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Archive for 29 marzo 2013

(viene de) Aún faltaban más de de dos horas para la puesta del sol, y ya entreveíamos en lo alto del cerro la torre de Gardeny. Hicimos una breve parada para recobrar fuerzas y comer algunas viandas, y  yo devoré mi parte con fruición, pues me convenía recuperar las fuerzas que la consunción de la fiebre me había arrebatado y volver a estar cien por cien operativa, por lo que pudiera sobrevenir. Guillaume, que no se había dignado a mirarme ni a dirigirme la palabra en todo el trayecto, sorpresivamente retiró la mirada de la pequeña hoguera que habíamos prendido para no sucumbir a los rigores del invierno leridano, y la dirigió hacia mí, que me había sentado a la sombra de un árbol, algo apartada del grupo.

-He pensado, mi querida Ermengarda –se me hacía desagradable oírme llamar por un nombre de sonido tan poco armónico; creo que arrugué la nariz y todo- que somos numerosos caballeros para protegerte, a ti y a tu noble amiga, y que no es necesario que continúes llevando esas armas y esas ropas masculinas. ¿Qué tal si aprovechas este descanso para cambiarlas, y así puedes entrar en nuestro castillo en todo el esplendor de tu belleza? –yo le ojeé atentamente para descubrir en su rostro alguna mueca irónica. Pero el pobre incauto hablaba con la mayor seriedad-. Los templarios hemos hecho voto de castidad, pero nada nos impide recrear la vista con la sagrada obra de Dios cuando ella se muestra ante nosotros con los vivos colores de la Creación; y tenemos tan pocas oportunidades de hacerlo que apreciamos sobremanera cualquiera que se presente. ¿Qué me dices?

¿Voto de castidad? Por poco me tragué un hueso de pollo por la sorpresa.  Oír a Guillaume hablar de castidad es como escucharme a mí proclamar las virtudes de la abstinencia alcohólica.  O como sentir decir a un Papa con historial de connivencia con las peores dictaduras latinoamericanas y con sus crímenes, mientras lava pies, que busca colaboradores dotados de compromiso y agitación social. Cuanto más, inverosímil, cuanto menos, sospechosamente inquietante. No es que me parezca mal, desde luego (me refiero a la falta de castidad, claro), más bien todo lo contrario, pero mi sospechoso aliado no tenía necesidad de proclamarlo a voz en grito, nadie le había pedido su mentirosa opinión al respecto. ¿Qué pretendía ahora ese grandísimo cabrón? Aunque comenzaba a albergar una cierta sospecha.

-Es una buena idea, mi señor primo. Lamentablemente con el apresuramiento de la salida dejé mis ropas en la encomienda, y…

-Pero puedo prestarte las mías, Ermengarda –intervino Isabel, risueña. Yo le hice un disimulado gesto de decapitación-. Somos casi del mismo tamaño, tan solo habría que recoger un poco las faldas para que no arrastraran por el suelo. Ya sé que no son las prendas de una dama, pero…

Y bien: ¿aquello no era una conspiración colectiva?

-Ni siquiera eso será necesario, Isabel. Tu padre –volvió a dirigirse a mí- me mandó un baúl con una criado para que no te faltara nada que ponerte, conocedor de lo amante que eres de las telas de calidad –su boca se ladeó en un rictus sarcástico: el muy hijo de puta se estaba divirtiendo como un enano a mi costa-. Llevo una muda en una bolsa de terciopelo dentro de mis alforjas. Venga, cógela y ve a vestirte, que estoy deseoso de verte tan hermosa como en los dulces días de nuestra infancia.

Al parecer, me quedaba poca escapatoria. Así que incliné humilde y obedientemente la cabeza en señal de asentimiento, pensando con glotonería en cómo me desquitaría después, y me dirigí al caballo de mi supuesto primito.

-Pero antes me daré un buen baño en el río –advertí-. Sabes, querido Guillaume, que odio cambiarme de ropa sin estar perfectamente limpia. Intentaré que eso no nos retrase demasiado –bueno, si eso era lo que quería, le atizaría con su propias armas.

Guillaume se mostró contrariado por un segundo, pero su rostro adoptó de nuevo una expresión imperturbable: estábamos en tablas, y ya se preparaba para el siguiente asalto.

-No sé donde vamos a ir a parar –le oí quejarse ante su gente mientras nos alejábamos-: las mujeres cada vez se obsesionan más con esta absurda moda de lavarse a todas horas, cosa que, aunque realizada con moderación no sería tan perjudicial a pesar de ser una perversa costumbre sarracena, llevada hasta tales extremos no puede ser en absoluto buena para la salud –a Guillaume le gustaba envanecerse de su aversión a la higiene, cuando era casi tan seguidor de las “perversas costumbres sarracenas” como yo. Claro que ¿qué más daba eso?  Nadie necesita higiene si puede conseguir que le saquen de las listas de espera de las operaciones, y otras sanitarias prebendas a base de repartir sobres, como han hecho los nobles adinerados como él en todos los tiempos, mientras los enfermos de cáncer que deben acogerse a la Sanidad pública esperan su tratamiento. Los pobres tenemos que morir para que los ricos vivan, el capitalismo es canibalismo de ricos contra pobres, de Norte contra Sur, de ambiciosos contra mansos de corazón…

*     *     *

-¡Si te viera Sancho ahora! –dijo Isabel cuando acabó de ayudarme a disfrazarme.

Yo fruncí el ceño. Lo que menos me preocupaba ahora era pensar en la impresión que podría producir en el caballero leonés, cuyo recuerdo hacía mucho que había desaparecido de mi mente empujado por demasiadas vivencias posteriores. Estaba muy, pero que muy cabreada: el vestido en cuestión era lo menos adecuado del mundo a una travesía a caballo, y menos si durante la misma se producían esas complicaciones con las que siempre acabo por encontrarme. Se trataba de un brial blanco de seda (o eso supongo; no estoy muy versada en tipos de tejido), bonito, todo hay que decirlo, pero algo pasado de moda, bastante fino (con lo que agradecí que Guillaume hubiera tenido el detalle de adjuntar al paquete una camisa de lana bastante calentita), con bordados dorados que se enganchaban en todas partes, mangas acampanadas que dudaba que me dejaran sostener las riendas convenientemente, y fruncidos en la cintura que en ningún caso me dejarían echar mano de mi espada con la celeridad que se suele requerir en esos casos. Y por si fuera poco, para sujetarme el pelo no había más que una diadema; lo único que me consolaba es que, afortunadamente, el trayecto sería corto. Así que, de aquella guisa, abrigada en un manto de terciopelo rojo y forro blanco de armiño que debía de haberle costado un pastón a mi supuesto pariente (el muy hijo de su madre no había reparado en gastos para humillarme, hay que ver los liberales que son los poderosos cuando se trata de hundir a sus adversarios: solo esperaba que no pidiera, como un tal Rosell en el siglo XXI, cuentas a mi salario diciendo que era la única alternativa paral arreglar el desaguisado y sin mencionar cualquier eventual recorte en el suyo), y calzada con mis botas pues los preciosos zapatitos de tela que también se hallaba en la bolsa ya me habían parecido excesivos, salí del macizo de árboles que rodeaba el río seguida de Isabel, que no podía contener su hilaridad al observar mi malhumor.

Los caballeros casi se pusieron de pie al verme: desde luego, el cambio de imagen había sido radical. Y también extraño, incómodo y nada reconfortante.

-Vaya, E… Ermengarda, ¡estás increíble! Estaba seguro que  ganarías con este atuendo–exclamó Gonzalo: no me extrañaba aquella reacción. El templario sevillano era un amante de la moda femenina, y recordaba cómo en el barco me había preguntado un par de veces qué tenía en contra de vestir acorde a mi sexo. Como si no pudiera imaginarse la escasa compatibilidad que existe entre repartir mandobles y vestir de seda y oro. Bueno, era hombre, qué le vamos a hacer.

-Con todos mis respetos –opinó Guifré a su vez-, yo estaba acostumbrado a verla con sus armas, y este cambio se me hace un poco… no sé… raro…

-Tonterías –zanjó Guillaume-. Está perfecta. Mi querida Ermengarda, no sabes los buenos recuerdos que me trae ese vestido. De tiempos más felices, bellos y tranquilos.

Dominado por la supuesta nostalgia, se acercó a mí y me dio un virtuoso y fraternal beso en la mejilla. Yo aproveché la cercanía para atizarle un buen puñetazo en los huevos. Sus hombres interpretaron que sus labios apretados y la expresión de dolor en sus ojos entrecerrados era consecuencia de la emoción de las remembranzas, y a alguno se le escapó asimismo una lagrimilla ante la supuesta escena familiar conmovedora. Pero Guillaume se recuperó enseguida y, esbozando una sonrisa irónica, hizo un gesto de apremio a toda la comitiva.

Coronamos Gardeny cuando empezaba a caer la noche. Guillaume había enviado a uno de sus acólitos a prevenirles de nuestra llegada, y ya una nutrida delegación de sus habitantes nos estaban esperando en el patio exterior del castillo, al que accedimos por el portón abierto. Un hombre no muy alto pero sí robusto, de adusto semblante y en los últimos años de la cuarentena, se adelantó con aire de autoridad. Imaginé que era el comendador.

-Bienvenidos seáis, Guillaume, Ermengarda y acompañantes. En cuanto descabalguéis, seréis conducidos a vuestros aposentos donde podréis asearos y poneos cómodos antes de la cena y la ceremonia de completas –otra misa. Joder, no había manera de quitárselas de encima-. Después –nos lanzó una mirada de desaprobación general a mí y a Guillaume- espero que tengáis un momento para mantener una conversación conmigo.

Y, después de apuñalarnos con los ojos tal como si nos hubiera pillado haciendo un escrache ante la casa de Madrid de un político que cobra dietas porque en realidad no tiene casa en Madrid, o mediando en un desahucio al igual que si fuéramos etarras, nos dio la espalda y entró en el castillo. De pronto, comprendí que el afán de Guillaume de disfrazarme al menos esta vez no había sido un capricho ni una venganza. (continúa).

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(viene de) -Bueno –arguyó Isabel con sabia resignación-, lo importante es que está vivo: al menos de la locura se puede sanar.

En aquel momento, uno de los caballeros se quedó atrás a propósito para cabalgar en paralelo a mí. Le reconocí en seguida: era uno de los integrantes de la tropa original de Guillaume, aquellos fieles hermanos que conocí en Siria y con los que tuve oportunidad de hablar en la embarcación que nos condujo hasta Chipre, que le siguieron incluso en su traición y que, según me contó, habían sido reintegrados también a la Orden y ahora se hallaban desperdigados por diversas encomiendas.

-Me alegro de volver a verte, Eowyn –dijo con ligero acento del Sur de la península-. ¿Me recuerdas?

Yo miré su barba algo más recortada que antaño, y los mechones de cabellos que se escapaban de su yelmo, ligeramente más largos que lo que requería la Orden y que recordaba siempre un poco grasientos, aunque me constaba que se bañaba regularmente. Se trataba de un caballero procedente de Sevilla, de la misma edad que Guillaume y tal vez su mejor amigo después de aquel al que engañó y robó, por muy honorables que hubieran acabado siendo esas acciones, cosa que de la que yo aún dudaba. Pero la política hace extraños compañeros de cama, y el afán poder aún más, y un buen ejemplo lo tenéis en los que ha sucedido en los primeros años de la década de 2010 en los partidos comunistas de Andalucía y Cataluña. Ahora te has deslizado hasta la primera posición, pensé tristemente

-Claro que sí, Gonzalo –él me dirigió una sonrisa de dientes sanos, aunque grandes y demasiado prominentes-. Yo también me alegro.

Me miraba expectante con sus ojos algo saltones: estaba claro que deseaba decirme algo, y al final lo hizo.

-Tienes que seguirle la corriente en todo –me advirtió-. Te lo digo por tu bien.

-Pero ¿tan peligroso es? –le interrogué, espantada.

Me miró con humor.

-No, hombre, no. ¿Creías que había enloquecido Tal vez haya estado cerca de ello en algunos momentos, pero puedo asegurarte que está perfectamente cuerdo…

-¿… y entonces?

-Lo que sucede es que debido a las circunstancia ha tenido que cambiar la historia que te servía como excusa para entrar en Gardeny.

Vaya. Otro conjurado de la plana menor. A este paso lo difícil no iba a ser guardar el secreto, sino encontrar a alguien que no lo conociera.

-Curiosamente, yo tuve que hacer lo mismo. Pero ¿quieres decir que fue por culpa de…?

-¿Tu desaparición? –terminó él-. Sí, exactamente por eso.

¿Por qué se empeñaban en llamarla desaparición? ¿Es que no eran capaces de entender nada?

-Cuéntamelo todo –supliqué-. Yo te explicaré asimismo todo lo que precises saber.

-Bueno –comenzó él-. Todo empezó cuando Guillaume llegó a Gardeny esperando que le estuvieras aguardando allí. Había tenido un encuentro indeseable en Barcelona, estaba herido, aunque levemente, y eso le había retrasado. Cuál no fue su sorpresa, y su preocupación, cuando no te encontró. Nadie sabía nada de su supuesto criado, y los días iban pasando, hasta que decidió enviar mensajeros a las encomiendas del camino donde se suponía que habías tenido que pernoctar para ver si en alguna sabían darle noticias tuyas. La respuesta no fue de su agrado: el último lugar donde te vieron fue Miravet, y de ello hacía varias semanas.

El último párrafo había sido pronunciado casi sin respirar, atendiendo a mi interés y a mi desconcierto, así que tuvo que detenerse para recuperar resuello.

-Yo intenté tranquilizarle –continuó-. Le recordé que eras famosa por tu indisciplina y por tu individualismo. Pero él no atendía a razones. Así que convocó a unos cuantos caballeros, yo entre ellos, y salió en tu busca. Y como no era razonable que se preocupara tanto de un sirviente, tuvo que explicarle al comendador que en realidad el susodicho venía a traerle nuevas de su prima, que viajaba desde Perpignan para visitarle y pedirle consejo acerca de un matrimonio no deseado, y que la ausencia de ambos no presagiaba nada bueno.

Yo estaba admirada y hasta divertida. Qué despliegue imaginativo, por Dios. Ni Chrétien de Troyes con el Libro del Graal. Guillaume había equivocado su vocación, sin duda alguna.

-Así que se puso en marcha. Prácticamente esa pequeña encomienda de donde procede el hermano Guifré era el único lugar que nos faltaba por visitar, después de varios días de búsqueda. Y aquí fue donde la Providencia quiso que te halláramos. Los exabruptos de Guillaume se deben a la preocupación que había sufrido por tu ausencia. No se lo tengas en cuenta.

Bueno, al menos era una explicación. Ahora entendía por qué se había dirigido a mí en la lengua de Oil.

-Déjame adivinar. ¿Ermengarda es el nombre de su prima?

-Ermengarde, en realidad. Sí. Aunque también podía haberte rebautizado con un nombre más bonito. ¡Tiene muchas más primas donde escoger!

Yo reí de buena gana: la verdad es que Gonzalo, como buen andaluz, era, o en su caso al menos pretendía ser, divertido. Conocía la razón por la que Guillaume había elegido aquel nombre tan particularmente horrendo para mí: venganza. De todos modos, me alegraba saber que su coartada coincidía con la mía. Así Guifré, que no estaba en el secreto aunque comenzaba a barruntarse que le ocultábamos algo, sospecharía menos.

-Pero hay algo que no entiendo –intervine-. ¿Acaso no llegó un mensajero avisándole de dónde me hallaba, amén de que me estaba recuperando de una herida y de que tardaría en llegar?

Gonzalo me miró con preocupación y extrañeza.

-Nada sabíamos de eso. No te habríamos dejado sola de haberlo sabido. ¿Quién envió a ese mensajero? No fuiste tú, ¿verdad? Porque te habrías extrañado de no tener respuesta.

La indignación volvía a apoderarse de mí, pero esta vez el destinatario no era Guillaume, sino otro miembro de su orden. Yo no entendía nada. En mi vida, últimamente todos los enemigos (o casi todos) acababan convirtiéndose, por numerosas extrañas razones, en amigos, pero al mismo tiempo los partidarios parecían trocarse en adversarios. ¿Qué estaba pasando? ¿En quién podía confiar? ¿Por qué todos parecían manipularme, usarme como un peón para sus partidas de ajedrez particulares? Me sentía como si habitara en cierta conocida sede de la calle Génova de Madrid.

-Es una historia muy larga y complicada, y tendría que ponerte en antecedentes de cosas antiguas que quizá –aunque no lo tenía muy claro- desconozcas. Te informaré, te lo prometo. Pero creo que antes debería saberlo Guillaume.

-Estoy de acuerdo –respondió Gonzalo, con el rostro repentinamente grave. Volvió la mirada hacia mí y me hizo una especie de confesión-. Eowyn, antes de continuar hay que algo que deseo decirte: sé que no confías en mí y quizá te causa dudas pensar en por qué seguí a Guillaume aquel día. Pero quiero que sepas que, aunque haya muchas cosas en él que te resultan extrañas, puedes estar segura de que es un hombre íntegro. A pesar de sus ocasionales tentaciones hacia el poder y la riqueza. Yo creo en él, incluso cuando no puede contármelo todo. Por eso marché en pos de él entonces, a pesar de lo que arriesgaba, y por eso le seguiría ahora a cualquier misión suicida. Sin la menor vacilación.

Desde luego, no se podía negar que Guillaume era amado por los suyos. Y supuestamente eso debería de ser un punto a su favor. Mi pregunta era ¿la inquebrantable adhesión que había concitado era la de Chávez? (En mi último viaje al siglo XXI, el mandatario venezolano acababa de morir. Dos personas en quienes confío y que trabajarán estrechamente con él lo calificaron como un hombre bueno. Nada más que eso. Y nada menos. Su funeral fue un baño de las multitudes más humildes del país latinoamericano. Eso para mí es una garantía). ¿O tendría que conjeturarle como a un vil manipulador de las voluntades de su pueblo, como a Hitler, que por cierto también era idolatrado? Y, por último pero no menos importante, ¿no me estaba engañando yo misma al considerar los dos casos tan diferentes? En cualquier caso, yo sabía que eso era exactamente lo que necesitaba Guillaume: su debilidad era sentirse respetado, admirado, amado… Si esto fallaba, podía llegar a caer en la depresión más honda.

Pero yo me sentía apesadumbrada por más motivos. “Mi indisciplina y mi individualismo”, las había llamado Gonzalo. ¿Era así como me veían los demás? ¿Era así como era yo en realidad?  ¿Realmente la misión estaba arruinada por mi culpa? Me he demorado demasiado en la casa disfrutando de las atenciones de Isabel y de la amabilidad de esos monjes, y he tardado en ponerme en marcha, cosa que habría tenido que hacer mucho antes aunque fuera  arrastrándome por los suelos. Yo tenía un compromiso, y con mucha o poca fe a él me he entregado, y eso habría debido  ser sagrado. He vuelto a fallar, y no sin consecuencias. ¿Quién les mandaba a los Ocho confiar en mí? ¿Y a mí aceptar? Tendrían que haber sabido con quién se la estaban jugando. Y yo debería haberme conocido a mí misma mejor. Gonzalo vio el cambio en mi expresión y adivinó.

-Eowyn, puedes dejar de preocuparte. La misión no está arruinada, ni mucho menos. Habrá que hacer algunos cambios, eso es todo. Y en cualquier caso, no ha sido tu culpa. No hay más que ver cómo te mueves, en comparación a cómo lo hacías, para comprender que te hirieron gravemente. No puedes acusarte de nada.

Aquellas palabras me levantaron el ánimo. Le dirigí una mirada de agradecimiento.

-Gracias –le dije con voz cálida-. Y gracias también por molestarte en salir en mi búsqueda.

-No hay de qué darlas -respondió él, jocoso-. Después de todo, aquí ya no hay nada que hacer desde que reconquistamos estos territorios –hubo de pronto un eco amargo en su voz–.  Difícil es encontrar en estos días algo por lo que luchar. Y aunque lo hubiera,  ya sabes cómo va esto: en esta Orden nunca te envían adonde quieres ir.

Era extraño que dijera aquello: las desigualdades existían, demasiado, y un conjurado de la plana menor debía de saberlo. Me imaginé que lo sucedía era que estaba demasiado acostumbrado a repartir estocadas entre los sarracenos y la inactividad castrense le aburría: a veces yo siento lo mismo. Pero no indagué más al respecto porque otro de los caballeros le reclamó, y Gonzalo arrancó a trotar hacia él, no sin antes despedirse con un sonriente ademán dejándome sola con mis preguntas sin responder, mis dudas y mis conflictos internos, aparte de una terrible sensación de injusticia, tal como si tuviera mis ahorros encerrados en un banco de Chipre por culpa de un sistema que ya no necesita ni excusas ni justificaciones para robar al pobre para dárselo al rico.

Durante un segundo me invadió la terrible sospecha de si no me hallaba más tranquila cuando pensaba que Guillaume estaba muerto. (continúa)

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(viene de) No podía creer lo que estaba viendo. Todos los indicios apuntaban a que aquello era imposible. Claro que bien cabía la posibilidad de que estuviera sufriendo algún acceso de fiebre remanente y lo que presenciaba en aquellos momentos no fuera más que una alucinación. Así que, decidida a despejarme, me quité el yelmo y me bajé el capuchón de la cota de malla para secarme el sudor de la frente (una pelea con espadas en mitad del invierno es un método mucho más saludable y ecológico que poner la calefacción: deberíais probarlo) y echarme el cabello para atrás. Más despabilada, y bajo la presión de la mirada de aquel resucitado fijada en mí, intensa y perpleja, constaté que sin duda alguna lo que tenían ante mis ojos era real, así como los hermanos de la mesnada de Guillaume constataron a su vez que el caballero bajito al que se habían lanzado a socorrer era en realidad una chica, lo que causó en el grupo no pocas exclamaciones de sorpresa. Yo miraba a Guillaume revivido, aún demasiado estupefacta como para proferir algún vocablo cuando la expresión de sus ojos (que hubiera podido parecerme, por un momento, ligeramente alborozada si no hubiese sido por lo que iba a suceder en breve) adoptó en unas décimas de segundo tintes realmente coléricos mientras las facciones de su rostro se descomponían en una mueca de cabreo absoluto. Pero lo más divertido fue que a continuación se deshizo en tales juramentos e imprecaciones en su lengua materna que me niego a reproducir en este blog no sea el caso de que algún fiscal general del estado las considere más ofensivas que opinar que todos los ciudadanos tienen derecho a expresar su opinión sobre el Estado al que quieren pertenecer y me haga renunciar a todos mis cargos, en el caso de que tuviera alguno. Vamos, que estuvo a punto de escandalizarme hasta a mí, y eso que no soy precisamente conocida por mi mesurado vocabulario. Pero, para no dejaros sin la información, aquí os apunto una versión convenientemente autocensurada.

-¡Maldita seas tú y maldita sea la hora en que te conocí! ¡Malditas por siempre las tierras de Siria que fueron testigo de nuestro primer encuentro! Ojalá nunca hubiera tenido la ocasión de dejarme deslumbrar por tus traidores encantos de princesa guerrera –aquello estuvo a punto de hacer que me descojonara. ¿Princesa yo? ¿Y con encantos?-. Has echado a perder toda la misión. ¡Lo has arruinado todo! ¿Se puede saber qué estabas haciendo mientras yo me veía obligado a realizar el trabajo de los dos en unas deplorables condiciones físicas?

No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Deplorables condiciones físicas? ¿Él, que estaba más sano que un roble? ¿Se atrevía a hablarme a mí de deplorables condiciones físicas, habiendo pasado lo que había pasado? Me recordaba a las quejas de Urdangarín por su embargo ante un país con seis millones de parados y a este paso otro tanto de desahuciados o de suicidados. ¿Por qué los nobles y los pudientes están siempre tan convencidos de que tienen más derecho a vivir, y no solo a vivir sino a hacerlo de puta madre, que los que no hemos nacido en tan altas cunas? Y al parecer Guillaume no era una excepción, a pesar de su autoproclamado compromiso social.

-Pero cabronazo de mierda –le espeté yo, tan escasamente diplomática como siempre- ¿qué coño esperabas que hiciera? ¿Que corriera a tu llamada a toque de pito con 42 grados de fiebre? ¡Que el diablo se te lleve y cuanto antes mejor, hijo de la grandísima!

Sin embargo, él no me oyó. Estaba demasiado ocupado insultándome a su vez. Así que yo grité más fuerte y permanecimos durante un largo minuto enfrascados en un diálogo de sordos en la variante de la lengua de oil que se usaba en sus tierras bretonas (y que yo tenía la suerte de hablar, dado mi contacto con mercenarios de esa procedencia o tal vez porque también soy medio celta, y que me resultaba mucho más sencilla que el italiano, mi bestia negra lingüística particular) ante el asombro de los allí reunidos, que nos miraban sin entender más de aquella conversación que el hecho de que existían sobrados motivos para dudar de nuestra salud mental. De esta manera hubiéramos seguido bastante tiempo si, como de costumbre, Isabel no hubiera tenido el tino de acercarse a nosotros y, aprovechando un lapso de tiempo en el que estábamos recobrando el resuello para volver con una nueva tanda de descalificaciones que haría incluso enrojecer a los tertulianos de cualquier programa de marujeo, decirnos:

-Ummm… ejemm… no pretendo inmiscuirme en vuestros asuntos, pero si tuvierais la gentileza de discutir en alguna lengua cristiana tal vez los demás podríamos mediar en vuestras diferencias. En cualquier caso, este no es el modo, el momento ni el lugar adecuado para dirimir cuestiones, así que os sugiero que sigamos camino a Gardeny y esperéis una ocasión más propicia.

La sensatez de Isabel me hizo enmudecer, y solo pude lanzarle una mirada  de agradecimiento. Guillaume, por su parte, adoptó un semblante grave y se dirigió a mi amiga en nuestro idioma:

-Tenéis razón, señora. Os presento mis disculpas. Mi comportamiento ha sido incalificable y te aseguro que no se volverá a repetir –a pesar de todo, me agradó que se dirigiera a mi amiga con la misma deferencia que hubiera empleado para tratar a una dama, aunque por sus ropas se veía a las claras que no era más que una simple artesana. Pero no pensaba dejarme ablandar por ello. Ella, por su parte, se declaró inmerecedora de tanta ceremonia, y entonces Guillaume pasó al tuteo-. Por cierto, adivino que eres Isabel, la amiga de Eowyn. Me ha hablado mucho de ti. Yo soy Guillaume, hermano de la Orden del Temple, para servirte.

Inclinó la cabeza e Isabel hizo lo propio, mientras yo miraba tamaña demostración cortesana con suspicacia. Guifré se adelantó entonces y saludó a Guillaume, presentándose a su vez.

-No hemos tenido oportunidad de darte las gracias por vuestra oportuna llegada –añadió.

-Sé de la villanía de los Entenza para con la gente de tu zona, y me alegro de haber podido ayudar a darles una lección –Guillaume quitó importancia. Sin mirarme siquiera, continuó conversando con Guifré-. ¿Os dirigíais a Gardeny, entonces, como me ha parecido entender en las palabras de esta gentil dama?

-Sí, y mi cometido es acompañarla, a ella y a Eowyn, y cerciorarme de que arriban sanas y salvas –yo alcé los ojos al cielo, en cómico ademán de desesperación, pero me pareció inútil protestar: ¡los hombres, siempre perdidos en sus falsas ensoñaciones heroicas! No tenían remedio.

-Pues entonces, no perdamos más tiempo. El sol ya empieza a brillar en el cielo –y sin más, Guillaume emprendió camino, seguido de Guifré y de Isabel, que tuvo que hacerme un impaciente signo al ver que yo me hacía la remolona. Entonces, Guillaume hizo algo mucho más extraño que todo lo anterior, que ya era decir: cuando se hallaba ya  a unos pasos de mí, se volvió hacia atrás y me soltó en un tono de voz tan alto que hubieran podido oírlo hasta en Barcelona-. ¡Y que quede claro que no toleraré más tonterías, Ermengarda!

Miré a mi alrededor, y al no divisar en las cercanías a nadie que hubiera podido responder a tal nombre, me convencí que era a mí misma a quien Guillaume había aludido de tan extraña manera: era evidente, llegué a la conclusión, que al enigmático hermano le estaba sucediendo algo muy grave.

-¿Ermengarda? –Isabel me miraba con desconcierto-. ¿Ese es el nombre que te pusieron al nacer? No me lo habías confesado nunca –parecía algo contrariada.

-¡El demonio me libre! –me asusté yo-. Difícil habría sido sostener el peso de tal cristianización sobre mis espaldas. No, en absoluto, no tengo ni idea de por qué me ha llamado así ni de por qué me exige una fidelidad tal a la causa, por encima incluso de mi salud y mis posibilidades físicas. Creo que me está confundiendo con otra. Evidentemente no está muerto, pero algo grave ha debido de sucederle y se ha vuelto completamente loco. Debe de ser un caso de estrés postraumático. Y eso que no le han maltratado los soldados españoles en Irak y ha tenido que esperar diez años a que la prensa española decidiera revelarlo. (continúa)

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(viene de) -Los Entenza están en guerra con los templarios de estas tierras desde hace décadas – me informó Isabel, más documentada que yo-. Temas de competencia en cuestión de negocios.

-Son unos villanos hijos de puta –corrigió categóricamente Guifré, que al parecer no les profesaba mucho afecto.

Aquello fue providencial para mis intenciones

-Pues adelante. ¿O piensas quedarte ahí mirando? –le espeté al hermano-. Pues vaya protector de damas indefensas que estás hecho. Anda, vayámonos para allá y liberemos a ese pobre anciano. ¡Si solo son tres! No seas gallina, hombre.

No hay nada como dudar del valor de un hombre para activarlo: los pobres se creen que el haber nacido con testículos les obliga indefectiblemente a tenerlo y demostrarlo, a riesgo de enorme maldición que caería sobre ellos y sus descendientes de no ser así. Aunque en realidad, y por distintos motivos, la treta también funciona conmigo. A veces yo misma me recuerdo al protagonista de la saga de Regreso al futuro, un adolescente al cual, para obligarlo a emprender cualquier tontería, sus enemigos solo tenían que pronunciar las tres palabras mágicas: “Eres un gallina”. Ya veis que cuando viajo al siglo XXI consumo cultura de calidad.

Pero volviendo a lo nuestro, los dos nos lanzamos por sorpresa hacia los carceleros del pobre campesino entre gritos de guerra y enarbolando las espadas. Guifré sacó una potente hacha de guerra que llevaba escondida en algún lugar de sus alforjas para cortar las cadenas que le aprisionaban, mientras yo distraía a los dos más adelantados, a la corta espera de que él acabara lo que tenía que hacer para ocuparse del otro, que ya se dirigía hacia nosotros. Todo parecía fastidiosamente sencillo, mucho menos de lo que requería mi espíritu después de tantos días de postración obligatoria. Pero ¿cuándo mi vida ha sido fácil y aburrida? Repentinamente, del bosquecillo circundante salieron cuatro caballeros más que no tardaron en acorralarnos, desequilibrando gravemente la ponderación de fuerzas y no precisamente a nuestro favor. Me recordaron a las hordas de maderos persiguiendo a grupos aislados de manifestantes durante el 23 de febrero de 2013.

-¡Ha sido una trampa! –rugió Guifré, entre mandoble y mandoble-. Esos cobardes hijos de Satán vieron que nos disponíamos a salir y nos han preparado una trampa. ¡Es su forma habitual de actuar!

-Las aclaraciones no sirven de mucho en estas circunstancias –filosofé yo, pues bien poco más podía hacer-. ¿Alguna otra idea genial? También podías haberme avisado antes, si ya los conocías. Insististeis en que viajara con las armas puestas, pero no me explicaste la razón.

-Era solo precaución. No pensé que atacarían habiendo personas ajenas al Temple –se disculpó-, pero por lo visto tienen muchas menos entrañas y más vileza de la que ya sospechábamos. Necesitamos un milagro.

Elevó los ojos al cielo justo cuando las espadas enemigas iban a ensartarnos como a banderillas sin acompañamiento de vermut a pesar de nuestros redoblados esfuerzos, y doy fe, y nunca mejor dicho, de que en aquel momento mi ateísmo estuvo a punto de quedar quebrado al menos para un par de días. Pues de pronto apareció una comitiva de caballeros de manto blanco cuyo número volvió a equilibrar las fuerzas, y no bastó más que eso para que los hombres de los Entenza huyeran despavoridos dejando abandonada la carreta ya vacía de su ocupante, pues este había escapado a toda la velocidad que le permitían sus caducas extremidades al verse libre. Yo sentí en la profundidad de mis entrañas el alivio que debía de experimentar aquel hombre en eso momentos, y la alegría que sentí estuvo a punto de dejarme sin respiración. Y es que últimamente tenía la sensación de estar viviendo un número demasiado repetido de derrotas sucesivas, y todavía pesaba en mi alma aquel aciago día en Acre cuando me vi obligada a presenciar escenas espantosas de degradación humana, que hasta entonces no había podido aceptar que existieran y que ahora era tan incapaz de olvidar como de escribir sobre ellas; aunque no creo que sea necesario. El sentimiento de derrota se había alojado en mi garganta desde aquel día, y a veces sentía como si un eterno sollozo luchara por brotar de ella, destruyéndolo todo a su paso. Tantas luchas había desarrollado, con esperanza, tanto aquí como en el siglo XXI, y de todas, prácticamente, había salido gravemente trasquilada, herida, desilusionada. Ni siquiera habíamos podido acabar con la guerra de Irak y ahora toda aquella destrucción era irrecuperable; aparte de aquello no había sido sino el inicio de una guerra general y multiforme que había pasado, adoptando diversas formas y presentando diversas graduaciones, por Túnez, Egipto, Libia, Europa, Siria, la Siria que yo tanto amo… Y que aún no se había detenido en África.

Pero, afortunadamente, algo me sacó, al menos momentáneamente, de tan amargos pensamientos. Uno de los freires que nos habían tan oportunamente socorrido, el más alto y el que parecía el líder de la expedición, se acercó a nosotros y se dirigió a Guifré, con un ligero acento que no llegué de momento a identificar:

-¿Estáis todos bien, hermano? ¿Ningún herido?

De repente, como si atisbara algo inusual por la comisura del ojo, se giró hacia mí y me taladró con la mirada. Una especie de asombrado sobresalto desfiguró las pocas facciones que podía distinguir por la abertura de yelmo; las mías debían de estar sufriendo un proceso parecido. Se adelantó un paso y exclamó con tono interrogativo:

-¡Eowyn…?

Fue entonces cuando reconocí, sin lugar a dudas, aquella voz. Por muy extraño que ello me pudiera parecer.

-¿Guilllaume! (continúa)

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Divendres o BarbàriePor problemas técnicos, el viernes 15 de marzo no se pudo llevar a cabo la primera sesión del colectivo de formación y debate Divendres o Barbàrie. Así que la hemos aplazado al viernes 5 de abril, a las 20.30.

Recordad que el tema será Manifestaciones de la cultura obrera: conciencia y trabajo, y la sesión se desarrollará a partir de fragmentos de textos teóricos, literarios y de películas. En el blog de Divendres o Barbàrie podéis encontrar los enlaces a los textos que se van a emplear.

El acto tendrá lugar en el Ateneu de Padilla, el local de reunión de la XSUC y de Socialisme 21, pero que está abierto al barrio de Barcelona donde está situado (Guinardó-Sagrada Família) y a las propuestas de cualquier colectivo que vaya en nuestra onda. Este no es el primer acto que se celebre en este recientemente inaugurado local y no será el último, pues tenemos grandes proyectos para él, proyectos que incluyen actos de debate y de formación, presentaciones de libros, teatro, música, cursos… Estos proyectos aún tienen que concretarse, pero hemos avanzado mucho en ellos.

Creo que no hace falta que remarque lo ilusionada que estoy con el proyecto, al igual que el resto de las organizadoras y organizadores. Por lo necesarias que son las iniciativas de formación y debate que den un apoyo teórico y práctico a las reivindicaciones de las personas de izquierdas, en un contexto de agresión tan dura como el actual y estando solo a medias despertando de los largos años de movilización. Y porque esto solo será el principio: del Ateneu y de Divendres o Barbàrie.

Y si aún estáis dudando si asistir o no, os recuerdo que el subtítulo de Divendres o Barbàrie es Debat, Cultura i Birres. Casi nada, ¿verdad?

Por cierto, y ya que hablamos del resultado alcohólico de la cebada, he de apuntar que aunque no se pudo celebrar el acto el pasado 15 de marzo, los asistentes aprovechamos para ir a tomar una cerveza y arreglar un poco el mundo.

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(viene de) No tenía manera de saberlo. La única opción que me quedaba era seguir con el plan previsto: arribar a Gardeny y hacer las averiguaciones pertinentes, fingiendo que era una familiar suya que venía a visitarle (para lo cual tendría que esconder de nuevo la cota de malla y la espada que por seguridad llevaba para el viaje y vestir ropas más idóneas a la impostura). Aunque mucho me temía que aquel polémico personaje no iba a estar presente en el castillo. Las semanas que habían transcurrido sin noticias suyas, desde que el mensajero que al parecer mi antiguo compañero había enviado para alertarle había marchado, me hacía presagiar que Guillaume no había salido con vida de aquel túnel. Algo que me habría apenado verdaderamente, y a pesar de todo, de no haber comprendido hace tiempo que nuestro paso por esta tierra es fugaz y que cuando me despido de alguien, sobre todo si se dedica al mismo oficio que yo, en muchas ocasiones es para siempre. La vida humana es muy barata en la Edad Media, aunque vosotros, lectores occidentales del siglo XXI, no podáis ni imaginarlo. Ahora, si me leéis desde algunos lugares de Asia, África o América Latina o cualquier otro enclave adonde los oriundos de países ‘desarrollados’ hemos sabido bien exportar nuestros conflictos para nutrirnos de ellos sin sufrirnos en nuestras carnes, seguramente entenderéis mejor de los que estoy hablando.

En fin, por si esto sirve de consuelo, tampoco yo espero vivir eternamente. No me interesa. Sé que no llegaré a vieja. La perspectiva de acabar mis días en la paz y la tranquilidad de una pequeña pero fértil propiedad agrícola, rodeada de hijos y nietos, puede ser un sueño para muchas y muchos, pero no es el desenlace que yo he elegido. Solo espero que el final, cuando llegue, sea lo más decoroso y lo más útil posible. Bueno, Guillaume, pensé, no sin tristeza, nos volveremos a ver en el Infierno. Y espero que entonces de una puñetera vez contestes a mis preguntas.

En esas estaba cuando Isabel dio espuelas a su caballo para ponerse a mi altura, dejando a Guifré en la retaguardia. Mi sutil amiga siempre parecía adivinar cuando necesitaba compañía.  Me miró con intención y volvió la cabeza hacia atrás un momento, como instándome a que admirara las dotes de su nuevo amigo por si no había tenido oportunidad de hacerlo anteriormente.

-Es tan gentil y apuesto… ¿verdad? –expresó, satisfecha.

Yo la obsequié con una mueca burlona.

-No es mi tipo. Demasiado flacucho. Y por otra parte, no sé si es buena idea de que vuelvas a encapricharte de un hombre; sabes que siempre te han traído problemas. Y menos de uno como ese, que nunca podrá estar completamente a tu disposición. A no ser –colegí- que sea eso exactamente lo que quieres.

Isabel protestó.

-¡Solo ha sido un hombre el que me ha traído problemas!

-Más que suficiente para escarmentar –aduje yo-. No hay nada malo en los hombres en general, por lo menos eso supongo. En mis momentos más conciliadores, quiero pensar que ha sido la sociedad que ellos construyeron la que les ha cambiado, al igual que quiero pensar que fue la propiedad privada quien hizo al ser humano desmesuradamente ambicioso, ciego y egoísta, en lugar de que la Humanidad, precisamente por ser ambiciosa, ciega y egoísta, creó la propiedad privada.  Pero aún en el caso de que fuera así, hasta que esa sociedad no cambie, y no les cambie al mismo tiempo (y para eso aún falta mucho tiempo), mejor ser muy cauta con ellos; lo cual he de decir que es una lástima, porque algunos están muy buenos.

Isabel fruncía el ceño, pensativa, después de reprimir una sonrisa: le hacía gracia mi manera de expresarme.

-Me conoces, Eowyn, aunque a veces tu temor por mi seguridad hace que me subestimes. No quiero un marido que decida sobre mis ocupaciones, mis diversiones, o el número de hijos que he de traer al mundo. Sé que Guifré no hará nunca nada de eso, pues ama más su Orden de lo que le podría interesar cualquier mujer; es uno de sus mayores puntos a favor –soltó una carcajada- tal como tú has adivinado –de pronto, su mirada se ensombreció ligeramente-; dices que falta mucho tiempo para que este de estado de cosas cambie. ¿Tendremos que esperar, quizá, a ese tiempo futuro del que siempre hablas?

-Oh, allí es peor –contesté-. Aquí un marido puede decidir sobre el número de hijos que puede tener su esposa; en el siglo XXI un solo hombre puede decidir sobre el número de hijos que parirán todas las mujeres de su país. Hay uno que se llama Gallardón, por ejemplo.

-Entonces –mi amiga parecía asustada-, ¿no mejorarán las cosas?

Me tomé mi tiempo para responder.

-En parte sí. Se han conseguido muchos avances, a costa de muchas luchas. Pero tengo la sensación que los retrocesos han sido tan grandes como esos logros. Se trata de una situación complicada: las mujeres son allí libres según la ley, y sin embargo están sometidas a una serie de esclavitudes derivadas de la costumbre, la economía… esclavitudes que no se ven, pero se palpan, y que las hacen terriblemente vulnerables. Son las primeras víctimas de la pobreza, de los conflictos y de la represión, y muchas veces los hombres que las explotan continúan siendo unos héroes antes los ojos de la gente, y acumulan poder y cargos, mientras que ellas, víctimas, no pueden pretender ni siquiera tener la dignidad de denunciar el abuso al que han sido sometidos sin caer en la vergüenza pública, e incluso tener que marcharse de su casa. No, visto de una manera global, no han mejorado las cosas. Al menos esa es mi opinión.

Isabel enmudeció. Pero, cuando la miré, vi en sus ojos un propósito firme: era una luchadora. Y pondría todo lo que estuviera en su mano por cambiar lo que pudiera: no la arredraba ni la perspectiva de un negro futuro.  Me alegré de su valor y de su fuerza. Y pensé: Cambiar el futuro. Que lo que veo allí no se haga nunca realidad. Que solo haya sido un mal sueño. O que se pueda revertir… Volvía a tener la sensación de que el trabajo que estaba realizando en el siglo XIII contribuiría, de alguna manera oculta, como a través de un invisible cable subterráneo, a mejorar el siglo XXI y lo que vendría más allá de él. En eso confiaba. Por eso seguía peleando, a pesar de todas mis dudas.

De pronto, oímos ruidos de caballería delante de nosotros, tras un recodo del camino. Guifré, siempre pendiente de nuestra seguridad, se adelantó hasta ponerse ante nosotras. Yo me coloqué a su lado: allí a la única persona a la que había de proteger, dada su condición, por decirlo de alguna manera, de civil, era Isabel. Tras unos cautos pasos más, vimos como, en la carretera más amplia que atravesaba nuestro sendero, una extraña comitiva circulaba: tres guardias arrastraban en una carreta a un infeliz cubierto de cadenas cuyos harapos desgarrados aún mostraban que debían de haber pertenecido en el pasado a un atuendo típico de campesino.

-Reconozco esos colores –afirmó Guifré con ira-. Son hombres de los Entenza. Probablemente ese pobre desgraciado habrá cazado en los bosques del señor o roturado terreno que no le correspondía. O cualquier otra cosa: la justicia señorial está llena de malos usos en la Corona de Aragón.

Yo lo sabía bien. El ‘fet diferencial’ no siempre funciona a favor de los catalanes: en Castilla aquel hombre tal vez hubiera tenido la posibilidad de apelar al rey en última instancia. Aquí, y en este momento histórico concreto, no. En cualquier caso, no son los mandamases en la Corona de Aragó peores que los mandamases de otros lugares, por mucho que a algunos de ellos les interese considerarlos así y renuncien, por ejemplo, a ser defendidos por los Mossos d’Esquadra (cuando lo único que hacen los pobres es apalear manifestantes), y por mucho que los nuestros crean lo mismo de los demás. Todos los poderosos, por mucho que compitan entre ellos, por sus intereses particulares o de cara a la galería, forman parte de la misma patria: todo lo demás es manipulación.

-Se lo llevan al amo para que imparta justicia –continuó Guifré-. No podemos permitirlo.

Pobre, apaleado y enjuiciado sin remisión alguna. Y ni siquiera tenía pinta de elemento peligroso que va a manifestarse en las todas las siguientes e hipotéticas huelgas generales y mareas ciudadanas y al que hay que confinar en prisión preventiva sine die, por si acaso. Aunque a lo mejor era que no había pagado las tasa judiciales. Por lo menos, el pobre campesino  conservaba aún sus dos ojos. (continúa)

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Principios de 1293

Yo gruñí. Otro tío que se empeñaba a relegarnos al papel de sexo débil. Probablemente en el siglo XXI hubiera firmado todas las leyes antifemeninas del PP y hubiera abogado por arrebatarnos cualquier exiguo derecho que hubiéramos disfrutado con anterioridad.

-No podéis aventuraros solas por estos caminos –nos advirtió, por enésima vez, el anciano maestre de aquella pequeña encomienda-. Están llenos de salteadores y no son infrecuentes las incursiones de moros; pensad que la frontera está cerca. He decidido que uno de mis caballeros os acompañará hasta Gardeny.

Mientras tanto, Isabel sujetaba, solícita, a mi caballo por la brida con la voluntad de subvenir a mis menguadas condiciones físicas, después de las largas semanas de recuperación de mi herida y de las fiebres subsiguientes. Yo apoyé la bota derecha en el estribo y e hice pasar reprimiendo ayes dolor la pierna izquierda hacia el otro lado de la montura; pero afortunadamente la operación pudo ser llevada a cabo sin demasiado desdoro para mi dignidad.

-Escúchame, buen anciano. Mi compañera Isabel ha recorrido muchos kilómetros, desde Barcelona hasta aquí, solo acompañada del joven de la aldea cercana que ejerció de mensajero, y creo que ha demostrado que es bastante capaz de cuidarse solita. Y en cuanto a mí… Bueno, no esperarás que te enumere mis hazañas, ¿no? Porque no acabaríamos ni en tres días.

Obviamente, estaba alardeando. Pero el aludido intentó ser conciliador.

-Eowyn, sé que eres una dama hábil, valerosa y capaz de protegerte y proteger a la gente que te acompaña pero aún no te has recuperado plenamente y el hecho de que tu amiga no haya sido atacada hasta ahora no significa que no vayáis a serlo. No lo veas como una duda acerca de tu capacidad ni nada relacionado con tu condición de mujer, sino solo como preocupación por vuestra integridad física.

Eché un vistazo a Isabel, que cruzaba miraditas con el caballero elegido, Guifré, que en realidad era la única persona en la casa templaria, dedicada exclusivamente a la administración agrícola de una pequeña porción de tierra, que contaba con la edad y el entrenamiento suficiente para servirnos de escolta. Aquella chica no cambiaría nunca, me lamenté yo: le gustaban los hombres más que a mí una buena jarra de vino acompañada de jamón del bueno. Y aunque había aprendido lo suficiente de sus malas experiencias pasadas para no comprometerse nunca con sus compañeros de cama, jugar con fuego era siempre la antesala temporal de la quemadura. Pero me apiadé: que le diera gusto al cuerpo, ella que podía.

-Está bien –acepté a regañadientes-; pero conste que solo lo hago porque me resulta muy fatigoso discutir en mi estado.

Guifré se apresuró a cabalgar su montura, que un avisado joven sargento ya le tenía preparada, con tal expresión rijosa en el rostro que de inmediato comprendí  a que se referirán los historiadores de la Edad Contemporánea al hablar de que los templarios siempre estaban dispuestos a desenvainar la espada. Pero en aquel momento, y aprovechando que Isabel y Guifré estaban ocupados felicitándose mutuamente porque iban a poder continuar con sus jueguecitos amorosos al menos un par de días más, el viejo maestre se acercó a mi caballo y me hizo señal de que me inclinara hacia él, para susurrarme.

-Sé que no vas a Gardeny a visitar a ningún familiar enfermo –esa era mi nueva coartada, al no haber podido esconder mi condición femenina tras el barullo que se derivó de mi herida-. Tu antiguo compañero me habló de tu verdadera misión. No te preocupes, soy parte de los conjurados y él lo sabía, no debes tener ningún temor conmigo.

Vaya. Al parecer, aquello era ahora un secreto a voces, y yo tenía la extraña y poco cómoda sensación de ser la única en desconocer al menos la mayoría de los detalles más jugosos. No entendía porque se habían empeñado en hacerme partícipe de aquel fenomenal pandemonio solo para mantenerme en la inopia, como un siervo ignorante y fiel al que le desposeen de la posibilidad de ser una ciudadano curioso e informado desde la escuela, gracia a adoctrinamientos caducos y anuladores de la personalidad; con la consecuencia de que ni sabe ni puede quejarse cuando se percata de que todo aquello que creía suyo por derecho, como la justicia, la salud, el agua, la dignidad, es objeto de comercio y de lucro por seres más incultos que él, pero también más desalmados, que creen poden utilizar el mundo a su conveniencia solo porque tienen el suficiente dinero para comprarlo o porque alguien se lo regala por los servicios prestados, como si fuera algo susceptible de comprar o regalar. Bueno: yo misma había respondido mi propia pregunta.

-No claro, temor ninguno –expresé mis ideas en voz alta-. Solo he de ir recibiendo mamporros sin saber exactamente por qué ni para quién estoy luchando, como un soldado estúpido y fiel que no sabe en qué guerra se encuentra. Vamos, una vida fantástica la que ofrecéis.

El anciano hizo un signo a uno de los sirvientes, que le acercó de la cuadra en segundos un caballo ensillado. Yo hice una mueca de extrañeza.

-Os acompañaré un trecho. Será mejor que hablemos.

Nuestra pequeña comitiva emprendió la marcha. El anciano comendador y yo abríamos la marcha y Guifré e Isabel cabalgaban en paralelo a escasos pasos de nosotros, intentando disimular sus miradas de arrobo. Alcé la mirada al cielo: no tenía yo suficientes problemas como para compartir viaje con una parejita en plena efusión de su conocimiento mutuo. Me dirigí a mi acompañante.

-¿Qué es lo que quieres decirme? Aunque presumo que de ti tampoco voy a sacar mucha información, ¿me equivoco?

-Tienes demasiada prisa en que se respondan tus preguntas –confirmó él- y tal vez no sea lo más adecuado. Pero por favor, no me digas que no sabes por lo que luchas, porque lo conoces perfectamente. No puede ser baladí el tema que te ha apartado de un trabajo cómodo y bien pagado y de la posibilidad de hacer un buen matrimonio y vivir en la mayor tranquilidad toda tu vida.

Yo solté una carcajada. Matrimonio. Estaba claro que aquel hombre no sabía con quién estaba hablando. Pero una simple mirada de soslayo me hizo comprender que sí, que en absoluto estaba charlando de fruslerías. Una idea demencial cruzó por mi mente.

-¿Me estás diciendo que mi antiguo jefe pensaba pedirme en mi matrimonio? ¿A una plebeya dedicada al negocio de las armas a la que ha pasado al menos diez años de su vida persiguiendo, y no precisamente con propósitos románticos?

-Bueno, quizá con el correr del tiempo se dio cuenta que eras la mujer que le convenía –contestó algo picaronamente-. No me digas que nunca lo sospechaste.

-Si alguna vez se me pasó tal estupidez por la cabeza, la descarté de inmediato. Yo desconocía completamente esa circunstancia. Y tú también deberías desconocerla. No es agradable que todas las personas con las que me topo últimamente parezcan saber más cosas de mí que yo misma.

-No olvides que tu jefe forma parte de la plana mayor de los conjurados. Debió hacer partícipes a los demás sus intenciones para contigo, pero las circunstancias le hicieron renunciar a sus propósitos románticos, como tú les llamas. Eras mucho más útil a la causa como soldado que como esposa.

-Buen, me alegro de poder ser útil para algo –dije con sarcasmo. Me imaginaba quién le había informado de aquel hecho, el mismo que la había puesto en conocimiento de quién era yo y de cuál era mi papel en aquel embrollo, que cada vez se parecía más a las absurdas tramas de espionaje sacadas de una mala novela con que los políticos españoles y catalanes del siglo XXI pretenden hacer desviar la atención de los ciudadanos de los sangrantes dramas que les aquejan o que les acechan. ¿Era yo acaso integrante de algún Método 3 medieval?-. Y sí, he de reconocer que sé por qué lucho y que lo hago convencida. O al menos, porque ningún otro remedio me queda. Pero quiero saber más. Necesito saber más.

Sí. Las cuestiones torturaban mi cerebro hacía demasiados meses, concretamente desde que emprendí la vuelta a Barcelona desde Chipre, aunque tenía que no reconocer que no había invertido el suficiente tiempo y ganas en meditar en los muchos enigmas que se anudaban y desanudaban alrededor de Tierra Santa y la famosa reliquia, que parecía ser el origen de todo. Un difícil travesía en el barco que me regresó al puerto de mi ciudad, con continuas tempestades y amenazas piratescas; el duro trabajo, o la dura búsqueda del mismo; y tal vez cierta disposición depresiva de ánimo al sentirme, como tantas otras veces, traicionada, incomprendida, sola, en fin, algunas veces por ser incapaz de comunicar mis sentimientos a la gente que apreciaba, y otras, la mayoría, por este carácter difícil e insoportable con el que la naturaleza o las circunstancias me han obsequiado… Todo eso me hizo relegar a un segundo término todas aquellas preguntas sin respuesta que se iban acumulando en mi vida desde hacía casi dos años.

-Te entiendo. Pero debes tener paciencia. Lo sabrás cuando estés preparada.

Miré al comendador con sorna, mostrándole mi incredulidad acerca de aquella cansina cantinela. El viejo me miró como si pudiera leerme la mente, mucho más allá de aquel estado de ánimo. Me pregunté si sabría algo de todos los temas que me perturbaban. De aquel extraño ataque que sufrimos en Limassol y del que nadie supo, o quiso, darme una explicación coherente; del descabellado trasiego del misterioso objeto, robado por Guillaume por mandato del Sultán de Egipto, y después, misteriosamente, no entregada a su destinatario sino traída a Barcelona a mayor gloria de la Orden Templaria; de los supuestos poderes paranormales de la citada cosa, que al parece permitían al controvertido freire la precognición; de la identidad del famoso Número Ocho; de la delirante relación de amor y odio que parecían mantener Guillaume y nuestro común amigo, y el inquietante afán de este último a seguir mis pasos empleando ridículos disfraces (algo me hacía pensar que no andaba muy lejos, aunque no le viera e incluso presintiera que no volvería a verle en mucho tiempo), en lugar de, sencillamente, presentarse y al menos intentar acompañarme por las buenas, si era eso lo que le apetecía; y, por último, a pesar de que me imagino que me he dejado muchas cosas en el tintero, de las cuestiones al parecer completamente personales que enemistaban a Guillaume con Jaume II.

-Solo puedo decirte una cosa. Me comentaste cuando estabas aún convaleciente de tu herida que cogiste unas extrañas fiebres en el barco que te trajo desde Acre cuando las cosas se habían calmado un poco en la ciudad. Por cierto, es un gran mérito, o casi un milagro, que pudieras sobrevivir hasta entonces… pero no hablemos de eso ahora -¿acaso también estaba informado de mis saltos en el tiempo? ¿Es que ninguno de mis secretos iba a quedar a salvo? Me dijiste que desde entonces has tenido diversos episodios. ¿Cómo te sientes ahora?

En realidad, era curioso que tocara este tema.

-Pues… tengo que reconocer que, aparte del dolor de la herida, maravillosamente bien. Creo que no he estado mejor en años. Pensé que tendría que arrastrar esto toda mi vida, que mi salud no volvería a ser la que fue. Pero todo eso ha cambiado. Es… como si estuviera completamente curada.

-Lo estás.

Le miré estupefacta.

-No nos lo agradezcas. No te lo he dicho para comprar tu lealtad. Sería un acto vil que, disponiendo de los remedios, no los administráramos a los que los necesitan; los hermanos de Miravet habrían hecho lo mismo, de haberlos tenido a mano en aquel momento. Sabes, nuestros viajes a tierras lejanas nos han hecho acumular muchos conocimientos sobre la naturaleza y el ser humano. Todos estos conocimientos se perderían con nosotros si desapareciéramos. A alguien le interesará que se pierdan. Creo que ya tienes una idea más de la razón por la que luchas. Y ahora, sigue tu camino.

Volvió grupas y se encaminó de nuevo a la pequeña encomienda, cuyas puertas, tal como divisé en la lejanía, se abrían de nuevo para él. Yo ya no sabía qué pensar. Aquel hombre, frey Pere creo que se llamaba, sabía demasiado. Sabía demasiado y se parecía demasiado físicamente al líder del Grupo de los Ocho, al que yo llamaba el Maestro; también era evidente quién era el Número Ocho, incluso desde antes de recibir la segunda carta firmada con ese número; mi viejo compañero, el que siempre estaba metido en todos los fregados. Pero ¿por qué tanto secretismo? Y ¿de verdad aquellos templarios eran los benefactores más benefactores de la Humanidad? Y si era así, ¿a qué se debían tantas disensiones e espionajes internos, como un vulgar partido político del siglo XXI?¿Dónde estaba el Bárcenas que guardaba las pruebas inculpadoras de malas prácticas reiteradas bajo notario, con la amenaza de tirar de la manta si no le proporcionaban jugosos estipendios mensuales, para poder viajar a Canadá siempre que le apeteciera, e inmunidad jurídica? ¿Era quizá todo una gran impostura, perpetrada por no sé qué motivos? O, mucho peor, ¿me había introducido en una secta de locos peligrosos? (continúa)

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