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Archive for 6 octubre 2019

En la ciudad de las banderas VII

Los misteriosos túneles de Jerusalén. ¿Es un espejismo la luz que se ve al final? Lamentablemente, eso parece.

(viene de) Fue como un salto temporal. Lo siguiente que recuerdo fue que me desplazaba, casi flotando, por los túneles bajo la ciudad. Tuve el absurdo pensamiento de que, en algún momento durante el periplo con Blanca y con Ana, me había parado un momento a descansar, me había dormido, y todo lo que había vivido después no era más que un sueño. Pero tenía que reconocer que el añadido de los cuatro guardias de la amiguita de Guillaume (o, al menos, sus colores vestían), uno delante, uno detrás, y dos a cada lado, llevando en volandas mi cuerpo sujeto con férreas ligaduras, eran demasiado feos como para ser una ilusión de mi sentidos. Y es que una tiene un gusto refinado en cuanto a hombres hasta en sueños. Es una lástima que la realidad nunca responda a mis exigencias.

–Pero ¿se puede saber qué estáis haciendo? –les increpé–. Tenía entendido que habíais huido como ratas cuando se conoció que los templarios estaban casi a las puertas. Aunque no es menos cobarde apresar a una pobre mujer indefensa, y que además, no está vestida para la ocasión–. Maldita sea… ¿Por qué no se me había ocurrido ataviarme con mi saya y mi perpunte y armarme convenientemente antes de ir a ver a Guillaume? Y, por si fuera poco, no notaba el peso de mi daga entre mis vestiduras: me habían registrado a fondo, y probablemente habían aprovechado para meterme mano, los muy pervertidos. Aunque de poco habría servido que me la hubieran dejado, pues estaba tan firmemente atada como una salchicha–. Bueno, qué decís: ¿os han cortado la lengua, además de los huevos?

Pero nada; no conseguí provocarlos: continuaron transportándome en silencio por los túneles, que ahora bajaban en pendiente. Me fijé, además, que eran mucho más amplios que aquellos que yo había recorrido tan pocas horas antes (aunque ahora me parecieran extensiones inabarcables de tiempo) y estaban provisto de, cada pocos codos, de soportes que sostenían teas encendidas. Todo estaba preparado, pensé. Guillaume… Hijo de puta, me la has vuelto a dar con queso. Pero ¿por qué? ¿Qué pretendía? Era evidente: había traicionado a los templarios de nuevo (recuerdo aún cuando nos drogó a Bernard y a mí para robar la misteriosa reliquia que ahora está en poder de Gran Maestre y del misterioso Grupo de los Cuatro. Bien es cierto que se arrepintió en aquella ocasión, pero quien tuvo retuvo) y ahora era siervo de Blanca, y seguramente no sólo por los dos poderosos argumentos que la susodicha tenía colocados sobre el busto; debía haberle hecho una propuesta terriblemente sustanciosa, contante y sonante, y más brillante que las cadenas de oro y piedras preciosas que adornaban las anteriormente citadas prerrogativas femeninas de la aludida. Además, mi amigo bretón llevaba comportándose de una manera muy extraña desde que me había encontrado con él día anterior: actuaba como si tuviera que hacer o decir algo inevitable y no estuviera seguro de mi reacción al respecto. Y yo tal vez le había demostrado que sabía más de lo que debería saber… No obstante, ya pensaría en ello más adelante. Primero le mataría, y luego le preguntaría: de momento, tenía que escaparme. Como fuera.

Fue tan rápido que no lo vieron venir. Tal vez no lo vi ni yo: estaba demasiado acostumbrada a ser perseguida, capturarme y escaparme que ya casi me resultaba cotidiano. Sí, lo sabía, un día me atraparían y me matarían entre terribles sufrimientos, pero bueno, ya me ocuparía de ese problema cuando llegara. Antes de doblar una esquina vi el resplandor de una de las antorchas, y ni lo pensé. No, realmente, no lo pensé. Justo en el momento de girar hice tres actos simultáneos: el primero, comenzar a menearme como si sufriera el mal de San Vito. El segundo, golpear con mi cabeza, la única parte de mi cuerpo que tenía algo de movilidad independiente, la tea de aquel tramo (bajo riesgo de quemarme el pelo) desde abajo, haciéndola caer de su soporte al suelo y logrando que se hiciera la casi total oscuridad a nuestro alrededor. Y, el tercero, acompañar todo ello con gritos tan estentóreos que estoy convencida que resonarán mucho tiempo en las pesadillas de la cobarde guardia de Blanca. Lo súbito de la actuación, la semioscuridad y el ruido atronador me ayudaron a librarme de sus garras y caí al suelo, donde me apresuré a agitarme sobre la antorcha para apagarla (con riesgo de quemarme enterita).Y, mientras, ellos chocaban entre sí, juraban y me buscaban entre éxito, hice lo único que podía hacer en esas circunstancias: dejar que mi cuerpo rodara pendiente abajo, hasta que me detuviera la siguiente pared, que yo no podía ver dado aún que las antorchas estaban dispuestas para alumbrar los muros y sólo una pequeña porción del suelo, cosa cuya única ventaja era que ellos no me verían hasta que no pasara delante de la próxima tea. De acuerdo, el plan tenia sus lagunillas, pero tenía la esperanza de no coger excesiva velocidad y de que el golpe contra la pared no fuera demasiado fuerte, y de que justo en el momento de quedar expuesta a la luz estuvieran ocupados buscándome en otra parte. Y de no manchar demasiado el vestido nuevo con aquel polvo acumulado desde décadas, lo que sería una lástima: ya os había dicho que el plan no estaba muy meditado.

Pero no salió tan mal, después de todo: la pared que debía frenar mi recorrido tardaba en llegar, ellos no me localizaron antes de que mi cuerpo ya hubo cogido bastante aceleración, y cuando, por fin, el rozamiento con las frías, duras y erizadas de aristas losas del suelo (de las que intentaba mantener alejada mi cabeza) hubieron deshilachado mis ligaduras lo suficiente como para poder romperlas, frenar como pude mi desenfrenada carrera y hacer el resto del recorrido caminando sobre dos piernas, vi que mis perseguidores, aunque a escasa distancia, me dejaban suficiente margen para poder escapar de ellos, me lancé hacia el final del túnel, decidida a encontrar la legendaria luz, esa luz que desde que comenzó el siglo XXI sus habitantes no dejan de buscar, y nunca aparece. Aunque quizá nunca ha existido ni existirá.

Y así hubiera sido. Si algo o alguien, después de yo hubiera corrido por el mismo túnel sin afluentes durante milenios, como si me hubiera estado aguardando, no me hubiera atrapado al vuelo y me hubiera empujado en un hueco excavado en la pared, para luego cerrar una puerta de hierro y ponerse delante. A la tenue iluminación de unos candelabros situados a mi derecha, que iluminaban la silueta de un Christophe atado tan firmemente como yo hacía pocos minutos, sólo que con cadenas, y sujeto a una argolla de la pared mientras me miraba con un extraño sarcasmo resignado, pude ver con quién me estaba enfrentando. No fue una sorpresa.

–Espera algo así, Eowyn. Otra de tus espectaculares fugas. Nunca me decepcionas. Aunque a ves quizá me gustaría que lo hicieras. No me preguntes por qué.

Le miré con furia contenida.

–Si quieres que te diga la verdad –le dije a Guillaume (¿quién iba a ser, si no?)– en el fondo de mi ser tenía la esperanza de que algún esbirro de Blanca hubiera logrado esconderse en la habitación, dejarte fuera de combate y secuestrarme a mí, aunque sin saber con qué propósito. No me hacía ninguna gracia reconocer que había sido tan estúpida de creer en ti de nuevo, a pesar de las veces que me has fallado. Por eso la gente como yo no vencerá nunca, jamás conseguirá lo que se propone. La victoria será siempre para psicópatas sin sentimientos, como Blanca, como tú. Me odio por ser tan débil y tan estúpida, pero a ti te odio más. Y te mataré, te lo juro, te mataré como sea y a costa de lo que sea, aunque sea lo único que haga en este mundo.

El dio un paso hacia mí, sonriendo con dureza.

–Guarda tu odio para quien lo merezca, Eowyn. No soy tu enemigo. Todo lo contrario. He hecho esto para salvarte.

Solté una carcajada y le ojeé con desprecio.

–Siempre serás en mismo, Guillaume. Quieres comportarte como un cabrón y a la vez quedar como una caballero. Pero mejor que no te esfuerces conmigo. Te conozco demasiado…

Me interrumpió.

–Eowyn, no tengo tiempo para darte explicaciones. Pero quiero que sepas que no trabajo para Blanca, aunque sean sus guardias los que te hayan traído aquí. Esos valientes soldados quisieron huir de la manera más abyecta cuando supieron lo que se les avecinaba, dejando a su ama en la estacada. Pero yo les convencí, enseñándoles una buena bolsa de oro, de que se quedaran, de que no correrían peligro. Les necesitaba.

–Pero ¿se puede saber qué estás diciendo?

Casi me interrumpió en su afán por explicarse.

–¡No estoy solamente aquí para acompañar a Blanca! Fue providencial para nuestros planes tenerme dentro, porque la idea era que alguien orquestara la salida de la población civil por los túneles. No queremos caer en ninguno de los errores que se cometieron en el pasado, cada vez que se enarbolaba el término cruzada. No nos conviene de cara a nuestra ya caduca fama ante la población y, aunque pueda sonar ingenuo y poco militar, tampoco lo deseamos. El único problema es que me enteré demasiado tarde, de hecho, hace pocas horas, de la incursión que tú y tus amigos queréis hacer hoy (sí, ya lo sé), y tuve que acelerarlo todo a la mayor velocidad posible. Aunque evidentemente ya imaginaba que algo se cocía, por eso fui a verte ayer. Por eso ahora estás aquí. Porque te irás con el resto por los túneles. Lo siento: no quiero verme obligado a matarte o que los míos te maten por una absurda lealtad a esta ciudad, y sobre todo cuando sabes que esta guerra está basada en una mentira. Llevamos tiempo negociando con el sultán, intentando conseguir un estado de gobierno en que nosotros rijamos la ciudad sólo nominalmente, respetando la vida de los ciudadanos y su libertad de culto, pero las intrigas de Blanca, y de quien está detrás de ella y detrás de otros muchos agentes que pululan por esta ciudad de las banderas, como tú dedujiste, lo ha hecho imposible. Porque tú no tienes ni idea de la importancia de esta guerra.

Durante un momento, me quedé en blanco. Estaba desconcertada por aquel alud de información, y miré a mi alrededor. Se trataba de una habitación alargada que tenía, en uno de sus lados estrechos, frente al que aprisionaba a Christophe, alojada una cama y un baúl, y en su lado ancho, enfrente de la puerta de entrada, una serie de estanterías llenas de cajas y de más arcones abiertos, todo ello repleto de objetos que, a la penumbra de las antorchas, no acerté a distinguir de momento. Pero nada ayudaba a que mis ideas se aclaran.

–Nada de este tiene sentido. Nada. Estás intentando engañarme de nuevo. He sido demasiado permisiva contigo. Me he dejado llevar por tu eterna expresión de niño bueno, por tus zalamerías. Pero eso se ha acabado. Eres el enemigo. Quizá siempre lo fuiste. No debí haber olvidar nunca que robaste la reliquia y traicionaste a tu orden, porque desde entonces probablemente estás traicionando a todos los que te aprecian. De hecho –reflexioné– has traicionado a unos traidores y no por ese motivo. Eso te deja en el puesto más bajo de la escala de la moral caballeresca.

Él negaba con la cabeza ostensiblemente.

–No, no, Eowyn, estás equivocada. Yo nunca he sido un santo ni he pretendido serlo, pero soy un templario y a ellos soy fiel, y ellos también son fieles a sí mismos, aunque tu experiencia con Gonzalo y con los bienintencionados pero torpes intentos de Bernard para atarerte a Tierra Santa no te lo deje creer. Tal vez no me guste, tal vez no sea un modelo de comportamiento, tal vez me haya sentido tan frustrado de ser un segundón y de no poder tener las posesiones y riquezas de mi hermano, cuando soy mucho más merecedor que él de ellas y las gestionaría mejor, y ello me haya llevado a cometer muchos errores, pero todo eso se acabó. Y en cuanto a ti, a traicionarte a ti… Eso es algo de lo que te quería hablar.

Hice un gesto de extrañeza.

–Podría traicionar muchas cosas en este mundo, pero no a ti. Tú no te lo mereces. Te llenas la boca diciendo que sólo actúas por dinero, que te vendes al mejor postor, pero tú y yo sabemos que eso no es cierto. Ya lo comprendí cuando te conocí, cuando te encontramos después de una de tus enésimas riñas de taberna, cuando trataste de escandalizar a todos los hermanos que me acompañaban: eras un soplo de aire fresco en un mundo corrompido y te merecías todo lo bueno que pudiera pasarte. Y todas las aventuras que hemos vivido juntos no han hecho más que refrendarme en esa idea. ¿Y qué te dimos nosotros? No sólo no te dimos nada, sino que te quitamos lo poco que tenías, fomentamos y luego arruinamos tus esperanzas –iba a abrir la boca, pero me interrumpió con un gesto de la mano–. No, no. Espera. He intentado defenderme de tus acusaciones porque está claro que no hubo mala fe por nuestra parte, pero, razón, la tienes, toda la razón. Haces bien en estar enfadada, haces bien en odiarnos. Pero voy a pedirte que no lo hagas. Voy a pedirte que luches a nuestro lado o, mejor, que nos dejes esto a nosotros. Que te pongas a salvo. Creo que tal vez, al menos en esta ocasión, te toca descansar.

Había venido algún extraterrestre y había ocupado el cuerpo de Guillaume. Era la única explicación. O bien tenía un hermano gemelo particularmente santurrón que le estaba suplantando. O es que su capacidad de mistificación superaba incluso la que le había supuesto en mis momentos más realistas. Él continuaba.

–Lo perderemos todo si no ganamos esta cruzada, Eowyn, tú lo sabes, lo debes de saber. Necesitamos la credibilidad que nos permita reivindicarnos frente a una ciudadanía que ya nos considera inútiles, acabados, y frente a los monarcas que planean fusionarnos con otras órdenes y quitarnos nuestra libertad de actuación. Los proyectos en los que creemos, en los que tú también crees, nunca se podrían llegar a cabo. Por eso necesitamos poseer de nuevo los santos lugares. Aunque sólo sea de nombre. Eowyn, ganemos esta batalla y la Orden no me pedirá nada más. Podré hacer lo que desee. Tú podrás hacer lo que desees. Me encargaré de ello. De que tengas, por fin, la felicidad que mereces.

Busqué a tientas el banco apoyado a la pared y me dejé caer en él. Ya me conocéis y no soy la típica damisela que se desmaya, más bien intento desmayar a la mayor cantidad de gente posible cuando se tercia, pero en esta ocasión hasta yo me iba a caer redonda.

–Te enfadaste mucho cuando nadie te avisó de que yo no morí de mis heridas en Perugia, ¿verdad? Tuviste que vivir muchos meses pensando que estaba muerto. Que un nuevo nombre se sumaba a tu lista de amigos perdidos… Eowyn, yo he perdido tantos hermanos de armas ya que casi he acabado por acostumbrarme y me costaba entender que tú no pudieras. Pero cuanto me dijeron que no habías embarcado rumbo a Bolonia y que nadie sabía de tu paradero… Durante también demasiados meses, sólo me sostuvo la esperanza de que eras fuerte, de que sabrías cuidarte. Confiaba en ti. Pero… Eowyn, las cosas van a cambiar mucho de aquí en adelante.

Cerré un momento los ojos, como si la emoción me hubiera hecho perder momentáneamente el sentido. Sentí cómo Guillaume daba un paso hacia mí, pensando que me había desmayado definitivamente. Pero los abrí.

–Guillaume, necesito beber algo, por favor.

Había una leve expresión de sorpresa en su mirada, pero al final parecía creer que yo era sincera. Se precipitó a una de las cestas de las estantería y sacó algo, un vaso pequeño, que rellenó con el contenido de lo que parecía una botella.

–Es hidromiel. Fuerte y de la mejor calidad. Te hará sentir mejor –dijo, al ofrecérmelo.

–Acércamelo a los labios, por favor. Me tiemblan las manos.

Él hizo lo que le había pedido y yo bebí, mirándole atentamente a los ojos.

–¿Mejor? –pregunté cuando hube terminado.

–Mucho mejor. Gracias.

Dejó el vaso sobre la estantería.

–Sé que ha sido mucha información en poco tiempo. Te dejo aquí para que lo pienses. En breve, los soldados de Blanca volverán para sacaron, a ti y a tu amigo de Troyes, por los túneles. Yo me marcho a luchar con mis hermanos; sólo lamento no haberles podido avisar de lo que se les avecinaba antes de hoy, pero mis ordenes eran preparar la evacuación. Nos veremos pronto, Eowyn.

Y salió por la puerta.

–¿No tienes un pañuelo a mano? –fue lo primero que me dijo Christophe cuando Guillaume salió–. No he dejado de llorar ni un momento desde que comenzó este instante tan emotivo, y eso no es nada cómodo cuando se está encadenado. La verdad, cuando me hablabas de tu Guillaume, nunca me lo había imaginado como un caballero tan cortés. Sólo le ha faltado recitarte algún párrafo de mi compatriota Chrétien o alguna trova. Mira qué charco se ha formado a mis pies, mira.

–¿Serás cabronazo? –le dije, levantándome con ímpetu, como si nunca hubiera sentido ganas de desmayarme y avanzando hacia él con largas zancadas–. No es mi Guillaume en absoluto, eso quitátelo de la cabeza. Y tú, ¿cómo has sido tan burro como para dejarte atrapar? Tenía mejor concepto de ti.

–Pues está claro. ¡Le reconocí! Iba muy convincente con su traje de mercader latino, pero tú me habías hablado tanto de él que enseguida supe de quién se trataba. Y él debió de notar algo, así que, en cuanto pude ponerme algo más decente que lo que llevaba la última vez que nos vimos, y con la excusa de compartir unos vinos antes de retirarnos, se aprovechó de un momento en que estaba descuidado, y me atizó. No iba a arriesgarse a que le denunciara a nuestros jefes, claro…

–Hombres… –exclamé yo resignada, mientras me acercaba a Christophe, mostrando un objeto que hasta entonces había tenido escondido en la mano, y procedía a hurgar entre sus cadenas.

–Pero ¿qué estás haciendo? ¿Y cómo te has recuperado tan rápido?

–Te estoy liberando, atontado.

–Pero… las llaves… tu desmayo…

–¿Creíste que me iba a desvanecer tan fácilmente? Ay, cuántos prejuicios machistas. Evidentemente, Guillaume debía de tener las llaves encima. Sólo había que averiguar dónde. Y la bolsa de su cinturón abultaba mucho. Me arriesgué, le distraje, metí la mano y… ¡premio! No me cansaré nunca de decirlo: los hombres sois lo más previsible que existe.

–Bueno, deja ya de faltar –Christophe, ya libre, se frotó los brazos y los tobillos–. ¿Y ahora?

Yo estaba mirando el contenido de la estantería y los arcones.

–Parece ser que esto es la guarida secreta de Guillaume y de sus mercenarios y espías. Aquí tiene ropa para disfrazarse y armas para equipar a un pequeño ejército. Con suerte encontraremos algo de nuestra talla, y yo concretamente algo que no me cuelgue por todas partes. Ojalá hubiera comido más de pequeña para poder crecer convenientemente. Aunque no sé qué comida, en realidad.

–Muy bien. ¿Y después?

Le miré interrogativamente.

–Después de lo que he visto y oído, ya no sé si tengo claras mis lealtades –se explicó.

Le entendí. Dicen que siempre hay que tomar partido, cuando a veces el mejor partido es el que no se toma. Cuando ambos bandos persiguen un objetivo similar, cuando sólo les separan diferencias mínimas, motivadas por los intereses de los poderosos más que por los propios problemas personales o sociales de los contendientes, o, por el contrario, cuando no son más que dos advocaciones distintas del Enemigo Común, hay que intentar resolver las cosas de otro modo, o bien abstenerse. Pero yo no soy diplomática, sólo soy una guerrera, y no sé arreglar los desacuerdos de otra manera que siendo la que más fuerte reparte. ¿Tomar partido? Si hay que tomar partido entre lo que se considera más justo y lo que te puede ser más beneficioso, entre el dinero y el poder, por una parte, y las personas, la gente inteligente sabe muy bien qué elegir.

Lástima no haber nacido inteligente…

Pero Christophe esperaba mi respuesta.

–Ya lo pensaremos después –le dije–. Ahora, al lío. Lo importante es que nos mantengamos unidos, como compañeros de armas. Ya hay demasiadas disensiones por aquí. No enarbolemos una nueva bandera.

–Por cierto –apuntó, mientras rebuscaba entre las cosas de Guillaume, con voz atiplada–. No le he dicho a mi compañero de armas todavía lo bien que le sienta ese traje de hurí del Edén… Estás verdaderamente guapísimo.

Si tanto te gusta, te lo regalo –le solté–. Seguro que te sienta aún mejor que a mí. Yo voy a ponerme algo más adecuado para lo que se avecina. Y no mires mientras me cambio, que te conozco, pervertido.

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