al vecino que tiene un móvil más chulo que el tuyo.

-Cazarrecompensas: El siguiente estadio de la evolución del estado policial hispanocatalán (me pregunto qué precio pondrán a mi cabeza).

-Constructores de cámaras de gas: Pronto se darán cuenta que hay alternativas más rápidas e indoloras que quitarles la tarjeta sanitaria a los inmigrantes.

-Sepultureros: Para inhumar a las víctimas del genocidio social de manera expeditiva, limpia y silenciosa.

-Policías, muchos policías: Los vais a necesitar.

-Constructores de cárceles: Os harán falta muchas si queréis meternos a tod@s l@s que vamos a salir a la calle. Pero cuidado no vayáis a acabar al final vosotr@s dentro!

Desventuras de una indignada: violencias evitables e inevitables

Sí, lo sé, sé que mi los rumores que corren sobre mí no apuntan precisamente hacia esta afirmación, pero os prometo que soy una persona muy pacífica. Nunca empleo la violencia como argumento, excepto si me pagan por ello (y esto no cuenta, que una necesita comer y sobre todo beber regularmente, y el mantenimiento de mi equipo militar es muy costoso) o si no hacerlo supone sencillamente ser una estúpida sumisa, cosa que no va en absoluto con mi temperamento. Así que si llega a vuestros oídos una anécdota protagonizada por mí en una taberna de Damasco donde al parecer di muestras de un execrable comportamiento, haced oídos sordos, que la gente es muy mala. O en cualquier caso, antes de juzgar, oíd mi versión.

La velada en cuestión yo me encontraba rumbosa pues había conseguido arrancarles unas cuantas monedas a los tacaños de Gustaf y Karl; por si fuera poco me topé con unos compañeros de aventuras nuevos en la ciudad a los que hacía tiempo que no veía, y son tan pocas las ocasiones que tengo de hacer vida social que me pareció buena idea invitarlos. Así que insté a mi tabernero habitual a sustituir el habitual brebaje inmundo que acostumbraba a servirme, cuya nefasta calidad había creído yo motivada exclusivamente por su bajo precio, por un vino de más categoría. Pero al primer sorbo de la copa noté que aquel supuesto caldo exquisito por el que me habían cobrado el sueldo de un mes tenía el mismo sabor vomitivo que aquel del que el dueño del local solía proveerme en tiempos de carestía económica, y además mis colegas, carentes de un estómago acostumbrado a las mala vida como el mío, comenzaron a experimentar los síntomas propias de una indisposición importante. Inmediatamente exigí una explicación y/o una rápida devolución del importe de la consumición, acompañando el requerimiento con una buen puñetazo en la mesa, mientras las quejas de otros clientes que se habían visto estafados de la misma manera, todos ellos extranjeros y en situación precaria en el país (para que tuvieran menos posibilidades de quejarse, desde luego el cabronazo sabía elegir bien a sus víctimas) coreaban mis palabras… A todo esto, mis compañeros se encontraban cada vez peor y aquel malnacido continuaba ponderando la calidad de su bazofia líquida con la mayor desfachatez y sin rendirse a las evidencias… De acuerdo, reconozco que coger al individuo en cuestión por los pies y aguantarle la cabeza casi un minuto dentro del tonel de aquel veneno para que tomara de su propia medicina tal vez fue algo excesivo, pero creo que la situación lo merecía con creces. Aunque ¿os imagináis cuál fue la noticia que corrió por los mentideros de la villa después del suceso? ¿No? Pues en absoluto “Tabernero estafador que ponía en peligro la salud de los inmigrantes por fin desenmascarado” sino “Mercenaria cristiana sin corazón agrede salvajemente a un honrado comerciante de nuestra ciudad”, con lo que podemos concluir que la prensa, a pesar de su evolución en las formas, no ha cambiado ni un ápice en su fondo desde la Edad Media hasta el maldito siglo XXI. Medalla de Oro a la Imparcialidad Informativa. Vamos, como si hubieran llenado las redacciones de barones del PP o colocado al jefe de programas de Intereconomía al frente de la Agencia Nacional de Noticias de Siria. Y aún menos mal que a nadie se le ocurrió decir que la culpa era del PSOE.

Pero esos eran otros tiempos, tiempos mucho más felices que los actuales, o al menos más tranquilos. Y es que durante mis días trabajando en Damasco no pensé que fuera a tener más motivos de indignación que las disputas de con mis bienamados jefes por motivos de sueldo u horarios de trabajo, o las rencillas de taberna. Pero me equivocaba, y mucho. Bien, para seguir con la historia donde la dejé la última vez, después de escaparme de la prisión del Sultán me deslicé subrepticiamente hacia la posada donde me alojaba, con la lógica idea de hacerme con mis pertenencias y salir escapada antes de que mi fuga fuera detectada, pero una vez allí me encontré con la desagradable sorpresa de que los soldados del Sultán habían asaltado mis aposentos y habían arramblado con los escasos bienes que me acompañan en mis andanzas: vamos, que desde la espada y la cota de mallas, hasta la última de mis camisas, pasando por las escasas monedas que tintineaban en el fondo de mi bolsa, todo había desaparecido; ni siquiera mi caballo había escapado de la avidez de aquellos desalmados. Solo me quedó una solución, que fue salir con la misma discreción con la que había entrado para evitar que el posadero me reclamara un importe por sus servicios que de ninguna manera habría podido sufragar, y lanzarme a los caminos amparada en mi traje masculino y tapada hasta los ojos, para dejar al descubierto las menores características de mi feminidad posibles.

Así lo hice, y una vez finalizada la primera parte de la operación llegó el momento de las preguntas. ¿Qué podía hacer con mi vida llegada a este punto? ¿A dónde me dirigiría? Tenía que reconocer que a lo largo de mi existencia me había metido en situaciones de difícil escapatoria, y de todas había salido de una manera u otra. Pero aquello superaba toda la historia de mis lances: no solo no llevaba mi fiel espada conmigo, cosa que me hacía sentir peor que desnuda, ni a mi querido Rayo Blanco que esperaba que pudiera hallar la felicidad y la paz con un propietario menos dado a aventuras, sino que ni siquiera podía arriesgarme a mendigar un mendrugo de pan por temor a que llegara a los oídos del Sultán que todavía andaba por los alrededores: desde luego no hubiera podido hacer mucho contra sus esbirros sin armas con que defenderme ni caballo con el que largarme a toda velocidad. Y para mejorar la cosa, mi situación financiera no me permitía conseguir pasaje en ninguna embarcación que se dirigiera a donde fuera. Tampoco tenía demasiados amigos en la ciudad dado mi carácter independiente y poco dado a familiaridades, y a los pocos que merecían ese nombre no deseaba ponerles en ningún aprieto, así que solo me quedaba una única y poco ideal opción: llegar como pudiera a Sidón para rastrear los pasos de mi viejo compañero, si es que seguía vivo, y conseguir que me resarciera mínimamente de todo lo que había tenido que pasar por su culpa. Así que hasta allí decidí dirigirme, aunque nada convencida.

No voy a explayarme en las vicisitudes de mi errar por aquellas tierras de Dios, o mejor dicho, tal como estaban las cosas, de Alá. Tan solo os diré que pasé más frío que un estudiante valencian@ de Secundaria antes de ser calentad@ a golpes por la Policía Nacional; que sufrí más hambre y sed que tras la anunciada privatización total del agua y demás bienes de primera necesidad; que me aburrí tanto como si me hubieran quitado de golpe y a la vez el Megaupload, a Bob Esponja (aunque a mí me gusta más ‘Código Lyoko’) y los programas más presuntamente rojillos de RTVE; y que cuando días después arribé por fin a divisar la ciudad del Castillo del Mar, mi agotamiento era igual que el de cualquier hipotecado hasta las cejas y afectado por la Reforma Laboral, obligado a trabajar horas y horas sin extras a las órdenes de un directivo con contrato blindado para no ser despedido gratuitamente por un adinerado empresario que pretextara haber perdido tres céntimos en el último ejercicio. La rabia me consumía y me tentaba regodearme en ideas de venganza, pero decidí ser práctica: en ese momento Némesis no era la más indicada para sacarme de aquella situación. Pero ya llegaría mi momento; antes quizá de lo que muchos se esperaban.

Sidón se reponía lentamente de la cruel invasión sufrida unos meses antes, entre huertos, palmeras y frutales. Viendo su conocida silueta en la lejanía, con el Castillo del Mar ofrecido como un regalo de los mortales a Neptuno, sentí estrecharse de nuevo, con más fuerza, el lazo que me ataba a aquellas tierras llenas de historia y belleza, que todas las peripecias nunca podrían hacerme odiar. A todo esto estaba cayendo la noche y estimé oportuno descansar un poco antes de plantearme cuál sería la mejor manera de entrar en la ciudad y qué disfraz adoptar, y cómo conseguirlo, para pasar lo más desapercibida posible en el lugar y poder hacer mis averiguaciones. Así que me refugié en un bosquecillo cercano y allí, apoyándome en el grueso tronco de un viejo pino, me arrebujé en mis amplios ropajes, algo estropeados por el viaje y en una situación higiénica que dejaba bastante que desear, y decidí lanzarme en los brazos de Morfeo para recuperar mínimamente las fuerzas.

Estaba ya a punto de amanecer cuando algo me despertó. Aturdida, escuché unas voces masculinas en cuyos tonos parecía mezclarse el asombro y la inquietud.

-¡Es una mujer! –oí-. Alguien me destapaba el rostro y me quitaba el turbante, de modo que mi melena, que había crecido demasiado para mi comodidad, estaba revelando peligrosamente mi género. Inmediatamente, sentí unos brazos cubiertos de hierro que me sostenían y unas manos ásperas que me tocaban el rostro. Estas confianzas acabaron de despertarme por completo, y me erguí de un salto no sin antes arrear un par de puñetazos a diestro y siniestro para liberarme de aquellos villanos que osaban perturbar mi intimidad.

-¿Qué se supone qué estáis haciendo? Retroceded, si no queréis que os prive de la poca masculinidad que debe de quedaros si os atrevéis a agredir en grupo a una mujer indefensa. O supuestamente indefensa, porque si tuvierais la más mínima idea de quién soy yo os habríais marchado ya con vuestros cortos rabos entre las piernas.

En casos como este, los agresores suelen hacer caso omiso de tus fanfarronerías y te las ves y te las deseas para desprenderte de ellos. Yo ya estaba dispuesta a vender cara mi vida y mi virtud, o más bien lo poco que de ella quedara, cuando comprobé asombrada que los desconocidos, en lugar de atacarme, me apuntaban con sus antorchas para observarme mejor. A su luz, vi que todos estaban envueltos en capas negras, que mantenían pegadas a su cuerpo como si quisieran fundirse con las sombras. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó y, os lo creáis o no, me hizo una cortés reverencia.

-Mi señora Eowyn de Camelot, supongo. Por fin os encontramos.

A veces tengo la sensación que soy más conocida que la Moños. Justo cuando más me esfuerzo en pasar desapercibida.

-¿Qué os hace pensar que soy tal persona? –contesté yo con enfado, sin relajar mi postura. El hombre dio un paso más hacia mí y, sonriendo, dejó que su capa se abriera y se mostrara el conocido hábito blanco con la cruz roja que aparecía en mis peores pesadillas.-. ¡El Temple de nuevo, malditos seáis! –tuve que exclamar, montando en cólera-. Pero ¿es que no me vais a dejar descansar nunca?

Al recién llegado parecían hacerle mucha gracia mis poco halagüeños sentimientos respecto a su milicia.

-Contestando a vuestra pregunta, diré que respondéis perfectamente a la descripción que alguien que os conoce muy bien hizo de vos. Esa persona nos envió a buscaros hace ya algunas semanas: ni él ni nadie hubiera pensado que os encontrabais en Tierra Santa, hasta que llegó a nuestros oídos una curiosa historia sobre un tabernero y una mercenaria cristiana en la cual a nuestro común amigo vio rasgos que le recordaron enormemente a vos. Así que nos rogó encarecidamente que averiguáramos qué hacíais por estas tierras, temiéndose una trampa, cosa que desgraciadamente resultó cierta. Después vinieron algunos desencuentros provocados por la mala fortuna, vuestro encarcelamiento por parte del Sultán, la huida posterior y este hallazgo que ha obedecido más a la Providencia que a otra cosa. En realidad pensábamos que estaríais escondida en Damasco, esperando una oportunidad para deslizaros a escondidas en alguna embarcación; de hecho, nos disponíamos a regresar a Chipre a confesar el fracaso de nuestra misión, cuando nos pareció ver un árabe desmayado o muerto apoyado en un árbol y… el resto ya lo sabéis.

Yo le miré aún con desconfianza. El que su historia pareciera coherente no significaba de ningún modo que también fuera verídica; aunque realmente debía de tener yo tan mala cara como para que hubieran creído al verme que no me hallaba ya, o al menos no me hallaría por mucho tiempo, entre los vivos. Uno de los hermanos, de entre los más jóvenes, se me acercó para ofrecerme un poco de agua, lo que al parecer había sido su intención cuando me sacaron con tal brusquedad del mundo de los sueños; yo acepté, haciendo un gesto mínimamente cordial. ¿Acaso eran ellos los “extraños viajeros” de los que me había hablado Gustaf? La perspectiva no me parecía muy halagüeña: yo había luchado al lado de esa gente en las murallas de Acre, y sabía que en su mayoría eran valerosos y leales, pero también simbolizaban dos de las cosas hacia las que sentía un aborrecimiento creciente: el imperialismo y la religión, sea cual sea. Ambas son enemigas de los desfavorecidos y de las mujeres, y yo me encuadro dentro de las dos categorías.

-Así que me decís que ese grandísimo hijo de puta, que se mete en líos con sultanes sin importarle a quien puede arrastrar en su caída, está vivo –hablé yo, después de echar un buen trago del líquido elemento, dispuesta a encontrar una grieta en su argumentación

-Efectivamente -el líder del grupo asintió.

-Pues entonces, dado el interés que según vos ha mostrado en encontrarme, me resulta extraño que no haya venido él personalmente –conocía a mi viejo amigo: entre sus muchos defectos, destacaba que era incapaz de delegar, y eso no me producía ninguna confianza.

Mi interlocutor aguardó unos segundos antes de contestar, moviendo los labios como si estuviera meditando bien su respuesta.

-El médico le desaconsejó viajar y el comendador de Limasol se lo prohibió encarecidamente –dijo al fin.

-¿Ha enfermado? –me interesé yo.

Una nueva pausa.

-Digamos que tuvo un encuentro con… alguien… y resultó herido. No gravemente, pero sí de consideración –la manera en que pronunció la palabra “alguien” me resultó extraña. Ahora callé yo, pensando de qué manera formular la próxima pregunta para conseguir la máxima información, ya que el templario parecía algo reacio a suministrarla. Pero fue más rápido que yo-: No temáis. Os aseguro que está fuera de peligro.

Suspiré.

-Me dejáis mucho más tranquila. Y ahora que está todo arreglado y que os habéis enterado del motivo de mi visita a estas santas tierras, os pediría que me proporcionarais algo de dinero  y víveres, unas armas y un caballo y que consiguierais meterme en el primer barco que zarpe para Barcelona. No os lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada indirectamente por culpa de vuestra orden, y seguro que vuestro Dios os lo pagará con muchos hijos, o con el equivalente en casos como el vuestro. Y a nuestro común compañero podéis decirle de mi parte que le perdono, que se mejore rápidamente y que ya nos volveremos a encontrar en el Paraíso. Hala, arreando, que tengo prisa.

El monje guerrero lanzó una sonora carcajada. Al parecer, y por alguna desconocida razón, yo le divertía mucho.

-¿Tenéis suficiente con esto? –uno de los freires avanzó de entre la comitiva. Llevaba de las riendas a mi Rayo Blanco, con su correspondiente silla y todas las alforjas cargadas con mis escasas pertenecías, mi espada incluida. No pude evitar un grito de júbilo ni una mirada de agradecimiento y me precipité a abrazar el cuello de mi caballo, al que pensaba no volvería a ver nunca más. Oí la voz del líder del grupo detrás de mí.

-No fue difícil recuperar vuestras cosas cuando supimos que os las habían, por decirlo de una manera, confiscado. Lamentablemente no tuvimos tiempo de liberaos de vuestra prisión pues vos os adelantasteis. Así que es lo único que pudimos hacer para purgar nuestra “culpa indirecta” como vos la habéis llamado. Sé que no es suficiente, pero que sirva como un anticipo.

Le miré con algo que casi parecía afecto. Soy bastante parca en palabras y en gestos cuando se trata de expresar sentimientos, pero en ese momento le hubiese pegado un beso en los morros si no hubiera sido porque no me apetecía que se malinterpretaran mis motivos. De todas maneras, creo que él me entendió.

-Solo os pido una cosa: tenéis que acompañarme. Haréis muy infeliz a vuestro antiguo camarada si os negáis a venir. Él os guarda un sincero afecto y lamentaría profundamente no poder disculparse ente vos por los problemas que involuntariamente os ha ocasionado. Tal vez no tenga derecho, pero…

Yo deseaba dejar las cosas como estaban: Tierra Santa, a pesar de lo que yo la amaba y me identificaba con ella, se estaba convirtiendo en un lugar demasiado peligroso para mí, y no precisamente por las persecuciones del Sultán, mis problemas laborales ni mis reivindicaciones de consumidora; y lo peor es que no sabía exactamente en qué consistía el riesgo, o si lo sabía, pero no me apetecía en absoluto reconocerlo ante mí misma. Aparte de que me negaba a ser cómplice de ninguno de los dos bandos en lucha por aquella codiciada zona, condenada a no vivir en paz en ningún momento de su historia; aquello tenía que acabarse en algún momento, y aunque yo no sabía qué hacer para conseguirlo desde luego que no deseaba confraternizar con ninguna de las partes implicadas.

Y no obstante comprendí que, por honor, tenía que aceptar la petición del templario.

-Está bien –concedí-. Os acompaño. Pero solo hasta que salga el primer barco de vuestro puerto. Luego olvidaos de mí para siempre. He tenido suficiente de órdenes religioso-militares para el resto de mi vida.

Siempre sonriendo, él asintió con la cabeza.

-Acepto vuestras condiciones. A propósito, mi nombre es Guillaume de Nantes –no añadió ningún título que concretaras su jerarquía dentro de la Orden, y yo no le pregunté: su orgullo y seguridad le señalaban como alguien importante, y la verdad es que yo me perdía un poco con los mandos templarios.

-Pues encantada. Y no me tratéis con tanta ceremonia, que no soy noble. Y ahora, si me perdonáis y me suministráis un poco de agua, me gustaría cambiarme de ropa y proceder a mis abluciones matinales, que si no me aseo mínimamente al levantarme no soy persona –hurgué en mis alforjas buscando ropa limpia y mi añorada cota de malla. Después procedí a quitarme las prendas que llevaba, ante el escándalo generalizado de los pudorosos monjes, que cubrieron castamente sus ojos con unas manos entre cuyos dedos advertí, no obstante, bastantes grietas. Guillaume, que no dejaba de mirarme como si yo fuera la cosa más graciosa del mundo, hizo un gesto a sus hombres exhortándoles con un gesto a abandonar aquel claro:

-Os dejamos sola, dama Eowyn. No deseamos acumular más faltas en nuestras pecadoras almas. En cuanto a vuestra falta de nobleza, tal vez deberíais dejar que la juzguemos por vuestros actos–y tras estas misteriosas palabras desapareció en la espesura no sin antes acercarme un poco de agua. Yo me quedé riéndome a carcajadas para mis adentros: qué triste sería la vida si no pudiéramos escandalizar un poco a los fundamentalistas católicos. (sigue)

Se acabó

¿Qué se puede decir que no se haya repetido ya hasta la saciedad? Sobre la destrucción sistemática de las conquistas sociales y el Estado del Bienestar que tanta sangre costaron a nuestr@s abuel@s, sobre la guerra sin cuartel que los psicópatas mercados han desatado contra la ciudadanía global, sobre las acciones concretas de sus cómplices en el Estado español, Rajoy, Mas y satélites, y su ofensiva sin precedente contra la Sanidad, la Educación, la Memoria, la libertad de prensa, religiosa y de opinión, la mujer, los servicios básicos, la seguridad laboral… la paz de la población, en suma. Lo hemos repetido en innumerables ocasiones, y sin embargo parece que no se ha dicho lo suficiente, porque cuando hablamos parece que solo nos responden oídos sordos y, la mejor de las veces, brazos sin fuerza.

Pero tal vez es que se acabó la hora de las palabras.

Mientras tanto, aquí os dejo un traducción de una más de las mentiras que el PP quiere insertar a fuego en nuestro cerebro gracias a sus canales de manipulación. Por si alguien aún no lo sabía. Por si sirve de algo.

http://youtu.be/gW0qhjUR86g

Difunden este vídeo los blogs: Ciberculturalia, Relatando desde el Bajo Llobregat, Ventanas del FalcónKabila y Quien Mucho Abarca

En la cárcel de la democracia: abusos laborales

Aquello era injusto. Muy injusto. Lo más injusto imaginable. Era tan injusto que ni incluso la gran pantomima de la justicia española, aceptada cobarde y/o acríticamente por l@s ciudadan@s del país, no se podía comparar con lo que me estaba sucediendo ni lejanamente. Porque ¿qué importancia tiene que los asesinos o sus herederos, los corruptos y sus cómplices, denunciaran al juez que trataba de juzgarlos y encima consiguieran que este fuera condenado mientras ellos seguían libres, al igual que todos los demás estafadores del pueblo, cuando yo me encuentro aquí, en febrero de 1292, encadenada en un frío sótano de las mazmorras de la ciudadela de Damasco? Y sin haber cometido absolutamente ningún delito… que no sea hablar demasiado.

Pero es que mi lengua me pierde. En todos los sentidos. ¿Por qué cojones habría aceptado acompañar a Gustaf y a Karl a Damasco? Supongo que sus falsos elogios confundirían mi vanidad; y la perspectiva de quedar como una heroína salvando a mi antiguo compañero de las garras del sultán de Egipto (o “Califa de Damasco” como le llamaban, los muy incultos, con tal convencimiento que hasta yo me creí que el Califato había vuelto a Siria) tampoco ayudó mucho. O, joder, tal vez estaba sinceramente angustiada por la suerte de un hombre que me había salvado la vida por lo menos tantas veces como yo se la había salvado a él. Vale, de eso se trata entre compañeros de armas, pero bueno, había un cariño… Así que ya me veis, soportando una travesía marítima que en esta ocasión fue más corta, gracias a la ligereza y rapidez del barco y a las condiciones meteorológicas favorables y, una vez en Damasco, haciendo sutiles averiguaciones en las tabernas sobre las posibilidades de entrar en el Palacio para rescatar al jodido templario. Pero al parecer las averiguaciones no fueron tan sutiles, porque una noche, cuando me hallaba soñando con un paraíso de independencia económica, sabrosos manjares, cálidas estancia y atractivos hombretones, me vinieron a sacar de la cama los soldados del sultán en la mejor tradición franquista. Què volen aquesta gent que truquem de matinada? Pues qué iba a ser, mi cabeza de lengua excesivamente suelta. ¿Qué diría el sindicato de mercenarios si lo supiera? Nada, probablemente. Son tan poco combativos y tan traidores como CCOO y UGT. Y ni siquiera podemos aducir en su descargo lo que afirmamos acerca de los sindicatos supuestamente de izquierdas del siglo XXI: que en sus bases nadie presiona a las cúpulas y que es muy difícil afiliar y movilizar a los trabajadores, por apoltronamiento y manipulación, lo que facilita a la patronal inducir a los dirigentes a firmar pactos de supuestos males menores que solo conseguirán desprestigiarlos más, con lo que el poder económico y político matarán dos pájaros de un tiro. Una ventaja tiene todo esto, de todas maneras: a partir de ahora no voy a tener que recurrir a la magia para efectuar viajes al pasado. La reforma laboral del PP lo está consiguiendo de manera natural. Que el diablo se los lleve. Y sobre todo que tengas mucho cuidado de aquí en adelante; no apuesto demasiado por la integridad física de los responsables después de este nuevo atentado de terrorismo de Estado antisocial.

Pero mis reflexiones tuvieron que interrumpirse en aquel punto. Precisamente, el mismísimo sultán de Egipto, Al-Ashraf Khalil, envuelto en ricas telas, entraba en ese mismo momento acompañado de un nutrido séquito por la puerta de mi celda, entre estruendos de llaves y bisagras chirriantes. Se detuve delante de mí y echó una mirada socarrona a mi lamentable figura encadenada y envuelta solamente con una camisa desgarrada. Pero antes de que pudiera dirigirme la palabra, me encaré con él.

-¿Vais a explicarme de una vez qué es lo que hago yo aquí? ¿De qué crimen se me acusa? No creo que haber encarcelado a una de las más apreciadas súbditas del rey de Aragón -mentira podrida: Jaume Dos Palitos y yo no nos podíamos ver ni en pintura- ayude a mejorar vuestras relaciones con la Corona, que ya están un poco estropeadas después de vuestras pretensiones imperialistas. ¡Luego querréis firmar con él tratados de ayuda militar, y os sorprenderá que los rompa!

Me vi obligada a interrumpirme. Un soldado de la comitiva real avanzaba hacia mí con la mano extendida, mientras atronaba:

-¡No te atrevas a dirigirte en esta forma a mi señor? –yo cerré los ojos, esperando una soberana hostia; pero el aludido parecía estarse divirtiendo.

-Déjala –detuvo a su empleado-, me gusta su manera de hablar. Es un saludable cambio después de tantas concubinas sumisas –y dirigiéndose a mí-. Lamento comunicarte, dama Eowyn, que sé más de ti de lo que tú crees. Y la información de la que dispongo apunta a que al rey de Aragón no le causaría gran pena tu encarcelamiento ni tu eventual ejecución. Es más: creo que incluso me lo agradecería.

Yo me encogí de hombros, al menos todo lo que permitía las cadenas que sujetaban férreamente mis pies y manos.

-Bueno, yo no tentaría a la suerte, si fuera vos. Y ahora, ¿vais a decirme de una vez lo que queréis de mí?

Su sonrisa se hizo más amplia.

-No me detendré en circunloquios. Sé que has estado hablando con mis hombres, interesándote por la suerte de un cruzado que estuvo, digamos, hospedado en mi palacio…

Yo opté por ser sincera. Raras veces es la mejor estrategia, pero en ese momento estaba segura de que lo sería.

-Es un viejo amigo y estaba preocupada por él. Me enteré de que protagonizó una fuga espectacular de estas mazmorras, ayudado por una de vuestras concubinas que al parecer no era tan sumisa como decís que lo son las demás. Pero desgraciadamente no he averiguado más. Desde que salió de aquí, su rastro se pierde.

Una serpiente rastrera y repugnante se deslizó desde detrás del sultán, surgiendo de la semioscuridad de las antorchas, y ocupó el primer plano. Casi no pude creerme lo que estaba viendo: era Gustaf.

-¡No la creáis, señor! Ella sabe algo. Estoy seguro de que se han encontrado, o van a hacerlo. Probablemente incluso sepa dónde está el objeto.

¡Maldito traidor vil y fementido! Lo entendí de inmediato: todo había sido una trampa. Los avida dollars de Karl y Gustaf habían oído decir que el sultán buscaba a mi amigo y habían recordado que justamente ellos sabían quién era la compañera de armas más cercana del mismo. Fueron a buscarme para venderme, y si no lo habían hecho antes era porque esperaban que yo consiguiera la información. Pero ¿qué les hacía pensar que ya la había encontrado? ¿Y qué se referían con eso del “objeto”? Escupí en la cara de mi ex patrono (supongo que en esas circunstancias una puede dar una relación laboral por terminada).

-Gilipollas hijo de puta, eres aún más imbécil de lo que creía. ¿No entiendes que perderás tu cabeza llena de grasientos pelos cuando el sultán se entere de que le has vendido aire? Pero ¿tan obsesionado estás por acumular monedas que te has arriesgado a colgar tu culo de un hilo tan frágil?

Una sombra pasó por el granujiento rostro de Gustaf: estaba empezando a darse cuenta de que probablemente se había precipitado. Pero yo sabía perfectamente que no era tan idiota para denunciarme al sultán sin tener pruebas más o menos fiables de que la transacción que le ofrecía era justa. Me rompía las neuronas pensando si acaso yo había averiguado algo importante que no había sabido procesar adecuadamente. Pero el sultán nos ignoró a ambos, e hizo una señal a alguien situado detrás de él. Inmediatamente, siete tíos de aspecto imponente, una representación de todas las variaciones étnicas conocidas en la época, salieron a la luz. Iban medio desnudos y armados con enormes alfanjes. El sultán hizo un gesto de suficiencia.

-No solo tengo eunucos a mi servicio. Estos esclavos, convenientemente escogidos, me están ayudando a que el número de mi servidumbre se mantenga, sin tener que gastar grandes sumas en el mercado de esclavos –debían ser el equivalente medieval de los medios de comunicación y la telebasura del siglo XXI, que también crean esclavos, e incluso esclavos zombis… Pero no, no iban por ahí los tiros-. Su potencia sexual está acreditada –continuó el sultán, algo socarrón-: dicen que pueden soportar más de diez embates amorosos seguidos.

Resoplé.

-Pues me alegro por ellos y por sus mujeres. ¿Y?

-Sabes que odio la sangre. Como buen mahometano, mis costumbres son infinitamente más refinadas que las de los bárbaros cristianos. Y siguiendo mi costumbre he pensado que tras unas cuantas sesiones con mis hombres seguramente perderás todo tu orgullo y tus reservas a explicarnos tus averiguaciones.

Pues vaya. Así que iban en serio. Pero buena era yo: no estaban tratando con una doncellita asustadiza, sino con una guerrera experta, o al menos más o menos experta. Y no pensaba dejar que nadie me utilizara. Además, en la Edad Media, las mujeres debemos mantenernos casta y puras, obedecer a nuestros padres y esposos y no abortar a no ser que ellos estén de acuerdo. Bueno, en la Edad Media y en la España 2012 de Gallardón y Mato, que está haciendo honor a su apellido, claro: seguimos con los viajes al pasado. Eché la cabeza para atrás y solté una gran carcajada; esperaba que no se me notara que tenía los ovarios en la garganta.

-Me imagino que este fue el método que empleasteis con el anterior inquilino de estas celdas. Y me imagino también que fracasó estrepitosamente –el silencio del sultán me indicó que había dado en el clavo. Volví a reír-. Los musulmanes me encantáis. Sois de costumbres tan templadas y estáis dispuestos a hacer tales sacrificios por vuestro Dios que os imagináis que nosotros somos iguales. Pues no, mi querido sultán, pues no. A nosotros nos gusta el cerdo, el vino y la compañía de personas del otro sexo; en algunos casos incluso del mismo. Me temo que en el ánimo de nuestro mutuo amigo el templario sin duda pesó más su condición masculina que sus escrúpulos respecto a su Orden –el jodido cabrón… ¡yo preocupada imaginándole víctima de torturas espantosas y él pasándoselo en grande! Me alegraba por él, pero esta me la pagaba, seguro: si le encontraba vivo, iba a ser yo quien me encargara de matarlo-. En cuanto a mí, bien, me parece que mi fama me precede; sabéis que se me conoce por ser algo ligerita de costumbres, para emplear un giro eufemístico –esa es la reputación que me empeño en fomentar; pero la verdad es que no me como un puñetero rosco. Soy casi patológicamente tímida, aunque no lo parezca, y cuando veo a un tío bueno mi primera reacción no es echarme en sus brazos, sino correr a esconderme. Qué le vamos a hacer, no puedo evitarlo… Pero, lector@s, que quede claro que esto es un secreto entro vosotr@s y yo; no se os ocurra ir por ahí divulgándolo-. Así que si pretendéis hacedme confesar lo que no sé de esa manera… bueno, siempre se puede intentar, ¿no? No os garantizo el éxito, pero lo mismo pasamos un buen rato.

Le miré desafiante, y él a mí, dubitativo, desconfiadamente cabreado y algo desconcertado. Comprendí que había ganado un poco de tiempo; tal vez no más que unas pocas horas. Pero menos era nada. Él me amenazó con el dedo.

-Te garantizo que no te sentirás tan bromista dentro de un rato. Te lo garantizo –haciendo una seña a su cohorte para que le siguieran, dio la vuelta y salió de la estancia. El último en abandonar mi prisión fue Gustaf, que me echó una mirada medio inquieta medio amenazadora que no me gustó nada. Enseguida oí el estrépito de la cerradura de hierro y me encontré de nuevo perdida en mis pensamientos. Tenía tanto miedo que no me podía permitir el lujo de temblar: aunque me costara, era el momento de tener la cabeza fría, de encontrar una salida, por angosta que fuera. La verdad, no me fiaba de mí misma. Dejando de lado los palos que he recibido en las manis por parte de los Mossos d’Esquadra barceloneses y su colegas de Madrid, siervos de la dictadura española disfrazada de estado de derecho, nunca me había torturado nadie con algo más fuerte que unos cuantos latigazos y unas bofetadas intrascendentes, o con la visión de algún manjar que mi bolsa no se pudiera permitir, y no tenía ganas de empezar en aquel momento. Y de si algo estaba segura era de mi escasa tolerancia al dolor: no dudaba que a las primeras de cambio iba a contar mi vida con un detallismo propio de Proust. Pero, por otra parte, ¿qué podía explicar, si no sabía nada? ¿Y cuál era la información que Gustaf creí que yo sabía, y por qué? En mis averiguaciones, aunque tenía que beber para así emborrachar a mis interlocutores, siempre me contenía para no caer ni de lejos en la embriaguez. Mas ¿y si alguna vez me había descuidado y había olvidado algún dato crucial, que incompleto había llegado a los oídos de Karl y Gustaf? Si era así, esperaba que no se hiciera la luz en mi cerebro por el bien de mi extraviado compañero… Y, por otra parte, ¿cómo podía convencerlos de que no tenía información que aportarles? Solo me quedaba la ínfima posibilidad de ser más diestra con la pluma que con la espada el momento en que me capturaron. Así que me dispuse a afilar mis argumentos: no sabía el tiempo del que dispondría (sigue).

Más y mejor info sobre la Reforma Laboral del PP

-Kabila

-Punts de Vista

-Ciberculturalia

-Viramundeando

-Más se perdió en Praga

-Fuente Palmera Times

-Soto en Cameros

-Moscas en la sopa

-El blog de Carlitos Buenaventura

-El blog de JanGas

-Ventanas del Falcón

Dioses, patria y un invierno que no pasa

A pesar de lo que se oye por ahí, no deberíamos preocuparnos porque la pretendida primavera árabe en algunos países haya derivado en invierno confesional, para más señas, islámico. Y es que el islam tiene múltiples aplicaciones, tanto con respecto a la gobernanza de un país como a la relación con los extranjeros, y si investigáis un poco enseguida las hallaréis.

Por ejemplo: si tú eres un gobernante dictatorial y te interesa dominar a la mitad de la población de tu país, puedes echar mano del Corán; o mejor, de tu interpretación personal, sesgada y manipuladora de este libro sagrado, que como la mayor parte de los de su índole y salvando los siglos transcurridos desde su escritura y la evolución de las costumbres consiguiente, solo habla de paz, amor y esas cosas. Pero como en muchas cosas las palabras se dejan decir de ellas lo que se quiera, leerás entonces que el Profeta manda a las mujeres taparse como si estuvieran viviendo en la Antártida, vivir recluidas en sus viviendas como si se esperara que explotara alguna central nuclear, trabajar menos fuera de casa como si el índice de paro de su país fuera como el español, y recibir tantas palizas como un banco de la piel de toro por parte de la UE, y de un modo tan impune como si esta violencia de género fuese juzgado por jueces también españoles y sufrida por mujeres de la misma nacionalidad: la comunidad internacional y sus más principales potencias te permitirán seguir haciéndolo. Al menos hasta que empieces a involucrarte en sus negocidios en tu país, claro.

Pero no hace falta que profeses el islam para servirte de él, ni siquiera para hacer evangelismo de esta religión: es una de sus numerosas ventajas.  Vamos a poner por caso que tú eres una potencia amenazada por otra, peligrosamente laica. Pues bien, solo tienes que predicar las tesis de Mahoma entre su población para que acabe destruyéndose a sí  misma y se convierta en un fiel aliado del sistema, como Arabia Saudita y las monarquías del Golfo. Para este proselitismo siempre ayudará mantener a los países musulmanes permanentemente despreciados y amenazados, por ejemplo contribuyendo a las dominaciones de los centinelas de Occidente que hagan que el Islam, en sus aspectos más radicales, sea visto como la salvación.  Un Islam como el de Arabia Saudita, lo cual otorga al conjunto una interesante injusticia poética, lo convierte en un ventajoso círculo vicioso. Y si tienes prisa o no puedes invertir tantos recursos, y al mismo tiempo necesitas dar salida al excedente de armas de tu industria y/o halagar a los empresarios del sector, posibles futuros contribuyentes de tu campaña electoral, pues lo invades, con o sin la aquiescencia de la ONU. Después de todo, el islam es una religión tan mala… (tú también sabes interpretar, manipular y sesgar el Corán, que los occidentales somos muy listos). Siempre que se estén involucrando en tus negocidios en su país, claro.

Sí, los países islámicos son el más fiel aliado (vamos, como los nacionalcatólicos, sin ir más lejos) y el más útil enemigo, cuya existencia puede justificar desde invasiones militares extranjeras hasta recortes de las libertades locales. Lástima que entre sus beneficios no exista ninguno orientado a la población civil más humilde. No nos engañemos:  ni rezando a Dios, ni a Mahoma ni  a Zaratrustra se nos va a solucionar la vida, y mucho menos cumpliendo a rajatabla los preceptos de estas religiones, muchos de los cuales impiden además disfrutar de lo poco bueno que es gratis en esta vida. Y tampoco otra de las diosas que nos venden, la Patria, nos va a sacar las castañas del fuego este Halloween. Por mucho que ante declaraciones sobre bombardeos a Barcelona (hay bromas muy poco afortunadas y reacciones a las mismas aún más estúpidas) hasta una internacionalista radical como yo que considera cualquier sentimiento nacionalista como un preocupante signo de problemas mentales se vuelva un poco independentista. Y quizá está allí la trampa: mientras deleguemos nuestras luchas en los dioses, cualesquiera que sean, jamás seremos mujeres y hombres.  A mayor gloria del único Dios que realmente existe, y que desde luego no es un dios de paz ni de amor: el Negocidio. Y el invierno durará por siempre.

Bin Laden y los terrorismos reales

Fuiste nuestro amigo. Te quisimos: ¿cómo podríamos no haberte querido? Nadie mejor que tú para netralizar a nuestros enemigos inyectándoles el veneno de la religión, que les volvería zombies a nuestro servicio, declarado o tácito. Fuiste nuestro amigo hasta que dejaste de serlo, o tal vez siempre lo fuiste, o tal vez como enemigo nos brindaste incluso mayores servicios. Pero, formando parte o no del plan en el que tú eras (voluntaria o involuntariamente) nuestro cómplice, o quizá debido a tu rebeldía, o quizá debido a ambas cosas, te matamos como a un perro. Porque nosotros PODEMOS hacer JUSTICIA; a los demás no les está permitido, y si lo hicieran solo sería cruel VENGANZA.

Y es que eras un terrorista. Dirigías una central del terror mundial llamada Al Qaeda, que nadie se sabe dónde está ni qué es y que me parece que nos la hemos inventado nosotros, como, en el fondo, a ti, como, en el fondo, a nosotros mismos. Un terrorista, como los etarras españoles y tod@s los que comparten sus ideas políticas aun estando en contra de la violencia. Nosotros, sin embargo, no lo somos. Cuando bombardeamos los países que nuestros intereses nos señalan lo hacemos para implantar la justicia; cuando somos cómplices de los poderes económicos, de ambición tan desmesurada como un agujero negro y que están llevando a una parte creciente de la Humanidad a la ruina y al exterminio, lo hacemos obligados por la crisis y para vencerla.

Bin Laden murió ayer, día 2 de mayo (aquí podríamos hacer un chiste fácil, pero me abstengo), en una ejecución completamente legal (el tiro en la cabeza lo recibió solo porque no quiso colaborar en su detención) rematada por un procedimiento más que sospechoso, como fue el hecho de tirar su cadáver al mar desde un helicóptero. El enemigo público número uno vivía desde hacía tiempo en una bonita residencia de una pequeña ciudad cercana a Islamabad, en Pakistán, donde inexplicablemente nadie le había detectado hasta ahora. Ese mismo día se supo que el Tribunal Supremo de Justicia se pasó la ídem por el forro y declaró que Bildu no podría presentarse a las elecciones, aunque haya hecho una condena expresa de la violencia. Tres días antes el paro en España se cifró en cinco millones a pesar de (yo más bien diría: gracias a) los mortales ajustes y recortes laborales y sociales de los gobiernos central y autonómicos de este país, y a todo esto, la UE y EEUU siguen bombardeando Libia, gobernada por otro anterior amigo que rinde más como actual enemigo.

Todos estos sucesos, además de reafirmar el post del viernes pasado, casualmente casi profético, de esta bloguera, donde se aludía a como el terrorismo puede ser beneficioso, e incluso estar auspiciado, por los poderosos, hacen preguntarse dónde está el terrorismo real. ETA mata, y los fanáticos religiosos también, pero si alguien tiene el valor de decirme que lo que están haciendo las elites económicas mundiales con la connivencia de los gobernantes de las grandes potencias y de las que no son más grandes no son terrorismo, y que todas estas intervenciones armadas en Libia, Afganistán, Irak, Palestina y demás tampoco… por favor, que se haga mirar su nivel cerebral de manipulación, porque roza el límite del estado zombi.

¿Aznar, vuelve?

Nunca, ni en mis peores sueños, hubiera podido llegar a imaginarme que Zapatero haría las reformas laborales untraliberales que no le dejamos hacer a Aznar ni que, además, iba a iniciar una escalada de políticas antisociales al lado de la cual Intereconomía y sus tertulianos parecen el Ejército Rojo.

La última, la solapada privatización de las cajas de ahorro, que comenzó con unas fusiones de las que poco se ha comentado y que han hecho perder miles de puestos de trabajo, y sigue ahora con una Ley de Cajas que dejará que entre en ellas el 50% de capital privado, con derechos políticos.

¿Tendremos que rogar al PP que vuelva para salvarnos de la neofachidad de los que se llaman socialistas? Desde luego que ésa no es la solución, pero desde luego que mucho peor no vamos a estar. De momento, la única opción que nos queda es una desobediencia civil tan enorme como la absoluta sumisión, la incalificable cobardía, la soberana estupidez y la increíble ambición de nuestros maravillosos gobernantes, Ah, y adherirse a esta reclamación por la Banca Pública.

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