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Los sótanos del castillo de Tortosa esconden muchos secretos...

Los sótanos del castillo de Tortosa esconden muchos secretos…

(viene de) Tortosa, invierno de 1296

Decidí seguir a Ferran, que había salido en dirección a los aposentos de Omar bufando como una antinatural miscelánea de felino remojado y tren de Cercanías catalán acosado por el exclusivo AVE. Quería evitar una confrontación entre el trovador y su fiel amigo; ambos compartían un natural conciliador que, en determinadas circunstancias, podía evolucionar como una brisa de primavera hacia un tornado devastador provocado por el cambio climático, y en aquel momento se estaban dando todos los ingredientes atmosféricos para que tal fenómeno se produjera. Pero, afortunadamente, Omar se sentía tan aliviado por el buen desenlace del episodio de la liza que supo capear el huracán Ferran y no dejó que evolucionara hacia algo tan destructivo como para ocupar las portadas de los telenoticias medievales. Incluso le cantó una canción; un tema compuesto en su juventud que hablaba de los sacrificios que podían llegar a hacerse por los seres queridos, sacrificios que a veces eran malentendidos y se volvían en contra de uno, así como de la importancia del perdón. Hacia uno mismo y hacia lo demás. Yo no estaba de acuerdo con aquello último, pues no sabía perdonar ni me interesaba aprender, pero escuchar a Omar siempre tenía para mí un efecto sedante. Esperanzador, incluso. La existencia parecía más hermosa tras oírle cantar. Su voz, la armonía de sus movimientos, la belleza de sus composiciones, todo se conjuraba para el disfrute. Incluso él parecía transformado, recuperada íntegramente la pura apostura de su juventud. Así que no tardamos mucho Ferran y yo en volver a nuestro alojamiento, él dócil como un corderito y tan arrepentido de su cólera previa como un huelguista de TMB votante de Ada Colau. Aun así, algunas reticencias le subsistían.

-Está bien, sé que ambos queríais protegerme. Vuestra intención era loable, pero podíais tener en cuenta que yo quiero participar en cualquier aventura en que Omar pueda encontrarse en riesgo.

Yo le expliqué, por enésima vez.

-Omar no va a correr ningún peligro. Por encima de mi cadáver tendrían que pasar los que pretendieran hacerle daño. Me desvincularé de la compañía si esto sale mal, y él aparecerá como una víctima más de mi vil engaño. Pero no dejaré que salga mal. Mi vida depende de ello. Y ya nada más me queda.

Me miró, con pidiéndome aclaraciones.

-He perdido todo por esta venganza. Sólo me queda ella. Y vosotros.

-¿Eso quiere decir que, si sale bien, te quedarás?

Suspiré profundamente.

-Ojalá supiera lo que voy hacer en el minuto siguiente, Ferran. A veces siento que no puedo controlar mi vida. Que es ella la que me vive, en lugar de al revés. No sé, ya hablaremos. Ya hablaremos mañana. Espero que haya mañana.

Había comprensión en la mirada taciturna que me dirigió, y ya no añadió más. En esas, llegábamos a la casa donde nos hospedábamos, y nada más penetrar por la puerta, antes de subir por las escaleras que llevaban a las estancias superiores, unos gritos me hicieron comprender que aún no se habían acabado las emociones por aquel día.

-En marcha –dijo él.

Unas leguas más allá, un pequeño ejército se preparaba para culminar el último tramo de su periplo, de Cambrils a Tortosa. Bien pertrechados, aunque sin alharacas, avistaron en lontananza, con una seguridad llena de cuestiones enviadas al viento, el futuro que les esperaba aquella noche, allí, al final de aquel ruta de la costa que unía el Norte con el Sur de Cataluña. En ellos latía, por algunas de las partes, una mezcla de amistad, lealtad, afán de justicia y necesidad de ganarse el pan. Por otras, la venganza se enseñoreaba de sus motivaciones. En lo que se refería al líder del grupo, era todo muy simple. O quizá nunca lo es Parecían irreductibles y orgullosos, a pesar de que se sabían minoritarios. Y tal vez lo eran.

No sabían que, poco trecho más adelante, otro pequeño ejército con unos propósitos completamente distintos, contrarios incluso, iba a interceptarlos desde un camino alternativo al camino real que venía desde el centro de la Península, de Castilla: un ejército con menos escrúpulos que ellos. Muchos menos.

Al subir a la amplia sala subdivida donde pernoctábamos y guardábamos nuestros aperos, nos encontramos con que la revolución rusa (o la tan deseada revolución española, que no sucederá hasta que el pueblo se recupere de la incultura en la que nos han ayudado a sumirnos) se había adelantado (o atrasado) en el tiempo (llamen a Ministerio del Ídem, por favor) y se estaba desarrollando allí mismo, en nuestros ojos (la comparación viene a cuento por la enormidad del hecho, no por su signo: de hecho, éste era, de alguna manera, más bien opuesto). Elisenda, la que se podría considerar líder de nuestra compañía, se encontraba en mitad de un caos de ropa y objetos varios, dando órdenes a diestro y siniestro mientras que su marido, Godofredo, y su íntimo y absoluto admirador Roger, se apresuraban a cumplir sus disposiciones mientras el resto del grupo intentaba, con mucho miedo y poca efectividad, detenerlos. Con los primeros estaba también Esclarmonda, la jovenzuela criada de las cocinas del castillo que se había dejado conquistar por la melena plateada de Roger y sus aires de hombre de mundo.

-Pero ¿qué está pasando aquí? ¿Ha llegado el Apocalipsis y yo no me he enterado? ¿Cuándo pensabais avisarme para que me pusiera al día con el Señor de mis muchos pecados? –Ferran me miraba meneando la cabeza, poco convencido de que la ironía fuera el arma más adecuada para lidiar con la temperamental Elisenda. Ésta se enfrentó a mí desde su superior altura, con los brazos en jarra y respirando tan alteradamente que los pechos estuvieron a punto de salírsele del corpiño.

-¡Tú! –me gritó-. Eres la culpable de todo esto, ¿y encima te permites hacerte la graciosilla? Gracias a ti estamos en el punto de mira de los señores, y ahora se sentirán libres para hacernos víctimas de todas las vejaciones que se les ocurran. Y todo porque no has sabido mantenerte calladita y discreta.

Yo estaba totalmente confundida.

-Pero ¿qué es lo que se supone que he hecho, según tú? Como si tuviera la culpa de que al señor haya querido añadir una escena suplementaria al espectáculo a costa de mi sufrimiento. Estamos en la misma frágil situación que hemos estado siempre, pero Omar siempre nos ha defendido y siempre lo hará, y eso lo sabes tú perfectamente. ¿A qué viene este montaje?

Pero Elisenda estaba fuera de sí. Se abalanzó sobre mí, dispuesta a aplastarme con su superior envergadura y a sepultarme entre las tablas del suelo, pero en el último momento debió de recordar la última vez que se las había tenido que ver con mis puños y dio un paso atrás, resoplando como una cafetera de cápsulas comprada en un bazar chino.

-No voy a hablar contigo –me señaló con el dedo, amenazante-. No pienso dirigirte la palabra. Tú has causado la ruina de este grupo. Nos vemos obligados a marchar a esos caminos de Dios por tu culpa, y todos los demás acabarán por hacer lo mismo. Ni tú, ni Omar, ni Ferran os merecéis la más mínima lealtad, ellos son unos déspotas y tú una lagarta. Vamos, Godofredo, Roger, ¿lo tenéis ya todo recogido? Pues adiós a todos, y que os den.

-Pero ¡no podéis malbaratar así todo el trabajo de la compañía! ¡Vuestros compañeros no se lo merecen! –naturalmente, me hicieron caso omiso, y los espectadores de la espantada nos quedamos mirándonos unos segundos bobamente mientras intentábamos asimilar intelectualmente aquella repentina incidencia, sin ser capaces de reaccionar. Parecíamos diputados de IU sin grupo parlamentario por culpa de la gente de las extrañas amistades de gente de su propio partido.

-Bueno, esto se veía venir –Ferran fue el primero en romper el silencio-, aunque quizá no tan pronto. No os preocupéis –se dirigió al resto de la gente, que se observaban y nos observaban desolados, convencidos de que asistían al final de un hermoso sueño y de una decente forma de ganarse la vida-. Omar ya había previsto un montaje alternativo por si estos tres al final tomaban las de Villadiego. Se rumorea que nuestra compañía rival, la de Bruno el Pisano, les ha ofrecido una considerable subida de sueldo. A base de llevarlos a posadas infectas y alimentarlos con sus sobras, claro, pero eso no lo ha escrito en el contrato.

-¿Y por eso tenían que organizar tamaño jaleo? ¿No podían haberlo dicho sinceramente, y ya está? Nadie iba a asesinarlos por querer progresar en su carrera. Pero no, tenían que insultarme un poco y hacer vacilar mi autoestima para quedarse tranquilos con sus conciencias, ¿verdad?

-Y para canalizar los celos profesionales que te profesa Elisenda –apuntó Ferran.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

-Yo ya no entiendo nada –me derrumbé sobre el bulto de ropa más cercano, tan decepcionada del género humano como una militante de izquierdas de la España del siglo XXI-. Soy la persona más fracasada que existe, carezco de familia que valga la pena llamarse con ese nombre, mis amigos están muertos o desaparecidos, y no tengo un puto lugar en todo el orbe terráqueo donde caerme muerta. Lo único que me queda es una espada, algunas nociones de cómo utilizarla, y una voz que, si bien no es mala, tampoco creo que sea la quinta maravilla del Universo. Y resulta que esa real hembra, admirada por todos, con un marido que la idolatra, hijos encantadores, y la bolsa más repleta que la del hijo del rey cuando va a visitar los burdeles, se permite el lujo de tenerme celos profesionales. Cada vez tengo más claro que en este mundo todos están locos, menos yo. Si lo me lo permitís, me voy a la taberna más cercana, ya que mi refugio en el río está lleno de bandidos dedicados a asaetar a ciudadanos pacíficos que sólo quieren pasar un rato de diversión, a pasar lo que queda de día antes de que acabé yo chalándome también. Hala, con Dios.

Los dos despojos humanos ambulantes que encabezaban el segundo de los dos pequeños ejércitos que, al parecer, iban a confluir (como si fueran Podemos, las mareas, EUiA, la Troika y la OTAN en las Elecciones Generales 2015) en algún lugar del camino de lacCosta que arribaba a Tortosa, vestían con harapos que apenas mostraban algún vislumbre de las caras telas que habían sido años atrás. Sus cuerpos, abandonados a la molicie y al desaseo, asimismo ofrecían un aspecto que en nada se asemejaba al atildamiento que intentaban mostrar en la misma época, aunque yo recuerdo perfectamente cómo el hedor se resistía a camuflarse bajo los perfumes y la mugre de los orejas emergía sobre los recargados tocados capilares. Ya poco les quedaba de sus pasadas glorias, excepto su afán de hacérselas pagar todas juntas a la persona que consideraban culpable de sus desgracias. ¿Y quién creéis que es? Bingo: la misma que viste y ensarta, cuando los tiene cerca, a buenos candidatos a ser ensartados, y es que no tengo ni idea cómo puedo arreglármelas siempre para meterme en tantos líos. Obviamente, fue su codicia y las poco halagüeñas consecuencias de mi venta al sultán de Egipto y posterior fuga lo que les ocasionó la pobreza actual, y no mi afán de salvarme de ellos. Pero, al igual que los integrantes fugados de la compañía de Omar, no iban a reconocer ante ellos mismos una verdad que les hacía parecer muy diferentes de como querían verse en sus sueños: todo queremos sentirnos íntegros y heroicos, y a veces es muy difícil aceptar que la mayoría somos justo lo contrario. Así que, al ver aparecer, en lontananza, la silueta del castillo que iba a ser su destino, se miraron y se sonrieron con unas muecas de supervillano verdaderamente de libro.

Esa noche, como casi todas las noches desde que había ideado aquella pequeña parte de mi plan, cuando ya todos dormían, golpeé suavemente la puerta de entrada al castillo. A la voz de ¿Quién va? contesté, con la habitual vocecilla de corderita asustada por la magnitud de su ya muy repetido pecado carnal que solía emplear en aquellos momentos.

-Soy Asha. Tened la amabilidad de abridme. Hace mucho frío aquí afuera.

Los goznes de enorme portalón de madera y hierro chirriaron, entre risotadas. Pronto, y como también era común aquellas noches, un coro de guardias socarrones y algo rijosos me rodeó en el estrecho túnel de entrada al patio de armas. Se suponía que esas visitas mías nocturnas obedecían a que a Omar le agradaba calentar su lecho con la morita de la compañía, y que ella, como esclava agradecida, acudía siempre rauda a la llamada de su amo; aunque seguro que, pensaban ellos, también le iba la marcha. Y, naturalmente, el aparente carácter libertino de la mujer concedía licencia a los guardias para dar rienda suelta a sus manos.

-Ya estás otra vez aquí. No dejas pasar ni una, ¿verdad? Me pregunto que habrá debajo de esas ropas holgadas que gastas y ese velo. Lo que sea, debe de ser de calidad, pues el moro tiene fama de ser hombre de buen gusto. ¿No te gustaría probar, para variar un poco, un buen manubrio cristiano? –al decir esto, el guardia en cuestión cogió mi mano y la intentó conducir hacia un lugar muy determinado de su anatomía. Pero la caricia que le propiné fue de un tipo muy diferente a la que él se esperaba, y soltó tan aullido que los habitantes de la América aún no descubierta debieron de preguntarse qué cojones había sido aquello. Creo que sus descendientes, muchos siglos después, aún llevan en su ADN las huellas de aquella hostia: si es que lo dejé con capacidades de tener descendientes, cosa que dudo. Pero lo cierto es que le abandoné allí, entre ayes agónicos y compañeros preocupados, mientras yo me escurría hacia la torre donde dormía Omar.

Total, iba a ser la última noche en que necesitaría aquella tapadera.

Uno de los integrantes del primer pequeño ejército, muy joven ágil y ligero, y que cabalgaba un esbelto alazán árabe tan rápido como el viento, se había adelantado como explorador. El resto de los miembros le vieron volver, antes de media hora desde su marcha, entre nubes de polvo hijas de su precipitación.

-Señor –se dirigió al que parecía comandar la tropa-. Creo que deberíamos apresurarnos. Hay un grupo que parece tener problemas. Problemas muy graves.

El aludido se tomó un segundo de reflexión.

-Vamos –se dirigió a sus subordinados con aquel tono que sabía imponerse sin resultar autoritario; sus órdenes parecían más bien consejos o sugerencias, y siempre conseguía que fueran bien recibidas. Las cabalgaduras se pusieron al galope y, en medio de un torbellino producida por la pertinaz sequía de aquellas tierras de perennes vacas flacas, llegaron a una intersección de caminos donde dos hombres de aspecto harapiento y modales tiránicos, que hablaban con un marcado acento extranjero, estaban hostigando a un hermosa mujer rubia y a sus tres acompañantes (otra mujer muy joven y dos hombres), jaleados por el resto de su mesnada. La rubia era zarandeada entre los dos foráneos, que competían por arrancarle las piezas de ropa que la cubrían, mientras ella gritaba imponente ante la desesperación de los dos hombres, amenazados cada uno por varias lanzas, y el terror de la otra.

-Este regalito sí que no lo esperaba. Amiga, ¿qué haces con compañía tan exigua por estos caminos? ¿Acaso nadie te ha dicho que aquí proliferan los bandidos? Menos mal que has dado con nosotros, y no con ellos. ¿Te apetece que lo pasemos bien un rato todos juntos?

Tal vez la sangre no habría llegado nunca al río. Era cierto que aquellos dos seres congregaban en sus maltrechos cuerpecillos altas cotas de degradación humana, pero también me resisto a creer que hubieran caído tan bajo. No obstante, el comandante de la pequeña expedición y sus hombres no iban a arriesgarse. A la mayoría de ellos les habían educado en que no debían nunca permanecer indiferentes ante un abuso, del tipo que fuera, y los otros eran soldados que cumplían órdenes. Así de sencillo. Ninguno de ellos era ningún héroe. Los héroes están en otra parte, en los campos, en los talleres, cuidando de numerosas y necesitadas familias. Los héroes nunca son los líderes, los nobles, los mediáticos, aquellos en los que confiamos nuestras vidas una y otra vez esperando que nos la salven a pesar de que ya sabemos que nunca lo hacen, por pereza de tomar el rumbo de nuestro destino nosotros mismos: incluso los héroes que más nos venden tal vez sean los peores villanos, los que acabarán con la escasa conciencia social que tanto nos ha costado conseguir. Y ellos, los protagonistas de esta línea argumental de nuestra aventura de hoy, simplemente hacían lo que creían que tenían que hacer.

-Dejadla. Y a los demás. Ahora

Se entabló la batalla. Lanzazos y mandobles llovieron por doquier. Corrió la sangre. No duró mucho, pero sí lo suficiente, y al final el primero de los dos pequeños ejércitos consiguió poner en fuga a sus oponentes. La mujer se abrazó a sus compañeros, temblorosa aunque aliviada, mientras uno de los guerreros, el que parecía ser el segundo de a bordo, se acercó a ellos para comprobar que estuvieran bien. Por otra parte, su jefe estaba caído en tierra, rodeado del resto y atendido por tres de los caballeros, los más cercanos a él, aquellos con los que parecía compartir un vínculo diferente. La mujer rubia se acercó, solícita, inquieta y agradecida.

-Mi marido sabe algo de medicina –dijo. Éste examinó al herido.

-No parece grave –dictaminó-. Pero necesita descanso. No puede seguir cabalgando de momento. O morirá.

Los miembros de la comitiva se miraron con preocupación: había gastado más tiempo del estimado, y el sol se ocultaba peligrosamente en el horizonte. Sabían que su superior no aceptaría detenerse.

Omar me abrió la puerta de sus aposentos, situados en una de las torres secundarias. Vi en su rostro la misma ansiedad que oprimía mis pulmones.

-Aún puedes volverte atrás, Eowyn.

-No lo creo –comencé a quitarme la ropa-. Hemos llegado demasiado lejos, Omar. Estoy muy segura de lo que esto es lo que debo hacer. Y además, me temo que hay un guardia en la puerta con sobradas razones para no ponerme fácil la escapada.

Él contempló desde la cama cómo me despojaba de mis prendas de vestir.

-Ferran me contó lo que ha pasado esta mañana. No te preocupes. Está todo previsto desde hace tiempo. El espectáculo de mañana será un éxito a pesar de todo. Y quiero que tú estés allí.

Mis amplias vestimentas cayeron al suelo. Omar me miró de arriba abajo: nunca me había visto de aquella guisa. Yo iba completamente equipada para la batalla, pero no como la amada del Cantar de los Cantares, sino en un sentido completamente literal: vestía mi gambesón, mi coraza de cuero y llevaba mi espada en bandolera. Hacía tiempo que había renunciado a llevar cota de malla, no sólo porque la mía tenía más anillas faltantes que neuronas de menos en el cerebro de Rajoy, sino porque últimamente notaba que me molestaba más que me ayudaba. Como sabéis, yo había pasado en los años anteriores varios episodios graves de fiebres y aquello había afectado a mi capacidad respiratoria, pero había sido desde mi última grave herida, la que me había obligado a pasar varios meses convaleciente, que mi respiración no brotaba ni de lejos tan fácil y fluida como en mis buenos tiempos, y para conservar mi rapidez y agilidad me veía obligada a luchar lo más ligera de equipaje posible, a riesgo de recibir algún golpe fatal que no pudiera esquivar. Aunque tal vez es que me estaba haciendo vieja.

Rápidamente, el trovador hizo desaparecer mis ropas en un baúl, antes de que tuviera tiempo de hacerlo yo, y del mismo extrajo un yelmo con visera, pieza de armamento de última tecnología y prácticamente la única buena parte de armadura que me quedaba y que había podido conservar más o menos en buen estado a pesar de todos mis avatares. Me lo tendió.

-Cuídate. Y regresa. Que Alá te acompañe en todo momento, mi querida amiga.

Lo tomé, y luego le rodeé suavemente con mis brazos.

-Algún día, si no muero esta noche, supongo que seré capaz de decirte lo que significa para mí tu apoyo y tu fe, y sobre todo el haberte podido volver a reencontrar tras tantos años. Nunca valoraré tanto una amistad como la tuya. Marcho ahora, Omar. Queda con tu Alá. Si él, o quien sea, así lo desea volveremos a vernos.

Me había asegurado que nadie, ni dentro ni fuera del castillo, ni los escasos invitados que allí pernoctaban ni los, también aún muy pocos hasta el día siguiente, que dormían en el perímetro exterior en lujosas tiendas engalanadas con sus colores, estuviera en disposición de enterarse de lo que iba a suceder aquella noche. El cerdo relleno que era uno de los platos principales de la cena, y el vino que se había servido (manjares que todos habían entendido que Omar rechazara) estaban generosamente aderezados por una pócima que me había enseñado un maestro en hierbas templario en Miravet, y que sería la bendición de los estresados insomnes del siglo XXI si no se hubiera perdido la fórmula o no la hubiera secuestrado alguna multinacional farmacéutica para endosarnos en sustitución sus lucrativos venenos. Así, me aseguraba por partida doble de que nadie podría culparme (si es que quedaba en situación de que alguien me pudiera castigar por mis delitos), ni a Omar, de lo podría suceder allí. Por tanto, nadie circulaba por los pasillos de piedra cuando me dirigí a cierta puerta y tiré de ella.

Allí, delante de mí, tapado hasta el cuello, estaba él. Mi gran y antiguo enemigo. El que me había obligado a dejar mi pueblo antes de aprender todo lo que hubiera necesitado aprender del buen párroco local (todo un cura obrero avant-la-lettre), antes de adquirir los conocimientos necesarios para fraguarme una existencia llena de música y belleza en el mundo de Omar. El que había convertido a mis padres en unas máquinas codiciosas y serviles. El que me había perseguido sin tregua durante años, sin dejar que pudiera establecerme en ninguna parte más de unos días, obligándome a vivir siempre con la guardia en alto como los CDR de Cuba, sólo porque era incapaz de aceptar que una pobre y frágil mujer se hubiera atrevido a desafiarle. El que me había convencido falsamente de sus buenas intenciones para acabar hiriéndome de gravedad y matando a mi amigo. Y yo lo tenía ahí, a tiro. Un solo golpe de mi espada le liberaría del peso de su cabeza, y a mí de aquel odio que ya no me dejaba vivir. Y por si fuera poco, a su lado estaba Isabel, la mujer incapaz de perdonar ofensas casi imaginarias, que había permitido, y contribuido, a que yo permaneciera meses enferma y prisionera, sin más cuidados que los del pobre falso leproso, con unas consecuencias en mi salud que probablemente arrastraría ya de por vida y que posiblemente no tardarían en inhabilitar mi capacidad para la lucha, prácticamente mi única herramienta de trabajo.

-Me habéis destrozado la vida –mi voz fue oscura, como surgida directamente de las más profundas cavernas de Mordor-. Y yo voy a acabar con la vuestra

Mi espada se deslizó de la vaina y destelló a la luz de las escasas antorchas. Me acerqué a ellos.

Pero no formaba parte de mi estilo hacerlo de aquella manera.

-Despierta –le azuzé. Me repugnaba tocarle en lo más mínimo, así que le pinché con la espada en la barriga, que noté que ya empezaba a ser algo voluminosa, por la edad y el sedentarismo seguramente-. Despierta, cabrón de mierda. Ha llegado tu hora.

Transcurrieron unos instantes. Yo estaba dispuesta a tirarle encima la jofaina llena de agua fría; al parecer había comido demasiado cerdo y bebido mucho vino aquella noche y mi pócima había surtido demasiado efecto. Pero, sorprendentemente, no fue necesario.

El interfecto abrió los ojos completamente y, de manera instantánea, se incorporó. Debajo de la manta que le había cubierto, estaba completamente vestido. Y, lo que era peor, armado. Hasta los dientes. Gambesón, cota, sobreveste, grebas, guantes, espada al cinto y demás impedimenta: sólo le faltaba el almófar, el yelmo y las botas, que es lo que lo que el cobertor no habría podido ocultar. Y, aunque a su lado Isabel roncaba como si no tuviera cuentas pendientes con el cielo ni con el infierno, de pronto, mientras saltaba al suelo desde la cama, empezó a salir gente por todas partes. De debajo de la cama. De detrás de uno de los arcones. Al final resulta que sólo eran dos, pero más que suficientes para acabar conmigo, aparte de que en el primer momento de aturdimiento me pareció que se trataba de una verdadera legión. Intenté que se notara lo menos posible el temor y el desconcierto que sentía. Vaya, parecía que el factor sorpresa se había ido un poco a la mierda.

-¿Decías algo acerca de a alguien le había llegado la hora, Eowyn? ¿A quién? A ti, supongo –me mirada con el cinismo más acentuado que he visto jamás en un rostro humano, y con un desprecio supino, mientras los soldados salidos de la nada bloqueaban, para inhabilitar cualquier escapatoria a mi alcance por dificultosa que fuera, la puerta y la ventana respectivamente-. Nunca aprenderás que no puedes hacer nada contra mí. Siempre me adelanto. Siempre. Este fiel amigo –señaló al hombre, pequeño y algo contrahecho, que había surgido desde detrás del arcón con un hacha apuntando a mi cabeza-, estaba informado desde hace tiempo de que acabarías por venir a Tortosa, y ha estado vigilando desde entonces. Tu manera de reaccionar cuando te disparó desde la orilla opuesta del río le hizo sospechar que la mercenaria se escondía detrás de la morita de la sonrisa inocente y los ojos negrísimos. Por cierto, un buen disfraz, te felicito; me lo pusiste difícil. Y esta mañana, tu actitud al dejar que Diego, aquí presente (el soldado que había salido de debajo de la cama y que me amenazaba con una maza dio un paso adelante e inclinó la cabeza), te acosara sin pedir clemencia acabó de convencerme. Pensaste que me habías engañado, renunciando a exhibir tus habilidades de defensa, pero conseguiste lo contrario. Ah, creo que no sabías tampoco que un criado mío prueba siempre con mucha antelación los platos que van a servirme, y hoy no reaccionó bien al cerdo o al vino. Tuve tiempo de evitar que algunos de mis soldados los probaran; no muchos, pero sí los suficientes. Los suficientes para acabar contigo y hacerte desaparecer antes de que nadie en este lugar piense otra cosa que la protegida del famoso Omar se ha largado también con un trovador rival, como sus compañeros. También fue cosa mía su huida, ¿no lo adivinaste? Vaya, veo que no. Eowyn, si no te he matado mucho antes no es porque te me hayas escapado siempre. Es porque en el fondo, antes de ahora, nunca lo había deseado en serio. Pero ya sí. Has conseguido colmar mi paciencia. Soldados, toda vuestra. Haced con ella lo que queráis. Yo voy a disfrutar mirando.

Los aludidos dieron un paso adelante, otro en el caso del desgraciado Diego, dejándome con menos escapatoria que un país PIG en manos del euro y la UE. Retrocedí, enarbolando la espada como defensa y posible ataque, aunque bien sabía que no tenía nada que hacer, en aquel espacio tan pequeño y con tres contra mí, pues no dudaba de que el señor se uniera a sus subordinados si era necesario (que no lo sería): era un vago, pero no un cobarde, al menos no físicamente, y en su juventud había tenido fama, que aún conservaba, de hábil guerrero. No pronuncié una palabra: concentré todas mis fuerzas en intentar escapar de allí, en conseguir un inusitado, un imposible giro de los acontecimientos que lograra que se volvieran a mi favor todas aquellas probabilidades que ahora trabajaban en mi contra. Nada es tan conmovedor como esa pobre esperanza que se niega a desaparecer, a un nanosegundo del golpe final, de la parada del corazón, del más insoportable de los sufrimientos previo al fin.

El hombre del hacha seguía aproximándome, vistiendo con lo que aquella vez, en el río, me había parecido un hábito de monje hecho casi jirones. Al acercarse más a mí, se apartó la capucha que le ocultaba la cabeza y un rayo de la escasa iluminación incidió de lleno en su feo rostro. Con un estremecimiento de sorpresa, le reconocí a pesar de su aspecto macilento, como de haber pasado meses viviendo escondido como una rata en algún subterráneo, sin duda para cumplir con más efectividad sus labores de espía.

-¡Esquieu! Pero…

Él sonrió, casi con amabilidad; tan falsamente cordial como rastrera.

-¿Me buscabas, tú y los tuyos? Pues ya me has encontrado. Pero no te preocupes, nada de esto es personal. Sólo me estoy defendiendo de tus agresiones –sí, de una manera tan proporcionada como Israel de Palestina o EE.UU. de Siria o Libia.

No tuve tiempo de añadir nada. Su hacha impactaba ya sobre mi cabeza, y en esos momentos, al unísono, Diego también se abalanzó sobre mí, dispuesto a destrozarme la cara con su maza (qué forma tan asquerosa de morir), mientras me cogía del brazo izquierdo y me atraía hacia él, sin duda para tenerme más a tiro, al mismo tiempo que mi espada intentaba inútilmente hacer frente a las dos armas a la vez. Los dos hombres eran tan diferentes aparentemente como iguales en sus intenciones, como cuando los partidos de derecha que dicen de que son de izquierda y los de ultraderecha que dicen que son de centro se unen para hacer la misma política que el PP, o peor.

Y entonces sucedió algo muy, pero que muy, extraño.

La maza de Diego, en lugar de estrellarse contra mi cara, lo hizo contra el suelo. Su mango rebotó, con tan mala suerte (o buena, según por dónde lo mires) que golpeó al hijoputa de Esquieu en toda la entrepierna. Antes de que pudiera reaccionar, me vi propulsada hacia la puerta, detrás de Diego, que abrió ésta de una patada y la cerró de nuevo a nuestro paso, asegurándola con un pasado arcón. Yo miraba todo aquello como si no fuera conmigo. Pero supongo que en el fondo de mi estupefacción comprendía que la muerte me había dado una tregua, una vez más. Por primera vez, Diego se dirigió a mí.

-No pierdas un segundo y sígueme. ¿Me has oído?

Yo no perdí el tiempo en asentir e hice lo que él decía. No sabía qué intenciones podía albergar ese hombre y su historia conmigo no era precisamente como para tener fe en él a pies juntillas, pero en aquel momento era mi única garantía de escapar: más tarde me ocuparía de los problemas que pudiera ocasionarme (esperaba que su pacto tácito conmigo no fuera tan letal como la del TTIP con Europa para la soberanía y el bienestar de sus países). Por los ruidos que escuchaba a mis espaldas, nuestros perseguidores ya habían conseguido superar el obstáculo, y muy pronto llamarían a los refuerzos. Siguiendo los pasos de mi inusitado aliado, salí por una ventana, salté a una terraza y de ahí al patio de armas, sin preocuparme mucho por el menoscabo que mis huesos habían sufrido en el proceso, y me metí debajo de las escaleras que conducían al la sala principal. Allí, Diego deslizó una piedra y dejó libre el paso a un pequeño hueco, apenas suficiente amplio para albergarnos.

-Entra –me dijo, aunque yo tenía ya casi medio cuerpo dentro. Él volvió a colocar la piedra en su lugar, prendió un poco de yesca y encendió a tientas una antorcha colocada en la pared-. Hace días que preparé este sitio. Imaginaba que acabaría siéndome de utilidad.

La voz de Diego surgía ahogada detrás de la visera de su yelmo. Pero algo en ella me resultaba alarmantemente conocido. El acento. Eso era, el acento. Un acento que procedía de un lugar muy lejano, al Norte, donde los hombres no suelen llamarse Diego.

-¿Quién eres tú y por qué pretendías matarme antes y ayudarme ahora? ¿Qué es lo que buscas?

Me temblaba la voz al hacer la pregunta. Él se levantó la visera del yelmo y se colocó bajo la luz.

-Te limitaste a hacer caso de fuentes nada fiables que manipularon con oscuros motivos la información –dijo (empleando unos vocablos más medievales, claro está), con una sombra de pesar-. Y nunca te molestaste en buscar mi tumba para rezar por mi alma. Me temo que –parafraseando a un escritor que nacería mucho tiempo después de que él hubiera muerto de verdad- la noticia de mi muerte fue algo prematura.

Estuve a punto de hacer el signo de la mano cornuda y pronunciar, con tono solemne: “¿Qué quieres de mí, oh espíritu errante?”, pero en su lugar me limité a observarle, sin dar crédito a mis ojos.

-No puede ser –exclamé, casi sin voz. (sigue)

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(viene de) -Los Entenza están en guerra con los templarios de estas tierras desde hace décadas – me informó Isabel, más documentada que yo-. Temas de competencia en cuestión de negocios.

-Son unos villanos hijos de puta –corrigió categóricamente Guifré, que al parecer no les profesaba mucho afecto.

Aquello fue providencial para mis intenciones

-Pues adelante. ¿O piensas quedarte ahí mirando? –le espeté al hermano-. Pues vaya protector de damas indefensas que estás hecho. Anda, vayámonos para allá y liberemos a ese pobre anciano. ¡Si solo son tres! No seas gallina, hombre.

No hay nada como dudar del valor de un hombre para activarlo: los pobres se creen que el haber nacido con testículos les obliga indefectiblemente a tenerlo y demostrarlo, a riesgo de enorme maldición que caería sobre ellos y sus descendientes de no ser así. Aunque en realidad, y por distintos motivos, la treta también funciona conmigo. A veces yo misma me recuerdo al protagonista de la saga de Regreso al futuro, un adolescente al cual, para obligarlo a emprender cualquier tontería, sus enemigos solo tenían que pronunciar las tres palabras mágicas: “Eres un gallina”. Ya veis que cuando viajo al siglo XXI consumo cultura de calidad.

Pero volviendo a lo nuestro, los dos nos lanzamos por sorpresa hacia los carceleros del pobre campesino entre gritos de guerra y enarbolando las espadas. Guifré sacó una potente hacha de guerra que llevaba escondida en algún lugar de sus alforjas para cortar las cadenas que le aprisionaban, mientras yo distraía a los dos más adelantados, a la corta espera de que él acabara lo que tenía que hacer para ocuparse del otro, que ya se dirigía hacia nosotros. Todo parecía fastidiosamente sencillo, mucho menos de lo que requería mi espíritu después de tantos días de postración obligatoria. Pero ¿cuándo mi vida ha sido fácil y aburrida? Repentinamente, del bosquecillo circundante salieron cuatro caballeros más que no tardaron en acorralarnos, desequilibrando gravemente la ponderación de fuerzas y no precisamente a nuestro favor. Me recordaron a las hordas de maderos persiguiendo a grupos aislados de manifestantes durante el 23 de febrero de 2013.

-¡Ha sido una trampa! –rugió Guifré, entre mandoble y mandoble-. Esos cobardes hijos de Satán vieron que nos disponíamos a salir y nos han preparado una trampa. ¡Es su forma habitual de actuar!

-Las aclaraciones no sirven de mucho en estas circunstancias –filosofé yo, pues bien poco más podía hacer-. ¿Alguna otra idea genial? También podías haberme avisado antes, si ya los conocías. Insististeis en que viajara con las armas puestas, pero no me explicaste la razón.

-Era solo precaución. No pensé que atacarían habiendo personas ajenas al Temple –se disculpó-, pero por lo visto tienen muchas menos entrañas y más vileza de la que ya sospechábamos. Necesitamos un milagro.

Elevó los ojos al cielo justo cuando las espadas enemigas iban a ensartarnos como a banderillas sin acompañamiento de vermut a pesar de nuestros redoblados esfuerzos, y doy fe, y nunca mejor dicho, de que en aquel momento mi ateísmo estuvo a punto de quedar quebrado al menos para un par de días. Pues de pronto apareció una comitiva de caballeros de manto blanco cuyo número volvió a equilibrar las fuerzas, y no bastó más que eso para que los hombres de los Entenza huyeran despavoridos dejando abandonada la carreta ya vacía de su ocupante, pues este había escapado a toda la velocidad que le permitían sus caducas extremidades al verse libre. Yo sentí en la profundidad de mis entrañas el alivio que debía de experimentar aquel hombre en eso momentos, y la alegría que sentí estuvo a punto de dejarme sin respiración. Y es que últimamente tenía la sensación de estar viviendo un número demasiado repetido de derrotas sucesivas, y todavía pesaba en mi alma aquel aciago día en Acre cuando me vi obligada a presenciar escenas espantosas de degradación humana, que hasta entonces no había podido aceptar que existieran y que ahora era tan incapaz de olvidar como de escribir sobre ellas; aunque no creo que sea necesario. El sentimiento de derrota se había alojado en mi garganta desde aquel día, y a veces sentía como si un eterno sollozo luchara por brotar de ella, destruyéndolo todo a su paso. Tantas luchas había desarrollado, con esperanza, tanto aquí como en el siglo XXI, y de todas, prácticamente, había salido gravemente trasquilada, herida, desilusionada. Ni siquiera habíamos podido acabar con la guerra de Irak y ahora toda aquella destrucción era irrecuperable; aparte de aquello no había sido sino el inicio de una guerra general y multiforme que había pasado, adoptando diversas formas y presentando diversas graduaciones, por Túnez, Egipto, Libia, Europa, Siria, la Siria que yo tanto amo… Y que aún no se había detenido en África.

Pero, afortunadamente, algo me sacó, al menos momentáneamente, de tan amargos pensamientos. Uno de los freires que nos habían tan oportunamente socorrido, el más alto y el que parecía el líder de la expedición, se acercó a nosotros y se dirigió a Guifré, con un ligero acento que no llegué de momento a identificar:

-¿Estáis todos bien, hermano? ¿Ningún herido?

De repente, como si atisbara algo inusual por la comisura del ojo, se giró hacia mí y me taladró con la mirada. Una especie de asombrado sobresalto desfiguró las pocas facciones que podía distinguir por la abertura de yelmo; las mías debían de estar sufriendo un proceso parecido. Se adelantó un paso y exclamó con tono interrogativo:

-¡Eowyn…?

Fue entonces cuando reconocí, sin lugar a dudas, aquella voz. Por muy extraño que ello me pudiera parecer.

-¿Guilllaume! (continúa)

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(viene de) -Tus trampas son cada vez más originales –respondí con una mueca de desprecio-. Pero olvidas que nos conocemos demasiado.

-Esta vez hablo en serio –aseveró.

Estaba parado a pocos pasos de donde yo me hallaba, aún mostrando su carencia armamentística. De pronto, como obedeciendo a una señal telepática, los guardias guardaron sus espadas y separaron, asimismo, los brazos del cuerpo. Aquello era muy surrealista; no me hubiera extrañado más que los Mossos d’Esquadra se dedicaran a escoltar y a proteger piquetes informativos en el 29M (lo cual, por otra parte, hubiera sido lógico en un cuerpo cuya función se supone que es resguardar a los ciudadanos; al menos, lo sería más que matarlos).

-Te has vuelto loco –aprecié-. Sabes que podría matarte ahora mismo.

-Pero sé que no lo harás –respondió al vuelo-. Tú no albergas odio hacia mí. Solo cansancio.

Y lo peor de todo es que el maldito tenía razón: había atentado contra mi tranquilidad durante años, me había perseguido con saña por todos los caminos de la Corona de Aragón, el Reino de Castilla y las zonas aledañas como si yo quisiera nacionalizar alguna empresa invasora que fuera de su propiedad, me había hecho mil perrerías, había comprado a mis amigos (que luego, obviamente, resultaron no serlo tanto) y me había encerrado en húmedas mazmorras la estancia en las cuales, afortunadamente siempre muy corta gracias a mi legendario instinto de  supervivencia, había acrecentado mi innata claustrofobia. Vamos, que cualquiera diría que temía que viviera demasiado, no fuera a tener que pagar mi pensión. Pero no le odiaba: quizá ya me había acostumbrado a él, a su terrorismo de baja intensidad contra mi persona, a la mejor el hecho de que siempre acababa por aparecer era la única fe que me quedaba; o tal vez sentirme buscada por alguien, aunque fuera con propósito tan lesivos para mi libertad e integridad, en el fondo me gustaba: nadie más lo hacía.

-Está bien. ¿Qué quieres? –naturalmente, seguí enarbolando la espada.

Me mostró las palmas.

-Hablar. Solamente eso.

No es que el diálogo hubiera sido lo suyo, precisamente, por lo que conocía de él. Pero era evidente que quería cambiar de estrategia. ¿Qué demonios estaría tramando?

-Está bien –concedí-. Envía a tus hombres calle abajo y espera aquí unos minutos. Nos veremos en la taberna que está cerca del puerto –aguardé hasta que los guardias hubieran desaparecido en dirección contraria y me escabullí hasta el lugar indicado.

La situación no podía ser más extraña: ahí estaba yo, departiendo animadamente ante dos jarras de vino con la persona con quien desde prácticamente que nací no había podido estar en la misma habitación sin que uno de los dos no saliera perjudicado de alguna manera. Evidentemente, el mundo se había trastocado: tal vez era algo así a lo que se referían los mayas. El noble, acostumbrado seguramente a otro tipo de compañía en sus horas de ocio, no mostró sin embargo ninguna incomodidad de hallarse en aquel cuchitril. Todo lo contrario, se permitió incluso dirigirme una amplia sonrisa.

-Tienes muy buen aspecto.  Nadie diría que has pasado los últimos años huyendo.

-He hecho otras cosas, también. Ganarme la vida, por ejemplo.

-Y muy bien. Se escuchan relatos de tus hazañas.

-Hay mucha ficción al respecto. La gente lo necesita. Pero vayamos al grano: dime de una vez qué quieres de mí.

Clavó en mí unos ojos pequeños y separados, que me parecieron mucho menos fieros que en el pasado.

-Las cosas han cambiado mucho, Eowyn. Durante años me he empeñado en mantener la moralidad entre mis vasallos. Que las cosas no fueran como yo lo deseaba significaba para mí un motivo de cólera. Pero esa ira se ha agotado. Los últimos años no han sido buenos: malas cosechas, alianzas políticas poco inteligentes, demasiados familiares muertos en las Cruzadas…

Se le veía sinceramente apenado y lo lamenté por él: yo no era tan de piedra como a veces quería aparentar. Aunque también era verdad que cualquier cosa que sus parientes hubieran ido a hacer a Tierra Santa, lo que les hubiera sucedido ellos se lo habían buscado. Quienes realmente me preocupaban eran los ciudadanos de Palestina. Y de Libia, y de Irak, y de Afganistán, y de Siria, y de tantos otros lugares

-Ahora parece que la desgracia se aleja de mi camino, aunque sus huellas pervivan. He conseguido un buen puesto en la Corte. Velo, entre otras cosas, porque que el pueblo esté contento y porque todos tengan un buen medio de vida.

Qué miedo. Cuando los mandatarios hablaban de felicidad y empleo, siempre tenían escondido en la manga algún proyecto insostenible. Además para llevarlos a cabo solían contratar personas del escaso nivel intelectual de mi interlocutor. Y es que era para joderse: yo buscando curro como una loca sin ningún éxito y con un buen historial profesional a mis espaldas, y a aquel inútil le contrataban con la mayor facilidad del mundo; seguro que militaba en el PP, o en CiU. Pero lo que dijo a continuación fue aún más increíble.

– Me trasladaré a mis posesiones del norte de Barcelona, y dejaré que uno de mis hijos gobierne las antiguas. Te ofrezco que vengas conmigo. Que seas la capitana de mi guardia. Creo que un buen trabajo es lo menos que te debo, después de arruinarte la vida.

Bueno, tampoco me la había arruinado tanto. La persecución hasta concedía un poco de animación a mi existencia. El problema era que su presencia me recordaba demasiado a aquello que había dejado atrás y adonde no deseaba volver… Pero ¿había escuchado bien la última frase?

-Esto debe de ser un sueño. O tal vez una pesadilla. O demencia senil prematura por tu parte –o no tan prematura: hacía tiempo que no lo veía de cerca, y ahora notaba como los primeros signos de la ancianidad estaban comenzando a hacerse patentes en su rostro. No somos nada, realmente-. ¿De verdad estás escuchando tus propias palabras? ¿Realmente crees que tus hombres aceptarán las órdenes de una mujer?

Se apresuró a responder.

-Lo harán. Y lo harán porque te conocen. Y porque te respetan. Y porque han aprendido a admirarte: nunca han podido vencerte, de una manera u otra, por habilidad o por voluntad férrea de sobrevivir, siempre te has escurrido ante nuestras narices.

-Me halagas –advertí yo-. Y últimamente los halagos me han traído malas consecuencias. No voy a volver a caer en la misma trampa.

-Algo sé de tus últimas aventuras –su expresión adquirió un tinte malicioso-. Corren relatos sobre ti por todas partes y me he divertido mucho escuchándolos. Pero tranquilízate: conmigo estarás a salvo de quien pueda quererte mal. Eowyn, te mereces un descanso. Y te ofreceré todas las garantías que me pidas: estaba vez podrás confiar en mí.

Como explicaba, en uno de los momentos más desesperados de mi vida, el Destino me había tendido una mano… Una mano que se había convertido en una garra que atenazaba mi garganta. Tenía un buen empleo, vivía en un lugar privilegiado, un castillo a las afueras de Barcelona donde disfrutaba de unos cómodos aposentos para mi sola en el patio de armas, y mis compañeros me respetaban, aunque también era verdad que evitaban mi trato con tanto ahínco como yo evitaba el suyo. Comía y bebía con abundancia y ni siquiera tenía por qué preocuparme por mi seguridad. Incluso a veces, cuando paseaba por las amplias estancias del castillo  y disfrutaba con la vista desde sus torreones, sentía algo así como una vaga sensación de felicidad; pero se habían acabado las largas cabalgadas por el bosque y las noches al lado del fuego del campamento. Yo había logrado el ascenso profesional con el que siempre soñé, y que tan difícil era para alguien de mi género. Pero no era feliz. Tal vez nunca lo sería. Tal vez la insatisfacción me acompañaría siempre, como la soledad, tal vez era tan incapaz de conformarme como de amar. ¿Cómo no iba a estar susceptible y de mal humor en esas circunstancias, y más si además aquella situación relajada y cobarde me estaba apartando del lugar donde yo creía que era más necesaria? Todo eso pasó por mi cabeza cuando me vi catapultada al interior de aquel portal. Decidí ver la parte positiva del suceso: tal vez jamás debería volver a preocuparme por mis conflictos internos. (sigue)

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(Viene de) La noche había caído. Por el ventanuco de la amplia mazmorra de piedra, donde me hallaba en la más absoluta soledad, como si se hubiera reservado en mi honor, vi una luna llena que se derramaba por las calles de Damasco. Oí un sonido suave procedente de la puerta de entrada y comprendí aterrada que había llegado el momento; pero me equivocaba: en lugar del sultán, sus matarifes y sus instrumentos de tortura, quien había entrado era una joven morena, muy guapa, que se dirigió hacia mí sigilosamente. Cuando estuvo a mi lado me susurró:

-Sé que sois amiga del cruzado que estuvo aquí hace meses. Era un buen hombre. Deseo con todas mis fuerzas que se encuentre bien.

-¿Sabéis acaso dónde puede estar? –ella dudó-. No –la tranquilicé yo-, no pienso revelar su paradero, pero me gustaría poder encontrarlo si algún día, aunque nada parece indicarlo, salgo de aquí. La esperanza nunca se pierde… pero tenéis razón, no me lo digáis –no me fiaba de mí misma: era mejor que no supiera nada: así, pasara lo que pasara, hicieran lo que hicieran, no podría traicionarlo. Me mordí los labios: seguramente me estaba comportando como una verdadera pringada.

-No sé dónde puede estar –replicó ella-. Huyó con Samira, una de las chicas del harén.

Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Menudo mosquita muerta que estaba hecho el compañero.

-Ella tenía una misión –continuó la joven-. No era una de nosotras. Y quería que vuestro amigo la ayudara. Una misión importante, realmente importante. Algo por lo que estaba dispuesta a dar su vida… Creo que Samira ha muerto. Lo presiento. Y tal vez vuestro amigo ha muerto con ella.

Se me heló la sangre.

-No digáis eso. Tal vez hayan conseguido acabar con éxito la misión, sea la que fuera, y ahora están viviendo felices y comiendo perdices en cualquier sitio. Pero, en cualquier caso, ¿por qué me contáis esto?

Ella suspiró.

-Porque no quiero que muráis vos también.

-Bueno, en eso coincidimos -apunté yo.

-Alguien como vos no merece acabar así. Sois una guerrera, dueña de vuestra vida, no… -miro hacia el suelo, con tristeza- una cobarde esclava incapaz de rebelarse a su destino.

Sonreí con amargura.

-Pero criatura –le dije, pasando al tuteo-, no seas tan dura contigo misma. Nuestras circunstancias son diferentes y no podemos saber qué habría sido de nosotras si estas estuvieran intercambiadas. Yo le he tenido muy fácil en el fondo, siempre había alguna puerta por la que huir, aunque fuera hacia delante. Tú, sin embargo… Además, no tengo nada de lo que enorgullecerme. Peleo por dinero, y también me someto a mis empleadores por un par de monedas, dejando de hacer otras cosas que son más necesarias: no hay honor en eso.

Ella levantó la mirada: tenía los ojos húmedos. Acercó a mis labios una copa y yo, sedienta y confiada, bebí sin preguntar. Sentí una pesadez en los ojos, no sabía si por causa de la bebida o es que Morfeo me vencía después de aquel largo día llenos de vicisitudes. Casi entre sueños, escuché su voz alejándose.

-Si vuelves a verle, dale las gracias.

-No dejes que nadie te convenza de que no puedes ser la dueña de tu destino –le recordé yo, casi incapaz ya de articular las palabras.

No sé cuánto tiempo dormí. Mientras abría los ojos me sentí ligera, casi liberada: al principio pensé que la muchacha me había dado algún tipo de sedante que me permitiera aguantar mejor el dolor de la tortura; después comprobé que no era exactamente eso. Aunque mi sensación de alivio se vio gravemente menoscabada por la presencia de Gustaf, que estaba mirándome fijamente, a pocos centímetros de mi cara. Hice un gesto de repugnancia.

-¿Qué quieres, hediondo gusano? ¿No has tenido suficiente aún? Anda, acércate si te atreves que te voy a arrancar el ojo de un mordisco. Aunque luego me pase días vomitando.

Él no se dio por aludido.

-Eowyn, vas a hablar. El sultán vendrá pronto con sus hombres y te garantizo que no van a ser dulces ni amables contigo; es un gobernante liberal y amigo de su pueblo –sí, claro, como todos-, pero no es buena idea oponerse a sus deseos. Será mejor que hables. Por tu bien y por el nuestro.

No puede evitar soltar una risotada.

-Me siento conmovida por lo preocupado que estás por mi bienestar. Pero tonto del culo, ¿no te das cuenta de que le has vendido humo al sultán? ¿Qué pretendes que le explique, si nada sé? ¿Quieres acaso que me lo invente? ¿Acaso piensas que un hombre de estado bregado en batallas diplomáticas y que ha ganado guerras y conquistado castillos con la correlación de fuerzas no siempre a su favor se va a dejar engañar como un idiota por nosotros? Lo que deberías hacer es decirle que todo ha sido una volada tuya, pedir mi liberación y asumir las consecuencias de tu codicia y tu apresuramiento. Vamos, pórtate por una vez como un ser con una mínima categoría humana.

Pero él no parecía demasiado animado a seguir mi consejo.

-¡Sabes algo! –se empecinó, chillando como una mona histérica-. ¡Tengo pruebas!

-Los cojones tienes pruebas –rebatí yo-. Lo que te pasa es que estás cagándote de miedo. Os habéis metido en un lío, tú y tu amiguito, del que sabéis perfectamente que no vais a salir bien parados. Lo que me van a hacer a mí no va a poder compararse ni por asomo a lo que harán con vosotros –y, haciendo un teatral ademán de alzar mis encadenadas manos al cielo-. ¡Dios mío, quién lo iba a decir, existe la Justicia, al fin! No en las tierras de Castilla, Aragón y territorios limítrofes, por supuesto, pero sí en el resto del mundo! ¡Os van a dar para el pelo!

Aunque no entendió ni papa, obviamente, de mi exabrupto, lo esencial sí lo captó. Me echó las manos al cuello.

-¿Te atreves a negarme que esos extraños viajeros que preguntaron por ti ayer por la mañana, cuando estabas fuera de la ciudad, no venían de parte de tu amigo el templario? ¿Es que acaso no ibas a marcharte con ellos? Yo les dije dónde encontrarte.

Yo no salía de mi asombro ¿Unos extraños viajeros?

-¿Se puede saber qué estás diciendo? –incluso un inútil como él hubiera adivinado por mi expresión que todo aquello era nuevo para mí. Su expresión se trocó en una de aterrorizada decepción total.

-Entonces… ¡es cierto! ¡No sabes nada!

-Joder, hace tiempo que intento decírtelo –me resigné yo. Empezó a pasear por la celda como el proverbial león enjaulado. Al final se detuvo y me espetó.

– Tienes que decirles algo. Si no, nos matarán a los dos y no será precisamente rápido…

-… eso también hace tiempo que intento decírtelo –le interrumpí.

-¡Piensa! –continuó, sin hacerme caso-. Tú conoces a tu amigo. Sabes dónde podría estar. Dónde se escondería si tuviera que hacerlo.

-Cree el ladrón que todos son de su condición. Él no se escondería. Plantaría cara –respondí yo, orgullosa. Pero no podía quitarme de la cabeza a aquellos extraños viajeros que me buscaban con los que al final, no sabía por qué, no había llegado a coincidir. ¿Los había enviado él? Si era así, ¿por qué no había venido en persona? ¿Y dónde podía haberse metido? Era de suponer que no se había refugiado en Chipre, después de las últimas derrotas cruzadas, pues entonces el sultán ya le había localizado… Vamos a ver, pensé, él huyó de aquí a principios de verano. ¿No hubiera sido lógico que hubiera querido reunirse con sus compañeros en Sidón, si es que la misión de Samira no le llevaba a otro lugar? Miré a Gustaf: maldición, ellos sabían mucho más que yo. Y lo peor es que ni se daban cuenta.

-Me niego a atrapar una jaqueca por pensar para ti –negué con determinación-. Que él esté donde le haya llevado el viento. Nunca te ayudaría a descubrirlo, ni aunque fuera más fácil de lo que es. Aunque me maten de la peor manera, jamás seré tu cómplice.

Pensaba que Gustaf iba a tener un acceso de rabia, pero se limitó a mirarme con impotencia y luego paseó en círculos por la mazmorra, de nueva. Era evidente que deseaba decirme algo y al mismo tiempo dudaba si era la opción más inteligente. Pero al fin…

-En Sidón, tu amigo se hizo con un objeto de poder que el sultán desea. Algo que solo puede tener la persona más poderosa de este mundo, y todo apunta a que el sultán puede llegar a serlo. Si cayera en otras manos…

Tal vez vosotr@s consideréis que mi situación no era para tomármela a broma. Y seguramente tenéis razón. Pero tras escuchar afirmaciones como la que acababa de oír, solo me quedaba una alternativa, y efectivamente esa es la que adopté: sufrir un ataque de risa, una risa más amarga que alegre, aunque con potencia tal como para despertar no solo a los habitantes del castillo sino a todo el vecindario, si las paredes de aquella celda no hubieran sido tan gruesas. Gustaf se quedó mirándome con la boca abierta y, creo yo, con un hilillo de baba chorreándole por la barbilla.

-¿Y qué va a suceder si el pretendido objeto de poder cae en otras manos? ¿Es que acaso otorga el poder de hacer la Revolución y triunfar en el intento? Gustaf, ¿te estás oyendo a ti mismo? La verdad, me has decepcionado. Nunca te he pensado que fueras demasiado listo, pero al menos creía que tenías un cierto criterio. Y ahora me vienes con objetos de poder. ¿Quieres que te enseñe un verdadero objeto de poder? Pues aquí tienes: ¡mira, hago magia!

De un rápido movimiento de manos y pies, me liberé de mis grilletes: hacía un rato que me había dado cuenta de que estaban abiertos: la joven del harén, amiga de Samira, se había arriesgado a perder la vida por el recuerdo de la amabilidad de mi viejo compañero de armas y, tal vez, por mí. Pero a Gustaf no se le ocurrió una explicación tan racional.

-¡Eres una bruja sierva del Diablo! –me señaló con pavor-. ¡Vade retro, Satanás! ¡Socorro, a mí la guardia! –Gustaf siempre me había guardado bastante respeto: creía que yo sería capaz de vencerle con mis solas manos a pesar de mi evidente desventaja física. Y no se equivocaba.

-Puedes gritar todo lo que quieras, traidor. Esto es lo que en siglo XXI se llamará una estancia insonorizada. Ven, que te voy a dar objetos de poder. Mis puños, por ejemplo –le golpeé sin piedad, no era el odio el que me movía, tenía demasiados candidatos al aborrecimiento como para preocuparme de un pusilánime de aquel nivel. Pero me interesaba dejarlo fuera de combate cuando antes-. Eres un estúpido. ¿Ni siquiera puedes emplear la religión y las supersticiones para mantener austeros, sacrificados, serviles y contentos a los oprimidos de la Tierra, como hace toda la gente de tu calaña, esos gobernantes corruptos e insultantemente ricos a los que sirves? –no dejé de golpearle hasta que cayó al suelo-. ¿También tienes que creértelas? Has caído en tu propia trampa, tú y los que son como tú fomentan la falta de información, la falta de debate, la ausencia de ideas propias; sois los que queman libros, lo que cierran las escuelas de los pobres o las dejan sin recursos. Pero la filosofía que os habéis inventado os ha acabado dominando. ¡Entérate bien! No hay objetos de poder místicos, ni magia, ni un paraíso donde nos redimamos, ni un Dios bondadoso que hace permite estas salvajadas, como las Cruzadas y sus consecuencias, por nuestro bien! Ni siquiera hay bien en esta Tierra, no hay amor ni amistad, solo gente que se esfuerza por aprender y tiene el valor de asumir que estamos solos y abandonados aquí y que solo nos resta hacer lo que podamos e intentar colaborar, y por otro lado seres como tú, cobardes que pretenden conjurar el miedo a base de acumular riquezas y poder sin cuento. ¡Me dais asco! Aunque me alivia el pensar de que no os queda mucho tiempo de dominio. Solo unos pocos siglos. Y te prometo que me encargaré personalmente de que llegue vuestro fin –ya en el suelo, yo le pateé los riñones con algo más de fuerza de la que hubiera deseado: la tremenda injusticia del sistema al que él servía dócilmente me sublevaba. Pero al final pude respirar hondo e intentar contenerme.

No podía perder más tiempo. Aprovechando que lo había dejado sin posibilidades de defenderse, le quité la ropa, le vestí con mi sucia y rota camisa, le arrastré hacia la pared y cerré los grilletes en torno a sus tobillos y muñecas. Él soltar débiles lamentos mientras yo me vestía con sus ricos ropajes de estilo árabe (que, por suerte, estaban limpios y casi hasta perfumados; el siglo XXI me ha acostumbrado a la higiene y no hay mañana en que no me tire un buen caldero de agua por la cabeza, al menos si encuentro agua y leña para calentarla). Desde luego, él era mucho más repugnante que sus hábitos. Y así, con la cabeza baja y el turbante ocultando mi pelo, amparada en la oscuridad y confiando en que ninguno de los soldados de la guardia se diera cuenta de que la ropa me iba un par o tres tallas grande o advirtiera algún atributo femenino asomando por ahí, me dirigí a la puerta del castillo, saludé y salí tranquilamente, rogando a los dioses paganos en los que no creo por el bienestar de la joven que me había salvado y prometiéndome que volvería a buscarla; de momento, ella estaba a salvo: sabía que toda la culpabilidad de mi huida recaería en Gustaf.

De pronto, me hallé en las calles de Damasco, rodeadas por el desierto cercano cuyo aroma se me presenta como una llamada a la aventura. Sobre la sugerente y acogedora urbe medieval, bella y sensual como el juego de luz y brillos de los diamantes y fuerte como la voluntad de luchar sin descanso, no tan diferente a las del siglo XXI, se me superponen otras imágenes; las salvajes instantáneas de otras ciudades cercanas, Homs y Alepo, víctimas de bombardeos y atentados con armas modernas en una guerra tan absurda como todas donde aunque algunos creyeran luchar por la libertad, solo iban derecho a una tiranía mayor, y ni siquiera más solapada. Nada merece ese precio, nada, y menos que si se ha subvertido la rebeldía de un pueblo en aras a unos intereses foráneos muy distintos. Tenía que volver al maldito siglo XXI, volver e intentar evitar, con las escasa armas de las que disponía, que se perpetuara la lógica de la guerra intervencionista, en Siria, Irán o donde fuera, ahora que los imperialistas, tras manipularnos con su crisis, se creen fuertes para emprender acciones para las que no se habían sentido preparados antes, a pesar de sus enormes deseos.

Y, sin embargo, algo me empujaba a quedarme allí. Para advertir a mi loco amigo de que la baratija a la que había echado el guante era considerada algo capital para mucha gente; sí, a aquel descerebrado que no sabía meterse en líos sin arrastrarme a mí a ellos, por cuya culpa había estado a punto de sufrir “algo peor que la muerte”, y que por si fuera poco andaba por ahí holgando con las huríes del paraíso de Alá mientras yo tenía que renunciar a nobles y hermosos caballeros por ir a buscarle. Malditos intereses particulares, por estúpidos que sean siempre acaban oponiéndose al bien común.

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A pesar de lo que se oye por ahí, no deberíamos preocuparnos porque la pretendida primavera árabe en algunos países haya derivado en invierno confesional, para más señas, islámico. Y es que el islam tiene múltiples aplicaciones, tanto con respecto a la gobernanza de un país como a la relación con los extranjeros, y si investigáis un poco enseguida las hallaréis.

Por ejemplo: si tú eres un gobernante dictatorial y te interesa dominar a la mitad de la población de tu país, puedes echar mano del Corán; o mejor, de tu interpretación personal, sesgada y manipuladora de este libro sagrado, que como la mayor parte de los de su índole y salvando los siglos transcurridos desde su escritura y la evolución de las costumbres consiguiente, solo habla de paz, amor y esas cosas. Pero como en muchas cosas las palabras se dejan decir de ellas lo que se quiera, leerás entonces que el Profeta manda a las mujeres taparse como si estuvieran viviendo en la Antártida, vivir recluidas en sus viviendas como si se esperara que explotara alguna central nuclear, trabajar menos fuera de casa como si el índice de paro de su país fuera como el español, y recibir tantas palizas como un banco de la piel de toro por parte de la UE, y de un modo tan impune como si esta violencia de género fuese juzgado por jueces también españoles y sufrida por mujeres de la misma nacionalidad: la comunidad internacional y sus más principales potencias te permitirán seguir haciéndolo. Al menos hasta que empieces a involucrarte en sus negocidios en tu país, claro.

Pero no hace falta que profeses el islam para servirte de él, ni siquiera para hacer evangelismo de esta religión: es una de sus numerosas ventajas.  Vamos a poner por caso que tú eres una potencia amenazada por otra, peligrosamente laica. Pues bien, solo tienes que predicar las tesis de Mahoma entre su población para que acabe destruyéndose a sí  misma y se convierta en un fiel aliado del sistema, como Arabia Saudita y las monarquías del Golfo. Para este proselitismo siempre ayudará mantener a los países musulmanes permanentemente despreciados y amenazados, por ejemplo contribuyendo a las dominaciones de los centinelas de Occidente que hagan que el Islam, en sus aspectos más radicales, sea visto como la salvación.  Un Islam como el de Arabia Saudita, lo cual otorga al conjunto una interesante injusticia poética, lo convierte en un ventajoso círculo vicioso. Y si tienes prisa o no puedes invertir tantos recursos, y al mismo tiempo necesitas dar salida al excedente de armas de tu industria y/o halagar a los empresarios del sector, posibles futuros contribuyentes de tu campaña electoral, pues lo invades, con o sin la aquiescencia de la ONU. Después de todo, el islam es una religión tan mala… (tú también sabes interpretar, manipular y sesgar el Corán, que los occidentales somos muy listos). Siempre que se estén involucrando en tus negocidios en su país, claro.

Sí, los países islámicos son el más fiel aliado (vamos, como los nacionalcatólicos, sin ir más lejos) y el más útil enemigo, cuya existencia puede justificar desde invasiones militares extranjeras hasta recortes de las libertades locales. Lástima que entre sus beneficios no exista ninguno orientado a la población civil más humilde. No nos engañemos:  ni rezando a Dios, ni a Mahoma ni  a Zaratrustra se nos va a solucionar la vida, y mucho menos cumpliendo a rajatabla los preceptos de estas religiones, muchos de los cuales impiden además disfrutar de lo poco bueno que es gratis en esta vida. Y tampoco otra de las diosas que nos venden, la Patria, nos va a sacar las castañas del fuego este Halloween. Por mucho que ante declaraciones sobre bombardeos a Barcelona (hay bromas muy poco afortunadas y reacciones a las mismas aún más estúpidas) hasta una internacionalista radical como yo que considera cualquier sentimiento nacionalista como un preocupante signo de problemas mentales se vuelva un poco independentista. Y quizá está allí la trampa: mientras deleguemos nuestras luchas en los dioses, cualesquiera que sean, jamás seremos mujeres y hombres.  A mayor gloria del único Dios que realmente existe, y que desde luego no es un dios de paz ni de amor: el Negocidio. Y el invierno durará por siempre.

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Fuiste nuestro amigo. Te quisimos: ¿cómo podríamos no haberte querido? Nadie mejor que tú para netralizar a nuestros enemigos inyectándoles el veneno de la religión, que les volvería zombies a nuestro servicio, declarado o tácito. Fuiste nuestro amigo hasta que dejaste de serlo, o tal vez siempre lo fuiste, o tal vez como enemigo nos brindaste incluso mayores servicios. Pero, formando parte o no del plan en el que tú eras (voluntaria o involuntariamente) nuestro cómplice, o quizá debido a tu rebeldía, o quizá debido a ambas cosas, te matamos como a un perro. Porque nosotros PODEMOS hacer JUSTICIA; a los demás no les está permitido, y si lo hicieran solo sería cruel VENGANZA.

Y es que eras un terrorista. Dirigías una central del terror mundial llamada Al Qaeda, que nadie se sabe dónde está ni qué es y que me parece que nos la hemos inventado nosotros, como, en el fondo, a ti, como, en el fondo, a nosotros mismos. Un terrorista, como los etarras españoles y tod@s los que comparten sus ideas políticas aun estando en contra de la violencia. Nosotros, sin embargo, no lo somos. Cuando bombardeamos los países que nuestros intereses nos señalan lo hacemos para implantar la justicia; cuando somos cómplices de los poderes económicos, de ambición tan desmesurada como un agujero negro y que están llevando a una parte creciente de la Humanidad a la ruina y al exterminio, lo hacemos obligados por la crisis y para vencerla.

Bin Laden murió ayer, día 2 de mayo (aquí podríamos hacer un chiste fácil, pero me abstengo), en una ejecución completamente legal (el tiro en la cabeza lo recibió solo porque no quiso colaborar en su detención) rematada por un procedimiento más que sospechoso, como fue el hecho de tirar su cadáver al mar desde un helicóptero. El enemigo público número uno vivía desde hacía tiempo en una bonita residencia de una pequeña ciudad cercana a Islamabad, en Pakistán, donde inexplicablemente nadie le había detectado hasta ahora. Ese mismo día se supo que el Tribunal Supremo de Justicia se pasó la ídem por el forro y declaró que Bildu no podría presentarse a las elecciones, aunque haya hecho una condena expresa de la violencia. Tres días antes el paro en España se cifró en cinco millones a pesar de (yo más bien diría: gracias a) los mortales ajustes y recortes laborales y sociales de los gobiernos central y autonómicos de este país, y a todo esto, la UE y EEUU siguen bombardeando Libia, gobernada por otro anterior amigo que rinde más como actual enemigo.

Todos estos sucesos, además de reafirmar el post del viernes pasado, casualmente casi profético, de esta bloguera, donde se aludía a como el terrorismo puede ser beneficioso, e incluso estar auspiciado, por los poderosos, hacen preguntarse dónde está el terrorismo real. ETA mata, y los fanáticos religiosos también, pero si alguien tiene el valor de decirme que lo que están haciendo las elites económicas mundiales con la connivencia de los gobernantes de las grandes potencias y de las que no son más grandes no son terrorismo, y que todas estas intervenciones armadas en Libia, Afganistán, Irak, Palestina y demás tampoco… por favor, que se haga mirar su nivel cerebral de manipulación, porque roza el límite del estado zombi.

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(viene de) Además de vernos asediados por los microorganismos menos amables, de cuando nos asaltaban personajes vestidos de comerciantes que agitaban largas listas ante nuestros ignorantes ojos: descubrimos que el señor Adolfo tenía tantas deudas que le habían embargado el campamento, las armas, los caballos, y hasta la ropa interior que llevaba puesta (lo cual requería muy pocos escrúpulos, y no hablo ahora de escrúpulos morales, según veremos después), según él debido a los numerosos enemigos que se aprovechaban de su bondad y a los envidiosos que le odiaban debido a su maestría con los instrumentos bélicos y a su apostura personal. Las armas con las que pretendía que hiciéramos un buen papel en los torneos estaban estropeadas, mohosas y casi deshechas, y las pocas un poco aparentes se debían a la generosidad de un compañero de torneos de mejor fortuna. El rancho que se nos servía un día no y al otro tampoco era tan reducido en cantidad como en enjundia, y me vi obligada que recurrir a mis exiguas reservas monetarias para que mis femeniles curvas no perdieran su (menguado) poder de convocatoria ante el otro sexo; problemas alimenticios que no parecían afectar a nuestro jefe, al cual cada día se le veía más obeso y coloradote, y cuyos encargos a las tabernas que jalonaban nuestro camino eran progresivamente más abundantes. Por si fuera poco, de los “sustanciosos honorarios” que se nos habían prometido no habíamos visto ni un maravedí, la legendaria habilidad torneística de nuestro capitán era más irreal que la pericia política de los presentes y pasados gobernantes españoles (hubieran sido patéticas de no haber resultado cómicas las constantes caídas en el barro de su oronda, y fofa, humanidad antes de que hubiera podido ni siquiera embestir a un contrincante), lo que convertía a los esfuerzos del resto del escuadrón de hacer un papel regularcillo en denodados y casi infructuosos; claro que estos fracasos se debían totalmente a nuestra inutilidad y holgazanería, como no tenía inconveniente en declarar ante los espectadores con más poder adquisitivo, tal vez futuros organizadores o patrocinadores, o sea, clientes, en un alarde de profesionalidad. Eso cuando no echaba la culpa a los guerreros de origen morisco o judío, responsables, según él, de que se hubieran perdido las formas caballarescas en los torneos y de la inseguridad en los caminos.
-Eso es habitual –me indignaba yo-. No es la primero que veo cómo la gente justifica su fracaso acusando al otro, al diferente. No hay nada mejor para atizar el ardor guerrero de los autóctonos que difundir todo tipo de rumores falsos sobre los recién llegados. Las personas deberían de convencerse de una vez que la única patria a la que debemos fidelidad es la explotada ciudadanía, y los únicos extranjeros de costumbres diferentes e incompatibles con los nuestras son la maldita raza de los explotadores. Compañero, no dejemos que nos arrastren a esta trampa –él asentía.
Y así transcurrían los días en ese nuevo trabajo mercenario, del que de momento no veía la opción de ser rescatada (aunque si lo que me esperaba era un rescate como los de la Unión Europea con algunos países, más prefería el secuestro), sobrellevando como podía las precarias condiciones laborales mientras intentaba, como llevo haciendo desde tiempo, no dejar que la agresividad me cegara en el campo del batalla y resultar eficaz sin ser sanguinaria; ya había demasiada violencia en el mundo, sobre todo, y vergonzosamente, hacia las mujeres, y aunque era tentador aprovechar las armas físicas y virtuales que tenía a mi alcance para autonombrarme ángel vengador de mi sexo, no pensaba caer tan bajo como algunos integrantes del opuesto ni pensaba que fuera aquella la solución.
Pero aún no había llegado lo peor.
Una noche en que mi colega había sido oportunamente enviado a hacer un recado, nuestro amado general en jefe me hizo llamar a su tienda. Obedecí a regañadientes, imaginando que me requería para una de sus sesiones de batallitas, en las que solía enseñarme ruinosos pergaminos que atestiguaban logros militares obtenidos en batallas remotas, que él insistía en presentar como muy recientes como si creyera que todo el mundo tenía tan poca memoria como él (a lo mejor sospecha que en la España del siglo XXI el recuerdo está castigado por la justicia mientras la corrupción se premia) y no pareciendo ver que aquellos patéticos testimonios escritos se caían de viejos; yo me preguntaba cuánto había pagado al falsificador que le había hecho el trabajo, porque ni en mis más optimistas pronósticos podía aceptar que aquel ser hubiera sido en alguna ocasión un guerrero respetado, hábil y honesto, a pesar de la degeneración cronológica a la que todos estamos expuestos. Me hizo pasar y me indicó que tomara asiento. Una vez acomodada, me espetó:
-¿Eres feliz aquí, Eowyn?
Yo me encogí de hombros dirigiéndole una irónica mirada; hacía tiempo que había decidido hablar claramente con él, para bajadas de pantalones ya tenía suficiente con las de algunas asambleas de EUiA con ICV en la campaña para las elecciones municipales de España 2011.
-Bueno, si obviamos lo poco apropiado de nuestros aposentos, la escasez y reducida calidad del alimento, el incómodo ambiente de trabajo y el hecho que desde que estoy aquí aún no he visto un triste céntimo de maravedí, aparte de otras cosas que no tengo ganas de relatar ahora, sí, se puede decir que soy razonablemente feliz. La religión cristiana nos enseña la paciencia y el sacrificio, y a fe mía que en este empleo dispongo de sobradas ocasiones de practicar estas virtudes.
Él meneó la cabeza con expresión de seguridad, quitando importancia a mis quejas.
-Todo eso cambiará en breve, te lo prometo. El escuadrón ha atravesado un bache, producido por la envidia y la maldad de mis contrincantes -bla bla bla, ahorro a l@s lector@s la ya cansina cantinela-, pero estoy en camino de solucionarlo todo –al ritmo que íbamos, yo calculaba que le faltaban unos dos siglos para poder solventar sus deudas, y otro más para estar en situación de pagarnos a nosotros, pero joder, la esperanza nunca ha de perderse-. Ya te dije que tengo mucha confianza en tus aptitudes, muchacha. Estoy rodeado de inútiles, pero sé que con una mujer como tú a mi lado podría hacer grandes cosas. Eres exactamente la compañera que necesito –mientras decía estas palabras, iba a aproximándose a mi asiento con expresión lúbrica, al tiempo que yo miraba en torno mío considerando con desesperación las posibles salidas-. Contigo a mi lado, el éxito en los torneos estaría asegurado y conseguiríamos fama y riquezas inimaginables –se acercaba más y más, dejándome constatar que la deficiente higiene de sus posesiones se extendía también, y no veas de qué manera, a su persona; yo estaba a punto de morir intoxicada; al menos los vapores de alcohol que exhalaba su aliento, aunque desagradables, tal vez supondrían un antídoto contra tan infecciosas miasmas-. Tú solo acepta y el mundo estará a nuestros pies… Tienes tanto talento y eres tan hermosa –al parecer, a sus numerosos defectos había que añadir el mal gusto-… aunque he de añadir que me gustabas más cuando te conocí; últimamente te estoy viendo un poco flacucha y tus encantos femeninos desmerecen.
-No me explico a qué puede ser debido –fingí irónicamente ignorancia mientras me apresuraba a levantarme… bueno, por lo menos el interfecto había aludido a mis merecimientos profesionales, y no solo a mi supuesto valor como trozo de carne. Pero no era consuelo-. Gracias por el ofrecimiento, si me lo permites voy a consultarlo con la almohada. Hala, a pasarlo bien –desaparecí a toda velocidad por la puerta y regresé a mi infecto cubil, donde afortunadamente ya me esperaba mi compañero. Sin dejarle ni siquiera darme la bienvenida, le solté.
-Nos largamos. Ahora. Sigamos el ejemplo de las revoluciones de los países árabes y de olvidadas como en Chile y enfrentémonos al explotador, aun a riesgo de una intervención imperialista como de Libia que acabe con nuestras legítimas ansias de libertad y comida y garantice el suministro de petróleo a los países occidentales. No necesitamos una consulta independentista de esas tan lícitas pero con las que los poderosos distraen al pueblo de sus verdaderos problemas, nos independizamos solos con dos pares de gónadas, aunque Aznar quiera declararnos la guerra al igual que a las autonomías españolas y al comunismo cubano. Mi resignación cristiana y mi sentido práctico tienen un límite. Puedo aguantar verle a todas horas repantigado en su jergón vestido con esa camisa cuya mugre tiene hasta círculos concéntricos que delatan el milenio en el que se depositó allí, mientras os obliga a realizar las tareas más serviles y a cortar leña con piedras porque ni de una triste hacha dispone; tener que hacer de chófer de las prostitutas que contrata sin cesar en los pueblos que atravesamos, y que han de estar bien desesperadas las pobres para aceptarlo como cliente; presenciar cómo sus maleducados hijos que en el futuro superarían con creces cualquier exageración sobre la generación Nini se pasean por el campamento destrozando en sus estúpidos juegos las pocas armas que tenemos para trabajar sin que ese imbécil se digne a reñirles lo más mínimo; incluso toleraría que nos veamos forzados a acoger un día más a ese asqueroso chucho en nuestra tienda para que, según el jefe, “no esté solito”, pero lo de hoy ya raya el surrealismo. ¿Pues no ha tratado el muy gilipollas de tirarme los tejos? Ahora entiendo por qué no me hacía trabajar tanto como a vosotros: me tenía reservada para otro tipo de tareas de índole aún menos digna.
Mi compañero se levantó de inmediato.
-Si tu virtud está en peligro, desde luego que nos vamos. Aunque sea con las manos vacías.
-Bueno, no es tanto mi virtud lo que me preocupa, para solventar problemas de este tipo ya me basto solita, sino mi salud física. Otro acercamiento como este y tendrán que hacerme un lavado de estómago. En cuanto a mi salud mental… hay espectáculos cuya visión hace perder la razón al más equilibrado, y el de ese amorfo personaje mirándome con los ojillos llenos de lujuria es un buen ejemplo. Pero no te preocupes sobre lo de irnos con las manos vacías; mientras trataba de escapar de sus asechanzas me ha parecido entrever algo en un rincón de la tienda. Espera a mañana, y cuando esté distraído supervisando los entrenamientos o haya salido a hacer su cotidiana estancia matutina en las letrinas, te lo enseñaré.
Dicho y hecho; a la mañana siguiente aprovechamos el momento en que el señor Adolfo desapareció para echar una siestecita bajo los árboles, otra de sus industriosas costumbres diarias, para entrar en su tienda. En un rincón, tras toneladas de desorden e inmundicia, se hallaba lo que me había parecido vislumbrar la noche anterior: un escudo nuevecito, una lanza reluciente y una silla de montar, amén de otros útiles para la vida aventurera de los caballeros y las damas guerreras errantes que nos serían muy convenientes. Me dirigí a mi compañero:
-Quédate con la silla, la tuya está en unas condiciones lamentables.
-Gracias. Creo que tú necesitabas un escudo.
-Sí. El mío no es compatible con los nuevos modelos de espadas. Estos herreros medievales… y eso que aún no conocen la obsolescencia programada. La lanza también nos la llevamos, que siempre va bien. Anda, arreando.
Guardábamos nuestro botín en las alforjas de nuestros caballos, cuando nuestro dueño y señor salió de la espesura del bosquecillo, preguntándonos con uan expresión que no acertamos a definir:
-¿Qué es lo que se supone que estáis haciendo? (sigue)

 

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