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Archive for 22 abril 2014

Que un nuevo libro aparezca en el mercado siempre es una buena noticia; al menos si el autor no es Paquirrín, Belén Estebán o alguno de esos fantoches mediáticos (o, más bien, sus negros). Si encima tiene algo de calidad, ya es obligatorio tirar confeti. Y si, para finalizar, el libro está escrito por un camarada de la XSUC y amigo de la que suscribe, es un día para marcar en rojo en el calendario. Pues bien, lo que he explicado acaba de suceder: ya está disponible en Amazon para aquel a quien le apetezca echar un vistazo y, eventualmente, llevárselo a sus dispositivo de lectura, No está muerto lo que juega eternamente, la primera novela de Carlos Milán.

He tenido la suerte de ser una de las primeras personas que leí esta novela: Carlos y yo nos conocimos en un principio en las redes sociales, y más tarde coincidiendo en temas activistas en los que los dos andábamos y andamos metidos; al ser lector mío, creyendo más de lo que yo creía (y de lo que han demostrado las circunstancias) en el éxito de La rebelión de los soldaditos de plomo, se le ocurrió prestarme su manuscrito con vistas a que le diera algún consejo útil como la escritora que se supone que soy (solo se supone): el único que pude darle, una vez constatado que aquello valía realmente la pena, es que optara por las nuevas posibilidades actuales de publicación independiente  en digital, dada la dificultad de que una editorial lo suficientemente potente para dar adecuada difusión una obra apueste por un autor desconocido y sin padrinos (descartando, claro está, las empresas que se dicen editoriales y que solo pretenden hacer negocio a costa de autores incautos o demasiado necesitados del éxito). Como bien se ve me hizo caso: ahora solamente espero que ni él ni yo tengamos que arrepentirnos.

Y ahora toca daros razones por las que se ha de leer esta novela, y os las daré yo, porque conociendo al autor no creo que se preste al esperpento de solicitar la compra de la novela en todas las plataformas sociales en las que se encuentra y de empezar todas sus conversaciones con el sintagma preposicional “En mi libro” seguido del pronombre personal de primera persona. Es una novela autodidacta, original, arriesgada y fresca, apta para todos los públicos y para todos los niveles, escrita pensando en el lector y no en conjurar los fantasmas del escritor. Aunque es una novela de género (de hecho, de varios géneros mezclados, pues hay terror, misterio, aventura e historia), trata temas de actualidad como el conflicto en Palestina y lo hace con grandes dosis de un humor en ocasiones desternillante, aparte de que se respira en toda la obra un innegable hálito de compromiso social y solidaridad. Un trama bien hilvanada, un desenlace impactante, personajes sorprendentes y muy trabajados… Y, para que no falte de nada, también hay lugar para los sentimientos (amistad, amor…) e incluso alguna escena de alta temperatura. Motivos suficientes, creo yo, para que se le dé una oportunidad y… a disfrutar.

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Así sería la estancia donde tuvo lugar esta escena en la actualidad.

Así sería la estancia donde tuvo lugar esta escena en la actualidad.

(viene de) Comienza la penúltima parte de esta aventura con perspectivas nada halagüeñas. Y es que por una vez voy a hacer honor a la verdad, aunque sea llevada por las circunstancias: pues los finales felices suelen mentir, ya que las historias nunca finalizan y si lo hacen es con la muerte; los finales trágicos, por el contrario, tan solo anticipan lo que forzosamente ha de venir… Ojalá pudiera soslayar el tema que me propongo tratar, pero me he propuesto ser veraz con vosotros aunque el relato arroje tierra sobre mi propio tejado: es lo mínimo que puedo hacer para cambiar las cosas, relatar las consecuencias de la codicia, la soberbia y la cobardía, contradecir un mundo en que la mentira es patrón supremo de medida en la política, la economía y la comunicación. Además, me he impuesto este deber, entre otras cosas porque, dadas las circunstancias quizá esta sea la última vez en un período largo de tiempo que no sepáis de mí. Así que, sin más dilación, allá va.

Después de la cena, yo recorría los pasillos armada con una vela: mi destino era la torre principal, la más alejada del aposento que volvía a compartir con Isabel, a la previamente que había dado instrucciones acerca de lo que tenía que hacer aquella noche.

-Tú y Guifré os quedáis en la alcoba de Guillaume, con una buena provisión de vino, y me lo distraéis. Si por casualidad se le ocurriera preguntar por mí, le dices que estoy muy cansada y que duermo profundamente. Y sobre todo, no le perdáis de vista hasta que caiga rendido. Que tenga menos independencia que un juez honrado tras la aprobación del proyecto de la Ley de Desordenamiento del No-Poder Judicial de Gallardón: no quiero democracias, sino vigilancia militar, con nuestro amigo visitador esta noche.

-Está bien –había respondido ella-, pero no acierto a ver el propósito de todo esto.

-Creo que quiere evitar que Guillaume aparezca en sus aposentos –había aventurado Guifré con una caída de ojos llena de picardía y un tono de voz afín– con intenciones poco castas.

-Pero… yo pensaba que te gustaba.

-Tal vez se le ha presentado algo mejor –apuntó él, con la misma entonación e idéntica mirada.

-Ya está bien –había concluido yo-. Haced lo que os digo, si me tenéis en estima, y dejad de chismorread como un par de viejas comadres.

Ellos se habían marchado, entre risas, y yo llegué por fin a mi destino. Golpeé en la sólida puerta y escuché cómo, en el interior, una voz me instaba a que pasara: no me lo pensé dos veces. Mi amigo estaba en su cama, revisando unos pergaminos. Levantó la vista hacia la puerta y me vio. Sus ojos brillaron un instante mientras su expresión oscilaba entre la sorpresa, el arrepentimiento y la pesadumbre.

-¡Eowyn! Pero…

-No te alegres tanto de verme, que me lograrás emocionarme –le eché una ojeada-. Y deberías ponerte algo de ropa: no creo que vuestras normas apoyen el hecho de que durmáis tal como Dios os trajo al mundo. Pero bueno, mi propósito al venir aquí no es darte consejos sobre homewear –corté en seco las avergonzadas justificaciones que se disponía a desgranar, a juzgar por su mirada contrita, y fui al grano, tal como es mi costumbre-. Lo sé todo. ¿Cuándo te vas?

Dio un leve respingo.

-Al amanecer –confesó-. Pero ¿cómo lo has averiguado…?

-Por tus greñas. Al ver que no te las había cortado, comprendí que deseabas viajar de incógnito, como sueles hacer. Vuelves a Chipre, ¿no? A tus Cruzadas.

Asintió ligeramente con la cabeza.

-Tengo que hacerlo. Lo sabes –adujo a modo de disculpa. Yo resoplé.

-Sí, ya. Es tu deber, ¿no? Un punto importante en la nueva estrategia de la Orden de la que habló Guillaume en la cena. No sois muy diferentes al PP, después de todo, ni a los yanquis: los primeros finiquitan la justicia universal para no perjudicar a los otros, sus aliados psicópatas que no tienen escrúpulos en aplicar su propia justica particular, a sangre y fuego, caiga quien caiga, lo mismo que vosotros. Pero me temo que esa parte en concreto, la parte que implica matanza, no será refrendada por toda la Orden cuando se haga pública. ¿Qué crees que opinará Frey Pere al respecto, por ejemplo?

Mi descontento suscitó su rebeldía: su expresión su endureció.

-Tendrá que hacerse a la idea –contestó con dureza-, al igual que los otros. Eowyn, tú te precias de ser práctica. Una guerra no se gana solo con buenos propósitos: es menester dinero. Ninguno de nuestros proyectos puede llevarse a cabo si no contamos con efectivo. Ni ayudar a los que lo necesitan, ni lograr más justicia en el mundo. Necesitamos donaciones, y las donaciones solo las conseguiremos adquiriendo prestigio, y el prestigio solo llegará si ganamos batallas. Esto funciona así.

-Cualquier medio para justificar vuestro fin, ¿no? Sí, realmente sois iguales que el Sistema: criminalizaréis con las más sucias y viles y estrategias a los únicos y las únicas valientes que se atreven a luchar por la dignidad, como los gobernantes fascistas y sus esbirros policiales.  Perfecto. ¿Y cuántos inocentes tendrán que morir para que alcances tu meta?

-No es solo mi meta, sino la de todos. Y esta vez lo haremos de manera diferente. Ya no se puede confiar en los reinos cristianos, y ojalá no lo hubiéramos hecho nunca. He visto más crueldad entre nuestros correligionarios que entre los sarracenos u otros salvajes; o al menos la misma. Hay demasiada corrupción en la Cristiandad. Eowyn, espera y verás: tantas cruzadas nos han enseñado muchas lecciones. Cometeremos errores, lo admito. Pero serán menos que al principio: tenemos memoria.

Respiré profundamente. No tanta memoria debían de tener, si les había costado tantas campañas obtenerla: habían olvidado sus salvajadas, como Billy el Niño, y tal vez como él acabarían muriendo, sí, pero libres, millonarios por los servicios prestados, y en la cama. Al igual que el PP, cuando volvían la vista atrás no recordaban los asesinatos de sus correligionarios en la Guerra Civil, el franquismo o el postfranquismo (es que padecen una extraña enfermedad cerebral que se llama paracuellitis: o sea, que solo se acuerdan de Paracuellos). Vamos, que no tienen memoria histórica, sino memoria histérica.

-Y todo esto ¿cuándo pensabas decírmelo? Ibas a marcharte si despedirte –le acusé.

-Iba a hacer algo mejor que despedirme –contestó con énfasis-. Iba a proponerte que vinieras conmigo. Siempre te lo he dicho: te necesitamos.

-¿Y entonces?

Sus ojos se achicaron por el disgusto.

-Guillaume jugó sucio, como es propio de él. En nuestras conversaciones nunca dijo que volvería a contar contigo; pero cuando lo manifestó públicamente, supe lo que elegirías.

-¿Me lo preguntaste, acaso?

-No era necesario.

-Sí, sí lo era. Como todos los hombres, crees que conoces lo que decidiremos y lo que nos conviene mejor que nosotras mismas. Pues te informo, querido compañero, que al menos en esta ocasión has metido la pata.

Clavó en mí su oscura mirada, en silencio. Yo continué: la pasión que coloreaba mis palabras, como inspirada por una divinidad en la que no creía, me sorprendió incluso a mí misma.

-Te ofrezco una alternativa mejor. Quédate conmigo. Volvamos a nuestros orígenes y dejemos atrás esta locura. Huye del Temple, huyamos de órdenes y organizaciones y listas abiertas y o cerradas para elecciones antidemocráticas. Seamos libres. Ocasiones tendremos de luchar por nuestras ideas y de hacer algo útil por la gente que lo necesita. Lucharemos, comeremos y beberemos, y cuando seamos tan viejos que no podamos sostener la espada (cosa de la que tú andas más cerca que yo, me temo) pasaremos los últimos años de nuestras vidas en Tierra Santa aprendiendo con los mejores maestros entre paseo y paseo por la taberna, que ya estoy harta de los reinos hispánicos, por las razones que todos sabemos. Y si no sobrevivimos… pues mejor: nos reencontraremos en el infierno. Nos iba bien así antes, amigo. ¿Por qué tuvimos que cambiar?

Pero él inclinó la cabeza, sin decir palabra, y yo comprendí que había perdido la partida.

-Está bien –acepté-. La verdad, tampoco esperaba convencerte.

Rodeé la cama y me senté en el extremo opuesto. Comencé a quitarme las botas.

-¿Qué supone que estás haciendo? –me preguntó él, más sorprendido que escandalizado. Bufé de nuevo.

-Supongo que lo que quieres preguntar en realidad es mi propósito al hacer lo que estoy haciendo, porque el hecho en sí es evidente. Aunque, pensándolo bien, lo que me propongo también es obvio. Así que mejor no preguntes –me saqué los pantalones-. Y ni una sola mención a tus votos –le interrumpí-. Si quieres convencerme de que no lo haga tendrás que inventarte un argumento más original.

Mi sobrevesta cayó al suelo. Me levanté para soplar las llamas que iluminaban la estancia: no por timidez propia, sino para facilitarle las cosas a él, que tenía menos experiencia que yo en esas lides o de ello presumía, y, tras haberme despojada de las últimas prendas, me arrodillé sobre la cama mientras escuchaba su voz en la oscuridad.

-No pensaba aludir a mis votos. Me enfrentaría al infierno solo por el privilegio de pasar una noche contigo…

El calor de su tono me produjo un profundo escalofrío. Menos mal que no creía en las palabras hermosas: es tan fácil pronunciarlas… Él continuó:

-… pero creía que tú y Guillaume…

-No veo la incompatibilidad por ninguna parte. En el caso de que lo que afirmas hubiese sucedido.

-Para mí es importante.

-Tonterías.

-Pero hay algo más.

Noté que arrojaba la ropa de la cama lejos, con rabia. Se levantó y se alejó un par de metros. La temperatura de la habitación había bajado, de golpe, varios grados.

-Esto es ridículo –me lamenté-. Vengo de un mundo donde todo lo que es bueno, auténtico, sencillo y solidario está siendo sistemáticamente arruinado o descalificado por un poder que nos quiere simples máquinas, en nuestros deberes y en nuestras diversiones, o que nos condena a la muertes más crueles, directa o indirectamente, sumiéndonos en la pobreza y la exclusión. Y tú desprecias tu única oportunidad tal vez en mucho tiempo de ser feliz…. Mira, he estado a punto de perderos a todos y siento que esta vez no pasarán solo unos meses o un año hasta que vuelva a encontrarte, tengo un mal presentimiento, ojalá me equivoque. Necesito que al menos me des algo que pueda recordar. Y no me obligues a decir más ni a prometer ninguna cosa. Sabes que nunca lo haré.

No acababa de entender lo que le sucedía. Era como si dos fuerzas opuestas tiraran de él: las sentía competir por su voluntad…  Al fin escuché sus palabras

-Eowyn, si me quedo contigo esta noche no podré marcharme. Lo sabes.

Se hizo el silencio durante unos instantes.

-Te marcharás –refuté yo, al fin-. Tu sentido del deber es demasiado poderoso.

Supe, no obstante, que necesitaba un estímulo suplementario… Ah, hombres…  A veces es más fácil enfrentarse a un escuadrón de mamelucos o a Berenguer de Entença cabreado que a sus chorradas, joder.

-Tú también deberías saber una cosa. Espero que esto sea suficiente para ti. No eres uno más. Siempre has sido especial… -me mordí los labios. El resto, si existía, él no tenía por qué saberlo.

 Se produjo otra pausa inquietante. Transcurridos un par de segundos, sentí que la cama se hundía bajo su peso.

-Es suficiente –contestó- Por ahora.

-Pues entonces cierra la boca. Hablas demasiado.

En aquel momento, desapareció el presente, el futuro inmediato, todos los futuros posibles, el destino de la Humanidad y las características que han hecho y que harían que ese destino no fuera a ser jamás halagüeño. Hay noches que contienen todas las noches, todos los tiempos y todas las dimensiones. Son escasas, se debaten, como yo misma, entre la ficción y la realidad, entre la invención absurda y el deseo creador. Yo he tenido la suerte, la inmensa suerte, de ser la protagonista de una de esas noches. Ojalá aquel hubiera sido el final; pero lo mejor, en sentido tristemente irónico, estaba a punto de comenzar.

Desgreñada, sonrosadas las mejillas, los ojos brillantes y una sonrisa triste en los labios, yo miraba desde debajo de las sábanas cómo él se vestía con ropas que recordaban a las de un caballero seglar de no demasiada alta alcurnia, bajo las primeras luces del alba.

-Volveré antes de lo que crees. Y esta vez estoy seguro de que podré convencerte.

Yo me mantuve en silencio.

-Pero ¿qué te sucede, Eowyn? ¿Dónde está tu imparable verborrea? –examinó un momento la expresión de mi rostro y de inmediato se acercó y apretó una de mis manos entre las suyas, antes de llevársela a los labios.

Naturalmente, tuvo que ser aquel preciso momento cuando comenzó a desarrollarse el desenlace de la aventura. Aún gracias que el destino permitió que pudiera suceder sin interrupciones el interludio que acabo de relatar. Pero, en realidad, justamente ese interludio fue el hecho clave en los sucesos que estaban a punto de ocurrir, y es por esa razón también que, rompiendo con mi hábito, he referido un acontecimiento que debería pertenecer tan solo a mi estricta intimidad. Unos pasos apresurados se oyeron tras la puerta y, sin solución de continuidad, esta se abrió con estrépito, su hoja rebotando contra la pared, y un iracundo Guillaume apareció en el umbral. Nos miró con una censura infinita en los ojos, aunque mostrando escaso estupor.

-Pero ¿es que no tenéis vergüenza? –nos increpó-. Todos nosotros estamos intentando contener a Esquieu para que no cometa una locura de consecuencias imprevisibles, ¡y vosotros aquí, entregándoos a la lujuria y al desenfreno con la mayor desfachatez del mundo! –se dirigió a él-. ¿Así pagas a tus hermanos el honor del que te han hecho objeto? –me tocó a mí-. Y tú, hembra diabólica, ¿deberé acaso suscribir las tesis de Gonzalo? ¿Acaso no has pensado en los terribles efectos de tus tentadoras argucias?

Y es que yo era la culpable universal, naturalmente: de haber hecho caer entre mis brazos a un hombre consagrado a Dios, del fracaso de las Cruzadas, del desastre de Annual y de la no tan hipotética III Guerra Mundial. No sé por qué aún me sorprendo: soy mujer, y si me porto mal se me tiene que dar mi merecido: y aún gracias que no se metieron con mi aspecto físico.

-Guillaume, deja de acusar a los demás de pecados que tú cometes mucho más alegremente y dinos ya que está sucediendo ahí afuera –rechazó mi amigo. Los dos freires se miraron de hito. Guillaume, al final, soltó un contenido rugido de rabia y habló.

-Esquieu os ha descubierto. Está convocando a todos los habitantes del castillo para que vengan a dar fe de tu terrible infracción de nuestra Regla. Todos los esfuerzos que hemos hecho para mantenerte con vida y en tu puesto se van a ver ahora inútiles por culpa de tu perversidad. Acabarás perdiendo el hábito, expulsado de la casa y encadenado de por vida en Chateau Pélérin… o en un lugar peor, ahora que ya no es nuestro. Y todos nosotros, vasallos de Felipe de Francia. ¿No os dais cuenta? Es el fin (sigue).

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