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Por poner un ejemplo…
Un piso medianamente decente para una familia de tres miembros (no digo ya de cuatro), está en mi zona (obrera) por unos 800 euros.
Hoy me han enviado una lista de demandas de empleo. En la que pagaban más ofrecían 900 euros por 12 pagas.
Tengo una prueba urgente en mi CAP para dentro de tres meses. Me pregunto si llegaré viva a ella.
En mi escuela pública los lavabos son un nido de gérmenes. Hace años que estamos pidiendo que los reformen. Que pongan vestuarios. Un gimnasio en condiciones.
Mientras tanto, mis impuestos sirven para pagar las subvenciones a las escuelas concertadas, sí, aquellas que no admiten a niños extranjeros y separan por sexos.
Y salís a la calle. Ahora sí. Antes no. Como si esto fuera un puñetero partido Madrid-Barça.
Y me decís que tengo que apoyar al Govern.
Ésta sí que es buena.
Yo me pregunto, ¿qué ha hecho el Govern por mí? Me dio comida cuando estaba hambrienta? Piso cuando estaba en la calle? Una beca de estudios cuando quise formarme, a pesar de haber finalizado mis anteriores con Sobresaliente y no tener un puto euro, y no por falta de deslomarme como una mula?
Hay fosas sin nombre por todo el territorio español.
Accidentes de trenes sospechosos.
¿Quién se acuerda de los niños robados? A veces pienso que ni ellos mismos.
Entonces tampoco salisteis a la calles. Cuando nos quitaron el pan de la boca y el techo sobre las cabezas. Ahora ya nos hemos acostumbrado a (mal)vivir a la intemperie.
Queréis que tome partido. Yo ya lo tomé hace tiempo. Mi partido es el de los desfavorecidos, el de los que no están en posición de defenderse sin algo de ayuda. Las banderas me la pelan. Tengo mi corazoncito y mis sentimientos, y tal vez me sienta de un lugar más que de otro, pero no dejo que eso nuble mi entendimiento.
Pero vosotros decís que soy fascista.
Sí, me lo habéis dicho. A mí y a los que son como yo.
Decís que tengo que ayudaros, o seré mala. Pero nunca me habéis preguntado qué ayuda necesito yo.
África empieza en el Ebro, dijisteis. Ergo: los africanos son seres de segunda categoría. Ergo: los españoles también. Todo muy democrático y muy solidario.
Pero ayúdanos, decís. Ayúdanos, ciudadana de segunda categoría. No creemos que tus orígenes sean de calidad, pero ayúdanos igualmente, por haberte dado la oportunidad de vivir aquí.
Os queréis ir. Me parece muy bien. Nadie puede obligar a nadie a estar donde no quiere estar ni a no manifestarlo. No es justo (óyeme, Rajoy) ni inteligente (óyeme, Rajoy… ¿o tal vez ya me habías oído?).
Pero hay maneras de irse y maneras de irse.
Yo puedo dejarte porque no nos entendemos. No me siento bien a tu lado. No creo que tengamos nada en común. No siento el vínculo.
O puedo dejarte porque eres un mierda. No me llegas a la suela de los zapatos. Eres de una raza inferior. Yo soy mucho mejor que tú. Anda, ábreme la puerta y pon el coche a mi nombre.
Y me decís que hay que apoyar al Govern.
Y salís a la calle. Ya no hay paro, hambre, injusticias. Ya no hay muertos ni presos políticos que no sean por ideas similares a las vuestras. Ahora sí salís a la calle, como si esto fuera un puñetero partido Barça-Madrid. Antes no. Antes, cuando os llamé con angustia, no.
¿Dónde estabais entonces cuando tanto os necesité?
Siempre me ha enfadado mucho la injusticia, la desigualdad, el racismo. Pero hay algo que me enfada sobremanera: la estupidez.
Y ahora estoy muy, pero que muy, enfadada.
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Es difícil sentir la injusticia, sobre todo desde una posición cómoda. Buscar las causas, debatiendo con personas o leyendo libros, consumiendo prensa que no se base en la demagogia fácil para funcionar. Actuar en consecuencia, luchar, comprometerse. Nos pesa nuestro ego, el reality en prime-time, nuestro silloncito confortable.

Espanya i Catalunya
Es fácil, por el contrario, sentirse una víctima. Buscar un culpable, sea el que sea, con razones o sin razones, o mejor creerse que el culpable es el que nos dicen en la tele. Inventarse una identidad, real o ficticia (si es que alguna identidad es en el fondo real), que nos haga superiores a ellos. Dejarse llevar por el odio. Fanatizarse. Caer en la violencia. Sólo necesitamos una idea buen envuelta y bien machacada mediática y socialmente gracias a numerosos recursos invertidos en ella.

Y recordad: ninguna inversión se lleva a cabo si no se quiere obtener un beneficio. Mayoritariamente económico.

Sé que hay diferentes niveles y que no se pueden establecer comparaciones, pero sí tal vez extraer alguna causa común subyacente, aunque sea como la célula que salió del agua y dio lugar tanto a los dinosaurios como a los homo sapiens, pasando por las ranas y los escabarajos. Y es que pienso en varias cosas.

Mis compañeros de facultad que sólo colgaban carteles que denunciaban las agresiones, supuestas o reales, leves o graves, a la cultura y a la lengua de Catalunya. Como si no existiera Palestina, Irak, Kosovo, Bosnia, Libia, Siria o, sin ir más lejos, la progresiva disminución de los derechos laborales y las prerrogativas sociales que se vienen dando en todos los territorios del Estado español desde el fraude de la Constitución del 78.

El inmigrante marroquí pobre y descolocado que compra la moto de la identidad islámica y cae en las manos de los que buscan implantar la violencia para someter a la población por la vía del miedo y dar vidilla al comercio internacional de armas. Ramblas, Niza, París, Londres…

La vecina de abajo, que durante toda su vida ha oído insinuar, y por personas muy acreditadas desde medios oficiales, que su ascendencia gallega, andaluza, murciana o extremeña la convertía en una humana de segunda fila, y que ahora habla catalán con acento de Lleida hasta con sus hijos y cuelga la banderita en el balcón. Algunos lo veréis como un ejemplo de integración y de solidaridad. Yo tengo bastantes dudas al respecto.

Los padres de la patria española, que no han dudado en vendérsela a americanos y europeos, y que ahora se llenan la boca con ella como si no hubiera un mañana. Aunque tal vez no lo haya.

Aquel multireferéndum del 2014 donde Mas no hablaba del derecho a decidir.

Los padres de la patria catalana, con el dinero de sus hijos en Andorra y Suiza mientros éstos se suicidian ante el paro y los desahucios.

Y el odio. Siempre el odio. Desde las cavernas mediáticas de uno y otro bando, hasta los grupos de amigos y las familias.

Ruanda. La antigua Yugoslavia. ¿Exagero? Ojalá…

Quiero decidir. Quiero decidirlo todo. Monarquía o república, capitalismo o socialismo, Estat català, república catalana federada en la república española o España tal y como está. Recursos para la escuela pública o para la privada, modelos de Sanidad, acuerdos con el Vaticano, pertenencia a la UE y a la OTAN, colaboración con países con menos recursos… Quiero decidir libremente. Con todas las opciones. Sin manipulaciones. Sin presiones. Sin odio. No quiero jueces ni policías a sueldo del amo centralista. Pero tampoco quiero que voluntarios llegados de no se sabe dónde me digan contra quién me debo movilizar.

No quiero ser denigrada por poner urnas o por no ponerlas, por los españoles por ser catalana ni por los catalanes por ser española.

Yo también tengo un patria, como vosotros. Mi patria son los explotados y los solidarios, toda esa gente que trabaja, lucha y sufre. Y si no soy tan patriota como debería ser… es porque yo también tengo mi ego, mi Juego de tronos en la tele, mi silloncito confortable. Porque, aunque me niego a sentir vanidad, desprecio u odio, soy humana.

El problema no es que el pueblo catalán deba o no deba tener el derecho a decidir. Es obvio que ese derecho les corresponde, tanto a este pueblo como al resto de los pueblos, a todos los seres humanos.
 
XSUC 15S
El problema no es que Catalunya continúe siendo o no parte de España. Sería una pena para aquellos de sus habitantes que se sienten tan catalanes como españoles (sin estar orgullosos de ninguna de las dos nacionalidades, me temo, o al menos ese es mi sentir) tener que renunciar a una de ellas, y sería duro para España ser recortada de esta manera. Pero si Catalunya decidiera SIN NINGÚN TIPO DE COACCIÓN que debe independizarse de España, no se le podría (o debería) impedir, por mucho que doliera y por mucho que no conviniera.
 
Los problemas son, tal como yo los veo dos: el primero es que dudo que en muchos casos este sentimiento independentista sea genuino (en otros estoy segura de que sí lo es): el franquismo, la gran estafa de la Constitución del 78, la traición socialista, y todo lo que ha venido después, ha influido mucho en crearlo y en atizarlo. Pero la propaganda de la Generalitat tampoco ha sido ajena y, además, su juego no ha sido limpio. Recuerdo en mi infancia ver programas en TV3 donde se ridiculizaba todo lo que era español y “charnego”, cómo los hijos de inmigrantes sentíamos que a la sociedad se le había inoculado el desprecio hacia nosotros, cómo se les había enseñado que éramos ciudadanos de segunda, cómo nosotros mismos llegamos a creérnoslo; muchos de esos inmigrantes o hijos de inmigrantes son ahora los más furibundos independentistas: así se legitiman. Todos necesitamos una identidad, y mejor si es de prestigio, y algunos, por sus especiales circunstancias personales o sociales la necesitan aún más.
 
El segundo es que tampoco el proceso ha sido orquestado por el pueblo; desde luego que el sentimiento estaba ahí, en parte por las razones que he explicado en el punto anterior, en parte por otras que no voy a detallar ahora (porque tendría que hablar de lo que opino, no de éste, sino de cualquier sentimiento nacionalista, y no creo que sea el momento), en parte porque realmente estaba en el corazón de una parte del pueblo. Pero quienes han encendido la antorcha y han enarbolado la bandera han sido los representantes de un partido que cuenta entre sus filas con seres que a la hora de enriquecerse no han dudado en traicionar a su pueblo (al mismo pueblo al cual definen esos colores que ahora monopolizan), que lo han sumido en la miseria, que permiten que la educación siga siendo una barrera entre ricos y pobres, que mantienen las listas de espera en la Sanidad y retiran las ayudas a los colectivos más desfavorecidos, y que se han aliado con la España más casposa cuando les ha convenido (sin olvidar su connivencia con otras naciones que literalmente están realizando una limpieza étnica dentro de sus fronteras, como poco). Y que están elaborando un proceso sin garantías, de forma unívoca, y sin posibilidad de réplica, creando una sociedad en la que existe (yo lo he experimentado, aún lo experimento) miedo a manifestar que te sientes mínimamente españolito o españolita además de amar a Catalunya porque eso equivale automáticamente a que se te etiquete como facha (incluso a mí, que soy más roja que los tomates maduros).
 
El problema no es que debamos o no tener derecho a decidir. El problema es que no lo tenemos. Estamos siendo peones en un tablero de ajedrez ajeno, y ni siquiera nos hemos dado cuenta.
 
Otra cosa hubiera sido si el proceso se hubiera liderado desde abajo, sin influencias externas, desprecios al contrincante ni delirios de grandeza propios, y que de paso se hubiera aprovechado para decidir otras cosas que creo que también son importantes, digo yo… Y no habría ido mal que, también, entre el sí y el no, se contemplara una opción de unión federalista de repúblicas autónomas hispánicas, por ejemplo.

La sombra de Casa Usher
Pensaba que nunca iba a llegar este momento. El camino ha sido arduo, agotador y casi agónico, pero por fin puedo decir que La sombra de Casa Usher, segunda parte de la trilogía Casa Usher y continuación de La rebelión de los soldaditos de plomo, está publicada ya en CreateSpace y en Amazon. Si la queréis, es vuestra: como explicaba en la entrada en que anuncié la segunda edición de La rebelión, hay diversas opciones para todos los formatos de lectura y todos los bolsillos.

  • Opción 1: CreateSpace. Una posibilidad que ofrece Amazon para los que prefieren los libros impresos. Sencillamente entras, pides una copia del libro y te lo envían a casa, o al menos eso creo. He puesto el precio más bajo que me permitían, 5,67 euros, y he aprovechado para bajar el importe de La rebelión (me enteré de que aún se podía vender más barata), que ahora cuesta 6,07 euros (de paso he remaquetado de nuevo el libro y he corregido algunas pequeñas distorsiones en el formato que se habían colado).  Eso sí, me temo que los gastos de envío van aparte.
  • Opción 2. Amazon. Para leer en la tableta, el móvil y el PC con la app gratuita Kindle, apta para cualquier dispositivo. Se puede pillar a 0,99 euros, tanto La sombra como La rebelión (que también ha sido remaquetado y maqueado para la ocasión). Ambas novelas están asimismo en Kindle Unlimited, por lo que si te acoges a ese programa de préstamos en Amazon puedes leer gratis bastantes libros, Casa Usher 1 y 2 incluidas, siempre que no tengas en tu dispositivo más de 10 a la vez y por algo menos de 10 euros (no sé si lo recomiendo: en la selección disponible te puedes encontrar verdaderas joyas pero, mayoritariamente, con lo que te topas es… Bueno, os lo podéis imaginar…).
  • Opción 3. Como no me gustaría que nadie se quedara sin leer la novela por falta de efectivo y/o de dominio de las últimas tecnologías, también tengo el libro en pdf para leerlo en el PC o imprimirlo. Sólo tenéis que escribirme un correo y pedirlo. Es gratis.

Esto de la autopublicación en Amazon es una fuente de trabajo y problemas, y cuando no se dispone de buenos equipos y aplicaciones o, en su defecto, conocimientos y tiempo, más todavía. Los manuscritos maquetados tienen una extraña tendencia a descomponerse en formas inimaginables cuando los subes, y basta con que corrijas un error de maquetación para que te surjan siete más. Lo digo porque agradecería que cualquier fallo que veáis, grave o leve, aunque sea una coma, me lo hagáis saber (por privado, porfa, tampoco es cuestión de darle publicidad a mis meteduras de pata) y rápidamente será subsanado.

Y nada más, sólo espero que esto sirva para que paséis un buen rato (ése es el propósito), que si no os gusta no seáis muy crueles con vuestras críticas negativas (tampoco quiero que me mintáis, pero una tiene su corazoncito), y que si os gusta no olvidéis poner el libro por las nubes ante todos vuestros amigos, enemigos, conocidos, familiares y redes sociales (no espero hacerme millonaria con esto, ni mucho menos, pero si me sirve para retirarme de mi trabajo explotador y dedicarme a escribir, investigar y restaurar construcciones medievales, me conformo… Vale, de sueños también se vive, ¿o no?).

No quisiera terminar esta entrada sin agradecer a todas las personas que me han animado, ayudado y apoyado para que este proyecto pudiera ver la luz, y también a las que han hecho todo lo contrario.

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"Tenéis mucho que arreglar antes de hablar con el rey, que ya debe de estar al llegar. Creo que oigo el piafar de sus caballos y el barullo de las tiendas de sus gentes instalándose ante la muralla."

“Tenéis mucho que arreglar antes de hablar con el rey, que ya debe de estar al llegar. Creo que oigo el piafar de sus caballos y el barullo de las tiendas de sus gentes instalándose ante la muralla.”

(viene de) Todos me miraron y, segundos después, al personaje de más alta graduación entre los presentes, esperando que diera su conformidad, o no, a lo que sin duda creían que era una locura propia de alguien que debería vestir faldas y que sin duda no se merecía más que cobrar poco y estar encerrada en la cocina (si supieran el caso que pensaba hacer a unos o al otro…). Él echó una ojeada a su alrededor, clavó al final los ojos en mí y, tras una pausa que se me hizo eterna, habló por fin, dirigiéndose a sus hombres.

-Vayámonos. Dejémosles solos.

-Y arreando leguas –les insté yo-. Un-dos, un-dos, un-dos. Tenéis mucho que arreglar antes de hablar con el rey, que ya debe de estar al llegar. Creo que oigo el piafar de sus caballos y el barullo de las tiendas de sus gentes instalándose ante la muralla.

-Pero… –Guillaume trató de oponerse. Entonces, el falso leproso avanzó hacia su antiguo amigo y le puso una mano en el hombro. Hacía años, desde la traición del bretón en Chipre y el famosos robo de lo que yo llamaba La Reliquia, que mostraba ningún signo de afecto hacia él. Más bien todo lo contrario.

-Tienes que confiar en ella. Y respetar su decisión. Aunque te duela –le dijo, con entonación amistosa, aunque firme.

Guillaume escrutó su rostro y, a regañadientes, asintió. Tras una última mirada hacia mí, se dirigió hacia la salida, lentamente, con pesar. El resto les siguieron, arrastrando a los prisioneros y a los heridos. Isabel no apeaba el odio de su mirada. Los demás me ojearon con esperanza, como si yo fuera un Unidos Podemos que iba a ganar las elecciones del 25D sin hacer posteriormente ningún Tsipras. No lo tenía yo tan claro, pero tenía que intentarlo.

Mi viejo amigo se golpeó el pecho con el puño antes de salir

-Fuerza y honor, Eowyn. Nos vemos allá fuera.

Y desaparecieron.

Yo fijé mis ojos en mi sempiterno enemigo. No tenía ganas de parlamentos épicos ni palabras altisonantes; no podía permitirme equivocar el blanco, como EE.UU, a favor de Isis por enésima vez. Tan sólo de acabar de una vez con aquello. De ser libre, por fin.

-Ponte en guardia –avisé, enarbolando la espada. Él no hizo además de defenderse-. ¿A qué estás esperando?

-Antes tenemos que hablar tú y yo. Quieres matarme, ¿no? Pues al menos me debes un último deseo –su sonrisa sardónica volvió a restallar.

Bufé. Me cansaba ya tanta palabrería barata.

-Me lo debes –repitió-. Aunque sé que no lo deseas. ¿Sabes por qué en realidad tienes tantas ganas de matarme?

-Espero a que me ilustres. Y hazlo rapidito. Estoy empezando a estar hasta los ovarios.

Continuó, sin hacerme caso.

-Justamente por eso. Para evitar que hable. Para evitar oír palabras de mi boca que no deseas escuchar. Palabras que te harían reconsiderar la opinión que tienes de ti misma.

-¿Qué chorradas estás diciendo? –le espeté.

Esbozó una mueca de suficiencia.

-Crees que llevas años huyendo de mí, pero no es verdad. Llevas años huyendo de ti misma. De lo que crees que es tu deber. Sí, tú lo crees aún más que yo. Tus padres te me vendieron, sí, y tú te escapaste, algo que sin duda no dejas de repetirte a ti misma para buscar motivos por los que enorgullecerte. Pero durante toda la vida has actuado como si tu huida no fuera lícita. Ahogando en ti misma el deseo de volver al redil. En el fondo, tú sabes que tu sitio está a mi servicio. A mi servicio, siempre a mi servicio, de una forma u otra. ¿Por qué, si no, aceptaste el trabajo que te ofrecí? ¿Creías ser menos sierva porque te ofrecía una soldada? Siempre supiste que yo no había cambiado, ¡no podías ser tan ingenua para pretender lo contrario! Pero eso te daba una justificación ante ti misma, podías combinar lo que en el fondo, y no tan en el fondo, pensabas que era tu obligación, con el respeto que crees que te debes. Piensas, o quieres pensar, que las mujeres no sois seres inferiores. Que debéis ser consideradas como si fuerais hombres. No con las alharacas de la fin’amors, sino exactamente igual que lo hacemos entre nosotros. Quieres que todas seáis libres. Pero eso no es posible, pues habéis nacido esclavas. No valéis más que para servirnos. ¿Y sabes por qué? No porque Nuestro Señor os extrajera de nuestra costilla, sino porque tenéis demasiado miedo. Miedo a que se os difame, se os zahiera. Miedo a no ser buenas, al infierno, y al infierno en la Tierra. A sentir que no estáis cumpliendo con vuestros deberes. Sois débiles y autocompasivas. Y tú eres el ejemplo viviente. Nunca te has rebelado contra mí, sino contra tus íntimos temores. Ni tú, ni ninguna de las de tu clase, seréis nunca libres.

Sentí como si se derramara sobre mí una inesperada catarata de agua helada. Fue tan súbito que perdí incluso la facultad de respirar por un segundo. Y si me recuperé, fue sólo y únicamente, gracias al instinto de supervivencia.

-¿Te crees un médico del alma humana? –solté una carcajada cruel. No podía dejarme distraer por sus palabras, cualesquieras que éstan fueran, como una catalanita cualquiera ante el nacionalismo fanático de los privatizadores sanitarios y evasores de capital-. Ponte al lío ya, cojones.

Él desenvainó su espada y besó la cruz. Se sentía ya victorioso, creyendo que su discurso me había doblegado.

Y tenía razón.

-Sea, pues.

Nos medimos con los aceros desenvainados. Nos conocíamos ya bastante bien para saber cuáles eran nuestros puntos débiles y fuertes. Él no iba a atacar para que yo me escabullera, le despistara y le hiriera cuando más aturdido estuviera. Yo tampoco atacaría hasta que no viera que él no sería capaz de parar mi estocada y volver mi fuerza contra mí misma. La lucha amenazaba prolongarse hasta el infinito, o al menos hasta que el rey viniera y la detuviera. Ésa era su baza, pero yo no podía permitírmelo. No podía permitir que escapara otra vez. Así, que mal que me pesara, tenía que arriesgarme. Apostarlo todo a una carta. Yo era más ágil y rápida que él, aunque era consciente que ya no tanto desde mis últimos problemas de salud y heridas varias, o tal vez porque los años no pasan en balde. Y él era mucho más fuerte que yo, a pesar de su edad. Teniendo en cuenta esto, y encomendándome a santos, vírgenes y dioses en los que no creía…

… me decidí.

Solté un grito de guerra mientras daba un paso atrás para tomar impulso y alzaba mi espada por encima de mi cabeza, desde una guardia baja. Él se apresuró a defenderse alzando el metal transversalmente ante su rostro, pensando sin duda que me había vuelto loca y pretendía hendirle el cráneo: con ese ataque, no le habría resultado difícil parar mi estocada y, casi sin hacer ni un giro más con su arma, rebanarme el cuello. Pero yo, en lugar de avanzar hacia él, escoré el paso que estaba dando hacia la derecha, cambié en el último momento la trayectoria de mi espada de modo que ésta trazó una diagonal de través hasta casi el suelo, con tanta fuerza que su peso me arrastró hasta quedar entre derribada y arrodillada. Él no esperaba que el ataque se desviara de esta manera, y no pudo virar a tiempo su hierro para pararlo ni retroceder, y tampoco pudo rectificar y dar un tajo hasta llegar a mi aorta con efectividad: antes de que pudiera hacer algo más que rozarme, mi filo le rajó la ingle y el chorro de su sangre arterial me estalló en la cara, por segunda vez aquella noche. Yo vi cómo se derrumbaba casi en cámara lenta, pero era mi incredulidad la que paraba el tiempo, pues todo fue muy rápido para él. Muy rápido. Ruego, sin embargo, que tuviera la oportunidad de sufrir un momento eterno para comprender, antes de morir que yo había aprendido, definitivamente, había perdido. Aunque quizá los dos habíamos perdido. Aunque quizá nadie había ganado.

Pero aquello no había acabado aún.

Me incorporé rápidamente. Demasiado rápidamente, dadas las circunstancias y el corte, aunque superficial, de mi cuello. ¿Fue un presentimiento, o los deseos de huir de aquel espectáculo repugnante? Sea lo que se, aquello me salvó la vida. La saeta que alguien había disparado a mi espalda dirigida hacia mi nuca me rozó la mejilla izquierda, y sólo la mejilla izquierda. Me volví instintivamente, aunque nada podía hacer contra un arma arrojadiza a esa distancia, y vi como Gustaf, con la mirada preñada de una determinación letal, se apresuraba a tensar de nuevo la cuerda de su arco desde la entrada. No tuve tiempo de pensar, no tuve tiempo de ponerme a salvo; antes de ello, vi cómo su cuerpo se estremecía y, acto seguido, se desplomaba en el suelo. Muerto. Pasó un largo minuto antes de entre las neblinas del amanecer surgieran las figuras de Gonzalo y de Guillaume. El primero levantó su arco en señal de triunfo.

-Es la segunda vez que te salvo la vida hoy, Eowyn –dijo, jovial-. Espero que sepas tenérmelo en cuenta.

Una idea pasó por mi cabeza, de pronto.

-Eres certero, Gonzalo. Ahora, la distancia era mucho menor. Pero aún así…

Volvió a encogerse de hombros, como acostumbrado a los halagos a su puntería.

-Mi bisabuelo hizo un favor a unos arqueros galeses ultramontanos en las Navas de Tolosa. Ellos le enseñaron y el conocimiento se ha transmitido en mi familia, al igual que este viejo y útil arco.

-Incluso para un arco de este tipo, es demasiado.

Él pareció desconfiar

-No te entiendo. ¿Qué quieres decir con “demasiado”?

-Demasiado para ser un templario –me apresuré a explicar–. Bien es sabido que lo vuestro no son los proyectiles-. Cambié de tema-. Pero ¿qué hacía éste aquí?

-Se nos escapó –añadió Guillaume, contrariado-. Lo siento, teníamos demasiados frentes abiertos y el rey prácticamente debe de estar entrando por la puerta, si es verdad que, como suele hacer, ha pasado la noche en Miravet. Pero en cuanto nos dimos cuenta, y sabiendo quién era, imaginamos que te buscaría, así que el jefe nos envió aquí a guardarte las espaldas a toda velocidad; al parecer, aunque no les reconoció entonces, los nuestros tuvieron un encuentro de camino hacia aquí con este muerto y con su compañero, cuyo cadáver también hemos encontrado afuera. Les hicieron huir, no sin que consiguieran herir antes a nuestro común amigo, como ya viste antes. Quién iba a imaginarse que volverían. Según parece, trabajaban también para Blanca, pero al mismo tiempo tenían su propia iniciativa; por eso apareció tan de repente, también se le escaparon a ella y temió que me mataran. Lo que no me ha explicado es cómo estaba tan segura de que yo estaba aquí… en fin… Por cierto –señaló el cadáver que se desangraba a mi lado-, veo que por aquí ya todo ha terminado.

Dejé caer la espada al suelo. El ruido metálico sonó como si las puertas del infierno se cerraran tras de mí

-Sí –respondí-. Todo ha terminado.

Ellos me miraron consternados. Sabían que mis palabras alcanzaban un significado más amplio aún de lo que parecían.

"Pero el papel de todos los libros del mundo no podría enjugar el mar de sangre que anidaba en mi alma".

“Pero el papel de todos los libros del mundo no podría enjugar el mar de sangre que anidaba en mi alma”.

(viene de) De pronto, algo cayó del cielo. Literalmente. Mientras yo comenzaba a emprender la retirada, por el rabillo del ojo vi que algo se movía sobre las cabezas de los guardias que retenían a Guillaume y a Isabel. Me volví hacia ellos rápidamente: de los alféizares de las dos ventanas elevadas, dos figuras se habían descolgado a merced de una par de cuerdas y se habían impulsado empleando la pared hasta caer en un batiburrillo de brazos y piernas sobre los antes mencionados. No me costó nada reconocer a Omar y a Ferran, y no sólo porque ya conocía sus dotes de acróbata, sobre todo del primero. Debería haber pensado que no se conformarían con permanecer escondidos en su habitación, esperando que yo volviera a buscarlos: creían que me debían algo por haber salvado sus vidas, y era yo la que les debía lo mucho que habían aportado a la mía. No vacilé: no podía permitírmelo. Le hice un rápido gesto a mi amigo de que se ocupara del señor y de Esquieu (parejita que bien podría haber pertenecido a la CUP si hubiera vivido en la Cataluña del XXI, por sus curiosos cambios de lealtades) , y a Ruy y a Gonzalo de que me siguieran, y solté un grito épico.

-¡Defenderos si podéis, inútiles!

Ruy se echó contra los guardias mientras yo apartaba a Ferran y a Omar de ellos, y Gonzalo, al parecer más lento de reflejos, se dedicó a cortar las ligaduras de Guillaume y de Isabel (por este orden) poniendo su cuerpo como barrera entre ellos y las espadas de los guardias. Por mi parte, al arrastrar a Ferran fuera de la zona peligrosa, mis manos quedaron empapadas de una sustancia espesa que se expandía sobre el pecho del ayudante de Omar en una mancha. Roja.

-¡Ferran, no! –dije. Los sostuve entre mis brazos. Él intentó hablar.

-No podía… dejarlo así. No podía… ser un traidor.

-¡Tú no eres un traidor! Por favor, no te esfuerces -desconocía el alcance de su herida, pero parecía seria. Y, sin embargo, yo no podía perder más tiempo, si quería que allí sólo muriera aquel a quien le tocaba-. Ocúpate de él –dije a Omar, aunque no era necesario y, dirigiéndome a Isabel, le espeté con una dureza que nunca había oído de mis labios-: ¡Y tú, estúpida, ayúdalos! ¡Haz algo útil por una vez! Todo esto es tu responsabilidad, cabrona de mierda, que eres más falsa que santa Teresa de Calcuta.

Desde luego, no pensaba del todo verdad lo que le decía, y tampoco me había liberado tanto del sentimiento de culpabilidad por lo que le había sucedido a Guifré, pero la situación no requería ni la mínima debilidad de mi parte. Mi espada ya estaba fuera de su vaina, y liberé a Ruy de dos de los tres guardias (el cuarto estaba aturdido en el suelo, después del encontronazo con los Flying Mediaeval Brothers) con los que luchaba: sonreí con maldad cuando vi que en la espada de uno de ellos el resplandor rojo de la sangre de Ferran me llamaba a la venganza. Pero no, no podía permitir que la venganza me cegara. Aún no, por lo menos. Jugué al despiste con ellos, engañándoles con florituras, amagando estocadas y esquivando las suyas, hasta que Guillaume, libre de sus ligaduras, se encargó del guardia de mi derecha, dejándome a solas con el que había herido a mi compañero de trabajo. Una mirada rápida a mi alrededor me hizo ver que todo parecía controlado: Ruy, conocido por la rapidez y precisión de sus ataques, estrella de los torneos, dejaba al guardia casi imposibilitado de detener su envites: estocadas al cuello, tajos hacia el pecho o a las extremidades, otro que a punto estuvo de rebanarle una pierna… Lo último que puede ver es que mi antiguo segundo de a bordo, cuando se cansó de jugar, retrocedió para dar a su contrincante la oportunidad de atacarlo, adivinó la dirección de la estocada, la detuvo con su espada propulsándose contra él e hizo girar el arma de su adversario hasta que, con un alarde de fuerza bruta, la hizo caer lejos. Guillaume tampoco parecía tener problemas con su oponente, al que estaba castigando con una lluvia de golpes cortos y rápidos que le dejaban si opción de defenderse, como el neoliberalismo contra los países de América Latina, y Gonzalo, tras haber desatado a su amigo, mantenía a Esquieu cuerpo a tierra, sujetándole con brazos y piernas e ignorando sus intentos de escapar; al parecer, el muy asqueroso había vuelto a practicar su deporte favorito, que era huir de los problemas. El falso leproso, por su parte, sí estaba teniendo problemas para defenderse de mi viejo enemigo, quien por fin se había decidido a luchar (poca otra opción le quedaba), y comprendí que también lo habían herido. ¿Cuántas bajas arrojarían mis deseos de venganza? Yo había querido mantenerles a todos alejados de aquello, era mi guerra, como bien había dicho él, pero no había sabido… Maldita sea, no podía permitirme más autorreproches. De momento debía empezar por concentrarme en mi oponente.

Volví a mirar la sangre que goteaba de su espada. Concentré en él todo mi odio. Todos aquellos años perseguida, mis largas estancias en las prisiones del señor donde él esperaba que se doblegara mi rebeldía y me aviniera a sus razones, tanto tiempo desperdiciado, mis amigos perdidos en Tierra Santa, las manipulaciones de Karl y Gustaf, el sultán de Egipto, el odio de Elvira, la batalla con los Entença y sus múltiples bajas, la traición de Esquieu, la muerte de Guifré, el peligro que estaban corriendo mis amigos… Todas las deudas que la vida tenía conmigo, deudas de un juego en el que yo no había sabido jugar bien mis cartas pero que era el único juego posible para los pobres, la carrera de obstáculos de injusticias, se materializaron en aquel momento y lugar, y de pronto me convertí en la máquina de matar que en el fondo sabía que era. Yo no había aprendido otra cosa. Cuando de niña reclamé atención, solo obtuve desapego, desprecio, la íntima certeza, fomentada por aquellos que deberían haberme dado afecto y cuidados que, al no querer seguir el destino que se suponía que, como mujer, tenía marcado, nada merecía. Tuve que aguantar cómo me vendieron como si fuera un animal mientras que otros padres, en peor situación económica que los míos, luchaban por dar a sus hijas toda la seguridad posible. Desde que, siendo aún adolescente, marché, sólo había visto sangre y había aprendido a hacerla brotar. Eso, y algunos libros, era mi vida. Pero el papel de todos los libros del mundo no podría enjugar el mar de sangre que anidaba en mi alma. Ataqué. Golpeé y ataqué, sin dar tregua, sin honor y sí con todas las malas artes que pude maquinar. Pronto, mi adversario estuvo desarmado y en el suelo, el líquido vital manando de la multitud de heridas que yo le había producido y empapando también mi espada y los harapos que me cubrían, a la espera de que yo hundiera la punta de mi arma en mi cuello. Todo era bruma a mi alrededor. Nunca antes había matado a un enemigo desarmado. Nunca. Aquello iba a suponer un antes y después en mi vida. De allí, lo sabía, jamás podría volver. Pero no me importaba.

-Eowyn…

Una espada detuvo la mía. Era la de Guillaume.

-No lo hagas. No es necesario.

La niebla se disipaba a mi alrededor. Isabel y Omar atendían a Ferran con remedios improvisados. El trovador me dirigió una mirada esperanzada.

-Se pondrá bien. Te lo aseguro.

Miré a mi alrededor, de nuevo. Gonzalo acababa de sujetar con férreas ligaduras a Esquieu. Oí, de nuevo, la voz de Guillaume.

-No sólo vinimos aquí por ti, aunque siempre fue la razón principal. Nosotros también llegamos a la conclusión de que sólo Esquieu podía haber informado a Blanca de nuestro paradero, y que sólo alguien estaba más interesado que ella en saber cómo controlarnos, o sea que el traidor debía de estar al servicio de uno de los dos, y yo sabía que no podía estar al de Blanca. Esto te lo explico sobre todo para que dejes de responsabilizarte de nuestra presencia aquí. Te conozco.

Escuché sus palabras como si las pronunciara desde detrás de una espesa barrera. Los otros guardias y el señor se hallaban fuera de combate en un rincón. El falso leproso, que los vigilaba, me envió una elocuente mirada. Su tez estaba grisácea y se agarraba el costado izquierdo; por otra parte, parecía feliz.

-¿Estás bien? –pregunté, sin ser consciente de que las palabras salían de mis labios.

-Perfectamente –aseveró-. No es más que un rasguño combinado con los achaques propios de mi según tú avanzada edad. Por cierto, según un compañero tuyo con ínfulas de aprendiz de físico que me encontré por el camino ya debería estar muerto. Vigila con quien te juntas, muchacha.

-Creo que sé a quién te refieres –había muchos así en la Cataluña del XXI: se creen profesionales sanitarios y sólo saben planificar mal, recortar, privatizar, asesinar… Sonreí con tristeza. Experimentaba una extraña sensación, como de final de etapa.

-Eowyn, todo ha terminado ya –volvió a hablar-. Deja caer la espada. Las misiones se han cumplido. Todos estamos bien. Esta locura ha de acabar de una vez.

Miré mi arma, que tanto tiempo llevaba a mi lado. Comenzaba a pedir a gritos la jubilación, pero hasta que tuviera la oportunidad de encontrar un botín aceptable o un buen curro, no podría permitirme sustituirla. Por otra parte, quizá ya era el momento de renunciar a aquello que ella me proporcionaba; antes de que me convirtiera en una especie de Gollum ahogado por la sangre que había derramado. Mi mano cayó, casi inerte, a un lado de mi cuerpo. Quizá era el momento de descansar, por fin.

O tal vez no.

Di un paso atrás, alejándome del guardia caído, y volví a levantar mi espada, señalándoles a todos con ella.

-Marchaos –ordené-. Marchaos y lleváoslos a todos. Dejadme sola. Con él -indiqué a mi viejo enemigo, que a pesar de estar vencido sonreía ufano, seguro de que sus contactos y sus manipulaciones le mantendrían impune para siempre, como Franco, como Mas. Quizá esta vez se equivocaría. Quizá no-. Tú lo dijiste –señalé al falso leproso-. Es mi guerra.  Y debéis dejarme que la acabe. (sigue)

"Los portones de entrada se abrieron casi como por arte de magia al acercarnos nosotros, y el salón principal apareció iluminado y listo para los hechos que iban a sucederse".

“Los portones de entrada se abrieron casi como por arte de magia al acercarnos nosotros, y el salón principal apareció iluminado y listo para los hechos que iban a sucederse”.

(viene de) Mi viejo compañero ya corría como un alma en pena huyendo del infierno por el patio de armas, en dirección al cuerpo principal del castillo.

-Pero ¿sabes a dónde vas? A tu edad no te conviene tanta prisa –dije, intentando seguir sus largas zancadas -. El rey va a llegar en cualquier momento, y tendremos que maquillar un poco este desastre, yantes yo tengo cosas que hacer. No me hagas seguirte si no estás seguro de conducirme adonde está él.

-No estoy seguro –confesó, sin dejar correr. Aún estaba en forma, el condenado, y eso que ya había cumplido sus añitos.

–¿Y entonces? –me paré en seco, echando chispas por los ojos. En ese momento, si no hubiera tenido muchas cosas y mucho más urgentes que hacer, palabra que le hubiera matado. Aquel hombre tenía la virtud de sacarme de quicio: no soporto a la gente tranquila. Me ponen muy nerviosa.

Se detuvo a su vez, con toda la cachaza del mundo, y sonrió.

-… pero estoy casi seguro. Durante estos meses me han hablado mucho de él y creo que sé cómo funciona su mente. Confía en mí.

Los portones de entrada se abrieron casi como por arte de magia al acercarnos nosotros, y el salón principal apareció iluminado y listo para los hechos que iban a sucederse. Sin duda, nos esperaban. Me esperaban. Las mesas con los restos de la cena no habían sido retiradas por unos sirvientes que sin duda habían caído desmayados gracias a mi droga antes de que tuvieran tiempo de cumplir con las labores que les tenían encomendadas, pero alguien las había apartado hacia las paredes. El olor a junco mustio y a comida en descomposición casi me hizo vomitar; éste se mezclaba con la ceniza, el sudor y, tal vez, el miedo. Mi odiado enemigo, tan criminal y psicópata como una gran corporación, parecía esperarme en el vestíbulo de una recepción social, si no hubiera sido por la expresión cruel y sarcástica de su rostro deformada por el odio, al parecer había logrado escapar de la refriega con cuatro guardias y, junta a él, Esquieu se frotaba las manos mirándome irrumpir en la escena con el falso leproso. Éste dio un respingo al verle y fue de inmediato a tirarse a su cuello, cuando y le retuve agarrándole del brazo.

-Habrá tiempo –dije. Los guardias se separaron, y vi que estaban cubriendo, a la vez que amenazando con sus hierros, a dos figuras que llevaba las manos anudadas a la espalda: Isabel, a pesar de su situación y aunque todavía no se había recuperado de los efectos de las drogas, me miró con verdadero odio, y Guillaume, con impotencia. Me maldije a mí misma mil veces: tenía que haber supuesto que Esquieu habría hablado. Mi enemigo debía de saber hacía tiempo que Isabel era una espía de Blanca, y sólo esperaba el mejor y más útil momento para hacerla pagar por ello. Y el momento había llegado. Di dos pasos hacia él, y ahora fue mi amigo quien tuvo que sujetarme.

-Maldito sea mil veces –le escupí-. ¿Eres tan cobarde que sólo crees que podrás vencerme haciendo daño a mis amigos? Suéltalos. Demuestra antes de morir que aún eres aquel caballero del que el pueblo contaba historias hace veinte años. Sabes perfectamente que esto es entre tú y yo.

Se limitó a esbozar una mueca llena de desprecio. Entonces, su mirada cayó sobre mi acompañante, y el más auténtico estupor estuvo a punto de reemplazarla, momentáneamente. Se rehízo a tiempo, sin embargo, y entonces fue Esquieu, que nos miraba con la satisfacción del que es absuelto por la historia, el que habló.

-Señor –nos señaló a mí y mi compañero-, esta es la constatación de lo que os decía. Podéis prendedlos ahora mismo y llevadlos hasta el rey de Francia. Por lo que sé de él, os recompensaría con verdadera largueza si le traéis pruebas de que la Orden del Temple es un nido de fornicadores y sodomitas. ¡Confesarán, no podrán resistir la tortura, aparte de que la vergüenza por su pecado debe de estar carcomiéndoles el alma!

-Y una higa es la vergüenza que siento yo por mis pecados –le hice un gesto obsceno con los dedos-. La única vergüenza que tengo es la de no haberte matado a tiempo, babosa traidora. Pero aún no es tarde –desenvainé mi espada y le apoyé la punta en la garganta. Mi amigo sacó la suya y también les hizo frente. Esquieu y su amo según sonriendo, mientras los guardias se acercaban, aunque sin atacar.

-Sois unos ilusos si pensáis que podéis ganar –se carcajeó el renegado–. Siempre habéis sido unos ilusos, vuestro Grupo de los Ocho, con vuestras ínfulas de arreglar el mundo. Pensáis que sabéis quién soy y para quién trabajo, pero no tenéis ni idea. Y vuestro querido soberano no se queda atrás, tampoco. ¡Y pensar que aún cree en la inocencia de los templarios, aunque le encantaría no hacerlo!

Un pequeño cortocircuito se encendió en mi cabeza. Eso quería decir que le había ido con su historia a Jaume, y que Jaume le había ignorado. Pero, entonces, Esquieu no podía ser un espía de Felipe de Francia, pues éste no habría enviado a tal personaje como emisario para conseguir ayuda de su colega real aragonés, en todo caso sólo lo habría mandado como acompañante de alguien de más enjundia. ¿Sería posible que Esquieu estuviera actuando en solitario? ¿Que ni siquiera hubiera colaborado con Blanca, o en todo caso sólo la hubiera utilizado para llegar hasta el rey?

-Venga, zorra, mátame –continuó él, algo desconcertado por mi repentino silencio-. Desde Gardeny que te tengo ganas.

-Pues lamento que no consiguieras tu propósito. Ni tú ni tu cómplice del arco –tuve tiempo de ver su mirada de desconcierto antes de dejar de amenazarle y volverme hacia su señor-. Ahora lo entiendo todo –le dije-. Ni Blanca ni el rey creyeron en las falsedades de este personaje, pero tú te lo tragaste, ¿verdad?, y viste tu oportunidad -como cualquier manipulada y/o cobarde alma, se creyó las tesis del poder, y ahora ama a los opresores homicidas y odia a los oprimidos-. Por eso rompiste tu alianza con ella, aunque el hecho de tu supuesto asesinato de Guillaume tampoco debió ayudar mucho a vuestra concordia, y cuando Isabel llegó, el renegado te informó de su identidad y entonces ataste cabos –me volví hacia ella-. Debiste haber huido cuando te encontraste con él. ¿No se te ocurrió que te reconocería y ataría cabos?

Isabel me escupió.

-Se aseguró de que nunca coincidiéramos, ¡maldita sea! Todo esto es culpa tuya.

Esquieu se carcajeada sardónicamente.

-¿Falsedades? Yo vi todo el espectáculo de lo que pasó en Corbera, desde una grieta en la pared de la habitación –maldición: esperaba que se estuviera marcando un farol. La idea de que me hubiera visto en aquel momento tan… bueno… tan… me resultaba repugnante. Pero no quería dejar que aquello me descentrara.

-Sí. Lástima que hayas nacido siete siglos antes de tiempo. Es sólo tu palabra, imbécil, no tienes pruebas –seguí hablando con mi viejo enemigo, con una mueca de asco pintada en la cara-. Mentiste en Perugia. Mentiste cuando te uniste al Grupo de los Ocho. No quieres una cruzada ni dejas de quererla, y no creo que odies al Temple por ideología. Sólo odias la vinculación que ellos tienen conmigo.

-No te creas tan importante, muchacha. Hay mucho dinero en juego. Y yo tengo demasiadas posesiones que mantener, unos siervos muy vagos, unas tierras pobres y secas y un rey que prefiere que los nobles nos concentremos en servirle en sus interminables guerras contra el moro que hacer algo por nuestra hacienda. El rey Jaume no está interesado en hacer nada contra el Temple, de momento; les halagará mientras puedan servirle, sólo desea tenerlos controlados y sustituirlos por una orden más afín, mucho más catalano-aragonesa, cuando se dé la oportunidad. Pero allende las fronteras, es otra cosa. Se dice que el soberano francés necesita mucha financiación para acometer los cambios que ha ideado para su reino, y no tiene inconveniente en adelantar oro si sabe que lo obtendrá después centuplicado. ¿Y qué orden militar lo ostenta en abundancia en estos momentos?

Sí. Había sido una ingenua. Debí haberlo supuesto. No estaba loco ni enfermo de rabia. O, al menos, no estaba tan loco ni tan enfermo de rabia. Siempre había sido famoso por aprovechar las oportunidades y matar en todas las ocasiones dos pájaros de un tiro. Se vendía al mejor postor, como un deportista sin dignidad ni patria que no sabe que el país que ahora acoge sus medallas le tirará a la cuneta, como a un refugiado sirio, cuando deje de ganarlas.

Pero eso iba a acabarse. O me acabaría yo.

-Suéltalos –le insistí-. Esto es entre tú y yo. Mi amigo marchará también, así como la sabandija renegada ésa y tus guardias. Haz lo que debes, aunque sólo sea una vez en tu vida.

Sentí a mí lado cómo los músculos del falso leproso entraban en tensión, y tuve un atisbo de lo que estaba pasando por su mente. Mi enemigo dio un paso hacia mí con la mano tendida, y por un momento pensé que iba a aceptar mi propuesta. Suspiró, esbozó una media sonrisa que parecía bastante sincera, y dijo:

-Eowyn, es cierto que tú y yo tenemos que vernos las caras…

Eché mano al pomo de mi espada.

-… y tendremos nuestro momento, te lo aseguro, pero no ahora. Marcharás. Saldrás de aquí con todos los tuyos. Te juro por mi honor que liberaré a tu amigo el resucitado y que entregaré a Isabel a Blanca en cuando te hayas ido. Si sólo te atreves a levantar tu espada una pulgada contra mí, mis guardias los atravesarán. Y supongo que no querrás perder a ese apuesto templario, al menos al decir de las damas, pues yo no le veo tal, por segunda vez. Ni a esa antigua amiga a la que ya has hecho bastante daño. Ah, y lo harás de inmediato. Tengo que solucionar muchas cosas antes de la llegada del rey. Naturalmente, eso también os incumbe a vosotros –Gonzalo y Ruy acababan de entrar por la puerta, y se quedaron paralizados al captar las implicaciones de la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos-. Quiero que liberéis a mis hombres y que ellos se hagan cargo de los de Blanca. Esquieu irá con vosotros para cerciorarse de que todo es correcto. Luego, marcharéis. Sólo cuando os vea salir a todos del castillo liberaré al bretón. Oh, sé exactamente cuántos sois. No me preguntéis cómo.

De inmediato, Gonzalo retiró la mano del arriaz.

-No tenemos otra opción. Vamos. Eowyn, Ruy, mi señor…

O una risotada de mi compañero.

-Gonzalo, recuerda que aún soy yo el que da las órdenes aquí –su tono era más irónico que autoritario. Nos envolvió a todos con una mirada circular, y después se dirigió a mí-. Eowyn, la decisión es tuya. Confío en el de Nantes, ya está claro que es casi inmortal. En cuanto a Isabel, creo que si le debías algo se lo ha cobrado bien. Pero esta es tu guerra, muchacha. No intervendré.

Le miré, no sin asombro. No podía esperar menos de él, y comprendí lo que le estaba costando tomar aquella decisión. Era demasiado honorable para no dejarme libre, aunque eso le doliera. Por eso no había impedido que yo fuera a buscar mi destino aquella vez, cuando salí en pos de Omar. Nunca debí haber creído que él me había fallado.

-No va a matar a Isabel –era ahora Guillaume quien hablaba, con tal seguridad que ni siquiera sus captores le respondieron con algo más que acercando sus espadas-. No sabe el afecto que le puede profesar Blanca, no se arriesgará a enojarla y que ella le malmeta con el rey. En cuanto a mí, ya me han matado una vez. Eowyn, eres libre para decidir.

Como si fuera tan fácil, como si él no tuviera manera de disimular la muerte de Isabel y achacársela a quien más le conviniera; la mirada irónica que me dirigió tras las palabras del de Nantes demostró a las claras que sabía que yo lo sabía. Las espadas de los guardias amenazaban el cuello de Guillaume e Isabel. Ésta, tan ahogada por el odio, no parecía echar cuenta de que estaba a punto de morir, y él me sonreía sin el más mínimo atisbo de temor, con seguridad de que saldría de ésta como había salido antes de tantas, mientras el señor sonreía con suficiencia, sabiéndose ya vencedor.

Porque él me conocía.

Los apreciaba demasiado. Sí, incluso a la traidora Isabel. Nunca podría decírselo, pero nada podía ser más cierto. Tal vez mi forma de amar es extraña. Invisible, inútil y de lo más problemática, pero existe. No sirve de nada, pero ahí está.

-Vámonos –dije al fin. Me dirigí a mi enemigo-. Ay de ti y de tu descendencia si no cumples tu promesa. Lo que has visto hasta ahora no será nada en comparación con lo que verás.

Se carcajeó.

-Paparruchas. Pero sigo siendo un caballero. Venga, marchaos.

Di la vuelta. Fue el movimiento más largo y dificultoso de mi vida. Allí dejaba mis posibilidades de redención, mi esperanza de libertad. Sabía que no existiría otra oportunidad. Que él jamás se pondría de nuevo a tiro.

Tal vez debería renunciar a todo. Volver a mi pueblo. Ser lo que mi familia esperó que fuera. Jurarle lealtad como su sierva. Ser una mujer común y corriente, expuesta a que neoliberales machistss de uno y otro lado del Mediterráneo me vistieran con bikini o con burkini, según me quisieran su puta o su sumisa. No, no podía aguantar más aquella eterna persecución.

-Vámonos –repetí. Mi viejo amigo me miró con tristeza, consciente del paso que yo estaba dando. Ruy me miró consternado. Gonzalo, que hubiera dado la vida si era preciso por su amigo Guillaume, por su parte, nos hizo gestos de que nos apresuráramos. Aquello era el final. (sigue)

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