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Posts Tagged ‘represión policial’

A veces la luz al final del túnel no es más que una trampa...

A veces la luz al final del túnel no es más que una trampa…

(viene de) Como dentro de la mejor tradición de unos antidisturbios asaltando un CSO o una sede del Partido Comunista, pues en el fondo nunca hemos dejado de ser ilegales y ahora se sienten fuertes para demostrárnoslo): en el revuelo que se produjo al trasladar los pertrechos del falso don Rodrigo a su alcoba, situada en la torre principal, y desalojar al infeliz, el familiar más o menos cercano al de Entença, que la ocupaba en aquel momento,   me fijé en uno de los criados, un joven de aspecto agradable que parecía haber conservado un poco de inocencia en mitad de toda aquella sangrienta locura. Ignorada por la servidumbre como un componente más de los avíos de mi señor, cosa inherente a mi condición de mujer y plebeya y gobernada por Gallardón, disimulé hasta que le tuve a tiro y lo suficientemente separado de los demás, y le abordé, muy formal.

-Mozo, mi señor quiere que le realices un servicio confidencial. Quédate cuando los demás se hayan marchado.

Algo sorprendido, asintió con la cabeza y fingió estar ocupado en las profundidades de un baúl hasta que en la habitación solo quedamos él y yo. Cuando creyó que podía hablar sin peligro, me preguntó:

-¿Y bien? ¿De qué servicio se trata?

Yo me dejé caer sobre la cama, con desparpajo, y de inmediato me di la vuelta y me acodé sobre el colchón, boca abajo.

-En realidad soy yo la que necesito el servicio… No pongas esa cara, hombre, que no quiero atentar contra tu virtud en el caso de que aún la conserves. Es sólo que preveo que voy a tener que aguardar aquí muchas aburridas horas y pensé que si me dabas un poco de conversación tal vez el intervalo sería más soportable.

Él mostró una expresión ofendida.

-Mejor harías en esperar a tu señor quieta y callada, como es tu obligación, y no perturbar el trabajo de los que sí respetan a sus amos, desvergonzada –bonito esquirol de su clase: menos mal que no trabajaba en Coca Cola ni en Panrico-. ¿Quieres atraerme a la perdición? Ya conozco a las mujeres de tu calaña, ya –no creía que las conociera en absoluto, ni a las de mi verdadera calaña ni a las de la calaña a la que él creía que yo pertenecía, pero si aquello le hacía sentir mejor… De un salto, me senté en la cama.

-Eres un malpensado. Solo quiero hablar un poco y matar el tiempo, ¿tan extraño es eso? Don Rodrigo tardará en retirarse, y cuando lo haga estará tan borracho que no creo que note mi presencia. Anda, déjame acompañarte, te ayudaré en tus quehaceres si así lo deseas –el relajo en su rostro me informó de que estaba empezando a encontrar la lógica en mi argumentación, o al menos de que mi propuesta no le parecía tan peligrosa y sí práctica. Yo añadí-. Tómalo como una deferencia de Castilla hacia Aragón, si así lo prefieres.

No pudo evitar sonreír.

-Está bien. Supongo que no hay nada malo en lo que me pides. Pero si veo que intentas algo… -me amenazó con el puño con escasa convicción.

-¿Y qué voy a intentar, hombre de poca fe? Solo soy una débil mujer. Anda, vamos.

Le acompañé a encender el fuego de las chimeneas de las alcobas de los allegados al comandante de aquella expedición de castigo, y luego bajamos a la cocina, situada en los bajos del edificio situado a la izquierda del portón de entrada, al lado de la pocilga y el gallinero y frente a los establos y a otra dependencia que no supe nombrar. La vasta sala bullía de actividad, y los criados se afanaban a desplumar aves, pelar verduras, retirar desperdicios, llenar jarras de vino y remover pucheros. Con la conciencia tranquila, mi acompañante, cuyo nombre era Bernat, cogió sendos trozos de pan y de carne seca y me llevó condujo a la terraza superior, a la que se accedía por una escalera externa.

-Es un lugar tranquilo para echar un bocado. Aquí nadie sube –me dijo-.  Por el frío y porque está situada por debajo de las almenas, por lo cual no sirve como puesto de vigilancia. Anda, come, que pareces desfallecida, y cuéntame cómo llegaste aquí. ¿Ese don Rodrigo es buena persona? No parece tan hijo de puta como los de aquí.

Vi la ocasión de orientar la conversación hacia donde me interesaba. En realidad, necesito poca ayuda para inventarme qué decir en cada ocasión en que lo necesito, tengo que reconocerlo.

-Las apariencias engañan –le contesté-. Pero en realidad mi historia no es importante. Es mucho más interesante la vuestra. Me hace reflexionar mucho el hecho de que todos vosotros hayáis sido obligados a venir a una guerra que no os compete en absoluto, arrancándoos de las confortables casonas y castillos donde servíais. Debe de resultaros muy duro. Vuestra situación solo es un poco mejor que la de los prisioneros que se hacinan en esa construcción cerrada –señalé con el codo al frente.

Bernat me miró con creciente interés preñado de triste sorpresa. Después, concentró su mirada en las pétreas losas del suelo.

-Hace mucho que no los alimentan –yo me estremecí-. Al menos, a ninguno de los criados nos mandan hacerlo. Se están pudriendo en ese lugar y conozco a muchos de ellos, aunque por suerte ninguno es cercano… -levantó los ojos y dijo con una aparente frialdad más desgarradora que la desolación-: Todos los míos han tenido mejor fortuna: están muertos.

Tragué saliva. Y debo de reconocer que ahí sí que me quedé literalmente sin palabras. Afortunadamente, él no alargó mucho la pausa.

-Muchacha, has acertado en lo que has dicho: nuestra situación no es mucho mejor que la de ellos. Pero a pesar de todo, podemos dar gracias a Dios. Cuando el señor Berenguer escogió de entre los prisioneros a los que teníamos mejor salud y aspecto para que le sirviéramos cuando decidió resistir en este castillo, lo supimos.

Oímos gritos y carcajadas de los guardias, por encima y por debajo de nosotros. El vino ya estaba haciendo sus efectos. Yo comprendí.

-¿Entonces…?

-El señor Berenguer no se trajo a su servidumbre a la guerra, aparte de unos cuantos. Le gusta viajar ligero de equipaje, o eso dice siempre. Nosotros pertenecemos a las aldeas arrasadas… Aún me siento mal por haber abandonado a mis compañeros allí, pero…

Yo no podía censurarle: solo estaban intentando sobrevivir, luchando por un poco de calor y de agua en sus vidas, que es el mínimo derecho de una persona humana y que con tanta facilidad y falta de escrúpulos se puede arrebatar. Pero aquella confesión me abría una interesante posibilidad. Dejé a un lado el disimulo.

-¿Quieres liberar a tu gente? Puedo ayudarte si tú me ayudas.

-¿Qué estás diciendo? –él se escandalizó, tomándome por loca, o más bien, por estúpida-. Eso que dices es imposible. No hables de cosas que no conoces.

-Puedes creerme si te digo que sé cómo hacerlo –rebusqué entre mis ropas y saqué uno de los objetos útiles que me había llevado en previsión de su necesidad: en ese caso era mi daga. Él dio un respingo al verla-.  Hay una pequeña poterna en el muro más alejado. Da un terreno escarpado, pero suficientemente practicable. Comprobaremos que los guardias estén borrachos hasta la inconsciencia; no será difícil: el vino malo que don Rodrigo ha traído para la tropa venía con un pequeño ingrediente extra que ha añadido un médico amigo mío. Y luego haremos salir a los prisioneros y los llevaremos allí.

Me miraba con los ojos desorbitados.

-¿Quién eres tú en realidad? ¿Y quién es ese don Rodrigo al que acompañas?

-Te ha de bastar saber por el momento que no soy ni una aldeana robada ni una putilla errante, y que él tiene bien poco de caballero castellano. ¿Qué dices? ¿Quieres ayudarnos a rescatar a los tuyos?

-Sigue siendo una insensatez. ¿Qué crees que pasará si notan su ausencia? Tendremos que huir con ellos o nos caerán encima las represalias. Y a cada momento nos están llamando a alguno para que les sirvamos, nuestra ausencia no tardaría en notarse. Nos atraparán.

Era cierto. El plan tenía algunas lagunillas, debía reconocerlo. Por eso Frey Pere, Guillaume y el resto de los potentados templarios que lo habían pergeñado, aunque con mi colaboración, habían decidido que había que liberar a los prisioneros tras la entrada de los asaltantes, y no antes. Pero yo no estaba de acuerdo: eso significaría que muchos de ellos podrían verse involucrados en la batalla. Y había mujeres. Y niños.

-Tendremos que arriesgarnos. Además, ahora somos dos, lo que facilita las cosas: mientras tú haces salir a los cautivos, yo abriré el portalón para que entren los sitiadores. Tus señores estarán demasiado ocupados para reparar en vuestra huida, puedo asegurároslo. Los hermanos son unos beatos insoportables cuando se lían con sus avemarías, sus padrenuestros y sus misas interminables, pero a la hora de repartir, reparten en serio. Lo sé de buena tinta: he luchado a su lado.

El pobre Bernat me miraba de arriba abajo, cada vez más alucinado. Pero la comprensión iba, poco a poco, abriéndose paso en su mente y, con ella, la determinación.

-Entonces… quizá tú, guerrera desconocida, seas la respuesta a mis oraciones.

-No –zanjé yo-. No soy la respuesta a las oraciones de nadie. Ni siquiera a las mías, y eso que lo intento. Pero quizá sea la constatación de que tú puedes intervenir en tu destino, aunque sea mínimamente, y de que no puedes desperdiciar ninguna de las escasas ocasiones que se te presenten de hacerlo. La lucha es el mejor paliativo. Anda, vamos. Comprobemos si esos centinelas necesitan más vino.

Un rápido paseo por el camino de ronda y una pequeña excursión a las habitaciones del cuerpo de guardia bastó para constatar que el brebaje de Maese Salomón había hecho su efecto: si llego a conocer a alguno de sus descendientes en el siglo XXI, cosa relativamente fácil porque ahora les han concedido la nacionalidad española que se les niega a otros, se lo agradeceré. Llegados a este punto, Bernat y yo nos miramos.

-Bien –mi voz parecía firme, pero las amígdalas me temblaban en la garganta. ¿Qué iba a encontrarme en aquella destartalada y lóbrega dependencia?-. El plan es el siguiente: abrimos la puerta a los prisioneros, no sin antes advertirles que guarden silencio, y entonces tú les conduces a la poterna mientras yo abro el portalón para que entren mis compañeros: esta es la señal para que ataquen. ¿Ha quedado claro?

-Perfectamente, pero ¿y después?

-Les conducirás a nuestro campamento. Es obvio que requerirán atención médica. Espero que mi amigo el matasanos pueda salvar al mayor número de ellos. Y cuando os hayáis recuperado… deberéis tratar de reconstruir vuestras vidas como buenamente podáis, con la ayuda de los templarios y de la mía, desde luego. Lo que podamos hacer, lo haremos, aunque he de advertirte que no es que podamos mucho.

No respondió. Solo estrechó mis manos entre las suyas, visiblemente emocionado.

-Vamos, pues –intervine yo, acortando sus demostraciones de agradecimiento.

La edificación que guardaba a los prisioneros estaba oscura y en silencio. Demasiado oscura. Demasiado en silencio. Y había algo más…

-Esto no es normal –advirtió igualmente Bernat-. Nunca nos dejan acercarnos demasiado a este edificio. Creo que estoy empezando a entender por qué.

Sí, algo más: a medida que me acercaba, capté otro detalle sorprendente. El olor, o mejor dicho, la ausencia de él. Tantos cuerpos hacinados durante tiempo, lógicamente, deberían de apestar. Pero el aroma del aire era extrañamente neutro.

-Ni los vivos ni los muertos hieden tan poco. Aquí pasa algo raro. Y no creo que sea bueno. Vamos, Bernat, apresúrate.

Llegamos, por fin, a la puerta, sin que nada hubiese cambiado. Ya me había extrañado el hecho de que el prisionero convertido en criado había actuado como si la puerta no fuera a estar cerrada con llave y, evidentemente, no lo estaba. Bernat se limitó, a deslizar la pesada tranca de sus soportes de hierro, con la ayuda de una manos casi inútiles, las mías, debido al involuntario temblor que las sacudía y al frío helador, que venía de mi interior, no de la climatología, que las paralizaba. La operación, al final, estuvo acabada.  Con cuidado, Bernat tiró de una de las hojas de la puerta, yo de otra, y…

Me imaginación había dibujado los peores escenarios: cuerpos desmembrados, exangües, enterrados en cal viva… Pero lo que vi superó cualquiera de mis temores. Lo que había en el interior de aquella construcción, era, sencillamente… nada.

-Pero –el desconcierto de Bernat era palpable-… yo los dejé aquí hace… ¡No pueden haberse esfumado!

-No –convine yo-, eso sólo sucede con las pruebas que inculpan a los ricos…  -me sentía desconcertada e impotente, pero decidí que ello no me ayudaba-. Vamos a ver, centrémonos, hemos de reflexionar… deben de estar en otra dependencia del castillo. ¡Piénsalo!

-¡Las conozco todas! –respondió él, más alterado aún que yo, si cabe-. Y en la mazmorra no cabrían, apenas hay un par o tres de pequeñas celdas. Además, es ahí donde están tus compañeros…

-¿Y por qué no lo has dicho antes? Vamos, rápido, vamos –dejé que me condujera al edificio principal, y entonces me fijé en las escaleras que descendían desde el vestíbulo, al lado de la entrada que llevaba a la capilla y de las que ascendía a la sala capitular (donde se estaba celebrando el banquete) y a los dormitorios principales. Me debatía entre el sentimiento de pérdida y el de recuperación, la preocupación y la esperanza, y la culpabilidad sin atenuantes: habíamos llegado tarde, no había insistido lo suficiente en atacar o bien en deslizarnos en el castillo con alguna excusa y, donde quiera que estuvieran metidos los prisioneros, tampoco los había podido ayudar, y en aquel momento estarían muertos o esclavizados; y es que no se hallaban en ninguna otra parte. ¡Era imposible! En aquel momento, una criadita bajó cargada de jarras vacías desde el banquete, mirándonos temerosa, y de pronto lo entendí todo. Paré en seco a Bernat antes de bajar las escaleras, y lo conduje al hueco que dejaba la ascendente.

-Pero ¿qué te sucede ahora?

Todo encajaba: aquello no fue una deducción, se hubiera tratado más bien de una inspiración divina si en el mundo existiera algo así: tal vez me ayudó la adrenalina que recorría mi sangre en aquel momento, pero de pronto todas las piezas sueltas ocuparon su lugar en el puzzle deshecho que pululaba por mi mente de aquella gran farsa: sí, porque no se trataba de otra cosa. Como las revoluciones de colores y muchas revoluciones árabes, como la falsa contestación ciudadana en Venezuela: los Entença parecían estar asesorados por la CIA: Todos los detalles que me habían chocado últimamente, aunque sin concederles importancia, encontraban su respuesta en aquel momento. Necesitaba un segundo para ordenar mis ideas. Una pausa para hacerne el relato de los acontecimientos y decidir el siguiente paso.

-Conoces el castillo. Los prisioneros no pueden estar en ninguna parte –espeté bruscamente a Bernat en un murmullo-. Eso es lo que aseguras, ¿no?

-¡No, no hay una estancia suficiente grande para contenerlos! ¡Y he estado en todas! –respondió, contagiado por mi exaltación aunque con menos contención que aquella a la que yo me obligaba-. Pero…

-Entonces –continué sin hacerle caso-, si no están aquí, si no pueden estar de ninguna manera, es que, por improbable que sea, se han marchado. O, mejor dicho, los han sacado. Y eso sólo puede significar…

Bernat era rápido.

-… que hay ¡una salida!

-Eso mismo. Algunas fortalezas cuentan con un pasadizo secreto para emergencias, y esta deber de ser una de ellas. Lo que le quita totalmente el sentido al sitio de este castillo. Si han podido llevarse a los cautivos, significa que también pueden salir ellos. Y si pueden salir, ¿por qué cojones no lo han hecho?

Bernat se encogió de hombros, desconcertado.

-Porque esto es una trampa. Una fenomenal trampa –me autocontesté yo; en realidad, hablaba para mí misma-. Quieren exterminar a todos los templarios. Cogerles entre dos fuegos. Y algo más. ¿Por qué los refuerzos no han atacado aún? Ya sabemos que nada de lo que diga el rey puede detener al de Entença, sólo teme a las consecuencias de asesinar a una persona que en realidad está bajo el mando directo del Papa. Y sé que Blanca tiene hombres de sobra, y que hay muchos más soldados de los Entença que los sitiados. Me resultó difícil de entender que el verdadero don Rodrigo hubiese sido apresado tan fácilmente, obviamente debía de saber a lo que se exponía y cuál era la situación antes de venir aquí. Y también fue extraño que Berenguer no tuviera ninguna prisa a que Guillaume no le desvelara cuál de los prisioneros era el hombre que buscaba, si es que estaba entre ellos. El de Entença no odia la buena vida, por lo que sé de él, pero no es un petimetre de la Corte sino un guerrero valeroso, aunque ambicioso, vengativo y cruel. ¡Demonios! Guillaume ha hecho lo que se esperaba de él, de todos nosotros, hacerse pasar por don Rodrigo, infiltrarse e intentar abrir la puerta desde dentro. Probablemente Berenguer se imagina incluso quién soy, y está deseando entregarme a Blanca… -ojalá Alfonso de Castilla hubiera sido tan listo como el PP para restringir la aplicación de la justicia universal en su reino: no sé si eso le hubiera evitado problemas con sus vecinos, como en el caso al que me he referido, pero al menos me los habría evitado a mí, que estoy buscada desde Tierra Santa a Germania pasando por nuestro país vecino del centro de la península.

-Nos dijeron a los criados que te vigiláramos, que no te dejáramos sola ni un momento –me interrumpió Bernat-. Ahora lo comprendo todo. Ahora sé que solo puedes ser…

-Pero no es el momento de presentaciones. Los refuerzos deben de estar cerca, solo esperan que se abra la puerta y reciban una señal para atacar de esos soldados que sin duda solo están fingiendo que se han bebido el vino, y así merendarse a los templarios como si se comieran un sándwich, entre los del castillo y ellos. De esta manera, si un prisionero anónimo que luego resulta ser una mandamás del Temple la palma, serán cosas de la guerra. Y habrán matado dos pájaros de tiro… Bueno, más de dos. No podemos abrir esa puerta ni dejar que nadie lo haga. Y hay que avisar a…

Oí un quedo sonido de pisadas y me asomé a las escaleras con cuidado. En la semioscuridad de la noche, entre las antorchas, justo en aquel momento, una sombra vestida con una larga capa negra con esclavina echada sobre la cara se coló por la puerta, dirigiéndose al portón de entrada, furtivo y torpe al mismo tiempo como un estúpido ejecutivo de Goldman Sachs reprivatizando un banco rescatado con dinero público. Comprendí lo que estaba a punto de hacer: el plan no les había funcionado, ¡yo estaba tardando demasiado en hacer lo que se suponía que era mi cometido! Sin pensarlo un instante, me eché a correr detrás de él en silencio, dispuesta a noquearle antes de que pudiera dar el aviso a nadie. Pero la carrera no me permitió ser tan sigilosa como para que no me oyera, y cuando estaba a punto de alcanzarle se volvió y comenzó a dar gritos de alarma. Inmediatamente los guardias apostados en las almenas salieron de su aparente sueño provocado por el vino con narcóticos de maese Salomón y se pusieron a disparar hacia mí.

-¡Cuidado! –tuve tiempo a decirle a Bernat, que había salido en pos de mí, antes de rodar por el suelo y buscar refugio en los muros. Él retrocedió a su vez. Mientras tanto, la sombra ya había llegado al portón y se empeñaba a desatrancarlo. Yo corrí hacia ella sin dejar la protección de los muros y me abalancé encima.

-¡No permitiré que lo hagas! –pero ya estaba hecho. Aquel hombre había logrado retirar la tranca de la puerta (probablemente ya la habían dejado medio desatrancada para facilitarle el trabajo, a él o a mí, quien era la que se suponía que debía de hacerlo) y entreabrirla, y pude ver por el resquicio cómo una flecha encendida trazaba una estela en el aire, sin duda la señal para que los refuerzos cargaran. Aprovechando mi desconcierto, el individuo logró voltearse para invertir la posición y colocarse encima de mí. Una de sus manos sujetó las dos mías por encima de mi cabeza, mientras la otra parecía querer buscar algo bajo mis ropas, algo que no sólo era mi arma. Sentí unas impresionantes ganas de vomitar combinadas con el odio más absoluto, pero el lugar de dejarme llevar por ellas me detuve un momento, respiré profundamente, me encogí sobre misma, deslicé mis rodillas hacia arriba y le propulsé con ella y con las puntas de mis pies, hallando el apoyo en la fuerza con que aplastaba mis manos contra el suelo. Después volví a apoyar los pies en el suelo, me levanté de un salto y le pateé la cabeza. Sin pararme a averiguar si estaba fuera de combate, cogí una de las antorchas que iluminaban la entrada y salí, protegida por la barbacana. Distinguí las sigilosas sombras de los templarios deslizándose a casi un tiro de flecha.

-¡Retroceded! ¡Vamos, retroceded! ¡Es una trampa, os atacan desde detrás! –mi voz resonó clara y firme en silencio de aquella noche; desde luego no era un viernes por la noche en un barrio de clubs nocturnos de Barcelona. Los guardias empezaron a asaetear a los templarios sin esperar a que estuviesen a tiro, y por detrás de ellos se levantó un estruendoso griterío y más flechas encendidas iluminaron la noche.

-¡Volveos! ¡El enemigo está detrás! –era la voz de Frey Pere, el mariscal accidental de aquella tropa. Una pequeña columna, sin embargo, avanzó hacia el castillo, sorteando las flechas. Yo volví sobre mis pasos a toda prisa y vi que la sombra encapuchada había desaparecido. Pero era demasiado tarde para avisar a Guillaume: en el patio de armas, los Entença lo tenían cercado por todas partes, y el solo podía enarbolar su espada para vender cara de su vida. Pero todos ellos, aunque amenazantes, parecían extrañamente inmóviles. Y, por cierto, ¿dónde estaba Esquieu? Se suponía que era el escudero del falso Rodrigo y no podía abandonarle.

-Ah, aquí estás –Berenguer se destacó del grupo al verme-. Eres Eowyn, supongo. Tu disfraz es bastante convincente, pero cuando vi que el falso don Rodrigo traía a una mujer con él entendí que solo podía tratarse de ti. Me alegro de verte. Y mucho más se alegrará doña Blanca cuando lo sepa. Ahora dime, ¿quién es este hombre? Tú tienes que saberlo. ¿Es el de Nantes, tu hermano o es –su sonrisa fue cruel- su jefe y gran amigo tuyo? Dímelo, y así quizá le salvarás de la vida. ¿O prefieres que se lo pregunte a los prisioneros? Les he dejado unas semanas tranquilos, por deferencia a nuestro amado Jaume, pero después de esta lucha no creo que el rey se moleste en pedir que se investigue si hay cadáveres con signos de tortura.

Sobreponiéndome al nuevo giro de la situación, obligué a mi cerebro a trabajar deprisa. Si revelaba la identidad de Guillaume, este sin duda se salvaría: ningún aliado de Blanca se atrevería a tocarle un pelo. Pero entonces el de Entença mataría a todos los prisioneros. Sin embargo, si yo mentía, podría lograr tal vez un tiempo para mi amigo, pero eso sería el final de Guillaume.

-Estoy esperando.

Solo tenía que decir una palabra. Pronunciar un nombre. Una pequeña mentira. El Gobierno del PP las suelta a diario, reticentemente, y no les pasa nada. Y sus mentiras, combinadas con su brutalidad y su supina idiotez, no solo causan la pérdida de una vida humana. Y tampoco les pasa nada.

-Se me agota la paciencia.

Pero yo no podía hacerlo. Ni siquiera para salvar a mi querido amigo podía condenar a otro hombre a la muerte con mis palabras. No. Que el diablo me ayudara, pero no podía hacerlo. Me sentía tan impotente como un inmigrante africano arribando a nado a la costa española bajo las pelotas de goma de los esbirros del poder: mirara donde mirara, solo podía ver muerte.

-Está bien –dijo el de Entença tranquilamente-. Traedme a los prisioneros.

-Ella no te lo dirá, pero yo sí- la voz de Guillaume rompió la tensión de la escena-. El de Nantes es uno de los prisioneros. Por eso ella me acompañó a rescatarle a él y a los demás. Y por eso yo decidí realizar la misión: es mi amigo, mi más querido amigo, y haría cualquiera cosa por él. Yo soy el hombre que buscas, Entença. Ahora, haz lo que tengas que hacer.

El acento de Guillaume ahora se acercaba más al de verdad. Pero no recordaba tanto a Nantes, sino a un lugar algo más al este… No se le escapó el detalle.

-No –dije yo-. No lo hagas.

-Sí –contestó él-. No puedes salvarme, Eowyn.

-¡No seáis estúpidos! ¡Está mintiendo! –pero yo carecía de argumentos para defender aquella tesis.

-Vamos, pues –indicó el de Entença a sus hombres, ignorándome-. Matadlo.

-No tan deprisa.

Una voz bien conocida sonó desde lo alto de las almenas que, misteriosamente, estaban vacías de guardias. En su lugar, unos seres cadávéricos con pardos trapos andrajosos que habían perdido toda semejanza con el tradicional hábito blanco de la orden empuñaban los arcos de estos. Con júbilo, distinguí entre ellos a Guifré y a los acompañantes vivos de Guillaume, al lado de un de un hombre calvo de mediana edad que por lo que yo sabía sólo podía ser el comendador de Corbera.

-Me temo que ese hombre ha sufrido una lamentable confusión de identidad: él es el bretón y yo la persona a la que buscáis. Es evidente. Miradme un poco, pensad en lo que sabéis de mí, y comprobaréis que tengo razón.

-¡Maldita sea!

El de Entença se había dado cuenta de que la había cagado.

-Pero ahora es demasiado tarde para que podáis rectificar. Eowyn, ¡coge esto!

Me tiró una espada y yo la agarré al vuelo. Una lluvia de flechas cayó sobre el patio de armas, esquivándonos a mí y a Guillaume, que tuvo tiempo de sacar su espada. En aquel momento, la columna que se había separado del escuadrón templario penetró en tumulto entre gritos, con Gonzalo a la cabeza. Yo me defendí de los dos Entenças más cercanos que encontré mientras Guillaume hacía lo propio con los suyos, a mi lado.  Entre mandoble y mandoble, pude decirle:

-¿Dónde demonios se ha metido Esquieu? ¡Nos estaba haciendo falta! –yo esquivé un golpe dirigido a mis riñones, di una vuelta y le hice un corte profundo en la pantorrilla a mi atacante, que le hizo derrumbarse.

-Le sentó mal la comida. Debe de estar en las letrinas –Gullaume se abalanzó encima del suyo sin piedad, y con un par de espadazos seguidos le dejó fuera de combate.

-Qué oportuno –sólo me quedaba uno. Pero había visto a Berenguer detrás de él y decidí que debía de quitármelo de encima rápido-. Me pregunto si es el banquete lo que le ha provocado diarrea y no otra cosa –detuve la espada de mi contrincante con todas mis fuerzas, y mientras me tiraba del pelo para hacerme perder empuje, le clavé un rodillazo en todos los huevos, con el resultado que podéis esperar.

-Ya veo que no te cae muy bien –el bretón, aprovechándose de su aventajada estatura para atacar por encima al segundo de sus Entença, con un golpe que estuvo a punto de separarle el brazo del hombro.

-¿Se nota mucho?

Estábamos ahora los dos frente a Berenguer. Mi amigo y los demás, que habían bajado de las almenas al no poder seguir disparando so riesgo de daños colaterales, se unieron a nosotros, y él se colocó a mi lado y me miró de una forma extraña. Bernat, que estaba con ellos, me guiñó un ojo y yo le sonreí; nunca le agradecería lo bastante su decisión y su rapidez.

-Volvemos a estar los tres juntos –exclamó Guillaume, alegre-. Ahora solo queda decidir quién se encargará de ese cabrón.

-A mí no me dirijas la palabra, perro traidor, ladrón hijo de puta.

-Qué carácter. Está visto que no le sienta bien hacerse viejo –el de Nantes se dirigía a mí.

Berenguer, por su parte, esperaba pacientemente, tan satisfecho de sí mismo como Gallardón después de privatizar el Registro Civil.

-Es muy conmovedora esta reunión de viejos amigos, pero estoy esperando a ver quién lucha conmigo -yo me adelanté.

-Dejádmelo a mí…

-¡No! –dijeron los dos al unísono.

-Sí. Creo que les estoy cogiendo el gusto a luchar sin armadura. Voy mucho más ligera. Y total la mía es de tan mala calidad que no me protege de nada. Voy a ello. Vosotros –les advertí-, por favor, no intervengáis.

Naturalmente no iban a hacerme caso. Sabía que estaban preparados para auxiliarme, pero tenía la esperanza de que no fuera necesario. Ataqué al de Entença, moviéndome mucho, ofreciendo poco blanco y buscando sus puntos débiles, como solía. La cota de malla, que llevaba bajo su traje de cortesano, en aquellas circunstancias le dejaba en desventaja respecto a mí.

-Luchas como una salvaje almogávar –me escupió con asco.

-No deberíais hablar tan mal de esa gente. Quizá algún día los necesitéis. La vida da muchas vueltas, señor Berenguer.

Bernat, que había estado repartiendo mandobles con una habilidad escasa suplida con creces por su buena voluntad, se interpuso entre nosotros en silencio. La mirada de odio en sus ojos consiguió espantarme: no hubiera creído que albergara tales sentimientos, pero me imaginé que tenía buenas razones para ellos

-Eowyn, él es mío –fue tan contundente que casi no puede oponerme. Sólo argumenté.

-Bernat, no eres rival para él, y lo sabes –la diferencia entre los dos era la mismo que la que podría existir entre un policía español entrenado en Israel y un activista común y corriente.

-No importa –Bernat atacó a Berenguer con ímpetu y sin descanso. Durante unos segundos, la fuerza de su aborrecimiento hizo retroceder a un desconcertado Entença, que apenas podía parar sus golpes, pero el criado estaba tan ciego que no vio cómo la espada del noble, que parecía vencida, se impulsaba hacia arriba para clavarse bajo su axila: ninguno de los tres pudimos hacer nada por evitarlo.

-¡Bernat!

Corrí hacia él mientras mis dos compañeros acorralaban al asesino. El criado, ya en tierra, no podía pronunciar una palabra, pero su sonrisa lo dijo todo: había reconquistado su dignidad. Pero ¿era necesario que muriera para conseguirlo? Yo había comprado mi vida y la de mis compañeros con la suya. No, no, no, no quería pagar, no de aquella manera. La justicia debería de ser gratuita, sobre todo para los que realmente necesitamos justicia, los desfavorecidos, la purria de la sociedad: si no, no nos quedaba nada. Y yo no estaba preparada para soportar aquello. En aquel momento, su cabeza se venció a un lado. Yo solo pude cerrarle los ojos.

De pronto, la tropa templaria entró en confuso montón de polvo y vítores en el patio de armas, haciendo que se interrumpieran las luchas. Frey Pere, que arrastraba el estandarte de los enemigos con la mano izquierda, se dirigió a los Entença del castillo, exultante. Guillaume se unió a él.

-¡Rendíos! Los vuestros han huido como conejos. No estaban preparados para luchar como buenos soldados. Les pintasteis el asunto demasiado fácil. ¡Berenguer, vuestra soberbia os ha vencido!

El aludido dio un paso al frente, desafiante y despreciativo.

 -Esto no es el final y vos lo sabéis.

-Es el final de momento, y con eso nos basta –proclamó Guillaume.

Extrañamente, o no tanto, yo no podía sentir alegría.

-Vamos -me dijo mi amigo, cogiéndome por el hombro-. Ya no puedes hacer nada por Bernat, lamentablemente. Dedícate a los vivos. Te necesitamos.

Levanté los ojos hacia él. De pronto comprendí que, a pesar de toda la absurdidad, la injusticia y la tristeza, todo había terminado y mis amigos estaban vivos y a salvo. Mi más querido amigo estaba vivo y a salvo. Habíamos vencido: sí, solo era una batalla, pero nadie podría arrebatarnos aquel triunfo, aunque perdiéramos la guerra. Acepté la mano que él me tendía y me levanté en silencio.

Pero aquello aún no había terminado. (sigue)

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(viene de) Así que continuamos nuestro camino en intrascendente conversación. Aunque a mí me era difícil concentrarme en la misma: estaba demasiado rabiosa de que el Destino y los continuos juegos que realizaba con mi persona, no permitiéndome permanecer en el mismo lugar (o en la misma época) más de lo que a él se le antojara, me impidiera elegir qué guerra quería hacer, cuándo y cómo. Solo  me consolaba que tal vez pudiera ser al menos un poco útil en cualquier espacio, en cualquier tiempo, cosa de la que tenía el convencimiento desde que me percaté de que la Historia no transcurre en balde. Pero solo imaginar que el viejo que compartía conmigo el camino podía ser un enviado de aquellos que pretenden destrozarlo todo, por los siglos y los siglos, me enervaba tanto que estuve en varios momentos tentada de comenzar a arrearle bien fuerte y después, ya, preguntar, en la mejor tradición de la policía española, seleccionada cuidadosamente por los gobernantes más servil y cobardemente fascistas entre todos los elementos fascistas, serviles y cobardes que se presentaron a las pruebas.

Pero noche cerrada era ya cuando, en la imposibilidad de encontrar un techo que nos cobijara, optamos por acampar al abrigo del bosque. Mi anciano compañero (que iba mostrándose más locuaz a medida que la oscuridad se abría camino, probablemente porque esta aumentaba la eficacia de su disfraz), cumpliendo su promesa, sacó unos tasajos de carne que no podían tener mejor pinta, un rico pan blanco y un pellejo de vino mientras yo me ocupaba de encender un buen fuego, cosa en la que mi errar habitual me había convertido en maestra. Cuando los preparativos de la cena y estuvieron acabados, nos sentamos a dar cuenta de las provisiones, hacia las que no puse ningún reparo a pesar de lo controvertido de la situación. Aquí donde me veis, soy una persona práctica, y mi lema, dictado por la experiencia, es: “Come mientras haya comida, bebe mientras haya bebida y duerme mientras sea posible, porque nunca se sabe cuándo podrás volver a hacerlo”. Además, si tenía que defenderme en mitad de la noche de ser degollada, bueno sería que al menos tuviera el estómago lleno. Y mientras tragaba, para no perder el tiempo, intenté sonsacar al anciano con toda la habilidad que poseía y que me temo que es más bien escasa, sobre cualquier detalle de su vida con el objetivo de que dijera algo que le hiciera traicionarse. Pero él se me adelantó:

-¿De dónde vienes entonces, joven, y cómo es que viajas por estos mundos del Dios?

Más bien del diablo, pensé yo, pero respondí con mi historia ensayada. Señalé el hábito pardo que vestía.

-Soy sirviente del Temple de Barcelona, y vengo de hacer un encargo en Miravet.  Y ahora me dirijo a Gardeny.

-Un sirviente algo extraño -adujo con cordial sonrisa-. Por tu forma de hablar pareces persona instruida.

-El párroco de mi aldea se encariñó conmigo y compartió algunos de sus conocimientos -contesté, después de echarme al coleto un bocado. La mejor mentira, se dice, es la que está entreverada de verdad.

-Eso lo explica -afirmó mi inquisitivo interlocutor-. Entonces, ¿vienes de la encomienda de Barcelona? Dime entonces, ¿no estará aún por allí un visitador de la Orden, un tal Guillaume de Nantes?

Por poco me atraganté con la comida. Vaya con el espía: ¿no estaba enseñando sus cartas algo prematuramente? ¿Tan seguro se sentía? Pero me rehíce y volví a darle la versión oficial.

-Allá lo dejé al pobre, doliéndose de una vieja herida que le dejó hecho unos zorros. Debió de ser un gran guerrero en el pasado, pero hoy en día tiene la misma fortaleza que un viejo veinte años mayor que tú, y eso que no creo que tenga muchos más de treinta –meneé la cabeza con expresión de triste resignación-. Y, por cierto, ¿de qué le conoces?

-Oh, unos parientes franceses tienen una relación de vasallaje con su familia –contestó, quitando importancia a sus palabras mediante el tono de su voz-. No es mal señor, según me cuentan, aunque sus relaciones con el rey Felipe de Francia no son demasiado buenas. Sería una lástima que no sobreviviera.

Yo no tenía ya la mosca detrás de la oreja. Ahora me acosaba todo un enjambre. ¿Qué diablos hacía por aquellos andurriales un viejo artesano tan versado en política internacional?

-Pues yo no tendría muchas esperanzas. Le vi bastante mal cuando me despedí de él, te lo aseguro. Pero bueno, cuéntame, ¿qué tiene en contra del rey francés? Entiendo muy poco de estos asuntos políticos, pero siempre pensé que su familia formaba parte del círculo de cortesanos más cercano al rey…

Yo disimulaba, pero tampoco tenía sentido que me fingiera mucho más inocente: estaba completamente convencida de que el viejo sabía demasiado acerca de mí y de toda aquella historia. Solo me quedaba la esperanza de que hablara lo suficiente para que yo pudiera extraer alguna conclusión, aunque desde luego que dormiría con un ojo abierto y la daga preparada.

-Y así fue en un primer momento. Pero la ambición de Felipe cara de lechuza no parece tener límites. Su obsesión por controlar todos sus territorios, y los adyacentes, además de llevar a su pueblo a guerras absurdas, está esquilmando el país. Hasta algunos gentileshombres de la Corte algo más misericordiosos que lo normal en su condición se están enemistando con él.

Recuerdo que un infiltrado en la manifestación de la última Huelga General se había acercado a mí en términos parecidos, aunque en lugar del rey Felipe de Francia cuarto de su nombre, había nombrado a Rajoy, Mas y Juanca, vamos, el exacto equivalente del feo monarca medieval francés en la España del siglo XXI. Que los espías sepan fingir tan bien ideologías de libertad, igualdad y justicia me hace pensar que son aún más tontos de lo que parecen.

-Es interesante lo que me cuentas –repuse-. Siempre es bueno saber por dónde van las intenciones de nuestros gobernantes. ¿Y el rey Jaume, qué tiene que decir a todo esto, ya que pareces estar tan enterado?

Esbozó una extraña sonrisa.

-Sobre ese tema habría mucho que comentar. Pero baste de momento con decir que no son tan enemigos como parecen. No te creas la historia de Sicilia

Es que no me la creía. Siguiendo con la comparación anterior, debían parecerse mucho a Rajoy y Mas. Ambos con sus propios intereses, ambos unidos por un objetivo común: seguir utilizando los legítimos deseos de identidad y libertad de sus respectivos pueblos para crear odio que sirviera a sus intereses o los de sus patronos, barajando datos falsos, y a la vez distraer la atención de los verdaderos problemas. Como tantos otros, españolistas, sionistas, salafistas, lo han hecho antes y lo están haciendo. Pero parecía que el viejo no pensaba hablar más, así que decidí abordarle por otro flanco.

-Son un poco cansinas todas estas historias de palacio. ¿Qué hay de ti, anciano? ¿Cómo es que cambias el solaz del que tu edad te hace merecedor por estas correrías?

Noté que se volvía lentamente hacia mí en la oscuridad.

-Llevo tanto tiempo viajando que apenas sé de dónde vengo, y menos hacia dónde me dirijo –me soltó como vaga respuesta.

-Veo que no eres hablador. Bueno, yo tampoco soy curioso –a veces el silencio es el mejor interrogador: eso me lo enseñó Hercules Poirot. Y la precipitación no es nunca buena consejera-. Tal vez sería mejor que fuéramos pensando en dormir. Nos espera un largo viaje mañana.

El viejo asintió. Yo abrí mis alforjas para sacar un par de mantas; afortunadamente estoy ya tan acostumbrada a dormir en lugares poco adecuados para el sueño de las gentes de bien, que hasta me siento incómoda en una cama. Pero cuando estaba a punto de disponerlas sobre una mullida alfombra de hierba fresca que relucía en la oscuridad bajo un sauce, algo me detuvo.

-¿No oyes algo? –pregunté en un susurro.

El viejo ya estaba en guardia desde hacía un segundo.

-Salteadores de caminos. O de eso irán disfrazados, seguramente. Debe hacer un rato que nos siguen…

-No será por nuestras muestras externas de riqueza… ¿qué has querido decir con eso del disfraz?

-… debí de haberlo calculado. Pero no me imaginé que llegarían tan pronto.

Sombras oscuras comenzaron a rodear el claro del bosque. Yo me dirigí hacia mi caballo a toda prisa.

-Será mejor que saques la espada –le miré, extrañada: había adivinado mi intención aunque no podía saber que la llevaba, no era un útil que un sirviente llevara encima habitualmente. Él extrajo rápidamente la suya, escondida bajo las alforjas de su caballo en un atado de cuero muy parecido al mío. Y, obviamente, tampoco los artesanos gastaban armas de filo cortante-. Si son esbirros del rey Jaume, como me temo, necesitarás toda tu fuerza y toda tu habilidad. Están reclutados entre la purria más infecta de la sociedad con el solo objetivo de atajar cualquier rebelión sin medir los métodos. Pero si luchamos juntos, podremos vencerlos.

-¿Quién eres, por todos los demonios? –me vi obligada a preguntar.

En lugar de hablar, refunfuñó:

-Aunque creo que el ataque de hoy se debe más a tu amigo el de Nantes. Son sus disputas personales con el rey Jaume, más que el miedo que este último pueda tener a una rebelión en su reino, lo que nos ha llevado a los dos a esto.

No tuve tiempo de valorar sus sorprendentes palabras, porque en ese momento el primero de los atacantes salía de la espesura para acometernos. Yo ya tenía la espada en la mano, y le recibí con alegría: demasiado tiempo sin hacer ejercicio.  Mientras esquivaba sus golpes e intentaba darle para el pelo, pensé en qué complicados manejos políticos se traía Guillaume y me pregunté si no había vuelto a ser yo un peón en su juego. ¿Era un héroe o un traidor? No siempre es fácil saberlo; ni de uno mismo. Somos temerosos, incluso cobardes los más valientes de nosotros, víctimas de autoengaños continuos. Se me pasó por la mente una figura histórica de la España del siglo XX, que la última vez que anduve por aquellos momentos temporales acababa de fallecer: Santiago Carrillo. Sin hacer caso de todos los Paracuellos que surgían en los distintos periódicos del Movimiento al paso de su cortejo fúnebre (el bando republicano tuvo un Paracuellos, sí; en el bando de los golpistas los Paracuellos fueron la norma. Por eso no paran de nombrarlo), para los suyos fue un hombre obligado por las circunstancias y por el momento que le tocó vivir, o una persona con sentido práctico, o un traidor que marcó la decadencia de la izquierda española o directamente un estúpido… ¿Sabremos algún día la verdad? ¿Hay alguna verdad?

Pero a mi lado, el vejestorio se defendía más que bien. No se movía como una anciano, sino como un individuo de no mucho más de cuarenta años. “Vivo en un mundo de imposturas. Y yo ilusa de mí que me creía que era solo la televisión la que manipulaba”, me quejé mentalmente, mientras abollaba el yelmo del asaltante, haciéndole perder el oremus momentáneamente. Aproveché el momento para, tras acabar de atontarle con una patada en el estómago que le propulsó hacia el árbol más cercano, ir hacia mi aliado y echarle una mano, ya que él se la veía contra dos, y conseguí golpear a su segundo atacante de nuevo en la cabeza, dejándole fuera de combate (intento siempre no matar a nadie a no ser que sea totalmente necesario). Pero casi no tuvo tiempo de dirigirme un gesto de agradecimiento cuando tres de aquellos bandidos, o lo que fueran, que al parecer habían estado esperando su momento, se lanzaron hacia nosotros, dos para mí, uno para él. Yo intenté barrerles con un movimiento horizontal de mi espada y mi atrevimiento, hijo de la desesperación, pareció cogerles por sorpresa, tal vez porque imaginaron que la superioridad numérica sería suficiente para hacer que un ‘mozalbete’ como yo se rindiera. En el ínterin, me alejé de ellos, dispuesta a sacar como pudiera al misterioso anciano de allí para desaparecer a toda velocidad entre los árboles, aunque eso supusiera dejar atrás los víveres, los caballos y las pocas monedas de las que disponía.  Perseguida por los dos villanos, me encontré con que mi acompañante había dado buena cuenta de los malos que le habían tocado en el reparto, y entonces, en un acuerdo tácito, ambos nos volvimos hacia mis perseguidores, atacando cada uno al que teníamos más cerca. El mío resultó ser un tipo tan pequeño y ágil como yo pero bastante más fuerte, ante el cual mi ventaja en la lucha se diluía, y me resultaba muy difícil esquivar sus golpes, cosa que él parecía hacer con los míos sin dificultad. Pero lo peor era que no podía quitarme algo de la cabeza: y era la estrecha comunicación que había tenido con el viejo. Como si nos conociéramos demasiado bien. Como si hubiéramos luchado, en demasiadas ocasiones, juntos. Y fue justamente está pérdida de concentración lo que hizo que el asaltante pudiera hacer blanco con el filo de su espada en mi muslo izquierdo, con lo que acabé cayendo al suelo en mitad de una aparatosa efusión de sangre. De pronto lo vi ante mí, dispuesto a rematarme clavándome la espada en el estómago. (sigue)

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(viene de) Aunque aún no estaba totalmente recuperada de mi segundo periplo en pocos días por el túnel de tiempo, me sentía de buen humor mientras cabalgaba por las riberas del Ebre, envuelta en el frescor delicioso del otoño incipiente que despertaba los aromas del bosquecillo de ribera que corría paralelo al río, entre chopos, olmos, fresnos, mimbre, cañas, juncos y lirios…. Pensaba ya en dónde y cuándo pasaría la noche cuando, al pasar un recodo habiendo ya casi caído el sol, divisé a lo lejos un viajero que a todas luces seguía el mismo camino que yo. Espoleé a mi caballo para alcanzarle, y así llegué a la altura de un anciano de luenga barba blanca con todas las pintas de ser un artesano procedente de alguna aldea cercana, aunque el manto corto con capucha que le caía sobre el rostro le otorgaba un aspecto de lo más sospechoso. Aunque fue eso lo que me hizo abandonar, de momento, la prevención: un espía verdadero hubiese llevado un disfraz menos evidente. Aunque también es verdad que al ver la serie de patéticas pantomimas que los policías infiltrados montaron durante el 25S una llega a la conclusión que el enemigo nunca es más inteligente que nosotros, ni por asomo: si nos vence solo es porque tiene menos escrúpulos. Muchos menos: los cardenales de mi espalda podían atestiguarlo. Y las visiones grabadas en mi retina de ancianos sangrantes y jóvenes aplastados por más de diez efectivos del desorden público para cada uno, aún más.
-Con Dios, buen anciano –le saludé-. ¿Podéis decirme a dónde os dirigís, si no es preguntar demasiado?
Por un momento pensé que mi interlocutor iba a ignorarme, pues tardó mucho más en contestarme de lo que hubiese sido razonable según las leyes de la urbanidad medieval. Pero al fin volvió la cara a medias hacia mí, sin permitir, eso sí, que viera su rostro, y me explicó en tono amable.
-Hacia Gardeny voy, mozalbete. Si queréis y os va bien podemos hacer juntos un trecho del camino. A mi ancianidad no le iría mal un brazo joven como el vuestro y en pago puedo regalaros con las ricas viandas que llevo en el zurrón.
Sería obvio aclarar que yo seguía ocultando mi condición femenina, algo básico si quería descubrir al traidor (o nido de traidores) como me habían encomendado. Pero no me gustó ni un pelo el retintín que pareció entonar su voz cuando pronunció la palabra “mozalbete”. Mis sospechas se confirmaban: un espía con excesiva confianza en sí mismo como para no ser desfachatado, algo bastante común para una habitual viajera al siglo XXI donde ya los opresores no tienen ninguna duda de haber ganado o, en cualquier, saben que no habrá ya límites para conseguir su victoria.
-No les haré ascos, sobre todo sin van bien regadas con un buen vino. Caminemos, pues pronto habremos de buscar acomodo para pasar la noche.
Estaba corriendo un riesgo, y era plenamente consciente de ello. Tenía que extremar la precaución, aguzar la inteligencia y echarme a los leones: habían demasiadas cosas en juego, el momento era demasiado decisivo, para bajar la guardia un solo momento, para perderme en disquisiciones que no llevarían a ninguna parte. No podía decir que no tuviera miedo: lo tenía, y mucho. Pero con miedo y todo iba a hacerlo. Y si esto lo hago yo, que no soy ninguna heroína y sí bastante desastrosa, ¿qué grandes cosas no podréis hacer vosotros, capaces y comprometidos lectores? (sigue)

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-Medievalistas: Para analizar los nuevos tiempos.

-Aborteros clandestinos: Para equilibrar la natalidad con los salarios, la cuantía de los impuestos, las nuevas tasas de la Injusticia y el nivel de ocupación (ojo: prohibido su uso si eres una “mujer de verdad” al estilo Gallardón).

-Inquisidores: Para aleccionar de una forma pacífica y respetuosa a las usuarias del anterior servicio. Imprescindible nociones de alimentación de hogueras.

-Curanderos: Una alternativa barata al desmantelamiento de la Sanidad pública.

-Traficantes de órganos: Especialmente útiles para los que no pueden costearse el traslado de la diálisis. También para quienes han de deshacerse de alguna parte de su cuerpo para pagar la hipoteca.

-Delator:  Tal vez no consigas un incremento de patrimonio inmediato, pero siempre va bien para quitarte de encima posibles competidores, o sencillamente al vecino que tiene un móvil más chulo que el tuyo.

-Cazarrecompensas: El siguiente estadio de la evolución del estado policial hispanocatalán (me pregunto qué precio pondrán a mi cabeza).

-Constructores de cámaras de gas: Pronto se darán cuenta que hay alternativas más rápidas e indoloras que quitarles la tarjeta sanitaria a los inmigrantes.

-Sepultureros: Para inhumar a las víctimas del genocidio social de manera expeditiva, limpia y silenciosa.

-Policías, muchos policías: Los vais a necesitar.

-Constructores de cárceles: Os harán falta muchas si queréis meternos a tod@s l@s que vamos a salir a la calle. Pero cuidado no vayáis a acabar al final vosotr@s dentro!

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(viene de) -Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.

-Esta vez hablo en serio –aseveró.

Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).

-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.

-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.

Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de  supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.

-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.

Me mostró las palmas.

-Hablar. Solamente eso.

No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?

-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.

La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.

-Tienes muy buen aspecto.  Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.

-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.

-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.

-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.

Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.

-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…

Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares

-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.

Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.

- Me trasladaré a mis posesiones de Barcelona y te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.

Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?

-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?

Se apresuró a responder.

-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.

-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.

-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.

Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, una masía fortificada a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias de la masía y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos.

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(viene de) Tengo que reconocer que en los peores momentos de mi vida siempre había encontrado una mano tendida aunque a veces hubiera acabado sosteniendo el látigo que acabaría estrellándose contra mis espaldas, un inesperado golpe de suerte que en pocos meses se convertiría en una maldición. Cuando llegué a Barcelona, exhausta y derrotada, unas semanas antes, había tenido que hacer un esfuerzo para que la depresión no me arrojara contra una cuneta para dejarme morir allí. Pero a mí aún no me habían robado toda la esperanza ni todo el trabajo de toda mi vida, como habían hecho con los desposeídos en Grecia, y aunque solo fuera por orgullo no quería que nadie me obligara a ser la mano autoejecutora del genocidio social del sistema; o tal vez me producía demasiada pereza pensar en cómo dar fin a mi vida. Sea lo que sea, en lugar de suicidarme hice lo que una mercenaria de pro debe hacer en esas circunstancias: emplear las monedas de Guillaume que aún me restaban en darme un buen baño, buscarme un alojamiento y procurarme ropas presentables que me acreditaran como una candidata susceptible de tener en cuenta para posibles encargos. Y, claro, frecuentar los mercados y las tabernas, que para que me entendáis funcionan como una especie de mezcla de Infojobs, LinkedIn y Facebook. Era consciente de que me había metido en la boca del lobo; me hallaba en el exacto lugar donde Karl y Gustaf me habían encontrado hacía ya casi un año, y pretender que serían tan imbéciles como para no buscarme allí, por muy evidente que ello fuera, era quizá suponer demasiado, incluso si era referido a ellos. Pero, a pesar de la advertencia del templario traidor y de la poca simpatía que debían de profesarme después de que el Sultán se hubiera vengado en ellos de mi huida, como seguro habría hecho, no conseguía sentirme aterrorizada por la perspectiva de volver a  verles: les había perdido todo respeto, si es que alguna vez les había tenido alguno, y estaba segura de que si me los encontraba más que asustarme me iba a entrar un ataque de risa en sus barbas. Así que ya me veis de nuevo en la Ciudad Condal, intentando infructuosamente encontrar acomodo laboral mientras acarreaba un enorme agujero lleno de algo parecido a la antimateria que se abría justo en medio de mi estómago y que a veces me dolía tanto que hasta me hacía caminar encorvada; y no era hambre, os lo aseguro, aunque también comenzaba a sentirla. Pero, por suerte o por desgracia, estoy acostumbrada a las vicisitudes. Lo siento mucho por los positivistas y los amantes de libros de autoayuda: el Destino existe y que te esfuerces en mejorar tu vida, aunque muy recomendable, sirve de muy poco; tu sino se encargará de joderte bien jodido si eso es lo que tiene programado. Sobre todo si has nacido pobre y sin nobleza. Como en mi caso, por ejemplo. Y sobre todo si hemos vendido nuestro país a los neoliberales fascistas del PP, que a su vez aún lo venden más barato. Y por si fuera poco, en uno de mis deambuleos curriculares, al doblar una esquina, me tropecé de pronto de la manera más escandalosa con el mismísimo señor del lugar donde me había criado, mi archienemigo.

Naturalmente, me dispuse a poner pies en polvorosa: que yo supiera, el noble en cuestión no daba un paso fuera de su castillo sin ir protegido por una nutrida guardia que, estaba segura, debían de estar agazapados a mi alrededor, esperando tal vez una orden para caer sobre mí como auténticos antidisturbios cabreados. Y, de hecho, un grupo de cuatro secuaces taponaban la única salida: así que me decidí a esquivar a mi antiguo jefe y a arriesgarme por la calle que discurría a su espalda, con casi la seguridad de que encontraría a alguien emboscado en alguna parte: si l@s lector@s que conocen Barcelona alguna vez se han quejado de las tortuosas calles del Casc Antic, debo informarl@s que antes de derribar las murallas era aún peor (no obstante, tengo que reconocer que cuando estoy en el siglo XXI las echo de menos. Lo único que me consuela es que solo las han derribado, no las han sepultado por desmemoria o intereses, ni las han privatizado como en Grecia ni expoliado como en Siria o Irak)… Pero cuando me lancé hacia mi objetivo descubrí que también aquella salida había sido bloqueada. Así que di un paso atrás, alejándome de todos ellos lo máximo que podía, saqué la espada con seguridad y les regalé una sonrisa de suficiencia: estaba demasiado enfadada para tener miedo, y aquellos guardias, con sus negros ropajes protegiendo el lujo del noble (solo les faltaba la insignia de la División Azul), me recordaban demasiado a los efectivos policiales de Barcelona cargando indiscriminada e impunemente contra los manifestantes mientras acordonaban el Corte Inglés y la Bolsa. Yo misma podría estar en aquel momento herida, encarcelada o ambas cosas, si un camarada anónimo, al verme desorientada en la multitud y corriendo en dirección a las peores cargas, no me hubiera sacado allí casi en volandas; ni siquiera llegué a verle la cara. Pero ahora sí estaba permitido que me comportase como una salvaje medieval defendiendo mi vida sin que nadie me llamara terrorista por hacer lo mismo en 2012, así que moví mi espada para que destellara a la luz de las escasas antorchas, en señal de desafío, y me dispuse a la batalla. Pero los guardias estaba extrañamente inmóviles, y el único que se adelantó, con los brazos separados del cuerpo y mostrando que estaba desarmado, fue el señor.

-Guarda tu espada, Eowyn. Hemos venido en son de paz.

Vaya por dios. Con las ganas de juerga que yo tenía (sigue).

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Finales de abril, 1292

La puerta de la taberna del puerto que solía frecuentar retumbó contra el muro produciendo un sonido horrísono, y abierta se quedó, balanceándose por el impulso hasta perder la fuerza. Fuera, la conocida humedad barcelonesa me reclamaba mis huesos como tributo, pero yo le hice una higa y avancé unos pasos para alejarme del pestilente local. La brisa primaveral venía tan helada como si nunca tuviera que llegar el cambio climático y como si el fuego que destruiría siglos más tardes los bosques de Galicia, abandonados al vandalismo y a la especulación, no fuera más que una absurda pesadilla, pero no logró apaciguar mis exaltados ánimos; así que busqué algo interesante que patear para desahogarme: un montón de desperdicios, algún ladronzuelo dispuesto a aligerarme de mis escasas pertenencias, un Mosso de Esquadra con ganas de atizar a discapacitados  sin que sus amos marquen límites a su violencia… pero no tuve suerte: los malos siempre se esconden como ratas cuando más necesitas de ellos, o bien huyen por la puerta de atrás tras haber prometido, entre otras falsedades, “dar siempre la cara”.. No me quedó otro remedio que descargarme de mi frustración bufando como una mula de la peor raza, aunque ni siquiera eso me fue permitido: sin que la agrietada y sucia madera hubiera tenido mucho tiempo de descansar sobre su dintel, una iluminación temblona en el acceso al local reveló que alguien venía a acompañar mis cuitas, o al menos a huir escapado de aquel antro de perdición; y en ella vi como se recortaba la figura delgada  e inquieta de Yannick el Terrible.

-¡Pero, bueno, compañera! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te has ofendido de ese modo? –como siempre, su voz surgió sin acento identificable, o tal vez con todos los acentos del mundo. Nadie sabía de dónde procedía Yannick; posiblemente ni él mismo.

-Pues pasa que estoy harta de todos vosotros. De todos –le di la espalda. Aunque la verdad era que no recordaba la causa por la que me había cabreado tanto con mis habituales colegas de taberna, los mismos con los que venía encontrándome casi cada noche desde que residía en Barcelona. Pero es que últimamente nada parecía funcionar como debía y daba la sensación que la gente se empeñaba en decir las palabras más inconvenientes. Lo que hace la falta de un sistema educativo en condiciones para los pobres; bueno, qué voy a explicaros a vosotr@s, lector@s, si pronto lo vais a averiguar, lamentablemente. Sin embargo, no podía enfadarme con Yannick-. Excepto de ti –me volví e intenté dirigirle una mirada cordial, aunque la rabia me pesaba sobre las comisuras de los labios, estirándolos hacia abajo-. Eres demasiado joven para que se te tengan en cuenta las tonterías que dices.

Él se acercó hacia mí y me palmeó por el hombro.

-Muchacha –el chaval observaba una total falta de respeto hacia mí a pesar de que tenía edad de ser su madre, por lo menos si hubiera concebido a la temprana edad a la que mi familia pretendía venderme al mejor postor. Y es que yo no era una mujer verdadera, según Gallardón-, últimamente estás imposible. No nos toleras nada. Ni a nosotros ni a nadie. Y no hacemos nada que justifique tu mal humor. ¿Qué es lo que te está sucediendo?

Su tono mesurado tuvo el poder de disipar las brumas de mi mente. Tal vez, incluso, tenía razón, tal vez mi malhumor fuera algo exageradillo y ninguno de los integrantes de aquel grupúsculo de ejemplares de la peor sociedad barcelonesa, que en el fondo eran buena gente aunque la diplomacia no fuera una de sus virtudes, en ningún momento hubiera pretendido ofenderme. Me senté en el tercer peldaño de una escalera que ascendía a una vivienda cercana.

-Tú no lo entiendes. No le pides nada a la vida, excepto ser libre y que no te impongan normas, navegar y conseguir el botín suficiente para comer y beber tranquilo una temporada –ya habréis comprendido que Yannick se dedicaba al noble arte de la piratería-. Ni siquiera te preocupan las mujeres, eres demasiado joven para eso. Yo, sin embargo…

-Creí que también valorabas tu libertad más que cualquier otra cosa –objetó.

-Y así es. Eso es incuestionable. Pero quiero más. Últimamente noto que me hace falta algo. ¿Sabes que a mi edad hay muchas mujeres que ya han muerto de parto? ¿O de cualquier otra cosa? –en la Edad Media ya nos hemos acostumbrado a eso, a que nuestra vida valga menos que el contenido de una bacinilla; qué se puede hacer, no hay manera de evitarlo. No es como si tuviéramos medios para cuidar de la salud de tod@s y no lo hiciéramos. No es como si cerráramos hospitales, enviáramos a los profesionales de la medicina al paro o permitiéramos que en tantos países no exista sistema universal de salud. No es como si nos obligaran a pagar indefinidamente lo que hemos pagado sin retribuirnos por nuestro trabajo. No es como si conociendo a la ciencia la canjeáramos por la religión-. Me estoy acercando peligrosamente al límite de  la esperanza de vida de este siglo, y no he hecho nada útil en  toda mi existencia.

-Pues yo diría que sí lo has hecho –me interrumpió Yannick.

-Sí. Sobrevivir. Arrastrarme en las misiones más cutres por un mendrugo de pan -aduje yo.

-Pues a mí me parece suficiente…

-No –le corté-. Están pasando muchas cosas. Y yo estoy aquí, sin hacer nada. O al menos, sin hacer lo suficiente –me hizo un signo de que continuara, y así lo hice-. Hay un lugar a donde también pertenezco y que hace demasiados días que ya no frecuento. Un lugar que odio y amo al mismo tiempo, y donde me necesitan… bueno, necesitan a cualquiera que quiera echar una mano, no específicamente a mí, claro. En ese lugar se está gestando algo que se podría llamar la lucha final, en la que solo quedará uno, si puedo expresarlo cinemato… de manera propia de los trovadores, quiero decir. Y parece ser que de momento quien quedará es el que menos tiene que quedar. Quien más daño ha sido y es capaz de hacer a la Humanidad…

-¿Y cómo se llama ese hijo de puta?  -me interrumpió el jovenzuelo-. Mira que llamo a mis amigos y me voy para allá…

-Antes se llamaba Capitalismo –expliqué yo-. Aunque ahora es algo mucho peor. No obstante será mejor que lo olvides, está demasiado lejos para ti. Y ahora parece que incluso para mí. Pero lo peor es que ya no sé por qué quiero hacerlo, por qué quiero ir allí y arriesgarlo todo, arriesgarme a no volver a este tiem… ejem… a este lugar que después de todo es mi casa, y cuyas leyes entiendo, y que por muy podrido que esté es mi mundo. No sé si lo hago porque me preocupa la gente de ese sitio o si solo soy incapaz de resignarme a no hacer algo heroico, algo que me reivindique de todos mis errores. Algo que dé sentido a mi vida… Hasta ahora no he hecho más que recorrerla egoístamente, sin aportar nada.

El piratilla negó efusivamente con la cabeza.

- Eowyn, se pueden decir muchas cosas de ti y no todas buenas. Tienes un carácter endiablado, no aceptas una crítica, a veces ignoras el riesgo y pones en peligro a los que tienes a tu lado y algunos rumores afirman que en ocasiones te dejas llevar demasiado por… los excesos… Pero no me digas que eres egoísta porque no me lo creo. ¿Sabes cuál creo que es tu problema? Que no confías en nadie. Tal vez si compartieras tus problemas verías que no son tan graves.

Mi filósofo amigo acababa de dar de lleno en una herida abierta.

-¿Confiar? ¿En quién? Yannick, tú y yo dentro de unos días tal vez no volvamos a vernos nunca. Además, la gente como yo no puede tener amigos en quién buscar consuelo. Estamos secos por dentro, nuestro corazón está tan helado como el filo de nuestra espada.  Así soy. ¿Me creías diferente?

-Sí, te creía diferente –el tono de mi interlocutor fue duro-. Mucho más valiente. Capaz de arriesgarte a sufrir. Pero veo que esto no está en tus planes.

Era muy fácil para alguien como Yannick hacer esas afirmaciones: él se tenía a sí mismo, siempre se había tenido, y por tanto no necesitaba a nadie. A mí hacía tiempo que me habían arrebatado las posibilidades de ser yo; por eso necesitaba de los demás. Demasiado. Pero no estaba dispuesta a dar nada de mí misma. Ni a permitir que volverán a traicionarme.

-Pues lamento decepcionarte. Esto es lo que hay.

Me levanté de mi asiento de dura piedra y me marché en dirección contraria a la taberna: ya había hablado bastante por aquella noche. Yannick me dejó marchar, sus deseos de arreglar el mundo en mi persona al menos temporalmente defraudados: él también quería ser un héroe. Y tal vez, como yo, nunca pasaría de sucio esbirro… Me dirigía al establo donde me esperaba mi caballo, concentrada en esos pensamientos y en otros. Erróneamente, dejé de prestar atención a mi alrededor: la lucha que entre la conservación y la autodestrucción se libraba en mi mente estaba decantándose peligrosamente por el segundo contendiente, y no me percaté de la sombra que acechaba en el estrecho portal ante el cual en ese momento estaba cruzando, hasta que fue demasiado tarde. (sigue).

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