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Jerusalén, verano de 1298.

Hace demasiado calor para estar viva, pienso, mientras busco cerca de la puerta de Jaffa la taberna de la que me ha hablado un ocasional compañero de aventuras. Ni siquiera recuerdo su nombre, y menos su rostro, pero no suelo olvidar las posibilidades de trabajo, sobre todo si sé que éste va a significar dinero, y aún más sobre todo si estoy tan necesitada de él como en estos momentos. Menos mal que el vino es barato, porque si no… De todas maneras, creo que he debido de morir en algún momento, en el mareante viaje de Chipre a Jerusalén, tal vez. Sí, cuando integraba el séquito de una dama aventurera que perseguía a su hermano (o mejor dicho, a la fortuna familiar, la cual el susodicho había secuestrado obligándola a contraer un matrimonio poco ventajoso al que no se resignaba); o tal vez, cuando nos encontramos con el hermanito ávida dollar y uno de sus guardias me atizó un golpe de espada que fue a impactar de soslayo en mi yelmo, cosa que me ocasionó un jaqueca que me persiguió durante semanas. Pero todo había terminado felizmente: la señora estaba de camino a sus posesiones en Crécy con su dote a buen recaudo, el esbirro de su codicioso hermano pudriéndose bajo una lápida (gracias a uno de mis famosos mandoblazos), y yo, como siempre, sin una puñetera moneda, dado que las escasas piezas que le había podido arrebatar a aquella que se hacía declarar dama, y lo era tanto como esos supuestos izquierdistas que se compran mansiones y adoran a corruptos, pues se escapó dejándonos a todos más de la mitad de la soldada a deber, habían pasado a engrosarlas riquezas del gremio de taberneros de la ciudad. Sí, decididamente había tenido que morir, porque sin duda aquello era el infierno. Seguro. Lo notaba en que no diferenciaba mucho de mi vida habitual. Excepto que hacía mucho, pero mucho, pero mucho más calor.

Nada. No encontraba la taberna por ninguna parte. ¿Seguro que me había dicho la puerta de Jaffa, y no la de Damasco? ¿Segundo callejón a la izquierda, antes de llegar a la iglesia de San Juan? Maldita sea, todas aquellas retorcidas callejuelas, llenos de cristianos embrutecidos que añoraban sus fracasadas gestas en la última cruzada y se gastaban los restos de los botines, me parecían iguales, con sus colores terrosos y sus abigarrados mercados durante el día, fragantes y malolientes, ostentando promesas que yo nunca podría cumplir ni se me cumplirían. Me sentía prisionera en aquella ciudad, y me costaba encontrar algo en común con la gente que había sido educada en la misma doctrina que yo… o tal vez…

O tal vez es que ellos también se sentían prisioneros… Atrapados por la porquería que generan.

Algo va suceder, lo sé. Este calor no es normal. Estamos hirviendo en nuestros propios sudores, y en vapor de nuestra cocción veo dibujadas escenas macabras


Llevo una temporada que no me alimento bien. Los síntomas de esa extraña enfermedad de la sangre que, según Maese Salomón, yo padezco y que hace que a veces me sienta agotada y me cueste respirar, han reaparecido. Supongo que en el supuestamente avanzado siglo XXI ya habrán conseguido buscarle un nombre, aunque ya sabéis que casi no puedo recuperar los conocimientos futuros que adquiero cuando viajo en el tiempo (por así decirlo), así es que me quedo sin saberlo, lo cual, por otra parte, no creo que me fuera a aportar ninguna mejora. Sé que no estoy siendo razonable. Pero la comida es cara y el vino barato (al menos si no se es muy exigente al respecto), así que saco más rendimiento a mis escazas piececitas de metal si las invierto en líquido que en sólido. Los malditos templarios me enseñaron mucho sobre finanzas; que su Dios les envíe un rayo purificador. No en vano, ellos son los causantes de mis males.


He de reconocer que durante el tiempo que permanecí en aquella encomienda de Chipre, me trataron bien. Reposo, bebida, comida y atenciones. Bernard no abandonó la cabecera de mi lecho hasta que me sentí lo suficiente bien como para echarle a patadas. Literalmente. Huyó como un conejo. Entonces, fue sustituido por Gonzalo que, con la misma expresión en los ojos que si se le tocara enfrentarse en solitario, sin armas ni estandarte, a un batallón de mamelucos cabreados, me plantó cara.

-Eowyn, sé que probablemente tengas deseos de asesinarme, y yo por mi parte ya he llevado a cabo todas las penitencias que el sacerdote me ha impuesto, e incluso otras a las que me he condenado yo mismo, pero escúchame, por favor. Es cierto que he sentido odio hacia ti. Bernard, azuzado por el vino, me contó tus sospechas, me aseguró que creías que yo era un infiltrado, un esbirro de Esquieu o del rey Jaume. Y no podía dejar de pensar que si todas las cosas que hemos vivido juntos, con Guillaume y los demás, te habían llevado a eso, habiéndote además salvado en dos ocasiones la vida… no te merecías nada. Además, Bernard te necesitaba, y yo le debo obediencia. Me dijo que te trajera, y te traje. No tuve ocasión de hablar con Guillaume, no supe los planes que él tenía para ti hasta que fue demasiado tarde, hasta que mi odio creció, y creció hasta que me ahogué en él, sin pensar que pudiera haber una vuelta atrás. Pero cuando te vi en la orilla, a punto de morir, o al menos eso creí en aquel momento… comprendí que había olvidado las enseñanzas de mi señor Jesús, las normas de la Orden a la que pertenezco… todo lo que soy y he sido siempre. Y te suplico que me perdones. No podré perdonarme a mí mismo hasta que no lo hagas.

Siempre he pensado que, aunque no siempre se puede olvidar, el perdón suele estar más al alcance de nuestras pobres y corrompidas almas humanas que el olvido, siempre indeciblemente más puras en nuestra percepción que en nuestra esencia. Pero, para conceder el perdón, que te lo soliciten es la condición sine qua non. Gonzalo me suplicaba que le perdonara, me explicaba coherentemente las razones que le habían llevado a ser el instrumento que destrozara mi futuro, y mi rencor hacia él se difuminaba, también sobre todo porque, aunque él no fuera tan cobarde como para defenderse apelando a esa excusa, yo veía claramente que no había sido más que un instrumento en manos de otro.

Pero a ése, al que había pasado por encima de las buenas intenciones de Guillaume, al que había utilizado la ira de Gonzalo hacia mí para emplearme como un ingrediente más en su cocido belicoso (la había utilizado… y quizá también la había provocado. ¿Realmente estaba tan borracho que se les escaparon mis sospechas?), al que había interrumpido, incluso acabado, con mi vida, al que había convertido en cenizas volanderas, imposibles de atrapar, mis planes de futuro con el fuego malsano de su ambición, a éste… a éste nunca le perdonaría.

-Me marcho, Gonzalo. Te perdono, te perdono de corazón, pero no puedo permanecer más tiempo entre vuestras paredes. Ayúdame a marchar antes de que Bernard trate de impedirlo.

Y me fui. Con la única compañía de mi caballo (que había logrado sobrevivir milagrosamente al naufragio, aquel animal sin duda me enterraría), un par de camisas, pantalones y zapatos sencillos, un perpunte, una capa, dos espadas y poco ajuar más que había robado de los almacenes templarios después de haber emborrachado al hermano pañero. Mi cota de malla, que me había acompañado tantos años y que tanto me había costado robar en su momento, así como el resto de mis armas, yacían en algún lugar del Mediterráneo, donde hubiera querido yo ver a Bernard acompañándolas.

Aquel hombre, que había jugado un papel tan trascendental en mi vida durante tanto tiempo, ahora se había convertido en mi peor enemigo.


Puerta de Damasco, claro. Eso es lo que me había dicho aquel elemento. Llevaba tanto tiempo bebiendo tanto que ya ni sabía dónde tenía mis recuerdos. Era lo más lógico, la puerta de Damasco estaba mucho más cerca del barrio musulmán, y al parecer el trabajo en cuestión era mantener a raya a un contingente de cristianos que parecían andar algo exaltados últimamente… tal como si notaran algo en el ambiente… pues ¿no sería mi empleador un musulmán? Puerta de Damasco. Entonces, ¿a qué venía esa alusión a la iglesia de San Juan? ¿No seria la del Santo Sepulcro? ¿O… cualquier otra…? ¿Se había equivocado él… o yo? No, por más que me estrujaba la cabeza no podía acordarme. Hacia la de Damasco, pues. Total, no tenía mucho que perder. Aún me quedaba tiempo antes que fuera la hora de buscar la infecta calle donde se hallaba el sucio alojamiento para peregrinos en el que esperaba mi inmundo jergón.

Todo aquello había sido demasiado. La ilusión hacia la que me había hecho ascender Guillaume, la posibilidad de Bolonia y un docotorado en Leyes, y luego el brusco aterrizaje en la bodega de aquel barco, había acabado conmigo. Ya me quedaban fuerzas poco más que para arrastrarme hasta la siguiente jarra de vino. Era consciente que en algún momento tenía que poner fin a aquel periplo autodestructivo, y que, si quería morir, causas abundaban que necesitaban a alguien que se sacrificase por ellas, lo cual era mucho más útil, y más valiente, que dejarse extinguir lentamente. Pero siempre lo dejaba para mañana. Aunque, en cuaquier caso, ya no iba a poder retrasarlo mucho más: yo estava comenzando a no ser ni de lejos la que había sido, y sabía que, en un par de días, de seguir por el mismo camino, no iba a ser rival para nadie.

Y además…

Y además, no podía soportar la idea de que alguien eligiera por mí hasta cómo debía terminar mi vida. No podía ponerme a mí misma en esa situación.

Pero ¿cómo podía desandar el sendero, ahora que llevaba ya tanto trecho recorrido?

Puerta de Damasco, puerta de Damasco, me decía yo. Puerta de Damasco. Tal vez, la puerta de Damasco era la salida. La salida a un mundo donde las cosas, por fín, iban a empezar a funcionar bien. Esa puerta de salida que llevaba toda la vida buscando, la misma que me había parecido atisbar tras las palabras de Guillaume, y que ahora sabía que nunca, nunca, iba a conocer.


No estaba segura de si iba por buen camino. Hasta el Santo Sepulcro sabía llegar, pero una vez rodeada su impresionante mole, que me resultó aquella noche algo perturbadora, como preñada de misterios insondables al menos para mí, ya no estaba tan segura. Siguiendo mi instinto, tomé un callejón, luego otro, hasta darme cuenta que tanto instinto no debía de tener, o mejor dicho que mi sentido de la orientación era absolutamente penoso, porque andaba más perdida que la Chula.

Miré a mi alrededor. Me hallaba en una especia de plaza, en la que desembocaban varias bocacalles. Era tarde, y hacía al menos cinco minutos que no me cruzaba con un alma, o con cualquier otra entidad. Justo en ese momento, un par de borrachos aparecieron por un callejón y seguidamente, y tambaleándose como un barco castellano en mitad de una leve marejadilla, desaparecieran en la oscuridad de otro, antes de que hubieran podido escuchar mis gritos llamándolos; aunque también había que decir que en el estado en que estaban me hubieran servido de bien poca ayuda. ¡Borrachuzos desgraciados! (Había hablado la presidenta de la Liga Antialcohólica, evidentemente). ¿Cómo podían correr tanto si apenas podían andar? La carrerrilla con la que había intentado alcanzarlos me había dejado exhausta, y decidí detenerme un momento. Dejé caer sobre mi espalda la capucha de la capa y me quité la crespina, que recogía mis cabellos y desfiguraba convenientemente mi rostro, no lo suficientemente hermoso para resultar atrayente, pero sí lo bastante femenino para llamar la atención más de lo prudente, y sacudí la cabellera, que estaba húmeda de sudor. Me habría gustado meter la cabeza en un río, pero lamentablemente no había ninguno por los alrededores, y en lo que se refiere a piscinas olímpicas, mejor olvidarse. Tras aquel alivio momentáneo, demasiado momentáneo, me dispuse a volver a ponerme la crespina y a seguir mi trayectoria, si es que podía encontrarlo, cuando, de pronto, escuché un barullo que se acercaba por la calle más cercana. Me recogí el pelo a toda prisa, pero mis limitadas condiciones fisicas hicieron que, cuando el grupo causante del jaleo apareció popr la puerta, yo me hallara aún en la mitad de la tarea.

-¡Mirad eso! -dijo uno de ellos, señalándome sin ningún pudor con el índice.

Eran cinco hombres. Las antorchas que medio iluminaban las calles no me dejaron ver ningún signo distintivo en su aspecto, o tal vez es que carecían de ellos. Nobles, por las vestiduras, cristianos, no estaban tan bebidos como los dos borrachos que acababa de ver, puesto que aún podían moverse con un mínima coordinación y articular palabras con algo de sentido, aunque tampoco se encontraban muy lejos de ello. Pero lo más inquietante es que miraban como si fuera la primera vez que veían en mucho tiempo, o como si fuese la única que quedaba en el mundo.

En oro lugar, en otro momento, yo había reaccionado con mucha más prontitud y, no obstante, cuando me di cuenta de que debía sacar la espada ya estaban casi a medio codo de distancia. Nunca me culparé lo bastante de haber bebido tanto en los días perecederos, y encontrarme, aunque serena por falta  de efectivo, agobiada por una resaca que limitaba realmente mi dominio y mi control sobre mí misma. Y, sin embargo, y a pesar de todo, sé perfectamente que yo no tuve la culpa, y si realmente debéría cuidar más mis costumbres, lo cual habra sido lo más sensato, no era porque el ehcho de no hacerlo pudiera ponerme a disposición de energúmenos como aquellos. No por ser una mujer. Porque, sencillamente, ellos no tenían ningun derecho sobre mí, y ningún comportamiento mío hacia mí misma ni hacia el exterior podría cambiarlo.


-¿Otra morita que se disfraza para escaparse y ver cómo son las pollas cristianas? –uno, de ellos, que me pareció ligeramente más alto que los otros, me revolvió el cabello y trató de arrebatarme la crespina que aún sostenía en la mano, con lo que a poco que se lleva un rodillazo en los testículos. Quise retroceder, pero dos de ellos estaban a mi espalda; en un momento, me habían rodeado, y yo ni siquiera habría podido decir cómo. Con una sonrisa sardónica, el primero volvió a acercarse, como si me amago de golpe sólo hubiera existido en mi imaginación. Otros dos me sujetaron los brazos, y uno de los que tenía detrás me abrazó por la cintura y me adhirió a un cuerpo húmedo de sudor y realmente pestilente-. Vamos, moza, no tengas miedo, que no somos unos animales, como los de tu religión. Te trataremos con gentileza y si te portas bien tal vez hasta te lleves algo, aparte del placer de holgar con unos cristianos de la mejor casta. Venga, no te hagas la difícil, que aquí no te ve nadie.

Dedos que se cerraban como garfios contra la carne de mis antebrazos. Brazos que me sujetaban por la cintura como cabos de vela. La expresión estúpida y babeante del que, entre ellos, había elegido el papel de espectador. Y el que se suponía el líder tocándome el pelo y, de inmediato, intentando encontrar mi cuerpo bajo los largos faldones del perpunte.

-Condenada, te has disfrazado bien… es imposible encontrar el final de esto… ¿Por qué quieres ponérnoslo tan difícil? Gautier, venga, pásame tu cuchillo…

Cuchillo, pensé. Yo llevaba uno, y también una daga, sujetos a la cintura, junto con la espada. Si tan sólo disminuyeran un poco la presión sobre mis brazos… No, no podía ser. Yo nunca había sido una víctima de ningún hombre, no podría sobrellevar tamaña humillación… Luché y luché, pero aunque yo no soy débil, ni aún resacosa ni enferma, eran demasiados.

-Quieta ya –el líder de la manada me soltó un puñetazo en el estómago que me cortó la respiración. Pensé que iba a vomitar en su cara, lo que hubiera sido fantástico, pero había comido tan poco últimamente que tenía en la tripa poco más que telarañas-. Que quieras jugar un poco es divertido, pero tanto rato me cansa. Gautier, ¿va ya ese cuchillo del demonio? –sus dedos se había enredado con las cintas que cenían mi perpunte, pero yo sabía que aquello no duraría mucho. El malnacido de Gautier estaba tan ocupado babeando y tan ebrio que no habría sido capaz de hallar su cuchillo ni aunque el artilugio le hubiera pinchado el solito en el ojo, pero el resto del grupo me presionaba más y más, al revolverme yo como una serpiente venenosa, y el jefe rompió la última cuerda, agarró los faldones de la prenda y la rasgó, casi hasta mi cuello.

Y entonces, yo dejé de luchar. Me rendí.

Mi cuerpo quedó laxo en las manos de las bestias, y mi cabeza cayó hacia la derecha.

Pero, súbitamente, mis piernas se elevaron, ambas ellas, y patearon al unísono al líder, que se desniveló hacia atrás ligeramente. Al mismo tiempo, mis dientes buscaron cualquier atisbo de carne del hijodeputa de la derecha, y de ella tiré, hasta que un alarido infrahumano me hizo comprender que no le había mordido en la boca. Fue la boca del que tenía en la espalda la que se rompió hasta sangrar, tras el cabezazo que le arreé (fue completamente accidental, he de decirlo, consecuencia del retroceso al propulsar mis piernas hacia delante, pero resultó muy útil). Un instante después, busqué de nuevo la seguridad de mis pies sobre la tiera, y peleé, ahora mucho más, pelée como si me fuera la dignidad en ello, y pensé que si me defendía no era porque yo fuera una valiente que prefiriera morir a la humillación, si no que mi vida valía tan poco que sólo el respeto hacia mí misma me la hacía llevadera. Y peleé, y seguí peleando, hasta que conseguí abrir la suficientemente distancia entre mis agresores y yo, la suficiente para sacar las armas cortas y hacerles frente. Creo que la expresión de mi rostro les hizo dudar durante un instante; no era aquel el tipo de desenlace, no era aquella el tipo de contrincante, que se habían imaginado cuando decidieron comenzar a jugar su juego. Gauthier ya no babeaba, aunque tampoco parecía muy capaz de entender lo que estaba pasando, y los demás, aunque decididamente desconcertados, parecían decididos a hacerme frente, aunque sólo fuera por pundonor. Pero yo ya no tenía miedo, y ellos lo habían notado.

Había buscado la protección de la pared, y los tenía a los cuatro (Gauthier no contaba) delante, mantenidos a raya por mis cuchillos. Sabían, aunque yo no dijera, que todos juntos podrían vencerme fácilmente, pero también que, si lo intentaban, alguno saldría escaldado, y nadie quería ser el primero. El jefe debía de tener un tortilla francesa en lugar de aparato genital, al de mi derecha le colgaba un trozo de mejilla, el que estaba detrás había perdido un par de piezas dentales y tenía los labios reventados pero, afortunadamente, la sorpresa, la confusión, primaba más en ellos que la rabia. Yo sonreía con suficiencia, sin perder de vista al que había estado a mi izquierda, el único que hasta el momento estaba entero, pero también a los demás. Y entonces, sin malgastar una palabra con ellos, les hice con la daga un leve gesto de que se acercaran. Si es que se atrevían.

En aquel momento, otro rumor se oyo al final de una de las callejuelas. Aquello funcionó como un detonante. El de la derecha dijo:

-Vámonos. No vale la pena.

Se marcharon, el de la izquierda y el de atrás arrastrando al inútil Gauthier. Desaparecieron.

Entonces todas mis fuerzas me abandonaron. Comprendí, vi con sus colores mas drámaticos, lo que había sucedido. Lo que había estado a punto de pasar.

Grité. Grité hasta quedarme afónica. Grité porque no queria llorar, y golpeé la pared con mis puños hasta casi machacarlos. Los dos primeros borrachos volvieron a entrar en la plaza, y casi de inmediato volvieron a marcharse, entre risotadas, tambaleos y balbuceos sin sentido, incapaces de verme ni de oírme, incapaces de salir de su burbuja alcohólico. Si pienso en los días que siguieron, aquello funcionó como una premonición.


Había llegado a la taberna cercana a la puerta de Damasco, o al menos eso creía. Sin buscarla, sólo errando sin sentido. Me dejé caer sobre una manchada mesa, con la cabeza reposando, oculta, entre mis brazos, y le solté a la camarera un gruñido, que ella contestó trayéndome una jarra de vino. Yo ni tenía ya fuerzas para beber. A mi lado, varios parroquianos discutían.

-Hay mucha gente que ya se ha marchado.

-Moros. Mamelucos –contestaba otra, algo más cascada-.Tonterías.

-Maese Pierre –habló una tercera, mas fresca y juvenil-, no creo que a la hora de la verdad se molesten en comprobar si estamos circuncidados o no antes de matarnos. Mátadlos a todos que Dios ya encontrará a los suyos, ¿os suena?

-Tonterías –repitió la segunda voz. La primera reforzó a la tercera:

-Maese Pierre, mi abuelo escuchó esas palabras como yo ahora te oigo a ti.

-Y fue mi abuelo el que estaba entre aquellos cruzados que decicidieron saquear Constantinopla y no molestarse en llegar hasta Tierra Santa –la tercera voz insisitía-. Créeme, anciano: si esas bestias entran aquí, cualquiera sabe lo que pasará. Yo cojeré a la familia y me iré mañana mismo, antes de que se acerquen más, si es que aún no lo han hecho.

Alguien entro y los tres lo saludaron. Las voces siguieron hablando, pero en tono más bajo. Pero ¿podía todo empeorar más? Van a entrar, pensaba yo. Pero ¿quién? ¿Y qué se supone que debo de hacer yo al respecto? ¿En qué bando me coloca esto?

No sé si pasó mucho tiempo. Estaba agotada, y los ojos se me cerraron un instante. Cuando desperté, sentí que no estaba sola en aquella mesa. Levanté la mirada y vi unos ojos azules que me miraban con una dulzura estremecedora. Era Ferran. O, al menos, parecía ser Ferran. Su rostro atezado parecía mostrar más arrugas que lo última vez que le vi, y algo más había cambiado en él, algo que no pude discernir. Pero no, no podía ser él. y Omar se hallaban muy lejos.

-No puedes ser tú –materialicé en palabras mis pensamientos.

Sus ojos, sin embargo, eran los mismo que siempre.

-Sí, sí lo soy. Cosas de Omar, ya te contaré. Me enteré por Gonzalo que andabas por la ciudad, y desde que llegué vengo aquí siempre que puedo, pues me imaginé que acabarías apareciendo. Es un punto de encuentro de gente de tu gremio. Me enterado de… bueno… de lo que sucedió con Bernard… ya hablaremos de ello… Pero… Eowyn… hay algo más, ¿verdad? ¿Qué te sucede?

Erguó el cuello lentamente.

-Hace un momento. Cinco hombres. Me acorralaron.

-Dios mío, Eowyn… -la voz de Roger se quebró, horrorizada. Sus manos buscaron las mías.

-No lo consiguieron.

Él me miró confundido.

-¿Quieres decir…?

-Ahora deben de estar buscando un médico.

Me miró con miedo y preocupación, y también con extrañeza.

-Pero tú… no estás bien…

-Me recuperaré.

Creo que alguien debería darme un premio. Había conseguido lo imposible: dejar al dicharachero Ferran sin palabras.

-Claro que lo harás –dijo al fin.

Se comportaba con torpeza. Yo sabía que deseaba consolarme, pero que jamás se había encontrado en una situación parecida. Al final, se decidió. Se levantó de la silla y después me levantó al mí.

-Vamos. A mi casa. Necesitas comer y dormir, sobre todo dormir. Dormir y descansar todo lo que quieras, hasta que digas que es suficiente. Luego hablaremos.

Yo me dejé llevar. A pesar de mi estado, la perspectiva me parecía bastante halagüeña. Pero había algo que me preocupaba.

-Ferran, ¿qué es lo que está sucediendo en la ciudad?

Salíamos de la taberna, él sujetándome, como si no pudiera caminar, yo dejándome conducir, sin protestar.

-A veces pienso que nos hemos vuelto todos locos. Incluso yo –dijo misteriosamente.

Le miré, intentando encontrar algún sentido a esas palabras. Él hizo un gesto en el aire con la mano derecha, indicando que debíamos dejar atrás de momento esas cuestiones, que ya nos ocuparíamos. Entonces lo vi.

Había una marca en el dorso de su mano. No era una cicatriz; se trataba más bien de un especia de tatuaje. Un tatuaje con forma de media luna.

Comprendí que, como siempre, los problemas no habían hecho sino empezar.

(continuará…)
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(viene de)

-Realmente pensaba que eras mucho más lista, Eowyn.

Creo que era la primera vez que Gonzalo me hablaba, aunque a gritos y entrecortándose a causa de los bandazos del barco, claro está, desde que desperté en la bodega de la embarcación de un sueño que no era (o al menos totalmente) consecuencia de la borrachera. Evidentemente, mi compañero de juerga me había echado algo en la bebida. Y no creo que por inciativa propia. Deseaba con todas mis fuerzas que la borrachera le hubiera sentado mal y que estuviera escupiendo los intestinos en algún maloliente tugurio.

A Gonzalo, por su parte, le deseaba algo mucho peor…

Una nueva oleada de dimensiones tsunámicas se estrechó contra el casco de la embarcación, lo que hubiera impedido contestar, en caso de haber tenido ganas, claro está. En lugar de eso, me agarré con todas las fuerzas al poste en el que me sujetaba abrazada de brazos y piernas, entonando el Miserere mei, domine. Mientras, el muy hijo de puta actuaba como si aquello no fuera con él, aferrándose a un cabo muy tenso con una sola mano, igual que si fuera un viejo y avezado lobo de mar. Enseguida reanudó su monólogo.

-¿Qué esperabas, escapándote con esta tempestad y sin tener ni idea de dónde estás? Ha sido lo más idiota que te he visto hacer, y la verdad es que la lista es ya larga. Por mucho que la bodega esté llena de vías de agua, tenías más posibilidades de sobrevivir allá abajo que aquí, ¿no crees? -me mantuve en silencio: en parte, porque el mar no dejaba de escupir agua salada sobre nosotros; en parte, porque sabía que mi mutismo le haría desahogarse, ahora que había comenzado: Gonzalo nunca se había destacado por su modestia y su discreción-. ¿Sabes? Nunca he entendido porque alguna gente te tiene en tan alta estima. En el viejo Bernard, supongo que es sentimentalismo. Pero en otros casos… -se mordió la lengua; había estado a punto de traicionarse a sí mismo, y a sus celos enfermizos de cualquiera que le disputara la amistad de Guillaume. Que, por otra parte, tampoco entenderé nunca, igual que en el caso de Blanca. ¿Qué problema hay porque él y yo tengamos una cierta amistad? ¿Y por qué tiene que ser tan absolutamente encantador para todo el mundo, y por qué he de ser yo, tal vez la única a la que no le afecta su presunto encanto arrollador, la que más perjudicada sea por éste? Gonzalo continuó:

-Lástima que todo aquello haya acabado.

La nueva ola estuvo a punto de llevarse por delante el palo mayor; éste crujió peligrosamente, y aquel en el que yo me apoyaba parecía, asimismo, como si fuera a ser arrancado de cuajo en cualquier momento, bajo la mirada imperturbable del sevillano y la indiferencia del resto de la tripulación que aún no habían sido arrojados a las fauces de Neptuno; bastante tenían los pobres con lo suyo.

-Me temo, mi querida Eowyn, que has sido víctima de un engaño. Ha sido muy fácil. Un par de palabras amables de Guillaume, una jarra de vino y los fuertes brazos de un apuesto artesano, y ya está. La mercenaria más loca, y más tonta, de toda la Corona de Aragón y, diría más, de todas las tierras que componen España, mansa que un corderito. No creerías de verdad que Frey Pere y Guillaume, la orden al completo, iban a invertir en tus estudios… O… ¿sí? ¿Lo habías creído? Dios mío, entonces es peor de lo que pensaba…

Escuchaba el odio en sus palabras. Sentía el maremoto bajo mis pies. Pero ¿por qué? ¿Por qué me hablaba así? Tanto odio ¿a qué podía deberse? ¿Por qué había intentado asesinarme en Gardeny? ¿Tenía todo aquello que ver con La Reliquia? ¿Era también Gonzalo el instigador del ataque que habiamos sufrido Guillaume y yo, tanto tiempo atrás, en Chipre? ¡No, no podían ser simples celos! Y de pronto oí algo más. Escuché verdaderamente lo que decía. Comprendí plenamente el sentido de sus palabras.

Guillaume me había engañado. Él también.

Y escuché una última cosa. Un eco lejano. Lejano, pero siempre presente. Algo que no había dejado nunca de resonar en mis oídos desde la primera vez que lo oí. Las casi últimas palabras de mi antiguo enemigo.


Durante toda la vida has actuado como si tu huida no fuera lícita. Ahogando en ti misma el deseo de volver al redil. En el fondo, tú sabes que tu sitio está a mi servicio

Yo le maté. Le maté poco después de que pronunciara esas palabras. ¿Quizá por esa misma causa? Quería matarle. Pensé que mientras él estuviera vivo yo jamás podría ser libre. Pero me equivoqué. El problema no era él. Era yo. Creía que huía de él, pero sólo huía de mí misma. De la peor parte de mí. De la parte de mí más cobarde, más pasiva. La parte que acepta el status quo y no se cuestiona cambiarlo. No quería matarle a él, sino a esa parte de mí misma que impide ser quien yo quiero ser. Esa parte de mí tan españolita media, tan mujer típica y tópica.. Él murió, pero también venció. Nadie va a devolverme los años que perdí, las cosas que habría podido hacer. Es demasiado tarde ¡Demasiado tarde! Y odié de nuevo, odié a los que me habían llevado a esa situación, me odié a mí misma. Pero Gonzalo estaba mas cerca…

Pero ¿por qué me había salvado dos veces la vida si estaba planeando mi muerte?

Lancé un grito y me abalancé sobre él, en el momento que otro ola nos zarandeó como si el buque estuviera construido en papel y It nos esperara tras la alcantarilla. Estábamos ya completamente escorados a estribor, y la fuerza de la gravedad hizo que varios objetos, animados y inanimados, se deslizaran hacia abajo con nosotros, hasta quedar detenidos, al menos momentáneamente, por la borda. En ese batiburrillo me coloqué como pude sobre él y le golpeé con todas mis fuerzas, casi sin darle tiempo a defenderse. Mi rabia me cegaba, pero también multiplicaba por diez mi fuerza y me hacía resistente al dolor, mientras que él, tomado por sorpresa, tenía que hacer indecibles esfuerzos para quitarse de encima mi ímpetu y sacudirse mi peso, no demasiado inferior al suyo ya que era un hombre bastante menudo. Aún así, logró sujetarme las manos, lo que yo aproveché para proyectar una rodilla, estratégicamente colocada, hacia arriba: un truco muy viejo, pero que funciona la mayor parte de las veces. A pesar de todo, resistió el dolor casi sin soltarme, y no sé cómo habría acabado la pelea si la furia de las olas no nos hubiera arrojado definitivamente a la revolucionada mar.

Afortunadamente, o tal vez no tanto, entre todo el contenido del barco que fue lanzado conmigo, logré agarrarme a algo que flotaba: no me hagáis decir que era. No veía a nadie, o al menos no distinguía a seres humanos de objetos, ni siquiera a Gonzalo. Esperaba realmente que se hubiera ahogado entre horribles sufrimientos. Tampoco podía distinguir la franja de tierra que había visto en cubierta, y pensé que tal vez sería mejor dejarlo todo. Soltar mi asidero. Entrar en el reino de Cthulhu.

Aún no sé por qué no lo hice. Supongo que vivir se había convertido en una de esas costumbres tan aburridas como difíciles de abandonar. O era que tenía que solucionar muchas cosas. Lo que acababa de aprender sobre mí misma había sido demasiado duro. Sé que jamás podré ser libre hasta que no aprenda a hacerlo desde mi interior. Cuando comprenda que nadie ni nada, ningún hombre, mujer, moral, costumbre o religión, puede dictarme mis normas de conducta, entonces nada ni nadie podrá hacerme daño, impedirme vivir hasta las últimas consecuencias el poco tiempo que sin duda me queda.

Pero ¿lo deseaba en realidad?

Todos y todo me habían fallado. Todos y todo.

Cayó definitivamente la noche y volvió a salir el sol antes de que yo acabara con mis huesos en la arena de una playa. Ni siquiera me moví, entre otras razones porque mi cuerpo parecía roto, aunque tal vez habría hecho lo mismo de haber éste funcionado. Y pasaron más horas, no sé decir cuántas.

Sentí que ya no tenía ganas de vivir.

Unos cascos de caballo interrumpieron mi depresivo duermevela. Los ignoré. Transcurrió algo mas de tiempo, y ahora los cascos se transformaron en pesados pasos, que parecían detenerse a intervalos, y luego ponerse de nuevo en marcha. ¿Buscaban restos del naufragio? Pues aquí tenían a una. En toda la extensión de la expresión. Seguí sin hacer caso. De pronto, los pasos se hicieron apresurados. Oí unos gritos, me pareció que en francés, y también en aragonés y castellano.

Alguien me dio la vuelta y me hizo incorporarme. Abrí los ojos, pero todo estaba borroso. Cuando acercaron a mis labios un cuenco con agua me di cuenta de la sed que tenía. Las imágenes iban haciéndose más claras, poco a poco. Eran unos hombres vestidos de blanco. Uno, bastante mas voluminoso que el resto, estaba arrodillado a mi lado, sosteniéndome. Creo que me hablaba. Su voz me parecía amable, consoladora. Me sentí bien, a mi pesar, pero demasiado cansada. Sólo quería dormir. Y no despertarme nunca más. No necesitaba un paraíso. Eso sería el paraíso. Al menos, si lo comparábamos con lo que había…

-Tal como te prometí, te la he traído. Viva.

Ahora sí que abro los ojos como platos. Gonzalo está allí, de pie, casi completamente entero el muy engendro de la peor serpiente sarnosa, mirándome con suficiencia y vestido con un hábito impoluto. Se dirigía al templario grandullón que me sostenía.

-Te dije que lo conseguiría, Bernard.

Y entonces comprendí que el engaño había aún mucho más descomunal de lo que yo habría podido imaginarme en mis peores pesadillas. Y que aquella gente había entrado, en lo que se refería a mí, en un camino sin retorno. Que su Dios se apiadara de ellos, porque ahora iban a conocer mi peor versión.

Si es que ya hace mucho que lo vengo diciendo: esta gente va a acabar mal, pero que muy mal…

(viene de) Pero… algo no cuadraba: lo sentía, más que en la mente, en los huesos. No podía ser todo tan genial. A mí no me pasaban estas cosas. Sólo era una mercenaria inútil, solitaria, antipática y no demasiado agraciada, que encima estaba enferma y se estaba haciendo vieja. Todo un panorama, vamos. Yo ya no podía aspirar a nada, ni al éxito profesional ni al cariño de mi amigos, cosa que era lo que más apreciaba aunque se me diera tan mal demostrarlo. A mi no me podían pasar cosas agradables… Todo eso pensaba mientras me dirigía a la casa de Maese Salomón, que se había establecido en la judería de Barcelona, dispuesta a salir de dudas de una vez acerca de mi salud ahora que volvía a tener el bosillo lleno: Azathoth maldiga la privatización de la sanidad medieval.

-¡Dichosos los ojos! ¡Pero si es mi paciente favorita! Pasa, Eowyn, tus gritos aún resuenan en mis orejas. Sobre todo los que proferiste en Tortosa cuando te cosí el corte de la mejilla, que por cierto veo que ha sido uno de mis aciertos. Y eso que no recuerdo haber necesitado tantos ayudantes para sujetar a hombres que eran cuatro veces más grandes que tú. La verdad es que eres una persona notable. Y dime, ¿a qué debo el honor de tu visita?

-Dejaos de cháchara -le espeté. A continuación le expliqué mis síntomas. Él me hizo tenderme en un camastro, y procedió a examinarme con exhaustividad. Al final, me dio permiso de que me incorporara. Me hizo unas cuantas preguntas que me parecieron demasiado íntimas y bastante sorprendentes, pero que contesté sin problemas: tenía plena confianza en su saber, aunque la verdad es que me parecía un verdadero sadismo la poca afición que tenía a suministrar a sus doloridos enfermos anestesia alcohólica. Después de mirarme con expresión indefinible, al final se dignó en sacarme de dudas.

-He visto caso como el tuyo en mujeres en edad fértil y de clase humilde, sobre todo si no habían parido nunca. Tienes que considerar la idea de comer más carne, leche, queso y legumbres, e intentar descansar siempre que puedas Si sigues estos consejos, en pocas semanas estarás perfectamente.

Así que ¿sólo se trataba de aquello? ¿No se trataba de una herida antigua mal curada que me estuviera sentenciando? ¿No estaba gravemente enferma? ¿Ni achacosa y senil? ¿No tendría que jubilarme con las mierdosas pensiones femeninas de Rajoy? ¿Y tampoco había entrado ya en la recta final hacia la muerte? Pagué generosamente al médico y le deseé lo mejor. Estaba comenzando a pensar que existía una esperanza para mí. Que había encontrado por fin mi lugar en el mundo. Por primera vez en mi vida, se abría ante mí un nuevo horizonte, y sentí que podía empezar a disfrutar de la libertad que me había ganado.

Ingenua de mí.


¿Y sí la costa no estaba lo suficientmente cercana? ¿Y si no había ningún medio para alcanzarla? ¿Y si mi intención de llegar a la cubierta del barco tal vez se debía sólo a la convicción interior de que nada podría ser lo suficientemente horrible mientras una tuviera las manos libres para luchar y sucediera a plena luz? ¿Y si nada servía de nada? Bueno, llevaba toda la vida haciendo cosas inútiles, por una más no iba a suceder nada. Y así tomaba un poco el aire, que la atmósfera de la bodega empezaba a estar un poco viciada. Estaba claro que los compañeros de Gonzalo desconocían completamente las virtudes del agua y el jabón. Él, siempre tan señorito, sí que se lavaba a menudo, sí. Lo que sí apestaba a azufre era su alma. Puajjj…

Claro que, en cuanto a luz. quedaba bien poca. Las nubes de tormenta, hinchadas como enormes abscesos, se la habían comido toda, sustituyendo esa energía lumínica por la cinética de las olas en danza desenfrenada, que hacían que el propósito de mantenerse en pie sobre el barco fuera una mera utopía. Tras dar un par de bandazos, uno de los cuales casi logró arrojarme por la borda, y después de observar que ambos castillos, el de proa y el de popa, estaban hechos pedazos, pude abrazarme a un palo (creo que era el de mesana, pero no hagáis que lo jure) y mantenerme allí, en silenciosa oración al dios de las tempestades para que aplacase su furia. Y entonces vi dos cosas:

La primera era un regalo para mis sentidos y una promesa de salvación. Tan tentadora como un pastel de carne acompañado de vino del bueno, y con buenas perspectivas respecto a con quién domiría aquella noche: tierra a la vista. Muy a la vista. Tan a la vista que podría llegar nadando hasta yo, que no era la mejor de las nadadoras, cuando remitiera un poco el temporal. No sabía qué clase de tierra era, pero el territorio más salvaje y más poblado de sádicos caníbales me parecía, en aquella circunstancia, un edén.

Pero algo se interpuso entre mis ojos y esa seráfica visión, algo feo como el culo de un demonio y, como he afirmado antes, igual de pestilente, que sólo por mi mala fortuna se había cruzado en mi camino antes de que pudiera esconderme convenientemente.

Gonzalo, claro.


Siempre me pasa lo mismo. He tenido en mi vida tan pocas oportunidades para sentirme eufórica, que cuando llegan… me pierdo. Traspaso los pocos límites que me marco y los resultados pueden ser catastróficos; de hecho, creo que en esta historia ya os he hablado de algunos de ellos. En ese estado, entré en la primera taberna del puerto de Barcelona, para celebrar que dentro de poco iba a ser toda una doctora en Leyes que sólo repartiría hostias en sus ratos libres; y que, encima, no iba a morirme en breve, al menos no por causas naturales. Me senté en la parte más alejada de una enorme mesa, cuyo otro extremo estaba ocupada por un vociferante y bebedor grupo, y pedí una buena ración de papeo y una enorme jarra de vino del bueno (o al menos, del mejor que tuvieran) para mí solita; una vez que se tienen monedas de sobra, hay que aprovecharse, que nunca se sabe cuánto pueden durar. No pensaba emborracharme, tan sólo celebrar. Y conjurar los fantasmas que me acechaban.

Porque en el fondo sí, sí, sí, estaba segura de aquello era demasiado bueno para que me estuviera sucediendo a mí.

Seamos claros: el destino existe. Llámalo como quieras, pero existe. No tengo pruebas científicas para demostrarlo, excepto que la observación repetida del fenómeno de la vida siempre ha producido, a mis ojos, los resultados que voy a relatar. He aprendido (ahora parezco una redifusión cutre de guatsap, envíame a todo el mundo y te pasará algo súpermegaguay) que el esfuerzo sólo te sirve para llenarte de dignidad, que el esfuerzo, como la lucha, aunque siempre es necesario, también es inútil. Es otro deber personal, como la solidaridad, pero no va a conducirnos al cielo, ni al cielo en el cielo ni al cielo en la tierra (más bien todo lo contrario), pero a pesar de ello los cumplimos, porque está en el alma de muchos de nosotros, igual que en otros está el hacer lo contrario. Sencillamente, los hay que triunfan y los que hay que no. Los hay que han sido bendecidos por este dios ateo que controla el azar (el único en el que creo) con multitud de dones, y los hay que, incluso sin dones, consiguen lo que quieren. En cuanto a mí, que me he esforzado más que la mayoría de gente que he conocido en conseguir algo que medianamente valiera la pena, no he logrado nada. Ni tengo dinero, ni belleza, ni inteligencia, ni me servirían de nada si los tuviera, ni tengo la suerte que los hace innecesarios. A veces pienso que haber llegado a la edad que tengo, que no es elevada aunque no todos en mi profesión duran tanto, no es más que una burla cruel del sino para torturarme aún más, para que cuente con más tiempo para lamentarme de que no tengo, nunca tendré, futuro. Uf, pero qué fenomenal me estoy poniendo. Eso es lo que pasa cuando no hay nada interesante que contar: que cuentas demasiado. Para abreviar, diré que en cuanto me sirvieron la jarra con el fruto de la uva, como si fuera una señal, un hombre más o menos de mi edad, de aspecto agradable y vestimenta típica de artesano, se sentó a mi lado.

-Tienes aspecto de venir muy de lejos -me espetó-. ¿Qué tal si me cuentas la historia de tus aventuras y yo te invito a beber? ¿Te parece un buen trato?

Me encogí de hombros.

-Tal vez te decepcionaría. No soy buena narradora y en mi vida tampoco hay nada tan digno de narrar.-Bueno, puedes dejar que yo lo decida -refutó él-. Al menos, tu voz es bonita. Podría escucharte durante mucho tiempo, aunque no me agradara nada de lo que dijeras.

Como estrategia de conquista, había que reconocerlo, aquello era muy flojo. Pero aquel joven no parecía mala persona, y tampoco era en absoluto desagradable de mirar. Así que, con la única intención de pasar un rato y hacer tiempo hasta que saliera mi barco (yo también tengo mis momentos pudorosos y decentes, que os creíais), bebí y hablé con él un buen rato. Y entonces, el fundido en negro volvió a caer sobre mi vida. En forma de un enrome jarrazo que me propinó el artesano infiltrado cuando estaba presumiendo de mis aventuras, y que me hizo ver pajaritos un buen rato y, después, una buena porción de nada.

Y, de pronto, me encontré atada en la bodega del barco. Sin dinero, sin caballo, sin mis pertenencias, con el navío boloñés no se sabía dónde y, de nuevo, habiendo metido la pata hasta la misma rodilla.

Añadiendo a todo eso la presencia de un silencioso y malcarado Gonzalo, cuyas intenciones se auguraban, para variar, de lo más funestas. (sigue).

Encomienda de Barcelona.

(viene de)

Me veo a mí misma colándome en la encomienda barcelonesa, donde ya me conocían bajo mi disfraz de criado de Guillaume, y viendo cómo Blanca escapa de su celda a medianoche, apresurada y al mismo tiempo con una expresión de satisfacción que me resultó muy pero que muy sospechosa, antes de echarse la capucha de su manto sobre su rostro y desaparecer. Alcé las manos al cielo, escandalizada, y no precisamente por la rotura de los votos del visitador. Pero ¿acaso no recordaba que hace menos de dos años ella estaba planeando su muerte? ¿Ya había olvidado sus largos meses de recuperación y el disgusto que su supuesto fallecimiento prematuro había ocasionado a sus amigos, muchos más de los que en verdad se merecía? Oh, hombres. No hay uno bueno. El que no cojea de un pie es manco de un brazo, y el que ve perfectamente es porque está sordo. Muchas huelgas feministas se necesaitan en la Edad Media, y más aún en la Contemporánea. Aunque también tenía que reconocer que el vergonzoso ejemplar de mi género que acababa de huir por el pasillo (a pesar de aquella belleza casi inaudita, que hasta a una heterosexual de libro como yo la impactaba), tampoco es que representara uno de los éxitos más sonados de la Madre Naturaleza. Pero no me detengo más: abro la puerta y penetro en el interior. Y allí me lo encuentro, suspirando felizmente sobre la cama, tal como lo trajeron al mundo. Tiene la decencia de taparse en cuando detecta la intromisión en su intimidad, pero en cuando me reconoce, lo que sucede inmediatamente a pesar del disfraz y lo inesperado de mi aparición, relaja un tanto su ataque de pudor.

-Eowyn, ¡qué sorpresa! Estooo… ejemmm… ¿llevas mucho tiempo en la puerta?

-Lo suficiente -digo yo-. Pero no he venido a hablar de eso.

-De verdad… no es lo que parece… sabes que es mi deber tenerla contenta…

-Guillaume, déjalo ya -le corto. No tenía que justificarse conmigo. Si acaso, deberia pedir disculpas a su propia inteligencia-. No habría venido a verte si no estuviera desesperada. No sé que está sucediendo. Es como si me persiguiera la desgracia o…

-¿O qué?

Me callo. No podía reconocerlo ante él. Aún me quedaba algo de orgullo. Pero estaba empezando a darme cuenta de lo que me pasaba. Estaba enferma. Me estaba haciendo vieja. Me agotaba demasiado, y si no liquidaba una pelea pronto, corría el peligro de no poder finalizarla, viva, al menos. Los años, o las vicisitudes, o todo junto, me estaban pasando factura. Y seguramente que lo habían detectado. Y por eso no encontraba trabajo. Nunca debí de ser muy buena, había llegado a la conclusión, pero era joven y animosa. Y ahora…

-No lo sé -reconozco-. No encuentro quien me contrate. Supongo que la crisis es peor de lo que parecía… Guillaume, tápate, por favor. No es que seas tan guapo, a pesar de tu éxito entre los mujeres, pero yo soy sólo una pobre doncella casi virgen y no puedo hablar de mis problemas mientras tú estás ahí, exhibiéndote. Sólo necesito que me ayudes a encontrar trabajo, por los servicios prestados a vuestra causa. Después me marcharé y no volverás a saber de mí.

La verdad, la reacción de Guillaume me sorprende. Se levanta al fin de la cama (con la precaución de cubrirse antes con una manta), me coge de las muñecas y me invita a sentarme a su lado sobre la ropa revuelta del austero lecho, a una respetuosa y decente distancia, eso sí.

-Eowyn, lamento todo lo que ha sucedido y lamento sobre todo que hayas podido pensar que me había olvidado completamente de ti y de todas nuestras aventuras juntos. A estas alturas estaba segura de que debías hallarte en Chipre, en compañía de nuestro viejo amigo Bernard, donde yo no tardaría en reunirme con vosotros. Si me hubiera imaginado que estabas en esta situación… Pero ¿por que te has negado a acompañarle?

Yo fruncí el ceño.

-Los sarracenos no me han hecho nada. Ya sé que me gano la vida con las armas, pero no creo en las Cruzadas. Si el rey al final inicia la campaña contra Murcia o contra Cerdeña y paga bien, le seguiré, no sé qué otra cosa puedo hacer si no. Pero no me siento cómoda luchando contra los turcos para arrebatarles unas tierras que, aunque no sean suyas, tampoco son nuestras; y mira que me gustaría que lo fueran, porque aquello es el paraíso.

-Pero peleaste en Acre. Y lo hiciste con valor.

-Es diferente. Allí estaba gente que conocía y apreciaba, y a quienes quería contribuir a salvar. Era el lugar en el que yo residía, aunque fuera temporalmente. Hubiera sido absurdo e hipócrita no hacerlo –  igual que pretender que la policía y los militares son peores que las grandes corporaciones, como hacen los izquierdistas descafeinados y guays del siglo XXI.

-Y hay algo más, claro…

Sabía a qué se refería, pero no pensaba decir nada al respecto.

-Comprendo que Tie¡erra Santa puede ser para ti un mundo de tentaciones. Pero sé que podrás resistirlas. Bernard te necesita.

No me digné a contestar a sus observaciones. Sólo esbocé una sonrisita irónica.

-Veo que estáis en las mejores relaciones ahora, tú y y nuestro común amigo.

-Entendí las razones por las que te ocultó que yo seguía vivo. Sólo quería evitarte una decepción si al final no me recuperaba. Y le agradezco que siguiera el camino del resto de los Ocho y volviera a confiar de ti – bajó la cabeza-. Lo que hice no estuvo bien. Entiendo su enfado.

-Pues que os aproveche vuestra recuperada amistad. Espero que os queden algunas migajas de tantas buenas intenciones para echarme una mano.

El bretón sonrió con su típica sonrisa de ayudante en la Tierra del supuesto Todopoderoso, como si lo tuviera todo controlado y se sintiera satisfecho por ello.

-No te preocupes. No hace falta que te marches a Chipre, por ahora. Tengo una idea genial para ti. Genial de verdad, no puedes imaginarte cuánto. Mataremos dos pájaros de un tiro. Voy a enviarte a Bolonia. Hace tiempo que Fray Pere y yo venimos pensando que debes seguir a nuestro servicio, y que eres lo suficientemente avispada para hacer algo más que dar mandobles. Vas a estudiar Leyes. Sé que tienes una buena base de Trivium y Quadrivium. Te escribiré una carta de recomendación para un profesor que conozco, te daré una buena bolsa y sólo tendrás que equiparte convenientemente. Escondiento tu identidad, obviamente. Y tu género.

Pero yo ya no le escucho. ¿Estudiar? ¿Yo? ¿Ser maestra, tal vez hasta doctora en Leyes por la Universidad de Bolonia? Eso lo arreglaría todo. Podría dejar las armas, antes de que ellas me dejaran a mí, en la estacada. Había soñado en acabar mis días peleando por una causa justa, con una encanecida mata de cabellos flotando al viento, pero también podía contribuir con mis conocimientos en Leyes a que la sociedad fuera más justa e igualitaria, ¿no? (O al menos intentarlo, porque ya tengo asumido que esto no va a cambiar en la vida). Pero ¿de verdad no estaba viviendo un sueño? ¿Tan importante era yo para los templarios? ¿Tan correspondido era mi fraternal cariño hacia Guillaume? Ummmm… había algo que no cuadraba.

-Una nave del Temple zarpa en dos días. Para entonces, lo tendremos todo arreglado. Y ahora ven aquí y duerme un poco… sólo dormir, no esperes otra cosa, que es muy agotador complacer a la gata salvaje de Blanca… Bueeeeeeeeno, si me dejas que me recupere un par de horas, a lo mejor…


Me despertó un chorro de agua en mi cara. La bodega se había convertido ya en una especie de lago interior en el que flotaban todo tipo de restos de naufragio, aunque en este caso yo los llamaría mejor indicadores de futuro naufragio. Pero algo más había cambiado; y es que yo seguía atada de manos y pies, pero ahora las ligaduras estaban casi fláccidas y, lo que era aún mucho mejor, no se hallaban sujetas a nada: por lo visto, el madero al que estaban atadas debió soltarse, debido a la combinación de bamboleo con mi peso, quizá con la contribución del agua que había entrado. Escupiendo una buenas bocanada de mar, no me costó mucho deshacerme de las cuerdas, e intenté nadar hacia al escalera coronada por una trampilla que daba a cubierta.

Si tenía que morir, al menos lo haría mirando a la muerte a la cara (sigue).

crisis económica, España, precariedad

(viene de) Las cosas empezaron a desaparecer en su casa.

Al principio casi ni se percataron. Los calcetines se desparejan en la lavadora. A veces alguien de la familia se come algo de la nevera y luego no lo recuerda, o no lo quiere recordar. Es normal que creas tener un billete de cinco euros cuando en realidad ya lo has gastado.

Pero fue a más.

De pronto, echaron a faltar objetos. Primero, pequeñas piezas de decoración. Luego, muebles auxiliares. Al final, mobiliario esencial. Electrodomésticos.

Los armarios estaban vacíos de ropa. La cocina, desmantelada. Sólo persistían las puertas y las cerraduras, que atestiguaban, al mismo tiempo, que nadie entraba en casa por la noche.

Pronto, ellos se dieron cuenta de que también comenzaban a desaparecer otras cosas, menos tangibles. La paz. Las sonrisas.

Subitamente, se dieron cuenta de que había desaparecido cualquier asomo de amor o amistad que hubiera podido existir entre ellos. Ni siquiera los echaron de menos.

No había deseos de divertirse. Ganas de vivir. Sólo quedaba el ansia. Un ansia ilocalizable, inasible, pero dolorosa, torturante. Un odio-comezón rabioso como el de una herida que siempre está a punto de curarse, y nunca lo hace.

Un día, lo localizaron. Era un enorme agujero negro, ubicado en uno de los cajones del mueble del recibidor. Entonces se miraron, como hacía tiempo que no lo hacían. Dieron un paso adelante. Sin sentimientos, porque ya todos se habían ido. Se marcharon.

Era justo el cajón donde guardaban los documentos de su banco.

(viene de) Hiciste lo que tenías que hacer. Lo que creías que tenías que hacer

Estudiaste, trabajaste, te esforzaste, enviaste currículums hasta al mismo infierno.

Intentaste ahorrar, sin rechazar vivir. No te diste a ningún vicio, o al menos a ningún vicio caro. No te metiste en negocios ruinosos.

No tuviste miedo, pero tampoco imprudencia.

Así es como te dijeron que tenías que vivir. Y tú lo creíste.

¿Qué es lo que hiciste mal?

Quizá no fue una sola cosa. Tal vez tu vida entera esté mal.

Y las voces de la sociedad clamaban: compra un piso, compra un piso, estás tirando el dinero. Tu religión de vivir de alquiler es una apostasía. Gritaban tanto que te ensordecieron. Pensaste: ¿y si me estoy equivocando?

Ahora tienes piso y no puedes vivir en él (y has vuelto al alquiler). Te lo han quitado. No así las cuotas, que te siguen llegando puntales el día 1 de cada mes, y que tú pagas, con tu sueldo de sobreendeudado mileurista venido a menos, no con la misma puntualidad, claro…

Poco a poco, intentas eliminar todas las deudas, todas estas deudas forjadas en tiempos de engaños hipotecarios y prestamistas, tuyos y de otras personas, de bajo indicadores sociales, de accesorios de colores que deslumbran del problema real. Porque, aunque tú hayas creído hacerlo todo bien (o no), nadie podrá evitarte tener que responsabilizarte de los errores de otras personas (o no). Eliminas deudas, te haces con otras, pero en eso estás, en eso estás…

Y de pronto, abres la nevera y está vacía.

Abres tu cartera y está vacía.

La web del banco ya ni la abres: sabes desde hace días que el rojo campa allí por méritos propios.

Pero ¿no eran los abuelos, en la postguerra, los que pasaban hambre? Tú has estudiado, tienes un trabajo, no eres demasiado inútil… ¿qué demonios está pasando?

¿Por qué nadie te lo dijo?

Papá, mamá, os juro que hice todo lo que me aconsejasteis.

O, al menos, eso crees…

Tienes hambre. Ayer no comiste. Ni cenaste. Hoy tampoco has desayunado. No es una dieta por salud. Las dietas las puedes dejar cuando quieras, si no depende tu vida de ellas. Es una dieta de no salud. ¿Por qué es barata la comida barata?

Mañana va a ser igual….

Le debes dos euros de un café al bareto de la esquina, ese café que paladeas (paladeabas) cinco minutos antes de entrar al trabajo, mientras leías las noticias. No has podido resistirte. Un café. Sólo un café.

Eres afortunado. Has podido lograr que tus hijos casi no lo noten. Conseguiste pagar la luz. No debes demasiado de hipoteca. Quizá algún día salgas de ésta. No mañana, pero algún día. Qué bien huele el bocata calentito de tu compañero de trabajo. (sigue)

Me dijiste que si estudiaba y trabajaba mucho llegaría muy lejos, mamá. ¡Qué razón tenías! He llegado tan lejos que ya ni siquiera sé cómo volver, cómo recordar quién era o si lo sigo siendo. No sólo he conseguido todo lo que me proponía; es que, además ¡he aprendido tantas cosas!

La importancia de la vida sana, por ejemplo. Voy caminando a todas partes, a veces corriendo, incluso. Y, aunque me cuesta un poco comprar cosas saludables, me he acostumbrado a comer muy poco, poquísimo.

Ahora, también, puedo controlar mis nervios; ya no me pongo histérica cuando la cajera escanea mi cesta en el súper; respiro hondo, pienso en cosas agradables y, lo que tenga que ser, que sea. De la misma manera, ya no me importa la opinión de la gente: si hay que hacer el ridículo, se hace y punto. ¿Acaso es tan grave?

Te he hablado ya de mis listas de las cosas necesarias y de las cosas accesorias? Ya te habría gustado a ti, pobre mamá, que cuando era pequeña hubiera tenido tal control de lo que realmente era básico para mí. ¿Recuerdas mis interminables cartas de los Reyes Magos? Ahora comprendo que, para ser feliz, necesito bien poco.

Y ¿te acuerdas de esa obsesión mía por la limpieza? Toda mi ropa tenía que estar impecable, y yo también. ¡Cuántas lavadoras puse y te hice poner, cuánto litros de agua malgasté en mis continuas duchas! Si hasta nos nombraron clientas VIP de Aguas de Barcelona… Incluso he llegado a pensar que la principal responsable del cambio climático soy yo… Pues también lo he superado. Soy responsable con el medio ambiente, y reciclo, reciclo mucho, cantidades astronómicas. ¡De mi casa apenas sale basura! La luz apenas la enciendo. Y en cuanto a la calefacción, habiendo mantas, ¿para qué molestarse ene encenderla y destruir el planeta? La verdad, no entiendo a la gente. Como si pasar un poco de frío fuera tan malo… ¡Si es sanísimo!

He llegado muy lejos, mamá. Muy lejos y muy alto. Sé que estás orgullosa de mí, aunque tú siempre lo has estado, no importa lo que hubiera hecho o dejado de hacer. Pero ahora que estoy más cerca de los 40 que de los 30, te puedo decir que he triunfado. Y que tú has triunfado también, porque todo lo que tengo te lo debo a ti. Me ha costado, lo reconozco. Una chica de clase obrera como yo, sin familia que tenga contactos de nivel, y demasiado tímida para creármelos, consciente de mis carencias educativas, de mi escaso atractivo físico, no podía esperar mucho. ¡Pero yo lo he logrado!

Estoy tan contenta! Hice bien en hacerte caso y comprar la casa. No iba a estar pagando alquiler toda la vida, y menos ahora que se han cumplido mis aspiraciones. Eso es tirar el dinero. Claro que si te paras a pensar, pagar los desorbitados intereses de las hipotecas es tirar el dinero aún más, pero bueno, la casa ya es mía, ¿no? Nadie la va a quitar.

Si es que puedo pagar todas las cuotas atrasadas, claro…

Pero no te preocupes, mamá. Todo está bien. ¡Lo he conseguido! ¡Me han hecho contrato! Cobro casi mil euros, ¡casi mil euros! Todos los sacrificios han valido la pena. No importa que apenas me llegue para la tarjeta del autobús y que me tenga que colar en el metro. ¡No te imaginas lo divertido que es correr delante de los seguratas mientras te gritan: “Vuelve, ¡vuelve!”! Sí, ahora vuelvo, ya me podéis esperar sentados. Tampoco paso tanta hambre, ni tanto frío, y mira, si un día la cajera del súper me dice que no hay dinero en la tarjeta, pues hala, ya pagaré cuando pueda, que tan poco se hunde el mundo. Todo se arreglará. Hay bibliotecas para conectarse a Internet, leer libros, ver películas y escuchar música, ¡y aún no he tenido que hacerlo a la luz de las velas! Sé que muy pronto me podré permitir caprichos, viajar, invertir en mis aficiones… ¡Hasta podré hacer algún máster!

No llores, mamás. Tú no lo sabías. No lo sabía nadie. Me educaste bien. Soy una buena chica que aprecia a las personas, la naturaleza, el arte y el conocimiento. Tú no tienes la culpa de que eso no sirva para nada. De que nos engañaran. No te preocupes. Todo se arreglará. Vivimos en el estado del bienestar. (sigue)

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