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Archive for 28 junio 2019

banderas, cristianos, cruzadas, ficción histórica, ficción medieval, guerras de religión, independentismo, Jerusalén, misterios, musulmanes, nacionalismo, Reino de Aragón, templarios, Tierra Santa

Detrás de la puerta esperan revelaciones…

 

(viene de)

La travesía por el túnel supuso una verdadera tortura, y no precisamente porque la construcción no fuera lo suficientemente espaciosa ni (sorprendentemente) libre de alimañas, sino por mis inoportunas acompañantes. La joven dama de compañía, Ana, pasó todo el recorrido temblando y profiriendo súbitos grititos cada vez que las sombras creadas por el movimiento de las antorchas se le asemejaban ratas, murciélagos, o incluso crías de dragón, mientras rezaba en un gracioso castellano con mercado acento del sur de la península. En cuanto a Blanca… ay, ¿qué podría contaros de ella que no sepáis ya, aquellos que sigáis mis extrañas aventuras entre dos mundos? La amante, algo fuera ya de tendencia, del rey, no se separó de mi zaga en todo el recorrido por el túnel, mientras yo trataba de orientarme por todas sus ramificaciones siguiendo el precipitadamente pergeñado mapa de Guillaume en la semioscuridad y, por si fuera poco, no dejó de interrogarme con la brutal sutileza que le caracterizaba: que si qué vientos me habían conducido a Jerusalén, que si cuánto tiempo hacía que me hallaba en la ciudad, que si cómo me había encontrado Guillaume, que si cuántas veces habíamos cometido actos impuros de todo tipo e índole… Exasperada, intenté sacar ventaja de la situación, colándole entre mis respuestas algunas preguntas más que me dieron una visión algo más completa del cometido que Blanca había venido a llevar a cabo a la ciudad de las banderas, y que me dejaron satisfecha, por un lado, pero también perpleja, por otro. Afortunadamente, no tardamos demasiado (aunque sí mucho más de lo que estaría dispuesta a aguantar de nuevo. La próxima vez que Guillaume me pidiera ayuda para rescatar a alguna de sus amiguitas en apuros pensaba decirle que las buscara en mis santos ovarios) en encontrar la salida, un corta, estrecha y polvorienta rampa coronada por una piedra medio encajada que dejaba pasar al luz del sol. La retiré, con escaso esfuerzo, me icé hacia arriba… y me encontré con que estaba en aquella estructura semiderruida situada a pocas varas del acceso que yo tan bien conocía al campamento de los templarios, concretamente a su zona aragonesa. “A la salida del túnel, encontrará gente que os ayudará”. Le mato, pensé. Le mato.

Pero ¿qué es esto? –exclamó, Blanca, tan escandalizada como si, en lugar de haberla conducido a la guarida de uno monjes guerreros, la hubiera llevado a algún local de intercambio de parejas, por lo menos, y ella hubiera sido la madre superiora del convento de Sant Joan de les Abadesses (que ni de broma). Yo la ignoré, aunque se me escapaba la risa por debajo de la nariz a pesar de las pocas ganas que tenía de encontrarme en aquel lugar por segunda vez en tan sólo dos días, y me dirigí hacia donde los dos sargentos que hacían la guardia se esforzaban en presentar un aire marcial aunque les traicionasen sus ojillos semicerrados por el aburrimiento. No me molesté en soltar ninguna fórmula de cortesía.

Vosotros dos, ya me estáis llevando ante vuestro jefe, maestre, comendador, general o lo que sea. Traigo conmigo a una dama de la corte del rey Jaume que necesita volver a Barcelona y, por mi parte, yo tengo mucha prisa y estoy muy cabreada.

Al menos conseguí espabilarlos. Ambos, casi al unísono, dieron un respingo y se quedaron mirándome como si vieran al fantasma de Hugo de Payens. Aquello duró un par de segundos, antes de que, súbitamente, irrumpieran en sardónicas carcajadas.

¡Vaya con la damita! ¡Qué humos se gasta! Bonita, ¿acaso no te has dado cuenta de que con un soplido te podríamos convertir en puré? Y eso sin citar otras cosas que podríamos hacerte y que a lo mejor no te gustarían, o lo mismo nos pedirías más… Puedes dar gracias al Altísimo de que hemos hecho voto de castidad y de no ejercer violencia contra las mujeres, que si no… Pero ¿quién se habrá creído que es esta muchacha? –el más joven de los dos, autor de la parrafada, se volvió ligeramente hacia su compañero, que meneaba la cabeza con aire del que ya lo ha visto todo en esta vida y nada le puede extrañar, y yo aproveché el momento para sacar una daga que llevaba escondida entre los pliegues de mi capa. Se me había olvidado que parezco mucho menos impresionante cuando no visto la armadura (tampoco es que con ella lo parezca mucho, en realidad), pero la visión, y el tacto, justo sobre la vena más gruesa del cuello del que tenía más a mi alcance, les dejó repentinamente mudos. Yo tampoco quise derrochar muchas más palabras: estaba harta de aquella gente.

Venga, haced lo que os dicho. Y deprisita, que la daga pesa demasiado para una débil mujer y lo mismo se me cae sobre un lugar que nos os gustaría..

Pero, antes de que pudieran comenzar a moverse, y eso que ahora ya estaban motivados, Guillermo, el comendador leonés de Aiguaviva, apareció detrás de ellos.

¿Se puede saber…? –enmudeció brevemente en cuando vio la comitiva que formábamos–. Vaya, Eowyn, cuánto bueno por aquí. No creo que hayamos hecho tantas buenas obras como para ser premiados con tu presencia dos días seguidos –me quedé estupefacta: ¿cómo había logrado reconocerme el día anterior?–. Y veo que os acompaña doña Blanca. Os esperábamos, señora, de un momento a otro. En breve, un destacamento os conducirá a Jaffa, donde podréis embarcar de inmediato hacia Barcelona. Ahora, tal vez deseéis refrescaos, descansar y comer un poco, así que Berenguer –señaló al joven y lenguaraz sargento de la puerta– os conducirá a mi tienda junto con vuestra acompañante –volvió su mirada hacia mí–. En cuanto a ti, mi querida muchacha, te agradecería que me dedicaras unos minutos.

Mientras la vida del campamento se desarrollaba en torno a nosotros (hombres que alimentaban caballos, transportaban agua de un lado a otro, bruñían armas, entrenaban, y adecentaban el lugar, que falta le hacía…), yo paseaba con Guillermo, impaciente por escuchar lo que tenía que decirme. Al ver que tardaba en empezar a hablar, me adelanté.

Lo teníais todo planeado, ¿no? Vos y Guillaume. Que yo viniera aquí. ¿Y ahora? Supongo que querréis que me quede. Soy mucho más cómoda fuera de esa guerra, ¿verdad? Así no tendréis que luchar contra vuestra conciencia por desear matar a quien tanto os ayudado, corriendo el riesgo de acabar asqueados de vuestras volubles y pecadoras almas. Pues bien, intentad retenerme, si podéis: pienso marcharme de aquí aunque sea arrastrándome y con un hilo de vida.

Guillermo chasqueó la lengua.

Eowyn, por favor, no es necesario que seas tan novelesca. Obviamente, eres libre de irte o quedarte. Pero tal vez pueda hacerte una buena oferta para que optes por lo segundo. Y no creas que estaba todo planeado. Sabíamos que Guillaume estaba en la ciudad con doña Blanca, y desde ayer (te conozco muy bien y te reconocería incluso cubierta de barro de la cabeza a los pies) también sé que tú estabas, pero no he planeado nada con él, aunque sólo sea porque la comunicación está resultando difícil. Puedes creerme.

Arrugué lo labios, sin mucha fe en sus palabras. Él continuó.

Todo está preparado para que Blanca vuelva a Barcelona. Si accedes a acompañarla, te pagaremos bien. Mucho más de tu sueldo en Jerusalén… Sí, ayer hice averiguaciones y sé para quién trabajas. Necesita a alguien que se ocupe de sus seguridad, y nosotros no podemos destinar efectivos. ¿Qué me dices?

Nada molesta tanto a una mercenaria que le recuerden que lo es. Que lo es completamente. A ver, es bien cierto que trabajo por dinero. Pero que actúen como si no tuviera lealtad por ninguna causa no remunerada, aunque no la tenga, la verdad, me toca un poco la moral.

Creo que esta conversación ha acabado –di la vuelta y me dirigí a la salida–. Arreglaos como podáis, yo ya he cumplido mi cometido con la única persona entre vosotros que realmente se ocupó de mí cuando conseguisteis, gracias a mi incalculable ayuda, atrapar a Esquieu, y dejé de seros útil. Voy a ocuparme de que no entréis nunca en la ciudad y de que, si lo hacéis, ya no volváis a salir, al menos de una pieza. Y no intentéis impedirlo: me mataréis, pero pienso llevarme antes a varios por delante, y con tan poco personal (miré con desprecio a mi alrededor: la verdad es que el contingente, sin ser ridículo, era bastante menguado) no es que os convenga mucho.

Guillermo no contestó. Le di la espalda y sentí su mirada sobre mí mientras me dirigía a la salida. Evidentemente, no me preocupé por no despedirme de Blanca. Cuando estaba a punto de salir, oí la voz del mariscal templario de Aragón.

Dime una cosa, Eowyn. ¿Te has preguntado alguna vez por qué hacemos esto? Y ¿te has preguntado alguna vez por qué tus amigos Omar y Ferran parecen haberse vuelto locos? Yo de ti lo haría. Y lo haría pronto.

Después de volver a meterme por el túnel y salir por la estrecha grieta que me había mostrado Guillaume, ya bien pasada la hora nona, di con mis agotados huesos y mis más exhaustas aún neuronas, en la taberna de la puerta de Damasco. Con un muchacho que haraganeaba por la calle, hice llamar a Ferran, que casi tardó menos en llegar de lo que yo me demoré en pedir una buena jara de vino.

Estás aquí –constató–. La verdad, me tenías preocupado. Después de recibir tu mensaje, fui a tu casa a ver cómo te encontrabas, pero tu casera me echó con cajas destempladas, alegando que debías descansar. Aquello no me olió demasiado bien.

Como ves, había salido –intenté disimular lo mejor que pude–. A probar la resistencia de mi pierna, que por cierto está en perfectas condiciones, y después a buscarte. Pero ella no lo sabía… Me alegro que hayas venido tan pronto, Ferran. Hay algo que quiero decirte.

Si es que Roger tome medidas contra ese par de asnos de guardia y sus acólitos, he de decirte que ya está hecho. Bastantes problemas tengo como para tolerar disensiones internas en mitad de una batalla.

No esperaba menos de ti… Bien, supongo que Christophe te habrá ampliado todos los detalles de lo que sucedió ayer…

Pareció sorprendido.

No sé nada de Christophe. No se ha presentado en su puesto y no ha enviado ningún mensaje. Pensé que seguía recuperándose pero, tras ir a tu casa, me pasé por la suya, y no había ni rastro de él, tampoco. La verdad, no sé muy bien lo que está pasando. Le he buscado por todas partes.

El corazón me dio un salto.

Sabes que le gusta ir bien provisto a la batalla. De vino en el estómago, quiero decir. Beberá, dormirá, y a la hora convenida estará listo –así quería creerlo, aunque me extrañaba que no estuviera en los lugares habituales… Pero no podía permitirme el lujo de preocuparme de eso ahora: tenía que confiar en él–. ¿Y en cuanto a X? –en su silencio obtuve mi respuesta–. No le habéis localizado. Ya veo lo que va a pasar: en el momento menos deseado aparecerá para intentar matarme: me sucede a menudo, me temo. Pero, de todas maneras, él no ni es mucho menos la mayor de mis inquietudes en estos momentos.

Ferran, que hasta el momento había permanecido en pie, se sentó a mi lado, y se sirvió de la jarra en una más pequeña que le aguardaba.

¿Entonces? ¿Qué sucede? No me dirás que te arrepientes. Que has decidido irte con esos animales sin Dios ni corazón de los templarios.

Le eché una mirada de soslayo.

¿Por quién me tomas? No es eso, claro que no. Lo que pasa es… que hay cosas que me están chocando mucho desde que llegué a la ciudad y, que, de pronto, esta mañana… alquien dijo algo que me dio el patrón que necesitaba. El patrón que todos los misterios que me preocupaban podrían tener en común. A partir de ahí, y mientras comprobaba que mi herida estaba completamente curada y lista para entrar en batalla esta noche, comencé a investigar. A intentar encontrar confirmación a mis sospechas. Aún no lo he logrado, pero…

Él permanecía atento a mis palabras, preguntándose, sin duda, por dónde iría a salir.

Dime una cosa, Ferran: no te lo he preguntado antes porque no quería inmiscuirme, ni hacer que creyeras que me inmiscuía, en tu libertad de elección. No quise dar la sensación que te cuestionaba, porque no te cuestiono, pero… necesito saberlo. A ti te importaba un ardite tanto Yahvé como Dios como Alá como sus respectivos profetas. Te reías conmigo de los papanatas que cifraban todas sus esperanzas en un Ser Supremo y un paraíso que no tiene visos de existencia. ¿Por qué, de pronto, te vuelves el defensor más leal de la causa de la media luna? ¿Por qué ese odio a los templarios? En mi caso, está justificado, pero a ti nunca te atacaron. Todo lo contrario, creo recordar que te hiciste gran amigo de Guillaume, e incluso de Bernard, después de nuestra aventura juntos en Tortosa. Dime ¿qué ha sucedido?

Su mirada se tiñó de dolor.

Tienes razón. A mí nunca me atacaron.

Su tono era extrañamente desapasionado, casi psicótico. Me recorrió un inesperado escalofrío.

¿Entonces?

A mí, precisamente, no.

Creo que palidecí. Intuía su respuesta.

Explícate.

Él se inclinó hacia mí, sobre la mesa.

¿Recuerdas la última vez que nos vimos en Barcelona? ¿Cuándo buscabas ocupación

Cómo voy a olvidarlo. Fue un día muy triste.

Lo fue para todos. No podíamos ayudarte. Omar estaba destrozado después de la traición de Elisenda y la pérdida de su popularidad en la Corte y entre las familias nobles. Necesitaba un descanso. Algunos días después de tu visita, salimos. Nos disponíamos a llevar a cabo una saludable partida de caza para llenar la despensa de cara al invierno. Cabalgábamos, reíamos… Aquel día Omar parecía más alegre, y llegué a pensar que pronto se recuperaría y que las cosas volverían a su cauce.

Respiró hondo, como si se dispusiera a tomar impulso para lo que venía a continuación. No le interrumpí, a pesar de que mi impaciencia habitual pugnaba por salir por todos mis poros.

Estaban ahí, en el camino que solíamos tomar. Habían entrado en las tierras de Omar. Nos esperaban. Con sus yelmos enteros, no pudimos ver sus caras. Pero sus hábitos y mantos blancos con cruces rojas, las de algunos, y negras con cruces rojas, las del resto, no dejaban lugar para las dudas. Parecía que no deseaban dejarlo. Eran una compañía de unos veinte caballeros, si así puede llamarse a unos malnacidos, y su presencia allí no era casual. Nos buscaban a nosotros. Específicamente a nosotros. Bueno, en realidad, a él.

Volvió a interrumpirse mientras yo le azuzaba con un gesto.

A mí me sujetaron mientras apaleaban a Omar. Esa es la razón por lo que ha estado ausente tanto tiempo, no tanto sus negociaciones con el sultán. Se recuperará, supongo, pero dudo que pueda volver a ser el mismo. Dudo que pueda seguir trabajando.

Me llevé las manos a los labios para ahogar un gemido.

Entonces vine aquí., y me dediqué en cuerpo y alma a organizar la defensa de la ciudad. Juré lealtad al gobernador y me puse a los órdenes de Roger, aunque él me trata como a compañero, más que como a un ayudante. Y te puedo asegurar que los que iniciaron todo esto o pagarán muy caro. Muy caro.

Apretó el puño sobre la mesa, sin llegar a golpearla. Yo bebí de un trago todo el contenido de mi vaso y me serví otro.

Hay una manera de arreglar esto –le dije, intentando guardar la compostura tras las terribles noticias–. Sé una forma de sacar a toda la población civil de la ciudad, de ponerlos a salvo. Después, forzaremos una negociación con los templarios. Creo que yo podría tener algo que a les podría interesar, algo lo bastante importante para que atiendan a razones. Se irán o, en el peor de los casos, conseguiremos una ocupación que garantice que en la ciudad todo el mundo tendrá el derecho de gestionar su vida o su fe como mejor decida. Y no es porque rehúya el enfrentamiento. En estos momentos, siento tanta rabia hacia tantas personas que sólo unos cuantos muertos bajo mi espada podría calmarme. Pero esa no es la idea… Ferran, creo que todo esto ha sido una gran manipulación desde el principio, y tú, yo, los jerosolimitanos y los propios templarios sólo somos las víctimas de algo que nos supera. Escucha…

Pero él me interrumpió.

Pero, Eowyn, ¿acaso has escuchado algo de lo que te he dicho? No sé a lo que te refieres ni me importa. Yo sé lo que vi. Tampoco tengo ni idea de lo que te refieres cuando hablas de sacar a la gente de la ciudad, pero no me interesa.

No podía estar escuchando realmente aquellas palabras, No de boca de Ferran

¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo no pueden importarte estas personas? ¡Juraste defenderlas!

Porque no quiero la paz con los templarios. Con los cristianos, en general. Quiero que todos los odien como yo los odio –la rabia que bullía en su acento me impactó como una puñalada–. Porque esto no ha sido algo aislado. Esa gente nos aborrece. Todos vosotros nos aborrecéis

No me metas a mí en tus locuras. Además… Espera un momento: dijiste que cuando sucedió lo del ataque, viniste aquí para organizar la defensa de la ciudad pero, ¿por qué? ¿Por qué aquí precisamente? ¿Cómo sabíais que esta ciudad corría peligro?

Es lo que iba a explicarte ahora –replicó–. Cuando los templario pensaron que habían acabado con él y se marcharon, pensé que Omar se desangraría allí mismo. Que la única persona en el mundo que tenía la valentía de ser quien quería ser y de ayudar a los otros a que lo fueran, como me ayudó a mí a escapar de la tutela de mi padre y renunciar a ser lo que se esperaba de mí, un caballero más, moriría allí mismo, como un perro, y dejaría huérfanos a todos los que ayudó, incluido yo. Pero, justamente, pasó por allí una comitiva: era una viajera noble de Granada, acompañada de su servidumbre y de su guardia. Venía para tratar de asuntos diplomáticos con el rey Jaume de parte de su soberano. Ella puso a nuestro servicio a toda su servidumbre, e intercedió ante su rey para que Omar viajara a la corte del sultán de Egipto a ser tratado por sus mejores médicos, cuando los de aquí se vieron imposibilitados de hacer nada más. Ella fue la que me reveló que los espías granadinos habían averiguado que la cruzada de los templarios estaba un punto de empezar, y que todo respondía a un plan mucho más ambiciosos: un nuevo contubernio de los reyes de Europa para acabar con el islam, usando ahora todos los métodos a su alcance, por muy poco caballerescos que sean: ella estaba encargada de intentar pararlo en Aragón ofreciendo prerrogativas a Jaume, pero nuestro monarca está demasiado preocupado por sus próximas conquistas militares, si es que no está inmerso en la conspiración

Me caían gotas de sudor de la frente; era demasiado esfuerzo para mi cerebro tratar de entender aquel surrealista relato.

Ferran, todo esto parecen los desvaríos de un lunático. Además, ¿no crees que es un poco extraño que el camino de Granada a Barcelona pase por la costa norte, donde está la casa de Omar? ¿Y qué en otros ambientes no se haya sabido nada de esas negociaciones?

Eso no tiene nada que ver. Además, llevamos mucho tiempo lejos de Barcelona. No sabemos qué ha podido suceder.

Me levanté, empujando la silla lejos de mí. No sabía qué hacer ni cómo canalizar mi nerviosismo, cómo hacer que mis ideas fluyeran con más rapidez.

A ver… recapitulemos. Ferran, ¿podrías describirme a esa mujer?

Ferran frunció los rasgos, extrañado de mi pregunta.

No veo que eso sea importante, pero… Una mujer normal, no especialmente bella ni tampoco todo lo contrario. De estatura menor que media, ojos oscuros y cabellos de un castaño claro.

Seguí paseando, intentando enhebrar el hilo de aquella aguja. No, no, no podía ser, todo mi castillo de naipes se desmoronaba: aquella mujer no se ajustaba a la descripción que yo estaba esperando, por muy disfrazada que estuviera.

Sus criadas, ¿ocultaban el rostro?

Sí, pero eso no es extraño en las mujeres de mi religión. ¿A dónde quieres ir a parar?

¿Y ella? ¿Qué edad tenía?

Eowyn, no sé qué pretendes con este interrogatorio…

Contesta, por favor.

Era muy joven, casi una niña. Me extrañé de que una misión tan importante hubiera sido confiada a una mujer de su edad, pero parecía muy bien asesorada, y estaba rodeada de hombres sabios…

Yo chasqueé los dedos.

Y, supongo, que como buena nativa de Granada, hablaba el castellano que hablaba tenía un marcado acento del sur. ¿Me equivoco?

Guillaume me esperaba en mi habitación. Sí, como era habitual, mi casera no había podido resistirse a su encanto, y ahora comía en su mano. Yo irrumpí en la estancia como un vendaval.

¡Por fin! –exclamó él–. Te esperaba mucho antes. ¿Qué demonios te ha pasado? ¿Ha salido todo bien?

Yo no respondí. Me llameaban los ojos.

¿Lo hicisteis vosotros?

Eowyn, ¿se puede saber qué te pasa y a qué te refieres?

El ataque a Omar. ¿Lo hicisteis vosotros, repito?

¿Omar ha sido atacado? ¿Cuándo? No tenía ni idea de ello. Oí decir que está con el sultán. Y ya sé que Ferran es tu jefe y que ha cambiado bastante respecto al hombre que conocí. ¿Por qué dices qué hemos sido nosotros?

Por favor, dime la verdad. ¿Te dejaste convencer por Blanca? ¿Creíste que sacarías de eso alguna ventaja? ¿Hiciste algún pacto con ella?

Pero… esto es increíble. No puedo admitir de ninguna manera que tengas esos pensamientos acerca de nosotros… acerca de mí… Por Dios santísimo, ¿es que no me conoces?

Su rostro expresaba una pesadumbre tal que me casi me convenció.

Guillaume, ya no sé qué pensar. Ya no sé a quién creer.

Se levantó de la cama donde había estado sentado, y comenzó a pasear por la habitación. Yo me senté al lado de donde él había estado.

¿Cuándo sucedió?

Le miré con suspicacia. No, no podía creer en realidad que se hubieran atrevido a algo así. Pero tampoco sería la primera vez que los templarios me traicionaban… ¿Y si aquella conspiración a escala global de la que hablaba Ferran era real? Cosas más extrañas se habían visto. En aquella ciudad reinaba un ambiente malsano, yo lo sabía desde hace tiempo, pero ¿y si la realidad se correspondía a algo completamente distinto a mis sospechas? Me esforcé en mostrarme civilizada: le daría un oportunidad. Una solamente. Traté de concentrarme.

Tuvo que ser poco después de nuestro encuentro. En sus propias tierras. Cuando me hallaba navegando hacia Chipre bajo las garras de Gonzalo –pronuncié las palabras con odio: no quería que olvidara por una momento la parte de culpa que le tocaba por mi secuestro, ordenado por un alto cargo de su orden. El rictus que recorrió su cara me indicó que lo había conseguido. Después, se serenó y dijo:

Yo me hubiera enterado de cualquier movimiento que se realizara en los alrededores de Barcelona, Eowyn. Si hubiera sido cuando partí hacia Tierra Santa, con Blanca, un par de meses después… podría haber tenido dudas. Pero ahora puedo asegurarte que no es cierto. No sé qué le pasa a tu Ferran, pero, o él mismo está muy confundido o está tratando de confundirte a ti. O tal vez ambas cosas.

Nuestras miradas convergieron en un destello de entendimiento. Supe que ambos estábamos pensando, si no de la misma manera, de otra muy parecida.

Hay otra explicación –dije al fin–. Si realmente puedo creer que vosotros no llegasteis a ese punto… Es descabellada y casi conspiranoica, aún más de lo que es la de Ferran, aunque sea, también, más concreta. Él me contó que la mujer que, casualmente, pasó por allí y les ayudó, y también les condujo a esta espiral de fanatismo, y que defendía la tesis de una cruzada a gran escala contra el islam, tanto ideológica como militar, era muy joven y hablaba con acento del sur –dejé que mis palabras maduraran en su mente. No fue necesario esperar mucho.

Ana –respondió, escueta y velozmente.

¿La crees capaz de esto? –él empezaba a negar dubitativamente con la cabeza, pero yo continué–: Quiero decir, ¿crees capaz de esto a su jefa? No hablo de moral, si no de su inteligencia

En realidad, ambos conocíamos la respuesta. Él suspiró y apretó los puños. Después, se acercó a la ventana que daba al patio y se quedó mirando por ella, soñador….

He fracasado –dijo–. Quise ser más listo que ella y me venció. Me venció con mis propias armas… Se suponía que yo tenía que controlarla para que no se entrevistara con Felipe de Francia, o al menos averiguar si lo hacía y sobre qué tema. Pero creo que era ella la que me vigilaba a mí… Es posible, incluso, que la obsesión que yo le inspiraba haya desaparecido. Me he creído irresistible y muy sabio, pero ella ha jugado conmigo todo este tiempo.

Se volvió hacia mí y se quedó mirándome, con los brazos cruzados y una carga importante de contrición en la mirada. Me levanté y me puse frente a él.

Ahora mismo, Guillaume, una parte de mí desea matarte, por ser un ingenuo, por ser un descerebrado, por tener el cerebro concentrado en una parte del cuerpo que no tiene que ver en absoluto con la cabeza… por ser una hombre típico y tópico, en fin. Pero he de reconocer que ella es una rival demasiado fuerte para nosotros. Yo misma he estado a punto de ser engañada por ella en varias ocasiones… Hoy mismo: ha sido tan terriblemente pesada en preguntarme por activa y por pasiva cuál era mi relación contigo, que pensé que seguía siendo la Blanca de siempre. Pero ahora pienso que lo hizo con demasiada insistencia, con demasiada desesperación, que estaba intentando encubrir algo mucho más grave, mucho más decisivo para nosotros. Y eso no quiere decir que la obsesión no permanezca, pero… Guillaume, ¿crees que ella pudo saber algo sobre el proyecto de invasión de Jerusalén?

El rostro de él se ensombreció aún más.

Un día… una noche… tuve un descuido. Bebí demasiado. Dejé las cartas de Bernard bastante a la vista. Ella intentaba siempre hacer que bebiera y comiera, decía que quería verme feliz… Después, cuando me di cuenta de lo que había pasado, no vi ninguna prueba de que ella hubiera leído mis papeles y traté de convencerme de que no lo había hecho, de que su odio hacia los templarios no era tan feroz. Y, en realidad, quizá no lo sea.

Entendí lo que quería decir.

Lo es en realidad, por varias razones. Pero esto es demasiado grande para ella. Alguien está empleando ese odio y, sobretodo, su desmesurada ambición, y seguramente Blanca no sea la única pieza que Felipe esté moviendo en este tablero. Esto tiene un ámbito demasiado global, Guillaume. Pero –comprendí que se estaba haciendo tarde– ahora yo necesito estar sola para pensar

Vas a reunirte con los tuyos, ¿no? –me interrumpió–. ¿Todo lo que has averiguado, toda la gran mentira que representa esta batalla, no ha hecho tambalear en lo más mínimo tu lealtad hacia Jerusalén?

Aplícate el cuento, entonces…

Sabes que tenemos razones fundadas para hacerlo. Y si no lo sabes deberías saberlo.

Recordé las palabras, dichas apenas unas horas antes, del tocayo leonés de Guillaume, las palabras que habían dado una definitiva forma a mis sospechas. Miré la posición del sol en la ventana: no me quedaba mucho tiempo para reunirme con el resto de los defensores de la ciudad y comenzar la incursión fuera de las murallas.

Hablaremos de esto. Hablaremos de esto, no sé cuándo, pero hablaremos. Ahora, te pido que te marches –le miré. Tal vez nunca volvería a verle vivo. Tal vez nunca volvería a verme viva. Tal vez uno de los dos acabara teniendo que matar al otro. Pero no podía demostrar que necesitaba decirle adiós. Me di rápidamente la vuelta, tragándome mis sentimientos. Debería estar acostumbrada a despedirme de mis amigos. Debería estar acostumbrada a perderlos. Debería. Le indiqué la puerta y me volví de espaldas. Oí que decía:

No, Eowyn. No puedo dejar que lo hagas.

Y, de pronto, todo se volvió negro.

(continuará…)

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