Bosque de Brocelandia
Combates y aventuras en un mundo hostilCon Jaume II vivíamos mejor (XII, dos más y se acaba)
(viene de) La cosa se estaba poniendo muy fea. Muy, pero que muy, fea. Casi más fea que los caretos de Montoro, Báñez y de Cospedal juntos, aunque en ningún caso superaba en fealdad a sus negras y retorcidas almas y a las de sus congéneres de aquella España del siglo XXI, en que el robo y el asesinato es la justicia, y la defensa y la solidaridad, el terror y el nazismo. Yo me dirigía a la cocina pues, al parecer, la inoportuna llegada de Blanca había hecho adelantar el desayuno y despertado a toda la tropa y visitantes, con lo que la sala capitular estaba vacía. Y necesitaba llenar el estómago, a ser posible con premura y abundancia, antes de reflexionar sobre cuál sería el siguiente paso. Afortunadamente, aquello no era un problema; quiero decir, no era un problema siendo Ermengarda de Nantes. El cocinero y sus ayudantes se mostraron muy solícitos con mis más nimios deseos y me sirvieron una cantidad tal de viandas sabrosísimas, acompañados con vino de la Ribera del Ebre, que hasta a mí me pareció excesivo. Debieron extrañarse un poco al ver a una dama supuestamente tan fina engullir como si estuviera en la antesala de la Tercera Guerra Mundial, pero la verdad es que me preocupa más la supervivencia que la línea, y en cualquier caso las vicisitudes de mi existencia hacen más probable que muera de inanición que de empacho. Y ya se sabe: no soy más que un roja repugnante que prefiere hacer cosas pecaminosas como comer en lugar de pagar su hipoteca. Los que son como yo tenemos lo que nos merecemos: un gobierno que insulta la inteligencia, ultraja y desprecia, en la mayor impunidad, a los ciudadanos a los que debería servir y proteger. Un gobierno que cada día nos está lanzando un guante que un día recogeremos: y de qué modo.
A medida de que la pitanza iba ocupando su lugar en mi estómago, de modo que sus nutrientes pasaron a mi sangre, la perplejidad en la que me habían sumido las palabras de Blanca iba a dando paso a la más explosiva y letal cólera: ¿cómo se atrevía aquella mujer a tratarme como a unos de los miles de mercenarios contratados por un Capriles preso de la rabia por haber perdido las elecciones venezolanas a pesar de toda la intoxicación a la que tenía sometido al pueblo (él y todo el sistema al que representa)? Y ¿para qué? Para asesinar y para destruir las conquistas del pueblo. ¿Acaso pensaba que yo, al igual de los adláteres de aquel fascista medio lelo, iba a rebajarme a matar a los míos, los pobres, para servir a los ricos, como un ser sin dignidad, y sobre todo, sin ética? Pero lo peor no el hecho en sí, sino no lo que implicaba: yo había tomado mi determinación. Decidida, agradecí a aquellos hombres sus atenciones antes de salir de la estancia y comenzar a pasear por la parte trasera del patio de armas. Nadie me haría cambiar de idea, a no ser que me presentara argumentos que yo no hubiera considerado; pero no lo creía posible. De todas formas, tenía que encontrar a Guillaume y explicárselo todo. Sentía que, por lo menos aquello, se lo debía.
Pero mi gozo en un pozo. Un hermano tan tímido que apenas se atrevió a mirarme a la cara durante toda la conversación me contó que Guillaume había sido llamado a capítulo por el rígido comendador, y que tampoco Gonzalo parecía hallarse por ninguna parte. No obstante, la perspectiva de saber que el orgulloso bretón estaba recibiendo el rapapolvo de su vida por parte del antipático líder de la encomienda me producía un gran sentimiento de hilaridad: al menos le serviría para aplacarle los ánimos e instarle a mantener la espada bien envainada hasta que las condiciones fueran propicias. Pero en ese ínterin yo ya había pasado al patio delantero, donde la impresionante compañía que escoltaba a Blanca había desplegado sus tiendas y estandartes y entretenían el tiempo en entrenar con la espada, el arco o la ballesta (aún alguien sufriría un accidente), y encontré a Isabel y a Guifré dando un romántico paseo, aunque sin el más mínimo contacto físico y con miradas muy disimuladas. Parecía ser que el caballero estaba instruyendo a mi amiga sobre armas y colores de los escudos, y ella, siempre tan ávida de todo tipo de conocimientos, se mostraba como la más atenta de las alumnas.
-Chicos –me dirigí a ellos de forma expeditiva-, siento molestaros pero necesito vuestra ayuda. Me voy. No puedo quedarme aquí más tiempo.
Sorprendidos y preocupados, me siguieron al rincón más solitario que pude encontrar en aquel patio de armas atestado de tiendas y de hombres. Les conté toda la historia: el coloquio con Blanca, la información de la que ella disponía y que podía dar al traste con la misión, su oferta de trabajo para matar a Guillaume…
-La creo capaz de cualquier cosa –finalicé-. Y mientras yo esté aquí, Guillaume será vulnerable. Por un lado, ella puede amenazarle con decir la verdad, con lo que nuestra estrategia se descubrirá y toda la misión se irá al garete, aquí y en el resto de los reinos de la Península. Y por otro, si yo desaparezco y conmigo desaparece la amenaza que ella imagina que yo represento, tal vez Guillaume sabrá halagarla de nuevo y enviarla de regreso a Barcelona hasta nueva orden. Es mujer está completamente loca: deben haberle repetido demasiadas veces que el destino de una mujer reside únicamente en el amor y el matrimonio, ya sean juntos o separados, y eso le ha secado los sesos. O quizá es otra cobarde fanática como Gallardón, que pisotea la libertad de las mujeres por mandato de la una Iglesia de la que teme su condena eterna en el otro munfo o la retirada de su apoyo en este…. Guifré, no hace falta que entiendas esto… Tampoco ayuda mucho que Blanca crea que su alta alcurnia le concede derecho a todo… aunque me temo que esa pretensión es algo generalizado. Tengo que marcharme, no queda otro remedio o al menos yo no lo he visto. ¿Sois de la misma opinión que yo, amigos? No quisiera correr el más mínimo riego de equivocarme.
Era tan inusual que yo pidiera consejo a alguien o que me mostrara insegura, que Isabel, compadecida, me cogió de los hombros.
-Creo que tú decisión es justa, Eowyn.
-Y si lo que te preocupa es el peligro que pueda correr Guillaume –añadió Guifré-, no te preocupes. Estaremos atentos –el aburrido caballero de la pequeña encomiendo había visto el cielo abierto con aquella aventura. No solo le había dado la oportunidad de conocer a Isabel, un privilegio para cualquier ser humano, hombre o mujer, sino que le había metido de lleno (era imposible mantenerle más tiempo en la inopia) en el centro de la conjura. Y a ella también: de hecho, y ya que mi nueva posición hacía imposible que me mezclara con los sirvientes, la nueva estrategia que había planeado Guillaume era que fuera Isabel, bajo mi supervisión, la que se encargara. Ahora tendría que hacerlo sola. Me volvía hacia ella.
-Isabel, si piensas por algún momento que esto te supera, déjalo. Encontraremos a algún incauto o incauto que lo haga. Me preocupa que puedas correr peligro.
Ella sonrió.
-No hay riesgo alguno. Además, tendré a Guifré, Guillaume y Gonzalo a mi lado. No te apures, amiga. Esto supone para mí una oportunidad, algo tan diferente de mi vida cotidiana… De ninguna manera quisiera dedicarme a ello como tú -lanzó una carcajada-, me encanta trabajar como herrera, pero una distracción nunca viene mal. Además, sé que la causa es justa.
Ojalá estuviera yo tan segura. Le di una palmada en el hombro.
-Está bien. Subo ahora a prepararme. El plan es este –lo puse en su conocimiento-. Y ahora, me temo que ha llegado el momento de las despedidas. Decidle adiós a Guillaume de mi parte; espero que no se cabree mucho conmigo. Y vigiladle: dudo que pueda arreglárselas sin mí.
-Puedes estar tranquila a este respecto. Hasta pronto, amiga. Pensaremos en ti. Hasta el día en que volvamos a encontrarnos –dijo Guifré. Isabel no habló; no era necesario. Nos abrazamos los tres y yo fui a mi habitación.
Una vez allí, y con la puerta convenientemente cerrada, me quité el vestido y me puse la cota de malla, que afortunadamente había guardado en el baúl de Guillaume, sobre la ropa interior. Por encima, y también fruto del inagotable arcón, me coloque un vestido algo más ancho que los demás, que disimulaba la impedimenta que llevaba puesta. Lo cierto es que me estaba cambiando más de ropa en aquella aventura que una vedette de revista. Así pertrechada, e intentando caminar de la manera más natural posible para que no se notara la rigidez de mis andares, volví a salir al patio de armas. Según mis instrucciones, Isabel debía de haber cogido mi caballo y mis armas y dejarlos en el último árbol antes de llegar al camino que descendía de la montaña, mientras Guifré distraía a los guardias para evitar preguntas incómodas; en ese encargo me lo encontré, y paseé distraídamente hasta que vi a Isabel escabullirse por el portón y después ir al encuentro de su pareja como la que no quiere la cosa. Había llegado mi momento.
Salí con tranquilidad, sin ser molestada por los guardias: ¿quién se atrevería a interpelar a la poderosa Ermengarda, de la cual, además, aquella excentricidad de salir a pie y sin compañía no era la única que conocían de ella? Además, siempre podía demostrar que era tan imbécil y tan psicópata como cualquier noble medieval o alto cargo del PP del siglo XXI, y alegar que me iba a practicar un poco la movilidad exterior para dejar de ser una ni-ni. Con un poco de suerte los guardias no responderían a la agresión verbal que estaba perpetrando contra toda una generación decepcionada y perdida, y no me lincharan allí mismo, que sería lo único que me merecería en el caso de expresarme de aquella manera… Además, tampoco parecía que fuera a alejarme más allá de un simple paseo…. no obstante, la adrenalina bullía por todo mi organismo: si en aquel momento al comendador se le ocurría asomarse a alguna ventana… aunque tampoco debería extrañarse de mi paseo… entonces ¿qué era aquella comezón que me reconcomía por dentro?
Apenas faltaba unos 20 metros para llegar a donde Isabel había dejado mi caballo, escondido tras las primeros árboles del camino: el animal era lo suficientemente inteligente (más que muchas personas) para comprender que debía quedarse quieto y callado esperándome, pero no dejaba de ser un ser salvaje, y por tanto, imprevisible. El castillo iba quedando atrás con cada uno de mis pasos, y el camino se acercaba, pero a medida que este se hacía visible, la inquietud que sentía crecía exponencialmente, envuelta en un ruido sordo y lejano.
O no tan lejano.
Comprendí que lo que estaba oyendo era el inconfundible atronar de cascos de caballo al galope. Ua par de ellos, calculé, arrastrando lo que a todas luces era un carruaje, a juzgar por los chirridos, crujidos y retumbar de hierros y maderas contra el suelo tras los baches del camino que, poco a poco, se iban haciendo más evidentes. Pensé durante un segundo: si echaba a correr hacia mi caballo, concitaría sin duda la atención de los guardias, que tal vez decidieran que, después de todo, aquella nueva excentricidad de Ermengarda ya colmaba la medida, pero si no lo hacía, aquel carruaje llegaría antes de que yo hubiera cumplido todo el recorrido, y el jaleo que sin duda organizarían haría que el comendador saliera a recibirlos, y entonces mi huida sería, cuanto menos, difícil. Me decidí por la primera opción y eché a correr a toda la velocidad que me lo permitía el hierro que vestía y el vestido de amplias faldas. Pensé que podría conseguirlo. Ya apenas faltaban unos metros… Hasta que una flecha silbó un milímetro más arriba de mi hombro y otras, al parecer disparadas desde muy lejos y por tanto con no demasiada potencia, se clavaron en diversas partes mi cota de malla sin herirme (continuará).
Con Jaume II vivíamos mejor (XI, ánimo que ya acaba)
(viene de) Uno de los vestidos que había encontrado en el famoso baúl de Guillaume era un poco más discreto, y sobre todo, calentito, que el resto: se trataba de un brial de un color púrpura con remates en tonos verdes en las mangas, no tan amplias como los precedentes, y en el cinturón. Vestida con él, llamé a la puerta del aposento del comendador, situado en lo más alto de la Torre del Homenaje, y tras serme indicado que pasara, así lo hice. Había dos mujeres, una de ellas disponiendo diversos enseres por la estancia y recogiendo una bandeja con restos de un banquete, y la otra, ataviada más lujosamente, sentada tranquilamente en la cama. Me echó una ojeada sin mucho interés, como si yo fuera una sirvienta a la que hubiera requerido para que hacer las faenas. Bueno, eso era lo que era yo en realidad, para qué vamos a engañarnos. En mi profesión hay quienes se creen emprendedores y pequeñoburgueses por tener, de alguna manera, negocio propio, pero tal opinión no es más que una trampa fomentada por el poder. No somos más que plebe, y bien orgullosos deberíamos estar de ello. Ay, dónde quedó la conciencia de clase. Se fue, nos la arrebataron con sus mentiras y manipulaciones, y con ella marchó toda nuestra fuerza. Vamos, que hasta cuando nos dicen que destruir empleo frena la destrucción de empleo nos lo creemos.
-Ah, estás aquí, qué pronto has llegado –me saludó con displicencia. Después, me observó atentamente y con bastante desvergüenza y, al final, clavó sus ojos en los míos, con hiriente desprecio-. Así que tú eres la famosa mercenaria que me ha robado el amor de mi amigo.
Realmente, aquella confesión no era nada noble ni discreta. Y odio que digan que soy famosa: para desgracia mía, solo soy conocida entre la minoría que menos me conviene que me conozca. Pero ella continuó.
-La verdad, resultas decepcionante.
No podía culparla de que pensar así. Si de verdad hubiéramos sido rivales amorosas, como parecía empeñarse en considerar, habría tenido pocas posibilidades contra ella: menos que los votantes de Maduro contra todo el sistema que se opone, con todo tipo de armas, a una Venezuela que construye la justicia social. Al menos, si considerábamos solo la belleza exterior (tampoco es que esté yo muy segura de poseer la otra). Blanca era un soberbio ejemplar de mujer de brillantes rizos negros, ojos nítidamente azules, y larguísimo cuerpo que parecía haber sido dibujado por un historietista vicioso, pues a pesar de su esbeltez no le faltaba volumen en las zonas que así lo requerían: mientras que yo solo era una aragonesa media de pelo y ojos castaños. Afortunadamente todo eso me importaba un puñetero rábano.
-Os equivocáis, señora –no creí que pudiera sacarla fácilmente de su error, pues todo apuntaba que era de talante más bien terco, categórico y obsesivo; pero consideré que era mi deber intentarlo-. Nada tengo que ver con Guillaume, si es a él a quien os referís.
-Ah, ¿pretendes engañarme alegando una falsa virtud? No te saldrá bien tu juego: se dice que eres tan hábil con la espada como ligera de costumbres y dada a ruidosas francachelas entre barriles de vino –contraatacó con rabia.
-Y no pienso negarlo –contesté tranquilamente-, pero da la casualidad que no he tenido deseos ni oportunidad de ejercer esa ligereza de costumbres con Guillaume. Me considero su amiga, sí, pero de la misma manera que lo es Gonzalo, por ejemplo. No olvidéis que ambos somos veteranos de Tierra Santa.
Su rostro se ensombreció. Durante un breve lapso de tiempo, pareció humana.
-Sé a lo que te refieres. La camaradería miliar. Realmente os envidio esa unión.
-Pues no lo hagáis –no me caía bien. En absoluto. Pero por justicia me vi obligada a sacarla de su error-. Nada hay de épico ni de trovadoresco en la guerra, más bien todo lo contrario. No le desearía una experiencia así ni a mi peor enemigo. Es cierto que el afecto que nace entre los que pelean juntos es el único botín valido que se puede sacar de una contienda, pero ni de esta forma se pueden justificar.
Aunque hay cosas peores que la guerra, o tal vez hay otras guerras peores que no se consideran propiamente guerras: el genocidio. El exterminio. Aunque sea a base de la incitación al suicidio. O saber que no valen lo mismo los muertos de Damasco, Kabul o Bagdad que los Nueva York o Boston.
De inmediato, sus ojos volvieron a ser crueles y despectivos.
-Pero estás aquí con él. Eso no puedes negármelo. Y empleando engaños.
-Es cierto. Y me imagino que no querréis hacerle caer en desgracia en su orden revelándolos. Por cierto, me gustaría saber cómo os habéis enterado, si no tenéis inconveniente…
-Dejemos eso ahora –interrumpió-. Vamos, justifícate si puedes.
Yo eché mano de la imaginación.
-Necesitaba un refugio –inventé-. Hay alguien que me persigue. Peleas de taberna, como vos decís. Guillaume me ofreció esconderme aquí haciéndome pasar por su prima: estoy convaleciente de una grave lesión y no es cuestión que vaya por estos caminos peleando y corriendo.
Mi explicación pareció ser de su agrado o, por lo menos, su rostro se relajó.
-Pareces convincente. Si es así, yo puedo ofrecerte un refugio mejor. Un empleo. ¿Te gustaría trabajar para mí?
-¿De qué salario estamos hablando? –contesté inmediatamente. Ella estalló en carcajadas: de nuevo volvió a parecer una persona. Quizá no estaba todo tan perdido con ella.
-¡No tienes pelos en la lengua, muchacha! –exclamó, tras recuperarse.
-Ni monedas en la bolsa. Lo primero suele ser consecuencia de lo segundo.
-Se me conoce por mi generosidad. ¿No quieres saber cuáles son las tares que tendrías que realizar?
-Estoy impaciente, si tenéis a bien decírmelo.
-Algo que podrás realizar rápida y fácilmente, si todo lo que has dicho es cierto. Matar a Guillaume.
Se hizo en silencio en la estancia. La miré atentamente, esperando que estallara en carcajadas de su mal chiste, pero ella, a su vez, aguardaba, grave pero indolente, mi respuesta. Que solo pudo ser una: la única que se merecía.
-Mi señora, siento deciros esto, pero estáis como una puta cabra.
El asombro no dejó actuar a Blanca. Pero su dama de compañía, que había parecido hasta el momento absorta en las tareas domésticas, se me echó encima armada de una jarra.
-¿Cómo te atreves a hablarle así a Doña Blanca? ¡Te voy a desfigurar la cara, desgraciada mercenaria! –sus ojos, empequeñecidos por muchos años de sentimientos negativos, entre los que pude columbrar la envidia y el desprecio por las que eran parecidas a mí (pues, aunque yo no era nadie, estaba segura de que representaba a sus ojos un símbolo de todo aquello que ella no se había atrevido a ser, esto es, libre), me miraban con un odio que aterraba por su magnitud y su escasa oportunidad. Yo detuve su mano y estrellé la jarra contra el suelo.
-¿Tú y cuántas más como tú, enana? –no suelo aludir a los defectos físicos de la gente en mis peleas, aparte de que no contaba yo con una estatura mucho más aventajada que la de ella, pero la verdad es que estaba muy, pero que muy, cabreada-. Imbécil, no te rompo ahora mismo la cara contra esa pared porque sería tan fácil que lo consideraría deshonroso –aplacado ya los ánimos de la subordinada, no sin buenas dosis de sus miradas rabiosas, miré a la señora.
-Déjala, Elvira –se volvió, un poco tarde, hacia la dama de compañía, y luego hacia mí-. Entiendo que esa es una respuesta negativa –me dijo sin inmutarse.
Pensé que había sido demasiado indulgente con ella llamándola “puta cabra”.
-Pero ¿tan mal me he expresado que no habéis captado una sola de mis palabras? ¿O es que tenéis el don de olvidar instantáneamente? Os he dicho que Guillaume es mi amigo, ¿y queréis que lo asesine? Veo que desconocéis todo tipo de escrúpulo, al menos cuando alguien os contraría. Y eso si fuera una asesina a sueldo, que no soy. Alquilo mi brazo armado solo a causas que considero justas, o al menos moderadamente injustas. Esto es absurdo.
Blanca rodeó la columna de su cama y se sentó al otro lado. Entonces me habló, aunque con la vista en la pared.
-Está bien. Te hecho una oferta y la has rechazado. Has apostado, quizá ganes o quizá pierdas. Pero sea lo que sea, tendrás que asumir las consecuencias de tu decisión. Y ahora retírate.
Yo le hice una irónica reverencia y giré sobre mis talones (continúa).
Con Jaume II vivíamos mejor (X)
(viene de) A veces me sobrecoge pensar en los numerosos y surtidos miedos a los que nos enfrentamos los seres humanos, y en su ocasional absurdidad: en realidad, normalmente son tan ilógicas las cosas a las que tenemos miedo que aquellas que no tememos. Y tal vez, ambas, aliadas, nos convierten en esclavos. Y a veces, además, en seres rastreros. Aunque a veces esa cobardía de, por ejemplo, odiar y sentirse amenazado por los diferentes, puede ser considerada por otros cobardes miserable como valor y coraje.
Y para muestra un botón: ante mí tenía un veterano de la última Cruzada que había presenciado los horrores más innombrables en el campo de batalla… y ahí lo tenía yo, aterrado ante una frágil mujer (bueno, no tan frágil: la dama en cuestión, si la distancia no me engañaba, me sacaba por lo menos treinta centímetros de altura; no me habría gustado encontrármela en un callejón oscuro un día en que tuviera ganas de pelea).
-Me siento impotente, Eowyn –me confesó Guillaume abiertamente. Realmente debía de estar bien desesperado para sincerarse así-. Ella no acepta un no por respuesta, y yo… no sé cómo más decírselo. ¿Qué puedo hacer?
Yo le observé con los brazos en jarras.
-Pues solo te queda una: actuar como lo has hecho en toda tu vida de soldado y enfrentarte a este problema con valor y la lanza enhiesta –me lanzó una mirada sorprendida y algo escandalizada, y yo comprendí-. No es ese tipo de metáfora el que estaba utilizando, malpensado.
Él echó una mirada a su alrededor, como tratando de inspirarse en la búsqueda de una idea genial, pero al final se encogió de hombros con resignación.
-Tienes razón. No hay otra salida. Lo haré en cuanto llegue el momento. Sabes, me pareció tan hermosa… Solo he visto una mujer más bella en mi vida –fijó sus ojos en mí con intención y yo resoplé, cansada de aquella pantomima- pero Blanca era, desde luego, mucho más accesible. Supongo que, como tú dices, el poder y riquezas de su familia, y la libertad de la que parecía gozar gracias a su padre, contribuyeron bastante. Pero comprendí que aquello no me servía. Detrás de su lindo aspecto, no había nada que pudiera entusiasmarme.
-Pues podías haberte enterado antes, y te habrías ahorrado este lío fenomenal con Jaume –regañé yo.
-No puedo negarte eso. Pero, en cualquier caso, la temo más a ella que al rey…
-… afortunadamente. Pero espero que eso no sea porque seas monárquico. Nada bueno se saca de ellos…
-… pero no lo bastante para impedirme seguir donde lo habíamos dejado.
Fruncí los labios y apoyé la mejilla izquierda en mi puño. Solo que no necesité pensar demasiado.
-Bueno, supongo que hasta que ella no te encuentre o tus compañeros se decidan a buscarte aquí tenemos tiempo. Sí, creo que lo más razonable es que sigamos. Anda, vamos al lío.
Sin embargo, no estaba escrito que aquella mañana se materializara nada de ningún tipo de índole parecida a lo que en aquellos momentos tenía en mente, por designios del destino cruel: sería porque aquella no debía de ser la idea de la sexualidad humana que tenía el obispo de Alcalá y Dios me estaba castigando, je je. De pronto, unos golpes atronadores en la puerta de la alcoba nos hicieron dar un respingo.
-Estás profundamente dormida y no puedes oír nada –me susurró Guillaume al oído. Pero el insoportable estruendo se redobló y por si fuera poco, a él se añadió una voz.
-Eowyn, Guillaume, sé que estáis ahí. Por favor, abrid la puerta, es importante.
Yo estaba empezando a echar más humo que el obrero sobreexplotado de una fábrica de tercera.
-Tiene cojones la cosa –me quejé-. Un día que decido hacer algo fuera del guión, y tiene que venir un gilipollas aguafiestas para arruinarlo –y, dirigiéndome al mameluco que había osado venir a perturbarme, exclamé a voz en grito-. ¡Pasa, maldito seas, la puerta está abierta!
En un santiamén Gonzalo se presentó en el umbral, completamente vestido y pertrechado, y dio unos pasos hacia el centro de la estancia sin dejar de mirarnos alternativamente a Guillaume y a mí. Parecía preocupado.
-Disculpad si he interrumpido algo, pero…
-Solo una amena conversación. ¿Qué demonios es eso tan importante? –interrumpió Guillaume, desmintiendo con el tono y el contenido de la segunda parte de su alocución la primera. Gonzalo contestó, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la ventana.
-Supongo que lo habréis visto…
-Hemos tenido eses dudoso placer. No veo la urgencia por ninguna parte. Si Blanca me reclama, decid que es demasiado pronto para visitas corteses, que me hallo en la cama en brazos de una formidable resaca, y que por tanto nos estoy en condiciones de presentarle mis respetos. Hala, no sé a qué esperas.
-Me temo que no se trata de eso.
Guillaume enarcó una ceja.
-¿Y entonces? ¡Por la Virgen María, habla de una vez!
-Su primera intención fue verte, desde luego. Pero al parecer el comendador logró convencerla de que no era gentil ni honorable semejante pretensión, al menos hasta que haber roto el ayuno nocturno y esperado hasta una hora más prudencial. Cuando Blanca convino a ello, me instó a acompañarla a sus propios aposentos, y de camino ella me dijo que corriera a buscarte, Eowyn.
A Guillaume se le descompuso el gesto.
-Pero ¿se puede saber por qué quiere verla?
Yo intervine.
-Espera, Guillaume, yo me encargo –y dirigiéndome a Gonzalo-. Pero ¿se puede saber por qué quiere verme? –entonces caí en la cuenta-. Bueno, quiero decir por qué quiere ver a Ermengarda.
Gonzalo negó con la cabeza.
-Ella no habló de Ermengarda en ningún momento. Fue tu propio nombre el que pronunció.
Guillaume me miró con franca inquietud.
-No imaginé ni en la peor de mis pesadillas que los espías del Rey pudieran ser tan hábiles. Los tenía por bastante inútiles. O quizá ella tenga también los suyos propios. Eowyn, no sabes cuánto lamento haberte metido en este lío. Pero que me queme en el infierno sobre mil hogueras si no te quito de encima a esa arpía antes de que vuelva a caer la noche.
Acepté las disculpas del hermano. Después de todo, no tenía la culpa de tener el cerebro situado en un lugar de su anatomía que en absoluto era el cráneo. Dios, o más bien el demonio, así lo había creado, como a buena parte de los de su género.
-En cualquier caso, no tomemos decisiones precipitadas –reflexioné-. Cabe la posibilidad que solo desee una confidente para sus delirios románticos. Lo mejor será que me prepare convenientemente para tan excelsa visita; así que, caballeros, retiraos, que no quisiera trastornar vuestras castas mentes. Tú también, Guillaume (continúa).
Con Jaume II vivíamos mejor (IX)
(viene de) La sorpresa ante lo repentino de su movimiento me dejó, momentáneamente, fuera de combate: pero yo soy como Corea del Norte y siempre estoy preparada tanto para la paz como para la guerra, aunque sea a base de mostrar arsenales nucleares de los que la doble moral vigente me considerará, sin duda, la única poseedora, la instigadora suprema de todos los conflictos. Así que enseguida me repuse y pude, con un movimiento rápido, escabullirme por debajo de su brazo izquierdo, hacerle volverse de nuevo hacia mí estirándole del mismo, y propinarle después, aprovechando el impulso, un tremendo rodillazo en el estómago que le hizo retorcerse sobre sí mismo mientras profería sonoros ayes de dolor.
-Pero ¿se puede saber qué demonios te pasa, Guillaume? ¿Qué se supone que pretendes? –le grité, más estupefacta que preocupada. Él no me respondió, entre otras cosas porque estaba imposibilitado de hacerlo. De hecho, tardó un momento en recobrar el buen uso de sus facultades físicas, aunque cuando lo logró lo hizo con la celeridad de un guepardo: en dos zancadas ya había atravesado la habitación para arribar al lado de la ventana, el lugar al que yo me había retirado para mantenerme a una distancia prudencial hasta que no recobrara la cordura. Por mi parte, di otro salto y me refugié detrás de la columna de la gran cama con dosel, adonde también me siguió.
-¿Podríamos dejar de jugar al gato y al ratón un trato? –solicité con escasa amabilidad-. Esto está comenzando a aburrirme.
-No hasta que te quedes quieta y respondas a mi preguntas –él seguía persiguiéndome por la habitación y yo esquivándole, arrojando cojines, ropa de cama y todo los enseres que juzgué oportunos a mi paso. Podía haber finalizado aquella estupidez de alguna forma más expeditiva, pero no quería hacerle daño: al final, resultaba que no me había equivocado cuando le diagnostiqué estrés post traumático…
-Que yo sepa aún no me has formulado ninguna…
-¡No me has dejado! Lo primero que has hecho es atacarme.
-Ah, claro. Solo Israel y EE.UU. pueden tener arsenal nuclear. Pues bien, mira, me quedo quieta. Pero como se te ocurra ponerme la mano encima te juro que inhabilito como semental. Sabes que puedo hacerlo. Y que no dudaré.
Sin faltar a mi promesa, detuve mi loco errar y me planté, inmóvil, al lado de otra de las columnas. Él se acercó a pocos pasos, más tranquilo. Quise pensar que todo aquello no había sido más que una necesidad de quemar adrenalina por su parte.
-No son disculpas lo que quiero pedir, en realidad –sus pupilas, dilatadas, ardían tanto como el tono de sus susurros, y su respiración agitada no añadía una nota demasiado tranquilizadora al asunto-. Son más bien explicaciones –el volumen de su voz subía amenazadoramente-. Explicaciones de por qué tú y tu amigo os reísteis de mis sentimientos y me dejasteis sufriendo, llorando tu muerte.
Aquello me descolocó. Yo esperaba todo tipo de reivindicaciones derivadas de mi comportamiento en la Encomienda, más que aquella muestra de preocupación injustificada y, por lo propio, ostentosa.
-A mí no me líes –me encogí de hombros-. Hasta donde yo supe, el mensajero partió, aunque después no volviera. Pensé que no te había encontrado y por eso quería mantenerse alejado de nosotros, no fuera que aún se le reclamara la devolución de sus honorarios debido al fracaso –la expresión de su rostro demostraba que me creía menos que cualquier ciudadana o ciudadano mínimamente razonable las excusas del payaso de Feijóo sobre su compañero de juergas narcotraficante y financiador. Sin embargo, contestó:
-Entonces tú también pensaste que había muerto. Y nada hiciste al respecto.
Y ¿qué esperaba que hiciera? Llorar y tirarme de los pelos no iba revivirlo. Destilando decepción por todos sus poros, avanzó de nuevo, aunque esta vez no le rehuí: no lo encontraba peligroso; sin embargo, debo decir que la situación me resultaba todas luces muy incómoda. Dio un largo paso hacia mí y me cogió de los bordes de la camisa.
-He tenido la oportunidad de conocerte bien, condenada muchacha. Por desgracia, en trabajos como el nuestro, eso es peligroso si quieres mantenerte a salvo de perder más amigos, cuando ya has perdido demasiados. Se crean vínculos muy férreos, y no ayuda mucho si además te encuentras que tu compañero de armas es una mujer. Tú tienes este problema resuelto, porque no parece que nada ni nadie te importe demasiado.
Abrí la boca para defenderme de tamaña injusticia, y la cerré al momento: aquello no era tremendamente injusto, solo un poco. No era indultar a los asesinos y condenar a los inocentes, ni mucho menos, no era poner todos las medios para evitar la comparecencia de la imputada Infanta en el juicio de Nóos. Aparte de que aquella reputación de insensibilidad me convenía. Terriblemente: en cuanto más insensible me creyera, más se alejaría de mí. Y eso era muy bueno. Para ambos. No, no iba a permitirme que nada ni nadie me hiciera perder la concentración tan necesaria para mi trabajo y mi vida. Como ya sabéis, hacía tiempo que había elegido a la soledad como única compañera. O tal vez ella me había elegido a mí.
-Pero yo te he tomado cariño –continuó-. A él le pasó lo mismo. Su misión era reclutar personas adecuadas para nuestra causa. Se fijó en ti, no sé por qué razón, y los demás estuvieron de acuerdo: yo, ocupado en otros temas de parecida índole, no cuestioné su decisión. Pero las circunstancias hicieron que tuviera que permanecer más tiempo contigo de lo que estaba previsto, y cuando te dejó, después de aquella aventura en que ambos os cobrasteis en especies lo que os debía vuestro señor, dijo que había cambiado de opinión. Que no quería ponerte en peligro. Que habías llegado a ser para él como una hermana menor a la que sentía que debía proteger. Y no porque creyera que no te bastabas por ti misma perfectamente para cuidarte, sino por su sentimiento de culpa por haberte, de alguna manera, sentenciado a una misión llena de peligros. Pero la decisión ya estaba tomada.
Ahora sí que intenté meter algo de baza, pero él no me lo permitió.
-Entiendo que se sienta culpable, entiendo que te aprecie tanto como yo, entiendo que no entienda mi supuesta traición porque ni yo mismo comprendo cómo pudo vencerme la tentación de tal manera. Verás, yo no soy más que un segundón al cual no le sirve de nada la gloria y el linaje de su familia; quería dinero y poder propio, y pertenecer a la Orden fue la única alternativa viable que se me presentó en su momento. Pero, aunque he llegado a estar de acuerdo con sus altos fines, a veces me atenaza la frustración de que mi cargo dentro de ella, por muy importante que sea, no me permite llevar la vida que siempre he deseado vivir. Sin embargo, no entiendo por qué ha sido tan cruel en su venganza, y más sabiendo de mi arrepentimiento y comprendiendo que, por diversas razones, es mejor que sea yo, y no él, quien custodie el objeto. Él conoce mi corazón: sabía que iba a llorarte, y aun así dejó que pensara que habías muerto.
Aquella sinceridad inesperada en Guillaume me conmovió. O al menos, me habría conmovido si yo lo hubiera permitido.
-Y entiendo que te sientas contrariada porque no conteste a tus preguntas. Pero quiero que sepas que esos secretos no me pertenecen. Por eso no puedo contestarte: esos secretos son, exclusivamente –y remarcó sus palabras- DE ÉL. Los míos los vas a conocer enseguida.
-Creo que puedo hacerme una ligera idea –pude intervenir por fin yo-. Al parecer el rey Jaume tiene una amante. Es algo muy común, aunque en el siglo XXI les haya cogido por sorpresa; parece mentira cómo un pueblo puede olvidar lo que es en esencia la monarquía tan solo después de unas cuantas décadas. Igual que quieren olvidemos a los muertos, so pena de ser procesados, a los muertos que yacen desperdigados en las cunetas y que ni tuvieron justicia ni tienen paz. Pero, siguiendo con la historia, creo que esa amante es alguien muy importante. Y que está con nuestro amantísimo monarca por obligación e intereses, pero quien en realidad le gusta eres tú. Lo que demuestra que el criterio de la dama no está entre los más sabios, pero cada uno que lleve su cruz como bien sepa. Creo, también, que tú le has alabado el gusto, ya sea por su belleza, ya sea por su poder y sus riquezas, ya sea por ambas cosas. Y que el Rey sospecha algo y te ha hecho seguir. Tú mataste al espía que pudo introducirse en el pasadizo de la encomienda de Barcelona, y probablemente había otros dos que me siguieron a mí y fueron los causantes de mi herida… Sí, he conseguido sacárselo a Gonzalo durante la cena, sospechaba que me ocultaba algo y aún así no estoy tranquila del todo. Y no te preocupes, no voy a culparte de ello.
Guillaume parecía terriblemente contrito. Me dio la espalda y se sentó en la cama, con la cabeza apoyada en las manos, sin mirarme. Todo aquello era muy extraño: nunca podría haberme imaginado a Guillaume actuando de semejante manera, y eso que creía conocerle bien. Y tampoco entendía que yo hubiera podido inspirarle ningún sentimiento, por nimio o inocente que fuera. Se equivocaba conmigo, y no con respecto a mi insensibilidad.
Y, sin embargo, algo se me removía en el interior cuando le veía así: me temo que siempre he sido una persona excesivamente empática. Me acerqué a él.
-No hice nada de lo que tenga que culparme, Guillaume. Aunque me apena verte así: sí, a pesar de mi supuesto vacío emocional. Tienes razón, hemos perdido a demasiados amigos: yo decidí hace tiempo que tenía que dejar de pensar en ellos. Pero al menos, no perdamos la oportunidad que hoy se nos ofrece; tal vez nos ayude a sobrellevar mejor la muerte del otro, si esta es inevitable.
Levantó la cabeza hacia mí, con desconcierto y una luz de esperanza. Yo le tendí la mano; una sombra pasó por mi cerebro, la duda de si todo aquello no se trataría de alguna trampa perpetrada por Guillaume con no se sabe qué siniestros fines, pero a pesar de todo seguí adelante. Comenzaba a amanecer y ambos habíamos ignorado soberanamente la llamada a las oraciones nocturnas. Pero no pudimos ignorar lo que iba a acontecer en breve.
De repente, un ruido de mil demonios alcanzó cotas insostenibles desde el patio de armas. Cascos de caballos, de un verdadero batallón de caballos tal como me pareció, el chirrido de las ruedas de un carruaje pesado, el apresurado desatrancar del portón, entrechocar de armas… Y una voz femenina gritando como una auténtica participante de Gandía Shore que hubiera viajado en el tiempo. Guillame intentó impedirme que fuera a averiguar cuál era el motivo del jaleo, pero pronto se convenció que no podíamos mantenernos ajenos. Ocultos tras las ventanas, atisbamos el desembarco de una nutrida y pomposa comitiva, y la figura imponente de una mujer alta y vestida con lujo asiático, que impartía órdenes a diestro y siniestro y a la que el comendador, en camisa, manto y pelos de punta, parecía esforzarse en vano en explicar algo.
Guillaume retiró los ojos de la escena para posarlos en mí. Estaba pálido.
-Es ella –aseveró. (continúa)



