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Archive for 18 mayo 2018

(viene de)

-Realmente pensaba que eras mucho más lista, Eowyn.

Creo que era la primera vez que Gonzalo me hablaba, aunque a gritos y entrecortándose a causa de los bandazos del barco, claro está, desde que desperté en la bodega de la embarcación de un sueño que no era (o al menos totalmente) consecuencia de la borrachera. Evidentemente, mi compañero de juerga me había echado algo en la bebida. Y no creo que por inciativa propia. Deseaba con todas mis fuerzas que la borrachera le hubiera sentado mal y que estuviera escupiendo los intestinos en algún maloliente tugurio.

A Gonzalo, por su parte, le deseaba algo mucho peor…

Una nueva oleada de dimensiones tsunámicas se estrechó contra el casco de la embarcación, lo que hubiera impedido contestar, en caso de haber tenido ganas, claro está. En lugar de eso, me agarré con todas las fuerzas al poste en el que me sujetaba abrazada de brazos y piernas, entonando el Miserere mei, domine. Mientras, el muy hijo de puta actuaba como si aquello no fuera con él, aferrándose a un cabo muy tenso con una sola mano, igual que si fuera un viejo y avezado lobo de mar. Enseguida reanudó su monólogo.

-¿Qué esperabas, escapándote con esta tempestad y sin tener ni idea de dónde estás? Ha sido lo más idiota que te he visto hacer, y la verdad es que la lista es ya larga. Por mucho que la bodega esté llena de vías de agua, tenías más posibilidades de sobrevivir allá abajo que aquí, ¿no crees? -me mantuve en silencio: en parte, porque el mar no dejaba de escupir agua salada sobre nosotros; en parte, porque sabía que mi mutismo le haría desahogarse, ahora que había comenzado: Gonzalo nunca se había destacado por su modestia y su discreción-. ¿Sabes? Nunca he entendido porque alguna gente te tiene en tan alta estima. En el viejo Bernard, supongo que es sentimentalismo. Pero en otros casos… -se mordió la lengua; había estado a punto de traicionarse a sí mismo, y a sus celos enfermizos de cualquiera que le disputara la amistad de Guillaume. Que, por otra parte, tampoco entenderé nunca, igual que en el caso de Blanca. ¿Qué problema hay porque él y yo tengamos una cierta amistad? ¿Y por qué tiene que ser tan absolutamente encantador para todo el mundo, y por qué he de ser yo, tal vez la única a la que no le afecta su presunto encanto arrollador, la que más perjudicada sea por éste? Gonzalo continuó:

-Lástima que todo aquello haya acabado.

La nueva ola estuvo a punto de llevarse por delante el palo mayor; éste crujió peligrosamente, y aquel en el que yo me apoyaba parecía, asimismo, como si fuera a ser arrancado de cuajo en cualquier momento, bajo la mirada imperturbable del sevillano y la indiferencia del resto de la tripulación que aún no habían sido arrojados a las fauces de Neptuno; bastante tenían los pobres con lo suyo.

-Me temo, mi querida Eowyn, que has sido víctima de un engaño. Ha sido muy fácil. Un par de palabras amables de Guillaume, una jarra de vino y los fuertes brazos de un apuesto artesano, y ya está. La mercenaria más loca, y más tonta, de toda la Corona de Aragón y, diría más, de todas las tierras que componen España, mansa que un corderito. No creerías de verdad que Frey Pere y Guillaume, la orden al completo, iban a invertir en tus estudios… O… ¿sí? ¿Lo habías creído? Dios mío, entonces es peor de lo que pensaba…

Escuchaba el odio en sus palabras. Sentía el maremoto bajo mis pies. Pero ¿por qué? ¿Por qué me hablaba así? Tanto odio ¿a qué podía deberse? ¿Por qué había intentado asesinarme en Gardeny? ¿Tenía todo aquello que ver con La Reliquia? ¿Era también Gonzalo el instigador del ataque que habiamos sufrido Guillaume y yo, tanto tiempo atrás, en Chipre? ¡No, no podían ser simples celos! Y de pronto oí algo más. Escuché verdaderamente lo que decía. Comprendí plenamente el sentido de sus palabras.

Guillaume me había engañado. Él también.

Y escuché una última cosa. Un eco lejano. Lejano, pero siempre presente. Algo que no había dejado nunca de resonar en mis oídos desde la primera vez que lo oí. Las casi últimas palabras de mi antiguo enemigo.


Durante toda la vida has actuado como si tu huida no fuera lícita. Ahogando en ti misma el deseo de volver al redil. En el fondo, tú sabes que tu sitio está a mi servicio

Yo le maté. Le maté poco después de que pronunciara esas palabras. ¿Quizá por esa misma causa? Quería matarle. Pensé que mientras él estuviera vivo yo jamás podría ser libre. Pero me equivoqué. El problema no era él. Era yo. Creía que huía de él, pero sólo huía de mí misma. De la peor parte de mí. De la parte de mí más cobarde, más pasiva. La parte que acepta el status quo y no se cuestiona cambiarlo. No quería matarle a él, sino a esa parte de mí misma que impide ser quien yo quiero ser. Esa parte de mí tan españolita media, tan mujer típica y tópica.. Él murió, pero también venció. Nadie va a devolverme los años que perdí, las cosas que habría podido hacer. Es demasiado tarde ¡Demasiado tarde! Y odié de nuevo, odié a los que me habían llevado a esa situación, me odié a mí misma. Pero Gonzalo estaba mas cerca…

Pero ¿por qué me había salvado dos veces la vida si estaba planeando mi muerte?

Lancé un grito y me abalancé sobre él, en el momento que otro ola nos zarandeó como si el buque estuviera construido en papel y It nos esperara tras la alcantarilla. Estábamos ya completamente escorados a estribor, y la fuerza de la gravedad hizo que varios objetos, animados y inanimados, se deslizaran hacia abajo con nosotros, hasta quedar detenidos, al menos momentáneamente, por la borda. En ese batiburrillo me coloqué como pude sobre él y le golpeé con todas mis fuerzas, casi sin darle tiempo a defenderse. Mi rabia me cegaba, pero también multiplicaba por diez mi fuerza y me hacía resistente al dolor, mientras que él, tomado por sorpresa, tenía que hacer indecibles esfuerzos para quitarse de encima mi ímpetu y sacudirse mi peso, no demasiado inferior al suyo ya que era un hombre bastante menudo. Aún así, logró sujetarme las manos, lo que yo aproveché para proyectar una rodilla, estratégicamente colocada, hacia arriba: un truco muy viejo, pero que funciona la mayor parte de las veces. A pesar de todo, resistió el dolor casi sin soltarme, y no sé cómo habría acabado la pelea si la furia de las olas no nos hubiera arrojado definitivamente a la revolucionada mar.

Afortunadamente, o tal vez no tanto, entre todo el contenido del barco que fue lanzado conmigo, logré agarrarme a algo que flotaba: no me hagáis decir que era. No veía a nadie, o al menos no distinguía a seres humanos de objetos, ni siquiera a Gonzalo. Esperaba realmente que se hubiera ahogado entre horribles sufrimientos. Tampoco podía distinguir la franja de tierra que había visto en cubierta, y pensé que tal vez sería mejor dejarlo todo. Soltar mi asidero. Entrar en el reino de Cthulhu.

Aún no sé por qué no lo hice. Supongo que vivir se había convertido en una de esas costumbres tan aburridas como difíciles de abandonar. O era que tenía que solucionar muchas cosas. Lo que acababa de aprender sobre mí misma había sido demasiado duro. Sé que jamás podré ser libre hasta que no aprenda a hacerlo desde mi interior. Cuando comprenda que nadie ni nada, ningún hombre, mujer, moral, costumbre o religión, puede dictarme mis normas de conducta, entonces nada ni nadie podrá hacerme daño, impedirme vivir hasta las últimas consecuencias el poco tiempo que sin duda me queda.

Pero ¿lo deseaba en realidad?

Todos y todo me habían fallado. Todos y todo.

Cayó definitivamente la noche y volvió a salir el sol antes de que yo acabara con mis huesos en la arena de una playa. Ni siquiera me moví, entre otras razones porque mi cuerpo parecía roto, aunque tal vez habría hecho lo mismo de haber éste funcionado. Y pasaron más horas, no sé decir cuántas.

Sentí que ya no tenía ganas de vivir.

Unos cascos de caballo interrumpieron mi depresivo duermevela. Los ignoré. Transcurrió algo mas de tiempo, y ahora los cascos se transformaron en pesados pasos, que parecían detenerse a intervalos, y luego ponerse de nuevo en marcha. ¿Buscaban restos del naufragio? Pues aquí tenían a una. En toda la extensión de la expresión. Seguí sin hacer caso. De pronto, los pasos se hicieron apresurados. Oí unos gritos, me pareció que en francés, y también en aragonés y castellano.

Alguien me dio la vuelta y me hizo incorporarme. Abrí los ojos, pero todo estaba borroso. Cuando acercaron a mis labios un cuenco con agua me di cuenta de la sed que tenía. Las imágenes iban haciéndose más claras, poco a poco. Eran unos hombres vestidos de blanco. Uno, bastante mas voluminoso que el resto, estaba arrodillado a mi lado, sosteniéndome. Creo que me hablaba. Su voz me parecía amable, consoladora. Me sentí bien, a mi pesar, pero demasiado cansada. Sólo quería dormir. Y no despertarme nunca más. No necesitaba un paraíso. Eso sería el paraíso. Al menos, si lo comparábamos con lo que había…

-Tal como te prometí, te la he traído. Viva.

Ahora sí que abro los ojos como platos. Gonzalo está allí, de pie, casi completamente entero el muy engendro de la peor serpiente sarnosa, mirándome con suficiencia y vestido con un hábito impoluto. Se dirigía al templario grandullón que me sostenía.

-Te dije que lo conseguiría, Bernard.

Y entonces comprendí que el engaño había aún mucho más descomunal de lo que yo habría podido imaginarme en mis peores pesadillas. Y que aquella gente había entrado, en lo que se refería a mí, en un camino sin retorno. Que su Dios se apiadara de ellos, porque ahora iban a conocer mi peor versión.

Si es que ya hace mucho que lo vengo diciendo: esta gente va a acabar mal, pero que muy mal…

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