Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 15 noviembre 2013

(viene de) Tengo la virtud, o más bien la suerte, de poder dormir como una bendita en la mayoría de las situaciones menos propicias: ya sea en mitad de una batalla si es necesario, o con la certidumbre de morir al día siguiente, sobre un húmedo lecho de hojas en los días más crudos del invierno o con el estómago más vacío que como suele estar mi bolsa; hasta dormiría si formara parte de los huelguistas de hambre de la Puerta del Sol, si fuera tan valiente como ellos (no, sin embargo, si fuera alguno de los seres sin honor que los acosaban: la conciencia no me lo permitiría). Sin embargo, también soy madrugadora; en parte es mi naturaleza y en parte una costumbre adquirida durante mi corta pero intensa convivencia con los templarios pues, aunque me escapaba todo lo que podía de participar en sus interminables y repetitivas oraciones nocturnas, estas no dejaban de despertarme a media noche, y llegó un momento que desde mucho antes que la hora prima no era capaz de pegar el ojo ni un segundo más. Aquel momento del día era, más o menos, cuando me desperté: la noche no había sido tan fría como imaginaba y el cuerpo de Sancho, a mi lado, me aportaba incómodas dosis de calor. Sentía el poco favorecedor vestido de Elvira pegado a la piel y el pelo, asimismo, revuelto y empapado en sudor. En aquel momento se me ocurrió que podía aprovecharme de la buena disposición de mi carcelero hacia mí, o mejor dicho, hacia mis supuestas tierras en Bretaña, y le zarandeé sin miramientos.

-Despierta, Sancho, vamos –intenté sacarle de su sopor. Él entreabrió un ojo.

-¿Qué pasa? –exclamó, aún perdido en su modorra-. ¿Nos atacan los francos por fin? Ya era hora, joder.

-No exactamente –le aclaré-, pero en breve vamos a oler tan mal como ellos, lo que por lo menos será una ataque frontal a nuestro olfato. Quiero ir a bañarme al río. Anda, sé bueno y suelta mis ligaduras.

La sorpresa le hizo volver al tiempo y al lugar presente. Abrió completamente el ojo.

-No entiendo qué problemas tienes en lavarte con el agua del cubo, como todo el mundo

-Pues que cuando llega a mí ha pasado por nosécuantos guardias, y este pequeño detalle me hace valorar la falta de higiene -debía de haber más suciedad y podredumbre ahí que en el Govern dels Millors de Mas, donde están representadas todas las grandes corporaciones a las que ha vendido el país, y luego aún se atreve a hablar de que otros roban más que él; y solo roban igual, y a los mismos: a los más pobres-.  Venga, hombre, enróllate.

Ahora Sancho abrió su otro ojo.

-Bien, vamos allá. Deja que me despierte…

-En realidad, pensaba ir sola. Ya sabes, la intimidad y esas cosas.

Sus globos oculares, ahora, se hallaban ambos bien abiertos.

-Estás loca si piensas que voy a permitírmelo.

-¿Y qué problema hay? Me quitaré el vestido e iré solo con la camisa. Si piensas que me escaparía en ropa interior y descalza para exponerme al frío pirenaico, sin montura y alimentos pues los caballos están bien vigilados por los centinelas, arriesgándome a una muerte casi segura, me crees bastante más loca de lo que he estado nunca. Rodearé el campamento por detrás, nadie me verá y volveré antes de lo que tardes en rezar un padrenuestro, en el caso en que practiques esas devociones matutinas. Vamos, Sancho, me lo debes, por los viejos tiempos. Además, tal como me dijiste ayer, sabes perfectamente que no me iré sin una información que de momento parece ser que nadie está dispuesto a proporcionarme…

No sé si vio la lógica en mi argumentación, o más bien divisó en la lejanía una fértiles tierras bretonas plagadas de campesinos dispuestos a pagar sustanciosos tributos, pero se incorporó del improvisado lecho y procedió a desatarme pies y manos.

-Como esto sea una trampa… puedes estar seguro que te buscaré donde te escondas y probarás el hierro de mi espada.

-Hombre de poca fe –le contesté yo, deshaciéndome del trapo de Elvira-. Espérame, volveré en un suspiro.

Tal como le había dicho, me deslicé como una sombra en la aún oscuridad y enfilé el caminillo entre los árboles que conducía al río. Una vez allí, me despojé de la ropa interior y, sin pensármelo mucho (soy bastante friolera, pero mi manía por la limpieza es mayor que el temor a congelarme. Es culpa del higiénico siglo XXI; bueno, del pretendidamente higiénico siglo XXI, porque presumen mucho de que se duchan a diario y demás, y luego son mucho más sucios que nosotros. Y no solo si hablamos de sus sucias almas, capaces de denostar la verdad y jalear la absoluta falta de escrúpulos) me metí el agua. Tras los primeros segundos de tembleque incontrolable, me acostumbré a la temperatura y pude disfrutar del baño. Nadé en las heladas aguas, sabiéndome sola y con aún, al menos, unos minutos de tranquilidad, pero no prolongué mucho el placer para no preocupar a Sancho: no me faltaría otra cosa más que diera la alarma y me encontrara con un comité de bienvenida armado a la hora de salir del río. Pensé, no sé por qué extraña asociación de ideas, en Tierra Santa, aquel hermoso y despiadado país donde había vivido, en su faceta más completa, la amistad, la muerte y la vida, y a la que, a pesar de todo, me gustaría volver antes de morir, o tal vez para morir allí intentando evitar alguna de las atrocidades que se cometen: porque siempre, en este siglo y en el XXI, me toparía allí con mercenarios occidentales y sus cómplices luchando entre ellos, pero seguro que todos se pondrían de acuerdo para matarme. Aquellos recuerdos, sin embargo, me trajeron también la memoria de mi traidor compañero, y de la suerte que estaría corriendo o que estaría a punto de correr, pero los aparté de mi mente: no iba a ganar nada con obsesionarme con algo que no podía remediar… al menos de momento. Me consolé pensando que pronto estaría en el campamento, limpia y fresca y dispuesta a comenzar otra jornada de viaje en la cual, sin duda, estaría más cerca de la verdad o, al menos, de nuestro destino.

Pero no fue tan fácil; nunca nada en mi vida lo es.

Estaba saliendo del río cuando una sombra surgió de la espesura, mirándome fijamente. La silueta en cuestión me apuntaba con un arco y llevaba un carcaj a la espalda, pero no era el tipo de figura que pudiera haber imaginado armada de aquella guisa. Por si fuera poco, seguía recorriéndome con la vista, lo cual no era tan incómodo como sentirme blanco de sus flechas, pero casi.

-Vaya, Elvira, no esperaba verte por aquí. Por tu atención en mirarme se podría decir que te gustan las mujeres. Lamento decir que en ese caso tienes pocas posibilidades conmigo, pero te prometo que no es nada personal.

Con movimientos lentos, cogí mi camisa, me sequé con ella y después me la puse. No estaba tan calmada como aparentaba, pero tampoco mucho más nerviosa: en realidad, no la creía capaz de disparar. Ni siquiera pensaba que supiera manejar un arma.

-Soy buena con el arco, ¿sabes? –dijo, en cambio, como si adivinara mis pensamientos-. Tan buena como tú con la espada.

-No es que sea buena –argumenté, acabando de vestirme, para distraerla con palabrería-, es que me aprovecho que mis rivales suelen subestimarme. Aparte de que es fácil moverse rápido cuando se es de tamaño menor que la mayoría de los oponentes –fruncí el ceño-. No dudo que te defiendas bien como arquera, pero no veo el interés que podrías tener en dispararme. Solo me estaba bañando. Pensaba regresar al campamento ya. Sería estúpida si no lo hiciera.

En respuesta, ella levantó el arco. Ahora sí que me apuntaba directamente. Al corazón. Creo que en aquel momento empecé a preocuparme un poco.

-No entiendo a qué estás jugando –continué, tratando de que mi voz no transparentara la inquietud que estaba comenzando a asediarme-. Yo diría que Blanca no verá bien que me trates así; piensa que, a pesar de todas las intrigas políticas que nos separan, somos casi cuñadas.

Elvira esbozó una sonrisa de suficiencia

-Esa es la clave del asunto: Blanca no se va enterar. Y tú no vas a volver al campamento.

Me hubiese puesto a meditar y a establecer comparaciones entre Blanca, que al parecer estaba siendo flagrantemente traicionada por su dama de confianza, y los barones del PP, a quienes les crecían los enanos que ellos mismo habían nutrido, y se traicionaban más entre ellos que a sus teóricos enemigos políticos. Pero estaba empezando a inquietarme por mi seguridad.

-¿Qué? –dije, absolutamente convencida de que la dama de honor había perdido la poca olla que tenía definitivamente.

-Ya me has oído.  Aléjate hacia el sur, bordeando el río hasta que encuentres un vado. Pronto Blanca verá que has dejado a Sancho fuera de combate y te has escapado.

Pobre Sancho. Esperaba que no estuviera muy maltrecho. Porque si no, poco habría podido disfrutar del sueño de sus tierras.

-Pero ¿qué interés tienes en que haga tal cosa? ¡Eso es condenarme a una muerte casi segura!

-Ese es justo mi propósito.

Aquello no me lo esperaba. ¿Cómo podía odiarme tanto?

-Si es así, puedes matarme aquí mismo. ¿Por qué prolongarlo?

Ella negó con la cabeza.

-Eso me obligaría a dar muchas explicaciones  a Blanca y, como tú dices, sois ‘casi cuñadas’. Ella nunca te hará daño mientras exista alguna posibilidad de arreglarse con Guillaume. Pero yo no tengo ese problema. Y tú me sobras.

No. Aquello no podía ser solo odio.

-Tendrás que explicarme de qué va todo esto. Si vas a quitarme la vida, al menos eso me lo debes.

Ella se encogió de hombros.

-Como quieras, niña bonita de los templarios. Ese es justo el problema. Parecen tenerte mucho aprecio, no puedo –escupió con desprecio- imaginarme por qué. Tal vez porque eres tan vil y estás tan corrompida como ellos, porque participas en sus rituales blasfemos y demoníacos y en sus desenfrenadas orgías…

Qué imaginación tan calenturienta. Cómo se notaba que llevaba bastante tiempo cultivando  las sagradas virtudes de la castidad y la pureza, con lo malo que es eso para la salud física y mental. Vamos, que no se comía un puñetero rosco, la pobre.

-Vaya estupidez. Esa gente no tiene nada extraño, y no son ni más malos ni más buenos que cualquiera. Todo eso son historias absurdas propias de gentes supersticiosas. Y si los ayudo es porque me pagan. Yo no puedo elegir mis ocupaciones, no soy rica y noble

Lanzó una carcajada sarcástica.

-Oh, ¿no son mala gente? Pues entonces no entiendo por qué robaron las tierras que le correspondían a mi padre después de que la Cruzada le arruinara, lo que me obligó, por cierto, a acceder ser dama de honor de Blanca para no tener que soportar la humillación de un matrimonio sin dote –su entonación era más cortante por momentos, de una manera casi letal. Así que se trataba de aquello: orgullo y ambición. Venganza. Elvira me recordaba a Felipe González: tenía la misma personalidad egocéntrica, codiciosa y traidora que este. Llegaría lejos, yo auguraba: este es el país de los que son como ella. Todo les está permitido. A nosotros, solo agachar la cabeza y soportar.

-No creo que lo que dices sea completamente cierto. Pero, en caso de que sí, nada tengo que ver con ese tema.

-Les ayudas. Eres su cómplice. Pero ahora vas a dejar de hacerlo. Y eso les dolerá. Y les debilitará. Y no solo eso, claro.

Me estremecí: tal vez estaba a punto de saber en qué consistía realmente el juego de aquellas dos mujeres.

-Has dicho que te explicarías. De momento solo emites fanfarronadas e imprecaciones sin sentido –le dije secamente.

Ella sonrió con suficiencia.

-Los Entença, amigos y aliados de Blanca, atacaron las poblaciones dependientes de las encomiendas del sur de Cataluña. Están saqueando, incendiando y vendiendo a los habitantes como esclavos. Tu amigo tuvo que acudir en ayuda de los suyos sin acabar el concilio de Montpellier. No tuvo apenas tiempo para defender la Cruzada del angevino que tanto agradará al futuro Papa, sea el que sea, pero eso era lo de menos, siempre ha sido lo de menos –me arrojó a la cara, sin solución de continuidad.

Los puntos oscuros de aquella trama se disiparon como la niebla tras un soplo de viento del sur. Yo me había lanzado de bruces en las garras de aquel dúo de viles mujeres, me había creído sus mentiras como la gran estúpida que soy. ¿Cómo podía haberme equivocado tanto?

-No era la Cruzada entonces, ¿verdad? Nunca lo fue. Ni siquiera tuvo la categoría de mera excusa. La Cruzada la habéis montado ahora, contra esos pobres ciudadanos que nada tienen ver con vuestras intrigas palaciegas. Pero eso os importa un rábano, dejar la tierra baldía si sacáis aunque solo sea un pequeño beneficio. Será mejor que me mates, Elvira, porque si salgo de esta te doy mi palabra que te buscaré y te daré muerte entre los padecimientos más atroces. Lo juro.

Se carcajeó de nuevo, bordeando el júbilo histérico.

-Tranquila, vas a morir, no tengas dudas. Y en cuanto a tu indignación… no sé de lo que te sorprendes. Todos sabemos que ya ha pasado el tiempo de las Cruzadas: ahora es el momento de las conquistas. Pero el rey Jaume no podrá salir a apoderarse del Mediterráneo mientras tenga que conservar Sicilia, y así tendrá efectivos dispuestos para la reconquista de Castilla, y quizá en un futuro podamos ganarle incluso la carrera en el mar.

En el fondo, aquello no era más que la eterna lucha entre Aragón y Castilla, mejor dicho, entre los gerifaltes de Aragón y los gerifaltes de Castilla, pues la población solo sirve de carne de cañón amorfa cuyas opiniones no se tienen en cuenta cuando no conviene. Yo no podía luchar por ninguno de esos colores: porque los míos eran colores que separaban sin dolor y dividían sin escisión, colores de la colaboración en la diversidad y del principio de subsidariedad, ese que a los españoles de 2013 les han arrebatado.

-Eres una incauta –continuó-: te manipulamos para bajar tu guardia aprovechándonos de tu odio por las guerras. Al igual que tu amigo, que cayó en nuestra trampa y ahora ya estará muerto. Él y algunos más: porque seguro que la noticia ha llegado a oídos de tu querido hermanastro y sus fieles caballeros, y de esa mujer que les acompaña y que al parecer es tan buena amiga tuya.

No podía ser: ahora sí que tenía que estar tirándose un farol.

-¿Y qué te hace estar tan segura de que podrás acabar con él? ¿Y con todos los demás? –le solté con auténtico rencor.

Ella no dudó.

-Los Entença saben quién es. Van a rastrearle y a matarle como un animal, si ya no lo han hecho. Y con él, caerá la Orden, tal vez no ahora pero sí muy pronto: el próximo al que elijan en su lugar entenderá la necesidad de la unidad con los hospitalarios, previa a la disolución.

Recordaba que habíamos conversado muchas veces sobre aquella sugerencia que se barajaba en los círculos del rey Felipe de Francia. Aunque nunca me gustó aquel monarca (tal vez incluso un poco menos que la mayoría), no acababa de ver por qué mi amigo se oponía a la unión entre órdenes, en un momento en que ambas necesitaban un serio empuje, pues desde la pérdida de Acre andaban desprestigiadas y de capa caída. Él siempre insistía en que no todas las adiciones suman, en que existen algunas en que en realidad restan: no lo vi claro hasta que en mi último viaje al siglo XXI español vi el resultado de algunas uniones comunistas y de izquierdas (¿?) en general.

-Ya te lo he dicho antes –continuó ella-: ahora es época de conquistas y para eso se necesita dinero. Un dinero que no puede estar dedicado a recuperar territorios en Tierra Santa que nada pueden ya ofrecernos, ni a enseñar a campesinos cómo recolectar mejor, ni a subvenir las necesidades de ancianos inútiles. Venga, márchate ahora. Pero antes te daré un regalo para el camino.

Disparó. Fue tan rápida que no pude prevenirlo. Quise despistarla con la conversación, pero fue ella quien me distrajo a mí. La saeta se clavó limpiamente en mi brazo izquierdo.

-¡Hija de la gran p…! –no pretendía autocensurarme, sino que el dolor no me dejó acabar el insulto. Caí de rodillas en el suelo, mientras sentía un latir tan desgarrador en la zona de la herida que apenas podía respirar. Traté de buscar algo a mi alrededor para atacarla: una piedra, una rama, algo de arena… Pero la tierra era dura y seca al lado del río, y el dolor me robaba las fuerzas a marchas forzadas.

-Venga, levántate –me ordenó-. Eres una mujer fuerte, puedes hacerlo. ¿O prefieres que te clave la próxima en el estómago, para que tu muerte sea lenta?

Desde luego, ahora yo ya no podía decir que no se atrevería.

-Desaparece –me dije-. Rápido o disparo de nuevo. No te buscarán por este camino, es un rodeo completamente innecesario. Puedes dirigirte al sur, si quieres, pero no llegarás muy lejos: cuando te encuentren ya estarás muerta. Aunque tal vez aún llegues a tiempo para contemplar los cadáveres de tus amigos, si es que no se los han comido ya las bestias, antes de que tú también te conviertas en uno. En cualquier caso, es tu única opción. ¡Márchate!

De pronto, comencé a escuchar un rumor creciente en el campamento: mi ausencia ya debía de haber sido notada y se preparaban para darme caza, lo cual sin duda habría sido mi salvación, pero la de mis amigos; sin olvidarnos del pequeño detalle de que Elvira acabaría clavándome otra flecha si no tomaba el sendero que tan amablemente me había sugerido. Así que acabé de incorporarme: además, la indignación me cargada de adrenalina. Era prácticamente imposible que consiguiera llegar a Corbera d’Ebre, y menos a tiempo de que tanto yo como mis compañeros acabáramos sepultados en fosas comunes y sin más opción que un Tribunal extranjero nos diera justicia y reparación (como suele ocurrir con el terrorismo de Estado y empresarial en España), pero nadie podría decir que no lo había intentado. Le di la espalda y seguí, a la máxima velocidad posible, no sin comprender que a pesar de todo podía dispararme a traición. Pero el ruido que oí en mi espalda no tenía nada que ver con el del disparo de un arco.

Era, indudablemente, el sonido de los cascos de caballos que se acercaban desde el bosque. Pensando que era uno de los guardias que iba a darme caza, me volví hacia atrás para ver que la montura que encabezaba, a mucha distancia, la marcha, era mi propio y querido Rayo Blanco que, libre ahora, me había encontrado. Detrás, a una considerable distancia, vi a Sancho apretándose algo parecido a un trapo en la cabeza, al lado de otro embrollado contingente de soldados que corrían, unos a pie, otros en sus monturas y el resto intentando cazar a un buen hatajo de equinos desbocados; creí ver que me esbozaba una sonrisa cómplice, y comprendí que, más que dos tetas y dos carretas, lo que en realidad tiran son dos fanegas de tierra. No perdí un segundo: me subí tan deprisa como pude a mi caballo, aunque no puedo decir que fuera fácil mi elegante hacerlo con un solo brazo. En aquel momento, una de la flechas de Elvira pasó silbando al lado de mi mejilla y otra más al lado mismo del lomo de mi montura, pero oí los gritos de Blanca diciendo que se detuviera, que me necesitaban viva. Medio montada, medio desmontada, les sentí pisándome los talones, casi rozándome la ropa, arrebatándome la última esperanza de salvar a mis amigos, pero tengo un caballo bien entrenado y veloz y no tardé demasiado tiempo en perderlos de vista. Y cabalgué en dirección sur, herida, descalza y medio desnuda, con solo una pequeña esperanza de que no fuera demasiado tarde para evitar una tragedia.

FIN (de momento)

Read Full Post »

(viene de) Sancho me sacó de mi flash-back: él, y el renqueante trotar de mi mula, claro, que no me dejaba concentrarme demasiado en mis pensamientos sin obsequiarme con otra buena sacudida para mis ya castigados riñones. Pero no podía quejarme: no iba a atravesar la frontera con Cataluña como una inmigrante ilegal, no iba a ahogarme en el Mediterráneo a orillas de Lampedusa a bordo de un barquichuelo fletado por traficantes sin escrúpulos ante la desidia de todos ni iba a quedar destrozada a la salida de Marruecos por concertinas que me encantaría ver clavadas en los aparatos reproductores de quienes las instalaron y de quienes lo decretaron.

-¿Te encuentras bien, Eowyn? Tienes mal aspecto.

Le miré con sorna.

-Oh, lamento de verdad que te quite el sueño mi estado. Cualquiera diría que tienes alguna parte de culpa en él. Al menos espero que no me hagas pagar las medicinas diciendo que se trata de “una medida feliz que garantiza la justicia social” ni me quites la asistencia sanitaria por haber nacido fuera de la Corona de Aragón. Aunque por lo menos, eso hay que reconocerlo, no eres un asesino cobarde que solo se ensaña con los débiles ni un hipócrita.

Él arrugó los labios y bajó levemente la mirada.

-Venga, muchacha, dame un respiro. Sabes que no he elegido esto. No es necesario que me lo recuerdes a cada momento.

-¿Y qué me queda entonces? –salté yo-. Estoy aquí, prisionera, sin saber qué va a ser de mí mi para qué me necesitáis. Y para colmo, te niegas a decirme adónde nos dirigimos. Y qué es eso tan terrible que Blanca planea contra mi amigo.

-Tu ignorancia es mi escudo –contestó rápidamente Sancho-. Está claro que si supierais cuál es nuestro destino no dudarías en intentar escapar para prevenirle. Y ya me he indispuesto bastante con Blanca. No suele –sonrió con picardía- ser demasiado dura con sus caballeros menores de 35 años y no muy castigados por las batallas (ella misma los elige así la mayoría de las veces), pero me temo que ni eso me salvaría si escapas estando bajo mi cuidado.

Bueno: otros tienen peores criterios para elegir a sus esbirros. El Departament d’Interior de  la Generalitat de Catalunya solo admite como Mossos d’Esquadra a los que se han revelado como psicópatas en los psicotécnicos de las oposiciones.

-No creas que voy a esperar a saber nada para escaparme. Tampoco es que me importe tanto. Cada uno que arrime el ascua a su sardina. Además, es obvio que Blanca se estaba tirando un farol: ¿de verdad cree que puede eliminar a un alto cargo del Temple y no sufrir las consecuencias? Incluso alguien de tan escaso coeficiente intelectual como es el suyo debería saber que eso no es posible.

Sancho meditó unos segundos, como si tratara de decidir qué podía o no decirme. Al final declaró en tono misterioso.

-Tal vez ella no pretenda hacer nada, al menos personalmente. Pero ya sabes que los accidentes ocurren –aquello sonaba propio de la mafia valenciana: tenía que conseguir la información de una vez por todas.

La llegada de los dos caballeros que se habían adelantado en busca de un enclave idóneo para pasar la noche interrumpió nuestra conversación. Al parecer, habían encontrado un claro en el bosque de pino negro que estábamos atravesando a unas pocas varas de allí, cerca de un riachuelo vadeable en aquel punto. Hacia allá nos dirigimos, mientras yo me armaba de paciencia y esperaba mi oportunidad: acabaría sacando a Sancho, con engaños, los suficientes datos que me permitiera atar cabos. De momento, ya sabía que se preparaba una trampa contra mi compañero y que esa trampa iba a tener lugar probablemente en algún punto de Cataluña o, en todo caso, en la frontera con Aragón, ya que acabábamos de pasar por una pequeña aldea (en realidad, no más que un núcleo hospitalario gestionado por los Caballeros de San Juan con un par de casas en su órbita), y los suministros que había adquirido Blanca alcanzaban solo para muy pocos días. Y también de que mi presencia (a pesar de lo poco importante que era esta que suscribe para el resto de la Humanidad, según la dama, cosa acerca de la que no faltaba razón), por alguna extraña razón, era necesaria. Pero en aquel momento, llegábamos al punto elegido para pernoctar y, entre un despliegue de personal afanado en acondicionar la lujosa tienda de viaje de la señora (que necesitaba no sé cuantas acémilas solo para transportarla), prender hogueras (no fuera que se enfriara la damisela), preparar la cena (deliciosos manjares para ella y Elvira y cocido indigerible para la tropa; seguro que lo hubieran preparado con ingredientes transgénicos si ya se hubiera inventado la privatización de las semillas), forrajear y herrar a los caballos (el de la jefa el primero porque si no se ponía a cocear a cualquiera que se le aproximara: parecía un pepero resabiado por los poco medios de comunicación no afines) y cavar letrinas (una privada para su señoría, que sin duda llenaría de rosas y agua bendita, que era lo que cagaban los nobles), Sancho me ayudó a descender de mi triste montura, me hizo acomodarme bajo un abeto, un poco al resguardo del resto de integrantes de la comitiva, y se fue a cenar, no sin antes traerme una escudilla de la bazofia que correspondía a todos los que no eran el ama y su antipática acompañante. Cuando volvió, tendió mantas para ambos.

-Mañana nos espera un día duro, Eowyn. Será mejor que trates de conciliar el sueño lo más rápidamente que puedas –dicho esto, se acomodó a mi lado y me atrajo hacia así-. Las temperaturas han descendido –añadió, a modo de explicación.

Yo no me opuse, a pesar de que conservaba gran parte de mi enfado contra el leonés. Se trataba de una medida sanitaria habida cuenta de las traicioneras noches otoñales pirenaicas, y el hecho no me causaba ni emoción ni desagrado. Era curioso, o tal vez no, lo rápido que pueden variar los sentimientos: en la época en que nos habíamos conocido, Sancho, aunque era un hombre atractivo, me había cautivado sobre todo por su inteligencia, por su interesante y amena conversación: ahora, los temas de los que hablábamos versaban en su mayoría sobre planes que otros habían trazado y nosotros, de una manera u otra, sufríamos. Y allí no había lugar para que fuéramos nosotros mismos, y por tanto el encanto se había esfumado. Pero, pesar de su advertencia sobre la necesidad de dormir a pierna suelta aquella noche, él no parecía ser capaz de seguir su propio consejo: se removía inquieto a mi lado, como si estuviera siendo asaeteado por miles de mosquitos tigre. Al fin, oí su voz en mi oído.

-Eowyn… me gustaría saber… si es cierto lo que se dice.

-¿Sobre qué? –pregunté, algo somnolienta.

-Sobre… sobre si es verdad que eres la hermana bastarda de Guillaume de Nantes, el visitador de los templarios.

La sorpresa me despabiló como un cubo de agua fría en plena cara. ¿Cómo podía haberse propagado el rumor tan rápidamente? ¿Tal vez el propio Guillaume se había encargado de difundirlo por motivos que se me escapaban? ¿O bien había sido Blanca quien había informado directamente a Sancho? ¿Tanta confianza existía entre ellos? Mmmm, sospechoso… Iba a soltarle una respuesta airada y a zanjar definitivamente aquella cuestión (no me faltaba más que fueran creyendo que yo pertenecía, aunque fuera de manera mezclada, a esa casta que tanto aborrezco), cuando de repente una luz se encendió en mi cerebro: creía recordar que Guillaume presumía de que por sus venas corría sangre real. Y eso de la sangre real tiene sus ventajas: te permite autoalquilarte las casas, da poderes sobrenaturales para firmar en estado de inconsciencia sin que Hacienda se cabree…

-¿Por qué quieres saberlo? –intentaba ganar tiempo para reflexionar sobre qué sería lo más adecuado que debería decir a continuación

-Blanca no acaba de creérselo –respondió-. Pero la gente habla. Parece ser que él jura y perjura que es cierto.

O sea, que la segunda de las posibilidades era la acertada. Pero ¿a qué efecto? Me tomé unos instantes, fingiendo que me costaba hablar del tema.

-Él me ha buscado durante años –solté, al fin, en mitad de un gran y fingido suspiro-. Supongo que eso quiere decir algo. Por otro lado… bueno, parece ser que mi madre no estaba muy bien considerada en Santa Cruz de Serós. Quizá fue esa la razón por la que emigraron a la aldea del pequeño hospital, donde tenían familia. Y mi padre… siempre estuvo un poco mejor situado que los campesinos de su alrededor. Tenía hasta un pequeño terruño propio, cuando en sus orígenes parece ser que fue siervo de la gleba –para que me entendáis, oficio que, os puedo asegurar, no era peor que ser minero, por ejemplo, en una época en que ni empresarios ni autoridades dan un céntimo por la seguridad y la vida de sus trabajadores; me temo que no habéis evolucionado nada, compañer@s del siglo XXI-. Y el origen de ese dinero siempre lo ha mantenido en secreto.

Naturalmente, todo aquello era una vil mentira. Mi madre puede tener muchos defectos, que los tiene, pero a virtuosa, mojigata y puritana no la gana nadie. En cuanto a mi padre, es cierto que no es tan pobre como sus vecinos y que tuvo que huir de mi Huesca natal hacia Cataluña, pero aquello, más que una prebenda por haber permitido que un noble se beneficiara a su mujer, siempre había creído que más bien fue fruto de algún negocio sucio, el mismo que les obligó a marcharse cuando yo no era más que una bebé. Muy sucio. Pero Sancho no me dejó recrearme en mis recuerdos.

-En realidad… siempre pensé que no podías ser solo una repugnante mercenaria…

-Eh –respondí indignada-, un poco de respeto para mi profesión. Que no hay que hacer tanto caso a los tópicos.

-… pues siempre te has comportado como una dama… Eres generosa y leal, demasiado leal, aunque te encante disimularlo. Y te expresas con una corrección que desearían mujeres más nobles que tú.

Ahora la generosidad y la lealtad son patrimonio de la nobleza. Sí, y la austeridad de la iglesia y de los políticos del Sistema.

-No creo que eso tengo mucho que ver con mi sangre mezclada. El cura de mi pueblo me enseñó buenos modales. Y tengo el problema de que sé leer y me gustan los libros. Cuando una ha leído mucho, lo de hablar bien llega por sí solo. Es lo que hay –me encogí de hombros, un poco avergonzada de mis veleidades pseudoculturales. Él se acercó un poco más a mí, pero no me apreció notar demasiado ánimo concupiscente en el hecho.

-Se dice que el padre de Guillaume le dejó en usufructo unas tierras para que las entregara a ti como dote, arrepentido de haberte dejado abandonada. Que siempre echó de menos tener una hija.

Joder con la imaginación desenfrenada de Guillaume. Qué manera de poner los dientes largos a una pobrecita trabajadora de las armas que nunca había tenido casa propia. Desde luego, mi opción era una buena manera de evitar desahucios y expropiaciones mafiosas, pero lamentablemente no todo el mundo la podía adoptar y se quedaban a merced de bancos sin la más mínima vergüenza, esbirros sin el más ínfimo honor y gobernantes que esconden la cabeza al estilo de los avestruces.

-Ya me gustarí… quiero decir, sobre eso no tenía ni idea. Me hubiera conformado con su cariño en vida –Sancho era demasiado ingenuo para notar el sarcasmo en mi entonación.

-Lo sé. Tú eres así… pero piensa… fértiles tierras en la Bretaña que proporcionen abundantes tributos… un buen hombre a tu lado… hijos que criar… Una vida regalada, organizando partidas de caza, torneos, fiestas, veladas con trovadores… Supongo que deberías renunciar a muchas cosas de tu actual vida libre, pero ¿no compensaría el cambio?

Debía admitir que aquello de la vida regalada organizando fiestas, torneos y veladas poéticas no sonaba mal. Pero me olvidaba que para pillar la hipotética dote habría tenido que casarme. Con la consecuencia de, aparte de no ver ni medio real de vellón, tendría que aguantar a algún subnormal a mi lado. Mal negocio.

-Idílico panorama el que me dibujas –sí, claro, y un cuerno tan grande como los de la reina Sofía.

-Ya sabes… -continuaba Sancho-, yo siempre pensé que si servía bien al rey acabaría obsequiándome con la mano de alguna viuda rica y desprotegida. Pero tú y yo nos conocemos y nos llevamos bien… con nuestros pequeños problemas, claro. Y pienso que, a pesar de todo, lo nuestro podría funcionar. En realidad, sabes que solo me detenía que fueras pobre y plebeya. Quizá no sería mala idea… ¿qué piensas?

Lo más sorprendente es que Sancho debía de creer que estaba resultando terriblemente convincente. Es curioso cómo todo el mundo piensa que es con el matrimonio y con encontrar al amor de tu vida y todas esas zarandajas cuando se acaban los problemas. Pues es todo lo contrario, guapas y guapos, informo: incluso aunque añadas tierras a la ecuación. Pero me hice la inocente.

-Veremos cómo queda la cosa. A lo mejor la pretendida dote responde más a los buenos deseos de Guillaume que a otra cosa. Pero puedes estar seguro de que si me caso alguna vez, consideraré tu candidatura –aunque lo tenía a mi espalda, sentí su sonrisa de satisfacción: que me fuera esperando sentado. Él comenzó a roncar de inmediato ahora que creía tener asegurado el futuro, como si estuviera abrazándose a un plan de pensiones privado una vez que los asesores del Gobierno pagados por las aseguradoras y los bancos hubieran acabado con cualquier veleidad de devolvernos parte de lo cotizado cuando ya hubiéramos pagado nuestra deuda con la sociedad; yo tardé un poco en caer en brazos de Morfeo: de pronto entendía muchas cosas. Que Blanca no me hubiera matado. Que mi carcelero tuviera órdenes de, dentro de lo que cabía, tratarme bien. Incluso que mis captores hubiese recogido mi caballo y mi escaso equipaje y ahora formara parte de la comitiva.

Quizá, en el fondo, Guillaume, persistiendo en sus embustes, solo había tenido el propósito de salvarme, o al menos facilitarme, la vida (continúa).

Read Full Post »

Principios del otoño de 1293

Había apostado y había perdido, sí. Es cierto que siempre supe exactamente el riesgo al cual me exponía, y las escasas bazas que contaban en mi haber, y a pesar de todo había tomado la decisión: pero eso no me consolaba de mi situación actual. Y es que la estampa que en aquellos momentos yo ayudaba a componer debía de ser, sin duda, una de las más patéticas de mi vida: me hallaba atravesando los Pirineos, cabalgando a mujeriegas sobre una acémila de mohíno y enfermizo aspecto (que se volvía a mirarme con aire displicente cada vez que intentaba arrearla), asediada por indómitas y cargantes moscas que se resistían a aceptar que ya habían acabado los días estivales, y embutida en un vestido propiedad de Elvira que, debido la disparidad existente entre nuestras respectivas figuras, me sentaba como una patada en el culo, apretándome en algunos lugares y ensanchándose en otros (no esperéis detalles al respecto); y, por si fuera poco, me habían atado de pies y manos, con lo cual mi capacidad para afianzarme en la montura si a la bestia le daba por alterarse era bastante limitada, y ya me veía dando con mis huesos en el barro para que el ridículo de mi imagen subiera algunos enteros, si es que tal cosa era posible aún: claro que había que reconocer que la susodicha no estaba para muchos trotes, y aún para menos galopes, y que a mi lado contaba con la siempre vigilante compañía de Sancho, mi guardián personal, que me miraba con una especie de arrepentimiento, como si fuera el principal esquirol en un huelga contra un modelo económico de precariado, desigualdad, derroche y privatizaciones: vamos, como el que quieren implantar en la España post-supuesta-crisis-o-más-bien-excusa-pero-en-realidad-no-post-nada.

Os imaginaréis cómo había llegado a esa penosa situación: cuando pedí a Sancho que me condujera ante la presencia de Blanca, la mayor de mis preocupaciones era contribuir a evitar la cruzada; mi antiguo amigo y compañero de vinos en la taberna de Joana me la había pintado como insoslayable e inminente y, temerosa de otra masacre como la de Acre, o como tantas otras peores que afortunadamente no había tenido que vivir en primera persona, le creí a pies juntillas. Y con eso no hice más que caer en un error que siempre he intentado evitar en mí y que contra el que nunca he desperdiciado ninguna ocasión de pontificar a los demás: el fallo fatal de no contrastar informaciones. De no reflexionar con criterio ante las noticias. Vamos, que mi comportamiento estuvo a la altura de los oyentes o lectores de Intereconomía, 13TV, esRadio, ABC, El Mundo, La Gaceta, La Razón… aunque el resto de medios de comunicación del Régimen español del siglo XXI, aunque más sutiles, no es que les vayan mucho a la zaga; no me faltaba más que intoxicarme informativamente tanto que acabara comprando el libro de Aznar y luego diera las gracias al Gobierno por no tener ya nada que envidiar a Bangladesh en competitividad (¡si hasta Bill Gates ha invertido en la España de 2013! Lástima que nadie nos explique que el creador de Windows solo especula con las migajas más sucias del festín ibérico). No tardaría mucho en darme cuenta de mi error y en sufrir las consecuencias y sin embargo, en aquellos instantes, cuando entré en los amplios aposentos de la amante del Rey convenientemente bañada y perfumada y embutida en aquellos avíos propiedad de la dama de compañía que tan poco me cuadraban, según mi antiguo amigo y actual carcelero para “causar buena impresión”, ni por asomo imaginaba lo que se tramaba a mis espaldas.

Llegado el momento, Blanca me hizo entrar con un indolente movimiento de su mano derecha, y Sancho me tomó del brazo, instándome a trasponer el umbral. La dama, sentada entre un sillón labrado entre cojines, rodeada de los tapices con escenas de caza que colgaban de las paredes, más allá de una serie de arcones y una mesa en la que se veían jarras de vino y dulces, me echó una ojeada despectiva al verme presentarme vestida como corresponde a mi sexo; seguro que la habría alegrado más que enarbolara un cartelito con una gaviota que rezara “Apoyo la Reforma de la Ley del Aborto de Gallardón y quiero pasar el resto de mi vida limpiando y sirviendo a mi marido porque me he leído el libro que enseña a ser sumisa”. Mientras, Elvira, que como era habitual en ella fingía desarrollar sus quehaceres en un punto u otro de la estancia, me obsequiaba con una de sus habituales miradas incendiarias. ¿Por qué me odiaría tanto aquella mujer? Ni que perteneciera a la AVT y yo fuera una terrorista excarcelada tras el fiasco, en un sistema penitenciario ya de por sí hecho con el culo, de la Doctrina Parrot.

-Al menos, vestida así resultas algo más agradable a la vista -remarcó el ‘algo’, insinuando claramente que tampoco es que mi persona ganara mucho con el cambio. Lástima que no me preocupe en exceso su opinión sobre mi imagen-. Y bien, ¿qué es eso tan importante que según Sancho tienes que comunicarme? ¿Acaso alguna información que puedas canjear por tu libertad? -el tono de burla con que pronunció la última pregunta me habría quitado las ganas de intentar lo que afirmaba, si acaso lo hubiera pretendido.

-Blanca –comencé, yendo directamente al grano. Ni ‘señora’ ni ‘doña Blanca’ ni nada parecido: aún no le había apeado el ‘vos’, más que nada por no indisponerme contraproducentemente con ella: se suponía, además, que de alguna manera estábamos en el mismo bando, a pesar de mi injusta detención por ser una antisistema medieval digna de la de los Cinco de Sabadell o la de Cañamero mientras el poder judicial ya ni se molesta en parecer independiente– vos queréis evitar una nueva cruzada y yo también, aunque nuestras razones no sean las mismas. Pero si insistís en tenerme prisionera no os voy a ser útil, cuando de estar libre podría ayudaros, y de paso ayudarme a mí misma. Sé que queríais torcer la voluntad de mi amigo con mi secuestro, aunque que los votos de su orden no le han permitido acceder a lo que él sin duda definiría como chantaje –por cierto: ¡sucio traidor! Cuando le viera le iba a enseñar qué era eso de dejar a los amigos tirados sin ningún escrúpulo-. Pero hay una forma mejor de convencerle.

Un leve interés tintineaba en los ojos, de por sí permanentemente hastiados aunque hermosos, de la noble. Aunque probablemente solo se preguntaba: ¿Cuál será la próxima estupidez que va a decir esta desgraciada?

-Bien, oigamos tu idea -parecía demasiado divertida, con su sonrisa que partía por la mitad su estrecha cara de rasgos perfectos. Demasiado para mis perspectivas de futuro. Pero yo no perdí el tiempo.

-Tenéis que dejarme hablar con él -solicité-. Tengo motivos para creer que puedo convencerlo. No suele resistirse a mi oratoria. Y me debe muchos favores, demasiados. Le he salvado el cuello más de un par y más de tres veces -la deuda era mutua, pero naturalmente eso no tenía por qué saberlo ella. Además, con su última jugada yo consideraba haber saldado cualquier compromiso que tuviera hacia él, qué cojones.

Por un momento, la expresión de Blanca pareció más grave y, por decirlo de alguna manera, profesional. Casi hubiera podido pasar por una persona responsable.

-Tu oratoria, dices… Cierto, tienes la virtud de saber expresarte, eso no te lo niego. Pero ¿qué más ases guardes en la manga? ¿Realmente crees que eso será suficiente con él, por muchos favores que te deba? No olvidemos de quién estamos hablando.

-Lo creo, sí -aseveré yo-. Le conozco.

-Ah -el tono de su voz comenzaba a deslizarse levemente hacia la ironía… ¿o eran mis imaginaciones?-, pero no me has contestado. Dime ¿de qué más armas dispones? Porque, repito, esas que esgrimes no me parecen suficientes.

¿Esperaba realmente que dijera lo que yo creía que esperaba que dijera?

-No tengo ningún inconveniente en emplear cualquier medio que esté a mi alcance -aseguré, orgullosa, convencida, y mentirosa: aunque no mucho. A lo mejor no le mataba, o al menos no mucho, pero lo de extirparle algún órgano vital me lo estaba pensando seriamente.

-Oh -ahora su entonación era claramente burlona. Aquello no tenía buena pinta. Me hubiera santiguado si no estuviera un poco harta de santos. De hecho, ni los ínclitos 522 nuevos, que son muy buenos porque los que les mataron fueron los malos, mientras a todos aquellos a los que los buenos mataron se pudren en las cunetas, iban a poder ayudarme con aquella que se me avecinaba-, no tienes que convencerme de eso. No dudaba de que estuvieras dispuesta de vender tu cuerpo por información, dinero, una simple jarra de vino o cualquier otra menudencia, así que si hablamos de cuestiones más sustanciales… -yo di un respingo; hasta Sancho se sobresaltó por el insulto.

-Mi señora doña Blanca -inusitadamente, este dio un paso adelante-, lo que decís no es justo. A Eowyn sin duda se la puede acusar de muchas cosas, pero no es la mujer indigna e inmoral que habéis descrito. Lo siento, soy vuestro vasallo y os debo fidelidad, pero mi juramento de caballero me exige actuar con justicia y equidad, y eso me impide escuchar palabras como esas sin manifestar mi oposición.

Alucinante: mi carcelero me defendía. Es cierto que Sancho era uno de los pocos que hacían caso a su juramento de caballería (él sabría por qué), pero tanto calor en mi auxilio me parecía desconcertante. Concluí que debía de sentirse muy culpable por la faena que me había hecho.

-No te esfuerces, Sancho -me encogí de hombros sin olvidar guiñar un ojo cómplice y disimulado hacia él-. Dudo que tu señora capte conceptos como “justica” y “equidad”. De hecho, no creo que las neuronas de su cerebro entiendan ni lo que significa “inteligencia”, aunque eso es explicable: nunca se han topado con ella por allí arriba. A veces pienso que es una superviviente de la LOMCE: solo se fía del poder, de la religión y de los rumores de la calle.

El rostro de Blanca estaba peligrosamente congestionado y me pareció que se hallaba a punto de soltar humo por la nariz y estallar en mil pedazos, como si el fracking de mis palabras, comprado a precio de oro al PPSOE, le hubiese ocasionado un terremoto; pero al final optó prudentemente por calmarse. Eso sí, no me hubiera gustado estar en la piel de Sancho cuando le cogiera por banda, dada la mirada asesina que le lanzó; sin embargo, fue a mí a quien se dirigió.

-Mira, mercenaria del diablo. Pensamos que podrías ser útil para nuestros planes; pero nos has decepcionado amargamente. Tal como se ha visto, nadie, ni siquiera el mejor de tus amigos, es capaz de arriesgar un pelo de su barba por ti. De hecho, no nos sorprendió que la Orden rechazara nuestra oferta, pero esperábamos un asalto (y estamos bien preparados para ello, y formaba parte de nuestro plan), pero como puedes ver este no se ha producido. Estás sola, Eowyn: no existe nadie en el mundo a quien le preocupe lo más mínimo tu suerte. No vales nada, ni sirves para nada, ni puedes conseguir nada.

Sancho se estremeció al escuchar las últimas palabras y se volvió a mí, pendiente de mi reacción: al parecer, aquella afirmación le parecía al menos tan cruel como la más cruenta de las batallas en las que había participado. Yo di un paso adelante, desafiante.

-No tengo por qué defenderme de lo que nos más que una mera opinión de vuestra parte, Blanca. Pero no puedo dejar de deciros que eso que consideráis mi debilidad, en realidad, es mi fuerza. No he perseguido otra cosa a lo largo de mi vida. Soy libre; carezco de las ataduras que otorgan los sentimientos, cualquier tipo de sentimientos. Seguro que os gustaría poder decir lo mismo: yo no necesito recorrer más de 100 leguas para encontrar a un amante esquivo.

Una casi inaudible exclamación de sorpresa surgió de la garganta de Sancho, aunque quizá alguien que no le conociera tanto como yo no habría notado cómo sus labios se contorsionaban para dominar un ataque de hilaridad. Blanca, por su parte, al borde de un acceso de ira histérica, estaba a punto de perder los pocos papeles que aún conservaba. Incluso Elvira había dejado de fingir que se ocupaba de sus quehaceres para flanquear a su señora, con llamaradas en los ojos, corriendo hacia ella como una diputada con ganas de largarse de puente después de haber cumplido con su deber y aprobado algún recorte entre cabezada y ausencia justificadiiiiiísima.

-Llévatela de aquí –ahora se dirigió a Sancho- y prepárala para un largo viaje –volvió a mirarme-. Veremos si siques opinando lo mismo cuando te veas obligada a recorrer un largo e incómodo camino, y no para gozar en los brazos de tu amante, sino para ver cómo un gran amigo muere de la forma más horrible que puedas imaginar (continúa).

Read Full Post »

#afinidadviajera

La única web para viajeros adictos.

franciscojaviertostado.com

Historia, medicina y otras artes...

Fábulas estelares

De lecturas, lenguajes y naves espaciales

#NoDAPL Solidarity

Support the Indigenous led movement to stop the Dakota Access Pipeline

Sociología crítica

Articulos y textos para debate y análisis de la realidad social

Tras La Última Frontera

Un blog sobre literatura fantástica, ciencia ficción, mitología y juegos de rol.

Romana Insolentia

El blog donde conocer al pueblo godo y la Antigüedad Tardía desde sus orígenes hasta su final. Guerra, intriga y arqueología en Hispania tras la caída de Roma de manos de un historiador y arqueólogo amante de la Antigüedad Tardía y de los visigodos en particular.

Juegos y Dados

Juegos de tablero, cartas, rol y miniaturas

geoengineeringcrimes

Crimes Against Mother Earth

arieelvikingo

4 out of 5 dentists recommend this WordPress.com site

Adherentes Bcn

Quisieron enterrarnos, pero no sabían que somos semilla

Comitè Antiimperialista

Contra les agressions imperialistes i amb la lluita dels pobles per la seva sobirania

Soy Pública

Defendiendo la Educación Pública

The Moving Times

Diario de los movimientos sociales y las reivindicaciones políticas

Asociación hipotecados activos

Todo lo que debes saber de tu hipoteca, los bancos, el dinero y no te explican

ARQUITECTURA-G

ARQUITECTURA-G Estudio Arquitectura Barcelona

La ratera

El Bloc d'en Toni Barbarà

Plataforma Catalana Marxa a Brussel·les 2015

No a l'Europa del capital, per una Unió dels pobles democràtica, social, ambiental , solidària, igualitària: EUROMARXES 2015

Atila Weblog

Just another WordPress.com weblog

Salud y Bienestar

En éste blog encontrareis información referida a salud y bienestar en general.

Ciencia Histórica

Un blog de Jesús G. Barcala

Información por la Verdad

Buscadores de la Verdad en Vallecas informando desde el cariño.

PTYAL

Pedagogía Terapéutica y Audición y Lenguaje

Tomos y Grapas

Tu programa de Cómics

Ferro Veritas

Esgrima Antigua y Recreación

ALC Stronghold

¡Hazlo épico!

Por Otro Mundo

Somos Más

Ciencia Histórica

Un blog de Jesús G. Barcala

Los Templarios y su época (1095-1314)

“Non nobis Domine non nobis sed Nomini Tuo da gloriam”

#elmonlocaldiuprou

Web per denunciar la reforma local de l'Estat

el Club dels Llops

quatre nens es perden pel bosc, on viuran l'aventura de la seva vida!

Un escriptor als núvols

La botiga de les fantasies versemblants

verba volant, scripta manent

De la edición en papel a la edición integral

Espiral associacio de creadors/es

Associació de creadors i creadores

Donbass Resisteix

Bloc de l'Assemblea de Suport a les Repúbliques Populars de Donetsk i Lugansk

Tinta Roja

Fira de l'edició independent i del llibre polític

A la puerta del sueño

O cómo ser periodista en el siglo XXI y no morir en el intento

A %d blogueros les gusta esto: