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Archive for the ‘Fragmentos’ Category

Tengo un buen propósito; ahora sólo falta cumplirlo. A partir de ahora intentaré publicar todos los lunes, o bien continuaciones de las aventuras medievales, o bien otros ciclos, o bien fragmentos. De momento, aquí está el inicio de una novela que está casi terminada y que lleva el título provisional de Rostros lejanos, y que supone una pequeña incursión en el género negro. Es un primer borrador y aún hace falta mucha corrección, pero de todas formas espero que os guste.

Sé que la historia no empezó allí, en este punto cronológico de finales del 2010; probablemente nunca sabré dónde lo hizo, si es que lo hizo en alguna parte, y en cuanto a su fin, aún no se ha producido (¿existen los finales, o los hemos inventado para hacernos creer que la desdicha acabará y que existirán nuevos comienzos? La pregunta es retórica, evidentemente). A pesar de que las esperanzas de todos durante los años transcurridos desde entonces hayan sido tan convenientemente aniquiladas… Sí, sé que la historia no empezó aquí: éste es solamente otro patético intento de convertir la vida en un lugar habitable, tejiéndola en historias donde al parecer puedes darle una lectura coherente o, al menos, no tan aterradora. Pero siempre que intento rememorar su principio (o, al menos, el principio de mi implicación consciente en ella), la imagen que aparece en mi retina es aquella sala decorada al estilo rústico de aquella casa de segunda residencia del cinturón de Barcelona donde nos habíamos reunido, y a Olalla entre mis brazos.

Era la casa vacacional de Jaume Pons, o mejor dicho de sus padres, un arquitectónicamente desolador ejemplo de construcción típica de urbanización aledaña a la metrópoli; el soberbio y pretendidamente autosuficiente ingeniero técnico no se había aún emancipado, a pesar de que cumplía 35 ya largos años, y aquello, al parecer, era una fiesta, o al menos un simulacro bastante apañado de ella. A medio camino entre la Noche de Halloween, últimamente importada de los Estates, y la tradicional castañada catalana, en aquella estancia no se veían ni productos alimenticios típicamente otoñales ni terroríficos disfraces, solamente mucha priva y similares (algunos de ellos dispensándose alegremente con completa falta de respeto hacia mi profesión, y cuya presencia creí oportuno fingir que no había detectado, aun a riesgo de tener que aparentar más estupidez supina de la que ya se me suponía) y unos cedés tan  rítmicos como revolucionarios que yo había comprado en mi última estancia en Cuba, entre varios abortos musicales encumbrados por las emisoras comerciales que hacían aborrecer a todos los seres humanos aún no adocenados por el sistema cualquier cosa que tuviera melodía y ritmo. Los participantes éramos la gente que acostumbrábamos a frecuentar las tertulias de los viernes en el Rey de la Cerveza, con algunos añadidos, y todos nos estábamos dedicando a nuestras actividades habituales: o sea, el anfitrión intentaba deslumbrar con sus teorías acerca del suicidio a unas jovencitas procedentes de la última oficina donde habían ido a parar los huesos de Olalla; Marc Massip, que para esperanza y posterior desilusión de mi amiga abogada había venido sin la habitual compañía de su Mercè, se hallaba en plena discusión con Xavi Isern acerca de la nuevas iniciativas para que el sueño de la independencia de los Païssos Catalans se hiciera posible, a ser posible sin cambio social incorporado; por su parte, Pere Riells comentaba con otro colega algunos detalles de sus hazañas sexuales con la inmigrante ilegal de turno, riéndose de sí mismo pero sin propósito de enmienda, y Edu Llamazares y Oriol Sentís, estaban, como yo debería de haber previsto, completamente fuera de escenario. Ah, y un servidor, lamentando la ausencia de Wilhelm LeMaître (desaparecido en combate aquel día) y de Jordi Vila (al que le habían endosado una repentina guardia en el Hospital del Mar gracias a que un colega había tenido la insolidaria idea de ponerse enfermo aquella velada en concreto), ocupaba el tiempo con la única integrante  presente de la escisión de las tres personas más interesantes de aquel grupo. Aunque en aquel momento no nos estábamos dedicando precisamente a las conversaciones filosóficas.

Empujé suavemente el cuerpo de Olalla contra la baranda de la escalera que conducía al desván, y la besé. Ella se pegó a mi cuerpo entre gemidos, mientras sus ojos se desviaban  hacia el rincón donde Marc y Xavi hacían quinielas sobre los integrantes del próximo gobierno de la república catalana, sin pensar que pudiera existir más que esa decisiva cuestión política en el Universo; evidentemente, me percaté.

-Olalla, por favor –la reconvine, separándome un poco de ella y fingiendo disgusto-. Se supone que estamos ejerciendo, después de mucho tiempo de sequía sexual, nuestro derecho al roce típico de amigos que un día estuvieron  liados. Concéntrate en lo que estás haciendo, ya devorarás a Marc con la mirada en otra ocasión.

Mi amiga se encogió de hombros y soltó una carcajada que hasta parecía completamente alegre, y todo.

-Lo sé, lo sé, no escarmiento. Y mira que ha pasado ya el tiempo, joder… desde que le conocí, sin ir más lejos… ¿cuántos años ya?

-Seis –repetí yo, de carrerilla, con resignación: conversaciones como éstas eran bastante habituales cuando a Olalla le daba por sentir esa melancólica nostalgia del amor platónico que nunca había tenido, o sea, varias veces a la semana-. Y yo llevo cinco sin entenderlo. ¡Con la buena pareja que hacíamos! No me negarás que soy mejor partido que ese gilipollas.

Ella me echó los brazos al cuello y recorrió mis hombros con una aparente lujuria. Su cabeza me llegaba casi a los ojos: aquella mujer me encantaba. Su estatura, sus curvas, aquel punto barriobajero tan excitante, su sentido del humor, su complicidad conmigo… Era exactamente mi tipo de mujer… lástima que…

-No nos engañemos, Gorka. Si no te hubiera dejado yo lo hubieras hecho tú. Tarde o temprano.

… pues sí. Es cierto. Que me cuelguen si me entiendo a mí mismo y si entiendo al mundo, pero así exactamente hubiera sido.

-Claro que –continuó, insinuante, recorriendo ahora mis costados con sus dedos y anudándomelos un poco más arriba del culo-… más bueno… sí que estás…

Le cogí la cabeza entre mis manos y estampé su boca contra la mía con involuntaria brusquedad. Ella se quejó.

-Eh, tranquilo. Tenemos toda la noche.

Chasqueé la lengua, disgustado conmigo mismo.

-Lo siento. Es que con mujeres como tú uno es capaz de olvidarse de la sutileza.

Me miró, incrédula:

-Venga ya –la opinión de Olalla acerca de su físico no era demasiado halagüeña, y yo comenzaba a estar cansado de pelear con ella alrededor de ese punto. Desvié la conversación… o no.

-Tú dirás lo que quieras, pero Oriol –hice un gesto con el codo hacia donde éste se encontraba, detrás de nosotros- debe de estar pensando en cómo convencer a los altos cargos del partido para enviarme a Siberia, después de esto. ¿Por qué no te quitas las manías y te lo tiras ya? No tiene muchos más defectos que el resto, y no puedes esperar que todos sean tan jodidamente perfectos como yo.

Ella no parecía convencida.

-No sé de dónde has sacado esta obsesión de que Oriol me tira los tejos. Es la cosa más idiota que he oído. Por cierto, ¿ha sido tuya la idea del experimento sociológico de juntar a la peña del partido con los del Rey de la Cerveza? ¿Qué esperabas conseguir?

No esperaba aquella pregunta tan directa.

-¿Sentar las bases para una alianza entre el nacionalismo conservador y el izquierdismo radical que consiga salvar el país? –ensayé, con cara de niño cogido en falta. Pero Olalla era demasiado inteligente y me había calado ya hace tiempo. Me estampó un beso en la mejilla.

-Gorka, eres imposible. Pero te quiero.

Volví a empujarla contra la escalera y a besarla, obedeciendo a un impulso más sentimental que sexual. Pero, tras un par de minutos, la sentí moverse inquieta bajo mi cuerpo; y yo sabía la razón.

-Lamento si estoy resultando tópica –me dijo- pero hay algo que está vibrando cerca de tu entrepierna y no creo que sea precisamente porque estás contento de verme.

-Pues es eso exactamente –le rebatí-, eso, unido a mi legendaria potencia sexual. Ignóralo y sigamos por dónde íbamos.

-Creo que será mejor que cojas el teléfono, Gorka.

-No voy a hacerlo. Sé perfectamente quién es. Y no tengo ganas de trabajar.

-Menos ganas tendrás de enfrentarte a sus cabreos…

-Déjame que conserve durante unos instantes la ilusión de que soy un hombre libre… -pero Olalla metió la mano en el bolsillo de mi pantalón con la mayor desfachatez y me dio el telefonillo. Lo abrí, gruñendo al contemplar la foto del feo semblante del comisario Palència en la pantalla principal, y pronuncié un resignado y algo irónico:

-Siempre a sus órdenes, jefe.

La airada respuesta no se hizo esperar.

-Si supiera cómo está el patio, Del Valle, se abstendría de hacer comentarios pretendidamente graciosos. Salga de la mierda de sarao donde esté metido y vaya cagando leyes al kilómetro 32,4 de la carretera B-365. Si no sabe dónde está, búsquese un mapa o cómprese un gepeese, pero a mí no vuelva a llamarme diciendo que se ha perdido que no soy su querida mamá. Y hágame un informe que me pueda servir para la rueda de prensa, y no los bodrios que suele presentarme. ¿Estamos?

Aquello me sorprendió: Palència era correcto y casi amable, de cuidada expresión verbal, y no acostumbraba a dirigirse a sus subordinados como el jefe policial permanentemente cabreado y de cultura más que discutible popularizado por las películas y series. Comprendí que el tema  del que debería ocuparme debía tratarse de algo insólito y con consecuencias que podían ser peligrosas. Pero como lo sí que era  habitual en él era que suministrara la información con cuentagotas y que pretendiera que yo me autogestionase para llenar los huecos, tuve que hacer un esfuerzo de imaginación ayudándome con la percepción de que indudablemente el tono de su voz era el característico de cuando se siente presionado por las altas instancias. Intenté recordar qué caso había llevado yo últimamente que tuviera algún tipo de implicación política o mediática, o ambas, y me quedé en blanco. Claro que…

… pero…

… ¡no podía ser! ¡Había pasado demasiado tiempo!

-La han encontrado. ¿Verdad, jefe? –creo que fue más una iluminación divina, o de su equivalente agnóstico, que una deducción.

-Luis ya está allí –fue la extraña respuesta afirmativa-. Venga, mueva el culo. En media hora quiero que esté allí – y colgó sin más. Yo hice lo propio, casi mecánicamente. Olalla, que había escuchado lo suficiente conversación, dado el volumen de los gritos de Palència, me miraba sin saber qué decirme.

-Me largo –le expliqué-. Te cuento después. No le digas nada a nadie de momento, despídeme de todos los que aún no se hayan caído redondos, si es que puedes encontrarlos, y sólo explica que tenía un caso urgente…

Mi amiga me interrumpió, preocupada:

-Pero ¿estás seguro de que estás suficientemente sereno para conducir? –despejé sus temores con un ademán.

-Sabes que mi cuerpo metaboliza bien el alcohol. Siempre he creído que tengo algún gen recesivo irlandés… No creo que ni siquiera llegue a dar positivo en un control –me di cuenta que mi subsconciente me estaba conminando a mantenerme alejado del tema, y tomé de nuevo las riendas de mi cerebro-. Bueno, lo que te decía. Si Wilhelm se presenta al final… no le le digas nada de lo que has oído. Es mejor que me lo dejes a mí. Aunque de todas formas no creo que esté preparado para oír lo que tengo que decirle, y menos ahora.

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