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Posts Tagged ‘Spanish Revolution’

(viene de) Aunque aún no estaba totalmente recuperada de mi segundo periplo en pocos días por el túnel de tiempo, me sentía de buen humor mientras cabalgaba por las riberas del Ebre, envuelta en el frescor delicioso del otoño incipiente que despertaba los aromas del bosquecillo de ribera que corría paralelo al río, entre chopos, olmos, fresnos, mimbre, cañas, juncos y lirios…. Pensaba ya en dónde y cuándo pasaría la noche cuando, al pasar un recodo habiendo ya casi caído el sol, divisé a lo lejos un viajero que a todas luces seguía el mismo camino que yo. Espoleé a mi caballo para alcanzarle, y así llegué a la altura de un anciano de luenga barba blanca con todas las pintas de ser un artesano procedente de alguna aldea cercana, aunque el manto corto con capucha que le caía sobre el rostro le otorgaba un aspecto de lo más sospechoso. Aunque fue eso lo que me hizo abandonar, de momento, la prevención: un espía verdadero hubiese llevado un disfraz menos evidente. Aunque también es verdad que al ver la serie de patéticas pantomimas que los policías infiltrados montaron durante el 25S una llega a la conclusión que el enemigo nunca es más inteligente que nosotros, ni por asomo: si nos vence solo es porque tiene menos escrúpulos. Muchos menos: los cardenales de mi espalda podían atestiguarlo. Y las visiones grabadas en mi retina de ancianos sangrantes y jóvenes aplastados por más de diez efectivos del desorden público para cada uno, aún más.
-Con Dios, buen anciano –le saludé-. ¿Podéis decirme a dónde os dirigís, si no es preguntar demasiado?
Por un momento pensé que mi interlocutor iba a ignorarme, pues tardó mucho más en contestarme de lo que hubiese sido razonable según las leyes de la urbanidad medieval. Pero al fin volvió la cara a medias hacia mí, sin permitir, eso sí, que viera su rostro, y me explicó en tono amable.
-Hacia Gardeny voy, mozalbete. Si queréis y os va bien podemos hacer juntos un trecho del camino. A mi ancianidad no le iría mal un brazo joven como el vuestro y en pago puedo regalaros con las ricas viandas que llevo en el zurrón.
Sería obvio aclarar que yo seguía ocultando mi condición femenina, algo básico si quería descubrir al traidor (o nido de traidores) como me habían encomendado. Pero no me gustó ni un pelo el retintín que pareció entonar su voz cuando pronunció la palabra “mozalbete”. Mis sospechas se confirmaban: un espía con excesiva confianza en sí mismo como para no ser desfachatado, algo bastante común para una habitual viajera al siglo XXI donde ya los opresores no tienen ninguna duda de haber ganado o, en cualquier, saben que no habrá ya límites para conseguir su victoria.
-No les haré ascos, sobre todo sin van bien regadas con un buen vino. Caminemos, pues pronto habremos de buscar acomodo para pasar la noche.
Estaba corriendo un riesgo, y era plenamente consciente de ello. Tenía que extremar la precaución, aguzar la inteligencia y echarme a los leones: habían demasiadas cosas en juego, el momento era demasiado decisivo, para bajar la guardia un solo momento, para perderme en disquisiciones que no llevarían a ninguna parte. No podía decir que no tuviera miedo: lo tenía, y mucho. Pero con miedo y todo iba a hacerlo. Y si esto lo hago yo, que no soy ninguna heroína y sí bastante desastrosa, ¿qué grandes cosas no podréis hacer vosotros, capaces y comprometidos lectores? (sigue)

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Otoño de 1292

Los viajes al siglo XXI estaban empezando a perjudicar mi salud, y no solo porque la Sanidad pública en la Europa del futuro, y particularmente en las dos lamentables partes de Europa en las que me había tocado vivir y que lo seguirían siendo igual tanto unidas como separadas (es decir, Cataluña y España), prácticamente brillaba por su ausencia.  Por ejemplo, al principio, podía recuperarme en menos de una hora del trance espaciotemporal, y fácilmente me adaptada al nuevo orden de cosas; pero ahora, a apenas a un par de años, o a lo sumo tres, del inicio de esta historia, nunca estoy menos de tres días postrada, sumida en el más grave agotamiento, sin fuerzas ni para ingerir alimentos y atormentada por las pesadillas. Los pobres hermanos del castillo de Miravet (el que no les tenga simpatía no excusa el mal rato que les había hecho pasar), escenario de mi último, por decirlo así ‘regreso del futuro’, no sabían ya qué hacer conmigo y juraría que apenas pudieron esperar a que desapareciera por el horizonte para comenzar a dar saltos de alegría, se lo permitiera o no su regla.
Y yo conocía la razón: y era que el siglo XXI estaba comenzando a superarme. Había llegado un momento en que no sabía si había más falta de inteligencia o tonta ambición desmesurada y sinsentido en la clase política. Pero en el fondo era lo mismo: estas armas son las que usaban los verdaderos dueños del mundo para utilizarles y utilizarnos, los mismo dueños que han llegado a donde están por medio de la crueldad (no nos engañemos: no se llega a rico, o al menos a multimillonario insultante, si no es caminando sobre cadáveres, sobre propias y ajenas víctimas) y de la destrucción perpetrada sobre la destrucción misma casi desde el inicio de la historia. Porque, por muy malvados que nos parezcan Rajoy, Mas, Putin, los sionistas y los salafistas, por citar solo a algunos, no son más que diferentes dibujos en la misma cara de la moneda: unos asalariados que creen que un poco, o mucho, de poder y un poco, o mucho, de dinero van a mejorar sus vidas, o tal vez unos cobardes estúpidos fáciles de chantajear, o bien ambas cosas.  Los políticos del sistema no son más que los mercenarios del poder; y sí, tal vez sean fáciles de desactivar: pero en la sombra cuentan con numerosos recambios.

No, no podía soportar más esa pesadilla recurrente. Me preguntaba, no dejaba de preguntarme desde que los templarios me habían conminado a ayudarles para cambiar un destino que estaba ya prácticamente escrito: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Hubiera habido un punto, lo habrá aún, en la historia, donde sea posible revertir todo esto? ¿Que consiga que las bases de este capitalismo destructor que nos robó nuestro valores y nos los cambió por basura no lleguen a formarse nunca? ¿En algún momento hubiéramos podido dejar a los psicópatas fuera de la sociedad, en lugar de encumbrarlos hasta las más altas cotas?

Si es así, tengo que encontrarlo. Y aunque no lo sea. Tal vez la batalla está perdida de antemano, pero tengo que seguir luchando en ella. Quizá algo que yo pueda, quizá no hacer, pero tal vez contribuir a hacer, pueda marcar una pequeña diferencia, pueda hacer que la próxima vez que me despierte en el siglo XXI, entre una luz por las ventanas, aunque solo sea un pequeño rayo verde. Eso es lo que me hace colaborar con este grupo  que acumula en su seno tantas sospechas de corrupción: no ignoro que entre ellos habrá afines al poder secular y espiritual, y más de uno estará tan comprado como los medios de comunicación ‘oficiales’ del siglo XXI, pero creo, o quiero creer, que entre ellos hay gente honesta y verdaderamente comprometida con los pobres y los justos, con la causa de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Y por eso colaboro con ellos. Igual en el siglo XXI colaboro con sindicalistas a pesar de la tibieza, o directamente, de la deserción comprada de algunos de sus dirigentes; igual que apoyo en sus aciertos a ICV a pesar de su triste papel, o directamente, de su complicidad, con los desaciertos y las traiciones del Tripartito catalán; igual que  asistí a la fiesta del PCE a pesar de que ya no soy militante y de que la decepción que me produjeron las actuaciones hace un año de una minoría del PSUC-viu se me está extendiendo al resto del partido en el ámbito nacional nacional.

Por eso pienso estar rodeando el Congreso, el 25S, y en la primera Assemblea del Front Cívic en Catalunya, el 29S. Por eso no voy a desdeñar, ni a acusar de pequeñoburgués ni de descerebrado, a nadie cuya intención sea tender la mano al mundo, a pesar de las formas que utilice. No voy a prejuzgar, sino a extender también mi mano para tomar las que me ofrezcan, sin creerme más pura, leal y auténtica, la más perfecta. Incluso aunque tenga ganas de atizar a unos cuantos, y no solo del otro bando.

Total… no tengo una puta mierda que perder. (sigue)

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Este otoño será muy caliente

(viene de) Supongo que ahora estaréis diciendo: ¿qué hace esta loca ofreciéndose a colaborar con esa camarilla de chiflados, sin saber quiénes son, qué se proponen, si las acciones que deberá realizar para ellos serán pacíficas y violentas, los problemas que le traerán…? ¿Serán una versión medieval del Club Bilderberg, como apuntó un amable comentarista de la entrega anterior? ¿Algo peor? ¿Una trampa de la ultraderecha? Pero yo creía firmemente que era el momento de liberarnos todos un poco de manías y actuar. No ponemos estar permanentemente cuestionando movilizaciones por motivos extraideológicos, emparanoiándonos hasta de nuestra sombra; en tiempos anteriores, cuando el demencial descalabro actual solo era un presagio, había tiempo de pergeñar estrategias inteligentes. Pero llevamos ya siglos reflexionando y ni unos meses más, ni unos días, harán que seamos más efectivos. Nos están matando, literalmente, nos han declarado la guerra y la están ganando ante nuestras atónitas y paralizadas narices. ¡Joder, vayamos al lío de una puñetera vez ya y dejémonos de estupideces!

Pero fue Guillaume quien respondió a mi pregunta, tras ponerme la mano en el hombro con una mirada de amistad y confianza.

-Varias cosas. Pero, de momento, necesitamos saber si hay un traidor en la encomienda de Barcelona y en muchas otras. Sabemos que muchos hermanos supuestamente leales están recopilando pruebas falsas contra nosotros.por orden de un oscuro personaje. Tú te harás pasar por mi sirviente (por si no lo sabías, y a pesar de todo, soy un alto dignatario de la Orden debido a las razones que ya te comenté), y realizarás averiguaciones. Confío en tu inteligencia y en tu perseverancia. Y recuerda: no somos nosotros. Hay mucho en juego.

Y así, con este alarde de fe injustificada en mí por parte de Guillaume, comenzó todo. Pasé a vestirme de hombre y a mezclarme con los sirvientes de la encomienda, que no eran tan mala gente después de todo, y a intentar espiar sus movimientos y atar cabos. No es que se me diera mal ese trabajo, sé sumar uno más uno y algunas cifras más y la verdad es que he estudiado a conciencia todo lo que ha caído en mis manos. Pero siempre me he sentido más segura con una espada en la mano que intrigando; en un combate lo único que puedo perder en mi vida, y aunque le tengo bastante aprecio, sobre todo porque no tengo ni idea lo que será estar sin ella, en esos momentos siento una misteriosa seguridad que hace que las imágenes de la muerte se alejen. Y no es valor en absoluto; solo temeridad, inconsciencia, locura tal vez. O aburrimiento. O quizá que desde siempre había sospechado que mi vida sobre la Tierra no iba a ser muy larga. Pero haciendo de soplona no experimento en absoluto la misma sensación: vivo aterrizada por si me atrapan o, mucho peor, por si causo una desgracia total, cosa que suele ser mi costumbre. Por si fuera poco, Guillaume exigía que pasara las noches en su dormitorio (de una manera fraternal, se entiende, no habría accedido de otra forma) bajo el pretexto de cara al convento de que necesitaba vigilancia constante por culpa de una vieja herida mal curada (creo que nadie se lo tragó, pero más que historias de espías se imaginaron relatos de un cariz muy distinto) y de cara a mí de que debía estar permanentemente al tanto de mis descubrimientos. Pienso que no peco de ingenua si aseguro que al principio su comportamiento estaba regido por la caballerosa intención de que yo gozara de todas las comodidades posibles, y sin embargo, a medida que pasaban los días, la curiosidad y el afecto que había sentido por mí en un primer momento parecieron derivar hacia una especie de obsesión a mi juicio completamente absurda: me considero una chica bastante normalita y no creo que la intención del Altísimo cuando me creó, en el caso de que realmente lo hiciera, fuera convertirme en el tipo de mujer que enloquece a los hombres (bueno, sí que les enloquezco todo lo que puedo, je je, pero de otra manera muy distinta). Y además de absurda, peligrosa, peligrosa para él, desde luego, pues mi determinación en mantenerme alejada de cualquier contacto que fuera más allá de lo episódico me colocaba en una posición segura. Pero, continuando con la historia, tanto Guillaume, que jugaba con los grandes, como yo, en la purria, llegamos a convencernos de que allí no se cocía nada. Y todo habría acabado en ese punto si no hubiéramos descubierto a unos tíos con el inconfundible aspecto de soldados de Jaumet (para la historia, Jaume II) pululando por el barrio y mostrando excesivamente interés en nuestras idas y venidas; y cuando uno de ellos se atrevió a lanzar una indirecta sobre mi aspecto escasamente masculino, probablemente con el objetivo de provocarnos y hacer que nos descubriésemos, o bien de encontrar una excusa para neutralizarnos, comprendimos que quizá nos habíamos precipitado en descartar traidores en la encomienda. Y con esa gente, a los guardias me refiero, hay que tener cuidado, los que conozcáis a sus herederos del siglo XXI sabréis lo que quiero decir.

Y a todo a esto, yo continuaba siguiendo estrechamente los pasos de Guillaume por el pasadizo, aunque no tan de cerca como para que volviera a hacerme una demostración del lugar por donde se pasaba la castidad exigida y la historia aquella de no besar ni a la madre ni a las hermanas; aunque por lo que sabía de su congregación no era el único que cumplía de aquella curiosa manera con sus votos. Y de pronto, recordé otro de los acertijos que no me había querido revelar y que tenía que ver con la identidad del Número Ocho. Me explico: el conciliábulo que me había realizado la entrevista de trabajo más extraña de mi vida estaba compuesto de cinco personas, tres templarios (entre ellos el que yo llamaba Maestro) y dos seglares (mi jefe y la mujer que había visto). Junto con nosotros, servidora y mi curioso representante sindical, contábamos siete. Y, como todo el mundo sabe, el número emblemático de los templarios es el ocho. Está presente en su símbolo, en sus construcciones… Así que faltaba una persona. Alguien que se ocultaba, que debía de tener una buena razón para hacerlo… y que por consiguiente me tenía loca de curiosidad. A Guillaume le había sorprendido mi deducción pero no se molestó en negar su veracidad, aunque como es natural mantuvo un severo mutismo al respecto… Y sin embargo, ni las cábalas sobre la identidad del o la oculto/-a ni los temores de que acabara resultando ser o Karl o Gustaf, ahora que parecía que todos mis enemigos estaban locos por ser mis amigos, me hacían olvidar el incómodo lugar donde me hallaba. Rodeada de aquella opresión, solo podía pensar en la libertad, y cuando pensaba en la libertad no podía menos que recordar Tierra Santa, con sus inmensos desiertos y sus orillas lejanas, el lugar donde más libre me he sentido nunca y que paradójicamente siempre ha sido el premio gordo de la rifa entre potencias.

De pronto, mi compañero se detuvo tan bruscamente que estuve a punto de estamparme contra él. Me indicó silencio con un gesto, como si yo hubiera estado hablando por los codos, y se mantuvo inmóvil un momento, agudizando sus sentidos.

-¿Lo has oído? –inquirió en un murmullo.

Negué con un movimiento de la cabeza. Había estado demasiada ocupada en mis ensoñaciones.

-Ha sido detrás de nosotros. Lo he escuchado claramente. Un rumor de pasos -me aclaró.

Yo volví a escudriñar la oscuridad. Nada. Y me precio de tener buen oído.

-Vayamos deprisa –sugerí. Pero él negó con la cabeza.

-Es demasiado tarde. Quien sea sabe que estamos aquí. No entiendo cómo ha podido averiguarlo, pero lo sabe. Y no puedo permitir que lo revele.

Guillaume tenía la mirada fija en el lugar de donde, según él, había venido el sonido, con determinación asesina.

-Entonces, ¿te lo vas a cargar?

Dirigió su vista a mí.

-Intentaré no hacerlo. Solo pretendo enviarle a un lugar seguro, seguro tanto para él como para nosotros, y donde desde luego no pueda abrir la boca. Pero si me lo pone difícil, entonces… -se interrumpió-. Sabes que a partir de este momento estaremos obligados a hacer cosas que no nos acaben de gustar. Y desde luego cosas que no nos convengan en absoluto. La única salida, ¿te acuerdas? No todo está justificado en todos los casos, pero ahora debemos sobrevivir. Eowyn, tienes que salir sola y esperarme en la siguiente etapa.

La idea no me gustaba en absoluto. Pero mucho menos me gustaban las largas procesiones de parados, ancianos y inmigrantes sin prestaciones, techo, sanidad ni educación para ellos y para los suyos, sometidos a una escalada imparable de precios de los servicios básicos que no podrán ni soñar en pagar y que ni los imbéciles más redomados se creen que va a reactivar la economía. Tal vez, si actuaba en el pasado, podría cambiar el futuro. Tal vez, si actuaba en el pasado, al menos podría aprender para el futuro, para ese futuro que como el pasado era también mi presente.

-¿Y por qué no lo haces tú? Sabes mejor que yo el procedimiento a seguir. Y una servidora puede encargarse de ese tío tan bien como cualquiera de los tu orden, si no mejor.

Negó con decisión.

-Yo sé mejor que tú cómo lucha esta gente, y tú sabes mejor que yo cómo escabullirte con discreción. Créeme, es la mejor opción.

-Pero voy a estar perdida sin ti allá afuera… en el sentido laboral del término –me apresuré a concretar.

Su sonrisa fue pícara ahora.

-Tú siempre sabes encontrarte. Por cierto, agradecería un beso de despedida. Por si acaso.

-Ni lo sueñes –atajé yo-. Si tanto te interesa saber si tienes posibilidades conmigo, mantente vivo y pruébalo la próxima vez que nos veamos. Con un poco de suerte lo mismo hasta me pillas desesperada y todo.

Su expresión volvió a ser grave. Me apretó el brazo unos breves segundos, encendió otra antorcha que llevaba al cinto con la antorcha que portaba y me la tendió.

-Tengo que irme. Nos veremos pronto.

Desapareció en la oscuridad. Yo contemplé el camino que había tomado durante un momento y luego seguí el pasillo, intentarme no distraerme con las múltiples ramificaciones. Esperaba sinceramente que Guillaume pudiera salir de aquella: pese a mis muchas reticencias, el tiempo trabajando juntos había conseguido que no me cayera del todo mal. Y además, ahora no sabía cómo contactar con el resto del conciliábulo, pues de esa tarea se encargaba exclusivamente mi compañero. Al final vi la luz al final del túnel, en este caso de manera real porque al parecer, tal como estaban las cosas, de manera figurada no la iba a divisar nunca en lo que me quedaba de vida, y me apresuré a salir. Respiré una bocanada de aire puro. La luna empezaba a brillar en el cielo casi nocturno ya y no podía apreciar bien el terreno que me rodeaba, una zona que en la oscuridad me pareció plagada de vegetación de riera y marismas peligrosas. No tenía ni idea dónde se hallaban las cuadras en las que guardaba mi caballo, ni cómo iba a arribar hasta allí ni cuánto tiempo me llevaría. Pero de pronto una preocupación mayor que mi propia suerte o la de Guillaume pasó a ocupar la primera línea de mis pensamientos. Y es que una flecha se clavó en el árbol que tenía a mis espaldas, a apenas unos milímetros de mi cuero cabelludo.

-Pero ¿es que no piensan dejarme descansar jamás? –dije en voz alta, echando cuerpo a tierra. Esperaba que una lluvia de flechas cayera sobre a mí a continuación e instintivamente me tapé la cabeza con las manos. No obstante, y misteriosamente, solo el silencio me acribilló. Cuando hubo pasado el suficiente tiempo para creer que estaba segura, me levanté muy despacio y eché un vistazo a mi alrededor. Todo parecía tranquilo. Entonces miré hacia la saeta que se había clavado en el árbol y vi que llevaba clavado un trozo irregular de pergamino. Intrigada, me apresuré a sacarlo, operación que pude realizar no sin desgarrarlo mínimamente. En su superficie estaba dibujado un mapa que informaba de que me hallaba en la costa de Barcelona, un par de kilómetros de la ciudad en dirección sur, calculé, y qué camino debía seguir para llegar lo más rápido posible a mi destino. En el borde inferior, unas letras saltaron a mis ojos haciéndome casi gritar de sorpresa.

Nos encontraremos en la siguiente etapa. Y recuerda: es la única salida.

El Número Ocho

-Estoy rodeada de cabrones –me lamenté-. Espérate que te pille, Número Ocho, y te voy a meter las flechitas por salva sea la parte; incluso aunque seas mi aliado. En algo me voy a tener que entretener para pasar el tiempo entre acción y acción. Porque este otoño va a ser muy caliente.

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Tal vez el eterno tópico entre el bien y el mal no ha sido más que una cruel mentira: todo apunta a que los malos ya ganaron la batalla definitiva hace tiempo, quizá en el principio, y lo que creímos victorias, metas volantes de la historia bajo las que pasamos los primeros, solo fueron manipulaciones, traiciones, espejismos que, a pesar de toda la sangre que nos costaron, acabaríamos pagando caras o, al menos, perdiendo.

O tal vez, sencillamente, todo fue una estrategia para llegar a este punto: al inicio de un nuevo orden mundial digno de los seriales más apocalípticos, en que una mayoría sin recursos, sin educación, sirve esclavizada a una gran mayoría insultantemente opulenta e intocable.

Parece a veces que la inteligencia es patrimonio de los malos, una inteligencia errada y cortoplacista (pues la suprema inteligencia y el supremo egoísmo es la bondad), pero efectiva al no estar enturbiada por la empatía. Una inteligencia general que debe pactar con la estupidez particular de tantos aliados poderosos y necesarios (y eso lo sabemos muy bien los que sufrimos la política española), acrecentando su poder destructivo. Y lo peor es que la bondad también está comenzando a considerarse únicamente privilegio de los malos.

Porque lo más peligroso no es tener el poder, sino la voluntad de ejercerlo. Lo más peligroso no es ser fuerte, sino desear esa fuerza como arma de destrucción. Lo más peligroso no es la ambición, sino la falta de empatía hacia sus consecuencias. Lo más peligroso no es su miedo ni su fanatismo, sino el que nos inculcan.

Un panorama como para dejarse llevar por la desesperación. O por el inmovilismo. O no necesariamente. Porque tal vez este nuevo escenario exija nuevas estrategias: más sibilinas, más correosas. ¿Debemos entonces ser malos? Hay pocas escuelas que enseñen esta cualidad, dejando a un lado la escuela de la vida con sus métodos educativos incisivos pero erráticos, que no funcionan siempre o no funcionan adecuadamente. Aunque quizá no sea necesario; bastaría con copiar sus métodos. Con ser fríos a pesar de nuestro calor humano; con ser estratégicos a pesar de nuestra indignación impulsiva; con ser activos a pesar de nuestra desmovilización alimentada durante tantos años; con ser valientes a pesar de nuestro temor heredado pues, además, dentro de poco ya sí que no nos quedará nada por perder.

De esta manera, tal vez un día podamos subvertir un sistema ideado para que en él prosperen los malvados y estúpidos y perezcan los bondadosos e inteligentes, los que solo desean tener las necesidades básicas cubiertas, amar, reír y vivir en armonía con el entorno. Aunque ya sabéis que no va a ser fácil.

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Érase que se era en una galaxia muy lejana una joven que respondía al castizo nombre de España. La muchacha en cuestión, de familia de rancia raigambre franquista disfrazada de la más democrática de las ideologías, era guapa y voluptuosa, aficionada a los toros y a tocar la pandereta, pertinaz espectadora de culebrones y reality shows de la peor calaña, asidua de los botellones y de aquellas que perdían el culo para conseguir una entrada de Justin Bieber o de otros engendros menos que pseudomusicales de la misma ralea cuando a estos les daba por aparecerse por el país, sin dudar en vender su virginidad por esta buena causa vulnerando incluso sus fanáticas convicciones católicas. Nuestra protagonista a duras penas había conseguido el título de la ESO, a pesar o tal vez gracias a los colegios privados en los que su familia le había matriculado, y se jactaba de su ignorancia como otros se enorgullecen de su cultura, por lo que constituía una rara avis entre sus compañeras Francia, Inglaterra, Grecia, India o Argentina, entre las cuales desempeñaba el papel de la bufón oficial de la clase. Pero hay que decir en el descargo de nuestra amiga que sabía ser solidaria cuando tocaba y que era sensible a las injusticias, al menos cuando estas eran muy flagrantes y no le interrumpían ningún programa de Telecinco. Y cuidaba muy bien de sus hermanitas pequeñas, sobre todo de Catalunya, a la que nunca dejaba que tomara una iniciativa propia (por miedo, evidentemente, a que se lesionara), eso sí, cuando no se ocupaba de chincharlas y esquilmarles la paga semanal. Había tenido una infancia envidiable. Creciendo entre algodones, en la convicción de que el paraíso se hallaba en la Tierra, más concretamente en su casa, sus padres le habían concedido todos sus caprichos o bien la habían hecho desear todo lo que ellos querían concederles; estaba segura de ser una privilegiada, con su casita de muñecas sobrevalorada, su coche de juguetes y sus vacaciones en Marina d’Or Ciudad de Ídem.

Pero un día todo acabó. De pronto, su familia empezó a recordarle todo lo que habían hecho por ella. Alegando una situación económica desastrosa, que no parecía reflejarse más que en sus testimonios, empezó a recortarle sus hasta entonces inamovibles privilegios, lenta pero progresiva e inexorablemente. Las horas de trabajo en la empresa familiar empezaron a hacerse cada vez más copiosas y menos remuneradas, y cuando quería denunciar su situación se la acusaba de haber exigido caprichos por encima de las posibilidades de su familia, sumiéndola en un estado de culpabilidad que, paradójicamente, incrementaba el síndrome de Estocolmo hacia sus secuestradores. Poco a poco, le quitaron sus vacaciones, su coche de juguetes, su casita de muñecas, su dignidad. Le arrebataron los pocos libros con que se entretenía a veces, le prohibieron asistir a clase a no ser que trabajara muchas más horas en contrapartida, y dejaron de alimentarla y de llevarla al médico mientras ellos se hartaban de mariscadas en yates de lujo. Eso sí: en ningún momento le suprimieron el televisor.

Y sin embargo, no tardó en llegar la esperanza: su poderosa vecina Europa, al parecer indignada por cómo se estaba llevando la educación de la joven y de sus igualmente explotadas hermanitas, hizo a sus progenitores una oferta que no podrían rechazar. Ella se haría cargo de las niñas, y en compensación aportaría una sustanciosa cantidad de efectivo que permitiría sanear las deudas familiares. Sin dudarlo un momento y haciendo el negocio del siglo, esto es, vender lo que es tuyo en el más puro estilo de la privatización ibérica sin importar las consecuencias, la familia aceptó, y para celebrarlo se fueron al fútbol. Pero no acabaron allí las desdichas de nuestras heroínas: cuando, vendidas como si de una mercancía se tratase y convenientemente grabado en el hombro a fuego el emblema de su nueva dueña, entraron en su nueva vivienda, comprobaron que se trataba de un prostíbulo frecuentado por los clientes más babosos donde a partir de entonces tendrían que prestar sus servicios hasta que se jubilaran a los setenta años, y con las prestaciones en sanidad, educación y vivienda aún, si cabe, más restringidas. Y todavía podían estar contentas: las prostitutas inmigradas lo tenían mucho peor.

Del final de esta historia existen dos versiones contradictorias: una relata que las jóvenes comenzaron a leer textos de economía alternativa y política social y un día cogieron los kalashnikov e hicieron una limpieza general, eso sí, muy pacífica, y a partir de entonces todas las familias de la tierra se rigieron por los criterios de libertad, igualdad y fraternidad, repartiendo la riqueza, respetando las aspiraciones y las creencias, cuidando del entorno y desterrando a Justin Bieber a una de las lunas de Júpiter. La otra cuenta que nuestras protagonistas se resignaron cobardemente a su cruel destino y que la única Re-Vuelta que protagonizaron fue la de Gran Hermano 12+1.

Podéis elegir qué conclusión preferís. Y realmente espero por el bien de tod@s que lo hagáis bien.

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-Medievalistas: Para analizar los nuevos tiempos.

-Aborteros clandestinos: Para equilibrar la natalidad con los salarios, la cuantía de los impuestos, las nuevas tasas de la Injusticia y el nivel de ocupación (ojo: prohibido su uso si eres una “mujer de verdad” al estilo Gallardón).

-Inquisidores: Para aleccionar de una forma pacífica y respetuosa a las usuarias del anterior servicio. Imprescindible nociones de alimentación de hogueras.

-Curanderos: Una alternativa barata al desmantelamiento de la Sanidad pública.

-Traficantes de órganos: Especialmente útiles para los que no pueden costearse el traslado de la diálisis. También para quienes han de deshacerse de alguna parte de su cuerpo para pagar la hipoteca.

-Delator:  Tal vez no consigas un incremento de patrimonio inmediato, pero siempre va bien para quitarte de encima posibles competidores, o sencillamente al vecino que tiene un móvil más chulo que el tuyo.

-Cazarrecompensas: El siguiente estadio de la evolución del estado policial hispanocatalán (me pregunto qué precio pondrán a mi cabeza).

-Constructores de cámaras de gas: Pronto se darán cuenta que hay alternativas más rápidas e indoloras que quitarles la tarjeta sanitaria a los inmigrantes.

-Sepultureros: Para inhumar a las víctimas del genocidio social de manera expeditiva, limpia y silenciosa.

-Policías, muchos policías: Los vais a necesitar.

-Constructores de cárceles: Os harán falta muchas si queréis meternos a tod@s l@s que vamos a salir a la calle. Pero cuidado no vayáis a acabar al final vosotr@s dentro!

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1 Mayo Rebélate

1 Mayo Rebélate

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Manifiesto de IZQUIERDA UNIDA ante el 1 de mayo

Por un 1º de Mayo de movilización y lucha por el empleo, los derechos laborales y los servicios públicos

En este Primero de Mayo de 2012 nos enfrentamos al ataque más brutal y antidemocrático que hayan sufrido los derechos de trabajadores y trabajadoras en mucho tiempo. Se presentan como medidas contra la crisis lo que solamente es un redoblado intento de rapiña sobre los salarios, las conquistas de la clase obrera y los derechos sociales de la inmensa mayoría de la población. No importan las personas y su derecho al trabajo digno y estable, sino el beneficio de los bancos y las multinacionales.

Llevamos casi cinco años de agudización de la crisis y también de recortes de todo lo público, pero ni uno sólo de los países que ha aplicado esas medidas ha mejorado su situación económica y social. Ni uno sólo. Al contrario, sigue aumentando el paro, crece la deuda exterior, y estamos en una segunda ola de recesión económica.

Lo que se nos intenta vender como la única salida de la crisis es una mera estafa que ahonda más la injusticia y el sufrimiento, incrementa el paro y la pobreza, desprotege a los más débiles y pretende convertir en mercancía y negocio la educación y la salud.

Pero la salida real de la crisis viene de la mano de la lucha y la movilización. Quieren que nos encerremos en nuestras casas con el miedo al desempleo y la precariedad y con la pesadilla de un futuro peor que el pasado, pero no lo conseguirán.  La salida social de la crisis, favorable a la inmensa mayoría, está en nosotros y nosotras.

La reciente Huelga General ha mostrado el camino. La derecha decía que no serviría para nada y el Gobierno que no estaba dispuesto a mover una coma de su reforma laboral. Hoy ya preparan enmiendas a sus propios textos, pero esta reforma laboral no es reformable y debe ser retirada.  Además de esta consecuencia, la Huelga General ha fortalecido la conciencia y la organización del mundo del trabajo y ha mellado los ataques contra el sindicalismo de clase.

La ofensiva contra la educación y la sanidad públicas está encontrando cumplida respuesta en una creciente movilización ciudadana. El intento para hacer retroceder los derechos y libertades democráticas que el Gobierno quiere impulsar desde su mayoría absoluta encuentra una importante oposición.

Es el modelo económico, político y social asentado desde la transición el que está desmoronándose y son las políticas neoliberales (última expresión del sistema capitalista) las que aparecen, cada vez de forma más clara, como irreconciliables no solamente con los derechos del mundo del trabajo, sino también con el progreso económico, la sostenibilidad medioambiental y el bienestar de la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Hace ahora 122 años que se celebró en España por primera vez el 1 de Mayo, “Día Internacional del Trabajo”, y es necesario subrayar en esta ocasión el carácter internacionalista de esta fiesta y su contenido solidario que nos lleva, especialmente, a expresar nuestra solidaridad con el pueblo argentino, que tiene todo el derecho a decidir soberanamente sobre sus recursos naturales, como en su día lo harán los pueblos de España, y nuestra coincidencia en la lucha con todos los pueblos de la Unión Europea que se movilizan contra las políticas de recortes. Deseamos el éxito de los candidatos de la izquierda alternativa en las próximas elecciones de Francia y Grecia que pueden comenzar a abrir un horizonte nuevo en las políticas de la Unión Europea. Nos solidarizamos, como siempre, con la lucha del pueblo palestino que se agudiza en Gaza y con las reivindicaciones del pueblo saharaui.

La crisis tiene salida, el Gobierno no

Las políticas neoliberales de recortes, debilitamiento de lo público y retroceso de los derechos laborales, que inició el PSOE y ha profundizado el PP han fracasado.

No obstante, el Gobierno presenta unos Presupuestos Generales del Estado que son una auténtica declaración de guerra contra la mayoría del pueblo. Unos presupuestos que van a generar más paro, estancar la economía, y deteriorar la educación, la salud y otros servicios sociales y que estimulan el fraude fiscal mediante una amnistía para los defraudadores.

Izquierda Unida subraya que hay salida para la crisis y ha aportado propuestas positivas para hacerlo en beneficio de la mayoría.

  • Con una mayor justicia fiscal que lleve hasta una contribución fiscal equivalente a la media de la Unión Europea hay recursos suficientes para crear empleo, impulsar la economía real y, con ello, reducir el déficit.
  • Con una lucha firme contra el fraude fiscal y la economía sumergida, mediante los cambios legales necesarios y el reforzamiento de la Agencia Tributaria, habría ingresos para mejorar la educación y la sanidad públicas y atender la Ley de Dependencia. Hacer aflorar de trabajos sin contrato y exigir la igualdad de salarios entre hombres y mujeres, además de ser de justicia, permitiría sanear la Seguridad Social y mejorar las pensiones.
  • Con una política decidida de apoyar la creación de empleo desde lo público es posible crear cientos de miles de empleos verdes (reforestación y mantenimiento de zonas verdes, rehabilitación sostenible de viviendas, agricultura ecológica, energías renovables), sociales (aplicación de la Ley de Dependencia, escolarización de 0 a 6 años) y de interés estratégico (infraestructuras de proximidad, desarrollo de un sector público en la economía).
  • Con la creación de una Banca Pública, a partir de la nacionalización de las Cajas de Ahorro que han sido entregadas al capital financiero, sería posible que el crédito fluyera hacia las pequeñas empresas y las familias.
  • Con  la implantación de un nuevo modelo productivo, que incluya más democracia en la sociedad y en la empresa, un sector público poderoso y el apoyo a la economía social, una apuesta por el desarrollo sostenible y el pleno empleo de calidad, la mejora de la educación, el esfuerzo a favor de la I+D+i civil, y un cambio progresista en las relaciones laborales.

Nuestra lucha es la lucha por el empleo

El objetivo central de cualquier política de izquierdas para salir de la crisis es la creación de empleo. Izquierda Unida defiende un empleo estable, digno y de calidad y, en consecuencia se opone a cualquier medida de abaratamiento del despido y de reducción de los costes salariales. No han sido esas, ni mucho menos, las causas de la crisis y no está ahí la solución. Por ese camino sólo se trata de asegurar de nuevo los beneficios de quienes ha generado esta situación, a costa de los trabajadores.

Crear empleo no puede ser considerado como un gasto porque sólo el trabajo humano genera la riqueza socialmente útil.

Izquierda Unida reivindica el reparto del trabajo para que puedan trabajar más personas, reduciendo la jornada a 35 horas semanales, sin pérdida de retribución, y bajando progresivamente la edad de jubilación

Por un 1 de Mayo de movilización

Izquierda Unida llama a todos los trabajadores y trabajadoras, a toda la ciudadanía a participar en los actos, concentraciones y movilizaciones convocadas por CCOO y UGT.

Izquierda Unida considera que este 1 de Mayo debe dejar claro que no estamos dispuestos a aceptar una salida de la crisis que no vaya a favor de la mayoría social de este país. Es precisa una auténtica rebelión ciudadana por nuestros derechos.

Izquierda Unida llama a extender y profundizar la movilización hoy y en los meses próximos por una salida social de la crisis, por el empleo, la defensa de lo público (comenzando por una educación y una sanidad públicas y de calidad), el derecho a la vivienda, la igualdad y la no discriminación.

Viva el 1 de Mayo de lucha y solidaridad

Madrid, 1 de mayo de 2012

Y después del 1 de Mayo…

12M15M-CONVOCATORIA

12M15M-CONVOCATORIA

Y para acabar, nos os perdáis estos vídeos

http://solidaritat29m.noblogs.org/

http://youtu.be/MCvskEEORiM

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(viene de) -Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.

-Esta vez hablo en serio –aseveró.

Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).

-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.

-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.

Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de  supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.

-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.

Me mostró las palmas.

-Hablar. Solamente eso.

No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?

-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.

La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.

-Tienes muy buen aspecto.  Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.

-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.

-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.

-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.

Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.

-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…

Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares

-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.

Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.

- Me trasladaré a mis posesiones de Barcelona y te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.

Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?

-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?

Se apresuró a responder.

-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.

-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.

-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.

Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, una masía fortificada a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias de la masía y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos.

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(viene de) Tengo que reconocer que en los peores momentos de mi vida siempre había encontrado una mano tendida aunque a veces hubiera acabado sosteniendo el látigo que acabaría estrellándose contra mis espaldas, un inesperado golpe de suerte que en pocos meses se convertiría en una maldición. Cuando llegué a Barcelona, exhausta y derrotada, unas semanas antes, había tenido que hacer un esfuerzo para que la depresión no me arrojara contra una cuneta para dejarme morir allí. Pero a mí aún no me habían robado toda la esperanza ni todo el trabajo de toda mi vida, como habían hecho con los desposeídos en Grecia, y aunque solo fuera por orgullo no quería que nadie me obligara a ser la mano autoejecutora del genocidio social del sistema; o tal vez me producía demasiada pereza pensar en cómo dar fin a mi vida. Sea lo que sea, en lugar de suicidarme hice lo que una mercenaria de pro debe hacer en esas circunstancias: emplear las monedas de Guillaume que aún me restaban en darme un buen baño, buscarme un alojamiento y procurarme ropas presentables que me acreditaran como una candidata susceptible de tener en cuenta para posibles encargos. Y, claro, frecuentar los mercados y las tabernas, que para que me entendáis funcionan como una especie de mezcla de Infojobs, LinkedIn y Facebook. Era consciente de que me había metido en la boca del lobo; me hallaba en el exacto lugar donde Karl y Gustaf me habían encontrado hacía ya casi un año, y pretender que serían tan imbéciles como para no buscarme allí, por muy evidente que ello fuera, era quizá suponer demasiado, incluso si era referido a ellos. Pero, a pesar de la advertencia del templario traidor y de la poca simpatía que debían de profesarme después de que el Sultán se hubiera vengado en ellos de mi huida, como seguro habría hecho, no conseguía sentirme aterrorizada por la perspectiva de volver a  verles: les había perdido todo respeto, si es que alguna vez les había tenido alguno, y estaba segura de que si me los encontraba más que asustarme me iba a entrar un ataque de risa en sus barbas. Así que ya me veis de nuevo en la Ciudad Condal, intentando infructuosamente encontrar acomodo laboral mientras acarreaba un enorme agujero lleno de algo parecido a la antimateria que se abría justo en medio de mi estómago y que a veces me dolía tanto que hasta me hacía caminar encorvada; y no era hambre, os lo aseguro, aunque también comenzaba a sentirla. Pero, por suerte o por desgracia, estoy acostumbrada a las vicisitudes. Lo siento mucho por los positivistas y los amantes de libros de autoayuda: el Destino existe y que te esfuerces en mejorar tu vida, aunque muy recomendable, sirve de muy poco; tu sino se encargará de joderte bien jodido si eso es lo que tiene programado. Sobre todo si has nacido pobre y sin nobleza. Como en mi caso, por ejemplo. Y sobre todo si hemos vendido nuestro país a los neoliberales fascistas del PP, que a su vez aún lo venden más barato. Y por si fuera poco, en uno de mis deambuleos curriculares, al doblar una esquina, me tropecé de pronto de la manera más escandalosa con el mismísimo señor del lugar donde me había criado, mi archienemigo.

Naturalmente, me dispuse a poner pies en polvorosa: que yo supiera, el noble en cuestión no daba un paso fuera de su castillo sin ir protegido por una nutrida guardia que, estaba segura, debían de estar agazapados a mi alrededor, esperando tal vez una orden para caer sobre mí como auténticos antidisturbios cabreados. Y, de hecho, un grupo de cuatro secuaces taponaban la única salida: así que me decidí a esquivar a mi antiguo jefe y a arriesgarme por la calle que discurría a su espalda, con casi la seguridad de que encontraría a alguien emboscado en alguna parte: si l@s lector@s que conocen Barcelona alguna vez se han quejado de las tortuosas calles del Casc Antic, debo informarl@s que antes de derribar las murallas era aún peor (no obstante, tengo que reconocer que cuando estoy en el siglo XXI las echo de menos. Lo único que me consuela es que solo las han derribado, no las han sepultado por desmemoria o intereses, ni las han privatizado como en Grecia ni expoliado como en Siria o Irak)… Pero cuando me lancé hacia mi objetivo descubrí que también aquella salida había sido bloqueada. Así que di un paso atrás, alejándome de todos ellos lo máximo que podía, saqué la espada con seguridad y les regalé una sonrisa de suficiencia: estaba demasiado enfadada para tener miedo, y aquellos guardias, con sus negros ropajes protegiendo el lujo del noble (solo les faltaba la insignia de la División Azul), me recordaban demasiado a los efectivos policiales de Barcelona cargando indiscriminada e impunemente contra los manifestantes mientras acordonaban el Corte Inglés y la Bolsa. Yo misma podría estar en aquel momento herida, encarcelada o ambas cosas, si un camarada anónimo, al verme desorientada en la multitud y corriendo en dirección a las peores cargas, no me hubiera sacado allí casi en volandas; ni siquiera llegué a verle la cara. Pero ahora sí estaba permitido que me comportase como una salvaje medieval defendiendo mi vida sin que nadie me llamara terrorista por hacer lo mismo en 2012, así que moví mi espada para que destellara a la luz de las escasas antorchas, en señal de desafío, y me dispuse a la batalla. Pero los guardias estaba extrañamente inmóviles, y el único que se adelantó, con los brazos separados del cuerpo y mostrando que estaba desarmado, fue el señor.

-Guarda tu espada, Eowyn. Hemos venido en son de paz.

Vaya por dios. Con las ganas de juerga que yo tenía (sigue).

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Finales de abril, 1292

La puerta de la taberna del puerto que solía frecuentar retumbó contra el muro produciendo un sonido horrísono, y abierta se quedó, balanceándose por el impulso hasta perder la fuerza. Fuera, la conocida humedad barcelonesa me reclamaba mis huesos como tributo, pero yo le hice una higa y avancé unos pasos para alejarme del pestilente local. La brisa primaveral venía tan helada como si nunca tuviera que llegar el cambio climático y como si el fuego que destruiría siglos más tardes los bosques de Galicia, abandonados al vandalismo y a la especulación, no fuera más que una absurda pesadilla, pero no logró apaciguar mis exaltados ánimos; así que busqué algo interesante que patear para desahogarme: un montón de desperdicios, algún ladronzuelo dispuesto a aligerarme de mis escasas pertenencias, un Mosso de Esquadra con ganas de atizar a discapacitados  sin que sus amos marquen límites a su violencia… pero no tuve suerte: los malos siempre se esconden como ratas cuando más necesitas de ellos, o bien huyen por la puerta de atrás tras haber prometido, entre otras falsedades, “dar siempre la cara”.. No me quedó otro remedio que descargarme de mi frustración bufando como una mula de la peor raza, aunque ni siquiera eso me fue permitido: sin que la agrietada y sucia madera hubiera tenido mucho tiempo de descansar sobre su dintel, una iluminación temblona en el acceso al local reveló que alguien venía a acompañar mis cuitas, o al menos a huir escapado de aquel antro de perdición; y en ella vi como se recortaba la figura delgada  e inquieta de Yannick el Terrible.

-¡Pero, bueno, compañera! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te has ofendido de ese modo? –como siempre, su voz surgió sin acento identificable, o tal vez con todos los acentos del mundo. Nadie sabía de dónde procedía Yannick; posiblemente ni él mismo.

-Pues pasa que estoy harta de todos vosotros. De todos –le di la espalda. Aunque la verdad era que no recordaba la causa por la que me había cabreado tanto con mis habituales colegas de taberna, los mismos con los que venía encontrándome casi cada noche desde que residía en Barcelona. Pero es que últimamente nada parecía funcionar como debía y daba la sensación que la gente se empeñaba en decir las palabras más inconvenientes. Lo que hace la falta de un sistema educativo en condiciones para los pobres; bueno, qué voy a explicaros a vosotr@s, lector@s, si pronto lo vais a averiguar, lamentablemente. Sin embargo, no podía enfadarme con Yannick-. Excepto de ti –me volví e intenté dirigirle una mirada cordial, aunque la rabia me pesaba sobre las comisuras de los labios, estirándolos hacia abajo-. Eres demasiado joven para que se te tengan en cuenta las tonterías que dices.

Él se acercó hacia mí y me palmeó por el hombro.

-Muchacha –el chaval observaba una total falta de respeto hacia mí a pesar de que tenía edad de ser su madre, por lo menos si hubiera concebido a la temprana edad a la que mi familia pretendía venderme al mejor postor. Y es que yo no era una mujer verdadera, según Gallardón-, últimamente estás imposible. No nos toleras nada. Ni a nosotros ni a nadie. Y no hacemos nada que justifique tu mal humor. ¿Qué es lo que te está sucediendo?

Su tono mesurado tuvo el poder de disipar las brumas de mi mente. Tal vez, incluso, tenía razón, tal vez mi malhumor fuera algo exageradillo y ninguno de los integrantes de aquel grupúsculo de ejemplares de la peor sociedad barcelonesa, que en el fondo eran buena gente aunque la diplomacia no fuera una de sus virtudes, en ningún momento hubiera pretendido ofenderme. Me senté en el tercer peldaño de una escalera que ascendía a una vivienda cercana.

-Tú no lo entiendes. No le pides nada a la vida, excepto ser libre y que no te impongan normas, navegar y conseguir el botín suficiente para comer y beber tranquilo una temporada –ya habréis comprendido que Yannick se dedicaba al noble arte de la piratería-. Ni siquiera te preocupan las mujeres, eres demasiado joven para eso. Yo, sin embargo…

-Creí que también valorabas tu libertad más que cualquier otra cosa –objetó.

-Y así es. Eso es incuestionable. Pero quiero más. Últimamente noto que me hace falta algo. ¿Sabes que a mi edad hay muchas mujeres que ya han muerto de parto? ¿O de cualquier otra cosa? –en la Edad Media ya nos hemos acostumbrado a eso, a que nuestra vida valga menos que el contenido de una bacinilla; qué se puede hacer, no hay manera de evitarlo. No es como si tuviéramos medios para cuidar de la salud de tod@s y no lo hiciéramos. No es como si cerráramos hospitales, enviáramos a los profesionales de la medicina al paro o permitiéramos que en tantos países no exista sistema universal de salud. No es como si nos obligaran a pagar indefinidamente lo que hemos pagado sin retribuirnos por nuestro trabajo. No es como si conociendo a la ciencia la canjeáramos por la religión-. Me estoy acercando peligrosamente al límite de  la esperanza de vida de este siglo, y no he hecho nada útil en  toda mi existencia.

-Pues yo diría que sí lo has hecho –me interrumpió Yannick.

-Sí. Sobrevivir. Arrastrarme en las misiones más cutres por un mendrugo de pan -aduje yo.

-Pues a mí me parece suficiente…

-No –le corté-. Están pasando muchas cosas. Y yo estoy aquí, sin hacer nada. O al menos, sin hacer lo suficiente –me hizo un signo de que continuara, y así lo hice-. Hay un lugar a donde también pertenezco y que hace demasiados días que ya no frecuento. Un lugar que odio y amo al mismo tiempo, y donde me necesitan… bueno, necesitan a cualquiera que quiera echar una mano, no específicamente a mí, claro. En ese lugar se está gestando algo que se podría llamar la lucha final, en la que solo quedará uno, si puedo expresarlo cinemato… de manera propia de los trovadores, quiero decir. Y parece ser que de momento quien quedará es el que menos tiene que quedar. Quien más daño ha sido y es capaz de hacer a la Humanidad…

-¿Y cómo se llama ese hijo de puta?  -me interrumpió el jovenzuelo-. Mira que llamo a mis amigos y me voy para allá…

-Antes se llamaba Capitalismo –expliqué yo-. Aunque ahora es algo mucho peor. No obstante será mejor que lo olvides, está demasiado lejos para ti. Y ahora parece que incluso para mí. Pero lo peor es que ya no sé por qué quiero hacerlo, por qué quiero ir allí y arriesgarlo todo, arriesgarme a no volver a este tiem… ejem… a este lugar que después de todo es mi casa, y cuyas leyes entiendo, y que por muy podrido que esté es mi mundo. No sé si lo hago porque me preocupa la gente de ese sitio o si solo soy incapaz de resignarme a no hacer algo heroico, algo que me reivindique de todos mis errores. Algo que dé sentido a mi vida… Hasta ahora no he hecho más que recorrerla egoístamente, sin aportar nada.

El piratilla negó efusivamente con la cabeza.

- Eowyn, se pueden decir muchas cosas de ti y no todas buenas. Tienes un carácter endiablado, no aceptas una crítica, a veces ignoras el riesgo y pones en peligro a los que tienes a tu lado y algunos rumores afirman que en ocasiones te dejas llevar demasiado por… los excesos… Pero no me digas que eres egoísta porque no me lo creo. ¿Sabes cuál creo que es tu problema? Que no confías en nadie. Tal vez si compartieras tus problemas verías que no son tan graves.

Mi filósofo amigo acababa de dar de lleno en una herida abierta.

-¿Confiar? ¿En quién? Yannick, tú y yo dentro de unos días tal vez no volvamos a vernos nunca. Además, la gente como yo no puede tener amigos en quién buscar consuelo. Estamos secos por dentro, nuestro corazón está tan helado como el filo de nuestra espada.  Así soy. ¿Me creías diferente?

-Sí, te creía diferente –el tono de mi interlocutor fue duro-. Mucho más valiente. Capaz de arriesgarte a sufrir. Pero veo que esto no está en tus planes.

Era muy fácil para alguien como Yannick hacer esas afirmaciones: él se tenía a sí mismo, siempre se había tenido, y por tanto no necesitaba a nadie. A mí hacía tiempo que me habían arrebatado las posibilidades de ser yo; por eso necesitaba de los demás. Demasiado. Pero no estaba dispuesta a dar nada de mí misma. Ni a permitir que volverán a traicionarme.

-Pues lamento decepcionarte. Esto es lo que hay.

Me levanté de mi asiento de dura piedra y me marché en dirección contraria a la taberna: ya había hablado bastante por aquella noche. Yannick me dejó marchar, sus deseos de arreglar el mundo en mi persona al menos temporalmente defraudados: él también quería ser un héroe. Y tal vez, como yo, nunca pasaría de sucio esbirro… Me dirigía al establo donde me esperaba mi caballo, concentrada en esos pensamientos y en otros. Erróneamente, dejé de prestar atención a mi alrededor: la lucha que entre la conservación y la autodestrucción se libraba en mi mente estaba decantándose peligrosamente por el segundo contendiente, y no me percaté de la sombra que acechaba en el estrecho portal ante el cual en ese momento estaba cruzando, hasta que fue demasiado tarde. (sigue).

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Y lo peor de todo es que hay gente que sigue pensando que facilitando el despido aumentarán las plantillas; que congelando los sueldos se incrementa el consumo; que suprimiendo ayudas a la cultura y la enseñanza, y al empleo, seremos un país más competitivo; que las grandes corporaciones internacionales crean puestos de trabajo de calidad y han de tener más facilidades que las pequeñas y medianas empresas del territorio; que convirtiendo España en un gigantesco casino, paraíso maloliente de mafiosos premiados con amnistías y leyes a su conveniencia, va a mejorar nuestra calidad de vida; que los cuatro fraudes en la prestación de desempleo son los que nos han llevado a esta situación, y no la evasión de impuestos; que somos los vasallos de Alemania y de lo que representa y le debemos pleitesía; que los dependientes que no puedan pagarse los cuidados han de ir a pudrirse a las cunetas; que la salud es para el que pueda pagarla (dos veces); que nuestros impuestos no han de revertir en protección y servicios, sino en sueldos de políticos fascistas y genocidas y en sus corrupciones varias; que ahorrar en protección de incendios en Galicia no va a a tener ninguna consecuencia; que con más ladrillo y más destrucción de espacios naturales se va construir la economía más saneada y sostenible; que la memoria de l@s que lucharon por un mundo mejor se puede sepultar quitando placas y nombres de teatros y borrando murales; que los que protestan contra este estado de cosas, a menudo jugándose la paz y la integridad física, son el verdadero problema y contra ellos valen todos los medios, sean policías infiltrados cometiendo atentados, violencia indiscriminada aunque sea contra menores o discapacitados, represión de denuncias de agresión policial o equiparación penal con terroristas (¡y ellos se atreven a hablar de terrorismo!).

Pero lo que ninguno de ellos sabe, ni los votantes ni los votados, ni los que continúan intentando mentir al pueblo en un ejercicio de hipocresía (porque ya no les importa si nos creemos o no sus mentiras), ni los que continúan justificando la utilidad de su sufragio estúpido e insolidario (aunque ya sospechan que se volverá contra ellos) es que pronto nos convertirán en lo que más temen. Por mucho que nos encierren preventivamente.

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Sí, lo sé, sé que mi los rumores que corren sobre mí no apuntan precisamente hacia esta afirmación, pero os prometo que soy una persona muy pacífica. Nunca empleo la violencia como argumento, excepto si me pagan por ello (y esto no cuenta, que una necesita comer y sobre todo beber regularmente, y el mantenimiento de mi equipo militar es muy costoso) o si no hacerlo supone sencillamente ser una estúpida sumisa, cosa que no va en absoluto con mi temperamento. Así que si llega a vuestros oídos una anécdota protagonizada por mí en una taberna de Damasco donde al parecer di muestras de un execrable comportamiento, haced oídos sordos, que la gente es muy mala. O en cualquier caso, antes de juzgar, oíd mi versión.

La velada en cuestión yo me encontraba rumbosa pues había conseguido arrancarles unas cuantas monedas a los tacaños de Gustaf y Karl; por si fuera poco me topé con unos compañeros de aventuras nuevos en la ciudad a los que hacía tiempo que no veía, y son tan pocas las ocasiones que tengo de hacer vida social que me pareció buena idea invitarlos. Así que insté a mi tabernero habitual a sustituir el habitual brebaje inmundo que acostumbraba a servirme, cuya nefasta calidad había creído yo motivada exclusivamente por su bajo precio, por un vino de más categoría. Pero al primer sorbo de la copa noté que aquel supuesto caldo exquisito por el que me habían cobrado el sueldo de un mes tenía el mismo sabor vomitivo que aquel del que el dueño del local solía proveerme en tiempos de carestía económica, y además mis colegas, carentes de un estómago acostumbrado a las mala vida como el mío, comenzaron a experimentar los síntomas propias de una indisposición importante. Inmediatamente exigí una explicación y/o una rápida devolución del importe de la consumición, acompañando el requerimiento con una buen puñetazo en la mesa, mientras las quejas de otros clientes que se habían visto estafados de la misma manera, todos ellos extranjeros y en situación precaria en el país (para que tuvieran menos posibilidades de quejarse, desde luego el cabronazo sabía elegir bien a sus víctimas) coreaban mis palabras… A todo esto, mis compañeros se encontraban cada vez peor y aquel malnacido continuaba ponderando la calidad de su bazofia líquida con la mayor desfachatez y sin rendirse a las evidencias… De acuerdo, reconozco que coger al individuo en cuestión por los pies y aguantarle la cabeza casi un minuto dentro del tonel de aquel veneno para que tomara de su propia medicina tal vez fue algo excesivo, pero creo que la situación lo merecía con creces. Aunque ¿os imagináis cuál fue la noticia que corrió por los mentideros de la villa después del suceso? ¿No? Pues en absoluto “Tabernero estafador que ponía en peligro la salud de los inmigrantes por fin desenmascarado” sino “Mercenaria cristiana sin corazón agrede salvajemente a un honrado comerciante de nuestra ciudad”, con lo que podemos concluir que la prensa, a pesar de su evolución en las formas, no ha cambiado ni un ápice en su fondo desde la Edad Media hasta el maldito siglo XXI. Medalla de Oro a la Imparcialidad Informativa. Vamos, como si hubieran llenado las redacciones de barones del PP o colocado al jefe de programas de Intereconomía al frente de la Agencia Nacional de Noticias de Siria. Y aún menos mal que a nadie se le ocurrió decir que la culpa era del PSOE.

Pero esos eran otros tiempos, tiempos mucho más felices que los actuales, o al menos más tranquilos. Y es que durante mis días trabajando en Damasco no pensé que fuera a tener más motivos de indignación que las disputas de con mis bienamados jefes por motivos de sueldo u horarios de trabajo, o las rencillas de taberna. Pero me equivocaba, y mucho. Bien, para seguir con la historia donde la dejé la última vez, después de escaparme de la prisión del Sultán me deslicé subrepticiamente hacia la posada donde me alojaba, con la lógica idea de hacerme con mis pertenencias y salir escapada antes de que mi fuga fuera detectada, pero una vez allí me encontré con la desagradable sorpresa de que los soldados del Sultán habían asaltado mis aposentos y habían arramblado con los escasos bienes que me acompañan en mis andanzas: vamos, que desde la espada y la cota de mallas, hasta la última de mis camisas, pasando por las escasas monedas que tintineaban en el fondo de mi bolsa, todo había desaparecido; ni siquiera mi caballo había escapado de la avidez de aquellos desalmados. Solo me quedó una solución, que fue salir con la misma discreción con la que había entrado para evitar que el posadero me reclamara un importe por sus servicios que de ninguna manera habría podido sufragar, y lanzarme a los caminos amparada en mi traje masculino y tapada hasta los ojos, para dejar al descubierto las menores características de mi feminidad posibles.

Así lo hice, y una vez finalizada la primera parte de la operación llegó el momento de las preguntas. ¿Qué podía hacer con mi vida llegada a este punto? ¿A dónde me dirigiría? Tenía que reconocer que a lo largo de mi existencia me había metido en situaciones de difícil escapatoria, y de todas había salido de una manera u otra. Pero aquello superaba toda la historia de mis lances: no solo no llevaba mi fiel espada conmigo, cosa que me hacía sentir peor que desnuda, ni a mi querido Rayo Blanco que esperaba que pudiera hallar la felicidad y la paz con un propietario menos dado a aventuras, sino que ni siquiera podía arriesgarme a mendigar un mendrugo de pan por temor a que llegara a los oídos del Sultán que todavía andaba por los alrededores: desde luego no hubiera podido hacer mucho contra sus esbirros sin armas con que defenderme ni caballo con el que largarme a toda velocidad. Y para mejorar la cosa, mi situación financiera no me permitía conseguir pasaje en ninguna embarcación que se dirigiera a donde fuera. Tampoco tenía demasiados amigos en la ciudad dado mi carácter independiente y poco dado a familiaridades, y a los pocos que merecían ese nombre no deseaba ponerles en ningún aprieto, así que solo me quedaba una única y poco ideal opción: llegar como pudiera a Sidón para rastrear los pasos de mi viejo compañero, si es que seguía vivo, y conseguir que me resarciera mínimamente de todo lo que había tenido que pasar por su culpa. Así que hasta allí decidí dirigirme, aunque nada convencida.

No voy a explayarme en las vicisitudes de mi errar por aquellas tierras de Dios, o mejor dicho, tal como estaban las cosas, de Alá. Tan solo os diré que pasé más frío que un estudiante valencian@ de Secundaria antes de ser calentad@ a golpes por la Policía Nacional; que sufrí más hambre y sed que tras la anunciada privatización total del agua y demás bienes de primera necesidad; que me aburrí tanto como si me hubieran quitado de golpe y a la vez el Megaupload, a Bob Esponja (aunque a mí me gusta más ‘Código Lyoko’) y los programas más presuntamente rojillos de RTVE; y que cuando días después arribé por fin a divisar la ciudad del Castillo del Mar, mi agotamiento era igual que el de cualquier hipotecado hasta las cejas y afectado por la Reforma Laboral, obligado a trabajar horas y horas sin extras a las órdenes de un directivo con contrato blindado para no ser despedido gratuitamente por un adinerado empresario que pretextara haber perdido tres céntimos en el último ejercicio. La rabia me consumía y me tentaba regodearme en ideas de venganza, pero decidí ser práctica: en ese momento Némesis no era la más indicada para sacarme de aquella situación. Pero ya llegaría mi momento; antes quizá de lo que muchos se esperaban.

Sidón se reponía lentamente de la cruel invasión sufrida unos meses antes, entre huertos, palmeras y frutales. Viendo su conocida silueta en la lejanía, con el Castillo del Mar ofrecido como un regalo de los mortales a Neptuno, sentí estrecharse de nuevo, con más fuerza, el lazo que me ataba a aquellas tierras llenas de historia y belleza, que todas las peripecias nunca podrían hacerme odiar. A todo esto estaba cayendo la noche y estimé oportuno descansar un poco antes de plantearme cuál sería la mejor manera de entrar en la ciudad y qué disfraz adoptar, y cómo conseguirlo, para pasar lo más desapercibida posible en el lugar y poder hacer mis averiguaciones. Así que me refugié en un bosquecillo cercano y allí, apoyándome en el grueso tronco de un viejo pino, me arrebujé en mis amplios ropajes, algo estropeados por el viaje y en una situación higiénica que dejaba bastante que desear, y decidí lanzarme en los brazos de Morfeo para recuperar mínimamente las fuerzas.

Estaba ya a punto de amanecer cuando algo me despertó. Aturdida, escuché unas voces masculinas en cuyos tonos parecía mezclarse el asombro y la inquietud.

-¡Es una mujer! –oí-. Alguien me destapaba el rostro y me quitaba el turbante, de modo que mi melena, que había crecido demasiado para mi comodidad, estaba revelando peligrosamente mi género. Inmediatamente, sentí unos brazos cubiertos de hierro que me sostenían y unas manos ásperas que me tocaban el rostro. Estas confianzas acabaron de despertarme por completo, y me erguí de un salto no sin antes arrear un par de puñetazos a diestro y siniestro para liberarme de aquellos villanos que osaban perturbar mi intimidad.

-¿Qué se supone qué estáis haciendo? Retroceded, si no queréis que os prive de la poca masculinidad que debe de quedaros si os atrevéis a agredir en grupo a una mujer indefensa. O supuestamente indefensa, porque si tuvierais la más mínima idea de quién soy yo os habríais marchado ya con vuestros cortos rabos entre las piernas.

En casos como este, los agresores suelen hacer caso omiso de tus fanfarronerías y te las ves y te las deseas para desprenderte de ellos. Yo ya estaba dispuesta a vender cara mi vida y mi virtud, o más bien lo poco que de ella quedara, cuando comprobé asombrada que los desconocidos, en lugar de atacarme, me apuntaban con sus antorchas para observarme mejor. A su luz, vi que todos estaban envueltos en capas negras, que mantenían pegadas a su cuerpo como si quisieran fundirse con las sombras. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó y, os lo creáis o no, me hizo una cortés reverencia.

-Mi señora Eowyn de Camelot, supongo. Por fin os encontramos.

A veces tengo la sensación que soy más conocida que la Moños. Justo cuando más me esfuerzo en pasar desapercibida.

-¿Qué os hace pensar que soy tal persona? –contesté yo con enfado, sin relajar mi postura. El hombre dio un paso más hacia mí y, sonriendo, dejó que su capa se abriera y se mostrara el conocido hábito blanco con la cruz roja que aparecía en mis peores pesadillas.-. ¡El Temple de nuevo, malditos seáis! –tuve que exclamar, montando en cólera-. Pero ¿es que no me vais a dejar descansar nunca?

Al recién llegado parecían hacerle mucha gracia mis poco halagüeños sentimientos respecto a su milicia.

-Contestando a vuestra pregunta, diré que respondéis perfectamente a la descripción que alguien que os conoce muy bien hizo de vos. Esa persona nos envió a buscaros hace ya algunas semanas: ni él ni nadie hubiera pensado que os encontrabais en Tierra Santa, hasta que llegó a nuestros oídos una curiosa historia sobre un tabernero y una mercenaria cristiana en la cual a nuestro común amigo vio rasgos que le recordaron enormemente a vos. Así que nos rogó encarecidamente que averiguáramos qué hacíais por estas tierras, temiéndose una trampa, cosa que desgraciadamente resultó cierta. Después vinieron algunos desencuentros provocados por la mala fortuna, vuestro encarcelamiento por parte del Sultán, la huida posterior y este hallazgo que ha obedecido más a la Providencia que a otra cosa. En realidad pensábamos que estaríais escondida en Damasco, esperando una oportunidad para deslizaros a escondidas en alguna embarcación; de hecho, nos disponíamos a regresar a Chipre a confesar el fracaso de nuestra misión, cuando nos pareció ver un árabe desmayado o muerto apoyado en un árbol y… el resto ya lo sabéis.

Yo le miré aún con desconfianza. El que su historia pareciera coherente no significaba de ningún modo que también fuera verídica; aunque realmente debía de tener yo tan mala cara como para que hubieran creído al verme que no me hallaba ya, o al menos no me hallaría por mucho tiempo, entre los vivos. Uno de los hermanos, de entre los más jóvenes, se me acercó para ofrecerme un poco de agua, lo que al parecer había sido su intención cuando me sacaron con tal brusquedad del mundo de los sueños; yo acepté, haciendo un gesto mínimamente cordial. ¿Acaso eran ellos los “extraños viajeros” de los que me había hablado Gustaf? La perspectiva no me parecía muy halagüeña: yo había luchado al lado de esa gente en las murallas de Acre, y sabía que en su mayoría eran valerosos y leales, pero también simbolizaban dos de las cosas hacia las que sentía un aborrecimiento creciente: el imperialismo y la religión, sea cual sea. Ambas son enemigas de los desfavorecidos y de las mujeres, y yo me encuadro dentro de las dos categorías.

-Así que me decís que ese grandísimo hijo de puta, que se mete en líos con sultanes sin importarle a quien puede arrastrar en su caída, está vivo –hablé yo, después de echar un buen trago del líquido elemento, dispuesta a encontrar una grieta en su argumentación

-Efectivamente -el líder del grupo asintió.

-Pues entonces, dado el interés que según vos ha mostrado en encontrarme, me resulta extraño que no haya venido él personalmente –conocía a mi viejo amigo: entre sus muchos defectos, destacaba que era incapaz de delegar, y eso no me producía ninguna confianza.

Mi interlocutor aguardó unos segundos antes de contestar, moviendo los labios como si estuviera meditando bien su respuesta.

-El médico le desaconsejó viajar y el comendador de Limasol se lo prohibió encarecidamente –dijo al fin.

-¿Ha enfermado? –me interesé yo.

Una nueva pausa.

-Digamos que tuvo un encuentro con… alguien… y resultó herido. No gravemente, pero sí de consideración –la manera en que pronunció la palabra “alguien” me resultó extraña. Ahora callé yo, pensando de qué manera formular la próxima pregunta para conseguir la máxima información, ya que el templario parecía algo reacio a suministrarla. Pero fue más rápido que yo-: No temáis. Os aseguro que está fuera de peligro.

Suspiré.

-Me dejáis mucho más tranquila. Y ahora que está todo arreglado y que os habéis enterado del motivo de mi visita a estas santas tierras, os pediría que me proporcionarais algo de dinero  y víveres, unas armas y un caballo y que consiguierais meterme en el primer barco que zarpe para Barcelona. No os lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada indirectamente por culpa de vuestra orden, y seguro que vuestro Dios os lo pagará con muchos hijos, o con el equivalente en casos como el vuestro. Y a nuestro común compañero podéis decirle de mi parte que le perdono, que se mejore rápidamente y que ya nos volveremos a encontrar en el Paraíso. Hala, arreando, que tengo prisa.

El monje guerrero lanzó una sonora carcajada. Al parecer, y por alguna desconocida razón, yo le divertía mucho.

-¿Tenéis suficiente con esto? –uno de los freires avanzó de entre la comitiva. Llevaba de las riendas a mi Rayo Blanco, con su correspondiente silla y todas las alforjas cargadas con mis escasas pertenecías, mi espada incluida. No pude evitar un grito de júbilo ni una mirada de agradecimiento y me precipité a abrazar el cuello de mi caballo, al que pensaba no volvería a ver nunca más. Oí la voz del líder del grupo detrás de mí.

-No fue difícil recuperar vuestras cosas cuando supimos que os las habían, por decirlo de una manera, confiscado. Lamentablemente no tuvimos tiempo de liberaos de vuestra prisión pues vos os adelantasteis. Así que es lo único que pudimos hacer para purgar nuestra “culpa indirecta” como vos la habéis llamado. Sé que no es suficiente, pero que sirva como un anticipo.

Le miré con algo que casi parecía afecto. Soy bastante parca en palabras y en gestos cuando se trata de expresar sentimientos, pero en ese momento le hubiese pegado un beso en los morros si no hubiera sido porque no me apetecía que se malinterpretaran mis motivos. De todas maneras, creo que él me entendió.

-Solo os pido una cosa: tenéis que acompañarme. Haréis muy infeliz a vuestro antiguo camarada si os negáis a venir. Él os guarda un sincero afecto y lamentaría profundamente no poder disculparse ente vos por los problemas que involuntariamente os ha ocasionado. Tal vez no tenga derecho, pero…

Yo deseaba dejar las cosas como estaban: Tierra Santa, a pesar de lo que yo la amaba y me identificaba con ella, se estaba convirtiendo en un lugar demasiado peligroso para mí, y no precisamente por las persecuciones del Sultán, mis problemas laborales ni mis reivindicaciones de consumidora; y lo peor es que no sabía exactamente en qué consistía el riesgo, o si lo sabía, pero no me apetecía en absoluto reconocerlo ante mí misma. Aparte de que me negaba a ser cómplice de ninguno de los dos bandos en lucha por aquella codiciada zona, condenada a no vivir en paz en ningún momento de su historia; aquello tenía que acabarse en algún momento, y aunque yo no sabía qué hacer para conseguirlo desde luego que no deseaba confraternizar con ninguna de las partes implicadas.

Y no obstante comprendí que, por honor, tenía que aceptar la petición del templario.

-Está bien –concedí-. Os acompaño. Pero solo hasta que salga el primer barco de vuestro puerto. Luego olvidaos de mí para siempre. He tenido suficiente de órdenes religioso-militares para el resto de mi vida.

Siempre sonriendo, él asintió con la cabeza.

-Acepto vuestras condiciones. A propósito, mi nombre es Guillaume de Nantes –no añadió ningún título que concretaras su jerarquía dentro de la Orden, y yo no le pregunté: su orgullo y seguridad le señalaban como alguien importante, y la verdad es que yo me perdía un poco con los mandos templarios.

-Pues encantada. Y no me tratéis con tanta ceremonia, que no soy noble. Y ahora, si me perdonáis y me suministráis un poco de agua, me gustaría cambiarme de ropa y proceder a mis abluciones matinales, que si no me aseo mínimamente al levantarme no soy persona –hurgué en mis alforjas buscando ropa limpia y mi añorada cota de malla. Después procedí a quitarme las prendas que llevaba, ante el escándalo generalizado de los pudorosos monjes, que cubrieron castamente sus ojos con unas manos entre cuyos dedos advertí, no obstante, bastantes grietas. Guillaume, que no dejaba de mirarme como si yo fuera la cosa más graciosa del mundo, hizo un gesto a sus hombres exhortándoles con un gesto a abandonar aquel claro:

-Os dejamos sola, dama Eowyn. No deseamos acumular más faltas en nuestras pecadoras almas. En cuanto a vuestra falta de nobleza, tal vez deberíais dejar que la juzguemos por vuestros actos–y tras estas misteriosas palabras desapareció en la espesura no sin antes acercarme un poco de agua. Yo me quedé riéndome a carcajadas para mis adentros: qué triste sería la vida si no pudiéramos escandalizar un poco a los fundamentalistas católicos. (sigue)

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Aquello era injusto. Muy injusto. Lo más injusto imaginable. Era tan injusto que ni incluso la gran pantomima de la justicia española, aceptada cobarde y/o acríticamente por l@s ciudadan@s del país, no se podía comparar con lo que me estaba sucediendo ni lejanamente. Porque ¿qué importancia tiene que los asesinos o sus herederos, los corruptos y sus cómplices, denunciaran al juez que trataba de juzgarlos y encima consiguieran que este fuera condenado mientras ellos seguían libres, al igual que todos los demás estafadores del pueblo, cuando yo me encuentro aquí, en febrero de 1292, encadenada en un frío sótano de las mazmorras de la ciudadela de Damasco? Y sin haber cometido absolutamente ningún delito… que no sea hablar demasiado.

Pero es que mi lengua me pierde. En todos los sentidos. ¿Por qué cojones habría aceptado acompañar a Gustaf y a Karl a Damasco? Supongo que sus falsos elogios confundirían mi vanidad; y la perspectiva de quedar como una heroína salvando a mi antiguo compañero de las garras del sultán de Egipto (o “Califa de Damasco” como le llamaban, los muy incultos, con tal convencimiento que hasta yo me creí que el Califato había vuelto a Siria) tampoco ayudó mucho. O, joder, tal vez estaba sinceramente angustiada por la suerte de un hombre que me había salvado la vida por lo menos tantas veces como yo se la había salvado a él. Vale, de eso se trata entre compañeros de armas, pero bueno, había un cariño… Así que ya me veis, soportando una travesía marítima que en esta ocasión fue más corta, gracias a la ligereza y rapidez del barco y a las condiciones meteorológicas favorables y, una vez en Damasco, haciendo sutiles averiguaciones en las tabernas sobre las posibilidades de entrar en el Palacio para rescatar al jodido templario. Pero al parecer las averiguaciones no fueron tan sutiles, porque una noche, cuando me hallaba soñando con un paraíso de independencia económica, sabrosos manjares, cálidas estancia y atractivos hombretones, me vinieron a sacar de la cama los soldados del sultán en la mejor tradición franquista. Què volen aquesta gent que truquem de matinada? Pues qué iba a ser, mi cabeza de lengua excesivamente suelta. ¿Qué diría el sindicato de mercenarios si lo supiera? Nada, probablemente. Son tan poco combativos y tan traidores como CCOO y UGT. Y ni siquiera podemos aducir en su descargo lo que afirmamos acerca de los sindicatos supuestamente de izquierdas del siglo XXI: que en sus bases nadie presiona a las cúpulas y que es muy difícil afiliar y movilizar a los trabajadores, por apoltronamiento y manipulación, lo que facilita a la patronal inducir a los dirigentes a firmar pactos de supuestos males menores que solo conseguirán desprestigiarlos más, con lo que el poder económico y político matarán dos pájaros de un tiro. Una ventaja tiene todo esto, de todas maneras: a partir de ahora no voy a tener que recurrir a la magia para efectuar viajes al pasado. La reforma laboral del PP lo está consiguiendo de manera natural. Que el diablo se los lleve. Y sobre todo que tengas mucho cuidado de aquí en adelante; no apuesto demasiado por la integridad física de los responsables después de este nuevo atentado de terrorismo de Estado antisocial.

Pero mis reflexiones tuvieron que interrumpirse en aquel punto. Precisamente, el mismísimo sultán de Egipto, Al-Ashraf Khalil, envuelto en ricas telas, entraba en ese mismo momento acompañado de un nutrido séquito por la puerta de mi celda, entre estruendos de llaves y bisagras chirriantes. Se detuve delante de mí y echó una mirada socarrona a mi lamentable figura encadenada y envuelta solamente con una camisa desgarrada. Pero antes de que pudiera dirigirme la palabra, me encaré con él.

-¿Vais a explicarme de una vez qué es lo que hago yo aquí? ¿De qué crimen se me acusa? No creo que haber encarcelado a una de las más apreciadas súbditas del rey de Aragón -mentira podrida: Jaume Dos Palitos y yo no nos podíamos ver ni en pintura- ayude a mejorar vuestras relaciones con la Corona, que ya están un poco estropeadas después de vuestras pretensiones imperialistas. ¡Luego querréis firmar con él tratados de ayuda militar, y os sorprenderá que los rompa!

Me vi obligada a interrumpirme. Un soldado de la comitiva real avanzaba hacia mí con la mano extendida, mientras atronaba:

-¡No te atrevas a dirigirte en esta forma a mi señor? –yo cerré los ojos, esperando una soberana hostia; pero el aludido parecía estarse divirtiendo.

-Déjala –detuvo a su empleado-, me gusta su manera de hablar. Es un saludable cambio después de tantas concubinas sumisas –y dirigiéndose a mí-. Lamento comunicarte, dama Eowyn, que sé más de ti de lo que tú crees. Y la información de la que dispongo apunta a que al rey de Aragón no le causaría gran pena tu encarcelamiento ni tu eventual ejecución. Es más: creo que incluso me lo agradecería.

Yo me encogí de hombros, al menos todo lo que permitía las cadenas que sujetaban férreamente mis pies y manos.

-Bueno, yo no tentaría a la suerte, si fuera vos. Y ahora, ¿vais a decirme de una vez lo que queréis de mí?

Su sonrisa se hizo más amplia.

-No me detendré en circunloquios. Sé que has estado hablando con mis hombres, interesándote por la suerte de un cruzado que estuvo, digamos, hospedado en mi palacio…

Yo opté por ser sincera. Raras veces es la mejor estrategia, pero en ese momento estaba segura de que lo sería.

-Es un viejo amigo y estaba preocupada por él. Me enteré de que protagonizó una fuga espectacular de estas mazmorras, ayudado por una de vuestras concubinas que al parecer no era tan sumisa como decís que lo son las demás. Pero desgraciadamente no he averiguado más. Desde que salió de aquí, su rastro se pierde.

Una serpiente rastrera y repugnante se deslizó desde detrás del sultán, surgiendo de la semioscuridad de las antorchas, y ocupó el primer plano. Casi no pude creerme lo que estaba viendo: era Gustaf.

-¡No la creáis, señor! Ella sabe algo. Estoy seguro de que se han encontrado, o van a hacerlo. Probablemente incluso sepa dónde está el objeto.

¡Maldito traidor vil y fementido! Lo entendí de inmediato: todo había sido una trampa. Los avida dollars de Karl y Gustaf habían oído decir que el sultán buscaba a mi amigo y habían recordado que justamente ellos sabían quién era la compañera de armas más cercana del mismo. Fueron a buscarme para venderme, y si no lo habían hecho antes era porque esperaban que yo consiguiera la información. Pero ¿qué les hacía pensar que ya la había encontrado? ¿Y qué se referían con eso del “objeto”? Escupí en la cara de mi ex patrono (supongo que en esas circunstancias una puede dar una relación laboral por terminada).

-Gilipollas hijo de puta, eres aún más imbécil de lo que creía. ¿No entiendes que perderás tu cabeza llena de grasientos pelos cuando el sultán se entere de que le has vendido aire? Pero ¿tan obsesionado estás por acumular monedas que te has arriesgado a colgar tu culo de un hilo tan frágil?

Una sombra pasó por el granujiento rostro de Gustaf: estaba empezando a darse cuenta de que probablemente se había precipitado. Pero yo sabía perfectamente que no era tan idiota para denunciarme al sultán sin tener pruebas más o menos fiables de que la transacción que le ofrecía era justa. Me rompía las neuronas pensando si acaso yo había averiguado algo importante que no había sabido procesar adecuadamente. Pero el sultán nos ignoró a ambos, e hizo una señal a alguien situado detrás de él. Inmediatamente, siete tíos de aspecto imponente, una representación de todas las variaciones étnicas conocidas en la época, salieron a la luz. Iban medio desnudos y armados con enormes alfanjes. El sultán hizo un gesto de suficiencia.

-No solo tengo eunucos a mi servicio. Estos esclavos, convenientemente escogidos, me están ayudando a que el número de mi servidumbre se mantenga, sin tener que gastar grandes sumas en el mercado de esclavos –debían ser el equivalente medieval de los medios de comunicación y la telebasura del siglo XXI, que también crean esclavos, e incluso esclavos zombis… Pero no, no iban por ahí los tiros-. Su potencia sexual está acreditada –continuó el sultán, algo socarrón-: dicen que pueden soportar más de diez embates amorosos seguidos.

Resoplé.

-Pues me alegro por ellos y por sus mujeres. ¿Y?

-Sabes que odio la sangre. Como buen mahometano, mis costumbres son infinitamente más refinadas que las de los bárbaros cristianos. Y siguiendo mi costumbre he pensado que tras unas cuantas sesiones con mis hombres seguramente perderás todo tu orgullo y tus reservas a explicarnos tus averiguaciones.

Pues vaya. Así que iban en serio. Pero buena era yo: no estaban tratando con una doncellita asustadiza, sino con una guerrera experta, o al menos más o menos experta. Y no pensaba dejar que nadie me utilizara. Además, en la Edad Media, las mujeres debemos mantenernos casta y puras, obedecer a nuestros padres y esposos y no abortar a no ser que ellos estén de acuerdo. Bueno, en la Edad Media y en la España 2012 de Gallardón y Mato, que está haciendo honor a su apellido, claro: seguimos con los viajes al pasado. Eché la cabeza para atrás y solté una gran carcajada; esperaba que no se me notara que tenía los ovarios en la garganta.

-Me imagino que este fue el método que empleasteis con el anterior inquilino de estas celdas. Y me imagino también que fracasó estrepitosamente –el silencio del sultán me indicó que había dado en el clavo. Volví a reír-. Los musulmanes me encantáis. Sois de costumbres tan templadas y estáis dispuestos a hacer tales sacrificios por vuestro Dios que os imagináis que nosotros somos iguales. Pues no, mi querido sultán, pues no. A nosotros nos gusta el cerdo, el vino y la compañía de personas del otro sexo; en algunos casos incluso del mismo. Me temo que en el ánimo de nuestro mutuo amigo el templario sin duda pesó más su condición masculina que sus escrúpulos respecto a su Orden –el jodido cabrón… ¡yo preocupada imaginándole víctima de torturas espantosas y él pasándoselo en grande! Me alegraba por él, pero esta me la pagaba, seguro: si le encontraba vivo, iba a ser yo quien me encargara de matarlo-. En cuanto a mí, bien, me parece que mi fama me precede; sabéis que se me conoce por ser algo ligerita de costumbres, para emplear un giro eufemístico –esa es la reputación que me empeño en fomentar; pero la verdad es que no me como un puñetero rosco. Soy casi patológicamente tímida, aunque no lo parezca, y cuando veo a un tío bueno mi primera reacción no es echarme en sus brazos, sino correr a esconderme. Qué le vamos a hacer, no puedo evitarlo… Pero, lector@s, que quede claro que esto es un secreto entro vosotr@s y yo; no se os ocurra ir por ahí divulgándolo-. Así que si pretendéis hacedme confesar lo que no sé de esa manera… bueno, siempre se puede intentar, ¿no? No os garantizo el éxito, pero lo mismo pasamos un buen rato.

Le miré desafiante, y él a mí, dubitativo, desconfiadamente cabreado y algo desconcertado. Comprendí que había ganado un poco de tiempo; tal vez no más que unas pocas horas. Pero menos era nada. Él me amenazó con el dedo.

-Te garantizo que no te sentirás tan bromista dentro de un rato. Te lo garantizo –haciendo una seña a su cohorte para que le siguieran, dio la vuelta y salió de la estancia. El último en abandonar mi prisión fue Gustaf, que me echó una mirada medio inquieta medio amenazadora que no me gustó nada. Enseguida oí el estrépito de la cerradura de hierro y me encontré de nuevo perdida en mis pensamientos. Tenía tanto miedo que no me podía permitir el lujo de temblar: aunque me costara, era el momento de tener la cabeza fría, de encontrar una salida, por angosta que fuera. La verdad, no me fiaba de mí misma. Dejando de lado los palos que he recibido en las manis por parte de los Mossos d’Esquadra barceloneses y su colegas de Madrid, siervos de la dictadura española disfrazada de estado de derecho, nunca me había torturado nadie con algo más fuerte que unos cuantos latigazos y unas bofetadas intrascendentes, o con la visión de algún manjar que mi bolsa no se pudiera permitir, y no tenía ganas de empezar en aquel momento. Y de si algo estaba segura era de mi escasa tolerancia al dolor: no dudaba que a las primeras de cambio iba a contar mi vida con un detallismo propio de Proust. Pero, por otra parte, ¿qué podía explicar, si no sabía nada? ¿Y cuál era la información que Gustaf creí que yo sabía, y por qué? En mis averiguaciones, aunque tenía que beber para así emborrachar a mis interlocutores, siempre me contenía para no caer ni de lejos en la embriaguez. Mas ¿y si alguna vez me había descuidado y había olvidado algún dato crucial, que incompleto había llegado a los oídos de Karl y Gustaf? Si era así, esperaba que no se hiciera la luz en mi cerebro por el bien de mi extraviado compañero… Y, por otra parte, ¿cómo podía convencerlos de que no tenía información que aportarles? Solo me quedaba la ínfima posibilidad de ser más diestra con la pluma que con la espada el momento en que me capturaron. Así que me dispuse a afilar mis argumentos: no sabía el tiempo del que dispondría (sigue).

Más y mejor info sobre la Reforma Laboral del PP

-Kabila

-Punts de Vista

-Ciberculturalia

-Viramundeando

-Más se perdió en Praga

-Fuente Palmera Times

-Soto en Cameros

-Moscas en la sopa

-El blog de Carlitos Buenaventura

-El blog de JanGas

-Ventanas del Falcón

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Se gestó en la sala trasera de un conocido restaurante del Barri Gòtic de Barcelona, cuando aún se escuchaban las últimas consignas la manifestación del 15 de Octubre, y se inauguró oficialmente el día 3 de diciembre del malhadado 2011 en el Centre Cívic Pati Llimona, a pocos metros del primer local. El nacimiento de la XSUC (Xarxa Socialista Unificada de Catalunya) viene acompañado de ecos de la tradición comunista catalana, recuerdos de la clandestinidad y vocación de actualidad, y creo que tod@s l@s asistentes a ambas reuniones sentimos que estábamos viviendo un momento histórico.

A nadie se le escapa que el desafío al que se enfrenta la ciudadanía mundial es más decisivo que nunca; los llamados ‘mercados’, que siempre detentaron el poder en la trastienda, no tuvieron suficiente con ello y dieron un golpe de Estado a escala planetaria para detentarlo asimismo a cara descubierta y poder influir con mayor facilidad en las decisiones políticas y así llenar aún más sus infinitas arcas, que nunca corrieron ni el más mínimo peligro de vaciarse. A consecuencia de esto, la democracia, donde la había, ha pasado de ser un engaño a convertirse en una burla cruel, y nuestro Estado del Bienestar, que entre tod@s construimos y entre tod@s mantenemos con nuestro esfuerzo y nuestros impuestos (que eso no se nos olvide nunca) se ha convertido en algo falsamente inviable que ha de ser repagado y repagado para poderse conservar, por si fuera poco con cada vez peor calidad y concedido con una injusta caridad paternalista con tintes franquistas, preñada de reproches por nuestra supuesta ‘mala cabeza’ y por haber ‘fracasado en la vida’. Mientras, se aumenta donde se debe reducir, se reduce donde se debe aumentar y se recorta donde se debe invertir, convirtiendo la economía en un círculo vicioso de pobreza y desigualdades que solo beneficia la acumulación de capitales por parte de los de siempre.

En este contexto, la izquierda no ha estado a la altura. Y no hablo solamente de esa autodenomenada izquierda que ni ella misma se cree ni se ha creído nunca que lo sea ni aspira siquiera a que nosotr@s lo creamos. Hablo de una minoría más o menos amplia de la izquierda que se supone real, que entre dogmatismos, utilitarismos, tentaciones y miedo de perder el sillón lo que ha perdido es el norte, y ahora emplea métodos antes criticados en sus peores enemigos. Por eso, un grupo de comunistas profundamente crític@s con este estado de cosas, y decididos a empezar un debate que no se concretará en propuestas vacías sino que será sinónimo de acción, hemos decidido fundar esta red, que se enriquecerá con las aportaciones de tod@s l@s camaradas que compartan estas ideas, organizad@s o no, mirando hacia las novedades en cuestiones de organización que nos ha aportado el movimiento 15-M y hacia sus reivindicaciones, que son también mayoritariamente las nuestras.

Si eres uno de nosotr@s, o si solo sientes curiosidad, puedes encontrar más y mejor info aquí. O puedes dirigirte a la que suscribe si así lo prefieres.

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El triunfo llegará

El triunfo llegará

Niños del 15 de Octubre

Niños del 15 de Octubre

Pero, como parece que los poderosos no han captado el mensaje, tal vez sea el momento de dar un paso más.

Demasiadas personas han dado sus vidas para que se nos concedieran derechos que ahora nos hemos dejado arrebatar de un plumaz, como para que no estemos dispuestos a luchar hasta las últimas consecuencias, arriesgándonos incluso a perder lo poco que tenemos. Ahí queda eso.

Podéis ver más imágenes del 15-O en Barcelona aquí.

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San Juan de Acre, 18 de mayo de 1291

El panorama desde las murallas era tan desalentador y generador de impotencia como las luchas ciudadanas de la década de 2010: un mar de tiendas árabes, abigarradas y mortales, se extendía ante mis ojos. Aún no había amanecido y, de momento, los atacantes nos estaban dando un respiro, lo que me parecía el detalle más intranquilizador de todo, y tuve tiempo de reflexionar sobre lo divino y lo humano mientras tomaba un poco el aire fresco, cerca de la torre defendida por los templarios, mientras observaba con inquietud la defendida brecha al lado de la puerta de San Antonio. Si tan solo pudiera recordar qué es lo más inteligente que podemos hacer ahora, cuál es el mejor paso que podemos dar…, pensaba. Pero la Historia había de seguir su curso, y la realidad rechazaba sin duda los recuerdos de una mercenaria con capacidad de viajar en el tiempo, haciéndolos perderse en el éter espaciotemporal antes de crear alguna paradoja.

-¿Meditando, Eowyn? –oí una voz a mi espaldas y no me volví. Mi viejo compañero de batallas, ahora templario de pleno derecho y además (nunca entenderé por qué) con cargos importantes en la Orden, se acercaba; a la sazón yo ya le había perdonado su traidor regreso al cuerpo, pues había comprendido que, a aquellas alturas de su vida, poco más podía haber hecho él: como yo, también tenía que sobrevivir. Se acodó en la muralla, a mi lado.

-Lamentándome, más bien. Y al parecer negándome a aceptar la
realidad. Todas esas tiendas de ahí abajo me hablan de muerte, o peor, de algo
peor que la muerte, que es ver morir a personas que te importan. Pero sin
embargo es como si algo a la vez me dijera que tengo aún mucha vida por
delante…

-Tal vez es que tu destino no dicta que vayas a morir aquí, querida amiga –incidió él-. Dios lo quiera.

-… una vida que no sé hasta qué punto vale la pena vivir –me encontré diciendo a continuación; sin embargo, me retracté al instante: era mejor que guardara los pensamientos derrotistas para mí misma: no contribuían a aumentar la moral de la tropa. Así que cambié de conversación: -Eh, sabes que los libros de historia hablarán de ti? Nunca te había visto en acción en este tipo de batallas. Y eres jodidamente bueno, hijo de puta –junto con sus compañeros de la Orden y los hospitalarios, aquel viejo zorro había hecho dos incursiones en el acuartelamiento de los atacantes, la primera en solitario y la segunda con mi asistencia: a pesar de sus protestas, y de mi escasa valentía, no estaba dispuesta a quedarme sin la única persona en este mundo capaz de aguantar mi endiablado carácter, al menos sin supervisarle de cerca para evitar que cometiera alguna estupidez. Sentí sin verle cómo sonreía con picardía y (me imaginaba) mirada de estarse guardando algún as en la manga.

-Pues tú tampoco te quedas atrás, muchacha.

Mi compañero siempre se había destacado por su parcialidad.

-No digas tonterías. Está claro que esto no es lo mío.

Guardó silencio  durante unos segundos.

-En cierto sentido tienes razón. Esta no es tu guerra.

Yo disentí de inmediato.

-No me refería a eso. Esta sí es mi guerra, o al menos lo es mucho más que la mayor parte de las batallas en las que he participado. Al menos, aquí está en juego mi vida y la vida de personas a las que he cogido cariño, aunque yo no signifique nada para ellas,  no por el hecho de que sea un imperio u otro el que acabe conquistando Tierra Santa. Lo que quería decir es que no dejo de ser un guerrera de tres al cuarto, solo buena para los torneos cortesanos y la escolta personal cuando los enemigos que amenazan no son muy numerosos. Las contiendas encarnizadas me superan. En el fondo soy una chica muy pacífica y las únicas batallas que me gustan son las que tienen lugar en la cama; o al menos eso creo, ya que la última vez que tuve una experiencia así aún gobernaba el Imperio Romano.

Le miré de reojo; meneaba la cabeza, nada convencido.

-Creo que eres una persona capaz de lograr lo que te propongas; pero lo que está claro es que no deberías pasar por esto. Nadie debería.

-Ni siquiera tú.

-Ni siquiera yo. Pero si solo fuéramos una minoría los guerreros, entonces la vida tendría algún sentido. Si el pueblo no acabara sufriendo el afán de dominio de unos cuantos malvados y estúpidos, no me importaría formar parte de esta hedionda hez de los soldados.

-Te entiendo –contesté-. A mí tampoco.

Se hizo el silencio de nuevo; yo me agitaba, inquieta: la tranquilidad reinante me estaba afectando los nervios.

-Aunque también es cierto –continué yo –que últimamente  no me
siento capaz de llevar a cabo ninguna lucha remunerada. No me concentro, y no dudo de que eso puede ser peligroso, tanto para mí como para mis clientes. Lo único que deseo es dedicarme en cuerpo y alma a las peleas que realmente son mías, a mis propias guerras. Estoy cansada de alquilar mi espada al mejor
postor. Pero sucede que, aunque sea de costumbres morigeradas, pueda dormir en cualquier rincón y no necesite más que algún río de aguas moderadamente limpias para bañarme, esté capacitada para pasar días con un pedazo de pan duro y siempre encuentre quien me invite a una jarra de vino, estar flaca no me sienta nada bien. Me favorecen más las curvas. Si no, no ligo nada.

Él no respondió y yo seguí.

-Y en el siglo XXI las luchas son diferentes; pero no por eso menos urgentes. Allí también, de alguna manera, estamos sitiados. Durante un tiempo, pareció que guerras, explotaciones y abusos se habían trasladado sola y exclusivamente a lugares lejanos, y esa distancia los mantenía apartados de las personas que vivían en los países del Occidente, esos mismos países que ahora conquistan Tierra Santa en nombre de la Cristiandad, la cual en 2011 y alrededores se llamará Democracia aunque siempre será en el fondo lo mismo: el dinero, el poder, el capital, los sacrosantos mercados. La gente se sintió a salvo; pensó que vivía en un mundo feliz, con su casita, su coche e incluso su casita de segunda residencia, pagadas a base de desangrarse cada mes en las oficinas de los bancos, gracias a venderse a las empresas como esclavos, a renunciar a su vida personal, de ocio, de familia, a su formación… Ahora, incluso esa mentira se ha acabado. Creías acaso que los ávidos mercados tenían suficiente? Pues no. Son insaciables, como un pozo sin
fondo, y vieron la manera de empoderarse aún más. No les bastó con comprar a toda la clase política, con convertir la gobernanza de cualquier país en una
farsa; se inventaron una crisis mundial para someternos aún más, para quitarnos todos los derechos políticos y sociales, para instaurar los ajustes que
hicieron de esos países empobrecidos el nido de horrores e impunidad que son en el siglo XXI, aunque de ellos solo se hablan cuando son occidentales los que los visitan y sufren los daños colaterales, aunque hayan pasado a ser sencillamente un cuento de terror al lado del fuego después de la cena. Esos ajustes han causado y causan víctimas mortales, y lo que es peor, causan muertos en vida. El 15 de Octubre de 2011 hay una jornada de lucha global contra este estado de cosas. Y quiero estar ahí a tiempo. A pesar de que nuestra lucha será tal vez tan inútil como la que estamos llevando a cabo aquí. Por tanto, sería conveniente que saliera viva de esto; aunque tal vez sea solo que no me gusta la Muerte: creo que puedo aplazar a perpetuidad el dudoso placer de confraternizar con esa fea dama.

Escuché su voz detrás de mí.

-Hace tiempo que te digo que debes marcharte.

-Pero no voy a dejarte solo. Ni a los demás. Aunque mejor que no me tientes, porque estoy muerta de miedo.

Suspiró.

-No hay nada que hacer, Eowyn. Tú lo sabes. Nuestras incursiones en el campamento enemigo fueron infructuosas, solo sirvieron para que se perdieran demasiados defensores de la ciudad. Los mamelucos son demasiado superiores en número. Ni siquiera han servido de nada los refuerzos del rey Enrique. En cuando a la embajada de paz, ya sabes el gran fracaso que resultó. Pudimos reprimir el ataque de hace tres días, pero cuando vuelvan a intentarlo caeremos. Solo es cuestión de horas; sé que hay voluntad política, como tú dirías, por parte del Papado y los monarcas cristianos de defender la ciudad aunque solo sea por sus intereses. Pero no hay dinero y no quedan tantos nobles suicidas. No llegará otra expedición. Estamos perdidos. Sálvate, tú que puedes.

Me lo estaba poniendo demasiado fácil.

-No –me reafirmé, conteniendo la tentación-. En el peor de los casos, no me iré sin ti.

Me volví hacia él. Sonreía.

-La gente dice que eres una guerrera sin corazón y que eres incapaz de sentir nada por tus compañeros. Yo siempre he sabido que se equivocan. Es todo lo contrario: te implicas demasiado. Solo que, tal vez por eso mismo, eres incapaz de demostrarlo.

Yo me encogí de hombros.

-He salido algo sensible, qué le vamos a hacer. Aunque es una auténtica putada.

-Eres la compañera más fiel que se pueda desear.

Yo no tuve tiempo de protestar al respecto. Allí abajo, una multitud con ánimo ofensivo se acercaba a las murallas, dirigiéndose hacia la zona comprendida entre la baqueteada puerta de San Antonio y la Torre del Patriarca. El sultán había desplegado a todos sus hombres y a todas sus máquinas de guerra: era el ataque final. Los desalentados, agotados y casi dormidos defensores de guardia empezaban a dar el aviso.

-Ponte a salvo –quiso ordenar él-. Ahora.

-No es el momento de que te pongas protector –contesté yo, más cabreada que asustada, aunque lo segundo lo estaba  bastante-. Luchemos como siempre
hemos hecho, uno al lado de otro, y que Dios o el diablo decidan. No te
abandonaré.

La infantería y la caballería se precipitaron sobre las defensas de la ciudad, imparables. Mi compañero y yo, en la Puerta de san Antonio, entre los escasos soldados que quedaban vivos en la ciudad, luchábamos todo lo incansablemente que nuestras fuerzas nos permitían y nuestro miedo nos azuzaba. Pero por cada enemigo que neutralizábamos, otros dos más fuertes llegaban; aquello era una pesadilla, y tal vez una de las peores partes era la culpabilidad que sentía al estar segando vidas humanas de aquella manera tan pasmosa. ¿Por qué tuve que venir a Tierra Santa?, pensaba. ¿Por qué nunca puedo evitar meterme en líos? Soy cómplice de esta locura. Pero en mi más recóndito interior sabía que a veces es necesario defenderse. Y quizá de una manera mucho más radical que solo con manifestaciones, pensé, recordando el siglo XXI.

-¡Ha caído la Torre Maldita! –los caballeros que defendían esta vinieron a unirse a nosotros. Yo ya no pensaba: solo daba mandobles a cualquier cosa más o menos humana que viniera a subir por los muros. Me había convertido en una máquina de matar, y solo hubo un hueco mínimo en mi mente para reflexionar acerca de lo que la injusticia, generadora de violencia, es capaz de embrutecernos. No recuerdo las horas que pasé así: los minutos se contaban por muertes y las horas por heridas, y no podíamos pensar en cumplir las funciones sencillas de la vida, esas que consiguen que el tiempo transcurra armonioso. Aparte de que teníamos un aspecto lamentable y un olor verdaderamente tóxico. La siguiente noticia trágica fue la
caída de la Torre de San Nicolás, y antes de que pudiera enterarme me encontré combatiendo por las calles de la ciudad e intentando evitar todos los desmanes que podía. Pero no quiero recordar eso y no querríais que os lo describiera. De todas maneras, es lo mismo en todas partes. Y lo único que hay que saber al respecto es que tenemos que evitarlo. A toda costa… Basta decir que nos saquearon como Mas y Espe han saqueado la Sanidad y la Educación en Madrid y Cataluña o como si fueran directivos de la SGAE, que pisotearon nuestros derechos al igual que Zapatero pisoteó nuestra Constitución, que, en fin, nos invadieron con o sin excusas pero en cualquier caso con muchos intereses como nosotros hemos invadido Libia y que nos ocuparon como en la Edad Contemporánea, la tortilla dio la vuelta, Marruecos ocupa el Sáhara y Occidente Palestina.

-Debemos ir al muelle –apremié a mi compañero-, tenemos que conseguir evacuar a todos los que podamos, dando prioridad a los más débiles. Dicen que el hijo de puta del rey se ha largado a Chipre, y que ese traidor de Grandson se ha embarcado con sus caballeros en naves que podían haber recogido a mujeres, niños y ancianos.

-Y ese gran cabronazo renegado de Roger de Flor, compatriota tuyo y que le hace un flaco honor a la tierra de Aragón, está vendiendo los pasajes en su galera como si de un vil mercader se tratara. No podemos permitirlo –rabió él.

-Nos aseguraremos de que el reparto de pasajeros sea lo más justo que podamos, y después nos refugiaremos con el resto en vuestro castillo –dije yo-. Allí esperamos que vuelvan los caballeros que van a conducir a los refugiados a Chipre. Quizá podamos aguantar unos días más… -me callé, súbitamente. La conocida sensación se estaba apoderando de mí-. Tengo que irme –comprendí-. El siglo XXI me llama. Creo que he tenido demasiado miedo. Creo que lo estaba deseando demasiado.

-Lo sé –dijo él con un tono de voz que implicaba algo más. Yo le miré, interrogativa.

-Creo que tu hechizo se contagia –explicó-. La última vez, cuando te fuiste, empecé a notar que en momentos comprometidos, cuando quería escapar de alguna situación, algo empezaba a tirar de mí. Después aquello también comenzó a suceder sin que hubiera nada que lo provocara. Desde entonces, he viajado dos o tres veces al famoso siglo XXI. Ya lo conozco, aunque no tan bien como tú, aunque probablemente me guste aún menos, e incluso creo que nos hemos encontrado allí en alguna ocasión. Lo que pasa es que después no soy capaz de recordarlo. Pasan cosas con la memoria cuando viajas a través del tiempo… Vete tranquila, yo me quedaré aquí e intentaré ayudar en lo que pueda. Y cuando no sea posible hacer nada más, te prometo que te seguiré. Ve a ese 15 de Octubre, aunque al final no conduzca a nada. Tal vez podamos encontrarnos allí. Y además estarás a salvo.

Yo me iba, irremediablemente.

-No subestimes a los Mossos d’Esquadra de Barcelona -le avisé-. Pueden llegar a ser unos auténticos mamelucos. Pero en cuanto a ti, prométeme que no vas a esperar demasiado. A nadie le vas a servir muerto.

-Bueno, ya veremos –dijo él-. Hasta siempre, compañera.

-Y si no vuelvo a verte… ten cuidado con las hogueras.

-Tienes obsesión con ese detalle –observó él-. Siempre lo mencionas.

-Algo me hace recordar hogueras cuando pienso en ti –confesé yo-, aunque tal vez se deba a la natural fogosidad de mi carácter mediterráneo –pero ya todo se disolvía ante mis ojos. Lo último que pude ver al abandonar el siglo XIII fue a Karl y a Gustaf subiendo a la galera de Roger de Flor.

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Los Mossos se llevan a un indignado detenido en la Ciutat de la In-Justícia

Los Mossos se llevan a un indignado detenido en la Ciutat de la In-Justícia

Es usted Mosso d’Esquadra o sencillamente matón aficionado? Está de suerte! Ahora puede ganar un viaje para dos personas a la base de Rota, donde los marines de EEUU le explicarán lo último en armamento de uso personal con la colaboración de Zapatero y de sus misiles; o tal vez una estancia en Treblinka, donde los mayores criminales nazis volverán de sus retiros paradisíacos para impartirle una master class sobre torturas refinadas, con la asistencia de Mas y de Boi Ruiz; o quizá incluso un recorrido por Chile, donde el fantasma de Pinochet le otorgará la Medalla Terror al Mérito Dictador y le hará emisario de sus felicitaciones a los gobernantes autonómicos y estatales de España, por su sabia evolución política y económica hacia el camino correcto. Solo tiene que colgar en la fan page de Facebook del Conseller Puig sus fotos de antisistemas detenidos arbitrariamente y apaleados. Los tres Mossos o similares que más imágenes cuelguen se llevarán el premio. Ojo: solo cuentan las fotos de personas diferentes, no vale coger a un guarro hostiado, cortarle las rastas, y luego volver a fotografiarle con un par de cardenales más; tómese un poco de interés y busque uno nuevo, leñe.

Y sobre todo, no haga nada de eso en los juzgados, hombre. Mire que si les mareamos la perdiz a los magistrados, estos se cabrean y dejan de darnos permiso para llamar ‘zorras’ a nuestras mujeres con total impunidad. En este país se pueden hacer muchas cosas divertidas sin tener que dar cuentas a nadie: apalizar a la parienta, hacer progroms de perroflautas, esclavizar a los empleados, limpiar las listas de espera de la Sanidad enviando a los excedentes a la funeraria (con lo cual además se reactiva convenientemente el negocio de las pompas fúnebres), etc. Qué nos cuesta hacerlo con un poco de urbanidad? ¿Por qué no dejarles que sigan pensando que esto es una democracia y todo lo estamos haciendo por su bien?

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Una serie mítica (no precisamente por su nivel artístico, aclaro) de mi infancia comenzaba cada episodio con una voz en off que rezaba, refiriéndose al protagonista “… está embarcado en una cruzada para salvar la causa de los inocentes, los indefensos, los débiles, dentro de un mundo de criminales que operan al margen de la ley.” En mi ingenuidad infantil veía en esa última frase una redundancia innecesaria, no justificada ni tan solo por un afán enfático. ¿Criminales que operan al margen de la ley? Pero ¿no es evidente? Sin embargo, obviamente el autor de aquel guión tenía mucha más edad y experiencia que la que suscribe en aquellos tiempos. Él sabía que existían criminales que operan de acuerdo de la ley, y que la puntualización era necesaria. Y yo lo sé ahora.

Los criminales que operan de acuerdo con la ley son los que cierran ambulatorios, los que hacen aumentar las listas de espera, los que reducen los servicios de ambulancias para que cuando estas llegan donde les aguardan l@s enferm@s o herid@s, sus servicios ya no sean necesarios. Son criminales sutiles, tan inteligentes como el peor de los archivillanos de cualquier cómic de superhéroes, y nunca toman una medida por la que no puedan conseguir al menos dos objetivos: ya son conocidos los de sibilina limpieza social (cancelación de elementos con rentas bajas) y desacreditación de lo público, que obligará a tod@s l@s precoupad@s por la salud de sus allegad@s que mínimamente se lo puedan permitir a desangrarse contratando pólizas privadas (y no creo que eso vaya a significar una oferta mayor de puestos de trabajo en las empresas aseguradoras y las clínicas particulares, no funciona así). Además, se logra condenar a otra gran parte de la población al desempleo, aumentando así el volumen de personas susceptibles a esa limpieza social, y haciendo que el señor Mas y sus cómplices en esa efectiva célula operativa del crimen organizado internacional llamada Generalitat de Catalunya pueden soñar con un futuro de catalanit@s de buena calidad, san@s y limpi@s, favorecid@s por la fortuna, desaparecid@s ya l@s enferm@s, los supervivientes de infancias difíciles o de maltrato machista, las víctimas del sistema educativo catalán, los hij@s de los barri@s desestructurad@s, los inmigrantes, todas esas personas que los poderes actuales han ayudado a forjar, y que ahora para más amarga ironía, si cabe, están culpabilizando y eliminando.

Porque criminales que operan de acuerdo con le ley son también los que, en un ejercicio de maldad y cinismo sin justificación posible, acusan a las víctimas, a sus propias víctimas, de ser la causa de sus problemas. Los que destinan a la policía a servir al capital en lugar de al ciudadano, a efectuar, por ejemplo, desalojos violentos, nocturnos y alevosos, en una sola palabra, cobardes, mientras los grandes estafadores burlan a la justicia, las mafias de trato de personas tienen patente de corso y los violadores circulan tranquilamente por la calle. ¿Por qué destinar recursos y efectivos a cuidar de la seguridad del ciudadan@ de a pie, si inseguro y golpeado es más dócil? Y, la última, los que han recortado o tal vez incluso hecho desaparecer, la Renda Mínima de Inserció, único sustento de millares de familia en situaciones de total desamparo, sin anuncios, sin discusiones, en la oscuridad de un triste verano, mientras se atrincheran bien resguardados de manifestaciones de indignad@s, pero cagados hasta las cejas, en sus mansiones vacacionales.

Ahora los inocentes, los indefensos, los débiles no necesitamos a ningún paladín. Nos necesitamos a nosotr@s mism@s y a nuestr@s compañer@s, en acciones contundentes, reflexionadas y organizadas. Hace tiempo que vengo diciendo que nos han declarado la guerra, y la ofensiva es cada vez más cruenta. Violencia no es impedir la entrada de l@s diputad@s en el Parlamento, con o sin zarandeos o botes de pintura: violencia es dejarnos en la indefensión más absoluta, violencia es que los cuerpos de seguridad que habían de protegernos se encarguen de reprimirnos, violencia es que se permita a empresas con beneficios pagar sueldos de miseria mientras se dificultan las verdaderas iniciativas que podrían crear empleo, violencia es que la seguridad, la sanidad, las prestaciones sociales que, no nos olvidemos, no son un regalo, ¡las estamos pagando con nuestros impuestos!, funcionen a mayor gloria de unos poderes políticos y económicos que no necesitan nuestra aportación para estar acumulando unas fortunas insultantes.

Embarquémonos en esta cruzada. Aunque sea a pie.

Más info:

http://www.naciodigital.cat/noticia/33775

http://es-es.facebook.com/pages/No-al-tancament-durg%C3%A8ncies-als-CAP-de-les-poblacions-de-Catalunya/243542859007508?sk=wall

http://rafa-almazan.blogspot.com/2011/07/la-crisis-es-culpa-de-funcionarios-y.html

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Vísperas de solsticio de verano. Las terrazas de verano y los chiringuitos al borde del mar están abiertos y hasta l@s parad@s se pueden pagar una caña. ¿Cómo, en momentos así, pueden acechar los mosntruos? Es domingo, 19 de mayo, 15.30 hora zulú: bostezo, prisionera en un restaurante enclavado en un barrio obrero de Barcelona, rodeada de los integrantes de un grupúsculo familiar embarcado en una celebración pseudoafectiva-gastronómica: me pregunto qué hago aquí, por qué me faltó el valor de alegar una cita urgente al otro lado del planeta, pienso que a esas personas, que se cuelan subrepticiamente en mi cubículo para denigrar e imposiblitar, utilizando las excusas más elaboradas, cualquier tarea mínimamente literaria o activista, escudándose en el concepto burgués de utilidad, en el fondo no les importa un comino mi presencia aquí, más que como representante de mi subsector familiar, más por estar de cara a la galería. Y sé también que mi caso no es único. Entre retazos de conversaciones anodinas, aunque también inofensivas, escucho algo que me hace aguzar la oreja: alguien menciona las crisis existentes en la actualidad y pergeña un motivo: “Son todos esos inmigrantes. África y América son muy grande para caber en la pequeña Cataluña. Los de casa primero”. El elemento en cuestión, conocido por su militancia extrema individual a favor de la independencia de la comunidad de las cuatro barras, se explaya citando algunos de los más conocidos tópicos sobre los recién llegados, dejando bien clara con esas opiniones su discutible calidad humana.

Me levanto de la mesa; tranquilamente, sin aspavientos. Sé perfectamente que no es el momento ni el lugar, que atraeré sobre mí las miradas, pero no puedo permanecer en silencio. Sé también que se trata del homenajeado de la reunión, que las reglas de la corrección me obligan a mantener la boca cerrada: sin embargo, algo se agita en mi interior, me oprime los pulmones. No es generosidad humana, ni siquiera sentimiento de solidaridad, es la cólera que siento por la estulticia, la cobardía y la lógica incomprensión que experimento hacia todo tipo de razonamiento absurdo. ‘No voy a discutir sobre ese tema’, manifiesto, ‘porque no creo que sea el instante adecuado para que tú y yo lleguemos a las manos, pero permíteme decirte que tus ideas me parece terriblemente equivocadas, y además, aborrecibles. Y es lo único que diré sobre ese tema’. Me dirijo a la puerta del local. La Asamblea 15-M del barrio se dirige en alegre y reivindicativa marcha hacia el centro de Barcelona para unirse a la manifestación general. Divididos por las manipulaciones del sistema, llenos de todos los errores humanos comunes a tod@s nosotr@s, ell@s han meditado, han buscado razones, no se han detenido en la comodidad y en la cobardía de las respuestas fáciles suministradas por los medios de comunicación del régimen y por sus instigadores, han pasado a la acción, al menos a alguna de las acciones posibles. Veo esperanza y honradez en sus rostros, fuerza en su mirada. Me infunden un sentimiento de paz, aunque en sus corazones haya deseos (no violentos) de guerra. Levanto el puño a modo de saludo: mi espíritu está con ellos, aunque a veces el resto de mí ande secuestrado, muchas veces con mi amargada aquiescencia, en otra parte.

De vuelta al interior, me preguntan que dónde estaba: “Miraba a l@s indignad@s’, respondo. Encogimiento general de hombros: la rarita de la nena con sus cosas… Los triunfos del Barça, las vacaciones en complejos hoteleros cómplices de la explotación de tercermundistas paraísos naturales y de sus habitantes, el accidente de Ortega Cano… Solo hay que cerrar los ojos. Taparse la cabeza con la sábana y cerrar los ojos. Así no nos atraparán los monstruos. Es fácil. No nos afectará el desmantelamiento de la In-Sanidad pública, el deterioro de la Mal-Educación dejará a nuestr@s hij@s más imbéciles aún de lo que ya somos nosotr@s y no nos importará, y que suban las tasas universitarias será nimio, ya que nadie estará preparad@ para acceder a un nivel educativo donde en cualquier caso perpetuarán aún más nuestras carencias culturales y nos convertirán en todavía más esbirr@s del sistema, de los que piensan que las recetas del FMI de empobrecer más a los pobres y liberalizar a los ricos, son la única e indiscutible alternativa.

Pero ¿qué pasa cuándo nada de eso es suficiente? ¿Qué pasa cuando el monstruo, el psicópata de turno, el genocida sediento de sangre, levanta la sábana de nuestra cama y nos descubre? ¿Seguiremos sin luchar? ¿Echaremos la culpa a l@s inmigrantes? ¿A l@s parad@s? ¿A Zapatero? ¿A ETA? ¿A IU, que se ha negado a pactar con el partido que ha convertido a España en el actual erial de derechos y prestaciones sociales, y a quien han acusado de ‘entregar comunidades autónomas a la derecha’?

Pero yo también tengo mis contradicciones, y me quedo sentada, esperando el final de la fiesta sin añadir nada más. Después, hay un chiringuito en mi playa con música reggae donde me gusta esconderme, entre rocas, arena y pinos por entre los que se divisa el nítido azul del mar; allí me tomaré una caña con mi fracasado sueldo mientras pienso en las revoluciones necesarias. Generales. Y personales. Summertime, and the revolution will be not easy. But it will come.

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Yo también soy inmigrante. Como tú. Como ella o él. Vine con los íberos, con los celtas, con los romanos, griegos, árabes o andaluces… Si le extraéis el perfil de ADN a una gota de mi sangre, veréis cómo en el tubo de ensayo aparece un variopinto arco iris, que me conforma, que me hace diferente y especial, como a ti, como a él o ella… ¿Queréis utilizar los tonos de ese arco iris para establecer qué porción de ayudas sociales me toca? Porque, visto lo visto, parece ser que eso es lo próximo; me gustaría saber si Albiol aplicará la restricción de ayuda por padrón a la familia Reixach o a la familia Tutusaus, recién llegadas a la zona alta de Badalona desde Pedralbes… ¿Si tengo más marrón, negro, rojo y amarillo que otros se me reduce la (inexistente, por otra parte) prestación por desempleo? ¿Dicta una pretendida ‘limpieza de sangre’ lo que he contribuido al desarrollo de este país? ¿La exigencia de buen comportamiento y civismo depende de las nacionalidades? ¡Si solo afimarlo es tendencioso, y lo peor es que la manipulación funciona! Pues bien, si es así venir a buscarme. Todas mis gotas de sangre están a disposición de vuestro análisis… eso si podéis atraparme.

Yo también soy Anónima. Aquí, desde detrás de esta pantalla, emprendo mi particular lucha contra ese sistema a quien sus arteras maniobras de doble filo le ha hecho adquirir tanta fuerza que ya ni siquiera se molesta en disimular que es antiyo, antinosotr@s, antitrabajador@s, antidesfavorecid@s, antilibrepensantes, antivalientes. Aquí, desde detrás de esta pantalla, espero que, entre otros delitos que os inventéis, me acuséis de formar parte de una trama internacional yihadista-etarra, pues vuestra estrategia es burda y sabida, aunque ni vuestras acusaciones habéis sido capaces de justificar. Y también, desgraciadamente, efectiva. Pues bien, si es así venid a buscarme. Mis muñecas avanzan hasta vuestras esposas de falsedad… eso si podéis atraparme.

Yo también soy terrorista. Podía haber puesto un cóctel molótov en alquna parte, motivos no me faltan. No lo hice: no voy a dar al sistema excusas para arrastrar mi lucha y la de tod@s mis compañer@s por el barro. Pero ell@s tampoco lo hicieron, a pesar de que está claro que el sistema no necesita razones cuando aquello que durante tanto tiempo parecía que yacía eternamente vuelve a despertarse en alguna de sus formas, cuando l@s cobardes polític@s creen necesitar helicópteros (que, por cierto, no están contemplados en ninguna ley de recortes) y parapeto policial, cuando por fin vuelven a temernos, a pesar de sus argucias, a pesar de su omnipotencia. Pues bien, si es así venid a buscarme. Os acompañaré con gusto a la comisaría más próxima y esperaré a que acabéis de inventaros problemas para que mi abogad@ hable conmigo… eso si podéis atraparme.

Y naturalmente estoy indignada. Recortada, contemplando el vuelo de los metálicos pajarracos de mal agüero, viendo cómo Europa es saqueada y desmantelada mientras los países más desfavorecidos siguen siendo olvidados, excepto cuando hay que explotarlos. Y escuchando cómo algunos esperan que, en medio de este panorama, en mis protestas me limite a dar un par de gritos, colgar unas cuantas pancartas y ser una buena chica, viendo cómo los que detentan el poder han aprendido la lección, se han montado su excusa, y han conseguido la impunidad de sus manejos echando mano de infiltrados, con tal vez la colaboración involuntaria de algún exaltad@, alguien que rechazó confundir, quizás con demasiada vehemencia, ser pacífic@ con ser gilipollas. Sí, estoy indignada, no me limito a tocar la flauta y no pienso ocultarlo. Vamos, venid a buscarme.

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En estos tiempos de luchas callejeras y de nuevas esperanzas, en que las mujeres hemos sido grandes protagonistas del asalto a las plazas, adonde hemos llevado reivindicaciones propias y de toda la ciudadanía, me sumo a las blogueras de que han publicado el adelanto de género del ránquing de Wikio. Disfrutadlo, y no os olvidéis de consultar las entradas más completas de Punts de Vista y Ciberculturalia.

1 Punts de vista (=)
2 Ciberculturalia (=)
3 Viramundeando (=)
4 La Rueda del Tiempo (+1)
5 Bosque de Brocelandia (+7)
6 lkstro.com (+1)
7 Sin Género de Dudas (+1)
8 El Blog de Inés Sabanés (-2)
9 La Ciudad de las Diosas (-5)
10 La broma (-1)
11 Elena Valenciano (-1)
12 Lourdes Muñoz Santamaría (+1)
13 Montserrat Boix (+2)
14 Jéssica Fillol (+4)
15 Mujeres sabias y brujas (+7)
16 Maripuchi y su Mundo (+4)
17 Gemma Lienas Massot (-3)
18 Hagamos un Trato (+1)
19 Saturada (-2)
20 Ángeles Álvarez (+1)

Ranking generado por Wikio

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Por fin eclosionó: parecía que el viento arrastraba no solo las leves palabras sino también las más sólidas acciones, que éramos impermeables a la lluvia de abusos, mentiras y burlas que había caído sobre nosotr@s, que estábamos atrincherad@s tras una armadura de botellones y telebasura, que dormíamos el sueño de los justos en mitad de la injusticia. Pero los movimientos, en apariencia aislados, de unas minorías que no se rindieron, tal vez en el fondo inconscientemente secundadas por la mayoría, cristalizaron al fin. Esta gran marea ya no se para y, aunque acabe estrellándose en los diques del sistema, aunque las corrientes internas de los acontecimientos nos empujen a orillas desconocidas y todo esto acabe convirtiéndose en algo diferente a lo que sus instigador@s quisieron, siempre nos quedarán estos días, siempre nos quedarán las plazas.

Pero hagamos un leve intervalo en nuestra lucha callejera: hoy se abre un frente diferente y decisivo. Complementemos nuestra potencia e influencia demostrada, nuestra autonomía como fuerza política ciudadana, quitando el poder a los que nos han llevado a esta situación. No les empoderemos con nuestra abstención ni con nuestros votos en blanco, que solo les beneficiarán y perpetuarán el sistema, su sistema. No les votemos a ellos: votemos a otr@s y démosles un margen de confianza bien vigilado. Como bien decían ayer en la acampada de Barcelona, ellos son nuestros empleados y nosotr@s sus jefes con la posibidadad del ERE de nuestra parte. Y las plazas sempre seguirán ahí, y si no, las inventaremos.

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“Las batallas hay que darlas, se ganen o se pierdan. Hay que darlas por el hecho mismo de darlas”. Esta frase de José Luis Sampedro ha sido mi lema desde el inicio de mi vida consciente: la lucha por su valor en sí misma, la lucha por la dignidad, la lucha para demostrarles que nunca acabarán con nosotr@s, que, incluso herid@s y pisotead@s, nunca estaremos callad@s. Hoy se supone que tenemos que reflexionar, una reflexión que deseo y deseamos activa, esperanzada, valiente. Y mañana, seguiremos. Hemos salido a la calle; quizá nos echen de ella. Tal vez nos repriman con violencia, o, lo que es peor, tal vez nos repriman manipulando nuestras ideas, utilizándonos, de alguna manera, para perpetuar el sistema. Debemos estar preparados para esas caídas, no es la primera vez que ha pasado, y sobre todo debemos estar preperados para volver a levantarmos, para volver a tomar las calles, ahora y siempre. Para hacer de la lucha el objetivo de nuestra vida, porque siempre hay y habrá algo por lo que luchar. Porque “eso nos junta y eso nos ratifica”. Porque eso nos hace humanos. Verdadera y realmente humanos. Adelante.

Una lista de los blogs que también reflexionan y actúan, aquí.

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A la puerta del sueño

O cómo ser periodista en el siglo XXI y no morir en el intento

Unitat Maresme

Unitat contra el feixisme i el racisme

gazeitunas

Desde la Franja de Gaza

Grupo Portal Historia

Página dedicada a las Asociaciones y Grupos de recreación Histórica

slowingcatalunya

la primera guia de turisme slow del país

EL CÁRTEL ESPAÑOL

Historia no oficial de la reconquista económica de México y América Latina (1898-2008)

Gritando al viento

Activismo y solidaridad

Luches en Trubia

Siglos después,cada vez ye más necesaria la "lucha de clases"

Marx desde Cero

Blog dedicado al estudio de Carlos Marx y el marxismo

Reflexions d'un arqueòleg glamurós

La ploma més àcida de la xarxa

Federación Republicanos

Por una República Democrática de Trabajadores de toda clase y Federal

Bitácora de José Carlos García Fajardo

Nos sentamos bajo el Árbol de la Palabra, como los viejos, al atardecer, en las aldeas de África. Evocan sucesos, fábulas, leyendas. Acogen a viajeros con noticias. Algunos amigos me piden que recupere algunas “escapadas” en clase. "¿Dónde estábamos?" Silencio y sonrisas. Vamos a rescatar la memoria del olvido, sin orden ni concierto. A ritmo de corazón. Pasar la palabra a los del corazón a la escucha. Ellos saben quienes son, Otros todavía no lo saben.

Nynaeve

Mi Cajón Desastre

Sin palabras

Vídeos e imágenes

Plataforma contra la impunitat del franquisme

Investigar crims contra la humanitat no és delicte

MI FOBIA SOCIAL

Una experiencia personal

S.O.S. Delta del Llobregat

Plataforma en defensa del Delta del Llobregat

Aigua és Vida

Aigua és Vida és una plataforma formada per associacions socials, veïnals, sindicals, ecologistes i de cooperació per una gestió no mercantil de l'aigua a Catalunya

Dempeus per la salut pública

en defensa del Sistema Nacional de Salut amb tot el seu caràcter assolit: públic, universal, de qualitat, integral, solidari i d' equitat garantida.

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