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Archive for 20 mayo 2015

¡Diviso las murallas de la ciudad!

¡Diviso las murallas de la ciudad!

Terres de l’Ebre, primavera de 1295 – Elecciones Municipales España 2015

(viene de) La paz más inasible, más irreal, parecía brotar de los extensas marismas que me rodeaban. Yo cabalgaba al paso, dejándome embriagar por la belleza del paisaje que tanto me recordaba al de mi infancia, en la costa sur de Barcelona, con los cascos de mi caballo salpicando agua salobre sobre los juncos. Y sin embargo, aquellas llanuras suaves como la piel de un melocotón, aquella brisa tan fresca como su pulpa, me recordaban algo más. No era la vegetación, ni la geología, sino que en las tierras del Ebre encontraba un eco estremecedor, que me susurraba directamente al equivalente neurológico del alma, como la más aguda nota de saxofón, del paisaje de San Juan de la Peña, mi lugar de nacimiento. Existía una especie de lengua común de la naturaleza, que solamente he escuchado en unos pocos lugares, entre ellos Tierra Santa, el Empordà y el Ebre. O quizá algo me hace pensar que allí podría encontrar algo de la felicidad que experimenté en aquellos primeros meses de vida, cuando todo era distinto, cuando mis padres, al menos para mí, no existían… o tal vez, como tantas otras cosas, todo era una impostura fabricada por mí misma. Claro que ¿dónde está la realidad? ¿La verdad? Por cierto, en el siglo XXI son conceptos especialmente difíciles de concretar, y la última vez que estuve allí parecía que el problema se hubiera incrementado. Resulta que en la España de 2015 no hay paro, que todos los abuelitos con Alzheimer quieren votar al PP, que Pedro Sánchez tiene amigas imaginarias que le persiguen, que un partido según ellos, de centro izquierda, Ciudadanos, curiosamente tiene uno de los programas más fascistas que se han visto últimamente en política española, y que Mas quiere llegar a la independencia matando a todos los catalanes con sus recortes en sanidad y comprando votos. Oh, pero no siempre es igual, sólo extremadamente parecido. Este enfásis en la manipulación generalizada de las personas se llama elecciones. Por cierto, ¿y a quién voto yo?

Omar, que cabalgaba más adelantado, con el resto de nuestro comitiva, se detuvo un momento para esperarme.

-Es evidente que te fascina este paisaje –observó–. Nunca creí que fueras tan sensible a la belleza, pero estos días me los has demostrado.

Le miré, divertida:

-No soy sólo una mercenaria sin corazón. Aunque sí en gran medida, debo reconocerlo. En la mayor medida. Aún no me has visto pelear.

-¿Qué estabas pensando?

Dejé que mi mirada se perdiera en el infinito.

-No estoy segura. En el pasado. En la vida, en general. En el destino –en a quién cojones voto en las elecciones municipales españolas de 2015, si no me fío del discurso progresivamente centrista de Podemos, EUiA no se sabe si está con Mas o con Iglesias o con quién, activistas a quien yo respetaba ahora se presentan a alcaldes por motivos que pueden ser muy loables o no…. En fin.

Su caballo se acercó más al mío.

-Eres una caja de sorpresas, ¿sabes? Me estás resultando mucho más misteriosa de lo que había pensado, y ya era bastante.

Ladeé la cabeza y fruncí los labios, con expresión de incredulidad. En verdad, el único misterio de mi vida, probablemente, sea cómo puedo ser tan terca y efectiva en autoengañarme para convertir la triste y banal vida de todos, mía, en algo completamente diferente. A lo mejor esa es la razón por la que sigo luchando para un mundo mejor, un mundo al que no se ha llegado desde que el planeta es planeta, cuando cada vez más los ricos son más ricos, más crueles y más impunes, cuando cada vez se vulneran más los derechos básicos con el mayor descaro, sin que ello tenga visos de detenerse. Pero no se lo dije, y él continuó.

-No me esperaba lo bien que has respondido a mis lecciones. Dices que nunca has cantado ni que nadie te ha enseñado, pero… Definitivamente hay algo muy especial en ti.

-¿Y eso es bueno o malo? –yo solté una carcajada. Ferran, el criado personal de Omar, se aproximaba a nosotros, con cara de pocos amigos. Hacía tiempo que yo había averiguado que la relación entre ambos no era ni de lejos estrictamente profesional, y era evidente que el pobre muchacho malinterpretaba completamente las atenciones que Omar me dirigía y que no tenían otra causa que nuestra mutuo entendimiento y muestra cercanía de intereses, además del pasado común. Y, consecuentemente, la simpatía que yo le inspiraba era más bien nula. Había intentado en múltiples ocasiones que entrara en razón, para no hacerle sufrir innecesariamente y sobre todo para ahorrarme su omnipresente semblante avinagrado (lo que era especialmente desagradable tratándose de un hombre tan sorprendentemente hermoso), pero era inútil: el joven criado seguía enrocado en su error.

Omar también rió.

-Sea lo que sea, ahora vas comenzar una nueva vida.

Le envié mi más dulce sonrisa. No podía evitar profesar un cariño inmenso al trovador mudéjar, cariño que sabía que nunca sería correspondido en su totalidad. La gente como Omar gozaba de amor, sincero, falso o ambas cosas a la vez, en proporciones cósmicas, amor para aburrir, y era natural e incluso aceptable que hubiesen aprendido a no otorgarle importancia. Así que, aunque él conocía gran parte de mi corazón, yo nunca le diría todo lo importante que él era para mí, lo que significaba, lo que simbolizaba. Pero me gustaba saber que ahora que se me había cumplido el sueño de cabalgar a su lado, él estaba, de alguna manera, a mi alcance. Lo suficientemente a mi alcance para poder, siempre que fuera necesario, ayudarle.

-Pero, aunque trates de disimularlo, tu mirada sigue siendo oscura.

Permanecí en silencio. No podía rebatir aquel argumento.

-Piensas en tus amigos –continuó-, no solo en los muertos, también en los vivos. Temes no volver a verlos. Temes que no entiendan tu decisión.

Hacía semanas que una garra fuerte y despiadada apretaba mis entrañas. Y nada de lo que yo hiciera podía lograr que relajara su presión.

-No permitiré que nadie más muera por mi culpa.

-No podrás evitar que aquellos que te aman quieran caminar a tu lado. Hasta las últimas consecuencias.

-Existen pocas personas que me amen. Y menos hasta ese punto. Y, de cualquier manera, no he hecho nada para granjearme el amor de mis semejantes. Soy descuidada, brusca y antipática. No puedo evitarlo.

-Tal vez lo seas. Y otras muchas cosas más. Y sin embargo…

Un apresurado galope le interrumpió. Ferran había lanzado su caballo hacia la cabeza de la caravana y, haciendo que esta volviera grupas en cuanto llegó, se dirigió hacia nosotros.

-¡Diviso las murallas de la ciudad! –sus ojos dorados brillaban de la satisfacción de tener una excusa para interrumpirnos.

-Gracias a Alá. Pero no llegaremos antes de que hayan cerrado las puertas. Sugiero pernoctar en esa pequeña aldea donde está la posada de rollizas camareras, vino excelente y exquisitas piernas de cerdo, para que los que aún no conocéis la verdadera religión podáis disfrutar a gusto –me guiñó un ojo. Su ofrecimiento había generado un estallido de júbilo en la pequeña comitiva. Luego, dirigiéndose a mí, comentó con socarronería -: Quizá encuentres a algún gentil caballero que entretenga tu pesar por una noche…

No pude evitar una sonrisa pícaramente inocente. Mi nuevo compañero de viaje estaba en todo.

-Omar, no me des ideas, por favor…

Mientras yo continuaba mi jornada, en la masía fortificada que había abandonado un par de días antes tenía lugar un curioso conciliábulo, como no tardaría en enterarme. Ante el hogar de la sala principal se habían reunido, alrededor de una mesa lo suficiente cuadrada para dar al menos una leve impresión de igualdad, el falso leproso, Ruy, Cristina, el Genovés y dos recién llegados, Luis y Hernán, que aunque un poco tardíamente también habían desertado de la guardia del señor para unirse a los rebeldes (seguramente con algo de ayuda por parte del ex capitán de la guardia, que destacaba por un gran poder de convicción capaz incluso de hacer que los votantes de las elecciones municipales españolas del 2015 se creyeran por enésima vez las mentiras del PP. O quizá no se necesite ser demasiado convincente para eso (siempre hay cobardes que tienen miedo pensar, insolidarios, insensibles que prefieren acumular a colaborar y que piensan que algunos partidos les garantizarán eso, aunque sean setecientoseuristas: esto es España, chavales). Aunque no estaba claro el asiento que presidía la mesa, todas las miradas se dirigían al enfermo fingido y viejo compañero de una servidora, el capitoste templario. Éste recorrió con la vista a todos los presentes y zanjó.

-Está bien. Si ninguno de vosotros formula ninguna objeción, el plan se realizará según lo establecido –hizo ademán de levantarse, apoyando las manos en la mesa e irguiendo a medias la espalda, cuando se oyó una vocecilla sarcástica desde el otro lado de la tabla.

-A ver –era el Genovés quien así se expresaba-, que quede claro que no se trata de una objeción, como vos decís. El plan me parece muy acertado pero, y disculpad si me extralimito, ¿a alguien le ha dado por pensar que tal vez Eowyn no quiere ser rescatada? Todos la oísteis cuando se despidió, fue muy clara cuando declaró que había decidido abandonar las armas para seguir el mester de juglaría. ¿Por qué no podemos sencillamente dejarla en paz?

Se hizo el silencio tras las palabras del antiguo mercenario. El caballero volvió a sentarse, no sin enviarle rayos radiactivos desde sus pupilas. El resto de los concurrentes miraron alternativamente a uno y a otro, esperando el estallido. Sin embargo, el templario respiró hondo, se mordió los labios, y contestó con bastante serenidad, eso sí, también con helado acento:

-Genovés, trabajas para mí. Juraste que cumplirías mis órdenes. He sido lo bastante magnánimo para concederos voz y voto en la elaboración del plan, pero en cuanto al objetivo del mismo no hay discusión posible, y no pienso darte explicaciones. ¿Algo más que añadir? Porque si no puedo asegurarme tu fidelidad absoluta, ahora que conoces nuestros propósitos, no me quedará otra opción que arrojarte al calabozo, adonde permanecerás muchos más días de lo que te gustaría, para evitar que vayas con el cuento a tu antiguo señor.

El Genovés parecía haber reducido su tamaño a la misma expresión, y ahora parecía una araña de largas patas agazapada en la otra punta de la mesa. Inclinó la cabeza ante su nuevo jefe, mientras realizaba ímprobos esfuerzos para que sus palabras sonaran creíbles.

-Lo sé, señor, y estoy de acuerdo. Pero, sencillamente, me vino esa idea a la cabeza, y no puede callarme. Os ruego que me disculpéis.

El aludido pareció calmarse. Exhaló un suspiró y dijo:

-Sabéis que en ningún momento he hablado de que fuéramos a llevarnos a Eowyn de entre sus nuevos amigos por la fuerza. Pero tengo mis motivos para creer que no ha sido una buena decisión por parte de ella marcharse tan repentinamente, y completamente sola, habiendo tanta gente que la busca en estos momento.

Ruy había mantenido durante toda la conversación entre su jefe y su compañero un aire pensativo, con la mirada errando entre los contendientes dialécticos y el infinito. Al fin pareció despertar.

-Hay algo más. Personalmente aplaudo su decisión, es posible que así consiga vivir algunos años adicionales –Ruy era, sin duda, el más culto del grupo y se expresaba con bastante corrección, al igual que Cristina-, pero no me abandona un mal presentimiento. Siento que Eowyn se está metiendo en la boca del lobo. No sé por qué, pero es así -el capitán calló repentinamente, algo avergonzado por haberse atrevido a confesar sus emociones, pero enseguida miró al ex leproso y le dijo-: Y sé que vos también notáis algo así.

-Hasta yo lo siento –le apoyó Cristina. Ella y Ruy eran como dos almas gemelas, siempre coincidiendo en todo, siempre cómplices, increíblemente fieles en su mutua amistad. En aquel momento, los tres se intercambiaron una mirada de inteligencia, como si conocieran, o creyeran conocer, un detalle que a todos los demás se les había escapado. El resto se encogió de hombros, adoptaron muecas incrédulas y alguno hubo que llegó a llevarse el dedo índice a la sien y a hacerlo girar. Pero, de pronto, uno de los criados de la masía, irrumpió en la estancia como perseguido por Satanás que quisiera cobrarse su alma.

-¡Señor! –dijo apresuradamente-. Unos… hombres… están en la puerta. Han preguntado por la dama Eowyn, y al negarme yo a confesar que la conociese, han exigido ver al castellano. Están armados y parecen peligrosos. ¿Quizá debería avisar a alguien?

Por toda respuesta, el templario se levantó de la mesa al tiempo que desenvainaba la enorme espada que llevaba en bandolera. Los demás, tras un instante, procedieron a imitarle.

-Que pasen –ordenó. Pero antes de que el fámulo pudiera salir a decírselo, los recién llegados ya habían irrumpido en la estancia, como peperos haciendo una razzia de activistas, y tan tranquilos como si supieran que, como siempre, la policía a quien metería en la cárcel sería a los otros.

-Se armó un jaleo de mil pares de demonios –acabó de explicarme el Genovés, a quien me había encontrado en la pequeña pero, afortunadamente, individual estancia que me habían dado en la posado, metido entre mis sábanas. Allí seguía el condenado, mientras yo permanecía con los brazos en jarras, esperando que acabar con su relato para echarlo con cajas destempladas y preferiblemente por la ventana. Cuando Omar me habló de que con toda probabilidad podría conseguir un compañero de cama ocasional en aquel antro de mala muerte, aunque de sabroso papeo, no era precisamente aquello lo que yo tenía en mente.

-Dime ahora mismo si alguien resultó herido. Y sal inmediatamente de mi cama, mal rayo te parta, cabronazo. Me la vas a apestar.

Él se mostró cómicamente indignado.

-Oh, no, eso no. Ahora me baño mucho, ¿sabes? Ese leproso amigo tuyo nos obliga a remojarnos muy a menudo. Dice que los médicos árabes han descubierto que es bueno para la salud. A mí me importa una higa lo que digan esos matasanos moros…

-Pues debería importarte. Están mucho más adelantados que nosotros -y falta mucho aún para que EE.UU. y las monarquías del Golfo inventen el fundamentalismo islámico, o al menos lo desarrollen hasta extremos inimaginables, a pesar que desde la revolución iraní nos les dejan de crecer sus enanos.

-… pero la verdad es que cuando te acostumbras no es tan malo. Aunque, si quieres que te diga la verdad, no creo que él siga con mucha fidelidad su propio credo. Es franco, ¿no? –reprimió una mueca de desprecio-. Esa gente del Norte, siempre tan primitiva… Anda, no seas mala. Estoy muy cansado. He cabalgado día y noche hasta encontrarte.

Yo me desesperaba.

-Me parecen muy bien tus nuevas e higiénicas costumbres, pero acaba tu relato YA. Desde el suelo, a ser posible.

Él obedeció la primera orden; pero ignoró la segunda, como Grecia hace con las imposiciones de la Troika (afortunadamente), para evitar acabar como España. O Portugal.

-Pues yo mismo fui herido, ¿te parece poco? Uno de esos mamelucos me asestó un golpe en la cocorota con el pomo de su espada mientras estaba desarmándole. Me cogió por sorpresa, el muy cobarde. En cuanto a los demás… no sé muy bien lo que pasó. Los tipos que vinieron eran seis o siete; recuerdo que uno de ellos era muy joven, casi un mozalbete. Yo enseguida caí al suelo, casi sin sentido, y lo recuerdo todo como si lo viera a través de una cortina de niebla. El leproso entabló una conversación con el que parecía el líder, y luego ambos sacaron la espada y se dieron de mandobles. Atacaban casi sin buscar defenderse, como cegados. Pero ambos estaban muy igualados y al final la cosa quedó en tablas. El resto se repartió a los otros, de manera que a alguno le tocó una pareja. A Ruy, y creo que Hernán. Pero, tras un buena sucesión de estocadas, tajos, reveses, golpes, paradas, saltos, bloqueos y rechazos, se los quitaron de encima –fue entonces cuando, al mirarme y observar mis rasgos crispados, se percató de que me había mantenido involuntariamente en tensión y dulcificó su tono–. No, nadie más que yo resultó herido, Eowyn.

Lancé un suspiro de alivio.

-¿Qué sucedió después? ¿Llegaste a saber quiénes eran esos hombres?

Él, incorporado en la cama, dio unos golpecitos sobre la colcha.

-Anda, ven a sentarte a mi lado y te lo cuento. No te preocupes –se apresuró a aclarar-, no quiero revolcarme contigo, pero es una tontería que no compartamos este cómodo jergón. Hay confianza, ¿no?

Yo me encogí de hombros, comprendiendo que tenía razón. Sobre todo si era verdad que había descubierto las virtudes de la higiene personal.

-Ya sé que no guardas intenciones lúbricas respecto a mí –dije, mientras me acercaba, algo enfurruñada-. Dejaste bien claro que yo no era tu tipo.

-¿Y eso te ofende? No hay nada personal en ello. Sólo es que creo que estás demasiado flaca –ya estábamos otra vez. En la Edad Media, estoy demasiado flaca. En el siglo XXI se supone q, al superar la talla 32, rozo los límites de la obesidad mórbida. Ninguna de estas tonterías me quita el sueño (aunque causen una leve disminución de mi número de roscas deglutidas), desde luego, pero me fastidia que el gusto estético en la sociedad del siglo XXI esté tan enfermo y pervertido…–, pero es sólo mi gusto. Muchacha, por lo que sé no creo que tengas problemas en encontrar a quien te haga un favor…

-Vamos al grano –le atajé.

-Al grano vamos –asintió-. Al parecer, nadie sabía quiénes eran los atacantes, tu amigo no se dignó a informar a nadie. Sencillamente, los encerró en una estancia del castillo y los dejó ahí, creo. Por mi parte, me marché en secreto, con la ayuda de Cristina. Ella sabe que no soy un traidor, así que me prometió ocultar mi marcha, aprovechando que el médico me dijo que tenía que reposar unos días. Pero yo no puedo estar tanto tiempo quieto, y además tenía que hablar contigo. Sabía el camino que había seguido Omar, estuve investigando por la aldea, ya sabes que tengo muchos amigos entre los criados. El único problema es que evidentemente tu leproso también acabará enterándose, aunque no tenga tantos contactos como yo. Alguien como Omar no puede viajar de incógnito.

Miré al Genovés de hito en hito. Comenzaba a creer que le había juzgado mal.

-Genovés, ¿por qué haces esto?

Se encogió de hombros.

-No he sido bueno contigo, y no te lo merecías. Tenías mis razones, claro, pero estaba equivocado y quiero repararlo.  Odio que me obliguen a seguir reglas de otros y por eso no me gusta que intenten hacerte volver a una vida que ya has abandonado. Ellos dicen que tienen miedo por ti, pero yo creo que sólo son excusas. Tu amigo cree tener la razón y se piensa que manda sobre ti. Pero tú eres un espíritu libre, como yo. Y quiero que continúes siéndolo.

Le di un puñetazo amistoso en el hombro.

-Gracias, Genovés. Eres un amigo. La verdad, no me imaginé ni por un momento que quisieran seguirme. Estaré prevenida a partir de ahora. Aunque me temo que no será suficiente.

-¿Qué quieres decir? –preguntó el Genovés.

-Ellos no deben encontrarme. No deben encontrarme nunca.

Él guardó unos segundos de silencio, apabullado por la contundencia de mis palabras.

-Al parecer iba a tener razón Ruy cuando habló de que en todo esto había algo más…

Tomé suavemente al Genovés del brazo.

-Tienes que despistarlos. Arréglatelas como puedas. Haz correr el rumor que Omar no se dirige a Tortosa, sino a Toledo, a actuar para el rey castellano. Tú puedes hacerlo. Manipulemos los medios de comunicación –si los medios del sistema, o sea, todos, pueden ocultar la legítima y necesaria huelga de Telefónica-Movistar, yo también puedo ocultar mi paradero. Faltaría más-. Ya es hora de que los buenos también lo hagamos.

-Ya vuelves a hablar con palabras raras –me contestó-. Pero… un momento. Me has dicho que os dirigís a Tortosa.

-¿Acaso lo desconocías? –dije, extrañada.

-Conocía el camino, no el destino. Al parecer, Omar no suele hacerlo muy público, supongo que para evitar a los admiradores –había cierta inquietud en la mirada del Genovés-. Creo que estoy empezando a entenderlo todo.

Yo no le contesté.

-¿Estás segura?

-Nunca lo he estado más en mi vida.

-¿Y de verdad no quieres…?

-No –le apreté más el brazo-. No. Por favor. Sé lo que me hago.

-Siempre sabes lo que te haces –aseveró-, lo que no significa que no seas jodidamente temeraria. Está bien. Pero que conste que no estoy de acuerdo. Si te parece, voy a dormir un par de horas y luego me marcharé a ocupar mi lugar en el lecho del dolor como si no hubiera pasado nada. Y tú descansa también. Lo necesitas aún más que yo.

Aquello era un buen consejo, y además el suelo me vencía, así es que ocupé mi lugar en el lecho y no tardé en roncar como una bendita hasta el amanecer. Cuando me desperté, el Genovés ya se había marchado. Yo rogué a los dioses en los que no creo que le permitieran llevar su impostura todo lo lejos que fuera necesario. Hasta el punto en que nadie pudiera detenerme.

Había llegado el momento de acabar con todo. Por muy difícil que pudiera parecer. Sé que no conseguiré erradicar la preponderancia de la insolidaridad y la maldad, que anida en los corazones de tantos, y tal vez, ni siquiera, la ignorancia y el temor. Los poderosos y desalmados nobles, o el PP y similares, siempre tendrán votantes, porque su ideología apela a lo peor de nosotros mismos. Tal vez si este país enseñara o defendiera otros valores diferentes al peloteo, la sumisión, la incultura por bandera y el desprecio al desfavorecido, esto cambiaría. O no. Quizá sea demasiado tarde para nosotros. Hemos perdido nuestra rebeldía, nuestro afán de justicia, la hemos vendido por un plato de comida, un partido de fútbol y una sesión de Gran Hermano. Y sin embargo…

Y sin embargo, un icono de este estado de cosas iba a caer muy pronto.

Por cierto, creo que ya sé a quién voy a votar en las elecciones municipales españolas 2015. Voy a buscar la sinceridad, la coherencia y la valentía de ciudadanos y ciudadanas que apuestan por la igualdad, la libertad, la solidaridad, la naturalidad y el compromiso, sin postureos ni ínfulas medáticas, y que no temen invocar a los conceptos y a los valores que se nos ha enseñado interesadamente a temer, como la República, el comunismo, la revolución… Y siempre, siempre, controlar que cumplan sus promesas. Y nunca, nunca, cada vez más inteligentemente, cada vez más contundentemente, dejar de luchar.

¿Qué os parece? ¿Os apuntáis?

Pero también había llegado otro momento.

Otra escena se estaba desarrollando algunas cuadras más allá, cerca de la costa norte de Barcelona, entre el mar y la montaña. En las almenas de un castillo, un hombre y una mujer atisbaban el horizonte. La mirada de él, al ojear el mar, eran tan despiadada como la de Europa cuando ve morir a ahogados a los que escapan de los conflictos y la pobreza que ella misma ha creado.

-Sé lo que estás pensando –manifestó ella.

Él la miró y volvió a dejar perder su mirada en la nada, sin dignarse a responder. Su interlocutora continuó hablando.

-Estás obsesionado, y lo comprendo. Esa mujer ha sido una pesadilla para ti desde hace años. Y lo último ha resultado especialmente… humillante.

Ahora, por fin, él fijo si vista en ella. Estaba airado. Una sombra de miedo atravesó la expresión de ella. Pero los rasgos del rostro del hombre no tardaron en relajarse.

-Tus palabras son duras, pero exactas. Ha sido humillante. La humillación suprema, diría yo. Pero también la última.

-Sí –respondió ella, acercándose más a él y abrazándole con algo que se asemejaba a la ternura-. La señora Blanca te ayudará.

-Al menos, si se encuentra lo bastante entera como para pensar en la venganza. Pobre y absurda mujer: quería ver muerto a ese amante suyo templario, y ahora no puede soportar su pérdida. Pero me beneficia que culpe de todo ello a la mercenaria.

Isabel apoyó su cabeza en el hombro del noble, mientras él continuaba hablando.

-Pero el rey va a hacer todo lo posible para alegrarla, dado que no conoce el origen de su pena. Y si ese Omar y su compañía no lo consiguen, nadie lo hará. Y ella vendrá, estoy seguro: vendrá a matarme. Esta Corte será histórica. Eowyn morirá en Tortosa. (sigue)

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