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"Tenéis mucho que arreglar antes de hablar con el rey, que ya debe de estar al llegar. Creo que oigo el piafar de sus caballos y el barullo de las tiendas de sus gentes instalándose ante la muralla."

“Tenéis mucho que arreglar antes de hablar con el rey, que ya debe de estar al llegar. Creo que oigo el piafar de sus caballos y el barullo de las tiendas de sus gentes instalándose ante la muralla.”

(viene de) Todos me miraron y, segundos después, al personaje de más alta graduación entre los presentes, esperando que diera su conformidad, o no, a lo que sin duda creían que era una locura propia de alguien que debería vestir faldas y que sin duda no se merecía más que cobrar poco y estar encerrada en la cocina (si supieran el caso que pensaba hacer a unos o al otro…). Él echó una ojeada a su alrededor, clavó al final los ojos en mí y, tras una pausa que se me hizo eterna, habló por fin, dirigiéndose a sus hombres.

-Vayámonos. Dejémosles solos.

-Y arreando leguas –les insté yo-. Un-dos, un-dos, un-dos. Tenéis mucho que arreglar antes de hablar con el rey, que ya debe de estar al llegar. Creo que oigo el piafar de sus caballos y el barullo de las tiendas de sus gentes instalándose ante la muralla.

-Pero… –Guillaume trató de oponerse. Entonces, el falso leproso avanzó hacia su antiguo amigo y le puso una mano en el hombro. Hacía años, desde la traición del bretón en Chipre y el famosos robo de lo que yo llamaba La Reliquia, que mostraba ningún signo de afecto hacia él. Más bien todo lo contrario.

-Tienes que confiar en ella. Y respetar su decisión. Aunque te duela –le dijo, con entonación amistosa, aunque firme.

Guillaume escrutó su rostro y, a regañadientes, asintió. Tras una última mirada hacia mí, se dirigió hacia la salida, lentamente, con pesar. El resto les siguieron, arrastrando a los prisioneros y a los heridos. Isabel no apeaba el odio de su mirada. Los demás me ojearon con esperanza, como si yo fuera un Unidos Podemos que iba a ganar las elecciones del 25D sin hacer posteriormente ningún Tsipras. No lo tenía yo tan claro, pero tenía que intentarlo.

Mi viejo amigo se golpeó el pecho con el puño antes de salir

-Fuerza y honor, Eowyn. Nos vemos allá fuera.

Y desaparecieron.

Yo fijé mis ojos en mi sempiterno enemigo. No tenía ganas de parlamentos épicos ni palabras altisonantes; no podía permitirme equivocar el blanco, como EE.UU, a favor de Isis por enésima vez. Tan sólo de acabar de una vez con aquello. De ser libre, por fin.

-Ponte en guardia –avisé, enarbolando la espada. Él no hizo además de defenderse-. ¿A qué estás esperando?

-Antes tenemos que hablar tú y yo. Quieres matarme, ¿no? Pues al menos me debes un último deseo –su sonrisa sardónica volvió a restallar.

Bufé. Me cansaba ya tanta palabrería barata.

-Me lo debes –repitió-. Aunque sé que no lo deseas. ¿Sabes por qué en realidad tienes tantas ganas de matarme?

-Espero a que me ilustres. Y hazlo rapidito. Estoy empezando a estar hasta los ovarios.

Continuó, sin hacerme caso.

-Justamente por eso. Para evitar que hable. Para evitar oír palabras de mi boca que no deseas escuchar. Palabras que te harían reconsiderar la opinión que tienes de ti misma.

-¿Qué chorradas estás diciendo? –le espeté.

Esbozó una mueca de suficiencia.

-Crees que llevas años huyendo de mí, pero no es verdad. Llevas años huyendo de ti misma. De lo que crees que es tu deber. Sí, tú lo crees aún más que yo. Tus padres te me vendieron, sí, y tú te escapaste, algo que sin duda no dejas de repetirte a ti misma para buscar motivos por los que enorgullecerte. Pero durante toda la vida has actuado como si tu huida no fuera lícita. Ahogando en ti misma el deseo de volver al redil. En el fondo, tú sabes que tu sitio está a mi servicio. A mi servicio, siempre a mi servicio, de una forma u otra. ¿Por qué, si no, aceptaste el trabajo que te ofrecí? ¿Creías ser menos sierva porque te ofrecía una soldada? Siempre supiste que yo no había cambiado, ¡no podías ser tan ingenua para pretender lo contrario! Pero eso te daba una justificación ante ti misma, podías combinar lo que en el fondo, y no tan en el fondo, pensabas que era tu obligación, con el respeto que crees que te debes. Piensas, o quieres pensar, que las mujeres no sois seres inferiores. Que debéis ser consideradas como si fuerais hombres. No con las alharacas de la fin’amors, sino exactamente igual que lo hacemos entre nosotros. Quieres que todas seáis libres. Pero eso no es posible, pues habéis nacido esclavas. No valéis más que para servirnos. ¿Y sabes por qué? No porque Nuestro Señor os extrajera de nuestra costilla, sino porque tenéis demasiado miedo. Miedo a que se os difame, se os zahiera. Miedo a no ser buenas, al infierno, y al infierno en la Tierra. A sentir que no estáis cumpliendo con vuestros deberes. Sois débiles y autocompasivas. Y tú eres el ejemplo viviente. Nunca te has rebelado contra mí, sino contra tus íntimos temores. Ni tú, ni ninguna de las de tu clase, seréis nunca libres.

Sentí como si se derramara sobre mí una inesperada catarata de agua helada. Fue tan súbito que perdí incluso la facultad de respirar por un segundo. Y si me recuperé, fue sólo y únicamente, gracias al instinto de supervivencia.

-¿Te crees un médico del alma humana? –solté una carcajada cruel. No podía dejarme distraer por sus palabras, cualesquieras que éstan fueran, como una catalanita cualquiera ante el nacionalismo fanático de los privatizadores sanitarios y evasores de capital-. Ponte al lío ya, cojones.

Él desenvainó su espada y besó la cruz. Se sentía ya victorioso, creyendo que su discurso me había doblegado.

Y tenía razón.

-Sea, pues.

Nos medimos con los aceros desenvainados. Nos conocíamos ya bastante bien para saber cuáles eran nuestros puntos débiles y fuertes. Él no iba a atacar para que yo me escabullera, le despistara y le hiriera cuando más aturdido estuviera. Yo tampoco atacaría hasta que no viera que él no sería capaz de parar mi estocada y volver mi fuerza contra mí misma. La lucha amenazaba prolongarse hasta el infinito, o al menos hasta que el rey viniera y la detuviera. Ésa era su baza, pero yo no podía permitírmelo. No podía permitir que escapara otra vez. Así, que mal que me pesara, tenía que arriesgarme. Apostarlo todo a una carta. Yo era más ágil y rápida que él, aunque era consciente que ya no tanto desde mis últimos problemas de salud y heridas varias, o tal vez porque los años no pasan en balde. Y él era mucho más fuerte que yo, a pesar de su edad. Teniendo en cuenta esto, y encomendándome a santos, vírgenes y dioses en los que no creía…

… me decidí.

Solté un grito de guerra mientras daba un paso atrás para tomar impulso y alzaba mi espada por encima de mi cabeza, desde una guardia baja. Él se apresuró a defenderse alzando el metal transversalmente ante su rostro, pensando sin duda que me había vuelto loca y pretendía hendirle el cráneo: con ese ataque, no le habría resultado difícil parar mi estocada y, casi sin hacer ni un giro más con su arma, rebanarme el cuello. Pero yo, en lugar de avanzar hacia él, escoré el paso que estaba dando hacia la derecha, cambié en el último momento la trayectoria de mi espada de modo que ésta trazó una diagonal de través hasta casi el suelo, con tanta fuerza que su peso me arrastró hasta quedar entre derribada y arrodillada. Él no esperaba que el ataque se desviara de esta manera, y no pudo virar a tiempo su hierro para pararlo ni retroceder, y tampoco pudo rectificar y dar un tajo hasta llegar a mi aorta con efectividad: antes de que pudiera hacer algo más que rozarme, mi filo le rajó la ingle y el chorro de su sangre arterial me estalló en la cara, por segunda vez aquella noche. Yo vi cómo se derrumbaba casi en cámara lenta, pero era mi incredulidad la que paraba el tiempo, pues todo fue muy rápido para él. Muy rápido. Ruego, sin embargo, que tuviera la oportunidad de sufrir un momento eterno para comprender, antes de morir que yo había aprendido, definitivamente, había perdido. Aunque quizá los dos habíamos perdido. Aunque quizá nadie había ganado.

Pero aquello no había acabado aún.

Me incorporé rápidamente. Demasiado rápidamente, dadas las circunstancias y el corte, aunque superficial, de mi cuello. ¿Fue un presentimiento, o los deseos de huir de aquel espectáculo repugnante? Sea lo que se, aquello me salvó la vida. La saeta que alguien había disparado a mi espalda dirigida hacia mi nuca me rozó la mejilla izquierda, y sólo la mejilla izquierda. Me volví instintivamente, aunque nada podía hacer contra un arma arrojadiza a esa distancia, y vi como Gustaf, con la mirada preñada de una determinación letal, se apresuraba a tensar de nuevo la cuerda de su arco desde la entrada. No tuve tiempo de pensar, no tuve tiempo de ponerme a salvo; antes de ello, vi cómo su cuerpo se estremecía y, acto seguido, se desplomaba en el suelo. Muerto. Pasó un largo minuto antes de entre las neblinas del amanecer surgieran las figuras de Gonzalo y de Guillaume. El primero levantó su arco en señal de triunfo.

-Es la segunda vez que te salvo la vida hoy, Eowyn –dijo, jovial-. Espero que sepas tenérmelo en cuenta.

Una idea pasó por mi cabeza, de pronto.

-Eres certero, Gonzalo. Ahora, la distancia era mucho menor. Pero aún así…

Volvió a encogerse de hombros, como acostumbrado a los halagos a su puntería.

-Mi bisabuelo hizo un favor a unos arqueros galeses ultramontanos en las Navas de Tolosa. Ellos le enseñaron y el conocimiento se ha transmitido en mi familia, al igual que este viejo y útil arco.

-Incluso para un arco de este tipo, es demasiado.

Él pareció desconfiar

-No te entiendo. ¿Qué quieres decir con “demasiado”?

-Demasiado para ser un templario –me apresuré a explicar–. Bien es sabido que lo vuestro no son los proyectiles-. Cambié de tema-. Pero ¿qué hacía éste aquí?

-Se nos escapó –añadió Guillaume, contrariado-. Lo siento, teníamos demasiados frentes abiertos y el rey prácticamente debe de estar entrando por la puerta, si es verdad que, como suele hacer, ha pasado la noche en Miravet. Pero en cuanto nos dimos cuenta, y sabiendo quién era, imaginamos que te buscaría, así que el jefe nos envió aquí a guardarte las espaldas a toda velocidad; al parecer, aunque no les reconoció entonces, los nuestros tuvieron un encuentro de camino hacia aquí con este muerto y con su compañero, cuyo cadáver también hemos encontrado afuera. Les hicieron huir, no sin que consiguieran herir antes a nuestro común amigo, como ya viste antes. Quién iba a imaginarse que volverían. Según parece, trabajaban también para Blanca, pero al mismo tiempo tenían su propia iniciativa; por eso apareció tan de repente, también se le escaparon a ella y temió que me mataran. Lo que no me ha explicado es cómo estaba tan segura de que yo estaba aquí… en fin… Por cierto –señaló el cadáver que se desangraba a mi lado-, veo que por aquí ya todo ha terminado.

Dejé caer la espada al suelo. El ruido metálico sonó como si las puertas del infierno se cerraran tras de mí

-Sí –respondí-. Todo ha terminado.

Ellos me miraron consternados. Sabían que mis palabras alcanzaban un significado más amplio aún de lo que parecían.

"Pero el papel de todos los libros del mundo no podría enjugar el mar de sangre que anidaba en mi alma".

“Pero el papel de todos los libros del mundo no podría enjugar el mar de sangre que anidaba en mi alma”.

(viene de) De pronto, algo cayó del cielo. Literalmente. Mientras yo comenzaba a emprender la retirada, por el rabillo del ojo vi que algo se movía sobre las cabezas de los guardias que retenían a Guillaume y a Isabel. Me volví hacia ellos rápidamente: de los alféizares de las dos ventanas elevadas, dos figuras se habían descolgado a merced de una par de cuerdas y se habían impulsado empleando la pared hasta caer en un batiburrillo de brazos y piernas sobre los antes mencionados. No me costó nada reconocer a Omar y a Ferran, y no sólo porque ya conocía sus dotes de acróbata, sobre todo del primero. Debería haber pensado que no se conformarían con permanecer escondidos en su habitación, esperando que yo volviera a buscarlos: creían que me debían algo por haber salvado sus vidas, y era yo la que les debía lo mucho que habían aportado a la mía. No vacilé: no podía permitírmelo. Le hice un rápido gesto a mi amigo de que se ocupara del señor y de Esquieu (parejita que bien podría haber pertenecido a la CUP si hubiera vivido en la Cataluña del XXI, por sus curiosos cambios de lealtades) , y a Ruy y a Gonzalo de que me siguieran, y solté un grito épico.

-¡Defenderos si podéis, inútiles!

Ruy se echó contra los guardias mientras yo apartaba a Ferran y a Omar de ellos, y Gonzalo, al parecer más lento de reflejos, se dedicó a cortar las ligaduras de Guillaume y de Isabel (por este orden) poniendo su cuerpo como barrera entre ellos y las espadas de los guardias. Por mi parte, al arrastrar a Ferran fuera de la zona peligrosa, mis manos quedaron empapadas de una sustancia espesa que se expandía sobre el pecho del ayudante de Omar en una mancha. Roja.

-¡Ferran, no! –dije. Los sostuve entre mis brazos. Él intentó hablar.

-No podía… dejarlo así. No podía… ser un traidor.

-¡Tú no eres un traidor! Por favor, no te esfuerces -desconocía el alcance de su herida, pero parecía seria. Y, sin embargo, yo no podía perder más tiempo, si quería que allí sólo muriera aquel a quien le tocaba-. Ocúpate de él –dije a Omar, aunque no era necesario y, dirigiéndome a Isabel, le espeté con una dureza que nunca había oído de mis labios-: ¡Y tú, estúpida, ayúdalos! ¡Haz algo útil por una vez! Todo esto es tu responsabilidad, cabrona de mierda, que eres más falsa que santa Teresa de Calcuta.

Desde luego, no pensaba del todo verdad lo que le decía, y tampoco me había liberado tanto del sentimiento de culpabilidad por lo que le había sucedido a Guifré, pero la situación no requería ni la mínima debilidad de mi parte. Mi espada ya estaba fuera de su vaina, y liberé a Ruy de dos de los tres guardias (el cuarto estaba aturdido en el suelo, después del encontronazo con los Flying Mediaeval Brothers) con los que luchaba: sonreí con maldad cuando vi que en la espada de uno de ellos el resplandor rojo de la sangre de Ferran me llamaba a la venganza. Pero no, no podía permitir que la venganza me cegara. Aún no, por lo menos. Jugué al despiste con ellos, engañándoles con florituras, amagando estocadas y esquivando las suyas, hasta que Guillaume, libre de sus ligaduras, se encargó del guardia de mi derecha, dejándome a solas con el que había herido a mi compañero de trabajo. Una mirada rápida a mi alrededor me hizo ver que todo parecía controlado: Ruy, conocido por la rapidez y precisión de sus ataques, estrella de los torneos, dejaba al guardia casi imposibilitado de detener su envites: estocadas al cuello, tajos hacia el pecho o a las extremidades, otro que a punto estuvo de rebanarle una pierna… Lo último que puede ver es que mi antiguo segundo de a bordo, cuando se cansó de jugar, retrocedió para dar a su contrincante la oportunidad de atacarlo, adivinó la dirección de la estocada, la detuvo con su espada propulsándose contra él e hizo girar el arma de su adversario hasta que, con un alarde de fuerza bruta, la hizo caer lejos. Guillaume tampoco parecía tener problemas con su oponente, al que estaba castigando con una lluvia de golpes cortos y rápidos que le dejaban si opción de defenderse, como el neoliberalismo contra los países de América Latina, y Gonzalo, tras haber desatado a su amigo, mantenía a Esquieu cuerpo a tierra, sujetándole con brazos y piernas e ignorando sus intentos de escapar; al parecer, el muy asqueroso había vuelto a practicar su deporte favorito, que era huir de los problemas. El falso leproso, por su parte, sí estaba teniendo problemas para defenderse de mi viejo enemigo, quien por fin se había decidido a luchar (poca otra opción le quedaba), y comprendí que también lo habían herido. ¿Cuántas bajas arrojarían mis deseos de venganza? Yo había querido mantenerles a todos alejados de aquello, era mi guerra, como bien había dicho él, pero no había sabido… Maldita sea, no podía permitirme más autorreproches. De momento debía empezar por concentrarme en mi oponente.

Volví a mirar la sangre que goteaba de su espada. Concentré en él todo mi odio. Todos aquellos años perseguida, mis largas estancias en las prisiones del señor donde él esperaba que se doblegara mi rebeldía y me aviniera a sus razones, tanto tiempo desperdiciado, mis amigos perdidos en Tierra Santa, las manipulaciones de Karl y Gustaf, el sultán de Egipto, el odio de Elvira, la batalla con los Entença y sus múltiples bajas, la traición de Esquieu, la muerte de Guifré, el peligro que estaban corriendo mis amigos… Todas las deudas que la vida tenía conmigo, deudas de un juego en el que yo no había sabido jugar bien mis cartas pero que era el único juego posible para los pobres, la carrera de obstáculos de injusticias, se materializaron en aquel momento y lugar, y de pronto me convertí en la máquina de matar que en el fondo sabía que era. Yo no había aprendido otra cosa. Cuando de niña reclamé atención, solo obtuve desapego, desprecio, la íntima certeza, fomentada por aquellos que deberían haberme dado afecto y cuidados que, al no querer seguir el destino que se suponía que, como mujer, tenía marcado, nada merecía. Tuve que aguantar cómo me vendieron como si fuera un animal mientras que otros padres, en peor situación económica que los míos, luchaban por dar a sus hijas toda la seguridad posible. Desde que, siendo aún adolescente, marché, sólo había visto sangre y había aprendido a hacerla brotar. Eso, y algunos libros, era mi vida. Pero el papel de todos los libros del mundo no podría enjugar el mar de sangre que anidaba en mi alma. Ataqué. Golpeé y ataqué, sin dar tregua, sin honor y sí con todas las malas artes que pude maquinar. Pronto, mi adversario estuvo desarmado y en el suelo, el líquido vital manando de la multitud de heridas que yo le había producido y empapando también mi espada y los harapos que me cubrían, a la espera de que yo hundiera la punta de mi arma en mi cuello. Todo era bruma a mi alrededor. Nunca antes había matado a un enemigo desarmado. Nunca. Aquello iba a suponer un antes y después en mi vida. De allí, lo sabía, jamás podría volver. Pero no me importaba.

-Eowyn…

Una espada detuvo la mía. Era la de Guillaume.

-No lo hagas. No es necesario.

La niebla se disipaba a mi alrededor. Isabel y Omar atendían a Ferran con remedios improvisados. El trovador me dirigió una mirada esperanzada.

-Se pondrá bien. Te lo aseguro.

Miré a mi alrededor, de nuevo. Gonzalo acababa de sujetar con férreas ligaduras a Esquieu. Oí, de nuevo, la voz de Guillaume.

-No sólo vinimos aquí por ti, aunque siempre fue la razón principal. Nosotros también llegamos a la conclusión de que sólo Esquieu podía haber informado a Blanca de nuestro paradero, y que sólo alguien estaba más interesado que ella en saber cómo controlarnos, o sea que el traidor debía de estar al servicio de uno de los dos, y yo sabía que no podía estar al de Blanca. Esto te lo explico sobre todo para que dejes de responsabilizarte de nuestra presencia aquí. Te conozco.

Escuché sus palabras como si las pronunciara desde detrás de una espesa barrera. Los otros guardias y el señor se hallaban fuera de combate en un rincón. El falso leproso, que los vigilaba, me envió una elocuente mirada. Su tez estaba grisácea y se agarraba el costado izquierdo; por otra parte, parecía feliz.

-¿Estás bien? –pregunté, sin ser consciente de que las palabras salían de mis labios.

-Perfectamente –aseveró-. No es más que un rasguño combinado con los achaques propios de mi según tú avanzada edad. Por cierto, según un compañero tuyo con ínfulas de aprendiz de físico que me encontré por el camino ya debería estar muerto. Vigila con quien te juntas, muchacha.

-Creo que sé a quién te refieres –había muchos así en la Cataluña del XXI: se creen profesionales sanitarios y sólo saben planificar mal, recortar, privatizar, asesinar… Sonreí con tristeza. Experimentaba una extraña sensación, como de final de etapa.

-Eowyn, todo ha terminado ya –volvió a hablar-. Deja caer la espada. Las misiones se han cumplido. Todos estamos bien. Esta locura ha de acabar de una vez.

Miré mi arma, que tanto tiempo llevaba a mi lado. Comenzaba a pedir a gritos la jubilación, pero hasta que tuviera la oportunidad de encontrar un botín aceptable o un buen curro, no podría permitirme sustituirla. Por otra parte, quizá ya era el momento de renunciar a aquello que ella me proporcionaba; antes de que me convirtiera en una especie de Gollum ahogado por la sangre que había derramado. Mi mano cayó, casi inerte, a un lado de mi cuerpo. Quizá era el momento de descansar, por fin.

O tal vez no.

Di un paso atrás, alejándome del guardia caído, y volví a levantar mi espada, señalándoles a todos con ella.

-Marchaos –ordené-. Marchaos y lleváoslos a todos. Dejadme sola. Con él -indiqué a mi viejo enemigo, que a pesar de estar vencido sonreía ufano, seguro de que sus contactos y sus manipulaciones le mantendrían impune para siempre, como Franco, como Mas. Quizá esta vez se equivocaría. Quizá no-. Tú lo dijiste –señalé al falso leproso-. Es mi guerra.  Y debéis dejarme que la acabe. (sigue)

"Los portones de entrada se abrieron casi como por arte de magia al acercarnos nosotros, y el salón principal apareció iluminado y listo para los hechos que iban a sucederse".

“Los portones de entrada se abrieron casi como por arte de magia al acercarnos nosotros, y el salón principal apareció iluminado y listo para los hechos que iban a sucederse”.

(viene de) Mi viejo compañero ya corría como un alma en pena huyendo del infierno por el patio de armas, en dirección al cuerpo principal del castillo.

-Pero ¿sabes a dónde vas? A tu edad no te conviene tanta prisa –dije, intentando seguir sus largas zancadas -. El rey va a llegar en cualquier momento, y tendremos que maquillar un poco este desastre, yantes yo tengo cosas que hacer. No me hagas seguirte si no estás seguro de conducirme adonde está él.

-No estoy seguro –confesó, sin dejar correr. Aún estaba en forma, el condenado, y eso que ya había cumplido sus añitos.

–¿Y entonces? –me paré en seco, echando chispas por los ojos. En ese momento, si no hubiera tenido muchas cosas y mucho más urgentes que hacer, palabra que le hubiera matado. Aquel hombre tenía la virtud de sacarme de quicio: no soporto a la gente tranquila. Me ponen muy nerviosa.

Se detuvo a su vez, con toda la cachaza del mundo, y sonrió.

-… pero estoy casi seguro. Durante estos meses me han hablado mucho de él y creo que sé cómo funciona su mente. Confía en mí.

Los portones de entrada se abrieron casi como por arte de magia al acercarnos nosotros, y el salón principal apareció iluminado y listo para los hechos que iban a sucederse. Sin duda, nos esperaban. Me esperaban. Las mesas con los restos de la cena no habían sido retiradas por unos sirvientes que sin duda habían caído desmayados gracias a mi droga antes de que tuvieran tiempo de cumplir con las labores que les tenían encomendadas, pero alguien las había apartado hacia las paredes. El olor a junco mustio y a comida en descomposición casi me hizo vomitar; éste se mezclaba con la ceniza, el sudor y, tal vez, el miedo. Mi odiado enemigo, tan criminal y psicópata como una gran corporación, parecía esperarme en el vestíbulo de una recepción social, si no hubiera sido por la expresión cruel y sarcástica de su rostro deformada por el odio, al parecer había logrado escapar de la refriega con cuatro guardias y, junta a él, Esquieu se frotaba las manos mirándome irrumpir en la escena con el falso leproso. Éste dio un respingo al verle y fue de inmediato a tirarse a su cuello, cuando y le retuve agarrándole del brazo.

-Habrá tiempo –dije. Los guardias se separaron, y vi que estaban cubriendo, a la vez que amenazando con sus hierros, a dos figuras que llevaba las manos anudadas a la espalda: Isabel, a pesar de su situación y aunque todavía no se había recuperado de los efectos de las drogas, me miró con verdadero odio, y Guillaume, con impotencia. Me maldije a mí misma mil veces: tenía que haber supuesto que Esquieu habría hablado. Mi enemigo debía de saber hacía tiempo que Isabel era una espía de Blanca, y sólo esperaba el mejor y más útil momento para hacerla pagar por ello. Y el momento había llegado. Di dos pasos hacia él, y ahora fue mi amigo quien tuvo que sujetarme.

-Maldito sea mil veces –le escupí-. ¿Eres tan cobarde que sólo crees que podrás vencerme haciendo daño a mis amigos? Suéltalos. Demuestra antes de morir que aún eres aquel caballero del que el pueblo contaba historias hace veinte años. Sabes perfectamente que esto es entre tú y yo.

Se limitó a esbozar una mueca llena de desprecio. Entonces, su mirada cayó sobre mi acompañante, y el más auténtico estupor estuvo a punto de reemplazarla, momentáneamente. Se rehízo a tiempo, sin embargo, y entonces fue Esquieu, que nos miraba con la satisfacción del que es absuelto por la historia, el que habló.

-Señor –nos señaló a mí y mi compañero-, esta es la constatación de lo que os decía. Podéis prendedlos ahora mismo y llevadlos hasta el rey de Francia. Por lo que sé de él, os recompensaría con verdadera largueza si le traéis pruebas de que la Orden del Temple es un nido de fornicadores y sodomitas. ¡Confesarán, no podrán resistir la tortura, aparte de que la vergüenza por su pecado debe de estar carcomiéndoles el alma!

-Y una higa es la vergüenza que siento yo por mis pecados –le hice un gesto obsceno con los dedos-. La única vergüenza que tengo es la de no haberte matado a tiempo, babosa traidora. Pero aún no es tarde –desenvainé mi espada y le apoyé la punta en la garganta. Mi amigo sacó la suya y también les hizo frente. Esquieu y su amo según sonriendo, mientras los guardias se acercaban, aunque sin atacar.

-Sois unos ilusos si pensáis que podéis ganar –se carcajeó el renegado–. Siempre habéis sido unos ilusos, vuestro Grupo de los Ocho, con vuestras ínfulas de arreglar el mundo. Pensáis que sabéis quién soy y para quién trabajo, pero no tenéis ni idea. Y vuestro querido soberano no se queda atrás, tampoco. ¡Y pensar que aún cree en la inocencia de los templarios, aunque le encantaría no hacerlo!

Un pequeño cortocircuito se encendió en mi cabeza. Eso quería decir que le había ido con su historia a Jaume, y que Jaume le había ignorado. Pero, entonces, Esquieu no podía ser un espía de Felipe de Francia, pues éste no habría enviado a tal personaje como emisario para conseguir ayuda de su colega real aragonés, en todo caso sólo lo habría mandado como acompañante de alguien de más enjundia. ¿Sería posible que Esquieu estuviera actuando en solitario? ¿Que ni siquiera hubiera colaborado con Blanca, o en todo caso sólo la hubiera utilizado para llegar hasta el rey?

-Venga, zorra, mátame –continuó él, algo desconcertado por mi repentino silencio-. Desde Gardeny que te tengo ganas.

-Pues lamento que no consiguieras tu propósito. Ni tú ni tu cómplice del arco –tuve tiempo de ver su mirada de desconcierto antes de dejar de amenazarle y volverme hacia su señor-. Ahora lo entiendo todo –le dije-. Ni Blanca ni el rey creyeron en las falsedades de este personaje, pero tú te lo tragaste, ¿verdad?, y viste tu oportunidad -como cualquier manipulada y/o cobarde alma, se creyó las tesis del poder, y ahora ama a los opresores homicidas y odia a los oprimidos-. Por eso rompiste tu alianza con ella, aunque el hecho de tu supuesto asesinato de Guillaume tampoco debió ayudar mucho a vuestra concordia, y cuando Isabel llegó, el renegado te informó de su identidad y entonces ataste cabos –me volví hacia ella-. Debiste haber huido cuando te encontraste con él. ¿No se te ocurrió que te reconocería y ataría cabos?

Isabel me escupió.

-Se aseguró de que nunca coincidiéramos, ¡maldita sea! Todo esto es culpa tuya.

Esquieu se carcajeada sardónicamente.

-¿Falsedades? Yo vi todo el espectáculo de lo que pasó en Corbera, desde una grieta en la pared de la habitación –maldición: esperaba que se estuviera marcando un farol. La idea de que me hubiera visto en aquel momento tan… bueno… tan… me resultaba repugnante. Pero no quería dejar que aquello me descentrara.

-Sí. Lástima que hayas nacido siete siglos antes de tiempo. Es sólo tu palabra, imbécil, no tienes pruebas –seguí hablando con mi viejo enemigo, con una mueca de asco pintada en la cara-. Mentiste en Perugia. Mentiste cuando te uniste al Grupo de los Ocho. No quieres una cruzada ni dejas de quererla, y no creo que odies al Temple por ideología. Sólo odias la vinculación que ellos tienen conmigo.

-No te creas tan importante, muchacha. Hay mucho dinero en juego. Y yo tengo demasiadas posesiones que mantener, unos siervos muy vagos, unas tierras pobres y secas y un rey que prefiere que los nobles nos concentremos en servirle en sus interminables guerras contra el moro que hacer algo por nuestra hacienda. El rey Jaume no está interesado en hacer nada contra el Temple, de momento; les halagará mientras puedan servirle, sólo desea tenerlos controlados y sustituirlos por una orden más afín, mucho más catalano-aragonesa, cuando se dé la oportunidad. Pero allende las fronteras, es otra cosa. Se dice que el soberano francés necesita mucha financiación para acometer los cambios que ha ideado para su reino, y no tiene inconveniente en adelantar oro si sabe que lo obtendrá después centuplicado. ¿Y qué orden militar lo ostenta en abundancia en estos momentos?

Sí. Había sido una ingenua. Debí haberlo supuesto. No estaba loco ni enfermo de rabia. O, al menos, no estaba tan loco ni tan enfermo de rabia. Siempre había sido famoso por aprovechar las oportunidades y matar en todas las ocasiones dos pájaros de un tiro. Se vendía al mejor postor, como un deportista sin dignidad ni patria que no sabe que el país que ahora acoge sus medallas le tirará a la cuneta, como a un refugiado sirio, cuando deje de ganarlas.

Pero eso iba a acabarse. O me acabaría yo.

-Suéltalos –le insistí-. Esto es entre tú y yo. Mi amigo marchará también, así como la sabandija renegada ésa y tus guardias. Haz lo que debes, aunque sólo sea una vez en tu vida.

Sentí a mí lado cómo los músculos del falso leproso entraban en tensión, y tuve un atisbo de lo que estaba pasando por su mente. Mi enemigo dio un paso hacia mí con la mano tendida, y por un momento pensé que iba a aceptar mi propuesta. Suspiró, esbozó una media sonrisa que parecía bastante sincera, y dijo:

-Eowyn, es cierto que tú y yo tenemos que vernos las caras…

Eché mano al pomo de mi espada.

-… y tendremos nuestro momento, te lo aseguro, pero no ahora. Marcharás. Saldrás de aquí con todos los tuyos. Te juro por mi honor que liberaré a tu amigo el resucitado y que entregaré a Isabel a Blanca en cuando te hayas ido. Si sólo te atreves a levantar tu espada una pulgada contra mí, mis guardias los atravesarán. Y supongo que no querrás perder a ese apuesto templario, al menos al decir de las damas, pues yo no le veo tal, por segunda vez. Ni a esa antigua amiga a la que ya has hecho bastante daño. Ah, y lo harás de inmediato. Tengo que solucionar muchas cosas antes de la llegada del rey. Naturalmente, eso también os incumbe a vosotros –Gonzalo y Ruy acababan de entrar por la puerta, y se quedaron paralizados al captar las implicaciones de la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos-. Quiero que liberéis a mis hombres y que ellos se hagan cargo de los de Blanca. Esquieu irá con vosotros para cerciorarse de que todo es correcto. Luego, marcharéis. Sólo cuando os vea salir a todos del castillo liberaré al bretón. Oh, sé exactamente cuántos sois. No me preguntéis cómo.

De inmediato, Gonzalo retiró la mano del arriaz.

-No tenemos otra opción. Vamos. Eowyn, Ruy, mi señor…

O una risotada de mi compañero.

-Gonzalo, recuerda que aún soy yo el que da las órdenes aquí –su tono era más irónico que autoritario. Nos envolvió a todos con una mirada circular, y después se dirigió a mí-. Eowyn, la decisión es tuya. Confío en el de Nantes, ya está claro que es casi inmortal. En cuanto a Isabel, creo que si le debías algo se lo ha cobrado bien. Pero esta es tu guerra, muchacha. No intervendré.

Le miré, no sin asombro. No podía esperar menos de él, y comprendí lo que le estaba costando tomar aquella decisión. Era demasiado honorable para no dejarme libre, aunque eso le doliera. Por eso no había impedido que yo fuera a buscar mi destino aquella vez, cuando salí en pos de Omar. Nunca debí haber creído que él me había fallado.

-No va a matar a Isabel –era ahora Guillaume quien hablaba, con tal seguridad que ni siquiera sus captores le respondieron con algo más que acercando sus espadas-. No sabe el afecto que le puede profesar Blanca, no se arriesgará a enojarla y que ella le malmeta con el rey. En cuanto a mí, ya me han matado una vez. Eowyn, eres libre para decidir.

Como si fuera tan fácil, como si él no tuviera manera de disimular la muerte de Isabel y achacársela a quien más le conviniera; la mirada irónica que me dirigió tras las palabras del de Nantes demostró a las claras que sabía que yo lo sabía. Las espadas de los guardias amenazaban el cuello de Guillaume e Isabel. Ésta, tan ahogada por el odio, no parecía echar cuenta de que estaba a punto de morir, y él me sonreía sin el más mínimo atisbo de temor, con seguridad de que saldría de ésta como había salido antes de tantas, mientras el señor sonreía con suficiencia, sabiéndose ya vencedor.

Porque él me conocía.

Los apreciaba demasiado. Sí, incluso a la traidora Isabel. Nunca podría decírselo, pero nada podía ser más cierto. Tal vez mi forma de amar es extraña. Invisible, inútil y de lo más problemática, pero existe. No sirve de nada, pero ahí está.

-Vámonos –dije al fin. Me dirigí a mi enemigo-. Ay de ti y de tu descendencia si no cumples tu promesa. Lo que has visto hasta ahora no será nada en comparación con lo que verás.

Se carcajeó.

-Paparruchas. Pero sigo siendo un caballero. Venga, marchaos.

Di la vuelta. Fue el movimiento más largo y dificultoso de mi vida. Allí dejaba mis posibilidades de redención, mi esperanza de libertad. Sabía que no existiría otra oportunidad. Que él jamás se pondría de nuevo a tiro.

Tal vez debería renunciar a todo. Volver a mi pueblo. Ser lo que mi familia esperó que fuera. Jurarle lealtad como su sierva. Ser una mujer común y corriente, expuesta a que neoliberales machistss de uno y otro lado del Mediterráneo me vistieran con bikini o con burkini, según me quisieran su puta o su sumisa. No, no podía aguantar más aquella eterna persecución.

-Vámonos –repetí. Mi viejo amigo me miró con tristeza, consciente del paso que yo estaba dando. Ruy me miró consternado. Gonzalo, que hubiera dado la vida si era preciso por su amigo Guillaume, por su parte, nos hizo gestos de que nos apresuráramos. Aquello era el final. (sigue)

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“A mis espaldas, unos cuantos gritos consiguieron apagar el fragor de la batalla, dejando en su lugar un caos parecido al esperpento de las elecciones españolas 2015-16”.

“A mis espaldas, unos cuantos gritos consiguieron apagar el fragor de la batalla, dejando en su lugar un caos parecido al esperpento de las elecciones españolas 2015-16”.

(viene de) Abrí los ojos desmesuradamente y ladeé la cabeza con sonrisa burlona, echando un mirada circular por toda la extensión de la terraza.

-¡Blanca! –exclamé, con exagerado tono sorprendido-. ¡Y yo que pensé, ingenua de mí, que te habías unido a la batalla que tú misma te esforzaste en provocar! Qué bien estamos aquí arriba, ¿verdad? Cada vez es más fácil la vida de los privilegiados. A cubierto de todo, rodeadita de tu guardia personal mientras esos infelices se matan por tu culpa y por la del otro elemento –no lo había hecho conscientemente (soy medieval hasta la médula, a pesar de mis incursiones contemporáneas), pero me percaté que le había apeado, por enésima vez, el tratamiento de nobleza a la interfecta. Y es que el respeto hay que ganárselo, y aquella mujer se desvalorizaba a mis ojos con cada nueva acción que cometía-. Y tú debes ser Juana –hice un signo hacia la mujer menuda y atractiva, vestida como una doncella y con una expresión de calculadora dureza pintada en su rostro, por otra parte de facciones armoniosas-. Tuve el dudoso honor de conocer a tu antecesora, Elvira. Seguro que aún se acuerda de que fui una de las artífices de que la enviaran al convento. Será mejor que intentes parecerte a ella lo menos posible, si quieres que no haga lo mismo contigo.

Los guardias que protegían a las dos mujeres comenzaron a avanzar hacia mí, que mantenía la guardia frente a ellos sin miedo, porque no me pareció que ninguno de ellos quisiera eliminarme sin una orden directa de su jefa. Blanca me miró de arriba abajo, asqueada y fascinada al mismo tiempo: yo, recubierta de sangre, sudor, tierra, polvo y ceniza, con los cabellos revueltos y la ropa desgarrada, ofrecía la imagen menos femenina, gentil y cortés (al menos, según los cánones de Blanca) posible; igual que si llevara bikini en Oriente y burkini en Occidente. La actual amante del rey, finalmente, esbozó la consabida mueca de desprecio que ya llevaba mi nombre.

-Me abstendré de castigarte como merece tu falta de respeto porque no pareces estar en tu sano juicio. ¿Te has percatado del aspecto que tienes? Por cierto, si me acusas de cobarde por haber subido hasta aquí, ¿qué haces tú entonces en el mismo sitio?

-Porque yo he venido a otear el horizonte –respondí. Le di la espalda, aparentando un valor que estaba muy lejos de poseer en ese momento, y me esforcé en escudriñar el campo de batalla, a la luz de la pira y de las antorchas, buscando mi objetivo, y de paso, a Guillaume, o bien a su cadáver retrasado; en ninguno de los dos casos con éxito.

-Has venido a buscarle –la crudeza oscura de su voz me sorprendió y me volví hacia ella. Comprendí que su obsesión (porque sin duda era obsesión, nadie me podría convencer de que allí subyacían sentimientos auténticos, en el caso que no sea siempre una creación intelectual humana eso que he dado en llamar “sentimientos auténticos”) era aún mayor y más enfermiza de lo que yo había imaginado y, contra todo pronóstico, la compadecí. Me envidiaba, por extraño que pueda parecer, no podía entender lo superior que era a mí en todos los aspectos, ni lo fácil y hermosa que era su vida comparada con la mía. Pobre. Pobre Blanca, tan absurda y fallida como el Estado español. Pobre y desgraciada Eowyn. Quise buscar las palabras para decirle lo equivocada que estaba en sus celos hacia mí, sencillamente porque eso era la verdad, pero de pronto comprendí que nunca lo lograría. Así que dejé de esforzarme.

-No le buscaba a él, sino al otro. A tu amiguito, aquel a quien cuyo ya bastante perturbado cerebro perturbaste más para que te ayudara en tu objetivo de vengarte de Guillaume y, de paso, dar un golpe más al poder del Temple. Pero veo que ahora ya no le quieres tanto. ¿Es sólo porque te arrepentiste de enviarlo a matar a tu templario favorito, o es que ya no te es útil para tus propósitos? Y ya que hablamos ellos, si puedes decirme el paradero de ambos, que seguro que no se te ha escapado nada desde esta atalaya, te estaría muy agradecida –le hice un remedo sarcástico de reverencia.

La indignación con la que escuchó mis palabras amenazaba con ponerla en órbita. Incluso creí ver el vapor que le salía de los agujeros de la nariz, dilatados como dos chimeneas.

-¿Cómo te atreves a insultarme delante de mis hombres? ¿Qué tengo que ver yo con ese templario? ¿Qué interés puedo tener en que viva o muera, ni él ni los otros? ¡Te haré pagar tus palabras, bastarda!

Oí el chasquear de la espada en el aire, en dirección a mi cuello, cuando ya era tarde para haber podido efectuar algún movimiento: uno de los guardias, aprovechando que yo estaba inmersa en el calor de la conversación y devanándome los sesos para encontrar alguna manera de hacer confesar a Blanca lo que sabía (sin dejar de insultarla), se había escabullido entre las sombras hasta ponerse detrás de mí y ahora, cansado de mis faltas de respeto a su señora, pretendía desembarazarme de mi cocorota de un tajo sin que ella argumentara nada en contra. Pero algo pasó: un silbido cortó en seco el restallar de su arma, y lógicamente también su trayectoria. Con una flecha en el hombro, oí el sonido del cuerpo de aquel hombre desplomándose en el suelo con su pesada armadura casi antes de que pudiera girarme hacia él con la espada en la mano.

Me volví inmediatamente hacia el lugar de donde procedía la saeta, al igual que Blanca, Juana y el resto de la guardia. Allí, a bastantes varas de nosotros, a luz de las antorchas y al de la hoguera que aún no se había consumido y que convertía la noche en día, pude ver a dos figuras que se alzaban en el punto más alejado de la muralla este, adonde sin duda habían llegado merced a unas escalas; uno de ellos enarbolaba un arco. Ambos corrieron hacia nosotros, el segundo muy alto y corpulento y el primero, el arquero, más pequeño, ágil y ligero. Me pareció cómo el rostro de Blanca iba poniéndose del color de su nombre al reconocer a los recién llegados; yo no estaba mucho más entera. Por fin, Gonzalo llegó a una breve distancia de nosotros y me saludó agitando el arco, desmesuradamente largo, mientras Blanca buscaba apoyo en sus guardias más cercanos al tiempo que miraba ojiplática al acompañante del sevillano. En cuanto al inseparable compañero de Guillaume, he de decir que nunca me he alegrado más de ver a una persona; hasta le encontré más guapo y todo, a pesar de que nunca fue mi tipo: su barba era más espesa y noté que había envejecido ligeramente desde la última que le vi, aunque le favorecía. A mis espaldas, unos cuantos gritos consiguieron apagar el fragor de la batalla, dejando en su lugar un caos parecido al esperpento de las elecciones españolas 2015-16.

-¿Qué hay? –me saludó tranquilamente Gonzalo, como si acabara de despedirse de mí la noche anterior-. Parece ser que hemos llegado a tiempo –a su lado, el otro hombre miraba con ironía a Blanca y a su cohorte.

Intenté rehacerme.

-Me has salvado la vida –dije-. ¿Cómo demonios lo has hecho? ¡Si apenas tenías ángulo para disparar!

-He de reconocer que apuntaba al corazón, con lo que el tiro ha sido un desastre, aunque al menos ha cumplido su objetivo –se encogió de hombros. Yo seguía mirándolo, sin entender: ¿desde cuándo Gonzalo era tan diestro como arquero? Viéndome momentáneamente desactivada por el asombro, uno de los soldados de Blanca se atrevió a hacer un movimiento.

-Quieto ahí –dijo el falso leproso, dirigiéndose a los guardias de Blanca-. Vuestra señora me conoce de la Corte, y no creo que desee que acabe así nuestra relación –y, dirigiéndose a ella-. A sus pies, señora Blanca. ¿El rey Jaume se encuentra bien de salud, espero?

A la pálida luz del amanecer, aún incipiente, el color de  la tez de Blanca había pasado de ser afín con el nombre de su dueña a asemejarse peligrosamente al ceniciento de mis ropajes

-Vos –pronunció ella, al fin, con un hilo de voz-. Habéis venido. No lo entiendo. ¿Qué estáis haciendo aquí?

Él se plantó frente a ella, escoltado por Gonzalo.

-Señora, vos sabéis con exactitud que Eowyn y yo somos viejos amigos. De Tierra Santa. Aún recuerdo cómo tratasteis de utilizar esta circunstancia contra las pretensiones del Temple en la época de la batalla contra los Entença –el tono falsamente cordial a duras penas disimulaba el desagrado que le inspiraba la amante del rey-. Aunque supongo que nunca imaginasteis hasta qué punto… Por cierto –dijo, volviéndose hacia a mí-, me alegro de verte entera, muchacha. Han sido unos meses muy duros sin saber nada de ti, y nos temimos lo peor cuando vimos el resplandor de esa hoguera. Aunque supongo que sabes que tienes un aspecto horrible.

-Lo mismo digo –le secundó Gonzalo, y rectificó enseguida-. Lo de que me alegro de verte, no lo de tu aspecto. Claro que, la verdad…

-No tiene sentido que me salvéis la vida si luego vais a empujarme al suicidio arruinándome la autoestima –les interrumpí-. Venga, vámonos de aquí, si os habéis tomado tantas molestias para venir al menos haced algo útil –eché un vistazo al patio de armas-. Aunque veo que ahí abajo lo tenéis todo controlado.

En efecto: los gemelos ingleses, ya distinguibles después del episodio de la ciudad italiana, junto con Manfredo, Yannick, Ruy, Cristina, Luis, El Genovés y Hernán, se habían esforzado en poner orden en el campo de batalla (todo hay que decirlo, ya no quedaban muchos en condiciones de oponerse, a esas alturas de la liza), en mitad de una destrucción tan grande como la del litoral español tras la fiebre del ladrillo, y mantenían a los guerreros separados y alineados, mientras iban sujetándolos con ligaduras uno a uno y todos a un cuerda de presos. Mi viejo amigo se asomó a la barrera, a mi lado, y alzó una antorcha soltando un grito de triunfo, que fue contestado por los de abajo.

-¡Eowyn! ¡Es Eowyn! –exclamó Luis al verme. Parecía realmente contento de encontrarme.

El resto le oyó y correspondió a su alegría.

-Sabía que no podrían contigo, amiga –dijo Cristina.

-Bienvenida de nuevo, capitana –Ruy me hizo una cortés reverencia.

Son esos momentos de la vida en que recuerdo que tal vez siga siendo, después de todo, humana. Que siento que otros lo piensan, y me tratan en consecuencia. Que no me ven como lo que soy, una máquina de pegar mandobles sin sentimientos, o al menos sin sentimientos que sepa cómo demostrar. Me permití disfrutar de ese momento unos pocos instantes. Porque yo sabía que era mentira. Que aquellos hombres y aquella mujer no habían emprendido aquella pequeña cruzada por mi carisma personal, sino por el suyo, el de mi viejo amigo, con el que había cogido la costumbre, desde la primera vez que nos encontramos en la misma cuadrilla de mercenarios, de jamás abandonarnos uno a otro, fueran como fueran las circunstancias, resistiendo frente a todo y a todos como un preso político español. Él era, el diablo sabría por qué, la única persona que me apreciaba en este mundo. Y yo ni siquiera sabía pagárselo con nada más que un par de oportunas estocadas de vez en cuando… Les saludé a mi vez, bendiciendo la aún oscuridad que no permitió que notaran cómo mis ojos brillaban. Mientras tanto, Blanca y Juana bajaban por la escalera hacia sus habitaciones, con toda su guardia y acompañadas por Gonzalo. La amante del rey no dejaba de mirarme, a riesgo de tropezar e ir dar por tierra con toda su nobiliaria dignidad: me miraba y le miraba, como haciéndose cruces de lo que imaginaba de nosotros, escandalizada y aliviada a la vez, pero aún recelosa e igual de fascinada y asqueada que antes con respecto a mí.

-Es una mujer a la que conviene no tener de enemiga –me dijo él-. Aparte de sus maquinaciones con los Entença, la recuerdo de las negociaciones con el rey por el tema de este castillo. Su presencia y sus envenenados consejos no ayudaron a que fueran fáciles, precisamente. Al menos, creo que ahora no sufrirá con la idea de que tú eres su rival por el amor de Guillaume. Lo que nos concede una cierta tregua.

-Ni lo sueñes. Es inteligente y odia a los tuyos –rebatí yo-. Y a mí. Vosotros sois un obstáculo para sus ambiciones políticas y sus ansias de poder, mientras que yo represento algo que no comprende, algo que es completamente opuesta a ella misma, y por eso me teme, y me aborrece igualmente. No cantes victoria demasiado pronto, amigo: algo me dice que no es la última vez que Blanca volverá a darnos problemas. Y ahora vámonos: esto aún no ha terminado (sigue).

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"Estaba cansada, cansada de sufrir y de esperar, cansada de llorar a mis amigos, y sabía que Omar no regresaría de esa muerte ardiente".

“Estaba cansada, cansada de sufrir y de esperar, cansada de llorar a mis amigos, y sabía que Omar no regresaría de esa muerte ardiente”.

(viene de) Aprovechando que, al menos momentáneamente, había dejado de ser el principal objetivo de preocupación de los guardias, me zafé de sus garras con unos cuantos zarpazos, rodillazos y patadas, y corrí lo más lejos de ellos que pude, en dirección a la muralla este del castillo, a un punto intermedio entre Omar y Ferran, sujeto uno a la pira y el otro intentando librarse también de sus captores para socorrerle, unos codos más allá. Pero a diferencia de lo que había pasado conmigo, Ferran tenía serias dificultades con el soldado grandullón que aún se empeñaba en sostenerle, mientras su compañero intentaba dejar fuera de combate a uno de los hombres de Blanca; afortunadamente, el segundo de a bordo de Omar era un presa dura de pelar y no le estaba permitiendo al guardia que pudiera echar mano a su espada. Miré al verdugo, que enarbolaba la antorcha como protección frente al combate que se desarrollaba ante sus ojos y que aún no había llegado hasta él, mientras echaba miradas satisfechas a la futura víctima, al que sin duda consideraba una moneda de cambio por si la situación se ponía fea, como Israel calibrando la fortuna que podía obtener después de masacrar zonas de palestina susceptibles de inundarse de viviendas; después eché un vistazo a  las férreas cuerdas que mantenían preso al trovador. Y de pronto, un cuchillo relució en la mano del soldado que tenía a Ferran, en dirección inquebrantable hacia su cuello, atrayendo mi mirada.

-¡No! –exclamé.  No iba a llegar a tiempo. Desesperada, miré a mi alrededor, buscando una imagen inspiradora, o más bien un objeto arrojadizo, y lo encontré: el casco de uno de los hombres de Blanca, abatido en el suelo y en un estado de destrozo general que no dejaba dudas acerca de su próxima participación en el cónclave de gusanos. Lo recogí y, haciendo gala de la escasa puntería que se me otorgó en el reparto de cualidades prenatales, lo lancé hacia el seguramente poco amueblado cabezón del atacante de mi amigo y, sorpresivamente, di en el blanco (o más bien en el negro, porque no parecía ser hombre muy aficionado a la higiene). Ferran aprovechó el momento y le empujó lejos de él, rematando la faena con una patada en la barriga, y me miró. Al vernos libres a los dos, la mirada del verdugo cayó sobre nosotros y, con la mayor tranquilidad del mundo, empezó a prender la hoguera.

-¡Vamos, vamos, vamos! –le grité. Ambos corrimos hacia el fuego como unos posesos. Yo iba apartando sin mirar a los que se cruzaban en mi camino, sin atender si querían atacarme o resguardarse de la lucha, mientras Ferran convergía hacia mí desde su diagonal, afortunadamente por un camino mucho más despejado. El verdugo sonrió (juro que vi cómo se arrugaba hacia arriba la tela negra que cubría su dentadura probablemente podrida y escasa) y me esperó con la antorcha en ristre, protegiendo la pira con ella, y tal vez también su probable futura huida. Pero yo ya había llegado mucho más allá del temor: estaba cansada, cansada de sufrir y de esperar, cansada de llorar a mis amigos, y sabía que Omar no regresaría de esa muerte ardiente como lo había hecho Guillaume. Así que, en medio de agudos gritos, me precipité sobre él, con el rostro enrojecido por el calor y el esfuerzo, el cabello revuelto y la ropa medio arrancada, y le impacté con la cabeza justo en la boca del estómago. Mi embestida, en un punto tan bajo de su anatomía, le pilló por sorpresa (o tal vez nunca pudo verme como a una rival seria), y la antorcha que llevaba fue propulsada sobre las ramitas secas preparadas para alimentar el fuego en el otro lado de la pira. Yo le pateé la cabeza mientras Ferran se esforzaba por apagar la zona que el verdugo había prendido antes, cuyas llamas ya habían adquirido una longitud preocupante.

-¡No hay tiempo ahora de eso! ¡Subamos! –él me obedeció y empezó a escalar en mitad de los dos focos de incendio, por la montaña de ramas secas y maderos hasta el punto más alto del poste, donde la víctima de aquel auto de fe sin fe esperaba. Yo resbalé un par de veces, por la precipitación, y él llegó primero al lado de Omar, que nos había estado mirando con ojos angustiados desde que comenzó nuestra operación de salvamento. Ferran tiró con impotencia de las ligaduras que oprimían a su compañero.

-¡Espera! –avisé yo. Rebusqué entre mi ropa interior y le tiré la daga que suelo llevar escondida y que resulta de lo más útil para evitar atenciones masculinas no demandadas, porque el mundo, hoy en día, se ha convertido en unos gigantescos sanfermines donde la violencia machista es cada vez es más frecuente y tolerada. Él la atrapó al vuelo y comenzó a cortar las cuerdas que sujetaban a Omar al mástil. Yo llegué a su altura y le ayudé buenamente como podía, arañándome las manos con el cáñamo. Fue Omar quien, con un último esfuerzo, acabó de librarse de los últimas vueltas de soga.

-¡Ya está! ¡Huyamos de aquí, amigos!

Los dos focos del incendio se habían unido en la zona de la hoguera que daba a la contienda de modo que que sólo quedaba una salida, y era saltar entre el escaso espacio entre la pira y el muro y así lo hicimos, aunque algo crujió en mi tobillo al aterrizar en el suelo tras el brinco desde aquel extraño ángulo. La madera que estaba cada vez más cerca de convertirse en cenizas nos ocultó por un momento a los ojos del resto de contendientes, pero si alguien había visto nuestras maniobras, y con la mejor de las suertes, apenas nos quedaban unos minutos para ponernos a salvo, El calor empezaba a ser insoportable, y nos miramos, con el cabello y el rostro empapado de un sudor donde quedaban pegadas las negras pavesas.

-Huid –les dije-. Marchad pegados al muro, lejos de las antorchas, y protegeos en la torre. Atrancad la puerta si es necesario. Esta locura acabará rápido, aprovechad que todo el mundo está aún ocupado matando y tratando de que no le maten. ¿No me habéis oído? ¡Corred!

-Nos iremos los tres, Eowyn  –Ferran empleaba un tono que no parecía dar lugar a la disensión. Omar, en cambio, me miraba con tristeza: me conocía demasiado bien para creer que marcharía con ellos. Y yo no podía perder el tiempo en explicaciones.

-Oh, maldita sea… -les empujé fuera del peligroso parapeto de la hoguera y corrí hacia el medio de la liza, gritando como una descosida. Antes de recuperar mi espada, que extrañamente nadie me había tocado (o es que quizá no les seducía su herrumbroso aspecto) y empezar a repartir mandobles sin importarme más que hallarme cada vez más cerca de mi objetivo, vi por el rabillo del ojo cómo Omar arrastraba a su ayudante hacia la seguridad de las torres. Gracias, Fortuna.

***

La lucha se había convertido ya en un batiburrillo caótico en el cual nadie sabía ya quién era o no partidario u oponente. Yo no veía a mi viejo enemigo, el que había provocado todo aquello igual que las grandes corporaciones los incendios forestales; probablemente, como el gobierno, se había puesto a salvo dejando que el horror se generalizara; tampoco podía encontrar ya a Guillaume, y durante un tiempo tuve miedo de haberlo recuperado sólo para volverlo a perder. Eso habría sido demasiado cruel y, por lo tanto, muy probable: sólo me quedaba esperar lo mejor, confiar en él y en su pericia como si duda él confiaba en la mía. Yo intentaba llegar hasta el lugar donde le había visto por última vez, entre la muralla norte, donde se hallaba la torre donde residía Omar, y las dependencias destinadas a almacenes, bodegas y cuadras, pero no estaba allí. Tenía que conseguir hallar un lugar elevado para poder descubrirle, y para eso tenía que atravesar el grueso de la pelea y acercarme a la terraza elevada que estaba pegada a la muralla sur, cerca del portón de entrada. En mi camino, apartaba a cualquiera que se pusiera en medio haciendo voltear la espada encima de mi cabeza. No quería matar a nadie, aunque en ese momento mi rabia era tan destructiva que era mejor permanecer lejos de mi trayectoria, pero no podía esperar ni un solo segundo más. A pesar de que muchos me tachan de impulsiva, yo sólo hago las cosas cuando algo me indica que es el momento de hacerlas, una especie de alarma que suena en mi cerebro. La razón, la intuición… no lo sé. Y en aquel momento, la campanilla había sonado y seguía haciéndolo insistentemente. Y no pararía hasta que lo eliminara.

Un tirón de los desgarrados faldones de mi gambesón, sin embargo, truncó mi loca carrera. Me volví hacia el desgraciado con el pomo de la espada hacia él, dispuesta a clavársela en toda la boca si no me dejaba en paz, cuando me encontré cara a cara con Karl. Él sí me había encontrado fácilmente. Y yo comprendí que mis propósitos tendrían que ser, de nuevo, aplazados.

***

Evidentemente, Karl no estaba pasando por un buen momento. Sus ricos aunque vulgares ropajes se habían convertido en harapos, el pelo rubio, bastante más escaso que cuando lo había conocido, estaba enredado como un nido de arrendajos, la hipócrita sonrisa se había convertido en un rictus espasmódico, y la roja nariz y el granujiento y escamoso cutis hablaban de dejadez en general y alcoholismo en concreto. Por si fuera poco, el tufo que emanaba hasta a diez leguas de donde se encontraba le convertía en un interesante prototipo de arma biológica que sin duda la Otan podrá tener a bien explotar para desestabilizar alguna región levantisca más del planeta, junto con Israel y las monarquías del Golfo, hasta la desestabilización total. Naturalmente, él estaba seguro de que todo aquello era por mi culpa, lo pude leer en su expresión: al parecer, cuando a una la venden al sultán de Egipto, lo educado es portarte bien y ser sumisa, dejarte torturar y violar, confesar el paradero de reliquias en las que no crees, y sobre todo nunca escaparte, a riesgo de dejar a tus traidores ex jefes en situación comprometida y que se cabreen contigo como unas monas. Vamos, lo que se suele llamar hacer un Tsipras con la UE y los lobbies económicos.

–Pensabas que tú ibas a escaparte de mí –dijo con su marcado acento teutón.

Yo resoplé, fastidiada.

 –Será mejor que te apartes de mi camino, Karl. Tengo trabajo que hacer. Cuando haya terminado, tú tranquilo que ya arreglaremos lo nuestro. Pero ahora no puedo ocuparte de ti.

Él soltó una risotada y se palmeó con la diestra el grueso muslo.

-¡Mein Gott! Yo no sabía que además tú eras una cobarde. Qué pena me das. Pero yo te voy a matar igualmente, así que ¡defiéndete!

Suspiré, resignada. Él ya me amenazaba con su espada; yo me retiré unos pasos, apartando a un par de contendientes para conseguir la necesaria distancia de enfrentamiento, y coloqué la mía en una guardia alta. No era el lugar más adecuado para un duelo, dado el pandemónium en que estábamos inmersos, una auténtica batalla campal, pero no quedaba otro remedio. Recordé, de pronto, San Juan de Acre, aquella guerra en la que me visto inmersa sin comerlo ni beberlo, y en la que había visto escenas que me negaba a revivir, aunque mis pesadillas lo hacían por mí. Pero ahora no había tiempo para lamentaciones: le distraje haciendo una par de amagos y algunos malabarismos con la espada, que él interpretó como una patética necesidad de exhibir mi destreza; creyéndome lo bastante inofensiva, me dejó hacerlo, mientras preparaba su próximo movimiento, estudiando mis defensas. Grave error: él creía que aún seguía con mis florituras, gracias a mi cara de póquer, cuando interrumpí una mitad de la maniobra, con la punta de la espada vuelta hacia atrás, propulsé mis dos manos hacia delante para meterle el pomo por la garganta, y luego me retiré un paso para voltear la hoja de manera que le cortara en el cuello. La sangre de su aorta comenzó a surgir como un géiser, empapándome de arriba abajo y, llevándose las manos a la herida, cayó de rodillas y luego se desplomó hacia un lado sin dejar de mirarme con expresión de sorpresa. No podía crear que hubiera sido tan fácil, pero esquivé su cadáver y seguí mi camino. En absoluto estaba orgullosa de la orgía de sangre que estaba protagonizando, a pesar de que la alternativa era que fuera la mía la que manchara el empedrado de aquel patio de armas. Pero en aquel momento, el sentimiento de culpa por mis bárbaros actos quedaba eclipsado por otras emociones más urgentes.

Más tarde, si aún estaba viva, volvería. Y con él, las pesadillas.

***

Ya había atravesado el patio de armas por completo, y me hallaba en el punto donde las dependencias me separaban del cuerpo central del castillo; a mí derecha tenía la escalera que llevaba a la terraza elevada donde esperaba tener buenas perspectivas, y hacia allí me precipité, no sin antes apartar a un cadáver que acababan de lanzar desde uno de los adarves, y esquivar un estocada perdida que hubiera ido directamente a mi estómago y que acabó encontrando su destino en el muslo de un contrincante que luchaba a mis espaldas. Por fin, mi mano se cerró sobre el tercer peldaño de la escalera, y conseguí arrastrarme hasta llegar arriba en un estado bastante aceptable, mientras, las garras de guerra arañaban el aire y tiraban de mí hacia abajo.

Lo que me encontré allí debería habérmelo imaginado mucho antes. (sigue)

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Nunca se puede estar lo suficientemente perdido; siempre se puede caer más bajo.

Nunca se puede estar lo suficientemente perdido; siempre se puede caer más bajo.

(viene de) Me levanté muy despacio, intentando que la punta de la espada no acabara con mi existencia antes de que pudiera intentar mi última acción en esta vida: sabía que él prolongaría mi agonía todo lo que pudiera, tal vez hasta que el fuego consumiera el último atisbo de vida de lo que había sido Omar, así que no temí por aquel particular. No esperaba ayuda de ningún tipo, o al menos no la esperaba a tiempo; algo grave debía, sin duda, de haber retenido a los refuerzos que esperaba Guillaume desde muchas horas antes. Dejé caer mis manos a ambos lados de mi cuerpo, sin hacer el más mínimo intento por defenderme.

-Tienes razón. Tienes razón en todo. Me equivoqué y ahora es tarde. No espero tu perdón. Sólo que no dejes que corra más sangre entre nosotros, porque nadie más que yo es culpable de mis errores.

Muy despacio, para no hacer sonar las alarmas, me llevé la mano al yelmo, me lo quité y lo dejé caer al suelo. Me liberé, así  mismo del almófar, y con la misma parsimonia desenlacé las correas de la coraza. Abrí el cinturón de mi espada, que cayó a mis pies. Para acabar, eché mano a las cuerdas que cerraban mi gambesón y las arranqué de un golpe. Seguidamente, me hinqué de rodillas e incliné la cabeza. Ahora no en una postura de súplica, sino de total y absoluta sumisión, como España ante la UE. Acababa de perder mi último, y único, tesoro. Lo que me hacía ser quien era. Los símbolos de mi lucha contra las injusticias del mundo. Mi dignidad. Y no me importaba. Y no me importaba mientras hubiera una ínfima posibilidad de que pudiera salvar a Omar.

En ese momento, nos pasos sonaron a mis espaldas, los de unas pesadas botas sobre el empedrado. La conocida voz rompió el silencio.

-Veo que ya tienes todo lo que querías –observó Guillaume. De pronto, su tono se volvió irónicamente pesaroso-. Es una lástima que no te quede mucho tiempo para disfrutarlo.

El bretón, que sin duda había observado la escena preguntándose en qué momento sería más sabio intervenir, se aproximaba ahora, dispuesto también a emplear su última arma. Tuve, de pronto, el egoísta pensamiento de que al menos no moriría sola, pero enseguida rogué con todas mis fuerzas a aquellos cielos en los que no creía que él, al menos, pudiera salvarse.

-¡Tú! –aulló el vencedor de aquella lid aún no celebrada, sin retirar la punta de su espada de mi cuello-. Pero ¡estabas muerto!

Y, sin embargo, me extrañó no notarlo lo suficientemente asombrado.

-Comienza a resultar un poco cansado oír eso de todas las personas que me encuentro últimamente –respondió Guillaume con tranquilidad. Mi contrincante le repasó de pies a cabeza, reconociendo sus ropajes,  y  pareció comprender, con un poco de retraso: podía tener la sartén por el mango, a pesar de lo loco que estaba, pero había que reconocer que intelectualmente tampoco es que fuera muy brillante. Su cerebro estaba más vacío que la hucha de las pensiones después del expolio del PP.

-Diego –coligió-. Maldita sea. Todos sois traidores –sí: Aquello parecía una reunión de izquierdistas de salón y universidad que cuando nadie les ve hacen de las suyas.

Guilaume suspiró profundamente y chasqueó la lengua.

-Los señores deberíais ser siempre lo suficientemente humanos para atisbar dentro del yelmo y el almófar de vuestros servidores. Aparte de que os haríais más gratos a Nuestro Salvador, eso os ahorraría desagradables sorpresas –sus ojos se volvieron a Esquieu, que le miraba con superioridad-. Ni siquiera me reconociste tú, infame babosa. Eres tan estúpido como bellaco, si eso es posible.

-No des un paso más, templario –mi enemigo hizo el gesto de hincar su espada más aún en mi cuello. Afortunadamente sólo lo fingió: y es que no iba a ser divertido para él que yo la palmara tan pronto-. Poco tienes que hacer ya. Puedes ser duro de matar, pero te superamos en número y en armas… y en rehenes. La situación es bastante mejor para mí que hace año y medio. Esto no será una segunda Perugia.

-No –aceptó Guillaume-. Pero por distintas razones. Ese día tuviste suerte. Ahora te ha abandonado.

Está ganando tiempo. No tiene ninguna posibilidad. No era necesario ser muy inteligente para saberlo. El noble también lo entendió así.

-Guardias –ordenó-, apresadle y sujetad a esta meretriz. Ya que tanto le gusta el espectáculo, que contemple éste. Y tú, verdugo, prende la hoguera.

En aquel momento, yo hubiera escuchado el sonido de la espada de Guillaume deslizarse de su vaina, dispuesto a vender cara su existencia casi resucitada, de no haber soltado el grito más estentóreo del mundo, que tuvo la virtud de sobresaltar a los integrantes de aquel guiñol ridículo y sangriento un instante lo suficientemente prolongado para que, aprovechando que él había apartado la punta de su espada de mi cuello para permitir a sus hombres hacer su trabajo, yo me echara hacia atrás hasta apoyar las manos en el suelo para impulsar mi cabeza y golpear al cabrón de mierda en sus partes más sensibles, que esperaba que se hubieran convertido en un amasijo de carne y sangre inútil. De inmediato, rodé sobre mí misma para alejarme de él, me erguí de un saltó y me abalancé sobre el verdugo, cuya antorcha ya rozaba la madera cubierta de aquel líquido con sospechoso olor a aceite, con lo que conseguí derribarle. Pero ya la mitad de los guardias caían sobre mí, intentando sujetarme sin (todavía) herirme demasiado. Pude mantenerles a raya un momento, antes de estar a punto de darme por vencida, a base de puñetazos, patadas, cabezazos y de remover la tierra que rodeaba la hoguera para cegarles momentáneamente, mientras veía, por un lado, cómo Ferran luchaba como un condenado para quitarse de encima a su captores y correr hacia Omar y, por otro, cómo Guillaume se enfrentaba él solo con un grupo que no me atreví ni a contar, entre los que se encontraba, ya recuperado de mi ataque, el culpable de todo aquello, mientras Esquieu contemplaba el conjunto, frotándose las manos como Trillo tras haber convencido a todos los españolitos de que no participamos en la guerra de Irak y sólo fue una ilusión de nuestros sentidos. En ese instante, se produjo el terremoto.

Algo penetró por el túnel de entrada. Un algo muy grande, poderoso y polvoriento, que sin duda lo había arrastrado todo a su paso, guardias de la puerta incluidos y rastrillo en caso de que este no se hubiera abierto a tiempo (probablemente los del campamento del recinto exterior, si no habían podido despertarse, debían estar ya convertidos en papilla), y que consiguió interrumpir la escena como si fueran una horda de turistas en Barcelona. Dibujándose entre el polvo, pude ver una comitiva de soldados a caballo, cubiertos de hierro hasta los dientes, seguidos de un par de carros y, entre ambos sistemas, dos figuras montadas en altos palafrenes. Impresionante la primera, una mujer esbelta aunque fuerte, más alta que muchos hombres y dotada de una belleza casi irreal, y bastante menos la segunda, también de sexo femenino pero más menuda y de rostro no tan agraciado, aunque prácticamente tan ufana y crecida como la primera.

-¿Qué está sucediendo aquí? He oído unos gritos espantosos –Blanca se adelantó sin obstáculos. La fenomenal visión de aquella comitiva y su hermosa líder había conseguido que la acción se congelara en tiempo muerto. Y luego dirán que una cara bonita no es la única manera de que te tomen en serio si has nacido mujer, en esta sociedad y en las que vendrán. Lamentablemente, me hallaba aún sujeta por los guardias, lo mismo que Ferran, y Guillaume seguía rodeado de espadas que apuntaban directamente a distintas partes de su cuerpo, como cercado por un enorme y letal puercoespín. Ella nos vio y se dirigió a mi enemigo-. Debí suponerlo. Tú tenías que ser. ¿Intentas dar muerte a ese soldado de Dios por segunda vez? ¿Qué tienes, maldito seas, contra los paladines de la fe?

Él, muy seguro de sí mismo, avanzó unos pasos, dejando caer un poco su espada y haciéndole una cortés y cínica reverencia.

-Todo lo que hice, mi gentil señora –aquí una pausa dramática- lo hice, única y exclusivamente, siguiendo vuestro consejo e incluso vuestras órdenes. Y por el bien de la corona.

Ella escupió.

-Vil y fementido embustero… Te haré tragar tus palabras, si es que nuestro señor Jaume no lo hace antes. ¿Cómo puedes difamar así al rey y a sus queridos amigos de la Orden? -la súbita carcajada de su interlocutor me sobresaltó hasta a mí. Siempre consideré una fijación casi conspiranoica (igual a la del supuesto pucherazo del 26J… o no) la obsesión de frey Pere y los integrantes del Grupo de los Ocho sobre los intereses del rey Jaume en acabar con el Temple, pero las palabras de aquel traidor me lo acababan de confirmar. Pero no era el momento de pensar en política. Oí de nuevo la voz de la persona a la que más odiaba en el mundo.

-Demasiado tarde, mi señora Blanca. ¿Sabéis? La mayoría de mis hombres han sufrido esta noche una… llamémosle… indisposición… gracias a las malas artes de vuestra querida amiga la de Camelot –cabeceó hacia mí-. Así que tuve que recurrir a unos extraños personajes con un pequeño ejército que se presentaron ya caída la noche, buscando a esta mujer y a un muerto que según ellos estaba bien vivo –hizo un gesto con la barbilla hacia Guillaume- . Yo sospeché y les comandé que reunieran a toda prisa en el pueblo y los alrededores a una tropa mercenaria, por si el templario fantasma traía refuerzos, que bien pudiera pasar por un grupo de asaltantes a los ojos del rey. Por cierto –señaló hacia arriba-, allí están, apostados en las almenas. ¡A la carga, mis valientes! ¡Ha llegado el momento!

Cuando vi las zarrapastrosas figuras de Gustaf y Karl levantarse allí arriba, rodeados de no menos astrosos mercenarios locales, comprendí dos cosas: la primera, que mi destino, o mis errores, me perseguían sin tregua, y la segunda, que había cometido el grave fallo de subestimar a mi enemigo. Nunca se puede estar lo suficientemente perdido; siempre se puede caer más bajo. Pero ya Blanca instaba a sus hombres a responder, mientras los mercenarios saltaban al patio como auténticos gorilas, y yo supe que era mi última oportunidad: sin duda iba a morir, pero no lo haría antes de asegurarme que Omar y Ferran estaban a salvo (sigue).

"Como España, no podíamos disculparnos eternamente en las tristes circunstancias de nuestras vidas: algún día tendremos que reconocer nuestras culpas antes las generaciones posteriores".

“Como España, no podíamos disculparnos eternamente en las tristes circunstancias de nuestras vidas: algún día tendremos que reconocer nuestras culpas antes las generaciones posteriores”.

(viene de) Desde hacía tiempo, la venganza se había convertido en una obsesión para los dos desharrapados personajes que habían cometido la torpeza de atacar a la pequeña comitiva que salía de Tortosa. Al principio, había sido sólo un fuerte sentimiento de odio que no tenía por qué acarrear consecuencias: castigados, incluso hasta la tortura, por el sultán de Egipto, parecía que, una vez recuperados, iban a seguir ejerciendo sus negocios poco claros, aunque en su mayor parte dentro de la poca rigurosa legalidad vigente. Pero el negro recuerdo siempre estaba ahí, el dolor, el rostro de aquella mercenaria a la que en mala hora contrataron, que primero les había humillado dejándoles en la estacada, y después, cuando la perdonaron y le concedieron una segunda oportunidad, directamente les traicionó (como los responsables de la Sanidad catalana, les era más fácil echar la culpa a otros que reconocer su enorme responsabilidad en el despliegue de cruces). No podían concentrarse en su actividad; no podían concentrarse en sus vidas.

-No quiero que ella comparte el mismo mundo que yo. Mientras eso suceda, no podré estar en paz –había rematado Karl al explicar la historia a un grupo de mercaderes hanseáticos en Chipre. Estos les apoyaron inmediatamente, entre risotadas, jarras rotas, tablas y bancos volcados, y olor a vino rancio y a otras cosas aún menos apetecibles, en aquella taberna portuaria de quinta fila de Limasol. Los de la Hansa les acogieron en sus barcos rumbo a tierras catalanas, aunque poco tardaron en darse cuenta que el precio por el transporte gratis era ser los esclavos y los bufones de la tripulación. Tras haber sido ridiculizados, pateados y escupidos hasta la saciedad, arribaron a puerto y, en mitad de su ira y autocompasión, perdidos entre en la purria que pululaba por los alrededores de la alhóndiga de Barcelona, vieron pasar una comitiva encabezaba por una mujer muy hermosa y sus guardia. Era imposible no reconocerla, y no precisamente por la pulcritud de sus rasgos. Se miraron mutuamente: en sus ojos se había dibujado la imagen de un pequeño castillo cerca de las tierras del conde de Urgell.

…………………………………………………………………………………………………………

Guillaume y yo nos levantamos como si de repente los sacos bajo nuestras posaderas hubieran entrado en combustión espontánea: alguien gritaba igual que si le hubieran ensartado como a un jabalí y le estuvieran cocinando al fuego bien rociadito con aceite hirviendo. Al principio no entendimos una palabra, pero algo nos hacía augurar que aquello era al menos un punto negativo para nuestra supervivencia futura. Aguzamos el oído y empezamos a distinguir palabras, una de las cuales, por desgracias, era mi nombre.

-¡Eowyn! –gritaba una voz que ahora reconocía, a pesar de que esta desfigurada por una rabia histérica-. Sal de donde estés escondida, zorra cobarde. Sal, asquerosa ramera, si no quieres que te saque las tripas por los ojos. ¡Sal de una vez si no quieres que mate a tu nuevo amante!

Aquellas palabras me helaron el cerebro y cubrieron de una capa de escarcha mis pulmones, y no fue precisamente por los amables apelativos que me dirigió, o sus sutiles amenazas, ni por la cansina aliteración de “sal”. Intentando reaccionar, me moví a toda velocidad hacia la abertura por la que habíamos entrado, aunque Guillaume, más rápido, pudo atraparme por el gambesón.

-¿A dónde crees que vas? ¿Vas a hacer caso a ese gusano? ¿No ves que es una trampa? –no podía perder tiempo en explicaciones: me volví hacia él y golpeé el brazo que me mantenía prisionera formando una maza con mis dos manos unidas. Fui tan repentina y certera que conseguí que me soltara, y tan rápida que no me pudo volver a atrapar… hasta que pude empujar la piedra que cerraba la salida y tuve medio cuerpo afuera. Fue entonces cuando sentí que algo tiraba de mis piernas y me hacía retroceder por el hueco como una lombriz de tierra engullida por una corriente telúrica, a pesar de que me agarré con toda la fuerza de mis dedos a los bordes de la abertura. Me volví hacia él, trabajosamente, embadurnada de restos de piedra caliza. Iba a dar un salto hasta atrapar a Guillaume de la ropa y golpearle para quitármelo de encima, pero antes de que pudiera ponerme en faena me soltó sin solución de continuidad:

-¡Te traicionó! ¿No lo entiendes? ¡No te habrían descubierto de no ser porque él te traicionó! ¡No se merece que mueras por salvarle!

…………………………………………………………………………………………………………

-¿Acaso –continuó él, arrodillado ante mí y sin dejar de sujetarme– crees que fue casualidad que Ferran fuera a buscarte aquel día a la orilla del río? Se lo oí comentar a Esquieu: había sido enviado por el montón de estiércol pestilente de tu antiguo señor para que espiara los alrededores de Tortosa, pues estaba seguro (no me preguntes de dónde sacó la información) que tú estabas acechando para matarle, mientras él esperaba que finalizaran las lluvias para adelantarse a preparar el castillo para las Cortes del Rey. Pero no te reconoció: había muchas mujeres entre la servidumbre y en la compañía de Omar, y ninguna se parecía a ti, oculta bajo tu disfraz. Y, desde luego, no podía seguirlas a todas en todos los momentos, y menos dentro del recinto del castillo. Así que sondeó a varias personas, con el disimulo rastrero que le caracteriza, y dio con Ferran, que al parecer no estaba demasiado contento contigo. El renegado argumentó que buscaba a una ladrona que había perjudicado a su familia, y él te señaló a ti como sospechosa y le explicó que solías salir a explayarte al lado del río. De pronto, un día Ferran debió de comenzar a verte bajo otra luz, porque se apresuró a decir a todo el mundo que eras una dama gentil y cortés y totalmente de fiar. Pero el mal ya estaba hecho: Esquieu te había visto sin tu disfraz, aunque de lejos. Y la duda se instauró. Eowyn, por favor, no vayas.

Yo no acostumbro a tolerar las traiciones. Pero en este caso, comprendía que Ferran sólo se había traicionado a sí mismo, como la clase obrera española. Miré a Guillaume intensamente durante unos segundos, y logré que bajara la guardia. Entonces di un salto, golpeé a la vez sus dos antebrazo desde el interior, de manera que se redujera la fuerza con la que agarraba mis tobillos, y al instante doblé las rodillas y propulsé las botas hasta que impactaron contra su estómago. Él perdió el equilibrio, tuvo que soltarme y yo pude escaparme sin que esta vez estuviera en disposición de impedírmelo.

…………………………………………………………………………………………………………

Estaba afuera ya. Ante mí, bajo la luz de una luna amordazaba por nubes errabundas y complementada por las antorchas, se abría el patio de armas del castillo. Había dejado una zona dedicada a dependencias detrás, a mi derecha, y ahora, delante de mí, se alzaba el portón de entrada, a un lado, y la torre que servía de alojamiento a Omar y más invitados, al otro. Varios guardias del señor, los pocos pero suficientes a los que había podido despertar del sopor producido por mi mejunje, algunos de ellos conocidos por mí, le rodeaban; Esquieu se hallaba cerca de ellos, con la mirada nebulosa del que está a punto de disfrutar de un gran espectáculo porno. Todos circundaban un escenario en el que destacaba, en su centro, un montón de leños y ramas secas apiladas con el diseño inconfundible de una hoguera. En mitad de ellos, sobre un soporte de madera, un hombre estaba atado a un poste, medio desnudo. Ferran, sin embargo, se hallaba a los pies del conjunto, sujeto por unos guardias y a punto de sufrir, tal como parecían revelar sus movimientos espasmódicos, un ataque de nervios. Por lo tanto, el futuro ajusticiado no era él… Antes de suspirar de alivio y plantearme qué hacer a continuación, la figura de la víctima se me rebeló gracias a la nube errante en el cielo que liberó la luz de la luna durante un segundo. Las piernas me fallaron y estuve a punto de caer de rodillas: aquello era peor todavía, si es que ello era posible. El hombre atado a la hoguera, que me miraba desde la lejanía con una expresión de terror como nunca había visto en su rostro, era la persona a la que había fingido visitar por las noches con propósitos lúbricos para tapar nuestras reuniones de cara a organizar el plan.

Era Omar.

…………………………………………………………………………………………………………

-¡No! –corrí como si no hubiera mañana. El cuerpo y el cabello de Omar rezumaban un líquido brillante y untuoso. Uno de los guardias, ataviado (qué cruel sentido del espectáculo) con una capucha de verdugo cayendo sobre un torso desnudo lleno de horribles cicatrices, se acercaba a la pira armado con una antorcha encendida y humeante, que iluminaba la madrugada tardía. Me enfrenté a mi supremo enemigo: estaba dispuesta a todo, a cualquier cosa, para impedir lo que vendría a continuación. En ese momento, y sin que existiera precedente, mi vida no me importaba nada. Me volví hacia el responsable de aquella barbarie y, sin ningún orgullo, me arrodillé-. Por todo lo que en alguna vez creíste, si es que creíste en algo: haré lo que sea, pero no lo cometas esta locura. Omar no tiene la culpa de nada, nada sabía, es completamente inocente además del trovador preferido de la Corte. Perderás el favor del rey. Por lo que más quieras, no le hagas daño.

Ferran lloraba y gritaba en su rincón. Entre sus palabras entrecortadas me pareció distinguir peticiones de perdón. Se creía culpable por haber iniciado todo aquello, poniéndome bajo la lupa de Esquieu. Pero yo era la única culpable, yo y sólo yo había llevado a Omar hasta aquel punto: el hecho de que él hubiera aceptado plenamente, de que fuera consciente de los riesgos que podía correr, y que incluso hubiera sido copartícipe del plan y se hubiera entusiasmado con él, no me eximía de mi error. No: como España, no podíamos disculparnos eternamente en las tristes circunstancias de nuestras vidas: algún día tendremos que reconocer nuestras culpas antes las generaciones posteriores. El hijo de la gran puta se acercó a mí, suplicante en el suelo, muy despacio, como estudiándome, y se detuvo a un paso, a la suficiente distancia como para alargar la mano y sostener mi barbilla. En su rostro pugnaban el asombro y una satisfacción contenida.

-Vaya –dijo-. Esto es nuevo para mí. Algo inusitado. Estás llorando –se llevó a los ojos una mano, mojada de mis lágrimas de terror, culpa y tristeza, y después se tocó con ella los labios, como si no hubiera tenido suficiente certeza-. Nunca antes te había visto llorar y dudaba de que fueras capaz. Ahora sí que eres una mujer completa. Y he de reconocer que eso te otorga un cierto encanto que jamás habría imaginado en ti. Lástima que ya sea demasiado tarde. Tuviste tu oportunidad, hace tiempo, cuando aún eras una niña. Y la volviste a tener hace unos años. Yo aprendí a respetar lo que tú eras y querías ser, aunque eso significara cuestionarme todas las cosas en que siempre había creído y consideraba inamovibles; tú me demostraste que no lo eran, eso debo por honor reconocértelo. Pero no tuviste suficiente con ello. Volviste a marcharte. Yo te di mi permiso para que lo hicieras, pensando que agradecerías esta deferencia, comprenderíais tu error y te echarías atrás. Sin embargo, no lo hiciste. Te dedicas te a errar de hombre en hombre, como la furcia que eres. Y entonces comprendí que sólo entendías un lenguaje –desenvainó su espada con un movimiento tan rápido que no lo vi hasta que noté la fría punta clavándose en mi cuello-: éste –y, señalando la llama- y éste. Ahora tendrás lo que siempre has estado buscando. Tú, y tu cómplice. Morir los dos juntos. Sí. Aún recuerdo cómo le mirabas hace veinte años, el día que actuó en el pueblo. Ahí empezó todo, ¿verdad?

Pero no había empezado ahí. Podía habérselo dicho, de no estar tan angustiada. Yo siempre fui yo. Omar sólo me enseño cómo llegar a ello. Oh, qué gran ironía, qué gran y trágica ironía subyacía en aquella situación. El loco había sobrepasado ya todos los límites: no le importaba mostrar su enfermedad mental delante de sus hombres, que le obedecerían hasta el final pero no por eso dejando de preguntarse a qué tipo de orate, o de imbécil, estaban sirviendo desde hace años, como debían de hacer los súbditos de Rajoy. Tal vez había firmado su sentencia de muerte, o al menos de ostracismo, en la Corte, cuando las murmuraciones empezaran a circular o cuando el rey viera el cadáver calcinado de Omar en la pira. Pero nada de eso me serviría. Yo estaría muerta. Y mi maestro, mi padre, mi amigo, también. Todo había acabado: mi vida, llena de errores, la vida de una mujer fuerte pero cobarde, que se había pasado toda la vida huyendo de su destino en lugar de enfrentarse a él, que se había dejado llevar por sus instintos y su ira antes que por la razón tanto para el placer como para el dolor, que había marchado de fracaso en fracaso hasta el fracaso final, acababa allí. Y no iba a morir precisamente orgullosa de mi trayectoria.

Y sólo me quedaba algo que hacer antes de irme (sigue).

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