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Archive for the ‘Trovadorescas’ Category

crisis económica, España, precariedad

(viene de) Las cosas empezaron a desaparecer en su casa.

Al principio casi ni se percataron. Los calcetines se desparejan en la lavadora. A veces alguien de la familia se come algo de la nevera y luego no lo recuerda, o no lo quiere recordar. Es normal que creas tener un billete de cinco euros cuando en realidad ya lo has gastado.

Pero fue a más.

De pronto, echaron a faltar objetos. Primero, pequeñas piezas de decoración. Luego, muebles auxiliares. Al final, mobiliario esencial. Electrodomésticos.

Los armarios estaban vacíos de ropa. La cocina, desmantelada. Sólo persistían las puertas y las cerraduras, que atestiguaban, al mismo tiempo, que nadie entraba en casa por la noche.

Pronto, ellos se dieron cuenta de que también comenzaban a desaparecer otras cosas, menos tangibles. La paz. Las sonrisas.

Subitamente, se dieron cuenta de que había desaparecido cualquier asomo de amor o amistad que hubiera podido existir entre ellos. Ni siquiera los echaron de menos.

No había deseos de divertirse. Ganas de vivir. Sólo quedaba el ansia. Un ansia ilocalizable, inasible, pero dolorosa, torturante. Un odio-comezón rabioso como el de una herida que siempre está a punto de curarse, y nunca lo hace.

Un día, lo localizaron. Era un enorme agujero negro, ubicado en uno de los cajones del mueble del recibidor. Entonces se miraron, como hacía tiempo que no lo hacían. Dieron un paso adelante. Sin sentimientos, porque ya todos se habían ido. Se marcharon.

Era justo el cajón donde guardaban los documentos de su banco.

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(viene de) Hiciste lo que tenías que hacer. Lo que creías que tenías que hacer

Estudiaste, trabajaste, te esforzaste, enviaste currículums hasta al mismo infierno.

Intentaste ahorrar, sin rechazar vivir. No te diste a ningún vicio, o al menos a ningún vicio caro. No te metiste en negocios ruinosos.

No tuviste miedo, pero tampoco imprudencia.

Así es como te dijeron que tenías que vivir. Y tú lo creíste.

¿Qué es lo que hiciste mal?

Quizá no fue una sola cosa. Tal vez tu vida entera esté mal.

Y las voces de la sociedad clamaban: compra un piso, compra un piso, estás tirando el dinero. Tu religión de vivir de alquiler es una apostasía. Gritaban tanto que te ensordecieron. Pensaste: ¿y si me estoy equivocando?

Ahora tienes piso y no puedes vivir en él (y has vuelto al alquiler). Te lo han quitado. No así las cuotas, que te siguen llegando puntales el día 1 de cada mes, y que tú pagas, con tu sueldo de sobreendeudado mileurista venido a menos, no con la misma puntualidad, claro…

Poco a poco, intentas eliminar todas las deudas, todas estas deudas forjadas en tiempos de engaños hipotecarios y prestamistas, tuyos y de otras personas, de bajo indicadores sociales, de accesorios de colores que deslumbran del problema real. Porque, aunque tú hayas creído hacerlo todo bien (o no), nadie podrá evitarte tener que responsabilizarte de los errores de otras personas (o no). Eliminas deudas, te haces con otras, pero en eso estás, en eso estás…

Y de pronto, abres la nevera y está vacía.

Abres tu cartera y está vacía.

La web del banco ya ni la abres: sabes desde hace días que el rojo campa allí por méritos propios.

Pero ¿no eran los abuelos, en la postguerra, los que pasaban hambre? Tú has estudiado, tienes un trabajo, no eres demasiado inútil… ¿qué demonios está pasando?

¿Por qué nadie te lo dijo?

Papá, mamá, os juro que hice todo lo que me aconsejasteis.

O, al menos, eso crees…

Tienes hambre. Ayer no comiste. Ni cenaste. Hoy tampoco has desayunado. No es una dieta por salud. Las dietas las puedes dejar cuando quieras, si no depende tu vida de ellas. Es una dieta de no salud. ¿Por qué es barata la comida barata?

Mañana va a ser igual….

Le debes dos euros de un café al bareto de la esquina, ese café que paladeas (paladeabas) cinco minutos antes de entrar al trabajo, mientras leías las noticias. No has podido resistirte. Un café. Sólo un café.

Eres afortunado. Has podido lograr que tus hijos casi no lo noten. Conseguiste pagar la luz. No debes demasiado de hipoteca. Quizá algún día salgas de ésta. No mañana, pero algún día. Qué bien huele el bocata calentito de tu compañero de trabajo. (sigue)

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Me dijiste que si estudiaba y trabajaba mucho llegaría muy lejos, mamá. ¡Qué razón tenías! He llegado tan lejos que ya ni siquiera sé cómo volver, cómo recordar quién era o si lo sigo siendo. No sólo he conseguido todo lo que me proponía; es que, además ¡he aprendido tantas cosas!

La importancia de la vida sana, por ejemplo. Voy caminando a todas partes, a veces corriendo, incluso. Y, aunque me cuesta un poco comprar cosas saludables, me he acostumbrado a comer muy poco, poquísimo.

Ahora, también, puedo controlar mis nervios; ya no me pongo histérica cuando la cajera escanea mi cesta en el súper; respiro hondo, pienso en cosas agradables y, lo que tenga que ser, que sea. De la misma manera, ya no me importa la opinión de la gente: si hay que hacer el ridículo, se hace y punto. ¿Acaso es tan grave?

Te he hablado ya de mis listas de las cosas necesarias y de las cosas accesorias? Ya te habría gustado a ti, pobre mamá, que cuando era pequeña hubiera tenido tal control de lo que realmente era básico para mí. ¿Recuerdas mis interminables cartas de los Reyes Magos? Ahora comprendo que, para ser feliz, necesito bien poco.

Y ¿te acuerdas de esa obsesión mía por la limpieza? Toda mi ropa tenía que estar impecable, y yo también. ¡Cuántas lavadoras puse y te hice poner, cuánto litros de agua malgasté en mis continuas duchas! Si hasta nos nombraron clientas VIP de Aguas de Barcelona… Incluso he llegado a pensar que la principal responsable del cambio climático soy yo… Pues también lo he superado. Soy responsable con el medio ambiente, y reciclo, reciclo mucho, cantidades astronómicas. ¡De mi casa apenas sale basura! La luz apenas la enciendo. Y en cuanto a la calefacción, habiendo mantas, ¿para qué molestarse ene encenderla y destruir el planeta? La verdad, no entiendo a la gente. Como si pasar un poco de frío fuera tan malo… ¡Si es sanísimo!

He llegado muy lejos, mamá. Muy lejos y muy alto. Sé que estás orgullosa de mí, aunque tú siempre lo has estado, no importa lo que hubiera hecho o dejado de hacer. Pero ahora que estoy más cerca de los 40 que de los 30, te puedo decir que he triunfado. Y que tú has triunfado también, porque todo lo que tengo te lo debo a ti. Me ha costado, lo reconozco. Una chica de clase obrera como yo, sin familia que tenga contactos de nivel, y demasiado tímida para creármelos, consciente de mis carencias educativas, de mi escaso atractivo físico, no podía esperar mucho. ¡Pero yo lo he logrado!

Estoy tan contenta! Hice bien en hacerte caso y comprar la casa. No iba a estar pagando alquiler toda la vida, y menos ahora que se han cumplido mis aspiraciones. Eso es tirar el dinero. Claro que si te paras a pensar, pagar los desorbitados intereses de las hipotecas es tirar el dinero aún más, pero bueno, la casa ya es mía, ¿no? Nadie la va a quitar.

Si es que puedo pagar todas las cuotas atrasadas, claro…

Pero no te preocupes, mamá. Todo está bien. ¡Lo he conseguido! ¡Me han hecho contrato! Cobro casi mil euros, ¡casi mil euros! Todos los sacrificios han valido la pena. No importa que apenas me llegue para la tarjeta del autobús y que me tenga que colar en el metro. ¡No te imaginas lo divertido que es correr delante de los seguratas mientras te gritan: “Vuelve, ¡vuelve!”! Sí, ahora vuelvo, ya me podéis esperar sentados. Tampoco paso tanta hambre, ni tanto frío, y mira, si un día la cajera del súper me dice que no hay dinero en la tarjeta, pues hala, ya pagaré cuando pueda, que tan poco se hunde el mundo. Todo se arreglará. Hay bibliotecas para conectarse a Internet, leer libros, ver películas y escuchar música, ¡y aún no he tenido que hacerlo a la luz de las velas! Sé que muy pronto me podré permitir caprichos, viajar, invertir en mis aficiones… ¡Hasta podré hacer algún máster!

No llores, mamás. Tú no lo sabías. No lo sabía nadie. Me educaste bien. Soy una buena chica que aprecia a las personas, la naturaleza, el arte y el conocimiento. Tú no tienes la culpa de que eso no sirva para nada. De que nos engañaran. No te preocupes. Todo se arreglará. Vivimos en el estado del bienestar. (sigue)

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Aquí tenéis un relato de un género que no suelo tocar. No seáis muy duros contigo. O mejor, sí, sedlo si procede. Los comentarios negativos también son enriquecedores… casi tanto como el sueldo de un banquero. Bueno, y sin más dila(ta)ción…

Ella tuvo que leer dos, tres veces, el mensaje de Guatsap antes de comprender lo que sucedía. E incluso después de haberlo hecho necesitó bastantes segundos para que su cerebro aceptara que lo improbable se había convertido en real. Releyó una cuarta vez el texto para cerciorarse de nuevo de que no se trataba de una alucinación.

 estación de Sants  Barcelona  relatos  historias de amor

Hola, soy Rubén. Mira, el miércoles estaré en Barcelona. Llegaré a las 15.17 a la estación de Sants. Sé que sería pedirte mucho que me recojas en la estación, pero me pregunto si podríamos vernos el jueves o el viernes, cuando te vaya bien. Hay algo que quiero decirte.

No entendía nada. ¿Por qué, tan repentinamente, y después de más de 10 años? Era extraño, además, que él hubiera guardado su teléfono. Incluso ella no estaba segura de que pudiera encontrar el suyo. En algún momento, creía recordar, introdujo en su ordenador de entonces los contactos que se habían repartido el día de la despedida del grupo de colaboradores, pero le resultaba imposible adivinar en qué carpeta escondida en el último de sus discos duros internos o externos se hallaba ahora: era una información que, desde hace tiempo, sabía positivamente que no iba a necesitar nunca.

Hizo un repaso rápido de su agenda mental. El miércoles tenía ensayo por la mañana y actuación por la noche; al mediodía y a la tarde, nada. Un momento… ¿no había quedado para comer con su representante? No, eso sería el jueves. Contestó al mensaje.

No hay ningún problema. El miércoles puedo estar a las 15.17 en la Estación de Sants, al lado de la consigna. Será agradable vernos después de tantos años.

 

Se vieron casi simultáneamente, justo cuando ella acababa de despedir a un joven que la había reconocido, a pesar de las gafas de sol. Hacía tiempo que había tenido que prescindir de sus paseos por la ciudad, y no salía de casa sin recurrir a la rapidez y a la sencillez de aparcamiento que le procuraba su moto, y al anonimato que le brindaba el casco. Él alzó la mano para saludarla. Mientras se acercaba, ella constató que había adelgazado, aunque seguía siendo un hombre grande; tal vez solamente había envejecido. Su cabello, que nunca había destacado ni por su color, ni por su calidad, ni por su brillo, al menos no había raleado ni encanecido visiblemente. Al igual que ella, nunca había sido cuidadoso en el vestir, pero ahora su ropa pedía a gritos un repaso exhaustivo, por no decir una renovación total. La mirada de sus ojos, de su radiante intensidad vital de aquellos tiempos, aún conservaba una luz de esperanza, y su sonrisa contagiosa de dientes torcidos ahora asomaba con timidez, casi sin fuerzas.

-Hola –le dijo, cuando estuvo ante ella. Sólo eso, eso y una mirada profunda, con una sonrisa en que una sombra parecía velar la ilusión. Una de las puertas automáticas de la estación se abrió al paso de un viajero, y una bocanada de aire que trajo los 3º del exterior le hizo estremecerse de frío.

-¿Tienes hambre? ¿Quieres que vayamos a comer algo? –él negó con la cabeza, sin dejar claro a cuál de las dos preguntas, o a ambas-. Al menos vamos a tomar un café. Tienes cara de frío. Llevas tanto tiempo viviendo en la Ciudad Eterna que el clima de Barcelona debe de parecerte glacial.

Repitió su negativa gestual.

-Te parecerá extraño, pero ni para eso me llega –amagó registrarse los bolsillos-. Estoy arruinado.

-¿Y dónde está el problema? Invito yo –insistió ella-. No me vendrá de eso

No. Realmente no le vendría de aquello. Ni de otros muchos aquellos. Ahora.

Él negó de nuevo, en silencio.

-María –dijo al fin-. Hay algo que quiero pedirte. Quiero empezar con buen pie contigo. Después, y según lo que decidas, haré lo que tú quieras.

Ella le miraba desconcertada, sin entender aquel súbito y desaforado orgullo. Al final, le hizo un gesto en dirección a la salida.

-Ven conmigo.

 

La amplia avenida de la estación transcurría sobre un ramillete de callejuelas. Entre el Parc de l’Espanya Industrial y la Carretra de Sants, una escalera conducía a ellas. Ésta desembocaba en una plazoleta diminuta, donde había un único banco, con vistas a una pared. Allí fue donde ella le condujo.

-Aquí me reunía, hace muchos años, con un chico a quien quise mucho. Él nunca me correspondió y, obviamente, un día tuve que dejarlo correr. Pero… dime, Rubén: ¿qué es lo que te ha ocurrido?

Sentado en el banco, con las rodillas ligeramente abiertas y el cuerpo apoyado en ellas, sobre los brazos cruzados, él comenzó su historia.

-Es difícil saber si fue así como empezó, o tal vez lo que sucedió después pasó por casualidad. Si es así, sería una nueva manifestación del tópico, tan verdadero por otra parte, que afirma que tu vida puede cambiar en sólo un segundo. Sabes que a mi mujer, siempre le gustó escribir…

Ella asintió con la cabeza.

-No era más que una afición, pero, de pronto, un día, decidió tomárselo en serio. Y le fue bien. Comenzó a recibir comentarios elogiosos en las redes sociales, participó en antologías… Empezaron a surgirle, de no se sabía bien dónde, una serie de amigos, de sexo masculino en su mayoría, que se hacían leguas de lo maravillosa que era, como mujer, persona, artista… No fue inmediato, pero andando el tiempo sentí que yo estaba dejando de resultarle interesante. Y no fue una apreciación sin fundamento.

-Pero… -quiso rebatirle ella. Él la hizo callar con un gesto amable.

-Es cierto. Incluso me lo dijo, aunque suavemente, claro.

Pensó en la hermosa Lidia deshaciéndose en el contenedor, con la mayor desfachatez del mundo, de lo que ella consideraba un tesoro, un tesoro que habría dado la vida por reciclar: definitivamente, un sangrante ejemplo del actual desaprovechamiento de recursos.

-Creí que podría superarlo. De hecho estaba seguro de que así sería – prosiguió él-. Pero al día siguiente fui a trabajar al laboratorio y cometí un error. Un error muy grave. Un error… que tuvo consecuencias… trágicas.

Se hizo un silencio preñado de desolación.

-Me despidieron, y no volví a encontrar trabajo. Lidia me dejó, aunque ya lo tenía decidido desde mucho antes. Mis escasos ahorros y mi parte de la venta de la casa se gastaron en la pensión de las niñas. Así que pensé en volver a mi país, aunque a una ciudad distinta, para empezar de nuevo. Desde una profesión nueva, renunciando a todo lo que conseguí en mi campo de investigación. Ya estoy resignado a ello.

Ella esperó, con la mirada fija en el infinito. Preveía que estaba a punto de llegar el punto culminante.

-¿Quién es el hombre que se despedía de ti cuando llegué?

Suspiró. No esperaba tener que llegar a explicarlo.

-Era la primera vez que lo veía. Sólo es alguien que me ha reconocido.

-¿Reconocido? –inquirió él.

A regañadientes, ella continuó.

-Grabé un disco. Actúo en un par de locales de Barcelona de manera más o menos fija, y hago algunos bolos fuera. No tengo una legión de seguidores, más bien una pequeña minoría, pero esa minoría a veces se manifiesta… Bien, si lo que querías saber es si hay alguien en mi vida, la respuesta es no.

Él se volvió a mirarla. Su sonrisa era evocativa, devastadora…

-Siempre supe que lo lograrías, a pesar del triste panorama actual de la música –y, después de una instante-. Recuerdo tu voz, aquella noche, en el hotel de Bombay…

Ella también recordaba. Nunca había visto aquella mirada en los ojos de nadie. Algo, por otra parte, sorprendente, sabiendo lo que llegó después. Él continuó, como leyéndole el pensamiento.

-María, entonces tuve miedo. Me aterrorizaba tomar lo que tú me ofrecías y equivocarme, porque tenía mucho que perder. Ahora ya no me queda nada. Aún conservo algunos amigos, un lugar donde quedarme en Barcelona para rehacer mi vida, pero nada más. Y he venido a ti porque sigo siendo un cobarde.

Ahora, ella giró todo el cuerpo en dirección a él. Le cogió la mano entre las suyas. Aquella mano cuyo tacto sólo había disfrutado una vez. Y así, sintiendo su calor, le dijo:

-Te olvidé, Rubén. Tú no me diste ninguna opción y el dolor era demasiado fuerte. Tuve que hacerlo para seguir adelante, ¿comprendes? Y ahora… y ahora ya no puedo dar marcha atrás.

 

Era cierto, pensó, más tarde, mientras abría los ojos. Le había olvidado. Por fuerza.

Pero también, aquello era lo único cierto de aquella historia.

Por ejemplo, él nunca había tenido miedo. Sencillamente, el patético enamoramiento de ella no había significado ninguna diferencia en la vida de él. Difícil que alguien como ella pudiera a aspirar a alcanzar el nivel de belleza, inteligencia, éxito, de Rubén y de su esposa.

Tampoco creía que él hubiera fracasado. Al principio, los buscaba en las redes sociales. Primero fue una manera de calmar el dolor. Luego, sencillamente, lo hacía por curiosidad. Era cierto que en los primeros tiempos aparecían sin cesar, mostrando insultantemente su felicidad al mundo. Luego dejaron de hacerlo. Pero ella no creía que aquello se debiera a ningún hecho traumático. Probablemente, sólo se cansaron.

Hay gente que camina por su vida y sus pasos son sencillos, sobre una superficie esponjosa, se dirijan a donde se dirijan. Hay gente, en cambio, que no vive: nacen muertos y van muriendo un poco cada día, hasta la desaparición final. Todo esto ella lo sabía muy bien.

Para ella, nada había cambiado en 10 años. Si acaso, sólo a peor. No era más guapa que entonces, evidentemente, y se sentía vieja, y tal vez ya lo era. Las oportunidades de conseguir algo, algo, lo que fuese, se agotaban a pasos agigantados, se agostaban como rosas en el desierto.

Le había amado sin conocerle, sin razón tal vez, leyéndole como a uno de esos libros cuyas solapas estudias en las librerías y de pronto, sin más, comprendes que están contado la historia de tu vida. O la historia verdadera de lo que habría podido ser tu vida. Y necesitas que te pertenezcan

O tal vez fue la mirada de radiante intensidad de sus ojos, o aquella sonrisa contagiosa de dientes torcidos, que decían: Vive. No hay nada lo suficientemente espantoso que te lo pueda impedir. Pero eso tampoco era cierto.

Era igual… Nada había servido de nada.

Se levantó, dispuesta a hacer frente, como siempre, a las obligaciones de su día, mientras miraba aquella casa desmantelada que no sabía hasta cuándo podría conservar. Se volvió hacia la cama, y le dijo: Hasta la noche, mi querido Rubén. Qué pena que mi único consuelo sea soñar con un hombre que ya he olvidado. Y añorar un tiempo en el que tampoco fui feliz.

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Que un nuevo libro aparezca en el mercado siempre es una buena noticia; al menos si el autor no es Paquirrín, Belén Estebán o alguno de esos fantoches mediáticos (o, más bien, sus negros). Si encima tiene algo de calidad, ya es obligatorio tirar confeti. Y si, para finalizar, el libro está escrito por un camarada de la XSUC y amigo de la que suscribe, es un día para marcar en rojo en el calendario. Pues bien, lo que he explicado acaba de suceder: ya está disponible en Amazon para aquel a quien le apetezca echar un vistazo y, eventualmente, llevárselo a sus dispositivo de lectura, No está muerto lo que juega eternamente, la primera novela de Carlos Milán.

He tenido la suerte de ser una de las primeras personas que leí esta novela: Carlos y yo nos conocimos en un principio en las redes sociales, y más tarde coincidiendo en temas activistas en los que los dos andábamos y andamos metidos; al ser lector mío, creyendo más de lo que yo creía (y de lo que han demostrado las circunstancias) en el éxito de La rebelión de los soldaditos de plomo, se le ocurrió prestarme su manuscrito con vistas a que le diera algún consejo útil como la escritora que se supone que soy (solo se supone): el único que pude darle, una vez constatado que aquello valía realmente la pena, es que optara por las nuevas posibilidades actuales de publicación independiente  en digital, dada la dificultad de que una editorial lo suficientemente potente para dar adecuada difusión una obra apueste por un autor desconocido y sin padrinos (descartando, claro está, las empresas que se dicen editoriales y que solo pretenden hacer negocio a costa de autores incautos o demasiado necesitados del éxito). Como bien se ve me hizo caso: ahora solamente espero que ni él ni yo tengamos que arrepentirnos.

Y ahora toca daros razones por las que se ha de leer esta novela, y os las daré yo, porque conociendo al autor no creo que se preste al esperpento de solicitar la compra de la novela en todas las plataformas sociales en las que se encuentra y de empezar todas sus conversaciones con el sintagma preposicional “En mi libro” seguido del pronombre personal de primera persona. Es una novela autodidacta, original, arriesgada y fresca, apta para todos los públicos y para todos los niveles, escrita pensando en el lector y no en conjurar los fantasmas del escritor. Aunque es una novela de género (de hecho, de varios géneros mezclados, pues hay terror, misterio, aventura e historia), trata temas de actualidad como el conflicto en Palestina y lo hace con grandes dosis de un humor en ocasiones desternillante, aparte de que se respira en toda la obra un innegable hálito de compromiso social y solidaridad. Un trama bien hilvanada, un desenlace impactante, personajes sorprendentes y muy trabajados… Y, para que no falte de nada, también hay lugar para los sentimientos (amistad, amor…) e incluso alguna escena de alta temperatura. Motivos suficientes, creo yo, para que se le dé una oportunidad y… a disfrutar.

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Dicen (en un spot televisivo, pero no me preguntéis la marca que se anuncia porque no tengo ni idea, ni me interesa) que la ilusión es una fuente de energía que algunos dicen que se halla en franca caída libre. Me cuento entre ellos.  Nunca, desde que tengo uso de razón, me había sentido vivir en unos tiempos tan duros, tan apocalípticos: el sistema siempre ha sido el sistema, el capitalismo siempre ha producido desigualdades, y algunos ya pronosticaban hace varios años lo que se estaba preparando tal vez desde hace muchas décadas, pero ahora mi impresión (y no solo la mía) es que definitivamente ha vencido el mal y la codicia por la riqueza y el poder de las elites psicopáticas que nos gobiernan a escala global (y que han conseguido este dominio precisamente por ser eso, elites, y sobre todo psicopáticas, es decir, sin escrúpulos morales), ya no encuentra límites a su desafuero; ni por parte de una población tan narcotizada durante tantos años por las mentiras del sistema, por el adoctrinamiento educativo y por la cultura basura que le está costando mucho despertar, ni por parte de esos despertares parciales (aunque loables), que ya nada parecen lograr contra una tiranía que lleva demasiado tiempo cimentándose y parapetándose.

En estas circunstancias, y lamento si a alguien le duele mi sinceridad, me cuesta decir una palabras de felicitación en este día, último de ese calendario gregoriano que en la civilización occidental hemos instaurado como oficial. No puedo desearos que las cosas vayan mejor, porque sencillamente, no creo que pueda ser así. Ni siquiera puedo instaros (e instarme, que más falta que a mí seguro que no os hace) a un despertar total, absoluto y contundente, valiente,  esforzado y verdaderamente revolucionario, porque no confío en que se produzca, al menos de momento y, en el caso que se produjera, debería ser verdaderamente sacrificado y escandaloso para que causara algún efecto. Para mí, mañana será igual que hoy, un día más.

Pero después de este día vendrá otro. Y otro. Y otro. Y otro más. El mundo (y nosotros) será más viejo, y quiero creer que más sabio. Las contradicciones llegarán a ser tan flagrantes que no podremos obviarlas. Las mentiras caerán por su propio peso, anuladas por una realidad progresivamente más evidente,  o serán descartadas por sus emisores, demasiado seguros de su poder.  Llegaremos a un punto en el que será imposible recular más y entonces nos veremos obligados a dar un paso adelante. Y otro. Y otro. Hacia un cambio de sistema, un cambio de valores, un cambio de prioridades.

Esa es mi única, y quizá pobre, esperanza para el nuevo año gregoriano. Y hasta entonces, os deseo toda la felicidad, ilusión, fuerza y bienestar que podáis arañar a la vida, y un poco más.

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Humpty Dumpty,  en Alicia a través del espejo, abogaba por celebrar sus incumpleaños en lugar del día del aniversario de su nacimiento: evidentemente, es mejor recibir 364 regalos (365 si es bisiesto) al año que uno.

Yo no creo demasiado en los regalos. Tampoco creo en la Navidad, ni en Dios, aunque eso último es lo menos importante, porque todo este tema de la religiosidad ha pasado a ser simplemente el papel brillante de colorines que envuelve el consumismo. Solo creo en la gente buena, la gente luchadora, la gente comprometida, la gente a la que quiero y que me quiere (poca, pues tengo un carácter bastante insoportable, pero por lo menos de calidad). Y para ver a esa gente no necesito que sea un día marcado en el calendario: no hace falta más que un poco de voluntad.

Así que permitidme que os felicite hoy, no la navidad, ni la nochebuena, ni el año nuevo, ni todas esas zarandajas, sino el resto de los días del año. Comed turrones, haced regalos, consumid (sostenible y localmente) cada día, si eso es lo que os apetece, pues cada día es importante. Y sobre todo procurad rodearos de la gente que os hace felices; los demás, por desgracia, ya vienen solos.

Compañeros y compañeras, felices innavidades.

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