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Archive for the ‘Fragmentos’ Category

Aún falta. Pero no quería dejar de publicar aquí, para las y los que estén interesados, una muestra de que el proyecto continúa; y cuando el tiempo, ese enemigo de la mujer trabajadora y precaria, me lo permita, estará a vuestra disposición. Además, en breve comunicaré otra pequeña sorpresa.

He elegido uno de los pocos fragmentos que no os darán demasiadas pistas de cómo seguirá la historia. Ya me diréis qué os parece.

Policía y activistas en una protesta en Barcelona.

Policía y activistas en una protesta en Barcelona.

En aquel momento, se oyeron unos murmullos en el exterior del local a través de la puerta entreabierta. Unos jóvenes clientes apostados bajo el rótulo desgranaban expresiones de las que se podían extraer sustantivos como tetas y culo acompañados de adjetivos laudatorios y sufijos aumentativos. Victor miró hacia el grupo enarcando una ceja, mientras Cristof se apresuró a salir de detrás del mostrador.

–Estos cabrones irrespetuosos están molestando a una mujer. Hay que dejarles claro que no lo van a hacer amparándose en nuestro negocio.

Sólo el rápido gesto de su amigo sujetándolo del brazo pudo evitar que el activista provocara una nueva algazara, a las que tan aficionado venía siendo después del trágico episodio del Black Under White.

–Quieto parado, Sir Galahad. Las mujeres saben defenderse muy bien ellas solitas y no necesitan caballeros medievales. Después te quejarás de que las compañeras del partido aseguran que eres un pozo de micromachismos –Cristof obsequió el copropietario de la tienda de informática con una expresión de orgullo ofendido e indignación letal, que duró sólo un segundo; cuando iba a justificarse en la reprimida educación que recibió de sus padres, uno de los chavales que había proferido los piropos entró y se dirigió a ellos, señalando con el codo hacia la entrada.

–Joder. Si todos los maderos son así yo quiero pasarme la vida en la trena.

–No te preocupes por eso. Somos conscientes de que estás haciendo bastantes méritos para conseguirlo –afirmó el segundo de a bordo del FASE, aún mosqueado. Pero antes de que el jovenzuelo pudiera analizar un porcentaje suficiente de aquel sarcasmo en su cerebro unineuronal, Michelle Anglada, embutida en su uniforme, se plantó en el mismísimo umbral, entrecerrando en una sensual ojeada a su alrededor sus ojos rasgados y adornados por el abanico de su largas pestañas.

Anglada había ido a aquel lugar con un objetivo muy claro que no tenía nada (o en todo caso sólo escasamente) que ver con sus actividades policiales, aunque éstas eran la excusa: no podía sacarse al atractivo gerente de la tienda de informática de la cabeza (aunque quizá sería mejor decir de las hormonas) y se había propuesto dar un paso más hacia la culminación de su deseo: después de todo, su capricho ya la había hecho tomar la decisión más poco razonable de su vida y era imposible que pudiera cagarla más aún, eso si es que en realidad la había cagado. Y, sobre todo, llevaba tiempo pensando que no tenía que ser sano para ella continuar como hasta ese momento: se había concentrado demasiado tiempo en hombres con uniforme, y sin duda sería sumamente aleccionador y refrescante pasarse al otro lado del cordón policial por una vez. Sólo existía un pequeño inconveniente: Victor estaba casado. Y ella no era ninguna rompematrimonios, por supuesto. Los casados siempre traían complicaciones: nunca estaban disponibles cuando se los necesitaba, y tenían la incómoda costumbre de querer acabar con la relación en el momento en que ella mejor se lo estaba pasando o, por el contrario, esforzarse en prolongarla cuando ya se había terminado la diversión. Concretamente, ese era el mayor problema de Michelle: a ella le gustaban las relaciones cortas.

Claro que el compañero, el tal Cristof, también la ponía bastante caliente… Y estaba soltero.

–Sargento Anglada, qué agradable sorpresa –dijo el principal sujeto de sus desvelos eróticos, zumbón. Sin solución de continuidad, ella les espetó a ambos, con autoridad rayana en el despotismo.

–Tengo que hablar en privado con vosotros.

–A sus órdenes, mi sargento –encogiéndose y uniendo sus manos, Victor fingía una docilidad rastrera. Cristof le miraba divertido, olvidado ya su anterior cabreo–. Mi negocio y mi vida están a disposición de la Ley y el Orden. Cuando la Patria llama, yo siempre respondo. Sólo que –sus palabras perdieron el tinte de irónica solemnidad para volverse juguetonas–… tendrá que ser un poco más tarde. Estamos algo ocupados ahora.

Michelle mantuvo su pose imperturbable: se limitó a mirarle de arriba abajo con libidinoso desprecio.

–Está bien. Supongo que podrás arreglártelas solo cinco minutos, ¿verdad? Me llevo a tu socio un rato –señaló con escasa educación a Cristof; su entonación era ahora tajante, muy diferente de la cadencia sexy que había utilizado en el hospital–. Tú, ven conmigo. Vamos a dar un paseo.

No demasiado convencido, Cristof miró a Victor, que le animó con un ademán, y después se encogió de hombros y la siguió. Victor movió la cabeza en su dirección a modo de despedida.

–Que lo paséis bien, pareja.

Una vez en la calle, Cristof echó una mirada de escaso interés a su acompañante, observando con disgusto la melena rubia de bote, recogida en una cola de caballo, y el rostro en su opinión  excesivamente pintado: no conseguía sentir ningún tipo de atracción por mujeres del estilo de Michelle, por muy raro que eso pudiera parecer. Le resultaba difícil entender que Victor hubiera podido sentirse excitado por sus manoseos en el hospital, tal como le había comentado: pero a cada momento estaba más claro que, en todo lo que se refería al sexo femenino, su amigo no tenía remedio. Además, si quiere que la respeten no va bien encaminada, se dijo. Al escucharse a sí mismo, Cristof se sintió inmediatamente avergonzado: Victor y las chicas del MAM tal vez tenían más razón de la que él deseaba reconocer: tenía que desterrar urgentemente de su mente esos planteamientos tan incompatibles con su idelología.

–¿Vamos a tomar algo? –la sargento interrumpió sus pensamientos utilizando un tono de voz más distendido que en su intervención anterior–. Sin alcohol para mí, claro, que, estoy de servicio.

–En realidad no me apetece nada ahora, si no te importa –respondió Cristof, para quien el hecho de meterse con la sargento en un bar no respondía precisamente a sus más profundos anhelos–. Pero si quieres podemos sentarnos en un banco de la plaza. Estaremos tranquilos.

–De acuerdo –contestó ella. Llegaron al mencionado lugar, situado al final de la calle, y tomaron asiento. La joven no hizo esperar a Cristof, del cual se adivinaba a las claras que tenía pocos deseos de perder más tiempo.

–Tengo algo muy importante que deciros –le anunció–. Pero antes quiero dejar bien clara una cosa: estoy aquí única y exclusivamente por vuestro bien y como amiga. Sé que probablemente no me creerás a la primera, supongo que el hecho de que yo sea policía no supone ninguna garantía para ti, más bien lo contrario; pero lo que voy a contarte es verdad.

O sea que ahora la estrategia es el poli bueno, pensó Cristof. Bueno, a ver por dónde me sale ahora. Ella no se demoró en continuar.

–Quisiera avisaros de que mis jefes están decididos a acabar con vosotros. Y cuando se les mete una cosa en la cabeza suelen ser muy tenaces.

Cristof se volvió hacia ella súbitamente, componiendo una expresión de desconcierto absoluto. Después hizo una pausa muy larga.

–Vaya –exclamó al fin–. Un truco original. Y sobre todo inesperado. Debéis realmente de estar muy desesperados por conseguir una cabeza de turco que halague a los altos mandos. Y ahora se supone que yo debo echarme a temblar y confesar todos mis crímenes. Tal vez lo haría, sí. Si realmente hubiera cometido alguno. Y si además fuera tan estúpido como para creer que actúas de buena fe.

Ella le contestó tranquilamente.

–Creo que eres un hombre inteligente, Cristof. Y apostaría mis bragas de diseño a que también eres honesto. Aunque seas la excepción.

–Sí, claro. Te veo venir, Anglada. Anda, no me jodas.

–La única razón por la que os advierto es que desapruebo los métodos de mis superiores –continuó ella sin inmutarse.

–Hasta el punto en que no tienes inconveniente en traicionarlos, claro

–No te burles. No es una traición. Escucha, supongo que sabrás que Romerales y Chamizo os consideran a ti y a tus amigos del MAM una amenaza. No les hacía ninguna gracia los problemas que ocasionabais en la época en que estaban en la Brigada Antidisturbios de Jail City. Y cuando les trasladaron aquí, se toparon con el comisario King, otro reaccionario, la horma perfecta para sus zapatos –se encogió de hombros–. Casi puedo comprender su cabreo, pero a mí me la trae floja la política, aparte de que vosotros me caéis bien. Os veo como unos amantes de las causas perdidas, no creo en absoluto que seáis peligrosos –soltó una carcajada, como burlándose de la idea de que alguien pudiera pensar algo así–. Incluso podría decir que vuestro idealismo infantil me conmueve. Hasta el punto que desearía ayudaros.

–¿Y a cambio de qué tipo de gratificación te muestras tan compasiva?

–¿Qué te hace pensar que deseo algo a cambio?

–No insultes mi inteligencia –Cristof se levantó del banco, zanjando la conversación–. Mira guapa, te agradezco tu interés, pero afortunadamente no necesitamos ayuda.

Ella se puso a su nivel.

–De ser tú, no les subestimaría –continuó sin hacerle caso–. El inspector y el subinspector son unos burros redomados, pero King es inteligente. Mucho. Y no va a limitarse a buscar pruebas, sino a inventarlas como sea, por lo que tiene muy poca importancia que seáis inocentes. Yo puedo informaros de sus intenciones con la suficiente antelación para que os anticipéis a ellos. Ahora, por ejemplo, quieren investigar si Angel Luis Saladrigas se ha beneficiado del seguro, y te garantizo que van a saber utilizar cualquier pequeña, digamos, “irregularidad”, en sus cuentas bancarias. Sería bueno que se anduviera con ojo.

–Pues van por mal camino. Las “irregularidades” de las que hablas y Saladrigas son dos términos contradictorios

–¿Dirías lo mismo de Victor? –añadió ella con sorna.

–Respondería por él. ¿Qué insinúas?

Michelle le dedicó una sonrisa ambigua.

–Qué ingenuo eres. Pero bueno, eso forma parte de tu encanto –su entonación hizo que aquello pareciera, más que un piropo, un insulto. Cristof la miró con indiferencia: le traía sin cuidado la opinión de aquella loca.

–Bueno, vayamos al grano. Por simple curiosidad, repito, ¿qué se supone que quieres a cambio de esta información privilegiada?

En su nueva sonrisa, ella echó mano de todas sus armas de seducción.

–Ya te he dicho que lo he hecho por… solidaridad, supongo que puede llamarse así. Pero si quieres recompensarme por ello… quizá aceptaría una invitación a cenar por parte de tu amigo.

–¿Perdón?

–Quisiera comentárselo con mucho más… detalle –le puso una mano sobre el brazo y apretó ligeramente: era ya imposible ignorar las intenciones que subyacían en sus palabras.

Cristof miró un momento a Anglada arrugando la nariz, sin saber muy bien qué pensar de todo aquello.

–Aunque tampoco me importaría tener una cita contigo –acabó Michelle–. Tengo la sensación de que en cuanto olvides tus prejuicios hacia mí podríamos ser grandes amigos –el cálido tono en que pronunció aquella última palabra sin retirar la mano de su brazo, no dejó lugar a dudas acerca de a qué tipo de amistad se refería. Cristof, de pronto, pensó que una mujer como ella, alguien sólo interesada en vivir y disfrutar, sin afanes de complicarse la vida ni hacer lo propio con los demás, sin una mente torturada que le hiciera revivir una y otra vez el pasado y culparse por él, tal vez era lo que él necesitaba.

La pelirroja que se había detenido a observar detenidamente el escaparate de una tienda de modas donde se exponía una primicia de la moda invernal de aquel año a unos precios abusivos, vio reflejado en el cristal el último gesto de la mujer, y la reacción no demasiado esquiva del hombre. Cerró el puño con tanta fuerza que sus uñas rasgaron la piel llena de sabañones de sus manos, haciendo brotar una sangre excesivamente baja en glóbulos rojos.

La mato. Juro que la mato.

 

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Tengo un buen propósito; ahora sólo falta cumplirlo. A partir de ahora intentaré publicar todos los lunes, o bien continuaciones de las aventuras medievales, o bien otros ciclos, o bien fragmentos. De momento, aquí está el inicio de una novela que está casi terminada y que lleva el título provisional de Rostros lejanos, y que supone una pequeña incursión en el género negro. Es un primer borrador y aún hace falta mucha corrección, pero de todas formas espero que os guste.

Sé que la historia no empezó allí, en este punto cronológico de finales del 2010; probablemente nunca sabré dónde lo hizo, si es que lo hizo en alguna parte, y en cuanto a su fin, aún no se ha producido (¿existen los finales, o los hemos inventado para hacernos creer que la desdicha acabará y que existirán nuevos comienzos? La pregunta es retórica, evidentemente). A pesar de que las esperanzas de todos durante los años transcurridos desde entonces hayan sido tan convenientemente aniquiladas… Sí, sé que la historia no empezó aquí: éste es solamente otro patético intento de convertir la vida en un lugar habitable, tejiéndola en historias donde al parecer puedes darle una lectura coherente o, al menos, no tan aterradora. Pero siempre que intento rememorar su principio (o, al menos, el principio de mi implicación consciente en ella), la imagen que aparece en mi retina es aquella sala decorada al estilo rústico de aquella casa de segunda residencia del cinturón de Barcelona donde nos habíamos reunido, y a Olalla entre mis brazos.

Era la casa vacacional de Jaume Pons, o mejor dicho de sus padres, un arquitectónicamente desolador ejemplo de construcción típica de urbanización aledaña a la metrópoli; el soberbio y pretendidamente autosuficiente ingeniero técnico no se había aún emancipado, a pesar de que cumplía 35 ya largos años, y aquello, al parecer, era una fiesta, o al menos un simulacro bastante apañado de ella. A medio camino entre la Noche de Halloween, últimamente importada de los Estates, y la tradicional castañada catalana, en aquella estancia no se veían ni productos alimenticios típicamente otoñales ni terroríficos disfraces, solamente mucha priva y similares (algunos de ellos dispensándose alegremente con completa falta de respeto hacia mi profesión, y cuya presencia creí oportuno fingir que no había detectado, aun a riesgo de tener que aparentar más estupidez supina de la que ya se me suponía) y unos cedés tan  rítmicos como revolucionarios que yo había comprado en mi última estancia en Cuba, entre varios abortos musicales encumbrados por las emisoras comerciales que hacían aborrecer a todos los seres humanos aún no adocenados por el sistema cualquier cosa que tuviera melodía y ritmo. Los participantes éramos la gente que acostumbrábamos a frecuentar las tertulias de los viernes en el Rey de la Cerveza, con algunos añadidos, y todos nos estábamos dedicando a nuestras actividades habituales: o sea, el anfitrión intentaba deslumbrar con sus teorías acerca del suicidio a unas jovencitas procedentes de la última oficina donde habían ido a parar los huesos de Olalla; Marc Massip, que para esperanza y posterior desilusión de mi amiga abogada había venido sin la habitual compañía de su Mercè, se hallaba en plena discusión con Xavi Isern acerca de la nuevas iniciativas para que el sueño de la independencia de los Païssos Catalans se hiciera posible, a ser posible sin cambio social incorporado; por su parte, Pere Riells comentaba con otro colega algunos detalles de sus hazañas sexuales con la inmigrante ilegal de turno, riéndose de sí mismo pero sin propósito de enmienda, y Edu Llamazares y Oriol Sentís, estaban, como yo debería de haber previsto, completamente fuera de escenario. Ah, y un servidor, lamentando la ausencia de Wilhelm LeMaître (desaparecido en combate aquel día) y de Jordi Vila (al que le habían endosado una repentina guardia en el Hospital del Mar gracias a que un colega había tenido la insolidaria idea de ponerse enfermo aquella velada en concreto), ocupaba el tiempo con la única integrante  presente de la escisión de las tres personas más interesantes de aquel grupo. Aunque en aquel momento no nos estábamos dedicando precisamente a las conversaciones filosóficas.

Empujé suavemente el cuerpo de Olalla contra la baranda de la escalera que conducía al desván, y la besé. Ella se pegó a mi cuerpo entre gemidos, mientras sus ojos se desviaban  hacia el rincón donde Marc y Xavi hacían quinielas sobre los integrantes del próximo gobierno de la república catalana, sin pensar que pudiera existir más que esa decisiva cuestión política en el Universo; evidentemente, me percaté.

-Olalla, por favor –la reconvine, separándome un poco de ella y fingiendo disgusto-. Se supone que estamos ejerciendo, después de mucho tiempo de sequía sexual, nuestro derecho al roce típico de amigos que un día estuvieron  liados. Concéntrate en lo que estás haciendo, ya devorarás a Marc con la mirada en otra ocasión.

Mi amiga se encogió de hombros y soltó una carcajada que hasta parecía completamente alegre, y todo.

-Lo sé, lo sé, no escarmiento. Y mira que ha pasado ya el tiempo, joder… desde que le conocí, sin ir más lejos… ¿cuántos años ya?

-Seis –repetí yo, de carrerilla, con resignación: conversaciones como éstas eran bastante habituales cuando a Olalla le daba por sentir esa melancólica nostalgia del amor platónico que nunca había tenido, o sea, varias veces a la semana-. Y yo llevo cinco sin entenderlo. ¡Con la buena pareja que hacíamos! No me negarás que soy mejor partido que ese gilipollas.

Ella me echó los brazos al cuello y recorrió mis hombros con una aparente lujuria. Su cabeza me llegaba casi a los ojos: aquella mujer me encantaba. Su estatura, sus curvas, aquel punto barriobajero tan excitante, su sentido del humor, su complicidad conmigo… Era exactamente mi tipo de mujer… lástima que…

-No nos engañemos, Gorka. Si no te hubiera dejado yo lo hubieras hecho tú. Tarde o temprano.

… pues sí. Es cierto. Que me cuelguen si me entiendo a mí mismo y si entiendo al mundo, pero así exactamente hubiera sido.

-Claro que –continuó, insinuante, recorriendo ahora mis costados con sus dedos y anudándomelos un poco más arriba del culo-… más bueno… sí que estás…

Le cogí la cabeza entre mis manos y estampé su boca contra la mía con involuntaria brusquedad. Ella se quejó.

-Eh, tranquilo. Tenemos toda la noche.

Chasqueé la lengua, disgustado conmigo mismo.

-Lo siento. Es que con mujeres como tú uno es capaz de olvidarse de la sutileza.

Me miró, incrédula:

-Venga ya –la opinión de Olalla acerca de su físico no era demasiado halagüeña, y yo comenzaba a estar cansado de pelear con ella alrededor de ese punto. Desvié la conversación… o no.

-Tú dirás lo que quieras, pero Oriol –hice un gesto con el codo hacia donde éste se encontraba, detrás de nosotros- debe de estar pensando en cómo convencer a los altos cargos del partido para enviarme a Siberia, después de esto. ¿Por qué no te quitas las manías y te lo tiras ya? No tiene muchos más defectos que el resto, y no puedes esperar que todos sean tan jodidamente perfectos como yo.

Ella no parecía convencida.

-No sé de dónde has sacado esta obsesión de que Oriol me tira los tejos. Es la cosa más idiota que he oído. Por cierto, ¿ha sido tuya la idea del experimento sociológico de juntar a la peña del partido con los del Rey de la Cerveza? ¿Qué esperabas conseguir?

No esperaba aquella pregunta tan directa.

-¿Sentar las bases para una alianza entre el nacionalismo conservador y el izquierdismo radical que consiga salvar el país? –ensayé, con cara de niño cogido en falta. Pero Olalla era demasiado inteligente y me había calado ya hace tiempo. Me estampó un beso en la mejilla.

-Gorka, eres imposible. Pero te quiero.

Volví a empujarla contra la escalera y a besarla, obedeciendo a un impulso más sentimental que sexual. Pero, tras un par de minutos, la sentí moverse inquieta bajo mi cuerpo; y yo sabía la razón.

-Lamento si estoy resultando tópica –me dijo- pero hay algo que está vibrando cerca de tu entrepierna y no creo que sea precisamente porque estás contento de verme.

-Pues es eso exactamente –le rebatí-, eso, unido a mi legendaria potencia sexual. Ignóralo y sigamos por dónde íbamos.

-Creo que será mejor que cojas el teléfono, Gorka.

-No voy a hacerlo. Sé perfectamente quién es. Y no tengo ganas de trabajar.

-Menos ganas tendrás de enfrentarte a sus cabreos…

-Déjame que conserve durante unos instantes la ilusión de que soy un hombre libre… -pero Olalla metió la mano en el bolsillo de mi pantalón con la mayor desfachatez y me dio el telefonillo. Lo abrí, gruñendo al contemplar la foto del feo semblante del comisario Palència en la pantalla principal, y pronuncié un resignado y algo irónico:

-Siempre a sus órdenes, jefe.

La airada respuesta no se hizo esperar.

-Si supiera cómo está el patio, Del Valle, se abstendría de hacer comentarios pretendidamente graciosos. Salga de la mierda de sarao donde esté metido y vaya cagando leyes al kilómetro 32,4 de la carretera B-365. Si no sabe dónde está, búsquese un mapa o cómprese un gepeese, pero a mí no vuelva a llamarme diciendo que se ha perdido que no soy su querida mamá. Y hágame un informe que me pueda servir para la rueda de prensa, y no los bodrios que suele presentarme. ¿Estamos?

Aquello me sorprendió: Palència era correcto y casi amable, de cuidada expresión verbal, y no acostumbraba a dirigirse a sus subordinados como el jefe policial permanentemente cabreado y de cultura más que discutible popularizado por las películas y series. Comprendí que el tema  del que debería ocuparme debía tratarse de algo insólito y con consecuencias que podían ser peligrosas. Pero como lo sí que era  habitual en él era que suministrara la información con cuentagotas y que pretendiera que yo me autogestionase para llenar los huecos, tuve que hacer un esfuerzo de imaginación ayudándome con la percepción de que indudablemente el tono de su voz era el característico de cuando se siente presionado por las altas instancias. Intenté recordar qué caso había llevado yo últimamente que tuviera algún tipo de implicación política o mediática, o ambas, y me quedé en blanco. Claro que…

… pero…

… ¡no podía ser! ¡Había pasado demasiado tiempo!

-La han encontrado. ¿Verdad, jefe? –creo que fue más una iluminación divina, o de su equivalente agnóstico, que una deducción.

-Luis ya está allí –fue la extraña respuesta afirmativa-. Venga, mueva el culo. En media hora quiero que esté allí – y colgó sin más. Yo hice lo propio, casi mecánicamente. Olalla, que había escuchado lo suficiente conversación, dado el volumen de los gritos de Palència, me miraba sin saber qué decirme.

-Me largo –le expliqué-. Te cuento después. No le digas nada a nadie de momento, despídeme de todos los que aún no se hayan caído redondos, si es que puedes encontrarlos, y sólo explica que tenía un caso urgente…

Mi amiga me interrumpió, preocupada:

-Pero ¿estás seguro de que estás suficientemente sereno para conducir? –despejé sus temores con un ademán.

-Sabes que mi cuerpo metaboliza bien el alcohol. Siempre he creído que tengo algún gen recesivo irlandés… No creo que ni siquiera llegue a dar positivo en un control –me di cuenta que mi subsconciente me estaba conminando a mantenerme alejado del tema, y tomé de nuevo las riendas de mi cerebro-. Bueno, lo que te decía. Si Wilhelm se presenta al final… no le le digas nada de lo que has oído. Es mejor que me lo dejes a mí. Aunque de todas formas no creo que esté preparado para oír lo que tengo que decirle, y menos ahora.

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