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Archive for 27 abril 2013

(Atención: este es el capítulo final de un serie, bastante larga, me temo, pero que tiene su aquél. Si queréis leerla desde el principio, clicad aquí)

(viene de) ¿Dónde quedó nuestra libertad?, me preguntaba yo mientras cabalgaba a galope, con el viento golpeándome el rostro y el cabello desordenado, cansada, magullada y feliz. ¿En qué parte del camino fue donde la perdimos? El castillo de las pesadillas, donde el deseo generalizado era guiarme, cuidar de mí, controlarme, proporcionarme el regalo envenenado de una vida  protegida quedaba atrás y yo, en pos de mi misterioso colaborador (que no era tan misterioso), volvía a recuperarme a mí misma. Pero ¿por qué no podía ser siempre tan fácil? ¿Por qué, concretamente, en el siglo XXI no lo era? ¿Por qué esa cruel involución histórica, o al menos, esa estabilidad en el mal, en la injusticia y el error? La respuesta a la pregunta, o al menos una respuesta de urgencia (porque ¿dónde está la verdad?) se desvelaría pronto.

De momento, seguimos cabalgando hasta llegar a las tierras del Comte d’Urgell, y paramos de mutuo acuerdo tácito en la primera población importante y bien surtida de lugares de avituallamiento  gastronómico y enológico. Le hice un signo a mi acompañante para que me siguiera: se me conoce por ser una guía ambulante del ocio y la restauración medieval que hace innecesarias todas las aplicaciones móviles al respecto en el caso de que hubieran existido. En un callejón algo menos maloliente que el resto encontramos la entrada a un local de aspecto bastante pulcro, que yo consideraba la mejor posada de la zona. Pedí vino y comida en abundancia y busqué una mesa apartada, no sin antes justificar la singularidad de nuestra asociación de templario y mercenaria jurando ante el tabernero que éramos hermanos de padre y madre (aunque no nos parecemos en nada, afortunadamente). Mi compañero se desembarazó del casco y alargó su mano hacia la mía. Dejé que la tomara y la acercara a sus labios: yo también (pues tenía mi corazoncito, aunque lo disimulara, no demasiado grande ni demasiado sentimental, pero por allí andaba en algún lugar) me alegraba de verlo.

-No te sorprendes –me dijo, tal vez algo decepcionado.

Yo apreté su mano.

-Te he reconocido, viejo cabronazo. Difícil no hacerlo, con ese hábito que te empeñas en seguir vistiendo y tu figura enorme. De hecho, te hubiera identificado incluso aquel día con tu penoso disfraz de anciano, si el cielo hubiera estado más claro y no hubiera estado recuperándome de un acceso de fiebre. Por cierto, ¿has agotado ya todas tus máscaras?

Meneó la cabeza en negación.

-Se acabaron los disfraces, Eowyn.

Chasqueé la lengua. Algo no casaba allí. Después de todos los enigmas y todas las ocultaciones, ahora resulta que todo iba a ser claro y diáfano como la luz del día.

-Nunca deberían haber existido –repliqué yo-. Estoy cansada de secretos y mentiras. Fuimos como hermanos, hermanos de verdad, y ahora te empeñas en comportarte como un extraño. Es esa orden tuya. Te tiene lavado el poco cerebro del que te ha dotado la naturaleza.

Se mostró inmune a mis insultos, igual que si yo estuviera diciendo chorradas dignas de Sáenz de Buruaga o de los  gobernantes peperos españoles de la legislatura de Rajoy.

-Supongo que Guillaume te lo habrá contado todo –había una extraña expresión en su rostro, de condescendencia mezclada con censura. Enarqué una ceja-. Habréis tenido tiempo de eso y de algunas cosas más, presumo.

-Solo me relató tu sentimiento de culpabilidad por haberme metido en este lío y tu consecuente afán por protegerme. En cuanto al resto, ¿qué pretendes insinuar? –me defendí, aunque no con mucho ímpetu. Él me contestó algo sorprendente.

-En algún momento llegué a pensar que sería buen compañero para ti. Ambos eráis para mí los amigos más fieles y teníais muchas cosas en común. Pero eso fue antes de su traición, evidentemente.

Yo bufé, hastiada.

-No me busques tan pronto marido nuevo. Recuerda que acabo de escapar de uno. Además, sabes perfectamente lo que pienso al respecto. Eso –señalé hacia las quebradas llanuras de la tierra de Urgell, con sus campos de cultivos aún libres de transgénicos, que se extendían más allá de la ventana, hasta el horizonte– es lo único a lo que quiero consagrar mi vida. Lo que haya podido suceder o no en ese castillo es algo completamente diferente de todo aquello que estás sugiriendo

-Hablaremos de eso después -concedió.

-No hay mucho más que te pueda decir –y es que yo no pensaba dejar escapar la ocasión tan fácilmente-. Tú, sin embargo, sí tienes muchas cosas que comentarme. Guillaume me dijo también que eres el único que puede responder mis preguntas.

Creo que, por un momento, conseguí hacerle dudar: el vino comenzaba a hacer sentir su efecto, y no dejábamos de ser dos viejos camaradas que se encontraban tras haber presenciado los horrores más innombrables y haber sobrevivido a ellos, con lo que de conmovedor tiene el hecho. Pero en el último momento algo le hizo cambiar de opinión.

-Refrena tu impaciencia: todo llegará –yo bullía de frustración, aunque mi orgullo no me permitió manifestarla en voz alta. Pero iba a averiguarlo, fuera como fuera-. Hay cuestiones más urgentes. Por ejemplo, establecer cuál va ser el próximo paso. Gardeny se ha revelado como un nido de intrigas y antes de que te reincorpores a la misión sería interesante saber hasta dónde llegan y en qué te afectan.

Por mucho que me molestara, y tal como yo había presentido la noche anterior, tenía razón: era fácil deducir que la llegada de Blanca probablemente no había tenido nada que ver con los espías del rey o con los suyos propios, al igual que seguro que no había sido iniciativa de Gustaf y Karl presentarse allí y reivindicar su falso estatus de prometidos de Ermengarda: alguien en aquel  lugar sabía mucho de mí, y no pensaba utilizarlo precisamente para favorecerme. Eso sin olvidarnos del desconocido arquero, o arquera. Manifesté mis temores en voz alta.

-Es a eso exactamente a lo que me refería. Isabel me parece totalmente de confianza, y Guifré, por lo que sé de él, es un hombre íntegro. En cuanto a los demás… no lo sé. Sabes que odio a Guillaume con toda mi alma, tanto como le amé en tiempos, pero ni él (a pesar de que sus devaneos con Blanca lo han puesto todo en peligro) ni sus caballeros amigos me parecen unos traidores… al menos mucho más de lo que ya lo han demostrado. Además, él no haría nunca nada contra ti, debo reconocerlo.

Sus palabras me resultaron sumamente reveladoras

-Has estado espiándonos todo el rato –le reproché, comprendiendo.

-Ya sabes la razón. Pero he intentado intervenir lo menos posible. Pensé que podías escapar sin ayuda, pero entonces vi como ese hijo de puta de las almenas disparaba contra ti; maldita sea, estaba demasiado lejos para que pudiera apreciar ningún rasgo que le diferenciara. Así es que saqué la ballesta y conseguí herirle. Después, viendo la irrupción de tus antiguos jefes, me hice con los caballos de una granja de pollos de las cercanías, y los solté para causar confusión.

Me gustó la idea: eso era lo que se necesitaba en las luchas actuales, unión y estrategia. Y era curioso en el siglo XXI también existiera una granja de pollos en los alrededores. Probablemente incluso en el mismo lugar.

-Pero antes –continuó- escribí un mensaje al comendador por si no funcionaba la treta: afortunadamente tenía a mano un sello que sabía que le iba a poner bastante nervioso –me guiñó un ojo: él debía de saber ya que yo estaba enterada de quién era  en realidad–. Entre esa carta, que justifica a Guillaume, y el incomprensible encanto personal de nuestro amigo  –realmente, pensaba yo, era un misterio cómo el enigmático bretón era capaz de sumar a su causa tantas simpatías- me imagino que las aguas volverán pronto a su cauce y la misión continuará sin novedad. Aunque quizá deberías mantenerte un poco alejada hasta que hayamos averiguado algo más sobre el traidor.

-Solo si prometes que dejarás de seguirme –contesté rápidamente.

Él se resignó. Esperaba que no me estuviera mintiendo.

-Está bien. Permaneceré un tiempo a tu lado, y luego volveré a Chipre. Tengo asuntos allí –no le pregunté aún: ya habría tiempo de averiguarlo. No se zafaría tan fácilmente de mi curiosidad. Pero esperaba que aquellos asuntos tuvieran que ver más con la paz que con la guerra: su gremio eclesiástico y la nobleza ya habían jodido bastante el mundo conocido tras casi dos siglos de torpes e insensatas cruzadas sin que eso les hubiera causado más perjuicio que a De Guindos las preferentes que vendió en Lehman Brothers. Esperaba que lo escaldados que habían salido de las mismas les hubiera curado de su inane y desmesurada ambición-. Y te juro que una vez que haya partido no dejaré a nadie que me sustituya en tu cuidado. Pero habrás de extremar las precauciones.

Con aquello bastaba. Por el momento. Alcé mi copa.

-Brindemos entonces por ello.

Comimos hasta reventar y bebimos hasta que el vino nos salió por las orejas, atronando el local con nuestras carcajadas al retratar irónicamente a los personajes del castillo y a sus visitantes. Después pagó la cuenta, con las escasas monedas propias de un Pobre Caballero de Cristo que llevaba en su bolsa, y tras haber pasado por la casa de baños local para quitarnos la herrumbre y el polvo del camino, nos retiramos a las habitaciones que nos habían asignado. Él me miró mientras subía las escaleras.

-Estás completamente recuperada. Apenas cojeas.

-No hay nada como una buena pelea para eso –asentí yo-. Lo que me pasaba es que estaba algo oxidada. Aparte de que aquellas fiebres renuentes que me molestaban desde el primer viaje a Tierra Santa también han desaparecido. En Miravet me dieron algo, y en la pequeña encomienda de Guifré acabaron el tratamiento. Ahora solo me falta recuperar un poco la musculatura perdida, y ya estaré dispuesta para nuevos lances.

-Me alegro de oír eso –respondió-. Nos esperan grandes desafíos.

-Lo sé –acordé yo.

-Y sin embargo… tu semblante es triste.

Dejé que mi mirada vagara en el infinito.

-Pienso en la libertad –dije.

-Explícate.

-Es una de las dos enseñanzas que he sacado de esta aventura – aclaré-. Quizá en parte gracias a Elvira, la dama de compañía de Blanca y, desde luego, gracias a Isabel. ¿Sabes? Estuve reflexionando acerca de mi pasado. Siempre quise ser libre, siempre odié las cadenas; pero todo a mi alrededor conspiraba para esclavizarme y mantenerme en la más absoluta inopia educativa, confiando que así me dominarían mejor. Mis progenitores, que nunca se plantearon que yo pudiera ser algo diferente de la esposa de un campesino, mi antiguo señor, que se tomó durante muchos años mi rebelión como algo personal… Y al mismo tiempo, siempre fue fácil huir, oponerme al sistema, al futuro que tenían planeado para mí. Y ¿por qué, te preguntarás? Pues porque esa servidumbre siempre fue externa, no venía de mi propio interior ni de mis propias circunstancias. He pagado mi libertad con cada una de mis cicatrices, pero no soy una heroína por ello.

Él me escuchaba atentamente. Yo tomé aliento para continuar.

-Sin embargo, en el siglo XXI, todo es distinto. El papel que ocupo allí es de una mujer joven y desesperada, sin armas, sin dignidad, casi sin orgullo, impotente ante la injusticia, cuyos patéticos intentos de pelear se ven frustrados por su situación. Y eso es porque ella no es libre. Prácticamente nadie es libre allí. Les han vendido humo hermosamente empaquetado, les han comprado la libertad a base de sueños y de promesas de una falsa estabilidad, seguridad, bienestar, a cambio de sus propias identidades. Les han convencido que para ser felices necesitaban formar una familia, hipotecarse hasta las cejas y conseguir un trabajo tiranizado, y que así vivirían contentos y ricos por siempre jamás. Y cuando descubrieron que habían sido víctimas de la más desalmada de las engañifas, se dieron cuenta de que ni siquiera podían salir a la calle a quejarse, que ni siquiera tenían tiempo para urdir la rebelión: estaban cargados de hijos, maridos o mujeres, hipotecas, con un trabajo en el que debían soportar todos los abusos e irregularidades por miedo a perderlo, o bien sumidos en la desidia por la falta de él: la esclavitud, allí, forma parte de la propia esencia de los seres humanos. Alguien o algo ha conseguido que así sea. No quiero regresar al siglo XXI, amigo mío, no quiero volver a ver las costas de mi Barcelona natal desfiguradas por leyes estúpidas y destructoras, y este es solo uno de los ejemplos. Preferiría haber muerto en Tierra Santa en mitad de aquella espantosa, inhumana y absurda carnicería: en el futuro ni siquiera puedo sacar mi espada para repartir mandobles. Y sin embargo, sé que tengo que hacerlo. Sé que he de volver.

Me observaba con gravedad.

-Debes decirles que huyan de eso. Tú puedes hacerlo. Que deshagan el camino andado, o al menos el que puedan deshacer. Que rompan con todo. Aunque sea una decisión radical, aunque les cueste dolor. Y debes seguir luchando también aquí. Quizá, si derrotamos la ambición y la ignorancia actuales, podremos evitar que los reinos hispánicos lleguen a ser ese país podrido de beatería y sacrosantos privilegios que describes.

Negué con la cabeza.

-No hace falta que les diga nada. Ellos ya lo saben. Pero no me escuchan. Ni siquiera yo me escucho a mí misma.

Se hizo el silencio entre nosotros. Yo respiré hondo.

-Seguiré luchando aquí. Pero volveré –dije al fin-. Aunque todavía no. Antes, quiero contarte cuál es la segunda cosa que he aprendido.

Él hizo un gesto inquisitivo. Yo continué.

-Que no pienso dejar escapar la más mínima oportunidad que me conceda la vida.

Abrí la puerta de la estancia. Él entendió.

(FIN… al menos de momento).

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(viene de) Aquello era una declaración de guerra auténtica y absoluta, a un nivel semejante a  los imparables e insostenibles recortes sociales y laborales en países como Portugal y no digamos en Grecia, que acabarán ocasionando una revolución o es que ya he dejado de entender al género humano. Yo, sin embargo, en ese momento poco podía hacer más que ponerme a salvo, aunque, al volverme hacia el castillo, afortunadamente pude ver que había pasado el peligro por el momento, pues la forma imprecisa que me había estado asaeteando se escondía en aquel momento entre las almenas de la Torre del Homenaje. Pero los guardias estaban ya avisados, y comenzaron a llamar a sus compañeros a grandes voces; los soldados de Blanca, por su parte, dejaron lo que estaban haciendo y se apresuraron a salir al portón. Y, lo que fue muchísimo peor, por el camino apareció el carruaje a una velocidad endiablada para, tras estar a punto de atropellarme, detenerse en seco. Sin solución de continuidad, de él surgieron dos viejos conocidos míos: por un lado, el alto, fornido, rubio, y prácticamente bárbaro mercader Karl, y por el otro, el escuálido y granujiento Gustaf, que se dirigió a mí con expresión falsamente alborozada.

-¡Mi querida Ermengarda, mi muy amada prometida! Anda, ven a refugiarte en mis fuertes brazos –bueno, soñar es gratis-. Karl, querido –dijo, dirigiéndose a este, que se acercaba a mí armado con una lanza tan larga como él mismo, acorralándome hacia el castillo-, da aviso a esos buenos caballeros de que está aquí Gustave de La Camargue –evidentemente, el título se lo había sacado de la manga. Otro noble autoinventado. Pero a este, por desgracia mía, no le buscaban trabajo en Qatar–,  el prometido de Ermengarda, cansado de esperar e inflamado de ardor amoroso –los chillidos del bárbaro alemán no se hicieron esperar. Estoy segura de que no debía de estar demasiado alejado genéticamente de los antepasados de Merkel: era tan feo y tan neo liberal en cuanto a la economía (recuerdo el escaso salario y las horrendas condiciones) como esta-. Y tú, amada mía, deja ya tus veleidades aventureras y decídete ya a desposarte conmigo y llenar de hijos las salas de mi castillo. Aunque también podríamos comenzar a encargar el primero ahora mismo. Creo que nuestro Creador nos dispensará de tal pecadillo –e hizo ademán de rebuscar alguna cosa bajo los faldones de su túnica. Yo ahogué una náusea: me faltaba estómago para tamaña perspectiva.

-Soy tuya si consigues atraparme, mi amor –le contesté con ironía y velada amenaza, buscando a mi alrededor con la mirada cualquier posible objeto que me sirviera para darle lo que se merecía, que no eran precisamente retoños.

-¿Qué está sucediendo aquí? –el comendador había irrumpido en la escena, seguido por Guillaume y escoltado por su guardia personal. Detrás iban todos los caballeros de la encomienda. Se dirigió a Gustaf-. Si es cierto que sois el prometido de esta dama, podéis llevárosla bien lejos. No os imagináis los problemas en los que me he visto metido por su causa –yo, que estaba expectante a cualquier oportunidad de zafarme de aquel embrollo, no pude menos que alegrarme al ver la patente incomodidad del líder de la manada guerrero-religiosa de la Terra Ferma.

-¡Ni hablar! –Guillaume, en un alarde de insumisión, tomó al comendador por el hábito y lo obligó a volverse hacia él. Vi a lo lejos como Guifré e Isabel, que sin duda estaban ocupados en lo suyo en alguna alcoba deshabitada, aprovechando cualquier momento ya que el futuro no parecía demasiado propicio para su relación, en realidad para nada, corrían para unirse a la fiesta-. Este hombre es un impostor, alguien que desea a Ermengarda desde hace mucho tiempo y la ha creído lo suficiente sola y desprotegida para intentar obtenerla. Pero eso no será así mientras yo esté con vida.

Como si le necesitara, pensé. Aunque, para que íbamos a engañarnos, por mucho que me pesara  en momentos como aquel necesitaba toda la ayuda que pudiera recabar.

-¡Guillaume, no pienso toleraros esto! –el comendador hizo ademán de sacar su espada-. ¡No me importa quién seáis!

-¡Mostraos inflexible, comendador! –Blanca, acompañada de Elvira y flanqueada por sus hombres, también había aparecido. Bueno, era la única que faltaba-. Ese hombre, yo lo puedo certificar, es realmente quien dice ser. Guillaume, como os he advertido esta mañana, tiene lúbricos e incestuosos pensamientos con respecto a su prima, y por eso la mantiene aquí, alejada del hombre que tiene derecho sobre ella. ¡No dejéis que este vil y fementido traidor manche así la sagrada orden del Temple! –malo, malo. Cuando una persona de la dudosa categoría humana de Blanca llamaba a algo “santo” o “sagrado”, había que comenzar a desconfiar seriamente de ello.

-¿A alguien le interesa saber mi opinión? –interrumpí-. Después de todo, se supone que yo soy la persona más interesada…

-¡Esta mujer es mía! –gritó Gustaf-. Os lo demostraré.

Dio un paso hacia mí y yo retrocedí, todo lo que pude, al menos, pues mi retaguardia estaba cortada por los guardias del castillo (y la vanguardia y los flancos me los obstaculizaban el carruaje y todos los presentes). Guillaume intentó detener al comerciante, pero el comendador se interpuso y ambos se enfrascaron en un duelo a espadas, ante el asombro del resto de la mesnada.  La situación era totalmente límite, y realmente no recordaba haberme visto en otra igual en mucho tiempo. Lo único de lo que estaba segura era de que antes de que me viera obligada a contribuir al aumento de la demografía medieval en colaboración con el repugnante Gustaf allí iban a rodar muchas cabezas. Pero en mi afán por huir de este, no vi cómo su adalid Karl rodeaba al grupo para atraparme por detrás: el grito de Isabel llegó demasiado tarde. El bárbaro y gigantesco nórdico sostuvo mis brazos detrás de mi espalda mientras el baboso Gustaf sacaba una daga y, mientras mis amigos corrían hacia mí, desgarraba el vestido que tan caro debía haberle costado a Guillaume, dejando al descubierto la cota de malla y la corta túnica que llevaba sobre ella.

-Esto ha llegado demasiado lejos –aprovechando la sorpresa de ambos mercachifles al verme armada, me zafé de ellos recopilando todas mis fuerzas y tomé la espada que Guifré, que por fin había llegado a mi altura, me tendía-. ¡Venga, venid a por mí! ¿No tenías tantas ganas de probar mis habilidades amatorias? ¡Pues aquí las tenéis! –me deshice de los restos del vestido y tiré los harapos lejos, para que no me dificultaran el movimiento. Algo captó la atención del comendador.

-¡Deteneos! -paró la última estocada de Guillaume-. ¡Yo conozco esos colores!

Se refería a los que adornaban mi túnica. Os los podéis imaginar los que me conocéis un poco: una franja roja, otra amarilla y otra violeta, con la estrella roja en el centro de la de en medio. Unos colores que no representan a un país, sino a un estado de cosas, a un experimento que, con sus luces y sus sombras, tenía altos alcances y podía haber funcionado si el sistema no lo hubiera impedido. Un suelo de justicia e igualdad, de fraternidad y de cultura, futuro, pero también pasado y atemporal, el Camelot soñado del que llevaba el nombre y por el que siempre pensaba luchar. Hasta la muerte.

-Esta mujer no es Ermengarda de Nantes –le había costado un poco al ínclito comendador darse cuenta-. ¡Es Eowyn, la mercenaria! –y, volviéndose a Guillaume-: ¡He sido víctima de una cruel mistificación con oscuros y deshonestos propósitos!

-Os lo hubiera dicho esta mañana si hubiera estado segura de que me hubierais creído –se encogió de hombros, con ademán de resignación, Blanca, como aquella a la que la realidad da la razón-. Pero os vi con muchos prejuicios hacia mi persona.

La lucha se había interrumpido. Hasta Gustaf y Karl esperaban el final de aquel culebrón.

-No, no es mi prima. Es mucho más que eso –por todos los infiernos, ¿qué iba a decir ahora aquel descerebrado?-. Eowyn es mi hermana, la hija natural de mi padre. Juré que la protegería con mi vida. Por eso la traje aquí, para mantenerla a salvo de esa pareja de cobardes plebeyos que quiere aprovecharse de su inocencia –cada vez estaba más seguro de que Guillaume tenía que haberse dedicado a ser romancier.

-¡Me importa un comino de quién sea hija esta zorra! ¡Es mía! ¡Yo la compré y ella me traicionó, y sin siquiera cumplir las tareas que le había encomendado! –me miró y me preguntó en un áspero susurro-. ¿Quieres ver las cicatrices que me dejaron las torturas del sultán de Egipto? Más que nada para que te vayas acostumbrando, porque pronto estarán sobre tu cuerpo también –pero después de ver los extremos a los que llegaban los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI para conservar sus empleos, debido al chantaje de la patronal y del sistema, ya no me espantaba ninguna amenaza que pudiera proferirme. Le repliqué:

-Por lo que sé, sus métodos de persuasión son algo más sofisticados. No deja de ser una especie de descendientastro de Saladino.  Aunque –miré significativamente a Karl, y después de nuevo a Gustaf- tal vez para ti haya sido aún peor de esa manera.

Pero el comendador ya volvía a tomar el mando.

-Basta de palabras ¡A las armas, mis caballeros! ¡Atrapad a esta hija del demonio y a sus cómplices!

-Eso si no la cojo yo antes –intervino Gustaf, amenazándome de nuevo con la espada junto con su amigo.

A continuación, se declaró la madre de todas las batallas. Aparte de mi duelo contra mi pareja de ex jefes dignos de pertenecer a la CEOE, estaba el de Guillaume contra el comendador y gran parte de su guardia, el de Guifré contra los que quedaban, mientras los caballeros amigos de Guillaume intercambiaban mandobles con el resto de los templarios de la fortaleza, los soldados de Blanca se hallaban repartidos un poco por todas partes, y Elvira, con sus ojillos llenos de rencor y resentimiento, atacaba a Isabel con una rama que encontró por el suelo cual Thorin Escudo de Roble (desde luego, ambos eran bastante parejos en estatura); afortunadamente, mi amiga, que se había hecho con otra, la mantenía bien a raya. Pero, en cualquier caso, el combate era demasiado desigual para que los míos tuvieran alguna esperanza, y ya estaban comenzando a caer los primeros heridos, entre ellos Gonzalo, a quien no había visto hasta entonces y que se encontraba apoyado en un árbol fuera de combate, aunque también es cierto que por lo que veía su lesión no parecía grave. Menos mal que en la Edad Media aún no se había descubierto que la salud no era un derecho sino un negocio (al igual que el agua, por ejemplo): la enfermería templaria no era El Corte Inglés y yo estaba segura de que cuidarían bien de él; y además, gratis.

Y entonces, ocurrió algo providencial; últimamente el Destino estaba siendo benevolente conmigo, lo cual solo quería decir que me tenía reservado algo terrible. Una manada de caballos desbocados irrumpió en el campo de batalla, causando la confusión y obligando a todos los contendientes a interrumpir la lucha para buscar refugio donde bien pudieran. Detrás de ellos, avisté a un jinete vestido (era una pesadilla recurrente) asimismo con el hábito templario, portando casco y mostrando la lanza. Llevaba a mi caballo de las riendas.

-¡Rápido, Eowyn, sube! –me instó. Yo no esperé a que me lo dijera dos veces. Salté sobre Rayo Blanco de forma harto inelegante, debo reconocerlo, y ambos iniciamos la huida. Pero mi improvisado salvador tuvo tiempo de tirar un pergamino enrollado al comendador.

-¡Leedlo y acabad de una vez con esta locura! –le gritó.

El comendador palideció al ver el sello que adornaba el mensaje, e hizo un gesto a sus caballeros de interrumpir la batalla, y también, con autoridad, a las huestes de Blanca. Mis amigos se agruparon, cansados pero contentos, e Isabel me saludó con la mano en amistosa señal de despedida. Viendo que se hallaban a salvo, me decidí a emprender la huida y salí al galope tras aquel oportuno ayudante. Aún no sabía lo que había pasado allí, pero de momento no era demasiado importante (continúa).

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(viene de) La cosa se estaba poniendo muy fea. Muy, pero que muy, fea. Casi más fea que los caretos de Montoro, Báñez y de Cospedal juntos, aunque en ningún caso superaba en fealdad a sus negras y retorcidas almas y a las de sus congéneres de aquella España del siglo XXI, en que el robo y el asesinato es la justicia, y la defensa y la solidaridad, el terror y el nazismo. Yo me dirigía a la cocina pues, al parecer, la inoportuna llegada de Blanca había hecho adelantar el desayuno y despertado a toda la tropa y visitantes, con lo que la sala capitular estaba vacía. Y necesitaba llenar el estómago, a ser posible con premura y abundancia, antes de reflexionar sobre cuál sería el siguiente paso. Afortunadamente, aquello no era un problema; quiero decir, no era un problema siendo Ermengarda de Nantes. El cocinero y sus ayudantes se mostraron muy solícitos con mis más nimios deseos y me sirvieron una cantidad tal de viandas sabrosísimas, acompañados con vino de la Ribera del Ebre, que hasta a mí me pareció excesivo. Debieron extrañarse un poco al ver a una dama supuestamente tan fina engullir como si estuviera en la antesala de la Tercera Guerra Mundial, pero la verdad es que me preocupa más la supervivencia que la línea, y en cualquier caso las vicisitudes de mi existencia hacen más probable que muera de inanición que de empacho. Y ya se sabe: no soy más que un roja repugnante que prefiere hacer cosas pecaminosas como comer en lugar de pagar su hipoteca. Los que son como yo tenemos lo que nos merecemos: un gobierno que insulta la inteligencia, ultraja  y desprecia, en la mayor impunidad, a los ciudadanos a los que debería servir y proteger. Un gobierno que cada día nos está lanzando un guante que un día recogeremos: y de qué modo.

A medida de que la pitanza iba ocupando su lugar en mi estómago, de modo que sus nutrientes pasaron a mi sangre, la perplejidad en la que me habían sumido las palabras de Blanca iba a dando paso a la más explosiva y letal cólera: ¿cómo se atrevía aquella mujer a tratarme como a unos de los miles de mercenarios contratados por un Capriles preso de la rabia por haber perdido las elecciones venezolanas a pesar de toda la intoxicación a la que tenía sometido al pueblo (él y todo el sistema al que representa)? Y ¿para qué? Para asesinar y para destruir las conquistas del pueblo. ¿Acaso pensaba que yo, al igual de los adláteres de aquel fascista medio lelo, iba a rebajarme a matar a los míos, los pobres, para servir a los ricos, como un ser sin dignidad, y sobre todo, sin ética? Pero lo peor no el hecho en sí,  sino no lo que implicaba: yo había tomado mi determinación. Decidida,  agradecí a aquellos hombres sus atenciones antes de salir de la estancia y comenzar a pasear por la parte trasera del patio de armas. Nadie me haría cambiar de idea, a no ser que me presentara argumentos que yo no hubiera considerado; pero no lo creía posible. De todas formas, tenía que encontrar a Guillaume y explicárselo todo. Sentía que, por lo menos aquello, se lo debía.

Pero mi gozo en un pozo. Un hermano tan tímido que apenas se atrevió a mirarme a la cara durante toda la conversación me contó que Guillaume había sido llamado a capítulo por el rígido comendador, y que tampoco Gonzalo parecía hallarse por ninguna parte. No obstante, la perspectiva de saber que el orgulloso bretón estaba recibiendo el rapapolvo de su vida por parte del antipático líder de la encomienda me producía un gran sentimiento de hilaridad: al menos le serviría para aplacarle los ánimos e instarle a mantener la espada bien envainada hasta que las condiciones fueran propicias. Pero en ese ínterin yo ya había pasado al patio delantero, donde la impresionante compañía que escoltaba a Blanca había desplegado sus tiendas y estandartes y entretenían el tiempo en entrenar con la espada, el arco o la ballesta (aún alguien sufriría un accidente), y encontré a Isabel y a Guifré dando un romántico paseo, aunque sin el más mínimo contacto físico y con miradas muy disimuladas. Parecía ser que el caballero estaba instruyendo a mi amiga sobre armas y colores de los escudos, y ella, siempre tan ávida de todo tipo de conocimientos, se mostraba como la más atenta de las alumnas.

-Chicos –me dirigí a ellos de forma expeditiva-, siento molestaros pero necesito vuestra ayuda. Me voy. No puedo quedarme aquí más tiempo.

Sorprendidos y preocupados, me siguieron al rincón más solitario que pude encontrar en aquel patio de armas atestado de tiendas y de hombres. Les conté toda la historia: el coloquio con Blanca, la información de la que ella disponía y que podía dar al traste con la misión, su oferta de trabajo para matar a Guillaume…

-La creo capaz de cualquier cosa –finalicé-. Y mientras yo esté aquí, Guillaume será vulnerable. Por un lado, ella puede amenazarle con decir la verdad, con lo que nuestra estrategia se descubrirá y toda la misión se irá al garete, aquí y en el resto de los reinos de la Península. Y por otro, si yo desaparezco y conmigo desaparece la amenaza que ella imagina que yo represento, tal vez Guillaume sabrá halagarla de nuevo y enviarla de regreso a Barcelona hasta nueva orden. Es mujer está completamente loca: deben haberle repetido demasiadas veces que el destino de una mujer reside únicamente en el amor y el matrimonio, ya sean juntos o separados, y eso le ha secado los sesos. O quizá es otra cobarde fanática como Gallardón, que pisotea la libertad de las mujeres por mandato de la una Iglesia de la que teme su condena eterna en el otro munfo o la retirada de su apoyo en este…. Guifré, no hace falta que entiendas esto…   Tampoco ayuda mucho que Blanca crea que su alta alcurnia le concede derecho a todo… aunque me temo que esa pretensión es algo generalizado. Tengo que marcharme, no queda otro remedio o al menos yo no lo he visto. ¿Sois de la misma opinión que yo, amigos? No quisiera correr el más mínimo riego de equivocarme.

Era tan inusual que yo pidiera consejo a alguien o que me mostrara insegura, que Isabel, compadecida, me cogió de los hombros.

-Creo que tú decisión es justa, Eowyn.

-Y si lo que te preocupa es el peligro que pueda correr Guillaume –añadió Guifré-, no te preocupes. Estaremos atentos –el aburrido caballero de la pequeña encomiendo había visto el cielo abierto con aquella aventura. No solo le había dado la oportunidad de conocer a Isabel, un privilegio para cualquier ser humano, hombre o mujer, sino que le había metido de lleno (era imposible mantenerle más tiempo en la inopia) en el centro de la conjura. Y a ella también: de hecho, y ya que mi nueva posición hacía imposible que me mezclara con los sirvientes, la nueva estrategia que había planeado Guillaume era que fuera Isabel, bajo mi supervisión, la que se encargara. Ahora tendría que hacerlo sola. Me volvía hacia ella.

-Isabel, si piensas por algún momento que esto te supera, déjalo. Encontraremos a algún incauto o incauto que lo haga. Me preocupa que puedas correr peligro.

Ella sonrió.

-No hay riesgo alguno. Además, tendré a Guifré, Guillaume y Gonzalo a mi lado. No te apures, amiga. Esto supone para mí una oportunidad, algo tan diferente de mi vida cotidiana… De ninguna manera quisiera dedicarme a ello como tú -lanzó una carcajada-, me encanta trabajar como herrera, pero una distracción nunca viene mal. Además, sé que la causa es justa.

Ojalá estuviera yo tan segura. Le di una palmada en el hombro.

-Está bien. Subo ahora a prepararme. El plan es este –lo puse en su conocimiento-. Y ahora, me temo que ha llegado el momento de las despedidas. Decidle adiós a Guillaume de mi parte; espero que no se cabree mucho conmigo. Y vigiladle: dudo que pueda arreglárselas sin mí.

-Puedes estar tranquila a este respecto. Hasta pronto, amiga. Pensaremos en ti. Hasta el día en que volvamos a encontrarnos –dijo Guifré. Isabel no habló; no era necesario. Nos abrazamos los tres y yo fui a mi habitación.

Una vez allí, y con la puerta convenientemente cerrada, me quité el vestido y me puse la cota de malla, que afortunadamente había guardado en el baúl de Guillaume, sobre la ropa interior. Por encima, y también fruto del inagotable arcón, me coloque un vestido algo más ancho que los demás, que disimulaba la impedimenta que llevaba puesta. Lo cierto es que me estaba cambiando más de ropa en aquella aventura que una vedette de revista. Así pertrechada, e intentando caminar de la manera más natural posible para que no se notara la rigidez de mis andares, volví a salir al patio de armas. Según mis instrucciones, Isabel debía de haber cogido mi caballo y mis armas y dejarlos en el último árbol antes de llegar al camino que descendía de la montaña, mientras Guifré distraía a los guardias para evitar preguntas incómodas; en ese encargo me lo encontré, y paseé distraídamente hasta que vi a Isabel escabullirse por el portón y después ir al encuentro de su pareja como la que no quiere la cosa. Había llegado mi momento.

Salí con tranquilidad, sin ser molestada por los guardias: ¿quién se atrevería a interpelar a la poderosa Ermengarda, de la cual, además, aquella excentricidad de salir a pie y sin compañía no era la única que conocían de ella? Además, siempre podía demostrar que era tan imbécil y tan psicópata como cualquier noble medieval o alto cargo del PP del siglo XXI, y alegar que me iba a practicar un poco la movilidad exterior para dejar de ser una ni-ni. Con un poco de suerte los guardias no responderían a la agresión verbal que estaba perpetrando contra toda una generación decepcionada y perdida, y no me lincharan allí mismo, que sería lo único que me merecería en el caso de expresarme de aquella manera… Además, tampoco parecía que fuera a alejarme más allá de un simple paseo…. no obstante, la adrenalina bullía por todo mi organismo: si en aquel momento al comendador se le ocurría asomarse a alguna ventana… aunque tampoco debería extrañarse de mi paseo… entonces ¿qué era aquella comezón que me reconcomía por dentro?

Apenas faltaba unos 20 metros para llegar a donde Isabel había dejado mi caballo, escondido tras las primeros árboles del camino: el animal era lo suficientemente inteligente (más que muchas personas) para comprender que debía quedarse quieto y callado esperándome, pero no dejaba de ser un ser salvaje, y por tanto, imprevisible. El castillo iba quedando atrás con cada uno de mis pasos, y el camino se acercaba, pero a medida que este se hacía visible, la inquietud que sentía crecía exponencialmente, envuelta en un ruido sordo y lejano.

O no tan lejano.

Comprendí que lo que estaba oyendo era el inconfundible atronar de cascos de caballo al galope. Ua par de ellos, calculé, arrastrando lo que a todas luces era un carruaje, a juzgar por los chirridos, crujidos y retumbar de hierros y maderas contra el suelo tras los baches del camino que, poco a poco, se iban haciendo más evidentes. Pensé durante un segundo: si echaba a correr hacia mi caballo, concitaría sin duda la atención de los guardias, que tal vez decidieran que, después de todo, aquella nueva excentricidad de Ermengarda ya colmaba la medida, pero si no lo hacía, aquel carruaje llegaría antes de que yo hubiera cumplido todo el recorrido, y el jaleo que sin duda organizarían haría que el comendador saliera a recibirlos, y entonces mi huida sería, cuanto menos, difícil. Me decidí por la primera opción y eché a correr a toda la velocidad que me lo permitía el hierro que vestía y el vestido de amplias faldas. Pensé que podría conseguirlo. Ya apenas faltaban unos metros… Hasta que una flecha silbó un milímetro más arriba de mi hombro y otras, al parecer disparadas desde muy lejos y por tanto con no demasiada potencia, se clavaron en diversas partes mi cota de malla sin herirme (continuará).

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(viene de) Uno de los vestidos que había encontrado en el famoso baúl de Guillaume era un poco más discreto, y sobre todo, calentito, que el resto: se trataba de un brial de un color púrpura con remates en tonos verdes en las mangas, no tan amplias como los precedentes, y en el cinturón. Vestida con él, llamé a la puerta del aposento del comendador, situado en lo más alto de la Torre del Homenaje, y tras serme indicado que pasara, así lo hice. Había dos mujeres, una de ellas disponiendo diversos enseres por la estancia y recogiendo una bandeja con restos de un banquete, y la otra, ataviada más lujosamente, sentada tranquilamente en la cama. Me echó una ojeada sin mucho interés, como si yo fuera una sirvienta a la que hubiera requerido para que hacer las faenas. Bueno, eso era lo que era yo en realidad, para qué vamos a engañarnos. En mi profesión hay quienes se creen emprendedores y pequeñoburgueses por tener, de alguna manera, negocio propio, pero tal opinión no es más que una trampa fomentada por el poder. No somos más que plebe, y bien orgullosos deberíamos estar de ello. Ay, dónde quedó la conciencia de clase. Se fue, nos la arrebataron con sus mentiras y manipulaciones, y con ella marchó  toda nuestra fuerza. Vamos, que hasta cuando nos dicen que destruir empleo frena la destrucción de empleo nos lo creemos.

-Ah, estás aquí, qué pronto has llegado –me saludó con displicencia. Después, me observó atentamente y con bastante desvergüenza y, al final, clavó sus ojos en los míos, con hiriente desprecio-. Así que tú eres la famosa mercenaria que me ha robado el amor de mi amigo.

Realmente, aquella confesión no era nada noble ni discreta. Y odio que digan que soy famosa: para desgracia mía, solo soy conocida entre la minoría que menos me conviene que me conozca. Pero ella continuó.

-La verdad, resultas decepcionante.

No podía culparla de que pensar así. Si de verdad hubiéramos sido rivales amorosas, como parecía empeñarse en considerar, habría tenido pocas posibilidades contra ella: menos que los votantes de Maduro contra todo el sistema que se opone, con todo tipo de armas, a una Venezuela que construye la justicia social. Al menos, si considerábamos solo la belleza exterior (tampoco es que esté yo muy segura de poseer la otra). Blanca era un soberbio ejemplar de mujer de brillantes rizos negros, ojos nítidamente azules, y larguísimo cuerpo que parecía haber sido dibujado por un historietista vicioso, pues a pesar de su esbeltez no le faltaba volumen en las zonas que así lo requerían: mientras que yo solo era una aragonesa media de pelo y ojos castaños. Afortunadamente todo eso me importaba un puñetero rábano.

-Os equivocáis, señora –no creí que pudiera sacarla fácilmente de su error, pues todo apuntaba que era de talante más bien terco, categórico y obsesivo; pero consideré que era mi deber intentarlo-. Nada tengo que ver con Guillaume, si es a él a quien os referís.

-Ah, ¿pretendes engañarme alegando una falsa virtud? No te saldrá bien tu juego: se dice que eres tan hábil con la espada como ligera de costumbres y dada a ruidosas francachelas entre barriles de vino –contraatacó con rabia.

-Y no pienso negarlo –contesté tranquilamente-, pero da la casualidad que no he tenido deseos ni oportunidad de ejercer esa ligereza de costumbres con Guillaume. Me considero su amiga, sí, pero de la misma manera que lo es Gonzalo, por ejemplo. No olvidéis que ambos somos veteranos de Tierra Santa.

Su rostro se ensombreció. Durante un breve lapso de tiempo, pareció humana.

-Sé a lo que te refieres. La camaradería miliar. Realmente os envidio esa unión.

-Pues no lo hagáis –no me caía bien. En absoluto. Pero por justicia me vi obligada a sacarla de su error-. Nada hay de épico ni de trovadoresco en la guerra, más bien todo lo contrario. No le desearía una experiencia así ni a mi peor enemigo. Es cierto que el afecto que nace entre los que pelean juntos es el único botín valido que se puede sacar de una contienda, pero ni de esta forma se pueden justificar.

Aunque hay cosas peores que la guerra, o tal vez hay otras guerras peores que no se consideran propiamente guerras: el genocidio. El exterminio. Aunque sea a base de la incitación al suicidio. O saber que no valen lo mismo los muertos de Damasco, Kabul o Bagdad que los Nueva York o Boston.

De inmediato, sus ojos volvieron a ser crueles y despectivos.

-Pero estás aquí con él. Eso no puedes negármelo. Y empleando engaños.

-Es cierto. Y me imagino que no querréis hacerle caer en desgracia en su orden revelándolos. Por cierto, me gustaría saber cómo os habéis enterado, si no tenéis inconveniente…

-Dejemos eso ahora –interrumpió-. Vamos, justifícate si puedes.

Yo eché mano de la imaginación.

-Necesitaba un refugio –inventé-. Hay alguien que me persigue. Peleas de taberna, como vos decís. Guillaume me ofreció esconderme aquí haciéndome pasar por su prima: estoy convaleciente de una grave lesión y no es cuestión que vaya por estos caminos peleando y corriendo.

Mi explicación pareció ser de su agrado o, por lo menos, su rostro se relajó.

-Pareces convincente. Si es así, yo puedo ofrecerte un refugio mejor. Un empleo. ¿Te gustaría trabajar para mí?

-¿De qué salario estamos hablando? –contesté inmediatamente. Ella estalló en carcajadas: de nuevo volvió a parecer una persona. Quizá no estaba todo tan perdido con ella.

-¡No tienes pelos en la lengua, muchacha! –exclamó, tras recuperarse.

-Ni monedas en la bolsa. Lo primero suele ser consecuencia de lo segundo.

-Se me conoce por mi generosidad. ¿No quieres saber cuáles son las tares que tendrías que realizar?

-Estoy impaciente, si tenéis a bien decírmelo.

-Algo que podrás realizar rápida y fácilmente, si todo lo que has dicho es cierto. Matar a Guillaume.

Se hizo en silencio en la estancia. La miré atentamente, esperando que estallara en carcajadas de su mal chiste, pero ella, a su vez, aguardaba, grave pero indolente, mi respuesta. Que solo pudo ser una: la única que se merecía.

-Mi señora, siento deciros esto, pero estáis como una puta cabra.

El asombro no dejó actuar a Blanca. Pero su dama de compañía, que había parecido hasta el momento absorta en las tareas domésticas, se me echó encima armada de una jarra.

-¿Cómo te atreves a hablarle así a Doña Blanca? ¡Te voy a desfigurar la cara, desgraciada mercenaria! –sus ojos, empequeñecidos por muchos años de sentimientos negativos, entre los que pude columbrar la envidia y el desprecio por las que eran parecidas a mí (pues, aunque yo no era nadie, estaba segura de que representaba a sus ojos un símbolo de todo aquello que ella no se había atrevido a ser, esto es, libre), me miraban con un odio que aterraba por su magnitud y su escasa oportunidad. Yo detuve su mano y estrellé la jarra contra el suelo.

-¿Tú y cuántas más como tú, enana? –no suelo aludir a los defectos físicos de la gente en mis peleas, aparte de que no contaba yo con una estatura mucho más aventajada que la de ella, pero la verdad es que estaba muy, pero que muy, cabreada-. Imbécil, no te rompo ahora mismo la cara contra esa pared porque sería tan fácil que lo consideraría deshonroso –aplacado ya los ánimos de la subordinada, no sin buenas dosis de sus miradas rabiosas, miré a la señora.

-Déjala, Elvira –se volvió, un poco tarde, hacia la dama de compañía, y luego hacia mí-. Entiendo que esa es una respuesta negativa –me dijo sin inmutarse.

Pensé que había sido demasiado indulgente con ella llamándola “puta cabra”.

-Pero ¿tan mal me he expresado que no habéis captado una sola de mis palabras? ¿O es que tenéis el don de olvidar instantáneamente? Os he dicho que Guillaume es mi amigo, ¿y queréis que lo asesine? Veo que desconocéis todo tipo de escrúpulo, al menos cuando alguien os contraría. Y eso si fuera una asesina a sueldo, que no soy. Alquilo mi brazo armado solo a causas que considero justas, o al menos  moderadamente injustas. Esto es absurdo.

Blanca rodeó la columna de su cama y se sentó al otro lado. Entonces me habló, aunque con la vista en la pared.

-Está bien. Te hecho una oferta y la has rechazado. Has apostado, quizá ganes o quizá pierdas. Pero sea lo que sea, tendrás que asumir las consecuencias de tu decisión. Y ahora retírate.

Yo le hice una irónica reverencia y giré sobre mis talones (continúa).

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(viene de) A veces me sobrecoge pensar en los numerosos y surtidos miedos a los que nos enfrentamos los seres humanos, y en su ocasional absurdidad: en realidad, normalmente son tan ilógicas las cosas a las que tenemos miedo que aquellas que no tememos. Y tal vez, ambas, aliadas, nos convierten en esclavos. Y a veces, además, en seres rastreros.  Aunque a veces esa cobardía de, por ejemplo, odiar y sentirse amenazado por los diferentes, puede ser considerada por otros cobardes miserable como valor y coraje.

Y para muestra un botón: ante mí tenía un veterano de la última Cruzada que había presenciado los horrores más innombrables en el campo de batalla… y ahí lo tenía yo, aterrado ante una frágil mujer (bueno, no tan frágil: la dama en cuestión, si la distancia no me engañaba, me sacaba por lo menos treinta centímetros de altura; no me habría gustado encontrármela en un callejón oscuro un día en que tuviera ganas de pelea).

-Me siento impotente, Eowyn –me confesó Guillaume abiertamente. Realmente debía de estar bien desesperado para sincerarse así-. Ella no acepta un no por respuesta, y yo… no sé cómo más decírselo. ¿Qué puedo hacer?

Yo le observé con los brazos en jarras.

-Pues solo te queda una: actuar como lo has hecho en toda tu vida de soldado y enfrentarte a este problema con valor y la lanza enhiesta –me lanzó una mirada sorprendida y algo escandalizada, y yo comprendí-. No es ese tipo de metáfora el que estaba utilizando, malpensado.

Él echó una mirada a su alrededor, como tratando de inspirarse en la búsqueda de una idea genial, pero al final se encogió de hombros con resignación.

-Tienes razón. No hay otra salida. Lo haré en cuanto llegue el momento. Sabes, me pareció tan hermosa… Solo he visto una mujer más bella en mi vida –fijó sus ojos en mí con intención y yo resoplé, cansada de aquella pantomima- pero Blanca era, desde luego, mucho más accesible. Supongo que, como tú dices, el poder y riquezas de su familia, y la libertad de la que parecía gozar gracias a su padre, contribuyeron bastante. Pero comprendí que aquello no me servía. Detrás de su lindo aspecto, no había nada que pudiera entusiasmarme.

-Pues podías haberte enterado antes, y te habrías ahorrado este lío fenomenal con Jaume –regañé yo.

-No puedo  negarte eso. Pero, en cualquier caso, la temo más a ella que al rey…

-… afortunadamente. Pero espero que eso no sea porque seas monárquico. Nada bueno se saca de ellos

-… pero no lo bastante para impedirme seguir donde lo habíamos dejado.

Fruncí los labios y apoyé la mejilla izquierda en mi puño. Solo que no necesité pensar demasiado.

-Bueno, supongo que hasta que ella no te encuentre o tus compañeros se decidan a buscarte aquí tenemos tiempo. Sí, creo que lo más razonable es que sigamos. Anda, vamos al lío.

Sin embargo, no estaba escrito que aquella mañana se materializara nada de ningún tipo de índole parecida a lo que en aquellos momentos tenía en mente, por designios del destino cruel: sería porque aquella no debía de ser la idea de la sexualidad humana que tenía el obispo de Alcalá y Dios me estaba castigando, je je. De pronto, unos golpes atronadores en la puerta de la alcoba nos hicieron dar un respingo.

-Estás profundamente dormida y no puedes oír nada –me susurró Guillaume al oído. Pero el insoportable estruendo se redobló y por si fuera poco, a él se añadió una voz.

-Eowyn, Guillaume, sé que estáis ahí. Por favor, abrid la puerta, es importante.

Yo estaba empezando a echar más humo que el obrero sobreexplotado de una fábrica de tercera.

-Tiene cojones la cosa –me quejé-. Un día que decido hacer algo fuera del guión, y tiene que venir un gilipollas aguafiestas para arruinarlo –y, dirigiéndome al mameluco que había osado venir a perturbarme, exclamé a voz en grito-. ¡Pasa, maldito seas, la puerta está abierta!

En un santiamén Gonzalo se presentó en el umbral, completamente vestido y pertrechado, y dio unos pasos hacia el centro de la estancia sin dejar de mirarnos alternativamente a Guillaume y a mí. Parecía preocupado.

-Disculpad si he interrumpido algo, pero…

-Solo una amena conversación. ¿Qué demonios es eso tan importante? –interrumpió Guillaume, desmintiendo con el tono y el contenido de la segunda parte de su alocución la primera. Gonzalo contestó, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la ventana.

-Supongo que lo habréis visto…

-Hemos tenido eses dudoso placer. No veo la urgencia por ninguna parte. Si Blanca me reclama, decid que es demasiado pronto para visitas corteses, que me hallo en la cama en brazos de una formidable resaca, y que por tanto nos estoy en condiciones de presentarle mis respetos.  Hala, no sé a qué esperas.

-Me temo que no se trata de eso.

Guillaume enarcó una ceja.

-¿Y entonces? ¡Por la Virgen María, habla de una vez!

-Su primera intención fue verte, desde luego. Pero al parecer el comendador logró convencerla de que no era gentil ni honorable semejante pretensión, al menos hasta que haber roto el ayuno nocturno y esperado hasta una hora más prudencial. Cuando Blanca convino a ello, me instó a acompañarla a sus propios aposentos, y de camino ella me dijo que corriera a buscarte, Eowyn.

A Guillaume se le descompuso el gesto.

-Pero ¿se puede saber por qué quiere verla?

Yo intervine.

-Espera, Guillaume, yo me encargo –y dirigiéndome a Gonzalo-. Pero ¿se puede saber por qué quiere verme? –entonces caí en la cuenta-. Bueno, quiero decir por qué quiere ver a Ermengarda.

Gonzalo negó con la cabeza.

-Ella no habló de Ermengarda en ningún momento. Fue tu propio nombre el que pronunció.

Guillaume me miró con franca inquietud.

-No imaginé ni en la peor de mis pesadillas que los espías del Rey pudieran ser tan hábiles. Los tenía por bastante inútiles. O quizá ella tenga también los suyos propios. Eowyn, no sabes cuánto lamento haberte metido en este lío. Pero que me queme en el infierno sobre mil hogueras si no te quito de encima a esa arpía antes de que vuelva a caer la noche.

Acepté las disculpas del hermano. Después de todo, no tenía la culpa de tener el cerebro situado en un lugar de su anatomía que en absoluto era el cráneo. Dios, o más bien el demonio, así lo había creado, como a buena parte de los de su género.

-En cualquier caso, no tomemos decisiones precipitadas –reflexioné-. Cabe la posibilidad que solo desee una confidente para sus delirios románticos. Lo mejor será que me prepare convenientemente para tan excelsa visita; así que, caballeros, retiraos, que no quisiera trastornar vuestras castas mentes. Tú también, Guillaume (continúa).

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(viene de) La sorpresa ante lo repentino de su movimiento me dejó, momentáneamente, fuera de combate: pero yo soy como Corea del Norte y siempre estoy preparada tanto para la paz como para la guerra, aunque sea a base de mostrar arsenales nucleares de los que la doble moral vigente me considerará, sin duda, la única poseedora, la instigadora suprema de todos los conflictos. Así que enseguida me repuse y pude, con un movimiento rápido, escabullirme por debajo de su brazo izquierdo, hacerle volverse de nuevo hacia mí estirándole del mismo, y propinarle después, aprovechando el impulso, un tremendo rodillazo en el estómago que le hizo retorcerse sobre sí mismo mientras profería sonoros ayes de dolor.

-Pero ¿se puede saber qué demonios te pasa, Guillaume? ¿Qué se supone que pretendes? –le grité, más estupefacta que preocupada. Él no me respondió, entre otras cosas porque estaba imposibilitado de hacerlo. De hecho, tardó un momento en recobrar el buen uso de sus facultades físicas, aunque cuando lo logró lo hizo con la celeridad de un guepardo: en dos zancadas ya había atravesado la habitación para arribar al lado de la ventana, el lugar al que yo me había retirado para mantenerme a una distancia prudencial hasta que no recobrara la cordura. Por mi parte, di otro salto y me refugié detrás de la columna de la gran cama con dosel, adonde también me siguió.

-¿Podríamos dejar de jugar al gato y al ratón un trato? –solicité con escasa amabilidad-. Esto está comenzando a aburrirme.

-No hasta que te quedes quieta y respondas a mi preguntas –él seguía persiguiéndome por la habitación y yo esquivándole, arrojando cojines, ropa de cama y todo los enseres que juzgué oportunos a mi paso. Podía haber finalizado aquella estupidez de alguna forma más expeditiva, pero no quería hacerle daño: al final, resultaba que no me había equivocado cuando le diagnostiqué estrés post traumático…

-Que yo sepa aún no me has formulado ninguna…

-¡No me has dejado! Lo primero que has hecho es atacarme.

-Ah, claro. Solo Israel y EE.UU. pueden tener arsenal nuclear. Pues bien, mira, me quedo quieta. Pero como se te ocurra ponerme la mano encima te juro que inhabilito como semental. Sabes que puedo hacerlo. Y que no dudaré.

Sin faltar a mi promesa, detuve mi loco errar y me planté, inmóvil, al lado de otra de las columnas. Él se acercó a pocos pasos, más tranquilo. Quise pensar que todo aquello no había sido más que una necesidad de quemar adrenalina por su parte.

-No son disculpas lo que quiero pedir, en realidad –sus pupilas, dilatadas, ardían tanto como el tono de sus susurros, y su respiración agitada no añadía una nota demasiado tranquilizadora al asunto-. Son más bien explicaciones –el volumen de su voz subía amenazadoramente-. Explicaciones de por qué tú y tu amigo os reísteis de mis sentimientos y me dejasteis sufriendo, llorando tu muerte.

Aquello me descolocó. Yo esperaba todo tipo de reivindicaciones derivadas de mi comportamiento en la Encomienda, más que aquella muestra de preocupación injustificada y, por lo propio, ostentosa.

-A mí no me líes –me encogí de hombros-. Hasta donde yo supe, el mensajero partió, aunque después no volviera. Pensé que no te había encontrado y por eso quería mantenerse alejado de nosotros, no fuera que aún se le reclamara la devolución de sus honorarios debido al fracaso –la expresión de su rostro demostraba que me creía menos que cualquier ciudadana o ciudadano mínimamente razonable las excusas del payaso de Feijóo sobre su compañero de juergas narcotraficante y financiador. Sin embargo, contestó:

-Entonces tú también pensaste que había muerto. Y nada hiciste al respecto.

Y ¿qué esperaba que hiciera? Llorar y tirarme de los pelos no iba revivirlo. Destilando decepción por todos sus poros, avanzó de nuevo, aunque esta vez no le rehuí: no lo encontraba peligroso; sin embargo, debo decir que la situación me resultaba todas luces muy incómoda. Dio un largo paso hacia mí y me cogió de los bordes de la camisa.

-He tenido la oportunidad de conocerte bien, condenada muchacha. Por desgracia, en trabajos como el nuestro, eso es peligroso si quieres mantenerte a salvo de perder más amigos, cuando ya has perdido demasiados. Se crean vínculos muy férreos, y no ayuda mucho si además te encuentras que tu compañero de armas es una mujer. Tú tienes este problema resuelto, porque no parece que nada ni nadie te importe demasiado.

Abrí la boca para defenderme de tamaña injusticia, y la cerré al momento: aquello no era tremendamente injusto, solo un poco. No era indultar a los asesinos y condenar a los inocentes, ni mucho menos, no era poner todos las medios para evitar la comparecencia de la imputada Infanta en el juicio de Nóos. Aparte de que aquella reputación de insensibilidad me convenía. Terriblemente: en cuanto más insensible me creyera, más se alejaría de mí. Y eso era muy bueno. Para ambos. No, no iba a permitirme que nada ni nadie me hiciera perder la concentración tan necesaria para mi trabajo y mi vida. Como ya sabéis, hacía tiempo que había elegido a la soledad como única compañera. O tal vez ella me había elegido a mí.

-Pero yo te he tomado cariño –continuó-. A él le pasó lo mismo. Su misión era reclutar personas adecuadas para nuestra causa. Se fijó en ti, no sé por qué razón, y los demás estuvieron de acuerdo: yo, ocupado en otros temas de parecida índole, no cuestioné su decisión. Pero las circunstancias hicieron que tuviera que permanecer más tiempo contigo de lo que estaba previsto, y cuando te dejó, después de aquella aventura en que ambos os cobrasteis en especies lo que os debía vuestro señor, dijo que había cambiado de opinión. Que no quería ponerte en peligro. Que habías llegado a ser para él como una hermana menor a la que sentía que debía proteger. Y no porque creyera que no te bastabas por ti misma perfectamente para cuidarte, sino por su sentimiento de culpa por haberte, de alguna manera, sentenciado a una misión llena de peligros. Pero la decisión ya estaba tomada.

Ahora sí que intenté meter algo de baza, pero él no me lo permitió.

-Entiendo que se sienta culpable, entiendo que te aprecie tanto como yo, entiendo que no entienda mi supuesta traición porque ni yo mismo comprendo cómo pudo vencerme la tentación de tal manera. Verás, yo no soy más que un segundón al cual no le sirve de nada la gloria y el linaje de su familia; quería dinero y poder propio, y pertenecer a la Orden fue la única alternativa viable que se me presentó en su momento. Pero, aunque he llegado a estar de acuerdo con sus altos fines, a veces me atenaza la frustración de que mi cargo dentro de ella, por muy importante que sea, no me permite llevar la vida que siempre he deseado vivir. Sin embargo,  no entiendo por qué ha sido tan cruel en su venganza, y más sabiendo de mi arrepentimiento y comprendiendo que, por diversas razones, es mejor que sea yo, y no él, quien custodie el objeto. Él conoce mi corazón: sabía que iba a llorarte, y aun así dejó que pensara que habías muerto.

Aquella sinceridad inesperada en Guillaume me conmovió. O al menos, me habría conmovido si yo lo hubiera permitido.

-Y entiendo que te sientas contrariada porque no conteste a tus preguntas. Pero quiero que sepas que esos secretos no me pertenecen. Por eso no puedo contestarte: esos secretos son, exclusivamente –y remarcó sus palabras- DE ÉL. Los míos los vas a conocer enseguida.

-Creo que puedo hacerme una ligera idea –pude intervenir por fin yo-. Al parecer el rey Jaume tiene una amante. Es algo muy común, aunque en el siglo XXI les haya cogido por sorpresa; parece mentira cómo un pueblo puede olvidar lo que es en esencia la monarquía tan solo después de unas cuantas décadas. Igual que quieren olvidemos a los muertos, so pena de ser procesados, a los muertos que yacen desperdigados en las cunetas y que ni tuvieron justicia ni tienen paz.  Pero, siguiendo con la historia, creo que esa amante es alguien muy importante. Y que está con nuestro amantísimo monarca por obligación e intereses, pero quien en realidad le gusta eres tú. Lo que demuestra que el criterio de la dama no está entre los más sabios, pero cada uno que lleve su cruz como bien sepa. Creo, también, que tú le has alabado el gusto, ya sea por su belleza, ya sea por su poder y sus riquezas, ya sea por ambas cosas. Y que el Rey sospecha algo y te ha hecho seguir. Tú mataste al espía que pudo introducirse en el pasadizo de la encomienda de Barcelona, y probablemente había otros dos que me siguieron a mí y fueron los causantes de mi herida… Sí, he conseguido sacárselo a Gonzalo durante la cena, sospechaba que me ocultaba algo y aún así no estoy tranquila del todo. Y no te preocupes, no voy a culparte de ello.

Guillaume parecía terriblemente contrito. Me dio la espalda y se sentó en la cama, con la cabeza apoyada en las manos, sin mirarme. Todo aquello era muy extraño: nunca podría haberme imaginado a Guillaume actuando de semejante manera, y eso que creía conocerle bien. Y tampoco entendía que yo hubiera podido inspirarle ningún sentimiento, por nimio o inocente que fuera. Se equivocaba conmigo, y no con respecto a mi insensibilidad.

Y, sin embargo, algo se me removía en el interior cuando le veía así: me temo que siempre he sido una persona excesivamente empática. Me acerqué a él.

-No hice nada de lo que tenga que culparme, Guillaume. Aunque me apena verte así: sí, a pesar de mi supuesto vacío emocional. Tienes razón, hemos perdido a demasiados amigos: yo decidí hace tiempo que tenía que dejar de pensar en ellos. Pero al menos, no perdamos la oportunidad que hoy se nos ofrece; tal vez nos ayude a sobrellevar mejor la muerte del otro, si esta es inevitable.

Levantó la cabeza hacia mí, con desconcierto y una luz de esperanza. Yo le tendí la mano; una sombra pasó por mi cerebro, la duda de si todo aquello no se trataría de alguna trampa perpetrada por Guillaume con no se sabe qué siniestros fines, pero a pesar de todo seguí adelante. Comenzaba a amanecer y ambos habíamos ignorado soberanamente la llamada a las oraciones nocturnas. Pero no pudimos ignorar lo que iba a acontecer en breve.

De repente, un ruido de mil demonios alcanzó cotas insostenibles desde el patio de armas. Cascos de caballos, de un verdadero batallón de caballos tal como me pareció, el chirrido de las ruedas de un carruaje pesado, el apresurado desatrancar del portón, entrechocar de armas… Y una voz femenina gritando como una auténtica participante de Gandía Shore que hubiera viajado en el tiempo. Guillame intentó impedirme que fuera a averiguar cuál era el motivo del jaleo, pero pronto se convenció que no podíamos mantenernos ajenos. Ocultos tras las ventanas, atisbamos el desembarco de una nutrida y pomposa comitiva, y la figura imponente de una mujer alta y vestida con lujo asiático, que impartía órdenes a diestro y siniestro y a la que el comendador, en camisa, manto y pelos de punta, parecía esforzarse en vano en explicar algo.

Guillaume retiró los ojos de la escena para posarlos en mí. Estaba pálido.

-Es ella –aseveró. (continúa)

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(viene de) Me diréis, tal vez con razón, que soy demasiado fantasiosa, o incluso conspiranoica. Que una simple mirada de temor, por muy inapropiado que sea el contexto o el receptor, no tienen por qué hacerme pensar en traiciones de todo tipo, lo mismo que el hecho de que medios de comunicación de (teóricamente) opuesto signo político se conjuren en defenestrar sus antes más protegidos iconos, la monarquía y el PP, no debe de significar que se esté cociendo algo de dimensiones bíblicas en las más pringosas y escondidas trastiendas del poder. Y probablemente tengáis razón. Pero dando un voto de confianza con patente de corso no se consigue nada, así que prefiero desconfiar por norma y pediros a vosotros, los que tenéis el poder de prevenir algo, que estéis atentos, por favor. Si es que hay alguien al otro lado, cosa que en realidad dudo mucho.

Además, y volviendo al tema que nos ocupa, mi opinión respecto a Guillaume era mudable como la brisa de primavera, como suelen decir que son siempre las ideas femeninas, je je. Pero mis apreciaciones no hacían más que seguir la deriva de su comportamiento, y este no podía ser más errático. No obstante, como no tenía sentido que siguiera haciendo cábalas al respecto hasta disponer de más información, le dejé que me acompañará hasta mi habitación (situada en una dependencia convenientemente alejada del edificio principal, para que la castidad de los monjes no se viera perturbado por la diabólica tentación de la carne), en donde me dejó sin pronunciar una palabra más. Mejor: ya le había escuchado bastante por aquel día. En la estancia, austera y confortable, me esperaba Isabel, entretenida en echar hierbas y esencias aromáticas en una gran tina de madera llena de agua humeante.

-¡Hasta te han preparado el baño y todo! –me recibió-. Es evidente que tu Guillaume tiene mucho crédito aquí.

Quise creer que al emplear aquel posesivo se refería a mi supuesta relación familiar con el freire, y pensé que era más convenientemente evitar realizar cualquier comentario al respecto.

-Pues disfrútalo tú –la ofrecí-. Yo ya me he bañado en el río y sabes que no me gusta compartir los baños.

-Tonterías que traes de esa época de la siempre hablas. Pero no te preocupes. Creo que Guifré tiene planes mejores para los dos –me guiñó un ojo.

Me fingí escandalizada.

-Te vas a meter en un buen lío, Isabel –la reconvine-. Además, no sé cómo puedes inspirarte en un lugar como este. A mí se me cortaría el rollo, con tanto beato y tanto rezo.

Ella negó con la cabeza, muy segura.

-No te preocupes. Sabemos lo que hacemos y cuándo debemos hacerlo. Está todo controlado –se dirigió hacia la puerta-. Te dejo sola, para que te bañes tranquila: detrás de la cama está el famoso baúl de tu “padre” con más vestidos antiguos de esos que parecen gustarle tanto a Guillaume. Ah, y Gonzalo me ha pedido que te comente que después te explicará la nueva estrategia. Por cierto, ¿cómo te ha ido con el comendador? ¿Qué quería?

Bufé.

-Solo puedo decirte que me alegro de no llevar la espada conmigo. Porque la decapitación de un alto mando templario no creo que estuviera muy bien vista por mis jefes. Aunque probablemente no llegara a hacerlo: la gente importante suele estar bien protegida incluso cuando atenta contra la dignidad de las mujeres, y normalmente puede seguir con su vida e incluso adquirir aún más poder, incluso cuando todo el mundo reconoce su culpabilidad; mientras que sus víctimas tienen que largarse por patas.

Aunque ella no comprendió del todo, captó lo suficiente.

-Menos mal que no tienes que casarte de verdad. Porque ese hombre tiene aspecto de ser capaz de ir a buscar a tu futuro marido a Perpignan y desposaros él mismo si hace falta. Bueno, nos vemos en la cena –Isabel se marchó, mientras yo pensaba que cada vez me parecía menos divertida la pantomima que me veía obliga a realizar, y en las ganas que tenía de comenzar a repartir hostias. Indiscriminadamente.

La cena me sorprendió. Agradablemente, para variar. Nada de lecturas en voz alta de temas devotos ni silencio impuesto: en deferencia a la noble Ermengarda y a su dama de compañía, sobre la cual la gran señora había advertido que tenía que ser tratada con tanto respeto como ella misma, el ágape se llevó a cabo entre conversaciones amenas, historias y hasta risas; los jodidos hermanos sabían ser buenos compañeros cuando querían, eso tenía que reconocérselo. Yo me inhibí de relatar alguna de las anécdotas más procaces que había aprendido por esos caminos y esa batallas de Dios o del diablo, pero no me molesté en fingir ruborizarme ante otras, no menos licenciosas, que salieron a colación, sino más bien me reí con ganas (aunque guardando la debida corrección en la mesa adecuada a mi elevado rango), mientras observaba alborozada los esfuerzos de Guillaume por explicar al comendador, que mantenía una severa y aburrida cara de palo, que mi aparente desenvoltura se debía a que yo tenía muchos hermanos mayores, a lo que el otro le respondió que recordaba haberle oído decir que Ermengarda solo tenía hermanas pequeñas, viéndose mi colega obligado a contestar que esa no era la prima Ermengarda, sino la prima Teovigilda (o algo así). Las miradas con que me obsequiaba el mandamás de la encomienda me hicieron comprender que empezaba a pensar que mis muchas tierras y posesiones no eran premio suficiente para el desgraciado al que se le ocurriera pedir mi mano. Está visto que no soy lo suficientemente femenina.

Eso sí, nadie me libró de asistir a la posterior misa de completas, que pude seguir sin demasiado bostezos, o al menos sin demasiados bostezos excesivamente notorios, y una vez libre me encaminé a los aposentos que se me habían asignado, con Isabel perdida en algún punto entre la capilla y el edificio principal. En cuanto llegué me libré del traje, más que medieval, prerrafaelista, que decía mucho acerca del gusto en cuanto a féminas de Guillaume, criterios donde me alegraba de no encajar, no sin antes sacar de las profundidades del mismo unas impresiones que me había traído de mi última visita al siglo XXI, y que enumeraban pruebas fehacientes de las muertes ocasionada por las políticas antisociales en la España de 2013; no era un tema placentero, pero sí necesario, y en la comodidad de aquel dormitorio quería esforzarme por sacudirme el egoísmo y no olvidar a quienes se veían obligados a dormir en la intemperie o esperar en atestados y alejados ambulatorios una atención médica que tal vez no llegaría a tiempo. Pero aquel propósito con pretensiones solidarias a la luz de la vela se vio turbado creo que no mucho tiempo después por unos golpes en la puerta. Pensando que algo había arruinado el plan de Isabel y Guifré, di mi permiso para que pasara mi amiga; pero no fue Isabel la que entró, a menos que hubiera ganado unos centímetros, cambiado de sexo y vestido el hábito del Temple desde la última vez que la vi.

-¡Maldita seas, Eowyn! ¿Es que quieres arruinar mi vida? ¿No es suficiente con todo lo que me has hecho ya? Hablé con Gonzalo antes de cenar, mi intención era pedirte disculpas pero ¿cómo lo hago, si siempre me das un nuevo motivo para enfadarme? ¡Tú y ese malnacido que escolta tus pasos!

Con esas amables palabras me saludó Guillaume. Pero lo peor no fue eso, sino que, acto seguido, me cogió en vilo, me sacó de la cama y me empujó contra la pared. Como todos los verdugos, se creía una víctima con derecho a defenderse, a quien encima teníamos que tratar todos con buen rollito a pesar de sus intenciones, realmente, no parecían demasiado inofensivas (continúa).

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