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Por poner un ejemplo…
Un piso medianamente decente para una familia de tres miembros (no digo ya de cuatro), está en mi zona (obrera) por unos 800 euros.
Hoy me han enviado una lista de demandas de empleo. En la que pagaban más ofrecían 900 euros por 12 pagas.
Tengo una prueba urgente en mi CAP para dentro de tres meses. Me pregunto si llegaré viva a ella.
En mi escuela pública los lavabos son un nido de gérmenes. Hace años que estamos pidiendo que los reformen. Que pongan vestuarios. Un gimnasio en condiciones.
Mientras tanto, mis impuestos sirven para pagar las subvenciones a las escuelas concertadas, sí, aquellas que no admiten a niños extranjeros y separan por sexos.
Y salís a la calle. Ahora sí. Antes no. Como si esto fuera un puñetero partido Madrid-Barça.
Y me decís que tengo que apoyar al Govern.
Ésta sí que es buena.
Yo me pregunto, ¿qué ha hecho el Govern por mí? Me dio comida cuando estaba hambrienta? Piso cuando estaba en la calle? Una beca de estudios cuando quise formarme, a pesar de haber finalizado mis anteriores con Sobresaliente y no tener un puto euro, y no por falta de deslomarme como una mula?
Hay fosas sin nombre por todo el territorio español.
Accidentes de trenes sospechosos.
¿Quién se acuerda de los niños robados? A veces pienso que ni ellos mismos.
Entonces tampoco salisteis a la calles. Cuando nos quitaron el pan de la boca y el techo sobre las cabezas. Ahora ya nos hemos acostumbrado a (mal)vivir a la intemperie.
Queréis que tome partido. Yo ya lo tomé hace tiempo. Mi partido es el de los desfavorecidos, el de los que no están en posición de defenderse sin algo de ayuda. Las banderas me la pelan. Tengo mi corazoncito y mis sentimientos, y tal vez me sienta de un lugar más que de otro, pero no dejo que eso nuble mi entendimiento.
Pero vosotros decís que soy fascista.
Sí, me lo habéis dicho. A mí y a los que son como yo.
Decís que tengo que ayudaros, o seré mala. Pero nunca me habéis preguntado qué ayuda necesito yo.
África empieza en el Ebro, dijisteis. Ergo: los africanos son seres de segunda categoría. Ergo: los españoles también. Todo muy democrático y muy solidario.
Pero ayúdanos, decís. Ayúdanos, ciudadana de segunda categoría. No creemos que tus orígenes sean de calidad, pero ayúdanos igualmente, por haberte dado la oportunidad de vivir aquí.
Os queréis ir. Me parece muy bien. Nadie puede obligar a nadie a estar donde no quiere estar ni a no manifestarlo. No es justo (óyeme, Rajoy) ni inteligente (óyeme, Rajoy… ¿o tal vez ya me habías oído?).
Pero hay maneras de irse y maneras de irse.
Yo puedo dejarte porque no nos entendemos. No me siento bien a tu lado. No creo que tengamos nada en común. No siento el vínculo.
O puedo dejarte porque eres un mierda. No me llegas a la suela de los zapatos. Eres de una raza inferior. Yo soy mucho mejor que tú. Anda, ábreme la puerta y pon el coche a mi nombre.
Y me decís que hay que apoyar al Govern.
Y salís a la calle. Ya no hay paro, hambre, injusticias. Ya no hay muertos ni presos políticos que no sean por ideas similares a las vuestras. Ahora sí salís a la calle, como si esto fuera un puñetero partido Barça-Madrid. Antes no. Antes, cuando os llamé con angustia, no.
¿Dónde estabais entonces cuando tanto os necesité?
Siempre me ha enfadado mucho la injusticia, la desigualdad, el racismo. Pero hay algo que me enfada sobremanera: la estupidez.
Y ahora estoy muy, pero que muy, enfadada.
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Es difícil sentir la injusticia, sobre todo desde una posición cómoda. Buscar las causas, debatiendo con personas o leyendo libros, consumiendo prensa que no se base en la demagogia fácil para funcionar. Actuar en consecuencia, luchar, comprometerse. Nos pesa nuestro ego, el reality en prime-time, nuestro silloncito confortable.

Espanya i Catalunya
Es fácil, por el contrario, sentirse una víctima. Buscar un culpable, sea el que sea, con razones o sin razones, o mejor creerse que el culpable es el que nos dicen en la tele. Inventarse una identidad, real o ficticia (si es que alguna identidad es en el fondo real), que nos haga superiores a ellos. Dejarse llevar por el odio. Fanatizarse. Caer en la violencia. Sólo necesitamos una idea buen envuelta y bien machacada mediática y socialmente gracias a numerosos recursos invertidos en ella.

Y recordad: ninguna inversión se lleva a cabo si no se quiere obtener un beneficio. Mayoritariamente económico.

Sé que hay diferentes niveles y que no se pueden establecer comparaciones, pero sí tal vez extraer alguna causa común subyacente, aunque sea como la célula que salió del agua y dio lugar tanto a los dinosaurios como a los homo sapiens, pasando por las ranas y los escabarajos. Y es que pienso en varias cosas.

Mis compañeros de facultad que sólo colgaban carteles que denunciaban las agresiones, supuestas o reales, leves o graves, a la cultura y a la lengua de Catalunya. Como si no existiera Palestina, Irak, Kosovo, Bosnia, Libia, Siria o, sin ir más lejos, la progresiva disminución de los derechos laborales y las prerrogativas sociales que se vienen dando en todos los territorios del Estado español desde el fraude de la Constitución del 78.

El inmigrante marroquí pobre y descolocado que compra la moto de la identidad islámica y cae en las manos de los que buscan implantar la violencia para someter a la población por la vía del miedo y dar vidilla al comercio internacional de armas. Ramblas, Niza, París, Londres…

La vecina de abajo, que durante toda su vida ha oído insinuar, y por personas muy acreditadas desde medios oficiales, que su ascendencia gallega, andaluza, murciana o extremeña la convertía en una humana de segunda fila, y que ahora habla catalán con acento de Lleida hasta con sus hijos y cuelga la banderita en el balcón. Algunos lo veréis como un ejemplo de integración y de solidaridad. Yo tengo bastantes dudas al respecto.

Los padres de la patria española, que no han dudado en vendérsela a americanos y europeos, y que ahora se llenan la boca con ella como si no hubiera un mañana. Aunque tal vez no lo haya.

Aquel multireferéndum del 2014 donde Mas no hablaba del derecho a decidir.

Los padres de la patria catalana, con el dinero de sus hijos en Andorra y Suiza mientros éstos se suicidian ante el paro y los desahucios.

Y el odio. Siempre el odio. Desde las cavernas mediáticas de uno y otro bando, hasta los grupos de amigos y las familias.

Ruanda. La antigua Yugoslavia. ¿Exagero? Ojalá…

Quiero decidir. Quiero decidirlo todo. Monarquía o república, capitalismo o socialismo, Estat català, república catalana federada en la república española o España tal y como está. Recursos para la escuela pública o para la privada, modelos de Sanidad, acuerdos con el Vaticano, pertenencia a la UE y a la OTAN, colaboración con países con menos recursos… Quiero decidir libremente. Con todas las opciones. Sin manipulaciones. Sin presiones. Sin odio. No quiero jueces ni policías a sueldo del amo centralista. Pero tampoco quiero que voluntarios llegados de no se sabe dónde me digan contra quién me debo movilizar.

No quiero ser denigrada por poner urnas o por no ponerlas, por los españoles por ser catalana ni por los catalanes por ser española.

Yo también tengo un patria, como vosotros. Mi patria son los explotados y los solidarios, toda esa gente que trabaja, lucha y sufre. Y si no soy tan patriota como debería ser… es porque yo también tengo mi ego, mi Juego de tronos en la tele, mi silloncito confortable. Porque, aunque me niego a sentir vanidad, desprecio u odio, soy humana.

El problema no es que el pueblo catalán deba o no deba tener el derecho a decidir. Es obvio que ese derecho les corresponde, tanto a este pueblo como al resto de los pueblos, a todos los seres humanos.
 
XSUC 15S
El problema no es que Catalunya continúe siendo o no parte de España. Sería una pena para aquellos de sus habitantes que se sienten tan catalanes como españoles (sin estar orgullosos de ninguna de las dos nacionalidades, me temo, o al menos ese es mi sentir) tener que renunciar a una de ellas, y sería duro para España ser recortada de esta manera. Pero si Catalunya decidiera SIN NINGÚN TIPO DE COACCIÓN que debe independizarse de España, no se le podría (o debería) impedir, por mucho que doliera y por mucho que no conviniera.
 
Los problemas son, tal como yo los veo dos: el primero es que dudo que en muchos casos este sentimiento independentista sea genuino (en otros estoy segura de que sí lo es): el franquismo, la gran estafa de la Constitución del 78, la traición socialista, y todo lo que ha venido después, ha influido mucho en crearlo y en atizarlo. Pero la propaganda de la Generalitat tampoco ha sido ajena y, además, su juego no ha sido limpio. Recuerdo en mi infancia ver programas en TV3 donde se ridiculizaba todo lo que era español y “charnego”, cómo los hijos de inmigrantes sentíamos que a la sociedad se le había inoculado el desprecio hacia nosotros, cómo se les había enseñado que éramos ciudadanos de segunda, cómo nosotros mismos llegamos a creérnoslo; muchos de esos inmigrantes o hijos de inmigrantes son ahora los más furibundos independentistas: así se legitiman. Todos necesitamos una identidad, y mejor si es de prestigio, y algunos, por sus especiales circunstancias personales o sociales la necesitan aún más.
 
El segundo es que tampoco el proceso ha sido orquestado por el pueblo; desde luego que el sentimiento estaba ahí, en parte por las razones que he explicado en el punto anterior, en parte por otras que no voy a detallar ahora (porque tendría que hablar de lo que opino, no de éste, sino de cualquier sentimiento nacionalista, y no creo que sea el momento), en parte porque realmente estaba en el corazón de una parte del pueblo. Pero quienes han encendido la antorcha y han enarbolado la bandera han sido los representantes de un partido que cuenta entre sus filas con seres que a la hora de enriquecerse no han dudado en traicionar a su pueblo (al mismo pueblo al cual definen esos colores que ahora monopolizan), que lo han sumido en la miseria, que permiten que la educación siga siendo una barrera entre ricos y pobres, que mantienen las listas de espera en la Sanidad y retiran las ayudas a los colectivos más desfavorecidos, y que se han aliado con la España más casposa cuando les ha convenido (sin olvidar su connivencia con otras naciones que literalmente están realizando una limpieza étnica dentro de sus fronteras, como poco). Y que están elaborando un proceso sin garantías, de forma unívoca, y sin posibilidad de réplica, creando una sociedad en la que existe (yo lo he experimentado, aún lo experimento) miedo a manifestar que te sientes mínimamente españolito o españolita además de amar a Catalunya porque eso equivale automáticamente a que se te etiquete como facha (incluso a mí, que soy más roja que los tomates maduros).
 
El problema no es que debamos o no tener derecho a decidir. El problema es que no lo tenemos. Estamos siendo peones en un tablero de ajedrez ajeno, y ni siquiera nos hemos dado cuenta.
 
Otra cosa hubiera sido si el proceso se hubiera liderado desde abajo, sin influencias externas, desprecios al contrincante ni delirios de grandeza propios, y que de paso se hubiera aprovechado para decidir otras cosas que creo que también son importantes, digo yo… Y no habría ido mal que, también, entre el sí y el no, se contemplara una opción de unión federalista de repúblicas autónomas hispánicas, por ejemplo.

TheMovingTimesThe Moving Times es un nuevo blog que nace con el objetivo de ayudar (en la medida de lo posible) a agrupar en un mismo sitio y difundir todas las informaciones acerca de las agresiones del sistema que no salen en los medios de comunicación.

Está en construcción y se admiten (incluso se requieren) críticas, sugerencias, ideas e incluso ayuda técnica.

Tengo un buen propósito; ahora sólo falta cumplirlo. A partir de ahora intentaré publicar todos los lunes, o bien continuaciones de las aventuras medievales, o bien otros ciclos, o bien fragmentos. De momento, aquí está el inicio de una novela que está casi terminada y que lleva el título provisional de Rostros lejanos, y que supone una pequeña incursión en el género negro. Es un primer borrador y aún hace falta mucha corrección, pero de todas formas espero que os guste.

Sé que la historia no empezó allí, en este punto cronológico de finales del 2010; probablemente nunca sabré dónde lo hizo, si es que lo hizo en alguna parte, y en cuanto a su fin, aún no se ha producido (¿existen los finales, o los hemos inventado para hacernos creer que la desdicha acabará y que existirán nuevos comienzos? La pregunta es retórica, evidentemente). A pesar de que las esperanzas de todos durante los años transcurridos desde entonces hayan sido tan convenientemente aniquiladas… Sí, sé que la historia no empezó aquí: éste es solamente otro patético intento de convertir la vida en un lugar habitable, tejiéndola en historias donde al parecer puedes darle una lectura coherente o, al menos, no tan aterradora. Pero siempre que intento rememorar su principio (o, al menos, el principio de mi implicación consciente en ella), la imagen que aparece en mi retina es aquella sala decorada al estilo rústico de aquella casa de segunda residencia del cinturón de Barcelona donde nos habíamos reunido, y a Olalla entre mis brazos.

Era la casa vacacional de Jaume Pons, o mejor dicho de sus padres, un arquitectónicamente desolador ejemplo de construcción típica de urbanización aledaña a la metrópoli; el soberbio y pretendidamente autosuficiente ingeniero técnico no se había aún emancipado, a pesar de que cumplía 35 ya largos años, y aquello, al parecer, era una fiesta, o al menos un simulacro bastante apañado de ella. A medio camino entre la Noche de Halloween, últimamente importada de los Estates, y la tradicional castañada catalana, en aquella estancia no se veían ni productos alimenticios típicamente otoñales ni terroríficos disfraces, solamente mucha priva y similares (algunos de ellos dispensándose alegremente con completa falta de respeto hacia mi profesión, y cuya presencia creí oportuno fingir que no había detectado, aun a riesgo de tener que aparentar más estupidez supina de la que ya se me suponía) y unos cedés tan  rítmicos como revolucionarios que yo había comprado en mi última estancia en Cuba, entre varios abortos musicales encumbrados por las emisoras comerciales que hacían aborrecer a todos los seres humanos aún no adocenados por el sistema cualquier cosa que tuviera melodía y ritmo. Los participantes éramos la gente que acostumbrábamos a frecuentar las tertulias de los viernes en el Rey de la Cerveza, con algunos añadidos, y todos nos estábamos dedicando a nuestras actividades habituales: o sea, el anfitrión intentaba deslumbrar con sus teorías acerca del suicidio a unas jovencitas procedentes de la última oficina donde habían ido a parar los huesos de Olalla; Marc Massip, que para esperanza y posterior desilusión de mi amiga abogada había venido sin la habitual compañía de su Mercè, se hallaba en plena discusión con Xavi Isern acerca de la nuevas iniciativas para que el sueño de la independencia de los Païssos Catalans se hiciera posible, a ser posible sin cambio social incorporado; por su parte, Pere Riells comentaba con otro colega algunos detalles de sus hazañas sexuales con la inmigrante ilegal de turno, riéndose de sí mismo pero sin propósito de enmienda, y Edu Llamazares y Oriol Sentís, estaban, como yo debería de haber previsto, completamente fuera de escenario. Ah, y un servidor, lamentando la ausencia de Wilhelm LeMaître (desaparecido en combate aquel día) y de Jordi Vila (al que le habían endosado una repentina guardia en el Hospital del Mar gracias a que un colega había tenido la insolidaria idea de ponerse enfermo aquella velada en concreto), ocupaba el tiempo con la única integrante  presente de la escisión de las tres personas más interesantes de aquel grupo. Aunque en aquel momento no nos estábamos dedicando precisamente a las conversaciones filosóficas.

Empujé suavemente el cuerpo de Olalla contra la baranda de la escalera que conducía al desván, y la besé. Ella se pegó a mi cuerpo entre gemidos, mientras sus ojos se desviaban  hacia el rincón donde Marc y Xavi hacían quinielas sobre los integrantes del próximo gobierno de la república catalana, sin pensar que pudiera existir más que esa decisiva cuestión política en el Universo; evidentemente, me percaté.

-Olalla, por favor –la reconvine, separándome un poco de ella y fingiendo disgusto-. Se supone que estamos ejerciendo, después de mucho tiempo de sequía sexual, nuestro derecho al roce típico de amigos que un día estuvieron  liados. Concéntrate en lo que estás haciendo, ya devorarás a Marc con la mirada en otra ocasión.

Mi amiga se encogió de hombros y soltó una carcajada que hasta parecía completamente alegre, y todo.

-Lo sé, lo sé, no escarmiento. Y mira que ha pasado ya el tiempo, joder… desde que le conocí, sin ir más lejos… ¿cuántos años ya?

-Seis –repetí yo, de carrerilla, con resignación: conversaciones como éstas eran bastante habituales cuando a Olalla le daba por sentir esa melancólica nostalgia del amor platónico que nunca había tenido, o sea, varias veces a la semana-. Y yo llevo cinco sin entenderlo. ¡Con la buena pareja que hacíamos! No me negarás que soy mejor partido que ese gilipollas.

Ella me echó los brazos al cuello y recorrió mis hombros con una aparente lujuria. Su cabeza me llegaba casi a los ojos: aquella mujer me encantaba. Su estatura, sus curvas, aquel punto barriobajero tan excitante, su sentido del humor, su complicidad conmigo… Era exactamente mi tipo de mujer… lástima que…

-No nos engañemos, Gorka. Si no te hubiera dejado yo lo hubieras hecho tú. Tarde o temprano.

… pues sí. Es cierto. Que me cuelguen si me entiendo a mí mismo y si entiendo al mundo, pero así exactamente hubiera sido.

-Claro que –continuó, insinuante, recorriendo ahora mis costados con sus dedos y anudándomelos un poco más arriba del culo-… más bueno… sí que estás…

Le cogí la cabeza entre mis manos y estampé su boca contra la mía con involuntaria brusquedad. Ella se quejó.

-Eh, tranquilo. Tenemos toda la noche.

Chasqueé la lengua, disgustado conmigo mismo.

-Lo siento. Es que con mujeres como tú uno es capaz de olvidarse de la sutileza.

Me miró, incrédula:

-Venga ya –la opinión de Olalla acerca de su físico no era demasiado halagüeña, y yo comenzaba a estar cansado de pelear con ella alrededor de ese punto. Desvié la conversación… o no.

-Tú dirás lo que quieras, pero Oriol –hice un gesto con el codo hacia donde éste se encontraba, detrás de nosotros- debe de estar pensando en cómo convencer a los altos cargos del partido para enviarme a Siberia, después de esto. ¿Por qué no te quitas las manías y te lo tiras ya? No tiene muchos más defectos que el resto, y no puedes esperar que todos sean tan jodidamente perfectos como yo.

Ella no parecía convencida.

-No sé de dónde has sacado esta obsesión de que Oriol me tira los tejos. Es la cosa más idiota que he oído. Por cierto, ¿ha sido tuya la idea del experimento sociológico de juntar a la peña del partido con los del Rey de la Cerveza? ¿Qué esperabas conseguir?

No esperaba aquella pregunta tan directa.

-¿Sentar las bases para una alianza entre el nacionalismo conservador y el izquierdismo radical que consiga salvar el país? –ensayé, con cara de niño cogido en falta. Pero Olalla era demasiado inteligente y me había calado ya hace tiempo. Me estampó un beso en la mejilla.

-Gorka, eres imposible. Pero te quiero.

Volví a empujarla contra la escalera y a besarla, obedeciendo a un impulso más sentimental que sexual. Pero, tras un par de minutos, la sentí moverse inquieta bajo mi cuerpo; y yo sabía la razón.

-Lamento si estoy resultando tópica –me dijo- pero hay algo que está vibrando cerca de tu entrepierna y no creo que sea precisamente porque estás contento de verme.

-Pues es eso exactamente –le rebatí-, eso, unido a mi legendaria potencia sexual. Ignóralo y sigamos por dónde íbamos.

-Creo que será mejor que cojas el teléfono, Gorka.

-No voy a hacerlo. Sé perfectamente quién es. Y no tengo ganas de trabajar.

-Menos ganas tendrás de enfrentarte a sus cabreos…

-Déjame que conserve durante unos instantes la ilusión de que soy un hombre libre… -pero Olalla metió la mano en el bolsillo de mi pantalón con la mayor desfachatez y me dio el telefonillo. Lo abrí, gruñendo al contemplar la foto del feo semblante del comisario Palència en la pantalla principal, y pronuncié un resignado y algo irónico:

-Siempre a sus órdenes, jefe.

La airada respuesta no se hizo esperar.

-Si supiera cómo está el patio, Del Valle, se abstendría de hacer comentarios pretendidamente graciosos. Salga de la mierda de sarao donde esté metido y vaya cagando leyes al kilómetro 32,4 de la carretera B-365. Si no sabe dónde está, búsquese un mapa o cómprese un gepeese, pero a mí no vuelva a llamarme diciendo que se ha perdido que no soy su querida mamá. Y hágame un informe que me pueda servir para la rueda de prensa, y no los bodrios que suele presentarme. ¿Estamos?

Aquello me sorprendió: Palència era correcto y casi amable, de cuidada expresión verbal, y no acostumbraba a dirigirse a sus subordinados como el jefe policial permanentemente cabreado y de cultura más que discutible popularizado por las películas y series. Comprendí que el tema  del que debería ocuparme debía tratarse de algo insólito y con consecuencias que podían ser peligrosas. Pero como lo sí que era  habitual en él era que suministrara la información con cuentagotas y que pretendiera que yo me autogestionase para llenar los huecos, tuve que hacer un esfuerzo de imaginación ayudándome con la percepción de que indudablemente el tono de su voz era el característico de cuando se siente presionado por las altas instancias. Intenté recordar qué caso había llevado yo últimamente que tuviera algún tipo de implicación política o mediática, o ambas, y me quedé en blanco. Claro que…

… pero…

… ¡no podía ser! ¡Había pasado demasiado tiempo!

-La han encontrado. ¿Verdad, jefe? –creo que fue más una iluminación divina, o de su equivalente agnóstico, que una deducción.

-Luis ya está allí –fue la extraña respuesta afirmativa-. Venga, mueva el culo. En media hora quiero que esté allí – y colgó sin más. Yo hice lo propio, casi mecánicamente. Olalla, que había escuchado lo suficiente conversación, dado el volumen de los gritos de Palència, me miraba sin saber qué decirme.

-Me largo –le expliqué-. Te cuento después. No le digas nada a nadie de momento, despídeme de todos los que aún no se hayan caído redondos, si es que puedes encontrarlos, y sólo explica que tenía un caso urgente…

Mi amiga me interrumpió, preocupada:

-Pero ¿estás seguro de que estás suficientemente sereno para conducir? –despejé sus temores con un ademán.

-Sabes que mi cuerpo metaboliza bien el alcohol. Siempre he creído que tengo algún gen recesivo irlandés… No creo que ni siquiera llegue a dar positivo en un control –me di cuenta que mi subsconciente me estaba conminando a mantenerme alejado del tema, y tomé de nuevo las riendas de mi cerebro-. Bueno, lo que te decía. Si Wilhelm se presenta al final… no le le digas nada de lo que has oído. Es mejor que me lo dejes a mí. Aunque de todas formas no creo que esté preparado para oír lo que tengo que decirle, y menos ahora.

Algún día habrá un lugar para nosotros. Llegará un día en que todo cambiará. Un día en que la tristeza dará paso a la alegría, la soledad a la amistad, la pobreza a la riqueza. Mágicamente, los condicionantes políticos y económicos, más políticos que económicos, que originan el desempleo, los recortes, la miseria desaparecerán, De un plumazo. Y seremos libres. Y seremos libres porque antes éramos muy esclavos. Se acabó el no poder hablar catalán por la calle, que el castellano sea obligatorio en la escuela, se acabó el ir a la cárcel por bailar una sardana…

Todo cambiará. Nuestros hijos encontrarán trabajo. Nuestros padres encontrarán trabajo. Vamos, yo creo que hasta nuestros abuelos encontrarán trabajo: de hecho, seguro que la yaya llegará a fin del mes de una vezpor todas. La democracia mejorará; no se sabe ni cómo ni por qué, pero la democracia mejorará: era España la que impedía que esto hubiera ya sucedido, naturalmente. Y sin embargo, de esa España que nos ha oprimido durante siglos, seremos los mejores amigos y aliados. Dejaremos de considerarles una raza inferior en los programas de nuestros medios de comunicación, como venimos haciendo desde hace veinte años. Porque somos así de guays. Pero no queremos ser siervos de España: preferimos la UE, EEUU o Israel. Dónde va a parar

Tenemos la oportunidad de crear un país nuevo. Y por eso, yo voy a votar que sí. Que sí-sí. Porque lo dicen Desmond Tutu, Adolfo Pérez Esquivel, Dario Fo, Ken Loach, Noam Chomsky, Andrea Camilleri e Ignacio Ramonet. Quiero que Catalunya asuma sus propias competencias y gestione sus propios recursos. Me parece fatal que nuestros políticos corruptos deban resignarse a robar menos que los españoles y a esconder sus millones sacados de las arcas públicas en Andorra porque no les llega para el billete a Suiza. Es terriblemente injusto.

Ah, no. Que dice Mas que a partir de mañana tampoco va a a haber corrupción. Vale.

Mañana llegará. Y con mañana, el triunfo. La era de Acuario. Venceremos. Ni siquiera habría hecho falta sacrificar (algo en que hasta los partidos supuestamente de izquierdas han estado de acuerdo) los recursos dedicados a Sanidad y Educación Pública (obviamente, no vamos a pedir a la escuela privada que se sacrifique, que sigan aleccionando a nuestros futuros gobernantes con el dinero de sus papás y con las subvenciones que salen del nuestro. Hasta ahí podíamos llegar. Los pobretones que tienen que ir a la destartalada escuela del barrio que se jodan) para una causa más elevada, como es la propaganda electoral de la doble respuesta afirmativa. ¿Por qué, si los partidarios del no no quieren votar y los del sí-no ni siquiera han asomado la cabeza? ¿Por qué, si no va a haber ningún control para que no tiremos los votos negativos directamente a la basura? Mañana venceremos, y si los fascistas de Madrid quieren impedirlo, moriremos con honor: esperemos que nos hagan perecer entre sufrimientos demasiado terribles, después de todo hemos gobernado conjuntamente en tantas legislaturas… Eso tiene que unir, digo yo.

Es curioso: a veces siento un poco de pena por los españoles. No hacía falta gastar tantos años en denigrarles, inventar robos en el ámbito nacional que en ningún caso se podían comparar con los que se estaban realizando aquí sobre las rentas de todos nosotros por los mismísimos padres de la patria, bajo la batuta de las figuras intocables de la aristocracia y la burguesía catalana que detentan todo el poder en la sombra. Cuando uno se quiere ir, se va, y no hace falta convencerlo de lo que ya está plenamente seguro. Si mi novio ya no me mola, o quiero liarme con otro que tenga más pasta, considero excesivamente inmoral que encima vaya proclamando que es un desgraciadito y arrastrando conmigo a todos sus amigos.

Es curioso: a veces también siento un poco de pena por los catalanes.

Pero nada de eso importa. Mañana, todo cambiará.

IU-Podemos

IU-Podemos

Que no se me malinterprete: no estoy expresando un deseo, sino un convencimiento al que he llegado no sin bastante pesar; no en vano he militado en esa organización desde prácticamente la adolescencia, y aunque hace un par o tres de años dejé de integrar su filas, continúo en contacto con compañeros que ahí siguen, y que destacan por ser grandes personas y estar firmemente comprometidas con la sociedad. Algunos podrán decir que estoy exagerando, y tal vez realmente la realidad no supere mis temores, o ni siquiera los alcance, pero lo que está claro es que IU ha perdido su tren. Quizá definitivamente.

La pregunta (las preguntas) son: ¿Lo hemos hecho mal… o los otros lo han hecho rematadamente bien? ¿Nos ha fallado la comunicación… o tal vez ha sido la financiación? Quisiera saber por qué no hemos sabido presentarnos como alternativa, por qué no hemos resultado creíbles cuando decíamos que podíamos cambiar las cosas, por qué se nos acusaba de ilusos con el mismo programa que ahora a todo el mundo le parece viable, por qué no hemos rentabilizado la enorme implicación de la gente de nuestra bases, por qué hemos huido tan velozmente de mesianismos o no hemos logrado crearlos, por qué cuando hemos intentado unir a las izquierdas nadie se ha enganchado al carro y cuando hemos exhibido divergencias se nos ha echado en cara nuestra disensión. Algunos piensan que fuimos demasiado contundentes, intransigentes, que nos aferramos con excesiva fuerza a consignas supuestamente pasadas de moda (ojo: estoy firmemente convencida que el hecho de que el comunismo como forma de gobierno haya fracasado en muchos estados no tiene por qué dejar sin validez esa ideología. El capitalismo ha sido el gran fiasco en el ámbito global, y ¿quién lo cuestiona?). Otros, al contrario, denuncian la pusilanimidad de esta formación, la traición a su ideario original, los pactos contra natura (los mismos que otros alabaron por mor de la normalidad democrática). Ni siquiera los escándalos de corrupción que han salpicado a contados miembros de la cúpula han sido decisivos en nuestra contra, ya que se han visto como un hecho aislado.

¿Entonces? ¿Se podrá decir que sencillamente no hemos tenido la suerte de aparecer en el momento adecuado?

La ascensión de Podemos, según el CIS ahora mismo primera fuerza en intención de voto en España, ha sido inusualmente meteórica. Tanto que, con todos mis respetos, resulta algo escamante. Aunque hayan sabido canalizar al indignación de una mayoría de la ciudadanía (y no solo de la de izquierdas, tengámoslo en cuenta), resulta asombroso que, en un país en el que sus gobernantes prefranquistas, franquistas y postfranquistas han triunfado en desmovilizarnos y aculturizarnos, en un país de elites cuasi feudales que se han caracterizado, desde el inicio de nuestra historia como nación, por someter al pueblo con poco pan, mucho circo y nada de educación, los de Pablo Iglesias hayan conseguido hacernos reaccionar. Se ha hablado de la Operación Coleta, o de cómo Podemos no sería sino un experimento para marginar a IU al servicio de oscuros poderes empresariales que no acabó de funcionar como se esperaba (¿o sí?); de las financiaciones por parte de gobiernos más que discutibles (entre los cuales no está Venezuela); de la (sospechosa) ubicuidad mediática de su líder desde 2012, cuando los que hemos trabajado en comunicación en movimientos de izquierdas sabemos lo difícil que es se nos considere en los medios del Régimen (o sea, todos), en algunas declaraciones con ecos de viejos discursos de Primo de Rivera… Pero lo que es incuestionable es que ellos ESTÁN AHÍ. Y nosotros ya no.

Mi intención no es buscar culpables ni motivos, ni del fracaso de unos ni del éxito de otros: IU no es ni mucho menos el partido en que yo querría militar, pero el fenómeno Podemos va más allá de los errores que hayamos podido cometer o que realmente hayamos cometido los primeros, e incluso más allá de la excelencia, real o figurada, de los segundos. Un vez que las cosas han llegado a este punto, cuando IU no solo ha perdido la posibilidad de poder a medio plazo implementar su programa político en este país, sino también su espacio tradicional, se impone una tarea ímproba pero necesaria, absolutamente necesaria: colaborar con el vencedor, colaborar en todo aquello en lo que coincidamos, colaborar con el apoyo, la crítica y, sobre todo, la vigilancia. A Podemos le validará o no su comportamiento futuro, y nosotros nos alegraríamos si logran erradicar este sistema enfermo y corrupto desde antes de nacer, devolver el poder al pueblo e instaurar un modelo de verdadera justicia social. Pero si se dejan seducir por el poder y sus mieles, o si nunca fue su intención la que vienen proclamando…

 … entonces deberían de tener cuidado con nosotros.

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