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Archive for 25 mayo 2019

(viene de)

Aquello parecía las Ramblas de Barcelona del siglo XXI en un día festivo de verano. En todas direcciones, especímenes humanos del género femenino de todos los tipos posibles circulaban, sin prestar (afortunadamente) ninguna atención a una servidora; todo lo más, recibí alguna mirada despistada que luego fue a enfocarse en algún otro objeto más interesante, tras catalogarme como la última adquisición del harén del gobernador. Aquello rebajó un tanto mi nivel de nerviosismo pues, en un buen principio, el plan de Guillaume me había parecido absurdo. ¿Cómo iba a pasar desapercibida en un ambiente donde el cuerpo de la mujer es un instrumento para la estética y el placer y, por consiguiente, la totalidad de sus integrantes gozan de abundancia de atractivos físicos, en calidad y cantidad? El mío nunca ha sido nada parecido, ni pretendido serlo; mi cuerpo es un instrumento, sí, pero para la lucha, entrenado para matar o, al menos, para no que no me maten. Pero el que pasara tan desapercibida entre ellas demostraba que ninguna persona es tan fea en realidad si tiene de su lado a una considerable cantidad de afeites y a hábiles esteticistas; además, la ropa que llevaba puesta, con sus telas llenas de pliegues, volúmenes y caídas, daba prestancia, según el gusto medieval, a mis magras curvas, que seguramente en el siglo XXI serían calificadas como poco menos que síntoma de obesidad mórbida. O quizá es que realmente era casi imposible distinguirse entre aquella multitud de mujeres, entre las que, para gustos colores, alguna debería de haber cuyo aspecto no correspondiese al canon estético más mayoritario, como bien podría decirse, diplomáticamente, de mi pobre persona. A pesar de que el zalamero de Guillaume se esforzara siempre en asegurarme que yo no estaba nada mal.

Mientras me distraía con aquellos pensamientos, procuraba orientarme en aquel laberinto del lujo, siguiendo las indicaciones de Guillaume para encontrar los aposentos de Blanca y su dama: izquierda, derecha, otra vez derecha, de nuevo izquierda… A pesar de todo, no me sentía nada mi segura en aquella personalidad, inspirada en la de la hermosa juglaresa Asha de Tortosa, la creación de Omar y Ferran que Guillaume había tenido la oportunidad de conocer después de su regreso de la tumba: temía que, si alguien me ojeaba con suficiente atención, algo en mí proclamaría a los cuatro vientos: “Eh, soy una mercenaria cristiana de moral relajadilla y vengo aquí a exterminaros por pertenecer una raza de coeficiente intelectual inferior. Mejor matadme entre terribles sufrimientos antes de que sea demasiado tarde”.

-¿Se puede saber quién eres tú?

Mis peores miedos acababan de materializarse. Las palabras procedían de los gordezuelos labios de un enorme eunuco, surgido de detrás de unos cortinajes, que me había tomado completamente por sorpresa, obligándome a emitir un gritito que me quedó muy femenino y muy mono, tan metida estaba yo ya en mi papel. Aunque también se debía a que, desarmada como estaba, me iba a ser prácticamente imposible quitarme de encima a un tipo que medía de ancho casi lo mismo que yo de alta, sobre todo si llamaba a sus amigos de la guardia. Bajé la mirada, la mar de recatada y sumisa.

-Hace poco que estoy aquí -dije con una vocecilla de lo más dulce, en un árabe penoso con marcado acento de Huesca-. Me han dicho que tengo que servir a la señora cristiana.

-Estoy a cargo de todas las nuevas esclavas y no te visto nunca. Y nadie me ha avisado de tu presencia -comprendí que estaba hablando más para sí mismo que con deseos de informarme. Pero lo importante es que todo apuntaba a que el plan de Guillaume no había contemplado a aquel celoso responsable de las esclavas que mi proverbial mala suerte había hecho que se cruzara en mi camino, como si no hubiera trabajo que hacer ni lugares que recorrer en aquellos amplios aposentos.

-Desconozco lo que ha sucedido, señor…

-¿Acaso te he pedido tu opinión?

Callé. Al parecer, me las estaba viendo con el típico sirviente resentido que, tras haber sido ascendido a un puesto de algo de más responsabilidad de la que había tenido hasta el momento, se desquitaba con los suyos en lugar de rebelarse contra los de arriba. Un obrero de derechas, vamos. Él cogió mi barbilla entre los dedos de una mano gordinflona, y la alzó.

-Yo te conozco… -los rasgos diminutos, enclavados, muy próximos, en el centro de su cara de luna, se contrajeron en un intento de recordarme-. Sí, te he visto, y no aquí.

Conservé los ojos bajos.

-Puede ser, señor.

Mantuvo mi barbilla levantada, escudriñándome el rostro. ¿Dónde realmente creía que me había visto aquel individuo? Los de su clase no acostumbraban a salir mucho del palacio ni a frecuentar tabernas, al menos seguro que los mismas donde yo solía acudir. ¿O es que sencillamente desconfiaba de mis rasgos occidentales, visibles aunque disimulados por los afeites de mi maquillador personal? ¿Era de aquello a quienes todo lo cristiano les parecía perverso, al igual que a buen grupo de mis compatriotas les parecía repugnante todo lo musulmán? ¿O es que me había hecho famosa? Tras unos segundos en aquella actitud, me empujó hacia atrás, con desprecio.

-Anda, vete -dijo solamente.

Y entonces sucedió lo que de ninguna manera hubiera tenido que pasar. Guillaume, que me conoce bien, me había advertido que no me metiera en líos, que siguiera sus instrucciones de manera estricta, y que me abstuviera de ser creativa o impulsiva. Pero hay cosas que no se pueden evitar. O, mejor dicho, que yo no puedo evitar. Al empujarme, fui a parar contra una ornamentada columna, cuyas molduras se clavaron en algún punto sensible de mi espalda; el dolor que sentí fue tan intenso que una rabia sorda me acometió como un alud incontrolable, y antes de que pudiera impedírmelo a mí misma, ya había lanzado un gancho de izquierda a la mandíbula del eunuco, dejándole momentáneamente confuso; en mi justificación diré que se debe haber sido una mujer, y sufrir en múltiples ocasiones tratos parecidos a aquel, para saber lo que se siente; aunque he de decir que ninguno de los que así intentó comportarse conmigo sobrevivió demasiado, al menos con todas las partes de sus cuerpos intactas. Pero aquella mole oscura y cabreada ya se había recuperado y me mirada con el mismo tanto por ciento de estupefacción y odio.

-¡Maldita seas, bruja! -o algo así; no soy tan buena con los idiomas como a veces presumo, y a pesar de los largos meses transcurridos en Tierra Santa, el árabe aún se me resistía un poco (en realidad, un poco bastante). El eunuco acompañó sus palabras con un alarido, lanzándose hacia mí con la cabezota por delante, como si tuviera complejo de ariete y quisiera derribar la puerta de algún castillo que se resistiera a ser tomado. Pero era tan lento como grande, y sólo tuve que apartarme un poco para que su cocorota se estampara contra la misma columna que tanto daño me había hecho, dejándola, por otro lado, tan maltrecha como ella a él. El gobernador no me perdonaría jamás el destrozo que se estaba produciendo en sus elementos arquitectónicos por mi culpa, cosa que, como comprenderéis, me preocupaba muchísimo. Entonces, el tipo se volvió hacia mí, sangrando por una ceja y con fragmentos de yeso adornándole la cara y, tras lo que me parecieron varios sapos y culebras arrojados contra mí, creí entender entre sus palabras algo que me sonó como, en traducción para todos los públicos, “ahora sí que la has hecho buena, niñata”. La situación tomaba progresivamente un cariz menos alentador; de hecho, me parecía casi imposible que alguien no hubiera oído ya el estrépito y sólo pude atribuirlo a las dimensiones de aquellas estancias, pero aquello, desde luego, no duraría. El individuo me lanzó, en aquel momento, un puño hacia la cara, que pude esquivar con facilidad, y luego otro, que me costó más sortear y que me rozó la mejilla: la ira le concedía una rapidez y una precisión que antes no le había visto. El pasillo por el que me estaba haciendo retroceder terminaba en una pared, y cuando intentaba tomar la bifurcación que me llevaría hasta el siguiente tramo, caminando de espaldas y solamente con subrepticias miradas hacia lo que había a mi espalda, calculé mal y choqué con la aguda esquina, lo que mi atacante aprovechó para golpear mi estómago con su puño e intentar sujetar mis manos detrás de mi espalda. En aquel caso concreto, no iba a servirme el socorrido truco de levantar la rodilla y clavarla en su huevada, así que opté por pegarle un cabezazo en las narices. Eso, un puñetazo en la mandíbula y una patada en el costado le llevó a dormir el sueño de los justos, aunque no lo fuera en absoluto.

Miré a mi alrededor y escuché con atención: no se oía nada, de momento, lo que significaba que aún tenía una oportunidad de salir de allí, con Blanca y sin más obstáculos. Rápidamente, busqué algún sitio donde pudiera esconder al eunuco para ganar tiempo, y di las gracias que pude reencontrar, en mitad del corredor, aquellos cortinajes de los que había surgido, que daban paso a una pequeña habitación sin ventanas cuya función no me quedaba muy clara. ¿Espiar a las mujeres, tal vez? Sin querer perder más el tiempo discerniendo sobre aquel asunto, arrastré hacia allí el cuerpo inanimado de aquella simbiosis entre ser humano e hipopótamo, lo que me costó las energías acumuladas para toda una semana, rogando que no se despertara ni fuera descubierto antes de tiempo. Una vez hecho esto, ordené mi ropa y seguí el camino, intentando recordar el mapa mental que me había hecho, y que tras la reciente experiencia había empezado a desdibujarse, haciéndome cruces de que nadie hubiera sorprendido mi amistoso intercambio de opiniones con el eunuco: aquella buena fortuna, tan extraordinaria en mi vida, no podía durar mucho, seguro. Por fin, vi la puerta a la que correspondía la estancia que daba cobijo a la intrigante mujer a la que había venido a rescatar, y allí me dirigí a toda prisa, pensando que ni en mis peores pesadillas podía haber imaginado que, algún día, consideraría la habitación de Blanca como un refugio. Empujé la puerta y entré, para encontrarme con la embajadora no oficial de la Corte de Aragón dando paseos leoninos por toda la extensión de la sala, mientras otra mujer, muy joven y desconocida para mí, parecía concentrada en una labor de aguja, sentada en un escabel junto a la gran cama. Yo me planté ante ellas, no sin antes cerrar la puerta tras de mí, y les dije:

-¡Sorpresa!

Blanca estaba completamente patidifusa. Vaya, por fin había logrado arrancarla de su zona de confort, como suele decirse. Tal vez aquella aventura iba a tener sus compensaciones.

-¿Quién demonios eres tú? -me espetó al fin, siempre tan amable, mientras su dama de honor levantaba los ojos hacia mí, con escaso interés.

-Vuestra salvadora, señora. Por cierto, no tenemos tiempo que perder. Como se suele decir, si queréis vivir, acompañadme… ¿de qué me suena eso? Bueno, es igual. Arreando, que es gerundio.

-Pero… ¿se puede saber…? -se acercó a mí y me miró fijamente. Tardó apenas un segundo en reconocerme, y entonces el desconcierto la apabulló-: ¡Tú! -exclamó, casi gritando-. ¿Qué se supone que estás haciendo aquí? Y… ¡por la santa Virgen! ¿Cómo se te ha ocurrido ataviarte de esa guisa? -la nueva dama se levantó, con aspecto de sentir algo más de curiosidad que antes, y se aproximó a nosotros, aunque sin prisas.

-Ya os lo he dicho: todo esto es para sacaros de aquí. Seguidme sin hacer preguntas y os aseguro que en menos de lo que tarda un monje en beberse diez jarras de vino ya estaréis a salvo. Venga ya, que estoy comenzando a impacientarme.

Ella puso los brazos en jarras.

-No sé cómo has entrado aquí ni por qué se te ha ocurrido hacerlo, pero puedo asegurarte que antes caería en las manos de un horda de musulmanes que no hubieran visto a una mujer en años que en las tuyas.

Dios mío. Y yo que algunas veces hasta había pensado que era inteligente. Me armé de una paciencia que estaba lejos de sentir.

-Pues he entrado por el mismo lugar que vos vais a salir. Y la razón por la que se me ha ocurrido hacerlo es porque me lo ha pedido vuestro querido Guillaume, a quien vuestra seguridad le preocupa realmente. Y yo era la única persona a quien podía recurrir.

Como me imaginaba, no era muy difícil convencerla si invocabas el nombre de su obsesión. Tras mirarme unos momentos con chulería, pareció ablandarse.

-Está bien -gruñó, a pesar de todo -. Debo recoger algunas cosas…

-Nada de equipaje –le solté-. Os iréis con lo puesto. En el lugar al que vamos -mentí descaradamente- ya se os proveerá de todo lo necesario -abrí la puerta-. Seguidme en silencio y, por favor, que no parezca que estáis huyendo. Intentad aparentar naturalidad. Señora Blanca, sé que sois muy ducha en fingir lo que se os antoje, así que no creo que os sea complicado. Adelante.

Podía oír su indignado murmullo a mis espaldas, cosa que en absoluto iba a quitarme el sueño. Con más ojos que un monstruo mitológico, abrí la marcha, tratando de controlar mi nerviosismo. Y es que no era lo mismo correr aquella aventura sola que hacerlo con aquella pareja de cortesanas pánfilas; de Blanca, con su personalidad, además de casi psicopática, emocionalmente impredecible, no me fiaba ni un pelo, y la joven damita, aunque tenía un aspecto ingenuo y bondadoso (lo que nunca había visto en ninguna de las acompañantes de Blanca hasta el momento, tenía que reconocerlo), parecía, tras mis últimas palabras, asustada como un ratoncito.

-Veo que tenéis dama nueva -dije, para intentar serenar los ánimos, o tal vez no-. ¿Qué fue de la anterior?

-Se casó -dijo Blanca, a regañadientes.

-Vaya por Dios. La verdad es que os duran bien poco, a pesar de lo amable jefa que sois. Deseo verdaderamente que sea feliz. Dado lo encantador de su carácter, jamás hubiera podido imaginar que encontraría a algún incauto dispuesto a caer en sus redes. Aunque también habría que ver cómo es el interfecto en cuestión. Vale, señoras, ya estamos llegando. Unos pasitos más y estaremos a salvo. Seguid así que vais muy bien.

Un alarido infrahumano resonó, en aquel momento, a nuestras espaldas, detrás de la esquina que acabábamos de doblar. Me pareció reconocer la vocecilla desafinada de mi reciente contrincante, que al parecer se había despertado inoportunamente de su siesta. Algo que me pareció un estrepitoso entrechocar de hierros lo coreó, como un eco lejano. Me volví hacia las dos mujeres, a las que el terror había despojado de la capacidad del habla; aquel hecho me habría alegrado, en lo referente a Blanca, en cualquier otra circunstancia.

-Corred -las insté-. Corred como si os fuera la vida en ello. De hecho, os va. Venga, ¡volad!

Las tres nos precipitamos pasillo arriba con prisa indecorosa, remangándonos nuestra incómodas faldas. Menos mal que carecíamos de público que pudiera contemplarnos, porque no hubiera sido nada divertido unir al peligro en el que estábamos la burla general, dadas nuestras ridículas pintas. Los gritos de guerra que nos perseguían se iban haciendo más cercanos. Unos codos más allá se hallaba la puerta que daba al cuarto de los trastos y al túnel lleno de cascotes que ahora me parecía el lugar más paradisíaco del mundo, pero no creía que fuéramos a llegar a tiempo. Me detuve un momento.

-Adelantadme -les ordené-. Abrid esa puerta, al final del pasillo. En línea recta, encontraréis un agujero. Meteos por él y esperadme. Y no se os ocurra quejaros del polvo y los escombros. Vamos.

Ellas, temblorosas, me obedecieron, y yo me quedé atrás. Seguí corriendo, derribando a mi paso todo lo que encontré: estatuas, jarrones que se lucían en diferentes hornacinas, colgaduras de pesado terciopelo, todo marcó el camino de mi huida; esperaba que el gobernador no le pasara la cuenta de daños y perjuicios a mi amadísimo monarca Jaume, porque ni toda la inmortalidad posible me iba a dar para pagar aquel dispendio. Iban a alcanzarme, y yo tenía que evitarlo por todos los medios: no sólo porque no saldría viva, o al menos libre, de un enfrentamiento, dado el número de enemigos a los que me enfrentaba, sino porque no podía permitir que el secreto del túnel templario quedara al descubierto, y tampoco abandonar su suerte a Blanca y a la doncella en un túnel lóbrego y desconocido, aunque solo fuera porque le había prometido a Guillaume que las rescataría. Pero los tenía pisando las ricas telas que arrastraba tras de mí. Sus alientos removían mi cabellos sueltos y adornados con hilos de oro bajo los velos. Estaban ahí.

Los sentí totalmente presentes y tuve que girarme: mis perseguidores acababan de hacerse visibles, apareciendo por el recodo del corredor que tenia tras de mí y encabezados por el indignado y chillón eunuco; decidí que era mejor no contarlos para no deprimirme. ¿Cómo había podido conseguir en tan limitado lapso de tiempo avisar a tantos hombres armados? Evidentemente, las medidas de seguridad en aquel serrallo eran más férreas de lo que se podía deducir a simple vista. Desesperada, me detuve en seco: no quedaban más que un par de pasos para llegar a la puerta del trastero, y a mi libertad, pero aquella libertad me estaba vedada porque el plan que tenía yo para los túneles no contemplaba hacerlos públicos en aquel momento. Ellos se acercaban a mí, rugiendo e intentando apartar obstáculos, entre maldiciones y juramentos, mientras yo retrocedía sólo un poco, temiendo que si me alejaba de la puerta ya no sabría encontrarla y me encontraría perdida en aquel entorno hostil Y sin embargo… y sin embargo tuve la tentación, durante un largo instante, aunque todo aquello se desarrolló en realidad en muy escasos segundos, de abrir la puerta y marcharme y confiar en despistarlos en el túnel, pero… algo, en el último momento me lo impidió: probablemente mi escasa inteligencia, mi tendencia a fastidiarla en el último momento, o mejor, a fastidiarme a mí misma. Tenía sólo un segundo para decidir lo que debía hacer. Sólo uno. Y no podía escaparme de ellos sin desaparecer.

Desaparecer.

Un nube de locura pasó por mi mente. Desaparecer, sí. De pronto, recordé el apelativo que me había dirigido mi amigo el responsable de las esclavas y, súbitamente, con gestos ampulosos, extraje del interior de mis ropajes una redoma con algunos de los polvos que Guillaume había empleado para oscurecer mi pálida vez casi cantábrica (y que me había dado por si necesitaba hacerme un retoque en el maquillaje), diciendo, en mi malhadado árabe.

-¡Soy una bruja cristiana -destapé el envase- y ahora voy a desaparecer! -continué en aragonés-. Abracadabra pata de cabra, y ¡hasta luego, amigos! -vacié la botellita en el aire como si estuviera tirando confeti, y soplé sobre el contenido creando una nube que me ocultó. Cuando el polvo se hubo disuelto en el aire, sólo quedó un pasillo vacío y una puerta cerrada por donde yo, de ninguna manera, podía haber salido. En el interior, después de cerrar y atrancar la puerta, me guardé la llave que me había dado Guillaume, y que los habitantes de la Torre de David llevaban buscando meses sin éxito, encendí la antorcha y me apresuré a salir por la abertura para reunirme con mis rescatadas, que me esperaban en la más absoluta oscuridad, temblando de terror. En realidad, la gran señora Blanca directamente lloraba a moco tendido creyendo que en breve sería ensartada por las afiladas armas de los guardias, tanto en un sentido real como figurado.

Sí. Decididamente, aquella misión había tenido sus compensaciones.

(continúa).

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(viene de)

Pues allí me quedé, incapaz de reaccionar tras la sorpresa, mientras que Guillaume (para el cual, evidentemente, aquel encuentro no había tenido nada de sorpresivo pues, como todas las acciones de mi controvertido compañero de fatigas bretón, estaba más que previsto y estudiado) se complacía en mirarme con una expresión socarrona, aunque, también, me pareció bastante exultante. Estaba yo imaginándome de dónde vendría la alegría que transpiraba la mirada del visitador templario, cuando Christophe, con mucho tino, rompió el encanto.

-Esto… a ver, aborrezco tener que interrumpir un momento tan emotivo, pero no sé si recuerdas, Eowyn, que media Jerusalén no está persiguiendo; eso sin mencionar que estás a punto de desangrarte.

Miré mi herido como si me hubiera enterado en aquel momento que la tenía. No sentía dolor en absoluto, y casi ni me había molestado al caminar, pero la sangre me corría con profusión rodilla abajo, y eso no era demasiado aconsejable.

-Tienes razón –acordé-. Bueno, estas llaves tienen que estar en algún parte –seguí hurgando en la bolsa que tenía prendida en el cinturón. Guillaume, por su parte, negó repetidamente con la cabeza con expresión de resignación, como dándome por imposible, y se dirigió con grandes zancadas hasta la puerta de la casa donde yo vivía, para aporrearla con determinación. Yo le increpé.

-Pero… ¡serás bruto! ¿Quieres despertar a toda la casa?

-Van a tener que despertarse igual. Alguien va a tener que ayudarnos a curarte la herida –respondió, encogiéndose de hombros mientras continuaba golpeando la puerta como si le hubiera hecho algo personal. Christophe, que se había asomado al callejón para ver si venía alguien, dio la vuelta.

-Bueno, hay que reconocer que tu amigo podrá ser inoportuno, pero al menos también es resolutivo… Espera, ya abren.

La señora de la casa, acompañada de Fátima, la criadita que se había hecho amiga mía, aparecieron por el resquicio que quedó cuando entreabrieron con cautela la puerta. El rictus, sorprendido y temeroso, que el estruendoso golpeteo había impreso en sus rostros, se multiplicó por mil cuando me vieron chorrear sangre como un cerdo el día de la matanza, y de inmediata profirieron en ayes de terror y preocupación, que se trocaron de inmediato, demostrando gran sentido práctico y (demasiada, por desgracia) experiencia en situaciones como aquella, en órdenes hacia Christophe y Guillaume para que me llevaran a mi habitación. Ellos no dudaron en cumplirlas (como cualquier hombre, estaban encantados de que se les presentara una ocasión de demostrar los fuertes y machotes que eran, o que se creían), a pesar de mi protestas de que era perfectamente capaz de llegar sola, pero al final opté por guardar mis fuerzas para los desafíos que se avecinaban y les dejé que me transportaran, aunque no dejé de murmurar juramentos un solo momento. Me depositaron sobre mi cama, y mi casera desgarró mis ropajes para dejar la herida al aire. Afortunadamente, no era más que un rasguño poco profundo, y Fátima fue a buscar agua en abundancia y aguja e hilo de coser, mientras Guillaume, que se creía especialista en todas las materias, importunaba a las improvisadas médicas con consejos sobre curación de lesiones de guerra. He de decir que la cura no me dolió tanto como esperaba, o quizá, tras el primer sorbo de vino que, muy solícito, Christophe fue a buscar a la cocina, el cansancio y las emociones me tumbaron en un sueño profundo y reparador.

Un rayo de luz atravesó el ventanuco que daba al callejón posterior de la casa, y se unió con otro que venía del patio interior de la casa, con el cual se comunicaba mi habitación. El destello resultante me hizo abrir los ojos y revivir, lentamente, el día anterior, mientras me hacía consciente de mí misma en aquel momento y lugar. Cuando tuve mis órganos visuales plenamente operativos, advertí con sorpresa, en un camastro situado en diagonal respecto a mi cama, a Guillaume recostado con los brazos doblados bajo su cabeza a modo de almohada y las piernas cruzadas, aparentando la mayor tranquilidad del mundo. Yo me incorporé con rapidez.

-Pero ¿qué haces tú aquí? No creo haber estado tan mal como para necesitar que velaran mi sueño. ¿Acaso no tienes casa?

De un salto, el bretón descruzó las largas piernas y se puso de pie.

-Vamos, no te sulfures. Mis aposentos están en la otra punta de la ciudad y, francamente, después de haber acompañado a tu compañero a su casa para asegurarme de que no recibía más ataques estando solo (y también para tomar una jarra de vino en una taberna abierta que encontramos por el camino), me sentía demasiado agotado para volver. Así que tu casera fue tan amable para dejarme dormir aquí. Es una mujer muy gentil.

-Desde luego –acordé yo-. Lástima que su hija no se le parezca -y, ante su expresión interrogativa-: no me hagas caso, son cosas mías. Pero dime –pregunté, mientras acabada de levantarme, comprobando que podía apoyar la pierna perfectamente en el suelo sin sentir más que una leve molestia-: ¿qué demonios te trae por la ciudad de las banderas? ¿Tal vez vigilarme por orden del ínclito Bernard? ¿O es que de Visitador Mayor has pasado a ser el mayor y el más vil de los espías? –mi tono y la acritud de mis palabras fue ganando en intensidad a medida que hablaba.

-Eh, eh, detente ahí –estiró los brazos con las palmas levantadas hacia mí, que parecía, y no precisamente con intenciones cariñosas-. Tengo una explicación que me exculpa y me gustaría ofrecértela. Y, de paso, pedirte un pequeño favor.

Yo arrugué la nariz.

-No sé si estás en posición de pedir nada…

-Vamos, mujer, déjame hablar –miró por la ventana-. Es temprano aún para que te incorpores a tu puesto de trabajo, ¿no? –no fue para mí una sorpresa que antes de venir a verme se hubiera informado de todas mis andanzas por la ciudad -. ¿Qué tal se come por aquí? –se llevó una mano al estómago-. No he roto aún el ayuno nocturno, y las tripas ya me está rugiendo.

La curiosidad me estaba matando, pero no quise demostrárselo. Así que puse los brazos en jarras, fingí reflexionar un buen rato y, al fin, le dije:

-Está bien. Te llevaré a un sitio para que podamos hablar. Y ahora, haz el favor de salir de aquí para que pueda hacer mis abluciones matinales con un poco de intimidad. Venga, que ya estás tardando.


La taberna adonde le llevé estaba bastante alejada del circuito habitual de mis compañeros de la guardia (los buenos y los malos, por decirlo de una manera rápida). Yo solía venir cuando me apetecía estar sola para reflexionar sobre los dilemas de la existencia, humana, como por qué me veía obligada a odiar a mis antiguos amigos y a servir a quienes deberían de ser mi enemigos (si es que algo así se podía tener claro en los tiempos en los que estábamos viviendo), o por qué se había impuesto en la Corte la moda de los peinados con flequillo rizado en los hombres. Era pequeña, de paredes desconchadas con retazos de revoco desgastado, y no tan pestilente como lo eran muchos de los establecimientos de su clase. Tomé asiento ante una de sus tres o cuatro mesas, y le indiqué con un gesto de la mano a una joven tabernera que nos sirviera lo de siempre. Guillaume se sentó frente a mí, y se dedicó a mirarme con una expresión indescifrable hasta que sendos platos de guiso de cordero y una jarra de vino cayeron ante nosotros.

-Las raciones son enormes, pero ya verás, este plato aquí está delicioso, y auguro que hoy no será un día fácil para ninguno de los dos. Nunca lo es cuando tú apareces –yo procedí a escanciar el vino en los dos vasos que fueron depositados prontamente sobre la desvaída madera, y a dar buena cuenta de la pitanza, mientras él me miraba sonriente.

-La misma Eowyn de siempre. Nada hay que te quite el hambre y la sed, aunque no haya manera de que tus mofletes se vuelvan rollizos y colorados… –fruncí el ceño; la falta de carne sobre mis huesos y mi escasa adecuación al modelo medieval de belleza siempre era un tema tabú; él se apresuró a añadir-… aunque ya estás muy bien como estás, claro… Y, por cierto, ¿cómo te va en la que tú llamas la ciudad de las banderas?

Arrugué el entrecejo.

-Supongo que, conociéndote, te has informado a conciencia de mi vida aquí. Pero, por si te faltan detalles… en fin, esto es una locura. Y en gran parte es culpa vuestra. La gente se está fanatizando. Lo peor no son las tensiones que hay entre las diferentes religiones y procedencias; lo peor es que dentro de cada uno de los bandos hay un afán inquisitorial de hacer limpieza de aquellos a quienes se supone una tibia defensa de la bandera común. Pasan más tiempo buscando traidores entre sus propias filas que peleando con el enemigo. Hay extrañas alianzas, además… Bueno, supongo que Christophe ya te habrá contado algo…

Él había dejado de sonreír, y su expresión se veía ahora grave. En realidad, pensé, desde que me había encontrado con él, había notado que su actitud era extraña: menos despreocupada de lo habitual y, por momentos, demasiado alegre; me pregunté qué estaría tramando. Él asintió y se inclinó hacia mí sobre la mesa.

-Y también me dijo lo que te pasó.

Parecía preocupado.

-Oh, a mí no me pasó nada. Deberías mejor compadecerles a ellos…

-Pero debiste pasar un mal rato.

-No fue agradable, he de reconocerlo. Sin embargo, ya está. Les salió mal la jugada. No sabían con quién se estaban enfrentando.

-Cuando pienso que nada de esto hubiera pasado si yo… si nosotros…

Le di un golpe amistoso en el hombro.

-Aunque me pese, tengo que reconocer que tú no tienes ninguna culpa de que yo esté aquí. Lo dejaste bien claro en tu carta, y Gonzalo así me lo aseguró al final; aparte de que lo que me ocurrió son gajes de mi oficio (y de mi género), ambos lo sabemos, e igual podía haberme ocurrido en esta ciudad que en cualquier otro lugar. Lo único que me preocupa es que pensaba que tú estabas por encima de esta obsesión de tu orden por las cruzadas. Pero el hecho de que hayas venido me hace dudar bastante al respecto. Y, hablando de eso, ahora te toca a ti. Quiero saber qué demonios haces en Jerusalén. Vamos, desembucha.

Él hizo una larga respiración y expulsó lentamente el aire.

-Todo esto, Eowyn, es bastante más complicado de lo que parece. Tengo muchas cosas que decirte, y te las diré en breve, puedes estar segura. Pero, de momento, lo que necesitas saber es: en primer lugar, la razón de que me halle aquí no tiene nada que ver con Bernard, sino con Blanca y mis funciones de ser su caballero protector en la Corte –ante mi estupefacción, prosiguió-. Sí, fue ella quien le pidió al rey que un monje guerrero como yo sería ideal para que se sintiera totalmente segura y protegida en sus labores de embajadora del reino de Aragón, y en calidad de ello estoy aquí. Y, en segundo lugar, el favor que quería pedirte es que… Blanca y su dama de compañía están prisioneras dentro de la torre del gobernador. Y sólo tú puedes sacarlas de allí.

Al oír aquello, el vino me pasó por el otro conducto y estuve a punto de asfixiarme. Incluso Guillaume tuvo que darme unos golpecitos en la espalda. Cuando me recuperé, le dije, muy lentamente:

-A ver, corrígeme si me equivoco. Me estás diciendo que tengo que rescatar a una persona que la única deferencia que tendría conmigo es no matarme demasiado lentamente, para que tú y tu orden podáis seguir fingiendo que las relaciones con el rey Jaume son inmejorables, ¿no? Pues, lo siento, amigo mío, pero vas a tener que llamar a otra puerta. Lo que voy a hacer es presentarme ante el gobernador y ofrecerle mis servicios para darle a tu amiguita la paliza del siglo. Y no intentes impedírmelo


Después de hacer llegar un mensaje a mis queridos jefes, informándoles de que la herida recibida la noche anterior me tenía temporalmente fuera de combate, y sin dejar de gruñir y jurar por lo bajo, me dispuse a seguir a Guillaume, que parecía decidido a recorrer las callejuelas más intrincadas de la ciudad (a pesar de que, como supe más tarde, nuestro destino final estaba bastante cercano a la taberna). No tenía ni idea de que por qué me había dejado convencer nuevamente por él y, por si fuera poco, me sentía más impaciente a cada instante, sabiendo que en pocas horas me esperaban para participar en la incursión contra el campamento sitiador: a todo eso había que añadir que no podía dejar que mi acompañante sospechara ni por un momento que yo tenía algo que hacer aquella noche que fuera más emocionante que una patrulla de rutina o, en todo caso, una cita tórrida.

-Ya estamos cerca -me dijo, en mitad del recorrido, volviéndose hacia atrás para mirarme. Yo asentí, instándole con un gesto a que se diera prisa, aunque sin demostrar demasiada preocupación. Sabía que él se estaría preguntando a qué venía aquel silencio tan inusual en mí, y esperaba que lo atribuyera a mi enfado por haberme presionado a participar en aquella misión. Pero, de pronto, había surgido algo que me preocupaba aún más que el encarguito de Guillaume y los acontecimientos de aquella noche, y era que estaba comenzando a ver un patrón en los acontecimientos que había vivido en los últimos meses, y tenía la sensación que las piezas de un rompecabezas, disperso y desordenado en una habitación llena de trastos viejos, estaban comenzando a atraerse entre ellas, a buscarse, deseando encajar y formar una nueva historia. Una historia que tal vez podría explicar aclarar muchos misterios. Decidí recapitular en voz alta.

-O sea, que nuestro amado monarca, como siempre, está jugando a dos bandas. Con una mano promete a los templarios ayudas para sus cruzadas, ayudas que por el otro lado nunca llegan, y por otro lado envía a su embajadora a negociar alianzas con el sultán de Egipto… que, por otra parte, después de hacerse esperar durante meses, hace una visita relámpago a Jerusalén y se marcha, casualmente justo antes de que sitien la ciudad, dejando a su gobernador, un emir de poco pelo, para que lidie tanto con Blanca como con vosotros. Jaume no es consciente de que le falta altura política y capacidad negociadora para vérselas con los gobernantes mamelucos. Estarán todo lo desunidos y enfrascados en disensiones internas (como el trifachito español de 2019) que quieras, pero en cuanto se trata de hacer frente a los infieles, es decir, a nosotros, entre ellos no hay una maldita fisura. Y claro, tú debes defender a Blanca, a riesgo de empeorar aún más la situación de los templarios en Aragón. Pero explícame otra vez qué alega el gobernador para retenerla. Y cómo ha llegado a tener tantas responsabilidades.

Entramos en la enésima callejuela tortuosa. Yo estaba comenzando a sentir los efectos de la caminata, después de locura que habían significado los últimos días, pero al menos la conversación me distraía.

-Sabes que el rey, desde su último matrimonio, se encuentra demasiado agotado para buscar distracciones extraconyugales: su mujer, la otra Blanca, es joven y fogosa. Así que, ante la férrea negativa de nuestra amiga de casarse con algún personaje de la Corte (cualquiera obliga a esa mujer a hace algo contra su voluntad), cada vez le encarga más tareas de representante del reino, para mantenerle ocupada sin tener que echarla definitivamente de la Corte.

La mitad de mi cerebro escuchaba con toda la atención que podía las explicaciones de Guillaume. La otra, aunque bien comunicada con ésta, como un feto que extraía nutrientes del cordón umbilical a medida que se iba formando, pergeñaba algo parecido a una idea, aún difusa, informe tal vez.

-En cuanto al gobernador -continuó el  bretón-, él alega que sólo quiere protegerla. Obviamente, lo que en realidad desea es asegurarse una rehén si el sitio sigue y los nuestros logran entrar, para entregarla a cambio de su vida. O sea, que ella no corre peligro, pero no podemos esperar a que el tiempo resuelva las cosas o pagaremos las consecuencias, si el rey se entera, que se enterará. Pero ya hemos llegado.

Me indicó con un gesto la casa que teníamos frente a nosotros, una típica construcción jerosolimitana, y se aproximó a la puerta tras mirar a derecha e izquierda con discreción. A continuación, sacó una pesada llave de su bolsa.

-Nunca dejaréis de sorprenderme, tú y los tuyos -suspiré yo, resignada, al entrar. Si Ian Fleming hubiera conocido personalmente a la Orden del Temple, no hubiera necesitado más inspiración para escribir todas las entregas de su más famoso personaje; ni él, ni todos los guionistas de las películas posteriores. Me encontré con una estancia casi vacía, a excepción de unos cuantos muebles, toscos y muy básicos. A la derecha de la entrada, una escalera excavada en el suelo y recubierta de la misma piedra de la construcción bajaba a un sótano, y nada más verla ya me imaginé cuál iba a ser nuestro destino final. Efectivamente, Guillaume encendió una palmatoria colocada convenientemente en un nicho excavado en la piedra, justo sobre la escalera, junto a los útiles de prender, y comenzó a descender; yo fui detrás de él, temiendo lo peor. Para mi desgracia, no me equivoqué.

-Aquí está -señaló una estrecha grieta en la pared en un diminuto y sofocante habitáculo. Cuando se acercó a ella y la iluminó con la palmatoria, vi un pasillo angosto y tortuoso, lleno de escombros, y con paredes que parecían próximas a derrumbarse con poco más de un soplido-. Éste es el pasadizo. Cuando Saladino atacó Jerusalén, sus zapadores hicieron un muy buen trabajo con las murallas de la ciudadela, y la estructura de los túneles se vio afectada. Pero -se apresuró a añadir tras mi constatar mi mirada de alarma- llevan un siglo sin sufrir ningún cambio, por lo que puedo jurar que, hoy por hoy, son totalmente seguros. Además, yo mismo me encargué de supervisar que este ramal lo fuera, entrando desde la torre del gobernador… -yo seguía mirándole con expresión aviesa y labios fruncidos-. Eowyn, sabes que nunca te enviaría a una misión suicida. A la salida del túnel, encontrarás gente que os ayudará. Créeme, por favor.

Resoplé.

-Esto es absurdo. ¿Por qué no te has encargado tú mismo de conducirlas afuera desde allí, entonces? ¿Por qué no pudiste prever el peligro antes de que el gobernador te expulsara del palacio con toda vuestra guardia que, por si fuera poco, no tardaron en huir como conejos? ¿Por qué tienes que meterme a mí en tus líos? Por todos los demonios del infierno y de la Tierra, no entiendo qué estoy haciendo aquí. No entiendo por qué aún creo que te debo algo… Desde luego, por los tuyos no movería una mano, puedes estar seguro. Oh, este buen corazón me perderá…

-No intentes engañarme -me interrumpió- ni engañarte a ti misma. No lo haces por mí. Lo haces porque sabes que es lo correcto y lo más inteligente. Y ahora, date prisa. Toma -encendió una de las antorchas que se alineaban en el suelo de tierra apisonada del sótano-. Recuerda que, una vez, que salgas del palacio, el camino de salida estará siempre a la derecha. Ten mucho cuidado y nos encontramos en al taberna, al mediodía. Rezaré por ti. Con todas mis fuerzas. Hasta pronto, querida amiga.


Refunfuñando cada vez más ostensiblemente, entré en el poco seguro pasadizo (así me lo parecía, a pesar de la seguridad de Guillaume en lo contrario) con la antorcha por delante, comprimiéndome contra las paredes de la grieta, que apenas dejaba lugar para algo más que mi cuerpo de perfil.

-Sólo tú puedes rescatarlas, sólo tú puedes rescatarlas… -remedé a mi incómodo amigo-… ¡Maldita sea! ¡Si lo llego a saber…!

Seguí rezongando, aprovechándome de que en ese recóndito lugar no podía oírme nadie, hasta que logré conjurar mi mal humor. Afortunadamente, el túnel no era tan estrecho ni de techos tan bajos como había temido en un principio. No me gustan nada los espacios agobiantes, nada. Tal vez se deba a las veces que había dado con mis huesos en lugares que cumplían la función de mazmorras, gracias al inquebrantable tesón de mi antiguo enemigo (ahora, afortunadamente, ya muerto) para vengarse de una ofensa que solamente estaba en su imaginación, aunque había veces que aún me preguntaba si había averiguado todo lo averiguable sobre ese lance que había ocupado más de 10 años de mi vida, desde prácticamente mi adolescencia. Pero ahora tenía temas más acuciantes de los que preocuparme, mientras recorría aquel tramo de la red de túneles que, según me había explicado Guillaume, horadaban todo Jerusalén desde los tiempos de las primeras cruzadas, cuando los templarios tenían su sede en el antiguo templo de la ciudad, y de los que aún se conservaban planos, aunque la entrada de la mayoría de ellos era inaccesible, al menos de una manera inmediata, por estar situada en casas particulares atiborradas de habitantes o, sencillamente, por la simple e ineludible acción del tiempo.

Por fin, apartando muebles viejos, tapices mohosos y otros objetos cuya utilidad no me molesté en intentar averiguar, salí por un hueco algo más amplio que aquél por el que había entrado. El polvo acumulado en aquella especie de cuarto trastero, donde se arracimaban objetos en desuso, me hizo toser, aunque un leve aroma a maderas exóticas me hizo sentir nostalgia de escenas que nunca había vivido, pero que podría haber podido vivir. Había dejado la antorcha bien apagada bajo unas pesadas telas bordadas, descuidadamente acumuladas en una cesta cercana a la entrada, que pensé que podría localizar fácilmente por el sentido del tacto. Tal como me había explicado Guillaume, la puerta estaba justo frente a mí, un poco hacia la izquierda, y hacia allí me dirigí, a tientas y midiendo mis pasos, no sin haber golpeado accidentalmente una especie de estantería, provocando que un objeto pesado cayera sobre mi pie derecho, lo que me hizo acordarme de la madre que parió a Jesucristo, a Mahoma, y al resto de los dioses y profetas del mundo, y de cagarme en todos sus jodidos símbolos y banderas. Pero sin más accidentes, llegué hacia el umbral y empujé levemente la hoja, sintiendo alivio al ver que Guillaume no me había mentido y estaba abierta.

Entonces, me desembaracé de la capa con capucha que llevaba, y di comienzo a la que consideraba la peor parte de aquella aventura; peor incluso que haber tenido que arrastrarme en la oscuridad por un agobiante pasadizo de precarias estructuras. Una hermosa odalisca (o al menos, lo que más podía parecérsele en mis circunstancias y gracias a las telas, velos, brillantes  y afeites que me había proporcionado, y aplicado, Guillaume, contento como unas pascuas como siempre que ponía en práctica su habilidad con los disfraces, aunque en este caso también podría haberla utilizado en sí mismo) caminaba por los pasillos del harén del palacio del gobernador, en la Torre de David, entre colgaduras de seda, muebles de delicada factura, floreados patios de fuentes cantarinas, y otras mujeres vestidas, asimismo, con insinuantes y coloridas sedas y tules. Naturalmente, esa era la razón porque Guillaume hubiera recorrido a mí para esa tarea: no porque fuera la mejor en mi trabajo, ni mucho menos, sino porque la labor en sí debía desempeñarse en un lugar donde no podía acceder ningún hombre. Y se daba la circunstancia de que yo no era ningún hombre.

Pero había algo que me consolaba: que pronto estaría en presencia de Blanca. Y que podría hacerla hablar, aunque más bien lo que me inspiraba su presencia era estrangularla y luego pisotearla como si fuera una sucia rata que pululara por las letrinas. Porque había llegado a la conclusión de que su presencia en Jerusalén, justo en aquel momento y lugar, era muy oportuna. Demasiado oportuna.

Aunque aún desconocía lo que me iba a encontrar antes de poder averiguar todo lo que necesitaba saber sobre aquel enigma.

(continuará).

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