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(viene de)

Dí­as ajetreados en la ciudad de las banderas, en la ciudad de las cruces, de las medias lunas. Sí­mbolos y colores absurdos en mitad de la desconfianza y la miseria, y un eco lejano, amenazador de cascos de caballos. Ojalá los trabajos del dí­a fueran la puerta del descanso nocturno. Pero la noche está llena de fantasmas y, aunque hace tiempo que sé que no hay monstruos dentro de los baúles, estos se siguen abriendo, y ellos apareciendo. Estoy cansada. Muy cansada. En ocasiones, es un cansancio reconfortante. Cuando conseguimos, por enésima vez, evitar que armenios, turcos y latinos se enzarcen en una escaramuza a golpes o a cuchilladas, muchas veces a muerte. La excusa, muchas veces, es tan estúpida que ni siquiera existe. Sencillamente, se miran y se lanzan unos sobre los otros, sin que en algún momento se paren a pensar que es más lo que les une que lo que les separa, que si alguien no les hubiera contado que eran enemigos ni siquiera se habrí­an dado cuenta.

-Si realmente hay una amenaza allí­ afuera -les discurseo, cabreada- estáis siguiendo la estrategia equivocada. ¿No deberí­ais uniros, organizaros? ¿Reclamar más reservas de comida y más seguridad al gobernador­? Los invasores no van a hacer distinciones de procedencia ni de fe cuando entren aquí a matar y a saquear: ¿por qué las hacéis vosotros, entonces? Vamos, un poquito de memoria histórica, hijos mí­os, y no tanto jugar a los dados -pero me ignoran. Y entonces, me doy cuenta que cualquier triunfo puntual que pueda lograr es un puñado de arena arrojado al mar. Sigue el caos. El caos de una ciudad dominada por las banderas, donde musulmanes y cristianos toman posiciones ante lo que va a venir, donde crecen los altercados, y donde la vigilancia es más férrea, y los castigos más tremendos, entre los correligionarios que respecto a los contrincantes, ante cualquier irregularidad en lo que se supone que debe de ser el comportamiento adecuado. Aparte de las tí­picas familias y grupos de amigos divididos que se dan en estos casos, claro… Nada que ver con lo que conocéis en el siglo XXI, ¿verdad, lectores? Y es que cuando las banderas se apoderan del pueblo, puede pasar cualquier cosa. Mientras, la gente seguí­a pasando hambre, las leyes se hací­an a medida de los que más pudieran pagar por ellas, y los gobernantes se sentí­an aliviados de las presiones de la población: los ciudadanos estaban demasiados ocupados en luchar unos contra otros.

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Sin embargo, era inútil que me quejara: mi deber era defender el lugar en el que me hallaba y la gente con la que conviví­a, rezaran al santo que rezaran y rindiesen homenaje al rey que les diera la gana. Esa habí­a sido siempre mi divisa. A no ser que me pagaran con una bolsa bien repleta para que tuviera otra, claro. Puedo ser muchas cosas, y de hecho las soy, tengo más defectos de los que podréis contar nunca aunque seáis más duchos en matemáticas que Avicena, pero mi entrega a las causas que abrazo es inamovible en cualquier otra circunstancia. Aunque tampoco habría hecho falta que lo proclamara tan épicamente delante de Roger y Ferran, qué mal consejero es el alcohol a veces. No, la defensa de la ciudad no era un problema para mí. Excepto si nos poníamos a pensar que aquellos de quienes tenía que defenderla habían sido mis más acérrimos aliados sólo unos cuantos meses antes.

Pero, todo hay que decirlo, no es que yo hubiera renunciado a mis antiguas lealtades, sino que ellas habí­an renunciado a mí­. Por tanto, ningún lazo me uní­a a mi antigua vida. Más bien al contrario. De hecho, una de las razones por las que habí­a pronunciado tan solemne juramento ante mis nuevos aliados habí­a sido por la rabia que me invade sólo con escuchar la palabra “templarios” o alguno de sus sinónimos,  o (sobre todo) “Bernard”.

No obstante, habí­a varias objeciones a la idea de yo ahora trabajara para los enemigos de los templarios (para uno de sus numerosos enemigos, deberí­a decir, porque opositores no les faltan. Deberí­an leer el libro del Carnegie ése a ver si aprenden a hacerse querer un poco). La primera de ellas era Ferran y su rápida transformación de cristiano medio ateo a mahometano convencido y hasta un poco integrista… vamos, que a veces me parecí­a más almohade que andalusí­ cuando era en realidad de añeja raigambre goda. Y es que, si de algo estoy segura en esta vida, es que cualquier fanatismo, cualquier idea, acerca del tema que sea, que no admita discusión, ha de ser evitada a toda costa, tanto la idea como a las personas que creen en ella, sobre todo a éstas últimas. Si no somos capaces de reí­rnos de nosotros mismo y de nuestras fes más arraigadas, significa que somos seres prepotentes, crueles, asesinos en potencia y tal vez en acto, o al menos podemos llegar a serlo. Algo tení­a que haberles sucedido a Omar y a Ferran durante el tiempo en que cayeron en desgracia, después de que la juglaresa Elisenda lograra volver en su contra a todo la compañí­a, por su estúpida vanidad frustrada. Alguien se habí­a aprovechado de su situación de debilidad y les habí­a lavado el cerebro.

Alguien que, si mi experiencia en intrigas palaciegas no me engañaba, seguramente que no era precisamente la salvación de los ciudadanos de Jerusalén lo que le preocupaba. Llamadme conspiranoica, pero que el proyecto de invasión templaria de Jerusalén hubiera sido simultáneo al cambio de orientación religiosa de Omar y Ferran no me parecía una simple casualidad.

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Leí­do lo anterior, no os extrañaréis si os digo que los encuentros entre Ferran y yo no estaba pasando por el mejor momento del mundo. Lo cierto es que yo seguí­a viviendo en su casa, y ambos nos visitábamos frecuentemente en nuestros dormitorios a horas de la noche no aptas para realizar actividades decentes, pero no me sentí­a cómoda: mi amigo ya no era el cómico inocente, divertido, vital, despreocupado y lleno de pasión que yo habí­a conocido: ahora era un caballero juramentado de la fe de Mahoma. Y eso no iba conmigo, y estaba comenzando a sentir que compartí­a mi lecho con un extraño. Así­ que, para no dar más explicaciones, le dije que tal vez nuestro socio común Roger no aprobarí­a que mezcláramos el placer con el trabajo, y que lo mejor serí­a que yo me buscara otro alojamiento. Aceptó sin más problemas, como si su mente estuviera dominada por cuestiones mucho más trascendentales, sin dignarse a intentar hacerme cambiar de idea con las tí­picas zalamerí­as que yo tan bien conocí­a: si habí­a en algún momento albergado alguna duda de que mi Ferran de Cataluña habí­a desaparecido sin dejar rastro, en aquel momento también desapareció. Así­ es que Roger me buscó un lugar donde vivir más acorde con mi condición de doncella (como intuiréis, eran sus palabras, no las mí­as), y de pronto me encontré en la habitación sobrante de la casa de una familia de acomodados comerciantes armenios, lo que me agradó, porque tení­an una hija no muchos años más joven que yo, y yo a veces echaba de menos la compañí­a de otra mujer. Así­ que, después de todo, no me sentí­ perjudicada con el cambio, aunque me avisaron que de momento la muchacha se hallaba fuera de la ciudad, así­ que lamentablemente las noches de chicas tendrí­an que esperar.

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No todo eran conflictos, no obstante. Siempre me quedaban las reuniones en nuestra taberna (y cuartel general no oficial) de la puerta de Damasco, donde tenía la oportunidad de departir con mis nuevos compañeros. En concreto, había hecho algo de amistad con Cristophe, un simpático mercenario de la Champaña, un poco menos bruto y algo más leído que algunos de los demás, correcto y amante de las normas, y de buen trato y mejores sentimientos.

-Están a las puertas –me dijo una noche por todo saludo. Yo me senté a su lado y procedía a ayudarle a vaciar la jarra de vino que tenía ante sí.

-¿Y? -me burlé yo- ¿Tienes miedo? ¿Necesitas unos calzones de recambio? Aví­same con tiempo, que soy muy sensible a los malos olores.

Él me metió un codazo en las costillas, o al menos lo intentó, porque le esquivé y a punto estuve de hincarle un rodillazo en los testí­culos.

-No, maldita sea la Santí­sima Trinidad, eso ni se te ocurra decirlo si no quieres ver la batalla desde el cementerio. Pero joder, esos tí­os han sido mis hermanos de armas. Luché a su lado en Acre y, salvo alguna excepción, no puedo decir más que cosas positivas de su arrojo y su manera de luchar. Y ahora…

La sonrisa se me borró del rostro. Me acodé sobre la mesa que compartí­amos, apoyando la cara entre las manos.

-No sabí­a que te preocuparan esas cuestiones. Y en realidad, esto te honra. Pero piensa que tenemos que sobrevivir. Que este es nuestro trabajo. Luchamos por dinero, y puedes dar gracias a que gozamos de esta posibilidad, a que nuestros brazos y nuestras piernas aún son fuertes, y aún los conservamos. Se pasa muy mal cuando no tienes qué comer, lo sé por experiencia, y hay que ahorrar para cuando no seamos capaces de levantar, no digo yo la espada, sino ni la camisa sobre la cabeza, si es que no nos enví­an antes al infierno. No podemos ponernos sensibleros. Ellos no lo harí­an por nosotros.

-Y sin embargo -continuó él- a Roger no le bastan nuestros brazos y nuestras espadas. Quiere, además, nuestros corazones. Nos quiere entregados a su causa.

Me encogí­ de hombros.

-Pues con el mí­o que no cuente. De hecho, ya lo sabe.

Cristophe bebió un trago de vino.

-Eowyn… es que… -se detuvo, como si no supiera cómo articular su preocupación. Le insté, con un movimiento de la mano-. … no creo que quieran masacrarnos. Se pondrán en peligro porque no lucharán a no ser que sea absolutamente necesario. Los conozco. Y tú también, tal vez incluso más que yo, por lo que me has contado y por lo que he oído por ahí. Me temo que la defensa que tiene planeada Roger va ser desproporcionada en comparación con el ataque. Y llámame sensiblero o hasta estúpido, si lo deseas, pero no me gusta.

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Cuando, por fin, decidí retirarme aquella noche, las palabras de Cristophe me persiguieron todo el camino hacia mi nueva morada, como ratas que se negaran a abandonar el barco hundido. Aquel mercenario con í­nfulas moralistas y acendrada tendencia a filosofar había conseguido colocar mis temores en primer plano de mi cerebro. No era descabellado lo que había dicho, no, no lo era, conociendo a mis antiguos empleadores, por loco y soberbio que pudiera parecer. De hecho, es lo que me había prometido Bernard en los tiempos en que aún nos hablábamos, cuando yo le manifestaba mis reservas ante una nueva cruzada. Van a intentar no matar a nadie, me decía yo, a no ser que sea absolutamente necesario. Y eso significa que los muertos serán ellos. No podrán evitar que los masacren. Y eso debería ser una buena noticia para toda la defensa de la ciudad. Para mí.

Y, sin embargo, ¿por qué no estaba pegando saltos de alegría? El ataque, en el caso de que se produjera y de que no pretendieran rendirnos por hambre (me imagino que elegirían la primera opción, ya que llevaban mucho tiempo esperando aquella oportunidad y sabían que la ciudad estaba bien abastecida, mientras que ellos probablemente no lo estarán tanto), sería rechazado en breve y, después de haber ayudado a retira los cadáveres,  yo seguiría cobrando como guardia de la ciudad sin trabajar demasiado, lo que significa que podría dedicarme a otras actividades útiles, como aprender lenguas, por ejemplo: tenía que pensar en mi jubilación. El plan era perfecto. Insuperablemente perfecto.

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En estos pensamientos, llegué a la puerta de la casa de los armenios, que abrí con la llave que mis amables caseros me habían proporcionado. Me habían cedido una cómoda habitación, que no tenía visos de haber servido ninguna vez como corral, y yo ya creía sentir en mi piel el roce de las limpias sábanas de lino, la morbilidad de los almohadones de plumas, el momento en que el sueño me venciera poco a poco mientras la voz de la simpática sirvienta Fátima me leía alguna historia hasta que los ojos se me cerraran, agradecida por haberla instruido en el descifrado de los caracteres escritos. Pero mi delectación en esas ideas se interrumpió cuando vi llegar desde la calle de enfrente a un personaje inesperado con toda la intención de entrar por la misma puerta que yo pensaba traspasar.

Se trataba de una mujer muy joven, alta y bastante delgada, pero que transmitía una gran apariencia de fuerza y seguridad. Según lo que pude ver de su cuerpo y su rostro, no creí que, al igual que sucedía en mi caso, tuviera esperando a una larga fila de pretendientes, pero debía reconocer que tenía unos ojos notables. Intensos, tal vez demasiado. Y su andar decidido, como con objetivo propio y bien definido, también podría resultar muy atractivo. Decidida a ser la inquilina perfecta, me dirigí a ella.

-Hola, tú debes ser… pronuncié su extraño nombre armenio. Me sorprendía que una joven casadera pudiera regresar tan tarde a casa sin que sus padres no le dieran tal tunda que consiguiera convertir cualquier actividad nocturna en algo poco deseable para ella, pero tal vez la moral de los cristianos armenios era a caso más relajada que la de los católicos hispánicos-. Yo soy Eowyn. Tus padres han sido tan amables de hospedarme.

Sonreí y esperé su respuesta, que preví educada e incluso amable, cuanto menos. Pero, en lugar de ello, la aludida se limitó a recorrer mi persona con una mirada despreciativa, a empujar la puerta pasándome por delante, y a desaparecer en la oscuridad de la vivienda, dejándome ahí­ plantada con todas mis frases corteses. Y es que, de verdad, cada vez tiene una más ganas de ser una cabrona a tiempo completo. El mundo está lleno de desagradecidos… Bueno… al menos ya tendría algún pensamiento en el que entretener mi perí­odo de duermevela.

Estaba demasiado encolerizada por la muchacha para preguntarme a cuáles de los templarios tan bien conocía tendrí­a que asesinar en los dí­as venideros.

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El amanecer llegó con la noticia de que estábamos sitiados. Los templarios habían acampado alrededor de las murallas de la ciudad, sin dejar un solo hueco a la  de huida para las familias que aún no se habían decidido a marcharse, y que ahora ya podrían hacerlo. Incluso estaban construyendo dos bonitas máquinas de guerra, lo que, por un lado, me tranquilizó, pues al parecer no pensaban tentar a la posibilidad de rendirnos por hambre. No, no quería que aquello se prolongara hasta el infinito. Lo que tuviera que suceder, que sucediera. Ya.

Los siguientes días, evidentemente, las cosas en la ciudad no mejoraron. El cuerpo de guardia no daba abasto a resolver los múltiples conflictos que se generaban, no sólo entre las diferentes religiones, sino, lo que podría parecer más extraño, en su propio seno. Los musulmanes ajusticiaban a otros musulmanes, supuestamente demasiado tibios en la defensa de Alá y su profeta, y en la salvaguarda de la ciudad. Griegos, armenios y latinos peleaban, unos contra otros y entre ellos mismos: Unidos Podemos y Visca Jerusalem, sí, algunas cosas nunca cambian. Y lo peor es que algunos grupos fueron iluminados por la idea de que los encargados de la seguridad de la ciudad de raza no semítica éramos espías que la incompetencia del gobernador y de sus funcionarios no habían logrado mantener fuera de la ciudad, o bien unos traidores a nuestra religión originaria, según de qué grupúsculo viniera la idea.

Todo lo cual, podéis suponer, no facilitaba demasiado nuestro trabajo.

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Justamente, en una escaramuza con una de esas cohortes de iluminados, mi compañero Cristophe fue gravemente herido, y yo tuve que arrastrarle hasta la taberna sin encontrarme en mejores condiciones que él, pues me habí­an golpeado con ganas antes de que yo hubiera podido centrarme lo suficiente como para rebanar el cuello a dos de ellos y crear una salida suplementaria para el contenido de los intestinos de otro.

-Esto es absurdo -me dijo, mientras el médico le cauterizaba la herida, meneando suavemente la cabeza; el tajo, que le llegaba del cuello al pecho, era demasiado profundo como para que no acabara infectándose, haciendo inútiles todos nuestros esfuerzos-. Aquí nadie sabe en qué bando está. Ni siquiera nosotros.

Yo le comprendía perfectamente. Aquel conflicto se llevaba la palma entre la incoherencia de los conflictos de la historia reciente y pasada, y eso significaba una competencia muy dura. Todas las guerras eran absurdas.

Pero yo sólo sabía pelear.

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No quise marcharme de la casa del médico hasta que éste me aseguró que habí­a hecho por Christophe todo lo que podí­a, y que era el momento de dejarlo en manos de Alá. Ni siquiera entonces: estaba harta de perder a la gente que me importaba, de una manera u otra. Incluso habí­a llegado a creer que alguna especie de maldición me acompañaba. Cuando estrechaba lazos de amistad con alguien (cosa harto difí­cil, por otra parte, porque las potencias celestiales, o quien coño sea el que se ocupe de estas cosas, no me habían dado un carácter amistoso, y también porque soy tan exigente que pocas personas me motivan lo suficiente para ofrecerles mi aprecio), esa persona o bien se convertí­a en mi enemiga sin razón, o bien me traicionaba con menos razón, el tiempo y las circunstancias nos alejaban o, lo que era también bastante frecuente, se moría. Pensé en María, en cuya taberna hacía siglos que no había podido parar. En Isabel, que sin duda estaría tramando alguna nueva fechoría contra mí, consumida por el odio de creerme a mí y los templarios culpables de la muerte de su amigo, aunque ya hubiera olvidado hasta su rostro. En el simpático lacayo de Corbera d’Ebre. En…

-Hazme caso -dijo el médico, sacándome a rastras por la puerta-. Yo cuidaré de él y tú no podrás hacer nada aparte de agotarte. La ciudad te necesita a ti y a tus compañeros en buen estado de forma. Anda, vete a dormir.

Y así­ me vi, sola en mitad de la calle y, a pesar de lo que me había aconsejado el médico, completamente desvelada. Con no demasiadas opciones, me encaminé a mi alojamiento, no sin antes descartar una visita a Ferran con intenciones muy poco decorosas: pero habí­a decidido dejar nuestros encuentros en tierra de nadie y debí­a atenerme a ello, si no querí­a confundir al pobre hombre, que bastante tení­a con lidiar con sus nuevos ardores religiosos. De esta manera, llegué a la casa de los armenios y, sin molestarme en desvestirme, caí­ a plomo sobre mi camastro y busqué el amparo de la oscuridad. Me costó conciliar el sueño, pero al fin el cansancio me venció, y creo que logré dormitar una par de horas, quizá menos.

Pero antes de que hubiera amanecido algo me hizo dar un salto en la cama: creí­a haber escuchado algo, un golpe suave, tal vez, en la puerta de entrada. De haber gozado de un sueño más profundo y reparador, aquel sonido no me habrí­a sacado de él, pero no era el caso, y el hecho en sí­ no me gustó nada. Me erguí­ y me dirigí­ hasta el lugar de donde procedí­a el ruido, y me encontré con la puerta cerrada de la manera más inofensiva del mundo. La abrí­, y ojeé la desierta calle en ambas direcciones y, en la que conducí­a a la Puerta de Jaffa, vi a una persona cuya silueta me resultó conocida. Pensamientos diversos atravesaron mi cerebro en esos momentos, pero la orden que éste imprimió a mis músculos y a mis articulaciones fue moverse en pos de ella. Y aquello fue exactamente lo que hice.

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Los dos elementos que estaban de guardia aquel día en la puerta, y quienes yo conocía más por sus frecuentes estancias en la taberna que porque hubieran participado conmigo en alguna acción propia de nuestro cargo, intentaron impedirme la salida, y se negaron a decirme por qué a la persona que habí­a traspasado la puerta de la ciudad unos instantes antes que yo sí­ se lo habí­an permitido. Me hablaron del peligro que se atrincheraba fuera de las aún protectoras murallas, un peligro que cualquiera en aquella urbe que tuviera ojos en la cara y acceso a un lugar elevado ya conocía de sobra, y llegaron a dudar de mis lícitos deseos en hacer una incursión de reconocimiento extramuros, llegando a acusarme de espía, a pesar de que sabían perfectamente quién era yo. Y no me encontraba precisamente en el estado en que más les hubiera convenido cabrearme.

-¡Imbéciles, patanes, hijos de Satán y una perra rabiosa! -les solté, mientras pateaba sus gordos culos-. Id a ver a Roger si no creéis que él me envía, retrasados de mierda. Pero yo salgo de aquí, y vosotros vais a dejarme si no queréis que os comiencen a entrar templarios por todos los rincones cuando os estéis limpiando el culo. ¡Y ni se os ocurra tratar de impedírmelo!

Creo que fui convincente o, por lo menos, conseguí dejarlos inseguros. Uno de ellos fue corriendo a buscar a Roger, y el otro se quedó contemplando mi salida, después de que le hubiera obligado a abrirme la puerta. Salí, amparándome en la oscuridad, temiendo convertirme de un momento a otro en una brocheta de aragonesa con lanza templaria. Pero lo peor es que la figura a la que seguía había desaparecido de mi vista y no sabía qué dirección había tomado. Por un momento me quedé paralizada, hasta que me pareció ver una sombra moverse en dirección norte y la seguí, paralelamente a la empalizada del campamento; nos acercábamos peligrosamente a ella y, según escuchaba, los hombres del interior ya se estaban despertando, y pronto la luz del alba nos pondría completamente a su merced. Y, sin embargo, yo tenía que continuar con aquella  persecución, y sólo esperaba encontrar un escondite antes de que se hiciera completamente de día. Al parecer, mis plegarias fueron escuchadas, pues a pocos pasos de distancia se dibujó la mole de una de aquellas máquinas de guerra aún no acabada, y la figura buscó refugio allí. El problema era que si me acercaba, sin duda aquella persona me verí­a, y sus gritos de alarma atraerían el interés de los templarios, que ya estaban a un tiro de piedra. No obstante, me arriesgué, y me escondí entre las estructuras  de madera, alejándome de la parte por donde se había metido ella, y rezando porque al sol le diera por remolonear entre sus sábanas azules y rosadas un poco más aquella mañana.

Y, sin embargo, el día se abría paso a velocidades desenfrenadas, y aquel ser no salía de su escondite. Hasta que yo estuve ya a punto de cavar en la arena del desierto para esconderme, no lo hizo, y cuando la vi aparecer me alegré de no haber tenido tiempo para ello, porque de la sorpresa me caí redonda al suelo, y así al menos no caí tan bajo.

La persona que salió de allí no vestía como cuando yo la había visto. Ahora llevaba sólo una camisa. Y así, en ropa interior, estaba entrando en el campamento con la mayor tranquilidad del mundo, bromeando con los guardianes. Con el mismo porte orgulloso que tenía cuando la conocí a la puerta de su casa.

Fue entonces cuando comprendí que debía hacer algo.

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Roger y Ferran me miraban desde el otro lado de la mesa. Me miraban, se miraban mutuamente y volvían a mirarme. Les había dejado completamente descolocados.

-¿Y no se te ocurrió una idea un poco más razonable, Eowyn? Por ejemplo, algo como seguir escondida y cuando lo vieras todo tranquilo volver a informarnos, no sé, digo yo. Porque de todo lo que te he visto hacer, esto es de lejos lo más irracional que has hecho. Y no es que falten candidatos.

Brazos cruzados sobre el pecho, expresión de pocos amigos, la abstinencia no debí­a de sentarle bien a Ferran, al menos la abstinencia de mi persona. Y es que no parezco nada del otro mundo, pero cuando se me conoce í­ntimamente, soy inolvidable. Quizá no del todo en el sentido positivo del término, pero bueno, inolvidable de verdad. Aunque, teniendo en cuenta que Roger tenía exactamente la misma expresión en el rostro, quizá no se debiera a eso.

-Oh, claro –me defendí, contraatacando como un oso hambriento buscando comida en una caravana de peregrinos. Cuando me enfado de verdad, tengo la virtud de conseguir que todos los cabreos del mundo, comparados con el mío, se conviertan en la simple rabieta de un crío de dos años-. Vosotros no me informáis de que tenéis una infiltrada entre los templarios, y yo os tengo que informar de todos mis movimientos. Todo muy justo. Y muy racional –acompañé mi aseveración con una retahíla de juramentos, a cuál más blasfemo. Roger estaba escandalizado.

-Eowyn por favor, cierra esa boca. Y no olvides que aquí no eres más que una subordinada –añadió, severo.

Yo salté.

-¿Y no es la virtud más importante de un capitán saber insuflar confianza en sus tropas? ¿Y qué confianza puedo tener yo en ti si me ocultas información? -hice ademán de secarme de la frente un sudor imaginario-. El susto que me llevé, por amor del cielo. Pensé que teníamos a un espía de los templarios entre nosotros, porque no me dijisteis que en realidad era al revés. Y encima vosotros me habíais metido en su casa, y yo me vería obligada a matarla, y a ver qué le contaba después a sus padres. ¿Queréis explicarme de una vez qué es todo este misterio?

Ferran y Roger se miraron de nuevo, pensativos y algo más apaciguados. Por fin, el segundo habló.

-Está bien, Eowyn. Comprendo lo que sientes. Pero nosotros no quisimos ocultarte nada. Sencillamente, el secreto no nos pertenecía.

Compuse una expresión de sorpresa.

-Explí­cate.

Él respiró hondo y se acomodó en su silla.

-Hace un par de años, la armenia dejó Jerusalén y viajó a tierras catalanas para infiltrarse entre los templarios, y fue a parar a Aiguaviva. Buscaba a un veterano de Acre… un tal Ricardo. Creo que tiene algo personal contra él. Hace unos dí­as regresó, y entonces fue cuando nos contó que los templarios estaban a las puertas. Desde que nos sitian entonces lleva una doble vida, noche aquí y día allí.

Yo arrugué la nariz.

-Eso no tiene ningún sentido –Ferran terció.

-Pero así es. Sólo Roger, yo, y claro, el gobernador­, lo sabemos. Sus padres están ignorantes. Sencillamente le dan una libertad exagerada porque piensan que ha sufrido mucho.

Yo no las tenía todas conmigo

-No sé cómo va acabar la juventud de hoy –concluí, sin embargo, meneando la cabeza, muy grave. Cualquiera que no me conociera mucho pensarí­a que hablaba en serio-. Yo conozco un poco a Ricardo, y a Guillermo, su mentor. En Miravet, pero es verdad que luego los trasladaron a Aiguaviva. Ricardo es todo un personaje. El tí­pico templario de una sola pieza, que nunca quebrantará una ley de su orden ni aunque no esté escrita. Jamás habría pensado que… Sin embargo, lo que me preocupa que la armenia mezcla temas personales con la defensa de la ciudad. Eso no puede traer nada bueno. ¿No podrí­ais hacer algo?

Ambos menearon la cabeza, casi al uní­sono. Ferran fue el primero en hblar.

-No, Eowyn. Es al contrario de lo que crees. La armenia nos ha hecho un servicio impagable. Ahora sabemos los suficiente y hemos podido hacer entre ellos… bueno, amistades. Lo tenemos todo preparado para atacarles la noche de mañana.

Di un respingo. No esperaba que fuera tan pronto, ni podía imaginarme por qué el gobernador (si había sido él) había tomado aquella decisión.

-Por cierto –intervino Roger-. Espero que nada ni nadie de lo que hayas visto en el campamento haya hecho que cambies tus lealtades. De hecho… no qusiera pensar si no utilizaste lo que sucedió sólo como una excusa para entrar allí y…

Mis ojos se encendieron de odio. La alocución de Roger.

-Mi actitud en la batalla hará que te tragues tus palabras –sentencié, y salí. El problema era que no sabía si yo misma me creía lo que estaba diciendo.

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Tras dormir una par de horas (Roger me hizo llegar el mensaje de que ya había tenido bastantes emociones por aquel día y, por tanto, me licenciaba del servicio), me dirigí a casa del médico. Las noticias que me habían llegado acerca del estado de Guillaume era bastante alentadoras: al parecer, había superado la noche y la mañana sin que se hubieran presentado signos de infección, y el médico creía que ya no sucedería. Él, por su parte, se encontraba animado, y ya comenzaba a despotricar sobre la comida y a pedir vino a gritos, por lo que imaginé que de aquella, por lo menos, iba a salir. Mientras caminaba, pensaba en lo que había visto en el campamento templario aquella mañana. Al menos, el contingente aragonés, que se concentraba junto a la puerta por la que yo había entrado, era nutrido, y había visto entre ellos a demasiada gente conocida, ante la cual mi cara tiznada y medio tapada por el turbante musulmán, afortunadamente, había pasado desapercibida. No obstante, no había visto a Gonzalo ni a Guillaume, asignados a la encomienda de Barcelona, ni a Frey Pere, aunque me imaginé que por su avanzada edad no le habría sido posible unirse a la ofensiva. Bernard me imaginaba que estaría con los chipriotas… No quería pensar en Bernard.

Pero en cuanto a Ricardo, y a Guillermo… Justamente había sido Guillermo quien había preparado los remedios que me habían hecho recuperarme de unas fiebres que llevaban mucho tiempo molestándome, y Ricardo el que (a pesar que temía cometer un pecado mortal sólo si miraba de soslayo a una mujer) el que había pasado toda una noche, en la que yo me encontraba particularmente enferma, distrayéndome con sus historias de batallas.

¿Qué pasaría cuando me lo encontrara frente a frente? ¿A los dos? ¿Incluso si fuera inocente de la terrible agresión que (me imaginaba) habría sufrido la armenia?

¿Qué me exigiría mi promesa de defender la ciudad?

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Cristophe me recibió reclinado entre cómodos cojines, con una pata de cordero en la mano, lo que me tranquilizó bastante acerca de su estado.

-Pasa y sírvete –me dijo, haciéndome un gesto con el cadáver que estaba devorando-. Mandé a unos compañeros a por algo de pitanza decente, porque el régimen de este curandero estaba a punto de llevarme a la tumba. No sé en qué universidad enseñan a los médicos a que hacer pasar hambre a sus pacientes es bueno para su curación, pero seguro que debe ser una de estas escuelas de infieles.

-No te quejes –le apunté con el dedo, agarrando la jarra de vino-. Tu recuperación ha sido casi milagrosa, así que algo habrá aprendido este hombre.

-Seguro que le habrá enseñado algún cristiano –me miró algo perplejo-. Pero ¿a ti qué te pasa? Se te ve nerviosa.

Me acerque a la ventana y miré hacia afuera, antes de contestar.

-Al venir hacia aquí he tenido la sensación de que alguien me seguía.

-Tienes demasiada imaginación –me contradijo-. A propósito, ya me han contado lo de esta mañana. Lo de la armenia y todo lo demás –las noticias volaban, realmente-. Mira que ocurrírsete hacerte pasar por un marido cornudo que buscaba a su mujer… -me miró de arriba abajo-. Aunque eres un hombre tan enclenque que seguro que todo el mundo encontró la anécdota muy coherente.

Preferí ignorarle.

-Y vaya viajes me arreó la susodicha por afán de realismo. Se nota que lleva a Abdul más derecho que una vela, como tiene que ser. No entiendo cómo no es ella la que está en la guardia, y no su esposo. Aunque después de lidiar con 10 hijos como los que tiene, seguro que los conflictos de la ciudad le parecerían tediosos. Por cierto, ¿sabes que la noche de mañana será el ataque? Nuestros mandamases al parecer tienen prisa por morir o, mejor dicho, por matarnos a todos. Espero que realmente esos centinelas del campamento estén tan bien sobornados como asegura la armenia -ante su ignorancia, le conté la extraña historia de la mujer, que le sorprendió tanto como a mí. Pero luego se centró en lo que le importaba.

-Pues ahí voy a estar yo. No sé lo que van a hacer esos templarios, pero en cualquier caso estaré allí para verlo.

-¿Acaso crees que nuestro amado jefe te va dejar? Me temo que tendrás que aguantar y ver cómo nosotros nos convertimos en los héroes de la ciudad mientras tú nos contemplas desde la ventana, tomando sopitas como una vieja –esquivé uno de los cojines de milagro. En aquel momento, el médico se presentó y me hizo salir, ya que su paciente debía descansar, y yo le obedecí no sin antes despedirme del fanfarrón de Cristophe.

Preveía una noche de sueño reparador que me dejara descansada para aquello que se avecinaba pero, como tantas otras veces, mis esperanzas fueron erradas.
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Pues sí. Traspasaba tan tranquila el portal del médico cuando, de pronto, la fría punta de una cimitarra se apoyó en el lado derecho de mi cuello. Contuve la respiración. Delante de mí, entre la oscuridad y a la luz de las antorchas, se materializó un figura conocida, igualmente armada y con al parecer ninguna buena intención hacia mí.

-Desde luego, no es fácil perderte, Eowyn. Sólo hay que buscar al hombre más cercano, y allí estarás tú, abriéndote de patas como una perra. Falta alguien en la guardia por cuyas sábanas no hayas pasado? Aunque en realidad creía que Cristophe era más listo.

Uno de los dos guardias de aquella mañana, Ahmed, enarbolaba su acero en mi dirección. Ali, el segundo, era el que amenazaba mi cuello por el flanco. No me molesté en contestar a sus puyas.

-¿Qué queréis? –dije simplemente.

-Nada importante. Sólo darte una lección. Una lección que no olvidarás.

-¿Por lo que sucedió esta mañana? Vamos, por favor…

-Nos has metido en problemas con Roger. Primero consigues un trabajo de hombres gracias a tus habilidades en la cama, y luego lo utilizas para echar a todos los que puedan hacerte sombra.

Cualquiera que no fuera aquel par de descerebrados no se habrían planteado la idea de que el cortés y tímido Roger, tan fiel a su religión y tan decidido a no perder la virginidad más que con una buena esposa musulmana, fuera a contratar a una mujer sólo porque ésta hubiera sido, por decirlo, por decirlo de alguna manera, amable con él. Pero habría sido inútil contradecirles

-Todo esto debe de haber sido un malentendido –contesté, aparentando tranquilidad-. No es propio de Roger enfadarse por algo así, y no es necesario que hagáis algo que no beneficiaría a nadie. Si hablo con él, todo se resolverá.

Pero Ahmed meneó la cabeza.

-Te crees que todo es muy fácil, puta, tan fácil como tú. No obstante… estuvieron a punto de darte de tu propia medicina. Pero en ese momento, a la dulce doncella no le apetecía, y por su culpa cuatro hombres valientes, que hubieran podido ayudar a defender la ciudad, están muertos. Entre ellos, nuestro primo.

No podía creer lo que estaba oyendo.

-¿Vuestro primo? Pero… ¡esos hombres eran latinos!

Sonrió tan abiertamente que su mandíbula crujió.

-Sí. Latinos. Traidores a su religión, como tú y tu Cristophe. O quizá.. simplemente espías. Eso es lo que deseaba saber mi primo. Como todos verdaderos defensores de Jerusalén. Por eso se hizo pasar por uno de ellos. ¿Ves todo el mal que has hecho, puta?

Tenía la mano cerca del pomo de mi espada, pero si hacía un solo movimiento, Ali acabaría para siempre con la productiva alianza que existía entre mi cabeza y mi cuerpo, y lo más probable es que a Ahmed le diera tiempo para clavarme la suya en mitad del estómago, que es una zona que tengo especialmente sensible. Si algo podría salvarme, era mi labia.

-Deberías, al menos, darme la oportunidad de morir como un miembro de la guardia. Es impropio de vosotros, y muy cobarde, que me ajusticéis de esta manera.

-Oh, ¿acaso crees que vamos a desperdiciar como alguien como tú nuestras virtudes caballerescas? –pero, mientras me preguntaba yo que sabrían aquellos dos de las virtudes caballerescas (al mismo tiempo que cómo podría escapar de allí), algo aterrizó a un par o tres de codos de Ahmed y Alí, concediéndome la oportunidad de dar un salto y quedar fuera del alcance de sus armas, al menos hasta poder sacar las mías.

-¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí? ¿Es que ya ni le permiten dormir como Dios manda a un pobre herido de guerra?

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Era Cristophe, naturalmente, aunque vestido sólo con unos calzones, y llevando por toda arma el bastón del médico. Su carácter impulsivo, que un día iba acabar trayéndole problemas, le había impelido a saltar del balcón con lo primero que tenía a mano al verme en peligro (esperaba que su herida no se hubiera resentido por ello), y parecía ser que, de momento, su acción me había salvado. Pero Ahmed y Ali no eran tan estúpidos como parecían, y fueron tan rápidos en responder, el primero contra mí y el segundo contra mi maltrecho compañero, que apenas pudimos estar preparados.

Yo di un paso atrás y me preparé para devolver los golpes del fanático con mis dos espadas. Tenía prisa por acabar con él, y desembarazarle de su afilada cimitarra y de su retorcida daga para auxiliar a Cristophe, a quien su bastón no le daría demasiado tiempo de tregua. De momento, jugaba bien al despiste, esquivando los envites del musulmán sin dejar de buscar la estocada definitiva que lo pusiera a mis pies, pero a medida que pasaban los segundos, me pareció notar que su rapidez, su agilidad y su fuerza disminuían. Yo, por mi parte, atacaba más que me defendía, y no pude evitar que el filo del arma de Ahmned me tajara el muslo, pero obvié la herida y seguí asestándole mandobles tan fieramente que él estaba teniendo dificultades en pararlos, aunque seguía sonriendo con suficiencia, y yo sabía por qué: estaba empleando contra mí mis mismos trucos, no en vano era compañero y conocía mi manera de luchar, y sabía, tanto como yo, que mientras siguiera peleando con aquella precipitación y aquel ímpetu, cosa que sucedería mientras Cristophe estuviera en peligro, yo, menos fuerte que él físicamente, no tardaría en agotarme, distraerme y ser presa fácil. Me había vencido antes de empezar, pero, por lo menos, yo no pensaba ponérselo fácil.

Un grito triunfal que debió arrasar la garganta de Ali desgarró también nuestros oídos: sin dejar de pelear, vi de reojo cómo a Cristophe estaba desarmado, con la punta de la cimitarra de Ali pinchando su cuello. Yo salté hacia atrás, con mis dos espadas por delante.

-Detente, Ali. Él no tiene nada que ver en esto. Es a mí a quien queréis. Dejadle y venid los dos contra a mí… si es que tenéis huevos –pronuncié las últimas  palabras como si las hubiera escupido. Ahmed me miró como un filósofo observa una especie animal desconocida hasta entonces, acercándose a mí.

-Qué curioso. Cómo suplicas por tu última polla. Mercenaria imbatible, ¿no? Eso dice tu leyenda. Pues yo no la veo por ninguna parte. Sólo veo a una pobre mujer implorando por la vida de su amante y por la suya propia. Es patético… Bien. ¿Quieres salvar a tu amiguito? Pues suelta tus espadas. Las dos.

-Eowyn, no seas burra –era la voz de Cristophe-. Tienes una oportunidad, úsala. No te quedas sin la más mínima opción.

Yo dudé. Evidentemente, él tenía razón. Pero mientras quedara una solo probabilidad de que él se salvara, tenía que hacer lo que decían.

-Por favor, no lo hagas –suplicó, adivinando mis intenciones-. ¿Sabes por qué te están pidiendo que te desarmes? ¿Lo sabes?

No quería morir. No de esa manera. Pero algo me decía que podría arreglármelas. Que de otras más difíciles había salido. Que ni desarmada iban a poder matarme. Pero es que no siempre soy capaz de ver el peligro cuando se refiere a mí. No se lo contéis a nadie, pero yo no tengo nada de valiente: probablemente, si valorara justamente todos los líos en los que me meto, llevaría años huyendo con el rabo entre las piernas. Lo que pasa es que soy una inconsciente.

Una inconsciente que se daba perfecta cuenta de que sus oponentes veían su muerte con vívidos y realista colores, como en una representación teatral basada en hechos reales desde el mejor lugar de la sala.

-Eowyn, maldita seas. Acuérdate de aquella noche en la taberna. Cuando obligamos al tabernero a que sacara el buen vino. Recuerda lo que te dije.

Tenía que pensar. Tenía que pensar.

-Está bien. Ali, separáte de él. Cuando te hayas alejado, soltaré mis armas. No antes –por toda respuesta, Ali apretó más la punta contra el cuello de Cristophe.

-No tienes posibilidad de elegir, puta. Desármate y entonces le dejaré.

Veía los ojos desorbitados de Cristophe clavados en mí. Una de mis espadas cayó de mis manos.

-Quiero rezar –dije. Es un momento. No puedes impedírmelo.

Hinqué una rodilla en el suelo. Cogí mi espada por el filo y besé su cruz. Después, hice amago de lanzarla. Ahmed sonreía. Mi plegaria se perpetuaba e, impaciente, se acercó a mí para arrebatarme la espada, sin dejar de burlarse.

Y, sin embargo, aquella fue su última sonrisa. Porque, cuando lo tuve a tiro, hacia donde impulsé la espada, con la empuñadura por delante, fue hacia su podrida boca. Sentí como se le partían los dientes mientras le metía el pomo hasta la guarda en el cerebro, con los brazos bien estirados, por lo que tuve que tuve que emplear unas fuerzas que apenas ya me quedaban, y daba seguidamente una voltereta en el suelo hacia atrás para alejarme de sus armas. Mi grito de guerra casi quedó silenciado por el de Ali, que separó un instante su filo de la carne de mi compañero para coger impulso para rebanarle la cabeza, y pudo ver como éste se inclinaba y clavaba algo que tenía en la mano en plena ingle, provocando que un chorro de sangre arterial le salpicara a la cara. Estabámos a salvo.

-¿Acaso no recordabas que te dije que desde hace años guardo una daga en mis calzones? ¿Tan borracha estabas? – me recriminó.

-¿Y qué, si lo habías olvidado hasta tú? Pero menos cháchara, y larguémonos de aquí. Pero… ¡demonios! ¿Qué es eso?

No podía creerlo. Desde el tejado opuesto a la casa del médico, empezaron a llovernos flechas. No menos de 10 arqueros estaban allí apostados, tirando contra nosotros con la mayor impunidad, sin que yo supiera cómo habían subido hasta allí sin que los hubiésemos advertido, cuánto tiempo llevaban  ni que se proponían exactamente, aparte de convertirnos en acericos con patas. Solo una cosa estaba clara en mi mente: porque conocía perfectamente al que parecía dirigirlos

-¡Salgamos de aquí! –pero ya Cristophe corría hacia mí y en dirección a la esquina más cercana. En aquel momento, sentí un dolor lacerante en el muslo herido, por el que corría la sangre como una bandada de caballos salvajes por la llanura. Mi compañero pudo sujetarme antes de que cayera, y así, de esquina en esquina y de callejuela en callejuela, yo apoyándome en él, logramos despistar a nuestros perseguidores y alejarles de la casa del inocente matasanos, aunque aún los oía jurar en la letanía. Pero Cristophe juraba mucho más.

-¡Por la sangre de Cristo y los dolores de parto de María! ¿Quiénes eran esos? ¿Y qué demonios querían de nosotros?

-Gauthier –contesté yo, con las dificultades propias del momento-. Era Gauthier. Y no parecía nada borracho. ¡Qué estúpida he sido! Lo había olvidado completamente,

-¿Gauthier? ¿Te refieres a.. el que se escapó?

-Eso mismo.

-Pero ¿qué se supone que hace aliado con esos fanáticos musulmanes? Por lo que me habían contado de él, creí que era igual de fanático, pero cristiano… ¿Qué está pasando aquí? Pensé que el nivel de absurdidad de esta ciudad era insuperable, pero veo que siempre es posible ir más allá

Doblamos una esquina, y otra más. El dolor de la pierna se me hacía difícil de sobrellevar, y lo pero era que ahora el sonido de gritos de guerra y el entrechocar de armas parecía menos lejano.

-Yo te diré qué hacen aliados. Qué es lo que tienen en común. Son hombres. Y yo una mujer. Una mujer que, según piensan, ha osado disputarles una parcela de su terreno. Y eso no lo tolerarán nunca. Sois todos iguales. No hay ni uno bueno entre vosotros.

Cristophe gruñó.

-Mucho despotricar de los hombres, y siempre estás rodeada de ellos.

-Mis contradicciones forman parte de mi encanto.

Nos habíamos alejado ya lo suficiente, o eso creía. Solo un leve y distante rumor enturbiaba el silencio. Un par de callejuelas más, y estuvimos a las puertas de la casa de los armenios. Busqué la llave en la bolsa que tenía colgada en mi cinturón, pero sin éxito.

-Trae aquí –dijo Cristophe. Empezó a revolver objetos con el mismo resultado-. Creo que va a ser mejor que aporreemos la puerta. De todas maneras, tendremos que despertarles. Tú necesitas más atención que la que pueda proporcionarte yo solo.

De pronto, un grito llegado de lo más profundo de la calle que estaba delante de nosotros interrumpió sus manejos. Los problemas no se acababan, al parecer. Más que grito, me sonó como un alarido infrahumano, aunque en él me pareció distinguir algunas palabras en una lengua que me sonó a bretón. El pobre Cristophe se volvió, sólo para encontrarse con un energúmeno con la daga desenvainada dispuesto a ensartarle como a un pollo en un asador. Y así hubiera sucedido, si yo, arrastrando mi pobre pata ensangrentada, no me hubiera dirigido al mostrenco.

-¡Alto ahí! –le dije en la lengua de los francos del Norte-. Ni se te ocurra tocarlo. Es mi amigo -y después, pasando al aragonés (la lengua en la que acostumbraba a hablar con el personaje en cuestión)-. Esto sí que es una sorpresa. Pensaba que en todo caso te vería en unos días tirado en el suelo, acabado por mi espada. Al igual que a tu amiguito Bernard.

No pude evitar que mi voz sonara triste al pronunciar estas palabras; a pesar de que sabía que mis hipotéticas víctimas futuras se habían ganado a pulso todo lo que yo pudiera hacerles.

Guillaume, sin embargo, sonreía. Abiertamente, quizá demasiado. Dio dos zancadas hacia mí y me tendió las manos.

-La pesadilla ha acabado, Eowyn.

Yo no estaba nada segura al respecto. Cristophe, por su parte, se rascaba el pelado cráneo sin entender nada.

-Bueno, entonces ¿qué hago? ¿Me lo cargo o no me lo cargo?

Yo me vi en la obligación de contestar.

-No te lo cargues todavía. Se supone que es de los nuestros. De los míos. O… eso creo… O… Bueno, si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea.

(continuará)
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(viene de…)

Sí. Ciertamente nunca es tarde para comenzar de nuevo. Lo que sucede es que a lo único que comienzo es a caminar en círculos, y aun creyendo a pies juntillas en la premisa anterior, es seguro que mi fecha de caducidad ya debe haber pasado, y con creces…

Pues sí. Estas fueron las reflexiones que me asaltaron aquel día al despertar, mientras el sol entraba en la habitación espaciosa y aireada que Ferran (bendito sea él y la fortuna que me lo había traído en el momento en el que más lo necesitaba) me había asignado, desde mi confortable cama sembrada de almohadas. Bueno, pensé también al final, recordando los sucesos de la noche pasada, en realidad podría haber sido peor. Pero ¿por qué eso no me consolaba?

Sin embargo, estaba tan concentrada en mis pensamientos que no había advertido un detalle en cualquier otra circunstancia no se me habría escapado. Y se trataba de que no estaba sola en aquella estancia; bien al contrario, la estaba compartiendo con un desconocido. Pegué un respingo, aunque me controlé casi de inmediato, por una parte porque no convenía que la persona que había irrumpido de aquella manera en mi intimidad creyera que le temía y, por la otra, porque realmente nada en aquella figura me parecía peligroso. Se trataba de lo que a todas luces parecía un caballero, aunque su ropa adolecía de un buen corte y un mejor tejido y había pasado ya por demasiadas aventuras. Le calculé apenas un par o tres de años menos que yo, y era alto y delgado, aunque fuerte, de piel excesivamente blanca que contrastaba con sus negros ropajes, a juego, eso sí, de su cabello y sus ojos. Su persona no me pareció nada atrayente, pero tampoco podía decir que me desagradara de un modo especial, aunque me miraba de una forma, más que severa, aviesa. Me enfrenté a él.

-¿Es costumbre en este lugar que los hombres invadan de esta manera la habitación de mujeres desconocidas? Porque, si es así, te has topado con la horma de tu zapato. Nos vamos a divertir, y no de la manera que imaginarías. Pero ¿quién demonios eres y qué se supone que estás haciendo aquí?

Él no pareció ofenderse por mis palabras; bien al contrario, su rostro adquirió un aire ligeramente contrito. Avanzó un paso hacia mí y, cruzando suavemente los brazos y bajando levemente la cabeza, me contestó con tono respetuoso.

-No era mi intención molestarte. Sólo esperaba que te despertaras para hablar contigo. Soy el jefe de la guardia del gobernador y yo y mis hombres nos ocupamos de mantener el orden y llevar a los que no lo respetan ante él.

Yo ya sabía algo de la organización administrativa mameluca, y no me sorprendió el cargo que ostentaba. Lo que me extrañó fue otra cosa: su ropa, que le evidenciaba como latino. Y su acento.

-¿Un catalán a las órdenes del gobernador de Jerusalén?

-Me convertí al islam hace mucho. Y a Alá no le importa que yo naciera en Barcelona.

No dudaba de que a Alá no le importara su procedencia; para Él, como para el resto de los dioses (y de los youtubers), cuantos más suscriptores tuviera, mejor. Era a mí a quien nada de aquello le daba buena espina.

-Curioso. El hombre de confianza del gobernador es un extranjero y un cristiano converso. Vaya. Por aquí sois más abiertos de lo que yo creía,

Él emitió un discreto bufido.

-Ferran ya me había advertido que no eras una persona fácil.

-No, claro. Te metes en mi vida sin avisar y se supone que tengo que sonreír e invitarte a una vasito del vino del bueno. Vamos, anda…

-Vengo a interrogarte por lo que pasó anoche -me interrumpió sin ningún remordimiento. Pero yo, después de que por fin desvelara el motivo de su presencia en mi habitación (también es verdad que antes no le había dejado hacerlo), tuve una idea. Una idea que aclararía todas las sospechas que su súbita presencia me había hecho concitar, aparte de proporcionar otro tipo de alivio a mi situación. Así que adopté una expresión sorprendida que evolucionó a otra grave y respetuosa.

-En mi país un hecho como el que me ocurrió sólo habría suscitado burlas por parte de los representantes de la justicia. Además, normalmente la víctima es acusada e incluso castigada mientras los culpables quedan impunes -os suena, lectores del siglo XXI, ¿verdad?-. Veo que los mahometanos que oí alardeaban de respetar a las mujeres mucho más que el bárbaro pueblo nórdico y occidental no iban tan errados…

Logré desconcertarle. Evidentemente no esperaba aquella reacción de mi parte. Pero no era tan ingenuo para creer que fuera sincera; se quedó en silencio, esperando mi siguiente movimiento.

-… y por eso estoy tan agradecida que quiero ponerte las cosas fáciles…

Por su mirada de inteligencia, yo colegí que, evidentemente, ambos sabíamos, y ambos sabíamos que el otro también sabía, que si mi intento de agresión no hubiera sido perpetrado por latinos la historia hubiera sido muy diferente. Pero todos sabemos que, por desgracia, la gravedad de un hecho delictivo, y aunque las leyes afirmen lo contrario, es inversamente proporcional al poder político o económico que ostente el delincuente, o directamente proporcional al interés estratégico que el poder imperante pueda tener en minimizarlo o maximizarlo. (Y esto también os sonará, lectores del siglo XXI). Yo proseguí.

-…así que no te ayudaré a encontrar a esos villanos, no. Mucho mejor. Te llevaré ante ellos.

Él enarcó las cejas durante un segundo, y al gesto lo sustituyó de inmediato un suspiro resignado. Yo había llevado las cosas a un punto en que él no podría negarse sin bajar del pedestal al que le había aupado, y desde luego yo sabía que no lo haría.

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-¿Son ellos? –me soltó con brusquedad Roger.

No había sido tan difícil. Se trataba de buscar la taberna más cercana al lugar donde me habían cercado, dado que en el estado en que se hallaban difícilmente hubieran podido llegar desde mucho más lejos. Tras aquello, y con la ayuda de unas monedas, logramos que un parroquiano reaccionara a la descripción que le hicimos de ellos y nos confirmara que eran habituales; después, sólo hacía falta esperar. Ni la primera ni la segunda noche tuvimos suerte: me imaginé que estarían dejando pasar unas jornadas prudenciales antes de retomar su vida normal, pero no eran tan avispados como para pensar que lo más sensato habría sido no volver a aparecer por el lugar (aparte de que, también es verdad, no tenían ningún motivo para suponer que les estábamos buscando); y la tercera, por fin, nuestra paciencia había obtenido recompensa. Yo asentí.

-¿Estás segura?

Nos habíamos cobijado bajo una especie de soportal, para ver entrar a los clientes de la taberna. Y allí estaban, con una pinta tan indigna como la primera vez que les vi, y con toda las trazas de llevar ya entre pecho y espalda un 90% de todo el vino de Jerusalén; en aquel momento iban a por el 10% restante. Esta vez sin la compañía de Gauthier (que estaría tirado en estado de coma etílico en cualquier rincón), no parecían muy compungidos por su derrota de, ni siquiera teniendo en cuenta las diferentes formas existentes de manifestar la vergüenza; tampoco esperaba otra cosa, en realidad.

-Sin ningún género de dudas. No olvidaré fácilmente su aspecto de haber chapoteado durante años en el cenagal del vicio más infame. Y no creas que quien te habla es ninguna puritana: sencillamente me respeto lo suficiente para no caer en según qué excesos, lo que, por otra parte, no sería muy aconsejable dada mi profesión. Y además me lavo, lo que no es poca cosa. Bien, ¿les prendemos ya?

El funcionario me ojeó de arriba abajo con expresión de incredulidad.

-No sé a qué te refieres –me contestó, mesurado y correcto, como parecía ser habitual en él-. Como es natural, iremos a buscar refuerzos, y entonces los atraparemos. Mejor dicho, los atraparé. Entiendo tu ira hacia ellos, pero está claro que no vas a participar en su detención.

Yo le miré con ironía y solté una risita.

-Roger, por favor… ambos sabemos que si hubieras tenido hombres disponibles ya los habrías traído. ¿Crees, acaso, que desconozco, que todos los efectivos de la ciudad… están demasiado… como lo diría… ocupados? -me lanzó una mirada incrédula-. Seguramente, tu gobernador, desde su Torre de David, se limitará a utilizar a estos tipos como ejemplo para atizar el fervor guerrero de tus conciudadanos contra los infieles -ahí me miró dubitativo. Sus sospechas de que yo sabía demasiado se acrecentaban a toda prisa-. Y yo no puedo arriesgarme a que vuestras estrategias militares se prolonguen hasta el infinito y me priven de mi justa venganza. Adelante: somos dos, enteros y en forma, y ellos cuatro pero tan borrachos que apenas se tienen en pie. Te puedo prometer que he estado en peleas más desiguales. Vamos, catalán, no encontrarás una ayuda mejor yo de mucho tiempo. Porque no creo que lo que te suceda es que tengas miedo -fingí incredulidad.

Roger suspiró, armándose de paciencia para rebatirme, mientras me echaba otra ojeada evaluativa: yo era la mitad de alta que él y bastante menos corpulenta, eso sin que se tratara de ningún Hércules. Y aunque Ferran le había repetido que se las estaba viendo con una profesional, no podía creérselo. Negó con la cabeza.

-No tengo miedo por mí, pero desde luego que no voy a ponerte en peligro. Nos vamos –dijo, agarrándome de la muñeca para arrastrarme tras de sí, y luego soltándome enseguida, como si creyera haberse tomado demasiadas libertades. Yo le envié una mirada llameante de ira. Y después, sin que él pudiera hacer otra cosa, que lanzarse detrás de mí, eché a correr hacia la taberna.

No sé lo que habría sucedido de haber llegado yo a entrar allí: era un territorio hostil para cualquier buen ciudadano de Jerusalén, y también para todos los que, aun viniendo de lejos, no deseábamos atentar contra la paz de aquel pueblo. La taberna estaba llena de expatriados resentidos, restos de la última cruzada que no habían tenido valor de volver a sus casas después de gastarse todo el botín de guerra en vino y prostitutas y que culpaban de ello a los musulmanes y al universo en pleno, soldados cuyo ardor militar había sido sustituido en su sangre por miles de azumbres de alcohol. Pero, afortunadamente, no fue necesario: tal vez por pura casualidad, o por la advertencia de alguien de que los habíamos estado buscando (habíamos untado sustanciosamente a todos nuestros informantes a cuenta de las arcas jerosolimitanas para que no hablaran de nuestro interés por los cuatro supervivientes, pero bueno, ya se sabe), los vimos salir de la taberna con algo de premura, ya que en su estado no podían hacer gala de mucha más. Y aquel fue mi momento. Salí de la seguridad de la noche y me coloqué bajo el área de influencia del hachón que iluminaba la plaza. Les sonreí con sorna. Extrañamente, a pesar del pedal que llevaban, tardaron muy poco en recordarme. Y es que no me gusta presumir, pero los viajes que pego son legendarios.

-¡Vaya! Pero ¿no es la…?

Mi sonrisa ganó en intensidad, en cruel sarcasmo. Mi espada brilló a la luz de la luna.

Y, naturalmente, Roger no tuvo otro remedio que apoyarme.

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No puedo decir que se tratara de una lucha épica, a pesar del escaso equilibrio numérico entre bandos. Nuestros contrincantes estaban tan perjudicados por la bebida que sus puntos de habilidad y resistencia habían descendido hasta límites de novatos. Pero, sorprendentemente, descubrimos que aquellos deshechos humanos, en algún momento, habían sido guerreros experimentados y no totalmente cobardes y, cercados por la desesperación, recordaron momentos singulares de la caída de Acre, donde al parecer, tal como supimos después, los cuatro habían estado presentes (junto con una servidora, por desgracia, aunque, eso sí, al menos nuestros caminos no habían confluido). No es fácil defenderse de dos enemigos a la vez si uno de ellos no se pone a hacer cola, como se ve en las películas, pero yo saqué mis dos espadas e intenté combinar con ellas defensa y ataque frente a los demasiado precisos y contundentes envites de los dos penosos representantes de la latinidad, teniendo en cuenta su estado. Me puse lo suficientemente cerca de la pared de la taberna para evitar que uno de ellos pudiera colárseme por detrás, y lo suficientemente lejos para no acorralarme yo misma, y multipliqué por mil mis reflejos. Los tres días de estancia en la casa de Ferran, rodeada de comodidad, sabrosa gastronomía oriental y otras atenciones (que no voy a detallar por el momento) habían hecho milagros conmigo, pero después de un buen rato de intercambiar estocadas, la excelente, debo reconocerlo, sincronización que había entre los dos (era evidente que habían luchado juntos muchos años), no me permitió hacer mis trucos habituales de esquivar y atacar, aprovechando la fuerza de mis oponentes (y las imprudencias que solían cometer pensando que sería fácil vencer a una débil mujer) contra ellos. Además, aquellos dos me conocían, y en el escaso lapso de tiempo de nuestro primer encuentro parecían haber aprendido demasiado bien cuál era mi manera de luchar, y aunque sus mandobles eran tremendamente fuertes, en ningún momento descuidaban la defensa, por lo que yo tenía que esforzarme en defenderme sin avanzar más de la cuenta y acabar cayendo en la trampa de la cual me consideraba maestra. Así es que di un paso atrás, respiré hondo, e intenté moverme todo lo que permitieron, haciendo valer mi agilidad contra su destreza, y limitándome a defenderme más que atacar, hasta conseguir agotarlos, trasladando, además, el esfuerzo de mis brazos a mis piernas. Por el rabillo del ojo, vi que Roger estaba teniendo similares dificultades, y durante un segundo lamenté haberle arrastrado a aquella historia. Pero los hijos de puta seguían arremetiendo contra mí, y en algún momento temí que sólo un milagro podría hacer que yo saliera viva de la aventura.

Y sin embargo, el milagro no se produjo.

Se produjo algo muy diferente. Algo completamente humano, aunque hablar así pueda significar blasfemia (que me detengan, pues). Mi mente repasaba, como si se presintiera vivir sus últimos días sobre la tierra, los más recientes años de mi vida, justamente desde San Juan de Acre. Todos los amigos muertos, todas las traiciones, todas las injusticias. Aquel repetido constatar de que el mundo funciona al revés de cómo debería, y cómo es la maldad la que es premiada mientras es castigada la bondad, sin que podamos tener la esperanza de que. Algún día, en algún mundo posible, en algún paraíso soñado, el hecho se revierta. Pensé en Isabel, que seguramente debería andar por aquellas cortes hispánicas del diablo tramando planes maléficos contra los templarios, y cómo yo ya ni podía ni quería evitar que aquellas artimañas se concretaran; porque ella se equivocaba al creer ser la víctima de los Pobres Caballeros de Cristo, cuando en realidad la gran damnificada por ellos era yo. Todos esos conceptos se mezclaron antes mis ojos con la sangre que brotaba de mis numerosas, aunque leves, heridas, y de las de ellos, y de pronto comprendí que tenían que pagar por todas las masacres, por todas las traiciones, por todas las mujeres que tenían ante sí un largo futuro de ser tratadas como objetos de secunda, valoradas solo por su belleza, y utilizadas impunemente. Y lo hice. Lo hice. Corrí. Me alejé de ellos. Pero no muy lejos. Llegué un momento en el que ya no pude huir más. Al menos, aparentemente.

Tenía miedo, pero sabía que era la única manera: ya había empleado aquel truco en nuestro primer combate, pero me decidí a poner a prueba la inteligencia del grupo, que imaginaba bien escasa. Aparentemente desfallecida, me detuve en seco, con los brazos caídos, a punto de dejar caer las espadas, mirándoles con expresión de súplica en los ojos, poniéndome a su merced. Creo que nunca le agradeceré a Omar lo suficiente que me enseñara a ser buena actriz. Porque, cuando les tuve encima, sonrisas de suficiencia, convencimiento íntimo de pertenecer a una raza superior y de ser poseedores de la verdad, cargados de ese odio al diferente que tan útil es como medio de azuzar al pueblo a la guerra para ganancia de sus líderes, aún me derrumbé más sobre mí misma, y un leve pero efectivo movimiento de mis espadas, que disimuladamente había cruzado sobre mi regazo para conseguir más impulso, fue suficiente. Cuando levanté la vista, ambos habían caído, uno con un fenomenal tajo en la pantorrilla y el otro con el talón de Aquiles seccionado e inútil. No les di tiempo a levantarse sobre su única pierna sana ni a enarbolar sus espadas contra mí y les clavé las dos mías, simultáneamente, en sus fláccidos vientres. Ni siquiera sentí el pinchazo con que uno de ellos había atravesado mi hombro izquierdo antes de caer. No, no fue una lucha épica, sino sólo brutal y chapucera; pero tampoco se merecían otra cosa.

Más tarde, aquella herida me dolería horrores, pero en aquel momento no podía ocuparme de ello. Roger tenía dificultades: había acabado con uno de sus dos adversarios, pero el ver la manera en la que yo me había cargado a los míos le distrajo un momento, lo que el restante aprovechó para lanzarle una estocada al muslo. Aquello le hizo recular un instante, y vi que el otro aprovechaba para abalanzarse contra él. No había tiempo que perder. Lancé un grito lo más fuerte que pude y volé hacia él a la mayor velocidad que mis circunstancias, que no eran las más favorables, me permitían. Y antes de que tuviera tiempo de volverse completamente y apuntarme con su espada, yo le había rebanado las tripas, que cayeron al suelo antes que él, gordas como pellejos de vino bien repleto. No me di cuenta de que estaba a punto de marearme por la pérdida de sangre hasta que Roger me sujetó.

-Vamos -dijo, empujándome hacia el murete más cercano, cojeando; afortunadamente, su herida era poco más que un rasguño. Los usuarios de la taberna habían esperado justo aquel momento para salir al exterior e irrumpir en todo tipo de exclamaciones, dejando bien claro que habían estado espiando por las rendijas de la puerta, bien a salvo. Roger hizo valer su cargo y, poco a poco, se fueron dispersando, mientras él intentaba cortarme la hemorragia con un jirón arrancado de sus pocos elegantes ropajes, cosa que me habría hecho temer el coger la septicemia de haberme acordado yo en aquel momento de que tal cosa existía-. No es un corte profundo, pero ha sangrado mucho. Ahora ya está -me miró, con algo de preocupación, al acabar el torniquete-. Si puedes andar apoyándote en mí, iremos a buscar al médico. Ferran conoce al mejor de la ciudad. Venga, sé donde encontrarle.

Yo asentí. Sentía aquel curioso y conocido vacío que me acometía cuando había acabado con un misión que yo creía necesaria, como si nada fuera suficiente o todo fuera inútil. Permanecí en silencio mientras caminábamos, ofreciendo una más real imagen de borrachos que los desgraciados a los que acabábamos de facilitar el salvoconducto a la otra esfera. Él, tras unos minutos, habló.

-No he visto a nadie luchar como tú. A nadie –parecía realmente asombrado.

Yo meneé la cabeza.

-No soy tan buena como parezco. He aprendido a emplear la fuerza de mis agresores en mi provecho, y hasta mi propia debilidad. Además, la ira me ayuda. Sé controlarla y lograr que sea mi aliada, y no mi enemiga. Y realmente tengo muchas razones para estar rabiosa -hice una pausa-. Además, si te parezco tan hábil es porque no esperas que una mujer lo que sea, ni siquiera mínimamente.

Él también hizo un gesto de negación.

-No. No creo que sea por eso. O al menos no totalmente por eso.

-Bueno… hay pocas cosas que sé hacer bien. Quizá ninguna. Excepto ésta. Se puede decir que no he hecho mucho más en toda mi vida.

-He de reconocer que aún estoy impresionado.

-¿Me contratarás, entonces?

Se detuvo en seco.

-¿Éste era el objetivo? Pensaba que solamente buscabas aliados para tu venganza.

-Y para ayudar a limpiar Jerusalén de escoria, no te olvides… Bueno, digamos que ambos propósitos son compatibles… Sé que Ferran te ha hablado de mí y que tú no estabas en absoluto convencido. Necesitaba demostrarte de lo que soy capaz.

Roger seguía mirándome, sin responder.

-Sé lo que tramáis -continué yo-. Me necesitas.

-¿Qué sabes? ¿Y cómo lo has sabido?

-Lo que se avecina. Tengo ojos y oídos.

Él dudó.

-Eres cristiana -adujo él.

-También tú lo eras. Hasta Ferran lo era. Eso demuestra que ser cristiano no es una marca que tengas que llevar de por vida. Y yo ya me he deshecho de ella: sin haberme convertido al islam, desde hace tiempo puedo decir que sólo soy cristiana por cultura.

-Entonces -continuó él-, ¿has tomado partido?

-Hace años que tomé partido.

La mirada de Roger era pensativa.

-Vamos. Ya queda poco -dijo al fin.

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Entramos en la misma taberna donde había encontrado a Ferran por primera vez, en la que proliferaba la población griega y armenia con algún latino, pero que más o menos era frecuentada por todos los grupos étnicos y religiosos de la llamada ciudad santa: un lugar donde los rumores aún no habían hecho mella en la convivencia. Por el momento. El aludido estaba allí, presidiendo una mesa a la cual se sentaban individuos de todo calibre, entre los que, sin embargo, abundaban las vestiduras al estilo turco. Ahogó una exclamación al vernos entrar.

-¡Eowyn! Pero ¿qué…? Pensaba que hoy sólo ibais a investigar. ¡Dios nos ayude! -no sé a cuál de sus dioses se refería, si al nuevo o al viejo, pero no creo que ninguno de los dos se enfadara por invocar así su nombre en vano-. Vamos, Roger, ponla sobre ese banco. Hay que llamar al médico rápidamente… Hassan, encárgate tú -dijo, dirigiéndose a un jovenzuelo musulmán que le obedeció enseguida. Se inclinó hacia mí y me ayudó a sentarme-. Te pondrás bien. Es el mejor médico de la ciudad. No echarás de menos a maese Simón, te lo aseguro… Roger, será mejor que tú también te sientes. Abdul te ayudará con ese corte.

-No, si no lo echo de menos -contesté, pensando en el sanguinario, aunque efectivo, médico judío amigo de los templarios-. Y no te preocupes, estoy bien. Pero me duele. Tal vez… -adivinando mis deseos, acercó una copa de vino a mis labios-. Ahora sí que me siento perfectamente -seguí, tras un buen trago-. Como para acabar con otros dos, por lo menos.

-Tenías razón, Ferran -Roger intervino-. Es buena. Más que buena. Me ha sorprendido.

-Te lo dije. Es la mejor -me miró con afecto. Desde su súbita conversación al islam, cosa de la que me había enterado poco después de pasar la primera noche en su casa, Ferran se mostraba conmigo mucho menos expansivo que de ordinario. Pensé (no sabía mucho al respecto) que debía tratarse de la moral sexual musulmana. Claro que eso no le había impedido visitarme las dos últimas noches con nocturnidad y alevosía, aunque tampoco se puede decir que yo le hubiera cerrado las puertas, precisamente. No era un tema que me obsesionara, ni mucho menos, pero a veces me preguntaba qué buscaba Ferran en nuestros ocasionales encuentros. Dados algunos hechos de su biografía (como su prolongada relación con Omar, por ejemplo), era extraño que quisiera tener tratos con alguien como yo. Pero tal vez, sencillamente, buscaba en mí lo mismo que yo en él: ni más ni menos, vivir.

-Y asegura que está con nosotros.

-Nunca tuve ninguna duda.

-Y que lo sabe todo.

Aquí, Ferran me miró como si me viera por primera vez.

-No es tan difícil hacerse una idea de lo que está pasando aquí -expliqué-. No soy tonta, y sabes que tengo muy buena mano con la servidumbre, entre otras cosas porque sé muy bien que soy igual que ellos y no quiero olvidarlo. Casi todos los hombres de Roger andan desperdigados por toda la ciudad buscando posibles espías cruzados. Y el resto, hacen de espías a su vez, pero entre los cristianos, e incluso fuera de los muros. Los negocios que te han llevado hasta aquí -ahora miré a Ferran de hito en hito- son en realidad ayudar a defender la ciudad. Hace tiempo que sospecho que tienes experiencia militar, que has sido educado como un caballero, a pesar de que en un momento dado decidieras unirte a Omar y vivir del mester de juglaría. También sé que él no se halla ahora contigo porque está intentando recabar refuerzos, sí, lo he averiguado no obstante todas tus evasivas e incluso mentiras al respecto.

Tanto mi antiguo amigo como mi nuevo aliado me miraron algo confundidos, sin afirmar ni negar nada. Continué, preguntando directamente a Roger:

-¿Qué sabemos, entonces?

No le quedó más remedio que contestarme.

-Un ejército se dirige hacia nosotros. Unos 3.000 hombres. No creo que estén a más de tres o cuatro días de camino. La buena noticia es que parece ser que son templarios, exclusivamente, lo que quiere decir que ningún reino les ha ayudado con efectivos, aunque tal vez sí con dinero y suministros. Durante un tiempo, temimos que se hubieran aliado con el Gran Khan, pero no hay constancia de eso. La mala es que hay contingentes de soldados de todos los países, y entre ellos, un gran número de nuestros paisanos.

Me crucé de brazos.

– Bernard nunca os ocultó los propósitos de la orden -añadí, con tristeza a mi pesar, pues recordé el tiempo en que todos nosotros fuimos un grupo compacto, con una misión común-, pero vosotros nunca le tomasteis en serio. Hasta que algo os hizo daros cuenta de que no hablaba en vano. Y entonces, Omar fue atacado por la enfermedad del islam más riguroso, que ya debía de estar latente en su alma. Y a ti, no sé exactamente cómo ni por qué, también te convenció… Pero lo importante es: ¿qué pensáis hace ahora?

-Preparar las defensas, lo que ya se está haciendo. Y asegurarnos la lealtad de todos los cristianos y los judíos. Vivimos en una ciudad con muchas banderas, y ahora las necesitamos todas unidas, fieles a nuestra causa.

Yo me quedé callada. Reflexionaba en las consecuencias de todo aquello. Me acometió una nueva oleada de olor y Ferran, viéndome apretar los dientes y cerrar los ojos, volvió a darme vino. Roger terció:

-¿Quién es ese Bernard?

Ferran y yo nos miramos.

-Es difícil de explicar -acabé contestando yo. No estaba muy segura de que fuera buena idea definir la exacta posición de mi antiguo compañero de fatigas en la Orden ante Roger-. Pero, para abreviar, hazte a la idea de que él va a secundar sin ningún tipo de vacilación todo lo que diga el Maestre Jacques.

-Y le conocéis bien -añadió.

-Sobre todo ella -me señaló Ferran, con un brillo de acero en los ojos.

-¿Y eso va a suponer un problema? -igual de dura fue la mirada que me dirigió Roger.

-Ya no. Todo lo contrario.

El negro caballero puso los brazos en jarras.

-No voy a preguntarte nada más por el momento. Confío en ti, sobre todo porque confío en Ferran. Pero espero que algún día me expliques el resto de la historia.

Yo asentí. Un viejo de pequeña estatura, algo encorvado y de mirada amable, entró cargado con un gran bolso de cuero. Ahora me iba a tocar sufrir.

-Por si este matasanos es tan salvaje como nuestro querido maese Simón y pierdo el conocimiento -me vi obligada a puntualizar- quiero que quede clara una cosa: sí, esta es la ciudad de las banderas, pero yo no lucho por ninguna bandera ni por ninguna religión: yo lucho por las gentes que están conmigo. Y ahora estoy aquí. Y vosotros sois mi gente. Por eso voy a luchar a vuestro lado. Sí, hace años que tomé partido. Por las personas.

(continuará…).

Bueno, ha sido un largo camino. Pero ya está, y puedo dedicarme a nuevos proyectos. La Casa Usher nunca se hundirá, recientemente finalizada, culmina el proyecto de la Trilogía Casa Usher. Ahí abajo tenéis todos los detalles para haceros con unos de los volúmenes, o con todos. Espero que os guste y que me aviséis de cualquier error de maquetación o edición que pueda haber para subsanarlo de inmediato, ya que estos formatos de Amazon se desconfiguran cuando una menos lo espera.

Espero que disfrutéis, y sobre todo espero feedbacks varios, aunque sean negativos. Y, como siempre, aunque es evidente que me gustaría obtener muchas regalías amazonianas, que está la vida muy mala, si alguien quiere un libro o todos y tiene problemas económicos, le animo a que se ponga en contacto conmigo.

Trilogía Casa Usher


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Jerusalén, verano de 1298.

Hace demasiado calor para estar viva, pienso, mientras busco cerca de la puerta de Jaffa la taberna de la que me ha hablado un ocasional compañero de aventuras. Ni siquiera recuerdo su nombre, y menos su rostro, pero no suelo olvidar las posibilidades de trabajo, sobre todo si sé que éste va a significar dinero, y aún más sobre todo si estoy tan necesitada de él como en estos momentos. Menos mal que el vino es barato, porque si no… De todas maneras, creo que he debido de morir en algún momento, en el mareante viaje de Chipre a Jerusalén, tal vez. Sí, cuando integraba el séquito de una dama aventurera que perseguía a su hermano (o mejor dicho, a la fortuna familiar, la cual el susodicho había secuestrado obligándola a contraer un matrimonio poco ventajoso al que no se resignaba); o tal vez, cuando nos encontramos con el hermanito ávida dollar y uno de sus guardias me atizó un golpe de espada que fue a impactar de soslayo en mi yelmo, cosa que me ocasionó un jaqueca que me persiguió durante semanas. Eso sí, todo había terminado felizmente: la señora estaba de camino a sus posesiones en Crécy con su dote a buen recaudo, el esbirro de su codicioso hermano pudriéndose bajo una lápida (gracias a uno de mis famosos mandoblazos), y yo, como siempre, sin una puñetera moneda, dado que las escasas piezas que le había podido arrebatar a aquella que se hacía declarar dama (y lo era tanto como esos supuestos izquierdistas que se compran mansiones y adoran a corruptos, pues se escapó dejándonos a todos más de la mitad de la soldada a deber) habían pasado a engrosarlas riquezas del gremio de taberneros de la ciudad. Sí, decididamente había tenido que morir, porque sin duda aquello era el infierno. Seguro. Lo notaba en que no se diferenciaba mucho de mi vida habitual. Excepto que hacía mucho, pero mucho, pero mucho más calor.

Nada. No encontraba la taberna por ninguna parte. ¿Seguro que me había dicho la puerta de Jaffa, y no la de Damasco? ¿Segundo callejón a la izquierda, antes de llegar a la iglesia de San Juan? Maldita sea, todas aquellas retorcidas callejuelas, llenos de cristianos embrutecidos que añoraban sus fracasadas gestas en la última cruzada y se gastaban los restos de antiguos botines, me parecían iguales, con sus colores terrosos y sus abigarrados mercados durante el día, fragantes y malolientes, ostentando promesas que yo nunca podría cumplir ni se me cumplirían. Me sentía prisionera en aquella ciudad, y me costaba encontrar algo en común con la gente que había sido educada en la misma doctrina que yo… o tal vez…

O tal vez es que ellos también se sentían prisioneros… Atrapados por la porquería que generaban.

Algo va suceder, lo sé. Este calor no es normal. Estamos hirviendo en nuestros propios sudores, y en vapor de nuestra cocción veo dibujadas escenas macabras.
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Llevo una temporada que no me alimento bien. Los síntomas de esa extraña enfermedad de la sangre que, según Maese Salomón, yo padezco y que hace que a veces me sienta agotada y me cueste respirar, han reaparecido. Supongo que en el supuestamente avanzado siglo XXI ya habrán conseguido buscarle un nombre, aunque ya sabéis que casi no puedo recuperar los conocimientos futuros que adquiero cuando viajo en el tiempo (por así decirlo), así es que me quedo sin saberlo, lo cual, por otra parte, no creo que me fuera a aportar ninguna mejoría. Sé que no estoy siendo razonable. Pero la comida es cara y el vino barato (al menos si no se es muy exigente al respecto), así que saco más rendimiento a mis escasas piececitas de metal si las invierto en líquido que en sólido. Los malditos templarios me enseñaron mucho sobre finanzas; que su Dios les envíe un rayo purificador. No en vano, ellos son los causantes de mis males.
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He de reconocer que durante el tiempo que permanecí en aquella encomienda de Chipre, me trataron bien. Reposo, bebida, comida y atenciones. Bernard no abandonó la cabecera de mi lecho hasta que me sentí lo suficiente bien como para echarle a patadas. Literalmente. Huyó como un conejo. Entonces, fue sustituido por Gonzalo que, con la misma expresión en los ojos que si se le tocara enfrentarse en solitario, sin armas ni estandarte, a un batallón de musulmanes cabreados, me plantó cara.

-Eowyn, sé que probablemente tengas deseos de asesinarme, y yo por mi parte ya he llevado a cabo todas las penitencias que el sacerdote me ha impuesto, e incluso otras a las que me he condenado yo mismo, pero escúchame, por favor. Es cierto que he sentido odio hacia ti. Bernard, azuzado por el vino, me contó tus sospechas, me aseguró que creías que yo era un infiltrado, un esbirro de Esquieu, del rey Felipe de Francia o del rey Jaume. Y no podía dejar de pensar que si todas las cosas que hemos vivido juntos, con Guillaume y los demás, te habían llevado a eso, habiéndote además salvado en dos ocasiones la vida… no te merecías nada. Además, Bernard te necesitaba, y yo le debo obediencia. Me dijo que te trajera, y te traje. No tuve ocasión de hablar con Guillaume, no supe los planes que él tenía para ti hasta que fue demasiado tarde, hasta que mi odio creció, y creció hasta que me ahogué en él, sin pensar que pudiera haber una vuelta atrás. Pero cuando te vi en la orilla, a punto de morir, o al menos eso creí en aquel momento… comprendí que había olvidado las enseñanzas de mi señor Jesús, las normas de la Orden a la que pertenezco… todo lo que soy y he sido siempre. Y te suplico que me perdones. No podré perdonarme a mí mismo hasta que no lo hagas.
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Siempre he pensado que, aunque no siempre se puede olvidar, el perdón suele estar más al alcance de nuestras pobres y corrompidas almas humanas, siempre indeciblemente más puras en nuestra percepción que en nuestra esencia. Pero, para conceder el perdón, que te lo soliciten es la condición sine qua non. Gonzalo me suplicaba que le perdonara, me explicaba coherentemente las razones que le habían llevado a ser el instrumento que destrozara mi futuro, y mi rencor hacia él se difuminaba, también sobre todo porque, aunque él no fuera tan cobarde como para defenderse apelando a esa excusa, yo veía claramente que no había sido más que un instrumento en manos de otro. Pero a ése, al que había pasado por encima de las buenas intenciones de Guillaume, al que había utilizado la ira de Gonzalo hacia mí para emplearme como un ingrediente más en su cocido belicoso (la había utilizado… y quizá también la había provocado. ¿Realmente estaba tan borracho que se les escaparon mis sospechas?), al que había interrumpido, incluso acabado, con mi vida, al que había convertido en cenizas volanderas, imposibles de atrapar, mis planes de futuro con el fuego malsano de su ambición, a éste… a éste nunca le perdonaría.

-Me marcho, Gonzalo. Te perdono, te perdono de corazón, pero no puedo permanecer más tiempo entre vuestras paredes. Ayúdame a marchar antes de que Bernard trate de impedirlo.

Y me fui. Con la única compañía de mi caballo (que había logrado sobrevivir milagrosamente al naufragio: aquel animal sin duda me enterraría), un par de camisas, pantalones y zapatos sencillos, una túnica, un perpunte, una capa, dos espadas y poco ajuar más que había robado de los almacenes templarios después de haber emborrachado al hermano pañero. Mi cota de malla, que me había acompañado tantos años y que tanto me había costado robar en su momento, así como el resto de mis armas, yacían en algún lugar del Mediterráneo, donde hubiera querido yo ver a Bernard acompañándolas.

Aquel hombre, que había jugado un papel tan trascendental en mi vida durante tanto tiempo, ahora se había convertido en mi peor enemigo.
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Puerta de Damasco, claro. Eso es lo que me había dicho aquel elemento. Llevaba tanto tiempo bebiendo tanto que ya ni sabía dónde tenía mis recuerdos. Era lo más lógico, la puerta de Damasco estaba mucho más cerca del barrio musulmán, y al parecer el trabajo en cuestión era mantener a raya a un contingente de cristianos que parecían andar algo exaltados últimamente… tal como si notaran algo en el ambiente… pues ¿no sería mi empleador un musulmán? Puerta de Damasco. Entonces, ¿a qué venía esa alusión a la iglesia de San Juan? ¿No sería la del Santo Sepulcro? ¿O… cualquier otra…? ¿Se había equivocado él… o yo? No, por más que me estrujaba la cabeza no podía acordarme. Hacia la de Damasco, pues. Total, no tenía mucho que perder. Aún me quedaba tiempo antes que fuera la hora de buscar la infecta calle donde se hallaba el sucio alojamiento para peregrinos en el que esperaba mi inmundo jergón.
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Todo aquello había sido demasiado. La ilusión hacia la que me había hecho ascender Guillaume, la posibilidad de Bolonia y un doctorado en Leyes, y luego el brusco aterrizaje en la bodega de aquel barco, habían acabado conmigo. Ya no me quedaban fuerzas poco más que para arrastrarme hasta la siguiente jarra de vino. Era consciente que en algún momento tenía que poner fin a aquel periplo autodestructivo, y que, si quería morir, causas abundaban que necesitaban a alguien que se sacrificase por ellas, lo cual era mucho más útil, y más valiente, que dejarse extinguir lentamente. Pero siempre lo dejaba para mañana. Aunque, en cualquier caso, ya no iba a poder retrasarlo mucho más: yo estaba comenzando a no ser ni de lejos la que había sido, y sabía que, en un par de días, de seguir por el mismo camino, no iba a ser rival para nadie.

Y además…

Y además, no podía soportar la idea de que alguien eligiera por mí hasta cómo debía terminar mi vida. No podía ponerme a mí misma en esa situación.

Pero ¿cómo podía desandar el sendero, ahora que llevaba ya tanto trecho recorrido?

Puerta de Damasco, puerta de Damasco, me decía yo. Puerta de Damasco. Tal vez, la puerta de Damasco era la salida. La salida a un mundo donde las cosas, por fin, iban a empezar a funcionar bien. Esa puerta de salida que llevaba toda la vida buscando, la misma que me había parecido atisbar tras las palabras de Guillaume, y que ahora sabía que nunca, nunca, iba a conocer.
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No estaba segura de si iba por buen camino. Hasta el Santo Sepulcro sabía llegar, pero una vez rodeada su impresionante mole, que me resultó aquella noche algo perturbadora, como preñada de misterios insondables al menos para mí, ya no estaba tan segura. Siguiendo mi instinto, tomé un callejón, luego otro, hasta darme cuenta que tanto instinto no debía de tener, o mejor dicho que mi sentido de la orientación era absolutamente penoso, porque andaba más perdida que mameluco en una iglesia.

Miré a mi alrededor. Me hallaba en una especia de plaza, en la que desembocaban varias bocacalles. Era tarde, y hacía al menos cinco minutos que no me cruzaba con un alma, o con cualquier otra entidad. Justo en ese momento, un par de borrachos aparecieron por un callejón y seguidamente, y tambaleándose como un barco castellano en mitad de una leve marejadilla, desaparecieran en la oscuridad de otro, antes de que hubieran podido escuchar mis gritos llamándolos; aunque también había que decir que en el estado en que estaban me hubieran servido de bien poca ayuda. ¡Borrachuzos desgraciados! (había hablado la presidenta de la Liga Antialcohólica Medieval, claro). ¿Cómo podían correr tanto si apenas eran capaces de andar? La carrerilla con la que había intentado alcanzarlos me había dejado exhausta, y decidí detenerme un momento. Dejé caer sobre mi espalda la capucha de la capa y me quité la crespina, que recogía mis cabellos y desfiguraba convenientemente mi rostro, no lo suficientemente hermoso para resultar atrayente (de hecho, yo me considero fea como una mala cosa, pero aún me quedaba algún amigo lo suficientemente leal como para rebatir apasionadamente mi afirmación) pero sí lo bastante femenino para llamar la atención más de lo la prudencia aconsejaba , y sacudí mi cabellera, que estaba húmeda de sudor. Me habría gustado meter la cabeza en un río, pero lamentablemente no había ninguno por los alrededores, y en lo que se refiere a piscinas olímpicas, mejor olvidarse. Tras aquel alivio momentáneo, demasiado momentáneo, me dispuse a volver a ponerme la crespina y a seguir mi trayectoria, si es que podía encontrarla, cuando, de pronto, escuché un barullo que se acercaba por la calle más cercana. Me recogí el pelo a toda prisa, pero mis limitadas condiciones físicas hicieron que, cuando el grupo causante del jaleo apareció por la puerta, yo me hallara aún en la mitad de la tarea.
-¡Mirad eso! -dijo uno de ellos, señalándome sin ningún pudor con el índice.
Eran cinco hombres. Las antorchas que medio iluminaban las calles no me dejaron ver ningún signo distintivo en su aspecto, o tal vez es que carecían de ellos. Nobles, por las vestiduras, cristianos, no estaban tan bebidos como los dos borrachos que acababa de ver, puesto que aún podían moverse con una mínima coordinación y articular palabras con algo de sentido, aunque tampoco se encontraban muy lejos de ello. Pero lo más inquietante es que miraban como si fuera la primera vez que veían en mucho tiempo, o como si fuese la única mujer que quedaba en el mundo.

En oro lugar, en otro momento, yo había reaccionado con mucha más prontitud: antes de que pudiera sacar la espada ya estaban casi a un codo de distancia. Nunca me culparé lo bastante de haber bebido tanto en los días perecederos, y encontrarme, aunque serena por falta  de efectivo, agobiada por una resaca que limitaba realmente mi dominio y mi control sobre mí misma. Y, sin embargo, y a pesar de todo, sé perfectamente que yo no tuve la culpa, y si realmente debería cuidar más mis costumbres, lo cual habrá sido lo más sensato, no era porque el hecho de no hacerlo pudiera ponerme a disposición de energúmenos como aquellos. No por ser una mujer. Porque, sencillamente, ellos no tenían ningún derecho sobre mí, y ningún comportamiento mío hacia mí misma ni hacia el exterior podría cambiarlo.
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-¿Otra pequeña infiel que se disfraza para escaparse y ver cómo son las pollas cristianas? –uno, de ellos, que me pareció ligeramente más alto que los otros, me revolvió el cabello y trató de arrebatarme la crespina que aún sostenía en la mano, con lo que a poco que se lleva un rodillazo en los testículos. Quise retroceder, pero dos de ellos estaban a mi espalda; en un momento, me habían rodeado, y yo ni siquiera habría podido decir cómo. Con una sonrisa sardónica, el primero volvió a acercarse, como si mi amago de golpe sólo hubiera existido en mi imaginación. Otros dos me sujetaron los brazos, y uno de los que tenía detrás me abrazó por la cintura y me adhirió a un cuerpo húmedo de sudor y realmente pestilente-. Vamos, moza, no tengas miedo, que no somos unos animales, como los de tu religión. Te trataremos con gentileza y si te portas bien tal vez hasta te lleves algo, aparte del placer de holgar con unos cristianos de la mejor casta. Venga, no te hagas la difícil, que aquí no te ve nadie.

Dedos que se cerraban como garfios contra la carne de mis antebrazos. Brazos que me sujetaban por la cintura como cabos de vela. Uno de ellos, notando el hierro bajo su antebrazo, me desarmó. La expresión estúpida y babeante del que, entre ellos, había elegido el papel de espectador. Y el que se suponía el líder tocándome el pelo y, de inmediato, intentando encontrar mi cuerpo bajo los largos faldones del perpunte.

-Condenada, te has disfrazado bien… es imposible encontrar el final de esto… ¿Por qué quieres ponérnoslo tan difícil? Gauthier, venga, pásame tu cuchillo…

Cuchillo, pensé. Yo llevaba uno, y también una daga, bajo mis ropas. Si tan sólo disminuyeran un poco la presión sobre mis brazos… No, no podía ser. Yo nunca había sido una víctima de ningún hombre, no podría sobrellevar tamaña humillación… Luché y luché, pero aunque yo no soy débil, ni aún resacosa ni enferma, eran demasiados.

-Quieta ya –el líder de la manada me soltó un puñetazo en el estómago que me cortó la respiración. Pensé que iba a vomitar en su cara, lo que hubiera sido fantástico, pero había comido tan poco últimamente que tenía en la tripa poco más que telarañas-. Que quieras jugar un poco es divertido, pero tanto rato me cansa. Gauthier, ¿va ya ese cuchillo del demonio? –sus dedos se había enredado con las cintas que cenían mi perpunte, pero yo sabía que aquello no duraría mucho. El malnacido de Gauthier estaba tan ocupado babeando y tan ebrio que no habría sido capaz de hallar su cuchillo ni aunque el artilugio le hubiera pinchado él solito en el ojo, pero el resto del grupo me presionaba más y más, al revolverme yo como una serpiente venenosa, y el jefe rompió la última cuerda, agarró los faldones de la prenda y la rasgó, casi hasta mi cuello.

Y entonces, yo dejé de luchar. Me rendí.

Mi cuerpo quedó laxo en las manos de las bestias, y mi cabeza cayó hacia la derecha. Ellos sonrieron, triunfantes, y se dispusieron  a pasar un buen rato

Pero, súbitamente, mis piernas se elevaron, ambas ellas, y patearon al unísono al líder, que se desniveló hacia atrás ligeramente, y a su secuaz de la izquierda. Al mismo tiempo, mis dientes buscaron cualquier atisbo de carne del hijodeputa de la derecha, y de ella tiré, hasta que un alarido infrahumano me hizo comprender que había acertado en algún punto sensible. Por otro lado, la boca del que tenía a la espalda se rompió hasta sangrar, tras el cabezazo que le arreé (fue completamente accidental, he de decirlo, consecuencia del retroceso al propulsar mis piernas hacia delante, pero resultó muy útil). Un instante después, ya libre, busqué de nuevo la seguridad de mis pies sobre la tierra, y peleé, ahora mucho más, peleé como si me fuera la dignidad en ello, que me iba, y pensé que si me defendía no era porque yo fuera una valiente que prefiriera morir a la humillación, si no que mi vida valía tan poco que sólo el respeto hacia mí misma me la hacía llevadera, y aquello sí que no lo podía perder. Y peleé, y seguí peleando, hasta que conseguí abrir la suficientemente distancia entre mis agresores y yo, la suficiente para sacar las armas cortas y hacerles frente. Creo que la expresión de mi rostro les hizo dudar durante un instante; no era aquel el tipo de desenlace, no era aquella el tipo de contrincante, que se habían imaginado cuando decidieron comenzar a jugar su juego. Gauthier ya no babeaba, aunque tampoco parecía muy capaz de entender lo que estaba pasando, y los demás, aunque decididamente desconcertados, parecían decididos a hacerme frente, aunque sólo fuera por pundonor. Pero yo ya no tenía miedo, y ellos lo habían notado.

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Había buscado la protección de la pared, y los tenía a los cuatro (Gauthier no contaba) delante, mantenidos a raya por mis cuchillos. Sabían, aunque yo no dijera, que todos juntos podrían vencerme fácilmente, pero también que, si lo intentaban, alguno saldría escaldado, y nadie quería ser el primero. El jefe debía de tener un tortilla francesa en lugar de aparato genital, al de mi derecha le colgaba un trozo de mejilla, el que estaba detrás había perdido un par de piezas dentales y tenía los labios reventados pero, afortunadamente, la sorpresa, la confusión, primaba más en ellos que la rabia. Yo sonreía con suficiencia, sin perder de vista al que había estado a mi izquierda, el único que hasta el momento parecía más entero, pero también a los demás. Y entonces, sin malgastar una palabra con ellos, les hice con la daga un leve gesto de que se acercaran. Si es que se atrevían.
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En aquel momento, otro rumor se oyó al final de una de las callejuelas. Aquello funcionó como un detonante. El de la derecha dijo:

-Vámonos. No vale la pena.

Se marcharon, el de la izquierda y el de atrás arrastrando al inútil Gauthier. Desaparecieron.

Entonces todas mis fuerzas me abandonaron. Comprendí, vi con sus colores más dramáticos, lo que había sucedido. Lo que había estado a punto de pasar.

Grité. Grité hasta quedarme afónica. Grité porque no quería llorar, y golpeé la pared con mis puños hasta casi machacarlos. Los dos primeros borrachos volvieron a entrar en la plaza, y casi de inmediato volvieron a marcharse, entre risotadas, tambaleos y balbuceos sin sentido, incapaces de verme ni de oírme, incapaces de salir de su burbuja alcohólica.

Si pienso en los días que siguieron, aquello funcionó como una premonición.
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Había llegado a la taberna cercana a la puerta de Damasco, o al menos eso creía. Sin buscarla, sólo errando sin sentido. Me dejé caer sobre una manchada mesa, con la cabeza reposando, oculta, entre mis brazos, y le solté a la camarera un gruñido, que ella contestó trayéndome una jarra de vino. Yo ni tenía ya fuerzas para beber. A mi lado, varios parroquianos discutían.

-Hay mucha gente que ya se ha marchado.

-Musulmanes cobardes –contestaba otra, algo más cascada-.Tonterías.

-Maese Pierre –habló una tercera, más fresca y juvenil-, no creo que a la hora de la verdad se molesten en comprobar si estamos circuncidados o no antes de matarnos. Matadlos a todos que Dios ya encontrará a los suyos, ¿os suena?

-Tonterías –repitió la segunda voz. La primera reforzó a la tercera:

-Maese Pierre, mi abuelo escuchó esas palabras como yo ahora te oigo a ti.

-Y fue mi abuelo el que estaba entre aquellos cruzados que decidieron saquear Constantinopla y no molestarse en llegar hasta Tierra Santa –la tercera voz insistía-. Créeme, anciano: si esas bestias entran aquí, cualquiera sabe lo que pasará. Yo cogeré a la familia y me iré mañana mismo, antes de que se acerquen más, si es que aún no lo han hecho.

Alguien entró y los tres lo saludaron. Las voces siguieron hablando, pero en tono más bajo. Pero ¿podía todo empeorar más? Van a entrar, pensaba yo. Pero ¿quiénes? ¿Y qué se supone que debo de hacer yo al respecto? ¿En qué bando me coloca eso?
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No sé si pasó mucho tiempo. Estaba agotada, y los ojos se me cerraron un instante. Cuando desperté, sentí que no estaba sola en aquella mesa. Levanté la mirada y vi unos ojos azules que me miraban con una dulzura estremecedora. Era Ferran. O, al menos, parecía ser Ferran. Su rostro atezado parecía mostrar más arrugas que lo última vez que le vi, y algo más había cambiado en él, algo que no pude discernir. Pero no, no podía ser. Él y Omar se hallaban muy lejos.

-No puedes ser tú –materialicé en palabras mis pensamientos.

-Sí, sí lo soy. Cosas de Omar, ya te contaré. Me enteré por Gonzalo que andabas por la ciudad, y desde que llegué vengo aquí siempre que puedo, pues me imaginé que acabarías apareciendo. Es un punto de encuentro de gente de tu gremio. Me enterado de… bueno… de lo que sucedió con Bernard… ya hablaremos de ello… Pero… Eowyn… hay algo más, ¿verdad? ¿Qué te sucede?

Irguió el cuello lentamente.

-Hace un momento. Cinco hombres. Me acorralaron.

-Dios mío, Eowyn… -la voz de Ferran se quebró, horrorizada. Sus manos buscaron las mías.
-No lo consiguieron.

Él me miró confundido.

-¿Quieres decir…?

-Ahora deben de estar buscando un médico.

Me miró con miedo y preocupación, y también con extrañeza.

-Pero tú… no estás bien…

-Me recuperaré.

Creo que alguien debería darme un premio. Había conseguido lo imposible: dejar al dicharachero Ferran sin palabras.

-Claro que lo harás –dijo al fin.

Se comportaba con torpeza. Yo sabía que deseaba consolarme, pero que jamás se había encontrado en una situación parecida. Al final, se decidió. Se levantó de la silla y después me levantó a mí.

-Vamos. A mi casa. Necesitas comer y dormir, sobre todo dormir. Dormir y descansar todo lo que quieras, hasta que digas que es suficiente. Luego hablaremos.

Yo me dejé llevar. A pesar de mi estado, la perspectiva me parecía bastante halagüeña. Pero había algo que me preocupaba.

-Ferran, ¿qué es lo que está sucediendo en la ciudad?

Salíamos de la taberna, él sujetándome, como si no pudiera caminar, yo dejándome conducir, sin protestar.

-A veces pienso que nos hemos vuelto todos locos. Incluso yo –dijo misteriosamente.

Le miré, intentando encontrar algún sentido a esas palabras. Él hizo un gesto en el aire con la mano derecha, indicando que debíamos dejar atrás de momento esas cuestiones, que ya nos ocuparíamos. Entonces lo vi.

Había una marca en el dorso de su mano. No era una cicatriz; se trataba más bien de una especia de tatuaje. Un tatuaje con forma de media luna.

Comprendí que, como siempre, los problemas no habían hecho sino empezar.

(continúa…)

(viene de)

-Realmente pensaba que eras mucho más lista, Eowyn.

Creo que era la primera vez que Gonzalo me hablaba, aunque a gritos y entrecortándose a causa de los bandazos del barco, claro está, desde que desperté en la bodega de la embarcación de un sueño que no era (o al menos totalmente) consecuencia de la borrachera. Evidentemente, mi compañero de juerga me había echado algo en la bebida. Y no creo que por inciativa propia. Deseaba con todas mis fuerzas que la borrachera le hubiera sentado mal y que estuviera escupiendo los intestinos en algún maloliente tugurio.

A Gonzalo, por su parte, le deseaba algo mucho peor…

Una nueva oleada de dimensiones tsunámicas se estrechó contra el casco de la embarcación, lo que hubiera impedido contestar, en caso de haber tenido ganas, claro está. En lugar de eso, me agarré con todas las fuerzas al poste en el que me sujetaba abrazada de brazos y piernas, entonando el Miserere mei, domine. Mientras, el muy hijo de puta actuaba como si aquello no fuera con él, aferrándose a un cabo muy tenso con una sola mano, igual que si fuera un viejo y avezado lobo de mar. Enseguida reanudó su monólogo.

-¿Qué esperabas, escapándote con esta tempestad y sin tener ni idea de dónde estás? Ha sido lo más idiota que te he visto hacer, y la verdad es que la lista es ya larga. Por mucho que la bodega esté llena de vías de agua, tenías más posibilidades de sobrevivir allá abajo que aquí, ¿no crees? -me mantuve en silencio: en parte, porque el mar no dejaba de escupir agua salada sobre nosotros; en parte, porque sabía que mi mutismo le haría desahogarse, ahora que había comenzado: Gonzalo nunca se había destacado por su modestia y su discreción-. ¿Sabes? Nunca he entendido porque alguna gente te tiene en tan alta estima. En el viejo Bernard, supongo que es sentimentalismo. Pero en otros casos… -se mordió la lengua; había estado a punto de traicionarse a sí mismo, y a sus celos enfermizos de cualquiera que le disputara la amistad de Guillaume. Que, por otra parte, tampoco entenderé nunca, igual que en el caso de Blanca. ¿Qué problema hay porque él y yo tengamos una cierta amistad? ¿Y por qué tiene que ser tan absolutamente encantador para todo el mundo, y por qué he de ser yo, tal vez la única a la que no le afecta su presunto encanto arrollador, la que más perjudicada sea por éste? Gonzalo continuó:

-Lástima que todo aquello haya acabado.

La nueva ola estuvo a punto de llevarse por delante el palo mayor; éste crujió peligrosamente, y aquel en el que yo me apoyaba parecía, asimismo, como si fuera a ser arrancado de cuajo en cualquier momento, bajo la mirada imperturbable del sevillano y la indiferencia del resto de la tripulación que aún no habían sido arrojados a las fauces de Neptuno; bastante tenían los pobres con lo suyo.

-Me temo, mi querida Eowyn, que has sido víctima de un engaño. Ha sido muy fácil. Un par de palabras amables de Guillaume, una jarra de vino y los fuertes brazos de un apuesto artesano, y ya está. La mercenaria más loca, y más tonta, de toda la Corona de Aragón y, diría más, de todas las tierras que componen España, mansa que un corderito. No creerías de verdad que Frey Pere y Guillaume, la orden al completo, iban a invertir en tus estudios… O… ¿sí? ¿Lo habías creído? Dios mío, entonces es peor de lo que pensaba…

Escuchaba el odio en sus palabras. Sentía el maremoto bajo mis pies. Pero ¿por qué? ¿Por qué me hablaba así? Tanto odio ¿a qué podía deberse? ¿Por qué había intentado asesinarme en Gardeny? ¿Tenía todo aquello que ver con La Reliquia? ¿Era también Gonzalo el instigador del ataque que habiamos sufrido Guillaume y yo, tanto tiempo atrás, en Chipre? ¡No, no podían ser simples celos! Y de pronto oí algo más. Escuché verdaderamente lo que decía. Comprendí plenamente el sentido de sus palabras.

Guillaume me había engañado. Él también.

Y escuché una última cosa. Un eco lejano. Lejano, pero siempre presente. Algo que no había dejado nunca de resonar en mis oídos desde la primera vez que lo oí. Las casi últimas palabras de mi antiguo enemigo.


Durante toda la vida has actuado como si tu huida no fuera lícita. Ahogando en ti misma el deseo de volver al redil. En el fondo, tú sabes que tu sitio está a mi servicio

Yo le maté. Le maté poco después de que pronunciara esas palabras. ¿Quizá por esa misma causa? Quería matarle. Pensé que mientras él estuviera vivo yo jamás podría ser libre. Pero me equivoqué. El problema no era él. Era yo. Creía que huía de él, pero sólo huía de mí misma. De la peor parte de mí. De la parte de mí más cobarde, más pasiva. La parte que acepta el status quo y no se cuestiona cambiarlo. No quería matarle a él, sino a esa parte de mí misma que impide ser quien yo quiero ser. Esa parte de mí tan españolita media, tan mujer típica y tópica.. Él murió, pero también venció. Nadie va a devolverme los años que perdí, las cosas que habría podido hacer. Es demasiado tarde ¡Demasiado tarde! Y odié de nuevo, odié a los que me habían llevado a esa situación, me odié a mí misma. Pero Gonzalo estaba mas cerca…

Pero ¿por qué me había salvado dos veces la vida si estaba planeando mi muerte?

Lancé un grito y me abalancé sobre él, en el momento que otro ola nos zarandeó como si el buque estuviera construido en papel y It nos esperara tras la alcantarilla. Estábamos ya completamente escorados a estribor, y la fuerza de la gravedad hizo que varios objetos, animados y inanimados, se deslizaran hacia abajo con nosotros, hasta quedar detenidos, al menos momentáneamente, por la borda. En ese batiburrillo me coloqué como pude sobre él y le golpeé con todas mis fuerzas, casi sin darle tiempo a defenderse. Mi rabia me cegaba, pero también multiplicaba por diez mi fuerza y me hacía resistente al dolor, mientras que él, tomado por sorpresa, tenía que hacer indecibles esfuerzos para quitarse de encima mi ímpetu y sacudirse mi peso, no demasiado inferior al suyo ya que era un hombre bastante menudo. Aún así, logró sujetarme las manos, lo que yo aproveché para proyectar una rodilla, estratégicamente colocada, hacia arriba: un truco muy viejo, pero que funciona la mayor parte de las veces. A pesar de todo, resistió el dolor casi sin soltarme, y no sé cómo habría acabado la pelea si la furia de las olas no nos hubiera arrojado definitivamente a la revolucionada mar.

Afortunadamente, o tal vez no tanto, entre todo el contenido del barco que fue lanzado conmigo, logré agarrarme a algo que flotaba: no me hagáis decir que era. No veía a nadie, o al menos no distinguía a seres humanos de objetos, ni siquiera a Gonzalo. Esperaba realmente que se hubiera ahogado entre horribles sufrimientos. Tampoco podía distinguir la franja de tierra que había visto en cubierta, y pensé que tal vez sería mejor dejarlo todo. Soltar mi asidero. Entrar en el reino de Cthulhu.

Aún no sé por qué no lo hice. Supongo que vivir se había convertido en una de esas costumbres tan aburridas como difíciles de abandonar. O era que tenía que solucionar muchas cosas. Lo que acababa de aprender sobre mí misma había sido demasiado duro. Sé que jamás podré ser libre hasta que no aprenda a hacerlo desde mi interior. Cuando comprenda que nadie ni nada, ningún hombre, mujer, moral, costumbre o religión, puede dictarme mis normas de conducta, entonces nada ni nadie podrá hacerme daño, impedirme vivir hasta las últimas consecuencias el poco tiempo que sin duda me queda.

Pero ¿lo deseaba en realidad?

Todos y todo me habían fallado. Todos y todo.

Cayó definitivamente la noche y volvió a salir el sol antes de que yo acabara con mis huesos en la arena de una playa. Ni siquiera me moví, entre otras razones porque mi cuerpo parecía roto, aunque tal vez habría hecho lo mismo de haber éste funcionado. Y pasaron más horas, no sé decir cuántas.

Sentí que ya no tenía ganas de vivir.

Unos cascos de caballo interrumpieron mi depresivo duermevela. Los ignoré. Transcurrió algo mas de tiempo, y ahora los cascos se transformaron en pesados pasos, que parecían detenerse a intervalos, y luego ponerse de nuevo en marcha. ¿Buscaban restos del naufragio? Pues aquí tenían a una. En toda la extensión de la expresión. Seguí sin hacer caso. De pronto, los pasos se hicieron apresurados. Oí unos gritos, me pareció que en francés, y también en aragonés y castellano.

Alguien me dio la vuelta y me hizo incorporarme. Abrí los ojos, pero todo estaba borroso. Cuando acercaron a mis labios un cuenco con agua me di cuenta de la sed que tenía. Las imágenes iban haciéndose más claras, poco a poco. Eran unos hombres vestidos de blanco. Uno, bastante mas voluminoso que el resto, estaba arrodillado a mi lado, sosteniéndome. Creo que me hablaba. Su voz me parecía amable, consoladora. Me sentí bien, a mi pesar, pero demasiado cansada. Sólo quería dormir. Y no despertarme nunca más. No necesitaba un paraíso. Eso sería el paraíso. Al menos, si lo comparábamos con lo que había…

-Tal como te prometí, te la he traído. Viva.

Ahora sí que abro los ojos como platos. Gonzalo está allí, de pie, casi completamente entero el muy engendro de la peor serpiente sarnosa, mirándome con suficiencia y vestido con un hábito impoluto. Se dirigía al templario grandullón que me sostenía.

-Te dije que lo conseguiría, Bernard.

Y entonces comprendí que el engaño había aún mucho más descomunal de lo que yo habría podido imaginarme en mis peores pesadillas. Y que aquella gente había entrado, en lo que se refería a mí, en un camino sin retorno. Que su Dios se apiadara de ellos, porque ahora iban a conocer mi peor versión.

Si es que ya hace mucho que lo vengo diciendo: esta gente va a acabar mal, pero que muy mal…

(viene de) Pero… algo no cuadraba: lo sentía, más que en la mente, en los huesos. No podía ser todo tan genial. A mí no me pasaban estas cosas. Sólo era una mercenaria inútil, solitaria, antipática y no demasiado agraciada, que encima estaba enferma y se estaba haciendo vieja. Todo un panorama, vamos. Yo ya no podía aspirar a nada, ni al éxito profesional ni al cariño de mi amigos, cosa que era lo que más apreciaba aunque se me diera tan mal demostrarlo. A mi no me podían pasar cosas agradables… Todo eso pensaba mientras me dirigía a la casa de Maese Salomón, que se había establecido en la judería de Barcelona, dispuesta a salir de dudas de una vez acerca de mi salud ahora que volvía a tener el bosillo lleno: Azathoth maldiga la privatización de la sanidad medieval.

-¡Dichosos los ojos! ¡Pero si es mi paciente favorita! Pasa, Eowyn, tus gritos aún resuenan en mis orejas. Sobre todo los que proferiste en Tortosa cuando te cosí el corte de la mejilla, que por cierto veo que ha sido uno de mis aciertos. Y eso que no recuerdo haber necesitado tantos ayudantes para sujetar a hombres que eran cuatro veces más grandes que tú. La verdad es que eres una persona notable. Y dime, ¿a qué debo el honor de tu visita?

-Dejaos de cháchara -le espeté. A continuación le expliqué mis síntomas. Él me hizo tenderme en un camastro, y procedió a examinarme con exhaustividad. Al final, me dio permiso de que me incorporara. Me hizo unas cuantas preguntas que me parecieron demasiado íntimas y bastante sorprendentes, pero que contesté sin problemas: tenía plena confianza en su saber, aunque la verdad es que me parecía un verdadero sadismo la poca afición que tenía a suministrar a sus doloridos enfermos anestesia alcohólica. Después de mirarme con expresión indefinible, al final se dignó en sacarme de dudas.

-He visto caso como el tuyo en mujeres en edad fértil y de clase humilde, sobre todo si no habían parido nunca. Tienes que considerar la idea de comer más carne, leche, queso y legumbres, e intentar descansar siempre que puedas Si sigues estos consejos, en pocas semanas estarás perfectamente.

Así que ¿sólo se trataba de aquello? ¿No se trataba de una herida antigua mal curada que me estuviera sentenciando? ¿No estaba gravemente enferma? ¿Ni achacosa y senil? ¿No tendría que jubilarme con las mierdosas pensiones femeninas de Rajoy? ¿Y tampoco había entrado ya en la recta final hacia la muerte? Pagué generosamente al médico y le deseé lo mejor. Estaba comenzando a pensar que existía una esperanza para mí. Que había encontrado por fin mi lugar en el mundo. Por primera vez en mi vida, se abría ante mí un nuevo horizonte, y sentí que podía empezar a disfrutar de la libertad que me había ganado.

Ingenua de mí.


¿Y sí la costa no estaba lo suficientmente cercana? ¿Y si no había ningún medio para alcanzarla? ¿Y si mi intención de llegar a la cubierta del barco tal vez se debía sólo a la convicción interior de que nada podría ser lo suficientemente horrible mientras una tuviera las manos libres para luchar y sucediera a plena luz? ¿Y si nada servía de nada? Bueno, llevaba toda la vida haciendo cosas inútiles, por una más no iba a suceder nada. Y así tomaba un poco el aire, que la atmósfera de la bodega empezaba a estar un poco viciada. Estaba claro que los compañeros de Gonzalo desconocían completamente las virtudes del agua y el jabón. Él, siempre tan señorito, sí que se lavaba a menudo, sí. Lo que sí apestaba a azufre era su alma. Puajjj…

Claro que, en cuanto a luz. quedaba bien poca. Las nubes de tormenta, hinchadas como enormes abscesos, se la habían comido toda, sustituyendo esa energía lumínica por la cinética de las olas en danza desenfrenada, que hacían que el propósito de mantenerse en pie sobre el barco fuera una mera utopía. Tras dar un par de bandazos, uno de los cuales casi logró arrojarme por la borda, y después de observar que ambos castillos, el de proa y el de popa, estaban hechos pedazos, pude abrazarme a un palo (creo que era el de mesana, pero no hagáis que lo jure) y mantenerme allí, en silenciosa oración al dios de las tempestades para que aplacase su furia. Y entonces vi dos cosas:

La primera era un regalo para mis sentidos y una promesa de salvación. Tan tentadora como un pastel de carne acompañado de vino del bueno, y con buenas perspectivas respecto a con quién domiría aquella noche: tierra a la vista. Muy a la vista. Tan a la vista que podría llegar nadando hasta yo, que no era la mejor de las nadadoras, cuando remitiera un poco el temporal. No sabía qué clase de tierra era, pero el territorio más salvaje y más poblado de sádicos caníbales me parecía, en aquella circunstancia, un edén.

Pero algo se interpuso entre mis ojos y esa seráfica visión, algo feo como el culo de un demonio y, como he afirmado antes, igual de pestilente, que sólo por mi mala fortuna se había cruzado en mi camino antes de que pudiera esconderme convenientemente.

Gonzalo, claro.


Siempre me pasa lo mismo. He tenido en mi vida tan pocas oportunidades para sentirme eufórica, que cuando llegan… me pierdo. Traspaso los pocos límites que me marco y los resultados pueden ser catastróficos; de hecho, creo que en esta historia ya os he hablado de algunos de ellos. En ese estado, entré en la primera taberna del puerto de Barcelona, para celebrar que dentro de poco iba a ser toda una doctora en Leyes que sólo repartiría hostias en sus ratos libres; y que, encima, no iba a morirme en breve, al menos no por causas naturales. Me senté en la parte más alejada de una enorme mesa, cuyo otro extremo estaba ocupada por un vociferante y bebedor grupo, y pedí una buena ración de papeo y una enorme jarra de vino del bueno (o al menos, del mejor que tuvieran) para mí solita; una vez que se tienen monedas de sobra, hay que aprovecharse, que nunca se sabe cuánto pueden durar. No pensaba emborracharme, tan sólo celebrar. Y conjurar los fantasmas que me acechaban.

Porque en el fondo sí, sí, sí, estaba segura de aquello era demasiado bueno para que me estuviera sucediendo a mí.

Seamos claros: el destino existe. Llámalo como quieras, pero existe. No tengo pruebas científicas para demostrarlo, excepto que la observación repetida del fenómeno de la vida siempre ha producido, a mis ojos, los resultados que voy a relatar. He aprendido (ahora parezco una redifusión cutre de guatsap, envíame a todo el mundo y te pasará algo súpermegaguay) que el esfuerzo sólo te sirve para llenarte de dignidad, que el esfuerzo, como la lucha, aunque siempre es necesario, también es inútil. Es otro deber personal, como la solidaridad, pero no va a conducirnos al cielo, ni al cielo en el cielo ni al cielo en la tierra (más bien todo lo contrario), pero a pesar de ello los cumplimos, porque está en el alma de muchos de nosotros, igual que en otros está el hacer lo contrario. Sencillamente, los hay que triunfan y los que hay que no. Los hay que han sido bendecidos por este dios ateo que controla el azar (el único en el que creo) con multitud de dones, y los hay que, incluso sin dones, consiguen lo que quieren. En cuanto a mí, que me he esforzado más que la mayoría de gente que he conocido en conseguir algo que medianamente valiera la pena, no he logrado nada. Ni tengo dinero, ni belleza, ni inteligencia, ni me servirían de nada si los tuviera, ni tengo la suerte que los hace innecesarios. A veces pienso que haber llegado a la edad que tengo, que no es elevada aunque no todos en mi profesión duran tanto, no es más que una burla cruel del sino para torturarme aún más, para que cuente con más tiempo para lamentarme de que no tengo, nunca tendré, futuro. Uf, pero qué fenomenal me estoy poniendo. Eso es lo que pasa cuando no hay nada interesante que contar: que cuentas demasiado. Para abreviar, diré que en cuanto me sirvieron la jarra con el fruto de la uva, como si fuera una señal, un hombre más o menos de mi edad, de aspecto agradable y vestimenta típica de artesano, se sentó a mi lado.

-Tienes aspecto de venir muy de lejos -me espetó-. ¿Qué tal si me cuentas la historia de tus aventuras y yo te invito a beber? ¿Te parece un buen trato?

Me encogí de hombros.

-Tal vez te decepcionaría. No soy buena narradora y en mi vida tampoco hay nada tan digno de narrar.-Bueno, puedes dejar que yo lo decida -refutó él-. Al menos, tu voz es bonita. Podría escucharte durante mucho tiempo, aunque no me agradara nada de lo que dijeras.

Como estrategia de conquista, había que reconocerlo, aquello era muy flojo. Pero aquel joven no parecía mala persona, y tampoco era en absoluto desagradable de mirar. Así que, con la única intención de pasar un rato y hacer tiempo hasta que saliera mi barco (yo también tengo mis momentos pudorosos y decentes, que os creíais), bebí y hablé con él un buen rato. Y entonces, el fundido en negro volvió a caer sobre mi vida. En forma de un enrome jarrazo que me propinó el artesano infiltrado cuando estaba presumiendo de mis aventuras, y que me hizo ver pajaritos un buen rato y, después, una buena porción de nada.

Y, de pronto, me encontré atada en la bodega del barco. Sin dinero, sin caballo, sin mis pertenencias, con el navío boloñés no se sabía dónde y, de nuevo, habiendo metido la pata hasta la misma rodilla.

Añadiendo a todo eso la presencia de un silencioso y malcarado Gonzalo, cuyas intenciones se auguraban, para variar, de lo más funestas. (sigue).

Encomienda de Barcelona.

(viene de)

Me veo a mí misma colándome en la encomienda barcelonesa, donde ya me conocían bajo mi disfraz de criado de Guillaume, y viendo cómo Blanca escapa de su celda a medianoche, apresurada y al mismo tiempo con una expresión de satisfacción que me resultó muy pero que muy sospechosa, antes de echarse la capucha de su manto sobre su rostro y desaparecer. Alcé las manos al cielo, escandalizada, y no precisamente por la rotura de los votos del visitador. Pero ¿acaso no recordaba que hace menos de dos años ella estaba planeando su muerte? ¿Ya había olvidado sus largos meses de recuperación y el disgusto que su supuesto fallecimiento prematuro había ocasionado a sus amigos, muchos más de los que en verdad se merecía? Oh, hombres. No hay uno bueno. El que no cojea de un pie es manco de un brazo, y el que ve perfectamente es porque está sordo. Muchas huelgas feministas se necesaitan en la Edad Media, y más aún en la Contemporánea. Aunque también tenía que reconocer que el vergonzoso ejemplar de mi género que acababa de huir por el pasillo (a pesar de aquella belleza casi inaudita, que hasta a una heterosexual de libro como yo la impactaba), tampoco es que representara uno de los éxitos más sonados de la Madre Naturaleza. Pero no me detengo más: abro la puerta y penetro en el interior. Y allí me lo encuentro, suspirando felizmente sobre la cama, tal como lo trajeron al mundo. Tiene la decencia de taparse en cuando detecta la intromisión en su intimidad, pero en cuando me reconoce, lo que sucede inmediatamente a pesar del disfraz y lo inesperado de mi aparición, relaja un tanto su ataque de pudor.

-Eowyn, ¡qué sorpresa! Estooo… ejemmm… ¿llevas mucho tiempo en la puerta?

-Lo suficiente -digo yo-. Pero no he venido a hablar de eso.

-De verdad… no es lo que parece… sabes que es mi deber tenerla contenta…

-Guillaume, déjalo ya -le corto. No tenía que justificarse conmigo. Si acaso, deberia pedir disculpas a su propia inteligencia-. No habría venido a verte si no estuviera desesperada. No sé que está sucediendo. Es como si me persiguiera la desgracia o…

-¿O qué?

Me callo. No podía reconocerlo ante él. Aún me quedaba algo de orgullo. Pero estaba empezando a darme cuenta de lo que me pasaba. Estaba enferma. Me estaba haciendo vieja. Me agotaba demasiado, y si no liquidaba una pelea pronto, corría el peligro de no poder finalizarla, viva, al menos. Los años, o las vicisitudes, o todo junto, me estaban pasando factura. Y seguramente que lo habían detectado. Y por eso no encontraba trabajo. Nunca debí de ser muy buena, había llegado a la conclusión, pero era joven y animosa. Y ahora…

-No lo sé -reconozco-. No encuentro quien me contrate. Supongo que la crisis es peor de lo que parecía… Guillaume, tápate, por favor. No es que seas tan guapo, a pesar de tu éxito entre los mujeres, pero yo soy sólo una pobre doncella casi virgen y no puedo hablar de mis problemas mientras tú estás ahí, exhibiéndote. Sólo necesito que me ayudes a encontrar trabajo, por los servicios prestados a vuestra causa. Después me marcharé y no volverás a saber de mí.

La verdad, la reacción de Guillaume me sorprende. Se levanta al fin de la cama (con la precaución de cubrirse antes con una manta), me coge de las muñecas y me invita a sentarme a su lado sobre la ropa revuelta del austero lecho, a una respetuosa y decente distancia, eso sí.

-Eowyn, lamento todo lo que ha sucedido y lamento sobre todo que hayas podido pensar que me había olvidado completamente de ti y de todas nuestras aventuras juntos. A estas alturas estaba segura de que debías hallarte en Chipre, en compañía de nuestro viejo amigo Bernard, donde yo no tardaría en reunirme con vosotros. Si me hubiera imaginado que estabas en esta situación… Pero ¿por que te has negado a acompañarle?

Yo fruncí el ceño.

-Los sarracenos no me han hecho nada. Ya sé que me gano la vida con las armas, pero no creo en las Cruzadas. Si el rey al final inicia la campaña contra Murcia o contra Cerdeña y paga bien, le seguiré, no sé qué otra cosa puedo hacer si no. Pero no me siento cómoda luchando contra los turcos para arrebatarles unas tierras que, aunque no sean suyas, tampoco son nuestras; y mira que me gustaría que lo fueran, porque aquello es el paraíso.

-Pero peleaste en Acre. Y lo hiciste con valor.

-Es diferente. Allí estaba gente que conocía y apreciaba, y a quienes quería contribuir a salvar. Era el lugar en el que yo residía, aunque fuera temporalmente. Hubiera sido absurdo e hipócrita no hacerlo –  igual que pretender que la policía y los militares son peores que las grandes corporaciones, como hacen los izquierdistas descafeinados y guays del siglo XXI.

-Y hay algo más, claro…

Sabía a qué se refería, pero no pensaba decir nada al respecto.

-Comprendo que Tie¡erra Santa puede ser para ti un mundo de tentaciones. Pero sé que podrás resistirlas. Bernard te necesita.

No me digné a contestar a sus observaciones. Sólo esbocé una sonrisita irónica.

-Veo que estáis en las mejores relaciones ahora, tú y y nuestro común amigo.

-Entendí las razones por las que te ocultó que yo seguía vivo. Sólo quería evitarte una decepción si al final no me recuperaba. Y le agradezco que siguiera el camino del resto de los Ocho y volviera a confiar de ti – bajó la cabeza-. Lo que hice no estuvo bien. Entiendo su enfado.

-Pues que os aproveche vuestra recuperada amistad. Espero que os queden algunas migajas de tantas buenas intenciones para echarme una mano.

El bretón sonrió con su típica sonrisa de ayudante en la Tierra del supuesto Todopoderoso, como si lo tuviera todo controlado y se sintiera satisfecho por ello.

-No te preocupes. No hace falta que te marches a Chipre, por ahora. Tengo una idea genial para ti. Genial de verdad, no puedes imaginarte cuánto. Mataremos dos pájaros de un tiro. Voy a enviarte a Bolonia. Hace tiempo que Fray Pere y yo venimos pensando que debes seguir a nuestro servicio, y que eres lo suficientemente avispada para hacer algo más que dar mandobles. Vas a estudiar Leyes. Sé que tienes una buena base de Trivium y Quadrivium. Te escribiré una carta de recomendación para un profesor que conozco, te daré una buena bolsa y sólo tendrás que equiparte convenientemente. Escondiento tu identidad, obviamente. Y tu género.

Pero yo ya no le escucho. ¿Estudiar? ¿Yo? ¿Ser maestra, tal vez hasta doctora en Leyes por la Universidad de Bolonia? Eso lo arreglaría todo. Podría dejar las armas, antes de que ellas me dejaran a mí, en la estacada. Había soñado en acabar mis días peleando por una causa justa, con una encanecida mata de cabellos flotando al viento, pero también podía contribuir con mis conocimientos en Leyes a que la sociedad fuera más justa e igualitaria, ¿no? (O al menos intentarlo, porque ya tengo asumido que esto no va a cambiar en la vida). Pero ¿de verdad no estaba viviendo un sueño? ¿Tan importante era yo para los templarios? ¿Tan correspondido era mi fraternal cariño hacia Guillaume? Ummmm… había algo que no cuadraba.

-Una nave del Temple zarpa en dos días. Para entonces, lo tendremos todo arreglado. Y ahora ven aquí y duerme un poco… sólo dormir, no esperes otra cosa, que es muy agotador complacer a la gata salvaje de Blanca… Bueeeeeeeeno, si me dejas que me recupere un par de horas, a lo mejor…


Me despertó un chorro de agua en mi cara. La bodega se había convertido ya en una especie de lago interior en el que flotaban todo tipo de restos de naufragio, aunque en este caso yo los llamaría mejor indicadores de futuro naufragio. Pero algo más había cambiado; y es que yo seguía atada de manos y pies, pero ahora las ligaduras estaban casi fláccidas y, lo que era aún mucho mejor, no se hallaban sujetas a nada: por lo visto, el madero al que estaban atadas debió soltarse, debido a la combinación de bamboleo con mi peso, quizá con la contribución del agua que había entrado. Escupiendo una buenas bocanada de mar, no me costó mucho deshacerme de las cuerdas, e intenté nadar hacia al escalera coronada por una trampilla que daba a cubierta.

Si tenía que morir, al menos lo haría mirando a la muerte a la cara (sigue).

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