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Archive for 17 febrero 2018

crisis económica, España, precariedad

(viene de) Las cosas empezaron a desaparecer en su casa.

Al principio casi ni se percataron. Los calcetines se desparejan en la lavadora. A veces alguien de la familia se come algo de la nevera y luego no lo recuerda, o no lo quiere recordar. Es normal que creas tener un billete de cinco euros cuando en realidad ya lo has gastado.

Pero fue a más.

De pronto, echaron a faltar objetos. Primero, pequeñas piezas de decoración. Luego, muebles auxiliares. Al final, mobiliario esencial. Electrodomésticos.

Los armarios estaban vacíos de ropa. La cocina, desmantelada. Sólo persistían las puertas y las cerraduras, que atestiguaban, al mismo tiempo, que nadie entraba en casa por la noche.

Pronto, ellos se dieron cuenta de que también comenzaban a desaparecer otras cosas, menos tangibles. La paz. Las sonrisas.

Subitamente, se dieron cuenta de que había desaparecido cualquier asomo de amor o amistad que hubiera podido existir entre ellos. Ni siquiera los echaron de menos.

No había deseos de divertirse. Ganas de vivir. Sólo quedaba el ansia. Un ansia ilocalizable, inasible, pero dolorosa, torturante. Un odio-comezón rabioso como el de una herida que siempre está a punto de curarse, y nunca lo hace.

Un día, lo localizaron. Era un enorme agujero negro, ubicado en uno de los cajones del mueble del recibidor. Entonces se miraron, como hacía tiempo que no lo hacían. Dieron un paso adelante. Sin sentimientos, porque ya todos se habían ido. Se marcharon.

Era justo el cajón donde guardaban los documentos de su banco.

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(viene de) Hiciste lo que tenías que hacer. Lo que creías que tenías que hacer

Estudiaste, trabajaste, te esforzaste, enviaste currículums hasta al mismo infierno.

Intentaste ahorrar, sin rechazar vivir. No te diste a ningún vicio, o al menos a ningún vicio caro. No te metiste en negocios ruinosos.

No tuviste miedo, pero tampoco imprudencia.

Así es como te dijeron que tenías que vivir. Y tú lo creíste.

¿Qué es lo que hiciste mal?

Quizá no fue una sola cosa. Tal vez tu vida entera esté mal.

Y las voces de la sociedad clamaban: compra un piso, compra un piso, estás tirando el dinero. Tu religión de vivir de alquiler es una apostasía. Gritaban tanto que te ensordecieron. Pensaste: ¿y si me estoy equivocando?

Ahora tienes piso y no puedes vivir en él (y has vuelto al alquiler). Te lo han quitado. No así las cuotas, que te siguen llegando puntales el día 1 de cada mes, y que tú pagas, con tu sueldo de sobreendeudado mileurista venido a menos, no con la misma puntualidad, claro…

Poco a poco, intentas eliminar todas las deudas, todas estas deudas forjadas en tiempos de engaños hipotecarios y prestamistas, tuyos y de otras personas, de bajo indicadores sociales, de accesorios de colores que deslumbran del problema real. Porque, aunque tú hayas creído hacerlo todo bien (o no), nadie podrá evitarte tener que responsabilizarte de los errores de otras personas (o no). Eliminas deudas, te haces con otras, pero en eso estás, en eso estás…

Y de pronto, abres la nevera y está vacía.

Abres tu cartera y está vacía.

La web del banco ya ni la abres: sabes desde hace días que el rojo campa allí por méritos propios.

Pero ¿no eran los abuelos, en la postguerra, los que pasaban hambre? Tú has estudiado, tienes un trabajo, no eres demasiado inútil… ¿qué demonios está pasando?

¿Por qué nadie te lo dijo?

Papá, mamá, os juro que hice todo lo que me aconsejasteis.

O, al menos, eso crees…

Tienes hambre. Ayer no comiste. Ni cenaste. Hoy tampoco has desayunado. No es una dieta por salud. Las dietas las puedes dejar cuando quieras, si no depende tu vida de ellas. Es una dieta de no salud. ¿Por qué es barata la comida barata?

Mañana va a ser igual….

Le debes dos euros de un café al bareto de la esquina, ese café que paladeas (paladeabas) cinco minutos antes de entrar al trabajo, mientras leías las noticias. No has podido resistirte. Un café. Sólo un café.

Eres afortunado. Has podido lograr que tus hijos casi no lo noten. Conseguiste pagar la luz. No debes demasiado de hipoteca. Quizá algún día salgas de ésta. No mañana, pero algún día. Qué bien huele el bocata calentito de tu compañero de trabajo. (sigue)

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Me dijiste que si estudiaba y trabajaba mucho llegaría muy lejos, mamá. ¡Qué razón tenías! He llegado tan lejos que ya ni siquiera sé cómo volver, cómo recordar quién era o si lo sigo siendo. No sólo he conseguido todo lo que me proponía; es que, además ¡he aprendido tantas cosas!

La importancia de la vida sana, por ejemplo. Voy caminando a todas partes, a veces corriendo, incluso. Y, aunque me cuesta un poco comprar cosas saludables, me he acostumbrado a comer muy poco, poquísimo.

Ahora, también, puedo controlar mis nervios; ya no me pongo histérica cuando la cajera escanea mi cesta en el súper; respiro hondo, pienso en cosas agradables y, lo que tenga que ser, que sea. De la misma manera, ya no me importa la opinión de la gente: si hay que hacer el ridículo, se hace y punto. ¿Acaso es tan grave?

Te he hablado ya de mis listas de las cosas necesarias y de las cosas accesorias? Ya te habría gustado a ti, pobre mamá, que cuando era pequeña hubiera tenido tal control de lo que realmente era básico para mí. ¿Recuerdas mis interminables cartas de los Reyes Magos? Ahora comprendo que, para ser feliz, necesito bien poco.

Y ¿te acuerdas de esa obsesión mía por la limpieza? Toda mi ropa tenía que estar impecable, y yo también. ¡Cuántas lavadoras puse y te hice poner, cuánto litros de agua malgasté en mis continuas duchas! Si hasta nos nombraron clientas VIP de Aguas de Barcelona… Incluso he llegado a pensar que la principal responsable del cambio climático soy yo… Pues también lo he superado. Soy responsable con el medio ambiente, y reciclo, reciclo mucho, cantidades astronómicas. ¡De mi casa apenas sale basura! La luz apenas la enciendo. Y en cuanto a la calefacción, habiendo mantas, ¿para qué molestarse ene encenderla y destruir el planeta? La verdad, no entiendo a la gente. Como si pasar un poco de frío fuera tan malo… ¡Si es sanísimo!

He llegado muy lejos, mamá. Muy lejos y muy alto. Sé que estás orgullosa de mí, aunque tú siempre lo has estado, no importa lo que hubiera hecho o dejado de hacer. Pero ahora que estoy más cerca de los 40 que de los 30, te puedo decir que he triunfado. Y que tú has triunfado también, porque todo lo que tengo te lo debo a ti. Me ha costado, lo reconozco. Una chica de clase obrera como yo, sin familia que tenga contactos de nivel, y demasiado tímida para creármelos, consciente de mis carencias educativas, de mi escaso atractivo físico, no podía esperar mucho. ¡Pero yo lo he logrado!

Estoy tan contenta! Hice bien en hacerte caso y comprar la casa. No iba a estar pagando alquiler toda la vida, y menos ahora que se han cumplido mis aspiraciones. Eso es tirar el dinero. Claro que si te paras a pensar, pagar los desorbitados intereses de las hipotecas es tirar el dinero aún más, pero bueno, la casa ya es mía, ¿no? Nadie la va a quitar.

Si es que puedo pagar todas las cuotas atrasadas, claro…

Pero no te preocupes, mamá. Todo está bien. ¡Lo he conseguido! ¡Me han hecho contrato! Cobro casi mil euros, ¡casi mil euros! Todos los sacrificios han valido la pena. No importa que apenas me llegue para la tarjeta del autobús y que me tenga que colar en el metro. ¡No te imaginas lo divertido que es correr delante de los seguratas mientras te gritan: “Vuelve, ¡vuelve!”! Sí, ahora vuelvo, ya me podéis esperar sentados. Tampoco paso tanta hambre, ni tanto frío, y mira, si un día la cajera del súper me dice que no hay dinero en la tarjeta, pues hala, ya pagaré cuando pueda, que tan poco se hunde el mundo. Todo se arreglará. Hay bibliotecas para conectarse a Internet, leer libros, ver películas y escuchar música, ¡y aún no he tenido que hacerlo a la luz de las velas! Sé que muy pronto me podré permitir caprichos, viajar, invertir en mis aficiones… ¡Hasta podré hacer algún máster!

No llores, mamás. Tú no lo sabías. No lo sabía nadie. Me educaste bien. Soy una buena chica que aprecia a las personas, la naturaleza, el arte y el conocimiento. Tú no tienes la culpa de que eso no sirva para nada. De que nos engañaran. No te preocupes. Todo se arreglará. Vivimos en el estado del bienestar. (sigue)

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ficción histórica novela histórica Edad Media Cruzadas Bosque de Brocelandia Eowyn de Camelot

(viene de) En todo eso pensaba mientras, lentamente, procedía a aflojar mis ligaduras todo lo posible. Hice un esfuerzo titánico por relajar mis músculos, al mismo tiempo que intentaba hiperventilar con el único objetivo de acalorarme y sudar, cosa por otro lado bastante improbable con el frío que hacía en aquella maldita bodega. Gonzalo llegaría en cualquier momento; yo calculaba, por la escasa luz que se colaba por los ojos de buey, que se acercaba la hora en que me permitía soltarme un poco para proceder a la satisfacción de mis necesidades físicas y mi aseo personal, con la ayuda de un par de cubos situados en un estremo oscura de la estancia, bien asegurados contra los más que seguras turbulencias marítimas. Y entonces, todo mi trabajo tendrían que empezar de nuevo, y eso si no se percataba de que las cuerdas no se cerraban ya con demasiada afición contra mi piel. Y para ello, para sudar de pura rabia, sólo tenía que recordar los hechos que me habían acaecido, en una sucesión de desdichas, como una pesadilla interminable, desde que abandoné Tortosa.


Morirme de hambre por no trabajar, o morirme de hambre trabajando, sólo que un poco más lentamente: éstas eran mis alternativas, como en la España dela recuperación económica de los que nunca han sufrido la crisis. Pero que no se dijero que no lo había intentado. Vi la posibilidad de unirme de nuevo con mis antiguos compañeros de la guardia de mi antiguo enemigo muerto. Uno de los nobles presentes durante lo que habíamos dado en llamar la Batalla de Tortosa, impresionado por nuestras hazañas y creyéndonos unos auténticos semidioses, Hécules y Dianas inmortales, caballeros y damas en la búsqueda del Graal, nos había contratado. Así que nos unimos a su séquito y tomamos el camino de Vic. No había llegado aún la primera noche cuando Ruy se presentó en la tienda que compartía con Cristina, por otra parte misteriosa y oportunamente desaparecida, para darme una mala noticia.

-Eowyn… no sé cómo decirte eso, la verdad. Mira, el conde me ha mandado llamar. Según parece, ha recibido un mensaje, o alguien le ha hablado de algo… En resumen, me ordena que te haga marchar. No sé exactamente qué ha pasado, no ha querido explicarlo, pero todo apunta a que tus enemigo no han desaparecido y te están desacreditando. De nuevo.

Me quedé petrificada. No creía que, en aquel momento me quedara ningún enemigo vivo o que no estuviera a buen recaudo, excepto Blanca o la misteriosa persona que me había intentado asaetar en Gardeny (de cuya entidad empezaba a tener ya bien fundadas sospechas), a no ser que se tratara de algún asunto derivado de la famosa, y no menos enigmática, reliquia, como aquel grupo de asaltantes que nos habían atacado a mí y a Guillaume en mi segundo viaje a Tierra Santa. Mi desconsuelo era tan patente que Ruy se lanzó a mis brazos para intentar consolarme, y casi se echa a llorar, él también, entendiendo lo despreciada, fracasada e inútil que me sentía. ¿Y si no se trataba de un enemigo, si no de alguien que consideraba, probablemente con razón, que yo era un cero a la izquierda como mercenaria?

-Todo se solucionará, Eowyn -me decía él-. Ojalá pudiera decirte que nos solidarizamos contigo, que no aceptamos el trabajo si tú no vienes, pero tenemos familias que mantener. Nos entiendes, ¿verdad? Pero no te preocupes, encontrarás algo, volveremos a encontrarnos, ya verás.

Y así me fui, arrastrando mi espada por el polvo del camino, como la cola entre las piernas de un depredador derrotado, sin que nadie excepto Ruy, inocentes o culpables, hubieran sido capaces de dar la cara.


Se trataba de aguantar la respiración, separar los brazos del cuerpo, los dedos de las manos, hincharme todo lo posible, mientras distraía a Gonzalo con algún tema que supiera que le podía distraer, y después, una ves se hubiera marchado, efectuar la operación contraria: respirar, juntar, retraerme, intentar ocupar el menor espacio posible, para luego volver a tensar los músculos y volver a relajarlos, con la idea de hacer el hueco entra las cuerdas y mi cuerpo lo más amplio posible para poder deslizar alguna extremidad, y que ésta fuera el punto de partida hacia el desatamiento supremo. El sudor que ahora cubría mi cuerpo vestido sólo con harapos, fruto de la indignación que me había provocado yo misma con mis recuerdos, me ayudaría. Continué con el proceso, haciendo gala de una paciencia que el instinto de supervivencia me otorgaba, porque no tenía ni pajolera idea de lo que Gonzalo quería hacerme ni de dónde iba a conducirme. Y le creía capaz de todo.

Porque, sin duda, él era la misma persona que había disparada una flecha contra mí en Gardeny. Una flecha que había estado a punto de alcanzarme. Lo vi claramente cuando vi su asombrosa puntería en Tortosa, una puntería que la había intentado disimular con la historia absurda de su arco galés. Pero esos arcos conceden distancia, no exactitud. No, no fue Esquieu; vi la sorpresa en su cara cuando le mencioné el momento en que fui asaetada en Lleida, creo que no ha cogido una flecha en las manos en su vida, y en cualquier caso no creo que pudiera tirar desde esa distancia y casi alcanzarme. Gonzalo, sin embargo, tiene una puntería casi sobrenatural. Y su relación conmigo ha sido siempre bastante ambigua, a veces parece mi amigo más fiel y de pronto mi enemigo más porfiado. Debe de trabajar para Blanca, o para el rey de Francia, o para los dos, o… desde luego, trabaja para alguien. Y vete a saber qué relación hay entre él y Esquieu. Nuestros enemigos sabían demasiadas cosas de nosotros que no tenían por qué haber conocido. Todo eso es que le había dicho a Bernard la noche antes de separarnos. Pero él estaba demasiado enfadado conmigo por mi negativa a acompañarle a hacer la Cruzada, y se marchó con Gonzalo, que había sin duda aprovechado para facilitarle todas las razones posibles para aborrecerme.

-La fidelidad de Gonzalo está probada -me contradijo, malhumorado y cerril-. Es sobrino-nieto de una de las figuras más destacadas de la Orden de todos los tiempos, uno de mis mentores. Le he visto hacer auténticas heroicidades. Daría la vida sin dudarlo ni un segundo por todos nosotros, sobre todo por Guillaume, que ha sido su compañero desde que ambos entraron en servicio siendo unos mozalbetes.

No, no podía esperar ayuda de él. Y tenía que averiguar lo que estaba pasando.


Parecía que, a cada lugar al que yo llegaba, alguien había llegado antes que yo y había acabado con cualquier posibilidad de que yo obtuviera ningún tipo de empleo. Vale, ya sé que no soy la mejor haciendo buenos contactos: tiendo a ser demasiado individualista y me es imposible halagar a nadie, por muchas ventajas que eso pueda proporcionarme. Pero las pocas opciones seguras con las que contaba parecían haber desaparecido: los puestos vacantes o se habían cubierto misteriosamente antes de llegar yo, o no había manera en que, dicho en términos de vuestra época, yo diera el perfil de ninguno. Ni siquiera Omar, que se había retirado a su casa cercana al mar, allá yo le había encontrado la primera vez, y ambos nos habíamos reconocido, podía hacer nada por ayudarme. Ferran me había explicado que la huida de Elisenda y su esposo le había afectado mucho más de lo que quería reconocer; se sentía traicionado, y lo peor es que temía realmente haber hecho méritos para que eso sucediera. Así que durante un tiempo nadie podría disfrutar de las extraordinarias dotes del gran trovador, capaz de crear belleza con una sola nota de música o la palabra de una canción, con un solo movimiento. No era todo tan positivo en Omar, evidentemente; aunque yo no era capaz ser objetiva respecto a él,  sabía que no siempre era el mejor de los jefes, ya que su talante artístico le hacía ser arbitrario en ocasiones y, aunque siempre se disculpaba, a veces no lo hacia con demasiada premura. Pero total, yo de nuevo estaba en dique seco. Fue una despedida triste, ya que ninguno de los tres sabíamos cuándo las vicisitudes de nuestras vidas nos permitiría reunirnos de nuevo. Lo único bueno que saqué de aquel encuentro fue la visita posterior que Ferran hizo a mi alcoba, y en la que pude comprobar de manera presencial y fehaciente que se había recuperado completamente de sus heridas y que su savoir faire en ciertas áreas de conocimiento no había sufrido el menos menoscabo.

De pronto, sin embargo, me encontré sola. Sola como siempre había estado pero hacía mucho que realmente me sentía. Y sólo quedaba en el mundo, o al menos en el mundo occidental, una sola persona que me podía echar una mano en aquel momento. La misma persona que me había lanzado a la cuneta cuando dejé de servirle.


¿Eran imaginaciones mías o el vaivén del barco estaba aumentando? Concentrada en mi tarea y en mis recuerdos, había tardado en darme cuenta de que se estaba declarando una tempestad histórica. El pequeño compartimento de la bodega donde yo me hallaba prisionera parecía sufrir un ataque de poltergeist, ya que todo los trastos que contenía (cestas y baúles vacíos, armas rotas, fardos de tela, cubos cuya integridad no auguraba mucho futuro…) se balanceaban, ora a babor, ora a estribor, como enloquecidos, chocando a intervalos contra mi maltrecho cuerpo y lanzando astillas y pedazos como en un atemporal ataque con armas automáticas. Se escuchaban gritos aterrados en cubierta, lo cual no contribuía nada a mi tranquilidad y, aterrada y sobre todo muy mareada, comprendía, que aumentaban las posibilidades de que muriera atravesada por alguna madera desgajada de los cubos, aplastada por los objetos más pesados y voluminosos que amenazaban estrellarse contra mí a cada momento, o lo que era peor, ahogada sin ningún tipo de posibilidad de luchar contra la inmensidad del mar, al estar inmovilizada. Pero ¿es que aquel traidor de Gonzalo iba a dejarme morir allí? Pues sí, parecía que eso era lo que iba a suceder, según todos los indicios. Entonces, las embestidas de las olas, súbitamente, se volvieron más violentas, y los objetos de las bodega ya no se deslizaban, volaban. Me pareció notar algo frío y húmedo en mis pies, y comprendí que se había debido abrir una vía de agua, con la cual la bodega no tardaría a estar inundada. Evidentemente, la situación estaba mejorando por momentos. Lo último que recuerdo fue que algo que no pude ver, pero sí sentir con contundencia, os lo puedo asegurar, me golpeó la cabeza y me sumió en una especie de extraño duermevela. (sigue)

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