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Posts Tagged ‘reforma de la Ley del Aborto’

A veces la luz al final del túnel no es más que una trampa...

A veces la luz al final del túnel no es más que una trampa…

(viene de) Como dentro de la mejor tradición de unos antidisturbios asaltando un CSO o una sede del Partido Comunista, pues en el fondo nunca hemos dejado de ser ilegales y ahora se sienten fuertes para demostrárnoslo): en el revuelo que se produjo al trasladar los pertrechos del falso don Rodrigo a su alcoba, situada en la torre principal, y desalojar al infeliz, el familiar más o menos cercano al de Entença, que la ocupaba en aquel momento,   me fijé en uno de los criados, un joven de aspecto agradable que parecía haber conservado un poco de inocencia en mitad de toda aquella sangrienta locura. Ignorada por la servidumbre como un componente más de los avíos de mi señor, cosa inherente a mi condición de mujer y plebeya y gobernada por Gallardón, disimulé hasta que le tuve a tiro y lo suficientemente separado de los demás, y le abordé, muy formal.

-Mozo, mi señor quiere que le realices un servicio confidencial. Quédate cuando los demás se hayan marchado.

Algo sorprendido, asintió con la cabeza y fingió estar ocupado en las profundidades de un baúl hasta que en la habitación solo quedamos él y yo. Cuando creyó que podía hablar sin peligro, me preguntó:

-¿Y bien? ¿De qué servicio se trata?

Yo me dejé caer sobre la cama, con desparpajo, y de inmediato me di la vuelta y me acodé sobre el colchón, boca abajo.

-En realidad soy yo la que necesito el servicio… No pongas esa cara, hombre, que no quiero atentar contra tu virtud en el caso de que aún la conserves. Es sólo que preveo que voy a tener que aguardar aquí muchas aburridas horas y pensé que si me dabas un poco de conversación tal vez el intervalo sería más soportable.

Él mostró una expresión ofendida.

-Mejor harías en esperar a tu señor quieta y callada, como es tu obligación, y no perturbar el trabajo de los que sí respetan a sus amos, desvergonzada –bonito esquirol de su clase: menos mal que no trabajaba en Coca Cola ni en Panrico-. ¿Quieres atraerme a la perdición? Ya conozco a las mujeres de tu calaña, ya –no creía que las conociera en absoluto, ni a las de mi verdadera calaña ni a las de la calaña a la que él creía que yo pertenecía, pero si aquello le hacía sentir mejor… De un salto, me senté en la cama.

-Eres un malpensado. Solo quiero hablar un poco y matar el tiempo, ¿tan extraño es eso? Don Rodrigo tardará en retirarse, y cuando lo haga estará tan borracho que no creo que note mi presencia. Anda, déjame acompañarte, te ayudaré en tus quehaceres si así lo deseas –el relajo en su rostro me informó de que estaba empezando a encontrar la lógica en mi argumentación, o al menos de que mi propuesta no le parecía tan peligrosa y sí práctica. Yo añadí-. Tómalo como una deferencia de Castilla hacia Aragón, si así lo prefieres.

No pudo evitar sonreír.

-Está bien. Supongo que no hay nada malo en lo que me pides. Pero si veo que intentas algo… -me amenazó con el puño con escasa convicción.

-¿Y qué voy a intentar, hombre de poca fe? Solo soy una débil mujer. Anda, vamos.

Le acompañé a encender el fuego de las chimeneas de las alcobas de los allegados al comandante de aquella expedición de castigo, y luego bajamos a la cocina, situada en los bajos del edificio situado a la izquierda del portón de entrada, al lado de la pocilga y el gallinero y frente a los establos y a otra dependencia que no supe nombrar. La vasta sala bullía de actividad, y los criados se afanaban a desplumar aves, pelar verduras, retirar desperdicios, llenar jarras de vino y remover pucheros. Con la conciencia tranquila, mi acompañante, cuyo nombre era Bernat, cogió sendos trozos de pan y de carne seca y me llevó condujo a la terraza superior, a la que se accedía por una escalera externa.

-Es un lugar tranquilo para echar un bocado. Aquí nadie sube –me dijo-.  Por el frío y porque está situada por debajo de las almenas, por lo cual no sirve como puesto de vigilancia. Anda, come, que pareces desfallecida, y cuéntame cómo llegaste aquí. ¿Ese don Rodrigo es buena persona? No parece tan hijo de puta como los de aquí.

Vi la ocasión de orientar la conversación hacia donde me interesaba. En realidad, necesito poca ayuda para inventarme qué decir en cada ocasión en que lo necesito, tengo que reconocerlo.

-Las apariencias engañan –le contesté-. Pero en realidad mi historia no es importante. Es mucho más interesante la vuestra. Me hace reflexionar mucho el hecho de que todos vosotros hayáis sido obligados a venir a una guerra que no os compete en absoluto, arrancándoos de las confortables casonas y castillos donde servíais. Debe de resultaros muy duro. Vuestra situación solo es un poco mejor que la de los prisioneros que se hacinan en esa construcción cerrada –señalé con el codo al frente.

Bernat me miró con creciente interés preñado de triste sorpresa. Después, concentró su mirada en las pétreas losas del suelo.

-Hace mucho que no los alimentan –yo me estremecí-. Al menos, a ninguno de los criados nos mandan hacerlo. Se están pudriendo en ese lugar y conozco a muchos de ellos, aunque por suerte ninguno es cercano… -levantó los ojos y dijo con una aparente frialdad más desgarradora que la desolación-: Todos los míos han tenido mejor fortuna: están muertos.

Tragué saliva. Y debo de reconocer que ahí sí que me quedé literalmente sin palabras. Afortunadamente, él no alargó mucho la pausa.

-Muchacha, has acertado en lo que has dicho: nuestra situación no es mucho mejor que la de ellos. Pero a pesar de todo, podemos dar gracias a Dios. Cuando el señor Berenguer escogió de entre los prisioneros a los que teníamos mejor salud y aspecto para que le sirviéramos cuando decidió resistir en este castillo, lo supimos.

Oímos gritos y carcajadas de los guardias, por encima y por debajo de nosotros. El vino ya estaba haciendo sus efectos. Yo comprendí.

-¿Entonces…?

-El señor Berenguer no se trajo a su servidumbre a la guerra, aparte de unos cuantos. Le gusta viajar ligero de equipaje, o eso dice siempre. Nosotros pertenecemos a las aldeas arrasadas… Aún me siento mal por haber abandonado a mis compañeros allí, pero…

Yo no podía censurarle: solo estaban intentando sobrevivir, luchando por un poco de calor y de agua en sus vidas, que es el mínimo derecho de una persona humana y que con tanta facilidad y falta de escrúpulos se puede arrebatar. Pero aquella confesión me abría una interesante posibilidad. Dejé a un lado el disimulo.

-¿Quieres liberar a tu gente? Puedo ayudarte si tú me ayudas.

-¿Qué estás diciendo? –él se escandalizó, tomándome por loca, o más bien, por estúpida-. Eso que dices es imposible. No hables de cosas que no conoces.

-Puedes creerme si te digo que sé cómo hacerlo –rebusqué entre mis ropas y saqué uno de los objetos útiles que me había llevado en previsión de su necesidad: en ese caso era mi daga. Él dio un respingo al verla-.  Hay una pequeña poterna en el muro más alejado. Da un terreno escarpado, pero suficientemente practicable. Comprobaremos que los guardias estén borrachos hasta la inconsciencia; no será difícil: el vino malo que don Rodrigo ha traído para la tropa venía con un pequeño ingrediente extra que ha añadido un médico amigo mío. Y luego haremos salir a los prisioneros y los llevaremos allí.

Me miraba con los ojos desorbitados.

-¿Quién eres tú en realidad? ¿Y quién es ese don Rodrigo al que acompañas?

-Te ha de bastar saber por el momento que no soy ni una aldeana robada ni una putilla errante, y que él tiene bien poco de caballero castellano. ¿Qué dices? ¿Quieres ayudarnos a rescatar a los tuyos?

-Sigue siendo una insensatez. ¿Qué crees que pasará si notan su ausencia? Tendremos que huir con ellos o nos caerán encima las represalias. Y a cada momento nos están llamando a alguno para que les sirvamos, nuestra ausencia no tardaría en notarse. Nos atraparán.

Era cierto. El plan tenía algunas lagunillas, debía reconocerlo. Por eso Frey Pere, Guillaume y el resto de los potentados templarios que lo habían pergeñado, aunque con mi colaboración, habían decidido que había que liberar a los prisioneros tras la entrada de los asaltantes, y no antes. Pero yo no estaba de acuerdo: eso significaría que muchos de ellos podrían verse involucrados en la batalla. Y había mujeres. Y niños.

-Tendremos que arriesgarnos. Además, ahora somos dos, lo que facilita las cosas: mientras tú haces salir a los cautivos, yo abriré el portalón para que entren los sitiadores. Tus señores estarán demasiado ocupados para reparar en vuestra huida, puedo asegurároslo. Los hermanos son unos beatos insoportables cuando se lían con sus avemarías, sus padrenuestros y sus misas interminables, pero a la hora de repartir, reparten en serio. Lo sé de buena tinta: he luchado a su lado.

El pobre Bernat me miraba de arriba abajo, cada vez más alucinado. Pero la comprensión iba, poco a poco, abriéndose paso en su mente y, con ella, la determinación.

-Entonces… quizá tú, guerrera desconocida, seas la respuesta a mis oraciones.

-No –zanjé yo-. No soy la respuesta a las oraciones de nadie. Ni siquiera a las mías, y eso que lo intento. Pero quizá sea la constatación de que tú puedes intervenir en tu destino, aunque sea mínimamente, y de que no puedes desperdiciar ninguna de las escasas ocasiones que se te presenten de hacerlo. La lucha es el mejor paliativo. Anda, vamos. Comprobemos si esos centinelas necesitan más vino.

Un rápido paseo por el camino de ronda y una pequeña excursión a las habitaciones del cuerpo de guardia bastó para constatar que el brebaje de Maese Salomón había hecho su efecto: si llego a conocer a alguno de sus descendientes en el siglo XXI, cosa relativamente fácil porque ahora les han concedido la nacionalidad española que se les niega a otros, se lo agradeceré. Llegados a este punto, Bernat y yo nos miramos.

-Bien –mi voz parecía firme, pero las amígdalas me temblaban en la garganta. ¿Qué iba a encontrarme en aquella destartalada y lóbrega dependencia?-. El plan es el siguiente: abrimos la puerta a los prisioneros, no sin antes advertirles que guarden silencio, y entonces tú les conduces a la poterna mientras yo abro el portalón para que entren mis compañeros: esta es la señal para que ataquen. ¿Ha quedado claro?

-Perfectamente, pero ¿y después?

-Les conducirás a nuestro campamento. Es obvio que requerirán atención médica. Espero que mi amigo el matasanos pueda salvar al mayor número de ellos. Y cuando os hayáis recuperado… deberéis tratar de reconstruir vuestras vidas como buenamente podáis, con la ayuda de los templarios y de la mía, desde luego. Lo que podamos hacer, lo haremos, aunque he de advertirte que no es que podamos mucho.

No respondió. Solo estrechó mis manos entre las suyas, visiblemente emocionado.

-Vamos, pues –intervine yo, acortando sus demostraciones de agradecimiento.

La edificación que guardaba a los prisioneros estaba oscura y en silencio. Demasiado oscura. Demasiado en silencio. Y había algo más…

-Esto no es normal –advirtió igualmente Bernat-. Nunca nos dejan acercarnos demasiado a este edificio. Creo que estoy empezando a entender por qué.

Sí, algo más: a medida que me acercaba, capté otro detalle sorprendente. El olor, o mejor dicho, la ausencia de él. Tantos cuerpos hacinados durante tiempo, lógicamente, deberían de apestar. Pero el aroma del aire era extrañamente neutro.

-Ni los vivos ni los muertos hieden tan poco. Aquí pasa algo raro. Y no creo que sea bueno. Vamos, Bernat, apresúrate.

Llegamos, por fin, a la puerta, sin que nada hubiese cambiado. Ya me había extrañado el hecho de que el prisionero convertido en criado había actuado como si la puerta no fuera a estar cerrada con llave y, evidentemente, no lo estaba. Bernat se limitó, a deslizar la pesada tranca de sus soportes de hierro, con la ayuda de una manos casi inútiles, las mías, debido al involuntario temblor que las sacudía y al frío helador, que venía de mi interior, no de la climatología, que las paralizaba. La operación, al final, estuvo acabada.  Con cuidado, Bernat tiró de una de las hojas de la puerta, yo de otra, y…

Me imaginación había dibujado los peores escenarios: cuerpos desmembrados, exangües, enterrados en cal viva… Pero lo que vi superó cualquiera de mis temores. Lo que había en el interior de aquella construcción, era, sencillamente… nada.

-Pero –el desconcierto de Bernat era palpable-… yo los dejé aquí hace… ¡No pueden haberse esfumado!

-No –convine yo-, eso sólo sucede con las pruebas que inculpan a los ricos…  -me sentía desconcertada e impotente, pero decidí que ello no me ayudaba-. Vamos a ver, centrémonos, hemos de reflexionar… deben de estar en otra dependencia del castillo. ¡Piénsalo!

-¡Las conozco todas! –respondió él, más alterado aún que yo, si cabe-. Y en la mazmorra no cabrían, apenas hay un par o tres de pequeñas celdas. Además, es ahí donde están tus compañeros…

-¿Y por qué no lo has dicho antes? Vamos, rápido, vamos –dejé que me condujera al edificio principal, y entonces me fijé en las escaleras que descendían desde el vestíbulo, al lado de la entrada que llevaba a la capilla y de las que ascendía a la sala capitular (donde se estaba celebrando el banquete) y a los dormitorios principales. Me debatía entre el sentimiento de pérdida y el de recuperación, la preocupación y la esperanza, y la culpabilidad sin atenuantes: habíamos llegado tarde, no había insistido lo suficiente en atacar o bien en deslizarnos en el castillo con alguna excusa y, donde quiera que estuvieran metidos los prisioneros, tampoco los había podido ayudar, y en aquel momento estarían muertos o esclavizados; y es que no se hallaban en ninguna otra parte. ¡Era imposible! En aquel momento, una criadita bajó cargada de jarras vacías desde el banquete, mirándonos temerosa, y de pronto lo entendí todo. Paré en seco a Bernat antes de bajar las escaleras, y lo conduje al hueco que dejaba la ascendente.

-Pero ¿qué te sucede ahora?

Todo encajaba: aquello no fue una deducción, se hubiera tratado más bien de una inspiración divina si en el mundo existiera algo así: tal vez me ayudó la adrenalina que recorría mi sangre en aquel momento, pero de pronto todas las piezas sueltas ocuparon su lugar en el puzzle deshecho que pululaba por mi mente de aquella gran farsa: sí, porque no se trataba de otra cosa. Como las revoluciones de colores y muchas revoluciones árabes, como la falsa contestación ciudadana en Venezuela: los Entença parecían estar asesorados por la CIA: Todos los detalles que me habían chocado últimamente, aunque sin concederles importancia, encontraban su respuesta en aquel momento. Necesitaba un segundo para ordenar mis ideas. Una pausa para hacerne el relato de los acontecimientos y decidir el siguiente paso.

-Conoces el castillo. Los prisioneros no pueden estar en ninguna parte –espeté bruscamente a Bernat en un murmullo-. Eso es lo que aseguras, ¿no?

-¡No, no hay una estancia suficiente grande para contenerlos! ¡Y he estado en todas! –respondió, contagiado por mi exaltación aunque con menos contención que aquella a la que yo me obligaba-. Pero…

-Entonces –continué sin hacerle caso-, si no están aquí, si no pueden estar de ninguna manera, es que, por improbable que sea, se han marchado. O, mejor dicho, los han sacado. Y eso sólo puede significar…

Bernat era rápido.

-… que hay ¡una salida!

-Eso mismo. Algunas fortalezas cuentan con un pasadizo secreto para emergencias, y esta deber de ser una de ellas. Lo que le quita totalmente el sentido al sitio de este castillo. Si han podido llevarse a los cautivos, significa que también pueden salir ellos. Y si pueden salir, ¿por qué cojones no lo han hecho?

Bernat se encogió de hombros, desconcertado.

-Porque esto es una trampa. Una fenomenal trampa –me autocontesté yo; en realidad, hablaba para mí misma-. Quieren exterminar a todos los templarios. Cogerles entre dos fuegos. Y algo más. ¿Por qué los refuerzos no han atacado aún? Ya sabemos que nada de lo que diga el rey puede detener al de Entença, sólo teme a las consecuencias de asesinar a una persona que en realidad está bajo el mando directo del Papa. Y sé que Blanca tiene hombres de sobra, y que hay muchos más soldados de los Entença que los sitiados. Me resultó difícil de entender que el verdadero don Rodrigo hubiese sido apresado tan fácilmente, obviamente debía de saber a lo que se exponía y cuál era la situación antes de venir aquí. Y también fue extraño que Berenguer no tuviera ninguna prisa a que Guillaume no le desvelara cuál de los prisioneros era el hombre que buscaba, si es que estaba entre ellos. El de Entença no odia la buena vida, por lo que sé de él, pero no es un petimetre de la Corte sino un guerrero valeroso, aunque ambicioso, vengativo y cruel. ¡Demonios! Guillaume ha hecho lo que se esperaba de él, de todos nosotros, hacerse pasar por don Rodrigo, infiltrarse e intentar abrir la puerta desde dentro. Probablemente Berenguer se imagina incluso quién soy, y está deseando entregarme a Blanca… -ojalá Alfonso de Castilla hubiera sido tan listo como el PP para restringir la aplicación de la justicia universal en su reino: no sé si eso le hubiera evitado problemas con sus vecinos, como en el caso al que me he referido, pero al menos me los habría evitado a mí, que estoy buscada desde Tierra Santa a Germania pasando por nuestro país vecino del centro de la península.

-Nos dijeron a los criados que te vigiláramos, que no te dejáramos sola ni un momento –me interrumpió Bernat-. Ahora lo comprendo todo. Ahora sé que solo puedes ser…

-Pero no es el momento de presentaciones. Los refuerzos deben de estar cerca, solo esperan que se abra la puerta y reciban una señal para atacar de esos soldados que sin duda solo están fingiendo que se han bebido el vino, y así merendarse a los templarios como si se comieran un sándwich, entre los del castillo y ellos. De esta manera, si un prisionero anónimo que luego resulta ser una mandamás del Temple la palma, serán cosas de la guerra. Y habrán matado dos pájaros de tiro… Bueno, más de dos. No podemos abrir esa puerta ni dejar que nadie lo haga. Y hay que avisar a…

Oí un quedo sonido de pisadas y me asomé a las escaleras con cuidado. En la semioscuridad de la noche, entre las antorchas, justo en aquel momento, una sombra vestida con una larga capa negra con esclavina echada sobre la cara se coló por la puerta, dirigiéndose al portón de entrada, furtivo y torpe al mismo tiempo como un estúpido ejecutivo de Goldman Sachs reprivatizando un banco rescatado con dinero público. Comprendí lo que estaba a punto de hacer: el plan no les había funcionado, ¡yo estaba tardando demasiado en hacer lo que se suponía que era mi cometido! Sin pensarlo un instante, me eché a correr detrás de él en silencio, dispuesta a noquearle antes de que pudiera dar el aviso a nadie. Pero la carrera no me permitió ser tan sigilosa como para que no me oyera, y cuando estaba a punto de alcanzarle se volvió y comenzó a dar gritos de alarma. Inmediatamente los guardias apostados en las almenas salieron de su aparente sueño provocado por el vino con narcóticos de maese Salomón y se pusieron a disparar hacia mí.

-¡Cuidado! –tuve tiempo a decirle a Bernat, que había salido en pos de mí, antes de rodar por el suelo y buscar refugio en los muros. Él retrocedió a su vez. Mientras tanto, la sombra ya había llegado al portón y se empeñaba a desatrancarlo. Yo corrí hacia ella sin dejar la protección de los muros y me abalancé encima.

-¡No permitiré que lo hagas! –pero ya estaba hecho. Aquel hombre había logrado retirar la tranca de la puerta (probablemente ya la habían dejado medio desatrancada para facilitarle el trabajo, a él o a mí, quien era la que se suponía que debía de hacerlo) y entreabrirla, y pude ver por el resquicio cómo una flecha encendida trazaba una estela en el aire, sin duda la señal para que los refuerzos cargaran. Aprovechando mi desconcierto, el individuo logró voltearse para invertir la posición y colocarse encima de mí. Una de sus manos sujetó las dos mías por encima de mi cabeza, mientras la otra parecía querer buscar algo bajo mis ropas, algo que no sólo era mi arma. Sentí unas impresionantes ganas de vomitar combinadas con el odio más absoluto, pero el lugar de dejarme llevar por ellas me detuve un momento, respiré profundamente, me encogí sobre misma, deslicé mis rodillas hacia arriba y le propulsé con ella y con las puntas de mis pies, hallando el apoyo en la fuerza con que aplastaba mis manos contra el suelo. Después volví a apoyar los pies en el suelo, me levanté de un salto y le pateé la cabeza. Sin pararme a averiguar si estaba fuera de combate, cogí una de las antorchas que iluminaban la entrada y salí, protegida por la barbacana. Distinguí las sigilosas sombras de los templarios deslizándose a casi un tiro de flecha.

-¡Retroceded! ¡Vamos, retroceded! ¡Es una trampa, os atacan desde detrás! –mi voz resonó clara y firme en silencio de aquella noche; desde luego no era un viernes por la noche en un barrio de clubs nocturnos de Barcelona. Los guardias empezaron a asaetear a los templarios sin esperar a que estuviesen a tiro, y por detrás de ellos se levantó un estruendoso griterío y más flechas encendidas iluminaron la noche.

-¡Volveos! ¡El enemigo está detrás! –era la voz de Frey Pere, el mariscal accidental de aquella tropa. Una pequeña columna, sin embargo, avanzó hacia el castillo, sorteando las flechas. Yo volví sobre mis pasos a toda prisa y vi que la sombra encapuchada había desaparecido. Pero era demasiado tarde para avisar a Guillaume: en el patio de armas, los Entença lo tenían cercado por todas partes, y el solo podía enarbolar su espada para vender cara de su vida. Pero todos ellos, aunque amenazantes, parecían extrañamente inmóviles. Y, por cierto, ¿dónde estaba Esquieu? Se suponía que era el escudero del falso Rodrigo y no podía abandonarle.

-Ah, aquí estás –Berenguer se destacó del grupo al verme-. Eres Eowyn, supongo. Tu disfraz es bastante convincente, pero cuando vi que el falso don Rodrigo traía a una mujer con él entendí que solo podía tratarse de ti. Me alegro de verte. Y mucho más se alegrará doña Blanca cuando lo sepa. Ahora dime, ¿quién es este hombre? Tú tienes que saberlo. ¿Es el de Nantes, tu hermano o es –su sonrisa fue cruel- su jefe y gran amigo tuyo? Dímelo, y así quizá le salvarás de la vida. ¿O prefieres que se lo pregunte a los prisioneros? Les he dejado unas semanas tranquilos, por deferencia a nuestro amado Jaume, pero después de esta lucha no creo que el rey se moleste en pedir que se investigue si hay cadáveres con signos de tortura.

Sobreponiéndome al nuevo giro de la situación, obligué a mi cerebro a trabajar deprisa. Si revelaba la identidad de Guillaume, este sin duda se salvaría: ningún aliado de Blanca se atrevería a tocarle un pelo. Pero entonces el de Entença mataría a todos los prisioneros. Sin embargo, si yo mentía, podría lograr tal vez un tiempo para mi amigo, pero eso sería el final de Guillaume.

-Estoy esperando.

Solo tenía que decir una palabra. Pronunciar un nombre. Una pequeña mentira. El Gobierno del PP las suelta a diario, reticentemente, y no les pasa nada. Y sus mentiras, combinadas con su brutalidad y su supina idiotez, no solo causan la pérdida de una vida humana. Y tampoco les pasa nada.

-Se me agota la paciencia.

Pero yo no podía hacerlo. Ni siquiera para salvar a mi querido amigo podía condenar a otro hombre a la muerte con mis palabras. No. Que el diablo me ayudara, pero no podía hacerlo. Me sentía tan impotente como un inmigrante africano arribando a nado a la costa española bajo las pelotas de goma de los esbirros del poder: mirara donde mirara, solo podía ver muerte.

-Está bien –dijo el de Entença tranquilamente-. Traedme a los prisioneros.

-Ella no te lo dirá, pero yo sí- la voz de Guillaume rompió la tensión de la escena-. El de Nantes es uno de los prisioneros. Por eso ella me acompañó a rescatarle a él y a los demás. Y por eso yo decidí realizar la misión: es mi amigo, mi más querido amigo, y haría cualquiera cosa por él. Yo soy el hombre que buscas, Entença. Ahora, haz lo que tengas que hacer.

El acento de Guillaume ahora se acercaba más al de verdad. Pero no recordaba tanto a Nantes, sino a un lugar algo más al este… No se le escapó el detalle.

-No –dije yo-. No lo hagas.

-Sí –contestó él-. No puedes salvarme, Eowyn.

-¡No seáis estúpidos! ¡Está mintiendo! –pero yo carecía de argumentos para defender aquella tesis.

-Vamos, pues –indicó el de Entença a sus hombres, ignorándome-. Matadlo.

-No tan deprisa.

Una voz bien conocida sonó desde lo alto de las almenas que, misteriosamente, estaban vacías de guardias. En su lugar, unos seres cadávéricos con pardos trapos andrajosos que habían perdido toda semejanza con el tradicional hábito blanco de la orden empuñaban los arcos de estos. Con júbilo, distinguí entre ellos a Guifré y a los acompañantes vivos de Guillaume, al lado de un de un hombre calvo de mediana edad que por lo que yo sabía sólo podía ser el comendador de Corbera.

-Me temo que ese hombre ha sufrido una lamentable confusión de identidad: él es el bretón y yo la persona a la que buscáis. Es evidente. Miradme un poco, pensad en lo que sabéis de mí, y comprobaréis que tengo razón.

-¡Maldita sea!

El de Entença se había dado cuenta de que la había cagado.

-Pero ahora es demasiado tarde para que podáis rectificar. Eowyn, ¡coge esto!

Me tiró una espada y yo la agarré al vuelo. Una lluvia de flechas cayó sobre el patio de armas, esquivándonos a mí y a Guillaume, que tuvo tiempo de sacar su espada. En aquel momento, la columna que se había separado del escuadrón templario penetró en tumulto entre gritos, con Gonzalo a la cabeza. Yo me defendí de los dos Entenças más cercanos que encontré mientras Guillaume hacía lo propio con los suyos, a mi lado.  Entre mandoble y mandoble, pude decirle:

-¿Dónde demonios se ha metido Esquieu? ¡Nos estaba haciendo falta! –yo esquivé un golpe dirigido a mis riñones, di una vuelta y le hice un corte profundo en la pantorrilla a mi atacante, que le hizo derrumbarse.

-Le sentó mal la comida. Debe de estar en las letrinas –Gullaume se abalanzó encima del suyo sin piedad, y con un par de espadazos seguidos le dejó fuera de combate.

-Qué oportuno –sólo me quedaba uno. Pero había visto a Berenguer detrás de él y decidí que debía de quitármelo de encima rápido-. Me pregunto si es el banquete lo que le ha provocado diarrea y no otra cosa –detuve la espada de mi contrincante con todas mis fuerzas, y mientras me tiraba del pelo para hacerme perder empuje, le clavé un rodillazo en todos los huevos, con el resultado que podéis esperar.

-Ya veo que no te cae muy bien –el bretón, aprovechándose de su aventajada estatura para atacar por encima al segundo de sus Entença, con un golpe que estuvo a punto de separarle el brazo del hombro.

-¿Se nota mucho?

Estábamos ahora los dos frente a Berenguer. Mi amigo y los demás, que habían bajado de las almenas al no poder seguir disparando so riesgo de daños colaterales, se unieron a nosotros, y él se colocó a mi lado y me miró de una forma extraña. Bernat, que estaba con ellos, me guiñó un ojo y yo le sonreí; nunca le agradecería lo bastante su decisión y su rapidez.

-Volvemos a estar los tres juntos –exclamó Guillaume, alegre-. Ahora solo queda decidir quién se encargará de ese cabrón.

-A mí no me dirijas la palabra, perro traidor, ladrón hijo de puta.

-Qué carácter. Está visto que no le sienta bien hacerse viejo –el de Nantes se dirigía a mí.

Berenguer, por su parte, esperaba pacientemente, tan satisfecho de sí mismo como Gallardón después de privatizar el Registro Civil.

-Es muy conmovedora esta reunión de viejos amigos, pero estoy esperando a ver quién lucha conmigo -yo me adelanté.

-Dejádmelo a mí…

-¡No! –dijeron los dos al unísono.

-Sí. Creo que les estoy cogiendo el gusto a luchar sin armadura. Voy mucho más ligera. Y total la mía es de tan mala calidad que no me protege de nada. Voy a ello. Vosotros –les advertí-, por favor, no intervengáis.

Naturalmente no iban a hacerme caso. Sabía que estaban preparados para auxiliarme, pero tenía la esperanza de que no fuera necesario. Ataqué al de Entença, moviéndome mucho, ofreciendo poco blanco y buscando sus puntos débiles, como solía. La cota de malla, que llevaba bajo su traje de cortesano, en aquellas circunstancias le dejaba en desventaja respecto a mí.

-Luchas como una salvaje almogávar –me escupió con asco.

-No deberíais hablar tan mal de esa gente. Quizá algún día los necesitéis. La vida da muchas vueltas, señor Berenguer.

Bernat, que había estado repartiendo mandobles con una habilidad escasa suplida con creces por su buena voluntad, se interpuso entre nosotros en silencio. La mirada de odio en sus ojos consiguió espantarme: no hubiera creído que albergara tales sentimientos, pero me imaginé que tenía buenas razones para ellos

-Eowyn, él es mío –fue tan contundente que casi no puede oponerme. Sólo argumenté.

-Bernat, no eres rival para él, y lo sabes –la diferencia entre los dos era la mismo que la que podría existir entre un policía español entrenado en Israel y un activista común y corriente.

-No importa –Bernat atacó a Berenguer con ímpetu y sin descanso. Durante unos segundos, la fuerza de su aborrecimiento hizo retroceder a un desconcertado Entença, que apenas podía parar sus golpes, pero el criado estaba tan ciego que no vio cómo la espada del noble, que parecía vencida, se impulsaba hacia arriba para clavarse bajo su axila: ninguno de los tres pudimos hacer nada por evitarlo.

-¡Bernat!

Corrí hacia él mientras mis dos compañeros acorralaban al asesino. El criado, ya en tierra, no podía pronunciar una palabra, pero su sonrisa lo dijo todo: había reconquistado su dignidad. Pero ¿era necesario que muriera para conseguirlo? Yo había comprado mi vida y la de mis compañeros con la suya. No, no, no, no quería pagar, no de aquella manera. La justicia debería de ser gratuita, sobre todo para los que realmente necesitamos justicia, los desfavorecidos, la purria de la sociedad: si no, no nos quedaba nada. Y yo no estaba preparada para soportar aquello. En aquel momento, su cabeza se venció a un lado. Yo solo pude cerrarle los ojos.

De pronto, la tropa templaria entró en confuso montón de polvo y vítores en el patio de armas, haciendo que se interrumpieran las luchas. Frey Pere, que arrastraba el estandarte de los enemigos con la mano izquierda, se dirigió a los Entença del castillo, exultante. Guillaume se unió a él.

-¡Rendíos! Los vuestros han huido como conejos. No estaban preparados para luchar como buenos soldados. Les pintasteis el asunto demasiado fácil. ¡Berenguer, vuestra soberbia os ha vencido!

El aludido dio un paso al frente, desafiante y despreciativo.

 -Esto no es el final y vos lo sabéis.

-Es el final de momento, y con eso nos basta –proclamó Guillaume.

Extrañamente, o no tanto, yo no podía sentir alegría.

-Vamos -me dijo mi amigo, cogiéndome por el hombro-. Ya no puedes hacer nada por Bernat, lamentablemente. Dedícate a los vivos. Te necesitamos.

Levanté los ojos hacia él. De pronto comprendí que, a pesar de toda la absurdidad, la injusticia y la tristeza, todo había terminado y mis amigos estaban vivos y a salvo. Mi más querido amigo estaba vivo y a salvo. Habíamos vencido: sí, solo era una batalla, pero nadie podría arrebatarnos aquel triunfo, aunque perdiéramos la guerra. Acepté la mano que él me tendía y me levanté en silencio.

Pero aquello aún no había terminado. (sigue)

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Principios del otoño de 1293

Había apostado y había perdido, sí. Es cierto que siempre supe exactamente el riesgo al cual me exponía, y las escasas bazas que contaban en mi haber, y a pesar de todo había tomado la decisión: pero eso no me consolaba de mi situación actual. Y es que la estampa que en aquellos momentos yo ayudaba a componer debía de ser, sin duda, una de las más patéticas de mi vida: me hallaba atravesando los Pirineos, cabalgando a mujeriegas sobre una acémila de mohíno y enfermizo aspecto (que se volvía a mirarme con aire displicente cada vez que intentaba arrearla), asediada por indómitas y cargantes moscas que se resistían a aceptar que ya habían acabado los días estivales, y embutida en un vestido propiedad de Elvira que, debido la disparidad existente entre nuestras respectivas figuras, me sentaba como una patada en el culo, apretándome en algunos lugares y ensanchándose en otros (no esperéis detalles al respecto); y, por si fuera poco, me habían atado de pies y manos, con lo cual mi capacidad para afianzarme en la montura si a la bestia le daba por alterarse era bastante limitada, y ya me veía dando con mis huesos en el barro para que el ridículo de mi imagen subiera algunos enteros, si es que tal cosa era posible aún: claro que había que reconocer que la susodicha no estaba para muchos trotes, y aún para menos galopes, y que a mi lado contaba con la siempre vigilante compañía de Sancho, mi guardián personal, que me miraba con una especie de arrepentimiento, como si fuera el principal esquirol en un huelga contra un modelo económico de precariado, desigualdad, derroche y privatizaciones: vamos, como el que quieren implantar en la España post-supuesta-crisis-o-más-bien-excusa-pero-en-realidad-no-post-nada.

Os imaginaréis cómo había llegado a esa penosa situación: cuando pedí a Sancho que me condujera ante la presencia de Blanca, la mayor de mis preocupaciones era contribuir a evitar la cruzada; mi antiguo amigo y compañero de vinos en la taberna de Joana me la había pintado como insoslayable e inminente y, temerosa de otra masacre como la de Acre, o como tantas otras peores que afortunadamente no había tenido que vivir en primera persona, le creí a pies juntillas. Y con eso no hice más que caer en un error que siempre he intentado evitar en mí y que contra el que nunca he desperdiciado ninguna ocasión de pontificar a los demás: el fallo fatal de no contrastar informaciones. De no reflexionar con criterio ante las noticias. Vamos, que mi comportamiento estuvo a la altura de los oyentes o lectores de Intereconomía, 13TV, esRadio, ABC, El Mundo, La Gaceta, La Razón… aunque el resto de medios de comunicación del Régimen español del siglo XXI, aunque más sutiles, no es que les vayan mucho a la zaga; no me faltaba más que intoxicarme informativamente tanto que acabara comprando el libro de Aznar y luego diera las gracias al Gobierno por no tener ya nada que envidiar a Bangladesh en competitividad (¡si hasta Bill Gates ha invertido en la España de 2013! Lástima que nadie nos explique que el creador de Windows solo especula con las migajas más sucias del festín ibérico). No tardaría mucho en darme cuenta de mi error y en sufrir las consecuencias y sin embargo, en aquellos instantes, cuando entré en los amplios aposentos de la amante del Rey convenientemente bañada y perfumada y embutida en aquellos avíos propiedad de la dama de compañía que tan poco me cuadraban, según mi antiguo amigo y actual carcelero para “causar buena impresión”, ni por asomo imaginaba lo que se tramaba a mis espaldas.

Llegado el momento, Blanca me hizo entrar con un indolente movimiento de su mano derecha, y Sancho me tomó del brazo, instándome a trasponer el umbral. La dama, sentada entre un sillón labrado entre cojines, rodeada de los tapices con escenas de caza que colgaban de las paredes, más allá de una serie de arcones y una mesa en la que se veían jarras de vino y dulces, me echó una ojeada despectiva al verme presentarme vestida como corresponde a mi sexo; seguro que la habría alegrado más que enarbolara un cartelito con una gaviota que rezara “Apoyo la Reforma de la Ley del Aborto de Gallardón y quiero pasar el resto de mi vida limpiando y sirviendo a mi marido porque me he leído el libro que enseña a ser sumisa”. Mientras, Elvira, que como era habitual en ella fingía desarrollar sus quehaceres en un punto u otro de la estancia, me obsequiaba con una de sus habituales miradas incendiarias. ¿Por qué me odiaría tanto aquella mujer? Ni que perteneciera a la AVT y yo fuera una terrorista excarcelada tras el fiasco, en un sistema penitenciario ya de por sí hecho con el culo, de la Doctrina Parrot.

-Al menos, vestida así resultas algo más agradable a la vista -remarcó el ‘algo’, insinuando claramente que tampoco es que mi persona ganara mucho con el cambio. Lástima que no me preocupe en exceso su opinión sobre mi imagen-. Y bien, ¿qué es eso tan importante que según Sancho tienes que comunicarme? ¿Acaso alguna información que puedas canjear por tu libertad? -el tono de burla con que pronunció la última pregunta me habría quitado las ganas de intentar lo que afirmaba, si acaso lo hubiera pretendido.

-Blanca –comencé, yendo directamente al grano. Ni ‘señora’ ni ‘doña Blanca’ ni nada parecido: aún no le había apeado el ‘vos’, más que nada por no indisponerme contraproducentemente con ella: se suponía, además, que de alguna manera estábamos en el mismo bando, a pesar de mi injusta detención por ser una antisistema medieval digna de la de los Cinco de Sabadell o la de Cañamero mientras el poder judicial ya ni se molesta en parecer independiente– vos queréis evitar una nueva cruzada y yo también, aunque nuestras razones no sean las mismas. Pero si insistís en tenerme prisionera no os voy a ser útil, cuando de estar libre podría ayudaros, y de paso ayudarme a mí misma. Sé que queríais torcer la voluntad de mi amigo con mi secuestro, aunque que los votos de su orden no le han permitido acceder a lo que él sin duda definiría como chantaje –por cierto: ¡sucio traidor! Cuando le viera le iba a enseñar qué era eso de dejar a los amigos tirados sin ningún escrúpulo-. Pero hay una forma mejor de convencerle.

Un leve interés tintineaba en los ojos, de por sí permanentemente hastiados aunque hermosos, de la noble. Aunque probablemente solo se preguntaba: ¿Cuál será la próxima estupidez que va a decir esta desgraciada?

-Bien, oigamos tu idea -parecía demasiado divertida, con su sonrisa que partía por la mitad su estrecha cara de rasgos perfectos. Demasiado para mis perspectivas de futuro. Pero yo no perdí el tiempo.

-Tenéis que dejarme hablar con él -solicité-. Tengo motivos para creer que puedo convencerlo. No suele resistirse a mi oratoria. Y me debe muchos favores, demasiados. Le he salvado el cuello más de un par y más de tres veces -la deuda era mutua, pero naturalmente eso no tenía por qué saberlo ella. Además, con su última jugada yo consideraba haber saldado cualquier compromiso que tuviera hacia él, qué cojones.

Por un momento, la expresión de Blanca pareció más grave y, por decirlo de alguna manera, profesional. Casi hubiera podido pasar por una persona responsable.

-Tu oratoria, dices… Cierto, tienes la virtud de saber expresarte, eso no te lo niego. Pero ¿qué más ases guardes en la manga? ¿Realmente crees que eso será suficiente con él, por muchos favores que te deba? No olvidemos de quién estamos hablando.

-Lo creo, sí -aseveré yo-. Le conozco.

-Ah -el tono de su voz comenzaba a deslizarse levemente hacia la ironía… ¿o eran mis imaginaciones?-, pero no me has contestado. Dime ¿de qué más armas dispones? Porque, repito, esas que esgrimes no me parecen suficientes.

¿Esperaba realmente que dijera lo que yo creía que esperaba que dijera?

-No tengo ningún inconveniente en emplear cualquier medio que esté a mi alcance -aseguré, orgullosa, convencida, y mentirosa: aunque no mucho. A lo mejor no le mataba, o al menos no mucho, pero lo de extirparle algún órgano vital me lo estaba pensando seriamente.

-Oh -ahora su entonación era claramente burlona. Aquello no tenía buena pinta. Me hubiera santiguado si no estuviera un poco harta de santos. De hecho, ni los ínclitos 522 nuevos, que son muy buenos porque los que les mataron fueron los malos, mientras a todos aquellos a los que los buenos mataron se pudren en las cunetas, iban a poder ayudarme con aquella que se me avecinaba-, no tienes que convencerme de eso. No dudaba de que estuvieras dispuesta de vender tu cuerpo por información, dinero, una simple jarra de vino o cualquier otra menudencia, así que si hablamos de cuestiones más sustanciales… -yo di un respingo; hasta Sancho se sobresaltó por el insulto.

-Mi señora doña Blanca -inusitadamente, este dio un paso adelante-, lo que decís no es justo. A Eowyn sin duda se la puede acusar de muchas cosas, pero no es la mujer indigna e inmoral que habéis descrito. Lo siento, soy vuestro vasallo y os debo fidelidad, pero mi juramento de caballero me exige actuar con justicia y equidad, y eso me impide escuchar palabras como esas sin manifestar mi oposición.

Alucinante: mi carcelero me defendía. Es cierto que Sancho era uno de los pocos que hacían caso a su juramento de caballería (él sabría por qué), pero tanto calor en mi auxilio me parecía desconcertante. Concluí que debía de sentirse muy culpable por la faena que me había hecho.

-No te esfuerces, Sancho -me encogí de hombros sin olvidar guiñar un ojo cómplice y disimulado hacia él-. Dudo que tu señora capte conceptos como “justica” y “equidad”. De hecho, no creo que las neuronas de su cerebro entiendan ni lo que significa “inteligencia”, aunque eso es explicable: nunca se han topado con ella por allí arriba. A veces pienso que es una superviviente de la LOMCE: solo se fía del poder, de la religión y de los rumores de la calle.

El rostro de Blanca estaba peligrosamente congestionado y me pareció que se hallaba a punto de soltar humo por la nariz y estallar en mil pedazos, como si el fracking de mis palabras, comprado a precio de oro al PPSOE, le hubiese ocasionado un terremoto; pero al final optó prudentemente por calmarse. Eso sí, no me hubiera gustado estar en la piel de Sancho cuando le cogiera por banda, dada la mirada asesina que le lanzó; sin embargo, fue a mí a quien se dirigió.

-Mira, mercenaria del diablo. Pensamos que podrías ser útil para nuestros planes; pero nos has decepcionado amargamente. Tal como se ha visto, nadie, ni siquiera el mejor de tus amigos, es capaz de arriesgar un pelo de su barba por ti. De hecho, no nos sorprendió que la Orden rechazara nuestra oferta, pero esperábamos un asalto (y estamos bien preparados para ello, y formaba parte de nuestro plan), pero como puedes ver este no se ha producido. Estás sola, Eowyn: no existe nadie en el mundo a quien le preocupe lo más mínimo tu suerte. No vales nada, ni sirves para nada, ni puedes conseguir nada.

Sancho se estremeció al escuchar las últimas palabras y se volvió a mí, pendiente de mi reacción: al parecer, aquella afirmación le parecía al menos tan cruel como la más cruenta de las batallas en las que había participado. Yo di un paso adelante, desafiante.

-No tengo por qué defenderme de lo que nos más que una mera opinión de vuestra parte, Blanca. Pero no puedo dejar de deciros que eso que consideráis mi debilidad, en realidad, es mi fuerza. No he perseguido otra cosa a lo largo de mi vida. Soy libre; carezco de las ataduras que otorgan los sentimientos, cualquier tipo de sentimientos. Seguro que os gustaría poder decir lo mismo: yo no necesito recorrer más de 100 leguas para encontrar a un amante esquivo.

Una casi inaudible exclamación de sorpresa surgió de la garganta de Sancho, aunque quizá alguien que no le conociera tanto como yo no habría notado cómo sus labios se contorsionaban para dominar un ataque de hilaridad. Blanca, por su parte, al borde de un acceso de ira histérica, estaba a punto de perder los pocos papeles que aún conservaba. Incluso Elvira había dejado de fingir que se ocupaba de sus quehaceres para flanquear a su señora, con llamaradas en los ojos, corriendo hacia ella como una diputada con ganas de largarse de puente después de haber cumplido con su deber y aprobado algún recorte entre cabezada y ausencia justificadiiiiiísima.

-Llévatela de aquí –ahora se dirigió a Sancho- y prepárala para un largo viaje –volvió a mirarme-. Veremos si siques opinando lo mismo cuando te veas obligada a recorrer un largo e incómodo camino, y no para gozar en los brazos de tu amante, sino para ver cómo un gran amigo muere de la forma más horrible que puedas imaginar (continúa).

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Aquello era injusto. Muy injusto. Lo más injusto imaginable. Era tan injusto que ni incluso la gran pantomima de la justicia española, aceptada cobarde y/o acríticamente por l@s ciudadan@s del país, no se podía comparar con lo que me estaba sucediendo ni lejanamente. Porque ¿qué importancia tiene que los asesinos o sus herederos, los corruptos y sus cómplices, denunciaran al juez que trataba de juzgarlos y encima consiguieran que este fuera condenado mientras ellos seguían libres, al igual que todos los demás estafadores del pueblo, cuando yo me encuentro aquí, en febrero de 1292, encadenada en un frío sótano de las mazmorras de la ciudadela de Damasco? Y sin haber cometido absolutamente ningún delito… que no sea hablar demasiado.

Pero es que mi lengua me pierde. En todos los sentidos. ¿Por qué cojones habría aceptado acompañar a Gustaf y a Karl a Damasco? Supongo que sus falsos elogios confundirían mi vanidad; y la perspectiva de quedar como una heroína salvando a mi antiguo compañero de las garras del sultán de Egipto (o “Califa de Damasco” como le llamaban, los muy incultos, con tal convencimiento que hasta yo me creí que el Califato había vuelto a Siria) tampoco ayudó mucho. O, joder, tal vez estaba sinceramente angustiada por la suerte de un hombre que me había salvado la vida por lo menos tantas veces como yo se la había salvado a él. Vale, de eso se trata entre compañeros de armas, pero bueno, había un cariño… Así que ya me veis, soportando una travesía marítima que en esta ocasión fue más corta, gracias a la ligereza y rapidez del barco y a las condiciones meteorológicas favorables y, una vez en Damasco, haciendo sutiles averiguaciones en las tabernas sobre las posibilidades de entrar en el Palacio para rescatar al jodido templario. Pero al parecer las averiguaciones no fueron tan sutiles, porque una noche, cuando me hallaba soñando con un paraíso de independencia económica, sabrosos manjares, cálidas estancia y atractivos hombretones, me vinieron a sacar de la cama los soldados del sultán en la mejor tradición franquista. Què volen aquesta gent que truquem de matinada? Pues qué iba a ser, mi cabeza de lengua excesivamente suelta. ¿Qué diría el sindicato de mercenarios si lo supiera? Nada, probablemente. Son tan poco combativos y tan traidores como CCOO y UGT. Y ni siquiera podemos aducir en su descargo lo que afirmamos acerca de los sindicatos supuestamente de izquierdas del siglo XXI: que en sus bases nadie presiona a las cúpulas y que es muy difícil afiliar y movilizar a los trabajadores, por apoltronamiento y manipulación, lo que facilita a la patronal inducir a los dirigentes a firmar pactos de supuestos males menores que solo conseguirán desprestigiarlos más, con lo que el poder económico y político matarán dos pájaros de un tiro. Una ventaja tiene todo esto, de todas maneras: a partir de ahora no voy a tener que recurrir a la magia para efectuar viajes al pasado. La reforma laboral del PP lo está consiguiendo de manera natural. Que el diablo se los lleve. Y sobre todo que tengas mucho cuidado de aquí en adelante; no apuesto demasiado por la integridad física de los responsables después de este nuevo atentado de terrorismo de Estado antisocial.

Pero mis reflexiones tuvieron que interrumpirse en aquel punto. Precisamente, el mismísimo sultán de Egipto, Al-Ashraf Khalil, envuelto en ricas telas, entraba en ese mismo momento acompañado de un nutrido séquito por la puerta de mi celda, entre estruendos de llaves y bisagras chirriantes. Se detuve delante de mí y echó una mirada socarrona a mi lamentable figura encadenada y envuelta solamente con una camisa desgarrada. Pero antes de que pudiera dirigirme la palabra, me encaré con él.

-¿Vais a explicarme de una vez qué es lo que hago yo aquí? ¿De qué crimen se me acusa? No creo que haber encarcelado a una de las más apreciadas súbditas del rey de Aragón -mentira podrida: Jaume Dos Palitos y yo no nos podíamos ver ni en pintura- ayude a mejorar vuestras relaciones con la Corona, que ya están un poco estropeadas después de vuestras pretensiones imperialistas. ¡Luego querréis firmar con él tratados de ayuda militar, y os sorprenderá que los rompa!

Me vi obligada a interrumpirme. Un soldado de la comitiva real avanzaba hacia mí con la mano extendida, mientras atronaba:

-¡No te atrevas a dirigirte en esta forma a mi señor? –yo cerré los ojos, esperando una soberana hostia; pero el aludido parecía estarse divirtiendo.

-Déjala –detuvo a su empleado-, me gusta su manera de hablar. Es un saludable cambio después de tantas concubinas sumisas –y dirigiéndose a mí-. Lamento comunicarte, dama Eowyn, que sé más de ti de lo que tú crees. Y la información de la que dispongo apunta a que al rey de Aragón no le causaría gran pena tu encarcelamiento ni tu eventual ejecución. Es más: creo que incluso me lo agradecería.

Yo me encogí de hombros, al menos todo lo que permitía las cadenas que sujetaban férreamente mis pies y manos.

-Bueno, yo no tentaría a la suerte, si fuera vos. Y ahora, ¿vais a decirme de una vez lo que queréis de mí?

Su sonrisa se hizo más amplia.

-No me detendré en circunloquios. Sé que has estado hablando con mis hombres, interesándote por la suerte de un cruzado que estuvo, digamos, hospedado en mi palacio…

Yo opté por ser sincera. Raras veces es la mejor estrategia, pero en ese momento estaba segura de que lo sería.

-Es un viejo amigo y estaba preocupada por él. Me enteré de que protagonizó una fuga espectacular de estas mazmorras, ayudado por una de vuestras concubinas que al parecer no era tan sumisa como decís que lo son las demás. Pero desgraciadamente no he averiguado más. Desde que salió de aquí, su rastro se pierde.

Una serpiente rastrera y repugnante se deslizó desde detrás del sultán, surgiendo de la semioscuridad de las antorchas, y ocupó el primer plano. Casi no pude creerme lo que estaba viendo: era Gustaf.

-¡No la creáis, señor! Ella sabe algo. Estoy seguro de que se han encontrado, o van a hacerlo. Probablemente incluso sepa dónde está el objeto.

¡Maldito traidor vil y fementido! Lo entendí de inmediato: todo había sido una trampa. Los avida dollars de Karl y Gustaf habían oído decir que el sultán buscaba a mi amigo y habían recordado que justamente ellos sabían quién era la compañera de armas más cercana del mismo. Fueron a buscarme para venderme, y si no lo habían hecho antes era porque esperaban que yo consiguiera la información. Pero ¿qué les hacía pensar que ya la había encontrado? ¿Y qué se referían con eso del “objeto”? Escupí en la cara de mi ex patrono (supongo que en esas circunstancias una puede dar una relación laboral por terminada).

-Gilipollas hijo de puta, eres aún más imbécil de lo que creía. ¿No entiendes que perderás tu cabeza llena de grasientos pelos cuando el sultán se entere de que le has vendido aire? Pero ¿tan obsesionado estás por acumular monedas que te has arriesgado a colgar tu culo de un hilo tan frágil?

Una sombra pasó por el granujiento rostro de Gustaf: estaba empezando a darse cuenta de que probablemente se había precipitado. Pero yo sabía perfectamente que no era tan idiota para denunciarme al sultán sin tener pruebas más o menos fiables de que la transacción que le ofrecía era justa. Me rompía las neuronas pensando si acaso yo había averiguado algo importante que no había sabido procesar adecuadamente. Pero el sultán nos ignoró a ambos, e hizo una señal a alguien situado detrás de él. Inmediatamente, siete tíos de aspecto imponente, una representación de todas las variaciones étnicas conocidas en la época, salieron a la luz. Iban medio desnudos y armados con enormes alfanjes. El sultán hizo un gesto de suficiencia.

-No solo tengo eunucos a mi servicio. Estos esclavos, convenientemente escogidos, me están ayudando a que el número de mi servidumbre se mantenga, sin tener que gastar grandes sumas en el mercado de esclavos –debían ser el equivalente medieval de los medios de comunicación y la telebasura del siglo XXI, que también crean esclavos, e incluso esclavos zombis… Pero no, no iban por ahí los tiros-. Su potencia sexual está acreditada –continuó el sultán, algo socarrón-: dicen que pueden soportar más de diez embates amorosos seguidos.

Resoplé.

-Pues me alegro por ellos y por sus mujeres. ¿Y?

-Sabes que odio la sangre. Como buen mahometano, mis costumbres son infinitamente más refinadas que las de los bárbaros cristianos. Y siguiendo mi costumbre he pensado que tras unas cuantas sesiones con mis hombres seguramente perderás todo tu orgullo y tus reservas a explicarnos tus averiguaciones.

Pues vaya. Así que iban en serio. Pero buena era yo: no estaban tratando con una doncellita asustadiza, sino con una guerrera experta, o al menos más o menos experta. Y no pensaba dejar que nadie me utilizara. Además, en la Edad Media, las mujeres debemos mantenernos casta y puras, obedecer a nuestros padres y esposos y no abortar a no ser que ellos estén de acuerdo. Bueno, en la Edad Media y en la España 2012 de Gallardón y Mato, que está haciendo honor a su apellido, claro: seguimos con los viajes al pasado. Eché la cabeza para atrás y solté una gran carcajada; esperaba que no se me notara que tenía los ovarios en la garganta.

-Me imagino que este fue el método que empleasteis con el anterior inquilino de estas celdas. Y me imagino también que fracasó estrepitosamente –el silencio del sultán me indicó que había dado en el clavo. Volví a reír-. Los musulmanes me encantáis. Sois de costumbres tan templadas y estáis dispuestos a hacer tales sacrificios por vuestro Dios que os imagináis que nosotros somos iguales. Pues no, mi querido sultán, pues no. A nosotros nos gusta el cerdo, el vino y la compañía de personas del otro sexo; en algunos casos incluso del mismo. Me temo que en el ánimo de nuestro mutuo amigo el templario sin duda pesó más su condición masculina que sus escrúpulos respecto a su Orden –el jodido cabrón… ¡yo preocupada imaginándole víctima de torturas espantosas y él pasándoselo en grande! Me alegraba por él, pero esta me la pagaba, seguro: si le encontraba vivo, iba a ser yo quien me encargara de matarlo-. En cuanto a mí, bien, me parece que mi fama me precede; sabéis que se me conoce por ser algo ligerita de costumbres, para emplear un giro eufemístico –esa es la reputación que me empeño en fomentar; pero la verdad es que no me como un puñetero rosco. Soy casi patológicamente tímida, aunque no lo parezca, y cuando veo a un tío bueno mi primera reacción no es echarme en sus brazos, sino correr a esconderme. Qué le vamos a hacer, no puedo evitarlo… Pero, lector@s, que quede claro que esto es un secreto entro vosotr@s y yo; no se os ocurra ir por ahí divulgándolo-. Así que si pretendéis hacedme confesar lo que no sé de esa manera… bueno, siempre se puede intentar, ¿no? No os garantizo el éxito, pero lo mismo pasamos un buen rato.

Le miré desafiante, y él a mí, dubitativo, desconfiadamente cabreado y algo desconcertado. Comprendí que había ganado un poco de tiempo; tal vez no más que unas pocas horas. Pero menos era nada. Él me amenazó con el dedo.

-Te garantizo que no te sentirás tan bromista dentro de un rato. Te lo garantizo –haciendo una seña a su cohorte para que le siguieran, dio la vuelta y salió de la estancia. El último en abandonar mi prisión fue Gustaf, que me echó una mirada medio inquieta medio amenazadora que no me gustó nada. Enseguida oí el estrépito de la cerradura de hierro y me encontré de nuevo perdida en mis pensamientos. Tenía tanto miedo que no me podía permitir el lujo de temblar: aunque me costara, era el momento de tener la cabeza fría, de encontrar una salida, por angosta que fuera. La verdad, no me fiaba de mí misma. Dejando de lado los palos que he recibido en las manis por parte de los Mossos d’Esquadra barceloneses y su colegas de Madrid, siervos de la dictadura española disfrazada de estado de derecho, nunca me había torturado nadie con algo más fuerte que unos cuantos latigazos y unas bofetadas intrascendentes, o con la visión de algún manjar que mi bolsa no se pudiera permitir, y no tenía ganas de empezar en aquel momento. Y de si algo estaba segura era de mi escasa tolerancia al dolor: no dudaba que a las primeras de cambio iba a contar mi vida con un detallismo propio de Proust. Pero, por otra parte, ¿qué podía explicar, si no sabía nada? ¿Y cuál era la información que Gustaf creí que yo sabía, y por qué? En mis averiguaciones, aunque tenía que beber para así emborrachar a mis interlocutores, siempre me contenía para no caer ni de lejos en la embriaguez. Mas ¿y si alguna vez me había descuidado y había olvidado algún dato crucial, que incompleto había llegado a los oídos de Karl y Gustaf? Si era así, esperaba que no se hiciera la luz en mi cerebro por el bien de mi extraviado compañero… Y, por otra parte, ¿cómo podía convencerlos de que no tenía información que aportarles? Solo me quedaba la ínfima posibilidad de ser más diestra con la pluma que con la espada el momento en que me capturaron. Así que me dispuse a afilar mis argumentos: no sabía el tiempo del que dispondría (sigue).

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