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“A mis espaldas, unos cuantos gritos consiguieron apagar el fragor de la batalla, dejando en su lugar un caos parecido al esperpento de las elecciones españolas 2015-16”.

“A mis espaldas, unos cuantos gritos consiguieron apagar el fragor de la batalla, dejando en su lugar un caos parecido al esperpento de las elecciones españolas 2015-16”.

(viene de) Abrí los ojos desmesuradamente y ladeé la cabeza con sonrisa burlona, echando un mirada circular por toda la extensión de la terraza.

-¡Blanca! –exclamé, con exagerado tono sorprendido-. ¡Y yo que pensé, ingenua de mí, que te habías unido a la batalla que tú misma te esforzaste en provocar! Qué bien estamos aquí arriba, ¿verdad? Cada vez es más fácil la vida de los privilegiados. A cubierto de todo, rodeadita de tu guardia personal mientras esos infelices se matan por tu culpa y por la del otro elemento –no lo había hecho conscientemente (soy medieval hasta la médula, a pesar de mis incursiones contemporáneas), pero me percaté que le había apeado, por enésima vez, el tratamiento de nobleza a la interfecta. Y es que el respeto hay que ganárselo, y aquella mujer se desvalorizaba a mis ojos con cada nueva acción que cometía-. Y tú debes ser Juana –hice un signo hacia la mujer menuda y atractiva, vestida como una doncella y con una expresión de calculadora dureza pintada en su rostro, por otra parte de facciones armoniosas-. Tuve el dudoso honor de conocer a tu antecesora, Elvira. Seguro que aún se acuerda de que fui una de las artífices de que la enviaran al convento. Será mejor que intentes parecerte a ella lo menos posible, si quieres que no haga lo mismo contigo.

Los guardias que protegían a las dos mujeres comenzaron a avanzar hacia mí, que mantenía la guardia frente a ellos sin miedo, porque no me pareció que ninguno de ellos quisiera eliminarme sin una orden directa de su jefa. Blanca me miró de arriba abajo, asqueada y fascinada al mismo tiempo: yo, recubierta de sangre, sudor, tierra, polvo y ceniza, con los cabellos revueltos y la ropa desgarrada, ofrecía la imagen menos femenina, gentil y cortés (al menos, según los cánones de Blanca) posible; igual que si llevara bikini en Oriente y burkini en Occidente. La actual amante del rey, finalmente, esbozó la consabida mueca de desprecio que ya llevaba mi nombre.

-Me abstendré de castigarte como merece tu falta de respeto porque no pareces estar en tu sano juicio. ¿Te has percatado del aspecto que tienes? Por cierto, si me acusas de cobarde por haber subido hasta aquí, ¿qué haces tú entonces en el mismo sitio?

-Porque yo he venido a otear el horizonte –respondí. Le di la espalda, aparentando un valor que estaba muy lejos de poseer en ese momento, y me esforcé en escudriñar el campo de batalla, a la luz de la pira y de las antorchas, buscando mi objetivo, y de paso, a Guillaume, o bien a su cadáver retrasado; en ninguno de los dos casos con éxito.

-Has venido a buscarle –la crudeza oscura de su voz me sorprendió y me volví hacia ella. Comprendí que su obsesión (porque sin duda era obsesión, nadie me podría convencer de que allí subyacían sentimientos auténticos, en el caso que no sea siempre una creación intelectual humana eso que he dado en llamar “sentimientos auténticos”) era aún mayor y más enfermiza de lo que yo había imaginado y, contra todo pronóstico, la compadecí. Me envidiaba, por extraño que pueda parecer, no podía entender lo superior que era a mí en todos los aspectos, ni lo fácil y hermosa que era su vida comparada con la mía. Pobre. Pobre Blanca, tan absurda y fallida como el Estado español. Pobre y desgraciada Eowyn. Quise buscar las palabras para decirle lo equivocada que estaba en sus celos hacia mí, sencillamente porque eso era la verdad, pero de pronto comprendí que nunca lo lograría. Así que dejé de esforzarme.

-No le buscaba a él, sino al otro. A tu amiguito, aquel a quien cuyo ya bastante perturbado cerebro perturbaste más para que te ayudara en tu objetivo de vengarte de Guillaume y, de paso, dar un golpe más al poder del Temple. Pero veo que ahora ya no le quieres tanto. ¿Es sólo porque te arrepentiste de enviarlo a matar a tu templario favorito, o es que ya no te es útil para tus propósitos? Y ya que hablamos ellos, si puedes decirme el paradero de ambos, que seguro que no se te ha escapado nada desde esta atalaya, te estaría muy agradecida –le hice un remedo sarcástico de reverencia.

La indignación con la que escuchó mis palabras amenazaba con ponerla en órbita. Incluso creí ver el vapor que le salía de los agujeros de la nariz, dilatados como dos chimeneas.

-¿Cómo te atreves a insultarme delante de mis hombres? ¿Qué tengo que ver yo con ese templario? ¿Qué interés puedo tener en que viva o muera, ni él ni los otros? ¡Te haré pagar tus palabras, bastarda!

Oí el chasquear de la espada en el aire, en dirección a mi cuello, cuando ya era tarde para haber podido efectuar algún movimiento: uno de los guardias, aprovechando que yo estaba inmersa en el calor de la conversación y devanándome los sesos para encontrar alguna manera de hacer confesar a Blanca lo que sabía (sin dejar de insultarla), se había escabullido entre las sombras hasta ponerse detrás de mí y ahora, cansado de mis faltas de respeto a su señora, pretendía desembarazarme de mi cocorota de un tajo sin que ella argumentara nada en contra. Pero algo pasó: un silbido cortó en seco el restallar de su arma, y lógicamente también su trayectoria. Con una flecha en el hombro, oí el sonido del cuerpo de aquel hombre desplomándose en el suelo con su pesada armadura casi antes de que pudiera girarme hacia él con la espada en la mano.

Me volví inmediatamente hacia el lugar de donde procedía la saeta, al igual que Blanca, Juana y el resto de la guardia. Allí, a bastantes varas de nosotros, a luz de las antorchas y al de la hoguera que aún no se había consumido y que convertía la noche en día, pude ver a dos figuras que se alzaban en el punto más alejado de la muralla este, adonde sin duda habían llegado merced a unas escalas; uno de ellos enarbolaba un arco. Ambos corrieron hacia nosotros, el segundo muy alto y corpulento y el primero, el arquero, más pequeño, ágil y ligero. Me pareció cómo el rostro de Blanca iba poniéndose del color de su nombre al reconocer a los recién llegados; yo no estaba mucho más entera. Por fin, Gonzalo llegó a una breve distancia de nosotros y me saludó agitando el arco, desmesuradamente largo, mientras Blanca buscaba apoyo en sus guardias más cercanos al tiempo que miraba ojiplática al acompañante del sevillano. En cuanto al inseparable compañero de Guillaume, he de decir que nunca me he alegrado más de ver a una persona; hasta le encontré más guapo y todo, a pesar de que nunca fue mi tipo: su barba era más espesa y noté que había envejecido ligeramente desde la última que le vi, aunque le favorecía. A mis espaldas, unos cuantos gritos consiguieron apagar el fragor de la batalla, dejando en su lugar un caos parecido al esperpento de las elecciones españolas 2015-16.

-¿Qué hay? –me saludó tranquilamente Gonzalo, como si acabara de despedirse de mí la noche anterior-. Parece ser que hemos llegado a tiempo –a su lado, el otro hombre miraba con ironía a Blanca y a su cohorte.

Intenté rehacerme.

-Me has salvado la vida –dije-. ¿Cómo demonios lo has hecho? ¡Si apenas tenías ángulo para disparar!

-He de reconocer que apuntaba al corazón, con lo que el tiro ha sido un desastre, aunque al menos ha cumplido su objetivo –se encogió de hombros. Yo seguía mirándolo, sin entender: ¿desde cuándo Gonzalo era tan diestro como arquero? Viéndome momentáneamente desactivada por el asombro, uno de los soldados de Blanca se atrevió a hacer un movimiento.

-Quieto ahí –dijo el falso leproso, dirigiéndose a los guardias de Blanca-. Vuestra señora me conoce de la Corte, y no creo que desee que acabe así nuestra relación –y, dirigiéndose a ella-. A sus pies, señora Blanca. ¿El rey Jaume se encuentra bien de salud, espero?

A la pálida luz del amanecer, aún incipiente, el color de  la tez de Blanca había pasado de ser afín con el nombre de su dueña a asemejarse peligrosamente al ceniciento de mis ropajes

-Vos –pronunció ella, al fin, con un hilo de voz-. Habéis venido. No lo entiendo. ¿Qué estáis haciendo aquí?

Él se plantó frente a ella, escoltado por Gonzalo.

-Señora, vos sabéis con exactitud que Eowyn y yo somos viejos amigos. De Tierra Santa. Aún recuerdo cómo tratasteis de utilizar esta circunstancia contra las pretensiones del Temple en la época de la batalla contra los Entença –el tono falsamente cordial a duras penas disimulaba el desagrado que le inspiraba la amante del rey-. Aunque supongo que nunca imaginasteis hasta qué punto… Por cierto –dijo, volviéndose hacia a mí-, me alegro de verte entera, muchacha. Han sido unos meses muy duros sin saber nada de ti, y nos temimos lo peor cuando vimos el resplandor de esa hoguera. Aunque supongo que sabes que tienes un aspecto horrible.

-Lo mismo digo –le secundó Gonzalo, y rectificó enseguida-. Lo de que me alegro de verte, no lo de tu aspecto. Claro que, la verdad…

-No tiene sentido que me salvéis la vida si luego vais a empujarme al suicidio arruinándome la autoestima –les interrumpí-. Venga, vámonos de aquí, si os habéis tomado tantas molestias para venir al menos haced algo útil –eché un vistazo al patio de armas-. Aunque veo que ahí abajo lo tenéis todo controlado.

En efecto: los gemelos ingleses, ya distinguibles después del episodio de la ciudad italiana, junto con Manfredo, Yannick, Ruy, Cristina, Luis, El Genovés y Hernán, se habían esforzado en poner orden en el campo de batalla (todo hay que decirlo, ya no quedaban muchos en condiciones de oponerse, a esas alturas de la liza), en mitad de una destrucción tan grande como la del litoral español tras la fiebre del ladrillo, y mantenían a los guerreros separados y alineados, mientras iban sujetándolos con ligaduras uno a uno y todos a un cuerda de presos. Mi viejo amigo se asomó a la barrera, a mi lado, y alzó una antorcha soltando un grito de triunfo, que fue contestado por los de abajo.

-¡Eowyn! ¡Es Eowyn! –exclamó Luis al verme. Parecía realmente contento de encontrarme.

El resto le oyó y correspondió a su alegría.

-Sabía que no podrían contigo, amiga –dijo Cristina.

-Bienvenida de nuevo, capitana –Ruy me hizo una cortés reverencia.

Son esos momentos de la vida en que recuerdo que tal vez siga siendo, después de todo, humana. Que siento que otros lo piensan, y me tratan en consecuencia. Que no me ven como lo que soy, una máquina de pegar mandobles sin sentimientos, o al menos sin sentimientos que sepa cómo demostrar. Me permití disfrutar de ese momento unos pocos instantes. Porque yo sabía que era mentira. Que aquellos hombres y aquella mujer no habían emprendido aquella pequeña cruzada por mi carisma personal, sino por el suyo, el de mi viejo amigo, con el que había cogido la costumbre, desde la primera vez que nos encontramos en la misma cuadrilla de mercenarios, de jamás abandonarnos uno a otro, fueran como fueran las circunstancias, resistiendo frente a todo y a todos como un preso político español. Él era, el diablo sabría por qué, la única persona que me apreciaba en este mundo. Y yo ni siquiera sabía pagárselo con nada más que un par de oportunas estocadas de vez en cuando… Les saludé a mi vez, bendiciendo la aún oscuridad que no permitió que notaran cómo mis ojos brillaban. Mientras tanto, Blanca y Juana bajaban por la escalera hacia sus habitaciones, con toda su guardia y acompañadas por Gonzalo. La amante del rey no dejaba de mirarme, a riesgo de tropezar e ir dar por tierra con toda su nobiliaria dignidad: me miraba y le miraba, como haciéndose cruces de lo que imaginaba de nosotros, escandalizada y aliviada a la vez, pero aún recelosa e igual de fascinada y asqueada que antes con respecto a mí.

-Es una mujer a la que conviene no tener de enemiga –me dijo él-. Aparte de sus maquinaciones con los Entença, la recuerdo de las negociaciones con el rey por el tema de este castillo. Su presencia y sus envenenados consejos no ayudaron a que fueran fáciles, precisamente. Al menos, creo que ahora no sufrirá con la idea de que tú eres su rival por el amor de Guillaume. Lo que nos concede una cierta tregua.

-Ni lo sueñes. Es inteligente y odia a los tuyos –rebatí yo-. Y a mí. Vosotros sois un obstáculo para sus ambiciones políticas y sus ansias de poder, mientras que yo represento algo que no comprende, algo que es completamente opuesta a ella misma, y por eso me teme, y me aborrece igualmente. No cantes victoria demasiado pronto, amigo: algo me dice que no es la última vez que Blanca volverá a darnos problemas. Y ahora vámonos: esto aún no ha terminado.

"Estaba cansada, cansada de sufrir y de esperar, cansada de llorar a mis amigos, y sabía que Omar no regresaría de esa muerte ardiente".

“Estaba cansada, cansada de sufrir y de esperar, cansada de llorar a mis amigos, y sabía que Omar no regresaría de esa muerte ardiente”.

(viene de) Aprovechando que, al menos momentáneamente, había dejado de ser el principal objetivo de preocupación de los guardias, me zafé de sus garras con unos cuantos zarpazos, rodillazos y patadas, y corrí lo más lejos de ellos que pude, en dirección a la muralla este del castillo, a un punto intermedio entre Omar y Ferran, sujeto uno a la pira y el otro intentando librarse también de sus captores para socorrerle, unos codos más allá. Pero a diferencia de lo que había pasado conmigo, Ferran tenía serias dificultades con el soldado grandullón que aún se empeñaba en sostenerle, mientras su compañero intentaba dejar fuera de combate a uno de los hombres de Blanca; afortunadamente, el segundo de a bordo de Omar era un presa dura de pelar y no le estaba permitiendo al guardia que pudiera echar mano a su espada. Miré al verdugo, que enarbolaba la antorcha como protección frente al combate que se desarrollaba ante sus ojos y que aún no había llegado hasta él, mientras echaba miradas satisfechas a la futura víctima, al que sin duda consideraba una moneda de cambio por si la situación se ponía fea, como Israel calibrando la fortuna que podía obtener después de masacrar zonas de palestina susceptibles de inundarse de viviendas; después eché un vistazo a  las férreas cuerdas que mantenían preso al trovador. Y de pronto, un cuchillo relució en la mano del soldado que tenía a Ferran, en dirección inquebrantable hacia su cuello, atrayendo mi mirada.

-¡No! –exclamé.  No iba a llegar a tiempo. Desesperada, miré a mi alrededor, buscando una imagen inspiradora, o más bien un objeto arrojadizo, y lo encontré: el casco de uno de los hombres de Blanca, abatido en el suelo y en un estado de destrozo general que no dejaba dudas acerca de su próxima participación en el cónclave de gusanos. Lo recogí y, haciendo gala de la escasa puntería que se me otorgó en el reparto de cualidades prenatales, lo lancé hacia el seguramente poco amueblado cabezón del atacante de mi amigo y, sorpresivamente, di en el blanco (o más bien en el negro, porque no parecía ser hombre muy aficionado a la higiene). Ferran aprovechó el momento y le empujó lejos de él, rematando la faena con una patada en la barriga, y me miró. Al vernos libres a los dos, la mirada del verdugo cayó sobre nosotros y, con la mayor tranquilidad del mundo, empezó a prender la hoguera.

-¡Vamos, vamos, vamos! –le grité. Ambos corrimos hacia el fuego como unos posesos. Yo iba apartando sin mirar a los que se cruzaban en mi camino, sin atender si querían atacarme o resguardarse de la lucha, mientras Ferran convergía hacia mí desde su diagonal, afortunadamente por un camino mucho más despejado. El verdugo sonrió (juro que vi cómo se arrugaba hacia arriba la tela negra que cubría su dentadura probablemente podrida y escasa) y me esperó con la antorcha en ristre, protegiendo la pira con ella, y tal vez también su probable futura huida. Pero yo ya había llegado mucho más allá del temor: estaba cansada, cansada de sufrir y de esperar, cansada de llorar a mis amigos, y sabía que Omar no regresaría de esa muerte ardiente como lo había hecho Guillaume. Así que, en medio de agudos gritos, me precipité sobre él, con el rostro enrojecido por el calor y el esfuerzo, el cabello revuelto y la ropa medio arrancada, y le impacté con la cabeza justo en la boca del estómago. Mi embestida, en un punto tan bajo de su anatomía, le pilló por sorpresa (o tal vez nunca pudo verme como a una rival seria), y la antorcha que llevaba fue propulsada sobre las ramitas secas preparadas para alimentar el fuego en el otro lado de la pira. Yo le pateé la cabeza mientras Ferran se esforzaba por apagar la zona que el verdugo había prendido antes, cuyas llamas ya habían adquirido una longitud preocupante.

-¡No hay tiempo ahora de eso! ¡Subamos! –él me obedeció y empezó a escalar en mitad de los dos focos de incendio, por la montaña de ramas secas y maderos hasta el punto más alto del poste, donde la víctima de aquel auto de fe sin fe esperaba. Yo resbalé un par de veces, por la precipitación, y él llegó primero al lado de Omar, que nos había estado mirando con ojos angustiados desde que comenzó nuestra operación de salvamento. Ferran tiró con impotencia de las ligaduras que oprimían a su compañero.

-¡Espera! –avisé yo. Rebusqué entre mi ropa interior y le tiré la daga que suelo llevar escondida y que resulta de lo más útil para evitar atenciones masculinas no demandadas, porque el mundo, hoy en día, se ha convertido en unos gigantescos sanfermines donde la violencia machista es cada vez es más frecuente y tolerada. Él la atrapó al vuelo y comenzó a cortar las cuerdas que sujetaban a Omar al mástil. Yo llegué a su altura y le ayudé buenamente como podía, arañándome las manos con el cáñamo. Fue Omar quien, con un último esfuerzo, acabó de librarse de los últimas vueltas de soga.

-¡Ya está! ¡Huyamos de aquí, amigos!

Los dos focos del incendio se habían unido en la zona de la hoguera que daba a la contienda de modo que que sólo quedaba una salida, y era saltar entre el escaso espacio entre la pira y el muro y así lo hicimos, aunque algo crujió en mi tobillo al aterrizar en el suelo tras el brinco desde aquel extraño ángulo. La madera que estaba cada vez más cerca de convertirse en cenizas nos ocultó por un momento a los ojos del resto de contendientes, pero si alguien había visto nuestras maniobras, y con la mejor de las suertes, apenas nos quedaban unos minutos para ponernos a salvo, El calor empezaba a ser insoportable, y nos miramos, con el cabello y el rostro empapado de un sudor donde quedaban pegadas las negras pavesas.

-Huid –les dije-. Marchad pegados al muro, lejos de las antorchas, y protegeos en la torre. Atrancad la puerta si es necesario. Esta locura acabará rápido, aprovechad que todo el mundo está aún ocupado matando y tratando de que no le maten. ¿No me habéis oído? ¡Corred!

-Nos iremos los tres, Eowyn  –Ferran empleaba un tono que no parecía dar lugar a la disensión. Omar, en cambio, me miraba con tristeza: me conocía demasiado bien para creer que marcharía con ellos. Y yo no podía perder el tiempo en explicaciones.

-Oh, maldita sea… -les empujé fuera del peligroso parapeto de la hoguera y corrí hacia el medio de la liza, gritando como una descosida. Antes de recuperar mi espada, que extrañamente nadie me había tocado (o es que quizá no les seducía su herrumbroso aspecto) y empezar a repartir mandobles sin importarme más que hallarme cada vez más cerca de mi objetivo, vi por el rabillo del ojo cómo Omar arrastraba a su ayudante hacia la seguridad de las torres. Gracias, Fortuna.

***

La lucha se había convertido ya en un batiburrillo caótico en el cual nadie sabía ya quién era o no partidario u oponente. Yo no veía a mi viejo enemigo, el que había provocado todo aquello igual que las grandes corporaciones los incendios forestales; probablemente, como el gobierno, se había puesto a salvo dejando que el horror se generalizara; tampoco podía encontrar ya a Guillaume, y durante un tiempo tuve miedo de haberlo recuperado sólo para volverlo a perder. Eso habría sido demasiado cruel y, por lo tanto, muy probable: sólo me quedaba esperar lo mejor, confiar en él y en su pericia como si duda él confiaba en la mía. Yo intentaba llegar hasta el lugar donde le había visto por última vez, entre la muralla norte, donde se hallaba la torre donde residía Omar, y las dependencias destinadas a almacenes, bodegas y cuadras, pero no estaba allí. Tenía que conseguir hallar un lugar elevado para poder descubrirle, y para eso tenía que atravesar el grueso de la pelea y acercarme a la terraza elevada que estaba pegada a la muralla sur, cerca del portón de entrada. En mi camino, apartaba a cualquiera que se pusiera en medio haciendo voltear la espada encima de mi cabeza. No quería matar a nadie, aunque en ese momento mi rabia era tan destructiva que era mejor permanecer lejos de mi trayectoria, pero no podía esperar ni un solo segundo más. A pesar de que muchos me tachan de impulsiva, yo sólo hago las cosas cuando algo me indica que es el momento de hacerlas, una especie de alarma que suena en mi cerebro. La razón, la intuición… no lo sé. Y en aquel momento, la campanilla había sonado y seguía haciéndolo insistentemente. Y no pararía hasta que lo eliminara.

Un tirón de los desgarrados faldones de mi gambesón, sin embargo, truncó mi loca carrera. Me volví hacia el desgraciado con el pomo de la espada hacia él, dispuesta a clavársela en toda la boca si no me dejaba en paz, cuando me encontré cara a cara con Karl. Él sí me había encontrado fácilmente. Y yo comprendí que mis propósitos tendrían que ser, de nuevo, aplazados.

***

Evidentemente, Karl no estaba pasando por un buen momento. Sus ricos aunque vulgares ropajes se habían convertido en harapos, el pelo rubio, bastante más escaso que cuando lo había conocido, estaba enredado como un nido de arrendajos, la hipócrita sonrisa se había convertido en un rictus espasmódico, y la roja nariz y el granujiento y escamoso cutis hablaban de dejadez en general y alcoholismo en concreto. Por si fuera poco, el tufo que emanaba hasta a diez leguas de donde se encontraba le convertía en un interesante prototipo de arma biológica que sin duda la Otan podrá tener a bien explotar para desestabilizar alguna región levantisca más del planeta, junto con Israel y las monarquías del Golfo, hasta la desestabilización total. Naturalmente, él estaba seguro de que todo aquello era por mi culpa, lo pude leer en su expresión: al parecer, cuando a una la venden al sultán de Egipto, lo educado es portarte bien y ser sumisa, dejarte torturar y violar, confesar el paradero de reliquias en las que no crees, y sobre todo nunca escaparte, a riesgo de dejar a tus traidores ex jefes en situación comprometida y que se cabreen contigo como unas monas. Vamos, lo que se suele llamar hacer un Tsipras con la UE y los lobbies económicos.

–Pensabas que tú ibas a escaparte de mí –dijo con su marcado acento teutón.

Yo resoplé, fastidiada.

 –Será mejor que te apartes de mi camino, Karl. Tengo trabajo que hacer. Cuando haya terminado, tú tranquilo que ya arreglaremos lo nuestro. Pero ahora no puedo ocuparte de ti.

Él soltó una risotada y se palmeó con la diestra el grueso muslo.

-¡Mein Gott! Yo no sabía que además tú eras una cobarde. Qué pena me das. Pero yo te voy a matar igualmente, así que ¡defiéndete!

Suspiré, resignada. Él ya me amenazaba con su espada; yo me retiré unos pasos, apartando a un par de contendientes para conseguir la necesaria distancia de enfrentamiento, y coloqué la mía en una guardia alta. No era el lugar más adecuado para un duelo, dado el pandemónium en que estábamos inmersos, una auténtica batalla campal, pero no quedaba otro remedio. Recordé, de pronto, San Juan de Acre, aquella guerra en la que me visto inmersa sin comerlo ni beberlo, y en la que había visto escenas que me negaba a revivir, aunque mis pesadillas lo hacían por mí. Pero ahora no había tiempo para lamentaciones: le distraje haciendo una par de amagos y algunos malabarismos con la espada, que él interpretó como una patética necesidad de exhibir mi destreza; creyéndome lo bastante inofensiva, me dejó hacerlo, mientras preparaba su próximo movimiento, estudiando mis defensas. Grave error: él creía que aún seguía con mis florituras, gracias a mi cara de póquer, cuando interrumpí una mitad de la maniobra, con la punta de la espada vuelta hacia atrás, propulsé mis dos manos hacia delante para meterle el pomo por la garganta, y luego me retiré un paso para voltear la hoja de manera que le cortara en el cuello. La sangre de su aorta comenzó a surgir como un géiser, empapándome de arriba abajo y, llevándose las manos a la herida, cayó de rodillas y luego se desplomó hacia un lado sin dejar de mirarme con expresión de sorpresa. No podía crear que hubiera sido tan fácil, pero esquivé su cadáver y seguí mi camino. En absoluto estaba orgullosa de la orgía de sangre que estaba protagonizando, a pesar de que la alternativa era que fuera la mía la que manchara el empedrado de aquel patio de armas. Pero en aquel momento, el sentimiento de culpa por mis bárbaros actos quedaba eclipsado por otras emociones más urgentes.

Más tarde, si aún estaba viva, volvería. Y con él, las pesadillas.

***

Ya había atravesado el patio de armas por completo, y me hallaba en el punto donde las dependencias me separaban del cuerpo central del castillo; a mí derecha tenía la escalera que llevaba a la terraza elevada donde esperaba tener buenas perspectivas, y hacia allí me precipité, no sin antes apartar a un cadáver que acababan de lanzar desde uno de los adarves, y esquivar un estocada perdida que hubiera ido directamente a mi estómago y que acabó encontrando su destino en el muslo de un contrincante que luchaba a mis espaldas. Por fin, mi mano se cerró sobre el tercer peldaño de la escalera, y conseguí arrastrarme hasta llegar arriba en un estado bastante aceptable, mientras, las garras de guerra arañaban el aire y tiraban de mí hacia abajo.

Lo que me encontré allí debería habérmelo imaginado mucho antes. (sigue)

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Nunca se puede estar lo suficientemente perdido; siempre se puede caer más bajo.

Nunca se puede estar lo suficientemente perdido; siempre se puede caer más bajo.

(viene de) Me levanté muy despacio, intentando que la punta de la espada no acabara con mi existencia antes de que pudiera intentar mi última acción en esta vida: sabía que él prolongaría mi agonía todo lo que pudiera, tal vez hasta que el fuego consumiera el último atisbo de vida de lo que había sido Omar, así que no temí por aquel particular. No esperaba ayuda de ningún tipo, o al menos no la esperaba a tiempo; algo grave debía, sin duda, de haber retenido a los refuerzos que esperaba Guillaume desde muchas horas antes. Dejé caer mis manos a ambos lados de mi cuerpo, sin hacer el más mínimo intento por defenderme.

-Tienes razón. Tienes razón en todo. Me equivoqué y ahora es tarde. No espero tu perdón. Sólo que no dejes que corra más sangre entre nosotros, porque nadie más que yo es culpable de mis errores.

Muy despacio, para no hacer sonar las alarmas, me llevé la mano al yelmo, me lo quité y lo dejé caer al suelo. Me liberé, así  mismo del almófar, y con la misma parsimonia desenlacé las correas de la coraza. Abrí el cinturón de mi espada, que cayó a mis pies. Para acabar, eché mano a las cuerdas que cerraban mi gambesón y las arranqué de un golpe. Seguidamente, me hinqué de rodillas e incliné la cabeza. Ahora no en una postura de súplica, sino de total y absoluta sumisión, como España ante la UE. Acababa de perder mi último, y único, tesoro. Lo que me hacía ser quien era. Los símbolos de mi lucha contra las injusticias del mundo. Mi dignidad. Y no me importaba. Y no me importaba mientras hubiera una ínfima posibilidad de que pudiera salvar a Omar.

En ese momento, nos pasos sonaron a mis espaldas, los de unas pesadas botas sobre el empedrado. La conocida voz rompió el silencio.

-Veo que ya tienes todo lo que querías –observó Guillaume. De pronto, su tono se volvió irónicamente pesaroso-. Es una lástima que no te quede mucho tiempo para disfrutarlo.

El bretón, que sin duda había observado la escena preguntándose en qué momento sería más sabio intervenir, se aproximaba ahora, dispuesto también a emplear su última arma. Tuve, de pronto, el egoísta pensamiento de que al menos no moriría sola, pero enseguida rogué con todas mis fuerzas a aquellos cielos en los que no creía que él, al menos, pudiera salvarse.

-¡Tú! –aulló el vencedor de aquella lid aún no celebrada, sin retirar la punta de su espada de mi cuello-. Pero ¡estabas muerto!

Y, sin embargo, me extrañó no notarlo lo suficientemente asombrado.

-Comienza a resultar un poco cansado oír eso de todas las personas que me encuentro últimamente –respondió Guillaume con tranquilidad. Mi contrincante le repasó de pies a cabeza, reconociendo sus ropajes,  y  pareció comprender, con un poco de retraso: podía tener la sartén por el mango, a pesar de lo loco que estaba, pero había que reconocer que intelectualmente tampoco es que fuera muy brillante. Su cerebro estaba más vacío que la hucha de las pensiones después del expolio del PP.

-Diego –coligió-. Maldita sea. Todos sois traidores –sí: Aquello parecía una reunión de izquierdistas de salón y universidad que cuando nadie les ve hacen de las suyas.

Guilaume suspiró profundamente y chasqueó la lengua.

-Los señores deberíais ser siempre lo suficientemente humanos para atisbar dentro del yelmo y el almófar de vuestros servidores. Aparte de que os haríais más gratos a Nuestro Salvador, eso os ahorraría desagradables sorpresas –sus ojos se volvieron a Esquieu, que le miraba con superioridad-. Ni siquiera me reconociste tú, infame babosa. Eres tan estúpido como bellaco, si eso es posible.

-No des un paso más, templario –mi enemigo hizo el gesto de hincar su espada más aún en mi cuello. Afortunadamente sólo lo fingió: y es que no iba a ser divertido para él que yo la palmara tan pronto-. Poco tienes que hacer ya. Puedes ser duro de matar, pero te superamos en número y en armas… y en rehenes. La situación es bastante mejor para mí que hace año y medio. Esto no será una segunda Perugia.

-No –aceptó Guillaume-. Pero por distintas razones. Ese día tuviste suerte. Ahora te ha abandonado.

Está ganando tiempo. No tiene ninguna posibilidad. No era necesario ser muy inteligente para saberlo. El noble también lo entendió así.

-Guardias –ordenó-, apresadle y sujetad a esta meretriz. Ya que tanto le gusta el espectáculo, que contemple éste. Y tú, verdugo, prende la hoguera.

En aquel momento, yo hubiera escuchado el sonido de la espada de Guillaume deslizarse de su vaina, dispuesto a vender cara su existencia casi resucitada, de no haber soltado el grito más estentóreo del mundo, que tuvo la virtud de sobresaltar a los integrantes de aquel guiñol ridículo y sangriento un instante lo suficientemente prolongado para que, aprovechando que él había apartado la punta de su espada de mi cuello para permitir a sus hombres hacer su trabajo, yo me echara hacia atrás hasta apoyar las manos en el suelo para impulsar mi cabeza y golpear al cabrón de mierda en sus partes más sensibles, que esperaba que se hubieran convertido en un amasijo de carne y sangre inútil. De inmediato, rodé sobre mí misma para alejarme de él, me erguí de un saltó y me abalancé sobre el verdugo, cuya antorcha ya rozaba la madera cubierta de aquel líquido con sospechoso olor a aceite, con lo que conseguí derribarle. Pero ya la mitad de los guardias caían sobre mí, intentando sujetarme sin (todavía) herirme demasiado. Pude mantenerles a raya un momento, antes de estar a punto de darme por vencida, a base de puñetazos, patadas, cabezazos y de remover la tierra que rodeaba la hoguera para cegarles momentáneamente, mientras veía, por un lado, cómo Ferran luchaba como un condenado para quitarse de encima a su captores y correr hacia Omar y, por otro, cómo Guillaume se enfrentaba él solo con un grupo que no me atreví ni a contar, entre los que se encontraba, ya recuperado de mi ataque, el culpable de todo aquello, mientras Esquieu contemplaba el conjunto, frotándose las manos como Trillo tras haber convencido a todos los españolitos de que no participamos en la guerra de Irak y sólo fue una ilusión de nuestros sentidos. En ese instante, se produjo el terremoto.

Algo penetró por el túnel de entrada. Un algo muy grande, poderoso y polvoriento, que sin duda lo había arrastrado todo a su paso, guardias de la puerta incluidos y rastrillo en caso de que este no se hubiera abierto a tiempo (probablemente los del campamento del recinto exterior, si no habían podido despertarse, debían estar ya convertidos en papilla), y que consiguió interrumpir la escena como si fueran una horda de turistas en Barcelona. Dibujándose entre el polvo, pude ver una comitiva de soldados a caballo, cubiertos de hierro hasta los dientes, seguidos de un par de carros y, entre ambos sistemas, dos figuras montadas en altos palafrenes. Impresionante la primera, una mujer esbelta aunque fuerte, más alta que muchos hombres y dotada de una belleza casi irreal, y bastante menos la segunda, también de sexo femenino pero más menuda y de rostro no tan agraciado, aunque prácticamente tan ufana y crecida como la primera.

-¿Qué está sucediendo aquí? He oído unos gritos espantosos –Blanca se adelantó sin obstáculos. La fenomenal visión de aquella comitiva y su hermosa líder había conseguido que la acción se congelara en tiempo muerto. Y luego dirán que una cara bonita no es la única manera de que te tomen en serio si has nacido mujer, en esta sociedad y en las que vendrán. Lamentablemente, me hallaba aún sujeta por los guardias, lo mismo que Ferran, y Guillaume seguía rodeado de espadas que apuntaban directamente a distintas partes de su cuerpo, como cercado por un enorme y letal puercoespín. Ella nos vio y se dirigió a mi enemigo-. Debí suponerlo. Tú tenías que ser. ¿Intentas dar muerte a ese soldado de Dios por segunda vez? ¿Qué tienes, maldito seas, contra los paladines de la fe?

Él, muy seguro de sí mismo, avanzó unos pasos, dejando caer un poco su espada y haciéndole una cortés y cínica reverencia.

-Todo lo que hice, mi gentil señora –aquí una pausa dramática- lo hice, única y exclusivamente, siguiendo vuestro consejo e incluso vuestras órdenes. Y por el bien de la corona.

Ella escupió.

-Vil y fementido embustero… Te haré tragar tus palabras, si es que nuestro señor Jaume no lo hace antes. ¿Cómo puedes difamar así al rey y a sus queridos amigos de la Orden? -la súbita carcajada de su interlocutor me sobresaltó hasta a mí. Siempre consideré una fijación casi conspiranoica (igual a la del supuesto pucherazo del 26J… o no) la obsesión de frey Pere y los integrantes del Grupo de los Ocho sobre los intereses del rey Jaume en acabar con el Temple, pero las palabras de aquel traidor me lo acababan de confirmar. Pero no era el momento de pensar en política. Oí de nuevo la voz de la persona a la que más odiaba en el mundo.

-Demasiado tarde, mi señora Blanca. ¿Sabéis? La mayoría de mis hombres han sufrido esta noche una… llamémosle… indisposición… gracias a las malas artes de vuestra querida amiga la de Camelot –cabeceó hacia mí-. Así que tuve que recurrir a unos extraños personajes con un pequeño ejército que se presentaron ya caída la noche, buscando a esta mujer y a un muerto que según ellos estaba bien vivo –hizo un gesto con la barbilla hacia Guillaume- . Yo sospeché y les comandé que reunieran a toda prisa en el pueblo y los alrededores a una tropa mercenaria, por si el templario fantasma traía refuerzos, que bien pudiera pasar por un grupo de asaltantes a los ojos del rey. Por cierto –señaló hacia arriba-, allí están, apostados en las almenas. ¡A la carga, mis valientes! ¡Ha llegado el momento!

Cuando vi las zarrapastrosas figuras de Gustaf y Karl levantarse allí arriba, rodeados de no menos astrosos mercenarios locales, comprendí dos cosas: la primera, que mi destino, o mis errores, me perseguían sin tregua, y la segunda, que había cometido el grave fallo de subestimar a mi enemigo. Nunca se puede estar lo suficientemente perdido; siempre se puede caer más bajo. Pero ya Blanca instaba a sus hombres a responder, mientras los mercenarios saltaban al patio como auténticos gorilas, y yo supe que era mi última oportunidad: sin duda iba a morir, pero no lo haría antes de asegurarme que Omar y Ferran estaban a salvo (sigue).

"Como España, no podíamos disculparnos eternamente en las tristes circunstancias de nuestras vidas: algún día tendremos que reconocer nuestras culpas antes las generaciones posteriores".

“Como España, no podíamos disculparnos eternamente en las tristes circunstancias de nuestras vidas: algún día tendremos que reconocer nuestras culpas antes las generaciones posteriores”.

(viene de) Desde hacía tiempo, la venganza se había convertido en una obsesión para los dos desharrapados personajes que habían cometido la torpeza de atacar a la pequeña comitiva que salía de Tortosa. Al principio, había sido sólo un fuerte sentimiento de odio que no tenía por qué acarrear consecuencias: castigados, incluso hasta la tortura, por el sultán de Egipto, parecía que, una vez recuperados, iban a seguir ejerciendo sus negocios poco claros, aunque en su mayor parte dentro de la poca rigurosa legalidad vigente. Pero el negro recuerdo siempre estaba ahí, el dolor, el rostro de aquella mercenaria a la que en mala hora contrataron, que primero les había humillado dejándoles en la estacada, y después, cuando la perdonaron y le concedieron una segunda oportunidad, directamente les traicionó (como los responsables de la Sanidad catalana, les era más fácil echar la culpa a otros que reconocer su enorme responsabilidad en el despliegue de cruces). No podían concentrarse en su actividad; no podían concentrarse en sus vidas.

-No quiero que ella comparte el mismo mundo que yo. Mientras eso suceda, no podré estar en paz –había rematado Karl al explicar la historia a un grupo de mercaderes hanseáticos en Chipre. Estos les apoyaron inmediatamente, entre risotadas, jarras rotas, tablas y bancos volcados, y olor a vino rancio y a otras cosas aún menos apetecibles, en aquella taberna portuaria de quinta fila de Limasol. Los de la Hansa les acogieron en sus barcos rumbo a tierras catalanas, aunque poco tardaron en darse cuenta que el precio por el transporte gratis era ser los esclavos y los bufones de la tripulación. Tras haber sido ridiculizados, pateados y escupidos hasta la saciedad, arribaron a puerto y, en mitad de su ira y autocompasión, perdidos entre en la purria que pululaba por los alrededores de la alhóndiga de Barcelona, vieron pasar una comitiva encabezaba por una mujer muy hermosa y sus guardia. Era imposible no reconocerla, y no precisamente por la pulcritud de sus rasgos. Se miraron mutuamente: en sus ojos se había dibujado la imagen de un pequeño castillo cerca de las tierras del conde de Urgell.

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Guillaume y yo nos levantamos como si de repente los sacos bajo nuestras posaderas hubieran entrado en combustión espontánea: alguien gritaba igual que si le hubieran ensartado como a un jabalí y le estuvieran cocinando al fuego bien rociadito con aceite hirviendo. Al principio no entendimos una palabra, pero algo nos hacía augurar que aquello era al menos un punto negativo para nuestra supervivencia futura. Aguzamos el oído y empezamos a distinguir palabras, una de las cuales, por desgracias, era mi nombre.

-¡Eowyn! –gritaba una voz que ahora reconocía, a pesar de que esta desfigurada por una rabia histérica-. Sal de donde estés escondida, zorra cobarde. Sal, asquerosa ramera, si no quieres que te saque las tripas por los ojos. ¡Sal de una vez si no quieres que mate a tu nuevo amante!

Aquellas palabras me helaron el cerebro y cubrieron de una capa de escarcha mis pulmones, y no fue precisamente por los amables apelativos que me dirigió, o sus sutiles amenazas, ni por la cansina aliteración de “sal”. Intentando reaccionar, me moví a toda velocidad hacia la abertura por la que habíamos entrado, aunque Guillaume, más rápido, pudo atraparme por el gambesón.

-¿A dónde crees que vas? ¿Vas a hacer caso a ese gusano? ¿No ves que es una trampa? –no podía perder tiempo en explicaciones: me volví hacia él y golpeé el brazo que me mantenía prisionera formando una maza con mis dos manos unidas. Fui tan repentina y certera que conseguí que me soltara, y tan rápida que no me pudo volver a atrapar… hasta que pude empujar la piedra que cerraba la salida y tuve medio cuerpo afuera. Fue entonces cuando sentí que algo tiraba de mis piernas y me hacía retroceder por el hueco como una lombriz de tierra engullida por una corriente telúrica, a pesar de que me agarré con toda la fuerza de mis dedos a los bordes de la abertura. Me volví hacia él, trabajosamente, embadurnada de restos de piedra caliza. Iba a dar un salto hasta atrapar a Guillaume de la ropa y golpearle para quitármelo de encima, pero antes de que pudiera ponerme en faena me soltó sin solución de continuidad:

-¡Te traicionó! ¿No lo entiendes? ¡No te habrían descubierto de no ser porque él te traicionó! ¡No se merece que mueras por salvarle!

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-¿Acaso –continuó él, arrodillado ante mí y sin dejar de sujetarme– crees que fue casualidad que Ferran fuera a buscarte aquel día a la orilla del río? Se lo oí comentar a Esquieu: había sido enviado por el montón de estiércol pestilente de tu antiguo señor para que espiara los alrededores de Tortosa, pues estaba seguro (no me preguntes de dónde sacó la información) que tú estabas acechando para matarle, mientras él esperaba que finalizaran las lluvias para adelantarse a preparar el castillo para las Cortes del Rey. Pero no te reconoció: había muchas mujeres entre la servidumbre y en la compañía de Omar, y ninguna se parecía a ti, oculta bajo tu disfraz. Y, desde luego, no podía seguirlas a todas en todos los momentos, y menos dentro del recinto del castillo. Así que sondeó a varias personas, con el disimulo rastrero que le caracteriza, y dio con Ferran, que al parecer no estaba demasiado contento contigo. El renegado argumentó que buscaba a una ladrona que había perjudicado a su familia, y él te señaló a ti como sospechosa y le explicó que solías salir a explayarte al lado del río. De pronto, un día Ferran debió de comenzar a verte bajo otra luz, porque se apresuró a decir a todo el mundo que eras una dama gentil y cortés y totalmente de fiar. Pero el mal ya estaba hecho: Esquieu te había visto sin tu disfraz, aunque de lejos. Y la duda se instauró. Eowyn, por favor, no vayas.

Yo no acostumbro a tolerar las traiciones. Pero en este caso, comprendía que Ferran sólo se había traicionado a sí mismo, como la clase obrera española. Miré a Guillaume intensamente durante unos segundos, y logré que bajara la guardia. Entonces di un salto, golpeé a la vez sus dos antebrazo desde el interior, de manera que se redujera la fuerza con la que agarraba mis tobillos, y al instante doblé las rodillas y propulsé las botas hasta que impactaron contra su estómago. Él perdió el equilibrio, tuvo que soltarme y yo pude escaparme sin que esta vez estuviera en disposición de impedírmelo.

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Estaba afuera ya. Ante mí, bajo la luz de una luna amordazaba por nubes errabundas y complementada por las antorchas, se abría el patio de armas del castillo. Había dejado una zona dedicada a dependencias detrás, a mi derecha, y ahora, delante de mí, se alzaba el portón de entrada, a un lado, y la torre que servía de alojamiento a Omar y más invitados, al otro. Varios guardias del señor, los pocos pero suficientes a los que había podido despertar del sopor producido por mi mejunje, algunos de ellos conocidos por mí, le rodeaban; Esquieu se hallaba cerca de ellos, con la mirada nebulosa del que está a punto de disfrutar de un gran espectáculo porno. Todos circundaban un escenario en el que destacaba, en su centro, un montón de leños y ramas secas apiladas con el diseño inconfundible de una hoguera. En mitad de ellos, sobre un soporte de madera, un hombre estaba atado a un poste, medio desnudo. Ferran, sin embargo, se hallaba a los pies del conjunto, sujeto por unos guardias y a punto de sufrir, tal como parecían revelar sus movimientos espasmódicos, un ataque de nervios. Por lo tanto, el futuro ajusticiado no era él… Antes de suspirar de alivio y plantearme qué hacer a continuación, la figura de la víctima se me rebeló gracias a la nube errante en el cielo que liberó la luz de la luna durante un segundo. Las piernas me fallaron y estuve a punto de caer de rodillas: aquello era peor todavía, si es que ello era posible. El hombre atado a la hoguera, que me miraba desde la lejanía con una expresión de terror como nunca había visto en su rostro, era la persona a la que había fingido visitar por las noches con propósitos lúbricos para tapar nuestras reuniones de cara a organizar el plan.

Era Omar.

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-¡No! –corrí como si no hubiera mañana. El cuerpo y el cabello de Omar rezumaban un líquido brillante y untuoso. Uno de los guardias, ataviado (qué cruel sentido del espectáculo) con una capucha de verdugo cayendo sobre un torso desnudo lleno de horribles cicatrices, se acercaba a la pira armado con una antorcha encendida y humeante, que iluminaba la madrugada tardía. Me enfrenté a mi supremo enemigo: estaba dispuesta a todo, a cualquier cosa, para impedir lo que vendría a continuación. En ese momento, y sin que existiera precedente, mi vida no me importaba nada. Me volví hacia el responsable de aquella barbarie y, sin ningún orgullo, me arrodillé-. Por todo lo que en alguna vez creíste, si es que creíste en algo: haré lo que sea, pero no lo cometas esta locura. Omar no tiene la culpa de nada, nada sabía, es completamente inocente además del trovador preferido de la Corte. Perderás el favor del rey. Por lo que más quieras, no le hagas daño.

Ferran lloraba y gritaba en su rincón. Entre sus palabras entrecortadas me pareció distinguir peticiones de perdón. Se creía culpable por haber iniciado todo aquello, poniéndome bajo la lupa de Esquieu. Pero yo era la única culpable, yo y sólo yo había llevado a Omar hasta aquel punto: el hecho de que él hubiera aceptado plenamente, de que fuera consciente de los riesgos que podía correr, y que incluso hubiera sido copartícipe del plan y se hubiera entusiasmado con él, no me eximía de mi error. No: como España, no podíamos disculparnos eternamente en las tristes circunstancias de nuestras vidas: algún día tendremos que reconocer nuestras culpas antes las generaciones posteriores. El hijo de la gran puta se acercó a mí, suplicante en el suelo, muy despacio, como estudiándome, y se detuvo a un paso, a la suficiente distancia como para alargar la mano y sostener mi barbilla. En su rostro pugnaban el asombro y una satisfacción contenida.

-Vaya –dijo-. Esto es nuevo para mí. Algo inusitado. Estás llorando –se llevó a los ojos una mano, mojada de mis lágrimas de terror, culpa y tristeza, y después se tocó con ella los labios, como si no hubiera tenido suficiente certeza-. Nunca antes te había visto llorar y dudaba de que fueras capaz. Ahora sí que eres una mujer completa. Y he de reconocer que eso te otorga un cierto encanto que jamás habría imaginado en ti. Lástima que ya sea demasiado tarde. Tuviste tu oportunidad, hace tiempo, cuando aún eras una niña. Y la volviste a tener hace unos años. Yo aprendí a respetar lo que tú eras y querías ser, aunque eso significara cuestionarme todas las cosas en que siempre había creído y consideraba inamovibles; tú me demostraste que no lo eran, eso debo por honor reconocértelo. Pero no tuviste suficiente con ello. Volviste a marcharte. Yo te di mi permiso para que lo hicieras, pensando que agradecerías esta deferencia, comprenderíais tu error y te echarías atrás. Sin embargo, no lo hiciste. Te dedicas te a errar de hombre en hombre, como la furcia que eres. Y entonces comprendí que sólo entendías un lenguaje –desenvainó su espada con un movimiento tan rápido que no lo vi hasta que noté la fría punta clavándose en mi cuello-: éste –y, señalando la llama- y éste. Ahora tendrás lo que siempre has estado buscando. Tú, y tu cómplice. Morir los dos juntos. Sí. Aún recuerdo cómo le mirabas hace veinte años, el día que actuó en el pueblo. Ahí empezó todo, ¿verdad?

Pero no había empezado ahí. Podía habérselo dicho, de no estar tan angustiada. Yo siempre fui yo. Omar sólo me enseño cómo llegar a ello. Oh, qué gran ironía, qué gran y trágica ironía subyacía en aquella situación. El loco había sobrepasado ya todos los límites: no le importaba mostrar su enfermedad mental delante de sus hombres, que le obedecerían hasta el final pero no por eso dejando de preguntarse a qué tipo de orate, o de imbécil, estaban sirviendo desde hace años, como debían de hacer los súbditos de Rajoy. Tal vez había firmado su sentencia de muerte, o al menos de ostracismo, en la Corte, cuando las murmuraciones empezaran a circular o cuando el rey viera el cadáver calcinado de Omar en la pira. Pero nada de eso me serviría. Yo estaría muerta. Y mi maestro, mi padre, mi amigo, también. Todo había acabado: mi vida, llena de errores, la vida de una mujer fuerte pero cobarde, que se había pasado toda la vida huyendo de su destino en lugar de enfrentarse a él, que se había dejado llevar por sus instintos y su ira antes que por la razón tanto para el placer como para el dolor, que había marchado de fracaso en fracaso hasta el fracaso final, acababa allí. Y no iba a morir precisamente orgullosa de mi trayectoria.

Y sólo me quedaba algo que hacer antes de irme (sigue).

"Tienes que escaparte de aquí como sea. Conoces el castillo, cuélate por cualquier poterna y desaparece. Detén a los refuerzos, y mañana volved. Con un poco de suerte, aún me encontraréis viva".

“Tienes que escaparte de aquí como sea. Conoces el castillo, cuélate por cualquier poterna y desaparece. Detén a los refuerzos, y mañana volved. Con un poco de suerte, aún me encontraréis viva”.

(viene de) Sentados ambos sobre unos sacos de cereales que apestaban a humedad y que sin duda se habían echado a perder (aquel lugar, enclavado en una especie de pozo con múltiples galerías y dependencias, como me había comentado Guillaume, debía de haber sido un escondrijo habilitado en épocas algo más movidas para los habitantes de Tortosa), yo escuchaba cómo el bretón desgranaba sus aventuras acaecidas en el último año y medio, desde nuestra última misión en Perugia.

-Tu amiguito –ignoró mi mirada asesina- no acabó conmigo, como es evidente, pero si me hirió de gravedad. Por muerto me abandonaron sus esbirros en un callejón plagado de sucias tabernas, sin duda para hacerme parecer víctima de una riña entre borrachos. Y allí me habría desangrado de no ser por un mozalbete. En realidad, podría decir que, indirectamente, allí me habría desangrado de no ser por ti.

Hice una mueca de asombro, pero antes de que pudiera abrir la boca para pedirle aclaraciones, él continuó.

-¿De acuerdas del muchacho que colocaste en casa de ese grandísimo cabrón de mierda cuando trabajabas para él? ¿El que había sido pirata, el mismo que estaba contigo la noche en que nos encontramos en Barcelona?

-Claro, Yannick –respondí yo-. ¿Qué sabes de él? Al parecer huyó antes de que salieran a capturarme. No me preocupa su suerte, pues es un mozuelo muy listo. Supongo que acabaría percatándose, más pronto que tarde, de lo que sucedía en ese castillo, y tomó cartas en el asunto.

-Estás en lo cierto –me secundó Guillaume-. Cuando comenzó a prepararse la expedición a Perugia y vio que le dejaban fuera, sospechó. Ya hacía mucho tiempo que venía desconfiando de ese hijo de la peor puta infiel: comentarios inquietantes sobre ti que se le escapaban en ocasiones, como si no pudiera reprimirlos, visitas furtivas de una mujer de la que acabó enterándose que se trataba de Blanca… Así que se metió en la comitiva en secreto, y siguió a los guardias y a su señor a escondidas el día en que la emprendieron contra nosotros. Por desgracia, no pudo hacer nada por ti, ya que se te llevaron tan rápido que apenas pudo seguirlos y no tenía ni idea de dónde podían dirigirse, pero sin embargo sí pudo ver a los que me dejaron tirado, y pensó inteligentemente que si yo sobrevivía tendría un buen aliado para rescatarte de allá adonde te hubieran llevado. Así que me condujo a una posada y, gracias a sus atenciones y al dinero de mi bolsa, no abundante pero sí suficiente, consiguió que yo me restableciera, al menos lo bastante para poder emprender tu búsqueda y la del resto del grupo y enviar mensajes de ayuda a Frey Pere. Pero antes de que pudiéramos ponernos manos a la obra sucedió algo.

Se detuvo y sus ojos me escrutaron con el equivalente en una mirada de una música de tensión. Yo le di una patada en la espinilla como modo rápido de instarle a continuar y él, tan embebido en su historia, lo hizo sin casi muestras de dolor.

-Pues, sencillamente, el primer día en que me sentí fuerte nos hallábamos en la taberna, trazando un plan de hallazgo y rescate ante una jarra de vino, cuando de pronto una visitante muy inesperada, y completamente incongruente en aquel lugar, asomó por la puerta. Era Blanca, ni más ni menos, que llevaba no se sabe cuánto tiempo buscando mi cadáver, pues también me daba por muerto y, al verme tan pálido y flaco, aún en plena recuperación, tuvo una reacción parecida a la tuya hace unos momentos, aunque he de decir que en su caso bastante más patética, si cabe.

Le pateé la otra espinilla con bríos renovados.

-Una vez se cercioró de que Nuestro Señor no me había llamado aún –continuó, sin hacerme caso-, se deshizo en lágrimas y en disculpas. Me dijo que el asqueroso excremento de rata llena de ladillas la había hecho creer el mismo cuento que a sus hombres, que tú eras una traidora, y por eso y por su alianza intrigante con la causa de Blanca ella le había ayudado, pero que en ningún momento pensó que yo podía resultar una víctima… una víctima… ¿cuál es esa palabra extraña que tú sueles emplear?

-Colateral –le recordé yo-. Y un huevo que no tenía ni idea. Ella le instó a ir a Perugia con la idea de que nos asesinara a los dos al saber que andábamos juntos, es evidente; aquel día él parecía saber demasiadas cosas de mí que sólo podía haberle relatado ella, y probablemente ella también fue su enlace con Esquieu, porque si no dudo que ese repugnante renegado hubiera sabido a quién tenía que dirigirse para perjudicarnos más. Ah, pero mi enemigo no le va a la zaga a tu amiga en hijoputería; ha estado jugando a dos bandos con Blanca y el Grupo de los Ocho –al igual que los supuestos partidos indepentistas de Catalunya; tampoco debería asombrarme-, cuando la única causa de la que es seguidor es la suya propia, y aún se permite utilizar a su primogénito fallecido para justificar sus actos, como hizo en Perugia. Sí, a él le vino también de perlas el asunto, aunque Blanca fue la instigadora, a pesar de que al parecer luego no pudo soportar la idea de tu muerte y salió decidida a hacer lo que pudiera por ti. Por eso envió también a Isabel como espía. Guillaume, Blanca no está tan loca como él y es mucho más inteligente, pero sus arbitrarios ataques de celos y de ira, que oscilan entre asesinarte o sacrificarlo todo por ti, pueden llegar a ser tan devastadores como la alianza entre yanquis, Israel e integristas islámicos, y eso se une con que es una mujer muy poderosa. Y tú eres demasiado parcial cuando se cuela en el juicio algún atisbo de belleza femenina.

-Habló la que se ha pasado tres meses enteros holgando con el guapo ayuda de cámara de su jefe –abrí la boca para defenderme de tan vil acusación: había sido mucho menos que tres meses. Pero él siguió hablando-. Bueno, eso no importa ahora, te conozco demasiado bien para enfadarme por tu curiosa visión de la fidelidad. Lo que interesa es que, después de que ella me juró y perjuró que el gusano infecto comedor de cadáveres sarnosos había desaparecido del mapa, y no tenía ni idea en cuál de sus numerosas propiedades se hallaba…

-Otro embuste –le interrumpí yo. Ni Trillo negando la participación de España en la guerra con Irak. Él continuó tras dirigirme una mirada reprensiva.

 -…pensé que, no obstante, la mejor manera, y la más rápida, de localizarte (pues sin duda estabas en sus garras) era la misma Blanca: si era cierto que no tenía aún idea de tu paradero, la información le acabaría llegando tarde y temprano. Así que encargué a Yannick que reuniera al resto del grupo, que luego supe que estaban dispersos, buscándose entre sí y buscándonos a nosotros, y yo fui a recuperarme de mis heridas a una de sus residencias.

-Lo que sin duda debió de representar para ti un gran sacrificio –ironicé, con ganas de gresca. Indignado, me ojeó con agrio semblante de desafío.

-Pues, la verdad, puedes creer lo que te dé la gana, pero sí. Estaba furioso con ella: era evidente su responsabilidad, directa o indirecta, en tu desaparición. Y no me equivoqué sobre que sabía mucho más de lo quería admitir: semanas después, llegó una carta de Isabel.

Asentí. Recordé a mi antigua amiga durmiendo plácidamente al lado del señor del castillo, tal como la había visto unos momentos antes. Y también la mirada de hiriente, absoluto desprecio que me había enviado la última vez que la vi. Le exhorté con un gesto a que siguiera.

-En ella avisaba a Blanca de que, como ella ya había calculado, él te tenía prisionera, muy malherida. También pedía instrucciones. Yo me enteré gracias a mi amistad con la nueva dama de honor principal, Juana (por cierto, Blanca envió a Elvira a un convento cuando se enteró de que en el plan común de desembarazarse de los templarios mi seguridad no era un obstáculo para ella, ni mucho menos) y, al saber que, al menos de momento, aún estabas viva, le dije que me marchaba a buscarte. Puedes imaginarte cómo se puso. Pero, como bien acabas de decir y la experiencia me ha enseñado, no es aconsejable tener como enemiga a Blanca (ni a sus damas de honor, añadiría). Así que juré y perjuré la absoluta castidad de mis sentimientos hacia ti y que ella era la única mujer de mi vida, a pesar de que, por culpa de mis votos, nunca podríamos estar juntos.

Hice amago de estar a punto de vomitar.

-¿Puedes saltarte las partes de novela rosa y abreviar? Me asquea tanto romanticismo barato.

-Está bien –concedió él-. El resto, casi puedes imaginártelo. Llegué al castillo donde se hallaba el engendro de una cópula infernal entre una cucaracha y un cerdo, me contaron la historia de vuestra fenomenal fuga e, imaginándome lo que había sucedido y conociéndole, no tardé en localizar a nuestro querido amigo común, el mismo que me mató antes de tiempo mientras se disfrazaba de leproso –abrí la boca, pero él no me dejó seguir-. Ahórrate el esfuerzo si vas a disculparle. ¿Quién es parcial ahora? Bueno, lo que importa es que una vez arreglamos (de momento) nuestras diferencias con unos buenos mandobles, y cuando se trataba de discutir si hacía falta ir a buscarte o era mejor respetar tu decisión de dejar las armas por la juglaría, Ruy recibió un chivatazo de un antiguo compañero que se quedó en el castillo de donde habías escapado, en la que le avisaba del viaje de su señor a Tortosa. Habiendo también averiguado que Omar tomaba el mismo camino (aunque tú trataste de engañar al Genovés, enviado a investigarte, sobre ese particular), lo entendimos todo y decidimos partir al rescate. El plan era que yo me infiltraría entre los hombres de la guarnición y los otros esperarían en una ubicación cercana a que les diera aviso de actuar, para no despertar sospechas, contando que mi proverbial habilidad para la caracterización unida a mi presunta defunción impedirían que las sospechas cayeran sobre mí… –yo le miré con poco convencimiento-. Vale, el plan tenía lagunas, lo sé, pero ¿a qué no ha salido tan mal después de todo? Sin embargo, las lluvias de este verano y otoño, de las que vosotros escapasteis por poco, retrasaron nuestros planes y nos mantuvieron, paralizados y rabiando, en un punto en mitad del camino. Cuando por fin llegué, tardé en reconocerte gracias a tu hábil disfraz (recuérdame que felicite a tu Ferran), lo que hizo que perdiera un tiempo precioso en avisar a los refuerzos, pero seguro que están al llegar. Al menos eso espero… La verdad, no esperaba que fueras a actuar tan pronto, pensaba que esperarías a que hubiera llegado el rey para matarle de una forma discreta entre todo el barullo. Conociéndote, debí haber imaginado que querrías un duelo de honor con todas las de ley –chasqueó la lengua, reprochándose su error-. Cuando ese fruto de la verga putrefacta de Satanás nos contó a mí y a Esquieu el plan de esta noche, tras arrebatarnos el cerdo y el vino –se frotó el estómago, sin duda recordando que estaba en ayunas-, comprendí que tenía que ser muy rápido y eficaz si quería ayudarte.

Me levanté y comencé a agitarme por la diminuta estancia, ya que por sus dimensiones no podía dar paseos de león enjaulado. Calmada mi curiosidad, me sentía ahora completamente perdida, sin saber qué deseaba y cómo debía proceder. Por un lado, la llegada de refuerzos me decía que tal vez aún no estaba todo perdido. Por otro, me alegraba de tener la certeza de que mis amigos no me habían abandonado del todo (aunque había que reconocer que su lentitud en reaccionar sólo podía significar un poco de desidia). Pero, para finalizar, me preocupaba haberles abocado a una contienda de consecuencias imprevisibles que sólo muy tangencialmente era también su guerra. Al final no había podido hacerlo sola: habían tenido que venir mis caballeros de brillante armadura a rescatarme, al igual que si yo fuera una doncella indefensa. Aquello no era un fracaso, sino el señor de todos los fracasos, el padre de todos los fracasos, el fracaso postrero y definitivo. ¿Qué iba a pasar aquella noche? ¿Podría conseguir mi objetivo sin que pereciera nadie más que él mismo, a poder ser ni siquiera yo? Y en el caso de que lo lograra: ¿podrían perdonarme alguna vez mis amigos haberlos puesto en peligro? ¿Me echarían de sus vidas, ahora mismo mi único sustento, con cajas destempladas? Aparte de que, obviamente una vez localizado a Esquieu, se desharía nuestra peculiar compañía, como la Unión Europea de mis sueños después del Brexit, y no era el momento más ideal para conseguir trabajo; aún no han instalado las bases americanas que podrían ser tan útiles para ese particular, como afirman en Podemos. Volví a derrumbarme sobre los sacos, desconcertada.

De pronto, se me ocurrió una idea. Tenía que hacer que funcionara.

-Guillaume, tienes que escaparte de aquí como sea. Conoces el castillo, cuélate por cualquier poterna y desaparece. Detén a los refuerzos, y mañana volved y reclamad la cabeza de Esquieu al rey. Con un poco de suerte, aún me encontraréis viva. Amigo mío, si yo me marché en su día sin dar explicaciones es porque esto nunca fue asunto vuestro, y ningún mérito tendría yo si me apoyarais en algo que yo sólo he de culminar. Anda, hazme caso, ve.

Me miró con sorna.

-Eowyn, yo sólo me iré de aquí si tú lo haces. Tal vez me consideres mal cristiano, mujeriego y demasiado amante de la buena vida y de las monedas para ser sólo un pobre caballero de Cristo, y tendrás razón, pero también soy un hombre de honor. Yo, y los demás. No te dejaremos. No te dejaremos porque tú tampoco lo harías.

Le devolví la mirada, entre conmovida e impotente. No. No #TodosSomosLeoMessi. Aún existía gente honesta. Testaruda, equivocada, tonta, y muy escasa, pero real y existente. Y yo había tenido la suerte de encontrarme con algunos de ellos. O quizá no era tanta la suerte, porque todos nosotros estábamos destinados a perder. No sé qué habría hecho a continuación, pero ya nunca tendré la oportunidad de saberlo: justo en aquel momento, un ruido horrísono destrozó nuestros oídos y nos obligó a callar (sigue).

Los subterráneos del castillo de Tortosa, donde se desarrolla esta escena.

Los subterráneos del castillo de Tortosa, donde se desarrolla esta escena.

(viene de) Amigas y amigos lectores, vosotros me conocéis. Sabéis perfectamente que soy la persona menos paranormal que existe. Si cuando viajo al siglo XXI le echo una ojeada al Cuarto Milenio ése, lo hago con el mismo afán lúdico-ficcional con que otros ven una serie o un programa de humor. Y también es ideal si andas un poco desvelada, claro… Vamos, que no me creo nada. Por no creer, no creo ni en la prensa del régimen (que como a realidad alternativa no la gana nadie). ¿Cómo, entonces, iba a creer en dioses, reyes, tribunos ni fantasmas? Y, sin embargo, el testimonio de mis sentidos obraba en mi contra: ahí mismo, delante de mis narices, vivito y coleando (o, mejor dicho, muertito y coleando), tenía al difunto a quien llevaba más de un año llorando. ¿Qué podía hacer al respecto? Como no tenía ni pajolera idea, decidí recurrir a lo que dicta la tradición.

-Arredro vayas, oh espíritu cabreado. Siento no haber cumplido contigo con las obligaciones que prescribe la cristiana religión. Pero bien conoces mi falta de fe, por lo que bástete el hecho de que, como pensaba que tu último hogar era la tierra, es a ella a la que he honrado en cada uno de mis pasos por este mundo. Aunque, si es importante para ti y así puedo garantizar tu reposo eterno, y de paso el mío, pues rezaré al santo que más te guste, no dudes que lo haré. Y ahora ve, descansa en paz y deja de atormentar a esta pobre mercenaria. Aunque no puedo negar que me alegra haber tenido la oportunidad de despedirme, permíteme que guarde de ti el recuerdo de lo que fuiste, y no la tétrica imagen corrompida y agusanada que seguro que no tardarás en mostrarme, como se ve en todas las películas: aunque no lo parezca, soy muy sensible.

Pero estas palabras, que tenían como objetivo aplacar al espectro, no parecieron surtir el efecto deseado.

-Eowyn, ¿se puede saber qué diablos te pasa? ¿Quieres hacer el favor de hablar razonablemente? ¿Es que no has escuchado ninguna de las palabras que te he dirigido? –el aparecido dio dos paso hacia delante, me agarró de las muñecas con algo de brusquedad y apretó mis manos contra la coraza de cuero que cubría su pecho. Y cuál no sería mi sorpresa al notar allá detrás el calor de un cuerpo vivo (y bastante en forma, añadiría) y el latido acompasado de un corazón sanísimo. Tarde varios instantes en recuperar el dominio de mí misma.

-Esto no puede estar pasando –acerté a decir. No. La vida no solía hacerme esos regalos; es más, intenta siempre joderme en todo lo que puede. ¡Era imposible! ¡Los muertos nunca vuelven!

Ahora sí,  el fantasma, que al parecer ya no era tan fantasma, moderó su genio, y su voz sonó en aquel momento casi afable.

-Nunca he estado muerto, Eowyn. Nunca. Alguien te ha engañado muy cruelmente, y ambos sabemos quién es.

Desde luego. Aquel era un caso de libro de manipulación informativa. Hacer parecer a Cuba y a Venezuela como espantosas dictaduras y a México como un país superdemocrático donde las desapariciones forzadas y los asesinatos de Estado son un hecho aislado y sin importancia  tenía apenas mérito en comparación. Yo guardé unos instantes de silencio para adaptarme a la nueva situación: estaba tan poco acostumbrada a las alegrías que me las tomaba como anuncios de mayores desgracias. Pero al fin, hablé.

-Bienvenido de nuevo al mundo, Guillaume.

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Godofredo, el improvisado médico, ayudado por uno de los miembros del pequeño ejército que decía estar en posesión de unas hierbas ideales para esos menesteres, curó la herida del comandante del mismo. Inmediatamente después de finalizar, el susodicho quiso levantarse y, apoyándose en sus soldados, lo consiguió.

-A los caballos. Ya nos hemos retrasado bastante.

El resto de los hombres le obedeció sin tardanza; de hecho, parecían estar esperando aquel desenlace. Sólo uno de ellos, el que parecía funcionar como segundo de a bordo, se le acercó, dubitativo.

-¿De verdad creéis que es prudente? Tal vez deberíais quedaros al cuidado de este buen compadre y su esposa.

El aludido miró largamente a su interlocutor, y al final le puso una mano en el hombro con aire paternal.

-Dejemos ya el tema. Sabes que tengo que ir. Y por Santa María, deja ya de hablarme con tanta ceremonia.

Godofredo observó atónito cómo el pequeño ejército se ponía en marcha de nuevo. Meneó la cabeza, incrédulo, mientras su mujer trataba de animarlo y confirmarle que no creía que se hubiera equivocado en su diagnóstico.

-Esta gente tiene aspecto de ser veterana en la lucha contra los moros –dijo, con aires de experta en política internacional medieval-. No son como nosotros.

Godofredo no podía estar más de acuerdo. Aquellos hombres eran guerreros. Gente que vivía más entre la muerte que en la vida, que no entendía la vida sin la muerte. Personas que no luchaban por necesidad, sino casi por placer, que ocupaban los veranos en hacer incursiones por tierras de infieles en lugar de gozar del codiciado buen tiempo, que disfrutaban con la desfiguración y la podredumbre como otros disfrutan de la cama y la mesa, que debían de imaginar que les pertenecían todos los bienes que pudieran saquear y todas las mujeres a las que pudieran violar. Godofredo tenía claro que todo el mundo (todo el mundo pobre, por lo menos) en algún momento de su vida estarían obligados a hacer o sufrir la guerra. Pero que la buscaran, era otra cosa. La guerra, siempre había creído Godofredo, era una herramienta muy útil para las ambiciones de nobles y ricos, sobre todo porque nunca se manchaban las manos demasiado con ella, sólo si podían sacar algún provecho aunque sólo fuera dar rienda suelta a su crueldad genética. La religión, la tierra natal, nunca eran más que una simple excusa. Mentiras y mentiras por parte de cualquier bando. La única verdad eran los muertos.

-No, no son como nosotros –asintió Godofredo-. Y ya has visto los peligrosos que pueden ser. Pero ahora más nos vale no separarnos de ellos: gracias a los cielos nos consideran amigos y no quisiera tener otro encuentro como el que acabamos de sufrir, ahora que nuestros compañeros han cometido la estupidez de marcharse. Volvamos a Tortosa. Aunque –añadió, después de pasarse unos instantes mirando al cielo, intentando calcular la hora por la posición del sol- a estas alturas no creo que lleguemos a tiempo para lo que sea que ellos quieran evitar.

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Como yo soy una chica práctica, pasado el desconcierto inicial y la posterior alegría del reencuentro, no tardé en tomar conciencia de la situación en la que nos hallábamos. Así que dejé lo que estaba haciendo e interrumpí a mi súbito salvador llegado de las tinieblas, que estaba dispuesto a relatarme, con pelos y señales y numerosas digresiones, la historia de su salida del Averno.

-Guillaume, obviamente todo lo que piensas contarme me parece terriblemente interesante, pero ¿qué tal si comenzáramos a idear un plan para salir de aquí? No me seduce la idea de esconderme, y no porque sea la persona más arrojada del mundo, sino porque este lugar carece de las condiciones higiénicas más primarias y, lo que aún es peor, su provisión de papeo es mínima. No quiero morirme de inanición ni coger la lepra, al menos antes de acabar la misión personal con la que vine aquí –al acordarme, fruncí el ceño y crucé los brazos con tanta fuerza que estuve a punto de ahogarme a mí misma. Mi frustración era tan inmensa que casi no podía sentirla. ¡Tantos meses esperando, dando forma a mi venganza, perdiendo, básicamente, un tiempo vital que podía haber dedicado a otros menesteres mucho más útiles para mi vida profesional y, de pronto, el fracaso más absoluto, uno más que añadir a mi ya larga carrera! Era yo más ingenua, o directamente más idiota, que un militante de IU seducido por las ínfulas de los adalides de la nueva política de Podemos que se encuentra el día después del 26J compuesto, teniendo que hacerse amigo de Zapatero, la UE y Obama, y con el PP ganador. Si no fuera porque el hecho de que Guillaume continuara vivo había calmado algo mi ira, me habría dado de cabezazos contra las paredes.

Él me dio unos golpecitos en el hombro para tranquilizarme.

-No te preocupes. Todo está relacionado, nuestra salvación y la historia de mis aventuras desde la tumba. Y tenemos algo de tiempo todavía, o eso calculo. Puedo contarte la historia, a la espera de que llegue la ayuda que no ha de tardar en arribar. Aunque… la verdad… -miró a su alrededor, algo apurado.

-¿Qué? –le insté a seguir, impaciente.

Se tomó unos instante para contestar.

-Nada. Que ya deberían de estar aquí.

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Varios carros cargados hasta que sus ruedas se hundían casi en el centro de la Tierra, y a los que sólo la potencia de las poderosas acémilas que los arrastraban podía evitar que se quedaran atrapados en el barro, desfilaban por el camino real que llegaba desde Castilla. Los vehículos eran sin duda el sueño encarnado de cualquier siervo de la gleba y el objetivo perfecto de un salteador de caminos, y es que la desigualdad medieval sólo halló su parangón en el siglo XXI español: las riquezas acumuladas en ellos, ya fueran en términos de sedas, brocados, pieles, perfumes, joyas y afeites varios, ya en sabrosísimas viandas, ya en muebles que se podían haber presentado en la Feria de Milán medieval dentro de la sección Luxe a Tuttipieni, amenazaban con desbordarse, hecho que unido a la vertiginosa velocidad que imprimían sus conductores a las normalmente tranquilas bestias, a base de latigazos, no auguraba nada bueno para la estabilidad del conjunto; parecía la comitiva de un Pujol cualquiera huyendo hacia Andorra, un Bárcenas prerrevolución industrial volando hacia Suiza, o un actorzuelo de camino a Panamá y dispuesto a echarle la culpa a los judíos, los sarracenos o alguna útil ETA contemporánea. Pero si sorprendía la velocidad de la carga, custodiada por amenazadores guardias, aún más lo hacía la de las dos elegantes damas que cabalgaban en raudos palafrenes casi media legua adelantadas a sus pertenencias, con una compañía de guardias aún más aviesos que los anteriores. Una de ellas era alta y esbelta, con el cabello de un brillante azabache, los ojos de un nítido azul marítimo y una belleza realmente deslumbradora; sin embargo, un detalle indeterminado en su rostro hacía que una minoría de espectadores sensibles retrocedieran al verla, quizá no tanto porque sugiriera maldad como una especie de vacío. La otra, a todas luces una subordinada aunque de alta categoría, era más menuda y su cara, de facciones regulares e incluso atractivas, parecía dominada por emociones e intenciones cambiantes, de modo que en ocasiones parecía una cándida joven y otra un monstruo de rasgos desfigurados por la decepción y la rabia. Un tronco atravesado en el camino hizo que la comitiva refrenara sus monturas con no poco esfuerzo, intervalo que la mujer más pequeña aprovechó para dirigirse a la otra.

-Señora, entiendo vuestra urgencia, pero tal vez deberíais reprimir algo vuestra loca carrera. Pensad que es importante que lleguéis, sí, pero viva.

La aludida hizo un gesto despreciativo hacia su fiel dama de honor y, sin dignarse a responder, hizo a su caballo saltar ágilmente sobre el obstáculo y continuó galopando, sin esperar que su escolta la siguiera. Apreciaba a Juana lo suficiente, pero desde que había recibido, tarde y mal, la información de su espía sobre qué templario de sus desvelos iba a estar aquella noche en un lugar donde, si debía de fiarse de ella, se preparaba una buena fiesta, su único pensamiento había sido llegar allí a tiempo antes de perderlo por segunda y definitiva vez.

Y todo ello sin contar que los dos mendigos borrachos que había tenido la imprudencia de contratar debido a que les unía la misma enemiga, se habían escapado antes de saber a quién tenían que matar y a quién no. (sigue)

The End... o no
Escribo esto para anunciar que durante las próximas 10 semanas (o sea, prácticamente todo lo que queda de verano), publicaré una entrada semanal corta, o al menos corta en comparación con la extensión a la que estáis acostumbrados, para cerrar  la actual serie de aventuras medievales. Estos 10 post supondrán una especie de final de temporada de las aventuras de nuestra protagonista, donde se cerrarán tramas y reaparecerán personajes ausentes desde hacía muchas entregas.

Me ha costado mucho escribir este final. Me ha faltado tiempo, concentración y, sobre todo, confianza: no sé por qué me empeño en seguir escribiendo cuando es evidente que lo hago, en cualquiera sus variantes y formatos, no parece llegar a ningún lado, sea porque no tengo la oportunidad de promocionar mis contenidos, porque la fortuna no me acompaña o, sencillamente, porque es malo de cojones. Por eso, en esta culminación de temporada se abrirá la consabida incógnita de la continuidad. La continuidad de la historia, la continuidad del blog e, incluso, la de la identidad digital de la autora. Ya está más que visto que este proyecto apenas tiene sentido para un par de personas además de mí misma; he de averiguar si eso es suficiente para seguir esforzándome en él. Mientras tanto, intentaré rematar otros asuntos pendientes (Casa Usher 2, Rostros lejanos…), aunque mucho me temo que están teniendo el mismo éxito atronador y quizá también convendrá pensar si hay futuro, para ellos y para mí.

El lunes 18, salvo cataclismo, se publicará la primera entrega de este desenlace. Espero que lo disfrutéis y que, si queréis comentar algo, no os cortéis.

Muchas gracias por todo.

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