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Archive for 25 julio 2016

"Tienes que escaparte de aquí como sea. Conoces el castillo, cuélate por cualquier poterna y desaparece. Detén a los refuerzos, y mañana volved. Con un poco de suerte, aún me encontraréis viva".

“Tienes que escaparte de aquí como sea. Conoces el castillo, cuélate por cualquier poterna y desaparece. Detén a los refuerzos, y mañana volved. Con un poco de suerte, aún me encontraréis viva”.

(viene de) Sentados ambos sobre unos sacos de cereales que apestaban a humedad y que sin duda se habían echado a perder (aquel lugar, enclavado en una especie de pozo con múltiples galerías y dependencias, como me había comentado Guillaume, debía de haber sido un escondrijo habilitado en épocas algo más movidas para los habitantes de Tortosa), yo escuchaba cómo el bretón desgranaba sus aventuras acaecidas en el último año y medio, desde nuestra última misión en Perugia.

-Tu amiguito –ignoró mi mirada asesina- no acabó conmigo, como es evidente, pero si me hirió de gravedad. Por muerto me abandonaron sus esbirros en un callejón plagado de sucias tabernas, sin duda para hacerme parecer víctima de una riña entre borrachos. Y allí me habría desangrado de no ser por un mozalbete. En realidad, podría decir que, indirectamente, allí me habría desangrado de no ser por ti.

Hice una mueca de asombro, pero antes de que pudiera abrir la boca para pedirle aclaraciones, él continuó.

-¿De acuerdas del muchacho que colocaste en casa de ese grandísimo cabrón de mierda cuando trabajabas para él? ¿El que había sido pirata, el mismo que estaba contigo la noche en que nos encontramos en Barcelona?

-Claro, Yannick –respondí yo-. ¿Qué sabes de él? Al parecer huyó antes de que salieran a capturarme. No me preocupa su suerte, pues es un mozuelo muy listo. Supongo que acabaría percatándose, más pronto que tarde, de lo que sucedía en ese castillo, y tomó cartas en el asunto.

-Estás en lo cierto –me secundó Guillaume-. Cuando comenzó a prepararse la expedición a Perugia y vio que le dejaban fuera, sospechó. Ya hacía mucho tiempo que venía desconfiando de ese hijo de la peor puta infiel: comentarios inquietantes sobre ti que se le escapaban en ocasiones, como si no pudiera reprimirlos, visitas furtivas de una mujer de la que acabó enterándose que se trataba de Blanca… Así que se metió en la comitiva en secreto, y siguió a los guardias y a su señor a escondidas el día en que la emprendieron contra nosotros. Por desgracia, no pudo hacer nada por ti, ya que se te llevaron tan rápido que apenas pudo seguirlos y no tenía ni idea de dónde podían dirigirse, pero sin embargo sí pudo ver a los que me dejaron tirado, y pensó inteligentemente que si yo sobrevivía tendría un buen aliado para rescatarte de allá adonde te hubieran llevado. Así que me condujo a una posada y, gracias a sus atenciones y al dinero de mi bolsa, no abundante pero sí suficiente, consiguió que yo me restableciera, al menos lo bastante para poder emprender tu búsqueda y la del resto del grupo y enviar mensajes de ayuda a Frey Pere. Pero antes de que pudiéramos ponernos manos a la obra sucedió algo.

Se detuvo y sus ojos me escrutaron con el equivalente en una mirada de una música de tensión. Yo le di una patada en la espinilla como modo rápido de instarle a continuar y él, tan embebido en su historia, lo hizo sin casi muestras de dolor.

-Pues, sencillamente, el primer día en que me sentí fuerte nos hallábamos en la taberna, trazando un plan de hallazgo y rescate ante una jarra de vino, cuando de pronto una visitante muy inesperada, y completamente incongruente en aquel lugar, asomó por la puerta. Era Blanca, ni más ni menos, que llevaba no se sabe cuánto tiempo buscando mi cadáver, pues también me daba por muerto y, al verme tan pálido y flaco, aún en plena recuperación, tuvo una reacción parecida a la tuya hace unos momentos, aunque he de decir que en su caso bastante más patética, si cabe.

Le pateé la otra espinilla con bríos renovados.

-Una vez se cercioró de que Nuestro Señor no me había llamado aún –continuó, sin hacerme caso-, se deshizo en lágrimas y en disculpas. Me dijo que el asqueroso excremento de rata llena de ladillas la había hecho creer el mismo cuento que a sus hombres, que tú eras una traidora, y por eso y por su alianza intrigante con la causa de Blanca ella le había ayudado, pero que en ningún momento pensó que yo podía resultar una víctima… una víctima… ¿cuál es esa palabra extraña que tú sueles emplear?

-Colateral –le recordé yo-. Y un huevo que no tenía ni idea. Ella le instó a ir a Perugia con la idea de que nos asesinara a los dos al saber que andábamos juntos, es evidente; aquel día él parecía saber demasiadas cosas de mí que sólo podía haberle relatado ella, y probablemente ella también fue su enlace con Esquieu, porque si no dudo que ese repugnante renegado hubiera sabido a quién tenía que dirigirse para perjudicarnos más. Ah, pero mi enemigo no le va a la zaga a tu amiga en hijoputería; ha estado jugando a dos bandos con Blanca y el Grupo de los Ocho –al igual que los supuestos partidos indepentistas de Catalunya; tampoco debería asombrarme-, cuando la única causa de la que es seguidor es la suya propia, y aún se permite utilizar a su primogénito fallecido para justificar sus actos, como hizo en Perugia. Sí, a él le vino también de perlas el asunto, aunque Blanca fue la instigadora, a pesar de que al parecer luego no pudo soportar la idea de tu muerte y salió decidida a hacer lo que pudiera por ti. Por eso envió también a Isabel como espía. Guillaume, Blanca no está tan loca como él y es mucho más inteligente, pero sus arbitrarios ataques de celos y de ira, que oscilan entre asesinarte o sacrificarlo todo por ti, pueden llegar a ser tan devastadores como la alianza entre yanquis, Israel e integristas islámicos, y eso se une con que es una mujer muy poderosa. Y tú eres demasiado parcial cuando se cuela en el juicio algún atisbo de belleza femenina.

-Habló la que se ha pasado tres meses enteros holgando con el guapo ayuda de cámara de su jefe –abrí la boca para defenderme de tan vil acusación: había sido mucho menos que tres meses. Pero él siguió hablando-. Bueno, eso no importa ahora, te conozco demasiado bien para enfadarme por tu curiosa visión de la fidelidad. Lo que interesa es que, después de que ella me juró y perjuró que el gusano infecto comedor de cadáveres sarnosos había desaparecido del mapa, y no tenía ni idea en cuál de sus numerosas propiedades se hallaba…

-Otro embuste –le interrumpí yo. Ni Trillo negando la participación de España en la guerra con Irak. Él continuó tras dirigirme una mirada reprensiva.

 -…pensé que, no obstante, la mejor manera, y la más rápida, de localizarte (pues sin duda estabas en sus garras) era la misma Blanca: si era cierto que no tenía aún idea de tu paradero, la información le acabaría llegando tarde y temprano. Así que encargué a Yannick que reuniera al resto del grupo, que luego supe que estaban dispersos, buscándose entre sí y buscándonos a nosotros, y yo fui a recuperarme de mis heridas a una de sus residencias.

-Lo que sin duda debió de representar para ti un gran sacrificio –ironicé, con ganas de gresca. Indignado, me ojeó con agrio semblante de desafío.

-Pues, la verdad, puedes creer lo que te dé la gana, pero sí. Estaba furioso con ella: era evidente su responsabilidad, directa o indirecta, en tu desaparición. Y no me equivoqué sobre que sabía mucho más de lo quería admitir: semanas después, llegó una carta de Isabel.

Asentí. Recordé a mi antigua amiga durmiendo plácidamente al lado del señor del castillo, tal como la había visto unos momentos antes. Y también la mirada de hiriente, absoluto desprecio que me había enviado la última vez que la vi. Le exhorté con un gesto a que siguiera.

-En ella avisaba a Blanca de que, como ella ya había calculado, él te tenía prisionera, muy malherida. También pedía instrucciones. Yo me enteré gracias a mi amistad con la nueva dama de honor principal, Juana (por cierto, Blanca envió a Elvira a un convento cuando se enteró de que en el plan común de desembarazarse de los templarios mi seguridad no era un obstáculo para ella, ni mucho menos) y, al saber que, al menos de momento, aún estabas viva, le dije que me marchaba a buscarte. Puedes imaginarte cómo se puso. Pero, como bien acabas de decir y la experiencia me ha enseñado, no es aconsejable tener como enemiga a Blanca (ni a sus damas de honor, añadiría). Así que juré y perjuré la absoluta castidad de mis sentimientos hacia ti y que ella era la única mujer de mi vida, a pesar de que, por culpa de mis votos, nunca podríamos estar juntos.

Hice amago de estar a punto de vomitar.

-¿Puedes saltarte las partes de novela rosa y abreviar? Me asquea tanto romanticismo barato.

-Está bien –concedió él-. El resto, casi puedes imaginártelo. Llegué al castillo donde se hallaba el engendro de una cópula infernal entre una cucaracha y un cerdo, me contaron la historia de vuestra fenomenal fuga e, imaginándome lo que había sucedido y conociéndole, no tardé en localizar a nuestro querido amigo común, el mismo que me mató antes de tiempo mientras se disfrazaba de leproso –abrí la boca, pero él no me dejó seguir-. Ahórrate el esfuerzo si vas a disculparle. ¿Quién es parcial ahora? Bueno, lo que importa es que una vez arreglamos (de momento) nuestras diferencias con unos buenos mandobles, y cuando se trataba de discutir si hacía falta ir a buscarte o era mejor respetar tu decisión de dejar las armas por la juglaría, Ruy recibió un chivatazo de un antiguo compañero que se quedó en el castillo de donde habías escapado, en la que le avisaba del viaje de su señor a Tortosa. Habiendo también averiguado que Omar tomaba el mismo camino (aunque tú trataste de engañar al Genovés, enviado a investigarte, sobre ese particular), lo entendimos todo y decidimos partir al rescate. El plan era que yo me infiltraría entre los hombres de la guarnición y los otros esperarían en una ubicación cercana a que les diera aviso de actuar, para no despertar sospechas, contando que mi proverbial habilidad para la caracterización unida a mi presunta defunción impedirían que las sospechas cayeran sobre mí… –yo le miré con poco convencimiento-. Vale, el plan tenía lagunas, lo sé, pero ¿a qué no ha salido tan mal después de todo? Sin embargo, las lluvias de este verano y otoño, de las que vosotros escapasteis por poco, retrasaron nuestros planes y nos mantuvieron, paralizados y rabiando, en un punto en mitad del camino. Cuando por fin llegué, tardé en reconocerte gracias a tu hábil disfraz (recuérdame que felicite a tu Ferran), lo que hizo que perdiera un tiempo precioso en avisar a los refuerzos, pero seguro que están al llegar. Al menos eso espero… La verdad, no esperaba que fueras a actuar tan pronto, pensaba que esperarías a que hubiera llegado el rey para matarle de una forma discreta entre todo el barullo. Conociéndote, debí haber imaginado que querrías un duelo de honor con todas las de ley –chasqueó la lengua, reprochándose su error-. Cuando ese fruto de la verga putrefacta de Satanás nos contó a mí y a Esquieu el plan de esta noche, tras arrebatarnos el cerdo y el vino –se frotó el estómago, sin duda recordando que estaba en ayunas-, comprendí que tenía que ser muy rápido y eficaz si quería ayudarte.

Me levanté y comencé a agitarme por la diminuta estancia, ya que por sus dimensiones no podía dar paseos de león enjaulado. Calmada mi curiosidad, me sentía ahora completamente perdida, sin saber qué deseaba y cómo debía proceder. Por un lado, la llegada de refuerzos me decía que tal vez aún no estaba todo perdido. Por otro, me alegraba de tener la certeza de que mis amigos no me habían abandonado del todo (aunque había que reconocer que su lentitud en reaccionar sólo podía significar un poco de desidia). Pero, para finalizar, me preocupaba haberles abocado a una contienda de consecuencias imprevisibles que sólo muy tangencialmente era también su guerra. Al final no había podido hacerlo sola: habían tenido que venir mis caballeros de brillante armadura a rescatarme, al igual que si yo fuera una doncella indefensa. Aquello no era un fracaso, sino el señor de todos los fracasos, el padre de todos los fracasos, el fracaso postrero y definitivo. ¿Qué iba a pasar aquella noche? ¿Podría conseguir mi objetivo sin que pereciera nadie más que él mismo, a poder ser ni siquiera yo? Y en el caso de que lo lograra: ¿podrían perdonarme alguna vez mis amigos haberlos puesto en peligro? ¿Me echarían de sus vidas, ahora mismo mi único sustento, con cajas destempladas? Aparte de que, obviamente una vez localizado a Esquieu, se desharía nuestra peculiar compañía, como la Unión Europea de mis sueños después del Brexit, y no era el momento más ideal para conseguir trabajo; aún no han instalado las bases americanas que podrían ser tan útiles para ese particular, como afirman en Podemos. Volví a derrumbarme sobre los sacos, desconcertada.

De pronto, se me ocurrió una idea. Tenía que hacer que funcionara.

-Guillaume, tienes que escaparte de aquí como sea. Conoces el castillo, cuélate por cualquier poterna y desaparece. Detén a los refuerzos, y mañana volved y reclamad la cabeza de Esquieu al rey. Con un poco de suerte, aún me encontraréis viva. Amigo mío, si yo me marché en su día sin dar explicaciones es porque esto nunca fue asunto vuestro, y ningún mérito tendría yo si me apoyarais en algo que yo sólo he de culminar. Anda, hazme caso, ve.

Me miró con sorna.

-Eowyn, yo sólo me iré de aquí si tú lo haces. Tal vez me consideres mal cristiano, mujeriego y demasiado amante de la buena vida y de las monedas para ser sólo un pobre caballero de Cristo, y tendrás razón, pero también soy un hombre de honor. Yo, y los demás. No te dejaremos. No te dejaremos porque tú tampoco lo harías.

Le devolví la mirada, entre conmovida e impotente. No. No #TodosSomosLeoMessi. Aún existía gente honesta. Testaruda, equivocada, tonta, y muy escasa, pero real y existente. Y yo había tenido la suerte de encontrarme con algunos de ellos. O quizá no era tanta la suerte, porque todos nosotros estábamos destinados a perder. No sé qué habría hecho a continuación, pero ya nunca tendré la oportunidad de saberlo: justo en aquel momento, un ruido horrísono destrozó nuestros oídos y nos obligó a callar (sigue).

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Los subterráneos del castillo de Tortosa, donde se desarrolla esta escena.

Los subterráneos del castillo de Tortosa, donde se desarrolla esta escena.

(viene de) Amigas y amigos lectores, vosotros me conocéis. Sabéis perfectamente que soy la persona menos paranormal que existe. Si cuando viajo al siglo XXI le echo una ojeada al Cuarto Milenio ése, lo hago con el mismo afán lúdico-ficcional con que otros ven una serie o un programa de humor. Y también es ideal si andas un poco desvelada, claro… Vamos, que no me creo nada. Por no creer, no creo ni en la prensa del régimen (que como a realidad alternativa no la gana nadie). ¿Cómo, entonces, iba a creer en dioses, reyes, tribunos ni fantasmas? Y, sin embargo, el testimonio de mis sentidos obraba en mi contra: ahí mismo, delante de mis narices, vivito y coleando (o, mejor dicho, muertito y coleando), tenía al difunto a quien llevaba más de un año llorando. ¿Qué podía hacer al respecto? Como no tenía ni pajolera idea, decidí recurrir a lo que dicta la tradición.

-Arredro vayas, oh espíritu cabreado. Siento no haber cumplido contigo con las obligaciones que prescribe la cristiana religión. Pero bien conoces mi falta de fe, por lo que bástete el hecho de que, como pensaba que tu último hogar era la tierra, es a ella a la que he honrado en cada uno de mis pasos por este mundo. Aunque, si es importante para ti y así puedo garantizar tu reposo eterno, y de paso el mío, pues rezaré al santo que más te guste, no dudes que lo haré. Y ahora ve, descansa en paz y deja de atormentar a esta pobre mercenaria. Aunque no puedo negar que me alegra haber tenido la oportunidad de despedirme, permíteme que guarde de ti el recuerdo de lo que fuiste, y no la tétrica imagen corrompida y agusanada que seguro que no tardarás en mostrarme, como se ve en todas las películas: aunque no lo parezca, soy muy sensible.

Pero estas palabras, que tenían como objetivo aplacar al espectro, no parecieron surtir el efecto deseado.

-Eowyn, ¿se puede saber qué diablos te pasa? ¿Quieres hacer el favor de hablar razonablemente? ¿Es que no has escuchado ninguna de las palabras que te he dirigido? –el aparecido dio dos paso hacia delante, me agarró de las muñecas con algo de brusquedad y apretó mis manos contra la coraza de cuero que cubría su pecho. Y cuál no sería mi sorpresa al notar allá detrás el calor de un cuerpo vivo (y bastante en forma, añadiría) y el latido acompasado de un corazón sanísimo. Tarde varios instantes en recuperar el dominio de mí misma.

-Esto no puede estar pasando –acerté a decir. No. La vida no solía hacerme esos regalos; es más, intenta siempre joderme en todo lo que puede. ¡Era imposible! ¡Los muertos nunca vuelven!

Ahora sí,  el fantasma, que al parecer ya no era tan fantasma, moderó su genio, y su voz sonó en aquel momento casi afable.

-Nunca he estado muerto, Eowyn. Nunca. Alguien te ha engañado muy cruelmente, y ambos sabemos quién es.

Desde luego. Aquel era un caso de libro de manipulación informativa. Hacer parecer a Cuba y a Venezuela como espantosas dictaduras y a México como un país superdemocrático donde las desapariciones forzadas y los asesinatos de Estado son un hecho aislado y sin importancia  tenía apenas mérito en comparación. Yo guardé unos instantes de silencio para adaptarme a la nueva situación: estaba tan poco acostumbrada a las alegrías que me las tomaba como anuncios de mayores desgracias. Pero al fin, hablé.

-Bienvenido de nuevo al mundo, Guillaume.

…………………………………………………………………………………………………………

Godofredo, el improvisado médico, ayudado por uno de los miembros del pequeño ejército que decía estar en posesión de unas hierbas ideales para esos menesteres, curó la herida del comandante del mismo. Inmediatamente después de finalizar, el susodicho quiso levantarse y, apoyándose en sus soldados, lo consiguió.

-A los caballos. Ya nos hemos retrasado bastante.

El resto de los hombres le obedeció sin tardanza; de hecho, parecían estar esperando aquel desenlace. Sólo uno de ellos, el que parecía funcionar como segundo de a bordo, se le acercó, dubitativo.

-¿De verdad creéis que es prudente? Tal vez deberíais quedaros al cuidado de este buen compadre y su esposa.

El aludido miró largamente a su interlocutor, y al final le puso una mano en el hombro con aire paternal.

-Dejemos ya el tema. Sabes que tengo que ir. Y por Santa María, deja ya de hablarme con tanta ceremonia.

Godofredo observó atónito cómo el pequeño ejército se ponía en marcha de nuevo. Meneó la cabeza, incrédulo, mientras su mujer trataba de animarlo y confirmarle que no creía que se hubiera equivocado en su diagnóstico.

-Esta gente tiene aspecto de ser veterana en la lucha contra los moros –dijo, con aires de experta en política internacional medieval-. No son como nosotros.

Godofredo no podía estar más de acuerdo. Aquellos hombres eran guerreros. Gente que vivía más entre la muerte que en la vida, que no entendía la vida sin la muerte. Personas que no luchaban por necesidad, sino casi por placer, que ocupaban los veranos en hacer incursiones por tierras de infieles en lugar de gozar del codiciado buen tiempo, que disfrutaban con la desfiguración y la podredumbre como otros disfrutan de la cama y la mesa, que debían de imaginar que les pertenecían todos los bienes que pudieran saquear y todas las mujeres a las que pudieran violar. Godofredo tenía claro que todo el mundo (todo el mundo pobre, por lo menos) en algún momento de su vida estarían obligados a hacer o sufrir la guerra. Pero que la buscaran, era otra cosa. La guerra, siempre había creído Godofredo, era una herramienta muy útil para las ambiciones de nobles y ricos, sobre todo porque nunca se manchaban las manos demasiado con ella, sólo si podían sacar algún provecho aunque sólo fuera dar rienda suelta a su crueldad genética. La religión, la tierra natal, nunca eran más que una simple excusa. Mentiras y mentiras por parte de cualquier bando. La única verdad eran los muertos.

-No, no son como nosotros –asintió Godofredo-. Y ya has visto los peligrosos que pueden ser. Pero ahora más nos vale no separarnos de ellos: gracias a los cielos nos consideran amigos y no quisiera tener otro encuentro como el que acabamos de sufrir, ahora que nuestros compañeros han cometido la estupidez de marcharse. Volvamos a Tortosa. Aunque –añadió, después de pasarse unos instantes mirando al cielo, intentando calcular la hora por la posición del sol- a estas alturas no creo que lleguemos a tiempo para lo que sea que ellos quieran evitar.

…………………………………………………………………………………………………………

Como yo soy una chica práctica, pasado el desconcierto inicial y la posterior alegría del reencuentro, no tardé en tomar conciencia de la situación en la que nos hallábamos. Así que dejé lo que estaba haciendo e interrumpí a mi súbito salvador llegado de las tinieblas, que estaba dispuesto a relatarme, con pelos y señales y numerosas digresiones, la historia de su salida del Averno.

-Guillaume, obviamente todo lo que piensas contarme me parece terriblemente interesante, pero ¿qué tal si comenzáramos a idear un plan para salir de aquí? No me seduce la idea de esconderme, y no porque sea la persona más arrojada del mundo, sino porque este lugar carece de las condiciones higiénicas más primarias y, lo que aún es peor, su provisión de papeo es mínima. No quiero morirme de inanición ni coger la lepra, al menos antes de acabar la misión personal con la que vine aquí –al acordarme, fruncí el ceño y crucé los brazos con tanta fuerza que estuve a punto de ahogarme a mí misma. Mi frustración era tan inmensa que casi no podía sentirla. ¡Tantos meses esperando, dando forma a mi venganza, perdiendo, básicamente, un tiempo vital que podía haber dedicado a otros menesteres mucho más útiles para mi vida profesional y, de pronto, el fracaso más absoluto, uno más que añadir a mi ya larga carrera! Era yo más ingenua, o directamente más idiota, que un militante de IU seducido por las ínfulas de los adalides de la nueva política de Podemos que se encuentra el día después del 26J compuesto, teniendo que hacerse amigo de Zapatero, la UE y Obama, y con el PP ganador. Si no fuera porque el hecho de que Guillaume continuara vivo había calmado algo mi ira, me habría dado de cabezazos contra las paredes.

Él me dio unos golpecitos en el hombro para tranquilizarme.

-No te preocupes. Todo está relacionado, nuestra salvación y la historia de mis aventuras desde la tumba. Y tenemos algo de tiempo todavía, o eso calculo. Puedo contarte la historia, a la espera de que llegue la ayuda que no ha de tardar en arribar. Aunque… la verdad… -miró a su alrededor, algo apurado.

-¿Qué? –le insté a seguir, impaciente.

Se tomó unos instante para contestar.

-Nada. Que ya deberían de estar aquí.

…………………………………………………………………………………………………………

Varios carros cargados hasta que sus ruedas se hundían casi en el centro de la Tierra, y a los que sólo la potencia de las poderosas acémilas que los arrastraban podía evitar que se quedaran atrapados en el barro, desfilaban por el camino real que llegaba desde Castilla. Los vehículos eran sin duda el sueño encarnado de cualquier siervo de la gleba y el objetivo perfecto de un salteador de caminos, y es que la desigualdad medieval sólo halló su parangón en el siglo XXI español: las riquezas acumuladas en ellos, ya fueran en términos de sedas, brocados, pieles, perfumes, joyas y afeites varios, ya en sabrosísimas viandas, ya en muebles que se podían haber presentado en la Feria de Milán medieval dentro de la sección Luxe a Tuttipieni, amenazaban con desbordarse, hecho que unido a la vertiginosa velocidad que imprimían sus conductores a las normalmente tranquilas bestias, a base de latigazos, no auguraba nada bueno para la estabilidad del conjunto; parecía la comitiva de un Pujol cualquiera huyendo hacia Andorra, un Bárcenas prerrevolución industrial volando hacia Suiza, o un actorzuelo de camino a Panamá y dispuesto a echarle la culpa a los judíos, los sarracenos o alguna útil ETA contemporánea. Pero si sorprendía la velocidad de la carga, custodiada por amenazadores guardias, aún más lo hacía la de las dos elegantes damas que cabalgaban en raudos palafrenes casi media legua adelantadas a sus pertenencias, con una compañía de guardias aún más aviesos que los anteriores. Una de ellas era alta y esbelta, con el cabello de un brillante azabache, los ojos de un nítido azul marítimo y una belleza realmente deslumbradora; sin embargo, un detalle indeterminado en su rostro hacía que una minoría de espectadores sensibles retrocedieran al verla, quizá no tanto porque sugiriera maldad como una especie de vacío. La otra, a todas luces una subordinada aunque de alta categoría, era más menuda y su cara, de facciones regulares e incluso atractivas, parecía dominada por emociones e intenciones cambiantes, de modo que en ocasiones parecía una cándida joven y otra un monstruo de rasgos desfigurados por la decepción y la rabia. Un tronco atravesado en el camino hizo que la comitiva refrenara sus monturas con no poco esfuerzo, intervalo que la mujer más pequeña aprovechó para dirigirse a la otra.

-Señora, entiendo vuestra urgencia, pero tal vez deberíais reprimir algo vuestra loca carrera. Pensad que es importante que lleguéis, sí, pero viva.

La aludida hizo un gesto despreciativo hacia su fiel dama de honor y, sin dignarse a responder, hizo a su caballo saltar ágilmente sobre el obstáculo y continuó galopando, sin esperar que su escolta la siguiera. Apreciaba a Juana lo suficiente, pero desde que había recibido, tarde y mal, la información de su espía sobre qué templario de sus desvelos iba a estar aquella noche en un lugar donde, si debía de fiarse de ella, se preparaba una buena fiesta, su único pensamiento había sido llegar allí a tiempo antes de perderlo por segunda y definitiva vez.

Y todo ello sin contar que los dos mendigos borrachos que había tenido la imprudencia de contratar debido a que les unía la misma enemiga, se habían escapado antes de saber a quién tenían que matar y a quién no. (sigue)

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The End... o no
Escribo esto para anunciar que durante las próximas 10 semanas (o sea, prácticamente todo lo que queda de verano), publicaré una entrada semanal corta, o al menos corta en comparación con la extensión a la que estáis acostumbrados, para cerrar  la actual serie de aventuras medievales. Estos 10 post supondrán una especie de final de temporada de las aventuras de nuestra protagonista, donde se cerrarán tramas y reaparecerán personajes ausentes desde hacía muchas entregas.

Me ha costado mucho escribir este final. Me ha faltado tiempo, concentración y, sobre todo, confianza: no sé por qué me empeño en seguir escribiendo cuando es evidente que lo hago, en cualquiera sus variantes y formatos, no parece llegar a ningún lado, sea porque no tengo la oportunidad de promocionar mis contenidos, porque la fortuna no me acompaña o, sencillamente, porque es malo de cojones. Por eso, en esta culminación de temporada se abrirá la consabida incógnita de la continuidad. La continuidad de la historia, la continuidad del blog e, incluso, la de la identidad digital de la autora. Ya está más que visto que este proyecto apenas tiene sentido para un par de personas además de mí misma; he de averiguar si eso es suficiente para seguir esforzándome en él. Mientras tanto, intentaré rematar otros asuntos pendientes (Casa Usher 2, Rostros lejanos…), aunque mucho me temo que están teniendo el mismo éxito atronador y quizá también convendrá pensar si hay futuro, para ellos y para mí.

El lunes 18, salvo cataclismo, se publicará la primera entrega de este desenlace. Espero que lo disfrutéis y que, si queréis comentar algo, no os cortéis.

Muchas gracias por todo.

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JK Pereira

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