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En la ciudad de las banderas XI

En aquella guerra, nadie luchaba en nombre de su supervivencia o contra la tiranía, sino secuestrados por una lucha de poder ajena a ellos.

(viene de)

Bueno, para ser exactos, lo que se vino encima no fue el mundo propiamente dicho, aunque el peso resultó casi equivalente. No sé cómo, pero Christophe había logrado dejar fuera de combate a uno de sus contendientes e inhabilitar temporalmente al otro y, viendo mi situación, se echó encima del templario que me amenazaba sin pensarlo mucho, sepultándolo con todas sus considerables arrobas de humanidad y sujetándole los brazos, para a continuación hacerle rodar lejos de mí. Sin embargo, la mala fortuna hizo que el hermano pudiera retorcer su mano para apuñalar al capitán a ciegas, acertándole en el costado, aunque no sin que yo tuviera tiempo de tajarle el hombro, causándole una herida superficial pero efectiva, que me permitió empujarle de un buen patadón donde no pudiera hacer daño a mi amigo. El compañero que acababa de recuperarse del golpetazo que Christophe le había propinado en todo el yelmo acudió a socorrerle, mientras yo me arrastré hacia el capitán.

-No debías haberlo hecho -dije, cogiéndole en mis brazos y ayudándolo a incorporarse, mientras otro grupo de templarios, venidos de no sé dónde, y que habían sustituido a nuestros opositores en el ataque a la puerta, irrumpían en gritos de victoria y penetraban en tropel en la ciudad. Sus tres congéneres, los que nos estaban atacando, los dos heridos apoyándose en el único más o menos ileso, nos dejaron de lado para unirse a ellos, mientras llamaban a otros para que vinieran a llevarse al resto de caídos-. Lo tenía todo controlado.

Él intentó reírse, aunque el dolor no se lo permitió. Afortunadamente, y a pesar de todo, la herida no parecía demasiado profundo

-Oh, sí, era evidente… Pero ya sabes que me gusta ayudar a las damiselas en apuros… aunque no estén en apuros -su mirada se volvió hacia la muralla y el rostro se le ensombreció-. Han entrado. Le prometí a Roger antes de morir que no dejaría que lo hicieran, y no lo he conseguido.

Se me encogió el corazón.

-¿Me estás diciendo que Roger ha muerto?

Asintió con tristeza.

-No quería habértelo comunicado así, lo siento. Murió en mis brazos. Lo encontré atacando a un grupo de templarios con poca gente a su lado, cegado por la rabia. Intenté ayudarle, pero llegué demasiado tarde. Él… maldita sea… me dio una razón para vivir cuando yo vagaba por Jerusalén de taberna en taberna, deshecho y empobrecido tras el desastre de Acre. Supo ver que aquel borracho aún tenía mucho que dar. Y yo le he fallado

Recordé que había pasado algo parecido conmigo. Recordé cómo había luchado a mi lado para exterminar a la banda de violadores…

-No le has fallado -dije-. Sencillamente, ellos han vencido. Pero la gente de la ciudad está a salvo. Eso es lo importante. Todo esto ha sido completamente descabellado. ¿Por qué tanta rabia, tanto odio en un caballero que nació cristiano contra sus mismo correligionarios? Sabes que Guillaume habló de pactos que no fueron ni tenidos en cuenta. No lo entiendo. Roger podía haber influido en el gobernador, a pesar de Blanca, y éste en el sultán ¿Qué llevó a Roger a abjurar de su religión y a odiarla de tal modo? No lo entiendo. Nunca me lo contó.

Christophe respiró hondo.

-Era un caballero pobre. La hacienda de su familia apenas daba para alimentar a su hermano mayor. Cuando estaba intentando ganarse la vida en Tierra Santa, recibió una carta en que se le comunicaba que los templarios habían arrebatado las tierras a los suyos, después de no sé qué pleito, y que estos habían muerto en la pobreza. Nunca supo quién le escribió.

Medité unos instantes, intentando calibrar las implicaciones de la declaración de mi compañero.

-Es probable que su familia esté viva y sana, y extrañada de no tener noticias de él. Esto es aún más grande de lo que pensaba, y puedes estar seguro de que voy a averiguar lo que está pasando -de pronto, un recuerdo me atenazó el alma-. Ferran… no me dirás que también él está muerto.

-Espero que no -contestó Christophe-. Pero cuando tuve que dejarlo estaba muy mal. El médico se lo llevó con el resto de heridos a esa especie de construcción semiderruida que está cerca de la muralla, donde han instalado un hospital de campaña. Le atacó ese jefe templario, el tal Bernard.


No sabía si sentía más cólera que preocupación. Creo se podría expresar como que mi preocupación se expresaba mediante la cólera. Mientras otros derrotados compañeros se llevaban a Mohamed, Ismail y a los demás, yo arrastraba como podía el considerable peso de Christophe camino al hospital, mientras me temblaba todo el cuerpo, casi como si sufriera de convulsiones, y me cerebro palpitaba con un sólo pensamiento: matar.

-Allá es -señaló, como si fuera necesario, el capitán, cuando llegamos a nuestro destino. El médico, renqueando, salió a recibirnos. Admiré de corazón a aquel hombre que, más cerca ya de la muerte que del nacimiento, y después de haber recibido una soberana paliza, aún se esforzaba en cumplir con su deber y atender a los heridos, sin importarle que fueran amigos o enemigos: había bastantes cruces rojas entre los dolientes.

-¡Mi salvadora! -sonrió al verme-. Deja a Christophe sobre estas mantas. No parece muy grave lo suyo. ¿Tú cómo estás? ¿Necesitas algo?

-Lo que yo necesito, o mejor dicho lo que va a necesitar el hijo del cruce entre rata y cerdo que tengo ahora en la cabeza, no es un médico, sino un sepulturero, pero no os preocupéis por eso. Me alegro de veros bien, anciano, aunque deberíais descansar. Pero ¿dónde está Ferran? -él me señaló uno de los camastros improvisados bajo unos toldos tendidos sobre las ruinas, entre dantescos espectáculos de heridas horribles, y yo me precipité hacia él. Un vendaje le cubría el estómago, y comprendí que su herida podría ser mortal. Él, muy débil, tardó en reconocerme cuando me acerqué y le cogí la mano. Creo que intentó decirme algo, pero no pude escucharle, porque un coro de maldiciones que venía de afuera interrumpió la escena.

Todos los que estábamos en condiciones de hacerlo nos volvimos hacia donde procedía el jaleo. Los heridos que podían andar se habían congregado en la puerta, y abucheaban con unas blasfemias tan espantosas que incluso yo, que no soy precisamente parca en juramentos, casi me asusté, a una delegación de templarios que se acercaban al hospital de campaña, seguramente con la idea de visitar a los heridos del otro bando, asegurarse de que los suyos estaban bien cuidados, y hacerse los santos varones, en fin.

Y yo conocía al que encabezaba el grupo.

-Ha venido en el momento más oportuno -dije para mí misma. Y luego, volviéndome hacia Ferran, y apretando su mano antes de soltarla, le murmuré-. Enseguida vuelvo.


A la luz cambiante de un joven amanecer, salí del recinto con la espada desenvainada, apuntando entre los ojos a Bernard, que se quedó paralizado al ver llegar al desconocido guerrero que se atrevía a hacerle frente. Los caballeros que le secundaban, entre los que reconocí a Gonzalo, aprestaron las armas, pero él les detuvo con un gesto y se adelantó.

-¿Qué deseas? ¿Acaso pedir clemencia para tu ciudad? No te preocupes, todos los que no nos han hecho frente están a salvo y no tardarás en reunirte con ellos. Ya no tenéis nada que temer.

Mi puño se cerró como pudiera hacerlo en su cuello, hasta clavar las uñas en la palma.

-Nada temo, mi señor. Y no es clemencia lo que vengo a pedir, sino venganza y reparación. Concretamente, tu cabeza -los compañeros del dignatario de la Orden volvieron a enarbolar las espadas, y él, de nuevo, y con mayor impaciencia, les instó a que se detuvieran con un contundente movimiento de la mano.

-Por tu voz y tu constitución, creo adivinar que eres demasiado joven para albergar tanto odio y tantos deseos de morir. He de advertirte que tu ciudad se ha rendido a nosotros. No tiene sentido que luches ahora.

-Has matado a mis amigos -le rebatí yo- y has ocasionado esta masacre. Tú, y sólo tú, eres el culpable de la muerte de tanta gente, de tu propio bando y del nuestro. No era necesario este derramamiento de sangre. Y pagarás por ello -agité mi espada.

-Entonces ¿quieres restañar la sangre con más sangre? -su tono era casi burlón.

-Exactamente. Con tu sangre. Porque eres un peligro público que sólo merece morir. Y yo estoy en mi derecho de batirme contigo. ¿O es que tienes miedo? -sin embargo, sabía que Bernard no caería en esa trampa, como un vulgar guerrero bravucón de taberna-. Quizá no, pero debes saber una cosa. ¿Te acuerdas de tus amigos Guillermo y Roberto, el maestre y el mariscal de Aragón? Pues debes de saber que soy yo quien los he matado.


Vi la indignación agitar los cuerpos de los templarios. En aquel momento, a no ser por las órdenes de su jefe, se hubieran echado todos sobre mí en tropel. Bernard cerró los puños y murmuró algo que no alcancé a oír. Pero tenía que mostrar templanza delante de sus hombres.

-Alejaos -les ordenó. Después se dirigió a mí-. Supongo que sabes que vas a morir… -la rabia contenida en su voz era casi hiriente. Yo esbocé una sonrisa despreocupada y cínica.

-Nada está escrito -contesté. Entonces vi, por el rabillo del ojo, cómo Christophe se acercaba a mí, ayudado por el médico. Ambos me miraban con preocupación.

-Eowyn, por favor, no lo hagas. Eso no devolverá la vida a Roger ni conseguirá salvar a Ferran si aquí el matasanos no lo logra. ¿Tú sabes quién ese hombre?

Sonreí.

-Lo sé perfectamente -susurré al oído del capitán con fiereza-. Lo he tenido en mi cama -y en un tono de voz lo suficientemente alto como para que me oyera el interfecto-. Y ahora lo tendré bajo el filo de mi espada -volví a murmurar-. No te preocupes. Sé cómo lucha. Puedo con él. Sigue confiando en mí. Te lo pido.

Y me lancé contra el templario.


Sí. Le conocía bien. Sabía que era casi imbatible. Aunque ya no fuera precisamente un jovenzuelo, sabía que era fuerte, certero y se entregaba a fondo, aunque nunca se dejara llevar la pasión. Sabía que había que encolerizarlo mucho para que dejara de guardarse las espaldas mientras atacaba, y algo de eso ya había conseguido. Sabía que mi única opción era agotarle, pasara el tiempo que pasara, y luego aprovechar cualquier brecha en su defensa para herirle de muerte. Sabía todo eso y le conocía, pero a quien no me conocía era a mí misma. No había imaginado que me dejaría llevar tanto por la furia. Estaba allí, yo era bien consciente de ella, pero creía que podría dominarla, canalizarla en mi beneficio. Y sin embargo, no fue así. No. Había demasiada sangre. Demasiada muerte. Sí, lo sé, debería estar acostumbrada. Y lo estoy. Y no puedo abjurar de la guerra porque ella me da de comer y no sé hacer otra cosa. Pero aquello era demasiado. Demasiado absurdo. Demasiado manipulado. Nadie luchaba en nombre de su supervivencia o contra la tiranía, sino secuestrados por una lucha de poder ajena a ellos. Hay guerras que son inevitables, incluso necesarias, pero aquella no era una de ellas. Nunca creí en las Cruzadas, y menos en aquélla. No. Además… mis compañeros habían muerto, y lo habían hecho por nada. La banda de Guillaume. Roberto. Guillermo. Roger. Quizá incluso Ferran…

No. Sólo veía en rojo y negro. Comencé a atacar al capitoste de la orden sin darle tiempo a reaccionar, pero sin guardarme a mí misma tampoco. Oí, detrás de mí, los gritos de Christophe, pero los ignoré. Bernard no tardó en recuperar la compostura, y comenzó a parar mis embestidas con facilidad. Yo me mantenía a suficiente distancia de él, pero era la única precaución que estaba tomando, ya que atacaba con toda el alma, sin protegerme, más rápida, ágil y contundente que como era habitualmente, pero sacrificando mi seguridad. Comprendía perfectamente que los horrores vividos aquella noche me habían enloquecido, todo ello unido a aquellos meses sola en Tierra Santa, después de que mi contrincante me llevara a perderlo todo y me robara mis sueños. Lo comprendía, pero no podía parar. Yo estocaba, golpeaba y tajaba buscando sus partes más vulnerables, mientras su espada parada mis envites con tanta fuerza que casi me tiraba de espaldas, y yo empezaba a sucumbir al agotamiento acumulado, y el dolor de mis heridas se hacía, más que presente, inaguantable.

Pronto, la frecuencia y calidad de mis ataques disminuyó. Él aprovechó y entró en mi espacio, hiriéndome, superficialmente en la pantorrilla protegida por las grebas, y también en el antebrazo, donde su filo caló más hondo a pesar del gambesón. Veía en sus ojos el furor por la muerte de Guillermo y Roberto, a quienes yo sabía que amaba entrañablemente. La pérdida de sangre me hacía cada vez más vulnerable, más inútil. Voy a morir, pensé, y no me consuela que él acabe sabiendo que ha sido mi asesino. Quiero matarle yo. Tengo que aguantar un poco más… Y aguanté.

-¡Mi señor, detened esta locura! ¡Ella no es rival para vos! -gritó el médico.

-¡Eowyn! ¡Te arrepentirás toda la vida si le matas! -le secundó Christophe, pensando que utilizaba los mejores argumentos para convencerme.

Pero no. Yo sabía perfectamente que si conseguía matarlo no podría superarlo, pero el brazo que sujetaba mi espada actuaba por cuenta propia. Él, por su parte, parecía ciego y sordo y ni siquiera había parado atención a mi nombre, pronunciado por Christophe, ni al “ella” que había dejado ir el galeno. Va a matarme. Pero yo le mataré antes.

Y entonces, di un paso atrás y, en un último esfuerzo, alcé la espada para abalanzarme sobre él y cortarle el cuello en diagonal. Él no esperaba esa última demostración de fuerza, y no pudo parar la trayectoria a tiempo. Pero, sin embargo, logró esquivarme con un paso lateral, y cambiar la dirección de su acero para atizarme un fuerte golpe con la hoja en las costillas. El dolor fue tan agudo que me hizo caer de rodillas, y entonces, con un grito casi agónico, levantó la espada para hundirla en mi cráneo.

En aquel momento cayó sobre mí un silencio, equivalente a la bóveda celeste derrumbándose sobre la Tierra. Ese silencio era como un gran oceáno que inundara mis oídos, sólo roto por algo que me parecieron los gritos de horror de Cristophe y el médico. Yo no podía moverme. Al menos, no lo suficientemente rápido para parar su acero… Pero, de pronto, comencé a escuchar algo más. Algo que venía de muy lejos y que, en realidad, ya venía oyendo desde hacía algunos segundos antes, aunque su intensidad había ido creciendo. Era un aullido continuado y lleno de desesperación. El aullido se hizo progresivamente más cercano, hasta conseguir que, un minuto antes de que la espada de Bernard hollara mi yelmo, éste se desconcentrara un segundo. Sólo un segundo.

-¡No! -ahora oía claramente el aullido. Y entonces, pasaron dos cosas casi simultáneamente. Primero, el filo de Bernard volvió a descender. Segundo, otra arma apareció de la nada y se interpuso entre mi yelmo y lo que lo amenazaba, aunque no consiguió evitar que los tres metales chocaran con fuerza y yo me derrumbara en el suelo.

Aturdida. Pero aún no muerta.

Abrí los ojos. Creo que sólo estuve inconsciente un segundo, pero me dolía tanto la cabeza como si me hubiera pasado encima el carruaje de la reina cargado como para un viaje de tres años. Vi a Guillaume (el autor del alarido, sin duda) y a Bernard frente a frente. Este último se hallaba tan estupefacto que dejó que su amigo le arrebatara la espada de la mano y la tirara al suelo. Gonzalo, al ver a su compañero del alma y comprender que se trataba de un asunto privado, había mandado retirarse al resto de los templarios, y se acercaba a nosotros.

-Pero ¿sabes lo que has estado a punto de hacer, desgraciado? -le increpó sin ningún tipo de respecto-. ¿Tienes idea de a quién has estado a punto de matar? ¿Es que no te has dado cuenta? -ante el desconcierto de Bernard, y con mucho cuidado, me quitó el yelmo.

Arrastrada por él, la crespina cayó el suelo y liberó mi pelo, que en aquel momento no era más que una maraña sudorosa y apelmazada, con pegotes de sangre seca. Mi rostro quedó al descubierto. Y Bernard, casi sin respiración por el asombro, cayó de rodillas a mi lado.

-Eowyn… pero tú… ¿de verdad ibas a matarme?

-Al igual que tú mataste mis esperanzas y a mis amigos -le espeté con ferocidad.

-Pero… tú…. deberías comprenderlo. Deberías perdonarme. Tú sabes… tú sabes por qué lo hice.

Sí. Lo sabía. Y sin embargo…

-No te perdonaré nunca. Nunca. Márchate ahora mismo. O te mataré aunque sea con mi último suspiro.

Bernard hizo ademán de tocarme, pero no lo hizo. Se levantó, sin dejar de mirarme. El pesar que se veía en su mirada hubiera podido conmover a una piedra. Pero no a mí. El fiero guerrero se había convertido en un pobre hombre destrozado por la culpa y por los recuerdos de un pasado en el que fue feliz, y que él mismo destruyó, por egoísmo o torpeza.

-No has podido matar a Guillermo ni a Roberto -afirmó, con la voz rota por un llanto mudo.

-Naturalmente que no lo ha hecho -intervino Guillaume-. Lo sabes perfectamente.

Christophe también se acercaba a nosotros, renqueando, apoyado en el médico. Otras figuras se aproximaban asimismo, aunque aún estaban alejadas, y entre la escasa luz y el aturdimiento sólo podía ver unos borrones de formas extrañas. Bernard les miró a todos, esbozó una extraña y triste sonrisa, y después volvió a centrar sus ojos en mí.

-Espero que algún día aprendas a perdonar, Eowyn. Yo no te guardo rencor. Todo lo contrario -se dio la vuelta para marcharse. Pero antes se detuvo un momento y se volvió hacia Guillaume-. Cuida de ellos -él le apretó el hombro amistosamente, en respuesta. Después, ocupó el lugar de Bernard a mi lado, e intentó ayudarme a incorporarme.

-Ni se te ocurra acercarme a mí -refunfuñé-. Después de secuestrarme, ¿aún pretendes que acepte tu ayuda?

-Vamos, mujer. Pero ¿tú has visto el aspecto que tienes? Un poco más y lo único que hubiera podido hacer es desenterrar tu cadáver para darte sepultura en algún cementerio cercano a la taberna, como adivino que será tu último deseo.

-Me alegro de que aún tengas ganas de bromear después del desastre que han cometido los tuyos aquí -seguí gruñendo.

-Pues, o me equivoco mucho, o creo que fueron los tuyos los que empezaron… Pero eso carece de importancia. Quiero que vuelvas conmigo a Barcelona. He averiguado cosas. Al hilo de lo que me explicaste ayer, y mientras intentaba organizar la huida por los túneles antes de salir para ayudar a los míos, pregunté por aquí y por allá hasta que llegué hasta un miembro de la guardia personal del gobernador. Creo que nuestra oferta de pactar una rendición con todas las garantías probablemente no llegó nunca al sultán. Y no fue por Blanca. Ella intentaba convencer al gobernador de que no que no se molestara en informarle, pero a pesar de ello la misiva fue encomendada a uno de los hombres de confianza, y no llegó una respuesta. Ni siquiera cuando envió un segundo mensajero, lo que hizo pensar al gobernador que el sultán no tomaba la propuesta en consideración. Aún no sé si realmente hubo alguien que la interceptó, aunque todo apunta a ello, ni quién es, pero lo averiguaré. Y te necesito para arruinar los planes de los que están detrás de todo esto, que ya sabemos quiénes son. Hago extensiva mi oferta a ti, champañés -Christophe ya había llegado a nuestra altura-. Eres como un grano en el culo después de un día entero cabalgando, pero un buen compañero para tus compañeros. Y eso es algo que yo sé apreciar.

-No pienso ir contigo a ninguna parte, como no sea para devolverle la jugada que me hiciste, bretón de mierda -contestó éste-. Así que vete olvidando.

Yo miraba a Guillaume. Gonzalo se aproximó a mí y me sonrió, manteniéndose en un discreto segundo plano.

-¿Y qué pasará con Jerusalén? -pregunté.

-Todo el mundo volverá a sus casas y el gobernador, al que a estas alturas los nuestros ya deben de haberle sacado de la letrina donde sin duda estaba escondido, gobernará como siempre. Eso sí, con nuestra supervisión. Espero que podamos restaurar el orden y la convivencia. Intentaremos mantener esta situación durante el máximo tiempo que podamos, y si podemos la llevaremos más allá. Con el menor derramamiento de sangre posible.

Meneé la cabeza. El menor derramamiento de sangre posible en aquella cruzada absurda siempre sería demasiado para mí. Pero sabía que la única opción que tenía de evitar que aquello no fuera sino el principio de un desastre mucho peor era mantenerme cerca de Guillaume. Y había mucho más. Pero antes de que pudiera abrir la boca, las figuras borrosas que había visto acercarse se materializaron, y yo les reconocí.

Lo primero que vi fue a Ferran, tumbado en una camilla, conducida por dos criados, con unos almohadones en la cabeza que le mantenían semiincorporado. Estaba pálido y sudoroso, y me miraba con tal expresión de odio que me paralizó. A su lado, alguien inesperado salió de las sombras. Era Omar. Estuve a punto de salir a su encuentro, pero sus ojos eran aún más helados que los de su compañero.

-Eres una traidora -me acusó Ferran, con un hilo de voz.

Yo me apoyé en Christophe y Guillaume para levantarme.

-No, Ferran, no lo soy. Me encuentro en una posición difícil. Entre la ciudad que me ha acogido y los hombres que durante varios años fueron mi familia y lucharon a mi lado. Pero a pesar de todo les he combatido porque considero que esta invasión era innecesaria. Sin embargo… tienes que confiar en mí… nuestro enemigo común es otro. El ataque a Omar… el desahucio de la familia de Roger… ellos son inocentes de eso. Créeme si te digo que todo ha sido una gran manipulación. No digo que los templarios sean unos santos, pero no son peores que la mayoría. No son peores que nosotros. Sí, una manipulación, y creo que no la única. Los rumores que circulaban por la ciudad, el odio creciente hacia el otro lado, la desunión dentro del nuestro… todo obedecía a lo mismo. Omar, Ferran, vosotros conocéis a Blanca. Ella estaba en la ciudad hasta ayer por la mañana.

Me miraron sin inmutarse. Con un estremecimiento, llegué a la verdad.

-Ya lo sabíais -constaté.

No contestaron.

-Fuisteis vosotros quienes propagasteis los rumores en la ciudad. Los que interceptasteis la carta del sultán.

Yo estaba especulando. Pero su continuado silencio me confirmó que, desgraciadamente, no me equivocaba.

-¿Y he de creer que contratasteis también a Ahmed y Alí para que me pararan los pies, pues temíais que acabara ayudando a los templarios? ¿Aprovechándoos de su odio hacia mí? ¿Sabíais también que Blanca pagó a Gauthier para matarme, quizá porque vosotros le hablasteis de mis problemas con él? Maldita sea, ¿con qué os ha comprado esa mujer?

-Sólo con la promesa de un mundo sin templarios. Donde los musulmanes pudieran vivir en paz, No somos como tú, Eowyn. No luchamos por dinero -intervino Omar.

-¿Cómo te atreves a decirme esto, Omar? Pensaba que me conocías -le dije, con más tristeza que enfado.

-Eso creí yo también. Ahora sólo veo a una mercenaria que vende a su pueblo. Márchate de Jerusalén, Eowyn, y no vuelvas nunca. Hoy habéis vencido, pero seréis derrotados muy pronto. Y, entonces, sufriréis. Pero recuerda que nosotros nunca quisimos hacerte daño.

La pequeña comitiva se dio la vuelta, sin más palabras. Vi, a lo lejos, un lujoso carruaje que me imaginé que los esperaba. Al menos los buenos médicos del sultán podrían salvar a Ferran, intenté consolarme. Unas lágrimas súbitas rodaron por mis mejillas. Me las sequé con rabia. Guillaume puso la mano en mi hombro.

-Algún día verán la luz, Eowyn.

Le miraba, destrozaba.

-No sé si nada vale la pena ya…

-Has de confiar. Siempre queda la esperanza.

-Sí, la esperanza. Esa tirana que no nos deja rendirnos y encontrar la paz.

-O esa hada beneficiosa que en nuestros peores momentos nos dice que todo puede cambiar radicalmente…

-Por mi parte, creo que voy a aceptar tu oferta, bretón -era Christophe quien hablaba-. Nada me retiene ya en esta ciudad. Y tendré que vigilar que Eowyn no se dedique a despedazar a ningún mando templario más, que luego eso trae muchos problemas.

-A ver si te despedazo a ti, idiota -dije, dándole un codazo en el lado ileso

Los ojos de Guillaume se iluminaron con un brillo travieso.

-Perfecto, pues ya estamos todos. Enseguida nos reuniremos con Yannick y emprenderemos la larga travesía hasta llegar a las tierras de la Corona de Aragón -me miró directamente-. Una travesía donde vamos a tener tiempo de hablar de muchas cosas… -pero yo no podía compartir su buen humor. Lo que había pasado con Ferran y Omar me había destrozado.

En aquel momento, Gonzalo se acercó a nosotros. Me dio una amistosa palmadita en la espada, aunque no se permitió más confianzas conmigo porque, aunque le había perdonado, aún persistía el grave malentendido que se había producido entre nosotros, y ya nuestras relaciones nunca volverían a ser las mismas.

-Siento interrumpir, pero llevo esperando tiempo para decir algo. Antes, cuando he pasado cerca del hospital, he visto que este hombre -señaló al médico- tiene el cadáver del mariscal de Aragón en un camastro entre sus heridos.

Yo di un respingo.

-No sé a quién os referís, señor -el galeno parecía desconcertado.

-Hablo del templario cuyo cuerpo se halla en el rincón más cercano al exterior.

-¡Ah, sí! Pero ese hombre no está muerto.

Se hizo un momentáneo silencio tras las palabras del profesional de la medicina

-¡¿CÓMO?! -exclamamos todos nosotros a coro. Nuestro interlocutor se apresuró a contestarnos.

-No. Tiene un hilo de vida. Las heridas de su cuerpo no son tan graves. Pero en algún momento recibió un fuerte golpe en la cabeza y su pulso es muy débil. Está sumido en un sueño muy profundo, una grave inconsciencia que le tiene más cercano a la muerte que a la vida, pero está estable. Desgraciadamente, es posible que no pase de esta noche. Pero también que se despierte en unos días. Sólo nos queda rezar y tener esperanza.

-Esperanza -dijo Guillaume, con una amplia sonrisa en el rostro. Miró a Gonzalo-. Por favor, comunícaselo a Bernard-. El aludido se echó a correr hacia la figura de mi antiguo amigo, que se perdía en dirección a la ciudad. El bretón se dirigió a mí-. Aprenderás a perdonarle, Eowyn -en su voz había un deje lejano de tristeza.

Yo me encontraba aún conmocionada por la noticia, pidiendo a los dioses en los que no creía que no se tratara de una nueva ilusión efímera.

-Ni lo sueñes -repliqué.

Me apretó el hombro con fuerza.

-La esperanza, Eowyn -dijo-. La esperanza.

FIN (de momento)

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Jerusalén 1298

¿Arde Jerusalén?

(viene de)

Llegué a la puerta de Jaffa casi como en un sueño, como al ritmo de una canción que sonaba sólo en mi cabeza y que hablaba de soledad y de destrucción. Había un grupo de hombres congregado frente a ella, impidiendo tanto la salida de ciudadanos como la entrada de invasores. Uno de ellos me detuvo cuando intenté colarme entre ellos para no dar más explicaciones.

-¡Eh, detente ahí! ¿Qué pretendes? -yo erguí la cabeza y él me reconoció, a pesar los chorreones de sangre que adornaban mi cara-. Pero ¿no eres Eowyn? ¿Qué se supone que haces aquí dentro, y no afuera luchando con el resto de tus compañeros? Te has meado en las calzas, ¿no?

Pensé en contestarle con una patada en los huevos, pero no podía permitirme tamaña pérdida de tiempo.

-No seas imbécil. He tenido que deshacerme de un espía templario. Ahora está muerto, como otros de sus compañeros. Y he tenido algunos contratiempos más por el camino. ¿O crees que tengo esta pinta porque estaba tomando hidromiel con mis amigas en una fiesta de costura e hilado? Déjame salir. No quiero perderme la juerga de ahí afuera.

Me miró, ahora con un poco más de respeto, y algo de arrepentimiento, y asintió.

-Sal. Y reparte una par de golpes por mí, que me tienen aquí castigado.

Le compadecí. Supongo que no podía evitar ser quien era. Y además, me encontraba aquel día un poco sensiblera.

-Y tú cuida bien esta puerta, compañero.


Ya en el exterior, no pude ver más que humo al principio. El campamento templario debía de estar en llamas. El calor era agobiante, los ojos me lloraban y apenas podía respirar. Tuve que detenerme para toser y entonces me di cuenta que caminaba justo en contra del viento, e inmediatamente me alejé de aquella dirección todo lo posible. Cuando el ambiente pareció despejarse un poco, o bien cuando yo ya me había acostumbrado al aire turbio y enrarecido, vi las llamas a media distancia y, justo delante de mí, a grupos de hombres luchando de todas las maneras posibles. El nutrido contingente templario de Aragón, el más cercano a la muralla, estaba siendo masacrado, y pronto la matanza avanzaría hacia el resto de la tropa invasora. Me imaginé que no tardaría en encontrar, vivos o muertos, puesto que imaginé que los mejores soldados habrían ido a dar apoyo a sus compañeros aragoneses, a Guillaume y a Bernard. Recordé al primero, cuando le conocí en una estancia anterior en Tierra Santa, de infausta memoria, y nuestras conversaciones en el barco que nos condujo a Chipre. Recordé también cuando Bernard y yo éramos hermanos de armas y recorríamos las tierras de la Corona buscando aventuras y emborrachándonos por las tabernas, antes de que los templarios volvieran a reclutarle. antes del desastre de Acre… Intentaba orientarme, esquivando cadáveres, rematando a heridos que sufrían sin posibilidades de sobrevivir, ayudando como podía y a quien me lo pedía, y viendo todas las espantosas carnicerías de la guerra, a las que estaba ya tan acostumbrada o a las que quizá nunca podría acostumbrarme, fortaleciendo mi alma paso a paso para no rendirme a la pesadilla, al infierno, que era la existencia humana. Y, claro, atacando a cada templario con quien me cruzaba. Aunque no pude evitar compadecerme de ellos y conformarme con dejarlos fuera de combate, sin matarlos… Tal vez me estaba ablandando con los años. O tal vez reservaba la muerte para otra persona.

Antes que pudiera darme cuenta, y a pesar de todas las veces que tuve que detenerme, llegué al centro del campamento. Allí, aún más, los muertos, de todos los pelajes, crecían en el suelo como flores putrefactas. No sabía si quería mirarlos. No sabía si quería saber quiénes eran. Y, sin embargo lo hice. Miré aquellos rostros, algunos irreconocibles a causa de heridas espantosas, e intenté identificarles. Vi tendido en el suelo a Abdul, cuya mujer me había ayudado a salir de entre los templarios dos días antes, y que ahora dejaba casi una decena de bocas sin posibilidad de ser alimentadas. Y vi a mucha gente más.

Allí estaban otros dos de mis compañeros de la guardia. Los gemelos ingleses de la mesnada de Guillaume. Y más adelante, su compañero teutón. Aquellos con los que había compartido tantas aventuras, como la de Perugia. Como la de Tortosa. No podía soportarlo más. Pero aún me quedaba la guinda del pastel. De pronto, mirando hacia un cadáver, cuyo aspecto me sonaba, tropecé con las piernas de otro y a punto estuve de caerme encima. Le vi la cara. A éste lo reconocí enseguida.

-Gullermo -dije-. No. NO.

Había hablado con él aquella misma mañana.

No. El veterano caballero no se merecía aquello.

Su apacible y merecida vida en Aiguaviva después de décadas peleando. Vigilando la prosperidad de las tierras, entrenando a los aspirantes…

Bernard le había sacado de allí

Pensaba que ya no iba a poderlo soportar más. ¿Por qué todos mis amigos tenían que morir? Y, encima, tampoco es que tuviera tantos… Quise derrumbarme. Quise no avanzar más. Miré a mi alrededor buscando una explicación, pidiendo cuentas a aquel cielo en el que no creía. Y de pronto divisé algo que me hizo reaccionar.

Y no fue agradable.


Un extraña lucha se estaba desarrollando unos pasos delante de mí, en una zona algo apartada del campamento. Reconocí de inmediato a Ricardo, el segundo de a bordo de Guillermo. Pero lo extraño es que estaba luchando con otro templario, que parecía joven y esmirriado. Me precipité hacia allí, decidida a averiguar qué estaba sucediendo y, de pronto, me pareció que Ricardo avanzaba, casi sonriente, hacia la espada de su adversario y se dejaba golpear por ella. Cayó fulminado al suelo, mientras de mi garganta surgía un grito que no pude ni quise reprimir.

Corrí hacia él. El templario joven estaba arrodillado al lado de Ricardo, comprobando su pulso. Vi que se llevaba las manos a la cabeza y que, segundos después, tomaba la espada de su víctima y abandonaba la suya, para huir a toda prisa a continuación y mezclarse con el resto de los combatientes. Mi rabia no tuvo límites y, mientras un grupo de freires se agrupaba en torno a los cadáveres del mariscal y del maestre, me precipité hacia el asesino en fuga, le cogí de la sobrevesta, y le hice volverse hacia mí.

-¡Maldito seas! ¿Por qué lo has hecho? ¡Era un hermano tuyo, podrido engendro de sapo apestoso! -él miraba con unos ojos que me parecieron desorbitados incluso medio velados por su yelmo, sin responder. Pensé que me recordaba a alguien. Le descubrí la cabeza, y entonces comprendí. No era un templario. O sí. O no. O también.

Era una muchacha.

La misma hija de los dueños de la casa donde yo vivía, a quien había visto salir la pasada madrugada y cuya labor de espía me habían explicado Ferran y Roger…

No. No iba a perdonárselo.

-Eres lo más sucio y rastrero que he visto en toda mi vida, y mira que he visto muchas cosas sucias y rastreras y he hecho algunas más. Has matado a un hombre, a un buen hombre, que confiaba en ti y que no ha podido soportar la decepción que le has causado con tu engaño. Quizá te consideraba el hijo que nunca pudo tener. Oh, Dios mío, yo le conocía. ¿Por qué? ¿Realmente hizo algo que destrozara tu vida en Acre? ¡Dímelo, por favor, ayúdame a entenderlo antes de que te mate!

Ella permanecía quieta en mis manos, mientras yo la sacudía con una rabia devastadora Quería comprender aquella absurdidad, como si lógica pudiera devolverle a Roberto la vida. Y entonces ella habló:

-Tú… ¿tú eres amiga de los templarios? Pero yo te conozco. Eres Eowyn, de la guardia de la ciudad. Vives en mi casa. Yo no imaginé que tú…

La solté, empujándola lejos de mí.

-Lucha conmigo. A ver si puedes matarme también. Te advierto que no te resultará tan fácil. Él quiso morir porque no pudo soportar tu traición. Yo no lo haré, no sin llevarte por delante -me coloqué el yelmo y le dí el suyo, y casi sin darla tiempo a colocárselo ni a ponerse en guardia, la ataqué con tanta saña como nunca había hecho hasta entonces. Pero, sorprendentemente, paró mi primer golpe y todos lo demás. Era tan rápida y ágil que era imposible quebrar sus defensas, aunque era cierto que estaba concentrando todo su atención en resguardarse, pues parecía haber renunciado a atacarme, aun cuando mi ira y obcecación en acabar con ella me habían dejado al descubierto en muchas ocasiones que ella no aprovechó No sé cómo hubiera acabado aquel combate en otras circunstancias, ya que probablemente era una de las más duras rivales con que me había encontrado nunca. Pero, en un momento dado, ella se detuvo.

-Está bien. Mátame. Tampoco quiero continuar viviendo después de esto.

Me detuve en seco. Pensé, de pronto, en que estaba haciendo con ella lo mismo que Gauthier había hecho conmigo. Cuando la víctima se pone a tiro no es tan divertido. Aunque quería pensar que mis razones eran distintas a las suyas. Ella continuó.

-Tienes razón. Me lo merezco. Me he equivocado. He vivido años equivocada, y sólo me he dado cuenta cuando él estaba muerto.

-No me interesan tus disquisiciones filosóficas. Arrodílllate y quítate el yelmo. Voy matarte, y no será rápido.

Ella me obedeció. Yo levanté la espada sobre al mismo tiempo que exhalaba un alarido de furor, y me dispuse a descargarla sobre su cabeza. Ella esperaba pacientemente la muerte. Yo la ataqué. Pero el filo quedó como paralizado a varios centímetros de su objetivo. Aparté el acero, emitiendo un gemido de frustración.

-No puedo matarte -reconocí-. No puedo matarte si no luchas conmigo. Márchate. Ojalá mueras de la peor manera. Ojalá lo hagas.

Me miró un momento como si quisiera decirme algo. Luego recogió su yelmo del suelo, se lo caló y desapareció de mi vista. Yo miré un momento el cadáver de Roberto, que estaba siendo trasladado por algunos de sus hombres.. Ya no volvería a contarme anécdotas divertidas sin sonreír ni una sola vez, ni volvería a decirme, mientras yo estallaba en carcajadas: “¿De qué te ríes, muchacha? Esto sucedió de verdad y es algo muy serio. ¿O cómo reaccionarías tú si vieras tus únicos calzones colgados de la veleta de la iglesia?”.

Pero algo, en lontananza, me distrajo de mis pensamientos.

Uno de los templarios luchaba con tres defensores de la ciudad y, en contra de lo que pudiera parecer, llevaba las de ganar. Su tamaño destacaba entre la multitud. Era inconfundible, sobre todo para mí. Le conocía. Le conocía bien. Le conocía demasiado bien. Él era el responsable de todas las desgracias que últimamente me venían pasando. Él era Bernard.


Me quedé petrificada. Si no hubiera sido por mi atuendo de caballero latino, que hacía a los contendientes dudar sobre si yo era amiga o enemiga, me imagino que más de uno hubiera aprovechado la oportunidad de lonchearme como a un jamón. Pero el siguiente impulso fue salir disparada hacia donde había visto la fenomenal, la odiada figura de Bernard, acometiendo como un jabalí malherido a los jerosolimitanos.

Pero algo parecía estar cambiando a mi alrededor. La liza, que se había estado decantando por los míos, de pronto, o al menos así lo sentí, estaba variando de signo. La muerte de Guillermo y de Roberto había acabado de arrebatar los últimos retazos de sueño y estupefacción de los templarios cogidos por sorpresa, que habían sido sustituidos por una cólera feroz. Casi pude ver cómo la línea, desigual y casi imaginaria, de la guardia de Jerusalén, retrocedía a marchas forzadas. Las parejas y grupos de luchadores parecían ahora multiplicarse en mi derredor, y pronto perdí de vista al capitoste templario. Pero eso no me amilanó.

Seguí avanzando hasta el punto en que lo había visto por última vez. Ahora no atacaba a nadie, pero no rehuía la lucha cuando sucedía al contrario. Qué le vamos a hacer, no he nacido para rehuir ningún combate. Y sin embargo, sabía perfectamente que ninguno de ellos era en realidad mi enemigo. Porque el enemigo no estaba en aquel campo de batalla. El enemigo estaba en un lujoso bajel de camino a Barcelona, o en la corte real de París.

Excepto por un sólo hombre, claro. El hombre al que iba a buscar en aquel preciso momento.


Mi gambesón estaba ya hecho jirones. La bonita túnica parda que había robado del arsenal textil de Guillaume estaba tan desgarrada que dejaba ver, no digo ya la camisa interior, sino mi carne arañada y cortada, sangrienta. Las calzas negras eran casi unos harapos. Sólo la brigantina de cuero, que me cubría hasta las caderas, aún aguantaba en relativas buenas condiciones. Tenía el yelmo con nasal, que me desfiguraba totalmente el rostro, abollado y torcido, y en la capelina de cota de malla que llevaba debajo había más agujeros que anillas perfectamente enlazadas. La sangre me chorreaba hasta el pecho de un tajo en la frente, y los brazos me dolían tanto de sostener, atacar y parar los golpes con la espada que ya no sabía si me pertenecían a mí o al vecino de enfrente. Probablemente, pensaba, ya no iba a vivir mucho más, pues estaba tan cansada que dudaba que pudiera detener el próximo ataque.

Y, sin embargo, algo me mantenía en pie. Algo no me permitía que me sumiera en la oscuridad de aquel día. La luz que emanaba de mis ojos estaba preñada de odio y deseos de venganza, pero iluminaba el espacio a mi alrededor como si fuera la claridad más beatífica, y me dirigía a mi objetivo con más precisión que la estrella de Belén. Sí, yo sabía que lo más probable era que muriera. Pero también sabía que lo encontraría. Y que yo no moriría antes de que muriera él. Que yo lo mataría.

Proseguí en mi ciega búsqueda, ya que me guiaba el instinto en lugar de los ojos. A mi alrededor, las espadas, los hachas, las mazas y los escudos cortaban, agujereaban, cercenaban, aplastaba, trituraban. Mis pies se hundían en la tierra, que ya no era sólo tierra, y sólo podía pensar si seguía siendo humana, o si por el contrario era justo entonces cuando más lo estaba siendo. Dejé de pensar, de sentir; sólo mataba. Siempre en defensa propia, pero sin piedad, y dejando algo de mi cuerpo y de mi salud en cada acometida. No, nada de aquello era necesario, pensaba. Pero yo conseguiría al menos, que aquella locura acabara. Y caminé, con las piernas enredadas en cadáveres en diferente estado de desmembración, hasta que algo me detuvo. Unas manos grandes me sujetaron férreamente por los antebrazos. Levanté la cabeza y me encontré con una mirada de un helor ardiente.

-Maldita seas, Eowyn, ¿dónde te habías metido? -aunque las palabras eran de reconvención, su tono era alegre y aliviado. Christophe, mi compañero perdido, me estrechaba entre sus brazos rodeado de un pequeño grupo de efectivos de la guardia.

-¿Dónde creías? Te estaba buscando, estúpido -dije, devolviéndole el abrazo y saludando a su vez al resto. Los conocía a todos. Christophe y yo nos separamos para mirarnos. Su aspecto no era mucho mejor que el mío.

-Ya. Veo que tampoco has estado ociosa -me dijo, con una sonrisa triste.

-Es lo que hay. ¿El médico está a salvo? ¿Has visto a Roger y a Ferran? -le pregunté ansiosamente.

-Bueno, vamos por partes… El médico está perfectamente, en el hospital de campaña. Pobre hombre, no se tiene en pie y cuida de todos los demás. Y… ¿que si he visto a Roger y a Ferran? -vaciló-. No, en realidad, no. Ya aparecerán. O acabaremos encontrándonos todos en el infierno, porque esto no va nada bien… Vamos, ven con nosotros, no hay tiempo que perder. Aún estamos a tiempo de evitar que esos demonios blancos entren.

Le seguí sin dudarlo. No soy una guerrera disciplinada, pero con capitanes con Christophe lo más razonable es cumplir sus órdenes y tratar de hacerlo lo mejor posible. Alguien como él no te llevaría a la muerte mientras quedara cualquier otro remedio, y posiblemente sacara lo mejor de ti en una batalla. Se dirigió a una de las brechas en la empalizada del campamento y, extrañamente, vi que volvía a la puerta de la ciudad. A todo esto, a nuestro alrededor, el número de combatientes vivos se había reducido convenientemente, pero en este caso no sólo porque la mayoría de ellos se hallaban ahora con con sus cuerpos machacados bajo nuestros pies y sus supuestas almas haciendo cola ante los hipotéticos dominios de San Pedro. Tal como pude ver enseguida, la lucha se estaba trasladando a las murallas. De hecho, un grupo de templarios acometía con fiereza contra la puerta.

-¡Rápido! Tenemos que acabar con ellos o los guardianes de la puerta no aguantarán mucho más. ¡Todos en formación de ataque! Jamal y Mohammed, a mi lado. Tú, también, aquí. Eowyn e Ismail detrás; cuando los de delante hayamos quebrado su formación, los de atrás desplegaos y atacad por los flancos. ¡Vamos, compañeros! ¡Por Jerusalén!

El grito de Christophe, coreado por todos nosotros, hizo volverse a los templarios. El hermano que los dirigía dio la orden de atacarnos, y como pálidos muertos vivientes se lanzaron contra nosotros a toda la velocidad de su piernas, en una formación que sólo era desordenada en apariencia y lanzando gritos inarticulados, con la idea de espantarnos Comprendí que los que defendían la puerta debían de estar ya muertos, o poco menos, pero tal vez pudiéramos darles al menos un minuto para que se rehicieran

-No os precipitéis -seguía diciendo el capitán-. ¡Aguantad, aguantad… y ahora!

El grupo de templarios chocó contra los pesados escudos de nuestra primera línea, de manera, que a los estábamos detrás nos costó lo indecible apuntalarla. Pero en seguida Cristophe y los suyos se abrieron paso entre ellos, mientras yo, siguiendo las instrucciones, me dirigí a atacar a los flancos. Volteaba mi espada por encima de la cabeza, hollando cascos y rajando cuellos y hombros desnudos de hierro, pues no todos los pobres caballeros de Cristo estaban vestidos para la ocasión. Me sorprendí de que aún me quedaran fuerzas para luchar, y comprendí cómo la necesidad te lleva a realizar actos por encima de lo humanamente posible. Uno de ellos me golpeó con tal saña en los riñones con la hoja de su espada, que sólo mi rapidez en moverme hacia un lado y la protección del duro cuero de mi brigantina me salvó de que me quebraran la columna vertebral. No obstante, el golpe me dolió tanto que pensé que jamás podría volver a moverme. Afortunadamente, el fragor del combate convirtió el dolor en en rabia, y seguí peleando, haciendo girar mi espada larga con una sola mano mientras paraba los golpes con otra más corta que llevaba al cinto, como suelo hacer cada vez que la exigencia de concentración cede ante la necesidad de eficiencia. No suelo llevar escudo. Pesan demasiado, y yo no soy fuerte, por lo que sacrificaría mi rapidez. Cada uno ha de conocer sus limitaciones.

En poco minutos, varios templarios estaban derrumbados en el suelo, heridos o malheridos, y tengo que decir que bastantes de ellos por mi mano. Pero aquellos hijos de Satanás parecían salir de todas partes, y comprendí que había olvidado lo rematadamente fuertes y bien adiestrados que estaban. Afortunadamente, yo les conocía bien, y esa era mi ventaja: había entrenado con ellos en muchas ocasiones, y sabía que solían estar más prestos al ataque que a la defensa, de manera que sólo su extraordinaria rapidez les libraba de morir en la mayoría de las veces. Mi truco era concentrarme y aprovechar los momentos en que dejaban alguna parte de su cuerpo expuesta, y atacar. Pero mis compañeros no tenían tanta experiencia (ni con templarios, ni en la guerra en general, no era más, los pobres, con la excepción de Cristophe, que artesanos un poco más diestros que la mayoría reclutados para la ocasión), y pronto pasaron a engrosar las filas de los caídos. Observé, no obstante, que los hermanos no se enseñaban con ellos, y se limitaban a hostigarlos hasta que estuvieran fuera de combate, tal como yo me imaginaba que harían, aunque en la locura de la batalla podía asegurar que no habría sido así en el 100% de los casos. Pronto, sólo la máquina de combate que era Christophe y yo fuimos los únicos que quedamos en pie, contra tres de los templarios. Dos de ellos se echaron sobre el capitán.

-Ríndete, pequeñajo -me instó el tercero, amenazándome con su espada, que sostenía con la mano izquierda-. Seguro que aún eres demasiado joven para morir. Anda, ve a buscar a tu mamá y deja a los hombres de verdad hacer la guerra.

-Y tú, vete a tu encomienda a que te den por culo como tenéis por costumbre, que de hombres de verdad tenéis bien poco -(en realidad, me da bastante igual lo que la gente haga en la penumbra de su dormitorio, al igual que si prefieren hombres, mujeres o perros, pero sabía que aquello le molestaría). Sin solución de continuidad, le tiré un tajo diagonal, destinado a cortarle en dos, pero él, demasiado rápido, dio un paso atrás y me paró el golpe. Me alejé de él mientras enarbolaba la espada con la idea de cortarle el cuello pero tuve que interrumpir mi acometida para defenderme, pues él ya me atacaba de nuevo. Nuestros aceros se enredaron un segundo y yo traté de aprovechar para pegarle un rodillazo en los testículos (sí, ya lo sé, me estaba pasando el código de caballería por los ovarios, pero a la fuerza ahorcan, y no puede decirse que yo sea precisamente una dama), pero él enganchó su pierna con la mía y, antes de que pudiera darme cuenta estaba en el suelo, con el templario encima de mí (en una posición en que en cualquier otra situación y con otro atavío, o más bien con la ausencia de él, hubiera podido considerarse como bastante indecente, y también bastante apetecible, ya que el cabrón del freire físicamente tenía su punto), aplastándome con el suyo el brazo que aguantaba la espada sin soltar la suya, y la otra sujetando una daga que en algún momento se había sacado de su cinto a escasos centímetros de mi cuello. Yo intentaba sacar mi mano libre de debajo de su pesado cuerpo, con la desesperación de evitar el desenlace fatal de mi historia, pero él fue más rápido, y ya el filo de su arma corta rasgaba mi piel.

Y en aquel momento, el mundo se me vino encima.

(continuará)

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Jerusalén 1298

La incursión debía de estar saliendo bien, porque los templarios aún no estaban entrando. Me pregunté si estarían muriendo como lagartijas, y cuántos de los que yo conocía estarían en el suelo con las tripas asomando.

(viene de)

Aprovechando la confusión de aquella piara de gorrinos, y el hecho de que la mayoría de ellos estaban aún lejos de mí, eché a correr lo más rápido que mis piernas me lo permitieron, que fue bastante. Y es que, cuando a mis extremidades inferiores les murmuras la orden de huir, ni el cansancio, ni el frío, ni las dificultades del camino son tan graves como para impedirles que la cumplan. Les gusta la vida tanto como a mí, presumo, o quizá es que no tienen ganas de exponerse a la incertidumbre del más allá; no en vano mi viejo maestro, el anciano cura del pueblo, me decía siempre que ellas habían de ser mi mejor arma. Vi que, más tranquilo al verme a salvo, y habiéndose desembarazado con facilidad de sus captores, que ahora vagaban despistados como una pandilla de ocas huérfanas, Christophe se echaba al viejo médico sobre los hombros y se apresuraba a desaparecer por una callejuela.

Yo no paré hasta dejar de ser visible por mis perseguidores. Corrí por las calles vacías, donde sólo algún rezagado y los famosos reticentes, buscando atrincherarse en algún lugar, imaginé, circulaban. La incursión debía de estar saliendo bien, porque los templarios aún no estaban entrando. Me pregunté si estarían muriendo como lagartijas, y cuántos de los que yo conocía estarían en el suelo con las tripas asomando. Me pregunté también que tal les iría a Ferran, Roger y el resto de hombres de mi mesnada. Tengo que salir, pensé. No sé que haré cuando traspase esa puerta, pero tengo que salir. Lo que importa es que los habitantes de la ciudad están a salvo. ¡Malditos templarios! ¿Por qué han tenido que ponerme en esta disyuntiva? ¡Yo nunca quise decidir! Me sentí perdida: volvía a no reconocer, en aquella oscuridad casi total porque la mayoría de las antorchas estaban apagadas, la ciudad donde llevaba viviendo meses y a la que, a pesar de todo, estaba comenzando a aclimatarme. Pero, como siempre, los templarios tenían que venir a destruir todo lo que yo amaba. Acabaron con el Bernard que yo conocí, en aquellos lejanos y gloriosos días de nuestras correrías por los territorios de la Corona de Aragón. Fueron los causantes indirectos de la muerte de Guifré y la traición de Isabel. Destruyeron mi futuro. Y ahora, además de poner sus ojos en el inocente Yannick, que evidentemente no sabía dónde se estaba metiendo, planeaban ocupar una ciudad en lo que yo había encontrado mi sitio… Afortunadamente, la luz de la luna llena me guiaba y, tras errar por varios callejones, con mi sentido de la orientación tan inútil como era habitual, al enfilar uno de ellas, vislumbré al final los muros de la ciudad. Hacia ellos me dirigí, a más velocidad aún a la que había mantenido hasta entonces cuando, repentinamente, algo o alguien me agarró de de los faldones del gambesón, haciéndome detenerme en seco, y, antes que pudiera hacer algo por evitarlo, el mismo algo o alguien me arrancó el cinturón, pateó mi espalda al unísono, y me tiró al suelo unos cuantos codos más lejos, haciendo que el yelmo, que llevaba bajo el brazo, saliera disparado. No me pareció la mejor manera de adelantar camino, la verdad. Tras volver a colocarme bocarriba con dificultad, ya que el patadón al menos me había roto una costilla, comprendí que sí, que realmente todo había sido demasiado fácil. Y que yo, como iba siendo demasiado común últimamente, no iba prevenida. Me había negado a tener en cuenta que faltaba una figura fundamental en mi historia jerosolimitana, y que, siendo aquél indudablemente su final, debería de aparecer de un momento a otro. La vida no suele ser tan redonda como los romans corteses y los cantos juglarescos, y normalmente cuenta con un argumento muy mal escrito y tramas concomitantes sin ningún sentido. Pero es que yo tenía mala suerte. Muy mala suerte. Si el personaje era negativo para mí en algún sentido, se presentaría. Y se presentó.

-Hola de nuevo, zorra. ¿Ya te has cansado de comerles la polla a todos los hombres de la guardia, y ahora te vas a probar suerte con los templarios? -me soltó el individuo con un risita estúpida, y apuntándome con su espada a la cara

Le vomité mis palabras.

-Y tú ¿te has cansado de esperar escondido en algún cagadero a que los invasores pasen sin advertirte, porque es el único lugar en la ciudad donde tu hedor puede pasar desapercibido? -me burlé desde el suelo.

Gauthier (porque, naturalmente, era él) pareció congestionarse como si estuviera a punto de sufrir un ataque de apoplejía. Todo su cuerpo se crispó, igual que si de pronto se hubiera convertido en enorme y feo basilisco, y me pareció que iba a abalanzarse sobre mí tan encolerizado que ni acertaría a pincharme. Pero, paulatinamente, como obedeciendo al dictado de una voz interior, fue recuperando su ya bastante repugnante aspecto habitual. Incluso su voz parecía controlada cuando me habló, aunque la rabia asomaba por las pausas entre sus sílabas.

-Eres más imbécil aún de lo que me imaginaba si crees que las palabras de alguien como tú pueden insultarme -escupió en mi dirección, pero yo esquivé el asqueroso proyectil con más diligencia que si se hubiera tratado de un cubo de aceite hirviendo desde lo alto de una muralla, reptando hacia atrás con la vista puesta a la izquierda, donde reposaba mi espada, y seguida muy de cerca por él. Esperaba el momento de poder rodar para alcanzarla. Pero aún no: él estaba demasiado próximo y la punta de su filo apuntaba directamente a mi ojo derecho… -. No entiendo cómo mis compañeros pudieron pensar que valía la pena follarte. Ni si no hubiera más mujer en el mundo. Y además, verte tan dispuesta me quita las pocas ganas que pudiera tener. Lástima que no suelo dejar las cosas a medias -en aquel momento, y con una celeridad que no me hubiera esperado de él, envainó la espada y sacó un cuchillo del cinturón. Se inclinó y me lo puso en la garganta al tiempo que se inclinaba en mi oído para regurgitarme un murmullo lleno de veneno-. Pero lo que me consolará es que voy a hacértelo de una forma que no te va a gustar

Tragué saliva. La punta que horadaba la piel de mi cuello no me permitía seguir mirando mi espada con el rabillo del ojo. Ahora tenía que mantener toda mi atención en él. Bajé el volumen de mi voz

-Tu opinión sobre mí tampoco es que me preocupe demasiado… Pero no pierdas más tiempo. Haz lo que has venido a hacer. Y hazlo rápido.

Advertí un punto de desconcierto en su mirada. A pesar de su discurso misógino, no parecía esperar tanta resignación por mi parte. Me cogió por la axila con su otra mano, sin apartar la daga de mi cuello, y me levantó del suelo.

-Buscaremos un sitio más tranquilo. No será difícil. La ciudad está vacía, aunque no creo que lo esté durante mucho tiempo. Los templarios están siendo masacrados allí afuera después del cobarde ataque de tu queridas milicias, que no tardarán mucho en regresar triunfantes -el pensar que la suerte que sin duda me esperaba iba a ser compartida en breve por mis antiguos amigos no me consoló en aquel momento. Él continuó-. Sí, tenemos poco tiempo. Pero pienso aprovecharlo bien. No imaginas lo que va a dolerte lo que pienso hacerte….

-¿Y no te has parado a pensar que es así como me gusta?

Le sonreía con con una ironía cruel. Me había parado en seco, resistiéndome a ser arrastrada por él a los soportales. Otra vez vi aquel pequeño destello de sorpresa en sus ojillos de ratón. Hundió el cuchillo un poco más en la piel de mi cuello. Un reguero de sangre se coló entre mi túnica y mi camisa.

-No serás tan valiente cuando acabe contigo -habló con dureza, mientras sus dedos se hundían en mis costillas, sin soltarme el brazo. Me forcé a aguantar si emitir ni un quejido ni hacer un gesto de dolor.

-Pues empieza. Demuéstralo. Demuestra que eres un hombre de verdad -le susurré con asco, sin siquiera tomar aliento-. Pero no lo harás. Te mueres de gana, pero no lo harás. ¿Y sabes por qué? -me estaba dejando llevar por el instinto. Sabía, desde el fondo de mi cerebro, que la curiosidad le impediría agujerearme el gaznate si mi conversación despertaba su interés (o su cólera). O, al menos, eso esperaba.

-Pero ¿qué estás diciendo, estúpida? -me sacudió fuertemente, si apartar los dedos de mis costillas, mientras el cuchillo trazaba un recorrido algo más largo sobre mi garganta.

-¡Porque no tienes tiempo de hacer lo que quieres! -estallé yo, sin hacerle caso-. Violarme no estaba entre las órdenes que has recibido, ¿no?

Su momentánea expresión de extrañeza volvió a aparecer. Pero esta vez se quedó unos segundos más. Yo continué hablando. Mi tono de voz era casi travieso

-Pero quizá sí que puedas hacerlo. Allá afuera las cosas no van a acabar tan rápido. Si vas a matarme por obligación, al menos podríamos hacerlo agradable para los dos, ¿no? Vamos. Sé que tienes tantas ganas como yo… -sólo esperaba una pequeña vacilación. Si apartaba el cuchillo sólo unas pulgadas más, mi mano libre le iba a hacer cosas por allá abajo, aunque no precisamente las que él hubiera deseado, pero de momento no podía arriesgarme. Sin embargo, él no reaccionaba. Hasta que, de pronto, su boca se torció en un rictus salvaje, y me empujó tan fuerte que me hizo caer

-¡Zorra de mierda! ¡Te maldigo! ¡A ti, y a todos tus ascendientes, y también a tus descendientes, aunque no los llegarás a tener! Me avergonzaste, mataste a mis amigos, ¿y aún pretendes que joda contigo? Yo he venido a matarte, y esto es lo que haré. ¡Muérete, asquerosa maldita puta, muere!

Se lanzó hacia mí con el cuchillo en la mano. Pero su cólera me había dado el tiempo y la distancia que necesitaba, y pude rodar para amagar su puñalada. La fuerza de su impulso le hizo perder pie, y yo aproveché el instante en que estuvo a punto de caer para levantarme de una salto. Estábamos ahora más igualados, pero mi situación seguía siendo difícil: estaba desarmada, y a él la rabia le otorgaba una velocidad inusitada. Yo esquivé sus envites como buenamente pude, intentando acercarme a mi cinturón, pero él, no tan ciego como para no ver mis intenciones, se interponía continuamente entre él y yo. Corría el peligro de recibir más cortes que una res antes de asarla, y de hecho los estaba recibiendo: tenía ya una cuchillada superficial en mi mejilla, y un tajo tan fuerte en el antebrazo había rajado incluso mi gambesón y llegado hasta casi el hueso, eso sin olvidar que el corte del cuello me seguía sangrando. La única opción que tenía es alejarme de él lo suficiente como para arrancar a correr sin temor a que lanzara el cuchillo y tuviera la buena suerte (no para mí, claro) de acertar. Aunque también…

-¡Esto no es sólo por mí! -grité apresuradamente entre viaje y viaje de su filo-. Es por Blanca, ¿verdad?

Escrutaba atentamente su cara en el momento de pronunciar el nombre de mi archienemiga. Su labio inferior se contrajo levemente durante un segundo. Sólo un segundo.

-¿Se puede saber qué estás haciendo? Quédate quieta ya. ¿Acaso no ves que vas a morir de todas maneras?

Sí, hombre. Y si hace falta, me escribo yo el epitafio y me cavo la tumba. ¿No te jode?

-Está bien. -era difícil hablar y esquivar dagazos. No sabía durante cuánto tiempo podría hacerlo-. Voy a morir, sí. Al menos, deja que muera sabiéndolo. Todo esto es idea de Blanca, ¿verdad? Alguien tan felón como tú no se atrevería a enfrentarse a solas conmigo, ni siquiera desarmada. Tiene que haber una razón de peso. De tanto peso como una bolsa de dinero.

Afortunadamente, a mitad del párrafo anterior había dejado de atacarme, pendiente de mis palabras. Si no, a ver quien era la guapa que soltaba un monólogo tan largo en aquellas circunstancias… Él fijó unos ojos llameantes en mí.

-Pero ¿qué te has creído que eres? No vas a saber una mierda de mi boca.

¿Se podía considerar aquello una confesión?

-Pues entonces, ¡corre! Sean quienes sean que venzan, entrarán pronto, y entonces quizá no puedas matarme. ¿No querrás perder la recompensa prometida?

No pensé que iba a provocarle tan fácilmente. Pero, a pesar de ser plenamente consciente de mi juego, creo que su codicia le suministró la imagen mental de una bolsa de oro huyendo a toda velocidad de él. Así que redobló el ritmo de sus ataques, con el acicate de su frustración, su ira y su terror de seguir en la ciudad si la situación de la batalla se confirmaba favorable a Jerusalén y a alguien se le ocurría realizar una limpieza étnica de cristianos posibles partidarios de los templarios. Pero sin que la desesperación le hiciera ser menos preciso. Yo ya no tenía más plan ni ninguna posibilidad de salir de ahí, y solo me restaba esperar que mi proverbial mala fortuna creara un infierno sólo para mí, con tabernas donde se sirviera agua en lugar de vino y otras torturas semejantes. Hasta entonces, había mantenido a raya el agotamiento, pero comprendí que éste estaba a punto de afectar a mi agilidad y a mi rapidez. Y entonces, yo sí, hice algo desesperado. Vi como el siguiente embate iba directo a pinchar mi corazón como una guinda en un banquete, pero sin ninguna connotación de fin’amors. No lo pensé. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, cogí el filo de su daga con la mano izquierda y tiré de él con toda la fuerza que me habían dado varios meses comiendo y bebiendo bien y entrenándome regularmente. Él se venció hacia mí lo suficiente como para que me alcanzara a estamparle un buen puñetazo en su mandíbula y, casi simultáneamente, girar el cuchillo hacia su cuello de manera que varias pulgadas de él se hundieron en la carne, haciéndole caer al suelo con la cabeza colgando de su tronco como la puerta de una taberna de sus bisagras después de una patada de Christophe con varias jarras de vino de más.

Lo único que lamento es que dejó este mundo demasiado rápido.

Y allí me quedé, empapada por la sangre disparada a chorro de mis dos últimos grandes antagonistas, con sus cadáveres yaciendo muy cerca de donde yo me encontraba, y sabiendo que yo nunca les había vencido, sino que ellos habían sido derrotados, quizá, en el fondo, por sí mismos. Que el cerdo de Gauthier hubiera acabado muriendo por su propia arma al intentar acabar conmigo era irónico, y a la vez una metáfora. Había bastante justicia poética en todo aquello, pero, al mismo tiempo, yo no me sentía satisfecha.

Porque los verdaderos responsables, cada uno a su manera y en bandos distintos, estaban aún vivos.

(continúa)

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La soledad de las calles de la Jerusalén evacuada…

(viene de)

La celda de Guillaume estaba llena a rebosar de pertrechos para la batalla, tanto textiles como de acero, de todas las tipologías imaginables y de varias tallas. Pero, además, había ropas de campesinos, ciudadanos y nobles, tanto cristianos como musulmanes, en la cual estaban representados todos los gremios y clases existentes en Jerusalén y parte del extranjero: imaginé que nos hallábamos en el cuartel general dedicado a las misiones de espionaje a las que tan aficionado era el controvertido bretón. Christophe y yo nos proveímos de camisas, calzas y túnicas, entre las que afortunadamente encontré ropa de mi talla. En cuanto a armadura y armamento, rematé el atuendo con un gambesón y una brigantina de cuero, sólo un poco mayores que mi medida, y cogí una espada larga y otra a una mano, aparte de un yelmo cerrado que ocultaba la mayor parte de mi rostro y que me calcé sobre una crespina. Christophe, por su parte, eligió una cota de malla bajo un gambesón, que adornó con una sobrevesta de color rojo por pura vanidad (“son los colores de mi casa”, aseguró), y tomó una gran espada y un enorme escudo. Una vez convenientemente ataviados, salimos al exterior. Mi compañero miró en ambas direcciones del túnel con algo de desconcierto.

-Sería interesante encontrar algún signo que nos indicara como salir de aquí. ¿No te parece?

Mi instinto de orientación no era ninguna maravilla, pero decidí aplicar la lógica.

-Seguiremos por donde ha marchado el templario -sugerí yo-. Tal vez, más adelante, algún indicio nos orientará. O al menos eso espero. No son tontos esos individuos, aunque a veces lo parezcan, y no creo que horadaran un túnel demasiado intrincado y laberíntico si querían utilizarlo para escapar.

El capitán se encogió de hombros y asintió. No obstante, le veía pensativo, y le entendía. No era más que un mercenario, como yo, pero la fidelidad a los que le habían contratado y a la ciudad en la que llevaba viviendo varios años estaban librando una dura batalla contra la admiración que de niño sentía por los templarios, tan habituales en su Champaña natal, además del hecho de saber que el intento de reconquistar Jerusalén obedecía a un fin, tal vez no honorable pero al menos sí constructivo. Aparte de que yo tenía la sensación que entre el bretón y el de Troyes había surgido cierto entendimiento. Aunque que el primero hubiera drogado al segundo y lo hubiera encerrado en una celda subterránea atado a un poste de hierro no era lo mejor para cimentar una amistad, hay que reconocerlo.

El pasillo del túnel, por donde yo abría la marcha seguida de mi compañero, sosteniendo ambos sendas teas robadas de unos de los pebeteros que habíamos dejado atrás, descendía con pocos recodos. Las antorchas, que yo supuse que los guardias de Blanca se habrían encargado de prender poco antes para orientar a los jerosolimitanos en su huida, se difuminaban en la niebla que formaba el polvo de décadas recientemente levantado, y parecían fuegos fatuos que marcaran un itinerario casi mágico. Yo pude apreciar montones de huellas que iban en ambas direcciones, lo que confirmaba que aquellos pasadizos habían sufrido una gran actividad hacía poco tiempo, aunque el hecho no me orientaba hacia el camino a seguir. No obstante, el escaso número de túneles secundarios, como yo ya había podido apreciar a mi llegada en manos de los esbirros de Guillaume, me hacía pensar que íbamos por el único camino posible hacia la salida o salidas. Le comuniqué mis conclusiones a Christophe, que seguía anormalmente callado.

-Sobre lo que dijiste antes, en la celda… Aquello de que ya no tenías tan claras tus lealtades…. -le interpelé yo, decidida a averiguar por dónde fluían sus pensamientos.

-Estaba pensando justo en ello en esto momento.

Notaba su respiración agitada en mi espalda, como si cabalgara al ritmo de sus reflexiones.

-He tenido muchas dudas durante estos días. La ciudad se volvía loca y a mí me fastidiaba tratar con fanáticos y estúpidos. Y lo que he oído de tu amigo el bretón no me ha ayudado mucho. Demasiadas conspiraciones. No me gusta. Yo soy un hombre sencillo. Peleo, y luego cobro.

A continuación se hizo un silencio. Pareció como si el champañés se estuviera dando impulso antes de efectuar un peligroso salto.

-Pero yo juré que defendería Jerusalén, Eowyn, y eso haré -concluyó-. Y creo que tú también. Ahora se ha convertido en tu ciudad. Te ha acogido. Con todas su miserias, te ha dado un lugar en que quedarte, gente con la que estar. Y lo sabes.

Me pareció atisbar algo ante mí, y adelanté la antorcha.. Pero fue una falsa alarma.

-Sin embargo, debemos ayudar a los templarios a sacar a la gente por los túneles -le recordé.

-Eso por descontado. Pero luego, iremos a luchar al lado de los nuestros.

Me detuve un momento para mirarle, y asentí. A veces tomar partido era asquerosamente sencillo. Seguí adelante y entonces, a pocos pasos, lo vi.

-Y parece ser que ya no vamos a tardar mucho en comenzar. El túnel acaba aquí. Y hay unas escaleras.


Tal vez definir aquello como “escaleras” había sido prematuro y, desde luego, muy benévolo. Se trataba más bien de una serie de escalones excavados de mala manera en la misma roca del subsuelo de la ciudad, desiguales, empinados y exageradamente estrechos que ascendían en espiral hacia, esperábamos, la anhelada superficie.

-Voy delante -dijo Christophe, muy seguro de sí mismo-. Si hay algún peligro allí arriba, me corresponde enfrentarme a él antes. Para algo soy el guerrero de mayor graduación. 

-Todo tuyo -contesté, cediéndole el paso. No pensaba interferir con lo que él creía su deber, aparte de que no creía que nos estuviese esperando algo diferente a un infecto sótano. Así que subimos trabajosamente, mientras yo advertía a Christophe que no se le ocurriera resbalar, caerse y aplastarme con su gordo culo si en algo estimaba su vida, y él me respondía con pullas parecidas. Por fin, llegamos a una trampilla, que pudimos levantar fácilmente e izarnos por el hueco. 

Estábamos, como era previsible, en uno de los sótanos de la ciudad, el menguado espacio ocupado por los cimientos de la casa, bajo su suelo de tablas de madera. A la luz de mi antorcha me pareció divisar bultos cubiertos con telas que en cualquier otro momento me habría detenido a curiosear. Mientras yo miraba a mi alrededo, Christophe descubrió una escala de cuerda que colgaba de un agujero del techo, tapado por una estera de mimbre. Y, de pronto, ya estábamos en la vivienda, humilde pero no mísera, en la que el desorden imperante por doquier apuntaba a que sus habitantes habían salido como si les persiguiera el mismísimo Satanás con toda su corte.  Christophe adoptó una actitud atenta.

-¿Oyes eso? -presté atención y, con tristeza, asentí. Un rumor ahogado de entrechocar de hierro mezclado con gritos humanos, de ira o de dolor, y relinchos de caballos aterrorizados, se oía en lontananza. Era un sonido que Christophe y yo conocíamos bien-. Ya han comenzado Vamos tarde.

Pero, antes de que tuviéramos tiempo de reaccionar, otro sonido, más cercano, iba incrementando su volumen justo en el exterior de la vivienda. Nos apresuramos a abrir un ventana, y entonces vimos una enorme comitiva que se aproximaba, rodeada por unos cuantos individuos en cuyas sobrevestas, a la luz de las antorchas, me pareció advertir el escudo de Blanca. Y, detrás de ellos, divisé a alguien más.

-¡Oh, maldita sea! -exclamé, precipitándome fuera. 

-Admiro tu valor, pero ¡tampoco es necesario que te lances de cabeza a que te maten! -exclamó Christophe, que me siguió de todas maneras. En un santiamén me planté delante del grupo. Vi que la mayoría eran ciudadanos y ciudadanas jerosolimitanos, excepto los sempiternos guardias de Blanca, que me miraron como si no supieran que hacer conmigo, y una figura, la misma que me había parecido ver antes, que se destacó de la multitud y salió a mi encuentro, con actitud de desconfianza.  Me apresuré a quitarme el yelmo, y su mirada se iluminó, de alegría y sorpresa.

-¡Eowyn! Pero ¿qué haces aquí? Me dijo Guillaume que estabas… bueno, a buen recaudo. Conociéndote, debería haber dudado. Pero ¿cómo has conseguido escapar? 

Seguía siendo el mismo adolescente con el que había hecho amistad por las peores tabernas del puerto de Barcelona. Sin embargo, algo, quizás imperceptible para todos excepto para mí, había cambiado.

-Yannick… -dije con resignación-. No me digas que a ti también han conseguido meterte en este soberano berenjenal. Pensaba que tenías más juicio -de pronto, una súbita certeza me iluminó-. Espera. No me vas a decir que eres uno de ellos, ¿verdad?

Él hizo una mueca de niño cogido en falta. 

-¡Vaya, y yo que creía que te haría ilusión! Ya sabes, las aventuras que hemos corrido todos juntos en los últimos años me han hecho conocerles muy bien, y… -bajando la voz-. Sí, en breve tendré mi iniciación como sargento templario. Pero -previendo mi indignación- no te pongas a gritar como una loca que entre esta gente nadie lo sabe. Sólo faltaría que se enteraran que los mismos que están intentando entrar en su ciudad son los que les ayudan a salir de ella. No se fiarían.

Oía a mi compañero chasquear la lengua detrás de mí: lo que estaba averiguando acerca de mis amigos de Barcelona le estaba resultando algo chocante. Yo reprimí mis deseos de despotricar contra El Temple en general y cada uno de sus integrantes en particular: no era el momento.

-Hablaremos más adelante sobre el tema, puedes estar seguro. Mientras tanto, ¿lo tenéis todo controlado? ¿Necesitáis ayuda?

-No -aseveró-. Estos que ves son de los últimos grupos que faltan por ponerse a salvo, y ya mismo entramos en el túnel para salir más allá de la puerta de Jaffa. En realidad, ya sólo quedan los reticentes, aunque bastante numerosos, he de decir. Pero contra esos no podemos hacer nada.

-¿Reticentes? -se extrañó Christophe, que dio un paso adelante para intervenir en la conversación-. Pero ¿por qué? Son gente civil. Cualquier cosa parecida a un guerrero está allá afuera. No lo entiendo. ¿Es que no se fían o quieren morir?

Yannick arrugó el ceño. 

-En esta ciudad pasa algo raro. Lo sentí desde el principio. Hay personas que actúan como si se hubieran trastornado. Me recuerdan a aquellos viejos caballeros que encontrábamos en las tabernas, Eowyn, veteranos de mil batallas y con demasiados horrores en la imaginación, que no podían pensar con claridad debido a la cantidad de vino que llevaban años metiéndose en el cuerpo. Pero aquí es diferente. La gente no está obsesionada con la muerte, sino con el odio. No les basta con escapar con vida ni la promesa escrita del Maestre de que recuperarán todas sus pertenencias o serán indemnizados. Algunos quieren quedarse. Quieren morir. Quieren ser mártires del odio -volvió a bajar la voz- que les profesan a los templarios. No quiero decir que queramos que nos amen: no en vano hemos venido aquí a trastocar su modo de vida. Pero tanto odio… es demasiado, incluso en estas circunstancias.

No, evidentemente ya no era el muchacho malcarado de los bajos fondos. Con los templarios había aprendido a algo más a que a manejar bien la espada. Respiré hondo. Una idea pugnaba por tomar forma en mi mente.

-Demasiado odio, ¿verdad? Demasiado odio para haber surgido por sí mismo…. -dije para mis adentros.

-¿Cómo? -preguntaron al unísono Yannick y Christophe.

-No importa… Está bien. Si todo está controlado aquí, creo que saldremos fuera. Los nuestros nos necesitan.

El antiguo pirata meneó la cabeza.

-Estáis ganando -dijo con tristeza-. No creo que sea necesario.

Yo le apreté el hombro.

-Me conoces poco si crees que dejaré a los míos en la estacada… arriesgándome a perder el generoso estipendio que me espera si lucho con ellos… No te preocupes, Yannick: si he llegado hasta este punto, significa que no voy a morir hoy. Tal vez mañana o pasado, pero no hoy. Vamos, entrad en la casa ordenadamente, y tened en cuenta que hay un par de tramos sin antorchas. Las encontraréis al lado de la escala de cuerda. Venga, nos veremos cuando acabe esta locura.

Él me miró con dolor.

-Hasta pronto, Eowyn -adiviné que tras esa despedida había más deseo que seguridad. Pensé que, conociendo lo enorme de mi sufrimiento cuando pierdo a mis amigos, eso no me ayuda a cuidarme más para que no sean ellos los que tengan que lamentar mi pérdida. Es una forma de egoísmo, o quizá me cuesta creer que ellos me extrañarán tanto como yo a ellos. Sonreí a Yannick y le saludé con la mano, antes de disponerme a marchar, seguida de Christophe. Pero, repentinamente, alguien salió de la fila.

Se trataba de un muchacho de apenas 10 años, cuyas ropas evidenciaban que su vida no era fácil. No parecía viajar con su padres, y pensé que los más probable es que hiciera tiempo que los perdió, o que quizá nunca los tuvo. Se dirigió a mí con decisión y algo de timidez.

-¿Eres Eowyn?

Asentí con la cabeza y me aproximé más a él.

-¿Por qué me lo preguntas?

Señaló a Yannick, que estaba organizando la entrada en la casa. Pensé por una momento que después de aquella evacuación los templarios tendrían que horadar nuevos accesos y dinamitar los existentes. No tiene sentido tener una ciudad perforada con túneles secretos si los conoce casi la totalidad de la población.

-Oí que él pronunciaba tu nombre. Hay un hombre -continuó sin solución de continuidad-. Reunió a muchos niños de la calle y nos pagó para buscarte.

Le miré, extrañada.

-¿Cuándo fue eso?

-Un par de horas antes de que nos dijeran que debíamos abandonar la ciudad. Yo no te encontré en los lugares que él me dijo, y entonces decidí marcharme.

-Pero ¿por qué ese hombre me buscaba?

-Me dijo que tenía un mensaje urgente para ti. Era algo así como “Recuerdos del médico” -el chiquillo se encogió de hombros mientras yo palidecía.


Yo me precipité en dirección a un lugar que los últimos días había tenido la oportunidad de conocer muy bien, tan rápidamente que Christophe tardó en alcanzarme. Cuando lo hizo, tiró de mi brazo izquierdo para detenerme y me sujetó de los hombros.

-¡Espera! ¿Qué es lo que te ha dicho ese niño? ¿Qué demonios pasa ahora por tu cabecita? ¿Es que no puedes pararte un momento, ni siquiera para decirme lo que sucede?

De un tirón me libré de él y seguí corriendo, instándole con un gesto a seguirme a la carrera.

-¡No hay tiempo que perder! ¡Es el médico!

-¿El médico? ¿Qué dices ahora? -contestó él, asombrado y entre jadeos. 

-¡Van a por él, estoy segura! ¡Oh, por todos los infiernos, ojalá me equivoque! 

-Pero… 

-Te lo explicaré luego. Ahora, ¡corre! 

De pronto, todas las informaciones que había recibido últimamente cristalizaron en mi mente. Mártires del odio, les había llamado, con su pintoresco lenguaje recientemente adquirido entre los pobres caballeros de Cristo, el antiguo pirata de todos los mares. Demasiado odio, había dicho yo. Claro. No era sólo el ataque a Omar. Tenía que haber elementos infiltrados en esa ciudad dedicados a atizar el odio. En ambos bandos. Blanca -de quien una vez creí que su odio a los templarios era personal, familiar y/o económico, y sí, quizá fue así en un principio-, Blanca, digo, o quien estuviera por encima de ella, había llenado la ciudad de voceros de la intolerancia religiosa, reclutándolos entre los que lo eran ya por puro fanatismo o por dar sentido a unas vidas fracasadas, sin olvidarnos, claro está, entre los que buscaban sus proverbiales 30 monedas. Por eso algunos de ellos congeniaban a pesar de su supuesta y opuesta ideología. Como el violador latino y supuestamente cristiano Gauthier, y Ahmed y Alí, los guardias mamelucos a las órdenes de Roger.

Aunque aquellos tres, o al menos los dos últimos… tal vez tuvieran órdenes suplementarias

-Es todo mentira -compadecida de la incertidumbre de Christophe o, tal vez, imposibilitada de contener el arrollador flujo de mis pensamientos, tuve que interrumpir mi silencio, sin dejar de correr y casi sin poder respirar-. Más aún de lo que me imaginaba en un principio. Sí, demasiado odio para haber surgido por sí sólo. Toda esta gente que alborotaba en contra de los templarios, al menos los instigadores, está pagada por Blanca. Ella sólo deseaba encender el odio entre los jerosolimitanos de tal manera que se unieran todos contra los invasores, contra su desesperado, poco abundante en efectivos y casi patético intento de reconquistar la ciudad. Quiere unirles contra ellos, lo mismo que Saladino unió a las tribus del desierto. Pero no lo hace por solidaridad hacia Jerusalén. En absoluto. Y desde luego, le importa un ardite que la consecuencia de esto haya sido destruir la convivencia en la ciudad. Vamos, Christophe, sigamos! 

-De acuerdo, todo esto es muy interesante, de verdad, y veo que esa Blanca vuestra es de lo peor. Pero ¿puedes explicarme por qué hace todo esto y cómo es que crees que el médico está en peligro?

Entrábamos ya casi entrando en las intrincadas callejuelas cercanas a la Puerta. Oh, por favor, que no fuera demasiado tarde… 

-Es lo que estoy intentando -repliqué-. Ya oíste a Guillaume. Creemos que Blanca es una espía del rey de Francia. Como Esquieu, aquel al que atrapamos en Tortosa antes de que vertiera informaciones que podrían haber hundido al Temple… 

-… entre ellas, que uno de sus altos cargos había roto sus votos precisamente con una muchacha a la que ambos conocemos muy bien… O eso se rumorea por ahí… Pero sigo sin comprender a dónde nos dirigimos y qué tiene eso que ver con lo que te ha dicho ese chicuelo.

Pero yo ya no podía pasar un momento más compaginando la cháchara con la carrera.

-Espero que nada -rematé.


Arribábamos ya a las primeras estribaciones del barrio al que me dirigía. Nos sorprendieron, como en toda la ciudad, las puertas abiertas, los objetos desperdigados por las calles evidenciando una huida que no siempre había sido tan ordenada como habrían deseado sus organizadores: los planes de los templarios, al igual que todos los planes que intentan ser lógicos y funcionales, suelen darse de bruces con la estupidez humana, conducida por el miedo y el resentimiento. Me sentí confusa, por un momento: no era fácil para mí todavía, a pesar de los largos meses transcurridos, orientarme en la ciudad, y el aspecto apocalíptico de aquellas calles me las hacía, de momento, irreconocibles. Pero, sin embargo, no tuve que esperar mucho.

-¡Allí!

El grito de mi compañero me despertó de mis reflexiones. Al girar una esquina, su aguda vista había captado el resplandor de una llamas, un segundo antes de que lo hiciera yo. Comprendí.

-¡Por todos los demonios de infierno!

Me detuve y e intercambiamos una rápida mirada. Nada más: él había comprendido. Tácitamente, redoblamos el ritmo de nuestra carrera. Y, de pronto, aquel terrible escenario que yo había prefigurado se mostró en todo su terrible esplendor.

Alrededor de la casa del médico, había una barrera compuesta por muebles destrozados y otros útiles, recogidos del suelo o saqueados de las viviendas abandonadas. Detrás de ella, un grupo de mamelucos, ataviados con sus mejores pertrechos de batalla, aguardaban. Nos aguardaban. En segundo plano, vi cómo uno de ellos mantenía inmovilizado a un vapuleado médico, con una daga en su cuello. El aspecto del pobre hombre era tan lamentable que casi se me paró el corazón. Y, de pronto, Ahmed emergió del grupo, esbozando una enorme sonrisa sardónica a modo de arma suplementaria, seguido de Alí. 

Quitándome el yelmo, para que no quedara ninguna duda acerca de mi identidad, me planté ante él con la mano alzada hacia el pomo de mi espada larga, que llevaba en bandolera. Ardía en deseos de desenvainarla, voltearla y cortarle la cabeza, todo en el mismo movimiento. Mi sangre hervía de tal modo que sentía que comenzaba a burbujear por encima de mi piel. Oía, a mi lado, la respiración agitada de Christophe, que evidenciaba que su estado de ánimo era similar. Por el rabillo del ojo vi que se disponía a dar un paso adelante y hablar, y le puse una mano en el brazo para detenerle. El guardia, ahora, parecía algo confuso, y nos miraba de arriba abajo.

-Entonces, habéis venido -hablaba como si no acabase de creérselo. ¿Tal vez el plan no era suyo, entonces? ¿Lo había pergeñado alguien que me conocía mucho mejor, que sabía que yo era tan tonta que no abandonaría a un amigo en una zona de disturbios? Blanca no podía haberse enterado de nuestro altercado, estando como había estado entonces presa en los dominios del gobernador. Entonces, ¿quién o quiénes eran los vicarios de Blanca en la ciudad? 

Pero Ahmed continuó.

-Aunque esperaba que hubierais llegado antes. Porque yo sabía que erais un par de cobardes -escupió la palabra- aunque no hasta este punto. Me habéis decepcionado un poco pero, en fin, bien está lo que bien acaba. Ahora observar cómo muere su amigo.

El traidor arrebató el baqueteado cuerpo del anciano de manos de su esbirro, salió de la barricada con él, siempre con el cuchillo en su cuello, y se acercó a nosotros. Antes de que Christophe pudiera hacer el más mínimo movimiento, y todo al mismo tiempo, avancé un paso, le apreté más fuerte el brazo con la mano izquierda, y con la derecha desabroché la hebilla de mi pecho. La bandolera, con todo su contenido, espada incluida, cayó al suelo. Christophe soltó una maldición y quiso de nuevo sacar la espada, pero le lancé un rápido Confía en mí que le hizo detenerse, aunque a regañadientes. Mientras tanto, Ahmed y sus secuaces continuaban inmóviles, algo desconcertados por mi acción.

-Muy bien. Mata a un anciano desarmado, y luego a una pobre mujer desarmada. Adelante. Mata al viejo y mátame a mí. ¿No son esas tus órdenes, acaso? ¿Que yo muera? Ni siquiera mi amigo se opondrá.

Volví a apretar el brazo del aludido, que comprendió, por fin. Oí el ruido de su acero golpear contra el suelo.

-Mira si te lo ponemos fácil. No queremos seguir viviendo sintiéndonos culpables de la muerte del anciano. Somos así de absurdos. Así que adelante. Poco honor te reportará el hecho, sin embargo, cuando se sepa, que puedo asegurarte que se sabrá, y probablemente tu caché de mercenario caerá en picado -traducción para el siglo XXI-. Pero supongo que no te importa, ya que la persona que te ha contratado suplirá con creces ese inconveniente.

Noté cómo rechinaban sus dientes. Abandoné mi tono irónico y dije con más gravedad. 

-Si sueltas al anciano, te prometo que podrás matarnos con honor, pues venderemos caras nuestras vidas. Si no, me temo que te vas a quedar sin la poca reputación que te resta.

Vaciló un segundo, aún haciendo rechinar sus dientes. Por fin, soltó al médico, y lo empujó hacia Christophe. En cuyos brazos cayó. Éste, rápidamente, lo sostuvo y le hizo sentar en un poyo cercano, antes de recoger su espada. Yo ya estaba en guardia. Sonreí sardónicamente. 

-Ahora soy toda vuestra. 

-Lo serás -me contestó mi contrincante, en el mismo tono-. Antes de morir. Cuando no puedas defenderte. Mía y de todos. 

-Me encanta tu optimismo -rematé, mientras un turba de degenerados se precipitada contra nosotros. 


Puedo decir, sin envanecerme, que ninguno de los sicarios de los guardias, al menos en pequeñas dosis, nos hubiera durado ni a mí ni a Christophe ni un segundo. El problema era que había muchos (no me hagáis contarlos ahora, pero os prometo que había para dar y vender). Y además venían todos a la vez: nada de hacer cola caballerosamente, esperando a que el enemigo termine con el compañero, o al revés, como se ve en las películas: está claro que nadie desaprovecha nunca una ventaja, cuando la tiene, y en este caso el guardia y su tropa mal pertrechada, peor armada, y con aspecto de realizar un entrenamiento continuo las 24 horas, pero en la taberna. la tenía, y era considerable. Les iba manteniendo a raya con mi espada larga, y me cepillé a unos cuantos casi sin esforzarme. Procuraba medir mis movimientos para no cansarme demasiado, y eso era arriesgado, ya que no estaba realizando mis espectaculares esquivas de siempre, sino que me meneaba lo justo para no resultar herida, porque sabía que si no conservaba mis fuerzas no podría aguantar esa oleada. Pero lo peor era que, tal como vi por el rabillo del ojo, Christophe estaba en una posición peor que la mía. Y es que la mayor parte de los efectivos se habían concentrado en el contendiente que, a primera vista, parecía ofrecer más peligro, y naturalmente, el tipo grande y barbudo imponía más que la mujer pequeña. Tenía que ayudarle: Christophe era uno de los mejores guerreros al lado de los cuales he tenido el honor de luchar, pero le rodeaban por todas partes y apenas podía contenerlos. Además, su reciente herida tampoco ayudaba. Pero ¿cómo hacerlo, si ni siquiera podía ayudarme a mí misma? Casi no podía pensar mientras me los quitaba de encima, controlando mis movimientos para que fueran exactos, prefiriendo defenderme antes que atacar para intentar cansarlos a todos antes que ellos a mí (ímproba labor), concentrándome en el más mínimo error que pudieran cometer para enviarles a reunirse con Satanás, y cuidando nunca quedar demasiado ni por demasiado tiempo expuesta. Pero tenía que hacerlo. 

Me empleé a fondo. Dicen de mí en los mentideros que soy hábil y temeraria, casi invencible. Lo que no saben es que toda esa pericia y ese arrojo me lo concede, precisamente, el apego que le tengo a esta puñetera vida terrenal y el terror que me inspira el vacío de la muerte. O sea, que sólo soy valiente gracias a mi cobardía, y no puedo permitirme, con una espada en la mano, ser igual de torpe que en otros aspectos de la vida. Así que me arriesgué, di un paso adelante y, tras esquivar con un salto y un rápido giro un hierro que venía directamente a cortarme el cuello y otro que quería dejarme sin piernas, y de recibir un golpe con el lado plano del tercero en la mejilla que a punto estuvo de aturdirme, comencé a hacer fintas con la espada a tal velocidad que casi con un solo tajo me llevé un brazo de uno, un chorro de sangre de un corte en el muslo de otro, que me dejó las ropas nuevas hechas una pena, y unos cuantos insultos del tercero, a quien le había agujereado el hombro. 

Y entonces me giré en dirección de mis amigos los guardias, que estaba entre los que hostigaban a Christophe. La situación había cambiado desde la última vez que miré. Mi compañero parecía cojear de la pierna izquierda, pero en contrapartida le rodeaba un círculo de cadáveres. Concretamente, de Alí ya sólo quedaba el recuerdo. El recuerdo y un cadáver ensangrentado. Vi que Ahmed estaba encolerizado, otra razón más por la que la resolución del problema se estuviera volviendo más acuciante. Le grité. A pesar del elevado tono de voz, mi tono fue pesaroso:

-¿Por qué no quieres luchar conmigo? -pregunté, como una niña pequeña a la que sin razón le niegan su juguete preferido. Y luego, con inflexión más pícara, pero sin perder el deje infantil-: ¿Acaso me tienes miedo? 

Él me miro entre asombrado y despreciativo, e iba a volver a la tarea que estaba realizando (a pesar de que todos sus hombres, o los hombres que, como yo imaginaba, le había asignado Blanca o su persona intermediaria, le estaban mirando expectantes), cuando yo rematé:

-No acepto que digas que él es un hombre y yo una mujer, y por tanto, un rival menor en el mejor de los casos. Conoces perfectamente mi fama. Así que sólo puedo concluir que -hice ademán de estar a punto de vomitar- te estás cagando en tus ya sucios calzones, aficionado.

Entonces, Ahmed se detuvo en seco y me miró con odio. Yo le conocía. Conocía a la gente como a él. Era tan mediocre como lo somos todos. Pero, a diferencia de otras personas, no podía convivir con su mediocridad ni toleraba que otros la descubrieran, y vivía odiando a los que eran, o él creía que eran, mejores que él. No iba a tolerar ese atentado a su orgullo sin hacer algo al respecto. Aunque supiera, como sabía, y como yo sabía que sabía, que le estaba tendiendo una trampa. Escupió en el suelo y se acercó a mí

-¿Crees que no sé que eres tú quien tienes miedo? -afortunadamente, el resto de los oponentes de Christophe se habían detenido a escuchar nuestro diálogo. No tenían demasiadas ganas de luchar, y menos después de ver que ni Christophe ni yo eran los fáciles rivales que sin duda les habían descrito, una mujer y un hombre herido recientemente. Deduje que les pagaban poco. ¿La conocida tacañería de Blanca?-. ¿O tal vez es por tu amigo por quién temes? ¿Tan necesitada estás de que una buena polla? No te preocupes por ello. Nosotros podríamos hacer un esfuerzo. Nosotros. Todos -se apresuró a recalcarlo, con el vano objetivo de que me pusiera a temblar, entre las risotadas de sus adláteres. Después dio un paso adelante y apuntó su espada hacia mí-. Si queda algo de ti con lo que divertirse, después que te atraviese.

Aquellos idiotas seguían descojonándose. Yo, tranquila como si estuviésemos en una inocente velada entre colegas, hice un gesto de calma general con la mano izquierda.

-Tranquilos, amigos, habrá para todos y todo a su tiempo -rápidamente me volví al guardia, con expresión más grave, y le susurré-. Deja ir a mi compañero y al médico. El pobre viejo no tiene la culpa de nada y necesita ayuda.

Soltó una corta y repentina carcajada, sorprendida y algo cruel.

-¿Acaso crees que tienes algo con qué negociar, ilusa? A ver, dime, ¿qué me harías si te niego?

Torcí la boca, asqueada. Hablar con ese engendro más de un segundo seguido me resultaba insoportable. Ahora tenía que ser muy inteligente; sacar coeficiente intelectual de donde nunca había habido tal. Porque la vida de dos personas dependía de ello. Así que, de pronto, prescindí de todo mi chulería y me mostré sólo como una mujer suplicante y preocupada. Por su parte, el capitán de la guardia me miraba, preparándose para actuar, y con una mirada de inquebrantable confianza hacia mí que casi me emocionó.

-Escucha, Ahmed. Ambos sabemos que yo voy a morir aquí hoy. Soy buena luchando, puedo vencer a la mayoría de tus ratas, pero no a todas. Y no a ti -agaché la cabeza, como si me resultara vergonzoso aceptar que no le llegaba ni a la suela de los zapatos-. Soy sólo una mujer, aunque he tenido la suerte de recibir lecciones de los mejores guerreros, Y sin embargo, no tengo miedo por mí. Pero Christophe y el médico no se merecen morir. Además… -vacilé. Iba a arriesgarme- creo que ellos no estaban en el plan original. Sé perfectamente que lo que te pasa no es que estés enfadado por faltarte al respeto en la puerta, ni siquiera que quieras vengarte por lo que le sucedió a tu primo. Sé que alguien quiere que yo muera, pero también que en tus órdenes nada aludía a matar también al capitán.

El guardia se me quedó mirando fijamente durante unos instantes… y, seguidamente, irrumpió en carcajadas. Se me heló la sangre en las venas, pensando que no lo había conseguido, que mi impostura había quedado patente. Entonces él me habló con fiereza.

-Te crees muy lista. Pero no lo sabes todo. Nadie me ordenó que te matara. No eres tan importante. Sólo que te diera una buena lección. Lo de matarte, en realidad, fue una idea completamente mía, porque no me gustan las de tu clase -supongo que en lo de “mi clase” englobaba al mismo tiempo a las prostitutas y a las mujeres que intentan ser como los hombres, epítetos ambos que sin duda creía que me correspondían-. Pero es cierto que ni tu amiguito ni el médico no estaban en mis planes. Al menos al principio.

-Pues que sigan sin estarlo -junté mis manos en posición de súplica-. Es el capitán de la guardia. Deja que vaya a luchar contra esos infieles allá afuera, por mucho que le odies por oponerse a ti los nuestros no merecen perder a uno de sus mejores guerreros. Y el médico también es necesario. Déjalos libres, y mátame. Lucharé bien y lo harás con honor. Mi fama, quizá injustificada, te dará a ti más renombre. Te lo pido.

A medida que hablaba, el guardia se encendía como una tea bien empapada en fuego griego. Tenía los ojos desorbitados y me pareció verle echar, incluso, espumarajos por la boca. Porque, en el fondo, sabía que yo tenía razón, y eso le molestaba.

-Me das pena. Y asco. Es repugnante ver hasta qué punto sois capaces las mujeres para salvar a vuestros amantes. Sólo pensáis en el vicio. Ah, sé que además crees que si luchas sólo conmigo tendrás una oportunidad de sobrevivir. No entiendo cómo podéis ser tan tontas -se volvió, a sus hombres, con un además mayestático que creí que sería el inicio de mi linchamiento. O peor. Porque señaló a Christophe y al médico.

-¡Sacadlos fuera de las murallas! ¡Y que no vuelvan! Yo me encargo de esta puta -obedientes, la mayor parte de aquellos abortos de perra leprosa arrastraron a mis dos amigos fuera de la calle, entre las protestas de mi capitán, que les insultó (y me insultó) con epítetos en su lengua materna que ni yo, que la hablo bien, conocía, pero que por la sonoridad estaba segura de que podrían escandalizar al tabernero más curtido del puerto de Barcelona. Ahmed, sin dar cuartel, se lanzó hacia mí con la espada apuntando a la altura de mis ojos.

Ése fue su error. O, al menos, uno de sus errores. El primero había sido quedarse sin el amparo de sus hombres. El segundo, tener demasiados deseos de matarme y creer que podría hacerlo fácilmente, subestimándome por mi género. Yo paré su ataque con un rápido movimiento de mi espada y, entonces, sólo tuve que voltearla y deslizarla por su filo para, casi con el mismo movimiento, cortarle limpiamente la yugular. Se desangró a mis pies como un cerdo. Había sido demasiado fácil.

Pero lo mejor estaba por venir.

(continúa)

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(viene de)

Dí­as ajetreados en la ciudad de las banderas, en la ciudad de las cruces, de las medias lunas. Sí­mbolos y colores absurdos en mitad de la desconfianza y la miseria, y un eco lejano, amenazador de cascos de caballos. Ojalá los trabajos del dí­a fueran la puerta del descanso nocturno. Pero la noche está llena de fantasmas y, aunque hace tiempo que sé que no hay monstruos dentro de los baúles, estos se siguen abriendo, y ellos apareciendo. Estoy cansada. Muy cansada. En ocasiones, es un cansancio reconfortante. Cuando conseguimos, por enésima vez, evitar que armenios, turcos y latinos se enzarcen en una escaramuza a golpes o a cuchilladas, muchas veces a muerte. La excusa, muchas veces, es tan estúpida que ni siquiera existe. Sencillamente, se miran y se lanzan unos sobre los otros, sin que en algún momento se paren a pensar que es más lo que les une que lo que les separa, que si alguien no les hubiera contado que eran enemigos ni siquiera se habrí­an dado cuenta.

-Si realmente hay una amenaza allí­ afuera -les discurseo, cabreada- estáis siguiendo la estrategia equivocada. ¿No deberí­ais uniros, organizaros? ¿Reclamar más reservas de comida y más seguridad al gobernador­? Los invasores no van a hacer distinciones de procedencia ni de fe cuando entren aquí a matar y a saquear: ¿por qué las hacéis vosotros, entonces? Vamos, un poquito de memoria histórica, hijos mí­os, y no tanto jugar a los dados -pero me ignoran. Y entonces, me doy cuenta que cualquier triunfo puntual que pueda lograr es un puñado de arena arrojado al mar. Sigue el caos. El caos de una ciudad dominada por las banderas, donde musulmanes y cristianos toman posiciones ante lo que va a venir, donde crecen los altercados, y donde la vigilancia es más férrea, y los castigos más tremendos, entre los correligionarios que respecto a los contrincantes, ante cualquier irregularidad en lo que se supone que debe de ser el comportamiento adecuado. Aparte de las tí­picas familias y grupos de amigos divididos que se dan en estos casos, claro… Nada que ver con lo que conocéis en el siglo XXI, ¿verdad, lectores? Y es que cuando las banderas se apoderan del pueblo, puede pasar cualquier cosa. Mientras, la gente seguí­a pasando hambre, las leyes se hací­an a medida de los que más pudieran pagar por ellas, y los gobernantes se sentí­an aliviados de las presiones de la población: los ciudadanos estaban demasiados ocupados en luchar unos contra otros.

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Sin embargo, era inútil que me quejara: mi deber era defender el lugar en el que me hallaba y la gente con la que conviví­a, rezaran al santo que rezaran y rindiesen homenaje al rey que les diera la gana. Esa habí­a sido siempre mi divisa. A no ser que me pagaran con una bolsa bien repleta para que tuviera otra, claro. Puedo ser muchas cosas, y de hecho las soy, tengo más defectos de los que podréis contar nunca aunque seáis más duchos en matemáticas que Avicena, pero mi entrega a las causas que abrazo es inamovible en cualquier otra circunstancia. Aunque tampoco habría hecho falta que lo proclamara tan épicamente delante de Roger y Ferran, qué mal consejero es el alcohol a veces. No, la defensa de la ciudad no era un problema para mí. Excepto si nos poníamos a pensar que aquellos de quienes tenía que defenderla habían sido mis más acérrimos aliados sólo unos cuantos meses antes.

Pero, todo hay que decirlo, no es que yo hubiera renunciado a mis antiguas lealtades, sino que ellas habí­an renunciado a mí­. Por tanto, ningún lazo me uní­a a mi antigua vida. Más bien al contrario. De hecho, una de las razones por las que habí­a pronunciado tan solemne juramento ante mis nuevos aliados habí­a sido por la rabia que me invade sólo con escuchar la palabra “templarios” o alguno de sus sinónimos,  o (sobre todo) “Bernard”.

No obstante, habí­a varias objeciones a la idea de yo ahora trabajara para los enemigos de los templarios (para uno de sus numerosos enemigos, deberí­a decir, porque opositores no les faltan. Deberí­an leer el libro del Carnegie ése a ver si aprenden a hacerse querer un poco). La primera de ellas era Ferran y su rápida transformación de cristiano medio ateo a mahometano convencido y hasta un poco integrista… vamos, que a veces me parecí­a más almohade que andalusí­ cuando era en realidad de añeja raigambre goda. Y es que, si de algo estoy segura en esta vida, es que cualquier fanatismo, cualquier idea, acerca del tema que sea, que no admita discusión, ha de ser evitada a toda costa, tanto la idea como a las personas que creen en ella, sobre todo a éstas últimas. Si no somos capaces de reí­rnos de nosotros mismo y de nuestras fes más arraigadas, significa que somos seres prepotentes, crueles, asesinos en potencia y tal vez en acto, o al menos podemos llegar a serlo. Algo tení­a que haberles sucedido a Omar y a Ferran durante el tiempo en que cayeron en desgracia, después de que la juglaresa Elisenda lograra volver en su contra a todo la compañí­a, por su estúpida vanidad frustrada. Alguien se habí­a aprovechado de su situación de debilidad y les habí­a lavado el cerebro.

Alguien que, si mi experiencia en intrigas palaciegas no me engañaba, seguramente que no era precisamente la salvación de los ciudadanos de Jerusalén lo que le preocupaba. Llamadme conspiranoica, pero que el proyecto de invasión templaria de Jerusalén hubiera sido simultáneo al cambio de orientación religiosa de Omar y Ferran no me parecía una simple casualidad.

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Leí­do lo anterior, no os extrañaréis si os digo que los encuentros entre Ferran y yo no estaba pasando por el mejor momento del mundo. Lo cierto es que yo seguí­a viviendo en su casa, y ambos nos visitábamos frecuentemente en nuestros dormitorios a horas de la noche no aptas para realizar actividades decentes, pero no me sentí­a cómoda: mi amigo ya no era el cómico inocente, divertido, vital, despreocupado y lleno de pasión que yo habí­a conocido: ahora era un caballero juramentado de la fe de Mahoma. Y eso no iba conmigo, y estaba comenzando a sentir que compartí­a mi lecho con un extraño. Así­ que, para no dar más explicaciones, le dije que tal vez nuestro socio común Roger no aprobarí­a que mezcláramos el placer con el trabajo, y que lo mejor serí­a que yo me buscara otro alojamiento. Aceptó sin más problemas, como si su mente estuviera dominada por cuestiones mucho más trascendentales, sin dignarse a intentar hacerme cambiar de idea con las tí­picas zalamerí­as que yo tan bien conocí­a: si habí­a en algún momento albergado alguna duda de que mi Ferran de Cataluña habí­a desaparecido sin dejar rastro, en aquel momento también desapareció. Así­ es que Roger me buscó un lugar donde vivir más acorde con mi condición de doncella (como intuiréis, eran sus palabras, no las mí­as), y de pronto me encontré en la habitación sobrante de la casa de una familia de acomodados comerciantes armenios, lo que me agradó, porque tení­an una hija no muchos años más joven que yo, y yo a veces echaba de menos la compañí­a de otra mujer. Así­ que, después de todo, no me sentí­ perjudicada con el cambio, aunque me avisaron que de momento la muchacha se hallaba fuera de la ciudad, así­ que lamentablemente las noches de chicas tendrí­an que esperar.

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No todo eran conflictos, no obstante. Siempre me quedaban las reuniones en nuestra taberna (y cuartel general no oficial) de la puerta de Damasco, donde tenía la oportunidad de departir con mis nuevos compañeros. En concreto, había hecho algo de amistad con Cristophe, un simpático mercenario de la Champaña, un poco menos bruto y algo más leído que algunos de los demás, correcto y amante de las normas, y de buen trato y mejores sentimientos. Era el segundo de a bordo, de Roger y ocupaba el cargo de capitán de la guardia.

-Están a las puertas –me dijo una noche por todo saludo. Yo me senté a su lado y procedía a ayudarle a vaciar la jarra de vino que tenía ante sí.

-¿Y? -me burlé yo- ¿Tienes miedo? ¿Necesitas unos calzones de recambio? Aví­same con tiempo, que soy muy sensible a los malos olores.

Él me metió un codazo en las costillas, o al menos lo intentó, porque le esquivé y a punto estuve de hincarle un rodillazo en los testí­culos.

-No, maldita sea la Santí­sima Trinidad, eso ni se te ocurra decirlo si no quieres ver la batalla desde el cementerio. Pero joder, esos tí­os han sido mis hermanos de armas. Luché a su lado en Acre y, salvo alguna excepción, no puedo decir más que cosas positivas de su arrojo y su manera de luchar. Y ahora…

La sonrisa se me borró del rostro. Me acodé sobre la mesa que compartí­amos, apoyando la cara entre las manos.

-No sabí­a que te preocuparan esas cuestiones. Y en realidad, esto te honra. Pero piensa que tenemos que sobrevivir. Que este es nuestro trabajo. Luchamos por dinero, y puedes dar gracias a que gozamos de esta posibilidad, a que nuestros brazos y nuestras piernas aún son fuertes, y aún los conservamos. Se pasa muy mal cuando no tienes qué comer, lo sé por experiencia, y hay que ahorrar para cuando no seamos capaces de levantar, no digo yo la espada, sino ni la camisa sobre la cabeza, si es que no nos enví­an antes al infierno. No podemos ponernos sensibleros. Ellos no lo harí­an por nosotros.

-Y sin embargo -continuó él- a Roger no le bastan nuestros brazos y nuestras espadas. Quiere, además, nuestros corazones. Nos quiere entregados a su causa.

Me encogí­ de hombros.

-Pues con el mí­o que no cuente. De hecho, ya lo sabe.

Cristophe bebió un trago de vino.

-Eowyn… es que… -se detuvo, como si no supiera cómo articular su preocupación. Le insté, con un movimiento de la mano-. … no creo que quieran masacrarnos. Se pondrán en peligro porque no lucharán a no ser que sea absolutamente necesario. Los conozco. Y tú también, tal vez incluso más que yo, por lo que me has contado y por lo que he oído por ahí. Me temo que la defensa que tiene planeada Roger va ser desproporcionada en comparación con el ataque. Y llámame sensiblero o hasta estúpido, si lo deseas, pero no me gusta.

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Cuando, por fin, decidí retirarme aquella noche, las palabras de Cristophe me persiguieron todo el camino hacia mi nueva morada, como ratas que se negaran a abandonar el barco hundido. Aquel mercenario con í­nfulas moralistas y acendrada tendencia a filosofar había conseguido colocar mis temores en primer plano de mi cerebro. No era descabellado lo que había dicho, no, no lo era, conociendo a mis antiguos empleadores, por loco y soberbio que pudiera parecer. De hecho, es lo que me había prometido Bernard en los tiempos en que aún nos hablábamos, cuando yo le manifestaba mis reservas ante una nueva cruzada. Van a intentar no matar a nadie, me decía yo, a no ser que sea absolutamente necesario. Y eso significa que los muertos serán ellos. No podrán evitar que los masacren. Y eso debería ser una buena noticia para toda la defensa de la ciudad. Para mí.

Y, sin embargo, ¿por qué no estaba pegando saltos de alegría? El ataque, en el caso de que se produjera y de que no pretendieran rendirnos por hambre (me imagino que elegirían la primera opción, ya que llevaban mucho tiempo esperando aquella oportunidad y sabían que la ciudad estaba bien abastecida, mientras que ellos probablemente no lo estarán tanto), sería rechazado en breve y, después de haber ayudado a retira los cadáveres,  yo seguiría cobrando como guardia de la ciudad sin trabajar demasiado, lo que significa que podría dedicarme a otras actividades útiles, como aprender lenguas, por ejemplo: tenía que pensar en mi jubilación. El plan era perfecto. Insuperablemente perfecto.

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En estos pensamientos, llegué a la puerta de la casa de los armenios, que abrí con la llave que mis amables caseros me habían proporcionado. Me habían cedido una cómoda habitación, que no tenía visos de haber servido ninguna vez como corral, y yo ya creía sentir en mi piel el roce de las limpias sábanas de lino, la morbilidad de los almohadones de plumas, el momento en que el sueño me venciera poco a poco mientras la voz de la simpática sirvienta Fátima me leía alguna historia hasta que los ojos se me cerraran, agradecida por haberla instruido en el descifrado de los caracteres escritos. Pero mi delectación en esas ideas se interrumpió cuando vi llegar desde la calle de enfrente a un personaje inesperado con toda la intención de entrar por la misma puerta que yo pensaba traspasar.

Se trataba de una mujer muy joven, alta y bastante delgada, pero que transmitía una gran apariencia de fuerza y seguridad. Según lo que pude ver de su cuerpo y su rostro, no creí que, al igual que sucedía en mi caso, tuviera esperando a una larga fila de pretendientes, pero debía reconocer que tenía unos ojos notables. Intensos, tal vez demasiado. Y su andar decidido, como con objetivo propio y bien definido, también podría resultar muy atractivo. Decidida a ser la inquilina perfecta, me dirigí a ella.

-Hola, tú debes ser… pronuncié su extraño nombre armenio. Me sorprendía que una joven casadera pudiera regresar tan tarde a casa sin que sus padres no le dieran tal tunda que consiguiera convertir cualquier actividad nocturna en algo poco deseable para ella, pero tal vez la moral de los cristianos armenios era a caso más relajada que la de los católicos hispánicos-. Yo soy Eowyn. Tus padres han sido tan amables de hospedarme.

Sonreí y esperé su respuesta, que preví educada e incluso amable, cuanto menos. Pero, en lugar de ello, la aludida se limitó a recorrer mi persona con una mirada despreciativa, a empujar la puerta pasándome por delante, y a desaparecer en la oscuridad de la vivienda, dejándome ahí­ plantada con todas mis frases corteses. Y es que, de verdad, cada vez tiene una más ganas de ser una cabrona a tiempo completo. El mundo está lleno de desagradecidos… Bueno… al menos ya tendría algún pensamiento en el que entretener mi perí­odo de duermevela.

Estaba demasiado encolerizada por la muchacha para preguntarme a cuáles de los templarios tan bien conocía tendrí­a que asesinar en los dí­as venideros.

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El amanecer llegó con la noticia de que estábamos sitiados. Los templarios habían acampado alrededor de las murallas de la ciudad, sin dejar un solo hueco a la  de huida para las familias que aún no se habían decidido a marcharse, y que ahora ya podrían hacerlo. Incluso estaban construyendo dos bonitas máquinas de guerra, lo que, por un lado, me tranquilizó, pues al parecer no pensaban tentar a la posibilidad de rendirnos por hambre. No, no quería que aquello se prolongara hasta el infinito. Lo que tuviera que suceder, que sucediera. Ya.

Los siguientes días, evidentemente, las cosas en la ciudad no mejoraron. El cuerpo de guardia no daba abasto a resolver los múltiples conflictos que se generaban, no sólo entre las diferentes religiones, sino, lo que podría parecer más extraño, en su propio seno. Los musulmanes ajusticiaban a otros musulmanes, supuestamente demasiado tibios en la defensa de Alá y su profeta, y en la salvaguarda de la ciudad. Griegos, armenios y latinos peleaban, unos contra otros y entre ellos mismos: Unidos Podemos y Visca Jerusalem, sí, algunas cosas nunca cambian. Y lo peor es que algunos grupos fueron iluminados por la idea de que los encargados de la seguridad de la ciudad de raza no semítica éramos espías que la incompetencia del gobernador y de sus funcionarios no habían logrado mantener fuera de la ciudad, o bien unos traidores a nuestra religión originaria, según de qué grupúsculo viniera la idea.

Todo lo cual, podéis suponer, no facilitaba demasiado nuestro trabajo.

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Justamente, en una escaramuza con una de esas cohortes de iluminados, mi compañero Cristophe fue gravemente herido, y yo tuve que arrastrarle hasta la taberna sin encontrarme en mejores condiciones que él, pues me habí­an golpeado con ganas antes de que yo hubiera podido centrarme lo suficiente como para rebanar el cuello a dos de ellos y crear una salida suplementaria para el contenido de los intestinos de otro.

-Esto es absurdo -me dijo, mientras el médico le cauterizaba la herida, meneando suavemente la cabeza; el tajo, que le llegaba del cuello al pecho, era demasiado profundo como para que no acabara infectándose, haciendo inútiles todos nuestros esfuerzos-. Aquí nadie sabe en qué bando está. Ni siquiera nosotros.

Yo le comprendía perfectamente. Aquel conflicto se llevaba la palma entre la incoherencia de los conflictos de la historia reciente y pasada, y eso significaba una competencia muy dura. Todas las guerras eran absurdas.

Pero yo sólo sabía pelear.

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No quise marcharme de la casa del médico hasta que éste me aseguró que habí­a hecho por Christophe todo lo que podí­a, y que era el momento de dejarlo en manos de Alá. Ni siquiera entonces: estaba harta de perder a la gente que me importaba, de una manera u otra. Incluso habí­a llegado a creer que alguna especie de maldición me acompañaba. Cuando estrechaba lazos de amistad con alguien (cosa harto difí­cil, por otra parte, porque las potencias celestiales, o quien coño sea el que se ocupe de estas cosas, no me habían dado un carácter amistoso, y también porque soy tan exigente que pocas personas me motivan lo suficiente para ofrecerles mi aprecio), esa persona o bien se convertí­a en mi enemiga sin razón, o bien me traicionaba con menos razón, el tiempo y las circunstancias nos alejaban o, lo que era también bastante frecuente, se moría. Pensé en María, en cuya taberna hacía siglos que no había podido parar. En Isabel, que sin duda estaría tramando alguna nueva fechoría contra mí, consumida por el odio de creerme a mí y los templarios culpables de la muerte de su amigo, aunque ya hubiera olvidado hasta su rostro. En el simpático lacayo de Corbera d’Ebre. En…

-Hazme caso -dijo el médico, sacándome a rastras por la puerta-. Yo cuidaré de él y tú no podrás hacer nada aparte de agotarte. La ciudad te necesita a ti y a tus compañeros en buen estado de forma. Anda, vete a dormir.

Y así­ me vi, sola en mitad de la calle y, a pesar de lo que me había aconsejado el médico, completamente desvelada. Con no demasiadas opciones, me encaminé a mi alojamiento, no sin antes descartar una visita a Ferran con intenciones muy poco decorosas: pero habí­a decidido dejar nuestros encuentros en tierra de nadie y debí­a atenerme a ello, si no querí­a confundir al pobre hombre, que bastante tení­a con lidiar con sus nuevos ardores religiosos. De esta manera, llegué a la casa de los armenios y, sin molestarme en desvestirme, caí­ a plomo sobre mi camastro y busqué el amparo de la oscuridad. Me costó conciliar el sueño, pero al fin el cansancio me venció, y creo que logré dormitar una par de horas, quizá menos.

Pero antes de que hubiera amanecido algo me hizo dar un salto en la cama: creí­a haber escuchado algo, un golpe suave, tal vez, en la puerta de entrada. De haber gozado de un sueño más profundo y reparador, aquel sonido no me habrí­a sacado de él, pero no era el caso, y el hecho en sí­ no me gustó nada. Me erguí­ y me dirigí­ hasta el lugar de donde procedí­a el ruido, y me encontré con la puerta cerrada de la manera más inofensiva del mundo. La abrí­, y ojeé la desierta calle en ambas direcciones y, en la que conducí­a a la Puerta de Jaffa, vi a una persona cuya silueta me resultó conocida. Pensamientos diversos atravesaron mi cerebro en esos momentos, pero la orden que éste imprimió a mis músculos y a mis articulaciones fue moverse en pos de ella. Y aquello fue exactamente lo que hice.

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Los dos elementos que estaban de guardia aquel día en la puerta, y quienes yo conocía más por sus frecuentes estancias en la taberna que porque hubieran participado conmigo en alguna acción propia de nuestro cargo, intentaron impedirme la salida, y se negaron a decirme por qué a la persona que habí­a traspasado la puerta de la ciudad unos instantes antes que yo sí­ se lo habí­an permitido. Me hablaron del peligro que se atrincheraba fuera de las aún protectoras murallas, un peligro que cualquiera en aquella urbe que tuviera ojos en la cara y acceso a un lugar elevado ya conocía de sobra, y llegaron a dudar de mis lícitos deseos en hacer una incursión de reconocimiento extramuros, llegando a acusarme de espía, a pesar de que sabían perfectamente quién era yo. Y no me encontraba precisamente en el estado en que más les hubiera convenido cabrearme.

-¡Imbéciles, patanes, hijos de Satán y una perra rabiosa! -les solté, mientras pateaba sus gordos culos-. Id a ver a Roger si no creéis que él me envía, retrasados de mierda. Pero yo salgo de aquí, y vosotros vais a dejarme si no queréis que os comiencen a entrar templarios por todos los rincones cuando os estéis limpiando el culo. ¡Y ni se os ocurra tratar de impedírmelo!

Creo que fui convincente o, por lo menos, conseguí dejarlos inseguros. Uno de ellos fue corriendo a buscar a Roger, y el otro se quedó contemplando mi salida, después de que le hubiera obligado a abrirme la puerta. Salí, amparándome en la oscuridad, temiendo convertirme de un momento a otro en una brocheta de aragonesa con lanza templaria. Pero lo peor es que la figura a la que seguía había desaparecido de mi vista y no sabía qué dirección había tomado. Por un momento me quedé paralizada, hasta que me pareció ver una sombra moverse en dirección norte y la seguí, paralelamente a la empalizada del campamento; nos acercábamos peligrosamente a ella y, según escuchaba, los hombres del interior ya se estaban despertando, y pronto la luz del alba nos pondría completamente a su merced. Y, sin embargo, yo tenía que continuar con aquella  persecución, y sólo esperaba encontrar un escondite antes de que se hiciera completamente de día. Al parecer, mis plegarias fueron escuchadas, pues a pocos pasos de distancia se dibujó la mole de una de aquellas máquinas de guerra aún no acabada, y la figura buscó refugio allí. El problema era que si me acercaba, sin duda aquella persona me verí­a, y sus gritos de alarma atraerían el interés de los templarios, que ya estaban a un tiro de piedra. No obstante, me arriesgué, y me escondí entre las estructuras  de madera, alejándome de la parte por donde se había metido ella, y rezando porque al sol le diera por remolonear entre sus sábanas azules y rosadas un poco más aquella mañana.

Y, sin embargo, el día se abría paso a velocidades desenfrenadas, y aquel ser no salía de su escondite. Hasta que yo estuve ya a punto de cavar en la arena del desierto para esconderme, no lo hizo, y cuando la vi aparecer me alegré de no haber tenido tiempo para ello, porque de la sorpresa me caí redonda al suelo, y así al menos no caí tan bajo.

La persona que salió de allí no vestía como cuando yo la había visto. Ahora llevaba sólo una camisa. Y así, en ropa interior, estaba entrando en el campamento con la mayor tranquilidad del mundo, bromeando con los guardianes. Con el mismo porte orgulloso que tenía cuando la conocí a la puerta de su casa.

Fue entonces cuando comprendí que debía hacer algo.

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Roger y Ferran me miraban desde el otro lado de la mesa. Me miraban, se miraban mutuamente y volvían a mirarme. Les había dejado completamente descolocados.

-¿Y no se te ocurrió una idea un poco más razonable, Eowyn? Por ejemplo, algo como seguir escondida y cuando lo vieras todo tranquilo volver a informarnos, no sé, digo yo. Porque de todo lo que te he visto hacer, esto es de lejos lo más irracional que has hecho. Y no es que falten candidatos.

Brazos cruzados sobre el pecho, expresión de pocos amigos, la abstinencia no debí­a de sentarle bien a Ferran, al menos la abstinencia de mi persona. Y es que no parezco nada del otro mundo, pero cuando se me conoce í­ntimamente, soy inolvidable. Quizá no del todo en el sentido positivo del término, pero bueno, inolvidable de verdad. Aunque, teniendo en cuenta que Roger tenía exactamente la misma expresión en el rostro, quizá no se debiera a eso.

-Oh, claro –me defendí, contraatacando como un oso hambriento buscando comida en una caravana de peregrinos. Cuando me enfado de verdad, tengo la virtud de conseguir que todos los cabreos del mundo, comparados con el mío, se conviertan en la simple rabieta de un crío de dos años-. Vosotros no me informáis de que tenéis una infiltrada entre los templarios, y yo os tengo que informar de todos mis movimientos. Todo muy justo. Y muy racional –acompañé mi aseveración con una retahíla de juramentos, a cuál más blasfemo. Roger estaba escandalizado.

-Eowyn por favor, cierra esa boca. Y no olvides que aquí no eres más que una subordinada –añadió, severo.

Yo salté.

-¿Y no es la virtud más importante de un capitán saber insuflar confianza en sus tropas? ¿Y qué confianza puedo tener yo en ti si me ocultas información? -hice ademán de secarme de la frente un sudor imaginario-. El susto que me llevé, por amor del cielo. Pensé que teníamos a un espía de los templarios entre nosotros, porque no me dijisteis que en realidad era al revés. Y encima vosotros me habíais metido en su casa, y yo me vería obligada a matarla, y a ver qué le contaba después a sus padres. ¿Queréis explicarme de una vez qué es todo este misterio?

Ferran y Roger se miraron de nuevo, pensativos y algo más apaciguados. Por fin, el segundo habló.

-Está bien, Eowyn. Comprendo lo que sientes. Pero nosotros no quisimos ocultarte nada. Sencillamente, el secreto no nos pertenecía.

Compuse una expresión de sorpresa.

-Explí­cate.

Él respiró hondo y se acomodó en su silla.

-Hace un par de años, la armenia dejó Jerusalén y viajó a tierras catalanas para infiltrarse entre los templarios, y fue a parar a Aiguaviva. Buscaba a un veterano de Acre… un tal Ricardo. Creo que tiene algo personal contra él. Hace unos dí­as regresó, y entonces fue cuando nos contó que los templarios estaban a las puertas. Desde que nos sitian entonces lleva una doble vida, noche aquí y día allí.

Yo arrugué la nariz.

-Eso no tiene ningún sentido –Ferran terció.

-Pero así es. Sólo Roger, yo, y claro, el gobernador­, lo sabemos. Sus padres están ignorantes. Sencillamente le dan una libertad exagerada porque piensan que ha sufrido mucho.

Yo no las tenía todas conmigo

-No sé cómo va acabar la juventud de hoy –concluí, sin embargo, meneando la cabeza, muy grave. Cualquiera que no me conociera mucho pensarí­a que hablaba en serio-. Yo conozco un poco a Ricardo, y a Guillermo, su mentor. En Miravet, pero es verdad que luego los trasladaron a Aiguaviva. Ricardo es todo un personaje. El tí­pico templario de una sola pieza, que nunca quebrantará una ley de su orden ni aunque no esté escrita. Jamás habría pensado que… Sin embargo, lo que me preocupa que la armenia mezcla temas personales con la defensa de la ciudad. Eso no puede traer nada bueno. ¿No podrí­ais hacer algo?

Ambos menearon la cabeza, casi al uní­sono. Ferran fue el primero en hablar.

-No, Eowyn. Es al contrario de lo que crees. La armenia nos ha hecho un servicio impagable. Ahora sabemos los suficiente y hemos podido hacer entre ellos… bueno, amistades. Lo tenemos todo preparado para atacarles la noche de mañana.

Di un respingo. No esperaba que fuera tan pronto, ni podía imaginarme por qué el gobernador (si había sido él) había tomado aquella decisión.

-Por cierto –intervino Roger-. Espero que nada ni nadie de lo que hayas visto en el campamento haya hecho que cambies tus lealtades. De hecho… no qusiera pensar si no utilizaste lo que sucedió sólo como una excusa para entrar allí y…

Mis ojos se encendieron de odio. La alocución de Roger.

-Mi actitud en la batalla hará que te tragues tus palabras –sentencié, y salí. El problema era que no sabía si yo misma me creía lo que estaba diciendo.

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Tras dormir una par de horas (Roger me hizo llegar el mensaje de que ya había tenido bastantes emociones por aquel día y, por tanto, me licenciaba del servicio), me dirigí a casa del médico. Las noticias que me habían llegado acerca del estado de Guillaume era bastante alentadoras: al parecer, había superado la noche y la mañana sin que se hubieran presentado signos de infección, y el médico creía que ya no sucedería. Él, por su parte, se encontraba animado, y ya comenzaba a despotricar sobre la comida y a pedir vino a gritos, por lo que imaginé que de aquella, por lo menos, iba a salir. Mientras caminaba, pensaba en lo que había visto en el campamento templario aquella mañana. Al menos, el contingente aragonés, que se concentraba junto a la puerta por la que yo había entrado, era nutrido, y había visto entre ellos a demasiada gente conocida, ante la cual mi cara tiznada y medio tapada por el turbante musulmán, afortunadamente, había pasado desapercibida. No obstante, no había visto a Gonzalo ni a Guillaume, asignados a la encomienda de Barcelona, ni a Frey Pere, aunque me imaginé que por su avanzada edad no le habría sido posible unirse a la ofensiva. Bernard me imaginaba que estaría con los chipriotas… No quería pensar en Bernard.

Pero en cuanto a Ricardo, y a Guillermo… Justamente había sido Guillermo quien había preparado los remedios que me habían hecho recuperarme de unas fiebres que llevaban mucho tiempo molestándome, y Ricardo el que (a pesar que temía cometer un pecado mortal sólo si miraba de soslayo a una mujer) el que había pasado noches enteras, cuando yo  me encontraba particularmente enferma, distrayéndome con sus historias de batallas y sus anécdotas chuscas.

¿Qué pasaría cuando me lo encontrara frente a frente? ¿A los dos? ¿Incluso si fuera inocente de la terrible agresión que (me imaginaba) habría sufrido la armenia?

¿Qué me exigiría mi promesa de defender la ciudad?

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Cristophe me recibió reclinado entre cómodos cojines, con una pata de cordero en la mano, lo que me tranquilizó bastante acerca de su estado.

-Pasa y sírvete –me dijo, haciéndome un gesto con el cadáver que estaba devorando-. Mandé a unos compañeros a por algo de pitanza decente, porque el régimen de este curandero estaba a punto de llevarme a la tumba. No sé en qué universidad enseñan a los médicos a que hacer pasar hambre a sus pacientes es bueno para su curación, pero seguro que debe ser una de estas escuelas de infieles.

-No te quejes –le apunté con el dedo, agarrando la jarra de vino-. Tu recuperación ha sido casi milagrosa, así que algo habrá aprendido este hombre.

-Seguro que le habrá enseñado algún cristiano –me miró algo perplejo-. Pero ¿a ti qué te pasa? Se te ve nerviosa.

Me acerque a la ventana y miré hacia afuera, antes de contestar.

-Al venir hacia aquí he tenido la sensación de que alguien me seguía.

-Tienes demasiada imaginación –me contradijo-. A propósito, ya me han contado lo de esta mañana. Lo de la armenia y todo lo demás –las noticias volaban, realmente-. Mira que ocurrírsete hacerte pasar por un marido cornudo que buscaba a su mujer… -me miró de arriba abajo-. Aunque eres un hombre tan enclenque que seguro que todo el mundo encontró la anécdota muy coherente.

Preferí ignorarle.

-Y vaya viajes me arreó la susodicha por afán de realismo… -los guardias de la puerta habían visto lo que pasaba, y habían enviado a la mujer de Abdul en mi rescate-. Se nota que lleva a su marido más derecho que una vela, como tiene que ser. No entiendo cómo no es ella la que está en la guardia, y no su esposo. Aunque después de lidiar con 10 hijos como los que tiene, seguro que los conflictos de la ciudad le parecerían tediosos. Por cierto, ¿sabes que la noche de mañana será el ataque? Nuestros mandamases al parecer tienen prisa por morir o, mejor dicho, por matarnos a todos. Espero que realmente esos centinelas del campamento estén tan bien sobornados como asegura la armenia -ante su ignorancia, le conté la extraña historia de la mujer, que le sorprendió tanto como a mí. Pero luego se centró en lo que le importaba.

-Pues ahí voy a estar yo. No sé lo que van a hacer esos templarios, pero en cualquier caso estaré allí para verlo.

-¿Acaso crees que nuestro amado jefe te va dejar? Me temo que tendrás que aguantar y ver cómo nosotros nos convertimos en los héroes de la ciudad mientras tú nos contemplas desde la ventana, tomando sopitas como una vieja –esquivé uno de los cojines de milagro. En aquel momento, el médico se presentó y me hizo salir, ya que su paciente debía descansar, y yo le obedecí no sin antes despedirme del fanfarrón de Cristophe.

Preveía una noche de sueño reparador que me dejara descansada para aquello que se avecinaba pero, como tantas otras veces, mis esperanzas fueron erradas.
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Pues sí. Traspasaba tan tranquila el portal del médico cuando, de pronto, la fría punta de una cimitarra se apoyó en el lado derecho de mi cuello. Contuve la respiración. Delante de mí, entre la oscuridad y a la luz de las antorchas, se materializó un figura conocida, igualmente armada y con al parecer ninguna buena intención hacia mí.

-Desde luego, no es fácil perderte, Eowyn. Sólo hay que buscar al hombre más cercano, y allí estarás tú, abriéndote de patas como una perra. Falta alguien en la guardia por cuyas sábanas no hayas pasado? Aunque en realidad creía que Cristophe era más listo.

Uno de los dos guardias de aquella mañana, Ahmed, enarbolaba su acero en mi dirección. Ali, el segundo, era el que amenazaba mi cuello por el flanco. No me molesté en contestar a sus puyas.

-¿Qué queréis? –dije simplemente.

-Nada importante. Sólo darte una lección. Una lección que no olvidarás.

-¿Por lo que sucedió esta mañana? Vamos, por favor…

-Nos has metido en problemas con Roger. Primero consigues un trabajo de hombres gracias a tus habilidades en la cama, y luego lo utilizas para echar a todos los que puedan hacerte sombra.

Cualquiera que no fuera aquel par de descerebrados no se habrían planteado la idea de que el cortés y tímido Roger, tan fiel a su religión y tan decidido a no perder la virginidad más que con una buena esposa musulmana, fuera a contratar a una mujer sólo porque ésta hubiera sido, por decirlo, por decirlo de alguna manera, amable con él. Pero habría sido inútil contradecirles

-Todo esto debe de haber sido un malentendido –contesté, aparentando tranquilidad-. No es propio de Roger enfadarse por algo así, y no es necesario que hagáis algo que no beneficiaría a nadie. Si hablo con él, todo se resolverá.

Pero Ahmed meneó la cabeza.

-Te crees que todo es muy fácil, puta, tan fácil como tú. No obstante… estuvieron a punto de darte de tu propia medicina. Pero en ese momento, a la dulce doncella no le apetecía, y por su culpa cuatro hombres valientes, que hubieran podido ayudar a defender la ciudad, están muertos. Entre ellos, nuestro primo.

No podía creer lo que estaba oyendo.

-¿Vuestro primo? Pero… ¡esos hombres eran latinos!

Sonrió tan abiertamente que su mandíbula crujió.

-Sí. Latinos. Traidores a su religión, como tú y tu Cristophe. O quizá.. simplemente espías. Eso es lo que deseaba saber mi primo. Como todos verdaderos defensores de Jerusalén. Por eso se hizo pasar por uno de ellos. ¿Ves todo el mal que has hecho, puta?

Tenía la mano cerca del pomo de mi espada, pero si hacía un solo movimiento, Ali acabaría para siempre con la productiva alianza que existía entre mi cabeza y mi cuerpo, y lo más probable es que a Ahmed le diera tiempo para clavarme la suya en mitad del estómago, que es una zona que tengo especialmente sensible. Si algo podría salvarme, era mi labia.

-Deberías, al menos, darme la oportunidad de morir como un miembro de la guardia. Es impropio de vosotros, y muy cobarde, que me ajusticéis de esta manera.

-Oh, ¿acaso crees que vamos a desperdiciar como alguien como tú nuestras virtudes caballerescas? –pero, mientras me preguntaba yo que sabrían aquellos dos de las virtudes caballerescas (al mismo tiempo que cómo podría escapar de allí), algo aterrizó a un par o tres de codos de Ahmed y Alí, concediéndome la oportunidad de dar un salto y quedar fuera del alcance de sus armas, al menos hasta poder sacar las mías.

-¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí? ¿Es que ya ni le permiten dormir como Dios manda a un pobre herido de guerra?

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Era Cristophe, naturalmente, aunque vestido sólo con unos calzones, y llevando por toda arma el bastón del médico. Su carácter impulsivo, que un día iba acabar trayéndole problemas, le había impelido a saltar del balcón con lo primero que tenía a mano al verme en peligro (esperaba que su herida no se hubiera resentido por ello), y parecía ser que, de momento, su acción me había salvado. Pero Ahmed y Ali no eran tan estúpidos como parecían, y fueron tan rápidos en responder, el primero contra mí y el segundo contra mi maltrecho compañero, que apenas pudimos estar preparados.

Yo di un paso atrás y me preparé para devolver los golpes del fanático con mis dos espadas. Tenía prisa por acabar con él, y desembarazarle de su afilada cimitarra y de su retorcida daga para auxiliar a Cristophe, a quien su bastón no le daría demasiado tiempo de tregua. De momento, jugaba bien al despiste, esquivando los envites del musulmán sin dejar de buscar la estocada definitiva que lo pusiera a mis pies, pero a medida que pasaban los segundos, me pareció notar que su rapidez, su agilidad y su fuerza disminuían. Yo, por mi parte, atacaba más que me defendía, y no pude evitar que el filo del arma de Ahmned me tajara el muslo, pero obvié la herida y seguí asestándole mandobles tan fieramente que él estaba teniendo dificultades en pararlos, aunque seguía sonriendo con suficiencia, y yo sabía por qué: estaba empleando contra mí mis mismos trucos, no en vano era compañero y conocía mi manera de luchar, y sabía, tanto como yo, que mientras siguiera peleando con aquella precipitación y aquel ímpetu, cosa que sucedería mientras Cristophe estuviera en peligro, yo, menos fuerte que él físicamente, no tardaría en agotarme, distraerme y ser presa fácil. Me había vencido antes de empezar, pero, por lo menos, yo no pensaba ponérselo fácil.

Un grito triunfal que debió arrasar la garganta de Ali desgarró también nuestros oídos: sin dejar de pelear, vi de reojo cómo a Cristophe estaba desarmado, con la punta de la cimitarra de Ali pinchando su cuello. Yo salté hacia atrás, con mis dos espadas por delante.

-Detente, Ali. Él no tiene nada que ver en esto. Es a mí a quien queréis. Dejadle y venid los dos contra a mí… si es que tenéis huevos –pronuncié las últimas  palabras como si las hubiera escupido. Ahmed me miró como un filósofo observa una especie animal desconocida hasta entonces, acercándose a mí.

-Qué curioso. Cómo suplicas por tu última polla. Mercenaria imbatible, ¿no? Eso dice tu leyenda. Pues yo no la veo por ninguna parte. Sólo veo a una pobre mujer implorando por la vida de su amante y por la suya propia. Es patético… Bien. ¿Quieres salvar a tu amiguito? Pues suelta tus espadas. Las dos.

-Eowyn, no seas burra –era la voz de Cristophe-. Tienes una oportunidad, úsala. No te quedas sin la más mínima opción.

Yo dudé. Evidentemente, él tenía razón. Pero mientras quedara una solo probabilidad de que él se salvara, tenía que hacer lo que decían.

-Por favor, no lo hagas –suplicó, adivinando mis intenciones-. ¿Sabes por qué te están pidiendo que te desarmes? ¿Lo sabes?

No quería morir. No de esa manera. Pero algo me decía que podría arreglármelas. Que de otras más difíciles había salido. Que ni desarmada iban a poder matarme. Pero es que no siempre soy capaz de ver el peligro cuando se refiere a mí. No se lo contéis a nadie, pero yo no tengo nada de valiente: probablemente, si valorara justamente todos los líos en los que me meto, llevaría años huyendo con el rabo entre las piernas. Lo que pasa es que soy una inconsciente.

Una inconsciente que se daba perfecta cuenta de que sus oponentes veían su muerte con vívidos y realista colores, como en una representación teatral basada en hechos reales desde el mejor lugar de la sala.

-Eowyn, maldita seas. Acuérdate de aquella noche en la taberna. Cuando obligamos al tabernero a que sacara el buen vino. Recuerda lo que te dije.

Tenía que pensar. Tenía que pensar.

-Está bien. Ali, separáte de él. Cuando te hayas alejado, soltaré mis armas. No antes –por toda respuesta, Ali apretó más la punta contra el cuello de Cristophe.

-No tienes posibilidad de elegir, puta. Desármate y entonces le dejaré.

Veía los ojos desorbitados de Cristophe clavados en mí. Una de mis espadas cayó de mis manos.

-Quiero rezar –dije. Es un momento. No puedes impedírmelo.

Hinqué una rodilla en el suelo. Cogí mi espada por el filo y besé su cruz. Después, hice amago de lanzarla. Ahmed sonreía. Mi plegaria se perpetuaba e, impaciente, se acercó a mí para arrebatarme la espada, sin dejar de burlarse.

Y, sin embargo, aquella fue su última sonrisa. Porque, cuando lo tuve a tiro, hacia donde impulsé la espada, con la empuñadura por delante, fue hacia su podrida boca. Sentí como se le partían los dientes mientras le metía el pomo hasta la guarda en el cerebro, con los brazos bien estirados, por lo que tuve que tuve que emplear unas fuerzas que apenas ya me quedaban, y daba seguidamente una voltereta en el suelo hacia atrás para alejarme de sus armas. Mi grito de guerra casi quedó silenciado por el de Ali, que separó un instante su filo de la carne de mi compañero para coger impulso para rebanarle la cabeza, y pudo ver como éste se inclinaba y clavaba algo que tenía en la mano en plena ingle, provocando que un chorro de sangre arterial le salpicara a la cara. Estabámos a salvo.

-¿Acaso no recordabas que te dije que desde hace años guardo una daga en mis calzones? ¿Tan borracha estabas? – me recriminó.

-¿Y qué, si lo habías olvidado hasta tú? Pero menos cháchara, y larguémonos de aquí. Pero… ¡demonios! ¿Qué es eso?

No podía creerlo. Desde el tejado opuesto a la casa del médico, empezaron a llovernos flechas. No menos de 10 arqueros estaban allí apostados, tirando contra nosotros con la mayor impunidad, sin que yo supiera cómo habían subido hasta allí sin que los hubiésemos advertido, cuánto tiempo llevaban  ni que se proponían exactamente, aparte de convertirnos en acericos con patas. Solo una cosa estaba clara en mi mente: porque conocía perfectamente al que parecía dirigirlos

-¡Salgamos de aquí! –pero ya Cristophe corría hacia mí y en dirección a la esquina más cercana. En aquel momento, sentí un dolor lacerante en el muslo herido, por el que corría la sangre como una bandada de caballos salvajes por la llanura. Mi compañero pudo sujetarme antes de que cayera, y así, de esquina en esquina y de callejuela en callejuela, yo apoyándome en él, logramos despistar a nuestros perseguidores y alejarles de la casa del inocente matasanos, aunque aún los oía jurar en la letanía. Pero Cristophe juraba mucho más.

-¡Por la sangre de Cristo y los dolores de parto de María! ¿Quiénes eran esos? ¿Y qué demonios querían de nosotros?

-Gauthier –contesté yo, con las dificultades propias del momento-. Era Gauthier. Y no parecía nada borracho. ¡Qué estúpida he sido! Lo había olvidado completamente,

-¿Gauthier? ¿Te refieres a.. el que se escapó?

-Eso mismo.

-Pero ¿qué se supone que hace aliado con esos fanáticos musulmanes? Por lo que me habían contado de él, creí que era igual de fanático, pero cristiano… ¿Qué está pasando aquí? Pensé que el nivel de absurdidad de esta ciudad era insuperable, pero veo que siempre es posible ir más allá

Doblamos una esquina, y otra más. El dolor de la pierna se me hacía difícil de sobrellevar, y lo pero era que ahora el sonido de gritos de guerra y el entrechocar de armas parecía menos lejano.

-Yo te diré qué hacen aliados. Qué es lo que tienen en común. Son hombres. Y yo una mujer. Una mujer que, según piensan, ha osado disputarles una parcela de su terreno. Y eso no lo tolerarán nunca. Sois todos iguales. No hay ni uno bueno entre vosotros.

Cristophe gruñó.

-Mucho despotricar de los hombres, y siempre estás rodeada de ellos.

-Mis contradicciones forman parte de mi encanto.

Nos habíamos alejado ya lo suficiente, o eso creía. Solo un leve y distante rumor enturbiaba el silencio. Un par de callejuelas más, y estuvimos a las puertas de la casa de los armenios. Busqué la llave en la bolsa que tenía colgada en mi cinturón, pero sin éxito.

-Trae aquí –dijo Cristophe. Empezó a revolver objetos con el mismo resultado-. Creo que va a ser mejor que aporreemos la puerta. De todas maneras, tendremos que despertarles. Tú necesitas más atención que la que pueda proporcionarte yo solo.

De pronto, un grito llegado de lo más profundo de la calle que estaba delante de nosotros interrumpió sus manejos. Los problemas no se acababan, al parecer. Más que grito, me sonó como un alarido infrahumano, aunque en él me pareció distinguir algunas palabras en una lengua que me sonó a bretón. El pobre Cristophe se volvió, sólo para encontrarse con un energúmeno con la daga desenvainada dispuesto a ensartarle como a un pollo en un asador. Y así hubiera sucedido, si yo, arrastrando mi pobre pata ensangrentada, no me hubiera dirigido al mostrenco.

-¡Alto ahí! –le dije en la lengua de los francos del Norte-. Ni se te ocurra tocarlo. Es mi amigo -y después, pasando al aragonés (la lengua en la que acostumbraba a hablar con el personaje en cuestión)-. Esto sí que es una sorpresa. Pensaba que en todo caso te vería en unos días tirado en el suelo, acabado por mi espada. Al igual que a tu amiguito Bernard.

No pude evitar que mi voz sonara triste al pronunciar estas palabras; a pesar de que sabía que mis hipotéticas víctimas futuras se habían ganado a pulso todo lo que yo pudiera hacerles.

Guillaume, sin embargo, sonreía. Abiertamente, quizá demasiado. Dio dos zancadas hacia mí y me tendió las manos.

-La pesadilla ha acabado, Eowyn.

Yo no estaba nada segura al respecto. Cristophe, por su parte, se rascaba el pelado cráneo sin entender nada.

-Bueno, entonces ¿qué hago? ¿Me lo cargo o no me lo cargo?

Yo me vi en la obligación de contestar.

-No te lo cargues todavía. Se supone que es de los nuestros. De los míos. O… eso creo… O… Bueno, si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea.

(continuará)

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(viene de…)

Sí. Ciertamente nunca es tarde para comenzar de nuevo. Lo que sucede es que a lo único que comienzo es a caminar en círculos, y aun creyendo a pies juntillas en la premisa anterior, es seguro que mi fecha de caducidad ya debe haber pasado, y con creces…

Pues sí. Estas fueron las reflexiones que me asaltaron aquel día al despertar, mientras el sol entraba en la habitación espaciosa y aireada que Ferran (bendito sea él y la fortuna que me lo había traído en el momento en el que más lo necesitaba) me había asignado, desde mi confortable cama sembrada de almohadas. Bueno, pensé también al final, recordando los sucesos de la noche pasada, en realidad podría haber sido peor. Pero ¿por qué eso no me consolaba?

Sin embargo, estaba tan concentrada en mis pensamientos que no había advertido un detalle en cualquier otra circunstancia no se me habría escapado. Y se trataba de que no estaba sola en aquella estancia; bien al contrario, la estaba compartiendo con un desconocido. Pegué un respingo, aunque me controlé casi de inmediato, por una parte porque no convenía que la persona que había irrumpido de aquella manera en mi intimidad creyera que le temía y, por la otra, porque realmente nada en aquella figura me parecía peligroso. Se trataba de lo que a todas luces parecía un caballero, aunque su ropa adolecía de un buen corte y un mejor tejido y había pasado ya por demasiadas aventuras. Le calculé apenas un par o tres de años menos que yo, y era alto y delgado, aunque fuerte, de piel excesivamente blanca que contrastaba con sus negros ropajes, a juego, eso sí, de su cabello y sus ojos. Su persona no me pareció nada atrayente, pero tampoco podía decir que me desagradara de un modo especial, aunque me miraba de una forma, más que severa, aviesa. Me enfrenté a él.

-¿Es costumbre en este lugar que los hombres invadan de esta manera la habitación de mujeres desconocidas? Porque, si es así, te has topado con la horma de tu zapato. Nos vamos a divertir, y no de la manera que imaginarías. Pero ¿quién demonios eres y qué se supone que estás haciendo aquí?

Él no pareció ofenderse por mis palabras; bien al contrario, su rostro adquirió un aire ligeramente contrito. Avanzó un paso hacia mí y, cruzando suavemente los brazos y bajando levemente la cabeza, me contestó con tono respetuoso.

-No era mi intención molestarte. Sólo esperaba que te despertaras para hablar contigo. Soy el jefe de la guardia del gobernador y yo y mis hombres nos ocupamos de mantener el orden y llevar a los que no lo respetan ante él.

Yo ya sabía algo de la organización administrativa mameluca, y no me sorprendió el cargo que ostentaba. Lo que me extrañó fue otra cosa: su ropa, que le evidenciaba como latino. Y su acento.

-¿Un catalán a las órdenes del gobernador de Jerusalén?

-Me convertí al islam hace mucho. Y a Alá no le importa que yo naciera en Barcelona.

No dudaba de que a Alá no le importara su procedencia; para Él, como para el resto de los dioses (y de los youtubers), cuantos más suscriptores tuviera, mejor. Era a mí a quien nada de aquello le daba buena espina.

-Curioso. El hombre de confianza del gobernador es un extranjero y un cristiano converso. Vaya. Por aquí sois más abiertos de lo que yo creía,

Él emitió un discreto bufido.

-Ferran ya me había advertido que no eras una persona fácil.

-No, claro. Te metes en mi vida sin avisar y se supone que tengo que sonreír e invitarte a una vasito del vino del bueno. Vamos, anda…

-Vengo a interrogarte por lo que pasó anoche -me interrumpió sin ningún remordimiento. Pero yo, después de que por fin desvelara el motivo de su presencia en mi habitación (también es verdad que antes no le había dejado hacerlo), tuve una idea. Una idea que aclararía todas las sospechas que su súbita presencia me había hecho concitar, aparte de proporcionar otro tipo de alivio a mi situación. Así que adopté una expresión sorprendida que evolucionó a otra grave y respetuosa.

-En mi país un hecho como el que me ocurrió sólo habría suscitado burlas por parte de los representantes de la justicia. Además, normalmente la víctima es acusada e incluso castigada mientras los culpables quedan impunes -os suena, lectores del siglo XXI, ¿verdad?-. Veo que los mahometanos que oí alardeaban de respetar a las mujeres mucho más que el bárbaro pueblo nórdico y occidental no iban tan errados…

Logré desconcertarle. Evidentemente no esperaba aquella reacción de mi parte. Pero no era tan ingenuo para creer que fuera sincera; se quedó en silencio, esperando mi siguiente movimiento.

-… y por eso estoy tan agradecida que quiero ponerte las cosas fáciles…

Por su mirada de inteligencia, yo colegí que, evidentemente, ambos sabíamos, y ambos sabíamos que el otro también sabía, que si mi intento de agresión no hubiera sido perpetrado por latinos la historia hubiera sido muy diferente. Pero todos sabemos que, por desgracia, la gravedad de un hecho delictivo, y aunque las leyes afirmen lo contrario, es inversamente proporcional al poder político o económico que ostente el delincuente, o directamente proporcional al interés estratégico que el poder imperante pueda tener en minimizarlo o maximizarlo. (Y esto también os sonará, lectores del siglo XXI). Yo proseguí.

-…así que no te ayudaré a encontrar a esos villanos, no. Mucho mejor. Te llevaré ante ellos.

Él enarcó las cejas durante un segundo, y al gesto lo sustituyó de inmediato un suspiro resignado. Yo había llevado las cosas a un punto en que él no podría negarse sin bajar del pedestal al que le había aupado, y desde luego yo sabía que no lo haría.

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-¿Son ellos? –me soltó con brusquedad Roger.

No había sido tan difícil. Se trataba de buscar la taberna más cercana al lugar donde me habían cercado, dado que en el estado en que se hallaban difícilmente hubieran podido llegar desde mucho más lejos. Tras aquello, y con la ayuda de unas monedas, logramos que un parroquiano reaccionara a la descripción que le hicimos de ellos y nos confirmara que eran habituales; después, sólo hacía falta esperar. Ni la primera ni la segunda noche tuvimos suerte: me imaginé que estarían dejando pasar unas jornadas prudenciales antes de retomar su vida normal, pero no eran tan avispados como para pensar que lo más sensato habría sido no volver a aparecer por el lugar (aparte de que, también es verdad, no tenían ningún motivo para suponer que les estábamos buscando); y la tercera, por fin, nuestra paciencia había obtenido recompensa. Yo asentí.

-¿Estás segura?

Nos habíamos cobijado bajo una especie de soportal, para ver entrar a los clientes de la taberna. Y allí estaban, con una pinta tan indigna como la primera vez que les vi, y con toda las trazas de llevar ya entre pecho y espalda un 90% de todo el vino de Jerusalén; en aquel momento iban a por el 10% restante. Esta vez sin la compañía de Gauthier (que estaría tirado en estado de coma etílico en cualquier rincón), no parecían muy compungidos por su derrota de, ni siquiera teniendo en cuenta las diferentes formas existentes de manifestar la vergüenza; tampoco esperaba otra cosa, en realidad.

-Sin ningún género de dudas. No olvidaré fácilmente su aspecto de haber chapoteado durante años en el cenagal del vicio más infame. Y no creas que quien te habla es ninguna puritana: sencillamente me respeto lo suficiente para no caer en según qué excesos, lo que, por otra parte, no sería muy aconsejable dada mi profesión. Y además me lavo, lo que no es poca cosa. Bien, ¿les prendemos ya?

El funcionario me ojeó de arriba abajo con expresión de incredulidad.

-No sé a qué te refieres –me contestó, mesurado y correcto, como parecía ser habitual en él-. Como es natural, iremos a buscar refuerzos, y entonces los atraparemos. Mejor dicho, los atraparé. Entiendo tu ira hacia ellos, pero está claro que no vas a participar en su detención.

Yo le miré con ironía y solté una risita.

-Roger, por favor… ambos sabemos que si hubieras tenido hombres disponibles ya los habrías traído. ¿Crees, acaso, que desconozco, que todos los efectivos de la ciudad… están demasiado… como lo diría… ocupados? -me lanzó una mirada incrédula-. Seguramente, tu gobernador, desde su Torre de David, se limitará a utilizar a estos tipos como ejemplo para atizar el fervor guerrero de tus conciudadanos contra los infieles -ahí me miró dubitativo. Sus sospechas de que yo sabía demasiado se acrecentaban a toda prisa-. Y yo no puedo arriesgarme a que vuestras estrategias militares se prolonguen hasta el infinito y me priven de mi justa venganza. Adelante: somos dos, enteros y en forma, y ellos cuatro pero tan borrachos que apenas se tienen en pie. Te puedo prometer que he estado en peleas más desiguales. Vamos, catalán, no encontrarás una ayuda mejor yo de mucho tiempo. Porque no creo que lo que te suceda es que tengas miedo -fingí incredulidad.

Roger suspiró, armándose de paciencia para rebatirme, mientras me echaba otra ojeada evaluativa: yo era la mitad de alta que él y bastante menos corpulenta, eso sin que se tratara de ningún Hércules. Y aunque Ferran le había repetido que se las estaba viendo con una profesional, no podía creérselo. Negó con la cabeza.

-No tengo miedo por mí, pero desde luego que no voy a ponerte en peligro. Nos vamos –dijo, agarrándome de la muñeca para arrastrarme tras de sí, y luego soltándome enseguida, como si creyera haberse tomado demasiadas libertades. Yo le envié una mirada llameante de ira. Y después, sin que él pudiera hacer otra cosa, que lanzarse detrás de mí, eché a correr hacia la taberna.

No sé lo que habría sucedido de haber llegado yo a entrar allí: era un territorio hostil para cualquier buen ciudadano de Jerusalén, y también para todos los que, aun viniendo de lejos, no deseábamos atentar contra la paz de aquel pueblo. La taberna estaba llena de expatriados resentidos, restos de la última cruzada que no habían tenido valor de volver a sus casas después de gastarse todo el botín de guerra en vino y prostitutas y que culpaban de ello a los musulmanes y al universo en pleno, soldados cuyo ardor militar había sido sustituido en su sangre por miles de azumbres de alcohol. Pero, afortunadamente, no fue necesario: tal vez por pura casualidad, o por la advertencia de alguien de que los habíamos estado buscando (habíamos untado sustanciosamente a todos nuestros informantes a cuenta de las arcas jerosolimitanas para que no hablaran de nuestro interés por los cuatro supervivientes, pero bueno, ya se sabe), los vimos salir de la taberna con algo de premura, ya que en su estado no podían hacer gala de mucha más. Y aquel fue mi momento. Salí de la seguridad de la noche y me coloqué bajo el área de influencia del hachón que iluminaba la plaza. Les sonreí con sorna. Extrañamente, a pesar del pedal que llevaban, tardaron muy poco en recordarme. Y es que no me gusta presumir, pero los viajes que pego son legendarios.

-¡Vaya! Pero ¿no es la…?

Mi sonrisa ganó en intensidad, en cruel sarcasmo. Mi espada brilló a la luz de la luna.

Y, naturalmente, Roger no tuvo otro remedio que apoyarme.

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No puedo decir que se tratara de una lucha épica, a pesar del escaso equilibrio numérico entre bandos. Nuestros contrincantes estaban tan perjudicados por la bebida que sus puntos de habilidad y resistencia habían descendido hasta límites de novatos. Pero, sorprendentemente, descubrimos que aquellos deshechos humanos, en algún momento, habían sido guerreros experimentados y no totalmente cobardes y, cercados por la desesperación, recordaron momentos singulares de la caída de Acre, donde al parecer, tal como supimos después, los cuatro habían estado presentes (junto con una servidora, por desgracia, aunque, eso sí, al menos nuestros caminos no habían confluido). No es fácil defenderse de dos enemigos a la vez si uno de ellos no se pone a hacer cola, como se ve en las películas, pero yo saqué mis dos espadas e intenté combinar con ellas defensa y ataque frente a los demasiado precisos y contundentes envites de los dos penosos representantes de la latinidad, teniendo en cuenta su estado. Me puse lo suficientemente cerca de la pared de la taberna para evitar que uno de ellos pudiera colárseme por detrás, y lo suficientemente lejos para no acorralarme yo misma, y multipliqué por mil mis reflejos. Los tres días de estancia en la casa de Ferran, rodeada de comodidad, sabrosa gastronomía oriental y otras atenciones (que no voy a detallar por el momento) habían hecho milagros conmigo, pero después de un buen rato de intercambiar estocadas, la excelente, debo reconocerlo, sincronización que había entre los dos (era evidente que habían luchado juntos muchos años), no me permitió hacer mis trucos habituales de esquivar y atacar, aprovechando la fuerza de mis oponentes (y las imprudencias que solían cometer pensando que sería fácil vencer a una débil mujer) contra ellos. Además, aquellos dos me conocían, y en el escaso lapso de tiempo de nuestro primer encuentro parecían haber aprendido demasiado bien cuál era mi manera de luchar, y aunque sus mandobles eran tremendamente fuertes, en ningún momento descuidaban la defensa, por lo que yo tenía que esforzarme en defenderme sin avanzar más de la cuenta y acabar cayendo en la trampa de la cual me consideraba maestra. Así es que di un paso atrás, respiré hondo, e intenté moverme todo lo que permitieron, haciendo valer mi agilidad contra su destreza, y limitándome a defenderme más que atacar, hasta conseguir agotarlos, trasladando, además, el esfuerzo de mis brazos a mis piernas. Por el rabillo del ojo, vi que Roger estaba teniendo similares dificultades, y durante un segundo lamenté haberle arrastrado a aquella historia. Pero los hijos de puta seguían arremetiendo contra mí, y en algún momento temí que sólo un milagro podría hacer que yo saliera viva de la aventura.

Y sin embargo, el milagro no se produjo.

Se produjo algo muy diferente. Algo completamente humano, aunque hablar así pueda significar blasfemia (que me detengan, pues). Mi mente repasaba, como si se presintiera vivir sus últimos días sobre la tierra, los más recientes años de mi vida, justamente desde San Juan de Acre. Todos los amigos muertos, todas las traiciones, todas las injusticias. Aquel repetido constatar de que el mundo funciona al revés de cómo debería, y cómo es la maldad la que es premiada mientras es castigada la bondad, sin que podamos tener la esperanza de que. Algún día, en algún mundo posible, en algún paraíso soñado, el hecho se revierta. Pensé en Isabel, que seguramente debería andar por aquellas cortes hispánicas del diablo tramando planes maléficos contra los templarios, y cómo yo ya ni podía ni quería evitar que aquellas artimañas se concretaran; porque ella se equivocaba al creer ser la víctima de los Pobres Caballeros de Cristo, cuando en realidad la gran damnificada por ellos era yo. Todos esos conceptos se mezclaron antes mis ojos con la sangre que brotaba de mis numerosas, aunque leves, heridas, y de las de ellos, y de pronto comprendí que tenían que pagar por todas las masacres, por todas las traiciones, por todas las mujeres que tenían ante sí un largo futuro de ser tratadas como objetos de secunda, valoradas solo por su belleza, y utilizadas impunemente. Y lo hice. Lo hice. Corrí. Me alejé de ellos. Pero no muy lejos. Llegué un momento en el que ya no pude huir más. Al menos, aparentemente.

Tenía miedo, pero sabía que era la única manera: ya había empleado aquel truco en nuestro primer combate, pero me decidí a poner a prueba la inteligencia del grupo, que imaginaba bien escasa. Aparentemente desfallecida, me detuve en seco, con los brazos caídos, a punto de dejar caer las espadas, mirándoles con expresión de súplica en los ojos, poniéndome a su merced. Creo que nunca le agradeceré a Omar lo suficiente que me enseñara a ser buena actriz. Porque, cuando les tuve encima, sonrisas de suficiencia, convencimiento íntimo de pertenecer a una raza superior y de ser poseedores de la verdad, cargados de ese odio al diferente que tan útil es como medio de azuzar al pueblo a la guerra para ganancia de sus líderes, aún me derrumbé más sobre mí misma, y un leve pero efectivo movimiento de mis espadas, que disimuladamente había cruzado sobre mi regazo para conseguir más impulso, fue suficiente. Cuando levanté la vista, ambos habían caído, uno con un fenomenal tajo en la pantorrilla y el otro con el talón de Aquiles seccionado e inútil. No les di tiempo a levantarse sobre su única pierna sana ni a enarbolar sus espadas contra mí y les clavé las dos mías, simultáneamente, en sus fláccidos vientres. Ni siquiera sentí el pinchazo con que uno de ellos había atravesado mi hombro izquierdo antes de caer. No, no fue una lucha épica, sino sólo brutal y chapucera; pero tampoco se merecían otra cosa.

Más tarde, aquella herida me dolería horrores, pero en aquel momento no podía ocuparme de ello. Roger tenía dificultades: había acabado con uno de sus dos adversarios, pero el ver la manera en la que yo me había cargado a los míos le distrajo un momento, lo que el restante aprovechó para lanzarle una estocada al muslo. Aquello le hizo recular un instante, y vi que el otro aprovechaba para abalanzarse contra él. No había tiempo que perder. Lancé un grito lo más fuerte que pude y volé hacia él a la mayor velocidad que mis circunstancias, que no eran las más favorables, me permitían. Y antes de que tuviera tiempo de volverse completamente y apuntarme con su espada, yo le había rebanado las tripas, que cayeron al suelo antes que él, gordas como pellejos de vino bien repleto. No me di cuenta de que estaba a punto de marearme por la pérdida de sangre hasta que Roger me sujetó.

-Vamos -dijo, empujándome hacia el murete más cercano, cojeando; afortunadamente, su herida era poco más que un rasguño. Los usuarios de la taberna habían esperado justo aquel momento para salir al exterior e irrumpir en todo tipo de exclamaciones, dejando bien claro que habían estado espiando por las rendijas de la puerta, bien a salvo. Roger hizo valer su cargo y, poco a poco, se fueron dispersando, mientras él intentaba cortarme la hemorragia con un jirón arrancado de sus pocos elegantes ropajes, cosa que me habría hecho temer el coger la septicemia de haberme acordado yo en aquel momento de que tal cosa existía-. No es un corte profundo, pero ha sangrado mucho. Ahora ya está -me miró, con algo de preocupación, al acabar el torniquete-. Si puedes andar apoyándote en mí, iremos a buscar al médico. Ferran conoce al mejor de la ciudad. Venga, sé donde encontrarle.

Yo asentí. Sentía aquel curioso y conocido vacío que me acometía cuando había acabado con un misión que yo creía necesaria, como si nada fuera suficiente o todo fuera inútil. Permanecí en silencio mientras caminábamos, ofreciendo una más real imagen de borrachos que los desgraciados a los que acabábamos de facilitar el salvoconducto a la otra esfera. Él, tras unos minutos, habló.

-No he visto a nadie luchar como tú. A nadie –parecía realmente asombrado.

Yo meneé la cabeza.

-No soy tan buena como parezco. He aprendido a emplear la fuerza de mis agresores en mi provecho, y hasta mi propia debilidad. Además, la ira me ayuda. Sé controlarla y lograr que sea mi aliada, y no mi enemiga. Y realmente tengo muchas razones para estar rabiosa -hice una pausa-. Además, si te parezco tan hábil es porque no esperas que una mujer lo que sea, ni siquiera mínimamente.

Él también hizo un gesto de negación.

-No. No creo que sea por eso. O al menos no totalmente por eso.

-Bueno… hay pocas cosas que sé hacer bien. Quizá ninguna. Excepto ésta. Se puede decir que no he hecho mucho más en toda mi vida.

-He de reconocer que aún estoy impresionado.

-¿Me contratarás, entonces?

Se detuvo en seco.

-¿Éste era el objetivo? Pensaba que solamente buscabas aliados para tu venganza.

-Y para ayudar a limpiar Jerusalén de escoria, no te olvides… Bueno, digamos que ambos propósitos son compatibles… Sé que Ferran te ha hablado de mí y que tú no estabas en absoluto convencido. Necesitaba demostrarte de lo que soy capaz.

Roger seguía mirándome, sin responder.

-Sé lo que tramáis -continué yo-. Me necesitas.

-¿Qué sabes? ¿Y cómo lo has sabido?

-Lo que se avecina. Tengo ojos y oídos.

Él dudó.

-Eres cristiana -adujo él.

-También tú lo eras. Hasta Ferran lo era. Eso demuestra que ser cristiano no es una marca que tengas que llevar de por vida. Y yo ya me he deshecho de ella: sin haberme convertido al islam, desde hace tiempo puedo decir que sólo soy cristiana por cultura.

-Entonces -continuó él-, ¿has tomado partido?

-Hace años que tomé partido.

La mirada de Roger era pensativa.

-Vamos. Ya queda poco -dijo al fin.

__________________________________________________________________

Entramos en la misma taberna donde había encontrado a Ferran por primera vez, en la que proliferaba la población griega y armenia con algún latino, pero que más o menos era frecuentada por todos los grupos étnicos y religiosos de la llamada ciudad santa: un lugar donde los rumores aún no habían hecho mella en la convivencia. Por el momento. El aludido estaba allí, presidiendo una mesa a la cual se sentaban individuos de todo calibre, entre los que, sin embargo, abundaban las vestiduras al estilo turco. Ahogó una exclamación al vernos entrar.

-¡Eowyn! Pero ¿qué…? Pensaba que hoy sólo ibais a investigar. ¡Dios nos ayude! -no sé a cuál de sus dioses se refería, si al nuevo o al viejo, pero no creo que ninguno de los dos se enfadara por invocar así su nombre en vano-. Vamos, Roger, ponla sobre ese banco. Hay que llamar al médico rápidamente… Hassan, encárgate tú -dijo, dirigiéndose a un jovenzuelo musulmán que le obedeció enseguida. Se inclinó hacia mí y me ayudó a sentarme-. Te pondrás bien. Es el mejor médico de la ciudad. No echarás de menos a maese Simón, te lo aseguro… Roger, será mejor que tú también te sientes. Abdul te ayudará con ese corte.

-No, si no lo echo de menos -contesté, pensando en el sanguinario, aunque efectivo, médico judío amigo de los templarios-. Y no te preocupes, estoy bien. Pero me duele. Tal vez… -adivinando mis deseos, acercó una copa de vino a mis labios-. Ahora sí que me siento perfectamente -seguí, tras un buen trago-. Como para acabar con otros dos, por lo menos.

-Tenías razón, Ferran -Roger intervino-. Es buena. Más que buena. Me ha sorprendido.

-Te lo dije. Es la mejor -me miró con afecto. Desde su súbita conversación al islam, cosa de la que me había enterado poco después de pasar la primera noche en su casa, Ferran se mostraba conmigo mucho menos expansivo que de ordinario. Pensé (no sabía mucho al respecto) que debía tratarse de la moral sexual musulmana. Claro que eso no le había impedido visitarme las dos últimas noches con nocturnidad y alevosía, aunque tampoco se puede decir que yo le hubiera cerrado las puertas, precisamente. No era un tema que me obsesionara, ni mucho menos, pero a veces me preguntaba qué buscaba Ferran en nuestros ocasionales encuentros. Dados algunos hechos de su biografía (como su prolongada relación con Omar, por ejemplo), era extraño que quisiera tener tratos con alguien como yo. Pero tal vez, sencillamente, buscaba en mí lo mismo que yo en él: ni más ni menos, vivir.

-Y asegura que está con nosotros.

-Nunca tuve ninguna duda.

-Y que lo sabe todo.

Aquí, Ferran me miró como si me viera por primera vez.

-No es tan difícil hacerse una idea de lo que está pasando aquí -expliqué-. No soy tonta, y sabes que tengo muy buena mano con la servidumbre, entre otras cosas porque sé muy bien que soy igual que ellos y no quiero olvidarlo. Casi todos los hombres de Roger andan desperdigados por toda la ciudad buscando posibles espías cruzados. Y el resto, hacen de espías a su vez, pero entre los cristianos, e incluso fuera de los muros. Los negocios que te han llevado hasta aquí -ahora miré a Ferran de hito en hito- son en realidad ayudar a defender la ciudad. Hace tiempo que sospecho que tienes experiencia militar, que has sido educado como un caballero, a pesar de que en un momento dado decidieras unirte a Omar y vivir del mester de juglaría. También sé que él no se halla ahora contigo porque está intentando recabar refuerzos, sí, lo he averiguado no obstante todas tus evasivas e incluso mentiras al respecto.

Tanto mi antiguo amigo como mi nuevo aliado me miraron algo confundidos, sin afirmar ni negar nada. Continué, preguntando directamente a Roger:

-¿Qué sabemos, entonces?

No le quedó más remedio que contestarme.

-Un ejército se dirige hacia nosotros. Unos 3.000 hombres. No creo que estén a más de tres o cuatro días de camino. La buena noticia es que parece ser que son templarios, exclusivamente, lo que quiere decir que ningún reino les ha ayudado con efectivos, aunque tal vez sí con dinero y suministros. Durante un tiempo, temimos que se hubieran aliado con el Gran Khan, pero no hay constancia de eso. La mala es que hay contingentes de soldados de todos los países, y entre ellos, un gran número de nuestros paisanos.

Me crucé de brazos.

– Bernard nunca os ocultó los propósitos de la orden -añadí, con tristeza a mi pesar, pues recordé el tiempo en que todos nosotros fuimos un grupo compacto, con una misión común-, pero vosotros nunca le tomasteis en serio. Hasta que algo os hizo daros cuenta de que no hablaba en vano. Y entonces, Omar fue atacado por la enfermedad del islam más riguroso, que ya debía de estar latente en su alma. Y a ti, no sé exactamente cómo ni por qué, también te convenció… Pero lo importante es: ¿qué pensáis hace ahora?

-Preparar las defensas, lo que ya se está haciendo. Y asegurarnos la lealtad de todos los cristianos y los judíos. Vivimos en una ciudad con muchas banderas, y ahora las necesitamos todas unidas, fieles a nuestra causa.

Yo me quedé callada. Reflexionaba en las consecuencias de todo aquello. Me acometió una nueva oleada de olor y Ferran, viéndome apretar los dientes y cerrar los ojos, volvió a darme vino. Roger terció:

-¿Quién es ese Bernard?

Ferran y yo nos miramos.

-Es difícil de explicar -acabé contestando yo. No estaba muy segura de que fuera buena idea definir la exacta posición de mi antiguo compañero de fatigas en la Orden ante Roger-. Pero, para abreviar, hazte a la idea de que él va a secundar sin ningún tipo de vacilación todo lo que diga el Maestre Jacques.

-Y le conocéis bien -añadió.

-Sobre todo ella -me señaló Ferran, con un brillo de acero en los ojos.

-¿Y eso va a suponer un problema? -igual de dura fue la mirada que me dirigió Roger.

-Ya no. Todo lo contrario.

El negro caballero puso los brazos en jarras.

-No voy a preguntarte nada más por el momento. Confío en ti, sobre todo porque confío en Ferran. Pero espero que algún día me expliques el resto de la historia.

Yo asentí. Un viejo de pequeña estatura, algo encorvado y de mirada amable, entró cargado con un gran bolso de cuero. Ahora me iba a tocar sufrir.

-Por si este matasanos es tan salvaje como nuestro querido maese Simón y pierdo el conocimiento -me vi obligada a puntualizar- quiero que quede clara una cosa: sí, esta es la ciudad de las banderas, pero yo no lucho por ninguna bandera ni por ninguna religión: yo lucho por las gentes que están conmigo. Y ahora estoy aquí. Y vosotros sois mi gente. Por eso voy a luchar a vuestro lado. Sí, hace años que tomé partido. Por las personas.

(continuará…).

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Jerusalén, verano de 1298.

Hace demasiado calor para estar viva, pienso, mientras busco cerca de la puerta de Jaffa la taberna de la que me ha hablado un ocasional compañero de aventuras. Ni siquiera recuerdo su nombre, y menos su rostro, pero no suelo olvidar las posibilidades de trabajo, sobre todo si sé que éste va a significar dinero, y aún más sobre todo si estoy tan necesitada de él como en estos momentos. Menos mal que el vino es barato, porque si no… De todas maneras, creo que he debido de morir en algún momento, en el mareante viaje de Chipre a Jerusalén, tal vez. Sí, cuando integraba el séquito de una dama aventurera que perseguía a su hermano (o mejor dicho, a la fortuna familiar, la cual el susodicho había secuestrado obligándola a contraer un matrimonio poco ventajoso al que no se resignaba); o tal vez, cuando nos encontramos con el hermanito ávida dollar y uno de sus guardias me atizó un golpe de espada que fue a impactar de soslayo en mi yelmo, cosa que me ocasionó un jaqueca que me persiguió durante semanas. Eso sí, todo había terminado felizmente: la señora estaba de camino a sus posesiones en Crécy con su dote a buen recaudo, el esbirro de su codicioso hermano pudriéndose bajo una lápida (gracias a uno de mis famosos mandoblazos), y yo, como siempre, sin una puñetera moneda, dado que las escasas piezas que le había podido arrebatar a aquella que se hacía declarar dama (y lo era tanto como esos supuestos izquierdistas que se compran mansiones y adoran a corruptos, pues se escapó dejándonos a todos más de la mitad de la soldada a deber) habían pasado a engrosarlas riquezas del gremio de taberneros de la ciudad. Sí, decididamente había tenido que morir, porque sin duda aquello era el infierno. Seguro. Lo notaba en que no se diferenciaba mucho de mi vida habitual. Excepto que hacía mucho, pero mucho, pero mucho más calor.

Nada. No encontraba la taberna por ninguna parte. ¿Seguro que me había dicho la puerta de Jaffa, y no la de Damasco? ¿Segundo callejón a la izquierda, antes de llegar a la iglesia de San Juan? Maldita sea, todas aquellas retorcidas callejuelas, llenos de cristianos embrutecidos que añoraban sus fracasadas gestas en la última cruzada y se gastaban los restos de antiguos botines, me parecían iguales, con sus colores terrosos y sus abigarrados mercados durante el día, fragantes y malolientes, ostentando promesas que yo nunca podría cumplir ni se me cumplirían. Me sentía prisionera en aquella ciudad, y me costaba encontrar algo en común con la gente que había sido educada en la misma doctrina que yo… o tal vez…

O tal vez es que ellos también se sentían prisioneros… Atrapados por la porquería que generaban.

Algo va suceder, lo sé. Este calor no es normal. Estamos hirviendo en nuestros propios sudores, y en vapor de nuestra cocción veo dibujadas escenas macabras.
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Llevo una temporada que no me alimento bien. Los síntomas de esa extraña enfermedad de la sangre que, según Maese Salomón, yo padezco y que hace que a veces me sienta agotada y me cueste respirar, han reaparecido. Supongo que en el supuestamente avanzado siglo XXI ya habrán conseguido buscarle un nombre, aunque ya sabéis que casi no puedo recuperar los conocimientos futuros que adquiero cuando viajo en el tiempo (por así decirlo), así es que me quedo sin saberlo, lo cual, por otra parte, no creo que me fuera a aportar ninguna mejoría. Sé que no estoy siendo razonable. Pero la comida es cara y el vino barato (al menos si no se es muy exigente al respecto), así que saco más rendimiento a mis escasas piececitas de metal si las invierto en líquido que en sólido. Los malditos templarios me enseñaron mucho sobre finanzas; que su Dios les envíe un rayo purificador. No en vano, ellos son los causantes de mis males.
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He de reconocer que durante el tiempo que permanecí en aquella encomienda de Chipre, me trataron bien. Reposo, bebida, comida y atenciones. Bernard no abandonó la cabecera de mi lecho hasta que me sentí lo suficiente bien como para echarle a patadas. Literalmente. Huyó como un conejo. Entonces, fue sustituido por Gonzalo que, con la misma expresión en los ojos que si se le tocara enfrentarse en solitario, sin armas ni estandarte, a un batallón de musulmanes cabreados, me plantó cara.

-Eowyn, sé que probablemente tengas deseos de asesinarme, y yo por mi parte ya he llevado a cabo todas las penitencias que el sacerdote me ha impuesto, e incluso otras a las que me he condenado yo mismo, pero escúchame, por favor. Es cierto que he sentido odio hacia ti. Bernard, azuzado por el vino, me contó tus sospechas, me aseguró que creías que yo era un infiltrado, un esbirro de Esquieu, del rey Felipe de Francia o del rey Jaume. Y no podía dejar de pensar que si todas las cosas que hemos vivido juntos, con Guillaume y los demás, te habían llevado a eso, habiéndote además salvado en dos ocasiones la vida… no te merecías nada. Además, Bernard te necesitaba, y yo le debo obediencia. Me dijo que te trajera, y te traje. No tuve ocasión de hablar con Guillaume, no supe los planes que él tenía para ti hasta que fue demasiado tarde, hasta que mi odio creció, y creció hasta que me ahogué en él, sin pensar que pudiera haber una vuelta atrás. Pero cuando te vi en la orilla, a punto de morir, o al menos eso creí en aquel momento… comprendí que había olvidado las enseñanzas de mi señor Jesús, las normas de la Orden a la que pertenezco… todo lo que soy y he sido siempre. Y te suplico que me perdones. No podré perdonarme a mí mismo hasta que no lo hagas.
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Siempre he pensado que, aunque no siempre se puede olvidar, el perdón suele estar más al alcance de nuestras pobres y corrompidas almas humanas, siempre indeciblemente más puras en nuestra percepción que en nuestra esencia. Pero, para conceder el perdón, que te lo soliciten es la condición sine qua non. Gonzalo me suplicaba que le perdonara, me explicaba coherentemente las razones que le habían llevado a ser el instrumento que destrozara mi futuro, y mi rencor hacia él se difuminaba, también sobre todo porque, aunque él no fuera tan cobarde como para defenderse apelando a esa excusa, yo veía claramente que no había sido más que un instrumento en manos de otro. Pero a ése, al que había pasado por encima de las buenas intenciones de Guillaume, al que había utilizado la ira de Gonzalo hacia mí para emplearme como un ingrediente más en su cocido belicoso (la había utilizado… y quizá también la había provocado. ¿Realmente estaba tan borracho que se les escaparon mis sospechas?), al que había interrumpido, incluso acabado, con mi vida, al que había convertido en cenizas volanderas, imposibles de atrapar, mis planes de futuro con el fuego malsano de su ambición, a éste… a éste nunca le perdonaría.

-Me marcho, Gonzalo. Te perdono, te perdono de corazón, pero no puedo permanecer más tiempo entre vuestras paredes. Ayúdame a marchar antes de que Bernard trate de impedirlo.

Y me fui. Con la única compañía de mi caballo (que había logrado sobrevivir milagrosamente al naufragio: aquel animal sin duda me enterraría), un par de camisas, pantalones y zapatos sencillos, una túnica, un perpunte, una capa, dos espadas y poco ajuar más que había robado de los almacenes templarios después de haber emborrachado al hermano pañero. Mi cota de malla, que me había acompañado tantos años y que tanto me había costado robar en su momento, así como el resto de mis armas, yacían en algún lugar del Mediterráneo, donde hubiera querido yo ver a Bernard acompañándolas.

Aquel hombre, que había jugado un papel tan trascendental en mi vida durante tanto tiempo, ahora se había convertido en mi peor enemigo.
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Puerta de Damasco, claro. Eso es lo que me había dicho aquel elemento. Llevaba tanto tiempo bebiendo tanto que ya ni sabía dónde tenía mis recuerdos. Era lo más lógico, la puerta de Damasco estaba mucho más cerca del barrio musulmán, y al parecer el trabajo en cuestión era mantener a raya a un contingente de cristianos que parecían andar algo exaltados últimamente… tal como si notaran algo en el ambiente… pues ¿no sería mi empleador un musulmán? Puerta de Damasco. Entonces, ¿a qué venía esa alusión a la iglesia de San Juan? ¿No sería la del Santo Sepulcro? ¿O… cualquier otra…? ¿Se había equivocado él… o yo? No, por más que me estrujaba la cabeza no podía acordarme. Hacia la de Damasco, pues. Total, no tenía mucho que perder. Aún me quedaba tiempo antes que fuera la hora de buscar la infecta calle donde se hallaba el sucio alojamiento para peregrinos en el que esperaba mi inmundo jergón.
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Todo aquello había sido demasiado. La ilusión hacia la que me había hecho ascender Guillaume, la posibilidad de Bolonia y un doctorado en Leyes, y luego el brusco aterrizaje en la bodega de aquel barco, habían acabado conmigo. Ya no me quedaban fuerzas poco más que para arrastrarme hasta la siguiente jarra de vino. Era consciente que en algún momento tenía que poner fin a aquel periplo autodestructivo, y que, si quería morir, causas abundaban que necesitaban a alguien que se sacrificase por ellas, lo cual era mucho más útil, y más valiente, que dejarse extinguir lentamente. Pero siempre lo dejaba para mañana. Aunque, en cualquier caso, ya no iba a poder retrasarlo mucho más: yo estaba comenzando a no ser ni de lejos la que había sido, y sabía que, en un par de días, de seguir por el mismo camino, no iba a ser rival para nadie.

Y además…

Y además, no podía soportar la idea de que alguien eligiera por mí hasta cómo debía terminar mi vida. No podía ponerme a mí misma en esa situación.

Pero ¿cómo podía desandar el sendero, ahora que llevaba ya tanto trecho recorrido?

Puerta de Damasco, puerta de Damasco, me decía yo. Puerta de Damasco. Tal vez, la puerta de Damasco era la salida. La salida a un mundo donde las cosas, por fin, iban a empezar a funcionar bien. Esa puerta de salida que llevaba toda la vida buscando, la misma que me había parecido atisbar tras las palabras de Guillaume, y que ahora sabía que nunca, nunca, iba a conocer.
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No estaba segura de si iba por buen camino. Hasta el Santo Sepulcro sabía llegar, pero una vez rodeada su impresionante mole, que me resultó aquella noche algo perturbadora, como preñada de misterios insondables al menos para mí, ya no estaba tan segura. Siguiendo mi instinto, tomé un callejón, luego otro, hasta darme cuenta que tanto instinto no debía de tener, o mejor dicho que mi sentido de la orientación era absolutamente penoso, porque andaba más perdida que mameluco en una iglesia.

Miré a mi alrededor. Me hallaba en una especia de plaza, en la que desembocaban varias bocacalles. Era tarde, y hacía al menos cinco minutos que no me cruzaba con un alma, o con cualquier otra entidad. Justo en ese momento, un par de borrachos aparecieron por un callejón y seguidamente, y tambaleándose como un barco castellano en mitad de una leve marejadilla, desaparecieran en la oscuridad de otro, antes de que hubieran podido escuchar mis gritos llamándolos; aunque también había que decir que en el estado en que estaban me hubieran servido de bien poca ayuda. ¡Borrachuzos desgraciados! (había hablado la presidenta de la Liga Antialcohólica Medieval, claro). ¿Cómo podían correr tanto si apenas eran capaces de andar? La carrerilla con la que había intentado alcanzarlos me había dejado exhausta, y decidí detenerme un momento. Dejé caer sobre mi espalda la capucha de la capa y me quité la crespina, que recogía mis cabellos y desfiguraba convenientemente mi rostro, no lo suficientemente hermoso para resultar atrayente (de hecho, yo me considero fea como una mala cosa, pero aún me quedaba algún amigo lo suficientemente leal como para rebatir apasionadamente mi afirmación) pero sí lo bastante femenino para llamar la atención más de lo la prudencia aconsejaba , y sacudí mi cabellera, que estaba húmeda de sudor. Me habría gustado meter la cabeza en un río, pero lamentablemente no había ninguno por los alrededores, y en lo que se refiere a piscinas olímpicas, mejor olvidarse. Tras aquel alivio momentáneo, demasiado momentáneo, me dispuse a volver a ponerme la crespina y a seguir mi trayectoria, si es que podía encontrarla, cuando, de pronto, escuché un barullo que se acercaba por la calle más cercana. Me recogí el pelo a toda prisa, pero mis limitadas condiciones físicas hicieron que, cuando el grupo causante del jaleo apareció por la puerta, yo me hallara aún en la mitad de la tarea.
-¡Mirad eso! -dijo uno de ellos, señalándome sin ningún pudor con el índice.
Eran cinco hombres. Las antorchas que medio iluminaban las calles no me dejaron ver ningún signo distintivo en su aspecto, o tal vez es que carecían de ellos. Nobles, por las vestiduras, cristianos, no estaban tan bebidos como los dos borrachos que acababa de ver, puesto que aún podían moverse con una mínima coordinación y articular palabras con algo de sentido, aunque tampoco se encontraban muy lejos de ello. Pero lo más inquietante es que miraban como si fuera la primera vez que veían en mucho tiempo, o como si fuese la única mujer que quedaba en el mundo.

En oro lugar, en otro momento, yo había reaccionado con mucha más prontitud: antes de que pudiera sacar la espada ya estaban casi a un codo de distancia. Nunca me culparé lo bastante de haber bebido tanto en los días perecederos, y encontrarme, aunque serena por falta  de efectivo, agobiada por una resaca que limitaba realmente mi dominio y mi control sobre mí misma. Y, sin embargo, y a pesar de todo, sé perfectamente que yo no tuve la culpa, y si realmente debería cuidar más mis costumbres, lo cual habrá sido lo más sensato, no era porque el hecho de no hacerlo pudiera ponerme a disposición de energúmenos como aquellos. No por ser una mujer. Porque, sencillamente, ellos no tenían ningún derecho sobre mí, y ningún comportamiento mío hacia mí misma ni hacia el exterior podría cambiarlo.
__________________________________________________________________

-¿Otra pequeña infiel que se disfraza para escaparse y ver cómo son las pollas cristianas? –uno, de ellos, que me pareció ligeramente más alto que los otros, me revolvió el cabello y trató de arrebatarme la crespina que aún sostenía en la mano, con lo que a poco que se lleva un rodillazo en los testículos. Quise retroceder, pero dos de ellos estaban a mi espalda; en un momento, me habían rodeado, y yo ni siquiera habría podido decir cómo. Con una sonrisa sardónica, el primero volvió a acercarse, como si mi amago de golpe sólo hubiera existido en mi imaginación. Otros dos me sujetaron los brazos, y uno de los que tenía detrás me abrazó por la cintura y me adhirió a un cuerpo húmedo de sudor y realmente pestilente-. Vamos, moza, no tengas miedo, que no somos unos animales, como los de tu religión. Te trataremos con gentileza y si te portas bien tal vez hasta te lleves algo, aparte del placer de holgar con unos cristianos de la mejor casta. Venga, no te hagas la difícil, que aquí no te ve nadie.

Dedos que se cerraban como garfios contra la carne de mis antebrazos. Brazos que me sujetaban por la cintura como cabos de vela. Uno de ellos, notando el hierro bajo su antebrazo, me desarmó. La expresión estúpida y babeante del que, entre ellos, había elegido el papel de espectador. Y el que se suponía el líder tocándome el pelo y, de inmediato, intentando encontrar mi cuerpo bajo los largos faldones del perpunte.

-Condenada, te has disfrazado bien… es imposible encontrar el final de esto… ¿Por qué quieres ponérnoslo tan difícil? Gauthier, venga, pásame tu cuchillo…

Cuchillo, pensé. Yo llevaba uno, y también una daga, bajo mis ropas. Si tan sólo disminuyeran un poco la presión sobre mis brazos… No, no podía ser. Yo nunca había sido una víctima de ningún hombre, no podría sobrellevar tamaña humillación… Luché y luché, pero aunque yo no soy débil, ni aún resacosa ni enferma, eran demasiados.

-Quieta ya –el líder de la manada me soltó un puñetazo en el estómago que me cortó la respiración. Pensé que iba a vomitar en su cara, lo que hubiera sido fantástico, pero había comido tan poco últimamente que tenía en la tripa poco más que telarañas-. Que quieras jugar un poco es divertido, pero tanto rato me cansa. Gauthier, ¿va ya ese cuchillo del demonio? –sus dedos se había enredado con las cintas que cenían mi perpunte, pero yo sabía que aquello no duraría mucho. El malnacido de Gauthier estaba tan ocupado babeando y tan ebrio que no habría sido capaz de hallar su cuchillo ni aunque el artilugio le hubiera pinchado él solito en el ojo, pero el resto del grupo me presionaba más y más, al revolverme yo como una serpiente venenosa, y el jefe rompió la última cuerda, agarró los faldones de la prenda y la rasgó, casi hasta mi cuello.

Y entonces, yo dejé de luchar. Me rendí.

Mi cuerpo quedó laxo en las manos de las bestias, y mi cabeza cayó hacia la derecha. Ellos sonrieron, triunfantes, y se dispusieron  a pasar un buen rato

Pero, súbitamente, mis piernas se elevaron, ambas ellas, y patearon al unísono al líder, que se desniveló hacia atrás ligeramente, y a su secuaz de la izquierda. Al mismo tiempo, mis dientes buscaron cualquier atisbo de carne del hijodeputa de la derecha, y de ella tiré, hasta que un alarido infrahumano me hizo comprender que había acertado en algún punto sensible. Por otro lado, la boca del que tenía a la espalda se rompió hasta sangrar, tras el cabezazo que le arreé (fue completamente accidental, he de decirlo, consecuencia del retroceso al propulsar mis piernas hacia delante, pero resultó muy útil). Un instante después, ya libre, busqué de nuevo la seguridad de mis pies sobre la tierra, y peleé, ahora mucho más, peleé como si me fuera la dignidad en ello, que me iba, y pensé que si me defendía no era porque yo fuera una valiente que prefiriera morir a la humillación, si no que mi vida valía tan poco que sólo el respeto hacia mí misma me la hacía llevadera, y aquello sí que no lo podía perder. Y peleé, y seguí peleando, hasta que conseguí abrir la suficientemente distancia entre mis agresores y yo, la suficiente para sacar las armas cortas y hacerles frente. Creo que la expresión de mi rostro les hizo dudar durante un instante; no era aquel el tipo de desenlace, no era aquella el tipo de contrincante, que se habían imaginado cuando decidieron comenzar a jugar su juego. Gauthier ya no babeaba, aunque tampoco parecía muy capaz de entender lo que estaba pasando, y los demás, aunque decididamente desconcertados, parecían decididos a hacerme frente, aunque sólo fuera por pundonor. Pero yo ya no tenía miedo, y ellos lo habían notado.

_____________________________________________________________

Había buscado la protección de la pared, y los tenía a los cuatro (Gauthier no contaba) delante, mantenidos a raya por mis cuchillos. Sabían, aunque yo no dijera, que todos juntos podrían vencerme fácilmente, pero también que, si lo intentaban, alguno saldría escaldado, y nadie quería ser el primero. El jefe debía de tener un tortilla francesa en lugar de aparato genital, al de mi derecha le colgaba un trozo de mejilla, el que estaba detrás había perdido un par de piezas dentales y tenía los labios reventados pero, afortunadamente, la sorpresa, la confusión, primaba más en ellos que la rabia. Yo sonreía con suficiencia, sin perder de vista al que había estado a mi izquierda, el único que hasta el momento parecía más entero, pero también a los demás. Y entonces, sin malgastar una palabra con ellos, les hice con la daga un leve gesto de que se acercaran. Si es que se atrevían.
__________________________________________________________________

En aquel momento, otro rumor se oyó al final de una de las callejuelas. Aquello funcionó como un detonante. El de la derecha dijo:

-Vámonos. No vale la pena.

Se marcharon, el de la izquierda y el de atrás arrastrando al inútil Gauthier. Desaparecieron.

Entonces todas mis fuerzas me abandonaron. Comprendí, vi con sus colores más dramáticos, lo que había sucedido. Lo que había estado a punto de pasar.

Grité. Grité hasta quedarme afónica. Grité porque no quería llorar, y golpeé la pared con mis puños hasta casi machacarlos. Los dos primeros borrachos volvieron a entrar en la plaza, y casi de inmediato volvieron a marcharse, entre risotadas, tambaleos y balbuceos sin sentido, incapaces de verme ni de oírme, incapaces de salir de su burbuja alcohólica.

Si pienso en los días que siguieron, aquello funcionó como una premonición.
_________________________________________________________________

Había llegado a la taberna cercana a la puerta de Damasco, o al menos eso creía. Sin buscarla, sólo errando sin sentido. Me dejé caer sobre una manchada mesa, con la cabeza reposando, oculta, entre mis brazos, y le solté a la camarera un gruñido, que ella contestó trayéndome una jarra de vino. Yo ni tenía ya fuerzas para beber. A mi lado, varios parroquianos discutían.

-Hay mucha gente que ya se ha marchado.

-Musulmanes cobardes –contestaba otra, algo más cascada-.Tonterías.

-Maese Pierre –habló una tercera, más fresca y juvenil-, no creo que a la hora de la verdad se molesten en comprobar si estamos circuncidados o no antes de matarnos. Matadlos a todos que Dios ya encontrará a los suyos, ¿os suena?

-Tonterías –repitió la segunda voz. La primera reforzó a la tercera:

-Maese Pierre, mi abuelo escuchó esas palabras como yo ahora te oigo a ti.

-Y fue mi abuelo el que estaba entre aquellos cruzados que decidieron saquear Constantinopla y no molestarse en llegar hasta Tierra Santa –la tercera voz insistía-. Créeme, anciano: si esas bestias entran aquí, cualquiera sabe lo que pasará. Yo cogeré a la familia y me iré mañana mismo, antes de que se acerquen más, si es que aún no lo han hecho.

Alguien entró y los tres lo saludaron. Las voces siguieron hablando, pero en tono más bajo. Pero ¿podía todo empeorar más? Van a entrar, pensaba yo. Pero ¿quiénes? ¿Y qué se supone que debo de hacer yo al respecto? ¿En qué bando me coloca eso?
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No sé si pasó mucho tiempo. Estaba agotada, y los ojos se me cerraron un instante. Cuando desperté, sentí que no estaba sola en aquella mesa. Levanté la mirada y vi unos ojos azules que me miraban con una dulzura estremecedora. Era Ferran. O, al menos, parecía ser Ferran. Su rostro atezado parecía mostrar más arrugas que lo última vez que le vi, y algo más había cambiado en él, algo que no pude discernir. Pero no, no podía ser. Él y Omar se hallaban muy lejos.

-No puedes ser tú –materialicé en palabras mis pensamientos.

-Sí, sí lo soy. Cosas de Omar, ya te contaré. Me enteré por Gonzalo que andabas por la ciudad, y desde que llegué vengo aquí siempre que puedo, pues me imaginé que acabarías apareciendo. Es un punto de encuentro de gente de tu gremio. Me enterado de… bueno… de lo que sucedió con Bernard… ya hablaremos de ello… Pero… Eowyn… hay algo más, ¿verdad? ¿Qué te sucede?

Irguió el cuello lentamente.

-Hace un momento. Cinco hombres. Me acorralaron.

-Dios mío, Eowyn… -la voz de Ferran se quebró, horrorizada. Sus manos buscaron las mías.
-No lo consiguieron.

Él me miró confundido.

-¿Quieres decir…?

-Ahora deben de estar buscando un médico.

Me miró con miedo y preocupación, y también con extrañeza.

-Pero tú… no estás bien…

-Me recuperaré.

Creo que alguien debería darme un premio. Había conseguido lo imposible: dejar al dicharachero Ferran sin palabras.

-Claro que lo harás –dijo al fin.

Se comportaba con torpeza. Yo sabía que deseaba consolarme, pero que jamás se había encontrado en una situación parecida. Al final, se decidió. Se levantó de la silla y después me levantó a mí.

-Vamos. A mi casa. Necesitas comer y dormir, sobre todo dormir. Dormir y descansar todo lo que quieras, hasta que digas que es suficiente. Luego hablaremos.

Yo me dejé llevar. A pesar de mi estado, la perspectiva me parecía bastante halagüeña. Pero había algo que me preocupaba.

-Ferran, ¿qué es lo que está sucediendo en la ciudad?

Salíamos de la taberna, él sujetándome, como si no pudiera caminar, yo dejándome conducir, sin protestar.

-A veces pienso que nos hemos vuelto todos locos. Incluso yo –dijo misteriosamente.

Le miré, intentando encontrar algún sentido a esas palabras. Él hizo un gesto en el aire con la mano derecha, indicando que debíamos dejar atrás de momento esas cuestiones, que ya nos ocuparíamos. Entonces lo vi.

Había una marca en el dorso de su mano. No era una cicatriz; se trataba más bien de una especia de tatuaje. Un tatuaje con forma de media luna.

Comprendí que, como siempre, los problemas no habían hecho sino empezar.

(continúa…)

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