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Palacio del Rey

(viene de)

Tengo que decir que, aunque el panorama actual no era demasiado alentador, había escasos momentos en que podía ver la parte positiva. La parte llena de de la botella. El pedazo de cielo azul donde ya habían escampado los nubarrones. Después de todo, contaba con un trabajo más o menos seguro, una casa para mí sola (bien sabe el diablo que en mi vida había gozado de tal privilegio) y, justo en aquel momento, tenía entre mis brazos a uno de los caballeros más cotizados de la Corte, a pesar de su condición (o, quizá debería decir, justamente gracias a su condición). Aunque también es verdad que la popularidad de la que disfrutaba Guillaume entre las damas no afectaba positiva ni negativamente a mi juicio. Sencillamente, las circunstancias nos habían llevado hasta aquel punto y se hacía lo que se podía.

Así que en ello estábamos, bien concentrados en el proceder, cuando algo que sonó como un terremoto sacudió mi pequeña vivienda. El suelo, las paredes y los escasos muebles vibraron como azogados, y de verdad que nos hubiéramos echado en el suelo a rezar el Miserere mei, Domine, si el estruendo, que procedía de la entrada, no hubiera venido acompañado por unas igualmente estentóreas voces.

–¡Eowyn! ¡Eowyn! ¡Abre, en el nombre de Dios! Ha pasado algo y no encontramos a Guillaume por ninguna parte. ¡Eowyn! ¿Estás ahí? ¡Por todos los santos, contesta!

Yo miré a Guillaume, él me miró a mí, y ambos miramos al arcón que, al lado de la cama, contenía mi ropa. Lamentablemente, era demasiado pequeño para albergar el largo cuerpo del bretón, por lo que tuve que optar por una solución alternativa.

–¡Un momento, que he atrancado la puerta! Espera… –mientras tanto, me adecentaba a toda prisa, y Guillaume hacía lo mismo–. Ya va, ya va… –me esforzaba en recuperar el resuello–. Ya está, te abro.

Hice lo dicho, y ante mí vi al poseedor del vozarrón, Ricardo, en un estado de agitación bastante considerable. A su lado, más tranquilo pero algo contrariado, estaba Cristophe.

–Adelante –dije yo–. Guillaume está aquí. Le he mandado llamar para… contarle lo que había pasado, y bueno, esas cosas –el aludido, he de decir que en perfecto estado de revista, se apresuró  a ir al encuentro de Ricardo, el cual, centrado en el propósito de su visita, no hizo ningún comentario ni paró mientes a lo extraño de la situación. Cristophe, por el contrario, me pegó un codazo y me guiñó un ojo, haciendo un gesto obsceno con las manos, a lo que yo le respondí con una patada en la espinilla, que por cierto que le quitó las ganas de bromear a mi costa. Mientras tanto, el capitán de la guardia real miraba a Guillaume con aire desolado.

–Mi querido hermano –Ricardo bajó la cabeza en actitud contrita–. Te he fallado. No podré perdonármelo nunca, pero por mi culpa ha sucedido justo aquello que debíamos evitar.

 

Nos sentamos en los bancos que rodeaban la mesa. Cristophe se ofreció a traer vino de la alacena, puesto que sabía bien dónde encontrarlo (Cristophe siempre sabe dónde encontrar vino, en todas las circunstancias y en todos los lugares. Nació con un olfato tremendamente desarrollado a este respecto) y, realmente, al menos Ricardo lo necesitaba, y mucho.

–Está bien, hermano. Cuéntamelo todo sin omitir detalle. Y tranquilízate. No tengo ninguna duda de que has actuado como debías.

Ricardo acabó de apurar su vaso y se secó el sudor de la frente, antes de comenzar un prolijo relato, como era habitual en él.

–Todo parecía tranquilo. Habíamos hecho las rondas pertinentes alrededor del palacio, y yo esperaba el relevo de Cristophe. Fue entonces cuando oímos el barullo producido por el ataque a Eowyn. Reconocí su voz, así que me lancé a socorrerla junto con unos cuantos hombres, pero dejé a una parte de la guardia ante el palacio. Cuando todo hubo acabado, y después de cerciorarme de que ella estaba bien, volví a mi puesto con Cristophe. Cuando llegué, vi a los soldados algo turbados y, al preguntarles, me dijeron que en aquel corto espacio de tiempo, un noble, con cartas del rey de Francia que le acreditaban como su emisario, se había presentado al galope, solicitando una urgente entrevista con el rey. Al decirle que éste no se hallaba en palacio, pidió ver al Mayordomo o al noble de más alto cargo que sí se encontrara, argumentando que portaba una misiva importantísima de su monarca, que alguien les había atacado para intentar robarla, y que creía que aún le iban detrás. Iba acompañado de su mujer y de un criado, así como de una pequeña guardia de cuatro hombres. Además, vestía con ropajes que acreditaban un alto rango, aunque venían sucios y rotos, como si el viaje hubiera sido ajetreado, y miraban continuamente a su alrededor, igual que si se sintieran perseguidos. En vista de las circunstancias, y puesto que su aspecto confirmaba su historia, y los documentos su cargo, dos guardias les condujeron a entrevistarse con el Mayordomo a la sala de las recepciones, donde justamente se celebraba una cena con la reina, altos cargos de palacio, y diversos nobles. Todo ello sucedió menos de un minuto antes de llegar nosotros, por lo que nos fue imposible hacer algo al respecto. Guillaume, no seré capaz de perdonármelo nunca. Pero aún puedo entrar allí y sacarlos a espadazos, si hace falta, aprovechando que todos duermen. Sólo necesito tu permiso.

Guillaume había permanecido circunspecto y meditabundo durante todo el parlamento de Ricardo.

–Supongo que tienes una descripción del embajador en cuestión… –dijo al fin.

–… y es perfectamente compatible con el hombre sobre el cual teníamos que estar alerta, sí –contestó el templario–. No tengo la seguridad completa, pero…

–No te preocupes. Comprobaremos su identidad antes de hacer cualquier cosa. Pero, en el caso que se trate de él, creo que ha cavado su propia tumba.

Asentí.

–Cierto. Parece que la cárcel le ha ablandado el cerebro –acordé–. Aunque tampoco fue nunca San Isidoro de Sevilla, en realidad. Pero todo esto me parece torpe y precipitado, incluso para él.

Cristophe y Ricardo, que aún no sabían a quién buscábamos, nos miraron extrañados.

–No os preocupéis –les tranquilizó Guillaume–. En seguida os lo explicaré. De momento, tenemos tiempo, por lo menos hasta la mañana. No creo que esta noche haga otra cosa que dormir, y ni Blanca ni el rey llegarán antes del anochecer del próximo día. Lo que significa que tenemos unas cuantas horas para trazar un plan y ejecutarlo. Y vamos a empezar ya.

 

–Te veo preocupada –inquirió sutilmente Guillaume, mientras nos dirigíamos de nuevo al palacio del rey, un par de horas después–. ¿Otra vez los malos presagios?

Yo negué con la cabeza.

–No. O sí. No sé. Hay algo que me inquieta, y no sé qué es. Supongo que debe ser que todo lo que se refiere a Esquieu me trae muy malos recuerdos –por enésima vez, recordé aquel negro día en Corbera d’Ebre. Guillaume meneó la cabeza, descontento.

–Deberías dejar de culparte ya. Tú no asesinaste a Guifré ni diste motivos a Esquieu para que lo hiciera.

Pero me porté como una estúpida, pensé yo. Me dejé llevar por mis instintos y en ningún momento pensé que mi actitud podría tener consecuencias en otras personas. Y, sin embargo, permanecí en silencio, dejando que Guillaume creyera que me había convencido. Estábamos llegando a la puerta, donde Cristophe había ocupado de nuevo su puesto.

–¡Alto ahí! –nos detuvo nuestro compañero, siguiendo el guión que habíamos acabado de pergeñar hacía escasamente una hora y esgrimiendo su lanza en nuestra dirección–. ¿Qué se os ha perdido por aquí en estas horas del diablo?

Guillaume se quitó la capucha de su manto.

–¿No me reconoces, Cristophe? Soy Guillaume de Nantes. La reina me invitó a la cena de esta noche. Le advertí que llegaría tarde, puesto que unos encargos de la Orden me han retenido en Palau, pero aun así me instó a que no dejara de venir.

Cristophe le miró con una desconfianza mal disimulada totalmente fingida. No había venido al mundo con ni las mínimas cualidades para la comedia. Pero Guillaume era un buen maestro.

–Me temo que nadie me ha informado al respecto, hermano. Y siendo así…

–Vamos, buen amigo –Guillaume sonrió, amable y bienhumorado–. No querréis tener problemas. Soy bien conocido en la Corte. Os propongo una cosa: acompañadme a la sala de recepciones. Si mi pretensión es vana, os doy permiso para echarnos a mí y a mi criado –yo, naturalmente, bien disfrazado para que no me reconocieran los guardias– con cajas destempladas, y hasta una patada en los huevos, si os apetece.

Sin más comentarios, y refunfuñando ostensiblemente, el infiltrado atravesó el cuerpo de guardia (donde despertamos al pobre Ricardo, que no parecía que fuera descansar mucho aquella noche), y se dirigió al patio, acompañándonos a Guillaume y a mí. De pronto, una figura salió de las sombras, y se dirigió a nosotros con gesto amenazante.

–¡Os voy a meter a todos la espada por el culo, intrusos hideputas! –nos increpó. Yo reconocí al bravucón.

–No es momento de chanzas, Yannick –el jovenzuelo era otro de los templarios infiltrados–. Por poco nos das un susto de muerte. Menos mal que ya te conocemos.

Él hizo un gesto con la mano, quitando importancia a su extemporánea broma, mientras el resto le dejaban por imposible.

–Sois tan sosos que me limitaré a daros las noticias de manera oficial, seria y aburrida. En el dormitorio de los guardias dicen que el estirado del Mayordomo no se ha dignado a llevar a los visitantes ante la reina ni les ha invitado a la sala de recepciones, pero sí que ha cometido el error de llevarles a la cocina, donde han arrasado con todo lo comestible. De hecho, la dama ha sido la que más ha engullido. Y en cuanto al vino, ni os cuento. Aquello parecía una reunión de frailes benedictinos. Así que ahora roncan como cerdos entre unos gases capaces de ahogar a un basilisco… No, no he subido. Pero puedo imaginármelos, según como hieden sus guardias en el establo.

La tan gráfica descripción me hizo sonreír.

–Muchas gracias, Yannick –apreció Cristophe–, por tu completísimo relato. Quizá hasta un poco más de la cuenta. Anda, guíanos hasta allí. Y vosotros, tapaos la nariz y la boca con el manto, por si este mozalbete no exagera. Con menos se contagió la última peste.

Dejamos la sala de recepciones a nuestra derecha, donde vimos (mejor dicho, escuchamos) que la fiesta aún se prolongaba. Me imaginé que aquella juerga tendría una finalidad política, porque, por lo que yo sabía, raramente el rey lanzaba una iniciativa de aquel tipo sin esperar ningún beneficio a alguna de sus ambiciones. Aunque el que no estuviera presente me descolocaba un poco. Pero ya habría tiempo para pensar en aquello, y de momento seguimos nuestro camino con total discreción hasta llegar a los establos, cercanos a la cocina, en el otro lado del patio.

–Continúo pensando que es mejor que subamos arriba y esperemos a comprobar si el visitante es realmente Esquieu antes de neutralizar a sus escoltas –susurré yo–. En cuando más lo pienso, más extraño me parece todo esto.

Guillaume se atusó la tupida barba.

–Es razonable lo que dices, ya te lo dije. Pero, en el improbable caso de que el de arriba se nos escape, así nos aseguramos de que no recurrirá a sus hombres. Sabéis perfectamente que en esta operación nos estamos jugando nuestra posición en palacio, con lo que la cautela ha de ser total.

–Y, además, tampoco vamos a cargárnoslos, después de todo –le apoyó Cristophe–. Aunque, por mi parte, creo que sería lo más práctico.

–¡Por el amor de Dios! No podemos ir matando a destajo como salvajes. Somos caballeros cristianos. ¡Y estamos en el siglo XIV! –intervino Ricardo, escandalizado.

Pero ya llegábamos a nuestro destino, con lo que la charla se interrumpió. Entramos en aquellas dependencias y, tras señalarnos Yannick a los interfectos, procedimos a incrementar el período que los aludidos habían de permanecer en brazos de Morfeo, gracias a unos pedazos de tela y a un mejunje que algunos templarios herboristas habían elaborado en el laboratorio de la encomienda. Después, los sacamos fuera y los ocultamos bajo unas mantas de caballo viejas, mientras Cristophe refunfuñaba contra aquella absurda manía templaria de no matar a nadie si no era estrictamente necesario.

–Perfecto –dijo Guillaume–. Y ahora, subamos.

Aparentando un paseo distendido entre soldadesca, hacia allá nos dirigimos. En aquel momento, una hombre salió de la sala donde tenía lugar el festín, con la indecorosa precipitación del que necesita encontrar un retrete de inmediato, so pena de que sus ropas pagaran las consecuencias. No hicimos caso, pues nuestra infiltración nos cubría de toda sospecha, y seguimos fingiendo que rondábamos tranquilamente por el patio, en amigable charla. Pero el desconocido se quedó de una pieza al vernos y, tras echarse el manto sobre la cabeza, se lanzó a correr en dirección opuesta a la que estábamos. Guillaume sólo lo meditó un segundo:

–¡Vamos, tras él! –nos instó a mí y a Ricardo, que éramos los más rápidos del grupo. Salimos disparados hacia allá, pero el comensal a la fuga parecía estar azuzado por el miedo, aparte de conocer mucho mejor que nosotros los entresijos del palacio. Así, después de un rato de rondar entre las distintas dependencias, nos vimos obligados a admitir que nos había dado esquinazo, y tuvimos que volver con los demás con las manos vacías y un dolor de piernas considerable.

–Nada. Se nos ha escapado –explicó Ricardo entre jadeos.

Yo, aún intentando recuperar el resuello, había ido a preguntar a los guardias de la puerta y volví con la respuesta.

–Ha pasado delante de la guardia como una exhalación. No nos han podido ni decir si le conocían. Lo siento, era como si le hubieran injertado unas patas de liebre.

Guillaume resopló.

–No lo entiendo. ¿Por qué huía de nosotros? No parecemos más que unos simples soldados, excepto yo, claro. Pero no tiene sentido. Por cierto, ¿habéis podido verle la cara?

–No, por desgracia –respondió Ricardo–. Entre la oscuridad y su afán por ocultarse… Ahora no podremos describirlo a nadie para que nos digan qué saben de él, y ahí dentro debe encontrarse esta noche la mitad de la nobleza de la Corte de Aragón y parte del extranjero.

–Intentaré averiguar algo discretamente –apuntó el bretón– porque esto no me gusta nada. Pero ahora seguimos con el plan origi…

Pero no habían acabado los sobresaltos por aquella noche. Por la puerta, situada al lado de la sala de recepciones, por la que se accedía la parte más privada del palacio, se asomó otra silueta. Ésta era indudablemente femenina, bastante alta, y a la escasa luz nos pareció ataviada con caros ropajes. Antes de salir, miró a ambos lados y, al vernos, se estremeció. Pero, a diferencia del anterior, pasó delante de nosotros sin correr, aunque con paso ligero, obviando obsequiarnos ni con un ínfimo saludo. Escamado, Guillaume salió tras ella, seguido por Cristophe y Ricardo, y fue entonces cuando la mujer se lanzó a la carrera hacia la salida. Yo opté por no perseguirla, porque pensé que no me necesitarían, y porque ya me había dado bastantes correteos por aquella noche, qué cojones. Sin embargo, aquello había cogido a mis compañeros por sorpresa, y ella pudo desparecer por la entrada al recinto y perderse en la noche, iluminándose sólo con una antorcha, antes de hubieran podido siquiera llegar a acercársele.

–¿Habéis visto?  –venía diciendo Ricardo, refrendado por enérgicos asentimientos de Guillaume, y por Cristophe, que no dejaba de rascarse el pelado cráneo como si quisiera extraer alguna idea de su cerebro–. Esa mujer estaba aterrorizada. Como el hombre de antes.

–Seamos positivos –les dije–. No podemos hacer nada de momento. Además, es posible que nada de esto nos ataña. La gente de palacio es muy rara.

Aún con la inquietud y aquella especie de enigma rondando por nuestras cabezas, entramos en el palacio y subimos las escaleras. Una vez arriba, Yannick nos señaló la habitación que buscábamos y, tal como habíamos quedado, nos dispusimos a entrar Guillaume y yo, que éramos los únicos del grupo que conocíamos a Esquieu, en aras a una mayor rapidez y cautela.

Abrimos la puerta con cuidado. El novicio, aleccionado por Cristophe y Ricardo, había tenido la precaución de engrasar sus goznes previamente. Allá dentro, la oscuridad era completa, pero nosotros llevábamos una vela oculta bajo nuestro manto, ya que era necesario ver la cara de los futuros secuestrados antes de que lo fueran en presente, o bien exponernos a un conflicto internacional, y hasta nacional. Esperábamos que ninguno tuviera el sueño muy ligero (aunque eso parecía poco probable dado lo que, según Yannick, habían comido y bebido, mi proverbial mala suerte nunca me abandonaba), porque si no íbamos a tener que recurrir a los métodos de Cristophe, por muy inocentes que fueran aquellos individuos y por muy civilizados habitantes del siglo XIV que nos consideráramos. Con ayuda del resto de luz arrojado por las teas del pasillo que entraba por la rendija de la puerta, y una vez nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad, nos pareció distinguir tres camas mal colocadas en medio de un revoltijo de hatillos y trastos varios. No parecía que el Mayordomo real se hubiera tomado demasiadas molestias por alojar convenientemente a Esquieu y a los suyos, tal vez ocupado con el banquete, y eso me confirmó que el traidor había elegido un día muy poco idóneo para presentarse en el palacio, sobre todo si teníamos en cuenta que mi ataque y la distracción que supuso implicaba una exhaustiva investigación anterior. Pero Guillaume me condujo hacia la primera cama y acercó ligeramente la vela, que ya había encendido, a la cara de su ocupante.

–Es él, sin duda –dijo, sin sorpresa alguna, al cabo de un segundo.

–La cárcel ha hecho estragos en su aspecto, entonces –contesté yo–. No acierto a reconocerle.

–Fíjate bien. No puede haber errores.

Yo nunca he sido una gran fisonomista, y mi cerebro tenía la prerrogativa de no archivar nunca las cosas inútiles y desagradables, cualidades ambas que estaban muy presentes en el rostro de Esquieu. Pero me rendí a la evidencia.

–Sería demasiada casualidad que un parecido tan notorio viniera acompañado de las mismas circunstancias que esperábamos. Ha de ser él.

–Pues nos lo llevamos, y a su criado. Y esa debe de ser la mujer… –se acercó al lecho en cuestión, para al retirar la manta vio que debajo sólo había un lío de ropa–. Maldita sea, ¿dónde se ha metido?

Me encogí de hombros, resignada.

–Pues habiendo un buen orinal debajo de esta cama –señalé– sólo cabe una respuesta posible: que se ha fugado. Probablemente, o bien le pagaron o bien la obligaron a acompañarles, y en cuanto pudo tomó las de Villadiego. Espero que esto no nos dé problemas, pero de momento no podemos hacer mucho más.

Así, empleamos nuestro elixir de Morfeo, y tras pocos pataleos y manotazos ambos volvieron a pastar en las praderas oníricas como dulces ovejitas. Guillaume cogió al criado, que era un joven bastante pesado, mientras que yo me encargué de arrastrar a Esquieu, poco más grande y corpulento que yo.

–Yo diría que era la mujer que se nos escapó –comentó Guillaume mientras realizábamos la operación–. Ahora entiendo su miedo. Este par de bellacos no la debieron de tratar demasiado bien. De De Floyran me puedo esperar cualquier cosa.

Después de salir y cerrar la puerta, Guillaume se echó al hombro a Esquieu, mientras que Ricardo y Cristophe llevaban en volandas a su criado. Por mi parte, yo abría la marcha con Yannick, asegurándome de que nadie se cruzara en nuestro camino. Pero, cuando llegábamos a las escaleras que nos habían de conducir al patio, nos pareció ver una sombra agazapada en un rincón. Pensé que sería el fugitivo de la fiesta que había vuelto a acabar la oscura misión que sin duda estaba llevando a cabo (no se me ocurría una explicación mejor) pero, cuando la luz de las antorchas incidió de pleno sobre el lugar, vimos que se trataba dos jovencitas que, al parecer, se habían refugiado en la escalera para hablar de sus cosas. No tenía ni idea si eran de la familia real o invitadas, ya que los cotilleos sobre la Corte no son de mi gusto, pero, fueran quienes fueran, tenían edad de estar ya desde hacía tiempo en la cama. Ay, los progenitores modernos… y luego querrán que les lleguen vírgenes al matrimonio y todo. Qué lástima que las nuevas generaciones no sigan mi honrado y casto ejemplo. Las muchachas, cuando nos vieron, ahogaron un grito e iban a huir (de nuevo). Pero Guillaume reaccionó a tiempo.

– “In taberna quando sumus…”¡hip!… “non curamus quit sit humus…” ¡hip! –canturreó desafinadamente con voz de borracho, tambaleándose y haciéndonos tambalearnos a todos–. Gentiles doncellas, lamentablemente… ¡hip!… nuestros compañeros han bebido demasiado, y ahora… ¡hip!… no encontramos por dónde salir de este condenado palacio. Decidnos, por favor, ¿la puerta está arriba de las escaleras –y señaló las que descendían– o abajo? –e hizo un ademán en dirección de las que subían–. ¡Hip!

Pero las dos jovenzuelas continuaron mirándonos horrorizadas; estaban en una edad sensible, y por alguna razón (que no acierto a entender) debimos de resultarles tremendamente sospechosos. Hasta que una de ellas, algo más decidida que la otra, tomó a su compañera de la manga y se lanzó escaleras arriba a toda prisa (en lo que parecía ser ya una costumbre muy molesta de las gentes de aquel palacio. A ver, éramos feos, pero ¿tanto?),  gritando:

–¡Socorro! ¡Auxilio! ¡A mí la guardia!

 

De acuerdo. Ya sé que unas pobres adolescentes no tenían la culpa de nuestros problemas, pero la misión en la que estábamos metidos no era precisamente baladí, así que antes de escuchar la orden de Guillaume ¡A por ellas!, ya nos habíamos lanzado en persecución de las adolescentes Ricardo y yo, dejando a los durmientes en manos de los otros. En seguida las alcanzamos (menos mal que al parecer no habían dado clases de maratón con los otros dos) y, con mucha sutileza y un par de bofetadas, las sujetamos entre el suelo y nuestros cuerpos.

–Estaos quietecitas y no os pasará nada –les dije a ambas–. Mi compañero aquí presente es un caballero, pero yo no apostaría que el calvo ése de atrás no fuera a tener alguna mala idea. Escuchadme: somos guardias del rey y estamos aquí en una misión de espionaje. Creemos que uno de los nobles de la fiesta, un extranjero, quiere asesinarlo por razones políticas. Necesito que nos guardéis el secreto o, de lo contrario, nuestro soberano se enterará y os castigará como sólo él sabe y puede hacer. Así que os marcháis a vuestra habitación y cerráis la boquita, o caerá sobre vosotros la furia de Aragón. ¿Estamos?

Yannick se acercó a mí.

–Haced caso a mi compañera, por favor. Le brindaréis un gran servicio a la Corona. Estoy seguro de que veneráis a nuestro monarca tanto como nosotros.

El aspirante pestañeó un par de veces, y creo que aquel argumento fue decisivo. Las chicas, apaciguadas por la carita angelical de Yannick (todo fachada, evidentemente), dejaron que las liberáramos sin hacer ruido, y se dirigieron a sus habitaciones, temblorosas y sollozantes, pero en el fondo satisfechas de haber protagonizado una gran aventura. Guillaume me miró con admiración.

–Vaya. Eso ha estado bien.

Hice un ademán indiferente.

–Bah. Yo también he sido una niña aburrida y deseosa de vivir grandes historias. Además, no lo habría logrado de no ser por aquí el galán –señalé a Yannick.

–Pobrecitas –contestó éste, demasiado ufano–. Si supieran que mi corazón sólo pertenece al Temple…

–Eso espero por tu bien –refunfuñó Ricardo, que era el responsable de su adiestramiento.

–¿Y a qué venía lo del calvo con malas ideas? Yo no tengo malas ideas. Y no soy tan calvo –terció Cristophe, picado.

–Bueno, menos cháchara. Ya falta poco –zanjó Guillaume.

Así, nos reagrupamos y seguimos nuestro camino, transportando a los durmientes, sin más encuentros que un par de borrachos que salían de la fiesta y se dirigían a sus casas en sus carruajes, bien escoltados por sus criados, y sin siquiera detenerse a mirarnos. De esta manera, llegamos al establo, donde acomodamos a los guardias, a Esquieu y a su criado en un carro, y los tapamos con las mismas mantas que habían ocultado a los primeros. Cristophe se secó el sudor con el dorso de la mano: más que cansado, se sentía sobrepasado por la magnitud de aquella misión.

– Decididamente, a ninguno de los huéspedes reales parecía gustarles nuestras pintas. Si salimos de esta hoy, me voy de peregrinaje a Santiago. O mejor, estoy un mes sin beber.

–Sí, claro. Y yo me paso a los cistercienses a cultivar el huerto. Champañés, que te conozco –saltó Ricardo.

Subimos al carro, Ricardo y Cristophe en el pescante, el primero conduciendo a los caballos. Era muy bueno con los animales, al igual que su compañero mintiendo descaradamente. Si tenía alguna duda…

–Compañeros –se dirigió a los guardias de la puerta–, vamos a llevarnos a estos buenos hombres a sus casas. Al parecer, no estaban tan acostumbrados a beber como creían.

–“In taberna quando sumus…”–refrendó Guillaume.

–Tampoco te pases –le dije entre dientes, mientras me hacía la dormida.

Atravesábamos ya los muros del palacio, para dirigirnos a la encomienda, donde Guillaume quería interrogar a Esquieu antes de devolverlo a la cárcel de la que jamás debería haber salido. Yo iba a permitirme respirar de alivio: Cristophe tenía razón en sentirse agobiado. Aquella acción trascendía nuestras costumbres habituales, y podía traernos muchos problemas si alguien llegara a averiguar lo que había pasado, sobre todo a los templarios, aunque también a mí de rebote. Y, aparte, desde el primer momento hubo algo en todo aquello que no me convencía, aunque aún no sabía si se trataba del plan, de las circunstancias, o de ambas cosas. Y entonces…

Fue como si llovieran. Como si nos llovieran. Sentí como si salieran de todas partes. Debían de estar escondidos en las sombras, en los portales, en las callejuelas, alrededor de todo el perímetro del portal de acceso al palacio. Guillaume, Yannick y yo fuimos apeados del carro por la fuerza. No pude ver si a Ricardo y a Cristophe les había pasado lo mismo, aunque era de esperar. Dos individuos me sujetaron y me golpearon, de manera parecida a lo que había sucedido apenas unas horas antes, pero esta vez nadie pudo venir a echarme una mano y, sin posibilidad apenas de defenderme con los puños, y mucho menos de sacar la espada, acabé en el suelo sintiendo que mi consciencia se desvanecía.

 

–Eowyn, despierta, por favor.

Las palabras llegaban a mis oídos como si hubieran atravesado nubes de algodón, y las caras de Ricardo y Cristophe tardaron en hacerse nítidas en la niebla que nos rodeaba.

–Ya está, ya está… –dije. Me incorporé muy despacio. El carro había desaparecido, y sólo vi, apoyados en una pared contraria, a Yannick y a Guillaume. Éste se agarraba la parte izquierda del pecho, mientras el primero le sostenía.

–Estoy bien –el bretón se antepuso a mi pregunta–. Apenas ni me ha rozado.

Apoyándome en mis compañeros de la guardia, me acerqué a él. Efectivamente, la herida no parecía ser gran cosa. Pero aquello no mejoraba lo que había sucedido, y el capitán de nuestro pequeño grupo lo verbalizó.

–Esto ha sido un auténtico desastre. El peor desenlace para la noche más ajetreada. Tenía que haberlo previsto. Tenía que haber tomado más precauciones.

Me gustaba que los jefes hicieran autocrítica. Pero en ese caso, Guillaume estaba siendo injusto consigo mismo.

–No podías saberlo. Nadie podía saberlo. Yo presentía que había algo extraño, pero nunca habría imaginado que… Hay aquí mucho más de lo que creíamos.

Cristophe meneaba la cabeza, contrariado.

–Si es que esta noche no teníamos que haber salido de la taberna –se quejó.

(continuará…)

Poemas del confinamiento

Y de pronto, un día parece que la vida renace

y se ensayan en las terrazas callejeras nuevas normalidades enmascaradas.

Luce un sol deslumbrante y tórrido

sobre las casas blancas del barrio de pescadores,

pero ya no llegará el barco pirata a nuestras costas azules.

Han enmudecido los parques,

y las calles se han filmado a sí mismas en blanco y negro

¿A dónde van todas las personas que caminan?

Ya no hay ningún lugar al que llegar.

 

Dicen que sigue cayendo el atardecer sobre la playa,

y que surge el arco iris después de la lluvia.

Dicen, sí. Pero ya no importa.

La luz de mi aldea se ensombrece con la oscuridad exterior,

y la sequía de afuera ha enterrado mi río.

El color de los jardines de mi entorno refleja un tono malsano,

como de más allá de este mundo.

 

Quizá siempre lo hizo…

 

Ya no hay islas de ensueño.

En todos los mares hay restos del banquete de los cocodrilos.

El mar está sucio de carne y sangre.

 

Es mentira.

La belleza es mentira.

La esperanza es mentira.

La bondad es mentira.

La verdad es mentira.

La vida es mentira.

La vida es muerte.

Todo es, será, y ha sido siempre, muerte.

La verdad es la muerte.

 

¿Volveremos alguna vez a ser lo que fuimos?

¿Fuimos algo alguna vez?

Barcelona, primavera de 1300

Cristophe sacó la cabeza por la puerta de la taberna, miró a un lado, después al otro, por último al frente, y volvió a la mesa que compartía conmigo.

–Sin amenazas visibles –anunció–. Creo que por esta vez hemos conseguido despistarle –se sirvió una generosa porción de la jarra de vino que se hallaba en el centro de la mesa. Yo ya había hecho los honores al sabroso caldo, pero volví a dejar que me calentara el estómago, mientras meneaba la cabeza, contrariada.

–Nunca comprenderé a ese hombre. Aniquila mis esperanzas, me mantiene casi prisionera y, por si fuera poco, ¡me prohíbe beber! –expresé mi indignación mientras mi compañero me miraba con algo de prevención, como si estuviera intentando decirme algo que no me gustaría oír. Y yo sabía exactamente de qué se trataba–. Anda, suéltalo –concedí, al final.

Cruzó los gigantescos brazos sobre la mesa, acercando su cabeza a la mía.

–En parte le comprendo. Guillaume no hace más que intentar cuidar de ti. Se siente responsable de que al final no hayas ido a Bolonia. Y no quiere que te conviertas en el típico ex soldado loco y alcoholizado. Yo sé bien lo que es eso.

Hice una mueva libación, tras invertir unos segundos en decidir si era mejor aquello, o bien dar un buen puñetazo en la mesa.

–Se siente responsable porque lo es, cojones. Te necesitamos, te necesitamos –le remedé burlonamente–. ¿Cómo podría irme con ese cargo de conciencia? Joder, aquí donde me ves, y desgraciadamente, yo también tengo mi corazoncito, y ellos lo saben y se aprovechan. Es lo mismo que pasó con Bernard. Quieren tenerme siempre a mano, como si les resultara imprescindible. Y no tengo ni idea de por qué.

El de Troyes pareció reflexionar.

–Eres buena. Eres muy buena. Tenerte al lado en una refriega o en una intriga es una garantía de que tal vez, en esa ocasión, no vayas a morir. Y aguantas como nadie las miserias de esta asquerosa profesión nuestra.

Solté una corta carcajada. Si él supiera…

–La procesión va por dentro –le aseguré–. Que no grite por las noches no significa que no tenga pesadillas. Y ¿serviría de algo ir por ahí llorando y haciéndome la mártir? Yo he elegido esto. En la guerra o en la paz, la vida es una mierda, hay más guerra en la paz que guerra en la guerra, y la guerra es lo único que sé hacer. Además, el hecho de que yo esté en una batalla, y no otra persona en mi lugar, garantizará que al menos haya alguien que se comporte lo más noblemente posible, que no siempre es mucho. No soy ninguna heroína, pero a veces hasta tengo principios –admití, a regañadientes–. No sé si me gusta tenerlos, no sé si me sirven ni si me benefician, pero ahí están.

Guardé silencio. Acababa de hacer la confesión más larga que había hecho en mi vida. Quizá tenía razón Guillaume y el exceso de vino estaba comenzando a afectarme. Cristophe me miró seriamente, y asintió, sin añadir nada más al respecto. No era necesario. Después de una pausa, continuó con el tema anterior.

–Además, Guillaume es una especie de mamá oca. Le gusta tener cerca a los suyos, arropados bajo su ala. Sobre todo cuando prevé el peligro. Y hace tiempo que actúa como si lo previera. Si hemos de confiar en su criterio, no parece que se avecinen los mejores tiempos.

Yo asentí.

–Hace años que los templarios se sienten amenazados. Pero desde que empezó el nuevo siglo… no sé… es como si algo, algo más que lo que ya sabemos, planeara sobre nuestras cabezas. Sí, lo has expresado bien. No parece que se avecinen los mejores tiempos.

Los dos bebimos en silencio durante unos segundos. No nos gustaba lo que estábamos pensando. Después, Cristophe retomó el tema secundario.

–Hay algo más. Tengo la sensación de que Guillaume sabe algo de ti que no sabemos los demás. A veces te mira como si conociera un secreto que no comparte con nadie, o tal vez sólo con el tal Bernard. No sé, es algo que pienso. A veces se me ocurren cosas así.

Exhalé lentamente el aire contenido durante las palabras de ex capitán de la guardia jerosolimitana.

–Tienes imaginación, como tu paisano Chrétien. Pero… es curioso –contesté–. A veces yo tengo esa sensación también. Aparte de que, cuando empecé a trabajar para los templarios, Bernard se esforzó demasiado en reclutarme. Y por muy buena que sea en lo mío, que por mucho que digas no lo soy tanto, lo considero exagerado. Pero no hay ningún misterio en mi vida. Te lo puedo asegurar.

–Excepto aquello del señor de tus tierras que invirtió más de diez años en perseguirte cuando te escapaste de tu casa –me recordó él.

–Pero sobre esa cuestión tanto Bernard como Guillaume están tan ignorantes como yo. Y creo que sólo se debió a un orgullo desaforado. O tal vez a mis numerosos encantos femeninos –reí con ganas.

–Que son considerables –me alabó el siempre gentil Cristophe. Yo me sabía fea como un pecado de excomunión, mas no quise discutir–. Pero ni el más fin’amors –continuó– explica la obsesión de aquel malnacido.

–Quizá no haya nada que explicar. Estaba completamente trastornado. Tal vez me adjudicó un papel de símbolo. De símbolo de la rebelión contra su poder, de su propia estima. Si me cazaba, vencía y se reivindicaba. Si no… bien, es igual. Acabemos esto. Mucho me temo que se nos está haciendo tarde, y en breve comienza tu guardia. Y mañana yo te relevo. Ay, qué poco dura el tiempo de asueto.

 

Ambos apuramos nuestros vasos, y nos dispusimos a salir La brisa salada del mar soplaba cerca de la taberna y ella, unida al corto paseo hasta el palacio real, acabó de despejar los escasos efluvios alcohólicos que habían tenido tiempo de nublar nuestra mente. El trabajo nos esperaba. La nueva misión de la mesnada dirigida por Guillaume y formada por Cristophe, Ricardo, Yannick y yo era informar a los hermanos de Barcelona, ahora dirigidos por frey Pere, de cualquier persona o delegación que visitara la Corte. Para ello, nos habían ayudado a infiltrarnos en la guardia de palacio real. Era una de las tantas tareas que veníamos realizando desde que llegamos a Barcelona desde Tierra Santa, a las órdenes de aquella cúpula templaria en la sombra llamada el Grupo de los Ocho. Vamos, que había vuelto a mis orígenes, ahora que ya estábamos seguros de que la conjura contra los templarios era una realidad. Sólo quedaba por ver si Blanca era en verdad el enlace con el rey francés, o si en realidad no existía participación francesa, sólo el interés familiar y el afán de venganza de una mujer que nunca había estado muy centrada, y que seguro ya debía de haberse vuelto completamente loca.

El único problema es que nuestros jefes se negaban a comunicarnos la razón por la que ahora era necesario controlar las visitas al rey, cuando el bretón ya se ocupaba de mantener vigilada a Blanca. Todo llegará, contestaba el anciano comendador a nuestros requerimientos de información. Pero yo no estaba nada satisfecha de la situación y, al ritmo de mis pensamientos, iba negando con la cabeza al mismo tiempo que caminaba.

–Está bien, Eowyn, ¿qué te preocupa?  –me preguntó por fin Cristophe, cansado de soportar mi mutismo y mi actitud enfurruñada.

Yo fruncí el ceño más todavía.

–Pues que no dejo de pensar en nuestra situación actual. Sabes que me gusta recibir toda la información sobre lo que me ordenan. Si no, es difícil tomar buenas decisiones si las cosas se complican.

Cristophe no parecía estar de acuerdo conmigo.

–Somos soldados, amiga mía. No deberíamos discutir las órdenes. Tengo fe en Guillaume y en frey Pere, y estimo que deben de tener sus razones para mantenernos ignorantes. Creo que es mejor que no te calientas la cabeza y te metas en más líos. Ya sé que no estás contenta con lo de Bolonia, pero tienes casa, comida, salario…

–Eso si quieres llamar salario a la miseria que nos entregan esos tacaños… –gruñí yo.

–… y buenos compañeros –siguió él, sin hacerme caso–. Aprovecha, y relájate ahora que puedes. Quizá en el futuro las cosas vengan mal dadas.

–Por eso mismo –disentí–. Si las cosas vienen mal dadas, me gustaría contar con más información. Además, está el asunto de Ricardo. Mientras La Armenia siga suelta, está amenazado –él gesticuló y yo, adelantándome a sus objeciones, continué–. Lo sé. Sé que estaba arrepentida. Pero no me sentiré tranquila hasta haberla encontrado.

Cristophe me apretó el hombro.

–No te preocupes. A Ricardo no le pasará nada. Ese hombre es una auténtica fuerza de la naturaleza, y ahora ya nada le va a coger por sorpresa. Y creo, sinceramente, que debemos confiar en Guillaume. Es bueno tener criterio propio y no ir a la lucha como corderitos al matarife. Pero a veces debemos ponernos en manos de nuestros líderes; no todos son unos incompetentes. Y, sinceramente, creo que estamos en una de esas ocasiones.

Asentí, a regañadientes. Guillaume era un buen segundo de a bordo, y de la sabiduría de frey Pere no albergaba la más mínima duda. Pero, no sé por qué, sentía que los más negros augurios se cernían sobre nosotros, como si, en aquella nueva era, algo mucho más grande que todos hubiera dado comienzo. Y como si, aquello de lo se tratara, no fuera a parar hasta transformar completamente el mundo tal y como lo conocíamos. Y no precisamente para mejor.

 

En aquellas escasamente halagüeñas reflexiones me hallaba, cuando mi compañero las interrumpió.

–En realidad, y volviendo a lo que decías antes, sí que hay un misterio en tu vida. Una vez, en la taberna, Guillaume me comentó que conoces acontecimientos que están por llegar. ¿Qué hay de verdad en todo eso? Porque estoy convencido de que el tiempo de los milagros murió con Jesucristo.

Me sorprendieron sus palabras. La verdad, hacía tiempo que no le daba importancia al hecho. Tragué saliva.

–Uf… no es exactamente eso –dije, intentando encontrar la forma de explicarlo.

–¿Entonces?

Hice una larga pausa antes de contestar.

–Probablemente todo sea fruto de mi mente inquieta. No tiene importancia. Ya hablaremos de ello otro día.

Habíamos subido por la calle de los plateros, y ahora estábamos cerca del Palacio Real, concretamente al lado de la Cort del Veguer. Cristophe me indicó con un gesto que me detuviera, se sentó sobre un bordillo y me indicó con un gesto que hiciera lo propio. Me resigné: conociéndole, no iba a dejarme en paz hasta que se lo comentara. Maldito Guillaume y su lengua suelta… Me acomodé a su lado, sin mirarlo.

–Todo comenzó hace casi 10 años, antes de Acre –conseguí–. Me perseguía mi sempiterno enemigo, y me refugié en la cabaña de una mujer a la que tildaban de bruja en su aldea. Más por hacer tiempo, con la esperanza de que a mis perseguidores no se les ocurriera registrar una casa de tan mala reputación, me tomé un bebedizo que me ofreció, a cambio de aligerar considerablemente mi bolsa, sin pensar que pudiera afectarme. Entonces caí en un extraño sueño. En él me vi en otro mundo… que en realidad era éste. Se trataba de un pueblo cercano a Barcelona, al lado del mar, que yo conocía, pero todo era demasiado diferente. Los edificios eran altos, muy distintos, y ocupaban todo el espacio disponible. Por todas partes aparecían máquinas extrañas que hacían todo lo que solemos hacer las personas y los animales, e incluso cosas que no hubiéramos imaginado nunca. Dijeron que era el siglo XXI. Allí yo era una mujer triste y obligada a trabajar mucho por poco dinero, pero con muchos deseos de luchar por mejorar un mundo que, tras un tiempo, me cercioré que, en esencia, no había cambiado tanto. Después, me desperté, en el mismo lugar donde me quedé dormida y con el peligro ya pasado, sabiendo todo en general del momento que había vivido, pero sin recordar ningún detalle concreto de los acontecimientos que nos esperan hasta llegar hasta allí. A partir de ahí, en un par de instantes peligrosos de mi vida, volví a notar aquel ya tan conocido sopor y me vi de nuevo transportada a aquel tiempo, donde también la vida iba pasando, al igual que transcurre la nuestra. Mientras tanto, aquí esperaba mi cuerpo, tan aletargado como un cadáver, lo que me evitó morir a manos de los mamelucos en Acre, por ejemplo, aunque debo reconocer que Bernard me puso a salvo en aquella ocasión. Luego decidí que, por mi honor y mi dignidad, tenía que enfrentarme a mi suerte sin ayuda, y aprendí a controlar aquellas, por decirlo de alguna manera, fugas. Ahora sólo voy allí algunas noches. Aprovecho para poner por escrito algunas de mis vicisitudes, porque allí es más fácil, y hago otras cosas que creo que debo hacer. No siempre es agradable. A pesar de todas las facilidades que aportan las máquinas, y a que se curan muchas enfermedades, no se vive mejor que aquí.

Cristophe no habló hasta pasados varios segundos.

–Vaya –comenzó–. Si llego a saber esto te digo que me cuentes tu historia en la taberna. Ahora necesito un vaso de vino. O cuatro.

–Es una reacción habitual –acordé yo.

–Te dije que creía que los milagros habían terminado con la muerte de nuestro señor Jesucristo. Pero también creo en ti. Y creo que lo que me cuentas es real. Por lo menos para ti. Tienes que darme más detalles.

–Lo haré –contesté–, pero no hoy. Tu guardia empieza en breve. Vamos. Es mejor que no llegues tarde.

Él asintió y ambos nos levantamos y nos dirigimos a nuestro destino. La noche caía sobre la ciudad, y ya sólo a unos pocos despistados se veían por las calles, volviendo a sus casas entre las pardas sombras que arrojaban las teas de luz anaranjada que portaban. Las escasas pisadas sobre las empedradas calles de Barcelona resonaban como disparos de trabuquetes destruyendo una muralla.

–Pero no es por eso por lo que Bernard te contrató –Cristophe seguía dándole vueltas a lo de mi supuesto misterio–. Como tú bien dices, no te sirve de nada conocer un tiempo futuro, porque luego no puedes retener lo que aprendes allí. Ha de ser algo más. Algo más que tu pericia con la espada y esa extraña historia.

Yo iba a abrir la boca para contestarle. Pero algo me lo impidió.

 

De repente, sentí una tela áspera apretándose sobre mi boca y, al mismo tiempo y como consecuencia, se hizo ante mí la oscuridad más absoluta. Por lo que parecía, me habían colocado un saco sobre la cabeza. Creo que grité, más de sorpresa que de pánico, y también oí jurar a Cristophe a mi lado:

–Pero ¿qué demo…?

Antes de que pudiera acabar su frase, noté como alguien, o mejor, alguienes, por lo que pude distinguir hombres no especialmente escuchimizados ni débiles, me sujetaron fuertemente por los brazos y trababan mis piernas con las suyas. Por las exclamaciones de mi compañero comprendí que se encontraba en una tesitura similar a la mía. Entonces, diversos golpes estallaron contra mí. Contra mi cara, mi pecho, mi estómago… No podía soltarme de mis captores ni defenderme, y los cabezazos que lancé no parecían acertar más que en el aire. No sé si si tuve tiempo de gritar. Sólo escuchaba las exclamaciones y las retahílas de creativos juramentos de Cristophe a mi lado. En algún momento, el dolor me hizo desmayarme momentáneamente, y entonces los hombres que me sujetaban optaron por arrojarme al suelo de espaldas, y empezaron a lloverme patadas, mientras intentaba incorporarme, sin conseguirlo. Cristophe aullaba enloquecido y yo encomendaba mi alma a los dioses en los que no creía.

–¡Ah de la calle! ¿Qué diablos estás haciendo?

Una luz, que entonces me pareció cegadora, y que en realidad sólo eran unas teas que asomaron por la esquina del muro del palacio, me deslumbraron. Oí la conocida voz de Ricardo, mientras, de pronto, los golpes cesaron tan repentinamente como habían comenzado. Escuché cómo las pisadas de mis atacantes se alejaban rápidamente por un callejuela pero, aunque pude quitarme el saco, ya no alcancé a verlos.

–¡Perseguidlos! –ordenó Ricardo a los guardias que le acompañaban. Se arrodilló a mi lado, Cristophe se colocó al otro, y ambos me ayudaron a incorporarme. Debíamos de parecer un puto pesebre viviente, joder.

–Eowyn… por el amor de Dios… ¿qué te han hecho? –a Ricardo le temblaba la voz. Cristophe no era capaz de pronunciar palabra. Vaya pinta que debía de tener.

Les tranquilicé con un gesto, y a continuación me toqué la cara y la cabeza, así como los hombros y el pecho. No parecía tener heridas sangrantes, aunque evidentemente mi cara debía de asemejarse a un tomate aplastado. Y a la mañana siguiente habría evolucionado hacia el puré de verduras de todos los colores.

–Estoy bien, estoy bien –me apresuré a afirmar–. La persona que me golpeó no era precisamente Sansón ni Hércules. Lo peor han sido las patadas en la espalda. Pero afortunadamente has llegado a tiempo. Sólo necesito un poco de ayuda, y creo que podre caminar perfectamente –apoyándome en ellos, me levanté. Me dolían los riñones como si me hubiera caído encima un fraile bien cebado, pero no creía que fuera nada grave, y eso sólo por citar una parte del cuerpo–. ¿Tú cómo estás? – le pregunté a Cristophe, que parecía entero.

Mi compañero estaba completamente desconcertado.

–No me golpearme. Se limitaron a sujetarme. Eran cuatro hombres, por lo menos, y fuertes como un toro. Te oía gritar y no podía ayudarte, me cago en… –encolerizado, Cristophe le dio un puñetazo a la pared más cercana, lo que le ocasionó un dolor que no le había producido el ataque.

–Hijos de Satanás… Probablemente querían… ya sabes –Ricardo, y su exagerado pudor de templario de raza–. Menos mal que oímos el escándalo –en aquel momento, los hombres de la guardia del palacio real regresaron con las manos vacías y expresión de impotencia.

–Ricardo, ¿crees que vestida de esta guisa realmente parezco una mujer? –señalé mis atavíos masculinos, aunque mi melena había escapado de la crespina que la ocultaba y ahora se derramaba por todas partes, alborotada y enredada–. Además, quien me conoce sabe que es mejor no tomarse libertades conmigo que yo no desee que se tomen. No, no era placer lo que buscaban esta noche en mí, puedo asegurarlo, al menos no del tipo que piensas. Pero ya está bien. Tenéis que hacer el cambio de guardia, y yo me voy a mi casa. Ya he tenido suficiente por hoy.

–No pensarás que vamos a dejarte sola… –dijo Cristophe, mientras Ricardo le secundaba.

–No seáis idiotas. Mi casa está a dos puertas de aquí. Podéis vigilarme desde aquí mientras llego si os hace sentir mejor. Aunque, joder, no necesito amas de cría.

Les despedí con un gesto de la mano y me acerqué a mi puerta. Abrí, y antes de entrar, volví a despedirme de ellos con otro ademán, al que ambos contestaron. Aunque no soy prudente por naturaleza, en aquella ocasión me cercioré de que el acceso quedara bien cerrado. Lo que había sucedido no auguraba nada bueno.

–¿Eowyn?

Allí,  a la luz tenue del hogar y cerca de la cama, de pie, me esperaba Guillaume. Vestía sólo con una túnica sencilla.

–Has venido –dije.

–Sí. Como siempre.

Últimamente, era así. Cada una de las noches en que ambos librábamos, Guillaume aparecía en mi casa. No me había explicado la razón de tanta asiduidad, y yo no estaba segura de querer saberlo. Pero ahí estaba, y yo no se lo impedía.

–Pues me alegro. Hay algo que quiero decirte.

De espaldas a él, comencé a quitarme la ropa, y me eché agua limpia de la jofaina en la cara.

–He estado hablando con Cristophe de varias cosas. Sí, hemos pasado un rato en la taberna, tengo que admitirlo… ahórrate los reproches, por favor, y escúchame. Mientras conversábamos, he comprendido algo. Te he comentado alguna vez lo de mis presentimientos. Guillaume, creo que no son presentimientos. Son recuerdos. Recuerdos semiborrados de algo que oí en el siglo XXI. Algo horrible va a pasar, o ya está pasando. Siento que aún nos quedan unos años. Pero no serán muchos. Y después…

–Lo sé –me interrumpió él–. Creo que yo también lo siento. Pero no vamos a detenernos. Conseguiremos salir lo mejor parados posible de lo que está por venir. Te lo juro por Santa María.

Mi camisa cayó al suelo. Iba a volverme hacia él, cuando sentí el roce de unos dedos en mi espalda. Justo en la zona donde me habían pateado.

–¿Qué son esas marcas? ¿Y tu pelo desordenado? Eowyn, ¿qué ha sucedido?

–No es nada. Alguien acaba de atacarme en la oscuridad. Huyó como un conejo cuando llegó Ricardo.

Me cogió por los hombros y me hizo dar la vuelta. Pude ver su expresión de horror.

–Dios mío… No esperaba que fuera así… Si hubiera llegado a saber que ese malnacido iba a actuar tan cobardemente… si hubiera llegado a saber que sus deseos de venganza, tan injustificados y tan miserables, eran tan enormes…

Me quedé paralizada.

–Guillaume, ¿qué me estás intentando decir?

–Querías saber la razón por la que teníais que vigilar a los visitantes del rey. Te lo oculté para no remover malos recuerdos. Pero… la verdad es que Esquieu de Floyran se ha escapado de la cárcel. Y nuestros espías lo sitúan entrando en la Corona de Aragón.

Respiré hondo. Volví a escuchar las palabras de Isabel, sobre el cadáver desangrado de Guifré, acusándome de su muerte. Volví a ver marchar a la que había sido mi mejor, tal vez mi única amiga. Volví a sentir el peso de la soledad que me ha acompañado desde mi infancia. Aquella soledad que sólo me había traído, e iba a traerme, más soledad.

–Un día –dijo Guillaume, con una nota de tristeza que apenas había oído nunca en su voz–, te dije que quería ayudarte a olvidar. A veces, creo que ése es mi único papel en tu vida. Pero lo he aceptado de buen grado –apretó mis manos–. Olvida. Estoy aquí.

Yo empecé a descordar los cordones de su túnica.

–Y yo también. Al menos, esta noche.

(continuará…)

3.

¿Que sucede cuando ningún tiempo pasado fue mejor

que un presente de mierda?

Que el recuerdo que acaricias es el de una historia de amor ficticia,

tu empleo rememorado, un despido y un desprecio,

y la imagen que atesoras, la de aquel mar desangelado y la pradera lejana

entrevistas desde la sucia casa prestada donde te obligaron a vivir.

 

¿Qué sucede si no eres,

nunca fuiste,

jamás serás?

Que nunca nadie se molestó en atenderte,

ni en los hospitales,

que nunca nadie se molestó en odiarte.

 

Llueven bombas en las lejanías,

pero a ti sólo te llueve la soledad.

Nunca pasaste hambre,

excepto de afecto.

Ningún dolor te arañó

más que el de la soledad.

 

¿Por qué?

 

Oh, dime qué recordarás mañana.

 

Soy la única persona en el mundo

que me he tomado la molestia de aborrecerte.

Y, ah, cómo lo disfruto…

Autobús Eléctrico En Túnel Foto de stock y más banco de imágenes ...1.

No todos pudimos llegar a tiempo a la cita con nuestra vida.
No todos los autobuses pasan puntuales, no siempre hay dinero para comprar billetes.
No todos somos de piernas ligeras.
Sé que tú estás diciendo que cuento historias de despertadores estropeados
y yamas atrapadas en el ascensor.
Es arriesgado juzgar cuando el transporte tiene parada en tu esquina,
aunque siempre se te haya hecho tan largo el camino.

Lo veo a distancia. Es rojo y de dos pisos.
Si viajas en él, a tu alrededor se despliega Piccadilly Circus,
Y, a veces, hasta la Quinta Avenida.

Pero yo nunca viajé. Nunca.
Me dijisteis que era impuntual y tal vez lo fui,
pero él nunca se detuvo en mi estación.
En el barrio huele mal, decía el conductor,
o tal vez es que tú hueles mal.

No todos pudimos llegar a tiempo a la cita con nuestra vida.
Ya sabéis aquello de los dulces placeres y las noches sin fin,
o tal vez somos ciudadanos de segunda,
condenados con el oxímoron de un racismo justo.
Debemos ceder nuestro asiento a los blancos.
Y nuestro lugar en el mundo.

Es igual. Ya no importa.
No hay paradas a las que llegar.
Los autobuses no circulan por las calzadas,
quizá nunca lo harán.
Vosotros conocisteis Piccadilly Circus
y la Quinta Avenida,
pero yo nunca.
Y no ya.

No todos pudimos llegar a tiempo a la cita con nuestra vida.
Y ya es tarde. No hay vida ya.
Dicen que esto pasará, un día u otro, a pesar de las tragedias
y el imposible medio plazo.
Pero sé que yo pasaré antes.
No todos pudimos llegar a tiempo a la cita con nuestra vida.
Y ya no hay vida allá fuera,
nadie sabe cuándo la habrá.
Yo nunca quise sobrevivir,
sólo vivir,
pero algunos ya nacimos muertos.

Y vosotros me habláis de falsos despertadores estropeados,
e improbables yamas en el ascensor,
y tal vez tengáis razón.
Pero ya no importa.

2.

Ahora se ve la luz al final del túnel.
Luz, oscuridad, luz, oscuridad…
La vida es un inevitable centelleo,
pero todo tu horror cotidiano empalidece cuando miras más allá.
En el espacio, en el tiempo.
Aunque esto no es un consuelo.
Sólo nos queda vivir sabiamente.
Ser inteligentes,
informados,
templados.
Para poder extraer de la ciénaga de deshechos que es esta vida
ese pequeño y humilde tesoro que nos permita seguir
hasta el fin.

En la ciudad de las banderas XI

En aquella guerra, nadie luchaba en nombre de su supervivencia o contra la tiranía, sino secuestrados por una lucha de poder ajena a ellos.

(viene de)

Bueno, para ser exactos, lo que se vino encima no fue el mundo propiamente dicho, aunque el peso resultó casi equivalente. No sé cómo, pero Christophe había logrado dejar fuera de combate a uno de sus contendientes e inhabilitar temporalmente al otro y, viendo mi situación, se echó encima del templario que me amenazaba sin pensarlo mucho, sepultándolo con todas sus considerables arrobas de humanidad y sujetándole los brazos, para a continuación hacerle rodar lejos de mí. Sin embargo, la mala fortuna hizo que el hermano pudiera retorcer su mano para apuñalar al capitán a ciegas, acertándole en el costado, aunque no sin que yo tuviera tiempo de tajarle el hombro, causándole una herida superficial pero efectiva, que me permitió empujarle de un buen patadón donde no pudiera hacer daño a mi amigo. El compañero que acababa de recuperarse del golpetazo que Christophe le había propinado en todo el yelmo acudió a socorrerle, mientras yo me arrastré hacia el capitán.

-No debías haberlo hecho -dije, cogiéndole en mis brazos y ayudándolo a incorporarse, mientras otro grupo de templarios, venidos de no sé dónde, y que habían sustituido a nuestros opositores en el ataque a la puerta, irrumpían en gritos de victoria y penetraban en tropel en la ciudad. Sus tres congéneres, los que nos estaban atacando, los dos heridos apoyándose en el único más o menos ileso, nos dejaron de lado para unirse a ellos, mientras llamaban a otros para que vinieran a llevarse al resto de caídos-. Lo tenía todo controlado.

Él intentó reírse, aunque el dolor no se lo permitió. Afortunadamente, y a pesar de todo, la herida no parecía demasiado profundo

-Oh, sí, era evidente… Pero ya sabes que me gusta ayudar a las damiselas en apuros… aunque no estén en apuros -su mirada se volvió hacia la muralla y el rostro se le ensombreció-. Han entrado. Le prometí a Roger antes de morir que no dejaría que lo hicieran, y no lo he conseguido.

Se me encogió el corazón.

-¿Me estás diciendo que Roger ha muerto?

Asintió con tristeza.

-No quería habértelo comunicado así, lo siento. Murió en mis brazos. Lo encontré atacando a un grupo de templarios con poca gente a su lado, cegado por la rabia. Intenté ayudarle, pero llegué demasiado tarde. Él… maldita sea… me dio una razón para vivir cuando yo vagaba por Jerusalén de taberna en taberna, deshecho y empobrecido tras el desastre de Acre. Supo ver que aquel borracho aún tenía mucho que dar. Y yo le he fallado

Recordé que había pasado algo parecido conmigo. Recordé cómo había luchado a mi lado para exterminar a la banda de violadores…

-No le has fallado -dije-. Sencillamente, ellos han vencido. Pero la gente de la ciudad está a salvo. Eso es lo importante. Todo esto ha sido completamente descabellado. ¿Por qué tanta rabia, tanto odio en un caballero que nació cristiano contra sus mismo correligionarios? Sabes que Guillaume habló de pactos que no fueron ni tenidos en cuenta. No lo entiendo. Roger podía haber influido en el gobernador, a pesar de Blanca, y éste en el sultán ¿Qué llevó a Roger a abjurar de su religión y a odiarla de tal modo? No lo entiendo. Nunca me lo contó.

Christophe respiró hondo.

-Era un caballero pobre. La hacienda de su familia apenas daba para alimentar a su hermano mayor. Cuando estaba intentando ganarse la vida en Tierra Santa, recibió una carta en que se le comunicaba que los templarios habían arrebatado las tierras a los suyos, después de no sé qué pleito, y que estos habían muerto en la pobreza. Nunca supo quién le escribió.

Medité unos instantes, intentando calibrar las implicaciones de la declaración de mi compañero.

-Es probable que su familia esté viva y sana, y extrañada de no tener noticias de él. Esto es aún más grande de lo que pensaba, y puedes estar seguro de que voy a averiguar lo que está pasando -de pronto, un recuerdo me atenazó el alma-. Ferran… no me dirás que también él está muerto.

-Espero que no -contestó Christophe-. Pero cuando tuve que dejarlo estaba muy mal. El médico se lo llevó con el resto de heridos a esa especie de construcción semiderruida que está cerca de la muralla, donde han instalado un hospital de campaña. Le atacó ese jefe templario, el tal Bernard.


No sabía si sentía más cólera que preocupación. Creo se podría expresar como que mi preocupación se expresaba mediante la cólera. Mientras otros derrotados compañeros se llevaban a Mohamed, Ismail y a los demás, yo arrastraba como podía el considerable peso de Christophe camino al hospital, mientras me temblaba todo el cuerpo, casi como si sufriera de convulsiones, y me cerebro palpitaba con un sólo pensamiento: matar.

-Allá es -señaló, como si fuera necesario, el capitán, cuando llegamos a nuestro destino. El médico, renqueando, salió a recibirnos. Admiré de corazón a aquel hombre que, más cerca ya de la muerte que del nacimiento, y después de haber recibido una soberana paliza, aún se esforzaba en cumplir con su deber y atender a los heridos, sin importarle que fueran amigos o enemigos: había bastantes cruces rojas entre los dolientes.

-¡Mi salvadora! -sonrió al verme-. Deja a Christophe sobre estas mantas. No parece muy grave lo suyo. ¿Tú cómo estás? ¿Necesitas algo?

-Lo que yo necesito, o mejor dicho lo que va a necesitar el hijo del cruce entre rata y cerdo que tengo ahora en la cabeza, no es un médico, sino un sepulturero, pero no os preocupéis por eso. Me alegro de veros bien, anciano, aunque deberíais descansar. Pero ¿dónde está Ferran? -él me señaló uno de los camastros improvisados bajo unos toldos tendidos sobre las ruinas, entre dantescos espectáculos de heridas horribles, y yo me precipité hacia él. Un vendaje le cubría el estómago, y comprendí que su herida podría ser mortal. Él, muy débil, tardó en reconocerme cuando me acerqué y le cogí la mano. Creo que intentó decirme algo, pero no pude escucharle, porque un coro de maldiciones que venía de afuera interrumpió la escena.

Todos los que estábamos en condiciones de hacerlo nos volvimos hacia donde procedía el jaleo. Los heridos que podían andar se habían congregado en la puerta, y abucheaban con unas blasfemias tan espantosas que incluso yo, que no soy precisamente parca en juramentos, casi me asusté, a una delegación de templarios que se acercaban al hospital de campaña, seguramente con la idea de visitar a los heridos del otro bando, asegurarse de que los suyos estaban bien cuidados, y hacerse los santos varones, en fin.

Y yo conocía al que encabezaba el grupo.

-Ha venido en el momento más oportuno -dije para mí misma. Y luego, volviéndome hacia Ferran, y apretando su mano antes de soltarla, le murmuré-. Enseguida vuelvo.


A la luz cambiante de un joven amanecer, salí del recinto con la espada desenvainada, apuntando entre los ojos a Bernard, que se quedó paralizado al ver llegar al desconocido guerrero que se atrevía a hacerle frente. Los caballeros que le secundaban, entre los que reconocí a Gonzalo, aprestaron las armas, pero él les detuvo con un gesto y se adelantó.

-¿Qué deseas? ¿Acaso pedir clemencia para tu ciudad? No te preocupes, todos los que no nos han hecho frente están a salvo y no tardarás en reunirte con ellos. Ya no tenéis nada que temer.

Mi puño se cerró como pudiera hacerlo en su cuello, hasta clavar las uñas en la palma.

-Nada temo, mi señor. Y no es clemencia lo que vengo a pedir, sino venganza y reparación. Concretamente, tu cabeza -los compañeros del dignatario de la Orden volvieron a enarbolar las espadas, y él, de nuevo, y con mayor impaciencia, les instó a que se detuvieran con un contundente movimiento de la mano.

-Por tu voz y tu constitución, creo adivinar que eres demasiado joven para albergar tanto odio y tantos deseos de morir. He de advertirte que tu ciudad se ha rendido a nosotros. No tiene sentido que luches ahora.

-Has matado a mis amigos -le rebatí yo- y has ocasionado esta masacre. Tú, y sólo tú, eres el culpable de la muerte de tanta gente, de tu propio bando y del nuestro. No era necesario este derramamiento de sangre. Y pagarás por ello -agité mi espada.

-Entonces ¿quieres restañar la sangre con más sangre? -su tono era casi burlón.

-Exactamente. Con tu sangre. Porque eres un peligro público que sólo merece morir. Y yo estoy en mi derecho de batirme contigo. ¿O es que tienes miedo? -sin embargo, sabía que Bernard no caería en esa trampa, como un vulgar guerrero bravucón de taberna-. Quizá no, pero debes saber una cosa. ¿Te acuerdas de tus amigos Guillermo y Roberto, el maestre y el mariscal de Aragón? Pues debes de saber que soy yo quien los he matado.


Vi la indignación agitar los cuerpos de los templarios. En aquel momento, a no ser por las órdenes de su jefe, se hubieran echado todos sobre mí en tropel. Bernard cerró los puños y murmuró algo que no alcancé a oír. Pero tenía que mostrar templanza delante de sus hombres.

-Alejaos -les ordenó. Después se dirigió a mí-. Supongo que sabes que vas a morir… -la rabia contenida en su voz era casi hiriente. Yo esbocé una sonrisa despreocupada y cínica.

-Nada está escrito -contesté. Entonces vi, por el rabillo del ojo, cómo Christophe se acercaba a mí, ayudado por el médico. Ambos me miraban con preocupación.

-Eowyn, por favor, no lo hagas. Eso no devolverá la vida a Roger ni conseguirá salvar a Ferran si aquí el matasanos no lo logra. ¿Tú sabes quién ese hombre?

Sonreí.

-Lo sé perfectamente -susurré al oído del capitán con fiereza-. Lo he tenido en mi cama -y en un tono de voz lo suficientemente alto como para que me oyera el interfecto-. Y ahora lo tendré bajo el filo de mi espada -volví a murmurar-. No te preocupes. Sé cómo lucha. Puedo con él. Sigue confiando en mí. Te lo pido.

Y me lancé contra el templario.


Sí. Le conocía bien. Sabía que era casi imbatible. Aunque ya no fuera precisamente un jovenzuelo, sabía que era fuerte, certero y se entregaba a fondo, aunque nunca se dejara llevar la pasión. Sabía que había que encolerizarlo mucho para que dejara de guardarse las espaldas mientras atacaba, y algo de eso ya había conseguido. Sabía que mi única opción era agotarle, pasara el tiempo que pasara, y luego aprovechar cualquier brecha en su defensa para herirle de muerte. Sabía todo eso y le conocía, pero a quien no me conocía era a mí misma. No había imaginado que me dejaría llevar tanto por la furia. Estaba allí, yo era bien consciente de ella, pero creía que podría dominarla, canalizarla en mi beneficio. Y sin embargo, no fue así. No. Había demasiada sangre. Demasiada muerte. Sí, lo sé, debería estar acostumbrada. Y lo estoy. Y no puedo abjurar de la guerra porque ella me da de comer y no sé hacer otra cosa. Pero aquello era demasiado. Demasiado absurdo. Demasiado manipulado. Nadie luchaba en nombre de su supervivencia o contra la tiranía, sino secuestrados por una lucha de poder ajena a ellos. Hay guerras que son inevitables, incluso necesarias, pero aquella no era una de ellas. Nunca creí en las Cruzadas, y menos en aquélla. No. Además… mis compañeros habían muerto, y lo habían hecho por nada. La banda de Guillaume. Roberto. Guillermo. Roger. Quizá incluso Ferran…

No. Sólo veía en rojo y negro. Comencé a atacar al capitoste de la orden sin darle tiempo a reaccionar, pero sin guardarme a mí misma tampoco. Oí, detrás de mí, los gritos de Christophe, pero los ignoré. Bernard no tardó en recuperar la compostura, y comenzó a parar mis embestidas con facilidad. Yo me mantenía a suficiente distancia de él, pero era la única precaución que estaba tomando, ya que atacaba con toda el alma, sin protegerme, más rápida, ágil y contundente que como era habitualmente, pero sacrificando mi seguridad. Comprendía perfectamente que los horrores vividos aquella noche me habían enloquecido, todo ello unido a aquellos meses sola en Tierra Santa, después de que mi contrincante me llevara a perderlo todo y me robara mis sueños. Lo comprendía, pero no podía parar. Yo estocaba, golpeaba y tajaba buscando sus partes más vulnerables, mientras su espada parada mis envites con tanta fuerza que casi me tiraba de espaldas, y yo empezaba a sucumbir al agotamiento acumulado, y el dolor de mis heridas se hacía, más que presente, inaguantable.

Pronto, la frecuencia y calidad de mis ataques disminuyó. Él aprovechó y entró en mi espacio, hiriéndome, superficialmente en la pantorrilla protegida por las grebas, y también en el antebrazo, donde su filo caló más hondo a pesar del gambesón. Veía en sus ojos el furor por la muerte de Guillermo y Roberto, a quienes yo sabía que amaba entrañablemente. La pérdida de sangre me hacía cada vez más vulnerable, más inútil. Voy a morir, pensé, y no me consuela que él acabe sabiendo que ha sido mi asesino. Quiero matarle yo. Tengo que aguantar un poco más… Y aguanté.

-¡Mi señor, detened esta locura! ¡Ella no es rival para vos! -gritó el médico.

-¡Eowyn! ¡Te arrepentirás toda la vida si le matas! -le secundó Christophe, pensando que utilizaba los mejores argumentos para convencerme.

Pero no. Yo sabía perfectamente que si conseguía matarlo no podría superarlo, pero el brazo que sujetaba mi espada actuaba por cuenta propia. Él, por su parte, parecía ciego y sordo y ni siquiera había parado atención a mi nombre, pronunciado por Christophe, ni al “ella” que había dejado ir el galeno. Va a matarme. Pero yo le mataré antes.

Y entonces, di un paso atrás y, en un último esfuerzo, alcé la espada para abalanzarme sobre él y cortarle el cuello en diagonal. Él no esperaba esa última demostración de fuerza, y no pudo parar la trayectoria a tiempo. Pero, sin embargo, logró esquivarme con un paso lateral, y cambiar la dirección de su acero para atizarme un fuerte golpe con la hoja en las costillas. El dolor fue tan agudo que me hizo caer de rodillas, y entonces, con un grito casi agónico, levantó la espada para hundirla en mi cráneo.

En aquel momento cayó sobre mí un silencio, equivalente a la bóveda celeste derrumbándose sobre la Tierra. Ese silencio era como un gran oceáno que inundara mis oídos, sólo roto por algo que me parecieron los gritos de horror de Cristophe y el médico. Yo no podía moverme. Al menos, no lo suficientemente rápido para parar su acero… Pero, de pronto, comencé a escuchar algo más. Algo que venía de muy lejos y que, en realidad, ya venía oyendo desde hacía algunos segundos antes, aunque su intensidad había ido creciendo. Era un aullido continuado y lleno de desesperación. El aullido se hizo progresivamente más cercano, hasta conseguir que, un minuto antes de que la espada de Bernard hollara mi yelmo, éste se desconcentrara un segundo. Sólo un segundo.

-¡No! -ahora oía claramente el aullido. Y entonces, pasaron dos cosas casi simultáneamente. Primero, el filo de Bernard volvió a descender. Segundo, otra arma apareció de la nada y se interpuso entre mi yelmo y lo que lo amenazaba, aunque no consiguió evitar que los tres metales chocaran con fuerza y yo me derrumbara en el suelo.

Aturdida. Pero aún no muerta.

Abrí los ojos. Creo que sólo estuve inconsciente un segundo, pero me dolía tanto la cabeza como si me hubiera pasado encima el carruaje de la reina cargado como para un viaje de tres años. Vi a Guillaume (el autor del alarido, sin duda) y a Bernard frente a frente. Este último se hallaba tan estupefacto que dejó que su amigo le arrebatara la espada de la mano y la tirara al suelo. Gonzalo, al ver a su compañero del alma y comprender que se trataba de un asunto privado, había mandado retirarse al resto de los templarios, y se acercaba a nosotros.

-Pero ¿sabes lo que has estado a punto de hacer, desgraciado? -le increpó sin ningún tipo de respecto-. ¿Tienes idea de a quién has estado a punto de matar? ¿Es que no te has dado cuenta? -ante el desconcierto de Bernard, y con mucho cuidado, me quitó el yelmo.

Arrastrada por él, la crespina cayó el suelo y liberó mi pelo, que en aquel momento no era más que una maraña sudorosa y apelmazada, con pegotes de sangre seca. Mi rostro quedó al descubierto. Y Bernard, casi sin respiración por el asombro, cayó de rodillas a mi lado.

-Eowyn… pero tú… ¿de verdad ibas a matarme?

-Al igual que tú mataste mis esperanzas y a mis amigos -le espeté con ferocidad.

-Pero… tú…. deberías comprenderlo. Deberías perdonarme. Tú sabes… tú sabes por qué lo hice.

Sí. Lo sabía. Y sin embargo…

-No te perdonaré nunca. Nunca. Márchate ahora mismo. O te mataré aunque sea con mi último suspiro.

Bernard hizo ademán de tocarme, pero no lo hizo. Se levantó, sin dejar de mirarme. El pesar que se veía en su mirada hubiera podido conmover a una piedra. Pero no a mí. El fiero guerrero se había convertido en un pobre hombre destrozado por la culpa y por los recuerdos de un pasado en el que fue feliz, y que él mismo destruyó, por egoísmo o torpeza.

-No has podido matar a Guillermo ni a Roberto -afirmó, con la voz rota por un llanto mudo.

-Naturalmente que no lo ha hecho -intervino Guillaume-. Lo sabes perfectamente.

Christophe también se acercaba a nosotros, renqueando, apoyado en el médico. Otras figuras se aproximaban asimismo, aunque aún estaban alejadas, y entre la escasa luz y el aturdimiento sólo podía ver unos borrones de formas extrañas. Bernard les miró a todos, esbozó una extraña y triste sonrisa, y después volvió a centrar sus ojos en mí.

-Espero que algún día aprendas a perdonar, Eowyn. Yo no te guardo rencor. Todo lo contrario -se dio la vuelta para marcharse. Pero antes se detuvo un momento y se volvió hacia Guillaume-. Cuida de ellos -él le apretó el hombro amistosamente, en respuesta. Después, ocupó el lugar de Bernard a mi lado, e intentó ayudarme a incorporarme.

-Ni se te ocurra acercarme a mí -refunfuñé-. Después de secuestrarme, ¿aún pretendes que acepte tu ayuda?

-Vamos, mujer. Pero ¿tú has visto el aspecto que tienes? Un poco más y lo único que hubiera podido hacer es desenterrar tu cadáver para darte sepultura en algún cementerio cercano a la taberna, como adivino que será tu último deseo.

-Me alegro de que aún tengas ganas de bromear después del desastre que han cometido los tuyos aquí -seguí gruñendo.

-Pues, o me equivoco mucho, o creo que fueron los tuyos los que empezaron… Pero eso carece de importancia. Quiero que vuelvas conmigo a Barcelona. He averiguado cosas. Al hilo de lo que me explicaste ayer, y mientras intentaba organizar la huida por los túneles antes de salir para ayudar a los míos, pregunté por aquí y por allá hasta que llegué hasta un miembro de la guardia personal del gobernador. Creo que nuestra oferta de pactar una rendición con todas las garantías probablemente no llegó nunca al sultán. Y no fue por Blanca. Ella intentaba convencer al gobernador de que no que no se molestara en informarle, pero a pesar de ello la misiva fue encomendada a uno de los hombres de confianza, y no llegó una respuesta. Ni siquiera cuando envió un segundo mensajero, lo que hizo pensar al gobernador que el sultán no tomaba la propuesta en consideración. Aún no sé si realmente hubo alguien que la interceptó, aunque todo apunta a ello, ni quién es, pero lo averiguaré. Y te necesito para arruinar los planes de los que están detrás de todo esto, que ya sabemos quiénes son. Hago extensiva mi oferta a ti, champañés -Christophe ya había llegado a nuestra altura-. Eres como un grano en el culo después de un día entero cabalgando, pero un buen compañero para tus compañeros. Y eso es algo que yo sé apreciar.

-No pienso ir contigo a ninguna parte, como no sea para devolverle la jugada que me hiciste, bretón de mierda -contestó éste-. Así que vete olvidando.

Yo miraba a Guillaume. Gonzalo se aproximó a mí y me sonrió, manteniéndose en un discreto segundo plano.

-¿Y qué pasará con Jerusalén? -pregunté.

-Todo el mundo volverá a sus casas y el gobernador, al que a estas alturas los nuestros ya deben de haberle sacado de la letrina donde sin duda estaba escondido, gobernará como siempre. Eso sí, con nuestra supervisión. Espero que podamos restaurar el orden y la convivencia. Intentaremos mantener esta situación durante el máximo tiempo que podamos, y si podemos la llevaremos más allá. Con el menor derramamiento de sangre posible.

Meneé la cabeza. El menor derramamiento de sangre posible en aquella cruzada absurda siempre sería demasiado para mí. Pero sabía que la única opción que tenía de evitar que aquello no fuera sino el principio de un desastre mucho peor era mantenerme cerca de Guillaume. Y había mucho más. Pero antes de que pudiera abrir la boca, las figuras borrosas que había visto acercarse se materializaron, y yo les reconocí.

Lo primero que vi fue a Ferran, tumbado en una camilla, conducida por dos criados, con unos almohadones en la cabeza que le mantenían semiincorporado. Estaba pálido y sudoroso, y me miraba con tal expresión de odio que me paralizó. A su lado, alguien inesperado salió de las sombras. Era Omar. Estuve a punto de salir a su encuentro, pero sus ojos eran aún más helados que los de su compañero.

-Eres una traidora -me acusó Ferran, con un hilo de voz.

Yo me apoyé en Christophe y Guillaume para levantarme.

-No, Ferran, no lo soy. Me encuentro en una posición difícil. Entre la ciudad que me ha acogido y los hombres que durante varios años fueron mi familia y lucharon a mi lado. Pero a pesar de todo les he combatido porque considero que esta invasión era innecesaria. Sin embargo… tienes que confiar en mí… nuestro enemigo común es otro. El ataque a Omar… el desahucio de la familia de Roger… ellos son inocentes de eso. Créeme si te digo que todo ha sido una gran manipulación. No digo que los templarios sean unos santos, pero no son peores que la mayoría. No son peores que nosotros. Sí, una manipulación, y creo que no la única. Los rumores que circulaban por la ciudad, el odio creciente hacia el otro lado, la desunión dentro del nuestro… todo obedecía a lo mismo. Omar, Ferran, vosotros conocéis a Blanca. Ella estaba en la ciudad hasta ayer por la mañana.

Me miraron sin inmutarse. Con un estremecimiento, llegué a la verdad.

-Ya lo sabíais -constaté.

No contestaron.

-Fuisteis vosotros quienes propagasteis los rumores en la ciudad. Los que interceptasteis la carta del sultán.

Yo estaba especulando. Pero su continuado silencio me confirmó que, desgraciadamente, no me equivocaba.

-¿Y he de creer que contratasteis también a Ahmed y Alí para que me pararan los pies, pues temíais que acabara ayudando a los templarios? ¿Aprovechándoos de su odio hacia mí? ¿Sabíais también que Blanca pagó a Gauthier para matarme, quizá porque vosotros le hablasteis de mis problemas con él? Maldita sea, ¿con qué os ha comprado esa mujer?

-Sólo con la promesa de un mundo sin templarios. Donde los musulmanes pudieran vivir en paz, No somos como tú, Eowyn. No luchamos por dinero -intervino Omar.

-¿Cómo te atreves a decirme esto, Omar? Pensaba que me conocías -le dije, con más tristeza que enfado.

-Eso creí yo también. Ahora sólo veo a una mercenaria que vende a su pueblo. Márchate de Jerusalén, Eowyn, y no vuelvas nunca. Hoy habéis vencido, pero seréis derrotados muy pronto. Y, entonces, sufriréis. Pero recuerda que nosotros nunca quisimos hacerte daño.

La pequeña comitiva se dio la vuelta, sin más palabras. Vi, a lo lejos, un lujoso carruaje que me imaginé que los esperaba. Al menos los buenos médicos del sultán podrían salvar a Ferran, intenté consolarme. Unas lágrimas súbitas rodaron por mis mejillas. Me las sequé con rabia. Guillaume puso la mano en mi hombro.

-Algún día verán la luz, Eowyn.

Le miraba, destrozaba.

-No sé si nada vale la pena ya…

-Has de confiar. Siempre queda la esperanza.

-Sí, la esperanza. Esa tirana que no nos deja rendirnos y encontrar la paz.

-O esa hada beneficiosa que en nuestros peores momentos nos dice que todo puede cambiar radicalmente…

-Por mi parte, creo que voy a aceptar tu oferta, bretón -era Christophe quien hablaba-. Nada me retiene ya en esta ciudad. Y tendré que vigilar que Eowyn no se dedique a despedazar a ningún mando templario más, que luego eso trae muchos problemas.

-A ver si te despedazo a ti, idiota -dije, dándole un codazo en el lado ileso

Los ojos de Guillaume se iluminaron con un brillo travieso.

-Perfecto, pues ya estamos todos. Enseguida nos reuniremos con Yannick y emprenderemos la larga travesía hasta llegar a las tierras de la Corona de Aragón -me miró directamente-. Una travesía donde vamos a tener tiempo de hablar de muchas cosas… -pero yo no podía compartir su buen humor. Lo que había pasado con Ferran y Omar me había destrozado.

En aquel momento, Gonzalo se acercó a nosotros. Me dio una amistosa palmadita en la espada, aunque no se permitió más confianzas conmigo porque, aunque le había perdonado, aún persistía el grave malentendido que se había producido entre nosotros, y ya nuestras relaciones nunca volverían a ser las mismas.

-Siento interrumpir, pero llevo esperando tiempo para decir algo. Antes, cuando he pasado cerca del hospital, he visto que este hombre -señaló al médico- tiene el cadáver del mariscal de Aragón en un camastro entre sus heridos.

Yo di un respingo.

-No sé a quién os referís, señor -el galeno parecía desconcertado.

-Hablo del templario cuyo cuerpo se halla en el rincón más cercano al exterior.

-¡Ah, sí! Pero ese hombre no está muerto.

Se hizo un momentáneo silencio tras las palabras del profesional de la medicina

-¡¿CÓMO?! -exclamamos todos nosotros a coro. Nuestro interlocutor se apresuró a contestarnos.

-No. Tiene un hilo de vida. Las heridas de su cuerpo no son tan graves. Pero en algún momento recibió un fuerte golpe en la cabeza y su pulso es muy débil. Está sumido en un sueño muy profundo, una grave inconsciencia que le tiene más cercano a la muerte que a la vida, pero está estable. Desgraciadamente, es posible que no pase de esta noche. Pero también que se despierte en unos días. Sólo nos queda rezar y tener esperanza.

-Esperanza -dijo Guillaume, con una amplia sonrisa en el rostro. Miró a Gonzalo-. Por favor, comunícaselo a Bernard-. El aludido se echó a correr hacia la figura de mi antiguo amigo, que se perdía en dirección a la ciudad. El bretón se dirigió a mí-. Aprenderás a perdonarle, Eowyn -en su voz había un deje lejano de tristeza.

Yo me encontraba aún conmocionada por la noticia, pidiendo a los dioses en los que no creía que no se tratara de una nueva ilusión efímera.

-Ni lo sueñes -repliqué.

Me apretó el hombro con fuerza.

-La esperanza, Eowyn -dijo-. La esperanza.

FIN (de momento)
Jerusalén 1298

¿Arde Jerusalén?

(viene de)

Llegué a la puerta de Jaffa casi como en un sueño, como al ritmo de una canción que sonaba sólo en mi cabeza y que hablaba de soledad y de destrucción. Había un grupo de hombres congregado frente a ella, impidiendo tanto la salida de ciudadanos como la entrada de invasores. Uno de ellos me detuvo cuando intenté colarme entre ellos para no dar más explicaciones.

-¡Eh, detente ahí! ¿Qué pretendes? -yo erguí la cabeza y él me reconoció, a pesar los chorreones de sangre que adornaban mi cara-. Pero ¿no eres Eowyn? ¿Qué se supone que haces aquí dentro, y no afuera luchando con el resto de tus compañeros? Te has meado en las calzas, ¿no?

Pensé en contestarle con una patada en los huevos, pero no podía permitirme tamaña pérdida de tiempo.

-No seas imbécil. He tenido que deshacerme de un espía templario. Ahora está muerto, como otros de sus compañeros. Y he tenido algunos contratiempos más por el camino. ¿O crees que tengo esta pinta porque estaba tomando hidromiel con mis amigas en una fiesta de costura e hilado? Déjame salir. No quiero perderme la juerga de ahí afuera.

Me miró, ahora con un poco más de respeto, y algo de arrepentimiento, y asintió.

-Sal. Y reparte una par de golpes por mí, que me tienen aquí castigado.

Le compadecí. Supongo que no podía evitar ser quien era. Y además, me encontraba aquel día un poco sensiblera.

-Y tú cuida bien esta puerta, compañero.


Ya en el exterior, no pude ver más que humo al principio. El campamento templario debía de estar en llamas. El calor era agobiante, los ojos me lloraban y apenas podía respirar. Tuve que detenerme para toser y entonces me di cuenta que caminaba justo en contra del viento, e inmediatamente me alejé de aquella dirección todo lo posible. Cuando el ambiente pareció despejarse un poco, o bien cuando yo ya me había acostumbrado al aire turbio y enrarecido, vi las llamas a media distancia y, justo delante de mí, a grupos de hombres luchando de todas las maneras posibles. El nutrido contingente templario de Aragón, el más cercano a la muralla, estaba siendo masacrado, y pronto la matanza avanzaría hacia el resto de la tropa invasora. Me imaginé que no tardaría en encontrar, vivos o muertos, puesto que imaginé que los mejores soldados habrían ido a dar apoyo a sus compañeros aragoneses, a Guillaume y a Bernard. Recordé al primero, cuando le conocí en una estancia anterior en Tierra Santa, de infausta memoria, y nuestras conversaciones en el barco que nos condujo a Chipre. Recordé también cuando Bernard y yo éramos hermanos de armas y recorríamos las tierras de la Corona buscando aventuras y emborrachándonos por las tabernas, antes de que los templarios volvieran a reclutarle. antes del desastre de Acre… Intentaba orientarme, esquivando cadáveres, rematando a heridos que sufrían sin posibilidades de sobrevivir, ayudando como podía y a quien me lo pedía, y viendo todas las espantosas carnicerías de la guerra, a las que estaba ya tan acostumbrada o a las que quizá nunca podría acostumbrarme, fortaleciendo mi alma paso a paso para no rendirme a la pesadilla, al infierno, que era la existencia humana. Y, claro, atacando a cada templario con quien me cruzaba. Aunque no pude evitar compadecerme de ellos y conformarme con dejarlos fuera de combate, sin matarlos… Tal vez me estaba ablandando con los años. O tal vez reservaba la muerte para otra persona.

Antes que pudiera darme cuenta, y a pesar de todas las veces que tuve que detenerme, llegué al centro del campamento. Allí, aún más, los muertos, de todos los pelajes, crecían en el suelo como flores putrefactas. No sabía si quería mirarlos. No sabía si quería saber quiénes eran. Y, sin embargo lo hice. Miré aquellos rostros, algunos irreconocibles a causa de heridas espantosas, e intenté identificarles. Vi tendido en el suelo a Abdul, cuya mujer me había ayudado a salir de entre los templarios dos días antes, y que ahora dejaba casi una decena de bocas sin posibilidad de ser alimentadas. Y vi a mucha gente más.

Allí estaban otros dos de mis compañeros de la guardia. Los gemelos ingleses de la mesnada de Guillaume. Y más adelante, su compañero teutón. Aquellos con los que había compartido tantas aventuras, como la de Perugia. Como la de Tortosa. No podía soportarlo más. Pero aún me quedaba la guinda del pastel. De pronto, mirando hacia un cadáver, cuyo aspecto me sonaba, tropecé con las piernas de otro y a punto estuve de caerme encima. Le vi la cara. A éste lo reconocí enseguida.

-Gullermo -dije-. No. NO.

Había hablado con él aquella misma mañana.

No. El veterano caballero no se merecía aquello.

Su apacible y merecida vida en Aiguaviva después de décadas peleando. Vigilando la prosperidad de las tierras, entrenando a los aspirantes…

Bernard le había sacado de allí

Pensaba que ya no iba a poderlo soportar más. ¿Por qué todos mis amigos tenían que morir? Y, encima, tampoco es que tuviera tantos… Quise derrumbarme. Quise no avanzar más. Miré a mi alrededor buscando una explicación, pidiendo cuentas a aquel cielo en el que no creía. Y de pronto divisé algo que me hizo reaccionar.

Y no fue agradable.


Un extraña lucha se estaba desarrollando unos pasos delante de mí, en una zona algo apartada del campamento. Reconocí de inmediato a Ricardo, el segundo de a bordo de Guillermo. Pero lo extraño es que estaba luchando con otro templario, que parecía joven y esmirriado. Me precipité hacia allí, decidida a averiguar qué estaba sucediendo y, de pronto, me pareció que Ricardo avanzaba, casi sonriente, hacia la espada de su adversario y se dejaba golpear por ella. Cayó fulminado al suelo, mientras de mi garganta surgía un grito que no pude ni quise reprimir.

Corrí hacia él. El templario joven estaba arrodillado al lado de Ricardo, comprobando su pulso. Vi que se llevaba las manos a la cabeza y que, segundos después, tomaba la espada de su víctima y abandonaba la suya, para huir a toda prisa a continuación y mezclarse con el resto de los combatientes. Mi rabia no tuvo límites y, mientras un grupo de freires se agrupaba en torno a los cadáveres del mariscal y del maestre, me precipité hacia el asesino en fuga, le cogí de la sobrevesta, y le hice volverse hacia mí.

-¡Maldito seas! ¿Por qué lo has hecho? ¡Era un hermano tuyo, podrido engendro de sapo apestoso! -él miraba con unos ojos que me parecieron desorbitados incluso medio velados por su yelmo, sin responder. Pensé que me recordaba a alguien. Le descubrí la cabeza, y entonces comprendí. No era un templario. O sí. O no. O también.

Era una muchacha.

La misma hija de los dueños de la casa donde yo vivía, a quien había visto salir la pasada madrugada y cuya labor de espía me habían explicado Ferran y Roger…

No. No iba a perdonárselo.

-Eres lo más sucio y rastrero que he visto en toda mi vida, y mira que he visto muchas cosas sucias y rastreras y he hecho algunas más. Has matado a un hombre, a un buen hombre, que confiaba en ti y que no ha podido soportar la decepción que le has causado con tu engaño. Quizá te consideraba el hijo que nunca pudo tener. Oh, Dios mío, yo le conocía. ¿Por qué? ¿Realmente hizo algo que destrozara tu vida en Acre? ¡Dímelo, por favor, ayúdame a entenderlo antes de que te mate!

Ella permanecía quieta en mis manos, mientras yo la sacudía con una rabia devastadora Quería comprender aquella absurdidad, como si lógica pudiera devolverle a Roberto la vida. Y entonces ella habló:

-Tú… ¿tú eres amiga de los templarios? Pero yo te conozco. Eres Eowyn, de la guardia de la ciudad. Vives en mi casa. Yo no imaginé que tú…

La solté, empujándola lejos de mí.

-Lucha conmigo. A ver si puedes matarme también. Te advierto que no te resultará tan fácil. Él quiso morir porque no pudo soportar tu traición. Yo no lo haré, no sin llevarte por delante -me coloqué el yelmo y le dí el suyo, y casi sin darla tiempo a colocárselo ni a ponerse en guardia, la ataqué con tanta saña como nunca había hecho hasta entonces. Pero, sorprendentemente, paró mi primer golpe y todos lo demás. Era tan rápida y ágil que era imposible quebrar sus defensas, aunque era cierto que estaba concentrando todo su atención en resguardarse, pues parecía haber renunciado a atacarme, aun cuando mi ira y obcecación en acabar con ella me habían dejado al descubierto en muchas ocasiones que ella no aprovechó No sé cómo hubiera acabado aquel combate en otras circunstancias, ya que probablemente era una de las más duras rivales con que me había encontrado nunca. Pero, en un momento dado, ella se detuvo.

-Está bien. Mátame. Tampoco quiero continuar viviendo después de esto.

Me detuve en seco. Pensé, de pronto, en que estaba haciendo con ella lo mismo que Gauthier había hecho conmigo. Cuando la víctima se pone a tiro no es tan divertido. Aunque quería pensar que mis razones eran distintas a las suyas. Ella continuó.

-Tienes razón. Me lo merezco. Me he equivocado. He vivido años equivocada, y sólo me he dado cuenta cuando él estaba muerto.

-No me interesan tus disquisiciones filosóficas. Arrodílllate y quítate el yelmo. Voy matarte, y no será rápido.

Ella me obedeció. Yo levanté la espada sobre al mismo tiempo que exhalaba un alarido de furor, y me dispuse a descargarla sobre su cabeza. Ella esperaba pacientemente la muerte. Yo la ataqué. Pero el filo quedó como paralizado a varios centímetros de su objetivo. Aparté el acero, emitiendo un gemido de frustración.

-No puedo matarte -reconocí-. No puedo matarte si no luchas conmigo. Márchate. Ojalá mueras de la peor manera. Ojalá lo hagas.

Me miró un momento como si quisiera decirme algo. Luego recogió su yelmo del suelo, se lo caló y desapareció de mi vista. Yo miré un momento el cadáver de Roberto, que estaba siendo trasladado por algunos de sus hombres.. Ya no volvería a contarme anécdotas divertidas sin sonreír ni una sola vez, ni volvería a decirme, mientras yo estallaba en carcajadas: “¿De qué te ríes, muchacha? Esto sucedió de verdad y es algo muy serio. ¿O cómo reaccionarías tú si vieras tus únicos calzones colgados de la veleta de la iglesia?”.

Pero algo, en lontananza, me distrajo de mis pensamientos.

Uno de los templarios luchaba con tres defensores de la ciudad y, en contra de lo que pudiera parecer, llevaba las de ganar. Su tamaño destacaba entre la multitud. Era inconfundible, sobre todo para mí. Le conocía. Le conocía bien. Le conocía demasiado bien. Él era el responsable de todas las desgracias que últimamente me venían pasando. Él era Bernard.


Me quedé petrificada. Si no hubiera sido por mi atuendo de caballero latino, que hacía a los contendientes dudar sobre si yo era amiga o enemiga, me imagino que más de uno hubiera aprovechado la oportunidad de lonchearme como a un jamón. Pero el siguiente impulso fue salir disparada hacia donde había visto la fenomenal, la odiada figura de Bernard, acometiendo como un jabalí malherido a los jerosolimitanos.

Pero algo parecía estar cambiando a mi alrededor. La liza, que se había estado decantando por los míos, de pronto, o al menos así lo sentí, estaba variando de signo. La muerte de Guillermo y de Roberto había acabado de arrebatar los últimos retazos de sueño y estupefacción de los templarios cogidos por sorpresa, que habían sido sustituidos por una cólera feroz. Casi pude ver cómo la línea, desigual y casi imaginaria, de la guardia de Jerusalén, retrocedía a marchas forzadas. Las parejas y grupos de luchadores parecían ahora multiplicarse en mi derredor, y pronto perdí de vista al capitoste templario. Pero eso no me amilanó.

Seguí avanzando hasta el punto en que lo había visto por última vez. Ahora no atacaba a nadie, pero no rehuía la lucha cuando sucedía al contrario. Qué le vamos a hacer, no he nacido para rehuir ningún combate. Y sin embargo, sabía perfectamente que ninguno de ellos era en realidad mi enemigo. Porque el enemigo no estaba en aquel campo de batalla. El enemigo estaba en un lujoso bajel de camino a Barcelona, o en la corte real de París.

Excepto por un sólo hombre, claro. El hombre al que iba a buscar en aquel preciso momento.


Mi gambesón estaba ya hecho jirones. La bonita túnica parda que había robado del arsenal textil de Guillaume estaba tan desgarrada que dejaba ver, no digo ya la camisa interior, sino mi carne arañada y cortada, sangrienta. Las calzas negras eran casi unos harapos. Sólo la brigantina de cuero, que me cubría hasta las caderas, aún aguantaba en relativas buenas condiciones. Tenía el yelmo con nasal, que me desfiguraba totalmente el rostro, abollado y torcido, y en la capelina de cota de malla que llevaba debajo había más agujeros que anillas perfectamente enlazadas. La sangre me chorreaba hasta el pecho de un tajo en la frente, y los brazos me dolían tanto de sostener, atacar y parar los golpes con la espada que ya no sabía si me pertenecían a mí o al vecino de enfrente. Probablemente, pensaba, ya no iba a vivir mucho más, pues estaba tan cansada que dudaba que pudiera detener el próximo ataque.

Y, sin embargo, algo me mantenía en pie. Algo no me permitía que me sumiera en la oscuridad de aquel día. La luz que emanaba de mis ojos estaba preñada de odio y deseos de venganza, pero iluminaba el espacio a mi alrededor como si fuera la claridad más beatífica, y me dirigía a mi objetivo con más precisión que la estrella de Belén. Sí, yo sabía que lo más probable era que muriera. Pero también sabía que lo encontraría. Y que yo no moriría antes de que muriera él. Que yo lo mataría.

Proseguí en mi ciega búsqueda, ya que me guiaba el instinto en lugar de los ojos. A mi alrededor, las espadas, los hachas, las mazas y los escudos cortaban, agujereaban, cercenaban, aplastaba, trituraban. Mis pies se hundían en la tierra, que ya no era sólo tierra, y sólo podía pensar si seguía siendo humana, o si por el contrario era justo entonces cuando más lo estaba siendo. Dejé de pensar, de sentir; sólo mataba. Siempre en defensa propia, pero sin piedad, y dejando algo de mi cuerpo y de mi salud en cada acometida. No, nada de aquello era necesario, pensaba. Pero yo conseguiría al menos, que aquella locura acabara. Y caminé, con las piernas enredadas en cadáveres en diferente estado de desmembración, hasta que algo me detuvo. Unas manos grandes me sujetaron férreamente por los antebrazos. Levanté la cabeza y me encontré con una mirada de un helor ardiente.

-Maldita seas, Eowyn, ¿dónde te habías metido? -aunque las palabras eran de reconvención, su tono era alegre y aliviado. Christophe, mi compañero perdido, me estrechaba entre sus brazos rodeado de un pequeño grupo de efectivos de la guardia.

-¿Dónde creías? Te estaba buscando, estúpido -dije, devolviéndole el abrazo y saludando a su vez al resto. Los conocía a todos. Christophe y yo nos separamos para mirarnos. Su aspecto no era mucho mejor que el mío.

-Ya. Veo que tampoco has estado ociosa -me dijo, con una sonrisa triste.

-Es lo que hay. ¿El médico está a salvo? ¿Has visto a Roger y a Ferran? -le pregunté ansiosamente.

-Bueno, vamos por partes… El médico está perfectamente, en el hospital de campaña. Pobre hombre, no se tiene en pie y cuida de todos los demás. Y… ¿que si he visto a Roger y a Ferran? -vaciló-. No, en realidad, no. Ya aparecerán. O acabaremos encontrándonos todos en el infierno, porque esto no va nada bien… Vamos, ven con nosotros, no hay tiempo que perder. Aún estamos a tiempo de evitar que esos demonios blancos entren.

Le seguí sin dudarlo. No soy una guerrera disciplinada, pero con capitanes con Christophe lo más razonable es cumplir sus órdenes y tratar de hacerlo lo mejor posible. Alguien como él no te llevaría a la muerte mientras quedara cualquier otro remedio, y posiblemente sacara lo mejor de ti en una batalla. Se dirigió a una de las brechas en la empalizada del campamento y, extrañamente, vi que volvía a la puerta de la ciudad. A todo esto, a nuestro alrededor, el número de combatientes vivos se había reducido convenientemente, pero en este caso no sólo porque la mayoría de ellos se hallaban ahora con con sus cuerpos machacados bajo nuestros pies y sus supuestas almas haciendo cola ante los hipotéticos dominios de San Pedro. Tal como pude ver enseguida, la lucha se estaba trasladando a las murallas. De hecho, un grupo de templarios acometía con fiereza contra la puerta.

-¡Rápido! Tenemos que acabar con ellos o los guardianes de la puerta no aguantarán mucho más. ¡Todos en formación de ataque! Jamal y Mohammed, a mi lado. Tú, también, aquí. Eowyn e Ismail detrás; cuando los de delante hayamos quebrado su formación, los de atrás desplegaos y atacad por los flancos. ¡Vamos, compañeros! ¡Por Jerusalén!

El grito de Christophe, coreado por todos nosotros, hizo volverse a los templarios. El hermano que los dirigía dio la orden de atacarnos, y como pálidos muertos vivientes se lanzaron contra nosotros a toda la velocidad de su piernas, en una formación que sólo era desordenada en apariencia y lanzando gritos inarticulados, con la idea de espantarnos Comprendí que los que defendían la puerta debían de estar ya muertos, o poco menos, pero tal vez pudiéramos darles al menos un minuto para que se rehicieran

-No os precipitéis -seguía diciendo el capitán-. ¡Aguantad, aguantad… y ahora!

El grupo de templarios chocó contra los pesados escudos de nuestra primera línea, de manera, que a los estábamos detrás nos costó lo indecible apuntalarla. Pero en seguida Cristophe y los suyos se abrieron paso entre ellos, mientras yo, siguiendo las instrucciones, me dirigí a atacar a los flancos. Volteaba mi espada por encima de la cabeza, hollando cascos y rajando cuellos y hombros desnudos de hierro, pues no todos los pobres caballeros de Cristo estaban vestidos para la ocasión. Me sorprendí de que aún me quedaran fuerzas para luchar, y comprendí cómo la necesidad te lleva a realizar actos por encima de lo humanamente posible. Uno de ellos me golpeó con tal saña en los riñones con la hoja de su espada, que sólo mi rapidez en moverme hacia un lado y la protección del duro cuero de mi brigantina me salvó de que me quebraran la columna vertebral. No obstante, el golpe me dolió tanto que pensé que jamás podría volver a moverme. Afortunadamente, el fragor del combate convirtió el dolor en en rabia, y seguí peleando, haciendo girar mi espada larga con una sola mano mientras paraba los golpes con otra más corta que llevaba al cinto, como suelo hacer cada vez que la exigencia de concentración cede ante la necesidad de eficiencia. No suelo llevar escudo. Pesan demasiado, y yo no soy fuerte, por lo que sacrificaría mi rapidez. Cada uno ha de conocer sus limitaciones.

En poco minutos, varios templarios estaban derrumbados en el suelo, heridos o malheridos, y tengo que decir que bastantes de ellos por mi mano. Pero aquellos hijos de Satanás parecían salir de todas partes, y comprendí que había olvidado lo rematadamente fuertes y bien adiestrados que estaban. Afortunadamente, yo les conocía bien, y esa era mi ventaja: había entrenado con ellos en muchas ocasiones, y sabía que solían estar más prestos al ataque que a la defensa, de manera que sólo su extraordinaria rapidez les libraba de morir en la mayoría de las veces. Mi truco era concentrarme y aprovechar los momentos en que dejaban alguna parte de su cuerpo expuesta, y atacar. Pero mis compañeros no tenían tanta experiencia (ni con templarios, ni en la guerra en general, no era más, los pobres, con la excepción de Cristophe, que artesanos un poco más diestros que la mayoría reclutados para la ocasión), y pronto pasaron a engrosar las filas de los caídos. Observé, no obstante, que los hermanos no se enseñaban con ellos, y se limitaban a hostigarlos hasta que estuvieran fuera de combate, tal como yo me imaginaba que harían, aunque en la locura de la batalla podía asegurar que no habría sido así en el 100% de los casos. Pronto, sólo la máquina de combate que era Christophe y yo fuimos los únicos que quedamos en pie, contra tres de los templarios. Dos de ellos se echaron sobre el capitán.

-Ríndete, pequeñajo -me instó el tercero, amenazándome con su espada, que sostenía con la mano izquierda-. Seguro que aún eres demasiado joven para morir. Anda, ve a buscar a tu mamá y deja a los hombres de verdad hacer la guerra.

-Y tú, vete a tu encomienda a que te den por culo como tenéis por costumbre, que de hombres de verdad tenéis bien poco -(en realidad, me da bastante igual lo que la gente haga en la penumbra de su dormitorio, al igual que si prefieren hombres, mujeres o perros, pero sabía que aquello le molestaría). Sin solución de continuidad, le tiré un tajo diagonal, destinado a cortarle en dos, pero él, demasiado rápido, dio un paso atrás y me paró el golpe. Me alejé de él mientras enarbolaba la espada con la idea de cortarle el cuello pero tuve que interrumpir mi acometida para defenderme, pues él ya me atacaba de nuevo. Nuestros aceros se enredaron un segundo y yo traté de aprovechar para pegarle un rodillazo en los testículos (sí, ya lo sé, me estaba pasando el código de caballería por los ovarios, pero a la fuerza ahorcan, y no puede decirse que yo sea precisamente una dama), pero él enganchó su pierna con la mía y, antes de que pudiera darme cuenta estaba en el suelo, con el templario encima de mí (en una posición en que en cualquier otra situación y con otro atavío, o más bien con la ausencia de él, hubiera podido considerarse como bastante indecente, y también bastante apetecible, ya que el cabrón del freire físicamente tenía su punto), aplastándome con el suyo el brazo que aguantaba la espada sin soltar la suya, y la otra sujetando una daga que en algún momento se había sacado de su cinto a escasos centímetros de mi cuello. Yo intentaba sacar mi mano libre de debajo de su pesado cuerpo, con la desesperación de evitar el desenlace fatal de mi historia, pero él fue más rápido, y ya el filo de su arma corta rasgaba mi piel.

Y en aquel momento, el mundo se me vino encima.

(continuará)
Jerusalén 1298

La incursión debía de estar saliendo bien, porque los templarios aún no estaban entrando. Me pregunté si estarían muriendo como lagartijas, y cuántos de los que yo conocía estarían en el suelo con las tripas asomando.

(viene de)

Aprovechando la confusión de aquella piara de gorrinos, y el hecho de que la mayoría de ellos estaban aún lejos de mí, eché a correr lo más rápido que mis piernas me lo permitieron, que fue bastante. Y es que, cuando a mis extremidades inferiores les murmuras la orden de huir, ni el cansancio, ni el frío, ni las dificultades del camino son tan graves como para impedirles que la cumplan. Les gusta la vida tanto como a mí, presumo, o quizá es que no tienen ganas de exponerse a la incertidumbre del más allá; no en vano mi viejo maestro, el anciano cura del pueblo, me decía siempre que ellas habían de ser mi mejor arma. Vi que, más tranquilo al verme a salvo, y habiéndose desembarazado con facilidad de sus captores, que ahora vagaban despistados como una pandilla de ocas huérfanas, Christophe se echaba al viejo médico sobre los hombros y se apresuraba a desaparecer por una callejuela.

Yo no paré hasta dejar de ser visible por mis perseguidores. Corrí por las calles vacías, donde sólo algún rezagado y los famosos reticentes, buscando atrincherarse en algún lugar, imaginé, circulaban. La incursión debía de estar saliendo bien, porque los templarios aún no estaban entrando. Me pregunté si estarían muriendo como lagartijas, y cuántos de los que yo conocía estarían en el suelo con las tripas asomando. Me pregunté también que tal les iría a Ferran, Roger y el resto de hombres de mi mesnada. Tengo que salir, pensé. No sé que haré cuando traspase esa puerta, pero tengo que salir. Lo que importa es que los habitantes de la ciudad están a salvo. ¡Malditos templarios! ¿Por qué han tenido que ponerme en esta disyuntiva? ¡Yo nunca quise decidir! Me sentí perdida: volvía a no reconocer, en aquella oscuridad casi total porque la mayoría de las antorchas estaban apagadas, la ciudad donde llevaba viviendo meses y a la que, a pesar de todo, estaba comenzando a aclimatarme. Pero, como siempre, los templarios tenían que venir a destruir todo lo que yo amaba. Acabaron con el Bernard que yo conocí, en aquellos lejanos y gloriosos días de nuestras correrías por los territorios de la Corona de Aragón. Fueron los causantes indirectos de la muerte de Guifré y la traición de Isabel. Destruyeron mi futuro. Y ahora, además de poner sus ojos en el inocente Yannick, que evidentemente no sabía dónde se estaba metiendo, planeaban ocupar una ciudad en lo que yo había encontrado mi sitio… Afortunadamente, la luz de la luna llena me guiaba y, tras errar por varios callejones, con mi sentido de la orientación tan inútil como era habitual, al enfilar uno de ellas, vislumbré al final los muros de la ciudad. Hacia ellos me dirigí, a más velocidad aún a la que había mantenido hasta entonces cuando, repentinamente, algo o alguien me agarró de de los faldones del gambesón, haciéndome detenerme en seco, y, antes que pudiera hacer algo por evitarlo, el mismo algo o alguien me arrancó el cinturón, pateó mi espalda al unísono, y me tiró al suelo unos cuantos codos más lejos, haciendo que el yelmo, que llevaba bajo el brazo, saliera disparado. No me pareció la mejor manera de adelantar camino, la verdad. Tras volver a colocarme bocarriba con dificultad, ya que el patadón al menos me había roto una costilla, comprendí que sí, que realmente todo había sido demasiado fácil. Y que yo, como iba siendo demasiado común últimamente, no iba prevenida. Me había negado a tener en cuenta que faltaba una figura fundamental en mi historia jerosolimitana, y que, siendo aquél indudablemente su final, debería de aparecer de un momento a otro. La vida no suele ser tan redonda como los romans corteses y los cantos juglarescos, y normalmente cuenta con un argumento muy mal escrito y tramas concomitantes sin ningún sentido. Pero es que yo tenía mala suerte. Muy mala suerte. Si el personaje era negativo para mí en algún sentido, se presentaría. Y se presentó.

-Hola de nuevo, zorra. ¿Ya te has cansado de comerles la polla a todos los hombres de la guardia, y ahora te vas a probar suerte con los templarios? -me soltó el individuo con un risita estúpida, y apuntándome con su espada a la cara

Le vomité mis palabras.

-Y tú ¿te has cansado de esperar escondido en algún cagadero a que los invasores pasen sin advertirte, porque es el único lugar en la ciudad donde tu hedor puede pasar desapercibido? -me burlé desde el suelo.

Gauthier (porque, naturalmente, era él) pareció congestionarse como si estuviera a punto de sufrir un ataque de apoplejía. Todo su cuerpo se crispó, igual que si de pronto se hubiera convertido en enorme y feo basilisco, y me pareció que iba a abalanzarse sobre mí tan encolerizado que ni acertaría a pincharme. Pero, paulatinamente, como obedeciendo al dictado de una voz interior, fue recuperando su ya bastante repugnante aspecto habitual. Incluso su voz parecía controlada cuando me habló, aunque la rabia asomaba por las pausas entre sus sílabas.

-Eres más imbécil aún de lo que me imaginaba si crees que las palabras de alguien como tú pueden insultarme -escupió en mi dirección, pero yo esquivé el asqueroso proyectil con más diligencia que si se hubiera tratado de un cubo de aceite hirviendo desde lo alto de una muralla, reptando hacia atrás con la vista puesta a la izquierda, donde reposaba mi espada, y seguida muy de cerca por él. Esperaba el momento de poder rodar para alcanzarla. Pero aún no: él estaba demasiado próximo y la punta de su filo apuntaba directamente a mi ojo derecho… -. No entiendo cómo mis compañeros pudieron pensar que valía la pena follarte. Ni si no hubiera más mujer en el mundo. Y además, verte tan dispuesta me quita las pocas ganas que pudiera tener. Lástima que no suelo dejar las cosas a medias -en aquel momento, y con una celeridad que no me hubiera esperado de él, envainó la espada y sacó un cuchillo del cinturón. Se inclinó y me lo puso en la garganta al tiempo que se inclinaba en mi oído para regurgitarme un murmullo lleno de veneno-. Pero lo que me consolará es que voy a hacértelo de una forma que no te va a gustar

Tragué saliva. La punta que horadaba la piel de mi cuello no me permitía seguir mirando mi espada con el rabillo del ojo. Ahora tenía que mantener toda mi atención en él. Bajé el volumen de mi voz

-Tu opinión sobre mí tampoco es que me preocupe demasiado… Pero no pierdas más tiempo. Haz lo que has venido a hacer. Y hazlo rápido.

Advertí un punto de desconcierto en su mirada. A pesar de su discurso misógino, no parecía esperar tanta resignación por mi parte. Me cogió por la axila con su otra mano, sin apartar la daga de mi cuello, y me levantó del suelo.

-Buscaremos un sitio más tranquilo. No será difícil. La ciudad está vacía, aunque no creo que lo esté durante mucho tiempo. Los templarios están siendo masacrados allí afuera después del cobarde ataque de tu queridas milicias, que no tardarán mucho en regresar triunfantes -el pensar que la suerte que sin duda me esperaba iba a ser compartida en breve por mis antiguos amigos no me consoló en aquel momento. Él continuó-. Sí, tenemos poco tiempo. Pero pienso aprovecharlo bien. No imaginas lo que va a dolerte lo que pienso hacerte….

-¿Y no te has parado a pensar que es así como me gusta?

Le sonreía con con una ironía cruel. Me había parado en seco, resistiéndome a ser arrastrada por él a los soportales. Otra vez vi aquel pequeño destello de sorpresa en sus ojillos de ratón. Hundió el cuchillo un poco más en la piel de mi cuello. Un reguero de sangre se coló entre mi túnica y mi camisa.

-No serás tan valiente cuando acabe contigo -habló con dureza, mientras sus dedos se hundían en mis costillas, sin soltarme el brazo. Me forcé a aguantar si emitir ni un quejido ni hacer un gesto de dolor.

-Pues empieza. Demuéstralo. Demuestra que eres un hombre de verdad -le susurré con asco, sin siquiera tomar aliento-. Pero no lo harás. Te mueres de gana, pero no lo harás. ¿Y sabes por qué? -me estaba dejando llevar por el instinto. Sabía, desde el fondo de mi cerebro, que la curiosidad le impediría agujerearme el gaznate si mi conversación despertaba su interés (o su cólera). O, al menos, eso esperaba.

-Pero ¿qué estás diciendo, estúpida? -me sacudió fuertemente, si apartar los dedos de mis costillas, mientras el cuchillo trazaba un recorrido algo más largo sobre mi garganta.

-¡Porque no tienes tiempo de hacer lo que quieres! -estallé yo, sin hacerle caso-. Violarme no estaba entre las órdenes que has recibido, ¿no?

Su momentánea expresión de extrañeza volvió a aparecer. Pero esta vez se quedó unos segundos más. Yo continué hablando. Mi tono de voz era casi travieso

-Pero quizá sí que puedas hacerlo. Allá afuera las cosas no van a acabar tan rápido. Si vas a matarme por obligación, al menos podríamos hacerlo agradable para los dos, ¿no? Vamos. Sé que tienes tantas ganas como yo… -sólo esperaba una pequeña vacilación. Si apartaba el cuchillo sólo unas pulgadas más, mi mano libre le iba a hacer cosas por allá abajo, aunque no precisamente las que él hubiera deseado, pero de momento no podía arriesgarme. Sin embargo, él no reaccionaba. Hasta que, de pronto, su boca se torció en un rictus salvaje, y me empujó tan fuerte que me hizo caer

-¡Zorra de mierda! ¡Te maldigo! ¡A ti, y a todos tus ascendientes, y también a tus descendientes, aunque no los llegarás a tener! Me avergonzaste, mataste a mis amigos, ¿y aún pretendes que joda contigo? Yo he venido a matarte, y esto es lo que haré. ¡Muérete, asquerosa maldita puta, muere!

Se lanzó hacia mí con el cuchillo en la mano. Pero su cólera me había dado el tiempo y la distancia que necesitaba, y pude rodar para amagar su puñalada. La fuerza de su impulso le hizo perder pie, y yo aproveché el instante en que estuvo a punto de caer para levantarme de una salto. Estábamos ahora más igualados, pero mi situación seguía siendo difícil: estaba desarmada, y a él la rabia le otorgaba una velocidad inusitada. Yo esquivé sus envites como buenamente pude, intentando acercarme a mi cinturón, pero él, no tan ciego como para no ver mis intenciones, se interponía continuamente entre él y yo. Corría el peligro de recibir más cortes que una res antes de asarla, y de hecho los estaba recibiendo: tenía ya una cuchillada superficial en mi mejilla, y un tajo tan fuerte en el antebrazo había rajado incluso mi gambesón y llegado hasta casi el hueso, eso sin olvidar que el corte del cuello me seguía sangrando. La única opción que tenía es alejarme de él lo suficiente como para arrancar a correr sin temor a que lanzara el cuchillo y tuviera la buena suerte (no para mí, claro) de acertar. Aunque también…

-¡Esto no es sólo por mí! -grité apresuradamente entre viaje y viaje de su filo-. Es por Blanca, ¿verdad?

Escrutaba atentamente su cara en el momento de pronunciar el nombre de mi archienemiga. Su labio inferior se contrajo levemente durante un segundo. Sólo un segundo.

-¿Se puede saber qué estás haciendo? Quédate quieta ya. ¿Acaso no ves que vas a morir de todas maneras?

Sí, hombre. Y si hace falta, me escribo yo el epitafio y me cavo la tumba. ¿No te jode?

-Está bien. -era difícil hablar y esquivar dagazos. No sabía durante cuánto tiempo podría hacerlo-. Voy a morir, sí. Al menos, deja que muera sabiéndolo. Todo esto es idea de Blanca, ¿verdad? Alguien tan felón como tú no se atrevería a enfrentarse a solas conmigo, ni siquiera desarmada. Tiene que haber una razón de peso. De tanto peso como una bolsa de dinero.

Afortunadamente, a mitad del párrafo anterior había dejado de atacarme, pendiente de mis palabras. Si no, a ver quien era la guapa que soltaba un monólogo tan largo en aquellas circunstancias… Él fijó unos ojos llameantes en mí.

-Pero ¿qué te has creído que eres? No vas a saber una mierda de mi boca.

¿Se podía considerar aquello una confesión?

-Pues entonces, ¡corre! Sean quienes sean que venzan, entrarán pronto, y entonces quizá no puedas matarme. ¿No querrás perder la recompensa prometida?

No pensé que iba a provocarle tan fácilmente. Pero, a pesar de ser plenamente consciente de mi juego, creo que su codicia le suministró la imagen mental de una bolsa de oro huyendo a toda velocidad de él. Así que redobló el ritmo de sus ataques, con el acicate de su frustración, su ira y su terror de seguir en la ciudad si la situación de la batalla se confirmaba favorable a Jerusalén y a alguien se le ocurría realizar una limpieza étnica de cristianos posibles partidarios de los templarios. Pero sin que la desesperación le hiciera ser menos preciso. Yo ya no tenía más plan ni ninguna posibilidad de salir de ahí, y solo me restaba esperar que mi proverbial mala fortuna creara un infierno sólo para mí, con tabernas donde se sirviera agua en lugar de vino y otras torturas semejantes. Hasta entonces, había mantenido a raya el agotamiento, pero comprendí que éste estaba a punto de afectar a mi agilidad y a mi rapidez. Y entonces, yo sí, hice algo desesperado. Vi como el siguiente embate iba directo a pinchar mi corazón como una guinda en un banquete, pero sin ninguna connotación de fin’amors. No lo pensé. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, cogí el filo de su daga con la mano izquierda y tiré de él con toda la fuerza que me habían dado varios meses comiendo y bebiendo bien y entrenándome regularmente. Él se venció hacia mí lo suficiente como para que me alcanzara a estamparle un buen puñetazo en su mandíbula y, casi simultáneamente, girar el cuchillo hacia su cuello de manera que varias pulgadas de él se hundieron en la carne, haciéndole caer al suelo con la cabeza colgando de su tronco como la puerta de una taberna de sus bisagras después de una patada de Christophe con varias jarras de vino de más.

Lo único que lamento es que dejó este mundo demasiado rápido.

Y allí me quedé, empapada por la sangre disparada a chorro de mis dos últimos grandes antagonistas, con sus cadáveres yaciendo muy cerca de donde yo me encontraba, y sabiendo que yo nunca les había vencido, sino que ellos habían sido derrotados, quizá, en el fondo, por sí mismos. Que el cerdo de Gauthier hubiera acabado muriendo por su propia arma al intentar acabar conmigo era irónico, y a la vez una metáfora. Había bastante justicia poética en todo aquello, pero, al mismo tiempo, yo no me sentía satisfecha.

Porque los verdaderos responsables, cada uno a su manera y en bandos distintos, estaban aún vivos.

(continúa)

La soledad de las calles de la Jerusalén evacuada…

(viene de)

La celda de Guillaume estaba llena a rebosar de pertrechos para la batalla, tanto textiles como de acero, de todas las tipologías imaginables y de varias tallas. Pero, además, había ropas de campesinos, ciudadanos y nobles, tanto cristianos como musulmanes, en la cual estaban representados todos los gremios y clases existentes en Jerusalén y parte del extranjero: imaginé que nos hallábamos en el cuartel general dedicado a las misiones de espionaje a las que tan aficionado era el controvertido bretón. Christophe y yo nos proveímos de camisas, calzas y túnicas, entre las que afortunadamente encontré ropa de mi talla. En cuanto a armadura y armamento, rematé el atuendo con un gambesón y una brigantina de cuero, sólo un poco mayores que mi medida, y cogí una espada larga y otra a una mano, aparte de un yelmo cerrado que ocultaba la mayor parte de mi rostro y que me calcé sobre una crespina. Christophe, por su parte, eligió una cota de malla bajo un gambesón, que adornó con una sobrevesta de color rojo por pura vanidad (“son los colores de mi casa”, aseguró), y tomó una gran espada y un enorme escudo. Una vez convenientemente ataviados, salimos al exterior. Mi compañero miró en ambas direcciones del túnel con algo de desconcierto.

-Sería interesante encontrar algún signo que nos indicara como salir de aquí. ¿No te parece?

Mi instinto de orientación no era ninguna maravilla, pero decidí aplicar la lógica.

-Seguiremos por donde ha marchado el templario -sugerí yo-. Tal vez, más adelante, algún indicio nos orientará. O al menos eso espero. No son tontos esos individuos, aunque a veces lo parezcan, y no creo que horadaran un túnel demasiado intrincado y laberíntico si querían utilizarlo para escapar.

El capitán se encogió de hombros y asintió. No obstante, le veía pensativo, y le entendía. No era más que un mercenario, como yo, pero la fidelidad a los que le habían contratado y a la ciudad en la que llevaba viviendo varios años estaban librando una dura batalla contra la admiración que de niño sentía por los templarios, tan habituales en su Champaña natal, además del hecho de saber que el intento de reconquistar Jerusalén obedecía a un fin, tal vez no honorable pero al menos sí constructivo. Aparte de que yo tenía la sensación que entre el bretón y el de Troyes había surgido cierto entendimiento. Aunque que el primero hubiera drogado al segundo y lo hubiera encerrado en una celda subterránea atado a un poste de hierro no era lo mejor para cimentar una amistad, hay que reconocerlo.

El pasillo del túnel, por donde yo abría la marcha seguida de mi compañero, sosteniendo ambos sendas teas robadas de unos de los pebeteros que habíamos dejado atrás, descendía con pocos recodos. Las antorchas, que yo supuse que los guardias de Blanca se habrían encargado de prender poco antes para orientar a los jerosolimitanos en su huida, se difuminaban en la niebla que formaba el polvo de décadas recientemente levantado, y parecían fuegos fatuos que marcaran un itinerario casi mágico. Yo pude apreciar montones de huellas que iban en ambas direcciones, lo que confirmaba que aquellos pasadizos habían sufrido una gran actividad hacía poco tiempo, aunque el hecho no me orientaba hacia el camino a seguir. No obstante, el escaso número de túneles secundarios, como yo ya había podido apreciar a mi llegada en manos de los esbirros de Guillaume, me hacía pensar que íbamos por el único camino posible hacia la salida o salidas. Le comuniqué mis conclusiones a Christophe, que seguía anormalmente callado.

-Sobre lo que dijiste antes, en la celda… Aquello de que ya no tenías tan claras tus lealtades…. -le interpelé yo, decidida a averiguar por dónde fluían sus pensamientos.

-Estaba pensando justo en ello en esto momento.

Notaba su respiración agitada en mi espalda, como si cabalgara al ritmo de sus reflexiones.

-He tenido muchas dudas durante estos días. La ciudad se volvía loca y a mí me fastidiaba tratar con fanáticos y estúpidos. Y lo que he oído de tu amigo el bretón no me ha ayudado mucho. Demasiadas conspiraciones. No me gusta. Yo soy un hombre sencillo. Peleo, y luego cobro.

A continuación se hizo un silencio. Pareció como si el champañés se estuviera dando impulso antes de efectuar un peligroso salto.

-Pero yo juré que defendería Jerusalén, Eowyn, y eso haré -concluyó-. Y creo que tú también. Ahora se ha convertido en tu ciudad. Te ha acogido. Con todas su miserias, te ha dado un lugar en que quedarte, gente con la que estar. Y lo sabes.

Me pareció atisbar algo ante mí, y adelanté la antorcha.. Pero fue una falsa alarma.

-Sin embargo, debemos ayudar a los templarios a sacar a la gente por los túneles -le recordé.

-Eso por descontado. Pero luego, iremos a luchar al lado de los nuestros.

Me detuve un momento para mirarle, y asentí. A veces tomar partido era asquerosamente sencillo. Seguí adelante y entonces, a pocos pasos, lo vi.

-Y parece ser que ya no vamos a tardar mucho en comenzar. El túnel acaba aquí. Y hay unas escaleras.


Tal vez definir aquello como “escaleras” había sido prematuro y, desde luego, muy benévolo. Se trataba más bien de una serie de escalones excavados de mala manera en la misma roca del subsuelo de la ciudad, desiguales, empinados y exageradamente estrechos que ascendían en espiral hacia, esperábamos, la anhelada superficie.

-Voy delante -dijo Christophe, muy seguro de sí mismo-. Si hay algún peligro allí arriba, me corresponde enfrentarme a él antes. Para algo soy el guerrero de mayor graduación. 

-Todo tuyo -contesté, cediéndole el paso. No pensaba interferir con lo que él creía su deber, aparte de que no creía que nos estuviese esperando algo diferente a un infecto sótano. Así que subimos trabajosamente, mientras yo advertía a Christophe que no se le ocurriera resbalar, caerse y aplastarme con su gordo culo si en algo estimaba su vida, y él me respondía con pullas parecidas. Por fin, llegamos a una trampilla, que pudimos levantar fácilmente e izarnos por el hueco. 

Estábamos, como era previsible, en uno de los sótanos de la ciudad, el menguado espacio ocupado por los cimientos de la casa, bajo su suelo de tablas de madera. A la luz de mi antorcha me pareció divisar bultos cubiertos con telas que en cualquier otro momento me habría detenido a curiosear. Mientras yo miraba a mi alrededo, Christophe descubrió una escala de cuerda que colgaba de un agujero del techo, tapado por una estera de mimbre. Y, de pronto, ya estábamos en la vivienda, humilde pero no mísera, en la que el desorden imperante por doquier apuntaba a que sus habitantes habían salido como si les persiguiera el mismísimo Satanás con toda su corte.  Christophe adoptó una actitud atenta.

-¿Oyes eso? -presté atención y, con tristeza, asentí. Un rumor ahogado de entrechocar de hierro mezclado con gritos humanos, de ira o de dolor, y relinchos de caballos aterrorizados, se oía en lontananza. Era un sonido que Christophe y yo conocíamos bien-. Ya han comenzado Vamos tarde.

Pero, antes de que tuviéramos tiempo de reaccionar, otro sonido, más cercano, iba incrementando su volumen justo en el exterior de la vivienda. Nos apresuramos a abrir un ventana, y entonces vimos una enorme comitiva que se aproximaba, rodeada por unos cuantos individuos en cuyas sobrevestas, a la luz de las antorchas, me pareció advertir el escudo de Blanca. Y, detrás de ellos, divisé a alguien más.

-¡Oh, maldita sea! -exclamé, precipitándome fuera. 

-Admiro tu valor, pero ¡tampoco es necesario que te lances de cabeza a que te maten! -exclamó Christophe, que me siguió de todas maneras. En un santiamén me planté delante del grupo. Vi que la mayoría eran ciudadanos y ciudadanas jerosolimitanos, excepto los sempiternos guardias de Blanca, que me miraron como si no supieran que hacer conmigo, y una figura, la misma que me había parecido ver antes, que se destacó de la multitud y salió a mi encuentro, con actitud de desconfianza.  Me apresuré a quitarme el yelmo, y su mirada se iluminó, de alegría y sorpresa.

-¡Eowyn! Pero ¿qué haces aquí? Me dijo Guillaume que estabas… bueno, a buen recaudo. Conociéndote, debería haber dudado. Pero ¿cómo has conseguido escapar? 

Seguía siendo el mismo adolescente con el que había hecho amistad por las peores tabernas del puerto de Barcelona. Sin embargo, algo, quizás imperceptible para todos excepto para mí, había cambiado.

-Yannick… -dije con resignación-. No me digas que a ti también han conseguido meterte en este soberano berenjenal. Pensaba que tenías más juicio -de pronto, una súbita certeza me iluminó-. Espera. No me vas a decir que eres uno de ellos, ¿verdad?

Él hizo una mueca de niño cogido en falta. 

-¡Vaya, y yo que creía que te haría ilusión! Ya sabes, las aventuras que hemos corrido todos juntos en los últimos años me han hecho conocerles muy bien, y… -bajando la voz-. Sí, en breve tendré mi iniciación como sargento templario. Pero -previendo mi indignación- no te pongas a gritar como una loca que entre esta gente nadie lo sabe. Sólo faltaría que se enteraran que los mismos que están intentando entrar en su ciudad son los que les ayudan a salir de ella. No se fiarían.

Oía a mi compañero chasquear la lengua detrás de mí: lo que estaba averiguando acerca de mis amigos de Barcelona le estaba resultando algo chocante. Yo reprimí mis deseos de despotricar contra El Temple en general y cada uno de sus integrantes en particular: no era el momento.

-Hablaremos más adelante sobre el tema, puedes estar seguro. Mientras tanto, ¿lo tenéis todo controlado? ¿Necesitáis ayuda?

-No -aseveró-. Estos que ves son de los últimos grupos que faltan por ponerse a salvo, y ya mismo entramos en el túnel para salir más allá de la puerta de Jaffa. En realidad, ya sólo quedan los reticentes, aunque bastante numerosos, he de decir. Pero contra esos no podemos hacer nada.

-¿Reticentes? -se extrañó Christophe, que dio un paso adelante para intervenir en la conversación-. Pero ¿por qué? Son gente civil. Cualquier cosa parecida a un guerrero está allá afuera. No lo entiendo. ¿Es que no se fían o quieren morir?

Yannick arrugó el ceño. 

-En esta ciudad pasa algo raro. Lo sentí desde el principio. Hay personas que actúan como si se hubieran trastornado. Me recuerdan a aquellos viejos caballeros que encontrábamos en las tabernas, Eowyn, veteranos de mil batallas y con demasiados horrores en la imaginación, que no podían pensar con claridad debido a la cantidad de vino que llevaban años metiéndose en el cuerpo. Pero aquí es diferente. La gente no está obsesionada con la muerte, sino con el odio. No les basta con escapar con vida ni la promesa escrita del Maestre de que recuperarán todas sus pertenencias o serán indemnizados. Algunos quieren quedarse. Quieren morir. Quieren ser mártires del odio -volvió a bajar la voz- que les profesan a los templarios. No quiero decir que queramos que nos amen: no en vano hemos venido aquí a trastocar su modo de vida. Pero tanto odio… es demasiado, incluso en estas circunstancias.

No, evidentemente ya no era el muchacho malcarado de los bajos fondos. Con los templarios había aprendido a algo más a que a manejar bien la espada. Respiré hondo. Una idea pugnaba por tomar forma en mi mente.

-Demasiado odio, ¿verdad? Demasiado odio para haber surgido por sí mismo…. -dije para mis adentros.

-¿Cómo? -preguntaron al unísono Yannick y Christophe.

-No importa… Está bien. Si todo está controlado aquí, creo que saldremos fuera. Los nuestros nos necesitan.

El antiguo pirata meneó la cabeza.

-Estáis ganando -dijo con tristeza-. No creo que sea necesario.

Yo le apreté el hombro.

-Me conoces poco si crees que dejaré a los míos en la estacada… arriesgándome a perder el generoso estipendio que me espera si lucho con ellos… No te preocupes, Yannick: si he llegado hasta este punto, significa que no voy a morir hoy. Tal vez mañana o pasado, pero no hoy. Vamos, entrad en la casa ordenadamente, y tened en cuenta que hay un par de tramos sin antorchas. Las encontraréis al lado de la escala de cuerda. Venga, nos veremos cuando acabe esta locura.

Él me miró con dolor.

-Hasta pronto, Eowyn -adiviné que tras esa despedida había más deseo que seguridad. Pensé que, conociendo lo enorme de mi sufrimiento cuando pierdo a mis amigos, eso no me ayuda a cuidarme más para que no sean ellos los que tengan que lamentar mi pérdida. Es una forma de egoísmo, o quizá me cuesta creer que ellos me extrañarán tanto como yo a ellos. Sonreí a Yannick y le saludé con la mano, antes de disponerme a marchar, seguida de Christophe. Pero, repentinamente, alguien salió de la fila.

Se trataba de un muchacho de apenas 10 años, cuyas ropas evidenciaban que su vida no era fácil. No parecía viajar con su padres, y pensé que los más probable es que hiciera tiempo que los perdió, o que quizá nunca los tuvo. Se dirigió a mí con decisión y algo de timidez.

-¿Eres Eowyn?

Asentí con la cabeza y me aproximé más a él.

-¿Por qué me lo preguntas?

Señaló a Yannick, que estaba organizando la entrada en la casa. Pensé por una momento que después de aquella evacuación los templarios tendrían que horadar nuevos accesos y dinamitar los existentes. No tiene sentido tener una ciudad perforada con túneles secretos si los conoce casi la totalidad de la población.

-Oí que él pronunciaba tu nombre. Hay un hombre -continuó sin solución de continuidad-. Reunió a muchos niños de la calle y nos pagó para buscarte.

Le miré, extrañada.

-¿Cuándo fue eso?

-Un par de horas antes de que nos dijeran que debíamos abandonar la ciudad. Yo no te encontré en los lugares que él me dijo, y entonces decidí marcharme.

-Pero ¿por qué ese hombre me buscaba?

-Me dijo que tenía un mensaje urgente para ti. Era algo así como “Recuerdos del médico” -el chiquillo se encogió de hombros mientras yo palidecía.


Yo me precipité en dirección a un lugar que los últimos días había tenido la oportunidad de conocer muy bien, tan rápidamente que Christophe tardó en alcanzarme. Cuando lo hizo, tiró de mi brazo izquierdo para detenerme y me sujetó de los hombros.

-¡Espera! ¿Qué es lo que te ha dicho ese niño? ¿Qué demonios pasa ahora por tu cabecita? ¿Es que no puedes pararte un momento, ni siquiera para decirme lo que sucede?

De un tirón me libré de él y seguí corriendo, instándole con un gesto a seguirme a la carrera.

-¡No hay tiempo que perder! ¡Es el médico!

-¿El médico? ¿Qué dices ahora? -contestó él, asombrado y entre jadeos. 

-¡Van a por él, estoy segura! ¡Oh, por todos los infiernos, ojalá me equivoque! 

-Pero… 

-Te lo explicaré luego. Ahora, ¡corre! 

De pronto, todas las informaciones que había recibido últimamente cristalizaron en mi mente. Mártires del odio, les había llamado, con su pintoresco lenguaje recientemente adquirido entre los pobres caballeros de Cristo, el antiguo pirata de todos los mares. Demasiado odio, había dicho yo. Claro. No era sólo el ataque a Omar. Tenía que haber elementos infiltrados en esa ciudad dedicados a atizar el odio. En ambos bandos. Blanca -de quien una vez creí que su odio a los templarios era personal, familiar y/o económico, y sí, quizá fue así en un principio-, Blanca, digo, o quien estuviera por encima de ella, había llenado la ciudad de voceros de la intolerancia religiosa, reclutándolos entre los que lo eran ya por puro fanatismo o por dar sentido a unas vidas fracasadas, sin olvidarnos, claro está, entre los que buscaban sus proverbiales 30 monedas. Por eso algunos de ellos congeniaban a pesar de su supuesta y opuesta ideología. Como el violador latino y supuestamente cristiano Gauthier, y Ahmed y Alí, los guardias mamelucos a las órdenes de Roger.

Aunque aquellos tres, o al menos los dos últimos… tal vez tuvieran órdenes suplementarias

-Es todo mentira -compadecida de la incertidumbre de Christophe o, tal vez, imposibilitada de contener el arrollador flujo de mis pensamientos, tuve que interrumpir mi silencio, sin dejar de correr y casi sin poder respirar-. Más aún de lo que me imaginaba en un principio. Sí, demasiado odio para haber surgido por sí sólo. Toda esta gente que alborotaba en contra de los templarios, al menos los instigadores, está pagada por Blanca. Ella sólo deseaba encender el odio entre los jerosolimitanos de tal manera que se unieran todos contra los invasores, contra su desesperado, poco abundante en efectivos y casi patético intento de reconquistar la ciudad. Quiere unirles contra ellos, lo mismo que Saladino unió a las tribus del desierto. Pero no lo hace por solidaridad hacia Jerusalén. En absoluto. Y desde luego, le importa un ardite que la consecuencia de esto haya sido destruir la convivencia en la ciudad. Vamos, Christophe, sigamos! 

-De acuerdo, todo esto es muy interesante, de verdad, y veo que esa Blanca vuestra es de lo peor. Pero ¿puedes explicarme por qué hace todo esto y cómo es que crees que el médico está en peligro?

Entrábamos ya casi entrando en las intrincadas callejuelas cercanas a la Puerta. Oh, por favor, que no fuera demasiado tarde… 

-Es lo que estoy intentando -repliqué-. Ya oíste a Guillaume. Creemos que Blanca es una espía del rey de Francia. Como Esquieu, aquel al que atrapamos en Tortosa antes de que vertiera informaciones que podrían haber hundido al Temple… 

-… entre ellas, que uno de sus altos cargos había roto sus votos precisamente con una muchacha a la que ambos conocemos muy bien… O eso se rumorea por ahí… Pero sigo sin comprender a dónde nos dirigimos y qué tiene eso que ver con lo que te ha dicho ese chicuelo.

Pero yo ya no podía pasar un momento más compaginando la cháchara con la carrera.

-Espero que nada -rematé.


Arribábamos ya a las primeras estribaciones del barrio al que me dirigía. Nos sorprendieron, como en toda la ciudad, las puertas abiertas, los objetos desperdigados por las calles evidenciando una huida que no siempre había sido tan ordenada como habrían deseado sus organizadores: los planes de los templarios, al igual que todos los planes que intentan ser lógicos y funcionales, suelen darse de bruces con la estupidez humana, conducida por el miedo y el resentimiento. Me sentí confusa, por un momento: no era fácil para mí todavía, a pesar de los largos meses transcurridos, orientarme en la ciudad, y el aspecto apocalíptico de aquellas calles me las hacía, de momento, irreconocibles. Pero, sin embargo, no tuve que esperar mucho.

-¡Allí!

El grito de mi compañero me despertó de mis reflexiones. Al girar una esquina, su aguda vista había captado el resplandor de una llamas, un segundo antes de que lo hiciera yo. Comprendí.

-¡Por todos los demonios de infierno!

Me detuve y e intercambiamos una rápida mirada. Nada más: él había comprendido. Tácitamente, redoblamos el ritmo de nuestra carrera. Y, de pronto, aquel terrible escenario que yo había prefigurado se mostró en todo su terrible esplendor.

Alrededor de la casa del médico, había una barrera compuesta por muebles destrozados y otros útiles, recogidos del suelo o saqueados de las viviendas abandonadas. Detrás de ella, un grupo de mamelucos, ataviados con sus mejores pertrechos de batalla, aguardaban. Nos aguardaban. En segundo plano, vi cómo uno de ellos mantenía inmovilizado a un vapuleado médico, con una daga en su cuello. El aspecto del pobre hombre era tan lamentable que casi se me paró el corazón. Y, de pronto, Ahmed emergió del grupo, esbozando una enorme sonrisa sardónica a modo de arma suplementaria, seguido de Alí. 

Quitándome el yelmo, para que no quedara ninguna duda acerca de mi identidad, me planté ante él con la mano alzada hacia el pomo de mi espada larga, que llevaba en bandolera. Ardía en deseos de desenvainarla, voltearla y cortarle la cabeza, todo en el mismo movimiento. Mi sangre hervía de tal modo que sentía que comenzaba a burbujear por encima de mi piel. Oía, a mi lado, la respiración agitada de Christophe, que evidenciaba que su estado de ánimo era similar. Por el rabillo del ojo vi que se disponía a dar un paso adelante y hablar, y le puse una mano en el brazo para detenerle. El guardia, ahora, parecía algo confuso, y nos miraba de arriba abajo.

-Entonces, habéis venido -hablaba como si no acabase de creérselo. ¿Tal vez el plan no era suyo, entonces? ¿Lo había pergeñado alguien que me conocía mucho mejor, que sabía que yo era tan tonta que no abandonaría a un amigo en una zona de disturbios? Blanca no podía haberse enterado de nuestro altercado, estando como había estado entonces presa en los dominios del gobernador. Entonces, ¿quién o quiénes eran los vicarios de Blanca en la ciudad? 

Pero Ahmed continuó.

-Aunque esperaba que hubierais llegado antes. Porque yo sabía que erais un par de cobardes -escupió la palabra- aunque no hasta este punto. Me habéis decepcionado un poco pero, en fin, bien está lo que bien acaba. Ahora observar cómo muere su amigo.

El traidor arrebató el baqueteado cuerpo del anciano de manos de su esbirro, salió de la barricada con él, siempre con el cuchillo en su cuello, y se acercó a nosotros. Antes de que Christophe pudiera hacer el más mínimo movimiento, y todo al mismo tiempo, avancé un paso, le apreté más fuerte el brazo con la mano izquierda, y con la derecha desabroché la hebilla de mi pecho. La bandolera, con todo su contenido, espada incluida, cayó al suelo. Christophe soltó una maldición y quiso de nuevo sacar la espada, pero le lancé un rápido Confía en mí que le hizo detenerse, aunque a regañadientes. Mientras tanto, Ahmed y sus secuaces continuaban inmóviles, algo desconcertados por mi acción.

-Muy bien. Mata a un anciano desarmado, y luego a una pobre mujer desarmada. Adelante. Mata al viejo y mátame a mí. ¿No son esas tus órdenes, acaso? ¿Que yo muera? Ni siquiera mi amigo se opondrá.

Volví a apretar el brazo del aludido, que comprendió, por fin. Oí el ruido de su acero golpear contra el suelo.

-Mira si te lo ponemos fácil. No queremos seguir viviendo sintiéndonos culpables de la muerte del anciano. Somos así de absurdos. Así que adelante. Poco honor te reportará el hecho, sin embargo, cuando se sepa, que puedo asegurarte que se sabrá, y probablemente tu caché de mercenario caerá en picado -traducción para el siglo XXI-. Pero supongo que no te importa, ya que la persona que te ha contratado suplirá con creces ese inconveniente.

Noté cómo rechinaban sus dientes. Abandoné mi tono irónico y dije con más gravedad. 

-Si sueltas al anciano, te prometo que podrás matarnos con honor, pues venderemos caras nuestras vidas. Si no, me temo que te vas a quedar sin la poca reputación que te resta.

Vaciló un segundo, aún haciendo rechinar sus dientes. Por fin, soltó al médico, y lo empujó hacia Christophe. En cuyos brazos cayó. Éste, rápidamente, lo sostuvo y le hizo sentar en un poyo cercano, antes de recoger su espada. Yo ya estaba en guardia. Sonreí sardónicamente. 

-Ahora soy toda vuestra. 

-Lo serás -me contestó mi contrincante, en el mismo tono-. Antes de morir. Cuando no puedas defenderte. Mía y de todos. 

-Me encanta tu optimismo -rematé, mientras un turba de degenerados se precipitada contra nosotros. 


Puedo decir, sin envanecerme, que ninguno de los sicarios de los guardias, al menos en pequeñas dosis, nos hubiera durado ni a mí ni a Christophe ni un segundo. El problema era que había muchos (no me hagáis contarlos ahora, pero os prometo que había para dar y vender). Y además venían todos a la vez: nada de hacer cola caballerosamente, esperando a que el enemigo termine con el compañero, o al revés, como se ve en las películas: está claro que nadie desaprovecha nunca una ventaja, cuando la tiene, y en este caso el guardia y su tropa mal pertrechada, peor armada, y con aspecto de realizar un entrenamiento continuo las 24 horas, pero en la taberna. la tenía, y era considerable. Les iba manteniendo a raya con mi espada larga, y me cepillé a unos cuantos casi sin esforzarme. Procuraba medir mis movimientos para no cansarme demasiado, y eso era arriesgado, ya que no estaba realizando mis espectaculares esquivas de siempre, sino que me meneaba lo justo para no resultar herida, porque sabía que si no conservaba mis fuerzas no podría aguantar esa oleada. Pero lo peor era que, tal como vi por el rabillo del ojo, Christophe estaba en una posición peor que la mía. Y es que la mayor parte de los efectivos se habían concentrado en el contendiente que, a primera vista, parecía ofrecer más peligro, y naturalmente, el tipo grande y barbudo imponía más que la mujer pequeña. Tenía que ayudarle: Christophe era uno de los mejores guerreros al lado de los cuales he tenido el honor de luchar, pero le rodeaban por todas partes y apenas podía contenerlos. Además, su reciente herida tampoco ayudaba. Pero ¿cómo hacerlo, si ni siquiera podía ayudarme a mí misma? Casi no podía pensar mientras me los quitaba de encima, controlando mis movimientos para que fueran exactos, prefiriendo defenderme antes que atacar para intentar cansarlos a todos antes que ellos a mí (ímproba labor), concentrándome en el más mínimo error que pudieran cometer para enviarles a reunirse con Satanás, y cuidando nunca quedar demasiado ni por demasiado tiempo expuesta. Pero tenía que hacerlo. 

Me empleé a fondo. Dicen de mí en los mentideros que soy hábil y temeraria, casi invencible. Lo que no saben es que toda esa pericia y ese arrojo me lo concede, precisamente, el apego que le tengo a esta puñetera vida terrenal y el terror que me inspira el vacío de la muerte. O sea, que sólo soy valiente gracias a mi cobardía, y no puedo permitirme, con una espada en la mano, ser igual de torpe que en otros aspectos de la vida. Así que me arriesgué, di un paso adelante y, tras esquivar con un salto y un rápido giro un hierro que venía directamente a cortarme el cuello y otro que quería dejarme sin piernas, y de recibir un golpe con el lado plano del tercero en la mejilla que a punto estuvo de aturdirme, comencé a hacer fintas con la espada a tal velocidad que casi con un solo tajo me llevé un brazo de uno, un chorro de sangre de un corte en el muslo de otro, que me dejó las ropas nuevas hechas una pena, y unos cuantos insultos del tercero, a quien le había agujereado el hombro. 

Y entonces me giré en dirección de mis amigos los guardias, que estaba entre los que hostigaban a Christophe. La situación había cambiado desde la última vez que miré. Mi compañero parecía cojear de la pierna izquierda, pero en contrapartida le rodeaba un círculo de cadáveres. Concretamente, de Alí ya sólo quedaba el recuerdo. El recuerdo y un cadáver ensangrentado. Vi que Ahmed estaba encolerizado, otra razón más por la que la resolución del problema se estuviera volviendo más acuciante. Le grité. A pesar del elevado tono de voz, mi tono fue pesaroso:

-¿Por qué no quieres luchar conmigo? -pregunté, como una niña pequeña a la que sin razón le niegan su juguete preferido. Y luego, con inflexión más pícara, pero sin perder el deje infantil-: ¿Acaso me tienes miedo? 

Él me miro entre asombrado y despreciativo, e iba a volver a la tarea que estaba realizando (a pesar de que todos sus hombres, o los hombres que, como yo imaginaba, le había asignado Blanca o su persona intermediaria, le estaban mirando expectantes), cuando yo rematé:

-No acepto que digas que él es un hombre y yo una mujer, y por tanto, un rival menor en el mejor de los casos. Conoces perfectamente mi fama. Así que sólo puedo concluir que -hice ademán de estar a punto de vomitar- te estás cagando en tus ya sucios calzones, aficionado.

Entonces, Ahmed se detuvo en seco y me miró con odio. Yo le conocía. Conocía a la gente como a él. Era tan mediocre como lo somos todos. Pero, a diferencia de otras personas, no podía convivir con su mediocridad ni toleraba que otros la descubrieran, y vivía odiando a los que eran, o él creía que eran, mejores que él. No iba a tolerar ese atentado a su orgullo sin hacer algo al respecto. Aunque supiera, como sabía, y como yo sabía que sabía, que le estaba tendiendo una trampa. Escupió en el suelo y se acercó a mí

-¿Crees que no sé que eres tú quien tienes miedo? -afortunadamente, el resto de los oponentes de Christophe se habían detenido a escuchar nuestro diálogo. No tenían demasiadas ganas de luchar, y menos después de ver que ni Christophe ni yo eran los fáciles rivales que sin duda les habían descrito, una mujer y un hombre herido recientemente. Deduje que les pagaban poco. ¿La conocida tacañería de Blanca?-. ¿O tal vez es por tu amigo por quién temes? ¿Tan necesitada estás de que una buena polla? No te preocupes por ello. Nosotros podríamos hacer un esfuerzo. Nosotros. Todos -se apresuró a recalcarlo, con el vano objetivo de que me pusiera a temblar, entre las risotadas de sus adláteres. Después dio un paso adelante y apuntó su espada hacia mí-. Si queda algo de ti con lo que divertirse, después que te atraviese.

Aquellos idiotas seguían descojonándose. Yo, tranquila como si estuviésemos en una inocente velada entre colegas, hice un gesto de calma general con la mano izquierda.

-Tranquilos, amigos, habrá para todos y todo a su tiempo -rápidamente me volví al guardia, con expresión más grave, y le susurré-. Deja ir a mi compañero y al médico. El pobre viejo no tiene la culpa de nada y necesita ayuda.

Soltó una corta y repentina carcajada, sorprendida y algo cruel.

-¿Acaso crees que tienes algo con qué negociar, ilusa? A ver, dime, ¿qué me harías si te niego?

Torcí la boca, asqueada. Hablar con ese engendro más de un segundo seguido me resultaba insoportable. Ahora tenía que ser muy inteligente; sacar coeficiente intelectual de donde nunca había habido tal. Porque la vida de dos personas dependía de ello. Así que, de pronto, prescindí de todo mi chulería y me mostré sólo como una mujer suplicante y preocupada. Por su parte, el capitán de la guardia me miraba, preparándose para actuar, y con una mirada de inquebrantable confianza hacia mí que casi me emocionó.

-Escucha, Ahmed. Ambos sabemos que yo voy a morir aquí hoy. Soy buena luchando, puedo vencer a la mayoría de tus ratas, pero no a todas. Y no a ti -agaché la cabeza, como si me resultara vergonzoso aceptar que no le llegaba ni a la suela de los zapatos-. Soy sólo una mujer, aunque he tenido la suerte de recibir lecciones de los mejores guerreros, Y sin embargo, no tengo miedo por mí. Pero Christophe y el médico no se merecen morir. Además… -vacilé. Iba a arriesgarme- creo que ellos no estaban en el plan original. Sé perfectamente que lo que te pasa no es que estés enfadado por faltarte al respeto en la puerta, ni siquiera que quieras vengarte por lo que le sucedió a tu primo. Sé que alguien quiere que yo muera, pero también que en tus órdenes nada aludía a matar también al capitán.

El guardia se me quedó mirando fijamente durante unos instantes… y, seguidamente, irrumpió en carcajadas. Se me heló la sangre en las venas, pensando que no lo había conseguido, que mi impostura había quedado patente. Entonces él me habló con fiereza.

-Te crees muy lista. Pero no lo sabes todo. Nadie me ordenó que te matara. No eres tan importante. Sólo que te diera una buena lección. Lo de matarte, en realidad, fue una idea completamente mía, porque no me gustan las de tu clase -supongo que en lo de “mi clase” englobaba al mismo tiempo a las prostitutas y a las mujeres que intentan ser como los hombres, epítetos ambos que sin duda creía que me correspondían-. Pero es cierto que ni tu amiguito ni el médico no estaban en mis planes. Al menos al principio.

-Pues que sigan sin estarlo -junté mis manos en posición de súplica-. Es el capitán de la guardia. Deja que vaya a luchar contra esos infieles allá afuera, por mucho que le odies por oponerse a ti los nuestros no merecen perder a uno de sus mejores guerreros. Y el médico también es necesario. Déjalos libres, y mátame. Lucharé bien y lo harás con honor. Mi fama, quizá injustificada, te dará a ti más renombre. Te lo pido.

A medida que hablaba, el guardia se encendía como una tea bien empapada en fuego griego. Tenía los ojos desorbitados y me pareció verle echar, incluso, espumarajos por la boca. Porque, en el fondo, sabía que yo tenía razón, y eso le molestaba.

-Me das pena. Y asco. Es repugnante ver hasta qué punto sois capaces las mujeres para salvar a vuestros amantes. Sólo pensáis en el vicio. Ah, sé que además crees que si luchas sólo conmigo tendrás una oportunidad de sobrevivir. No entiendo cómo podéis ser tan tontas -se volvió, a sus hombres, con un además mayestático que creí que sería el inicio de mi linchamiento. O peor. Porque señaló a Christophe y al médico.

-¡Sacadlos fuera de las murallas! ¡Y que no vuelvan! Yo me encargo de esta puta -obedientes, la mayor parte de aquellos abortos de perra leprosa arrastraron a mis dos amigos fuera de la calle, entre las protestas de mi capitán, que les insultó (y me insultó) con epítetos en su lengua materna que ni yo, que la hablo bien, conocía, pero que por la sonoridad estaba segura de que podrían escandalizar al tabernero más curtido del puerto de Barcelona. Ahmed, sin dar cuartel, se lanzó hacia mí con la espada apuntando a la altura de mis ojos.

Ése fue su error. O, al menos, uno de sus errores. El primero había sido quedarse sin el amparo de sus hombres. El segundo, tener demasiados deseos de matarme y creer que podría hacerlo fácilmente, subestimándome por mi género. Yo paré su ataque con un rápido movimiento de mi espada y, entonces, sólo tuve que voltearla y deslizarla por su filo para, casi con el mismo movimiento, cortarle limpiamente la yugular. Se desangró a mis pies como un cerdo. Había sido demasiado fácil.

Pero lo mejor estaba por venir.

(continúa)
En la ciudad de las banderas VII

Los misteriosos túneles de Jerusalén. ¿Es un espejismo la luz que se ve al final? Lamentablemente, eso parece.

(viene de) Fue como un salto temporal. Lo siguiente que recuerdo fue que me desplazaba, casi flotando, por los túneles bajo la ciudad. Tuve el absurdo pensamiento de que, en algún momento durante el periplo con Blanca y con Ana, me había parado un momento a descansar, me había dormido, y todo lo que había vivido después no era más que un sueño. Pero tenía que reconocer que el añadido de los cuatro guardias de la amiguita de Guillaume (o, al menos, sus colores vestían), uno delante, uno detrás, y dos a cada lado, llevando en volandas mi cuerpo sujeto con férreas ligaduras, eran demasiado feos como para ser una ilusión de mi sentidos. Y es que una tiene un gusto refinado en cuanto a hombres hasta en sueños. Es una lástima que la realidad nunca responda a mis exigencias.

–Pero ¿se puede saber qué estáis haciendo? –les increpé–. Tenía entendido que habíais huido como ratas cuando se conoció que los templarios estaban casi a las puertas. Aunque no es menos cobarde apresar a una pobre mujer indefensa, y que además, no está vestida para la ocasión–. Maldita sea… ¿Por qué no se me había ocurrido ataviarme con mi saya y mi perpunte y armarme convenientemente antes de ir a ver a Guillaume? Y, por si fuera poco, no notaba el peso de mi daga entre mis vestiduras: me habían registrado a fondo, y probablemente habían aprovechado para meterme mano, los muy pervertidos. Aunque de poco habría servido que me la hubieran dejado, pues estaba tan firmemente atada como una salchicha–. Bueno, qué decís: ¿os han cortado la lengua, además de los huevos?

Pero nada; no conseguí provocarlos: continuaron transportándome en silencio por los túneles, que ahora bajaban en pendiente. Me fijé, además, que eran mucho más amplios que aquellos que yo había recorrido tan pocas horas antes (aunque ahora me parecieran extensiones inabarcables de tiempo) y estaban provisto de, cada pocos codos, de soportes que sostenían teas encendidas. Todo estaba preparado, pensé. Guillaume… Hijo de puta, me la has vuelto a dar con queso. Pero ¿por qué? ¿Qué pretendía? Era evidente: había traicionado a los templarios de nuevo (recuerdo aún cuando nos drogó a Bernard y a mí para robar la misteriosa reliquia que ahora está en poder de Gran Maestre y del misterioso Grupo de los Cuatro. Bien es cierto que se arrepintió en aquella ocasión, pero quien tuvo retuvo) y ahora era siervo de Blanca, y seguramente no sólo por los dos poderosos argumentos que la susodicha tenía colocados sobre el busto; debía haberle hecho una propuesta terriblemente sustanciosa, contante y sonante, y más brillante que las cadenas de oro y piedras preciosas que adornaban las anteriormente citadas prerrogativas femeninas de la aludida. Además, mi amigo bretón llevaba comportándose de una manera muy extraña desde que me había encontrado con él día anterior: actuaba como si tuviera que hacer o decir algo inevitable y no estuviera seguro de mi reacción al respecto. Y yo tal vez le había demostrado que sabía más de lo que debería saber… No obstante, ya pensaría en ello más adelante. Primero le mataría, y luego le preguntaría: de momento, tenía que escaparme. Como fuera.

Fue tan rápido que no lo vieron venir. Tal vez no lo vi ni yo: estaba demasiado acostumbrada a ser perseguida, capturarme y escaparme que ya casi me resultaba cotidiano. Sí, lo sabía, un día me atraparían y me matarían entre terribles sufrimientos, pero bueno, ya me ocuparía de ese problema cuando llegara. Antes de doblar una esquina vi el resplandor de una de las antorchas, y ni lo pensé. No, realmente, no lo pensé. Justo en el momento de girar hice tres actos simultáneos: el primero, comenzar a menearme como si sufriera el mal de San Vito. El segundo, golpear con mi cabeza, la única parte de mi cuerpo que tenía algo de movilidad independiente, la tea de aquel tramo (bajo riesgo de quemarme el pelo) desde abajo, haciéndola caer de su soporte al suelo y logrando que se hiciera la casi total oscuridad a nuestro alrededor. Y, el tercero, acompañar todo ello con gritos tan estentóreos que estoy convencida que resonarán mucho tiempo en las pesadillas de la cobarde guardia de Blanca. Lo súbito de la actuación, la semioscuridad y el ruido atronador me ayudaron a librarme de sus garras y caí al suelo, donde me apresuré a agitarme sobre la antorcha para apagarla (con riesgo de quemarme enterita).Y, mientras, ellos chocaban entre sí, juraban y me buscaban entre éxito, hice lo único que podía hacer en esas circunstancias: dejar que mi cuerpo rodara pendiente abajo, hasta que me detuviera la siguiente pared, que yo no podía ver dado aún que las antorchas estaban dispuestas para alumbrar los muros y sólo una pequeña porción del suelo, cosa cuya única ventaja era que ellos no me verían hasta que no pasara delante de la próxima tea. De acuerdo, el plan tenia sus lagunillas, pero tenía la esperanza de no coger excesiva velocidad y de que el golpe contra la pared no fuera demasiado fuerte, y de que justo en el momento de quedar expuesta a la luz estuvieran ocupados buscándome en otra parte. Y de no manchar demasiado el vestido nuevo con aquel polvo acumulado desde décadas, lo que sería una lástima: ya os había dicho que el plan no estaba muy meditado.

Pero no salió tan mal, después de todo: la pared que debía frenar mi recorrido tardaba en llegar, ellos no me localizaron antes de que mi cuerpo ya hubo cogido bastante aceleración, y cuando, por fin, el rozamiento con las frías, duras y erizadas de aristas losas del suelo (de las que intentaba mantener alejada mi cabeza) hubieron deshilachado mis ligaduras lo suficiente como para poder romperlas, frenar como pude mi desenfrenada carrera y hacer el resto del recorrido caminando sobre dos piernas, vi que mis perseguidores, aunque a escasa distancia, me dejaban suficiente margen para poder escapar de ellos, me lancé hacia el final del túnel, decidida a encontrar la legendaria luz, esa luz que desde que comenzó el siglo XXI sus habitantes no dejan de buscar, y nunca aparece. Aunque quizá nunca ha existido ni existirá.

Y así hubiera sido. Si algo o alguien, después de yo hubiera corrido por el mismo túnel sin afluentes durante milenios, como si me hubiera estado aguardando, no me hubiera atrapado al vuelo y me hubiera empujado en un hueco excavado en la pared, para luego cerrar una puerta de hierro y ponerse delante. A la tenue iluminación de unos candelabros situados a mi derecha, que iluminaban la silueta de un Christophe atado tan firmemente como yo hacía pocos minutos, sólo que con cadenas, y sujeto a una argolla de la pared mientras me miraba con un extraño sarcasmo resignado, pude ver con quién me estaba enfrentando. No fue una sorpresa.

–Espera algo así, Eowyn. Otra de tus espectaculares fugas. Nunca me decepcionas. Aunque a ves quizá me gustaría que lo hicieras. No me preguntes por qué.

Le miré con furia contenida.

–Si quieres que te diga la verdad –le dije a Guillaume (¿quién iba a ser, si no?)– en el fondo de mi ser tenía la esperanza de que algún esbirro de Blanca hubiera logrado esconderse en la habitación, dejarte fuera de combate y secuestrarme a mí, aunque sin saber con qué propósito. No me hacía ninguna gracia reconocer que había sido tan estúpida de creer en ti de nuevo, a pesar de las veces que me has fallado. Por eso la gente como yo no vencerá nunca, jamás conseguirá lo que se propone. La victoria será siempre para psicópatas sin sentimientos, como Blanca, como tú. Me odio por ser tan débil y tan estúpida, pero a ti te odio más. Y te mataré, te lo juro, te mataré como sea y a costa de lo que sea, aunque sea lo único que haga en este mundo.

El dio un paso hacia mí, sonriendo con dureza.

–Guarda tu odio para quien lo merezca, Eowyn. No soy tu enemigo. Todo lo contrario. He hecho esto para salvarte.

Solté una carcajada y le ojeé con desprecio.

–Siempre serás en mismo, Guillaume. Quieres comportarte como un cabrón y a la vez quedar como una caballero. Pero mejor que no te esfuerces conmigo. Te conozco demasiado…

Me interrumpió.

–Eowyn, no tengo tiempo para darte explicaciones. Pero quiero que sepas que no trabajo para Blanca, aunque sean sus guardias los que te hayan traído aquí. Esos valientes soldados quisieron huir de la manera más abyecta cuando supieron lo que se les avecinaba, dejando a su ama en la estacada. Pero yo les convencí, enseñándoles una buena bolsa de oro, de que se quedaran, de que no correrían peligro. Les necesitaba.

–Pero ¿se puede saber qué estás diciendo?

Casi me interrumpió en su afán por explicarse.

–¡No estoy solamente aquí para acompañar a Blanca! Fue providencial para nuestros planes tenerme dentro, porque la idea era que alguien orquestara la salida de la población civil por los túneles. No queremos caer en ninguno de los errores que se cometieron en el pasado, cada vez que se enarbolaba el término cruzada. No nos conviene de cara a nuestra ya caduca fama ante la población y, aunque pueda sonar ingenuo y poco militar, tampoco lo deseamos. El único problema es que me enteré demasiado tarde, de hecho, hace pocas horas, de la incursión que tú y tus amigos queréis hacer hoy (sí, ya lo sé), y tuve que acelerarlo todo a la mayor velocidad posible. Aunque evidentemente ya imaginaba que algo se cocía, por eso fui a verte ayer. Por eso ahora estás aquí. Porque te irás con el resto por los túneles. Lo siento: no quiero verme obligado a matarte o que los míos te maten por una absurda lealtad a esta ciudad, y sobre todo cuando sabes que esta guerra está basada en una mentira. Llevamos tiempo negociando con el sultán, intentando conseguir un estado de gobierno en que nosotros rijamos la ciudad sólo nominalmente, respetando la vida de los ciudadanos y su libertad de culto, pero las intrigas de Blanca, y de quien está detrás de ella y detrás de otros muchos agentes que pululan por esta ciudad de las banderas, como tú dedujiste, lo ha hecho imposible. Porque tú no tienes ni idea de la importancia de esta guerra.

Durante un momento, me quedé en blanco. Estaba desconcertada por aquel alud de información, y miré a mi alrededor. Se trataba de una habitación alargada que tenía, en uno de sus lados estrechos, frente al que aprisionaba a Christophe, alojada una cama y un baúl, y en su lado ancho, enfrente de la puerta de entrada, una serie de estanterías llenas de cajas y de más arcones abiertos, todo ello repleto de objetos que, a la penumbra de las antorchas, no acerté a distinguir de momento. Pero nada ayudaba a que mis ideas se aclaran.

–Nada de este tiene sentido. Nada. Estás intentando engañarme de nuevo. He sido demasiado permisiva contigo. Me he dejado llevar por tu eterna expresión de niño bueno, por tus zalamerías. Pero eso se ha acabado. Eres el enemigo. Quizá siempre lo fuiste. No debí haber olvidar nunca que robaste la reliquia y traicionaste a tu orden, porque desde entonces probablemente estás traicionando a todos los que te aprecian. De hecho –reflexioné– has traicionado a unos traidores y no por ese motivo. Eso te deja en el puesto más bajo de la escala de la moral caballeresca.

Él negaba con la cabeza ostensiblemente.

–No, no, Eowyn, estás equivocada. Yo nunca he sido un santo ni he pretendido serlo, pero soy un templario y a ellos soy fiel, y ellos también son fieles a sí mismos, aunque tu experiencia con Gonzalo y con los bienintencionados pero torpes intentos de Bernard para atarerte a Tierra Santa no te lo deje creer. Tal vez no me guste, tal vez no sea un modelo de comportamiento, tal vez me haya sentido tan frustrado de ser un segundón y de no poder tener las posesiones y riquezas de mi hermano, cuando soy mucho más merecedor que él de ellas y las gestionaría mejor, y ello me haya llevado a cometer muchos errores, pero todo eso se acabó. Y en cuanto a ti, a traicionarte a ti… Eso es algo de lo que te quería hablar.

Hice un gesto de extrañeza.

–Podría traicionar muchas cosas en este mundo, pero no a ti. Tú no te lo mereces. Te llenas la boca diciendo que sólo actúas por dinero, que te vendes al mejor postor, pero tú y yo sabemos que eso no es cierto. Ya lo comprendí cuando te conocí, cuando te encontramos después de una de tus enésimas riñas de taberna, cuando trataste de escandalizar a todos los hermanos que me acompañaban: eras un soplo de aire fresco en un mundo corrompido y te merecías todo lo bueno que pudiera pasarte. Y todas las aventuras que hemos vivido juntos no han hecho más que refrendarme en esa idea. ¿Y qué te dimos nosotros? No sólo no te dimos nada, sino que te quitamos lo poco que tenías, fomentamos y luego arruinamos tus esperanzas –iba a abrir la boca, pero me interrumpió con un gesto de la mano–. No, no. Espera. He intentado defenderme de tus acusaciones porque está claro que no hubo mala fe por nuestra parte, pero, razón, la tienes, toda la razón. Haces bien en estar enfadada, haces bien en odiarnos. Pero voy a pedirte que no lo hagas. Voy a pedirte que luches a nuestro lado o, mejor, que nos dejes esto a nosotros. Que te pongas a salvo. Creo que tal vez, al menos en esta ocasión, te toca descansar.

Había venido algún extraterrestre y había ocupado el cuerpo de Guillaume. Era la única explicación. O bien tenía un hermano gemelo particularmente santurrón que le estaba suplantando. O es que su capacidad de mistificación superaba incluso la que le había supuesto en mis momentos más realistas. Él continuaba.

–Lo perderemos todo si no ganamos esta cruzada, Eowyn, tú lo sabes, lo debes de saber. Necesitamos la credibilidad que nos permita reivindicarnos frente a una ciudadanía que ya nos considera inútiles, acabados, y frente a los monarcas que planean fusionarnos con otras órdenes y quitarnos nuestra libertad de actuación. Los proyectos en los que creemos, en los que tú también crees, nunca se podrían llegar a cabo. Por eso necesitamos poseer de nuevo los santos lugares. Aunque sólo sea de nombre. Eowyn, ganemos esta batalla y la Orden no me pedirá nada más. Podré hacer lo que desee. Tú podrás hacer lo que desees. Me encargaré de ello. De que tengas, por fin, la felicidad que mereces.

Busqué a tientas el banco apoyado a la pared y me dejé caer en él. Ya me conocéis y no soy la típica damisela que se desmaya, más bien intento desmayar a la mayor cantidad de gente posible cuando se tercia, pero en esta ocasión hasta yo me iba a caer redonda.

–Te enfadaste mucho cuando nadie te avisó de que yo no morí de mis heridas en Perugia, ¿verdad? Tuviste que vivir muchos meses pensando que estaba muerto. Que un nuevo nombre se sumaba a tu lista de amigos perdidos… Eowyn, yo he perdido tantos hermanos de armas ya que casi he acabado por acostumbrarme y me costaba entender que tú no pudieras. Pero cuanto me dijeron que no habías embarcado rumbo a Bolonia y que nadie sabía de tu paradero… Durante también demasiados meses, sólo me sostuvo la esperanza de que eras fuerte, de que sabrías cuidarte. Confiaba en ti. Pero… Eowyn, las cosas van a cambiar mucho de aquí en adelante.

Cerré un momento los ojos, como si la emoción me hubiera hecho perder momentáneamente el sentido. Sentí cómo Guillaume daba un paso hacia mí, pensando que me había desmayado definitivamente. Pero los abrí.

–Guillaume, necesito beber algo, por favor.

Había una leve expresión de sorpresa en su mirada, pero al final parecía creer que yo era sincera. Se precipitó a una de las cestas de las estantería y sacó algo, un vaso pequeño, que rellenó con el contenido de lo que parecía una botella.

–Es hidromiel. Fuerte y de la mejor calidad. Te hará sentir mejor –dijo, al ofrecérmelo.

–Acércamelo a los labios, por favor. Me tiemblan las manos.

Él hizo lo que le había pedido y yo bebí, mirándole atentamente a los ojos.

–¿Mejor? –pregunté cuando hube terminado.

–Mucho mejor. Gracias.

Dejó el vaso sobre la estantería.

–Sé que ha sido mucha información en poco tiempo. Te dejo aquí para que lo pienses. En breve, los soldados de Blanca volverán para sacaron, a ti y a tu amigo de Troyes, por los túneles. Yo me marcho a luchar con mis hermanos; sólo lamento no haberles podido avisar de lo que se les avecinaba antes de hoy, pero mis ordenes eran preparar la evacuación. Nos veremos pronto, Eowyn.

Y salió por la puerta.

–¿No tienes un pañuelo a mano? –fue lo primero que me dijo Christophe cuando Guillaume salió–. No he dejado de llorar ni un momento desde que comenzó este instante tan emotivo, y eso no es nada cómodo cuando se está encadenado. La verdad, cuando me hablabas de tu Guillaume, nunca me lo había imaginado como un caballero tan cortés. Sólo le ha faltado recitarte algún párrafo de mi compatriota Chrétien o alguna trova. Mira qué charco se ha formado a mis pies, mira.

–¿Serás cabronazo? –le dije, levantándome con ímpetu, como si nunca hubiera sentido ganas de desmayarme y avanzando hacia él con largas zancadas–. No es mi Guillaume en absoluto, eso quitátelo de la cabeza. Y tú, ¿cómo has sido tan burro como para dejarte atrapar? Tenía mejor concepto de ti.

–Pues está claro. ¡Le reconocí! Iba muy convincente con su traje de mercader latino, pero tú me habías hablado tanto de él que enseguida supe de quién se trataba. Y él debió de notar algo, así que, en cuanto pude ponerme algo más decente que lo que llevaba la última vez que nos vimos, y con la excusa de compartir unos vinos antes de retirarnos, se aprovechó de un momento en que estaba descuidado, y me atizó. No iba a arriesgarse a que le denunciara a nuestros jefes, claro…

–Hombres… –exclamé yo resignada, mientras me acercaba a Christophe, mostrando un objeto que hasta entonces había tenido escondido en la mano, y procedía a hurgar entre sus cadenas.

–Pero ¿qué estás haciendo? ¿Y cómo te has recuperado tan rápido?

–Te estoy liberando, atontado.

–Pero… las llaves… tu desmayo…

–¿Creíste que me iba a desvanecer tan fácilmente? Ay, cuántos prejuicios machistas. Evidentemente, Guillaume debía de tener las llaves encima. Sólo había que averiguar dónde. Y la bolsa de su cinturón abultaba mucho. Me arriesgué, le distraje, metí la mano y… ¡premio! No me cansaré nunca de decirlo: los hombres sois lo más previsible que existe.

–Bueno, deja ya de faltar –Christophe, ya libre, se frotó los brazos y los tobillos–. ¿Y ahora?

Yo estaba mirando el contenido de la estantería y los arcones.

–Parece ser que esto es la guarida secreta de Guillaume y de sus mercenarios y espías. Aquí tiene ropa para disfrazarse y armas para equipar a un pequeño ejército. Con suerte encontraremos algo de nuestra talla, y yo concretamente algo que no me cuelgue por todas partes. Ojalá hubiera comido más de pequeña para poder crecer convenientemente. Aunque no sé qué comida, en realidad.

–Muy bien. ¿Y después?

Le miré interrogativamente.

–Después de lo que he visto y oído, ya no sé si tengo claras mis lealtades –se explicó.

Le entendí. Dicen que siempre hay que tomar partido, cuando a veces el mejor partido es el que no se toma. Cuando ambos bandos persiguen un objetivo similar, cuando sólo les separan diferencias mínimas, motivadas por los intereses de los poderosos más que por los propios problemas personales o sociales de los contendientes, o, por el contrario, cuando no son más que dos advocaciones distintas del Enemigo Común, hay que intentar resolver las cosas de otro modo, o bien abstenerse. Pero yo no soy diplomática, sólo soy una guerrera, y no sé arreglar los desacuerdos de otra manera que siendo la que más fuerte reparte. ¿Tomar partido? Si hay que tomar partido entre lo que se considera más justo y lo que te puede ser más beneficioso, entre el dinero y el poder, por una parte, y las personas, la gente inteligente sabe muy bien qué elegir.

Lástima no haber nacido inteligente…

Pero Christophe esperaba mi respuesta.

–Ya lo pensaremos después –le dije–. Ahora, al lío. Lo importante es que nos mantengamos unidos, como compañeros de armas. Ya hay demasiadas disensiones por aquí. No enarbolemos una nueva bandera.

–Por cierto –apuntó, mientras rebuscaba entre las cosas de Guillaume, con voz atiplada–. No le he dicho a mi compañero de armas todavía lo bien que le sienta ese traje de hurí del Edén… Estás verdaderamente guapísimo.

Si tanto te gusta, te lo regalo –le solté–. Seguro que te sienta aún mejor que a mí. Yo voy a ponerme algo más adecuado para lo que se avecina. Y no mires mientras me cambio, que te conozco, pervertido.

(continúa).
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Detrás de la puerta esperan revelaciones…

 

(viene de)

La travesía por el túnel supuso una verdadera tortura, y no precisamente porque la construcción no fuera lo suficientemente espaciosa ni (sorprendentemente) libre de alimañas, sino por mis inoportunas acompañantes. La joven dama de compañía, Ana, pasó todo el recorrido temblando y profiriendo súbitos grititos cada vez que las sombras creadas por el movimiento de las antorchas se le asemejaban ratas, murciélagos, o incluso crías de dragón, mientras rezaba en un gracioso castellano con mercado acento del sur de la península. En cuanto a Blanca… ay, ¿qué podría contaros de ella que no sepáis ya, aquellos que sigáis mis extrañas aventuras entre dos mundos? La amante, algo fuera ya de tendencia, del rey, no se separó de mi zaga en todo el recorrido por el túnel, mientras yo trataba de orientarme por todas sus ramificaciones siguiendo el precipitadamente pergeñado mapa de Guillaume en la semioscuridad y, por si fuera poco, no dejó de interrogarme con la brutal sutileza que le caracterizaba: que si qué vientos me habían conducido a Jerusalén, que si cuánto tiempo hacía que me hallaba en la ciudad, que si cómo me había encontrado Guillaume, que si cuántas veces habíamos cometido actos impuros de todo tipo e índole… Exasperada, intenté sacar ventaja de la situación, colándole entre mis respuestas algunas preguntas más que me dieron una visión algo más completa del cometido que Blanca había venido a llevar a cabo a la ciudad de las banderas, y que me dejaron satisfecha, por un lado, pero también perpleja, por otro. Afortunadamente, no tardamos demasiado (aunque sí mucho más de lo que estaría dispuesta a aguantar de nuevo. La próxima vez que Guillaume me pidiera ayuda para rescatar a alguna de sus amiguitas en apuros pensaba decirle que las buscara en mis santos ovarios) en encontrar la salida, un corta, estrecha y polvorienta rampa coronada por una piedra medio encajada que dejaba pasar al luz del sol. La retiré, con escaso esfuerzo, me icé hacia arriba… y me encontré con que estaba en aquella estructura semiderruida situada a pocas varas del acceso que yo tan bien conocía al campamento de los templarios, concretamente a su zona aragonesa. “A la salida del túnel, encontrará gente que os ayudará”. Le mato, pensé. Le mato.

Pero ¿qué es esto? –exclamó, Blanca, tan escandalizada como si, en lugar de haberla conducido a la guarida de uno monjes guerreros, la hubiera llevado a algún local de intercambio de parejas, por lo menos, y ella hubiera sido la madre superiora del convento de Sant Joan de les Abadesses (que ni de broma). Yo la ignoré, aunque se me escapaba la risa por debajo de la nariz a pesar de las pocas ganas que tenía de encontrarme en aquel lugar por segunda vez en tan sólo dos días, y me dirigí hacia donde los dos sargentos que hacían la guardia se esforzaban en presentar un aire marcial aunque les traicionasen sus ojillos semicerrados por el aburrimiento. No me molesté en soltar ninguna fórmula de cortesía.

Vosotros dos, ya me estáis llevando ante vuestro jefe, maestre, comendador, general o lo que sea. Traigo conmigo a una dama de la corte del rey Jaume que necesita volver a Barcelona y, por mi parte, yo tengo mucha prisa y estoy muy cabreada.

Al menos conseguí espabilarlos. Ambos, casi al unísono, dieron un respingo y se quedaron mirándome como si vieran al fantasma de Hugo de Payens. Aquello duró un par de segundos, antes de que, súbitamente, irrumpieran en sardónicas carcajadas.

¡Vaya con la damita! ¡Qué humos se gasta! Bonita, ¿acaso no te has dado cuenta de que con un soplido te podríamos convertir en puré? Y eso sin citar otras cosas que podríamos hacerte y que a lo mejor no te gustarían, o lo mismo nos pedirías más… Puedes dar gracias al Altísimo de que hemos hecho voto de castidad y de no ejercer violencia contra las mujeres, que si no… Pero ¿quién se habrá creído que es esta muchacha? –el más joven de los dos, autor de la parrafada, se volvió ligeramente hacia su compañero, que meneaba la cabeza con aire del que ya lo ha visto todo en esta vida y nada le puede extrañar, y yo aproveché el momento para sacar una daga que llevaba escondida entre los pliegues de mi capa. Se me había olvidado que parezco mucho menos impresionante cuando no visto la armadura (tampoco es que con ella lo parezca mucho, en realidad), pero la visión, y el tacto, justo sobre la vena más gruesa del cuello del que tenía más a mi alcance, les dejó repentinamente mudos. Yo tampoco quise derrochar muchas más palabras: estaba harta de aquella gente.

Venga, haced lo que os dicho. Y deprisita, que la daga pesa demasiado para una débil mujer y lo mismo se me cae sobre un lugar que nos os gustaría..

Pero, antes de que pudieran comenzar a moverse, y eso que ahora ya estaban motivados, Guillermo, el comendador leonés de Aiguaviva, apareció detrás de ellos.

¿Se puede saber…? –enmudeció brevemente en cuando vio la comitiva que formábamos–. Vaya, Eowyn, cuánto bueno por aquí. No creo que hayamos hecho tantas buenas obras como para ser premiados con tu presencia dos días seguidos –me quedé estupefacta: ¿cómo había logrado reconocerme el día anterior?–. Y veo que os acompaña doña Blanca. Os esperábamos, señora, de un momento a otro. En breve, un destacamento os conducirá a Jaffa, donde podréis embarcar de inmediato hacia Barcelona. Ahora, tal vez deseéis refrescaos, descansar y comer un poco, así que Berenguer –señaló al joven y lenguaraz sargento de la puerta– os conducirá a mi tienda junto con vuestra acompañante –volvió su mirada hacia mí–. En cuanto a ti, mi querida muchacha, te agradecería que me dedicaras unos minutos.

Mientras la vida del campamento se desarrollaba en torno a nosotros (hombres que alimentaban caballos, transportaban agua de un lado a otro, bruñían armas, entrenaban, y adecentaban el lugar, que falta le hacía…), yo paseaba con Guillermo, impaciente por escuchar lo que tenía que decirme. Al ver que tardaba en empezar a hablar, me adelanté.

Lo teníais todo planeado, ¿no? Vos y Guillaume. Que yo viniera aquí. ¿Y ahora? Supongo que querréis que me quede. Soy mucho más cómoda fuera de esa guerra, ¿verdad? Así no tendréis que luchar contra vuestra conciencia por desear matar a quien tanto os ayudado, corriendo el riesgo de acabar asqueados de vuestras volubles y pecadoras almas. Pues bien, intentad retenerme, si podéis: pienso marcharme de aquí aunque sea arrastrándome y con un hilo de vida.

Guillermo chasqueó la lengua.

Eowyn, por favor, no es necesario que seas tan novelesca. Obviamente, eres libre de irte o quedarte. Pero tal vez pueda hacerte una buena oferta para que optes por lo segundo. Y no creas que estaba todo planeado. Sabíamos que Guillaume estaba en la ciudad con doña Blanca, y desde ayer (te conozco muy bien y te reconocería incluso cubierta de barro de la cabeza a los pies) también sé que tú estabas, pero no he planeado nada con él, aunque sólo sea porque la comunicación está resultando difícil. Puedes creerme.

Arrugué lo labios, sin mucha fe en sus palabras. Él continuó.

Todo está preparado para que Blanca vuelva a Barcelona. Si accedes a acompañarla, te pagaremos bien. Mucho más de tu sueldo en Jerusalén… Sí, ayer hice averiguaciones y sé para quién trabajas. Necesita a alguien que se ocupe de sus seguridad, y nosotros no podemos destinar efectivos. ¿Qué me dices?

Nada molesta tanto a una mercenaria que le recuerden que lo es. Que lo es completamente. A ver, es bien cierto que trabajo por dinero. Pero que actúen como si no tuviera lealtad por ninguna causa no remunerada, aunque no la tenga, la verdad, me toca un poco la moral.

Creo que esta conversación ha acabado –di la vuelta y me dirigí a la salida–. Arreglaos como podáis, yo ya he cumplido mi cometido con la única persona entre vosotros que realmente se ocupó de mí cuando conseguisteis, gracias a mi incalculable ayuda, atrapar a Esquieu, y dejé de seros útil. Voy a ocuparme de que no entréis nunca en la ciudad y de que, si lo hacéis, ya no volváis a salir, al menos de una pieza. Y no intentéis impedirlo: me mataréis, pero pienso llevarme antes a varios por delante, y con tan poco personal (miré con desprecio a mi alrededor: la verdad es que el contingente, sin ser ridículo, era bastante menguado) no es que os convenga mucho.

Guillermo no contestó. Le di la espalda y sentí su mirada sobre mí mientras me dirigía a la salida. Evidentemente, no me preocupé por no despedirme de Blanca. Cuando estaba a punto de salir, oí la voz del mariscal templario de Aragón.

Dime una cosa, Eowyn. ¿Te has preguntado alguna vez por qué hacemos esto? Y ¿te has preguntado alguna vez por qué tus amigos Omar y Ferran parecen haberse vuelto locos? Yo de ti lo haría. Y lo haría pronto.

Después de volver a meterme por el túnel y salir por la estrecha grieta que me había mostrado Guillaume, ya bien pasada la hora nona, di con mis agotados huesos y mis más exhaustas aún neuronas, en la taberna de la puerta de Damasco. Con un muchacho que haraganeaba por la calle, hice llamar a Ferran, que casi tardó menos en llegar de lo que yo me demoré en pedir una buena jara de vino.

Estás aquí –constató–. La verdad, me tenías preocupado. Después de recibir tu mensaje, fui a tu casa a ver cómo te encontrabas, pero tu casera me echó con cajas destempladas, alegando que debías descansar. Aquello no me olió demasiado bien.

Como ves, había salido –intenté disimular lo mejor que pude–. A probar la resistencia de mi pierna, que por cierto está en perfectas condiciones, y después a buscarte. Pero ella no lo sabía… Me alegro que hayas venido tan pronto, Ferran. Hay algo que quiero decirte.

Si es que Roger tome medidas contra ese par de asnos de guardia y sus acólitos, he de decirte que ya está hecho. Bastantes problemas tengo como para tolerar disensiones internas en mitad de una batalla.

No esperaba menos de ti… Bien, supongo que Christophe te habrá ampliado todos los detalles de lo que sucedió ayer…

Pareció sorprendido.

No sé nada de Christophe. No se ha presentado en su puesto y no ha enviado ningún mensaje. Pensé que seguía recuperándose pero, tras ir a tu casa, me pasé por la suya, y no había ni rastro de él, tampoco. La verdad, no sé muy bien lo que está pasando. Le he buscado por todas partes.

El corazón me dio un salto.

Sabes que le gusta ir bien provisto a la batalla. De vino en el estómago, quiero decir. Beberá, dormirá, y a la hora convenida estará listo –así quería creerlo, aunque me extrañaba que no estuviera en los lugares habituales… Pero no podía permitirme el lujo de preocuparme de eso ahora: tenía que confiar en él–. ¿Y en cuanto a nuestro amigo el violador huido? –en su silencio obtuve mi respuesta–. No le habéis localizado. Ya veo lo que va a pasar: en el momento menos deseado aparecerá para intentar matarme: me sucede a menudo, me temo. Pero, de todas maneras, él no ni es mucho menos la mayor de mis inquietudes en estos momentos.

Ferran, que hasta el momento había permanecido en pie, se sentó a mi lado, y se sirvió de la jarra en una más pequeña que le aguardaba.

¿Entonces? ¿Qué sucede? No me dirás que te arrepientes. Que has decidido irte con esos animales sin Dios ni corazón de los templarios.

Le eché una mirada de soslayo.

¿Por quién me tomas? No es eso, claro que no. Lo que pasa es… que hay cosas que me están chocando mucho desde que llegué a la ciudad y, que, de pronto, esta mañana… alquien dijo algo que me dio el patrón que necesitaba. El patrón que todos los misterios que me preocupaban podrían tener en común. A partir de ahí, y mientras comprobaba que mi herida estaba completamente curada y lista para entrar en batalla esta noche, comencé a investigar. A intentar encontrar confirmación a mis sospechas. Aún no lo he logrado, pero…

Él permanecía atento a mis palabras, preguntándose, sin duda, por dónde iría a salir.

Dime una cosa, Ferran: no te lo he preguntado antes porque no quería inmiscuirme, ni hacer que creyeras que me inmiscuía, en tu libertad de elección. No quise dar la sensación que te cuestionaba, porque no te cuestiono, pero… necesito saberlo. A ti te importaba un ardite tanto Yahvé como Dios como Alá como sus respectivos profetas. Te reías conmigo de los papanatas que cifraban todas sus esperanzas en un Ser Supremo y un paraíso que no tiene visos de existencia. ¿Por qué, de pronto, te vuelves el defensor más leal de la causa de la media luna? ¿Por qué ese odio a los templarios? En mi caso, está justificado, pero a ti nunca te atacaron. Todo lo contrario, creo recordar que te hiciste gran amigo de Guillaume, e incluso de Bernard, después de nuestra aventura juntos en Tortosa. Dime ¿qué ha sucedido?

Su mirada se tiñó de dolor.

Tienes razón. A mí nunca me atacaron.

Su tono era extrañamente desapasionado, casi psicótico. Me recorrió un inesperado escalofrío.

¿Entonces?

A mí, precisamente, no.

Creo que palidecí. Intuía su respuesta.

Explícate.

Él se inclinó hacia mí, sobre la mesa.

¿Recuerdas la última vez que nos vimos en Barcelona? ¿Cuándo buscabas ocupación

Cómo voy a olvidarlo. Fue un día muy triste.

Lo fue para todos. No podíamos ayudarte. Omar estaba destrozado después de la traición de Elisenda y la pérdida de su popularidad en la Corte y entre las familias nobles. Necesitaba un descanso. Algunos días después de tu visita, salimos. Nos disponíamos a llevar a cabo una saludable partida de caza para llenar la despensa de cara al invierno. Cabalgábamos, reíamos… Aquel día Omar parecía más alegre, y llegué a pensar que pronto se recuperaría y que las cosas volverían a su cauce.

Respiró hondo, como si se dispusiera a tomar impulso para lo que venía a continuación. No le interrumpí, a pesar de que mi impaciencia habitual pugnaba por salir por todos mis poros.

Estaban ahí, en el camino que solíamos tomar. Habían entrado en las tierras de Omar. Nos esperaban. Con sus yelmos enteros, no pudimos ver sus caras. Pero sus hábitos y mantos blancos con cruces rojas, las de algunos, y negras con cruces rojas, las del resto, no dejaban lugar para las dudas. Parecía que no deseaban dejarlo. Eran una compañía de unos veinte caballeros, si así puede llamarse a unos malnacidos, y su presencia allí no era casual. Nos buscaban a nosotros. Específicamente a nosotros. Bueno, en realidad, a él.

Volvió a interrumpirse mientras yo le azuzaba con un gesto.

A mí me sujetaron mientras apaleaban a Omar. Esa es la razón por lo que ha estado ausente tanto tiempo, no tanto sus negociaciones con el sultán. Se recuperará, supongo, pero dudo que pueda volver a ser el mismo. Dudo que pueda seguir trabajando.

Me llevé las manos a los labios para ahogar un gemido.

Entonces vine aquí., y me dediqué en cuerpo y alma a organizar la defensa de la ciudad. Juré lealtad al gobernador y me puse a los órdenes de Roger, aunque él me trata como a compañero, más que como a un ayudante. Y te puedo asegurar que los que iniciaron todo esto o pagarán muy caro. Muy caro.

Apretó el puño sobre la mesa, sin llegar a golpearla. Yo bebí de un trago todo el contenido de mi vaso y me serví otro.

Hay una manera de arreglar esto –le dije, intentando guardar la compostura tras las terribles noticias–. Sé una forma de sacar a toda la población civil de la ciudad, de ponerlos a salvo. Después, forzaremos una negociación con los templarios. Creo que yo podría tener algo que a les podría interesar, algo lo bastante importante para que atiendan a razones. Se irán o, en el peor de los casos, conseguiremos una ocupación que garantice que en la ciudad todo el mundo tendrá el derecho de gestionar su vida o su fe como mejor decida. Y no es porque rehúya el enfrentamiento. En estos momentos, siento tanta rabia hacia tantas personas que sólo unos cuantos muertos bajo mi espada podría calmarme. Pero esa no es la idea… Ferran, creo que todo esto ha sido una gran manipulación desde el principio, y tú, yo, los jerosolimitanos y los propios templarios sólo somos las víctimas de algo que nos supera. Escucha…

Pero él me interrumpió.

Pero, Eowyn, ¿acaso has escuchado algo de lo que te he dicho? No sé a lo que te refieres ni me importa. Yo sé lo que vi. Tampoco tengo ni idea de lo que te refieres cuando hablas de sacar a la gente de la ciudad, pero no me interesa.

No podía estar escuchando realmente aquellas palabras, No de boca de Ferran

¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo no pueden importarte estas personas? ¡Juraste defenderlas!

Porque no quiero la paz con los templarios. Con los cristianos, en general. Quiero que todos los odien como yo los odio –la rabia que bullía en su acento me impactó como una puñalada–. Porque esto no ha sido algo aislado. Esa gente nos aborrece. Todos vosotros nos aborrecéis

No me metas a mí en tus locuras. Además… Espera un momento: dijiste que cuando sucedió lo del ataque, viniste aquí para organizar la defensa de la ciudad pero, ¿por qué? ¿Por qué aquí precisamente? ¿Cómo sabíais que esta ciudad corría peligro?

Es lo que iba a explicarte ahora –replicó–. Cuando los templario pensaron que habían acabado con él y se marcharon, pensé que Omar se desangraría allí mismo. Que la única persona en el mundo que tenía la valentía de ser quien quería ser y de ayudar a los otros a que lo fueran, como me ayudó a mí a escapar de la tutela de mi padre y renunciar a ser lo que se esperaba de mí, un caballero más, moriría allí mismo, como un perro, y dejaría huérfanos a todos los que ayudó, incluido yo. Pero, justamente, pasó por allí una comitiva: era una viajera noble de Granada, acompañada de su servidumbre y de su guardia. Venía para tratar de asuntos diplomáticos con el rey Jaume de parte de su soberano. Ella puso a nuestro servicio a toda su servidumbre, e intercedió ante su rey para que Omar viajara a la corte del sultán de Egipto a ser tratado por sus mejores médicos, cuando los de aquí se vieron imposibilitados de hacer nada más. Ella fue la que me reveló que los espías granadinos habían averiguado que la cruzada de los templarios estaba un punto de empezar, y que todo respondía a un plan mucho más ambiciosos: un nuevo contubernio de los reyes de Europa para acabar con el islam, usando ahora todos los métodos a su alcance, por muy poco caballerescos que sean: ella estaba encargada de intentar pararlo en Aragón ofreciendo prerrogativas a Jaume, pero nuestro monarca está demasiado preocupado por sus próximas conquistas militares, si es que no está inmerso en la conspiración

Me caían gotas de sudor de la frente; era demasiado esfuerzo para mi cerebro tratar de entender aquel surrealista relato.

Ferran, todo esto parecen los desvaríos de un lunático. Además, ¿no crees que es un poco extraño que el camino de Granada a Barcelona pase por la costa norte, donde está la casa de Omar? ¿Y qué en otros ambientes no se haya sabido nada de esas negociaciones?

Eso no tiene nada que ver. Además, llevamos mucho tiempo lejos de Barcelona. No sabemos qué ha podido suceder.

Me levanté, empujando la silla lejos de mí. No sabía qué hacer ni cómo canalizar mi nerviosismo, cómo hacer que mis ideas fluyeran con más rapidez.

A ver… recapitulemos. Ferran, ¿podrías describirme a esa mujer?

Ferran frunció los rasgos, extrañado de mi pregunta.

No veo que eso sea importante, pero… Una mujer normal, no especialmente bella ni tampoco todo lo contrario. De estatura menor que media, ojos oscuros y cabellos de un castaño claro.

Seguí paseando, intentando enhebrar el hilo de aquella aguja. No, no, no podía ser, todo mi castillo de naipes se desmoronaba: aquella mujer no se ajustaba a la descripción que yo estaba esperando, por muy disfrazada que estuviera.

Sus criadas, ¿ocultaban el rostro?

Sí, pero eso no es extraño en las mujeres de mi religión. ¿A dónde quieres ir a parar?

¿Y ella? ¿Qué edad tenía?

Eowyn, no sé qué pretendes con este interrogatorio…

Contesta, por favor.

Era muy joven, casi una niña. Me extrañé de que una misión tan importante hubiera sido confiada a una mujer de su edad, pero parecía muy bien asesorada, y estaba rodeada de hombres sabios…

Yo chasqueé los dedos.

Y, supongo, que como buena nativa de Granada, hablaba el castellano que hablaba tenía un marcado acento del sur. ¿Me equivoco?

Guillaume me esperaba en mi habitación. Sí, como era habitual, mi casera no había podido resistirse a su encanto, y ahora comía en su mano. Yo irrumpí en la estancia como un vendaval.

¡Por fin! –exclamó él–. Te esperaba mucho antes. ¿Qué demonios te ha pasado? ¿Ha salido todo bien?

Yo no respondí. Me llameaban los ojos.

¿Lo hicisteis vosotros?

Eowyn, ¿se puede saber qué te pasa y a qué te refieres?

El ataque a Omar. ¿Lo hicisteis vosotros, repito?

¿Omar ha sido atacado? ¿Cuándo? No tenía ni idea de ello. Oí decir que está con el sultán. Y ya sé que Ferran es tu jefe y que ha cambiado bastante respecto al hombre que conocí. ¿Por qué dices qué hemos sido nosotros?

Por favor, dime la verdad. ¿Te dejaste convencer por Blanca? ¿Creíste que sacarías de eso alguna ventaja? ¿Hiciste algún pacto con ella?

Pero… esto es increíble. No puedo admitir de ninguna manera que tengas esos pensamientos acerca de nosotros… acerca de mí… Por Dios santísimo, ¿es que no me conoces?

Su rostro expresaba una pesadumbre tal que me casi me convenció.

Guillaume, ya no sé qué pensar. Ya no sé a quién creer.

Se levantó de la cama donde había estado sentado, y comenzó a pasear por la habitación. Yo me senté al lado de donde él había estado.

¿Cuándo sucedió?

Le miré con suspicacia. No, no podía creer en realidad que se hubieran atrevido a algo así. Pero tampoco sería la primera vez que los templarios me traicionaban… ¿Y si aquella conspiración a escala global de la que hablaba Ferran era real? Cosas más extrañas se habían visto. En aquella ciudad reinaba un ambiente malsano, yo lo sabía desde hace tiempo, pero ¿y si la realidad se correspondía a algo completamente distinto a mis sospechas? Me esforcé en mostrarme civilizada: le daría un oportunidad. Una solamente. Traté de concentrarme.

Tuvo que ser poco después de nuestro encuentro. En sus propias tierras. Cuando me hallaba navegando hacia Chipre bajo las garras de Gonzalo –pronuncié las palabras con odio: no quería que olvidara por una momento la parte de culpa que le tocaba por mi secuestro, ordenado por un alto cargo de su orden. El rictus que recorrió su cara me indicó que lo había conseguido. Después, se serenó y dijo:

Yo me hubiera enterado de cualquier movimiento que se realizara en los alrededores de Barcelona, Eowyn. Si hubiera sido cuando partí hacia Tierra Santa, con Blanca, un par de meses después… podría haber tenido dudas. Pero ahora puedo asegurarte que no es cierto. No sé qué le pasa a tu Ferran, pero, o él mismo está muy confundido o está tratando de confundirte a ti. O tal vez ambas cosas.

Nuestras miradas convergieron en un destello de entendimiento. Supe que ambos estábamos pensando, si no de la misma manera, de otra muy parecida.

Hay otra explicación –dije al fin–. Si realmente puedo creer que vosotros no llegasteis a ese punto… Es descabellada y casi conspiranoica, aún más de lo que es la de Ferran, aunque sea, también, más concreta. Él me contó que la mujer que, casualmente, pasó por allí y les ayudó, y también les condujo a esta espiral de fanatismo, y que defendía la tesis de una cruzada a gran escala contra el islam, tanto ideológica como militar, era muy joven y hablaba con acento del sur –dejé que mis palabras maduraran en su mente. No fue necesario esperar mucho.

Ana –respondió, escueta y velozmente.

¿La crees capaz de esto? –él empezaba a negar dubitativamente con la cabeza, pero yo continué–: Quiero decir, ¿crees capaz de esto a su jefa? No hablo de moral, si no de su inteligencia

En realidad, ambos conocíamos la respuesta. Él suspiró y apretó los puños. Después, se acercó a la ventana que daba al patio y se quedó mirando por ella, soñador….

He fracasado –dijo–. Quise ser más listo que ella y me venció. Me venció con mis propias armas… Se suponía que yo tenía que controlarla para que no se entrevistara con Felipe de Francia, o al menos averiguar si lo hacía y sobre qué tema. Pero creo que era ella la que me vigilaba a mí… Es posible, incluso, que la obsesión que yo le inspiraba haya desaparecido. Me he creído irresistible y muy sabio, pero ella ha jugado conmigo todo este tiempo.

Se volvió hacia mí y se quedó mirándome, con los brazos cruzados y una carga importante de contrición en la mirada. Me levanté y me puse frente a él.

Ahora mismo, Guillaume, una parte de mí desea matarte, por ser un ingenuo, por ser un descerebrado, por tener el cerebro concentrado en una parte del cuerpo que no tiene que ver en absoluto con la cabeza… por ser una hombre típico y tópico, en fin. Pero he de reconocer que ella es una rival demasiado fuerte para nosotros. Yo misma he estado a punto de ser engañada por ella en varias ocasiones… Hoy mismo: ha sido tan terriblemente pesada en preguntarme por activa y por pasiva cuál era mi relación contigo, que pensé que seguía siendo la Blanca de siempre. Pero ahora pienso que lo hizo con demasiada insistencia, con demasiada desesperación, que estaba intentando encubrir algo mucho más grave, mucho más decisivo para nosotros. Y eso no quiere decir que la obsesión no permanezca, pero… Guillaume, ¿crees que ella pudo saber algo sobre el proyecto de invasión de Jerusalén?

El rostro de él se ensombreció aún más.

Un día… una noche… tuve un descuido. Bebí demasiado. Dejé las cartas de Bernard bastante a la vista. Ella intentaba siempre hacer que bebiera y comiera, decía que quería verme feliz… Después, cuando me di cuenta de lo que había pasado, no vi ninguna prueba de que ella hubiera leído mis papeles y traté de convencerme de que no lo había hecho, de que su odio hacia los templarios no era tan feroz. Y, en realidad, quizá no lo sea.

Entendí lo que quería decir.

Lo es en realidad, por varias razones. Pero esto es demasiado grande para ella. Alguien está empleando ese odio y, sobretodo, su desmesurada ambición, y seguramente Blanca no sea la única pieza que Felipe esté moviendo en este tablero. Esto tiene un ámbito demasiado global, Guillaume. Pero –comprendí que se estaba haciendo tarde– ahora yo necesito estar sola para pensar

Vas a reunirte con los tuyos, ¿no? –me interrumpió–. ¿Todo lo que has averiguado, toda la gran mentira que representa esta batalla, no ha hecho tambalear en lo más mínimo tu lealtad hacia Jerusalén?

Aplícate el cuento, entonces…

Sabes que tenemos razones fundadas para hacerlo. Y si no lo sabes deberías saberlo.

Recordé las palabras, dichas apenas unas horas antes, del tocayo leonés de Guillaume, las palabras que habían dado una definitiva forma a mis sospechas. Miré la posición del sol en la ventana: no me quedaba mucho tiempo para reunirme con el resto de los defensores de la ciudad y comenzar la incursión fuera de las murallas.

Hablaremos de esto. Hablaremos de esto, no sé cuándo, pero hablaremos. Ahora, te pido que te marches –le miré. Tal vez nunca volvería a verle vivo. Tal vez nunca volvería a verme viva. Tal vez uno de los dos acabara teniendo que matar al otro. Pero no podía demostrar que necesitaba decirle adiós. Me di rápidamente la vuelta, tragándome mis sentimientos. Debería estar acostumbrada a despedirme de mis amigos. Debería estar acostumbrada a perderlos. Debería. Le indiqué la puerta y me volví de espaldas. Oí que decía:

No, Eowyn. No puedo dejar que lo hagas.

Y, de pronto, todo se volvió negro.

(continúa…)

(viene de)

Aquello parecía las Ramblas de Barcelona del siglo XXI en un día festivo de verano. En todas direcciones, especímenes humanos del género femenino de todos los tipos posibles circulaban, sin prestar (afortunadamente) ninguna atención a una servidora; todo lo más, recibí alguna mirada despistada que luego fue a enfocarse en algún otro objeto más interesante, tras catalogarme como la última adquisición del harén del gobernador. Aquello rebajó un tanto mi nivel de nerviosismo pues, en un buen principio, el plan de Guillaume me había parecido absurdo. ¿Cómo iba a pasar desapercibida en un ambiente donde el cuerpo de la mujer es un instrumento para la estética y el placer y, por consiguiente, la totalidad de sus integrantes gozan de abundancia de atractivos físicos, en calidad y cantidad? El mío nunca ha sido nada parecido, ni pretendido serlo; mi cuerpo es un instrumento, sí, pero para la lucha, entrenado para matar o, al menos, para no que no me maten. Pero el que pasara tan desapercibida entre ellas demostraba que ninguna persona es tan fea en realidad si tiene de su lado a una considerable cantidad de afeites y a hábiles esteticistas; además, la ropa que llevaba puesta, con sus telas llenas de pliegues, volúmenes y caídas, daba prestancia, según el gusto medieval, a mis magras curvas, que seguramente en el siglo XXI serían calificadas como poco menos que síntoma de obesidad mórbida. O quizá es que realmente era casi imposible distinguirse entre aquella multitud de mujeres, entre las que, para gustos colores, alguna debería de haber cuyo aspecto no correspondiese al canon estético más mayoritario, como bien podría decirse, diplomáticamente, de mi pobre persona. A pesar de que el zalamero de Guillaume se esforzara siempre en asegurarme que yo no estaba nada mal.

Mientras me distraía con aquellos pensamientos, procuraba orientarme en aquel laberinto del lujo, siguiendo las indicaciones de Guillaume para encontrar los aposentos de Blanca y su dama: izquierda, derecha, otra vez derecha, de nuevo izquierda… A pesar de todo, no me sentía nada mi segura en aquella personalidad, inspirada en la de la hermosa juglaresa Asha de Tortosa, la creación de Omar y Ferran que Guillaume había tenido la oportunidad de conocer después de su regreso de la tumba: temía que, si alguien me ojeaba con suficiente atención, algo en mí proclamaría a los cuatro vientos: “Eh, soy una mercenaria cristiana de moral relajadilla y vengo aquí a exterminaros por pertenecer una raza de coeficiente intelectual inferior. Mejor matadme entre terribles sufrimientos antes de que sea demasiado tarde”.

-¿Se puede saber quién eres tú?

Mis peores miedos acababan de materializarse. Las palabras procedían de los gordezuelos labios de un enorme eunuco, surgido de detrás de unos cortinajes, que me había tomado completamente por sorpresa, obligándome a emitir un gritito que me quedó muy femenino y muy mono, tan metida estaba yo ya en mi papel. Aunque también se debía a que, desarmada como estaba, me iba a ser prácticamente imposible quitarme de encima a un tipo que medía de ancho casi lo mismo que yo de alta, sobre todo si llamaba a sus amigos de la guardia. Bajé la mirada, la mar de recatada y sumisa.

-Hace poco que estoy aquí -dije con una vocecilla de lo más dulce, en un árabe penoso con marcado acento de Huesca-. Me han dicho que tengo que servir a la señora cristiana.

-Estoy a cargo de todas las nuevas esclavas y no te visto nunca. Y nadie me ha avisado de tu presencia -comprendí que estaba hablando más para sí mismo que con deseos de informarme. Pero lo importante es que todo apuntaba a que el plan de Guillaume no había contemplado a aquel celoso responsable de las esclavas que mi proverbial mala suerte había hecho que se cruzara en mi camino, como si no hubiera trabajo que hacer ni lugares que recorrer en aquellos amplios aposentos.

-Desconozco lo que ha sucedido, señor…

-¿Acaso te he pedido tu opinión?

Callé. Al parecer, me las estaba viendo con el típico sirviente resentido que, tras haber sido ascendido a un puesto de algo de más responsabilidad de la que había tenido hasta el momento, se desquitaba con los suyos en lugar de rebelarse contra los de arriba. Un obrero de derechas, vamos. Él cogió mi barbilla entre los dedos de una mano gordinflona, y la alzó.

-Yo te conozco… -los rasgos diminutos, enclavados, muy próximos, en el centro de su cara de luna, se contrajeron en un intento de recordarme-. Sí, te he visto, y no aquí.

Conservé los ojos bajos.

-Puede ser, señor.

Mantuvo mi barbilla levantada, escudriñándome el rostro. ¿Dónde realmente creía que me había visto aquel individuo? Los de su clase no acostumbraban a salir mucho del palacio ni a frecuentar tabernas, al menos seguro que los mismas donde yo solía acudir. ¿O es que sencillamente desconfiaba de mis rasgos occidentales, visibles aunque disimulados por los afeites de mi maquillador personal? ¿Era de aquello a quienes todo lo cristiano les parecía perverso, al igual que a buen grupo de mis compatriotas les parecía repugnante todo lo musulmán? ¿O es que me había hecho famosa? Tras unos segundos en aquella actitud, me empujó hacia atrás, con desprecio.

-Anda, vete -dijo solamente.

Y entonces sucedió lo que de ninguna manera hubiera tenido que pasar. Guillaume, que me conoce bien, me había advertido que no me metiera en líos, que siguiera sus instrucciones de manera estricta, y que me abstuviera de ser creativa o impulsiva. Pero hay cosas que no se pueden evitar. O, mejor dicho, que yo no puedo evitar. Al empujarme, fui a parar contra una ornamentada columna, cuyas molduras se clavaron en algún punto sensible de mi espalda; el dolor que sentí fue tan intenso que una rabia sorda me acometió como un alud incontrolable, y antes de que pudiera impedírmelo a mí misma, ya había lanzado un gancho de izquierda a la mandíbula del eunuco, dejándole momentáneamente confuso; en mi justificación diré que se debe haber sido una mujer, y sufrir en múltiples ocasiones tratos parecidos a aquel, para saber lo que se siente; aunque he de decir que ninguno de los que así intentó comportarse conmigo sobrevivió demasiado, al menos con todas las partes de sus cuerpos intactas. Pero aquella mole oscura y cabreada ya se había recuperado y me mirada con el mismo tanto por ciento de estupefacción y odio.

-¡Maldita seas, bruja! -o algo así; no soy tan buena con los idiomas como a veces presumo, y a pesar de los largos meses transcurridos en Tierra Santa, el árabe aún se me resistía un poco (en realidad, un poco bastante). El eunuco acompañó sus palabras con un alarido, lanzándose hacia mí con la cabezota por delante, como si tuviera complejo de ariete y quisiera derribar la puerta de algún castillo que se resistiera a ser tomado. Pero era tan lento como grande, y sólo tuve que apartarme un poco para que su cocorota se estampara contra la misma columna que tanto daño me había hecho, dejándola, por otro lado, tan maltrecha como ella a él. El gobernador no me perdonaría jamás el destrozo que se estaba produciendo en sus elementos arquitectónicos por mi culpa, cosa que, como comprenderéis, me preocupaba muchísimo. Entonces, el tipo se volvió hacia mí, sangrando por una ceja y con fragmentos de yeso adornándole la cara y, tras lo que me parecieron varios sapos y culebras arrojados contra mí, creí entender entre sus palabras algo que me sonó como, en traducción para todos los públicos, “ahora sí que la has hecho buena, niñata”. La situación tomaba progresivamente un cariz menos alentador; de hecho, me parecía casi imposible que alguien no hubiera oído ya el estrépito y sólo pude atribuirlo a las dimensiones de aquellas estancias, pero aquello, desde luego, no duraría. El individuo me lanzó, en aquel momento, un puño hacia la cara, que pude esquivar con facilidad, y luego otro, que me costó más sortear y que me rozó la mejilla: la ira le concedía una rapidez y una precisión que antes no le había visto. El pasillo por el que me estaba haciendo retroceder terminaba en una pared, y cuando intentaba tomar la bifurcación que me llevaría hasta el siguiente tramo, caminando de espaldas y solamente con subrepticias miradas hacia lo que había a mi espalda, calculé mal y choqué con la aguda esquina, lo que mi atacante aprovechó para golpear mi estómago con su puño e intentar sujetar mis manos detrás de mi espalda. En aquel caso concreto, no iba a servirme el socorrido truco de levantar la rodilla y clavarla en su huevada, así que opté por pegarle un cabezazo en las narices. Eso, un puñetazo en la mandíbula y una patada en el costado le llevó a dormir el sueño de los justos, aunque no lo fuera en absoluto.

Miré a mi alrededor y escuché con atención: no se oía nada, de momento, lo que significaba que aún tenía una oportunidad de salir de allí, con Blanca y sin más obstáculos. Rápidamente, busqué algún sitio donde pudiera esconder al eunuco para ganar tiempo, y di las gracias que pude reencontrar, en mitad del corredor, aquellos cortinajes de los que había surgido, que daban paso a una pequeña habitación sin ventanas cuya función no me quedaba muy clara. ¿Espiar a las mujeres, tal vez? Sin querer perder más el tiempo discerniendo sobre aquel asunto, arrastré hacia allí el cuerpo inanimado de aquella simbiosis entre ser humano e hipopótamo, lo que me costó las energías acumuladas para toda una semana, rogando que no se despertara ni fuera descubierto antes de tiempo. Una vez hecho esto, ordené mi ropa y seguí el camino, intentando recordar el mapa mental que me había hecho, y que tras la reciente experiencia había empezado a desdibujarse, haciéndome cruces de que nadie hubiera sorprendido mi amistoso intercambio de opiniones con el eunuco: aquella buena fortuna, tan extraordinaria en mi vida, no podía durar mucho, seguro. Por fin, vi la puerta a la que correspondía la estancia que daba cobijo a la intrigante mujer a la que había venido a rescatar, y allí me dirigí a toda prisa, pensando que ni en mis peores pesadillas podía haber imaginado que, algún día, consideraría la habitación de Blanca como un refugio. Empujé la puerta y entré, para encontrarme con la embajadora no oficial de la Corte de Aragón dando paseos leoninos por toda la extensión de la sala, mientras otra mujer, muy joven y desconocida para mí, parecía concentrada en una labor de aguja, sentada en un escabel junto a la gran cama. Yo me planté ante ellas, no sin antes cerrar la puerta tras de mí, y les dije:

-¡Sorpresa!

Blanca estaba completamente patidifusa. Vaya, por fin había logrado arrancarla de su zona de confort, como suele decirse. Tal vez aquella aventura iba a tener sus compensaciones.

-¿Quién demonios eres tú? -me espetó al fin, siempre tan amable, mientras su dama de honor levantaba los ojos hacia mí, con escaso interés.

-Vuestra salvadora, señora. Por cierto, no tenemos tiempo que perder. Como se suele decir, si queréis vivir, acompañadme… ¿de qué me suena eso? Bueno, es igual. Arreando, que es gerundio.

-Pero… ¿se puede saber…? -se acercó a mí y me miró fijamente. Tardó apenas un segundo en reconocerme, y entonces el desconcierto la apabulló-: ¡Tú! -exclamó, casi gritando-. ¿Qué se supone que estás haciendo aquí? Y… ¡por la santa Virgen! ¿Cómo se te ha ocurrido ataviarte de esa guisa? -la nueva dama se levantó, con aspecto de sentir algo más de curiosidad que antes, y se aproximó a nosotros, aunque sin prisas.

-Ya os lo he dicho: todo esto es para sacaros de aquí. Seguidme sin hacer preguntas y os aseguro que en menos de lo que tarda un monje en beberse diez jarras de vino ya estaréis a salvo. Venga ya, que estoy comenzando a impacientarme.

Ella puso los brazos en jarras.

-No sé cómo has entrado aquí ni por qué se te ha ocurrido hacerlo, pero puedo asegurarte que antes caería en las manos de un horda de musulmanes que no hubieran visto a una mujer en años que en las tuyas.

Dios mío. Y yo que algunas veces hasta había pensado que era inteligente. Me armé de una paciencia que estaba lejos de sentir.

-Pues he entrado por el mismo lugar que vos vais a salir. Y la razón por la que se me ha ocurrido hacerlo es porque me lo ha pedido vuestro querido Guillaume, a quien vuestra seguridad le preocupa realmente. Y yo era la única persona a quien podía recurrir.

Como me imaginaba, no era muy difícil convencerla si invocabas el nombre de su obsesión. Tras mirarme unos momentos con chulería, pareció ablandarse.

-Está bien -gruñó, a pesar de todo -. Debo recoger algunas cosas…

-Nada de equipaje –le solté-. Os iréis con lo puesto. En el lugar al que vamos -mentí descaradamente- ya se os proveerá de todo lo necesario -abrí la puerta-. Seguidme en silencio y, por favor, que no parezca que estáis huyendo. Intentad aparentar naturalidad. Señora Blanca, sé que sois muy ducha en fingir lo que se os antoje, así que no creo que os sea complicado. Adelante.

Podía oír su indignado murmullo a mis espaldas, cosa que en absoluto iba a quitarme el sueño. Con más ojos que un monstruo mitológico, abrí la marcha, tratando de controlar mi nerviosismo. Y es que no era lo mismo correr aquella aventura sola que hacerlo con aquella pareja de cortesanas pánfilas; de Blanca, con su personalidad, además de casi psicopática, emocionalmente impredecible, no me fiaba ni un pelo, y la joven damita, aunque tenía un aspecto ingenuo y bondadoso (lo que nunca había visto en ninguna de las acompañantes de Blanca hasta el momento, tenía que reconocerlo), parecía, tras mis últimas palabras, asustada como un ratoncito.

-Veo que tenéis dama nueva -dije, para intentar serenar los ánimos, o tal vez no-. ¿Qué fue de la anterior?

-Se casó -dijo Blanca, a regañadientes.

-Vaya por Dios. La verdad es que os duran bien poco, a pesar de lo amable jefa que sois. Deseo verdaderamente que sea feliz. Dado lo encantador de su carácter, jamás hubiera podido imaginar que encontraría a algún incauto dispuesto a caer en sus redes. Aunque también habría que ver cómo es el interfecto en cuestión. Vale, señoras, ya estamos llegando. Unos pasitos más y estaremos a salvo. Seguid así que vais muy bien.

Un alarido infrahumano resonó, en aquel momento, a nuestras espaldas, detrás de la esquina que acabábamos de doblar. Me pareció reconocer la vocecilla desafinada de mi reciente contrincante, que al parecer se había despertado inoportunamente de su siesta. Algo que me pareció un estrepitoso entrechocar de hierros lo coreó, como un eco lejano. Me volví hacia las dos mujeres, a las que el terror había despojado de la capacidad del habla; aquel hecho me habría alegrado, en lo referente a Blanca, en cualquier otra circunstancia.

-Corred -las insté-. Corred como si os fuera la vida en ello. De hecho, os va. Venga, ¡volad!

Las tres nos precipitamos pasillo arriba con prisa indecorosa, remangándonos nuestra incómodas faldas. Menos mal que carecíamos de público que pudiera contemplarnos, porque no hubiera sido nada divertido unir al peligro en el que estábamos la burla general, dadas nuestras ridículas pintas. Los gritos de guerra que nos perseguían se iban haciendo más cercanos. Unos codos más allá se hallaba la puerta que daba al cuarto de los trastos y al túnel lleno de cascotes que ahora me parecía el lugar más paradisíaco del mundo, pero no creía que fuéramos a llegar a tiempo. Me detuve un momento.

-Adelantadme -les ordené-. Abrid esa puerta, al final del pasillo. En línea recta, encontraréis un agujero. Meteos por él y esperadme. Y no se os ocurra quejaros del polvo y los escombros. Vamos.

Ellas, temblorosas, me obedecieron, y yo me quedé atrás. Seguí corriendo, derribando a mi paso todo lo que encontré: estatuas, jarrones que se lucían en diferentes hornacinas, colgaduras de pesado terciopelo, todo marcó el camino de mi huida; esperaba que el gobernador no le pasara la cuenta de daños y perjuicios a mi amadísimo monarca Jaume, porque ni toda la inmortalidad posible me iba a dar para pagar aquel dispendio. Iban a alcanzarme, y yo tenía que evitarlo por todos los medios: no sólo porque no saldría viva, o al menos libre, de un enfrentamiento, dado el número de enemigos a los que me enfrentaba, sino porque no podía permitir que el secreto del túnel templario quedara al descubierto, y tampoco abandonar su suerte a Blanca y a la doncella en un túnel lóbrego y desconocido, aunque solo fuera porque le había prometido a Guillaume que las rescataría. Pero los tenía pisando las ricas telas que arrastraba tras de mí. Sus alientos removían mi cabellos sueltos y adornados con hilos de oro bajo los velos. Estaban ahí.

Los sentí totalmente presentes y tuve que girarme: mis perseguidores acababan de hacerse visibles, apareciendo por el recodo del corredor que tenia tras de mí y encabezados por el indignado y chillón eunuco; decidí que era mejor no contarlos para no deprimirme. ¿Cómo había podido conseguir en tan limitado lapso de tiempo avisar a tantos hombres armados? Evidentemente, las medidas de seguridad en aquel serrallo eran más férreas de lo que se podía deducir a simple vista. Desesperada, me detuve en seco: no quedaban más que un par de pasos para llegar a la puerta del trastero, y a mi libertad, pero aquella libertad me estaba vedada porque el plan que tenía yo para los túneles no contemplaba hacerlos públicos en aquel momento. Ellos se acercaban a mí, rugiendo e intentando apartar obstáculos, entre maldiciones y juramentos, mientras yo retrocedía sólo un poco, temiendo que si me alejaba de la puerta ya no sabría encontrarla y me encontraría perdida en aquel entorno hostil Y sin embargo… y sin embargo tuve la tentación, durante un largo instante, aunque todo aquello se desarrolló en realidad en muy escasos segundos, de abrir la puerta y marcharme y confiar en despistarlos en el túnel, pero… algo, en el último momento me lo impidió: probablemente mi escasa inteligencia, mi tendencia a fastidiarla en el último momento, o mejor, a fastidiarme a mí misma. Tenía sólo un segundo para decidir lo que debía hacer. Sólo uno. Y no podía escaparme de ellos sin desaparecer.

Desaparecer.

Un nube de locura pasó por mi mente. Desaparecer, sí. De pronto, recordé el apelativo que me había dirigido mi amigo el responsable de las esclavas y, súbitamente, con gestos ampulosos, extraje del interior de mis ropajes una redoma con algunos de los polvos que Guillaume había empleado para oscurecer mi pálida vez casi cantábrica (y que me había dado por si necesitaba hacerme un retoque en el maquillaje), diciendo, en mi malhadado árabe.

-¡Soy una bruja cristiana -destapé el envase- y ahora voy a desaparecer! -continué en aragonés-. Abracadabra pata de cabra, y ¡hasta luego, amigos! -vacié la botellita en el aire como si estuviera tirando confeti, y soplé sobre el contenido creando una nube que me ocultó. Cuando el polvo se hubo disuelto en el aire, sólo quedó un pasillo vacío y una puerta cerrada por donde yo, de ninguna manera, podía haber salido. En el interior, después de cerrar y atrancar la puerta, me guardé la llave que me había dado Guillaume, y que los habitantes de la Torre de David llevaban buscando meses sin éxito, encendí la antorcha y me apresuré a salir por la abertura para reunirme con mis rescatadas, que me esperaban en la más absoluta oscuridad, temblando de terror. En realidad, la gran señora Blanca directamente lloraba a moco tendido creyendo que en breve sería ensartada por las afiladas armas de los guardias, tanto en un sentido real como figurado.

Sí. Decididamente, aquella misión había tenido sus compensaciones.

(continúa).

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(viene de)

Pues allí me quedé, incapaz de reaccionar tras la sorpresa, mientras que Guillaume (para el cual, evidentemente, aquel encuentro no había tenido nada de sorpresivo pues, como todas las acciones de mi controvertido compañero de fatigas bretón, estaba más que previsto y estudiado) se complacía en mirarme con una expresión socarrona, aunque, también, me pareció bastante exultante. Estaba yo imaginándome de dónde vendría la alegría que transpiraba la mirada del visitador templario, cuando Christophe, con mucho tino, rompió el encanto.

-Esto… a ver, aborrezco tener que interrumpir un momento tan emotivo, pero no sé si recuerdas, Eowyn, que media Jerusalén no está persiguiendo; eso sin mencionar que estás a punto de desangrarte.

Miré mi herido como si me hubiera enterado en aquel momento que la tenía. No sentía dolor en absoluto, y casi ni me había molestado al caminar, pero la sangre me corría con profusión rodilla abajo, y eso no era demasiado aconsejable.

-Tienes razón –acordé-. Bueno, estas llaves tienen que estar en algún parte –seguí hurgando en la bolsa que tenía prendida en el cinturón. Guillaume, por su parte, negó repetidamente con la cabeza con expresión de resignación, como dándome por imposible, y se dirigió con grandes zancadas hasta la puerta de la casa donde yo vivía, para aporrearla con determinación. Yo le increpé.

-Pero… ¡serás bruto! ¿Quieres despertar a toda la casa?

-Van a tener que despertarse igual. Alguien va a tener que ayudarnos a curarte la herida –respondió, encogiéndose de hombros mientras continuaba golpeando la puerta como si le hubiera hecho algo personal. Christophe, que se había asomado al callejón para ver si venía alguien, dio la vuelta.

-Bueno, hay que reconocer que tu amigo podrá ser inoportuno, pero al menos también es resolutivo… Espera, ya abren.

La señora de la casa, acompañada de Fátima, la criadita que se había hecho amiga mía, aparecieron por el resquicio que quedó cuando entreabrieron con cautela la puerta. El rictus, sorprendido y temeroso, que el estruendoso golpeteo había impreso en sus rostros, se multiplicó por mil cuando me vieron chorrear sangre como un cerdo el día de la matanza, y de inmediata profirieron en ayes de terror y preocupación, que se trocaron de inmediato, demostrando gran sentido práctico y (demasiada, por desgracia) experiencia en situaciones como aquella, en órdenes hacia Christophe y Guillaume para que me llevaran a mi habitación. Ellos no dudaron en cumplirlas (como cualquier hombre, estaban encantados de que se les presentara una ocasión de demostrar los fuertes y machotes que eran, o que se creían), a pesar de mi protestas de que era perfectamente capaz de llegar sola, pero al final opté por guardar mis fuerzas para los desafíos que se avecinaban y les dejé que me transportaran, aunque no dejé de murmurar juramentos un solo momento. Me depositaron sobre mi cama, y mi casera desgarró mis ropajes para dejar la herida al aire. Afortunadamente, no era más que un rasguño poco profundo, y Fátima fue a buscar agua en abundancia y aguja e hilo de coser, mientras Guillaume, que se creía especialista en todas las materias, importunaba a las improvisadas médicas con consejos sobre curación de lesiones de guerra. He de decir que la cura no me dolió tanto como esperaba, o quizá, tras el primer sorbo de vino que, muy solícito, Christophe fue a buscar a la cocina, el cansancio y las emociones me tumbaron en un sueño profundo y reparador.

Un rayo de luz atravesó el ventanuco que daba al callejón posterior de la casa, y se unió con otro que venía del patio interior de la casa, con el cual se comunicaba mi habitación. El destello resultante me hizo abrir los ojos y revivir, lentamente, el día anterior, mientras me hacía consciente de mí misma en aquel momento y lugar. Cuando tuve mis órganos visuales plenamente operativos, advertí con sorpresa, en un camastro situado en diagonal respecto a mi cama, a Guillaume recostado con los brazos doblados bajo su cabeza a modo de almohada y las piernas cruzadas, aparentando la mayor tranquilidad del mundo. Yo me incorporé con rapidez.

-Pero ¿qué haces tú aquí? No creo haber estado tan mal como para necesitar que velaran mi sueño. ¿Acaso no tienes casa?

De un salto, el bretón descruzó las largas piernas y se puso de pie.

-Vamos, no te sulfures. Mis aposentos están en la otra punta de la ciudad y, francamente, después de haber acompañado a tu compañero a su casa para asegurarme de que no recibía más ataques estando solo (y también para tomar una jarra de vino en una taberna abierta que encontramos por el camino), me sentía demasiado agotado para volver. Así que tu casera fue tan amable para dejarme dormir aquí. Es una mujer muy gentil.

-Desde luego –acordé yo-. Lástima que su hija no se le parezca -y, ante su expresión interrogativa-: no me hagas caso, son cosas mías. Pero dime –pregunté, mientras acabada de levantarme, comprobando que podía apoyar la pierna perfectamente en el suelo sin sentir más que una leve molestia-: ¿qué demonios te trae por la ciudad de las banderas? ¿Tal vez vigilarme por orden del ínclito Bernard? ¿O es que de Visitador Mayor has pasado a ser el mayor y el más vil de los espías? –mi tono y la acritud de mis palabras fue ganando en intensidad a medida que hablaba.

-Eh, eh, detente ahí –estiró los brazos con las palmas levantadas hacia mí, que parecía, y no precisamente con intenciones cariñosas-. Tengo una explicación que me exculpa y me gustaría ofrecértela. Y, de paso, pedirte un pequeño favor.

Yo arrugué la nariz.

-No sé si estás en posición de pedir nada…

-Vamos, mujer, déjame hablar –miró por la ventana-. Es temprano aún para que te incorpores a tu puesto de trabajo, ¿no? –no fue para mí una sorpresa que antes de venir a verme se hubiera informado de todas mis andanzas por la ciudad -. ¿Qué tal se come por aquí? –se llevó una mano al estómago-. No he roto aún el ayuno nocturno, y las tripas ya me está rugiendo.

La curiosidad me estaba matando, pero no quise demostrárselo. Así que puse los brazos en jarras, fingí reflexionar un buen rato y, al fin, le dije:

-Está bien. Te llevaré a un sitio para que podamos hablar. Y ahora, haz el favor de salir de aquí para que pueda hacer mis abluciones matinales con un poco de intimidad. Venga, que ya estás tardando.


La taberna adonde le llevé estaba bastante alejada del circuito habitual de mis compañeros de la guardia (los buenos y los malos, por decirlo de una manera rápida). Yo solía venir cuando me apetecía estar sola para reflexionar sobre los dilemas de la existencia, humana, como por qué me veía obligada a odiar a mis antiguos amigos y a servir a quienes deberían de ser mi enemigos (si es que algo así se podía tener claro en los tiempos en los que estábamos viviendo), o por qué se había impuesto en la Corte la moda de los peinados con flequillo rizado en los hombres. Era pequeña, de paredes desconchadas con retazos de revoco desgastado, y no tan pestilente como lo eran muchos de los establecimientos de su clase. Tomé asiento ante una de sus tres o cuatro mesas, y le indiqué con un gesto de la mano a una joven tabernera que nos sirviera lo de siempre. Guillaume se sentó frente a mí, y se dedicó a mirarme con una expresión indescifrable hasta que sendos platos de guiso de cordero y una jarra de vino cayeron ante nosotros.

-Las raciones son enormes, pero ya verás, este plato aquí está delicioso, y auguro que hoy no será un día fácil para ninguno de los dos. Nunca lo es cuando tú apareces –yo procedí a escanciar el vino en los dos vasos que fueron depositados prontamente sobre la desvaída madera, y a dar buena cuenta de la pitanza, mientras él me miraba sonriente.

-La misma Eowyn de siempre. Nada hay que te quite el hambre y la sed, aunque no haya manera de que tus mofletes se vuelvan rollizos y colorados… –fruncí el ceño; la falta de carne sobre mis huesos y mi escasa adecuación al modelo medieval de belleza siempre era un tema tabú; él se apresuró a añadir-… aunque ya estás muy bien como estás, claro… Y, por cierto, ¿cómo te va en la que tú llamas la ciudad de las banderas?

Arrugué el entrecejo.

-Supongo que, conociéndote, te has informado a conciencia de mi vida aquí. Pero, por si te faltan detalles… en fin, esto es una locura. Y en gran parte es culpa vuestra. La gente se está fanatizando. Lo peor no son las tensiones que hay entre las diferentes religiones y procedencias; lo peor es que dentro de cada uno de los bandos hay un afán inquisitorial de hacer limpieza de aquellos a quienes se supone una tibia defensa de la bandera común. Pasan más tiempo buscando traidores entre sus propias filas que peleando con el enemigo. Hay extrañas alianzas, además… Bueno, supongo que Christophe ya te habrá contado algo…

Él había dejado de sonreír, y su expresión se veía ahora grave. En realidad, pensé, desde que me había encontrado con él, había notado que su actitud era extraña: menos despreocupada de lo habitual y, por momentos, demasiado alegre; me pregunté qué estaría tramando. Él asintió y se inclinó hacia mí sobre la mesa.

-Y también me dijo lo que te pasó.

Parecía preocupado.

-Oh, a mí no me pasó nada. Deberías mejor compadecerles a ellos…

-Pero debiste pasar un mal rato.

-No fue agradable, he de reconocerlo. Sin embargo, ya está. Les salió mal la jugada. No sabían con quién se estaban enfrentando.

-Cuando pienso que nada de esto hubiera pasado si yo… si nosotros…

Le di un golpe amistoso en el hombro.

-Aunque me pese, tengo que reconocer que tú no tienes ninguna culpa de que yo esté aquí. Lo dejaste bien claro en tu carta, y Gonzalo así me lo aseguró al final; aparte de que lo que me ocurrió son gajes de mi oficio (y de mi género), ambos lo sabemos, e igual podía haberme ocurrido en esta ciudad que en cualquier otro lugar. Lo único que me preocupa es que pensaba que tú estabas por encima de esta obsesión de tu orden por las cruzadas. Pero el hecho de que hayas venido me hace dudar bastante al respecto. Y, hablando de eso, ahora te toca a ti. Quiero saber qué demonios haces en Jerusalén. Vamos, desembucha.

Él hizo una larga respiración y expulsó lentamente el aire.

-Todo esto, Eowyn, es bastante más complicado de lo que parece. Tengo muchas cosas que decirte, y te las diré en breve, puedes estar segura. Pero, de momento, lo que necesitas saber es: en primer lugar, la razón de que me halle aquí no tiene nada que ver con Bernard, sino con Blanca y mis funciones de ser su caballero protector en la Corte –ante mi estupefacción, prosiguió-. Sí, fue ella quien le pidió al rey que un monje guerrero como yo sería ideal para que se sintiera totalmente segura y protegida en sus labores de embajadora del reino de Aragón, y en calidad de ello estoy aquí. Y, en segundo lugar, el favor que quería pedirte es que… Blanca y su dama de compañía están prisioneras dentro de la torre del gobernador. Y sólo tú puedes sacarlas de allí.

Al oír aquello, el vino me pasó por el otro conducto y estuve a punto de asfixiarme. Incluso Guillaume tuvo que darme unos golpecitos en la espalda. Cuando me recuperé, le dije, muy lentamente:

-A ver, corrígeme si me equivoco. Me estás diciendo que tengo que rescatar a una persona que la única deferencia que tendría conmigo es no matarme demasiado lentamente, para que tú y tu orden podáis seguir fingiendo que las relaciones con el rey Jaume son inmejorables, ¿no? Pues, lo siento, amigo mío, pero vas a tener que llamar a otra puerta. Lo que voy a hacer es presentarme ante el gobernador y ofrecerle mis servicios para darle a tu amiguita la paliza del siglo. Y no intentes impedírmelo


Después de hacer llegar un mensaje a mis queridos jefes, informándoles de que la herida recibida la noche anterior me tenía temporalmente fuera de combate, y sin dejar de gruñir y jurar por lo bajo, me dispuse a seguir a Guillaume, que parecía decidido a recorrer las callejuelas más intrincadas de la ciudad (a pesar de que, como supe más tarde, nuestro destino final estaba bastante cercano a la taberna). No tenía ni idea de que por qué me había dejado convencer nuevamente por él y, por si fuera poco, me sentía más impaciente a cada instante, sabiendo que en pocas horas me esperaban para participar en la incursión contra el campamento sitiador: a todo eso había que añadir que no podía dejar que mi acompañante sospechara ni por un momento que yo tenía algo que hacer aquella noche que fuera más emocionante que una patrulla de rutina o, en todo caso, una cita tórrida.

-Ya estamos cerca -me dijo, en mitad del recorrido, volviéndose hacia atrás para mirarme. Yo asentí, instándole con un gesto a que se diera prisa, aunque sin demostrar demasiada preocupación. Sabía que él se estaría preguntando a qué venía aquel silencio tan inusual en mí, y esperaba que lo atribuyera a mi enfado por haberme presionado a participar en aquella misión. Pero, de pronto, había surgido algo que me preocupaba aún más que el encarguito de Guillaume y los acontecimientos de aquella noche, y era que estaba comenzando a ver un patrón en los acontecimientos que había vivido en los últimos meses, y tenía la sensación que las piezas de un rompecabezas, disperso y desordenado en una habitación llena de trastos viejos, estaban comenzando a atraerse entre ellas, a buscarse, deseando encajar y formar una nueva historia. Una historia que tal vez podría explicar aclarar muchos misterios. Decidí recapitular en voz alta.

-O sea, que nuestro amado monarca, como siempre, está jugando a dos bandas. Con una mano promete a los templarios ayudas para sus cruzadas, ayudas que por el otro lado nunca llegan, y por otro lado envía a su embajadora a negociar alianzas con el sultán de Egipto… que, por otra parte, después de hacerse esperar durante meses, hace una visita relámpago a Jerusalén y se marcha, casualmente justo antes de que sitien la ciudad, dejando a su gobernador, un emir de poco pelo, para que lidie tanto con Blanca como con vosotros. Jaume no es consciente de que le falta altura política y capacidad negociadora para vérselas con los gobernantes mamelucos. Estarán todo lo desunidos y enfrascados en disensiones internas (como el trifachito español de 2019) que quieras, pero en cuanto se trata de hacer frente a los infieles, es decir, a nosotros, entre ellos no hay una maldita fisura. Y claro, tú debes defender a Blanca, a riesgo de empeorar aún más la situación de los templarios en Aragón. Pero explícame otra vez qué alega el gobernador para retenerla. Y cómo ha llegado a tener tantas responsabilidades.

Entramos en la enésima callejuela tortuosa. Yo estaba comenzando a sentir los efectos de la caminata, después de locura que habían significado los últimos días, pero al menos la conversación me distraía.

-Sabes que el rey, desde su último matrimonio, se encuentra demasiado agotado para buscar distracciones extraconyugales: su mujer, la otra Blanca, es joven y fogosa. Así que, ante la férrea negativa de nuestra amiga de casarse con algún personaje de la Corte (cualquiera obliga a esa mujer a hace algo contra su voluntad), cada vez le encarga más tareas de representante del reino, para mantenerle ocupada sin tener que echarla definitivamente de la Corte.

La mitad de mi cerebro escuchaba con toda la atención que podía las explicaciones de Guillaume. La otra, aunque bien comunicada con ésta, como un feto que extraía nutrientes del cordón umbilical a medida que se iba formando, pergeñaba algo parecido a una idea, aún difusa, informe tal vez.

-En cuanto al gobernador -continuó el  bretón-, él alega que sólo quiere protegerla. Obviamente, lo que en realidad desea es asegurarse una rehén si el sitio sigue y los nuestros logran entrar, para entregarla a cambio de su vida. O sea, que ella no corre peligro, pero no podemos esperar a que el tiempo resuelva las cosas o pagaremos las consecuencias, si el rey se entera, que se enterará. Pero ya hemos llegado.

Me indicó con un gesto la casa que teníamos frente a nosotros, una típica construcción jerosolimitana, y se aproximó a la puerta tras mirar a derecha e izquierda con discreción. A continuación, sacó una pesada llave de su bolsa.

-Nunca dejaréis de sorprenderme, tú y los tuyos -suspiré yo, resignada, al entrar. Si Ian Fleming hubiera conocido personalmente a la Orden del Temple, no hubiera necesitado más inspiración para escribir todas las entregas de su más famoso personaje; ni él, ni todos los guionistas de las películas posteriores. Me encontré con una estancia casi vacía, a excepción de unos cuantos muebles, toscos y muy básicos. A la derecha de la entrada, una escalera excavada en el suelo y recubierta de la misma piedra de la construcción bajaba a un sótano, y nada más verla ya me imaginé cuál iba a ser nuestro destino final. Efectivamente, Guillaume encendió una palmatoria colocada convenientemente en un nicho excavado en la piedra, justo sobre la escalera, junto a los útiles de prender, y comenzó a descender; yo fui detrás de él, temiendo lo peor. Para mi desgracia, no me equivoqué.

-Aquí está -señaló una estrecha grieta en la pared en un diminuto y sofocante habitáculo. Cuando se acercó a ella y la iluminó con la palmatoria, vi un pasillo angosto y tortuoso, lleno de escombros, y con paredes que parecían próximas a derrumbarse con poco más de un soplido-. Éste es el pasadizo. Cuando Saladino atacó Jerusalén, sus zapadores hicieron un muy buen trabajo con las murallas de la ciudadela, y la estructura de los túneles se vio afectada. Pero -se apresuró a añadir tras mi constatar mi mirada de alarma- llevan un siglo sin sufrir ningún cambio, por lo que puedo jurar que, hoy por hoy, son totalmente seguros. Además, yo mismo me encargué de supervisar que este ramal lo fuera, entrando desde la torre del gobernador… -yo seguía mirándole con expresión aviesa y labios fruncidos-. Eowyn, sabes que nunca te enviaría a una misión suicida. A la salida del túnel, encontrarás gente que os ayudará. Créeme, por favor.

Resoplé.

-Esto es absurdo. ¿Por qué no te has encargado tú mismo de conducirlas afuera desde allí, entonces? ¿Por qué no pudiste prever el peligro antes de que el gobernador te expulsara del palacio con toda vuestra guardia que, por si fuera poco, no tardaron en huir como conejos? ¿Por qué tienes que meterme a mí en tus líos? Por todos los demonios del infierno y de la Tierra, no entiendo qué estoy haciendo aquí. No entiendo por qué aún creo que te debo algo… Desde luego, por los tuyos no movería una mano, puedes estar seguro. Oh, este buen corazón me perderá…

-No intentes engañarme -me interrumpió- ni engañarte a ti misma. No lo haces por mí. Lo haces porque sabes que es lo correcto y lo más inteligente. Y ahora, date prisa. Toma -encendió una de las antorchas que se alineaban en el suelo de tierra apisonada del sótano-. Recuerda que, una vez, que salgas del palacio, el camino de salida estará siempre a la derecha. Ten mucho cuidado y nos encontramos en al taberna, al mediodía. Rezaré por ti. Con todas mis fuerzas. Hasta pronto, querida amiga.


Refunfuñando cada vez más ostensiblemente, entré en el poco seguro pasadizo (así me lo parecía, a pesar de la seguridad de Guillaume en lo contrario) con la antorcha por delante, comprimiéndome contra las paredes de la grieta, que apenas dejaba lugar para algo más que mi cuerpo de perfil.

-Sólo tú puedes rescatarlas, sólo tú puedes rescatarlas… -remedé a mi incómodo amigo-… ¡Maldita sea! ¡Si lo llego a saber…!

Seguí rezongando, aprovechándome de que en ese recóndito lugar no podía oírme nadie, hasta que logré conjurar mi mal humor. Afortunadamente, el túnel no era tan estrecho ni de techos tan bajos como había temido en un principio. No me gustan nada los espacios agobiantes, nada. Tal vez se deba a las veces que había dado con mis huesos en lugares que cumplían la función de mazmorras, gracias al inquebrantable tesón de mi antiguo enemigo (ahora, afortunadamente, ya muerto) para vengarse de una ofensa que solamente estaba en su imaginación, aunque había veces que aún me preguntaba si había averiguado todo lo averiguable sobre ese lance que había ocupado más de 10 años de mi vida, desde prácticamente mi adolescencia. Pero ahora tenía temas más acuciantes de los que preocuparme, mientras recorría aquel tramo de la red de túneles que, según me había explicado Guillaume, horadaban todo Jerusalén desde los tiempos de las primeras cruzadas, cuando los templarios tenían su sede en el antiguo templo de la ciudad, y de los que aún se conservaban planos, aunque la entrada de la mayoría de ellos era inaccesible, al menos de una manera inmediata, por estar situada en casas particulares atiborradas de habitantes o, sencillamente, por la simple e ineludible acción del tiempo.

Por fin, apartando muebles viejos, tapices mohosos y otros objetos cuya utilidad no me molesté en intentar averiguar, salí por un hueco algo más amplio que aquél por el que había entrado. El polvo acumulado en aquella especie de cuarto trastero, donde se arracimaban objetos en desuso, me hizo toser, aunque un leve aroma a maderas exóticas me hizo sentir nostalgia de escenas que nunca había vivido, pero que podría haber podido vivir. Había dejado la antorcha bien apagada bajo unas pesadas telas bordadas, descuidadamente acumuladas en una cesta cercana a la entrada, que pensé que podría localizar fácilmente por el sentido del tacto. Tal como me había explicado Guillaume, la puerta estaba justo frente a mí, un poco hacia la izquierda, y hacia allí me dirigí, a tientas y midiendo mis pasos, no sin haber golpeado accidentalmente una especie de estantería, provocando que un objeto pesado cayera sobre mi pie derecho, lo que me hizo acordarme de la madre que parió a Jesucristo, a Mahoma, y al resto de los dioses y profetas del mundo, y de cagarme en todos sus jodidos símbolos y banderas. Pero sin más accidentes, llegué hacia el umbral y empujé levemente la hoja, sintiendo alivio al ver que Guillaume no me había mentido y estaba abierta.

Entonces, me desembaracé de la capa con capucha que llevaba, y di comienzo a la que consideraba la peor parte de aquella aventura; peor incluso que haber tenido que arrastrarme en la oscuridad por un agobiante pasadizo de precarias estructuras. Una hermosa odalisca (o al menos, lo que más podía parecérsele en mis circunstancias y gracias a las telas, velos, brillantes  y afeites que me había proporcionado, y aplicado, Guillaume, contento como unas pascuas como siempre que ponía en práctica su habilidad con los disfraces, aunque en este caso también podría haberla utilizado en sí mismo) caminaba por los pasillos del harén del palacio del gobernador, en la Torre de David, entre colgaduras de seda, muebles de delicada factura, floreados patios de fuentes cantarinas, y otras mujeres vestidas, asimismo, con insinuantes y coloridas sedas y tules. Naturalmente, esa era la razón porque Guillaume hubiera recorrido a mí para esa tarea: no porque fuera la mejor en mi trabajo, ni mucho menos, sino porque la labor en sí debía desempeñarse en un lugar donde no podía acceder ningún hombre. Y se daba la circunstancia de que yo no era ningún hombre.

Pero había algo que me consolaba: que pronto estaría en presencia de Blanca. Y que podría hacerla hablar, aunque más bien lo que me inspiraba su presencia era estrangularla y luego pisotearla como si fuera una sucia rata que pululara por las letrinas. Porque había llegado a la conclusión de que su presencia en Jerusalén, justo en aquel momento y lugar, era muy oportuna. Demasiado oportuna.

Aunque aún desconocía lo que me iba a encontrar antes de poder averiguar todo lo que necesitaba saber sobre aquel enigma.

(continuará).

(viene de)

Dí­as ajetreados en la ciudad de las banderas, en la ciudad de las cruces, de las medias lunas. Sí­mbolos y colores absurdos en mitad de la desconfianza y la miseria, y un eco lejano, amenazador de cascos de caballos. Ojalá los trabajos del dí­a fueran la puerta del descanso nocturno. Pero la noche está llena de fantasmas y, aunque hace tiempo que sé que no hay monstruos dentro de los baúles, estos se siguen abriendo, y ellos apareciendo. Estoy cansada. Muy cansada. En ocasiones, es un cansancio reconfortante. Cuando conseguimos, por enésima vez, evitar que armenios, turcos y latinos se enzarcen en una escaramuza a golpes o a cuchilladas, muchas veces a muerte. La excusa, muchas veces, es tan estúpida que ni siquiera existe. Sencillamente, se miran y se lanzan unos sobre los otros, sin que en algún momento se paren a pensar que es más lo que les une que lo que les separa, que si alguien no les hubiera contado que eran enemigos ni siquiera se habrí­an dado cuenta.

-Si realmente hay una amenaza allí­ afuera -les discurseo, cabreada- estáis siguiendo la estrategia equivocada. ¿No deberí­ais uniros, organizaros? ¿Reclamar más reservas de comida y más seguridad al gobernador­? Los invasores no van a hacer distinciones de procedencia ni de fe cuando entren aquí a matar y a saquear: ¿por qué las hacéis vosotros, entonces? Vamos, un poquito de memoria histórica, hijos mí­os, y no tanto jugar a los dados -pero me ignoran. Y entonces, me doy cuenta que cualquier triunfo puntual que pueda lograr es un puñado de arena arrojado al mar. Sigue el caos. El caos de una ciudad dominada por las banderas, donde musulmanes y cristianos toman posiciones ante lo que va a venir, donde crecen los altercados, y donde la vigilancia es más férrea, y los castigos más tremendos, entre los correligionarios que respecto a los contrincantes, ante cualquier irregularidad en lo que se supone que debe de ser el comportamiento adecuado. Aparte de las tí­picas familias y grupos de amigos divididos que se dan en estos casos, claro… Nada que ver con lo que conocéis en el siglo XXI, ¿verdad, lectores? Y es que cuando las banderas se apoderan del pueblo, puede pasar cualquier cosa. Mientras, la gente seguí­a pasando hambre, las leyes se hací­an a medida de los que más pudieran pagar por ellas, y los gobernantes se sentí­an aliviados de las presiones de la población: los ciudadanos estaban demasiados ocupados en luchar unos contra otros.

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Sin embargo, era inútil que me quejara: mi deber era defender el lugar en el que me hallaba y la gente con la que conviví­a, rezaran al santo que rezaran y rindiesen homenaje al rey que les diera la gana. Esa habí­a sido siempre mi divisa. A no ser que me pagaran con una bolsa bien repleta para que tuviera otra, claro. Puedo ser muchas cosas, y de hecho las soy, tengo más defectos de los que podréis contar nunca aunque seáis más duchos en matemáticas que Avicena, pero mi entrega a las causas que abrazo es inamovible en cualquier otra circunstancia. Aunque tampoco habría hecho falta que lo proclamara tan épicamente delante de Roger y Ferran, qué mal consejero es el alcohol a veces. No, la defensa de la ciudad no era un problema para mí. Excepto si nos poníamos a pensar que aquellos de quienes tenía que defenderla habían sido mis más acérrimos aliados sólo unos cuantos meses antes.

Pero, todo hay que decirlo, no es que yo hubiera renunciado a mis antiguas lealtades, sino que ellas habí­an renunciado a mí­. Por tanto, ningún lazo me uní­a a mi antigua vida. Más bien al contrario. De hecho, una de las razones por las que habí­a pronunciado tan solemne juramento ante mis nuevos aliados habí­a sido por la rabia que me invade sólo con escuchar la palabra “templarios” o alguno de sus sinónimos,  o (sobre todo) “Bernard”.

No obstante, habí­a varias objeciones a la idea de yo ahora trabajara para los enemigos de los templarios (para uno de sus numerosos enemigos, deberí­a decir, porque opositores no les faltan. Deberí­an leer el libro del Carnegie ése a ver si aprenden a hacerse querer un poco). La primera de ellas era Ferran y su rápida transformación de cristiano medio ateo a mahometano convencido y hasta un poco integrista… vamos, que a veces me parecí­a más almohade que andalusí­ cuando era en realidad de añeja raigambre goda. Y es que, si de algo estoy segura en esta vida, es que cualquier fanatismo, cualquier idea, acerca del tema que sea, que no admita discusión, ha de ser evitada a toda costa, tanto la idea como a las personas que creen en ella, sobre todo a éstas últimas. Si no somos capaces de reí­rnos de nosotros mismo y de nuestras fes más arraigadas, significa que somos seres prepotentes, crueles, asesinos en potencia y tal vez en acto, o al menos podemos llegar a serlo. Algo tení­a que haberles sucedido a Omar y a Ferran durante el tiempo en que cayeron en desgracia, después de que la juglaresa Elisenda lograra volver en su contra a todo la compañí­a, por su estúpida vanidad frustrada. Alguien se habí­a aprovechado de su situación de debilidad y les habí­a lavado el cerebro.

Alguien que, si mi experiencia en intrigas palaciegas no me engañaba, seguramente que no era precisamente la salvación de los ciudadanos de Jerusalén lo que le preocupaba. Llamadme conspiranoica, pero que el proyecto de invasión templaria de Jerusalén hubiera sido simultáneo al cambio de orientación religiosa de Omar y Ferran no me parecía una simple casualidad.

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Leí­do lo anterior, no os extrañaréis si os digo que los encuentros entre Ferran y yo no estaba pasando por el mejor momento del mundo. Lo cierto es que yo seguí­a viviendo en su casa, y ambos nos visitábamos frecuentemente en nuestros dormitorios a horas de la noche no aptas para realizar actividades decentes, pero no me sentí­a cómoda: mi amigo ya no era el cómico inocente, divertido, vital, despreocupado y lleno de pasión que yo habí­a conocido: ahora era un caballero juramentado de la fe de Mahoma. Y eso no iba conmigo, y estaba comenzando a sentir que compartí­a mi lecho con un extraño. Así­ que, para no dar más explicaciones, le dije que tal vez nuestro socio común Roger no aprobarí­a que mezcláramos el placer con el trabajo, y que lo mejor serí­a que yo me buscara otro alojamiento. Aceptó sin más problemas, como si su mente estuviera dominada por cuestiones mucho más trascendentales, sin dignarse a intentar hacerme cambiar de idea con las tí­picas zalamerí­as que yo tan bien conocí­a: si habí­a en algún momento albergado alguna duda de que mi Ferran de Cataluña habí­a desaparecido sin dejar rastro, en aquel momento también desapareció. Así­ es que Roger me buscó un lugar donde vivir más acorde con mi condición de doncella (como intuiréis, eran sus palabras, no las mí­as), y de pronto me encontré en la habitación sobrante de la casa de una familia de acomodados comerciantes armenios, lo que me agradó, porque tení­an una hija no muchos años más joven que yo, y yo a veces echaba de menos la compañí­a de otra mujer. Así­ que, después de todo, no me sentí­ perjudicada con el cambio, aunque me avisaron que de momento la muchacha se hallaba fuera de la ciudad, así­ que lamentablemente las noches de chicas tendrí­an que esperar.

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No todo eran conflictos, no obstante. Siempre me quedaban las reuniones en nuestra taberna (y cuartel general no oficial) de la puerta de Damasco, donde tenía la oportunidad de departir con mis nuevos compañeros. En concreto, había hecho algo de amistad con Cristophe, un simpático mercenario de la Champaña, un poco menos bruto y algo más leído que algunos de los demás, correcto y amante de las normas, y de buen trato y mejores sentimientos. Era el segundo de a bordo, de Roger y ocupaba el cargo de capitán de la guardia.

-Están a las puertas –me dijo una noche por todo saludo. Yo me senté a su lado y procedía a ayudarle a vaciar la jarra de vino que tenía ante sí.

-¿Y? -me burlé yo- ¿Tienes miedo? ¿Necesitas unos calzones de recambio? Aví­same con tiempo, que soy muy sensible a los malos olores.

Él me metió un codazo en las costillas, o al menos lo intentó, porque le esquivé y a punto estuve de hincarle un rodillazo en los testí­culos.

-No, maldita sea la Santí­sima Trinidad, eso ni se te ocurra decirlo si no quieres ver la batalla desde el cementerio. Pero joder, esos tí­os han sido mis hermanos de armas. Luché a su lado en Acre y, salvo alguna excepción, no puedo decir más que cosas positivas de su arrojo y su manera de luchar. Y ahora…

La sonrisa se me borró del rostro. Me acodé sobre la mesa que compartí­amos, apoyando la cara entre las manos.

-No sabí­a que te preocuparan esas cuestiones. Y en realidad, esto te honra. Pero piensa que tenemos que sobrevivir. Que este es nuestro trabajo. Luchamos por dinero, y puedes dar gracias a que gozamos de esta posibilidad, a que nuestros brazos y nuestras piernas aún son fuertes, y aún los conservamos. Se pasa muy mal cuando no tienes qué comer, lo sé por experiencia, y hay que ahorrar para cuando no seamos capaces de levantar, no digo yo la espada, sino ni la camisa sobre la cabeza, si es que no nos enví­an antes al infierno. No podemos ponernos sensibleros. Ellos no lo harí­an por nosotros.

-Y sin embargo -continuó él- a Roger no le bastan nuestros brazos y nuestras espadas. Quiere, además, nuestros corazones. Nos quiere entregados a su causa.

Me encogí­ de hombros.

-Pues con el mí­o que no cuente. De hecho, ya lo sabe.

Cristophe bebió un trago de vino.

-Eowyn… es que… -se detuvo, como si no supiera cómo articular su preocupación. Le insté, con un movimiento de la mano-. … no creo que quieran masacrarnos. Se pondrán en peligro porque no lucharán a no ser que sea absolutamente necesario. Los conozco. Y tú también, tal vez incluso más que yo, por lo que me has contado y por lo que he oído por ahí. Me temo que la defensa que tiene planeada Roger va ser desproporcionada en comparación con el ataque. Y llámame sensiblero o hasta estúpido, si lo deseas, pero no me gusta.

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Cuando, por fin, decidí retirarme aquella noche, las palabras de Cristophe me persiguieron todo el camino hacia mi nueva morada, como ratas que se negaran a abandonar el barco hundido. Aquel mercenario con í­nfulas moralistas y acendrada tendencia a filosofar había conseguido colocar mis temores en primer plano de mi cerebro. No era descabellado lo que había dicho, no, no lo era, conociendo a mis antiguos empleadores, por loco y soberbio que pudiera parecer. De hecho, es lo que me había prometido Bernard en los tiempos en que aún nos hablábamos, cuando yo le manifestaba mis reservas ante una nueva cruzada. Van a intentar no matar a nadie, me decía yo, a no ser que sea absolutamente necesario. Y eso significa que los muertos serán ellos. No podrán evitar que los masacren. Y eso debería ser una buena noticia para toda la defensa de la ciudad. Para mí.

Y, sin embargo, ¿por qué no estaba pegando saltos de alegría? El ataque, en el caso de que se produjera y de que no pretendieran rendirnos por hambre (me imagino que elegirían la primera opción, ya que llevaban mucho tiempo esperando aquella oportunidad y sabían que la ciudad estaba bien abastecida, mientras que ellos probablemente no lo estarán tanto), sería rechazado en breve y, después de haber ayudado a retira los cadáveres,  yo seguiría cobrando como guardia de la ciudad sin trabajar demasiado, lo que significa que podría dedicarme a otras actividades útiles, como aprender lenguas, por ejemplo: tenía que pensar en mi jubilación. El plan era perfecto. Insuperablemente perfecto.

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En estos pensamientos, llegué a la puerta de la casa de los armenios, que abrí con la llave que mis amables caseros me habían proporcionado. Me habían cedido una cómoda habitación, que no tenía visos de haber servido ninguna vez como corral, y yo ya creía sentir en mi piel el roce de las limpias sábanas de lino, la morbilidad de los almohadones de plumas, el momento en que el sueño me venciera poco a poco mientras la voz de la simpática sirvienta Fátima me leía alguna historia hasta que los ojos se me cerraran, agradecida por haberla instruido en el descifrado de los caracteres escritos. Pero mi delectación en esas ideas se interrumpió cuando vi llegar desde la calle de enfrente a un personaje inesperado con toda la intención de entrar por la misma puerta que yo pensaba traspasar.

Se trataba de una mujer muy joven, alta y bastante delgada, pero que transmitía una gran apariencia de fuerza y seguridad. Según lo que pude ver de su cuerpo y su rostro, no creí que, al igual que sucedía en mi caso, tuviera esperando a una larga fila de pretendientes, pero debía reconocer que tenía unos ojos notables. Intensos, tal vez demasiado. Y su andar decidido, como con objetivo propio y bien definido, también podría resultar muy atractivo. Decidida a ser la inquilina perfecta, me dirigí a ella.

-Hola, tú debes ser… pronuncié su extraño nombre armenio. Me sorprendía que una joven casadera pudiera regresar tan tarde a casa sin que sus padres no le dieran tal tunda que consiguiera convertir cualquier actividad nocturna en algo poco deseable para ella, pero tal vez la moral de los cristianos armenios era a caso más relajada que la de los católicos hispánicos-. Yo soy Eowyn. Tus padres han sido tan amables de hospedarme.

Sonreí y esperé su respuesta, que preví educada e incluso amable, cuanto menos. Pero, en lugar de ello, la aludida se limitó a recorrer mi persona con una mirada despreciativa, a empujar la puerta pasándome por delante, y a desaparecer en la oscuridad de la vivienda, dejándome ahí­ plantada con todas mis frases corteses. Y es que, de verdad, cada vez tiene una más ganas de ser una cabrona a tiempo completo. El mundo está lleno de desagradecidos… Bueno… al menos ya tendría algún pensamiento en el que entretener mi perí­odo de duermevela.

Estaba demasiado encolerizada por la muchacha para preguntarme a cuáles de los templarios tan bien conocía tendrí­a que asesinar en los dí­as venideros.

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El amanecer llegó con la noticia de que estábamos sitiados. Los templarios habían acampado alrededor de las murallas de la ciudad, sin dejar un solo hueco a la  de huida para las familias que aún no se habían decidido a marcharse, y que ahora ya podrían hacerlo. Incluso estaban construyendo dos bonitas máquinas de guerra, lo que, por un lado, me tranquilizó, pues al parecer no pensaban tentar a la posibilidad de rendirnos por hambre. No, no quería que aquello se prolongara hasta el infinito. Lo que tuviera que suceder, que sucediera. Ya.

Los siguientes días, evidentemente, las cosas en la ciudad no mejoraron. El cuerpo de guardia no daba abasto a resolver los múltiples conflictos que se generaban, no sólo entre las diferentes religiones, sino, lo que podría parecer más extraño, en su propio seno. Los musulmanes ajusticiaban a otros musulmanes, supuestamente demasiado tibios en la defensa de Alá y su profeta, y en la salvaguarda de la ciudad. Griegos, armenios y latinos peleaban, unos contra otros y entre ellos mismos: Unidos Podemos y Visca Jerusalem, sí, algunas cosas nunca cambian. Y lo peor es que algunos grupos fueron iluminados por la idea de que los encargados de la seguridad de la ciudad de raza no semítica éramos espías que la incompetencia del gobernador y de sus funcionarios no habían logrado mantener fuera de la ciudad, o bien unos traidores a nuestra religión originaria, según de qué grupúsculo viniera la idea.

Todo lo cual, podéis suponer, no facilitaba demasiado nuestro trabajo.

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Justamente, en una escaramuza con una de esas cohortes de iluminados, mi compañero Cristophe fue gravemente herido, y yo tuve que arrastrarle hasta la taberna sin encontrarme en mejores condiciones que él, pues me habí­an golpeado con ganas antes de que yo hubiera podido centrarme lo suficiente como para rebanar el cuello a dos de ellos y crear una salida suplementaria para el contenido de los intestinos de otro.

-Esto es absurdo -me dijo, mientras el médico le cauterizaba la herida, meneando suavemente la cabeza; el tajo, que le llegaba del cuello al pecho, era demasiado profundo como para que no acabara infectándose, haciendo inútiles todos nuestros esfuerzos-. Aquí nadie sabe en qué bando está. Ni siquiera nosotros.

Yo le comprendía perfectamente. Aquel conflicto se llevaba la palma entre la incoherencia de los conflictos de la historia reciente y pasada, y eso significaba una competencia muy dura. Todas las guerras eran absurdas.

Pero yo sólo sabía pelear.

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No quise marcharme de la casa del médico hasta que éste me aseguró que habí­a hecho por Christophe todo lo que podí­a, y que era el momento de dejarlo en manos de Alá. Ni siquiera entonces: estaba harta de perder a la gente que me importaba, de una manera u otra. Incluso habí­a llegado a creer que alguna especie de maldición me acompañaba. Cuando estrechaba lazos de amistad con alguien (cosa harto difí­cil, por otra parte, porque las potencias celestiales, o quien coño sea el que se ocupe de estas cosas, no me habían dado un carácter amistoso, y también porque soy tan exigente que pocas personas me motivan lo suficiente para ofrecerles mi aprecio), esa persona o bien se convertí­a en mi enemiga sin razón, o bien me traicionaba con menos razón, el tiempo y las circunstancias nos alejaban o, lo que era también bastante frecuente, se moría. Pensé en María, en cuya taberna hacía siglos que no había podido parar. En Isabel, que sin duda estaría tramando alguna nueva fechoría contra mí, consumida por el odio de creerme a mí y los templarios culpables de la muerte de su amigo, aunque ya hubiera olvidado hasta su rostro. En el simpático lacayo de Corbera d’Ebre. En…

-Hazme caso -dijo el médico, sacándome a rastras por la puerta-. Yo cuidaré de él y tú no podrás hacer nada aparte de agotarte. La ciudad te necesita a ti y a tus compañeros en buen estado de forma. Anda, vete a dormir.

Y así­ me vi, sola en mitad de la calle y, a pesar de lo que me había aconsejado el médico, completamente desvelada. Con no demasiadas opciones, me encaminé a mi alojamiento, no sin antes descartar una visita a Ferran con intenciones muy poco decorosas: pero habí­a decidido dejar nuestros encuentros en tierra de nadie y debí­a atenerme a ello, si no querí­a confundir al pobre hombre, que bastante tení­a con lidiar con sus nuevos ardores religiosos. De esta manera, llegué a la casa de los armenios y, sin molestarme en desvestirme, caí­ a plomo sobre mi camastro y busqué el amparo de la oscuridad. Me costó conciliar el sueño, pero al fin el cansancio me venció, y creo que logré dormitar una par de horas, quizá menos.

Pero antes de que hubiera amanecido algo me hizo dar un salto en la cama: creí­a haber escuchado algo, un golpe suave, tal vez, en la puerta de entrada. De haber gozado de un sueño más profundo y reparador, aquel sonido no me habrí­a sacado de él, pero no era el caso, y el hecho en sí­ no me gustó nada. Me erguí­ y me dirigí­ hasta el lugar de donde procedí­a el ruido, y me encontré con la puerta cerrada de la manera más inofensiva del mundo. La abrí­, y ojeé la desierta calle en ambas direcciones y, en la que conducí­a a la Puerta de Jaffa, vi a una persona cuya silueta me resultó conocida. Pensamientos diversos atravesaron mi cerebro en esos momentos, pero la orden que éste imprimió a mis músculos y a mis articulaciones fue moverse en pos de ella. Y aquello fue exactamente lo que hice.

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Los dos elementos que estaban de guardia aquel día en la puerta, y quienes yo conocía más por sus frecuentes estancias en la taberna que porque hubieran participado conmigo en alguna acción propia de nuestro cargo, intentaron impedirme la salida, y se negaron a decirme por qué a la persona que habí­a traspasado la puerta de la ciudad unos instantes antes que yo sí­ se lo habí­an permitido. Me hablaron del peligro que se atrincheraba fuera de las aún protectoras murallas, un peligro que cualquiera en aquella urbe que tuviera ojos en la cara y acceso a un lugar elevado ya conocía de sobra, y llegaron a dudar de mis lícitos deseos en hacer una incursión de reconocimiento extramuros, llegando a acusarme de espía, a pesar de que sabían perfectamente quién era yo. Y no me encontraba precisamente en el estado en que más les hubiera convenido cabrearme.

-¡Imbéciles, patanes, hijos de Satán y una perra rabiosa! -les solté, mientras pateaba sus gordos culos-. Id a ver a Roger si no creéis que él me envía, retrasados de mierda. Pero yo salgo de aquí, y vosotros vais a dejarme si no queréis que os comiencen a entrar templarios por todos los rincones cuando os estéis limpiando el culo. ¡Y ni se os ocurra tratar de impedírmelo!

Creo que fui convincente o, por lo menos, conseguí dejarlos inseguros. Uno de ellos fue corriendo a buscar a Roger, y el otro se quedó contemplando mi salida, después de que le hubiera obligado a abrirme la puerta. Salí, amparándome en la oscuridad, temiendo convertirme de un momento a otro en una brocheta de aragonesa con lanza templaria. Pero lo peor es que la figura a la que seguía había desaparecido de mi vista y no sabía qué dirección había tomado. Por un momento me quedé paralizada, hasta que me pareció ver una sombra moverse en dirección norte y la seguí, paralelamente a la empalizada del campamento; nos acercábamos peligrosamente a ella y, según escuchaba, los hombres del interior ya se estaban despertando, y pronto la luz del alba nos pondría completamente a su merced. Y, sin embargo, yo tenía que continuar con aquella  persecución, y sólo esperaba encontrar un escondite antes de que se hiciera completamente de día. Al parecer, mis plegarias fueron escuchadas, pues a pocos pasos de distancia se dibujó la mole de una de aquellas máquinas de guerra aún no acabada, y la figura buscó refugio allí. El problema era que si me acercaba, sin duda aquella persona me verí­a, y sus gritos de alarma atraerían el interés de los templarios, que ya estaban a un tiro de piedra. No obstante, me arriesgué, y me escondí entre las estructuras  de madera, alejándome de la parte por donde se había metido ella, y rezando porque al sol le diera por remolonear entre sus sábanas azules y rosadas un poco más aquella mañana.

Y, sin embargo, el día se abría paso a velocidades desenfrenadas, y aquel ser no salía de su escondite. Hasta que yo estuve ya a punto de cavar en la arena del desierto para esconderme, no lo hizo, y cuando la vi aparecer me alegré de no haber tenido tiempo para ello, porque de la sorpresa me caí redonda al suelo, y así al menos no caí tan bajo.

La persona que salió de allí no vestía como cuando yo la había visto. Ahora llevaba sólo una camisa. Y así, en ropa interior, estaba entrando en el campamento con la mayor tranquilidad del mundo, bromeando con los guardianes. Con el mismo porte orgulloso que tenía cuando la conocí a la puerta de su casa.

Fue entonces cuando comprendí que debía hacer algo.

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Roger y Ferran me miraban desde el otro lado de la mesa. Me miraban, se miraban mutuamente y volvían a mirarme. Les había dejado completamente descolocados.

-¿Y no se te ocurrió una idea un poco más razonable, Eowyn? Por ejemplo, algo como seguir escondida y cuando lo vieras todo tranquilo volver a informarnos, no sé, digo yo. Porque de todo lo que te he visto hacer, esto es de lejos lo más irracional que has hecho. Y no es que falten candidatos.

Brazos cruzados sobre el pecho, expresión de pocos amigos, la abstinencia no debí­a de sentarle bien a Ferran, al menos la abstinencia de mi persona. Y es que no parezco nada del otro mundo, pero cuando se me conoce í­ntimamente, soy inolvidable. Quizá no del todo en el sentido positivo del término, pero bueno, inolvidable de verdad. Aunque, teniendo en cuenta que Roger tenía exactamente la misma expresión en el rostro, quizá no se debiera a eso.

-Oh, claro –me defendí, contraatacando como un oso hambriento buscando comida en una caravana de peregrinos. Cuando me enfado de verdad, tengo la virtud de conseguir que todos los cabreos del mundo, comparados con el mío, se conviertan en la simple rabieta de un crío de dos años-. Vosotros no me informáis de que tenéis una infiltrada entre los templarios, y yo os tengo que informar de todos mis movimientos. Todo muy justo. Y muy racional –acompañé mi aseveración con una retahíla de juramentos, a cuál más blasfemo. Roger estaba escandalizado.

-Eowyn por favor, cierra esa boca. Y no olvides que aquí no eres más que una subordinada –añadió, severo.

Yo salté.

-¿Y no es la virtud más importante de un capitán saber insuflar confianza en sus tropas? ¿Y qué confianza puedo tener yo en ti si me ocultas información? -hice ademán de secarme de la frente un sudor imaginario-. El susto que me llevé, por amor del cielo. Pensé que teníamos a un espía de los templarios entre nosotros, porque no me dijisteis que en realidad era al revés. Y encima vosotros me habíais metido en su casa, y yo me vería obligada a matarla, y a ver qué le contaba después a sus padres. ¿Queréis explicarme de una vez qué es todo este misterio?

Ferran y Roger se miraron de nuevo, pensativos y algo más apaciguados. Por fin, el segundo habló.

-Está bien, Eowyn. Comprendo lo que sientes. Pero nosotros no quisimos ocultarte nada. Sencillamente, el secreto no nos pertenecía.

Compuse una expresión de sorpresa.

-Explí­cate.

Él respiró hondo y se acomodó en su silla.

-Hace un par de años, la armenia dejó Jerusalén y viajó a tierras catalanas para infiltrarse entre los templarios, y fue a parar a Aiguaviva. Buscaba a un veterano de Acre… un tal Ricardo. Creo que tiene algo personal contra él. Hace unos dí­as regresó, y entonces fue cuando nos contó que los templarios estaban a las puertas. Desde que nos sitian entonces lleva una doble vida, noche aquí y día allí.

Yo arrugué la nariz.

-Eso no tiene ningún sentido –Ferran terció.

-Pero así es. Sólo Roger, yo, y claro, el gobernador­, lo sabemos. Sus padres están ignorantes. Sencillamente le dan una libertad exagerada porque piensan que ha sufrido mucho.

Yo no las tenía todas conmigo

-No sé cómo va acabar la juventud de hoy –concluí, sin embargo, meneando la cabeza, muy grave. Cualquiera que no me conociera mucho pensarí­a que hablaba en serio-. Yo conozco un poco a Ricardo, y a Guillermo, su mentor. En Miravet, pero es verdad que luego los trasladaron a Aiguaviva. Ricardo es todo un personaje. El tí­pico templario de una sola pieza, que nunca quebrantará una ley de su orden ni aunque no esté escrita. Jamás habría pensado que… Sin embargo, lo que me preocupa que la armenia mezcla temas personales con la defensa de la ciudad. Eso no puede traer nada bueno. ¿No podrí­ais hacer algo?

Ambos menearon la cabeza, casi al uní­sono. Ferran fue el primero en hablar.

-No, Eowyn. Es al contrario de lo que crees. La armenia nos ha hecho un servicio impagable. Ahora sabemos los suficiente y hemos podido hacer entre ellos… bueno, amistades. Lo tenemos todo preparado para atacarles la noche de mañana.

Di un respingo. No esperaba que fuera tan pronto, ni podía imaginarme por qué el gobernador (si había sido él) había tomado aquella decisión.

-Por cierto –intervino Roger-. Espero que nada ni nadie de lo que hayas visto en el campamento haya hecho que cambies tus lealtades. De hecho… no qusiera pensar si no utilizaste lo que sucedió sólo como una excusa para entrar allí y…

Mis ojos se encendieron de odio. La alocución de Roger.

-Mi actitud en la batalla hará que te tragues tus palabras –sentencié, y salí. El problema era que no sabía si yo misma me creía lo que estaba diciendo.

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Tras dormir una par de horas (Roger me hizo llegar el mensaje de que ya había tenido bastantes emociones por aquel día y, por tanto, me licenciaba del servicio), me dirigí a casa del médico. Las noticias que me habían llegado acerca del estado de Guillaume era bastante alentadoras: al parecer, había superado la noche y la mañana sin que se hubieran presentado signos de infección, y el médico creía que ya no sucedería. Él, por su parte, se encontraba animado, y ya comenzaba a despotricar sobre la comida y a pedir vino a gritos, por lo que imaginé que de aquella, por lo menos, iba a salir. Mientras caminaba, pensaba en lo que había visto en el campamento templario aquella mañana. Al menos, el contingente aragonés, que se concentraba junto a la puerta por la que yo había entrado, era nutrido, y había visto entre ellos a demasiada gente conocida, ante la cual mi cara tiznada y medio tapada por el turbante musulmán, afortunadamente, había pasado desapercibida. No obstante, no había visto a Gonzalo ni a Guillaume, asignados a la encomienda de Barcelona, ni a Frey Pere, aunque me imaginé que por su avanzada edad no le habría sido posible unirse a la ofensiva. Bernard me imaginaba que estaría con los chipriotas… No quería pensar en Bernard.

Pero en cuanto a Ricardo, y a Guillermo… Justamente había sido Guillermo quien había preparado los remedios que me habían hecho recuperarme de unas fiebres que llevaban mucho tiempo molestándome, y Ricardo el que (a pesar que temía cometer un pecado mortal sólo si miraba de soslayo a una mujer) el que había pasado noches enteras, cuando yo  me encontraba particularmente enferma, distrayéndome con sus historias de batallas y sus anécdotas chuscas.

¿Qué pasaría cuando me lo encontrara frente a frente? ¿A los dos? ¿Incluso si fuera inocente de la terrible agresión que (me imaginaba) habría sufrido la armenia?

¿Qué me exigiría mi promesa de defender la ciudad?

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Cristophe me recibió reclinado entre cómodos cojines, con una pata de cordero en la mano, lo que me tranquilizó bastante acerca de su estado.

-Pasa y sírvete –me dijo, haciéndome un gesto con el cadáver que estaba devorando-. Mandé a unos compañeros a por algo de pitanza decente, porque el régimen de este curandero estaba a punto de llevarme a la tumba. No sé en qué universidad enseñan a los médicos a que hacer pasar hambre a sus pacientes es bueno para su curación, pero seguro que debe ser una de estas escuelas de infieles.

-No te quejes –le apunté con el dedo, agarrando la jarra de vino-. Tu recuperación ha sido casi milagrosa, así que algo habrá aprendido este hombre.

-Seguro que le habrá enseñado algún cristiano –me miró algo perplejo-. Pero ¿a ti qué te pasa? Se te ve nerviosa.

Me acerque a la ventana y miré hacia afuera, antes de contestar.

-Al venir hacia aquí he tenido la sensación de que alguien me seguía.

-Tienes demasiada imaginación –me contradijo-. A propósito, ya me han contado lo de esta mañana. Lo de la armenia y todo lo demás –las noticias volaban, realmente-. Mira que ocurrírsete hacerte pasar por un marido cornudo que buscaba a su mujer… -me miró de arriba abajo-. Aunque eres un hombre tan enclenque que seguro que todo el mundo encontró la anécdota muy coherente.

Preferí ignorarle.

-Y vaya viajes me arreó la susodicha por afán de realismo… -los guardias de la puerta habían visto lo que pasaba, y habían enviado a la mujer de Abdul en mi rescate-. Se nota que lleva a su marido más derecho que una vela, como tiene que ser. No entiendo cómo no es ella la que está en la guardia, y no su esposo. Aunque después de lidiar con 10 hijos como los que tiene, seguro que los conflictos de la ciudad le parecerían tediosos. Por cierto, ¿sabes que la noche de mañana será el ataque? Nuestros mandamases al parecer tienen prisa por morir o, mejor dicho, por matarnos a todos. Espero que realmente esos centinelas del campamento estén tan bien sobornados como asegura la armenia -ante su ignorancia, le conté la extraña historia de la mujer, que le sorprendió tanto como a mí. Pero luego se centró en lo que le importaba.

-Pues ahí voy a estar yo. No sé lo que van a hacer esos templarios, pero en cualquier caso estaré allí para verlo.

-¿Acaso crees que nuestro amado jefe te va dejar? Me temo que tendrás que aguantar y ver cómo nosotros nos convertimos en los héroes de la ciudad mientras tú nos contemplas desde la ventana, tomando sopitas como una vieja –esquivé uno de los cojines de milagro. En aquel momento, el médico se presentó y me hizo salir, ya que su paciente debía descansar, y yo le obedecí no sin antes despedirme del fanfarrón de Cristophe.

Preveía una noche de sueño reparador que me dejara descansada para aquello que se avecinaba pero, como tantas otras veces, mis esperanzas fueron erradas.
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Pues sí. Traspasaba tan tranquila el portal del médico cuando, de pronto, la fría punta de una cimitarra se apoyó en el lado derecho de mi cuello. Contuve la respiración. Delante de mí, entre la oscuridad y a la luz de las antorchas, se materializó un figura conocida, igualmente armada y con al parecer ninguna buena intención hacia mí.

-Desde luego, no es fácil perderte, Eowyn. Sólo hay que buscar al hombre más cercano, y allí estarás tú, abriéndote de patas como una perra. Falta alguien en la guardia por cuyas sábanas no hayas pasado? Aunque en realidad creía que Cristophe era más listo.

Uno de los dos guardias de aquella mañana, Ahmed, enarbolaba su acero en mi dirección. Ali, el segundo, era el que amenazaba mi cuello por el flanco. No me molesté en contestar a sus puyas.

-¿Qué queréis? –dije simplemente.

-Nada importante. Sólo darte una lección. Una lección que no olvidarás.

-¿Por lo que sucedió esta mañana? Vamos, por favor…

-Nos has metido en problemas con Roger. Primero consigues un trabajo de hombres gracias a tus habilidades en la cama, y luego lo utilizas para echar a todos los que puedan hacerte sombra.

Cualquiera que no fuera aquel par de descerebrados no se habrían planteado la idea de que el cortés y tímido Roger, tan fiel a su religión y tan decidido a no perder la virginidad más que con una buena esposa musulmana, fuera a contratar a una mujer sólo porque ésta hubiera sido, por decirlo, por decirlo de alguna manera, amable con él. Pero habría sido inútil contradecirles

-Todo esto debe de haber sido un malentendido –contesté, aparentando tranquilidad-. No es propio de Roger enfadarse por algo así, y no es necesario que hagáis algo que no beneficiaría a nadie. Si hablo con él, todo se resolverá.

Pero Ahmed meneó la cabeza.

-Te crees que todo es muy fácil, puta, tan fácil como tú. No obstante… estuvieron a punto de darte de tu propia medicina. Pero en ese momento, a la dulce doncella no le apetecía, y por su culpa cuatro hombres valientes, que hubieran podido ayudar a defender la ciudad, están muertos. Entre ellos, nuestro primo.

No podía creer lo que estaba oyendo.

-¿Vuestro primo? Pero… ¡esos hombres eran latinos!

Sonrió tan abiertamente que su mandíbula crujió.

-Sí. Latinos. Traidores a su religión, como tú y tu Cristophe. O quizá.. simplemente espías. Eso es lo que deseaba saber mi primo. Como todos verdaderos defensores de Jerusalén. Por eso se hizo pasar por uno de ellos. ¿Ves todo el mal que has hecho, puta?

Tenía la mano cerca del pomo de mi espada, pero si hacía un solo movimiento, Ali acabaría para siempre con la productiva alianza que existía entre mi cabeza y mi cuerpo, y lo más probable es que a Ahmed le diera tiempo para clavarme la suya en mitad del estómago, que es una zona que tengo especialmente sensible. Si algo podría salvarme, era mi labia.

-Deberías, al menos, darme la oportunidad de morir como un miembro de la guardia. Es impropio de vosotros, y muy cobarde, que me ajusticéis de esta manera.

-Oh, ¿acaso crees que vamos a desperdiciar como alguien como tú nuestras virtudes caballerescas? –pero, mientras me preguntaba yo que sabrían aquellos dos de las virtudes caballerescas (al mismo tiempo que cómo podría escapar de allí), algo aterrizó a un par o tres de codos de Ahmed y Alí, concediéndome la oportunidad de dar un salto y quedar fuera del alcance de sus armas, al menos hasta poder sacar las mías.

-¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí? ¿Es que ya ni le permiten dormir como Dios manda a un pobre herido de guerra?

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Era Cristophe, naturalmente, aunque vestido sólo con unos calzones, y llevando por toda arma el bastón del médico. Su carácter impulsivo, que un día iba acabar trayéndole problemas, le había impelido a saltar del balcón con lo primero que tenía a mano al verme en peligro (esperaba que su herida no se hubiera resentido por ello), y parecía ser que, de momento, su acción me había salvado. Pero Ahmed y Ali no eran tan estúpidos como parecían, y fueron tan rápidos en responder, el primero contra mí y el segundo contra mi maltrecho compañero, que apenas pudimos estar preparados.

Yo di un paso atrás y me preparé para devolver los golpes del fanático con mis dos espadas. Tenía prisa por acabar con él, y desembarazarle de su afilada cimitarra y de su retorcida daga para auxiliar a Cristophe, a quien su bastón no le daría demasiado tiempo de tregua. De momento, jugaba bien al despiste, esquivando los envites del musulmán sin dejar de buscar la estocada definitiva que lo pusiera a mis pies, pero a medida que pasaban los segundos, me pareció notar que su rapidez, su agilidad y su fuerza disminuían. Yo, por mi parte, atacaba más que me defendía, y no pude evitar que el filo del arma de Ahmned me tajara el muslo, pero obvié la herida y seguí asestándole mandobles tan fieramente que él estaba teniendo dificultades en pararlos, aunque seguía sonriendo con suficiencia, y yo sabía por qué: estaba empleando contra mí mis mismos trucos, no en vano era compañero y conocía mi manera de luchar, y sabía, tanto como yo, que mientras siguiera peleando con aquella precipitación y aquel ímpetu, cosa que sucedería mientras Cristophe estuviera en peligro, yo, menos fuerte que él físicamente, no tardaría en agotarme, distraerme y ser presa fácil. Me había vencido antes de empezar, pero, por lo menos, yo no pensaba ponérselo fácil.

Un grito triunfal que debió arrasar la garganta de Ali desgarró también nuestros oídos: sin dejar de pelear, vi de reojo cómo a Cristophe estaba desarmado, con la punta de la cimitarra de Ali pinchando su cuello. Yo salté hacia atrás, con mis dos espadas por delante.

-Detente, Ali. Él no tiene nada que ver en esto. Es a mí a quien queréis. Dejadle y venid los dos contra a mí… si es que tenéis huevos –pronuncié las últimas  palabras como si las hubiera escupido. Ahmed me miró como un filósofo observa una especie animal desconocida hasta entonces, acercándose a mí.

-Qué curioso. Cómo suplicas por tu última polla. Mercenaria imbatible, ¿no? Eso dice tu leyenda. Pues yo no la veo por ninguna parte. Sólo veo a una pobre mujer implorando por la vida de su amante y por la suya propia. Es patético… Bien. ¿Quieres salvar a tu amiguito? Pues suelta tus espadas. Las dos.

-Eowyn, no seas burra –era la voz de Cristophe-. Tienes una oportunidad, úsala. No te quedas sin la más mínima opción.

Yo dudé. Evidentemente, él tenía razón. Pero mientras quedara una solo probabilidad de que él se salvara, tenía que hacer lo que decían.

-Por favor, no lo hagas –suplicó, adivinando mis intenciones-. ¿Sabes por qué te están pidiendo que te desarmes? ¿Lo sabes?

No quería morir. No de esa manera. Pero algo me decía que podría arreglármelas. Que de otras más difíciles había salido. Que ni desarmada iban a poder matarme. Pero es que no siempre soy capaz de ver el peligro cuando se refiere a mí. No se lo contéis a nadie, pero yo no tengo nada de valiente: probablemente, si valorara justamente todos los líos en los que me meto, llevaría años huyendo con el rabo entre las piernas. Lo que pasa es que soy una inconsciente.

Una inconsciente que se daba perfecta cuenta de que sus oponentes veían su muerte con vívidos y realista colores, como en una representación teatral basada en hechos reales desde el mejor lugar de la sala.

-Eowyn, maldita seas. Acuérdate de aquella noche en la taberna. Cuando obligamos al tabernero a que sacara el buen vino. Recuerda lo que te dije.

Tenía que pensar. Tenía que pensar.

-Está bien. Ali, separáte de él. Cuando te hayas alejado, soltaré mis armas. No antes –por toda respuesta, Ali apretó más la punta contra el cuello de Cristophe.

-No tienes posibilidad de elegir, puta. Desármate y entonces le dejaré.

Veía los ojos desorbitados de Cristophe clavados en mí. Una de mis espadas cayó de mis manos.

-Quiero rezar –dije. Es un momento. No puedes impedírmelo.

Hinqué una rodilla en el suelo. Cogí mi espada por el filo y besé su cruz. Después, hice amago de lanzarla. Ahmed sonreía. Mi plegaria se perpetuaba e, impaciente, se acercó a mí para arrebatarme la espada, sin dejar de burlarse.

Y, sin embargo, aquella fue su última sonrisa. Porque, cuando lo tuve a tiro, hacia donde impulsé la espada, con la empuñadura por delante, fue hacia su podrida boca. Sentí como se le partían los dientes mientras le metía el pomo hasta la guarda en el cerebro, con los brazos bien estirados, por lo que tuve que tuve que emplear unas fuerzas que apenas ya me quedaban, y daba seguidamente una voltereta en el suelo hacia atrás para alejarme de sus armas. Mi grito de guerra casi quedó silenciado por el de Ali, que separó un instante su filo de la carne de mi compañero para coger impulso para rebanarle la cabeza, y pudo ver como éste se inclinaba y clavaba algo que tenía en la mano en plena ingle, provocando que un chorro de sangre arterial le salpicara a la cara. Estabámos a salvo.

-¿Acaso no recordabas que te dije que desde hace años guardo una daga en mis calzones? ¿Tan borracha estabas? – me recriminó.

-¿Y qué, si lo habías olvidado hasta tú? Pero menos cháchara, y larguémonos de aquí. Pero… ¡demonios! ¿Qué es eso?

No podía creerlo. Desde el tejado opuesto a la casa del médico, empezaron a llovernos flechas. No menos de 10 arqueros estaban allí apostados, tirando contra nosotros con la mayor impunidad, sin que yo supiera cómo habían subido hasta allí sin que los hubiésemos advertido, cuánto tiempo llevaban  ni que se proponían exactamente, aparte de convertirnos en acericos con patas. Solo una cosa estaba clara en mi mente: porque conocía perfectamente al que parecía dirigirlos

-¡Salgamos de aquí! –pero ya Cristophe corría hacia mí y en dirección a la esquina más cercana. En aquel momento, sentí un dolor lacerante en el muslo herido, por el que corría la sangre como una bandada de caballos salvajes por la llanura. Mi compañero pudo sujetarme antes de que cayera, y así, de esquina en esquina y de callejuela en callejuela, yo apoyándome en él, logramos despistar a nuestros perseguidores y alejarles de la casa del inocente matasanos, aunque aún los oía jurar en la letanía. Pero Cristophe juraba mucho más.

-¡Por la sangre de Cristo y los dolores de parto de María! ¿Quiénes eran esos? ¿Y qué demonios querían de nosotros?

-Gauthier –contesté yo, con las dificultades propias del momento-. Era Gauthier. Y no parecía nada borracho. ¡Qué estúpida he sido! Lo había olvidado completamente,

-¿Gauthier? ¿Te refieres a.. el que se escapó?

-Eso mismo.

-Pero ¿qué se supone que hace aliado con esos fanáticos musulmanes? Por lo que me habían contado de él, creí que era igual de fanático, pero cristiano… ¿Qué está pasando aquí? Pensé que el nivel de absurdidad de esta ciudad era insuperable, pero veo que siempre es posible ir más allá

Doblamos una esquina, y otra más. El dolor de la pierna se me hacía difícil de sobrellevar, y lo pero era que ahora el sonido de gritos de guerra y el entrechocar de armas parecía menos lejano.

-Yo te diré qué hacen aliados. Qué es lo que tienen en común. Son hombres. Y yo una mujer. Una mujer que, según piensan, ha osado disputarles una parcela de su terreno. Y eso no lo tolerarán nunca. Sois todos iguales. No hay ni uno bueno entre vosotros.

Cristophe gruñó.

-Mucho despotricar de los hombres, y siempre estás rodeada de ellos.

-Mis contradicciones forman parte de mi encanto.

Nos habíamos alejado ya lo suficiente, o eso creía. Solo un leve y distante rumor enturbiaba el silencio. Un par de callejuelas más, y estuvimos a las puertas de la casa de los armenios. Busqué la llave en la bolsa que tenía colgada en mi cinturón, pero sin éxito.

-Trae aquí –dijo Cristophe. Empezó a revolver objetos con el mismo resultado-. Creo que va a ser mejor que aporreemos la puerta. De todas maneras, tendremos que despertarles. Tú necesitas más atención que la que pueda proporcionarte yo solo.

De pronto, un grito llegado de lo más profundo de la calle que estaba delante de nosotros interrumpió sus manejos. Los problemas no se acababan, al parecer. Más que grito, me sonó como un alarido infrahumano, aunque en él me pareció distinguir algunas palabras en una lengua que me sonó a bretón. El pobre Cristophe se volvió, sólo para encontrarse con un energúmeno con la daga desenvainada dispuesto a ensartarle como a un pollo en un asador. Y así hubiera sucedido, si yo, arrastrando mi pobre pata ensangrentada, no me hubiera dirigido al mostrenco.

-¡Alto ahí! –le dije en la lengua de los francos del Norte-. Ni se te ocurra tocarlo. Es mi amigo -y después, pasando al aragonés (la lengua en la que acostumbraba a hablar con el personaje en cuestión)-. Esto sí que es una sorpresa. Pensaba que en todo caso te vería en unos días tirado en el suelo, acabado por mi espada. Al igual que a tu amiguito Bernard.

No pude evitar que mi voz sonara triste al pronunciar estas palabras; a pesar de que sabía que mis hipotéticas víctimas futuras se habían ganado a pulso todo lo que yo pudiera hacerles.

Guillaume, sin embargo, sonreía. Abiertamente, quizá demasiado. Dio dos zancadas hacia mí y me tendió las manos.

-La pesadilla ha acabado, Eowyn.

Yo no estaba nada segura al respecto. Cristophe, por su parte, se rascaba el pelado cráneo sin entender nada.

-Bueno, entonces ¿qué hago? ¿Me lo cargo o no me lo cargo?

Yo me vi en la obligación de contestar.

-No te lo cargues todavía. Se supone que es de los nuestros. De los míos. O… eso creo… O… Bueno, si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea.

(continuará)

(viene de…)

Sí. Ciertamente nunca es tarde para comenzar de nuevo. Lo que sucede es que a lo único que comienzo es a caminar en círculos, y aun creyendo a pies juntillas en la premisa anterior, es seguro que mi fecha de caducidad ya debe haber pasado, y con creces…

Pues sí. Estas fueron las reflexiones que me asaltaron aquel día al despertar, mientras el sol entraba en la habitación espaciosa y aireada que Ferran (bendito sea él y la fortuna que me lo había traído en el momento en el que más lo necesitaba) me había asignado, desde mi confortable cama sembrada de almohadas. Bueno, pensé también al final, recordando los sucesos de la noche pasada, en realidad podría haber sido peor. Pero ¿por qué eso no me consolaba?

Sin embargo, estaba tan concentrada en mis pensamientos que no había advertido un detalle en cualquier otra circunstancia no se me habría escapado. Y se trataba de que no estaba sola en aquella estancia; bien al contrario, la estaba compartiendo con un desconocido. Pegué un respingo, aunque me controlé casi de inmediato, por una parte porque no convenía que la persona que había irrumpido de aquella manera en mi intimidad creyera que le temía y, por la otra, porque realmente nada en aquella figura me parecía peligroso. Se trataba de lo que a todas luces parecía un caballero, aunque su ropa adolecía de un buen corte y un mejor tejido y había pasado ya por demasiadas aventuras. Le calculé apenas un par o tres de años menos que yo, y era alto y delgado, aunque fuerte, de piel excesivamente blanca que contrastaba con sus negros ropajes, a juego, eso sí, de su cabello y sus ojos. Su persona no me pareció nada atrayente, pero tampoco podía decir que me desagradara de un modo especial, aunque me miraba de una forma, más que severa, aviesa. Me enfrenté a él.

-¿Es costumbre en este lugar que los hombres invadan de esta manera la habitación de mujeres desconocidas? Porque, si es así, te has topado con la horma de tu zapato. Nos vamos a divertir, y no de la manera que imaginarías. Pero ¿quién demonios eres y qué se supone que estás haciendo aquí?

Él no pareció ofenderse por mis palabras; bien al contrario, su rostro adquirió un aire ligeramente contrito. Avanzó un paso hacia mí y, cruzando suavemente los brazos y bajando levemente la cabeza, me contestó con tono respetuoso.

-No era mi intención molestarte. Sólo esperaba que te despertaras para hablar contigo. Soy el jefe de la guardia del gobernador y yo y mis hombres nos ocupamos de mantener el orden y llevar a los que no lo respetan ante él.

Yo ya sabía algo de la organización administrativa mameluca, y no me sorprendió el cargo que ostentaba. Lo que me extrañó fue otra cosa: su ropa, que le evidenciaba como latino. Y su acento.

-¿Un catalán a las órdenes del gobernador de Jerusalén?

-Me convertí al islam hace mucho. Y a Alá no le importa que yo naciera en Barcelona.

No dudaba de que a Alá no le importara su procedencia; para Él, como para el resto de los dioses (y de los youtubers), cuantos más suscriptores tuviera, mejor. Era a mí a quien nada de aquello le daba buena espina.

-Curioso. El hombre de confianza del gobernador es un extranjero y un cristiano converso. Vaya. Por aquí sois más abiertos de lo que yo creía,

Él emitió un discreto bufido.

-Ferran ya me había advertido que no eras una persona fácil.

-No, claro. Te metes en mi vida sin avisar y se supone que tengo que sonreír e invitarte a una vasito del vino del bueno. Vamos, anda…

-Vengo a interrogarte por lo que pasó anoche -me interrumpió sin ningún remordimiento. Pero yo, después de que por fin desvelara el motivo de su presencia en mi habitación (también es verdad que antes no le había dejado hacerlo), tuve una idea. Una idea que aclararía todas las sospechas que su súbita presencia me había hecho concitar, aparte de proporcionar otro tipo de alivio a mi situación. Así que adopté una expresión sorprendida que evolucionó a otra grave y respetuosa.

-En mi país un hecho como el que me ocurrió sólo habría suscitado burlas por parte de los representantes de la justicia. Además, normalmente la víctima es acusada e incluso castigada mientras los culpables quedan impunes -os suena, lectores del siglo XXI, ¿verdad?-. Veo que los mahometanos que oí alardeaban de respetar a las mujeres mucho más que el bárbaro pueblo nórdico y occidental no iban tan errados…

Logré desconcertarle. Evidentemente no esperaba aquella reacción de mi parte. Pero no era tan ingenuo para creer que fuera sincera; se quedó en silencio, esperando mi siguiente movimiento.

-… y por eso estoy tan agradecida que quiero ponerte las cosas fáciles…

Por su mirada de inteligencia, yo colegí que, evidentemente, ambos sabíamos, y ambos sabíamos que el otro también sabía, que si mi intento de agresión no hubiera sido perpetrado por latinos la historia hubiera sido muy diferente. Pero todos sabemos que, por desgracia, la gravedad de un hecho delictivo, y aunque las leyes afirmen lo contrario, es inversamente proporcional al poder político o económico que ostente el delincuente, o directamente proporcional al interés estratégico que el poder imperante pueda tener en minimizarlo o maximizarlo. (Y esto también os sonará, lectores del siglo XXI). Yo proseguí.

-…así que no te ayudaré a encontrar a esos villanos, no. Mucho mejor. Te llevaré ante ellos.

Él enarcó las cejas durante un segundo, y al gesto lo sustituyó de inmediato un suspiro resignado. Yo había llevado las cosas a un punto en que él no podría negarse sin bajar del pedestal al que le había aupado, y desde luego yo sabía que no lo haría.

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-¿Son ellos? –me soltó con brusquedad Roger.

No había sido tan difícil. Se trataba de buscar la taberna más cercana al lugar donde me habían cercado, dado que en el estado en que se hallaban difícilmente hubieran podido llegar desde mucho más lejos. Tras aquello, y con la ayuda de unas monedas, logramos que un parroquiano reaccionara a la descripción que le hicimos de ellos y nos confirmara que eran habituales; después, sólo hacía falta esperar. Ni la primera ni la segunda noche tuvimos suerte: me imaginé que estarían dejando pasar unas jornadas prudenciales antes de retomar su vida normal, pero no eran tan avispados como para pensar que lo más sensato habría sido no volver a aparecer por el lugar (aparte de que, también es verdad, no tenían ningún motivo para suponer que les estábamos buscando); y la tercera, por fin, nuestra paciencia había obtenido recompensa. Yo asentí.

-¿Estás segura?

Nos habíamos cobijado bajo una especie de soportal, para ver entrar a los clientes de la taberna. Y allí estaban, con una pinta tan indigna como la primera vez que les vi, y con toda las trazas de llevar ya entre pecho y espalda un 90% de todo el vino de Jerusalén; en aquel momento iban a por el 10% restante. Esta vez sin la compañía de Gauthier (que estaría tirado en estado de coma etílico en cualquier rincón), no parecían muy compungidos por su derrota de, ni siquiera teniendo en cuenta las diferentes formas existentes de manifestar la vergüenza; tampoco esperaba otra cosa, en realidad.

-Sin ningún género de dudas. No olvidaré fácilmente su aspecto de haber chapoteado durante años en el cenagal del vicio más infame. Y no creas que quien te habla es ninguna puritana: sencillamente me respeto lo suficiente para no caer en según qué excesos, lo que, por otra parte, no sería muy aconsejable dada mi profesión. Y además me lavo, lo que no es poca cosa. Bien, ¿les prendemos ya?

El funcionario me ojeó de arriba abajo con expresión de incredulidad.

-No sé a qué te refieres –me contestó, mesurado y correcto, como parecía ser habitual en él-. Como es natural, iremos a buscar refuerzos, y entonces los atraparemos. Mejor dicho, los atraparé. Entiendo tu ira hacia ellos, pero está claro que no vas a participar en su detención.

Yo le miré con ironía y solté una risita.

-Roger, por favor… ambos sabemos que si hubieras tenido hombres disponibles ya los habrías traído. ¿Crees, acaso, que desconozco, que todos los efectivos de la ciudad… están demasiado… como lo diría… ocupados? -me lanzó una mirada incrédula-. Seguramente, tu gobernador, desde su Torre de David, se limitará a utilizar a estos tipos como ejemplo para atizar el fervor guerrero de tus conciudadanos contra los infieles -ahí me miró dubitativo. Sus sospechas de que yo sabía demasiado se acrecentaban a toda prisa-. Y yo no puedo arriesgarme a que vuestras estrategias militares se prolonguen hasta el infinito y me priven de mi justa venganza. Adelante: somos dos, enteros y en forma, y ellos cuatro pero tan borrachos que apenas se tienen en pie. Te puedo prometer que he estado en peleas más desiguales. Vamos, catalán, no encontrarás una ayuda mejor yo de mucho tiempo. Porque no creo que lo que te suceda es que tengas miedo -fingí incredulidad.

Roger suspiró, armándose de paciencia para rebatirme, mientras me echaba otra ojeada evaluativa: yo era la mitad de alta que él y bastante menos corpulenta, eso sin que se tratara de ningún Hércules. Y aunque Ferran le había repetido que se las estaba viendo con una profesional, no podía creérselo. Negó con la cabeza.

-No tengo miedo por mí, pero desde luego que no voy a ponerte en peligro. Nos vamos –dijo, agarrándome de la muñeca para arrastrarme tras de sí, y luego soltándome enseguida, como si creyera haberse tomado demasiadas libertades. Yo le envié una mirada llameante de ira. Y después, sin que él pudiera hacer otra cosa, que lanzarse detrás de mí, eché a correr hacia la taberna.

No sé lo que habría sucedido de haber llegado yo a entrar allí: era un territorio hostil para cualquier buen ciudadano de Jerusalén, y también para todos los que, aun viniendo de lejos, no deseábamos atentar contra la paz de aquel pueblo. La taberna estaba llena de expatriados resentidos, restos de la última cruzada que no habían tenido valor de volver a sus casas después de gastarse todo el botín de guerra en vino y prostitutas y que culpaban de ello a los musulmanes y al universo en pleno, soldados cuyo ardor militar había sido sustituido en su sangre por miles de azumbres de alcohol. Pero, afortunadamente, no fue necesario: tal vez por pura casualidad, o por la advertencia de alguien de que los habíamos estado buscando (habíamos untado sustanciosamente a todos nuestros informantes a cuenta de las arcas jerosolimitanas para que no hablaran de nuestro interés por los cuatro supervivientes, pero bueno, ya se sabe), los vimos salir de la taberna con algo de premura, ya que en su estado no podían hacer gala de mucha más. Y aquel fue mi momento. Salí de la seguridad de la noche y me coloqué bajo el área de influencia del hachón que iluminaba la plaza. Les sonreí con sorna. Extrañamente, a pesar del pedal que llevaban, tardaron muy poco en recordarme. Y es que no me gusta presumir, pero los viajes que pego son legendarios.

-¡Vaya! Pero ¿no es la…?

Mi sonrisa ganó en intensidad, en cruel sarcasmo. Mi espada brilló a la luz de la luna.

Y, naturalmente, Roger no tuvo otro remedio que apoyarme.

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No puedo decir que se tratara de una lucha épica, a pesar del escaso equilibrio numérico entre bandos. Nuestros contrincantes estaban tan perjudicados por la bebida que sus puntos de habilidad y resistencia habían descendido hasta límites de novatos. Pero, sorprendentemente, descubrimos que aquellos deshechos humanos, en algún momento, habían sido guerreros experimentados y no totalmente cobardes y, cercados por la desesperación, recordaron momentos singulares de la caída de Acre, donde al parecer, tal como supimos después, los cuatro habían estado presentes (junto con una servidora, por desgracia, aunque, eso sí, al menos nuestros caminos no habían confluido). No es fácil defenderse de dos enemigos a la vez si uno de ellos no se pone a hacer cola, como se ve en las películas, pero yo saqué mis dos espadas e intenté combinar con ellas defensa y ataque frente a los demasiado precisos y contundentes envites de los dos penosos representantes de la latinidad, teniendo en cuenta su estado. Me puse lo suficientemente cerca de la pared de la taberna para evitar que uno de ellos pudiera colárseme por detrás, y lo suficientemente lejos para no acorralarme yo misma, y multipliqué por mil mis reflejos. Los tres días de estancia en la casa de Ferran, rodeada de comodidad, sabrosa gastronomía oriental y otras atenciones (que no voy a detallar por el momento) habían hecho milagros conmigo, pero después de un buen rato de intercambiar estocadas, la excelente, debo reconocerlo, sincronización que había entre los dos (era evidente que habían luchado juntos muchos años), no me permitió hacer mis trucos habituales de esquivar y atacar, aprovechando la fuerza de mis oponentes (y las imprudencias que solían cometer pensando que sería fácil vencer a una débil mujer) contra ellos. Además, aquellos dos me conocían, y en el escaso lapso de tiempo de nuestro primer encuentro parecían haber aprendido demasiado bien cuál era mi manera de luchar, y aunque sus mandobles eran tremendamente fuertes, en ningún momento descuidaban la defensa, por lo que yo tenía que esforzarme en defenderme sin avanzar más de la cuenta y acabar cayendo en la trampa de la cual me consideraba maestra. Así es que di un paso atrás, respiré hondo, e intenté moverme todo lo que permitieron, haciendo valer mi agilidad contra su destreza, y limitándome a defenderme más que atacar, hasta conseguir agotarlos, trasladando, además, el esfuerzo de mis brazos a mis piernas. Por el rabillo del ojo, vi que Roger estaba teniendo similares dificultades, y durante un segundo lamenté haberle arrastrado a aquella historia. Pero los hijos de puta seguían arremetiendo contra mí, y en algún momento temí que sólo un milagro podría hacer que yo saliera viva de la aventura.

Y sin embargo, el milagro no se produjo.

Se produjo algo muy diferente. Algo completamente humano, aunque hablar así pueda significar blasfemia (que me detengan, pues). Mi mente repasaba, como si se presintiera vivir sus últimos días sobre la tierra, los más recientes años de mi vida, justamente desde San Juan de Acre. Todos los amigos muertos, todas las traiciones, todas las injusticias. Aquel repetido constatar de que el mundo funciona al revés de cómo debería, y cómo es la maldad la que es premiada mientras es castigada la bondad, sin que podamos tener la esperanza de que. Algún día, en algún mundo posible, en algún paraíso soñado, el hecho se revierta. Pensé en Isabel, que seguramente debería andar por aquellas cortes hispánicas del diablo tramando planes maléficos contra los templarios, y cómo yo ya ni podía ni quería evitar que aquellas artimañas se concretaran; porque ella se equivocaba al creer ser la víctima de los Pobres Caballeros de Cristo, cuando en realidad la gran damnificada por ellos era yo. Todos esos conceptos se mezclaron antes mis ojos con la sangre que brotaba de mis numerosas, aunque leves, heridas, y de las de ellos, y de pronto comprendí que tenían que pagar por todas las masacres, por todas las traiciones, por todas las mujeres que tenían ante sí un largo futuro de ser tratadas como objetos de secunda, valoradas solo por su belleza, y utilizadas impunemente. Y lo hice. Lo hice. Corrí. Me alejé de ellos. Pero no muy lejos. Llegué un momento en el que ya no pude huir más. Al menos, aparentemente.

Tenía miedo, pero sabía que era la única manera: ya había empleado aquel truco en nuestro primer combate, pero me decidí a poner a prueba la inteligencia del grupo, que imaginaba bien escasa. Aparentemente desfallecida, me detuve en seco, con los brazos caídos, a punto de dejar caer las espadas, mirándoles con expresión de súplica en los ojos, poniéndome a su merced. Creo que nunca le agradeceré a Omar lo suficiente que me enseñara a ser buena actriz. Porque, cuando les tuve encima, sonrisas de suficiencia, convencimiento íntimo de pertenecer a una raza superior y de ser poseedores de la verdad, cargados de ese odio al diferente que tan útil es como medio de azuzar al pueblo a la guerra para ganancia de sus líderes, aún me derrumbé más sobre mí misma, y un leve pero efectivo movimiento de mis espadas, que disimuladamente había cruzado sobre mi regazo para conseguir más impulso, fue suficiente. Cuando levanté la vista, ambos habían caído, uno con un fenomenal tajo en la pantorrilla y el otro con el talón de Aquiles seccionado e inútil. No les di tiempo a levantarse sobre su única pierna sana ni a enarbolar sus espadas contra mí y les clavé las dos mías, simultáneamente, en sus fláccidos vientres. Ni siquiera sentí el pinchazo con que uno de ellos había atravesado mi hombro izquierdo antes de caer. No, no fue una lucha épica, sino sólo brutal y chapucera; pero tampoco se merecían otra cosa.

Más tarde, aquella herida me dolería horrores, pero en aquel momento no podía ocuparme de ello. Roger tenía dificultades: había acabado con uno de sus dos adversarios, pero el ver la manera en la que yo me había cargado a los míos le distrajo un momento, lo que el restante aprovechó para lanzarle una estocada al muslo. Aquello le hizo recular un instante, y vi que el otro aprovechaba para abalanzarse contra él. No había tiempo que perder. Lancé un grito lo más fuerte que pude y volé hacia él a la mayor velocidad que mis circunstancias, que no eran las más favorables, me permitían. Y antes de que tuviera tiempo de volverse completamente y apuntarme con su espada, yo le había rebanado las tripas, que cayeron al suelo antes que él, gordas como pellejos de vino bien repleto. No me di cuenta de que estaba a punto de marearme por la pérdida de sangre hasta que Roger me sujetó.

-Vamos -dijo, empujándome hacia el murete más cercano, cojeando; afortunadamente, su herida era poco más que un rasguño. Los usuarios de la taberna habían esperado justo aquel momento para salir al exterior e irrumpir en todo tipo de exclamaciones, dejando bien claro que habían estado espiando por las rendijas de la puerta, bien a salvo. Roger hizo valer su cargo y, poco a poco, se fueron dispersando, mientras él intentaba cortarme la hemorragia con un jirón arrancado de sus pocos elegantes ropajes, cosa que me habría hecho temer el coger la septicemia de haberme acordado yo en aquel momento de que tal cosa existía-. No es un corte profundo, pero ha sangrado mucho. Ahora ya está -me miró, con algo de preocupación, al acabar el torniquete-. Si puedes andar apoyándote en mí, iremos a buscar al médico. Ferran conoce al mejor de la ciudad. Venga, sé donde encontrarle.

Yo asentí. Sentía aquel curioso y conocido vacío que me acometía cuando había acabado con un misión que yo creía necesaria, como si nada fuera suficiente o todo fuera inútil. Permanecí en silencio mientras caminábamos, ofreciendo una más real imagen de borrachos que los desgraciados a los que acabábamos de facilitar el salvoconducto a la otra esfera. Él, tras unos minutos, habló.

-No he visto a nadie luchar como tú. A nadie –parecía realmente asombrado.

Yo meneé la cabeza.

-No soy tan buena como parezco. He aprendido a emplear la fuerza de mis agresores en mi provecho, y hasta mi propia debilidad. Además, la ira me ayuda. Sé controlarla y lograr que sea mi aliada, y no mi enemiga. Y realmente tengo muchas razones para estar rabiosa -hice una pausa-. Además, si te parezco tan hábil es porque no esperas que una mujer lo que sea, ni siquiera mínimamente.

Él también hizo un gesto de negación.

-No. No creo que sea por eso. O al menos no totalmente por eso.

-Bueno… hay pocas cosas que sé hacer bien. Quizá ninguna. Excepto ésta. Se puede decir que no he hecho mucho más en toda mi vida.

-He de reconocer que aún estoy impresionado.

-¿Me contratarás, entonces?

Se detuvo en seco.

-¿Éste era el objetivo? Pensaba que solamente buscabas aliados para tu venganza.

-Y para ayudar a limpiar Jerusalén de escoria, no te olvides… Bueno, digamos que ambos propósitos son compatibles… Sé que Ferran te ha hablado de mí y que tú no estabas en absoluto convencido. Necesitaba demostrarte de lo que soy capaz.

Roger seguía mirándome, sin responder.

-Sé lo que tramáis -continué yo-. Me necesitas.

-¿Qué sabes? ¿Y cómo lo has sabido?

-Lo que se avecina. Tengo ojos y oídos.

Él dudó.

-Eres cristiana -adujo él.

-También tú lo eras. Hasta Ferran lo era. Eso demuestra que ser cristiano no es una marca que tengas que llevar de por vida. Y yo ya me he deshecho de ella: sin haberme convertido al islam, desde hace tiempo puedo decir que sólo soy cristiana por cultura.

-Entonces -continuó él-, ¿has tomado partido?

-Hace años que tomé partido.

La mirada de Roger era pensativa.

-Vamos. Ya queda poco -dijo al fin.

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Entramos en la misma taberna donde había encontrado a Ferran por primera vez, en la que proliferaba la población griega y armenia con algún latino, pero que más o menos era frecuentada por todos los grupos étnicos y religiosos de la llamada ciudad santa: un lugar donde los rumores aún no habían hecho mella en la convivencia. Por el momento. El aludido estaba allí, presidiendo una mesa a la cual se sentaban individuos de todo calibre, entre los que, sin embargo, abundaban las vestiduras al estilo turco. Ahogó una exclamación al vernos entrar.

-¡Eowyn! Pero ¿qué…? Pensaba que hoy sólo ibais a investigar. ¡Dios nos ayude! -no sé a cuál de sus dioses se refería, si al nuevo o al viejo, pero no creo que ninguno de los dos se enfadara por invocar así su nombre en vano-. Vamos, Roger, ponla sobre ese banco. Hay que llamar al médico rápidamente… Hassan, encárgate tú -dijo, dirigiéndose a un jovenzuelo musulmán que le obedeció enseguida. Se inclinó hacia mí y me ayudó a sentarme-. Te pondrás bien. Es el mejor médico de la ciudad. No echarás de menos a maese Simón, te lo aseguro… Roger, será mejor que tú también te sientes. Abdul te ayudará con ese corte.

-No, si no lo echo de menos -contesté, pensando en el sanguinario, aunque efectivo, médico judío amigo de los templarios-. Y no te preocupes, estoy bien. Pero me duele. Tal vez… -adivinando mis deseos, acercó una copa de vino a mis labios-. Ahora sí que me siento perfectamente -seguí, tras un buen trago-. Como para acabar con otros dos, por lo menos.

-Tenías razón, Ferran -Roger intervino-. Es buena. Más que buena. Me ha sorprendido.

-Te lo dije. Es la mejor -me miró con afecto. Desde su súbita conversación al islam, cosa de la que me había enterado poco después de pasar la primera noche en su casa, Ferran se mostraba conmigo mucho menos expansivo que de ordinario. Pensé (no sabía mucho al respecto) que debía tratarse de la moral sexual musulmana. Claro que eso no le había impedido visitarme las dos últimas noches con nocturnidad y alevosía, aunque tampoco se puede decir que yo le hubiera cerrado las puertas, precisamente. No era un tema que me obsesionara, ni mucho menos, pero a veces me preguntaba qué buscaba Ferran en nuestros ocasionales encuentros. Dados algunos hechos de su biografía (como su prolongada relación con Omar, por ejemplo), era extraño que quisiera tener tratos con alguien como yo. Pero tal vez, sencillamente, buscaba en mí lo mismo que yo en él: ni más ni menos, vivir.

-Y asegura que está con nosotros.

-Nunca tuve ninguna duda.

-Y que lo sabe todo.

Aquí, Ferran me miró como si me viera por primera vez.

-No es tan difícil hacerse una idea de lo que está pasando aquí -expliqué-. No soy tonta, y sabes que tengo muy buena mano con la servidumbre, entre otras cosas porque sé muy bien que soy igual que ellos y no quiero olvidarlo. Casi todos los hombres de Roger andan desperdigados por toda la ciudad buscando posibles espías cruzados. Y el resto, hacen de espías a su vez, pero entre los cristianos, e incluso fuera de los muros. Los negocios que te han llevado hasta aquí -ahora miré a Ferran de hito en hito- son en realidad ayudar a defender la ciudad. Hace tiempo que sospecho que tienes experiencia militar, que has sido educado como un caballero, a pesar de que en un momento dado decidieras unirte a Omar y vivir del mester de juglaría. También sé que él no se halla ahora contigo porque está intentando recabar refuerzos, sí, lo he averiguado no obstante todas tus evasivas e incluso mentiras al respecto.

Tanto mi antiguo amigo como mi nuevo aliado me miraron algo confundidos, sin afirmar ni negar nada. Continué, preguntando directamente a Roger:

-¿Qué sabemos, entonces?

No le quedó más remedio que contestarme.

-Un ejército se dirige hacia nosotros. Unos 3.000 hombres. No creo que estén a más de tres o cuatro días de camino. La buena noticia es que parece ser que son templarios, exclusivamente, lo que quiere decir que ningún reino les ha ayudado con efectivos, aunque tal vez sí con dinero y suministros. Durante un tiempo, temimos que se hubieran aliado con el Gran Khan, pero no hay constancia de eso. La mala es que hay contingentes de soldados de todos los países, y entre ellos, un gran número de nuestros paisanos.

Me crucé de brazos.

– Bernard nunca os ocultó los propósitos de la orden -añadí, con tristeza a mi pesar, pues recordé el tiempo en que todos nosotros fuimos un grupo compacto, con una misión común-, pero vosotros nunca le tomasteis en serio. Hasta que algo os hizo daros cuenta de que no hablaba en vano. Y entonces, Omar fue atacado por la enfermedad del islam más riguroso, que ya debía de estar latente en su alma. Y a ti, no sé exactamente cómo ni por qué, también te convenció… Pero lo importante es: ¿qué pensáis hace ahora?

-Preparar las defensas, lo que ya se está haciendo. Y asegurarnos la lealtad de todos los cristianos y los judíos. Vivimos en una ciudad con muchas banderas, y ahora las necesitamos todas unidas, fieles a nuestra causa.

Yo me quedé callada. Reflexionaba en las consecuencias de todo aquello. Me acometió una nueva oleada de olor y Ferran, viéndome apretar los dientes y cerrar los ojos, volvió a darme vino. Roger terció:

-¿Quién es ese Bernard?

Ferran y yo nos miramos.

-Es difícil de explicar -acabé contestando yo. No estaba muy segura de que fuera buena idea definir la exacta posición de mi antiguo compañero de fatigas en la Orden ante Roger-. Pero, para abreviar, hazte a la idea de que él va a secundar sin ningún tipo de vacilación todo lo que diga el Maestre Jacques.

-Y le conocéis bien -añadió.

-Sobre todo ella -me señaló Ferran, con un brillo de acero en los ojos.

-¿Y eso va a suponer un problema? -igual de dura fue la mirada que me dirigió Roger.

-Ya no. Todo lo contrario.

El negro caballero puso los brazos en jarras.

-No voy a preguntarte nada más por el momento. Confío en ti, sobre todo porque confío en Ferran. Pero espero que algún día me expliques el resto de la historia.

Yo asentí. Un viejo de pequeña estatura, algo encorvado y de mirada amable, entró cargado con un gran bolso de cuero. Ahora me iba a tocar sufrir.

-Por si este matasanos es tan salvaje como nuestro querido maese Simón y pierdo el conocimiento -me vi obligada a puntualizar- quiero que quede clara una cosa: sí, esta es la ciudad de las banderas, pero yo no lucho por ninguna bandera ni por ninguna religión: yo lucho por las gentes que están conmigo. Y ahora estoy aquí. Y vosotros sois mi gente. Por eso voy a luchar a vuestro lado. Sí, hace años que tomé partido. Por las personas.

(continuará…).

Bueno, ha sido un largo camino. Pero ya está, y puedo dedicarme a nuevos proyectos. La Casa Usher nunca se hundirá, recientemente finalizada, culmina el proyecto de la Trilogía Casa Usher. Ahí abajo tenéis todos los detalles para haceros con unos de los volúmenes, o con todos. Espero que os guste y que me aviséis de cualquier error de maquetación o edición que pueda haber para subsanarlo de inmediato, ya que estos formatos de Amazon se desconfiguran cuando una menos lo espera.

Espero que disfrutéis, y sobre todo espero feedbacks varios, aunque sean negativos. Y, como siempre, aunque es evidente que me gustaría obtener muchas regalías amazonianas, que está la vida muy mala, si alguien quiere un libro o todos y tiene problemas económicos, le animo a que se ponga en contacto conmigo.

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Jerusalén, verano de 1298.

Hace demasiado calor para estar viva, pienso, mientras busco cerca de la puerta de Jaffa la taberna de la que me ha hablado un ocasional compañero de aventuras. Ni siquiera recuerdo su nombre, y menos su rostro, pero no suelo olvidar las posibilidades de trabajo, sobre todo si sé que éste va a significar dinero, y aún más sobre todo si estoy tan necesitada de él como en estos momentos. Menos mal que el vino es barato, porque si no… De todas maneras, creo que he debido de morir en algún momento, en el mareante viaje de Chipre a Jerusalén, tal vez. Sí, cuando integraba el séquito de una dama aventurera que perseguía a su hermano (o mejor dicho, a la fortuna familiar, la cual el susodicho había secuestrado obligándola a contraer un matrimonio poco ventajoso al que no se resignaba); o tal vez, cuando nos encontramos con el hermanito ávida dollar y uno de sus guardias me atizó un golpe de espada que fue a impactar de soslayo en mi yelmo, cosa que me ocasionó un jaqueca que me persiguió durante semanas. Eso sí, todo había terminado felizmente: la señora estaba de camino a sus posesiones en Crécy con su dote a buen recaudo, el esbirro de su codicioso hermano pudriéndose bajo una lápida (gracias a uno de mis famosos mandoblazos), y yo, como siempre, sin una puñetera moneda, dado que las escasas piezas que le había podido arrebatar a aquella que se hacía declarar dama (y lo era tanto como esos supuestos izquierdistas que se compran mansiones y adoran a corruptos, pues se escapó dejándonos a todos más de la mitad de la soldada a deber) habían pasado a engrosarlas riquezas del gremio de taberneros de la ciudad. Sí, decididamente había tenido que morir, porque sin duda aquello era el infierno. Seguro. Lo notaba en que no se diferenciaba mucho de mi vida habitual. Excepto que hacía mucho, pero mucho, pero mucho más calor.

Nada. No encontraba la taberna por ninguna parte. ¿Seguro que me había dicho la puerta de Jaffa, y no la de Damasco? ¿Segundo callejón a la izquierda, antes de llegar a la iglesia de San Juan? Maldita sea, todas aquellas retorcidas callejuelas, llenos de cristianos embrutecidos que añoraban sus fracasadas gestas en la última cruzada y se gastaban los restos de antiguos botines, me parecían iguales, con sus colores terrosos y sus abigarrados mercados durante el día, fragantes y malolientes, ostentando promesas que yo nunca podría cumplir ni se me cumplirían. Me sentía prisionera en aquella ciudad, y me costaba encontrar algo en común con la gente que había sido educada en la misma doctrina que yo… o tal vez…

O tal vez es que ellos también se sentían prisioneros… Atrapados por la porquería que generaban.

Algo va suceder, lo sé. Este calor no es normal. Estamos hirviendo en nuestros propios sudores, y en vapor de nuestra cocción veo dibujadas escenas macabras.
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Llevo una temporada que no me alimento bien. Los síntomas de esa extraña enfermedad de la sangre que, según Maese Salomón, yo padezco y que hace que a veces me sienta agotada y me cueste respirar, han reaparecido. Supongo que en el supuestamente avanzado siglo XXI ya habrán conseguido buscarle un nombre, aunque ya sabéis que casi no puedo recuperar los conocimientos futuros que adquiero cuando viajo en el tiempo (por así decirlo), así es que me quedo sin saberlo, lo cual, por otra parte, no creo que me fuera a aportar ninguna mejoría. Sé que no estoy siendo razonable. Pero la comida es cara y el vino barato (al menos si no se es muy exigente al respecto), así que saco más rendimiento a mis escasas piececitas de metal si las invierto en líquido que en sólido. Los malditos templarios me enseñaron mucho sobre finanzas; que su Dios les envíe un rayo purificador. No en vano, ellos son los causantes de mis males.
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He de reconocer que durante el tiempo que permanecí en aquella encomienda de Chipre, me trataron bien. Reposo, bebida, comida y atenciones. Bernard no abandonó la cabecera de mi lecho hasta que me sentí lo suficiente bien como para echarle a patadas. Literalmente. Huyó como un conejo. Entonces, fue sustituido por Gonzalo que, con la misma expresión en los ojos que si se le tocara enfrentarse en solitario, sin armas ni estandarte, a un batallón de musulmanes cabreados, me plantó cara.

-Eowyn, sé que probablemente tengas deseos de asesinarme, y yo por mi parte ya he llevado a cabo todas las penitencias que el sacerdote me ha impuesto, e incluso otras a las que me he condenado yo mismo, pero escúchame, por favor. Es cierto que he sentido odio hacia ti. Bernard, azuzado por el vino, me contó tus sospechas, me aseguró que creías que yo era un infiltrado, un esbirro de Esquieu, del rey Felipe de Francia o del rey Jaume. Y no podía dejar de pensar que si todas las cosas que hemos vivido juntos, con Guillaume y los demás, te habían llevado a eso, habiéndote además salvado en dos ocasiones la vida… no te merecías nada. Además, Bernard te necesitaba, y yo le debo obediencia. Me dijo que te trajera, y te traje. No tuve ocasión de hablar con Guillaume, no supe los planes que él tenía para ti hasta que fue demasiado tarde, hasta que mi odio creció, y creció hasta que me ahogué en él, sin pensar que pudiera haber una vuelta atrás. Pero cuando te vi en la orilla, a punto de morir, o al menos eso creí en aquel momento… comprendí que había olvidado las enseñanzas de mi señor Jesús, las normas de la Orden a la que pertenezco… todo lo que soy y he sido siempre. Y te suplico que me perdones. No podré perdonarme a mí mismo hasta que no lo hagas.
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Siempre he pensado que, aunque no siempre se puede olvidar, el perdón suele estar más al alcance de nuestras pobres y corrompidas almas humanas, siempre indeciblemente más puras en nuestra percepción que en nuestra esencia. Pero, para conceder el perdón, que te lo soliciten es la condición sine qua non. Gonzalo me suplicaba que le perdonara, me explicaba coherentemente las razones que le habían llevado a ser el instrumento que destrozara mi futuro, y mi rencor hacia él se difuminaba, también sobre todo porque, aunque él no fuera tan cobarde como para defenderse apelando a esa excusa, yo veía claramente que no había sido más que un instrumento en manos de otro. Pero a ése, al que había pasado por encima de las buenas intenciones de Guillaume, al que había utilizado la ira de Gonzalo hacia mí para emplearme como un ingrediente más en su cocido belicoso (la había utilizado… y quizá también la había provocado. ¿Realmente estaba tan borracho que se les escaparon mis sospechas?), al que había interrumpido, incluso acabado, con mi vida, al que había convertido en cenizas volanderas, imposibles de atrapar, mis planes de futuro con el fuego malsano de su ambición, a éste… a éste nunca le perdonaría.

-Me marcho, Gonzalo. Te perdono, te perdono de corazón, pero no puedo permanecer más tiempo entre vuestras paredes. Ayúdame a marchar antes de que Bernard trate de impedirlo.

Y me fui. Con la única compañía de mi caballo (que había logrado sobrevivir milagrosamente al naufragio: aquel animal sin duda me enterraría), un par de camisas, pantalones y zapatos sencillos, una túnica, un perpunte, una capa, dos espadas y poco ajuar más que había robado de los almacenes templarios después de haber emborrachado al hermano pañero. Mi cota de malla, que me había acompañado tantos años y que tanto me había costado robar en su momento, así como el resto de mis armas, yacían en algún lugar del Mediterráneo, donde hubiera querido yo ver a Bernard acompañándolas.

Aquel hombre, que había jugado un papel tan trascendental en mi vida durante tanto tiempo, ahora se había convertido en mi peor enemigo.
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Puerta de Damasco, claro. Eso es lo que me había dicho aquel elemento. Llevaba tanto tiempo bebiendo tanto que ya ni sabía dónde tenía mis recuerdos. Era lo más lógico, la puerta de Damasco estaba mucho más cerca del barrio musulmán, y al parecer el trabajo en cuestión era mantener a raya a un contingente de cristianos que parecían andar algo exaltados últimamente… tal como si notaran algo en el ambiente… pues ¿no sería mi empleador un musulmán? Puerta de Damasco. Entonces, ¿a qué venía esa alusión a la iglesia de San Juan? ¿No sería la del Santo Sepulcro? ¿O… cualquier otra…? ¿Se había equivocado él… o yo? No, por más que me estrujaba la cabeza no podía acordarme. Hacia la de Damasco, pues. Total, no tenía mucho que perder. Aún me quedaba tiempo antes que fuera la hora de buscar la infecta calle donde se hallaba el sucio alojamiento para peregrinos en el que esperaba mi inmundo jergón.
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Todo aquello había sido demasiado. La ilusión hacia la que me había hecho ascender Guillaume, la posibilidad de Bolonia y un doctorado en Leyes, y luego el brusco aterrizaje en la bodega de aquel barco, habían acabado conmigo. Ya no me quedaban fuerzas poco más que para arrastrarme hasta la siguiente jarra de vino. Era consciente que en algún momento tenía que poner fin a aquel periplo autodestructivo, y que, si quería morir, causas abundaban que necesitaban a alguien que se sacrificase por ellas, lo cual era mucho más útil, y más valiente, que dejarse extinguir lentamente. Pero siempre lo dejaba para mañana. Aunque, en cualquier caso, ya no iba a poder retrasarlo mucho más: yo estaba comenzando a no ser ni de lejos la que había sido, y sabía que, en un par de días, de seguir por el mismo camino, no iba a ser rival para nadie.

Y además…

Y además, no podía soportar la idea de que alguien eligiera por mí hasta cómo debía terminar mi vida. No podía ponerme a mí misma en esa situación.

Pero ¿cómo podía desandar el sendero, ahora que llevaba ya tanto trecho recorrido?

Puerta de Damasco, puerta de Damasco, me decía yo. Puerta de Damasco. Tal vez, la puerta de Damasco era la salida. La salida a un mundo donde las cosas, por fin, iban a empezar a funcionar bien. Esa puerta de salida que llevaba toda la vida buscando, la misma que me había parecido atisbar tras las palabras de Guillaume, y que ahora sabía que nunca, nunca, iba a conocer.
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No estaba segura de si iba por buen camino. Hasta el Santo Sepulcro sabía llegar, pero una vez rodeada su impresionante mole, que me resultó aquella noche algo perturbadora, como preñada de misterios insondables al menos para mí, ya no estaba tan segura. Siguiendo mi instinto, tomé un callejón, luego otro, hasta darme cuenta que tanto instinto no debía de tener, o mejor dicho que mi sentido de la orientación era absolutamente penoso, porque andaba más perdida que mameluco en una iglesia.

Miré a mi alrededor. Me hallaba en una especia de plaza, en la que desembocaban varias bocacalles. Era tarde, y hacía al menos cinco minutos que no me cruzaba con un alma, o con cualquier otra entidad. Justo en ese momento, un par de borrachos aparecieron por un callejón y seguidamente, y tambaleándose como un barco castellano en mitad de una leve marejadilla, desaparecieran en la oscuridad de otro, antes de que hubieran podido escuchar mis gritos llamándolos; aunque también había que decir que en el estado en que estaban me hubieran servido de bien poca ayuda. ¡Borrachuzos desgraciados! (había hablado la presidenta de la Liga Antialcohólica Medieval, claro). ¿Cómo podían correr tanto si apenas eran capaces de andar? La carrerilla con la que había intentado alcanzarlos me había dejado exhausta, y decidí detenerme un momento. Dejé caer sobre mi espalda la capucha de la capa y me quité la crespina, que recogía mis cabellos y desfiguraba convenientemente mi rostro, no lo suficientemente hermoso para resultar atrayente (de hecho, yo me considero fea como una mala cosa, pero aún me quedaba algún amigo lo suficientemente leal como para rebatir apasionadamente mi afirmación) pero sí lo bastante femenino para llamar la atención más de lo la prudencia aconsejaba , y sacudí mi cabellera, que estaba húmeda de sudor. Me habría gustado meter la cabeza en un río, pero lamentablemente no había ninguno por los alrededores, y en lo que se refiere a piscinas olímpicas, mejor olvidarse. Tras aquel alivio momentáneo, demasiado momentáneo, me dispuse a volver a ponerme la crespina y a seguir mi trayectoria, si es que podía encontrarla, cuando, de pronto, escuché un barullo que se acercaba por la calle más cercana. Me recogí el pelo a toda prisa, pero mis limitadas condiciones físicas hicieron que, cuando el grupo causante del jaleo apareció por la puerta, yo me hallara aún en la mitad de la tarea.
-¡Mirad eso! -dijo uno de ellos, señalándome sin ningún pudor con el índice.
Eran cinco hombres. Las antorchas que medio iluminaban las calles no me dejaron ver ningún signo distintivo en su aspecto, o tal vez es que carecían de ellos. Nobles, por las vestiduras, cristianos, no estaban tan bebidos como los dos borrachos que acababa de ver, puesto que aún podían moverse con una mínima coordinación y articular palabras con algo de sentido, aunque tampoco se encontraban muy lejos de ello. Pero lo más inquietante es que miraban como si fuera la primera vez que veían en mucho tiempo, o como si fuese la única mujer que quedaba en el mundo.

En oro lugar, en otro momento, yo había reaccionado con mucha más prontitud: antes de que pudiera sacar la espada ya estaban casi a un codo de distancia. Nunca me culparé lo bastante de haber bebido tanto en los días perecederos, y encontrarme, aunque serena por falta  de efectivo, agobiada por una resaca que limitaba realmente mi dominio y mi control sobre mí misma. Y, sin embargo, y a pesar de todo, sé perfectamente que yo no tuve la culpa, y si realmente debería cuidar más mis costumbres, lo cual habrá sido lo más sensato, no era porque el hecho de no hacerlo pudiera ponerme a disposición de energúmenos como aquellos. No por ser una mujer. Porque, sencillamente, ellos no tenían ningún derecho sobre mí, y ningún comportamiento mío hacia mí misma ni hacia el exterior podría cambiarlo.
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-¿Otra pequeña infiel que se disfraza para escaparse y ver cómo son las pollas cristianas? –uno, de ellos, que me pareció ligeramente más alto que los otros, me revolvió el cabello y trató de arrebatarme la crespina que aún sostenía en la mano, con lo que a poco que se lleva un rodillazo en los testículos. Quise retroceder, pero dos de ellos estaban a mi espalda; en un momento, me habían rodeado, y yo ni siquiera habría podido decir cómo. Con una sonrisa sardónica, el primero volvió a acercarse, como si mi amago de golpe sólo hubiera existido en mi imaginación. Otros dos me sujetaron los brazos, y uno de los que tenía detrás me abrazó por la cintura y me adhirió a un cuerpo húmedo de sudor y realmente pestilente-. Vamos, moza, no tengas miedo, que no somos unos animales, como los de tu religión. Te trataremos con gentileza y si te portas bien tal vez hasta te lleves algo, aparte del placer de holgar con unos cristianos de la mejor casta. Venga, no te hagas la difícil, que aquí no te ve nadie.

Dedos que se cerraban como garfios contra la carne de mis antebrazos. Brazos que me sujetaban por la cintura como cabos de vela. Uno de ellos, notando el hierro bajo su antebrazo, me desarmó. La expresión estúpida y babeante del que, entre ellos, había elegido el papel de espectador. Y el que se suponía el líder tocándome el pelo y, de inmediato, intentando encontrar mi cuerpo bajo los largos faldones del perpunte.

-Condenada, te has disfrazado bien… es imposible encontrar el final de esto… ¿Por qué quieres ponérnoslo tan difícil? Gauthier, venga, pásame tu cuchillo…

Cuchillo, pensé. Yo llevaba uno, y también una daga, bajo mis ropas. Si tan sólo disminuyeran un poco la presión sobre mis brazos… No, no podía ser. Yo nunca había sido una víctima de ningún hombre, no podría sobrellevar tamaña humillación… Luché y luché, pero aunque yo no soy débil, ni aún resacosa ni enferma, eran demasiados.

-Quieta ya –el líder de la manada me soltó un puñetazo en el estómago que me cortó la respiración. Pensé que iba a vomitar en su cara, lo que hubiera sido fantástico, pero había comido tan poco últimamente que tenía en la tripa poco más que telarañas-. Que quieras jugar un poco es divertido, pero tanto rato me cansa. Gauthier, ¿va ya ese cuchillo del demonio? –sus dedos se había enredado con las cintas que cenían mi perpunte, pero yo sabía que aquello no duraría mucho. El malnacido de Gauthier estaba tan ocupado babeando y tan ebrio que no habría sido capaz de hallar su cuchillo ni aunque el artilugio le hubiera pinchado él solito en el ojo, pero el resto del grupo me presionaba más y más, al revolverme yo como una serpiente venenosa, y el jefe rompió la última cuerda, agarró los faldones de la prenda y la rasgó, casi hasta mi cuello.

Y entonces, yo dejé de luchar. Me rendí.

Mi cuerpo quedó laxo en las manos de las bestias, y mi cabeza cayó hacia la derecha. Ellos sonrieron, triunfantes, y se dispusieron  a pasar un buen rato

Pero, súbitamente, mis piernas se elevaron, ambas ellas, y patearon al unísono al líder, que se desniveló hacia atrás ligeramente, y a su secuaz de la izquierda. Al mismo tiempo, mis dientes buscaron cualquier atisbo de carne del hijodeputa de la derecha, y de ella tiré, hasta que un alarido infrahumano me hizo comprender que había acertado en algún punto sensible. Por otro lado, la boca del que tenía a la espalda se rompió hasta sangrar, tras el cabezazo que le arreé (fue completamente accidental, he de decirlo, consecuencia del retroceso al propulsar mis piernas hacia delante, pero resultó muy útil). Un instante después, ya libre, busqué de nuevo la seguridad de mis pies sobre la tierra, y peleé, ahora mucho más, peleé como si me fuera la dignidad en ello, que me iba, y pensé que si me defendía no era porque yo fuera una valiente que prefiriera morir a la humillación, si no que mi vida valía tan poco que sólo el respeto hacia mí misma me la hacía llevadera, y aquello sí que no lo podía perder. Y peleé, y seguí peleando, hasta que conseguí abrir la suficientemente distancia entre mis agresores y yo, la suficiente para sacar las armas cortas y hacerles frente. Creo que la expresión de mi rostro les hizo dudar durante un instante; no era aquel el tipo de desenlace, no era aquella el tipo de contrincante, que se habían imaginado cuando decidieron comenzar a jugar su juego. Gauthier ya no babeaba, aunque tampoco parecía muy capaz de entender lo que estaba pasando, y los demás, aunque decididamente desconcertados, parecían decididos a hacerme frente, aunque sólo fuera por pundonor. Pero yo ya no tenía miedo, y ellos lo habían notado.

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Había buscado la protección de la pared, y los tenía a los cuatro (Gauthier no contaba) delante, mantenidos a raya por mis cuchillos. Sabían, aunque yo no dijera, que todos juntos podrían vencerme fácilmente, pero también que, si lo intentaban, alguno saldría escaldado, y nadie quería ser el primero. El jefe debía de tener un tortilla francesa en lugar de aparato genital, al de mi derecha le colgaba un trozo de mejilla, el que estaba detrás había perdido un par de piezas dentales y tenía los labios reventados pero, afortunadamente, la sorpresa, la confusión, primaba más en ellos que la rabia. Yo sonreía con suficiencia, sin perder de vista al que había estado a mi izquierda, el único que hasta el momento parecía más entero, pero también a los demás. Y entonces, sin malgastar una palabra con ellos, les hice con la daga un leve gesto de que se acercaran. Si es que se atrevían.
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En aquel momento, otro rumor se oyó al final de una de las callejuelas. Aquello funcionó como un detonante. El de la derecha dijo:

-Vámonos. No vale la pena.

Se marcharon, el de la izquierda y el de atrás arrastrando al inútil Gauthier. Desaparecieron.

Entonces todas mis fuerzas me abandonaron. Comprendí, vi con sus colores más dramáticos, lo que había sucedido. Lo que había estado a punto de pasar.

Grité. Grité hasta quedarme afónica. Grité porque no quería llorar, y golpeé la pared con mis puños hasta casi machacarlos. Los dos primeros borrachos volvieron a entrar en la plaza, y casi de inmediato volvieron a marcharse, entre risotadas, tambaleos y balbuceos sin sentido, incapaces de verme ni de oírme, incapaces de salir de su burbuja alcohólica.

Si pienso en los días que siguieron, aquello funcionó como una premonición.
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Había llegado a la taberna cercana a la puerta de Damasco, o al menos eso creía. Sin buscarla, sólo errando sin sentido. Me dejé caer sobre una manchada mesa, con la cabeza reposando, oculta, entre mis brazos, y le solté a la camarera un gruñido, que ella contestó trayéndome una jarra de vino. Yo ni tenía ya fuerzas para beber. A mi lado, varios parroquianos discutían.

-Hay mucha gente que ya se ha marchado.

-Musulmanes cobardes –contestaba otra, algo más cascada-.Tonterías.

-Maese Pierre –habló una tercera, más fresca y juvenil-, no creo que a la hora de la verdad se molesten en comprobar si estamos circuncidados o no antes de matarnos. Matadlos a todos que Dios ya encontrará a los suyos, ¿os suena?

-Tonterías –repitió la segunda voz. La primera reforzó a la tercera:

-Maese Pierre, mi abuelo escuchó esas palabras como yo ahora te oigo a ti.

-Y fue mi abuelo el que estaba entre aquellos cruzados que decidieron saquear Constantinopla y no molestarse en llegar hasta Tierra Santa –la tercera voz insistía-. Créeme, anciano: si esas bestias entran aquí, cualquiera sabe lo que pasará. Yo cogeré a la familia y me iré mañana mismo, antes de que se acerquen más, si es que aún no lo han hecho.

Alguien entró y los tres lo saludaron. Las voces siguieron hablando, pero en tono más bajo. Pero ¿podía todo empeorar más? Van a entrar, pensaba yo. Pero ¿quiénes? ¿Y qué se supone que debo de hacer yo al respecto? ¿En qué bando me coloca eso?
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No sé si pasó mucho tiempo. Estaba agotada, y los ojos se me cerraron un instante. Cuando desperté, sentí que no estaba sola en aquella mesa. Levanté la mirada y vi unos ojos azules que me miraban con una dulzura estremecedora. Era Ferran. O, al menos, parecía ser Ferran. Su rostro atezado parecía mostrar más arrugas que lo última vez que le vi, y algo más había cambiado en él, algo que no pude discernir. Pero no, no podía ser. Él y Omar se hallaban muy lejos.

-No puedes ser tú –materialicé en palabras mis pensamientos.

-Sí, sí lo soy. Cosas de Omar, ya te contaré. Me enteré por Gonzalo que andabas por la ciudad, y desde que llegué vengo aquí siempre que puedo, pues me imaginé que acabarías apareciendo. Es un punto de encuentro de gente de tu gremio. Me enterado de… bueno… de lo que sucedió con Bernard… ya hablaremos de ello… Pero… Eowyn… hay algo más, ¿verdad? ¿Qué te sucede?

Irguió el cuello lentamente.

-Hace un momento. Cinco hombres. Me acorralaron.

-Dios mío, Eowyn… -la voz de Ferran se quebró, horrorizada. Sus manos buscaron las mías.
-No lo consiguieron.

Él me miró confundido.

-¿Quieres decir…?

-Ahora deben de estar buscando un médico.

Me miró con miedo y preocupación, y también con extrañeza.

-Pero tú… no estás bien…

-Me recuperaré.

Creo que alguien debería darme un premio. Había conseguido lo imposible: dejar al dicharachero Ferran sin palabras.

-Claro que lo harás –dijo al fin.

Se comportaba con torpeza. Yo sabía que deseaba consolarme, pero que jamás se había encontrado en una situación parecida. Al final, se decidió. Se levantó de la silla y después me levantó a mí.

-Vamos. A mi casa. Necesitas comer y dormir, sobre todo dormir. Dormir y descansar todo lo que quieras, hasta que digas que es suficiente. Luego hablaremos.

Yo me dejé llevar. A pesar de mi estado, la perspectiva me parecía bastante halagüeña. Pero había algo que me preocupaba.

-Ferran, ¿qué es lo que está sucediendo en la ciudad?

Salíamos de la taberna, él sujetándome, como si no pudiera caminar, yo dejándome conducir, sin protestar.

-A veces pienso que nos hemos vuelto todos locos. Incluso yo –dijo misteriosamente.

Le miré, intentando encontrar algún sentido a esas palabras. Él hizo un gesto en el aire con la mano derecha, indicando que debíamos dejar atrás de momento esas cuestiones, que ya nos ocuparíamos. Entonces lo vi.

Había una marca en el dorso de su mano. No era una cicatriz; se trataba más bien de una especia de tatuaje. Un tatuaje con forma de media luna.

Comprendí que, como siempre, los problemas no habían hecho sino empezar.

(continúa…)

(viene de)

-Realmente pensaba que eras mucho más lista, Eowyn.

Creo que era la primera vez que Gonzalo me hablaba, aunque a gritos y entrecortándose a causa de los bandazos del barco, claro está, desde que desperté en la bodega de la embarcación de un sueño que no era (o al menos totalmente) consecuencia de la borrachera. Evidentemente, mi compañero de juerga me había echado algo en la bebida. Y no creo que por inciativa propia. Deseaba con todas mis fuerzas que la borrachera le hubiera sentado mal y que estuviera escupiendo los intestinos en algún maloliente tugurio.

A Gonzalo, por su parte, le deseaba algo mucho peor…

Una nueva oleada de dimensiones tsunámicas se estrechó contra el casco de la embarcación, lo que hubiera impedido contestar, en caso de haber tenido ganas, claro está. En lugar de eso, me agarré con todas las fuerzas al poste en el que me sujetaba abrazada de brazos y piernas, entonando el Miserere mei, domine. Mientras, el muy hijo de puta actuaba como si aquello no fuera con él, aferrándose a un cabo muy tenso con una sola mano, igual que si fuera un viejo y avezado lobo de mar. Enseguida reanudó su monólogo.

-¿Qué esperabas, escapándote con esta tempestad y sin tener ni idea de dónde estás? Ha sido lo más idiota que te he visto hacer, y la verdad es que la lista es ya larga. Por mucho que la bodega esté llena de vías de agua, tenías más posibilidades de sobrevivir allá abajo que aquí, ¿no crees? -me mantuve en silencio: en parte, porque el mar no dejaba de escupir agua salada sobre nosotros; en parte, porque sabía que mi mutismo le haría desahogarse, ahora que había comenzado: Gonzalo nunca se había destacado por su modestia y su discreción-. ¿Sabes? Nunca he entendido porque alguna gente te tiene en tan alta estima. En el viejo Bernard, supongo que es sentimentalismo. Pero en otros casos… -se mordió la lengua; había estado a punto de traicionarse a sí mismo, y a sus celos enfermizos de cualquiera que le disputara la amistad de Guillaume. Que, por otra parte, tampoco entenderé nunca, igual que en el caso de Blanca. ¿Qué problema hay porque él y yo tengamos una cierta amistad? ¿Y por qué tiene que ser tan absolutamente encantador para todo el mundo, y por qué he de ser yo, tal vez la única a la que no le afecta su presunto encanto arrollador, la que más perjudicada sea por éste? Gonzalo continuó:

-Lástima que todo aquello haya acabado.

La nueva ola estuvo a punto de llevarse por delante el palo mayor; éste crujió peligrosamente, y aquel en el que yo me apoyaba parecía, asimismo, como si fuera a ser arrancado de cuajo en cualquier momento, bajo la mirada imperturbable del sevillano y la indiferencia del resto de la tripulación que aún no habían sido arrojados a las fauces de Neptuno; bastante tenían los pobres con lo suyo.

-Me temo, mi querida Eowyn, que has sido víctima de un engaño. Ha sido muy fácil. Un par de palabras amables de Guillaume, una jarra de vino y los fuertes brazos de un apuesto artesano, y ya está. La mercenaria más loca, y más tonta, de toda la Corona de Aragón y, diría más, de todas las tierras que componen España, mansa que un corderito. No creerías de verdad que Frey Pere y Guillaume, la orden al completo, iban a invertir en tus estudios… O… ¿sí? ¿Lo habías creído? Dios mío, entonces es peor de lo que pensaba…

Escuchaba el odio en sus palabras. Sentía el maremoto bajo mis pies. Pero ¿por qué? ¿Por qué me hablaba así? Tanto odio ¿a qué podía deberse? ¿Por qué había intentado asesinarme en Gardeny? ¿Tenía todo aquello que ver con La Reliquia? ¿Era también Gonzalo el instigador del ataque que habiamos sufrido Guillaume y yo, tanto tiempo atrás, en Chipre? ¡No, no podían ser simples celos! Y de pronto oí algo más. Escuché verdaderamente lo que decía. Comprendí plenamente el sentido de sus palabras.

Guillaume me había engañado. Él también.

Y escuché una última cosa. Un eco lejano. Lejano, pero siempre presente. Algo que no había dejado nunca de resonar en mis oídos desde la primera vez que lo oí. Las casi últimas palabras de mi antiguo enemigo.


Durante toda la vida has actuado como si tu huida no fuera lícita. Ahogando en ti misma el deseo de volver al redil. En el fondo, tú sabes que tu sitio está a mi servicio

Yo le maté. Le maté poco después de que pronunciara esas palabras. ¿Quizá por esa misma causa? Quería matarle. Pensé que mientras él estuviera vivo yo jamás podría ser libre. Pero me equivoqué. El problema no era él. Era yo. Creía que huía de él, pero sólo huía de mí misma. De la peor parte de mí. De la parte de mí más cobarde, más pasiva. La parte que acepta el status quo y no se cuestiona cambiarlo. No quería matarle a él, sino a esa parte de mí misma que impide ser quien yo quiero ser. Esa parte de mí tan españolita media, tan mujer típica y tópica.. Él murió, pero también venció. Nadie va a devolverme los años que perdí, las cosas que habría podido hacer. Es demasiado tarde ¡Demasiado tarde! Y odié de nuevo, odié a los que me habían llevado a esa situación, me odié a mí misma. Pero Gonzalo estaba mas cerca…

Pero ¿por qué me había salvado dos veces la vida si estaba planeando mi muerte?

Lancé un grito y me abalancé sobre él, en el momento que otro ola nos zarandeó como si el buque estuviera construido en papel y It nos esperara tras la alcantarilla. Estábamos ya completamente escorados a estribor, y la fuerza de la gravedad hizo que varios objetos, animados y inanimados, se deslizaran hacia abajo con nosotros, hasta quedar detenidos, al menos momentáneamente, por la borda. En ese batiburrillo me coloqué como pude sobre él y le golpeé con todas mis fuerzas, casi sin darle tiempo a defenderse. Mi rabia me cegaba, pero también multiplicaba por diez mi fuerza y me hacía resistente al dolor, mientras que él, tomado por sorpresa, tenía que hacer indecibles esfuerzos para quitarse de encima mi ímpetu y sacudirse mi peso, no demasiado inferior al suyo ya que era un hombre bastante menudo. Aún así, logró sujetarme las manos, lo que yo aproveché para proyectar una rodilla, estratégicamente colocada, hacia arriba: un truco muy viejo, pero que funciona la mayor parte de las veces. A pesar de todo, resistió el dolor casi sin soltarme, y no sé cómo habría acabado la pelea si la furia de las olas no nos hubiera arrojado definitivamente a la revolucionada mar.

Afortunadamente, o tal vez no tanto, entre todo el contenido del barco que fue lanzado conmigo, logré agarrarme a algo que flotaba: no me hagáis decir que era. No veía a nadie, o al menos no distinguía a seres humanos de objetos, ni siquiera a Gonzalo. Esperaba realmente que se hubiera ahogado entre horribles sufrimientos. Tampoco podía distinguir la franja de tierra que había visto en cubierta, y pensé que tal vez sería mejor dejarlo todo. Soltar mi asidero. Entrar en el reino de Cthulhu.

Aún no sé por qué no lo hice. Supongo que vivir se había convertido en una de esas costumbres tan aburridas como difíciles de abandonar. O era que tenía que solucionar muchas cosas. Lo que acababa de aprender sobre mí misma había sido demasiado duro. Sé que jamás podré ser libre hasta que no aprenda a hacerlo desde mi interior. Cuando comprenda que nadie ni nada, ningún hombre, mujer, moral, costumbre o religión, puede dictarme mis normas de conducta, entonces nada ni nadie podrá hacerme daño, impedirme vivir hasta las últimas consecuencias el poco tiempo que sin duda me queda.

Pero ¿lo deseaba en realidad?

Todos y todo me habían fallado. Todos y todo.

Cayó definitivamente la noche y volvió a salir el sol antes de que yo acabara con mis huesos en la arena de una playa. Ni siquiera me moví, entre otras razones porque mi cuerpo parecía roto, aunque tal vez habría hecho lo mismo de haber éste funcionado. Y pasaron más horas, no sé decir cuántas.

Sentí que ya no tenía ganas de vivir.

Unos cascos de caballo interrumpieron mi depresivo duermevela. Los ignoré. Transcurrió algo mas de tiempo, y ahora los cascos se transformaron en pesados pasos, que parecían detenerse a intervalos, y luego ponerse de nuevo en marcha. ¿Buscaban restos del naufragio? Pues aquí tenían a una. En toda la extensión de la expresión. Seguí sin hacer caso. De pronto, los pasos se hicieron apresurados. Oí unos gritos, me pareció que en francés, y también en aragonés y castellano.

Alguien me dio la vuelta y me hizo incorporarme. Abrí los ojos, pero todo estaba borroso. Cuando acercaron a mis labios un cuenco con agua me di cuenta de la sed que tenía. Las imágenes iban haciéndose más claras, poco a poco. Eran unos hombres vestidos de blanco. Uno, bastante mas voluminoso que el resto, estaba arrodillado a mi lado, sosteniéndome. Creo que me hablaba. Su voz me parecía amable, consoladora. Me sentí bien, a mi pesar, pero demasiado cansada. Sólo quería dormir. Y no despertarme nunca más. No necesitaba un paraíso. Eso sería el paraíso. Al menos, si lo comparábamos con lo que había…

-Tal como te prometí, te la he traído. Viva.

Ahora sí que abro los ojos como platos. Gonzalo está allí, de pie, casi completamente entero el muy engendro de la peor serpiente sarnosa, mirándome con suficiencia y vestido con un hábito impoluto. Se dirigía al templario grandullón que me sostenía.

-Te dije que lo conseguiría, Bernard.

Y entonces comprendí que el engaño había aún mucho más descomunal de lo que yo habría podido imaginarme en mis peores pesadillas. Y que aquella gente había entrado, en lo que se refería a mí, en un camino sin retorno. Que su Dios se apiadara de ellos, porque ahora iban a conocer mi peor versión.

Si es que ya hace mucho que lo vengo diciendo: esta gente va a acabar mal, pero que muy mal…

(viene de) Pero… algo no cuadraba: lo sentía, más que en la mente, en los huesos. No podía ser todo tan genial. A mí no me pasaban estas cosas. Sólo era una mercenaria inútil, solitaria, antipática y no demasiado agraciada, que encima estaba enferma y se estaba haciendo vieja. Todo un panorama, vamos. Yo ya no podía aspirar a nada, ni al éxito profesional ni al cariño de mi amigos, cosa que era lo que más apreciaba aunque se me diera tan mal demostrarlo. A mi no me podían pasar cosas agradables… Todo eso pensaba mientras me dirigía a la casa de Maese Salomón, que se había establecido en la judería de Barcelona, dispuesta a salir de dudas de una vez acerca de mi salud ahora que volvía a tener el bosillo lleno: Azathoth maldiga la privatización de la sanidad medieval.

-¡Dichosos los ojos! ¡Pero si es mi paciente favorita! Pasa, Eowyn, tus gritos aún resuenan en mis orejas. Sobre todo los que proferiste en Tortosa cuando te cosí el corte de la mejilla, que por cierto veo que ha sido uno de mis aciertos. Y eso que no recuerdo haber necesitado tantos ayudantes para sujetar a hombres que eran cuatro veces más grandes que tú. La verdad es que eres una persona notable. Y dime, ¿a qué debo el honor de tu visita?

-Dejaos de cháchara -le espeté. A continuación le expliqué mis síntomas. Él me hizo tenderme en un camastro, y procedió a examinarme con exhaustividad. Al final, me dio permiso de que me incorporara. Me hizo unas cuantas preguntas que me parecieron demasiado íntimas y bastante sorprendentes, pero que contesté sin problemas: tenía plena confianza en su saber, aunque la verdad es que me parecía un verdadero sadismo la poca afición que tenía a suministrar a sus doloridos enfermos anestesia alcohólica. Después de mirarme con expresión indefinible, al final se dignó en sacarme de dudas.

-He visto caso como el tuyo en mujeres en edad fértil y de clase humilde, sobre todo si no habían parido nunca. Tienes que considerar la idea de comer más carne, leche, queso y legumbres, e intentar descansar siempre que puedas Si sigues estos consejos, en pocas semanas estarás perfectamente.

Así que ¿sólo se trataba de aquello? ¿No se trataba de una herida antigua mal curada que me estuviera sentenciando? ¿No estaba gravemente enferma? ¿Ni achacosa y senil? ¿No tendría que jubilarme con las mierdosas pensiones femeninas de Rajoy? ¿Y tampoco había entrado ya en la recta final hacia la muerte? Pagué generosamente al médico y le deseé lo mejor. Estaba comenzando a pensar que existía una esperanza para mí. Que había encontrado por fin mi lugar en el mundo. Por primera vez en mi vida, se abría ante mí un nuevo horizonte, y sentí que podía empezar a disfrutar de la libertad que me había ganado.

Ingenua de mí.


¿Y sí la costa no estaba lo suficientmente cercana? ¿Y si no había ningún medio para alcanzarla? ¿Y si mi intención de llegar a la cubierta del barco tal vez se debía sólo a la convicción interior de que nada podría ser lo suficientemente horrible mientras una tuviera las manos libres para luchar y sucediera a plena luz? ¿Y si nada servía de nada? Bueno, llevaba toda la vida haciendo cosas inútiles, por una más no iba a suceder nada. Y así tomaba un poco el aire, que la atmósfera de la bodega empezaba a estar un poco viciada. Estaba claro que los compañeros de Gonzalo desconocían completamente las virtudes del agua y el jabón. Él, siempre tan señorito, sí que se lavaba a menudo, sí. Lo que sí apestaba a azufre era su alma. Puajjj…

Claro que, en cuanto a luz. quedaba bien poca. Las nubes de tormenta, hinchadas como enormes abscesos, se la habían comido toda, sustituyendo esa energía lumínica por la cinética de las olas en danza desenfrenada, que hacían que el propósito de mantenerse en pie sobre el barco fuera una mera utopía. Tras dar un par de bandazos, uno de los cuales casi logró arrojarme por la borda, y después de observar que ambos castillos, el de proa y el de popa, estaban hechos pedazos, pude abrazarme a un palo (creo que era el de mesana, pero no hagáis que lo jure) y mantenerme allí, en silenciosa oración al dios de las tempestades para que aplacase su furia. Y entonces vi dos cosas:

La primera era un regalo para mis sentidos y una promesa de salvación. Tan tentadora como un pastel de carne acompañado de vino del bueno, y con buenas perspectivas respecto a con quién domiría aquella noche: tierra a la vista. Muy a la vista. Tan a la vista que podría llegar nadando hasta yo, que no era la mejor de las nadadoras, cuando remitiera un poco el temporal. No sabía qué clase de tierra era, pero el territorio más salvaje y más poblado de sádicos caníbales me parecía, en aquella circunstancia, un edén.

Pero algo se interpuso entre mis ojos y esa seráfica visión, algo feo como el culo de un demonio y, como he afirmado antes, igual de pestilente, que sólo por mi mala fortuna se había cruzado en mi camino antes de que pudiera esconderme convenientemente.

Gonzalo, claro.


Siempre me pasa lo mismo. He tenido en mi vida tan pocas oportunidades para sentirme eufórica, que cuando llegan… me pierdo. Traspaso los pocos límites que me marco y los resultados pueden ser catastróficos; de hecho, creo que en esta historia ya os he hablado de algunos de ellos. En ese estado, entré en la primera taberna del puerto de Barcelona, para celebrar que dentro de poco iba a ser toda una doctora en Leyes que sólo repartiría hostias en sus ratos libres; y que, encima, no iba a morirme en breve, al menos no por causas naturales. Me senté en la parte más alejada de una enorme mesa, cuyo otro extremo estaba ocupada por un vociferante y bebedor grupo, y pedí una buena ración de papeo y una enorme jarra de vino del bueno (o al menos, del mejor que tuvieran) para mí solita; una vez que se tienen monedas de sobra, hay que aprovecharse, que nunca se sabe cuánto pueden durar. No pensaba emborracharme, tan sólo celebrar. Y conjurar los fantasmas que me acechaban.

Porque en el fondo sí, sí, sí, estaba segura de aquello era demasiado bueno para que me estuviera sucediendo a mí.

Seamos claros: el destino existe. Llámalo como quieras, pero existe. No tengo pruebas científicas para demostrarlo, excepto que la observación repetida del fenómeno de la vida siempre ha producido, a mis ojos, los resultados que voy a relatar. He aprendido (ahora parezco una redifusión cutre de guatsap, envíame a todo el mundo y te pasará algo súpermegaguay) que el esfuerzo sólo te sirve para llenarte de dignidad, que el esfuerzo, como la lucha, aunque siempre es necesario, también es inútil. Es otro deber personal, como la solidaridad, pero no va a conducirnos al cielo, ni al cielo en el cielo ni al cielo en la tierra (más bien todo lo contrario), pero a pesar de ello los cumplimos, porque está en el alma de muchos de nosotros, igual que en otros está el hacer lo contrario. Sencillamente, los hay que triunfan y los que hay que no. Los hay que han sido bendecidos por este dios ateo que controla el azar (el único en el que creo) con multitud de dones, y los hay que, incluso sin dones, consiguen lo que quieren. En cuanto a mí, que me he esforzado más que la mayoría de gente que he conocido en conseguir algo que medianamente valiera la pena, no he logrado nada. Ni tengo dinero, ni belleza, ni inteligencia, ni me servirían de nada si los tuviera, ni tengo la suerte que los hace innecesarios. A veces pienso que haber llegado a la edad que tengo, que no es elevada aunque no todos en mi profesión duran tanto, no es más que una burla cruel del sino para torturarme aún más, para que cuente con más tiempo para lamentarme de que no tengo, nunca tendré, futuro. Uf, pero qué fenomenal me estoy poniendo. Eso es lo que pasa cuando no hay nada interesante que contar: que cuentas demasiado. Para abreviar, diré que en cuanto me sirvieron la jarra con el fruto de la uva, como si fuera una señal, un hombre más o menos de mi edad, de aspecto agradable y vestimenta típica de artesano, se sentó a mi lado.

-Tienes aspecto de venir muy de lejos -me espetó-. ¿Qué tal si me cuentas la historia de tus aventuras y yo te invito a beber? ¿Te parece un buen trato?

Me encogí de hombros.

-Tal vez te decepcionaría. No soy buena narradora y en mi vida tampoco hay nada tan digno de narrar.-Bueno, puedes dejar que yo lo decida -refutó él-. Al menos, tu voz es bonita. Podría escucharte durante mucho tiempo, aunque no me agradara nada de lo que dijeras.

Como estrategia de conquista, había que reconocerlo, aquello era muy flojo. Pero aquel joven no parecía mala persona, y tampoco era en absoluto desagradable de mirar. Así que, con la única intención de pasar un rato y hacer tiempo hasta que saliera mi barco (yo también tengo mis momentos pudorosos y decentes, que os creíais), bebí y hablé con él un buen rato. Y entonces, el fundido en negro volvió a caer sobre mi vida. En forma de un enrome jarrazo que me propinó el artesano infiltrado cuando estaba presumiendo de mis aventuras, y que me hizo ver pajaritos un buen rato y, después, una buena porción de nada.

Y, de pronto, me encontré atada en la bodega del barco. Sin dinero, sin caballo, sin mis pertenencias, con el navío boloñés no se sabía dónde y, de nuevo, habiendo metido la pata hasta la misma rodilla.

Añadiendo a todo eso la presencia de un silencioso y malcarado Gonzalo, cuyas intenciones se auguraban, para variar, de lo más funestas. (sigue).

Encomienda de Barcelona.

(viene de)

Me veo a mí misma colándome en la encomienda barcelonesa, donde ya me conocían bajo mi disfraz de criado de Guillaume, y viendo cómo Blanca escapa de su celda a medianoche, apresurada y al mismo tiempo con una expresión de satisfacción que me resultó muy pero que muy sospechosa, antes de echarse la capucha de su manto sobre su rostro y desaparecer. Alcé las manos al cielo, escandalizada, y no precisamente por la rotura de los votos del visitador. Pero ¿acaso no recordaba que hace menos de dos años ella estaba planeando su muerte? ¿Ya había olvidado sus largos meses de recuperación y el disgusto que su supuesto fallecimiento prematuro había ocasionado a sus amigos, muchos más de los que en verdad se merecía? Oh, hombres. No hay uno bueno. El que no cojea de un pie es manco de un brazo, y el que ve perfectamente es porque está sordo. Muchas huelgas feministas se necesaitan en la Edad Media, y más aún en la Contemporánea. Aunque también tenía que reconocer que el vergonzoso ejemplar de mi género que acababa de huir por el pasillo (a pesar de aquella belleza casi inaudita, que hasta a una heterosexual de libro como yo la impactaba), tampoco es que representara uno de los éxitos más sonados de la Madre Naturaleza. Pero no me detengo más: abro la puerta y penetro en el interior. Y allí me lo encuentro, suspirando felizmente sobre la cama, tal como lo trajeron al mundo. Tiene la decencia de taparse en cuando detecta la intromisión en su intimidad, pero en cuando me reconoce, lo que sucede inmediatamente a pesar del disfraz y lo inesperado de mi aparición, relaja un tanto su ataque de pudor.

-Eowyn, ¡qué sorpresa! Estooo… ejemmm… ¿llevas mucho tiempo en la puerta?

-Lo suficiente -digo yo-. Pero no he venido a hablar de eso.

-De verdad… no es lo que parece… sabes que es mi deber tenerla contenta…

-Guillaume, déjalo ya -le corto. No tenía que justificarse conmigo. Si acaso, deberia pedir disculpas a su propia inteligencia-. No habría venido a verte si no estuviera desesperada. No sé que está sucediendo. Es como si me persiguiera la desgracia o…

-¿O qué?

Me callo. No podía reconocerlo ante él. Aún me quedaba algo de orgullo. Pero estaba empezando a darme cuenta de lo que me pasaba. Estaba enferma. Me estaba haciendo vieja. Me agotaba demasiado, y si no liquidaba una pelea pronto, corría el peligro de no poder finalizarla, viva, al menos. Los años, o las vicisitudes, o todo junto, me estaban pasando factura. Y seguramente que lo habían detectado. Y por eso no encontraba trabajo. Nunca debí de ser muy buena, había llegado a la conclusión, pero era joven y animosa. Y ahora…

-No lo sé -reconozco-. No encuentro quien me contrate. Supongo que la crisis es peor de lo que parecía… Guillaume, tápate, por favor. No es que seas tan guapo, a pesar de tu éxito entre los mujeres, pero yo soy sólo una pobre doncella casi virgen y no puedo hablar de mis problemas mientras tú estás ahí, exhibiéndote. Sólo necesito que me ayudes a encontrar trabajo, por los servicios prestados a vuestra causa. Después me marcharé y no volverás a saber de mí.

La verdad, la reacción de Guillaume me sorprende. Se levanta al fin de la cama (con la precaución de cubrirse antes con una manta), me coge de las muñecas y me invita a sentarme a su lado sobre la ropa revuelta del austero lecho, a una respetuosa y decente distancia, eso sí.

-Eowyn, lamento todo lo que ha sucedido y lamento sobre todo que hayas podido pensar que me había olvidado completamente de ti y de todas nuestras aventuras juntos. A estas alturas estaba segura de que debías hallarte en Chipre, en compañía de nuestro viejo amigo Bernard, donde yo no tardaría en reunirme con vosotros. Si me hubiera imaginado que estabas en esta situación… Pero ¿por que te has negado a acompañarle?

Yo fruncí el ceño.

-Los sarracenos no me han hecho nada. Ya sé que me gano la vida con las armas, pero no creo en las Cruzadas. Si el rey al final inicia la campaña contra Murcia o contra Cerdeña y paga bien, le seguiré, no sé qué otra cosa puedo hacer si no. Pero no me siento cómoda luchando contra los turcos para arrebatarles unas tierras que, aunque no sean suyas, tampoco son nuestras; y mira que me gustaría que lo fueran, porque aquello es el paraíso.

-Pero peleaste en Acre. Y lo hiciste con valor.

-Es diferente. Allí estaba gente que conocía y apreciaba, y a quienes quería contribuir a salvar. Era el lugar en el que yo residía, aunque fuera temporalmente. Hubiera sido absurdo e hipócrita no hacerlo –  igual que pretender que la policía y los militares son peores que las grandes corporaciones, como hacen los izquierdistas descafeinados y guays del siglo XXI.

-Y hay algo más, claro…

Sabía a qué se refería, pero no pensaba decir nada al respecto.

-Comprendo que Tie¡erra Santa puede ser para ti un mundo de tentaciones. Pero sé que podrás resistirlas. Bernard te necesita.

No me digné a contestar a sus observaciones. Sólo esbocé una sonrisita irónica.

-Veo que estáis en las mejores relaciones ahora, tú y y nuestro común amigo.

-Entendí las razones por las que te ocultó que yo seguía vivo. Sólo quería evitarte una decepción si al final no me recuperaba. Y le agradezco que siguiera el camino del resto de los Ocho y volviera a confiar de ti – bajó la cabeza-. Lo que hice no estuvo bien. Entiendo su enfado.

-Pues que os aproveche vuestra recuperada amistad. Espero que os queden algunas migajas de tantas buenas intenciones para echarme una mano.

El bretón sonrió con su típica sonrisa de ayudante en la Tierra del supuesto Todopoderoso, como si lo tuviera todo controlado y se sintiera satisfecho por ello.

-No te preocupes. No hace falta que te marches a Chipre, por ahora. Tengo una idea genial para ti. Genial de verdad, no puedes imaginarte cuánto. Mataremos dos pájaros de un tiro. Voy a enviarte a Bolonia. Hace tiempo que Fray Pere y yo venimos pensando que debes seguir a nuestro servicio, y que eres lo suficientemente avispada para hacer algo más que dar mandobles. Vas a estudiar Leyes. Sé que tienes una buena base de Trivium y Quadrivium. Te escribiré una carta de recomendación para un profesor que conozco, te daré una buena bolsa y sólo tendrás que equiparte convenientemente. Escondiento tu identidad, obviamente. Y tu género.

Pero yo ya no le escucho. ¿Estudiar? ¿Yo? ¿Ser maestra, tal vez hasta doctora en Leyes por la Universidad de Bolonia? Eso lo arreglaría todo. Podría dejar las armas, antes de que ellas me dejaran a mí, en la estacada. Había soñado en acabar mis días peleando por una causa justa, con una encanecida mata de cabellos flotando al viento, pero también podía contribuir con mis conocimientos en Leyes a que la sociedad fuera más justa e igualitaria, ¿no? (O al menos intentarlo, porque ya tengo asumido que esto no va a cambiar en la vida). Pero ¿de verdad no estaba viviendo un sueño? ¿Tan importante era yo para los templarios? ¿Tan correspondido era mi fraternal cariño hacia Guillaume? Ummmm… había algo que no cuadraba.

-Una nave del Temple zarpa en dos días. Para entonces, lo tendremos todo arreglado. Y ahora ven aquí y duerme un poco… sólo dormir, no esperes otra cosa, que es muy agotador complacer a la gata salvaje de Blanca… Bueeeeeeeeno, si me dejas que me recupere un par de horas, a lo mejor…


Me despertó un chorro de agua en mi cara. La bodega se había convertido ya en una especie de lago interior en el que flotaban todo tipo de restos de naufragio, aunque en este caso yo los llamaría mejor indicadores de futuro naufragio. Pero algo más había cambiado; y es que yo seguía atada de manos y pies, pero ahora las ligaduras estaban casi fláccidas y, lo que era aún mucho mejor, no se hallaban sujetas a nada: por lo visto, el madero al que estaban atadas debió soltarse, debido a la combinación de bamboleo con mi peso, quizá con la contribución del agua que había entrado. Escupiendo una buenas bocanada de mar, no me costó mucho deshacerme de las cuerdas, e intenté nadar hacia al escalera coronada por una trampilla que daba a cubierta.

Si tenía que morir, al menos lo haría mirando a la muerte a la cara (sigue).

crisis económica, España, precariedad

(viene de) Las cosas empezaron a desaparecer en su casa.

Al principio casi ni se percataron. Los calcetines se desparejan en la lavadora. A veces alguien de la familia se come algo de la nevera y luego no lo recuerda, o no lo quiere recordar. Es normal que creas tener un billete de cinco euros cuando en realidad ya lo has gastado.

Pero fue a más.

De pronto, echaron a faltar objetos. Primero, pequeñas piezas de decoración. Luego, muebles auxiliares. Al final, mobiliario esencial. Electrodomésticos.

Los armarios estaban vacíos de ropa. La cocina, desmantelada. Sólo persistían las puertas y las cerraduras, que atestiguaban, al mismo tiempo, que nadie entraba en casa por la noche.

Pronto, ellos se dieron cuenta de que también comenzaban a desaparecer otras cosas, menos tangibles. La paz. Las sonrisas.

Subitamente, se dieron cuenta de que había desaparecido cualquier asomo de amor o amistad que hubiera podido existir entre ellos. Ni siquiera los echaron de menos.

No había deseos de divertirse. Ganas de vivir. Sólo quedaba el ansia. Un ansia ilocalizable, inasible, pero dolorosa, torturante. Un odio-comezón rabioso como el de una herida que siempre está a punto de curarse, y nunca lo hace.

Un día, lo localizaron. Era un enorme agujero negro, ubicado en uno de los cajones del mueble del recibidor. Entonces se miraron, como hacía tiempo que no lo hacían. Dieron un paso adelante. Sin sentimientos, porque ya todos se habían ido. Se marcharon.

Era justo el cajón donde guardaban los documentos de su banco.

(viene de) Hiciste lo que tenías que hacer. Lo que creías que tenías que hacer

Estudiaste, trabajaste, te esforzaste, enviaste currículums hasta al mismo infierno.

Intentaste ahorrar, sin rechazar vivir. No te diste a ningún vicio, o al menos a ningún vicio caro. No te metiste en negocios ruinosos.

No tuviste miedo, pero tampoco imprudencia.

Así es como te dijeron que tenías que vivir. Y tú lo creíste.

¿Qué es lo que hiciste mal?

Quizá no fue una sola cosa. Tal vez tu vida entera esté mal.

Y las voces de la sociedad clamaban: compra un piso, compra un piso, estás tirando el dinero. Tu religión de vivir de alquiler es una apostasía. Gritaban tanto que te ensordecieron. Pensaste: ¿y si me estoy equivocando?

Ahora tienes piso y no puedes vivir en él (y has vuelto al alquiler). Te lo han quitado. No así las cuotas, que te siguen llegando puntales el día 1 de cada mes, y que tú pagas, con tu sueldo de sobreendeudado mileurista venido a menos, no con la misma puntualidad, claro…

Poco a poco, intentas eliminar todas las deudas, todas estas deudas forjadas en tiempos de engaños hipotecarios y prestamistas, tuyos y de otras personas, de bajo indicadores sociales, de accesorios de colores que deslumbran del problema real. Porque, aunque tú hayas creído hacerlo todo bien (o no), nadie podrá evitarte tener que responsabilizarte de los errores de otras personas (o no). Eliminas deudas, te haces con otras, pero en eso estás, en eso estás…

Y de pronto, abres la nevera y está vacía.

Abres tu cartera y está vacía.

La web del banco ya ni la abres: sabes desde hace días que el rojo campa allí por méritos propios.

Pero ¿no eran los abuelos, en la postguerra, los que pasaban hambre? Tú has estudiado, tienes un trabajo, no eres demasiado inútil… ¿qué demonios está pasando?

¿Por qué nadie te lo dijo?

Papá, mamá, os juro que hice todo lo que me aconsejasteis.

O, al menos, eso crees…

Tienes hambre. Ayer no comiste. Ni cenaste. Hoy tampoco has desayunado. No es una dieta por salud. Las dietas las puedes dejar cuando quieras, si no depende tu vida de ellas. Es una dieta de no salud. ¿Por qué es barata la comida barata?

Mañana va a ser igual….

Le debes dos euros de un café al bareto de la esquina, ese café que paladeas (paladeabas) cinco minutos antes de entrar al trabajo, mientras leías las noticias. No has podido resistirte. Un café. Sólo un café.

Eres afortunado. Has podido lograr que tus hijos casi no lo noten. Conseguiste pagar la luz. No debes demasiado de hipoteca. Quizá algún día salgas de ésta. No mañana, pero algún día. Qué bien huele el bocata calentito de tu compañero de trabajo. (sigue)

Me dijiste que si estudiaba y trabajaba mucho llegaría muy lejos, mamá. ¡Qué razón tenías! He llegado tan lejos que ya ni siquiera sé cómo volver, cómo recordar quién era o si lo sigo siendo. No sólo he conseguido todo lo que me proponía; es que, además ¡he aprendido tantas cosas!

La importancia de la vida sana, por ejemplo. Voy caminando a todas partes, a veces corriendo, incluso. Y, aunque me cuesta un poco comprar cosas saludables, me he acostumbrado a comer muy poco, poquísimo.

Ahora, también, puedo controlar mis nervios; ya no me pongo histérica cuando la cajera escanea mi cesta en el súper; respiro hondo, pienso en cosas agradables y, lo que tenga que ser, que sea. De la misma manera, ya no me importa la opinión de la gente: si hay que hacer el ridículo, se hace y punto. ¿Acaso es tan grave?

Te he hablado ya de mis listas de las cosas necesarias y de las cosas accesorias? Ya te habría gustado a ti, pobre mamá, que cuando era pequeña hubiera tenido tal control de lo que realmente era básico para mí. ¿Recuerdas mis interminables cartas de los Reyes Magos? Ahora comprendo que, para ser feliz, necesito bien poco.

Y ¿te acuerdas de esa obsesión mía por la limpieza? Toda mi ropa tenía que estar impecable, y yo también. ¡Cuántas lavadoras puse y te hice poner, cuánto litros de agua malgasté en mis continuas duchas! Si hasta nos nombraron clientas VIP de Aguas de Barcelona… Incluso he llegado a pensar que la principal responsable del cambio climático soy yo… Pues también lo he superado. Soy responsable con el medio ambiente, y reciclo, reciclo mucho, cantidades astronómicas. ¡De mi casa apenas sale basura! La luz apenas la enciendo. Y en cuanto a la calefacción, habiendo mantas, ¿para qué molestarse ene encenderla y destruir el planeta? La verdad, no entiendo a la gente. Como si pasar un poco de frío fuera tan malo… ¡Si es sanísimo!

He llegado muy lejos, mamá. Muy lejos y muy alto. Sé que estás orgullosa de mí, aunque tú siempre lo has estado, no importa lo que hubiera hecho o dejado de hacer. Pero ahora que estoy más cerca de los 40 que de los 30, te puedo decir que he triunfado. Y que tú has triunfado también, porque todo lo que tengo te lo debo a ti. Me ha costado, lo reconozco. Una chica de clase obrera como yo, sin familia que tenga contactos de nivel, y demasiado tímida para creármelos, consciente de mis carencias educativas, de mi escaso atractivo físico, no podía esperar mucho. ¡Pero yo lo he logrado!

Estoy tan contenta! Hice bien en hacerte caso y comprar la casa. No iba a estar pagando alquiler toda la vida, y menos ahora que se han cumplido mis aspiraciones. Eso es tirar el dinero. Claro que si te paras a pensar, pagar los desorbitados intereses de las hipotecas es tirar el dinero aún más, pero bueno, la casa ya es mía, ¿no? Nadie la va a quitar.

Si es que puedo pagar todas las cuotas atrasadas, claro…

Pero no te preocupes, mamá. Todo está bien. ¡Lo he conseguido! ¡Me han hecho contrato! Cobro casi mil euros, ¡casi mil euros! Todos los sacrificios han valido la pena. No importa que apenas me llegue para la tarjeta del autobús y que me tenga que colar en el metro. ¡No te imaginas lo divertido que es correr delante de los seguratas mientras te gritan: “Vuelve, ¡vuelve!”! Sí, ahora vuelvo, ya me podéis esperar sentados. Tampoco paso tanta hambre, ni tanto frío, y mira, si un día la cajera del súper me dice que no hay dinero en la tarjeta, pues hala, ya pagaré cuando pueda, que tan poco se hunde el mundo. Todo se arreglará. Hay bibliotecas para conectarse a Internet, leer libros, ver películas y escuchar música, ¡y aún no he tenido que hacerlo a la luz de las velas! Sé que muy pronto me podré permitir caprichos, viajar, invertir en mis aficiones… ¡Hasta podré hacer algún máster!

No llores, mamás. Tú no lo sabías. No lo sabía nadie. Me educaste bien. Soy una buena chica que aprecia a las personas, la naturaleza, el arte y el conocimiento. Tú no tienes la culpa de que eso no sirva para nada. De que nos engañaran. No te preocupes. Todo se arreglará. Vivimos en el estado del bienestar. (sigue)

ficción histórica novela histórica Edad Media Cruzadas Bosque de Brocelandia Eowyn de Camelot

(viene de) En todo eso pensaba mientras, lentamente, procedía a aflojar mis ligaduras todo lo posible. Hice un esfuerzo titánico por relajar mis músculos, al mismo tiempo que intentaba hiperventilar con el único objetivo de acalorarme y sudar, cosa por otro lado bastante improbable con el frío que hacía en aquella maldita bodega. Gonzalo llegaría en cualquier momento; yo calculaba, por la escasa luz que se colaba por los ojos de buey, que se acercaba la hora en que me permitía soltarme un poco para proceder a la satisfacción de mis necesidades físicas y mi aseo personal, con la ayuda de un par de cubos situados en un estremo oscura de la estancia, bien asegurados contra los más que seguras turbulencias marítimas. Y entonces, todo mi trabajo tendrían que empezar de nuevo, y eso si no se percataba de que las cuerdas no se cerraban ya con demasiada afición contra mi piel. Y para ello, para sudar de pura rabia, sólo tenía que recordar los hechos que me habían acaecido, en una sucesión de desdichas, como una pesadilla interminable, desde que abandoné Tortosa.


Morirme de hambre por no trabajar, o morirme de hambre trabajando, sólo que un poco más lentamente: éstas eran mis alternativas, como en la España dela recuperación económica de los que nunca han sufrido la crisis. Pero que no se dijero que no lo había intentado. Vi la posibilidad de unirme de nuevo con mis antiguos compañeros de la guardia de mi antiguo enemigo muerto. Uno de los nobles presentes durante lo que habíamos dado en llamar la Batalla de Tortosa, impresionado por nuestras hazañas y creyéndonos unos auténticos semidioses, Hécules y Dianas inmortales, caballeros y damas en la búsqueda del Graal, nos había contratado. Así que nos unimos a su séquito y tomamos el camino de Vic. No había llegado aún la primera noche cuando Ruy se presentó en la tienda que compartía con Cristina, por otra parte misteriosa y oportunamente desaparecida, para darme una mala noticia.

-Eowyn… no sé cómo decirte eso, la verdad. Mira, el conde me ha mandado llamar. Según parece, ha recibido un mensaje, o alguien le ha hablado de algo… En resumen, me ordena que te haga marchar. No sé exactamente qué ha pasado, no ha querido explicarlo, pero todo apunta a que tus enemigo no han desaparecido y te están desacreditando. De nuevo.

Me quedé petrificada. No creía que, en aquel momento me quedara ningún enemigo vivo o que no estuviera a buen recaudo, excepto Blanca o la misteriosa persona que me había intentado asaetar en Gardeny (de cuya entidad empezaba a tener ya bien fundadas sospechas), a no ser que se tratara de algún asunto derivado de la famosa, y no menos enigmática, reliquia, como aquel grupo de asaltantes que nos habían atacado a mí y a Guillaume en mi segundo viaje a Tierra Santa. Mi desconsuelo era tan patente que Ruy se lanzó a mis brazos para intentar consolarme, y casi se echa a llorar, él también, entendiendo lo despreciada, fracasada e inútil que me sentía. ¿Y si no se trataba de un enemigo, si no de alguien que consideraba, probablemente con razón, que yo era un cero a la izquierda como mercenaria?

-Todo se solucionará, Eowyn -me decía él-. Ojalá pudiera decirte que nos solidarizamos contigo, que no aceptamos el trabajo si tú no vienes, pero tenemos familias que mantener. Nos entiendes, ¿verdad? Pero no te preocupes, encontrarás algo, volveremos a encontrarnos, ya verás.

Y así me fui, arrastrando mi espada por el polvo del camino, como la cola entre las piernas de un depredador derrotado, sin que nadie excepto Ruy, inocentes o culpables, hubieran sido capaces de dar la cara.


Se trataba de aguantar la respiración, separar los brazos del cuerpo, los dedos de las manos, hincharme todo lo posible, mientras distraía a Gonzalo con algún tema que supiera que le podía distraer, y después, una ves se hubiera marchado, efectuar la operación contraria: respirar, juntar, retraerme, intentar ocupar el menor espacio posible, para luego volver a tensar los músculos y volver a relajarlos, con la idea de hacer el hueco entra las cuerdas y mi cuerpo lo más amplio posible para poder deslizar alguna extremidad, y que ésta fuera el punto de partida hacia el desatamiento supremo. El sudor que ahora cubría mi cuerpo vestido sólo con harapos, fruto de la indignación que me había provocado yo misma con mis recuerdos, me ayudaría. Continué con el proceso, haciendo gala de una paciencia que el instinto de supervivencia me otorgaba, porque no tenía ni pajolera idea de lo que Gonzalo quería hacerme ni de dónde iba a conducirme. Y le creía capaz de todo.

Porque, sin duda, él era la misma persona que había disparada una flecha contra mí en Gardeny. Una flecha que había estado a punto de alcanzarme. Lo vi claramente cuando vi su asombrosa puntería en Tortosa, una puntería que la había intentado disimular con la historia absurda de su arco galés. Pero esos arcos conceden distancia, no exactitud. No, no fue Esquieu; vi la sorpresa en su cara cuando le mencioné el momento en que fui asaetada en Lleida, creo que no ha cogido una flecha en las manos en su vida, y en cualquier caso no creo que pudiera tirar desde esa distancia y casi alcanzarme. Gonzalo, sin embargo, tiene una puntería casi sobrenatural. Y su relación conmigo ha sido siempre bastante ambigua, a veces parece mi amigo más fiel y de pronto mi enemigo más porfiado. Debe de trabajar para Blanca, o para el rey de Francia, o para los dos, o… desde luego, trabaja para alguien. Y vete a saber qué relación hay entre él y Esquieu. Nuestros enemigos sabían demasiadas cosas de nosotros que no tenían por qué haber conocido. Todo eso es que le había dicho a Bernard la noche antes de separarnos. Pero él estaba demasiado enfadado conmigo por mi negativa a acompañarle a hacer la Cruzada, y se marchó con Gonzalo, que había sin duda aprovechado para facilitarle todas las razones posibles para aborrecerme.

-La fidelidad de Gonzalo está probada -me contradijo, malhumorado y cerril-. Es sobrino-nieto de una de las figuras más destacadas de la Orden de todos los tiempos, uno de mis mentores. Le he visto hacer auténticas heroicidades. Daría la vida sin dudarlo ni un segundo por todos nosotros, sobre todo por Guillaume, que ha sido su compañero desde que ambos entraron en servicio siendo unos mozalbetes.

No, no podía esperar ayuda de él. Y tenía que averiguar lo que estaba pasando.


Parecía que, a cada lugar al que yo llegaba, alguien había llegado antes que yo y había acabado con cualquier posibilidad de que yo obtuviera ningún tipo de empleo. Vale, ya sé que no soy la mejor haciendo buenos contactos: tiendo a ser demasiado individualista y me es imposible halagar a nadie, por muchas ventajas que eso pueda proporcionarme. Pero las pocas opciones seguras con las que contaba parecían haber desaparecido: los puestos vacantes o se habían cubierto misteriosamente antes de llegar yo, o no había manera en que, dicho en términos de vuestra época, yo diera el perfil de ninguno. Ni siquiera Omar, que se había retirado a su casa cercana al mar, allá yo le había encontrado la primera vez, y ambos nos habíamos reconocido, podía hacer nada por ayudarme. Ferran me había explicado que la huida de Elisenda y su esposo le había afectado mucho más de lo que quería reconocer; se sentía traicionado, y lo peor es que temía realmente haber hecho méritos para que eso sucediera. Así que durante un tiempo nadie podría disfrutar de las extraordinarias dotes del gran trovador, capaz de crear belleza con una sola nota de música o la palabra de una canción, con un solo movimiento. No era todo tan positivo en Omar, evidentemente; aunque yo no era capaz ser objetiva respecto a él,  sabía que no siempre era el mejor de los jefes, ya que su talante artístico le hacía ser arbitrario en ocasiones y, aunque siempre se disculpaba, a veces no lo hacia con demasiada premura. Pero total, yo de nuevo estaba en dique seco. Fue una despedida triste, ya que ninguno de los tres sabíamos cuándo las vicisitudes de nuestras vidas nos permitiría reunirnos de nuevo. Lo único bueno que saqué de aquel encuentro fue la visita posterior que Ferran hizo a mi alcoba, y en la que pude comprobar de manera presencial y fehaciente que se había recuperado completamente de sus heridas y que su savoir faire en ciertas áreas de conocimiento no había sufrido el menos menoscabo.

De pronto, sin embargo, me encontré sola. Sola como siempre había estado pero hacía mucho que realmente me sentía. Y sólo quedaba en el mundo, o al menos en el mundo occidental, una sola persona que me podía echar una mano en aquel momento. La misma persona que me había lanzado a la cuneta cuando dejé de servirle.


¿Eran imaginaciones mías o el vaivén del barco estaba aumentando? Concentrada en mi tarea y en mis recuerdos, había tardado en darme cuenta de que se estaba declarando una tempestad histórica. El pequeño compartimento de la bodega donde yo me hallaba prisionera parecía sufrir un ataque de poltergeist, ya que todo los trastos que contenía (cestas y baúles vacíos, armas rotas, fardos de tela, cubos cuya integridad no auguraba mucho futuro…) se balanceaban, ora a babor, ora a estribor, como enloquecidos, chocando a intervalos contra mi maltrecho cuerpo y lanzando astillas y pedazos como en un atemporal ataque con armas automáticas. Se escuchaban gritos aterrados en cubierta, lo cual no contribuía nada a mi tranquilidad y, aterrada y sobre todo muy mareada, comprendía, que aumentaban las posibilidades de que muriera atravesada por alguna madera desgajada de los cubos, aplastada por los objetos más pesados y voluminosos que amenazaban estrellarse contra mí a cada momento, o lo que era peor, ahogada sin ningún tipo de posibilidad de luchar contra la inmensidad del mar, al estar inmovilizada. Pero ¿es que aquel traidor de Gonzalo iba a dejarme morir allí? Pues sí, parecía que eso era lo que iba a suceder, según todos los indicios. Entonces, las embestidas de las olas, súbitamente, se volvieron más violentas, y los objetos de las bodega ya no se deslizaban, volaban. Me pareció notar algo frío y húmedo en mis pies, y comprendí que se había debido abrir una vía de agua, con la cual la bodega no tardaría a estar inundada. Evidentemente, la situación estaba mejorando por momentos. Lo último que recuerdo fue que algo que no pude ver, pero sí sentir con contundencia, os lo puedo asegurar, me golpeó la cabeza y me sumió en una especie de extraño duermevela. (sigue)

ficción histórica novela histórica Edad Media Cruzadas Bosque de Brocelandia Eowyn de Camelot

La estrategia había funcionado. Al menos, la primera parte de ella. Ahora sólo hacía falta un poco de paciencia, y una suerte inversamente proporcional a la distancia que me separaba de tierra firme para que mi argucia no se quedara sólo en una victoria simbólica contra el cabronazo de Gonzalo… Vale, ya sé que la paciencia no se ha contado nunca entre mis cualidades, y la suerte jamás me ha acompañado, pero ¿qué otra cosa podría hacer? Desde luego, no iba a quedarme allí esperando a que el sevillano me vendiera en un mercado de esclavos, o algo peor, como si yo fuera tan comercializable como la dignidad de los políticos de derechas del Estado español (algunos de los cuales afirman que son de izquierdas). Y aunque no estaba segura de qué es lo que iba a hacer con mi libertad en el caso de alcanzarla, lo que sí tenía meridianamente claro es que Guillaume me iba a oír. Aunque no tuviera la culpa de nada, me iba a oír igualmente. O si no, que la próxima vez que halague mis oídos con la perspectiva de un viaje que pueda significar un futuro para mí, que se asegure de que llego sana y salva a mi destino. Porque sí una cosa era indiscutible era que el barco en el que estaba navegando no se dirigía a Bolonia.

Bien. Sé exactamente lo que estáis pensando, amigas y amigos que leéis esto. Que me muestro voluntariamente enigmática. Que juego con las personas que me leen. Que me hago la interesante, vaya. Algo de ello hay, no os lo negaré, y me lo vais a permitir un poco porque estoy muy jodida. Pero la razón de estos preámbulos es otra. Ni más ni menos, que tengo que explicaros un año entero de mi existencia sin que os muráis de aburrimiento, y no sé cómo lograrlo. Sí, ya sé que diréis que no es eso lo que transmito normalmente. Que mis aventuras nunca son aburridas. Que siempre estoy escapando de los malos, ayudando a los buenos, repartiendo mamporros, metiéndome en intrigas medievales internacionales… y cuando no, de festival por las tabernas y llevándome a la cama a todos los tíos interesantes que me encuentro en mi camino, aun sin ser una belleza. Pues bien: lamento decepcionaros, pero si algo de eso hubo en el pasado, ahora, definitivamente, se acabó.

Lectora y lectores míos, vamos de capa caída. Debe de ser la vejez. El año pasado no sólo no viví experiencias interesantes, sino, literalmente… nada. La nada más absoluta. Una nada tan cataclísmica que no sabía ni cómo comenzar a escribirla. Y teniendo en cuenta que me comprometí conmigo misma a ser fiel a la realidad, a mi realidad medieval, tal vez porque mi otra realidad, esa de la segunda década del siglo XXI desde la que vosotros me leéis y en la que me veo recluida a intervalos, tal vez para purgar mis pecados, es aún mucho más sosa… pues voy a tener que hacerlo de una manera u otra. Sí, ya sé que os encantaría que me inventara unas cuantas aventuras para daros gustito, sería más fácil para vosotros y para mí Pues no lo voy a hacer, hala. Ya hay demasiada gente que se inventa cosas en vuestro mundo. Que manipula patrias de todo tipo, a un lado y al otro de cualquier frontera, que manipula la Historia, que manipula a la gente haciéndoles creer que necesitan más el circo que el pan y que, cuando ve el cuento malparado, se fuga. Pues yo no. Joder, me debo a mis lectores pero no tanto.

Así que voy a hacer un esfuerzo para explicaros esta nada para que parezca un todo, aunque sea un todo pequeño y ligero, como la pluma escapada de la almohada de un noble. Aproveché mientras luchaba por desatar mis ligaduras (que Gonzalo, distraído por mi conversación, había dejado bastante flojas aquella vez) para perpetrar algunas palabras detrás de otras y, aunque no sé cómo me habrá salido, allá va.


El fundido en negro se cerró sobre mí, en Tortosa, frente al cadáver de mi más antiguo enemigo, mientras resonaba todavía el eco de sus últimas, y bastante perturbadoras, palabras. Pero, la verdad, no tenía de momento tiempo para detenerme en ellas. Se me acumulaba el trabajo. El rey de Aragón estaba al llegar y alguien tenía que explicarle cómo había muerto su hospedador y qué implicación habían tenido en ello los templarios, además de cerrar la boca de Blanca, llevar a Esquieu a algún lugar bien escondido donde no pudiera asomar la jeta en mucho tiempo, asegurarse de que Isabel iba a estar bien, pero al mismo tiempo lo suficientemente controlada para que no volviera a desmandarse, y limpiar el lugar de cadáveres y de otros que estarían mejor siéndolo. Y había que ocuparse de los heridos, sobre todo de Ferran, que era el que había recibido el pedazo más grande de tarta de espada en aquella fiesta. Y, last but not least, buscarme la vida. Porque mucho me temía que me había quedado en el paro.

Supongo que desconocéis cómo se comportan los templarios con sus colaboradores; pero tranquilos que os informo ahora mismo. No hagáis caso de series con nulo rigor histórico que los pintan como unos auténticos héroes, con algunos pequeños defectillos sin importancia que pasan, en su mayor parte, por ser muy aficionados al catre y no siempre para dormir (bueno, en ese punto tampoco es que fueran tan desencaminados los guionistas). La verdad es que, según me dicta mi experiencia con ellos, como jefes son lo de peor: te persiguen con insistencia casi rayana en la obsesión cuando te necesitan, te hacen la pelota descaradamente hasta que te tienen en sus redes y luego, cuando ya les has ayudado… ¡au revoir! Si te he visto no me acuerdo. ¿Cómo era tu nombre? (Estos chicos van a acabar mal, os lo digo yo). Y así me encontré yo: todo el mundo se fue a lo suyo y yo me quedé con lo mío, o sea, con nada. Ah, pero eso no fue lo peor.

Pero comienzo: los gemelos y Manfredo se fueron a escoltar a Esquieu a Montfaucon, su casa madre. La idea era que sus hermanos y su comendador le encerrraran en la prisión más segura del Temple y tiraran la llave al muladar, no sin antes interrogarle para averiguar si era cierto que no tenía nada que ver con Felipe de Francia, como yo pensaba, y para asegurarse de que no había más traidores. A mí no me hubiera hecho ninguna ilusión acompañarles (no garantizaba poder estar un segundo al lado del vil sargento sin destrozarle con mis propias manos, después de haber sido el artífice de la muerte de Guifré, de la deserción de Isabel, además de todo lo que acababa de suceder en aquella antigua encomienda en la que por poco pierdo a Omar, a Ferran, e incluso a mí misma), pero tampoco me lo ofrecieron.

Yannick, se le encargó (después de llevar a Isabel a alguna granja perdida en las montañas donde pudiera llevar una vida feliz en semilibertad vigilada) quedarse en la Corte con Jaume, y con Blanca, naturalmente; se trataba de tenerla bajo la mira e intentar convencerla de que el Temple no era un peligro para sus intereses (o bien impedir sus malas artes contra la Orden en el caso de que no pasara por el aro), además de investigar hasta qué punto ella y Esquieu podían haber influido en el ánimo del rey, y estar atento a las relaciones de éste con el monarca francés, para evitar una posible alianza antitemplaria francoaragonesa. Por cierto, la bellísima y taimada amante del rey estaba más contenta que unas castañuelas; aunque su plan se había ido absolutamente al garete, al menos ahora estaba convencida (o creía estarlo) de que el bretón era completamente libre y suyo, por lo que se le habían pasado un poco las ganas de matarlo. Y mi apreciado, aunque controvertido, compañero de aventuras resucitado tampoco había querido que le ayudara en aquella misión, ya que la escasa simpatía y los celos enfermizos que Blanca había sentido hacia mí hasta poco antes (y que yo nunca entendería) podrían ponerle en serios aprietos. Y en cuanto a mi viejo amigo Bernard, el capitoste templario, y a Gonzalo, se iban a su cuartel general en Chipre, dispuestos a hacer los preparativos para una nueva Cruzada. Y por ese lado, tampoco había nada.

Aunque, en este caso, la culpa no había sido de ellos, sino mía. Os cuento: de hecho, Bernard se había colado en mis aposentos la noche posterior a la batalla de Tortosa, y no comencéis a pensar mal a priori, que os conozco. Lo que había hecho es explicarme cómo habían logrado justificar ante el rey todo lo sucedido. En realidad, había sido muy sencillo: a Blanca, evidentemente, tampoco le interesaba que nuestro soberano supiera el papel que había jugado en aquel pandemonio, así que contaron con su complicidad. La versión oficial fue que unos mercenarios conducidos por el renegado Esquieu asaltaron el castillo con la poco cortés y honorable intención de lucrarse con las riquezas de la Corte. Blanca llegó antes de tiempo y se vio inmersa en la lucha, y los templarios, que venían a hacer una visita sorpresa al rey a ver si podían echar mano de un poco de financiación para sus cruzadas y sus temas, consiguieron evitar el desastre antes de que se produjeran males mayores, aunque no lograron impedir la muerte del señor del castillo. Naturalmente, los soldados de Blanca les secundaron (buena era su señora si se la llevaba la contraria), y los del otro bando… bueno, no estaban en condiciones de decir mucho. Los que sobrevivieron a la masacre, que tampoco fueron demasiados, fueron conducidos por los hombres de Frey Pere a Barcelona para embarcar inmediatamente hacia Chipre, donde Bernard pensaba darles tanto trabajo que ni siquiera tendrían tiempo de pensar en sus numerosos pecados. Y fue entonces cuando, aprovechando que por Valladolid pasa el Pisuerga, que el falso leproso me propuso que le acompañara a Chipre y participara en sus futuros proyectos, cosa que yo no podía hacer por muchas y muy variadas razones, por lo que él se quedó con las ganas, y yo, de lo más colgada.

Lectoras y lectores, ¿alguna vez habéis experimentado en carne propia ese viejo refrán que preconiza ser precavido con tus sueños, por si se cumplen? Pues ya veis. Toda la vida pensando que cargarme a mi viejo enemigo y antiguo señor me iba a conducir a la felicidad completa y, cuando lo consigo, me doy cuenta de que mis problemas no han hecho sino empezar. Ya es tener mala suerte, ya (continúa)

Esta entrada inaugura lo que podríamos llamar la segunda temporada de Las aventuras de Eowyn de Camelot. Por temas logísticos, toda la primera temporada ha sido retirada de este blog. Las personas interesadas en conocer detalles de las tramas y los personaje citados, pueden hacer sus preguntas, comentarios y solicitudes aquí.

Aquí tenéis un relato de un género que no suelo tocar. No seáis muy duros contigo. O mejor, sí, sedlo si procede. Los comentarios negativos también son enriquecedores… casi tanto como el sueldo de un banquero. Bueno, y sin más dila(ta)ción…

Ella tuvo que leer dos, tres veces, el mensaje de Guatsap antes de comprender lo que sucedía. E incluso después de haberlo hecho necesitó bastantes segundos para que su cerebro aceptara que lo improbable se había convertido en real. Releyó una cuarta vez el texto para cerciorarse de nuevo de que no se trataba de una alucinación.

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Hola, soy Rubén. Mira, el miércoles estaré en Barcelona. Llegaré a las 15.17 a la estación de Sants. Sé que sería pedirte mucho que me recojas en la estación, pero me pregunto si podríamos vernos el jueves o el viernes, cuando te vaya bien. Hay algo que quiero decirte.

No entendía nada. ¿Por qué, tan repentinamente, y después de más de 10 años? Era extraño, además, que él hubiera guardado su teléfono. Incluso ella no estaba segura de que pudiera encontrar el suyo. En algún momento, creía recordar, introdujo en su ordenador de entonces los contactos que se habían repartido el día de la despedida del grupo de colaboradores, pero le resultaba imposible adivinar en qué carpeta escondida en el último de sus discos duros internos o externos se hallaba ahora: era una información que, desde hace tiempo, sabía positivamente que no iba a necesitar nunca.

Hizo un repaso rápido de su agenda mental. El miércoles tenía ensayo por la mañana y actuación por la noche; al mediodía y a la tarde, nada. Un momento… ¿no había quedado para comer con su representante? No, eso sería el jueves. Contestó al mensaje.

No hay ningún problema. El miércoles puedo estar a las 15.17 en la Estación de Sants, al lado de la consigna. Será agradable vernos después de tantos años.

 

Se vieron casi simultáneamente, justo cuando ella acababa de despedir a un joven que la había reconocido, a pesar de las gafas de sol. Hacía tiempo que había tenido que prescindir de sus paseos por la ciudad, y no salía de casa sin recurrir a la rapidez y a la sencillez de aparcamiento que le procuraba su moto, y al anonimato que le brindaba el casco. Él alzó la mano para saludarla. Mientras se acercaba, ella constató que había adelgazado, aunque seguía siendo un hombre grande; tal vez solamente había envejecido. Su cabello, que nunca había destacado ni por su color, ni por su calidad, ni por su brillo, al menos no había raleado ni encanecido visiblemente. Al igual que ella, nunca había sido cuidadoso en el vestir, pero ahora su ropa pedía a gritos un repaso exhaustivo, por no decir una renovación total. La mirada de sus ojos, de su radiante intensidad vital de aquellos tiempos, aún conservaba una luz de esperanza, y su sonrisa contagiosa de dientes torcidos ahora asomaba con timidez, casi sin fuerzas.

-Hola –le dijo, cuando estuvo ante ella. Sólo eso, eso y una mirada profunda, con una sonrisa en que una sombra parecía velar la ilusión. Una de las puertas automáticas de la estación se abrió al paso de un viajero, y una bocanada de aire que trajo los 3º del exterior le hizo estremecerse de frío.

-¿Tienes hambre? ¿Quieres que vayamos a comer algo? –él negó con la cabeza, sin dejar claro a cuál de las dos preguntas, o a ambas-. Al menos vamos a tomar un café. Tienes cara de frío. Llevas tanto tiempo viviendo en la Ciudad Eterna que el clima de Barcelona debe de parecerte glacial.

Repitió su negativa gestual.

-Te parecerá extraño, pero ni para eso me llega –amagó registrarse los bolsillos-. Estoy arruinado.

-¿Y dónde está el problema? Invito yo –insistió ella-. No me vendrá de eso

No. Realmente no le vendría de aquello. Ni de otros muchos aquellos. Ahora.

Él negó de nuevo, en silencio.

-María –dijo al fin-. Hay algo que quiero pedirte. Quiero empezar con buen pie contigo. Después, y según lo que decidas, haré lo que tú quieras.

Ella le miraba desconcertada, sin entender aquel súbito y desaforado orgullo. Al final, le hizo un gesto en dirección a la salida.

-Ven conmigo.

 

La amplia avenida de la estación transcurría sobre un ramillete de callejuelas. Entre el Parc de l’Espanya Industrial y la Carretra de Sants, una escalera conducía a ellas. Ésta desembocaba en una plazoleta diminuta, donde había un único banco, con vistas a una pared. Allí fue donde ella le condujo.

-Aquí me reunía, hace muchos años, con un chico a quien quise mucho. Él nunca me correspondió y, obviamente, un día tuve que dejarlo correr. Pero… dime, Rubén: ¿qué es lo que te ha ocurrido?

Sentado en el banco, con las rodillas ligeramente abiertas y el cuerpo apoyado en ellas, sobre los brazos cruzados, él comenzó su historia.

-Es difícil saber si fue así como empezó, o tal vez lo que sucedió después pasó por casualidad. Si es así, sería una nueva manifestación del tópico, tan verdadero por otra parte, que afirma que tu vida puede cambiar en sólo un segundo. Sabes que a mi mujer, siempre le gustó escribir…

Ella asintió con la cabeza.

-No era más que una afición, pero, de pronto, un día, decidió tomárselo en serio. Y le fue bien. Comenzó a recibir comentarios elogiosos en las redes sociales, participó en antologías… Empezaron a surgirle, de no se sabía bien dónde, una serie de amigos, de sexo masculino en su mayoría, que se hacían leguas de lo maravillosa que era, como mujer, persona, artista… No fue inmediato, pero andando el tiempo sentí que yo estaba dejando de resultarle interesante. Y no fue una apreciación sin fundamento.

-Pero… -quiso rebatirle ella. Él la hizo callar con un gesto amable.

-Es cierto. Incluso me lo dijo, aunque suavemente, claro.

Pensó en la hermosa Lidia deshaciéndose en el contenedor, con la mayor desfachatez del mundo, de lo que ella consideraba un tesoro, un tesoro que habría dado la vida por reciclar: definitivamente, un sangrante ejemplo del actual desaprovechamiento de recursos.

-Creí que podría superarlo. De hecho estaba seguro de que así sería – prosiguió él-. Pero al día siguiente fui a trabajar al laboratorio y cometí un error. Un error muy grave. Un error… que tuvo consecuencias… trágicas.

Se hizo un silencio preñado de desolación.

-Me despidieron, y no volví a encontrar trabajo. Lidia me dejó, aunque ya lo tenía decidido desde mucho antes. Mis escasos ahorros y mi parte de la venta de la casa se gastaron en la pensión de las niñas. Así que pensé en volver a mi país, aunque a una ciudad distinta, para empezar de nuevo. Desde una profesión nueva, renunciando a todo lo que conseguí en mi campo de investigación. Ya estoy resignado a ello.

Ella esperó, con la mirada fija en el infinito. Preveía que estaba a punto de llegar el punto culminante.

-¿Quién es el hombre que se despedía de ti cuando llegué?

Suspiró. No esperaba tener que llegar a explicarlo.

-Era la primera vez que lo veía. Sólo es alguien que me ha reconocido.

-¿Reconocido? –inquirió él.

A regañadientes, ella continuó.

-Grabé un disco. Actúo en un par de locales de Barcelona de manera más o menos fija, y hago algunos bolos fuera. No tengo una legión de seguidores, más bien una pequeña minoría, pero esa minoría a veces se manifiesta… Bien, si lo que querías saber es si hay alguien en mi vida, la respuesta es no.

Él se volvió a mirarla. Su sonrisa era evocativa, devastadora…

-Siempre supe que lo lograrías, a pesar del triste panorama actual de la música –y, después de una instante-. Recuerdo tu voz, aquella noche, en el hotel de Bombay…

Ella también recordaba. Nunca había visto aquella mirada en los ojos de nadie. Algo, por otra parte, sorprendente, sabiendo lo que llegó después. Él continuó, como leyéndole el pensamiento.

-María, entonces tuve miedo. Me aterrorizaba tomar lo que tú me ofrecías y equivocarme, porque tenía mucho que perder. Ahora ya no me queda nada. Aún conservo algunos amigos, un lugar donde quedarme en Barcelona para rehacer mi vida, pero nada más. Y he venido a ti porque sigo siendo un cobarde.

Ahora, ella giró todo el cuerpo en dirección a él. Le cogió la mano entre las suyas. Aquella mano cuyo tacto sólo había disfrutado una vez. Y así, sintiendo su calor, le dijo:

-Te olvidé, Rubén. Tú no me diste ninguna opción y el dolor era demasiado fuerte. Tuve que hacerlo para seguir adelante, ¿comprendes? Y ahora… y ahora ya no puedo dar marcha atrás.

 

Era cierto, pensó, más tarde, mientras abría los ojos. Le había olvidado. Por fuerza.

Pero también, aquello era lo único cierto de aquella historia.

Por ejemplo, él nunca había tenido miedo. Sencillamente, el patético enamoramiento de ella no había significado ninguna diferencia en la vida de él. Difícil que alguien como ella pudiera a aspirar a alcanzar el nivel de belleza, inteligencia, éxito, de Rubén y de su esposa.

Tampoco creía que él hubiera fracasado. Al principio, los buscaba en las redes sociales. Primero fue una manera de calmar el dolor. Luego, sencillamente, lo hacía por curiosidad. Era cierto que en los primeros tiempos aparecían sin cesar, mostrando insultantemente su felicidad al mundo. Luego dejaron de hacerlo. Pero ella no creía que aquello se debiera a ningún hecho traumático. Probablemente, sólo se cansaron.

Hay gente que camina por su vida y sus pasos son sencillos, sobre una superficie esponjosa, se dirijan a donde se dirijan. Hay gente, en cambio, que no vive: nacen muertos y van muriendo un poco cada día, hasta la desaparición final. Todo esto ella lo sabía muy bien.

Para ella, nada había cambiado en 10 años. Si acaso, sólo a peor. No era más guapa que entonces, evidentemente, y se sentía vieja, y tal vez ya lo era. Las oportunidades de conseguir algo, algo, lo que fuese, se agotaban a pasos agigantados, se agostaban como rosas en el desierto.

Le había amado sin conocerle, sin razón tal vez, leyéndole como a uno de esos libros cuyas solapas estudias en las librerías y de pronto, sin más, comprendes que están contado la historia de tu vida. O la historia verdadera de lo que habría podido ser tu vida. Y necesitas que te pertenezcan

O tal vez fue la mirada de radiante intensidad de sus ojos, o aquella sonrisa contagiosa de dientes torcidos, que decían: Vive. No hay nada lo suficientemente espantoso que te lo pueda impedir. Pero eso tampoco era cierto.

Era igual… Nada había servido de nada.

Se levantó, dispuesta a hacer frente, como siempre, a las obligaciones de su día, mientras miraba aquella casa desmantelada que no sabía hasta cuándo podría conservar. Se volvió hacia la cama, y le dijo: Hasta la noche, mi querido Rubén. Qué pena que mi único consuelo sea soñar con un hombre que ya he olvidado. Y añorar un tiempo en el que tampoco fui feliz.

Quería compartir con vosotros lo último que escribí en redes sociales sobre el momento histórico que se está viviendo en Cataluña, mi tierra. Espero que os resulte agradable de leer y, enventualmente, útil: esa es la idea.

Por cierto… tengo ganas de dejarme de momentos históricos y volver a escribir ficción, que es más real que la realidad misma, y no sólo porque es mucho más coherente. Espero poder hacerlo en breve, pues lo único que me falta es tiempo. Y tranquilidad.

30 de septiembre

Tienen el mismo aspecto, sí. Pero ya son los mismos. Mis amigos, mi familia, mis compañeros… Ya no les reconozco. Hoy se llevan a los niños a pasar la noche en los colegios, esos niños a los que antes cuidaban como si nunca los pensaran emplear como escudos humanos, y sé que pronto me señalarán con el dedo mientras emiten un grito infrahumano al mirarme. Ya están aquiiiiiiiiiiiií!

1 de octubre

Estoy pensando en si ir a votar al final hoy. No creo en este referéndum, ni en la manera como ha sido ideado, ni en cómo se ha desarrollado ni en lo que significa en realidad. Pero tampoco estoy de acuerdo en que se deba organizar tal rebombori por el hecho de depositar una papeleta en una urna y sé que, piense yo lo que piense, sus resultados se van a utilizar. Así que tal vez no sería mala idea hacer constar mi mínima aportación divergente a lo que parece ser un pensamiento único e incuestionable. Mi NO no sería un sí a España tal como está constituida, sino sólo a la Cataluña que nos quieren vender y que no siento que sea la mía. Mi NO es un SÍ a una Catalunya y a una España nuevas, libres realmente, libres de desigualdad, de imposiciones y de manipulación, libres de corruptos, libres de ese franquismo que nunca se fue y está presente en múltiples y desconocidas formas, a un lado y otro del Ebro. Y una puerta abierta a la posibilidad de elegir muchas cosas, de muy diversa índole. Es una utopía, lo sé. Empiezo a caminar.

Entre zombies y locos violentos de la Estación Término, esto no tiene futuro. Siento que todo se acaba aquí.

Gent de Catalunya, no es España. Es el PP (y todo lo que le rodea). Por favor, no perdáis de vista al enemigo.

Rebelión contra este Gobierno que nos está llevando a la ruina. Mañana toda España debería estar a las puertas del Parlamento, pidiendo pacíficamente que se vayan ya. Españoles, catalanes, vuestros enemigos están arriba, no al lado. Por muy cerriles que os pongáis unos y otros.

Me voy a votar. Que les den a todos.

Qué gran tristeza. La estupidez y el fascismo del PP y sus cómplices (aunque a veces pienso que son menos tontos de lo que aparentan, pero que su nivel de perversidad es tal que lo confundimos con idiotez) se ha enfrentado de la peor manera a lo que sin probablemente no hab´ria pasado de ser un pulso de la Generalitat (que se les ha ido de las manos). Tenían que haber negociado, dejar claro a la opinión pública que los contendientes se cerraban en banda si eso hubiera pasado, y después tomar medidas para implementar todas las garantías en el referéndum y hacer campaña por el NO (esa campaña inexistente). La izquierda española y catalna tampoco ha estado a la altura, pues podía haber presionado hasta la extenuación para cambiar las reglas de este referéndum. Y ahora, todos estos heridos claman justicia (como la clamaron las víctimas de los Mossos en los tiempos de 15M), nos han dividido por causas que no deberían de dividirnos, y han abiertoal una herida difícil de sanar. Què gran tristeza y qué gran odio hacia los que están arriba, a un lado y otro, nuestros únicos enemigos. Empecemos desde cero, camaradas, compañeros, hermanas. Derroquemos a este gobierno, creemos un nuevo campo de juego en el que las reglas serán justas porque las habremos escrito nosotras. Y dialoguemos, dialoguemos, dialoguemos. Tiendo aquí mi mano a todos los y las españoles y catalanes de bien que se dejen llevar por la solidaridad y no por el desprecio hacia el otro. Construyamos juntos algo nuevo. Hemos demostrado que podemos salir a la calle. Ya no la abandonemos.

2 de octubre

Muy bien la huelga de mañana, pero… ¿por qué no se convocó antes? Hemos perdido todos los derechos que había que perder, y algunos más, hemos sufrido represiones y golpes y pérdidas de ojos, a los estudiantes nos metieron Bolonia por el culo (una de las razones por las que ahora muchos de nostros no podemos permitirnos estudiar) y… nada. Que alguien me lo explique, por favor.

3 de octubre

Los Mossos hicieron en el 15M, las huelgas generales del principios de esta década, las manis antiBolonia y el multireferèndum (ya, ya sé que nadie se acuerda) lo mismo que hicieron el domingo: cumplir órdenes. Al igual que picoletos y maderos. Que las órdenes sean distintas según el cuerpo y la ocasión histórica no les hace diferentes.

6 de octubre

Nunca pensé que podría verme así. Es cierto que lo temía desde hace tiempo, que tal como estaban yendo las cosas el escenario era posible; pero era un temor difuso, lejano, algo de lo que se habla pero que en el fondo no se cree, no se puede, o quiere, creer. Y ahora, me veo de pronto enfrentada a un guerra probable, cuando siempre me habían enseñado que vivía en un país pacífico donde las tentaciones bélicas habían quedado enterradas (como los muertos en sus fosas anónimas). Y, triste, aterrorizada, me descubro pensando que los habitantes de la antigua Yugoslavia, la víspera, quizá debieron sentirse como me siento yo.

No quiero empuñar las armas para defender unos gobiernos que no me han dado nada, excepto disgustos. No quiero ver mi ciudad destruida ni a mis vecinos heridos o muertos. No quiero ver mi vida y mis proyectos aparcados durante largo tiempo, o definitivamente truncados, ni tener que correr para poner a salvo a los mío, eso si llego a tiempo. Sabéis de mis ideas, nunca las he ocultado. Pero en esto momento lo principal, lo único, es reclamar la PAZ.

9 de octubre

Qué ganas de odiar y de despreciar al diferente… qué ganas de crear fronteras, no sólo entre países, sino entre personas. Y qué pocas ganas de defender la justicia y al igualdad. Parece que sólo sabemos luchar por aquello que, justo o no justo, nos deje en una posición mejor entre todos los demás seres humanos, igual que queremos tener el coche más grande y la tele más guay que el vecino. Egoísmo. Estupidez. Se nos está quemando el culo y seguimos atizando el fuego.

Independencia de Cataluña: dos naciones y un tiempo para la paz

Que la manifestación del 7O era más facha que los calzoncillos de Franco, es incuestionable.

Que mucha gente que no lo es ni por asomo fue a esa manifestación con el deseo de manifestar su doble sentimiento de catalanes y españoles (dos nacionalidades de las que yo no me siento en absoluto orgullosa, pero que son las que me tocao), sin saber muy bien quién la convocaba o pensando que, en el momento en que nos hallamos, una alianza con la extrema derecha es un mal menor fácilmente subsanable en el futuro, también lo es.

Que somos todos unos incultos que valoramos la incultura por encima de todas las cosas, y que no nos enteramos cuando uno nos vende una España heroica, y otro se inventa unas hazañas de la nación catalana que sólo existen en sus deseos más íntimo, es verdad de la buena, por mucho que pueda dolernos… Que la locura nacionalista retroalimenta a su contrincante, y si no entramos en razón esto va a dar un pet com una gla… casi podría jurarlo sobre la Biblia

En resumen: nos hemos vuelto locos, y la cosa no mejora. Estamos imbuidos de espíritus patrióticos varios, que si yo soy español, español, español, que si jo sóc català i ves-te’n de la meva terra, o que si L’Hospitalet de Llobregat es la mejor ciudad del mundo. Y no nos damos cuenta que aquí sólo hay dos naciones, aquí y en las Quimbambas: la de los favorecidos por la Fortuna, y la de los pringadillos, como soy yo y creo que la mayoría de los (pocos) que me leéis. La lucha de clases es un cadáver que goza de excelente salud, como decía Vázquez Montalbán. Y en esta guerra que se prolonga desde que algún listillo inventó la propiedad privada, ni los españoles ni los catalales estamos preparados para ganarla. Llevamos 80 años de retraso, y tenemos muy pocas excusas. Sí, ya sé que suena a tópico.

Quiero creer que vendrán tiempos mejores, sobre todo si os dejáis de pamplinas y ayudáis a construirlos entre todos. Ya habrá momentos para luchar por lo que nos ha colocado desde hace tiempo, no a la cola de Europa en todo lo positivo, sino del mundo. Ya vendrá el momento de que nos sacudamos el polvo de un guerra que quedó 80 años atrás en el tiempo, y de un franquismo que se supone (¿?) que pasó a mejor vida hace 40, pero que siguen vivos en nuestro ADN (incluso en los que han nacido hace muy poco), marcándonos a fuego en la piel la cobardía ante la confrontación, la pereza intelectual, el complejo de inferioridad sin deseos de mejora, el victimismo… Las fosas se abrirán, la ciencia y la cultura reinarán, la justicia, la igualdad y la solidaridad se implantarán… podemos hacerlo.

No queramos arreglar hoy lo que llevamos 80 años obviando. No nos pongamos estupendos. Yo quiero la República Socialista de los Pueblos Ibéricos, tú quieres una Catalunya independent, todos queremos (o deberíamos querer) esa utopía a la que me he referido en el paso anterior. Y, sobre todo, todos queremos la paz. No nos podemos permitir otra guerra sangrante que nos deje otros 80 años criando malvas físicas e intelectuales cuando aún no se han curado las heridas de la primera. Cuando ningún Franco ha dado ningún golpe de Estado, excepto en la imaginación de algunos.

Hoy es tiempo para la sensatez. Para la fraternidad. Para la PAZ. Démosles estos tres conceptos a los que quieren pescar en nuestro río revuelto. Luchemos los de abajo contra los de arriba con la única arma que no se imaginarían nunca. Y venzamos, venzamos sobre un, si no, previsible charco estancado de materia en descomposición.

10 de octubre

Cuántas muertes vale una bandera? Porque de seguir así vais a tener unas cuantas. Catalans, catalanes, prepareu-vos per a la guerra.

Y por qué no intentamos ver las provocaciones como obra de una minoría descerebrada? Por qué tenemos que buscar ahora culpables para todas las agresiones reales o ficticias que nos han hecho desde que nacimos? Por qué no pensamos para variar en todos esos inocentes que no se merecen que dispongamos así de su futuro, de su vida? Vale, los fachas españolistas son unos cabrones y a los indepes se les ha ido la castaña. Pero ni contra unos ni contra otros merece la pena odiar, morir, matar…

Eslovenia no puede ser referente. Primero, porque las cosas no ocurrieron ni de lejos como nos las están relatando (algunos deberíamos dignarnos de vez en cuando a perder un poco de tiempo en informarnos en lugar de tragarnos todo lo que nos venden). Segundo, porque los 10 o 15 muertos que se produjeron en el conflicto subsiguiente a mí me sobran. Un muerto sólo ya me sobraría.

A ver si esto, en lugar de Eslovenia, lo que se va a convertir es en Bosnia…

Yo, realmente, siempre había pensado que el 1O tenía más como objetivo presionar al Gobierno para conseguir prebendas de diversos tipos (no voy a detallar ahora) que declarar la independencia. Pero también acabé dándome cuenta de que la Generalitat había creado un monstruo que al final se les había ido de las manos. Al final, ha prevalecido la sensatez… o las empresas fugitivas… o la perspectiva de los barrotes de la cárcel. Es igual. Ahora hay camino para el entendimiento y el diálogo, así que no diré que no hacía falta hacer tanto ruido para tan pocas nueces, o lo de la puta y la Ramoneta. Mi deseo es que no se llegara a un conflicto que podría llevarnos a un callejón sin salida, y las palabras del Presi (o las no palabras) alejan, al menos un poco, esa posibilidad. Me alegro.

Ahora nos enfrentamos a diversos desafíos: primero, conseguir que nuestros dirigentes hablen, y si no hablan cambiarlos por otros (o hacerlo aunque hablen; no olvidemos quiénes son y qué es lo que han hecho). Segundo: que los medios de comunicación y los creadores de opinión de un lado y otro dejen de ser unos panfletos (lo que me a mí personalmente me hace un daño inmenso como ser humano y como periodista) y paren ya de manipular la historia (lo que como aspirante a medievalista me duele mucho más aún); así evitaríamos escenas de violencia y odio como las que hemos visto estos días. Y derivado de esto, tercero: dejar de ver a las personas que piensan diferente como enemigos. Reitero que los adversarios no están al lado, sino arriba, y el hecho de que los pobres nos peleemos por ideas que muchas veces nos han inculcado por conveniencia es absurdo. Es legítimo que deseemos un estatus diferente para el lugar que consideramos nuestro país; no lo es sentir superioridad u odio hacia aquel con quien tenemos más en común que diferencias.

Y, para acabar, que cualquier decisión que se tome sea completamente consensuada, bajo parámetros totalmente imparciales y con todas las garantías, y… y que ya que decidimos algo, decidamos mucho más. Ha llegado la hora de un cambio de tortilla importante. Este régimen está (o debería estar) dando las boqueadas.

12 de octubre

Lo que no puede ser es que tantos colectivos estén malviviendo por culpa de este régimen, y no salgamos a la calle, o no salgamos lo suficiente, o no nos den visibilidad. Estas cosas se enquistan, nos amargan y, como creemos que no podemos luchar contra ellas, luego nos salen en forma de odio, desprecio por el que es diferente… no añado más. Vale, no es la única razón, pero contribuye, y tanto que contribuye!

17 de octubre (después de los incendios que asolaron Galicia y regiones adyacentes)

Rajoy, gobernarás sobre un país roto y una tierra quemada

Que alguien me diga que esto es una pesadilla. Y si no, que me pongan por delante a esos hijos de puta. Le voy a ahorrar el Estado los gastos de manutención carcelaria.

Vale, ya está, ya me he desahogado. Seamos constructivos y no apelemos a la venganza: propongo que se prioricen políticas de reforestación y de compensación generosa a los afectados. Que, de paso, sirvan para crear empleo y reflotar la economía. Sin retirar lo anterior.

(De paso, tampoco estaría mal un sueldo mínimo decente, unas pensiones aseguradas y dignas, un programa serio de protección contra el desempleo y de ayuda a la dependencia, una Sanidad “saneada”, sin listas de espera y con el cuidado que todos nos merecemos, una política tajante de rechazo y restitución de lo robado a los explotadores, especuladores y corruptos, diálogo para acordar el modelo de estado de las autonomías y, ya puestos, un referéndum para ver si realmente todos los españoles queremos estan monarquía y este régimen de 1978).

Y es que no estaría mal que este país creara de cuando en cuando unas políticas razonables, necesarias, justas, inteligentes y solidarias, en lugar de priorizar la impunidad para los canallas, las leyes mordazas, los recortes disfrazados de estrategias económicas. En lugar de, con la que está cayendo con esos incendios destructivos y criminales, no ocurrírsele otra cosa que encarcelar a unas personas cuyo único crimen ha sido luchar por los intereses de la burguesía y enarbolar una bandera en la que supuestamente creen profundamente en lugar de salir a la calle cuando los trabajadores nos enfrentábamos al deshaucio, la miseria, el suicidio… (algo no demasiado loable, pero al menos no criminal). Si eres tan estúpido para cargar de razones a los que son tus contrincantes en esta absurda guera de almohadas de colorines (que nos pueden estallar en las manos como bombas), tus contrincantes pero a la hora de la verdad tus semejantes, lo has hecho bien, Rajoy.

Pero lo has hecho aún mejor si lo que quieres es recabar votos de la España inculturizada por 80 años de dictadura y dictadura encubierta, y sacar ganancia del río revuelto, del río destrozado, mejor diría yo. Rajoy, gobernarás sobre un país roto y una tierra quemada donde ni siquiera podrás gastar todo el dinero que tú y los tuyos habéis robado. Es igual; siempre os quedará Suiza.

O en el caso de Puigde y Pujol, Andorra, que está más cerca y se habla catalán.

26 de octubre

Y yo me pregunto: ¿qué sacrificios han hecho los equipos de gobierno de la Generalitat por Catalunya (y los del gobierno central por España) para que ahora se les considere héroes? ¿Ser los campeones de la corrupción? ¿Recortar empleo, salud, educación y prerrogativas sociales? ¿Manipularnos informativamente? ¿Hacer de un techo digno sobre nuestras cabezas que no nos destroce la economía cada mes un sueño imposible? ¿Convencernos de que malvivir, de que vivir sin esperanza, es vivir y aún tenemos que agradecérselo? ¿Inventarse nuevas memorias históricas y robarnos la nuestra? ¿Mantenermos en el fangal de la incultura? Pues si estos son los sacrificios que la patria, cualquiera de las dos patrias, requiere, que se las meten por allí donde les quepa, y a mí y a mi gente que nos den justicia social, igualdad, libertad, alegría y ilusiones.

A veces queremos ser protagonistas de la historia. Ser héroes, o al menos salir unos instantes de nuestras aburridas vidas. Canalizar todo el odio que nos producen las frustraciones diarias en algo que sacralice ese odio, que nos redima de él. Creo que deberíamos tener el valor de aceptar que ninguno de nosotros somos nadie, apenas unos pequeños ceros a la izquierda, y que nuestra rabia no lleva el nombre de este inmigrante, de este independentista, de este unionista, sino el de nuestros sueños fracasados, tal vez por falta de oportunidades, el de nuestro jefe que nos oprime, el de esa relación que no nos atrevemos a romper no se sabe por qué y nos hace infelices, el de la atención 24 horas para el abuelo que no tenemos tiempo ni fuerzas (ni dinero) para darle, el de… Quizá (sé que es una utopía) si fuéramos tan valiente como para enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestras miserias, a nuestras carencias, al esfuerzo que supone mejorar y tomar el rumbo de nuestras vidas, no nos dejaríamos llevar por el narcisismo, por el rencor…

Cómo podéis jugar de esta manera con la tranquilidad, el bienestar, la seguridad y la vida de la ciudadanía?

27 de octubre

Hay muchas razones por las que estoy en contra de la #IndependenciaCatalunya, y las enumeraré en desorden de importancia:

– El proceso se ha llevado a cabo con una falta total de democracia y aupándose en una mezcla de victimismo y narcisismo muy excluyente, que no ha tenido escrúpulos en emplear la maipulación histórica e incluso la mentira más descarada.

– Estoy completamente segura de que los verdaderos iniciadores del proceso aman tanto a Catalunya como yo a Rajoy (con él que, por otra parte, no han dudado en pactar cuando la ocasión lo ha requerido, en contra de los intereses de los de abajo y, evidentemente, a favor de los suyos). Su verdadera patria, la de ambos, está en Suiza. O en Andorra.

– Por muy necesaria que sea la República catalana (en el caso de que fuera verdad que somos un pueblo oprimido), no lo es más que invertir en prestaciones sociales, salud y educación. Porque la culpa de que no tengamos eso no es de España, sino de ambos gobiernos, y dedicar dinero a la independencia en detrimento de estas áreas no es una inversión de futuro, sino un robo cruel a la ciudadanía.

– Yo creo que la única patria de los de abajo ha de ser los de abajo. Odio cualquier opresión a un estado, cultura o idioma, pero este no ha sido el caso. No veo más razones para que Catalunya se separe de España que la conveniencia de unos pocos, y un sentimiento de desprecio o, en el mejor de los casos, falta de pertenencia, a España, de otros muchos. Que es completamente legíimo, aunque en muchos casos sus orígenes no lo sean. Pero no creo que sea un motivo válido para haber llevado las cosas tan lejos y de una forma tan radical. Y con eso vuelvo al punto uno: si era necesario hacerlo, podía haberse llevado a cabo de otro forma. de otra forma, sobre todo, más inclusiva y realmente democrática.

– Implantar una forma de gobierno determinada, cuando no concurren razones de peso, como situaciones de pobreza, detenciones arbitrarias, falta de libertad, peligro, no justifica un futuro inmediato de conflicto, pérdida de poder adquisitivo y empleo, intranquilidad, o incluso guera. Quienes están promoviendo esto son unos inconscientes, y tal vez unos psicópatas declarados.

– La opción de gobierno en la que creo fervientemente es una federación de repúblicas autónomas a la que lleguemos por un proceso pacífico, libre e igualitario.

– Y por útimo, ¿queréis argumentos identitarios? Pues aquí los tenéis: quiero recordar que hay muchas Catalunyas. La Catalunya exclusiva de sardana y castellet no es la mía, ni es la de muchas. Mi Catalunya es diversa, plural y en ella caben estas cosas y muchas más. Mi cultura catalana también es la parte de la cultura de otras tierras que conforman la península Ibérica, y sii me obligan a renunciar a ella,me obligarán a renunciar a una parte de mí, me obligarán a ser una exiliada en mi propio país. Seremos un país de huérfanos que no importamos a nadie, y eso si estamos vivos.

(tras la votación)
Esto es como cuando el médico te amputa una pierna en la que tienes un bulto perfectamente operable, porque considera unilateralmente que es lo mejor para tu salud. Me acaban de quitar una parte importante de mí misma, y a muchos como yo también. Por culpa de unos ciegos, ahora andaremos todos cojos.

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.

28 de octubre

Amanecemos en una Catalunya lliure que aún no es libre, que antes no era tan esclava y que en cualquier caso continúa y continuará bajo la férula de la oligarquía, de la Unión Europea y del CETA, votado tanto por PP como por PdCat. Keep on dreaming.

Lo que me enfada no es que piensen diferente. Ni que intenten imponérmelo. Ni que tomen decisiones a mis espaldas. Lo que me enfada de verdad es que no nos estamos enterando de qué va esto pero ni de lejos.

Por poner un ejemplo…
Un piso medianamente decente para una familia de tres miembros (no digo ya de cuatro), está en mi zona (obrera) por unos 800 euros.
Hoy me han enviado una lista de demandas de empleo. En la que pagaban más ofrecían 900 euros por 12 pagas.
Tengo una prueba urgente en mi CAP para dentro de tres meses. Me pregunto si llegaré viva a ella.
En mi escuela pública los lavabos son un nido de gérmenes. Hace años que estamos pidiendo que los reformen. Que pongan vestuarios. Un gimnasio en condiciones.
Mientras tanto, mis impuestos sirven para pagar las subvenciones a las escuelas concertadas, sí, aquellas que no admiten a niños extranjeros y separan por sexos.
Y salís a la calle. Ahora sí. Antes no. Como si esto fuera un puñetero partido Madrid-Barça.
Y me decís que tengo que apoyar al Govern.
Ésta sí que es buena.
Yo me pregunto, ¿qué ha hecho el Govern por mí? Me dio comida cuando estaba hambrienta? Piso cuando estaba en la calle? Una beca de estudios cuando quise formarme, a pesar de haber finalizado mis anteriores con Sobresaliente y no tener un puto euro, y no por falta de deslomarme como una mula?
Hay fosas sin nombre por todo el territorio español.
Accidentes de trenes sospechosos.
¿Quién se acuerda de los niños robados? A veces pienso que ni ellos mismos.
Entonces tampoco salisteis a la calles. Cuando nos quitaron el pan de la boca y el techo sobre las cabezas. Ahora ya nos hemos acostumbrado a (mal)vivir a la intemperie.
Queréis que tome partido. Yo ya lo tomé hace tiempo. Mi partido es el de los desfavorecidos, el de los que no están en posición de defenderse sin algo de ayuda. Las banderas me la pelan. Tengo mi corazoncito y mis sentimientos, y tal vez me sienta de un lugar más que de otro, pero no dejo que eso nuble mi entendimiento.
Pero vosotros decís que soy fascista.
Sí, me lo habéis dicho. A mí y a los que son como yo.
Decís que tengo que ayudaros, o seré mala. Pero nunca me habéis preguntado qué ayuda necesito yo.
África empieza en el Ebro, dijisteis. Ergo: los africanos son seres de segunda categoría. Ergo: los españoles también. Todo muy democrático y muy solidario.
Pero ayúdanos, decís. Ayúdanos, ciudadana de segunda categoría. No creemos que tus orígenes sean de calidad, pero ayúdanos igualmente, por haberte dado la oportunidad de vivir aquí.
Os queréis ir. Me parece muy bien. Nadie puede obligar a nadie a estar donde no quiere estar ni a no manifestarlo. No es justo (óyeme, Rajoy) ni inteligente (óyeme, Rajoy… ¿o tal vez ya me habías oído?).
Pero hay maneras de irse y maneras de irse.
Yo puedo dejarte porque no nos entendemos. No me siento bien a tu lado. No creo que tengamos nada en común. No siento el vínculo.
O puedo dejarte porque eres un mierda. No me llegas a la suela de los zapatos. Eres de una raza inferior. Yo soy mucho mejor que tú. Anda, ábreme la puerta y pon el coche a mi nombre.
Y me decís que hay que apoyar al Govern.
Y salís a la calle. Ya no hay paro, hambre, injusticias. Ya no hay muertos ni presos políticos que no sean por ideas similares a las vuestras. Ahora sí salís a la calle, como si esto fuera un puñetero partido Barça-Madrid. Antes no. Antes, cuando os llamé con angustia, no.
¿Dónde estabais entonces cuando tanto os necesité?
Siempre me ha enfadado mucho la injusticia, la desigualdad, el racismo. Pero hay algo que me enfada sobremanera: la estupidez.
Y ahora estoy muy, pero que muy, enfadada.

Es difícil sentir la injusticia, sobre todo desde una posición cómoda. Buscar las causas, debatiendo con personas o leyendo libros, consumiendo prensa que no se base en la demagogia fácil para funcionar. Actuar en consecuencia, luchar, comprometerse. Nos pesa nuestro ego, el reality en prime-time, nuestro silloncito confortable.

Espanya i Catalunya
Es fácil, por el contrario, sentirse una víctima. Buscar un culpable, sea el que sea, con razones o sin razones, o mejor creerse que el culpable es el que nos dicen en la tele. Inventarse una identidad, real o ficticia (si es que alguna identidad es en el fondo real), que nos haga superiores a ellos. Dejarse llevar por el odio. Fanatizarse. Caer en la violencia. Sólo necesitamos una idea buen envuelta y bien machacada mediática y socialmente gracias a numerosos recursos invertidos en ella.

Y recordad: ninguna inversión se lleva a cabo si no se quiere obtener un beneficio. Mayoritariamente económico.

Sé que hay diferentes niveles y que no se pueden establecer comparaciones, pero sí tal vez extraer alguna causa común subyacente, aunque sea como la célula que salió del agua y dio lugar tanto a los dinosaurios como a los homo sapiens, pasando por las ranas y los escabarajos. Y es que pienso en varias cosas.

Mis compañeros de facultad que sólo colgaban carteles que denunciaban las agresiones, supuestas o reales, leves o graves, a la cultura y a la lengua de Catalunya. Como si no existiera Palestina, Irak, Kosovo, Bosnia, Libia, Siria o, sin ir más lejos, la progresiva disminución de los derechos laborales y las prerrogativas sociales que se vienen dando en todos los territorios del Estado español desde el fraude de la Constitución del 78.

El inmigrante marroquí pobre y descolocado que compra la moto de la identidad islámica y cae en las manos de los que buscan implantar la violencia para someter a la población por la vía del miedo y dar vidilla al comercio internacional de armas. Ramblas, Niza, París, Londres…

La vecina de abajo, que durante toda su vida ha oído insinuar, y por personas muy acreditadas desde medios oficiales, que su ascendencia gallega, andaluza, murciana o extremeña la convertía en una humana de segunda fila, y que ahora habla catalán con acento de Lleida hasta con sus hijos y cuelga la banderita en el balcón. Algunos lo veréis como un ejemplo de integración y de solidaridad. Yo tengo bastantes dudas al respecto.

Los padres de la patria española, que no han dudado en vendérsela a americanos y europeos, y que ahora se llenan la boca con ella como si no hubiera un mañana. Aunque tal vez no lo haya.

Aquel multireferéndum del 2014 donde Mas no hablaba del derecho a decidir.

Los padres de la patria catalana, con el dinero de sus hijos en Andorra y Suiza mientros éstos se suicidian ante el paro y los desahucios.

Y el odio. Siempre el odio. Desde las cavernas mediáticas de uno y otro bando, hasta los grupos de amigos y las familias.

Ruanda. La antigua Yugoslavia. ¿Exagero? Ojalá…

Quiero decidir. Quiero decidirlo todo. Monarquía o república, capitalismo o socialismo, Estat català, república catalana federada en la república española o España tal y como está. Recursos para la escuela pública o para la privada, modelos de Sanidad, acuerdos con el Vaticano, pertenencia a la UE y a la OTAN, colaboración con países con menos recursos… Quiero decidir libremente. Con todas las opciones. Sin manipulaciones. Sin presiones. Sin odio. No quiero jueces ni policías a sueldo del amo centralista. Pero tampoco quiero que voluntarios llegados de no se sabe dónde me digan contra quién me debo movilizar.

No quiero ser denigrada por poner urnas o por no ponerlas, por los españoles por ser catalana ni por los catalanes por ser española.

Yo también tengo un patria, como vosotros. Mi patria son los explotados y los solidarios, toda esa gente que trabaja, lucha y sufre. Y si no soy tan patriota como debería ser… es porque yo también tengo mi ego, mi Juego de tronos en la tele, mi silloncito confortable. Porque, aunque me niego a sentir vanidad, desprecio u odio, soy humana.

El problema no es que el pueblo catalán deba o no deba tener el derecho a decidir. Es obvio que ese derecho les corresponde, tanto a este pueblo como al resto de los pueblos, a todos los seres humanos.
 
XSUC 15S
El problema no es que Catalunya continúe siendo o no parte de España. Sería una pena para aquellos de sus habitantes que se sienten tan catalanes como españoles (sin estar orgullosos de ninguna de las dos nacionalidades, me temo, o al menos ese es mi sentir) tener que renunciar a una de ellas, y sería duro para España ser recortada de esta manera. Pero si Catalunya decidiera SIN NINGÚN TIPO DE COACCIÓN que debe independizarse de España, no se le podría (o debería) impedir, por mucho que doliera y por mucho que no conviniera.
 
Los problemas son, tal como yo los veo dos: el primero es que dudo que en muchos casos este sentimiento independentista sea genuino (en otros estoy segura de que sí lo es): el franquismo, la gran estafa de la Constitución del 78, la traición socialista, y todo lo que ha venido después, ha influido mucho en crearlo y en atizarlo. Pero la propaganda de la Generalitat tampoco ha sido ajena y, además, su juego no ha sido limpio. Recuerdo en mi infancia ver programas en TV3 donde se ridiculizaba todo lo que era español y “charnego”, cómo los hijos de inmigrantes sentíamos que a la sociedad se le había inoculado el desprecio hacia nosotros, cómo se les había enseñado que éramos ciudadanos de segunda, cómo nosotros mismos llegamos a creérnoslo; muchos de esos inmigrantes o hijos de inmigrantes son ahora los más furibundos independentistas: así se legitiman. Todos necesitamos una identidad, y mejor si es de prestigio, y algunos, por sus especiales circunstancias personales o sociales la necesitan aún más.
 
El segundo es que tampoco el proceso ha sido orquestado por el pueblo; desde luego que el sentimiento estaba ahí, en parte por las razones que he explicado en el punto anterior, en parte por otras que no voy a detallar ahora (porque tendría que hablar de lo que opino, no de éste, sino de cualquier sentimiento nacionalista, y no creo que sea el momento), en parte porque realmente estaba en el corazón de una parte del pueblo. Pero quienes han encendido la antorcha y han enarbolado la bandera han sido los representantes de un partido que cuenta entre sus filas con seres que a la hora de enriquecerse no han dudado en traicionar a su pueblo (al mismo pueblo al cual definen esos colores que ahora monopolizan), que lo han sumido en la miseria, que permiten que la educación siga siendo una barrera entre ricos y pobres, que mantienen las listas de espera en la Sanidad y retiran las ayudas a los colectivos más desfavorecidos, y que se han aliado con la España más casposa cuando les ha convenido (sin olvidar su connivencia con otras naciones que literalmente están realizando una limpieza étnica dentro de sus fronteras, como poco). Y que están elaborando un proceso sin garantías, de forma unívoca, y sin posibilidad de réplica, creando una sociedad en la que existe (yo lo he experimentado, aún lo experimento) miedo a manifestar que te sientes mínimamente españolito o españolita además de amar a Catalunya porque eso equivale automáticamente a que se te etiquete como facha (incluso a mí, que soy más roja que los tomates maduros).
 
El problema no es que debamos o no tener derecho a decidir. El problema es que no lo tenemos. Estamos siendo peones en un tablero de ajedrez ajeno, y ni siquiera nos hemos dado cuenta.
 
Otra cosa hubiera sido si el proceso se hubiera liderado desde abajo, sin influencias externas, desprecios al contrincante ni delirios de grandeza propios, y que de paso se hubiera aprovechado para decidir otras cosas que creo que también son importantes, digo yo… Y no habría ido mal que, también, entre el sí y el no, se contemplara una opción de unión federalista de repúblicas autónomas hispánicas, por ejemplo.

Tengo un buen propósito; ahora sólo falta cumplirlo. A partir de ahora intentaré publicar todos los lunes, o bien continuaciones de las aventuras medievales, o bien otros ciclos, o bien fragmentos. De momento, aquí está el inicio de una novela que está casi terminada y que lleva el título provisional de Rostros lejanos, y que supone una pequeña incursión en el género negro. Es un primer borrador y aún hace falta mucha corrección, pero de todas formas espero que os guste.

Sé que la historia no empezó allí, en este punto cronológico de finales del 2010; probablemente nunca sabré dónde lo hizo, si es que lo hizo en alguna parte, y en cuanto a su fin, aún no se ha producido (¿existen los finales, o los hemos inventado para hacernos creer que la desdicha acabará y que existirán nuevos comienzos? La pregunta es retórica, evidentemente). A pesar de que las esperanzas de todos durante los años transcurridos desde entonces hayan sido tan convenientemente aniquiladas… Sí, sé que la historia no empezó aquí: éste es solamente otro patético intento de convertir la vida en un lugar habitable, tejiéndola en historias donde al parecer puedes darle una lectura coherente o, al menos, no tan aterradora. Pero siempre que intento rememorar su principio (o, al menos, el principio de mi implicación consciente en ella), la imagen que aparece en mi retina es aquella sala decorada al estilo rústico de aquella casa de segunda residencia del cinturón de Barcelona donde nos habíamos reunido, y a Olalla entre mis brazos.

Era la casa vacacional de Jaume Pons, o mejor dicho de sus padres, un arquitectónicamente desolador ejemplo de construcción típica de urbanización aledaña a la metrópoli; el soberbio y pretendidamente autosuficiente ingeniero técnico no se había aún emancipado, a pesar de que cumplía 35 ya largos años, y aquello, al parecer, era una fiesta, o al menos un simulacro bastante apañado de ella. A medio camino entre la Noche de Halloween, últimamente importada de los Estates, y la tradicional castañada catalana, en aquella estancia no se veían ni productos alimenticios típicamente otoñales ni terroríficos disfraces, solamente mucha priva y similares (algunos de ellos dispensándose alegremente con completa falta de respeto hacia mi profesión, y cuya presencia creí oportuno fingir que no había detectado, aun a riesgo de tener que aparentar más estupidez supina de la que ya se me suponía) y unos cedés tan  rítmicos como revolucionarios que yo había comprado en mi última estancia en Cuba, entre varios abortos musicales encumbrados por las emisoras comerciales que hacían aborrecer a todos los seres humanos aún no adocenados por el sistema cualquier cosa que tuviera melodía y ritmo. Los participantes éramos la gente que acostumbrábamos a frecuentar las tertulias de los viernes en el Rey de la Cerveza, con algunos añadidos, y todos nos estábamos dedicando a nuestras actividades habituales: o sea, el anfitrión intentaba deslumbrar con sus teorías acerca del suicidio a unas jovencitas procedentes de la última oficina donde habían ido a parar los huesos de Olalla; Marc Massip, que para esperanza y posterior desilusión de mi amiga abogada había venido sin la habitual compañía de su Mercè, se hallaba en plena discusión con Xavi Isern acerca de la nuevas iniciativas para que el sueño de la independencia de los Païssos Catalans se hiciera posible, a ser posible sin cambio social incorporado; por su parte, Pere Riells comentaba con otro colega algunos detalles de sus hazañas sexuales con la inmigrante ilegal de turno, riéndose de sí mismo pero sin propósito de enmienda, y Edu Llamazares y Oriol Sentís, estaban, como yo debería de haber previsto, completamente fuera de escenario. Ah, y un servidor, lamentando la ausencia de Wilhelm LeMaître (desaparecido en combate aquel día) y de Jordi Vila (al que le habían endosado una repentina guardia en el Hospital del Mar gracias a que un colega había tenido la insolidaria idea de ponerse enfermo aquella velada en concreto), ocupaba el tiempo con la única integrante  presente de la escisión de las tres personas más interesantes de aquel grupo. Aunque en aquel momento no nos estábamos dedicando precisamente a las conversaciones filosóficas.

Empujé suavemente el cuerpo de Olalla contra la baranda de la escalera que conducía al desván, y la besé. Ella se pegó a mi cuerpo entre gemidos, mientras sus ojos se desviaban  hacia el rincón donde Marc y Xavi hacían quinielas sobre los integrantes del próximo gobierno de la república catalana, sin pensar que pudiera existir más que esa decisiva cuestión política en el Universo; evidentemente, me percaté.

-Olalla, por favor –la reconvine, separándome un poco de ella y fingiendo disgusto-. Se supone que estamos ejerciendo, después de mucho tiempo de sequía sexual, nuestro derecho al roce típico de amigos que un día estuvieron  liados. Concéntrate en lo que estás haciendo, ya devorarás a Marc con la mirada en otra ocasión.

Mi amiga se encogió de hombros y soltó una carcajada que hasta parecía completamente alegre, y todo.

-Lo sé, lo sé, no escarmiento. Y mira que ha pasado ya el tiempo, joder… desde que le conocí, sin ir más lejos… ¿cuántos años ya?

-Seis –repetí yo, de carrerilla, con resignación: conversaciones como éstas eran bastante habituales cuando a Olalla le daba por sentir esa melancólica nostalgia del amor platónico que nunca había tenido, o sea, varias veces a la semana-. Y yo llevo cinco sin entenderlo. ¡Con la buena pareja que hacíamos! No me negarás que soy mejor partido que ese gilipollas.

Ella me echó los brazos al cuello y recorrió mis hombros con una aparente lujuria. Su cabeza me llegaba casi a los ojos: aquella mujer me encantaba. Su estatura, sus curvas, aquel punto barriobajero tan excitante, su sentido del humor, su complicidad conmigo… Era exactamente mi tipo de mujer… lástima que…

-No nos engañemos, Gorka. Si no te hubiera dejado yo lo hubieras hecho tú. Tarde o temprano.

… pues sí. Es cierto. Que me cuelguen si me entiendo a mí mismo y si entiendo al mundo, pero así exactamente hubiera sido.

-Claro que –continuó, insinuante, recorriendo ahora mis costados con sus dedos y anudándomelos un poco más arriba del culo-… más bueno… sí que estás…

Le cogí la cabeza entre mis manos y estampé su boca contra la mía con involuntaria brusquedad. Ella se quejó.

-Eh, tranquilo. Tenemos toda la noche.

Chasqueé la lengua, disgustado conmigo mismo.

-Lo siento. Es que con mujeres como tú uno es capaz de olvidarse de la sutileza.

Me miró, incrédula:

-Venga ya –la opinión de Olalla acerca de su físico no era demasiado halagüeña, y yo comenzaba a estar cansado de pelear con ella alrededor de ese punto. Desvié la conversación… o no.

-Tú dirás lo que quieras, pero Oriol –hice un gesto con el codo hacia donde éste se encontraba, detrás de nosotros- debe de estar pensando en cómo convencer a los altos cargos del partido para enviarme a Siberia, después de esto. ¿Por qué no te quitas las manías y te lo tiras ya? No tiene muchos más defectos que el resto, y no puedes esperar que todos sean tan jodidamente perfectos como yo.

Ella no parecía convencida.

-No sé de dónde has sacado esta obsesión de que Oriol me tira los tejos. Es la cosa más idiota que he oído. Por cierto, ¿ha sido tuya la idea del experimento sociológico de juntar a la peña del partido con los del Rey de la Cerveza? ¿Qué esperabas conseguir?

No esperaba aquella pregunta tan directa.

-¿Sentar las bases para una alianza entre el nacionalismo conservador y el izquierdismo radical que consiga salvar el país? –ensayé, con cara de niño cogido en falta. Pero Olalla era demasiado inteligente y me había calado ya hace tiempo. Me estampó un beso en la mejilla.

-Gorka, eres imposible. Pero te quiero.

Volví a empujarla contra la escalera y a besarla, obedeciendo a un impulso más sentimental que sexual. Pero, tras un par de minutos, la sentí moverse inquieta bajo mi cuerpo; y yo sabía la razón.

-Lamento si estoy resultando tópica –me dijo- pero hay algo que está vibrando cerca de tu entrepierna y no creo que sea precisamente porque estás contento de verme.

-Pues es eso exactamente –le rebatí-, eso, unido a mi legendaria potencia sexual. Ignóralo y sigamos por dónde íbamos.

-Creo que será mejor que cojas el teléfono, Gorka.

-No voy a hacerlo. Sé perfectamente quién es. Y no tengo ganas de trabajar.

-Menos ganas tendrás de enfrentarte a sus cabreos…

-Déjame que conserve durante unos instantes la ilusión de que soy un hombre libre… -pero Olalla metió la mano en el bolsillo de mi pantalón con la mayor desfachatez y me dio el telefonillo. Lo abrí, gruñendo al contemplar la foto del feo semblante del comisario Palència en la pantalla principal, y pronuncié un resignado y algo irónico:

-Siempre a sus órdenes, jefe.

La airada respuesta no se hizo esperar.

-Si supiera cómo está el patio, Del Valle, se abstendría de hacer comentarios pretendidamente graciosos. Salga de la mierda de sarao donde esté metido y vaya cagando leyes al kilómetro 32,4 de la carretera B-365. Si no sabe dónde está, búsquese un mapa o cómprese un gepeese, pero a mí no vuelva a llamarme diciendo que se ha perdido que no soy su querida mamá. Y hágame un informe que me pueda servir para la rueda de prensa, y no los bodrios que suele presentarme. ¿Estamos?

Aquello me sorprendió: Palència era correcto y casi amable, de cuidada expresión verbal, y no acostumbraba a dirigirse a sus subordinados como el jefe policial permanentemente cabreado y de cultura más que discutible popularizado por las películas y series. Comprendí que el tema  del que debería ocuparme debía tratarse de algo insólito y con consecuencias que podían ser peligrosas. Pero como lo sí que era  habitual en él era que suministrara la información con cuentagotas y que pretendiera que yo me autogestionase para llenar los huecos, tuve que hacer un esfuerzo de imaginación ayudándome con la percepción de que indudablemente el tono de su voz era el característico de cuando se siente presionado por las altas instancias. Intenté recordar qué caso había llevado yo últimamente que tuviera algún tipo de implicación política o mediática, o ambas, y me quedé en blanco. Claro que…

… pero…

… ¡no podía ser! ¡Había pasado demasiado tiempo!

-La han encontrado. ¿Verdad, jefe? –creo que fue más una iluminación divina, o de su equivalente agnóstico, que una deducción.

-Luis ya está allí –fue la extraña respuesta afirmativa-. Venga, mueva el culo. En media hora quiero que esté allí – y colgó sin más. Yo hice lo propio, casi mecánicamente. Olalla, que había escuchado lo suficiente conversación, dado el volumen de los gritos de Palència, me miraba sin saber qué decirme.

-Me largo –le expliqué-. Te cuento después. No le digas nada a nadie de momento, despídeme de todos los que aún no se hayan caído redondos, si es que puedes encontrarlos, y sólo explica que tenía un caso urgente…

Mi amiga me interrumpió, preocupada:

-Pero ¿estás seguro de que estás suficientemente sereno para conducir? –despejé sus temores con un ademán.

-Sabes que mi cuerpo metaboliza bien el alcohol. Siempre he creído que tengo algún gen recesivo irlandés… No creo que ni siquiera llegue a dar positivo en un control –me di cuenta que mi subsconciente me estaba conminando a mantenerme alejado del tema, y tomé de nuevo las riendas de mi cerebro-. Bueno, lo que te decía. Si Wilhelm se presenta al final… no le le digas nada de lo que has oído. Es mejor que me lo dejes a mí. Aunque de todas formas no creo que esté preparado para oír lo que tengo que decirle, y menos ahora.

Algún día habrá un lugar para nosotros. Llegará un día en que todo cambiará. Un día en que la tristeza dará paso a la alegría, la soledad a la amistad, la pobreza a la riqueza. Mágicamente, los condicionantes políticos y económicos, más políticos que económicos, que originan el desempleo, los recortes, la miseria desaparecerán, De un plumazo. Y seremos libres. Y seremos libres porque antes éramos muy esclavos. Se acabó el no poder hablar catalán por la calle, que el castellano sea obligatorio en la escuela, se acabó el ir a la cárcel por bailar una sardana…

Todo cambiará. Nuestros hijos encontrarán trabajo. Nuestros padres encontrarán trabajo. Vamos, yo creo que hasta nuestros abuelos encontrarán trabajo: de hecho, seguro que la yaya llegará a fin del mes de una vezpor todas. La democracia mejorará; no se sabe ni cómo ni por qué, pero la democracia mejorará: era España la que impedía que esto hubiera ya sucedido, naturalmente. Y sin embargo, de esa España que nos ha oprimido durante siglos, seremos los mejores amigos y aliados. Dejaremos de considerarles una raza inferior en los programas de nuestros medios de comunicación, como venimos haciendo desde hace veinte años. Porque somos así de guays. Pero no queremos ser siervos de España: preferimos la UE, EEUU o Israel. Dónde va a parar

Tenemos la oportunidad de crear un país nuevo. Y por eso, yo voy a votar que sí. Que sí-sí. Porque lo dicen Desmond Tutu, Adolfo Pérez Esquivel, Dario Fo, Ken Loach, Noam Chomsky, Andrea Camilleri e Ignacio Ramonet. Quiero que Catalunya asuma sus propias competencias y gestione sus propios recursos. Me parece fatal que nuestros políticos corruptos deban resignarse a robar menos que los españoles y a esconder sus millones sacados de las arcas públicas en Andorra porque no les llega para el billete a Suiza. Es terriblemente injusto.

Ah, no. Que dice Mas que a partir de mañana tampoco va a a haber corrupción. Vale.

Mañana llegará. Y con mañana, el triunfo. La era de Acuario. Venceremos. Ni siquiera habría hecho falta sacrificar (algo en que hasta los partidos supuestamente de izquierdas han estado de acuerdo) los recursos dedicados a Sanidad y Educación Pública (obviamente, no vamos a pedir a la escuela privada que se sacrifique, que sigan aleccionando a nuestros futuros gobernantes con el dinero de sus papás y con las subvenciones que salen del nuestro. Hasta ahí podíamos llegar. Los pobretones que tienen que ir a la destartalada escuela del barrio que se jodan) para una causa más elevada, como es la propaganda electoral de la doble respuesta afirmativa. ¿Por qué, si los partidarios del no no quieren votar y los del sí-no ni siquiera han asomado la cabeza? ¿Por qué, si no va a haber ningún control para que no tiremos los votos negativos directamente a la basura? Mañana venceremos, y si los fascistas de Madrid quieren impedirlo, moriremos con honor: esperemos que nos hagan perecer entre sufrimientos demasiado terribles, después de todo hemos gobernado conjuntamente en tantas legislaturas… Eso tiene que unir, digo yo.

Es curioso: a veces siento un poco de pena por los españoles. No hacía falta gastar tantos años en denigrarles, inventar robos en el ámbito nacional que en ningún caso se podían comparar con los que se estaban realizando aquí sobre las rentas de todos nosotros por los mismísimos padres de la patria, bajo la batuta de las figuras intocables de la aristocracia y la burguesía catalana que detentan todo el poder en la sombra. Cuando uno se quiere ir, se va, y no hace falta convencerlo de lo que ya está plenamente seguro. Si mi novio ya no me mola, o quiero liarme con otro que tenga más pasta, considero excesivamente inmoral que encima vaya proclamando que es un desgraciadito y arrastrando conmigo a todos sus amigos.

Es curioso: a veces también siento un poco de pena por los catalanes.

Pero nada de eso importa. Mañana, todo cambiará.

IU-Podemos

IU-Podemos

Que no se me malinterprete: no estoy expresando un deseo, sino un convencimiento al que he llegado no sin bastante pesar; no en vano he militado en esa organización desde prácticamente la adolescencia, y aunque hace un par o tres de años dejé de integrar su filas, continúo en contacto con compañeros que ahí siguen, y que destacan por ser grandes personas y estar firmemente comprometidas con la sociedad. Algunos podrán decir que estoy exagerando, y tal vez realmente la realidad no supere mis temores, o ni siquiera los alcance, pero lo que está claro es que IU ha perdido su tren. Quizá definitivamente.

La pregunta (las preguntas) son: ¿Lo hemos hecho mal… o los otros lo han hecho rematadamente bien? ¿Nos ha fallado la comunicación… o tal vez ha sido la financiación? Quisiera saber por qué no hemos sabido presentarnos como alternativa, por qué no hemos resultado creíbles cuando decíamos que podíamos cambiar las cosas, por qué se nos acusaba de ilusos con el mismo programa que ahora a todo el mundo le parece viable, por qué no hemos rentabilizado la enorme implicación de la gente de nuestra bases, por qué hemos huido tan velozmente de mesianismos o no hemos logrado crearlos, por qué cuando hemos intentado unir a las izquierdas nadie se ha enganchado al carro y cuando hemos exhibido divergencias se nos ha echado en cara nuestra disensión. Algunos piensan que fuimos demasiado contundentes, intransigentes, que nos aferramos con excesiva fuerza a consignas supuestamente pasadas de moda (ojo: estoy firmemente convencida que el hecho de que el comunismo como forma de gobierno haya fracasado en muchos estados no tiene por qué dejar sin validez esa ideología. El capitalismo ha sido el gran fiasco en el ámbito global, y ¿quién lo cuestiona?). Otros, al contrario, denuncian la pusilanimidad de esta formación, la traición a su ideario original, los pactos contra natura (los mismos que otros alabaron por mor de la normalidad democrática). Ni siquiera los escándalos de corrupción que han salpicado a contados miembros de la cúpula han sido decisivos en nuestra contra, ya que se han visto como un hecho aislado.

¿Entonces? ¿Se podrá decir que sencillamente no hemos tenido la suerte de aparecer en el momento adecuado?

La ascensión de Podemos, según el CIS ahora mismo primera fuerza en intención de voto en España, ha sido inusualmente meteórica. Tanto que, con todos mis respetos, resulta algo escamante. Aunque hayan sabido canalizar al indignación de una mayoría de la ciudadanía (y no solo de la de izquierdas, tengámoslo en cuenta), resulta asombroso que, en un país en el que sus gobernantes prefranquistas, franquistas y postfranquistas han triunfado en desmovilizarnos y aculturizarnos, en un país de elites cuasi feudales que se han caracterizado, desde el inicio de nuestra historia como nación, por someter al pueblo con poco pan, mucho circo y nada de educación, los de Pablo Iglesias hayan conseguido hacernos reaccionar. Se ha hablado de la Operación Coleta, o de cómo Podemos no sería sino un experimento para marginar a IU al servicio de oscuros poderes empresariales que no acabó de funcionar como se esperaba (¿o sí?); de las financiaciones por parte de gobiernos más que discutibles (entre los cuales no está Venezuela); de la (sospechosa) ubicuidad mediática de su líder desde 2012, cuando los que hemos trabajado en comunicación en movimientos de izquierdas sabemos lo difícil que es se nos considere en los medios del Régimen (o sea, todos), en algunas declaraciones con ecos de viejos discursos de Primo de Rivera… Pero lo que es incuestionable es que ellos ESTÁN AHÍ. Y nosotros ya no.

Mi intención no es buscar culpables ni motivos, ni del fracaso de unos ni del éxito de otros: IU no es ni mucho menos el partido en que yo querría militar, pero el fenómeno Podemos va más allá de los errores que hayamos podido cometer o que realmente hayamos cometido los primeros, e incluso más allá de la excelencia, real o figurada, de los segundos. Un vez que las cosas han llegado a este punto, cuando IU no solo ha perdido la posibilidad de poder a medio plazo implementar su programa político en este país, sino también su espacio tradicional, se impone una tarea ímproba pero necesaria, absolutamente necesaria: colaborar con el vencedor, colaborar en todo aquello en lo que coincidamos, colaborar con el apoyo, la crítica y, sobre todo, la vigilancia. A Podemos le validará o no su comportamiento futuro, y nosotros nos alegraríamos si logran erradicar este sistema enfermo y corrupto desde antes de nacer, devolver el poder al pueblo e instaurar un modelo de verdadera justicia social. Pero si se dejan seducir por el poder y sus mieles, o si nunca fue su intención la que vienen proclamando…

 … entonces deberían de tener cuidado con nosotros.

Un pueblo que elige a corruptos no es víctima, es cómplic

Un pueblo que elige a corruptos no es víctima, es cómplice

¿Vais a votar al discapacitado intelectual con pretensiones de machito? ¿Vais a revalidar con vuestros votos a los concejales toledanos psicópatas sin la más mínima empatía por sus víctimas? ¿Al maníaco religioso que condecora vírgenes y reacciona con represión a cualquier crítica vertida sobre él o los suyos? ¿Al estúpido ignorante que ha convertido la educación en un tragicómico remedo de sí misma? ¿Al cobarde esbirro de los poderosos cuya idea de la Justicia hubiera sido considerada arcaica en el Medievo? ¿Al títere mentiroso compulsivo incapaz de enfrentarla a la realidad, de interpretarla o de dar respuesta a los problemas que plantea? ¿A los mafiosos que nos extorsionan imponiéndonos “protección” y luego dirimen sus diferencias a tiros por un quítame allá este sobre, encima culpándonos? ¿Es que estáis ciegos? ¿Es que sois tan estúpidos, ignorantes, maniáticos, débiles y cobardes como ellos? ¿Es que también sois incapaces de sentir empatía hacia las personas que sufren la miseria que ellos han implantado (con la ayuda de sus antecesores) en este país? ¿Pensáis que la culpa sencillamente es de los inmigrantes (que, naturalmente, nunca fueron personas por el mero hecho de haber nacido fuera de este patético y risisble país y por eso tampoco merecen empatía)? Hacedlo. Vamos, hacedlo. Votadlos para que nadie los bote. Votadlos a ellos o a los que facilitaron su reformas genocidas. Votadlos, porque no veréis en vuestro colegio electoral una miríada de partidos pequeños o no tan pequeños que ofrecen alternativas sociales y humanitarias y, además y sobretodo, inteligentes. Votadlos, y me daréis las razones que necesito, a pesar de que os comprendo y me comprendo a mi misma, a pesar de tener claro de que vosotros, y yo, no somos más que el resultado de una ya vieja campaña de deseducadación, desmovilización y manipulación, para abjurar del hecho de pertenecer al mismo país de vosotros. No analicéis. No razonéis. No sintáis. Es difícil, duro, trabajoso. Da miedo y pereza. Solo votadlos. Votadlos y votadlos. Y me demostraréis que sois sus dignos hijos.

Mucho más  e infinitamente mejor

-Los cien mil Cañetes hijos del PP

Las europeas son la oportunidad

Twitter y su hija Escrache asesinaron a la ‘pepera’

Oncología del PP en Toledo: Abandono del pleno y de la infancia enferma de cáncer

Que un nuevo libro aparezca en el mercado siempre es una buena noticia; al menos si el autor no es Paquirrín, Belén Estebán o alguno de esos fantoches mediáticos (o, más bien, sus negros). Si encima tiene algo de calidad, ya es obligatorio tirar confeti. Y si, para finalizar, el libro está escrito por un camarada de la XSUC y amigo de la que suscribe, es un día para marcar en rojo en el calendario. Pues bien, lo que he explicado acaba de suceder: ya está disponible en Amazon para aquel a quien le apetezca echar un vistazo y, eventualmente, llevárselo a sus dispositivo de lectura, No está muerto lo que juega eternamente, la primera novela de Carlos Milán.

He tenido la suerte de ser una de las primeras personas que leí esta novela: Carlos y yo nos conocimos en un principio en las redes sociales, y más tarde coincidiendo en temas activistas en los que los dos andábamos y andamos metidos; al ser lector mío, creyendo más de lo que yo creía (y de lo que han demostrado las circunstancias) en el éxito de La rebelión de los soldaditos de plomo, se le ocurrió prestarme su manuscrito con vistas a que le diera algún consejo útil como la escritora que se supone que soy (solo se supone): el único que pude darle, una vez constatado que aquello valía realmente la pena, es que optara por las nuevas posibilidades actuales de publicación independiente  en digital, dada la dificultad de que una editorial lo suficientemente potente para dar adecuada difusión una obra apueste por un autor desconocido y sin padrinos (descartando, claro está, las empresas que se dicen editoriales y que solo pretenden hacer negocio a costa de autores incautos o demasiado necesitados del éxito). Como bien se ve me hizo caso: ahora solamente espero que ni él ni yo tengamos que arrepentirnos.

Y ahora toca daros razones por las que se ha de leer esta novela, y os las daré yo, porque conociendo al autor no creo que se preste al esperpento de solicitar la compra de la novela en todas las plataformas sociales en las que se encuentra y de empezar todas sus conversaciones con el sintagma preposicional “En mi libro” seguido del pronombre personal de primera persona. Es una novela autodidacta, original, arriesgada y fresca, apta para todos los públicos y para todos los niveles, escrita pensando en el lector y no en conjurar los fantasmas del escritor. Aunque es una novela de género (de hecho, de varios géneros mezclados, pues hay terror, misterio, aventura e historia), trata temas de actualidad como el conflicto en Palestina y lo hace con grandes dosis de un humor en ocasiones desternillante, aparte de que se respira en toda la obra un innegable hálito de compromiso social y solidaridad. Un trama bien hilvanada, un desenlace impactante, personajes sorprendentes y muy trabajados… Y, para que no falte de nada, también hay lugar para los sentimientos (amistad, amor…) e incluso alguna escena de alta temperatura. Motivos suficientes, creo yo, para que se le dé una oportunidad y… a disfrutar.

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Sé que mi aportación a este tema no va a resultar significativa, y quizá sea completamente prescindible: como siempre, me falta tiempo, para escribir, para leer, para meditar, y acabo siempre llegando tarde a la noticia. No importa: hay suficientes artículos sobre los sucesos acaecidos en las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo y sobre lo que sucedió después  -que he tratado de reflejar en mis últimos twits-, y quizá no sea necesario ir más allá. Pero la importancia del acontecimiento es tal que me siento en el deber de dar un pequeño apunte, aunque se pierda en el insondable mar del periodismo ciudadano y del mundo 2.0, tragado por olas mucho más altas que las mías.

Tras el 22M ha quedado lo suficiente claro para el o la que tenga oídos para oír y ojos para ver (algo no demasiado común, a despecho de las apariencias) que los movimientos sociales y políticos que persiguen la libertad, la igualdad y la fraternidad han triunfado; y lo han hecho porque han sabido erigirse por encima de sus diferencias, comprensibles e inevitables, y unirse en una reivindicación común (que ha tenido momentos verdaderamente emocionantes donde se ha palpado la solidaridad entre  personas cuyo ideario vital no pasa por la codicia sin freno y el empoderamiento egoísta y explotador). Hemos triunfado como solo la verdad puede triunfar: limitada y brevemente, entre barricadas que acabarán por dejar de protegernos.

Y de hecho, el primer intento por derribar estas barricadas ya se ha realizado. Vinieron nuestros amigos, nuestros viejos conocidos de tantas manifestaciones, con sus capuchas y sus atuendos anarquista comprados en El Corte Inglés, con esa expresión de odio en sus facciones que no he visto en ninguno de mis compañer@s (a pesar de su justa indignación por la sistemática destrucción por parte del poder de todo lo que es bueno, bello, verdadero y justo, que cada vez estalla con más intensidad). Vinieron a la hora de siempre, tan incómodos como esa menstruación que ya esperas el día de tu cita más importante, y desde luego mucho más repugnantes y letales. Algunos (no lo dudo) sencillamente cumplirían órdenes: lo harían sin placer, obligados por sus circunstancias personales, aunque quizá también sin valor para oponerse. Otros, reclutados especialmente por sus jefes entre un elenco de candidatos que dejaría a los peores especimenes de Mentes criminales convertidos en unos auténticos angelitos, disfrutarían al hacerlo, como auténticos energúmenos.

Pero, fuera como fuera, la verdad es que su representación de violencia extremista y su posterior represión de lo que ellos mismos habían provocado (no me peguéis, que soy compañero) proporcionó argumentos a todas los medios de desinformación del Sistema (o sea: a todos los medios de desinformación oficiales). Sus espadas crearon plumas, plumas fácilmente volteadas por el viento, pero que distraen, molestan, hacen dudar… Suficiente. Pero ya lo esperábamos. Lo sabíamos. Sabíamos que el camino no es largo, sino infinito. Que la lucha nómada, la lucha de guerrillas, es la única posible para nosotr@s, pues nuestra fuerza está en saber cambiar, evolucionar, adaptarnos a las numerosas trampas del poder, tan peligrosas porque están también en nuestros corazones y ellos lo saben. Que no habrá descanso si queremos triunfar porque, en cuanto nos detengamos, ellos nos atraparán, como ya hemos estado atrapados tantos años, como aún lo estamos, entre las redes del miedo y la represión, sí, pero también entre las más insidiosas de la molicie. Bien, ya descansaremos cuando estemos muertos. Nadie dijo que sería fácil. Pero os puedo asegurar que será muy divertido…

Información complementaria

– La indignidad en moto (detallada crónica de la represión policial del #22M)

– “Vamos a por ellos, coño”, gritó un mando a los antidisturbios

Policía mentirosa

Lo de siempre

Y de pronto me encuentro de que tengo un fin de semana libre. Que estoy descargada de todas las actividades que realizo los días de asueto (y que, en el 99% de los casos, no elijo yo). Podré descansar (descansar: ¿qué es eso? Siempre surge algo más urgente que me lo impide). Trabajar en la revista Farga, que dirijo y cuyo número actual se está retrasando demasiado debido a la enorme implicación de los colaboradores en todas las luchas actuales, y a las mías propias. Escribir novelas (tengo tres simultáneas casi paradas). Quedar con algún amigo para emborracharnos. Cine, conciertos, teatro… (en el ordenador, claro: en directo es económicamente inasequible). Dormir. Sola o, si se tercia, acompañada…

Pero no. Me voy a Madrid.

Voy a dormir dos noches seguidas en un autocar en posiciones imposibles. A comer lo que encuentre. A caminar y caminar. A exponerme a que los perros guardianes del sistema me den un buen meneo. A eventualmente  dar con mis huesos en alguna incómoda y helada mazmorra. Pero yo no sacrifico nada, en el fondo: voy a unirme a los compañeros y a las compañeras que sí lo han hecho, que han sacrificado descanso, economías, diversión, tiempo libre, para demostrar que existe dignidad y solidaridad en este país, que no han conseguido encerrarnos a todos en el redil y ponernos encima una piel de oveja de la que solo nos despojamos cuando tenemos que enfrentarnos a alguien aún más débil que nosotros: un inmigrante, por ejemplo, a quien no tenemos escrúpulos de culpar de nuestras desgracias y acusar de crímenes aún peores de los que perpetramos. Me debo a a esas personas, a las que marchan y quizá más aún a las que se han quedado en casa a causa de graves impedimentos, pero cuyo espíritu estará con nosotros. Me debo a ellos porque, fracasados o triunfadores, ya están venciendo, ya han vencido: cualquier pequeña ley cuya aplicación hayan podido impedir, cualquier encarcelado injustamente que hayan conseguido liberar, cualquier despido retrasado, cualquier desahaucio parado, son heridas mortales en la anatomía del sistema. Pero saber que no han conseguido manipularnos, engañarnos, aburrirnos, silenciarnos es la mayor victoria.

¡Madrid, allá voy!

Hemos vivido muchos años presos del miedo. No del miedo a sufrir ni a sentir dolor, que sería comprensible: hace mucho que exportamos la crueldad de nuestras guerras al tercer mundo. Nuestro miedo era mucho más pusilánime pues se centraba en la pérdida de la tranquilidad que da la ignorancia y de la comodidad que conceden los caprichos consumistas, y también mucho más indigno, pues se convirtió en cómplice de los manejos del sistema. Es cierto, he de reconocerlo, la tentación de cambiar el libro por el circo, el tópico por el análisis, puede ser fuerte cuando te sientes cansado, perdido o fracasado, pero eso no nos exculpa de haber caído en ella. Cerramos los ojos. Nos tragamos todas las cucharadas de mierda envenenada que nos sirvieron. Fuimos ignorantes, superficiales, categóricos, y ante la corrupción y la crisis repetimos como marionetas: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” o “Es que hay demasiados inmigrantes”.

Y de pronto, todo pareció cambiar: tanto en el ámbito español como en el internacional, cayeron las bambalinas del teatro y las miserias de la tramoya salieron a la luz: Wikileaks, Greg Smith, Snowden, Urdangarín, Bárcenas, corrupción en la Generalitat de CiU, financiación ilegal del PP… Se escucha el clamor general en los centros de trabajo, en las escuelas, en los mercados, aparte de, naturalmente, en las redes sociales.  Surge el 15-M. La PAH. Diversas plataformas constituyentes. Y solo por poner un par de ejemplos. Los gobiernos y sus esbirros de los cuerpos y fuerzas de Inseguridad del Estado se ven obligados a apartar la careta democrática para ponernos a tono. Empezamos a comprender que la Transición no fue modélica ni la Monarquía nuestra salvadora.

Pero ¿hasta qué punto hemos abierto los ojos? Me inquieta pensar que podemos salir de una impostura generalizada para meternos en otra aún más global. Tantos años de mentiras, tantas náuseas frente a las desfachatados embustes de los telenoticias, me han llevado a la incredulidad más absoluta, y ahora que parece que incluso los integrantes del sistema se vuelven contra la teta que les dio de mamar, me resisto a ser tan ingenua para no cuestionarlo y a quedarme con la benéfica sensación de que en realidad existe bondad intrínseca en el ser humano, comienza la anunciada destrucción del sistema o eso es lo que tiene poner a inútiles en el poder. Pero lo que más me preocupa es que la respuesta a este despertar sea una indignación sin ideología subyacente, un simple desahogo egoísta no dirigido contra el sistema sino contra las carencias personales, y que no persiga más que cambiar los representantes del orden mundial por otros diferentes, aunque quizá no mejores. Eso si realmente existe. Si es suficientemente multitudinaria. Contundente. Efectiva.

Y me pregunto qué sucederá al día siguiente de nuestra hipotética revolución. Quién vendrá a sustituir a la caterva de inútiles, patéticos, cobardes e indignos dirigentes del PP, que al menos cuando se lanzan a la corrupción y al desmonte del Estado del Bienestar no hacen más que seguir las directrices de su programa, lleno de premisas clasistas e insolidarias. Tal vez sea el PSOE, verdadero nido de traidores a su propia ideología, en principio más social aunque ello no les haya impedido allanar el camino a los más severos atentados contra los ciudadanos. O tal vez IU, salpicada de alianzas contranatura y apoyos a leyes más que discutibles en los últimos años, y lastrada por su desunión interna. Probablemente no tenga importancia. Y no porque todos los políticos sean iguales, afirmación tan precipitada y peligrosa como cualquiera de las que nuestra estupidez y nuestra inanidad nos hace pronunciar: todos conocemos ejemplos que nos recuerdan que no es así. Es porque el sistema sí que es igual, muy igual, a sí mismo. Y porque nosotros somos previsibles. Y porque siempre existirán hombres de arena que ayuden a nuestros ojos a cerrarse.

Si no los abrimos de una forma completamente irreversible: tomando las riendas de nuestra vida y de nuestro país día a día.

Cuarenta años (más otros cuarenta del franquismo) ridiculizando cualquier interés por el arte, la cultura y la libertad de pensamiento; deseducándonos en las escuelas del sistema; engañándonos con consumismo, créditos y horas extra para que pensáramos que lo habíamos conseguido, que habíamos triunfado, a costa de dejar atrás familia, vecinos y cualquier atisbo de asociacionismo; intoxicándonos con la telebasura; vendiéndonoss sueños de ladrillo a cambio de hipotecas de opresiva pesadila. Mientras tanto, ellos, los mismo de siempre, los de la sangre color azul hematoma de consanguinidad podrida, los de la sangre color verde mosca de billetes corrumpidos, hacían y deshacían en el país al igual que llevaban siglos haciéndolo. Lo peor de cada casa nos está gobernando desde tiempos inmemoriales, y no parece que quieran marcharse. No debería extrañarnos la superabundancia de gente manipulada, perdida, semivegetal, que desprecia cualquier cosa o persona que les obligue a elegir, a tomar decisiones, a moverse; que busca al ser más indefenso (preferentemente si es extranjero y de otro color) para responsabilizarle de su propios problemas; que piensa que la mujer ha nacido para ser esclava, incñuso si es mujer; que vota al PP porque cree que así algún día será como ellos; que no sale a la calle a hacer una limpieza general de este alud de mierda que se se estaba gestando desde hace décadas porque tiene que trabajar para pagar la hipoteca. Gente como ellos. Como nosotros. Como tú. Como yo

Por si alguno de mis escas@s, o incluso inexistentes, lector@s se asusta, ne apresuro a tranquilizar: el título de este post no significa que a partir de ahora vaya a dedicar mis esfuerzos literarios 2.0., probablemente vanos, a loar al PP, a CiU, a UPyD, o incluso a PxC (aunque ese sería el sueño de mi madre: “Niña, ya que te gusta tanto la política, al menos apúntate a los que mandan”. Tal vez debería haberle hecho caso). Solo se trata de constatar por escrito algo que los que tenéis un mínimo interés en esta cosa que actualizo cuando buenamente puedo ya habréis pensado: que hace varios meses que, quitando alguna convocatoria de la XSUC o algo parecido, este blog se ha focalizado únicamente en ofrecer aventurillas medievales pseudoliterarias y probablemente más largas de lo que tod@s podréis soportar, dejando su autora, la que suscribe, de escribir artículos de opinión-denuncia. Tenía ganas de  explicar este cambio, quizá más que nada a mí misma pues no creo que a mucha gente más le importe, y consignarlo por escrito, aunque solo sea para aclarar mis pensamientos.

En mis sucesivos blogs, y ya van tres con este, la idea fue informar y mover al activismo. Explicar las cosas tal y como yo, tras leer e informarme todo lo que podía, las veía, y abrir los ojos sobre el sentimiento general de que la transición fue modélica, de que Franco había muerto, de que vivíamos en democracia, de que Irak tenía armas de destrucción masiva, de que  las revoluciones de colores y las primaveras árabes perseguían la libertad, de que lo único importante en este mundo era comprarse un piso, pagarlo 10 veces sobre su valor, hipotecarse hasta las cejas, no tener tiempo de hacer nada más que trabajar y ver Gran Hermano XXXXX o Sálvame y, como dice Jim Morrison

All our lives we sweat and save
Building for a shallow grave
Must be something else we say

No puedo decir que el tiempo me ha dado la razón porque ninguna de estas ideas eran originales mías: sencillamente, las busqué y las encontré. Pero ahora todo esto es bastante conocido, y si hay que seguir recordándolo, otr@s tienen más tiempo, recursos, habilidad e inteligencia en escribir análisis políticos o de actualidad; yo prefiero solo difundirlos en las redes sociales. Tan solo soy una chica de barriada obrera y familia muy humilde, universitaria solo por casualidad, que lo uno que saber hacer (y no bien) es dejar que se le vaya la olla escribiendo historias. Y como empleo la ficción también como denuncia, supongo que el expediente está cumplido. No voy a dejar de luchar nunca, y eso os lo puedo asegurar, pero a partir de ahora voy a luchar a mi manera. Con la pluma, pero tal vez cortada de otra forma; con la espada, pero cada vez más afilada…

Quizá he elegido el peor camino para lograr alguna especie de reconocimiento o de semiéxito, que es lo que supone que tenemos que buscar l@s bloguer@s y que tan bien le iría a mi magullada auotestima después de tanto fracaso. Pero es que justamente a eso, al fracaso, es a lo que estoy acostumbrada.  Uno de mis lemas, creo que lo sabéis, es: El mundo en el que vivo no el mío (J.E. Cirlot, mi poeta-alma gemela). El otro es

Some are born to sweet delight
Some are born to the endless night

también de Jim Morrison aunque estos versos se tomaron de otro de mis poetas emblemáticos, William Blake (Auguries of Innocence). Pero sin más dilaciones, lo que quiero decir es que yo soy una de esas personas que sin duda han nacido para la noche sin fin. O, para decirlo vulgarmente, de las que montan un circo y les crecen los enanos. He querido ser muchas cosas en esta vida y siempre me he quedado a medias. Supongo que mis circunstancias ambientales y familiares, y mis limitadas cualidades, han contribuido, pero en última instancia supongo que la culpable soy yo: quise ser querida, y apenas me aprecia nadie. Quise ser periodista, viajar y contar cosas, y me he quedado como redactora mal pagada en una revista técnica (¡y suerte de que al menos tengo trabajo, y que me dure!). Quise ser cooperante y hacer algo útil en los lugares más castigados del globo, allí donde exportamos la pobreza y la guerra, y las obligaciones familiares no me permitieron dejar el país. Quise ser escritora, no ser famosa ni lucrarme pero al menos saber que  lo que escribía llegaba a la gente y servía de algo, y dudo de que haya vendido ni un par de ejemplares de la novela, sin hablar de lo que pasa con este blog. O sea, ya estoy hecha a perder en todo lo que emprendo y a que nada de lo que hago tenga ninguna repercusión, tal como si yo fuera un fantasma sin niño del El sexto sentido; así que a partir de ahora voy a hacer, sin traicionar mis ideas, lo que más me divierta. Y escribir aventurillas medievales lo consigue. Así que, si no queríais caldo, me temo que vais a tener en breve varias tazas.

Y, para que no se os haga larga la espera (je je) os cuelgo aquí las canciones de The Doors citadas en este post; que sirvan también como pequeño homenaje a Ray Manzarek, recientemente fallecido. Ellos sí fueron artistas de verdad. Por cierto, el alegato ateo del principio de The soft parade se lo dedico a Rouco Varela, Gallardón y Fernández Díaz.

Divendres o BarbàriePor problemas técnicos, el viernes 15 de marzo no se pudo llevar a cabo la primera sesión del colectivo de formación y debate Divendres o Barbàrie. Así que la hemos aplazado al viernes 5 de abril, a las 20.30.

Recordad que el tema será Manifestaciones de la cultura obrera: conciencia y trabajo, y la sesión se desarrollará a partir de fragmentos de textos teóricos, literarios y de películas. En el blog de Divendres o Barbàrie podéis encontrar los enlaces a los textos que se van a emplear.

El acto tendrá lugar en el Ateneu de Padilla, el local de reunión de la XSUC y de Socialisme 21, pero que está abierto al barrio de Barcelona donde está situado (Guinardó-Sagrada Família) y a las propuestas de cualquier colectivo que vaya en nuestra onda. Este no es el primer acto que se celebre en este recientemente inaugurado local y no será el último, pues tenemos grandes proyectos para él, proyectos que incluyen actos de debate y de formación, presentaciones de libros, teatro, música, cursos… Estos proyectos aún tienen que concretarse, pero hemos avanzado mucho en ellos.

Creo que no hace falta que remarque lo ilusionada que estoy con el proyecto, al igual que el resto de las organizadoras y organizadores. Por lo necesarias que son las iniciativas de formación y debate que den un apoyo teórico y práctico a las reivindicaciones de las personas de izquierdas, en un contexto de agresión tan dura como el actual y estando solo a medias despertando de los largos años de movilización. Y porque esto solo será el principio: del Ateneu y de Divendres o Barbàrie.

Y si aún estáis dudando si asistir o no, os recuerdo que el subtítulo de Divendres o Barbàrie es Debat, Cultura i Birres. Casi nada, ¿verdad?

Por cierto, y ya que hablamos del resultado alcohólico de la cebada, he de apuntar que aunque no se pudo celebrar el acto el pasado 15 de marzo, los asistentes aprovechamos para ir a tomar una cerveza y arreglar un poco el mundo.

Hace tiempo que todo en este país me huele a chamusquina. Las buenas noticias y las malas. La felicitaciones y las alabanzas a los garantes del sistema, y también sus caídas en falta y pilladas in fraganti. Hace tiempo que no me creo, nada, absolutamente nada, porque estoy completamente segura como de pocas cosas en mi vida que el más ínfimo afán de justicia, la más escasa exigencia de verdad, han quedado definitivamente erradicadas de todo lo que está mínimamente relacionado con la gobernanza política y económica de este país y, quizá, también del resto. Al igual, quizá, que la inteligencia. Que, por cierto, no ha sido nunca privilegio de este país de inútiles chapuceros pagados de sí mismos.

Y sin embargo, el descomunal descuido, la colosal estupidez que se han advertido en los últimos casos de corrupción que afectan a las más altas esferas de España, incluso con el escaso crédito que me suscita el nivel intelectual de mi propio país, un lugar donde cualquier atisbo de raciocinio y de cultura han sido considerados históricamente cosa demoníaca, desviada, peligrosa, débil y afeminada, me son inconcebibles. Que el Duque Em-Palma-do (autodenominación que me convence, por si antes me quedaba alguna duda, de su impotencia) no goce precisamente de los favores de Atenea es algo evidente para cualquiera que haya tenido el dudoso placer de contemplar durante años hasta en la sopa su débil mandíbula de lelo; pero alguien como él debía de estar rodeado de asesores de todo tipo entre los cuales, al menos, brillaría en algún momento una chispa de inteligencia que le impediría dejar tan palmarias pruebas de su sustanciosos aunque patéticos delitos. Y esos libros contables de Bárcenas donde se detallan con tanta pulcritud años y años de corrupción pepera con pelos, señales nombres y fechas me producen una inquietud parecida.

Los criminales suelen perder la cautela cuando se sienten a salvo. Y desde luego la vieja guardia de este país y sus herederos, tras la lenta pero imparable destrucción que han efectuado de los valores y de la conciencia de clase de la sociedad española desde la falsa transición, y que está ya prácticamente consumada, tiene motivos para creer que está a salvo y hacer ostentación de los beneficios que han obtenido vendiendo España (su esperanza, su juventud, su paz y su salud) al mejor postor. Pero ¿era necesario también ponerlo por escrito? ¿Anotan los asesinos de Agatha Christie sus confesiones de su puño y letra para facilitar las cosas a Poirot? ¿Ha oído Urdangarín el corazón delator latiendo bajo los tablones del suelo? ¿O tal vez chilló espeluznantemente el gato tuerto de Bárcenas que había sido emparedado junto al cadáver?

Resumiendo: ¿por qué era tan ficticia la seguridad de la que, valga la redundancia, tan seguros estaban?

Aunque puedo errar, no puedo engañarme. Aunque pequemos de desconfiados, mejor no nos engañemos: si estalló en su momento el caso Urdangarín y ahora lo está haciendo el caso Bárcenas no ha sido por el anhelo de justicia de un juez que a pesar de su buen hacer no deja de formar parte del controvertido sistema judicial español; ni por las ansias de veracidad informativa de dos diarios, aunque contando con grandes profesionales, que siempre han tenido la manipulación como pilar de su agenda.  Creo que hay Algo más.

Y si realmente existe Algo más poderoso que quienes han detentado el poder en España desde tiempos ya inmemoriales, haciendo y deshaciendo a su voluntad sin el menor atisbo de escrúpulo… que Dios nos pille confesados, porque ni el rincón más oscuro y horripilante de Mordor podría acumular tanto mal en su seno como Ello.

Hoy (ya ayer) hace 75 años que bombardearon la plaza de Sant Felip Neri. Murieron, entre otras personas, muchos niños. Más tarde, siguiendo con este escaso respeto por la infancia y la maternidad, los herederos de los que perpetraron ese crimen pasaron 30 (o quizá 40, o 50 o…) años robando bebés a sus madres, por rojas o inmorales, y continuaron después  bombardeándonos (menores incluidos) con desahucios, enfermedades, explotación, humillación y hambre mientras malgastaban en lujos asiáticos nuestros necesarios y escasos ingresos. Aunque por fin deben de haberse arrepentido, porque cada vez más defienden a los niños hasta tal punto que quieren obligarnos a tenerlos cuando, cómo y en la cantidad que ellos deseen, con quienes a ellos se les antoje y dentro del modelo de familia que a ellos les salga de la polla. Todo bioética y científicamente, por supuesto. Porque si no seremos rojas, inmorales, y además, y ellos bien pueden emplear ese término porque conocen su significado a la perfección, asesinas.

75 años y no ha cambiado nada. Nada. Siempre han sido los mismos, casi desde el principio de esta broma ridícula y cruel llamada España, en ocasiones más cautos, inventándose transiciones modélicas como solución de continuidad de su poder casi eterno, en ocasiones, como ahora, más envalentonados por las circunstancias. Pero es igual, esta repugnante piel de toro llena de ineptitud cobardía, represión, envidia, egoísmo, corrupción, hipocresía y sadismo no cambiará si nosotros no la cambiamos, si no invertimos el estado de las cosas, si no envíamos a tanto católico de alma negra a ese infierno del que todos provienen y de donde no deberían haber salido nunca. Después de todo, Sor María ya ha marchado hacia allá, por su propio pie caduco y chocho o cordialmente empujada, sacrificándose, como toda una santa heroína de la patria, por un sistema podrido que llena de cáncer purulento las instancias más altas de esta sociedad pervertida, empeñándose en subsistir a pesar de la repugnancia que causa.

Mientras nosotros, los únicos cirujanos que podríamos atajar el mal, todavía temblamos al coger el bisturí. Tal vez sea porque nos han obligado a hacer  turnos demasiado largos, de acuerdo, pero ¿acaso vamos a ser menos bioéticos que ellos?

No hay nadie limpio en el PP (ni en ninguno de sus satelites ni aliados. CiU, por ejemplo). NADIE. Porque la ideologia que ese partido preconiza presupone la ley del mas fuerte y el lucro indefinido y sin escrupulos. Un comunista o un socialista (hasta un ‘sociolisto’) se puede corromper o bien no serlo en realidad y simplemente  usar al partido para sus intereses y no para luchar por establecer la justicia social. Pero nadie que entre en el PP puede desear otra cosa que medrar y enriquecerse aun mas de lo que probablemente es. NADIE. Nunca salvaran la economia de un pais, porque la unica patria en que creen, a pesar de todas sus alharacas nacionalistas, es la republica independiente de sus propias casas. No lucharan para lograr la justicia social y ni siquiera aplicaran la moral cristiana (que tanto reclaman) porque lo unico que les interesa de la igualdad, la caridad y la religion es la familia tradicional con la mujer sometida y la mantilla en Semana Santa o en las bodas de nobles enmohecidos; la parte de la Biblia en que Jesus echa a los mercaderes se la saltaron. Creo que hace falta no solo un cambio de sistema, sino un cambio de paradigma, un cambio de etica y de prioridades vitales, un primer paso hacia un mundo sin miedo, sin ira y sin dolor. Pero estoy convencida que en ese paso tal vez utopico no van a estar ni los integristas, ni los fascistas, ni siquiera los conservadores,  porque ni una sola coma en los estatutos de sus partidos o de sus dogmas apunta a hacia ese objetivo. Dejemos de cerrar los ojos ante la realidad, tomemos el rumbo de nuestras vidas, gestionemos nuestra propia politica y nunca mas nos confiemos en falsos predicadores por muy comodo y tentador que sea ni por muy ocupadas que estemos o muy temerosos de abandonar nuestros sillones. Joder.

(Disculpad la falta de acentos y todo lo demas. Se me ha desconfigurado el teclado).