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Archive for 31 agosto 2012

El peor de los escenarios

(viene de) Cuando calculé que Guillaume debía de estar abajo, me encomendé a todos los santos del panteón comunista y me dispuse a imitarlo. Aquella travesía deslizante, que no casaba demasiado bien ni con mi vértigo ni con mi claustrofobia, me pareció durar años. En cualquier caso, tuve tiempo de recordar la última parte de la conversación que habían mantenido con Guillaume el día en que me asaltó volviendo de la taberna, cuando intentaba meter baza entre la retahíla de juramentos que solté al enterarme de que él, el traidor, el enemigo, estaba al tanto de mi secreto; solo que esos insultos y maldiciones no iban dirigidos a él, sino al hombre al que creía responsable de la delación, la única persona que podía haberse chivado y a quien imaginé  desgranando mis miserias antes sus amigotes de la soldadesca después de varias jarras de vino; desde luego, nuestro común amigo era la viva imagen de la expresión “beber como un templario”, yo bien lo sabía y no le iba demasiado a la zaga en ese aspecto. Y los años y las vicisitudes habrían hecho el resto, pues he de reconocer que en la época en que andábamos juntos ni 12 toneles de vino lograban hacer que escorara lo más mínimo.

-No hagas acusaciones que luego podrías lamentar, Eowyn –me sugirió Guillaume tranquilamente cuando mis imprecaciones perdieron fuelle-. Tengo que ser honesto y advertírtelo, a pesar de que tal vez me convendría que lo hicieras. Al contrario, deberías abrir tu espíritu y comprender que hay más cosas en el cielo y en la tierra y que tus problemas con el mundo mágico no son los únicos. No he estado donde tú has estado pero he visto lo que tú has visto. Gracias a aquello que tú llamas “la reliquia”.

Y vuelta a empezar. Qué fácil es echar la culpa de todo a las reliquias, a los homosexuales, a los parados o a los inmigrantes cuando se ha metido la pata estrepitosamente o se requiere una explicación a la inexplicable. Y lo peor es que nos lo creemos. Bueno, yo no: no me había tragado una palabra de su historia y además la famosa reliquia imaginaria ya estaba comenzando a tocarme mucho lo que no suena, pero decidí dejar mis injurias para cuando tuviera ante las narices al destinatario de las mismas, en este mundo o en el infierno.

Pero ya estaba llegando a tierra y, como me temía, Guillaume esperaba para levantarme en volandas antes de que tocara el suelo y luego depositarme en el mismo con lentitud, excesiva, a mi juicio. A regañadientes decidí ignorarle, pensando que mostrar cualquier atisbo de pasión aunque fuera de una índole tan negativa como atizarle un puntapié en los huevos, solo conseguiría reafirmarle más en sus locas esperanzas de catar mis supuestos encantos.

-Vamos, déjate de chorradas y oriéntate en este laberinto de una vez, antes de que me dé un ataque de histeria claustrofóbica. Ya sabes que aborrezco los espacios cerrados. Espabila.

Él mostró una sonrisa de suficiencia.

-Por aquí –señaló con seguridad.

Tomó la antorcha que previamente había encendido de su soporte en la pared y me guió por un pasillo no mucho más ancho que mis hombros, que no son precisamente los de un atlante. Yo hice de tripas corazón y me apresuré tras él para no perderle de vista, ya que hasta la compañía de un tigre de Bengala que llevara tres meses a dieta vegetariana me hubiera resultado más alentadora en aquella estrechez que la soledad. Mantuve a raya las ganas de gritar y pedir entre angustiados sollozos que me sacaran de allí volviendo a rememorar las revelaciones que habían logrado que aceptara participar aquel juego, aunque con el casi convencimiento absoluto de que no íbamos a triunfar. Los personajes que se habían reunido en la penumbra de la reducida estancia cuya puerta estaba disimulada tras un tapiz en la sala capitular de la encomienda barcelonesa me acogieron con simpatía, con esperanza. ¿El ser una mujer en un negocio tradicionalmente de hombres, tal vez, era lo que pensaban que podría ayudarles? No soy la única ni mucho menos la mejor en mi trabajo (creo que el hecho de que aún siga viva se debe únicamente a la suerte y a mi empecinamiento), eso desde luego. En cualquier caso nadie me aclaró nada al respecto, ni siquiera mi actual jefe y anterior archienemigo, que se encontraba también, para mi sorpresa, en el concilio, y que me envió una sonrisa de complicidad desde su asiento tras la mesa semicircular ante la cual nos presentamos Guillaume y yo. Tras unas palabras de preámbulo, el que parecía el líder, tal vez por su avanzada edad (ofrecía el mismo aspecto que el viejo templario que guardaba el Grial en Petra según la tercera película de Indiana Jones; sí, cuando estoy en el siglo XXI también pierdo el tiempo con el cine de evasión), o sencillamente porque estaba colocado en el lugar central, me lanzó este discurso:

-Eowyn, te hemos elegido porque creemos que puedes sernos útil. Algunos de nosotros, como seguro has podido adivinar, llevamos años siguiéndote, evaluando tus capacidades. Tal vez no seas la más hábil con la espada, ni la más sensata y táctica luchadora, pero hay algo que te hace especial, y es ni más y menos que tu empatía con el que sufre.

Naturalmente, lo expresó en términos mucho más medievales, he intentado traducirlo al lenguaje sigloveintiunero todo lo que me ha sido posible. Yo me encogí de hombros. El momento era demasiado solemne para contestarles que lo que ellos señalaban como una virtud era mi característica más odiosa (y mira que tenía ya unas cuantas del mismo calibre), la que no me había dejado progresar mínimamente en la vida y la que trataba por todos los medios de quitarme de encima; en realidad, esperaba llegar a conseguirlo alguna vez. Pero el Maestro, ignorándome, continuó.

-Corren malos tiempos. Se avecinan los momentos más duros en mucho tiempo, para toda la Cristiandad y más allá. Los pueblos de Dios llevan años malgastando su capital económico y humano en Tierra Santa, o mejor dicho, invirtiendo para conseguir pingües beneficios y equivocándose completamente de estrategia económica, o tal vez no, en las Cruzadas. Y por si fuera poco, Felipe IV de Francia sigue necesitando dinero para mantener su absurda y vanidosa política exterior y para pagar las deudas contraídas por culpa de esta. Naturalmente, estas deudas acabarán cobrándose en los más inocentes y los que sufrirán el peso de la justicia serán los que traten de poner fin a las situaciones injustas. Se rumorea que piensa expulsar a los judíos, confiscando todo su patrimonio. Y también que acabará haciendo lo mismo con los templarios.

Vaya, pensé, ¿por qué me sonaba tanto aquella historia? Pero, a pesar de la tristeza que subyacía en sus palabras, no pude evitar soltar una carcajada: lo último me parecía francamente ridículo.

-A ver, mi señor, permitidme el acceso de hilaridad, pero me estáis diciendo que un reyezuelo, aunque lo sea de una gran potencia, va a poder cargarse él solito a una orden militar y eclesiástica que funciona a nivel global y que solo se responde ante el Papa. Por muchos problemas que tenga con los curas, perdón, quiero decir con la Santa Madre Iglesia, nunca conseguirá presionar a ningún papa para que acceda a un deseo tan peregrino. Aparte de que hay otros monarcas que nunca le apoyarían en esto. Definitivamente, y disculpadme por ser tan clara con tan sabio y venerable grupo, se os está yendo un poco la olla.

Ni la más mínima sombra de ira, ni tampoco la más mínima sonrisa, cruzó por el rostro del Maestro y de sus acólitos, entre los cuales creí descubrir a otra mujer, debajo de los hábitos blancos que todos vestían. La única respuesta, por parte del Maestro, fue la siguiente.

-Sé que viajas en el tiempo, y que allá se conservan los testimonios de esta época. Nos preguntamos si sabes algo de lo que ha de venir.

Así que era por eso por lo que me habían reclutado. Por mi especial e involuntaria habilidad viajera. Pues se iban a llevar una tremenda decepción.

-Cuando estoy allí, naturalmente leo los libros de historia, para saber qué es lo que ha pasado en el mundo durante mi ‘ausencia’, por decirlo de alguna manera. Pero cuando regreso aquí, no puedo recuperar esas lecturas. Ni siquiera recuerdo demasiado bien esta época cuando me hallo en el futuro. Tengo que esforzarme para rememorar los detalles, como si todo estuviera envuelto en una nebulosa, como si mi vida aquí fuera la leve sombra de una vida anterior o las notas de una obra de ficción. Y viceversa.

El Maestro no pareció desilusionado.

-No importa. No te hemos buscado por esto. Sería deshonroso que nos aprovecháramos de tu información privilegiada para vencerles. No deseamos ganar de esa manera: nos asemejaríamos a ellos, y eso sería la más cruel derrota dentro de la victoria.

Pues estaban listos si esperaban triunfar con tanto escrúpulo.

-Hay algo más. No voy a ayudaros. Y no voy a ayudaros porque no me agradáis. Ninguno de vosotros. No me gusta la religión, la castidad, la obediencia ni el fanatismo. Podría decir también que no me gusta la pobreza, pero vosotros sois tan pobres como yo experta en física nuclear. No confío ni en vosotros ni en el hombre que me trajo aquí, del cual la hazaña más importante que conozco es que traicionó a su mejor amigo. Y si no os importa, ahora me largo. Tranquilos, que no revelaré el secreto de este conciliábulo, no tengo ganas de que me tomen por loca más de lo que ya lo hacen. Ah, jefe, supongo que esto significa que estoy despedida. Si te va bien paso mañana a recoger la liquidación. Hala, que vaya bien.

Me volví y me dirigí a la salida, sin que Guillaume hiciera nada por detenerme. Pero la voz del Maestro sonó a mis espaldas.

-No mientas, Eowyn. Sobre todo, no te mientas a ti misma. No piensas ayudarnos porque sabes que fracasaremos.

Aquel condenado anciano leía los pensamientos. La afirmación me dejó un instante paralizada. Luego me giré lentamente hacia él y decidí, por una vez, ser sincera. No me quedaba otro puñetero remedio.

-No sé si son retazos de recuerdos, poderes paranormales o simple intuición, pero huelo el olor del fuego y la muerte cuando pienso en vosotros y en vuestra misión; ahora veo que vosotros también estáis convencidos y ni siquiera os importa. También siento que nos sois tan malos como parecéis, al menos no todos vosotros. Pero me resisto a creerlo. Porque el hecho de que me caéis fatal sí es una verdad como la copa de un pino.

El Maestro guardó silencio unos instantes.

-En ocasiones, Eowyn –soltó después de una larga inspiración- solo hay una salida. En ocasiones saber retirarse a tiempo de una empresa es un virtud, pero en ocasiones tienes que persistir en ella, incluso viéndola perdida. Creo que ha llegado el momento de esto último.

Lo peor de todo es que yo también lo comprendía.

-Debemos hacer lo posible –continuó el anciano-. Sin tener ningún poder paranormal, como tú lo llamas, sabemos que los tiempos que se avecinan traerán oscuridad. Una oscuridad mayor de la que muchos pueden imaginar. Nos gusta pensar que somos una especie de guardianes contra esa oscuridad, contra ese frío que se avecina. Y nos asusta no estar allí cuando el momento llegue.

Yo sentía, en alguna parte escondida de mis entrañas, hogueras, carne putrefacta, miseria, enfermedad, tristeza, desolación… Ahora nadie llama iluminados a los que advirtieron del desastre que se avecinaba. Pero tal vez es demasiado tarde. ¿O no?

-¿Qué es lo que necesitáis que haga? –pregunté. (sigue)

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El siguiente movimiento

(viene de) Me sobresaltó un rítmico golpetear en la puerta. Reconociendo la cadencia que habíamos acordado como contraseña, me apresuré a desatrancar el acceso a mis aposentos. Un alegre Guillaume entró con tanto ímpetu que, al apartarme para dejarle pasar y evitar que se abalanzara contra mí, cosa a la que le vi muy dispuesto, casi se estrelló con la pared opuesta. Pero sin perder la dignidad, ni la sonrisa, volvió a acercárseme mucho más de lo habría sido conveniente para mi decencia y buen nombre, si aún me quedara algo de la una y del otro.

-Me seduce la alegría que han mostrado tus ojos al verme –me dijo mientras yo retrocedía un paso para evitar contactos inadecuados.

-No lo sabes tú bien –convení-. Esto es un infierno y no me refiero solo al calor. Me aburro. Y tengo hambre. Aparte de que estar encerrada mucho tiempo con estos hombres me pone muy nerviosa. No hago más que escuchar cánticos religiosos. Y aunque aprecio el gregoriano como estilo musical, no me hace mucha gracia su mensaje.

-Y al igual que tú, los escucha media Barcelona, lo cual es muy conveniente para nuestros fines –manifestó-. Por cierto, te he traído algo de comer; tienes razón, llevas mucho tiempo sin echarte nada a la boca.

-Me siento como si fuera uno de tantos desahuciados españoles del siglo XXI y encima el ayuntamiento hubiera cerrado con candado el contenedor de los alimentos desechados del supermercado para evitar la proliferación de escenas apocalípticas –convine yo, con rabia y tristeza.

De un morral que se había echado a la espalda extrajo una hogaza de pan, un poco de queso y un pellejo de vino, que depositó sobre una mesa. Yo me acerqué y di buena cuenta del frugal festín, que en aquellos momentos de inanición me pareció tan apetitoso. Mientras comía, Guillaume no me quitaba ojo de encima.

-Un ingrediente más para el cocido de enigmas que significas. Te empeñas en presumir de que eres plebeya, pero guardas las formas al comer, incluso hambrienta, como lo haría una dama.

-Si prefieres que devore como una salvaje, también sé hacerlo –le dije con la boca llena-. Solo es que no quiero mancharme. Es la única camisa que me queda y hasta que no pueda lavarla…

Negó con la cabeza repetidas veces, murmurando entre dientes algo así como una tonada.

-Es una buena excusa, Eowyn, pero no me vale. Ocultas muchas cosas. Y pienso descubrirles.

-Es que me eduqué en un internado de señoritas. Me enseñaron a comportarme con educación, coser, planchar y complacer a mi futuro marido. Eso es lo que suele suceder cuando en las escuelas segregan por sexos para conveniencia de una sociedad de hombres temerosos de las mujeres libres; y que además son tan feos que asustan, como el tal Wert o la tal Aguirre, aunque me parece que esa última es mujer … -al ver que me miraba con cómica impaciencia, decidí centrarme un poco-. En realidad, y lamento decepcionarte, en mí no hay nada más que lo que ves. O quizá el único enigma en mí es la ausencia total de enigmas. En cuanto a lo demás, te diré que se aprende mucho viajando en el tiempo. Tú bien debes de saberlo -continué, sin dejar de masticar. Noté cómo el color volvía a mis mejillas. Guillaume, mientras tanto, seguía asaetándome con la mirada con expresión de estar tramando algo. Al fin me soltó:

-¿Cuándo abandonarás esa frialdad? Te empeñas en dejar bien clara tu ligereza de costumbres cuando eres la mujer más casta que he conocido. A pesar de que llevamos meses conviviendo muy estrechamente, no me has mirado con más pasión con la que mirarías a tu hermano o a tu padre.

Me apenaba derrumbar tan sólido edificio de seguridad personal, pero no tenía otro remedio.

-Hay una respuesta muy sencilla que podría conciliar mi reputación y mi actitud actual. Aunque me temo que lesionaría tu autoestima.

-No intentes engañarme. Sé que te gusto. Tal vez no tanto como tú a mí, pero lo suficiente. Y sin embargo no caes en la tentación. Me pregunto a qué estás guardando fidelidad. O a quién.

Yo acabé mi ágape, tras un buen trago de vino.

-El concepto de fidelidad me resulta incomprensible. Soy leal hasta la muerte, creo que eso ya lo sabes, pero no me pidas más. Y ahora que hemos clarificado este tema, tal vez sería mejor dejar esta conversación y concentrarnos en lo importante. Por ejemplo, ¿cuál es el siguiente paso a seguir?

Guillaume miró por la ventana.

-He agotado los últimos cartuchos. Nada. Si alguien le ha revelado a Jaume que estábamos aquí y tu identidad, te puedo asegurar que no ha sido ningún hermano de esta casa. Pero pronto anochecerá y deberíamos estar ya en camino hacia la siguiente parada, dejando que el rey y los suyos crean que seguimos en esta encomienda, ignorantes de todo. El Maestre se encargará de divulgar que sufro una recaída de mi fingida herida de Tierra Santa y que tú estás cuidándome día y noche. He dado crecientes y ostentosas muestras de malestar a lo largo del día, y cuando entré aquí me tambaleaba creo que muy convincentemente. Naturalmente, nadie de afuera deberá vernos salir.

-Me imagino que lo próximo será hablarme del pasadizo secreto.

Guillaume me guiñó un ojo.

-Estás en todo, mi querida amiga. Obviamente, todas estas casas lo tienen. ¿Por qué crees que elegí este aposento en concreto?

Con la misma mirada llena de sorna, se dirigió a la esquina más alejada de la puerta, justo al lado de la cama. Contó losas de piedra desde el techo y accionó una de ellas, situada más o menos  en el tercio superior. Fue haciendo lo mismo con las que le rodeaban, hasta que se formó un hueco lo suficientemente grande para que cupiera una persona de regulares dimensiones, aunque en su caso iba a tener que agacharse. Cuando acabó me hizo un signo de que me asomara al agujero: vi un túnel vertical en cuyo centro una barra de hierro descendía desde, me imaginé, la cima de la torre. Guillaume me hizo un gesto de invitación.

-Las damas en segundo lugar, en este caso. Así si te deslizas demasiado rápidamente al menos mi cuerpo amortiguará el golpe.

-Ni lo sueñes que me voy a meter en ese hoyo infecto –me opuse yo terminantemente-. ¿Acaso no podemos esperar a que anochezca del todo y salir amparados en las sombras? Por favor, qué ganas de complicarlo todo que tenéis los de tu ralea religiosa…

Me interrumpió, torciendo la boca en expresión de resignación.

-Me temo que no es posible. Ahora puedo decir sin ninguna duda que los hombres del rey que nos seguían están apostados en las cercanías, incluso de noche. No son muy disimulados, en verdad, nuestro querido monarca no se encuentra muy bien aconsejado en cuestión de elección de mercenarios.

-Es que recorta retenes de guardia que a su juicio sobran –expliqué yo gracias a mi experiencia del siglo XXI– para ahorrar, luego los tienen que sustituir con lo primero que encuentra y además se queja de que sus efectivos no son suficientes para la protección de la Corona y de sus súbditos¸ como si le importara algo más en esta vida que pegarse la vida padre a costa de todos mientras enarbola la bandera de las cuatro barras.

Guillaume se vio obligado a asentir.

-Pero a pesar de todo es de vital importancia que nos crean a buen recaudo y lejos de intrigas –continuó-. Confía en mí. Coge tus cosas y vístete, que a pesar de que esta ropa deja gran parte de tu belleza al descubierto, no creo que sea el atuendo más conveniente para la aventura que nos ocupa.

Gruñí ante el inmerecido elogio y, a regañadientes, le obedecí no sin antes amenazarle con el dedo.

-Como tus dotes de actor sean menores de lo que crees, estamos aviados. Anda, desciende ya, que te sigo. Antes de que me arrepienta.

Estaba segura de que iba a pegarme el guarrazo de mi vida. Pero todo fuera por la causa. De más duras tendría que ver en el futuro, y aquello sería una buena preparación. (sigue)

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Creímos que otro mundo era posible. Remarcamos que además necesario. Peleamos contra una globalización que no era más que otra vuelta de tuerca al capitalismo más salvaje, nos empeñamos en no olvidar a las víctimas más flagrantes del sistema, esos países que sostenían nuestro modo de vida occidental con su producción agrícola, con su trabajo sin horarios, con sus vidas, con sus muertes. Nos apoyamos en los logros del pasado, en la sangre derramada que había fructificado en nuestros derechos.

Pero también fuimos cómplices. Nos creímos la mentira del euro y jugamos a hacer burbujas inmobiliarias de jabón, tan tóxicas que destrozaban el paisaje, la convivencia y la poca legalidad que aún existía allí donde se posaban, extendiendo un cáncer de corrupción. Nos creímos burgueses, nos reímos de las luchas antiguas pensando que ya había arribado la utopía, acallamos a carcajadas las voces lúcidas y discordantes, o por lo menos escondimos los oídos en la tierra. Y vivimos así, encerrados entre las horas extras, la hipoteca y Gran Hermano, cada vez más solitarios, egocéntricos y amargados, sin compañeros ni objetivos comunes, creyéndonos felices y propagando la infelicidad en nuestro entorno porque éramos demasiado pusilánimes para aceptar que todo era una farsa. Pusilánimes, sin embargo, con techo, cuidados médicos y alguna posibilidad educativa que, cuando sonaron las alarmas, en lugar de levantarnos, nos arrimamos a la opción más caduca, estrecha de miras, estúpida, egoísta, corrupta y mentirosa (aunque los otros no les van mucho a la zaga) olvidando sus crímenes pasados y el hecho de que fueron quienes sentaron las bases de la debacle actual.

Ahora, en un paisaje agostado, devorado por el fuego y la ambición, sembrado de ceniza, cemento y basura, transitan almas en pena. Han perdido el techo, la asistencia médica es cada vez más o un lujo o una limosna que hay que pedir bien arrodillado, y la educación, cuando alcanza unos mínimos, es pura doctrina. Han perdido incluso el poco derecho que tenían a gobernar sus cuerpos, les han arrebatado la memoria, les han deshauciado hasta de los sueños. Y, aunque muchas de ellas hayan despertado, viendo que la ceguera persiste a su alrededor, se rinden sin presentar resistencia.

Pero no somos víctimas; al menos, en nuestra gran mayoría. La mayor parte de nosotros hemos contribuido a esta cada vez más vergonzosa España con nuestra cobardía, nuestra incultura reivindicada, nuestra pereza y, en los casos peores, nuestro aprovechamiento de las circunstancias. No me dirijo a estos últimos: en una España posible y necesaria, tricolor, justa e igualitaria, ellos mismos verían que no tienen lugar y no tardarían en marcharse. Hablo para todos los demás, los que ya dan la batalla, los que quieren darla, los que no saben cómo hacerlo, los que aún no se atreven y los que aún no creen en ella. Y declaro que sí, existe esperanza.

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Ojalá existiera el infierno

(viene de) Un tumulto en la calle interrumpió mis pensamientos: volví la vista hacia el ventanuco de la torre, pues la había dejado vagar momentáneamente por la habitación en mis ensoñaciones, y vi a través de él cómo un grupo de personas se afanaba por arrastrar a un cautivo, al que llevaban casi en volandas, hacia el edificio de la Alhóndiga, probablemente para que se le administrara justicia. Por los gritos, de tal calibre sónico que arribaban hasta mi atalaya, averigüé que se trataba de un ladronzuelo sorprendido en el execrable delito de robar unas manzanas en el mercado. Evidentemente, no era la primera vez que presenciaba un caso así, se trataba de un hecho que ha llegado a formar parte de la galería medieval de tópicos. La historia detrás del acto, comprendí, sería la misma de siempre: el hombre, o mujer, que roba porque no puede alimentar a su familia a causa de los diezmos obligados a pagar a su señor feudal correspondiente, sea laico o eclesiástico, a causa de la destrucción de sus tierras por causa de un pleito entre caballeros… En resumen, a causa de las acciones de otros mucho más ladrones que él. Qué más daba. Lo había visto en mi Edad Media, y lo había visto mucho más en el maldito siglo XXI: solo que allí no roban una cosecha a una familia, sino todo lo que poseen a muchas familias, con alcance regional, nacional, global… El capitalismo significó el perfeccionamiento malsano del feudalismo, acumulación a base de basura y destrucción. Y ahora, ese capitalismo, ese sistema que no sé si llevara en sí el germen de su destrucción, pero desde luego y para nuestra desgracia no morirá solo, ya no tiene límites… Maldije que mis aventuras me hubieran llevado a ese espantoso lugar en el tiempo, mi sensibilidad ya no soporta tantas historias de soledad, tristeza y muerte. Estoy muy cansada de llorar a solas de impotencia ante la injusticia y de no tener a nadie que enjugue mis lágrimas. Al menos, a nadie que se merezca hacerlo, a nadie que se haya preocupado nunca por hacerlo, a nadie a quien mis lágrimas le hayan dolido como se supone que tienen que doler las lágrimas de los que son de tu misma sangre.

Y a la gente no de mi sangre que sí hubiera querido compartir mi dolor, los he rechazado.

Por eso no maté a Guillaume. Porque ya he visto demasiada muerte. O tal vez porque (fraternalmente hablando, claro, como se dice románticamente mi corazón está en otra parte, o estaría, en el caso cada vez más improbable de que tenga corazón) sentía cierta debilidad por él. Y lo peor de todo es que el muy hijo de puta lo sabía.

-Vamos, Eowyn, ya te has desahogado bastante -contestó él, imperturbable a mis amenazas-. Ahora, si no te importa, vamos a tratar de asuntos serios.

Yo envainé mi espada, maldiciendo entre dientes.

-Tienes suerte de que me pueda la empatía. Porque ni siquiera temo que el infierno se me lleve por acabar contigo. Entre otras cosas, porque no creo que exista. Lamentablemente. Opino que el infierno está en la tierra. Para los que son como yo. Para los que sufren y aman demasiado, aunque no lo manifiesten, para los que tienen principios. Y el paraíso es de los otros. De los psicópatas sin más límite que su propio beneficio. Como tú, quizá. A veces pienso que soy imbécil. No a veces, siempre. Y tal vez debería empezar a cambiar ahora acabando contigo por la única razón de que me molestas. Si es que matarte es en realidad una mala acción, cosa que dudo.

Él me miró fijamente.

-No estoy seguro de entenderte cuando comienzas a hablar de esta manera. Pero comprendo el trasfondo de tus palabras, y sé qué es lo que en realidad te duele de todo esto. Te debo una explicación: no he sobornado a nadie para que vuelvan a admitirme en la Orden, ni he asesinado para conseguirlo, ni he recurrido a la gente que le debe favores a mi poderosa familia, como me imagino que piensas. Robé y traicioné, sí, y no me arrepiento. A mis enemigos y a mis amigos; hasta al Sultán, claro, planeaba hacerlo desde el principio, nunca fueron por dinero mis acciones. Sencillamente, creo que estoy en situación de dar mejor uso a cierto objeto que la persona que lo detentaba antes que yo, y digo ‘detentaba’ porque tampoco estoy seguro de que lo consiguiera exclusivamente con buenas artes. La Orden sabe que soy ahora el dueño legítimo. Y les interesa estar en buenas relaciones conmigo.

Yo estaba asqueada.

-No me imaginé que la repugnante bajeza tuya y de todos los de tu calaña llegara a este extremo.

-Déjame terminar -atajó él-. La Orden y yo tenemos un objetivo común: que ciertas injusticias que se están produciendo ahora no continúen. O al menos que no avancen.

Hice un gesto de incrédulo desconcierto.

-Desconocía que tuvieras esas inquietudes. Y sé que, al menos oficialmente, la Orden no se mete en política.

-Oficialmente, tú lo has dicho. Y sí, tengo esas inquietudes. Y probablemente seas la persona de mi entorno que mejor puedas comprenderlas. Te conozco. Sé lo que haces. Lo que sientes -hizo una pausa que intentó arrojar tintes dramáticos a la escena-. Sé que lo último que viste en el siglo XXI, y que aborreciste, y que pensasteis que era el escalón más bajo de ignominia y estupidez al que puede llegar un gobierno, es la retirada del subsidio de 400 euros a los parados de larga duración, justamente en un momento en que encontrar trabajo es poco más que imposible, condenando a cientos de miles de familias a la miseria o a algo peor. Va a pasar algo parecido aquí, y sé que puedo contar con tu ayuda.

Se me hubieran caído las bragas al suelo de haber vestido una prenda interior medianamente parecida. Intenté atar cabos, sin conseguirlo: Guillaume no había tenido forma humana, al menos conforme a las leyes de la naturaleza visible, para enterarse de mi secreto, y además con tantos detalles. Estaban pasando demasiadas cosas raras últimamente, incluso superando el concepto de magia medieval. Si al final no sería tan raro que existiera el infierno… aunque sí demasiado hermoso para ser verdad. (sigue)

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Cosas que nunca cambian (o eso parece)

Barcelona, verano de 1292

(viene de) Desde aquella torre se divisaba un panorama tan desalentador como lo era la libertad para quien estaba preso aunque fuera de sí mismo, como era la alegría para el que prevé universos de tristeza. Yo no dudaba que los viandantes que en aquel momento, sobre la hora sexta,  recorrían aquel bario de Barcelona, rumbo al mercado o a sus quehaceres varios, estuvieran tan sometidos como lo están sus conciudan@s y compatriotas (si se puede emplear este término: como todos sabéis en esta época no existe aún el concepto de España, eso en el caso de que en el futuro sea asimismo un concepto real. Por cierto, ya podríamos quedarnos así eternamente, por muy UNA [mierda] que sea); pero por lo menos ahora tienen espacio para escapar, libertad que les da esa inseguridad de la que hoy gozamos y que nos aparta de la seguridad fingida del siglo XXI, cobardemente aceptada por tod@s y siempre amenazada, ahora ya tal vez finalmente quebrada incluso en la muy civilizada Europa, como ya lo ha estado en tantos otros lugares…

Y, desde luego, no ayudaba mucho el bochorno reinante. Aunque no dejaba de ser un consuelo (o no) darme cuenta de que hay cosas que nunca cambian: no creo que la temperatura del Barri Gòtic de la Barcelona del cambio climático haya subido más de un par de grados desde su homónima del Medievo lo que, con los termómetros en este punto, no es muy relevante. Y lo peor no es el nivel alcanzado por el mercurio, sino la calidad concreta de la temperatura que marca: no creo que haya un lugar en el mundo donde el sol se derrame sobre la humanidad como un fluido tan húmedo y pegajoso como en Barcelona: el agobio que se experimenta llega hasta el punto de hacerte desear una próxima glaciación. O al menos que hayan inventado ya algo con lo que poder pasear por las empedradas rúas góticas algo más fresca que con la medieval camisa que vestía… Y que fuera lo suficiente decoroso para no azuzar al escándalo público, que no estaban las cosas para llamar mucho la atención. Porque vivir en un convento de hombres célibes (o al menos eso es lo que dicen ellos; cualquiera se cree lo que cuenta la gente de la iglesia, a riesgo de acabar pagando 700 euros por comida caducada encontrada en contenedores) fingiendo ser uno de ellos, no me aporta tampoco ninguna ventaja frigorífica. En cualquier momento, alguien puede extrañarse de mi prolongada ausencia, echar la puerta abajo a pesar de la barricada que he montado con los escasos muebles de esta alcoba, y darse cuenta de que, a pesar de la cara tiznada, el gorro de dormir ocultando mi pelo recogido en un moño y la apretada venda sobre mi pecho bajo la tela de la camisa, con este ligero atuendo parezco bastante más una mujer que con el insoportable hábito blanco que vengo vistiendo últimamente: en realidad, estos tipos son algo menos tontos de lo que parecen, no mucho, por eso, aunque tal vez lo suficiente. Pero ni por esas pienso ponerme nada más encima o acabaré tan cocida como una hogaza de pan de la cocina. Ay, cómo añoro el maravilloso clima seco de Tierra Santa…

Pero os preguntaréis qué hago aquí. Y cómo he vuelto a caer en una trampa. Os tranquilizaré diciendo que la situación no es tan dramática como parece. Estoy aquí por propia voluntad y realizando una misión, o algo parecido. El problema es que los largos períodos de inactividad que esta parece exigir no es algo que vaya conmigo, y me temo que me estoy perdiendo las numerosas movilizaciones que están teniendo lugar en el verano de 2012 entre incendioincendio provocado por los pirómanos del Gobierno. Movilizaciones, claro está, contra los recortes que el PPCiU, como chambelanes orgullosos de serlo del Nuevo Sacro Imperio Romano Germánico, están perpetrando contra la población, mientras la Iglesia española reza por los parados a razón de 700.000 euros por versículo, los capitostes políticos premian a sus fieles directivos de las empresas públicas y privadas por ayudarles a escenificar esta crisis inventada (con el dinero obtenido del saqueo de los servicios públicos) y siguen las guerras de nervios, de bombas y de manipulaciones informativas, con esas nuevas plantillas televisivas que, como pronostiqué en otro de mis viajes en el tiempo, pronto nos harán añorar los tiempos del poco llorado Urdaci. Me siento impotente, frustrada, y estoy empezando a cabrearme mucho. Quiero tirar euros de cartón piedra sobre los Mossos d’Esquadra, quiero decorar las fachadas de todas las sedes estatales y autonómicas de PPCiU con espray rojo de la sangre de los enfermos sin atención, de los deshauciados sin remisión, de los agraviados sin justicia, de los alumnos con mala (o nula) educación que acabarán sembrando las cunetas del futuro de una u otra forma si alguien no hace nada por evitarlo. Quiero… pero no me dejan, me cago en la hostia.

Iré al grano. Creo recordar que me dejasteis en el momento en que una mano desconocida me arrastró a las profundidades de un portal con intenciones supuestamente lesivas para mi persona. Pero bueno, mal que me pese, estoy acostumbrada a este tipo de cosas, y antes de que pudiera sufrir algún perjuicio grave, mi mano izquierda se preparó para tantear el peligro, fuera el que fuera, ya que la derecha, la de la espada, estaba inhabilitada, de momento, por la presión de un duro guantelete. Noté que caía sobre algo que me pareció un cuerpo humano bastante sólido y no precisamente porque los músculos del susodicho estuvieran curtidos en mil gimnasios, sino por la manía que tenemos todos los que nos dedicamos en mayor o menos medida al oficio de las armas en esta puñetera Edad Media de vestirnos de hierro. Así que, suponiendo sin mucho alarde deductivo que mi agresor pertenecía al género masculino, me dispuse a asestarle el golpe fatal con mi zurda bien pertechada hacia el lugar donde se suponía que debían hallarse sus partes pudendas. Mi acción fue recompensada por un aullido de dolor y un segundo de desconcierto, que yo aproveché para zafarme de él, dar un paso atrás y echar la diestra a la empuñadura de mi espada. Pero el juramento que mi víctima lanzó después de su alarido inhumano y que fue pronunciado por una inconfundible voz de marcado acento franco, me hizo detenerme.

-¿Guillaume? ¡Por todos los infiernos! ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Mi mano no se movió del pomo de mi espada, pero la curiosidad había vencido a la prudencia. O tal vez, a pesar de nuestras poco memorables vicisitudes juntos, algo me hacía pensar que mi viejo conocido de Tierra Santa en realidad no buscaba mi destrucción física. Esperé pacientemente un buen rato hasta que finalizó de soltar ayes de dolor, y al fin mi aguante fue premiado.

-Eowyn –dijo algo molesto-, ¿tú crees que esto es justo? Te salvo de las asechanzas de uno de los piratas más sangrientos del Mediterráneo, que te seguía sin duda con ánimo de aligerar tu bolsa y llevarse de propina tu virtud, ¡y me lo pagas de esta manera! ¿Acaso no piensas derramar nunca el bálsamo de tu perdón sobre mi torturada alma?

Reprimí una carcajada. Está visto que mi enemigo sobreestimaba su carisma personal, su inteligencia o ambas cosas.

-Déjate de historias –zanjé-. El temible pirata del que hablas es mi compañero de juergas Yannick y te puedo asegurar que el único motivo que le guía a seguirme es el caballeroso afán de protegerme de individuos como tú, lo cual ya habrá visto que es completamente innecesario y por tanto se habrá retirado a dormir. Y en cuanto a lo justo o lo injusto de esta acción, he de decirte que no te reconocí hasta que fue demasiado tarde. Si no, evidentemente, habría actuado de una manera muy distinta. Te habría ensartado con mi espada antes de que hubieras tenido tiempo de abrir la boca. No sé cómo te has atrevido a venir a Barcelona, a no ser que realmente desconocieras que aún me hallaba aquí. Como comprenderás, no tengo demasiadas razones para abrigar un gran cariño hacia tu persona.

Eso dije, y algo de verdad había en mis palabras. Concretamente, la parte que en ellas correspondía a la lealtad que aún sentía hacia mi viejo compañero de batallas, a pesar de que sus turbios asuntos con reliquias y otros temas me habían alejado de él más que la propia distancia física. Pero, mal que me pesara, tenía que reconocer que no estaba realmente enfadada con Guillaume, tuviera o no la obligación moral de estarlo. Y tal vez él lo sabía. O no. Lo cierto es que su voz sonó llena de resonancias oscuras cuando me respondió.

-Eowyn, sabía perfectamente que estabas en la ciudad. Solo y exclusivamente por eso he venido. Y si te abordado de esta manera ha sido, además de por intentar protegerte (aunque debería saber ya que para eso te bastas muy bien tú sola), porque era necesario que hablara contigo enseguida y no puedo dejar que nos vean juntos en público.

En la oscuridad del portal vacío, él no pudo ver mi mueca de incredulidad.

-Que yo sepa, ya no eres templario –argumenté-, así que no puede suponer ninguna mancha en tu historial el que te vean hablar con una mujer, sobre todo si tiene tan mala reputación como yo. Aunque tal vez te has casado con una propietaria viuda celosa que amenaza con dejarte fuera de la herencia si la traicionas.

Su carcajada atronadora rompió el muro de oscuridad que nos separaba. Y es que tenía guasa, la cosa. En lugar de pegarle un par de viajes y quedarme más bien que todas las cosas, le hacía reír. Está visto que con este carácter no voy a llegar nunca a nada.

-No entiendo cómo he podido sobrevivir tantos meses sin tus chanzas, mi querida amiga.

-No pretendía bromear. Me limitaba a explorar una posibilidad.

-En estos momentos, la idea del matrimonio está tan alejada de mis intenciones como la del infierno. Y con eso no quiero decir que pretenda equipararlos. Y en cuanto a mis relaciones con mis hermanos… sobre ese tema habría mucho que hablar y no podemos hacerlo aquí. Me conviene que te vean lo menos posible, y aún menos si es conmigo, por si accedes a algo que te quiero proponer. Oh, ya sé –atajó mi previsible respuesta-, soy un enemigo y no vas a hacer nada de lo que te demande, pero al menos escúchame. Tal vez acabes por ayudarme por motivos egoístas, o por motivos altruistas. Te pido que me acompañes. Muy cerca. Hasta la Casa de la Orden. Tenemos que darnos prisa o ya no podremos traspasar la muralla

Era evidente que le había entendido mal. Guillaume no podía estar pidiéndome aquello. Y no solo porque, no estando mi vida en peligro, él debía de saber que nada se me había perdido en aquella guarida de fanáticos. Sino sencillamente porque de ninguna manera le admitirían allí. A no ser que…

-No irás a decirme que aún no saben nada.

Él negó con la cabeza.

-Las noticias circulan muy rápidamente entre los hermanos.

-Entonces… ¿quieres decir que lo saben y, aún así… no les importa?

Guillaume asintió y acto seguido se encogió de hombros, como soslayando su completa inocencia al respecto, y a mí, en un instante, me cayó de golpe no la inmensa corrupción global y eterna, pues sería una ingenua si eso me sorprendiera, sino la desfachatez con la que siempre se ha ido produciendo. Guillaume, que traicionó y robó a su mejor amigo y su hermano de congregación y de armas, era ahora acogido con los brazos abiertos por la misma orden que les había formado a los dos, probablemente debido a su alta cuna, sus buenas relaciones con el poder o a su habilidad para el soborno o el chantaje emocional tal vez del mismo cruel calibre que la del gobierno de Mas, que no duda en negociar empleando como fichas a los más débiles. Una cosa es que yo pudiera perdonarle, tal vez porque era consciente del afecto que por alguna extraña razón parecía sentir hacia mí; otra que lo hicieran ellos. El sentimiento de descarada injusticia estuvo a punto de ahogarme. Pensé en los causantes de la crisis del siglo XXI que acabaron gobernando los países que habían arruinado, en una estrategia perfectamente calculada que la gente no quiere creer o entender o sencillamente no les importa; a los gestores de economía que implementan medidas tan imbéciles que a largo plazo no podrán beneficiarles ni a ellos, porque desde luego que no llegaron a tan alto puesto por su inteligencia; a los numerosos políticos de los que se sabe perfectamente su escandaloso tren de vida y su provocadora acumulación de sueldos y prebendas mientras hacen declaraciones sobre la necesidad de que los discapacitados, los desempleados, los enfermos, los ancianos, los niños en edad escolar y las mujeres embarazadas hagan ejercicio de austeridad; a los falsos que vendieron estabilidad y derechos a cambio de votos y luego pidieron a sus gobernados que se encomendaran a la Virgen (literalmente), porque hasta lo que había sido propiedad de estos últimos, lo que habían pagado hasta el último céntimo, había pasado ya a sus manos. No, hay cosas que no cambian. Justamente las que más tendrían que cambiar. Y no obstante, una vocecilla interior me seguía repitiendo: allí aún es peor, allí aún es peor…

Le volví la espalda y me alejé un par de pasos. La rabia hizo que me saltaran algunas lágrimas. Era tan fácil, y tan difícil, estar allí, en primera línea de fuego… era tan fácil, y tan difícil, poner tu vida sobre el tapete de juego y esperar ganar, aunque luego esa costosa victoria te sea arrebatada por los devenires de la historia, por el Mal, siempre al acecho, nunca acabado de vencer… era tan fácil, y tan difícil, luchar contra el mal sin convertirte en el Mal, eran tan fácil y tan difícil juzgarlo… Era tan fácil, y tan difícil… Era solamente la única salida.

Sentí a mi espalda los pasos de Guillaume aproximándose. Yo giré rápidamente hacia él. La punta de mi espada, ya fuera de su vaina, relampagueaba bajo las luz de las antorchas del exterior a apenas unos milímetros de su corazón.

-Te voy a matar, Guillaume. Te mataré aunque solo sea a modo de símbolo, te mataría aunque fueras inocente. Te mataré porque ya llegará el momento de tejer la necesaria estrategia, tal vez no para vencer, pero al menos para recuperar las posiciones en las que estábamos aunque nos las vuelvan a arrebatar, pero ahora seguir esperando disuelve la prudencia en simple cobardía. Te mataré para que tu sangre riegue su miedo, para que sepan que no pueden seguir traficando con reliquias, vendiendo falsas esperanzas. Para que sepan que hemos despertado. Y que esto solo es el principio. (sigue)

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