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Así pudo haber sido la enfermería del castillo de Corbera.

Así pudo haber sido la enfermería del castillo de Corbera.

(viene de) Las cosas no podían estar yendo peor para mí: últimamente, cuando no fracasaba estrepitosamente, cualquier triunfo que pudiera obtener, cuanto menos era inútil y, cuanto más acababa volviéndose contra mi persona: vamos, como si hubiera participado en una manifestación por la dignidad exitosa para haber sido criminalizada en los telenoticias después gracias a la acción de infiltrados policiales provocadores y antidisturbios con armas prohibidas. No había servido de nada vencer a los Entença, porque pronto serían libres de volver a delinquir, como los reos de justicias como la del régimen postfranquista español, redactada al dictado de poderosos e indiferentes empresarios y sus serviles políticos que nombran a dedo a los jueces y elaboran las leyes a la medida de los primeros y de ellos mismos. Y es que los corruptos y los delincuentes de sangre lo tienen todo a su favor en ese sistema judicial: sólo si eres un peligro para el sistema capitalista llegará a cumplir años de prisión. Y si protestas democráticamente contra el pisoteado de tus derechos, claro; entonces además tienes derecho a tortura suplementaria: la democracia es así, queridos niños.

Pero al menos, pude cobijarme del mundo y de mí misma deslomándome en el campamento, donde entre desmontar tiendas, recoger arreos y aprovisionar a los caballeros que volvían a sus encomiendas había bastante trabajo que hacer. A última hora, el hospital de campaña se trasladó a la enfermería del castillo, un lugar mucho más fresco, cómodo y aireado, y con esta mudanza se culminaron las tareas postbélicas y llegó  la despedida de los últimos hermanos (entre abrazos y llantos: habían sido muchos meses de convivencia y existían demasiados amigos comunes cuya ausencia habría que lamentar para siempre). Solo nos quedamos el grupo de Frey Pere, o sea, Guillaume y su mesnada, Isabel, Guifré, mi viejo compañero y yo (o sea, el grupo de los conjurados, pues aún no habíamos decidido cuál sería nuestra siguiente escala) y, cómo no, los autóctonos de Corbera que aún estaban vivos, además de los heridos que aún no podían ser trasladados (entre ellos Esquieu, que al parecer no mejoraba de su indisposición, y el fiel Gerard que le acompañaba). Mientras tenían lugar estos procesos, en todo momento intenté rehuir a los reunidos en el Capítulo, e incluso intenté coincidir con Isabel lo menos posible, pero al caer la tarde ella me atrapó mientras me tomaba un descanso en la terraza que me había enseñado Bernat.

-Ah, estás aquí –dijo, como si le viniera de sorpresa-. Me han comentado la que liaste esta mañana. No sé cómo te las arreglas, pero siempre tienes que organizar algo.

-Di mejor que todo el mundo me provoca –refunfuñé yo.

-Algo de culpa tendrás tú en todo ello, por lógica –filosofó mi amiga-. Pero bueno…

-Deben de odiarme todos a muerte –aventuré yo. Ella soltó una carcajada.

-Nadie te odia, Eowyn. Por lo que sé, es más bien la reacción de Gonzalo la que no les gustó. Tú estabas siendo dura, pero justa. ¿Es eso lo que te preocupa?

-Tal vez –contesté-. ¿Y Gonzalo, Manfredo y los gemelos tampoco me odian, entonces? –ironicé.

Isabel frunció los labios.

-Ellos un poco más que el resto –se vio obligada a admitir-. Pero es comprensible. Sabes que darían gustosos su vida por la de Guillaume; tiene una habilidad especial en atraerse el cariño de hombres y de mujeres. Y desde que te conoció a ti… bueno, creo que creen que te otorga más afecto de lo que una novata en el grupo merece.

-Nada de eso es cierto. Guillaume nunca me ha preferido a sus caballeros.

-Pero tampoco los ha encumbrado por encima de ti. Quizá ese sea el problema… Ellos no quieren competencia, y menos de una mujer –vaya. Más amigos de Gallardón. Por qué será que me los encuentro por todas partes-. Y está claro que Guillaume te admira. Le sorprendes y te admira.

Me encogí de hombros.

-No tiene ningún mérito. Supongo que le rompí un poco los esquemas. Yo soy bastante normal, pero él no estaba acostumbrado a la gente como yo.

-Y le diste un modelo que no esperaba –continuó Isabel-, y le obligaste a plantearse una serie de cuestiones.

-Bueno, supongo que las circunstancias de nuestro encuentro fueron algo novelescas…

-Creo que es una persona mejor que antes de conocerte –insistió ella-. No sería de extrañar –añadió- que fuera tu ejemplo lo que le obligó a replantearse si había hecho bien robando la reliquia, y acabara devolviéndola. ¿Qué?

Yo la estaba mirando de hito en hito: realmente, ella sí que era una persona digna de admirar. Todo lo que había hecho por mí, por una causa que creía justa, lo que seguía haciendo… Como la historia que me contaron la última vez que pasé por el siglo XXI español, aquellos basureros y mujeres de la limpieza que arriesgaron sus puestos de trabajo por los estudiantes que protestaban por Ley Wert.

-Pero ¿cómo puedes saber todo esto?

-Bien, algunas cosas la he deducido yo, otras me las ha comentado Guifré y otras el propio Guillaume –explicó, algo incómoda-. Pero creo que hay otra cosa: Maese Salomón me ha comentado la conversación que mantuvisteis ayer. Y viendo la expresión de tu rostro durante todo el día, creo que hay algo ahí que te preocupa mucho

Yo desvié la cabeza. Había conseguido olvidarme de ello cinco minutos…

-No quiero hablar de ello –zanjé.

-Pues yo sí –me desafío Isabel-. No entiendo cómo puedes desconfiar de un caballero tan gentil y cortés. Me trata con más respeto que si yo fuera una dama noble.

-Había criminales nazis que hubieran dado la vida por sus perros –protesté en un murmullo-. Aunque de hecho, pensándolo bien, todos somos nazis menos los nazis, según el TDT Party.

-Tengo la solución –ella no me hacía caso.

La miré, nada convencida.

-No hay solución posible. Esta historia ha sido una mentira desde el principio. Desde la primera que se acercó a mí al final de aquel torneo y me preguntó si no me importaba que fuéramos juntos un trecho del camino, para protegernos mutuamente en una tierra llena de asaltantes. Como si hubiera sido una casualidad. Y luego toda la estúpida historia de la reliquia de los cojones, que ya me gustaría ver en el fuego, llena de ocultaciones y oscuridad.

-Aquí está la clave del asunto –ella se mostraba inasequible al desaliento-. ¿No has pensado que la reliquia… podía no ser una reliquia?

-Háblame en un idioma inteligible, por favor.

-Quizá él está tan sano gracias a ella. A la reliquia.

Aquello me hizo alzarme y plantarme ante ella, los brazos en jarras.

-A ver, Isabel –manifesté-, tú eres una buena cristiana y yo jamás he interferido en tu fe, a pesar de no compartirla; por lo menos no invocas a Santa Teresa en los momentos menos oportunos ni impones himnos religiosos en las tabernas ni pagas a nadie viajes a Lourdes con dinero público. Pero creer en el poder mágico de las reliquias o telefonear a las videntes de la tele… eso no es religiosidad, es incultura y superstición. No sé adónde pretendes llegar

-Pues a lo que te he dicho antes. ¿Y si la reliquia es en realidad… una pócima, un… un remedio?

Sus palabras volvieron a hacer que me desplomara sobre el murete. ¿Era aquello demasiado bueno para ser verdad? Sí, desde luego que lo era, pero también una posibilidad (remota, todo hay que decirlo) que yo debía de haber tenido en cuenta desde el principio, en lugar de suponer que se trataba de alguna supuestamente milagrosa escápula cervical incorrupta del Santo Cristo del Alcotoral. Aunque, pensándolo bien, tal como están dejando los gobernantes la Sanidad pública, en la España del siglo XXI van a tener que volver a recurrir a las reliquias curativas.

-¿Estás diciendo que se trata de algo científico? –exclamé.

-Supongo que sí, que así es como se llama –acordó ella.

-Pues entonces, ¿por qué Guillaume no goza de los mismos beneficios? No parece hombre capaz de renunciar a las posibilidades que se le presentan.

-He pensado mucho en ello en estos últimos meses con Guillaume, desde que conocí bien la historia. Y creo que todo encaja. Guillaume te dijo que él era ahora el guardián de la reliquia porque creía que su poseedor original no podría hacerse cargo de ella, ¿verdad? ¿Y si…? Imagina… Tu amigo se la tomó y las cosas no fueron bien del todo. Le curó y le hizo más fuerte, pero también le perjudicó de alguna manera…

-Efectos secundarios –apunté.

-Es una forma curiosa de decirlo, pero bueno… ¿Tiene sentido?

Yo hubiera deseado que lo tuviera. Pero seguía pareciéndome una historia tan fantástica como la cobertura mediática de los conflictos de Siria, Ucrania y Venezuela, esa revolución de ricos.

-No lo sé –capitulé-. No lo sé. Me cuesta trabajo creer algo así. Parece un argumento de novela cortés.

Ella se levantó.

-Tu desconfianza ha nublado tu juicio –sentenció-. Tan negativo es creer en todo como dudarlo todo.

-Es bueno dudar –me opuse-. Y sano.

-Dudar quizá sí –continuó ella- pero no negarlo todo hasta la exasperación. Medita bien tu decisión, si debes confiar en lo que se dictan tus sentimientos o la razón.

-Todo sale del mismo cerebro –me quejé.

-Tú sabes a lo que me refiero –acabó-. Voy a ver qué hace Guifré. Nos vemos en la cena.

Y sí: mi razón me dictaba que me alejara lo más posible de aquel hombre, o al menos que investigara para poder denunciarle; pero había algo más. Nunca he creído que la disyuntiva estuviera entre algo tan manido y poco exacto como los sentimientos o el corazón. Se trataba de confiar en el razonamiento deductivo o bien en la intuición, que no era más que una sabiduría solo aparentemente infusa, y formada en realidad por pequeñas deducciones tan profundas y rápidas que el cerebro no podía seguir su proceso, pero que habían dejado en él su huella. Y que en aquel momento proclamaban a voz en grito que mi viejo amigo era inocente. ¿Debería, entonces, creer en él sin pruebas fehacientes, con la fe exigida por Dios? Pues vaya panorama: si el imaginario ser divino no había conseguido convencerme de su existencia, menos iba a persuadirme de cualquier otra cosa un hombre mortal.

En estos pensamientos, ascendí hacia a Sala Capitular, acondicionada ahora para el banquete. Los antiguos esclavos de aquellos usurpadores iban de un lado al otro con jarras y bandejas: ahora estaban limpios, bien vestidos, con aspecto de haber comido bien y expresión relativamente alegre. Averiguaría si se les daba una buena paga, pero el respeto con que les trataban aquellos nobles no me desagradó; por lo menos no les acusaban de provocar con su pobreza, como Montoro. Entré en la estancia con algo de timidez, pero enseguida Guillaume me vio y me saludó con alborozo.

-Eowyn, te retrasas como siempre. Anda, ocupa tu sitio, te esperábamos.

Me señaló un lugar en  la mesa, en el extremo opuesto al suyo y al sector antiEowyn, que le rodeaba (estaba claro la decisión sobre los lugares que íbamos a ocupar no habían sido dejada al azar), frente a Isabel, que naturalmente tenía a Guifré a su lado. Frey Pere estaba a mi derecha, a la suya el comendador de Corbera, y más allá otros caballeros. A mi izquierda, en la otra cabecera de la mesa, presidía mi viejo compañero y en cuanto le vi hube de fijarme en un detalle curioso que más tarde se me representaría como inquietante: al igual que el resto de los prisioneros, se había bañado y arreglado pero, mientras que los otros estaban de nuevo rapados, él seguía manteniendo las mismas greñas de la mazmorra. Por su parte, el visitador general parecía exultante: hablaba, reía y bebía sin parar, y su mirada iba de uno a otro de nosotros como si no pudiera reprimir su júbilo. En un momento dado, dio unos golpes en la mesa con su jarra y se levantó, dispuesto a hacer una comunicación importante, con un ligero autobombo que me pareció completamente innecesario.

-Buenos hermanos y amigos –comenzó-. Después de muchos meses de vicisitudes y de la pérdida de muchos valientes caballeros que estarán para siempre en nuestros corazones, hoy tenemos muchos motivos para celebrar. Nuestro Señor y su Santa Madre nos han dado la victoria…

-Ahora dirá que hay que ponerle una condecoración al mérito militar a la Virgen por su contribución –le susurré a mi amigo por puro hábito, mientras veía cómo una sonrisa asomaba a sus labios: qué remedio me quedaba, era el único que entendía mis bromas acerca del futuro. Guillaume continuaba.

-… y también nos han enseñado una valiosa, aunque dura, lección –el sonido de su voz se llenó de ecos sombríos. Tras una pausa, continuó-. En estos días la soberbia que habíamos ido acumulando después de tantas décadas de orden triunfante ha sufrido un golpe terrible: algunos, y me cuento entre ellos, no había querido aceptar nuestra decadencia. Pero ahora sabemos lo que somos y en punto que estamos: escasos, impopulares, y abandonados a nuestra suerte por los grandes señores, aquellos que menos de cincuenta años atrás nos entregaban gustosos su vida y su hacienda, por el honor que les suponía pertenecer a una Orden tan santa. Algo así debería obligarnos a reflexionar. Algunos ya lo hemos hecho.

Aquel discurso, que parecía haber comenzado como una bravata de borracho, estaba comenzando a presentar rasgos interesantes. Ojalá todas las organizaciones cuando traicionan sus principios fundacionales, como cuando los sindicatos firman con los empresarios sin mencionar luchas como la de Cocacola y Panrico y alaban a los padres de la supuesta Transición modélica cuando se mueren, fueran capaces de realizar tales autocríticas posteriores.

-Vosotros, valerosos comendadores y caballeros de las Tierras del Ebro, seréis los primeros en saberlo: pronto todas las encomiendas recibirán una circular donde se avisarán de la nueva orientación que ha de seguir la Orden, para aprobar la cual se celebrará próximamente un Capítulo General: una orientación más acorde con nuestros principios originales, más humilde. Una orientación que haga real, y no solo nominal, nuestro compromiso con los más desfavorecidos por la Fortuna. A partir de ahora, muchas cosas cambiarán para nosotros. Y el propósito es que todas y cada una de ellas sean buenas para nuestras almas y para el mundo que nos rodea.

Se hizo un silencio: todos los comensales se estaban preguntando en qué consistirían las nuevas directrices, en qué cambiarían sus vidas y la de la Orden y, sobre todo, qué porcentaje de sinceridad y de política existía en las palabras de Guillaume. Por mi parte, a mí aquello me sonaba demasiado a campaña electoral, cada vez menos convincente, del PP en Valencia. ¿O tal vez se podía equiparar a una PAH triunfante en sus luchas contra los bancos? Últimamente no sabía en quién podía confiar, y menos en mí misma; miré interrogativa a mi viejo compañero, y él asintió con la cabeza. Aquello me tranquilizó, o me inquietó más. Pero el visitador no había acabado todavía.

-Pero ahora ha llegado el momento de noticias más mundanas e igual de alegres. Todos conocéis a Guifré, el hermano compatriota vuestro que desde hace unos meses forma parte de mi mesnada, cedido de forma temporal por su encomienda. El servicio que ha realizado en una difícil misión ha sido inmejorable, y ha conseguido granjearse el afecto de mis compañeros más antiguos –estos asintieron, aparentemente con sinceridad. Claro. Guifré, al ser hombre, no suponía ninguna competencia. Yo, la guerrera advenediza, que debería en lugar de estar allí largarse a su pueblo, ponerse faldas y dedicarse a cocinar, coser y parir, sí-. También tengo que mencionar a la dama Isabel, una joven dama tan hermosa como inteligente que asimismo ha significado una pieza clave para mi misión –al menos me gustó que reconociera a mi amiga: le guiñé un ojo-. Pues bien, a partir de ahora Isabel y Guifré dejarán de trabajar a mis órdenes y para el Temple, con lo que su puesto será ocupado por mi anterior compañera, Eowyn, a la que estoy segura que todos apreciáis tanto como a ellos.

Esperé escuchar abucheos. Pero los comensales se limitaron a golpear la mesa con sus copas en señal de aprobación entusiasta. Qué diplomáticos, pensé. Qué hipócritas, mejor dicho (más similitudes con Gallardón, seguro que ellos tampoco indultarían, de boquilla, a corruptos): estaba convencida de que no había ninguno de ellos que no me ardiera en deseos de asesinarme, probablemente con fundadas razones… Por cierto, ¿cómo estaba Guillaume tan seguro de que iba a volver a trabajar con él? La expresión de mi amigo, por su parte, era, extrañamente, de preocupación, mientras que Frey Pere sonreía por debajo de la barba.

-La razón de que Isabel y Guifré abandonen esta misión tiene una explicación. Guifré ha solicitado que se le exima de su juramento de pertenencia a la orden. No es que desee buscar la paz en otra más convencional y, tal vez, también más estricta; nuestro buen hermano ha decidió ingresar en otro compromiso más secular, pero igualmente valorable, en un amor que no es el de Dios pero que está incluido dentro de él. Guifré desea casarse y formar una familia. Con Isabel.

Tuve la mala suerte de estar bebiendo mientras Guillaume pronunciaba esas palabras (bueno, en realidad era lo que llevaba haciendo desde el inicio de la cena, porque el apetito lo había perdido con los últimos contratiempos, pero la sed la tenía aumentada); obviamente, me atraganté, y a punto estuve de renovar el bautismo de los que tenía alrededor con vino esta vez en lugar de agua. Miré interrogativa a Isabel y a Guifré, que me hicieron un signo de que ya me lo explicarían más adelante.

-Como sabéis, nuestras reglas no contemplan el abandono de la Orden por matrimonio –aclaró Guillaume-, pero, como antes manifesté, estamos entrando en nuevos tiempos donde quizá muchas leyes que han sido válidas hasta ahora deberán cambiarse o adaptarse. Con todo esto, unido al inigualable desempeño de nuestro hermano Guifré, creo que puedo hablar en nombre del Gran Maestre –guió un ojo a los asistentes- para decir que la dispensa ha sido concedida.

Mi amigo se levantó con tranquilidad de su asiento.

-Se trata de algo tan inusual que deberá ser aprobado en el Capítulo General que ha mencionado el hermano Guillaume –explicó-, pero creemos que Guifré puede ir en paz con su prometida a partir de mañana, si es que Frey Pere, su comendador, no tiene inconveniente –este asintió con la cabeza, bienhumorado.

El júbilo se generalizó en la mesa. Yo, por mi parte, gruñía.

-Parece que nadie tiene en cuenta las implicaciones prácticas de este hecho –me lamenté.

-¿A qué te refieres? –preguntó Isabel.

-¿De qué vais a vivir? Tu herrería no dará para los dos. Aparte de que no me imagino a un noble como Guillaume ensuciándose las manos con un trabajo de plebeyos.

-No tendría inconveniente en ello –argumentó este-. Pero en realidad Guillem de Montcada me ha ofrecido un puesto entre sus hombres. Así también podrá controlar las futuras incursiones de los Entença y no tendré que dejar el oficio de las armas, que es para lo que me preparado toda la vida.

-Y obligarás a Isabel a dejar su casa definitivamente…

-¡Eowyn, no te preocupes tanto por mí! –dijo ella, estrechándome las manos-. Me gustan estas tierras, seré feliz aquí. Y puedo establecerme en cualquier lado. El señor Guillem seguro que me ayudará.

Qué ingenua: por muy agradable que pareciera Guillem de Montcada, no dejaba de pertenecer a la elite. Y esos solo rescatan bancos o autopistas, o sus equivalentes medievales. Pero los dos hombres que tenía a ambos lados me miraban expectantes, y comprendí lo importante que era mi aprobación para Isabel. Me rendí.

-Sea, pues, si va a ser para bien de todos. Pero, Guifré, ten cuidado con los Montcada: no me gustaría que te utilizaran, por proceder de la Orden, como carne de cañón en sus intermitentes rivalidades con los Entença –temía que a Guillem solo le interesara el cadáver de un templario para dejar constancia ante el rey de la maldad de sus enemigos, como si fuera un antidisturbios abandonado por el régimen en una manifestación. Me dirigí a Isabel-. Y si a este se le ocurre tratarte mal, solo tienes que avisarme -ambos se levantaron y me abrazaron: tengo que reconocer que aquella fue hasta entonces la ocasión que más cerca he estado en mi vida de abrir el grifo.

Pero en breve vendrían ocasiones más propicias para hacerlo. Y por razones menos alegres (sigue).

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(Atención: este es el capítulo final de un serie, bastante larga, me temo, pero que tiene su aquél. Si queréis leerla desde el principio, clicad aquí)

(viene de) ¿Dónde quedó nuestra libertad?, me preguntaba yo mientras cabalgaba a galope, con el viento golpeándome el rostro y el cabello desordenado, cansada, magullada y feliz. ¿En qué parte del camino fue donde la perdimos? El castillo de las pesadillas, donde el deseo generalizado era guiarme, cuidar de mí, controlarme, proporcionarme el regalo envenenado de una vida  protegida quedaba atrás y yo, en pos de mi misterioso colaborador (que no era tan misterioso), volvía a recuperarme a mí misma. Pero ¿por qué no podía ser siempre tan fácil? ¿Por qué, concretamente, en el siglo XXI no lo era? ¿Por qué esa cruel involución histórica, o al menos, esa estabilidad en el mal, en la injusticia y el error? La respuesta a la pregunta, o al menos una respuesta de urgencia (porque ¿dónde está la verdad?) se desvelaría pronto.

De momento, seguimos cabalgando hasta llegar a las tierras del Comte d’Urgell, y paramos de mutuo acuerdo tácito en la primera población importante y bien surtida de lugares de avituallamiento  gastronómico y enológico. Le hice un signo a mi acompañante para que me siguiera: se me conoce por ser una guía ambulante del ocio y la restauración medieval que hace innecesarias todas las aplicaciones móviles al respecto en el caso de que hubieran existido. En un callejón algo menos maloliente que el resto encontramos la entrada a un local de aspecto bastante pulcro, que yo consideraba la mejor posada de la zona. Pedí vino y comida en abundancia y busqué una mesa apartada, no sin antes justificar la singularidad de nuestra asociación de templario y mercenaria jurando ante el tabernero que éramos hermanos de padre y madre (aunque no nos parecemos en nada, afortunadamente). Mi compañero se desembarazó del casco y alargó su mano hacia la mía. Dejé que la tomara y la acercara a sus labios: yo también (pues tenía mi corazoncito, aunque lo disimulara, no demasiado grande ni demasiado sentimental, pero por allí andaba en algún lugar) me alegraba de verlo.

-No te sorprendes –me dijo, tal vez algo decepcionado.

Yo apreté su mano.

-Te he reconocido, viejo cabronazo. Difícil no hacerlo, con ese hábito que te empeñas en seguir vistiendo y tu figura enorme. De hecho, te hubiera identificado incluso aquel día con tu penoso disfraz de anciano, si el cielo hubiera estado más claro y no hubiera estado recuperándome de un acceso de fiebre. Por cierto, ¿has agotado ya todas tus máscaras?

Meneó la cabeza en negación.

-Se acabaron los disfraces, Eowyn.

Chasqueé la lengua. Algo no casaba allí. Después de todos los enigmas y todas las ocultaciones, ahora resulta que todo iba a ser claro y diáfano como la luz del día.

-Nunca deberían haber existido –repliqué yo-. Estoy cansada de secretos y mentiras. Fuimos como hermanos, hermanos de verdad, y ahora te empeñas en comportarte como un extraño. Es esa orden tuya. Te tiene lavado el poco cerebro del que te ha dotado la naturaleza.

Se mostró inmune a mis insultos, igual que si yo estuviera diciendo chorradas dignas de Sáenz de Buruaga o de los  gobernantes peperos españoles de la legislatura de Rajoy.

-Supongo que Guillaume te lo habrá contado todo –había una extraña expresión en su rostro, de condescendencia mezclada con censura. Enarqué una ceja-. Habréis tenido tiempo de eso y de algunas cosas más, presumo.

-Solo me relató tu sentimiento de culpabilidad por haberme metido en este lío y tu consecuente afán por protegerme. En cuanto al resto, ¿qué pretendes insinuar? –me defendí, aunque no con mucho ímpetu. Él me contestó algo sorprendente.

-En algún momento llegué a pensar que sería buen compañero para ti. Ambos eráis para mí los amigos más fieles y teníais muchas cosas en común. Pero eso fue antes de su traición, evidentemente.

Yo bufé, hastiada.

-No me busques tan pronto marido nuevo. Recuerda que acabo de escapar de uno. Además, sabes perfectamente lo que pienso al respecto. Eso –señalé hacia las quebradas llanuras de la tierra de Urgell, con sus campos de cultivos aún libres de transgénicos, que se extendían más allá de la ventana, hasta el horizonte– es lo único a lo que quiero consagrar mi vida. Lo que haya podido suceder o no en ese castillo es algo completamente diferente de todo aquello que estás sugiriendo

-Hablaremos de eso después -concedió.

-No hay mucho más que te pueda decir –y es que yo no pensaba dejar escapar la ocasión tan fácilmente-. Tú, sin embargo, sí tienes muchas cosas que comentarme. Guillaume me dijo también que eres el único que puede responder mis preguntas.

Creo que, por un momento, conseguí hacerle dudar: el vino comenzaba a hacer sentir su efecto, y no dejábamos de ser dos viejos camaradas que se encontraban tras haber presenciado los horrores más innombrables y haber sobrevivido a ellos, con lo que de conmovedor tiene el hecho. Pero en el último momento algo le hizo cambiar de opinión.

-Refrena tu impaciencia: todo llegará –yo bullía de frustración, aunque mi orgullo no me permitió manifestarla en voz alta. Pero iba a averiguarlo, fuera como fuera-. Hay cuestiones más urgentes. Por ejemplo, establecer cuál va ser el próximo paso. Gardeny se ha revelado como un nido de intrigas y antes de que te reincorpores a la misión sería interesante saber hasta dónde llegan y en qué te afectan.

Por mucho que me molestara, y tal como yo había presentido la noche anterior, tenía razón: era fácil deducir que la llegada de Blanca probablemente no había tenido nada que ver con los espías del rey o con los suyos propios, al igual que seguro que no había sido iniciativa de Gustaf y Karl presentarse allí y reivindicar su falso estatus de prometidos de Ermengarda: alguien en aquel  lugar sabía mucho de mí, y no pensaba utilizarlo precisamente para favorecerme. Eso sin olvidarnos del desconocido arquero, o arquera. Manifesté mis temores en voz alta.

-Es a eso exactamente a lo que me refería. Isabel me parece totalmente de confianza, y Guifré, por lo que sé de él, es un hombre íntegro. En cuanto a los demás… no lo sé. Sabes que odio a Guillaume con toda mi alma, tanto como le amé en tiempos, pero ni él (a pesar de que sus devaneos con Blanca lo han puesto todo en peligro) ni sus caballeros amigos me parecen unos traidores… al menos mucho más de lo que ya lo han demostrado. Además, él no haría nunca nada contra ti, debo reconocerlo.

Sus palabras me resultaron sumamente reveladoras

-Has estado espiándonos todo el rato –le reproché, comprendiendo.

-Ya sabes la razón. Pero he intentado intervenir lo menos posible. Pensé que podías escapar sin ayuda, pero entonces vi como ese hijo de puta de las almenas disparaba contra ti; maldita sea, estaba demasiado lejos para que pudiera apreciar ningún rasgo que le diferenciara. Así es que saqué la ballesta y conseguí herirle. Después, viendo la irrupción de tus antiguos jefes, me hice con los caballos de una granja de pollos de las cercanías, y los solté para causar confusión.

Me gustó la idea: eso era lo que se necesitaba en las luchas actuales, unión y estrategia. Y era curioso en el siglo XXI también existiera una granja de pollos en los alrededores. Probablemente incluso en el mismo lugar.

-Pero antes –continuó- escribí un mensaje al comendador por si no funcionaba la treta: afortunadamente tenía a mano un sello que sabía que le iba a poner bastante nervioso –me guiñó un ojo: él debía de saber ya que yo estaba enterada de quién era  en realidad–. Entre esa carta, que justifica a Guillaume, y el incomprensible encanto personal de nuestro amigo  –realmente, pensaba yo, era un misterio cómo el enigmático bretón era capaz de sumar a su causa tantas simpatías- me imagino que las aguas volverán pronto a su cauce y la misión continuará sin novedad. Aunque quizá deberías mantenerte un poco alejada hasta que hayamos averiguado algo más sobre el traidor.

-Solo si prometes que dejarás de seguirme –contesté rápidamente.

Él se resignó. Esperaba que no me estuviera mintiendo.

-Está bien. Permaneceré un tiempo a tu lado, y luego volveré a Chipre. Tengo asuntos allí –no le pregunté aún: ya habría tiempo de averiguarlo. No se zafaría tan fácilmente de mi curiosidad. Pero esperaba que aquellos asuntos tuvieran que ver más con la paz que con la guerra: su gremio eclesiástico y la nobleza ya habían jodido bastante el mundo conocido tras casi dos siglos de torpes e insensatas cruzadas sin que eso les hubiera causado más perjuicio que a De Guindos las preferentes que vendió en Lehman Brothers. Esperaba que lo escaldados que habían salido de las mismas les hubiera curado de su inane y desmesurada ambición-. Y te juro que una vez que haya partido no dejaré a nadie que me sustituya en tu cuidado. Pero habrás de extremar las precauciones.

Con aquello bastaba. Por el momento. Alcé mi copa.

-Brindemos entonces por ello.

Comimos hasta reventar y bebimos hasta que el vino nos salió por las orejas, atronando el local con nuestras carcajadas al retratar irónicamente a los personajes del castillo y a sus visitantes. Después pagó la cuenta, con las escasas monedas propias de un Pobre Caballero de Cristo que llevaba en su bolsa, y tras haber pasado por la casa de baños local para quitarnos la herrumbre y el polvo del camino, nos retiramos a las habitaciones que nos habían asignado. Él me miró mientras subía las escaleras.

-Estás completamente recuperada. Apenas cojeas.

-No hay nada como una buena pelea para eso –asentí yo-. Lo que me pasaba es que estaba algo oxidada. Aparte de que aquellas fiebres renuentes que me molestaban desde el primer viaje a Tierra Santa también han desaparecido. En Miravet me dieron algo, y en la pequeña encomienda de Guifré acabaron el tratamiento. Ahora solo me falta recuperar un poco la musculatura perdida, y ya estaré dispuesta para nuevos lances.

-Me alegro de oír eso –respondió-. Nos esperan grandes desafíos.

-Lo sé –acordé yo.

-Y sin embargo… tu semblante es triste.

Dejé que mi mirada vagara en el infinito.

-Pienso en la libertad –dije.

-Explícate.

-Es una de las dos enseñanzas que he sacado de esta aventura – aclaré-. Quizá en parte gracias a Elvira, la dama de compañía de Blanca y, desde luego, gracias a Isabel. ¿Sabes? Estuve reflexionando acerca de mi pasado. Siempre quise ser libre, siempre odié las cadenas; pero todo a mi alrededor conspiraba para esclavizarme y mantenerme en la más absoluta inopia educativa, confiando que así me dominarían mejor. Mis progenitores, que nunca se plantearon que yo pudiera ser algo diferente de la esposa de un campesino, mi antiguo señor, que se tomó durante muchos años mi rebelión como algo personal… Y al mismo tiempo, siempre fue fácil huir, oponerme al sistema, al futuro que tenían planeado para mí. Y ¿por qué, te preguntarás? Pues porque esa servidumbre siempre fue externa, no venía de mi propio interior ni de mis propias circunstancias. He pagado mi libertad con cada una de mis cicatrices, pero no soy una heroína por ello.

Él me escuchaba atentamente. Yo tomé aliento para continuar.

-Sin embargo, en el siglo XXI, todo es distinto. El papel que ocupo allí es de una mujer joven y desesperada, sin armas, sin dignidad, casi sin orgullo, impotente ante la injusticia, cuyos patéticos intentos de pelear se ven frustrados por su situación. Y eso es porque ella no es libre. Prácticamente nadie es libre allí. Les han vendido humo hermosamente empaquetado, les han comprado la libertad a base de sueños y de promesas de una falsa estabilidad, seguridad, bienestar, a cambio de sus propias identidades. Les han convencido que para ser felices necesitaban formar una familia, hipotecarse hasta las cejas y conseguir un trabajo tiranizado, y que así vivirían contentos y ricos por siempre jamás. Y cuando descubrieron que habían sido víctimas de la más desalmada de las engañifas, se dieron cuenta de que ni siquiera podían salir a la calle a quejarse, que ni siquiera tenían tiempo para urdir la rebelión: estaban cargados de hijos, maridos o mujeres, hipotecas, con un trabajo en el que debían soportar todos los abusos e irregularidades por miedo a perderlo, o bien sumidos en la desidia por la falta de él: la esclavitud, allí, forma parte de la propia esencia de los seres humanos. Alguien o algo ha conseguido que así sea. No quiero regresar al siglo XXI, amigo mío, no quiero volver a ver las costas de mi Barcelona natal desfiguradas por leyes estúpidas y destructoras, y este es solo uno de los ejemplos. Preferiría haber muerto en Tierra Santa en mitad de aquella espantosa, inhumana y absurda carnicería: en el futuro ni siquiera puedo sacar mi espada para repartir mandobles. Y sin embargo, sé que tengo que hacerlo. Sé que he de volver.

Me observaba con gravedad.

-Debes decirles que huyan de eso. Tú puedes hacerlo. Que deshagan el camino andado, o al menos el que puedan deshacer. Que rompan con todo. Aunque sea una decisión radical, aunque les cueste dolor. Y debes seguir luchando también aquí. Quizá, si derrotamos la ambición y la ignorancia actuales, podremos evitar que los reinos hispánicos lleguen a ser ese país podrido de beatería y sacrosantos privilegios que describes.

Negué con la cabeza.

-No hace falta que les diga nada. Ellos ya lo saben. Pero no me escuchan. Ni siquiera yo me escucho a mí misma.

Se hizo el silencio entre nosotros. Yo respiré hondo.

-Seguiré luchando aquí. Pero volveré –dije al fin-. Aunque todavía no. Antes, quiero contarte cuál es la segunda cosa que he aprendido.

Él hizo un gesto inquisitivo. Yo continué.

-Que no pienso dejar escapar la más mínima oportunidad que me conceda la vida.

Abrí la puerta de la estancia. Él entendió.

(FIN… al menos de momento).

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El peor de los escenarios

(viene de) Cuando calculé que Guillaume debía de estar abajo, me encomendé a todos los santos del panteón comunista y me dispuse a imitarlo. Aquella travesía deslizante, que no casaba demasiado bien ni con mi vértigo ni con mi claustrofobia, me pareció durar años. En cualquier caso, tuve tiempo de recordar la última parte de la conversación que habían mantenido con Guillaume el día en que me asaltó volviendo de la taberna, cuando intentaba meter baza entre la retahíla de juramentos que solté al enterarme de que él, el traidor, el enemigo, estaba al tanto de mi secreto; solo que esos insultos y maldiciones no iban dirigidos a él, sino al hombre al que creía responsable de la delación, la única persona que podía haberse chivado y a quien imaginé  desgranando mis miserias antes sus amigotes de la soldadesca después de varias jarras de vino; desde luego, nuestro común amigo era la viva imagen de la expresión “beber como un templario”, yo bien lo sabía y no le iba demasiado a la zaga en ese aspecto. Y los años y las vicisitudes habrían hecho el resto, pues he de reconocer que en la época en que andábamos juntos ni 12 toneles de vino lograban hacer que escorara lo más mínimo.

-No hagas acusaciones que luego podrías lamentar, Eowyn –me sugirió Guillaume tranquilamente cuando mis imprecaciones perdieron fuelle-. Tengo que ser honesto y advertírtelo, a pesar de que tal vez me convendría que lo hicieras. Al contrario, deberías abrir tu espíritu y comprender que hay más cosas en el cielo y en la tierra y que tus problemas con el mundo mágico no son los únicos. No he estado donde tú has estado pero he visto lo que tú has visto. Gracias a aquello que tú llamas “la reliquia”.

Y vuelta a empezar. Qué fácil es echar la culpa de todo a las reliquias, a los homosexuales, a los parados o a los inmigrantes cuando se ha metido la pata estrepitosamente o se requiere una explicación a la inexplicable. Y lo peor es que nos lo creemos. Bueno, yo no: no me había tragado una palabra de su historia y además la famosa reliquia imaginaria ya estaba comenzando a tocarme mucho lo que no suena, pero decidí dejar mis injurias para cuando tuviera ante las narices al destinatario de las mismas, en este mundo o en el infierno.

Pero ya estaba llegando a tierra y, como me temía, Guillaume esperaba para levantarme en volandas antes de que tocara el suelo y luego depositarme en el mismo con lentitud, excesiva, a mi juicio. A regañadientes decidí ignorarle, pensando que mostrar cualquier atisbo de pasión aunque fuera de una índole tan negativa como atizarle un puntapié en los huevos, solo conseguiría reafirmarle más en sus locas esperanzas de catar mis supuestos encantos.

-Vamos, déjate de chorradas y oriéntate en este laberinto de una vez, antes de que me dé un ataque de histeria claustrofóbica. Ya sabes que aborrezco los espacios cerrados. Espabila.

Él mostró una sonrisa de suficiencia.

-Por aquí –señaló con seguridad.

Tomó la antorcha que previamente había encendido de su soporte en la pared y me guió por un pasillo no mucho más ancho que mis hombros, que no son precisamente los de un atlante. Yo hice de tripas corazón y me apresuré tras él para no perderle de vista, ya que hasta la compañía de un tigre de Bengala que llevara tres meses a dieta vegetariana me hubiera resultado más alentadora en aquella estrechez que la soledad. Mantuve a raya las ganas de gritar y pedir entre angustiados sollozos que me sacaran de allí volviendo a rememorar las revelaciones que habían logrado que aceptara participar aquel juego, aunque con el casi convencimiento absoluto de que no íbamos a triunfar. Los personajes que se habían reunido en la penumbra de la reducida estancia cuya puerta estaba disimulada tras un tapiz en la sala capitular de la encomienda barcelonesa me acogieron con simpatía, con esperanza. ¿El ser una mujer en un negocio tradicionalmente de hombres, tal vez, era lo que pensaban que podría ayudarles? No soy la única ni mucho menos la mejor en mi trabajo (creo que el hecho de que aún siga viva se debe únicamente a la suerte y a mi empecinamiento), eso desde luego. En cualquier caso nadie me aclaró nada al respecto, ni siquiera mi actual jefe y anterior archienemigo, que se encontraba también, para mi sorpresa, en el concilio, y que me envió una sonrisa de complicidad desde su asiento tras la mesa semicircular ante la cual nos presentamos Guillaume y yo. Tras unas palabras de preámbulo, el que parecía el líder, tal vez por su avanzada edad (ofrecía el mismo aspecto que el viejo templario que guardaba el Grial en Petra según la tercera película de Indiana Jones; sí, cuando estoy en el siglo XXI también pierdo el tiempo con el cine de evasión), o sencillamente porque estaba colocado en el lugar central, me lanzó este discurso:

-Eowyn, te hemos elegido porque creemos que puedes sernos útil. Algunos de nosotros, como seguro has podido adivinar, llevamos años siguiéndote, evaluando tus capacidades. Tal vez no seas la más hábil con la espada, ni la más sensata y táctica luchadora, pero hay algo que te hace especial, y es ni más y menos que tu empatía con el que sufre.

Naturalmente, lo expresó en términos mucho más medievales, he intentado traducirlo al lenguaje sigloveintiunero todo lo que me ha sido posible. Yo me encogí de hombros. El momento era demasiado solemne para contestarles que lo que ellos señalaban como una virtud era mi característica más odiosa (y mira que tenía ya unas cuantas del mismo calibre), la que no me había dejado progresar mínimamente en la vida y la que trataba por todos los medios de quitarme de encima; en realidad, esperaba llegar a conseguirlo alguna vez. Pero el Maestro, ignorándome, continuó.

-Corren malos tiempos. Se avecinan los momentos más duros en mucho tiempo, para toda la Cristiandad y más allá. Los pueblos de Dios llevan años malgastando su capital económico y humano en Tierra Santa, o mejor dicho, invirtiendo para conseguir pingües beneficios y equivocándose completamente de estrategia económica, o tal vez no, en las Cruzadas. Y por si fuera poco, Felipe IV de Francia sigue necesitando dinero para mantener su absurda y vanidosa política exterior y para pagar las deudas contraídas por culpa de esta. Naturalmente, estas deudas acabarán cobrándose en los más inocentes y los que sufrirán el peso de la justicia serán los que traten de poner fin a las situaciones injustas. Se rumorea que piensa expulsar a los judíos, confiscando todo su patrimonio. Y también que acabará haciendo lo mismo con los templarios.

Vaya, pensé, ¿por qué me sonaba tanto aquella historia? Pero, a pesar de la tristeza que subyacía en sus palabras, no pude evitar soltar una carcajada: lo último me parecía francamente ridículo.

-A ver, mi señor, permitidme el acceso de hilaridad, pero me estáis diciendo que un reyezuelo, aunque lo sea de una gran potencia, va a poder cargarse él solito a una orden militar y eclesiástica que funciona a nivel global y que solo se responde ante el Papa. Por muchos problemas que tenga con los curas, perdón, quiero decir con la Santa Madre Iglesia, nunca conseguirá presionar a ningún papa para que acceda a un deseo tan peregrino. Aparte de que hay otros monarcas que nunca le apoyarían en esto. Definitivamente, y disculpadme por ser tan clara con tan sabio y venerable grupo, se os está yendo un poco la olla.

Ni la más mínima sombra de ira, ni tampoco la más mínima sonrisa, cruzó por el rostro del Maestro y de sus acólitos, entre los cuales creí descubrir a otra mujer, debajo de los hábitos blancos que todos vestían. La única respuesta, por parte del Maestro, fue la siguiente.

-Sé que viajas en el tiempo, y que allá se conservan los testimonios de esta época. Nos preguntamos si sabes algo de lo que ha de venir.

Así que era por eso por lo que me habían reclutado. Por mi especial e involuntaria habilidad viajera. Pues se iban a llevar una tremenda decepción.

-Cuando estoy allí, naturalmente leo los libros de historia, para saber qué es lo que ha pasado en el mundo durante mi ‘ausencia’, por decirlo de alguna manera. Pero cuando regreso aquí, no puedo recuperar esas lecturas. Ni siquiera recuerdo demasiado bien esta época cuando me hallo en el futuro. Tengo que esforzarme para rememorar los detalles, como si todo estuviera envuelto en una nebulosa, como si mi vida aquí fuera la leve sombra de una vida anterior o las notas de una obra de ficción. Y viceversa.

El Maestro no pareció desilusionado.

-No importa. No te hemos buscado por esto. Sería deshonroso que nos aprovecháramos de tu información privilegiada para vencerles. No deseamos ganar de esa manera: nos asemejaríamos a ellos, y eso sería la más cruel derrota dentro de la victoria.

Pues estaban listos si esperaban triunfar con tanto escrúpulo.

-Hay algo más. No voy a ayudaros. Y no voy a ayudaros porque no me agradáis. Ninguno de vosotros. No me gusta la religión, la castidad, la obediencia ni el fanatismo. Podría decir también que no me gusta la pobreza, pero vosotros sois tan pobres como yo experta en física nuclear. No confío ni en vosotros ni en el hombre que me trajo aquí, del cual la hazaña más importante que conozco es que traicionó a su mejor amigo. Y si no os importa, ahora me largo. Tranquilos, que no revelaré el secreto de este conciliábulo, no tengo ganas de que me tomen por loca más de lo que ya lo hacen. Ah, jefe, supongo que esto significa que estoy despedida. Si te va bien paso mañana a recoger la liquidación. Hala, que vaya bien.

Me volví y me dirigí a la salida, sin que Guillaume hiciera nada por detenerme. Pero la voz del Maestro sonó a mis espaldas.

-No mientas, Eowyn. Sobre todo, no te mientas a ti misma. No piensas ayudarnos porque sabes que fracasaremos.

Aquel condenado anciano leía los pensamientos. La afirmación me dejó un instante paralizada. Luego me giré lentamente hacia él y decidí, por una vez, ser sincera. No me quedaba otro puñetero remedio.

-No sé si son retazos de recuerdos, poderes paranormales o simple intuición, pero huelo el olor del fuego y la muerte cuando pienso en vosotros y en vuestra misión; ahora veo que vosotros también estáis convencidos y ni siquiera os importa. También siento que nos sois tan malos como parecéis, al menos no todos vosotros. Pero me resisto a creerlo. Porque el hecho de que me caéis fatal sí es una verdad como la copa de un pino.

El Maestro guardó silencio unos instantes.

-En ocasiones, Eowyn –soltó después de una larga inspiración- solo hay una salida. En ocasiones saber retirarse a tiempo de una empresa es un virtud, pero en ocasiones tienes que persistir en ella, incluso viéndola perdida. Creo que ha llegado el momento de esto último.

Lo peor de todo es que yo también lo comprendía.

-Debemos hacer lo posible –continuó el anciano-. Sin tener ningún poder paranormal, como tú lo llamas, sabemos que los tiempos que se avecinan traerán oscuridad. Una oscuridad mayor de la que muchos pueden imaginar. Nos gusta pensar que somos una especie de guardianes contra esa oscuridad, contra ese frío que se avecina. Y nos asusta no estar allí cuando el momento llegue.

Yo sentía, en alguna parte escondida de mis entrañas, hogueras, carne putrefacta, miseria, enfermedad, tristeza, desolación… Ahora nadie llama iluminados a los que advirtieron del desastre que se avecinaba. Pero tal vez es demasiado tarde. ¿O no?

-¿Qué es lo que necesitáis que haga? –pregunté. (sigue)

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Érase que se era en una galaxia muy lejana una joven que respondía al castizo nombre de España. La muchacha en cuestión, de familia de rancia raigambre franquista disfrazada de la más democrática de las ideologías, era guapa y voluptuosa, aficionada a los toros y a tocar la pandereta, pertinaz espectadora de culebrones y reality shows de la peor calaña, asidua de los botellones y de aquellas que perdían el culo para conseguir una entrada de Justin Bieber o de otros engendros menos que pseudomusicales de la misma ralea cuando a estos les daba por aparecerse por el país, sin dudar en vender su virginidad por esta buena causa vulnerando incluso sus fanáticas convicciones católicas. Nuestra protagonista a duras penas había conseguido el título de la ESO, a pesar o tal vez gracias a los colegios privados en los que su familia le había matriculado, y se jactaba de su ignorancia como otros se enorgullecen de su cultura, por lo que constituía una rara avis entre sus compañeras Francia, Inglaterra, Grecia, India o Argentina, entre las cuales desempeñaba el papel de la bufón oficial de la clase. Pero hay que decir en el descargo de nuestra amiga que sabía ser solidaria cuando tocaba y que era sensible a las injusticias, al menos cuando estas eran muy flagrantes y no le interrumpían ningún programa de Telecinco. Y cuidaba muy bien de sus hermanitas pequeñas, sobre todo de Catalunya, a la que nunca dejaba que tomara una iniciativa propia (por miedo, evidentemente, a que se lesionara), eso sí, cuando no se ocupaba de chincharlas y esquilmarles la paga semanal. Había tenido una infancia envidiable. Creciendo entre algodones, en la convicción de que el paraíso se hallaba en la Tierra, más concretamente en su casa, sus padres le habían concedido todos sus caprichos o bien la habían hecho desear todo lo que ellos querían concederles; estaba segura de ser una privilegiada, con su casita de muñecas sobrevalorada, su coche de juguetes y sus vacaciones en Marina d’Or Ciudad de Ídem.

Pero un día todo acabó. De pronto, su familia empezó a recordarle todo lo que habían hecho por ella. Alegando una situación económica desastrosa, que no parecía reflejarse más que en sus testimonios, empezó a recortarle sus hasta entonces inamovibles privilegios, lenta pero progresiva e inexorablemente. Las horas de trabajo en la empresa familiar empezaron a hacerse cada vez más copiosas y menos remuneradas, y cuando quería denunciar su situación se la acusaba de haber exigido caprichos por encima de las posibilidades de su familia, sumiéndola en un estado de culpabilidad que, paradójicamente, incrementaba el síndrome de Estocolmo hacia sus secuestradores. Poco a poco, le quitaron sus vacaciones, su coche de juguetes, su casita de muñecas, su dignidad. Le arrebataron los pocos libros con que se entretenía a veces, le prohibieron asistir a clase a no ser que trabajara muchas más horas en contrapartida, y dejaron de alimentarla y de llevarla al médico mientras ellos se hartaban de mariscadas en yates de lujo. Eso sí: en ningún momento le suprimieron el televisor.

Y sin embargo, no tardó en llegar la esperanza: su poderosa vecina Europa, al parecer indignada por cómo se estaba llevando la educación de la joven y de sus igualmente explotadas hermanitas, hizo a sus progenitores una oferta que no podrían rechazar. Ella se haría cargo de las niñas, y en compensación aportaría una sustanciosa cantidad de efectivo que permitiría sanear las deudas familiares. Sin dudarlo un momento y haciendo el negocio del siglo, esto es, vender lo que es tuyo en el más puro estilo de la privatización ibérica sin importar las consecuencias, la familia aceptó, y para celebrarlo se fueron al fútbol. Pero no acabaron allí las desdichas de nuestras heroínas: cuando, vendidas como si de una mercancía se tratase y convenientemente grabado en el hombro a fuego el emblema de su nueva dueña, entraron en su nueva vivienda, comprobaron que se trataba de un prostíbulo frecuentado por los clientes más babosos donde a partir de entonces tendrían que prestar sus servicios hasta que se jubilaran a los setenta años, y con las prestaciones en sanidad, educación y vivienda aún, si cabe, más restringidas. Y todavía podían estar contentas: las prostitutas inmigradas lo tenían mucho peor.

Del final de esta historia existen dos versiones contradictorias: una relata que las jóvenes comenzaron a leer textos de economía alternativa y política social y un día cogieron los kalashnikov e hicieron una limpieza general, eso sí, muy pacífica, y a partir de entonces todas las familias de la tierra se rigieron por los criterios de libertad, igualdad y fraternidad, repartiendo la riqueza, respetando las aspiraciones y las creencias, cuidando del entorno y desterrando a Justin Bieber a una de las lunas de Júpiter. La otra cuenta que nuestras protagonistas se resignaron cobardemente a su cruel destino y que la única Re-Vuelta que protagonizaron fue la de Gran Hermano 12+1.

Podéis elegir qué conclusión preferís. Y realmente espero por el bien de tod@s que lo hagáis bien.

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(viene de) Apoyada en la proa del barco yo contemplaba el crepúsculo derramándose sobre Chipre, cuya silueta ya se divisaba en lontananza. El bienestar que sentía, además que con la paz que experimentaba en comunión con el mar y el hecho de poder observar una costa mediterránea sin antiestéticos rascacielos ni insostenibles puertos de yates, tenía que ver con la alimentación regular y el descanso más o menos confortable (al menos en comparación con los días pasados) de los que venía disfrutando desde que me embarqué en aquella galera siria en la cual mi comitiva de rescate y yo habíamos encontrado un buen acomodo gracias las riquezas de la Orden. Aunque he de comentar que las perspectiva de hallarme en buenas relaciones con esa gente (contra los cuales tenía que añadir como motivo de aborrecimiento que se suponía que eran los precursores de los banqueros actuales, entidades que concentran la mayoría de los abusos del sistema en el siglo XXI) no me hacía sentir particularmente orgullosa de mí misma. Ni siquiera me tranquilizaba ni hacía que me viera menos como una traidora el saber que prácticamente no me había quedado otro remedio. Pero en aquel momento el tal Guillaume se instaló a mi lado, al parecer con ánimo dicharachero.

-¿Disfrutas del viaje? –me preguntó. Yo había logrado, afortunadamente, que me apeara el tratamiento de cortesía.

-Me gusta el mar –contesté, con la mirada fija en el espectáculo natural-. Tanto como me gusta el desierto. Lo primero tiene una lógica, pues nací muy cerca del Puerto de Barcelona. Lo segundo es más difícil de comprender: tal vez se debe a alguna de mis vidas pasadas.

-Pues lleváis un extraño nombre para ser aragonesa –objetó.

Le eché una mirada de soslayo: estaba segura de que su colega en la milicia le había explicado todos los detalles acerca de mi historia, por lo que no sabía a qué obedecía ese interés a asaetearme de preguntas. Pero pensé que lo mejor era seguirle la corriente.

-No podemos elegir dónde, cómo ni de quién hemos nacido. Pero tal vez sí deberíamos escoger a dónde queremos pertenecer. No me gusta la realidad, y me reservo el derecho de hacerme oriunda de un país de ficción. Que tal vez sea más real que lo que consideramos tangible.

-¿Y en ese país de ficción hay más mujeres como tú? Porque en las tierras que he pisado nunca he conocido a nadie que se te pareciera –siguió indagando. La verdad es que tenía al pobre hombre alucinado perdido.

-No soy una rara avis, Guillaume. Tal vez un poco incómoda para ciertas personas, pero eso no es ningún mérito. Me temo que cualquiera mujer que reivindique un poco de igualdad lo es.

Lanzó una breve carcajada.

-Desde luego que debes serlo. Escuché esa historia acerca del señor de la aldea donde naciste, que se ha tomado como una cuestión personal hacerte volver al redil como si supiera mejor que tú lo que te conviene…

-Para muchos somos eternas menores de edad y lo seremos siempre –concedí-. Pero no te equivoques: hay muchas mujeres como yo. Muchas, muchísimas, innumerables, todas. Tal vez solo se deba a la ceguera de los hombres el que parezcamos invisibles. Por eso mismo, te puedo asegurar, nunca pasaremos a los libros de historia.

-Pero ¿por qué dices eso? –me contestó, asombrado-. Se supone que en el futuro todo será mejor, para todos. Y para todas.

-Tengo buenas razones para afirmarlo –gruñí yo.

-¿Y también buscas el Graal?

Aquel brusco cambio de tema me hizo volverme hacia él. ¿De dónde había sacado eso? No era algo que acostumbrara a comentar, ni siquiera a mi viejo compañero de aventuras. Claro está que no me acuerdo de todas las conversaciones que he mantenido en noches de borrachera… Viendo mi extrañeza, se apresuró a matizar.

-Solo he atado cabos… Camelot, el Graal… Sé leer, y además disfruto con ello. Pero he dado en el clavo, ¿no es así?

-Tal vez mi idea sobre el Graal no sea la que tú crees –advertí yo.

-En cualquier caso, estaría encantado de escucharla…

-… y yo de explicártela –podía esperarse sentado-. Pero tendrá que ser en otra ocasión. Me gustaría dormir algo antes de llegar a tierra. Una vez allí, tendré que desplegar una actividad frenética de entrevistas y preparativos para la vuelta a Barcelona, y me gustaría encontrarme en buena disposición física.

-Tienes razón –accedió-. Descansa, te llamaré cuando arribemos a puerto.

Me despedí y me instalé en mi camarote, contenta de habérmelo quitado de encima y no porque fuera una persona desagradable, que no lo era en absoluto. Pero comprendía que era mejor que cada uno de nosotros se mantuviera en su sitio; estaba segura de que cualquier acto de compenetración con esa gente solo podía traerme problemas, y además de muy diversa índole. La verdad es que para amenizar el viaje me parecía mucho más entretenido charlar con la tripulación (cosa que podía hacer sin temor a suspicacias ya que mantenía mi condición de mujer bien oculta), que por cierto me habían informado de la manera en que los templarios habían exprimido a la población de Chipre con impuestos cuando fueron propietarios de la isla, hacía un siglo, como un Partido Popular cualquiera, o incluso ayudar a que la vida de los pobres condenados que hacían funcionar el barco fuera algo más fácil; al igual que pasará en el futuro, la mayoría estaban pagando con su esfuerzo la desgracia de haber nacido pobres. Y con esas reflexiones me desvestí y me metí en el camastro, para soñar con crepúsculos marinos y desiertos rojos, y también con las retorcidas callejuelas grises, las placitas y las fuentes de mi Barcelona natal. Después de unas horas de reparador sueño, me despertaron unos golpes en la puerta.

-¡Eowyn, hemos llegado! –me avisó Guillaume. Yo di un salto en la cama y me apresuré a pertrecharme para el desembarco. Me inquietaba lo que pudiera encontrar allí, y aunque estaba impaciente por interrogar a mi amigo, no dejaba de contagiárseme el ambiente de decaimiento que venía advirtiendo entre los templarios desde que viajaba en su compañía. No las jerarquías de la Orden, estaba segura, pero sí las bases en la mayoría amaban sinceramente Tierra Santa tanto como yo, y pensaban que su deber era salvarlas para la Cristiandad respetando a sus habitantes, sobre todo a los más desvalidos. Aunque fueran árabes; vamos, igualito que en el 2012. Y para ellos la pérdida casi total de aquellas posesiones les hacía sentir desanimados y decepcionados de la comunidad internacional, ocupada en otros proyectos que ellos creían menos espirituales y más crematísticos. Era patente el aroma a sueño roto, y no podía menos que pensar en otra ilusión quebrada en mil pedazos de la que hacía poco había llegado y a la que suponía no tardaría en volver: el otro mundo posible y necesario del siglo XXI, ahora ahogado entre injusticias, miseria y sangre. Pero sin detenerme más en pensamientos catastróficos, me reuní con mis compañeros de viaje y bajamos a tierra sin mucha dificultad.

Y entonces sucedió. No bien hubimos descargado nuestros enseres y recorrido el corto trecho del camino que nos sacaba del puerto en dirección al oeste, hacia el castillo de Kolosi, cuando algo así como un horrendo cataclismo de proporciones bíblicas se abatió sobre nosotros. Venidas prácticamente de la nada, decenas de sombras, mucho más del doble de nuestro número, cayeron sobre nuestros descuidado grupo armadas con dagas que, surgiendo de la aún semioscuridad, buscaron con lujuria asesina nuestras carnes. Entre aullidos de dolor, oí como Guillaume gritaba…

-¡En guardia, nos atacan!

… aunque era bastante evidente. Vi cómo protegía la espalda apoyándose en el muro de una de las precarias viviendas de los alrededores del puerto para enfrentarse a tres de los asaltantes, cubiertos con ropas tan oscuras como la noche, mientras echaba nerviosas miradas en mi dirección. A la luz de las antorchas, caídas en el suelo, vi que dos de aquellos hijos del demonio se acercaban a mí uno por cada lado apuntándome con las afiladas hojas. Yo me encontraba en una posición mucho más desprotegida que la de Guillaume, que estaba defendiéndose de sus atacantes con valor y efectividad empleando a la vez la daga y la espada; pero entonces se produjo un inexplicable segundo de vacilación en los dos asesinos que me proporcionó un lapso valioso para sacar mi arma, enrollar el brazo izquierdo en mi capa y escurrirme entre ellos: ser de pequeña estatura tiene estas ventajas militares. Yo jugaba con la oscuridad y la luz para esquivarles y sorprenderles, pero desgraciadamente aquellos hombres, grandes y fuertes, daban muestras de ser tan ágiles y flexibles como yo, lo cual no pintaba nada bien para mi futura permanencia en este mundo. ¿De dónde habrían salido?, me preguntaba, entre embate y embate. Su manera de luchar me era totalmente desconocida… si tan solo pudiera averiguar de dónde procedían y deducir su punto débil… En aquel momento, choqué desafortunadamente con otro de los contendientes en liza, que en aquel confuso montón se afanaba en finiquitar al segundo de a bordo de Guillaume y que, al echar el codo hacia atrás para tomar impulso para mejor atacar al desgraciado, me envió metros más allá hasta hacerme dar con mis huesos en tierra, cual si fuera un obstáculo molesto que le impidiera la culminación de la faena. Mi cabeza cubierta por el yelmo chocó pesadamente con las piedras de la calzada y mis agresores se precipitaron hacia mí, puñales en ristre, para acabar con mi malhadada existencia. Pero sucedió algo muy extraño: antes de que todo se nublara en mis ojos, escuché a Guillaume pronunciando mi nombre con desesperación y, de pronto, aquellos extraños sicarios se detuvieron en seco, se miraron y, súbitamente, emprendieron la huida.

Creo que en ningún momento llegué a perder el sentido. Recuerdo que, a partir de ese instante, todo pareció salir de madre: un horrísono sonido de metal combinado con gritos de guerra me hizo darme cuenta de que otros actores se sumaban a la representación, aunque ignoraba si estaban del lado nuestro o en contra. Se armó un revuelo de todos los diablos, pero un tiempo después se elevó un clamor triunfal en varios idiomas. ¿Había terminado? ¿Y a favor de quién? Acto seguido, noté cómo me levantaban y me transportaban en volandas, y un poco más tarde una sensación mullida bajo mi espalda. Las caras veladas de dos mujeres y un hombre anciano se sucedían ante mi turbia mirada. Luz. Un breve, o así me pareció, momento de oscuridad, y cuando abrí los ojos de nuevo pude observar una nueva sucesión de colores cálidos sucediéndose en una ventana que se abría ante mí, a la izquierda: me hallaba en una habitación extensa, decorada con un gusto espartano pero atractivo y bien caldeada por una chimenea que ardía frente a la ventana, al lado de la puerta de entrada; detalles de cuero, terciopelo, un par de bargueños de madera de calidad…. Yo reposaba en un cómodo y amplio lecho, preguntándome si debía mi salvación a una supuesta caballerosidad de los atacantes al saber que era una mujer, o si más bien mi género era lo que iba a provocar mi ruina. Entonces noté que había alguien sentado a mi lado, y ante mi vista empezaron a perfilarse las facciones de un rostro bien conocido.

Desventuras de una indignada: olvidos impuestos

-Eowyn, ¿te encuentras bien? ¿Puedes verme? –preguntó mi viejo amigo ansioso mientras pasaba una mano delante de mis ojos. Yo fije la vista en él con una mueca descontenta, y me incorporé en la cama con dificultad gracias a dolorido cráneo.

-Sí, desgraciadamente puedo ver perfectamente tu fea cara, por todos los demonios del Averno. Gracias a quien sea la muerte no me ha impedido volver a encontrarte para decirte un par de cosas y hacerte suplicar de rodillas el no haberme conocido nunca. ¿Qué es lo que ha pasado aquí? ¿En qué emboscada hemos caído? ¿Quiénes eran esos monstruos? ¿No se suponía que Chipre era un sitio seguro? Maldito seas por siempre, esto era lo único que me faltaba. ¿Sabes en los líos que me has metido mientras tú te beneficiabas a la concubina del Sultán y le robabas sus joyas, o lo que sea que te hayas apropiado y que ha hecho que se cabreara tanto?

El acusado intentó calmarme, haciendo un gesto de tranquilidad con ambas manos.

-Entiendo tu enfado, mi querida amiga. Guillaume me ha explicado todo lo que has tenido que pasar por mi culpa –me alegraba saber que el inquisitivo hermano había sobrevivido, a pesar de todo: realmente, no creí que lo conseguiría-. Pero créeme que en ningún momento pude imaginarme que mis aventuras pudieran afectarte en lo más mínimo. Te hacía tranquila y feliz deshaciendo entuertos por tierras castellanas y aragonesas, o tal vez de vuelta en tu complicado siglo XXI escribiendo en esa máquina endiablada de la que siempre hablas. Y por mi parte, en ningún momento quise apropiarme de nada que no me correspondiera, y menos de una mujer.

Acto seguido, me relató una extrañísima historia de la que, dado mi dolor de cabeza y malestar general, solo entendí lo de su encarcelamiento y posterior liberación por parte de la tal Samira, parte que ya conocía, y lo de que ella le había utilizado para conseguir un objeto en Sidón antes de morir entre sus brazos.

-Lamento lo de esa chica –le dije, sincera-. También, indirectamente, ella me salvó a mí –le expliqué lo de la compañera de Samira, la que me había librado de mis cadenas. No era tan mala como crees, estoy segura –le consolé.

-Eso carece de importancia ahora. Ya pasó. Solo importa que te recuperes cuanto antes. Duerme, más adelante tendremos tiempo de hablar largo y tendido de este asunto. Yo me quedaré contigo hasta que mejores. En realidad no tengo otro remedio, puesto que te he cedido mis aposentos –dijo, guiñándome un ojo.

-Y yo que te lo agradezco, pero ni lo sueñes que voy a dormir ahora –me disponía a levantarme de la cama, combatiendo sus protestas sobre que el médico me había recetado tres días de reposo absoluto y sus intentos de detenerme cuando, después de un par de golpes en la puerta, esta se abrió para dejar paso a Guillaume, que portaba una bandeja en la que se veía una botella de vino y dos copas. Me extrañó que él mismo se encargara de menesteres que solían normalmente dejarse bajo la responsabilidad de subalternos, pero la mirada alegre que nos dirigió y el afecto con que palmeó la espalda de su compañero de orden, me hicieron ver que se trataba de una deferencia personal.

-Un regalo para celebrar vuestro reencuentro: el mejor vino tomado prestado de las bodegas del comendador –dejó la bandeja en una mesita, que acercó empujándola con el pie-. Dejad, yo mismo os serviré. El médico cree que no te hará mal beber moderadamente, Eowyn.

-Y pobre de él que dijera lo contrario –aduje yo-. Ya es bastante fastidioso no poder moverse.

-Gracias, amigo –contestó mi compañero-. Dime, ¿los heridos se están recuperando bien?

-Todos están fuera de peligro –respondió. Y, dirigiéndose a mí-. Los nuestros llegaron a tiempo. Como siempre.

-Lo imaginaba –respondí-. Decid: ¿tenéis idea de quiénes eran esos hombres y qué querían?

Ambos templarios se encogieron de hombres.

-Nuestra ignorancia al respecto rivaliza con la tuya –admitió Guillaume-. Pero lo descubriremos en su momento. Y ahora os dejo solos: tendréis muchas cosas de las que hablar.

Fue inútil nuestra invitación a que compartiera el vino con nosotros. Cuando hubo salido, mi amigo sirvió una copa y me la acercó, y de inmediato llenó la suya. Yo le miraba con detenimiento.

-¿Son muy graves tus heridas? Aparte de un poco más pálido y más lento de movimientos, te veo casi como siempre. Pero no obstante hay algo… Dime: ¿de verdad estás bien?

Me sonrió con bondad.

-No temas. No me ha pasado nada irreparable. Y he mejorado mucho en los últimos días. Debería de haberme librado del médico y el comendador y encargarme yo mismo de tu rescate. Estoy seguro de que todo hubiera sido más rápido y mejor.

Yo solté una carcajada.

-Hubieras llegado tarde, como ellos. Los hombres sois unos inútiles totales cuando tenéis que planear algo que requiera una mínima estrategia… Pero bueno, cuéntame, ¿cómo es la vida en este lugar? ¿Seguro que te gusta habitar en esta reclusión? Me recuerda a un campo de concentración para parados húngaros, y me temo que vuestros jefazos están tan poco cuestionados internacionalmente como el Gobierno de ese país. Al menos mientras no amenacéis el sistema financiero internacional.

-No os cambiado nada, Eowyn –refunfuñó como contestación-. Sigues igual de protestona.

Él sí había cambiado: lo notaba a cada palabra que pronunciaba. Pero no podía averiguar en qué consistía ese cambio. Y eso me preocupaba. Le miré con simpatía.

-Te he echado de menos, cabronazo. Aún no he conocido a nadie que sepa aguantar tal cantidad de alcohol tan inmutablemente como tú –él me estrechó la mano sin responder, con aspecto de ir a soltar la lagrimita-. -Vale, vale, ya basta –le detuve, después de un breve lapso-. Que corra el aire, confianzas las justas, tampoco vamos a emocionarnos ahora.

Sus ojos brillaban con picardía.

-Tienes razón –me sostuvo la mirada unos momentos-. Escucha… me extraña que no sientas curiosidad.

-¿Sobre qué? –fingí ignorancia.

-Vamos, Eowyn…

-Sabes que no creo en estas cosas.

-¿Y tú eres la buscadora del Graal? –se burló amablemente.

-Sabes perfectamente lo que el Graal significa para mí –yo estaba comenzando a perder la paciencia.

-Tal vez cuando lo veas cambiarás de opinión.

Se levantó y comenzó a trastear por la habitación. Yo recliné la cabeza y cerré los ojos en las almohadas: tenía una jaqueca terrible, y cuando esto me sucedía las estupideces tenían el poder de acrecentarla. Sentí que él se acercaba de nuevo.

-Aquí está.

De mala gana, me incorporé de nuevo. Me presentó un cofre y me señaló su interior, una vez abierto. Yo lo observé encogiéndome de hombros.

-¿Y esto que se supone que hace? –pregunté sin inmutarme.

-Eowyn… -me regañó él.

-La sensatez –opuse yo-. Eso es a lo que me refería antes. Y la sensatez no tiene nada que ver con este objeto.

Su mirada dibujó un signo de interrogación. Yo hablé, inicialmente con desgana

-Te lo he contado varias veces. Es eso lo que estoy buscando. Ese peldaño más en nuestra evolución que nos permita dejar atrás nuestras absurdas pulsiones de destrucción y autodestrucción, de codicia absurdamente desatada, de miedo cerval que anula en nosotros cualquier tipo de límites. Que no nos deja preferir una muerte digna a una mala vida. Es algo tan sencillo como esto y se supone que hace mucho tiempo que deberíamos haber llegado a ese punto, pero no ha sucedido, y eso que en este año 1292 ya somos antiguos sobre la Tierra. Y lo peor, tampoco hay visos de que suceda en el siglo XXI; al contrario, cada vez nos hemos alejado más. Esto, tan sencillo y tan imposible, sencillamente la paz, la armonía, el valor y la cooperación, es lo que busco. Pero hace tiempo que sé que somos incapaces; y aún así… no puedo renunciar. Quizá haga falta un cataclismo, no lo sé, para que tomemos conciencia. Algunos pensaron que la crisis económica que comenzó en el 2007 iba a conseguirlo. Pero no. Fue desde el primer momento un invento de unos pocos para lograr todo lo contrario. El empujón final para acabar con lo poco racional que hasta entonces había construido el mundo. Lo siento, querido amigo, tal como están las cosas no puedo aceptar esas tonterías sobre objetos de poder ni oraciones a las potencias celestes ni valores de Semana Santa. En nuestro contexto, todo eso no es más que un hatajo de gilipolleces.

Sus pupilas se volvieron opacas, como si le hubiera hecho asomarse a la oscuridad del centro de la Tierra. No obstante, una luz que centelleaba en el fondo me hizo darme cuenta de que su fe continuaba inquebrantable.

-Te entiendo, Eowyn. Entiendo tu objetivo y tu angustia. Pero hace tiempo que averigüé que esto es real. Créeme, tengo motivos para saberlo. Desde hace mucho tiempo.

Una bombilla se encendió en mi cerebro.

-¿Qué es lo que me estás ocultando?

Él guardó silencio y yo continué, imparable.

-Desde que te vi entrar en aquella taberna de Acre vestido de nuevo con el hábito blanco, más aún cuando supe que tu posición en la Orden no era precisamente la de un mindundi, comprendí que había algo que se me escapaba. Escucha, camarada, hace poco he venido de un mundo donde se engaña y se oculta por miedo y por comodidad, donde no se asumen los errores del pasado, donde se pretende dictar al pueblo qué es lo que tiene que recordar, qué es lo que tiene qué olvidar y cuáles son los derechos que tienen que reivindicar. Me opongo a esa estrategia del miedo y la ocultación, la rechazo frontalmente y te juro que acabaré con ella aunque sea lo último que haga sobre este mundo. Y ahora llego aquí, a este tiempo que, a pesar de su también injusticia y violencia, a veces supone un bálsamo para mis manos cansadas de luchar por imposibles, y me encuentro de que tú, mi más antiguo compañero, la persona en la que depositado mi vida en múltiples ocasiones, practicas también estos métodos que aborrezco. ¿Qué se supone que he de hacer ahora? ¿Convertirte en mi enemigo? No puedo dejar de pensar que me has utilizado. Cuando me decías que había renegado de la Orden, que estabas agotado y que habías perdido la fe ¿fue alguna vez real algo de eso? Siempre te mantuviste en un discreto segundo plano, dejándome la iniciativa de todas nuestras aventuras, de las decisiones acerca de qué encargo escoger y cuál no. Pero ¿qué es lo que estabas tramando a mi espaldas?

Vi su expresión de desconcierto e impotencia, en mitad de un dolor que parecía golpearle en el estómago. Pero no consiguió que me apiadara de él un ápice; ahora yo sabía la verdad.

-Eowyn –alargó la mano hacia mí-, yo jamás he querido mentirte ni utilizarte.

Yo apreté los puños e hice un amago de golpearle. Fue entonces cuando comprendimos que algo estaba comenzando a ponerse realmente mal. Mi brazo se quedó a medio camino de su recorrido, paralizado y sin fuerzas, y volvió a derrumbarse sobre mi cuerpo. Él intentó ayudarme, pero sus manos parecieron tampoco responderle. Nos miramos aterrorizados: todos nuestros miembros, a pesar de los sobrehumanos esfuerzos que estábamos realizando, parecían negarse a seguir las órdenes de nuestros cerebros. Con los dientes apretados por la rabia, caímos sobre la cama, uno al lado del otro, incapaces ya de mantenernos erguidos.

La puerta se abrió y un Guillaume de expresión circunspecta entró en la habitación. El atisbo de esperanza que su entrada nos había ocasionado se heló al ver que iba acompañado de todos los miembros de la comitiva de rescate que no habían sido heridos en la reyerta con los desconocidos vestidos de gris, y que ninguno de ellos se esforzaba en socorrernos; más bien, nos miraban como si aquello fuera el desenlace esperado. Quise gritar, pero ni mi boca podía abrirse ni mi garganta emitir ningún sonido. Una sombra de tristeza cruzó por el rostro de Guillaume mientras se acercaba a nosotros, recogía el cofre y su contenido y lo guardaba bajo su hábito.

-Lo siento, Eowyn. Y lo siento también por ti, compañero. No os preocupéis por los efectos de la sustancia que vertí en vuestro vino, no tienen consecuencias graves y en breve volveréis a sentiros como siempre. Tenía que hacerlo… Eowyn, cuando supe que el Sultán te había encarcelado, intenté resolver las cosas por la vía diplomática y solicité una entrevista con él. Hablamos durante varias horas y me hizo una oferta que no pude rechazar. Una oferta que excede a todo lo que tu imaginación pueda presentarte. Así que pensé en traerte aquí con el propósito de que distrajeras a nuestro común amigo y lograra que sacara el objeto de su escondite, que no había revelado ni al mismísimo maestre y que yo sabía que no podríamos extraérselo ni mediante la tortura, en el caso de que yo hubiese deseado practicársela. El resto sería fácil… Nos disponíamos a sacarte de la prisión cuando vimos lo que habías hecho con el pobre, es un decir, Gustaf; por eso el Sultán no te persiguió, y yo fui el único que robó tus pertenencias de la posada, con vistas a conseguir un salvoconducto hacia tu confianza… He de decir que me sorprendiste gratamente. Si hubiera imaginado mínimamente cómo eras, tal vez nunca hubiera firmado ese pacto. Pero ya estaba hecho.

Las palabras se arrastraron desde mi garganta, envueltas en la rabia más destructiva. Otra vez había sido engañada. De nuevo había caído en la trampa de mi estúpida inocencia y mi imbécil confianza intrínseca en el género humano.

-Te mataré, hijo de puta. Prometo que un día te encontraré y te mataré.

-Y estarías en tu derecho –la tristeza no escapaba del tono de su voz ni de su mirada-. Pero antes me temo que tendrás otras cosas de las que preocuparte. Quiero advertirte de algo: guárdate de Karl y de Gustaf.

-Puedo resolver mis conflictos exlaborales sin tu ayuda, gracias –le escupí.

-No se trata de esto. Ni siquiera de los deseos de venganza que sienten después del lío en el que los metiste con el Sultán. Se trata de otra cosa. De algo mucho más grave. ¿Nunca te ha s preguntado por qué esos dos se cruzaron en tu camino? ¿Lo atribuyes todo a una simple casualidad? Me temo que eres demasiado inteligente como para no haberte hecho algunas preguntas al respecto… -yo callé; desgraciadamente, Guillaume tenía razón-. Lo sabía -manifestó su satisfacción-. Pero no voy a decirte nada. Tendrás que averiguarlo por ti misma. Eso te mantendrá ocupada.

Yo no sabía qué más decir. Ninguna palabra podía definir mi aborrecimiento hacia él. Se volvió hacia la puerta, seguido de su cohorte, pero antes de desaparecer volvió a dirigirse a mí.

-Me llevo un tesoro y os dejo con un tesoro mayor: vuestra amistad y vuestro compromiso con cambiar el mundo. Creo que en realidad os envidio. Cuidaos mutuamente, ambos os los merecéis. Sobre todo tú, Eowyn: por mucho que quieras negarlo, eres única. Ojalá te hubiera conocido en otras circunstancias.

Desapareció tras la puerta y yo me volvía hacia mi compañero: el odio que refulgía en sus ojos, siendo él tan paciente y mesurado, consiguió asustarme. Y encima el traidor de Guillaume había tenido la desfachatez de hacerme destinataria de su estúpido peloteo final: qué estragos puede hacer el sentimiento de culpabilidad, aún en los más viles. Poco a poco sentía que me recuperaba de la inoportuna parálisis provocada por el veneno, y en unos minutos ya volvía a ser dueña del control de mi cuerpo. Tapé a mi amigo con unas pieles de animal que adornaban el lecho, pues temblaba de frío y le estaba costando mucho más recuperarse que a mí, probablemente debido a su mayor edad y tamaño. Pero cuando lo hizo, aquello sucedió de golpe, no gradualmente, como había sido mi caso, y en un momento le vi levantarse y salir disparado hacia la ventana, probablemente a la misma velocidad en que lo hacía cuando tenía quince años. Una vez allí, golpeó el alféizar con ambos puños, infructuosamente.

-Ni siquiera se le divisa ya. ¡Maldito sea él y toda su progenie, si algún día encuentra a una hembra lo suficientemente incauta para que le permita engendrarla! Le mataré con mis propias manos, te lo juro, y no pienso hacerlo de manera rápida.

-Puedes matarle –intervine yo desde la cama. Normalmente solía ser él el encargado de calmarme, mi genio era mucho más vivo que el suyo: pero la verdad es que Guillaume no significaba para mí lo mismo que para él. Comprendía lo hondo de su sentimiento de traición-. Pero no antes de que yo le haga sufrir la más cruel y refinada de las torturas que se me ocurra. En estos momentos creo que no existe nadie vivo a quien odie más que a él, con la excepción de Mas, Rajoy, Rouco Varela, Sarkozy, Merkel, la CEOE, y todos los cómplices de los anteriores. Lo harás –repetí-, pero no te impacientes. Llegará tu momento. Llegará nuestro momento.

Al final su habitual sentido pragmático dominó en él. Se dirigió hacia mí cruzando la habitación a grandes zancadas y se arrodilló a mis pies.

-Eowyn… no puedo decirte más que esto, pero ahora la lucha en la que participábamos se ha transformado. Sus alcances se han hecho mucho más amplios, casi infinitos. Yo sé que no puedo hacerlo solo, y al mismo tiempo no puedo confiar en nadie. Excepto en ti. El tuyo es el único brazo que quiero ver pelando a mi lado, y espero que tu rostro sea el último que vea antes de morir…

Extendí la mano hacia él.

-Sabes que cuentas con todo mi apoyo. Que siempre contarás.

-… pero no puedo ni debo involucrarte en ello. Mi egoísmo lucha con mi conciencia: quisiera verte a mi lado, pero no puedo permitirme que lo hagas. Eowyn, hay muchas cosas que no sabes, muchos secretos de los que tal vez no te recuperarías si los conocieras. No: no voy a arrastrarte a esta locura. Quédate cerca de mí, pero fuera de todo ello.

Yo no podía dar crédito a mis oídos.

-Entonces, ¿cuál quieres que sea mi papel en este asunto? ¿El de simple observadora? ¿El de…? No, no me atrevo a repetir lo que me pasa por la cabeza. ¿Pretendes protegerme? ¿Y de qué, si puede saberse? Después del largo tiempo que hemos pasado juntos, ¿aún quieres tratarme como si fuera una incauta doncellita necesitada del poder y la fuerza de un hombretón?

-¡No intento protegerte porque seas mujer! ¡Lo hago porque te aprecio! -se indignó.

-No me convences -rebatí yo-. No me convences tú, tus fantasías, tus secretos ni tus causas. Sí, es cierto, la batalla en la que participábamos ha ampliado sus alcances hasta límites insospechados, y a eso voy, a seguir en ella. Pero ahora tu lucha no es la mía; yo peleo contra algo real, por muy difuso que parezca, y ya no entiendo, ni en el fondo quieres que entienda, por qué peleas tú.

Guardó silencio. Yo sabía que nada que dijera serviría para hacerle entrar en razón: otro de sus defectos es que era terco como una mula. Una vez me dijo que existían fehacientes pruebas al respecto de que su familia en realidad procedía de Zaragoza. Me lo creí.

-Nuestros caminos se separan aquí –le di la mano, que él estrechó entre las suyas con expresión abatida-. Vuelvo a Barcelona, y quizá al siglo XXI en breve. Sé que no intentarás impedírmelo.

-Volveré a verte –afirmó él, con seguridad.

-En el Infierno –maticé yo-. Búscame un buen lugar si llegas antes que yo, al lado de alguna taberna mefistofélica. Por mi parte haré lo mismo.

Me desasí y le di la espalda. Alguien, tal vez él mismo, había dejado ropa limpia sobre un banco y mis armas reposaban al lado. Me vestí, me equipé y salí por la puerta sin mirar atrás. Entre la hora de maitines y prima había poca actividad en la encomienda y ni siquiera parecía que la huida de Guillaume y los suyos hubiera sido notada. Yo busqué la cocina y tomé prestadas algunas provisiones ante la mirada estupefacta del hermano cocinero, que al parecer hacía mucho que no veía una mujer por sus dominios. Salí, no sin antes darle las gracias, y me dirigí al establo. Rayo Blanco hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza al verme, como si me hubiera estado esperando. Yo monté sobre él y me perdí en la neblina del incipiente amanecer, dejando atrás el bosquecillo que rodeaba la solitaria torre del homenaje, tras las murallas.

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Sí, lo sé, sé que mi los rumores que corren sobre mí no apuntan precisamente hacia esta afirmación, pero os prometo que soy una persona muy pacífica. Nunca empleo la violencia como argumento, excepto si me pagan por ello (y esto no cuenta, que una necesita comer y sobre todo beber regularmente, y el mantenimiento de mi equipo militar es muy costoso) o si no hacerlo supone sencillamente ser una estúpida sumisa, cosa que no va en absoluto con mi temperamento. Así que si llega a vuestros oídos una anécdota protagonizada por mí en una taberna de Damasco donde al parecer di muestras de un execrable comportamiento, haced oídos sordos, que la gente es muy mala. O en cualquier caso, antes de juzgar, oíd mi versión.

La velada en cuestión yo me encontraba rumbosa pues había conseguido arrancarles unas cuantas monedas a los tacaños de Gustaf y Karl; por si fuera poco me topé con unos compañeros de aventuras nuevos en la ciudad a los que hacía tiempo que no veía, y son tan pocas las ocasiones que tengo de hacer vida social que me pareció buena idea invitarlos. Así que insté a mi tabernero habitual a sustituir el habitual brebaje inmundo que acostumbraba a servirme, cuya nefasta calidad había creído yo motivada exclusivamente por su bajo precio, por un vino de más categoría. Pero al primer sorbo de la copa noté que aquel supuesto caldo exquisito por el que me habían cobrado el sueldo de un mes tenía el mismo sabor vomitivo que aquel del que el dueño del local solía proveerme en tiempos de carestía económica, y además mis colegas, carentes de un estómago acostumbrado a las mala vida como el mío, comenzaron a experimentar los síntomas propias de una indisposición importante. Inmediatamente exigí una explicación y/o una rápida devolución del importe de la consumición, acompañando el requerimiento con una buen puñetazo en la mesa, mientras las quejas de otros clientes que se habían visto estafados de la misma manera, todos ellos extranjeros y en situación precaria en el país (para que tuvieran menos posibilidades de quejarse, desde luego el cabronazo sabía elegir bien a sus víctimas) coreaban mis palabras… A todo esto, mis compañeros se encontraban cada vez peor y aquel malnacido continuaba ponderando la calidad de su bazofia líquida con la mayor desfachatez y sin rendirse a las evidencias… De acuerdo, reconozco que coger al individuo en cuestión por los pies y aguantarle la cabeza casi un minuto dentro del tonel de aquel veneno para que tomara de su propia medicina tal vez fue algo excesivo, pero creo que la situación lo merecía con creces. Aunque ¿os imagináis cuál fue la noticia que corrió por los mentideros de la villa después del suceso? ¿No? Pues en absoluto “Tabernero estafador que ponía en peligro la salud de los inmigrantes por fin desenmascarado” sino “Mercenaria cristiana sin corazón agrede salvajemente a un honrado comerciante de nuestra ciudad”, con lo que podemos concluir que la prensa, a pesar de su evolución en las formas, no ha cambiado ni un ápice en su fondo desde la Edad Media hasta el maldito siglo XXI. Medalla de Oro a la Imparcialidad Informativa. Vamos, como si hubieran llenado las redacciones de barones del PP o colocado al jefe de programas de Intereconomía al frente de la Agencia Nacional de Noticias de Siria. Y aún menos mal que a nadie se le ocurrió decir que la culpa era del PSOE.

Pero esos eran otros tiempos, tiempos mucho más felices que los actuales, o al menos más tranquilos. Y es que durante mis días trabajando en Damasco no pensé que fuera a tener más motivos de indignación que las disputas de con mis bienamados jefes por motivos de sueldo u horarios de trabajo, o las rencillas de taberna. Pero me equivocaba, y mucho. Bien, para seguir con la historia donde la dejé la última vez, después de escaparme de la prisión del Sultán me deslicé subrepticiamente hacia la posada donde me alojaba, con la lógica idea de hacerme con mis pertenencias y salir escapada antes de que mi fuga fuera detectada, pero una vez allí me encontré con la desagradable sorpresa de que los soldados del Sultán habían asaltado mis aposentos y habían arramblado con los escasos bienes que me acompañan en mis andanzas: vamos, que desde la espada y la cota de mallas, hasta la última de mis camisas, pasando por las escasas monedas que tintineaban en el fondo de mi bolsa, todo había desaparecido; ni siquiera mi caballo había escapado de la avidez de aquellos desalmados. Solo me quedó una solución, que fue salir con la misma discreción con la que había entrado para evitar que el posadero me reclamara un importe por sus servicios que de ninguna manera habría podido sufragar, y lanzarme a los caminos amparada en mi traje masculino y tapada hasta los ojos, para dejar al descubierto las menores características de mi feminidad posibles.

Así lo hice, y una vez finalizada la primera parte de la operación llegó el momento de las preguntas. ¿Qué podía hacer con mi vida llegada a este punto? ¿A dónde me dirigiría? Tenía que reconocer que a lo largo de mi existencia me había metido en situaciones de difícil escapatoria, y de todas había salido de una manera u otra. Pero aquello superaba toda la historia de mis lances: no solo no llevaba mi fiel espada conmigo, cosa que me hacía sentir peor que desnuda, ni a mi querido Rayo Blanco que esperaba que pudiera hallar la felicidad y la paz con un propietario menos dado a aventuras, sino que ni siquiera podía arriesgarme a mendigar un mendrugo de pan por temor a que llegara a los oídos del Sultán que todavía andaba por los alrededores: desde luego no hubiera podido hacer mucho contra sus esbirros sin armas con que defenderme ni caballo con el que largarme a toda velocidad. Y para mejorar la cosa, mi situación financiera no me permitía conseguir pasaje en ninguna embarcación que se dirigiera a donde fuera. Tampoco tenía demasiados amigos en la ciudad dado mi carácter independiente y poco dado a familiaridades, y a los pocos que merecían ese nombre no deseaba ponerles en ningún aprieto, así que solo me quedaba una única y poco ideal opción: llegar como pudiera a Sidón para rastrear los pasos de mi viejo compañero, si es que seguía vivo, y conseguir que me resarciera mínimamente de todo lo que había tenido que pasar por su culpa. Así que hasta allí decidí dirigirme, aunque nada convencida.

No voy a explayarme en las vicisitudes de mi errar por aquellas tierras de Dios, o mejor dicho, tal como estaban las cosas, de Alá. Tan solo os diré que pasé más frío que un estudiante valencian@ de Secundaria antes de ser calentad@ a golpes por la Policía Nacional; que sufrí más hambre y sed que tras la anunciada privatización total del agua y demás bienes de primera necesidad; que me aburrí tanto como si me hubieran quitado de golpe y a la vez el Megaupload, a Bob Esponja (aunque a mí me gusta más ‘Código Lyoko’) y los programas más presuntamente rojillos de RTVE; y que cuando días después arribé por fin a divisar la ciudad del Castillo del Mar, mi agotamiento era igual que el de cualquier hipotecado hasta las cejas y afectado por la Reforma Laboral, obligado a trabajar horas y horas sin extras a las órdenes de un directivo con contrato blindado para no ser despedido gratuitamente por un adinerado empresario que pretextara haber perdido tres céntimos en el último ejercicio. La rabia me consumía y me tentaba regodearme en ideas de venganza, pero decidí ser práctica: en ese momento Némesis no era la más indicada para sacarme de aquella situación. Pero ya llegaría mi momento; antes quizá de lo que muchos se esperaban.

Sidón se reponía lentamente de la cruel invasión sufrida unos meses antes, entre huertos, palmeras y frutales. Viendo su conocida silueta en la lejanía, con el Castillo del Mar ofrecido como un regalo de los mortales a Neptuno, sentí estrecharse de nuevo, con más fuerza, el lazo que me ataba a aquellas tierras llenas de historia y belleza, que todas las peripecias nunca podrían hacerme odiar. A todo esto estaba cayendo la noche y estimé oportuno descansar un poco antes de plantearme cuál sería la mejor manera de entrar en la ciudad y qué disfraz adoptar, y cómo conseguirlo, para pasar lo más desapercibida posible en el lugar y poder hacer mis averiguaciones. Así que me refugié en un bosquecillo cercano y allí, apoyándome en el grueso tronco de un viejo pino, me arrebujé en mis amplios ropajes, algo estropeados por el viaje y en una situación higiénica que dejaba bastante que desear, y decidí lanzarme en los brazos de Morfeo para recuperar mínimamente las fuerzas.

Estaba ya a punto de amanecer cuando algo me despertó. Aturdida, escuché unas voces masculinas en cuyos tonos parecía mezclarse el asombro y la inquietud.

-¡Es una mujer! –oí-. Alguien me destapaba el rostro y me quitaba el turbante, de modo que mi melena, que había crecido demasiado para mi comodidad, estaba revelando peligrosamente mi género. Inmediatamente, sentí unos brazos cubiertos de hierro que me sostenían y unas manos ásperas que me tocaban el rostro. Estas confianzas acabaron de despertarme por completo, y me erguí de un salto no sin antes arrear un par de puñetazos a diestro y siniestro para liberarme de aquellos villanos que osaban perturbar mi intimidad.

-¿Qué se supone qué estáis haciendo? Retroceded, si no queréis que os prive de la poca masculinidad que debe de quedaros si os atrevéis a agredir en grupo a una mujer indefensa. O supuestamente indefensa, porque si tuvierais la más mínima idea de quién soy yo os habríais marchado ya con vuestros cortos rabos entre las piernas.

En casos como este, los agresores suelen hacer caso omiso de tus fanfarronerías y te las ves y te las deseas para desprenderte de ellos. Yo ya estaba dispuesta a vender cara mi vida y mi virtud, o más bien lo poco que de ella quedara, cuando comprobé asombrada que los desconocidos, en lugar de atacarme, me apuntaban con sus antorchas para observarme mejor. A su luz, vi que todos estaban envueltos en capas negras, que mantenían pegadas a su cuerpo como si quisieran fundirse con las sombras. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó y, os lo creáis o no, me hizo una cortés reverencia.

-Mi señora Eowyn de Camelot, supongo. Por fin os encontramos.

A veces tengo la sensación que soy más conocida que la Moños. Justo cuando más me esfuerzo en pasar desapercibida.

-¿Qué os hace pensar que soy tal persona? –contesté yo con enfado, sin relajar mi postura. El hombre dio un paso más hacia mí y, sonriendo, dejó que su capa se abriera y se mostrara el conocido hábito blanco con la cruz roja que aparecía en mis peores pesadillas.-. ¡El Temple de nuevo, malditos seáis! –tuve que exclamar, montando en cólera-. Pero ¿es que no me vais a dejar descansar nunca?

Al recién llegado parecían hacerle mucha gracia mis poco halagüeños sentimientos respecto a su milicia.

-Contestando a vuestra pregunta, diré que respondéis perfectamente a la descripción que alguien que os conoce muy bien hizo de vos. Esa persona nos envió a buscaros hace ya algunas semanas: ni él ni nadie hubiera pensado que os encontrabais en Tierra Santa, hasta que llegó a nuestros oídos una curiosa historia sobre un tabernero y una mercenaria cristiana en la cual a nuestro común amigo vio rasgos que le recordaron enormemente a vos. Así que nos rogó encarecidamente que averiguáramos qué hacíais por estas tierras, temiéndose una trampa, cosa que desgraciadamente resultó cierta. Después vinieron algunos desencuentros provocados por la mala fortuna, vuestro encarcelamiento por parte del Sultán, la huida posterior y este hallazgo que ha obedecido más a la Providencia que a otra cosa. En realidad pensábamos que estaríais escondida en Damasco, esperando una oportunidad para deslizaros a escondidas en alguna embarcación; de hecho, nos disponíamos a regresar a Chipre a confesar el fracaso de nuestra misión, cuando nos pareció ver un árabe desmayado o muerto apoyado en un árbol y… el resto ya lo sabéis.

Yo le miré aún con desconfianza. El que su historia pareciera coherente no significaba de ningún modo que también fuera verídica; aunque realmente debía de tener yo tan mala cara como para que hubieran creído al verme que no me hallaba ya, o al menos no me hallaría por mucho tiempo, entre los vivos. Uno de los hermanos, de entre los más jóvenes, se me acercó para ofrecerme un poco de agua, lo que al parecer había sido su intención cuando me sacaron con tal brusquedad del mundo de los sueños; yo acepté, haciendo un gesto mínimamente cordial. ¿Acaso eran ellos los “extraños viajeros” de los que me había hablado Gustaf? La perspectiva no me parecía muy halagüeña: yo había luchado al lado de esa gente en las murallas de Acre, y sabía que en su mayoría eran valerosos y leales, pero también simbolizaban dos de las cosas hacia las que sentía un aborrecimiento creciente: el imperialismo y la religión, sea cual sea. Ambas son enemigas de los desfavorecidos y de las mujeres, y yo me encuadro dentro de las dos categorías.

-Así que me decís que ese grandísimo hijo de puta, que se mete en líos con sultanes sin importarle a quien puede arrastrar en su caída, está vivo –hablé yo, después de echar un buen trago del líquido elemento, dispuesta a encontrar una grieta en su argumentación

-Efectivamente -el líder del grupo asintió.

-Pues entonces, dado el interés que según vos ha mostrado en encontrarme, me resulta extraño que no haya venido él personalmente –conocía a mi viejo amigo: entre sus muchos defectos, destacaba que era incapaz de delegar, y eso no me producía ninguna confianza.

Mi interlocutor aguardó unos segundos antes de contestar, moviendo los labios como si estuviera meditando bien su respuesta.

-El médico le desaconsejó viajar y el comendador de Limasol se lo prohibió encarecidamente –dijo al fin.

-¿Ha enfermado? –me interesé yo.

Una nueva pausa.

-Digamos que tuvo un encuentro con… alguien… y resultó herido. No gravemente, pero sí de consideración –la manera en que pronunció la palabra “alguien” me resultó extraña. Ahora callé yo, pensando de qué manera formular la próxima pregunta para conseguir la máxima información, ya que el templario parecía algo reacio a suministrarla. Pero fue más rápido que yo-: No temáis. Os aseguro que está fuera de peligro.

Suspiré.

-Me dejáis mucho más tranquila. Y ahora que está todo arreglado y que os habéis enterado del motivo de mi visita a estas santas tierras, os pediría que me proporcionarais algo de dinero  y víveres, unas armas y un caballo y que consiguierais meterme en el primer barco que zarpe para Barcelona. No os lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada indirectamente por culpa de vuestra orden, y seguro que vuestro Dios os lo pagará con muchos hijos, o con el equivalente en casos como el vuestro. Y a nuestro común compañero podéis decirle de mi parte que le perdono, que se mejore rápidamente y que ya nos volveremos a encontrar en el Paraíso. Hala, arreando, que tengo prisa.

El monje guerrero lanzó una sonora carcajada. Al parecer, y por alguna desconocida razón, yo le divertía mucho.

-¿Tenéis suficiente con esto? –uno de los freires avanzó de entre la comitiva. Llevaba de las riendas a mi Rayo Blanco, con su correspondiente silla y todas las alforjas cargadas con mis escasas pertenecías, mi espada incluida. No pude evitar un grito de júbilo ni una mirada de agradecimiento y me precipité a abrazar el cuello de mi caballo, al que pensaba no volvería a ver nunca más. Oí la voz del líder del grupo detrás de mí.

-No fue difícil recuperar vuestras cosas cuando supimos que os las habían, por decirlo de una manera, confiscado. Lamentablemente no tuvimos tiempo de liberaos de vuestra prisión pues vos os adelantasteis. Así que es lo único que pudimos hacer para purgar nuestra “culpa indirecta” como vos la habéis llamado. Sé que no es suficiente, pero que sirva como un anticipo.

Le miré con algo que casi parecía afecto. Soy bastante parca en palabras y en gestos cuando se trata de expresar sentimientos, pero en ese momento le hubiese pegado un beso en los morros si no hubiera sido porque no me apetecía que se malinterpretaran mis motivos. De todas maneras, creo que él me entendió.

-Solo os pido una cosa: tenéis que acompañarme. Haréis muy infeliz a vuestro antiguo camarada si os negáis a venir. Él os guarda un sincero afecto y lamentaría profundamente no poder disculparse ente vos por los problemas que involuntariamente os ha ocasionado. Tal vez no tenga derecho, pero…

Yo deseaba dejar las cosas como estaban: Tierra Santa, a pesar de lo que yo la amaba y me identificaba con ella, se estaba convirtiendo en un lugar demasiado peligroso para mí, y no precisamente por las persecuciones del Sultán, mis problemas laborales ni mis reivindicaciones de consumidora; y lo peor es que no sabía exactamente en qué consistía el riesgo, o si lo sabía, pero no me apetecía en absoluto reconocerlo ante mí misma. Aparte de que me negaba a ser cómplice de ninguno de los dos bandos en lucha por aquella codiciada zona, condenada a no vivir en paz en ningún momento de su historia; aquello tenía que acabarse en algún momento, y aunque yo no sabía qué hacer para conseguirlo desde luego que no deseaba confraternizar con ninguna de las partes implicadas.

Y no obstante comprendí que, por honor, tenía que aceptar la petición del templario.

-Está bien –concedí-. Os acompaño. Pero solo hasta que salga el primer barco de vuestro puerto. Luego olvidaos de mí para siempre. He tenido suficiente de órdenes religioso-militares para el resto de mi vida.

Siempre sonriendo, él asintió con la cabeza.

-Acepto vuestras condiciones. A propósito, mi nombre es Guillaume de Nantes –no añadió ningún título que concretaras su jerarquía dentro de la Orden, y yo no le pregunté: su orgullo y seguridad le señalaban como alguien importante, y la verdad es que yo me perdía un poco con los mandos templarios.

-Pues encantada. Y no me tratéis con tanta ceremonia, que no soy noble. Y ahora, si me perdonáis y me suministráis un poco de agua, me gustaría cambiarme de ropa y proceder a mis abluciones matinales, que si no me aseo mínimamente al levantarme no soy persona –hurgué en mis alforjas buscando ropa limpia y mi añorada cota de malla. Después procedí a quitarme las prendas que llevaba, ante el escándalo generalizado de los pudorosos monjes, que cubrieron castamente sus ojos con unas manos entre cuyos dedos advertí, no obstante, bastantes grietas. Guillaume, que no dejaba de mirarme como si yo fuera la cosa más graciosa del mundo, hizo un gesto a sus hombres exhortándoles con un gesto a abandonar aquel claro:

-Os dejamos sola, dama Eowyn. No deseamos acumular más faltas en nuestras pecadoras almas. En cuanto a vuestra falta de nobleza, tal vez deberíais dejar que la juzguemos por vuestros actos–y tras estas misteriosas palabras desapareció en la espesura no sin antes acercarme un poco de agua. Yo me quedé riéndome a carcajadas para mis adentros: qué triste sería la vida si no pudiéramos escandalizar un poco a los fundamentalistas católicos. (sigue)

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¿Qué se puede decir que no se haya repetido ya hasta la saciedad? Sobre la destrucción sistemática de las conquistas sociales y el Estado del Bienestar que tanta sangre costaron a nuestr@s abuel@s, sobre la guerra sin cuartel que los psicópatas mercados han desatado contra la ciudadanía global, sobre las acciones concretas de sus cómplices en el Estado español, Rajoy, Mas y satélites, y su ofensiva sin precedente contra la Sanidad, la Educación, la Memoria, la libertad de prensa, religiosa y de opinión, la mujer, los servicios básicos, la seguridad laboral… la paz de la población, en suma. Lo hemos repetido en innumerables ocasiones, y sin embargo parece que no se ha dicho lo suficiente, porque cuando hablamos parece que solo nos responden oídos sordos y, la mejor de las veces, brazos sin fuerza.

Pero tal vez es que se acabó la hora de las palabras.

Mientras tanto, aquí os dejo un traducción de una más de las mentiras que el PP quiere insertar a fuego en nuestro cerebro gracias a sus canales de manipulación. Por si alguien aún no lo sabía. Por si sirve de algo.

http://youtu.be/gW0qhjUR86g

Difunden este vídeo los blogs: Ciberculturalia, Relatando desde el Bajo Llobregat, Ventanas del FalcónKabila y Quien Mucho Abarca

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