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Posts Tagged ‘guerras de religión’

banderas, cristianos, cruzadas, ficción histórica, ficción medieval, guerras de religión, independentismo, Jerusalén, misterios, musulmanes, nacionalismo, Reino de Aragón, templarios, Tierra Santa

Detrás de la puerta esperan revelaciones…

 

(viene de)

La travesía por el túnel supuso una verdadera tortura, y no precisamente porque la construcción no fuera lo suficientemente espaciosa ni (sorprendentemente) libre de alimañas, sino por mis inoportunas acompañantes. La joven dama de compañía, Ana, pasó todo el recorrido temblando y profiriendo súbitos grititos cada vez que las sombras creadas por el movimiento de las antorchas se le asemejaban ratas, murciélagos, o incluso crías de dragón, mientras rezaba en un gracioso castellano con mercado acento del sur de la península. En cuanto a Blanca… ay, ¿qué podría contaros de ella que no sepáis ya, aquellos que sigáis mis extrañas aventuras entre dos mundos? La amante, algo fuera ya de tendencia, del rey, no se separó de mi zaga en todo el recorrido por el túnel, mientras yo trataba de orientarme por todas sus ramificaciones siguiendo el precipitadamente pergeñado mapa de Guillaume en la semioscuridad y, por si fuera poco, no dejó de interrogarme con la brutal sutileza que le caracterizaba: que si qué vientos me habían conducido a Jerusalén, que si cuánto tiempo hacía que me hallaba en la ciudad, que si cómo me había encontrado Guillaume, que si cuántas veces habíamos cometido actos impuros de todo tipo e índole… Exasperada, intenté sacar ventaja de la situación, colándole entre mis respuestas algunas preguntas más que me dieron una visión algo más completa del cometido que Blanca había venido a llevar a cabo a la ciudad de las banderas, y que me dejaron satisfecha, por un lado, pero también perpleja, por otro. Afortunadamente, no tardamos demasiado (aunque sí mucho más de lo que estaría dispuesta a aguantar de nuevo. La próxima vez que Guillaume me pidiera ayuda para rescatar a alguna de sus amiguitas en apuros pensaba decirle que las buscara en mis santos ovarios) en encontrar la salida, un corta, estrecha y polvorienta rampa coronada por una piedra medio encajada que dejaba pasar al luz del sol. La retiré, con escaso esfuerzo, me icé hacia arriba… y me encontré con que estaba en aquella estructura semiderruida situada a pocas varas del acceso que yo tan bien conocía al campamento de los templarios, concretamente a su zona aragonesa. “A la salida del túnel, encontrará gente que os ayudará”. Le mato, pensé. Le mato.

Pero ¿qué es esto? –exclamó, Blanca, tan escandalizada como si, en lugar de haberla conducido a la guarida de uno monjes guerreros, la hubiera llevado a algún local de intercambio de parejas, por lo menos, y ella hubiera sido la madre superiora del convento de Sant Joan de les Abadesses (que ni de broma). Yo la ignoré, aunque se me escapaba la risa por debajo de la nariz a pesar de las pocas ganas que tenía de encontrarme en aquel lugar por segunda vez en tan sólo dos días, y me dirigí hacia donde los dos sargentos que hacían la guardia se esforzaban en presentar un aire marcial aunque les traicionasen sus ojillos semicerrados por el aburrimiento. No me molesté en soltar ninguna fórmula de cortesía.

Vosotros dos, ya me estáis llevando ante vuestro jefe, maestre, comendador, general o lo que sea. Traigo conmigo a una dama de la corte del rey Jaume que necesita volver a Barcelona y, por mi parte, yo tengo mucha prisa y estoy muy cabreada.

Al menos conseguí espabilarlos. Ambos, casi al unísono, dieron un respingo y se quedaron mirándome como si vieran al fantasma de Hugo de Payens. Aquello duró un par de segundos, antes de que, súbitamente, irrumpieran en sardónicas carcajadas.

¡Vaya con la damita! ¡Qué humos se gasta! Bonita, ¿acaso no te has dado cuenta de que con un soplido te podríamos convertir en puré? Y eso sin citar otras cosas que podríamos hacerte y que a lo mejor no te gustarían, o lo mismo nos pedirías más… Puedes dar gracias al Altísimo de que hemos hecho voto de castidad y de no ejercer violencia contra las mujeres, que si no… Pero ¿quién se habrá creído que es esta muchacha? –el más joven de los dos, autor de la parrafada, se volvió ligeramente hacia su compañero, que meneaba la cabeza con aire del que ya lo ha visto todo en esta vida y nada le puede extrañar, y yo aproveché el momento para sacar una daga que llevaba escondida entre los pliegues de mi capa. Se me había olvidado que parezco mucho menos impresionante cuando no visto la armadura (tampoco es que con ella lo parezca mucho, en realidad), pero la visión, y el tacto, justo sobre la vena más gruesa del cuello del que tenía más a mi alcance, les dejó repentinamente mudos. Yo tampoco quise derrochar muchas más palabras: estaba harta de aquella gente.

Venga, haced lo que os dicho. Y deprisita, que la daga pesa demasiado para una débil mujer y lo mismo se me cae sobre un lugar que nos os gustaría..

Pero, antes de que pudieran comenzar a moverse, y eso que ahora ya estaban motivados, Guillermo, el comendador leonés de Aiguaviva, apareció detrás de ellos.

¿Se puede saber…? –enmudeció brevemente en cuando vio la comitiva que formábamos–. Vaya, Eowyn, cuánto bueno por aquí. No creo que hayamos hecho tantas buenas obras como para ser premiados con tu presencia dos días seguidos –me quedé estupefacta: ¿cómo había logrado reconocerme el día anterior?–. Y veo que os acompaña doña Blanca. Os esperábamos, señora, de un momento a otro. En breve, un destacamento os conducirá a Jaffa, donde podréis embarcar de inmediato hacia Barcelona. Ahora, tal vez deseéis refrescaos, descansar y comer un poco, así que Berenguer –señaló al joven y lenguaraz sargento de la puerta– os conducirá a mi tienda junto con vuestra acompañante –volvió su mirada hacia mí–. En cuanto a ti, mi querida muchacha, te agradecería que me dedicaras unos minutos.

Mientras la vida del campamento se desarrollaba en torno a nosotros (hombres que alimentaban caballos, transportaban agua de un lado a otro, bruñían armas, entrenaban, y adecentaban el lugar, que falta le hacía…), yo paseaba con Guillermo, impaciente por escuchar lo que tenía que decirme. Al ver que tardaba en empezar a hablar, me adelanté.

Lo teníais todo planeado, ¿no? Vos y Guillaume. Que yo viniera aquí. ¿Y ahora? Supongo que querréis que me quede. Soy mucho más cómoda fuera de esa guerra, ¿verdad? Así no tendréis que luchar contra vuestra conciencia por desear matar a quien tanto os ayudado, corriendo el riesgo de acabar asqueados de vuestras volubles y pecadoras almas. Pues bien, intentad retenerme, si podéis: pienso marcharme de aquí aunque sea arrastrándome y con un hilo de vida.

Guillermo chasqueó la lengua.

Eowyn, por favor, no es necesario que seas tan novelesca. Obviamente, eres libre de irte o quedarte. Pero tal vez pueda hacerte una buena oferta para que optes por lo segundo. Y no creas que estaba todo planeado. Sabíamos que Guillaume estaba en la ciudad con doña Blanca, y desde ayer (te conozco muy bien y te reconocería incluso cubierta de barro de la cabeza a los pies) también sé que tú estabas, pero no he planeado nada con él, aunque sólo sea porque la comunicación está resultando difícil. Puedes creerme.

Arrugué lo labios, sin mucha fe en sus palabras. Él continuó.

Todo está preparado para que Blanca vuelva a Barcelona. Si accedes a acompañarla, te pagaremos bien. Mucho más de tu sueldo en Jerusalén… Sí, ayer hice averiguaciones y sé para quién trabajas. Necesita a alguien que se ocupe de sus seguridad, y nosotros no podemos destinar efectivos. ¿Qué me dices?

Nada molesta tanto a una mercenaria que le recuerden que lo es. Que lo es completamente. A ver, es bien cierto que trabajo por dinero. Pero que actúen como si no tuviera lealtad por ninguna causa no remunerada, aunque no la tenga, la verdad, me toca un poco la moral.

Creo que esta conversación ha acabado –di la vuelta y me dirigí a la salida–. Arreglaos como podáis, yo ya he cumplido mi cometido con la única persona entre vosotros que realmente se ocupó de mí cuando conseguisteis, gracias a mi incalculable ayuda, atrapar a Esquieu, y dejé de seros útil. Voy a ocuparme de que no entréis nunca en la ciudad y de que, si lo hacéis, ya no volváis a salir, al menos de una pieza. Y no intentéis impedirlo: me mataréis, pero pienso llevarme antes a varios por delante, y con tan poco personal (miré con desprecio a mi alrededor: la verdad es que el contingente, sin ser ridículo, era bastante menguado) no es que os convenga mucho.

Guillermo no contestó. Le di la espalda y sentí su mirada sobre mí mientras me dirigía a la salida. Evidentemente, no me preocupé por no despedirme de Blanca. Cuando estaba a punto de salir, oí la voz del mariscal templario de Aragón.

Dime una cosa, Eowyn. ¿Te has preguntado alguna vez por qué hacemos esto? Y ¿te has preguntado alguna vez por qué tus amigos Omar y Ferran parecen haberse vuelto locos? Yo de ti lo haría. Y lo haría pronto.

Después de volver a meterme por el túnel y salir por la estrecha grieta que me había mostrado Guillaume, ya bien pasada la hora nona, di con mis agotados huesos y mis más exhaustas aún neuronas, en la taberna de la puerta de Damasco. Con un muchacho que haraganeaba por la calle, hice llamar a Ferran, que casi tardó menos en llegar de lo que yo me demoré en pedir una buena jara de vino.

Estás aquí –constató–. La verdad, me tenías preocupado. Después de recibir tu mensaje, fui a tu casa a ver cómo te encontrabas, pero tu casera me echó con cajas destempladas, alegando que debías descansar. Aquello no me olió demasiado bien.

Como ves, había salido –intenté disimular lo mejor que pude–. A probar la resistencia de mi pierna, que por cierto está en perfectas condiciones, y después a buscarte. Pero ella no lo sabía… Me alegro que hayas venido tan pronto, Ferran. Hay algo que quiero decirte.

Si es que Roger tome medidas contra ese par de asnos de guardia y sus acólitos, he de decirte que ya está hecho. Bastantes problemas tengo como para tolerar disensiones internas en mitad de una batalla.

No esperaba menos de ti… Bien, supongo que Christophe te habrá ampliado todos los detalles de lo que sucedió ayer…

Pareció sorprendido.

No sé nada de Christophe. No se ha presentado en su puesto y no ha enviado ningún mensaje. Pensé que seguía recuperándose pero, tras ir a tu casa, me pasé por la suya, y no había ni rastro de él, tampoco. La verdad, no sé muy bien lo que está pasando. Le he buscado por todas partes.

El corazón me dio un salto.

Sabes que le gusta ir bien provisto a la batalla. De vino en el estómago, quiero decir. Beberá, dormirá, y a la hora convenida estará listo –así quería creerlo, aunque me extrañaba que no estuviera en los lugares habituales… Pero no podía permitirme el lujo de preocuparme de eso ahora: tenía que confiar en él–. ¿Y en cuanto a X? –en su silencio obtuve mi respuesta–. No le habéis localizado. Ya veo lo que va a pasar: en el momento menos deseado aparecerá para intentar matarme: me sucede a menudo, me temo. Pero, de todas maneras, él no ni es mucho menos la mayor de mis inquietudes en estos momentos.

Ferran, que hasta el momento había permanecido en pie, se sentó a mi lado, y se sirvió de la jarra en una más pequeña que le aguardaba.

¿Entonces? ¿Qué sucede? No me dirás que te arrepientes. Que has decidido irte con esos animales sin Dios ni corazón de los templarios.

Le eché una mirada de soslayo.

¿Por quién me tomas? No es eso, claro que no. Lo que pasa es… que hay cosas que me están chocando mucho desde que llegué a la ciudad y, que, de pronto, esta mañana… alquien dijo algo que me dio el patrón que necesitaba. El patrón que todos los misterios que me preocupaban podrían tener en común. A partir de ahí, y mientras comprobaba que mi herida estaba completamente curada y lista para entrar en batalla esta noche, comencé a investigar. A intentar encontrar confirmación a mis sospechas. Aún no lo he logrado, pero…

Él permanecía atento a mis palabras, preguntándose, sin duda, por dónde iría a salir.

Dime una cosa, Ferran: no te lo he preguntado antes porque no quería inmiscuirme, ni hacer que creyeras que me inmiscuía, en tu libertad de elección. No quise dar la sensación que te cuestionaba, porque no te cuestiono, pero… necesito saberlo. A ti te importaba un ardite tanto Yahvé como Dios como Alá como sus respectivos profetas. Te reías conmigo de los papanatas que cifraban todas sus esperanzas en un Ser Supremo y un paraíso que no tiene visos de existencia. ¿Por qué, de pronto, te vuelves el defensor más leal de la causa de la media luna? ¿Por qué ese odio a los templarios? En mi caso, está justificado, pero a ti nunca te atacaron. Todo lo contrario, creo recordar que te hiciste gran amigo de Guillaume, e incluso de Bernard, después de nuestra aventura juntos en Tortosa. Dime ¿qué ha sucedido?

Su mirada se tiñó de dolor.

Tienes razón. A mí nunca me atacaron.

Su tono era extrañamente desapasionado, casi psicótico. Me recorrió un inesperado escalofrío.

¿Entonces?

A mí, precisamente, no.

Creo que palidecí. Intuía su respuesta.

Explícate.

Él se inclinó hacia mí, sobre la mesa.

¿Recuerdas la última vez que nos vimos en Barcelona? ¿Cuándo buscabas ocupación

Cómo voy a olvidarlo. Fue un día muy triste.

Lo fue para todos. No podíamos ayudarte. Omar estaba destrozado después de la traición de Elisenda y la pérdida de su popularidad en la Corte y entre las familias nobles. Necesitaba un descanso. Algunos días después de tu visita, salimos. Nos disponíamos a llevar a cabo una saludable partida de caza para llenar la despensa de cara al invierno. Cabalgábamos, reíamos… Aquel día Omar parecía más alegre, y llegué a pensar que pronto se recuperaría y que las cosas volverían a su cauce.

Respiró hondo, como si se dispusiera a tomar impulso para lo que venía a continuación. No le interrumpí, a pesar de que mi impaciencia habitual pugnaba por salir por todos mis poros.

Estaban ahí, en el camino que solíamos tomar. Habían entrado en las tierras de Omar. Nos esperaban. Con sus yelmos enteros, no pudimos ver sus caras. Pero sus hábitos y mantos blancos con cruces rojas, las de algunos, y negras con cruces rojas, las del resto, no dejaban lugar para las dudas. Parecía que no deseaban dejarlo. Eran una compañía de unos veinte caballeros, si así puede llamarse a unos malnacidos, y su presencia allí no era casual. Nos buscaban a nosotros. Específicamente a nosotros. Bueno, en realidad, a él.

Volvió a interrumpirse mientras yo le azuzaba con un gesto.

A mí me sujetaron mientras apaleaban a Omar. Esa es la razón por lo que ha estado ausente tanto tiempo, no tanto sus negociaciones con el sultán. Se recuperará, supongo, pero dudo que pueda volver a ser el mismo. Dudo que pueda seguir trabajando.

Me llevé las manos a los labios para ahogar un gemido.

Entonces vine aquí., y me dediqué en cuerpo y alma a organizar la defensa de la ciudad. Juré lealtad al gobernador y me puse a los órdenes de Roger, aunque él me trata como a compañero, más que como a un ayudante. Y te puedo asegurar que los que iniciaron todo esto o pagarán muy caro. Muy caro.

Apretó el puño sobre la mesa, sin llegar a golpearla. Yo bebí de un trago todo el contenido de mi vaso y me serví otro.

Hay una manera de arreglar esto –le dije, intentando guardar la compostura tras las terribles noticias–. Sé una forma de sacar a toda la población civil de la ciudad, de ponerlos a salvo. Después, forzaremos una negociación con los templarios. Creo que yo podría tener algo que a les podría interesar, algo lo bastante importante para que atiendan a razones. Se irán o, en el peor de los casos, conseguiremos una ocupación que garantice que en la ciudad todo el mundo tendrá el derecho de gestionar su vida o su fe como mejor decida. Y no es porque rehúya el enfrentamiento. En estos momentos, siento tanta rabia hacia tantas personas que sólo unos cuantos muertos bajo mi espada podría calmarme. Pero esa no es la idea… Ferran, creo que todo esto ha sido una gran manipulación desde el principio, y tú, yo, los jerosolimitanos y los propios templarios sólo somos las víctimas de algo que nos supera. Escucha…

Pero él me interrumpió.

Pero, Eowyn, ¿acaso has escuchado algo de lo que te he dicho? No sé a lo que te refieres ni me importa. Yo sé lo que vi. Tampoco tengo ni idea de lo que te refieres cuando hablas de sacar a la gente de la ciudad, pero no me interesa.

No podía estar escuchando realmente aquellas palabras, No de boca de Ferran

¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo no pueden importarte estas personas? ¡Juraste defenderlas!

Porque no quiero la paz con los templarios. Con los cristianos, en general. Quiero que todos los odien como yo los odio –la rabia que bullía en su acento me impactó como una puñalada–. Porque esto no ha sido algo aislado. Esa gente nos aborrece. Todos vosotros nos aborrecéis

No me metas a mí en tus locuras. Además… Espera un momento: dijiste que cuando sucedió lo del ataque, viniste aquí para organizar la defensa de la ciudad pero, ¿por qué? ¿Por qué aquí precisamente? ¿Cómo sabíais que esta ciudad corría peligro?

Es lo que iba a explicarte ahora –replicó–. Cuando los templario pensaron que habían acabado con él y se marcharon, pensé que Omar se desangraría allí mismo. Que la única persona en el mundo que tenía la valentía de ser quien quería ser y de ayudar a los otros a que lo fueran, como me ayudó a mí a escapar de la tutela de mi padre y renunciar a ser lo que se esperaba de mí, un caballero más, moriría allí mismo, como un perro, y dejaría huérfanos a todos los que ayudó, incluido yo. Pero, justamente, pasó por allí una comitiva: era una viajera noble de Granada, acompañada de su servidumbre y de su guardia. Venía para tratar de asuntos diplomáticos con el rey Jaume de parte de su soberano. Ella puso a nuestro servicio a toda su servidumbre, e intercedió ante su rey para que Omar viajara a la corte del sultán de Egipto a ser tratado por sus mejores médicos, cuando los de aquí se vieron imposibilitados de hacer nada más. Ella fue la que me reveló que los espías granadinos habían averiguado que la cruzada de los templarios estaba un punto de empezar, y que todo respondía a un plan mucho más ambiciosos: un nuevo contubernio de los reyes de Europa para acabar con el islam, usando ahora todos los métodos a su alcance, por muy poco caballerescos que sean: ella estaba encargada de intentar pararlo en Aragón ofreciendo prerrogativas a Jaume, pero nuestro monarca está demasiado preocupado por sus próximas conquistas militares, si es que no está inmerso en la conspiración

Me caían gotas de sudor de la frente; era demasiado esfuerzo para mi cerebro tratar de entender aquel surrealista relato.

Ferran, todo esto parecen los desvaríos de un lunático. Además, ¿no crees que es un poco extraño que el camino de Granada a Barcelona pase por la costa norte, donde está la casa de Omar? ¿Y qué en otros ambientes no se haya sabido nada de esas negociaciones?

Eso no tiene nada que ver. Además, llevamos mucho tiempo lejos de Barcelona. No sabemos qué ha podido suceder.

Me levanté, empujando la silla lejos de mí. No sabía qué hacer ni cómo canalizar mi nerviosismo, cómo hacer que mis ideas fluyeran con más rapidez.

A ver… recapitulemos. Ferran, ¿podrías describirme a esa mujer?

Ferran frunció los rasgos, extrañado de mi pregunta.

No veo que eso sea importante, pero… Una mujer normal, no especialmente bella ni tampoco todo lo contrario. De estatura menor que media, ojos oscuros y cabellos de un castaño claro.

Seguí paseando, intentando enhebrar el hilo de aquella aguja. No, no, no podía ser, todo mi castillo de naipes se desmoronaba: aquella mujer no se ajustaba a la descripción que yo estaba esperando, por muy disfrazada que estuviera.

Sus criadas, ¿ocultaban el rostro?

Sí, pero eso no es extraño en las mujeres de mi religión. ¿A dónde quieres ir a parar?

¿Y ella? ¿Qué edad tenía?

Eowyn, no sé qué pretendes con este interrogatorio…

Contesta, por favor.

Era muy joven, casi una niña. Me extrañé de que una misión tan importante hubiera sido confiada a una mujer de su edad, pero parecía muy bien asesorada, y estaba rodeada de hombres sabios…

Yo chasqueé los dedos.

Y, supongo, que como buena nativa de Granada, hablaba el castellano que hablaba tenía un marcado acento del sur. ¿Me equivoco?

Guillaume me esperaba en mi habitación. Sí, como era habitual, mi casera no había podido resistirse a su encanto, y ahora comía en su mano. Yo irrumpí en la estancia como un vendaval.

¡Por fin! –exclamó él–. Te esperaba mucho antes. ¿Qué demonios te ha pasado? ¿Ha salido todo bien?

Yo no respondí. Me llameaban los ojos.

¿Lo hicisteis vosotros?

Eowyn, ¿se puede saber qué te pasa y a qué te refieres?

El ataque a Omar. ¿Lo hicisteis vosotros, repito?

¿Omar ha sido atacado? ¿Cuándo? No tenía ni idea de ello. Oí decir que está con el sultán. Y ya sé que Ferran es tu jefe y que ha cambiado bastante respecto al hombre que conocí. ¿Por qué dices qué hemos sido nosotros?

Por favor, dime la verdad. ¿Te dejaste convencer por Blanca? ¿Creíste que sacarías de eso alguna ventaja? ¿Hiciste algún pacto con ella?

Pero… esto es increíble. No puedo admitir de ninguna manera que tengas esos pensamientos acerca de nosotros… acerca de mí… Por Dios santísimo, ¿es que no me conoces?

Su rostro expresaba una pesadumbre tal que me casi me convenció.

Guillaume, ya no sé qué pensar. Ya no sé a quién creer.

Se levantó de la cama donde había estado sentado, y comenzó a pasear por la habitación. Yo me senté al lado de donde él había estado.

¿Cuándo sucedió?

Le miré con suspicacia. No, no podía creer en realidad que se hubieran atrevido a algo así. Pero tampoco sería la primera vez que los templarios me traicionaban… ¿Y si aquella conspiración a escala global de la que hablaba Ferran era real? Cosas más extrañas se habían visto. En aquella ciudad reinaba un ambiente malsano, yo lo sabía desde hace tiempo, pero ¿y si la realidad se correspondía a algo completamente distinto a mis sospechas? Me esforcé en mostrarme civilizada: le daría un oportunidad. Una solamente. Traté de concentrarme.

Tuvo que ser poco después de nuestro encuentro. En sus propias tierras. Cuando me hallaba navegando hacia Chipre bajo las garras de Gonzalo –pronuncié las palabras con odio: no quería que olvidara por una momento la parte de culpa que le tocaba por mi secuestro, ordenado por un alto cargo de su orden. El rictus que recorrió su cara me indicó que lo había conseguido. Después, se serenó y dijo:

Yo me hubiera enterado de cualquier movimiento que se realizara en los alrededores de Barcelona, Eowyn. Si hubiera sido cuando partí hacia Tierra Santa, con Blanca, un par de meses después… podría haber tenido dudas. Pero ahora puedo asegurarte que no es cierto. No sé qué le pasa a tu Ferran, pero, o él mismo está muy confundido o está tratando de confundirte a ti. O tal vez ambas cosas.

Nuestras miradas convergieron en un destello de entendimiento. Supe que ambos estábamos pensando, si no de la misma manera, de otra muy parecida.

Hay otra explicación –dije al fin–. Si realmente puedo creer que vosotros no llegasteis a ese punto… Es descabellada y casi conspiranoica, aún más de lo que es la de Ferran, aunque sea, también, más concreta. Él me contó que la mujer que, casualmente, pasó por allí y les ayudó, y también les condujo a esta espiral de fanatismo, y que defendía la tesis de una cruzada a gran escala contra el islam, tanto ideológica como militar, era muy joven y hablaba con acento del sur –dejé que mis palabras maduraran en su mente. No fue necesario esperar mucho.

Ana –respondió, escueta y velozmente.

¿La crees capaz de esto? –él empezaba a negar dubitativamente con la cabeza, pero yo continué–: Quiero decir, ¿crees capaz de esto a su jefa? No hablo de moral, si no de su inteligencia

En realidad, ambos conocíamos la respuesta. Él suspiró y apretó los puños. Después, se acercó a la ventana que daba al patio y se quedó mirando por ella, soñador….

He fracasado –dijo–. Quise ser más listo que ella y me venció. Me venció con mis propias armas… Se suponía que yo tenía que controlarla para que no se entrevistara con Felipe de Francia, o al menos averiguar si lo hacía y sobre qué tema. Pero creo que era ella la que me vigilaba a mí… Es posible, incluso, que la obsesión que yo le inspiraba haya desaparecido. Me he creído irresistible y muy sabio, pero ella ha jugado conmigo todo este tiempo.

Se volvió hacia mí y se quedó mirándome, con los brazos cruzados y una carga importante de contrición en la mirada. Me levanté y me puse frente a él.

Ahora mismo, Guillaume, una parte de mí desea matarte, por ser un ingenuo, por ser un descerebrado, por tener el cerebro concentrado en una parte del cuerpo que no tiene que ver en absoluto con la cabeza… por ser una hombre típico y tópico, en fin. Pero he de reconocer que ella es una rival demasiado fuerte para nosotros. Yo misma he estado a punto de ser engañada por ella en varias ocasiones… Hoy mismo: ha sido tan terriblemente pesada en preguntarme por activa y por pasiva cuál era mi relación contigo, que pensé que seguía siendo la Blanca de siempre. Pero ahora pienso que lo hizo con demasiada insistencia, con demasiada desesperación, que estaba intentando encubrir algo mucho más grave, mucho más decisivo para nosotros. Y eso no quiere decir que la obsesión no permanezca, pero… Guillaume, ¿crees que ella pudo saber algo sobre el proyecto de invasión de Jerusalén?

El rostro de él se ensombreció aún más.

Un día… una noche… tuve un descuido. Bebí demasiado. Dejé las cartas de Bernard bastante a la vista. Ella intentaba siempre hacer que bebiera y comiera, decía que quería verme feliz… Después, cuando me di cuenta de lo que había pasado, no vi ninguna prueba de que ella hubiera leído mis papeles y traté de convencerme de que no lo había hecho, de que su odio hacia los templarios no era tan feroz. Y, en realidad, quizá no lo sea.

Entendí lo que quería decir.

Lo es en realidad, por varias razones. Pero esto es demasiado grande para ella. Alguien está empleando ese odio y, sobretodo, su desmesurada ambición, y seguramente Blanca no sea la única pieza que Felipe esté moviendo en este tablero. Esto tiene un ámbito demasiado global, Guillaume. Pero –comprendí que se estaba haciendo tarde– ahora yo necesito estar sola para pensar

Vas a reunirte con los tuyos, ¿no? –me interrumpió–. ¿Todo lo que has averiguado, toda la gran mentira que representa esta batalla, no ha hecho tambalear en lo más mínimo tu lealtad hacia Jerusalén?

Aplícate el cuento, entonces…

Sabes que tenemos razones fundadas para hacerlo. Y si no lo sabes deberías saberlo.

Recordé las palabras, dichas apenas unas horas antes, del tocayo leonés de Guillaume, las palabras que habían dado una definitiva forma a mis sospechas. Miré la posición del sol en la ventana: no me quedaba mucho tiempo para reunirme con el resto de los defensores de la ciudad y comenzar la incursión fuera de las murallas.

Hablaremos de esto. Hablaremos de esto, no sé cuándo, pero hablaremos. Ahora, te pido que te marches –le miré. Tal vez nunca volvería a verle vivo. Tal vez nunca volvería a verme viva. Tal vez uno de los dos acabara teniendo que matar al otro. Pero no podía demostrar que necesitaba decirle adiós. Me di rápidamente la vuelta, tragándome mis sentimientos. Debería estar acostumbrada a despedirme de mis amigos. Debería estar acostumbrada a perderlos. Debería. Le indiqué la puerta y me volví de espaldas. Oí que decía:

No, Eowyn. No puedo dejar que lo hagas.

Y, de pronto, todo se volvió negro.

(continuará…)

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(viene de)

Aquello parecía las Ramblas de Barcelona del siglo XXI en un día festivo de verano. En todas direcciones, especímenes humanos del género femenino de todos los tipos posibles circulaban, sin prestar (afortunadamente) ninguna atención a una servidora; todo lo más, recibí alguna mirada despistada que luego fue a enfocarse en algún otro objeto más interesante, tras catalogarme como la última adquisición del harén del gobernador. Aquello rebajó un tanto mi nivel de nerviosismo pues, en un buen principio, el plan de Guillaume me había parecido absurdo. ¿Cómo iba a pasar desapercibida en un ambiente donde el cuerpo de la mujer es un instrumento para la estética y el placer y, por consiguiente, la totalidad de sus integrantes gozan de abundancia de atractivos físicos, en calidad y cantidad? El mío nunca ha sido nada parecido, ni pretendido serlo; mi cuerpo es un instrumento, sí, pero para la lucha, entrenado para matar o, al menos, para no que no me maten. Pero el que pasara tan desapercibida entre ellas demostraba que ninguna persona es tan fea en realidad si tiene de su lado a una considerable cantidad de afeites y a hábiles esteticistas; además, la ropa que llevaba puesta, con sus telas llenas de pliegues, volúmenes y caídas, daba prestancia, según el gusto medieval, a mis magras curvas, que seguramente en el siglo XXI serían calificadas como poco menos que síntoma de obesidad mórbida. O quizá es que realmente era casi imposible distinguirse entre aquella multitud de mujeres, entre las que, para gustos colores, alguna debería de haber cuyo aspecto no correspondiese al canon estético más mayoritario, como bien podría decirse, diplomáticamente, de mi pobre persona. A pesar de que el zalamero de Guillaume se esforzara siempre en asegurarme que yo no estaba nada mal.

Mientras me distraía con aquellos pensamientos, procuraba orientarme en aquel laberinto del lujo, siguiendo las indicaciones de Guillaume para encontrar los aposentos de Blanca y su dama: izquierda, derecha, otra vez derecha, de nuevo izquierda… A pesar de todo, no me sentía nada mi segura en aquella personalidad, inspirada en la de la hermosa juglaresa Asha de Tortosa, la creación de Omar y Ferran que Guillaume había tenido la oportunidad de conocer después de su regreso de la tumba: temía que, si alguien me ojeaba con suficiente atención, algo en mí proclamaría a los cuatro vientos: “Eh, soy una mercenaria cristiana de moral relajadilla y vengo aquí a exterminaros por pertenecer una raza de coeficiente intelectual inferior. Mejor matadme entre terribles sufrimientos antes de que sea demasiado tarde”.

-¿Se puede saber quién eres tú?

Mis peores miedos acababan de materializarse. Las palabras procedían de los gordezuelos labios de un enorme eunuco, surgido de detrás de unos cortinajes, que me había tomado completamente por sorpresa, obligándome a emitir un gritito que me quedó muy femenino y muy mono, tan metida estaba yo ya en mi papel. Aunque también se debía a que, desarmada como estaba, me iba a ser prácticamente imposible quitarme de encima a un tipo que medía de ancho casi lo mismo que yo de alta, sobre todo si llamaba a sus amigos de la guardia. Bajé la mirada, la mar de recatada y sumisa.

-Hace poco que estoy aquí -dije con una vocecilla de lo más dulce, en un árabe penoso con marcado acento de Huesca-. Me han dicho que tengo que servir a la señora cristiana.

-Estoy a cargo de todas las nuevas esclavas y no te visto nunca. Y nadie me ha avisado de tu presencia -comprendí que estaba hablando más para sí mismo que con deseos de informarme. Pero lo importante es que todo apuntaba a que el plan de Guillaume no había contemplado a aquel celoso responsable de las esclavas que mi proverbial mala suerte había hecho que se cruzara en mi camino, como si no hubiera trabajo que hacer ni lugares que recorrer en aquellos amplios aposentos.

-Desconozco lo que ha sucedido, señor…

-¿Acaso te he pedido tu opinión?

Callé. Al parecer, me las estaba viendo con el típico sirviente resentido que, tras haber sido ascendido a un puesto de algo de más responsabilidad de la que había tenido hasta el momento, se desquitaba con los suyos en lugar de rebelarse contra los de arriba. Un obrero de derechas, vamos. Él cogió mi barbilla entre los dedos de una mano gordinflona, y la alzó.

-Yo te conozco… -los rasgos diminutos, enclavados, muy próximos, en el centro de su cara de luna, se contrajeron en un intento de recordarme-. Sí, te he visto, y no aquí.

Conservé los ojos bajos.

-Puede ser, señor.

Mantuvo mi barbilla levantada, escudriñándome el rostro. ¿Dónde realmente creía que me había visto aquel individuo? Los de su clase no acostumbraban a salir mucho del palacio ni a frecuentar tabernas, al menos seguro que los mismas donde yo solía acudir. ¿O es que sencillamente desconfiaba de mis rasgos occidentales, visibles aunque disimulados por los afeites de mi maquillador personal? ¿Era de aquello a quienes todo lo cristiano les parecía perverso, al igual que a buen grupo de mis compatriotas les parecía repugnante todo lo musulmán? ¿O es que me había hecho famosa? Tras unos segundos en aquella actitud, me empujó hacia atrás, con desprecio.

-Anda, vete -dijo solamente.

Y entonces sucedió lo que de ninguna manera hubiera tenido que pasar. Guillaume, que me conoce bien, me había advertido que no me metiera en líos, que siguiera sus instrucciones de manera estricta, y que me abstuviera de ser creativa o impulsiva. Pero hay cosas que no se pueden evitar. O, mejor dicho, que yo no puedo evitar. Al empujarme, fui a parar contra una ornamentada columna, cuyas molduras se clavaron en algún punto sensible de mi espalda; el dolor que sentí fue tan intenso que una rabia sorda me acometió como un alud incontrolable, y antes de que pudiera impedírmelo a mí misma, ya había lanzado un gancho de izquierda a la mandíbula del eunuco, dejándole momentáneamente confuso; en mi justificación diré que se debe haber sido una mujer, y sufrir en múltiples ocasiones tratos parecidos a aquel, para saber lo que se siente; aunque he de decir que ninguno de los que así intentó comportarse conmigo sobrevivió demasiado, al menos con todas las partes de sus cuerpos intactas. Pero aquella mole oscura y cabreada ya se había recuperado y me mirada con el mismo tanto por ciento de estupefacción y odio.

-¡Maldita seas, bruja! -o algo así; no soy tan buena con los idiomas como a veces presumo, y a pesar de los largos meses transcurridos en Tierra Santa, el árabe aún se me resistía un poco (en realidad, un poco bastante). El eunuco acompañó sus palabras con un alarido, lanzándose hacia mí con la cabezota por delante, como si tuviera complejo de ariete y quisiera derribar la puerta de algún castillo que se resistiera a ser tomado. Pero era tan lento como grande, y sólo tuve que apartarme un poco para que su cocorota se estampara contra la misma columna que tanto daño me había hecho, dejándola, por otro lado, tan maltrecha como ella a él. El gobernador no me perdonaría jamás el destrozo que se estaba produciendo en sus elementos arquitectónicos por mi culpa, cosa que, como comprenderéis, me preocupaba muchísimo. Entonces, el tipo se volvió hacia mí, sangrando por una ceja y con fragmentos de yeso adornándole la cara y, tras lo que me parecieron varios sapos y culebras arrojados contra mí, creí entender entre sus palabras algo que me sonó como, en traducción para todos los públicos, “ahora sí que la has hecho buena, niñata”. La situación tomaba progresivamente un cariz menos alentador; de hecho, me parecía casi imposible que alguien no hubiera oído ya el estrépito y sólo pude atribuirlo a las dimensiones de aquellas estancias, pero aquello, desde luego, no duraría. El individuo me lanzó, en aquel momento, un puño hacia la cara, que pude esquivar con facilidad, y luego otro, que me costó más sortear y que me rozó la mejilla: la ira le concedía una rapidez y una precisión que antes no le había visto. El pasillo por el que me estaba haciendo retroceder terminaba en una pared, y cuando intentaba tomar la bifurcación que me llevaría hasta el siguiente tramo, caminando de espaldas y solamente con subrepticias miradas hacia lo que había a mi espalda, calculé mal y choqué con la aguda esquina, lo que mi atacante aprovechó para golpear mi estómago con su puño e intentar sujetar mis manos detrás de mi espalda. En aquel caso concreto, no iba a servirme el socorrido truco de levantar la rodilla y clavarla en su huevada, así que opté por pegarle un cabezazo en las narices. Eso, un puñetazo en la mandíbula y una patada en el costado le llevó a dormir el sueño de los justos, aunque no lo fuera en absoluto.

Miré a mi alrededor y escuché con atención: no se oía nada, de momento, lo que significaba que aún tenía una oportunidad de salir de allí, con Blanca y sin más obstáculos. Rápidamente, busqué algún sitio donde pudiera esconder al eunuco para ganar tiempo, y di las gracias que pude reencontrar, en mitad del corredor, aquellos cortinajes de los que había surgido, que daban paso a una pequeña habitación sin ventanas cuya función no me quedaba muy clara. ¿Espiar a las mujeres, tal vez? Sin querer perder más el tiempo discerniendo sobre aquel asunto, arrastré hacia allí el cuerpo inanimado de aquella simbiosis entre ser humano e hipopótamo, lo que me costó las energías acumuladas para toda una semana, rogando que no se despertara ni fuera descubierto antes de tiempo. Una vez hecho esto, ordené mi ropa y seguí el camino, intentando recordar el mapa mental que me había hecho, y que tras la reciente experiencia había empezado a desdibujarse, haciéndome cruces de que nadie hubiera sorprendido mi amistoso intercambio de opiniones con el eunuco: aquella buena fortuna, tan extraordinaria en mi vida, no podía durar mucho, seguro. Por fin, vi la puerta a la que correspondía la estancia que daba cobijo a la intrigante mujer a la que había venido a rescatar, y allí me dirigí a toda prisa, pensando que ni en mis peores pesadillas podía haber imaginado que, algún día, consideraría la habitación de Blanca como un refugio. Empujé la puerta y entré, para encontrarme con la embajadora no oficial de la Corte de Aragón dando paseos leoninos por toda la extensión de la sala, mientras otra mujer, muy joven y desconocida para mí, parecía concentrada en una labor de aguja, sentada en un escabel junto a la gran cama. Yo me planté ante ellas, no sin antes cerrar la puerta tras de mí, y les dije:

-¡Sorpresa!

Blanca estaba completamente patidifusa. Vaya, por fin había logrado arrancarla de su zona de confort, como suele decirse. Tal vez aquella aventura iba a tener sus compensaciones.

-¿Quién demonios eres tú? -me espetó al fin, siempre tan amable, mientras su dama de honor levantaba los ojos hacia mí, con escaso interés.

-Vuestra salvadora, señora. Por cierto, no tenemos tiempo que perder. Como se suele decir, si queréis vivir, acompañadme… ¿de qué me suena eso? Bueno, es igual. Arreando, que es gerundio.

-Pero… ¿se puede saber…? -se acercó a mí y me miró fijamente. Tardó apenas un segundo en reconocerme, y entonces el desconcierto la apabulló-: ¡Tú! -exclamó, casi gritando-. ¿Qué se supone que estás haciendo aquí? Y… ¡por la santa Virgen! ¿Cómo se te ha ocurrido ataviarte de esa guisa? -la nueva dama se levantó, con aspecto de sentir algo más de curiosidad que antes, y se aproximó a nosotros, aunque sin prisas.

-Ya os lo he dicho: todo esto es para sacaros de aquí. Seguidme sin hacer preguntas y os aseguro que en menos de lo que tarda un monje en beberse diez jarras de vino ya estaréis a salvo. Venga ya, que estoy comenzando a impacientarme.

Ella puso los brazos en jarras.

-No sé cómo has entrado aquí ni por qué se te ha ocurrido hacerlo, pero puedo asegurarte que antes caería en las manos de un horda de musulmanes que no hubieran visto a una mujer en años que en las tuyas.

Dios mío. Y yo que algunas veces hasta había pensado que era inteligente. Me armé de una paciencia que estaba lejos de sentir.

-Pues he entrado por el mismo lugar que vos vais a salir. Y la razón por la que se me ha ocurrido hacerlo es porque me lo ha pedido vuestro querido Guillaume, a quien vuestra seguridad le preocupa realmente. Y yo era la única persona a quien podía recurrir.

Como me imaginaba, no era muy difícil convencerla si invocabas el nombre de su obsesión. Tras mirarme unos momentos con chulería, pareció ablandarse.

-Está bien -gruñó, a pesar de todo -. Debo recoger algunas cosas…

-Nada de equipaje –le solté-. Os iréis con lo puesto. En el lugar al que vamos -mentí descaradamente- ya se os proveerá de todo lo necesario -abrí la puerta-. Seguidme en silencio y, por favor, que no parezca que estáis huyendo. Intentad aparentar naturalidad. Señora Blanca, sé que sois muy ducha en fingir lo que se os antoje, así que no creo que os sea complicado. Adelante.

Podía oír su indignado murmullo a mis espaldas, cosa que en absoluto iba a quitarme el sueño. Con más ojos que un monstruo mitológico, abrí la marcha, tratando de controlar mi nerviosismo. Y es que no era lo mismo correr aquella aventura sola que hacerlo con aquella pareja de cortesanas pánfilas; de Blanca, con su personalidad, además de casi psicopática, emocionalmente impredecible, no me fiaba ni un pelo, y la joven damita, aunque tenía un aspecto ingenuo y bondadoso (lo que nunca había visto en ninguna de las acompañantes de Blanca hasta el momento, tenía que reconocerlo), parecía, tras mis últimas palabras, asustada como un ratoncito.

-Veo que tenéis dama nueva -dije, para intentar serenar los ánimos, o tal vez no-. ¿Qué fue de la anterior?

-Se casó -dijo Blanca, a regañadientes.

-Vaya por Dios. La verdad es que os duran bien poco, a pesar de lo amable jefa que sois. Deseo verdaderamente que sea feliz. Dado lo encantador de su carácter, jamás hubiera podido imaginar que encontraría a algún incauto dispuesto a caer en sus redes. Aunque también habría que ver cómo es el interfecto en cuestión. Vale, señoras, ya estamos llegando. Unos pasitos más y estaremos a salvo. Seguid así que vais muy bien.

Un alarido infrahumano resonó, en aquel momento, a nuestras espaldas, detrás de la esquina que acabábamos de doblar. Me pareció reconocer la vocecilla desafinada de mi reciente contrincante, que al parecer se había despertado inoportunamente de su siesta. Algo que me pareció un estrepitoso entrechocar de hierros lo coreó, como un eco lejano. Me volví hacia las dos mujeres, a las que el terror había despojado de la capacidad del habla; aquel hecho me habría alegrado, en lo referente a Blanca, en cualquier otra circunstancia.

-Corred -las insté-. Corred como si os fuera la vida en ello. De hecho, os va. Venga, ¡volad!

Las tres nos precipitamos pasillo arriba con prisa indecorosa, remangándonos nuestra incómodas faldas. Menos mal que carecíamos de público que pudiera contemplarnos, porque no hubiera sido nada divertido unir al peligro en el que estábamos la burla general, dadas nuestras ridículas pintas. Los gritos de guerra que nos perseguían se iban haciendo más cercanos. Unos codos más allá se hallaba la puerta que daba al cuarto de los trastos y al túnel lleno de cascotes que ahora me parecía el lugar más paradisíaco del mundo, pero no creía que fuéramos a llegar a tiempo. Me detuve un momento.

-Adelantadme -les ordené-. Abrid esa puerta, al final del pasillo. En línea recta, encontraréis un agujero. Meteos por él y esperadme. Y no se os ocurra quejaros del polvo y los escombros. Vamos.

Ellas, temblorosas, me obedecieron, y yo me quedé atrás. Seguí corriendo, derribando a mi paso todo lo que encontré: estatuas, jarrones que se lucían en diferentes hornacinas, colgaduras de pesado terciopelo, todo marcó el camino de mi huida; esperaba que el gobernador no le pasara la cuenta de daños y perjuicios a mi amadísimo monarca Jaume, porque ni toda la inmortalidad posible me iba a dar para pagar aquel dispendio. Iban a alcanzarme, y yo tenía que evitarlo por todos los medios: no sólo porque no saldría viva, o al menos libre, de un enfrentamiento, dado el número de enemigos a los que me enfrentaba, sino porque no podía permitir que el secreto del túnel templario quedara al descubierto, y tampoco abandonar su suerte a Blanca y a la doncella en un túnel lóbrego y desconocido, aunque solo fuera porque le había prometido a Guillaume que las rescataría. Pero los tenía pisando las ricas telas que arrastraba tras de mí. Sus alientos removían mi cabellos sueltos y adornados con hilos de oro bajo los velos. Estaban ahí.

Los sentí totalmente presentes y tuve que girarme: mis perseguidores acababan de hacerse visibles, apareciendo por el recodo del corredor que tenia tras de mí y encabezados por el indignado y chillón eunuco; decidí que era mejor no contarlos para no deprimirme. ¿Cómo había podido conseguir en tan limitado lapso de tiempo avisar a tantos hombres armados? Evidentemente, las medidas de seguridad en aquel serrallo eran más férreas de lo que se podía deducir a simple vista. Desesperada, me detuve en seco: no quedaban más que un par de pasos para llegar a la puerta del trastero, y a mi libertad, pero aquella libertad me estaba vedada porque el plan que tenía yo para los túneles no contemplaba hacerlos públicos en aquel momento. Ellos se acercaban a mí, rugiendo e intentando apartar obstáculos, entre maldiciones y juramentos, mientras yo retrocedía sólo un poco, temiendo que si me alejaba de la puerta ya no sabría encontrarla y me encontraría perdida en aquel entorno hostil Y sin embargo… y sin embargo tuve la tentación, durante un largo instante, aunque todo aquello se desarrolló en realidad en muy escasos segundos, de abrir la puerta y marcharme y confiar en despistarlos en el túnel, pero… algo, en el último momento me lo impidió: probablemente mi escasa inteligencia, mi tendencia a fastidiarla en el último momento, o mejor, a fastidiarme a mí misma. Tenía sólo un segundo para decidir lo que debía hacer. Sólo uno. Y no podía escaparme de ellos sin desaparecer.

Desaparecer.

Un nube de locura pasó por mi mente. Desaparecer, sí. De pronto, recordé el apelativo que me había dirigido mi amigo el responsable de las esclavas y, súbitamente, con gestos ampulosos, extraje del interior de mis ropajes una redoma con algunos de los polvos que Guillaume había empleado para oscurecer mi pálida vez casi cantábrica (y que me había dado por si necesitaba hacerme un retoque en el maquillaje), diciendo, en mi malhadado árabe.

-¡Soy una bruja cristiana -destapé el envase- y ahora voy a desaparecer! -continué en aragonés-. Abracadabra pata de cabra, y ¡hasta luego, amigos! -vacié la botellita en el aire como si estuviera tirando confeti, y soplé sobre el contenido creando una nube que me ocultó. Cuando el polvo se hubo disuelto en el aire, sólo quedó un pasillo vacío y una puerta cerrada por donde yo, de ninguna manera, podía haber salido. En el interior, después de cerrar y atrancar la puerta, me guardé la llave que me había dado Guillaume, y que los habitantes de la Torre de David llevaban buscando meses sin éxito, encendí la antorcha y me apresuré a salir por la abertura para reunirme con mis rescatadas, que me esperaban en la más absoluta oscuridad, temblando de terror. En realidad, la gran señora Blanca directamente lloraba a moco tendido creyendo que en breve sería ensartada por las afiladas armas de los guardias, tanto en un sentido real como figurado.

Sí. Decididamente, aquella misión había tenido sus compensaciones.

(continúa).

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(viene de)

Pues allí me quedé, incapaz de reaccionar tras la sorpresa, mientras que Guillaume (para el cual, evidentemente, aquel encuentro no había tenido nada de sorpresivo pues, como todas las acciones de mi controvertido compañero de fatigas bretón, estaba más que previsto y estudiado) se complacía en mirarme con una expresión socarrona, aunque, también, me pareció bastante exultante. Estaba yo imaginándome de dónde vendría la alegría que transpiraba la mirada del visitador templario, cuando Christophe, con mucho tino, rompió el encanto.

-Esto… a ver, aborrezco tener que interrumpir un momento tan emotivo, pero no sé si recuerdas, Eowyn, que media Jerusalén no está persiguiendo; eso sin mencionar que estás a punto de desangrarte.

Miré mi herido como si me hubiera enterado en aquel momento que la tenía. No sentía dolor en absoluto, y casi ni me había molestado al caminar, pero la sangre me corría con profusión rodilla abajo, y eso no era demasiado aconsejable.

-Tienes razón –acordé-. Bueno, estas llaves tienen que estar en algún parte –seguí hurgando en la bolsa que tenía prendida en el cinturón. Guillaume, por su parte, negó repetidamente con la cabeza con expresión de resignación, como dándome por imposible, y se dirigió con grandes zancadas hasta la puerta de la casa donde yo vivía, para aporrearla con determinación. Yo le increpé.

-Pero… ¡serás bruto! ¿Quieres despertar a toda la casa?

-Van a tener que despertarse igual. Alguien va a tener que ayudarnos a curarte la herida –respondió, encogiéndose de hombros mientras continuaba golpeando la puerta como si le hubiera hecho algo personal. Christophe, que se había asomado al callejón para ver si venía alguien, dio la vuelta.

-Bueno, hay que reconocer que tu amigo podrá ser inoportuno, pero al menos también es resolutivo… Espera, ya abren.

La señora de la casa, acompañada de Fátima, la criadita que se había hecho amiga mía, aparecieron por el resquicio que quedó cuando entreabrieron con cautela la puerta. El rictus, sorprendido y temeroso, que el estruendoso golpeteo había impreso en sus rostros, se multiplicó por mil cuando me vieron chorrear sangre como un cerdo el día de la matanza, y de inmediata profirieron en ayes de terror y preocupación, que se trocaron de inmediato, demostrando gran sentido práctico y (demasiada, por desgracia) experiencia en situaciones como aquella, en órdenes hacia Christophe y Guillaume para que me llevaran a mi habitación. Ellos no dudaron en cumplirlas (como cualquier hombre, estaban encantados de que se les presentara una ocasión de demostrar los fuertes y machotes que eran, o que se creían), a pesar de mi protestas de que era perfectamente capaz de llegar sola, pero al final opté por guardar mis fuerzas para los desafíos que se avecinaban y les dejé que me transportaran, aunque no dejé de murmurar juramentos un solo momento. Me depositaron sobre mi cama, y mi casera desgarró mis ropajes para dejar la herida al aire. Afortunadamente, no era más que un rasguño poco profundo, y Fátima fue a buscar agua en abundancia y aguja e hilo de coser, mientras Guillaume, que se creía especialista en todas las materias, importunaba a las improvisadas médicas con consejos sobre curación de lesiones de guerra. He de decir que la cura no me dolió tanto como esperaba, o quizá, tras el primer sorbo de vino que, muy solícito, Christophe fue a buscar a la cocina, el cansancio y las emociones me tumbaron en un sueño profundo y reparador.

Un rayo de luz atravesó el ventanuco que daba al callejón posterior de la casa, y se unió con otro que venía del patio interior de la casa, con el cual se comunicaba mi habitación. El destello resultante me hizo abrir los ojos y revivir, lentamente, el día anterior, mientras me hacía consciente de mí misma en aquel momento y lugar. Cuando tuve mis órganos visuales plenamente operativos, advertí con sorpresa, en un camastro situado en diagonal respecto a mi cama, a Guillaume recostado con los brazos doblados bajo su cabeza a modo de almohada y las piernas cruzadas, aparentando la mayor tranquilidad del mundo. Yo me incorporé con rapidez.

-Pero ¿qué haces tú aquí? No creo haber estado tan mal como para necesitar que velaran mi sueño. ¿Acaso no tienes casa?

De un salto, el bretón descruzó las largas piernas y se puso de pie.

-Vamos, no te sulfures. Mis aposentos están en la otra punta de la ciudad y, francamente, después de haber acompañado a tu compañero a su casa para asegurarme de que no recibía más ataques estando solo (y también para tomar una jarra de vino en una taberna abierta que encontramos por el camino), me sentía demasiado agotado para volver. Así que tu casera fue tan amable para dejarme dormir aquí. Es una mujer muy gentil.

-Desde luego –acordé yo-. Lástima que su hija no se le parezca -y, ante su expresión interrogativa-: no me hagas caso, son cosas mías. Pero dime –pregunté, mientras acabada de levantarme, comprobando que podía apoyar la pierna perfectamente en el suelo sin sentir más que una leve molestia-: ¿qué demonios te trae por la ciudad de las banderas? ¿Tal vez vigilarme por orden del ínclito Bernard? ¿O es que de Visitador Mayor has pasado a ser el mayor y el más vil de los espías? –mi tono y la acritud de mis palabras fue ganando en intensidad a medida que hablaba.

-Eh, eh, detente ahí –estiró los brazos con las palmas levantadas hacia mí, que parecía, y no precisamente con intenciones cariñosas-. Tengo una explicación que me exculpa y me gustaría ofrecértela. Y, de paso, pedirte un pequeño favor.

Yo arrugué la nariz.

-No sé si estás en posición de pedir nada…

-Vamos, mujer, déjame hablar –miró por la ventana-. Es temprano aún para que te incorpores a tu puesto de trabajo, ¿no? –no fue para mí una sorpresa que antes de venir a verme se hubiera informado de todas mis andanzas por la ciudad -. ¿Qué tal se come por aquí? –se llevó una mano al estómago-. No he roto aún el ayuno nocturno, y las tripas ya me está rugiendo.

La curiosidad me estaba matando, pero no quise demostrárselo. Así que puse los brazos en jarras, fingí reflexionar un buen rato y, al fin, le dije:

-Está bien. Te llevaré a un sitio para que podamos hablar. Y ahora, haz el favor de salir de aquí para que pueda hacer mis abluciones matinales con un poco de intimidad. Venga, que ya estás tardando.


La taberna adonde le llevé estaba bastante alejada del circuito habitual de mis compañeros de la guardia (los buenos y los malos, por decirlo de una manera rápida). Yo solía venir cuando me apetecía estar sola para reflexionar sobre los dilemas de la existencia, humana, como por qué me veía obligada a odiar a mis antiguos amigos y a servir a quienes deberían de ser mi enemigos (si es que algo así se podía tener claro en los tiempos en los que estábamos viviendo), o por qué se había impuesto en la Corte la moda de los peinados con flequillo rizado en los hombres. Era pequeña, de paredes desconchadas con retazos de revoco desgastado, y no tan pestilente como lo eran muchos de los establecimientos de su clase. Tomé asiento ante una de sus tres o cuatro mesas, y le indiqué con un gesto de la mano a una joven tabernera que nos sirviera lo de siempre. Guillaume se sentó frente a mí, y se dedicó a mirarme con una expresión indescifrable hasta que sendos platos de guiso de cordero y una jarra de vino cayeron ante nosotros.

-Las raciones son enormes, pero ya verás, este plato aquí está delicioso, y auguro que hoy no será un día fácil para ninguno de los dos. Nunca lo es cuando tú apareces –yo procedí a escanciar el vino en los dos vasos que fueron depositados prontamente sobre la desvaída madera, y a dar buena cuenta de la pitanza, mientras él me miraba sonriente.

-La misma Eowyn de siempre. Nada hay que te quite el hambre y la sed, aunque no haya manera de que tus mofletes se vuelvan rollizos y colorados… –fruncí el ceño; la falta de carne sobre mis huesos y mi escasa adecuación al modelo medieval de belleza siempre era un tema tabú; él se apresuró a añadir-… aunque ya estás muy bien como estás, claro… Y, por cierto, ¿cómo te va en la que tú llamas la ciudad de las banderas?

Arrugué el entrecejo.

-Supongo que, conociéndote, te has informado a conciencia de mi vida aquí. Pero, por si te faltan detalles… en fin, esto es una locura. Y en gran parte es culpa vuestra. La gente se está fanatizando. Lo peor no son las tensiones que hay entre las diferentes religiones y procedencias; lo peor es que dentro de cada uno de los bandos hay un afán inquisitorial de hacer limpieza de aquellos a quienes se supone una tibia defensa de la bandera común. Pasan más tiempo buscando traidores entre sus propias filas que peleando con el enemigo. Hay extrañas alianzas, además… Bueno, supongo que Christophe ya te habrá contado algo…

Él había dejado de sonreír, y su expresión se veía ahora grave. En realidad, pensé, desde que me había encontrado con él, había notado que su actitud era extraña: menos despreocupada de lo habitual y, por momentos, demasiado alegre; me pregunté qué estaría tramando. Él asintió y se inclinó hacia mí sobre la mesa.

-Y también me dijo lo que te pasó.

Parecía preocupado.

-Oh, a mí no me pasó nada. Deberías mejor compadecerles a ellos…

-Pero debiste pasar un mal rato.

-No fue agradable, he de reconocerlo. Sin embargo, ya está. Les salió mal la jugada. No sabían con quién se estaban enfrentando.

-Cuando pienso que nada de esto hubiera pasado si yo… si nosotros…

Le di un golpe amistoso en el hombro.

-Aunque me pese, tengo que reconocer que tú no tienes ninguna culpa de que yo esté aquí. Lo dejaste bien claro en tu carta, y Gonzalo así me lo aseguró al final; aparte de que lo que me ocurrió son gajes de mi oficio (y de mi género), ambos lo sabemos, e igual podía haberme ocurrido en esta ciudad que en cualquier otro lugar. Lo único que me preocupa es que pensaba que tú estabas por encima de esta obsesión de tu orden por las cruzadas. Pero el hecho de que hayas venido me hace dudar bastante al respecto. Y, hablando de eso, ahora te toca a ti. Quiero saber qué demonios haces en Jerusalén. Vamos, desembucha.

Él hizo una larga respiración y expulsó lentamente el aire.

-Todo esto, Eowyn, es bastante más complicado de lo que parece. Tengo muchas cosas que decirte, y te las diré en breve, puedes estar segura. Pero, de momento, lo que necesitas saber es: en primer lugar, la razón de que me halle aquí no tiene nada que ver con Bernard, sino con Blanca y mis funciones de ser su caballero protector en la Corte –ante mi estupefacción, prosiguió-. Sí, fue ella quien le pidió al rey que un monje guerrero como yo sería ideal para que se sintiera totalmente segura y protegida en sus labores de embajadora del reino de Aragón, y en calidad de ello estoy aquí. Y, en segundo lugar, el favor que quería pedirte es que… Blanca y su dama de compañía están prisioneras dentro de la torre del gobernador. Y sólo tú puedes sacarlas de allí.

Al oír aquello, el vino me pasó por el otro conducto y estuve a punto de asfixiarme. Incluso Guillaume tuvo que darme unos golpecitos en la espalda. Cuando me recuperé, le dije, muy lentamente:

-A ver, corrígeme si me equivoco. Me estás diciendo que tengo que rescatar a una persona que la única deferencia que tendría conmigo es no matarme demasiado lentamente, para que tú y tu orden podáis seguir fingiendo que las relaciones con el rey Jaume son inmejorables, ¿no? Pues, lo siento, amigo mío, pero vas a tener que llamar a otra puerta. Lo que voy a hacer es presentarme ante el gobernador y ofrecerle mis servicios para darle a tu amiguita la paliza del siglo. Y no intentes impedírmelo


Después de hacer llegar un mensaje a mis queridos jefes, informándoles de que la herida recibida la noche anterior me tenía temporalmente fuera de combate, y sin dejar de gruñir y jurar por lo bajo, me dispuse a seguir a Guillaume, que parecía decidido a recorrer las callejuelas más intrincadas de la ciudad (a pesar de que, como supe más tarde, nuestro destino final estaba bastante cercano a la taberna). No tenía ni idea de que por qué me había dejado convencer nuevamente por él y, por si fuera poco, me sentía más impaciente a cada instante, sabiendo que en pocas horas me esperaban para participar en la incursión contra el campamento sitiador: a todo eso había que añadir que no podía dejar que mi acompañante sospechara ni por un momento que yo tenía algo que hacer aquella noche que fuera más emocionante que una patrulla de rutina o, en todo caso, una cita tórrida.

-Ya estamos cerca -me dijo, en mitad del recorrido, volviéndose hacia atrás para mirarme. Yo asentí, instándole con un gesto a que se diera prisa, aunque sin demostrar demasiada preocupación. Sabía que él se estaría preguntando a qué venía aquel silencio tan inusual en mí, y esperaba que lo atribuyera a mi enfado por haberme presionado a participar en aquella misión. Pero, de pronto, había surgido algo que me preocupaba aún más que el encarguito de Guillaume y los acontecimientos de aquella noche, y era que estaba comenzando a ver un patrón en los acontecimientos que había vivido en los últimos meses, y tenía la sensación que las piezas de un rompecabezas, disperso y desordenado en una habitación llena de trastos viejos, estaban comenzando a atraerse entre ellas, a buscarse, deseando encajar y formar una nueva historia. Una historia que tal vez podría explicar aclarar muchos misterios. Decidí recapitular en voz alta.

-O sea, que nuestro amado monarca, como siempre, está jugando a dos bandas. Con una mano promete a los templarios ayudas para sus cruzadas, ayudas que por el otro lado nunca llegan, y por otro lado envía a su embajadora a negociar alianzas con el sultán de Egipto… que, por otra parte, después de hacerse esperar durante meses, hace una visita relámpago a Jerusalén y se marcha, casualmente justo antes de que sitien la ciudad, dejando a su gobernador, un emir de poco pelo, para que lidie tanto con Blanca como con vosotros. Jaume no es consciente de que le falta altura política y capacidad negociadora para vérselas con los gobernantes mamelucos. Estarán todo lo desunidos y enfrascados en disensiones internas (como el trifachito español de 2019) que quieras, pero en cuanto se trata de hacer frente a los infieles, es decir, a nosotros, entre ellos no hay una maldita fisura. Y claro, tú debes defender a Blanca, a riesgo de empeorar aún más la situación de los templarios en Aragón. Pero explícame otra vez qué alega el gobernador para retenerla. Y cómo ha llegado a tener tantas responsabilidades.

Entramos en la enésima callejuela tortuosa. Yo estaba comenzando a sentir los efectos de la caminata, después de locura que habían significado los últimos días, pero al menos la conversación me distraía.

-Sabes que el rey, desde su último matrimonio, se encuentra demasiado agotado para buscar distracciones extraconyugales: su mujer, la otra Blanca, es joven y fogosa. Así que, ante la férrea negativa de nuestra amiga de casarse con algún personaje de la Corte (cualquiera obliga a esa mujer a hace algo contra su voluntad), cada vez le encarga más tareas de representante del reino, para mantenerle ocupada sin tener que echarla definitivamente de la Corte.

La mitad de mi cerebro escuchaba con toda la atención que podía las explicaciones de Guillaume. La otra, aunque bien comunicada con ésta, como un feto que extraía nutrientes del cordón umbilical a medida que se iba formando, pergeñaba algo parecido a una idea, aún difusa, informe tal vez.

-En cuanto al gobernador -continuó el  bretón-, él alega que sólo quiere protegerla. Obviamente, lo que en realidad desea es asegurarse una rehén si el sitio sigue y los nuestros logran entrar, para entregarla a cambio de su vida. O sea, que ella no corre peligro, pero no podemos esperar a que el tiempo resuelva las cosas o pagaremos las consecuencias, si el rey se entera, que se enterará. Pero ya hemos llegado.

Me indicó con un gesto la casa que teníamos frente a nosotros, una típica construcción jerosolimitana, y se aproximó a la puerta tras mirar a derecha e izquierda con discreción. A continuación, sacó una pesada llave de su bolsa.

-Nunca dejaréis de sorprenderme, tú y los tuyos -suspiré yo, resignada, al entrar. Si Ian Fleming hubiera conocido personalmente a la Orden del Temple, no hubiera necesitado más inspiración para escribir todas las entregas de su más famoso personaje; ni él, ni todos los guionistas de las películas posteriores. Me encontré con una estancia casi vacía, a excepción de unos cuantos muebles, toscos y muy básicos. A la derecha de la entrada, una escalera excavada en el suelo y recubierta de la misma piedra de la construcción bajaba a un sótano, y nada más verla ya me imaginé cuál iba a ser nuestro destino final. Efectivamente, Guillaume encendió una palmatoria colocada convenientemente en un nicho excavado en la piedra, justo sobre la escalera, junto a los útiles de prender, y comenzó a descender; yo fui detrás de él, temiendo lo peor. Para mi desgracia, no me equivoqué.

-Aquí está -señaló una estrecha grieta en la pared en un diminuto y sofocante habitáculo. Cuando se acercó a ella y la iluminó con la palmatoria, vi un pasillo angosto y tortuoso, lleno de escombros, y con paredes que parecían próximas a derrumbarse con poco más de un soplido-. Éste es el pasadizo. Cuando Saladino atacó Jerusalén, sus zapadores hicieron un muy buen trabajo con las murallas de la ciudadela, y la estructura de los túneles se vio afectada. Pero -se apresuró a añadir tras mi constatar mi mirada de alarma- llevan un siglo sin sufrir ningún cambio, por lo que puedo jurar que, hoy por hoy, son totalmente seguros. Además, yo mismo me encargué de supervisar que este ramal lo fuera, entrando desde la torre del gobernador… -yo seguía mirándole con expresión aviesa y labios fruncidos-. Eowyn, sabes que nunca te enviaría a una misión suicida. A la salida del túnel, encontrarás gente que os ayudará. Créeme, por favor.

Resoplé.

-Esto es absurdo. ¿Por qué no te has encargado tú mismo de conducirlas afuera desde allí, entonces? ¿Por qué no pudiste prever el peligro antes de que el gobernador te expulsara del palacio con toda vuestra guardia que, por si fuera poco, no tardaron en huir como conejos? ¿Por qué tienes que meterme a mí en tus líos? Por todos los demonios del infierno y de la Tierra, no entiendo qué estoy haciendo aquí. No entiendo por qué aún creo que te debo algo… Desde luego, por los tuyos no movería una mano, puedes estar seguro. Oh, este buen corazón me perderá…

-No intentes engañarme -me interrumpió- ni engañarte a ti misma. No lo haces por mí. Lo haces porque sabes que es lo correcto y lo más inteligente. Y ahora, date prisa. Toma -encendió una de las antorchas que se alineaban en el suelo de tierra apisonada del sótano-. Recuerda que, una vez, que salgas del palacio, el camino de salida estará siempre a la derecha. Ten mucho cuidado y nos encontramos en al taberna, al mediodía. Rezaré por ti. Con todas mis fuerzas. Hasta pronto, querida amiga.


Refunfuñando cada vez más ostensiblemente, entré en el poco seguro pasadizo (así me lo parecía, a pesar de la seguridad de Guillaume en lo contrario) con la antorcha por delante, comprimiéndome contra las paredes de la grieta, que apenas dejaba lugar para algo más que mi cuerpo de perfil.

-Sólo tú puedes rescatarlas, sólo tú puedes rescatarlas… -remedé a mi incómodo amigo-… ¡Maldita sea! ¡Si lo llego a saber…!

Seguí rezongando, aprovechándome de que en ese recóndito lugar no podía oírme nadie, hasta que logré conjurar mi mal humor. Afortunadamente, el túnel no era tan estrecho ni de techos tan bajos como había temido en un principio. No me gustan nada los espacios agobiantes, nada. Tal vez se deba a las veces que había dado con mis huesos en lugares que cumplían la función de mazmorras, gracias al inquebrantable tesón de mi antiguo enemigo (ahora, afortunadamente, ya muerto) para vengarse de una ofensa que solamente estaba en su imaginación, aunque había veces que aún me preguntaba si había averiguado todo lo averiguable sobre ese lance que había ocupado más de 10 años de mi vida, desde prácticamente mi adolescencia. Pero ahora tenía temas más acuciantes de los que preocuparme, mientras recorría aquel tramo de la red de túneles que, según me había explicado Guillaume, horadaban todo Jerusalén desde los tiempos de las primeras cruzadas, cuando los templarios tenían su sede en el antiguo templo de la ciudad, y de los que aún se conservaban planos, aunque la entrada de la mayoría de ellos era inaccesible, al menos de una manera inmediata, por estar situada en casas particulares atiborradas de habitantes o, sencillamente, por la simple e ineludible acción del tiempo.

Por fin, apartando muebles viejos, tapices mohosos y otros objetos cuya utilidad no me molesté en intentar averiguar, salí por un hueco algo más amplio que aquél por el que había entrado. El polvo acumulado en aquella especie de cuarto trastero, donde se arracimaban objetos en desuso, me hizo toser, aunque un leve aroma a maderas exóticas me hizo sentir nostalgia de escenas que nunca había vivido, pero que podría haber podido vivir. Había dejado la antorcha bien apagada bajo unas pesadas telas bordadas, descuidadamente acumuladas en una cesta cercana a la entrada, que pensé que podría localizar fácilmente por el sentido del tacto. Tal como me había explicado Guillaume, la puerta estaba justo frente a mí, un poco hacia la izquierda, y hacia allí me dirigí, a tientas y midiendo mis pasos, no sin haber golpeado accidentalmente una especie de estantería, provocando que un objeto pesado cayera sobre mi pie derecho, lo que me hizo acordarme de la madre que parió a Jesucristo, a Mahoma, y al resto de los dioses y profetas del mundo, y de cagarme en todos sus jodidos símbolos y banderas. Pero sin más accidentes, llegué hacia el umbral y empujé levemente la hoja, sintiendo alivio al ver que Guillaume no me había mentido y estaba abierta.

Entonces, me desembaracé de la capa con capucha que llevaba, y di comienzo a la que consideraba la peor parte de aquella aventura; peor incluso que haber tenido que arrastrarme en la oscuridad por un agobiante pasadizo de precarias estructuras. Una hermosa odalisca (o al menos, lo que más podía parecérsele en mis circunstancias y gracias a las telas, velos, brillantes  y afeites que me había proporcionado, y aplicado, Guillaume, contento como unas pascuas como siempre que ponía en práctica su habilidad con los disfraces, aunque en este caso también podría haberla utilizado en sí mismo) caminaba por los pasillos del harén del palacio del gobernador, en la Torre de David, entre colgaduras de seda, muebles de delicada factura, floreados patios de fuentes cantarinas, y otras mujeres vestidas, asimismo, con insinuantes y coloridas sedas y tules. Naturalmente, esa era la razón porque Guillaume hubiera recorrido a mí para esa tarea: no porque fuera la mejor en mi trabajo, ni mucho menos, sino porque la labor en sí debía desempeñarse en un lugar donde no podía acceder ningún hombre. Y se daba la circunstancia de que yo no era ningún hombre.

Pero había algo que me consolaba: que pronto estaría en presencia de Blanca. Y que podría hacerla hablar, aunque más bien lo que me inspiraba su presencia era estrangularla y luego pisotearla como si fuera una sucia rata que pululara por las letrinas. Porque había llegado a la conclusión de que su presencia en Jerusalén, justo en aquel momento y lugar, era muy oportuna. Demasiado oportuna.

Aunque aún desconocía lo que me iba a encontrar antes de poder averiguar todo lo que necesitaba saber sobre aquel enigma.

(continuará).

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(viene de)

Dí­as ajetreados en la ciudad de las banderas, en la ciudad de las cruces, de las medias lunas. Sí­mbolos y colores absurdos en mitad de la desconfianza y la miseria, y un eco lejano, amenazador de cascos de caballos. Ojalá los trabajos del dí­a fueran la puerta del descanso nocturno. Pero la noche está llena de fantasmas y, aunque hace tiempo que sé que no hay monstruos dentro de los baúles, estos se siguen abriendo, y ellos apareciendo. Estoy cansada. Muy cansada. En ocasiones, es un cansancio reconfortante. Cuando conseguimos, por enésima vez, evitar que armenios, turcos y latinos se enzarcen en una escaramuza a golpes o a cuchilladas, muchas veces a muerte. La excusa, muchas veces, es tan estúpida que ni siquiera existe. Sencillamente, se miran y se lanzan unos sobre los otros, sin que en algún momento se paren a pensar que es más lo que les une que lo que les separa, que si alguien no les hubiera contado que eran enemigos ni siquiera se habrí­an dado cuenta.

-Si realmente hay una amenaza allí­ afuera -les discurseo, cabreada- estáis siguiendo la estrategia equivocada. ¿No deberí­ais uniros, organizaros? ¿Reclamar más reservas de comida y más seguridad al gobernador­? Los invasores no van a hacer distinciones de procedencia ni de fe cuando entren aquí a matar y a saquear: ¿por qué las hacéis vosotros, entonces? Vamos, un poquito de memoria histórica, hijos mí­os, y no tanto jugar a los dados -pero me ignoran. Y entonces, me doy cuenta que cualquier triunfo puntual que pueda lograr es un puñado de arena arrojado al mar. Sigue el caos. El caos de una ciudad dominada por las banderas, donde musulmanes y cristianos toman posiciones ante lo que va a venir, donde crecen los altercados, y donde la vigilancia es más férrea, y los castigos más tremendos, entre los correligionarios que respecto a los contrincantes, ante cualquier irregularidad en lo que se supone que debe de ser el comportamiento adecuado. Aparte de las tí­picas familias y grupos de amigos divididos que se dan en estos casos, claro… Nada que ver con lo que conocéis en el siglo XXI, ¿verdad, lectores? Y es que cuando las banderas se apoderan del pueblo, puede pasar cualquier cosa. Mientras, la gente seguí­a pasando hambre, las leyes se hací­an a medida de los que más pudieran pagar por ellas, y los gobernantes se sentí­an aliviados de las presiones de la población: los ciudadanos estaban demasiados ocupados en luchar unos contra otros.

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Sin embargo, era inútil que me quejara: mi deber era defender el lugar en el que me hallaba y la gente con la que conviví­a, rezaran al santo que rezaran y rindiesen homenaje al rey que les diera la gana. Esa habí­a sido siempre mi divisa. A no ser que me pagaran con una bolsa bien repleta para que tuviera otra, claro. Puedo ser muchas cosas, y de hecho las soy, tengo más defectos de los que podréis contar nunca aunque seáis más duchos en matemáticas que Avicena, pero mi entrega a las causas que abrazo es inamovible en cualquier otra circunstancia. Aunque tampoco habría hecho falta que lo proclamara tan épicamente delante de Roger y Ferran, qué mal consejero es el alcohol a veces. No, la defensa de la ciudad no era un problema para mí. Excepto si nos poníamos a pensar que aquellos de quienes tenía que defenderla habían sido mis más acérrimos aliados sólo unos cuantos meses antes.

Pero, todo hay que decirlo, no es que yo hubiera renunciado a mis antiguas lealtades, sino que ellas habí­an renunciado a mí­. Por tanto, ningún lazo me uní­a a mi antigua vida. Más bien al contrario. De hecho, una de las razones por las que habí­a pronunciado tan solemne juramento ante mis nuevos aliados habí­a sido por la rabia que me invade sólo con escuchar la palabra “templarios” o alguno de sus sinónimos,  o (sobre todo) “Bernard”.

No obstante, habí­a varias objeciones a la idea de yo ahora trabajara para los enemigos de los templarios (para uno de sus numerosos enemigos, deberí­a decir, porque opositores no les faltan. Deberí­an leer el libro del Carnegie ése a ver si aprenden a hacerse querer un poco). La primera de ellas era Ferran y su rápida transformación de cristiano medio ateo a mahometano convencido y hasta un poco integrista… vamos, que a veces me parecí­a más almohade que andalusí­ cuando era en realidad de añeja raigambre goda. Y es que, si de algo estoy segura en esta vida, es que cualquier fanatismo, cualquier idea, acerca del tema que sea, que no admita discusión, ha de ser evitada a toda costa, tanto la idea como a las personas que creen en ella, sobre todo a éstas últimas. Si no somos capaces de reí­rnos de nosotros mismo y de nuestras fes más arraigadas, significa que somos seres prepotentes, crueles, asesinos en potencia y tal vez en acto, o al menos podemos llegar a serlo. Algo tení­a que haberles sucedido a Omar y a Ferran durante el tiempo en que cayeron en desgracia, después de que la juglaresa Elisenda lograra volver en su contra a todo la compañí­a, por su estúpida vanidad frustrada. Alguien se habí­a aprovechado de su situación de debilidad y les habí­a lavado el cerebro.

Alguien que, si mi experiencia en intrigas palaciegas no me engañaba, seguramente que no era precisamente la salvación de los ciudadanos de Jerusalén lo que le preocupaba. Llamadme conspiranoica, pero que el proyecto de invasión templaria de Jerusalén hubiera sido simultáneo al cambio de orientación religiosa de Omar y Ferran no me parecía una simple casualidad.

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Leí­do lo anterior, no os extrañaréis si os digo que los encuentros entre Ferran y yo no estaba pasando por el mejor momento del mundo. Lo cierto es que yo seguí­a viviendo en su casa, y ambos nos visitábamos frecuentemente en nuestros dormitorios a horas de la noche no aptas para realizar actividades decentes, pero no me sentí­a cómoda: mi amigo ya no era el cómico inocente, divertido, vital, despreocupado y lleno de pasión que yo habí­a conocido: ahora era un caballero juramentado de la fe de Mahoma. Y eso no iba conmigo, y estaba comenzando a sentir que compartí­a mi lecho con un extraño. Así­ que, para no dar más explicaciones, le dije que tal vez nuestro socio común Roger no aprobarí­a que mezcláramos el placer con el trabajo, y que lo mejor serí­a que yo me buscara otro alojamiento. Aceptó sin más problemas, como si su mente estuviera dominada por cuestiones mucho más trascendentales, sin dignarse a intentar hacerme cambiar de idea con las tí­picas zalamerí­as que yo tan bien conocí­a: si habí­a en algún momento albergado alguna duda de que mi Ferran de Cataluña habí­a desaparecido sin dejar rastro, en aquel momento también desapareció. Así­ es que Roger me buscó un lugar donde vivir más acorde con mi condición de doncella (como intuiréis, eran sus palabras, no las mí­as), y de pronto me encontré en la habitación sobrante de la casa de una familia de acomodados comerciantes armenios, lo que me agradó, porque tení­an una hija no muchos años más joven que yo, y yo a veces echaba de menos la compañí­a de otra mujer. Así­ que, después de todo, no me sentí­ perjudicada con el cambio, aunque me avisaron que de momento la muchacha se hallaba fuera de la ciudad, así­ que lamentablemente las noches de chicas tendrí­an que esperar.

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No todo eran conflictos, no obstante. Siempre me quedaban las reuniones en nuestra taberna (y cuartel general no oficial) de la puerta de Damasco, donde tenía la oportunidad de departir con mis nuevos compañeros. En concreto, había hecho algo de amistad con Cristophe, un simpático mercenario de la Champaña, un poco menos bruto y algo más leído que algunos de los demás, correcto y amante de las normas, y de buen trato y mejores sentimientos.

-Están a las puertas –me dijo una noche por todo saludo. Yo me senté a su lado y procedía a ayudarle a vaciar la jarra de vino que tenía ante sí.

-¿Y? -me burlé yo- ¿Tienes miedo? ¿Necesitas unos calzones de recambio? Aví­same con tiempo, que soy muy sensible a los malos olores.

Él me metió un codazo en las costillas, o al menos lo intentó, porque le esquivé y a punto estuve de hincarle un rodillazo en los testí­culos.

-No, maldita sea la Santí­sima Trinidad, eso ni se te ocurra decirlo si no quieres ver la batalla desde el cementerio. Pero joder, esos tí­os han sido mis hermanos de armas. Luché a su lado en Acre y, salvo alguna excepción, no puedo decir más que cosas positivas de su arrojo y su manera de luchar. Y ahora…

La sonrisa se me borró del rostro. Me acodé sobre la mesa que compartí­amos, apoyando la cara entre las manos.

-No sabí­a que te preocuparan esas cuestiones. Y en realidad, esto te honra. Pero piensa que tenemos que sobrevivir. Que este es nuestro trabajo. Luchamos por dinero, y puedes dar gracias a que gozamos de esta posibilidad, a que nuestros brazos y nuestras piernas aún son fuertes, y aún los conservamos. Se pasa muy mal cuando no tienes qué comer, lo sé por experiencia, y hay que ahorrar para cuando no seamos capaces de levantar, no digo yo la espada, sino ni la camisa sobre la cabeza, si es que no nos enví­an antes al infierno. No podemos ponernos sensibleros. Ellos no lo harí­an por nosotros.

-Y sin embargo -continuó él- a Roger no le bastan nuestros brazos y nuestras espadas. Quiere, además, nuestros corazones. Nos quiere entregados a su causa.

Me encogí­ de hombros.

-Pues con el mí­o que no cuente. De hecho, ya lo sabe.

Cristophe bebió un trago de vino.

-Eowyn… es que… -se detuvo, como si no supiera cómo articular su preocupación. Le insté, con un movimiento de la mano-. … no creo que quieran masacrarnos. Se pondrán en peligro porque no lucharán a no ser que sea absolutamente necesario. Los conozco. Y tú también, tal vez incluso más que yo, por lo que me has contado y por lo que he oído por ahí. Me temo que la defensa que tiene planeada Roger va ser desproporcionada en comparación con el ataque. Y llámame sensiblero o hasta estúpido, si lo deseas, pero no me gusta.

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Cuando, por fin, decidí retirarme aquella noche, las palabras de Cristophe me persiguieron todo el camino hacia mi nueva morada, como ratas que se negaran a abandonar el barco hundido. Aquel mercenario con í­nfulas moralistas y acendrada tendencia a filosofar había conseguido colocar mis temores en primer plano de mi cerebro. No era descabellado lo que había dicho, no, no lo era, conociendo a mis antiguos empleadores, por loco y soberbio que pudiera parecer. De hecho, es lo que me había prometido Bernard en los tiempos en que aún nos hablábamos, cuando yo le manifestaba mis reservas ante una nueva cruzada. Van a intentar no matar a nadie, me decía yo, a no ser que sea absolutamente necesario. Y eso significa que los muertos serán ellos. No podrán evitar que los masacren. Y eso debería ser una buena noticia para toda la defensa de la ciudad. Para mí.

Y, sin embargo, ¿por qué no estaba pegando saltos de alegría? El ataque, en el caso de que se produjera y de que no pretendieran rendirnos por hambre (me imagino que elegirían la primera opción, ya que llevaban mucho tiempo esperando aquella oportunidad y sabían que la ciudad estaba bien abastecida, mientras que ellos probablemente no lo estarán tanto), sería rechazado en breve y, después de haber ayudado a retira los cadáveres,  yo seguiría cobrando como guardia de la ciudad sin trabajar demasiado, lo que significa que podría dedicarme a otras actividades útiles, como aprender lenguas, por ejemplo: tenía que pensar en mi jubilación. El plan era perfecto. Insuperablemente perfecto.

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En estos pensamientos, llegué a la puerta de la casa de los armenios, que abrí con la llave que mis amables caseros me habían proporcionado. Me habían cedido una cómoda habitación, que no tenía visos de haber servido ninguna vez como corral, y yo ya creía sentir en mi piel el roce de las limpias sábanas de lino, la morbilidad de los almohadones de plumas, el momento en que el sueño me venciera poco a poco mientras la voz de la simpática sirvienta Fátima me leía alguna historia hasta que los ojos se me cerraran, agradecida por haberla instruido en el descifrado de los caracteres escritos. Pero mi delectación en esas ideas se interrumpió cuando vi llegar desde la calle de enfrente a un personaje inesperado con toda la intención de entrar por la misma puerta que yo pensaba traspasar.

Se trataba de una mujer muy joven, alta y bastante delgada, pero que transmitía una gran apariencia de fuerza y seguridad. Según lo que pude ver de su cuerpo y su rostro, no creí que, al igual que sucedía en mi caso, tuviera esperando a una larga fila de pretendientes, pero debía reconocer que tenía unos ojos notables. Intensos, tal vez demasiado. Y su andar decidido, como con objetivo propio y bien definido, también podría resultar muy atractivo. Decidida a ser la inquilina perfecta, me dirigí a ella.

-Hola, tú debes ser… pronuncié su extraño nombre armenio. Me sorprendía que una joven casadera pudiera regresar tan tarde a casa sin que sus padres no le dieran tal tunda que consiguiera convertir cualquier actividad nocturna en algo poco deseable para ella, pero tal vez la moral de los cristianos armenios era a caso más relajada que la de los católicos hispánicos-. Yo soy Eowyn. Tus padres han sido tan amables de hospedarme.

Sonreí y esperé su respuesta, que preví educada e incluso amable, cuanto menos. Pero, en lugar de ello, la aludida se limitó a recorrer mi persona con una mirada despreciativa, a empujar la puerta pasándome por delante, y a desaparecer en la oscuridad de la vivienda, dejándome ahí­ plantada con todas mis frases corteses. Y es que, de verdad, cada vez tiene una más ganas de ser una cabrona a tiempo completo. El mundo está lleno de desagradecidos… Bueno… al menos ya tendría algún pensamiento en el que entretener mi perí­odo de duermevela.

Estaba demasiado encolerizada por la muchacha para preguntarme a cuáles de los templarios tan bien conocía tendrí­a que asesinar en los dí­as venideros.

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El amanecer llegó con la noticia de que estábamos sitiados. Los templarios habían acampado alrededor de las murallas de la ciudad, sin dejar un solo hueco a la  de huida para las familias que aún no se habían decidido a marcharse, y que ahora ya podrían hacerlo. Incluso estaban construyendo dos bonitas máquinas de guerra, lo que, por un lado, me tranquilizó, pues al parecer no pensaban tentar a la posibilidad de rendirnos por hambre. No, no quería que aquello se prolongara hasta el infinito. Lo que tuviera que suceder, que sucediera. Ya.

Los siguientes días, evidentemente, las cosas en la ciudad no mejoraron. El cuerpo de guardia no daba abasto a resolver los múltiples conflictos que se generaban, no sólo entre las diferentes religiones, sino, lo que podría parecer más extraño, en su propio seno. Los musulmanes ajusticiaban a otros musulmanes, supuestamente demasiado tibios en la defensa de Alá y su profeta, y en la salvaguarda de la ciudad. Griegos, armenios y latinos peleaban, unos contra otros y entre ellos mismos: Unidos Podemos y Visca Jerusalem, sí, algunas cosas nunca cambian. Y lo peor es que algunos grupos fueron iluminados por la idea de que los encargados de la seguridad de la ciudad de raza no semítica éramos espías que la incompetencia del gobernador y de sus funcionarios no habían logrado mantener fuera de la ciudad, o bien unos traidores a nuestra religión originaria, según de qué grupúsculo viniera la idea.

Todo lo cual, podéis suponer, no facilitaba demasiado nuestro trabajo.

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Justamente, en una escaramuza con una de esas cohortes de iluminados, mi compañero Cristophe fue gravemente herido, y yo tuve que arrastrarle hasta la taberna sin encontrarme en mejores condiciones que él, pues me habí­an golpeado con ganas antes de que yo hubiera podido centrarme lo suficiente como para rebanar el cuello a dos de ellos y crear una salida suplementaria para el contenido de los intestinos de otro.

-Esto es absurdo -me dijo, mientras el médico le cauterizaba la herida, meneando suavemente la cabeza; el tajo, que le llegaba del cuello al pecho, era demasiado profundo como para que no acabara infectándose, haciendo inútiles todos nuestros esfuerzos-. Aquí nadie sabe en qué bando está. Ni siquiera nosotros.

Yo le comprendía perfectamente. Aquel conflicto se llevaba la palma entre la incoherencia de los conflictos de la historia reciente y pasada, y eso significaba una competencia muy dura. Todas las guerras eran absurdas.

Pero yo sólo sabía pelear.

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No quise marcharme de la casa del médico hasta que éste me aseguró que habí­a hecho por Christophe todo lo que podí­a, y que era el momento de dejarlo en manos de Alá. Ni siquiera entonces: estaba harta de perder a la gente que me importaba, de una manera u otra. Incluso habí­a llegado a creer que alguna especie de maldición me acompañaba. Cuando estrechaba lazos de amistad con alguien (cosa harto difí­cil, por otra parte, porque las potencias celestiales, o quien coño sea el que se ocupe de estas cosas, no me habían dado un carácter amistoso, y también porque soy tan exigente que pocas personas me motivan lo suficiente para ofrecerles mi aprecio), esa persona o bien se convertí­a en mi enemiga sin razón, o bien me traicionaba con menos razón, el tiempo y las circunstancias nos alejaban o, lo que era también bastante frecuente, se moría. Pensé en María, en cuya taberna hacía siglos que no había podido parar. En Isabel, que sin duda estaría tramando alguna nueva fechoría contra mí, consumida por el odio de creerme a mí y los templarios culpables de la muerte de su amigo, aunque ya hubiera olvidado hasta su rostro. En el simpático lacayo de Corbera d’Ebre. En…

-Hazme caso -dijo el médico, sacándome a rastras por la puerta-. Yo cuidaré de él y tú no podrás hacer nada aparte de agotarte. La ciudad te necesita a ti y a tus compañeros en buen estado de forma. Anda, vete a dormir.

Y así­ me vi, sola en mitad de la calle y, a pesar de lo que me había aconsejado el médico, completamente desvelada. Con no demasiadas opciones, me encaminé a mi alojamiento, no sin antes descartar una visita a Ferran con intenciones muy poco decorosas: pero habí­a decidido dejar nuestros encuentros en tierra de nadie y debí­a atenerme a ello, si no querí­a confundir al pobre hombre, que bastante tení­a con lidiar con sus nuevos ardores religiosos. De esta manera, llegué a la casa de los armenios y, sin molestarme en desvestirme, caí­ a plomo sobre mi camastro y busqué el amparo de la oscuridad. Me costó conciliar el sueño, pero al fin el cansancio me venció, y creo que logré dormitar una par de horas, quizá menos.

Pero antes de que hubiera amanecido algo me hizo dar un salto en la cama: creí­a haber escuchado algo, un golpe suave, tal vez, en la puerta de entrada. De haber gozado de un sueño más profundo y reparador, aquel sonido no me habrí­a sacado de él, pero no era el caso, y el hecho en sí­ no me gustó nada. Me erguí­ y me dirigí­ hasta el lugar de donde procedí­a el ruido, y me encontré con la puerta cerrada de la manera más inofensiva del mundo. La abrí­, y ojeé la desierta calle en ambas direcciones y, en la que conducí­a a la Puerta de Jaffa, vi a una persona cuya silueta me resultó conocida. Pensamientos diversos atravesaron mi cerebro en esos momentos, pero la orden que éste imprimió a mis músculos y a mis articulaciones fue moverse en pos de ella. Y aquello fue exactamente lo que hice.

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Los dos elementos que estaban de guardia aquel día en la puerta, y quienes yo conocía más por sus frecuentes estancias en la taberna que porque hubieran participado conmigo en alguna acción propia de nuestro cargo, intentaron impedirme la salida, y se negaron a decirme por qué a la persona que habí­a traspasado la puerta de la ciudad unos instantes antes que yo sí­ se lo habí­an permitido. Me hablaron del peligro que se atrincheraba fuera de las aún protectoras murallas, un peligro que cualquiera en aquella urbe que tuviera ojos en la cara y acceso a un lugar elevado ya conocía de sobra, y llegaron a dudar de mis lícitos deseos en hacer una incursión de reconocimiento extramuros, llegando a acusarme de espía, a pesar de que sabían perfectamente quién era yo. Y no me encontraba precisamente en el estado en que más les hubiera convenido cabrearme.

-¡Imbéciles, patanes, hijos de Satán y una perra rabiosa! -les solté, mientras pateaba sus gordos culos-. Id a ver a Roger si no creéis que él me envía, retrasados de mierda. Pero yo salgo de aquí, y vosotros vais a dejarme si no queréis que os comiencen a entrar templarios por todos los rincones cuando os estéis limpiando el culo. ¡Y ni se os ocurra tratar de impedírmelo!

Creo que fui convincente o, por lo menos, conseguí dejarlos inseguros. Uno de ellos fue corriendo a buscar a Roger, y el otro se quedó contemplando mi salida, después de que le hubiera obligado a abrirme la puerta. Salí, amparándome en la oscuridad, temiendo convertirme de un momento a otro en una brocheta de aragonesa con lanza templaria. Pero lo peor es que la figura a la que seguía había desaparecido de mi vista y no sabía qué dirección había tomado. Por un momento me quedé paralizada, hasta que me pareció ver una sombra moverse en dirección norte y la seguí, paralelamente a la empalizada del campamento; nos acercábamos peligrosamente a ella y, según escuchaba, los hombres del interior ya se estaban despertando, y pronto la luz del alba nos pondría completamente a su merced. Y, sin embargo, yo tenía que continuar con aquella  persecución, y sólo esperaba encontrar un escondite antes de que se hiciera completamente de día. Al parecer, mis plegarias fueron escuchadas, pues a pocos pasos de distancia se dibujó la mole de una de aquellas máquinas de guerra aún no acabada, y la figura buscó refugio allí. El problema era que si me acercaba, sin duda aquella persona me verí­a, y sus gritos de alarma atraerían el interés de los templarios, que ya estaban a un tiro de piedra. No obstante, me arriesgué, y me escondí entre las estructuras  de madera, alejándome de la parte por donde se había metido ella, y rezando porque al sol le diera por remolonear entre sus sábanas azules y rosadas un poco más aquella mañana.

Y, sin embargo, el día se abría paso a velocidades desenfrenadas, y aquel ser no salía de su escondite. Hasta que yo estuve ya a punto de cavar en la arena del desierto para esconderme, no lo hizo, y cuando la vi aparecer me alegré de no haber tenido tiempo para ello, porque de la sorpresa me caí redonda al suelo, y así al menos no caí tan bajo.

La persona que salió de allí no vestía como cuando yo la había visto. Ahora llevaba sólo una camisa. Y así, en ropa interior, estaba entrando en el campamento con la mayor tranquilidad del mundo, bromeando con los guardianes. Con el mismo porte orgulloso que tenía cuando la conocí a la puerta de su casa.

Fue entonces cuando comprendí que debía hacer algo.

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Roger y Ferran me miraban desde el otro lado de la mesa. Me miraban, se miraban mutuamente y volvían a mirarme. Les había dejado completamente descolocados.

-¿Y no se te ocurrió una idea un poco más razonable, Eowyn? Por ejemplo, algo como seguir escondida y cuando lo vieras todo tranquilo volver a informarnos, no sé, digo yo. Porque de todo lo que te he visto hacer, esto es de lejos lo más irracional que has hecho. Y no es que falten candidatos.

Brazos cruzados sobre el pecho, expresión de pocos amigos, la abstinencia no debí­a de sentarle bien a Ferran, al menos la abstinencia de mi persona. Y es que no parezco nada del otro mundo, pero cuando se me conoce í­ntimamente, soy inolvidable. Quizá no del todo en el sentido positivo del término, pero bueno, inolvidable de verdad. Aunque, teniendo en cuenta que Roger tenía exactamente la misma expresión en el rostro, quizá no se debiera a eso.

-Oh, claro –me defendí, contraatacando como un oso hambriento buscando comida en una caravana de peregrinos. Cuando me enfado de verdad, tengo la virtud de conseguir que todos los cabreos del mundo, comparados con el mío, se conviertan en la simple rabieta de un crío de dos años-. Vosotros no me informáis de que tenéis una infiltrada entre los templarios, y yo os tengo que informar de todos mis movimientos. Todo muy justo. Y muy racional –acompañé mi aseveración con una retahíla de juramentos, a cuál más blasfemo. Roger estaba escandalizado.

-Eowyn por favor, cierra esa boca. Y no olvides que aquí no eres más que una subordinada –añadió, severo.

Yo salté.

-¿Y no es la virtud más importante de un capitán saber insuflar confianza en sus tropas? ¿Y qué confianza puedo tener yo en ti si me ocultas información? -hice ademán de secarme de la frente un sudor imaginario-. El susto que me llevé, por amor del cielo. Pensé que teníamos a un espía de los templarios entre nosotros, porque no me dijisteis que en realidad era al revés. Y encima vosotros me habíais metido en su casa, y yo me vería obligada a matarla, y a ver qué le contaba después a sus padres. ¿Queréis explicarme de una vez qué es todo este misterio?

Ferran y Roger se miraron de nuevo, pensativos y algo más apaciguados. Por fin, el segundo habló.

-Está bien, Eowyn. Comprendo lo que sientes. Pero nosotros no quisimos ocultarte nada. Sencillamente, el secreto no nos pertenecía.

Compuse una expresión de sorpresa.

-Explí­cate.

Él respiró hondo y se acomodó en su silla.

-Hace un par de años, la armenia dejó Jerusalén y viajó a tierras catalanas para infiltrarse entre los templarios, y fue a parar a Aiguaviva. Buscaba a un veterano de Acre… un tal Ricardo. Creo que tiene algo personal contra él. Hace unos dí­as regresó, y entonces fue cuando nos contó que los templarios estaban a las puertas. Desde que nos sitian entonces lleva una doble vida, noche aquí y día allí.

Yo arrugué la nariz.

-Eso no tiene ningún sentido –Ferran terció.

-Pero así es. Sólo Roger, yo, y claro, el gobernador­, lo sabemos. Sus padres están ignorantes. Sencillamente le dan una libertad exagerada porque piensan que ha sufrido mucho.

Yo no las tenía todas conmigo

-No sé cómo va acabar la juventud de hoy –concluí, sin embargo, meneando la cabeza, muy grave. Cualquiera que no me conociera mucho pensarí­a que hablaba en serio-. Yo conozco un poco a Ricardo, y a Guillermo, su mentor. En Miravet, pero es verdad que luego los trasladaron a Aiguaviva. Ricardo es todo un personaje. El tí­pico templario de una sola pieza, que nunca quebrantará una ley de su orden ni aunque no esté escrita. Jamás habría pensado que… Sin embargo, lo que me preocupa que la armenia mezcla temas personales con la defensa de la ciudad. Eso no puede traer nada bueno. ¿No podrí­ais hacer algo?

Ambos menearon la cabeza, casi al uní­sono. Ferran fue el primero en hblar.

-No, Eowyn. Es al contrario de lo que crees. La armenia nos ha hecho un servicio impagable. Ahora sabemos los suficiente y hemos podido hacer entre ellos… bueno, amistades. Lo tenemos todo preparado para atacarles la noche de mañana.

Di un respingo. No esperaba que fuera tan pronto, ni podía imaginarme por qué el gobernador (si había sido él) había tomado aquella decisión.

-Por cierto –intervino Roger-. Espero que nada ni nadie de lo que hayas visto en el campamento haya hecho que cambies tus lealtades. De hecho… no qusiera pensar si no utilizaste lo que sucedió sólo como una excusa para entrar allí y…

Mis ojos se encendieron de odio. La alocución de Roger.

-Mi actitud en la batalla hará que te tragues tus palabras –sentencié, y salí. El problema era que no sabía si yo misma me creía lo que estaba diciendo.

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Tras dormir una par de horas (Roger me hizo llegar el mensaje de que ya había tenido bastantes emociones por aquel día y, por tanto, me licenciaba del servicio), me dirigí a casa del médico. Las noticias que me habían llegado acerca del estado de Guillaume era bastante alentadoras: al parecer, había superado la noche y la mañana sin que se hubieran presentado signos de infección, y el médico creía que ya no sucedería. Él, por su parte, se encontraba animado, y ya comenzaba a despotricar sobre la comida y a pedir vino a gritos, por lo que imaginé que de aquella, por lo menos, iba a salir. Mientras caminaba, pensaba en lo que había visto en el campamento templario aquella mañana. Al menos, el contingente aragonés, que se concentraba junto a la puerta por la que yo había entrado, era nutrido, y había visto entre ellos a demasiada gente conocida, ante la cual mi cara tiznada y medio tapada por el turbante musulmán, afortunadamente, había pasado desapercibida. No obstante, no había visto a Gonzalo ni a Guillaume, asignados a la encomienda de Barcelona, ni a Frey Pere, aunque me imaginé que por su avanzada edad no le habría sido posible unirse a la ofensiva. Bernard me imaginaba que estaría con los chipriotas… No quería pensar en Bernard.

Pero en cuanto a Ricardo, y a Guillermo… Justamente había sido Guillermo quien había preparado los remedios que me habían hecho recuperarme de unas fiebres que llevaban mucho tiempo molestándome, y Ricardo el que (a pesar que temía cometer un pecado mortal sólo si miraba de soslayo a una mujer) el que había pasado toda una noche, en la que yo me encontraba particularmente enferma, distrayéndome con sus historias de batallas.

¿Qué pasaría cuando me lo encontrara frente a frente? ¿A los dos? ¿Incluso si fuera inocente de la terrible agresión que (me imaginaba) habría sufrido la armenia?

¿Qué me exigiría mi promesa de defender la ciudad?

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Cristophe me recibió reclinado entre cómodos cojines, con una pata de cordero en la mano, lo que me tranquilizó bastante acerca de su estado.

-Pasa y sírvete –me dijo, haciéndome un gesto con el cadáver que estaba devorando-. Mandé a unos compañeros a por algo de pitanza decente, porque el régimen de este curandero estaba a punto de llevarme a la tumba. No sé en qué universidad enseñan a los médicos a que hacer pasar hambre a sus pacientes es bueno para su curación, pero seguro que debe ser una de estas escuelas de infieles.

-No te quejes –le apunté con el dedo, agarrando la jarra de vino-. Tu recuperación ha sido casi milagrosa, así que algo habrá aprendido este hombre.

-Seguro que le habrá enseñado algún cristiano –me miró algo perplejo-. Pero ¿a ti qué te pasa? Se te ve nerviosa.

Me acerque a la ventana y miré hacia afuera, antes de contestar.

-Al venir hacia aquí he tenido la sensación de que alguien me seguía.

-Tienes demasiada imaginación –me contradijo-. A propósito, ya me han contado lo de esta mañana. Lo de la armenia y todo lo demás –las noticias volaban, realmente-. Mira que ocurrírsete hacerte pasar por un marido cornudo que buscaba a su mujer… -me miró de arriba abajo-. Aunque eres un hombre tan enclenque que seguro que todo el mundo encontró la anécdota muy coherente.

Preferí ignorarle.

-Y vaya viajes me arreó la susodicha por afán de realismo. Se nota que lleva a Abdul más derecho que una vela, como tiene que ser. No entiendo cómo no es ella la que está en la guardia, y no su esposo. Aunque después de lidiar con 10 hijos como los que tiene, seguro que los conflictos de la ciudad le parecerían tediosos. Por cierto, ¿sabes que la noche de mañana será el ataque? Nuestros mandamases al parecer tienen prisa por morir o, mejor dicho, por matarnos a todos. Espero que realmente esos centinelas del campamento estén tan bien sobornados como asegura la armenia -ante su ignorancia, le conté la extraña historia de la mujer, que le sorprendió tanto como a mí. Pero luego se centró en lo que le importaba.

-Pues ahí voy a estar yo. No sé lo que van a hacer esos templarios, pero en cualquier caso estaré allí para verlo.

-¿Acaso crees que nuestro amado jefe te va dejar? Me temo que tendrás que aguantar y ver cómo nosotros nos convertimos en los héroes de la ciudad mientras tú nos contemplas desde la ventana, tomando sopitas como una vieja –esquivé uno de los cojines de milagro. En aquel momento, el médico se presentó y me hizo salir, ya que su paciente debía descansar, y yo le obedecí no sin antes despedirme del fanfarrón de Cristophe.

Preveía una noche de sueño reparador que me dejara descansada para aquello que se avecinaba pero, como tantas otras veces, mis esperanzas fueron erradas.
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Pues sí. Traspasaba tan tranquila el portal del médico cuando, de pronto, la fría punta de una cimitarra se apoyó en el lado derecho de mi cuello. Contuve la respiración. Delante de mí, entre la oscuridad y a la luz de las antorchas, se materializó un figura conocida, igualmente armada y con al parecer ninguna buena intención hacia mí.

-Desde luego, no es fácil perderte, Eowyn. Sólo hay que buscar al hombre más cercano, y allí estarás tú, abriéndote de patas como una perra. Falta alguien en la guardia por cuyas sábanas no hayas pasado? Aunque en realidad creía que Cristophe era más listo.

Uno de los dos guardias de aquella mañana, Ahmed, enarbolaba su acero en mi dirección. Ali, el segundo, era el que amenazaba mi cuello por el flanco. No me molesté en contestar a sus puyas.

-¿Qué queréis? –dije simplemente.

-Nada importante. Sólo darte una lección. Una lección que no olvidarás.

-¿Por lo que sucedió esta mañana? Vamos, por favor…

-Nos has metido en problemas con Roger. Primero consigues un trabajo de hombres gracias a tus habilidades en la cama, y luego lo utilizas para echar a todos los que puedan hacerte sombra.

Cualquiera que no fuera aquel par de descerebrados no se habrían planteado la idea de que el cortés y tímido Roger, tan fiel a su religión y tan decidido a no perder la virginidad más que con una buena esposa musulmana, fuera a contratar a una mujer sólo porque ésta hubiera sido, por decirlo, por decirlo de alguna manera, amable con él. Pero habría sido inútil contradecirles

-Todo esto debe de haber sido un malentendido –contesté, aparentando tranquilidad-. No es propio de Roger enfadarse por algo así, y no es necesario que hagáis algo que no beneficiaría a nadie. Si hablo con él, todo se resolverá.

Pero Ahmed meneó la cabeza.

-Te crees que todo es muy fácil, puta, tan fácil como tú. No obstante… estuvieron a punto de darte de tu propia medicina. Pero en ese momento, a la dulce doncella no le apetecía, y por su culpa cuatro hombres valientes, que hubieran podido ayudar a defender la ciudad, están muertos. Entre ellos, nuestro primo.

No podía creer lo que estaba oyendo.

-¿Vuestro primo? Pero… ¡esos hombres eran latinos!

Sonrió tan abiertamente que su mandíbula crujió.

-Sí. Latinos. Traidores a su religión, como tú y tu Cristophe. O quizá.. simplemente espías. Eso es lo que deseaba saber mi primo. Como todos verdaderos defensores de Jerusalén. Por eso se hizo pasar por uno de ellos. ¿Ves todo el mal que has hecho, puta?

Tenía la mano cerca del pomo de mi espada, pero si hacía un solo movimiento, Ali acabaría para siempre con la productiva alianza que existía entre mi cabeza y mi cuerpo, y lo más probable es que a Ahmed le diera tiempo para clavarme la suya en mitad del estómago, que es una zona que tengo especialmente sensible. Si algo podría salvarme, era mi labia.

-Deberías, al menos, darme la oportunidad de morir como un miembro de la guardia. Es impropio de vosotros, y muy cobarde, que me ajusticéis de esta manera.

-Oh, ¿acaso crees que vamos a desperdiciar como alguien como tú nuestras virtudes caballerescas? –pero, mientras me preguntaba yo que sabrían aquellos dos de las virtudes caballerescas (al mismo tiempo que cómo podría escapar de allí), algo aterrizó a un par o tres de codos de Ahmed y Alí, concediéndome la oportunidad de dar un salto y quedar fuera del alcance de sus armas, al menos hasta poder sacar las mías.

-¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí? ¿Es que ya ni le permiten dormir como Dios manda a un pobre herido de guerra?

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Era Cristophe, naturalmente, aunque vestido sólo con unos calzones, y llevando por toda arma el bastón del médico. Su carácter impulsivo, que un día iba acabar trayéndole problemas, le había impelido a saltar del balcón con lo primero que tenía a mano al verme en peligro (esperaba que su herida no se hubiera resentido por ello), y parecía ser que, de momento, su acción me había salvado. Pero Ahmed y Ali no eran tan estúpidos como parecían, y fueron tan rápidos en responder, el primero contra mí y el segundo contra mi maltrecho compañero, que apenas pudimos estar preparados.

Yo di un paso atrás y me preparé para devolver los golpes del fanático con mis dos espadas. Tenía prisa por acabar con él, y desembarazarle de su afilada cimitarra y de su retorcida daga para auxiliar a Cristophe, a quien su bastón no le daría demasiado tiempo de tregua. De momento, jugaba bien al despiste, esquivando los envites del musulmán sin dejar de buscar la estocada definitiva que lo pusiera a mis pies, pero a medida que pasaban los segundos, me pareció notar que su rapidez, su agilidad y su fuerza disminuían. Yo, por mi parte, atacaba más que me defendía, y no pude evitar que el filo del arma de Ahmned me tajara el muslo, pero obvié la herida y seguí asestándole mandobles tan fieramente que él estaba teniendo dificultades en pararlos, aunque seguía sonriendo con suficiencia, y yo sabía por qué: estaba empleando contra mí mis mismos trucos, no en vano era compañero y conocía mi manera de luchar, y sabía, tanto como yo, que mientras siguiera peleando con aquella precipitación y aquel ímpetu, cosa que sucedería mientras Cristophe estuviera en peligro, yo, menos fuerte que él físicamente, no tardaría en agotarme, distraerme y ser presa fácil. Me había vencido antes de empezar, pero, por lo menos, yo no pensaba ponérselo fácil.

Un grito triunfal que debió arrasar la garganta de Ali desgarró también nuestros oídos: sin dejar de pelear, vi de reojo cómo a Cristophe estaba desarmado, con la punta de la cimitarra de Ali pinchando su cuello. Yo salté hacia atrás, con mis dos espadas por delante.

-Detente, Ali. Él no tiene nada que ver en esto. Es a mí a quien queréis. Dejadle y venid los dos contra a mí… si es que tenéis huevos –pronuncié las últimas  palabras como si las hubiera escupido. Ahmed me miró como un filósofo observa una especie animal desconocida hasta entonces, acercándose a mí.

-Qué curioso. Cómo suplicas por tu última polla. Mercenaria imbatible, ¿no? Eso dice tu leyenda. Pues yo no la veo por ninguna parte. Sólo veo a una pobre mujer implorando por la vida de su amante y por la suya propia. Es patético… Bien. ¿Quieres salvar a tu amiguito? Pues suelta tus espadas. Las dos.

-Eowyn, no seas burra –era la voz de Cristophe-. Tienes una oportunidad, úsala. No te quedas sin la más mínima opción.

Yo dudé. Evidentemente, él tenía razón. Pero mientras quedara una solo probabilidad de que él se salvara, tenía que hacer lo que decían.

-Por favor, no lo hagas –suplicó, adivinando mis intenciones-. ¿Sabes por qué te están pidiendo que te desarmes? ¿Lo sabes?

No quería morir. No de esa manera. Pero algo me decía que podría arreglármelas. Que de otras más difíciles había salido. Que ni desarmada iban a poder matarme. Pero es que no siempre soy capaz de ver el peligro cuando se refiere a mí. No se lo contéis a nadie, pero yo no tengo nada de valiente: probablemente, si valorara justamente todos los líos en los que me meto, llevaría años huyendo con el rabo entre las piernas. Lo que pasa es que soy una inconsciente.

Una inconsciente que se daba perfecta cuenta de que sus oponentes veían su muerte con vívidos y realista colores, como en una representación teatral basada en hechos reales desde el mejor lugar de la sala.

-Eowyn, maldita seas. Acuérdate de aquella noche en la taberna. Cuando obligamos al tabernero a que sacara el buen vino. Recuerda lo que te dije.

Tenía que pensar. Tenía que pensar.

-Está bien. Ali, separáte de él. Cuando te hayas alejado, soltaré mis armas. No antes –por toda respuesta, Ali apretó más la punta contra el cuello de Cristophe.

-No tienes posibilidad de elegir, puta. Desármate y entonces le dejaré.

Veía los ojos desorbitados de Cristophe clavados en mí. Una de mis espadas cayó de mis manos.

-Quiero rezar –dije. Es un momento. No puedes impedírmelo.

Hinqué una rodilla en el suelo. Cogí mi espada por el filo y besé su cruz. Después, hice amago de lanzarla. Ahmed sonreía. Mi plegaria se perpetuaba e, impaciente, se acercó a mí para arrebatarme la espada, sin dejar de burlarse.

Y, sin embargo, aquella fue su última sonrisa. Porque, cuando lo tuve a tiro, hacia donde impulsé la espada, con la empuñadura por delante, fue hacia su podrida boca. Sentí como se le partían los dientes mientras le metía el pomo hasta la guarda en el cerebro, con los brazos bien estirados, por lo que tuve que tuve que emplear unas fuerzas que apenas ya me quedaban, y daba seguidamente una voltereta en el suelo hacia atrás para alejarme de sus armas. Mi grito de guerra casi quedó silenciado por el de Ali, que separó un instante su filo de la carne de mi compañero para coger impulso para rebanarle la cabeza, y pudo ver como éste se inclinaba y clavaba algo que tenía en la mano en plena ingle, provocando que un chorro de sangre arterial le salpicara a la cara. Estabámos a salvo.

-¿Acaso no recordabas que te dije que desde hace años guardo una daga en mis calzones? ¿Tan borracha estabas? – me recriminó.

-¿Y qué, si lo habías olvidado hasta tú? Pero menos cháchara, y larguémonos de aquí. Pero… ¡demonios! ¿Qué es eso?

No podía creerlo. Desde el tejado opuesto a la casa del médico, empezaron a llovernos flechas. No menos de 10 arqueros estaban allí apostados, tirando contra nosotros con la mayor impunidad, sin que yo supiera cómo habían subido hasta allí sin que los hubiésemos advertido, cuánto tiempo llevaban  ni que se proponían exactamente, aparte de convertirnos en acericos con patas. Solo una cosa estaba clara en mi mente: porque conocía perfectamente al que parecía dirigirlos

-¡Salgamos de aquí! –pero ya Cristophe corría hacia mí y en dirección a la esquina más cercana. En aquel momento, sentí un dolor lacerante en el muslo herido, por el que corría la sangre como una bandada de caballos salvajes por la llanura. Mi compañero pudo sujetarme antes de que cayera, y así, de esquina en esquina y de callejuela en callejuela, yo apoyándome en él, logramos despistar a nuestros perseguidores y alejarles de la casa del inocente matasanos, aunque aún los oía jurar en la letanía. Pero Cristophe juraba mucho más.

-¡Por la sangre de Cristo y los dolores de parto de María! ¿Quiénes eran esos? ¿Y qué demonios querían de nosotros?

-Gauthier –contesté yo, con las dificultades propias del momento-. Era Gauthier. Y no parecía nada borracho. ¡Qué estúpida he sido! Lo había olvidado completamente,

-¿Gauthier? ¿Te refieres a.. el que se escapó?

-Eso mismo.

-Pero ¿qué se supone que hace aliado con esos fanáticos musulmanes? Por lo que me habían contado de él, creí que era igual de fanático, pero cristiano… ¿Qué está pasando aquí? Pensé que el nivel de absurdidad de esta ciudad era insuperable, pero veo que siempre es posible ir más allá

Doblamos una esquina, y otra más. El dolor de la pierna se me hacía difícil de sobrellevar, y lo pero era que ahora el sonido de gritos de guerra y el entrechocar de armas parecía menos lejano.

-Yo te diré qué hacen aliados. Qué es lo que tienen en común. Son hombres. Y yo una mujer. Una mujer que, según piensan, ha osado disputarles una parcela de su terreno. Y eso no lo tolerarán nunca. Sois todos iguales. No hay ni uno bueno entre vosotros.

Cristophe gruñó.

-Mucho despotricar de los hombres, y siempre estás rodeada de ellos.

-Mis contradicciones forman parte de mi encanto.

Nos habíamos alejado ya lo suficiente, o eso creía. Solo un leve y distante rumor enturbiaba el silencio. Un par de callejuelas más, y estuvimos a las puertas de la casa de los armenios. Busqué la llave en la bolsa que tenía colgada en mi cinturón, pero sin éxito.

-Trae aquí –dijo Cristophe. Empezó a revolver objetos con el mismo resultado-. Creo que va a ser mejor que aporreemos la puerta. De todas maneras, tendremos que despertarles. Tú necesitas más atención que la que pueda proporcionarte yo solo.

De pronto, un grito llegado de lo más profundo de la calle que estaba delante de nosotros interrumpió sus manejos. Los problemas no se acababan, al parecer. Más que grito, me sonó como un alarido infrahumano, aunque en él me pareció distinguir algunas palabras en una lengua que me sonó a bretón. El pobre Cristophe se volvió, sólo para encontrarse con un energúmeno con la daga desenvainada dispuesto a ensartarle como a un pollo en un asador. Y así hubiera sucedido, si yo, arrastrando mi pobre pata ensangrentada, no me hubiera dirigido al mostrenco.

-¡Alto ahí! –le dije en la lengua de los francos del Norte-. Ni se te ocurra tocarlo. Es mi amigo -y después, pasando al aragonés (la lengua en la que acostumbraba a hablar con el personaje en cuestión)-. Esto sí que es una sorpresa. Pensaba que en todo caso te vería en unos días tirado en el suelo, acabado por mi espada. Al igual que a tu amiguito Bernard.

No pude evitar que mi voz sonara triste al pronunciar estas palabras; a pesar de que sabía que mis hipotéticas víctimas futuras se habían ganado a pulso todo lo que yo pudiera hacerles.

Guillaume, sin embargo, sonreía. Abiertamente, quizá demasiado. Dio dos zancadas hacia mí y me tendió las manos.

-La pesadilla ha acabado, Eowyn.

Yo no estaba nada segura al respecto. Cristophe, por su parte, se rascaba el pelado cráneo sin entender nada.

-Bueno, entonces ¿qué hago? ¿Me lo cargo o no me lo cargo?

Yo me vi en la obligación de contestar.

-No te lo cargues todavía. Se supone que es de los nuestros. De los míos. O… eso creo… O… Bueno, si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea.

(continuará)

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(viene de…)

Sí. Ciertamente nunca es tarde para comenzar de nuevo. Lo que sucede es que a lo único que comienzo es a caminar en círculos, y aun creyendo a pies juntillas en la premisa anterior, es seguro que mi fecha de caducidad ya debe haber pasado, y con creces…

Pues sí. Estas fueron las reflexiones que me asaltaron aquel día al despertar, mientras el sol entraba en la habitación espaciosa y aireada que Ferran (bendito sea él y la fortuna que me lo había traído en el momento en el que más lo necesitaba) me había asignado, desde mi confortable cama sembrada de almohadas. Bueno, pensé también al final, recordando los sucesos de la noche pasada, en realidad podría haber sido peor. Pero ¿por qué eso no me consolaba?

Sin embargo, estaba tan concentrada en mis pensamientos que no había advertido un detalle en cualquier otra circunstancia no se me habría escapado. Y se trataba de que no estaba sola en aquella estancia; bien al contrario, la estaba compartiendo con un desconocido. Pegué un respingo, aunque me controlé casi de inmediato, por una parte porque no convenía que la persona que había irrumpido de aquella manera en mi intimidad creyera que le temía y, por la otra, porque realmente nada en aquella figura me parecía peligroso. Se trataba de lo que a todas luces parecía un caballero, aunque su ropa adolecía de un buen corte y un mejor tejido y había pasado ya por demasiadas aventuras. Le calculé apenas un par o tres de años menos que yo, y era alto y delgado, aunque fuerte, de piel excesivamente blanca que contrastaba con sus negros ropajes, a juego, eso sí, de su cabello y sus ojos. Su persona no me pareció nada atrayente, pero tampoco podía decir que me desagradara de un modo especial, aunque me miraba de una forma, más que severa, aviesa. Me enfrenté a él.

-¿Es costumbre en este lugar que los hombres invadan de esta manera la habitación de mujeres desconocidas? Porque, si es así, te has topado con la horma de tu zapato. Nos vamos a divertir, y no de la manera que imaginarías. Pero ¿quién demonios eres y qué se supone que estás haciendo aquí?

Él no pareció ofenderse por mis palabras; bien al contrario, su rostro adquirió un aire ligeramente contrito. Avanzó un paso hacia mí y, cruzando suavemente los brazos y bajando levemente la cabeza, me contestó con tono respetuoso.

-No era mi intención molestarte. Sólo esperaba que te despertaras para hablar contigo. Soy el jefe de la guardia del gobernador y yo y mis hombres nos ocupamos de mantener el orden y llevar a los que no lo respetan ante él.

Yo ya sabía algo de la organización administrativa mameluca, y no me sorprendió el cargo que ostentaba. Lo que me extrañó fue otra cosa: su ropa, que le evidenciaba como latino. Y su acento.

-¿Un catalán a las órdenes del gobernador de Jerusalén?

-Me convertí al islam hace mucho. Y a Alá no le importa que yo naciera en Barcelona.

No dudaba de que a Alá no le importara su procedencia; para Él, como para el resto de los dioses (y de los youtubers), cuantos más suscriptores tuviera, mejor. Era a mí a quien nada de aquello le daba buena espina.

-Curioso. El hombre de confianza del gobernador es un extranjero y un cristiano converso. Vaya. Por aquí sois más abiertos de lo que yo creía,

Él emitió un discreto bufido.

-Ferran ya me había advertido que no eras una persona fácil.

-No, claro. Te metes en mi vida sin avisar y se supone que tengo que sonreír e invitarte a una vasito del vino del bueno. Vamos, anda…

-Vengo a interrogarte por lo que pasó anoche -me interrumpió sin ningún remordimiento. Pero yo, después de que por fin desvelara el motivo de su presencia en mi habitación (también es verdad que antes no le había dejado hacerlo), tuve una idea. Una idea que aclararía todas las sospechas que su súbita presencia me había hecho concitar, aparte de proporcionar otro tipo de alivio a mi situación. Así que adopté una expresión sorprendida que evolucionó a otra grave y respetuosa.

-En mi país un hecho como el que me ocurrió sólo habría suscitado burlas por parte de los representantes de la justicia. Además, normalmente la víctima es acusada e incluso castigada mientras los culpables quedan impunes -os suena, lectores del siglo XXI, ¿verdad?-. Veo que los mahometanos que oí alardeaban de respetar a las mujeres mucho más que el bárbaro pueblo nórdico y occidental no iban tan errados…

Logré desconcertarle. Evidentemente no esperaba aquella reacción de mi parte. Pero no era tan ingenuo para creer que fuera sincera; se quedó en silencio, esperando mi siguiente movimiento.

-… y por eso estoy tan agradecida que quiero ponerte las cosas fáciles…

Por su mirada de inteligencia, yo colegí que, evidentemente, ambos sabíamos, y ambos sabíamos que el otro también sabía, que si mi intento de agresión no hubiera sido perpetrado por latinos la historia hubiera sido muy diferente. Pero todos sabemos que, por desgracia, la gravedad de un hecho delictivo, y aunque las leyes afirmen lo contrario, es inversamente proporcional al poder político o económico que ostente el delincuente, o directamente proporcional al interés estratégico que el poder imperante pueda tener en minimizarlo o maximizarlo. (Y esto también os sonará, lectores del siglo XXI). Yo proseguí.

-…así que no te ayudaré a encontrar a esos villanos, no. Mucho mejor. Te llevaré ante ellos.

Él enarcó las cejas durante un segundo, y al gesto lo sustituyó de inmediato un suspiro resignado. Yo había llevado las cosas a un punto en que él no podría negarse sin bajar del pedestal al que le había aupado, y desde luego yo sabía que no lo haría.

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-¿Son ellos? –me soltó con brusquedad Roger.

No había sido tan difícil. Se trataba de buscar la taberna más cercana al lugar donde me habían cercado, dado que en el estado en que se hallaban difícilmente hubieran podido llegar desde mucho más lejos. Tras aquello, y con la ayuda de unas monedas, logramos que un parroquiano reaccionara a la descripción que le hicimos de ellos y nos confirmara que eran habituales; después, sólo hacía falta esperar. Ni la primera ni la segunda noche tuvimos suerte: me imaginé que estarían dejando pasar unas jornadas prudenciales antes de retomar su vida normal, pero no eran tan avispados como para pensar que lo más sensato habría sido no volver a aparecer por el lugar (aparte de que, también es verdad, no tenían ningún motivo para suponer que les estábamos buscando); y la tercera, por fin, nuestra paciencia había obtenido recompensa. Yo asentí.

-¿Estás segura?

Nos habíamos cobijado bajo una especie de soportal, para ver entrar a los clientes de la taberna. Y allí estaban, con una pinta tan indigna como la primera vez que les vi, y con toda las trazas de llevar ya entre pecho y espalda un 90% de todo el vino de Jerusalén; en aquel momento iban a por el 10% restante. Esta vez sin la compañía de Gauthier (que estaría tirado en estado de coma etílico en cualquier rincón), no parecían muy compungidos por su derrota de, ni siquiera teniendo en cuenta las diferentes formas existentes de manifestar la vergüenza; tampoco esperaba otra cosa, en realidad.

-Sin ningún género de dudas. No olvidaré fácilmente su aspecto de haber chapoteado durante años en el cenagal del vicio más infame. Y no creas que quien te habla es ninguna puritana: sencillamente me respeto lo suficiente para no caer en según qué excesos, lo que, por otra parte, no sería muy aconsejable dada mi profesión. Y además me lavo, lo que no es poca cosa. Bien, ¿les prendemos ya?

El funcionario me ojeó de arriba abajo con expresión de incredulidad.

-No sé a qué te refieres –me contestó, mesurado y correcto, como parecía ser habitual en él-. Como es natural, iremos a buscar refuerzos, y entonces los atraparemos. Mejor dicho, los atraparé. Entiendo tu ira hacia ellos, pero está claro que no vas a participar en su detención.

Yo le miré con ironía y solté una risita.

-Roger, por favor… ambos sabemos que si hubieras tenido hombres disponibles ya los habrías traído. ¿Crees, acaso, que desconozco, que todos los efectivos de la ciudad… están demasiado… como lo diría… ocupados? -me lanzó una mirada incrédula-. Seguramente, tu gobernador, desde su Torre de David, se limitará a utilizar a estos tipos como ejemplo para atizar el fervor guerrero de tus conciudadanos contra los infieles -ahí me miró dubitativo. Sus sospechas de que yo sabía demasiado se acrecentaban a toda prisa-. Y yo no puedo arriesgarme a que vuestras estrategias militares se prolonguen hasta el infinito y me priven de mi justa venganza. Adelante: somos dos, enteros y en forma, y ellos cuatro pero tan borrachos que apenas se tienen en pie. Te puedo prometer que he estado en peleas más desiguales. Vamos, catalán, no encontrarás una ayuda mejor yo de mucho tiempo. Porque no creo que lo que te suceda es que tengas miedo -fingí incredulidad.

Roger suspiró, armándose de paciencia para rebatirme, mientras me echaba otra ojeada evaluativa: yo era la mitad de alta que él y bastante menos corpulenta, eso sin que se tratara de ningún Hércules. Y aunque Ferran le había repetido que se las estaba viendo con una profesional, no podía creérselo. Negó con la cabeza.

-No tengo miedo por mí, pero desde luego que no voy a ponerte en peligro. Nos vamos –dijo, agarrándome de la muñeca para arrastrarme tras de sí, y luego soltándome enseguida, como si creyera haberse tomado demasiadas libertades. Yo le envié una mirada llameante de ira. Y después, sin que él pudiera hacer otra cosa, que lanzarse detrás de mí, eché a correr hacia la taberna.

No sé lo que habría sucedido de haber llegado yo a entrar allí: era un territorio hostil para cualquier buen ciudadano de Jerusalén, y también para todos los que, aun viniendo de lejos, no deseábamos atentar contra la paz de aquel pueblo. La taberna estaba llena de expatriados resentidos, restos de la última cruzada que no habían tenido valor de volver a sus casas después de gastarse todo el botín de guerra en vino y prostitutas y que culpaban de ello a los musulmanes y al universo en pleno, soldados cuyo ardor militar había sido sustituido en su sangre por miles de azumbres de alcohol. Pero, afortunadamente, no fue necesario: tal vez por pura casualidad, o por la advertencia de alguien de que los habíamos estado buscando (habíamos untado sustanciosamente a todos nuestros informantes a cuenta de las arcas jerosolimitanas para que no hablaran de nuestro interés por los cuatro supervivientes, pero bueno, ya se sabe), los vimos salir de la taberna con algo de premura, ya que en su estado no podían hacer gala de mucha más. Y aquel fue mi momento. Salí de la seguridad de la noche y me coloqué bajo el área de influencia del hachón que iluminaba la plaza. Les sonreí con sorna. Extrañamente, a pesar del pedal que llevaban, tardaron muy poco en recordarme. Y es que no me gusta presumir, pero los viajes que pego son legendarios.

-¡Vaya! Pero ¿no es la…?

Mi sonrisa ganó en intensidad, en cruel sarcasmo. Mi espada brilló a la luz de la luna.

Y, naturalmente, Roger no tuvo otro remedio que apoyarme.

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No puedo decir que se tratara de una lucha épica, a pesar del escaso equilibrio numérico entre bandos. Nuestros contrincantes estaban tan perjudicados por la bebida que sus puntos de habilidad y resistencia habían descendido hasta límites de novatos. Pero, sorprendentemente, descubrimos que aquellos deshechos humanos, en algún momento, habían sido guerreros experimentados y no totalmente cobardes y, cercados por la desesperación, recordaron momentos singulares de la caída de Acre, donde al parecer, tal como supimos después, los cuatro habían estado presentes (junto con una servidora, por desgracia, aunque, eso sí, al menos nuestros caminos no habían confluido). No es fácil defenderse de dos enemigos a la vez si uno de ellos no se pone a hacer cola, como se ve en las películas, pero yo saqué mis dos espadas e intenté combinar con ellas defensa y ataque frente a los demasiado precisos y contundentes envites de los dos penosos representantes de la latinidad, teniendo en cuenta su estado. Me puse lo suficientemente cerca de la pared de la taberna para evitar que uno de ellos pudiera colárseme por detrás, y lo suficientemente lejos para no acorralarme yo misma, y multipliqué por mil mis reflejos. Los tres días de estancia en la casa de Ferran, rodeada de comodidad, sabrosa gastronomía oriental y otras atenciones (que no voy a detallar por el momento) habían hecho milagros conmigo, pero después de un buen rato de intercambiar estocadas, la excelente, debo reconocerlo, sincronización que había entre los dos (era evidente que habían luchado juntos muchos años), no me permitió hacer mis trucos habituales de esquivar y atacar, aprovechando la fuerza de mis oponentes (y las imprudencias que solían cometer pensando que sería fácil vencer a una débil mujer) contra ellos. Además, aquellos dos me conocían, y en el escaso lapso de tiempo de nuestro primer encuentro parecían haber aprendido demasiado bien cuál era mi manera de luchar, y aunque sus mandobles eran tremendamente fuertes, en ningún momento descuidaban la defensa, por lo que yo tenía que esforzarme en defenderme sin avanzar más de la cuenta y acabar cayendo en la trampa de la cual me consideraba maestra. Así es que di un paso atrás, respiré hondo, e intenté moverme todo lo que permitieron, haciendo valer mi agilidad contra su destreza, y limitándome a defenderme más que atacar, hasta conseguir agotarlos, trasladando, además, el esfuerzo de mis brazos a mis piernas. Por el rabillo del ojo, vi que Roger estaba teniendo similares dificultades, y durante un segundo lamenté haberle arrastrado a aquella historia. Pero los hijos de puta seguían arremetiendo contra mí, y en algún momento temí que sólo un milagro podría hacer que yo saliera viva de la aventura.

Y sin embargo, el milagro no se produjo.

Se produjo algo muy diferente. Algo completamente humano, aunque hablar así pueda significar blasfemia (que me detengan, pues). Mi mente repasaba, como si se presintiera vivir sus últimos días sobre la tierra, los más recientes años de mi vida, justamente desde San Juan de Acre. Todos los amigos muertos, todas las traiciones, todas las injusticias. Aquel repetido constatar de que el mundo funciona al revés de cómo debería, y cómo es la maldad la que es premiada mientras es castigada la bondad, sin que podamos tener la esperanza de que. Algún día, en algún mundo posible, en algún paraíso soñado, el hecho se revierta. Pensé en Isabel, que seguramente debería andar por aquellas cortes hispánicas del diablo tramando planes maléficos contra los templarios, y cómo yo ya ni podía ni quería evitar que aquellas artimañas se concretaran; porque ella se equivocaba al creer ser la víctima de los Pobres Caballeros de Cristo, cuando en realidad la gran damnificada por ellos era yo. Todos esos conceptos se mezclaron antes mis ojos con la sangre que brotaba de mis numerosas, aunque leves, heridas, y de las de ellos, y de pronto comprendí que tenían que pagar por todas las masacres, por todas las traiciones, por todas las mujeres que tenían ante sí un largo futuro de ser tratadas como objetos de secunda, valoradas solo por su belleza, y utilizadas impunemente. Y lo hice. Lo hice. Corrí. Me alejé de ellos. Pero no muy lejos. Llegué un momento en el que ya no pude huir más. Al menos, aparentemente.

Tenía miedo, pero sabía que era la única manera: ya había empleado aquel truco en nuestro primer combate, pero me decidí a poner a prueba la inteligencia del grupo, que imaginaba bien escasa. Aparentemente desfallecida, me detuve en seco, con los brazos caídos, a punto de dejar caer las espadas, mirándoles con expresión de súplica en los ojos, poniéndome a su merced. Creo que nunca le agradeceré a Omar lo suficiente que me enseñara a ser buena actriz. Porque, cuando les tuve encima, sonrisas de suficiencia, convencimiento íntimo de pertenecer a una raza superior y de ser poseedores de la verdad, cargados de ese odio al diferente que tan útil es como medio de azuzar al pueblo a la guerra para ganancia de sus líderes, aún me derrumbé más sobre mí misma, y un leve pero efectivo movimiento de mis espadas, que disimuladamente había cruzado sobre mi regazo para conseguir más impulso, fue suficiente. Cuando levanté la vista, ambos habían caído, uno con un fenomenal tajo en la pantorrilla y el otro con el talón de Aquiles seccionado e inútil. No les di tiempo a levantarse sobre su única pierna sana ni a enarbolar sus espadas contra mí y les clavé las dos mías, simultáneamente, en sus fláccidos vientres. Ni siquiera sentí el pinchazo con que uno de ellos había atravesado mi hombro izquierdo antes de caer. No, no fue una lucha épica, sino sólo brutal y chapucera; pero tampoco se merecían otra cosa.

Más tarde, aquella herida me dolería horrores, pero en aquel momento no podía ocuparme de ello. Roger tenía dificultades: había acabado con uno de sus dos adversarios, pero el ver la manera en la que yo me había cargado a los míos le distrajo un momento, lo que el restante aprovechó para lanzarle una estocada al muslo. Aquello le hizo recular un instante, y vi que el otro aprovechaba para abalanzarse contra él. No había tiempo que perder. Lancé un grito lo más fuerte que pude y volé hacia él a la mayor velocidad que mis circunstancias, que no eran las más favorables, me permitían. Y antes de que tuviera tiempo de volverse completamente y apuntarme con su espada, yo le había rebanado las tripas, que cayeron al suelo antes que él, gordas como pellejos de vino bien repleto. No me di cuenta de que estaba a punto de marearme por la pérdida de sangre hasta que Roger me sujetó.

-Vamos -dijo, empujándome hacia el murete más cercano, cojeando; afortunadamente, su herida era poco más que un rasguño. Los usuarios de la taberna habían esperado justo aquel momento para salir al exterior e irrumpir en todo tipo de exclamaciones, dejando bien claro que habían estado espiando por las rendijas de la puerta, bien a salvo. Roger hizo valer su cargo y, poco a poco, se fueron dispersando, mientras él intentaba cortarme la hemorragia con un jirón arrancado de sus pocos elegantes ropajes, cosa que me habría hecho temer el coger la septicemia de haberme acordado yo en aquel momento de que tal cosa existía-. No es un corte profundo, pero ha sangrado mucho. Ahora ya está -me miró, con algo de preocupación, al acabar el torniquete-. Si puedes andar apoyándote en mí, iremos a buscar al médico. Ferran conoce al mejor de la ciudad. Venga, sé donde encontrarle.

Yo asentí. Sentía aquel curioso y conocido vacío que me acometía cuando había acabado con un misión que yo creía necesaria, como si nada fuera suficiente o todo fuera inútil. Permanecí en silencio mientras caminábamos, ofreciendo una más real imagen de borrachos que los desgraciados a los que acabábamos de facilitar el salvoconducto a la otra esfera. Él, tras unos minutos, habló.

-No he visto a nadie luchar como tú. A nadie –parecía realmente asombrado.

Yo meneé la cabeza.

-No soy tan buena como parezco. He aprendido a emplear la fuerza de mis agresores en mi provecho, y hasta mi propia debilidad. Además, la ira me ayuda. Sé controlarla y lograr que sea mi aliada, y no mi enemiga. Y realmente tengo muchas razones para estar rabiosa -hice una pausa-. Además, si te parezco tan hábil es porque no esperas que una mujer lo que sea, ni siquiera mínimamente.

Él también hizo un gesto de negación.

-No. No creo que sea por eso. O al menos no totalmente por eso.

-Bueno… hay pocas cosas que sé hacer bien. Quizá ninguna. Excepto ésta. Se puede decir que no he hecho mucho más en toda mi vida.

-He de reconocer que aún estoy impresionado.

-¿Me contratarás, entonces?

Se detuvo en seco.

-¿Éste era el objetivo? Pensaba que solamente buscabas aliados para tu venganza.

-Y para ayudar a limpiar Jerusalén de escoria, no te olvides… Bueno, digamos que ambos propósitos son compatibles… Sé que Ferran te ha hablado de mí y que tú no estabas en absoluto convencido. Necesitaba demostrarte de lo que soy capaz.

Roger seguía mirándome, sin responder.

-Sé lo que tramáis -continué yo-. Me necesitas.

-¿Qué sabes? ¿Y cómo lo has sabido?

-Lo que se avecina. Tengo ojos y oídos.

Él dudó.

-Eres cristiana -adujo él.

-También tú lo eras. Hasta Ferran lo era. Eso demuestra que ser cristiano no es una marca que tengas que llevar de por vida. Y yo ya me he deshecho de ella: sin haberme convertido al islam, desde hace tiempo puedo decir que sólo soy cristiana por cultura.

-Entonces -continuó él-, ¿has tomado partido?

-Hace años que tomé partido.

La mirada de Roger era pensativa.

-Vamos. Ya queda poco -dijo al fin.

__________________________________________________________________

Entramos en la misma taberna donde había encontrado a Ferran por primera vez, en la que proliferaba la población griega y armenia con algún latino, pero que más o menos era frecuentada por todos los grupos étnicos y religiosos de la llamada ciudad santa: un lugar donde los rumores aún no habían hecho mella en la convivencia. Por el momento. El aludido estaba allí, presidiendo una mesa a la cual se sentaban individuos de todo calibre, entre los que, sin embargo, abundaban las vestiduras al estilo turco. Ahogó una exclamación al vernos entrar.

-¡Eowyn! Pero ¿qué…? Pensaba que hoy sólo ibais a investigar. ¡Dios nos ayude! -no sé a cuál de sus dioses se refería, si al nuevo o al viejo, pero no creo que ninguno de los dos se enfadara por invocar así su nombre en vano-. Vamos, Roger, ponla sobre ese banco. Hay que llamar al médico rápidamente… Hassan, encárgate tú -dijo, dirigiéndose a un jovenzuelo musulmán que le obedeció enseguida. Se inclinó hacia mí y me ayudó a sentarme-. Te pondrás bien. Es el mejor médico de la ciudad. No echarás de menos a maese Simón, te lo aseguro… Roger, será mejor que tú también te sientes. Abdul te ayudará con ese corte.

-No, si no lo echo de menos -contesté, pensando en el sanguinario, aunque efectivo, médico judío amigo de los templarios-. Y no te preocupes, estoy bien. Pero me duele. Tal vez… -adivinando mis deseos, acercó una copa de vino a mis labios-. Ahora sí que me siento perfectamente -seguí, tras un buen trago-. Como para acabar con otros dos, por lo menos.

-Tenías razón, Ferran -Roger intervino-. Es buena. Más que buena. Me ha sorprendido.

-Te lo dije. Es la mejor -me miró con afecto. Desde su súbita conversación al islam, cosa de la que me había enterado poco después de pasar la primera noche en su casa, Ferran se mostraba conmigo mucho menos expansivo que de ordinario. Pensé (no sabía mucho al respecto) que debía tratarse de la moral sexual musulmana. Claro que eso no le había impedido visitarme las dos últimas noches con nocturnidad y alevosía, aunque tampoco se puede decir que yo le hubiera cerrado las puertas, precisamente. No era un tema que me obsesionara, ni mucho menos, pero a veces me preguntaba qué buscaba Ferran en nuestros ocasionales encuentros. Dados algunos hechos de su biografía (como su prolongada relación con Omar, por ejemplo), era extraño que quisiera tener tratos con alguien como yo. Pero tal vez, sencillamente, buscaba en mí lo mismo que yo en él: ni más ni menos, vivir.

-Y asegura que está con nosotros.

-Nunca tuve ninguna duda.

-Y que lo sabe todo.

Aquí, Ferran me miró como si me viera por primera vez.

-No es tan difícil hacerse una idea de lo que está pasando aquí -expliqué-. No soy tonta, y sabes que tengo muy buena mano con la servidumbre, entre otras cosas porque sé muy bien que soy igual que ellos y no quiero olvidarlo. Casi todos los hombres de Roger andan desperdigados por toda la ciudad buscando posibles espías cruzados. Y el resto, hacen de espías a su vez, pero entre los cristianos, e incluso fuera de los muros. Los negocios que te han llevado hasta aquí -ahora miré a Ferran de hito en hito- son en realidad ayudar a defender la ciudad. Hace tiempo que sospecho que tienes experiencia militar, que has sido educado como un caballero, a pesar de que en un momento dado decidieras unirte a Omar y vivir del mester de juglaría. También sé que él no se halla ahora contigo porque está intentando recabar refuerzos, sí, lo he averiguado no obstante todas tus evasivas e incluso mentiras al respecto.

Tanto mi antiguo amigo como mi nuevo aliado me miraron algo confundidos, sin afirmar ni negar nada. Continué, preguntando directamente a Roger:

-¿Qué sabemos, entonces?

No le quedó más remedio que contestarme.

-Un ejército se dirige hacia nosotros. Unos 3.000 hombres. No creo que estén a más de tres o cuatro días de camino. La buena noticia es que parece ser que son templarios, exclusivamente, lo que quiere decir que ningún reino les ha ayudado con efectivos, aunque tal vez sí con dinero y suministros. Durante un tiempo, temimos que se hubieran aliado con el Gran Khan, pero no hay constancia de eso. La mala es que hay contingentes de soldados de todos los países, y entre ellos, un gran número de nuestros paisanos.

Me crucé de brazos.

– Bernard nunca os ocultó los propósitos de la orden -añadí, con tristeza a mi pesar, pues recordé el tiempo en que todos nosotros fuimos un grupo compacto, con una misión común-, pero vosotros nunca le tomasteis en serio. Hasta que algo os hizo daros cuenta de que no hablaba en vano. Y entonces, Omar fue atacado por la enfermedad del islam más riguroso, que ya debía de estar latente en su alma. Y a ti, no sé exactamente cómo ni por qué, también te convenció… Pero lo importante es: ¿qué pensáis hace ahora?

-Preparar las defensas, lo que ya se está haciendo. Y asegurarnos la lealtad de todos los cristianos y los judíos. Vivimos en una ciudad con muchas banderas, y ahora las necesitamos todas unidas, fieles a nuestra causa.

Yo me quedé callada. Reflexionaba en las consecuencias de todo aquello. Me acometió una nueva oleada de olor y Ferran, viéndome apretar los dientes y cerrar los ojos, volvió a darme vino. Roger terció:

-¿Quién es ese Bernard?

Ferran y yo nos miramos.

-Es difícil de explicar -acabé contestando yo. No estaba muy segura de que fuera buena idea definir la exacta posición de mi antiguo compañero de fatigas en la Orden ante Roger-. Pero, para abreviar, hazte a la idea de que él va a secundar sin ningún tipo de vacilación todo lo que diga el Maestre Jacques.

-Y le conocéis bien -añadió.

-Sobre todo ella -me señaló Ferran, con un brillo de acero en los ojos.

-¿Y eso va a suponer un problema? -igual de dura fue la mirada que me dirigió Roger.

-Ya no. Todo lo contrario.

El negro caballero puso los brazos en jarras.

-No voy a preguntarte nada más por el momento. Confío en ti, sobre todo porque confío en Ferran. Pero espero que algún día me expliques el resto de la historia.

Yo asentí. Un viejo de pequeña estatura, algo encorvado y de mirada amable, entró cargado con un gran bolso de cuero. Ahora me iba a tocar sufrir.

-Por si este matasanos es tan salvaje como nuestro querido maese Simón y pierdo el conocimiento -me vi obligada a puntualizar- quiero que quede clara una cosa: sí, esta es la ciudad de las banderas, pero yo no lucho por ninguna bandera ni por ninguna religión: yo lucho por las gentes que están conmigo. Y ahora estoy aquí. Y vosotros sois mi gente. Por eso voy a luchar a vuestro lado. Sí, hace años que tomé partido. Por las personas.

(continuará…).

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