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Archive for 8 marzo 2016

Los sótanos del castillo de Tortosa esconden muchos secretos...

Los sótanos del castillo de Tortosa esconden muchos secretos…

(viene de) Tortosa, invierno de 1296

Decidí seguir a Ferran, que había salido en dirección a los aposentos de Omar bufando como una antinatural miscelánea de felino remojado y tren de Cercanías catalán acosado por el exclusivo AVE. Quería evitar una confrontación entre el trovador y su fiel amigo; ambos compartían un natural conciliador que, en determinadas circunstancias, podía evolucionar como una brisa de primavera hacia un tornado devastador provocado por el cambio climático, y en aquel momento se estaban dando todos los ingredientes atmosféricos para que tal fenómeno se produjera. Pero, afortunadamente, Omar se sentía tan aliviado por el buen desenlace del episodio de la liza que supo capear el huracán Ferran y no dejó que evolucionara hacia algo tan destructivo como para ocupar las portadas de los telenoticias medievales. Incluso le cantó una canción; un tema compuesto en su juventud que hablaba de los sacrificios que podían llegar a hacerse por los seres queridos, sacrificios que a veces eran malentendidos y se volvían en contra de uno, así como de la importancia del perdón. Hacia uno mismo y hacia lo demás. Yo no estaba de acuerdo con aquello último, pues no sabía perdonar ni me interesaba aprender, pero escuchar a Omar siempre tenía para mí un efecto sedante. Esperanzador, incluso. La existencia parecía más hermosa tras oírle cantar. Su voz, la armonía de sus movimientos, la belleza de sus composiciones, todo se conjuraba para el disfrute. Incluso él parecía transformado, recuperada íntegramente la pura apostura de su juventud. Así que no tardamos mucho Ferran y yo en volver a nuestro alojamiento, él dócil como un corderito y tan arrepentido de su cólera previa como un huelguista de TMB votante de Ada Colau. Aun así, algunas reticencias le subsistían.

-Está bien, sé que ambos queríais protegerme. Vuestra intención era loable, pero podíais tener en cuenta que yo quiero participar en cualquier aventura en que Omar pueda encontrarse en riesgo.

Yo le expliqué, por enésima vez.

-Omar no va a correr ningún peligro. Por encima de mi cadáver tendrían que pasar los que pretendieran hacerle daño. Me desvincularé de la compañía si esto sale mal, y él aparecerá como una víctima más de mi vil engaño. Pero no dejaré que salga mal. Mi vida depende de ello. Y ya nada más me queda.

Me miró, con pidiéndome aclaraciones.

-He perdido todo por esta venganza. Sólo me queda ella. Y vosotros.

-¿Eso quiere decir que, si sale bien, te quedarás?

Suspiré profundamente.

-Ojalá supiera lo que voy hacer en el minuto siguiente, Ferran. A veces siento que no puedo controlar mi vida. Que es ella la que me vive, en lugar de al revés. No sé, ya hablaremos. Ya hablaremos mañana. Espero que haya mañana.

Había comprensión en la mirada taciturna que me dirigió, y ya no añadió más. En esas, llegábamos a la casa donde nos hospedábamos, y nada más penetrar por la puerta, antes de subir por las escaleras que llevaban a las estancias superiores, unos gritos me hicieron comprender que aún no se habían acabado las emociones por aquel día.

-En marcha –dijo él.

Unas leguas más allá, un pequeño ejército se preparaba para culminar el último tramo de su periplo, de Cambrils a Tortosa. Bien pertrechados, aunque sin alharacas, avistaron en lontananza, con una seguridad llena de cuestiones enviadas al viento, el futuro que les esperaba aquella noche, allí, al final de aquel ruta de la costa que unía el Norte con el Sur de Cataluña. En ellos latía, por algunas de las partes, una mezcla de amistad, lealtad, afán de justicia y necesidad de ganarse el pan. Por otras, la venganza se enseñoreaba de sus motivaciones. En lo que se refería al líder del grupo, era todo muy simple. O quizá nunca lo es Parecían irreductibles y orgullosos, a pesar de que se sabían minoritarios. Y tal vez lo eran.

No sabían que, poco trecho más adelante, otro pequeño ejército con unos propósitos completamente distintos, contrarios incluso, iba a interceptarlos desde un camino alternativo al camino real que venía desde el centro de la Península, de Castilla: un ejército con menos escrúpulos que ellos. Muchos menos.

Al subir a la amplia sala subdivida donde pernoctábamos y guardábamos nuestros aperos, nos encontramos con que la revolución rusa (o la tan deseada revolución española, que no sucederá hasta que el pueblo se recupere de la incultura en la que nos han ayudado a sumirnos) se había adelantado (o atrasado) en el tiempo (llamen a Ministerio del Ídem, por favor) y se estaba desarrollando allí mismo, en nuestros ojos (la comparación viene a cuento por la enormidad del hecho, no por su signo: de hecho, éste era, de alguna manera, más bien opuesto). Elisenda, la que se podría considerar líder de nuestra compañía, se encontraba en mitad de un caos de ropa y objetos varios, dando órdenes a diestro y siniestro mientras que su marido, Godofredo, y su íntimo y absoluto admirador Roger, se apresuraban a cumplir sus disposiciones mientras el resto del grupo intentaba, con mucho miedo y poca efectividad, detenerlos. Con los primeros estaba también Esclarmonda, la jovenzuela criada de las cocinas del castillo que se había dejado conquistar por la melena plateada de Roger y sus aires de hombre de mundo.

-Pero ¿qué está pasando aquí? ¿Ha llegado el Apocalipsis y yo no me he enterado? ¿Cuándo pensabais avisarme para que me pusiera al día con el Señor de mis muchos pecados? –Ferran me miraba meneando la cabeza, poco convencido de que la ironía fuera el arma más adecuada para lidiar con la temperamental Elisenda. Ésta se enfrentó a mí desde su superior altura, con los brazos en jarra y respirando tan alteradamente que los pechos estuvieron a punto de salírsele del corpiño.

-¡Tú! –me gritó-. Eres la culpable de todo esto, ¿y encima te permites hacerte la graciosilla? Gracias a ti estamos en el punto de mira de los señores, y ahora se sentirán libres para hacernos víctimas de todas las vejaciones que se les ocurran. Y todo porque no has sabido mantenerte calladita y discreta.

Yo estaba totalmente confundida.

-Pero ¿qué es lo que se supone que he hecho, según tú? Como si tuviera la culpa de que al señor haya querido añadir una escena suplementaria al espectáculo a costa de mi sufrimiento. Estamos en la misma frágil situación que hemos estado siempre, pero Omar siempre nos ha defendido y siempre lo hará, y eso lo sabes tú perfectamente. ¿A qué viene este montaje?

Pero Elisenda estaba fuera de sí. Se abalanzó sobre mí, dispuesta a aplastarme con su superior envergadura y a sepultarme entre las tablas del suelo, pero en el último momento debió de recordar la última vez que se las había tenido que ver con mis puños y dio un paso atrás, resoplando como una cafetera de cápsulas comprada en un bazar chino.

-No voy a hablar contigo –me señaló con el dedo, amenazante-. No pienso dirigirte la palabra. Tú has causado la ruina de este grupo. Nos vemos obligados a marchar a esos caminos de Dios por tu culpa, y todos los demás acabarán por hacer lo mismo. Ni tú, ni Omar, ni Ferran os merecéis la más mínima lealtad, ellos son unos déspotas y tú una lagarta. Vamos, Godofredo, Roger, ¿lo tenéis ya todo recogido? Pues adiós a todos, y que os den.

-Pero ¡no podéis malbaratar así todo el trabajo de la compañía! ¡Vuestros compañeros no se lo merecen! –naturalmente, me hicieron caso omiso, y los espectadores de la espantada nos quedamos mirándonos unos segundos bobamente mientras intentábamos asimilar intelectualmente aquella repentina incidencia, sin ser capaces de reaccionar. Parecíamos diputados de IU sin grupo parlamentario por culpa de la gente de las extrañas amistades de gente de su propio partido.

-Bueno, esto se veía venir –Ferran fue el primero en romper el silencio-, aunque quizá no tan pronto. No os preocupéis –se dirigió al resto de la gente, que se observaban y nos observaban desolados, convencidos de que asistían al final de un hermoso sueño y de una decente forma de ganarse la vida-. Omar ya había previsto un montaje alternativo por si estos tres al final tomaban las de Villadiego. Se rumorea que nuestra compañía rival, la de Bruno el Pisano, les ha ofrecido una considerable subida de sueldo. A base de llevarlos a posadas infectas y alimentarlos con sus sobras, claro, pero eso no lo ha escrito en el contrato.

-¿Y por eso tenían que organizar tamaño jaleo? ¿No podían haberlo dicho sinceramente, y ya está? Nadie iba a asesinarlos por querer progresar en su carrera. Pero no, tenían que insultarme un poco y hacer vacilar mi autoestima para quedarse tranquilos con sus conciencias, ¿verdad?

-Y para canalizar los celos profesionales que te profesa Elisenda –apuntó Ferran.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

-Yo ya no entiendo nada –me derrumbé sobre el bulto de ropa más cercano, tan decepcionada del género humano como una militante de izquierdas de la España del siglo XXI-. Soy la persona más fracasada que existe, carezco de familia que valga la pena llamarse con ese nombre, mis amigos están muertos o desaparecidos, y no tengo un puto lugar en todo el orbe terráqueo donde caerme muerta. Lo único que me queda es una espada, algunas nociones de cómo utilizarla, y una voz que, si bien no es mala, tampoco creo que sea la quinta maravilla del Universo. Y resulta que esa real hembra, admirada por todos, con un marido que la idolatra, hijos encantadores, y la bolsa más repleta que la del hijo del rey cuando va a visitar los burdeles, se permite el lujo de tenerme celos profesionales. Cada vez tengo más claro que en este mundo todos están locos, menos yo. Si lo me lo permitís, me voy a la taberna más cercana, ya que mi refugio en el río está lleno de bandidos dedicados a asaetar a ciudadanos pacíficos que sólo quieren pasar un rato de diversión, a pasar lo que queda de día antes de que acabé yo chalándome también. Hala, con Dios.

Los dos despojos humanos ambulantes que encabezaban el segundo de los dos pequeños ejércitos que, al parecer, iban a confluir (como si fueran Podemos, las mareas, EUiA, la Troika y la OTAN en las Elecciones Generales 2015) en algún lugar del camino de lacCosta que arribaba a Tortosa, vestían con harapos que apenas mostraban algún vislumbre de las caras telas que habían sido años atrás. Sus cuerpos, abandonados a la molicie y al desaseo, asimismo ofrecían un aspecto que en nada se asemejaba al atildamiento que intentaban mostrar en la misma época, aunque yo recuerdo perfectamente cómo el hedor se resistía a camuflarse bajo los perfumes y la mugre de los orejas emergía sobre los recargados tocados capilares. Ya poco les quedaba de sus pasadas glorias, excepto su afán de hacérselas pagar todas juntas a la persona que consideraban culpable de sus desgracias. ¿Y quién creéis que es? Bingo: la misma que viste y ensarta, cuando los tiene cerca, a buenos candidatos a ser ensartados, y es que no tengo ni idea cómo puedo arreglármelas siempre para meterme en tantos líos. Obviamente, fue su codicia y las poco halagüeñas consecuencias de mi venta al sultán de Egipto y posterior fuga lo que les ocasionó la pobreza actual, y no mi afán de salvarme de ellos. Pero, al igual que los integrantes fugados de la compañía de Omar, no iban a reconocer ante ellos mismos una verdad que les hacía parecer muy diferentes de como querían verse en sus sueños: todo queremos sentirnos íntegros y heroicos, y a veces es muy difícil aceptar que la mayoría somos justo lo contrario. Así que, al ver aparecer, en lontananza, la silueta del castillo que iba a ser su destino, se miraron y se sonrieron con unas muecas de supervillano verdaderamente de libro.

Esa noche, como casi todas las noches desde que había ideado aquella pequeña parte de mi plan, cuando ya todos dormían, golpeé suavemente la puerta de entrada al castillo. A la voz de ¿Quién va? contesté, con la habitual vocecilla de corderita asustada por la magnitud de su ya muy repetido pecado carnal que solía emplear en aquellos momentos.

-Soy Asha. Tened la amabilidad de abridme. Hace mucho frío aquí afuera.

Los goznes de enorme portalón de madera y hierro chirriaron, entre risotadas. Pronto, y como también era común aquellas noches, un coro de guardias socarrones y algo rijosos me rodeó en el estrecho túnel de entrada al patio de armas. Se suponía que esas visitas mías nocturnas obedecían a que a Omar le agradaba calentar su lecho con la morita de la compañía, y que ella, como esclava agradecida, acudía siempre rauda a la llamada de su amo; aunque seguro que, pensaban ellos, también le iba la marcha. Y, naturalmente, el aparente carácter libertino de la mujer concedía licencia a los guardias para dar rienda suelta a sus manos.

-Ya estás otra vez aquí. No dejas pasar ni una, ¿verdad? Me pregunto que habrá debajo de esas ropas holgadas que gastas y ese velo. Lo que sea, debe de ser de calidad, pues el moro tiene fama de ser hombre de buen gusto. ¿No te gustaría probar, para variar un poco, un buen manubrio cristiano? –al decir esto, el guardia en cuestión cogió mi mano y la intentó conducir hacia un lugar muy determinado de su anatomía. Pero la caricia que le propiné fue de un tipo muy diferente a la que él se esperaba, y soltó tan aullido que los habitantes de la América aún no descubierta debieron de preguntarse qué cojones había sido aquello. Creo que sus descendientes, muchos siglos después, aún llevan en su ADN las huellas de aquella hostia: si es que lo dejé con capacidades de tener descendientes, cosa que dudo. Pero lo cierto es que le abandoné allí, entre ayes agónicos y compañeros preocupados, mientras yo me escurría hacia la torre donde dormía Omar.

Total, iba a ser la última noche en que necesitaría aquella tapadera.

Uno de los integrantes del primer pequeño ejército, muy joven ágil y ligero, y que cabalgaba un esbelto alazán árabe tan rápido como el viento, se había adelantado como explorador. El resto de los miembros le vieron volver, antes de media hora desde su marcha, entre nubes de polvo hijas de su precipitación.

-Señor –se dirigió al que parecía comandar la tropa-. Creo que deberíamos apresurarnos. Hay un grupo que parece tener problemas. Problemas muy graves.

El aludido se tomó un segundo de reflexión.

-Vamos –se dirigió a sus subordinados con aquel tono que sabía imponerse sin resultar autoritario; sus órdenes parecían más bien consejos o sugerencias, y siempre conseguía que fueran bien recibidas. Las cabalgaduras se pusieron al galope y, en medio de un torbellino producida por la pertinaz sequía de aquellas tierras de perennes vacas flacas, llegaron a una intersección de caminos donde dos hombres de aspecto harapiento y modales tiránicos, que hablaban con un marcado acento extranjero, estaban hostigando a un hermosa mujer rubia y a sus tres acompañantes (otra mujer muy joven y dos hombres), jaleados por el resto de su mesnada. La rubia era zarandeada entre los dos foráneos, que competían por arrancarle las piezas de ropa que la cubrían, mientras ella gritaba imponente ante la desesperación de los dos hombres, amenazados cada uno por varias lanzas, y el terror de la otra.

-Este regalito sí que no lo esperaba. Amiga, ¿qué haces con compañía tan exigua por estos caminos? ¿Acaso nadie te ha dicho que aquí proliferan los bandidos? Menos mal que has dado con nosotros, y no con ellos. ¿Te apetece que lo pasemos bien un rato todos juntos?

Tal vez la sangre no habría llegado nunca al río. Era cierto que aquellos dos seres congregaban en sus maltrechos cuerpecillos altas cotas de degradación humana, pero también me resisto a creer que hubieran caído tan bajo. No obstante, el comandante de la pequeña expedición y sus hombres no iban a arriesgarse. A la mayoría de ellos les habían educado en que no debían nunca permanecer indiferentes ante un abuso, del tipo que fuera, y los otros eran soldados que cumplían órdenes. Así de sencillo. Ninguno de ellos era ningún héroe. Los héroes están en otra parte, en los campos, en los talleres, cuidando de numerosas y necesitadas familias. Los héroes nunca son los líderes, los nobles, los mediáticos, aquellos en los que confiamos nuestras vidas una y otra vez esperando que nos la salven a pesar de que ya sabemos que nunca lo hacen, por pereza de tomar el rumbo de nuestro destino nosotros mismos: incluso los héroes que más nos venden tal vez sean los peores villanos, los que acabarán con la escasa conciencia social que tanto nos ha costado conseguir. Y ellos, los protagonistas de esta línea argumental de nuestra aventura de hoy, simplemente hacían lo que creían que tenían que hacer.

-Dejadla. Y a los demás. Ahora

Se entabló la batalla. Lanzazos y mandobles llovieron por doquier. Corrió la sangre. No duró mucho, pero sí lo suficiente, y al final el primero de los dos pequeños ejércitos consiguió poner en fuga a sus oponentes. La mujer se abrazó a sus compañeros, temblorosa aunque aliviada, mientras uno de los guerreros, el que parecía ser el segundo de a bordo, se acercó a ellos para comprobar que estuvieran bien. Por otra parte, su jefe estaba caído en tierra, rodeado del resto y atendido por tres de los caballeros, los más cercanos a él, aquellos con los que parecía compartir un vínculo diferente. La mujer rubia se acercó, solícita, inquieta y agradecida.

-Mi marido sabe algo de medicina –dijo. Éste examinó al herido.

-No parece grave –dictaminó-. Pero necesita descanso. No puede seguir cabalgando de momento. O morirá.

Los miembros de la comitiva se miraron con preocupación: había gastado más tiempo del estimado, y el sol se ocultaba peligrosamente en el horizonte. Sabían que su superior no aceptaría detenerse.

Omar me abrió la puerta de sus aposentos, situados en una de las torres secundarias. Vi en su rostro la misma ansiedad que oprimía mis pulmones.

-Aún puedes volverte atrás, Eowyn.

-No lo creo –comencé a quitarme la ropa-. Hemos llegado demasiado lejos, Omar. Estoy muy segura de lo que esto es lo que debo hacer. Y además, me temo que hay un guardia en la puerta con sobradas razones para no ponerme fácil la escapada.

Él contempló desde la cama cómo me despojaba de mis prendas de vestir.

-Ferran me contó lo que ha pasado esta mañana. No te preocupes. Está todo previsto desde hace tiempo. El espectáculo de mañana será un éxito a pesar de todo. Y quiero que tú estés allí.

Mis amplias vestimentas cayeron al suelo. Omar me miró de arriba abajo: nunca me había visto de aquella guisa. Yo iba completamente equipada para la batalla, pero no como la amada del Cantar de los Cantares, sino en un sentido completamente literal: vestía mi gambesón, mi coraza de cuero y llevaba mi espada en bandolera. Hacía tiempo que había renunciado a llevar cota de malla, no sólo porque la mía tenía más anillas faltantes que neuronas de menos en el cerebro de Rajoy, sino porque últimamente notaba que me molestaba más que me ayudaba. Como sabéis, yo había pasado en los años anteriores varios episodios graves de fiebres y aquello había afectado a mi capacidad respiratoria, pero había sido desde mi última grave herida, la que me había obligado a pasar varios meses convaleciente, que mi respiración no brotaba ni de lejos tan fácil y fluida como en mis buenos tiempos, y para conservar mi rapidez y agilidad me veía obligada a luchar lo más ligera de equipaje posible, a riesgo de recibir algún golpe fatal que no pudiera esquivar. Aunque tal vez es que me estaba haciendo vieja.

Rápidamente, el trovador hizo desaparecer mis ropas en un baúl, antes de que tuviera tiempo de hacerlo yo, y del mismo extrajo un yelmo con visera, pieza de armamento de última tecnología y prácticamente la única buena parte de armadura que me quedaba y que había podido conservar más o menos en buen estado a pesar de todos mis avatares. Me lo tendió.

-Cuídate. Y regresa. Que Alá te acompañe en todo momento, mi querida amiga.

Lo tomé, y luego le rodeé suavemente con mis brazos.

-Algún día, si no muero esta noche, supongo que seré capaz de decirte lo que significa para mí tu apoyo y tu fe, y sobre todo el haberte podido volver a reencontrar tras tantos años. Nunca valoraré tanto una amistad como la tuya. Marcho ahora, Omar. Queda con tu Alá. Si él, o quien sea, así lo desea volveremos a vernos.

Me había asegurado que nadie, ni dentro ni fuera del castillo, ni los escasos invitados que allí pernoctaban ni los, también aún muy pocos hasta el día siguiente, que dormían en el perímetro exterior en lujosas tiendas engalanadas con sus colores, estuviera en disposición de enterarse de lo que iba a suceder aquella noche. El cerdo relleno que era uno de los platos principales de la cena, y el vino que se había servido (manjares que todos habían entendido que Omar rechazara) estaban generosamente aderezados por una pócima que me había enseñado un maestro en hierbas templario en Miravet, y que sería la bendición de los estresados insomnes del siglo XXI si no se hubiera perdido la fórmula o no la hubiera secuestrado alguna multinacional farmacéutica para endosarnos en sustitución sus lucrativos venenos. Así, me aseguraba por partida doble de que nadie podría culparme (si es que quedaba en situación de que alguien me pudiera castigar por mis delitos), ni a Omar, de lo podría suceder allí. Por tanto, nadie circulaba por los pasillos de piedra cuando me dirigí a cierta puerta y tiré de ella.

Allí, delante de mí, tapado hasta el cuello, estaba él. Mi gran y antiguo enemigo. El que me había obligado a dejar mi pueblo antes de aprender todo lo que hubiera necesitado aprender del buen párroco local (todo un cura obrero avant-la-lettre), antes de adquirir los conocimientos necesarios para fraguarme una existencia llena de música y belleza en el mundo de Omar. El que había convertido a mis padres en unas máquinas codiciosas y serviles. El que me había perseguido sin tregua durante años, sin dejar que pudiera establecerme en ninguna parte más de unos días, obligándome a vivir siempre con la guardia en alto como los CDR de Cuba, sólo porque era incapaz de aceptar que una pobre y frágil mujer se hubiera atrevido a desafiarle. El que me había convencido falsamente de sus buenas intenciones para acabar hiriéndome de gravedad y matando a mi amigo. Y yo lo tenía ahí, a tiro. Un solo golpe de mi espada le liberaría del peso de su cabeza, y a mí de aquel odio que ya no me dejaba vivir. Y por si fuera poco, a su lado estaba Isabel, la mujer incapaz de perdonar ofensas casi imaginarias, que había permitido, y contribuido, a que yo permaneciera meses enferma y prisionera, sin más cuidados que los del pobre falso leproso, con unas consecuencias en mi salud que probablemente arrastraría ya de por vida y que posiblemente no tardarían en inhabilitar mi capacidad para la lucha, prácticamente mi única herramienta de trabajo.

-Me habéis destrozado la vida –mi voz fue oscura, como surgida directamente de las más profundas cavernas de Mordor-. Y yo voy a acabar con la vuestra

Mi espada se deslizó de la vaina y destelló a la luz de las escasas antorchas. Me acerqué a ellos.

Pero no formaba parte de mi estilo hacerlo de aquella manera.

-Despierta –le azuzé. Me repugnaba tocarle en lo más mínimo, así que le pinché con la espada en la barriga, que noté que ya empezaba a ser algo voluminosa, por la edad y el sedentarismo seguramente-. Despierta, cabrón de mierda. Ha llegado tu hora.

Transcurrieron unos instantes. Yo estaba dispuesta a tirarle encima la jofaina llena de agua fría; al parecer había comido demasiado cerdo y bebido mucho vino aquella noche y mi pócima había surtido demasiado efecto. Pero, sorprendentemente, no fue necesario.

El interfecto abrió los ojos completamente y, de manera instantánea, se incorporó. Debajo de la manta que le había cubierto, estaba completamente vestido. Y, lo que era peor, armado. Hasta los dientes. Gambesón, cota, sobreveste, grebas, guantes, espada al cinto y demás impedimenta: sólo le faltaba el almófar, el yelmo y las botas, que es lo que lo que el cobertor no habría podido ocultar. Y, aunque a su lado Isabel roncaba como si no tuviera cuentas pendientes con el cielo ni con el infierno, de pronto, mientras saltaba al suelo desde la cama, empezó a salir gente por todas partes. De debajo de la cama. De detrás de uno de los arcones. Al final resulta que sólo eran dos, pero más que suficientes para acabar conmigo, aparte de que en el primer momento de aturdimiento me pareció que se trataba de una verdadera legión. Intenté que se notara lo menos posible el temor y el desconcierto que sentía. Vaya, parecía que el factor sorpresa se había ido un poco a la mierda.

-¿Decías algo acerca de a alguien le había llegado la hora, Eowyn? ¿A quién? A ti, supongo –me mirada con el cinismo más acentuado que he visto jamás en un rostro humano, y con un desprecio supino, mientras los soldados salidos de la nada bloqueaban, para inhabilitar cualquier escapatoria a mi alcance por dificultosa que fuera, la puerta y la ventana respectivamente-. Nunca aprenderás que no puedes hacer nada contra mí. Siempre me adelanto. Siempre. Este fiel amigo –señaló al hombre, pequeño y algo contrahecho, que había surgido desde detrás del arcón con un hacha apuntando a mi cabeza-, estaba informado desde hace tiempo de que acabarías por venir a Tortosa, y ha estado vigilando desde entonces. Tu manera de reaccionar cuando te disparó desde la orilla opuesta del río le hizo sospechar que la mercenaria se escondía detrás de la morita de la sonrisa inocente y los ojos negrísimos. Por cierto, un buen disfraz, te felicito; me lo pusiste difícil. Y esta mañana, tu actitud al dejar que Diego, aquí presente (el soldado que había salido de debajo de la cama y que me amenazaba con una maza dio un paso adelante e inclinó la cabeza), te acosara sin pedir clemencia acabó de convencerme. Pensaste que me habías engañado, renunciando a exhibir tus habilidades de defensa, pero conseguiste lo contrario. Ah, creo que no sabías tampoco que un criado mío prueba siempre con mucha antelación los platos que van a servirme, y hoy no reaccionó bien al cerdo o al vino. Tuve tiempo de evitar que algunos de mis soldados los probaran; no muchos, pero sí los suficientes. Los suficientes para acabar contigo y hacerte desaparecer antes de que nadie en este lugar piense otra cosa que la protegida del famoso Omar se ha largado también con un trovador rival, como sus compañeros. También fue cosa mía su huida, ¿no lo adivinaste? Vaya, veo que no. Eowyn, si no te he matado mucho antes no es porque te me hayas escapado siempre. Es porque en el fondo, antes de ahora, nunca lo había deseado en serio. Pero ya sí. Has conseguido colmar mi paciencia. Soldados, toda vuestra. Haced con ella lo que queráis. Yo voy a disfrutar mirando.

Los aludidos dieron un paso adelante, otro en el caso del desgraciado Diego, dejándome con menos escapatoria que un país PIG en manos del euro y la UE. Retrocedí, enarbolando la espada como defensa y posible ataque, aunque bien sabía que no tenía nada que hacer, en aquel espacio tan pequeño y con tres contra mí, pues no dudaba de que el señor se uniera a sus subordinados si era necesario (que no lo sería): era un vago, pero no un cobarde, al menos no físicamente, y en su juventud había tenido fama, que aún conservaba, de hábil guerrero. No pronuncié una palabra: concentré todas mis fuerzas en intentar escapar de allí, en conseguir un inusitado, un imposible giro de los acontecimientos que lograra que se volvieran a mi favor todas aquellas probabilidades que ahora trabajaban en mi contra. Nada es tan conmovedor como esa pobre esperanza que se niega a desaparecer, a un nanosegundo del golpe final, de la parada del corazón, del más insoportable de los sufrimientos previo al fin.

El hombre del hacha seguía aproximándome, vistiendo con lo que aquella vez, en el río, me había parecido un hábito de monje hecho casi jirones. Al acercarse más a mí, se apartó la capucha que le ocultaba la cabeza y un rayo de la escasa iluminación incidió de lleno en su feo rostro. Con un estremecimiento de sorpresa, le reconocí a pesar de su aspecto macilento, como de haber pasado meses viviendo escondido como una rata en algún subterráneo, sin duda para cumplir con más efectividad sus labores de espía.

-¡Esquieu! Pero…

Él sonrió, casi con amabilidad; tan falsamente cordial como rastrera.

-¿Me buscabas, tú y los tuyos? Pues ya me has encontrado. Pero no te preocupes, nada de esto es personal. Sólo me estoy defendiendo de tus agresiones –sí, de una manera tan proporcionada como Israel de Palestina o EE.UU. de Siria o Libia.

No tuve tiempo de añadir nada. Su hacha impactaba ya sobre mi cabeza, y en esos momentos, al unísono, Diego también se abalanzó sobre mí, dispuesto a destrozarme la cara con su maza (qué forma tan asquerosa de morir), mientras me cogía del brazo izquierdo y me atraía hacia él, sin duda para tenerme más a tiro, al mismo tiempo que mi espada intentaba inútilmente hacer frente a las dos armas a la vez. Los dos hombres eran tan diferentes aparentemente como iguales en sus intenciones, como cuando los partidos de derecha que dicen de que son de izquierda y los de ultraderecha que dicen que son de centro se unen para hacer la misma política que el PP, o peor.

Y entonces sucedió algo muy, pero que muy, extraño.

La maza de Diego, en lugar de estrellarse contra mi cara, lo hizo contra el suelo. Su mango rebotó, con tan mala suerte (o buena, según por dónde lo mires) que golpeó al hijoputa de Esquieu en toda la entrepierna. Antes de que pudiera reaccionar, me vi propulsada hacia la puerta, detrás de Diego, que abrió ésta de una patada y la cerró de nuevo a nuestro paso, asegurándola con un pasado arcón. Yo miraba todo aquello como si no fuera conmigo. Pero supongo que en el fondo de mi estupefacción comprendía que la muerte me había dado una tregua, una vez más. Por primera vez, Diego se dirigió a mí.

-No pierdas un segundo y sígueme. ¿Me has oído?

Yo no perdí el tiempo en asentir e hice lo que él decía. No sabía qué intenciones podía albergar ese hombre y su historia conmigo no era precisamente como para tener fe en él a pies juntillas, pero en aquel momento era mi única garantía de escapar: más tarde me ocuparía de los problemas que pudiera ocasionarme (esperaba que su pacto tácito conmigo no fuera tan letal como la del TTIP con Europa para la soberanía y el bienestar de sus países). Por los ruidos que escuchaba a mis espaldas, nuestros perseguidores ya habían conseguido superar el obstáculo, y muy pronto llamarían a los refuerzos. Siguiendo los pasos de mi inusitado aliado, salí por una ventana, salté a una terraza y de ahí al patio de armas, sin preocuparme mucho por el menoscabo que mis huesos habían sufrido en el proceso, y me metí debajo de las escaleras que conducían al la sala principal. Allí, Diego deslizó una piedra y dejó libre el paso a un pequeño hueco, apenas suficiente amplio para albergarnos.

-Entra –me dijo, aunque yo tenía ya casi medio cuerpo dentro. Él volvió a colocar la piedra en su lugar, prendió un poco de yesca y encendió a tientas una antorcha colocada en la pared-. Hace días que preparé este sitio. Imaginaba que acabaría siéndome de utilidad.

La voz de Diego surgía ahogada detrás de la visera de su yelmo. Pero algo en ella me resultaba alarmantemente conocido. El acento. Eso era, el acento. Un acento que procedía de un lugar muy lejano, al Norte, donde los hombres no suelen llamarse Diego.

-¿Quién eres tú y por qué pretendías matarme antes y ayudarme ahora? ¿Qué es lo que buscas?

Me temblaba la voz al hacer la pregunta. Él se levantó la visera del yelmo y se colocó bajo la luz.

-Te limitaste a hacer caso de fuentes nada fiables que manipularon con oscuros motivos la información –dijo (empleando unos vocablos más medievales, claro está), con una sombra de pesar-. Y nunca te molestaste en buscar mi tumba para rezar por mi alma. Me temo que –parafraseando a un escritor que nacería mucho tiempo después de que él hubiera muerto de verdad- la noticia de mi muerte fue algo prematura.

Estuve a punto de hacer el signo de la mano cornuda y pronunciar, con tono solemne: “¿Qué quieres de mí, oh espíritu errante?”, pero en su lugar me limité a observarle, sin dar crédito a mis ojos.

-No puede ser –exclamé, casi sin voz. (sigue)

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