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Archive for the ‘Trovadorescas’ Category

Aquí tenéis un relato de un género que no suelo tocar. No seáis muy duros contigo. O mejor, sí, sedlo si procede. Los comentarios negativos también son enriquecedores… casi tanto como el sueldo de un banquero. Bueno, y sin más dila(ta)ción…

Ella tuvo que leer dos, tres veces, el mensaje de Guatsap antes de comprender lo que sucedía. E incluso después de haberlo hecho necesitó bastantes segundos para que su cerebro aceptara que lo improbable se había convertido en real. Releyó una cuarta vez el texto para cerciorarse de nuevo de que no se trataba de una alucinación.

 estación de Sants  Barcelona  relatos  historias de amor

Hola, soy Rubén. Mira, el miércoles estaré en Barcelona. Llegaré a las 15.17 a la estación de Sants. Sé que sería pedirte mucho que me recojas en la estación, pero me pregunto si podríamos vernos el jueves o el viernes, cuando te vaya bien. Hay algo que quiero decirte.

No entendía nada. ¿Por qué, tan repentinamente, y después de más de 10 años? Era extraño, además, que él hubiera guardado su teléfono. Incluso ella no estaba segura de que pudiera encontrar el suyo. En algún momento, creía recordar, introdujo en su ordenador de entonces los contactos que se habían repartido el día de la despedida del grupo de colaboradores, pero le resultaba imposible adivinar en qué carpeta escondida en el último de sus discos duros internos o externos se hallaba ahora: era una información que, desde hace tiempo, sabía positivamente que no iba a necesitar nunca.

Hizo un repaso rápido de su agenda mental. El miércoles tenía ensayo por la mañana y actuación por la noche; al mediodía y a la tarde, nada. Un momento… ¿no había quedado para comer con su representante? No, eso sería el jueves. Contestó al mensaje.

No hay ningún problema. El miércoles puedo estar a las 15.17 en la Estación de Sants, al lado de la consigna. Será agradable vernos después de tantos años.

 

Se vieron casi simultáneamente, justo cuando ella acababa de despedir a un joven que la había reconocido, a pesar de las gafas de sol. Hacía tiempo que había tenido que prescindir de sus paseos por la ciudad, y no salía de casa sin recurrir a la rapidez y a la sencillez de aparcamiento que le procuraba su moto, y al anonimato que le brindaba el casco. Él alzó la mano para saludarla. Mientras se acercaba, ella constató que había adelgazado, aunque seguía siendo un hombre grande; tal vez solamente había envejecido. Su cabello, que nunca había destacado ni por su color, ni por su calidad, ni por su brillo, al menos no había raleado ni encanecido visiblemente. Al igual que ella, nunca había sido cuidadoso en el vestir, pero ahora su ropa pedía a gritos un repaso exhaustivo, por no decir una renovación total. La mirada de sus ojos, de su radiante intensidad vital de aquellos tiempos, aún conservaba una luz de esperanza, y su sonrisa contagiosa de dientes torcidos ahora asomaba con timidez, casi sin fuerzas.

-Hola –le dijo, cuando estuvo ante ella. Sólo eso, eso y una mirada profunda, con una sonrisa en que una sombra parecía velar la ilusión. Una de las puertas automáticas de la estación se abrió al paso de un viajero, y una bocanada de aire que trajo los 3º del exterior le hizo estremecerse de frío.

-¿Tienes hambre? ¿Quieres que vayamos a comer algo? –él negó con la cabeza, sin dejar claro a cuál de las dos preguntas, o a ambas-. Al menos vamos a tomar un café. Tienes cara de frío. Llevas tanto tiempo viviendo en la Ciudad Eterna que el clima de Barcelona debe de parecerte glacial.

Repitió su negativa gestual.

-Te parecerá extraño, pero ni para eso me llega –amagó registrarse los bolsillos-. Estoy arruinado.

-¿Y dónde está el problema? Invito yo –insistió ella-. No me vendrá de eso

No. Realmente no le vendría de aquello. Ni de otros muchos aquellos. Ahora.

Él negó de nuevo, en silencio.

-María –dijo al fin-. Hay algo que quiero pedirte. Quiero empezar con buen pie contigo. Después, y según lo que decidas, haré lo que tú quieras.

Ella le miraba desconcertada, sin entender aquel súbito y desaforado orgullo. Al final, le hizo un gesto en dirección a la salida.

-Ven conmigo.

 

La amplia avenida de la estación transcurría sobre un ramillete de callejuelas. Entre el Parc de l’Espanya Industrial y la Carretra de Sants, una escalera conducía a ellas. Ésta desembocaba en una plazoleta diminuta, donde había un único banco, con vistas a una pared. Allí fue donde ella le condujo.

-Aquí me reunía, hace muchos años, con un chico a quien quise mucho. Él nunca me correspondió y, obviamente, un día tuve que dejarlo correr. Pero… dime, Rubén: ¿qué es lo que te ha ocurrido?

Sentado en el banco, con las rodillas ligeramente abiertas y el cuerpo apoyado en ellas, sobre los brazos cruzados, él comenzó su historia.

-Es difícil saber si fue así como empezó, o tal vez lo que sucedió después pasó por casualidad. Si es así, sería una nueva manifestación del tópico, tan verdadero por otra parte, que afirma que tu vida puede cambiar en sólo un segundo. Sabes que a mi mujer, siempre le gustó escribir…

Ella asintió con la cabeza.

-No era más que una afición, pero, de pronto, un día, decidió tomárselo en serio. Y le fue bien. Comenzó a recibir comentarios elogiosos en las redes sociales, participó en antologías… Empezaron a surgirle, de no se sabía bien dónde, una serie de amigos, de sexo masculino en su mayoría, que se hacían leguas de lo maravillosa que era, como mujer, persona, artista… No fue inmediato, pero andando el tiempo sentí que yo estaba dejando de resultarle interesante. Y no fue una apreciación sin fundamento.

-Pero… -quiso rebatirle ella. Él la hizo callar con un gesto amable.

-Es cierto. Incluso me lo dijo, aunque suavemente, claro.

Pensó en la hermosa Lidia deshaciéndose en el contenedor, con la mayor desfachatez del mundo, de lo que ella consideraba un tesoro, un tesoro que habría dado la vida por reciclar: definitivamente, un sangrante ejemplo del actual desaprovechamiento de recursos.

-Creí que podría superarlo. De hecho estaba seguro de que así sería – prosiguió él-. Pero al día siguiente fui a trabajar al laboratorio y cometí un error. Un error muy grave. Un error… que tuvo consecuencias… trágicas.

Se hizo un silencio preñado de desolación.

-Me despidieron, y no volví a encontrar trabajo. Lidia me dejó, aunque ya lo tenía decidido desde mucho antes. Mis escasos ahorros y mi parte de la venta de la casa se gastaron en la pensión de las niñas. Así que pensé en volver a mi país, aunque a una ciudad distinta, para empezar de nuevo. Desde una profesión nueva, renunciando a todo lo que conseguí en mi campo de investigación. Ya estoy resignado a ello.

Ella esperó, con la mirada fija en el infinito. Preveía que estaba a punto de llegar el punto culminante.

-¿Quién es el hombre que se despedía de ti cuando llegué?

Suspiró. No esperaba tener que llegar a explicarlo.

-Era la primera vez que lo veía. Sólo es alguien que me ha reconocido.

-¿Reconocido? –inquirió él.

A regañadientes, ella continuó.

-Grabé un disco. Actúo en un par de locales de Barcelona de manera más o menos fija, y hago algunos bolos fuera. No tengo una legión de seguidores, más bien una pequeña minoría, pero esa minoría a veces se manifiesta… Bien, si lo que querías saber es si hay alguien en mi vida, la respuesta es no.

Él se volvió a mirarla. Su sonrisa era evocativa, devastadora…

-Siempre supe que lo lograrías, a pesar del triste panorama actual de la música –y, después de una instante-. Recuerdo tu voz, aquella noche, en el hotel de Bombay…

Ella también recordaba. Nunca había visto aquella mirada en los ojos de nadie. Algo, por otra parte, sorprendente, sabiendo lo que llegó después. Él continuó, como leyéndole el pensamiento.

-María, entonces tuve miedo. Me aterrorizaba tomar lo que tú me ofrecías y equivocarme, porque tenía mucho que perder. Ahora ya no me queda nada. Aún conservo algunos amigos, un lugar donde quedarme en Barcelona para rehacer mi vida, pero nada más. Y he venido a ti porque sigo siendo un cobarde.

Ahora, ella giró todo el cuerpo en dirección a él. Le cogió la mano entre las suyas. Aquella mano cuyo tacto sólo había disfrutado una vez. Y así, sintiendo su calor, le dijo:

-Te olvidé, Rubén. Tú no me diste ninguna opción y el dolor era demasiado fuerte. Tuve que hacerlo para seguir adelante, ¿comprendes? Y ahora… y ahora ya no puedo dar marcha atrás.

 

Era cierto, pensó, más tarde, mientras abría los ojos. Le había olvidado. Por fuerza.

Pero también, aquello era lo único cierto de aquella historia.

Por ejemplo, él nunca había tenido miedo. Sencillamente, el patético enamoramiento de ella no había significado ninguna diferencia en la vida de él. Difícil que alguien como ella pudiera a aspirar a alcanzar el nivel de belleza, inteligencia, éxito, de Rubén y de su esposa.

Tampoco creía que él hubiera fracasado. Al principio, los buscaba en las redes sociales. Primero fue una manera de calmar el dolor. Luego, sencillamente, lo hacía por curiosidad. Era cierto que en los primeros tiempos aparecían sin cesar, mostrando insultantemente su felicidad al mundo. Luego dejaron de hacerlo. Pero ella no creía que aquello se debiera a ningún hecho traumático. Probablemente, sólo se cansaron.

Hay gente que camina por su vida y sus pasos son sencillos, sobre una superficie esponjosa, se dirijan a donde se dirijan. Hay gente, en cambio, que no vive: nacen muertos y van muriendo un poco cada día, hasta la desaparición final. Todo esto ella lo sabía muy bien.

Para ella, nada había cambiado en 10 años. Si acaso, sólo a peor. No era más guapa que entonces, evidentemente, y se sentía vieja, y tal vez ya lo era. Las oportunidades de conseguir algo, algo, lo que fuese, se agotaban a pasos agigantados, se agostaban como rosas en el desierto.

Le había amado sin conocerle, sin razón tal vez, leyéndole como a uno de esos libros cuyas solapas estudias en las librerías y de pronto, sin más, comprendes que están contado la historia de tu vida. O la historia verdadera de lo que habría podido ser tu vida. Y necesitas que te pertenezcan

O tal vez fue la mirada de radiante intensidad de sus ojos, o aquella sonrisa contagiosa de dientes torcidos, que decían: Vive. No hay nada lo suficientemente espantoso que te lo pueda impedir. Pero eso tampoco era cierto.

Era igual… Nada había servido de nada.

Se levantó, dispuesta a hacer frente, como siempre, a las obligaciones de su día, mientras miraba aquella casa desmantelada que no sabía hasta cuándo podría conservar. Se volvió hacia la cama, y le dijo: Hasta la noche, mi querido Rubén. Qué pena que mi único consuelo sea soñar con un hombre que ya he olvidado. Y añorar un tiempo en el que tampoco fui feliz.

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La sombra de Casa Usher
Pensaba que nunca iba a llegar este momento. El camino ha sido arduo, agotador y casi agónico, pero por fin puedo decir que La sombra de Casa Usher, segunda parte de la trilogía Casa Usher y continuación de La rebelión de los soldaditos de plomo, está publicada ya en CreateSpace y en Amazon. Si la queréis, es vuestra: como explicaba en la entrada en que anuncié la segunda edición de La rebelión, hay diversas opciones para todos los formatos de lectura y todos los bolsillos.

  • Opción 1: CreateSpace. Una posibilidad que ofrece Amazon para los que prefieren los libros impresos. Sencillamente entras, pides una copia del libro y te lo envían a casa, o al menos eso creo. He puesto el precio más bajo que me permitían, 5,67 euros, y he aprovechado para bajar el importe de La rebelión (me enteré de que aún se podía vender más barata), que ahora cuesta 6,07 euros (de paso he remaquetado de nuevo el libro y he corregido algunas pequeñas distorsiones en el formato que se habían colado).  Eso sí, me temo que los gastos de envío van aparte.
  • Opción 2. Amazon. Para leer en la tableta, el móvil y el PC con la app gratuita Kindle, apta para cualquier dispositivo. Se puede pillar a 0,99 euros, tanto La sombra como La rebelión (que también ha sido remaquetado y maqueado para la ocasión). Ambas novelas están asimismo en Kindle Unlimited, por lo que si te acoges a ese programa de préstamos en Amazon puedes leer gratis bastantes libros, Casa Usher 1 y 2 incluidas, siempre que no tengas en tu dispositivo más de 10 a la vez y por algo menos de 10 euros (no sé si lo recomiendo: en la selección disponible te puedes encontrar verdaderas joyas pero, mayoritariamente, con lo que te topas es… Bueno, os lo podéis imaginar…).
  • Opción 3. Como no me gustaría que nadie se quedara sin leer la novela por falta de efectivo y/o de dominio de las últimas tecnologías, también tengo el libro en pdf para leerlo en el PC o imprimirlo. Sólo tenéis que escribirme un correo y pedirlo. Es gratis.

Esto de la autopublicación en Amazon es una fuente de trabajo y problemas, y cuando no se dispone de buenos equipos y aplicaciones o, en su defecto, conocimientos y tiempo, más todavía. Los manuscritos maquetados tienen una extraña tendencia a descomponerse en formas inimaginables cuando los subes, y basta con que corrijas un error de maquetación para que te surjan siete más. Lo digo porque agradecería que cualquier fallo que veáis, grave o leve, aunque sea una coma, me lo hagáis saber (por privado, porfa, tampoco es cuestión de darle publicidad a mis meteduras de pata) y rápidamente será subsanado.

Y nada más, sólo espero que esto sirva para que paséis un buen rato (ése es el propósito), que si no os gusta no seáis muy crueles con vuestras críticas negativas (tampoco quiero que me mintáis, pero una tiene su corazoncito), y que si os gusta no olvidéis poner el libro por las nubes ante todos vuestros amigos, enemigos, conocidos, familiares y redes sociales (no espero hacerme millonaria con esto, ni mucho menos, pero si me sirve para retirarme de mi trabajo explotador y dedicarme a escribir, investigar y restaurar construcciones medievales, me conformo… Vale, de sueños también se vive, ¿o no?).

No quisiera terminar esta entrada sin agradecer a todas las personas que me han animado, ayudado y apoyado para que este proyecto pudiera ver la luz, y también a las que han hecho todo lo contrario.

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La rebelión de los soldaditos de plomo, II edición
No sé muy bien cómo empezar este post. Me siento igual que cuando en el curro me hacen que redacte a bombo y platillo noticias que apenas tienen interés más que para la empresa anunciante que las patrocina. Pero lo hecho, hecho está, y ya que está hecho ha de saberse, así que allá va.

Hace casi cuatro años publiqué un libro, La rebelión de los soldaditos de plomo, que se supone que iba a ser el inicio de la trilogía Casa Usher. A partir de ahí han pasado muchas cosas, la mayor parte no muy agradables. Es cierto que la mayoría, casi la totalidad de las (pocas) críticas que he recibido han sido muy positivas, pero también es verdad que el libro apenas se vendió (o directamente no se vendió nada), no sé si por culpa de la editorial o mía, y lo que puedo jurar es que no he visto ni un sólo céntimo en concepto de derechos de autor. Y no exagero en lo más mínimo.

Este hecho, y algún otro tan poco romántico y literario como la falta de tiempo, y la dura competencia que ejercen sobre la literatura el trabajo remunerado aunque sea precariamente, y el simple y llano marujeo diario (no tengo a nadie que cocine, barra, friegue, ponga lavadoras, limpie platos, cuide de los churumbeles y me traiga un bourbon con gingerale mientras yo me encierro en mi torre de marfil con los dedos en el  teclado), me obligó a abandonar el proyecto, a pesar de que alguno hubo por ahí que me reclamó una segunda parte.

Hasta ahora.

Y yo me pregunto, y a lo mejor os preguntaréis vosotros si a alguien le interesa lo suficiente: ¿qué ha cambiado de pronto? Pues nada. Quizá solamente es que no me gusta dejar las cosas por acabar. Que no sería agradable que el día en que me muera tenga que pasar cuentas conmigo misma por todo aquello que pude hacer y no hice, y que podía haberme beneficiado. O quizá, sencillamente, que me dio por ahí.

Y volví a coger el manuscrito. O el mecanoscrito. O el digitalescrito o como se deba decir.

Pero no podía escribir una segunda parte sobre los restos de una primera fallida. Debía retomar el proyecto de otra manera. Por mí misma, marcando yo las reglas. Nunca pensé en autopublicar, pero tal como está el patio, sea por mi falta de padrinos o mi escasa calidad literaria (qué bien me vendo, ¿verdad?), sé que llamar a la puerta de cualquier editorial sería completamente inútil. Así que decidí reeeditar la primera parte (la anterior edición, me han dicho, ya ha sido retirada de todos los puntos de venta), y prometer solemnemente (vosotros sois testigos) que la segunda estará acabada antes de dos meses, si no nos alcanza un meteorito, entra en erupción el volcán ése de Yellowstone que anda un poco agitadilllo, o se declara la República Popular Española.

Pues eso. La rebelión de los soldaditos de plomo está publicada ya en CreateSpace y en Amazon. Y si la queréis, la podéis conseguir: hay diversas opciones para todos los formatos de lectura deseados y todas las cuentas bancarias, incluso las que tienen tantos números rojos como la mía, que son muchos. Os cuento.

  • Opción 1: CreateSpace. La opción ideal para los que aún prefieren el tacto y el olor del libro impreso, y pueden permitírselo. En esta página, entras, pides una copia del libro y te lo envían a casa. He puesto el precio más bajo que me dejaban, un poco más de 9 euros. Me parece que los gastos de envío van aparte.
  • Opción 2. Amazon. Para los amantes de leer en digital, en la tableta o el móvil, y también se puede en el PC (antes, en todos los casos, hay que bajarse la app gratuita Kindle, apta para cualquier dispositivo). Asimismo está al precio más bajo que me permitieron, creo que no llega al euro.
  • Opción 3. Si no te gusta leer en digital, o si no tienes dinero o te parece superfluo gastártelo, tal como está la vida, en algo tan prescindible como la novela de una autora desconocida, pero por otra parte te gustaría echarle un vistazo, por mí que no quede: tengo el libro en .pdf y en formato .mobi, en el primero caso para leerlo en el PC o imprimirlo, y en el segundo para leerlo en Kindle. Sólo tienes que escribirme y pedirlo. Es gratis.

No es que pretenda regalar el libro como si no creyera en su valor, ni tampoco estoy tan desesperada por que me lean. De hecho, el libro me ha costado años de sudores, de escribir en horas perdidas, de renuncias varias, de muchas, muchísimas incomprensiones, de desánimos a veces por parte de aquellos que más me deberían haber animado, y todo eso tendría que valer algo, digo yo. Además, creo sinceramente que se han escrito libros más malos. Y, la verdad, a mí hasta me gusta. Me gusta bastante, incluso. Pero no voy a haceros pagar por ello en estos tiempos que corren, a no ser que realmente creáis que queréis y podéis hacerlo y os vale la pena. Y pienso hacer lo mismo cuando publique la segunda parte, La sombra de Casa Usher.

Pues aquí está. La suerte está echada. No creo que sirva de mucho (sigo vendiéndome bien, como véis). Hace tiempo que aprendí que nada de lo que haga, luche lo denodadamente que luche, servirá para algo. El destino juega con cartas marcadas. Algunos jinetes nunca llegarán a Córdoba aunque sepan los caminos. Dios (o lo que sea) ya no está de nuestro lado, si es que alguna vez lo estuvo. Por muchas estrellas que queramos seguir, algunos seguiremos andando hacia ningún sitio… Vamos, que no estoy dispuesta a permitir que ningún éxito de mierda frustre el prestigio de toda una larga vida de fracasos.

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Que un nuevo libro aparezca en el mercado siempre es una buena noticia; al menos si el autor no es Paquirrín, Belén Estebán o alguno de esos fantoches mediáticos (o, más bien, sus negros). Si encima tiene algo de calidad, ya es obligatorio tirar confeti. Y si, para finalizar, el libro está escrito por un camarada de la XSUC y amigo de la que suscribe, es un día para marcar en rojo en el calendario. Pues bien, lo que he explicado acaba de suceder: ya está disponible en Amazon para aquel a quien le apetezca echar un vistazo y, eventualmente, llevárselo a sus dispositivo de lectura, No está muerto lo que juega eternamente, la primera novela de Carlos Milán.

He tenido la suerte de ser una de las primeras personas que leí esta novela: Carlos y yo nos conocimos en un principio en las redes sociales, y más tarde coincidiendo en temas activistas en los que los dos andábamos y andamos metidos; al ser lector mío, creyendo más de lo que yo creía (y de lo que han demostrado las circunstancias) en el éxito de La rebelión de los soldaditos de plomo, se le ocurrió prestarme su manuscrito con vistas a que le diera algún consejo útil como la escritora que se supone que soy (solo se supone): el único que pude darle, una vez constatado que aquello valía realmente la pena, es que optara por las nuevas posibilidades actuales de publicación independiente  en digital, dada la dificultad de que una editorial lo suficientemente potente para dar adecuada difusión una obra apueste por un autor desconocido y sin padrinos (descartando, claro está, las empresas que se dicen editoriales y que solo pretenden hacer negocio a costa de autores incautos o demasiado necesitados del éxito). Como bien se ve me hizo caso: ahora solamente espero que ni él ni yo tengamos que arrepentirnos.

Y ahora toca daros razones por las que se ha de leer esta novela, y os las daré yo, porque conociendo al autor no creo que se preste al esperpento de solicitar la compra de la novela en todas las plataformas sociales en las que se encuentra y de empezar todas sus conversaciones con el sintagma preposicional “En mi libro” seguido del pronombre personal de primera persona. Es una novela autodidacta, original, arriesgada y fresca, apta para todos los públicos y para todos los niveles, escrita pensando en el lector y no en conjurar los fantasmas del escritor. Aunque es una novela de género (de hecho, de varios géneros mezclados, pues hay terror, misterio, aventura e historia), trata temas de actualidad como el conflicto en Palestina y lo hace con grandes dosis de un humor en ocasiones desternillante, aparte de que se respira en toda la obra un innegable hálito de compromiso social y solidaridad. Un trama bien hilvanada, un desenlace impactante, personajes sorprendentes y muy trabajados… Y, para que no falte de nada, también hay lugar para los sentimientos (amistad, amor…) e incluso alguna escena de alta temperatura. Motivos suficientes, creo yo, para que se le dé una oportunidad y… a disfrutar.

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Dicen (en un spot televisivo, pero no me preguntéis la marca que se anuncia porque no tengo ni idea, ni me interesa) que la ilusión es una fuente de energía que algunos dicen que se halla en franca caída libre. Me cuento entre ellos.  Nunca, desde que tengo uso de razón, me había sentido vivir en unos tiempos tan duros, tan apocalípticos: el sistema siempre ha sido el sistema, el capitalismo siempre ha producido desigualdades, y algunos ya pronosticaban hace varios años lo que se estaba preparando tal vez desde hace muchas décadas, pero ahora mi impresión (y no solo la mía) es que definitivamente ha vencido el mal y la codicia por la riqueza y el poder de las elites psicopáticas que nos gobiernan a escala global (y que han conseguido este dominio precisamente por ser eso, elites, y sobre todo psicopáticas, es decir, sin escrúpulos morales), ya no encuentra límites a su desafuero; ni por parte de una población tan narcotizada durante tantos años por las mentiras del sistema, por el adoctrinamiento educativo y por la cultura basura que le está costando mucho despertar, ni por parte de esos despertares parciales (aunque loables), que ya nada parecen lograr contra una tiranía que lleva demasiado tiempo cimentándose y parapetándose.

En estas circunstancias, y lamento si a alguien le duele mi sinceridad, me cuesta decir una palabras de felicitación en este día, último de ese calendario gregoriano que en la civilización occidental hemos instaurado como oficial. No puedo desearos que las cosas vayan mejor, porque sencillamente, no creo que pueda ser así. Ni siquiera puedo instaros (e instarme, que más falta que a mí seguro que no os hace) a un despertar total, absoluto y contundente, valiente,  esforzado y verdaderamente revolucionario, porque no confío en que se produzca, al menos de momento y, en el caso que se produjera, debería ser verdaderamente sacrificado y escandaloso para que causara algún efecto. Para mí, mañana será igual que hoy, un día más.

Pero después de este día vendrá otro. Y otro. Y otro. Y otro más. El mundo (y nosotros) será más viejo, y quiero creer que más sabio. Las contradicciones llegarán a ser tan flagrantes que no podremos obviarlas. Las mentiras caerán por su propio peso, anuladas por una realidad progresivamente más evidente,  o serán descartadas por sus emisores, demasiado seguros de su poder.  Llegaremos a un punto en el que será imposible recular más y entonces nos veremos obligados a dar un paso adelante. Y otro. Y otro. Hacia un cambio de sistema, un cambio de valores, un cambio de prioridades.

Esa es mi única, y quizá pobre, esperanza para el nuevo año gregoriano. Y hasta entonces, os deseo toda la felicidad, ilusión, fuerza y bienestar que podáis arañar a la vida, y un poco más.

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Humpty Dumpty,  en Alicia a través del espejo, abogaba por celebrar sus incumpleaños en lugar del día del aniversario de su nacimiento: evidentemente, es mejor recibir 364 regalos (365 si es bisiesto) al año que uno.

Yo no creo demasiado en los regalos. Tampoco creo en la Navidad, ni en Dios, aunque eso último es lo menos importante, porque todo este tema de la religiosidad ha pasado a ser simplemente el papel brillante de colorines que envuelve el consumismo. Solo creo en la gente buena, la gente luchadora, la gente comprometida, la gente a la que quiero y que me quiere (poca, pues tengo un carácter bastante insoportable, pero por lo menos de calidad). Y para ver a esa gente no necesito que sea un día marcado en el calendario: no hace falta más que un poco de voluntad.

Así que permitidme que os felicite hoy, no la navidad, ni la nochebuena, ni el año nuevo, ni todas esas zarandajas, sino el resto de los días del año. Comed turrones, haced regalos, consumid (sostenible y localmente) cada día, si eso es lo que os apetece, pues cada día es importante. Y sobre todo procurad rodearos de la gente que os hace felices; los demás, por desgracia, ya vienen solos.

Compañeros y compañeras, felices innavidades.

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Hoy no he podido estar en Madrid. Lazos laborales arrastran mi cuerpo hasta Colonia, y yo tiendo los brazos resignada hasta la fría Alemania, símbolo de todos los males del capitalismo y sus movimientos antecesores, cuna antigua, tal vez, de su remedio. Hoy no he podido estar en Madrid, y no lo estaré los días siguientes. En Madrid, mi Madrid, el del Marx Madera y el de No pasarán, el de las fiestas del PCE y los congresos con mis compañeros. Para mí, Madrid siempre ha sido metáfora de lucha. Y de solidaridad. Pero hace tiempo que no veo ese Madrid y ahora me pregunto si algún día existió. Si quizá lo inventé. Madrid, ¡te echo tanto de menos! Lo mismo que se siente nostalgia de un futuro tan inaccesible como el pasado, o añoranza de un pasado feliz que nunca existió. Y me lo pregunto aunque sé la respuesta, aunque sé que mis recuerdos son ficticios o sobrealimentados. La verdad es que nunca amé y nunca me amaron, nadie; para amar y ser amada se necesitan virtudes que yo jamás poseeré. La verdad es  que nunca luché porque nunca tuve al lado con quién hacerlo. La verdad es que la soledad duele mucho más que la porra de un policía, y es mucho más aterradora. La verdad es que no hay vuelta atrás, es el final del camino, jamás podré recuperar lo que nunca tuve. Por mucho que lo ansíe y lo suplique con los labios cerrados: nunca vi como los otros vieron, y tal vez tampoco sentí como ellos. La verdad es que, aunque sepa los caminos, ya nunca llegaré a Madrid.

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