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Archive for the ‘Aventuras’ Category

ficción histórica novela histórica Edad Media Cruzadas Bosque de Brocelandia Eowyn de Camelot

(viene de) En todo eso pensaba mientras, lentamente, procedía a aflojar mis ligaduras todo lo posible. Hice un esfuerzo titánico por relajar mis músculos, al mismo tiempo que intentaba hiperventilar con el único objetivo de acalorarme y sudar, cosa por otro lado bastante improbable con el frío que hacía en aquella maldita bodega. Gonzalo llegaría en cualquier momento; yo calculaba, por la escasa luz que se colaba por los ojos de buey, que se acercaba la hora en que me permitía soltarme un poco para proceder a la satisfacción de mis necesidades físicas y mi aseo personal, con la ayuda de un par de cubos situados en un estremo oscura de la estancia, bien asegurados contra los más que seguras turbulencias marítimas. Y entonces, todo mi trabajo tendrían que empezar de nuevo, y eso si no se percataba de que las cuerdas no se cerraban ya con demasiada afición contra mi piel. Y para ello, para sudar de pura rabia, sólo tenía que recordar los hechos que me habían acaecido, en una sucesión de desdichas, como una pesadilla interminable, desde que abandoné Tortosa.


Morirme de hambre por no trabajar, o morirme de hambre trabajando, sólo que un poco más lentamente: éstas eran mis alternativas, como en la España dela recuperación económica de los que nunca han sufrido la crisis. Pero que no se dijero que no lo había intentado. Vi la posibilidad de unirme de nuevo con mis antiguos compañeros de la guardia de mi antiguo enemigo muerto. Uno de los nobles presentes durante lo que habíamos dado en llamar la Batalla de Tortosa, impresionado por nuestras hazañas y creyéndonos unos auténticos semidioses, Hécules y Dianas inmortales, caballeros y damas en la búsqueda del Graal, nos había contratado. Así que nos unimos a su séquito y tomamos el camino de Vic. No había llegado aún la primera noche cuando Ruy se presentó en la tienda que compartía con Cristina, por otra parte misteriosa y oportunamente desaparecida, para darme una mala noticia.

-Eowyn… no sé cómo decirte eso, la verdad. Mira, el conde me ha mandado llamar. Según parece, ha recibido un mensaje, o alguien le ha hablado de algo… En resumen, me ordena que te haga marchar. No sé exactamente qué ha pasado, no ha querido explicarlo, pero todo apunta a que tus enemigo no han desaparecido y te están desacreditando. De nuevo.

Me quedé petrificada. No creía que, en aquel momento me quedara ningún enemigo vivo o que no estuviera a buen recaudo, excepto Blanca o la misteriosa persona que me había intentado asaetar en Gardeny (de cuya entidad empezaba a tener ya bien fundadas sospechas), a no ser que se tratara de algún asunto derivado de la famosa, y no menos enigmática, reliquia, como aquel grupo de asaltantes que nos habían atacado a mí y a Guillaume en mi segundo viaje a Tierra Santa. Mi desconsuelo era tan patente que Ruy se lanzó a mis brazos para intentar consolarme, y casi se echa a llorar, él también, entendiendo lo despreciada, fracasada e inútil que me sentía. ¿Y si no se trataba de un enemigo, si no de alguien que consideraba, probablemente con razón, que yo era un cero a la izquierda como mercenaria?

-Todo se solucionará, Eowyn -me decía él-. Ojalá pudiera decirte que nos solidarizamos contigo, que no aceptamos el trabajo si tú no vienes, pero tenemos familias que mantener. Nos entiendes, ¿verdad? Pero no te preocupes, encontrarás algo, volveremos a encontrarnos, ya verás.

Y así me fui, arrastrando mi espada por el polvo del camino, como la cola entre las piernas de un depredador derrotado, sin que nadie excepto Ruy, inocentes o culpables, hubieran sido capaces de dar la cara.


Se trataba de aguantar la respiración, separar los brazos del cuerpo, los dedos de las manos, hincharme todo lo posible, mientras distraía a Gonzalo con algún tema que supiera que le podía distraer, y después, una ves se hubiera marchado, efectuar la operación contraria: respirar, juntar, retraerme, intentar ocupar el menor espacio posible, para luego volver a tensar los músculos y volver a relajarlos, con la idea de hacer el hueco entra las cuerdas y mi cuerpo lo más amplio posible para poder deslizar alguna extremidad, y que ésta fuera el punto de partida hacia el desatamiento supremo. El sudor que ahora cubría mi cuerpo vestido sólo con harapos, fruto de la indignación que me había provocado yo misma con mis recuerdos, me ayudaría. Continué con el proceso, haciendo gala de una paciencia que el instinto de supervivencia me otorgaba, porque no tenía ni pajolera idea de lo que Gonzalo quería hacerme ni de dónde iba a conducirme. Y le creía capaz de todo.

Porque, sin duda, él era la misma persona que había disparada una flecha contra mí en Gardeny. Una flecha que había estado a punto de alcanzarme. Lo vi claramente cuando vi su asombrosa puntería en Tortosa, una puntería que la había intentado disimular con la historia absurda de su arco galés. Pero esos arcos conceden distancia, no exactitud. No, no fue Esquieu; vi la sorpresa en su cara cuando le mencioné el momento en que fui asaetada en Lleida, creo que no ha cogido una flecha en las manos en su vida, y en cualquier caso no creo que pudiera tirar desde esa distancia y casi alcanzarme. Gonzalo, sin embargo, tiene una puntería casi sobrenatural. Y su relación conmigo ha sido siempre bastante ambigua, a veces parece mi amigo más fiel y de pronto mi enemigo más porfiado. Debe de trabajar para Blanca, o para el rey de Francia, o para los dos, o… desde luego, trabaja para alguien. Y vete a saber qué relación hay entre él y Esquieu. Nuestros enemigos sabían demasiadas cosas de nosotros que no tenían por qué haber conocido. Todo eso es que le había dicho a Bernard la noche antes de separarnos. Pero él estaba demasiado enfadado conmigo por mi negativa a acompañarle a hacer la Cruzada, y se marchó con Gonzalo, que había sin duda aprovechado para facilitarle todas las razones posibles para aborrecerme.

-La fidelidad de Gonzalo está probada -me contradijo, malhumorado y cerril-. Es sobrino-nieto de una de las figuras más destacadas de la Orden de todos los tiempos, uno de mis mentores. Le he visto hacer auténticas heroicidades. Daría la vida sin dudarlo ni un segundo por todos nosotros, sobre todo por Guillaume, que ha sido su compañero desde que ambos entraron en servicio siendo unos mozalbetes.

No, no podía esperar ayuda de él. Y tenía que averiguar lo que estaba pasando.


Parecía que, a cada lugar al que yo llegaba, alguien había llegado antes que yo y había acabado con cualquier posibilidad de que yo obtuviera ningún tipo de empleo. Vale, ya sé que no soy la mejor haciendo buenos contactos: tiendo a ser demasiado individualista y me es imposible halagar a nadie, por muchas ventajas que eso pueda proporcionarme. Pero las pocas opciones seguras con las que contaba parecían haber desaparecido: los puestos vacantes o se habían cubierto misteriosamente antes de llegar yo, o no había manera en que, dicho en términos de vuestra época, yo diera el perfil de ninguno. Ni siquiera Omar, que se había retirado a su casa cercana al mar, allá yo le había encontrado la primera vez, y ambos nos habíamos reconocido, podía hacer nada por ayudarme. Ferran me había explicado que la huida de Elisenda y su esposo le había afectado mucho más de lo que quería reconocer; se sentía traicionado, y lo peor es que temía realmente haber hecho méritos para que eso sucediera. Así que durante un tiempo nadie podría disfrutar de las extraordinarias dotes del gran trovador, capaz de crear belleza con una sola nota de música o la palabra de una canción, con un solo movimiento. No era todo tan positivo en Omar, evidentemente; aunque yo no era capaz ser objetiva respecto a él,  sabía que no siempre era el mejor de los jefes, ya que su talante artístico le hacía ser arbitrario en ocasiones y, aunque siempre se disculpaba, a veces no lo hacia con demasiada premura. Pero total, yo de nuevo estaba en dique seco. Fue una despedida triste, ya que ninguno de los tres sabíamos cuándo las vicisitudes de nuestras vidas nos permitiría reunirnos de nuevo. Lo único bueno que saqué de aquel encuentro fue la visita posterior que Ferran hizo a mi alcoba, y en la que pude comprobar de manera presencial y fehaciente que se había recuperado completamente de sus heridas y que su savoir faire en ciertas áreas de conocimiento no había sufrido el menos menoscabo.

De pronto, sin embargo, me encontré sola. Sola como siempre había estado pero hacía mucho que realmente me sentía. Y sólo quedaba en el mundo, o al menos en el mundo occidental, una sola persona que me podía echar una mano en aquel momento. La misma persona que me había lanzado a la cuneta cuando dejé de servirle.


¿Eran imaginaciones mías o el vaivén del barco estaba aumentando? Concentrada en mi tarea y en mis recuerdos, había tardado en darme cuenta de que se estaba declarando una tempestad histórica. El pequeño compartimento de la bodega donde yo me hallaba prisionera parecía sufrir un ataque de poltergeist, ya que todo los trastos que contenía (cestas y baúles vacíos, armas rotas, fardos de tela, cubos cuya integridad no auguraba mucho futuro…) se balanceaban, ora a babor, ora a estribor, como enloquecidos, chocando a intervalos contra mi maltrecho cuerpo y lanzando astillas y pedazos como en un atemporal ataque con armas automáticas. Se escuchaban gritos aterrados en cubierta, lo cual no contribuía nada a mi tranquilidad y, aterrada y sobre todo muy mareada, comprendía, que aumentaban las posibilidades de que muriera atravesada por alguna madera desgajada de los cubos, aplastada por los objetos más pesados y voluminosos que amenazaban estrellarse contra mí a cada momento, o lo que era peor, ahogada sin ningún tipo de posibilidad de luchar contra la inmensidad del mar, al estar inmovilizada. Pero ¿es que aquel traidor de Gonzalo iba a dejarme morir allí? Pues sí, parecía que eso era lo que iba a suceder, según todos los indicios. Entonces, las embestidas de las olas, súbitamente, se volvieron más violentas, y los objetos de las bodega ya no se deslizaban, volaban. Me pareció notar algo frío y húmedo en mis pies, y comprendí que se había debido abrir una vía de agua, con la cual la bodega no tardaría a estar inundada. Evidentemente, la situación estaba mejorando por momentos. Lo último que recuerdo fue que algo que no pude ver, pero sí sentir con contundencia, os lo puedo asegurar, me golpeó la cabeza y me sumió en una especie de extraño duermevela. (sigue)

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La estrategia había funcionado. Al menos, la primera parte de ella. Ahora sólo hacía falta un poco de paciencia, y una suerte inversamente proporcional a la distancia que me separaba de tierra firme para que mi argucia no se quedara sólo en una victoria simbólica contra el cabronazo de Gonzalo… Vale, ya sé que la paciencia no se ha contado nunca entre mis cualidades, y la suerte jamás me ha acompañado, pero ¿qué otra cosa podría hacer? Desde luego, no iba a quedarme allí esperando a que el sevillano me vendiera en un mercado de esclavos, o algo peor, como si yo fuera tan comercializable como la dignidad de los políticos de derechas del Estado español (algunos de los cuales afirman que son de izquierdas). Y aunque no estaba segura de qué es lo que iba a hacer con mi libertad en el caso de alcanzarla, lo que sí tenía meridianamente claro es que Guillaume me iba a oír. Aunque no tuviera la culpa de nada, me iba a oír igualmente. O si no, que la próxima vez que halague mis oídos con la perspectiva de un viaje que pueda significar un futuro para mí, que se asegure de que llego sana y salva a mi destino. Porque sí una cosa era indiscutible era que el barco en el que estaba navegando no se dirigía a Bolonia.

Bien. Sé exactamente lo que estáis pensando, amigas y amigos que leéis esto. Que me muestro voluntariamente enigmática. Que juego con las personas que me leen. Que me hago la interesante, vaya. Algo de ello hay, no os lo negaré, y me lo vais a permitir un poco porque estoy muy jodida. Pero la razón de estos preámbulos es otra. Ni más ni menos, que tengo que explicaros un año entero de mi existencia sin que os muráis de aburrimiento, y no sé cómo lograrlo. Sí, ya sé que diréis que no es eso lo que transmito normalmente. Que mis aventuras nunca son aburridas. Que siempre estoy escapando de los malos, ayudando a los buenos, repartiendo mamporros, metiéndome en intrigas medievales internacionales… y cuando no, de festival por las tabernas y llevándome a la cama a todos los tíos interesantes que me encuentro en mi camino, aun sin ser una belleza. Pues bien: lamento decepcionaros, pero si algo de eso hubo en el pasado, ahora, definitivamente, se acabó.

Lectora y lectores míos, vamos de capa caída. Debe de ser la vejez. El año pasado no sólo no viví experiencias interesantes, sino, literalmente… nada. La nada más absoluta. Una nada tan cataclísmica que no sabía ni cómo comenzar a escribirla. Y teniendo en cuenta que me comprometí conmigo misma a ser fiel a la realidad, a mi realidad medieval, tal vez porque mi otra realidad, esa de la segunda década del siglo XXI desde la que vosotros me leéis y en la que me veo recluida a intervalos, tal vez para purgar mis pecados, es aún mucho más sosa… pues voy a tener que hacerlo de una manera u otra. Sí, ya sé que os encantaría que me inventara unas cuantas aventuras para daros gustito, sería más fácil para vosotros y para mí Pues no lo voy a hacer, hala. Ya hay demasiada gente que se inventa cosas en vuestro mundo. Que manipula patrias de todo tipo, a un lado y al otro de cualquier frontera, que manipula la Historia, que manipula a la gente haciéndoles creer que necesitan más el circo que el pan y que, cuando ve el cuento malparado, se fuga. Pues yo no. Joder, me debo a mis lectores pero no tanto.

Así que voy a hacer un esfuerzo para explicaros esta nada para que parezca un todo, aunque sea un todo pequeño y ligero, como la pluma escapada de la almohada de un noble. Aproveché mientras luchaba por desatar mis ligaduras (que Gonzalo, distraído por mi conversación, había dejado bastante flojas aquella vez) para perpetrar algunas palabras detrás de otras y, aunque no sé cómo me habrá salido, allá va.


El fundido en negro se cerró sobre mí, en Tortosa, frente al cadáver de mi más antiguo enemigo, mientras resonaba todavía el eco de sus últimas, y bastante perturbadoras, palabras. Pero, la verdad, no tenía de momento tiempo para detenerme en ellas. Se me acumulaba el trabajo. El rey de Aragón estaba al llegar y alguien tenía que explicarle cómo había muerto su hospedador y qué implicación habían tenido en ello los templarios, además de cerrar la boca de Blanca, llevar a Esquieu a algún lugar bien escondido donde no pudiera asomar la jeta en mucho tiempo, asegurarse de que Isabel iba a estar bien, pero al mismo tiempo lo suficientemente controlada para que no volviera a desmandarse, y limpiar el lugar de cadáveres y de otros que estarían mejor siéndolo. Y había que ocuparse de los heridos, sobre todo de Ferran, que era el que había recibido el pedazo más grande de tarta de espada en aquella fiesta. Y, last but not least, buscarme la vida. Porque mucho me temía que me había quedado en el paro.

Supongo que desconocéis cómo se comportan los templarios con sus colaboradores; pero tranquilos que os informo ahora mismo. No hagáis caso de series con nulo rigor histórico que los pintan como unos auténticos héroes, con algunos pequeños defectillos sin importancia que pasan, en su mayor parte, por ser muy aficionados al catre y no siempre para dormir (bueno, en ese punto tampoco es que fueran tan desencaminados los guionistas). La verdad es que, según me dicta mi experiencia con ellos, como jefes son lo de peor: te persiguen con insistencia casi rayana en la obsesión cuando te necesitan, te hacen la pelota descaradamente hasta que te tienen en sus redes y luego, cuando ya les has ayudado… ¡au revoir! Si te he visto no me acuerdo. ¿Cómo era tu nombre? (Estos chicos van a acabar mal, os lo digo yo). Y así me encontré yo: todo el mundo se fue a lo suyo y yo me quedé con lo mío, o sea, con nada. Ah, pero eso no fue lo peor.

Pero comienzo: los gemelos y Manfredo se fueron a escoltar a Esquieu a Montfaucon, su casa madre. La idea era que sus hermanos y su comendador le encerrraran en la prisión más segura del Temple y tiraran la llave al muladar, no sin antes interrogarle para averiguar si era cierto que no tenía nada que ver con Felipe de Francia, como yo pensaba, y para asegurarse de que no había más traidores. A mí no me hubiera hecho ninguna ilusión acompañarles (no garantizaba poder estar un segundo al lado del vil sargento sin destrozarle con mis propias manos, después de haber sido el artífice de la muerte de Guifré, de la deserción de Isabel, además de todo lo que acababa de suceder en aquella antigua encomienda en la que por poco pierdo a Omar, a Ferran, e incluso a mí misma), pero tampoco me lo ofrecieron.

Yannick, se le encargó (después de llevar a Isabel a alguna granja perdida en las montañas donde pudiera llevar una vida feliz en semilibertad vigilada) quedarse en la Corte con Jaume, y con Blanca, naturalmente; se trataba de tenerla bajo la mira e intentar convencerla de que el Temple no era un peligro para sus intereses (o bien impedir sus malas artes contra la Orden en el caso de que no pasara por el aro), además de investigar hasta qué punto ella y Esquieu podían haber influido en el ánimo del rey, y estar atento a las relaciones de éste con el monarca francés, para evitar una posible alianza antitemplaria francoaragonesa. Por cierto, la bellísima y taimada amante del rey estaba más contenta que unas castañuelas; aunque su plan se había ido absolutamente al garete, al menos ahora estaba convencida (o creía estarlo) de que el bretón era completamente libre y suyo, por lo que se le habían pasado un poco las ganas de matarlo. Y mi apreciado, aunque controvertido, compañero de aventuras resucitado tampoco había querido que le ayudara en aquella misión, ya que la escasa simpatía y los celos enfermizos que Blanca había sentido hacia mí hasta poco antes (y que yo nunca entendería) podrían ponerle en serios aprietos. Y en cuanto a mi viejo amigo Bernard, el capitoste templario, y a Gonzalo, se iban a su cuartel general en Chipre, dispuestos a hacer los preparativos para una nueva Cruzada. Y por ese lado, tampoco había nada.

Aunque, en este caso, la culpa no había sido de ellos, sino mía. Os cuento: de hecho, Bernard se había colado en mis aposentos la noche posterior a la batalla de Tortosa, y no comencéis a pensar mal a priori, que os conozco. Lo que había hecho es explicarme cómo habían logrado justificar ante el rey todo lo sucedido. En realidad, había sido muy sencillo: a Blanca, evidentemente, tampoco le interesaba que nuestro soberano supiera el papel que había jugado en aquel pandemonio, así que contaron con su complicidad. La versión oficial fue que unos mercenarios conducidos por el renegado Esquieu asaltaron el castillo con la poco cortés y honorable intención de lucrarse con las riquezas de la Corte. Blanca llegó antes de tiempo y se vio inmersa en la lucha, y los templarios, que venían a hacer una visita sorpresa al rey a ver si podían echar mano de un poco de financiación para sus cruzadas y sus temas, consiguieron evitar el desastre antes de que se produjeran males mayores, aunque no lograron impedir la muerte del señor del castillo. Naturalmente, los soldados de Blanca les secundaron (buena era su señora si se la llevaba la contraria), y los del otro bando… bueno, no estaban en condiciones de decir mucho. Los que sobrevivieron a la masacre, que tampoco fueron demasiados, fueron conducidos por los hombres de Frey Pere a Barcelona para embarcar inmediatamente hacia Chipre, donde Bernard pensaba darles tanto trabajo que ni siquiera tendrían tiempo de pensar en sus numerosos pecados. Y fue entonces cuando, aprovechando que por Valladolid pasa el Pisuerga, que el falso leproso me propuso que le acompañara a Chipre y participara en sus futuros proyectos, cosa que yo no podía hacer por muchas y muy variadas razones, por lo que él se quedó con las ganas, y yo, de lo más colgada.

Lectoras y lectores, ¿alguna vez habéis experimentado en carne propia ese viejo refrán que preconiza ser precavido con tus sueños, por si se cumplen? Pues ya veis. Toda la vida pensando que cargarme a mi viejo enemigo y antiguo señor me iba a conducir a la felicidad completa y, cuando lo consigo, me doy cuenta de que mis problemas no han hecho sino empezar. Ya es tener mala suerte, ya (continúa)

Esta entrada inaugura lo que podríamos llamar la segunda temporada de Las aventuras de Eowyn de Camelot. Por temas logísticos, toda la primera temporada ha sido retirada de este blog. Las personas interesadas en conocer detalles de las tramas y los personaje citados, pueden hacer sus preguntas, comentarios y solicitudes aquí.

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