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Archive for 31 agosto 2013

(viene de) Cada vez creo menos en las casualidades. Por lo menos, en ciertas casualidades. Y es que no es fácil hacerlo cuando te enteras de que, por ejemplo, después de legislar a favor de la posibilidad de recalificar un terreno quemado, casualmente se intensifican los incendios forestales en la zona; de que, tras nombrar consejero de Sanidad a un accionista de una aseguradora privada, casualmente se privatizan centros hospitalarios y se los adjudica justamente a esa misma empresa; de que en el momento en que los mercenarios sin honor a sueldo de las potencias del sistema en Siria parecen estar siendo derrotados, casualmente el Gobierno ataca con armas químicas proporcionando la excusa perfecta para que estas intervengan militarmente… lo siento, tengo que dejar de hablar de este asunto a riesgo que ponerme a hacer limpieza general en las cúpulas del poder. Y no me refiero a la que se realiza con el trapo y la escoba.

Mejor volvamos al tema que nos ocupa: por lo que acabo de decir, encontrar a mi antiguo conocido tan lejos de su casa y del lugar como prestaba sus servicios como caballero de nuestro amado monarca me hizo desconfiar un poco. Aunque, en realidad, ¿qué debería de temer de él? Era improbable que hubiera decido acosarme después de tantos meses sin vernos, y nada podía tener en mi contra. Así que mi actitud, aunque cauta, fue amable y distendida.

-¡Vaya sorpresa! ¿Qué te trae por estas tierras? Te hacía en Quermançó, manteniendo a raya a los francos.

Él bufó, hastiado.

-Le dije a mi señor el rey don Jaume que era una mala idea. El asalto de hace dos años no fue más que una demostración de fuerza y no hacía falta dejar una guarnición en ese castillo dejado de la mano del Altísimo. Pero ni me escuchó. Me ha costado todo este tiempo conseguir que me sacara de allí y me diera una misión algo más entretenida.

-Algo de lo que me congratulo –manifesté. No añadí de momento nada más, esperando que fuera él el que llenara el incómodo silencio, y así fue; dos segundos más tarde ya me estaba comentando que estaba sirviendo de escolta a un alto dignatario de la corte presente en el concilio templario que se celebraría en breve en la ciudad-. Ya sabes que hay pequeñas fricciones entre la Orden y el Reino, como el tema de Tortosa, por ejemplo, que van a tratarse allí. Pero ¿a ti qué voy a contarte? Debes de ser la persona mejor informada del tema.

Yo enarqué las cejas y ladeé la cabeza, componiendo mi mejor expresión de estupefacción.

-¿Informada de qué? No entiendo.

-Proteges a un alto dignatario del Temple que viaja de incógnito, ¿no es cierto? –yo tragué saliva. ¿Cómo podía haberse enterado alguien? Maldije mi escasa previsión: tenía que haber guardado más celosamente mi identidad; el cielo sabía que tenía demasiados enemigos, y además al parecer se iban incrementando en progresión geométrica, para que cuidara tan poco mi seguridad. Pero mi recién encontrado conocido se compadeció de mí al ver mi gesto.

-Tranquila. Lo que te estoy diciendo no es de dominio público. Pero oí decir a mi protegido que al parecer el alto dignatario al que me refiero prefería viajar solo, con escaso equipaje y escoltado por una mercenaria, que con su comitiva, y además compartiendo su pan con los desfavorecidos.

Me froté la tripa.

-Quizá un poco más de la cuenta –lamenté.

-Lo cual es bastante raro –continuó él-, ahora que lo pienso: esta gente suele derrochar el dinero de los pobres en vino y mujeres, y si les sobra algo se lo guardan para organizar grandes torneos. Bueno, até cabos y me imaginé que se trataba de ti, habiendo cuenta de la amistad que te unía con el personaje, según me contó Joana. Guardaré el secreto, no te preocupes. No pienso contribuir a que esa pareja de degenerados mercaderes que te llevaron a Tierra Santa por cuatro monedas y vuelva a localizarte.

Una sombra cruzó por mi semblante, demasiado ostensiblemente como para que él no se percatara.

-¿Te sucede algo?

Le miré, pensativa. ¿Podía confiarme a él? Decidí que, naturalmente, no: demasiadas personas conocían mi, por decirlo de alguna manera, problema, y aunque Sancho no era en absoluto imbécil dictaminé que tampoco es que estuviera intelectualmente preparado para asumir las consecuencias de lo que podría contarle. Mejor que fuera todo lo feliz que pudiera: yo no tenía derecho a quitarle aquello.

El recuerdo de Tierra Santa me duele aún. Allí las cosas no fueron fáciles –contesté, inclinando la cabeza.

No estaba mintiendo demasiado. Desde luego, no tanto como lo hacía la corrupta ala derecha de aquella alternancia bipartidista heredera del franquismo que gobernaba los reinos hispánicos en el siglo XXI, con nuestra aquiescencia. Lo cierto es que, durante el viaje a Montpellier, había tenido una de mis ausencias, y lo que había visto en el siglo XXI, el escenario bélico que se preparaba en Siria, más el conflicto de Egipto (ambos formando parte del mismo juego), me había horrorizado. Todos sabéis lo que amo Tierra santa, sus paisajes y sus gentes, en el pasado, en el presente y en el futuro. Y no podía soportar que volvieran a pasar por la misma barbarie. Y la impotencia me enloquecía: últimamente, además, estaba teniendo pesadillas…

Sancho depositó una mirada compresiva en mi rostro y puso una mano sobre mi hombro. Sus labios estaban apretados.

-Lo sé. Lo entiendo. Yo también he estado en la guerra. Pero estoy orgulloso de ti, de cómo te comportaste.

Evidentemente, no había sido para tanto: me limité a vender cara mi vida, como siempre. ¿Qué otra posesión tengo para defender? Pero aquel comentario demostraba que mi antiguo amigo estaba muy bien informado sobre mí. No me preocupó en exceso: la gente siempre suele saber más de mi persona de lo que creo y deseo que lo hagan, aunque ya estoy acostumbrada. Pero no tenía puñeteras ganas de empezar a contar mis desgracias.

-Dejemos esto –zanjé-. He venido aquí a comer y a beber, y supongo que tú has tenido la misma idea. Así que pongámonos al tema, que en un par de días tendremos que trabajar de nuevo y prefiero hacerlo con el estómago lleno y el cerebro animado. Por cierto, creo recordar que me debías una invitación.

-La Eowyn de siempre –consideró él con una sonrisa levemente paternalista. Acto seguido, me recorrió con la mirada-. Solo que un poco más flaca.

-La crisis, hijo mío –respondí.

-¿Crisis? De nuevo con tus expresiones raras –no sabía lo que era la crisis. Se notaba que era de sangre noble-. No te preocupes, si te refieres a que no te ha ido bien en los últimos tiempos, únete a nosotros. No eres la única, y en estas circunstancias todos hemos de colaborar.

Me echó un brazo sobre los hombros y me condujo a la mesa donde sus compañeros se estaban regalando a base de bien con un banquete de cordero a la miel regado con vino de la zona. Fui acogida con alegría y sin más preámbulos me uní a ellos: al principio sentí que se me cerraba el estómago al ver tanta cantidad de víveres, pero las penurias de los últimos días se impusieron y devoré mi parte de aquel manjar y un poco más; por su parte, por mi gaznate pasaron los caldos de las mejores añadas Languedoc. Sin duda estaba viviendo por encima de mis posibilidades, cosa a la que no tenía derecho por ser pobre. Qué pena. Sancho llenaba mi jarra con gentileza, una y otra vez, y en los más interesante de la conversación general se aproximó a mí y me dijo en voz baja:

-¿Compartes la habitación o estás sola?

-Lo segundo, afortunadamente –contesté, satisfecha-. El hermano se ha rascado la bolsa por una vez -y, con fingido aire inocente-: ¿Por qué lo preguntas?

Se echó al coleto un buen trago de su jarra y me dirigió una mirada llena de la intención que estáis pensando, lectores: exactamente de esa.

-Había pensado en hacerte una visita después, si no tienes inconveniente…

-Depende. Tal vez te deje pasar o quizá te estrella la jofaina en la cabeza, según cómo me encuentre de humor. Pero dicen que la fortuna sonríe a los audaces.

De pronto su rostro adoptó una expresión taciturna, reconcentrada y dubitativa, como si tuviera que enfrentarse a una decisión de importancia capital en la Historia de la Humanidad en lugar de mostrarse contento ante la perspectiva de una noche de placer desenfrenado. Hombres, pensé yo: nunca saben lo que quieren. Pero las nubes de su rostro se disiparon en breve y de inmediato siguió departiendo con el resto del grupo, mientras yo hacía lo propio. No obstante, un pensamiento me asaltaba sin cesar, insistente. Creía saber qué es lo que le había pasado a Sancho por la cabeza. Solo había una respuesta posible: nuestro buen caballero se nos había enamorado. Y, aunque la perspectiva de divertirse aquella velada sin duda halagaba su vanidad y satisfacía sus instintos, seguramente le atormentaban los remordimientos por estar traicionando a su dama. Bueno, para mí no se trataba de ninguna tragedia, allá él con su moral que yo ya estaba acostumbrada a dormir sola. Le comenté mis sospechas.

-No tienes ninguna obligación conmigo -concluí-: haz lo que te dicte tu conciencia o tus deseos, sin temer mi repulsa.

Por segunda vez, la turbación pareció hacer mella en el rostro del caballero leonés: yo hubiese dudado seriamente de la pervivencia de mi poder de seducción si hubiera creído que realmente este existía en un grado que se pudiera considerar. Pero, fuera por la razón que fuera, yo le había agradado en el pasado y los menos de dos años transcurridos no habían afectado tanto a mi físico (aparte de algunas cicatrices suplementarias, claro, pero bueno: algunos hasta decían que me sentaban bien. Y la reciente mengua de mis curvas femeninas, claro) para que esa preferencia hubiera cambiado tan radicalmente. Pero de pronto, él volvió a sonreír, negando con la cabeza:

-No, no se trata de eso, Eowyn… Vamos, sigue bebiendo, diviértete. Enseguida estaremos juntos arriba.

Le obedecí con presteza. A la taula i al llit, al primer crit, como decimos en Cataluña. Y. sin embargo, aquella cuestión se resistía a dejar de rodar por mi cabeza: recordé la melancólica y solitaria imagen del castillo de Quermançó: el único lugar de diversión en los alrededores era la taberna de Joana. Y, aparte de Isabel, que nunca fue su tipo, las mujeres que la frecuentaban eran sencillas aldeanas que en absoluto eran del gusto de un caballero refinado, aunque pobre, como era Sancho. Por tanto, el único posible receptor de su sentimiento amoroso en aquellos casi dos años solo podía ser… uno de sus compañeros de guarnición… Cosa que era posible en teoría, sí, pero cualquiera que conociera un poco a Sancho sabría que tenía tantas tendencias homosexuales como yo misma. Entonces ¿quién era su amante misteriosa? ¿Dónde podía haberla conocido? Y, sin embargo, él me había dicho que no se trataba de aquello. ¿Y si no me mentía? ¿Y si no había ninguna mujer?  ¿Y entonces?

La respuesta llegó a mi cerebro con una claridad diáfana, abriéndose paso entre efluvios etílicos. Y comprendí que tenía que pensar rápido en una solución (continuará).

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Verano de 1293

Me parece increíble cómo ha cambiado mi vida en los últimos años; tanto, que el pasado parece haber perdido su categoría temporal para encuadrarse en la de ficción. No sé si todo esto se debe a la cercanía del siglo XIV, el sonido de cuyo nombre me trae negros presentimientos (o tal vez sean los restos de los recuerdos de las investigaciones históricas que realizo en el XXI, y que mi mente es incapaz de procesar convenientemente), pero parece que las cosas que parecían más naturales han dejado de serlo. Nada funciona según la lógica en mi vida, y eso sin mencionar las cosas que ocurren en ese triste y patético país futuro donde muchos ven el suicidio como única opción: las privatizaciones sanitarias encabezadas por ministros que tienen intereses personales en las mismas y que regalan millones a las clínicas privadas cuando se supone que hay déficit, los aeropuertos sin aviones, los trenes de alta tecnología sin sistemas de seguridad adecuados, la violencia machista dependiente de hospitalización, los fanáticos de la vida pero solo si se dan ciertos criterios sexuales y religiosos, los pederastas indultados por ministros del Opus, los presidentes de Gobierno que no solo no saben articular sus discursos sino ni siquiera leerlos, y, lo peor, la resignación de los que lo sufren.

Y es que antes todo era sencillo: si tenía hambre, comía; y no siempre sobrias viandas. Si tenía sueño, dormía, probablemente incluso en posadas que no estaban demasiado infestadas de chinches. Si quería emborracharme, invitar a toda la taberna u organizar una pelea, pues solo necesitaba enseñar la bolsa. Lo reconozco: nunca he sido una potentada, pero el trabajo iba saliendo, no tenía por qué temer que dejaría de salir, y siempre me había parecido una estupidez ahorrar para el futuro cuando lo más probable es que no hubiera futuro, al menos para mí. En todas partes encontraba a alguien que precisaba una espada que se pudiera alquilar a bajo precio, aunque tampoco tan bajo: una tiene su dignidad, aparte de ser una profesional como la copa de un pino que en absoluto quiere devaluar el sector, y que no revienta las tarifas; para eso ya está la CEOE y el FMI. Y, sin embargo, ahora… Cuando mi amigo agotó el escaso estipendio del que su orden le había provisto y nos vimos obligados a buscar curro, enseguida constatamos, perplejos, que las posibilidades de faena se habían esfumado: no, no es que hubieran desaparecido las escaramuzas entre señores por un quítame allá unos celemines de terruño, los mercaderes que veían bandidos inmisericordes tras cada recodo del camino o los torneos donde caballeretes tan emplumados como poco diestros exhibían sus colas de pavo real ante las damas, no. Pero lugar al que acudíamos avisados de estos acontecimientos resultaba que o habíamos llegado demasiado tarde o era un rumor sin fundamento. Vamos, que hubiera llegado a creer que me perseguía una maldición o que alguna mano negra me había tocado, si no fuera porque el mal momento económico era generalizado. Bueno, al menos me consuela saber de que la culpa de que ande por estos caminos medio desnutrida es de mis padres.

-No sé si corren malos tiempos para la lírica –le decía un día de agosto en que atravesábamos sobre nuestras famélicas monturas un bosque en el camino desde Logroño a Montpellier, para otra de las reuniones secretas de mi compañero-; la cultura en esta época se beneficia de la inexistencia de Wert y, desde luego, los trovadores están haciendo su agosto. Si no fuera por lo inútil que soy, y doy gracias al cielo por eso, para componer canciones románticas, estaría tentada a cambiarme de profesión. Lo que sí que te aseguro que va fatal es la épica y, como consecuencia, la física –levanté una mano ante mis ojos y comprobé con tristeza el tamaño de mi brazo: no soy una persona de huesos grandes, era el ejercicio y la buena y sana alimentación la que me mantenían los suficientemente fuerte, pero al no tener ni uno ni lo otro la verdad es que daba pena verme. Últimamente los hombres ni me miraban. Claro que los que se cruzaban en mi camino tenía aún más hambre que yo, y supongo que lo primero es lo primero-. Así que solo nos queda la sarcástica. O sea, reírnos de todo. Aunque estoy cabreada. Tus amiguitos de la Orden cabalgan hacia el mismo destino que tú con séquitos numerosos y comida sabrosa y abundante, y tú te empeñas en viajan solo pasando penalidades. Y haciéndomelas pasar a mí, que no tengo la culpa de nada. Al menos podrías pedirles una asignación o algo.

Él frunció el ceño.

-Tengo mis razones –dijo solamente.

Yo había llegado a la conclusión de que mi compañero se mantenía aferrado al misterio sobre todo para hacerse el interesante. Después de todo, yo ya sabía (soy buena observadora y no carezco de algo de ingenio, aunque esté mal el decirlo) que ostentaba un cargo de importancia y que en Montpellier se tratarían, entre otras cosas, las condiciones de la tregua entre Jaume II y Carlos de Anjou, enfrentados por la cuestión siciliana. Los templarios, incluso los aragoneses, eran fervientes partidarios del angevino, dada la cercanía de este con el Papado y su afición a montar cruzadas a Tierra Santa, y creían poder interceder para que el acuerdo entre ambos mandatarios se saldara, si bien con el menor perjuicio posible para el rey de Aragón, también con total satisfacción de su contrincante. El problema era que no todo el mundo deseaba con tanto fervor que las relaciones Aragón-Anjou mejoraran: sobre todo si eso implicaba la anulación del matrimonio de Jaume con la pequeña Isabel de Castilla, cosa que al parecer acababa de concretarse en Logroño (a Jaume le habían llovido las críticas por su falta de habilidad en esas negociaciones, pero es que aún no conocía a Juanca), para cambiarla por Blanca de Anjou. Lo que por su parte no ayudaría a que se mantuviera la ayuda naval aragonesa a Castilla para evitar la reconquista mora de tierras cercanas al estrecho del Gibraltar. Ya se sabe: los reyes o gobernantes varios siempre se sacan el patriotismo y un estrecho de Gibraltar de la manga cuando más patentes son sus injusticias para con el ciudadano, o cuando fracasan sus burdos intentos de maquillar las cifras económicas. Tampoco creía que a Blanca, mi bien conocida amante del monarca e hija de una importante familia castellana con intereses en la zona aledaña a Tarifa, le hiciera mucha gracia el pacto. Y no solo porque la corta edad de Isabel de Castilla le aseguraba su lugar en la cama de Jaume bastantes años aún.

-Ya –aduje yo-, tú tienes tus razones y yo el rugido de mi estómago. Y no me las dirás nunca. Hasta que esté preparada –le remedé con retintín-. Aunque, la verdad, me he cansado de preguntar. Te dejo por imposible. Me sacas demasiado de mis casillas y necesito conservar mis escasas fuerzas: hay demasiadas absurdas reforma neoliberales que combatir. Por el  momento, prefiero pensar en comida. Y en vino. Ay, ese pastel de cerdo que prepara Joana… lo veo cada noche en mis sueños, te lo aseguro.  Y ese vinillo de las tierras del Ebre que le traen… Si al menos hubiera algo de caza en este bosque… pero me temo que todos los que han pasado por aquí antes han pensado lo mismo. Qué manera de hacer desaparecer las especies, Dios mío, ni en el siglo XXI se extinguen tantas. Aunque allí a los que cazan más es a los ecologistas. Por cierto, la próxima vez que veas una pieza me dejas a mí el arco. Has fallado los últimos tres tiros tontamente; no me explico cómo una persona tan poco diestra en el tiro al arco haya podido acertar a mi atacante de Gardeny, que se hallaba a una más que considerable distancia

Se volvió a mí brevemente.

-Supongo que se me da mejor impedir que cacen piezas que hacerlo yo. A propósito, no deberías preocuparte tanto pues tus penurias acabarán en cuando puedas volver con Guillaume. Él no tiene tantos reparos como yo en emplear los recursos de la Orden. Y supongo que puede además proporcionarte otros entretenimientos.

-Deseos no le faltan, desde luego –respondí, recordando las ocasiones fallidas de, como él decía, “entretenimientos” con Guillaume-. Aunque dudo que la idea le resulte tan tentadora como antes, dado mi demacrado aspecto actual.

-Puedes apostar que sí. Le conozco. Nunca ha tenido demasiada afición a sus votos, y sí hacia las mujeres, tuvieran el aspecto que tuvieran.

-Qué galante. Muchas gracias. Bien, la verdad es que esa perspectiva de momento no me quita el sueño. Hay que reconocer, sin embargo, que se comía bien en su compañía. Estaría dispuesta hasta a aguantar los rezos por volver a disfrutar de una cena como la de la última noche; aunque tuviera que soportar la compañía de la mismísima Fátima Báñez, su virgen del Rocío y todos los ministros del Opus del PP. Por cierto, esas torres que se divisan en lontananza, ¿son ya Montpellier? ¿Crees que habrá alguna posada que podamos pagar? No sé cómo están los precios en estas tierras: seguro que nos hacen pagar por los trovadores que sin duda vendrán a importunarnos.

Él echó un vistazo a su alrededor, como si temiera que alguien nos observara.

-Nuestros caminos se separan aquí, Eowyn. Nadie puede verme contigo.  Nos encontraremos en unos días en la posada que hay a las afueras de la ciudad. La posadera te atenderá si dices que vienes de mi parte, pero cuidado con emborracharte, armar jaleo y gastar más de la cuenta. Y también sé discreta en lo que se refiere a compañías masculinas. No conviene que llames mucho la atención.

Yo me fingí ofendida.

-Escuchas demasiado lo que se dice de mí y muy poco a mí misma. Pero bueno, veo que no eres tan malo como aparentas, a pesar de enviarme lejos como si fuera unos calzones sucios. Hala, que te vayan bien los negocios, y mándame aviso si vas a tardar más de una semana, que ya sabes que me aburre estar mucho tiempo en el mismo sitio.

Él se dirigió hacia el centro de la ciudad, y yo tomé por uno de los caminos secundarios que la rodeaban, hasta llegar al edificio que me había descrito, una casa de aspecto coqueto que estaba situada junto a uno de los dos ríos que atraviesan la ciudad occitana. Dentro de la posada, pedía alojamiento y comida para mí y para mi caballo exhibiendo mi recomendación verbal, que a pesar de mis temores resultó ser perfectamente válida y, además, recibida con alegría. Me disponía a subir a la habitación que se me había asignado, cargada con mi petate donde solo llevo lo indispensable (la experiencia me ha enseñado que siempre es mejor ir lo más ligera de equipaje que se pueda), cuando alguien me cogió por los hombros desde detrás y me obligó a volverme.

-¡Vaya! Pero ¡si es mi querida amiga de las tierras de Girona!

Me costó reconocerlo al principio: paso por muchos lugares, veo a demasiada gente, y me quedan demasiado pocas neuronas en funcionamiento después de tantos días de vacas flacas. Aparte de que no esperaba verlo tan lejos del contexto que yo asociaba con él. Pero en seguida me di cuenta que se trataba de, ni más ni menos, que del caballero leonés que había conocido (casi bíblicamente) en la taberna de Joana.

-¿Sancho? Pero ¿qué haces por aquí?

¿Me había vuelto demasiado desconfiada, o es que aquello era, de verdad, claramente sospechoso? (continuará)

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