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Archive for 25 marzo 2015

En la torre del Homenaje se desarrollaba una escena decisiva...

En la torre del Homenaje se desarrollaba una escena decisiva…

(viene de)

-Para lo que tengo en mente se requiere mucha sangre fría –avisó el leproso con aire místico-. Pero no creo que ese sea precisamente tu problema. Escucha atentamente y pronto todo esto no habrá sido sino un mal sueño para ti.

-Desde luego, se nota que tu enfermedad no te ha llegado a la lengua -yo bufé, algo aburrida, y deseosa de que fuera al grano: el leproso se las daba de sabio. Parecía un integrante de Podemos zafándose de alguna pregunta comprometida sobre su posición ante los golpistas venezolanos con una larga parrafada académica… Sí, al parecer, el dolor me había provocado un estado levemente cínico.

Él me ignoró.

-En el hatillo que tengo a mi derecha –siguió- están las ropas de la criadita que te ha estado cuidando, bajo mi supervisión. Es más o menos de tu talla. Ella ya no volverá, aunque no se lo ha comunicado a nadie de la casa: al parecer ha recibido una cantidad de dinero inesperada y va a poner una taberna con su marido.

-Muy útil la emprendeduría medieval –murmuré yo–. Y más útiles sus financiadores –tenía que reconocer que aquel pobre hombre estaba haciendo demasiado por mí. Y no podía estar segura de que únicamente se debiera a que estaba desahuciado por la ciencia médica de la supuesta Edad Oscura.

-Pronto anochecerá –continuó él-. A mi derecha hay una cesta de ropa para coser que ella se lleva cada noche a su casa. Ocultas entre ella está tu espada y la mayoría de tus cosas. Me he encargué de rescatarlas de donde la habían escondido los hombres de tu señor, con la ayuda de la joven de la que te he hablado. Emplea tu arma solo si la necesitas. Porque el plan es que, vestida con la ropa de la criada, tapándote bien la cara con el manto como si sintieras un frío insoportable, y cargada con la cesta, salgas como si te dispusieras a marcharte al término de tu jornada.

Yo me quedé algo patidifusa.

-No veo que sea un plan muy elaborado… Hay lagunillas…

-No dije que lo fuera. Lo más sencillo suele ser lo más práctico. Obviamente antes tenemos que conseguir la llave para salir de aquí. Pronto vendrá el guardián a traerte la comida. Él cree que estás casi moribunda. Ya me ocupé de que todos lo pensaran así, y tu estado de letargo hizo el resto. Pero tú vas a sorprenderle… Vaya, creo que ya está aquí: hoy llega pronto.

Asentí. Me sentía tan llena de odio adrenalínico que no era capaz de ver peligro en ningún lado. Mientras me susurraba la última parte de mi plan, seguro de que yo podía conseguirlo (yo no las tenía todas conmigo), un soldado al que yo conocía, y al que apodábamos el Genovés porque había trabajado mucho años de mercenario en aquella tierra de banqueros, asomó su feo careto y su cabeza rapada por la puerta, con una antorcha en una mano y una hogaza de pan sobre una jarra de barro en la otra.

-La comida –rezongó con sequedad. El Genovés era conocido por su escasa sutileza en el trato humano y su menor aún cultura. Si hubiera vivido en el siglo XXI, sería una de las víctimas de la reforma deseducativa para los pobres de Wert-. Comérosla todo porque no sé si mañana habrá más.

-Siempre decís lo mismo y siempre volvéis –la voz del leproso sonó algo más clara-. Sois un buen hombre, un hombre de Dios que se compadece de los enfermos y los cautivos como nosotros –el tono, ahora, olía a incienso más que la COPE, y era más falso que Montoro hipotecando los bienes públicos para hacer crecer a su empresa privada-. He estado rezando por vos cada día al Altísimo para que recompense vuestras buenas obras, y también para que esa desdichada encuentre por fin reposo. Y me parece que por fin me ha escuchado.

El guardia, que con toda la tranquilidad (al hallarse, según él, ante un leproso y una moribunda), acababa de dejar el nada copioso papeo en un rincón, dio un respingo.

-¿Qué quieres decir? ¿Ya ha muerto? –corrió al camastro, donde yo estaba rígida, con el recortado cabello bien alisado sobre las mejillas y fría como el hielo, lo último sin que mediara cualquier tipo de subterfugio, porque aquella habitación estaba más helada que la sonrisa de la Aguirre en su nueva apuesta electoral de 2015, a pesar de que su espantá automovilística le está costando los dineros al pobre agente movilidad que la multó, no a ella. Cuando se inclinó hacia mí, le metí un cabezazo en su dura sesera y, aprovechando su estado de dolor y sorpresa, salté sobre la cama y le propiné un directo a la mandíbula, mientras mi zurda se estrechaba contra su estómago: me sentía fuerte como un roble, como si en lugar de llevar seis meses de inactividad hubiera acabado de hacer mis entrenamientos aquella misma mañana: al parecer mi improvisado cuidador había hecho por mí más que encargar a una de las criadas que me atendiera. El susodicho, como un rey Balduino de Jerusalén comandando a sus tropas en un estadio avanzado de su enfermedad, le sujetó por detrás y le tapó la boca. No sé exactamente qué le hizo, pero el traidor se desmayó en sus brazos.

-¿Así me pagas todas la jarras de vino a las que te invité? Maldito seas, sé que has comerciado con mis confesiones durante las borracheras que nos metíamos, al igual que los fondos buitres negocian con el techo y la dignidad de las personas –le espeté, aunque sabía que no podía oírme. Me sentía igual como cuando en el siglo XXI abro el Facebook y veo que la mitad de mis contactos se han pasado a Podemos. Sola. Estafada. Aunque lo mismo los estafados son ellos, pobres… A ver qué pasa…

-No pierdas esa rabia –recomendó el leproso-. Al menos por ahora. Te hace casi invencible –sacó unos trapos de no sé dónde: yo esperaba sinceramente que no los hubiera utilizado antes en su propia persona (desde luego que le deseaba mal al Genovés, pero no tanto), y le amordazó y ató, para meterlo de inmediato bajo las sábanas de la cama donde yo había convalecido. Me tiró el hatillo-. Y ahora vístete y vete. Aparte de los guardias de la puerta, no creo que te encuentres con muchas personas levantadas en la casa. Si alguien te habla, escabúllete con un gesto que indique que llevas prisa. Conoces el castillo, así que no he de darte más indicaciones. Corre, no pierdas tiempo. Si sales muy tarde concitarás sospechas.

Iba a hacer lo que él decía. Pero de pronto comprendí que había olvidado un pequeño detalle.

-¿Y tú?

Se encogió  de hombros.

-Me quedo.

-No digas tonterías. Tomarán represalias si lo haces.

Permanecía impasible.

-Mi plan sólo sirve para ti –dijo con calma, después de una breve pausa-. Y no te preocupes, no me harán nada. Ya estoy sentenciado: ahorrando mi agonía solo me harían un favor.

-Ni hablar de eso –le dije-. Tú te vienes conmigo o yo no me voy. Nos abriremos paso con la espada si es necesario. Te has metido en problemas por ayudarme; da igual que me digas que ya no te queda nada que perder, no voy a pagarte lo que me debes dejándote solo aquí, a merced de ese psicópata.

Soltó una breve carcajada que me pareció completamente extemporánea.

-Siempre dices palabras muy curiosas que no entiendo y que me hacen reír –se justificó-. Las recordaré y sonreiré cuando te hayas ido. Porque te irás: has de pensar en tus amigos y en tu venganza. Aquí solo te espera la esclavitud, y seguramente hasta la muerte.

Lo peor es que el pobre diablo tenía razón. La venganza me esperaba ahí afuera. Tal vez mis compañeros me habían abandonado, tampoco esperé nunca que se sacrificaran por mí. No creía que nadie me quisiera nunca lo suficiente para hacer algo así, probablemente por mi culpa, pero Guillaume, a pesar de sus cien mil defectos, había demostrado su nobleza dando la vida por luchar contra quien me había herido gravemente. Y yo tenía que compensarle. Aunque él ya nunca podría saberlo. Variando de actitud, me dirigí al leproso.

-Te prometo que volveré a por ti lo más pronto que pueda. Buscaré ayuda. Aguanta mientras tanto. Maldita sea, eres un buen hombre. Te mereces llegar a viejo y contar a los niños las batallitas de Tierra Santa. Me gustaría poder relatarlas contigo.

Seguía sonriendo, o eso parecía detrás de sus vendajes.

-Márchate ya, Eowyn.

Quería pronunciar algunas palabras más que explicaran convenientemente mi agradecimiento, con gran solemnidad, en aquella despedida, pero comprendí que era el momento que saliera con velocidad indecorosa por la puerta, sin dudas, temores ni egoísmos que me habrían hecho llegar a un resultado tan desastroso como las elecciones andaluzas de 2015 (el resto de las elecciones en España tampoco son una excepción)Una vez hecho esto, me concentré en recordar el camino más corto que podría llevarme hasta la libertad, dejando atrás otras consideraciones, e hice caso a la disposición del castillo que guardaba en mi mente. Derecha. Izquierda. Escaleras. Bordear el camino de ronda hasta la torre principal y descender por la escala exterior hasta hallar el patio de armas y el portón custodiado por la barbacana, donde los guardias me tomarían por la ex criadita flamante empresaria, si había suerte, y me dejarían pasar sin mirarme. No parecía difícil a simple vista, pero tenía que recordar que yo no era un as de los disfraces como Sherlock Holmes y que la rapidez sería mi mejor aliada. Así es que me di tota la prisa que pude, rezando con no encontrarme con nadie hasta llegar a la salida. Maldito sea mi archienemigo. ¿Por qué debía tener posesiones en todas partes, como una multinacional alimentaria de macrogranjas contaminantes y torturadores de animales? Si solo hubiera tenido un castillo, me lo conocería mejor.

Pero no era la voluntad del diablo que yo llevara a cabo mis propósitos. Cuando me disponía a descender por la escalera exterior de la torre principal, escuche algo a través del cristal coloreado que cubría la ventana de los aposentos del señor del castillo: se trataba de un murmullo pronunciado por una voz femenina, con entonación dulce, que se alternaba con otro más grave, entre risitas. Me acometió una punzada de inquietud: algo había en esos sonidos que me devolvían recuerdos nada felices (o quizá nada felices porque una vez lo habían sido) y, a pesar de la urgencia en escapar de allí y salvar mi vida, me detuve y agucé el oído. El cristal, fino como una hoja de papel, colocado allí más por aparentar fortuna que para que cumpliera una función real de aislamiento del frío, me dejó escuchar las siguientes palabras.

-Ven aquí. He estado todo el día pensando en este momento –hablaba la voz masculina, que reconocí, evidentemente, como la de mi odiado archienemigo.

-Yo también deseaba que llegara la hora. –le contestó, zalamera, la mujer-. Pero llevas esperando mucho tiempo esa partida de caza y mañana tendrás que madrugar mucho.

Estuve a punto de dejar caer la abultada cesta de ropa hasta el patio de armas: entendí de pronto que es lo que me había inquietado de aquella conversación nocturna entre lo que parecían dos amantes a punto de hacer la caidita de Roma. No, no había lugar para las dudas. Durante un momento permanecí inmóvil, sin saber qué camino tomar. Mi mente, normalmente tan clara cuando se trata de planear una posibilidad de escape, empezó a llenarse de niebla. Casi sin darme cuenta de lo que hacía, emprendí el camino de regreso y en un segundo estaba de nuevo frente a la puerta de mi prisión, la habitación situada en el piso más alto de la segunda torre del castillo. Llamé a la puerta, casi como una autómata.

El leproso no salía de su asombro cuando me vio.

-Pero… ¡por la sangre de Cristo! ¿Por qué has vuelto? ¿Por qué no te has escapado? –miró a su alrededor-. ¿Qué has hecho? ¡Ven aquí! –me cogió de la muñeca sin ninguna ceremonia y me metió en la estancia. Yo ni siquiera me fijé en el hecho de que me había tocado y que seguramente me faltaba poco para estar infectada. Sencillamente, me dejé caer sobre el catre, al lado del guardia atado y amordazado que aún no había recobrado el conocimiento (esperaba que se quedara al menos siete días en la cama, más o menos el tiempo que los enfermos catalanes tiene que esperar en urgencias antes de tener una habitación, mientras los cómplices de la familia Pujol hacen que los fondos públicos lo mismo que sus antecesores, ignorando los cadáveres que caen a su alrededor).

-No puedo irme –dije sencillamente, con la voz quebradiza, como si hubiera huido de mí toda fuerza, toda voluntad de vivir-. Ella está aquí.

-¡¿Ella?! –la entonación de mi improvisado médico osciló entre lo interrogativo y lo admirativo, y por un momento pensé que sabía a quién me refería. ¿Qué es lo que realmente conocía de mí aquel pobre desgraciado? Levanté los ojos hacia él, que permanecía ante mí, encorvado, a una distancia prudencial, y por primera vez, despistada de mí, comprendí que tal vez existía una razón diferente a su enfermedad y los estragos físicos que le había producido para que no se mostrase abiertamente. Él me miró con lo que me pareció inquietud y retrocedió un poco más, para ocupar, de nuevo, la zona más oscura de la estancia. Entonces preguntó-: ¿A quién te estás refiriendo?

Decidí dejar mis sospechas para después, si es que había después. De todas maneras, nada era tan importante como lo que había descubierto en la alcoba de la torre.

-Se llama Isabel –contesté, interrumpiéndole-. Era una mujer alegre y generosa hasta que alguien a quien apreciaba mucho murió por mi culpa. Está aquí, en el castillo, con el señor. No sé lo que pretende, no sé si ha sido la venganza, el odio o la desesperación la que la ha conducido hasta este lugar, pero no puedo irme y dejarla, aunque la ayuda esté cercana. Ni un solo segundo.

La verborrea imparable del leproso se cortó en seco. Tras lo que me pareció un largo silencio, oí de nuevo su voz.

-Nunca hubiera podido imaginar… que tú conocieras la mujer que está con el señor. Me habían hablado de ella, aunque nunca he visto su rostro. Alguien dijo que llegó de la Corte, a traer un mensaje, y que fue del gusto del amo del castillo y que por eso se quedó. Dicen que es una mujer hermosa, aunque no bellísima, y plebeya, pero al parecer es de confianza de… -creo que comprendió de pronto las implicaciones de lo que estaba diciendo-… de la señora Blanca.

Decididamente, todo encajaba. Isabel, decidida a vengarse de mí, como si fuera Grecia rebelándose justamente contra su triste pasado dictatorial y explotador, había buscado a mis peores enemigos. Primero Blanca, después a mi antiguo señor. Me extrañó que no hubiese entrado nunca en la habitación para deleitarse viendo cómo yo continuaba sumida en el letargo. Probablemente mi estado de sopor le parecía un escaso castigo a mi maldad, y se había quedado fuera esperando el momento en que yo despertara para, por justicia divina, perecer a continuación en medio de los más terribles sufrimientos. O tal vez aguardaba a que yo abriera los ojos y me levantara para matarme con sus propias manos. Aunque algo me decía que la crueldad que tenía preparada para mí era mucho más sutil.

-Debes marcharte, Eowyn –continuó el leproso-. No sé qué porción de culpa tienes o crees tener en la muerte del amigo de esa mujer, pero no puedes hacerte también responsable del comportamiento de ella. Es una persona adulta y ha elegido el camino del odio y de la destrucción, de los demás e incluso de sí misma, en lugar de elegir el del perdón. Y si realmente quieres ayudarla, no podrás hacerlo si no tú misma no estás a salvo. Márchate.

-Pero… dijiste que ya es demasiado tarde…

-Aún puedes hacerlo. Vamos.

Justamente en ese momento, unos estentóreos gritos se oyeron en el exterior. Aguzamos el oído hasta que comenzaron a hacerse claros.

-¡Genovés! ¿Dónde estás? –era la voz de mi archienemigo. Al parecer, había requerido la presencia del guardia para algún servicio personal, tipo lavarle la jaula antes de dar de beber al canario, y se había encontrado con que el aludido se había esfumado. Continuó chillando como un descosido-: ¡Ruy! ¡Cristina! ¡Marc! ¡Álvar! ¡Hernán! ¡Ramón! ¡Arnau! ¡Ramiro! ¡Luis! ¡Jaume! ¡María!-. ¿Dónde se ha metido ese sucio mercenario, así se lo lleve el diablo al más pestilente de los infiernos?

-Hace un buen rato que no lo veo –reconocí la voz clara de Ruy, el segundo capitán de la guardia. Yo había apreciado mucho a ese hombre, al igual que a Cristina, la única chica además de mí misma-. Pensaba que estaba con vos, señor. La última vez que hablé con él se disponía a llevar la comida a…

El leproso no me dejó que continuará escuchando.

-Prepárate –me dijo. Los últimos acontecimientos, el letargo, las tristes revelaciones, me habían dejado tan desconcertada que era incapaz de acuñar un pensamiento práctico, y solo pude mirarle mientras se dirigía al rincón donde estaba el rancho que el Genovés había traído. Nunca había experimentado algo así, mi sentido de la conservación siempre me había guiado en las peores situaciones. Hoy puedo decir que de no haber sido por el valor y la decisión del aquel hombre estaría muerta. Aunque tal vez habría sido mejor así…

El leproso se dirigió hacia el Genovés armado con la jarra de agua probablemente poco limpia, y la vació sobre la cara del guardia traidor, que se incorporó de la cama lanzando un grito ahogado por la mordaza. A continuación, el pobre enfermo, que ya no se movía como un enfermo y que desde luego no parecía ser flaco, pequeño, anciano y débil ahora que ya apenas caminaba encorvado, sacó mi espada del cesto de ropa, la sopesó dubitativamente, como si no acabara de hacerle el peso, y cortó con ella las ligaduras del Genovés.

-Está bien. Vámonos de aquí. Genovés, tú nos guiarás por el camino más corto hacia la salida. Tendrás una recompensa si lo haces –le amenazó con la espada-. No hay tiempo de perder. Puedes lavar ahora tu traición a Eowyn, que siempre te trató bien.

-¡Pero yo nunca la traicioné! –protestó el Genovés, sin dejarme meter baza-. Me dijeron…

-No importa eso ahora. Te prometo un mejor empleo y una bolsa llena de monedas si me ayudas. Te doy mi palabra de caballero y de noble, y te puedo asegurar que lo soy aunque las circunstancia me hayan llevado a esto que ves –todo era sorprendente y precipitado, y yo estaba tan anímicamente acabada que no fui, lamentablemente, capaz de reaccionar. Ni siquiera cuando el leproso se colocó detrás de mí, me sujetó contra él con un brazo que parecía cualquier cosa menos escuálido, y apretó contra mi boca y nariz un paño humedecido en una sustancia que no pude identificar pero que olía como los contaminantes que las empresas vierten en los ríos con permiso del Gobierno. Antes de que pudiera darme cuenta, caí de nuevo en el sueño comatoso del cual quizá no habría debido salir.

(continúa)

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Finales de invierno de 1295

¿Conseguirá nuestra heroína volver a pisar las calles en libertad?

¿Conseguirá nuestra heroína volver a pisar las calles en libertad?

(viene de) Creo que fue aquella desconocida impresión de alivio la que me arrancó del letargo: una sensación que me pareció inusitada, demasiada antigua… Abrí los ojos despacio, aún sumida en la tierra de nadie de la vigilia reciente, con la vaga sensación de hallarme en un lugar conocido. En efecto, con los pocos detalles de aquella estancia que pude apreciar en su oscuridad solo aliviada por una antorcha colocada a mi izquierda, cerca de lo que parecía una salida, supe que no era la primera vez que estaba allí. Sí, era una puerta lo que veía, en diagonal a la cama donde me hallaba tendida; una ventana, aún oscura, a mi lado, unos arcones y una mesa de escritorio a mi derecha, y aquella especie de bulto informe de ropas al fondo… no, aquello no me resultó tan conocido… Seguí vagando por aquellas brumas de sensaciones inconexas, hasta que poco a poco, los recuerdos de fracaso, soledad, muerte se hicieron contundentemente presentes, desgraciada y contundentemente presentes. Me incorporé de golpe lanzando un grito ahogado, no solo por el pesar que me embargaba sino también porque con las prisas me pegué un viaje en la coronilla con el cabecero de la cama.

-¡Estás despierta! –escuché. El montón de harapos que había visto pareció incorporarse y tomar una forma vagamente humana, pero la voz se escuchó oscura, como amordazada, aunque indudablemente masculina y no demasiado joven. Me pareció vislumbrar un leve acercamiento hacia mí-. Mis oraciones han sido escuchadas (ese se había leído el catecismo de Wert). Ya casi había perdido la esperanza.

En aquel instante experimenté otra sensación, casi tan desagradable como el dolor: el frío, que atravesó la fina camisa de lino que llevaba puesta y se enseñoreó de mis miembros. ¿Dónde había quedado el caluroso verano de Perugia? Maldita sea, ¿en qué época del año estábamos? Pero aquello no era sino un indicio más de que mi aventura en la ciudad italiana había acabado rematadamente mal. Las preguntas se agolpaban en mi cerebro y estuve a punto de soltarlas todas a la vez en un parloteo histérico. Sin embargo, comprendí que la importancia del momento requería sentido práctico, para conseguir, por ese orden, información, armas y libertad de movimientos: aunque a veces me dejo llevar por el desaliento en lo que a mí me refiere, tengo la costumbre de agotar todas las esperanzas cuando es otra la persona la que se haya en una situación difícil. Y quizá aún hubiera una pequeña posibilidad de ayudar a los míos. Tragué saliva y pregunté, serena, casi tan glacial como la temperatura que me rodeaba.

-Necesito saber quién eres y por qué me hallo aquí. Y sobre todo he de averiguar el paradero de mis acompañantes y si están sanos y salvos. Tú debes de saberlo. Habla.

Me pareció escuchar una breve carcajada ahogada y sorprendida.

-No mentían los que me hablaban de tu decidido carácter, muchacha… -al parecer, al viejo machista le parecía extraño que una mujer tuviera arrestos. Y no es que yo los tuviera: sencillamente, el temor que sentía por la suerte de mis compañeros me volvía intrépida.

-Deja de decir estupideces y responde –contesté-. No soy estúpida ni estoy tan desvalida. Sé perfectamente dónde me encuentro, he pasado aquí muchos meses aunque en otra calidad. Porque ahora, evidentemente, soy una prisionera y tú el guardián de mi prisión. Lo mínimo que me debes, si es que te queda una pizca de honor, es información, porque estoy segura de que conoces todas las circunstancias que me han traído hasta aquí. Y si has oído hablar de mí, sabrás que lo más sensato que puedes hacer es no tratar de contrariarme: he sobrevivido a situaciones perores que esta, y puedo asegurarte que no te gustaría que, una vez fuera libre, te inscribiera en la lista de mis enemigos.

El montón de harapos emitió algo que parecía una carcajada ahogada y habló, por fin, no sin tomarse algunos segundos de tiempo.

-Yo no soy tu guardián. Al menos, no el de tu prisión. Soy médico, o algo parecido. Había oído hablar de ti y supe que tu herida era muy grave, así que cuando te llevaron fuera de Perugia fui a ver a tu señor y me ofrecí a acompañaros para cuidar de ti. A él pareció divertirle mucho mi ofrecimiento, y me lo permitió… con la condición de que debería estar encerrado contigo y marcharme en cuanto murieras o te recuperaras –su historia sonaba algo inverosímil. Pero algo me hacía pensar que no se trataba de una enorme impostura para conseguir algo de mí. Que decía la verdad y era de fiar. Decidí no preocuparme de momentos de las lagunas de su explicación-. Desde ese momento han pasado… algunos meses. Los primeros días tuviste muchos dolores y una fiebre muy alta; pensé que no lo superarías, pero sorprendentemente lo hiciste. Nunca había visto nada igual. No obstante, después caíste en un extraño letargo del que pensé que no regresarías. Pero también lo has hecho… Puedes preguntarte lo que quieras, Eowyn. Encontrarás que estoy informado de todo, llevo demasiado tiempo en este castillo. Solo lamento que probablemente no te agradarán mis respuestas.

Los recuerdos empezaron a tomar forma. Yo sabía a qué se debía ese extraño letargo. Ya no sucedía con la facilidad, y también he de decir con la oportunidad, en que pasaba anteriormente, pero yo había vuelto a evadirme al siglo XXI. Cuando eso sucedía, mi cuerpo quedaba un estado de coma, dúctil y flexible y prácticamente sin necesidades físicas, de modo que si lo preveía con tiempo podía esconderme en algún lugar inusitado y escapar así de todos los peligros. Pero me temía que nunca, nunca jamás, había estado tanto tiempo alejada de mi época natural: me acordaba de demasiada cosas de mi estancia en aquel maldito siglo, de demasiadas aburridas y patéticas desventuras. En los últimos años había deseado viajar allí, poner mi grano de arena en luchas futuras que se me habían antojado decisivas, pero que al final habían demostrado ser poco más que una vana ilusión. Los reinos ibéricos del siglo XXI, ese país que denominan España, es uno de los ejemplos más flagrantes del abuso de poder de los psicópatas privilegiados contra la gente buena, sencilla y, en consecuencia, pobre y desamparada. Y lo peor que esa gente pobre, sencilla y desamparada ha sido adoctrinada para odiar la belleza, la bondad, la inteligencia, el saber, la actividad, y para adorar el saqueo sistemático, la injusticia, la fealdad, la vulgaridad, la ignorancia y la pereza. Y los pocos (o muchos) intentos de cambiar este estado de cosas han sido exitosamente desactivados o, al menos silenciados, con una sutileza entrenada desde años. Por si fuera poco, los nuevos actores políticos habían dividido a mi bando (lo cual tampoco decía mucho en su favor) y yo ya no sabía cuál de las causas nuevas o antiguas haría mejor en apoyar. Aunque afuera tampoco es que el panorama mejore mucho, con tratados que entronizan a las multinacionales o conflictos bélicos que se les fueron de las manos a quienes los promovieron llevados por sus intereses. No, yo ya no quería volver allí, donde no era más que una trabajadora mísera, a la que no le habían servido ni sus estudios universitarios, sin tiempo ni dinero, engañada y aplastada por una hipoteca, con una infancia infeliz en una familia inculta y casi desestructurada, discriminada por mi sexo y sometida a intentos de maltrato de género, una mujer que había tirado su vida por la ventana, una fracasada a la que ya no le quedaban posibilidades, aunque sí fuerzas, para luchar por cambiar su vida ni la de nadie. Prefería quedarme en mi tiempo, aunque eso significara morir o, peor, enfrentarme a la muerte de mis compañeros. Me armé de valor y seguí hablando.

-Desde que me desperté he sabido que todo había ido mal, realmente mal. Habla: te escucho.

Los harapos se aproximaron algo más a mí, sin decir nada todavía; el silencio se volvió tenso. Aquella pausa dramática no presagiaba nada bueno, y yo me estremecí. Después, se volvieron sobre sus pasos y se acomodaron en el camastro donde estuvieron apoyados en posición sentada. La voz velada comenzó a sonar, desgranando la historia.

-Cuando te capturaron a ti y a Guillaume de Nantes –di un respingo al escuchar el nombre de mi controvertido amigo-, ya dos de los integrantes de vuestro grupo, los hermanos Richard y Arthur, habían ido a llevar el mensaje al cardenal Pietro di Morrone. Naturalmente, los hombres de tu enemigo, en cuyo castillo, como bien debes haber adivinado, te hallas ahora, salieron en su pos. La persecución, por los Abruzzos, fue tenaz, y los tuyos tuvieron que emplear todas sus tretas, arriesgarse hasta la temeridad y luchar denodadamente. Pero aún así…

Acabé su frase verbalizando mis peores temores.

-No lo consiguieron. Están muertos. ¿No es así?

-Digamos que no salieron muy bien librados. Richard perdió una mano y Arthur un ojo.

Alcé las manos en ademán de resignación.

-Al menos ahora habrá manera de distinguirlos. Pero dime: ¿llegaron a entregar la carta?

Los harapos parecieron asentir.

-Arribaron hasta el cardenal, este accedió a firmar la misiva y la trajeron de nuevo para entregarla al cónclave. Eso decidió la votación y Di Morrone fue papa, papa de transición, pero papa. Lo coronaron en agosto, en L’Aquila. Sin embargo…

Sabía que tenía que haber un sin embargo. Algo en el tono de la voz velada me convenció que aquel ser temía por mi reacción. Armándome de valor, le insté a que continuara. Él me obedeció.

-Desde el primer momento de su gobierno estuvo dominado por Francia, malconsejado por los Orsini. Creo que intentó hacer las cosas bien, pero de esta manera solo consiguió granjearse la antipatía de ambos bandos, aparte de que las intrigas políticas le superaron.

No era de extrañar. Las intrigas políticas en Roma y sus alrededores eran más complicadas que las que se daban en el seno de EUiA e IU en la España del siglo XXI. El cardenal Gaetani le impulsó a renunciar, ahora es él el papa con el nombre de Bonifacio VIII, y lo primero que hizo al sentarse en la silla de San Pedro fue encarcelar al desdichado Morrone para evitar un cisma. Por cierto, aunque es partidario de Anjou, las diferencias con Felipe de Francia no se han hecho esperar.

Cómo odio tener siempre razón.

-Pero a pesar de ello, el Hermoso está fortalecido, cosa que me temo que no beneficia a la causa de los templarios. Lo siento. Vuestro esfuerzo fue prácticamente inútil.

A veces pienso que sobre algunas, muchas, cabezas, pende un destino cruel, una eterna espada de Damocles. Blake escribirá dentro de unos 600 años aquello sobre las personas que nacen para los dulces placeres y las personas que nacen para la noche sin fin. Yo, y todos los desheredados de la tierra, pertenecemos al segundo grupo. Yo y todos los que intentamos luchar por un mundo mejor. Y lo peor no es dónde ni cómo hayamos nacido: lo más terrible es que no podemos hacer nada al respecto. Cada iniciativa, cada pelea, se convierte en un paso más hacia la derrota final. De derrota en derrota hasta la derrota final. Todos los libros de autoayuda del mundo deberían ser quemados y sus autores juzgados por alta traición a la Humanidad. No hay esperanza. Para triunfar, si no perteneces a la casta de los dulces placeres, solo queda un camino: hacer el mal. Y, sin embargo, algunos no escarmentamos nunca.

Y, sin embargo, algunos no queremos escarmentar.

-Está bien –le contesté, haciéndome la dura-. Tampoco es que me resulte algo tan sorpresivo. Les avisé de que lo más seguro es que todo acabara así.

Los harapos se agitaron levemente.

-Si yo hubiera tenido la misma actitud cuando se imponía que lo apostara todo para salvarte, ahora tal vez estarías muerta –yo abrí la boca pero él continuó hablando, sin darme tregua. Pero ¿por qué luchar? Si conseguimos que los inocentes se salven, es para que una justicia democráticamente al servicio del poder acabe revocando su absolución. Si Venezuela existe, es porque muy en breve también nos la arrebatarán-. No, no me lo agradezcas: tenía mis razones para arriesgarme. Pensé que valía la pena intentar que vivieras y ya no me queda mucho que perder –volví a querer rebatirle, y volvió a impedirme hablar con sus palabras-. Desgraciadamente, no pude cuidar de ti tanto como hubiese querido.

Me encogí de hombros, interrogativamente. Él, como respuesta, levantó una sección alargada del conjunto de harapos, a modo de ademán señalizador.

-Tu pelo –dijo solamente.

Extrañada, me llevé las manos la cabeza y enseguida comprendí lo que quería decir. Mis cabellos, que últimamente no me había cortado, no sabía muy bien por qué, ahora se habían convertido en unos mechones de apenas cuatro dedos de largo, rebeldes y desordenados.

-Pero… ¿quién? ¿Por qué? –dije, aunque sin sentirme excesivamente contrariada.

-Tu señor muestra una actitud ambigua hacia ti –respondió-. Castigó duramente al soldado que te hirió y accedió a que yo intentara salvarte, pero al mismo tiempo me regatea en remedios y hay días en que entra aquí y fija los ojos en ti con un odio tan profundo como si creyera que su mirada tiene el poder de matarte. Una vez llegó, armado de un cuchillo, y acabó con tu melena. No puede hacer nada por impedirlo –parecía tremendamente apesadumbrado-. Hubiera sido contraproducente. Pero aún así…

Analicé aquellas palabras: era posible que Harapos tuviera razón. Yo formaba parte de la vida de mi antiguo señor y gran enemigo: perseguirme para que volviera al lugar a donde, según él, yo correspondía (aunque legalmente no era sierva suya, ya que mi padre era un hombre libre) se había convertido en su obsesión desde hacía años, escarmentarme para que nadie de los que tenía a su cargo lo volviera a hacer, para que las mujeres de la aldea supieran cuál era su sitio. Aparte, siempre pensé que mi deseo de independencia le producía cierta admiración, que había aprendido a respetarme como enemiga. Y en los últimos tiempos, cuando me ofreció olvidar el pasado y trabajar para él como capitana de su guardia… nuestra relación era cordial. Además, supuestamente estábamos en el mismo bando político. Hasta que el deseo de venganza (y quizá algo más) consumió sus neuronas. O no. En realidad, había estado loco desde el principio. Una locura construida a base de maldad.

-Hiciste lo más razonable –tranquilicé a Harapos. No entendía cómo se deshacía en excusas, tal que si estuviera intentando justificar la no imputación de un político corrupto-. Además, esto carece de importancia, no entiendo porque le concedes tanta. Así estoy más cómoda. Siempre he llevado el pelo corto –me interrumpí de pronto. Había algo que me estaba dando vueltas por la cabeza desde las primeras palabras del misterioso individuo. Y de pronto fui capaz de materializarlo en un concepto expresable. O tal vez solo quería huir de aquella realidad sin duda desagradable que pronto llegaría a conocer-. Un momento: dijiste que le pareció divertido que te ofrecieras a cuidarme. No veo dónde pudo encontrar la diversión. ¿A qué te referías con eso?

Por toda contestación, Harapos frotó dos piedras contra un poco de yesca y encendió una palmatoria que tenía a su alcance. Después, levantó la luz de modo que le iluminó casi por enero. Entonces habló:

-Porque sabía que, según su perturbada lógica, acabaría viendo una irónica justicia poética –como cuando la condonada Alemania deudora exigió el pago de la suya e Grecia, a riesgo de condenar a ese pueblo a la miseria– en el hecho de que fuera yo, o alguien como yo, precisamente, quien te atendiera.

Ante mis poco acostumbrados ojos se formó una figura que, cuando la información llegó a mi cerebro, me hizo soltar una exclamación:

-¡Ay, madre! –exclamé. No es que me acuerde de mi progenitora, de hecho me encanta haberme olvidado de ella todo lo posible, pero la alternativa sería gritar ¡Oh, Dios Mío! y eso sí que no. Pues sí: ¡maldita sea! Se trataba ni más ni menos que de un leproso. Los harapos con que cubría su figura encorvada, la capucha, una especie de vendaje que le tapaba la cara, más trapos anudados en torno a sus manos… ¿Y se supone que se trataba de la única persona que había cuidado de mí cuando estaba herida? Pues vaya panorama. Tuve la tentación de autoexaminarme en busca de posibles lesiones, o de pincharme con un alfiler a ver si sentía dolor, pero comprendí que aquello lo ofendería… A ver, de mis incursiones en el siglo XXI sé perfectamente que la lepra es escasamente contagiosa, pero ¡qué cojones!, a pesar de eso soy medieval por los cuatro costados y aquella enfermedad me daba mucho yuyu-. ¡Ay, madre! –repetí.

El leproso apagó rápidamente la vela.

-Pues ya has visto que realmente no tengo nada que perder. Y puedes estar tranquila: nunca te he tocado. Me limitaba a dar instrucciones a una criadita. En realidad, no soy médico de verdad, pero tuve la oportunidad de ver muchas heridas en Tierra Santa y creo que he adquirido los conocimientos necesarios.

-¿Otro veterano de Tierra Santa? –pregunté, tratando de recuperarme del susto.

Intuí una triste sonrisa.

-Sí, otro más. Estuve en Acre, pero nunca coincidimos, aunque oí hablar de ti a menudo. Pertenecía a la Orden de San Lázaro.

-Bravos guerreros –sonreí, recordando el buen servicio que me había siempre brindado aquella orden de caballeros leprosos-. Y yo no puedo ser menos brava en lo me toca. Sigue con tu historia. Ya estoy preparada para escucharla.

El leproso se mantuvo unos instantes en una siniestra inmovilidad; después volvió a sonar la voz velada.

-Cuando tú caíste, el señor y tus guardias te metieron en un carro a ti y a Guillaume y se dirigieron a Ostia, donde tenían pensado dejar pistas falsas que hicieran creer que a Guillaume le habían secuestrado unos piratas y que su pista se había perdido, para que nadie pudiera acusarles de asesinato. Gonzalo y el otro templario fueron avisados por un muchacho que les conocía y salieron rápidamente en persecución de vuestros captores, y los hombres de la señora Blanca, la amiga de Guillaume que, casualmente o no tan casualmente, se encontraba de camino a Perugia, les ayudaron. Lucharon denodadamente y, aunque el señor y sus guardias pudieron escapar contigo, los templarios y los hombres de Blanca lograron arrebatarles a Guillaume. Pero fue demasiado tarde.

Me desplomé en la cama, como empujada por un contundente brazo de hielo.

-El de Nantes estaba agonizando. Murió casi inmediatamente. La señora Blanca se lo llevó para enterrarlo en el panteón de su familia. A partir de ahí, el grupo se disolvió, y no parece que sepan nada de dónde estás ni de cómo. Creo que te dan por muerta, o quizá nunca fueron los buenos compañeros que creías.

Bueno, aquella no era una sorpresa. Cosas así me solían suceder. No soy buena para hacer amigos. El leproso continuó:

-Ojalá yo hubiera podido haber llegado antes, ojalá pudiera haber hecho algo. En Acre sí que coincidí con Guillaume. Le consideraba mi amigo.

Guillaume estaba muerto. Como Guifré y, tal vez pronto, como Isabel; ahora yo sabía lo que era perderlo todo y querer morir. Durante todo el tiempo había conservado la esperanza de que él, hombre rico en recursos y en amigos, hubiera podido escaparse en el último momento o bien hubiera podido ser rescatado. Pero Blanca, la que en el fondo era una de las principales culpables de aquel cruel embrollo, solo había llegado a tiempo para recoger sus últimas palabras y abrazar el frío cadáver del hombre al que tanto había deseado. Yo, en cambio, ni siquiera había tenido la oportunidad de despedirme. Guillaume estaba muerto y yo no volvería a verle. No volvería a escuchar sus frases llenas de ironía, sus bromas absurdas y desternillantes, sus locos y a pesar de todo razonables consejos. No volvería a… Guillaume estaba muerto y yo estaba sola, como siempre. Juré que me vengaría de Blanca, de Blanca y del señor y de todos los implicados, y lo haría de la forma más cruel posible.

Pero en aquel momento no tenía ánimos para nada. Para nada que no fuera dejarme lentamente morir. El leproso interpretó a la perfección mi reacción silenciosa.

-Has de vengarle, Eowyn. Eso es lo que ahora debe de guiar tus pasos.

-Lo sé –respondí-, pero no me quedan fuerzas.

-Tienes que obtenerlas como sea –insistió-. Hay una forma de escapar de aquí. No te rindas. Hazlo por él y por mí.

Creo que mi desolado cerebro necesitaba desesperadamente algo a lo que aferrarse para combatir el intenso dolor que no me dejaba respirar. Me incorporé y traté de decir algo. Los labios me temblaban. Pero no. No iba a llorar, yo nunca lloro. Llorar es de cobardes y yo no quiero serlo. Y sin embargo, en ningún momento antes estuve tan cerca.

Transcurrieron unos instantes.

-Dime cuál es esa forma de escapar –de improviso, mi voz se escuchó oscura y siniestra, preñada de odio-. Primero voy a buscar a Blanca. Después volveré a matarle a él.

-Te lo diré –concedió él-. Pero no ahora. Aún no es el momento. Esta noche. Ha llegado la hora de tu medicina –se acercó a mí con una especie de redoma y la acercó a mis labios. Le entreveía como a través de una cortina de agua, que no sabía de dónde venía porque evidentemente yo no estaba llorando porque nunca lloro. No tenía voluntad: bebí aquello que me ofrecía, igual lo habría hecho si hubiera sido veneno, y me invadió un sopor pacífico y sedante.

-Duerme ahora y acumula fuerzas –dijo-. Esta noche serás libre.

(Continuará)

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