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Archive for 30 enero 2014

El exterior del castillo protagonisa de esta histtoria, muchos siglos después.

El exterior del castillo protagonista de esta historia, muchos siglos después.

Febrero, 1294. Terres de l’Ebre

La tienda que compartía con Isabel se había transformado en un salón de alta costura, o al menos en la sastrería de un teatro. Como un improvisado equipo de diseñadores, Gonzalo, Esquieu y Gerard se hallaban dispuestos en círculo en torno a mí, aportando ideas, objeciones y, sobre todo, comentarios insulsos, mientras frey Pere, con semblante grave, ejercía de famoso y temido director y Guillaume, armado con unas tijeras, parecía hallarse en su salsa dando los últimos toques a mi disfraz de aldeana menesterosa y víctima de las luchas fratricidas en tierras del Ebre; su escondida vocación juglaresca siempre buscaba algún resquicio por donde emerger. Por mi parte, yo mostraba la cara tiznada, el cabello suelto y desgreñado, y más partes de mi cuerpo de las que me hubiera gustado, dado el frío de aquel crudo invierno, bajo mi raída, corta y desgarrada saya. El bretón observaba el conjunto meneando insatisfecho la cabeza:

-Se ve muy entera –concluyó, tras su examen.

-¿Yo o la saya? –ironicé. Él, concentrado en su tarea, ni me oyó.

-Un par de desgarros más por aquí quedarían perfectos.

Ya se disponía a meter la tijera hasta en la Sanidad, la educación y las pensiones, a pesar de haber prometido que no lo haría, cuando frey Pere intervino, como si fuera esa oposición de verdadera y comprometida izquierda que nos hubiera gustado en la España rajoyana, impidiéndoselo con sutileza.

-Hermano Guillaume, yo creo que es suficiente. Nuestros votos no autorizan acercarse tanto a una mujer; aunque sea por una buena causa –el visitador asintió, demasiado animado por los preparativos y deseoso de endilgar mandobles como para objetar.

-Pues ya está, entonces. Eowyn, no sé si tienes un aspecto horrible o maravilloso, pero muchacha, es difícil apartar la vista de ti.

Y en realidad aquello no resultaba tan extraña: aquel atuendo, con su escasa consistencia y los desgarros (que yo calificaría como ‘estratégicos’) perpetrados por Guillaume en la mejor tradición de Gaultier vistiendo a las actrices de una película de Almodóvar, la verdad es que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo, aunque de pequeña estatura y sin considerarme demasiado vistosa, la verdad es que conservo bastantes curvas (a pesar de que llevo una larga temporada sin gozar de un régimen de alimentación decente); y ninguna de ellas quedaba oculta. Todo eso, unido a que estaba rodeada de tipos a los que se les había marcado como pecaminoso no solo catar, sino incluso ojear a una mujer, lograba que hasta el mesurado Gonzalo y el jovenzuelo Gerard no podieran evitar echarme una miradita: y qué decir del rijoso Esquieu, al cual se le escapaba la salivilla por la comisura de la boca cada vez que intentaba pronunciar una palabra. Pero bueno,  aquello no me molestaba. Después de todo, yo hacía lo mismo cada vez que veía a un hombretón ligero de ropa, y eso que no había profesado votos que me hicieran andar desesperada.

Se oyeron unos pasos. Isabel, cada vez más flaca y desmejorada, avanzó titubeante desde la parte más oscura de la tienda. Yo me enfrentaba al horror de la guerra cada vez que veía su rostro, pues era como el retrato de Dorian Grey de toda aquella crueldad de la condición humana que nosotros, los acostumbrados a la batalla, intentábamos esconder, esconder y escondernos. Le tendí las manos al tiempo que frey Pere la sujetaba por el brazo: cuando caminaba, siempre nos parecía que se iba a desplomar antes de llegar hasta nosotros.

-Eowyn, no quiero que hagas esto. Es demasiado arriesgado

Le acaricié la cabeza.

-No lo es en absoluto, y menos para mí. Me toca la mejor parte, sacar a Guifré y a los demás del calabozo y traéroslos. Sí se puede. Podemos hacerlo. Con menores fuerzas se han conseguido mayores logros. Y te prometo que no me pasará nada. ¿Cuándo te he mentido yo?

-Siempre que lo has considerado oportuno –ella sonrió entre sus lágrimas-. Pero también es cierto que confío en ti. Ciegamente.

La abracé, y sentí como una marea poderosa, procedente de algún depósito ignorado de agua, golpeaba el dique de mis ojos secos. Afortunadamente logré contenerme. Frey Pere, entonces, rodeó los hombros de Isabel con el brazo y me estrechó la mano.

-Que Dios y la Virgen María os acompañen –deseó calurosamente.

-Al menos no habéis dicho Santa Teresa y la Virgen del Rocío –suspiré yo aliviada-. Lo de Dios y la Virgen normal y corriente siempre parece más razonable y menos del Opus. Aunque solo sea porque estamos más acostumbrados.

-La próxima vez que vuelvas a blasfemar te lavaré la boca con jabón, jovencita –amenazó con una sonrisa. Frey Pere no solía ser tan permisivo con esos temas, pero estaba demasiado asustado como para mostrarse intolerante: aquella misión no dejaba de tener un lado suicida. De inmediato, se acercó un poco más a mí y me susurró al oído-. Vuelve. Volved todos. Os necesitamos.

Asentí con la cabeza, y un repentino escozor en los ojos me hizo volverme y salir por la puerta, dejando a Isabel con Guillaume y Gerard (que en las últimas semanas no se despegaba de ella, aparentemente conmovido por su situación), y seguida por Guillaume, Esquieu y Gonzalo. Este último se ocuparía de la maniobra de distracción que nos permitiría abandonar el campamento sin ser advertidos; y en aquel mismo instante, justamente, el momento en que en que lentamente se cernía la noche sobre el campamento, sucedería. Un grupo nutrido de caballeros, que andaban por entre las tiendas fingiendo conversar, ejercitar a sus caballos o realizar alguna otra tarea, le miraron y comenzaron a arremolinarse, disimuladamente, alrededor de él. Guillaume, Esquieu y yo levantamos la vista hacia el castillo, que se elevaba a unos 300 metros rodeado de las derruidas e incendiadas casas de la pequeña población que este había enseñoreado, en un paisaje que se asemejaba a Kiev tras el paso de fascistas ucranianos controlados por la CIA y disfrazados de patriotas democráticos, y cuyos habitantes, muertos o esclavizados, no tenían ya tiempo o posibilidad de lamentarse de aquella destrucción. (Al menos, había dejado de llover). Gullaume, sin embargo, una vez hubo vuelto su mirada a nuestro entorno y constatado nuestras escasas fuerzas (al menos comparadas con como deberían haber sido), sí se lamentó copiosamente.

-Míranos –me dijo-. Éramos la orden más poderosa de la cristiandad. Inspirábamos un temor cerval en el campo del batalla, y en los salones de palacio nuestro poder hacía inclinar la cabeza casi hasta al Santo Padre. Y ahora ¿qué tenemos? Unas arcas prácticamente vacías, unos efectivos menguados, con un descenso vertiginoso de las vocaciones, y un sometimiento total, al menos de facto, a las decisiones de todos los monarcas de la cristiandad. Como cuentas tú que harán los reinos hispánicos en el siglo XXI hacia los gobernantes de ese nuevo país al otro lado del Oceáno. Ni siquiera podemos liberar a los nuestros abiertamente, sin subterfugios.

Se trataba de uno de los ataques de pesimismo de Guillaume; afortunadamente, no duraban mucho. Constaté entonces cuándo amaba la Orden a pesar de todo, a pesar de la misma Orden y de su ambición personal, y me recordó a aquellos militantes de partidos de la izquierda que en el siglo XXI siguen integrando las filas de su organización aunque esta ya no se parece a sí misma, si alguna vez lo hizo: en España y en Cataluña había buenos ejemplos de esta trágica tendencia. No obstante intenté animarlo, sin mentir, eso sí, acerca de lo que pensaba: yo intentaba obrar cuán buenamente podía en mi vida, pero dudaba entre quiénes eran los héroes y quiénes los villanos. Si es que no existían solo los segundos, como me temía.

Sic transit gloria mundi, Guillaume, es ley de vida. Evidentemente ya no os toman tan en serio como antes. Y habéis cometido un error esperando una resolución pacífica de este conflicto. Pero de los errores se aprende, nuestro plan puede funcionar y, cuando hayamos liberado a todos los prisioneros, tenéis la oportunidad de remozar el Temple completamente, limpiarlo de corruptos y de traidores y darle la función que debería haber tenido desde el principio, proteger a los más desfavorecidos. Sois hábiles creando riqueza y ya habéis gastado demasiada de ella en destrucción y muerte, engañados por una falsa idea de lo correcto y cristiano, manipulados por quienes de verdad ostentan el poder, o quizá cómplices. Ya es hora que la invirtáis en la vida.

Me miró con una sonrisa beatífica, como si vislumbrara aquellos horizontes de paz y prosperidad que a mí misma, que los proponía, en el fondo me parecían imposibles: era, probablemente, muy tarde para deshacer lo desandado, nuestra reacción había sido cobarde y tardía. Pero no pudo contestarme, pues Esquieu, que había ido a buscar los caballos y las cargadas acémilas, ya regresaba. Le tendió una cuerda a Guillaume con la que este me ató las manos de una manera simbólica, antes de subir a su montura y de ayudarme a ocupar la parte delantera de esta. El sargento, con atuendo de escudero seglar, hizo lo propio mientras su supuesto amo hacía una señal a Gonzalo.

-Adelante –dijo el bretón, murmurando a continuación algo que parecía una oración en su lengua materna.

Amparados por la semioscuridad, rodeamos el campamento y salimos por la parte del mismo más desprotegida, un zona boscosa que cercaba un tramo de murallas sin poternas, bastante a resguardo de las torres, y a la que se llegaba tras una agotadora escalada por pedregosos y resbaladizos riscos. Tras de nosotros, se escuchaba un tremendo tumulto, pues Gonzalo y sus hombres estaban remedando un ataque desesperado contra la entrada principal de la fortaleza, ataque que sería prontamente frustrado por frey Pere y los dos o tres mayores dignatarios que lo acompañaban, pero que serviría para que toda la vigilancia se concentrara en esta parte impidiendo que se advirtiera nuestra maniobra y proporcionándonos una explicación de nuestra fácil llegada al castillo. Siguió una hora larga de ascenso, calculo, hasta que pudimos llegar al estrecho sendero que rodeaba el recinto exterior, y que seguimos para acceder a la entrada. Las almenas de las dos torres y del camino de ronda a nuestro alcance aún seguían vacías de guardias, pero insistentes rumores de pisadas, murmullos y golpear de hierros nos advirtieron de que pronto dejaríamos de estar solos.

-Recuerda –me advirtió Guillaume-. Cuando yo los tenga a todos entretenidos y borrachos, tu único cometido será abrir una la puerta y dejar entrar a los nuestros, y a continuación aprovechar el tumulto para liberar a los prisioneros. Cuando lo hayas hecho, ni se te ocurra meterte en la refriega: recuerda que no vas armada; sencillamente, guíales hacia el exterior donde frey Pere y maese Salomón les estarán esperando y, si alguien te provoca, simplemente huye: nadie va a pensar que eres una cobarde por ello.

Guillaume, desde luego, conocía bien mi facilidad de meterme en líos.

-Pierde cuidado –le contesté, pensando para mis adentros que haría lo que considerara oportuno, según la situación. Esquieu intervino.

-Eowyn, tengo una curiosidad. ¿Cómo aprendiste a luchar? No es algo común en una chica.

Me encogí de hombros.

-Yo no lo veía así de niña. Mi madre nunca fue un modelo para mí, supongo que por su poco apego hacia sus hijos, así que no crecí pensando que lo que yo debería hacer es coser, limpiar, preparar comidas y ser la esclava de un tío. Me parecía más divertido jugar a las batallas, como hacían los niños de la aldea; en ese momento de la vida piensas que la guerra es emocionante y honorable, ya ves tú. Pero para conseguir que ellos me aceptaran tuve que encajar muchos golpes, y eso me hizo fuerte y hábil. Más adelante, cuando vi que mis padres y el señor del lugar querían casarme, me escapé, y en mi periplo siempre busqué relacionarme con quien pudiera enseñarme más, en todos los sentidos. Pensar y aprender es la única manera de ser libre y de equivocarte lo menos posible en la vida: por eso no nos lo facilitan.

Esquieu lanzó algo que sonó como un silbido de admiración.

-De verdad que eres sorprendente.

-No lo creas –refuté yo-. Puedo no ser muy común, pero en ningún caso única. Hay muchas como yo.

En lo alto de la barbacana de la fachada principal del castillo, a la que acabábamos de arribar, ya habían aparecido los centinelas después de la fingida falsa alarma. Al vernos se apresuraron a darnos en alto.

-No os mováis de ahí. ¿Quién sois y cómo habéis burlado el cerco?

-Las explicaciones en su momento –Guillaume habló en un castellano perfecto y sin sombra de acento-. Mi nombre es Rodrigo y traigo un mensaje de la señora Blanca, a la que vuestros señores sin duda conocen bien. Y es urgente. Por cierto –señaló las acémilas-, también he traído víveres, cosa que sin duda agradeceréis dada vuestra situación, y asimismo buenas noticias.

Poco tardó el portalón en abrirse. El capitán de la guardia, bien pertrechado por un sobrado contingente de hombres, salió a caballo.

-Enseñadme la carta –exigió. Guillaume le obedeció; al parecer, el guardia reconoció el sello de Blanca. Me señaló-. ¿Y ella?

-Una morisca que he encontrado en una de las aldeas a las que buenamente tu señor ha dado su cumplido castigo –Guillaume ilustró su definición con un cachete en mi culo. Yo le golpeé disimuladamente con el talón en la espinilla. Conteniendo un gemido de dolor, siguió hablando-, rebelde y muy arisca, pero que yo diría puede ser un volcán en la cama. La he traído para comprobarlo –guiño un ojo al capitán- y luego tal vez queráis efectuar vosotros vuestras propias comprobaciones…

Lo que tenía que escuchar una por la causa, Dios mío. El guardia me recorrió con la mirada, calibrando la magnitud del regalo que se le ofrecía. Después, le ordenó a uno de sus subordinados-. Avisa al señor Berenguer, ahora mismo -y, dirigiéndose a Guillaume, y con deferencia-. Podéis seguirme, don Rodrigo.

Entramos en la fortaleza. Yo atisbaba nerviosa a mi alrededor, intentando reconocer alguna señal de mis compañeros, sin éxito. ¿Podría ser que estuvieran todos muertos ya? La idea me torturaba más de lo que quería reconocer, y también pensaba en el resto de los cautivos, las mujeres y los niños, sobre todo… ¿Evitaríamos que acabaran siendo vendidos como esclavos, como un trabajador del siglo XXI chantajeado a aceptar condiciones laborales de pesadilla para que no se cerrara su empresa? Por desgracia, aquello me parecía altamente improbable. El patio de armas era un recinto rectangular donde se apiñaban varias dependencias, y me llamó especialmente la atención, justo ante mí, contiguo al edificio que alojaba las habitaciones destinadas a la guardia, una construcción que disponía de un solo ventanuco enrejado. Cambié una rápida mirada de inteligencia con Guillaume, antes de que un noble de edad indefinida, cintura gruesa y blanda, ataviado como si saliera de un banquete en la Corte de Barcelona, y acompañado de un igualmente engalanado séquito, emergiera de la puerta de entrada del recinto principal, situada a mi derecha: Berenguer de Entença, por lo que yo sabía, era un avezado, orgullosos y cruel militar, pero aquel tío me pareció un petimetre.

-Esperábamos vuestra llegada, don Rodrigo. Creo que tenéis muchas cosas que contarnos. Las órdenes de doña Blanca han sido algo difíciles de cumplir, a pesar de que no nos han bastado deseos de complacerla –una cruel ironía era patente en sus palabras, pero también le cotaba disimular su impaciencia-. ¿Sabéis dónde puede estar el personaje que buscamos? ¿Tal vez habéis podido contactar con nuestros hombres infiltrados en el campamento de los malnacidos templarios?

Guillaume se estremeció imperceptiblemente.: como tantas otras cosas, no había creído en demasía mis sospechas sobre que teníamos espías en el campamento. Eso le hubiera supuesto tener que desconfiar de su Orden, cosa impensable para su tan contradictoria a veces mentalidad. Pero ahora se veía abocado a ello.

-Me temo que eso ha sido imposible –su tono de voz me pareció seguro, a pesar de la dificultad de hablar sin saber qué sabía Berenguer de Entença y qué ignoraba-. Los mensajes que pudieran haber enviado no han llegado, o al menos no lo habían hecho cuando vi a doña Blanca por última vez. Ahora no se detiene mucho tiempo en el mismo sitio: al parecer está intentando encontrar a una esquiva mercenaria, amiga de nuestro objetivo, que se le escapó en una ocasión, y lo ha convertido casi en una cuestión personal –se encogió de hombros-. Y por otra parte, yo tenía entendido que erais vos,  en primer lugar, quien debía ser informado.

La mirada grave que dirigió el de Entença a Guillaume heló la sangre en mis venas por un momento. Pero luego el noble prorrumpió en una estruendosa carcajada: estaba más alegre que si hubiera triunfado en un elaborado plan para exculpar a unos queridos amigos delincuentes y además, matando dos pájaros de un tiro, echado los perros contra sus jueces.

-¡Ja, ja, ja! Tenéis razón, don Rodrigo. Pero puesto que nuestros amigos tienen dificultad de salir del campamento, pensé que tal vez habrían rastreado otras opciones. No parece que estén siendo muy útiles de momento. Sin embargo, el último mensaje que recibí de ellos me avisaba que indudablemente ese hombre se hallaba en nuestros prisioneros. Lástima que no puedo matarles a todos, gracias a nuestro amado monarca, al que Dios guarde muchos años –ahora su postura me pareció francamente psicopática, pero en realidad había muchos como él-, porque ni bajo tortura –me recorrió un escalofrío- han querido confesar de quién se trata. Pero ahora, con vos aquí, todo esto cambiará.

-Estoy deseoso de ayudaros –contestó rápidamente el falso caballero castellano-. Si esos informes no mienten, podemos entrar en las mazmorras de inmediato y os revelaré la identidad de ese hombre.

-¿Y qué prisa tenéis? –rebatió el mandamás, a quien yo deseaba ver tan derrotado como a Lasquetty cuando se le jodió su plan privatizador-. Podemos dejarlo perfectamente para mañana, es  muy tarde y yo, por mi parte, anhelo probar las exquisiteces que dicen mis hombres que traéis en esas alforjas. Como podéis comprender, la situación de sitio nos ha dejado en grave penuria e inanición.

No me parecía a mí su aspecto la viva imagen de la inanición, pero Guillaume, aliviado por no tener que seguir representando, de momento, la escena más peligrosa de su papel, se dispuso a seguirle.

-Subid el equipaje de don Rodrigo a la alcoba de arriba -gritó el de Entença a unas sirvientas que observaban, sumisas, la escena y, señalándome- y a ella también –se volvió hacia el fingido Rodrigo-. ¿Necesitáis que os la encierren?

-¡De ninguna manera! –se indignó, como si se pudiera en duda su masculinidad. Luego esbozó una sonrisa pícara-. Ella está deseando que llegue el momento de hacerme gozar-. Volvió golpearme en el culo; esta vez no puede vengarme de inmediato, pero tiempo habría. En lugar de eso, me apresuré a asentir y sonreír, como un pingüino de Madagascar, mientras hacía una reverencia a aquel hijo de Satanás digno de integrar el gabinete de Artur Mas.

-Bien, veo que la tenéis bien enseñada –decidió el  conquistador del castillo-. Ahora acompañadme a la sala. Abriremos el apetito con un buen vino –yo, conducida por tres atareadas sirvientas que cargaban con las bolsas de Guillaume (en realidad, pertenecían al verdadero Rodrigo)- les precedí. Recordé aquella canción del 1936, vieja y futura al mismo tiempo, intemporal en realidad. “Ya se acabó el alboroto y ahora empieza el tiroteo”. Ojalá aquella aventura no acabara igual al conflicto al que se refería la letra, pensé. Poco sabía yo entonces que en realidad terminaría mucho peor. (sigue).

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(viene de)

Aquello parecía la antesala del Diluvio Universal, pero probablemente un desastre más grande se cerniría sobre nuestras cabezas si el ataque seguía demorándose. Yo esperaba una visita desde hacía un buen rato, y ya habría salido a buscar al  impuntual huésped si no estuviera ocupándome de Isabel, cuya salud mental me tenía preocupada. Maldecía mentalmente a Guillaume: ¿cómo pudo ocurrírsele meterla en esto? Y en cuanto a mí, ¿por qué no busqué una manera de impedirlo? Demasiado odio acendrado, demasiada crueldad gratuita típica de antidisturbios, para un alma sensible como la suya: la guerra, en resumen. Y, obviamente, hubiera podido soportar mejor la muerte de Guifré que el saberlo víctima casi segura de torturas. Son las desventajas de enamorarse. Aunque, para ser honesta, considero, que dentro de lo que cabe, Guifré es bastante merecedor del aprecio de Isabel: pertenece sin duda a ese escaso 1% de hombres que hacen felices a las mujeres. Nunca más que su ausencia, claro. Menos mal que parece ser que solo las infantas se ciegan por el amor, al menos lo suficiente para que les sean perdonados sus crímenes. Pero en aquel momento, mi amiga se removió en su catre, contiguo al mío, y yo dejé de mirar hacia afuera para acercarme.

-¿Otra pesadilla, Isabel? No te preocupes: con lluvia o sin lluvia, pienso decirles a esos dos que o atacamos mañana o me paso al enemigo.

Ella se incorporó, arrebujada en la manta.

-No intentes consolarme, Eowyn. Sabes que la mayoría de los nuestros morirían asaeteados en el barro, sin posibilidad de avanzar.

Lo peor es que tenía razón.

-Pues algo hay que hacer. No soporto la espera.

Un recuerdo arrancó una sonrisa de los labios de Isabel.

-Guifré es tan impaciente como tú. Pero Guillaume siempre le decía que un ejército tiene que estar más preparado para esperar que para atacar. Que la espera puede desgastar más que la más sangrienta de las acciones de guerra, pero que hay que saber siempre cuál es el momento idóneo y mantener la compostura hasta que este se presenta.

Sabios consejos que en aquel momento no me convencían un ápice.

 -¡A la mierda el momento idóneo! El momento idóneo es aquí y ahora. Al igual que en la España sometida de principios de la década de 2013, con esa excusa estamos perdiendo el poco ímpetu que tenemos, lo cual al enemigo le viene de perlas. La espera genera disensiones internas y traiciones varias, y no es posible sustraerse al efecto del tiempo -y los antidistubios tienen tiempo de pensar a qué otro colectivo más van a detener arbitrariamente, hasta que no quede ni Dios en las calles, pensé-. No, si no podemos atacar frontalmente, habrá que buscar otra técnica. Mañana me colaré en ese castillo en calidad de lo que sea y solucionaré las cosas desde dentro.

-Sabes que es imposible…

-¡Pues algo hay que inventarse!

Me dejé caer en el catre, rendida de tanto maquinar. Al menos, los comendadores habían logrado que el rey Jaume arrancara a los Entença la promesa de que ningún prisionero sería maltratado o muerto por ellos; algunos se dejaban engañar por esas informaciones, creyendo, entre hambre y gemidos de moribundos, que la cosa estaba comenzando a arreglarse. Pero la mayoría no nos fiábamos: ¿no había hablado Elvira de ‘desgraciados acccidentes’, o algo así? Por si fuera poco, Gonzalo había podido interceptar, antes de llegar al castillo de Corbera, a un noble de la Corte de Barcelona que conocía personalmente a mi amigo, y que a todas luces había sido comisionado por Blanca para facilitar la identificación, y el posterior asesinato. O ‘desgraciado accidente’.

Isabel me miró con preocupación.

-Te estás ocupando de mí todo el rato –me dijo Isabel con amabilidad-. Como si tú no sufrieras tanto o más que yo. Sí, sé que lo haces, aunque no lo demuestres. Te preocupa la suerte de todos, en especial –puso un especial énfasis en sus palabras- de la de tu antiguo compañero.

Yo le apreté la mano.

-No te apures, Isabel. Estoy bien. Sabes que mi corazón es duro como una piedra.

-Permíteme que lo dude –respondió-. De todas maneras, esto me recuerda algo. Corría el rumor por el campamento que había alguna cosa en tú y Gotfried, que Dios le tenga en su gloria. Pero con tu actitud demostraste que no era así, tal como Guillaume siempre aseguró. No obstante, me gustaría que me sacaras de dudas.

¡Así que aquella era la razón por la que les resultaba a todos tan difícil comunicarme la suerte corrida por el teutón y por su compañero Aymeric! Vaya, me recordaban a la prensa española, a quienes tanto les cuesta comunicar datos como, por ejemplo, que 3.158 españoles se suicidaron en 2011 debido a la crisis, alegando el efecto imitación (porque desde luego que hay libertad de prensa, por favor, cómo os atrevéis a dudarlo). Claro que, en en el caso que nos ocupa, con buena intención. Pero yo no entendía nada: ¿por qué todo el mundo se obstina en empeorar mi reputación mucho más de lo que yo por mí solita soy capaz de hacer, que ya es bastante? ¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza? Bueno, al menos Guillaume no lo creyó: tal vez porque es tan vanidoso que no puede ni imaginarse que a una mujer le atraiga otro hombre estando él por las cercanías.

-Guillaume tenía razón: no intercambié más de dos palabras con Gotfried, por lo que ignoro de dónde salió esa habladuría. No era mal chico en el fondo, el pobre, creo, pero no me avengo demasiado con los compatriotas de la Merkel, sin ánimo de generalizar. Pero duerme ahora, Isabel. Ya hablaremos mañana. Yo esperaré aún un poco a Guillaume.

Ella asintió, conteniendo un sollozo, y yo iba a volver a la puerta de la tienda para seguir ojeando el exterior cuando alguien o algo irrumpió como un torbellino. El ser en cuestión se precipitó contra mí y me levantó en el aire para darme un par de vueltas, antes de decirme:

-¡El prisionero ha confesado! ¡Tengo los documentos!

Deseosa de zafarme de tanto entusiasmo extemporáneo, aproveché un momento en que, durante los vaivenes de sus demostraciones de júbilo, su pantorrilla estuvo a la altura de la punta de mi bota, y le aticé. Guillaume me soltó de inmediato y su puso a dar cómicos saltitos en círculo a la pata coja, mientras se sostenía la pierna afectada con las manos entre patéticos ayes de dolor, componiendo una estampa tan ridícula que no pude aguantar las carcajadas a pesar de lo comprometido del momento general.

-Supongo que no le has encontrado por casualidad una T2 de dos zonas de Barcelona. Es que en el siglo XXI ya me está costando desplazarme al curro casi más de lo que me dan de salario por realizarlo. Eso sí que sería un buen hallazgo –le apunté cuando pude contenerme.

-Al menos podías haberme pateado la otra pantorrilla. Esta era la pierna mala –se quejó en cuanto fue capaz de hablar, apoyando en el suelo la teóricamente maltratada extremidad cuya apariencia y movilidad no se correspondían en absoluto con sus exagerados lamentos.

-Si está lo suficiente recuperada para tanto bailoteo, lo está para recibir patadas. Aunque si necesitas una sangría, díselo a Rajoy -sentencié. Él siguió gruñendo.

-Cualquiera diría que te resulta desagradable lo que he hecho…

-No. No me resulta desagradable en absoluto. Incluso diría que me resulta bastante agradable. Además, aunque a veces parezcas algo insoportable, no dejas de ser un buen mozo, a mi pesar –oyendo estas palabras, iba a precipitarse hacia mí de nuevo, pero le detuve adelantando mis brazos extendidos y componiendo una barrera con las palmas de mis manos-. Pero cada cosa a su momento, y un momento para cada cosa. Piensa que tanta concupiscencia con Franco te habría llevado a la cárcel y a esperar la muerte. Entre terribles sufrimientos.

Rezongó y maldijo un buen rato en la lengua de oc, de oil, catalán y castellano (Guillaume, en cuestión de improperios, no era nada nacionalista), y al final su rostro recobró la expresión pícara habitual.

-Está bien. Todo llegará. Lo importante es que ahora sabemos la manera de entrar.

Me sentí repentinamente interesada: de ninguna manera hubiera esperado que el interrogatorio al prisionero fuera a ser tan provechoso.

-Explícate.

Envanecido de su supuesta hazaña, no pudo evitar hincharse como un pavo real que se hubiese escapado de decorar una mesa navideña el pasado diciembre.

-Decías que el interrogatorio no conseguiría arrojar más luz sobre los planes de Blanca y los Entença que la que tú nos habías traído. Y así ha sido: pero te olvidabas de algo. Los documentos.

Amagué un gesto de incredulidad.

-Entiendo. El amigo de Blanca llevaba un registro cuidadoso de las felonías de la susodicha convenientemente firmadas y que implican a altos cargos de la corte, rey incluido. Como los correos de Blesa, vamos. Y tú crees que eso puede desbaratar sus planes, derrocar la monarquía e instaurar la República. Porque los jueces que llevarán el proceso ni estarán comprados, ni serán presionados, destituidos o encarcelados, Dios les libre. Y la policía, lista como suele serlo en este país, tampoco meterá la pata.

-¡Mejor que todo eso! -Guillaume se encontraba en un estado de euforia inasequible al desaliento-. Son documentos que acreditan su identidad: salvoconducto, carta de presentación de Blanca… Los había escondido cuando vio que acabaría capturado. Pero he logrado persuadirle –me guiñó un ojo- para que revelara su ubicación.

No me inquietó la connotación del verbo ‘persuadir’ en su discurso: Guillaume podría ser muchas cosas, pero no cruel, ni innecesaria ni necesariamente: al menos, no tanto como esos maravillosos antidisturbios que tanto defienden los derechos de los ciudadanos, de los ciudadanos pertenecientes al 1%, claro. Por el contrario, una luz de esperanza iluminó mi cerebro.

-Eso significa que nadie le conoce. Que uno de vosotros podíais sustituirle…

-Y abrir las puertas desde dentro, dejando antes a la guardia fuera de  combate. Tomarles por sorpresa, con nocturnidad y alevosía. Traeré vino y víveres y para propiciar una celebración, y cuando todos estén borrachos, satisfechos de su triunfo y sintiéndose tranquilos por los refuerzos que esperan, atacaremos.

-Veo que has elegido ser tú quien lo haga –subrayé lo evidente-. Espero que sepas imitar bien el acento castellano.

Él asintió con energía.

-No es un tema que se pueda encargar a cualquiera. Es importante que esa gente no se salga con la suya. Dejando a un lado cuestiones personales, que también son importantes, sabes que lo principal es que, si eliminan a nuestro amigo, será fácil poner en su lugar a un  esbirro del rey de Francia. Y la lealtad a la Orden en ese puesto es básica para su supervivencia, y más en estos tiempos tan difíciles para nosotros.

A veces, la inocencia infantil de aquel experimentado militar me conmovía. Me conmovía y me apenaba. Aún creía que la justicia podía existir el mundo y que los jefes no tenían que ganar más si bajaban el sueldo de sus empleados. Cómo se notaba que no procedía de este triste y ridículo cambalache al que llamamos reinos hispánicos

-Sabes que discrepo con vosotros en ese punto. Personalmente, estoy segura de que no cambiarán las cosas si triunfa un rey u otro, Francia o Aquitania o las ciudades italianas, Aragón o Castilla. China, Rusia o EE.UU. Y desde luego Europa no, jamás Europa. Y nunca, nunca, dejarán de interferir en Tierra Santa mientras continué teniendo valor.

Él no captó la sombra que en un instante sumió mi rostro en las tinieblas. Busqué el apoyo de un taburete, y él se arrodillo ante mí, cogiéndome las manos.

-Y cuando esto termine, volverás a trabajar conmigo. Me acompañaras en calidad de mi hermana, una hermana algo casquivana a la que gusta confraternizar con los sirvientes guapos. Quizá estemos al final de nuestra búsqueda. Hemos dado algunos pasos de ciego, y no estoy orgulloso de algunas de las decisiones que he tomado: como denunciar al escasamente gentil comendador de Gardeny, cuando al final se ha demostrado que, aunque no es un dechado de virtudes, en absoluto es un traidor…  Pero ya te explicaré todo con más extensión: lo cierto es que bastante rumores apuntaban a esa encomienda.

Yo negué esforzadamente con la cabeza.

-Ahora soy incapaz de pensar en el futuro. Estoy demasiado preocupada por el presente. Pero me alegro de que toques este asunto porque necesitaría que me aclararas una pequeña duda. Tú estás seguro de que Felipe de Francia ha colado un infiltrado entre los templarios de alguno de los reinos hispánicos, y que nuestro querido Jaume no está muy lejos de sus ideas de querer destruir la orden. Y sin embargo, los tipos que te persiguieron al escapar de la encomienda de Barcelona (y que, por cierto, acabaron encontrándome a mí con nefastos resultados para mi salud física) no eran, como creías, esbirros del rey sino de Blanca. ¿Y si al igual que te equivocaste entonces te has equivocado en todo lo demás?

Él bajó la mirada.

-No estoy orgullosa de haberme equivocado y que eso hay provocado que te hirieran. En dos ocasiones, además. Pero fui yo quien descubrió el tema del infiltrado, sino personas mucho más sabias. Y a partir de ahora dejaré que sean ellos los que me asesoren. He confiado demasiado en mis fuerzas o, mejor dicho, en mis ideas, y no me he dado cuento que mi juicio estaba obnubilado por… bueno, ya sabes. No puedo evitar ser cómo soy.

-Y no olvidemos –le interrumpí- que eres el guardián de esa reliquia que concede clarividencia –me burlé.

-Sobre el futuro, no sobre el presente –refunfuñó-. Y quizá no sea el guardián más adecuado. Está visto que no interpreto correctamente sus mensajes.

-Nunca he creído en la reliquia –añadí yo-. Bueno, sí, supongo que será el hueso de un santo cuyo esqueleto, si se juntaran todos los huesos que dicen que le pertenecen, ocuparía la amplitud de un estadio de fútbol. Pero de ahí a que tenga poderes, hasta el punto de que según vosotros no puede guardarla su poseedor original aún no sé por qué… Pues qué quieres que te diga. También debe existir Santa Claus, los Reyes Magos, los gnomos y la Virgen del Rocío, según eso.

Su mirada fue repentinamente grave.

-Te contaría la verdad sobre ello si supiera que podrías soportarla. O simplemente aceptarla.

-Sí, ya, paparruchas –respondí-. Estáis todos locos y no sé por qué os hago caso. Quizá porque sois tan fracasados como yo y no puedo evitar solidarizarme. O porque hay jefes que pagan peor que vosotros, aunque tendré que pensar próximamente si es suficiente motivo. Pero ahora vayamos al grano: explícame los detalles de plan para entrar. Porque voy a ir contigo, obviamente –sus facciones se alteraron por el asombro-, y te ayudaré a sacar de allí a los nuestros… -me interrumpí de repente. Bajé el tono de voz-. Espera. Sigue hablando. De lo que quieras. Como si te escuchara.

Con sigilo, me levanté y me acerqué a la puerta de la tienda, mientras Guillaume, algo desconcertado, procedía a desbarrar:

-Pues… bueno… no sé si será conveniente que vengas. A pesar de toda tu voluntad, no dejas de ser una débil mujer. Y para estas cosas se necesita un hombre con todo lo suyo bien puesto, no sé si me entiendes –se aprovechaba de que yo no podía contestarle. Pero ya me vengaría de sus provocaciones-. Tú puedes esperarnos, cocinando alguna cosa, por ejemplo, o bordando. Ya sabes, como corresponde a tu sexo -continuó. Yo levanté repentinamente la puerta de la tienda, y pude escuchar el rumor de unos pasos que se escabullían en dirección desconocida.

-Lo sabía –me dirigí a grandes zancadas hacia Guillaume-. Tenía que pasar. Tantos retrasos y tantas hostias. Tenemos un espía en el campamento. No sé si es el mismo que me disparó en Gardeny u otro, pero es igual. Ve a decirle ahora mismo a Frey Pere que vigile que nadie salga de aquí ni aunque alegue que quiere cagar en la intimidad de los bosques. Y esto va por lo de la cocina y el bordado –le solté un puñetazo en el estómago. Estuve tentado de bajar un poco la diana, pero me contuve por bien de la misión-. Fíjate en lo bien que bordo cardenales, Luego convocas a la plana mayor, venís y seguimos pergeñando el plan.

-Como lo deseéis, mi señora –me hizo una reverencia con actitud traviesa. El coqueteo y la acción le motivaban: había nacido para eso. Quizá no era tan distinto de mí, después de todo. O quizá sí. Pero distintos o iguales, tendríamos que trabajar juntos. Y entendernos. Aquello era  mucho más importante que nosotros.

-Y mañana nos ponemos al lío ya –concluí-. Sin reliquias, diplomacia ni demostraciones de talante. A espadazo limpio. A ver si nos dejamos de una puta vez de tanta tontería, joder. ¡Viva Gamonal!

(Continuará próximamente).

 * Para más info sobre los antecedentes de esta aventurilla, se pueden ver en este blog, por ejemplo, los ciclos La única salida: otra aventura medieval y El 25S y otras citas espaciotemporales. 

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#Efecto Gamonal #SíSePuede!

(viene de)

-Lo siento, Eowyn, lo siento. No te imaginas cuánto. Las noticias que nos habían llegado era que estabas prisionera de esa dama, Blanca. ¡Nuestros comendadores también estaban negociando tu libertad con el Rey! ¿Cómo podíamos saber que lograrías escaparte?

Esquieu se deshacía en disculpas, con un semblante que retrataba a la perfección el concepto de arrepentimiento; unos pasos detrás de él, Gerard mostraba idéntico pesar. Pero yo, recién regresada de la inconsciencia, estaba bien lejos de apiadarme. ¿Negociando mi libertad con el Rey? ¿De verdad creían que nuestro querido monarca les iba a hacer algún caso? ¿O ya iban con el rabo entre las piernas como Rajoy con Obama, tan sumisos como una mujer que llevara años maltratada por un asqueroso marido machista?

-¡Inútiles, tontos del culo, putos gilipollas de mierda! ¿Tan difícil era suponerlo, acaso? ¡Fuera de mi vista, fuera u os prometo que os enviaré a los Entença en un paquete envuelto con vuestras propias tripas!

Lamentablemente, yo me hallaba bien lejos físicamente de poder cumplir mis amenazas. en el catre de una de las tiendas del campamento, vestida con una camisa limpia, con el cabello buen trenzado y oliendo a jabón, si, pero con la manga caída sobre mi brazo herido, dejando el flechazo al descubierto, dos rollizas campesinas sujetándome sobre la cama con todo su peso y, lo peor de todo, un hombre barbudo de mediana edad vestido a la usanza judía con todas las pintas de ir a ejercer de médico que llevaba una bacinilla en una mano y un aterrador cuchillo en la otra.

-Compréndelo, Eowyn -frey Pere también estaba allí, tomando mi mano derecha-, no podían arriesgarse a que fueras una espía de los Entença. Ya nos han hecho demasiado daño. Debes perdonarlos.

-Ni en sueños -me empeciné yo-. Veis espías por todas partes y donde los tenéis es en vuestro propio seno –yo no olvidaba al desconocido infiltrado que había intentando acribillarme desde la torre de Gardeny-. Además, dejaos de chorradas y decidme qué ha sido de mis amigos. Están bien, ¿verdad? ¡Tienen que estarlo!

No me gustó nada la manera en que frey Pere frunció el entrecejo y apretó los labios.

-Después. Ahora necesitas estar tranquila y dejar que maese Salomón te extraiga la flecha.

-Antes pasará sobre mi cadáver -gruñí, lanzándole una mirada aviesa-. ¿Queréis hablar de una vez? -me dirigía a frey  Pere.

-Supongo que no tendrás ningún prejuicio contra los judíos -pregunto jovialmente el facultativo.

Pero ¿qué hacía un médico externo colaborando con los templarios? ¿Tantos heridos había que los hermanos enfermeros no daban abasto?

-Solo sobre los sionistas. Pero eso podernos serlo todos. De hecho, el estado de Israel es un modelo para Cataluña, ¿no lo sabíais? Lo dice Mas. Y ahora acabad con las estupideces y dejad que el comendador responda.

Maese Salomón meneo significativamente la cabeza, mirando a frey Pere.

-Empieza a delirar. No podemos perder más tiempo.

-No deliro, cojones -me indigné-. Pero ¿tan difícil es que me responda alguien a una simple puta pregunta? ¡Y apartad ese cuchillo de mí! ¡No dejaré que me toquen sin anestesia! Válgame Dios, la Sanidad templaria es peor que la pública recortada del siglo XXI. ¡Y bien que se la hacen pagar con sus diezmos!

-No es muy buena enferma que digamos –me disculpó frey Pere, y de paso a sí mismo y a su orden, ante el matasanos-. Cuando la atendimos en la encomienda, sus gritos podían oírse hasta en Jerusalén. Y eso que tuvimos muchísimo cuidado de no hacerle daño, como es habitual.

-¿Anestesia? -preguntaba Maese Salomón, en estado de flipe completo.

-¡Alcohol, idiota! -aullé, sin el más mínimo respeto. Menos mal que debía de estar acostumbrado

-Lo guardamos para casos más graves -negó el médico-.Tú estás casi bien. Si no fuera por ese extraño delirio tuyo, diría incluso que no hay signos de infección ni zonas importantes afectadas. Con un poco de suerte, hasta podré salvarte el brazo.

-No lo hagáis y sabréis lo que es perder una zona importante del cuerpo. Yo misma os la cortaré y la echare a las cabras. Al menos si logro encontrarla.

Maese Salomón volvió a enarbolar el cuchillo, obviando la sutileza.

-Allá voy. Sujetadla bien.

Y sí, grité. De tal manera que incluso me oirían en mi supuesta heredad de Bretaña. Tal vez como venganza contra aquellos hombres que me mantenían en la incertidumbre con la mayor desfachatez (pero había mucho más), grite como si mis aullidos pudieran conjurar los males del mundo, regresar el 2013 español a la Edad Contemporánea desde remotas épocas altomedievales que nos parecen oscuras hasta a nosotros, retornar a la Sanidad su carácter universal, invertir los desahucios, y sus suicidios asociados, devolver el calor a la gente que muere de frío por no poder pagarlo, y meter los alimentos caducados por el culo de los que han obligado a que nos alimentemos de ellos. Pero no se necesitan solo aullidos: al menos si no están proferidos por las armas.

-Bien, esto ya está -era la voz del médico. Yo tenía los ojos cerrados, medio desmayada por el cansancio y el dolor-. Ha tenido suerte: la herida es muy limpia. Ahora solo necesita un vendaje, unas horas de sueño y algún manjar reconfortante después.

-No pienso dormir -pude murmurar yo, entre gruñidos.

-Pues me temo que vas a hacerlo.

Y en realidad, eso fue lo último que escuché aquella noche. No desperté hasta la mañana siguiente, y por mucho que me pese el matasanos en cuestión, del que en principio no pensé que supiera mucho más de medicina que los medicuchos sin vocación licenciados en el bar de la facultad que acaban siendo cómplices de los recortes de una sanidad pública en descomposición, desatendiendo, dejando morir a los pacientes pobres, había acertado en su pronóstico: aparte de un perfectamente soportable dolor en el brazo, hacia días que no me encontraba mejor. Al menos físicamente…

Una de las dos rollizas monjas que el día anterior habían ejercido de enfermeras entró en la tienda con una bandeja de austeras pero sabrosas viandas y, oh, sorpresa, una minivasija con vino, que me señalo mientras me guiñaba un ojo. Sin decir una palabra, pero siempre sonriente, me ayudó a incorporarme y ya se apresuraba a marcharse cuando la detuve cogiéndola suavemente por el brazo.

-¿Has hecho voto de silencio? -ella asintió con timidez-. Pues vaya. Por si fuera poco. No me explico qué afición tenéis de haceros monjas. En tu caso, ¿te vendieron tus viejos al convento porque no podían mantenerte o era mejor perspectiva que ser la esclava de algún marido imbécil que te hará todos los hijos que desee para que acaben muriéndose de hambre? Cosa mucho más cristiana, y más impune, que evitar su nacimiento cuando aún son un embrión, claro -ella se encogió de hombros. Tenía una belleza fresca y sana y una mirada apacible y generosa-. Está bien, no te preocupes. Solo necesito que me indiques donde se encuentra frey Pere. No me explico por qué no ha venido a verme. No quiero imaginarme qué me oculta.

La monjita me miró con la misma expresión que el comendador el día anterior. Evidentemente sabía algo, y también sabía que si yo acababa sabiendo lo que ella sabía mi reacción no iba a ser de las que se quieren saber. Comprendí que no iba a sacar nada de ella y, con cuidado, aparté la bandeja y me incorpore.

-Muy bien. Me autogestionaré como siempre he hecho. Solo ayúdame a vestirme -señale hacia un taburete-. Veo que habéis tenido el detalle de traer mis ropas.

No se mostró nada convencida, pero tampoco se atrevió a negarse: me preguntaba que le debían de haber contado acerca de mi, o que había supuesto, pues parecía sentir por mi simpatía, pero también un poco de respeto. Mas con su ayuda, jubón de cuero, cinturón y calzas estuvieron puestas ipso facto y yo volví a sentirme una persona digna; a continuación, salí de la tienda, mareada de inanición, deslumbrada por el sol y llena de angustia y también de decisión, seguida a pocos pasos por la joven Teresa Forcades medieval.

Me encaminé hacia la enfermería, creyendo que era el lugar donde mejor se responderían mis dudas, y no me equivoqué. En la gran tienda destinada a tal efecto, en mitad de un campamento más ordenado, limpio y bienoliente de lo que era habitual (pero tampoco demasiado, nos vayáis a pensar), entre un serie de catres separados entre ellos y de las miradas ajenas por cortinillas, para preservar los ojos sensibles de los peores estragos de la guerra, el esquivo frey Pere impartía ordenes entre apresurados hermanos enfermeros que portaban de un lugar a otro redomas y bacinillas, mientras conversaba con la otra monja en una lengua que no entendí. Al ver que todo parecía funcionar como un reloj (como solo suele suceder cuando el pueblo es consciente de sus derechos, lo reclama y los toma), a pesar de los dramas que se esconderían detrás de aquellas telas, me sentí un poco arrepentida de mi comentario del día anterior acerca de la Sanidad templaria. Pero irrumpí sin vacilación, cerrando los oídos a los estremecedores gemidos que surgían de algunos cubículos, pues no podía hacer nada al respecto, y me planté ante sus mismas narices.

-Lo siento, comendador. Necesito respuestas.

Una de las cortinas se agitó y de ella surgió una figura conocida.

-Dejadlo, frey Pere: yo se las daré. Ya es hora de que lo sepa.

Isabel estaba delgada, desmejorada y con el rostro des encajado por la tristeza. Aunque tremendamente aliviada, se me partió el alma al verla de aquella manera. Y eso dejando a un lado las implicaciones del hecho.

-Al menos tú estás viva -le dije, abrazándola-. No hubiera sido justo, contigo menos que con nadie. No te corresponde estar metida en este lío- ella aguantaba las lágrimas visiblemente, y después de unos segundos abrió la cortina y señalo el catre con mirada perdida. Gonzalo yacía en el, un aparatoso y sanguinolento vendaje cubriéndole  la cabeza.

-Oh, Dios -exclamé yo-. Dime que se recuperará.

-Eso cree el médico. Pero…

Isabel se interrumpió, deshecha en lágrimas. Yo creí entender.

-Han muerto, ¿no? ¿Todos los demás? -miré a mi amiga-. ¿Guifré? -en mitad de una crisis de llanto, ella ni afirmaba ni negaba.

-Lucharon con honor -frey Pere rodeó los hombros de Isabel con el brazo.

-De ello estoy segura. Aquí aún existe de eso, a diferencia de un lugar que yo me sé. Pero eso no me consuela…. Venga, desembuchad de una vez.

Mi voz tembló a pronunciar las últimas palabras.

-Pues…

-… tal vez no todo esté perdido aún -desde hacía unos instantes, escuchaba un andar renqueante y el golpear de un bastón sobre el suelo de tierra. Ahora la cortinilla se levantó y me encontré cara a cara con Guillaume que, con una fea cosedura en la mejilla, un vendaje en el cuello y arrastrando una pierna, vestía pulcramente su hábito y su cota de malla. Alargó la mano y apretó las dos mías, con el rostro lleno de sombras. Yo no quise aferrarme a la esperanza que él me ofrecía: los prolegómenos me hacían colegir que sería tan nimia como la mentira de la recuperación del empleo en la España de 2014.

-Estoy preparada -dije, correspondiendo a su presión-. No soy tan frágil como parece que todos creéis.

Él, al fin, habló.

-Gotfried y Aymeric no lo han conseguido -se refería a dos de los hermanos de su hueste personal: su rostro se contrajo al decir esas palabras. Consciente de cuánto los apreciaba, le abracé para consolarle. Noté que todos estaban pendientes de mi reacción.

-Sigue, por favor,

Me pareció notar un cierto alivio en el rostro de los presentes cuando él me obedeció.

-Los demás corren un serio peligro. Quizá ya ni siquiera estén en este mundo. Los Entença tomaron muchos prisioneros y se dice que los están interrogando con… mucha severidad -evidentemente estaba eufemizando la palabra ‘tortura’. Los sollozos de Isabel se redoblaron-. No nos explicamos qué persiguen y no tenemos efectivos suficientes para liberarlos; tampoco podemos movilizar más a riesgo de dejar desprotegidas otras tierras y que los sarracenos aprovechen para atacar.

-Aparte de que si atacáramos podría iniciarse una guerra entre cristianos -completó frey Pere- de consecuencias imprevisibles. Sin embargo, confiamos en que el rey tome cartas en el asunto.

Yo sabía exactamente qué buscaban los Entença: lo mismo que Blanca y Elvira: averiguar la identidad de mi amigo, y luego hacerle perecer víctima de un lamentable accidente. Pero él no se revelaría nunca si adivinaba aquel interés, y no solo por su extraña manía, que todo el mundo parecía respetar, de viajar de incógnito, y que nadie me explicaba. No, no lo haría.

A no ser que la tortura afectara a otro hermano…

Los demás debían ser informados de inmediato; pero había algo aún más urgente.

-No seáis ingenuos: el rey no va a hacer nada por vosotros. No lo haría ni si no estuviese únicamente interesado en ampliar su imperio en el Mediterráneo, dejar que sus funcionarios corruptos actúen a su bola y construirse pabellones de caza con el dinero que los pobres guardan para pan. ¿No creéis que ya hemos esperado demasiado a reyes, héroes o líderes? -me abstuve de decir ‘dioses’, aunque lo tenía en la punta de la lengua, al estar tratando con religiosos-. Renunciáis a vuestra propia fuerza con todas esas excusas sobre guerras entre cristianos y terribles consecuencias. ¿Cómo podéis abandonar a los vuestros? Entiendo que haya que tomar precauciones -añadí, mirándolos- y, sobre todo no podemos olvidar que es necesario ser estratégicos. Pero creo que se han de acabar las contemplaciones. De todo tipo. ¡Podemos hacerlo! ¡Podemos ganar!

Se hizo el silencio: todos entendían los riegos, los conflictos diplomáticos, las posibles pérdidas. Y también lo perentorio del asunto.

-Eowyn tiene razón, frey Pere. Sabes que yo pienso lo mismo -intervino Guillaume.

-No podemos dejar morir a nuestros amigos -Isabel parecía haber recuperado su entereza.

-Entonces necesitamos un plan -finalicé yo- y rápido.

Guillaume me hizo un signo para que le siguiera. Salimos al exterior de la tienda enfermería y me cogió por los hombros.

-Él quiso rescatarte de las garras de Blanca y yo se lo impedí -mantenía la cabeza baja, con culpabilidad-. Creía que no te haría ningún daño, que solo te retenía para presionarme para que volviera. Le convencí de que aquí era más necesario. Y fue su perdición.

-Blanca y Elvira se traen más intrigas entre manos que las vuestras amorosas -informé yo-. Después os contaré todo. Pero de momento lo importante es que nuestro amigo es el centro de ellas. Tenemos que sacarle de allí. Y a los demás -me estremecí-. Guillaume, le he fallado. Os he fallado a todos. Tuve la oportunidad de escaparme mucho antes, y entonces nada de esto hubiera sucedido. Pero Blanca me convenció de que trabajaba por la paz y contra la cruzada, esa cruzada que no terminará nunca… También -aquí baje el tono de voz, avergonzada- me hizo creer que alguien como yo nunca conseguiría el cariño de mis semejantes. Y aquí la creí porque tiene razón: siempre fallo a todo el mundo, en todos los tiempos a los que viajo: soy demasiado independiente y demasiado complicada. Ojalá pudiera cambiar. Pero no sé cómo hacerlo.

Él apretó algo más firmemente.

-Eowyn, no te preocupes. Te lo traeré con vida. Lo prometo.

Le miré a los ojos.

-Lo traeremos juntos. Ya nos ha separado bastante el sistema. Cómo si no fuéramos capaces de cabrearnos, separarnos y distanciarnos nosotros solitos. (Sigue).

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Dedicado a los compañeros y compañeras de Burgos. #GamonalResiste!

Enero  de 1294, Terres de l’Ebre
Levanté una esquina de la puerta de la tienda de campaña que me habían asignado para otear en derredor, y vi, con exasperación, que la lluvia que había estado convirtiendo los últimos días el campamento militar en un sucio barrizal no llevaba visos de amainar. Derrotada, furiosa, deprimida y, por si fuera poco, helada hasta los huesos, no podía de ninguna manera esperar que el 1294 pudiera empezar con mejor pie, tras unas Navidades, más que tristísimas, prácticamente trágicas (aunque al menos no me veía obligada a escuchar el mensaje televiso de ningún monarca o presidente donde, con torpes circunloquios escritos por sus serviles asesores, intentara justificar lo injustificable y soslayar lo insoslayable). Casi rendidos sin siquiera comenzar la lucha, embarcados en el sitio de una plaza demasiado difícil de rendir, ni por el hambre ni por la espada, mis compañeros se habían paralizado aguardando a que llegara la  justicia de la corona en forma de ayuda militar, sin plantearse que en los reinos hispánicos hace tiempo ya que la justicia ha perdido toda semejanza con las cosas que se supone que son justas, y sin ningún tipo de escrúpulo y toda la desfachatez se subasta al mejor postor. Nuestras pequeñas escaramuzas, nuestros prisioneros, no eran más que las manifestaciones ignoradas por el régimen y silenciadas por sus medios afines (todos), pero cruelmente reprimidas y en siempre creativa búsqueda de diferentes formas para mejor hacerlo, de la segunda década del siglo XXI; e, igualmente que sucederá entonces, nos resistíamos a emprender acciones más contundentes y continuábamos esperando a Godot.

Tres meses antes, y a pesar de que lo tenía todo en contra cuando escapé al galope de Blanca, Elvira y sus huestes, pensaba que tal vez las cosas podrían resolverse de otra forma. No recuerdo cuántos días viajé, aunque no fueron muchos: había azuzado a Rayo Blanco a cabalgar a toda la velocidad de la que era capaz, solo dejándole descansar lo justo para que no se derrumbara muerto de cansancio, aunque también era cierto que me había visto obligada a esquivar los caminos más concurridos y las poblaciones, por temor a encontrarme con mis perseguidores, y eso me había retrasado: era, sin duda, demasiado tarde, lo que debía de suceder ya debía de haberse producido, y ni mi información ni mis advertencias servirían ya de nada, seguramente. Y sin embargo, yo me sumía en un insondable sentimiento de culpa tras cada pequeño descanso que me tomaba, obligada por mi condición humana y dolorida por la herida de flecha que me había atravesado el brazo izquierdo y que aún seguía clavada en él (la extracción, en el caso de que hubiera tenido valor para hacerlo sola, podría haberme provocarme una hemorragia, aunque por lo menos había podido cortar la madera de la saeta para que no me molestara tanto). Y es que si quedaba alguna pequeña posibilidad de salvarles, tenía que luchar hasta el final.

Y no solo me perseguían mis enemigos: mi propia angustia me acechaba también en cada recodo del camino. Siempre he comprendido que vivo en tiempos difíciles, aunque no mucho mejores que aquellos a los que viajo, y cuando me despido de alguien siempre existe una gran posibilidad de no volver a verle: soy consciente. Pero ahora esa posibilidad se había convertido casi en una certeza, y no solo con una persona, sino con varias; con prácticamente todas las que en los últimos tiempos habían sido más cercanas para mí. Comprendía que había fracasado en los propósitos que me habían acompañado desde que había sido lo suficiente madura para formulármelos: Blanca me acuso de ser una persona solitaria, por la que nadie movería un dedo, y yo le dije que ese era justamente mi propósito, que era un precio gustosamente pagado por mi libertad. No era un farol. Sabía que nadie me quería, porque yo lo había buscado conscientemente. Es fácil aparentar insensibilidad y despreocupación, no responder a la amabilidad ajena; y en el siglo XXI, aún lo tenéis mejor: con no contestar a los guasaps ya tenéis la mitad del trabajo hecho. Lo que no es tan fácil es que estas personas a la que teóricamente ignoras no acaben metiéndose en tus huesos, convirtiéndose en imprescindibles: Yannick, con su desenvoltura, su independencia y su sentido práctico; Joanna, tan fuerte, valiente y voluntariosa: Isabel, llena de humor, lealtad y dulzura; incluso Gonzalo y Guifré, aunque no los conocía aún demasiado bien, ya estaban consiguiendo ocupar un rincón en el espacio que, mal que me pase, tenía que dedicar en mi cerebro a las emociones: qué decir de Guillaume, con sus oscilaciones entre la ambición y la ética, sus votos y la siguiente chica guapa, pero dispuesto a dar la vida por un compañero si era necesario. Y en cuanto a mi viejo amigo… creo que no hace falta que abunde en esta cuestión. A veces me pregunto si no sería mejor ser tan psicópata como el capitalismo y los que lo enarbolan, autodestructiva, sí, pero solo a la larga, hedonista, controlada solo por mis propias apetencias, poderosa pues carecería de puntos débiles. Dispuesta a condenar a la muerte, al hambre, al frío, a la desesperación a los más débiles, débiles, y pobres, sobre todo, porque han tenido escrúpulos e ideales y se han obsesionado por valores diferentes a los del dinero fácil. A veces me pregunto también si el destino del mundo es vivir controlado por esos psicópatas, si tan imposible es instaurar mecanismos de control: quizá eso es lo que nos paraliza a los medievales, y lo que paralizará a la gente del 2000.

Pero, hablando de hambre y de frío, eso tampoco ayudaba mucho. Apenas llevaba un simple manto sobre la misma camisa que me había colocado tras mi funesto baño en el río pirenaico dado que me era imposible vestirme sola, me veía obligada a dormir (lo poco que me lo permitía) prácticamente en la intemperie o en precarios y húmedos refugios. Y, aunque en la imposibilidad de disparar con arco y flecha por culpa de mi herida (no es que sea Robin Hood, pero el ruido de mis tripas resulta un excelente afinador de la puntería) me había agenciado un palo afilado y estaba dispuesta a lanzarlo sobre todo lo que se moviera, ni la época del año ni la climatología eran propicias, y la caza escaseaba. Así que llegué a las Tierras del Ebro en un lamentable estado, si saber exactamente dónde tenía que dirigirme ni qué debía encontrar, y aún menos mal que el agujero del brazo no mostraba, al menos todavía, signos de infección: es la ventaja de que tus enemigos esperen a que estés bien limpia antes de asaetearte.

Pero enseguida la realidad me mostró el camino. Al instante de adentrarme en aquellas tierras sureñas, un espectáculo de desolación me salió al paso: bosques talados, casas incendiadas, derrumbados corrales vacíos y mujeres y hombres llorosos parecían surgir por doquier. Aquello me pareció un dejà-vu: era como la España de principios del siglo XXI después de años sometida a la mafia postfranquista, desde la Gürtel a Sacyr, desde la ITV catalana a Canal 9,y mucho más allá y más acá. Abordé a uno de los lugareños, un anciano que se mesaba los cabellos en la esquina de una casa destruida.

-Perdona que te importune, buen hombre, pero ¿qué ha sucedido aquí?

Levantó los ojos anegados en lágrimas para mirarme, y supongo que dado mi desastrado aspecto me creyó también una víctima. Dejó por un momento las manifestaciones de su pesar para comunicarme:

-¡Los Entença! Han sido los Entença. Esos engendros de Satanás han arrasado los dominios de los Caballeros, desde Ascó a Benifallet. No han dejado nada para nosotros, y se han llevado a nuestros mejores hombres y mujeres. ¿Qué vamos a hacer ahora?

De nuevo las vidas y las haciendas de los pobres vendidas al mejor postor. ¿Qué íbamos a hacer ahora? Eso mismo me preguntaba yo.

-No te dejes llevar por la desesperación. Los Caballeros os auxiliarán, sin duda alguna –no estaba tan segura yo de ello, a pesar del convencimiento que mostraban mis palabras. Dudaba de que existieran medios para hacerlo, y aún más de que existiera voluntad real; siempre es fácil olvidarse de los más desfavorecidos; incluso si no se es del PP, y hasta si se supone que se es de izquierdas. Pero si de mí dependía, pensaba arrancar al Comendador de Cataluña un compromiso firme de socorrer a aquellos pobres aldeanos, que ninguna culpa tenían de las disputas entre la poderosa orden y la orgullosa y cruel familia; y no pararía hasta verlos a todos metidos en una cárcel. O mejor, en un CIE. El campesino me miró con incredulidad, y yo me apresuré a asentir repetidas veces, subrayando mi inexistente seguridad-. Mi hermano es uno de sus miembros más destacados y yo necesito reunirme con él. Puedes estar seguro de que hablaré en vuestro favor. ¿Sabes dónde está el campo de batalla?

Dudó un momento, mientras me miraba, y luego hizo un gesto impreciso con la mano.

-Dicen que se lucha alrededor del castillo de Corbera d’Ebre –todavía estaban allí, entonces. ¿Y si aún no era demasiado tarde? El hombre añadió-. Yo ya no espero nada, muchacha.

¿Qué podía contestarle a eso? ¿Acaso esperaba yo algo de la vida, del género humano? ¿Acaso mis escasas luchas no eran siempre descreídas de sí mismas, luchas sin esperanza? Sin embargo, era la única manera de mantenerse con vida. Luchando. Y aquel viejo ya había perdido aquel hálito: probablemente no le quedaba nada por lo que pelear

-Aguarda –le dije solamente-, confía y aguarda. Volveré.

Tomé el camino que creía de Corbera, agitada por emociones contradictorias. No me hallaba lejos, y al subir una colina coronada por un bosquecillo bajo, en un recodo del camino, me sobresaltaron dos figuras que estaban al acecho de algo. Una de ellos era un hombre joven que llevaba la capa negra y el hábito negros con la cruz roja en el hombro y el pecho respectivamente de los sargentos templarios; flaco y de no muy aventajada estatura, estaba acompañada de un muchacho casi adolescente, más alto y corpulento que su compañero, cuyos labios se fruncían en una mueva de hastío. Sostenía con desgana un arco y una flecha con los que parecía apuntar al infinito.

-Atento, Gerard –decía el mayor, sin aún haber notado mi presencia-. El conejo está ahí, lo sé. No te muevas un centímetro y verás cómo acaba asomando la cabeza.

El más joven bufó: al parecer, no entendía las técnicas de caza de su acompañante, así como tampoco yo veía nada claro que el pequeño y sabroso mamífero fuera a sentirse tan atraído por aquel claro en concreto como para huir de la seguridad del bosquecillo, por muy inmóviles que se mantuvieran los supuestos cazadores (al menos su inexperiencia proclamaba que no eran asiduos del coto de la Cospedal). Así que no tuve demasiados  inconvenientes en interrumpirles.

-Con Dios, amigos. Veo por vuestro uniforme que servís con los caballeros de Cristo y desearía que me condujerais a su puesto de mando. Tengo información que les podría ser útil y me están esperando –dudaba que lo último fuera verdad: a pesar de sus dificultades, mis amigos habían demostrado escasa preocupación por mi suerte. Pero ya estaba acostumbrada.

El mayor me recorrió de arriba abajo con la mirada, estupefacto.

-¡Por la Santísima Virgen! ¡Esos malditos Entença! Por lo que veo, debéis de haber sufrido mucho en sus manos. No me imaginé que se atrevieran con una dama noble. ¿Qué es lo que os han hecho? –el exagerado dramatismo de su palabras y el brillo lúbrico de sus ojos me hizo desconfiar de inmediato.

-No soy una dama noble, joder –contesté, iracunda-. Y los Entença no me han hecho nada. No ha nacido el hombre que se atreva a ponerme una mano encima, al menos sin mi consentimiento, y si alguno lo logra no vivirá lo suficiente para disfrutar de ello. Así que no esperéis escuchar procaces historias de violaciones de mis labios y haced el favor de contestar a mi pregunta. Mi intención es hacer un servicio a vuestra orden, voto al cielo.

Mi interlocutor se mostró de inmediato contrito y pensé que tal vez le había juzgado demasiado duramente; la verdad, pierdo los estribos cuando alguien me supone miembra de esa casta llena de inmerecidos aunque cuantiosos privilegios.

-No era mi intención incomodarte, muchacha. Solo auxiliarte, porque está claro que necesitas ayuda. Ven con nosotros, te conduciremos al campamento. Supongo que estás informada de lo que ha pasado: desde el mes pasado, los Entença han emprendido una campaña contra nuestras tierras, y están pasándolo todo a sangre y fuego y llevándose a los lugareños para pedir rescate o bien para venderlos como esclavos. Tomaron el castillo de Corbera, pero hemos podido reunir una fuerza al mando de frey Pere para sitiarlos…

-… frey Pere, comendador de la pequeña encomienda cercana a Miravet? Le conozco –interrumpí yo, recordando al anciano jefe de Guifré-. Me extraña, sin embargo, que el comandante no sea el responsable de alguna de las encomiendas más importantes.

Su mueca fue de sorpresa.

-¿Le conoces? Entonces sabrás sus 40 años de servicio en Tierra Santa. Es un gran guerrero y un mejor estratega, pese a su edad–confirmó con orgullo, después de una pequeña pausa-. Pero la misión es difícil. Nuestros hombres no son lo suficientemente numerosos como para rendir el sitio por las armas, y los del castillo están suficientemente bien pertrechados para aguantar meses. Aparte de que no descartamos que otros miembros de la familia nos ataquen por la retaguardia. El comendador de Ascó y el de Cataluña están en conversaciones con nuestro amado monarca Jaume, así Dios le conserve por muchos años, pero…

Lo entendí perfectamente.

-… pero no está dispuesto a comprometerse con vosotros más allá que con palabras, lo imagino. ¡El Rey tiene tantos problemas! Pobrecito. Yo diría que está atravesando un auténtico martirio.

La ironía de mis palabras era voluntariamente patente. Él, con prudencia, ni afirmó ni negó: por el contrario, decidió presentarse.

-Me llamo Esquieu de Floryan, de Tolosa, y este es el hermano Gerard, aspirante a templario. Le estaba enseñando a cazar, aunque sin mucho éxito; me temo que no soy el mejor cazador del mundo. Pero el hambre aprieta y es difícil abastecer a un ejército aunque sea tan poco nutrido como el nuestro, sobre todo dada la destrucción de los pueblos de alrededor. ¿Y tú, mujer misteriosa, que vistes como una guerrera y pareces saber tanto de nosotros? ¿Cuál es tu nombre? Supongo que no tendrás que ver con…

-… Eowyn de Camelot es el nombre por el que me conocen –aclaré yo, y vi cómo en el rostro del sargento nacía una expresión artera.

-¿La hermana del Visitador General? -mi fingido parentesco me perseguía-. Es curioso…

Sus palabras me parecieron absurdas, pero había preguntas más urgentes.

-Si lo conoces… -mi voz temblaba- entonces dime cómo está. Él y los amigos que le acompañan. Y también… -el miedo me atenazaba la garganta- otra persona…

Me miró con algo que me pareció desconfianza. ¿O era desconcierto? Esperó unos instantes eternos antes de hablar.

-Creo que será mejor que esperes a estar ante frey Pere…

-Por favor, Esquieu –le espeté yo, a punto de estallar-. He cabalgado durante no sé cuántos días con una flecha clavada en el brazo, helada de frío y sin comer ni una baya silvestre, y no sé si amigos muy queridos que sin duda se hallan en ese campamento están vivos, muertos o maltrechos. Así que dímelo enseguida o te prometo que el trofeo de esta partida de caza serás tú.

En el calor de mi indignación no me percaté de que Gerard se había colocado a mi espalda, tan cobardemente como un Wert cualquiera, destrozando el futuro del país mientras se rodea de esbirros, hasta que no sentí sus manos rodeando mi cuello; tal vez hubiera podido zafarme de no haberse sumado Esquieu, sujetando mis brazos y piernas entre los suyos. Noté que me faltaba el aire, pero antes de perder el conocimiento pude escuchar al sargento decir al aspirante:

-Tal vez no soy el mejor cazador del mundo, pero hoy nadie negaría que me he cobrado una buena pieza. (Sigue).

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JK Pereira

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