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Archive for 31 marzo 2014

Así pudo haber sido la enfermería del castillo de Corbera.

Así pudo haber sido la enfermería del castillo de Corbera.

(viene de) Las cosas no podían estar yendo peor para mí: últimamente, cuando no fracasaba estrepitosamente, cualquier triunfo que pudiera obtener, cuanto menos era inútil y, cuanto más acababa volviéndose contra mi persona: vamos, como si hubiera participado en una manifestación por la dignidad exitosa para haber sido criminalizada en los telenoticias después gracias a la acción de infiltrados policiales provocadores y antidisturbios con armas prohibidas. No había servido de nada vencer a los Entença, porque pronto serían libres de volver a delinquir, como los reos de justicias como la del régimen postfranquista español, redactada al dictado de poderosos e indiferentes empresarios y sus serviles políticos que nombran a dedo a los jueces y elaboran las leyes a la medida de los primeros y de ellos mismos. Y es que los corruptos y los delincuentes de sangre lo tienen todo a su favor en ese sistema judicial: sólo si eres un peligro para el sistema capitalista llegará a cumplir años de prisión. Y si protestas democráticamente contra el pisoteado de tus derechos, claro; entonces además tienes derecho a tortura suplementaria: la democracia es así, queridos niños.

Pero al menos, pude cobijarme del mundo y de mí misma deslomándome en el campamento, donde entre desmontar tiendas, recoger arreos y aprovisionar a los caballeros que volvían a sus encomiendas había bastante trabajo que hacer. A última hora, el hospital de campaña se trasladó a la enfermería del castillo, un lugar mucho más fresco, cómodo y aireado, y con esta mudanza se culminaron las tareas postbélicas y llegó  la despedida de los últimos hermanos (entre abrazos y llantos: habían sido muchos meses de convivencia y existían demasiados amigos comunes cuya ausencia habría que lamentar para siempre). Solo nos quedamos el grupo de Frey Pere, o sea, Guillaume y su mesnada, Isabel, Guifré, mi viejo compañero y yo (o sea, el grupo de los conjurados, pues aún no habíamos decidido cuál sería nuestra siguiente escala) y, cómo no, los autóctonos de Corbera que aún estaban vivos, además de los heridos que aún no podían ser trasladados (entre ellos Esquieu, que al parecer no mejoraba de su indisposición, y el fiel Gerard que le acompañaba). Mientras tenían lugar estos procesos, en todo momento intenté rehuir a los reunidos en el Capítulo, e incluso intenté coincidir con Isabel lo menos posible, pero al caer la tarde ella me atrapó mientras me tomaba un descanso en la terraza que me había enseñado Bernat.

-Ah, estás aquí –dijo, como si le viniera de sorpresa-. Me han comentado la que liaste esta mañana. No sé cómo te las arreglas, pero siempre tienes que organizar algo.

-Di mejor que todo el mundo me provoca –refunfuñé yo.

-Algo de culpa tendrás tú en todo ello, por lógica –filosofó mi amiga-. Pero bueno…

-Deben de odiarme todos a muerte –aventuré yo. Ella soltó una carcajada.

-Nadie te odia, Eowyn. Por lo que sé, es más bien la reacción de Gonzalo la que no les gustó. Tú estabas siendo dura, pero justa. ¿Es eso lo que te preocupa?

-Tal vez –contesté-. ¿Y Gonzalo, Manfredo y los gemelos tampoco me odian, entonces? –ironicé.

Isabel frunció los labios.

-Ellos un poco más que el resto –se vio obligada a admitir-. Pero es comprensible. Sabes que darían gustosos su vida por la de Guillaume; tiene una habilidad especial en atraerse el cariño de hombres y de mujeres. Y desde que te conoció a ti… bueno, creo que creen que te otorga más afecto de lo que una novata en el grupo merece.

-Nada de eso es cierto. Guillaume nunca me ha preferido a sus caballeros.

-Pero tampoco los ha encumbrado por encima de ti. Quizá ese sea el problema… Ellos no quieren competencia, y menos de una mujer –vaya. Más amigos de Gallardón. Por qué será que me los encuentro por todas partes-. Y está claro que Guillaume te admira. Le sorprendes y te admira.

Me encogí de hombros.

-No tiene ningún mérito. Supongo que le rompí un poco los esquemas. Yo soy bastante normal, pero él no estaba acostumbrado a la gente como yo.

-Y le diste un modelo que no esperaba –continuó Isabel-, y le obligaste a plantearse una serie de cuestiones.

-Bueno, supongo que las circunstancias de nuestro encuentro fueron algo novelescas…

-Creo que es una persona mejor que antes de conocerte –insistió ella-. No sería de extrañar –añadió- que fuera tu ejemplo lo que le obligó a replantearse si había hecho bien robando la reliquia, y acabara devolviéndola. ¿Qué?

Yo la estaba mirando de hito en hito: realmente, ella sí que era una persona digna de admirar. Todo lo que había hecho por mí, por una causa que creía justa, lo que seguía haciendo… Como la historia que me contaron la última vez que pasé por el siglo XXI español, aquellos basureros y mujeres de la limpieza que arriesgaron sus puestos de trabajo por los estudiantes que protestaban por Ley Wert.

-Pero ¿cómo puedes saber todo esto?

-Bien, algunas cosas la he deducido yo, otras me las ha comentado Guifré y otras el propio Guillaume –explicó, algo incómoda-. Pero creo que hay otra cosa: Maese Salomón me ha comentado la conversación que mantuvisteis ayer. Y viendo la expresión de tu rostro durante todo el día, creo que hay algo ahí que te preocupa mucho

Yo desvié la cabeza. Había conseguido olvidarme de ello cinco minutos…

-No quiero hablar de ello –zanjé.

-Pues yo sí –me desafío Isabel-. No entiendo cómo puedes desconfiar de un caballero tan gentil y cortés. Me trata con más respeto que si yo fuera una dama noble.

-Había criminales nazis que hubieran dado la vida por sus perros –protesté en un murmullo-. Aunque de hecho, pensándolo bien, todos somos nazis menos los nazis, según el TDT Party.

-Tengo la solución –ella no me hacía caso.

La miré, nada convencida.

-No hay solución posible. Esta historia ha sido una mentira desde el principio. Desde la primera que se acercó a mí al final de aquel torneo y me preguntó si no me importaba que fuéramos juntos un trecho del camino, para protegernos mutuamente en una tierra llena de asaltantes. Como si hubiera sido una casualidad. Y luego toda la estúpida historia de la reliquia de los cojones, que ya me gustaría ver en el fuego, llena de ocultaciones y oscuridad.

-Aquí está la clave del asunto –ella se mostraba inasequible al desaliento-. ¿No has pensado que la reliquia… podía no ser una reliquia?

-Háblame en un idioma inteligible, por favor.

-Quizá él está tan sano gracias a ella. A la reliquia.

Aquello me hizo alzarme y plantarme ante ella, los brazos en jarras.

-A ver, Isabel –manifesté-, tú eres una buena cristiana y yo jamás he interferido en tu fe, a pesar de no compartirla; por lo menos no invocas a Santa Teresa en los momentos menos oportunos ni impones himnos religiosos en las tabernas ni pagas a nadie viajes a Lourdes con dinero público. Pero creer en el poder mágico de las reliquias o telefonear a las videntes de la tele… eso no es religiosidad, es incultura y superstición. No sé adónde pretendes llegar

-Pues a lo que te he dicho antes. ¿Y si la reliquia es en realidad… una pócima, un… un remedio?

Sus palabras volvieron a hacer que me desplomara sobre el murete. ¿Era aquello demasiado bueno para ser verdad? Sí, desde luego que lo era, pero también una posibilidad (remota, todo hay que decirlo) que yo debía de haber tenido en cuenta desde el principio, en lugar de suponer que se trataba de alguna supuestamente milagrosa escápula cervical incorrupta del Santo Cristo del Alcotoral. Aunque, pensándolo bien, tal como están dejando los gobernantes la Sanidad pública, en la España del siglo XXI van a tener que volver a recurrir a las reliquias curativas.

-¿Estás diciendo que se trata de algo científico? –exclamé.

-Supongo que sí, que así es como se llama –acordó ella.

-Pues entonces, ¿por qué Guillaume no goza de los mismos beneficios? No parece hombre capaz de renunciar a las posibilidades que se le presentan.

-He pensado mucho en ello en estos últimos meses con Guillaume, desde que conocí bien la historia. Y creo que todo encaja. Guillaume te dijo que él era ahora el guardián de la reliquia porque creía que su poseedor original no podría hacerse cargo de ella, ¿verdad? ¿Y si…? Imagina… Tu amigo se la tomó y las cosas no fueron bien del todo. Le curó y le hizo más fuerte, pero también le perjudicó de alguna manera…

-Efectos secundarios –apunté.

-Es una forma curiosa de decirlo, pero bueno… ¿Tiene sentido?

Yo hubiera deseado que lo tuviera. Pero seguía pareciéndome una historia tan fantástica como la cobertura mediática de los conflictos de Siria, Ucrania y Venezuela, esa revolución de ricos.

-No lo sé –capitulé-. No lo sé. Me cuesta trabajo creer algo así. Parece un argumento de novela cortés.

Ella se levantó.

-Tu desconfianza ha nublado tu juicio –sentenció-. Tan negativo es creer en todo como dudarlo todo.

-Es bueno dudar –me opuse-. Y sano.

-Dudar quizá sí –continuó ella- pero no negarlo todo hasta la exasperación. Medita bien tu decisión, si debes confiar en lo que se dictan tus sentimientos o la razón.

-Todo sale del mismo cerebro –me quejé.

-Tú sabes a lo que me refiero –acabó-. Voy a ver qué hace Guifré. Nos vemos en la cena.

Y sí: mi razón me dictaba que me alejara lo más posible de aquel hombre, o al menos que investigara para poder denunciarle; pero había algo más. Nunca he creído que la disyuntiva estuviera entre algo tan manido y poco exacto como los sentimientos o el corazón. Se trataba de confiar en el razonamiento deductivo o bien en la intuición, que no era más que una sabiduría solo aparentemente infusa, y formada en realidad por pequeñas deducciones tan profundas y rápidas que el cerebro no podía seguir su proceso, pero que habían dejado en él su huella. Y que en aquel momento proclamaban a voz en grito que mi viejo amigo era inocente. ¿Debería, entonces, creer en él sin pruebas fehacientes, con la fe exigida por Dios? Pues vaya panorama: si el imaginario ser divino no había conseguido convencerme de su existencia, menos iba a persuadirme de cualquier otra cosa un hombre mortal.

En estos pensamientos, ascendí hacia a Sala Capitular, acondicionada ahora para el banquete. Los antiguos esclavos de aquellos usurpadores iban de un lado al otro con jarras y bandejas: ahora estaban limpios, bien vestidos, con aspecto de haber comido bien y expresión relativamente alegre. Averiguaría si se les daba una buena paga, pero el respeto con que les trataban aquellos nobles no me desagradó; por lo menos no les acusaban de provocar con su pobreza, como Montoro. Entré en la estancia con algo de timidez, pero enseguida Guillaume me vio y me saludó con alborozo.

-Eowyn, te retrasas como siempre. Anda, ocupa tu sitio, te esperábamos.

Me señaló un lugar en  la mesa, en el extremo opuesto al suyo y al sector antiEowyn, que le rodeaba (estaba claro la decisión sobre los lugares que íbamos a ocupar no habían sido dejada al azar), frente a Isabel, que naturalmente tenía a Guifré a su lado. Frey Pere estaba a mi derecha, a la suya el comendador de Corbera, y más allá otros caballeros. A mi izquierda, en la otra cabecera de la mesa, presidía mi viejo compañero y en cuanto le vi hube de fijarme en un detalle curioso que más tarde se me representaría como inquietante: al igual que el resto de los prisioneros, se había bañado y arreglado pero, mientras que los otros estaban de nuevo rapados, él seguía manteniendo las mismas greñas de la mazmorra. Por su parte, el visitador general parecía exultante: hablaba, reía y bebía sin parar, y su mirada iba de uno a otro de nosotros como si no pudiera reprimir su júbilo. En un momento dado, dio unos golpes en la mesa con su jarra y se levantó, dispuesto a hacer una comunicación importante, con un ligero autobombo que me pareció completamente innecesario.

-Buenos hermanos y amigos –comenzó-. Después de muchos meses de vicisitudes y de la pérdida de muchos valientes caballeros que estarán para siempre en nuestros corazones, hoy tenemos muchos motivos para celebrar. Nuestro Señor y su Santa Madre nos han dado la victoria…

-Ahora dirá que hay que ponerle una condecoración al mérito militar a la Virgen por su contribución –le susurré a mi amigo por puro hábito, mientras veía cómo una sonrisa asomaba a sus labios: qué remedio me quedaba, era el único que entendía mis bromas acerca del futuro. Guillaume continuaba.

-… y también nos han enseñado una valiosa, aunque dura, lección –el sonido de su voz se llenó de ecos sombríos. Tras una pausa, continuó-. En estos días la soberbia que habíamos ido acumulando después de tantas décadas de orden triunfante ha sufrido un golpe terrible: algunos, y me cuento entre ellos, no había querido aceptar nuestra decadencia. Pero ahora sabemos lo que somos y en punto que estamos: escasos, impopulares, y abandonados a nuestra suerte por los grandes señores, aquellos que menos de cincuenta años atrás nos entregaban gustosos su vida y su hacienda, por el honor que les suponía pertenecer a una Orden tan santa. Algo así debería obligarnos a reflexionar. Algunos ya lo hemos hecho.

Aquel discurso, que parecía haber comenzado como una bravata de borracho, estaba comenzando a presentar rasgos interesantes. Ojalá todas las organizaciones cuando traicionan sus principios fundacionales, como cuando los sindicatos firman con los empresarios sin mencionar luchas como la de Cocacola y Panrico y alaban a los padres de la supuesta Transición modélica cuando se mueren, fueran capaces de realizar tales autocríticas posteriores.

-Vosotros, valerosos comendadores y caballeros de las Tierras del Ebro, seréis los primeros en saberlo: pronto todas las encomiendas recibirán una circular donde se avisarán de la nueva orientación que ha de seguir la Orden, para aprobar la cual se celebrará próximamente un Capítulo General: una orientación más acorde con nuestros principios originales, más humilde. Una orientación que haga real, y no solo nominal, nuestro compromiso con los más desfavorecidos por la Fortuna. A partir de ahora, muchas cosas cambiarán para nosotros. Y el propósito es que todas y cada una de ellas sean buenas para nuestras almas y para el mundo que nos rodea.

Se hizo un silencio: todos los comensales se estaban preguntando en qué consistirían las nuevas directrices, en qué cambiarían sus vidas y la de la Orden y, sobre todo, qué porcentaje de sinceridad y de política existía en las palabras de Guillaume. Por mi parte, a mí aquello me sonaba demasiado a campaña electoral, cada vez menos convincente, del PP en Valencia. ¿O tal vez se podía equiparar a una PAH triunfante en sus luchas contra los bancos? Últimamente no sabía en quién podía confiar, y menos en mí misma; miré interrogativa a mi viejo compañero, y él asintió con la cabeza. Aquello me tranquilizó, o me inquietó más. Pero el visitador no había acabado todavía.

-Pero ahora ha llegado el momento de noticias más mundanas e igual de alegres. Todos conocéis a Guifré, el hermano compatriota vuestro que desde hace unos meses forma parte de mi mesnada, cedido de forma temporal por su encomienda. El servicio que ha realizado en una difícil misión ha sido inmejorable, y ha conseguido granjearse el afecto de mis compañeros más antiguos –estos asintieron, aparentemente con sinceridad. Claro. Guifré, al ser hombre, no suponía ninguna competencia. Yo, la guerrera advenediza, que debería en lugar de estar allí largarse a su pueblo, ponerse faldas y dedicarse a cocinar, coser y parir, sí-. También tengo que mencionar a la dama Isabel, una joven dama tan hermosa como inteligente que asimismo ha significado una pieza clave para mi misión –al menos me gustó que reconociera a mi amiga: le guiñé un ojo-. Pues bien, a partir de ahora Isabel y Guifré dejarán de trabajar a mis órdenes y para el Temple, con lo que su puesto será ocupado por mi anterior compañera, Eowyn, a la que estoy segura que todos apreciáis tanto como a ellos.

Esperé escuchar abucheos. Pero los comensales se limitaron a golpear la mesa con sus copas en señal de aprobación entusiasta. Qué diplomáticos, pensé. Qué hipócritas, mejor dicho (más similitudes con Gallardón, seguro que ellos tampoco indultarían, de boquilla, a corruptos): estaba convencida de que no había ninguno de ellos que no me ardiera en deseos de asesinarme, probablemente con fundadas razones… Por cierto, ¿cómo estaba Guillaume tan seguro de que iba a volver a trabajar con él? La expresión de mi amigo, por su parte, era, extrañamente, de preocupación, mientras que Frey Pere sonreía por debajo de la barba.

-La razón de que Isabel y Guifré abandonen esta misión tiene una explicación. Guifré ha solicitado que se le exima de su juramento de pertenencia a la orden. No es que desee buscar la paz en otra más convencional y, tal vez, también más estricta; nuestro buen hermano ha decidió ingresar en otro compromiso más secular, pero igualmente valorable, en un amor que no es el de Dios pero que está incluido dentro de él. Guifré desea casarse y formar una familia. Con Isabel.

Tuve la mala suerte de estar bebiendo mientras Guillaume pronunciaba esas palabras (bueno, en realidad era lo que llevaba haciendo desde el inicio de la cena, porque el apetito lo había perdido con los últimos contratiempos, pero la sed la tenía aumentada); obviamente, me atraganté, y a punto estuve de renovar el bautismo de los que tenía alrededor con vino esta vez en lugar de agua. Miré interrogativa a Isabel y a Guifré, que me hicieron un signo de que ya me lo explicarían más adelante.

-Como sabéis, nuestras reglas no contemplan el abandono de la Orden por matrimonio –aclaró Guillaume-, pero, como antes manifesté, estamos entrando en nuevos tiempos donde quizá muchas leyes que han sido válidas hasta ahora deberán cambiarse o adaptarse. Con todo esto, unido al inigualable desempeño de nuestro hermano Guifré, creo que puedo hablar en nombre del Gran Maestre –guió un ojo a los asistentes- para decir que la dispensa ha sido concedida.

Mi amigo se levantó con tranquilidad de su asiento.

-Se trata de algo tan inusual que deberá ser aprobado en el Capítulo General que ha mencionado el hermano Guillaume –explicó-, pero creemos que Guifré puede ir en paz con su prometida a partir de mañana, si es que Frey Pere, su comendador, no tiene inconveniente –este asintió con la cabeza, bienhumorado.

El júbilo se generalizó en la mesa. Yo, por mi parte, gruñía.

-Parece que nadie tiene en cuenta las implicaciones prácticas de este hecho –me lamenté.

-¿A qué te refieres? –preguntó Isabel.

-¿De qué vais a vivir? Tu herrería no dará para los dos. Aparte de que no me imagino a un noble como Guillaume ensuciándose las manos con un trabajo de plebeyos.

-No tendría inconveniente en ello –argumentó este-. Pero en realidad Guillem de Montcada me ha ofrecido un puesto entre sus hombres. Así también podrá controlar las futuras incursiones de los Entença y no tendré que dejar el oficio de las armas, que es para lo que me preparado toda la vida.

-Y obligarás a Isabel a dejar su casa definitivamente…

-¡Eowyn, no te preocupes tanto por mí! –dijo ella, estrechándome las manos-. Me gustan estas tierras, seré feliz aquí. Y puedo establecerme en cualquier lado. El señor Guillem seguro que me ayudará.

Qué ingenua: por muy agradable que pareciera Guillem de Montcada, no dejaba de pertenecer a la elite. Y esos solo rescatan bancos o autopistas, o sus equivalentes medievales. Pero los dos hombres que tenía a ambos lados me miraban expectantes, y comprendí lo importante que era mi aprobación para Isabel. Me rendí.

-Sea, pues, si va a ser para bien de todos. Pero, Guifré, ten cuidado con los Montcada: no me gustaría que te utilizaran, por proceder de la Orden, como carne de cañón en sus intermitentes rivalidades con los Entença –temía que a Guillem solo le interesara el cadáver de un templario para dejar constancia ante el rey de la maldad de sus enemigos, como si fuera un antidisturbios abandonado por el régimen en una manifestación. Me dirigí a Isabel-. Y si a este se le ocurre tratarte mal, solo tienes que avisarme -ambos se levantaron y me abrazaron: tengo que reconocer que aquella fue hasta entonces la ocasión que más cerca he estado en mi vida de abrir el grifo.

Pero en breve vendrían ocasiones más propicias para hacerlo. Y por razones menos alegres (sigue).

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Sé que mi aportación a este tema no va a resultar significativa, y quizá sea completamente prescindible: como siempre, me falta tiempo, para escribir, para leer, para meditar, y acabo siempre llegando tarde a la noticia. No importa: hay suficientes artículos sobre los sucesos acaecidos en las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo y sobre lo que sucedió después  -que he tratado de reflejar en mis últimos twits-, y quizá no sea necesario ir más allá. Pero la importancia del acontecimiento es tal que me siento en el deber de dar un pequeño apunte, aunque se pierda en el insondable mar del periodismo ciudadano y del mundo 2.0, tragado por olas mucho más altas que las mías.

Tras el 22M ha quedado lo suficiente claro para el o la que tenga oídos para oír y ojos para ver (algo no demasiado común, a despecho de las apariencias) que los movimientos sociales y políticos que persiguen la libertad, la igualdad y la fraternidad han triunfado; y lo han hecho porque han sabido erigirse por encima de sus diferencias, comprensibles e inevitables, y unirse en una reivindicación común (que ha tenido momentos verdaderamente emocionantes donde se ha palpado la solidaridad entre  personas cuyo ideario vital no pasa por la codicia sin freno y el empoderamiento egoísta y explotador). Hemos triunfado como solo la verdad puede triunfar: limitada y brevemente, entre barricadas que acabarán por dejar de protegernos.

Y de hecho, el primer intento por derribar estas barricadas ya se ha realizado. Vinieron nuestros amigos, nuestros viejos conocidos de tantas manifestaciones, con sus capuchas y sus atuendos anarquista comprados en El Corte Inglés, con esa expresión de odio en sus facciones que no he visto en ninguno de mis compañer@s (a pesar de su justa indignación por la sistemática destrucción por parte del poder de todo lo que es bueno, bello, verdadero y justo, que cada vez estalla con más intensidad). Vinieron a la hora de siempre, tan incómodos como esa menstruación que ya esperas el día de tu cita más importante, y desde luego mucho más repugnantes y letales. Algunos (no lo dudo) sencillamente cumplirían órdenes: lo harían sin placer, obligados por sus circunstancias personales, aunque quizá también sin valor para oponerse. Otros, reclutados especialmente por sus jefes entre un elenco de candidatos que dejaría a los peores especimenes de Mentes criminales convertidos en unos auténticos angelitos, disfrutarían al hacerlo, como auténticos energúmenos.

Pero, fuera como fuera, la verdad es que su representación de violencia extremista y su posterior represión de lo que ellos mismos habían provocado (no me peguéis, que soy compañero) proporcionó argumentos a todas los medios de desinformación del Sistema (o sea: a todos los medios de desinformación oficiales). Sus espadas crearon plumas, plumas fácilmente volteadas por el viento, pero que distraen, molestan, hacen dudar… Suficiente. Pero ya lo esperábamos. Lo sabíamos. Sabíamos que el camino no es largo, sino infinito. Que la lucha nómada, la lucha de guerrillas, es la única posible para nosotr@s, pues nuestra fuerza está en saber cambiar, evolucionar, adaptarnos a las numerosas trampas del poder, tan peligrosas porque están también en nuestros corazones y ellos lo saben. Que no habrá descanso si queremos triunfar porque, en cuanto nos detengamos, ellos nos atraparán, como ya hemos estado atrapados tantos años, como aún lo estamos, entre las redes del miedo y la represión, sí, pero también entre las más insidiosas de la molicie. Bien, ya descansaremos cuando estemos muertos. Nadie dijo que sería fácil. Pero os puedo asegurar que será muy divertido…

Información complementaria

– La indignidad en moto (detallada crónica de la represión policial del #22M)

– “Vamos a por ellos, coño”, gritó un mando a los antidisturbios

Policía mentirosa

Lo de siempre

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Y de pronto me encuentro de que tengo un fin de semana libre. Que estoy descargada de todas las actividades que realizo los días de asueto (y que, en el 99% de los casos, no elijo yo). Podré descansar (descansar: ¿qué es eso? Siempre surge algo más urgente que me lo impide). Trabajar en la revista Farga, que dirijo y cuyo número actual se está retrasando demasiado debido a la enorme implicación de los colaboradores en todas las luchas actuales, y a las mías propias. Escribir novelas (tengo tres simultáneas casi paradas). Quedar con algún amigo para emborracharnos. Cine, conciertos, teatro… (en el ordenador, claro: en directo es económicamente inasequible). Dormir. Sola o, si se tercia, acompañada…

Pero no. Me voy a Madrid.

Voy a dormir dos noches seguidas en un autocar en posiciones imposibles. A comer lo que encuentre. A caminar y caminar. A exponerme a que los perros guardianes del sistema me den un buen meneo. A eventualmente  dar con mis huesos en alguna incómoda y helada mazmorra. Pero yo no sacrifico nada, en el fondo: voy a unirme a los compañeros y a las compañeras que sí lo han hecho, que han sacrificado descanso, economías, diversión, tiempo libre, para demostrar que existe dignidad y solidaridad en este país, que no han conseguido encerrarnos a todos en el redil y ponernos encima una piel de oveja de la que solo nos despojamos cuando tenemos que enfrentarnos a alguien aún más débil que nosotros: un inmigrante, por ejemplo, a quien no tenemos escrúpulos de culpar de nuestras desgracias y acusar de crímenes aún peores de los que perpetramos. Me debo a a esas personas, a las que marchan y quizá más aún a las que se han quedado en casa a causa de graves impedimentos, pero cuyo espíritu estará con nosotros. Me debo a ellos porque, fracasados o triunfadores, ya están venciendo, ya han vencido: cualquier pequeña ley cuya aplicación hayan podido impedir, cualquier encarcelado injustamente que hayan conseguido liberar, cualquier despido retrasado, cualquier desahaucio parado, son heridas mortales en la anatomía del sistema. Pero saber que no han conseguido manipularnos, engañarnos, aburrirnos, silenciarnos es la mayor victoria.

¡Madrid, allá voy!

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La sala capitular donde se desarrolla la conversación relatada aquí sería parecida a esta.

La sala capitular donde se desarrolla la conversación relatada aquí sería parecida a esta.

(viene de) Ni la historia ni las historias lo mencionan: se habla de victorias y de derrotas, pero no del trabajo que acarrean. Ni de retirar los escombros de la destrucción, ni de empezar a construir sobre la tierra ganada. Pero es obvio que tras la batalla se imponen una serie de tareas tan ímprobas como poco gratas: retirar a los muertos, atended a los heridos, encerrar a los prisioneros, limpiad el campo de batalla… sí, también hay reparto de botín, no voy a negarlo, y yo me quedé bien contenta con lo que me tocó (al menos podría comer durante dos semanas seguidas, y con un poco de suerte y reduciendo las raciones, hasta dos y media: bastante menos de lo que les pagan a los guarimberos de Venezuela por fingir que son ciudadanos descontentos con una supuesta dictadura, pero bueno). Pero como podéis imaginar hubiese dado aquello, y el doble si lo hubiese tenido, por hacer que el pobre Bernat regresase de entre los muertos. No obstante, la mayor satisfacción para mí fue ver cómo los Entença, despojados de sus ricas vestiduras y pertrechos, fueron a dar con sus huesos a la dependencia donde habían encerrado a los aldeanos de las Tierras del Ebro que habían capturado, los mismo a los que, vendidos a no se sabe quién, yo no había podido salvar. Me encantó la forma en que a Berenguer se le descompuso su rostro (que podía haber sido agraciado si no lo hubiera adornado su expresión de absoluta autocomplacencia y desprecio del resto de la Humanidad, sobre todo de la Humanidad pobre, que gracias a personas como él cada día lo es un poco más) cuando vio dónde tendría que pasar la noche.

-No habéis acabado con nosotros, desgraciados hijos de puta. No podéis nada contra la familia Entença. Volveremos, y entonces tendréis que temernos como no habéis temido a nadie antes y suplicarnos por vuestras miserables vidas.

Sí, lo sé. Parece el villano de una mala película o de una serie de dibujitos animados, pero eso justamente es lo que dijo.

-Estamos seguros -respondió Frey Pere imperturbable, en la mejor tradición de un maestro Yoda terráqueo y menos evolucionado tecnológicamente- de que volveréis. La gente como vosotros, la que hace de la guerra y la destrucción de otros pueblos su vida y su afán, siempre vuelve –pensé inmediatamente en EE.UU.-. Pero nunca conseguiréis que os temamos. Y menos que os supliquemos.

La respuesta del comendador y comandante de las tropas templarias dejó sin palabras al noble, que se limitó a volverse y a seguir a los miembros de la caravana de prisioneros. Un contingente se quedó guardándolos, mientras otros grupos se dedicaban a las tareas explicadas antes (aunque, afortunadamente, y gracias a nuestros dos sorpresivos ataques, hubo pocas bajas que lamentar de nuestro bando). Guillaume y yo, por nuestra parte, nos ocupamos de conducir a la enfermería a los que necesitaban atención médica, en parihuelas o a pie según su estado, y así tuve la oportunidad que ver el reencuentro entre Isabel y Guifré, a la cual, y a pesar de todo lo vivido y padecido, no le faltó más que la presencia de su amante para dar un cambio radical, engordar 10 kilos y rejuvenecer cinco años en un solo segundo. Guillaume se enjugó una lagrimita.

-Estas escenas me emocionan –confesó.

-A mí me dan un poco de ganas de vomitar –dije yo, en cambio-. Me alegro muchísimo de que hayamos ayudado a reunirlos y todo eso, pero podrían cortarse un poco a la hora de demostrar sus sentimientos. Esto parece un capítulo de Amor en cataratas, título que creo que acabo de inventarme ahora mismo pero que sería muy adecuado para cualquier telenovela emitida en uno de esos canales raros de la TDT –siempre he pensado que había que desmontar el amor romántico: ese mito, al igual que los religiosos, es el responsable de innumerables muertes desde que fue creado.

-¿Es que nadie te ha enseñado nada acerca de la fin’amors? –me preguntó él, algo contrariado.

-Sería inútil. Soy la persona menos romántica que existe: he nacido así. Lo mejor es dejarme por imposible –le di una fuerte palmada en la espalda-. Anda, ve a hacer lo que sea que tengas que hacer. Yo iré a ver cómo está nuestro amigo. Tenía demasiado buen aspecto la última vez que le vi, y después de lo que ha debido de pasar eso solo puede ser indicio de que tiene un pie en la tumba.

Guillaume hizo ademán de marcharse, pero antes se volvió hacia mí

-Dale recuerdos de mi parte –me instó -. Me moriré de risa imaginándome cómo se enfurruña.

Tal como me dijeron, Maese Salomón estaba con él. Le había instalado tras la cortina más alejada de la puerta de la tienda enfermería. Me fijé que el cubículo era un poco más grande y aireado que los demás.

-Ya veo que mantienes los privilegios –acusé al médico, por todo saludo-. Espero que no estés esquilmando a los demás heridos para regalarle a él y él a los que son como él. No le gustaría –afortunadamente, con todos sus defectos, no se parecía en nada a los directivos de la patronal de Madrid, ni al gobierno de esa Comunidad.

-Ah, a ti te estaba buscando –me espetó como respuesta-. Pero antes he de decirte que no se trata de privilegios. Le he puesto aquí porque quería poder tratarlo con tranquilidad.

-¿Acaso está grave? –inquirí, preocupada. Pero el médico no tardó en hacer un gesto de negación.

-En absoluto. Y ese es precisamente el problema. Ven, quiero que veas algo.

Me llevó junta a la cama de mi amigo, que parecía dormir profundamente.

-Pero… está inconsciente –yo no las tenía todas conmigo. Maese Salomón soltó una estruendosa carcajada.

-¡Nada de eso! Simplemente duerme como un bendito. Debía de estar terriblemente cansado el pobre.

-Esa es una explicación posible –aduje yo-. Aunque siempre le gustó mucho dormir. Incluso más que comer o beber, que ya es decir. Y quizá más que lo otro; pero eso no lo puedo asegurar, porque como al pobre sus reglas y sus votos, que parecen escritos por Rouco Varela, no le dejan averiguarlo… Pero ¿qué querías enseñarme, matasanos?

-Esto –Maese Salomón, con un rápido gesto, retiró la ropa de la cama que cubría al susodicho, dejando, en un cuerpo grande y fuerte que apenas mostraba las huellas de una edad ya no tan juvenil, sus cicatrices a la vista. Me asombró que todas y cada una de ellas parecían ser bastante antiguas, a diferencia de las que había observado en Guifré y en otros de los ex cautivos. Miré dubitativa hacia el médico.

-¿Esto es normal? –me preguntó-. Tú le conoces desde hace tiempo. ¿Siempre le cicatrizaban las heridas tan rápido?

Me encogí de hombros.

-Que yo sepa -respondí-, funcionaba como el resto de los mortales en este sentido. Si le herían sangraba, como tú y como yo, y tardaba en curarse… pues lo normal en estos casos. No te compliques la vida, curandero: seguramente no le torturaron tanto como a los otros. Es bastante más listo de lo que parece tras esa pose de beato: seguramente enredó a sus verdugos.

Maese Salomón movía la cabeza repetidamente.

-No es eso lo que me ha contado el comendador de Corbera. Dijo que atraía todas las torturas hacia sí para ahorrárselas a sus compañeros.

-Eso sería muy propio de él, pero las pruebas indican lo contrario.

-También está el hecho de su escasa pérdida de peso –insistió el galeno-. Los otros se han quedado tan flacos como aldeanos en época de sequía. Él está prácticamente igual que la primera vez que le vi.

-Es demasiado corpulento para que se le note la operación bikini carcelaria –sin hacer caso a su mueca interrogante, continué-. Todos los científicos sois iguales: siempre buscándoles los tres pies al gato. Lamento decepcionarte, pero no tienes aquí ningún espécimen que puedas estudiar para salvar vidas. Ojalá fuera tan fácil…

Él bajó la cabeza y yo le di un cordial puñetazo en el hombro. Tras una última mirada a mi amigo, salí de allí tan de prisa como pude: odio la sangre y las vísceras (sí, lo sé, es bastante extraño dado a lo que me dedico, pero es cierto) y en cuanto más tiempo permaneciera allí, más posibilidades había de que alguien me pidiera que echara una mano para retirar algún miembro amputado o barrer unos intestinos. Además, me inquietaba sobremanera lo que Maese Salomón había constatado; aunque yo le otorgaba una lectura muy diferente. La idea que rondaba por mi cabeza casi me avergonzaba, pero no podía evitar formulármela. ¿Y si, me preguntaba, las pretendidas torturas que le efectuaron fueron una comedia? Tal vez el belicoso Berenguer le había ofrecido ayuda para su Cruzada, era lo suficiente rico e influyente entre otros nobles y en algunos reinos para ello: incluso en las organizaciones teóricamente más solidarias hay veleidades corruptas, peleas por los sillones. Demasiadas, creo yo. Y ciertamente había mucha división interna en el Temple sobre si era conveniente o no seguir con la política de conquista en Tierra Santa. Resultaba un poco conspiranoico, quizás, pero no podía evitar pensar que la guerra de los Entença contra los templarios era la oportunidad de oro para que mi viejo compañero se quitara unos cuantos adversarios de encima, incluso dentro del Grupo de los Ocho. Frey Pere, sin ir más lejos. Yo había sabido que en el interrumpido Capítulo de Montpellier hubo disensiones graves al respecto. ¿Era posible que el traidor del campamento estuviese a sus órdenes? ¡Tal vez yo nunca fui para él más que un títere manipulable al que utilizó para escalar en la Orden lo suficiente como para cumplir sus sangrientas veleidades!

La cabeza comenzó a darme vueltas. Si mis sospechas se confirmaban, aquello sería mucho peor que decepcionarme o incluso traicionarme; sería como arrebatarme la golpe toda mi humanidad. Porque si yo alguna vez había creído ciegamente en la honradez de alguien, era en la de aquel hombre. No, la poca fe que me quedaba en el género humano no sobreviviría a aquello. Un agujero negro se abrió en mi estómago en mitad de un dolor mucho más agudo que ninguna de las heridas que he recibido en mis ya bastantes años en el oficio, y un acceso de náusea amenazó con ahogarme; y aquel pesar casi incalculable se unió al que ya sentía por la muerte de Bernat, dejándome fuera de combate. Creo recordar que llegué a mi tienda casi arrastrándome y me eché en mi camastro –la decepción es el primer detonante del inmovilismo; y si no que se lo digan a la España post-transición franquista. ¿O es el silencio de los medios, como con la Marcha de la Dignidad del 22-M?-, deseando tener una buena porción de vino a mi alcance: pero hay pesares que ni el alcohol cura. Y, en lugar de un barril de vino aparecido de la nada, el que llegó fue Guillaume, que primero asomó la cabeza por la puerta, aparentando discreción, y sin mucha solución de continuidad acabó por entrar.

-No me ha parecido cortés empeñarme en dormir en mi tienda. A juzgar por la actitud de Guifré e Isabel, esta noche la necesitaban para ellos solos. Así que, dando por sentado que el catre de ella estaría libre, he venido aquí con la sola  intención de echar un sueño reparador –me miró con intención-. Aunque estaría abierto a posibles alternativas si se presentan…

Vi mi expresión reflejada en la mirada de sus ojos. Creo que no era demasiado halagüeña.

-… aunque creo que esta noche para ti no es el momento idóneo para actividades de ningún tipo. Necesitas descansar y, sobre todo, llorar a Bernat. Así es que no te molestaré en lo más mínimo. No obstante, si necesitas hablar, aquí estoy.

Su generosa oferta casi me emocionó: nunca habría creído que Guillaume podía tener la empatía suficientemente como para ocuparse de las penas de otro ser humano. Al parecer, la psicología humana era un misterio, un misterio que solo en escasas ocasiones, como la que se estaba desarrollando ante mis ojos, te deparaba alguna sorpresa agradable, la solidaridad triunfaba. Pero yo no pensaba aceptarla: hacía siglos que era incapaz de sobrellevar mis penas cargándolas sobre otra persona. Me cubrí con la manta tras un asentimiento de cabeza, y apagué la vela que tenía a mi lado. Él hizo lo mismo con las antorchas que iluminaban la tienda antes de acostarse a su vez en la cama de Isabel. Pude oír cómo me decía, antes de que el sueño motivado por los trabajos y las emociones del día, me venciera:

-Además, creo que esta noche no te convenía estar sola.

Tal vez tenía razón. Pero no pensaba reconocerlo, ni ante él ni ante nadie, así que me mataran.

Fue un duermevela lleno de pesadillas. Mis sospechas se materializaron y llenaron de historias de terror mis sueños. Pero la mañana llegó, y con ella una nueva esperanza, o más bien una renovada oportunidad para las vicisitudes. Primero me despertó el sol, pues la hora prima había pasado con creces, y luego Esquieu remató la faena. La expresión desagradable de su rostro, enfatizada por su aquella mirada que cada vez me parecía más enfermizamente sucia, aparecieron en mi horizonte visual, a una considerable distancia de mí aunque no a la suficiente. Nunca a la suficiente.

-Los señores hermanos me han mandado que te despierte. Se celebra un capítulo para decidir la suerte de los Entença prisioneros, y desean que estés presente. ¡Vamos, date prisa! Es un gran honor, y mucho más para una mujer plebeya –aquel recordatorio me resultó completamente prescindible, y nada gentil.

-Está bien, está bien… -yo me frotaba los ojos-. Diles que estaré allí antes de que tengan tiempo de acabar con los rezos. Mucho antes, porque estas siempre suelen ser demasiado largas –pero el sargento, inexplicablemente (o no tanto) parecía resistirse a moverse-. ¡Vamos! –le insté-. ¿Qué esperas? –me hizo una reverencia irónica y salió a la carrera. No podía evitarlo: cada día me gustaba menos aquel hombre. Pero relegando el tema a un segundo lugar, junto a los descubrimientos de la víspera, hice mis abluciones matinales, me puse mi mejor camisa y túnica (fácil: solo tenía dos de cada) y me lancé hacia el lugar de reunión.

Sentados a lo largo de la mesa de la Sala Capitular (limpia de los restos de la última farra de los Entença que tan mal para ellos había concluido), la reunión estaba dando comienzo, o mejor dicho, se hallaban en el final de las interminables oraciones previas. Mi presencia, entre tanto militar religioso vestido de blanco, chirriaba un poco, pero al menos no era la única seglar (aunque sí la única mujer y también la única plebeya, tal como había tenido a bien indicarme Esquieu): Guillem de Montcada, uno de los jefes  de la familia enemiga de los Entença que solía colaborar con los templarios cuando sus sempiternos adversarios tenían ganas de pelea, estaba también allí (hay que recordar que también fueron durante mucho tiempo aliados, e incluso estaban emparentados familiarmente. Eso demuestra que nunca hay que fiarse de los nobles: ni de los políticos del Sistema). En cuanto a los demás, no voy a hacer una lista detallada de los presentes, al igual como no la he hecho hasta ahora de todos los comendadores y gentileshombres varios templarios que participaban en la batalla, sus lugares de origen y sus familias: en parte, porque no soy Homero ni lo pretendo, en parte porque no conozco todos los detalles, y en parte porque hay que ir al grano y relatar los hechos importantes, que luego dicen los SEOs que los post de blog de más de 20 páginas no los lee nadie. Así que os debería bastar saber por el momento que, aparte del de Montcada, estaban presentes mi viejo compañero, el sospechoso de traidor, ya recuperado de sus inexistentes heridas, Guillaume, Guifré, Gonzalo, los otros tres caballeros supervivientes de la mesnada que siempre acompañaba al visitador (los londinenses Richard y Arthur, gemelos, y el florentino Manfredo, tan graves y concienzudos que parecían haber hecho voto de silencio de por vida), el comendador de Corbera, Frey Pere, y los hombres de estos, entre otros que no voy a citar por no tener papel en esta historia. Todas las miradas se volvieron hacia mí cuando entré por la puerta.

-Ah, estás aquí, Eowyn –Frey Pere me saludó calurosamente-. Antes de comenzar el capítulo propiamente dicho, quiero darte en nombre de todos las gracias por lo que hiciste en la batalla. Arriesgando tu vida para avisarnos de la trampa, se puede decir que nos diste el triunfo. Y aparte de eso, tu comportamiento fue ejemplar. Lástima que solo podamos ofrecerte nuestra gratitud: si fueras un hombre, te daríamos un sitio en nuestra orden.

Contesté rápidamente.

-No, gracias –me salió del alma. Se oyeron algunas risitas mal disimuladas. Yo intenté rectificar-. Quiero decir… ejem… que no hace falta que me recompenséis de ninguna manera, yo lo hice por mis amigos, de los que tengo muchos en el Temple –hice una leve reverencia generalizada, sin dejar de pensar lo diferente que son las cosas desde el punto de vista en que observan: ellos parecían pensar que yo era una heroína; yo sabía perfectamente que solo era una fracasada.

Frey Pere sonrió.

-Muchos, además de ti, se comportaron como auténticos héroes –se volvió hacia mi amigo-. Vos, buen señor, ayudasteis a mantener la moral de los prisioneros y fuisteis bálsamo de sus heridas físicas y espirituales, aparte de sacrificaros por ellos y jugar un papel imprescindible en la toma posterior del castillo –estuve a punto de bufar, asqueada, pero afortunadamente logré contenerme-. Igualmente he de citar al hermano Gonzalo, que tomó rápida y acertadamente una difícil decisión que asimismo facilitó la victoria, al hermano Guifré, a nuestro visitador general y a… -vuelvo a recordar que no soy Homero, así que me interrumpo aquí-. Y ahora –continuó el viejo comandante-, hemos de tratar el tema principal que nos ocupa en esta reunión: el futuro de los Entença. Creo que todos los presentes estarán de acuerdo en que debemos liberarlos.

Todos guardaron silencio. Los que me conocían más íntimamente, además, me hurtaron la mirada y bajaron las cabezas, ocultas bajo la capucha de la cota de malla y la de sus capas. Y entonces comprendí.

-Queríais que estuviera presente, pero no estaba previsto que participara en la decisión. Solo deseabais evitar que armara algún escándalo. Porque vosotros mismo sabéis que liberarlos, como si nada hubiera ocurrido, es exactamente lo mismo que concederles patente de corso para que sigan cometiendo desmanes hasta que el rey les pare los pies, lo que no creo que suceda hasta dentro de muchos años, conociendo las prioridades reales y el lugar que el bienestar de sus súbditos de las Tierras del Ebro ocupa en ellas –las mismas Tierras del Ebro que continuarán en el siglo XXI amenazadas con ser vendidas al mejor postor.

-No tenemos otra opción –argumentó Frey Pere-, y en el fondo lo sabes, jovencita.

-Sí la tenéis –dije- Sólo os falta voluntad política –nadie dijo nunca que la vida fuera fácil: pero la mayoría de los obstáculos son fruto de nuestros desequilibrios internos, de nuestro miedo y de nuestra ambición. Se puede poner azafatas en las fronteras y sembrarlas de pétalos de rosa para que reciban como se merecen a unas personas que han vivido experiencias dignas de las peores pesadillas por un sueño absurdo, pero que es el único que tenían, tal vez huyendo de la muerte o de la desesperación, tal vez llevando sobre sus espaldas la responsabilidad de la salvación de toda su familia. Y en lugar de ello los asesinamos con la mayor impunidad. Se puede atenderles y encontrar una solución a su situación, aunque sea recaudando dinero de organismos supranacionales. Se puede combatir a las mafias que trafican con personas en lugar de criminalizar a sus víctimas. Se puede enviar a gente como los Entença a la oscura prisión que les correspondería, o un destierro tan lejano que les impida cometer maldades. Sí, sí se puede, pero no quieren. Es cierto, es cierto.

-Reflexiona, Eowyn –era mi amigo el que ahora se dirigía a mí-. Eres demasiado impetuosa y estás llena de excesivas buenas intenciones. Pero ¿crees que acabar con una de las familias más poderosas del reino, o bien encarceladles a perpetuidad, o obligadles a desterrarse, sería la solución? ¿Crees que el rey lo permitirá? Y aunque lo hiciera, ¿quieres una guerra interna generalizada que desangre Aragón y tal vez se extienda a Castilla? ¿La quieres?

Por desgracia, tenía razón: intervenir tan alegremente en asuntos de familias (o de países) a menudo puede desembocar en un conflicto que se escape de las manos. La CIA y la UE, con la colaboración de Rusia que también defiende a sus oligarquías, deberían haberlo pensado antes de convertir Ucrania en un escenario pre-III Guerra Mundial. Pero no pensaba dar mi brazo a torcer.

-No se trata de encarcelarles a perpetuidad. Solo hasta forzar el rey a que tome cartas en el asunto. Tenemos pruebas, además, de que Blanca es cómplice de los Entença y planea una conspiración contra él.

-El resultado será el mismo, Eowyn…

-Además –intervino Guillaume-, el soberano no quiere escuchar nada en contra de Blanca. No creas que no se ha intentado ya. Acusarla solo nos perjudicaría.

Yo apreté los puños. La ira se me llevaba.

-Entonces, ¿queréis decir que tenemos las manos atadas?

-Me temo que así es –contestó Frey Pere.

-Sois todos una pandilla de cobardes –sabía que estaba siendo algo injusta, que seguramente los templarios acabarían como el juez Silva o como el juez Garzón, superimputados y apartados de su carreras por haber osado desafiar a los poderosos (y ni siquiera podrían escribir un libro después) pero no podía evitarlo: la rabia me cegaba, y no me resignaba a que no existiera alguna solución-. Al menos ocupaos de esas personas, de la gente sin casa ni tierras, de los huérfanos y las viudas. Tenéis responsabilidad en esto. No podéis dejarlos a su suerte. Porque, además, pronto habrá más desahuciados.

-Nuestras arcas ya no son las que eran antes de Acre –convino Frey Pere-. Pero puedes estar segura de que haremos todo lo que podamos.

-Lástima que la ayuda no vaya a llegar a tiempo para tantos…

En ese momento, sorpresivamente, Gonzalo dio un paso adelante.

-¿Y por qué tenemos que cumplir las órdenes de esta advenediza, de este ser antinatural que viste como un hombre y que probablemente tienen tratos carnales con mujeres? –gritó. Yo enarqué las cejas, pero el pretendido insulto me hizo sonreír. Él siguió vociferando.

-¡Nos odia! Lo ha demostrado con creces. Intenté quitarle de la cabeza a Frey Guillaume que solicitara su colaboración, pero ella viene manipulándolo desde que se conocieron en Tierra Santa –sentí la leve pátina de envidia que empeñaba las palabras del sevillano, de quien no hubiera imaginado nunca aquel odio soterrado hacia mi persona, aunque sí conocía su frustración por no estar luchando en Ultramar o al otro lado de las fronteras musulmanas-. No es culpa de él, sino de ella. Es peor que cualquier mujer, porque tiene sus mismas armas demoníacas y además se avergüenza de serlo…

-¡Eh, un momento! –intervine yo, indignada-. No me avergüenzo de ser mujer: lo tengo a gala. Y tampoco soy lesbiana, que quede claro. Y no porque sea homófoba, que no lo soy ni por asomo y cualquiera que lo sea lo más mínimo solo va recibir desprecio de mi parte. Es porque no quiero que reduzcas mis posibilidades de hacer alguna incursión galante por el campamento, que aquí hay mucho tío bueno y no todos están consagrados… Pero Gonzalo, tú eres tan estrecho de mente que cualquier mujer que no vaya con su vestidito, su tocado, sus zapatitos, y embadurnada de afeites hasta el culo no merece más que la muerte –o el despido, si está de baja médica por embarazo de riesgo.

-Pero ¡qué desvergüenza!

-Un momento –intervino Frey Pere: era el único que se mantenía sereno. Casi la totalidad de los integrantes de la reunión hacían esfuerzos por contener las carcajadas tras aquel inesperado giro de los acontecimientos, y entre ellos Guifré, Guillaume y mi amigo, que eran los que mejor me conocían, estaban sufriendo serias dificultades para lograrlo-. Hermano Gonzalo, te sugiero que si tienes dificultades personales con Eowyn las discutas con ella en privado. Y tú, muchacha, será mejor que te vayas. Hemos accedido a tu petición; ahora debes creer en nuestra buena fe.

-¿Qué va a creer ella? –Gonzalo no se daba por vencido-. No cree en nada ni en nadie. Hasta tiene dudas sobre la existencia de Dios. ¡Es una impía!

Decidida a acabar con aquello, caminé decidida hacia Gonzalo, hasta plantarme a un par de pasos de él, para fulminarle con la mirada. Él aguantó mi envite visual sin pestañear.

-Te equivocas: no tengo ninguna duda acerca de la existencia de Dios –hice una pausa dramática-. Sé perfectamente que no es más que otra mentira –diga lo que diga Fernández Díaz.

El vuelo de mi manto me acompaño cuando giré para salir por la puerta, mis pasos contundentes coreados por las exclamaciones escandalizadas de los integrantes del capítulo (sigue).

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